Imagino que muchos estaréis leyendo el séptimo libro, pero en fin… Vamos a por los dos reviews del último capítulo:
VICKY: caray, que rápida! Tranquila, tranquila, aquí va el epílogo del fic (aunque no sé si será lo que esperabas…) Gracias por tu review!! Espero que mi historia te haya gustado tanto como a mí hacerla. Besos y hasta siempre!
Pedro I: pues aquí tienes el esperado "the end" de la historia. Ha sido difícil, pero lo he logrado!! Y voy a decir que vuestro apoyo lo ha hecho posible, así que muchísimas gracias por seguir apoyándome tras cada capítulo. Espero que todo te vaya muy bien y que, aunque sea un tímido final, sea de tu agrado. Así pues, gracias por todo. Bye!!!
Qué voy a decir… Al fin he terminado!!! Ahora
sí, fin del todo. No sé si va a ser de vuestro agrado,
he recibido pocas (por no decir "casi ninguna") petición,
así que tampoco sé qué era lo que esperabais.
Cosa que, a pesar de que el final ya estaba previsto, podía
haber influido en su desarrollo, pero qué le vamos a hacer! Si
no decís nada, pues será que estáis conformes¿no?
Veamos… el total del segundo fic ("Harry Potter y el
Juramento de los Dragones") me ha llevado a unas 300 páginas
más o menos. No sé el número exacto ya que tengo
el fic dividido en varios archivos (es lo que ocurre cuando debes
formatear el pc), pero la verdad es que su longitud es considerable.
Por no decir el tiempo que llevo haciendo la historia!!! Si bien me
ha costado lo suyo, añadiré que, dejando aparte los
momentos de tensión que casi hacen que lo deje, ha sido algo
gratificante… aún más cuando leía vuestros
reviews.
No voy a hacer freetalk (aunque llevo mucho tiempo sin hacerlo), sólo comentaré un poco los dos últimos libros oficiales. Por un lado, el sexto ha sido el volumen que menos me ha gustado. Por su contenido, casi era como si se tratara de un libro "relleno", su contenido se puede resumir en pocas palabras… al menos, ésta es la sensación que tuve al leerlo. En cambio, el séptimo me ha encantado (excepto el epílogo, que me ha parecido apresurado, poco detallado y con prisas), y se ha convertido en el tercer libro preferido de la saga (en orden de preferencia tengo: 3, 5, 7, 1, 4, 2, 6). Y en cuánto a los personajes en éstos dos libros, me ha encantado el Harry del séptimo, mientras que el gusto por Ron (que ya desde el 4rto era bajo) ha descendido tras su comportamiento y huída tras su entrada en el Ministerio. Y en lo referente a Snape, nunca planteé su lealtad aunque no imaginé que pudiera deberse a su secreto amoroso (la súplica de Dumbledore antes de su muerte y su fe ciega en el hombre, me parecieron prueba suficiente de que su supuesta traición era falsa). Así pues, aquí tenéis mi opinión sobre los libros oficiales de J. K. Rowling. (Añadiré que, a pesar de la increíble imaginación de la mujer, opino que aún debe aprender mucho sobre la narración (se puede ver su evolución entre el primer libro y el último), a la vez que, aunque ha conseguido mantenerme cautiva con su historia, lo que más me ha "dolido" o desagradado ha sido sus intentos románticos que casi parecían pedazos de texto forzados. Pero, todo el mundo tiene sus puntos débiles¿no?)
Aquí termina mi modesta introducción en el
mundo literario. Seguramente, y como ocurre con muchos escritores
novatos (y también en los más viejos), el final no
destacará por su brillantez. Pero me alegro al pensar que he
hecho cuanto podía y que, a pesar de todo, me he divertido
haciéndolo.
Así pues, me despido de todos vosotros
agradeciendo a todos aquellos que habéis seguido el fic (dudo
que estén aquellos que me acompañaron en un inicio
(exceptuando a Blackcat)) y aquellos que habéis tenido la
gracia de dejarme un review tras cada lectura. Si he podido terminar
la historia ha sido, sin lugar a dudas, gracias a vosotros. Por ello,
os dedico mi último capítulo con todo el cariño
y gratitud. ¡Gracias por seguir aquí!
Sin más, me despido de vosotros y os deseo mucha
suerte en todo. Si nunca decido seguir en el hobby de la escritura,
espero que podáis encontrarme con un libro propio y bajo mi
nombre real. Porque… ¿quién sabe, verdad? ;)
¡Besos!
-Ithae-
Epílogo – "Algún día, quizá…"
- ¡James…¡Remus…¿Dónde se habrán metido?- se preguntó la mujer entrecruzando los brazos bajo su pecho.- ¡Lily!
- ¡Ah!
Deteniendo la carrera frente a su madre, la pequeña la miró medio asustada.
- ¿Se puede saber a dónde vas? Creí haberte dicho que te vistieras.
- Pero es que… papá…
- Nada de peros. ¡Vamos, a cambiarte!- ordenó inflexible a pesar de la mirada suplicante de la niña.- ¿Por cierto, dónde está tu padre?
- En… en el garaje…- y antes de que su madre pudiera añadir algo más, entró corriendo en la casa a sabiendas de que pronto llegarían los gritos.
Y ciertamente, a medida que iba acercándose, sus voces iban llegando hasta ella. Sus pasos, airados y veloces, acompasaban el creciente enojo que nacía en su interior.
- …acelerará la velocidad. Podríamos utilizar un par de éstos, Arthur dijo que ayudarían a estabilizar el retroceso…
- ¡Papá, papá!- exclamó el mayor llegando junto al hombre que seguía observando la moto pensativamente.- ¿Y si hacemos que lance fuego por el tubo del humo como si fuera un dragón¡Sería como un cometa…!
- Hmm… Buena idea…
- No creo que mamá deje que lo hagas…- terció el más pequeño mirando el automóvil con interés.
El garaje, a pesar de no ser muy grande, estaba repleto de estanterías de aluminio dispersadas en las paredes con cientos de cajas clasificadas y por clasificar dispuestas sobre ellas. En el centro, un coche plateado permanecía adormilado mientras los tres personajes se agrupaban alrededor de una preciosa y lustrada moto negra. Junto a sus pies, dos cajas repletas de pequeñas piezas doradas y plateadas, se amontonaban a la espera de ser instaladas. Ninguno de ellos apartaba la vista de aquél aparato de dos ruedas, su atención residía en las modificaciones que estaba sufriendo, unos cambios que, con trabajo, se mantenían ocultos bajo la mecánica de la potente motocicleta.
- No tiene porqué saberlo¿verdad?- dijo cogiéndolos a ambos en un abrazo. Con una mirada cómplice, acercó sus cabezas a la de él.- No vais a decírselo¿verdad?
- ¡No!- exclamaron al unísono con una traviesa sonrisa.
- ¿Decirme el qué?- preguntó la mujer desde la entrada.
Sin atreverse a hablar, los tres permanecieron estáticos con sus facciones congeladas.
- Se suponía que os estabais preparando… ¿No dijisteis que sólo ibais a recoger las pelotas para jugar con los demás? Porque esto no es lo que me parece a MI que estáis haciendo…
- Bueno, verás…- se excusó el padre mirándola con una sonrisa de culpabilidad.
- ¡Andando!- cortó con severidad acallando cualquier protesta.
Ambos chicos, con una expresión de arrepentimiento que sabía que era falsa, enfilaron rápidamente hacia la casa dejándoles a solas.
- Vamos a llegar tarde… otra vez.- suspiró resignada mirándolo como si toda la culpa fuera suya, algo que, en verdad, era así.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Habían pasado ya once años desde aquel amanecer histórico.
La Guerra de los Cien Dragones, la Segunda Guerra de los Once Años, la Guerra de Azkaban… El enfrentamiento entre Harry Potter y Lord Voldemort recibió muchos nombres. Había quienes creían haber visto como, tras la impresionante explosión que medio derrumbó la infranqueable prisión mágica, los primeros rayos de sol aparecían en el horizonte desvelando un nuevo y prometedor amanecer.
Habían muerto muchos. Magos, centauros, elfos domésticos, gigantes, licántropos, vampiros, hipogrifos, dragones… el número de caídos resultaba abrumador. Por doquier, cuerpos inmóviles descansaban tras una agotadora lucha, cerraban los ojos al mundo y, dejándose llevar por la corriente de la vida, se internaban en un flujo indiferente. Los vivos, aquellos cuya luz matutina iluminaba sus exhaustos rostros, lloraban con una mezcla de tristeza y alegría al descubrir que, después de todo aquél sufrimiento, una nueva oportunidad se levantaba para ellos. Una nueva puerta hacia el futuro.
Harían falta dos años más antes de completar un estado de paz. Dos años dónde la lucha, aún cuando era ahora esperanzadora y resplandeciente, había llevado a más muertes cuyo destino se agrupaba con aquellos que habían deseado un mundo mejor.
Hacía ya once años desde la última vez que habían visto a aquél joven mago enfrentándose al hombre más poderoso y temido de la historia mágica contemporánea. Once años desde que aquél impresionante grupo de dragones había atacado Azkaban con una fuerza, ataque y ferocidad tal que, aún cuando sólo una treintena de ellos sobrevivieron, habían proporcionado una victoria imposible. El comienzo de un nuevo amanecer.
Azkaban había quedado reducida a poco más que tres muros agrietados y cuyo interior apenas recordaba aquel horror que antaño había significado su sola mención. Uno de sus muros, aquél que debía dar la bienvenida al matutino sol, había sido completamente eliminado. En su lugar, sólo un montón de escombros se apilaban en la orilla. Habían tardado cinco días hasta dar con lo único que había quedado de aquél combate legendario: dos varitas hermanas, ambas rotas por la mitad, ambas irrecuperables. Nada más había quedado de aquellos dos hombres que habían combatido en una lucha que decidiría el equilibrio del mundo.
Sin embargo, los años pasaron. El presente se convirtió en pasado, los hechos en historia, y la historia, guardada en largos manuscritos que pasarían a custodiarse con reverencia y recelo, en leyenda. Pasarían los años, e incluso los siglos, y aún se hablaría del "niño que vivió". Pero aquellos que ahora se enfrontaban a un presente esperanzador no sabrían que la historia lo guardaría como una leyenda, sino que celebraban aquella afrenta con respeto y alegría, con gratitud, recordando a los muertos, agradeciendo su sacrificio y perpetuando sus nombres en la nueva generación. Una generación cuyos nombres hacían honor a aquellos que les habían proporcionado el nuevo futuro. El futuro de un nuevo amanecer.
Entre todos ellos, una llama aún se mantenía a la espera.
¡Cloc¡Cloc¡Cloc!
Sus pasos resonaban con fuerza, la misma energía con la mantenía su andar, firme y resuelto. Moviendo el cuerpo al compás, avanzaba sosteniendo una carpeta negra en su brazo izquierdo sin prestar la menor atención al montón de papeles que la seguían a pocos centímetros de su cabeza.
Vestía un ceñido traje con falda de color granate tierra, y llevaba el pelo cuidadosamente recogido en un pasador plateado. Toda su imagen parecía la de alguien de alto rango, sólo la capa que reposaba encima sus espaldas, de un gris plateado, rompía con el concepto "común" o "normal". Pero si se había arreglado con tanto esmero era, en parte, debido a la única reunión a la que asistía en aquél día. En realidad, no debería estar allí. Y si había asistido a la petición de su único jefe, el Ministro en persona, era, básicamente, porqué sabía que la cuestión lo requería. Aunque¿para qué engañarse? No era cierto que se visitera así para verle. El Ministro de Magia era alguien próximo a ella, alguien que conocía desde hacía mucho tiempo. No, si se había arreglado de aquella forma no era para ver a Aberforth Dumbledore quien había aceptado el cargo tras la muerte de su hermano seis años atrás, sino porqué hoy era el día.
Apresurando el paso, saludó a un par de magos que hablaban en medio del pasillo y que se habían detenido a saludarla, y siguió avanzando deseando no haberla hecho esperar.
Era cierto. Había pasado mucho desde aquella noche de mayo de hacía once años. Recordaba sus esfuerzos por encontrarle, la incuestionable verdad que había supuesto dar con su varita, los siguientes dos años de lucha para instaurar la paz, otros tres años más intentando cambiar aquél mundo cerrado y receloso en el que vivía y por el que había arriesgado la vida. Y entonces vino otra muerte, la del gran y respetado Albus Dumbledore… justo cuando todo empezaba a funcionar, justo cuando al fin empezaban a divisar la luz más allá de aquella cúpula aislada del mundo. Pero el hombre había muerto sonriente. Su muerte, sin embargo, no había sido en vano. Había hecho una gran aportación al mundo, y su hermano, aceptando su petición, había decidido seguir viva aquella llama que tanto había costado construir.
El tiempo había seguido y, con él, también su evolución.
Muchos habían quedado atrás, ahora como recuerdos que les ayudaban a proseguir en los momentos de duda y tristeza. Cada uno de ellos tenía un nombre y una historia: Remus Lupin, Severus Snape, Rubeus Hagrid, Charlie y Percy Weasley… Había muchos que no conocía, y otros que sí. Las batallas habían sido duras, se habían cobrado muchas víctimas y llorado muchas lágrimas. Recordó el impacto que le había causado ver la aniquilación que habían sufrido las fuerzas que defendían Hogwarts. Los refuerzos no habían llegado a tiempo para salvarles en un combate que conllevó la completa aniquilación de sus aliados licántropos, a pesar de conseguir mantener intacta la escuela. Recordó también como, tras aquella terminante explosión en la prisión mágica, se habían lanzado en picado en ayuda a aquellos que habían penetrado en su interior encontrando, casi por milagro, a un magullado Draco Malfoy cuya vida había sido salvada por su ex mentor a cambio de la suya propia.
Pero, como siempre ocurría, aquellas pérdidas, dolorosas y punzantes en un principio, eran ahora una memoria nostálgica que les recordaba todo aquello que habían sacrificado dándoles un aliciente, un empuje para continuar y luchar en busca de algo mejor.
Ella lo sabía bien.
Tomando el recodo al final de aquél largo recorrido, la mujer encontró una estancia mucho más grande. Se acercó al mostrador circular del centro, y esperó a que el hombre que permanecía al otro lado de la mesa terminara de rellenar unos formularios antes de convertirlos en un avión de papel al que envió volando sin preocuparse por su dirección.
- Hola, Numbert.- dijo la chica dejando el montón de papeles que hasta entonces se habían mantenido en el aire, sobre la mesa.
- Buenos días, Granger. No esperaba verla por aquí ésta mañana…- dijo sorprendido mientras extraía un pergamino de entre uno de sus escondidos cajones.
- Tampoco yo.- respondió con un suspiro. Tomando el pergamino que le acercaba y cogiendo una de las plumas que descansaban encima el mostrador, estampó su firma con resolución.- ¿Podrías darle esto a Abbott cuando la veas?- dijo dándole la carpeta que había sostenido en sus brazos.
- Claro.
- Gracias. Nos vemos el lunes.
Alejándose, se apresuró para llegar al ascensor antes de que cerraran sus puertas.
Otro año más…
Hermione Granger había conseguido su propósito al igual que muchos otros. Su generación se caracterizó, no sólo por ser la más joven participante en aquella guerra, sino también por proporcionar los magos más destacados y prometedores de las últimas décadas. Aunque la respuesta a aquella brillantez era, seguramente, a su rápida madurez, al conocimiento de aquello que se había perdido a fin de que ellos pudieran seguir. Como a muchos otros, Hermione había luchado por llegar a su meta y, tras años de esfuerzos, era ahora, a la edad de veintiocho años, directora y principal responsable del Departamento de Misterios tras el cese de su instructora e impulsora, Marla Black.
Con un leve estremecimiento, el ascensor llegó dónde se congregaba toda la gente, entrando y saliendo, preguntando y, en el menor de los casos, esperando. Entre éstos últimos estaba a quien buscaba. No le costó mucho encontrarla.
Tenía el pelo rojo recogido en una trenza y vestía un ligero jersey amarillo con una falda blanca. En su regazo, un niño de poco más de dos años permanecía tranquilo mientras su madre hablaba sonriente con alguien a quien conocía. Con una disculpa, se despidió al ver la llegada de su amiga en la distancia.
- Perdón por la demora¿hace mucho que esperáis?- preguntó cubriéndose con la capa.- Hola Severus… Vaya¿qué llevas ahí?
- Un regalo del abuelo¿verdad?- dijo su madre con una sonrisa.- Lo tiene fascinado con los objetos muggles. Tenemos toda una habitación repleta de cachivaches que no funcionan…
- ¿Y su padre no se queja?
- Le da igual.- tomando al niño entre sus brazos, se dirigieron hacia donde una cola de hombres y mujeres esperaban su turno para desaparecer tras un fogonazo verde dentro de las chimeneas.- Desde que cambió el apellido, no le importa nada sobre magos, muggles, sangre limpia o sangre sucia.
- Ha cambiado.
- Sí.
Todos habían cambiado.
- Siento que hayas tenido que venir durante tus vacaciones.
- Tranquila, igualmente debía pasarme para recoger un par de cosas.- dijo restándole importancia.- ¿Sabías que Ernie se irá a Francia?
- ¿De verdad?- avanzando un par de pasos más, siguieron a la espera.- Quizá Dalton tenga algo que ver…- dijo con un giño.- Hacen buena pareja.
Siguieron aproximándose al final de la espera dónde una mujer iba anotando los nombres y direcciones en un pergamino. Esparcía una pequeña cantidad de polvos Flú encima y, con un toque de varita en el papel, éste se contraía formando una pequeña pelota que permitiría al brujo viajar a través de las chimeneas del ministerio.
- ¿Y tú?- preguntó su amiga a media voz. Pero Hermione no respondió, sabía que no respondería, sin embargo, volvió a insistir.- No creo que él quisiera que hicieras lo que estás haciendo, Hermione. Tienes ya veintiocho años…
- Déjalo, Ginny.- cortó sin mirarla. Y aunque no había levantado la voz, su tono, a pesar de ser inexpresivo, mantuvo una nota de advertencia que la frenó. De nuevo, y como siempre sucedía cuando sacaba aquél tema, Hermione cortaba cualquier reprimenda, consejo o aviso antes incluso de que pudieran proseguir.
- ¿Vais juntas?- preguntó la mujer de detrás de la mesa mirándolas tras unas gafas grandes y deslustradas.
- Hoy sí, Mafalda.- intervino Ginny desviando la atención hacia aquella simpática bruja que había empezado a anotar sus nombres en el arrugado pergamino.- Llévanos a la Madriguera, por favor.
- Las varitas, pues.
Las dos, siguiendo el protocolo, alargaron sus varitas hasta tocar su nombre inscrito en el papel. Al instante, éste se iluminó con una luz blancuzca que se desvaneció al apartarlas.
- Vaya¿y este señorito¿Viajas con tu madre, querido?
- Sí.- murmuró el pequeño medio escondiéndose tras su madre.
- Número 12.- sentenció dándoles la bola de papel.- Que tengáis un buen fin de semana.
- Igualmente.
Dirigiéndose en la chimenea indicada en dónde un enorme 12 escrito con humo violeta y rojo flotaba en el aire, los tres volvieron a esperar tras una corta cola que esperaba el turno para irse. Antes de que pudieran seguir ninguna discusión, un avión de papel negro cruzó la sala hasta llegar al lado de su intrigado remitente.
Hermione, con el entrecejo fruncido, tomó la carta y, con un toque de varita, la desplegó dejando a la vista un corto mensaje de su departamento.
- ¿Pasa algo?- preguntó Ginny al sentirla renegar.
- Lo siento… Me he dejado unos informes que necesitan los del Comité de Encantamientos Experimentales para mañana. ¿Te importa si vais vosotros primero? Iré tan pronto como pueda…
- Claro.- dijo en el momento que daba media vuelta.- ¡Pero recuerda que empezamos a las doce y media!
- ¡Sí, sí!
Maldiciendo su incompetencia y falta de memoria, Hermione aceleró el paso cruzándose con algunos que la saludaban y otros que seguían su paso con sorpresa disimulada. ¿Dónde tenía la cabeza?
Cubriéndose todo el cuerpo con la capa, murmuró unas palabras con las que, quitando el manto de viaje de encima sus hombros, toda su vestimenta cambió. El elegante traje fue substituido por una blusa azul claro y unos tejanos grises. Incluso los zapatos de tacón se transformaron en unas cómodas zapatillas urbanas que amortizaban sus pasos en silencio sin el ruido que hacía unos segundos había acompasado su marcha. Satisfecha, se quitó el manto y lo encogió hasta que no fue más que un pequeño pañuelo plateado.
Tomó el ascensor que la llevaría hasta la novena planta.
Mientras descendía, observó un par de avisos más que habían entrado tras ella y que flotaban en el aire a la espera. Su color rojo le indicó que pertenecían al Cuartel General de los Aurores. Pero las palabras de Ginny volvieron a su memoria, haciéndole recordar lo que su mente había recordado al sentirla.
Era cierto, todos habían cambiado.
Draco Malfoy, ahora Draco Black, renunció a su apellido paterno y la herencia que éste proporcionaba y, tras su lucha en el frente durante los años de restablecimiento, decidió seguir los pasos de su mentor y salvador como profesor de Pociones en Hogwarts a la edad de veinte años. Se casó con Ginny Weasley a los veinticinco y tuvieron un hijo al que llamaron Severus Charlie Black en honor al ex profesor quien había salvado la vida a Draco, y al segundo hermano Weasley muerto en la lucha para defender Hogwarts. Ginny, por su lado, entró a trabajar como aurora bajo la tutela de Nimphadora Tonks.
Sirius y Marla se casaron al poco y tuvieron a sus primeros dos hijos mellizos, James y Lily. Marla dejó su trabajo tres años después tras el nacimiento de su tercer hijo, Remus, mientras que Sirius volvió a entrar en el cuerpo de aurores convirtiéndose en uno de los mejores integrantes del departamento.
Ron se casó con Amantha Pewett con quien tuvo una hija, Sarah. Y, tal y como había prometido a su amigo, entró a trabajar dentro del Ministerio en el departamento de Relaciones Internacionales recién reformado. Gracias a sus esfuerzos y los de su padre, se recuperó la comisión de Relaciones Intermuggles que dirigió el mismo Arthur Weasley. La familia Weasley, ahora beneficiada por el importante legado que Harry Potter les había proporcionado, creció en número con el nacimiento de nuevos nietos. Los gemelos habían seguido con Sortilegios Weasley tras la guerra, y ahora sus beneficios eran tales que planeaban abrir una nueva tienda en Francia, en dónde la hermana de su cuñada Fleur se ofrecía por llevarles el negocio.
Hermione también recordó la noticia de Neville al entrar a trabajar en San Mungo, o a Luna queriendo tomar la edición de El Quisquilloso. Como ellos, muchos de los ex miembros del Ejercito de Dumbledore habían tomado distintas rutas en sus vidas, algunos como Seamus Finnigan quien se había trasladado a América, o Lavender Brown, que se enamoró y casó en Alemania.
Todos habían cambiado, madurado, tomado un camino que dibujaba su vida después de todo por lo que habían pasado. Todos ellos habían luchado y combatido por un futuro por el que ahora andaban mirando enfrente. Pero¿y ella? Aunque había trabajado duro por conseguir lo que ahora poseía, parecía que siguiera mirando atrás, esperando, aguardando a algo que no llegaría. Pero habían pasado ya once años…
Con un temblor, llegaron al piso del Departamento de Misterios, su departamento.
Sonriendo al rememorar su primera vez en aquél lugar, cuando creían dirigirse en el rescate de Sirius, se sorprendió al percatarse del cambio que habían sufrido aquellos pasadizos antaño oscuros y casi sin luz. Aquello que antes le había infundido una sensación de terror, ahora estaba repleto de ventanas mágicas que mostraban un océano lejano, una playa cubierta por palmeras y altos árboles cuyas sombras parecían ofrecer islas frescas bajo el abrasador sol tropical. El suelo seguía siendo negro, color que caracterizaba su especialidad, mientras que las paredes habían sido pintadas con un amarillo pastel muy claro. Se apuntó pedir que cambiaran la imagen exterior el lunes por la mañana, quizá les pidiera una imagen del Londres muggle visto desde uno de los torreones del Parlamento…
Entró en el despacho con el cartel "Dirección del Departamento de Misterios", y se acercó a la única mesa de la pequeña estancia. Tenía poca decoración puesto que pasaba más tiempo en los laboratorios y salas de pruebas que no en su oficina particular. Sólo un par de sillas enfrente a la gran mesa de madera de cedro, un conjunto de estanterías repletas de libros, cajas y archivadores, su sillón de piel y una luz de sobremesa era cuánto adornaba aquella habitación de trabajo. Encima la mesa, dos bloques de papeles de casi un metro de altura permanecían en equilibrio amenazando en caer.
- ¿Dónde estarán…?- se preguntó abriendo y cerrando los cajones con prisas.
Viendo que no parecía que se escondieran en ellos, observó con resignación a las dos montañas de documentos que esperaban ser revisados. Si algo podía decirse de ella era que se había convertido en una fanática del trabajo. Empezaba a las ocho de la mañana y hasta las diez no regresaba a casa, y a veces incluso terminaba por quedarse hasta bien entrada la madrugada haciendo noche en la misma oficina. Hermione Granger destacaba por su profesionalidad y responsabilidad. Tomaba un trabajo y lo terminaba al poco, aceptaba una investigación y se preocupaba por seguir todas y cada una de sus etapas. Y el motivo de que aquel montón de papeles se congregaran encima su mesa no era otro que su ausencia durante aquella mañana. Pero no importaba. Sabía que cuando regresara el lunes seguramente tendría la oficina tan llena de autorizaciones e informes, que debería quedarse toda la noche trabajando para recuperar el ritmo. ¿Quizá debía regresar mañana? Sabía que debía tomarse unos días de descanso, incluso Ginny le había regañado aquello. Aunque tampoco nadie la esperaba en casa…
- Accio informe 1256-DH.- dijo apuntando al pilar de la derecha.
Con cuidado, una carpeta verde limón se desprendió del montón yendo a parar en sus manos. Procuró que aquella columna no perdiera el equilibrio y, con un último vistazo, salió de la oficina deshaciendo el camino de nuevo al ascensor.
Hojeando los documentos que contenía aquella carpeta, no prestó atención a nadie más. Recordaba haber leído el informe, e incluso recordó que le había pedido a Alice Seaggle, antigua compañera de la escuela en Magia Antigua, que se encargara de verificar el estado de la investigación.
El aviso de la llegada al segundo piso, la apartó de lo que hacía y le obligó a preocuparse por salir antes de que volvieran a cerrar las puertas.
El pasillo que se abría ante ella era muy similar a los demás. Se paró frente a la primera puerta antes de doblar la esquina que le llevaría al Departamento de los Aurores, y la abrió dando a un nuevo pasadizo con paredes naranjas y suelo blanco. Le incomodaban aquellos colores, pero sabía que tampoco podían hacer nada por cambiarlos puesto que eran resultado de un hechizo decorativo fallido. Su reparación aún estaba a la espera.
Volvió a centrarse en los pergaminos que posaban en sus manos. ¿Había firmado aquellos resultados? Buscando los documentos que debían certificar la autenticidad de aquella investigación, no miró por donde iba ni quien más había. Sus pasos eran mecánicos, acostumbrados a recorrer todos y cada uno de los pisos del ministerio cada día mientras debía centrar la atención en otras cosas más que por mirar su camino.
Iba a tomar el recodo como siempre, siguiendo el camino hasta una puerta de cristal que le presentaría las oficinas del Comité de Encantamientos Experimentales y en dónde una veintena de mesas se distribuían a lo largo y ancho rodeadas por ventanas, espejos, cortinas, velas flotantes, y plantas y flores creciendo de las paredes, cuando un obstáculo se interpuso en su camino haciendo que golpeara contra él y cayera atrás con una exclamación de sorpresa. Los papeles salieron por los aires esparciéndose por el suelo en desorden. Con un gemido, se intentó masajear el trasero sintiendo un leve dolor en el codo que había golpeado con el suelo.
- ¡Oh, perdón!- dijo alguien acercándose a ella tras levantarse.- Lo siento, no la había visto venir¿se encuentra bien?
Una mano se interpuso en su vista. Hermione, sin levantar la mirada hacia su propietario, intentó ponerse en pie con su ayuda.
- Disculpe, ha sido culpa mía.- respondió recomponiéndose.- ¿Está bie…?
Sus palabras murieron en los labios tan pronto como le miró. De pronto, le pareció que la sangre escapaba de su cuerpo dejándola congelada e incapaz de moverse o responder.
- Déjeme que la ayude.
Con una sonrisa de disculpa, extrajo la varita de uno de sus bolsillos y, con un ligero movimiento de muñeca, recolectó todos los pergaminos de nuevo dentro de la carpeta verde.
- Tenga.- dijo tendiéndole el informe. Pero al ver que seguía sin responder, cambió su sonrisa por una expresión preocupada.- ¿Seguro que está bien?
- No yo…- consiguió articular recuperando los documentos.- Discúlpeme, es que… ¿Nos conocemos?
- No lo creo. Acabo de llegar de América, buscaba el Departamento de Seguridad Mágica, pero al parecer me equivocado de puerta.- intentó explicar.
- Si me permite, puedo acompañarle. Yo trabajo aquí.
- La verdad es que me haría un gran favor.- aceptó agradecido.
Aún sin ser capaz de pensar con claridad, Hermione le miraba sin poder esconder su incredulidad. El hombre aparentaba su misma edad, vestía con un traje gris de americana y pantalón, y con una camisa negra debajo. En su brazo derecho colgaba una capa negra de viaje, mientras que en la otra mano aún sostenía aquella varita de color oscuro. Tenía el pelo y los ojos de un marrón muy oscuro, contrastando con su piel clara.
- No me presentado aún. Mi nombre es Matt Oswell, un placer.
- Hermione Granger.
No sabía qué era lo que le había impactado al verle por primera vez. Pero, aún cuando sus facciones no eran las de él, aunque su voz no se parecía en nada, incluso a pesar de que toda su figura no era la suya, Hermione había tenido la extraña sensación de conocerle. La sensación de que, aunque aquellos ojos no eran los de Harry, su mirada le infundía un sentimiento familiar que hacía vibrar su corazón. Y entonces aquellas palabras, las últimas que había oído antes de despedirse, se removieron en su interior despertándola del hechizo con un sobresalto.
"Algún día, quizá…"
- Puedo preguntarle…- dijo emprendiendo la marcha hacia los despachos acristalados. En su interior, una felicidad que hacía años no sentía, volvió a crecer cada vez con más fuerza obligándola a sonreír con sinceridad.- ¿Viene de visita?
- ¡Oh, no! He pedido un traslado, siempre me ha gustado éste país.
- ¿Había estado antes?
- En realidad no.- confesó mirándola con una tímida sonrisa.- Pero…¿cree en las segundas oportunidades?
