¡Vaya! He quedado realmente sorprendida por la cantidad de reviews que ha despertado la revelación del capítulo anterior. XD (De haberlo sabido lo pongo antes, juas!) Bueno, viejos y nuevos visitantes… ¡REVIEWS!

Elementh Reload: jajajajajajaja! Sí, bueno, así es. No voy a decir "me temo" porqué al fin y al cabo lo he decidido yo Tu nick no me suena, así que supongo que eres nuevo/a dejándome respuesta. Gracias por hacerlo!

Agos Malfoy: gracias¿Te gustan los dark Harry, eh? Bueno, no eres la única, pero debo ir con cuidado pq mi intención (aunque seguramente no lo logre) es que el fic se asemeje a Rowling. Pero, claro, también cabe decir que es mi historia, así k… ;) Me alegra que leas mi historia, espero que siguas aquí! Bye!

al: buenas! Gracias por seguir aquí, de veras que te lo agradezco. ¿Dices que no te lo esperabas? Pues personalmente pensaba que no iba a tomar por sorpresa ésta declaración (aclaro: no estoy afirmando nada, sólo hablo de lo ya puesto) teniendo en cuenta el curso de las cosas. Pero bueno, vamos a ver como sigue… Hasta pronto!

Blackcat: por Merlín, chica¿qué te has tomado? Sé que te gusta su imagen de mortífago, pero relájate. ' Por cierto, miré aquella serie que me aconsejaste, pero no ha terminado de gustarme… ¿Dijiste que te gustaba Stargate, verdad? Tengo unos cuantos capis, mejor dicho, conozco a quien los tiene, así que si los quieres ya sabes. Dime algo¿ok? Besos, amiga!

lolo: muy buenas, chica! Espero que no te apures mucho con el trabajo, mejor tómatelo con calma (o con toda la calma que de deje) y gracias por hacer el esfuerzo de dejarme un review, de verdad que me alegra mucho. En cuanto al fic… bueno, personalmente soy de la opinión que JKR también ve éste destino para Harry (creo que es el mejor final para este magnífico personaje, pero, claro, es una opinión). Sin embargo, esto no tiene pq ser así en el fic. La amistad con Malfoy es tal y como dices. La veo como dos personas con "amigos" interesados, guiados por su fama y renombre (al menos en la historia oficial). Así que de mis sensaciones en los libros creo el fic. Me agrada la idea que tienes de Draco (cuando leas el capi lo entenderás). Y en cuanto a los demás… me temo que no va a salir en éste capítulo, y para la conversación aún te espera algún tiempo más, lo siento. Venga, chica, hasta pronto y que todo te vaya bien!

Marc: aquest cop has estat breu i concís, eh? Jejejeje, weno, espero que em diguis que et semblen els següents. Fins aviat!

Lladruc: jejejejeje, trankil, quan un problema entra en vénen més, ho sé. T'ho esperaves? Mmm… de moment només ha estat una afirmació d'en Harry, encara falta veure com es desenvolupa tot, si ho acaba fent o no, i què passa després. Espero que segueixis per aquí. K vagi bé, noi!

El capítulo de hoy es algo extraño. Lo empecé antes incluso de colgar el 17 pues me quedé sin línea durante unos días, así que el inicio es fiel al esquema que tengo planteado. Sin embargo, la segunda parte es completamente nueva, fruto de un día aburrido y sin nada más que hacer. Incluso he cambiado el título. Se podría decir que tiene algo de relleno, pero después he visto que no va a ser así. El nuevo desarrollo me servirá para explicar mejor algo que vendrá más adelante (o no, quien sabe), así que por ello lo he dejado y he preferido colgarlo ahora que no continuar páginas y páginas eliminando importancia a elementos clave.
¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que lo único que vais a comprender con lo que os he contado de historia será el inicio, lo demás son repercusiones futuras (no tan lejanas, cabe decir).
Total, que a leer y se acabó. Nos vemos, gente!

-Ithae-

PD: Seguid con los reviews! (¿debo pedirlo en cada capítulo? sniff...) Merci beaucoup!


Capítulo 18 – La marca de hierro

- ¿Cómo?

Tardó un poco a reaccionar. Aún le parecía que todo había sido cosa de su imaginación, era imposible que lo hubiera dicho. Pero su mirada seguía igual, imperturbable, firme y resuelta, como si la decisión ya hubiera sido hecha, como si nada pudiera hacerlo retroceder. ¿Había escuchado bien? La fatiga y las dudas que le habían seguido las últimas semanas debían haberle debilitado más de lo que creyó posible. Incluso ahora oía estupideces.

- ¿Qué acabas de decir?- repitió cautelosamente.

- Lo que has oído: voy a unirme a Lord Voldemort.

- ¿Qué vas a hacer qué?

- No creo que sea necesario decirlo otra vez, Draco.- dijo entrecruzando los brazos.

- Vamos, hombre¿pero qué idiotez estás diciendo¿Que vas a hacerte un mortífago¿Tú?

- Sí, yo. ¿Algún problema con esto?- dijo desafiante.- ¿Pero qué te pasa? Eres un mortífago, tu señor me quiere vivo o muerto, y encima que me ofrezco y te doy la posibilidad de recibir galardones por ello… parece que no estés conforme. ¿Te encuentras bien?

- ¿Estás majara! Aquí el único que no está bien eres tú, imbécil. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?- exclamó alarmado y casi fuera de sus casillas, algo que impactó a Harry.

- Por supuesto. No te lo diría si fuera una broma.

- ¿Por qué¿Por qué quieres hacerlo, a qué viene todo esto¿Acaso es un plan…?

- No es ningún plan, lo he decidido por mi propia cuenta.

- ¿Entonces…?

Dejando toda su firmeza y dureza, Harry se desarmó mostrando una debilidad que el chico nunca había visto en él. Aún cuando no podía verle la cara podía sentir su temor, un miedo casi irracional hacia algo que no comprendió. Le parecía verle al completo, como si hubiera dejado caer la máscara que hasta entonces le había protegido escondiendo sus sentimientos tras una caja de acero.

- Harry… Esto no va a ser fácil. Vivir como un mortífago no sólo es llevar máscaras y trajes negros. Te verás obligado a hacer cosas… cosas que no desearás hacer.

- ¿Y qué puedo hacer! Yo…- "Yo quiero vivir… ¡Quiero sobrevivir!" se dijo con desesperación.- Dijiste que hay cosas que sólo se pueden conseguir con un camino. Yo también tengo un sueño… no voy a permitir que mi vida sea decidida por un destino que no me pertenece. Voy a construir mi propio futuro.

- Pero… ¿Estás dispuesto a todo¿Incluso a matar?

Harry le miró con intensidad. "Matar o ser matado…"

- Sólo yo decidiré esto.- dijo con seguridad.

-.-.-.-.-.-.-

Desde aquél día había pasado ya una semana. Una larga semana sin ninguna respuesta, y la navidad empezaba a inundar el ambiente del castillo haciendo que un calor de felicidad e ilusión inundara los corazones de los alumnos. Aunque no todos se sentían igual.

Harry estaba echado en la cama, en silencio, mirando más allá del techo y sin nada en qué pensar. Al menos, nada relacionado con el examen de Defensa que tenía dentro de dos días, esto no era más que un punto sin importancia.

Aún cuando había coincidido con Draco en varias ocasiones, éste apenas le había dirigido una sola palabra. No lo comprendía.

"No lo he tomado a la ligera…" se dijo buscando un alivio. ¿Acaso pensaba que era una trampa? O quizá había llegado a la conclusión de que estaba loco. Bueno, en éste caso quizá estaba en lo cierto.

"Asesino o víctima"

"No." sentenció con resolución. La única salida a éste pozo era la muerte. Una muerte prematura y sin sentido. Un sacrificio. Y no iba a consentirlo, no iba a permitir que su vida fuera un objeto de los demás. ¿Estaba solo?

El Bien… luchar por él le llevaría a la muerte hiciera lo que hiciera. Pero… había una salida a ella, una escapatoria, un camino que le llevaría a forjar su propio destino, su propio futuro y, por encima de todo, le daría la vida. Eso era todo cuanto ansiaba.

"Voldemort… Si para Dumbledore soy un arma muy preciada, estoy seguro que para él también lo seré. Y sobreviviré." pensó con una alegría enfermiza. Se había terminado sufrir, pensar que su existencia no le pertenecía, se había terminado el miedo. Si el Bien le causaba la muerte, el Mal le daría la vida.

"¿Estás dispuesto a matar?" Las palabras de Malfoy rodaron por su cabeza. Matar… ¿Mataría incluso a sus amigos¿Por sobrevivir? "Sólo yo lo decidiré" ¿Iba a ser tan fácil?

Suspiró.

Pero ellos… A ellos no les importaba si moría, les daba igual sacrificar su vida mientras pudieran sobrevivir…

Cerró los ojos y se recostó de lado con las mandíbulas cerradas con fuerza.

"¡No soy más que un sacrificio que les llevará a la libertad!" Estaba enojado. ¿Por qué debía sufrir tanto¿Por qué pensar un poco en su propio bienestar debía hacerle sentir tan mal? No era justo. ¿Por qué por una vez no podía ser egoísta y mirar por sí mismo!

- Basta.- dijo levantándose y disipando todas sus dudas.- Esta vez yo voy a decidir.

El rumor de voces en la sala común frenó sus pasos. Los alumnos se habían concentrado alrededor de la tabla de anuncios hablando sin cesar, entre risas y juegos. Harry, aunque en un primer momento no quiso darle importancia, al final se sorprendió a sí mismo al verse dirigir sus pasos hacia la multitud con un pose de clara indiferencia.

- ¿A qué viene toda ésta concentración?- preguntó al primero que vio.

- Han suspendido la salida a Hogsmeade.

- ¿Y por esto tanto jaleo?

- No. Es que van a hacer un baile de navidad.- exclamó una chica a su lado, cosa que hizo bufar con desagrado al muchacho de tercero que le respondía.

- ¿Un baile?- dijo incrédulo.

- Es obligatoria la asistencia…

- ¿Alguien sabe una fórmula incurable para enfermar?- dijo inclemente un muchacho de entre el grupo.

- ¿Alguien sabe como morir temporalmente?- secundó otro con desesperación.

Los chicos, a diferencia de las chicas, lucían caras de susto y agudo pesimismo, como si se encontrasen al borde mismo de la vida. Aunque también había quienes se lo tomaron con mucha más diversión que otros.

- ¿Crees que Madame Promfrey puede curar un brazo roto en menos de un día?

- Mejor rómpete dos, por si acaso.

- ¡Sólo diez días¿Cómo quieren que nos preparemos con tan poco tiempo?- gritó con histericismo una chica de quinto.

Divertido al ver la exaltación que había despertado entre los alumnos aquella noticia, siguió su trayectoria hacia fuera de la torre.

Un baile… No es que le viniese mucho de gusto, la última vez había sido desastroso, pero… Bueno, podía ser interesante. ¿Qué podía perder?

Se echó hacia atrás los mechones que le caían por la cara y se preguntó si no era hora ya de hacerse un buen corte. Era tal su longitud que podía hacerse una pequeña coleta de haber querido. Y debía admitir que no le desagradaba la idea.

Saltó los últimos escalones y se detuvo. ¿Qué podía hacer? Fuera hacía demasiado frío, y la verdad es que lo que menos deseaba en aquellos momentos era pasar temblores y resfriados. No tenía especialmente ganas de comer nada, aún cuando apenas había merendado. Y tampoco quería regresar a la sala común estando tan llena de gente como estaba. Así que sólo le quedaba un lugar, la biblioteca. A no ser, claro, que cogiera un libro y se pusiera a leer en el comedor. Ahora estaría casi vacío…

Suspiró. Debió de haberlo pensado antes.

Decidido a no volver a recorrer el mismo camino, sacó la varita e invocó el libro de hechizos que había sacado de la biblioteca hacía poco más de dos días. Hechizos avanzados II. Lo que podía llegar a hacer el aburrimiento…

Distraído, y mientras esperaba a que llegase aún cuando no fueran más que unos segundos, desvió su mirada hacia el techo con las manos en sus bolsillos y la espalda recostada en la pared. "Quizá sea el último…" se dijo mientras pensaba que pocas veces se habían vivido bailes en aquél castillo. Quería a aquella escuela, realmente la amaba. No iba a permitir que nada la dañase. Al menos, era lo único que podía hacer por ella.

Cogió el libro justo en el momento que llegaba a él y se incorporó. Ni siquiera se molestó en pensar que podía ser castigado por haber usado magia fuera de aulas.

Entró en la gran sala y se sentó al extremo de la mesa Gryffindor con el libro entre sus manos. Un par de velas se encendieron al sentarse dándole luz. Afuera era ya oscuro y el ambiente era realmente acogedor.

- Un café con leche, por favor.- dijo a media voz.

Un par de minutos después una taza humeante aparecía enfrente. Echó una cucharada de azúcar y sorbió un poco de aquella relajante bebida. ¡Ah, cuánto le gustaba aquel momento! Adoraba la tranquilidad que inundaba el comedor, sentirse relajado y en paz, sin nada que pensar, en silencio… Y aún haber poco más de quince alumnos en la sala, todos ellos parecían disfrutar igual de aquellos instantes.

Abrió el libro por la página 211 y empezó a leer.

Pasaron los minutos sin darse cuenta. El tiempo iba pasando lejos de él, en otra dimensión, como si no fuera algo importante. La misma concepción de espacio desaparecía. Las letras iban fluyendo hacia él, impregnando sus ojos con suavidad, acariciando los conocimientos y su propio pensamiento. No era capaz de comprender el cómo o el porqué, pero los trazos se descomponían sobre las páginas para, tras ser absorbidos por su mirada, recompilarse en su cerebro, tomando la forma correcta en su memoria.

- ¡Al fin te encuentro!- refunfuñó alguien a su espalda. No tuvo necesidad de girarse pues su interlocutor enseguida ocupó un lugar a su lado.

- Pensaba que no existía…- murmuró algo molesto sin siquiera mirarlo.

- No ha sido fácil, he estado bastante ocupado.

- ¿Tanto cómo para desviar la mirada?

- Debía mantener distancias, Harry. Quizá tú no te has dado cuenta de ello, pero tu espalda ha estado más vigilada que de costumbre.

- ¿Más que de costumbre? Esto ya es decir mucho…- dijo con ironía.

- Supongo.- se encogió de hombros y cambió su postura por otra de total seriedad y confidencialidad.- Bromas aparte. ¿Aún deseas seguir?

A Harry no le hizo falta pensarlo más de una vez, su decisión era absoluta. Así, al ver su completa resolución, soltó un suspiro de resignación y negó con la cabeza.

- Muy bien.- con una fugaz mirada se aseguró que nadie más prestara atención a su reunión, algo no muy difícil teniendo en cuenta que los pocos que permanecían en el lugar estaban demasiado sumergidos en sus cuestiones como para preocuparse por otras más.- La anulación a Hogsmeade ha eliminado una oportunidad fácil… sin embargo tenemos otra que a pesar de complicar un tanto las cosas, puede ser eficaz.- cerró unos instantes los ojos y pareció buscar la mejor forma de describirlo.- Durante el baile nos colaremos fuera de la escuela. Debemos ser discretos, no será sencillo teniendo en cuenta que vas a ser el punto de vista principal. Así que mejor vete buscando una buena pareja, asistirás al baile.

- ¿Cómo?- exclamó incrédulo, algo que recibió una mirada de reproche por parte del chico.

- ¿Quieres hacerlo o no?- dijo con irritación. Al ver que Harry cerraba la boca en acuerdo, decidió continuar.- Usaremos un traslador. La mansión está protegida, pero se abrirá por un tiempo limitado, después volverá a ser inaccesible. No podemos perder tiempo.- calló unos instantes rumiando en algo, y en un susurro más para sí mismo que para ser escuchado añadió:- El viejo no lo pondrá fácil.

- ¿Crees que sospecha algo?

- Prohibir la salida al pueblo no ha sido sólo debido al último incidente…

- ¿Y entonces por qué hacer el baile?

- La mayoría de los alumnos se quedarán por navidad. Ha sido un recurso necesario.

- Habrá vigilancia.

- No dudo de ello. Pero esto es algo que nosotros debemos solucionar.- dijo pensativamente.- Hagamos lo que hagamos debemos conseguir escapar de aquí, no vamos a tener ninguna protección hasta llegar.

- Habrás pensado en una solución¿no?

- Esperaba que me ayudaras con esto. Al fin y al cabo tú eres el experto en pasar inadvertido…- puntualizó con picardía.

El chico apartó la mirada pensando sobre ello. ¿Cómo lo iban a hacer? Debían conseguir escabullirse de la fiesta sin que sospecharan, pasar por encima de toda la guardia… No iba a ser fácil.

- Cuando lleguemos te presentarás ante mi señor- dijo algo incómodo.- y realizarás el acto de entrada.

- ¿Y qué deberé hacer?

- Te lo explicaré al llegar.- se levantó del asiento y, sin mirarlo, añadió:- Ve pensando en la solución. Nos vemos mañana.- le palmó la espalda a modo despedida y se fue por donde había llegado.

-.-.-.-.-.-.-

Estaba solo, sintiendo como el gélido aire de la mañana impactaba contra su cara helándole la piel y enrojeciendo la nariz, incluso le dolía la garganta al respirar aquél soplo cortante. Pero a pesar de aquello seguía disfrutando del vuelo.

La sesión de entrenamiento hacía días que había sido suspendida por falta de jugadores disponibles, así que aquello se había convertido en algo solitario, perfecto para desahogarse y sentirse, si bien un poco, libre.

Viró la escoba con perfecta sincronización y dejó que fuera ella la que guiara el vuelo. Era algo extraño. Sabía que la escoba no tenía vida, que era algo sin existencia espiritual ni voz para decidir, pero no era ella la que gobernaba e impulsaba su vuelo, sino la magia. La voluntad de la magia le movía, incesante, salvaje, libre, llevada por una corriente invisible hacia un punto que estaba más allá de su comprensión. Sólo… se dejaba guiar.

Miró todo lo que se extendía a sus pies y sintió un ligero sentimiento de tristeza. Pero enseguida lo desechó al tomar rienda de la escoba y obligarla a ascender internándose entre las húmedas nubes, lejos de la vista que ofrecía un navideño Hogwarts. Siguió subiendo hasta que lo único que podía ver eran las cimas nevadas de las montañas vecinas, se detuvo donde los rayos del sol traspasaban tímidamente las densas nubes blancas, allí estaba bien. El aire era casi irrespirable, pero le sentaba bien, el frío lo despertaba disipando todos sus pensamientos, endureciéndole y preparándole en su decisión. Estaba listo.

Invocó la magia a su alrededor protegiéndole dentro de un pequeño capullo de calor. No necesitó más. Inspiró un par de veces entrecerrando los ojos y se lanzó al vacío en una caída completamente vertical, donde la gravedad distorsionaba el espacio y el tiempo, donde sólo existía un absoluto vacío.

Con un perfecto control, la peligrosa caída se convirtió en un vuelo a ras de suelo donde la adrenalina se neutralizaba relajando su respiración acelerada. No le hacía falta forzar la escoba, la magia estaba perfectamente acompasada con su mente, de tal forma que el instinto reflejaba sus actos ampliando su campo de reacción, tanto física como mágicamente.

La escoba dio un par de vueltas más por el campo a poca velocidad, y se elevó escapando de los límites del terreno de juego.

La nieve cubría las ahora escondidas hojas verdes del césped bien cuidado dando una visión paradójicamente cálida al paisaje, infundiendo un sentimiento de festividad y alegría, invitando al alma a relajarse junto a un cálido fuego y una cómoda butaca de piel. No había nadie que pudiera resistir a aquél sentimiento, que pudiera ignorarlo. Era Navidad.

La salida matutina le había ido bien. Ya no tenía dudas al respeto, todas habían desaparecido al igual que la lluvia arrastra los restos de sangre del suelo. Estaba preparado, listo. Mañana todo iba a terminar, todo iba a empezar. Mañana…

Desmontó la escoba y la miró una última vez. Reluciente, perfecta, fiel… una de sus más preciadas adquisiciones. Realmente la iba a echar en falta.

Cruzó la entrada expulsándose la nieve de encima sus hombros y encaminó directo hacia las escaleras. El calor empezaba a deshacer el hielo convirtiéndolo en agua que empapaba sus ropas. Pero tampoco era importante, iba a darse una merecida ducha que lo reanimaría mucho más que un vaso de leche caliente. Aunque, por supuesto, esto venía después.

Un grupo de chicas se cruzaron con él entre risitas de complejidad y miradas disimuladas, frenando su avance hacia el comedor en busca del desayuno, observándole con enrojecido interés. La sensación que le produjo le sorprendió. Se sintió bien, realmente bien, incapaz de esconder una altiva sonrisa y un gesto medio inconsciente al retirarse el mechón que le caía en la cara. Incluso él disminuyó la velocidad dando tiempo a que siguieran mirándole mientras destacaba su escoba y la ropa mojada por la ya fundida nieve. Y no fue hasta doblar a la derecha saliendo de su campo de visión cuando se percató realmente de sus movimientos. ¿Desde cuándo actuaba así? Aunque tampoco había estado tan mal… estaba complacido.

Subir las escaleras hasta su torre nunca había sido tan divertido y gustoso. Sólo con ver que el interés que despertaba su imagen ya no era de compasión o respetuosa reverencia e incluso desprecio, le animó elevando su autoestima, haciéndole ver que no sólo era famoso, sino también atractivo. Era atractivo. Le gustó.

Cruzó el cuadro de la Dama Gorda con un "Navidad de miel" y siguió su camino hasta la habitación. El buen humor le permitió corresponder con una seductora sonrisa a las chicas que se cruzaban en su camino y un asentimiento de cabeza a aquellos que le saludaban al verle. Así era, se sentía bien.

Dejando las cosas encima la cama y cogiendo lo que necesitaba, entró en la ducha con el corazón alegre. No sin antes hacer una rápida ojeada a su reflejo. Un joven chico de diecisiete años le correspondió con una expresión de absoluta confianza, autosuficiente, dueño de sus propios actos, poderoso y seguro de sí mismo. Un chico en todos los aspectos perfecto. Incluso la cicatriz que le identificaba parecía atractiva.

El agua cayó dulcemente por su cara, resbalando por todo su cuerpo, templándolo y transmitiéndole el calor que poco antes sólo la magia le había proporcionado. Cerró los ojos con placer y dejó que el líquido le masajeara.

Había cambiado… ya no era el de antes, como si el haber podido decidir le hubiera transformado en otro Harry, uno de muy distinto. Un Harry dispuesto a todo, con perfecto control sobre su destino, porqué éste ahora ya no era el mismo. Pero… ¿hasta qué punto había cambiado? Quizá había encontrado su camino¿pero era éste el que deseaba? Debía admitir que siempre había deseado con aquella nueva imagen… ¿pero era ésta consecuencia a su nueva vida¿Iba a ser real? "Bueno¿qué más da?" se dijo poniendo fin a aquellos absurdos pensamientos. No tenía sentido preguntarse todo aquello, era realmente absurdo. ÉSE era el nuevo Harry, a él le gustaba, lo quería. Y quien no estuviera conforme… en fin, era su problema.

A conciencia, se enjabonó el pelo hasta que el negro desapareció bajo una masa esponjosa blanca que olía a menta. Dejó correr el agua y frotó hasta que toda la espuma hubo desaparecido para, después, dejar un par de minutos más sintiendo como el paso de las gotas estimulaban su piel con placenteros cosquilleos. Quizá la ducha era más rápida e incómoda al estar de pie, pero el tacto con el agua era mucho más intenso, como si ésta pudiera relajarle con su paso.

La gran toalla blanca colgaba en la puerta tras el pequeño biombo que impedía escampar agua por doquier. La tomó y se secó la cara cubriéndola con ella, sintiendo su tacto suave y peludo con perfume a lavanda. Y de no haber sido por el hambre que llevaba encima pues iba en ayunas, se habría quedado unos minutos más. Pero tenía trabajo por hacer.

Despierto, se vistió con rapidez y se apresuró en bajar las escaleras hacia el gran comedor donde muchos estaban ya disfrutando de un alegre desayuno.

- ¡Buenos días, Harry!- exclamó un inquieto Collin. Hacía poco que le habían quitado el yeso de la pierna por lo que, si antes había estado en incansable movimiento, ahora era peor. Cualquiera hubiera pensado que tenía agujas en el trasero.

- Buenos días, Collin.- respondió, más por mecanismo que por sentir realmente gracia en hacerlo. Sin embargo, el humor aún no había desaparecido. Un par de alumnas de Ravenclaw desviaron sus miradas al oírle y enseguida sonrieron. El efecto que producía le resultó estimulante.

- ¡Al fin Navidad¿Ya tienes pareja?- dijo entre saltos. Casi todos a su alrededor le oyeron, aunque en realidad fueron las chicas quienes prestaron total atención.

Harry, sin sentirse intimidado por la situación ni nada que anteriormente hubiera podido sentir, sonrió con suficiencia y un deje de rebeldía.

- No.- en realidad, aunque acababa de comprobar que ésta vez podría tener a la chica que quisiera como pareja sin tener que pedirlo entrecortadamente, la mera idea no terminaba de complacerle, como si no hubiera ninguna que pudiera llegar a sus objetivos.

- ¿No vas a ir al baile?- preguntó con más confidencialidad Dean.

- ¿Crees que me lo perdería?

En su tono había seguridad y un tanto de insolencia, una confianza que sorprendió a su compañero y cortó las preguntas que el entusiasta Collin tenía preparadas para hacer. En su mirada, un desdén calló a los dos chicos.

Sonrió con burla para sus adentros.

Mordió con gusto su tostada con mermelada de frambuesa y sorbió un poco de leche. Nunca antes había probado algo tan delicioso¿o era quizá que nuca hasta entonces se había sentido igual? Fuera como fuere estaba contento y feliz, realmente alegre.

- Chicos, apresuraos a terminar.- dijo Parvati dejando a un lado la toalla.- Hoy vamos a tener trabajo…

- ¿Y qué nos han dado ésta vez?- preguntó sin demasiado interés.

- Debemos limpiar y lubricar todas las armaduras.

- ¿Todas!- exclamó con horror su compañero.

- Eso es, TODAS.- algo sulfurada, la otra estudiante del curso remarcó la palabra dando a entender que no estaba nada de acuerdo.- Parece que no se dan cuenta que somos sólo cinco, y encima Héctor está enfermo… ¿Cómo podemos hacer todo esto en un sólo día?

- Bueno, ayer nos tocó la torre este, y aunque sólo era una aula, nos llevó horas terminar. Además, no hay tantas¿verdad?- dijo Dean en modo conciliador.

- Trescientas cincuenta y seis.

- ¿Y tú cómo lo sabes?

- ¿A quién crees que le ha dado el horario de tareas McGonagall?- declaró con orgullo.

Derrotado, el chico dejó caer la cabeza encima la mesa apartando la comida de enfrente.

- Esto no son vacaciones…- murmuró con pereza.

Harry no dio importancia al asunto. No era que le gustase dedicarse a tareas por el castillo, pero poder utilizar la magia como ayuda era realmente entretenido y divertido, mucho más que pasarse horas y horas sin saber qué hacer.

La mañana siguiente de empezar las vacaciones navideñas les dieron la noticia del baile en medio de la cena. Pero no sólo eso, sino también sus nuevas obligaciones. Como todos los alumnos se quedaban en la escuela por orden expresa del Ministerio dentro de las medidas de seguridad pues temían un nuevo ataque por aquellas fechas con el regreso de los pequeños en las casas, la escuela había empezado un horario "festivo". Todos los alumnos participarían en el arreglo del castillo. Así, divididos por cursos y colaborando entre las casas en busca de una mayor unión, los jóvenes magos se vieron sumergidos en las largas tareas de limpieza y ornamentación. Aunque debían admitir que no resultó ser tan aburrido y tedioso como imaginaron en un inicio. Aquello les proporcionó la oportunidad de usar pequeños trucos mágicos del hogar y de ampliar su lista de amistades con la colaboración de equipo. Sin embargo, los más grandes tenían distintas órdenes.

Cada curso de séptimo, con sus propios integrantes, tenían la obligación de realizar tareas en solitario, independientes de las demás casas y grupos, lejos de cualquier colaboración. No se cuestionaron aquello, el trabajo encomendado les mantenía demasiado ocupados como para poder tener tiempo a quejarse, pero aquello no evitó que Harry sintiese la extraña sensación de ser manipulado. Por un lado debían potenciar la unión entre casas y evitar así la creciente división que había separado la escuela en los últimos años… pero por otro, no podían permitir que se juntara aún más con Slytherin, más concretamente con Draco. Y percatarse de aquella jugada, una jugada en la que él era el principal jugador, no hacía sino hacer crecer su rencor hacia aquellos que antaño había considerado amigos y confidentes. Aquellos por los que habría dado su vida sin llegar a cuestionarse su acción. Pero ya no.

Los cuatro, Parvati, Lavender, Dean y él, se equiparon con unas batas grisáceas manchadas con tacas de colores y restos de polvo, las mismas que habían usado el día anterior, y se encaminaron hacia el último piso al que se podía acceder con las escaleras principales.

Debía reconocer que trabajar los cinco en una misma sala, pues entonces Héctor les ayudó, había sido realmente divertido. La torre este estaba lejos de ser como las otras. Tras hacer la mayor parte de ella con poco más de tres horas, tuvieron que internarse en una antigua clase llena de viejos objetos y libros repletos de polvo y telarañas. No les pareció que les ocuparía mucho, no debía ser más grande que el comedor de la casa de los Dursley… Los pupitres estaban apretujados, resultaba increíble creer que allí habían permanecido durante largas horas dedicados alumnos inmersos en los estudios. ¿Cómo podía sentarse uno con nada más que un par de palmos de distancia entre su pupitre y el de atrás? Aunque, tras observar mejor la estancia, llegaron a la acertada conclusión de que la magia había hecho un gran trabajo en aquél lugar.

Tuvieron que luchar contra libros que mordían, volaban, se encogían y engrandaban y otros que cambiaban de textura o hasta se convertían en animales correteando por toda la clase. La pizarra se ponía a escribir sola, las sillas, al igual que las mesas, parecían ser de plomo de forma que era casi imposible moverlas incluso con la magia. Los animales que habitaban en el lugar se enfurecían clavando sus colmillos, intentando inyectarles veneno e incluso duplicándose de forma que resultaba imposible cogerlos a todos hasta que atrapabas al auténtico.

El resultado de aquello fue un chico en la enfermería con un brazo lleno de escamas, las dos muchachas con el pelo chamuscado y un Dean creyéndose un ratón. El único que consiguió salir ileso exceptuando un par de rasguños y manchas, fue Harry. Y la verdad era que, a pesar de todas las maldiciones que tuvo que soltar al escaparse su presa, se había entretenido a gusto.

- Las armaduras no querrán luchar contra nosotros¿verdad? No podría soportar trescientos y tantos combates…- susurró Dean algo molesto.

Lavender suspiró con resignación y se repartieron el castillo por zonas. Harry escogió el norte a sabiendas que era ahí donde había más concentración de armaduras. Acordaron ir deteniéndose planta a planta y cuidar así de que ninguno tuviera problemas, y se despidieron.

Trescientas cincuenta y seis armaduras en todo el castillo. Según Hogwarts, la historia, cada una de ellas representaba un día del año, y según los días que lo componían, aparecía o desaparecía una de éstas. Y Harry sabía donde estaban las más agresivas, aquellas con más significado al corresponder a días especiales, conocía su posición. Se alegró de haber leído el grueso libro, iba a pasar un rato entretenido.

Aún cuando hacía poco más de tres años de su última limpieza, aquellas masas de hierro volvían a estar deslustradas y envejecidas.

- Dispersa.- dijo apuntando al bote de aceite que reposaba a su lado y que momentos antes había cargado.

Todo el líquido desapareció. Dirigió su varita hacia la larga hilera de armaduras y concentró su punto un par de centímetros por encima de sus cascos. Una extraña y alargada nube dorada tomó forma en el aire.

- ¡Aqua eriscio!

Como si una pequeña tormenta hubiera entrado en aquél estrecho pasadizo, diminutas gotas empezaron a descender desde la mágica nube resbalando por los metálicos cuerpos sin vida bañándoles con perlas de oro.

Harry esperó a que la nube desapareciera por completo. Sin poderlo reprimir, un estornudo le hizo cerrar los ojos buscando desesperadamente un pañuelo. El olor a lubricante resultaba un tan molesto. Tan pronto se recuperó, volvió a mover la varita recuperando todo el aceite sobrante tanto del suelo como de la superficie de las armaduras rellenando de nuevo el bote.

Cubriéndose la nariz con la manga, hechizó los trapos viejos y amarillentos, y les ordenó el completo lavado de aquellas extrañas estatuas. No esperó mucho a buscar un pañuelo para cubrirse la cara en medida de seguridad, lo menos que deseaba era intoxicarse.

Entre ruidos de limpieza, Harry fue caminando disciplinadamente por el extenso pasadizo evaluando el trabajo. Con un sentimiento gratificador, sonrió orgulloso de su labor, contento con los resultados que estaba viendo. Los trapos se movían frenéticos lustrando y abrillantando las armaduras hasta dejarlas más relucientes incluso que cuando fueron creadas. Los que habían terminado regresaban a su punto de partida, inmóviles al lado del renovado aceite.

Se recostó en la pared frente a un precioso tapiz y lo observó distraídamente mientras esperaba. Había sido labrado con cura y precisión, relatando las riquezas de algún poderoso rey del pasado con sus tierras y su castillo. Caballos galopando por las praderas, gente trabajando en el campo, y doncellas descansando bajo un árbol entre risas y comodidades, lejos de las tediosas labores de los campesinos. Algún apuesto caballero jurando fidelidad y servidumbre a su señor… Las riquezas descritas mostraban una época de fantasías épicas, con grandes historias de héroes y princesas, de dragones y proezas. Un par de altos candelabros custodiaban el gran tejido, o lo habían hecho pues su llama permanecía apagada bajo una capa de polvo.

Escuchó un último movimiento y volvió la vista para ver como un solitario trozo de tela volaba junto con los demás.

Tomó el bote y los paños, y encaminó de regreso a la escalera a esperar a los demás. A sabiendas que aún tardarían algún tiempo más, decidió sentarse en los peldaños para descansar. No era que realizar aquella magia le hubiera cansado, pero si aún le quedaban algo más de cien armaduras por limpiar era mejor que aprovechara aquellos instantes para aliviar el desgaste que le suponía mantenerse en pie. Al menos, así lograría terminar el día mucho más ligero.

A pesar de encontrarse medio dormido con la cabeza apoyada en la pared, enseguida se recuperó al ver como Lavender y Dean se acercaban a él sucios y algo cansados. Y sólo habían hecho el primer piso…

- ¿Hace mucho que has terminado?- preguntó Dean mirándole con sorpresa.

Harry observó el reloj viendo que hacía casi una hora que llevaba esperándolos.

- No mucho.- respondió bostezando con pereza.

- ¿Pav aún no está aquí?- dijo la chica mirando a su alrededor.- Si que tarda…

- Id a echarle una mano, ya me ocupo yo del quinto piso.

- ¿Vas a hacerlo todo tú solo?- exclamó maravillada.

Se encogió de hombros y alejó sus pasos de ellos. De haberlo sabido hubiera empezado antes… Volvió a bostezar y se rascó la cabeza inconscientemente. Quizá podía montar un pequeño juego ésta vez… Seguro que terminaba antes de que los demás llegaran hasta él. Con sorpresa, se dio cuenta de que estaba en otro nivel. No era como ellos, hacía ya mucho que había dejado de serlo. Por un lado le pareció atemorizador, pero por otro, se sintió fuerte, poderoso… invencible.

Siguiendo el mismo proceso, rápidamente terminó con el ala este y oeste, la sur le retrasó un poco más, pero la más interesante era sin duda la que había escogido y la que dejó para el final. Ésta vez sólo habían una veintena de armaduras, sin embargo eran las más especiales de todas y, entre ellas, la destinada a Todos los Santos, el día de los muertos.

Su aspecto era de pura reverencia. Joyas de oro y diamantes, una larga capa de seda roja con trazados dorados, cubierta de vetas de plata y un grueso baño de esmalte negro que la hacía parecer una perla oscura, reluciente entre la oscuridad. Los relieves dibujaban sinuosas formas por su estructura, dibujos hechos por manos artesanas, grabados en el metal que hacían por sí solos de joyas incrustadas. Sujetaba una gran espada con la escritura de las runas inscrita en ella a lo largo de la larga hoja y alrededor de la empuñadura de piel y esmeraldas. Harry quedó absorto por aquella belleza, incluso los cuernos incrustados en los cascos y las puntiagudas hombreras la hacían parecer aún más majestuosa a sus ojos, aunque muy seguramente habría sido el único que se emocionase ante ella pues toda su imagen parecía emitir un sentimiento de oscuro poder y crueldad.

A su lado, otras armaduras se levantaban majestuosas, ninguna como aquella, pero todas ellas distintas a sus congéneres instaladas por doquier.

Sonrió al pensar en lo que iba a hacer.

Encantó la sala dónde estaba insonorizándola y cerró las salidas de forma que nadie pudiera entrar, ni tampoco salir. Ahora estaba solo.

- Bien… ¿qué tal una pequeña lucha?- dijo mirando directamente hacia la gran armadura negra que tanto le había hipnotizado.

Se acercó a ella y, sin comprender el cómo o el porqué, alargó la mano a la espada agarrándola por el filo, cortándose con él y permitiendo que un fino reguero de sangre manchara la plateada hoja. Las runas se iluminaron con un leve resplandor verduzco y la mano que la empuñaba cobró vida.

Apartándose sin entender lo sucedido pero sin más importancia para él, Harry observó maravillado como la gran mole de hierro salía de su pedestal espada en mano, directa hacia él. Sus movimientos, aunque nacieron lentos, empezaron a cobrar vida con cada paso.

Cerró la mano derecha haciendo caso omiso al dolor del corte, y flexionó ligeramente sus piernas preparado para la acción que sabía que no iba a tardar en tener. Había aprendido lo suficiente en duelo como para saber que delante un combate la rigidez frenaba los movimientos. Y ésta vez iba a ser distinto. Su contrincante carecía de sentimientos, no conocía dolor o derrota, no tenía corazón, no tenía la palabra piedad en su mente pues ésta no existía.

La armadura usaba fuerza física, ningún tipo de magia excepto aquella que la movía con una falsa vida. Y Harry luchaba de forma completamente opuesta. No tenía tiempo para vacilar. Debía pasar a la acción manteniendo la distancia, era el único modo de hacer frente a los golpes directos. Así, como si fuera un experto luchador, extendió la varita hacia delante con un sencillo pero potente expelliarmus capaz de hacer caer hasta el más grande titán. Pero, en vez de estrellarse contra la imponente armadura, el hechizo desapareció poco antes de dar con ella. Confuso, Harry no comprendió qué había podido pasar. ¿Quizá no había apuntado bien? Esquivando un peligroso mandoble, se lanzó rodando por el suelo y contraatacó con otro hechizo. De nuevo, se desvaneció.

Estático, miró incrédulo a la gran mole que seguía encaminándose hacia él. ¿Qué sucedía? Estaba seguro que la magia había fluido de él hacia su objetivo…

Los reflejos le apartaron a tiempo de recibir un golpe directo en su cabeza capaz de destrozar hasta el más grueso muro. Viendo con sorpresa como aquél grupo de piezas de hierro cada vez se movía con más agilidad y rapidez, no se percató de que la espada cada vez resplandecía con más fuerza, como si la sangre que poco antes había probado ahora fuera su fuente de energía. Otra estocada mortal se ciñó encima de él. Inconscientemente, recurrió a la magia creando un escudo irrompible. Al menos, así debería haber sido. Pero tan pronto como la espada tocó el áurea azul que le rodeaba, éste desapareció. Y ahora lo había visto. Había visto como las runas se encendían con un fuerte fulgor blanco absorbiendo al instante la energía que había invocado, incrementando su propio brillo tras ello.

- Maldita sea…- gruñó al rodar hacia su derecha al tiempo que el mandoble se clavaba en el suelo con un irritante golpe sordo.- ¿Pero qué es ésta cosa?

Lo que debería haber sido un combate entretenido se estaba convirtiendo en una molestia. No se sentía apurado, siempre era capaz de detenerlo anulando la magia de la habitación. Aquello le dejaría sin fuerzas, incapacitado, pero al menos lo detendría. Sabía que si las cosas se torcían no iba a tener otro remedio, sin embargo no quería llegar hasta tal extremo.

Invocó unas cuerdas que inmovilizaron los pies de la misteriosa armadura y que le hicieron caer al suelo con gran estruendo, y se maldijo al cubrirse las orejas por el ruido que había provocado. ¡Si no hubiera aislado aquél lugar lo habría oído toda la escuela!

Levantándose con un gruñido, aún le dolía el hombro izquierdo por la caída, hechizó otras cuerdas que terminaron de atarlo teniendo bien en cuenta de no tocar a la brillante espada. Estaba convencido de que era ésta la que hacía desaparecer sus hechizos.

La armadura permaneció inmóvil, la espada, al igual que la mano que la empuñaba, se había estrellado lejos del cuerpo ahora atado. Seguía refulgiendo con la misma intensidad que antes, quizá más, y a Harry no le hizo la menor gracia tener que acercarse a ella. Pero había encontrado algo interesante, aquellas runas, fueran las que fuesen, eran interesantes.

Con la curiosidad en alza, el chico se acercó al arma con los sentidos alerta, cuidando sus pasos y los movimientos, procurando evitar gestos bruscos que pudieran activar aquella misteriosa fuerza.

Los trazos estaban iluminados por una débil luz de tonos verdosos. Lo que él había creído ser runas ahora no parecían tal. Aunque compartían la misma forma, su significado era completamente distinto, como si quien las hubiera inscrito fuera de otro lugar, de otra cultura… No sabía como decirlo, era como saber la escritura pero carecer de la lengua. ¿Podía ser posible?

Intentó leerlas, pero aquél cambio se lo impedía. ¿Acaso tiene significado "el perro vuela de color aceite"? Intrigado, se agachó para observar mejor la espada. Su filo era perfecto, se veía en magníficas condiciones, como si no hubiera pasado el tiempo para él, como si nunca hubiera sido usado. La hueca mano seguía agarrando la empuñadura sin aflojar su fuerza en ella a pesar de estar lejos del brazo que debía blandirla. Resultaba un tan incómodo todo aquello.

Se disponía a dejarlo cuando los trazos cobraron vida delante de sus ojos. Impactado, se dio cuenta que era capaz de leerlos sin ningún problema, como si fuera algo natural, algo innato. Pero, aunque intentó leerlos, le resultó imposible. Si no fuese porqué parecía imposible, hubiera dicho que las runas se negaban a ser pronunciadas, incluso dentro de su mente. De ellas irradiaba poder, una fuerza familiar y conocida, pero que no supo identificar.

Medio hipnotizado por aquellas formas extrañas y tan atrayentes, empezó a reseguirlas con el dedo, con la misma mano que se había cortado, haciendo que unas gotas de su propia sangre cayesen manchando el frío hierro. Unas palabras inteligibles salieron de sus labios, una suave y gélida brisa se arremolinó entorno a él, removiendo su pelo, haciendo que el helor penetrara en él. Pero el chico estaba muy lejos de allí, sumergido en un tiempo lejano, congelado en el espacio-tiempo, sin darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor. Las runas explotaron con una fuerte onda de luz inundando toda la estancia de blanco, un blanco frío y perturbador que enseguida se apagó sumiendo el tiempo en una profunda oscuridad.

Y un ruido… metálico…

De golpe, se despertó.

Estaba echado al suelo, con la mejilla encima la dura e irregular piedra, todo él impregnado de un líquido frío que le hacía castañear. Hasta que no se reincorporó no vio que se trataba de su propio sudor.

Le temblaba todo el cuerpo de forma violenta. Era incapaz de controlarla, ni siquiera se veía capaz de ponerse en pie. ¿Qué había pasado? Como si acabase de recordar lo que estaba haciendo, miró ansioso a su alrededor. Estaba en la sala donde había entrado antes, rodeado de unas cuantas armaduras, unas veinte, y una de ellas… Con los ojos como platos, vio aquella impresionante estatua de hierro encima su pedestal, completa, entera, con la espada reposando entre sus manos, indiscutiblemente intacta. No había ningún rastro de las cuerdas que antes la habían sujetado, ningún rastro de lucha en aquella habitación, nada. Absolutamente nada. ¿Lo había soñado?

Permitió que el temblor remitiera lo suficiente como para poderse levantar, y se situó justo enfrente de ella con el entrecejo fruncido. No se había equivocado, la armadura negra estaba igual que como la había encontrado al entrar.

Por un momento se preguntó si se lo había imaginado.

Parpadeó intentando asegurarse de que lo que veía era real.

La espada no tenía ninguna runa grabada. Nada. Estaba completamente limpia. Su hoja, lisa y resplandeciente, brillaba con la luz de las antorchas que iluminaban la sala. Las gemas ya no emitían aquellos destellos atrayentes, ahora no eran más que piedras viejas medio ennegrecidas por el tiempo. Toda la magia que había habido, si es que en algún momento había tenido alguna, había desaparecido.

Medio mareado, decidió que había perdido demasiado tiempo allí. Era hora de salir y continuar con su trabajo. Las armaduras, sin comprender muy bien el cómo, estaban limpias y en perfecto estado, así que no parecía que necesitaran más limpieza.

Cerró las puertas tras él y fue directo hacia la escalera, intentando respirar profundamente deseando normalizar su imagen. Pasándose el revés de la mano en un intento de secarse las pequeñas gotas que brillaban en su frente, se dio cuenta, con perturbada sorpresa, que una cicatriz más había aparecido en su cuerpo.

En su mano derecha, la marca de un corte cruzaba buena parte de la palma.