Siento el retraso, pero ahora ya nos vamos acercando a los límites de lo escrito, por lo que voy a tardar algo más para poder subir los capítulos (además que ya no podré arreglarlos si algo no me gustase más adelante). Pero antes, los reviews.
vicky: bueno, como dige en el capítulo 4, Shelyak es único en su especie. Si bien es verdad que cada 500 años aparece uno de ellos, no hay nunca dos en una misma época. Así que no, no hay más dragones como él. Pero sí te puedo decir (y para todos los amantes de eses animales (entre ellos yo)) que vas a ver muchos más en el fic. ¿Me he adelantado un poco con la información? Espero que siga gustándote, aunque ya he advertido k me voy a tardar algo más para subirlos puesto que aún debo terminar de escribirlos y ahora viene el mes de agorto mes que me he reservado para pelear con los trabajos k me kedan por acabar) Bye!!
Sacralo: me hacéis feliz diciéndome eso! ¿Creéis k el 5º ha sido el mejor cap? Un tanto mejor; aunque entonces quizás este no os agrade tanto... será por la longitud... jejejejeje. Bueno, primero lee y después critica. Gracias!!
Nelly Esp: tanto deseáis k pueda volver a tener la movilidad entera? (sí, sé k soy mala) Ok, ok. Ya van dos las que me lo piden... bueno, tres, mi musa me amenaza cada día con ello. Veré k hago; mejor así? [mejor, Miri?] A ver... con lo de los entrenamientos... no, no voy a explicarlos todos ahora, sería demasiado aburrido! Los resultados más visibles acostumbran a ser los finales, los días entermedio son bastante monótonos y faltos de cambios, así que debería pasarlo demasiado por encima, por lo que prefiero que lo vayáis viendo. Y con lo de los libros, ¿no te has fijado en cuáles han sido los que ha puesto mala cara? Fíjate. Verás como es comprensible y entonces podrás plantearte el porqué de sus miradas de reproche (aún así, más adelante quedará todo explicado). Venga, nos vemos!
Lladruc: vaja, això de què no tinguis res per a criticar és molt! M'alegra que t'hagi agradat, i el fet k t'hi hagis estat tant ha sigut per la llargada del capítol. Unes 19 fulles de word, si no vaig errada (amb lletra petita, no pensis), o potser eren 24? En fi, a veure k opines d'aquest 6è capítol... Ja ens veurem!
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Ufff... después de una semana sin subir (un récord para mí), aquí os dejo con el sexto capítulo. Creo que va a gustar a muchos de los que ya me habían pedido saber sobre los demás. Va dedicado a todos ellos! No sé que más puedo deciros, excepto que esos tres días de "vacaciones laborales" (como yo las llamo) han sido muy buenas, aunque los mosquitos me han dejado completamente magullada hasta el punto de casi no poder andar (soy alérgica a las picaduras de esos molestos insectos). Pero bueno, bien está lo que mal no acaba (era sí?)
Anda, espero no tardar en terminar el 7º cap, pero debo admitir que me encuentro colapsada en él, por lo que no sé cuando podré volver a publicar (más bien, los días que tardaré), así que puede que tengáis k esperar una semana, o diez días. Depende de mi musa y mi inspiración. Espero que os guste [spoiler: ¡tiene algo de romance!] Advierto que la longitud del capítulo es inferior al quinto, así que ya estáis advertidos de antemano. Besos!!
Capítulo 6 – Deseos de esperanza
- Sin embargo no tenemos otro remedio… Ya he hablado con Joost y aún no hemos logrado un acuerdo factible, Alemania no está preparada. Perdieron a muchos jóvenes en el ataque, no podemos pedirles más.
- ¡Nosotros también hemos sufrido bajas!
- Lo sé…- dijo con voz cansada- Ya lo sé, Tonks, pero…
- Arthur, ¿qué ha dicho Francia?
- Tenemos su apoyo incondicional.
- Al menos no estaremos solos…- añadió otra voz con un suspiro.
- Estados Unidos también nos ofrece su ayuda, incluso nos enviarán un grupo de ataque…
- Americanos… siempre por el medio…
- ¡Aún así, ellos no nos dejan a nuestra suerte!
- Tonks, no empieces de nuevo…
Llevaban más de dos horas y media hablando de lo mismo sin llegar a nada en concreto.
Viendo que Cornelius Fudge, actual ministro de la comunidad mágica inglesa, no era capaz de hacer nada frente al colapso que asediaba al mundo que tan celosamente protegían, Albus Dumbledore se había puesto manos a la obra en busca de posibles aliados frente la guerra que se estaba generando con rapidez. Y cabía decir que, en menos de dos semanas y media, ya había logrado iniciar negociaciones diplomáticas con la mayoría de vecinos geográficos. Su reputación estaba ascendiendo vertiginosamente, convirtiéndose en la mayor autoridad de Inglaterra aún no poseer el título político. Y eso era, sin duda alguna, la mayor preocupación de dos personas: Lord Voldemort y, sorprendentemente, el mismísimo ministro de magia, el señor Fudge.
Ante esa situación, el país entero pedía la urgente destitución de Fudge, pero nadie se atrevía a ello abiertamente. ¿Qué pasaría si se enteraban las autoridades de tales pensamientos contra el gran ministro? ¿Les encerrarían a Azkaban? ¿Serían condenados y desterrados por insulto a la patria? Y, a pesar de haber recibido desesperadas súplicas para ayudar en la derrota de Fudge, Dumbledore creía que aquél golpe podría empeorar la situación iniciando una lucha que los debilitaría aún más enfrente el enemigo común, por lo que optó por intentar hacer recapacitar al testarudo y miedoso político.
Sin embargo, la Orden del Fénix no dejaba de vigilar y actuar a las sombras del ministerio y en contra de las Fuerzas del Mal, como una llameante sombra protectora del Bien. Y, de igual forma, Albus Dumbledore, seguía atento y en constante lucha contra aquello que hacía peligrar la estabilidad tanto del mundo mágico como del muggle.
Varios miembros de la Orden habían logrado conseguir pequeños y fieles aliados gustosos en ayudarles en su lucha. Al menos, de ello sí podían estar orgullosos. Ya que, por más frustrante y desoladora que estuviese la situación, siempre podían confiar en tener a alguien más con ellos, apoyándoles y luchando codo con codo... Solo deseaban no tener que llegar a tal extremo.
Aún así, todo aquello parecía alieno a ella. En toda la reunión de la Orden del Fénix se había mantenido callada, escuchando solo a medias, absorta en sus propios problemas. Todos sabían de su tristeza, aún así intentaban, en vano, que participase en la conversación. Aunque en aquellos momentos, solo Tonks y Molly mantenían una airada discusión mientras los demás seguían comentando la situación interna de cada país al que habían investigado. Pero ella no era la única que no hablaba, un hombre ya mayor, con larga barba plateada y unos ojos azules con gafas doradas de media luna, miraba a los demás con una expresión ausente y cansada.
- ¿Te encuentras bien?- preguntó el hombre de su derecha.
Sonrió. Nunca hubiera dicho que justamente él fuera quien le preguntara aquello, pero claro, era un experto analizando a las personas, manteniéndose entre las sombras, oculto de la vista de todos y observando a cada uno de ellos. Justamente él, un hombre cuya alma había recorrido los más oscuros rincones de las tinieblas, arriesgando todo cuando poseía, errando en lo más humano y lo más estúpido… sencillamente, él. Estaba seguro que nunca había habido nadie que le conociese tanto como él hacía, aunque quizás sí hubo quien llegó a ver su corazón… la misma alma que consiguió hacerle ver, hacerle entender… Nunca conseguiría cerrar esa cicatriz, pero estaba seguro que, con el tiempo...
- Cansado, nada más.
Qué falso había sido. Y él lo sabía. Por más que hubiera sido su maestro, a veces creía que ya nada quedaba por esconderle. Y, por ello, se enorgulleció.
No hacía buena cara. Un peso enorme había recaído encima sus ya curvados hombros y, aunque intentaba soportarlo con valentía y serenidad, cada vez sentía más la flaqueza de su edad. Estaba exhausto, derrotado, sin ánimos para tan siquiera hacer uno de aquellos comentarios vivachos y alegres. Les había fallado, a todos. Y, a pesar que aún le veían con respeto y solemnidad, solo él sabía hasta qué punto había llegado ya su impotencia. Todos creían que él lo solucionaría, que él conseguiría mejorar las cosas, que todo se arreglaría porqué ÉL estaba con ellos. Ojalá hubiese podido hacer algo que solo a los jóvenes se les estaba permitido: gritar. Quería gritar con toda su alma de pura frustración, de rabia y tristeza. Deseaba desahogarse de una vez por todas... pero no debía, no podía. Recordó a alguien que sí pudo hacerlo y que, además, consiguió hacerlo destrozando valiosos artefactos que fácilmente pudo reparar. ¿Cómo estaría? ¿Dónde estaría? Le habían buscado día y noche sin resultado alguno, aunque él ya sabía que no lo encontrarían, porque él no quería ser hallado. Al menos, estaba convencido de que estuviese donde estuviera, estaría bien. Sí, lo presentía. Y era eso lo que le hacía continuar siendo el soporte de todos, porque sabía que tenía algo más que hacer y no podía fallar. Esta vez no.
Dejó caer su cabeza entre sus manos sintiendo una pesada fatiga encima de ella, estaba agotada y le dolía la cabeza. Sentía que no podía continuar allí, no aguantaba más.
Viendo aquel gesto de derrota, dejó su conversación y fue directa hacia la cansada mujer, su mejor amiga, alguien por quien daría su vida sin pensarlo dos veces. Quería cuidarla, ayudarla, pero sabía que nunca conseguiría aquello porque su corazón ya había sido ocupado. Nunca conseguiría ocupar aquella parte, un lugar en el que ahora habitaban los recuerdos y fantasmas, ¿cómo competir contra ellos? Era algo inalcanzable. Sin embargo, aún estaba allí para ofrecerle su apoyo, y aquello era precisamente lo que pensaba hacer.
- Deberías descansar.- suspiró. Sabía de quien era esa voz e, interiormente, sonrió agradecida por su preocupación.- ¿Quieres que te acompañe a casa?
- No, puedo volver sola.
- Al menos deja que te siga hasta la puerta…- ella asintió con una sonrisa.
- Disculpadme, yo ya me voy…- dijo con suavidad. Todos la miraron comprensivamente y se despidieron.
- Vamos.
Pasaron silenciosamente frente un viejo cuadro cubierto con unas cortinas roídas y algo maltrechas, y abrieron la puerta permitiendo que algo de aire fresco entrara en aquella oscura casa. Frente a ella había un precioso coche plateado limpio y en perfecto estado.
- No sé porqué continúas yendo en coche cuando apareciéndote irías mucho más deprisa…
- Me gusta conducir, consigue tranquilizarme y alejarme de las preocupaciones.
- Algún día lo probaré, quizás tengas razón.- la abrazó y dejó que subiera dentro del vehículo.- Ten cuidado, Marla.
- Lo tendré. Adiós.
- Adiós.
Rodeando la pequeña placeta, salió de aquel lugar hasta, poco después, entrar en una oscura y solitaria carretera.
El aire entraba por las ventanas abiertas refrescándola entre aquella noche calurosa. Le agradaba la sensación del aire acariciando sus mejillas y despeinando su largo y ondulado pelo, aquel sentimiento de velocidad y control que le ofrecía el coche, algo que aún no habían logrado los magos pero sí los que consideraban sus inferiores y llamaban despectivamente muggles. Sin embargo, no pudo reprimir un par de molestas lágrimas que le nublaron la visión antes de lograr apartarlas de sus ojos con un brusco movimiento.
Se odiaba a sí misma.
Quince años atrás, se había prometido que no volvería a pasar por lo mismo otra vez, que no volvería a caer en aquél estado de depresión y debilidad. Se prometió luchar, decidió centrarse en su trabajo para, así, olvidar todos los recuerdos encerrándolos en una inalcanzable prisión. Y lo había logrado. Después de días, semanas e incluso meses llorando y martirizándose por sus sueños perdidos, una desesperación que incluso la llevó a un intento de suicidio, había logrado superar la opresión de su corazón reemprendiendo su nueva vida. Pero ahora… Los había vuelto a perder. No podía soportarlo, ¡y todo por su culpa! ¡Su culpa, su maldita culpa!
Irritada, aceleró la velocidad sin escuchar a su casi inaudible conciencia que le aconsejaba mayor prudencia. Pero, ¿qué más daba? Ya no le quedaba a nadie. Amigos sí, por supuesto, pero no a quienes ella deseaba, los únicos por quienes había luchado por su vida y lo había dado todo. Su mejor amiga, su hermana, había muerto hacía ya tiempo, Harry había desaparecido y no daban con él por más que llevaran buscando, y Sirius… Sirius…
Giró con fuerza el volante al llegar en una pronunciada curva mientras otra lágrima le impedía ver bien. Sin hacer el menor intento para apartarla, redujo a tercera y siguió con las curvas que ahora venían más seguidas.
La oscuridad, solo apartada por los faros del coche y el viento, tranquilizó a su apesumbrado corazón aliviándolo de la tristeza que le engullía. Pronto logró llegar a aquella casa que hacía poco había vuelto a habitar después de unos meses de ausencia. Habían quitado el hechizo Fidelo que la mantenía oculta sustituido por varias alarmas mágicas puesto que se negó a permanecer escondida aún saber el riesgo que corría. Todos probaron de disuadirla, pero se negó en redondo y no tuvieron otro remedio, ésa era su voluntad y su vida, así que nada tenían para discutirle.
Dejó el coche dentro el garaje y subió lentamente hacia el primer piso donde rompió a llorar con solo cruzar el umbral.
Odiaba aquella maldita vida que le había tocado. ¡La odiaba!
Nunca había sido muy afín a la suerte... a los cuatro años perdió a sus padres. Ambos eran unos locos aventureros apasionados por las criaturas mágicas que no paraban de viajar en su busca estudiando sus formas de vida y hábitos. Tenerla no disminuyó su entusiasmo. La llevaban a todas partes con ellos, desde los Alpes hasta el centro de África. Y su mayor pasión no era menos que los dragones. Después de haber viajado durante más de seis años sin parar adquiriendo fama entre las altas mentes del mundo, aceptaron un contrato de la Universidad Mágica de Ámsterdam para un estudio sobre los feroces dragones nacionales. Sin embargo, aquella resultó ser su última excursión. Un par de machos iniciaron una peligrosa batalla tomándolos completamente desprevenidos. Consiguieron salvar a la pequeña poco antes de ser aplastados por un torrente de rocas que les llevó irremediablemente al final. Desde entonces Marla pasó a cargo de sus abuelos paternos yendo a vivir en Londres. Allí descubrió a uno de sus mejores años conociendo a Sirius en la escuela donde asistió su padre, y a Hilda, su pequeña vecina.
Hogwarts los recibió completando sus años de estudio con nuevas amistades que consolidaron una fuerte unión más allá de la escuela. Una unión que le ayudó a superar la muerte de sus dos abuelos durante su estancia escolar. Consiguió salir entre las mejores de la promoción e ingresó al Departamento de Misterios. Pero, cuando todo parecía ir bien a pesar del nuevo terror que asolaba el país desde hacía ya unos once años, tuvo que irse bajo la amenaza que pesaba sobre su vida al convertirse en uno de los más inmediatos objetivos. Quiso resistirse, no temía a aquel asesino, pero aquello ya no solo afectaba a su vida, sino a muchos más. Tarde comprendieron que su nuevo invento capaz de destruir hasta la más poderosa barrera mágica, era un instrumento peligroso en manos equivocadas. Así, no pudo evitar ser enviada a un refugio escondido en Francia. No por ello dejó de contactar con sus más preciados amigos, su única familia que le quedaba. Poco después se sorprendió al no recibir ninguna carta más, algo había sucedido... otra vez.
Tan pronto como escuchó breves rumores sobre la desaparición del monstruo que los había aterrorizado, quiso regresar. Pero la realidad con la que se topó terminó siendo mucho más horrible que lo esperado. Todo cuanto había amado estaba muerto. Y ella no podía hacer nada para remediarlo. No tuvo opción al recibir fuertes acusaciones en su contra que la obligaron a abandonar nuevamente el país, esta vez bajo pena jurisdiccional.
Quince años. Quince malditos y eternos años. Casi cede a la locura, al suicidio, a la muerte... Pero resistió. Sin embargo, ¿para qué? Ni siquiera ahora que había vuelto había logrado recuperar aquello que le quedaba, su último aliento de vida. Ambos habían desaparecido, muerto... entonces, ¿qué le retenía aquí? Ni siquiera ella lo comprendía.
Pasaron poco más de cuarenta minutos cuando una de las alarmas se activó sintiendo la alerta en su interior al ser ella su creadora. Dejando aquellas gotas saladas que se deslizaban por su cara y que tanto le costaba reprimir, se levantó a desgana y cogió su varita. Cerró la única luz abierta y encendió una vela con una llama pequeña que no iluminaba más de tres pasos a la redonda. A pesar de no importarle quien pudiera ser pues tampoco pensaba en querer salir con vida si aquello resultaba ser un ataque, al menos quería llevarse a cuantos pudiera por delante en un último acto de resistencia. Decidida, se preparó para lo que pudiera ser.
Se escuchó un leve forcejeo con la puerta de abajo haciendo que una nueva alarma le alertara en silencio. Sus sentidos lograron captar unos pasos silenciosos subiendo por las escaleras hasta detenerse frente la puerta cerrada. Lentamente, fue abriéndola sin llegar a mostrar lo que se escondía detrás por la impenetrable oscuridad que reinaba. Así que supo que el intruso había logrado traspasar el umbral, se lanzó hacia delante saliendo de su escondite con la varita en alto y la vela en su otra mano esperando un ataque inmediato que nunca llegó. Aquello le intrigó. Podía ser que no fuera un enemigo… ¿pero entonces por qué no había llamado? Aunque también podía ser una trampa.
- ¿Quién eres?- preguntó con voz segura, aunque su interior estaba roto y desequilibrado.
El intruso se acercó más a ella con pasos lentos e inseguros hasta llegar al marco de la puerta que daba al comedor, donde apoyó una mano en él.
En otra ocasión quizás habría temblado ligeramente al no recibir respuesta aún con su varita apuntándolo ya que, o bien el otro no la oía, o tenía gran confianza en sí mismo para hacer caso omiso de sus amenazas. Pero esta vez no temía a nada, estaba preparada para lo que fuera sin importarle las consecuencias, le daba igual que su precaución al ataque fuese una temeridad, solo deseaba saber quien era y terminar cuanto antes con aquella intromisión.
- Responde.- volvió a exigir haciendo un paso adelante con la punta de su varita iluminada por un par de chispas rojas que salieron amenazantes.
- ¿No… no me reconoces…?- dijo el desconocido con voz ronca y desgastada.
- ¿Quién eres?
- Marla… soy yo…
Alzó la vela que aún sostenía en su mano izquierda y agrandó la llama dejando que su aura le iluminase. Unos ojos grises y oscuros le miraban intensamente. Su pelo negro le llegaba hasta los hombros cubriéndole parte de su cara, estaba descuidado y sucio, al igual que todo él. Su cara estaba demacrada y con una creciente barba de poco más de un centímetro de largo. Llevaba una larga túnica negra toda rasgada con las costuras a punto de romperse. Tenía la expresión cansada y agotada, pero aún así le miraba con una mueca que quería ser una sonrisa mas solo lograba mostrar lo mucho que le costaba hacer aquella expresión de felicidad, como si ya no supiera como era.
No dejó de sujetar la varita con fuerza ante ella apuntándolo directo al corazón. Desconocía a aquél hombre que parecía saber quien era ella. Aunque aquellos ojos le resultaban familiares, no conseguía identificarlos, era como si alguien los hubiese pegado en un cuerpo al que no les correspondía.
- …Sirius.
- ¿Sirius?- dijo mirándolo recelosamente.- No. No puedes ser él, Sirius Black murió.- su voz era fría, falta de cualquier emoción, como si al oír aquél nombre le hubiese cambiado.- ¡¿Quién eres?!- gritó con tono venenoso.
- Vamos, ¿no ves quien soy?- dijo suplicante.- Marla, por favor…
- ¡Basta! Dime quien eres y qué haces aquí si no quieres que te mate.
- Una vez te pedí que confiaras en mi… ahora vuelvo a pedírtelo. Confía en mi.- un temblor se apoderó de sus manos haciendo que se detuviese durante unos instantes antes de lograr recuperar la fuerza necesaria para seguir en pie.- Créeme, soy yo, Sirius Black. El mismo que conociste a los cuatro años, ¿ya no me recuerdas?- continuó negando con la cabeza, como si no quisiera escuchar aquellas palabras. Viéndola dudar, decidió seguir.- ¿Quieres una prueba, algo que solo yo sé? Te di un beso, nuestro primer beso, cuando teníamos seis años en el parque de las mariposas, el mismo lugar donde nos conocimos por primera vez…
- No es posible… no puede ser…- murmuraba mientras más lágrimas caían por su cara aún sin dejar de apuntarle con la varita. El hombre empezó a caminar hacia ella pesadamente, sin dejar de hablar.
- Dos años después de terminar Hogwarts empezamos a salir juntos, yo te dije que te quería mientras volábamos en mi moto en un día estrellado. Íbamos a una cena con todos los demás, yo había ido a buscarte para llevarte… Como siempre, llegamos tarde.
- ¿Sirius…?
- Vestías un magnífico traje negro con un precioso escote en la espalda mostrando tu piel blanca y suave. Estabas espléndida… me iluminaste con tu belleza.- continuaba diciendo como si rememorase aquél instante haciendo que sus apagados ojos volvieran a brillar con una vida que antes no tenía.
- ¿De verdad… de verdad eres tu?
- Te he echado de menos, Marla…
Sin importarle si aquello era real o no, dejó caer la varita y la vela lanzándose directa hacia sus brazos llorando desconsoladamente. Él la recibió con tristeza, protegiéndola con sus debilitadas fuerzas, en aquél momento habría dado todo lo que tenía para reconfortarla. Sabía cuan grande era su pena, como había sufrido y el dolor que soportó solo por él, durante tantos años. Los dos se abrazaron con fuerza, dejando que sus corazones se reencontraran después de tanto tiempo separados.
No pudiendo soportarla más pues a ambos les fallaban las fuerzas, se dejaron caer hasta quedar de rodillas en el suelo sin dejar de sujetarse con miedo a que todo desapareciese como un sueño desvanecido. No querían que aquél momento terminase, temían que si se separaban, aunque solo fuese para poder mirarse, nunca más podrían volver a verse.
- No vuelvas a dejarme…
- No lo haré. Nunca más, no volveré a dejarte. Te lo prometo. Te lo prometo…
"Es hora de volver" Les miró por última vez con una sonrisa que nadie más vio y se dejó llevar.
Lentamente, todo aquello que le rodeaba fue difuminándose hasta volver a un oscuro y profundo negro. Aún recordaba el miedo inicial que tuvo al llegar ahí, sin embargo ahora ya conocía aquél camino. Siguió dejándose arrastrar por aquél cálido flujo hasta que el negro pasó a una serie de puntos multicolores incapaz de identificar a ninguno de ellos.
Abrió los ojos y suspiró feliz, algo que no había hecho desde hacía ya muchísimo tiempo. Al fin lo había logrado, no cabía en sí mismo, estaba eufórico. Había conseguido ir al lugar deseado durante mucho tiempo sin ninguna pérdida ni escape, era sencillamente increíble. Pero, aún sentir que la alegría inundaba su corazón, no tuvo otro remedio que tranquilizarse para dejar paso al misterioso y enigmático mundo de Morfeo. Mañana ya pensaría más sobre lo sucedido...
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Mucho más contento que de costumbre, comía ávidamente pero con una sincera sonrisa en su rostro que mostraba completa felicidad.
Se había levantado agotadísimo, tuvo que hacer enormes esfuerzos para lograr que la magia fuese a él en su ayuda, y no fue hasta que logró relajarse en su baño matutino de después del cansado recorrido alrededor la mansión, cuando recordó el porqué de aquella sensación de bienestar y, a la vez, cansancio.
Aún recordaba su escapadita nocturna, a pesar de no ser realmente una fuga juvenil lo que había hecho, sino una proyección de su mente hacia un lugar en concreto. Llevaba ya cinco noches seguidas intentando aquella proeza utilizando, como único maestro, un viejo libro que rescató de la biblioteca el cual le había parecido realmente interesante una tarde aburrida de lectura.
La razón por la que debía hacerlo a escondidas del chico-dragón era porque tenía el certero pensamiento que no querría que practicara aquello. Así que no tuvo otro remedio que hacerlo por la noche, después de acurrucarse en la cama tras el agotador día. Y debía reconocer que no resultó nada fácil. Debía conseguir cerrar su mente tan bien como podía para evitar que Shelyak supiera de sus planes antes de dar con el resultado... pero aquello no era todo. Como si supiera que algo se llevaba entre manos, el dragón no dejaba de cansarle hasta hacer que llegara a su habitación casi arrastras. Dos días había llegado a sucumbir al tan deseado y apetitoso sueño. Pero ahora ya no importaba... ¡lo había conseguido!
Y estaba encantado con los resultados...
Después de horas y horas, días incluso, pensando en Sirius y Marla, su única y auténtica familia, había logrado saber de ellos. Y lo que vio fue lo mejor que podía haber deseado encontrar. Al fin, volvían a estar juntos, de nuevo juntos... Había presenciado su emotivo reencuentro, al igual que había visto el dolor de la mujer, un dolor que le hubiese llevado a una triste y solitaria muerte. No podía evitar sentirse culpable en parte por todo su sufrimiento, y también el de Sirius cuando supiese lo ocurrido, pero debía seguir como hasta ahora, no podía fallar. Sabía que todo aquello era lo correcto, que estaba haciendo lo necesario, y verlos aún le infundió más fuerza y coraje.
- Aunque me sorprende y gratifica que hayas logrado hacer una proyección correctamente, no estoy de acuerdo con lo que has hecho.- dijo con un gruñido mientras no despegaba los ojos de aquel impresionante libro que ya había iniciado.
No se sorprendió que descubriera su proyecto, estaba seguro que había logrado superar sus bajas defensas mentales. Incluso sospechaba que ya hacía días de aquello, ¿y le dejó hacerlo de todos modos? ¡El riesgo de la proyección era enorme! Harry se había horrorizado al leer sobre las consecuencias que podía tener si no era hecho a la corrección. Habría podido quedarse como un vegetal con la mente perdida lejos del cuerpo, muerte cerebral, trastornos psicológicos, y perdida de memoria y personalidad en el menor de los casos. Por ello, cuando al fin decidió probarlo, se había asegurado que todo estaba en orden y que seguía todas y cada una de las pautas. El riesgo era demasiado alto como para permitirse un fallo, por pequeño que pudiese ser.
Pero para nada estaba arrepentido. Incluso volvería a intentarlo si de él dependiera, pero la energía utilizada era enorme, y no se veía capaz de volverlo a intentar, al menos, no por el momento. Además, estaba seguro que Shelyak acababa de advertirle, por lo que no le permitiría un nuevo intento. Y su sed ya había sido aplacada, ¿no?
- ¿Qué voy a hacer, hoy?
- Oh, nada que no puedas hacer. Al fin y al cabo, estás lo suficiente preparado para hacer según qué, ¿verdad?- por su tono enseguida supo que estaba realmente enfadado, y aquello no podía suponer nada bueno...
Tragando saliva ante la multitud de imágenes que le pasaron por la cabeza imaginándose distintas formas de tortura que le podía tener preparado un irritado y enojado dragón, se obligó a terminar el desayuno que ahora le parecían más un grupo de rocas cayendo pesadamente en su estómago que indefensos cereales remojados. Lo iba a pasar mal, realmente mal...
