No creí que fuera a colgarlo hoy, pero me alegra haberlo terminado (al fin), así que a los tres reviews a los que agradezco y dedico el capi de éste mes.

jim: pues bueno, aquí va el 30. ¡Espero que te guste! Hasta pronto.

al: sí, yo también creí que debía hacer sufrir más a Fudge, pero no merecía la pena de lo asqueroso y ruin que me parece ese personaje. Jajajajaj! Y en cuanto al estrés… no te diré el que he sufrido éste último mes… diox, ha sido horrible! Pero, en fin… A ver qué tal te parece el nuevo capi, dime algo ;) Nos vemos!

Paty: lo siento, perdón por la tardanza (siempre digo lo mismo, verdad?), pero es que apenas consigo tiempo durante la semana… y el poco que tengo deseo hacer algo que me distraiga (escribir lo hace, pero cuando no sale nada aún me estreso más). Ale, a ver cuanto tardo ésta vez… ¡espero que no mucho! Venga chica, hasta pronto!

Al ver los pocos reviews k he recibido me da a imaginar que muchos se han hartado ya de esperar y han terminado por dejar de seguir el fic (no me extrañaría). Sabed que para nada os guardo rencor puesto que yo misma habría dejado de leer un fic cuya autora se presenta tan poco y con capítulos de tan mala calidad. Si es k soy lo peor de lo peor… Deseo que con el próximo no tarde tanto¡ojalá mi musa decida ayudarme un poco más! Así mismo, advierto que ya keda poco por acabar, quizá unos dos o tres capis, quizá cuatro aunque lo dudo. No deberéis sufrir mucho más eso de iros pasando por aquí. Jajajajaja!! Ale pues, gracias a todos los que no me han mandado ya a tomar viento y que disfrutéis de la lectura. Nos vemos!!

-Ithae-

PD: Me he enamorado de otro juego para la PS2 a parte de todos los Final Fantasy, y es el Kingdom Hearts II que, aún cuando jugué a su primera versión, esta segunda me ha parecido genial, a la altura de un FF. Perfectos gráficos, perfecta historia, perfecto trabajo de interacción jugador-juego…. Sencillamente perfecto. UN 10!!


Capítulo 30 – La pérdida de Azkaban

Un fuerte tirón invisible le hizo trastabillar sin poder evitar que un sorprendido gemido de dolor escapara de sus labios.

- ¡Harry!- exclamó su acompañante alarmado.

Sintiendo como algo taponaba su garganta, se obligó a escupir entre ansias de aire.

Parecía que sus pulmones eran incapaces de trabajar cómo deberían, y no lo comprendía. Mucho más preocupado que el hombre que se inclinaba a su lado en su ayuda, observó temeroso como aquello que no debía ser más que una obstrucción mucosa entre sus órganos respiratorios ahora se mostraba como una mancha roja estampada contra el oscuro suelo. Era sangre.

- ¡Maldita sea!- masculló entre dientes.

- Estás herido...

- No soy yo.- gruñó a media voz intentando volver a incorporarse. Odiaba aquél suelo frío y desolador, al igual que todo aquél lugar. Era aterrador. Lo detestaba.

- Esto es una estupidez...- murmuró negando con la cabeza. Cada vez se arrepentía más de haberle seguido la corriente. ¿Pero qué podía haber hecho? El chico le había casi suplicado que le llevara allí, el lugar que siempre había odiado y rogado no volver jamás, aún cuando le fuera la vida en ello. ¡Y allí estaba! Pero tampoco había visto otra opción. Su súplica, el hecho de que depositara toda su confianza en él... ¿cómo olvidarlo? Amaba a aquél muchacho que ahora se ayudaba con su fuerza, sabía que su poder era igual o mayor al suyo, así que aún queriendo, nada habría conseguido negándose. Sin embargo, había en él algo que había cambiado desde la primera vez que lo vio. Sus ojos, antes inocentes e ignorantes, desconocedores de lo que la vida podía dar, estaban ahora llenos de una sabiduría y un conocimiento que incluso le superaba. Además… había confiado en él. James también lo había hecho, al igual que Remus y Lili, e incluso Marla. ¿Cómo podía traicionar esa confianza después de todo lo que había hecho por él? Harry ya no era un muchacho, ahora era un joven, un poderoso mago. De igual a igual.

Sólo deseaba que Marla no se hubiera cabreado demasiado.

- Me importa un comino que te parezca ridículo¡no hay tiempo para eso! Debemos dar con Azkaban YA.

- ¡Mírate! No deberíamos habernos ido del hospital¡apenas puedes sostenerte en pie!

- No es nada, pero si no doy con él va a ser un problema. Vamos, la prisión no puede estar muy lejos...

De nuevo, el tirón le hizo temblar haciendo que una compulsiva tos se expandiera por su pecho arrancándole un par de lágrimas de dolor. Otra vez, volvió a escupir más sangre.

- Basta, Harry.

- ¡Cállate!- exclamó ahora furioso. Se sentía impotente e inútil. No sabía donde podía estar Shelyak, ni donde estaba Draco o Snape¡ni siquiera sabía donde estaban! A pesar de dejarse guiar por los confusos y tumultuosos recuerdos de un Sirius canino, sólo habían logrado llegar en un espeso y aterrador bosque perdido en algún lugar del planeta. Ignoraban a qué distancia estaban de la prisión, incluso dudaba de que realmente hubieran ido allí. Y aunque estaba furioso y culpaba de su impotencia a su padrino, sabía que tampoco él podía hacer nada para remediarlo. Los recuerdos bajo la forma animal eran realmente difíciles y complicados, apenas consiguió comprender aquel bombardeo de sensaciones y olores, la mayoría de ellas aterradoras. Sin embargo debía hacer algo, lo que fuera...

Intentando controlarse los espasmos, se plegó sobre su estómago tapándose la boca con ambas manos.

Debía calmarse.

Pero la certeza de que aquellos con los que había depositado su confianza estaban en un verdadero apuro le obligaba a la acción, por más alocada que fuera. Se sentía culpable de aquello, no debió haberles dejado ir. Fleur, Hilda... podían haber esperado. Y ahora, por culpa de su conciencia, de sus estúpidos sentimientos de culpa, estaba perdiendo a aquellos que había terminado por apreciar. ¡Maldito fuera!

Empeñado a seguir con su cometido se volvió a incorporar a duras penas. Reprimió el impulso a dejarse caer con cansancio, y se apartó del hombre medio a tientas. No iba a quedarse allí lamentándose y odiándose por algo que ya no podía remediar. Poco le importaba si conseguía salir de esa, incluso se despreocupó por su estado. El único temor que inundaba su mente era el peligro que acechaba más allá de aquellos árboles, un peligro que amenazaba en cobrar sus primeras víctimas.

- Debías sacar la tozudez de tu padre¿verdad?- masculló Sirius siguiendo sus pasos hasta situarse a su lado y obligarle a sostenerse en él. Un amago de sonrisa salió de sus labios, realmente complacido de ver la determinación de su ahijado. James habría estado orgulloso de él.- Vamos a ir hacia aquél claro...

- ¿Recuerdas algo?- preguntó deseoso de encontrar una salida a aquella desesperante situación.

- No. Pero al menos vas a descansar un rato...

- ¡He dicho que no hay tiempo!- protestó intentando deshacerse de su apoyo, pero Sirius le sostuvo con fuerza.

- ...mientras yo inspecciono el lugar.- terminó con tranquilidad haciendo oídos sordos a sus protestas.- Quizá mis recuerdos no son demasiado claros vistos por un humano, pero sí lo serán por un perro, así que deja que eche un vistazo mientras reposas un poco.

Comprendiendo, decidió cerrar la boca y hacer cuánto le pedía. En realidad se había avergonzado al escuchar lo que tenía planeado. Era cierto, no había podido comprender aquellas imágenes, pero seguramente todo volvería a cobrar sentido desde el punto de vista en que había sido vivido. Al fin y al cabo, Sirius le había confesado que no había visto nada de la prisión hasta encontrarse frente la fortaleza donde le quitaron las ataduras y la venda que cubría sus ojos impidiendo así que supiera como llegar. Así pues, sus recuerdos sólo resultaban útiles a partir de su fuga en forma de perro, y aún así podían ser más una confusión que una verdadera ayuda pues el debilitado estado y el continuo temor los hacía confusos y caóticos. Sirius estaba haciendo cuanto podía por ayudarle, se preocupaba por él... y Harry sólo era capaz de pensar en sus propias acusaciones, enfureciéndose con los demás porque veía su propia inutilidad. Así, asintiendo sin rechistar, se recostó contra un tronco y se dejó caer al suelo intentando calmar su acelerada respiración.

- Mejor.- dijo al asegurarse de que el chico permanecería un rato más sin moverse.

En un abrir y cerrar de ojos, donde antes había habido un hombre ahora aparecía un enorme perro negro que le miraba alegre. Sin embargo, toda su alegría se esfumó al olisquear aquél nuevo lugar. De pronto, su cola antes bailarina, se escondió entre sus patas mientras el precioso canino se encogía asustado.

- Vamos, Sirius... no me falles ahora.- susurró Harry mirándole con súplica.

Los gemidos lastimosos del animal cesaron al comprender el sentimiento de desesperación que escondían aquellos dos ojos verdes que le miraban con fuerza. Sin más, haciendo acoplo de valor, el perro se enderezó y, tras una última mirada inteligente, empezó a olfatear el aire en busca de un camino oculto hacia los recuerdos.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Sentía sus manos frías, al igual que todo su cuerpo, y la sensación de que algo estaba tirando de él había pasado de algo casual a un continuo desequilibrio en su paso. Estaba realmente asustado.

Y la imagen no podía ser por menos desoladora.

Sirius temblaba a su lado mientras intentaba en vano sostenerle, casi parecía que era el chico y no él quien no podía mantenerse en pie. Pero poco importaba. Sus miradas, incrédulas y aterradas, observaban la oscura silueta deforme y amenazadora de Azkaban. Sus altos muros de piedra, fríos y malignos, creaban una barrera infranqueable hacia la fortaleza. Podía ver como una permanente neblina cubría sus torreones haciendo que parecieran gigantes eternos, guardianes inflexibles, vigilantes justicieros que gobiernan por encima de los mortales condenados a sus pies hasta el fin de sus vidas. Pero no era eso lo que más le horrorizaba, aquella sensación de continuo terror y maléfico ambiente, sino la cruenta y desequilibrada batalla que se estaba desarrollando.

Cientos, miles de sombras negras sobrevolaban la fortificación como llevadas por un invisible torbellino de sed salvaje. Y, en su centro, un diminuto resplandor intentaba sobrevivir diezmando cada vez más su esperanza frente a la creciente oscuridad.

- No…- susurró sin aliento. Por poco no se deja caer derrotado. Sus piernas flaquearon y dejaron de sostenerle, sólo la fuerza de su acompañante sirvió ahora para mantenerlo entre su desesperación.

- Venga.- dijo sintiendo una serenidad que nunca imaginó tener. Era cierto que aquél lugar había vuelto a engullirlo en un insalvable pesimismo, que incluso creyó que caería lloriqueante y asustado, demasiado horrorizado ante su imagen como para ser capaz de actuar. Sin embargo, había sucedido todo lo contrario. Nada de miedo, nada de terror. Era como si todos sus temores hubieran desaparecido al asumir su regreso obteniendo una increíble calma que le permitía mirar con la razón y no con el corazón, demasiado temeroso como para decidir.

- Es imposible… estamos perdidos… ¡es un suicidio!

- ¡Vamos!- exclamó ahora con severidad.

- ¡Necesitamos ayuda!

- ¡Nosotros somos la ayuda, Harry!

- Nos matarán…

- Y ellos morirán si no hacemos nada. ¿Qué te ocurre? No eres el Harry Potter que yo conozco. Dime¿acaso tienes miedo?

- ¡No!- gritó enfurecido.

- Entonces no hay tiempo para dudas.

Era cierto, no había tiempo para dudar. Tosiendo, se apartó de él medio agachándose con dolor.

- Mejor quédate aquí.- dijo con una sonrisa tranquilizadora. No le culpaba, ni siquiera pensaba que pudiera ser un cobarde, en realidad había sido él quien le había hecho abrir los ojos y por ello le estaba agradecido. Pero estaba claro que estaba demasiado débil para seguir, fuera lo que fuera que tuviera.- Dumbledore enviará refuerzos, guíalos hasta nosotros cuando lleguen.

- Pero…

- En tu estado es mejor que te mantengas al margen.- Harry enseguida captó el sentido de sus palabras. Ahora mismo su fuerza y magia estaban lejos de funcionar en su ayuda, yendo solo sería una carga inútil que vigilar. Reprimiendo un nuevo ataque, se medio incorporó mirándole directamente a los ojos.

- Evita que te maten.

- Tranquilo, no me permití morir en este lugar antes y tampoco voy a permitirlo ahora.- guiñándole un ojo con confianza, se alejó de él corriendo hacia el pequeño puerto de madera dirección a Azkaban.

Sintió una terrible urgencia de ir tras él y detenerlo. Mirar hacia la prisión no hacía sino encogerle el corazón¿cómo podía ayudarles yendo él sólo? Sirius, aún cuando sabía que era un gran mago, no podía hacer milagros, tenía su límite. Volvió la mirada hacia aquél punto luminoso que ahora era más débil y gimió al sentir como un peso enorme se colgaba de sus hombros obligándole a encogerse casi incapaz de levantar la cabeza.

Por unos instantes, el brillo aumentó en fuerza y poder para después ser mucho más frágil que antes.

De rodillas al suelo, rozando sus manos en aquella tierra pedrosa que le llevaba a una playa rocosa con aguas oscuras y frías, Harry vio el final de toda esperanza. Deseó levantarse para seguir a su padrino, seguro de que iba directo hacia su muerte. Deseó conseguir ser capaz de albergar más valentía y poder para así dar una nueva oportunidad a aquellos que se debatían entre sombras, incapaces de ver ninguna salida más que la oscura tumba de la muerte. Incluso deseó morir si con ello podía terminar con aquella agonía tanto propia como la de los demás. Pero, frustrado, sólo era capaz de observar como aquella luz de esperanza iba apagándose con cada segundo pasado hasta convertirse en nada más que un recuerdo de una estrella.

- ¡NO!- exclamó horrorizado.- ¡Shelyak, levanta!

Estaba sólo, sin nadie que pudiera sentir sus gritos enfurecidos, pero aún así, algo le decía que sus palabras no se perdían en la oscuridad.

- ¡Maldita sea, LUCHA!

Un rugido lejano, amortiguado por el espesor del aire que rodeaba el lugar, le obligó a tomar la determinación que necesitaba. No tenía ni un minuto que perder.

Haciendo acoplo de fuerzas, se incorporó entre jadeos. Cogió la varita que aún guardaba en el bolsillo, y la agarró con fuerza, como si fuera su vida en ello. Ni siquiera se dio el lujo de pensar dejándose llevar por sus instintos ahora desbordados.

- ¡Experto patronum!- pronunció con resolución.

Nada más que un suave resplandor plateado salió de la punta de su varita. Volvió a intentarlo pero, otra vez, sucedió lo mismo. El cansancio y desgaste le estaban pasando factura. Su perseverancia, aún ser de elogio, no iba a ser suficiente ésta vez. Pero no por ello dejó que la derrota le hiciera recular, en vez de esto, siguió insistiendo con tozuda firmeza pues no podía ni quería dejarse vencer con tanta facilidad. Sin embargo, debía ser realista, aquél lugar, el ambiente, incluso el aire que entraba por su boca entrecortadamente, resultaba frío y agobiante. Decía el nombre del hechizo alto y claro, pero en su mente nada acompañaba a aquél deseo. Ningún sentimiento de felicidad, ningún recuerdo de alegría. ¿Cómo podía entonces querer invocar a su patronus? La respuesta era simple: ya no era por él, sino por los demás. No podía fallarles, hacerlo supondría su muerte. Se negaba a aceptarlo.

Concentrado en hacer crecer aquella vaporosa nube en un magnífico ciervo plateado, no se percató de la nueva aparición que asomaba por entre los tortuosos árboles del oscuro bosque que crecía a su espalda.

Un par de ojos negros y brillantes, observaban al muchacho quien apuntaba hacia ningún lugar haciendo que una cálida luz saliera del objeto mágico que sostenía. Había algo en aquella cosa que agarraba entre sus manos que relajaba al nuevo bienvenido haciendo que su precaución se calmara hasta pasar a una inusitada curiosidad. Lentamente, evitando alertar al chico de su presencia, avanzó cautelosamente sin dejar de observar a aquella magia que fluía en el aire, una magia que le agradaba y hacía tiempo no había sentido con tal calor en aquél lugar.

Harry se detuvo unos instantes para intentar ordenar su caótica mente en busca del sentimiento que necesitaba. Y, aunque en un principio pareció algo imposible, demasiado alejado de aquella felicidad que necesitaba, de repente algo le golpeó encerrándole en una burbuja de calidez, como si al fin hubiera dado con lo que buscaba. Sin perder un segundo, invocó de nuevo el hechizo que crearía a su patronus. Y, en respuesta, un precioso e imponente ciervo se materializó frente a un sorprendido chico quien al sentir su contacto etéreo y mágico no pudo sino sonreír con gratitud. Iba a darle un par de palmaditas en su crin cuando algo más llamó su atención.

Detrás de él, observándole con serenidad, un reluciente unicornio blanco permanecía estático con su mirada fija en él.

El animal no se movió. Tampoco él lo hizo. En vez de esto, fue el brillante ciervo quien inclinó la cabeza hacia el mágico animal. Harry enseguida le imitó, aún sin ser capaz de comprender lo que estaba sucediendo. Sin embargo, no tuvo tiempo para replantearse qué más hacer cuando fue el mítico caballo quien se acercó a ellos con paso calmado. Comprendía muy poco, pero la imagen de aquella bella criatura yendo hacia él le estremeció. ¡Un unicornio¿Qué hacía allí? El unicornio, aún cuando se dirigía directo a él, no dejaba de observar atento al otro animal mágico. Aunque… ¿acaso tenía una identidad propia un patronus? Harry sabía que no, sólo era una manifestación del mago bajo un hechizo, un mero deseo de felicidad que le cubriría frente los deméntores.

Mucho más rápido de lo que hubiera deseado para ser capaz de asimilar todos aquellos sucesos que le estaban fustigando desde hacía ya rato, el animal llegó junto a un asustado chico quien imaginaba que no tardaría en atacarle sin saber el porqué. ¿Qué podía hacer? Lo que sabía de los unicornios había sido gracias a Hagrid, y aún se acordaba de la clase en que los había visto vivos… Los unicornios no se acercaban a los humanos, menos aún a los hombres. ¿Qué estaba pasando¿Qué quería?

Atónito, se vio acercando una temblorosa mano hacia el animal casi esperando que lo mordiera o, en el menor de los casos, que saliera disparado lanzándolo por los aires con un potente y doloroso golpe. Pero, por si no se había quedado ya bastante sorprendido con todo aquello, el animal aceptó su tacto y permitió que se acercara ahora él.

- ¿Qué quieres?- preguntó al unicornio como si fuera capaz de responderle. ¿Qué más podía decirle? Estaba demasiado confuso por entender aquél atípico comportamiento, ni siquiera comprendía qué estaba haciendo allí un unicornio. Pero, para su más desconcierto, el ciervo aún permanecía allí ahora mirando al chico al igual que el animal, como si ambos esperaran a que reaccionara.

Al ver que no deducía lo que sus actos querían transmitirle, el unicornio movió la cabeza indicándole su lomo. Harry casi se desploma del susto.

- ¿Qué te monte?- suspiró con espanto.

El animal relinchó impaciente volviéndole a indicar su lomo dándole un empujoncito al hombro con el morro.

"¿Genial, un dragón y ahora un unicornio… ¿y después qué¿Una alfombra voladora?" pensó con desanimo. A pesar de que aquello le habría parecido emocionante y atractivo, ahora sólo conseguía aterrarlo. Se encontraba demasiado perdido como para ser capaz de afrontar la situación con lógica y razón. Pero, al parecer, el animal sabía mucho mejor que él qué hacer. Así pues, asintiendo con desmayo a su insistente petición, se balanceó para subirse sobre su cabalgadura sintiendo un repentino miedo al comprender que, a diferencia del ancho lomo del dragón, ésta vez se sentaba en un animal mucho más pequeño y rápido que, además, carecía de puntos donde poderse agarrar con seguridad.

El ciervo, sin volver la mirada, empezó a cabalgar directo hacia el oscuro mar seguido por un veloz unicornio. Harry apenas tuvo tiempo para agarrarse a su cuello cuando éste empezó a correr detrás del reluciente patronus. Todo era tan irreal, que no pudo llegar a plantearse lo que estaba haciendo.

Como dos estrellas de luz cortando el tiempo, ambos animales saltaron en el aire corriendo veloces por encima el agua como si ésta no fuera más que un suelo cristalino. Rápidos, no tardaron en llegar en la pequeña y rocosa isla que ocupaba la gigantesca prisión.

Apartando de él su desconcierto, intentó observar el presente de forma analítica y objetiva. Debían buscar alguna entrada hacia la prisión, pero en la dirección por la que iban no había nada más que el grueso muro musgoso. Encogiéndose de dolor al intentar mover sus atrofiados músculos del cuello, ignoró la imagen veloz de las oscuras aguas meciéndose bajo aquellas patas blancas que parecían flotar por un segundo suelo por encima del inestable mar. Pero seguía sin poder ver nada por donde pudieran pasar. Quizá si rodeaban un poco la muralla… Sin embargo, no era aquello lo que compartían aquellos dos seres mágicos, concentrados en seguir directos hacia la cada vez más cercana pared.

- Deberíamos rodear la costa en busca de una entrada…- se intentó explicar gritando por encima el aire que taponaba sus oídos. Pero o bien no le había oído o, como más normal le parecía, era incapaz de entenderle.- ¡Gira un poco!- exclamó ahora acercándose al oído del animal.

Gruñendo por su pesadez, removió la cabeza con impaciencia y aceleró la carrera llegando a la altura del ciervo. Su acelerón le tomó tan de repente que casi se cae del susto. Decidió que, fuera lo que fuera que iba a pasar, no tenía otro remedio que esperar a que aquellos que ahora guiaban su vida le dieran permiso para retomar sus riendas. Mientras, lo único que podía hacer era observar, indefenso, cuanto ocurría a su alrededor.

Veloces, se dirigían directos hacia la amurallada prisión. Las altas y acorazadas paredes estaban cada vez más cerca, el chico al final había optado por resignarse a que terminaran estrellándose contra el indestructible muro. Quizá aquellas murallas no podían impedir el paso de un ser incorpóreo como era su patronus, e incluso era posible que el unicornio tuviera la facultad mágica de traspasar objetos sólidos… pero Harry no tenía ninguna habilidad que le permitiera aquello. Así pues, y con la velocidad que iba, lo más probable era que terminara estampándose contra la húmeda roca matándose con el impacto. "Al menos será algo inaudito…" pensó con optimismo. Tenía cierto toque de gracia la imagen, y no pudo sino sonreír al imaginarse la situación.

Como si le hubiera leído los pensamientos, el cuerno del animal empezó a brillar cada vez con mayor intensidad mientras se lanzaba alocado en una vertical ascensión por un empinado acantilado. De no ser porqué era imposible, Harry habría jurado que el animal era capaz de volar. Pero las alas eran invisibles a su mirada.

De un brinco, los tres saltaron por el aire enfrentándose ahora a una de aquellas paredes fortificadas con toneladas de roca. El brillo del cuerno llegó hasta tal punto, que el chico tuvo que cerrar los ojos medio escondiendo la cabeza.

Una fuerte explosión le sacudió con violencia amenazándole en soltarse. Ni siquiera tuvo tiempo para pensar en aquello que acababa de suceder que el movimiento cesó y la oscuridad volvió a rodearle con normalidad.

Abriendo temerosamente los ojos, se vio en lo que parecía un gran y desértico patio de piedra guardado por enormes murallas.

Despacio, bajó del suave lomo blanco del animal y observó el gran agujero que se abría tras de sí entre runas recién caídas a su alrededor. Al parecer, la magia del unicornio les había abierto una entrada. Así pues, debían estar en el interior de la fortaleza…

Iba a darle las gracias cuando el patronus se le colocó a su lado mientras el otro animal se tensaba observando a su alrededor y estrechándose más al chico que empezaba a comprender aquella sensación. Resignado y listo para afrontar lo que se les echaba encima, preparó la varita y, con el entrecejo fruncido, miró hacia el cielo donde cientos e incluso miles de sombras se lanzaban directas hacia ellos.

- Genial, parece que hemos llegado en el mejor momento de la fiesta.- murmuró con tono apagado.

Cerrando tanto como pudo su mente, se obligó a apartar aquellos rumores distantes y lejanos de sus oídos centrándose en el movimiento que se estaba acercando cada vez más, como un depredador acorralando a su acorralada presa.

"Vamos allá." se dijo levantando la varita hacia ellos. Su patronus, reluciente entre toda aquella fría oscuridad, se levantó desafiante sobre sus dos patas y, en un impulso, arremetió contra los primeros que celebraban su próxima cena. A su lado, el cuerno del magnífico animal volvió a brillar aunque ahora dándole una luz que se propagó por todo su cuerpo como si fuera algo irreal. El calor de los dos animales le hizo olvidar el helor que asediaba a su corazón lanzándole a una inaudita valentía.

Con un grito de guerra, empezó a lanzar hechizos a diestro y siniestro obligándose a apartarse de sus presencias pues el mero hecho de respirar si quiera el mismo aire le producía náuseas de terror. Sabía que aquello no los haría desaparecer, pero no disponía ya de otra arma. Su patronus, aquello realmente efectivo contra aquellos seres, se encontraba ya de lleno en su lucha mientras el animal que les había acompañado iba acometiendo contra todo aquél que se cruzaba con él. Lo único que podía hacer era procurar que no lo acorralaran y, aunque el hechizo patronus era una poderosa arma frente a los deméntores, mediante ataques también los podía destruir pues, como todo ser, su vida no era inmortal.

Ataque, escapar, rodar por el suelo, hechizo, aguantar la respiración, volver a correr y otra vez atacar. Apenas era capaz de mantener su alma en su cuerpo entre tantos entes queriendo comerla y obligándola a escapar de su armadura de piel. No sabía si cerrando la boca conseguiría protegerse, pero le aterraba la mera idea de que saliera por entre sus labios con inocencia, como si al fin encontrara el descanso flotando en el aire y temerosa de escapar más allá lejos del cascarón que la protegía. Reprimió la tos y, secándose con la manga demasiado ocupado por preocuparse por su estado, siguió con su lucha por la supervivencia. Pero eran demasiados.

Cientos, quizá miles… El resultado estaba ya decidido. Al menos no iba a darles la satisfacción de conseguir lo que más deseaban: su alma.

Como quien no tiene nada que perder, Harry se lanzó feroz contra sus enemigos en un monótono tira y afloja que pronto se convirtió en rutina. Aunque debía admitirlo, estaba exhausto. Hacía poco que se había afrontado a la mismísima magia en un combate por dos vidas, y haberlo logrado ya era un gran decir. Sin embargo ahora se afrontaba a algo mucho mayor, algo que escapaba de toda posibilidad, y más aún con su estado debilitado y enfermo. Si al menos no le atosigara aquella maldita tos ensangrentada…

Sin poder refrenar el nuevo ataque, se plegó con los ojos medio llorosos por el esfuerzo y dolor que pronto le recorrió por toda la tráquea. Le parecía un infierno. Apenas tuvo tiempo de lanzar una débil protección en el momento en que un deméntor se lanzaba sediento sobre un indefenso chico. Por suerte fue suficiente rápido pues le hizo rebotar en ella apartándole de él unos saludables metros.

"Maldita sea…" se dijo al ver como una decena de ellos llegaban hasta él ahora con salvajismo, alargando sus huesudos dedos mortecinos en una carrera encarnizada contra su presa, ávidos por alcanzarle. Pero los temblores no cesaban y se sentía realmente mareado, confundiendo una repentina fiebre con voces y el gélido frío de las cadenas enroscándose por su cuerpo. Estaba perdido. Y sólo.

Un rugido violento tronó por el cielo haciendo temblar los cimientos y hasta las revueltas aguas del exterior. Pero, aunque todo su bello se erizó con aquél poder que emanaba del sonido, su corazón pareció salírsele del pecho de pura alegría. De entre las nubes que cubrían más allá de los torreones, una bola de fuego salió disparada cayendo como un gran meteorito en la tierra. Harry apenas pudo cubrirse la cabeza cuando el impacto le hizo perder por completo el equilibrio y quitándole todo rastro de aire en los magullados pulmones. Siguiendo la trayectoria que segundos antes había hecho aquella estrella de fuego, un inmenso dragón rojo se lanzó directo hacia él agarrando a cuántos podía con sus afiladas garras y desgarrándolos en el trayecto.

- ¡Shelyak!- exclamó medio incorporándose. Y aunque la caída le había provocado un doloroso chichón que tardaría en curar, la mera imagen del animal lo hacía insensible, demasiado contento como para reparar en enfados.

El dragón, con otro potente rugido, se posó encima el suelo barriendo a todo aquello que se interponía en la trayectoria de su cola. Su figura, con los alargados colmillos, sus agudizados ojos ahora convertidos en dos gemas doradas con una fina ranura negra, sus poderosas patas con aterradoras garras y su gruesa y ágil cola, era realmente imponente. El chico incluso sintió verdadera alegría de ser su amigo y no enemigo.

En una postura ofensiva y defensiva a la vez, el animal se enroscó alrededor del chico ofreciéndole su cuerpo como protección, mostrando sus afilados colmillos con amenaza para todo aquél que tuviera la insensatez de retarlo.

- ¡¿Estás bien?!- dijo incrédulo a la vez que se encogía cubriéndose la boca entre los espasmos escupiendo más sangre.

- Mejor que tú.- dijo con ironía. Harry se alegró de escuchar su tono desdeñoso y mordaz, como si no hubiera nada mejor que atender al irritable carácter del animal, una actitud que en más de una ocasión había terminado por hacerle perder la cordura.

- Me alegra oírte, Shelyak.- susurró tomando un pequeño respiro. Sentir el calor de su cuerpo de nuevo cerca le hacía sonreír con infinita gratitud. Hasta entonces no se dio cuenta de lo mucho que se había preocupado por él.

- Pues por poco no vuelves a hacerlo. ¡¿Cuántas veces debo decirte que no tomes la magia tan a la ligera?!- gruñó ahora mirándole con severidad. Con otro coletazo apartó a un par de deméntores como si no hubieran sido más que molestas moscas.- Terminarás matándote.

Harry no protestó. Sabía que tenía razón y, aunque tenía también buenos argumentos a su favor, la mera idea de empezar una larga y airada discusión le parecía demasiado agotadora.

- Lo siento.

- Mentiroso.- dijo apartando de nuevo su mirada. Pero su silencio le indicó que había comprendido todo cuanto no había dicho. En realidad, se conocían ya demasiado como para saber los motivos y comportamientos del otro sin necesitar de palabras.- Debemos salir de aquí.

- Pero…

- ¡Harry!- exclamó alguien a la distancia.

En apresurada retirada, dos hombres hacían verdaderos milagros por hacerse camino entre sus perseguidores quienes no dejaban tregua alguna. Apenas podían hacer un par de pasos antes de detenerse para afrontarse valerosamente a otra oleada de deméntores que se les echaban encima.

- ¡Ayúdalos!- gritó a su patronus haciéndose oír por encima de aquel silencio tan ruidoso. El animal se alejó al galope arremetiendo contra cualquiera que se interpusiera, haciendo un nuevo camino libre de sombras que pronto volvió a cubrirse con más enemigos que no dudaron en perseguir a aquella deliciosa estrella brillante.

- ¡Vamos, tenemos que ir hacia ellos!

- Mejor mira hacia tu derecha, me parece que él necesita más nuestro apoyo que los otros.

Una figura se movía medio tambaleante escapando como podía de la persecución en la que era partícipe. De vez en cuando amenazaba en perder definitivamente el equilibrio pero enseguida se recuperaba demasiado aterrado hacia aquellas oscuras formas encapuchadas que ahora volaban mostrando su deforme cabeza. Entre hechizos y horror, el hombre intentaba correr medio alocado hacia ningún lugar, intentando escapar de aquella pesadilla. Detrás de él, otro hombre le cubría las espaldas con mucho más aplomo y serenidad, rodeado por un extraño patronus que apenas era capaz de identificar. ¿Quiénes debían ser?

Aceptando, se incorporó a duras penas y echó a correr hacia ellos con la imponente presencia del dragón a su lado quien iba repartiendo fogonazos y arañazos por doquier. Le resultaba difícil avanzar, pero la imagen de aquellos dos individuos ser atacados por aquellos horripilantes deméntores quienes ya veían la cena servida, le urgía a seguir. Era como si estuvieran jugando con sus víctimas, dejándoles una escapatoria para después aplastarla con placer. Aunque quizá el patronus podría darles algo más de tiempo.

Ignoró los repentinos ataques de debilidad que precedían tras las llamaradas del dragón y siguió avanzando deseando que algún milagro apareciera pronto o nunca saldrían de allí tal y como habían entrado. Si al menos tuviera la certeza de que la muerte podía ser su otra opción… pero estaba el Beso del deméntor… y eso sería mucho peor que morir. Se apresuró.

- Agáchate.- dijo de repente su compañero.

Sin cuestionarse nada acató su orden justo cuando un intenso calor le erizó los pelos de la nuca. Un intenso olor a quemado impregnó el aire haciéndole quejarse con repugnancia.

- ¿Querías quemarnos?- preguntó con sarcasmo levantando la mirada del suelo.

No pudo sino sonreír al ver pequeños copos negros flotando en el aire, restos de capas oscuras ahora chamuscadas. Allí donde había llegado el poderoso fuego ahora no era más que aire pesado con aquella ceniza negra esparcida por doquier. Pocos deméntores habían quedado en aquél patio, y todos ellos se habían alejado durante el incandescente ataque del dragón. Sin embargo había una contrapartida a aquella violenta embestida… Harry no podía moverse. Sentía todo su cuerpo pesado y sin fuerzas. La tos volvió a atosigarle ésta vez sin tregua, debilitándole con cada nuevo espasmo, y la sangre siguió tacando el suelo con gotas rojas.

- Perdóname.- dijo el dragón bajando la cabeza.

- ¿Por qué? Has hecho un buen trabajo.

- Pero te he debilitado.

- No comprendo…- murmuró esforzándose en medio incorporarse.

- Tus heridas, éstas que no ves pero que te dañan… son el resultado de haber abierto los canales entre ambos.

- ¿Qué quieres decir…?

- Eso ha sido increíble…- dijo alguien apareciendo junto a los dos.

El chico no podía verle la cara, y tampoco reconocía la voz de su interlocutor, pero supuso que aquellos que debían socorrer habían conseguido llegar hasta ellos ahora que el camino había sido limpiado por el destructor ataque del animal.

- ¿Qué haces tú aquí?- preguntó otra voz mientras unos fornidos brazos le levantaban ayudándole a levantarse el suficiente como para verles las caras.- Creí decirte que te esperaras en la playa.- dijo ahora con una mueca de enfado.

- Y yo creí decirte que tuvieras cuidado.

- Mira quien fue a hablar¿no te has visto? Apenas puedes mantener la cabeza erguida, no creo que seas quien deba darme reprimendas.

Pero pronto su enfado desapareció por mostrar una agradecida sonrisa.

- ¿Y Draco y Snape?- dijo de repente.

- Aquí.- secundó alguien más uniéndose al grupo.

Detrás de él los deméntores volvían a reagruparse ésta vez mostrando mucha más precaución hacia sus presas quienes habían mostrado ser difíciles de capturar. Harry al verlos enseguida supo que el nuevo ataque no sería como los demás pues ahora ya no jugarían con ellos, sino que se lanzarían decididos a terminar cuanto antes con aquellos molestos y apetitosos insectos que no dejaban de incordiar. Sus facciones, pálidas y algo enfermas, se ensombrecieron al comprender la realidad a la que se enfrentaban. Y lo que era peor, tanto él como el dragón habían agotado ya sus fuerzas, y lo mismo parecía al ver a los demás que apenas conseguían mantener su pulso firme, como si aquello fuera lo único que los mantuviera en un falso aplomo.

- ¿Shelyak, puedes volar?- preguntó de repente rompiendo el silencio que se había creado entre todos ellos. Sabía que nadie le había entendido excepto el dragón, pero sus siseos hicieron cierto efecto en ellos tensando sus músculos involuntariamente. Le habría gustado evitar emplear el reptilingue, pero estaba demasiado agotado como para establecer una conversación mental con el animal.

- Supongo.

- ¿Podrías llegar más allá del bosque que se extiende fuera la isla?

- ¿Qué planeas hacer?

- No podemos quedarnos aquí. Aunque me niegue a decirlo, si nos quedamos estaremos perdidos. Debemos aprovechar ésta calma para escapar. Me temo que Azkaban está perdida…

- No puedo llevaros a todos.

- Sólo a dos.

- Bien.- llegando a un acuerdo, el dragón se puso en pie encarándose a las criaturas que aún permanecían estáticas aumentando en número cada vez con mayor rapidez, como si entre ellas pudieran llamarse, saliendo de cualquier sitio y ampliando su reducido grupo a uno mayor.

Temblando, probó de enderezarse. Lo único que consiguió fue quedarse sentado jadeando con avidez, cubriéndose la boca con los ojos entrecerrados y sintiéndose desfallecer. Pero estaba ya tan agotado que la mera idea de terminar cuanto antes con todo aquello le instaba a seguir hasta desfallecer, algo que seguramente no tardaría en pasar.

- Estás demasiado débil…- murmuró su padrino descansando su mano sobre el hombro del chico. El calor que emanaba de ella, a pesar de estar helada, le hizo continuar.

- ¿Cuánto tiempo más podrás mantener tu patronus?- preguntó al hombre que no conocía mirándole de reojo.

- El necesario.

El animal que descansaba bajo la palma de su mano ahora era visible para el chico. Un león. Su imagen, plateada y luminosa pero perfectamente nítida, daba una inmensa sensación de poder latente que le hacía brillar aún con más intensidad.

- ¿En qué estás pensando?- dijo Snape hablando por primera vez sin tan siquiera mirarle, centrado en aquella multitud amenazante cuyo volumen volvía a ser preocupante. Cualquiera hubiera dicho que aquél lugar estaba infestado de deméntores, como si fuera una gran madriguera de roca.

- Sirius, tú y…

- Yo.- dijo con una sonrisa el viejo hombre.

- Sí… y usted…- terminó algo desconcertado. No sabía el nombre de aquél individuo, pero al parecer tampoco había querido decírselo, cosa que descolocó al chico.- ¿Os veis capaces de desapareceros?

- Azkaban está protegido…

- Ya no.- cortó conteniendo otro ataque.- Podéis desapareceros sin temor.

- ¿Cómo lo sabes?

- El unicornio ha roto la barrera… al entrar aquí.

De un salto, el ciervo se colocó al lado del dragón agachando amenazadoramente la cabeza, dispuesto a salir a la embestida contra el peligro que estaba acechando a su creador. Cómo él, el mítico caballo que le había acompañado se acercó con paso majestuoso y cauteloso al frente de todos ellos, manteniendo un poste regio e imperturbable.

- ¡Aprisa!- urgió el dragón en su mente.

- Vosotros dos os subiréis al dragón.

- ¡¿Qué?!- exclamó incrédulo Sirius.

- ¿Estás loco?- secundó Malfoy creyendo que al fin había sucumbido a la locura.

- ¡A callar!- gritó enfurecido, pero pronto se arrepintió al ver como aquello había vuelto a lanzarlo de nuevo entre convulsiones.- Los patronus nos darán unos segundos. A mi señal, subiréis sobre el lomo de Shelyak y vosotros os desapareceréis.

- ¿Y tú?

- El unicornio me ayudará a escapar.

- Nunca he subido a un dragón.- murmuró ahora con el entrecejo fruncido. Sonriendo por su inusitada franqueza, decidió darle un experimentado consejo.

- Utilizad su pata delantera para impulsaros hacia arriba y tened cuidado con el ala. Pero no os demoréis mucho, no tenemos tanto tiempo.

- Dirás que se ha acabado el tiempo…- gruñó por lo bajo el dragón.

- Vamos allá.

Aún sus reticencias, todos levantaron las varitas a la espera de la señal que daría inicio a la escapada.

- Sirius¿crees que podrás desaparecerte?- susurró a su padrino quien le sujetaba de nuevo convirtiéndose en su fuerte apoyo.

- Hasta dónde.

- Tan lejos como puedas.

- No pienso dejarte atrás.

- Entonces hasta más allá del bosque en el que aparecimos. ¿Sabrás llegar?

El hombre le miró con determinación, como si retara a que le cuestionara de nuevo. Harry sabía que aunque fuera a rastras, su padrino llegaría hasta allí aún le costara la vida en ello. No iba a faltar a su palabra.

- ¡Ahora!- gritó al ver que la masa oscura empezaba a moverse dispuesta a saltar feroz contra aquella pequeña resistencia. Pero no iban a permitírselo.

Los dos patronus salieron disparados contra los deméntores que, al verlos venir, apresuraron su espera entrando en repentino movimiento. El dragón, siguiendo también la señal de su joven jinete, inspiró una bocanada de aire y, al llenar al completo sus pulmones, lo expulsó con otra nueva ráfaga de fuego. Ésta vez Harry no sintió el agotador tirón que le hacía trastabillar.

- ¡Draco!

Ambos exmortífagos se apresuraron a acercarse al dragón quien, tras el letal aliento, se había agachado ofreciéndoles la pata delantera como soporte.

- Gracias, Shelyak.- dijo con agradecimiento.

- Dámelas cuando salgamos de aquí.

Sin más, el dragón extendió sus enormes alas y, con un poderoso impulso, se lanzó directo hacia el cubierto cielo. Harry no esperó a asegurarse que se había ido para pasar a la acción.

- ¡Iros!

- ¡Tú primero!

- ¡No hay tiempo, vamos!- bramó alejándole de él con un empujón.

El desconocido accedió a su petición con un movimiento seco de cabeza y, agarrando a Sirius del brazo, le obligó a correr hacia donde hacía poco habían aparecido. Agradecido, Harry al fin pudo acercarse medio renqueante hacia el unicornio, quien se había mantenido alejado de los demás. El chico sabía que no tendría ninguna posibilidad de acercarse a él estando los demás cerca, por lo que con mirada suplicante había deseado que su padrino dejara a un lado la preocupación por su salud y confiara en su criterio.

El animal, al ver los esfuerzos de Harry por llegar hasta él, decidió tomar la iniciativa y se acercó sin prestar menor atención al peligro que empezaba a caer sobre ellos.

Los patronus se desvanecieron no sin antes llevarse a unos cuantos más con ellos. Ahora que la magia que los mantenía había dejado de fluir, su luz se difuminó en el aire dejando un temporal muro plateado que mantendría a sus enemigos en una nueva espera.

Viendo que su única protección se desvanecía, se impulsó sobre el lomo del animal y, abandonando ya toda lucha, dejó que fuera su montura la que le llevara lejos de allí, junto a los demás.