Wenass!! K tal os van las vacaciones? Espero que bein, al menos alguien debe disfrutar de ellas, no? Por aquí (Barcelona) el tiempo va y viene, aunque cabe decir que agradezco el frescor que tenemos de momento, el año anterior llegamos a puntos insuportables... Pero bueno! Ahora han dicho que volvemos al calor (ojalá que no!) Se nota que prefiero el frío al calor???
Venga, a los reviews! Que, aunque no sean muchos, son los mejores! ;)
al: bueno, sabes? echaba en falta tus preguntas! ;) Veamos, no voy a poder decirte todo ahora, solo me queda pedirte algo de paciencia, pero sus reacciones van a ser... mmm... pues no lo sé. JAJAJAJA, es un punto que aún no he escrito. Pero verás que un pequeño "encuentro" tendrá lugar en este capítulo (no te diré cuál), a partir de ahí, piensa como van las cosas. La ayuda del dragón... pues esta sí está por venir, al fin he conseguido escapar del bloqueo!!!! Pero no sé si os gustará.... decidme opciones k os gusten, please! Siempre van bien otras versiones... Ah! Y no te cortes en preguntarme, a mi me gusta! Nos vemos, amigo!!!
Sacralo: creo que este capítulo es algo más largo... En todo caso, la cosa no está en que los haga cortos o no, sino que yo pongo bastante narración y, por el momento, el diálogo no tiene tanta cabida como los pensamientos. Por ello, parece que no es largo, pero créeme cuando te digo que sí lo es (al menos en el doc word). Gracias por el review!!
FFmania: jajajajajaja, pues lo de Harry tiene para tiempo, así que vete mentalizando porqué va enserio: está pa-ra-lí-ti-co! Asúmelo, yo ya lo hice. Y, por favor, no me mates... o nunca sabrás qué ocurre al final (por cierto, en este cap. creo que te relajarás con respecto a lo de su incapacidad, pq la ayuda está por el camino) Y te gusta el dragón? Sí? Yo lo adoro. Es más, LO QUIERO! Lástima que no pueda tener uno (no como mascota, pero sí como compañero (incluso me acontento siendo su mascota)), acaso pido tanto? Puede que sí... Gracias por tu idea, ya lo tenía pensado, epro tampoco sabía como hacerlo para que pudiese rellenar todo lo que me queda por poner a fin de cerrar la saga como diós manda. Bueno, espero que lo que me has dado para pensar me ayude a completarlo todo. Muchísimas gracias de todos modos. Dew, wapísima!
Blackcat: hola!!!! Dónde has ido en esas pequeñas vacaciones, si se puede saber? Menuda suerte tiene la gente... Pero, en fin, espero poder hacer mi pequeño respiro, y si no, pues me voy a comprar el pan y me doy por complacida (al menos habré salido de casa) XD Mejor tomarlo con optimismo, no? Y quieres un Harry mortífago? Debo admitir que a mi también me atrae la idea... mmm, atrativo... y también mucho más sexy... JAJAJAJAJA, pero bien te aseguro que no lo pasaría! (Y lo más seguro es que Miri me matara por hacerle pasar mal) Pero sí, yo también quiero que pase por ahí. Es más, no veo un Harry que se dedique solo al bien, tú no? Ya veremos como lo monto todo al final, k no es poco! Gracias por ayudarme, amiga. Nos vemos!
Lladruc: Por tu nick y la pregunta pienso que eres de Catalunya, no? Yo soy de Barna, y tú? Y sí, soy chica! JAJAJAJAJA, me has dejado realmente sorprendida por la pregunta, mi nick no permite verlo con claridad? ;) Me alegra que te gustara mi fic (aix, k me pongo colorada), bueno, pues aquí va la continuación! Espero que t'agradi, fins aviat!!
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Esta vez me extendido con las respuestas, no? Será porqué me sentía alegre... aprovecharé mi buen ánimo!
En fin, os dejaré con el tercer capítulo, pero antes os advierto que cualquier cambio de actitud de Harry no es un error. Ya sabéis como es la adolescencia (los más mayores deberíais recordarlo... Hay alguno por ahí???), así que todo es NORMAL. Weno, weno, yo ya he advertido. Así que, sin más preámbulos.... ¡Qué aproveche!
Capítulo 3 – La prueba
No recordaba cuánto tiempo llevaba allí, echado cerca de lo único que aún lo mantenía despierto, su único tesoro que le protegía de la muerte que tantas ansias tenía por entrar en aquella oscura y fría cueva para llevárselo de allí. Y le habría dejado... pero el estúpido sentimiento de olvido volvía a él cada vez que intentaba abandonarse. La misma cosa que le había sostenido en las largas horas de tortura y sufrimiento seguía sin dejarle descansar en una merecida paz. ¡Lo odiaba! ¿Por qué se entestaba en seguir incordiándolo? Ya había recibido castigo, ¿no? Aunque no sabía el porque de ello, llegó a la conclusión de que si había sido tan duramente atormentado sería por una causa justa. Pero también estaba la posibilidad de que todo fuese una injusticia... ¡pues menuda chapuza habían hecho! Aún continuaba en pie... dolorido, perdido y desesperado, pero en pie al fin y al cabo.
Acercó sus temblorosas y blancas manos hacia el pequeño estanque de agua y las sumergió juntándolas en forma de cuenco. Lentamente, se acercó el líquido en su boca y sorbió con suavidad, sin prisas.
Sus manos habían perdido ya su calidez, en realidad, todo su cuerpo había dejado de emitir calor para reservarlo para si mismo en un vano intento de supervivencia. Sintió lástima... mientras el cuerpo intentaba salvarse por todos los medios posibles reservando las energías necesarias, manteniéndose hidratado y haciendo solo lo justo, su mente continuaba perdida en el vacío, lejos de cualquier reacción. Intentó ayudarle tapándose con la vaporosa capa cuyo abrigo era nulo, más para ofrecerle su apoyo que por necesidad. Tras haberse refrescado con el elemento de la vida, dejó su cabeza reposar en un duro e irregular suelo, fatigado. Cerró los ojos y esperó su final entre cavilaciones.
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Un extraño olor lo despertó. Pero al abrir los ojos no encontró lo que pensaba que vería. Estaba encima de un suave césped verde y bien cuidado, con un cielo azul y un cristalino lago delante de él. La sombra de un árbol le protegía del sofocante sol haciendo que una ligera brisa llegara a refrescarlo casi con timidez. Un castillo, grande y majestuoso, se alzaba imponente no muy lejos como si quisiera darle la bienvenida, abrigándolo y protegiéndolo con sus murallas. Mirarlo le infundía una sensación placentera, como si estuviese admirando algo que ya conocía, un viejo amigo que quería y por el que había dado mucho más de lo que pensaba.
El canto de los pájaros le relajó. Suspiró sereno y volvió a tumbarse en la mullida hierba mientras miraba el cielo claro que cubría su cabeza.
- Qué paz... ¿verdad?- dijo una suave voz a su lado.
Sin levantarse, giró la cabeza que descansaba encima sus brazos y observó su compañero de descanso. Una cara femenina le miró sonriente con expresión de felicidad y afecto. Su pelo brillaba con los reflejos del sol que conseguían escapar de las pequeñas hojas. Sus ojos eran serenos y sinceros, llenos de algo que no pudo ver. Conocía a aquella chica, ya la había visto antes, entre su agonía...
- No creo que podamos disfrutar de días como éste mucho más... el verano termina. Y pronto el trabajo nos sofocará.- volvió a sonreírle y miró nuevamente el cielo con cierta nostalgia.
- Tienes razón...
Dejaron que el silencio les envolviese en unos instantes de tranquilidad que les parecieron eternos, como una maravilla recién descubierta.
- Harry, ¿te acuerdas?- giró para verla- ¿Recuerdas la primera vez que os vi? A ti, y a Ron... Recuerdo cuando os encontré en el compartimiento del tren intentando hacer algo de magia, aunque tú aún no sabías nada de ella. No fue la mejor forma de presentarnos, pero debo reconocer que resultó bastante divertido... Quien diría que después de la pequeña aventura con el troll empezaríamos a conocernos...- sonrió.
No sabía de qué estaba hablando, pero seguía escuchándola sintiendo que aquellas palabras tenían un extraño efecto en él, como si, de repente, empezase a recordar...
- El duelo con Malfoy que no resultó ser más que una trampa... ¿y Norberto? Nunca olvidaré nuestro primer castigo en el Bosque Prohibido. Recuerdo el miedo que pasé sujetándome a ti como si la vida me fuese en ello, aunque íbamos con Hagrid.- dejó ir una pequeña risita de complicidad.- ¿Y cómo terminamos nuestro primer curso...? Conseguiste proteger la Piedra Filosofal y derrotar los planes de Voldemort.- no pudo evitar sentir un escalofrío al escuchar aquel nombre. Pero, ¿por qué?
Llegamos al segundo año, aunque no lo hiciste de la mejor forma... Nada más llegar, tu y Ron ya fuisteis castigados y, además, durante el verano habías recibido tu primer aviso de magia ilegal... Tuvimos un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, y otro misterio que conseguiste resolver salvando la vida de los hijos de muggles de la escuela, y la de Ginny...
En tercero tuviste que cargar con un nuevo peso encima... Recuerdo la preocupación que tenía cuando sucedió el accidente con la Nimbus 2000 y tu recibimiento de la Saeta de Fuego. La fuerte discusión con Ron... y después contigo... y yo casi no podía abarcar con todo el trabajo ayudando a Hagrid y Buckbeak, y las materias extras que hacía... Y aquella noche, cuando todo se descubrió. El giratiempos, Pettigrew, Remus, Sirius y los deméntores... Fue un curso realmente extraño... ¿lo recuerdas? Incluso quedé realmente sorprendida por tu actuación con el patronus. Me salvaste la vida...- su mirada cruzó con la del chico, que no había dejado de observarla en silencio, contemplando su belleza y sencillez.
- ¿Y en cuarto?- dijo intentando romper el tenso silencio provocado por sus miradas.- ¿Qué es lo que recuerdas de ese curso?
- Las noches que pasamos entrenando el encantamiento atrayente.- volvió a reír.- Era tan extraño verte pelear con unos cojines... aunque al final tuvo su fruto. En el Torneo lo hiciste genial, me enorgullecí de ti.
- También recuerdo el Mundial de Quiddich...- una imagen pasó por su cabeza, como si reviviera aquél recuerdo lejano.
- Sí. Muchas cosas empezaron a complicarse aquél año... ya nada volvería a ser igual... el retorno de Voldemort, la muerte de Cedric... pasé miedo, mucho miedo.- su sonrisa desapareció reemplazándose por una profunda tristeza.- Y después llegó el quinto año. Tu enfado por no saber nada, el juicio por el uso de magia, el comportamiento de Fudge, la Orden del Fénix, la casa de los Black, la preocupación de la señora Weasley, la profesora Umbridge, el ED, la fuga de Dumbledore, el ataque a McGonagall, los gemelos y sus inventos, nuestra huída en el bosque perseguidos por los centauros, volando con los Threstals hacia el Ministerio, las puertas negras... y cuando desperté en la enfermería, aterrada.- acabó en un murmullo, pero lo oyó.
- La muerte de Sirius...
- Te pido perdón... por no poder ayudarte cuando más lo necesitabas...
La imagen de aquél lugar empezó a difuminarse, mientras aún observaba a la chica quien ahora cerraba los ojos con una débil lágrima brillando en su mejilla.
- No, Hermione. Yo soy quien debe pedirte perdón por no haberte protegido, por haberte hecho sufrir... cuando has sido tú quien siempre ha estado allí para ayudarme. Has velado mis agitados sueños, susurrándome palabras de apoyo, guiándome entre las oscuras sendas del dolor… y ahora, me has ayudado a salir y recordar… Por ello, perdóname…
Los recuerdos volvieron a él, con fuerza, como si hubiesen esperado encerrados mucho tiempo, impacientes por ser libres de nuevo. Poco a poco, la vida regresó a su cansado corazón haciéndole latir de nuevo al encontrar un nuevo objetivo a seguir, algo por lo que continuar existiendo, algo por lo que merecía la pena luchar…
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Abrió los ojos, verdes, vivos, con un brillo muy distinto al que había antes de despertar. Miró a su alrededor como si fuese un lugar nuevo, un sitio que no conocía y que observaba por primera vez.
Haciendo caso omiso del dolor de cabeza que le conllevó reincorporarse lo suficiente como para poder apreciar mejor su situación, paseó la mirada por toda la cueva. Se descubrió con un frío enorme, todo su cuerpo temblaba con violencia. Tenía los dedos azulados y su piel blanca como la nieve. La fiebre le acosaba incesante, pero incluso agradecía poder tocarse su frente y dejar que el calor intentase revivir sus insensibles dedos. Sin poder dejar de temblar, intentó coger la varita que aún guardaba en su bolsillo junto con las gafas. Pero ni siquiera era capaz de agarrar el largo objeto, sus extremidades estaban entumecidas y congeladas, mas sin el calor que le podía proporcionar el hechizo, no sería capaz de recuperar algo de sensibilidad, y estaba seguro que no podría continuar mucho más en aquellas condiciones. Por más que probara de recuperar la varita, no conseguía más que apretar dolorosamente la mandíbula para tranquilizarse.
Al cabo de poco, dejó caerse rendido. Respiraba aceleradamente y con dificultad intentando que el aire entrase ordenadamente por la nariz, pero su cuerpo pedía más, por lo que su irritada garganta debía permitir que aquél aire frío le arañase hasta saciar la sed de oxígeno. Se mareaba. Sentía un fuerte dolor de cabeza y pecho, no conseguía mover sus extremidades inferiores, aunque tenía la extraña certeza de que por más que insistiera nada conseguiría con ello. Su única opción eran las manos, pero incluso éstas estaban rígidas por el frío. Lo que daría en aquellos momentos por un cálido fuego…
Pensó. Necesitaba fuego… ¿cómo conseguirlo? ¿cómo… sin el uso de una varita y casi sin poderse mover? Bueno, estaba la magia sin varita, algo que podía hacer, sin duda, pero… sus energías casi le habían abandonado, ¿lo lograría? Tampoco pierdo nada en intentarlo… pensó más alentado.
Su respiración disminuyó hasta hacerse pausada y segura, relajando todo su cuerpo y olvidando el dolor. Dejó que una extraña paz le inundase y le abrigara con sus alas blancas, debía concentrarse alejando todos los pensamientos de él menos aquél que le permitiría completar el milagro. Con un autocontrol extraordinario se obligó dejar de temblar eliminando el frío y obligando a su cuerpo a descansar. La tarea resultó ardua, pero debía lograrlo para conseguir su fin en su última oportunidad ya que solo lo resistiría una vez más, su cuerpo estaba demasiado débil para probarlo de nuevo.
Recordando aquella sensación de calidez que solo las llamas eran capaces de despertar con sus figuras etéreas brillando entre la oscuridad, alejó la realidad para sumergirse en una etapa de concentración absoluta. No lo había intentado nunca, pero estaba seguro de conseguirlo. En una ocasión, aún sin saber nada de aquello que se proponía, había intentado penetrar en aquél estado de la mente para hacer frente al inmenso dolor que le había llevado la supuesta pérdida de su padrino, y lo había logrado, aunque no al completo. Ahora debía completarlo a la perfección.
Pensó en el elemento que necesitaba. El rojo sangre, naranja del sol poniente, amarillo del maíz dorado, blanco nieve, azul mar... debía mezclar aquellos colores en su mente y añadir la sensación del calor quemando todo aquello que le tocaba. Sus formas indefinidas, su presencia intocable, su poder indomable, su inmensidad y fuerza. Pudo sentir una fragancia cálida, un roce suave y misterioso por todo su cuerpo, había algo que le estaba acariciando con delicadeza, como susurrándole dulces palabras de amor.
Sabía lo que debía hacer, y lo hizo.
Levantó sus pesados brazos hacia el cielo con las palmas de las manos como si estuvieran aguantando algo y los dedos extendidos. Dejó que una sonrisa fluyera de sus labios al sentir aquel contacto concentrado en sus manos. Era como si una cálida criatura estuviese olfateando sus dedos, rozándolos con su suave pelaje rojo, como si estuviera investigando aquello y mirándolo todo con sus pequeños ojos ámbar. Tras la evaluación, una extraña y agradable calidez tocó sus dedos extendiéndose lentamente por sus manos. Continuó sin moverse mientras el calor devolvía la vida a cada fibra de su cuerpo, descendiendo por los brazos a mayor velocidad, escampándose al llegar a su pecho, yendo por todas partes hasta completar su recorrido.
Nuevamente, dejó descender los brazos hasta posarse sobre su pecho. Abrió los ojos y miró hacia el techo, agradecido. Su visión era desenfocada, pero algo se anteponía a las nubes de color que componían su entorno. Una chispa roja se movía encima de su cabeza, daba vueltas sin parar, como si estuviese alegre. Continuó sonriéndole divertido, no dejaba de volar de un sitio para otro, arriba y abajo, desapareciendo con un brillo intenso y volviendo a aparecer al otro lado con un movimiento festivo. Le acercó un dedo con suavidad. Detuvo su baile y se acercó a él con curiosidad y precaución hasta quedar a pocos milímetros. Dejó que su aura roja tocase la piel de chico y volvió con su frenesí girando velozmente por todo el dedo hasta, después de lo que pareció una salutación a un viejo amigo, elevarse hacia el techo de la cueva y desaparecer.
Durante unos minutos, dejó que su cuerpo descansara en el frío suelo, recuperando la normalidad. Debía dejarle ese tiempo para adaptarse, además, también le permitió unos instantes ideales para poder situarse y analizar su posición actual.
Recordaba el estado de oscuridad y soledad por el que había pasado, el fuerte dolor y la tortura, el dragón y su discusión, el vuelo y los recuerdos recuperados. Había hablado con Hermione al inicio de su sexto curso durante el rato libre antes de empezar, mientras Ron empezaba con su primera materia. Hablaron sobre los recuerdos que tenían de los años anteriores y, aunque mientras ella hablaba Harry iba pensando en sus propios recuerdos, había escuchado los de la chica quien, con asombrosa precisión, iba contando lo mismo que él pensaba. En aquél momento la había mirado de una forma muy distinta, no como a una amiga, sino como una chica. Le asombró su belleza. Pero, al igual modo que estos sentimientos llegaban a él por primera vez, enseguida intentó sofocarlos pisoteándolos y reduciéndolos a una simple imaginación. Sabía cuánto le gustaba Hermione a Ron, no podía hacerle eso a su mejor amigo. Además, para ella Harry solo era un amigo… ¿verdad? Sí, sí, seguro. Pero…
Negó con la cabeza y se incorporó. No tenía tiempo para eso.
Su cuerpo había recobrado el calor que lo mantenía con vida, la fiebre había disminuido, aunque aún estaba presente en él. Recuperó las gafas y se observó las manos mientras ejercitaba los dedos comprobando su entera movilidad, al igual que los brazos y la parte superior del cuerpo. Pero aún le quedaba un problema realmente preocupante.
- No puede ser que esté…- dijo en un susurro.
Agarró su pierna derecha y la plegó por encima la otra dejándola cruzada. No había sentido nada. Desató el zapato y se lo quitó, al igual que el calcetín. El pie tenía el color normal y estaba caliente como sus manos, pero seguía sin poder moverlo en absoluto. Al fin, después de todo el rato, empezaba a angustiarse. ¿Cómo arreglaría eso? Cogió la extremidad con ambas manos y lo movió de todas las formas posibles para desentumecer sus músculos. Ningún efecto. Cogió la varita y apuntó el pie, pero no sabía qué le pasaba ni como curarlo, así que un hechizo tampoco podía ayudarlo.
- ¡Maldita sea!- frustrado, desesperado y aterrado, golpeó el suelo con el puño sintiendo, por primera vez, un dolor que le ayudó.
Aquello no era posible, o era todo una pesadilla, o una broma de muy mal gusto. Fuese quien fuese que estuviera jugando con él se estaba divirtiendo en cantidad. Hasta entonces, nada había ido en su favor, ¿cuándo recibiría algo de ayuda? ¿Acaso no había dado ya bastante? Toda su vida había sido una pesadilla, ¿era tanto pedir un golpe de suerte?
No volvería a andar, a correr, a sentir la hierba fresca bajo sus pies, el frescor del agua acariciándole la piel, la textura de la arena haciéndole cosquillas... Le hizo gracia, ¿tan bajo había caído? Intentó buscar el lado positivo, pero no lo encontró. Al menos, puedo seguir volando se dijo con extraño optimismo. Desvió la mirada hacia la entrada de la cueva, observando el cielo azul. Aún podía escuchar las palabras de aquél dragón al que había llamado Shelyak en un pequeño momento de lucidez, algo que solo con el animal había logrado. Debía salir de allí, ya había pasado demasiado tiempo escondido, o salía ahora, o se abandonaba definitivamente terminando de una vez por todas con la dolorosa carga que arrastraba. Decidió continuar.
Poniendo en marcha su atrofiado cerebro, empezó a planear posibles soluciones a su problema. Encontró una. Dejaría que fuese la misma magia quien le ayudase, su única aliada y la más fiel de todas. Así, tomó con seguridad su varita y la blandió en el aire como si quisiera cortarlo con un látigo. Un suave remolino de aire lo elevó hasta ponerlo en pie sin llegar a tocar el suelo.
Se sentía realmente inseguro, no sabía como actuar con aquella nueva posición. Era como si tuviese las piernas atadas y se moviese como un fantasma, flotando en el aire sin llegar a rozar el suelo. Incluso le costó mantenerse completamente vertical, su equilibrio estaba algo tocado, y estar de esa forma no era algo que ayudara mucho. Durante unos instantes estuvo peleando consigo mismo para ponerse enteramente de pie y no caminar por las paredes de la cueva. Cuando lo logró y empezó a habituarse, suspiró aliviado. Bien, la primera parte de plan ya la había completado, ahora solo le quedaba bajar de aquella montaña, tarea nada fácil.
Se acercó hacia la entrada con un solo pensamiento y observó la pronunciada pendiente. Debería descender entre multitud de rocas, nieve y hielo con temperaturas nada agradables. Metros más abajo empezaba a haber algo de vida verde, pero no era hasta mucho más lejos que se podían ver los primeros abetos seguidos por un espeso bosque. El dragón le había dicho que debía llegar hasta el bosque, pero hacerlo era mucho más difícil de lo que creyó en un inicio cuando decidió seguir.
- Está bien. Cuando antes empiece, antes terminaré.- no se dio cuenta del aire fúnebre de la frase hasta que empezó a moverse fuera de la cueva atándose fuertemente la capa de su padre y con la varita firme en su mano.
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Llevaba lo que le pareció un par de horas y solo había logrado descender una treintena de metros, incluso podía ver la cueva. Aún con la ayuda de la magia, su cuerpo no era capaz de desplazarse con seguridad, aquello de ir flotando sin un control absoluto no estaba hecho para él. Había pensado en aparecerse, pero no conocía su destino, no sabía donde estaba y tampoco disponía de las coordenadas que le llevarían donde quería. Así que su única salida era descendiendo, pero debía buscar un método un tanto mejor. Confió en su instinto y dejó que la magia actuara según sus deseos. El único remolino de aire que hasta entonces le sostenía se dividió envolviendo a cada una de sus piernas. Su forma tangible desapareció sin dejar rastro y pronto pudo volver a tocar el suelo derecho. Le pareció una falsa imitación del aplomo de sus piernas, pero, al menos, podía volver a caminar aunque solo fuese gracias a la magia y no a su propio cuerpo.
Dio un paso vacilante. Sus piernas, rodeadas por una suave brisa invisible, podían mantenerlo perfectamente en pie, como si no hubiese ninguna diferencia con antaño. Pero él sí podía sentirla. Debía mantenerse concentrado y controlar la magia que utilizaba para conservarla en su forma. Sabía que aquello terminaría agotándole, pero era su única salida, no tenía otra alternativa.
Mucho más seguro ahora que andaba sobre sus pies, aceleró su descenso con aplomo. Sus pensamientos se dispersaron como las nubes en aquel cielo limpio y tranquilo. El frío que le rodeaba dejó de molestarle pues, del mismo modo que movía sus extremidades, una aura cálida se había manifestado a su alrededor protegiéndole y abrigándole. El silencio reinaba en aquel paisaje de una forma un tanto especial, era relajante y lo agradecía. Después de todo el torbellino y la confusión, caminar por allí le devolvió la paz que tanto había ansiado.
Puso el pie en una roca resbaladiza por el hielo, pero a tiempo se equilibró evitando empezar a descender rodando por el precipicio que se abría ante él. Un brillo le cegó al balancearse.
Al recuperar la estabilidad, agarró un objeto frío colgado de su cuello. Era aquél colgante dorado con forma de dragón que había encontrado al salir de su muerte en vida durante el curso pasado, hacía solo unos meses -o esto suponía, tampoco estaba seguro del día en que se encontraba-. La última vez que lo había mirado tenía el Diamante de Oro, el poderoso hechizo que le permitió entrar en el Portal de las Almas Sin Voz, el lugar donde había caído su padrino y donde había entrado para rescatarlo. En aquel momento pensó que era el hechizo que se había materializado junto con el dragón sin comprender la razón de aquello, pero le sirvió para sus propósitos haciendo que el rescate resultase victorioso. Sin embargo, ahora aquella preciosa piedra ya no estaba con el dragón, el colgante había vuelto a su forma original. Aquello le llevó lejos de allí, preocupado por alguien a quien echaba de menos... ¿estaría bien? ¿Habría conseguido salvarse? Esperaba que todos sus intentos para salvar a Sirius hubiesen tenido su fruto, sin embargo no estaba allí para verlo por él mismo. Cuánto le gustaría verle…
Siguió descendiendo.
¿Y Marla? ¿Cómo estaría ella? Ella le había ayudado a salir de su estado, había luchado contra Vol... él cuando éste la había capturado obligándola a trabajar aún su valerosa resistencia, sabía que hizo lo imposible para encontrar una salida para Sirius. Le hubiese gustado verlos juntos de nuevo, después de todos esos años separados y desprestigiados, tratados de traidores y asesinos… Suspiró con pesar. Sabía el amor que se profesaban entre ellos, un amor prohibido y castigado. Deseaba verlos, saber de ellos, poder estar seguro de que sus esfuerzos habían resultado. Que el daño que había provocado había sido reparado…
Saltó un grupo de piedras con agilidad y aterrizó sobre un terreno algo más estable. Había pasado por un estrecho y peligroso resalte que utilizó como un camino, aunque su poca anchura lo hacía realmente peligroso. Continuó caminando montaña abajo hasta dar con un pequeño lago no muy lejos de la cumbre. Sus aguas eran cristalinas, reflejaban con la fidelidad de un espejo todo aquello que se asomaba por su plana superficie. Harry se acercó y observó su rostro.
Su aspecto había cambiado, aún no había logrado entrar en la adolescencia, pero había madurado mucho más deprisa que cualquier chico normal. Aún así, Harry Potter no era como los demás jóvenes de su edad. Aún no había cumplido los diecisiete años que su vida ya era una existencia difícil y peligrosa, mucho más que en cualquier adulto. En su primer año, sus padres fueron asesinados por el Lord Oscuro, el mago tenebroso más grande de los últimos siglos. Y, aunque Harry era su objetivo, no pudo cumplir con el deseo de terminar con él aún siendo un niño. Sus padres murieron, el Innombrable desapareció, y él, Harry Potter, pasó a ser el-niño-que-vivió. Pero su vida en casa de sus tíos Dursley, su única familia, no había sido nada fácil. El desprecio de sus tíos y los maltratos que recibía cada día lo habían marcado irremisiblemente. Aún así, no fue hasta su ingreso en la Escuela de Magia y Hechicería Hogwarts cuando empezó a disfrutar de su vida anteriormente miserable, sin embargo, nunca pudo dejar de ser perseguido por los problemas. Actualmente esto se había vuelto en una rutina que, muy seguramente, sin ella echaría de menos.
Sus ojos, verdes como esmeraldas, miraban no muy complacidos su aspecto. El pelo, como siempre, crecía sin orden ni control, de color negro como la noche; sus facciones eran mucho más pálidas que de costumbre, seguramente por todo lo que había pasado. No se sentía en plena forma, sus músculos estaban poco desarrollados y su flaqueza era presente en el reflejo, pero su voluntad brillaba poderosamente en él. Quizás no parecía muy fuerte físicamente, pero era ágil y escurridizo, además podía sentir su poder, mayoritariamente escondido, dentro de si mismo. Sonrió. No era atractivo, su figura se veía algo enferma, pero conseguía mantenerse en pie aún todas sus penalidades. De esto sí estaba orgulloso.
Dejó que la frescura del agua rozase sus cortados labios y continuó con su viaje.
La pureza del aire conseguía que los pensamientos oscuros se alejasen de él permitiéndole una agradable tranquilidad. Continuaba siguiendo el camino de los recuerdos recuperándolos lentamente y en orden, mientras la magia le ayudaba a seguir adelante.
Su rumbo siguió fijo en el bosque, al igual que su firmeza. Todo lo empujaba hacia allí, sin importar la hora ni el lugar, el tiempo y el espacio habían desaparecido para convertirse en un camino salvaje continuo e interminable. No se dio cuenta de que el sol ya empezaba a despuntar cuando dio con los primeros abetos. Fue entonces cuando el hambre se hizo patente en forma de potentes rugidos de su estómago y mareos. Al no hacer uso de su resistencia física, el cansancio no se mostraba como fatiga de su cuerpo, sino con dolor de cabeza y somnolencia. Así que decidió buscar un buen lugar para pasar su primera noche.
Mientras miraba por todos lados en busca de un buen sitio para acampar, se preguntaba qué podría comer. No era que le preocupase mucho, sin embargo sí podía ver las crecientes quejas de su estómago. Quizás podía encontrar setas o algún que otro fruto comestible… no se veía en forma como para cazar un animal, y aún menos matarlo. En cambio, se imaginaba que, con aquella humedad, alguna que otra seta podía crecer, las condiciones parecían perfectas. Aunque también había el riesgo que fuesen venenosas… y él no conocía nada de setas, nunca había salido en su busca, ¿cómo las identificaría? Eso, claro estaba, en el caso de encontrar alguna.
No muy lejos, vio un lugar perfecto. Los árboles habían dejado un pequeño claro con el suelo algo llano y en buen estado. El frío nocturno le hizo constar que necesitaría algo de fuego para mantenerse caliente durante la noche ya que también su magia debía tomar un merecido aliento. Así, recogió las pocas ramas que pudo encontrar por el suelo, pero no las suficientes. Pensando en como conseguir más madera, aterrizó de entre sus idas y venidas observando a su alrededor. Tenía suficiente madera para quemar durante años enteros. Pero para conseguirla debería cortar algún árbol o herirlo en el menor de los casos, y esto, claro estaba, una vez consiguiese prenderle fuego estando como estaba todo tan húmedo y verde. Sin embargo, aquél trabajo no era ningún problema para la magia. Mas, cortar un árbol... no, rotundamente no. Bueno, quizás algunas ramas, pero seguía sin hacerle mucha gracia. Ya había visto demasiado sufrimiento en un ser vivo, aún necesitaría algo más de tiempo. Finalmente optó por conformarse con lo que ya tenía, más frío del que había pasado no tendría, así que lo resistiría como pudiese.
Tampoco encontró nada de que alimentarse, por lo que no tuvo otro remedio que armarse de paciencia e intentar tranquilizar su enojado estómago acercándose al pequeño fuego que acababa de crear al centro del claro. Estaba seguro que en invierno aquello debía estar todo nevado, por suerte este no era el caso, aunque no dudaba en que aquella noche helaría... se acurrucó con la capa de su padre cerca de las pequeñas y gratificantes llamas y dejó que sus movimientos le hiciesen entrar en un sopor irresistible transportándolo lejos de allí, con sus pensamientos puestos en sus amigos...
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Unos molestos rayos de sol le despertaron en aquella clara mañana. Tapándose los ojos con las manos más bien frías, dejó que el sueño fuese abandonándole lentamente. No pudo reprimir un gran bostezo seguido por el rugido del estómago que aún seguía dando batalla por algo que, si él pudiese, le daría la victoria gustosamente. Se levantó y, apoyándose con los codos, observó con los ojos medio abiertos y el cerebro sin despertar todo aquello que le rodeaba para encontrarse en el mismo lugar donde había pasado aquella noche helada. Aunque el cansancio no le impidió sucumbir al deseado sueño, la única cosa que podía dar a su agotado cuerpo.
Rescató su varita del bolsillo dejando que su nalga derecha pudiera recuperar su forma original después de estar sintiendo aquel objeto cilíndrico marcándole durante la fase de reposo. Volvió a bostezar y se sentó al completo dejando las manos libres para poder frotarse los ojos en un vano intento para abrirlos al completo. Frotó las manos y los brazos recuperando, así, algo de calor. No quería hacer uso de la magia aún puesto que le quedaba mucho trayecto para terminar aquella dura prueba, hasta entonces, debería racionar tanto las energías mágicas como las físicas. Peinó inútilmente su pelo rebelde, costumbre que adaptó en casa de sus tíos, y abofeteó levemente sus mejillas. ¡No podía creer cuánto le costaba despertarse!
- Buenos días, Harry.- se dijo a si mismo cuando, al fin, logró abrir al completo sus somnolientos ojos.- Vamos, aún tienes mucho por recorrer.
Sin necesitar del movimiento de varita, la magia volvió a fluir en él ayudando a sus inutilizables piernas permitiéndole levantarse y dejando que su cuerpo empezara a moverse con mayor rapidez. Flexionó sus brazos y espalda, mientras se masajeaba el cuello volviendo el completo movimiento a sus atrofiadas extremidades, algo adoloridas por aquella incómoda noche.
- Deberías encontrar algo para comer... y un poco de agua tampoco te iría mal. Puede que más abajo pueda dar con algo comestible, aquí sólo hay abetos y hielo. Y este hielo debe fundirse... algún pequeño riachuelo habrá. Quien sabe...- dijo pensativo echando a andar pendiente abajo.- ...quizás pueda pescar algo.
Caminó entre los árboles rozando sus hojas y pisando la pequeña hierba bajo sus pies. Por suerte, las grandes rocas habían quedado atrás y ahora el camino resultaba más fácil y cómodo, aunque debía hacer muchos más rodeos. Por doquier se encontraba con grandes rocas que habían caído de la cumbre hacía ya tiempo quedando sepultadas entre la escasa vegetación. Le resultaba ver algo más que no fuera él y los pocos árboles que abarcaban su camino, al parecer los abetos que supuso que eran el inicio de la vegetación solo resultaron ser un grupo que encontró una zona ideal y creció. Otra vez volvía a encontrarse en un gran escampado con hierba y algunas flores silvestres. El paisaje, aún siendo relajante, era desolador. ¿Quedaba mucho para llegar al bosque? ¿Y si se había desviado de su camino? Aquello era todo igual, lo único capaz de guiarle eran las montañas que se dibujaban en el horizonte, pero estas eran algo distintas de las que había visto desde la cueva... o quizá no.
- ¡Mierda! Debí mirar dónde estaba cuando pude hacerlo.- se recriminó sin dejar de descender.
Si hubiese pensado en ello antes... aunque ahora utilizase el sencillo hechizo para saber donde estaban los puntos cardinales, ¿cómo sabía si realmente coincidían con donde suponía que estaba el bosque? Desde allí le resultaba imposible divisarlo.
- Oriéntame.- dijo deteniéndose en seco. La varita le marcó hacia delante, aquello era el norte... sí, sur detrás, este a su derecha y oeste a la izquierda... ¿pero, y el bosque?- Así no voy bien. Si no sé hacia dónde dirigirme, ¿de qué me sirve saber que esto es el norte?- continuó mirando de un lado hacia el otro desorientado, sin saber muy bien qué hacer o hacia dónde ir.
Lo que sí sabía con certeza era que debía descender, pero su problema era que la montaña tenía un gran radio, y el bosque dónde debía ir era uno en concreto. Era posible que ayer por el atardecer se desviase un poco hacia el este, o quizás hacia el oeste, no tenía modo de saberlo. Podía ser que el bosque no estuviera exactamente al norte, y cuando más descendiera sin saber, más se podía desviar.
- ¡Maldita sea! ¡Sin el dragón no puedo salir de aquí! ¡Y ni siquiera sé dónde es aqu!- gritó furioso. Se tranquilizó, era demasiado propenso a dejarse llevar, cualidad que siempre le había llevado directo a los problemas, pero el año junto a la profesora Umbridge le había ayudado en su autocontrol. La sangre fría lo sacaría del embrollo en que se había metido.
Pensó en lo que harían sus amigos en su lugar, esto siempre lo había ayudado a enfocar las cosas desde otro punto de vista. En primer lugar, Ron empezaría a chillar y lanzar hechizos hacia todos los lados. Sonrió al imaginarlo. Era justo lo que hubiese hecho antes de calmarse, pero ahora no tenía tiempo para seguir esa opción, además, no lo llevaría en ningún sitio más que gastar energías inútilmente. Después estaba Hermione, la lista de Hermione... ¿qué haría ella en esta situación? Saber donde estaba. Esto ya lo había hecho, ¿pero qué más? Bueno, comunicarse con quien fuera, pero no podía, no debía. Aquello era una prueba, un reto que debía superar por su propia cuenta y sin más ayuda que él mismo.
- Puedo arriesgarme siguiendo mi nueva situación, tampoco creo me haya desviado tanto...- bajó la vista mirándose los pies pisando las verdes plantas que amortizaban sus pasos y que no podía sentir. El brillo de algo dorado le cegó al darle, de lleno, en el ojo. Con la mano izquierda lo agarró hasta dejarlo a la altura de su mirada para verlo con mayor claridad.- ¿Y tú? ¿Qué representa que debo hacer? ¿Hacia dónde debo dirigirme?- dijo al colgante de dragón que continuaba reflejando la luz del sol.
Nunca pensó que preguntaría eso a un dragón, peor aún, a un colgante. Rió complacido, si en esos momentos tuviese a aquél engreído animal delante empezaría a buscarle las cosquillas hasta mosquearlo. Claro que el animal tampoco se quedaba corto. Extrañamente, sintió afecto por aquella criatura de alas de oro y cuerpo de fuego.
Un cosquilleo como si alguien le hubiese susurrado algo inteligible en la distancia hizo que dejase de admirar aquella joya que, sin aún comprender el cómo ni el porqué, había ido a parar en sus manos. Siguiendo la misteriosa presencia invisible, desvió la mirada hacia la pendiente algo más a la izquierda de donde estaba. No sabía qué era, pero algo lo impulsaba hacia allí, así que, sin cuestionar ese sexto sentido que hasta entonces siempre le había ayudado, dejó que sus piernas lo llevasen fuera donde fuera.
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Al fin la noche había llegado y, nuevamente, se refugió entre un grupo de árboles. Había logrado internarse dentro del bosque, aunque aún le quedaba quizá otro día intensivo antes de poder llegar hasta el punto marcado. Para su alegría, logró dar con el riachuelo saciando su sed y consiguiendo unos cuantos peces tras más de dos horas intentando capturar algo. Había creado un precioso fuego con gran multitud de ramas que encontró y dispuso los peces de forma que se hicieran lo más pronto posible. El hambre le estaba matando, y su insistente estómago no hacía sino empeorar aquella necesidad. Una vez hechos, los devoró casi sin acordarse de lo calientes que estaban por lo que tuvo que beber hasta calmar su chamuscada lengua, aunque lo peor fue las espinas que tragó con su ansia por deshacerse del hambre. Tuvo que hacer uso de su magia para no morir ahogado, pero no consiguió curar la garganta ahora irritada.
Fuese como fuera, una vez algo más lleno, pudo suspirar aliviado. Había forzado su cuerpo hasta el límite, parando nada más que lo preciso, dejando la mente en blanco para facilitar el paso del tiempo. Fue duro, pero el recorrido que logró era increíble. Muy seguramente se había ahorrado algo más de medio día de camino.
Se sentía seguro, protegido, lejos de cualquier amenaza, como si todo fuese algo del pasado. Un tortuoso y difícil pasado. Pero que, al final, había desaparecido... ya nada le preocupaba. Estaba sereno, tranquilo... tan tranquilo... ¿Debía preocuparse por cosas que ahora le parecían tan lejanas? Es verdad que había quienes quería, ¿pero no había quien también podía hacer frente al Innombrable? ¡Podía dejárselo todo a ellos! ¡Ya había hecho suficiente, sufrido bastante! ¡Qué se apañasen ahora ellos, qué recibieran el dolor que él había tenido que soportar!
Frenando sus pensamientos con brusquedad, se sorprendió. ¿Qué estaba diciendo? ¿Dejarles solos ante aquél peligro? ¿Y desde cuándo no pensaba en aquél monstruo por su nombre? ¿Por qué temía pronunciarlo aunque fuese en su mente? ¿Acaso lo temía? ¿Temía a aquél asesino? ¿A su nombre? ¡Vamos, era solo un nombre! ¡Maldita sea, un nombre! Pero intentar colocar las letras para formar aquella palabra le parecía una tarea inmensa, abrumadora. No lograba tan siquiera empezar con las tres primeras. ¿Qué pasaba? Él era una de las pocas personas que no temía llamarlo por aquel mote que se había designado a si mismo. ¿Entonces por qué le costaba tanto?
Le aterrorizaba.
Sentía un tacto frío arrastrarse por su espalda haciendo que se estremeciera de miedo. Vol... Vol... No podía. Intentar construir la palabra hacía que la imagen de unos enormes y terribles ojos rojos se interpusiera haciendo que no consiguiese vislumbrarla al completo. La risa histérica y estridente perforaba sus oídos retumbando en su cabeza como si no pudiese escuchar nada más. ¿Otra vez? ¿Debería volver a pasar por todo aquello de nuevo?
¡No! dijo su voz entre toda la confusión. Sin embargo los mismos ojos continuaban encima de cualquier otro pensamiento, incluso con los ojos cerrados seguía viéndolo. Era una imagen horrible, espantosa, que le congelaba sus sentidos y razonamientos, sumiéndole en una locura incontrolable que empeoraba con sus risas frías y mortíferas.
Podría detenerlo, frenarlo, dejar de sufrir... pero no quería. ¡Maldita sea, no podía! Debía dejar de temer al nombre, dejar de sentir terror por aquellos ojos que escrutaban su alma perforándola y arañándola sin piedad. Pero su voluntad era tan pequeña... tan, tan pequeña...
Vol... ¿cuál letras eran? Vol... los ojos miraban incesantes, alegres por su anticipada victoria. Vol... las risas se multiplicaron resonando sin piedad, destrozando a sus ya adoloridos tímpanos, aunque... ¿de dónde salía la voz? Vol... ¿era todo obra de su cabeza? ¿De su imaginación? Vol... quizás solo eran recuerdos escondidos, temores reencontrados. Nadie decía que Él estuviese allí. Además, si Harry no sabía donde estaba, ¿cómo podía saberlo Él? Aquello era una tontería, una estupidez. "Pues entonces, di el nombre. Dilo" Vol... ¡Maldita sea! ¿Tan difícil debía ser todo? "Vamos, dilo." ¿Por qué todos se entestan en hablarme? ¡Dejadme en paz! "Di el nombre, dilo." seguía diciendo aquella voz. Era fría, tétrica, con ligeros tonos agudos, como distorsionada, lejana. Parecía tener que hacer un enorme esfuerzo para superar varias barreras, muros, que se interponían en el viaje. "Atrévete, di el nombre. No puedes, ¿verdad?" Sí. ¡Sí, puedo! dijo la suya entre todo un grupo de interferencias haciendo que sonara débil, diminuta. "Claro que no. Al fin sabes el terror que causa nombrarlo. Ahora conoces el verdadero miedo que provoca. Porqué has visto, has conocido el dolor, la agonía. Vamos, Harry, di el nombre. Dilo si eres capaz..." Vol...
Un par de gruesas lágrimas cayeron por sus mejillas mientras se balanceaba sentado delante del fuego, sujetándose el pelo con ambas manos intentando que aquél dolor pudiera hacerle volver a la realidad salvándole de su propios temores. Intentaba con todas sus fuerzas sobreponerse al miedo, al terror que recorría a todo su cuerpo haciéndole temblar con violencia. Se sentía sólo, desprotegido, abandonado en un espacio infinito, sin nadie a quien recurrir, como un niño con una larga pesadilla, incapaz de despertar. Tenía una opción, claro que la tenía. Podía abandonar, dejar que aquel lugar le sumiera en un mundo seguro, tranquilo y en paz. Podía decidir, dejar su lucha para entregarse al descanso...
Vol... Volde... No iba a rendirse. Quería pensar que todos sus pensamientos, sus emociones, sus conflictos interiores que hasta entonces había pasado, quería creer que él era quien mostraba ser. ¿Acaso no se lo había demostrado ya muchas veces? ¿Por qué rendirse? ¡Mierda, aún no! ¡Aún no se lo iba a permitir! Eso era una prueba, su primera prueba. Era débil, demasiado débil. Ya era hora de superar el temor que le había inculcado sus horas de agonía rodeado de llamas y sufrimiento. También la felicidad le había rodeado, no era tan grande su tiempo, pero seguía estando presente.
- ¡Voldemort!- gritó entre la noche.
Las risas desaparecieron, los ojos se difuminaron, todo quedó en una desordenada neblina que inundaba su confusa mente. Pero lo había logrado, consiguió decirlo enfrontándose a sus miedos. Aunque sabía que aquello sería su primera batalla, el primer combate que había ganado, el primero... Aún así, se alegró.
Más calmado, se estiró enfocando su vista a la oscuridad del aire. No podía evitar respirar algo jadeante, como si hubiese recorrido kilómetros antes de llegar allí. Y no le importó, dejó que todo se perdiera con el frescor nocturno, dejando que sus divagaciones volvieran a temas casuales. Olvidándose del enorme trabajo que acababa de hacer, de la gran hazaña que había logrado. Todo volvió al profundo olvido...
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Los pájaros cantaban alegres desde las ramas altas de los árboles, dejando que los rayos del sol escalfaran sus diminutos cuerpos. El ambiente era tranquilo y sereno, perfecto para seguir sin interrupciones y con eficacia. Hacía ya horas que había seguido con su larga caminata, ahora ya lograba internarse más en el bosque vislumbrando distintos árboles. El subsuelo estaba repleto de arbustos y plantas que crecían bajo la protección de sus mayores, muchas veces en una lucha por la supervivencia donde aquél que lograba encontrar el sol conseguía seguir viviendo. Pequeños insectos escalaban los vegetales o se movían ordenadamente por entre las hojas caídas.
El hecho de que la fauna fuese tan distinta era alentador, el frío dejó de ser tan duro suavizándose con el caliente sol. Ahora empezaba a buscar la sombra que tan refrescante se presentaba, podía sentir como el calor iba refrenando su marcha convirtiendo el viaje en una multitud de paradas para descansar. La insistente sed que terminó por hacerle caminar al lado mismo del riachuelo sin dejar de mirar constantemente su dirección.
Cerca del mediodía, volvió a hacer una pausa bajo un gran roble que le ofrecía una fresca sombra al lado del río. Dejó que la magia abandonase sus piernas quedando sentado en la base de la planta mientras observaba un par de nubes de formas indefinidas que surcaban el gran azul, ajenas a los problemas de la tierra. Cerró los ojos y escuchó a su alrededor. El agua rozando las piedras, los peces disfrutando de la corriente que los ayudaba a correr, el aire moviendo perezosamente las hojas, los pájaros cantando en la lejanía... todo era tan maravilloso que parecía irreal. ¿Cómo podía existir un lugar como aquél con todo lo que estaba pasando lejos de allí? Era como si lo demás no fuese otra cosa que un mundo aparte, distinto, alejado a esa realidad. Y lo agradecía, agradecía que permaneciese lejos de todo. Quería conservar aquellos pacíficos momentos en eternos instantes de paz.
Escuchó un levísimo crujir no muy lejos de él, pequeñas ramas secas rompiéndose bajo el peso de algo más grande. Se movía con lentitud, como temiendo romper el aire, deteniéndose cada pocos pasos para reiniciar su paseo con la misma suavidad. Intentando ser tan lento como aquello que se movía, abrió los ojos con sumo cuidado al tiempo que giraba la cabeza para observar aquel ruido. Mantenía la misma tranquilidad que hasta entonces, su pulso era pausado y sus movimientos casi inadvertidos. Al verlo quedó mudo de la impresión.
Un precioso ciervo se había acercado al río para beber de aquella agua cristalina que corría con tanta vida. Tenía un pelaje suave y brillante de color avellana con una cornamenta majestuosa que lo coronaba como a un rey. Sus pasos eran elegantes y precavidos, su silueta, perfecta. Con las orejas levantadas atento a cualquier peligro que acechase no muy lejos, miraba cuidadosamente con sus resplandecientes ojos todo a su alrededor. Harry le miraba extasiado, estaba impresionado por su belleza. Era verdad que había visto antes un ciervo, pero éste era su patronus, un precioso ciervo plateado brillante como una estrella que en más de una ocasión había acudido a él para hacer frente a los terribles deméntores. Ahora, al fin, veía uno real, le pareció la cosa más bonita que en aquellos momentos podía desear ver.
El ciervo se inclinó para beber sin dejar de estar siempre atento en una vigilancia permanente. Al terminar, levantó su preciosa cabeza y miró a Harry directamente a los ojos. Los dos estuvieron observándose largo rato sin desviar la mirada en ningún momento, ni siquiera para pestañear. Pero, después de largo rato, el ciervo recuperó su precaución y marchó del lugar, no sin antes echarle un último vistazo. El chico quedó con la mirada fija donde segundos antes había permanecido el animal cuando también reaccionó.
Creyendo que ya había descansado lo suficiente, volvió a ponerse en camino sonriendo al recordar aquellos preciosos ojos fijos en él en una mirada que le pareció de reconocimiento.
Volvió con su descenso. La imagen de su padrino y Remus transformados le vino a la mente. ¿Había sido tan bello su padre transformado en ciervo como el que acababa de ver? Le habría gustado verle... aquella elegancia, aquel respeto que despertaba, su aura de poder y serenidad... debió ser majestuoso. Recordaba una foto que había visto en casa de Sirius cuando entró en su habitación durante su breve estancia el verano antes de empezar su quinto curso. Había acudido a él en petición de Remus, quien estaba pidiendo su presencia. Al entrar en la habitación vio un montón de libros y algunos retratos dentro de marcos de cristal colgados alrededor de la estancia. Había fotos de sus padres, de él junto con un grupo de amigos, de Marla y el grupo al completo... y una dónde un ciervo, un perro y un lobo escampaban libres por un gran prado iluminado por la luz de la luna llena. Supuso que anteriormente también había habido una rata, pero todas las fotografías faltaban de ese personaje, seguramente expulsado de ellas. La vista de los tres le conmovió. Sin embargo, el hecho de que fuera de noche y bajo la única luz que despedía el cuerpo celestial, hacía que sus siluetas no fueran muy nítidas, y menos aún con su continuo movimiento.
Suspiró. Los tres amigos, cuatro contando a Peter quien por aquél entonces aún era su compañero de aventuras, juntos y en libertad, sintiendo la vida en toda su inmensidad y grandiosidad. Felices, disfrutando de unos instantes que perdurarían por siempre en sus recuerdos. ¿Aún sentía eso Sirius cuando se transformaba? Debía ser doloroso recordar aquellos momentos, sabía cuan grande era su sufrimiento, conocía los sentimientos que tenía y lo atormentaban. Le hizo lástima. Y, al mismo tiempo, sintió lástima por él mismo. Había dejado que el pasado guiara su futuro y lo condenara, debería volver a aprender, aprender de la vida y lo bueno que podía llegar a ofrecer. La pérdida era un paso que de un momento a otro debía dar, pero no podía seguir mirando atrás, hacerlo era eliminar el futuro.
Empezaba a pensar sobre su próxima comida fugaz cuando aquella sensación volvió a llamarlo sintiendo las mismas cosquillas en la nuca. Sin embargo, esta vez eran más intensas y molestas, estaba cerca. Sea lo que sea. pensó divertido. No retrocedería, su instinto le guiaba, y confiaba ciegamente en él.
El misterioso guía lo impulsó a continuar cada vez con mayor rapidez, como si estuviese impaciente por llegar. Esquivaba los árboles con seguridad, caminaba como si supiera exactamente hacia donde iba, aunque en realidad no tenía la menor idea de ello.
Pronto divisó unos espesos arbustos que le cortaban el camino, pero siguió recto. Los traspasó aún llevándose unos rasguños en sus rasgadas ropas, y se sorprendió al encontrarse delante mismo de un gran lago más bello incluso que el de la cima. Sus aguas permanecían calmadas dejando que los agitados peces tomaran su merecido respiro después del largo trayecto. Miles de plantas crecían en los lados rozando el agua con suavidad. Los árboles, distanciándose ligeramente, creaban un mullido círculo a su alrededor haciendo casi imposible su localización, protegiendo aquella maravilla de las vistas curiosas y reservándolo a los habitantes de aquel bosque verde tan lleno de vida.
Miró a un lado y a otro hasta que vio lo que esperaba encontrar. Cerca de la orilla, en un pequeño saliente de tierra que penetraba en el lago, había una preciosa criatura roja como la sangre mirándole directamente a los ojos durante unos instantes para después volver a desviarse hacia el cielo azul. Harry entendió y prosiguió a acercarse.
A pocos metros de él, se detuvo. No era que temiera al dragón, sin embargo no podía dejar de sentir un respeto casi reverente a su imponente presencia. Esperó a que el animal que recordaba haber llamado Shelyak fuese el primero en hablar.
- Has venido.- fue lo único que dijo después de cinco minutos de espera.
- Sí.- el dragón no utilizó el lenguaje hablado, sus palabras eran dictadas en la mente, pero Harry las entendió perfectamente, como si hubiese usado las cuerdas vocales para pronunciarlas.
- ¿Encontraste la respuesta?
- Sí.
- ¿Y cuál es?
- No voy a rendirme. Aún tengo algo que hacer, y no abandonaré.- dijo con firmeza y serenidad.
- ¿Estás seguro? Esto no tiene vuelta atrás.
- Estoy seguro.- dijo con una voz que nunca hasta entonces había oído. Segura, mucho más madura que antes, su poste era elegante y lleno de paz.
El dragón permaneció otros minutos con su mirada perdida en la infinidad hasta que, después de meditar sobre algo que no conocía, bajó la cabeza y se giró para observarlo con sus ojos dorados con seriedad.
- Muy bien, entonces vamos.
Siguiendo sus indicaciones, Harry montó encima del animal con facilidad. Cuando se aseguró que el chico ya se había acomodado encima su escamoso lomo, desplegó sus grandes alas y, con un fuerte impulso de las patas traseras, elevó el vuelo en medio de un remolino de aire.
