Xóchitl Olivera LagunesSalida fácil
SALIDA FÁCIL
Por Haruko Sakuragi
CAPÍTULO 4
Ayako no sintió cómo toda la semana se había terminado, y de pronto se encontró en el último ensayo de la ceremonia en la que fungiría como dama de honor.
En todo el tiempo que llevaba en suelo Nipón, Kaede Rukawa no se le había despegado ni dos minutos. Eso le sorprendía mucho, puesto que él no solía ser un hombre que gustara de la compañía femenina. La presencia constante de su amante le dificultaba un poco el pensar con claridad las cosas que pasaban por su cabeza, y que en ese instante estaban acongojando su corazón.
—¡Auch! —se quejó Ayako. La mujer que arreglaba su vestido le había pinchado la espalda con un alfiler.
—Lo siento, señorita.
Ayako se topó de repente con su imagen de cuerpo completo reflejada en el espejo que tenía al frente. Lucía muy bonita. El color azul del vestido le sentaba muy bien, y el peinado que tenía pensado usar dejaba a la vista todo el largo de su cuello, lo que le otorgaba un aire de elegancia.
Sin embargo, en sus ojos no podía ver la felicidad por su amiga que se suponía tendría que estar experimentando.
—Qué bonita te ves —una voz de hombre la sacó de sus cavilaciones. En el marco de la puerta, Rukawa se apoyaba cruzado de brazos, y la contemplaba con una mirada de deseo.
La modista se ruborizó al notar la presencia de un hombre tan atractivo.
—Gracias —fue lo único que ella respondió. Claramente sintió cómo sus mejillas se tenían de carmín ante la presencia del hombre que tenía a unos cuantos centímetros de distancia. Pero no supo si el carmín era causado por la cercanía de rukawa, o porque él llegó justo en esa parte de sus pensamientos.
Obviamente, Kaede Rukawa nunca la había puesto nerviosa.
—Has estado muy ocupada —comentó él de nueva cuenta.
—Sí —convino ella—. Lo curioso es que casi no he visto a la novia.
Rukawa se sintió un poco turbado cuando notó el tono de Ayako.
—Casi todo el tiempo lo he pasado con Akagi.
—Está enamorado de ti.
Ayako sonrió con gesto burlón.
—Sí, como no.
—Desde la preparatoria siente algo por ti.
Ayako le dirigió una mirada a Rukawa, como esperando que él dijera que bromeaba. Pero la seriedad del hombre le indicó que no estaba jugando.
—¿Hablas en serio?
Kaede, por toda respuesta, la miró sin mover un solo músculo de la cara.
Y Ayako no supo qué decir.
—Te ves muy bonita, Ayako—repitió Rukawa.
Ella no le respondió, pero lo miró y le dedicó una sonrisa sincera.
—Y no te preocupes por no haber pasado tiempo con la novia.
—¿Qué?
—Hoy es la despedida de soltero del torpe. Y también la de ella.
—Pero…
—Eres dama de honor, así que estás obligada a acompañarla.
Ayako suspiró: lo había olvidado por completo. Pero, al final, podría pasar tiempo con la novia.
Aunque ya no sabía si era tan buena idea.
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En cuanto dieran las cinco de la tarde, Fujii y Matsui estarían tocando el timbre de su casa. Ellas habían sido las de la idea de hacerle una despedida de soltera. No tenía ni la menor idea de lo que tendrían planeado, pero seguro no sería peligroso o descabellado: sus amigas seguían siendo como en la preparatoria. Y para nada entraban en sus estándares cosas como las que los amigos de Hanamichi seguramente habrían planeado para él.
Haruko se sentía muy contenta. Por fin al día siguiente se uniría de por vida al único hombre que había amado, y de quien, ahora estaba segura, no se separaría jamás. Hanamichi era único, y la amaba como nadie sería capaz de amarla. Cualquier cosa que ella pudiera haber pensado o sentido por alguien más en el pasado ahí se había quedado. En ese instante Hanamichi era el único hombre que le importaba.
El timbre de la puerta sonó con insistencia.
—Son ellas —sonrió Haruko. No iba a contarles nada de lo que sabía en ese momento, ni a sus amigas ni a nadie. Hanamichi y ella tendrían un secreto que nadie más descubriría sino hasta algunos meses después de la boda.
—¿Lista? —una sonriente Matsui la saludó del otro lado de la puerta.
—Sí. ¿Y Fujii?
—Nos espera en su casa.
Y acto seguido, Matsui arrastró a Haruko hasta el auto que su madre le había prestado para transportar a la novia a su despedida de soltera.
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En cuanto Haruko entró al departamento en el que Fujii vivía con su padre, recibió un abrazo colectivo por parte de todas las mujeres ahí presentes: Fujii, Matsui, sus compañeras de la universidad, un par de chicas del trabajo y Ayako… Sólo que ésta última no se unió al abrazo.
En ese momento Haruko se dio cuenta de que no había estado a solas con su dama de honor ni dos minutos. Y se sintió culpable por haberla hecho viajar desde Inglaterra hasta Japón, sin haberle dedicado dos minutos de su tiempo en todo lo que estuvo ahí.
Así, Haruko se propuso escabullirse de la fiesta unos minutos para conversar con Ayako a solas.
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Nada más ver entrar a la novia, la dama de honor confirmada decidió escabullirse del abrazo colectivo: de todas las mujeres que se encontraban en el departamento, con la única que había entablado algún tipo de relación en cualquier momento de su vida había sido Haruko, y en ese momento parecía muy ocupada en el centro del círculo que las otras invitadas habían formado sin querer.
En el tiempo que esperaron hasta que Matsui llegó con la novia, Ayako divisó que uno de los ventanales de la sala de estar conducía hasta una pequeña terraza que bien podía servirle de escondite en tanto las demás no se dieran cuenta de su ausencia. Así que, una vez que vio a Haruko rodeada de sus amigas, se fue al que le serviría como refugio temporal.
Sin embargo, Ayako no contó con que los ojos azules de la novia la habían seguido en todos sus movimientos, y no habían pasado dos minutos desde que se pusiera a contemplar la vista del departamento cuando escuchó una voz familiar que la llamaba:
—Ayako —la aludida se sobresaltó: había hecho lo posible por no estar cerca de Haruko, y mucho menos a solas. ¿Por qué demonios sus amigas la habían dejado escaparse de la estancia?
—Hola, Haruko —respondió sin mucho ánimo.
La novia le sonrió con amabilidad y empezó a caminar hacia ella; Ayako no se movió de su posición.
—Gracias por estar aquí.
Ayako no contestó. Dio media vuelta y se recargó en la baranda del balconcito. Contempló las macetas que adornaban la estructura y notó que una abeja rondaba cerca de las flores que estaban dentro de las mismas.
—No me hubiera perdido tu boda —respondió la mujer de rizos al fin—. Nunca hubiera imaginado que Hanamichi pudiera tener la paciencia y la tenacidad que necesitó para conservar esta relación por tantos años.
—Hanamichi es un excelente hombre, Ayako, y yo estoy segura de que lo amo.
—Me alegra.
El silencio se instaló en el ambiente. Ayako observó a la abeja pasar de una maceta a la siguiente.
—Ayako… —Haruko llamó con algo de nerviosismo— ¿Es cierto que tú y Rukawa son pareja?
Ayako lo pensó: ¿serían pareja? Nunca se había puesto a pensar en lo que ella y Kaede Rukawa eran. Y tampoco le gustaba mucho eso de encasillar una relación: creía que era mala suerte. No deseaba monotonía en esa relación.
—Pues, ahora que lo mencionas…. Yo no lo sé.
Haruko no quiso preguntar más.
Ayako observó cómo la abeja volaba un poco más alto, alejándose de las macetas e iniciando un nuevo camino.
Haruko sonrió, pero de repente su sonrisa se borró y ella se tambaleó ligeramente. Tuvo que sostenerse de la baranda para no perder el equilibrio.
—¿Qué pasa, Haruko? —Ayako se apresuró a sostenerla, sujetándola de la cintura y colocando el brazo de su amiga alrededor de su propio cuello.
—No… no sé —respondió la castaña—. Es la segunda vez que me pasa esto…
Haruko se sujetaba con ayuda de Ayako. Colocó su mano izquierda en su frente, mientras Ayako seguía sosteniéndola por la cintura.
—Vamos adentro —determinó la mujer de rizos, y acto seguido, abandonó el balconcito y llevó a la novia a una habitación que Fujii le indicó.
Pronto todas las mujeres estaban dentro de la habitación, rodeándolas y preguntando cómo se encontraba Haruko.
X X x
Cuando Rukawa entró a la habitación que él y Ayako compartían, creyó que la encontraría durmiendo. Sabía que las despedidas variaban mucho entre novias y novios. Obviamente, la celebración que los amigos de Hanamichi planearon no fue la más inocente, y al final él terminó soportando a una mujer que olía a perfume barato bailando frente a sus ojos. Ni hablar del pobre pelirrojo, que, al ser el festejado, recibió toda la atención femenina.
—Pobre Do'aho —murmuró Rukawa, entrando a la habitación y recordando todos los esfuerzos que su antiguo compañero tuvo que pasar para quitarse de encima a sus amigos y no terminar a solas con alguna de esas mujeres. Una cosa sí debía reconocer: el torpe se había mantenido firme, a pesar de saber que Haruko nunca se enteraría de lo que sucedió en esa fiesta.
—Haruko es la única mujer a la que yo podría ver de esa manera —le confesó Sakuragi en un momento que se ocultó cerca de él.
A Rukawa le pareció sorprendente que, después de haber tenido tan mala fama y peor suerte con las mujeres en preparatoria, el torpe hubiera mostrando valores tan arraigados.
—Hola —escuchó Kaede. Era una voz de mujer la que le hablaba en la oscuridad de la habitación.
—¿Qué haces despierta y a oscuras?
Ayako parpadeó un par de veces cuando Rukawa encendió la luz. Dirigió la mirada hacia el reloj de pared que adornaba la habitación.
—¿Tan tarde es?
Rukawa miró la carátula también: las manecillas marcaban las tres de la mañana.
—No me di cuenta de cómo pasó el tiempo —confesó la mujer.
—La boda es en unas horas y de seguro vas a tener ojeras.
Ayako contempló a Rukawa. ¿De verdad le ponía atención cuando se quejaba de las ojeras que se le hacían tan evidentes por poco que se desvelara?
—Las cubriré con maquillaje —determinó.
Rukawa no permaneció inmóvil más tiempo: se dirigió al baño y cerró la puerta. Pasó dentro unos cuantos minutos, para después salir enfundado en la ropa de dormir y con los dientes recién lavados.
Se sentó en su lado de la cama, moviendo un poco a la mujer, y se acostó sin cubrirse con las sábanas. Todo siguió en silencio un par de minutos más.
—¿Qué te está molestando, Ayako? —preguntó el moreno quedando sobre su espalda y mirando a su amante.
Ayako le devolvió una mirada seria pero no le respondió. Permanecieron en silencio un tiempo más.
—La despedida de soltera de Haruko se canceló a la mitad —dijo Ayako después de unos minutos—. Ella y yo estábamos hablando en el balcón del departamento de Fujii cuando casi se desmaya.
—¿Está enferma?
Haruko se encogió de hombros como respuesta.
—Como sea: en unas horas se casarán, y de seguro el torpe resolverá cualquier problema.
Ayako suspiró sin que Rukawa se diera cuenta. Permaneció en su posición unos minutos más. Cuando notó que el hombre se había quedado dormido, apagó las luces de la habitación y lo imitó.
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El taxi se detuvo frente a la enorme Catedral tres minutos antes de la hora que la invitación señalaba. Una vez que pagó la tarifa que el taxímetro marcaba, Rukawa y Ayako lo abandonaron y se dirigieron a la entrada del recinto.
—Apresúrate, Kaede; no quiero llegar tarde.
—En estas cosas siempre te citan una hora antes para que no llegues tarde, Ayako.
La mujer sabía que su compañero no mentía, pero sentía que debía dar una buena impresión como dama de honor.
Akagi estaba en la entrada de la iglesia, impaciente porque su hermana aún no salía del vestidor. Hanamichi ya estaba esperando frente al altar, acompañado de su madre, su padrastro y de Youhei. El resto del ejército ocupaba la primera fila del lado del novio, y los padres de Haruko también acompañaban al novio.
—Ayako —Akagi hizo una reverencia cuando la mujer y Rukawa se detuvieron frente a él. No pudo ignorar lo bien que el vestido de Ayako se ceñía a su figura, ni que el peinado que usaba la hacía lucir en extremo elegante.
—Hola, Akagi —respondió la dama de honor.
—Hola Akagi.
—Rukawa, qué gusto verte de nuevo.
Los tres personajes notaron la tensión que se formó en el triángulo representado.
Hanamichi se percató de la presencia de Rukawa, y, disculpándose con sus padres y sus suegros, caminó hacia la pareja recién llegada, seguido de Youhei.
—Hola, Zorrito —saludó. Los nervios eran evidentes en su voz—. Ayako, te ves preciosa.
—Gracias, Hanamichi —sonrió la mujer. Era obvio que expresaba el pensamiento de los cuatro hombres presentes.
—Rukawa… ¿Me permites un minuto?
El aludido no comprendió de inmediato, pero luego de un momento se disculpó con Ayako y con Akagi y siguió a Sakuragi. Youhei se fue con ellos.
Ayako permaneció en compañía del antiguo capitán.
—¿Ya llegaron todos los demás? —preguntó la mujer para terminar con el silencio. El único silencio que le gustaba era el que se formaba cuando estaba en compañía de Kaede Rukawa.
—Supongo que no deben tardar —respondió Takenori. Dirigió una mirada fugaz a la mujer, y continuó—. Mitsui, Kogure y Miyagi vienen juntos. El profesor Anzai y su esposa están en camino, vienen desde Osaka. Y Yasuda y los otros no confirmaron.
Ayako divisó a su pareja acercándose a ellos de nuevo.
—¿Está bien si te dejo sola? —preguntó Rukawa en cuanto estuvo cerca. Ayako lo miró con expresión de duda— El torpe me pidió que me sentara de su lado.
—No hay problema —respondió Ayako —. De todos modos yo voy a estar con Fujii y con Matsui.
No bien habían terminado de hablar, vieron a Fujii que se aproximaba con apuro.
—Rukawa, Akagi —la muchacha hizo una reverencia ante los hombres—. Ayako… Haruko me pidió que te buscara: quiere hablar contigo.
Ayako asintió. Ambas mujeres se disculparon con los hombres y se encaminaron al vestidor. Fujii se quedó con Matsui antes de llegar; Ayako continuo sola.
Cuando estuvo fuera del lugar, llamó a la puerta con la mano. Unos segundos después, escuchó un ligero "Adelante"; abrió la puerta y entró, volviendo a cerrar tras de sí.
—¿Cómo estás? —preguntó. Haruko se hallaba sentada frente al espejo que le habían acondicionado, contemplando su reflejo y recargando su cabeza en los nudillos.
—El tiempo se pasa, ¿no? —preguntó la novia. Lucía muy hermosa con su vestido blanco; su cabello estaba divinamente arreglado y su maquillaje era elegante.
Permanecieron en silencio varios minutos. Ayako no comprendía: ¿qué le sucedía a la siempre sonriente Haruko Akagi? Era el día de su boda y estaba seria. ¿Acaso no sentía nervios?
Ninguna habló en mucho tiempo.
—¿Qué te sucede, Haruko? —la antigua entrenadora se atrevió a romper el silencio.
Como respuesta recibió un profundo suspiro por parte de la castaña.
La observó: Haruko se veía al espejo; de verdad lucía muy bonita, Hanamichi de seguro se sentiría el hombre más afortunado de la tierra. De repente se levantó de su silla y caminó hacia ella.
—Gracias por venir desde Europa —dijo, abrazando a Haruko. Rodeó el fino cuello de su amiga con sus brazos delgados y claros. Ayako se pasmó de momento, pero luego, percibiendo claramente el aroma de Haruko, rodeó la estrecha cintura de la novia con sus propios brazos y la pegó a su cuerpo por primera vez en muchos años. Cerró los ojos y acomodó su barbilla en el hueco que se formaba entre el cuello y el hombro izquierdo de Haruko.
Permanecieron abrazadas muchos minutos, aunque ellas no percibieron cómo pasaron. Hacía muchos años que necesitaban esa tenue caricia. Cuando Ayako se fue no dio explicaciones. Haruko no lo comprendió. La supuesta relación que habían llevado nunca se había aclarado: no la encasillaban. Aunque a la muchacha más joven le parecía que Ayako era todo para ella, la de cabellos rizados deseaba conocer el mundo. Y quedándose en Kanagawa no iba a conseguirlo.
—Perdóname por haberme ido —pronunció Ayako. Le había costado mucho trabajo decirlo, más porque en ese momento ya no importaba.
—No te preocupes, Ayako —respondió Haruko separándose un poco, aunque sin romper el abrazo—. Nunca te hubieras quedado.
Ayako parpadeó repetidas veces. ¿Cómo Haruko comprendió aún antes que ella que nunca podría quedarse estacionada demasiado tiempo en un lugar?
Su historia no fue complicada. En una fiesta, un poco bebidas, se besaron como un juego después de volverse muy amigas por el trabajo como asistentes. Haruko se sintió muy culpable, puesto que en estas fechas ya llevaba varios meses saliendo con Hanamichi. Pero no le importó: fueron muy discretas y nadie se enteró jamás. Por causa de Haruko la relación de Ayako y Miyagi no había funcionado: Ayako solía pensar en lo mucho que tenía en común con la castaña, y lo poco que Miyagi se parecía a ella. A ninguna le preocupó el futuro o lo que sucediera si alguien llegaba a enterarse. Se sentían tan bien juntas, que nada más en el mundo importaba.
—Hanamichi debe ser el hombre más feliz del mundo —dijo Ayako, atrayendo a Haruko nuevamente y abrazándola más fuerte que la vez anterior—. Está a punto de pasar el resto de su vida a tu lado.
—Pues Rukawa debe sentirse muy afortunado de compartir lecho contigo —murmuró Haruko en el oído de su compañera.
Ayako sintió calosfríos. Nunca había sido impulsiva; le gustaba meditar y planear. Sin embargo, en ese momento se sentía muy bien con los brazos de Haruko rodeando su cuello. Se le antojó volver a compartir aquellas largas horas de caricias en el departamento de su padre, sin que nadie más que ellas dos supiera lo que hacían en su habitación. Tuvo tantos deseos, que no se limitó:
—Vámonos de aquí —dijo de pronto. Haruko se tensó y se separó un poco otra vez: ¿irse?
—¿Adónde?
—A donde sea. Vámonos.
—Rukawa te espera…
—No me importa.
—Hanamichi…
—Déjalo, Haruko.
La castaña cerró los ojos y rompió el abrazo. Cuando volvió a mostrar sus irises azules, en ellos se reflejaba una profunda tristeza.
—¿Qué sucede? —Haruko no respondió— Sé que antes no me hubiera atrevido, pero en este momento estamos tan bien así, que no creo que algo más que tú y este abrazo importen en mi vida. Huyamos, Haruko.
La aludida se tomó un par de minutos, hasta que volvió a ver a los ojos a su antigua compañera de Shohoku.
—No puedo.
—¿Qué dices? Hanamichi y Rukawa se recuperarán. Vamos a viajar. Quiero que conozcas todo lo que he conseguido, y que me enseñes muchas cosas que aún no he podido conocer…
—Hanamichi y yo tenemos algo que nos une, Ayako.
—Haruko —la mujer de rizos sonrió: Haruko era muy tierna—, Hanamichi no es la persona para ti. Él es muy bueno, pero sé que yo podría hacerte más feliz.
—Tú no comprendes —dijo Haruko, bajando la mirada. No lloró. No se arrepentía de nada. Sólo estaba compartiendo su secreto.
Sin embargo, antes de romper cualquier lazo que pudiera unirla a Ayako, se le acercó de nuevo. Rodeó el cuello de la mujer con sus brazos y sintió cómo los brazos de ella se asían a su cintura, estrechándola con mucha firmeza. La miró a los ojos una fracción de segundo y la besó. Fue un beso breve, dulce, cargado de pasión. Contenía esa pasión que guardaba desde los dieciocho años, y que sólo Ayako era capaz de provocarle.
Se separaron rápidamente. Haruko la miró con dulzura a los ojos y se soltó de su abrazo.
—Estoy embarazada.
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La marcha nupcial se escuchó en todo el recinto.
Los asistentes se pusieron de pie al ver que la novia entraba a la Catedral del brazo de su padre. Caminaron a paso lento, ambos sonriendo con orgullo. El rostro de Haruko estaba cubierto con el velo, pero no apartaba su vista del rostro sonriente y emocionado de Hanamichi.
Ayako, desde su posición, observaba el avance de la novia hasta el novio. Sentía un sabor amargo en el paladar. No estaba triste. Sabía que ella y Haruko no se amaban. Pero de todos modos dolía el ser partícipe del secreto: Haruko amaba a Hanamichi, y no le pesaba abandonar su libertad ni tener que cargar en su vientre un hijo que no había planeado. Ella, en cambio, odiaba lo estacionario. Jamás se casaría. Pero por Haruko… Tal vez habría cambiado sus hábitos un poco.
Matsui y Fujii sonreían emocionadas. La novia estaba cada vez más cerca. Youhei Mito intercambiaba miradas cómplices con Fujii. Los padres de Hanamichi sonreían con mucho orgullo. Akagi parecía tranquilo. Ayako sintió una mirada sobre ella: era Miyagi. Lucía igual que siempre. ¿Qué estaría pensando? ¿Aún le guardaría rencor? Tal vez habría superado que, no obstante su admiración y su empeño, ella lo había engañado con Haruko. Mitsui y Kogure estaban ahí también. Hisashi se acercó al oído de Kiminobu y le susurró algo que logró ruborizar al hombre de anteojos.
Ayako sintió otra mirada sobre ella. Volteó en busca del dueño de esos ojos que tanto pesaban y se topó con Rukawa. La miraba con deseo. Lucía hermosa. Él tenía ganas de arrancarle el vestido, lo podía leer en su mirada.
La marcha nupcial había terminado. Haruko y su padre se detuvieron frente al altar. El señor Akagi entregó el brazo de su hija al pelirrojo. Hanamichi sonrió y Haruko se paró sobre sus puntas; dijo algo en el oído de su futuro esposo y éste dibujó en su rostro la sonrisa más grande que le fue posible. De seguro ya sabría el secreto.
El sacerdote comenzó con el discurso.
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Notas de la autora:
Bueno… No sé cómo habrá quedado este asunto, pero así me salió.
Ojalá me dejen comentarios. Quería escribir algo así desde hace mucho tiempo, y creo que por fin lo conseguí.
No tiene continuación; creo que el YURI en SD no es muy común, así que esperaré que la inspiración me llegue otra vez para ver si me animo a escribir otro, pero eso también depende de ustedes: escriban si les gustó, si no, si el género está bien, si le atiné… No sé, lo que quieran.
Una vez que he terminado este fic, puedo dedicarles más tiempo a los otros ochocientos que tengo en proceso.
Les mando besos y abrazos.
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