Disclaimer: Esto sigue sin pertenecerme.
Nota: teóricamente, este capítulo era el doble de largo, pero cambié de idea. Así que el capítulo 4 lo eh dividido en dos. De todos modos, el próximo capítulo sí es el último. Muchísimo beoss, abarzos y demás :)
IV. Oh, baka-san
El edificio no ha cambiado nada desde el día en que cargada con su guitarra abandonó Tokio dispuesta a no volver jamás. El río está tranquilo, y se oyen a lo lejos los preparativos para la fiesta de esta noche. Todo parece tener un orden normal, una causa efecto que no ha variado con el paso de los años. Todo menos ella. Son como las pistas de un disco que graban por separado. Suenan, tan disacordes los unos con los otros que teme ser el instrumento sobrante en la melodía.
Tras ella está Ren, transmitiendo una fuerza y un carácter que la paternidad ha hecho patente en su figura. Nunca le había visto tan fuerte y familiar como ahora, sujeto a su bolsa roja, sonriendo con franqueza e instigándola a dar unos pasos hacia el portal. Qué fácil es para ti, cabrón. Pero no se amedrenta, porque ya está aquí, y no se le da bien volver hacia atrás, que es experta en dar la espalda y coger el camino cuesta abajo, más sencillo que el llano con piedras en el sendero. Así que suspira y se encara a la puerta, él siguiéndola un par de pasos por detrás. Es su ángel protector, y al mismo tiempo el que le clava el puñal en la espalda. Es su jodido dios pagano, lleno de fuerza, belleza, y masculinidad. Ella fue la virgen sacrificada en su honor. La asesinada en un altar como ofrenda a su propia pasión desbocada.
Pero ya es tarde para hacer metáforas de su propia vida. Ya está subiendo los primeros escalones de los siete pisos que le quedan por subir. 7. Nana. Siete cero siete.
Es el escalón tres el que pisa ahora, y Ren espera con un pie en el primero. Luego va el cuatro y siente que se ahoga en el color del papel pintado de las paredes, el quinto cruje bajo sus botas de tacón y se queda sin aire un par de segundos, en el sexto, temblorosa, se aferra a la barandilla.
Y en el séptimo, en el séptimo se olvida todo, porque la invade un cosquilleo que crece en las raíces de su pelo negro, ocultas tras los siete años de tinte, y va creciendo, poco a poco, recorre todo su cuerpo, el tatuaje quema y ella sabe, sabesabesabe que ha vuelto a casa. A su casa. Así que en el ocho gira sobre sí misma y le dice a Ren que si Hachi sabe que ella está por llegar, y a la negativa de Ren se le une un valor inconmensurable, unas ansias de no parar, de subir los peldaños que quedan de tres en tres, de cuatro en cuatro, y plantarse frente a la puerta del piso 707; abrazar a Hachi, explicarle por qué se fue, contarle que ya está bien, que ha superado sus miedos, que quiere vivir y tomar café con ella todas las tardes para hablar de cualquier tontería, hasta que se le regeneren las sonrisas y se rehagan los momentos que ella se encargó de deshilachar. Claro que sí, iba a ser tan fuerte y valiente como nunca fue capaz. Nana, ahí vamos, es tu última oportunidad.
Pero se le congela el ánimo en el corazón cuando llega al piso siete y en la entrada no está Hachi esperando sino tres hombres. Los desconocidos que ella ya conoce demasiado. Tanto que les identifica a pesar de la luz del atardecer que ciega a través de los ventanales, tanto que sabe quiénes son sólo por sus voces y sus olores. Y es que ella sabe que Yasu es el que huele a Black Stones, y tiene recargado su cuerpo contra una pared, los brazos cruzados sobre el pecho y esa virilidad que nunca le ha quitado la dulzura.
Shin está riendo mientras cierra su teléfono móvil. Sigue teniendo un risa de niño sin infancia, que suena cuando no es debida, y se corta cuando se cansa, a pesar de que en su silueta proyectada en un claro-oscuro se intuye que ya no es niño. Que hace mucho tiempo que dejó de serlo. Él también fuma, una marca que huele a mentolados, y que aspira dejándose el alma. Qué guapo estás, Shin, con tus 21 años. Cuánto has crecido, ya no necesitas a nadie que te quiera por los que no lo hicieron.
Y tienes valor, que te acercas sin miedo a Takumi, el más alto de los tres, con su pelo largo y su traje encorbatado. Y de repente a Nana no le parece tan malo. Puede que sea el Gran Rey, pero incluso los demonios pueden redimir sus pecados. Y ve en esa sonrisa que ya ha pagado los suyos. En cuotas que pesan demasiado. Ve en su traje bien planchado, en el pelo más corto de la habitual, en su falta de pendientes colgando de las orejas, que su añorado amiga ha sabido controlarle, atarle corto y conseguir que la quiera aunque sólo sea un poco, y ve en su pose siempre aristocrática y mesurada, al padre de familia que siempre había buscado Hachi. Es un buen hombre, al final de todo. O al menos no tan villano como lo vio en su propio cuento de caperucita y el lobo.
Sin embargo ellos tres le han quitado de pronto la fuerza en un instante. Así que ahí ves a Nana, con Ren detrás, analizando los movimientos del pelo de la chica como la aguja de un brújula., y ella estática, sin querer hacer ruido, diseñando un nuevo movimiento para la fuga que se ve truncado cuando Shin se da la vuelta – y casi puede ir contando los grados que va girando, y cómo el diámetro de sus pupila se va ensanchando hasta que la cara de incredulidad da paso a una sonrisa enorme, una sonrisa que estalla y que grita ¡Nana! Y se lanza a sus brazos, tan chiquillo como siempre. Y Nana da las gracias porque para ella siga conservando el abrazo más fuerte, más puro y más cálido del mundo. Y se deja llevar por los brazos de ese hombre ya tan grande y tan mayor y tan adulto, tan pequeño en su memoria.
- Te hemos echado de menos, Nana. No te vuelvas a ir.
- Nunca más, Shin, nunca más.
Pero Nana no sabe de dónde ha salido esa frase.
El segundo que se le acerca es, para su sorpresa, Takumi. Sigue siendo condenadamente guapo, impone y odia no poder odiarle, sobretodo cuando le sonríe, y hay un deje de cariño en la mueca en su rostro demasiado atractivo. Extiende su brazo y le acaricia el pelo, como un gesto de confianza que en otras circunstancias jamás le hubiese consentido. Ni tampoco el beso en la mejilla, ni el suave abrazo que apenas dura dos segundos. Y ella está a punto de replicar, porque al fin y al cabo, siempre se odiaron mutuamente y no tiene porqué fingir que se llevan bien. A pesar de todo eso se calla, porque él se ha inclinado en su oído, y le murmurado un "Hachi se alegrará de verte. Te está esperando. Te lleva esperando desde que te fuiste" que destruye sus defensas y le hace asentir como un ventrílocuo de cuello dislocado.
Pero no importa porque a menos de veinte metros, tras la puerta, puede sentir la presencia de la otra Nana y sabe que volverá a ser feliz.
Yasu no se ha movido de la pared. Sigue fumando y cuando Shin y Takumi se han juntado con Ren tras ella, se siente sola ante el peligro, pequeña y desamparada frente a un hombre que demostró mucha más entereza que ella. Sólo puede observarle, con la respiración agitada y buscando excusas para no ponerse a llorar en sus brazos. Como siempre, vamos.
Él se da cuenta de todo, por supuesto, y es que siempre fue el líder en las sombras, la mano negra tras Takumi, y que irónicamente se terminó enamorando de una persona demasiado buena como para comprender la maldad. Y él era demasiado lógico como para entender el amor. A veces se sorprende a sí mismo por su propia mente estratega, pongamos por ejemplo, el hecho que desde el momento en que ha visto a través de la ventana a Nana y Ren llegar sabe qué va a hacer. Tiene todo calculado, desde su pose indiferente en apariencia, hasta el número de cigarrillos que iba a encender, pasando por la reacción de Shin y Takumi, hasta el sonido de las cuerdas de la guitarra de Nobu, que han dejado de sonar, alarmado por el escándalo del exterior. ¿Cuándo empezó a pensar como una máquina? Da miedo no tener otros sentimientos más que añoranza.
Y se ve a sí mismo respirando lentamente y contando hasta tres 1… me despego ligeramente de la pared… 2… apago el cigarro contra la suela del zapato... 3…
- Nana… Blast es tu grupo, ¿no?
La misma pregunta que ella le formuló hace ocho años. Y sin dejarla terminar añade lo mismo que añadió aquella vez y es que
- Estaba tan preocupado por ti que no podía dormir.
Y le abrazó. Tan segura y protegida como siempre que se rendía a los brazos de Yasu. No se imaginó echar tanto de menos la presencia tranquilizadora de Yasu. Nunca. Ni su olor a tabaco. Ni su colonia, demasiado fuerte. Sus camisas bien planchadas, su mano para la cocina, su sonrisa, pequeña pero precisa, y sus abrazos. Unos abrazos capaces de abarcar todo el miedo y la tristeza y apachurrarlos hasta convertirlos en una pelotita tan pequeña que no importa. Qué extraño y qué fácil es sentirse bien así, con la cabeza apoyada en su pecho. Tras ella oye una puerta que se abre pero, ¿qué puede importar si está con él? A veces se preguntaba por qué cuando estaba triste y temblorosa corría hasta los brazos de su calvo preferido en vez de lanzarse a los de su entonces novio. Y realmente prefiere no encontrar respuesta. Pero estaba vez tiene la solución a las preguntas de Yasu, o eso cree:
- Sí, calvo cabrón, sí.
Y se recuesta en su pecho diez segundos más.
Buenos días (son las 10 de la mañana ahora mismo, del domingo 6 de abril de 2008) La verdad es que os voy a hacer un poco de chantaje emocional. Veréis... resulta que mañana día 7 de abril es mi cumpleaños! 17 años . Y claro, qué mejor regalo que unos reviews?? Sed buenos, y queredme, o algo. Así yo el martes, feliz tras mis regalos, os dejo el último capítulo. ¿Qué, os apuntais? Muchos besos!
