Seguimos… (Hoy no me lanzaré con las respuestas o no podré subirlo)

Pedro I: jejejejje, wenas! Pues… bueno, sobre parejas no vamos a entrar en conflicto. Personalmente tengo unas preferencias que se ven con claridad en el fic, pero por nada del mundo me lanzo en batalla defendiéndolas. Son gustos :) Pues eso, que vaya bien con tu fic!! Chao!

lolo: ufff, pues lo siento, pero me temo que aún no puedo responderte a todo eso que pediste (aunque sí te digo que quizá en el prox. capítulo tendrás parte de tu merecido). En fin, a ver qué te parece éste capi que, a pesar del retraso, estoy algo satisfecha con él (al menos, comparándolo con lo último hecho). Venga chica, nos vemos!!

Paty: pues me alegra que gustara el capi! La verdad es que a mí también me gusta esa hermandad entre ambos (bueno, la que yo he creado, porqué tal y como Rowling trata a Draco…). Aunque entre Ron y Harry, como seguro que habrás visto, su relación es mucho más madura que antes… así que sí, desconcierta. Sobretodo porqué ya no son críos, mi Harry ha tenido que madurar de una forma brutal, mientras que Ron lo ha hecho viviendo dentro de una sociedad dividida y atemorizada. Supongo que eso los divide en formas de ver la guerra y el mundo en general, además hay que tener en cuenta el camino final de ambos… Arg! Ya empiezo yéndome de la lengua! Pues eso, ya me dirás que tal te parece el cap. 33. Hasta pronto!!

florencia: jejejeje, pues hola! Mmm… supongo que unos 3 capítulos más aproximadamente. Espero que el tiempo y la inspiración vayan juntos de la mano para poder terminar de una buena vez el fic, porque será que no llevo ya tiempo con él… Así que, paciencia! (eso me digo yo siempre cuando me ahogo de desesperación ante la falta de mi musa). Espero seguir viéndote por aquí! Bye!

Aunque el capítulo lo terminé el jueves a la 1 de la madrugada (éstos días tengo inspiración nocturna), no pude ponerme con los reviews, así que me fue imposible subirlo. Debo decir, además, que al iniciar una nueva carrera, estoy llegando a las quinientas en casa, así que, si no tengo suficiente con el trabajo, además estoy en racha literaria. Intentaré aprovechar esa repentina inspiración que me insta en seguir y espero que, en menos de 3 meses (uff, parece una eternidad), tenga terminado el fic. Me he dado cuenta que llevo ya 3 años con él!!!!! ARG! Viva la constancia! Pues eso… paso de hacer freetalk pq lo que ahora deseo es colgarlo de una vez, así que, sin más preámbulos, A LEER!

-Ithae-


Capítulo 33 – La caída de los Potter

- No puedo más…- exclamó Fred dejándose caer al suelo.

- ¡Ab surum!

Con un grito sorprendido, el joven pelirrojo rodó sobre si mismo alejándose de aquél hechizo abrasador cuyo objetivo había sido él.

- ¡Oye, tampoco es para querer matarme!- gruñó enojado.

Sin embargo, y a pesar de ello, volvió a levantarse con un grito de guerra volviendo al ataque sin tregua.

Harry se encontraba demasiado concentrado en su propio duelo como para prestar atención al avance de los demás.

Completamente paralizado, permanecía atento a cualquier movimiento de su oponente, a la espera de algo que le indicara el inicio de la ofensiva. Y a pesar de no estar muy seguro sobre su estrategia, sí comprendía que aquello iba a suponer una confrontación mucho mayor que un simple entrenamiento.

Mientras permanecía con la mirada centrada en aquel par de gemas doradas, se permitió dejar libre la mente recordando cómo había terminado en aquella situación.

No habían tardado en volver junto a los demás. En realidad, con sólo traspasar el umbral de la entrada, las miradas volvieron a centrarse en él. Recordaba que había sido uno de los Weasleys quien, con una sonrisa pícara, le preguntó "Bien¿y ahora qué?". "¿Y ahora qué…?" se dijo a si mismo, pero la respuesta fue clara. "Ahora, a prepararse." El resultado de aquello había sido un grupo de caras cuya expresión pedía más, interrogantes a la espera de una respuesta mayor. Así pues, dejándoles una mala sensación en el estómago, les envió a la cama alertándoles de que por la mañana deberían madrugar.

Siguiendo el propio entrenamiento que había recibido meses atrás, les restringió el desayuno y, sin admitir réplicas de ningún tipo, ordenó a que empezaran un riguroso adiestramiento para fortalecer su resistencia y fuerza. Y las chicas, aún cuando no estaba muy convencido del nivel de dureza que debían recibir, no hicieron menos. Sumándose a los demás, acataron a su palabra.

Y así estaban ahora.

Tras diez vueltas matutinas alrededor de la mansión y algunos ejercicios más, habían terminado por agruparse por parejas y batirse en duelo. Ron con George, Draco con Fred, Ginny con Hermione, y él contra Shelyak quien, al conocer sus intenciones de entrenarlos, no dudó en hacerle trabajar. Así pues, el resultado era que todos se batían en un incansable combate cuyo objetivo era eliminar al contrario. Pero si algo había dejado claro antes siquiera de que pudieran empezar, fue la prohibición inquebrantable del uso de la magia. Bajo ningún concepto podían hacer uso de las maldiciones imperdonables ni aquellas cuyos efectos pudieran ser irreversibles.

Se estaba acercando el límite de tiempo antes de que hicieran cambio de pareja.

A sabiendas de que no podía permitirse esperar más, decidió ser él quien pasara al ataque, aún cuando aquello habría sido demasiado arriesgado de tratarse de una situación real. El ataque quizá le permitía abrir el combate con fuerza, pero también le obligaba a sacrificar su posición de análisis con lo que sólo podría efectuar una acción con el movimiento, dejando dos al enemigo. Pero pensó que, al menos, iba a hacerle sudar un poco al animal pues suponía que la fiereza con la que atacaría lo tomaría por sorpresa.

Una impresionante explosión impactó contra la escamada figura del dragón. Tal fue la intensidad, que todos los duelos se detuvieron al instante haciendo incluso que algunos cayeran al suelo por la descarga.

- ¡Graviteam inverta!- exclamó a media voz aún cubierto por una nube de polvo.

Impulsado por una gravedad mágica que le conducía cada vez con mayor velocidad hacia el cielo, Harry no dejó que el pánico que otra vez había colapsado sus sentidos volviera a invadirlo. Conocía la fórmula que detendría aquella ascensión con calculada antelación.

- ¡Bue orem crath!

Deteniendo su avance, el nuevo hechizo lo cubrió como un manto protector haciendo que casi volara por el aire convirtiendo su figura en una ligera pluma flotante.

- ¡Aquí!- gritó con una sonrisa.

El dragón con un gruñido, levantó la cabeza hacia él al mismo tiempo que estrechaba sus pupilas. En un instante, abrió sus enormes alas y, con un salto, se impulsó hacia arriba.

- Vamos a volar… ¡Accio, Saeta de Fuego!

- No te daré tiempo.- gruñó el dragón confiadamente.

- Eso lo veremos. ¡Expelliarmus!

Sin apoyo y debido a la enorme energía que expulsó con el hechizo, salió disparado en una caída descontrolada. Se maldijo pues tampoco esperaba tal impacto, pero si bien debía reconocer que la práctica con aquel hechizo le había vuelto en un verdadero maestro en su uso, también reconoció que tal vez debería moderar un poco más su ímpetu. Si seguía así, no conseguiría terminar la afrenta sin sentirse exhausto… y aún le quedaba todo un día por delante.

El dragón, despreocupándose en esquivar el ataque, puso mayor atención en la nueva situación de su pupilo quien ahora parecía algo sorprendido por su nueva situación. Así, en un acto casi instintivo, se lanzó en picado a su encuentro antes de que terminara por impactar contra el suelo. Pero, con un gruñido entre enojado y orgulloso, cambió su rumbo al comprobar que Harry volvía a ser dueño de su vida cuando la escoba apareció lanzándose justo a su lado. No tuvo más que agarrarla y dejar que su voluntad se uniera con la de la escoba.

Con un grito de júbilo, aceleró su vuelo zigzagueando por el aire seguido por el dragón quien, escupiendo calculadas bolas de fuego, se impulsaba sintiendo la misma euforia que el chico.

Sin embargo y a pesar de la felicidad que recorría por su cuerpo haciendo que temblara de pura emoción, siguió atento a la lucha que aún mantenía. El vuelo, más que un duelo, se convirtió en un juego donde esquivar y responder. Cuando el dragón disparaba una de sus llamaradas, el chico viraba con rapidez y aprovechaba para atacar. Volvía a apartarse de su respuesta y regresaba otra vez con nuevo ímpetu.

El aire impactaba con fuerza contra su cuerpo y le taponaba los oídos, las manos estaban entumecidas por el frío y apenas era ya capaz de sentir sus orejas ni su nariz. No tuvo otro remedio que reducir la energía de los ataques para centrarla en su propia supervivencia. Rodeándose de una capa térmica cuyo calor despertó sus sentidos, decidió que quizá era hora de terminar con aquel tira y afloja. Así, ideando un nuevo plan, se puso manos a la obra.

En contra del sentido común con semejante altura y velocidad, viró repentinamente su ruta lanzándose directo hacia el suelo. Sin perder tiempo y en la misma caída, dejó libres las dos manos manteniéndose con sólo las piernas. Se dio la vuelta dando la espalda al suelo y, apuntando con la varita mientras seguía con la mirada a la reluciente figura voladora, dejó que gran parte de su magia fluyera desde todo su cuerpo hacia el pequeño trozo de madera que ahora era agarrado por ambas manos.

- ¡Igni eirum!- exclamó sordamente.

Una potente llamarada cegadora salió de su varita con tal fuerza, que la tensión y desgaste que le provocó le obligó a soltarse de lo único que aseguraba su caída incrementando, además, la velocidad. Lo que sucedió después apenas consiguió asimilarlo. Viendo el dragón oscurecido por la imagen del fuego mágico que acababa de invocar, se vio impulsado velozmente contra el suelo. Recobrando sus sentidos, entrevió la imagen del bosque cada vez más cerca, una imagen que le alertaba del inminente peligro que acechaba. Volviendo la cara hacia el cielo, buscó la silueta de su escoba cuyo vuelo permanecía estático planeando sin voluntad.

- ¡Accio!- gritó con fuerza.

Como si una cuerda hubiera tirado de ella, la Saeta de Fuego se lanzó nuevamente en picado al encuentro de su invocador. Ni siquiera se planteó el fracaso de aquella alocada acrobacia pues la confianza en él y sus habilidades era tal, que el mero hecho de plantearse su juicio era algo inconcebible. Creía en si mismo y en lo que podía llegar a hacer.

Agarrando el mango con urgencia, tiró de él obligándole a reconducir su dirección. Y, a pesar de la inmediatez con la que vio el peligro, consiguió casi en un intento sin retorno, retomar el control volviendo con la ascensión que rápidamente reguló. La adrenalina que había acelerado su corazón había llegado a sus límites.

Sintiendo como temblaban sus piernas al volver a pisar tierra, pensó que ésa vez había arriesgado demasiado. Agotado, se dejó caer al suelo respirando con rapidez.

- ¡¿Estás bien?!- dijo alguien yendo hacia él.

- ¿Es que está loco?

- ¡Increíble¿Lo habéis visto?

- ¡¿Visto¡Maldito sea, casi se mata!

- Sí… ¡ha sido espectacular!

- ¡George, podría haberse matado!

- Igualmente sigue siendo espectacular. ¡Eres todo un genio, Harry!- exclamó alargándole la mano. El chico, a pesar de sentir aún el corazón latiéndole bajo la lengua, se dejó ayudar por el pelirrojo.

Un rugido retumbando por el cielo les silenció repentinamente. La fascinante figura escamosa del dragón descendió de entre las nubes con indiscreto orgullo. Acelerando su vuelo para después frenar con una controlada maniobra, plegó sus alas posándose en el suelo.

- No ha estado mal para ser un pequeño mocoso.

- ¡Ja! Maldito engreído… sabes que lo he hecho bien. Te he herido.

Bajo el ala derecha, un círculo ennegrecido oscurecía las brillantes escamas rojas como si fuera una quemadura superficial. Y, a pesar de no parecer nada grave, Harry tenía la completa seguridad que aquello era, en realidad, una diminuta parte del ataque que había hecho. No necesitaba que se lo dijera para conocer los detalles de la situación que segundos antes había afrontado el alado animal. Los daños habían sido mínimos, debido en gran parte a su impresionante poder y defensa y, aún cuando habría hecho todo lo posible por reducir la ofensiva, ésta había demostrado ser más fuerte que su defensa traspasándola e hiriéndole a pesar de no ser más que una insignificante quemadura.

- ¡Bah…! Lo que ocurre es que me has cogido con la guardia baja.

Alegre al saber que había conseguido romper su defensa, no pudo evitar reír ante la molestia del animal.

- ¡Bien, sigamos!- dijo tras reincorporarse.

- Pero…

- Venga, eso no ha sido nada. Veamos… Hermione, tú con Fred. George, con tu hermano. Y Draco y Ginny… vosotros contra el dragón.

- ¡¿Qué?!- exclamó la chica.

- ¡Empezad!

Aún sus reticencias, los chicos no se hicieron esperar y, a su señal, empezaron con el duelo. Sin embargo, no así fue con la pequeña Weasley quien, aún impactada al descubrir quien seria su oponente, permaneció estática frente al chico.

- Ginny, quizá tú no vayas a atacar, pero el dragón sí lo hará. Así que despierta.

- ¿Pero por qué contra él¡Es imposible que consiga hacerle nada!

- No digas chorradas, no vas a luchar sola.- apartándose de su mirada, añadió:- Adelante.

Con un grito ensordecedor, el animal estrechó sus pupilas y, en una perfecta postura de ataque, permaneció listo para pasar a la acción. Su hermano no esperó a que su compañera hiciera lo propio, preparado para su nueva afrenta, se centró en aquellas dos gemas doradas que le miraban con aterradora ferocidad. Al verlo con aquella mirada, Harry se preguntó, inquieto, si había hecho bien en escoger justamente a Draco. Tenía la sensación que Shelyak aún guardaba cierto rencor hacia el chico.

Los gritos y las explosiones volvieron a inundar el aire dejando un ligero olor a madera quemada. Y, como si aquello fuera completamente normal, Harry decidió dejar aquel tenso espectáculo para dejarse caer bajo uno de aquellos árboles que rodeaban el claro imponiéndose como una barrera natural hacia el bosque.

- Ag imgrad.- dijo una voz detrás de él.

- ¿Eh?- girando sobre si mismo, buscó el dueño de aquellos sonidos. Dejándose ver entre las sombras de las hojas y la protección de los arbustos, una silueta femenina le miraba sonriente.- Ah, Irid. Vaya… un momento.- Recordando aquello que se había obligado guardar, hizo aparecer de nuevo la pequeña botellita con el contenido ámbar y, aunque ahora había apenas por un par de horas, serviría para su propósito.- Ahora mejor.- dijo tras dejar descender aquella milagrosa y práctica poción por su garganta.- Buenos días¿hace mucho que estás aquí?

- El suficiente.- respondió llegando a su altura mientras Harry volvía a ponerse en pie.- Luchas bien.

- Gracias.

- Y parece que conoces al dragón, también.- puntualizó inteligentemente.

- Así es.

- Nunca pensé que pudieran tener… conciencia.

- Ya, bueno… digamos que es un caso aparte.

- Lo tendré en cuenta.

- ¿Has comido algo?

- Sé cuidar de mí misma.- dijo con orgullo.- ¿Qué están haciendo?

- Practicar.

- Demasiado jóvenes.- negó con un suspiro cruzándose de brazos.- Mejor sería que no interfirieran, sólo van a ser una carga por la que preocuparse. Creía que tú mejor que nadie sabría esto.

- A ellos les confiaría mi vida.- dijo cortante.- Tienen la misma edad que yo y han luchado valientemente junto a mí en más de una ocasión. Tienen sus motivos de lucha y no voy a ser yo quien les niegue el derecho. Aún les falta práctica, pero sus conocimientos y valentía les basta para conseguir su objetivo.

- Está bien, no volveré a cuestionarlo. Pero no olvides quien es nuestro enemigo, yendo sólo les llevará a la muerte.

- No voy a dejar que nadie muera.

- Que ridiculez…- gruñó con desprecio.- ¿Que no muera nadie, dices? No seas infantil. Esto es una guerra, habrá muertos tanto si lo deseas como si no. Y tú no podrás hacer nada al respecto. En la lucha, cada cuál debe velar por su propia vida.

- No. Nadie va a morir.- repitió firme.

Irid permaneció estática mirándolo con altivez y sarcasmo, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Pero el chico no parecía bromear. Su mirada, serena e inflexible, no se apartaba de la de ella, completamente seguro de sus palabras, creyendo resueltamente en sus convicciones sin siquiera dudar de ellas. Era tal su resolución que terminó por desviar sus ojos hacia aquellos chicos que seguían batallando en un feroz duelo aprendiendo, a grandes pasos, la experiencia que se necesitaba años en conseguir. Era una ridiculez…

- Demuéstralo.- dijo de pronto sin apartar la mirada de aquellos jóvenes magos.

- ¿Eh?- murmuró sin comprender.

De pronto, la chica desenvainó una preciosa espada plateada que, increíblemente, había permanecido oculta a su mirada pasando desapercibida. Aunque… ¿en realidad la había estado llevando todo el rato? Su hoja, magníficamente cuidada y afilada, reflejaba todo cuanto veía con perfecta nitidez. Se habría dado cuenta de que llevaba semejante arma cubierta en su funda negra con los bordes de plata y la punta reforzada. A pesar de que debía medir algo más de un metro y su peso debía ser considerable, Irid la mantuvo con harmoniosa facilidad empuñándola por un sencillo mango cubierto de cuero y terminado con una esfera del mismo metal.

Retándolo, levantó la espada hasta apuntar a su corazón, mirándole con una severidad que nunca antes había demostrado.

- Dices que nadie va a morir.- volvió a decir ahora con voz severa.- Demuéstramelo.

De pronto, Harry se encontró inmerso en otra lucha aunque, ésta vez, todo le indicaba que iba a ser completamente distinta.

El grito amortizado de la mujer indicó el inicio de la pelea lanzándose decidida contra él. No pudo sino retroceder. Eliminando rápidamente cualquier esperanza sobre su moderación en sus ataques, iba brandando la espada dando golpes a diestro y siniestro sin siquiera esperar a que el chico tuviera el tiempo suficiente para incorporarse al choque que aquella situación tenía sobre él. ¿Realmente deseaba pelear contra él? Todos sus movimientos indicaban que aquella era su intención. Pero… ¿qué podía hacer? Nunca hasta entonces se había enfrentado contra nadie blandiendo una espada y cuyos ataques fueran tan minuciosos y certeros. Estaba seguro de que el hecho de poder escapar de cada uno de ellos se debía, en gran parte, a la práctica contra el dragón. Aunque también suponía que la otra parte de suerte no era otra que el mero deseo de prueba de la licántropa quien, casi como si estuviera estudiándole, reducía su velocidad permitiendo una ajustada vía de escape.

Tropezando torpemente con una pequeña piedra, se desequilibró permitiendo que la afilada hoja cortara su ropa hasta llegar a la piel. Del brazo derecho, un punzante dolor le alertó de que había sido herido por lo que, en un impulso de protección, aprovechó la inestabilidad para rodar por el suelo y, medio incorporándose, lanzar un rápido expelliarmus que, al menos, alejaría a la mujer unos metros más allá dándole el tiempo necesario para recuperar el control.

Estaba tan convencido de su movimiento que, aunque fue sólo un par de segundos, se permitió dar la espalda a su contrincante aprovechando para volverse a poner en pie. Sin embargo, un impacto en su espalda que le dejó escapar un gemido de dolor, le lanzó de bruces al suelo.

- ¿Has olvidado que yo también puedo utilizar la magia?- susurró Irid con altivez.- No debiste darme la espalda.

"Maldición." se dijo iracundo. Había cometido un error. Un error que, de estar frente a una batalla real, le habría costado la vida.

El perfecto reflejo de la espada le hizo cerrar los ojos con una mueca. Podía ver el filo plateado de la espada reluciendo frente a su mirada, tranquilamente posado sobre el suelo y rozando, en diagonal, a su desprotegido cuello.

- ¿Por qué no atacaste?- dijo al cabo tras apartarse de él para que pudiera incorporarse.

- Nunca he luchado contra una espada.- gruñó masajeándose el cuello. Temió que, dentro de su orgullo de superioridad, la mujer hubiera podido cortarle aunque sólo fuera con un roce de aquella afilada hoja. Sin embargo, no había ningún rastro que lo indicara, por lo que se preocupó más de su espalda que, tras lo que imaginó que había sido un puntapié de Irid, le dolía con intensidad.

- Pero sí contra un dragón.

- Eso es distinto.

- ¿Ah sí?- sosteniendo la espada con la punta hacia el suelo, dejó caer su peso en la pierna opuesta mientras le miraba con dureza.- ¿Alguna vez… has pensado en la varita como algo más que un trozo de madera?

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-

Tras una saludable ducha, se detuvo frente a la ventana observando, distraído, el día que lucía al exterior.

No llevaba más que una toalla y el vendaje recién anudado que cubría el corte recibido por la espada de Irid. Debía admitir que aquél cuchillo afilado era realmente peligroso, el daño que le producía aquél finísimo corte era considerable y le imposibilitaba esconder una mueca de dolor cada vez que tensaba la musculatura. Aunque le parecía que, dentro de aquél pequeño precio, había conseguido algo mucho más importante.

Vistiéndose con unos tejanos y una simple camiseta de manga larga, se puso las zapatillas y, mucho más descansado, salió de la habitación con el pelo aún medio mojado. Apenas se acordó de secárselo un poco más para evitar un resfriado que se encontró con Draco quien, apareciendo por el pasillo en sus mismas condiciones, le sonrió a modo de saludo.

- Te ha dado a base de bien¿eh?- dijo al verle cojear ligeramente.

- Es una buena práctica.

- Quiero que entrenes con él.- declaró tras un tiempo de silencio mientras descendían las escaleras.- Vas a ser un objetivo principal y me temo que no voy a poder cubrirte cuando más lo necesites. Así que…

Comprendiendo lo que quería decirle, le dio un amistoso golpe en el hombro y, a modo de despido, se dirigió hacia el comedor. Deteniéndose, Harry no pudo sino sonreír con amargor.

Era cierto. No iba a poder protegerle.

En realidad, no podría proteger a nadie y, comprendiendo aquella cruel verdad, no podía hacer más que, al menos, asegurarse de que irían lo mayor preparados posible. ¿Qué más podía hacer? Si bien no quería ni permitiría que nadie que quería muriese¿cómo protegerlos si apenas podría con su propia batalla? La respuesta era simple. Era la misma solución a aquella pregunta lo que le había empeñado en buscar aliados, fuerzas capaces de asegurar su victoria, de permitirles una posibilidad ante la segura muerte. Porque aquella era la verdad. Antes no tenían salida, pero ahora… ahora… Sin embargo, aún les quedaba mucho. Quizá demasiado…

No. Estaban preparados. Tenían los conocimientos necesarios para sobrevivir. Lo único que les faltaba era práctica, experiencia, situaciones que les hicieran comprender el modo para aplicar todo aquello que ya sabían. A pesar de ello había dos quienes le preocupaban puesto que sabía que sus vidas eran objetivos señalados por el Lord. Draco… y Hermione.

Volvió a retomar su paso.

Sabía que no podía evitar el enfrentamiento de su hermano frente a su antiguo pasado. Era algo que había asumido el día en que decidió darle la mano, Harry le estaría eternamente agradecido por aquél gesto porque, gracias a él, le debía la vida. Aún así, aquello le había marcado de por vida, su existencia se vería perseguida hasta que no cerrara con su propia batalla. No, Draco debía luchar por si mismo.

Había también los demás… Estaba convencido de que todos cuantos quería serían puntos de mira, sin embargo el tumulto de la batalla los escondería de aquellos ojos iracundos dejándolos en meros peatones, en piezas de una sangrienta lucha cuyo disfraz les ocultaría hacia un segundo plano. Sirius, Remus, Marla… los Weasley o sus amigos… Snape sería, muy seguramente, una gran sorpresa para sus contrincantes. Pero Hermione…

Unos golpes en la puerta le obligaron a despertar.

No tardó en abrir la gran puerta de robusta madera y hierro que un par de brazos le agarraron llevándoselo hacia una pequeña figura. Con un grito de júbilo, la señora Weasley le dio un par de besos en cada mejilla antes de dejarlo ir.

- ¡Harry, cariño!- exclamó al apartarse del muchacho quien aún no avecinaba a comprender lo sucedido.- ¡Cuánto has crecido! Hacía mucho que no te veía¿cómo estás?

- ¡Señora Weasley!- dijo con sorpresa al reconocerla.

- Molly, querida… ¿Qué tal si primero entramos? Hola, Harry.- saludó con una amplia sonrisa Arthur Weasley.

- ¡Mamá!- pasando a trompicones por la estrecha apertura, Ginny se afanó a lanzarse junto a su madre quien no tardó en besarla con cariño.

- ¡Ey, Harry!- exclamó Charlie por detrás sonriente.

Viendo que cada vez serían más quienes fueran a la recibida, decidió abandonar unos segundos a los recién llegados para abrir las puertas dejando el paso libre.

Las caras sonrientes y festivas de todos aquellos pelirrojos resultaban, en cierto modo, una extraña estampa de felicidad. No pudo evitar sonreír con sinceridad al verlos de nuevo allí, alegres, como si nunca el mal hubiera perturbado aquella fascinante familia. La sonrisa se convirtió en carcajadas al ver como los gemelos se unían a la recibida haciendo verdaderas piruetas junto a su madre quien, después de algunas reprimendas en vano, terminó por dejarse llevar riendo junto a los demás. Los gritos y risas resonaban por la mansión dándole una vida que hacía tiempo no había vivido, recobrando la calidez que alguna vez había visto y que terminó por sucumbir con el tiempo y la soledad. De pronto, pensó que aquello era justamente lo que necesitaban. Unos momentos de paz y tranquilidad, de verdadero alivio para el corazón, cada vez más compungido rodeado de guerra y muerte.

De entre la multitud, unas manos le agarraron y, sin darle tiempo a reaccionar, sintió como unos labios acariciaban su mejilla con calidez. Con sorpresa, unos azules y sonrientes ojos le miraban con diversión.

- Hola.- dijo sin dejar de sonreír.

- ¡F-Fleur!- exclamó atónito.

La chica, ahora riendo con auténtico placer, estaba resplandeciente. Aún cuando había apartado sus ropas mágicas por otras muggles mucho más casuales, su belleza no dejaba de ser admirable. Apenas era capaz de ver a la misma persona con aquella cuya vida había permanecido pendiente de un hilo. Pero su imagen más muerta que viva no podía desaparecer de su memoria y eso aún le hacía más difícil comprender su auténtica imagen.

- Tenía ganas de vegte, Harry.- apenas se percibía su deformación francesa, algo realmente espectacular.

- Estás…

- ¿Preciosa?- secundó Bill apareciendo junto a él.- Siempre se lo digo. Aunque, ésta vez, es gracias a ti.- pasándole el brazo por encima sus hombros, algo no tan fácil debido a su altura, le guiñó un ojo con complicidad.- ¿Qué tal va?

- Bueno…- se sentía incómodo. Hubiera apartado a Bill de él, pero hacerlo le parecía grosero, e incluso incomprensible. ¿Qué le pasaba? Era como si… como si no mereciera su contacto ni su amistad. Algo de aquello debió entender Fleur con su silencio, pues fue ella quien, tomando su barbilla con aquella mano delicada y armoniosa, le condujo su mirada hasta la de ella.

- Sé lo que ocurrió, y debo dagte las gracias.

- No las merezco.- dijo apartando sus ojos a los de ella. Realmente, se sentía incómodo. No quería que le tocaran, no merecía su calidez, incluso se despreciaba al verse elogiado por ellos puesto que no era capaz de ver nada bueno en sus acciones.

- Clago que sí.- volvió a decir ahora apartando su mano al mismo tiempo que Bill descendía su brazo. Parecía que ambos comprendían su malestar.- De no ser por ti, ahora no estagía aquí.

- Si no te hubiera atacado, no habrías pasado por todo eso.

- De no haberlo hecho tú, otro se habgía encargado y seguramente no habgía salido con vida.- respondió como si fuera obvio. Pero él no pudo evitar pensar que aquello no era más que una estúpida excusa. Aunque, dejando aparte su propio rencor, observó que, en cierta forma, tenía toda la razón. Suerte había tenido de ser él quien había lanzado el hechizo haciéndola parecer muerta, otro mortífago la habría matado y nada hubieran podido hacer por salvarla.

- ¡Vamos, alegra esa cara, Harry!- exclamó Bill divertido.- Mira, te hemos traído algo que seguro que te gustará.

Sonriente, Fleur le tendió un pequeño paquete guardado en el diminuto bolso colgado en su brazo. Tenía el papel plateado con unos extraños símbolos estampados por doquier, unos caracteres llenos de rayas de distintas líneas en vertical y horizontal y, enganchado al envoltorio, una pegatina blanca con un círculo rojo y algunos símbolos más escritos a un lado.

- ¿De Japón?- dijo al imaginar que aquella pegatina representaba la bandera de aquél país lejano.- ¿Habéis ido a Japón?

- Hace dos días.- respondió Bill.- Aunque fue por motivos de trabajo, me tomé unos días libres y así pudimos recorrer el país un poco. Es realmente sorprendente, créeme.

- ¡Déjale que lo abra, anda!

- ¡Ala¿Qué es eso?- preguntó George apareciendo de repente. A su lado, los demás también se habían acercado a ver qué sucedía mientras los señores Weasley conversaban con Aberforth aún en la entrada.

Entre especulaciones del público, Harry decidió abrir lo que suponía que sería un exótico recuerdo de la cultura oriental. No esperaba lo que en realidad era.

Acochado entre pliegos de seda roja, una preciosa perla negra relucía bajo los débiles rayos de luz que conseguían sortear entre el asomo de todas aquellas cabezas. Su redondez y perfección la hacían maravillosa, parecía tan perfecta que el mero hecho de intentar tocarla, aunque fuera con el aliento, resultaba un sacrilegio hacia la eterna belleza.

- ¿Te gusta?- dijo expectante esperando alguna respuesta, la que fuera, que le indicara el triunfo de aquella elección.

- Es… increíble…- suspiró aún atónito.

- Se le llama "Lágrima de dragón". Según dice su gente, las perlas son lágrimas de los seres más poderosos de la tierra. Entre ellas, la perla negra es la solidificación de una lágrima de dragón. Creen que da buena suerte y larga vida.

- Bueno, eso es algo que seguro que te hace falta.- exclamó Fred divertido.

Decidiéndose en cogerla, se dio cuenta de que en realidad la perla estaba unida a una vara de plata convirtiéndola en un pendiente.

- Como Charlie me dijo que conocías a un dragón… creímos que quizá te gustaría.

- Bill, no te quites el mérito.- regañó Fleur.- Fue él quien lo encontró y lo quiso comprar para ti. Y creo que tenía razón, la verdad. ¿Qué te parece?

- Genial.- dijo ahora con una sonrisa aún alucinada.- Muchísimas gracias.

- No hay de qué. ¿Quieres que te haga el agujero? No duele, y es un momento.

Apartándose de los demás, Harry dejó que, mediante la varita y su magia, le agujereara la oreja derecha para poderse poner aquel inesperado regalo. Realmente le encantaba. Había deseado un pendiente desde que vio a Bill con su colmillo y su poste de chico revoltoso. En realidad, su apariencia había sido todo un modelo para él y, el hecho de que hubiera sido él y no otro quien le había regalado aquello significó mucho más de lo que quería creer.

Había tenido razón, apenas había sentido dolor alguno.

- Listo.- dijo observándole con una sonrisa.- Pues te queda mucho mejor de lo que imaginaba.

Algo azorado por las miradas de todos centradas en él, Harry dejó que su parte atrevida jugara en su imagen. Sonriendo y permitiendo que todos admiraran aquél pequeño pero radical cambio en sus rasgos, sintió como un agradable calor le inundaba al saber que ya no aparentaba un niño y era tratado como tal, sino como un joven y poderoso mago cuya imagen inspiraba mucho más que fuerza. Aún no poderse ver, se sintió atractivo.

- Vaya, así que era eso.- dijo la señora Weasley llegando hasta ellos junto a los demás.- De Bill debía ser.

- ¡Caray!- exclamó Sirius anteponiéndose a los demás y cogiéndole de los hombros.- ¡Ahora sí que puedo dejarte conducir mi moto!

- ¡Ni hablar! Aún es demasiado joven, Sirius.

Entablando una discusión seguida por risas, ambos retomaron aquellas largas e inevitables reyertas que divertían a todo aquél que les rodeara. Incluso el señor Weasley, reprimiendo las risas contagiosas de los demás, hacía lo posible por calmar a su acalorada esposa.

- Te queda muy bien.- susurró alguien a su lado.

Hermione, con las mejillas encendidas, le sonrió.

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El comedor, vistiendo una estampa que debía de hacer más de 17 años que no lucía, estaba repleto de voces y risas. Toda la gran mesa lucía bajo los manteles y platos, cubierta de comida y bebida suficiente para hacer caer hasta el más comilón. 22 personas cenaban con alegría nada disimulada. Harry contó que, además de los inquilinos originarios y los llegados aquella mañana, 6 personas más se habían presentado por la tarde. Albus Dumbledore, Remus, Marla, Tonks, la profesora McGonagall e, increíblemente, Neville quien, tras hospitalizar a su abuela, Dumbledore había decidido llevarlo con ellos. También Irid se sumó al festín. A pesar de estar en contra y desear marcharse de allí, Harry le había pedido que, tras tomarse la poción multilengua realizada por Snape, permaneciera como embajadora de su raza, papel que, a regañadientes, se vio obligada a aceptar.

Había alguien más a quien le habría gustado invitar: Ojoloco Moody. Sin embargo, y con una punzada al corazón, recordó que había muerto en la lucha en Hogwarts. Aún no le había dado las gracias por todo lo que había hecho por él.

Las conversaciones estaban bien repartidas y, algunas incluso, eran realmente peculiares. Harry, como cabecilla de mesa al igual que Dumbledore al otro lado, permanecía en una entretenida conversación sobre los descubrimientos de los gemelos Weasley que iban a ser las próximas novedades en su empresa de bromas. A su lado, Neville seguía atento a la conversación, sonriendo de vez en cuando aún mantenerse callado y reservado. Sirius, Tonks y Aberforth mantenían una interesante charla sobre las nuevas Harlock Saphiria, las nuevas apuestas motorísticas del mercado cuyos visitantes no eran otros que deseosos magos amantes de las motos. Remus sonreía a las dos chicas de todo aquél comensal mientras ambas seguían empeñadas en discutir sobre el mejor hechizo para la hipnosis de un animal. En cambio, Albus y Marla, parecían ser quienes más calmadamente hablaban entre todos aquellos grupos, comparando y defendiendo sus posturas sobre los metros de Londres, algo que para el viejo director le parecía, en aquel momento, un tema muy interesante. Los demás, iban pescando pedazos de conversaciones y, a veces, integrándose en ellas. Sólo Charlie e Irid, quienes aún no se conocían, habían iniciado una extraña presentación entre ellos de forma entrecortada y algo confusa.

Fuera como fuera, la cena pasó sin más incidentes. Hablando de temas triviales, o incluso absurdos, y otros un tanto más complicados. La verdad era que ninguno de ellos necesitó buscar otra excusa, contentos de la felicidad que la ingenuidad les daba. En aquel momento, cualquier problema que hubiera habido en el exterior, resultaba de lo más insignificante y lejano, demasiados relajados por una vez como para prestar la menor atención. Aunque, sabían, que aquello sólo sería una pausa pero… ¿qué más daba?

- Oye…- dijo tras mantenerse en silencio durante un rato y desviando su atención hacia el chico que le acompañaba.

- ¿Mm?

- Tu abuela… ¿está bien?

Neville, por unos instantes, no supo qué quería decir, demasiado aislado en sus propios pensamientos. Reaccionando, le miró con una mezcla de curiosidad y simpatía.

- Supongo que no es nada.- respondió al cabo.- Hace poco pasó un catarro, pero parece que no lo curó del todo bien. Lleva la última semana empeñada en ordenar el jardín.

- Debería descansar.

- Ya se lo he dicho miles de veces¿crees que hace caso?- dijo soltando un bufido quejumbroso. Harry supuso que, Neville debió de hacer verdaderos esfuerzos por conseguir su atención, pero le parecía que aquella pequeña mujer nunca se iba a dar por vencida. Sonrió al recordarla.

- No te preocupes, seguro que dentro de poco la tendrás de nuevo en casa.

- Sí, pero será porqué los medimagos se hartarán de ella.

Sin pensarlo, rió por la sinceridad del chico, acto que fue seguido por Neville quien, algo más relajado, encontró la forma de eliminar la tensión que había estado cargando.

Tras tomar algún que otro té, leche caliente o incluso un cortado, el ruido de las conversaciones pasó a un tono mucho menor. La mayoría permanecía en silencio o interviniendo de vez en cuando, dejando un par de temas en activo mucho más significativos que los que hasta entonces habían habido. Mientras que unos hablaban del pacto más importante que dos comunidades mágicas habían hecho en la historia y que se haría el próximo sábado en Argelia, otros habían terminado por desviarse hasta el mayor de los temas: el Quiddich. Aunque aquellos dos puntos no fueron los únicos supervivientes, había otra conversación, mucho más apagada, que se había iniciado hacía poco tomando por sorpresa a Harry. Hablaban de la magia.

Aberforth, conduciéndole por aquella conversación desde que la inició, se interesó en comprobar los conocimientos sobre la magia que el chico poseía. Y la verdad es que no eran pocos. Harry sabía, quizá, más sobre la magia y sus principios que los que estaban allí congregados. Aunque, para su perplejidad, comprobó que aquél hombre, haciendo reputación a su conocido apellido, no era menos que un excelente maestro lleno de increíbles y fascinantes conocimientos.

- Entonces…- decía con una sonrisa calmada.- …la Onda afecta también a los muggles y a su percepción sobre la magia¿no es así? Porque en este caso, nos encontraríamos en muggles capaces de conocer de su existencia pero sólo limitándose a una mera impresión. Tal entendimiento podría ser peligroso para el secretismo de la Comunidad Mágica.

- Su percepción es demasiado básica como para que puedan asociarla a una realidad. Lo más probable y seguro es que terminen por definir a ese instinto como algo imaginario y ficticio. Sencillamente, no se lo creen porque les resulta demasiado increíble como para ser cierto.

- Pero¿cómo defines una percepción? Puedes estar rodeado de magia y no saberlo.

- Esto es según la proximidad del mago respecto al flujo.

- Y según tú, nosotros somos capaces de saber si nos encontramos cerca o no.

- Exacto.

- ¿Y ahora?- preguntó con una sonrisa. Al parecer, había llegado al punto que deseaba llegar. Harry, sin comprenderlo, hizo una mueca de extrañeza.

- Bueno…- frunciendo el entrecejo, pensó en si le estaba tomando el pelo.

Pero su sonrisa seguía allí, instándole a probar. Así que, sin saber muy bien qué era lo que buscaba, decidió intentarlo. Alejando de él todas aquellas voces y dejando su mirada fija en la taza aún humeante de té, permitió que sus sentidos se expandieran buscando aquellas finas líneas de calor que debían mostrarle los indicios de magia esparcidos en el aire. Cualquier hechizo, cualquier flujo, todo cuanto poseyera energía podía ser visto por sus sentidos, la respuesta a ello era, simplemente, prestar atención. Tal y como le había dicho, la percepción de la magia era visible incluso para un muggle pues, en la escala hacia la Onda, había quienes, destacando sobre los demás, conseguían acercarse hacia ella más de lo común. Eso provocaba, en la mayoría, el hecho de que pudieran sentir que "algo", sin saber el qué, habitaba cerca de ellos pero que permanecía alejado de su mirada. Lo que sólo la intuición les mostraba, era imperceptible por su cerebro por lo que terminaban tachándolo de fantasía. Pero la verdad era otra. Lo que ellos conseguían por puro instinto, otros debían hacerlo poniendo todo su empeño en ello. Harry, sin embargo, conocía el modo.

Era cierto, habían finas líneas de energía rodeando a cada uno de los allí presentes, pero ninguna fuente especial, nada que le indicara un gran flujo cerca. Algo que, reconoció, hubiera sido realmente peligroso. Iba a darse por satisfecho con su reconocimiento cuando algo más le llamó la atención. Era la misma sensación que había tenido junto al cuerpo de Fleur o de Hilda en San Mungo, una sensación de frío peligro, de fuerza incontrolable destacando por todo lo demás aún cuando su intención era la de ocultarse. Pero allí estaba, y era inconfundible.

Con rapidez, volvió a mirar al hombre quien, con una sonrisa aún mayor, no había dejado de observarle en su estado de trance.

- No puede ser…

- Quizá… vaya siendo hora de que conozcas a los verdaderos Potter.- dijo a media voz de forma que sólo él pudiera escucharlo.- Cómo triunfaron, y cómo cayeron.