¡Buenas a todos! Tras colgar el capítulo voy a poder dormir sin soñar con él… ¡sí¡Al fin libreeeeeee! Ehem… reviews.
jim: han pasado algo más de dos meses desde tu review (el primero, claro), pero en fin, me alegra poder responderte aunque sea con una salutación. Espero que el capítulo no defraude mucho tu espera… Nos vemos!
whitest angel: uoooo, hola!!! Jajaja feia temps que no contestava a algú amb català, tot i que estic convençuda de què n'hi ha molts per aquí (ja sóc dels vells, jo…). Què hi farem, he tardat però ho he aconseguit (com acabo fent). Bé, aquesta vegada no hauràs d'esperar molt per l'epíleg, pel que espero tenir això enllestit aviat, que jo també vaig justa de temps. Ens veiem en la pròxima actualització!
damitahhr: jajaja, pues nos gustan las mismas parejas (que conste que no he leído aún el 7, por lo que no sé qué ocurre en la historia "oficial" entre los personajes). Ciertamente, adoro el draco/ginny de la misma forma que prefiero el harry/hermione. Pero…! Mi fic no ha buscado, en ningún momento, buscar controversias ni romanticismos (aunque en la vida siempre hay, así que no se puede evitar), por lo que respeto cualquier gusto sin problemas ;) En fin, no voy a ensancharme más, que quiero colgar el capítulo de una vez. Chao chica!
Paty: ¿aficionado? Jajajjaja noooo, no es que sea aficionado a los caramelos de limón, es que en aquél momento (cuando los dispone encima la mesa) tiene un arrebato de inspiración. El verdadero aficionado es Dumbledore, si están encima la mesa es debido a él. Lo de vestirse de negro… sí, yo también me lo imagino y, sinceramente, mi mente a veces se le va demasiado la olla… (de negro, con un pendiente y una coleta, JAJAJAJAJJAJAJA!!! Y ENCIMA DE UN DRAGÓN¿Qué más se puede pedir????) En cuanto a su reunión… LEE. XDDDDD No voy a decir nada, NADA. Así que, sin más, hasta la próxima!
20 páginas… no vayáis a quejaros¿eh?
Mi retraso, esta vez, no ha tenido nada que ver con esa musa huidiza
y traicionera que me acompaña en las noches de inspiración,
sino más bien todo el trabajo que estoy teniendo. Así
que, como veréis al leer, el capítulo es
extraordinariamente denso (pasa mucha cosa en un único
episodio). Supongo que la culpa se debe a que no he dejado el
capítulo durante este tiempo, por lo que se ha ido escribiendo
a medida que pasaban los días. Incluso he soñado con
él… Arg, al fin voy a descansar tranquila!
Supongo que muchos os habréis leído el 7
(o vais a empezar ahora), así que siento haber finalizado tan
tarde, no era mi intención… Pero, qué le vamos a
hacer! Aunque no voy a dar saltos de pura alegría hasta que no
suba el epílogo (al que juro y perjuro que no voy a tardar en
subir. LO JUROOOOOO!!!), al menos ya puedo dejar de recriminarme por
mi lentitud.
Segunda parte Y FINAL del fic. Espero que seáis
benévolos y no me machaquéis mucho… no he querido
hacer más revisiones puesto que estoy un poco harta de
releerlo ya tantas veces. (Quizá debería haber hecho
una más, pero es que 20 páginas… uff!!) Así
pues, os dejo hasta dentro de, espero, unos días. Hasta
entonces¡besos!
-Ithae-
Capítulo 38 – Principio y Fin II. El sino de la Onda
El aire le aplastaba el pelo contra el cráneo y taponaba con fuerza sus oídos. Sabía que debía mantenerse completamente echado encima el cuerpo del animal para no romper con la forma aerodinámica de la criatura que ahora ascendía con velocidad. Sus piernas, sus brazos, todo él intentaba permanecer tan pegado a aquellas escamas como le era posible a la vez que se aseguraba para no caer. Y habría sentido un vértigo atroz de no tener aquella unión tan profunda con el animal que incluso le permitía sentir sus emociones y sensaciones en su propia piel.
Durante el interminable minuto que duró su vuelo vertical, su mente dejó de pensar. Olvidó las instrucciones que acababa de dar a aquellas tropas que se mantenían ocultas tras las nubes a la espera del primer ataque, olvidó también sus propias órdenes que le llevarían a él y a un grupo de cincuenta dragones en una ascensión vertiginosa hacia el punto más alto al que podían llegar, olvidó que, tras aquel increíble vuelo, le esperaba una arriesgada caída sobre los mismísimos muros de roca y hierro de la prisión. Lo olvidó porqué, en aquél momento, todo cuanto ocupaba su mente era aquella fantástica sensación que colapsaba sus sentidos y aturdía sus pensamientos.
Un silencio abrumador le sorprendió al llegar en la cúspide de su viaje.
El aire, aunque escaso y extremadamente frío, parecía haber desaparecido. Y, aunque su magia y la del dragón le proporcionaban un suministro de vida, tuvo que reconocer que aquello era, sin lugar a dudas, lo más bello que nunca había podido contemplar.
No había nubes, tampoco nada que pudiera entorpecer aquella vista terrorífica a la vez que abrumadora. La luna, como única regente de las alturas, bañaba a su alrededor con una luz fantástica, casi mística. Sobre su cabeza, las estrellas resplandecían esparcidas por doquier, brillando con perfecta nitidez a pesar del brillo lunar cuyos reflejos se dibujaban alrededor de sus siluetas. Todo era tan extraño que Harry incluso se preguntó si aquello podría ser real.
- Agárrate, pequeño.- irrumpió su compañero de vuelo con suavidad.
- Es precioso…- suspiró mirando aquél cielo que tanto le había fascinado.
- Nosotros lo llamamos el Pedestal Celeste. Mira.
Indicándole con un ligero movimiento de su dorada cabeza, Harry observó como los dragones que se mantenían a su alrededor permanecían extrañamente silenciosos, flotando en el aire sin apenas moverse de su posición, como si el tiempo allí arriba tuviera la capacidad de detenerse permitiendo que sus visitantes pudieran contemplar aquel espacio al completo, sin prisas, observando hasta el último rincón de la belleza que se les ofrecía. Pero no fue hasta que el último de ellos hubo llegado a su posición, cuando todas las cabezas se alzaron al unísono observando el cielo estrellado que se dibujaba encima sus cabezas.
- ¿Qué hacen?- susurró temeroso de romper aquél silencio impregnado de misticismo y poder. Y aunque lo hizo en una conversación mental, le pareció que las palabras habían conseguido salir al exterior, flotando en el aire de la misma forma que aquellos cuerpos multicolores se mantenían sujetos por unos hilos invisibles.
- Rezan a las estrellas.
- ¿Rezan?
- Es un decir. En realidad podríamos decir que se impregnan con la energía de la Onda. Seguro que te has dado cuenta de que nos encontramos "flotando" en el aire¿verdad?
- Sí, me preguntaba cómo puede ser posible.- dijo con extrañeza. En verdad, en aquella altura la cantidad de aire era menor, científicamente, o al menos según la ciencia de los muggles, un cuerpo no debería poder mantenerse en aquella altitud aunque dispusiera de alas, y aún menos ser capaz de sobrevivir. Ni siquiera con la poderosa magia de los dragones.
- La Onda es la que nos está manteniendo. ¿No te has percatado de que no sientes desgaste alguno a pesar de estar utilizando la magia para protegerte del frío y la falta de aire?- sorprendido por aquella revelación, Harry se percató de la verdad de aquellas palabras. Y no sólo no sentía cansancio, sino que poco a poco se iba llenando de una energía que había perdido en el transcurso de los días. Era como si estuviera asimilando la misma energía que tomaban aquellos animales para rejuvenecerse.- ¿Recuerdas que te hablé de tu naturaleza? Te hablé sobre tu fuerza vital, tu base mágica utiliza la habilidad de absorber el flujo. Y es por eso por lo que estás recuperando tus energías.
- ¿Has dicho que la Onda nos hace flotar?- preguntó sin siquiera cuestionarse cómo había comprendido aquellas preguntas que afloraban en su mente en busca de respuestas sin preguntar.
- Pues claro, estamos justo encima de ella.- respondió como si fuera obvio.
- No puedo verla…
- ¿Acaso puedes ver la energía¿Puedes ver la… mmm… electricidad?
- No.
- Pero sabes que está ahí. Si intentas tocar uno de aquellos cables puedes elec… electrocutarte¿verdad? Algo similar pasa con esto. Es como con la magia, puedes sentir su flujo y hacer uso de ella. Sólo que la Onda es mucho mayor.
- Comprendo…- dijo con un suspiro.
- Claro que no comprendes, pequeño.- el dragón, con una grave risotada a lo que fue un leve rugido en el aire, tornó su mirada hacia su maravillado jinete.- Ya lo harás. Tiempo al tiempo, mi joven aprendiz.
- ¡Oye¿Desde cuándo soy yo tu aprendiz?- protestó con fingida molestia.
- Desde que debo velar por tu seguridad. ¿Qué harías sin mi guía y consejo¿Debo recordarte que fui yo quien te enseñé…?
- Sí, sí, mil gracias oh gran maestro.- cortó con diversión.
Ambos permanecieron unos instantes en silencio, dejando que aquella cálida energía fluyera por entre sus cuerpos rodeándoles y acariciándoles con suavidad. Lo que no fueron más que unos segundos, para el chico se convirtió en eterno. Un tiempo intangible, invisible, un reloj que se había detenido para el mundo pero que, desde aquel Pedestal, parecía permanecer flotante dentro una cúpula mágica.
- Llegó la hora.- sentenció el dragón rompiendo el espacio inmóvil donde se había refugiado Harry.
- De acuerdo.
Asegurándose la capa y tras comprobar el estado de sus fuerzas, el chico se acomodó en el lomo preparado para el descenso.
- Puede que te asalten dudas, que tengas miedo del camino que se abre frente a ti, pero, pase lo que pase, no lucharás solo. Quería que supieras que…- su voz, grave y normalmente segura, fluctuó en lo que parecía una nota de apuro, vergüenza y rubor. Un conjunto de emociones impactaron en el chico casi haciéndole perder el equilibrio. Tuvo que agarrarse con fuerza en las escamas del animal para evitar caer.- Esto…
- ¿Estás bien?- susurró temeroso por su reacción.
- Es un orgullo.
Silencio.
- ¿Orgullo?- preguntó esperando que prosiguiera.
- Vamos, agárrate.
Algo defraudado, se echó encima el cuello del dragón invocando unas cuerdas invisibles que, al igual que en su llegada, ataron al muchacho junto al animal haciendo que fuera imposible su caída.
Con un feroz rugido, el animal se precipitó seguido por todos los demás.
Harry podía sentir como la velocidad, decenas de veces superior a la anterior, le obligaba a cerrar los ojos expandiendo sus otros sentidos. No podía sentir, ver, oler… lo único que le indicaba su entorno era la implacable presión que prensaba su cuerpo como si de una simple lata se tratara. Ni siquiera su magia, demasiado ocupada en salvaguardar la vida de su usuario frente a la descompresión que atenazaba en matarlo con inclemente tortura, podía suavizar aquella fuerza que agarrotaba sus músculos y hacía crujir su mandíbula. Se podía ver a sí mismo echado encima del cuerpo del dragón, ambos en perfecta caída libre, sin apenas oponer resistencia en el aire, con una forma tan aerodinámica que parecían pesados misiles a punto de cruzar todas las barreras existentes. Luz, sonido… nada de aquello podía existir en aquel momento.
Un frío helado le cubrió el cuello y parte de su pelo, incluso sus ropas se fueron congelando a medida que iban descendiendo. No abrió los ojos, pero pudo sentir como les golpeaba un lago húmedo que les llegó hasta los huesos, haciendo que el hielo avanzara más en su recorrido.
- ¡Shelyak!- exclamó en su mente intentando tranquilizar el caos de emociones que inundaban sus pensamientos y que le impedían reflexionar.
Pero aunque su grito no fue respondido, notó como los músculos palpitantes bajo sus palmas se tensaban con fuerza. Sintió, además, como la magia de aquél animal se arremolinaba en un punto, centrándose cerca del corazón y esparciéndose, de nuevo, por todo su cuerpo, como si fuera un ente vivo moviéndose a su libre albedrío.
Abriendo los ojos al verse rodeado por un aire más cálido, se atragantó con temor ante la terrorífica vista que se mostraba justo bajo ellos. Habían descendido tanto, que ya era capaz de ver el mar y la isla. Con cada nuevo latido, unos metros retrocedían acercándoles más y más hacia su objetivo. Pero no estaban frenando. A pesar de su proximidad, seguían cayendo con implacable velocidad… y aquello fue lo que más le alarmó.
- ¡SHELYAK!- gritó en un intento por alertar a su montura de su peligrosa situación.
- Cálmate.
Inspirando una larga bocanada de aire, el dragón contuvo la respiración para, tras unos instantes que para el chico fueron minutos enteros, expulsar una brillante y ardiente bola de fuego. Abriendo sus alas con fuerza, recuperó el control al tiempo que su ataque caía con implacable precisión sobre las murallas de Azkaban. Tras él, los demás dragones efectuaron sus propios ataques reemprendiendo nuevamente el vuelo hacia las alturas.
Debajo, la alarma se disparó.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Los gritos y el humo, junto a continuas explosiones envueltas en llamas, se alzaban en el nocturno cielo ofreciendo un manto de invisibilidad a los atacantes que, a pesar de su ventaja, también les exponía a un peligroso peligro. No podían ver, pero tampoco podían ser vistos. Sin embargo, Harry sabía que, si bien aquella dificultad era especialmente remarcable para las fuerzas aladas del segundo asalto, los dragones podían superar el peligro gracias a su particular sensibilidad térmica, característica que compartían con sus archienemigas reptilianas.
La primera oleada de ataques había conseguido su objetivo: crear un ambiente de incertidumbre y confusión. Con ello, y a sabiendas de que sus movimientos habían permanecido en las expectativas de sus enemigos, la segunda oleada de dragones se precipitó en un ataque de poca altura rozando las murallas de piedra con sus ataques llameantes. Así, con un asalto cubriendo todos los puntos, dictaminar la cantidad o dirección de las arremetidas era imposible. Y su estrategia no era otra. Si querían dañar severamente la seguridad de sus fuerzas para embestir contra el corazón de la fortaleza, debían conseguir la "invisibilidad" de los ataques a la vez que sus acometidas debilitaban la respuesta que de otra forma habría sido letal.
Tras haber participado en el inicio de ambas oleadas, dragón y jinete se apartaron de la acción observando detenidamente la evolución de la batalla. Una batalla donde cerca de cien dragones de colores y dimensiones distintas se precipitaban sin descanso en un feroz y despiadado ataque de fuego. Por un momento, Harry pensó, con un escalofrío, en la dimensión que aquella fuerza alada estaba demostrando. Toda aquella destrucción, toda aquella ferocidad y salvajismo irrefrenable que pronosticaba una aniquilación absoluta y sin precedentes… Nunca habría podido imaginar que tal poder fuera posible. ¿O sí?
La imagen que había visto en aquél lienzo dentro del Templo en el verano anterior en su llegada, se materializó repentinamente en su mente. El dragón… Shelyak… y un jinete vestido de negro. Ambos volando… ¿en un cielo de amanecer¿Acaso había sido la predicción de un futuro no tan lejano?
- Retiro lo que había dicho sobre ti, Harry.- dijo rompiendo con sus cavilaciones y devolviéndole en la realidad. Era cierto, vestía de negro. Completamente de negro.- Eres un orgullo para tu gente, y también para mi especie. Te doy las gracias por intentar salvarme la vida dos veces, te agradezco lo que hiciste a pesar de no conocer lo que eso significaría sobre tu futuro. Y creo que… también puedo decirte que me enorgullece que seas mi contratista. Hiciste bien, y has sabido soportar el Pacto de Unión como un verdadero elegido. Así que… en fin… bueno, quizá parte de eso ha sido gracias a mi gran sabiduría y poder, pero tampoco voy a quitarte mérito.- añadió ya con su tonalidad de sarcástica ironía.- Hay que decir que no ha resultado fácil. En primer lugar, tuve que apañármelas con tu estúpida manía por la búsqueda irrefrenable de la muerte. No eras nada fácil de proteger¿sabes?
- Si lo que querías era darme las gracias, Shelyak, puedes ahorrarte lo demás.
- No, no, no fue nada fácil. ¿Sabías que me pasé días e incluso semanas observándote mientras tú seguías yendo a clase? Hice amigos, no sabía que existiera un fanático por los dragones en tu escuela. Una vez me vio, se volvió loco al instante, rugiendo no sé qué de "Norberto"…
- ¿Fuiste a Hogwarts antes de conocernos?- preguntó riendo a carcajadas.
- Claro. Habías hecho la Unión de Sangres¿cómo no iba a ir? Mi obligación era para con el futuro jinete, así que debía vigilarte. Además, si no llega a ser por mí, te habrías matado al chocar contra aquella barrera.
- Ahora recuerdo… Me disloqué un hombro…
- Da gracias que no te aplastaras el cráneo.
- Gracias.- dijo en voz con una sonrisa.
- Oh, no es nada. Tampoco fue para tanto. Aunque la vez que tuve que pasarme tres días sin comer ni dormir intentando sacarte del apuro que tú mismo te habías provocado, quizá me ha provocado algunas secuelas incurables…
- Shelyak…
- Tres días, como lo oyes. ¿Podrías pasarte tú tanto tiempo sin tomar bocado¡Claro que no, te morirías de hambre antes de llegar al segundo día!
- ¿Quieres dejarlo ya? Estoy intentando…
- Me pareciste un mocoso incurable, un pequeño humano inservible además de idiota y estúpido. En más de una ocasión me tentaste en lanzarte al mar y procurar que te ahogaras para que me dejaras en paz. Y encima no eras ligero, precisamente.
- …darte las gracias. Pero ya veo que te da igual.
- ¿Cómo¿Decías algo?
- Aún no conozco tu verdadero nombre.
- ¿Y por qué quieres saberlo?
- Bueno… somos compañeros¿no? No veo porqué no puedo saberlo, aunque sea largo y difícil de pronunciar para alguien como yo…
- Ashaël'tar Orth Ebrüel Igni'Reis.- dijo con aquella lengua que Harry comprendía.
- ¿Tiene algún significado?
- "Aquél que reinará sobre el sol del este y hará llover fuego dorado sobre sus enemigos". Un poco largo, lo sé.- repuso con indiferencia.- Prefiero Shelyak.
- Sí, creo que yo también.- sin embargo, Harry no podía borrar la felicidad que conocer su verdadero nombre le había supuesto.
Llegando junto a ellos, los dos únicos dragones con montura de toda la armada, se detuvieron en el aire a unos pocos metros de ellos, a la espera de su señal particular.
- Por cierto, Shelyak…- murmuró el chico tras desviar su atención a las filas de hipogrifos que se acercaban a la zona de combate tras permanecer silenciosos cerca de la orilla.- Sé que no te gusta la idea, pero… voy a utilizar todo cuanto tengo en ésta lucha. Incluso la magia negra.
- Lo sé.- respondió tras un pequeño silencio.
- ¿Te molesta?
- Diga lo que diga lo harás igual¿no? Bueno, pueda que tengas razón… así que haz lo que quieras. Además…- ladeando su escamada cabeza, el animal le miró de reojo con lo que el chico supo que era una expresión de pícara satisfacción.- ¿Qué tal si nos lucimos un poco? Que sea algo… espectacular. Al fin y al cabo, se hablará de esto durante muchos años…
- Por supuesto.
Con una sonrisa entre traviesa y aterradora, Harry extrajo la varita de entre sus ropas. Se sentía completamente recargado, eufórico y con un increíble regocijo interior que le hacía palpitar el corazón de forma incontrolada. La aprobación del dragón, a pesar de ser indirecta, le había abierto todas las puertas a las posibilidades de la magia. Por ello, al chico le pareció que, como nunca hasta entonces, frente a su mirada podía percibir la increíble variedad de hechizos y conjuros existentes y por existir. Una magia que ni el más experimentado podría soñar tener entre sus dedos, un sinfín de movimientos, palabras y pensamientos, de porcentajes y medidas, de unión, manipulación, formación y creación, todo un universo infinito de nubes abierto ante él, cada cual más dispar, como un sueño fantástico hecho realidad. Le pareció como si las cadenas que hasta entonces le habían mantenido atado en un espacio mucho más pequeño se hubieran roto permitiendo que una gran puerta se abriera frente a él, mostrándole un mar de colores que jamás había podido imaginar.
"Vamos allá." se dijo con satisfacción.
Siguiendo sus pensamientos y emociones como si se tratara del mismo individuo, el dragón se lanzó en frente de nuevo al ataque. Tras él, los dos dragones junto con el numeroso grupo de hipogrifos abrieron sus fauces contra aquellas murallas que ahora parecían asemejar las puertas de un infierno en ruinas. Harry, a pesar de ser consciente de cuanto acontecía a su alrededor, se encontraba inmerso en aquel océano de aguas cristalinas cuyo fin le era imposible divisar. Bajo sus pies, el agua permanecía en un constante vaivén hipnotizador, casi como si esperara a que le dijera qué debía hacer.
"Rayos. Dadme relámpagos."
El cielo se oscureció. Lo que antes había sido un manto estelado, se convirtió en una tumultuosa aglomeración de nubes cada cual más grande y amenazadora. Ni siquiera el oscuro humo era capaz de difuminar la rabia que parecían desprender aquellas montañas casi invisibles en la noche. La luna dejó de iluminar y ya sólo los fuegos, resultado de las sangrantes batallas que vivían en aquella oscuridad, permanecían como pequeñas estrellas caídas capaces de dar algo de luz entre todo aquel caos y lucha. En la lejanía, el chico pudo escuchar los rugidos de los truenos. La cólera de la naturaleza, su forma más letal, reposaba en la palma de su mano.
El brazo en el que sostenía la varita, descendió.
En un abrir y cerrar de ojos, una cortina de relámpagos se dibujó frente a ellos. Los dragones que habían mantenido sus ataques se alejaron a tiempo antes de que la primera de aquellas descargas eléctricas cayera sobre su víctima. En un abrir y cerrar de ojos, Azkaban se convirtió en una prisión de luz mortal.
Sin embargo, tan pronto como el rugido cesó, unos segundos de aterrador silencio impregnaron aquél aire cargado de ozono antes de que miles de voces y clamores volvieran a hacer temblar las hojas de unos árboles lejanos. Y aunque las nubes permanecían amenazantes en el cielo, los ataques volvieron a hacerse entrever desafiando cualquier magia divina a porvenir.
Saliendo por doquier como si de termitas se trataran, una multitud de siluetas y figuras emergieron por entre hendiduras que, imaginó Harry, habían permanecido protegidas a la espera de su llegada. Tal y como había anticipado, el Lord se había preocupado de proteger el interior de la estructura rocosa con un muro mágico capaz de mantener sus fuerzas sanas y salvas como si de una manta impermeable se tratara. Y, a pesar de que al menos una séptima parte de sus defensas había perecido al exterior y otro tanto hubiera caído exhausta por el desgaste, su posición seguía siendo de clara ventaja. Harry era consciente de ello. Sabía, también, que el movimiento que acababa de usar no volvería a ser posible con tal intensidad. Los ataques, aunque volvían a ser incesantes, tenían su límite. Por ello, su esperanza seguía siendo la misma: penetrar en la fortaleza y zanjar su lucha antes de que aquellos que mantenían su batalla en el exterior se encontraran demasiado debilitados para seguir con la ofensiva. Porque, a pesar de plantear la estrategia como un ataque a un hormiguero, seguía tratándose de un ejército frente a un grupo de rebeldes.
Los efectos de su impresionante espectáculo no tardaron en llegar. Como si hubiera participado en una larga maratón, de repente se sintió completamente exhausto y casi sin aliento. A pesar de que sólo había hecho una petición y de que no había necesitado más que descender su brazo para desatar aquella tormenta de relámpagos, era consciente de que el uso de ambas magias había sido considerable y, por lo tanto, su desgaste también. Sin embargo, había merecido la pena.
Recobrando el control de la situación y con la esperanza de que otra demostración no sería necesaria, dejó que el dragón siguiera con su embestida lanzándose directo hacia el centro de aquella construcción medio derruida.
Tal y como había esperado, el contraataque se hizo presente con implacable eficiencia.
Cientos de hechizos salieron disparados hacia las alturas, impactando contra escudos o siendo desviados en última instancia. De repente, la verdadera batalla se presentó ante ellos.
Los dragones proseguían con su ataque particular, lanzándose en picado para volver a remontar el vuelo, exhalando ardientes llamaradas con furia, acercándose hasta sus presas a las que sólo ellos podían hacer frente, extendiendo sus afiladas garras en un intento por arrancar cuellos, cuerpos y cualquier cosa que se presentara ante sus implacables zarpas. A su lado, siguiendo un compás perfectamente ensayado, los hipogrifos, todos ellos con sus propios jinetes, maniobraban por entre aquél caos con magnífica eficiencia, permitiendo que aquellos que los montaban pudieran atacar a su tiempo antes de volver a virar en busca de un ángulo más propicio. Confundiéndose entre todo aquél matojo de plumas, escamas y explosiones, los tres dragones se precipitaban rozando el rocoso suelo del interior, en busca de algún punto por donde sus compañeros de vuelo pudieran apartarse sin ser percibidos.
- ¡Harry, por allí!- indicó Draco adelantándoles con rapidez. El animal, un bello dragón negro cuyas escamas relucían con destellos azules, era pequeño y rápido como una flecha. Sus alas parecían las de un enorme murciélago, mientras que su cuerpo asemejaba más al de una serpiente esbelta y letal.
Dónde le había indicado era una oscurecida esquina medio escondida tras un montículo de piedras ahora erosionadas y desgastadas. Supuso que, en otro tiempo, fueron los prisioneros quienes, dentro de su tiempo al exterior, eran obligados a trabajarlas con su sudor. O, al menos, eso imaginó. No era importante, sin embargo, lo cierto era que proporcionaba un punto de entrada factible.
- Necesito que derrames algo de tu sangre sobre el medallón.- pidió el dragón volviendo a remontar el vuelo con una pirueta.
- ¿Eh…?
- Tú hazlo.
Siguiendo su petición, se hizo un pequeño corte en el índice izquierdo y, agarrando el collar que desde hacía tiempo llevaba alrededor del cuello, dejó que un par de gotas cayeran encima de la silueta negra que antaño había brillado en oro. Para su más fascinante sorpresa, el dragón que antes había permanecido en vuelo, se contorsionó quedando en una posición circular, entremezclando el dorado y el negro ónice más reciente. Bajo sus yemas, el animal de carne y hueso volvió a descender en picado no sin antes preparar una última bocanada de fuego que expulsó en medio de su caída vertical. El cúmulo de escombros, polvo y humo que levantó, obligó a Harry a protegerse los ojos y la cabeza dejándose completamente a cuidado del animal.
El cúmulo de sensaciones que llegaron a él en menos de diez segundos eran tantas que le resultaba imposible dictaminar su posición actual sin temor a equivocarse. Recordaba el corte en su dedo pues aún le dolía, el cambio del medallón, la embestida de Shelyak contra un suelo rocoso lleno de mugre y humedad, la impactante explosión que su magia había provocado y las rocas que habían estallado en pedazos tras el impacto provocando una lluvia de escombros y nubes de polvo. Y, después, un cambio de aire, ruido y olor. Todo se había detenido tras su última percepción.
Abriendo cuidadosamente los ojos, se encontró en un espacio oscuro y mucho más silencioso. Olía a reclusión. El agujero encima de su cabeza le confirmó que habían penetrado dentro del edificio. Y, bajando a través de él, los dos dragones negros que les habían seguido, siguieron su ejemplo y descendieron posándose cuidadosamente sobre aquél suelo frío y viscoso.
- Ya puedes bajarte.
Tan pronto como ambos jinetes descendieron de los lomos de los animales, estos volvieron a escapar por el hueco dejándoles a los cuatro a solas.
Se encontraban en un amplio pasadizo sin ventanas cuya iluminación no era otra que unas diminutas esferas azules incrustadas en las esquinas de las paredes, pero su luz era tan tenue, que hasta que no se acostumbraron a ella después de los brillantes fuegos que les habían ido iluminando, no fueron capaces de comprender las auténticas dimensiones de aquella estructura.
Shelyak, a su lado, empezó a difuminarse. Si no estuviera tan preocupado observando a su alrededor, quizá se habría alarmado frente a su creciente transparencia. Sin embargo, su cambio no era algo que habría sido capaz de imaginar. En el lugar donde el gran y majestuoso dragón había permanecido en orgullosa espera, un chico que asemejaba su misma edad, se materializó como nacido de la nada. Y, al igual que en la última vez que le había visto en semejante forma, vestía una túnica roja que ahora parecía de color añil.
- ¿Para eso era la sangre?- le preguntó a media voz. Aunque desde allí aún se hacía eco del ruido exterior, tampoco se sentía a gusto escuchando su propia resonancia viajando por entre aquellas lúgubres paredes.
- Claro. No iba a moverme con mi cuerpo por este laberinto tan estrecho¿no?
- Estrecho…- ahora que la magia del dragón ya no era necesaria, aquél espacio que tan grande le había parecido, se estrechó convirtiéndose en un apretado pasadizo de poco más de metro y medio de anchura. Sin embargo, la apertura que había creado seguía siendo igual de grande.- Buen truco.- felicitó con una sonrisa de complicidad.- Vamos pues.
Ahora que su compañero se movía en su mismo nivel, los cuatro restringieron cualquier palabra y empezaron a andar manteniendo en alerta todos sus sentidos.
Tal y como había imaginado, la prisión era realmente aterradora. El aire, sus paredes y suelo, incluso aquella tétrica iluminación mágica, todos sus aspectos respondían a una misma sensación: el horror. Enseguida pudo entender el miedo que aquellos muros despertaban en Hagrid y Sirius, los únicos que había conocido y cuyas vidas habían pasado por aquellas paredes enmohecidas. Incluso los fieles seguidores del Lord, mayoría de los cuales había sido un recluso más, temblaban al escuchar el nombre de la cárcel del mundo mágico. Mientras andaba con cautela y silencio por aquél estrecho pasillo, Harry pensó, con un involuntario escalofrío, lo que le habría ocurrido de haber sido encerrado allí tras su infructuosa detención del asustadizo ex ministro. La locura de aquellos que habían permanecido presos entre aquellos barrotes de piedra aún palpitaba en el las oscuridades de su mirada, una locura nacida del terror y del miedo, de un constante contacto con una muerte putrefacta, fría y hambrienta.
"No pienses en eso." se dijo cerrando con fuerza los ojos intentando profundizar su respiración. Quizá era por aquel ambiente de corrupción y descomposición, aquel aire helado e impregnado de un silencio que parecía acompañar los pasos de la muerte, o quizá era aquél suelo viscoso y traicionero que les amenazaba en hacerles caer tras cada nuevo paso. No comprendía aquella recepción que repentinamente se había vuelto tan sensible y aguda, pero lo que sí entendía era que el peligro, a pesar de no ser visible, se mantenía palpable en el aire, amenazándoles en caer sobre sus desprotegidas espaldas ante cualquier pequeño despiste.
Infundiéndose con un valor que no creía poseer, agarró con fuerza la varita y, con paso resuelto, aceleró la marcha atento al mismísimo silencio.
- No te preocupes. No hay nadie.- susurró el chico-dragón a su oído.
- ¡Shelyak!- exclamó alarmado con el corazón latiéndole a toda velocidad.- ¡¿Estás loco?!
- ¿Te he asustado?- preguntó con una sonrisa burlona.
- ¡Maldita sea, no hagas eso¿quieres?!
- ¡Shh!- regañó Snape con severidad y una nota de malhumor.
- ¿Acaso quieres que nos oigan? Nuestro objetivo es permanecer ocultos¿recuerdas?- gruñó a media voz con irritación.
- Sí. ¿Pero debemos ir tan lentos? Ya te he dicho que no hay nadie, al menos podríamos apresurarnos un poco¿no te parece? Permanecer en ésta forma no es algo fácil. Por si no te has dado cuenta, mi magia no es ilimitada. Y la tuya tampoco.- repuso mosqueado.
- Espera… ¿has dicho que no hay nadie¿Cómo lo sabes?- intervino Draco por primera vez.
- Puedo sentirlo.- dijo encogiéndose de hombros con indiferencia.- Nosotros somos los únicos en ésta planta.
- ¿Eh? Pero…
- ¿Y sabes dónde está el enemigo?- irrumpió de nuevo el taciturno profesor.
- Un par de pisos por debajo.
- ¡¿Y por qué no lo has dicho antes, estúpido?!- exclamó fuera de sus casillas.
- Tampoco lo has preguntado.- con una gran sonrisa, el chico cruzó los brazos sobre el pecho y, con una divertida mirada hacia su joven amigo, soltó un par de carcajadas que resonaron por el lugar helándoles la sangre, aunque no apreció importarle en lo más mínimo al alegre dragón.
- Te voy a matar… ¡Te juro que te mataré!- gritó tras recomponerse.
"Y yo te ayudaré." pensó Draco cubriéndose la cara con cansancio. ¿Qué tipo de infiltración silenciosa era aquella? Aquél par de muchachos habían empezado una disputa a gritos sin importarles su situación. Temía que, aunque el dragón ahora humano les había dicho que no había nadie allí, sus voces llegaran hasta sus enemigos y les alertaran de su presencia. Si les cogían allí estarían en clara desventaja…
Aunque, debía admitirlo, el miedo que le había agarrotado sus extremidades haciéndole andar a paso de robot, había desaparecido. Las risas del dragón y los bramidos de Harry, habían conseguido relajar su tensión. Ahora que lo veía mejor, aquellas paredes que le habían parecido asfixiantes y aterradoras, no eran más que unos simples muros de piedras relucientes por la humedad y erosionadas por el paso del tiempo. La sensación de una muerte escondida entre las sombras se había difuso con los gritos y, en su lugar, una extraña euforia nacida por el exceso de adrenalina, inundaba su corazón llenándole de una vitalidad que había perdido durante aquellos últimos días. A su lado, Severus Snape, a pesar de fruncir el entrecejo en una muestra de irritación, no pudo evitar dibujar una ligera sonrisa en sus pálidas facciones.
- En fin…- suspiró el hombre deteniendo la discusión que había terminado por convertirse en una carrera de insultos.- Ya que habéis empezado¿por qué no terminamos con esto de una vez? Nuestra llegada seguramente habrá sido escuchada, así que…
- ¡Hecho!- exclamó Shelyak apartándose de Harry de un salto.- ¡Yo me encargo! Siempre me han gustado las entradas a lo grande…
"Ahí va…" suspiró el chico con una sonrisa de derrota.
Con una palmada de manos, el chico-dragón inspiró una gran bocanada de aire para, tras mantenerlo unos segundos, expulsarlo contra el suelo. De su boca, una bola de fuego impactó contra aquellas rocas que antaño les habían amenazado en caer provocando una nueva explosión que hizo temblar toda la prisión. A sus pies, un enorme agujero había perforado varias plantas a la vez rellenando la última de ellas con los escombros restantes. Si había habido antes alguien, ahora no quedaba más que un espacio vacío lleno de humo y fuego.
- ¿Qué os ha parecido? Impresionante¿verdad?- dijo con orgullo.
- La verdad es que sí.- murmuró Draco con admiración. Y no era para menos.
Adelantándose a los demás, Harry se lanzó por el agujero a la vez que invocaba la magia que frenaría su caída. En un abrir y cerrar de ojos, y cubierto por la polvorosa nube que había levantado la explosión, se encontró medio agachado en un espacio totalmente distinto al anterior.
Los gritos y gruñidos que escuchó no muy lejos de su posición le indicaron que habían dado en el blanco. Así, recuperando la actividad que le proporcionaba la perspectiva de un combate, se apresuró a buscar el cobijo necesario para prepararse la siguiente estrategia. A su lado, sus dos acompañantes y el chico-dragón aparecieron siguiendo sus mismas reacciones.
- Al parecer hemos aparecido en el mejor lugar.- murmuró su hermano al detenerse junto a él.- ¿Podéis ver algo?
- Cinco humanos y dos quimeras. Además, diría que se acercan algunos refuerzos más… humanos, creo.
- Quimeras…- la clase de Defensa contra las Artes Oscuras que había impartido Tonks en su inicio de curso enseguida le vino en la mente. Era cierto, deberían atacarlas con hechizos elementales y reducirlas anulando sus sentidos de la vista y olfato. Pero eran dos. Y no podían olvidar los magos que las acompañaban, mortífagos seguramente bien entrenados y capacitados.- Y encima vienen más…- murmuró pensativamente.
- No tiene sentido que nos preocupemos por los que están por llegar.- dictaminó el hombre con calma.
- Cuando terminéis con ellas, seguid adelante.- secundó Draco con una sonrisa.- Ésta será nuestra despedida.
- Pero su número es muy superior…
- Éste no es tu problema, Potter.
Sin saber qué decir, cerró la boca indeciso. Sabía que ambos tenían razón, que tras aquella decisión se escondía una verdad a la que no podía huir. Él y el dragón deberían hacerse cargo de las dos bestias antes de seguir adelante al encuentro de su verdadero enemigo, su lucha, como siempre, no estaba allí. De nuevo, Harry se veía obligado a seguir adelante en su propia carrera dejando atrás a amigos y compañeros con el fin de llegar hasta su meta, su objetivo. Los dos ex mortífagos comprendían bien su camino, al igual que entendían su propia lucha. Sus destinos también tenían sus objetivos, unos enemigos que, sabía, les estaban esperando al final de aquella persecución. La lucha, aunque sería claramente desigual, ya había sido dictaminada.
- Cierto.- dijo al fin.
Con un cálido abrazo, ambos chicos se despidieron con una sonrisa que quería ser alegre pero que, en realidad, escondía un enorme pesar al separar sus caminos de aquella senda que habían decidido andar. Harry sintió como, a diferencia de con los demás, aquél apretujón le infundía un sentimiento de inquietud y preocupación. Aquél muchacho de ojos solitarios que había terminado por considerar como un hermano, le había ofrecido su mano cuando más falta había tenido, le había mostrado su mundo y abierto su corazón, un corazón que, al igual que él, había permanecido toda una vida cerrado tras puertas y cadenas. Sintió que, a diferencia de Ron, Draco había sido su igual, un reflejo de su propia imagen que, como él, había andado por una oscuridad difícil de compartir. Unas tinieblas que, al final, habían logrado superar ayudándose mutuamente, apoyándose codo con codo, espalda con espalda. Cierto era que Ron había sido su mejor amigo y alguien al que nunca podría reemplazar, pero Draco, de la misma manera, se había convertido en su hermano. Ambos, en una unión nacida por el odio y terminada con la comprensión. Pero ahora temía por él. Por los dos. Aunque… "No es mi lucha… ¿Verdad?" se dijo con tristeza.
- Ten cuidado.- murmuró separándose de él incapaz de sonreír.
Snape y Draco, sin nada más que añadir, se alejaron sigilosos hacia otra de las rocas que habían quedado esparcidas alrededor del agujero y que les habían proporcionado un punto de reposo.
- Vamos.
Siguiendo al chico-dragón, Harry mentalizó algunos hechizos que esperaba que pudieran serle de utilidad. Con un grito de guerra, ambos se lanzaron directos contra las dos bestias que permanecían medio inmóviles al centro de aquella estancia. Al sentir como un par de llamaradas impactaban contra sus cuerpos, los animales rugieron con fiereza lanzándose salvajemente contra sus atacantes quienes se apresuraron en escapar de sus garras. En respuesta a la acción que golpeaba de nuevo aquella ancha sala parecida a un lúgubre comedor sin mesas ni sillas que indicaran tal suposición, los hombres que habían permanecido impacientes a nuevas instrucciones, se arrojaron hacia los intrusos. Dos de ellos cayeron derrotados antes de comprender su vulnerable situación. En perfecta coordinación, Draco y Snape emprendieron su duelo particular derrotando a otro de sus enemigos poco más empezar.
Harry no tenía tiempo por preocuparse por nadie más. Sus pensamientos, demasiado ocupados en actuar frente a las amenazas que afrontaba, se mantenían en un constante ir y venir. Esquivaba, golpeaba y defendía. No quería darse el lujo de desgastar sus fuerzas en aquel obstáculo, sus movimientos requerían de toda su concentración para que fueran lo más precisos posible. Todo aquello aprendido hasta entonces estaba tomando forma. Sus movimientos, sus gestos, incluso el cómo racionaba ante cualquier hechizo, era replanteado con rapidez antes de decidir llevarlo a término. Sabía que aún era lento, por lo que muchos de sus pasos eran meros impulsos irreflexivos y, en su mayoría, innecesarios e imprecisos, aún así su improvisación había adquirido una mejora destacable. Seguramente, con tiempo, aquellos conocimientos le habrían llevado a convertirse en un verdadero guerrero, pero aquel no era el momento.
Derribando al animal tras cegarlo con un viscoso hechizo que cubrió toda su vista, Harry desenvainó la espada y, con la misma rapidez, la incrustó en una de sus cabezas. La quimera, con un chillido de rabia y dolor, atizó su venenosa cola de escorpión en un intento de sacarlo de encima. Sin embargo, el chico no le dio el tiempo para recomponerse. Lanzándose al suelo y teniendo a tiro el desprotegido pecho, invocó una pequeña lanza de relámpagos que incrustó en su cuerpo de león matando a la bestia al instante.
- ¡Shelyak!- exclamó levantándose y echando a correr.
Un rugido, una explosión. La presencia de su compañero no tardó en llegar.
- ¿Sabes hacia dónde?- preguntó sin dejar la carrera.
- Presta atención, tú también puedes sentirlo.
Y tenía razón, como siempre.
Aunque tras el ritual de iniciación a la Hermandad había perdido toda comunicación involuntaria con las emociones del Lord Oscuro, el lazo que les unía aún estaba presente. El último encuentro era prueba de ello. Aún así, el dolor que siempre le había acompañado frente a la presencia de Voldemort o ante su magia, había desaparecido. Su proximidad no le afectaba como antaño aturdiéndolo y mareándolo entre espasmos de dolor, en su lugar, una fría calma permanecía en aquella cicatriz nacida de un hechizo fallido. Sin embargo, siguiendo las indicaciones de aquél joven mentor, Harry pudo comprender que, si bien no había dolencia, sí era capaz de "sentir" la presencia de su opuesto casi en un acto de infalible intuición.
- Dos más tras el recodo.- alertó indicándole al frente.
Cambiando la espada a su mano izquierda, extendió la varita mientras preparaba el hechizo que dejaría inconscientes a los adversarios antes de que estos pudieran saber qué estaba ocurriendo. Así, con un stupefy y un par de golpes, ambos chicos prosiguieron su camino sin apenas detener la marcha.
El pasadizo se hizo interminable. No habían ventanas, apenas luz, pero Harry tenía la sensación que se estaban acercando cada vez más. Pasaron frente a casi una decena de puertas de hierro antes de detenerse ante la última que cerraba aquel laberinto de esquinas y piedras deslustradas.
No era muy distinta a sus hermanas. Sin embargo sí había algo que la discernía: tras ella estaba su objetivo.
Guardando la espada de nuevo en su empuñadura, Harry mantuvo la mirada enfrente mientras su respiración y pulso volvían a la normalidad. Resultaba extraño, casi se maravilló al percatarse de la calma que inundaba sus pensamientos y miedos. A pesar de encontrarse delante de lo que había estado temiendo durante tantos años, ahora no le parecía otra cosa que una puerta más.
Sin pensarlo dos veces, empujó el pesado portón abriendo ante él la existencia de una gran y fría sala de piedra iluminada por un par de chimeneas instaladas en los extremos de la habitación. Cerca de ellas, unos sillones y un par de mesas le indicaron que aquella había sido la estancia preparada para las reuniones de estrategia.
- Bienvenido, Harry.- siseó calmadamente el único individuo que habitaba la sala. Recortándose contra unas llamas que intentaban calentar el ambiente infructuosamente, la silueta apenas ladeó la cabeza como muestra de reconocimiento a su llegada. Sus manos se mantenían entrecruzadas a su espalda, mientras que su cuerpo permanecía cubierto por una larga capa negra que apenas permitía identificar la forma de su silueta.- No esperaba verte tan pronto por aquí¿lo has descubierto tú o ha sido el viejo Dumbledore?
- No deberíais subestimarme tanto, Maestro.- respondió el chico con la misma tranquilidad.
- Y no lo hago.- dando la espalda a aquello que había estado observando, el hombre miró al chico directamente.- Aunque no negaré que me ha sorprendido tu aparición. Ni qué decir de tu alado ejército. Impresionante. O puede que en parte sea gracias a tu amigo aquí presente.
Harry no respondió. Tampoco necesitaba hacerlo y, al parecer, ninguno de ellos esperó que lo hiciera. En su lugar, una sincera sonrisa se dibujó en su rostro.
Apareciendo de entre las sombras, una sinuosa serpiente se acercó al hombre con lentitud, como si estuviera observando a los recién llegados con minuciosa atención. Shelyak se tensó a su lado, aunque pudo ver, de reojo, una mueca de sarcástica diversión. Al parecer, ya estaban todos.
- Es una pena que me traicionaras, Harry…- dijo extrayendo la varita de debajo su túnica.- No te mentí cuando prometí dejarte vivir. Hubieras podido tener todo cuanto quisieras, incluso me habría asegurado de que fueras mi mano derecha.
- Lo sé. Pero no me arrepiento de mi elección.- se sentía extrañamente sereno, extrañamente tranquilo. Incluso sus palabras, relajadas y armoniosas, iban saliendo de sus labios sin prisas. Sus pensamientos, calmados, sus gestos, lentos. Por un momento, le pareció recordar los encuentros que había visto entre su viejo director y aquél hombre que ahora permanecía frente a su mirada. Unos encuentros que, a pesar de la tensión y la ira que transpiraba en el aire, se disipaba alrededor del poderoso Dumbledore por una incomprensible calma.
Su Maestro, o así le llamaba al reconocerle como tal tras su aprendizaje en los leves días de mortífago, meneó ligeramente la cabeza con negación. Harry sabía que, en sus palabras, no le había mentido. Sin embargo, la elección había sido justa por lo que, comprendiendo que no había marcha atrás, ambos alejaron unos perjuicios que habían llevado consigo desde su primer encuentro dieciséis años atrás, y se mentalizaron con frío razonamiento y estrategia para la confrontación que iba a tener lugar.
- Basta de palabrería.- sentenció el Lord con sequedad.- Es hora de zanjar esto.
- Antes querría que me respondierais a algo, Maestro.- con el semblante inexpresivo, Harry miró directamente al hombre.- Sé que habéis descubierto al espía que nos pasaba información. ¿Dónde está?
- Me sorprende que preguntes esto, Harry.- dijo esbozando una maliciosa sonrisa.
- ¿Quién era?
- ¿Ni siquiera sabes quién arriesgaba su miserable vida para daros algo de luz?- apuntando la varita hacia una de las mesas aunque sin desviar su burlona mirada del chico, lanzó un objeto plateado al suelo cerca de sus pies. Sin preocuparse por desviar su atención de su enemigo, el joven bajó la mirada hacia aquello que le había acercado y que ahora resplandecía con las llamas de la chimenea.- No debiste salvarle la vida aquella vez, mi estúpido aprendiz.
Una mano plateada cuyos dedos se retorcían en un dolor indescifrable, permanecía estática en el suelo. Un pedazo de carne aún se mantenía incrustada en el extremo donde antaño se había adherido a un brazo sin extremidad. Harry tuvo que hacer un gran esfuerzo por mantener aquella faceta de irrompible serenidad.
Peter Pettigrew. Colagusano.
Aunque había imaginado que el repentino mutismo de su desconocido informador se debía a que había sido descubierto, nunca pensó que aquél informante fuera, ni más ni menos, que el componente más cobarde y desleal de los merodeadores. ¿Por qué lo había hecho? Harry le recordó como un asustadizo y temeroso hombre que no había dudado en traicionar a sus amigos con el fin de salvar la vida. Con su traición, sus padres habían muerto, y él, había sido marcado por el resto de su vida. Por su cobardía, Sirius había sido enviado a Azkaban durante doce años, Marla fue trasladada a América bajo sospecha de complicidad, y Remus se había visto aislado y marginado en un amargo mundo de auto culpa. Y Harry, de nuevo, había perdido la posibilidad de permanecer en un hogar de cálido abrazo. Cuanto más pensaba en él, más ira y rabia sentía hacia aquella asustadiza rata traicionera. Sin embargo… "¿Por qué?" ¿Acaso había deseado ser perdonado¿Esperaba, quizá, alguna recompensa? Pettigrew había andado el camino de la traición abandonando a sus amigos, enviándolos a la muerte con el fin de salvarse a sí mismo… No merecía más que desprecio.
Pero él también había sido un mortífago.
Enfriando su odio comprendió que, aunque el daño que aquél hombre había causado a sus seres queridos había sido grande e imperdonable, quizá el objetivo de aquel valiente acto final no había sido otro que la devolución de un favor. Ahora estaban en paz. ¿Había sido aquella su intención? Harry sabía que Pettigrew no buscaba el perdón, el hombre era consciente de que nunca podría recibir alguno por su traición, sin embargo, gracias a su información, habían conseguido equilibrar aquella balanza que desde un principio les había sido desfavorable. Gracias a él, sus fuerzas, a pesar de ser inferiores en número, habían resultado de una efectividad aplastante. Si ganaban aquellas batallas sería, en gran medida, gracias a su aportación.
Así pues, estaban en paz.
- Todos podemos elegir.- murmuró reconociendo, para sus adentros, el mensaje que había dejado Peter Pettigrew con su última acción. Estaban en paz.
Levantando la mirada de nuevo, Harry se preparó. Ninguno de los que permanecían en aquella sala se movió, como si estuvieran esperando, aguardando a una señal, atentos a sus oponentes mientras, en su interior, sus primeros pasos iban tomando forma a la espera de su inicio.
La serpiente fue la primera en atacar. Saltando hacia delante con un fuerte impulso, se abalanzó hacia el chico-dragón con sus fauces abiertas. A su mismo tiempo y en perfecta coordinación, el hombre lanzó un rayo negro-azulado hacia su joven contrincante. Sin embargo, y aunque Harry estaba preparado para contraatacar, fue Shelyak quien, reaccionando con rapidez, respondió con una abrasante bola de fuego que impactó contra la pared del fondo, abriendo un gran agujero hacia el exterior. Fuera, el rugido del mar se confundía con unos gritos lejanos resultado de una batalla en la que no participaban. Pero ninguno de ellos prestó la más mínima atención. Ahora que la señal de inicio había sido dada, su propia batalla había empezado.
Lanzándose con un salvaje rugido que detuvo cualquier otro movimiento, Shelyak pasó a la acción arrojándose contra el deslizante reptil a la vez que se transformaba, en un abrir y cerrar de ojos, en un majestuoso y aterrador dragón rojo. Agarrando con sus poderosas garras a la venenosa serpiente, Shelyak se precipitó hacia el exterior desapareciendo ambos en el nocturno cielo. Ahora sólo estaban él y Lord Voldemort. Ninguno de ellos permitió que el forcejeo que ambos animales habían realizado les afectara en su propia trifulca.
Casi como si estuviera probándole, Harry se vio inmerso en una lucha incesante donde lo único que podía hacer era esquivar o defender. Los ataques, constantes e incesantes, le obligaban a retroceder, ni siquiera se vio capaz de pasar a la ofensiva ni una sola vez. Dejándole apenas tiempo para respirar, se percató de que sus fuerzas estaban disminuyendo con creciente rapidez. Hasta entonces no se había dado cuenta del desgaste sufrido.
"¡Agua!" exclamó hacia aquel espacio interno. Respondiendo a su demanda, pudo sentir como la magia fluía hacia él casi a trompicones. Aún le resultaba difícil manejar semejante energía, por lo que aquél torrente de fuerza le desequilibraba peligrosamente, poniéndolo en un estado vulnerable e inestable durante los segundos que necesitaba para moldear aquella corriente casi incontrolable. Aún así, y a pesar del riesgo que el movimiento le suponía, se vio obligado a invertir el desgaste resultante que provendría tras el ataque a fin de obtener una apertura capaz de alejarlo de aquella peligrosa retirada.
Aguantando unos instantes aquella magia que acababa de nacer dentro de él, Harry apuntó hacia los pies del Lord antes de permitir que el río de energía saliera impulsado con fuerza contra su objetivo.
Creciendo desde un charco hacia un estanque de poca profundidad, las aguas que repentinamente inundaron el suelo de la habitación se arremolinaron alrededor del hombre para, para su mayor sorpresa, encarcelarlo en una burbuja de agua. Por unos instantes, el poderoso mago se encontró incapaz de reaccionar. Instantes que para Harry fueron una bendición.
Con una rodilla en el suelo y su respiración jadeante, el chico se permitió unos segundos de descanso. Sabía que aquello no detendría a su Maestro, pero al menos había conseguido un tiempo para pensar en su próximo movimiento a la vez que recuperaba el aliento. Extrajo una botellita que había mantenido guardada en su túnica y, destapándola, bebió todo su contenido sintiendo como el cansancio remitía casi al instante. La poción estaba haciendo su efecto, pero no podía permitirse repetir otro ataque como aquél.
Se levantó.
Debería pasar al ataque. No quería utilizar hechizos complejos para evitar el rápido desgaste, pero tampoco podía jugar con pequeños encantamientos que con otros habrían bastado. Su contrincante era un maestro con la magia negra, y no sólo eso, sino que era, también, un gran mago experimentado. Y Harry aún era muy joven. Toda la experiencia que podía tener apenas llegaba para salvaguardarle. Por ello, parecía que sólo aquellas grandes muestras mágicas podían compensar su falta de práctica. Volvía a encontrarse en el principio. ¿Qué podía hacer?
El techo se derrumbó a su alrededor obligándole a protegerse por intuición.
Los dos animales que minutos antes habían desaparecido por el hueco hecho por la magia del dragón, volvieron a aparecer entre los escombros. La sala no era más que un montículo de piedras, listones de madera y tablas de hierro deformadas. El techo casi había desaparecido, ahora Harry podía ver perfectamente el exterior de la prisión en dónde las agitadas aguas del mar impactaban contra los rocosos muros. Incluso podía vislumbrar la nube de dragones e hipogrifos que se removían en el cielo en un constante ir y venir.
La prisión de agua que había mantenido cautivo al Lord se rompió tras la explosión. El hombre, quitándose la capa, realizó un rápido movimiento con la varita secando inmediatamente sus ropas empapadas.
"¿Shelyak?" preguntó en su interior a la espera de una señal que le indicara que su amigo seguía en pie.
- Joder, eso escuece…- gruñó con irritación.- Maldita escupe-veneno.
- Por lo que veo, el veneno de Nagini está haciendo efecto.
Sin comprender, Harry dirigió una rápida mirada hacia su compañero. Sin embargo, sus ojos no volvieron hacia su oponente, sino que se quedaron estáticos en el animal.
Aquel cuello lleno de lustrosas escamas estaba ahora salpicado por la sangre del propio dragón, la herida, un pedazo de carne arrancado de un mordisco, supuraba con un color verdusco que no hacía sino empeorar la lamentable imagen de Shelyak. Su respiración, aunque intentaba ser normal, no pasó por alto al chico. Se alertó al ver un ligero temblor en sus patas a la vez que entrecerraba los ojos intentando mejorar su visión. Aquella muestra de debilidad no era propia de él. Harry sabía que el dragón era capaz de curarse por sí mismo, un poco de veneno no debería afectarle de aquella forma… Recuperando sus sentidos, volvió su mirada hacia el hombre quien sonreía con sorna. El veneno de Nagini… ¿qué pasaba con él? Al parecer, aquella era la respuesta al problema a que se enfrentaba el dragón.
- ¿Qué ocurre¡Cúrate!- exclamó para sus adentros sin desviar su atención.
- Cállate…
Pero incluso su respuesta era débil y sin aliento.
Rompiendo con la pausa, Voldemort aprovechó la incertidumbre en la mente del chico para volver al ataque. El encantamiento, aunque Harry no fue capaz de entender las palabras pronunciadas, le rodeó tomándolo desprevenido. E iba a responderle cuando se sorprendió al comprobar que ningún hechizo salía de su varita.
- ¡Morfus incantem!- sentenció Voldemort con un complicado movimiento de varita.
A su orden, las piedras caídas se agruparon apilándose unas sobre otras hasta crear un gólem de casi dos metros de altura. Sus extremidades superiores, aunque seguían siendo un grupo de rocas, se contorsionaron como si de brazos se trataran. Dando su primer paso hacia su objetivo, la pesada mole rocosa se balanceó insegura mientras la otra pierna se adelantaba en busca del nuevo equilibrio. Así, paso tras paso, aquél cuerpo sin vida se acercó hasta quedar frente a un estupefacto Harry.
- ¡Muévete!- rugió Shelyak en su mente despertándolo del aturdimiento.
Siguiendo su instinto, el chico rodó sobre sí mismo apartándose del pesado brazo que había descendido con la intención de aplastarlo.
- ¿Pero qué…¡No puedo sentir ninguna magia!
- Estás dentro… de una zona anuladora… El encantamiento…
"Debo salir de aquí." se dijo extrayendo la espada de su funda tras otra pirueta.
- No puedes… el hechizo sólo te afecta… a ti…
- ¡Cuidado!- alertó al ver como una enorme serpiente alada surgía de entre las rocas por detrás del dragón.
Nagini, la serpiente de su maestro y la archienemiga de Shelyak, había cambiado su aspecto. Su cuerpo había duplicado sus dimensiones, sus escamas eran negras con tonalidades violetas, sus ojos, rojos. Le salían un par de alas largas y extremadamente delgadas parecidas a un par velas de seda negra. Su cabeza no sólo había crecido, sino que también se había ensanchado, apareciendo un par de pequeños cuernos escamados encima los ojos al mismo tiempo que sus colmillos permanecían afilados y repletos de un veneno mortal.
El dragón movió la cola con fuerza obligando a la bestia a apartarse. Harry, por su lado, aprovechó una nueva embestida del gólem para incrustar la espada por entre las junturas y hacer hincapié en un intento por romper la atadura mágica que unía aquellas rocas bajo la forma de un ser semihumano. Su estrategia, aunque fue improvisada, consiguió arrancar parte de su brazo izquierdo, hecho que aprovechó para desproveerle de su pierna derecha. Quería ser rápido. Sus movimientos, precisos y efectivos, consiguieron su objetivo: frenar al ser mágico sin consumir esfuerzo ni tiempo.
Viendo que el gólem no podía mantenerse en pie, decidió abandonar la batalla yendo hacia Shelyak quien, sin dejarse vencer por el aturdimiento del veneno, movía su cola con frenesí alejando los ataques de la serpiente con inusitada efectividad.
- ¡Neutraliza el veneno, Shelyak!
- Cómo si pudiera… estúpido…
- ¿Puedes volar?- preguntó cubriéndose tras una roca que quedó pulverizada tras el impacto del hechizo.- Aquí estamos en desventaja, debemos escapar.
- Entendido… ¡sube!
Utilizando la espada como escudo reflejó otro hechizo y, en un último esfuerzo, se agarró a una de las patas del animal justo cuando alzaba el vuelo. No fue fácil subirse en su lomo, pero, utilizando nuevamente la espada como si de un bate se tratara, lograron esquivar dos ataques más antes de conseguir alejarse de su alcance.
- ¿Qué pasa con su veneno, qué impide que te regeneres?¡Dímelo!- exigió malhumorado mientras seguía atento a cualquier persecución que sabía iba a tener lugar. El silencio de su compañero acrecentó su impaciencia.- Shelyak, no lo sabré si no me lo dices.
- Cuando bebiste… su veneno…
- En el ritual de iniciación…- murmuró recordándolo.
- Su veneno no puede afectarme si tú no estás afectado… No puedo morir… si tú no estás muerto… El Pacto… une nuestras vidas…
- Entonces, al beberlo… ¿Me envenenó?
- No te afectó… porqué yo no había sido envenenado… pero permaneció en tu san…- de repente su vuelo se detuvo, haciendo que empezaran a caer en el vacío.
- ¡Despierta¡Vamos, no te detengas!- gritó golpeando su espalda.- ¡Vamos, amigo, no te rindas¡Arriba!- no supo si sus palabras habían llegado a sus oído o fue sus golpes lo que le hizo reaccionar pero, remontando el vuelo, el dragón volvió a batir las alas en un intento por recuperar la altitud.- ¿Qué puedo hacer? Debe de haber alguna forma… ¡algo!
- No tienes magia…
- No, pero…
- Deberemos acabar esto antes de que el veneno llegue hasta ti.
- ¿A mí?- dijo sorprendido. Pero entonces comprendió lo que acababa de decirle. Sus vidas estaban unidas, el veneno no le había afectado la primera vez porqué su dragón estaba a salvo. Sin embargo, ahora no era así. Ambos habían recibido la toxina por lo que, tarde o temprano, también Harry iba a caer en sus efectos. El hecho de que aún no los sintiera era, quizá, gracias a la magia del dragón.- Shelyak, no podemos regresar a tierra en tu estado, y en el aire tampoco aguantarás mucho más. Y yo apenas puedo protegerte… Necesitamos detener el veneno.
- Ahí vienen…
Tras ellos, sus dos enemigos emprendieron el vuelo en acecho. Harry, al igual que su dragón, sabía que no tardarían en llegar hasta ellos, y Shelyak estaba demasiado debilitado para intentar maniobrar en evasión. En otro caso, habría optado por utilizar aquél ritual de sangres que ya antes le había funcionado, pero esta vez sabía que aquello no resultaría. Él también estaba envenenado.
- Ésta zona anuladora… ¿Cómo funciona?- preguntó atento a sus perseguidores.
- Bloquea los canales de absorción… de la Onda…
- ¿Afecta al aura?- dijo pensativamente.- O sea, que te convierte en un muggle.
- No. Sigues manteniendo tu forma… es sólo que…
- Como si fuera un manto¿no? Entonces, sólo hay que apartarlo.
- Imposible.
- No, no lo es. Lo único que debo hacer…
- Olvídalo. No hay tiempo para eso.
- ¡A tu derecha!
Virando con un gruñido, el dragón consiguió, con la ayuda de su jinete, esquivar a tiempo antes de que una nueva herida se marcara en su lustroso cuerpo. A pesar de ello, el veneno hizo su añadido volviéndole a debilitar con una nueva caída que detuvo a pocos metros del agua.
- ¡Maldita sea¡No podemos seguir esquivando!
- Escúchame, Harry…- más sorprendido por el uso de su nombre que por la situación en la que se encontraban, el chico miró interrogativamente a su exhausta montura.- Voy a anular el conjuro con mi magia… No sé si podré removerlo… al completo, pero… al menos tendrás una oportunidad para…
Harry no pudo hacer nada para evitarlo. Con un gemido, el animal perdió de nuevo la consciencia. Sin embargo, y gracias a su anterior ataque de debilidad, su altura apenas superaba a los cuatro metros, por lo que, agarrando el cuello del animal junto a él en un intento de suavizar el impacto contra el mar, chico y dragón se sumergieron en unas aguas frías y oscuras. Su instinto les salvó de recibir daños mayores por el impacto, pero no evitó que se vieran arrastrados con descontrol por las agitadas corrientes.
Con frenesí, intentó volver a la superficie en busca de aire. Había perdido a su compañero tras la caída y no sabía dónde podía estar. En su estado le resultaría imposible valerse por sí mismo, y encima las corrientes marinas eran cada vez más fuertes. Temía que se encontraran demasiado cerca del borde de Azkaban, si se acercaban demasiado podían terminar siendo lanzados contra sus muros. Pero no era fácil. Aunque Ron le había enseñado a nadar durante aquellos meses en la mansión, las ropas dificultaban sus movimientos, y la espada no hacía más que atraerlo hacia el fondo. Debía hacer un gran esfuerzo por mantener la calma necesaria para evitar entrar en pánico.
- ¡Shelyak!- exclamó en un desesperado intento por dar con él.
La oscuridad evitaba que pudiera ver nada más que las llamas y explosiones en la construcción. El mar, aún estar medio iluminado por aquella luz intermitente, resultaba un entorno negro y desolador. La agitación de las aguas impedía que pudiera escuchar nada, apenas podía mantenerse a flote, y por encima de todo temía gritar el nombre del dragón para evitar ser escuchado por sus perseguidores. Estaba convencido de que les estaban buscando, aunque…
- ¡Shelyak, respóndeme¡¿Dónde estás¡Shelyak!
Si al menos tuviera magia… ¡No debió permitir que aquél hechizo le tocara¡No debió dejar que Shelyak abandonara aquél lugar! En aquél momento había creído que allí estaban en desventaja, que en su estado sólo podían esperar una derrota. Pero ahora la situación no era mejor¿deberían haberse quedado? Fuera como fuere, su nueva condición era lo importante. No merecía la pena recriminarse por un pasado que no podía cambiar. En su lugar, debía dar con el dragón antes de que se ahogara…
Repitiendo su nombre en aquél espacio mental dónde sabía que podía ser escuchado, se quitó la espada que había enfundado con dificultad tras su caída, la capa y los zapatos, y los dejó perderse en la oscuridad antes de sumergirse en un intento por encontrar el cuerpo de su escamado amigo.
Un intento, dos, tres… A pesar de que la noche se mantenía medio iluminada por la guerra que estaba viviendo, dentro de aquellas aguas no había nada que le indicara por dónde buscar. No sabía si estaba nadando en vertical o horizontal, hacia el este o al oeste, incluso regresar a la superficie le resultaba difícil.
Iba a sumergirse de nuevo cuando una explosión mucho mayor que las demás, iluminó el cielo como si de un potente foco se tratara. Como resultado, una decena de figuras aladas cayeron inertes perdiéndose en el bullicio de la acción. Harry comprendió, de repente, que aquél estallido había sido obra de Voldemort quien, seguramente, se había incorporado en la lucha internándose entre las filas aéreas y eliminándolas con asombrosa facilidad. ¿Qué podía hacer? Si aquello seguía así, su Maestro no tardaría en acabar con sus enemigos que, aún su capacidad de ataque, seguían siendo insignificantes ante su aplastante poder. Él era el único que podía detenerlo, les había prometido que se haría cargo de ello, pero…
Tomando aire, volvió a bucearse.
No sabía cuánto se había desviado de dónde habían caído, tampoco sabía si el dragón había conseguido mantenerse a flote o había sucumbido en la oscuridad del mar. En ningún momento dejó de gritar su nombre, toda su atención se centraba únicamente en él, buscándole, llamándole, pensando en dónde podía estar. Pero no iba a perderlo sin intentarlo siquiera.
Quizá por su obstinación o quizá fuera por pura casualidad, incluso podía ser que su unión mágica tuviera algo que ver, no importaba el motivo, pero cualquiera de ellas era bien recibida. En medio de su tosco buceo, Harry pudo sentir un burbujeo rozándole su brazo izquierdo en su camino hacia la superficie. La señal, aunque era pequeña, le bastó para indicarle que, quizá, su origen era a quien buscaba. No quiso volver a la superficie a por miedo de perder aquella pista, aunque tampoco conocía su profundidad, pero se arriesgó.
"Aguanta…" se dijo mientras seguía descendiendo. Estirando los brazos a la espera de dar con él, el chico movía frenéticamente las piernas en un intento de aumentar su velocidad. Tal vez no debió tirar la espada…
Cuando creyó que había perdido el rastro, sus dedos rozaron una superficie irregular. Con un último impulso, consiguió acercarse suficiente como para sentir la textura de unas escamas lisas y duras que, por su forma, debían de tratarse de la cola del dragón.
Incrementando su velocidad de acción, Harry llegó hasta el cuello. Lo agarró con fuerza y, en un afán por mover la gran mole del dragón, el chico puso todo su empeño en impulsarse de nuevo hacia el exterior, hacia el aire. Pero el animal era muy grande y, encima, parecía que había perdido el conocimiento.
¡Necesitaba aire!
Impulsado por la urgencia y ante el peligro de ahogarse también él, presionó a su cuerpo tanto como pudo, intentado obligarle a arrastrar aquel pesado cuerpo junto al suyo de nuevo a la superficie.
- ¡Despierta, joder¡Yo sólo no puedo…!- exclamó haciendo cuanto podía por impulsarse hacia arriba. Y aunque parecía que estaba consiguiendo un avance, éste era demasiado lento. Si seguía así no lo lograrían a tiempo.- ¡Maldita lagartija, DESPIÉRTAT…!
El último suspiro que le mantenía escapó por entre sus labios en forma de burbujas. Por instinto, su cuerpo le obligó a abrir sus conductos en busca de aire, sin embargo lo único que encontró fue agua. Un agua fría y dolorosa, un líquido que sus pulmones no podían utilizar, que le ahogaba. Sintió punzadas en el pecho, se obligaba a no volver a "respirar" aquél fluido que ennegrecía su mente y dolía en su cuerpo. Pero se estaba ahogando.
No supo si fue producto de una ilusión o era que, sencillamente, había terminado por morir en aquél lugar lúgubre y solitario, pero la estela de una luz creció bajo su nublada mirada. Una fuerza aplastante le impulsó hacia la superficie con increíble rapidez, fue tal la presión, que temió que sus oídos reventaran antes de que pudiera llegar al exterior. Así, sin apenas darse cuenta, se encontró escupiendo el agua que había conseguido tragar en un intento por despejar aquellos maltratados pulmones en busca de un aire vital.
Le lloraban los ojos, los oídos permanecían cubiertos por un zub-zub mareante, su cerebro apenas empezaba a analizar la información que sus sentidos le enviaba, y todo su cuerpo estaba entumecido por el esfuerzo, el cansancio y un frío que no hacía sino aumentar con aquél penetrante aire que helaba su piel mojada y sus empapadas ropas.
- Aguanta, no puedo protegerte con mi magia.- dijo una voz en su cabeza. Sus palabras, aunque distorsionadas y algo confusas, empezaron a tomar forma en aquel caos que inundaba su mente.- Te daré unos segundos. Deberás aprovecharlos para liberarte del conjuro, no tendrás otra oportunidad.
Respirando con avidez, el chico intentó despejar aquella espesa nube que le amenazaba en engullirlo preguntándose, aún sin comprender, qué estaba ocurriendo. Su sorpresa fue mayor cuando se percató de que, bajo sus yemas, el dragón que había estado buscando con tanto frenesí, batía sus alas en un intento por recuperar su sitio en el cielo. Extrañamente, el animal despedía un débil pero constante resplandor dorado, hecho que le asemejaba a una estrella caída en la tierra y cuya vida divagaba por entre los mortales en su camino eterno.
- Estás… ¿brillando?- dijo incrédulo.
- Magia.- recuperando levemente el control de sí mismo, Harry aseguró su posición encima del animal.- Gracias por venir a buscarme.
- No iba a dejarte allí¿sabes? Por cierto¿cómo has podido recuperarte con tal rapidez¿Has anulado el veneno?
- No.- aunque en un principio no quiso continuar, el chico esperó a que tomara su tiempo a sabiendas de que, sin prisas, terminaría contándoselo. Tras el impresionante esfuerzo del dragón, habían llegado casi a la altura de las murallas de la prisión. Encima sus cabezas, la batalla seguía su curso, aunque la balanza ahora se veía claramente desigual.- Lo siento.
- ¿Por qué?- murmuró ahora en una conversación silenciosa.
- No pude detener el veneno…
- Olvídalo.- sabía a qué se refería. Ahora, también Harry iba a sufrir sus efectos, unos efectos que, hasta el momento, Shelyak había querido mantener lejos del chico.- ¿Tiempo?
- Cinco minutos, quizás diez… o puede que menos.
- Suficiente, pues.- otro impulso, unos metros más.- Debemos atraerlos hacia un lugar donde podamos separarnos… ¿crees que podrías llevarnos de nuevo hacia la prisión? En uno de los torreones bastará.
- Memoriza las palabras que voy a recitarte.- secundó Shelyak tras asentir con conformidad. En ningún momento había dudado de la habilidad de planificación de su jinete, sin dudar, el dragón aceptó todas sus demandas a sabiendas de que, tras ellas, una joven pero calculada estrategia tomaba forma con rapidez. El chico, a pesar de su poca experiencia, destacaba por una creatividad de acción digna de ver.
Pronto llegaron donde la batalla estaba teniendo lugar. Resultaba difícil diferenciar entre los jinetes y sus monturas, entre dragones e hipogrifos, incluso le pareció divisar a un grupo de animales alados que, sospechó, se trataba del único batallón aéreo del enemigo. El caos era tangible. Por doquier, decenas de alas se movían inquietas hacia derecha e izquierda, ascendiendo y descendiendo, exhalando bocanadas de fuego o enviando hechizos contra toda amenaza que se acercara.
Encima los cimientos de Azkaban, la acción aún era más frenética. Cientos de seres, con alas y sin ellas, luchaban hasta la extenuidad. Imaginó que, aquellos cuyas fuerzas habían flaqueado, residían ahora en una encarnizada lucha en pie del edificio. Así, aquello que había empezado con un continuado ataque en dónde la estrategia y el orden les aseguraba una victoria, ahora no era más que un combate a muerte en el que sólo el más fuerte podía sobrevivir. Harry enseguida supo hacia dónde se decantaría la balanza si seguían así.
Esquivando entre un laberinto de hechizos, zarpazos, alas y sangre, ambos se internaron en aquella nube cuyo olor no era otro que la desesperanza del caos.
No podían usar su magia. El dragón volaba evadiendo todo cuanto podía, reduciendo el número de piruetas a únicamente las necesarias, evitando cualquier enfrentamiento, cualquier ataque. Ahora que el veneno había cruzado la frontera entre ambos, Shelyak temía el momento en que su jinete sintiera los efectos.
Harry, atento a su alrededor, apenas pudo reaccionar cuando una lluvia de sangre les cayó encima.
- Joder…- gruñó intentando limpiarse la cara. Pero no fue aquello lo que les alarmó, sino el causante de semejante atrocidad.
Un matojo de cuerpos, articulaciones y huesos, cayeron casi rozándoles hacia el mar en medio de un extraño silencio. Tras ellos, y por encima de sus cabezas, la figura larga y sinuosa de aquella serpiente alada permaneció imponente. Harry no podía apartar los ojos de aquél ser horripilante y aterrador. Pero no era el miedo lo que lo mantenía estático, sino el hecho de que, tras todo lo que había pasado, les habían encontrado.
Inhalando una larga bocanada de aire, el dragón contorsionó su cuerpo para, tras unos segundos, expulsar su magia más temible. Envuelto en un alo de llamas, un abrasador río de lava salió disparado hacia su enemigo con increíble rapidez. Y a pesar de que apenas debía medir más de medio metro de anchura, el poder de aquél ataque sorprendió a todo aquél que había desviado su atención hacia aquella brillante estrella que había ascendido desde el mar. Incluso Harry, quien miraba incrédulo el camino naranja que era expulsado desde las fauces del animal, sintió como todo su bello se erizaba frente a aquella exposición a la que estaba siendo testigo. Indudablemente, los dragones eran los seres más poderosos de la Tierra.
Agarrándose el antebrazo izquierdo con fuerza, reprimió el suspiro que había amenazado en escapar de entre sus labios tras una dolorosa punzada justo donde había recibido el corte durante aquel ritual que había vivido meses atrás. Inspiró y expiró intentando calmar su cuerpo, y se preparó para el veloz descenso que no iba a tardar en llegar.
El olor a carne quemada llegó hasta ellos.
Con un grito de furia y agonía, la aterradora serpiente se abalanzó hacia ellos dispuesta a despedazarlos de un solo mordisco. Y aunque la bestia era capaz de volar con la misma facilidad que antes, un pedazo inferior de su cuerpo era ahora un humeante y sangriento trozo de carne sin escamas que le protegieran. Shelyak, siguiendo el plan, se lanzó directo hacia la muralla en una arriesgada caída en dónde ninguno de los dos jinetes pudo hacer nada más que agarrarse a su desbocada montura.
Saltando de su lomo tan pronto como el dragón se aposentó en el extremo de la muralla, Harry agarró con fuerza la varita a la espera de la señal. Encarándose de nuevo hacia su rival quien aún se mantenía a unos metros en pleno descenso, Shelyak preparó otra bocanada que expulsó iluminando gran parte del exterior de aquél castillo de rocas como si de un diminuto sol se tratara.
- Enmen'ha oblie sub¡resto!- exclamó a media voz.
Sabía que, tras el contrahechizo, debía mentalizar la forma en que aquella poderosa magia se acumulaba en él como un gran y tranquilo océano. Sabía, además, que cuando volviera a verlo sus aguas estarían revueltas, que el peligro que intentar calmarlas suponía podía acortar el tiempo que disponía antes de que el veneno hiciera su efecto. Shelyak le había prevenido, por lo que nada de aquello le sorprendió. Las palabras de su compañero volvieron a sus oídos con claridad.
"Este tipo de conjuro no es algo que pueda hacerse con sólo unos segundos. Seguramente debió de haberlo preparado con anterioridad, lo escondió y activó cuando encontró el momento. Pero debido a su complejidad, deshacerse de él tampoco va a ser fácil. Requiere tiempo y una delicada concentración, algo que no tenemos." Harry pudo sentir como aquella pequeña chispa de magia que había aparecido tras el ataque del dragón, empezaba a difuminarse cerca de sus pies volviéndole a abandonar en aquél vacío mágico. "Voy a darte un poco de mi magia para que puedas invocar un contrahechizo. No eliminará el conjuro, pero te dará una oportunidad." Debía concentrarse en el océano que al fin había encontrado, pero en su lugar seguía viendo un oscuro silencio."Escúchame bien. El encantamiento activará el aura que ahora está cubierta por el conjuro, pero no hará desaparecer el hechizo. Antes de que vuelvas a quedarte a oscuras, deberás incrementar su tamaño." Pero la explicación no le había ayudado mucho, por lo que su profesor había optado por ejemplificarle el caso."Imagínate un globo cubierto por un manto que no puede apartar¿qué puede hacer? El manto no puede aumentar su tamaño, pero el globo sí." El chico recordó haber replicado ante aquél ejemplo¿y si el globo pinchaba en su crecimiento? "Pues se acabó la fiesta." Había respondido el dragón sin más.
Cierto era que había el riesgo de que, en medio del aumento del aura, Harry perdiera su control y terminara quemándose o, en el mejor de los casos, reducido a un cuerpo incapaz de almacenar magia alguna. Pero incluso llegando a superar el peligro, utilizar la magia en aquél estado no estaba exento de peligro. Debido a que su contacto con el flujo se reduciría a la superficie sobresaliente, el resultado podía ser imprevisible. A pesar de ello, y tal y como el dragón había pronosticado, la imagen del océano llegó hasta él dibujándose con exasperante lentitud.
Apartándolo con su cola, Shelyak consiguió proteger al concentrado chico antes de que el ataque llegara hasta él. Aquél golpe, aunque fuera para alejarlo del peligro, le hizo impactar contra el extremo rocoso de la muralla.
- ¡Ugh!- recomponiéndose con dificultad, el joven jinete se puso en pie entre gemidos.- ¿No puedes tratarme con un poco más de suavidad? Vas a matarme antes de que lo hagan ellos…
- Disculpadme, mi ilustrísima majestad. La próxima vez procuraré no fallar.
- Ya, ya… Espero que no tengas otra "próxima vez".
Gruñendo por lo bajo, el muchacho se lanzó de bruces al suelo en el momento en el que los dos animales se arrojaban en una apretada lucha cuerpo a cuerpo. Pero tampoco tuvo tiempo para descansar. Esquivando el ataque que se escondió tras el paso de ambas bestias por encima su cabeza, Harry se vio obligado a protegerse tras un apresurado protego. El hechizo, sin embargo, traspasó fácilmente el escudo hasta llegar a él. Con un fuerte golpe en el estómago que le dejó sin aire, le impulsó un par de metros antes de impactar contra la erosionada piedra. Aunque había logrado realizar un hechizo, su inestabilidad lo había convertido en un efímero e inservible escudo.
- Maldita sea…- masculló volviéndose a incorporar. El gusto metálico de la sangre le obligó a escupir. Sin embargo, no apartó la mirada del hombre que sonreía con sorna unos metros más allá.- Concéntrate, joder… ¡Expelliarmus!
El desajuste del ataque volvió a tomarlo por sorpresa, aunque ésta vez no fue por la falta de energía, sino por el exceso de ella. Impulsado por la potencia del descontrolado hechizo, el chico volvió a verse lanzado de espaldas otros metros más antes de que su cuerpo frenara con una violenta caída. Su espalda, magullada y entumecida, le alertó del daño con agudas punzadas de dolor. Esperó que, al menos, aquel doloroso golpe hubiera servido para algo.
Apareciendo tras una espesa nube de polvo fruto de la significativa destrucción de la muralla en dónde se encontraban, un escudo plateado resplandeció en la noche antes de ser disuelto por su conjurante.
- Aunque me sorprende que puedas utilizar la magia, parece que no puedes controlarla a tu placer¿verdad? Menudo inconveniente…- saltando por encima del trozo derruido gracias a su magia, el hombre se acercó con impasible tranquilidad.- Voy a reconocer tu valía, Harry, pero aquí termina todo. Mírate. No puedes controlar la magia, el veneno no tardará en activarse, y cuando ocurra, apenas tendrás un par de minutos antes de que te mate.- dijo sin desviar su altiva mirada de sus ojos. No sonreía, sus pálidas facciones permanecían inexpresivas e impasibles, como si estuviera observando un cuadro cuyo destino estaba firmado y sellado.- No olvides con quién estás enfrentándote, mi joven aprendiz. ¿Crees que puedes derrotarme cuando apenas puedes mantenerte en pie?
El chico no respondió.
- Si quisiera, podría matarte sin ningún esfuerzo…- la punta de su varita tocó su frente.- Ni siquiera tendrías tiempo a reaccionar.- obligándole a levantar la mirada, el hombre le observó inalterable.- Dime, Harry… ¿Quieres morir?
Silencio.
Como si una burbuja les hubiera aislado del mundo, Harry dejó de escuchar los gritos y explosiones, las olas, el aire e incluso el respirar de su propio cuerpo. En aquél espacio donde sólo él y su Maestro habitaban, parecía como si el mismísimo tiempo hubiera sido excluido para dar paso a una esfera eterna. El chico se mantenía agachado, de rodillas, con todo su cuerpo agarrotado, exhausto hasta la saciedad. Se sentía como si hasta la última gota de energía hubiera sido exprimida de su ser, sin fuerzas ni voluntad. Las palabras de aquél hombre pudieron llegar hasta él, no podía oponer resistencia, no quería malgastar más esfuerzos en algo que, sabía, tampoco iba a importar.
- ¿Acaso importa?- dijo al cabo con un agotado suspiro.
- No.
El hombre levantó la varita en posición, Harry, poniéndose en pie, hizo lo mismo. Ambos se miraron directamente a los ojos. Unos ojos rojos y otros verdes. Sus posturas, siguiendo la normativa del duelo mágico, se mantenían estáticas y en posición. Sus varitas, frente a frente, indicaban la distancia protocolaria necesaria para semejante evento. Al mismo tiempo, ambos descendieron sus varitas y, con una reverencia, se dieron la espalda con la misma coordinación.
Un paso.
Su corazón, aunque latía con más velocidad que la normal, seguía su sinfonía con tranquilidad. Su mente y su cuerpo no tropezaron, tampoco vacilaron ni temblaron en su marcha. ¿Dónde estaba aquél chico cuya vida era constantemente protegida¿Adónde había ido a parar aquél miedo que antaño le había paralizado, asustado e incluso horrorizado hasta el punto de desear la muerte de los demás?
Dos pasos.
Sus gestos eran firmes y seguros. Y aunque sus pensamientos se alejaron dejando nada más que un profundo y calmado espacio en blanco, aquella fuerza nacida de la valentía y el coraje, de la sabiduría y del conocimiento profundo, mantuvo sus pasos con serena resolución.
Tres pasos.
- ¡Avada kedavra!
- ¡Obitus per subitum!
Sus voces estallaron al unísono en el aire.
Luz verde, luz roja. El silencio que antes había permanecido a su alrededor, desapareció con el encuentro de ambos hechizos. Antes de que pudieran hacer nada, aquella conexión que una vez habían vivido tras su reencuentro, volvió a aparecer.
Priori Incantatem.
Sus dos varitas, unidas por un hilo mágico que las identificaba como a hermanas, les mantuvieron atrapados dentro de una red dorada. Aquella vez, sin embargo, nada iba a salir del hechizo. No iba a ver a las sombras de sus padres aparecer de la punta de aquella varita, tampoco vería a Cedric ni a muchos otros víctimas de su magia. En su lugar, ambos magos sostenían una lucha encarnizada intentando doblegar a su adversario.
Obitus per subitum. El hermano gemelo del prohibido y temido Avada Kedavra. Los dos mataban, los dos nacían de un mismo fin.
Harry sabía, al igual que Voldemort, que los hechizos que habían invocado aún permanecían en aquella unión. Había previsto que utilizaría aquél conjuro, una magia letal que, en cierta forma, se había convertido en el motivo de su relación. Una unión nacida por el antagonismo, el destino y, en cierta parte, por suhumanidad. Ambos habían codiciado expectativas, sueños y deseos, ambos eran o habían nacido como humanos, ambos compartían un camino similar. Hijos de dos frentes, muggles y magos, individuos cuya vida estaba definida por una constante lucha por la supervivencia. Su unión, además, había quedado sellada al ingresar en aquél mundo: sus varitas. Por todo ello, el chico sabía que, si bien Tom Riddle protagonizaba el flujo negativo, Harry Potter debía aceptar su rol en el opuesto.
Agarrando con fuerza la varita, Harry se concentró en la magia que se arremolinaba a su alrededor. Ésta vez, aquellas burbujas no flotaban en aquél hilo dorado. En su lugar, la magia invocada permanecía en el aire, esperando, aguardando a que uno de los dos perdiera la lucha.
Volvió a presionar.
El torbellino verde y rojo empezó a acelerar. Su velocidad aumentaba con cada segundo pasado, pero ninguno de ellos cedió. El chico sabía que aquello era peligroso y era consciente de que su contrincante tenía el mismo presentimiento. No quería aflojar su fuerza, pero al incrementarla, aquella magia que ahora se arremolinaba con vertiginosa rapidez se entremezclaba más y más en un único y uniforme dorado cegador.
La vibración de la varita se convirtió en algo casi insoportable, temió que pudiera romperse y desestabilizar el encantamiento que los mantenía conectados. Sin embargo, pronto comprendió.
"Ha estado bien…" se dijo con una sonrisa satisfecha.
En un último e inesperado movimiento, Harry dejó que todo cuanto tenía fluyera por entre sus manos. El hilo se inestabilizó. De su varita, un torrente de energía fluyó veloz hasta llegar al otro cabo resquebrajando la superficie de su hermana.
El hechizo se rompió.
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Una enorme y abrumadora explosión iluminó la noche deteniendo, por unos instantes, toda lucha a su alrededor. El silencio que impregnó el aire tras desvanecerse fue seguido por la desaparición de casi una cuarta parte de la prisión.
Azkaban nunca volvería a ser usada.
