Conti!, gracias a toda la gente que sigue este fic y por sus post! muaks bsos!espero les siga gustando;)
Capítulo VI
Si te mueres no habrá razones que sostengan los fines
No habrá fines que valgan la pena
Y lo que no haya, por qué querría estar?
Si tú te has ido
Presagio:
Un gavilán hurgando cuerpos
El destino del minotauro
Los polos opuestos que se anulan
La ironía divina de la muerte
Le daba náuseas, Mu jamás había sido tan indiscreto y eso le decía que había perdido el miedo y la vergüenza que pudiera causarle verse y saberse descubierto. También le decía que él ya no veía tal cosa con los malos ojos de antes y su pudor languidecía a un costado blasfemando quizás. Todos tenían problemas allí y cada uno a su manera hacía de la tortuosa vida de santo un paraje más acogedor. Algunos preferían la bebida, otros meditaban hasta cerrar su mente al mundo exterior...alguno tal vez ocupase su tiempo en conversar con seres imaginarios o vegetales rígidos. Mu de toda una gama de actividades había escogido fumar. Tan simple como sumergirse en agua fría, aguantar la respiración, sentir que el peso de la tierra se pierde por un momento...tan simple como abrir la boca, aspirar y entregarse, expeler y con ello evacuar lo indeseado. Simple, sencillo, en apariencia eficaz y hasta inocente, pero su verdad es siempre traicionera.
Días atrás sólo podía imaginarse la escena, qué le producía ese espeso humo que ingería con devoción..., qué expresión le regalaba a la noche cada vez que daba una pitada. Hoy se había animado finalmente a compartir en silencio su obsesión. Sin admitirse observado, sabía que Shaka estaba despierto; sin destruir el cristal del secreto, se exhibía con desfachatez clausurando toda posibilidad de reproche o juicio. A contraluz de una luna que brillaba generosamente, Mu le declaraba al tabaco su cariño y la mano que sostenía el bocado se acercaba hasta su boca con la gracia de un beso. El antebrazo de la mano inútil descansaba sobre la parte inferior del marco de la ventana y le daba un aire desolador, ansiosa porque alguien la rellenase con algo. Mientras su ritual no se descarrilaba podía continuar por unas pocas horas y minutos, pero nada era perfecto y no faltaban los momentos en que Shaka lo escuchaba sollozar o suspirar furtivamente como si al hacerlo recobrara fuerzas para hacer lo que estaba haciendo. Ese era su modo de asentar aquello y convertirlo de una vez por todas en una rutina.
A eso le temía el santo de Virgo, a lo habitual, a lo que se efectúa por pura costumbre y resiste a todo detenimiento sobre el hecho y sus razones. Una pieza así empotrada en sus movimientos diarios adaptaría lo demás hasta que nada fuese más necesario que la pitada de la noche. No quería que llegase a ese extremo insano. Mu acabaría por hacer que su vida girase en torno a un objeto tan pérfido como el hombre de quien lo obtenía. La liberación de su sufrimiento lo estaba encarcelando nuevamente, de a pasos cortos y con el sigilo de un cazador experto. Cuando eso sucediera esperaba que no le volviese la cara con desprecio y le prohibiera, por miedo a perder su vicio, verlo.
Se disputaba la atención de Mu con un paisaje de ensueño, con una chimenea que maniobraba entre sus dedos y saboreaba su boca, con un desasosiego que era pensamiento en su mente y forma en su cuerpo. Ninguno daba tregua y el lemuriano parecía entregarse de brazos abiertos y bajas defensas al litigio. No estaba a su altura, agobiado por la impotencia…los brazos le dolían atrás, en las muñecas apresadas por un nudo que era la imprevisible reacción de su amante. No podía protegerlo entonces...el enemigo era demasiado ambiguo y a la vez tan claro; podía golpearlo a Mu y dar con él y estar fallando al mismo tiempo. El Santuario se había vuelto un lugar poco seguro o mejor dicho, sus habitantes.
Lo había observado hasta que se deshizo del cigarrillo arrojando la colilla hacia el vacío desde su ventana. Se sentía tan ruin como el testigo de un asesinato que nada impide y mantiene la boca cerrada enterrándose en su propio temor. Lo había presenciado todo pero aún así seguía fingiendo que desde las buenas noches había estado durmiendo. Un desliz más, uno más al montón, a la pila que crecía con el hedor de una montaña de basura quemada. Aunque se tapase con las sábanas no podría repeler el olor porque estaba en su piel y dentro de su boca: Mu le había traspasado todo y en el fondo una incipiente curiosidad.
Se sentó en la cama que rechinó ligeramente mas no le preocupaba pues desde el rabillo de su ojo el otro santo ya lo había detectado. Mu aguardaba, no era apresurado, le era más fácil contraatacar o responder a las acciones primeras. Shaka tenía ganas de dejarse llevar, el pelimorado tenía ese efecto sobre él y lo suspendía en una ingravidez que le hacía olvidar la sabiduría de la meditación que pregonaba su religión. Ahora su instinto se hallaba a flor de piel, haciéndole desear la intimidad del otro, retorciéndole las entrañas con la huella de su tacto. Si podía llegar hasta él y abrazarlo…conseguiría reconfortarse al menos por unas horas, por unos días más…
-No vas a decirme nada? Creí que…te molestaba que fumase.
-Me preocupa, eso lo sabes Mu. A mí el humo no puede causarme un daño mortal.
-A mí sí, verdad?
-Eres un adulto Mu, tu sabes lo que haces.
-Ve al grano Shaka, ambos sabemos que no es eso lo que piensas.
Silencio. El rubio movió la cabeza rastreando elocuencia en sus palabras.
-Te amo Mu, me destruye verte así…pero sé que no puedo ayudarte.
-Levántate al menos, acércate.
Ya no le daba la espalda, se había girado completamente hacia la cama y lo miraba de frente. La oscuridad se derramaba sobre gran parte de su cara y sobre todo su cuerpo. A penas brotaba en los bordes de su figura su blancuzca cutis. Indescifrable era su expresión, la sombra la deformaba en una mueca tétrica. Shaka se aproximó y enlazó una de sus manos con la suya, palpó su rostro intentando reconocerlo.
-Qué crees que está ocurriendo Mu? Qué es lo que sientes?...Veo en ti una pena, en tu corazón…pero no me dices nada…
-No hablemos de esto ahora.
-Cuándo entonces?
-Qué más quieres que te diga Shaka?Qué cosa…qué hay que no sepas ya? Hemos hablado de esto antes…tu lo sabes Shaka, así que no me preguntes eso.
Silencio nuevamente. Mejor era actuar que decir algo sobrante e incómodo para ambos, pensó el hindú. Mejor era que su cuerpo procediera antes que su mente, antes de que ella lo arruinase todo con sus intromisiones. Sentía que se traicionaba una vez más, a él y a sus creencias, pero no había podido encontrar en su doctrina la respuesta, la cura. Lo que Mu tenía se le iba de las manos, no encajaba en sus preconceptos…era una fiebre exótica, una enfermedad personalizada. Frente a eso sólo le salía alargar sus manos y acariciarlo, respirar muy de cerca el mismo aire, hacer el amor para reponer lo demás…
-Perdóname Shaka, no sé qué pasa conmigo.
La vergüenza es un insumo de algo que vive dentro de mi y aguarda a ser liberado.
-Han regresado ya veo, desgraciadamente haciendo caso omiso al tiempo que se les había otorgado para cumplir con sus tareas santos dorados.
-Su Santidad…déjeme que….
-Silencio! He tenido suficiente…sus explicaciones están demás aquí. Las reglas son claras, la disciplina estricta y demasiado conocida por todos ustedes.
-Sí-sí señor.
-Saga…me sorprende la ligereza con que has tomado tus obligaciones. Una fecha pactada es un juramento inviolable y no hay peros que valgan!
-…-
-Maldita sea…no me esperaba esto, no lo esperaba de ti Saga…cómo voy a confiar en ti??o en alguien de este Santuario?!
Tu lo has visto, sabes de lo que soy capaz y aún así me provocas.
El ímpetu del grito les había erizado la piel a los dos santos arrodillados y daba la impresión de poseer un poder capaz de rajar el mármol del suelo. Probablemente había llegado hasta los oídos de las dos o tres casas más próximas al recinto del Patriarca, sin embargo ningún de sus guardianes acudiría. La reprimenda estaba asegurada para los transgresores y desde que se habían cometido ciertos actos impropios e indignos el margen de la clemencia se había acortado hasta que el tufillo del látigo se sentía como el propio sudor detrás de la nuca. Tolerancia cero: ese era el nombre del método que se había puesto de moda.
Me subestimas! Crees que puedes repararme cuando se te de la gana! No es tan simple Kanon. Me las pagarás por esto.
- Y tu Kanon, no estás exento, nadie en este lugar sagrado lo está por más o menos alto que sea su rango. En el futuro lo pensaré dos veces antes de permitir que acompañes a uno de mis caballeros en sus tareas-Shion lo miró desde lo alto con sus ojos rutilantes y como una espina se le incrustó la mirada desafiante de Kanon. Demasiado irreverente pensó, la humildad y el respeto eran dos virtudes ausentes en él- harías bien en aceptar cual es tu puesto y hacer a un lado pretensiones infantiles. En tu signo son dos, es cierto…pero con uno es más que suficiente y ya tenemos en nuestras filas al mejor.
Te lo tienes bien merecido, además no es más que la verdad. Nunca fuiste mejor que yo. Yo soy el santo dorado, el que sigue los pasos de los que harán historia. Tu, a penas el resto de un vientre que fue bendecido dos veces.
Aunque…
No eres tan malo. Tal vez el maestro no debería ser tan duro contigo, yo lo quise también…sabía que estaba trasgrediendo sus órdenes pero en ese momento, lo quería, lo quería todo…
El Sacerdote aún seguía allí, hablando para ambos. Hablaba con menos tapujos de lo que su cordialidad magnánima y habitual le permitiría. Sin embargo, cada vez que intentaba exhortar a sus santos a que se alejasen de las malas conductas, les indicaba sus fallas o les recordaba las futuras sanciones que caerían sobre ellos, tanto más se alejaban estos de ese lugar y se sumían en sus pensamientos. Flotaban en una calmada dispersión, en una desapegada distracción de la que retornaban solamente para adaptar su expresión a los dichos del Patriarca. En el fondo no se sentían honestamente arrepentidos, pero quizás fuese la vergüenza el mejor aliado de Shion a la hora de reafirmar su autoridad y amedrentar a los santos ligeramente.
-Supongo que no hay peor castigo que vivir esa realidad, verdad Kanon?- apuntó nuevamente golpeando con ello en la mente del geminiano para que se despabilara. Suspiró fatigado, resaltando su gastada irritación, luego se volvió a su poltrona y se sentó con pereza. En alguna parte del sermón su cabeza había empezado a doler y no se había percatado. Se había posesionado de su cuerpo una extraña efervescencia capaz de ocultar ese tipo de malestares, que con el advenimiento de la tranquilidad, emergían a sus anchas. Acudió su mano izquierda a masajear la zona, superficialmente…, no conocía un tratamiento más presto que ese-Bien, eso es todo por hoy, más tarde los quiero de regreso aquí y recibirán sus respectivos castigos. No habrá oportunidad de abolición para ninguno, aprendan a responsabilizarse de sus actos y aténganse a lo que venga. Pueden retirarse.
Por más que intentasen, los quejidos traspasaban como saetas el aire, los ruidos de la noche, y se paseaban con soltura por las habitaciones de los templos irrumpiendo en más de un santo que trataba de hacerse un lugar en el sueño colectivo de los seres que duermen. Mu estaba fumando, Shaka se había echado encima de la cabeza una almohada, Milo bebía de a sorbos para engañar la imagen que tenía sobre su adicción, Camus se atrincheraba en su cama, Aldebarán descansaba en cortos períodos de sueños interrumpidos, Afrodita roncaba sin inhibiciones, Aioria observaba con inquietud el techo creyendo que si sostenía el tiempo adecuado la vista allí se dormiría por aburrimiento, Máscara Mortal encendía un cigarrillo para no perder la costumbre, Shura se debatía entre afligirse por el brutal castigo que sus camaradas estaban recibiendo o aplaudirlo en nombre de Athena, Dohko se tomaba la cabeza, sin decir nada. Ninguno podía escapar a las voces.
Cuándo había sido la última vez que habían empleado esos métodos de disuasión? La mayor parte de los que actualmente ocupaban las filas, y que gozaban todavía de una notable juventud, habían sido a penas unos aprendices con pocas luces para atisbar y apreciar lo que sucedía alrededor. Sus maestros procuraban inculcarles que su esfuerzo debía converger en el estudio y en la práctica de sus técnicas, entonces no había espacio allí para preguntarse si los ruidos que escuchaban por las noches merecían ser tomados en cuenta. Se respiraba entonces una atmósfera de despreocupación donde cada cual se confinaba a atender sus intereses. Algunos años después, los santos dorados podían adivinar con facilidad qué significaban esos gritos…y de no moverles un pelo por la suerte de los otros, se los movía por la suya.
