4 Días después

Una bola de papel me cayó sobre el regazo por enésima vez y me pasé una mano por la cara. Estábamos los dos en la cama y a mi alrededor, separándome de House a modo de barrera, estaban varias montañas de papeles del trabajo, mi móvil y mi busca.

- Eres insoportable. – Gruñí echándola a un lado, sin importarme si caía o no fuera de la cama donde estábamos estirados.

Después de los incidentes de la primera noche había decidido hacer del cuarto de House nuestro centro de operaciones. Después de todo, la cama era suficientemente grande y el baño estaba cerca.

Al nefrólogo no le había hecho demasiada gracia su confinamiento, lo notaba por la forma en que miraba al pasillo o por cómo se frustraba por estar siempre entre las cuatro mismas paredes, pero en realidad no se había quejado. Demasiado, al menos.

- Bah. Pero si no estás haciendo nada…- Murmuró.

- ¿Que no estoy…? Arhg. Ya tuvimos esta conversación ayer. Déjame trabajar.

- Me aburro…

- Pues mira la tele, que para eso te la he traído hasta aquí.

Había tenido que hacer algunos arreglos para que me dejara trabajar tranquilo, o al menos todo lo tranquilo que podía estar con él constantemente a mi lado con el plus de tener que cuidarle.

Al menos no tenía demasiadas consultas ni más pacientes sobre los que investigar que los que ya tenía; mis compañeros se estaban haciendo cargo de todo, posiblemente por cortesía de Cuddy.

Como dice mi madre, Dios aprieta pero no ahoga…

Además, tenía que reconocer que se estaba portando mejor de lo que había supuesto que haría, aunque el hecho de que me las arreglara para enseñarle el moratón en mi mandíbula cada vez que se ponía cabezota ayudaba mucho a hacerle cambiar de opinión.

A veces me sentía un poco mal por manipularle así, sobre todo cuando veía de refilón el cambio de expresión en sus ojos, pero consideraba que el fin justificaba los medios.

Aunque… en realidad me sentía peor que un poco mal.

Al día siguiente de la noche infame yo aún estaba enfadado - aunque mucho menos que antes de dormir a pierna suelta - y a House le dolía todo como para repartir entre tres.

Entendía perfectamente que tuviera demasiadas náuseas para comer y era una obviedad que tenía que beber o acabaría en urgencias con un cojo deshidratado, pero no. No había forma de obligarle a beberse el Acuarius.

Discutimos. Gritamos. Y me fui de la habitación. Y de casa también; fui a que me diera el aire y de paso a comprarme el periódico y una tonelada de Toblerones negros para matar las frustraciones.

A la vuelta pasé por delante de una tienda de ropa, y me paré a mirar. Se me fue el santo al cielo, cosa muy irresponsable por mi parte teniendo en cuenta que había dejado a House sólo en casa… Y volví dos horas después.

Nada más entrar en la habitación House me dijo todo sarcasmo que si a la tercera iba la vencida, y he de reconocer que estuve unos segundos pensando qué quería decir.

Me percaté de su mano agarrando el edredón y de sus ojos que no me miraban, y yo mismo me hubiera pegado entonces al darme cuenta de que había relacionado el portazo que había dado al marcharme con que no iba a volver. Más aún cuando recordé su sorpresa al verme la noche anterior y mi propia comparación con Stacy.

La botella de Acuarius a su lado estaba medio vacía, y no fui capaz de decirle que no le iba a abandonar. Ni ninguna otra cosa, tampoco.

Lo que sí que hice fue prometerme que no iba a volver a marcharme de su lado en ninguna discusión más, aunque quisiera matarle.

La verdad es que aquél incidente había sido la razón principal por la que había elegido trabajar desde su cama, rodeado por mis apuntes, libros y carpetas, y el portátil sobre las rodillas; que estuviéramos cerca o no del baño… no era más que la forma en que se lo había vendido a House.

La televisión se apagó de golpe, sumiéndonos en el silencio, y vi de reojo cómo dejaba el mando junto a mis papeles.

- Tengo que ir al baño. – Me dijo quitándose el edredón de encima de las piernas, y yo asentí y dejé el portátil a un lado.

En aquellos cuatro días no habíamos hablado demasiado, pero al menos tampoco nos habíamos insultado, cosa que agradecía de corazón. House estaba extrañamente taciturno, con pequeños brillos de quien solía ser habitualmente. Era como si se hubiera escondido detrás de un muro y asomara, de cuando en cuando, los ojos sobre la tapia.

Me levanté conteniendo un suspiro. Sabía que algo le estaba rondando la cabeza, le conocía demasiado bien y tenía miedo de que hubieran sido nuestras peleas las que le hicieran esconderse de mí.

- ¿Estás listo? - Le pregunté. Habíamos sacado el tema un par de veces y habíamos decidido que el cuarto día, cuando los golpes ya no fueran tanto problema, sería el gran día para empezar a hacer progresos… y el primer progreso sería ir al baño sin la silla.

En realidad lo había decidido él, aunque yo no me había opuesto. Nadie mejor que él para conocer cuándo hacer o dejar de hacer las cosas,aunque a veces esa afirmación fuera tan arriesgada como dejarle los mandos de un horno a un crío.

Despacio, usando la pared como apoyo por un lado y a mí por el otro fuimos al baño, donde siempre intentaba dejarle la mayor privacidad posible porque House, obviamente, odiaba no ser capaz de hacer las cosas por sí mismo. Lo había odiado cuando el infarto, y lo odiaba también entonces, y me lo hacía saber lanzándome miradas llenas de rencor siempre que le ayudaba con la ropa.

Me apoyé en la pared de fuera, junto a la puerta, y esperé pacientemente mirando al techo. Tenía que convencerle de que se bañara. Aunque tuviera que bañarle yo. Le había limpiado en la cama, con su ayuda obviamente y tras mil maldiciones, y estaba seguro de un buen baño le ayudaría física y anímicamente.

Escuché de pronto un golpe sordo que me hizo dar un respingo, y estuve a punto de entrar en el baño, pero mi sentido común fue más inteligente y me hizo mirar primero por la rendija que había dejado abierta.

Estaba de pie, lo que me hizo respirar aliviado, y se sujetaba en el lavabo con el brazo bueno; por la postura, la acción de agarrarse debía haber sido el golpe que había escuchado.

- House… ¿necesitas algo? Puedo echarte una mano si…

- Puedo mear solo.

Su respuesta, aunque entre dientes, no admitía réplica, así que aguardé. Ciertamente se iba moviendo mejor, aunque me preocupaba que quisiera ir demasiado deprisa.

Pero no. No va a arriesgarse a pasar otra vez por todo esto. Ni siquiera él es tan inconsciente.

¿…Verdad?

Al poco House abrió la puerta con cara de pocos amigos, apoyándose pesadamente en el marco hasta que le agarré por la cintura y distribuí su peso en mi espalda.

Mis riñones se quejaron pero no demasiado, lo cual era una grata señal de que mi espalda estaba mucho mejor, y marchamos de vuelta a la habitación. Con un poco de suerte, cuando volviera al trabajo ya ni siquiera se me notarían los golpes.

No, si como siga así tendré que darle las gracias a Cuddy por obligarme a venir…

Para cuando le senté en la cama, House jadeaba como un perro. Le cogí por las rodillas y le subí las piernas, colocándole lo más cómodamente que fui capaz.

- ...Ya podías… tener cuidado… - gimió cuando se rehizo de tanta maniobra - desgraciado…

- Es que eso no me lo enseñaron cuando estudie para oncólogo, sabes… – Me encogí de hombros dando la vuelta para sentarme en mi sitio. El nefrólogo agarraba con fuerza el edredón, obviamente dolorido, pero sabía que si comentaba algo en ese momento tendríamos otra batalla, así que hice como si no le prestara atención.

Mientras me colocaba el portátil encima le vi recostarse mejor en los almohadones, y el aviso de correo nuevo de uno de mis compañeros me hizo dedicarle toda mi atención al trabajo una vez más.

Si había algún problema serio lo notaría, o él se buscaría las mañas para hacérmelo saber sin pedirme nada.

Seguí tecleando durante un rato, y fui consciente que desde que habíamos vuelto se había quedado muy callado porque estaba consiguiendo concentrarme. Pero como las cosas buenas duran poco, de pronto su voz me hizo perder el hilo de lo que andaba escribiendo.

- ¿Y mi paciente? - Preguntó despacio.

- No tienes paciente, House. Hace dos días Chase le diagnosticó, ¿recuerdas? - Le respondí sin quitar los ojos de la pantalla del portátil.

- Pero seguro que Cameron ha cogido a otro.

- No lo sé. No he hablado con tus chicos aún...

- Pues llámales.

- ¿Por qué no les llamas tú? Estoy trabajando...

- Navegar por Internet chupando de mi teléfono no es trabajar... - se quejó casi terminando en un suspiro, y le miré. Tenía los ojos cerrados, y las líneas de expresión de su cara se arrugaban a intervalos de tiempo irregulares.

- ¿Te duele mucho? - Pregunté cayendo en la cuenta de que se había inventado lo del paciente para entretener el mal rato, lo cual era la pista que estaba esperando que me diera.

- Sólo cuando me preguntas... – Resopló. Su curva de dolor había disminuido considerablemente desde que le tenía confinado y quieto en la habitación, aunque había tenido que pincharle varias veces más para mantenerlo a raya, sobre todo los dos primeros días. A pesar de que le había obligado a hacer ejercicios de rehabilitación en la cama, era lógico que después del primer esfuerzo en días lo pasara mal.

- ¿Te has tomado algo?

House abrió un ojo y me miró de soslayo.

- ¿Es que tengo que no poder moverme para que aceptes que de verdad necesito la vicodina?

- No, sólo tienes que darme una causa justificada y real.

- Y yo pensando que el agujero en mi pierna era más que suficiente… Claro que, tú no eres capaz de creerlo ni aún metiendo los dedos en él como el tipo de la Biblia…

- Aunque no te lo creas, lo hago por ti. – Intenté que mi voz fuera lo más neutral posible, como si sus palabras no me causaran el menor efecto. En realidad no me afectaban demasiado. Conocía a House de sobra, y sabía que siempre era más desagradable de lo normal cuando la piernale dolía más de la cuenta.

Además, el que estuviera hablándome así era un destello de normalidad en aquellos cuatro días.

- Sí, el camino al Infierno está enlosado de buenas intenciones…

Apreté los labios y le vi respirar trabajosamente, dolorido. La verdad es que llevaba los cuatro días esperando aquella conversación, que sólo era una más de las muchas que habíamos tenido desde el infarto; House, sus medicinas, el dolor crónico y su ausencia de mesura en general.

Lo que no tenía muy claro era por qué salía entonces a relucir. Tal vez había estado demasiado echo polvo para sacar ese tema, o tal vez había sido el dichoso muro el que le había mantenido callado, no lo sabía.

Me volví hacia mi mesilla, donde tenía otro bote de vicodina para cuando se le acabara el actual, y cogí dos pastillas para ponérselas en la mano que agarraba el edredón.

- Toma. ¿O necesitas el fenergán?

Cuando su única respuesta fue llevarse la mano a la boca, le acerqué el Acuarius por si quería ayuda para pasarlas.

Inconscientemente fruncí un poco el ceño, pensativo. Necesitaba darle algo para que se entretuviera hasta que las pastillas calmaran el pico de dolor, pero no era ético dejarle pensar en trabajo en la condición en que estaba, tanto por sus heridas como por el paciente –si es que Cameron había cogido uno-.

De pronto se me encendió una idea que, con un poco de suerte, podría satisfacer también mi curiosidad a la vez que le hacía salir un poco de su concha.

Echaba de menos nuestras conversaciones sin sentido.

- Aún no me has dicho por qué Cuddy lo sabía. Ni cómo te colocaste el hombro. – Le dije como quien no quiere la cosa, siguiendo con mi trabajo.

- No.

- ¿Y bien...?

- ¿Qué?

- ¿No vas a contármelo?

- ¿No te aburres de ser tan cotilla? - Me gruñó aunque sin especial rencor, sólo cansancio.

- No. Creo que es de las pocas cosas que he aprendido de ti…

House se quedó en silencio, y el movimiento lento de la mano sobre su muslo me hizo mirarle de soslayo. Era la primera vez que se tocaba la pierna en cuatro días.

- ¿Los golpes van mejor? – Pregunté evitando cualquier tipo de preocupación en mi voz.

- Sí…

Estuvimos otro par de minutos en silencio, y desistí de intentar hacerme el desinteresado. No iba a hablar si no le tiraba de la lengua y yo, que le tenía demasiado malcriado y no podía evitar querer ser bueno con él cuando se encontraba tan mal, no iba a dejarle callar si con eso se distraía.

- Vamos, cuéntamelo… - Le pedí teatrero quitando las manos del teclado con estruendo para que se percatara de mi gesto sin verme.

- Pero qué pesado eres… - abrió los ojos un momento y me miró de refilón antes de cerrarlos de nuevo – Me ayudó un tipo de la obra.

- ¿De la obra?

- Donde aterricé.

- Ah… - el que hubiera caído en una obra explicaba el barro en su persona. Hice una mueca en simpatía al imaginármelo entre excavadoras y zanjas, y me alegró pensar que le hubiera pasado tan poco para lo que podía haber sido - ¿Ese es al que oía contigo mientras hablábamos por teléfono?

- Sí. El orco de Mordor.

- ¿Y te…te lo colocó él? Es decir… ¿le dejaste?

Estaba tan sorprendido que las palabras se me atascaban en la garganta. House no solía dejarse ayudar físicamente, menos aún por extraños.

- Es la clavícula… - murmuró – Hasta tú serías capaz.

- ¿Y Cuddy?

- Si le hago un esquema creo que ella también sería capaz…

- No seas cafre, House. Y no me tomes el pelo… sabes que me refiero a por qué ella lo sabía y yo no.

- ¿Es que estás celoso, Jimmy?

De pronto me quedé en blanco, sintiéndome como un verdadero idiota. No se me había ocurrido mirarlo así pero… No. No eran celos. No era como si Cuddy se hubiera acostado con él y yo no. Era más bien ¿decepción? ¿indignación?

- ¿Celoso? Qué va. Es sólo que… Yo soy tu amigo. ¡Y tu proxy! Y joder.

Me tragué un soplido y le vi medio reírse entre dientes muy divertido conmigo, claro.

- Ya sabes lo que quiero decir. ¡No son celos! Es que… es que yo siempre sé esas cosas. Siempre me … las cuentas. Bueno, no siempre. Ni siquiera a menudo, pero…

El resto de la frase, que venía a ser algo como "esas cosas me las cuentas sólo a mí por ser yo y Cuddy está aparte.", me lo callé antes de cometer el disparate de decirlo, y de reojo vi que House me miraba con curiosidad. El brillo en sus ojos estaba ahí de nuevo y yo no sabía muy bien por qué el hacerme parecer un idiota le había vuelto a su yo habitual.

- Estás celoso de que Cuddy sepa algo de mí que tú no sabes.

- No son celos.

- Sí lo son.

- ¡House! ¡Te digo que no lo son! Es sólo curiosidad…

- No sabía que la curiosidad te hiciera incapaz de hilar una frase mejor que un crío de tres años…

Apreté los dientes por la vergüenza que me estaba haciendo pasar y volví mi atención al portátil. No iba a decirle que tenía razón, primero porque no eran celos y segundo, porque no me daba la gana admitir que me dolía no haberlo sabido.

House se rió entre dientes otro poco y echó la cabeza atrás, visiblemente divertido a pesar de todo.

- Es que te atascas y te sonrojas como las quinceañeras de los culebrones…

- Yaaa, ya. Qué divertido. ¿Y tú qué? – le espeté de pronto. – Vale, puede que yo estuviera… digamos que intrigado porque alguien supiera algo de ti que yo desconozca, pero el otro día tú estabas acojonado. Acojonado. Así que estamos a mano. – Repetí, señalándole para dar más énfasis a mis palabras.

- No estaba acojonado.

- Ya.

El nefrólogo apretó los ojos mucho menos divertido que un momento atrás, y no volvió a pronunciarse ante mi acusación.

Claro que su silencio fue de lo más elocuente.

Tras mis palabras lo único que escuchaba en la habitación era su mano frotando la tela del pantalón, el ventilador del portátil y el tronar de la sangre en mis oídos. Me mordí el labio y miré su mano, y el pantalón del pijama a rayas.

House siempre tenía que quedar por encima como el aceite. Siempre tenía que tener razón, o hacer como si la tuviera… nunca se quedaba callado ante nada. Y si no tenía nada que contestar, el mandar a quien fuera al carajo era una buena escapatoria.

Desde el primer momento me di cuenta de que el muro que había levantado entre nosotros tenía mucho que ver con todo lo que había pasado, pero supuse que sería cuestión de tiempo que lo echara más o menos abajo, como hacía siempre.

Lo que no me esperaba que fuera a quedarse callado sin mirarme sólo por sacar a relucir el tema.

No aparté mis ojos del pantalón, esperando no sé, a que se decidiera por cualquier cosa. Por insultarme, por contarme lo que estaba pensando, o por intentar marcharse de la habitación, en realidad me daba igual con tal de que pudiéramos romper aquél silencio tan incómodo.

Lo que decidió hacer por fin me pilló por sorpresa. Me cogió la mano que tenía más cerca de él y la colocó en la mitad de su muslo. Sentí lo que quedaba de músculo tensarse bajo mis dedos al tocar la parte más honda del valle que era la cicatriz, y tragué saliva inconscientemente.

Siempre que le había dado un masaje había sido en contra de su voluntad, o al menos, desde luego no porque él me lo pidiera.

Su cuerpo no parecía demasiado tenso, excepto en los momentos fugaces en que la máscara seria en que se había convertido su expresión se llenaba de arrugas. Creía que no le dolía tanto como para que necesitara ayuda – porque cuando lo había hecho nunca había lo admitido tampoco - pero debía estar equivocado.

Me quité el portátil de encima y aparté los papeles con la mano libre para hacerme hueco, y obedecí.

Pasaron un par de minutos y sentí la necesidad de decir algo, pero no sabía qué podía ser. Y lo único que me decían los gestos de House era si mis dedos tenían que ser más cuidadosos con sus golpes.

- ¿También era curiosidad? – Me dijo de pronto, y me sorprendió tanto que me detuve.

- Eh… ¿el qué? – pregunté, consciente de que sus pensamientos iban varios kilómetros por delante de los míos. - ¿House? – Le llamé, pero no dijo nada más.

Me humedecí los labios, retomando mi tarea, y estuve rumiando mis propios pensamientos un rato hasta que encontré lo que quería decirle.

- No imaginaba que fueras a pensar que no iba a volver.

- No imaginaba que me fuera a importar si no volvías.

Su murmullo hizo que casi me atragantara con mi propia saliva, pero conseguí que mis manos apenas se detuvieran unos segundos.

- Lo siento. – le dije sinceramente – No fue mi intención.

- No sé por qué no lo has hecho ya.

- Porque te quiero. – dije sin pensarlo, y al momento de darme cuenta de lo que había salido por la boca empecé a tartamudear. – En… ya sabes, en el sentido amplio de la palabra. Ya me entiendes. Te tengo aprecio, soy así de… así de idiota. ¿Qué… qué-qué era lo de la curiosidad? – Aproveché a preguntar, no sólo porque House parecía haber recuperado la elocuencia sino para darme un momento de respiro.

No sabía qué demonio me había poseído para hacer semejante confesión, cuando ni siquiera había tenido tiempo en aquellos días en pensar o incluso asimilar lo que había pasado entre nosotros.

Le quería. Obviamente, o no sería capaz de aguantarle pero… ¿le quería? Es decir, claro que sí, pero…

- ¿Por eso te me quieres tirar en una ducha?

Abrí la boca, y fui incapaz de cerrarla, mi pensamiento totalmente olvidado. No imaginaba que fuéramos a tocar el tema de la ducha tan… tan directamente. Yo, que entre tantas peleas, mi enfado y su hermetismo no me había atrevido a sacar el tema era el que se quedaba sin habla. No era justo.

- …Eh…

- ¿Porque me aprecias? ¿Porque eres así de idiota? O… - House dejó la frase en el aire y me miró. Ni siquiera me había percatado de cuándo los había abierto, pero sus ojos azules me taladraron sin piedad.

Me quedé en silencio. No sabía qué es lo que quería oír y tenía miedo de que la conversación se me fuera más de las manos.

- Wilson.

- No… no sé que contestarte…

- ¿En qué coño estabas pensando? – Me espetó, tan serio que hubiera asustado a alguien que le hubiera conocido menos.

- Me di un golpe en la cabeza, estaba desorientado. – le medio mentí, siendo tan brusco porque de pronto parecía enfadado conmigo por algo que él también había hecho. - ¿Y tú? ¿Qué pensabas tú cuando me besabas?

- En distraerme del dolor.

El golpe fue tan bajo que incluso me encogí. Aparté las manos de él, dolido. Me había usado muchas veces y lo había admitido muchas veces, pero aquella era de las peores.

- Serás hijo de puta…

- Sí, pero sincero. Tú no tienes huevos de decirme la verdad.

- ¡Quería hacerlo, ¿vale?!

- ¿Tenías curiosidad? - Dijo con sorna, repitiendo la misma pregunta de antes.

- ¡No! Quería besarte. Quería tocarte. - me llevé las manos a la cabeza y me despeiné entero, mirándole con los ojos desorbitados, como si le hubieran salido dos cabezas. De perdidos, al río. -Quer….Quiero.

House se llevó la mano buena a la cara y se tapó los ojos.

- No, no quieres.

- Vaya, ¿vas a saber tú mejor que yo lo que quiero? - Estaba empezando a perder los nervios porque, aunque era cierto que no había pensando en ello y en las implicaciones que conllevaba aun así sabía que no estaba mintiéndole, y House seguía sin querer mirarme.

Sí, claro que le quería, y claro que quería violarle en la ducha pero por Dios, no estábamos hablando de matrimonio.

- Sí, porque también quisiste casarte tres veces --

Vaya, ya salió…

-- Y a no sé cuántas enfermeras, pacientes y demás faldas que se te han cruzado.

Como si no supiera ya todo eso…

Apreté los labios. En lugar de sentir mariposas en el estómago lo que tenía era una acidez terrible debido al intercambio de palabras, y aquello me hizo decidirme aún más.

Apoyé una mano en el colchón y me eché hacia delante, usando el brazo como pilar para sostener mi peso. Y le besé.

Raspaba, Dios, como un maldito papel de lija, pero eso no me echó para atrás ni tampoco el saber que estaba hecho una pena. Mi único enfoque era su boca, los labios finos y secos bajo los míos.

Maldito idiota…

La mano que House tenía sobre los ojos encontró de pronto mi pelo y me lo revolvió más de lo que ya estaba al correr los dedos por él hasta mi nuca, haciéndome tener casi un escalofrío.

Me cogió un puñado del pelo y tiró hacia atrás. Hice una mueca de dolor y perdí mi precario equilibrio, teniendo que plantar la otra mano firmemente junto a una de sus caderas para no caerme sobre él.

- No voy a dejar que juegues conmigo.

Sus palabras sonaron como una amenaza, y contradecían lo que expresaban sus ojos. Tragué saliva.

- No estoy jugando, idiota…

- No eres gay. Ni siquiera bisexual.

- ¿No? Yo diría que un poco sí…

- Wilson…

- ¿Por qué no puedes aceptar que esté interesado en ti?– Exclamé. Intenté liberarme de su agarre, pero como no podía quitar las manos de la cama sin caerme sólo pude agitarme frustrado.

House agitó la cabeza como si estuviera discutiendo consigo mismo, pero no me contestó, así que retomé la palabra.

- Además tú me has provocado, todo este tiempo. Siempre con tus bromitas, siempre celoso de que pudiera salir con alguien y dejar de prestarte atención. Siempre buscándome las cosquillas para ver hasta donde podía llegar, y ahora que lo sabes…

- Te cansarás de mí como siempre te has cansado del resto.

Boqueé un par de veces como si fuera un pez y le miré con las cejas enarcadas, sin poder decidir cómo me sentía. Por un lado me había echado en cara que era un culo inquieto que va de flor en flor, y por otro ahí estaba de nuevo su miedo a que le dejara solo.

- House, no voy… -me humedecí los labios, sin saber muy bien qué decir – Han pasado mil cosas, y muchas chicas, matrimonios, trabajos y de todo, y lo único que no ha cambiado es que sigo aquí. ¿Por qué voy a cambiar ahora de idea?

Al ver que de nuevo era reticente a contestar intenté moverme otra vez para ver si igualando nuestras posiciones podía ganar algo de ventaja. Siseé dolorido y House aflojó su garra, permitiéndome más libertad. Tenía los ojos prendidos en la otra punta de la habitación, y no parecía tener la más mínima intención de mirarme. Nunca.

- No es una buena idea, Wilson.

Respiré profundamente al escuchar su afirmación, y pensé fugazmente en aquellas ocasiones que me había encontrado en el mismo brete. Sólo habían sido dos; una había terminado en boda con mi primera esposa, y la segunda en una sonora bofetada en mi mejilla.

Es decir, dos rotundos fracasos.

Fui a bajar la cabeza sin recordar que me tenía agarrado, y sus dedos sólo me sujetaron por un instante antes de dejarme marchar.

Tal vez House tuviera razón, y una retirada a tiempo estuviera más que en orden.

Su mano se escurrió entre nosotros para acabar donde había estado en un principio, sobre su pierna, y giré los ojos sin mover la cabeza para mirarle. Y ciertamente fue una reacción un poco absurda por mi parte, porque las rendiciones eran suficientemente vergonzosas sin encontrarse con los ojos de nadie… pero lo hice, tal vez porque sabía que el nefrólogo no estaría mirándome.

Miré y supe, Dios, por una vez leí en su gesto como si fuera un libro abierto. Estaba haciendo lo que mejor se le daba en la vida además de resolver puzzles; estaba apartándome de su lado.

- No vas a hacerme esto – le dije tan serio como pude sin que me temblara la voz - Estuve allí cuando echaste a Stacy, y no vas a hacérmelo a mí también. Nunca he dejado que te alejaras de mí, y no voy a empezar ahora así que si aún no lo estás, ve acostumbrándote a tenerme cerca.

House se volvió hacia mí visiblemente sorprendido por mi mini discurso y se me quedó mirando, esta vez neutralizando completamente su expresión.

- ¿Quién te crees que soy para que me hables usando diálogos de telenovela barata? ¿Una de tus exmujeres?

- ¿Sabes? - le espeté sintiendo que se me erizaba hasta el vello de la nuca de la indignación - Eres un miserable, un misántropo infeliz que le pone pegas a todo el mundo cuando tú, ¡tú eres el peor de todos! ¡Sí, claro que la he jodido! Pero al menos yo lo he intentado, ¡lo intento! ¡No me quedo dentro de mi concha muerto de miedo viendo cómo me hago viejo!

- Sí, he comprobado lo útiles que resultan tus esfuerzos… - Dijo con sorna, y deseé que mi mirada tuviera algún tipo de poder intimidatorio que le cerrara la boca de una vez por todas.

- Al menos yo no tengo que pagar a nadie para follar. – le solté de golpe, y le vi hacer una mueca – Y quieres apartarme de ti porque te da demasiado miedo admitir que quizá haya algo y que puedes salir herido. Que es por lo que echaste a Stacy la última vez. – Seguí presionando, seguro de que estaba dando en el clavo.

House frunció el ceño, poniendo ese gesto de hombre de Cromagnon con el que solía hacer llorar a los niños. La mano en el muslo ya no frotaba pero agarraba con fuerza lejos de los golpes, lo cual me indicaba que las pastillas no estaban siendo capaces de controlar el dolor que estaba evocando con mis palabras.

Eso no era sino otra prueba de que estaba en lo cierto y que todo aquello lo había pensado su lado pragmático de "más vale solo ahora que luego abandonado".

- No dices nada… Así que admites que tengo razón.

- No hagas esto, Wilson. – Me advirtió, y giré los ojos y medio reí enfadado y frustrado, dos de las emociones que más solía despertar en mí el nefrólogo.

- Yo no hago nada. Eres tú el que está huyendo con el rabo entre las piernas sin motivo como si yo fuera un monstruo o algo peor.

- Tú no eres más que un triste que ya no sabe qué hacer para no sentirse solo.

- Claro, y como a ti el bastón hace compañía lo que quiero es esperar a que estés dormido para quitártelo y quedármelo yo. – Dije todo sarcasmo, y por fin, algo en House saltó.

- Por amor de Dios, ¿es que el golpe en la cabeza te ha reblandecido el cerebro?

¡Estoy cojo, tengo casi diez años más que tú y mi único amor verdadero es un bote de calmantes que no entiendes que necesito para sobrevivir esta mierda de vida a la que me condenó la última persona en la que confié!

- ¡Ya sé en quién te has convertido! – le corté antes de que siguiera hablando - ¡He estado aquí a cada paso del camino, ¿recuerdas?! ¡Y sigo aquí!

Nuestras miradas se cruzaron por breves segundos, y habíamos tenido que quedarnos en silencio para que me diera cuenta de lo rápido que me latía el corazón.

Vi pasar emociones en sus ojos azules como si fueran nubes de tormenta y antes de que pudiera detenerse en una de ellas y contestarme estaba encima de él, sujetándole y besándole al mismo tiempo para que no pudiera huir de mí por sus propios prejuicios.

Su mano me agarró de la camisa y escuché la tela crujir con sus tirones, pero no cedí. No era momento para sutilezas, así que le empujé contra el cabecero de la cama valiéndome de todo mi cuerpo para hacer fuerza contra él.

No iba a apartarme. No se iba a salir con la suya esta vez.

Me escocía la cara de arañarme con su barba, pero no cejé en mi esfuerzo hasta que sentí su boca posesiva, intensa como todo él, intentando hacerse con el control del beso.

La mente se me quedó en blanco cuando en medio del fragor de la batalla besó la herida que me había hecho en el labio, y el corazón se me desbocó al saber que había vencido.

Tracé con la boca la línea de la mandíbula, continuando por el cuello hasta donde me dejó su camisa y su mano encontró mi espalda, entre los omoplatos. House tenía los ojos cerrados, me percaté, y le besé en los labios despacio varias veces, como un juego, a ver si los abría.

Me costó cinco veces, más cambiarme de postura y dejar una mano en el hueco de su cuello el ver de nuevo los ojos azules, pero valió la pena; no había nada en ellos que me demostrase miedo, sólo tal vez, incertidumbre.

Sonreí aliviado, porque no me había besado como una treta de las suyas para dejarme colgado, y House volvió la mirada al techo y le besé con el ímpetu de quien se descubre con libertad para hacer algo vetado durante mucho tiempo.

Podía hacerlo. Quería hacerlo. Y él también quería.

Una de mis manos se despistó por primeros botones de su camisa, justo los que no tapaba el cabestrillo, soltándolos para facilitarme el poder besarle mejor.

- Perdón si no colaboro, estoy más tullido de lo normal. –Murmuró con amargura dejándose hacer.

- ¿Todo bien? – La pregunta me salió automática, así que a mi pesar no fui capaz de detenerla. El nefrólogo frunció el ceño, como ya imaginaba, y me miró mal.

- Posiblemente mejor si me subieran el sueldo y me arreglaran la moto, pero... – Respondió irónico, con un atisbo de mueca.

- No seas idiota, sabes que me refiero a tu pierna.

- Olvídame.

En lugar de contestar le mordí el cuello por un lateral, junto a la nuez, y bajé por los botones que había abierto hasta la parte del ocho que sujetaba la clavícula buena. Lo único que escuché como queja a mi falta de respuesta fue un suspiro.

- Suéltame el cabestrillo. – Me pidió.

Mi mente clínica pasó revista rápidamente a todos los pros y contras de aquella petición, y decidí que si no se movía demasiado estaría bien. Con cuidado, y siempre muy despacio, solté el cabestrillo que le inmovilizaba y dejé el brazo en su regazo.

- ¿Bien? – Pregunté al terminar, como siempre que le realizaba un procedimiento a un paciente. House asintió suavemente, dolorido pero entero, y me apresuré a intentar distraerle de sus heridas desabrochando el resto de los botones de la camisa.

Los golpes estaban comenzando a amarillear por los bordes, pero mayormente seguían teniendo ese color bermellón siniestro de días atrás, y aún estarían tiempo así. Llevaba los cuatro días sin comer apenas, así que estaba seguro de que en ese tiempo tenía que haber perdido peso, pero al menos no habíamos vuelto a pelearnos por el Acuarius.

La mano del nefrólogo soltando su pierna y tirando de mi camisa hacia él me hizo dejar de divagar, sobre todo cuando empezó a besarme otra vez. Me acomodé lo mejor que pude junto a él e intenté quitarle la camisa mientras tanto, pero su mano acabó en mi cuello pidiendo toda mi atención y no quise hacerle un feo.

Era mucho más tierno de lo que había imaginado nunca, si es que tierno y House podían ir combinados en la misma frase sin que la tierra se abriera en dos.

Sus dedos se enredaban en mi pelo, haciéndome cosquillas en la base de la cabeza, y los míos encontraron el camino hacia su costado sano, explorando por donde pasaban. Tragué aire sin querer cuando su lengua acechó junto a mi oreja, su respiración estrellándose en mi piel vagamente entrecortada. Me mordió y me encogí, y empujó mi cabeza para obligarme a exponer el cuello.

- Desabróchate… - Susurró antes de atacarme bajo la oreja. Cerré los ojos, incapaz de hacer nada más aparte de intentar controlar el escalofrío que me amenazaba, y mordisco a mordisco me fue dejando la boca seca y el corazón acelerado.

- Quítate la camisa. - Esta vez obedecí sin dudar, robándole besos a cada uno de los botones, y cuando la tuve fuera y fui a intentar desvestirle a él me dio un golpe en la mano para que me estuviera quieto.

Le miré un poco confuso y él sólo agitó la cabeza, como si hubiera hecho algo mal.

- Acércate más.

- ¿Te has percatado de que no soy un perro para que andes ordenándome? - Ladeé la cabeza, frunciendo un poco el ceño.

House giró los ojos y arqueó las cejas mucho para mirarme.

- Si no vienes vas a ocuparte de eso – señaló a mi regazo – tú mismo.

Su comentario hizo que por un momento todo el esfuerzo que dedicaba mi cuerpo a mover mis pulmones se concentrara en el mencionado lugar.

Habría apostado que antes no se veía en los vaqueros porque apenas lo notaba yo, pero en breve iba a ser muy obvio, si no lo era ya. Tragué saliva, y busqué sin encontrarla la audacia que había tenido en la ducha.

La sonrisita satisfecha de House no hizo sino aumentar la sensación de que tenía mucho calor en la cara y en todas partes, y agradecí el estar descamisado. Seguramente el muy perro había tenido todo en cuenta.

- ¿Vas a venir o esperamos a que pueda ir yo? – Arqueó una ceja, y alargó el brazo bueno y me puso la mano encima. Encima, encima. Tragué aire en un respingo al sentirle, y debió parecerle gracioso porque apretó y frotó con toda la mano hasta que volví a hacerlo.

Me estaba poniendo malo.

- House…

- ¿Asustado? De momento, la única diferencia es que tengo las manos más grandes… - Agitó un poco la cabeza, divertido. Tragué saliva, porque se me había quedado la boca seca, y solté las manos del edredón. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que me estaba sujetando.

- Me alegro de resultarte tan divertido… - murmuré más nervioso que molesto – Ya sé con qué distraerte la próxima vez que te duela…

Los ojos azules del nefrólogo se abrieron mucho y al momento comenzó a reírse y a quejarse a un tiempo por agitarse tanto.

Giré los ojos. Lo bueno era que, con el calor que tenía, no podría sonrojarme ya más.

House echó la cabeza atrás aún medio sonriéndose, aunque respirando agitadamente. Me mordí la lengua para no preguntarle y puse todo mi empeño en quedarme quieto a su lado y no pensar que mis manos querían ir al mismo sitio donde había estado la suya hace un momento.

Los pantalones se me estaban quedando muy estrechos.

Los ojos se me fueron inconscientemente a su entrepierna, pero él no parecía encontrarse con mi mismo problema. Antes de que pudiera siquiera pensar si eso me decepcionaba o no, su voz me sobresaltó.

- Tengo diez años más que tú, no sé cuántas operaciones y una cantidad estupenda de narcóticos constantemente en el cuerpo, así que tiene derecho a descansar cuando le plazca, pervertido.

- ¿Tú me llamas pervertido? Si me estabas metiendo mano descaradamente…

- Pues no te he oído quejarte… - alargó la mano hasta mí de nuevo y me mordí el labio al encogérseme el estómago con sus caricias - ¿Ves?

Hice una mueca y no le contesté, porque tenía toda la razón del mundo y porque mi mente estaba demasiado ocupada en otros menesteres como para hallar una respuesta ingeniosa. Cerré los ojos y me sujeté con los brazos a la cama, dejándome llevar y robándole besos de cuando en cuando.

Ciertamente no era ni parecido a cómo lo había imaginado en mis fantasías sexuales, no había juegos con chocolate ni manos tocando el piano por mi cuerpo, pero los pinchazos que subían desde mis caderas hasta donde tenía su mano infame decían que todo estaba estupendamente bien así.

No había prisa. Tendría todo el tiempo del mundo para hacerle todas las perrerías que alguna vez se me hubieran ocurrido cuando se hubiera recuperado.

El tiempo pareció detenerse mientras me tocaba a través del pantalón. Que yo recordara, ninguna de las mujeres con las que me había acostado se habían tomado el tiempo que necesitaba estimularme así, pero el nefrólogo era diferente. Todo era diferente con él, siempre al contrario de todo el mundo.

Sus dedos eran hábiles, experimentados, y la tensión se fue acumulando poco a poco hasta que los pinchazos comenzaron a no tener mesura. Cada uno de ellos me hacía sisear, dolorido y atrapado en la inamovible tela vaquera, pero mis caderas no tenían la menor intención de apartarse.

Sólo cuando me encogí sobre mí mismo con un jadeo, liberando con fuerza el pre-sémen que había sido incapaz de salir de forma natural debido a la postura a la que me forzaba el pantalón, House se detuvo.

- Creía que… la tortura estaba… abolida en este estado… - Jadeé aún encogido, y mis manos se fueron solas a mi pantalón para desabrocharlo. Respiré con alivio cuando desabroché la bragueta, y más aún cuando me la saqué.

Me mordí el labio, sintiendo el retumbar de mi corazón en todas partes. El líquido que no había terminado en mi pantalón resbaló hasta mis dedos, y lo extendí sin pensar frotando aquí y allí, sintiéndome como si fuera dos polos opuestos por los que salta la corriente al tocar.

Miré arriba, y fue entonces que me percaté de que me estaba mirando de una forma muy extraña. Al seguirle su mirada hasta mi pene me avergoncé hasta la raíz del pelo de lo que había estado haciendo.

- Lo… lo siento no…

- Sigue. - Me dijo casi en un murmullo, la boca entre abierta.

Por un momento me quedé helado ante su petición, y luego le miré como si le hubiera salido otra cabeza. La pierna le dolía, estaba claro, porque estaba agarrándosela con fuerza, pero en sus ojos había mucho más aparte de dolor.

- Quiero ver cómo te masturbas. Vamos.

Había algo en su tono que identifiqué como enfado, quizá porque no podía hacerme algo que quería, no lo sabía.

Tragué saliva y me humedecí la boca. Estaba nervioso, y eso no ayudaba en nada a los saltos que ya estaba pegando mi corazón. No sabía si iba a ser capaz de hacer lo que tenía que hacer con público expectante.

¿Se sentirán así los actores porno?

House frunció el ceño, y me agarró el brazo para atraerme hacia sí. Nuestras bocas se encontraron sin ceremonia y me beso duro, demandante, olvidada toda la ternura de antes. En cuanto su mano me tuvo donde me quería soltó el brazo y me agarró por la entrepierna con más fuerza de la que me hubiera gustado, haciéndome gemir contra su boca.

Si parecía que mis dedos lanzaban corrientes eléctricas los suyos eran como tormentas de aparato, pero la agonía de sus caricias no duró demasiado tiempo; sólo el necesario para hacerme jadear como un perro y hacerme sentir que me iba a morir.

Cuando consiguió eso, que era lo que se proponía, me apartó de él tan bruscamente como me había agarrado y se cogió de nuevo la pierna, mirándome.

Sus ojos me parecieron indescifrables, pero posiblemente sería por el hecho de que era incapaz de pensar en nada.

Tragué saliva, respirando por la boca, y me agarré olvidando toda vergüenza o pudor. Necesitaba liberarme, y lo necesitaba ya.

Ignorando su atenta mirada empecé a masturbarme, tragando aire cuando la sensación era demasiado fuerte. Me sujeté a la cama con la otra mano cuando la cabeza amenazó con írseme, pero no bajé el ritmo. Los pinchazos en el bajo vientre se extendieron por las piernas, llegando allí como un hormigueo que me hacía encoger los dedos de los pies.

Jadeé, todo el mundo a mi alrededor olvidado y convertido en una masa blanca y brillante y eché la cabeza atrás, gruñendo en la garganta al temblar mi cuerpo entero con cada eyaculación.

El brazo que me sujetaba perdió toda su fuerza y caí de lado sobre la cama, jadeando e incapaz de moverme, sintiéndome como si fuera de gelatina y me acabaran de agitar.

Medio me sonreí con lo que seguramente era una cara de idiota considerable, pero no me importó. Hacía bastante que no lo hacía ni conmigo ni con nadie, y la sensación era completamente maravillosa y relajante.

De pronto sentí algo en mi cabeza, y recordé que House estaba allí conmigo, posiblemente a mi lado. No me moví lo más mínimo, sorprendido por su demostración de afecto, y su mano revolvió mi pelo un poco y apartó los mechones que se me habían pegado a la frente por el sudor. No me atreví a decir nada, y la mano se fue tan rápida como había llegado, y la eché de menos.

Le escuché resoplar, y abrí un ojo como un gato perezoso.

- ¿Estás bien? – Le pregunté con la voz un poco pastosa, observándole por si sus gestos me decían algo extraño.

- Si me hubieran dado dinero por cada vez que me lo has preguntado estos cuatro días me habría dado para contratar lo menos a tres enfermeras de la Playboy para que cuidaran de mí en pelotas... – Sopló echando la cabeza atrás en la almohada y cerrando los ojos.

Me incorporé sobre un codo para poder verle mejor. Su respiración era un poco más rápida de lo normal, pero parecía tener el dolor más o menos bajo control. Lo que más me chocó fue que se sonreía como el gato que se comió al canario, y eso me hizo sospechar.

Alargué el otro brazo con mucho cuidado de no rozarle para que no se diera cuenta de lo que estaba haciendo, hasta que bajé mi mano al completo a su entrepierna.

No bien le puse la mano encima House dio un respingo y acto seguido se quejó por el movimiento que él mismo había hecho.

Lo primero que pensé era en lo extraño que era tocar a otro hombre. Después, al instante, registré que estaba medio empalmado y por último aparté la mano para no hacer que se agitara más de lo que ya había conseguido.

- Hah. – Me sonreí victorioso, feliz de haber conseguido una reacción en él, y House arrugó el gesto.

- Por muchas drogas que me meta, una fantasía sexual es una fantasía sexual…. – Dijo a modo de explicación, y los ojos se me abrieron como platos.

- ¿Que tú…? … ¿Conmigo? - tartamudeé – Pero… ¿¿y esa era tu fantasía??

- Entre otras… - Sé que se hubiera encogido de hombros, pero como no podía simplemente arqueó las cejas.

Agité la cabeza, incrédulo, y me senté en la cama, aprovechando para limpiarme con un kleenex. Era obvio que no podía hacer nada por él, porque se cansaría y se haría daño del esfuerzo… lo cual me dio qué pensar.

- Por cierto… Aún no me has contado por qué Cuddy sabe que no te puedes esforzar…

Le escuché gruñir de exasperación mientras yo adecentaba lo que había manchado. Suspiré aliviado al ver que había tenido la tremenda suerte de no ensuciar ni mis papeles ni el portátil, aunque el suelo era otro cantar.

Más manchas que tiene ya… pensé, y me agaché a limpiar con más kleenex.

- ¿House?

- No vas a dejarme en paz hasta que te lo cuente, ¿verdad?

- Voy a ser peor que tu sombra. Noche y día.

Le escuché rebullirse sobre la cama, seguramente para ponerse más cómodo, y luego suspirar. Me quedé agachado en el suelo, haciendo como que seguía limpiando aunque ya había terminado para dejarle el tiempo y espacio que necesitaba para empezar su historia.

- Cuando lo que te he contado de la rehabilitación, Cuddy se enteró y me trajo a casa. No quería irse, una cerveza, yo te ayudo… - House hizo un aspaviento con la mano y me guiñó un ojo buscando complicidad. Y si no hubiera estado ya en el suelo, me hubiera caído a él.

- ¿Te has acostado con Cuddy? – intenté que mi voz sonara libre de prejuicios, aunque fui incapaz de ocultar mi sorpresa - ¿¿Y no me lo has dicho hasta hoy??

- ¿Qué pasa, querías haberla incluido en tus fantasías conmigo y haber hecho un menage a trois?

Yo aún estaba demasiado sorprendido para contestar algo coherente, así que continuó con su historia mirando a otro lado.

- Después de una tórrida noche de pasión con los dos mejores melones que te hayas podido imaginar nunca y el tremendo esfuerzo de dejar la reputación bien alta veía más estrellas que desde la azotea del hospital – frunció el ceño al recordarlo, casi pareciendo decepcionado – Obviamente por eso sabe qué y qué no puedo hacer después de… de esta mierda.

Me quedé con la boca abierta un segundo, pero al momento me empecé a reír al imaginarme, sólo por un instante, que su gran historia no tenía un gran polvo final y feliz, sino que se truncó en el momento más inoportuno.

Me levanté y me senté en la cama, a su lado, aún riéndome entre dientes y vi que él me miraba fingiendo indignación, supongo que imaginándose lo que estaba pasándome por la cabeza.

Estiré las piernas y me puse el portátil encima, suspirando.

- Sí… menage a trois. Eso es lo que me faltaba… como si no dieras guerra bastante por ti mismo, tener encima a una mujer a la que complacer…

- Wilson. – Me llamó de pronto, muy serio, y le miré arqueando las cejas. Por su manera de fruncir el ceño supe que no sabía cómo decir lo que estaba pensando y conociéndole, se me ocurrió lanzar una piedra al aire para ver si acertaba.

- ¿Te arrepientes?- le pregunté sin ningún rodeo, lo cual consiguió que me ganara una mirada de reproche.- ¿Entonces?

- No voy a casarme contigo.

- Es un alivio, porque no te pega un vestido de encaje blanco…

- Te estoy hablando en serio.

Me humedecí los labios por inercia, y por una vez no necesité sacar mi diccionario House-El Mundo para averiguar lo que había tras aquellas palabras; lo sabía de sobra.

- Se te olvidarán las cosas, serás un capullo, seguirás viviendo en la oficina cuando te apetezca y montarás en tu moto del infierno desde el momento en que te la arreglen. Ya lo sé, llevas años haciendo todo eso, excepto lo de la moto, que es --

- ¡Eeehh! ¡EH! Mi moto es tabú.

Me encogí de hombros, decidiendo que aquél no era el momento de iniciar otra guerra diferente, y continué.

- No necesito una relación distinta a la que tenemos. Tú eres como Dios te hizo y nada va a cambiar eso y… yo tampoco voy a cambiar. – Me sinceré, pensando que ninguna de mis tres mujeres había sido capaz de cambiar mi conducta a su antojo, ni yo tampoco. Seguiría preocupándome demasiado, haciendo mi voluntad cuando me viniera en gana y manipulándole para conseguir lo que me pareciera correcto.

- Sabía que te gustaba hacerme de comer y de mujer de la limpieza.

Su comentario me hizo mirar al techo, pero luego bajé la vista y casi sonreí.

- Al menos tú no vas a enfadarte por que me pase las tardes noches en el sillón de tu casa bebiendo cerveza contigo.

- Eso es verdad… siempre que traigas cerveza – arqueó un poco las cejas, y medio sonreí. - Bien – asintió tomando mi falta de respuesta por un sí - Me alegro de que estemos de acuerdo en las bases de esta…de esto.

No quise decir nada más considerando que la conversación había tenido el final perfecto y le besé, preguntándome si alguna vez sabría qué sentía House al respecto de nuestra… lo que fuera.

Lo único que tenía claro era que vivirlo y no preguntar sobre ello era, al menos de momento, el mejor camino.

I don't wanna be your friend
I just wanna be your lover
No matter how it ends
No matter how it starts
Care about your house of cards
And I'll deal mine
Care about your house of cards
And I'll do mine…