III. Nee, Ren
Disclaimer: desgraciadamente, Nobu no me pertenece.
Nota: Para leer este capítulo se recomienda escucharlo primero como Here Comes tHe Sun, de The Beatles, y posteriormente con Angie, de Los Rolling Stones.
Ahora está sola entrando en la terminal. Tardaron un rato en despertarla, demasiado dormida por el somnífero, concentrada en no sentir, no pensar, no escuchar. Pero las sacudidas y grititos insistentes de una de las azafatas hicieron que abriera los ojos y mirara el cielo brillante de Japón. Ni una nube. Un día perfecto del diciembre de las islas. Limpio y puro, como la sonrisa de Hachi. Como la sonrisa de todos cuando cenaban juntos. El mundo a sus pies a los veinte años.
Se bajó del avión, con una sonrisa y los pasos torpes, un suave feliz navidad por parte e la tripulación y el asentimiento leve tras su cabellera dorada.
Y ahí, la ves, andando en silencio, tacones contra mármol, quitándose el largo abrigo negro, totalmente innecesario aquí, en la tierra que la vio quererse tirar desde uno de los edificios que se recortaban en el cielo de Tokio. Está sonriendo y no sabe por qué, el mundo le ha echado mal de ojo, al parecer, pero ella prefiere mantener la actitud socarrona del que conoce lo desconocido, del yo he querido morir, y ahora sé que el mundo es una mierda, peor este es el único viaje que tenemos.
Ni siquiera se deja llevar por la desesperación cuando en la cinta de las maletas sólo es su bolsa roja la que esta girando, como el fantasma de la soledad. Suena Here comes the Sun afuera y se deja llevar por eso momento sólo suyo. De nadie más. Después saldrá a un país sobresaturado y nunca volverá a tener un instante para ella.
Fuerza y valor.
Al otro lado de la puerta está alguien, seguro, esperándola. Apuesta que será Yasu, sereno y firme, dispuesto a mover el mundo por ella. Tiene ganas de abrazar a ese calvo tramposo, se dice, y luego matarle a golpes por haberle hecho esta jugarreta. Cabrón.
Así que coge aire, la maleta y camina firme hacia el exterior, y es que escuchando a los Beatles todo parece más fácil: la vida es más bonita, todo mejora. Todo, incluso ella. Nunca entendió cómo pudieron escribir cosas tan bonitas en un lugar tan triste como Liverpool.
Tokio, en cierta medida, se parece a Liverpool. Demasiado vivo para estar muerto. Pero demasiado triste como para pertenecer al mundo de los vivos.
Por ella está viva, aquí. En ese instante, se recuerda y son ya diez pasos los que la separan de su pasado.
Y cuando cruza la puerta suenan las últimas palabras en la voz de Lennon, el mundo recupera el ajetreo, y ella anda despacio, calmada buscando la cabeza pelada de Yasu, el destello de sus perennes gafas de sol. Pero no le ve. No a él. Sólo se encuentra con una chupa de cuero brillante a pocos metros, apoyado en una columna. Y no puede más que suspirar y tragarse las lágrimas. Él sin el candado que Nana le puso como marca de territorio, él tan despeinado como siempre, era él, sin el peso de las drogas cargando su espalda, era él, sencillo, puro, familiar y paternal. El Ren que Nana nunca idealizó, demasiado bueno como para pedir más, se encontraba frente a ella, sonriendo con afecto, cariño, y un resquicio de amor que ahora era puro aprecio fraternal. Se había vuelto a quedar queriendo sola.
Anuncia la llegada del vuelo procedente de Osaka y hay un momento en el tiempo y el espacio que se quiebra, el recuerdo de una despedida hace ahora diez años. Besándose desesperados por no separarse en el vagón de un tren. Llorando en el andén de una estación, el tren desviaba unos caminos que se volverían a juntar para después acabar así, como dos líneas paralelas que jamás se van a volver a tocar.
Él se acerca con la chulería y el paso de ídolo que nunca ha perdido –y nunca perderá porque Ren ha nacido para ser amado querido y odiado, como una jodida estrella de rock – sonriendo con dulzura y achucha a la figura menuda de Nana entre sus brazos. Lloran ambos, como hace 8 años en la habitación del hotel. Era su primer reencuentro, cuando aún se querían tanto que eran incapaces tanto de vivir separados, como de vivir juntos. La vida ha dado muchas vueltas desde entonces, pero siguen siendo tan cálidos sus brazos… se siente una tan bien ahí, tan protegida e invulnerable.
El reloj del aeropuerto marca las seis y los segundos que están abrazados a ella le parecen horas, y él recuerda que está casado, que tiene hijos, y que se prometió olvidarla – aunque sólo fuese un poco.
Pero no puede evitar cogerle el pelo, acariciárselo, mirar ese color tan poco natural en su chica – y es que Nana siempre será su chica, porque nadie en este mundo podrá quererla como él la quiso – y preguntarle, con voz suave: Pero nena, ¿qué te has hecho?
Y Nana quiere llorar cuando se miran fijamente, como dos estúpidos adolescentes sacados de un manga.
- ¿De verdad pensabas que iba seguir igual después de ocho años? – y sonríe, y cuesta pero sólo son sonrisas, y en Navidad es más fácil fingirse feliz. – Incluso tú has cambiado, ahora eres todo un padrazo.
Le ha dado un golpe suave en el pecho, demostrando una complicidad que 7 años deberían de haber destruido. Es un gesto íntimo e hiriente, porque a Nana le resuenan en la cabeza sus propias palabras: un padrazo de hijos que no son suyos, y Ren quiere ir a dar una paliza al hijo de puta del tío de Search, que prometió mantener la boca cerrada. Pero gracias a dios ese tío ya no trabaja para ninguna revista, envenenado con sus propias mentiras.
- Hey, nena, vamos que te llevo en coche.
Se cogen de la mano, como el día de su primer reencuentro, Nana arrastrada por Ren, siguen creyéndose cómplices de algo que saben que no va a funcionar, pero ya no guardan esperanza.
Suena el móvil y Ren lo saca con esfuerzo de sus vaqueros. A Nana se le seca la boca al reconocer entre el tono y el politono la melodía de Layla. Antes hubiese sido God Save The Queen. ¿Cuánto puede llegar a cambiar una persona? El teléfono sigue sonando y Ren mira de reojo la pantalla del teléfono sin apartar la vista de la carretera. Tokio empieza a volver a casa y casi puede sentir los millones de pies que recorren los túneles de metro a esa hora. Ella se concentra en no pensar en la melodía que le da nombre a la esposa del conductor. Layla, Reira. Pero él le cede el aparato, invitándole a abrirlo, y siente el mundo que se abre a sus pies cuando el nombre de Yasu aparece escrito en la pantalla.
Lo abre con miedo, buscando el insulto más hiriente que se le ocurra, deseado de descargar toda la rabia que se acumula en el pecho tras verse engañada, ultrajada, manipulada por ese calvo hijo de puta. Sí, ése es un bueno comienzo.
- ¿Qué coños quieres, calvo hijo de puta?
- Nana.
- Sí. Pero no te sorprendes, ¿a que no?, tú lo planeaste todo.
- Realmente no fui yo, Nana – habla sereno como siempre, sin elevar la voz un instante, y casi puede verle dando un calada profunda a su cigarrillo, acomodándose las gafas de sol y mirando a algún punto inconcreto, con una sonrisa divertida – Siempre das las cosas por sentado.
- ¡No me jodas! Si no fuiste tú, ¿quién fue?
- Takumi Y Noaki.
- ¿Qué?
- Takumi y Naoki.
- Pero…
- Luego nos vemos, Nana, se te echaba de menos.
Y silencio. La ciudad que se desdibujaba tras los cristales tintados, las luces del centro que se empezaban a encender. Y silencio al otro lado de la línea. Nana escuchaba la nada con el teléfono pegado a su oreja. Había colgado sin media palabra. Tal y como ella había a hecho: colgó sin decir nada. Se despidió sin despedida. Y ahora espera un saludo de bienvenida… ¿cómo se le ocurría?
- ¿Ren?
- ¿Sí?
- ¿Naoki está muerto?
- ¿Qué? ¿Por qué iba a estar muerto? ¿No me digas que te lo dijo el fotógrafo ése?
- Yo…
- Hay que ser idiota, ¿quién más te dijo que había muerto? ¿Hachi o algo así? Por favor qué tontería.
- Yuri. Me dijo que había muerto Yuri.
- Ah, bueno – suspira, y es un suspiro de dejadez, como alguien que explica todo mil millones de veces – lo de Yuri estaba cantado. Lo de Yuri y lo de Miu, se suicidaron juntas. Pastillas. Aquello afectó mucho a Yasu y a Nobu pero ahora están bien. Bueno, eso creemos todos. Ya sabes que son como almejas cerradas.
Es uno de esos momentos en que Nana se arrepiente de haberse ido. Cuando averigua que sus amigos han sufrido y ella no ha podido estar a su lado, que no ha podido sostener las gafas de Yasu, su eterno enamorado, ni darle un abrazo a Nobu, que siempre tuvo un corazón más grande que el suyo. ¿Habrán sufrido más? ¿Hay alguna mentira más en las palabras del tío de Search?
- Oye, Ren, están… ¿estáis todos bien?
- ¿Qué más te ha dicho ese tío?
- Pues – ¿desde cuándo me lee el pensamiento? – Shin y Nobu son profesores – leve asentimiento por parte de Ren, el centro de la ciudad envuelto en pitidos de claxon – Yasu es abogado y él organizó todo esto – sonrisa astuta, y oh, dios ¿por qué sigue usando esa colonia? – luego… me dijo que Hachi tenía una niña, ¿es eso verdad? ¿Tiene una niña?
Ren suelta una carcajada que nace desde la punta de su camiseta blanca. No le va ahora esa ropa. Tiene más pinta de ir todo el día en traje, como el hombre negocios que cuida a su familia. Cuando le mira sabe que le ha perdido. Que se han perdido mutuamente.
- Se llama Satsuki… Y se parece a Takumi, físicamente, digo – y mira con una sonrisa divertida al ver la cara de Nana, imaginándose a miles de pequeños cabroncetes corriendo por ahí – pero tiene la misma sonrisa de Hachi. La que tenía cuando la conocimos.
- ¿Ya no la tiene?
- Sí. Pero ahora está cansada… desgastada, como si la hubiese usado mucho. ¿sabes cómo te digo?
Nana no responde pero mira al infinito a través de los cristales. Mira pero no ve. Ella intuye por qué a Hachi se le agotan las sonrisas, y se niega a aceptar que las usó todas para ella. Respira profundamente y sacude su cabeza, el cabello liso se esparce a su alrededor, seductor, y mientras intenta recuperar la compostura vuelve a perder la razón cuando Ren habla, con voz suave y ronca, como si fuese a decir algo importante, y hay un noséqué dentro de Nana que se rompe cuando el semáforo está en rojo, deteniendo el tiempo los instantes necesarios para deshacerse:
- Oye Nana… Te he echado de menos.
Están parados en un semáforo y mientras el mundo se para en el arcén se da cuenta de que el coche del Ren no es el mismo. Que ha cambiado su horrible mustang amarillo y negro por un monovolumen familiar, un coche mucho más acorde con su nueva vida. Una vida en la que ella no encaja. Y de repente Nana empieza temblar imperceptiblemente porque reconoce los síntomas: la angustiosa sensación el pecho otra vez, cuando se rompe la unión que tiene con alguien del pasado, cuando busca un cabo que les una y no hay nada más que bonitos recuerdos, siente el tiempo apelotonado en sus oídos, en su boca, en su garganta, el peso instalado en el estómago, y darse cuenta, así de pronto, de que ella no es Nancy, ni Ren es Sid.
- Yo también, Ren, yo también.
Incluso te echo de menos ahora.
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