¡Buenas! Antes de nada, empecemos con los reviews:

FFmania: uo, menuda sorpresa al ver tu review! No esperaba que dejaras ninguno pq como ya me lo comentas por el msn… Pero me alegro! A ver qué me cuentas de éste capi… ¡Hasta pronto!

Paty: ah… chica, eres mi salvadora. Debo decirte que tus reviews me instan a seguir, son la mejor terapia ante la depresión de falta de inspiración. Gracias!!!! Pues mira, aquí te dejo el siguiente cap. Al final, en contra de lo que dije el otro día, puede que se alargue unos cinco capítulos más (espero tener la suficiente paciencia por seguir). Hay demasiadas cosas que aún debo atar. Y, sinceramente, cada vez me lío más con mi propia escritura. Atípico¿verdad? XD Venga, nos vemos!

jim: pues aquí va el siguiente. Espero que sigas por aquí un tiempo más. Gracias y hasta pronto :)

osma pafdez: ¿eres nueva por aquí? Gracias por dejar review y así saber que existes y lees el fic. Bye!

GeLu: oye, pues no sabes cuanto me alegro de que, aunque sea solo por una vez, saber que hay más gente que lee (pq si no decís nada, es imposible que sepa de vosotros). En lo que dices sobre los últimos capítulos… tienes toda la razón. Lo sé. Y me maldigo por ello, pero también hay que entender que ando escasísima de tiempo (trabajo a jornada completa y estudio, y encima tengo los deberes familiares y sociales que todo el mundo puede tener). Apenas tengo tiempo por hacer lo que más quiero, que en mi caso una gran parte de ello es escribir. Supongo que todo éste estrés y el pesimismo que pueda tener se refleja en la historia (un ejemplo es que Harry está mucho más maltratado de lo que tenía planeado en un principio). Pero tampoco puedo evitarlo. Al igual que un pintor al realizar una obra, en la escritura se plasma el estado de ánimo del escritor. Y como sólo puedo ponerme a ratos de tiempo, no estoy precisamente animada yendo siempre de culo XD Así que, un poco de comprensión, plis :) Venga chica, gracias de nuevo por decidir dejar un review y hasta otra!

Pedro I: wei, hola! Jejejeje, lo de poner el número 1 ¿a qué viene, si puedo preguntar? ;) Me alegra verte aún por aquí, espero que puedas seguir hasta el final. Chao!

Aquí tenéis el cap 31 que, advierto ahora, tiene algo de… paja. Bueno, en realidad casi todo es paja puesto que se podría resumir en un par de frases (a nivel de redacción, unos dos párrafos). Pero alguna vez debe haber uno de éstos¿no? No he tenido más opción que hacerlo así, lo siento. En cuanto a la longitud… unas 14 páginas Word (no está nada mal). También voy a advertir que el título del capi está muy claro desde mi punto de vista, pero no sé si lo comprenderéis igual que yo (llevo mucho más tiempo incidiendo en el contenido). Aps y… el final, aunque parezca un poco rápido, es tal y como deseo que sea (no creáis que era por falta de tiempo, pq ahora mismo voy a seguir escribiendo (weno, quizás no), al parecer hoy dispongo de algo más de tiempo!!) Pues ale, eso es todo por hoy! Nos vemos, gente! (Y por si vuelvo tras Navidades…) BON ANY NOU!!! (Feliz Año Nuevo / Happy New Year)

-Ithae-


Capítulo 31 – La respuesta de la luna

Tras una escapada a la fuga, el chico cayó en una continua duermevela, despertando de vez en cuando al trote del unicornio y observando alerta a su alrededor para volver a caer en un sopor de agotamiento. Pronto llegaron más allá de aquellos árboles tortuosos y esqueléticos para pasar a una gran llanura desértica donde, al fin, detuvieron su carrera. No tardaron mucho en ver a los otros quienes, tras llegar, se habían apresurado en desmontar del enorme animal.

Con paso mucho más relajado, su compañero le llevó junto a los demás, dejándole descansar en un estable suelo. Y, aún cuando Harry agradeció el inmovible suelo, también se alegró de poder calmar los nervios sintiendo como aquella fría y nublada noche le sumía en un hipnotizador y apetecible sueño.

No tuvieron que esperar mucho para ver como un considerable grupo de gente se encaminaba hacia ellos desde el otro extremo del claro. De entre ellos, un par se adelantaron dirigiéndose directos hacia ellos mientras los demás proseguían con su contienda adentrándose al bosque por donde hacía poco terminaban de escapar. Para su sorpresa, Draco se sentó en el suelo dejando medio a cubierto sus facciones mientras el hombre misterioso decidía avanzar hacia los recién llegados.

- No te muevas.- le susurró Snape a su lado.

Harry no comprendió aquella orden y pensó que, si se refería a que no querían levantar sospechas, algo que indagó al ver la reacción de su hermano, la vista de un dragón y un unicornio en un grupo de cinco hombres casi todos maltrechos y agotados no era algo del todo común. Pero al dirigir su mirada hacia donde momentos antes había habido sus dos místicos compañeros se sorprendió al ver que no había nada más que aire en su lugar. Shelyak seguramente se habría escondido con su especialidad de camuflaje¿pero y el unicornio? Al verse incapaz de levantarse, se mantuvo con los oídos bien atentos creyendo que ya nada habría en aquella noche que pudiera sorprenderle.

- ¿Sólo sois vosotros?

- No había nadie más.- dijo uno de los desconocidos.- ¿Necesitáis ayuda?

- No.- respondió secamente.- Avisé al Ministerio personalmente¿y sólo han podido enviar cuántos…¿Diez?

- Veinte.

- ¡Por Merlín!- exclamó con furia.

- Debo pensar que sois el grupo de reconocimiento que se nos ha informado ha ido a Azkaban para observar la situación¿cierto?

- Sí.

- Dígame su nombre, por favor.

- Oxenford, Albert.

- Bien, señor Oxenford. A partir de aquí nosotros tomaremos el mando. Al parecer su equipo está demasiado debilitado para poder acoplarse a nosotros, así que mejor será que intenten regresar al cuartel para recibir un reconocimiento…

- ¡Pero sois pocos, no podréis con toda ésa plaga…!- gritó ahora airado.

- Señor, su misión aquí ha terminado. Retírese con sus miembros del grupo, si alguien no pudiera, que se espere aquí, regresaremos dentro de un par de horas como mucho.

Sin más, ambos dieron media vuelta y volvieron a alejarse regresando junto al grupo que se había detenido justo a la entrada del bosque.

- Malditos estúpidos…- siseó el profesor con desprecio.

- ¡Se van a matar!- dijo igual de enfadado su padrino hacia el hombre que recién llegaba junto a ellos.- ¿Es que no lo ven?

Le iba a responder cuando un gruñido seguido por la reaparición del dragón les silenció. Harry gimió en su interior pero sin reprimir la tos que aún le acompañaba. Sus estados les acallaron cualquier discusión haciéndoles ver que lo más importante era salir de allí.

- No podemos hacer nada por éstos necios. Si quieren morir allá ellos.- respondió con desdén el exmortífago con calma. Harry imaginó que de no haberse percatado de su estado, Sirius habría saltado furioso contra su rival, eufórico por encontrar una excusa que les llevara a su eterno enfrentamiento.

- Cierto.- le secundó el hombre llamado Albert.- Venga, nos vamos.

Cogiendo un par de piedras del suelo apuntó a una de ellas con su varita y, tras un rápido portus, repitió el proceso con la otra.

- ¿Van hacia Azkaban?- consiguió preguntar tomando numerosas bocanadas de aire.

- Han recibido órdenes para hacerlo.- le respondió Albert.- Me parece que el Ministerio no va a aceptar su pérdida tan fácilmente.

- Entonces Sirius tiene razón… no sobrevivirán…

- No es asunto nuestro detenerlos. Lo han decidido ellos.

- ¡Pero van hacia una muerte segura!

- Nosotros iríamos también si los siguiéramos. Además, me temo que por más que insistiéramos acabarían por atacarnos en el percance.

- ¿Pero por qué deberían…?

- No somos muy famosos, precisamente.- dijo con una risa amarga que le confundió.- Tomad el portador. Tú y el dragón os venís conmigo. Me parece que tu amigo está demasiado débil para hacer otro viaje.

Cogiéndole bajo los brazos y obligándole a dejar caer todo su peso en él, el hombre le condujo junto al dragón quien mantenía los ojos entrecerrados y la respiración algo más precipitada.

- Albert, no tienen ninguna posibilidad…

- Te lo he dicho: es su elección. Convertirlo en nuestro problema nos conducirá a la muerte.- dijo con tranquilidad aunque sin rastro de emoción en su voz, como si decir aquello sirviera también para convencerle a él mismo.- Y, por cierto, no me llamo Albert.

- Pero usted le dijo…

- No eres muy listo¿verdad?- sin poderlo esconder, un atavismo de cálida sonrisa apareció en su arrugado aspecto, mucho más viejo bajo la oscuridad de la noche sólo rota por la luz lunar que, aunque no era llena, conseguía iluminar gran parte del cielo traspasando algunos claros de nubes.

- Ni que lo digas…- murmuró el dragón con algo de diversión entre su debilidad, algo que arrancó una mueca sarcástica en el chico.

- Mi nombre es Aberforth, Harry.

Sin darle tiempo a pensar ni responder, los tres se vieron arrastrados lejos de allí, entre un frenético torbellino mágico que los transportaba hacia algún lugar.

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Se despertó rodeado de mullidos cojines con un suave olor a lavanda. La textura de las sábanas acariciaba sus pies con placer, como plumas blancas de cisne. En aquel momento, la idea de levantarse le resultaba imposible, demasiado hipnotizado por aquella tranquilidad como para abandonarla. Pero un cosquilleo en la nuca le obligó a despejar su mente, algo que habría evitado hacer de saber las consecuencias de aquella inocente acción.

- ¡Arriba dormilón!- dijo una grave voz en su cabeza.

- Oh, no…- suspiró cubriéndose la cara con la almohada.

- ¿Acaso no te cansas de dormir?

- No.

- ¡Pues yo sí, así que arriba!

- Pero mira que eres pesado… ¿se puede saber qué te ocurre?

- Me aburro.

Completamente sorprendido por aquella franqueza, se puso a reír a carcajada limpia. Atónito se dio cuenta de su estado relajado y calmado, una sensación de paz y felicidad rebozaba por todo su cuerpo sintiéndose con una libertad que hacía mucho no sentía. Le parecía que en aquel momento nada podía haber que mereciera de su preocupación, nada que temer, nada por lo que angustiarse.

- ¡Ve a jugar, entonces!

- Me falta mi juguete favorito…

- ¡Anda y que te den!- exclamó divertido.

Demasiado despierto ya para seguir en aquella cama, optó por levantarse. Se lavó al lavabo conjunto a la habitación y, una vez más despejado, se puso la única ropa que había para él encima una pequeña y acogedora butaca al lado de la ventana. Vistiéndose unos tejanos, una camiseta y un jersey, se acercó a las cortinas que cubrían la vista hacia el exterior, y las apartó con gesto energético. Detrás de ellas, un día fresco y primaveral se despertaba con el cielo medio nublado. Dejando que el aire pasara hacia la estancia para renovar el que había permanecido durante todo su descanso, salió de la habitación encontrándose en un largo pasadizo blanco suavemente iluminado por grandes ventanales a su largo.

No tenía ni idea de donde estaba, pero tampoco pareció preocuparle. En vez de esto, se encogió de hombros y empezó a andar curioseando con cada puerta que encontraba mientras de vez en cuando iba observando la vegetación que se extendía más allá de aquellas paredes con cristales, velas apagadas y espejos y cuadros dorados. Recordaba su escapada a Azkaban, al igual que todo por lo que habían pasado, pero al parecer aquello era ahora algo un tan lejano. No había ni rastro de aquella atosigante tos, al igual que su ropa era completamente nueva, ni siquiera sentía cansancio alguno o dolor en su cuerpo. En vez de ello, una inexplicable armonía le hacía sonreír alegre hacia el nuevo día como si no hubiera nada mejor que el calor de los rayos del sol rozándole la piel en bienvenida.

Una habitación, otra y otra. Cada una de ellas igual que la anterior. La única que había diferido era la que él había utilizado. De nuevo, volvió a abrir otra puerta, la cuarta, cuando lo que en un principio había sido un simple vistazo en su interior carente de interés, se convirtió en pura sorpresa. Al otro lado de la puerta, una chica salía del baño cubierta por nada más que una toalla. Su pelo, mojado y resplandeciente, caía en cascada por su espalda haciendo que toda su figura resaltara con fuerza. Su piel, blanca y suave, se recortaba con la luz que entraba por aquella ventana que hacía poco había abierto oliendo alegremente el aire del día.

Ninguno de los dos dijo nada, sorprendidos y demasiado impactados como para moverse. Pero fue su mirada, impresionada al ver que le estaba observando desde la puerta con lo que llevaba puesto, lo que le hizo reaccionar cerrando de golpe aquella entrada a una sala donde no debió irrumpir.

Atónito y aún incapaz de saber lo que acababa de ocurrir, sintió como la sangre que se había detenido durante aquellos breves segundos volvía a correr ésta vez haciéndole sonrojar de vergüenza. ¡Por Merlín! Acababa de abrir la puerta de Hermione, había roto su intimidad sin ningún respeto, cogiéndola medio desnuda, saliendo de la ducha y sin apenas secar. Pero si con eso no había sido suficiente, encima la había mirado completamente hipnotizado, incapaz de reaccionar, incapaz de despegar sus ojos de su cuerpo observándola fijamente. Debió apartar la mirada, pedir perdón… pero en vez de esto sólo había sido capaz de cerrar la puerta escondiéndose detrás de ella. ¡¿Estaba loco?!

Pero su belleza le había fascinado.

¿Y qué hacía allí Hermione? Habría vuelto a abrir la puerta para preguntárselo, pero se detuvo al recordar lo que acababa de pasar. ¿Pero qué le ocurría? Era incapaz de pensar con claridad, como si se hubiera dado un golpe dejándole demasiado atontado como para razonar.

Con torpeza, siguió su camino, aún recordando su imagen y latiéndole con fuerza el corazón con su memoria.

Tras bajar unas lujosas escaleras de mármol, se encontró frente a una gran puerta más allá del enorme recibidor. A su derecha, un par de puertas de cristal se abrían hacia lo que imaginó que sería el comedor. Al llegar, otra inesperada imagen le obligó a dar media vuelta preguntándose bajo qué estrella se había levantado ésta vez. Sin embargo, en vez de turbarse por lo que acababa de ver, una satisfecha sonrisa se dibujó en su cara. Y, mucho más contento que antes, se dirigió hacia la estancia de enfrente donde una gran mesa con múltiples sillas se presentaba como el auténtico comedor. Esta vez no había nadie más.

No sabía qué hacía allí ni tampoco lo que buscaba realmente, pero el hambre comenzaba a manifestarse y lo que sí tuvo claro era que necesitaba algo para calmar a su autoritario estómago.

Al otro lado de la sala, una puerta medio escondida al lado de una preciosa chimenea le llamó la atención. Pensó que, con algo de suerte, le llevaría hasta la cocina de aquél castillo repleto de sorpresas. Resuelto, fue directo hacia ella. Un corto pasillo le llevó hacia otra sala sin ninguna entrada que traspasar. A la distancia, se alegró de saber que había acertado en sus suposiciones.

Una gran cocina repleta de múltiples cazuelas y paellas bronceadas y plateadas que colgaban de la pared resplandecía bajo la luz de decenas de velas colgadas de las paredes además de dos grandes ventanas que permitían ver un extenso jardín. La estancia era realmente bonita. Una gran y larga mesa de madera ocupaba todo el lateral de una pared sin intromisiones, mientras frente a ella había otra de mármol con un conjunto de fogones ahora apagados. También pudo ver una ventanilla no muy grande que imaginó que debía ser un horno antiguo. Aquel lugar le hizo degustar deliciosos platos, exquisitos manjares hechos con la mayor delicadeza y experiencia, todo un placer para el paladar.

Una figura de poco más de un metro salió de una oscura estancia cargando un montón de platos con un impresionante equilibrio. Los dejó sobre un taburete que le servía de pequeña mesa a medida, y se apartó ciñéndose las mangas preparado para empezar a trabajar.

- ¿Dobby?- preguntó el chico al reconocer el jersey que vestía y que recordaba habérselo regalado hacía unas cuantas navidades.

- ¿Amo Potter?

El elfo, al percatarse de su presencia y después de unos segundos intentando identificarlo, abrió los ojos como platos lanzándose lagrimoso sobre un alegre Harry.

- ¡Harry Potter!- exclamó con su fea cara medio escondida en su pecho.- ¡Por fin puedo volver a ver al amo Potter!

- Vamos, vamos… Dooby, me estás mojando toda la ropa.

- ¡Oh, perdóneme señor Potter, yo no quería… pero es que…!

- No importa, yo también me alegro de verte.- dijo tras apartarle con suavidad. El elfo, sonriendo pero aún lloroso, se medio desplomó al suelo quedándose sentado con cara de atontado. Harry no tuvo otro remedio que mantenerse agachado.- ¿Qué haces tú aquí?

Se sintió algo estúpido preguntando aquello ya que ni siquiera él sabía dónde estaba, pero parecía que aquél detalle era algo irrelevante.

- ¡Trabajo aquí ahora, amo Potter!

- Dobby, deja de llamarme así, eres libre…

- Lo siento, aún no me acostumbro a llamar a mi amo por su nombre.

- ¡No soy tú amo, Dobby!

- Dobby trabaja para usted, amo Potter.- dijo abriendo exageradamente los ojos por lo que aún parecieron más grandes de lo común.- Dumbledore pidió a Dobby el trabajo de venir a la honorable mansión Potter para trabajar a su servicio.

- ¿La mansión Potter¿De qué estás hablando?

- Pero yo creía que usted sabía… ¿no sabía que…¡¿Dobby no debió decir que…?!- chilló alarmado, como si hubiera hablado demasiado desvelando algo que no sabía se trataba de un secreto.

- Sí, sí, no me acordaba.- dijo intentando tranquilizarle, lo último que quería era tener que agarrarlo para evitar que se dañara.- ¿Así que Albus te pidió que vinieras?

- Dobby y Winky han hecho un buen trabajo de limpieza. La mansión tenía muchos años de desuso, pero Dobby es un buen elfo doméstico, Dobby lo hizo por su amigo Harry Potter. ¡Dobby está contento de trabajar para Harry Potter!

- ¿Has dicho que Winky también está aquí?

- ¡Sí, amo Potter! Quiero decir… ¡señor Potter!- rectificó chillando con alegría.- Winky debe estar arreglando las habitaciones¿quiere que la llame?

- No, no hace falta. Pero oye, Dobby¿qué hace Winky aquí? Creía que no quería seguir las órdenes de Dumbledore.

- Ella también quiso venir. Dobby se lo dijo y ella insistió a Dumbledore para que le dejara venir. Ha hecho un gran trabajo. Nosotros somos los dos únicos elfos domésticos aquí.

- ¿Pero por qué quería venir también?

- Le gusta su familia, señor. Los Mauch eran buenos amigos de los Potter.

- Comprendo…- murmuró rumiante. El feroz rugido de su estómago le silenció.- Vaya… esto… ¿no tendrás algo para comer, verdad? Creo que tengo algo de hambre…

- ¡Por supuesto, señor Potter!

Diligente, el pequeño elfo chasqueó sus finos dedos un par de veces haciendo que un plato con bocadillos recién hechos se presentara ante su mirada. Con otro chasquido, un vaso y un jarrón de zumo de naranja aparecieron cerrando el aperitivo.

- ¿Desea más, Harry Potter?

- No, gracias, con esto ya me basta.- cogió uno de los bocadillos de queso que había y, llenándose el vaso, empezó a comer agradeciendo la poderosa magia de aquellos inquietos seres.- ¿Ibas a hacer la comida, Dobby?- preguntó esperando que dejara de mirarle con avidez.

- ¡Oh, sí! Dobby debe preparar la cena para esta noche.

- ¿Qué hora es?

- Las cinco, señor Potter. ¿Le gusta o quiere más?

- No, suficiente.

- Alguna manzana, golosinas, bizcochos…

- Una manzana va bien, Dobby.

El elfo hizo aparecer una preciosa manzana roja y, con una sonrisa satisfecha, regresó con el trabajo que tenía entre manos. Harry dejó que se centrara en ello mientras terminaba de satisfacer su hambre.

La cocina, limpia aunque algo caótica para él, resultaba un tanto acogedora. No había lugar para que pudiera caber su gran cuerpo entre el par de pequeñas sillas y su conjunta mesa, pero tampoco le importó. Poco a poco, iba asimilando lo que el pequeño amigo acababa de contarle. Al parecer estaba en una gran mansión… "¿La mansión Potter?" pensó intrigado. No recordaba nada que pudiera indicarle que aquel gran palacio le perteneciera, ni siquiera estaba seguro de que algo como aquello hubiera sido nunca mencionado frente a él. De pronto, se dio cuenta de su ignorancia. ¡Incluso Dobby sabía más de su familia que él mismo! Una mueca amarga cruzó su rostro, de repente había perdido todo apetito.

Dando las gracias con una leve sonrisa, el chico decidió salir por la puerta que daba al exterior cogiendo la manzana que le había ofrecido el atento elfo.

Un precioso jardín medio silvestre se extendía a lo largo y ancho del edificio, rodeándolo a una redonda de unos cien metros, donde después se convertía en un tupido bosque verde. A lo lejos, un serpenteante río resplandecía corriendo entre la verde hierba y las blancas flores. Pero no era lo único que destacaba entre aquella fresca flora. Una pequeña construcción medio cubierta por florecidas enredaderas se presentaba como un lugar ideal por su tranquilidad e intimidad. Pensó que, tal vez, iba a ir un rato para ver mejor aquél increíble lugar. Aún le parecía imposible que fuera algo suyo¿de verdad era un legado de los Potter? Aunque también podía ser que se equivocara y en realidad fueran otros Potter de quien era propiedad… enseguida eliminó aquella posibilidad por su absurdidad. Dobby había dejado claro que trabajaba para él.

Decidió dirigirse hacia aquella apetecible capilla cuando un gruñido apenas audible captó su atención. Había venido de su derecha. Así pues, imaginando su procedencia, decidió dejar aquella visita para más adelante, deseando ante todo una explicación de lo que sucedía.

Con paso resuelto a pesar de no saber hacia dónde iba, se encaminó por un estrecho camino que rodeaba la casa hasta que, al llegar a la esquina, encontró una imagen que no esperaba ver. Alarmado, aceleró su marcha hasta casi correr con todas sus fuerzas. ¿Estaba loco?

Un hombre se acercaba tranquilo hacia un enorme dragón rojo quien había agachado la cabeza a menos de un metro del suelo. Parecía que iba a atacarle¡¿es que no se daba cuenta del peligro que corría?! Pero al parecer a pesar del temor que aquella gigantesca figura dentada y escamada imponía, el individuo seguía aproximando su mano ahora extendida hacia él.

- ¡DETENTE!- gritó horrorizado el chico empezando a desenvainar la varita mientras seguía con su carrera alocada.

No iba a poder detener la primera embestida del animal, pero, al menos, conseguiría retenerlo en su segundo ataque. Sólo deseaba que el hombre sobreviviera al asalto.

Se disponía a formular el primer hechizo que cruzó por su mente cuando un gorgoteo completamente distinto al que habría esperado escuchar resonó en el aire deteniéndole de golpe. Parecía el ruido de un gato al ronronear, sólo que mucho más grave y algo distorsionado, como si fuera un eco rebotando entre altos picos.

El hombre, al escuchar su aviso, se giró con expresión sorprendida. Harry enseguida le identificó. Era el falso Albert. Vestía un conjunto algo viejo y gastado, pantalones grises, jersey de un rojo oscurecido, un chaleco marrón y una chaqueta también gris. Su pelo gris plateado, ahora parecía mucho más cuidado que antes, haciendo resaltar sus ojos de un azul verdoso. Se había llamado Aberforth… ¿Aberforth Dumbledore?

Sostenía la mano bajo la barbilla del animal moviéndola con delicadeza y firmeza. A su lado, la cabeza del dragón se relajaba mientras los ojos se mantenían cerrados. De no parecerle imposible, Harry habría dicho que estaba disfrutando de aquella caricia. ¿Pero no iba a morderle¿A destrozarle? Al parecer se había perdido parte de aquella historia.

- Simpático amigo el tuyo¿eh?- dijo con una sonrisa.

El chico, aún con la varita en la mano, se acercó desconcertado hacia ellos.

- Tiene un poder fascinante…

- Y un carácter de mil demonios…- murmuró recuperando la compostura. El dragón pareció oírle, porque de pronto uno de sus ojos se entreabrió mirándole con una advertencia en ellos.- Lo que es sorprendente es que le haya dejado hacer esto.- dijo ya llegando a su altura e indicándole con la cabeza aún algo receloso.

- Bueno, a todos les gusta.

- Pues no lo sabía.- con un movimiento, lanzó la manzana al aire donde fue cogida por el animal quien tras tragarla sin más, volvió a descender la cabeza esperando más de aquellas cosquilleantes caricias.

"Traidor" pensó con rabia. El hombre, al ver que regresaba a por más, rió a gusto volviendo a rascarle bajo la barbilla.

- ¿Celoso?- susurró Shelyak en su interior con sorna.

- ¿De él?- espetó ácido.- No seas absurdo.

- Me dijo que se llamaba Aberforth… ¿Es el hermano de Dumbledore?

- Eso parece.

- ¿Qué hace aquí?- preguntó con brusquedad, casi como si le interrogara.- Le vi en la escuela y después apareció en Azkaban. ¿Qué está haciendo?

- No se te pasa una¿verdad?

- ¿Dónde estamos?- conocía demasiado a Dumbledore bajo las preguntas y, bajo el recuerdo de sus respuestas esquivas, quiso evitar darle ventaja sabiendo que, cuanto más preguntara y sin descanso, más difícil le iba a ser sortear sus dudas.

- En tu legado. La antigua mansión Potter.

- Nunca había escuchado de ella.

- Tampoco habías puesto interés en conocerla. ¿Te has interesado siquiera por saber de quién vienes?

- ¿Qué quiere Dumbledore?- no iba a permitir que tomara la delantera.

- ¿Qué te pasa?- preguntó ahora el dragón emitiendo un silencioso gruñido de alerta.

- Pregúntaselo, yo no soy adivino.

- ¿Por qué me habéis llevado aquí¿Qué esperáis que haga?

- ¿Es que crees que es algún truco?- dijo riendo.- Vamos, Harry… Eres ya mayorcito para esto¿no te parece?

- Que esté aquí sin ninguna explicación no es algo que sea por propia voluntad.

- Bueno… en esto tienes razón.- admitió dejando las caricias por una mirada más atenta aunque no menos alegre.- Veamos… A lo que hago aquí, te diré que lo mismo que tú. Los cuatro, bueno, cinco…- añadió señalando al dragón.- …necesitábamos un descanso y algún tiempo de reposo. Esta era la mejor opción.

- ¿Por q…?

- A lo de qué estoy haciendo…- continuó sin dejarle tiempo a rechistar.- Es algo complicado. En realidad, casi se podría decir que ni siquiera yo mismo comprendo muy bien mis últimos movimientos.

- ¿A qué se refiere? Vi como Fudge le acusaba como a los demás¿por qué¿Qué hizo¿Por qué estaba en Hogwarts¿Y por qué vino después a Azkaban¿Qué significa?

- Uy, uy… detente. No sé si podré responder a tantas a la vez.

- Entonces sólo dígame una cosa. ¿Quién es realmente?

- ¿No te lo he dicho ya? Me llamo…

- Sé cómo se llama.- cortó.

- Entonces también podrás saber quien soy.

Guiñándole un ojo y con una nueva sonrisa, Aberforth dio media vuelta alejándose de ellos, regresando al camino que le conducía hacia la entrada de aquella gran casa.

- ¿A qué ha venido todo eso?- preguntó el dragón enojado volviendo a incorporar la cabeza a su altura habitual.

- ¿Y a ti qué te importa?- espetó echando a andar por donde había venido.

Sentía su sangre caliente rebotándole en las orejas y acelerándole el pulso con rapidez. No podía evitarlo. ¿Quién se había creído que era¿Con qué derecho le echaba en cara su desconocimiento sobre su propia familia¡Como si fuera capaz de comprender por todo lo que había pasado! Apenas había podido conocer algo de su destino¿cómo esperaba que perdiera el tiempo preguntando sobre sus orígenes?

Lo maldijo, pero tenía razón.

Pateando una pequeña piedra que se interpuso en su mirada, gruñó por lo bajo. Con lo bien que había empezado el día…

Decidió que, al menos, iba a refugiarse bajo aquella escondida capilla esperando que el silencio y la tranquilidad del aire le dieran la paz que buscaba. No se entretuvo por el camino, llegando mucho más rápido de lo que esperaba. El lugar era realmente encantador.

Las plantas se enredaban en una red alrededor de las columnas de piedra. El techo, una cúpula a unos dos metros y medio de altura, estaba cubierta por agujeros con forma de estrellas de distintos colores. Le agradó cuando un haz de luz pasó por entre ellos dibujando sus formas al suelo, le daba un aire místico y, aunque quizá un poco cursi, se sintió fascinado por aquél espacio que tiempo atrás debió ser constantemente utilizado. Pero, al parecer, el tiempo le había pasado factura y ahora las hojas caídas de los árboles que medio escondían la construcción cubrían el suelo algunas de ellas podridas por la humedad. Las plantas que la rodeaban crecían salvajes y sin control por doquier sin importarles las curvas de la cúpula, cubriendo casi toda ella y llegando hasta los bancos de piedra que definían los muros del lugar. Hizo lugar entre toda aquella maleza y se sentó.

Desde allí era capaz de entrever la figura de la gran mansión. No tenía más de tres plantas, pero era realmente grande. Las ventanas que identificó como las del pasillo y habitaciones, brillaban a la luz del sol cada vez más bajo, una de ellas estaba abierta e imaginó que debía ser la suya. Balcones cubrían parte de la fachada superior, mientras que en la primera planta sólo había grandes ventanales y algunos de ellos se convertían en puertas hacia el exterior. Sus paredes, de un blanco ocre, tomaban ahora un tono naranja, mientras que aquella parte cubierta de piedra sólo recibía un cambio de sombras. Se fijó que por la inclinación del tejado y la gran cantidad de plantas viviendo a su alrededor, en invierno debía convertirse en un paisaje de postal. Imaginó a la gran chimenea expulsando una mezcla de vapor y humo por el aire, la gran explanada cubierta por un mano de nieve, el camino reluciente bajo el pálido sol, los árboles como caramelos cubiertos de nata, y sus ventanas, reflectantes, contenedoras del calor de un hogar.

Aquella imagen le dolió.

Apartando con rabia la mirada de la mansión, la dirigió hacia el suelo, dejándose hipnotizar por aquellos dibujos de estrellas de colores medio cubiertos por las sombras de las hojas.

Le habría gustado vivir en aquella fantasía. Con unos padres que le escucharan, que le regañaran cuando hacía algo mal, que le enseñaran como montar en escoba, que le llevaran a la escuela y que velaran por él. Riendo junto a su abuelo, escuchando sus historias de juventud, comiendo la comida de la abuela, dejándose mimar. Sus primos, amigos con quienes jugar en aquellos días de familia, o sus tíos, gente que le sonreiría y acompañaría con cariño durante su infancia. Habría dado todo cuanto tenía por ser capaz de vivir, aunque fuera por un solo día, aquel magnífico sueño cálido.

Sintiendo que se hundía en la desesperación, se obligó a levantarse. Con gesto furioso, se apartó una lágrima que había conseguido salir y, maldiciéndose, volvió a salir.

El bosque estaba justo frente a él.

A paso lento se acercó a los primeros árboles. Sus troncos, delgados y pelados, se extendían hacia la distancia. En las copas, las primeras hojas nuevas empezaban a crecer volviendo a cubrir el cielo de sombras inquietas. Empezaba a bufar el aire frío del atardecer. Por un momento la idea de perderse en el bosque le sedujo pareciéndole tremendamente atractiva, pero el rojizo reflejo del sol le obligó a regresar a la realidad.

Suspirando y resignándose, obligó a su cuerpo a dar la espalda al laberinto que le susurraba palabras de libertad. De pronto, se sentía otra vez cautivo del destino, demasiado atrapado por él como para escapar. La responsabilidad y las obligaciones no dejaban que sus extremidades se movieran como querían hacer, arrastrándolas hacia la dirección opuesta. Era como si unas pesadas cadenas le sujetaran los tobillos mientras alguien las tiraba con mucha más fuerza que la que poseía.

Medio cabizbajo, suspiró en derrota y se dejó llevar. Pero se detuvo al ver un diminuto destello escondido entre aquellos largos troncos. En realidad no estaba muy seguro de que realmente hubiera sido real, quizá había sido sólo su deseo, pero por un momento le pareció que su brillo le cegaba. Así, intrigado, regresó su mirada hacia el bosque escrutando hasta el último rincón. No dejó que aquella fuerza volviera a poseerlo llevándoselo de allí hasta que hubiera saciado su curiosidad. Decidido, se internó rodeando los primeros árboles sin apartar su mirada indagadora.

Como si hubiera despertado con su búsqueda, el destello volvió a cegarlo por unos instantes. Enseguida supo hacia donde dirigirse.

Con paso resuelto, enseguida llegó hasta el origen de aquella extraña señal. Sorprendido, observó como una pequeña burbuja roja y dorada brillaba cubriendo un trozo de tronco. Se acercó más y, alargando la mano hacia ella, comprendió que aquello era el resultado de un hechizo. No llegó a tocarlo cuando identificó la magia que representaba. Era un hechizo, perfectamente creado, de protección y mantenimiento. Y, detrás de él, una marca permanecía intacta grabada en la madera del árbol. Tuvo que mover la cabeza para poderla ver mejor ya que las aguas de aquella medio esfera le entorpecían la imagen.

- No puede ser…- susurró con los ojos completamente abiertos.

Al tronco, dos letras separadas por un corazón perduraban esculpidas como si los años no hubieran pasado, al igual que recién talladas.

"J" y "L". No necesitó plantearse siquiera qué significaban pues los nombres le habían llegado con la misma rapidez que su sorpresa: James y Lily. Sus padres.

Con la mano temblorosa, la acercó ahora más hacia aquella burbuja mágica dejando que descansara sobre su textura cosquilleante. No cabía ninguna duda, aquello lo habían creado sus padres, era suyo. Y el hechizo… debía ser de su madre. Los imaginó allí mismo, justo donde ahora estaba él, gravando aquellos simples trazos que perdurarían en el tiempo llegando hasta él, dejándole aquél pequeño recuerdo que fluía ahora bajo su palma. Incluso pudo identificar que las letras no eran iguales, de distinta caligrafía. La "J" se veía firme y resuelta, perfectamente gravada y sin ninguna duda, con el tallo sin fisuras. En cambio, la "L" era mucho más ligera, medio decantada, con un trazo más fino y, aunque seguro, más delicado. Ambos trazos habían dibujado después el corazón, uniendo dos partes para crear un mismo símbolo. No sólo podía sentir aquellas dos entidades creando un único grabado, sino también el amor que se profesaban en el mismo momento cuya fuerza fluía por el hechizo que aún acariciaba.

- Os queríais tanto…- dijo a media voz.

El sentimiento de soledad se incrementó pero, al mismo tiempo, la sensación de ser escuchado por el viento le hizo levantar la mirada hacia el rojo cielo.

- Me habría gustado conoceros…

Lentamente dejó caer el brazo con un suspiro.

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Cuando llegó frente a la gran entrada el cielo era ya azul con una franja oscura en la distancia que se acercaba cada vez más mientras los últimos rastros de luz desaparecían tras las montañas.

No necesitó llamar, pues la puerta se abrió con sólo empujarla. El calor del interior le cubrió como una cálida manta de amabilidad. Sin comprender muy bien el motivo, se sintió como si estuviera en casa, en un lugar seguro y apetecible cuyas paredes le aseguraban protección y amor. La nueva sensación le relajó arrancándole una pequeña sonrisa que hacía horas no había lucido.

Tenía hambre, pero al ver las puertas del comedor cerradas, optó por ir un rato hacia la sala de enfrente imaginando que aún no sería la hora de cenar. Pero, al contrario del que esperó, dentro ya habían otros inquilinos más.

Sentados en sofás y butacas, un grupo de gente se congregaba alrededor de una apetitosa chimenea cuyo fuego iluminaba la estancia con calidez. Draco y Snape fueron los primeros que se percataron de su presencia levantando sus miradas con atención. Sólo su hermano mantuvo sus ojos en él. Los demás no tardaron en advertir su entrada.

- Vaya, no esperaba que estuvieras ya despierto.- dijo Sirius levantándose hacia él.- ¿Te encuentras mejor?

- Sí.- respondió con sinceridad.

Sirius, Draco, Snape, Aberforth, un hombre al que enseguida identificó como el auror Kingsley Shacklebolt, Hermione, y tres hermanos Weasley: Ginny, Fred y George. Los tres últimos no tardaron en levantarse como si una corriente eléctrica les hubiera golpeado, yendo directos hacia él.

- ¡Harry!- exclamaron casi al unísono.

- ¡Pero hombre, cuánto tiempo!- dijo uno de los gemelos golpeándole el hombro con amistad mientras la pequeña hermana se lanzaba a su cuello con alegres risas.

- ¿Acaso no te acordabas de nosotros?- secundó el otro.

Apenas fue capaz de comprender sus palabras demasiado acaparado por aquella animosa bienvenida. Incluso cuando Ginny le dejó respirar aún mirándole con una enorme sonrisa se sorprendió a sí mismo mirándoles completamente descolocado. ¡Casi no les reconocía!

Fred y George lucían un pelo corto bien cortado de color negro que aún hacía resaltar más a sus ojos azules. Las pecas que habían cubierto sus caras habían desaparecido. E incluso sus ropas eran ahora un perfecto calco de vestir muggle. En realidad, si había sido capaz de reconocerlos había sido por mero instinto. Quizá había pasado demasiado tiempo a su lado…

Ginny, en cambio, estaba deslumbrante. Su pelo, largo y liso, le caía en cascada por los hombros hasta la altura del pecho. Vestía un sencillo conjunto de tejanos y jersey negro que se moldeaba a su más desarrollado cuerpo. A su vista, la pequeña Weasley empezaba a ser toda una bella mujer. Aunque su cara seguía mostrando aquella imagen de inocente infancia algo más madura que antaño pero sin perder su brillo resplandeciente.

- ¿Os habéis teñido el pelo? Apenas os reconozco.- dijo aún incrédulo.

- Ah, eso…- uno de los dos cogió la varita guardada en el interior de la sudadera y apuntó al otro. Pronunció unas palabras y después las repitió dirigiéndolas hacia él.- ¿Mejor ahora?- el pelo, antes negro, recuperó su color rojizo aunque siguió teniendo el mismo corte.

- Hola, Harry.- saludó Shacklebolt medio levantándose. Harry le devolvió el saludo con una sonrisa y volvió la atención hacia los tres chicos que se interponían frente a él.

- Antes que se me olvide… Recuerdos de nuestra madre. Nos ha dicho que vendría mañana. Bueno, en realidad quizá decidan venir todos.- dijo el que supuso era Fred.

- ¿Todos?- exclamó asustado.

- Claro.

- No vas a escaquearte otra vez¿verdad?

- George, no le acojones.

- Tampoco es para tanto.

- Vendrá Percy.

- Entonces mejor no estar.

- ¿Aún no os lleváis bien?- preguntó entremetiéndose.

- Sí, pero sigue siendo una carga. Mejor no le preguntes nada sobre coches.

- ¿Coches¿Es que ahora trabaja de mecánico?

- ¡Qué va!- intervino ahora Ginny.- Lo que ocurre es que se encarga del trabajo de papá, y al parecer últimamente ha tenido problemas con esas cosas.

- ¿Y qué hace vuestro padre ahora¿Ya no trabaja al ministerio?

- ¿No lo sabes? Han abierto un canal de comunicación con el ministerio británico muggle, nuestro padre se encarga de ir de un lado para otro informando de todo lo que vaya pasando. Se mantiene en contacto con los dos ministros, al parecer son unos verdaderos coñazos. Uno demasiado quejica y el otro realmente estúpido.

- Imagínate quien es el estúpido.

- ¿Quién es el nuevo ministro?

- Oye, tío, deberías mirar más el Profeta¿sabes?

- Warnold Drug, un viejo hipócrita que apenas se aguanta los…

- George…

- ¿Qué pasa? Es cierto.

- No me suena…- murmuró Harry pensando en aquel extraño nombre.

- Ni lo hará. Menudo sujeto han decidido poner por ministro… ¡Me sorprendería que supiera contar hasta diez sin perderse!

- George, ya basta…

- Vamos Ginny, sabes que tiene razón…

- Si es tan malo¿por qué lo han escogido a él?- volvió a preguntar, interesado.

- No lo sabemos. De pronto se le presentó como ministro, pero nadie sabe quien es, nadie le conoce. Sólo los del parlamento que son quienes le han elegido.

- Lo bueno es que es temporal. No pueden dejarlo mucho tiempo más sin ser elegido por la sociedad mágica.

- Bueno, chicos¿qué tal si dejáis la política por después?

- Cierto. Tengo hambre.

- No lo decía por eso, Fred.

- Ya, bueno, pero acabas de recordármelo.

- ¡Mira, justo a tiempo!- exclamó su hermano viendo como las puertas del comedor se entreabrían dejando a la vista la gran mesa ahora adornada con toda la vajilla.- ¡A cenar!

Los demás no se hicieron esperar. Levantándose y dejando a un lado la lectura que hasta entonces les había entretenido, fueron saliendo de la sala con los estómagos rugiendo apetitosos por la comida que les esperaba en la otra habitación.

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Estaban ya a medio cenar cuando Ron entró en el comedor silenciando la conversación que aún mantenía con los dos gemelos quienes le estaban dando toda muestra de detalles sobre su negocio en el reconstruido callejón Diagón. El chico se excusó alegando que acababa de enviar un mensaje a casa, y se sentó entre Sirius y George. No tardó en ponerse a comer casi tan hambriento como sus dos hermanos.

No le miró. Sólo cuando entró le observó instintivamente, pero rápidamente se apartó como si nada hubiera pasado. Y Harry no se lo reprochó. Siguiendo su mismo ejemplo, se encerró entre las conversaciones ajeno a su distanciamiento.

Iban ya por el postre, algunos yogures y fruta, cuando una pequeña explosión parecida a un disparo seguida por un potente flash de luz azul les silenció al instante.

Frente a Harry, un collar de oro blanco con zafiros bellamente trabajados, se materializó flotando suavemente en el aire como si de una blanca pluma se tratara.

- ¡Joder¿pero qué…?!- dijo uno de los Weasley dando un salto hacia atrás.

El chico sin embargo no dijo nada, sólo había necesitado un par de segundos para reconocer aquella joya. Era el colgante que una vez había utilizado como traslador, dotado de una poderosa y antigua magia, la magia de los hombres lobos. ¿Era aquella la señal que los Tres Clanes le enviaba como respuesta a su petición hacía ya mucho tiempo? La mirada cómplice y comprensiva de Draco se lo afirmó. Él también había pensado lo mismo.

- Por fin…- suspiró casi con alivio.

Levantándose, sacó la varita apuntando al brillante colgante. Tenía la extraña impresión de que aún no debía tocarlo. Al menos, mientras no estuviera preparado para emprender el viaje que se le proponía.

- Harry¿qué es esto?

- Una señal.- hizo un casi imperceptible movimiento con la muñeca, y como si una cuerda invisible lo sujetara, el colgante siguió el suave movimiento de su varita.- Me temo que hemos terminado la cena por hoy.

- ¿Una señal de qué?- preguntó para su sorpresa el joven Weasley. Su mirada era fija, casi iracunda. Por un momento pensó en no responder, pero pronto comprendió que no podía seguir escapando como había hecho durante el último año. Quizá ya era hora de volver a confiar… pero eso debería esperar un poco más.

- Lo siento, pero ahora no tenemos tanto tiempo.

- Harry.- enfatizó la pequeña hermana con un tono que no admitía réplica. Sin embargo, eso iba a tener.

- Después.- cortó apartando su mirada de ellos.

- Ahora.- esta vez había sido Hermione quien, levantándose de la mesa, se interpuso a su paso.

Adelantándose a ella sin poderla mirar, decidió salir de la sala. Pero, al llegar a su altura, se detuvo. Algo le prohibía ir más adelante, pero no podía contárselo ahora. Aquella señal era de tiempo limitado, pronto la magia que la había enviado desaparecería. De pronto, se vio oliendo su suave perfume, sintiendo como las dudas se difuminaban y su corazón se aligeraba como un pájaro al empezar a volar.

- Cuando regrese. Te lo prometo.- dijo sin moverse, mirando hacia delante donde su hermano permanecía a su espera.

- ¿Lo juras?

- Lo juro.

- Entonces… te estaré esperando.- murmuró con suavidad.

Retomando la marcha, ambos salieron de la sala hacia la salida. Cogieron un par de capas que colgaban en el recibidor y cerraron la puerta tras su paso.

El frío aire nocturno les rodeó haciendo que se acurrucaran dentro de sus capas en busca de calor. Frente a ellos, un enorme dragón se asomaba de entre las sombras del bosque.

- ¿Aún guardas la poción multilengua?- preguntó su hermano recordando aquel fantástico brebaje que les había permitido conocer a aquella extraña gente mitológica.

- Me parece que…- pasó la magia que ataba el colgante a su varita hacia su mano izquierda mientras invocaba aquella pequeña botella que una vez había llenado con la difícil poción en su interior. Recordaba que no había terminado todo su contenido, pero de aquí a que aún lo tuviera…- Acércame tu mano.- dijo a su acompañante.

Dando un par de golpes en su palma, una diminuta botella de cristal rellena de un líquido amarillo apareció con un suave "PLOP". Sin embargo, ahora el líquido restante era mucho menor que antes. Supuso que como mucho sería por un par de gotas cada uno, lo que supondría… "Dos horas, tres como mucho." Bueno, era mejor esto que nada… Además, se recordó que siempre podía duplicar su contenido con otro hechizo. Aunque el resultado nunca sería tan efectivo como el original.

- Tómate dos.

- Ya, porqué tres me matarían¿no?

- No. Eso lo dije por joder, en realidad puedes tomarte tantas como quieras. Calcula que cada gota dura aproximadamente una hora. Pero supongo que con dos cada uno habrá suficiente. Además, tampoco tenemos más.

- Jugaste sucio.

- Lo sé. Pero no podía permitir que me traicionaras. De haberlo hecho, se te habría acabado el tiempo de la poción y no habrías podido ir muy lejos sin nadie que te entendiera.

- Cierto.- aceptó encogiéndose de hombros y tomándose dos de aquellas gotas con un gusto amargo. Al terminar se lo dio.- ¡Arg, qué mal sabe!

Dejando que la poción bajara por su garganta, pensó que tenía toda la razón.

- Vete. Yo me quedo aquí.

- Vigila la casa.

- No soy ningún perro.

- No, eres un poderoso dragón.- le dijo intentando disimular su risa. No esperaba aquella comparación.- Siento que siempre te toque esta faena, amigo mío… pero no confío en nadie más para semejante labor.

- Bonito. Te ha quedado muy bonito.- ironizó dando media vuelta y regresando a las sombras de los árboles.- Anda, iros ya.

- Nos vemos.

- Y vigila tu espalda. Hoy la luna es muy brillante.

Sonriendo con sarcasmo, Harry interpuso el colgante entre él y su acompañante y, con un rápido vistazo al cielo nocturno cubierto por gruesas nubes, pensó que no podían haber escogido peor día.