Una vida sin conciencia no es digna de vivirse
-Sócrates
2.
Esta vez actuaría completamente solo, sin ayuda de nadie. Maquinó un plan sencillo. Simularía que la gitanilla había desaparecido de París, sin dejar ninguna pista. Claude Frollo estuvo revisando su plan durante dos semanas, haciendo oídos sordos a lo que otros le decían sobre los problemas de la iglesia, tan absorto estaba de pulir el más mínimo detalle del secuestro de Esmeralda.
Claude Frollo conocía algunas drogas hipnóticas de acción lenta, que tras algunas horas, sumía al que la bebía en la inconsciencia. Eligió la de menor aroma y sabor. Para asegurarse de que la droga no era peligrosa, de efectos duraderos, él mismo tomó una dosis mayor de la que pensaba dar a Esmeralda. Durante unas horas, no sintió nada, pero a la hora de cenar, su cuerpo comenzó a rebelarse en contra de sus deseos, y mientras leía en su escritorio, cayó en un sueño profundo. A la mañana siguiente despertó sólo con jaqueca.
Con la idea de combatir su propia ansiedad durante el secuestro (el estrés podía afectar a sus movimientos y hacerle parecer sospechoso) Frollo experimentó con varias pociones que inducían a relajarse. La sensación de estar bajo la influencia de un sedante fue una impresión nueva que le preocupó. Una vez probó con una dosis de láudano y pasó el resto del día recorriendo Notre Dame en un estado de estupor, riéndose de nada. Atrajo sin querer la atención, así que se encerró en su estudio lo que quedaba de día, rematado con la visión a través de la ventana de la danza de Esmeralda. Le asustó su propia e incontrolable reacción bajo los efectos de la droga al verla. Mientras la veía dar vueltas por la plaza, un sentimiento de infinito anhelo se apoderó de él de tal manera que estuvo a punto de bajar y conducir a Esmeralda a su estudio para que viera la vista de toda la ciudad. Esa droga, concluyó Frollo, podía no ser la idónea para usar durante el secuestro, pero a lo mejor podía provocar un efecto interesante en la cautiva.
El día señalado, Frollo miraría a Esmeralda bailar como de costumbre, pero a mitad de su interpretación- antes de que comenzara a cantar, que Dios le ayudase- se escurriría de Notre Dame y correría hacia la choza de ella. Sería fácil entrar; las puertas estaban desvencijadas, su única ventana bajaba casi hasta el suelo. Él ya había espiado a Esmeralda en su casa antes; sabía que ella solía tomar siempre un vaso de vino después de bailar. La vio verter el vino con una jarra que dejó en una mesa en medio de la habitación. Frollo podría deslizar el hipnótico y después regresar a la catedral. Al final del día, cuando el sol empezara a enrojecer, se aventuraría a regresar a la casita, deshacerse del resto del vino drogado y llevar a la inconsciente muchacha a Notre Dame.
Claude Frollo había observado que la gente raramente cuestiona lo que ve ante sus ojos. Podría llevar ropas de civil y un manto encapuchado de seglar, y cargar con Esmeralda dentro de un saco grande sobre su espalda, sin grandes aspavientos para esconder el secuestro a los pocos ciudadanos que estuvieran en la calle a la hora de cenar. Sería más seguro actuar cuando el sol estuviese expirando que ya en la oscuridad; la visión de un hombre encapuchado portando un gran saco podría levantar sospechas si era observada en mitad de la noche. Durante la decadencia del día la mayoría de la gente con la que toparía serían caballeros apurando el último rayo de luz para volver a casa, granjeros conduciendo sus carros, llenos de grano, atravesando las calles o granjeros solos llevando el grano al mercado más cercano. Para comprobar su teoría, Frollo caminó por París un atardecer, llevando un saco sobre su hombro. Nadie lanzó una segunda mirada hacia él.
La parte más peligrosa de la misión sería la de sacar a Esmeralda sin ser visto por su gente del campamento gitano. Afortunadamente, había descubierto un sendero poco frecuentado entre los árboles que daban a la puerta trasera de su choza. Lo recóndito de aquel sendero era otra buena razón para actuar mientras el sol permaneciera en el cielo. Los gitanos eran notoriamente nocturnos; si era descubierto de noche por uno de esos convoys ocultos sin duda sería condenado por el consejo gitano.
Después de otra semana de experimentar con drogas, alguno de esos días encontrándose apenas capaz de llevar sus tareas sin levantar sospechas, Claude Frollo eligió la mejor medicación y dosis para relajarse. Durante una semana más, caminó por la ciudad a modo de seglar, adquiriendo ropa, vino y golosinas caras para la gitana. Se arrodilló en su habitación la tarde anterior al día indicado y rezó para obtener éxito. Le perturbaba el que Esmeralda pronto estuviera tan cerca, tan tangible; aún imaginándose el precioso momento en que finalmente él la acompañara a su estudio, no pudo pensar en qué le diría. Sus rezos resonaron en la habitación. Horrorizado por lo que le estaba pidiendo a Dios que hiciera, se levantó de repente y se metió en la cama.
