Ale, aquí va la primera parte del final (me he visto obligada a partirlo en dos capítulos por su extensión tanto física como por acontecimientos). Pero primero, y como siempre, reviews:
jim: venga pues, aquí tienes la 36ª entrega del fic. Espero que consigas aguantar hasta el final (no porqué sea bueno, sino por el tiempo que lleva el fic en la red). Nos vemos!
Paty: Gracias pues, me alegra que te gustara el capítulo anterior. No estaba muy segura del recibimiento por vuestra parte del romanticismo entre Hermione y Harry. Y, aunque a muchos no os guste ésta pareja, espero que tampoco se haya hecho pesado. Para mí ha sido un placer escribir su pequeño rincón íntimo, y aunque temía que saliera demasiado meloso, me enorgullecí del capítulo en toda su extensión. A ver qué te parece la primera parte del final. Hasta pronto!
razerman: bueno, pues aquí va la continuación! Gracias por haber saludado y espero que sigas para poder ver el desenlace del fic. Chao!
No
sé si la cantidad de reviews es debido a que muchos habéis
desistido en seguir el fic o bien a que disteis la respuesta por dada
en la última actualización. Sea como sea, espero que no
estéis muy mosqueados conmigo por las tardanzas. Pasaré
de disculpas puesto que, por más que lo intente, me es
imposible subir antes, así que lo voy a pasar por normal.
En
fin… ¡Ya estamos en el final! Al fin, después de meses
e incluso años, estoy llegando al fin de la historia (bueno,
yo y todos los que la seguís). Y debo decir que no ha sido
fácil… En cuanto al capítulo diré que ha sido
uno de los más difíciles de escribir. Acostumbro a
poner el listón muy alto, y ésta vez mucho más
de lo normal, así que difícilmente quedo satisfecha con
el resultado. En éste capítulo en concreto, quería
hacer algo… colosal,
pero no sé si el resultado se define como tal. Aún así,
me conformo pensando en que esto es sólo la primera parte¿está a la altura? No lo sé muy bien. Llevo
tantos días con él que ya no soy capaz de saberlo por
mí misma, así que… espero vuestros comentarios con
ansia. ¡Opinad, por favor! Tampoco pido tanto¿verdad?
Espero
vuestras críticas y opiniones. ¡Nos vemos dentro de
poco!
-Ithae-
Capítulo 36 – El arte de la guerra
Había empezado el juego.
Siguiendo el plan, todos se mantenían a la espera en silencio, en una paz superficial que sólo escondía la inminente tormenta que golpearía cielo y tierra en aquella supuesta noche tranquila. Pero todos sabían que aquello duraría poco. Muchos de ellos quizá no verían el mañana, otros quizá se despertarían tres días después aún en medio de una batalla… no había opción. La lucha había dado comienzo y ellos, como responsables de los tiempos en los que les había tocado vivir, debían asumir su puesto y afrontarse a su realidad con aplomo y resignación.
Entre todos ellos, un chico permanecía estático con la varita en una mano, y un arrugado mapa en la otra. No estaba sólo, un grupo de cinco personas le acompañaban, pero aún así se sentía distinto a todos ellos, lejos de allí. Como si aquello no fuera más que otro paso hacia su verdadero lugar. Era algo difícil de explicar… sin embargo, la serenidad que le invadía sorprendía a sus acompañantes quienes, a pesar de encontrarse atentos a su alrededor y con sus propios miedos y tensiones, sentían como sus temblores se veían calmados junto a él, como si pudiera infundirles el aplomo que no tenían.
Volvió a mirar al mapa lleno de líneas e indicaciones de colores cuyo caos imposibilitaba ver la imagen impresa en el papel. Una línea roja cruzaba gran parte del papel y destacaba por encima de las demás delimitando lo que habían designado como el punto límite. Hicieran lo que hicieran, no debían permitir, bajo ningún concepto, que el enemigo cruzara aquella línea. Era su misión, su máxima prioridad. No importaba cuántos cayeran. Más allá de la línea estaba la derrota, el fracaso, todo dependía de que el enemigo se encontrara antes o después de ella. Todos lo sabían bien.
Si su información era cierta, no tardarían mucho en aparecer. En todo caso, y lo que más le preocupaba, era que su nuevo amigo no apareciera antes de lo necesario. Lo que menos deseaban era mostrarse antes de tiempo.
A su lado, una mujer relajaba su respiración hasta hacerse casi imperceptible, más allá, otro comprobaba que mantenía todas sus pertenencias en sus debidos sitios. Había quien mantenía la mirada perdida entre las pequeñas hojas de los matorrales, y quienes hacían lo imposible por mantenerse con fría calma. El chico sabía que aquello debía repetirse a lo largo de las filas escondidas por doquier en pequeños grupos de cinco experimentados magos hasta hacer un total de ocho unidades. Su número, a pesar de ser cuarenta preparados hombres y mujeres, había sido minuciosamente preparado para el enemigo.
El descenso de la temperatura llegado por un asfixiante aire que les ponía los pelos de punta y los nervios en tensión, les alertó de su llegada.
Harry guardó cuidadosamente el mapa entre sus ropas y, agarrando la varita con seguridad, esperó a la señal.
La exclamación ahogada de uno de ellos le hizo fruncir el entrecejo con gravedad.
Decenas, cientos e incluso miles de sombras iban apareciendo en el aire una detrás de otra y cada vez con mayor rapidez. Por unos instantes, mientras aquellas capas negras casi etéreas se multiplicaban, el chico contuvo la respiración al dudar sobre su capacidad. El frío, acentuado ahora por el incremento de aquellos seres sin alma, les desmoralizaba y paralizaba, haciendo que temieran por su misión y, aunque todos tenían la convicción de luchar, su valor se atenuaba frente a la amenaza que se presentaba inclemente ante sus ensombrecidos ojos.
- Atentos.- susurró su cabecilla con las mandíbulas fuertemente cerradas para que no le temblara la voz.
Lejos de su posición, unas centellas rojas brillaron tenuemente en el aire. Era la señal.
Respondiendo a la vez como una única voz, todos levantaron las varitas y, gritando el hechizo, dejaron que la magia se presentara ante ellos con formas etéreas de animales plateados. La luz que crearon, cegadora y deslumbrante, les impactó en sus corazones dándoles de nuevo la fe perdida.
- ¡Adelante!- gritó a su grupo aún cuando no había necesidad de ello.
De entre los matorrales, rodeando todo el parque desde cualquier punto, hombres y mujeres acompañados por aquellas criaturas de luz salieron entre gritos directos hacia los paralizados seres que se amontonaban por doquier.
El tranquilo y relajante Hyde Park se convirtió en un verdadero campo de batalla.
Pero, a pesar del grupo que se lanzaba feroz contra sus enemigos rodeándoles y sin dejar margen para escapar, hubo unos cuantos que siguieron escondidos bajo la protección de las sombras, esperando que llegara su turno de acción. Harry era uno de ellos.
Repartidos alrededor de aquella línea roja que hacía de límite, un grupo de cinco magos aguardaban silenciosos esperando a su propia señal.
Al chico le habría gustado ir junto al equipo, pero aquello debería esperar. A su lado, la mujer permanecía con las piernas cruzadas y la respiración relajada. Eran los únicos que aún aguardaban en aquella zona. Con un poco de suerte, pronto podrían pasar a la acción.
Los magos, entre exclamaciones y gruñidos feroces, se batían en un frenético combate contra aquellas figuras que ahora se exclamaban entre sorprendidas y furiosas. Los deméntores, atrapados en un mar de explosiones y luz, se encontraban desorientados, deambulando de un lado para otro y atacando a cualquier cosa que se moviera frente a ellos sin comprender que se encontraban dentro de una perfecta emboscada. Tal y como se había planeado, la presa era incapaz de contraatacar concienzudamente.
Unas chispas, esta vez verdes, brillaron en el aire.
Dando unos golpecitos en el hombro de la mujer, el chico se alejó escondiéndose entre los arbustos medio arrastrándose por el suelo. Tan pronto como dejó de ver el brillo de los hechizos iluminando el aire, se levantó echando a correr en dirección opuesta, más allá de la franja roja dibujada en el mapa.
Contó los segundos. Quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho… siguió corriendo, esta vez mirando atentamente el suelo en busca del lugar que habían acordado. Veinte y siete, veinte y ocho… No muy lejos, una bota desgastada destacaba por un brillo fúnebre que la rodeaba. Al verla, no dudó en lanzarse literalmente al suelo aterrizando a pocos centímetros de ella. Sin perder tiempo, agarró su varita y, como si fuera una simple rama con la que garabatear, extrajo un trozo de papel de dentro de sus pantalones y se dispuso a copiar las runas dibujadas en la tierra.
Treinta y nueve, cuarenta, cuarenta y uno…
Tras comprobar que todos los trazos estuvieran bien, quemó el papel y, poniéndose en pie sin prestar atención a la tierra y las hojas pegadas en su ropa, invocó a su patronus. A su llamada, un majestuoso ciervo se materializó en el aire.
Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve…
Siguiendo su aparición, otros animales se acercaron a ellos de entre los árboles. Harry le fascinó su presencia, tampoco esperaba a tantos, incluso dudaba que se personalizaran… pero, de nuevo, el dragón había tenido razón. Tres a uno a favor del orgulloso animal. El chico sabía que se lo iba a recordar tan pronto como le viera.
Cincuenta y tres, cincuenta y cuatro, cincuenta y cinco…
Acercándose al que capitaneaba la comitiva, se detuvo a unos pasos esperando que fuera ahora el animal quien se acercara a él. Y, como en la última vez que le había visto, el caballo plateado se apegó a él mirándole directamente a los ojos, indicándole que montara sobre su lomo aún cuando aquello no le hacía ninguna ilusión al desalentado muchacho.
Cincuenta y siete…
Como si fuera capaz de comprender sus pensamientos a pesar de su mutismo, el unicornio se levantó sobre sus dos patas traseras y, con un potente relincho, marchó en carrera tras el ciervo quien, capitaneando al grupo, se fue al galope hacia el claro donde multitud de deméntores eran retenidos en una dura y desigual lucha. Por suerte, Harry se había agarrado a tiempo al cuello del animal antes de su impetuoso despegue.
Sesenta y dos…
Veloces como el viento, en pocos segundos llegaron a su destino.
Setenta…
Saltando de los lomos del animal, permitió que el patronus siguiera su curso hacia el centro de la batalla seguido por una estampida de cerca de treinta unicornios cuyo camino era el mismo que su guía, arremetiendo contra todo aquél deméntor que se interpusiera en su cabalgata.
Setenta y cinco, setenta y seis…
Sin perder ni un instante, se acercó a la mujer que había dejado escondida entre los matorrales y, volviendo a posar su mano encima de su hombro, le indicó su regreso.
Setenta y ocho, setenta y nueve… ochenta.
Al unísono, en perfecta coordinación, cinco pilares mágicos se levantaron en el aire hasta una altura de casi quince metros. Sus pilares, unas runas escritas en la tierra con magia, permanecían protegidas por sus creadores quienes, en medio de la más absoluta concentración, seguían alimentando aquellos haces de luz que se alzaban hacia el nocturno cielo. Algo lejos de allí, otras runas cubrían la existencia de aquella emboscada mágica con otra invocación. Harry se había asegurado de ello.
Así, uniéndose al combate que se desarrollaba ante él, el chico se lanzó dispuesto a acabar con cuantos pudiera.
Lo que en un inicio había esperado como otro combate como en Azkaban, le demostró ser totalmente distinto. Allí no había un conocimiento de derrota, el saber que hicieran lo que hicieran iban a perder y, por lo tanto, que lo único que podían desear era salir vivos de allí. Aquella batalla era todo lo opuesto. Tenía el convencimiento de que iban ganando, aún cuando su número era mucho menor que el del oponente. Les sobrepasaban en estrategia, en recursos y, sobretodo, en poder. Los unicornios se encargaban de ello.
No había sido fácil dar con ellos, y aún menos conseguir que comprendieran nada de lo que decía, pero allí estaba: otro poderoso aliado. El cómo lo había logrado era todo un misterio para Harry. Aunque, quizá, debía dar las gracias a la coincidencia.
A pesar del peligro que suponía acercarse a Azkaban, puesto su pérdida la había puesto en manos de las Fuerzas Oscuras, el chico, junto a su dragón, se había adentrado en aquél claro donde vio, por última vez, al extraño unicornio. No era algo que le gustara pues dudaba que el animal aún permaneciera cerca, pero la insistencia de Shelyak había terminado por hacerle callar. Y la verdad era que, aunque volver allí no era algo que le apasionara, estaba realmente intrigado por aquella misteriosa criatura. Por suerte y pura casualidad, volvió a dar con él justo cuando más lo necesitaba. Y no fue otro que la invocación de su patronus, necesitada al sentir la proximidad de los deméntores, quien hizo aparecer de nuevo a su salvador. En un abrir y cerrar de ojos, el chico y el dragón volaban dirección a la mansión Potter con un nuevo aliado en el bolsillo. ¿Podían los patronus expresar los sentimientos y pensamientos de su invocador? Aunque aún dudaba de aquella posibilidad, su alianza y la reiterada perorata del dragón terminó por convencerle de que así era.
Fuera como fuera se alegraba de que, ya fuera él, sus sentimientos o su patronus, gracias a aquél pacto sin palabras ahora la victoria estuviera en sus manos aportando un poco de luz en aquella guerra tan oscura.
Una perdiz plateada volando alocada hacia otro de aquellos seres pasó rozando su oreja izquierda perdiéndose entre un mar de luces y sombras. Por unos instantes, recriminó al dueño del patronus pensando, al mismo tiempo, que quizá deberían tener un poco más de control para con sus invocaciones a pesar de que éstas no eran tangibles. Aunque… ¿quién era él para decir aquello? Su patronus, alocado y descontrolado, embestía a tantos como podía sin mirar nada a su alrededor. Y, detrás, la misma estampida de caballos desbocados se extendía como una manta blanca barriendo el suelo.
Pensando que aquello presentaba un cuadro un tan cómico, rió al pensar que alguien podría ser pisado, sin querer, por aquellos cuadrúpedos enloquecidos. Esperaba que, al menos, las bajas no se debieran por atropellos y embestidas.
Entreviendo por el rabillo del ojo a un hombre rodeado por un grupo de cinco deméntores quienes, con las huesudas manos como garras metálicas, iban directas hacia él con la intención de despedazarlo, Harry lanzó dosexpelliarmus echando a correr a su encuentro. Ambos hechizos, con impecable certeza, alejaron de ellos a dos de los enemigos. No dudó en arrancar al hombre de su lugar mientras se volvía para atacar a otro. En su ayuda, dos hombres más aparecieron a su lado.
- ¡Impedimenta!- exclamó uno de ellos.
Y aún cuando el otro pudo hacer lo mismo con el restante, otros tres seres se lanzaron a la carga. El hombre que acababa de salvar, invocando un látigo en llamas donde antes había mantenido su varita, apartó al grupo de un único gesto.
- Gracias.- dijo tras incorporarse.
Los tres, agrupándose de nuevo, se lanzaron en una lucha conjunta. No muy lejos, su otro integrante del grupo mantenía una difícil reyerta con dos deméntores más.
Era cierto, Harry también debía buscar a su equipo.
Abriéndose paso lanzando hechizos por doquier, lanzándose de bruces al suelo en más de una ocasión, y echando a correr al verse perseguido por una decena de ellos, acabó por sentir el pulso en las sienes y su respiración acelerada. Pero al fin, y después de casi perder un ojo con una varita extraviada, consiguió entrever al jefe de su grupo. El hombre, de unos cincuenta años y con unas canas que casi cubrían toda su cabeza, se movía frenético de un lado a otro sin descanso. El respeto que sentía el chico por el hombre era compartido por todos los demás.
Edgar Wolfred, mentor y jefe de Sirius y su padre durante su integración en las Fuerzas Mágicas de Asalto, era ahora un reconocido auror que, a pesar de la edad, seguía sirviendo en la lucha para la justicia y el orden. Harry se había sentido realmente sorprendido al saber que el cabecilla asignado en su grupo no era otro que quien había enseñado todo cuanto sabía a su padre, tal y como le había dicho él mismo al presentársele en las entrevistas estratégicas.
Al ver como un hechizo iba directo hacia él, se lanzó rodando por el suelo y, tras la explosión que tuvo en su espalda, volvió a ponerse en pie. Dio media vuelta y, con la varita lista, apartó de él a un par de deméntores que, aterrizando unos metros a su derecha, fueron disueltos por una manada de unicornios a base de pisadas y mordiscos. Iba a reunirse con él cuando vio el peligro. Un grupo de once enemigos se habían agrupado contra una única mujer. Había vislumbrado a sus compañeros quienes, a pesar de ver su situación, no podían moverse demasiado ocupados con sus propias batallas. Y, a pesar de sus gritos, nadie parecía poder acudir en su ayuda.
Harry no lo pensó dos veces.
Haciendo caso omiso a su propia conciencia, fue directo hacia ella. La mujer, que aparentaba treinta y cinco, viendo su situación no dejó que el pánico le paralizara y, cambiando repentinamente su forma, se convirtió en una preciosa águila de tonos rojizos que, sin perder un instante, se elevó en el aire escapando de su arremetida. El chico, quien a pesar de la sorpresa siguió su carrera hacia los deméntores, aprovechó el cambio de dirección que éstos hacían para derribar a tres de ellos. Sabía que, aún cuando la animaga podía escapar por el aire, los enemigos también poseían la habilidad de vuelo. Y él no podía ayudarla. Frustrado, tuvo que dejar que aquella maga se ocupara de sus enemigos por sí misma mientras él se encargaba de eliminar a cuántos podía en tierra. Sin embargo, y para su alivio, pudo ver, aunque de forma fugaz, como aquellos patronus cuyas alas les impulsaban hacia el cielo secundaban una lucha que se desarrollaba en la altura.
Pero no había tiempo para pensar en los demás. Como si de olas se tratara, otro grupo de deméntores se lanzó hacia ellos. El número les aterrorizó.
Veinte, quizá treinta.
En la lejanía podía entrever a aquellos encabritados unicornios arremeter una y otra vez contra los carceleros de Azkaban sin tregua alguna, como si una fuerza superior les hiciera lanzarse sin descanso con todas sus fuerzas. Y debía decir que gracias a sus esfuerzos y los de todos los demás, el número de enemigos parecía ser más equilibrado. Sin embargo, aún eran muchos. Enfrente a todos ellos, su patronus seguía embistiendo a pesar de la distancia con su invocador. En realidad, todos los patronus se alejaban más de lo común de sus dueños. Aunque… ¿acaso no eran una invocación? Un ente corpóreo compuesto por un recuerdo feliz, por magia… Fuera como fuera, lo importante era que su ayuda era incuestionable.
- Está bien… vamos a probar algo nuevo.- se dijo con una sonrisa traviesa.
Si bien era verdad que lo que se proponía no era algo que hubiera probado antes, esperaba que el conocimiento teórico fuera suficiente para que todo saliera bien. Porque, si fallaba, la energía consumida le provocaría un desgaste innecesario y perjudicial. Aún el riesgo, se sorprendió al pensar que el resultado tampoco era algo por lo que mereciera la pena preocuparse. Al fin y al cabo¿qué podía perder?
Ajeno al ajetreo de su alrededor, se agachó para coger un puñado de tierra del suelo y, manteniéndolo con la mano derecha, se reincorporó con la mirada hacia sus objetivos cada vez más cercanos y de mayor número. No le importó los gritos apremiantes de su superior, ni tampoco los quejidos desesperados de sus compañeros. Lo único que merecía de su inmediata atención era aquel matojo de piedras, tierra, raíces y hierbas que encarcelaba con fuerza.
- ¡Potter…!- exclamó Wolfred alarmado echando a correr hacia él pues el chico permanecía inmóvil a pesar de la masa de enemigos que se lanzaban en avalancha hacia ellos.
Pero incluso antes de que pudiera llegar a tocarle para alejarlo de allí, el muchacho lanzó en el aire la tierra que aprisionaba con un movimiento horizontal. El viejo auror se quedó paralizado al ver como un grupo de afiladas estacas de roca y hierbas permanecían estáticas frente al joven Potter quien sonreía complacido. Frente a él, los deméntores seguían en la arremetida pero, esta vez, no pronunció ni una palabra.
Manteniendo el brazo perpendicular al suelo y con los dedos extendidos hacia delante, Harry podía sentir como aquellas lanzas se movían bajo sus yemas como si siguieran el compás de sus movimientos al igual que una marioneta en las manos de su titiritero.
Le habría gustado experimentar con aquellas extensiones de sus dedos, pero la urgencia de la situación se antepuso a su curiosidad. Así, con un casi imperceptible movimiento, las afiladas rocas empezaron a moverse en el aire amenazantes hacia los enemigos más cercanos. Como si no fueran más que lo que aparentaban, capas vacías movidas por un viento helado lleno de maldad, las estacas fueron clavándose en aquellos cuerpos y traspasándoles con implacable limpieza. Uno tras otro iban cayendo tras su cruce con las lanzas de tierra.
- Buen truco.- dijo su capitán a su lado con lo que, tras un golpecito complacido en su hombro y una sonrisa orgullosa, se alejó directo hacia la batalla, convencido de que el chico era capaz de cuidar de sí mismo. Y lo mismo pensaron aquellos que, tras el bramido del capitán, habían desviado momentáneamente su atención hacia ellos.
El joven Potter había demostrado ser un valiente y poderoso mago. Ninguno de ellos siguió dudando sobre ello, de alguna forma, acababa de conseguir un respeto lejos de la fama que hasta entonces le había acompañado. Pero Harry pensó que, si aquellos que lo habían visto supieran cuál era la verdadera naturaleza de aquella magia, seguramente habrían desconfiado de él, o, incluso, quizá le hubieran arrestado allí mismo.
Fascinado por la efectividad de aquella prueba, Harry siguió moviéndose concentrado en la lucha a su alrededor. Si bien la creación de aquél "truco" había sido arriesgada por su inexperiencia, ahora le resultaba una potente y agradecida arma bajo su manga con la que, mediante un uso mínimo de magia, conseguía un increíble resultado de ataque. Si tenía la oportunidad, se lo mostraría a Aberforth puesto que había sido él, y no otro, quien le había presentado aquél curioso uso de la magia negra. Aunque dudaba que aquello fuera posible.
Tensando y flexionando los hilos invisibles que ataban las estacas a sus dedos y que les daban la capacidad de volar, el chico consiguió derribar a más de quince enemigos en un abrir y cerrar de ojos. No le fue difícil terminar con todos los demás.
No muy lejos de él, un par de magos se dejaron caer exhaustos en el suelo mientras sus atacantes, viendo como al fin empezaban a haber las primeras presas a su alcance, no dudaban en lanzarse directos hacia ellos. Nadie podía hacer nada, demasiado ocupados en sus propias fuerzas y flaquezas. Ni tampoco fueron los únicos. Cayendo por doquier, la resistencia empezaba a agotarse. Lo mismo sucedía con sus patronus, cada vez menores.
Pero nadie parecía preocuparse. En vez de eso, la lucha seguía activa mientras, medio a escondidas, algún miembro del grupo conseguía escaparse de su batalla para acercarse a los compañeros caídos y, extrayendo unas botellitas con un líquido transparente, las acercaban en sus bocas medio entreabiertas dejando que unas gotas resbalaran por sus bocas. A Harry, sin embargo, lo que más le preocupaba era el número interminable de enemigos. ¡Nunca hubiera esperado que fueran tantos¿Acaso estaban allí todos los deméntores del país? La respuesta podía bien ser afirmativa.
Rompiendo con el ritmo que había conseguido y al que empezaba a acostumbrarse, Harry sintió como algo en su bolsillo se removía inquieto, vibrando, temblando junto a su pierna con tanta insistencia, que de no tratarse de un aviso que ya conocía, hubiera dicho que algo se estaba irritando por su falta de atención. Sin embargo, poder atender a aquella nueva urgencia no le fue posible hasta que, mascullando maldiciones y alguna que otra obscenidad, pudo encontrar un breve momento de mínima tranquilidad entre toda aquella lucha. Así, agarrando aquella moneda dorada con una mano mientras seguía manteniendo la otra ocupada con sus afilados títeres de piedra, desvió su atención hacia el pequeño metal que continuaba agitándose ahora en su palma. En el centro, una única palabra permanecía grabada en su superficie con brillos intermitentes: "Hogwarts".
- Joder…- masculló irritado volviéndola a guardar.
Acercándose a su capitán con pasos enojados, intentó explicarle su urgencia pero, viendo que el ruido y los constantes ataques le impedían hacerse oír, movió la cabeza con negación. Era imposible que tan siquiera pudiera terminar de decirle lo que tan poco tiempo tenía por anunciar. Así, decidiendo que al menos se daría unos breves instantes de calma, se propuso realizar un bonito espectáculo que sabía que muy pocos olvidarían.
Extendiendo los dedos con resolución, aquellas afiladas lanzas salieron disparadas hacia el cielo llevándose a cualquier cosa que se cruzara por su paso. Hasta que, a poco más de cuatro metros de él, estallaron en un festival multicolor que, de no ser por las incandescentes chispas que volaron directas hacia aquellos seres de capas negras y que enseguida se prendieron en ellas convirtiéndolos en fantasmas de llamas, habría podido ser una verdadera fiesta pirotécnica.
- Debo irme. ¿Cree que necesitarán refuerzos?- preguntó con una sonrisa alegre. Realmente no esperaba que su idea funcionara con tanta brillantez, y la verdad era que utilizar aquél truco de magia negra añadiendo su opuesta para que estallara con una explosión había resultado ser todo un juego de luces y colores que, no sólo había sido bonito, sino también poderoso. Y lo mejor era que no sentía desgaste alguno.
- Su número se ha reducido en gran medida, apenas debe quedar la mitad de ellos. Y nosotros aún podemos con otros cientos.- le dijo con convicción. Y la verdad era que si Harry se había prestado a ello era, simplemente, por pura formalidad puesto que con sólo observar la lucha que aún se desarrollaba podía saber que la victoria ya estaba ganada.
Un par de aquellas antorchas voladoras caían erráticamente hacia ellos cuando Harry, tras un golpe animoso de su cabecilla, se internó hacia los matorrales alejándose de toda la lucha. Frente a él, un hombre seguía con los ojos cerrados en una postura rígida y claramente incómoda. El chico, a pesar de que hubiera preferido no hacer aquello, no tuvo otro remedio que posar una de sus manos encima su hombro y, acercando sus labios en la oreja, susurrar su necesidad de salir de allí.
El hombre, entreabriendo los ojos, miró al chico sin relajar su postura de concentración.
- Sólo tendrás cinco segundos.
Harry, asintiendo, se preparó para correr.
Tan pronto como el mago cubrió las runas relucientes inscritas en la tierra con su mano, el pilar mágico que se dibujaba en su espalda se difuminó rompiendo parte de aquella barrera. Sin esperar ninguna otra señal, el chico se precipitó hacia el bosque alejándose cada vez más de los ruidos de la guerra.
No vio como la barrera volvía a dibujarse entera como un muro infranqueable en medio de la noche, no vio como su patronus se difuminaba en el aire tras desaparecer su invocador, no vio lo que más adelante parecería una derrota de los magos frente a las fuerzas conjuntas de unos airados deméntores, ni tampoco pudo ver como aquellos aliados arremetían contra la creciente oscuridad dando nuevos ánimos a los humanos quienes, en una lucha por su supervivencia, se lanzaban feroces contra aquellos seres. No vería a magos extendidos al suelo, sin alma, sin corazón, magos cuya fuerza había desaparecido dejando sólo a un cuerpo de carne y hueso incapaz de sentir ni vivir. Ni tampoco a decenas de ellos deambular por aquél parque sin ánimos ni esperanzas, incapaces de sentir ninguna luz al final de aquella guerra. No, Harry no vería todo aquello, una lucha que, a pesar de otorgar la victoria a los humanos y unicornios, cobraría sus víctimas con implacable certeza.
Lejos de todo aquello, Harry seguía corriendo con un único pensamiento en su mente: Hogwarts.
Volviendo a coger aquella moneda de su bolsillo, la examinó con más cura. Bajo el nombre de la escuela, habían grabadas unas coordenadas que, tras memorizarlas concienzudamente, las antepuso a todos sus pensamientos y, centrándose en ellas, se imaginó encontrándose justo donde indicaba. Un viento que antes no estaba le removió el pelo juguetonamente.
- ¡Harry…!- exclamó alguien no muy lejos de él.
El chico, observando a su alrededor, vio como un par de figuras aparecían de entre los árboles. Por su proximidad y al ver la forma de una cabaña familiar en la distancia, imaginó que se encontraba al límite con el Bosque Prohibido. Y, surgiendo de entre sus sombras, un hombre y una chica se aproximaron a él con urgencia.
No esperó a que llegaran junto a él para observar más allá del camino que llevaba hasta allí. A la distancia, un bombardeo de luces iluminaba la noche perfilando la silueta del castillo en la lejanía. Nervioso, se mordió el labio inferior incapaz de pensar mientras observaba aquél inquietante espectáculo. "Qué estúpido… ¿Cómo no había caído en esto, cómo no lo habíamos previsto? Todo estaba perfectamente planeado. Maldita sea." pensó con rabia. Se obligó a alejar la mirada de la distancia para centrarse en su próximo movimiento.
Dejándose iluminar por la luz de la media luna que reinaba en el cielo y las sombras de las explosiones que se encendían y apagaban esporádicamente, Alice Seaggle, aquella chica que antaño le había acompañado en Magia Antigua y que más adelante le siguió en el ataque a Hogsmeade, le miró con una sonrisa amistosa. A su lado, Remus Lupin le miraba entre contento y cansado. Y la verdad es que no hacía muy buena cara.
- ¿Qué está pasando aquí?- dijo algo distraído. Aún sentía la adrenalina del combate que hacía pocos segundos había dejado atrás, por lo que todo su cuerpo se sentía ardiente y flexible, atento a cualquier sonido o movimiento a su alrededor.- ¿Quién nos está atacando?
- Mayoritariamente vampiros, aunque también un buen grupo de gigantes. De momento Hogwarts está resistiendo a los ataques, aunque tampoco sabemos hasta cuando.- respondió el ex profesor con serenidad a pesar de la situación.
- ¿Está la barrera aún activa?
- Eso dice Dumbledore.
- ¿Cuál es la situación?- preguntó a Lupin mientras echaban a andar. Alice, sin mediar palabra y con la varita en mano, permaneció dos pasos por detrás prestando atención a su contorno pero sin dejar de lado la conversación que mantenían los dos magos.
- No muy buena.- repuso el hombre con un suspiro agotado.- Aunque no han conseguido traspasar las fronteras del castillo, su asedio empieza a hacer temblar los muros. Dumbledore cree que la barrera no resistirá mucho más, así que ha enviado a Hagrid a por los refuerzos.
- ¿Y los clanes, han llegado ya?
- No.- dijo encogiéndose de hombros.- Hasta ahora estamos solos. Sólo disponemos de media Orden para resistir medianamente el ataque junto con diez aurores del Ministerio. Tonks y Kingsley han ido al bosque para ir en busca de los centauros, Firenze ha ido con ellos.- añadió al ver la cara temerosa del chico al pensar que los dos hubieran podido internarse en aquél oscuro lugar para reclamar el pacto con los orgullosos centauros. Aún se sorprendía al pensar que aquellos tozudos e indiferentes seres habían terminado por aceptar una alianza para la guerra. Aunque, como en otros acuerdos, la imagen del dragón había servido para algo más que hacer sombra por encima de sus cabezas.
- No te preocupes.- dijo el chico con una confiada sonrisa.- Todo saldrá bien.
Más que por sus palabras, el hombre se quedó petrificado al ver que era aquél joven muchacho y no él, un mago cuya vida había vivido situaciones peores que las que afrontaba en aquél momento, quien estaba dando ánimos incluso ante un tiempo que el ánimo parecía fuera de contexto. Al ver aquella sonrisa, segura y plenamente consciente de lo que intentaba expresar, a Remus le pareció ver a su antiguo y difunto amigo, un amigo que, recordó, le había dicho aquellas mismas palabras a pesar de saber que era su vida, y no la del licántropo, la que estaba en verdadero peligro. Aquella misma expresión, aquellos mismos rasgos… Por un momento, Remus Lupin se detuvo en su avance observando inmóvil como aquél muchacho seguía su camino sin detenerse a pesar de la terrible batalla que se presentaba al final de aquél sendero. Una batalla cruel y mortífera, una lucha que, sin embargo, por unos instantes le pareció irrelevante y sin sentido. Al fin y al cabo, todo iba a salir bien.
No tuvieron que seguir andando durante mucho más cuando la imperiosa imagen del castillo apareció resplandeciente frente a ellos. Sin embargo, no era la única figura que quedaba iluminada por aquellas explosiones y relámpagos mágicos. Rodeando su estructura en círculo, un matojo de criaturas se congregaban alrededor lanzando hechizos, golpes y furiosos gruñidos. Harry pudo sentir cómo aquella amiga mágica, ahora visible de nuevo al sentir los impactos mágicos sobre ella, se estremecía ante los ataques debilitándose más y más con cada nueva agresión. Tuvo que reprimir su cólera para evitar salir de su protegida posición con bramidos y hechizos.
- ¿Hay algún punto por dónde podamos entrar sin tener que enfrentarnos a todos esos monstruos?- dijo conteniendo su voz.
- Ya no.- secundó, por primera vez, la chica.- Hemos escapado antes de que estuviera completamente rodeado.
- ¿Habéis establecido algún lugar de encuentro¿Alguna coordenada?
- Debemos reunirnos con los licántropos cerca de la entrada de la escuela, en el camino a Hogsmeade. Atacaremos a la señal.
- Vamos.- dijo Remus tras observar la dirección que indicaba la varita.
"Aguanta." dijo Harry para sí deseando que aquellos pensamientos lograran ser escuchados. No muy lejos, aquella cúpula dorada intensificó su luz y, aunque nadie contempló aquel cambio, siguió aguantando protegiendo la vieja estructura de piedra que se levantaba en su interior.
Con paso apresurado, el trío volvió a introducirse en el anonimato de la noche moviéndose cautelosos por las sombras. El ahora campo abierto cuyo panorama los dejaba indefensos ante la mirada, les llevaría hasta las puertas de hierro de Hogwarts donde los dos guardianes de piedra seguían vigilando impasibles. La verdad era que no resultó fácil moverse sigilosamente por entre aquel cuidado césped a la vez que intentaban permanecer el menor tiempo posible en aquél desprotegido terreno.
Harry no estaba seguro de lo que esperaba encontrar al llegar al punto de encuentro, pero estaba convencido de que aquello no era lo imaginado. ¿Dónde estaban aquellos aliados, aquellos licántropos que le habían jurado amistad y por los que habría dado la vida? Un helado aire hibernal le azotó con violencia a pesar de estar en inicios de junio. Aunque quizá aquella sensación de frío era sólo su imaginación…
- Esperaremos allí.- indicó el hombre con indiferencia. Él, al igual que los demás, había perdido la esperanza con aquél aliado. ¿Acaso se podía confiar con la palabra de un licántropo? Aunque, con una mueca amarga, se dijo que no era, quizá, el más indicado para preguntarse aquello.
Escondiendo sus presencias de la noche, los tres se echaron al suelo detrás de un matojo de arbustos cuyas ramas apenas les proporcionaba una perforada capa de protección. La muchacha, siguiendo las indicaciones que había recibido con anterioridad, extrajo una botellita de cristal escondida bajo sus ropas y, tomando cuatro gotas de aquél líquido, se lo entregó a los demás quienes no tardaron en imitarla.
Los minutos pasaron y ninguno de ellos dijo nada, demasiado sumergidos en sus propios pensamientos y preocupaciones. Para Harry sin embargo, no fue más que unos segundos de paz en los que tanto su cerebro como todos sus músculos y extremidades encontraron un merecido reposo antes de seguir con las prisas y tensión. Se obligó a no pensar en lo que estaba ocurriendo en medio de Londres, en los hombres, mujeres y unicornios cuya lucha aún debía de permanecer activa, viendo como sus vidas pendían de un hilo, ávidos de protegerse del peligro y, a la vez, demasiado concienciados de la guerra en la que luchaban en busca de la victoria que les llevaría a la paz. Tampoco quiso imaginar en el asedio que estaba sufriendo Hogwarts unos metros más allá, en la ayuda que estaba por llegar o en la batalla que iba a producirse, una vez más, junto a él. Era consciente de que, aún cuando todo aquello estaba sucediendo más allá de sus deseos, tampoco podría hacer nada por evitarlo. Era el destino. Y no sólo el suyo, sino también el de muchos más. El destino de hombres y mujeres, de unicornios, de centauros, elfos domésticos, dragones, incluso de deméntores, trolls y gigantes. Era el destino de la vida y de la muerte, de la Onda y su flujo. Era, también, su destino.
Llevaban ya cerca de dieciocho minutos a la espera cuando, justo en el momento en que Remus empezaba a pensar que debían abandonar la espera para ir junto a los demás, una lluvia de diminutas chispas de luz se manifestó frente a las puertas de los terrenos de Hogwarts.
- No, espera.- susurró el chico agarrando a Alice quien se preparaba para invocar un hechizo.- Parece que ya han llegado. Remus, da la señal.- indicó al hombre que permanecía mudo a su lado. Asintiendo aún incrédulo, extrajo una roca en apariencia ordinaria y, extrayendo uno de aquellos hilos plateados de su mente, similar a lo que ocurría con los pensaderos, lo introdujo en su interior. Tras ello, le dio un par de golpecitos con su varita y desapareció con un silencioso ¡plop!
Incorporándose, Harry se adelantó a los demás mientras frente a él aquellas lucecitas daban paso a cuerpos con brazos, piernas y cabezas bien moldeadas que dirigían una analizadora mirada a su alrededor. Frente a todos ellos, cinco figuras se materializaron en el aire encabezando la comitiva nocturna.
- Me alegra ver que habéis acudido a la llamada.- dijo el chico con una reverencia a los tres Padres que se acercaron a él.
- Por supuesto¿acaso no somos aliados?- respondió Jorad con orgullo.
- Nos alegra veros de nuevo.- secundó Kiera con calma.- Tal y como dicta la llamada, todo el Clan de la Luna se ha congregado para ser partícipe en la lucha. Llevadnos frente al enemigo y lucharemos a vuestro lado, amigo mío.- dijo ahora sonriente.
Respondiendo a su amistad, Harry les devolvió la sonrisa con serenidad. Apareciendo junto a ellos, Irid y Charlie se acercaron al grupo. Apenas tuvieron tiempo de intercambiar salutaciones cuando, captando su atención, Remus les alertó de la señal.
Haciendo honor a su raza, los tres Clanes se alinearon componiendo un batallón de una treintena de licántropos todos ellos equipados con espadas y flechas plateadas colgando de su espalda. Y capitaneándolos, dos cabecillas de cada familia, Irid entre ellos, les gritaron iniciando un paso firme y solemne hacia la batalla. Harry se sorprendió al comprobar que, tal y como le había asegurado Kiera hacía unos meses, habían conseguido restaurar parte de sus diezmadas tropas. Aunque eran pocos, su cólera y determinación les convertían en un aterrador enemigo capaz de arrasar campos enteros con sólo su paso.
Su marcha fue silenciosa y de pocas palabras. Y, aunque cada cuál mantenía sus pensamientos controlados en una fría calma, el chico sintió cómo Remus se mantenía sombrío e extrañamente apartado, como si aquellas reflexiones le llevaran lejos de allí, en un camino al que no podía llegar. No entendía muy bien el porqué, pero la expresión de su rostro le alarmó, como si aquello augurara un fatídico destino. Sintió la imperiosa necesidad de detenerlo allí mismo para obligarle a irse, a esconderse, adónde fuera con tal de hacerle desaparecer de aquél lugar, un lugar que, cuándo más le miraba, más se parecía a su tumba. Aunque… ¿no se veían todos iguales? Sus facciones, pálidas y contraídas, algunas repletas de una furia y odio tal que el chico se preguntaba hasta dónde sería capaz de arrasar aquél fuego interno.
Sin embargo, y justo cuando se proponía a acercarse a su ex profesor a quien tanto quería, pudieron entrever la asediada figura del castillo. Cualquier cuchicheo que pudiera haber sobrevivido a la marcha quedó rápidamente silenciado al ver a los cientos de seres en una incansable arremetida contra el mágico muro protector que rodeaba la construcción. A su lado, Jorad expulsó el aire contenido en sus pulmones con esfuerzo y, esbozando una mueca entre amarga y sarcástica, gruñó para sus adentros. Había reconocido a sus enemigos, los mismos que hacía unos meses habían atacado a su familia, los mismos que les habían dado motivos para entrar en aquella guerra que, ahora sabía, iba a pasar a la historia. Y no sólo él se dio cuenta de ello, sino todos aquellos que permanecían a la espera en sus filas, removiéndose furiosos en sus puestos, empeñándose en mantener la compostura fría y calmada necesaria para pasar a la acción impecablemente.
Un hechizo, seguido por decenas de voces haciendo eco por entre la noche acallando a los gritos airosos de los agresores, salió disparado desde las sombras derribando a una de aquellas formas grotescas con el contacto. Sólo aquellos que rodeaban al desdichado dejaron su atención de aquella barrera inquebrantable para mirarse asombrados entre ellos, la mayoría demasiado estúpidos para comprender el significado de aquella fea quemadura en la espalda de su camarada.
Siguiendo las rápidas y concisas órdenes de sus superiores, las filas de hombres y mujeres aparentemente normales se transformaron, en un abrir y cerrar de ojos, en un fiero y peligroso grupo de lobos cuyas fauces se cerraban amenazadoramente. En cabeza, aquellos dirigentes que habían permanecido rectos a la espera, dejaron que su transformación genética les hiciera sostenerse sobre las cuatro patas y, con un poderoso bramido, se lanzaron salvajes hacia la lucha con un único humano de pelo rojizo y ojos azules entre ellos. Los enemigos ni siquiera tuvieron tiempo a reaccionar cuando aquella estampida de feroces licántropos se lanzaron implacables a sus cuellos, desgarrándoles la carne en una ira incontrolable, rompiendo extremidades y derribando cuerpos con cada nueva mordedura en medio de gorgoteos moribundos y ahogados de sus víctimas. No muy lejos, otro grupo de seres cabalgaban entre gritos de odio hacia la lucha, disparando flechas contra sus contrincantes, levantando sus poderosas patas en el aire y abatiendo a más de uno con sus potentes golpes.
Pero no fue hasta que el enemigo se sobrepuso a la sorpresa inicial respondiendo al feroz ataque con sus propias fuerzas cuando, lanzándose en una segunda onda de asalto, las demás fuerzas que hasta entonces habían permanecido a la espera escondidas en las sombras atacaron por la ahora descubierta retaguardia cerrando al enemigo entre dos letales fauces desgarradoras.
Alice, sin embargo, detuvo a Harry oculto del ataque. El chico, sorprendido ante aquella interrupción, se quedó mirando, estupefacto, cómo aquellos lobos se lanzaban de bruces a la batalla. Incluso Kiera, quien le había sonreído antes de convertirse en un precioso animal cuyo pelaje asemejaba a la misma luna, se internó entre sus iguales matando sin vacilar, implacable y letal.
- ¿Qué haces?- preguntó mirándola con furia.
- No puedes unirte a ésta lucha.- dijo sin más. Pero, al ver que su intento de alejarlo de allí era inútil, le lanzó una mirada de controlada impaciencia. Harry sabía que la chica, haciendo honor a su casa Slytherin, nunca mostraría sus emociones con facilidad, sin embargo también conocía a otro integrante de aquella casa y, por consiguiente, también era consciente de sus límites. Con un bufido irritado le soltó del brazo e, indicándole la lucha, añadió:- ¿Quieres ir?
- ¿A qué viene esto?
- Te creía más listo.- gruñó cruzándose de brazos con indiferencia.- ¿No confías en ellos? Pensaba que eran tus aliados.
- Y lo son.
- Pues no lo parece.
Apartó la mirada de ella para observar de nuevo la guerra que tenía lugar frente a ellos. Incluso pudo ver a Lupin batiéndose con uno de aquellos indestructibles gigantes junto a otros dos centauros y un lobo. Y, aunque la lucha parecía desigual, ninguno de ellos dejaba de atacar, como si la victoria fuera posible a pesar de su lejanía.
- ¿Vas a ayudarles?
- También es mi lucha.- dijo sin apartar la mirada de allí.
- No, no lo es. ¿Para qué crees que han aceptado tu amistad¿De veras crees que esperan que les rescates¿No has sido tú quien les ha pedido su ayuda? Ésta es su lucha, no la tuya.- creyendo que ya había hablado demasiado, se descruzó de brazos y, dando media vuelta, se detuvo para mirarlo.- ¿Y bien?
- ¿Ha sido Dumbledore quien te ha dicho esto?
- En parte.- respondió encogiéndose de hombros.
Con media sonrisa, le siguió alejándose de aquella batalla. De nuevo, volvió a dar la espalda a la lucha. Una lucha que, tal y como le había dicho aquella chica, no era la suya. Pero… ¡cuánto le habría gustado ayudar! La verdad era que le preocupaban, le angustiaba su suerte, sus vidas… "¿No has sido tú quien les ha pedido su ayuda?" Aquellas palabras, tan sabias y certeras, le obligaban a apartar la mirada y seguir adelante. Ella tenía razón. De nuevo, aquella era su lucha.
- Dumbledore no está en Hogwarts¿verdad?- preguntó con suavidad.
Alice, con una sonrisa, volvió su mirada a él negando con la cabeza. Su cabellera, negra como la noche, se removió a su alrededor contrastando con su pálida y suave piel.
- Todos escaparon antes del ataque.
- Y es adónde me llevas…- afirmó acelerando el paso junto a ella.
- El profesor Dumbledore dijo que… ¿cuál fue la palabra?- murmuró pensativa.- ¡Ah, sí! "El arte de la guerra requiere experiencia, astucia, inteligencia y unos deliciosos caramelos de limón".
