Cap. 06
Cadenas negras
Los ojos de Shiryu se abrieron lentamente y llevó su mano a su cabeza, le dolía todo, y estaba en extremo cansado.
Un peso en su muñeca le hizo entrar en algo de razón, descubriendo un grillete negro que se cerraba alrededor de su brazo, y no solo en su lado derecho, sino también en el izquierdo y ambos tobillos.
- Pe-pero… que sucede…
Shiryu miró a su alrededor y se quedó totalmente espantado.
- Estaba en una enorme y lujosa habitación.
Acostado en una cama sinceramente grande, de forma circular, rodeada por un delicado velo blanco. Había delgadas sábanas negras debajo de él y sobre su cuerpo, un cobertor del mismo color, lleno de bordados dorados que dibujaban múltiples figuras y círculos. Shiryu no pudo evitar sentirse identificado con aquellas formas, demasiado similares a las que el espectro había dibujado sobre su vientre un mes atrás.
En cuatro partes de la cama se levantaban pilares blancos de algo parecido al mármol, mismos de los cuales estaban bien sujetos los grilletes con largas cadenas, lo que le daba al dragón suficiente movilidad para desplazarse sobre la cama, pero no para salir de ella.
Había una chimenea de piedra, algo lejos, hacia su derecha. Sobre la chimenea, incrustadas en la pared se encontraban dos largas y seguramente muy afiladas espadas, detrás de un escudo con letras en griego antiguo. El joven estaba demasiado aturdido para entender aquellas letras, y sinceramente no les dio mucha importancia.
Había una mesa de noche cerca de él, en la que descansaba una lámpara de aceite, de la cual tintineaba su flama, hipnotizando los ojos de Shiryu por largo rato.
Tras algunos minutos de haberse sumergido en sus pensamientos, Shiryu miró a ver que mas encontraba, a varios frente a él se encontraba un enorme sillón tapizado en rojo, sobre el cual descansaban las ropas chinas del dragón.
El caballero rodó sus ojos hacia abajo y se encontró vestido con una pijama verde de seda… ni siquiera lo había notado.
Lejos de ahí, pudo ver lo que parecía ser una bañera al nivel del suelo, de orillas blancas y algunas botellas de colores en una esquina, además de una bandeja con algunas copas y una botella en hielo.
No había ventanas, o algo parecido además de la puerta a unos tantos metros de él, el piso estaba tapizado de un afelpado tapete color vino, y las paredes estaban recubiertas de pintura nacarada.
Además, en cada esquina de la habitación estaba una estatua, muy posiblemente echa de mármol, cada una de una mujer desnuda que tapaba con una mano uno de sus pechos, y la otra se perdía en sus cabellos.
El lugar estaba bien iluminado por velas sobre pedestales alrededor de la habitación, dándole al lugar un toque mágico, el cual no cautivó a Shiryu ni en lo más mínimo.
La puerta se abrió en ese instante con un leve chillido, y una joven apareció.
A juzgar por sus ropas blancas y rojas, se podría decir que era una sacerdotisa, aunque se preguntaba que era lo que hacía una en esa clase de lugar, y más que nada, que era lo que hacía él ahí.
- Veo que despertaste… es una lástima.
Los ojos de la chica se clavaron en los de Shiryu a través de la cortina. De entre sus ropas sacó una daga, la cual hizo que el joven se pusiera en alerta.
- Esperaba encontrarte dormido… así no tendrías que ver la muerte de la apestosa porquería que llevas contigo.
Los ojos del joven se abrieron como platos mientras la jovencita de no más de 16 años se acercaba a su cama, deslizando las cortinas blancas y levantando la daga, la cual reflejó la luz de algunas velas.
- Muere…
Shiryu jaló sus cadenas con la intención de romperlas, pero solamente logró lastimarse al fuerte tirón, que desgarró un pedazo de su piel. Y entonces... la joven cayó muerta en su regazo.
- Dios mío.
- Disculpe, mi señor, no sabíamos que ella había logrado entra hasta sus habitaciones.
Shiryu levantó la mirada y observó a una mujer de mediana edad, de cuarenta años, o más, posiblemente. Pulcramente ataviada en un conjunto azul marino con bordados negros, con sus cabellos recogidos con una cinta del mismo color de su ropa. Y en su mano, aún estaba la espada bañada en sangre de la joven sacerdotisa.
- Se le advirtió que no se acercara a usted… y mire como ha terminado.
Con un simple tronar de dedos, entró un hombre un poco más pequeño que Aldebarán, tomó del cabello a la joven y la levantó, dejando que por un momento, los ojos aterrados de Shiryu se cruzaran con la mirada vacía y muerta de la jovencita.
- Tírala donde quieras… no… mejor, déjala con los otros, seguramente les gustará oler la peste cuando se empiece a descomponer, o quizás el hambre les hará que se alimenten de su cuerpo.
- Como usted ordene, señora.
Si antes el joven estaba asustado, ahora estaba horrorizado.
- Debe calmarse, mi señor… usted no está en peligro, y no es bueno que se altere, o podría perjudicar al bebé.
¿Be-bé¿Cuál bebé?
Preguntó él intentando hacerse pasar por ignorante, provocando una suave risilla de la mujer.
- Se que es su deber ocultar su estado, pero no de mi… no de nosotros.
Una de las bancas manos de la mujer se deslizó por la mejilla del dragón.
- Nuestro dios nos lo dijo… que le reconoceríamos por ser alguien extraordinario, y que mas extraordinario que un precioso hombre esperando a dar a luz.
¿Cómo se enteró?
- Ya se lo he dicho, mi señor, nuestro dios nos lo informó hace muchos años, y desde entonces hemos esperado su llegada… desde entonces, hemos guardado esto.
Dijo ella tocando el collar que pendía del cuello de Shiryu.
- Nos dijo que guardáramos estas reliquias y colocáramos una en el cuello del elegido, y otras en los cuellos de sus guardianes, así anularíamos sus poderes.
¿Guardianes?
- Si, los detestables hombres que lo trajeron hasta aquí… dieron mucha batalla, pero estábamos preparados.
¡QUE?
- Hicimos cada paso que nos dijo nuestro dios, y los electrocutamos con nuestras fuerzas espirituales, después les colocamos los collares y los encerramos en el calabozo… solamente se nos escapó uno, pero no debe tardar en caer.
¿Uno?
- Un joven de cabellos azules, pero no se preocupe mi señor, los otros están encerrados, y mientras vistan esos collares, nadie podrá jamás venir a sacarlo de nuestra protección.
- Estar encadenado no me parece mucha protección que digamos…
- Es necesario para mantenerle mientas se acostumbra a estar aquí, después de todo, pasará en nuestro castillo los ocho meses restantes, y cuando sea el momento, lo abriremos, sacaremos al bebé y lo criaremos nosotros.
- Como si se los fuera a permitir.
La mujer parpadeó un par de veces.
- Pero mi señor, creí que nuestro dios se lo había informado, al momento del parto, salvaremos al niño y lo dejaremos morir a usted, para que pueda reunirse con su amante.
¿Dejarme morir?... ¿Amante?
- Si, su amante… nuestro dios es su amante …
Una de las manos de ella se colocó en el vientre de Shiryu.
- Si no, como hubiera podido depositar a esta cosita aquí.
- No fue como usted piensa.
Ella sonrió.
- Disculpe mi impertinencia, pero, cuál es su nombre, mi señor.
- …
Shiryu pensó algunos segundos, y finalmente miró a la mujer.
- Soy el dragón Shiryu.
- Oh vaya… que nombre mas hermoso, yo soy Nao, la dueña de este palacio, y líder de todos los guerreros que habitan aquí, en espera de su llegada y la de su hijo.
¿Por qué nos han estado esperando?
- Nuestro dios dijo que su hijo y el de su amante nos llevarían a conquistar el mundo entero, y nos darían todo lo que la vida le negó a nuestros antepasados.
El dragón suspiró.
- No permitiré que ningún dios se pacotilla dirija mi vida, no lo ha permitido hasta ahora, y no lo permitiré de ahora en delante.
Una dulce sonrisa apareció en los labios de Nao, para después dirigirse a la puerta y abrirla, saliendo y regresando minutos después, esta vez con una bandeja en sus manos.
- Debe comer algo, a puesto a que ni siquiera ha desayunado.
Un regido de parte del estómago del dragón fue la respuesta.
- Yo volveré mañana, por que esta noche, usted tiene algo importante que hacer.
- Claro, como si pudiera hacer algo desde esta cama.
- No se preocupe… él vendrá hasta usted.
Tras decirlo, Nao se retiró, cerrando la puerta, y hasta donde pudo escuchar Shiryu, le pusieron llave.
- Rayos… y ahora que hago.
El dragón encogió sus piernas y apoyó su rostro entre sus rodillas.
Su mano fue inconscientemente rumbo al collar, pero este le dio una descarga antes de que siquiera lo alcanzase.
- Y para colmo, ni siquiera puedo tocar esta porquería.
Shiryu suspiró derrotado. Había demasiados pensamientos en su mente, demasiadas cosas girando.
¿Dónde estarían Seiya y los demás¿Estarían sufriendo?
La imagen de la joven sacerdotisa se dibujó en su mente.
Tras escuchar a Nao, le parecían claras las intenciones de la chica, matarlo para que ese niño no rigiera un ejército, y por consiguiente, no sumiera al mundo en tinieblas.
- Nacido inocente para crear el caos… Dios mío, no lo permitas… no quiero eso.
Shiryu comenzó a llorar en ese instante.
Él había visto a la perfección a su hijo. No recordaba ni en lo más mínimo sus rasgos, solamente sus alas, blancas y hermosas, con las puntas teñidas de negro, señal inequívoca de que el pequeño tenía sangre de Hades corriendo por sus venas.
Si el niño cambiaba sus alas blancas a negras, su deber era suicidarse… matar a su pequeño y a él mismo en el proceso… todo por Athena, y el mundo.
Sus ojos se desviaron a la bandeja con comida. Tenía que comer algo, pues no podía descuidar a su hijo.
Estiró una de sus manos y tomó el plato, el cual contenía diversas frutas rebanadas y espolvoreadas con azúcar, lo suficientemente apetecibles para que el dragón las comiera con deleite, el cual no era suficiente para quitarle todas sus preocupaciones.
Ni siquiera se dio cuenta de cuando terminó de alimentarse, no le interesaba, solamente deseaba escapar y ayudar a sus amigos.
Sus ojos comenzaron a cerrarse.
- No es momento para dormir… no puedo…
Pero los ojos del joven se cerraron, y al menos él creyó que ya estaba a punto de caer en la inconciencia.
- Los mortales con estúpidos¿No lo crees?
Los ojos de Shiryu se abrieron de golpe y se enderezó entre los mullidos cojines.
A través de las cortinas observó a alguien sentado en el sillón frente a la cama, paseando sus dedos en su cabello.
- Mira que creer que un dios les va a ayudar a conquistar el mundo es… simplemente imposible.
Shiryu comenzó a temblar. Esa voz él la conocía a la perfección, y jamás la había olvidado.
Volteó su mirada hacia el escudo sobre la chimenea y leyó aquella frase tallada en el metal, y sus ojos se abrieron en horror, mirando de nuevo al recién llegado.
- Hicieron un buen trabajo los sirvientes de este hogar preparando esta habitación, tiene el gusto exquisito que un dios se merece¿No lo crees, Shiryu?
Las expresiones del dragón se volvieron duras, y con su voz más fría y nunca antes escuchada respondió.
- Déjate de estupideces, y dime que es lo que quieres aquí… Hades.
El dios de la muerte solo sonrió.
