Nada me pertenece.

V. Owari.

Mientras se separan lentamente de la calidez suave que desprende Yasu dibuja tras ella las miradas divertidas de Ren, El Gran Rey y Shin. No han crecido, se dice al mismo tiempo que se encara para echarles una bronca, que llevan igual desde los 16 años.

Pero Nana estaba dispuesta a lidiar con miradas divertidas y sonrisas burlonas, estaba dispuesta a ir a darle un golpe a Ren en la cabeza, una patada en la espinilla a Takumi y una mirada furiosa a Shin. Esos eran sus siguientes pasos, en los que no cabía la posibilidad de ver la cabecita rubia de Nobu mirando expectante desde la puerta.

Otra vez se le había quedado la garganta seca.

Nobu no ha cambiado nada. Se dice. Nobu tan guapo, y tan bajito, y tan adorable, y con esa sonrisa tan dulce. Nobu que siempre estuvo a su lado sin importarle las consecuencias. Nobu enamorado eterno de Hachi. Nobu ¿quién te mandó tener el corazón tan grande?

- Hey, Nana y Nobu, nosotros cuatro nos vamos a pillar unas cervezas más, ¿vale?

Pero la contestación se ha perdido en su garganta y sólo queda el perdón que no se dice. Perdón por abandonarte, Nobu, y perdón por no cuidar de ti, Nana. Siento haber dejado que Takumi se llevase a Hachi, Nobu, y no sabes cuánto siento no haberla sabido mantener a mi lado, Nana.

Es ella la primera que reacciona y se acerca con pasos lentos hasta donde está él de pie, mirando al suelo, el techo, y a la rendija de luz que deja pasar la puerta entornada. Ya casi ha anochecido, y pronto van empezar los fuegos artificiales, pero no importa porque ve que Nana sigue brillando aunque sea una luz que se apaga por segundos, un soplo y desaparecerá. Sin embargo, cuando ella le coge las manos y le sonríe ve una fortaleza que se ha erigido a base de golpes de olas de mar. Tiene calma en esos ojos negros y agradece que Nana no se siga desangrando en cada suspiro.

- Tienes las manos llenas de callos.

- Es lo que tiene ser profesor de música…

Vuelven a sonreír. Sonrisa y mirada al suelo.

- No bu, yo…

- No digas nada.

Y se abrazan. Se sienten tan cursis, tan idiotas. Gilipollas, casi, ¿Qué ñoñería están haciendo? Ah, no se mueven. Ni un milímetro. No se mueven ni dos centímetros. Se necesitan simbióticamente. Y nadie puede quitarles ese puesto.

- ¿Eres tú el que tocaba la guitarra antes?

- Sí, se la estaba tocando a Satsuki, le encanta…

- Ah.

No dice más. Si Satsuki está, significa que Hachi está, y si no ve a Hachi ahora se va a desmayar. Es pura lógica, o ella lo quiere ver así.

Nobu le dedica una mirada de comprensión que sólo le había lanzado Carie, la vieja camarera del pub de Londres, que dejó a su hombre por un sueño. Y se equivocó de sueño, y perdió a su hombre. "Ella no lo sabe pero te está esperando", dice Nobu mientras se aleja escaleras abajo.

Te está esperando desde que te fuiste.

El apartamento 707 sigue oliendo igual pese al paso de los años. No ha cambiado nada: la mesa junto a la ventana, la cocina, el frigorífico destartalado, los bancos y las sillas traídas de sus habitaciones. Una foto suya rota colgando de la pared. Y alguien que charla en la que alguna vez fue su habitación. Si alguna vez soy fantasma, murmura y se ríe de su propia ocurrencia, me pondría a vagar por este piso eternamente.

Se siente tan bien sobre el suelo ajedrezado. Tan bien frente a la gran ventana que da el río. Tan bien…

- Oye, Nobu, ¿porqué no tocas ya la gui…?

Reira se ha quedo estática a cinco pasos de la puerta de su habitación. Muda. Sin palabras. Con los ojos muy abiertos y las manos temblorosas. Si no respira pronto se empezará a poner morada. O azul. Sí, seguro que de azul, que se lleva este año. Siempre fue una victima de la moda, incluso para eso. Nana está a punto de preguntarle cómo lleva eso de robarle la novia a otros y que si lo de abrir la boca y los ojos como un besugo es algo intrínseco a la esencia de los traidores, pero se calla. Se calla porque ella tiene la misma cara de alucinada en cuanto ve al pequeño niño que se esconde tras la falda Reira.

Es igual que Ren. Igual. Guapísimo. El niño más guapo que ha visto en su vida. Con los ojos de oscuros de su padre y el pelo claro de Reira. Y casi se arrepiente de haber rechazado los miles de proposiciones de Ren, casi suplicantes para que se olvidaran de la música y el éxito y que formasen una familia normal. Nada más. Siente que se queda sin respiración al ver al mini-Ren arrastrando una guitarra de juguete. Por favor, qué cosa más mona. Y qué sola se siente de pronto, sin nadie a quien querer como a tu propia vida.

Así que Nana hace lo único que se puede hacer en estos casos que es sonreír con toda la falsedad que se puede, agacharse hasta quedar a la altura del pequeño y el cómo te llamas y cuántos años tienes de rigor.

Él no sabe pronunciar su nombre bien y confunde el dos con el tres pero sabe perfectamente cómo tocar las cuerdas de plástico malo de su guitarra azul. No conoce a los teletubbies pero sabe quiénes son los Rolling y que su hermanita se va llamar Angie. Habla por los codos, a trompicones y hace rato que ha abandonado la seguridad de la falda de mamá para lanzarse a la incredulidad de Nana, aún de cuclillas, que ve la espontaneidad de Ren en los gestos del que podría haber sido su hijo. Se pasa al menos tres minutos contando qué hará cuando nazca Angie y dice que se iba a llamar Nana, pero que al final no, porque era una señora a la que papá quería mucho y que se murió, pero al final no está muerta, ¿a que no mamá? Y entonces se va a llamar Angie.

Coge aire y está apunto de continuar pero de pronto Reira ríe – con esa voz tan espeluznantemente bonita, infantil, aguda pero no estridente, y maravillosa, en todos los sentidos – y le detiene invitándole a ir a jugar con ella al parque que hay a la orilla del río.

- ¿Y Satsuki no baja?

- No, cielo. Satsuki se va a quedar con su madre un ratito.

- Ah.

- Anda, ve poniéndote el jersey.

Y mientras se viste, Nana y Reira se quedan en silencio. Sin saber qué decirse. Una ha perdido y otra ha ganado, no hay nada más que comentar. A pesar de ello Reira insiste, dispuesta firmar un tratado de paz, poniéndose el pelo largo y rizado tras las orejas, dejando que las primeras farolas le iluminen el rostro y acurrucándose en su chaqueta de terciopelo rojo, tan guapa y resplandeciente que Nana se ve tentada a dar un paso hacia atrás y ocultarse ante su presencia deslumbrante. Sigue siendo tan tonta como antes, creyendo que no es suficiente comparada con ella.

Y otra vez se equivoca, porque es Reira quien se siente cohibida e intimidada ante la fuerza que desprende la nueva Nana. Siempre fue guapa, pero ahora, a pesar del platino de su cabello, y de la falta de maquillaje es hermosa. Como los cuadros que adornan los museos de la vieja Europa. El dolor que la rodea la hace verse mucho más bonita, y ella no se da cuenta.

- Nana, yo…

- También me alegro de estar de vuelta.

Definitivamente no quería decir nada. Bueno sí, pero no eso. Podría haberlo completado con un "me alegro de verte" o "tu hijo es guapísimo" alguna cosa antes de declararle un guerra abierta para luchar por territorio ya ganado.

Se queda muda, y antes de darse cuenta, Reira y su pequeño se han ido. Ido.

Los nervios le traicionan y ya no queda nadie en el piso. Sólo Hachi y ella. Y de repente toda su seguridad se había esfumado. En el momento menos oportuno. Quiere darse la vuelta y echar a correr, pero se prometió ser valiente. ¿No lo ves? Valiente, idiota, y los valientes no huyen.

Parece que se ralentiza el tiempo cuando se va acercando lentamente al picaporte. No es la protagonista de ninguna película de suspense aunque lo parezca. No hay asesino ni monstruo tras la puerta. No hay nada que le puede hacer daño.

Nana abre mientras toma aire, sin saber qué va a decir, pero con el consuelo de que siempre ha sido buena inventando. Aunque nunca podría mentir a Hachi. A cualquier persona, pero a Hachiko nunca. Y menos así, sentada sobre la cama mirando con dulzura a su hija, oculta tras la mesa. Qué única es en ese momento, qué guapa, tan despistada como siempre. Lleva el mismo corte de pelo, el mismo tono cobrizo, los tacones y la ropa de dama distinguida. Cuánto quiere Nana a Hachi en ese instante. Cuánto, cuánto.

Sigue sin darse cuenta de su presencia, ensimismada en regañar a su hija por coger con demasiada rudeza la muñeca. Se puede romper, dice, las muñecas son frágiles. Como Hachi, como todos ellos. Rotos. Deshechos en migajas.

Nana sigue esperando en la puerta, con la cabeza ligeramente inclinada y sonriendo sin querer. Ya es totalmente de noche y quedan veinte minutos para que los fuegos artificiales empiecen a iluminar el cielo de Tokio. El tiempo corre y sólo se oyen las risas de Satsuki.

- Voy a buscar a la tía Reira, Satsuki.

Se sobresalta porque aquello la ha pillado desprevenida. No esperaba que Hachi se girase rápidamente y se levantase con agilidad, ni que caminase alrededor de la cama con la cabeza gacha hasta elevarla justo a tiempo, a menos de dos metros de ella. Y ambas abren la boca, sin decirse nada. Perdiéndose y estableciendo de nuevo los lazos de amistad.

Están de repente otra vez ocho años atrás. Cualquier día normal, levantándose pronto por la mañana, tomando el desayuno juntas. Es otro día más, de repente, en el que Satsuki no ha nacido, ni Takumi ha llegado sus vidas. Hachi leería el horóscopo, como siempre a las 7 de la mañana "porque el siete es un número mágico, y como nosotras dos somos siete… pues tiene más valor, ¿no crees?". Y reirían porque la culpa siempre será del Gran rey, siempre, por muchos años que pasasen. Luego cada una iría a trabajar por su cuenta, y a la tarde, Hachi visitaría el estudio para oírles tocar. Por la noche tomarían alguna de las cosas que preparaba Hachi. Toda una maruja, diría Ren, y se reirían. Otra vez.

Se le atora la respiración a Nana. Y Hachi empieza a llorar sin hacer ruido, muy bajito, abriendo y cerrando la boca, como pez fuera del agua. Y algún momento antes de abrazarse y llorar como dos gilipollas, -porque eso es lo que somos, se dirían después, dos gilipollas que han estado separadas demasiado tiempo – Nana ha sonreído mientras decía: Perdóname, Hachi, perdóname.

Y Satsuki grita emocionada porque los fuegos artificiales acaban de empezar.

"Oye, Hachi… sé que me vas a mirar mal cuando te lo diga pero creo que nuestro reencuentro fue cosa del Gran Rey."


Bueno, pues esto es el fin. Al parecer. No es un final espectacular... tan solo es un final. Si queréis, puedo hacer un epílogo, aunque la verdad es que la fecha en que lo escriba está digamos que lejana. No sé si volveré a escribir a un fanfic. Quizás un oneshot. o un twoshot a lo sumo. Ahora mismo estoy liada, demasiado, he de acabar una novela, varis relatos para unos concursos cuyo plazo se me echa encima, y además tengo que estudiar demasiado, y no dispongo de mucho tiempo. Alguien deberia darme unos minutos de su vida para que yo pueda respirar. Pero no me voy a poner meláncolica.

Ahora: espero que os haya gustado. A mí me han animado muchísimo vuestros reviews! Os haría un monumento de verdad, ahí, con letras doradas y vosotras posando, como si fueseis artistas de Hollywood. Sisi, tú y tú, no intenteis ocultaros. Os estoy viendo. En fin, el punto es que quiero que se pais que muchas gracias. No, gracias no. G R A C I A S.

Ah, mi messenger es:

Muchos besos, me voy sumergir en el mundo de cervantes... en serioo ¿Este señor no tenía otra cosa que ahcer que ponerse a escribir el Quijote?