¡Capítulo 16! No he tardado tanto¿verdad? Aunque he de admitir que he dedicado mucho tiempo para éste capítulo, pero de hecho pensé que mejor os lo dejaba ya hecho y así me sacaba un peso de encima. Seguramente no podré volver a ponerme a escribir hasta dentro de unas semanas, concretamente hasta la segunda de setiembre. Espero que después de los exámenes (ojalá me los quite ya!) pueda volver a meterme con el fic pues llega lo más emocionante y que tantas ganas tengo de escribir. MUAJAJAJAJAJAJA!

Lolo: espero que te hayan ido bien los exámenes… Por cierto, no pensé que eras chica por el nick que llevas (lo digo al ver que te dices en femenino). Bueno¿no te gusta que se encuentre solo? Uy, pues me vas a detestar. XD Cuando Hermione se mete en el pensadero ve TODOS, y repito, TODOS los recuerdos. Allí lo ha metido absolutamente todo lo que puede recordar, y ella lo ha visto todo. La razón es simple, dije que para poder proteger la mente debía ordenar sus recuerdos. Y una forma fácil y sencilla de hacerlo es así puesto que puede ir revisándolos uno tras otro. (Así mismo lo hace Dumbledore.) ¿Y te gusta el dragón? Mejor, pq yo lo adoro. Y debes saber que tiene un papel muy importante, en éste capítulo se destapa gran parte de él. Aunque no toda ;) Muchísimas gracias por tus ánimos, me halaga que me digas eso, sobretodo que soy la única k recibe tus reviews… Sinceramente, me enorgullece que lo digas. Gracias! Intento seguir con el fic, no te preocupes, solo que es realmente difícil sobretodo si careces de tiempo y, porqué no, ganas. Nos vemos!

Blackcat: gracias, black :) Pues trankila, aquí va el siguiente con nada menos que 18 págs. Espero que te guste tanto como a mí (no es broma, ésta vez he quedado satisfecha, aunque veo que al final me he apresurado un poco por terminar y ponerme ya con la faena, parece mentira lo rápido que va el tiempo!) En fin, a ver si nos vemos! Y, sí, lo has escrito bien. Fins aviat, maca.

Ginger: jajajajajaja¿te gustan las muertes, eh? Pues no dejes de seguir leyendo! Hasta pronto y gracias por pasarte por aquí :)

Bueno, éste capítulo tiene 18 páginas enteras. Como lo he escrito a ratos, se nota mucho lo que he hecho seguido y lo que no, además añadiré que lo que creo que mejor me ha quedado es el final. He tenido que apresurar la escritura pq ya estamos a mediados de agosto y dentro de muy poco tengo las recuperaciones. Y, aún cuando tengo muy poco para recuperar, se me va la carrera en ello. ¡No tengo más oportunidades! Sí, bueno, siempre hay una materia que se te atraviesa¿no? Pues yo sólo tengo una, una entre trece que hago por curso, pero una que me ensucia el expediente. Collons! K le vamos a hacer… Paciencia y sangre fría.
Pues ale, nos vemos dentro de un mes. Espero no haceros esperar mucho, pero ya advierto que hasta la segunda semana de setiembre no voy a poder ponerme de nuevo. Así que… ¡Que os vaya todo bien y hasta pronto!

-Ithae-

PD: Sed buenos y dejadme reviews, que eso alegra el día. ¿Y quién tiene buen día tras un examen que ha repetido ya no se cuantas veces? Gracias :)


Capítulo 16 – Dudas I. Atado a la muerte

El cielo gris se reflejaba en su mirada.

Llevaba ya tres días allí, descansando en la mullida cama blanca de la enfermería de Hogwarts y empezaba a odiar aquél lugar. En todo aquél tiempo no había hecho más que mirar a través de los cristales como caía la lluvia y el movimiento de las nubes cargadas de agua.

No había recibido visitas. Ninguna. Exceptuando los continuos análisis de la señora Promfrey quien sólo veía cuando le llevaba la comida y le revisaba. A parte de eso, estaba completamente solo.

Recordaba haberle preguntado al primer día de haber despertado, pero lo único que obtuvo fue saber que había permanecido inconsciente unas 18 horas desde lo acontecido. Después de aquello, su silencio se hizo permanente. Se sentía débil y exhausto, demasiado cansado para hacer nada o intentar nada.

Terminó de beber el té y cerró los ojos.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

A tientas, buscó sus gafas y el reloj encima la mesita y se sorprendió al ver que había dormido cuatro horas.

Bostezó. ¡Era increíble el sueño que tenía!

Enojado con sólo ver las sábanas que le tapaban, el chico decidió dejar de descansar de una buena vez y levantarse. Necesitó unos minutos para poder llamar la magia que le sostenía, era extraño pues se había convertido en un acto inconsciente. Pero, tras sentir que aquella brisa mágica cubría sus piernas haciendo temblar las sábanas, sacó las piernas de la cama y se levantó. Sin embargo, sólo aguantó un segundo antes de caer con un golpe sordo al suelo.

Un punzante dolor atravesó su cuerpo desde los pies hasta la cabeza.

- ¿Se puede saber qué hace!- gritó Promfrey saliendo deprisa de su despacho al oír la caída.- ¡No puede moverse!

La mujer le ayudó a regresar a la cama con duro trabajo. Pero Harry no era capaz de escucharla. ¿Qué había ocurrido? Sabía que la magia había ido a él, como siempre¿por qué entonces había desaparecido tan pronto como se había puesto de pie¿Por qué aún ahora que seguía llamándola no regresaba?

- Haga el favor de quedarse aquí.- dijo cubriéndole de nuevo.- Como vuelva a hacer esto le ato en la cama.- fue hacia uno de los armarios y sacó una pequeña botella rellena de un líquido rojo. Puso un poco en un vaso y volvió hacia el chico.- Tenga, bébase esto.

- ¿Qué es?- murmuró sin mucho interés.

- Un revitalizante.- y, sin más, salió de la sala dejándolo solo.

De un golpe se bebió toda la poción con gusto a frambuesa, y dejó el vaso en la mesa. Se alegró que, por una vez, la medicina tuviera buen gusto.

"¿Qué me ocurre¿Por qué de repente no puedo sentir nada de magia en mí?" pensó desalentado. Pero había algo más preocupante aún… "¿Por qué la imagen de mi alrededor se difumina así?" Miró sus manos pero eran perfectamente visibles, podía mirarse mil veces que él se veía perfectamente. En cambio… las paredes, los muebles, incluso la señora Promfrey, todo tenía cierto matiz difuminado, como si algo los distorsionara en sus ojos.

Movió la cabeza intentando despejar su mente, pero todo siguió igual. ¿Quizá era la poción? "No, esto ya me pasaba antes de tomármela. Aunque no tan… distorsionado. ¿Qué querrá decir todo esto?" Inquieto, se palpó la rodilla al recordar el dolor de la caída, pero no sintió nada. ¿Qué estaba ocurriendo! Estaba seguro que las había sentido… sus piernas… aquél dolor¿no había sido real?

Tomó la varita con convicción, y apuntó a un jarrón al otro lado de la habitación.

- Wingardium Leviosa.- dijo con el entrecejo fruncido.

Pero, aún toda su concentración y la perfecta pronunciación del hechizo, nada pasó. El jarrón, estático y tranquilo en su pedestal, permaneció quieto y sin inmutarse. En realidad, sólo las flores se movieron levemente como si una débil brisa les hubiese acariciado. Sorprendido, vio como la imagen se volvió un poco más borrosa, como si el hecho de haber rozado los finos pétalos de las plantas hubiera empeorado más la situación.

- ¡Maldita sea¿Pero qué me ocurre?- se dijo desesperado.- ¡Accio jarrón!

No ocurrió nada excepto que lo que le rodeaba se volvía más y más distorsionado con cada nuevo intento.

- ¡Diffindo¡Engorgio¡Incendio…!- nada parecía perturbar la habitación, ninguna magia, ningún poder.- ¡Lumos!- gritó con voz ahogada.

Nada, ni siquiera el más sencillo de los hechizos funcionó.

- Reducto…- susurró.

La desesperación se transformó en rabia. Furioso, lanzó la varita contra el jarrón haciéndole caer para romperse en pequeños pedazos.

"Vamos, para ya." dijo una voz grave en su mente.

Tozudo, extendió ambos brazos y, con fuerza, se obligó a concentrar toda su magia. No sabía qué estaba haciendo exactamente, pero la razón dejó de funcionar pasando a la persistencia. Sabía que no lograría nada, pero se negaba a aceptarlo forzando todo su cuerpo a lograr lo que quería, a reunir la fuerza de donde fuera aún cuando aquello hacía que un extraño dolor de cabeza empezase a hacer presencia en él.

"He dicho que te detengas." Pero Harry lo ignoró. "¡Detente, estúpido!"

-.-.-.-.-

Un golpe lo lanzó contra las almohadas dejándolo inconsciente al acto.

- Serás imbécil¿acaso pretendías matarte?- dijo aquella voz.

Lentamente, abrió los ojos. Pero en vez de encontrarse echado en la enfermería, estaba en un espacio enteramente blanco, sin suelo ni techo, que se extendía hasta más allá de su vista.

Enfrente, un malhumorado dragón le miraba con enojo.

- Maldito crío. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?

- ¿Qué lugar es éste¿Qué hago aquí?- preguntó sorprendido.

- ¿Es que parece un lugar real?

- ¿Cómo?- el animal gruñó y bufó.

- Estás en un plano mental, idiota.

- ¿Un plano…¿Y qué coño hago aquí¿Por qué me has traído?- exclamó con enojo.

- Te he reducido antes de que te hicieras más daño, estúpido. ¿Para qué tienes la cabeza¿Acaso no escuchas cuando te digo que pares!

- ¿Qué pare¡Necesitaba comprender…!

- ¿Comprender¡No hay nada que comprender! No esperes salir bien parado tras liberar toda aquella energía¿cuántas veces debo decírtelo¡No se puede dominar el flujo! Estúpido humano¡no eres más que un pequeño e insensato mocoso¿Es que no te das cuenta?

- ¡No, no me doy cuenta!- gritó. Estaba harto, harto de todo aquello, necesitaba desesperadamente respuestas¡odiaba no saber!- No entiendo porqué no puedo usar la magia, no entiendo porqué parece que todo escape de mi alrededor, no entiendo porqué todo desaparece a mis pies, los recuerdos, pensamientos… ¡No lo comprendo! Y lo que menos entiendo, Shelyak, es todo el interés que tienes en mí. ¡Maldita sea, ni siquiera sé lo que es el Pacto del que me hablaste una vez! No sé porqué he sido elegido, no comprendo porqué parece que todo se reduzca a mí¿por qué parece que sea la salida del mundo¡Dímelo de una buena vez!

El dragón, antes sulfurado y agresivo, se sentó sobre sus patas traseras tras evaluarlo unos segundos, y permaneció en silencio. Harry iba a insistir, pero su voz le hizo callar.

- No puedes usar la magia porqué has agotado tu cuerpo. Para usar el flujo de aquella forma tuviste que concentrar gran cantidad de energía… ¿aún recuerdas lo que te dije sobre la pureza de la energía?- no hizo falta que el chico se lo afirmara, su silencio se lo confirmó.- Ahora mismo, no tienes absolutamente nada de energía más que la vital. El hecho de que puedas estar en el mundo mágico es debido a que un mago tiene un poco más de energía que un no-mágico.- hizo una pausa y, con un suspiro, continuó.- La energía vital no es suficiente como para realizar un hechizo, no tiene suficiente poder, por lo que si la fuerzas… puedes acabar matándote. Normalmente es imposible de hacer, pero… tú eres una excepción. Tu fuerza vital es mucho mayor que la de los demás puesto que tu base mágica se refuerza en la absorción del flujo. Si la instas a salir te autodestruirías.

- Pero si cojo la externa…

- Para hacerlo debes usar la tuya.- negó con la cabeza y añadió.- El hecho de perder la visión de tu mundo es una prueba clara hasta qué punto de desgaste has llegado. Hogwarts está protegido con hechizos para los no-mágicos. Todo aquél que no tenga poder suficiente es incapaz de ver el castillo como tal…

- ¿Cómo sabes eso…?- preguntó sorprendido.

- He visto tus recuerdos.

- ¿Cómo¡Maldita sea, fuiste tú¡Tú me robaste los pensamientos!- bramó con furia al comprenderlo. Ahora entendía… la última vez había podido ofrecer resistencia aún cuando perdió. Sin embargo, una extraña sensación de vacío hizo que intentara descubrir la razón y, al buscar en sus recuerdos, se dio cuenta que éstos no existían. Una extraña e inalcanzable manta blanca los cubría haciendo que su acceso fuera imposible.

- Era necesario.

- ¡Necesario¿Por qué!

El dragón se puso en pie mirándolo con una intensidad que habría hecho retroceder a más de uno. Pero a Harry no. Ésta vez no.

- Eran demasiado peligrosos.

Se dio la vuelta y lo que antes había sido blanco se transformó en negro.

- La Onda es la energía que fluye en todos los seres vivos sin importar su naturaleza.- mientras hablaba, una delgada línea azul se formó entre ellos.- Todos estamos atados a ella…- de repente empezó a fluctuar arriba y abajo con una perfección matemática.- Siempre ha existido ésta fluctuación. Sin embargo, cada cierto tiempo, éste equilibrio entre ambos hemisferios desaparece.

- ¿Por qué?

- El Bien y el Mal son dos caras de una misma moneda. Los dos deben existir para perdurar el equilibrio. Pero, tampoco pueden permanecer igual. A veces, la balanza se desequilibra hacia una parte haciendo que, para volver a la estabilidad, la otra deba crecer en consecuencia.

La perfecta simetría se vio rota al aumentar la curva descendente que se coloreó roja. Inmediatamente, al subir la ascendente creció rivalizando con la otra. Así, tras unos cuantos subir y bajar, la onda fue regresando a su curvatura inicial hasta acercarse a una línea casi recta.

- La Onda se corrige a sí misma. No es estable, es un continuo flujo de desequilibrios que debe buscar su opuesto para regresar a la constante.

- ¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo?

- La Leyenda del Dragón. Cada quinientos años nace uno como yo… eso te dije.- de nuevo silencio. Sólo aquella fina línea iba moviéndose caprichosa en un baile sin fin.- Nosotros no somos más que una corrección de ésta Onda. Nacemos y vivimos solo con éste fin, restaurar el equilibrio.
Mi función reside en eliminar la fluctuación negativa para regresar a la armonía.

- Sigo sin comprender…

- Al igual que yo resido en una fuerza de la balanza, existe mi opuesto en la otra parte. Ambos somos contrarios.

- Creaciones de la Onda para corregirse.

- Exacto. Cada vez que ésta amenazaba en desequilibrarse decayendo hacia un hemisferio, ha nacido otro opuesto para regularla. Pero para hacerlo, su magnitud debía ser superior.

- No tiene sentido. En éste caso el remedio no cura la enfermedad, sino que la empeora.

- No. Nosotros somos creados como una respuesta, el desequilibrio es anterior.

- ¿Anterior?

- La inestabilidad es constante, pero no su magnitud. A veces es menor, pero ésta siempre acaba llevando a una mayor. Para que lo comprendas. La paz es el resultado de un tambaleo a favor del Bien, por lo que no perdura.

- Entonces el Mal tampoco puede permanecer…

- Es distinto. El Mal crea desequilibrio, el Bien es su búsqueda. El hecho de que el flujo se decante hacia la oscuridad puede llevar a la destrucción del equilibrio y, por tanto, de la Onda. Pero tampoco puede dejar de existir. Ésta es la paradoja de la vida.- dijo con sarcasmo.- El hecho de que yo esté aquí es que la Onda ha llegado al límite de oscilación y debe ser regulada. Aquí entra el Pacto de Unión. Aún cuando todos somos seres unidos al flujo, corresponde a los mismos proporcionar el equilibrio.

- ¿Cómo¿No se corrige a sí misma?

- El Todo es Uno; el Uno es Todo.- Harry no lo entendía. ¿Qué tenía él que ver¿De dónde había salido el desequilibrio, no había dicho que venía de antes?- Tú has nacido para corregir el flujo.

- ¿Yo!- exclamó.- No¿yo¿Yo?

- Sí, tú. No fue un error que te encontrara al despertar. Durante milenios, el Pacto de Unión se ha hecho como un ritual que permitiera reunir el poder necesario para restaurar la estabilidad. Lo mismo hicimos nosotros, aunque tú no fueras consciente de ello.

- ¿Y por qué se hace?

- Para aumentar la fuerza de la balanza. Te he dicho que no soy más que una corrección, no me corresponde decidir el resultado. Proporciono la fuerza necesaria, lo demás reside en la otra parte del Pacto. En éste caso tú. Tú eres el elegido para encabezar la fuerza oponente al desequilibrio.

- ¡Pero yo no lo escogí, al igual que tampoco elegí tener aquella profecía!

- Naciste con el don, y fuiste correspondido.

- ¡No lo pedí!

- Aceptaste. Escogiste salvarme y cerraste el Pacto. Todo cuanto has hecho te ha definido tal y como eres ahora. Y, de la misma forma, te ha dado tu propio destino.

- ¡Maldita sea¡Yo no puedo escoger, NO HE TENIDO ELECCIÓN! Todo cuanto ha sucedido ha sido sin poder hacer nada. ¿Cómo puedes decirme que podía elegir¿Quizá crees que deseaba esto¡Joder¿eso crees!

- ¿Acaso yo he tenido opción?- murmuró con amargor haciendo que Harry callara.- No podemos evitarlo, cada cual tiene su camino y, con o sin gusto, debe aceptarlo. Y yo lo he hecho.

- ¡PUES YO NO¡Me niego!

- ¿Y qué harás?

Harry quedó en silencio. No quería responder, no podía.

- Piénsalo.- dijo el dragón antes de desaparecer.

Abrió los ojos y se encontró otra vez en la cama. Le pesaban los párpados y, aún cuando no quería dormir, su cuerpo le obligó.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Terminó de vestirse y se levantó con lentitud, asegurándose que la magia no escaparía ésa vez. Por suerte, ésta logró sostenerlo, aunque sabía que no duraría mucho.

- ¿Adónde cree que va?- exclamó Promfrey alarmada.

- Me voy. Estoy harto de estar aquí.

- ¡Espere!- pero el chico siguió caminando.- Le he dicho… ¡Potter!

Con aplomo, salió de la enfermería y fue directo hacia las escaleras donde empezó a subirlas con pesadez. Aún cuando podía invocar la energía necesaria para moverse, ésta era débil e inconstante por lo que si no vigilaba podría perderla.

¡Al fin había salido! Después de cinco monótonos días en aquél lugar por fin logró escapar de allí. Nunca antes había encontrado tan agradable el aire del castillo, fuera del olor a analgésico y el aburrido color blanco.

Sabía que gracias a sus dos días de completo descanso había logrado restablecer parte de su magia. Volvía a ver Hogwarts en su totalidad, sin interrupciones, y aquello lo alegró. Temía haber llegado demasiado lejos, pero por suerte era fuerte, aunque debía dar gracias a las pociones de la señora Promfrey. No pensó que tuvieran efecto aparente, sin embargo resultaron una ayuda perfecta a su recuperación. Y quizá hubiera necesitado un par de días más de reposo, pero con sólo pensarlo le entraba un fuerte mareo. No lo hubiera resistido.

Como si los años le pasaran factura, necesitó sentarse un poco antes de continuar con su ascenso. Estaba agotado.

Cerró los ojos unos instantes intentando no pensar en nada. Aquello mismo había hecho tras despertar de la charla con Shelyak. No quería volver a vivir aquella conversación, sabía que debería hacerlo, algo le decía que escondido en ella había más, algo realmente importante que no había mencionado el dragón pero que él sabía.

Unas voces no muy lejos de él, en la planta baja, le hicieron reaccionar.

No le hizo falta saber lo que decían, fuera lo que fuera no le importaba. Lo único que deseaba era salir de allí, estar solo y poder ordenar su confusa mente. Algo no iba bien.

Se levantó con cuidado asegurándose que podía hacerlo, y volvió a subir sin detenerse para mirar atrás. Enseguida supo que alguien venía detrás y no sólo uno, sino varios con mucha más rapidez y urgencia que la que él llevaba. Así, no tuvo otro remedio que apurar su marcha.

- Yo miraré esta planta.- dijo uno de ellos.

- Está bien, nosotros nos ocupamos de las otras.

Los pasos siguieron su camino escaleras arriba. Pero Harry, en vez de pararse a descansar, apresuró el paso entre jadeos pues ahora sí estaba seguro. Iban tras él. "Maldición…" pensó con enojo. ¡No podía creer lo que estaban haciendo¡Tenía diecisiete años, por Merlín¿Es que pensaban seguir tratándolo igual? "Muy bien. ¿A éstas jugamos? Pues a ver si me cogéis."

Primera, segunda, tercera… las plantas iban pasando cada vez con más rapidez. Sentía como cada paso le costaba más y más, pero no iba a dejarse coger. ¿Querían encontrarlo¡Pues que buscasen! Él no se lo pondría nada fácil.

- ¡Señor Potter¡Deténgase ahora mismo!- gritó McGonagall una planta por debajo.

- Sí, sí… ahora mismo.- murmuró con sarcasmo.

Salió de la escalera principal y empezó a correr por uno de los pasillos de la quinta planta. Un par de alumnos quedaron sorprendidos al verle pasar a toda velocidad por enfrente. Cruzó a su derecha y se metió en una pequeña aula llena de polvo. Fue directo hacia la otra puerta que llevaba al despacho del profesor aún cuando la sala parecía estar ya en desuso, y no se sorprendió al ver otra salida que daba a unas escaleras de caracol que descendían un piso. Las bajó tropezando peligrosamente en ellas, y salió por otra aula completamente distinta a la anterior.

Se acercó cauteloso a la puerta y comprobó que nadie había fuera excepto un pequeño grupo de chicos jugando a las ranas explosivas. Con toda la calma que pudo, fue hacia ellos y se mezcló con los que observaban el juego.

Siguiendo sus pasos, uno de sus seguidores salió de la sala donde poco antes Harry había pasado. Y, tras una veloz mirada hacia los chicos, decidió seguir pasillo adelante pensando que no se le escaparía.

Harry sonrió al ver como se alejaba y, tras esperar un par de minutos, reemprendió su fugaz huída. Sabía que no duraría mucho. El castillo no era infinito y tarde o temprano debería dar la cara, pero, antes, se lo pondría un poco difícil. Aquello le divertía.

Cruzó toda la planta y se dirigió a otras escaleras que le llevarían hacia uno de los torreones. Se coló tras un gran tapiz abriendo una pequeña puerta de madera con un sencillo alohomora y subió los empinados peldaños hasta llegar a otra puerta. La abrió y un frío aire hibernal llenó sus pulmones.

El pequeño saliente no tenía ningún techo que le protegiera de la lluvia que amenazaba en volver a caer tras la pausa de unas horas. El frío suelo de piedra estaba todo mojado y resbaladizo y nada había que le detuviera la caída de unas decenas de metros hacia el fangoso suelo. Aún todo aquello y el helor que hacía, Harry adoraba aquél lugar. Un sitio alejado, desconocido y solitario que le proporcionaba la tranquilidad que tanto ansiaba. Nadie daría con él allí, nadie le encontraría a menos que decidiese regresar. Y no lo iba a hacer tan pronto.

Se sentó bajo el portal en la única zona donde el suelo aún permanecía medianamente seco, y dejó que su cuerpo descansara tras todo el desgaste que le había hecho pasar. Alejó de él la magia y el frío le impactó al entrar en su cuerpo haciendo que todo él temblase. Se acurrucó cubriéndose con la capa, los guantes y la bufanda, y dejó caer la cabeza contra la pared en un suspiro de alivio.

Respiraba con rapidez, como si hubiese recorrido kilómetros a toda velocidad aún cuando sólo había ido a paso ligero. Se sentía morir. La cabeza le daba vueltas y se sentía mareado, pero estar allí lo compensaba. El helado aire despejaba su mente y le relajaba mucho más que estar echado en una cama horas y horas enteras sin nada más que hacer excepto leer un par de gruesos libros que había pedido llevar. Y, irónicamente, había logrado leer casi todo el pesado libro Historia de Hogwarts, algo que nunca imaginó hacer. El otro que no duró más que seis horas casi seguidas había sido enteramente de encantamientos y conjuros varios que, a pesar de no poderlos probar en la práctica, había resultado ser bastante interesante. Con todo, tampoco se pudo quejar de desaprovechar aquél tiempo de reposo.

A pesar del frío debía decir que le gustaba aquél tiempo, como si le pegase más a su mundo interior. Odiaba ver el cielo despejado, sin ninguna nube, con un radiante sol que a todo el mundo le gustaba. Aquél era mucho mejor. Las masas grises y blancas iban moviéndose llevadas por el viento viendo todo a sus pies con indiferencia, cada una era distinta y siempre estaban en constante cambio, lejos de lo terrenal, más allá de cualquier voluntad mortal. Adoraba la lluvia al caer, la nieve helada descendiendo lentamente desde las alturas con sus perfectas formas cristalinas. El agua, un don de la naturaleza, era el único al que se le permitía aquél derecho, el derecho de unir el cielo y la tierra.

Miró hacia la lejanía, donde las nubes eran oscuras como la noche alertando de una tormenta cada vez más cercana. Y quiso imaginarse lejos, muy lejos, fuera de aquellas murallas de piedra, donde nadie le conociera, sin importarle nada, un lujar donde su existencia no fuera compleja, sino constante y sencilla, sin preocupaciones. Pero no pudo hacerlo… porqué sabía que era imposible. El mero deseo no existía.

Nunca pensó que su vida daría aquél giro tan radical. Siete años atrás era un chico huérfano, adoptado por su familia, viviendo entre amenazas y malos tratos, viviendo en situaciones difíciles y a veces alarmantes, pero era un chico medianamente normal. O eso quería creer.

Pero sabía que no era así.

Con sólo nacer ya había sido marcado. Marcado por un destino que no había pedido, que de haber decidido habría renunciado sin pensarlo, un destino impuesto. Era su esclavo, un sujeto sin voluntad que se movía como un títere bajo las manos de su artesano. Y lo peor de todo es que no podía hacer nada. Absolutamente nada.

Vencido, escondió la cabeza entre las manos.

Absolutamente nada…

Viviría y moriría haciendo lo que el destino quisiera, sin poder decidir sobre él. ¿Por qué¿Acaso su vida no le pertenecía¿Era sólo un instrumento? "Nosotros no somos más que una corrección de ésta Onda. Nacemos y vivimos solo con éste fin, restaurar el equilibrio." Las palabras del dragón volvieron a él con perfecta nitidez.

"Una creación… para regular." se dijo. ¿Era él igual¿Una creación con un único objetivo¿Un único fin? "¿Es que soy una solución? Mi existencia… ¿sólo es para los demás¿Para… equilibrar el flujo?" No podía ser que su vida existiera sólo para eso. ¡No quería creerlo¿Por qué entonces había pasado por todo aquello? Los años junto a los Dursley, los golpes, los gritos… ¿Y qué pasaba con sus amistades en Hogwarts¿Era aquello también parte del destino¿Había sido todo planeado de antemano? La muerte de sus padres, su soledad, el sufrimiento de las muertes a su alrededor, las luchas contra Voldemort… "¿Es él también un desequilibrio de la Onda?" Estaba seguro que él había logrado tener su propia vida¡había hecho lo que quiso con ella¿Verdad¿Entonces por qué él no!

- ¿Por qué!- murmuró indignado.

La puerta que le cubría parte de su cuerpo se abrió con lentitud haciendo que reacomodara su peso hacia el otro lado para no caer.

- Vamos.- dijo alguien desde la sombra.

Harry no tuvo tiempo a preguntar pues los pasos alejándose escaleras abajo le indicaron que su descubridor había dado media vuelta. ¿No debía asegurarse que el chico le siguiera? Aunque, al parecer, tampoco hizo falta. No se hubiera quedado mucho más allí, empezaba a sentirse entumecido por el frío.

Pesadamente, se puso de nuevo en pie y, tras asegurar su estabilidad, cerró la salida del torreón sintiendo como una pequeña oleada de calor reanimaba sus extremidades pasando del helor a un hirviente calor. No tuvo otro remedio que quitarse la ropa sobrante.

Llegó a la puerta tras el tapiz y volvió a dejarla tal y como estaba. La luz de las antorchas le mostró la delgada figura oscura de Snape quien, en una espera paciente, le miró con serenidad antes de reanudar su marcha.

Hubiera querido hacerle preguntas. Adónde iban, qué castigo recibiría, qué ocurriría… pero el silencio del hombre le hizo retroceder haciendo que caminase sin levantar palabra, concentrado en su primera prioridad: andar. Sin embargo, se cansaba con rapidez. No pudo evitar esconder su debilidad ante aquél hombre que parecía ver mucho más allá pues al ver su retraso, disminuyó su paso para adecuarlo al agotado muchacho. Ya no se movía por necesidad, sino por orgullo. Estaba seguro que a Snape le agradaba verle inferior, saber cosas que él ignoraba, mostrarse por encima de él haciendo que se sintiera un inútil. Así sucedía en Duelo… y así sería siempre. Pero Harry no se dejó intimidar, continuó obligándose a moverse con soltura y rapidez, simulando que no ocurría nada, cuando en realidad parecer aquello le agotaba aún más.

Su aguante fue de verdadero elogio.

Tras descender por todas y cada una de las escaleras, cruzaron medio castillo más hasta llegar a las mazmorras.

- ¿Adónde vamos, señor?- dijo recordándose a sí mismo llamarle con respeto.

- A mi despacho.

Harry suspiró con alivio. Al menos, no iba al del director…

Disciplinadamente, le abrió la puerta dándole el paso y cerró tras él.

- Siéntase.

Obediente, hizo lo pedido sin objetar. Su mirada estaba enfrente, quieta, todo él esperando. Sabía que Snape estaba analizándole, podía sentir el cosquilleo en su nuca. El hombre no había dado ningún paso tras cerrar la puerta. Sin embargo, aún cuando había aprendido que lo mejor era mostrarse tranquilo, Harry hacía verdaderos esfuerzos por mantener su respiración lenta y sus movimientos pausados. Todo su cuerpo le pedía más aire, como si el esfuerzo le hubiera pedido más de lo normal, como si lo que para algunos no fuera más que una caminada tranquila para él era una larga carrera. No podía regularizar sus ansias de aire pues se mareaba, así que no tuvo otro remedio que mostrar su condición al hombre. La respuesta no tardó en llegar.

Tras moverse por la habitación rebuscando entre armarios y cajones, Snape dejó caer una botella de cristal oscuro con un líquido transparente en el interior.

- ¿Qué es?

- Una poción. Tres gotas durante tres días. Ni una más.- le dio la espalda y se dirigió hacia el débil fuego que escalfaba con timidez la fría habitación.

Snape tomó una bolsa de piel y vació una pizca de su contenido en el fuego. Éste creció en respuesta con una explosión de luz, y, tras decir unas palabras que Harry no pudo oír, volvió a su tamaño anterior.

- Disculpe pero¿puedo irme ya, señor?- preguntó intentando mantener clara su mente. El mareo iba en aumento, aún no tenía náuseas, pero poco le faltaba. Lo que más deseaba en aquellos momentos era regresar a su habitación y hacer una larga cabezada.

- Si lo he llevado aquí…- dijo yendo lentamente hacia su mesa y guardando la bolsa en uno de los cajones.- …ha sido porque supuse que lo que menos quería era encontrarse con una gran recibida. No debería haberse escapado si aún no está del todo repuesto, Potter.

Harry iba a protestar cuando unos rasguños contra la puerta seguidos de golpes y ladridos hizo que Snape dejase ir un buen matojo de maldiciones y se dirigiera directo hacia la entrada con pasos rápidos y malhumorados. Con solo abrir, un inmenso perro negro entró escabulléndose por entre sus piernas y lanzándose encima un sorprendido chico que apenas pudo percatarse de todo aquél movimiento.

- ¡Black, ni se te ocurra…!- exclamó el hombre al ver como la cola del gran animal barría toda la mesa lanzando pergaminos, velas y varias hierbas y pociones por el suelo.- ¡Maldita sea, sal de aquí!

Entre exclamaciones enojadas y ladridos de alegría, Harry no pudo diferenciar nada excepto un gran potaje de gritos, patas y manos.

- Vamos, Sirius, para ya… Estás destrozando todo el despacho…- dijo una voz desde la entrada apenas audible entre todo el ruido.

- ¡Maldito¡Deja mi túnica¡BLACK!- gritó rayando el histericismo.

- Calma… calma… Sirius, por favor.

- ¡Expeliarmus!- bramó.

El perro, con un experto salto, esquivó el hechizo, giró sobre sus patas traseras y evitó otro furioso ataque. Harry era incapaz enterarse de todo lo que pasaba, se sentía en medio de un gran torbellino y era incapaz de comprender lo que sucedía.

- ¡Mira mi túnica¡Está toda babeada!- dijo con rabia.

Los ladridos se convirtieron en unas risas alegres que inundaron toda la habitación. De repente, los hechizos dejaron de volar por el aire dejando que sus voces fueran las únicas que se escucharan, uno furioso y el otro divertido.

- Basta. Ambos, dejadlo ya.- sentenció otro hombre con autoridad.

Los dos callaron al instante sin dejar de mirarse amenazadoramente. El que antes era un precioso perro ahora se dirigió hacia el chico levantándose con facilidad. Tenía el pelo negro y los ojos grises, alegres y brillantes. Llevaba unos tejanos grises y un yérsey negro de cuello alto. Y aún cuando no iba vestido con elegancia, se veía realmente bien.

- ¿Qué tal, pequeño?- dijo removiéndole el pelo con cariño.- ¿Oye, te encuentras bien?

- Seguro que peor que antes de tu entrada.- gruñó Snape.

El despacho hacía pena. Muchos recipientes estaban rotos y esparcidos por el suelo, algunos de ellos contenedores de complicadas pociones. Por suerte, las más difíciles de realizar estaban bien guardadas en uno de los armarios, protegidas de hechizos y golpes. Aún así el aspecto de la sala era realmente deprimente, como si un tornado se hubiera presentado y en unos todo hubiera sido destruido.

- Sí, sí, no te preocupes.- y, aunque intentó sonreír con confianza, el frío sudor recorriéndole por la espalda le obligó a relajarse. Estaba pálido, lo sabía, pero más le valía mantenerse firme y seguro si no quería regresar a la enfermería.

- Bien, en este caso, os iréis ahora mismo.- dijo el anciano director llegando hasta ellos.- Pasarás el resto de la semana fuera. Suficiente para que las cosas se calmen un poco.

Harry miró hacia Dumbledore con la sorpresa nada disimulada. ¿Irse¿Dónde? El hombre le miraba con amabilidad y calidez, aunque con un rastro de duda y tristeza. Vestía una larga túnica de color rubí sin más adorno que unas finas tiras doradas en los bordes.

- ¿Ya lo tienes todo, Severus?

- ¿Cómo¿Snape también viene?

- No creas que tengo ganas de hacerlo, Black. Lo que menos me apetece es ir de niñera.

- Como si yo quisiera que vinieras.

- No empecéis de nuevo.- dijo con un tono de alerta.- Iréis los dos juntos. Madurad de una buena vez, chicos. Ya no estáis en la escuela.

- ¡Me niego!- exclamó Sirius entrecruzando los brazos.

El chico no los escuchaba. ¿Snape debía venir¿Era aquello más protección¿Por qué!

- Puedo cuidar de mí mismo.- murmuró con amargor.

¡Maldita sea, podía cuidarse de sí mismo¿No lo había demostrado ya en Hogsmeade¿Qué más debía hacer para que se dieran cuenta de una buena vez que ya no era un crío! Cerró los ojos con un suspiro e intentó calmarse. No podía evitar enojarse. ¡Odiaba que escogieran por él sin tener en cuenta su opinión! Era suficiente mayor para decidir por sí mismo. Al menos, podrían comentarle qué le parecía… ¡ni que fuera decirle lo que querían hacer! Pero no. Su criterio no contaba, no tenía importancia. ¿Acaso no era ÉL quien debía derrotar a Voldemort¿Por qué seguían manipulando su vida como si les perteneciera!

Fastidiado, se levantó dispuesto a irse con o sin ellos. Si querían seguirle que lo hicieran. No iba a ser él quien dejara que le guiasen.

- ¡Espera!- exclamó Sirius dejando la disputa de golpe.

No hizo ademán de detenerle, sino que siguió sus pasos en silencio, lo mismo que Snape al llegar junto a ellos. Como si fueran sus dos guardaespaldas, los hombres caminaron sin levantar palabra tras suyo, cuidando su paso y adecuándolo al del chico. Dumbledore no les siguió. Tampoco le importó a Harry. Siguió su paso hasta llegar a la gran puerta que daba al exterior y esperó a que ambos llegasen junto a él.

- Vamos.- dijo Snape con rigor.

Se equipó bien protegido del frío exterior, y empezó a andar tras el severo profesor dejando que Sirius cerrase la comitiva.

Una gota cayó sobre su nariz. Estaba fría.

- Suerte que al final lo cogí…- murmuró su padrino deteniéndose.- Toma.- le dio un pequeño paquete de plástico amarillo y otro de azul eléctrico a Snape, aunque con una mueca de desagrado.- Es una capa impermeable. Un invento muggle muy útil que usamos de vez en cuando, sobretodo cuando llevar paraguas resulta un engorro.- se puso otra azul encima y, apuntando la varita hacia él mismo, repasó los bordes del accesorio como si estuviera cerrando una cremallera invisible.- Quien iba a decir que harían algo bueno…

Snape, tras cerrar la capa de Harry, reanudó la marcha en silencio.

El suelo estaba fangoso. Resultaba difícil andar por aquel camino mientras la lluvia caía cada vez con más fuerza. Aún cuando el chubasquero impedía que el agua le mojara, el frío no era detenido y pronto vinieron los temblores. No comprendía como podía sentir aquel helor tan temprano, era como si su debilidad mágica se aplicara también a la resistencia física. Fuere como fuera, se sentía completamente entumecido. Y ni siquiera habían hecho más que unos metros.

Y encima no había luz. La tormenta era fuerte pues el cielo en vez de mostrar los reflejos del sol por entre las nubes e iluminando levemente la tierra, una noche casi completa hacía que su visión fuera insuficiente. En aquél momento habría deseado quedarse en el castillo, echado cómodamente en una cama, la que fuera, y dormir horas y horas en medio de un agradable calor.

Siguieron andando hasta traspasar las puertas de los jardines de Hogwarts y se detuvieron. A la lejanía podía entrever la gran construcción reinando entre cortinas de agua. Parecía solitaria en un desierto, débil y desamparada, pero el sentimiento que llegaba a él era completamente opuesto.

- Yo iré delante.- dijo Sirius con una seriedad y madurez que sorprendió al chico. Era totalmente distinto a aquél hombre alegre y alocado que huía de la razón.- Nos vemos al punto cero.

El profesor tomó una piedra del suelo y la tendió ante él.

- Portus.- susurró con un toque de varita.- Venga.

Harry alargó los dedos hacia la pequeña roca encantada y, segundos después de tocarla, un tirón le envió entre un torbellino de colores. Cerró los ojos a sabiendas del mareo que podía ocasionar, y esperó a que el nuevo suelo se posara bajo sus pies.

Dejó que su cabeza dejara de rodar y miró de nuevo a su alrededor. Estaban en un bosque donde también llovía aunque no con tanta intensidad. Sirius estaba enfrente con la varita en alto y su vista recorriendo todo a su alrededor. El hombre que le había acompañado apartó la piedra de él y le dio otro golpe con la varita haciendo que el resplandor que la rodeaba desapareciese. La guardó debajo su capa y miró pacientemente su reloj.

- ¿Hacia dónde?- preguntó Sirius.

- Norte.

Mientras él continuaba observando la pequeña máquina en su muñeca, su compañero de trabajo inspeccionaba con atención los árboles y el suelo en busca de algo que el chico desconocía.

- Ahora.- dijo al cabo.

Un brillo se vislumbró entre las hojas de un arbusto.

- Lo tengo.

Con rapidez, regresó junto a ellos con una lata sucia y desgastada entre las manos. A simple vista parecía una porquería más lanzada en el bosque por aquellos cuya descripción era una: puercos. Sin embargo, el brillo que la rodeaba la desvelaba. Era un traslador.

Los tres la cogieron con fuerza y otro tirón les llevó lejos de allí.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Se despertó rodeado de calor. No deseaba abrir los ojos; podía sentir la mullida almohada bajo su cabeza, las cálidas sábanas con olor a lavanda y un ligero edredón que le protegía del frío. Estuviera donde estuviese, se sentía en un sueño. Le parecía imposible poder sentir cualquier otra cosa excepto paz y tranquilidad, como si todo lo demás no pudiera ser capaz de existir.

Un ruido de voces se escuchaba levemente provinente de fuera. Así que, a pesar de desear seguir así, no tuvo otro remedio que empezar a ser consciente de su situación.

Estaba en una habitación que tenía cierto matiz familiar. Tenía una forma rectangular y parecía grande y espaciosa. Un armario, una cajonera, un par de estanterías, una larga mesa con luz al lado de la puerta que daba a un balcón y que ahora estaba cerrada con la persiana bajada, la cama donde estaba echado y una pequeña mesita de noche. Los muebles parecían normales, nada de antigüedades ni objetos extraños, todo perfectamente normal. Lo único que daba la impresión de estar fuera de lugar era el enorme baúl que permanecía estático a sus pies.

Despierto, se levantó con cuidado sintiendo como un escalofrío entraba en él al dejar la protección cálida que le daba la cama. Antes de desear coger un buen resfriado, fue directo hacia la silla de enfrente la mesa y tomó la ropa que había, toda ella plegada con cura. Al verse vestido con el pijama se preguntó quien le había cambiado haciendo que un repentino rojo subiese por su cara. Se moría de vergüenza con solo pensarlo.

Tras ponerse unas cómodas zapatillas, abrió la puerta. Enseguida supo donde estaba. No le hizo falta regresar la mirada hacia la habitación que durante un verano había ocupado, ahora sí recordaba aquél lugar. Estaba en casa de Marla. La distribución y los materiales eran muggles, enteramente muggles.

Aún cuando seguramente haría frío en el exterior, allí se estaba perfectamente. Llevaba sólo una camiseta de manga larga y unos tejanos negros, y era más que suficiente. No tenía ni frío ni calor, ni siquiera se sentía agotado. Ignoraba lo que había pasado, pero estaba convencido que no tardaría en saberlo.

Al comprobar que las voces venían de la cocina, fue directo hacia allí. Marla y otra chica que enseguida supo que era Tonks, estaban hablando.

- Hola.- dijo al llegar junto a ellas. Ambas se giraron en respuesta.

- Buenos días, Harry. Me alegro que ya hayas despertado.- preguntó su madrina al llegar junto a él y hacerle un cariñoso beso en la mejilla.- ¿Cómo te encuentras?

- Perfectamente. ¿Cómo he llegado hasta aquí?

- Caíste agotado al llegar con el segundo traslador. ¿Tienes hambre? Los demás ya hemos desayunado, pero no tardo ni un minuto.

- ¿Qué hora es?

- Casi las doce.- secundó la chica mientras Marla preparaba la comida.- Te queda mucho mejor ésta camiseta. El uniforme no te hace tan atractivo.- dijo con una sonrisa mientras se sentaban en la pequeña mesa.

Harry se sorprendió al reír a gusto con el comentario en vez de sonrojarse en silencio. Aquella Tonks era quien conocía, completamente distinta a la profesora que había tenido con lo que llevaba de curso.

- ¿Te gusta mi nuevo look?- preguntó tocándose el pelo rojo. Iba vestida con una camiseta ajustada blanca, unos pantalones negros y botas del mismo color. Llevaba la melena con un corte desigual, la mayoría del pelo recogido en un matojo y otros cayendo ondulados en desorden. Sólo los de alrededor de la cara parecían controlados guiados hacia los lados en una raya desequilibrada. Sus ojos verdes brillaron con alegría mientras el chico la inspeccionaba completamente alucinado.

- Es… es…

- ¿Diferente?

- Genial.- confesó con una sonrisa.- La verdad es que no te reconocí a la escuela, estabas completamente cambiada. Así quedas mucho mejor.

- Yo también lo creo. Pero Dumbledore me pidió "profesionalidad y seriedad", así que creí que debía ir un poco más discreta.- Harry pensó que la profesora Tonks, aún verse con aquellas dos calidades, no tenía nada de discreto pues mostraba una belleza sobrecogedora. Aunque, admitió, que la chica había logrado dar una imagen profesional lejos de lo que le caracterizaba.

- Toma.- dijo Marla dándole un plato con un par de huevos fritos, un trozo de beicon y tres tostadas con mermelada.- ¿Zumo o leche¿O quizá un café?

- Zumo va bien.

- Incluso me sorprendiste a mí, Tonks. No te creí capaz de lograr lo que hiciste.

- Cuando me lo propongo lo hago bien.- dijo con orgullo.

- Pues deberías hacerlo siempre, pequeña.

- Marla, no me trates de pequeña. Aunque sea prima de Sirius no significa que sea una muchacha. ¡Solo tengo once años menos que él!

- Ya quisiera yo tener éstos años de menos…- murmuró con un suspiro.

El golpe de la puerta al cerrarse y la voz de un hombre quejándose hizo que detuvieran la conversación.

- Bueno, ya está todo listo…- al verle, sonrió.- Buenos días, pequeñajo.

- ¡Sirius!- exclamó con horror.- ¿Es que no ves como estás dejando la casa!

El hombre había dejado todo un rastro de barro y hierbas desde la entrada, además del agua que caía de los bordes de la ropa.

- Vaya… perdón.

- ¡Límpialo¡Ahora!

- Pero si tampoco es para tanto… Con un par de hechizos…

- ¡Nada de magia!

- Ni hablar. No pienso hacerlo al estilo muggle.

- Pues parece ser que es la única manera con la que funcionas. ¡Cada vez igual! Lo tengo todo limpio y tú vas y lo ensucias.

- En el menor de los casos…- susurró Tonks a Harry.- Ayer rompió una cosa muy extraña, muggle, que Marla usa para ver programas. Salen personas cortadas por la mitad… Muy raro.

- ¿Un televisor?- respondió intentando evitar reír.

- Lo que sea. Pero el lío que montó fue excepcional. Supongo que ésta bronca aún viene de ayer.

- Inténtalo.- dijo con un siseo peligroso.- Un solo hechizo… uno sólo, y duermes fuera.

- Pero si no es más que un poco…

- Empieza.- sentenció señalándole la escalera.

Entre maldiciones y protestas a media voz, Sirius volvió a salir por la puerta sin intentar ensuciar más. Harry no pudo creer lo que había ocurrido. Sirius era indomable, siempre se victoreó de aquello, en cambio, con Marla parecía ser más dócil que un cordero. Aunque, debía admitirlo, la mujer era temible y Harry no dudaba que incluso él haría todo lo que le pidiese a con miedo de ser convertido en una cucaracha y aplastado por su mismo pie.

- Mejor intento ayudarlo, o no terminará nunca.- dijo intentando que no le escuchara.

Tonks se excusó y subió las escaleras. Pero Harry sabía que pronto volvería a bajarlas bajo algún hechizo de camuflaje.

El chico no tardó en terminar. Así que pudo, se fue directo hacia la sala de estar donde Snape estaba sentado en uno de los sofás con 'El Profeta' abierto en sus manos. Leía con tranquilidad, ajeno a todo el movimiento de la casa. Harry pensó que ni siquiera se dignaría a mirarlo por lo que, al sentarse y tomar un periódico muggle de encima la mesa de centro, se sorprendió al ver que sus ojos estaban fijos en él.

- ¿Se ha tomado la poción que le di?

- ¿Ahora?

- Siempre a la misma hora.

El profesor volvió a centrarse en el periódico dejando la atención que poco antes había tenido en él. No le hicieron falta sus respuestas, enseguida dedujo que le había dado la poción aún estar inconsciente. Comprendió su mejora.

Una hora después, Sirius se acercó preparado para salir. Vestía enteramente de negro, y, en vez de mostrar aquella sonrisa alegre y desenfadada, sus facciones estaban tensas, con una sombra de tristeza. Le puso la mano en el hombro y le sonrió con confianza.

- Ponte los zapatos, nos vamos.

- ¿Adónde?- dijo intrigado.

- Lo verás cuando lleguemos.

Harry, sin saber qué planeaba, hizo lo pedido. Se puso un yérsey, los zapatos y tomó la varita. No había insistido, tampoco le pareció necesario. Daba igual a donde lo llevaran, confiaba en él. Además, su padrino se veía distinto… agotado, dudaba que debido a la limpieza de las escaleras, pero sí mentalmente. O, al menos, eso creyó ver.

- ¿Vamos a ir todos?- preguntó al verlos a todos preparados con sus capas.

- Sí, aunque iremos por separado. Tú vendrás con nosotros.- le hizo un gesto hacia él y su otro guardaespaldas quien torció una mueca de desagrado, y se adelantaron a ellas.- Bien. Pues entonces andando. Nos vemos allí.- dijo hacia las dos mujeres quienes cerraron la puerta.

La lluvia no había dejado de caer. Se ajustó bien el impermeable y tembló al sentir el aire frío contra su cara. Era un día realmente deprimente. Las nubes cubrían enteramente el cielo haciendo que fuera casi imposible distinguir entre mañana y tarde. Un oscuro gris amenazaba constantemente en descargar encima de ellos una fuerte tormenta. Harry pensó que no era una buena idea salir con aquél tiempo, parecía que pronto iba a caer un buen chubasco y el pensamiento de estar a la intemperie no era muy consolador. Sin embargo, la firme postura de su padrino y su expresión dura y severa, como si aquello le costase toda su voluntad, hizo que silenciara sus protestas.

Caminaron un trecho bosque hacia dentro, y se detuvieron tras unos mullidos matorrales. Tomó un plato que el chico identificó como una pieza de la vajilla de Marla, y lo sostuvo entre sus manos. Los dos lo tocaron y, al instante, fueron trasladados.

Gracias a un ligero sustento de su profesor, consiguió no perder el equilibrio al salir del poderoso torbellino mágico.

Sorprendido, vio que se encontraban justo enfrente de un precioso portal y, tras él, un pequeño y acogedor pueblo se levantaba entre las cortinas de lluvia. No pudo observar la belleza del lugar, el agua caía con demasiada violencia y, a pesar de llevar la capa de plástico, sus gafas estaban completamente empapadas dificultando su visión.

- ¿Dónde estamos?- preguntó mientras el hombre guardaba el ahora reducido plato entre su ropa.

- Venga.- dijo Snape con sequedad.

Harry se sentía extraño. No tenía nada que ver con los mareos pues éstos habían desaparecido, pero aquél lugar… Aún cuando la lluvia le impedía ver con claridad las casas que le rodeaban, debía prestar más atención al suelo evitando los charcos que se esparcían por toda la calle. El suelo era de adoquines, la irregularidad hacía peligrar su estabilidad, pero permitía mejor filtración del agua. De reojo pudo ver algunas entradas de edificios decoradas con macetas y plantas.

Giraron hacia la derecha cruzando una pequeña callejuela, y volvieron a virar. Se estaban internando en el pueblo, lo sabía al ver que aquellas calles daban a casas particulares, lejos de los adornos de la calle por donde habían entrado. Pudo ver un par de figuras caminando medio agachadas protegiéndose con un gran paraguas violeta. Algo más lejos, un niño salía corriendo de una casa perseguido por una mujer que le gritaba con enfado. Más allá, dos hombres estaban sentados en un portal jugando encima una mesita. A pesar de la furiosa lluvia que caía, el pueblo estaba lleno de vida mirara donde mirara.

Tras un par de recodos, llegaron a una pequeña plaza con una preciosa fuente justo en medio. Un gran árbol, seguramente milenario, se levantaba majestuoso protegiendo todo a su redonda con sus gruesas ramas. A sus pies, diminutas flores de piedra se sostenían en su tronco y, entre ellas, pequeñas hadas con cuencos dejaban caer finos regueros de agua. Harry se detuvo maravillado. Dejó a los dos hombres detrás y, con cautela, se acercó al imponente árbol. Un cuidado césped rodeaba la plaza, repleto de flores adormecidas que descansaban a la espera de los cálidos rayos de sol. Cruzó el camino de piedras que le llevaba directo hacia la fuente y se alejó de los bancos que proporcionaban un lugar de descanso y tranquilidad a todo aquél que quisiera disfrutar de él.

Con timidez, extendió la mano hasta tocar una de aquellas pequeñas muchachas de piedra blanca que parecían danzar entre las flores eternas. La imagen de unas manos haciendo cuenco le vino en mente. Asustado, se apartó con un resorte, como si el fugaz recuerdo le hubiera causado algún tipo de escozor.

Algo atrajo su atención enfocando su mirada más allá del gran árbol. Con lentitud, como si un hilo invisible le guiara hacia allí, siguió sus pasos cruzando la plaza. Una gran mansión se levantaba al otro lado de la calle. Era medio difusa, escondida bajo las gruesas gotas al caer, deformada por aquella incesante cortina de agua. Otra imagen vino a él. Más bien parecía un grupo de recuerdos, difusos entre sentimientos y reflejos. El ruido de sonrisas, el roce de una caricia, el sonido de alguien llamándole con cariño, el sol brillante y el cielo azul, el olor a rosas… No llegaba a comprenderlo, pero cuanto más cerca se encontraba, más fuertes eran ésos instantes.

La verja, antes plateada y resplandeciente, estaba oxidada y oscurecida. Los sinuosos hierros que se levantaban construyendo delicadas hojas habían sido rotos. El muro que rodeaba al gran portal parecía viejo y ruinoso, incluso las plantas que antaño habían rodeado la entrada ahora no eran más que esqueletos sin vida. Y, más allá, una oscura mansión agotada bajo la lluvia.

- El Valle Godric…- susurró sin prestar atención a sus propias palabras.- ¿Estoy en casa…?

Dejándose llevar por los recuerdos, abrió las puertas con un resorte. No se dio cuenta de la cadena que las cerraba. Ésta cayó sin oponerse a su voluntad. Con la misma lentitud, caminó por el camino que le guiaba hasta la casa. El césped que había cubierto los jardines de la construcción estaba ahora muerto. Las malas hierbas cubrían el suelo y huecos de tierra desierta se abrían paso por doquier. Pero el sonido de las risas y gritos de felicidad no habían desaparecido. En su mente, confusas voces revivían en desorden.

Las ventanas estaban rotas, al igual que la barandilla. La puerta, sin embargo, aún se mantenía en pie. Era de madera con detalles de hierro negro que dibujaban tortuosas plantas en los bordes. Empujó con delicadeza y el olor a cerrado llenó su nariz. El recuerdo de la suave fragancia lavanda difuminó la realidad.

La imagen del comedor le estremeció. Estaba completamente destruido

- ¡Lily, coge a Harry y huye¡Es él¡Corre! Yo lo retendré…

- Pero… ¡No me iré sin ti!

- No hay tiempo¡vete!

Llevado por una urgencia reflejada en el pasado, Harry empezó a subir las escaleras con rapidez, como si su vida fuera en ello. Podía sentir su respiración, pesada y angustiada. Cruzó a toda prisa el pasadizo hasta dar con una puerta abierta de par en par.

- ¡Harry! Harrydespierta…

El ruido de unas explosiones lejanas hizo que la voz de la mujer temblara. Sintió sus manos abrazándole con delicadeza y amor, un amor que inundó su corazón.

- Vamos, dámelo.

- ¡No!

- Dámelo, estúpida.

Un fuerte dolor en la cicatriz le hizo doblarse cayendo de rodillas y cerrando los ojos, como si aquella dolorosa luz verde pudiera desaparecer con ello. Se abrazó con fuerza intentando apartar el grito agudo que perforaba sus tímpanos. "No, basta…" se dijo con un hilo de voz. "Basta, por favor. Basta." sentía su cuerpo frío y solo, solo en medio de todo aquél sufrimiento. Tan solo…

El tacto de unas cálidas manos a su espalda hizo que abriera los ojos con dificultad. Pero no encontró a nadie más que un silencio estremecedor.

Con nostalgia, rozó el quemado suelo con sus dedos. El tacto era rugoso, lejos de la suavidad que antes tenía, la madera fina y resplandeciente cubierta por una suave alfombra azul. La habitación había sido destruida. Casi toda la pared había cedido por la explosión que tuvo lugar años antes, los muebles ya no existían y lo único que quedaba de ellos era restos de madera chamuscada.

- No debieron morir. Nada de esto debió de haber pasado.

La profecía guió a Voldemort hasta allí, la profecía había hecho que tuvieran que esconderse, la profecía les llevó a protegerle… Todo empezó por aquella profecía que jamás debió de ser anunciada. "Una profecía que Dumbledore escuchó…" se dijo con enojo. Su vida había sido manipulada por una estúpida profecía, un grupo de palabras de una maldita bruja que pronunció mientras deliraba. ¿Por su culpa había sucedido todo aquello¿Por su culpa su vida no era suya?

- Si la profecía no hubiera existido… Si nada de aquello hubiera sido dicho…- dijo entre dientes.- Dumbledore… ¡Dumbledore habría terminado con él!

Se detuvo.

"Dumbledore… ¿es más poderoso que Voldemort?" su cerebro se había detenido, como si de repente algo no encajara, como si hubiera encontrado aquello que faltaba. "¿Acaso no teme Voldemort a Dumbledore?" ¿Qué sucedía¿Por qué entonces no lo había derrotado cuando tuvo oportunidad¿Por qué le había dejado aquello a él? Él, que había sido marcado por una profecía. ¿Por qué no lo había terminado cuando podía?

La irregularidad era anterior… Dumbledore había luchado antes contra el Mal, encabezando la fuerza opuesta. Recordó la primera vez que le había visto, en aquel cromo… ¿Qué decía de él? Un mago poderoso… director de Hogwarts… ¿Qué era exactamente? Lo tenía a la punta de la lengua, se lo sabía de memoria puesto que tampoco hacía tanto que había vuelto a dar con él, pero…

Relajándose, esperó a que su mente pudiera recordar los detalles con precisión.

"Albus Dumbledore… director de la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería…" "Piensa… ¡piensa!" se dijo intentando calmarse. " Es famoso… por descubrir los doce usos de la sangre del dragón…" "No, antes de eso."

"Albus Dumbledore es considerado el mago más poderoso de la actualidad. Actualmente, es el director de la escuela Hogwarts de Magia y Hechicería. Es famoso por derrotar al mago oscuro Grindelwald en 1945, por descubrir los doce usos de la sangre del dragón y por trabajar en la alquimia junto a su amigo Nicolás Flamel."

¡Grindelwald!

De un resorte se levantó. ¡La Onda no se había equilibrado! Al vencer a Grindelwald, pudo recuperar su equilibrio, pero al permanecer la fuerza opuesta, el flujo se decantó peligrosamente hacia uno de los hemisferios. Y la respuesta fue Voldemort.

Voldemort… era el resultado de la permanencia de Dumbledore… ¿Pero como podía ser éste más débil? Si era su resultado… ¿no debería ser más poderoso para contrarrestarlo? Pero aquello no era lo más preocupante. Había algo más, algo que, al darse cuenta de su obviedad, hizo que Harry se tambalease.

- ¿Estoy… atado a la muerte?- susurró con desaliento.

Para equilibrar el flujo, Dumbledore debería haber muerto tras derrotar al Mal. Pero, al no hacerlo, apareció otra reacción. Voldemort.

¿Asesino o víctima¡Era para echarse a reír!

Shelyak ya se lo había dicho, la Onda estaba en su punto culminante, no habría otra vuelta, ninguna otra jugada. Debía derrotar a Voldemort y, después, morir. De no ser así, no habría marcha atrás para recuperar el equilibrio y todo desaparecería barrido por la Onda. Si perdía, moriría bajo las manos del Mal dejando que la destrucción terminara con todo. Y si ganaba, debería perecer para mantener la estabilidad del flujo. Así, daba igual lo que hiciera, sólo cambiaba el destino de los demás… El suyo estaba ya escrito. Todo daba a una misma solución, un mismo camino.

Su destino fue forjado allí, en aquella habitación… Allí nació, y allí murió.