Casi me pongo a llorar al ver los reviews!! Sniff... me alegraron mucho! Esta vez cambiaré mi esquema y los respondré primero para dejaros leer tranquilamente después.

Sacralo: Hola de nuevo!! Me alegra que te gustara, sino un poco, puesto que debía introducir de alguna forma y terminé optando por ésa. Gracias por el review!!

al: Que bueno ver que sigues leyéndome!! Bueno, espero que este capítulo no te defraude... Hasta pronto!!!

FFmania: Miri!!! Qué tal? Te gustó el inicio? Pues mejor, porqué no sabía cómo os lo tomaríais los lectores... La verdad, estuve mucho tiempo pensando en un comienzo... y encontré que ése era el mejor para mis propósitos. Así que espero que continúe saliéndome más o menos bien... Bye!

paul: Jejejeje, sí, algo desolador sí. Pero así debía ser... ya verás la razón. Nada está escrito pq sí, y en este fic pienso esmerarme mucho más. Además, creo que va a salir algo... largo, por así decirlo. Creo que al va a quedar contento con lo que tengo planeado... ;) Espero que te guste!

Nelly Esp: Hola! Sí, sí, lo váis a ver... pero no esperes las respuestas de golpe, todo a su merecido tiempo... Aunque ya verás que algo vas a ver en este cap, no te diré más! Gracias y hasta pronto!

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A pesar de que esto ya hace algún tiempo que está escrito, me estoy encontrando bloqueada entre este punto y uno más lejano. Así que si alguien quiere dejar propuestas o deseos, hacedlo, lo leeré encantada. Es más, creo que mi musa se ha fugado dejándome sóla ante el teclado, como si esperase que por mi misma pudiera narrarlo todo. (A veces la venganza puede ser más que dulce...)
En fin, dejo de pedir caridad y os paso el segundo capítulo. Espero que os guste, no lo considero una obra de arte (hay fics muchísimo mejores), pero tampoco me voy a dejar el ánimo por el suelo...... no aún.
Sin más preámbulos, ¡A LEER!


Capítulo 2 – Buscando la realidad

El viento le revolvía el pelo con suavidad, haciendo que el sueño desapareciese lentamente devolviéndolo a la realidad. No quería despertar, no quería abrir los ojos y encontrarse otra vez en aquel lugar, hacerlo sería demasiado difícil. Aún recordaba las luces como estrellas, la brisa susurrándole, el aire limpiándolo… pero también el pánico estaba en su mente, como si terminara de cerrar los ojos rodeado de aquella inquietud. ¿Debía observar? ¿Quería hacerlo? Sentía el viento y una extraña sensación de ingravidez, algo que antes no estaba. ¿Qué significaba? ¿Acaso se encontraba en un nuevo lugar? ¿Cómo? Allí no había nadie, estaba sólo, nadie le había ayudado ni acudido a él durante su agonía… ¿es que ahora sí? Pero no sabría nada a menos que abriese los ojos nuevamente para enfrentarse a su siguiente destino…

Haciendo acoplo de la poca fuerza que aún disponía, intentó levantar los pesados párpados. Una gran cantidad de luz lo cegó haciendo que volviese a cerrarlos con una mueca de dolor. Al menos, la luz no era roja… Lo animó, estuviese donde estuviese, los ojos aún no habían aparecido. Volvió a insistir. Era ahora o nunca.

Parpadeando varias veces e intentando enfocar con mayor claridad, logró abrir totalmente sus cansados ojos. Lo que encontró lo dejó sin habla.

Estaba rodeado de azul, claro y pálido, con algunas tacas blancas de algodón. Debajo, una gran extensión del mismo color, mezclado con verde, se removía inquieto empujado por el insistente viento. Era maravilloso. Le pareció que nunca antes había observado nada tan bello. Estaba justo en medio de dos gigantes azules, como una pequeña hormiga entre titanes.

Levantó la cabeza y continuó observándolo todo con emoción. El silencio, solo roto por el aire, le liberaba de todo dolor. Se sentía libre, tranquilo, en paz… algo que nunca hasta entonces había creído capaz. Después de todo por lo que había sufrido… era la mejor recompensa que podía haber esperado. ¿Quizás estaba muerto y aquello era el cielo? Si era así, mucho antes habría buscado la muerte para que le llevase allí. Pero algo había que no encajaba con su sueño al fin hecho realidad…

Se detuvo. Había estado tan absorto en aquella nueva paz que no se dio cuenta de lo que hacía. ¡Podía mover la cabeza! ¡Incluso los brazos! ¿Pero no estaba paralítico? Aún recordaba con asombrosa nitidez el sentimiento de impotencia y desespero al no poder sentir más su cuerpo, al no poder tocarse ni sentir el familiar dolor. Aunque también podía ser porque estaba muerto… esto esclarecía muchas cosas… Sin embargo… ¿realmente deseaba haber dejado la vida? Había sufrido, sí, mas un sentimiento de olvido se apoderó de él. No. No quería morir. Algo le retenía, había algo o alguien que le impedía rendirse con tanta facilidad, aquello mismo que le había ayudado en las largas décadas de sufrimiento, en los largos instantes de soledad. ¿Con tanta rapidez había abandonado?

Ojalá no hubiese abierto los ojos, ojalá recordara…

.

.

De nuevo volvió a abrirlos, encontrándose en el mismo lugar. Había deseado que, al cerrarlos, pudiera regresar en la oscuridad, el único lugar donde podía continuar con su lucha contra el olvido. Pero había sido inútil. Tanto que deseó aquel milagro y, ahora que al fin se había realizado, lo despreciaba.

Dejó caer los brazos, impotente, sin saber qué hacer. El tacto con una superficie dura e irregular lo sobresaltó. Asustado, bajó la mirada hasta sus manos para encontrarse sentado sobre un gran cuerpo rojo con destellos de oro lleno de duras escamas que brillaban como un espejo. Unas alas enormes doradas, resplandecientes, le hicieron apartar dolorosamente la vista de ellas. Podía sentir la potencia concentrada bajo las yemas de sus dedos.

Su color rojo como la sangre, destacaba entre todo el azul que lo rodeaba haciendo que brillase con una magnificencia envidiable. Estaba aturdido por aquel animal que parecía transportarlo. Sentía su magia, su poder y fuerza, le hacía parecer como un ser insignificante y menospreciable, como si no mereciese admirar aquella belleza. Con una sola batida de sus grandes alas, conseguía avanzar una asombrosa distancia. Sus músculos se contraían y expandían por el movimiento y, aunque seguramente debía pesar decenas de kilos, no le afectaban en absoluto en su vuelo haciéndolo más ligero que una pluma.

Estaba sentado encima de la criatura sin fijarse en la altura que llevaban, sin prestar atención en su vulnerable posición. Pero no podía pensar en ello, su vista no conseguía despegarse de aquél rubí volador. Un nuevo movimiento de los espejos vibrantes le sacó de su ensimismamiento. No había notado el suave rozo de la extremidad con sus piernas… Alargó sus dedos hacia la rodilla. Temerosamente la tocó. ¡No podía sentir su tacto! Se pellizcó intentando encontrar algo de dolor, pero, de nuevo, no lo encontró.

Así pues, no lo había soñado… ¿O es que era aquello el sueño?

"Cúbrete con la capa." La voz le pareció que venía de su cabeza, pero no era la suya. Aún no conseguía reaccionar, era como si todo fuese demasiado rápido, su cerebro intentaba poner orden, pero seguía sin encontrar nada con qué poderse sujetar. Necesitaba un salvavidas, algo que le ayudase, que le dijera qué debía creer, que le guiara… Ni siquiera se dio cuenta de que una cabeza se giraba hacia él mirándole con unos grandes ojos dorados. No podía verlo, aún tenía su mano aferrando la pierna con su vista desenfocada, lejos de allí.

"Vamos, cúbrete con la capa." volvió a decir la voz. Un calor lleno de irritación hizo que reaccionase momentáneamente, haciendo lo que le pedía sin cuestionarse nada. La criatura que volaba con tranquilidad empezó a cambiar de color, como si fuese un camaleón, camuflándose entre el cielo azul haciéndose casi invisible.

Elevó el vuelo mientras el chico continuaba sujetándose la capa y agarrándose a él simultáneamente para evitar caerse. Debajo de ellos, una pequeña barca de pescadores seguía navegando en la infinidad del mar. Aquella maniobra le hizo despertarse del todo.

- ¡¿Cómo...?!- casi se cae por la sorpresa, le pareció que estaba sentado en el aire, aunque podía sentir perfectamente la textura de las escamas bajo sus manos.

- Si te caes, no voy a ir a por ti.- como antes, la voz no había hablado, pero era como si lo hubiese hecho.

Miró temeroso a su alrededor. No sabía donde estaba ni qué era aquel extraño ser, aunque por su forma parecía ser… ¿un dragón?

- ¿Estás... hablando...?- se lo decía al dragón. Recordaba que, para los muggles, los dragones eran mitos, animales fantásticos que tenían el don del habla, pero había descubierto que en el mundo real no era así. Los dragones eran unas criaturas feroces y muy poderosas, aunque no sabía si realmente podían hablar. ¿Pero estaba en la realidad? ¿Y qué eran los muggles?

- Claro.

- ¿Esto es una broma, no?- dijo jadeante- ¡Has hablado!

- Vaya, así que además de dormir puedes pensar…

- ¿Cómo puede hablar un dragón?- ¿desde cuándo sabía lo que era un dragón?

- ¿Cómo puede hablar un humano?

- Pero eres… ¡los dragones no pueden hablar!- dijo con rabia. ¿Qué estaba pasando?

- Los monos tampoco, y tu lo haces.

- ¡Yo soy un humano, claro que puedo hacerlo!

- ¡OH, claro, un humano!- los dos parecían indignados y algo molestos, aquella no era la mejor presentación.

Silencio.

Tras dejar el barco fuera de vista, el animal volvió a mostrarse con toda su elegancia y respeto. El chico estaba confuso, todo era demasiado irreal, extraño. No comprendía cuál era su sitio, qué estaba haciendo, qué era todo aquello, qué significaba... y sus preguntas iban mucho más allá.

- Creía que los dragones no podíais hacerlo... hablar, quiero decir.

- Te equivocaste.

- ¡Pero yo puedo entenderte! ¿Cómo...?

- Será porque sabes nuestro idioma.- dijo cortante. Al chico le dio la impresión que empezaba a hartarle aquellas preguntas. Entonces reflexionó sobre la respuesta que le había dado. ¿Saber el idioma de los dragones? Creía que sólo conocía el de las serpientes... ¿Idioma de las serpientes?- Las serpientes son reptiles, al igual que los dragones... por esto puedes entenderme.- ¿Puede leerme la mente?- Más o menos.

- ¡¿Cómo lo haces?!

- ¿El qué?

- Saber lo que pienso.

- Por el Pacto.

- ¿Qué pacto?- un inexplicable calor empezó a recorrerle el cuerpo. Le parecía conocer la procedencia, así que cambió de pregunta después de un tenso silencio.- ¿Tienes nombre?- habría sonado mucho mejor preguntándole el suyo, pero también él estaba molesto, y no le daría el placer de pensar que había ganado la discusión.

- Claro.

- ¿Cuál es?

- No podrías pronunciarlo en tu lengua.

- Pero debo llamarte de alguna forma… ¿O acaso quieres que te diga dragón?

- Busca uno, entonces

- ¿Un nombre?

- ¿No es eso lo que quieres hacer?- la arrogancia del animal le estaba sacando de sus casillas.

- Veamos... ¿qué tal Shelyak?- fue el primero que le vino a la cabeza.

- ¿Shelyak? ¿Qué significa?

- Nada, es un nombre. Aunque si quieres que signifiquen algo, recuerdo algunos celtas… Arzhur, Jelvestr, Gwireg...- ¿desde cuándo sabía nombres celtas?

- No, Shelyak está bien.- en su tono parecía degustar el nombre hasta hacerlo a su gusto. El calor sofocante que había sentido al percibir su rabia, había cambiado por una sensación de complacencia.- ¿Y tú? ¿Tienes algún nombre o deberé llamarte humano?

- Harry…- dijo sin pensar, como si fueran sus labios quienes habían creado la palabra acostumbrados a formularla. No recordaba quien era, en realidad no recordaba nada, pero el nombre le resultaba extrañamente familiar.- Harry Potter.

Dejó que toda la información entrara lentamente, dándole tiempo para asimilar cada una de las cosas que estaban pasando. Parecía todo tan irreal…

- ¿Adónde vamos?

- Al norte.

- ¿Dónde, exactamente?- dijo intentando mantener la calma.

- Lejos de aquí.

- ¿Aquí?

- Tu mundo.

- Mi mundo…- susurró. ¿Acaso había un lugar para él, un hogar?- ¿Por qué?

- ¿Por qué, qué?

- ¿Por qué nos vamos?

- Porque tú quieres.

- Pero…

Tenía tanto por preguntar… quería saber, recordar…

- Lo verás cuando lleguemos.

Antes de que pudiera quejarse de nuevo, el dragón viró hacia la derecha, haciendo que Harry se inclinase fuertemente sobre su cuello por miedo a caer. Sabía que lo había hecho a propósito para hacerlo callar, empezaba a conocer bastante bien aquel animal... aún así, decidió no decir nada más hasta encontrarse en tierra. Lo mejor que podía hacer era no forzar la paciencia de la criatura puesto que sospechaba que no toleraría muchas más intromisiones.

Pasó el resto del día durmiendo placidamente, acomodado en los lomos del dragón. Aunque no era una postura muy cómoda para pasar las horas de descanso, agradeció la calidez que el animal desprendía abrigándole del frío aire del norte. No sabía dónde se encontraba, tampoco volvió a comentarlo con la irritable criatura, aún así tampoco le dio mucha más importancia. Estaba tranquilo, casi en paz, los sentimientos que ratos antes le habían inquietado los había apartado para dar lugar a las dudas que le carcomían y, a pesar de querer saber, decidió guardarse las palabras para sí mismo, era una buena forma de pasar las largas horas de viaje.

Al caer la noche el dragón descendió en una pequeña isla aislada en medio del océano. Aterrizó en la zona norte, justo donde la arena y el bosque se mezclaban. Arrancó un par de árboles con sus potentes garras, los cortó como si fueran poco más que pequeñas ramas y les prendió fuego con una controlada llamarada. Con la misma naturalidad, dejó al muchacho cerca del impresionante fuego cogiéndolo con sus dientes y depositándolo con sumo cuidado en la acochada arena para, después, salir volando de nuevo perdiéndose entre el oscuro cielo.

Poco después de que éste se fuera, el chico despertó. Se encontró sólo delante un enorme fuego que lo calentaba. Desconocía cómo había llegado allí aunque seguramente su nuevo compañero tendría algo que ver, a no ser que volviese a despertarse en un sueño nuevo… ¿y si era así? ¿Encontraría a alguien esta vez? Quizá, si intentaba investigar dónde se encontraba… pero no se podía mover. Sus piernas no le respondían… Sí, era el mismo lugar. Ya se había encontrado incapacitado en aquel sueño, seguramente aún no había salido de allí… bueno, entonces esperaría.

Aún recordaba el nombre que se había dicho a si mismo… Harry Potter. ¿Así era cómo se llamaba? No estaba del todo seguro, pero muy en el fondo parecía recordar un chico… pelo negro como la noche, ojos verdes como esmeraldas tras unas gafas redondas, y una extraña cicatriz en la frente en forma de rayo. Se tocó bajo el flequillo y encontró un corte irregular en la suave piel de la cara. Con un dedo tembloroso lo siguió un par de veces hasta asegurarse. Parecía una cicatriz ya que no notaba ninguna costra ni le hacía ningún daño, ¿podía ser aquella con la forma rara? ¿Quién era? La marca de su frente parecía algo especial, algo le decía que él era especial, ¿pero por qué? Cada vez estaba más confuso. No podía recordar nada, solo veía aquellas imágenes que tanto le torturaron y que no quería recordar, les tenía miedo.

Temblando y sujetándose la cabeza con los ojos fuertemente cerrados, se dejó caer de lado. Agotado, dejó ir un suspiro. Las llamas parecían danzar una preciosa danza, suave y acompasada, dirigida por la tenue brisa nocturna que agitaba las hojas de las palmeras en un susurro. Dejó la mente en blanco, vaciándola de todo pensamiento, escuchando los ruidos de la noche, el roce del agua con la arena. Las estrellas brillaban alrededor de un fino arco de plata y le sonreían, dichosas, en su baile celestial.

Una pequeña lágrima salió de sus tristes ojos reflejando la belleza que estaba observando. Era todo tan hermoso…

Se sentía abandonado, no comprendía nada. ¿Por qué debía pasar por todo aquello? ¡Maldita sea! ¿Quién demonios era? ¿Dónde estaba? Quería llorar, llorar con todas sus fuerzas hasta desfallecer. No le gustaba aquél lugar, quizás estaría mejor entre la oscuridad y el dolor, poseso de la ignorancia y desconocedor de otros mundos. Sufría en solo pensar, aquella tarea le era ardua y agotadora. Pero debía hacerlo, ¿no? Aunque, ¿para qué le servía? ¿Para sufrir más? Se odiaba. Odiaba su existencia, todo su dolor, su maldito destino, su sombra... ¿su vida? Ojalá no existiera... Era mejor no ser que ser desconociendo. Pero el conocimiento, los recuerdos... le aterrorizaban. No, no quería saber. ¿O sí?

La sombra que se escondía entre la noche empezó a crecer. La vio entre las aguas rojas teñidas de calor como una mancha negra que tapaba las luces blancas del cielo. Con esfuerzo se incorporó para observarla. Poco a poco iba acercándose, cada vez a mayor velocidad hasta quedar bañada por el brillante fuego haciendo que sus escamas rojas rivalizasen con su propia creación.

El dragón plegó sus enormes alas mientras dejaba un par de peces al lado del chico. Éste los cogió con una mirada vacía, la misma que había tenido desde que había despertado, haciendo un gesto de agradecimiento. Con un par de ramas de los árboles que ahora quemaban y se habían quedado fuera del devastador fuego, consiguió clavarlas en ambos peces. Los acercó al fuego y dejó que se hicieran con lentitud, aunque pronto estuvieron listos para comer. Los devoró con ferocidad, estaba hambriento. Hasta entonces no se había dado cuenta de ello absorto como estaba con sus reflexiones. Pero tampoco había necesitado de ello en su larga estancia entre la oscuridad… ¿qué significaba eso? ¿Y si se había equivocado? ¿Y si realmente éste era el mundo real? Entonces… ¿no volvería a andar? ¿Acaso había andado alguna vez? Sintiendo como la angustia se apoderaba de él, dejó de comer fijando su mirada en el cambiante fuego.

- Ésta es la realidad.

Sorprendido, levantó la mirada hasta encontrar la del dragón. Estaba echado cerca de la incesante fuente de calor, no muy lejos de él, observándole en lo que parecía una expresión de seriedad, sin aquel poste sarcástico y burlón. Durante unos instantes aguantó impasible su poderosa mirada, viendo aquellos ojos de un dorado oscuro con unas rendijas negras algo más ampliadas por la falta de luz. Sintiendo que el muro que le rodeaba se derrumbaba con la fuerza del animal, desvió la mirada hacia la mitad del pez que aún le quedaba.

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No recordaba haberse quedado dormido, ni siquiera sabía como había logrado volver a subir encima del que llamaba Shelyak, pero tuvo la incuestionable certeza de que él se había preocupado por llevarlo.

En la lejanía podía divisar una gran sierra, altas montañas que cerraban el paso al mar protegiendo los dominios de la tierra. Y, a pesar del frío que hacía, se sentía extrañamente bien. No llevaba nada que le cubriese en extremo, sólo unos pantalones negros, una camisa blanca de manga corta, un delgado jersey con un escudo y un animal gravado en hilos rojos y dorados, y una capa que le caía por encima con una textura vaporosa y suave. Cogió una punta y la miró con mayor detenimiento, algo que hasta entonces no había hecho. Pero aquella capa no era normal, sabía que la había agarrado, podía sentir aquella textura escurridiza entre su mano, pero ésta era casi invisible. Toda la superficie de su extremidad que quedaba cubierta por la capa había desaparecido, al igual que sus hombros y gran parte de su cuerpo, dejando solo la cabeza y el pecho al descubierto. Ahora comprendía porqué el dragón le había alertado para que se cubriese con ella… pero, ¿desde cuándo tenía una capa como aquella en su poder?

- Agárrate.

Soltando aquella fantástica prenda y cogiéndose con fuerza con sus dos manos en las escamas del cuello del animal, se preparó por la alerta. Cuando se aseguró que el chico estaba bien agarrado, batió un par de veces las alas ascendiendo con velocidad, internándose entre unas húmedas nubes no muy densas hasta traspasarlas al completo. Continuó subiendo, más y más alto. Sentía como la fuerza del muchacho decrecía, aún estaba débil, pero debía resistir, aunque fuese un poco más. Dos, cinco, diez metros… a los catorce se detuvo, haciendo que el chico consiguiese descansar durante un breve período, el suficiente como para aguantar una última sacudida. Como si supiese lo que deseaba hacer, volvió a agarrarse, esta vez quedando plano encima de él.

Todo su cuerpo se preparó para la maniobra colocando las extremidades hacia atrás para disminuir su resistencia al aire. Se dio un impulso como si saltase en el aire, y empezó a descender vertiginosamente plegando las alas.

El pelo le quedó completamente aplastado en el cráneo, sin nada que le cubriera la frente. Sabiendo que el dragón se preparaba para hacer un descenso en picado, guardó las gafas en uno de sus bolsillos y comprobó que la capa estuviera fuertemente atada. El sentimiento que le siguió fue nuevo para él. Nunca, hasta entonces, había sentido tanta libertad. El viento, golpeándole furiosamente contra la cara, sin poder sentir ni ver, dejando que su cuerpo cayese en el más puro vacío… él, y el dragón. Los dos, cayendo libres, saboreando aquella sensación de vértigo y euforia, con sus sentidos desordenados, sin poder pensar en nada ni preocuparse por nada.

Como dos grandes velas, las alas se abrieron de par en par haciendo que su rumbo variase drásticamente con un giro que los internó en una fuerte corriente cálida, elevándolos y empujándolos mientras sus doloridos músculos se relajaban después de aquella pirueta. Y no fue hasta llegar cerca las altas montañas, que viró desviándose hacia una de ellas. La corriente que hasta entonces les ayudó, dejó de serles útiles.

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Después de unas horas, Harry estaba que desfallecía. No había desayunado, casi sin dormir, las imágenes habían vuelto a él, y aún no logró descansar más que unos minutos en lo que llevaba de día. Si se sostenía encima del dragón, era por mero conocimiento de que la caída lo mataría, sólo esperaba que Shelyak no le hiciese esperar mucho más. Por suerte, el dragón empezó a descender al llegar en unas de las altas montañas con un lago al centro. Supuso que debían estar a una buena altura, la vegetación era escasa, y el sol picaba con fuerza. Además, se veían grandes bloques de hielo que cubrían parte del valle y los picos más próximos.

Volteó tres veces sobre de la parte alta de la montaña, hasta dirigirse con cuidado a una cueva que había cerca de la cumbre. Se posó con suavidad, y dejó que el chico tocara, agradecido, el suelo.

- Espera aquí.- sin dejarle responder salió de nuevo de la cueva.

Miró hacia dónde iba, pero lo perdió de vista cuando pasó el pequeño circo de montañas en que estaba. Hasta entonces no había sentido el frío con tanta intensidad, el dragón le había mantenido en calor durante el viaje, y la noche anterior había sido cálida al estar protegidos por el fuego. Pero ahora se encontraba como un polluelo fuera del calor de la madre.

Volvía a tener fiebre, el fuego que anteriormente le había estado torturando regresaba a él con rapidez, todo a su alrededor empezaba a difuminarse entre un remolino de formas que le aturdían y mareaban.

Desesperado, miró a su alrededor. No muy lejos había un pequeño estanque con agua fría, el mismo hielo que cubría la cumbre de la montaña deshecho por el calor del sol. Arrastrándose por la roca que le dañaba los codos y las manos, consiguió llegar hasta el preciado líquido. Haciendo caso omiso al dolor de sus manos al sumergirlas en aquella temperatura, empezó a beber desesperadamente, estaba sediento. Cuando hubo saciado su sed, regresó a la entrada deseando que un pequeño rayo de sol le diese para darle algo de calor puesto que, aunque el fuego interior le quemaba la sangre, el frío le atormentaba entumeciendo sus extremidades. Se acercó a la pared y dejó que su cuerpo se relajara quedando sentado en el suelo, con la cabeza apoyada en la roca y los ojos cerrados anhelando un descanso.

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El olor a carne pasada por las brasas le despertó con un rugido de su estómago. Abrió los ojos y centró su atención a un fuego que crispaba alegre dentro de la cavidad con el dragón al lado comiendo tranquilamente.

- Vaya, veo que el hambre te ha despertado...- dijo con un tono irónico que, a pesar de su sueño, no pasó por alto.- Te guardé un poco. Creo que a los humanos os gusta hecha, ¿no?

- Gracias.- se serenó y vio que le había dejado una pata, demasiado grande para él, de algo que más tarde supo era de una cabra de montaña.

Había tenido la consideración de procurarle un fuego además de dejar que la carne se hiciera, vio que el dragón no necesitaba pasarla por el fuego, prefería comer crudo. Con las manos temblorosas, empezó a comer sin casi detenerse para respirar. Aunque se quemó la lengua y los dedos intentando ir más rápido, no dejó de devorar aquella pata que le pareció la cosa más deliciosa del mundo, aún sin tener nada de sal para darle más gusto.

Cuando hubo pasado el impulso inicial, aminoró la velocidad, y dejó que la comida tuviese tiempo para bajar hasta su estómago. Con las energías algo recuperadas, intentó ordenar su confusa mente, algo que había probado en más de una ocasión sin obtener ningún resultado. La fiebre aún lo acosaba, pero luchó para mantenerla al margen. Estaba ya acostumbrado a ella y al dolor que le acompañaba, así que tampoco le costó demasiado convencerse a si mismo de que no era más que un tormento añadido.

Desde la noche anterior que tenía un pensamiento que lo golpeaba una y otra vez, las palabras del dragón. Le había dicho que aquella era la autentica realidad, entonces…

- Bueno, basta. O decides dejar de esconderte como un cobarde, o déjate morir.- Harry lo miraba completamente atónito, ¿se lo estaba diciendo a él? ¿A qué se refería? La confusión no hacía sino aumentar mientras lo miraba con expresión de indiferencia algo turbia con las palabras del dragón.- ¿Ves aquél bosque de allí?- dijo señalándole con la cola unos árboles situados a la falda de la montaña mientras seguía analizándole con sus penetrantes ojos.- Para poder llegar deberás volver a la realidad y salir del agujero donde te has metido, por ti mismo. Si lo consigues, habrás demostrado tu resistencia y valor, entonces te ayudaré. Si no, me mostrarás hasta donde puede llegar tu cobardía y morirás aquí, sólo y sin nadie.

Dicho esto se dirigió hacia la salida de la cueva. Aún sin girarse y antes de lanzarse por el aire en un vuelo majestuoso, le dijo:

- Tú decides.