Spree Killer
[AU
Naruto Uzumaki y Sasuke Uchiha fueron encargados de una misión peligrosa: encontrar al asesino relámpago (o Spree Killer) que solo ataca mujeres.
Sasuke se esfuerza en hacerle recordar a Naruto de su persona. ¿Cómo fue capaz de olvidarle?
Naruto sufre por su pasado y Gaara hace lo imposible para ayudarle.
La pelea por Uzumaki se hace cada vez más notoria y el asesino a sangre fría les acecha desde las sombras, cada vez más cerca.
¿Qué está primero para los policías: el corazón o la misión?
::Shini Malfoy::
Pista 3
Sorprendentemente, el primero en levantarse fue Naruto. Ya que se había bañado el día anterior, prefirió ponerse un pequeño short y una camiseta bastante vieja; no tenía planeado salir, no habría problemas caminar con esa pinta en la casa. Sasuke no tenía derecho a decir nada.
Bajó en silencio, con Kyuubi detrás. Le dio el desayuno-especial al cachorro y él tomó un simple vaso de jugo de naranja; hacía unos días que no entrenaba, sería peligroso dejar de hacerlo.
Emocionado, subió hasta el segundo piso, encontrándose con: miles de juegos de mesa en una biblioteca, una mesa de ping-pong, máquinas para hacer gimnasia, un saco de arena colgado en el centro y herramientas. Se notaba a simple vista que Sasuke no tuvo muchas ganas de ordenar los juegos, por eso se encontraban tan desordenados. Comenzó con la limpieza, apartando todo de la bolsa de arena.
Si, Naruto Uzumaki hacía taekwondo; desde temprana edad. Cuando apartó todo, se quitó la camiseta y la rompió en dos tiras, para cubrirse los nudillos y las muñecas. En su estómago había un tatuaje extraño; no, no era un tatuaje. Fue hecho de la misma forma que sus bigotes en las mejillas: agresión.
Antes de estirar los músculos, bajó para llenar una botella de agua bien fría. Ya con todo lo necesario, estiró los brazos y las piernas, procurando no desgarrarse por algún movimiento brusco.
— ¡Bien, dattebayo! —sonrió ampliamente.
Los golpes hacia la bolsa de arena no iban a un lugar específico; con los pies, alcanzaba zonas altas y bajas mientras que con los puños daba en el centro. Su respiración agitada producía un sonido agudo, las gotas de sudor caían al suelo como lluvia, su cabello se pegaba contra su cuello o espalda.
Dio un par de brinquitos en su lugar e impulsó, repentinamente, su pierna hacia atrás para dar un giro completo y golpear con brutalidad la zona de las costillas (en la mitad de la bolsa). Las gruesas cadenas que sostenían la arena se agitaban de un lado a otro, amenazando con caerse.
Jadeante, prefirió detenerse unos minutos y así recuperar el aire; tomó más de la mitad de la botella en un trago. Se limpió el líquido que escapó por entre la comisura de sus labios.
Escuchó un gemido de miedo a su costado.
— ¿Kyuubi? —le miró, sorprendido, para luego sonreír—. Tranquilo, cachorro, no te haré nada, ttebayo —le acarició la cabeza, mojándosela levemente—. Esto lo hago por protección personal. Si alguien se mete conmigo, la pagará caro, ttebayo —le enseñó los dientes, en una amplia sonrisa.
Kyuubi ladró, nuevamente animado.
— Bien, suficiente descanso, dattebayo. ¡A recuperar las horas que perdí hace días! —con esos ánimos, volvió a posicionarse en frente de la bolsa y golpearla en todos los rincones.
El morocho despertó ante tanto ruido arriba suyo; Naruto había despertado temprano y ahora jugaba en el piso de entretenimiento. Gruñendo, se levantó y subió para callarlo. Asomó la cabeza por la baranda. Permaneció estático en su lugar; un exagerado sonrojo inundó sus mejillas.
Naruto… sin camiseta… sudoroso… con esa mirada fija en la bolsa de arena… con la piel brillosa…
Al presentir algo más en su rostro, levantó la mano y quitó un pequeño hilito de sangre que terminaba en la comisura de su labio.
— ¡Pervertido! —se dijo a sí mismo.
Pero la hemorragia se intensificó al serle saltar y sonrojarse por el calor. No podía aguantar más.
Se tapó la nariz con la mano y bajó a toda velocidad hacia el baño. Naruto era… demasiado apetecible.
Kyuubi levantó la cabeza y miró hacia las escaleras.
— ¿Quiéres salir a pasear, ttebayo? —interpretó ese sobresalto en el cachorro.
El perro le iba a ladrar para avisarle sobre la presencia de Sasuke pero… 'pasear': esa palabra fue la clave para que su cola se moviese de un lado a otro, frenéticamente.
Naruto rió.
— Bien, yo correré un par de cuadras mientras tú conoces los alrededores, dattebayo.
Ambos bajaron, esperaron a que el rubio se pusiese algo para cubrir su firme tórax y bajaron a la planta baja.
— ¡Sasuke, ya volvemos! —avisó Uzumaki antes de salir—. Oh, debo comprar una correa…
Uchiha terminó de lavarse el rostro y se miró al espejo.
— ¡¿A dónde…?! —le iba a responder cuando el sonido sordo de la puerta cerrarse le cayó—… Hermoso dobe.
Cuando regresó, era ya de mediodía. El cachorro Kyuubi dormía entre sus brazos, luego de una corrida larga y sin descanso. Abrió la puerta de entrada con el par de llaves de Sasuke (aún no les hacía copia).
— Pasa, pasa —le habló a su acompañante, sonriente.
Uchiha, al escuchar la cerradura abrirse, se levantó de su cama, tiró los expedientes al suelo y se acercó a los barrotes para ver el living. Su frente se encontraba arrugada; ese idiota salió a hacer no-sé-qué y volvía luego de cuatro horas. Sus nervios estaban a punto de explotar.
— Naru- —su reproche fue interrumpido por la voz de otra persona.
— Vaya, la han cambiado mucho.
— Si, ¿verdad, dattebayo? —cerró la puerta y apoyó las llaves en una mesita—. ¿Quiéres tomar algo?
— No, gracias, ya comimos suficiente en el restaurante.
— Ah, gracias por eso, ttebayo —se rascó la nuca, levemente sonrosado—. Cuando pueda, te devolveré mi parte.
— No, Naruto. Ya te lo dije: con tu simple presencia, ya me pagaste.
— Naruto —interrumpió al par mientras bajaba por la escalera caracol.
Su semblante serio era reconocido por todos en la ciudad; no le extrañó que ese invitado le viese con mala cara.
— Uchiha Sasuke —musitó la persona.
— ¡Oh, Sasuke! Te presento a mi mejor amigo: Sabaku no Gaara. Gaara, ya conoces a mi compañero de trabajo —indicó a las personas con la mano a medida que los nombraba.
Sasuke frunció más el ceño.
— Él es el nombrado Gaara… si, es igual a la foto que encontré en mi laptop.
— Hacía tiempo que no venías por la ciudad, Uchiha Sasuke —expresó, sereno—. ¿Qué te trajo de vuelta? Dudo que el caso te llame tanto la atención…
— ¿Importa? —metió las manos dentro de los bolsillos de su pantalón, con aire indiferente—. Naruto, ¿a dónde demonios fuiste? Hacía cuatro horas que…
— ¿Importa? —le interrumpió el pelirrojo, serio. Ese detective no era nadie para ordenarle a su amigo a que hora salir o llegar.
El morocho le fulminó con la mirada, irritado.
— Yo le invité. Solo volvimos a dejar a la mascota y a que se cambie de ropa —volvió a su amigo—. ¿Te cambias? Tengo unos lugares especiales a los que te quiero llevar —le sonrió, sacando un rubor en el otro.
— S-si… ttebayo. Permiso, iré a cambiarme —subió al primer piso para dejar al cachorro dormir tranquilo en su almohada.
El living en convirtió en un salón de batalla silenciosa; la atmósfera no era nada agradable. Ninguno se quitaba la mirada de encima, esperando algún ataque.
— ¿Qué eres de Naruto? —rompió el hielo el agente, entrecerrando los ojos.
Gaara se echó a reír, con tono burlón.
— ¿Te interesa Naruto?
Sasuke alzó una ceja.
— Te comunico, Uchiha Sasuke, Naruto no está libre. Le conozco hace años; créeme, no tienes posibilidades —le sonrió con superioridad.
— ¿Me dirás que tú ya ocupaste ese lugar? —cuestionó con sorna.
— Tengo más probabilidades de ocuparla que tú —se cruzó de brazos.
— ¿Te interesa Naruto? —rió, irónico.
— ¿Tengo que responder?
— Un hombre con cejas tiene más posibilidades que uno sin —sonrió de lado.
Gaara frunció el ceño. Tomó de la camisa al morocho y le acorraló contra la pared, golpeándole con fuerza. Sasuke no se iba a dejar intimidar: presionó el cuello del pelirrojo con su mano, quitándole parte del aire. Permanecieron en esa posición por unos momentos, fulminando al otro con la mirada; cada uno demostraba su desprecio hacia el otro sin temor.
Uchiha alcanzó el tendón clave para dormirle. Si movía el dedo pulgar un centímetro hacia el costado, le dejaría inconsciente por cinco horas, mínimo.
— No te dejaré a Naruto, él es una persona demasiado valiosa para que la tengas tú —siseó el de orbes turquesas a pocos centímetros del otro rostro.
— ¿Crees que tú me impedirá hacer algo?
— Lo puedes apostar —presionó más su agarre, apoyando sus nudillos en la nuez de Adam de Sasuke.
— ¿Sos conciente de quién convive con él durante 24 horas, los 7 días de la semana? —sonrió de lado.
— Tú… —masculló entre dientes con malhumor.
— ¿Gaara? —bajaba el rubio, mirando a ambos con asombro—. ¡Oigan, oigan! —saltó por sobre la baranda y corrió hacia ellos.
El pelirrojo miró de reojo hacia su compañero que se acercaba corriendo. Tiró a un costado al detective, dejándolo desplomado en el suelo. Volvió su atención a Uzumaki.
— Solo le daba la bienvenida —comentó tranquilamente, acomodándose la ropa. Poco más y ese mandito dedo pulgar le dejaba dormido…
El morocho gruñó, muy malhumorado. Rodeó las piernas de Gaara con las suyas y le hizo perder el equilibrio, tirándole al suelo. Se levantó de un salto, poniéndose en su lugar la camisa.
— ¡Sasuke! —gritó, enojado, Naruto, poniéndose al lado de Gaara.
Uchiha chistó, mirándoles de reojo. Con una mirada cargada de frialdad dirigida hacia el rubio, se fue a su alcoba para seguir investigando. No jugaría como su compañero; si él no se ponía a trabajar, problema de él. Con los puños firmes a los costados de su cuerpo, subió de a dos los escalones.
Naruto tembló ante esa mirada. Repentinamente, sintió mucho miedo; debía hablar con Sasuke pero… ¿si le volvía a ver de esa forma? Volvió a tiritar.
Gaara se sobó la frente, mirando enojado las escaleras.
— ¿Estás listo, Naruto? —se levantó, con la ayuda del otro.
— S-si, pero… ¿qué pasó, ttebayo? Jamás te vi tan enojado y ¿por qué le tenías de esa forma contra la pared? ¿Qué hacían, dattebayo? —le miró con desconfianza.
— Naruto —le tomó por los hombros, mirándole a los ojos—. No te acerques a esa persona, es peligrosa. Si no lo tomas como pedido de tu amigo, hazlo como una orden proveniente de la persona que te salvó —el rubio permaneció en silencio, sin saber qué contestar—. Hablaré con Kakashi para que vuelvas a tu departamento… te extraña mucho, ¿lo sabes? —le sonrió, volviendo a su actitud amigable.
Uzumaki tardó unos momentos en reaccionar. Primero, el pelirrojo le ordenaba alejarse del morocho… y luego le sonreía tan amigable como siempre. No solo eso, sino que le recordó sus momentos críticos: cuando tenía cinco años, Iruka no tenía el suficiente dinero para cuidarle y Gaara se encargó de él hasta lograr juntar suficiente dinero para vivir solo en ese departamento.
Se sentía confundido. Presentía que se había metido en un problema sin darse cuenta…
— Naruto, Naruto, vuelve —le zarandeó.
— ¿Qué? Si, si, ttebayo, ya volví —le sonrió—. ¿Qué dice mi departamento? Hace dos días que no le veo, debe extrañarme demasiado —se dirigió a la salida para tomar junto con el otro.
— Si, eso dije —salieron a la calle y caminaron sin rumbo fijo—. ¿Las trajiste?
— ¡Si, señor! —sacó de debajo de su remera un sobre marrón—. Con tu ayuda podré encontrar los detalles minúsculos que siempre pasan desapercibido de mi vista, dattebayo.
— Si. Vamos a la plaza de allí; ¿o quieres comer antes?
Naruto negó con la cabeza. Se abrazó al brazo derecho de su amigo, sonriendo con gusto.
— Vamos, quiero ponerme a trabajar cuando antes, ttebayo —le tiró mientras él comenzaba la corrida hasta los columpios.
Gaara se sonrojó levemente ante ese abrazo pero sonrió e intentó seguirle el paso al rubio.
En la plaza, apartados de la gente, pasaron unas horas mientras buscaban pistas en las carpetas. A Naruto todo eso le estaba alterando lentamente; ¡él no era detective, era policía! ¡Él se ganaba la vida disparando a los ladrones, no buscándolos! Aunque su amigo le ayudaba mucho (demasiado) con esos temas, se sentía arrepentido.
— Gaara, lo siento. Te tengo aquí durante toda la tarde buscando información en unos papeles… —le miró sobre unas hojas, levemente sonrosado.
El pelirrojo le sonrió.
— No me molesta en absoluto, Naruto. Disfruto ayudarte con estas cosas; me agrada tu compañía —ese comentario, volvió a subirle los colores al rubio—. Toma, encontré esto por ahora —le extendió una libreta con sus resultados.
— ¡Vaya, Gaara, encontraste más que yo! —miró su propia libreta—. Las que encontré yo… coinciden con las tuyas, dattebayo.
— Eso es un paso a favor —se levantó de su asiento y rodeó la mesa, para quedarse atrás del agente.
Le pasó los brazos por sobre los hombros, atrayéndole a su propio cuerpo.
— ¿Gaa-Gaara?
Sabaku olfateó la fragancia que desprendían esos cabellos amarillos; memorizó todo y cada una de las cosas que caracterizaba a Uzumaki. Acercó sus labios al oído de Naruto, permaneciendo cerca por unos momentos.
— ¿Quiéres ramen? Yo invito —le dijo suavemente.
Naruto se estremeció.
— ¡Si, si quiero, dattebayo! —se levantó de un salto, soltándose del agarre de Gaara. Volvió a mirarle—. Me muero de hambre, ¿vamos ya?
Gaara rió, acomodándose la ropa.
— Claro, vamos —juntaron las carpetas y salieron a buscar el restaurante preferido de Naruto.
Ya para las cinco de la tarde, se despidió de su amigo pelirrojo, abrazando el sobre marrón. Caminó unas dos cuadras y llegó a la casa; sacó sus propias llaves (aprovechó y se sacó copia a las de Sasuke) y abrió la reja y la puerta de entrada.
— Ya llegué, dattebayo —avisó mientras dejaba las llaves en la mesa—. ¡Kyuubi, Sasuke! —les llamó.
Al instante, el cachorro bajó las escaleras caracol y le saltó encima. Naruto sonrió, se sentía bien ser recibido con tanta euforia. Le acarició la cabeza.
— ¿Me extrañaste, ttebayo? Si, ¿verdad? —le besó en una oreja—. ¿Sasuke te dio de comer?
Le dejó en el suelo y caminó hasta la Sala, para depositar el sobre en una mesa.
— Vamos, te daré algo… ¿Qué habrá en la heladera? —caminaron hasta la cocina.
Tuvo que llenarle un cuenco con agua fría, ya que se le había terminado, y le puso otro con comida balanceada.
Se preparó una taza de té mientras pensaba en su compañero. ¿Por qué aún no bajaba a reprocharle por llegar tarde sin avisar? Recordó esa mirada cargada de frialdad que le dedicó en el mediodía…
Sacó su bebida del microondas y subió las escaleras, dejando al animal comer en la cocina.
— Sasuke-teme —le llamó mientras golpeaba la puerta del dormitorio.
No tuvo respuesta. Dejó la taza en el suelo y volvió a insistir. Ya para la cuarta vez, abrió la puerta y asomó la cabeza, cuestionándose porqué no le gritaba.
Todo se encontraba desordenado y roto, la ropa colgaba de a tiras por el ventilador o las lámparas; la cama estaba hecha un caos; la biblioteca se encontraba separada de la pared y tumbada en el suelo, con los libros rotos a su alrededor.
Nervioso, entró corriendo al lugar.
— ¡Sasuke, Sasuke! —levantó las mantas o los trozos de ropa, buscando indicios de él.
¿Quién hizo todo eso? ¿Cómo pudo entrar a la casa?
— ¡Sasuke!
— ¡Deja de gritarme! —giró hacia la ventana y vio a un malhumorado morocho.
— ¡Sasuke! —se le lanzó encima, abrazándole por los hombros.
Se encontraba tan preocupado y nervioso que olvidó que, al que estaba abrazando, era a su compañero…
Uchiha se sonrojó, ante el repentino movimiento. ¿Y ahora qué le pasaba a ese dobe?
— Naruto… ¿qué pasó?
— ¡Teme! —se separó de él y le golpeó en la cabeza, enfurecido.
— ¡¿Qué demonios hice?! —se quejó, sosteniéndose la cabeza.
Fulminó con la mirada a ese idiota.
— ¡Me tenías preocupado, dattebayo! ¡Te llamé miles de veces y tú no respondías! ¡¿Qué demonios haces en el techo?!
Sasuke le mostró su equipo de música y los auriculares, explicándole así el porqué no le respondía; luego le indicó con el dedo el conjunto de fotos y su laptop.
— Trabajo.
— ¿Y… tu cuarto? ¿Qué le pasó?
Gruñó, molesto.
—Lo decoré —dio media vuelta y volvió a sentarse aún lado del equipo y sus fotografías.
Lo que le faltaba, tener que explicarle al rubio que había roto todo por el enojo que le produjo ese pelirrojo imbécil. Que, por cierto, ¿quién se creía que era? Tal como lo había dicho, Naruto es demasiado valioso para que alguien sin cejas lo tenga entre sus brazos. Él… él conocía a Naruto hacía años; el problema era que Uzumaki no le recordaba.
Se puso los auriculares y prendió la radio, ignorando los gritos de su compañero. Tomó unas fotos y las miró fijamente, sin saber exactamente lo que tenía entre manos… su mente viajó al pasado.
— ¡Sasuke, dattebayo! —le gritó al oído, una vez le quitó el auricular.
Le estuvo llamando insistente desde la ventana. Cuando tuvo el suficiente valor para subir al techo, lo primero que hizo fue quitarle el auricular. ¡¿Cómo se atrevía ignorarle?!
— ¡Maldición! —dio un salto hacia su costado, tapándose la oreja.
Miró a Uzumaki con el ceño fruncido.
— ¡¿Qué demonios quieres, usuratonkachi?!
— Me ignorabas y no soporto que lo hagas —se cruzó de brazos, ofendido.
— ¿Qué?
Naruto se ruborizó.
— ¡Odio que la gente me ignore! —giró el rostro hacia otro lado, apartándose de aquella mirada oscura, atónita.
— Dijiste que no te gusta que te ignore —si el rubio le hubiese visto, notaría el brillo de emoción en los ojos del Uchiha.
— No, no lo dije, ttebayo. ¡No te creas el centro del mundo, teme!
— Mírame si piensas eso de mí —sonrió levemente, disfrutando ese momento.
Una ráfaga de viento frío dio de lleno en la espalda del policía. Quedó quieto en su lugar, sin saber qué hacer. ¿Su orgullo o la verdad?
Orgullo.
Giró y fijó sus ojos en los orbes de Sasuke.
— ¿Contento?
— Eufórico —no pudo reprimir una sonrisa, alegre y llena de vida. Pudo notar la duda en Naruto, eso quería decir que no pensaba tal cosa de él.
Uzumaki sintió cómo el arco iris se depositaba en sus mejillas. ¿Esa sonrisa era de Sasuke? ¿Sasuke sonreía? ¿Sabía hacerlo? Bueno, era humano… Pero, le asentaba muy bien esa sonrisa. Se enorgulleció de haberla visto y más porque era dedicada a él. Deseaba ver más sonrisas como esa, pero solo él… ¿se la habría dedicado a otra persona en tiempos pasados? No, se aseguró, solo a mí.
— Iré a comer algo y no te caigas, dobe.
Escuchó el otro por lo lejos, aún metido en su mente. Ni bien volvió a la realidad, se vio solo en el pequeño techo, con fotos a su alrededor y la radio prendida.
— ¡Sasuke! —se alejó rápidamente de aquellas imágenes.
Entró por la ventana y pasó por arriba de la biblioteca; trastabilló con las telas, amenazando con caerse.
— ¿Si? —asomó la cabeza el detective.
— ¡Baka!
Una remera se le enredó entre los pies, haciéndole perder el equilibrio. Cayó hacia delante, llevándose consigo al atónito agente.
— Ay —se quejó, mareado.
— Dobe, ¿estás bien? —le sostuvo por la cintura. Miró por arriba del hombro de su compañero y vio su remera en los pies de éste; sonrió disimuladamente.
— No, ttebayo —el morocho le miró rápidamente, buscando alguna herida—. ¡Tu ropa me ataca! —se salió de encima, cayendo sentado a un costado—. ¡¿Vez, ttebayo?!
Tiró de la condenada ropa para quitársela y salir de allí. ¿Por qué grito el nombre de ese ser egocéntrico de hermosa sonrisa?
— ¡Olvídate de la sonrisa!
Sasuke se incorporó, sobándose la nuca.
— No, no. Déjamelo a mí —le tomó las manos sutilmente y las apartó.
Uzumaki giró el rostro, ruborizado.
Quitó la prenda sin mucho esfuerzo y la tiró dentro del desordenado cuarto. Antes de que se levante, tomó las muñecas del rubio y le acorraló contra el suelo, dejando sus rostros bastante cerca.
— ¿Q-qué? —intentó retroceder pero el suelo era muy duro para traspasarlo.
— Naruto, ¿recuerdas lo que te ocurrió a los cuatro años? —clavó sus orbes en las azuladas. Ya no podía ocultarlo más; si no daba el primer paso, Gaara le sacará al hermoso zorrito.
— ¿Cu-cuatro? N-no —ese joven le intimidaba, no podía negarlo; tenerlo tan cerca, le hacía explotar el corazón.
— ¿Desde qué edad recuerdas? —pasó la yema de sus dedos por las marcas de las mejillas.
Naruto se estremeció por el toque.
— C-cinco… creo.
— ¿Qué ocurrió a tus cinco años?
— I-Iruka me cuidó hasta… hasta que ya no pudo y…
— ¿Iruka no pudo cuidarte? —frunció levemente el ceño. ¡Él se lo dejó con la condición de cuidarlo bien, ¿cómo no lo retuvo?!
— ¿Conoces a Iruka, ttebayo?
— No importa, qué pasó luego.
— ¿P-por qué quieres saberlo? ¡Es mi vida!
— Por eso quiero saberlo. Dime —rozó la punta de su nariz con la del policía.
— Y… Gaara me… me cuidó hasta… que me mudé, tte-ttebayo —podía sentir claramente el aliento de Sasuke chocar contra sus labios.
— ¿Sabaku? —arrugó más la frente.
— Iruka no tenía suficiente dinero para cuidarme y la familia de Gaara me aseguró el bienestar.
— Ya veo —cerró los ojos unos momentos para luego abrirlos—. ¿Tienes algún problema por la falta de memoria?
— ¿Qué? ¿Qué clase de pregunta es esa, dattebayo? ¡Bájate de mí, teme! —forcejeó pero la fuerza del otro era superior… no, no quería que le soltase y forcejeaba sin fuerzas.
— Responde, Naruto.
— No, no sufro tal cosa.
— ¿Recuerdas lo que hiciste ayer por la noche?
— Dormí.
— ¿No te levantaste de madrugada?
— No… claro que no, no puedo dormirme luego de haberme levantado.
Sasuke suspiró.
— Naruto, sé lo que te pasó a los cuatro años. Sé cómo te hiciste estas marcas —le acarició la mejilla y bajó la mano a su estómago—, y sé lo que hiciste en la madrugada. Te levantaste y deliraste.
— ¡Es imposible! ¡Quita la mano de ahí, ttebayo! —Uchiha obedeció, casi a regañadientes.
— Baja a la Sala. Tenemos que hablar de tu memoria —seguro en lo que decía, se levantó, dejando libre al rubio, y entró al cuarto para recoger sus fotos y el grabador.
Naruto permaneció en el suelo, mirando el techo, aún ruborizado. ¿Cómo podía saber tal cosa? No recordaba haberle visto en años pasados; la primera vez que le vio fue en el despacho de Kakashi… ¿Verdad? Su mente era peor que cuatro tornados juntos, todo daba vueltas, nada concordaba, las palabras de Sasuke retumbaban en las paredes de su cabeza…
El morocho tardó su tiempo en recoger las fotos que no se volaron, las metió en una carpeta y entró el equipo. Miró algún lugar para apoyarlo mas no encontró ninguno; en cualquier lado que lo pusiese se encontraría en peligro de que algo le cayera encima. Chistó. Lo puso en la cama y volvió a salir.
Tropezó con el cuerpo tirado de su compañero.
— ¡Usuratonkachi, ¿qué haces aquí aún?! —se levantó a duras penas. Su frente pegó de lleno contra la pared al tropezar.
— L-lo siento, ttebayo —se incorporó.
— A la sala.
— Si, si.
Ambos se levantaron la ayuda del otro y bajaron las escaleras, siendo esperados por un Kyuubi celoso.
