Tarde-noche del día después del accidente
Sacarle de mi coche fue casi más difícil que meterle, y eso ya era realmente decir mucho.
En la calle hacía un frío del demonio, y yo no me había puesto el abrigo porque no hacía más que entorpecer mis movimientos. Si escapaba a aquél día sin constiparme, sería todo un milagro.
House había hablado muy poco en todo el trayecto, cosa que solía hacer cuando estaba de mal humor por algo. Ni siquiera había jugado con el dial de la radio del Volvo, aunque eso lo había achacado a que le pillaba demasiado lejos para hacerlo con la derecha sin moverse demasiado.
- ¿Preparado? – Le dije una vez hube abierto su puerta.
El nefrólogo miró hacia mí y al ver la silla de ruedas con la que le había sacado del hospital frunció más el ceño, cosa que estaba esperando porque ya habíamos pasado por ello a la salida del hospital.
- Hay escaleras. – Me dijo como si fuera un telegrama, y tuve que reconocerle que tenía razón.
- Entonces la dejaremos ahí. ¿Puedes…? - Señalé vagamente a sus piernas para preguntarle si se apañaba él sólo o si necesitaba mi ayuda. Los segundos que siguieron a mi pregunta lo protagonizaron su fútil intento de doblarse lo suficiente para hacer con una mano algo para lo que siempre necesitaba las dos, así que sin mirarle directamente y sin hacer comentarios me agaché para ayudarle con todo el cuidado del mundo.
Al menos habíamos tenido la brillante idea de sentarle detrás de mí para que la primera pierna al salir fuera la izquierda.
Una vez conseguimos tenerle de pie apoyado contra el coche, todo su peso en la zurda y en el bastón, cerré y me coloqué a su lado. Tenía los labios apretados en expresión concentrada, sin apartar la vista del suelo.
- Tiene el freno puesto. Vamos. Me estoy quedando tieso…
House me miró como si hubiera matado a su perro favorito, y me pregunté otra vez qué le había hecho yo aparte de obedecer a Cuddy, claro.
- Oye, yo tampoco estoy contento con esto… pero no voy a tener mi carrera en el punto de mira cada vez que no te apetece hacer lo que te mandan. Con dos veces ya fue suficiente, creo.
- Gran jefe indio no estar aquí ahora. - Murmuró de mal talante, y le agarré de un brazo antes de que se le ocurriera alguna de las suyas.
- Engánchate el bastón al brazo. Vas a sentarte en la silla quieras o no – Ordené, y le cogí de la cintura. A regañadientes me pasó el brazo por los hombros y muy a su pesar le senté en la silla de ruedas.
Apenas fueron unos minutos lo que tardamos de donde había aparcado en doble fila hasta las escaleras de su casa y estoy seguro de que nadie nos vio; la gente ya hacía horas que estaba en sus casas porque era bastante tarde… la hora a la que yo había podido dejar mi departamento más o menos cogido con alfileres para poder continuar con mi trabajo desde mi nueva ubicación.
Le puse el freno a la silla casi delante de las escaleras y le miré con cara de resignación después de bajarle los pies de las plataformas. House giró los ojos al cielo y alargó el brazo derecho, dándome permiso para cogerle y ayudarle a levantarse.
Una vez en pie le tomé de la cintura otra vez para que me usara a modo de bastón. Aquél arreglo tampoco le gustaba nada pero no tenía otra opción, y así me lo hizo ver manteniendo la boca cerrada incluso cuando mi mano apretaba sin querer en las maltrechas costillas.
Uno a uno, en lo que pareció una eternidad, subimos los cuatro peldaños de su casa y nos dirigimos al sillón. De cuando en cuando iba mirándole furtivamente, notando la película de sudor en su frente a pesar de que hacía de todo menos calor.
Preocupado, intenté sujetar la mayor cantidad de su peso que me fue posible. Su orgullo no me lo perdonaría si tenía que acabar llevándole en brazos, y mi espalda posiblemente tampoco.
Cuando le dejé sentado en el sillón tenía la impresión de que habíamos corrido la maratón en seis metros a lo sumo. Estaba blanco como un papel y, aunque hiciera un gran trabajo escondiendo lo mal que lo estaba pasando el sudor y la respiración entrecortada le delataban.
- Voy a aparcar. Vuelvo enseguida….
No tuve contestación, así que fui a guardar la silla y a quitar el coche de donde lo había dejado frente a su casa para aparcarlo bien. Lo único que me faltaba ya era que me pusieran una multa. O que se lo llevara la grúa.
Sí, estaba desanimado, pero tenía motivos más que de sobra. House estaba del humor del que nacen las tormentas, y lo estaría durante días. No me quería cerca y yo estaba obligado a cuidar de él. Y todo eso sin contar que llevaba dos días en el hospital y que me dolía la cabeza y la espalda desde hacía más horas de las que me acordaba.
Y luego estaba lo que había pasado en la ducha. Por un lado, lo que Cuddy sabía y House no se había dignado a contarme aún y por otro… Lo otro.
Lo otro me inspiraba terror, no sabía por qué. Me había correspondido y en su habitación sólo había hecho una mención bastante inocente para venir de él… Pero aún así me aterrorizaba.
Posiblemente el hecho de que sea quien es tiene mucho que ver. Posiblemente el saber que acabaré matándole en su propia casa antes de que pueda andar, también.
Entré en casa con los brazos cruzados cerrándome el abrigo que ahora sí me había puesto y al cerrar tras de mí sentí como si fuera un bistec poco hecho y me hubieran echado en la guarida del lobo, entre otras cosas, porque House no había encendido la luz del salón.
A tientas dejé el abrigo en el perchero y me moví despacio para no tropezar con nada, yendo a encender la lámpara junto al sillón. No le había dado más de un tercio de potencia cuando sentí un par de ojos claros taladrándome y nos dejé así, en semi penumbra.
- Vete al hotel.
- Sí, eso andaba pensando. – Puse una mano en el respaldo del sillón y me dieron unos deseos horribles de apoyarme completamente. Estaba más cansado que un perro. O que dos.
- No te necesito, Wilson.
- Yo tampoco necesito que me lo recuerdes. ¿Quieres cenar algo en especial?
- Que te jodan.
- Vale. – Hice un aspaviento y me fui a la cocina, que solía ser territorio neutral y mi bastión en aquellas circunstancias.
Cierto que a veces se ponía realmente intratable y a veces le partiría el bastón en la cabeza si por mí fuera, pero incluso entonces no era comparable a la destrucción psicológica a la que sometía a todo el que le rodeaba cuando se sentía inútil y dependiente, tuviera la relación que tuviera con él.
Y sólo llevábamos cinco minutos allí; aquello no había hecho más que empezar.
Si al menos no le doliera sería mucho menos cabrón… Mierda. No he cogido las cosas del coche…
Con las prisas me había dejado el portátil, las carpetas y el equipo de urgencias en el maletero, así que tendría que ir a por ello a primera hora. Sólo esperaba no necesitar nada antes.
Instándome a tener paciencia abrí la nevera y, para no variar, estaba vacía. Sólo había cerveza, un trozo de queso que debía llevar allí más años de los que nos conocíamos y un par de tuppers vacíos.
Cogí dos latas en un intento de paz que sabía no iba a funcionar, y volví al salón.
House no se había movido de donde le había dejado, pero tenía los ojos cerrados y todo el aspecto de haber sido arrollado por un camión. Claro que aquello no estaba demasiado lejos de la verdad.
El bote de vicodina se lo había dejado en el regazo, y el verlo me hizo gruñir mentalmente.
- Recuerdas que tienes que decirme cuánto tomas de eso¿verdad? – Pregunté lo más suavemente que pude sentándome en la otra punta del sillón y tendiéndole una de las cervezas.
- ¿He hecho alguna promesa o algo…?
- Si te pasa algo tengo que sab…
- Si me pasa algo me muero y en paz. Así no tengo que aguantarte más.
Le tiré la cerveza al regazo antes siquiera de darme cuenta que lo estaba haciendo y abrí la mía sin prestarle mayor atención. Estaba fría y rica, y acabé poniéndomela en la sien para intentar aplacar el latir de mi cabeza.
De pronto se rebulló y le vi intentando llegar al mando a distancia de la televisión, que estaba encima de la mesa. Estuve a punto de reírme porque era cómico verle estirar el brazo derecho todo lo que podía y más sin apenas moverse del sillón, y escondí la boca tras la lata para que no viera mi sonrisa.
Gruñó algo entre dientes cuando decidió que lo que pretendía era imposible y me apiadé de él. Di un trago a mi cerveza y cogí el mando para echárselo también sobre el regazo.
- ¿Vas a contarme de una vez lo que te pasó en la ducha?
- Tuve un mal polvo con una enfermera. – Contestó arrastrando un poco las palabras. Se quitó la cerveza de encima y cogió el mando. La luz de la tele nos coloreó en blanco y negro de a saber qué canal de películas de los años veinte.
No sé si era cine mudo, o es que tenía el aparato sin sonido.
- Me diste un susto de muerte, House.
- Oh. Siento que no disfrutaras el momento como yo. – Espetó y, por un momento, su enfado enmascaró el dolor. Tragó saliva, aún mirándome fieramente, y se volvió bruscamente a la televisión.
No pude evitar girar los ojos.
- Creo que no te morirías por explicármelo para que no me preocupara de algo que ni siquiera sé. Digo yo.
- Nadie te ha pedido que te preocupes.
- Claro – hice un aspaviento - No tendría ni que haberte bajado a buscar. Así te habrías curado tú sólo y nadie se habría preocupado al verte retorcerte de dolor en una ducha. De hecho, ni siquiera te habrían encontrado hasta ¿cuántas horas después?
House agarró fuerte el mando a distancia y por un momento pensé que me lo iba a tirar a la cabeza, pero empezó a pulsar los botones sin tino, los ojos clavados en la pantalla.
- Y que no quieras que esté aquí no justifica que seas un capullo conmigo como si encima fuera culpa mía. Es tu culpa. Y de tu moto. Y de no contarme las cosas. Porque si me hubieras contado que te podía pasar algo así te hubiera metido en urgencias de cabeza. Y¿quieres que te diga lo que pienso?
- Ah… ¿no lo hacías ya?
Di un trago como si no le hubiera oído y estiré la espalda dolorida.
- Creo que eres un capullo. Eres un capullo – seguí – porque Cuddy dijo que "te esforzaste demasiado sabiendo que no debías" y aún no me has contado por qué te dijo eso. Y también porque me lo estoy imaginando.
- Si sabes tanto deja de… – tragó aire, maldijo entre dientes y yo bebí de la lata - …darme por culo ya con ello.
- No, porque ¿sabes? No querías ir a urgencias. Y no querías ir porque tenías miedo de que alguien la cagara. Y al final la cagaron igualmente en el vestuario¿a que sí? – mirando al frente, House tenía toda la expresión de querer destruir algo, pero yo estaba más que curado de su mal genio - Eres un capullo. ¿Tanto te habría costado decirme, "Wilson, entra conmigo y no dejes que la caguen"? Claro que seguramente te hubiera costado igual de poco decirme desde un principio que te habías roto la clavícula, pero ¿para qué?
El nefrólogo no había vuelto a apartar la vista de la televisión y fruncí el ceño porque sabía que me estaba ignorando deliberadamente para no contestar.
Me froté los ojos y soplé.
- House. Deja de hacerte el sordo, que no cuela.
- Era por mantener la ilusión de que eres… – aguantó la respiración un momento que pareció eterno y no pude evitar mirarle. En ese tiempo, vi los músculos restantes de su muslo encogerse en un espasmo. - …mudo…
Acabó con un jadeo, y me asusté. Otra vez tenía la mano sobre el abdomen, y su gesto dolorido hablaba por todo lo que no me decía.
- ¿Estás bien?
Me acerqué a él casi sin levantarme del sillón, y blandió el mando a distancia contra mí.
- ¡Vete de una puta vez a tu puto hotel! – Exclamó entre dientes antes de encogerse sobre la pierna todo lo que el ocho en la espalda se lo permitió.
En vez de enfadarme más con él sentí como un vacío en el pecho. Odiaba, odiaba, odiaba verle sufrir así hasta cuando quería matarle.
- Voy un momento a… Dame un grito si… lo que sea. – Dije con mi locuacidad legendaria, y me levanté del sillón hacia la cocina con el modo doctor completamente alerta. Primero tenía que ayudarle, y después ya seguiría gritándole.
No podía medicarle más de lo que ya llevaba al menos por el momento así que pensé que una bolsa con agua caliente quizá le aliviaría algo. Normalmente en estas circunstancias el equivalente House de un masaje –que era apretar, clavar los dedos y el talón de la mano contra los músculos en cuestión hasta que lo que dolía era la mano - estaba a la orden del día, pero era impensable con los golpes que tenía.
Empecé a buscar por los armarios una que compré una vez que tenía tanta fiebre que no podía salir de la cama, y me frustré sobremanera al no encontrarla.
A saber dónde habría ido a parar.
Me quedé unos segundos mirando a un armario cerrado sin saber por dónde seguir buscando hasta que un quejido me hizo mirar por la puerta.
Me mordí el labio. El dolor no parecía tan malo como en la ducha, pero no quería arriesgarme.
Volví al salón y me acerqué despacio al sillón.
- House… ¿Seguro que estás bien…? – Pregunté cautamente, intentando conseguir alguna prueba sólida que me tranquilizara.
Esta vez el mando sí que salió volando contra mí, aunque su puntería fue pésima y casi fue hasta la puerta del baño, abriéndose la tapa de las pilas en la caída.
- ¿Eso es un sí?
Si se hubiera quedado callado me habría preocupado de verdad, así que el rugido grosero que me soltó me animó lo suficiente para que mi mente volviera a la idea de la bolsa de calor.
¿Dónde coño puede...? Ah... ¡Ya sé...!
Prometiendo estar de vuelta en menos de cinco minutos fui a casa de la vecina. La conocía poco, pero era una señora agradable que alguna vez me había echado una mano con causas de fuerza mayor.
Quise abrazarla cuando en lugar de una bolsa me prestó una manta eléctrica.
De nuevo en casa fui a la habitación a por un par de almohadas y regresé al sillón. Aparté la mesita lo suficiente para tener espacio de maniobra y me dispuse a ejercer de enfermero aunque tuviera que pelearme con él y reducirle a la fuerza.
- ¿Por qué no… puedes dejarme en paz…? – Me preguntó House entre jadeos. El pelo se le pegaba a la cabeza por el sudor como si se hubiera metido en la ducha y se agarraba la pierna por donde no dolía, aunque no sirviera de nada.
- Porque te odio y me gusta torturarte. – Puse una almohada en la esquina del sillón y empecé a moverle de forma que quedara apoyado en ella del lado bueno, liberando el hombro izquierdo de peso. Se agitó, intentando liberarse de mis manos, pero al poco dejó de oponer resistencia, supongo que al notar que le dolía menos de aquella manera.
Aquello me envalentonó para continuar.
Coloqué la otra almohada de forma que pudiera colocarle la pierna sobre ella y le cogí por debajo de las rodillas.
- Voy a subirte las piernas al sillón. ¿Listo? – Pregunté más por mí que por él, porque no había concesión posible. Agitó la cabeza y escuché sus dedos clavarse en el cuero del sillón anticipando lo que iba a pasar. Tragué saliva y conté hasta tres, y le moví con todo el cuidado del mundo. Después enchufé la manta eléctrica y se la dejé encima, esperando que le ayudara a calmar los espasmos.
Le miré unos segundos, el tiempo que tardé en convencerme de que estaría bien y que tenía que dejarle tranquilo un rato, y me volví para irme.
Respetar su privacidad. Intentar que no me mande más al carajo. No preocuparme demasiado. Intentar no asesinarle la primera noche…
- ¿Qué prefieres cenar del 24 horas¿Pizza o chino? – Pregunté cansado, sin hambre realmente. La lata de cerveza que le había traído había terminado en el suelo y la cogí, pensando en abrirla en la cocina.
- ¿Qué prefieres… recoger en tropezones del suelo…?
- ¿Tropezones? – repetí perdido por un momento – ¿Tienes náuseas? – Me volví de golpe, el doctor haciéndose de nuevo cargo de la situación. Me agaché a su lado y me hizo una mueca cuando intenté auscultar su costado.
- Estoy cansado, Jimmy, no me metas mano…
- Qué idiota eres… - Murmuré mostrándome serio e implacable aún a pesar de su comentario. Que no me hubiera pegado otro empujón físico o verbal aún significaba que, aunque no fuera a decírmelo nunca, agradecía que hubiera reducido su nivel de incomodidad – No parece muy rígido…
- Ya te he dicho que estoy cansado… - siseó el final de la frase, y sentí los músculos encogerse bajo mis dedos, haciendo fuerza. – Mierda… - La mano que antes yo le había quitado volvió y apretó sobre la mía, clavándome los dedos en el dorso.
Al poco se apartó y yo retiré también la mía, incapaz de no tragar saliva al escucharle respirar ruidosamente.
- House, antes... digo, anoche. Esta mañana….
- Luego, antes de ayer, pasado mañana… - se burló de mí tanto como fue capaz dadas las circunstancias – Cállate¿quieres…?
Suspiré y me rendí, demasiado cansado para seguir la discusión de antes, y me dejé resbalar hasta sentarme en el suelo. La cabeza estaba empezando a matarme seriamente.
Abrí la cerveza allí mismo y se salió un poco, manchando el suelo, pero no me importó en absoluto. Cada uno se vengaba como podía, aunque aquello fuera un poco triste por mi parte.
Empujé un poco más la mesa con las piernas, para hacerme hueco, y las estiré, apoyando la cabeza atrás en el asiento del sillón. Imaginé que el techo blanco sobre mí era el limbo y cerré los ojos.
Aunque él estaba indudablemente en peor forma que yo, no podía evitar sentirme como el peluche viejo de un perro; mordido, desgarrado y hecho una pena en general.
- Idiota. – Soltó de pronto, sorprendiéndome.
- Yo también te quiero… - Murmuré sin abrir los ojos, concentrándome en el frío de la lata subiéndome por la mano hasta el codo.
- Vas a joderme el suelo si quedas dormido con eso en la mano y te meas…
- Así hace juego con la mancha de vómito del otro lado. - Le devolví con la voz plana, sin miramientos, aludiendo a la Navidad pasada.
De pronto sentí un tirón en el pelo. No lo suficientemente fuerte para hacerme daño, pero sí lo bastante para hacerme abrir los ojos, molesto.
- ¿No querías morirte en paz…? – Le dije en un gruñido mirando hacia arriba, pero House había cerrado los ojos. Lo que no había echo era soltarme, y seguía dándome tironcitos para incordiarme.
Exasperado, me moví del sillón más rápido de lo que a mi espalda le habría gustado y me soltó sin oponer resistencia, sus dedos trazando surcos en mi pelo hasta que la mano cayó.
Soplé mirando hacia atrás y decidí que, aunque el sillón no iba a ser ni la mitad de cómodo que mi cama del hotel, sí que sería al menos el doble de lo que era el suelo, así que me levanté.
Aunque le cogí de las piernas con cuidado dio un respingo, seguramente porque no se lo esperaba. Le encogí un poco, lo suficiente para poder sentarme y luego le estiré sobre mí.
- ¿Estás bien? - Le pregunté al escucharle resoplar suavemente.
- Pregúntamelo otra vez y te pateo del sillón… - Murmuró arrastrando las palabras, desmadejado en la otra esquina como un muñeco de trapo.
- Ya quisieras poder… - Eché la cabeza atrás al cojín del sillón y los ojos se me cerraron de nuevo. La mano se me estaba calentando porque había dejado la lata en el suelo, y la espalda parecía algo más contenta ahora que tenía algo cómodo donde apoyarse.
Me despertó un empujón que resultó ser una patada, pero estaba tan cansado que no volví a la conciencia de golpe, sino que estuve unos segundos desorientado.
- ¿Mmmqué…? – Murmuré abriendo los ojos y guiñándolos un poco a pesar de la poca luz.
- ¿Mis pastillas?
Aquello me despertó un poco más, y parpadeé un par de veces. Me moví para buscar al tacto el bote, que seguramente no andaría muy lejos, y no pude evitar hacer una mueca del pinchazo que me subió por los riñones.
- Esto no puede seguir así… - Murmuré dolorido moviéndome más despacio que antes para evitar más punzadas desagradables.
- Aww, vamos… Hace cuatro horas… - Medio gimió, y arqueé las cejas buscando entre nosotros por el sillón.
- Me refería a lo de seguir así en el sillón… - aclaré, y suspiró aliviado echando la cabeza hacia el lateral, contra el cojín – Aquí están. Toma.
- Ya soy mayorcito para saber cuánto tengo que tomar…. – Me gruñó abriendo la mano para que le diera la única pastilla que había sacado.
- Tu carné de identidad dice que sí, tu edad mental dice que no. Y como soy yo el que tiene el bote ahora…
No quería torturarle, no era eso. Sabía que le dolía más de lo habitual y que lógicamente necesitaba más calmantes de lo habitual, pero efectivamente hacía sólo cuatro horas de las dos que estaba seguro que se había tomado. Y además, no quería que mezclara demasiada vicodina con las medicinas que le habían recetado en el hospital.
House me miró fatal pero debió pensar que aquello era mejor que nada y se estuvo callado, cosa que agradecí. Nuestras peleas sobre su vicodina solían ser de órdago.
- ¿Te ayudo a ir al cuarto y te estiras en la cama? – Le pregunté cambiando de tema completamente.
¿Y a ser posible, yo también...?
- Mejor no andar por un rato. – Tragó saliva con los ojos apretados, muy quieto contra el sillón.
- ¿Aún siguen los calambres? – Pregunté borrando todo rastro de preocupación de mi voz para evitar que volviera la Tercera Guerra Mundial, y el nefrólogo agitó la cabeza un poco.
- No. – tardó un poco en seguir hablando, como si se lo pensara – Pero prefiero que vuelvan por tener que ir al baño dentro de unas horas…
Mi mente tardó unos segundos en procesar sus palabras.
- Espera. ¿Quieres decir que lo de antes ha sido por el pequeño paseo de las escaleras al sillón¿Esto es lo que decía Cuddy de que no podías andar, ni esforzarte demasiado…? – le miré con los ojos muy abiertos – No me lo puedo creer. ¿Tanto secretismo para esto que es, grossomodo, lo que te pasa todos los años?
A veces, aquellos días de invierno en que entrábamos todos tiesos a trabajar a pesar de haber dejado el coche sólo veinte metros más allá de la puerta me lo encontraba encogido en su silla, pasada ya la media mañana, intentando calmar aún los calambres a los que era propenso cuando hacía frío.
- No es lo mismo. – Gruñó el nefrólogo pero yo no le hice caso, enfadado porque otra vez no había sido capaz de decirme lo que ocurría.
- Así que… Bien, déjame el diagnóstico diferencial. La reacción normal del cuerpo al dolor es encogerse. A mayor dolor, mayor esfuerzo hacen los músculos, cargándose. Primero tienen espasmos, micro calambres como los de ahora--
- ¡Te digo que no es lo mismo!
-- y si entonces les añadimos esfuerzo extra y/o un trauma como el de un accidente de tráfico el resultado es un cojo retorciéndose de dolor por imbécil. ¡House¡Eres…eres….!
Tragué aire y me agarré el puente de la nariz por no estrangularle.
- ¡No tienes ni puta idea de nada…!
- ¡Claro que sí! Y ahora estás jodido¡no¡estamos jodidos porque eres un inconsciente y un idiota que no sabe pedir las cosas!
- ¡En la ducha no tenía calambres!– de pronto escuché un golpe seco, y la lámpara junto al sillón cayó al suelo todo lo larga que era, dejándonos iluminados por la televisión nada más. – ¡Y estoy jodido porque una gilipollas como tú se saltó el semáforo del cruce!
Por un momento me quedé en silencio, pero lo que me había sobresaltado no había sido el golpe de la lámpara sino la mezcla de emociones en su voz.
-¿Qué…¿Que se saltó el semáforo del cruce? – Pregunté con los ojos como platos cuando mi mente asimiló todo, y al momento me llevé una mano a la cara al pensar todo lo que podía haberle ocurrido.
Gracias Dios por ponerle un ángel de la guarda que hace horas extra…
- ¿Qué¿Ahora sí me escuchas¿La realidad no es tan divertida como "Los mundos de Jimmy"? – Espetó todo veneno, y le miré entre los dedos de la mano con la que aún me tapaba; se sujetaba el brazo a la altura casi del hombro porque se había echado hacia delante para poderme odiar mejor.
Me lleve la otra mano a la cara y me apreté los ojos, incapaz de reunir las fuerzas necesarias para discutir a aquél nivel en el que sólo volarían insultos, amenazas y mucho, mucho rencor.
- Mira… Estás hecho polvo y yo he tenido semanas mejores. No es momento para esto¿vale?
- Vete a tomar por culo fuera de aquí, Wilson. Que te jodan. – Espetó echándose de nuevo atrás contra la almohada y soplando a un tiempo.
Su repetida idea de que me marchara de allí no podía ser más absurda cuando no parecía tener la menor intención de quitarme las piernas de encima, pero no dije nada al respecto. Durante unos segundos que parecieron horas le vi mirar el cuero del respaldo del sillón como si fuera el culpable de todos sus males, y aparté los ojos con un suspiro.
Miré las Nike sucias de tierra y llenas de raspones y recordé los parches en sus piernas, los moratones. Las costillas. El hombro.
Un coche se saltó el semáforo y casi se le lleva por delante un día y medio atrás y me acababa de enterar básicamente porque no había llegado a preguntárselo.
Me mordí el labio. La había jodido bien, y aquello era más importante que el que me no me hubiera contado lo de la pierna.
- House.
Silencio.
- Me llamaron los de la grúa. Tu moto está ya en el taller.
La única respuesta que tuve fue un soplido desdeñoso de esos que soltaba para hacerme sentir la peor escoria, así que recosté la cabeza en el sillón, cerrando los ojos. Pedir disculpas nunca funcionaba entre nosotros, de todas formas. A veces, como entonces, ni aunque fueran veladas.
Bueno… Mañana iré al super y le compraré con unas tortitas…
Si me desperté de nuevo después de horas, minutos, o días, no pude asegurarlo en el momento.
- ¿Qué…? – pregunté más dormido que despierto, dándome cuenta en una nebulosa un poco informe de que lo que se movía encima mía y que seguramente me había despertado, se había parado de golpe.
Gemí y me moví para mirar el reloj; eran las 5:37 de la madrugada. Una gran hora para estar durmiendo.
Automáticamente me llevé la mano a la cara y me froté los ojos. Cansado. Tan cansado... El cuello se me había quedado entumecido de la postura y, como no podía ser menos, la cabeza seguía latiéndome.
Si no fuera por que me quedaría mayormente inconsciente, le robaría una vicodina...
Parpadeé un par de veces. La tele seguía encendida en blancos y negros, pero hasta esa poca luz me era incómoda.
House soltó una blasfemia entre jadeos y el sonido me despertó casi por completo. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba intentando quitarme las piernas de encima, encogiéndose como podía y sujetándose por las rodillas con el brazo bueno.
- House¿qué haces¿Tienes que ir al baño…? – Le pregunté con un bostezo enorme, indeciso entre si ayudarle a cambiarse de postura o sujetarle. Al final acabé echándole mano al ver que estaba haciéndose polvo y le ayudé a girarse hacia la tele.
Por supuesto, mi ayuda no fue bienvenida y en cuanto tuvo la oportunidad se soltó dándome un manotazo. No fue muy fuerte, pero sus ojos, cuando fue capaz de abrirlos tras el movimiento brusco, me dijeron que no era por falta de ganas.
Estaba cabreado conmigo, eso era obvio, y más que se iba a cabrear si en diez minutos la pierna volvía a matarle, así que pensé que lo mejor que podía hacer por la salud de ambos era intentar que aquello no sucediera.
– House¿y si te traigo la silla y así no…?
- Te la puedes ir… metiendo por el culo… - espetó intentando recuperar la respiración que le faltaba del ejercicio - … con tu patética excusa de… diagnóstico.
¿Patética excusa de diagnóstico…? me pregunté despistado por unos momentos hasta recordar que me había dicho textualmente que no tenía ni puta idea. Lo que no tenía tan claro es por qué me lo había dicho, y si me había corregido.
Más vale que me concentre en el problema inmediato… luego le preguntaré, si acaso.
- Con la silla no te dolerá la pierna después… - intenté por el lado práctico, y me gruñó como si fuera un perro de metro noventa, resoplando después al intentar doblarse y recuperar su bastón del suelo. – Puedo traerte también algo donde puedas…
- Wilson. – me cortó, y de pronto me encontré mirando los ojos claros enrojecidos por el dolor y la falta de sueño. – Métete la ayuda… por donde la silla...
Me froté el cuello inconscientemente. Estaba realmente enfadado conmigo por no haberle preguntado por el accidente.
- No estás siendo razonable. No puedo creer que seas tan masoquista que prefieras que agonizar a sentarte un momento en una silla de ruedas.
- Ni yo que… - siseando, alargó el brazo hasta que los dedos tocaron el mango del bastón y lo atrajo hacia sí para poderlo coger con más facilidad - …seas tan gilipollas de seguir hablando…
- Ah, vamos. – hice un aspaviento que venía a significar todo lo que me frustraba cuando se ponía tan cabezón - No puedes ir tú solo. No puedes andar, House.
- No me digas…
Clavó el bastón en el suelo y empezó a incorporarse. Se mordió la boca, imagino que resuelto a no darme la razón de ninguna manera, y consiguió dar varios pasos, lo cual me sorprendió, aunque estuve a su lado más rápido de lo que imaginé que podría hacerlo para agarrarle cuando la pierna se le dobló.
Se encogió entre mis brazos, siseando, y el bastón volvió al suelo repicando estruendosamente. Eché una pierna atrás para afianzarnos a los dos, y apreté los dientes cuando mi espalda se quejó del maltrato.
Casi a rastras le llevé al brazo del sillón para poderle apoyar en algún sitio y que descansáramos los dos, y cuando vi que no corría peligro de caerse de donde estaba sentado le solté para intentar estirarme.
- ¿Te digo lo que pienso o es obvio que eres imbécil? – gruñí en un soplido - ¿Cómo se te ocurre¿Es que quieres descolocarte la fractura? Porque si no te llego a coger y tengo que llevarte al hospit--
Lo último que registré antes de darme cuenta de que caía al suelo fueron sus ojos azules a la altura de los míos, rabiosos, y tuve que pasar varios segundos sentado en la tarima para darme cuenta, con la mano en la boca, de que me había dado un puñetazo.
House estaba encogido en el suelo a mi lado, y me imaginé que no había conseguido sostenerse después de incorporarse para golpearme. La verdad es que lo tenía bien merecido, porque no podía haber pedido mejor colofón para dos días de mierda que un puñetazo por intentar ayudar.
No es que no supiera como era House. No es que no hubiera tenido que bregar con él en situaciones similares, o que no me hubiera hecho daño tantas veces que podría llenar libros con las cicatrices, pero si yo le hubiera pegado por cada una que me había hecho, le tendría ya bajo tierra de seguro.
Se había pasado, joder, y en aquél momento le odiaba por ello.
Medio sentado, medio tendido en el suelo, el nefrólogo no movía un músculo ni hacía el menor sonido aparte de lo rasposo de su respiración, y más le valía que fuera así. No quería ni oírle. Ni siquiera quería estar con él en la misma habitación, pero eso era difícil estando ambos en el suelo uno frente a otro.
Me llevé la mano a la boca otra vez, porque dolía, joder. Dolía, escocía, y pinchaba, y no ayudaba en absoluto al dolor de cabeza que tenía desde hacía siglos.
Mierda. Y ¿cómo coño ha conseguido darme un puñetazo así estando como está?
Con la poca luz que había apenas veía la cara y lo agradecí por no ahogarme en mi propio veneno al verle el gesto de dolor y no importarme una mierda.
Respiré hondo un par de veces y me levanté. Hice una mueca por el pinchazo en la espalda al moverme y me senté en el sillón lo más alejado de él posible, cerrando los ojos al dejarme caer.
No bien me había cambiado de sitio cuando escuché su mano escurrirse por la tarima y un gemido ahogado, y pensé que por lo que a mí me respectaba podía irse al baño arrastrándose por el suelo. Tenía lo que había pedido, el bastardo. ¿Quería que le doliera? Deseo concedido. ¿Quería que le dejara en paz? Deseo más que concedido.
Subí las piernas al sillón y me estiré cuanto pude, recostándome de lado en los cojines y clavando los ojos en el cuero.
De pronto, en la oscuridad de la piel me asaltó el pensamiento de que parecía la viva imagen de House horas atrás, y el pensamiento me hizo morderme el labio de rabia, cosa de la que me arrepentí mucho al momento.
Necesitaba hielo. Ya.
Me moví un poco en el sillón y el bote de vicodina repicó en algún lado, entre los cojines. Alargué el brazo para buscarlo y lo agarré antes que se colara. Con una sádica satisfacción que no se reflejó en mi cara lo agité entre mis dedos, haciendo sonar las pastillas contra el plástico.
Y me tomé una.
Qué narices…
Soplé más sonoramente de lo que me hubiera gustado y cerré los ojos otra vez, llevándome las manos a la cabeza. Dios. Sólo esperaba que no fuera el comienzo de una migraña, porque entonces era hombre muerto seguro.
Calma. Sólo tengo que esperar a que haga su efecto... Estaré bien en un rato… sólo necesito dormir. Dormir.
Y dormir hubiera sido la mejor opción del mundo si la vicodina hubiera tenido efecto inmediato, pero no era así y por mucho que quisiera ignorar a House no podía evitar escucharle.
No es que hiciera mucho ruido, de todos modos. Casi parecía que tenía la cabeza apretada contra una almohada, porque todo eran sonidos ahogados. A veces era la respiración entrecortada que se volvía más fuerte, otras indiscutiblemente quejidos.
Debía dolerle todo, pero a mí también y encima por su culpa. No pude evitar mirar por encima del respaldo del sillón, pero no se había arrastrado hacia el pasillo. Debía estar aún donde le había dejado.
Bien. Así no tenía que verle.
Asomé la cabeza por el otro lado del sillón, pero lo más que pude ver fue la puntera de una de las Nike, y no se movía. Quizá se hubiera hecho daño en el hombro al caer. No, quizá no. Seguro que se lo había hecho.
Desde luego, no podía decir que no se lo avisé.
"Claro. Y cuando te caigas y te muevas la fractura volverás a ocuparme una cama…"
Escuché la voz de Cuddy alto y claro en mi cabeza, recordando la conversación que tuvieron en el hospital y que nos llevó a aquella situación tan odiosa, y me cogí del puente de la nariz.
Si se la hubiera descolocado estaría gritando y retorciéndose por el suelo, y está muy quieto y muy callado. Demasiado. Posiblemente sólo se la haya movido al caer y esté mordiéndose la herida del labio como el cafre que es. Agh. Eres odioso, House. Y yo soy lo peor por preocuparme. ¿Por qué siempre me preocupo me hagas lo que me hagas? Soy gilipollas. El más gilipollas del mundo.
Me apreté los ojos con los talones de las manos y suspiré.
¿Por qué siempre tenía que ser yo el imbécil que iba tras él, el que se preocupaba, el que le buscaba cuando no venía¿Era tan masoquista realmente¿Tan pillado estaba por él¿Tanto necesitaba a Greg House en mi vida?
Tragué saliva para aliviar la presión en el pecho y me sentí aún más gilipollas por conocer al dedillo la respuesta de todas las preguntas.
- …Wilson… - Escuché, y de pronto di un golpe con ambas manos en el sillón.
- ¡Cállate la puta boca joder¡No quiero oírte! – Grité como si algo me hubiera poseído en ese mismo momento, y cuando me quise dar cuenta temblaba de rabia y del dolor sordo y completamente psicosomático en mi pecho.
Tragué saliva un par de veces más y me senté en el sillón, apoyando la cabeza en las manos, los codos sobre las rodillas. Mi espalda se quejó al momento de la postura, pero agradecí el dolor real.
Miré la mesa torcida, la tele encendida que seguía con su continuo vaivén de imágenes, y cogí el bote de vicodina y lo lancé con toda la fuerza que pude contra la pared del fondo.
El tapón a prueba de niños hizo que el salón no quedara regado de pastillas, pero el bote cayó y rebotó contra el suelo con un sonido que me hizo pensar en el de un hueso al quebrarse y que me puso enfermo.
Apreté los ojos un momento y me levanté bruscamente para ponerme a pasear por la habitación, siempre de espaldas a donde estaba él, porque la adrenalina me estaba matando y necesitaba descargarla en algo.
Eran las seis y media de la mañana, según el reloj del dvd, y tenía ganas de llorar como un niño pequeño.
Era frustrante, tan frustrante…
Cuando no soporté el salón por más tiempo, mi errar triste me llevó a la cocina. A pesar de guiñar los ojos para aguantar la luz, llegó de pleno a mis nervios ópticos y se entretuvo durante unos segundos rabiando contra mis sienes.
Me lavé la cara con agua fría y me mojé el cuello y el pelo, y por un momento la sensación térmica fue todo lo que fui capaz de registrar. El frío contra lo que me ardía por dentro fue como estrellar un coche contra un muro, pero segundos después me sentí mucho mejor. Más despierto, más sereno.
Goteando y con la camisa bien mojada fui a la nevera. Aún quedaban dos cervezas así que cogí una y la abrí, haciendo una mueca al apretar la lata contra el labio. Ya no serviría de mucho el ponerme hielo porque ya estaba hinchado, pero cogí un poco del congelador y lo puse en un trapo pensando que eso era mejor que nada.
Me apoyé en la encimera alternando la cerveza con el trapo. Era la tercera lata que intentaba beberme aquella noche, y aunque supuse que no era la mejor idea mezclar con la vicodina, realmente me dio igual.
Era un gilipollas declarado así que¿qué más daba?
Además tenía la sensación de que, si lo había seguido siendo después de lo que había pasado con Tritter también seguiría siéndolo después de esto.
Suspiré como un miserable, llevando los ojos al techo ahora que se habían acostumbrado a la claridad. La bebida me iba entumeciendo por dentro, suavizando la ira y la opresión en el pecho, cristalizándola en rabia fría, como si fuera nieve en la cima de un volcán.
Apuré la cerveza en menos tiempo del que solía llevarme y dejé la lata vacía en la encimera, junto al paño con hielo. Entre todas las cosas que había amontonadas un par más no se notarían.
Volví al salón porque mi cuerpo me estaba demandando un lugar donde poder descansar un rato, e hice un alto en el marco de la puerta. La luz que salía tras de mí lanzaba sombras siniestras a la habitación, incluida la mía, haciéndome parecer un gigante.
House tenía la espalda apoyada contra un lateral del sillón y estaba todo lo encogido que una persona en su situación podía estarlo. No le veía la cara y se había mantenido callado como le había dicho, cosa que me sorprendía.
También me sorprendía que no se hubiera movido más, pero supuse que le dolía todo demasiado para hacerlo. No por nada gemía a cada respiración quedamente ahogado, ahora lo sabía, por el brazo bueno, donde estaba escondido.
Parecía un niño grande al que habían castigado sus padres en una habitación oscura y, por un instante, me quedé pensando si el Coronel House habría castigado así al pequeño Greg por alguna de sus travesuras.
Posiblemente sí.
Agité la cabeza un poco. Si alguien había castigado a alguien aquella noche no había sido precisamente yo, así que volví a mi lado del sillón sin dedicarle otra mirada más.
Me senté despacio, con cuidado por mi espalda, y al tocar la superficie mullida no pude reprimir un bostezo. La vicodina me estaba atontando, lo sentía, y me empujaba a dormir de nuevo.
Tanteando el sillón encontré la manta eléctrica y me la puse tras la espalda para ayudar a los músculos a relajarse y cerré los ojos, casi, casi, sin querer… Pero no era capaz de cerrar mi mente a pesar de lo cansado que estaba.
Algunas veces había odiado mi conciencia, pero creo que nunca tanto como en aquél momento, cuando hacía encogerse a mi estómago con cada uno de sus quejidos.
Mis dedos arañaron un poco el cojín de cuero sobre el que estaba sentado, y me tragué un suspiro.
Hay que joderse…
Me levanté, y eché un vistazo desde mi posición aventajada por la altura a donde estaba él; temblaba entero. Giré los ojos al techo, pidiéndole a Dios paciencia, cogí el abrigo y salí del apartamento.
Hacía un frío de morirse en la calle, y como no había nubes para que nevara había caído una pelona impresionante. Me arrebujé todo lo que pude y más dentro del abrigo, pero el pelo seguía teniéndolo muy mojado, y estornudé.
Una neumonía sería lo que me faltaba hoy ya, gruñí mentalmente dando largas zancadas hacia el coche, menos mal que no aparqué demasiado lejos…
Abrí el maletero y saqué todo lo que me había traído del hospital, silla incluida, y aunque volví casi más deprisa de lo que me había ido cuando cerré la puerta tras de mí en casa estaba helado.
Dejé todo encima del sillón y me quité el abrigo, frotándome las manos compulsivamente y agradeciendo la calefacción y que a House aún le quedara el suficiente sentido común como para pagar la factura del gas.
Fui a la cocina de nuevo y encendí la luz para poder verle mejor sin tener que quedarme ciego de la claridad del salón, y luego con un soplido mal disimulado me agaché a su lado.
Ni siquiera se inmutó.
- Haz un movimiento brusco o dime una palabra más alta que otra y te dejo aquí tirado hasta que me despierte mañana a medio día. ¿Entendido?
No había casi terminado de hablar cuando levantó la cabeza del nudo que estaba hecho para poderse apoyar en la pierna izquierda y se me quedó mirando perplejo, como si fuera una aparición en vez de un doctor cansado, dolorido y harto de su mejor amigo.
- ¿Qué? – Gruñí.
Se movió muy despacio, casi en cámara lenta, y me cogió de la camisa, y no sé por qué le dejé hacerlo. Creo que porque la única vez que había visto esa expresión en sus ojos fue el día que Stacy cogió la puerta para no volver.
Cuánto la entendía, a veces.
Tiró un poco de mi camisa, el brazo temblándole, y de pronto se venció de lado atragantándose con un quejido.
Le cogí en brazos para que no acabara besando el suelo y su cabeza terminó contra mi pecho, momento en que me di cuenta de que algo le goteaba por el mentón desde la boca, algo denso y oscuro que sólo podía ser sangre.
- ¿Haciéndote el arrepentido, ahora? No, House. No cuela. La has jodido pero bien.
- … lo sé… - Dijo entre dientes intentando colocarse mejor en la postura en la que estaba, y le sentí encogerse contra mí con fuerza.
Su mano me agarraba como si de soltarse se fuera a caer a un tanque de tiburones y aunque por un momento me resultó violento tenerle sujeto contra mí de aquella manera sentí el frío de dentro empezar a derretirse; nunca le había visto más arrepentido.
Claro que, tenía razones para estarlo.
- Dios, deja de morderte… - le regañé al escucharle ahogadamente – Vas a acabar por hacerte la raja hasta la barbilla…
Usando toda la fuerza de la que disponía le empujé, pegado a mí, hacia la posición de sentado que tenía hacía unos momentos, y tuve que sujetarme en el suelo con la mano más libre antes de que los dos nos fuéramos contra él.
- ¿La vicodina…?- Preguntó con sorna con la voz rota, y gruñí por lo bajo.
- Sí, la vicodina. Y si a ti no te afecta así es porque eres un yonki… - Me defendí esforzando a mis músculos cansados y medio dormidos a cooperar.
Cuando conseguí dejarle de nuevo contra el sillón, rígido como una estatua, la luz de la cocina le daba de frente. Respiré hondo. Tenía los ojos apretados y las mejillas húmedas y aquello me hizo sentir mal, maldita fuera mi conciencia, a pesar de saber que era una reacción física normal al dolor.
Ya era la segunda vez que le veía así en un día y medio, y las dos eran indirectamente culpa mía.
Me froté los ojos porque amenazaban con cerrárseme y suspiré.
- Tengo algo aquí para dejarte KO, pero no quiero tener que ponértelo en el suelo o mañana tendré que llevarte a urgencias y explicarle a Cuddy que eres más gilipollas aún de lo que todos pensábamos.
- ¿Y la… brillante idea es…?
- Que me dejes hacer mi trabajo colaborando sin rechistar y te sientes en la puta silla de ruedas cuando te quiera mover de aquí.
Bajó la cabeza como si estuviera sopesando sus posibilidades y vi todo su cuerpo agitarse al tragar saliva. Náuseas, claro.
- Voy a hacerte daño – le dije, sin esperar su respuesta - así que intenta estarte lo más quieto y recto que puedas. – Expliqué mientras le desabrochaba la camisa empapada en sudor y sucia de la sangre que le caía de la boca.
No necesitaba más luz de la que había para comprobar su hombro; al tacto era suficiente. Aflojé un poco el ocho, lo necesario para auscultarle, y tragó aire y echó la cabeza atrás, casi sollozando, cuando palpé el hueso. Yo mismo solté la respiración al apartarme tras verificar que todo estaba en su sitio; no había tracción ni deformación; estaba perfectamente normal.
La siguiente parte del examen fue comprobar que no se había hecho nada más en la caída aparte de conseguir más moratones, claro. Los huesos del brazo y antebrazo estaban firmes, y el movimiento de muñeca y dedos no resultaba doloroso. El pulso distal también era correcto, así que todo apuntaba a que no tendríamos que salir corriendo a urgencias aquella noche.
- El brazo está bien. Bien, aunque obviamente peor que antes de que hicieras el cafre. –soplé, y decidí terminar cuanto antes con las pruebas para poder moverle y dormir. - Respira hondo un par de veces.
House apretó los ojos y agitó la cabeza un poco.
- Duele.
Aquello era nuevo.
- ¿El qué¿Las costillas? – La pregunta casi pareció retórica, porque él no me contestó y yo no esperé a que lo hiciera; solté el cabestrillo despacio para poder quitárselo y ausculté el lateral sobre el que había vuelto a caer.
Siseó e intentó débilmente apartarse de mis manos, pero le mantuve quieto contra el sillón.
- Respira hondo varias veces. – Ordené con una mano sobre las costillas. House volvió a protestar pero obedeció, y no noté ningún movimiento anormal. Tampoco había visto aquella mañana ninguna fisura o daño en los huesos que los hubiera debilitado, ni era el dolor tan intenso como sería en caso de fractura.
- No parece que tengas nada roto… pero teniendo en cuenta el color del golpe es normal que te duela. Y te dolerá durante un tiempo.
-…Einstein…
- De todos modos mañana le echaré otro vistazo. Has tenido suerte de que todo esté en su sitio…
- …Sí… Una… increíble…
- ¿Y la pierna? – Aquella era la pregunta del millón que siempre tenía contestaciones cortantes, tacos, maldiciones, o salidas por la tangente, pero tenía que hacérsela. No ya sólo como médico, sino como amigo. Necesitaba saber si era capaz de ceder un poco, si realmente se arrepentía.
Con más cuidado del que posiblemente se merecía puse la mano sobre su rodilla derecha sabiendo que de haber calambres los notaría desde ahí, pero pasados unos segundos nada sucedió y seguí esperando su respuesta.
House aún apoyaba la cabeza en el sillón aparentemente concentrado en no devolvernos a ninguno de los dos encima cuando hizo un pequeño gesto con la mano.
- …Estará bien… - Murmuró por fin, y su respuesta tan vaga hizo que se me tensaran, sin querer, los dedos sobre su rodilla.
"Estoy bien" y sus variantes, en el diccionario House de la Lengua tenían varios significados dependiendo un poco del contexto y la entonación.
Uno de ellos era "déjame en paz, no quiero tu ayuda". Era su "estoy bien" normal, el que me tiraba a mí o a cualquiera cuando intentábamos echarle una mano y pensaba que lo hacíamos por pena, o piedad.
Otro venía a ser un "déjame en paz, no necesito otra madre" que solía soltarme cuando estaba de mejor humor, o más bien, cuando yo no le pinchaba demasiado sobre el tema.
El último y menos habitual, el que me decía a veces cuando le encontraba al llegar al hospital tumbado en la butaca de su despacho venía a significar prácticamente "estoy bien jodido pero sobreviviré, así que deja de preocuparte".
- …siempre que no… la apoye… - Terminó con un suspiro.
Tercera opción y con explicación… Jesús. Creo que el mundo debe estar a punto de acabarse fuera…
Para haberlo podido pensar con toda la acidez del mundo lo hice hasta con cariño, y todo porque el nudo que se me había hecho en el estómago al escuchar su "estará bien" se había soltado de golpe al terminar la frase.
- Nada de peso, entonces. – asentí. No es que pensara dejarle intentar andar de nuevo, pero estaba bien que él mismo estuviera de acuerdo conmigo. – Voy a por la silla.
Las piernas me temblaron un poco cuando me puse en pie, y me pregunté si iba a ser capaz de hacer todo lo que tenía que hacer sin quedarme inconsciente por el camino. House debía estar realmente muy, muy acostumbrado a la vicodina si las aguantaba como si nada…
Porque es un adicto, y es lo que pasa con las adicciones, que llega un momento que nada es suficiente. Si me dejara cambiarle la medicación de vez en cuando…. Bueno, quizá pueda utilizar esto como medida de presión…
Llevé la silla donde estaba él, la anclé al suelo y me le quedé mirando. No sabía por dónde cogerle para no hacerle daño y para que mi espalda no sufriera demasiado.
De pronto le vi apoyar la mano buena en el suelo y echarse hacia delante despacio.
- ¿Qué haces? – Le pregunté arrodillándome a su lado. Su respuesta fue un gruñido al doblar la pierna izquierda de modo que el pie tocara la cara interna del muslo contrario.
Antes de que intentara siquiera nada con la derecha ya imaginaba que estaba facilitando la postura para que le pusiera de rodillas, y le ayudé a moverla despacio, aguardando cuando le dolía demasiado para seguir.
Cuando iba a decirle que me cogiera del cuello para levantarle a pulso, plantó la mano frente a él y haciendo fuerza con las caderas se quedó de rodillas los segundos suficientes para que yo pudiera atraparle en aquella postura.
Literalmente fue como coger un saco de patatas que alguien dejara caer, pero pudiendo hacer fuerza con las piernas y las caderas como anclaje, la espalda no se quejó demasiado del impacto.
- Respira despacio… - murmuré sujetándole bien por la espalda bajo los omoplatos, apretándole contra mí. Tenía la cabeza escondida en el hueco de mi cuello otra vez y sentía los músculos de su espalda duros bajo mis dedos a pesar de temblar entero; se había tenido que hacer polvo.
Mira que es cafre… ¿para qué va a dejarse ayudar si puede hacerlo él? Podría haberle levantado a pulso pe…
Mi pensamiento se quedó instantáneamente congelado cuando mi mente unió los puntos de sus actos con sus consecuencias. Si él se levantaba, yo no tenía que cogerle a pulso. Y si no le cogía a pulso sino que sólo le sostenía mi espalda no se resentía.
Tragué saliva y le froté suavemente entre los omoplatos, sintiéndome estúpido por no haberme dado cuenta antes.
– Te podía haber levantado yo, idiota… - Le dije más suave de lo que se merecía, mi voz traicionando ese pequeño momento de debilidad que suponía para mí que House se preocupara algo, alguna vez, por mi bienestar.
- Vamos… - Dijo casi en un susurro al poco, la voz tomada, y asentí poniéndome en cuclillas. Había dejado la silla pegada a nosotros, así que sólo gastaríamos en movimientos necesarios.
Con cuidado, soltándole poco a poco y dejando que se apoyara en mí, se encogió sobre sí mismo, apoyándose en los talones. Le sujeté mejor entonces y me obligué a ser testigo de los penosos movimientos con que se quedó en cuclillas sobre la pierna izquierda.
Rápidamente le sujeté por la cintura y nos impulsé a ambos hacia arriba, consciente de lo que dolía aquella postura y tuve que agradecer a Dios haber colocado la silla en el sitio perfecto, porque con una maniobra más le tenía sentado.
Me erguí, una mano en los riñones y las rodillas como flanes entre el esfuerzo y las drogas, y House vomitó todo lo que no tenía en el cuerpo apenas a un centímetro de donde estaba yo. Hice una mueca, pero aquello estaba dentro de lo previsto y le sujeté la frente pacientemente hasta que las arcadas remitieron y me le pude llevar a la habitación.
Ya limpiaría luego, o al día siguiente. Total, una mancha más o menos en la tarima…
Por suerte, sentarle en la cama fue mucho más sencillo para ambos, y después de prometerme que iba a estarse quieto hasta que volviera fui al salón y me traje el maletín con los suministros del hospital, la vicodina y las almohadas, y de la cocina un trapo con hielo para que se pusiera en la boca.
Moviéndole como si fuera de cristal le tendí en la cama entre los almohadones de la misma guisa que había estado en el hospital, y en poco tiempo le tenía descamisado, en calzoncillos y calcetines.
Le había traído un recipiente de dudosa procedencia que había encontrado en el baño para que orinara, a lo que no se opuso, y por unos momentos estuve tan asombrado de su colaboración que me planteé el dejarme pegar más a menudo si con eso iba a conseguir que dejara de ser terco como una mula.
Un puñetazo me parecía muy poco si se tomaba en serio cortar con la vicodina.
Los golpes habían dejado de ser rojizos para tener un violeta fuerte, amarronado, y al verle tan desmadejado, tan vulnerable, lleno de lesiones y con tan poca ropa sentí que la tensión en mi entrecejo cedía.
Seguía estando enfadado con él y lo estaría durante días porque el hecho de que en aquél momento el lobo pareciera un corderito no le quitaba el ser lobo, pero ya no quería apalearle. De hecho, le puse una camiseta de tirantes que encontré en uno de sus cajones y le tapé hasta la cintura.
Acto seguido abrí el maletín y lo primero que le di fue un protector de estómago. Después saqué una tira de goma, una jeringuilla y un montón de drogas.
Debía darle anti-inflamatorios para ayudar a la fractura después del golpe, pero era totalmente imposible. House estaba en la población de riesgo de los AINES por los problemas de coagulación que le venían de toda la hidrocodona que tomaba, y la ecuación era muy sencilla: hidrocodona más anticoagulantes era igual a bomba de relojería llamada hemorragia digestiva, justo lo que le hacía falta.
Si mañana no mejora, le llevo al hospital y que le saquen placas…y que le den todas las medicinas que tengan que darle, pero bajo seguimiento completo.
- Abre la mano - Le dije resuelto, y le quité el trapo con hielo par darle una vicodina.
- ¿Éste es… el gran plan…? - Me preguntó escéptico sin abrir los ojos, notando al tacto qué es lo que le había dado.
- Ahora va el fenergán…
- Dame… más vicodina…
- El fenergán aumentará los efectos de la vicodina. – Le expliqué aún a sabiendas de que obviamente lo sabía.
House se tomó lo que le había dado y respiró todo lo hondo que pudo, como si estuviera haciendo acopio de paciencia.
- Tú mismo… dijiste antes que la… vicodina no me hace el mismo efecto…
- El fenergán...
- ¡No me aliviará el dolor de la pierna…! – Exclamó con la voz ronca, y se pasó una mano por la cara, conteniendo la respiración un momento y soltándola poco a poco después.
Fruncí el ceño, soplé, y giré los ojos. Mientras pensaba en lo que decía y hacía memoria de cuánta vicodina había tomado en las últimas doce horas fui a cerrar el bote y me di cuenta de cuánto me temblaban las manos.
Lo peor es que va a tener razón con la vicodina… Mierda. ¿Qué cantidad tendrá que tomar para estar medio grogui como yo? Tengo que inventarme algo para que deje de tomar tanta…
En realidad tenía los ojos abiertos porque me había puesto unos palillos imaginarios debajo de los párpados, no por nada más. Mi capacidad de coordinación estaba bastante mermada pero eso sí, el dolor de cabeza se había vuelto un zumbido molesto nada más y la espalda estaba mucho mejor.
Claro que esas mejoras no iban a ayudar nada para buscarle la vena y clavarle la aguja.
- House, no puedo. Es demasiada, hasta para ti. Sé que ahora mismo te duele todo mucho pero con el fenergán estarás bien, te lo prometo. – intenté apaciguarle, y el que no respondiese me hizo pensar que estaba considerándolo. - Y cuando me despierte iré a comprar Acuarius y te beberás al menos dos botellas… -Le dije cogiendo la banda de goma y apretándosela en el brazo, sobre el codo.
Estaba pálido, y entre lo que estaba sudando y lo que vomitaba iba a necesitar reponer agua y sales pronto antes de que se deshidratara.
- Sí, mamá… - Respondió cansado, sin abrir los ojos, aceptándolo todo por una vez sin rechistar.
Me puse un par de guantes de látex que había traído, cogí la jeringa y el bote de cristal y al segundo intento lo clavé en el tapón gomoso, llenándola hasta que me pareció suficiente.
Limpié las venas con un poco de alcohol en un algodón y sujeté con dos dedos la piel. Hasta ahí, todo perfecto. Tragué saliva al acercarme con la jeringa y ver cómo se movía la aguja.
- House… ¿cuál era el diagnóstico de tu pierna? – Le pregunté intentando distraerle con algo para que no se diera cuenta de lo que ocurría.
- No importa…
- Dijiste que no había acertado. Quiero saberlo.
- ¿Vas a escucharme…?
Ya sabía yo que el lobo no duraría mucho disfrazado de cordero, pero no fue eso lo que hizo que mis manos se quedaran quietas, sino sus palabras.
La mayoría de mis pacientes estaban satisfechos conmigo, con el trato que les daba, y agradecían lo que hacía por ellos incluso cuando no podía hacer médicamente nada.
Siempre había pensado que lo hacía bien, pero el que mi mejor amigo me echara aquello en cara con tanta vehemencia no sólo entonces, sino cuando el accidente, era como mirarse a un espejo una mañana y descubrir la cara de otro en lugar de la tuya.
Le escuchaba, claro que le escuchaba. Si no¿cómo iba a detenerle cuando tenía una de sus ideas descabelladas?
Pero sabía a lo que House se refería en concreto, básicamente me lo había restregado por la cara el otro día, y fruncí el ceño. Siempre hacía lo que me parecía más correcto con él, intentaba ayudarle, evitar que las drogas acabaran con él. Tenía que ser radical con su salud porque él lo era más aún y me dejaba muchas veces entre la espada y la pared.
Entonces ¿por qué me sentía culpable?
Una parte de mí me dijo que era porque era consciente de que House tenía razón y que, psicosomático o no, cuando venía a mí con un problema era real a veces no le daba la importancia que realmente debiera. Otra, que estaba haciendo montaña de muy poco, y realmente no tenía razones para sentirme mal después de todo lo que hacía por él.
- ¿Te has… dormido de pie…?
- No. – sus palabras me sacaron de mis pensamientos, y lo agradecí porque estaba demasiado cansado para aquellas disquisiciones. Aquello era algo en lo que tenía que pensar con tiempo y tranquilidad. – Cuéntame lo del diagnóstico. Quiero saber qué fue mal.
Por mucho que mi parte rebelde lo odiara, el reconocer mi error era una petición muda de paz y una forma de aligerar mi conciencia, aunque fuera nada más que por que mi enfado estuviera totalmente justificado.
House sopló débilmente y echó la cabeza atrás en la almohada.
- No lo sé real…mente. – admitió en voz baja – Creo que es… como lo de McLaren… y sus pilotos…
- ¿McLaren? – pregunté - ¿Qué tienen que ver Hamilton y Alonso con todo esto?
- Que… no son buen equipo…
- Desde luego que no lo son… pero no te sigo, estoy demasiado dormido.
- McLaren sólo… puede permitir que sus pilotos… cometan un máximo de errores… antes de perder todos… los mundiales… - Explicó.
- McLaren es… ¿tu pierna? – pregunté, y House asintió suavemente – Así que tienes un umbral de… - fruncí el ceño, esforzándome por pensar – Supongo que te refieres a dolor…
- Creo que el músculo tiene… un máximo de esfuerzo a soportar… antes de que los nervios dañados… hagan cortocircuito…
- ¿Crees¿No lo has comprobado? –Pregunté volviendo a mi tarea de intentar pincharle.
- Es tan agradable…que sí, he hecho baterías de pruebas… completas…
Me mordí la lengua antes de señalar que, de ser otro el paciente, le habría hecho mil pruebas sin importar lo desagradables o dolorosas que pudieran resultar.
- Entonces no sabes cuándo puede pasarte otra vez¿no?
- Llevo años… evitando esforzarme… y no he tenido problemas…
- Ya eras vago antes del infarto, House, así que no cuela… - soplé, y House sólo gruñó – Aunque supongo que evitar rodar por el suelo después de haber tenido un accidente será de ayuda.
- Es… Oye¿estás jugando al cricket…? – Me preguntó de golpe después de haber intentado pincharle un par de veces, llegando a sitios equivocados pero nunca perforando la piel.
- Me tiembla el pulso. – Admití un poco avergonzado, bajando el arma del delito. House dejó escapar un soplido que casi pareció una risa.
- Eres… el peor enfermero… que he tenido nunca….
- Yo también te quiero.
- Si no me robaras… las pastillas…
- Ya, ya. Ni se te ocurra hablar de "robar pastillas". Cállate. Cuanto más me desconcentres más tardaré en pincharte, y no sólo no te dormirás sino que se te gangrenará el brazo y tendrán que cortártelo.
- Qué agradable…
- Y no me has contado qué te pasó antes. Ni lo del abdomen.
El nefrólogo suspiró.
- Esfuerzo más dolor es igual… a dolor al cuadrado…. que es igual a contracciones… más esfuerzo….igual a dolor al cubo…. que es igual a contracciones al cuadrado… y todo igual a contracturas…
Estudié por un momento la ecuación y por fin le encontré sentido a todo. Y sí que tenía razón en mi diagnóstico… al menos en parte de él.
- ¿Ves como no era tan difícil contármelo?
- Seguro que… tampoco puede ser tan… difícil clavar….me esa aguja…
Respiré hondo y volví a concentrarme en la jeringa, porque tenía razón. Llevé la aguja hasta la piel y la puse en horizontal. Así, por mucho que me temblara la mano intentando acertar en la vena no le pincharía. El pulso me jugó varias malas pasadas, pero al quinto intento tenía la aguja donde tenía que tenerla y se la clavé, por fin, vaciando el fenergán.
- Ya está… - Con un suspiro le quité la goma, dejé la inyección vacía encima de la mesita y me froté los ojos; no confiaba en mantenerme despierto otros diez minutos más.
Di la vuelta a la cama, quitándome los zapatos y los pantalones por el camino, apagué la luz y estuve a punto de dejarme caer sobre el colchón. Suerte que en el último segundo pensé que no sería muy agradable para ninguno de los dos y me tumbé como las personas normales.
En el momento en que todo mi cuerpo estuvo en contacto con el colchón me di cuenta de que se me relajaban músculos que no recordaba tener, y el olor de House me envolvió más que los cobertores que estábamos compartiendo.
Estaba en su cama. Con él. Tan cerca que si alargaba un brazo o una pierna le tocaba. Y no me había echado al sillón. No pensaba dormir allí de todas formas, pero… no me había echado.
Cerré los ojos. No era el mejor momento para pensar en todo aquello, así que lo guardé en una esquinita de mi mente para cuando estuviera más lúcido y menos enfadado con él.
- …Jimmy…. – Mi nombre llegó como un susurro arrastrado, y casi ni siquiera fui capaz de oírlo. En el combate House vs fenergán era cuestión de segundos que las drogas ganaran por ko.
- ¿Mmm…?
- …gra….s……
La derrota llegó antes incluso de lo que había previsto y nunca llegó a terminar la palabra, pero lo imaginé claramente y suspiré.
Eran las siete y mucho de la mañana, había amanecido ya, y mi mente desconectó por fin del mundo, con la conciencia tranquila.
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