Disclaimer: Nada me pertenece. Ya sabéis.
Gracias a Yumi-yan y Raneechan por los Reviews. )
II: Flying
Ren fue la única persona que pudo salvarla y no lo hizo. Pudo darle la felicidad pero ella no lo consintió. A veces Nana se maldecía por haber tenido un orgullo más grande que su corazón. Idiota que se negó a unos brazos fuertes para toda su vida. Pero también sabía que si seguía al lado de Ren terminaría muriendo por dentro. Se volvería loca. La dejaría por otra y eso no lo podría soportar. Y de hecho, la dejó. Y de hecho, no lo pudo soportar. Pero quizás debió de haberse despedido, sólo para asegurarse de que el mundo no la olvidara.
Nana está cruzando medio planeta para llegar a su tierra natal. Comparte avión con varios ejecutivos encorbatados, hijos del iPod, el portátil, y el teléfono móvil. Ella nunca ha utilizado nada de eso, y busca entretenimiento en el suave tamborileo de sus dedos contra la bandeja de la comida – estúpida y asquerosa comida inglesa. Está nerviosa, y ha entregado el certificado médico a la azafata. Y ha vuelto a tener que soportar esa mirada de pena otra vez, ese ¿tan joven y con crisis de ansiedad?. No me mires con lástima si no lo has vivido, pedazo de zorra, la furia azabache en los ojos de Nana. Ni se te ocurra abrir la boca, su andar firme hacia el asiento. Y la preciosa belleza americooriental pareció entenderlo porque bajó la mirada al suelo y encaró la sonrisa al siguiente pasajero.
Se empieza a poner de mal humor y no llevan ni veinte minutos alejándose de Inglaterra. A su lado un asiento solitario. Lo agradece porque siempre le gustó viajar sola, excepto aquel día, aquel tren. "Te vas reír de mí, Nana, - le dijo Hachiko la misma noche en que se juraron quererse siempre, por encima de cualquier hombre – pero yo creo que nuestro encuentro fue cosa del destino".
Qué cielo.
La luz se enciende sobre su cabeza rubia y agradece poder quitarse el cinturón alrededor de su cintura. Se siente libre y puede escurrirse en el asiento, perseguida por los ojos del tipo serio de la izquierda que la mira con desaprobación. Pero no le importa, porque, - y aquí está a punto de estallar en carcajadas como lo hacía hace ya tanto tiempo que los pretéritos no sirven – alguna vez fue ídolo de los rebeldes. Por dios, menuda gilipollez. Y entonces, tras mirar a la izquierda desviando la cara para no reírse en la de todos aquellos hombres bien plantados y decentes, le ve.
Al principio no le reconoce, porque los años no sólo han pasado para ella. Luego es una punzada en el corazón, después el estómago que se aloja en el gaznate, más tarde el nudo que recorre su columna vertebral hasta dar un chasquido y un calambrazo. Y la rabia, y las ganas de matar al recordar quién es y qué hizo.
Pero no quiere mirarle, porque sabe que reconocerá su rostro, su cara, algo… seguro que reconoce hasta su figura porque alguna vez se dedicó a grabarla en la memoria del mundo. El mismo mundo que ahora la da por muerta.
¿Cómo se pueden creer esa tontería? Ella está viva, ¿no? Porque… ¿verdad que ella está viva y no sólo muerta por dentro?
Y debe haber algo en sus gestos que la delata y en un momento entre el paseo de la azafata y el teclado de los ejecutivos de la fila central se cruzan los ojos. Y Nana sabe que está perdida. Hundida en la miseria de su pasado.
Él se ha acercado hacia ella tambaleándose por los estrechos pasillos y con una copa semivacía en la mano. Se detiene un momento frente a la asistente de turno y le pide un segundo vaso. Lleno, por favor, para la señorita del pelo largo rubio.
Se maldice porque esos segundos que ha desperdiciado en pedir una bebida que ella no va tomar – no si la paga él, no si la invita él – podría haber huído al baño, haber fingido que se encontraba mal. Algo. No moverse un asiento a la izquierda como está haciendo ahora, que apoya la cara contra el cristal, buscando el consuelo del frío. Pero las ventanas de los aviones, al contrario que las de los trenes, no están frías. Son demasiado pequeñas y ahí abajo sólo hay campos y montañas, lagos, ríos y mares. Pero no está la salida, y sabe que esta vez la ventana no es un buen lugar para escapar.
Empieza ahogarse y tiene que ponerse rígida para poder respirar con normalidad. A su lado ya está él, poniéndole en la mano el vasito de color dorado.
¿No habrá sido tan hijo de puta de pedir sake?
Lo ha sido, y Nana sabe que mirándole así, con es odio palpitante velado por sus ojos oscuros, está dejando expuesta su alma y su dignidad. Pero ya da igual. Es un jodido círculo vicioso. Y lo sabe. La pescadilla que se muerde la cola. La matrioska rusa, Y ella es la muñequita del final. Ahí, bajo las capas de tinte rubio y ropa que no encaja del todo en su cuerpo demasiado delgado, está Nana Oosaki. Mierda, ya es tarde.
No sé si me recuerda… trabajaba como fotógrafo como reportero gráfico para la revista Search cuando estabas en Blast. Y tú, eres Nana Oosaki, no lo niegues.
Gran Rey, si de verdad existes, córtame las venas ahora mismo.
Sí. Lo soy.
Me ha costado encontrarte – y sonríe, quiere ser seductor pero sólo es un patán que sabe que ha metido la pata cuando se ha dejado ver – has cambiado mucho.
Nana casi puede vomitar cuando le acaricia el pelo rubio y juguetea con unos mechones, inconscientemente. Podría gritar por supuesto. Pero la tomarían por loca, por dios, ¿quién se creería su historia? "Este individuo guapo y bien puesto, me ha reconocido de cuando era un ídolo de masas. Luego me fui, tras enterarme de que mi novio me engañaba con mi archienemiga Reira y de que metieran a mi bajista en la cárcel acusado de prostitución, por haberse acostado con la madre de mi archienemiga, la cual, a su vez, está realmente enamorada de mi bajista y de Takumi Ichinose, sí, el dueño la discográfica más grande de Japón, y que dejó a mi compañera de piso embarazada con 20 años y desde entonces le ha puesto los cuernos con todo lo que llevase faldas. Y eso incluye el equipo de baloncesto masculino escocés."
Sonaba estúpido incluso para ella.
Así que aguantó estoicamente las caricias – del pelo al contorno de la cara, revolverle el flequillo, y de linear sus labios con la yema de los dedos. Jodidohijodelagrandisimaputa. Su mano va peligrosamente hacia los muslos así que sabe que hay que poner punto y final al estudio de su geografía. Y sabe que está firmando su sentencia de muerte, pero no importa porque lleva marchita ya demasiados años.
- ¿Por qué me buscabas?
- Me enviaron – sorbo suave, mirada intensa, la mano al muslo, manotazo- Tus amigos me enviaron.
- ¿Amigos?
- Sobre todo la esposa del señor Takumi, Nana Ichinose. Creo que estabais muy unidas.
- Hachiko. Su Hachi. Ella también la había echado de menos.
Ese cabrón que dedicó a publicar su vida y destrozarla ya de paso, sigue hablando, como si ignorase las verdades que el mismo se dedicó a gritar a los cuatro vientos, así que Nana finge que ya no le interesa lo que cuenta, callada, mirada perdida, tan guapa, tan Nana y no Nancy, que siente la abrumadora sensación del peso de los errores, los deslices y la felicidad de creerse desaparecida.
- Me contrataron como detective hace dos años, y te encontré este octubre. Casi noviembre. El día de los fuegos artificiales… - sake, muslo, manotazo - Yasu planeó lo de la carta, como es abogado... Tu madre está viva, aunque no creo que te importe… Sólo lo saben Yasu y Ren, lo de que vuelves, digo. Eso creo. El resto vive en la inopia como tú, y no te reconocerían por la calle. Has cambiado, tanto que todo el mundo te da por muerta - pelo, manotazo, sake – aunque sigues siendo igual de agresiva. – sonrisa lasciva. – Te interesará saber que Shin está ahora libre y trabaja como profesor de inglés en una academia. – hijo de puta, como te atreves a nombrar a Shin ni siquiera - Nobu enseña guitarra en el conservatorio. Y no tiene novia formal, está solo y al parecer ha perdido la fe en el amor después del suicidio de Yuri. ¿Te acuerdas de ella? Era preciosa… lastima de actriz porno que decidió quitarse la vida. – no toques el sake de una chica deprimida – … El matrimonio Ichinose tiene una hija – así que al final fue niña… ¿ves, Takumi? Hachi tenía razón. – Y Reira y Ren viven su propio idílico matrimonio, y ya van a por el segundo niño – y esa información, era completamente innecesaria. – La vida surge a nuestro alrededor. Y la muerte. Sabrás Naoki se suicidó, o se mató, no se sabe a ciencia cierta. Sobredosis, lo ocultaron bastante bien. - ¿Naoki? ¡Naoki! – lo hizo en su apartamento. Qué cabrón, que bien vivía, yo hice el reportaje de su muerte y estuve tentado a usar cada no de los lujosos cachivaches de su pisito de soltero. Pero tranquila, nadie se ha vuelto a suicidar en el piso 707. He oído que después de encontrar a tu hermanastra Misato, con las venas rajadas en la bañera hicieron reforma y pusieron un jacuzzi. Hay que ver lo rápido que olvidan, ¿no?
Entonces Nana estalla. Se pone de pie, su jersey rojo de cuello vuelto contrastando con el blanco sucio del avión y el azul de los asientos, la furia en sus ojos negros, el pelo rubio ondeando, ira de Madonna del Barroco. Y le da una bofetada que calla el teclado de los hombres de negocios y el parloteo incesante de las azafatas.
Alguien se acerca servicial y separa a la pareja enviando al hombre a la otra punta del avión. ¿Se encuentra bien, señorita? ¿Desea algo? Y Nana quiere dormir, porque si no se va ahogar. Así que pide una pastilla para no seguir despierta durante todo el viaje. ¿Sabe los riesgos que conlleva? Lo sé. Y no pregunte más.
Y luego se duerme. Están sobrevolando Asia, y tras sus párpados el mundo va desperdigándose en farolillos chinos.
