SALIDA FÁCIL

Por Haruko Sakuragi

CAPÍTULO 3

Entró con muchísima prisa al baño de la planta alta y se encerró con seguro tratando de no llamar la atención de su hermano mayor. De inmediato, una serie de sonidos guturales se dejaron escuchar. Haruko trataba de hacer el menor ruido posible para no despertar a su hermano y a sus padres, y rogaba porque nadie la escuchara.

Cuando terminó de ocupar el sanitario, se miró en el espejo del lavamanos. Era la primera vez en su vida que sentía tantas náuseas incluso antes de desayunar.

—Creo que estoy enferma… —le dijo a su reflejo, y de inmediato sonrió— Deben ser los nervios por la boda.

Atribuyó sus síntomas a los nervios que sentía. Después de todo, no todos los días una mujer se casa con el amor de su vida menos en menos de dos semanas.

—Haruko —escuchó la voz de su hermano que llamaba a la puerta.

—Sí, hermano.

—Date prisa: veremos a Ayako para almorzar al medio día.

Haruko se sobresaltó. Por fin vería a Ayako…

—Está bien, hermano.

Haruko continuó observando su rostro en el espejo: seguía siendo bonita, su sonrisa era como en la preparatoria y sus ojos lucían hermosos, como siempre. Con razón Hanamichi la idolatraba…

Sin embargo, encontró que tenía ojeras, y no le gustó.

—Iré al médico la próxima semana —determinó ante el espejo, olvidándose de los nervios que le producía pensar en la reunión que tenía con su prometido, su hermano y su futura dama de honor.

x X x

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el reloj digital que se encontraba sobre la mesita de noche.

—Las siete de la mañana… —murmuró, girando sobre su costado y quedando de frente a la espalda del hombre con el que había compartido el lecho los últimos días.

Se medio incorporó y estiró los brazos, con la intención de desperezarse. Apenas si había dormido unas tres o cuatro horas, tras haber hecho el amor con Kaede Rukawa desde antes de la media noche.

Ayako se sentó sobre el borde de la cama y bostezó. Si eran las siete, tenía unas cuantas horas para arreglarse antes de tener que salir corriendo hacia el almuerzo que tenía con Akagi, Haruko y Hanamichi en Hana Hanten.

—¿Adónde crees que vas? —escuchó una voz al tiempo que unos brazos largos se asían a su cintura.

—Son las siete. Tengo que estar lista a las once.

—Tienes tres horas aún.

Ayako sonrió: Rukawa podía ser excepcionalmente apasionado si se tenía la suficiente paciencia para descubrirlo.

—Tenemos tres horas —corrigió. Rukawa parpadeó encarándola y enfriándose de repente.

—Claro que no. Tú eres dama de honor.

—Pero tú irás como mi acompañante, Kaede.

—Claro que no.

—¿Quieres decir que me dejarás morir de aburrimiento en una boda? —Ayako hizo un falso puchero. Sabía que esa expresión desolada y suplicante siempre terminaba por convencer a su amante.

—Rayos —fue lo único que Rukawa externó. Pero Ayako sabía que equivalía a un sí contundente.

—Kaede… —retomó ella en tono meloso, acurrucándose sobre el pecho blaquecino del hombre— Necesitaré esas tres horas para estar lista…

—Pues ve a bañarte —bufó el aludido.

Ayako se levantó sin pudor y caminó hacia el baño completamente desnuda.

—Pensaba que tardaría más tiempo si tú me acompañabas…

Rukawa comprendió de inmediato: se levantó, desnudo también, y la siguió, cerrando la puerta del baño tras los dos.

x X x

Hanamichi llegó puntual al hogar de su prometida, conduciendo la cómoda camioneta Tsubame que su padrastro le había obsequiado como regalo de graduación. Esa camioneta, al igual que la habitación de Haruko, en algunas ocasiones había servido de resguardo para los enamorados que se casarían la semana siguiente. Y en esa ocasión servía como transporte para él, Haruko y Akagi hacia el Hana Hanten, el restaurante en el que el pelirrojo le había propuesto matrimonio a Haruko hacía medio año.

Cuando llegaron a la recepción del restaurante, el anfitrión los condujo a la mesa para cinco que Takenori había reservado la semana anterior. El reloj de la entrada marcaba diez minutos antes de la hora, y los tres decidieron esperar antes de ordenar algún aperitivo.

—¿Creen que de verdad Rukawa esté acompañando a Ayako? —preguntó Hanamichi incrédulo. A pesar del tiempo que había pasado, no se imaginaba al zorro manteniendo una relación, ni siquiera con Ayako.

El pelirrojo parecía no haber notado que a Akagi le tenía más preocupado la llegada de Ayako acompañada, ni que Haruko aún parecía enferma.

Ninguno tuvo tiempo de responder porque Takenori percibió la presencia de un hombre de cabello negro y casi dos metros de altura.

Ayako intercambió unas palabras con el anfitrión, y éste le indicó que lo siguiera. Rukawa iba detrás de ellos con cara de fastidio.

—¡Es Ayako! —exclamó Haruko sonriendo.

—Y de verdad el zorro viene con ella —completó Hanamichi, levantándose de su asiento con efusividad.

Akagi dirigió la mirada hacia otra dirección.

—Su mesa, señorita.

—Gracias —pronunció Ayako y miró a sus antiguos compañeros—. Hola.

—¡Ayako! —el pelirrojo fue el primero en reaccionar: caminó los tres pasos que lo separaban de su antigua entrenadora y le dio un fuerte abrazo.

—¡Hanamichi! —se quejó la mujer de rizos— A mí también me da gusto verte —reconoció en cuanto se encontró libre otra vez.

—No pude creerlo cuando Akagi nos lo contó —comentó el pelirrojo—, pero ahora que lo veo…

Y sin terminar su frase, levantó a Rukawa unos cuantos centímetros del suelo con mucho entusiasmo.

—Suéltame, do'aho… —se quejó Kaede.

Hanamichi soltó a Rukawa, pero lo obligó a sentarse cerca suyo.

—Akagi, me alegra volver a verte —saludó Ayako, haciendo una reverencia—. Haruko… Te ves muy linda.

—Gracias, Ayako —la novia se sonrojó al escuchar el cumplido de su antigua compañera y amiga.

Rukawa, como todos recordaban, no alternó más de lo necesario.

El almuerzo resultó alentador, puesto que Haruko y Ayako acordaron fechas y horarios para los ensayos y las visitas con las modistas que ultimarían detalles en cuanto a los vestidos y los trajes, y Hanamichi le hizo saber a Rukawa que, por supuesto, estaba invitado a los festejos previos a la ceremonia —que, claro está, incluían una despedida de soltero que organizarían Mitsui y Miyagi, y alguna visita al bar en el que Ookusu era cantinero—. Y Rukawa, aunque no aceptó, dejó entrever que no declinaba las invitaciones que su antiguo compañero y casi amigo le había hecho

x X x

Después del almuerzo, Takenori se había excusado diciendo que tenía cosas que hacer antes del lunes, así que Hanamichi aprovechó para invitar a su novia al cine.

Terminando la película, Hanamichi y Haruko habían abandonado la sala de proyección, y en ese momento caminaban hacia el estacionamiento en busca de la Tsubame que los llevaría a casa de la novia primero, y luego hasta la residencia de Hanamichi.

—¿Crees que Ayako y Rukawa sean pareja? —preguntó Haruko con gesto pensativo, cuando ya llevaban buena parte del camino recorrido.

Hanamichi, sin desviar la vista del camino, miró a su novia por el retrovisor y notó que de verdad esperaba una respuesta.

—Tal vez.

Haruko mantuvo el gesto pensativo, y Hanamichi pareció no notarlo.

Sin embargo, al pelirrojo le preocupaba un poco el hecho de que, tan de repente, a su prometida le interesara si Rukawa mantenía una relación con Ayako o no.

—Oye, Haruko… —la llamó al detener el auto en una luz roja.

Pero Haruko permanecía abstraída en sus cavilaciones. Eso no le molestaba al pelirrojo, puesto que consideraba a su novia una mujer inteligente y dedicada. Lo que le molestaba era ese rastro de preocupación que percibía en ella en ese momento.

—Haruko…

—¿Si? —por fin le respondió. Haruko lo miró con atención.

Antes de que Sakuragi pudiera preguntar, la luz cambió de color y tuvo que poner el auto en marcha nuevamente.

El resto del camino lo hicieron en silencio. Hanamichi no desconfiaba de Haruko, pero esa espinita se le había clavado en el corazón al notar que la mujer con quien se casaría se ruborizó cuando sus invitados los alcanzaron en el Hana Hanten.

—Tú… ¿Aún sientes algo por Rukawa? —preguntó el pelirrojo de golpe cuando detuvo el auto frente al hogar de su prometida.

Haruko sonrió tan dulcemente como siempre lo hacía, miró a su novio y le acarició la mejilla. A continuación le respondió:

—Cualquier cosa que yo pudiera sentir por Kaede Rukawa quedó en el pasado, Hanamichi. Hoy el único hombre con quien quiero hacer cualquier cosa eres tú.

Y acto seguido lo besó.

Sakuragi obviamente no pudo hacer otra cosa que corresponder al beso y sentirse inmensamente dichoso de tener a su lado una mujer como Haruko Akagi.

Si el pelirrojo hubiera replanteado su pregunta, habría recibido una respuesta muy diferente.

x X x

Notas de la autora:

La misma explicación que en el fic anterior: he aquí el resultado de todo mi drama personal.

Gracias por leerme.