KONNICHI WA!
Agos Malfoy: hola! K tal? Bueno, espero que te guste éste capítulo pues empezamos con otra etapa. Siento haber tardado tanto (al menos algo más que el anterior), pero aquí está! En cuanto a la cicatriz… bueno, sí significará algo, no tardarás mucho en verlo. Pero de mientras, paciencia y a seguir. Nos vemos, chica!
Marla: mmmmm… no voy a responder nada de lo que me has pedido para que así puedas seguir leyendo con tranquilidad. Cuando termines ya me dirás algo, aunque sea gritarme o aplaudirme. Y con lo de caminar, sip, sólo lo saben Draco y Hermione, bueno, y el dragón claro. En cuánto a decírselo a los demás… ambos tienen sus razones. Muajajajjaja! Nos vemos en los reviews!
FFMania: para responder a tus reviews antes debo mentalizarme, aunque veo que BlackCat ha tomado muchas de tus paranoias… ¿No vas a dejar lo de las piernas? incluso sigues con esto en el msn. ¡Para de una vez! Ya tengo preparado el desenlace de esto así que calma, mujer. (y no estoy diciendo si sigue inmóvil o no) A ver si te gusta tanto éste capítulo como los anteriores… Besos, wapa.
Marc: jejejeje, no m'has matat pro… a veure k passa, juas! La meva visió d'en Harry és un tant peculiar, més aviat pq no sóc de la opinió que existeixi un blanc o un negre, sinó que tot té el seu motiu i sempre hi ha variants. I sobretot adoro la visió del heroi grec, un personatge que ha de lluitar contra el destí. Ara, que el guanyi o no ja és una altra cosa! Vinga noi, a veure què opines d'aquest capítol. Fins aviat !
Lladruc: responent a la teva primera pregunta et diré que no exactament. Però ja ho veuràs, no crec que tardi molts capítols a surtir (potser un parell o així). A la segona: doncs sí, una mica sí. Vaja, que a l'edat de 17 ja és ben capaç de veure's atractiu, no? Les hormones no tarden tant a surtir i en Harry, vulguis que no, és un noi jove en plenes facultats (a pesar de tot el k pugui tenir). I lo dels capítols…. doncs no ho sé. XD Si posem el cas que stic prop de la meitat… mmmm…. Havia contat que potser em durien unes 500 pàg de word (ara mateix en duc 230), tot i k depèn. Això d'escriure tant cansa! I tp sé si molts stan disposats a seguir-lo fins al final. Així que dependrà de com vagi tirant. Ens veiem!
Paty: bienvenida! He visto que también has dejado review al anterior fic, me alegra que te guste! Espero que sigas por aquí y vayas opinando sobre la marcha. Ayuda mucho ir viendo distintos puntos de vista. (Y alegra ver que el trabajo vale la pena) Gracias por leer y que aproveche el nuevo capítulo! Bye!
Sección freetalk:
Sólo un par de cosas a comentar… Mmmm… ¿Alguien ha
ido al Saló del Manga de l'Hospitalet? Me hubiera gustado
ir, pero en vez de esto he ido de excursión unos días
cerca del Pedraforca, una preciosa montaña situada en la Serra
del Cadí (Catalunya). Diox, un paisaje magnífico. Lo
único que me ha 'destrozado' el viaje ha sido los
desgraciados que iban por la carretera. ¿Cómo se puede
ser tan imbécil? Vamos a ver, si te quieres matar hazlo, pero
hazlo solo! Resulta increíble ver como subnormales arriesgan
tanto por la carretera poniendo en peligro la vida de los demás
que ni siquiera le conocen de nada. La verdad, me pone enferma. Tuve
que frenar hasta 3 veces seguidas para evitar tener un accidente pq
un desgraciado quería adelantar a tres coches a la vez aún
cuando le venían otros de cara. Pero claro, que se aparten los
demás! Serán ! En fin…
Mmmm… A parte de que hace algo más de un mes que no miro las
noticias para evitar lanzar la televisión por la ventana en un
arrebato de enojo, creo que puedo cerrar el freetalk por hoy.
Dudo que tengáis muchas más ganas de seguir leyendo
esto (si es que lo hacéis, de ser así os aplaudo).
Capítulo 19 UP! A pesar de muchos desacuerdos (adoro que me
digáis vuestra opinión y criterio), he decidido seguir
con mis planteamientos iniciales que pueden o no concordar con los
gustos de cada cuál. Pero, en fin, este es un fic! Que la
imaginación guíe vuestros pasos hacia las estrellas!
Hasta el prox capítulo!
-Ithae-
Capítulo 19 – Huída en Navidad
No había pasado una buena noche.
La última limpieza le había dejado agotado y sin fuerzas, apenas había sido capaz de llegar a fin de día en pie. Controlar la magia que debía sostenerlo le resultó toda una prueba de voluntad, casi no lograba mantenerse con los ojos abiertos por el desgaste. Pero debía resistir, debía evitar mostrar su debilidad ante los demás, ante sí mismo.
Y conciliar el sueño no fue difícil. Nada más dejarse caer en la cama cayó dormido. Sin embargo, no era el descanso relajante y recuperador que debería haber tenido, una fase de restauración física y mental vital para el cuerpo y que le renovaría para afrontar la mañana siguiente. Lo que tuvo fue un perturbador reposo. La voz que había escuchado y después olvidado en la sala de armaduras volvió a él desde el inconsciente, taladrando su mente en lo más profundo, impidiendo el sueño. No supo qué era, no tenía ni idea ni tampoco recordaba nada de aquello, pero un extraño y molesto sentimiento le incomodaba, como si algo le estuviera usando durante aquél tiempo de descanso.
Así, viendo que dormir iba a ser imposible, enojado al ver que el cansancio no había desaparecido, no tuvo otro remedio que levantarse y salir.
Eran las cuatro y cuarto de la mañana, nadie iba a estar despierto a aquellas horas, y seguramente aún tardarían a hacerlo. Le hubiera gustado poder descansar, aquél día iba a ser agotador, pero… en fin, quizá los nervios estaban jugándole una mala pasada.
Se había pasado las horas con los ojos cerrados, intentando relajarse en la cómoda butaca, pero de nada había servido. Cada vez que lograba caer en un ligero sueño volvía a despejarse con un gruñido de frustración. Algo le impedía dormir.
Con infinita paciencia y muchos libros en sus manos, se estaba convirtiendo en un gran estudiante, consiguió aguantar hasta que los primeros rayos de sol empezaron a bañar el cielo de tonos rojizos, cálidos, embelleciendo las blancas montañas con brisas de oro. Lanzó un último tronco al fuego y miró por última vez las llamas tan reconfortantes que le habían acompañado en su desvelo. Se ciñó la bata con un suspiro frustrado y subió nuevamente las escaleras dispuesto a cambiarse para desayunar. Al menos, ya podía hacer algo más que sentarse y esperar.
La comida no le ayudó en nada más que reponerle durante unos minutos para, después, volver a sentir el agotamiento y un extraño helor que le penetraba hasta los huesos. Aquel malestar le irritaba empeorando su humor, enojándole.
Los demás empezaron a bajar entre risas y juegos, emocionados por el día que les aguardaba. Harry también debió sentirse igual, para él también iba a ser un gran día… pero, extrañamente, en vez de alegrarse la incomodidad se apoderó de él. Debía hacer un gran esfuerzo para mantener la magia. No era que huyera de entre sus dedos pues al contrario, se sentía lleno de ella, pero… era como si se descontrolara, como si no pudiera retenerla en la forma que deseaba extenuándolo aún más. Desgastándolo.
Una punzada en el corazón le entrecortó la respiración. Por un momento, se quedó sin aire, inmerso en un tiempo en detención, en un mundo gris y sin movimiento. Todo a su alrededor se dilató. Y, aunque no llegó al segundo, para Harry resultó toda una eternidad, una dolorosa eternidad.
El aire volvió a sus pulmones con dolorosa rapidez.
Mareado, a punto de vomitar y desmayarse, el chico se plegó sacando el estómago por la boca y empezó a respirar con ansia. Un temblor invadió su cuerpo y la palidez sumió sus facciones dándole un color anormal que enseguida desapareció.
Sólo fueron unos instantes, pero para Harry fue toda una eternidad.
El colgante del dragón brilló bajo la camisa entreabierta, rozando su piel con calidez y confort. Medio escondido, el dragón dorado seguía reluciendo con toda su intensidad. Poderoso, magnífico, bello y salvaje. Harry se agarró a él como si le fuese la vida. Había sido un acto reflejo, un gesto de necesidad, como si aquella pequeña joya pudiera dar el apoyo que tanto deseaba su atormentada alma. Con un resorte y una exclamación de sorpresa y dolor, apartó la mano tan rápido como pudo.
El colgante le había quemado.
De su mano derecha salía un par de hileras de vapor aún caliente. No había sufrido ninguna quemada, había sido más un calor mágico que fuego real, como si el contacto con su piel hubiera hecho reaccionar a la joya dorada. Ésta, igual de brillante que antes, resplandecía ahora con intensidad enfriándose al contacto con el aire de invierno.
Miró a su alrededor preocupado por si alguien más había escuchado su grito, pero, al parecer, la euforia había amortiguado su voz. De nuevo, volvió la mirada a su mano cerrándola y abriéndola como si pudiera aliviar el doloroso escozor. La cicatriz era lo único que destacaba en la palma, emblanquecida y clara. Con el entrecejo fruncido, alargó un dedo y resiguió su forma cerrando con fuerza las mandíbulas reprimiendo un temblor. Su tacto era frío, helado.
Una voz que reconoció en la distancia hizo que se apresurara a esconder de nuevo el colgante con cuidado a no tocarlo, más tarde buscaría la explicación a todo aquello.
- ¡Eh, Harry!- dijo Draco golpeándole amistosamente la espalda.
El chico, tras asegurarse de parecer medianamente alegre, se giró con una sonrisa de aburrimiento y un gesto de altivez. No quería mostrar a nadie la debilidad que atenazaba su cuerpo, los mareos que amenazaban en engullirlo y el creciente frío que le hacía tiritar. Y, por encima de todo, el persistente agotamiento.
- Te presento a Fiora Gaterway.- a su lado, una chica le sonrió. Tenía el pelo castaño, tan largo que le llegaba hasta la cintura, con unos ojos azules penetrantes y una bonita sonrisa blanca con labios rojos.- ¿Qué tal llevas lo de la pareja?- dijo con un intenso brillo en los ojos, entre burlón y severo.
Harry se encogió de hombros a modo de respuesta y, al ver la penetrante mirada que recibía, decidió que ya era hora de hacer algo. No iba a encontrar a nadie más, no porqué no hubieran sino porqué tampoco quería, y el tiempo se le echaba encima. Estaba obligado a ir con alguien. Quien fuera. Aquél era el plan.
- Harry Potter.- dijo presentándose a modo de aceptación.
La chica, una alumna de quinto de Slytherin, sonrió con una caída de ojos que hizo suspirar de aburrimiento a Harry en su interior. Pero debería reprimirse.
- Sé quien eres.- respondió son una risita que le irritó. Draco levantó una ceja y sostuvo en reírse a carcajadas al imaginar acertadamente lo que debía estar pensando en aquellos momentos el chico.- ¿A las ocho en el hall? Iré de rojo.
- De acuerdo.
Fiora le dedicó otra caída de ojos que habría cautivado a más de uno, y se fue con elegancia y belleza. Harry tuvo que reconocer su atractivo, era realmente hermosa. Demasiado hermosa." se dijo con otro bufido. Se abstuvo de dejar caer la cabeza en la mesa para girarse hacia Malfoy con una mirada interrogante, a lo que el chico no le dio ninguna importancia.
- Dé gracias que no sea Bullstrode.
Viendo que realmente podía estar agradecido, volvió a encararse a la mesa.
- Oye¿has dormido?- preguntó con cierto tono de preocupación aunque intentó disimularla con un gesto de indiferencia.
- ¿Está todo preparado, verdad?
- Sí…- dijo sin pasar por alto su evasión.
- Entonces bien.
Se levantó sin devolverle la mirada y salió del salón esquivando a los alumnos que iban entrando. No miró a Draco, sabía que le había visto débil, frágil y enfermizo, y no quería que se preocupara. Mejor dicho, no quería que viera su verdadero estado. Él era Harry Potter, poderoso, fuerte, invencible. No iba a desfallecer por aquellas pequeñas molestias sin importancia.
Sin embargo, aunque pudiera esconder su debilidad, no podría ocultar el agotamiento que le perseguía. Y menos aquél día. Debía prepararse, sabía que iba a hacer algo difícil, realmente difícil, y debía estar en forma, lleno en facultades. No tenía otro remedio, debía encontrar una solución.
Quizá si salía un poco a tomar el aire…
Se acercó a la puerta retirándose casi al instante al ver entrar a una masa peluda medio blanca medio negra. El rastro de su paso era un pequeño camino de nieve que no tardó en fundirse remojando el limpio suelo.
- Cuidado… apartaos…- dijo "la cosa" tras cruzar la gran puerta.
Con gran estruendo dejó caer el enorme árbol que cargaba y se expulsó toda la nieve simulando a un perro, lanzando aquí y allá copos de nieve. Un grupo de alumnos se alejaron alarmados al recibir una helada ducha de agua, y otros más se acercaron al gran bienvenido. Éste, haciendo caso omiso del revuelo que había causado, se apartó unas grandes y viejas gafas de aviador dejando a la vista un par de ojos negros que brillaban como escarabajos entre todo un matojo de salvaje pelo.
- ¡Macmillan!- bramó al umbral.- ¿Dónde se habrá puesto ése zopenco?
Durante unos instantes miró al exterior intentando ver algo entre la densa niebla de la mañana, hasta que recordó que el frío estaba entrando al castillo.
- ¡Vosotros, al comedor, venga!- ordenó al grupo. Fue entonces cuando le vio.- Vaya, Harry. ¿Qué tal, muchacho?
- Hacía mucho que no te veía por aquí.- dijo con media sonrisa.- ¿Volverás a las clases?
- Supongo.- respondió con evasiva.
- ¡Hagrid!
Una chica venía corriendo tras sus pasos, siguiendo las profundas huellas como guía del camino a falta de visión. Al llegar a la entrada, tuvo que respaldarse en la puerta a fin de tomar algo de aire.
- Abbott¿dónde están los demás? Os dije que no os entretuvierais…- dijo a modo de repimienda.
- ¡Matt… Matt ha caído… al lago!- exclamó a duras penas.
Alarmado y sin detenerse a pensar más que para lanzar unas maldiciones al aire, el semigigante salió rápidamente hacia la niebla seguido por la chica y los que habían visto la escena. Harry no se movió.
Se había quedado solo en la entrada, junto con el árbol caído al suelo. Podía sentir las risas y charlas de los alumnos en el comedor, sentía el frío entrando desde el exterior mientras que el calor escapaba por la entrada. No siguió a los demás¿para qué? Afuera hacía frío¿qué iba a hacer? Tenía suficiente con el suyo y, además, Hagrid era perfectamente capaz de solucionar aquello por su propia mano, no debía preocuparse por nada.
Un temblor le hizo flaquear. Estaba tan exhausto… quizá sería mejor que fuera a la sala común otra vez, aunque esto significara horas y horas de aburrimiento hasta llegar la noche. Total, tampoco tenía nada más que hacer. Y, lo más importante, debía sino bien recuperar, guardar todas sus energías.
Rodeó el árbol con lentitud, deseando que la debilidad cesara. Pero, de nuevo, otro espasmo, ésta vez mucho más violento, le hizo perder el equilibrio. Reaccionando, se agarró al tronco equilibrándose con él. Y de pronto, sin saber cómo, el agotamiento empezó a retroceder. El dolor que le atenazaba desapareció. Se mantuvo estático, con la rodilla al suelo, una mano al pecho y otra en contacto con el árbol, sin atreverse a mover hasta estar completamente seguro de que podría mantenerse en pie.
Inseguro, se reincorporó. Para su sorpresa, no sentía ningún cansancio.
No comprendía nada… ¿pero qué le pasaba?
Dio un paso hacia la escalera con la intención de irse cuando su vista captó, de reojo, la gran e imponente figura del árbol. Con poco interés, observó al gran macizo y se congeló a medio andar al ver como las ramas antes llenas de hojas verdes y nieve medio fundida eran ahora unos brazos secos y nudosos con estranguladas hojas ennegrecidas. El árbol estaba muerto.
Impactado dio un paso atrás, incrédulo e incapaz de comprender qué había sucedido con lo que poco antes había sido un magnífico abeto lleno de vida y juventud y que ahora se mostraba como un seco tronco cuyas ramas apenas lograban sujetarse a él. ¡No entendía nada, absolutamente nada! Y un miedo irracional se apoderó de él. Sin comprender, temía que todo aquello estuviese relacionado con él.
Las voces de risas y algunos gruñidos medio enojados medio divertidos se escucharon en el exterior inundándole de pánico.
Debía hacer algo. Cuando entraran y vieran aquello le verían también a él, y no tardarían en acusarle de lo sucedido. Los que estaban en el comedor saldrían curiosos y encontrarían toda la escena, los profesores intervendrían, Dumbledore vendría… Y lo peor era que seguiría sin comprender.
Escapar. Era necesario que saliera de allí, que hiciera algo con el árbol y se escondiera.
Imponiéndose al miedo paralizante, Harry hizo desaparecer el cuerpo muerto del árbol y limpió con prisas los restos de hojas, nieve y barro que ensuciaban la gran entrada para, después, subir las escaleras tan rápido como pudo, deseando con todas sus fuerzas estar fuera de ahí antes de que llegaran.
Con atención, tan pronto como estuvo seguro de que estaba fuera de la vista de los que regresaban al castillo, intentó regular la respiración en un intento de escuchar algún indicio de alarma. Sin embargo, para su más gran alivio, parecía que nadie había reparado en ello. Más tarde le pareció increíble que no se hubieran percatado de la falta de un enorme árbol en la entrada pero, al parecer, las risas y la alegría habían sofocado cualquier tema anterior.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Lo que en un principio prometió ser horas y horas de aburrimiento frente el fuego de su sala común, al final terminaron siendo horas y horas de enojo y maldiciones entre libros en la biblioteca. Sus propias divagaciones no habían logrado explicarle lo que había sucedido, lo único que consiguió fue dar con un inicio: la marca en la mano derecha. Todo había empezado por allí.
- ¡Maldita sea!- murmuró con furia apartando otro libro del montón.
Al no encontrar ninguna respuesta en el libro de la historia de la escuela sobre aquella misteriosa armadura y su espada, se obligó a recordar las runas grabadas en la hoja sin obtener ningún resultado. Al parecer, las había olvidado por completo. Buscó hechizos, maldiciones, enfermedades, animales… y nada. Llevaba ya todo el día, eran casi las seis y aún seguía allí, gruñendo y pasando páginas con deseos de quemar la biblioteca entera. Incluso había pedido un par de libros de la sección prohibida, con una desconfiada y penetrante mirada de la bibliotecaria, y tampoco en ellos había dado con nada.
Una tos intencionada le indicó que ya era hora de ir cerrando.
Harry se armó de paciencia para evitar lanzarle uno de aquellos estúpidos libros en su cara fea. ¡Debía haber algo! Pero por más que lo intentara no conseguía dar con ello, estuviera donde estuviese. Eso claro, si es que realmente había allí una explicación, cada vez dudaba más de que las respuestas se escondieran en aquellas paredes.
"No puede ser cierto… ¿Qué tipo de broma es ésta?" pensó mientras observaba el montón de volúmenes.
La tos se repitió.
Cerró los puños con fuerza e inspiró y expiró con lentitud. Sin nada que recoger, el chico encaminó hacia la salida. La puerta se cerró con un golpe detrás de él. Bien, tampoco le importaba ya. ¿Qué más daba? Si no había dado con la explicación quizá era porqué no estaba allí¿así que de qué le servía seguir insistiendo? Daba igual. Había llegado en un punto en que poco importaba todo aquello. Dentro de pocas horas se iba, dejaba la escuela… Una pequeña punzada de tristeza le refrenó sus pasos, pero enseguida la ignoró. Ya no había marcha atrás.
Ya no había marcha atrás.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
En la habitación sólo eran tres, las otras camas estaban limpias y ordenadas, al igual que durante los últimos días.
El chico estaba echado en la cama, mirando hacia el dosel de madera, contemplando hacia ningún lugar, con los brazos cruzados bajo su cabeza, ajeno a todo el movimiento que sufría su casa, con las carreras por las escaleras y algunos que otros gritos de histericismo y emoción. Su corazón latía con fuerza, era capaz de sentirlo incluso sin tocarlo. Temblaba, no sólo de frío, sino también de nervios.
Los dos chicos regresaron a la habitación tras su última visita al lavabo, ambos vestidos y listos para empezar la fiesta.
- ¿Vamos?- preguntó Héctor a Dean.
- Sí, sí, espera que dejo esto.- dijo abriendo el cajón de la mesita de noche. Sacó de ella un pequeño paquete envuelto con un lazo y lo guardó bajo la túnica con rapidez.- Ya.- se giró y le vio observándole. Por la expresión que hacía no supo si le había visto o no.- ¿Harry?
- Id, nos vemos después.- respondió con una sonrisa tranquilizadora.
Esperó a que se fueran y suspiró. Girando un poco la cabeza pudo ver la hora que marcaba el reloj: las siete y doce. Mejor se iba preparando ya.
Levantándose con calma, se masajeó levemente el cuello para aliviar la tensión que entumecía sus músculos, y tomó la túnica que descansaba a los pies de la cama. A sabiendas que su pareja vestiría de rojo tal y como muy bien le había informado, Harry cambió el color de la prenda por el negro dejando entrever el antiguo verde botella con el reflejo de la luz. Hacía un curioso y atrayente efecto sobre la ropa, dándole más belleza de lo que había podido lucir antes. Se cuidó bien de vestirse con ropa de abrigo, no quería helarse a medio camino, por lo que se vio obligado a tomar una gruesa bufanda verde y una segunda capa de lana, ambas bien guardadas bajo un hechizo reductor.
No se apresuró en vestirse, se tomó todo el tiempo que consideró oportuno. ¿Para qué correr? Hizo un leve intento de ordenar el revuelto pelo y se observó. No estaba mal. La túnica escondía su cuerpo pero, aún así, sus ojos, verdes y desafiantes, destacaban por encima de todo haciendo que brillara de fuerza y poder. A diferencia de muchos otros, a Harry no le seducía la idea de llamar la atención, prefería ser sigiloso y discreto, a escondidas de las miradas pero siendo visible. Deseaba dejarse ver sin ser visto, lo suficiente para saber que estaba pero sin permanecer a la vista. No necesitaba de un gran traje. Haría lo que debía hacer y se iría. Eso era todo.
Sonrió con amargor a su propio reflejo y le dio la espalda.
Su cama, tras arreglar las arrugas que acababa de hacer, parecía otra más, deshabitada, sin dueño. Se encargó de guardar todas las cosas en el baúl, asegurándose que nada quedaba fuera. La escoba, la capa de su padre, los uniformes, los libros, cartera, regalos… todas sus pertenencias. El Libro de los Sabios permanecía bien oculto, no iba a encontrarlo nadie pues su magia se encargaba de esconderlo, a él y al pensadero que ahora estaba vacío. Sólo la jaula de su lechuza permanecía solitaria al lado del gran cofre. No se había despedido de Hedwig.
Con un remordimiento de culpabilidad y pesar, desvió la mirada y abrió la puerta para, tras volver a mirar por última vez la habitación intentando memorizar aquél lugar e inmortalizarlo en su frágil memoria, cerrarla con firmeza.
Decenas de alumnos iban descendiendo las escaleras, algunos en grupos y otros en parejas, todos entre sonrisas alegres y vestidos de fiesta.
Harry olía el aroma de Navidad.
Una falsa nieve de purpurina caía suavemente por el ojo de la escalera principal, los cuadros cantaban y reían, la luz que iluminaba todo el castillo era tenue y cálida. Le sorprendió ver el magnífico trabajo que habían hecho durante aquella semana, era realmente espectacular.
Descendió los últimos escalones y se recostó en la pared con los brazos entrecruzados y la mirada baja, a la espera de su acompañante.
Aislado dentro una cúpula de soledad, Harry se mantenía aparte del ambiente festivo de su alrededor. Pero no le importaba, para él estaba bien. Se sentía a gusto en aquél silencio, un silencio que sólo él podía oír y que le calmaba y acunaba. Era gratificante. Aún cuando aquél mundo propio iba acompañado de una profunda oscuridad y del reciente y omnipresente frío, era allí donde ningún problema parecía torturarle, donde todo era claro y sencillo, donde nada tenía importancia pues no había nada importante. Un espacio propio, su propio espacio.
Un suave olor invadió su mente despertándole de la letanía del no-pensar.
Sorprendido, sin saber a qué se debía aquella repentina obsesión, miró con avidez y desesperación por toda la entrada, en busca de algo desconocido pero tan próximo. No se detuvo a preguntarse qué era o qué representaba que sucedía, sólo siguió observando inquieto, alejándose del rincón dónde se había encerrado. Pero por más que buscaba no conseguía dar con su objetivo. El hall era un baile de cabezas, olores, voces… era imposible encontrarlo, fuera lo que fuera. ¿Entonces cómo había logrado sentir aquél perfume de entre tantos, cómo era que sólo era capaz de oler aquél?
Con lentitud, giró la mirada hacia su derecha.
Cerca de la entrada, rodeada de multitud, una figura descubría su moldeada silueta apartando una gruesa capa negra. Un matojo de finas y vaporosas sedas de verde esmeralda quedaron a la vista. Y aunque le daba la espalda, pudo apreciar su esbelta imagen, frágil y fuerte, joven y bella. El pelo le caía en cascada por la espalda, haciendo que diminutos reflejos dorados brillasen con timidez.
Una mano en su hombro le hizo reaccionar girando bruscamente la cabeza y con los nervios en tensión. Suavizó sus músculos al ver a Draco junto a él, vestido con una elegante e imponente túnica negra con delicados hilos de plata gravados en ella en extrañas formas. Por su mirada comprendió que se preguntaba su estado. Hacía poco había estado buscando con obsesión y desconcierto, debió parecer medio loco.
Antes de responder nada, volvió la mirada hacia la hipnotizante figura pero, para su decepción, ésta ya no estaba.
En vista de que no iba a sacar nada de él, el joven Malfoy suspiró con resignación y se preparó para soportar lo que iba a ser una noche larga y difícil.
Una resplandeciente Fiora apareció de entre la multitud acompañada por Pansy Parkinson, ambas orgullosas e importantes. Pero a Harry le pareció más un par de pavos reales que verdaderas reinas. Sin embargo, tuvo que admitirlo, eran bellas.
Pansy vestía un largo vestido azul marino con un precioso escote. El vestido resplandecía con miles de diminutas joyas sujetadas a él con hilos invisibles. Su pelo flotaba libre por su espalda, brillante, perfectamente peinado y tratado, manteniéndose dejos de la cara como si una constante mano lo apartase con delicadeza. Siguiendo su paso seguro y altivo, fue directa hacia Malfoy. Harry no pasó por alto la tensión del chico al verla ir hacia él. Se preguntó porqué.
Su acompañante, algo más atrasada, no apresuró sus pasos, dejando que el momento de contemplación fuera el adecuado. Iba de rojo, un rojo rubí. El traje le caía suavemente por su cuerpo adaptándose a él. Se parecía mucho a los vestidos medievales por su amplitud de mangas, aunque la abertura de la espalda rompía con el esquema. Finas tiras de seda creaban una rejilla de terciopelo de un rojo sangre, casi envinado. Su pelo había sido recogido generosamente, dejando caer mechones al azar, dándole un aire de recién despertar, de desenfado intencionado, que le hacía aún más hermosa.
Harry decidió hacer su papel y avanzó resueltamente hacia ella.
- Estás preciosa.- dijo con una sonrisa que intentó parecer de sincera devoción.
- Gracias.
Dejó caer las pestañas con un movimiento sensual y aceptó su mano con lentitud. De no haber estado aún bajo la imagen de aquella figura, Harry habría caído en su encanto para toda la noche. Pero el reflejo de aquél aroma le sumergía en sus propios pensamientos, lejos de la constante sonrisa perfecta y el susurrante hablar.
Las dos parejas se dirigieron al Gran Comedor siguiendo a aquellos que, tras la reunión, emprendían el camino hacia la fiesta.
La sala estaba resplandeciente.
Siguiendo la táctica de la última vez, pequeñas mesitas se repartían por doquier, cada una de ellas con su propia iluminación. La gran mesa de los profesores estaba ahora repleta de copas de cristal y bebidas varias. Incluso se sorprendió al ver un matojo de botellas de cerveza de mantequilla.
- ¿Wisky de fuego?- susurro incrédulo.- Pero si hay menores…
¿Al fin le habían saltado los casquillos al viejo?
- ¿Qué tal si vamos allí?- dijo su pareja con suavidad.
Sin motivos en contra, los cuatro decidieron ocupar una de las mesas que anteriormente había ocupado el espacio Slytherin. Pero aquello era irrelevante, nadie parecía darle importancia a las zonas de cada casa dejando de lado los prejuicios y sentándose adonde más les apetecía. Y lo mismo pensaron ellos, al menos, los dos chicos.
Las dos muchachas enseguida se pusieron a hablar mientras ellos se sumergían en un entrecortado silencio. La fiesta no era más que una excusa.
No tuvieron que esperar mucho a que los profesores entraran en la sala con Dumbledore en cabeza. Todos vestían con túnicas elegantes, lejos de la imagen profesional que siempre lucían.
- Buenas noches, alumnos y alumnas de Hogwarts. Me alegra veros a todos aquí reunidos. No cabe decir que es todo un placer observar vuestras caras, mucho más alegres que de costumbre. ¿Habéis sufrido mucho esperando la Navidad?- dijo con una sonrisa traviesa.- Antes de dejaros devorar la suculenta cena que os espera, voy a dar la bienvenida a los invitados de ésta noche tan especial…
Las puertas del comedor, cerradas tras su reunión, se abrieron ahora con cientos de ojos esperando, ansiosos, quienes eran los recién llegados. Exclamaciones y risas de sorpresa y alegría explotaron en la gran sala. Un tumulto de gente, todos ellos trajeados y relucientes para la ocasión, se presentaron al umbral.
Harry quedó impactado al verlos. Ahora que reparaba en ello, habían aún muchas mesas vacías en el comedor… ya comprendía porqué. Alumnos de la reconstruida Beauxbatons sonreían con júbilo, contentos de volver a estar allí, la escuela que les había aguardado durante el curso pasado. Y, junto a ellos, algunos de sus profesores miraban con añoranza y curiosidad aquellas paredes de piedra que, aún ser frías, resultaban tan cálidas.
- ¡Harry!- exclamó alguien acercándose a él.
Los alumnos se habían levantado de sus mesas saludando eufóricamente a sus excompañeros. De entre la multitud, un par de figuras fueron directas a dónde él estaba. Su expresión era de completa incredulidad.
Una chica alta y delgada, con una larga cabellera plateada y los ojos de azul celeste, se lanzó a su cuello dándole un beso en cada mejilla con verdadera alegría. Su vestido, blanco y plateado, deslumbró a Harry resplandeciendo como la mismísima luna. Su sonrisa blanca y perfecta lució en su suave cara.
- ¿Qué tal¡Cuánto tiempo!- tenía un ligero acento francés que la delataba, aunque debió admitir que había mejorado mucho desde la última vez.
- ¡Fleur!- exclamó con verdadera sorpresa.- ¿Víctor?- añadió al adelantarse un joven de gruesos hombros y unas cejas pobladas. Vestía una túnica negra con unas cintas doradas que iban del pecho hasta el brazo izquierdo. Alargó la mano y sonrió amistosamente.
- Hola.- dijo a modo de saludo.
- ¿Qué hacéis aquí?- aún no terminaba de creerse que la mano que estrechaba era realmente la de aquél famoso Víctor Krum. Viejo rival y posterior amigo, actual jugador favorito en la lista de Quiddich europeo.
- Bueno… Como antiguos paladines y miembgos honogagios de ésta escuela, no podíamos pegdegnos éste gran baile.- dijo con un gesto divertido.
- ¿Ha venido también Madame Maxime?
- ¡Pog supuesto! Aún es la digectoga de la escuela¿cómo no iba a venig?- sonrió coquetamente.
- El castillo está muy herrmoso… mucho más que durrante el torrneo. Habéis hecho un buen trrabajo.
- ¿Aún no se ha reparado Drumstrang?- preguntó de repente.
- No.- dijo con sequedad.
- ¡Ehem!
Una fingida tos recordó a Harry que no había ido solo. Sintiéndose incómodo y algo molesto al acordarse de sus acompañantes, se giró para ver como Fiona estaba a su lado con una sonrisa de cortesía. Detrás, Draco mantenía una mirada sombría observando con repentino interés el estrellado techo de la sala.
- Perdón.- dijo apartándose para presentarlos.- Fleur Delacour, Víctor Krum, ellos son Pansy Parkinson, Draco Malfoy y Fiora Gaterway.
Las dos chicas se lanzaron hacia el muchacho dándole un par de besos sin importarle su expresión embarazosa, a diferencia de Draco quien se mantuvo en su sitio con solemnidad, haciendo un leve asentamiento de cabeza como salutación.
La voz pidiendo orden de Dumbledore les hizo alejarse hacia unas mesas cubiertas de su mirada. Volvió a tomar asiento haciendo caso omiso de las sonrisas de júbilo de las dos chicas, y desvió su atención al hombre quien aún sonreía con afabilidad. A su lado, una arreglada Madame Maxime miraba a los alumnos con los ojos brillantes.
- Bien, bien. Después de éste caluroso recibimiento, pasemos ya a la cena. ¡Que aproveche!
Aquellos que habían asistido al último baile no esperaron y enseguida empezaron a pedir carta en mano, sus deseos del menú. Al instante, platos blancos con ribetes de oro aparecían enfrente con la comida caliente y lista.
Comió sin ningún contratiempo, con tranquilidad y calma. Reprimió un ligero temblor al beber un poco de agua fresca y enseguida la cambió por otra de natural. Las conversaciones eran esporádicas, aunque continuas entre las dos chicas. Pero tampoco tenía ninguna necesidad de hablar¿qué iba a decir? Su otro compañero de mesa se mantenía alejado y solitario, y aún mantener una expresión serena, podía sentir cierto estremecimiento en su interior, como si su cabeza estuviera trabajando a toda velocidad sin afectar en su poste. Por un momento pensó que dirigía toda atención a él, sin embargo tan pronto como le devolvió la mirada ésta ya había sido apartada.
Poco a poco, todos fueron terminando. Le resultó increíble la rapidez con la que pasaban las horas. No hacía ni dos segundos que había cerrado la puerta de la habitación y ya se encontraba en un salón medio iluminado con las mesas arrinconadas a los lados dejando una gran pista de baile al centro.
Entre gritos de entusiasmo, un grupo de tres chicos y dos chicas aparecieron bajo la luz de los faros mágicos. Vestían ropas extrañas en lo que parecía una nueva moda, con los pelos de colores y peinados extravagantes. Incluso su maquillaje les daba aún más un aire roquero y de rebelde juventud.
Las botas de Merlín, así se llamaban, hicieron unos gritos de ánimo y empezaron a tocar con buen ritmo alentando a la gente a apuntarse al baile.
Los cuatro se levantaron, Draco renegando por lo bajo, y se unieron al tumulto moviéndose al son de la música. Harry nunca pensó que la magia que le ayudaba a sostenerse serviría también para mejorar sus pases en la pista consiguiendo un buen compás. Se sorprendió al verse rodeado de otras dos chicas que se movían con él. Por un momento, dejó de lado la razón de todo aquello y disfrutó del ritmo de la canción, sintiéndose relajado, divirtiéndose.
La animosidad fue calmándose lentamente, inundando el salón con sonidos mucho más tranquilos y relajantes, más suaves, más íntimos.
Parejas se congregaban al centro de la pista mientras a su alrededor la gente hablaba con calma y felicidad, en un perfecto ambiente. Algunos se congregaban alrededor de un par de mesas, otros iban en busca de bebida, algunos incluso deseaban comer algo de galletas y pastel. Y, entre todos aquellos, habían los que se mantenían aún bajo el son de la música, bailando con sentimiento.
Harry seguía unos pasos sencillos, dejando de lado todo el ritmo para pasar a un reposo en movimiento, aunque tampoco había tanta diferencia al dejar a la magia al mando de su imagen danzarina. Fiora estaba cogida a él con una sonrisa medio escondida, contenta de ser quien era en aquellos momentos, feliz de estar donde estaba. Su mano derecha estaba cogida a la de él, mientras la otra reposaba encima su musculoso hombro. Estaba admirada de su pareja, era mucho mejor de lo que había imaginado… sin embargo, podía verle algo lejano, como si su compañía no fuera tal y como habría deseado. Pero ¿qué más daba? Orgullosa, rió por sí misma.
La canción estaba terminando… iba a dejar caer su cabeza encima del pecho del chico, con suavidad, con timidez…
- Disculpa¿me lo prestas un momento?- dijo una voz tan pronto como sus pasos cesaron al finalizar la música.
Sin darle tiempo a reaccionar, una mano se agarró fuertemente a la muñeca de su acompañante y lo arrastró lejos de allí. ¡Había perdido la oportunidad!
Apenas había logrado percatarse del repentino tirón cuando se vio caminando con rapidez hacia el centro mismo de la pista. La chica que lo había "secuestrado" ahora le guiaba las manos dejándolas en su posición para el baile e, de inmediato, inició la nueva canción, algo más rápida que la anterior.
- No has sido tan difícil de encontrar… sobretodo con aquella sanguijuela por pareja. ¡Dudo que haya alguien en el salón que no la haya visto!
- ¿Eh?
- ¡Deja de hacer ésta cara de bobo!- dijo riendo.- ¿Tan cambiada estoy que no me reconoces?
- Pues…- no sabía que responder, seguía mirándola completamente perdido.
- ¡Soy Luna, tonto!
Harry cerró la boca que hasta entonces había tenido entreabierta de golpe¡no la había identificado! Llevaba el pelo peinado y brillante recogido en una gran trenza con lazos azules entrelazados. Un largo vestido del mismo color azul noche con finos volantes sedosos le cubría su figura. No llevaba mucho ornamento. Un par de pendientes con una piedra parecida al zafiro y un collar recordatorio de plata, era lo único que brillaba a parte de toda su belleza. Se movía con gracia y elegancia. Para nada le recordaba a aquella Luna Lovegood que había conocido en quinto tan extravagante y misteriosa, aunque sus aires intrigantes aún la rodeaban con un aroma exótico.
- ¿No vas a decirme nada? Cómo estoy, por ejemplo.
- Mmm…- era extraño, toda aquella altivez parecía desaparecer al estar cerca de ella, como si fuera capaz de hacerle ver lo invisible, como si todo tuviera una sencilla explicación y solución y todo lo demás no fueran más que añadidos sin importancia.- ¿Cómo estás?- dijo al fin con una sincera sonrisa de disculpa.
- Bien.- dieron una vuelta y volvieron a quedar de frente.- No hemos recibido ninguna carta tuya. ¿Acaso no te importaba cómo estábamos?
El chico dio un paso atrás, apartó su mano de la cintura y la obligó a rodar sobre sí misma antes de volver a sujetarla con suavidad.
- ¿No vas a decirle nada?
- ¿Eh¿Decirle a quién?
- ¿A quién va a ser?- exclamó con los ojos abiertos por la sorpresa.- A Hermione¿quién si no?
- ¿Debería hacerlo?- susurró a media voz apartando sus ojos de los de ella. No comprendía el porqué pero mirarlos era como verse reflejado en un espejo, viéndose a sí mismo en su verdadera forma. Y no le gustaba lo que veía.
- ¿Has estado muy entretenido éstos días?
Mantuvo silencio.
Un hormigueo en la nuca hizo que hiciera un disimulado vistazo hacia la mesa que había ocupado. Draco le miraba con ímpetu.
- Espera.- dijo ella reteniéndole al ver que se apartaba.- Al menos permíteme terminar éste baile…
- ¿Qué es lo que quieres, Luna?- preguntó con voz ronca, sin estar muy seguro de volver a dirigir su mirada hacia ella.
- Te vas a ir… ¿verdad?- sus ojos despedían un brillo que nunca antes había visto, su intensidad le paralizó.- ¿Crees que es lo correcto¿Crees que conseguirás algo con esto?
- No sé a qué te refieres…
De nuevo, el baile se detuvo entre aplausos y vítores, con gente que volvía a sus asientos y otros nuevos que decidían salir entre sonrisas nerviosas y manos sudorosas.
- Díselo.
La chica le miraba sin parpadear, estática. Detrás de ella, como si alguien los hubiera apartado con un murmuro invisible, un profundo pasadizo se abrió ante su mirada. Justo en medio de todos ellos, como una estrella sola ante la oscura noche, una chica se mantenía sentada medio cabizbaja sujetando una copa de cristal vacía del ponche que poco antes había habido. Y entonces, como antes, aquél aroma volvió a él. Los temores desaparecieron, la gente se esfumó, todo en aquél lugar desapareció. Sólo ella ocupaba su visión, nada más.
Lentamente, quizás por una inexistente brisa o por palabras susurradas de los ángeles, levantó la cabeza. Muy lentamente.
Durante una fracción de segundo que le pareció infinita, sus ojos se encontraron.
Un frío recorrió por su cuerpo sacudiéndole, electrizándole. En ellos vio sorpresa, una incrédula sorpresa que enseguida cambió a emocionada felicidad. Pero, con la misma rapidez, un temor y una tristeza brillaron en ellos.
Despertó.
El tumulto volvió a tapar la visión, a cubrirla sumiéndola en un vacío oscuro y olvidado.
Dio media vuelta sin decir nada ni recibir ninguna palabra que le retuviera, y salió del salón asegurándose de cubrirse mezclándose entre la multitud.
Draco le esperaba medio escondido entre las sombras, al lado de la gran puerta con la capa cubriéndole y un grueso pañuelo alrededor del cuello. Al verle se enderezó encaminando hacia el exterior, sin dirigirle ninguna palabra ni gesto, sumido en un tenso silencio. Harry tampoco esperaba nada. Ya se habían dicho todo lo necesario, abrir la boca habría sido en vano.
Sin detenerse, se cubrió con las dos capas, los guantes y la bufanda, preparándose para enfrentar la gélida noche, mentalizando cada parte de su cuerpo y eliminando cualquier reticencia. Haría frío, incluso ahora estaba helado, pero no por ello iba a retroceder.
Unos pasos tras él le hicieron apresurar el ritmo sin atreverse a girar la mirada hasta que no sintió la nieve bajo sus pies y la puerta a pocos centímetros de cerrarse. Con un destello vio a una apresurada McGonagall casi corriendo bajo su camino bruscamente cortado por un imponente Dumbledore. No logró ver más pues la puerta enseguida se cerró con un amortiguado golpe, pero por sus gestos imaginó que la mujer debía debatirse por algo que parecía estar relacionado con él.
- ¿A qué esperas¡Vamos!- susurró con impaciencia su compañero.
Apartó la mano de la gran puerta y se apresuró a seguir al guía. Era una noche sin luna, sin ninguna iluminación más que la que traspiraba el castillo convirtiéndose en un mágico faro en medio de la oscuridad. No se atrevían a encender sus varitas, cosa que les habría permitido acelerar su marcha, así que sólo podían guiarse según sus recuerdos y memoria.
La nieve, fría y húmeda, entumecía sus pies. Debía agradecer que su sensibilidad fuera nula, de no haber sido así habría caído rendido por el intenso helor que le atenazaba. Y el cortante viento que golpeaba sus cuerpos no ayudaba mucho. "Aún así, ha sido mucho más fácil de lo que imaginaba." pensó mientras recurría a todo su poder para incitar a la magia a seguir con su función. Le resultaba realmente difícil controlarla. Evitó que un desnivel le hiciera perder el poco control que aún tenía, y siguió andando entre huecos y piedras.
Tuvieron que recorrer un buen trecho antes de poder llegar hasta el límite de los terrenos, junto el gran bosque.
Apretó con fuerza las mandíbulas intentando detener el castañeo y los espasmos que recorrían todo su cuerpo, y disipó todos los temores para enfrentarse al matojo de siniestros árboles que se levantaban ante él. A su lado, Draco debía recurrir a todas sus fuerzas para obligar sus piernas a obedecer sus órdenes pues parecían reticentes a entrar allí. Sin embargo no tenía otra opción. De nuevo.
Tan pronto como la imagen de Hogwarts quedó escondida por el espesor del bosque, se apresuraron a iluminar el camino con una tenue luz. No deseaban llamar la atención, ya no sólo del castillo, sino también de aquellos seres que habitaban aquél lugar.
La mortecina iluminación daba un aire siniestro y malévolo al lugar y, aunque sólo estaban en su inicio, a los chicos les pareció encontrarse al centro mismo del territorio. Intentaban evitar mirar las deformes sombras que proyectaban los nudosos troncos, sombras que dibujaban imágenes de extraños seres de la noche. El simple ruido de la nieve al caer les hacía retroceder con espanto. Pero, a pesar de todo ello, siguieron andando con débil convicción.
Draco le indicó un mullido matojo de matorrales cubierto de hielo y desviaron su rumbo hacia allí. Traspasar el obstáculo no les resultó fácil. Las ramas eran espinosas y, sin sus hojas, resultaban peligrosamente pegajosas al entrelazarse con sus piernas y brazos, inmovilizándolos durante agonizantes segundos. Al otro lado, un pequeño claro de rocas y troncos caídos se les reveló a la luz de su magia.
Se arrancó una retorcida rama que se negaba a soltarse de su capa y recolocó la caída bufanda.
El chico desabrochó el reloj de su muñeca y comprobó la hora. Aún les quedaban unos minutos. Se sentó en una de las piedras mirando abstraídamente a su alrededor, sin prestar importancia a Harry quien imitó su gesto. El muchacho hacía duros esfuerzos para mantener su compostura, el frío le resultaba agonizante. Apenas lograba respirar con normalidad, le parecía estar ahogándose.
Un ruido, muy distinto al que hasta entonces les había rodeado, se les echó encima en forma de una inmensa y oscura forma negra. Una fuerza sobrehumana le impactó lanzándole a toda velocidad contra el suelo, extrayendo el poco aire que tenía de un sólo golpe. El rugido resonó por toda la noche.
- ¿Qué crees que estás haciendo?- gruñó una voz grave con ferocidad.
Harry apenas había logrado hacer su primera bocanada de aire tras la caída cuando sintió un gran peso comprimiéndole el pecho haciendo que un gemido saliera de sus cortados labios. Abrió los ojos con rapidez y tensó los nervios al ver a una gigantesca cabeza con escamas rojas y puntiagudos colmillos asomándose frente a él. Dos ojos, dorados y brillantes, le miraban con intensidad.
- Shel… Shelyak…- susurró a duras penas.
El dragón había aparecido en medio del claro con asombrosa rapidez. Su gran cuerpo había dejado un rastro de árboles arrancados de raíz y tierra levantada, resultaba aterrador ver la destructora huella de su llegada. Una gran garra, capaz de partir elefantes como si no fueran más que mantequilla, apresaba al chico contra el suelo incapacitándole.
- ¡Harry!- exclamó el chico con alarma.
Un poderoso rugido taponó sus oídos con dolor. Harry, al ver que el animal giraba la enorme cabeza hacia él, se alarmó al comprender que la rabia y ferocidad que había en la bestia cambiaba de rumbo hacia el sorprendido Malfoy.
- ¡Draco, vete!- gritó por encima de la presión que aún le prensaba.
La cola, rápida y letal, se levantó dirigiéndose directa hacia su objetivo. El chico, olvidando su posición, invocó una apresurada barrera que, aunque no era lo suficiente fuerte para detener al completo el ataque, al menos reduciría sus mortíferos efectos.
Malfoy, sin llegar a reaccionar, fue lanzado contra un árbol cayendo medio inconsciente al suelo.
- ¡Basta, Shelyak!
Medio enloquecido, el dragón rugió golpeando la cola por doquier, llevándose árboles, rocas y tierra, nada parecía ser capaz de detener su descontrolada furia.
- ¡Detente!- exclamó reuniendo la fuerza suficiente para liberarse de la poderosa pata del reptil. Consiguió controlar la delirante magia que rodeaba sin control en su confusa mente, y la expulsó empujando al dragón de él.
Respiraba aceleradamente, sus temblores le hacían imposible aguantarse con sus manos pues apenas conseguía dominar su propio cuerpo, y un terrible dolor de cabeza le hacía tambalearse. Todo él lucía una imagen débil y enfermiza, sus rasgos estaban pálidos y su piel fría.
Shelyak mantenía el cuerpo en tensión, se había apartado de él, pero toda su figura mostraba alerta y recelo, como si estuviera preparado para atacar, listo para alcanzar a su presa. Y Harry, a pesar de saber con certeza de que aquello se presentaba como una pelea, no se veía con suficientes fuerzas para encararse a ella. Ni siquiera conseguía dominar la energía suficiente para mantenerlo en pie. Su poste, aún haber logrado levantarse, era renqueante y desprotegido.
- ¿Qué te propones?- dijo con dureza el dragón.
- ¿Por qué me lo preguntas? Si estás aquí es porqué lo sabes¿no?
- Deseo que tú me lo confirmes.
- ¿Para qué?- preguntó desafiadoramente.
Draco gruñó por lo bajo. Un pequeño reguero de sangre caía por su frente, la pierna derecha le hacía un extraño ángulo, Harry enseguida supo que estaba rota. Incluso se sorprendía de que pudiera mantenerse aún despierto, más de uno habría perdido la conciencia. El chico no podría cubrirle y aunque hubiera estado en todas sus facultades tampoco habría servido de mucho. Y su condición no era de mucho desear, no aguantaría otro asalto y el dragón lo sabía. Mirara como lo mirase la victoria era inalcanzable. Sólo había una salida…
De espaldas al chico, escondió la mano izquierda detrás y dejó a la vista tres dedos. Esperaba que lo hubiera comprendido.
- Si vas a detenerme, hazlo.- retó tensando sus músculos y deseando que su cuerpo dejase de temblar, mantener firme la varita le resultaba agotador.
- Insensato.- susurró amenazadoramente mientras bajaba su cabeza y entrecerraba los ojos.
Esforzándose tanto como pudo, Harry se lanzó en un ataque feroz por su propio autocontrol, agarrando con desesperación los lazos de magia que volaban sueltos por su mente invocó los primeros hechizos que logró comprender entre el matojo de nudos. Puso todo el empeño en ello, toda su voluntad, una voluntad que en aquellos momentos parecía ser lo único capaz de controlar. Aún así, aquello no fue suficiente para detener al dragón. Lo sabía, ambos lo sabían. Pero no necesitaba más, con sólo lograr obtener unos segundos de margen ya era bastante.
Se lanzó desesperado hacia un malherido Malfoy mientras esquivaba un coletazo directo a su cabeza y agarró el reloj que le extendía entre los bordes del desfallecimiento.
La sensación del transporte le hizo suspirar con desasosiego. El traslador había funcionado a tiempo.
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La impresión de estar rodeado hizo que volviera la mirada con rapidez mientras ponía todo su empeño en reincorporarse. A su lado, Draco empezaba a levantarse a pesar del dolor de la pierna rota.
La tierra húmeda y fría se aposentaba bajo su cuerpo. Harry levantó la mirada encajando el dolor que había aparecido en su cicatriz cegándole y mareándole. Sentía como todas sus fuerzas desaparecían, estaba medio desfallecido por el cansancio y era incapaz de enfocar las siluetas que se levantaban enfrente. Sin embargo, a pesar de todo ello, el siseo de la voz y el helor de su tono, frío y siniestro, le permitió saber dónde y con quien se encontraba.
- Bienvenido.- dijo una voz por encima su cabeza.
