¡Bienvenidos al segundo capítulo de la segunda parte de MDUL!

Respondo "reviews":

HERM. Las demoras aquí no importan; lo sustancial es llegar a puerto. ¡Bienvenida a MDUL IIª parte! Y muchísimas gracias por los cumplidos. Pero tengo muchísimas preguntas por hacerte: tu "review" ha sido muy corto y me ha dejado con muchísimos interrogantes; ahora bien, tú puedes escribirlos lo corto, pero la duda, claro está, me la dejas. He estado analizando mis documentos de "reviews", es decir, las recopilaciones de las respuestas que me dejan en todos los relatos que tengo publicados, pero en ninguno aparece un "Herm" a secas; sí una "Herm25", por ejemplo, en Salvando a Sirius Black, por lo que, realmente, no te sé decir si te conozco ya o no. Es que el nick que tienes es muy recurrente y cualquiera que lo oye cree haberlo visto, oído o conocido ya. ¿Y de dónde eres, cuál es tu nombre, la edad, todas esas preguntas también se me antojan interesantes; es lo que tengo, soy muy curioso con mis lectores, pero porque me encariño tanto con lo que me escriben que no puedo menos que pedirles más y más información para saber de ellos. Muchas de las personas que verás por aquí, dejando sus "reviews" con una puntualidad que me asusta hasta a mí, son de las mejores personas que existen en el mundo y que he tenido la oportunidad de conocer gracias a este portal. Te tengo, asimismo, que agradecer, o felicitar, por haber sido la primera persona que ha dejado un "review" en MDUL II: eso para mí es muy importante. Estuve ahí un par de días impaciente hasta que descubrí tu respuesta. Gracias. Bueno, ya veremos si vuelves por aquí y satisfaces muy curiosidad. Hasta entonces, espero que estas palabras, que sin ánimo más que de divertirme y divertiros escribo, lo sigan haciendo. Un saludo afectuoso.

LORIEN LUPIN. Hola, guapa. Muchísimas gracias por haberte pasado y darme noticias de ti. Es bueno saber que sigues ahí, detrás de la pantalla, pendiente, aunque se te vea poco. No obstante, no te preocupes: no me puedo olvidar tan fácilmente de alguien que ha descubierto quién es Tim Wathelpun. ¡Te tengo hasta miedo! Elena está que se tira de los pelos desde que le dije que lo habías adivinado; o mejor dicho, descubierto, que "adivinar" le quita mérito. Lo cierto es que debo felicitarte; yo reconozco que yo mismo jamás lo hubiese descubierto, aunque aprovecho la oportunidad esta para decir que hay otras muchas más pistas sobre muchos más aspectos de MDUL por ahí esparcidas. No me imagino cómo alguien tiene la osadía, el tiempo, la ocurrencia, de pararse a meditar algo tan insignificante como lo que tú y yo sabemos, lo que me llena de orgullo por que seas tú la privilegiada que comparte conmigo el secreto. No obstante, me reservo en el devenir de la historia los aspectos secundarios: el por qué y el cuándo, por ejemplo. Eso sí, te ruego que jamás publiques nada que ataña a este asunto aquí, en los "reviews"; si tienes necesidad o interés en comentarme algún aspecto sobre Tim Wathelpun, te agradecería mucho que lo hicieses por correo electrónico. Y tampoco le digas a nadie lo que sabes: ni siquiera a Elena. Sé que no tengo motivos para dudar de ti, pero es que pensé que nunca nadie se daría cuenta y me da algo así como "repelús" saber que alguien más conoce la identidad secreta de Wathelpun. Espero que al día que leas esto te halles más desahogada y las ventas de que hablas hayan resultado óptimas. Lo cierto es que, al leer esto que me has dejado, me acabo de percatar de que no sé lo que estás haciendo ahora mismo. ¿Visita de Japón¿CD walkman's?... ¿En qué trabajas, Charo? A mí me acaban de llamar de una academia para dar clases de apoyo (me tiemblan las piernas); empiezo esta tarde. Si consigo llevar para adelante ese trabajillo y los exámenes (que me los han adelantado canallamente), creo que podría sobrevivir hasta a un obús. Tú no te preocupes, cuando te puedas poner al día con MDUL te pones y ya está; no hace falta precipitarse. Lo que sí me hace mucha gracia es imaginarte imprimiendo hojas y hojas de frivolidad literaria. Si te sirve de consuelo, a partir del capítulo octavo o por ahí comienzan a ser más cortos de nuevo los capítulos. ¡Pero en éstos es que tengo tanto que decir...¿No te ha pasado nunca? Y también me pasa que no quiero acabar MDUL jamás: cuando lo acabe, soy consciente de que una parte de mí, un fragmento de mi alma, se habrá descosido del resto. Por eso tengo preparados tantos capítulos..., para no detener el fuelle. Y tu personaje aparecerá pronto, muy pronto. ¿Quieres que te diga ya cuándo? Bien, aguarda tan sólo un par de meses más, como mucho. ¡Ah! Elena me ha dicho que, como has descubierto lo de Wathelpun, te mereces un premio y que debes salir más, con lo que me ha planteado la trama para un capítulo muy divertido; creo que le voy a poner por título "Salsa peruana", pero ya veré. Lo cierto es que tu personaje está muy relacionado con Wathelpun, aunque no sé si tanto para mal como a ti te habría gustado. Bueno, que te dejo, chica, nos vemos pronto.

SILENCE MESSIAH. Hola, Adriana. ¿Dónde te me has metido? Bueno, lo cierto es que no puedo echarte en cara nada porque yo también he estado muy olvidado de todo; tampoco yo he podido escribirte, y menos creo que pueda escribirte hasta bien pasado junio ya: ya sabes, los exámenes, esa terrible invención de los profesores para volvernos locos. No obstante, he echado mucho de menos (y me ha extrañado) que me mandases algún poema más; me dijiste que lo ibas a hacer y... ¿No te habrás arrepentido? Aunque me conecte tarde o te responda tarde, tú descuida: yo leerlos los leo con una tranquilidad y una emoción en mi casa. Me encanta haber encontrado alguien que confía en mí para transmitirme algo tan personal como eso. Y más en tu caso, que he descubierto una pequeña gran joya en mitad de las islas Canarias. Conque ¡mándame pronto más creaciones para que pueda deleitarme con el inconfundible y melancólico estilo de Adriana, la diamantina canaria! Y aunque te parezca lo contrario, y ya entrando en materia con respecto al "review", no, no se me da bien la poesía: le dedico mucho tiempo y al principio me gustan los resultados, pero si vuelvo sobre lo escrito después de una temporada es posible que vomite. Ya sé que el que escribe la historia soy yo (entresacando un comentario tuyo), pero es que yo escribo para vosotros, o, por lo menos, desde el momento en que publico me siento en el compromiso de buscar el gusto común, que no el aplauso; con una palmadita en la espalda me basta. Por poner un ejemplo, tus críticas con respecto a la elección de Remus como ministro me han parecido, además de acertadísimas, muy constructivas: tanto es así que he tomado un fragmento de tu "review" para agregarlo casi literalmente en un capítulo próximo. Lo cierto es que lo escribí con demasiada prisa y no me detuve a manipular con exactitud los detalles, que hubiesen provocado un capítulo mejor; o también la acción se desarrolla tan rápidamente (como otra lectora ha apuntado) que se pierde el efecto. Sea como sea, no obstante, quería poner a Remus de ministro, aunque pueda ser un patán como político o no tenga experiencia, o resulte poco creíble que Fudge, por una vez, lo haya apoyado; sin embargo, el licántropo le salvó la vida, más o menos. Pero sí, no tengo excusas: lo de "sin partido político" (anarquía total) es irrisorio, tienes razón; pero, como Rowling no dice nada, me relaje en ese aspecto. Ya matizaré más adelante gracias a tus comentarios, como he dicho, pero digamos que existen dos facciones: los que apoyan la pureza de sangre y los que apoyan la hibridación. Pero sí: surrealista y de ficción, tienes toda la razón. Aunque te prometo el mejor político de todos los tiempos, pues una frase tuya me ha marcado: lo que no podemos hacer en la realidad, hagámoslo en la ficción; no obstante, ten en cuenta que es el primer capítulo: aún tiene que asentarse, meditar y después tomar cartas en el asunto. ¡Ah, muchísimas gracias por la aclaración sobre el Destino, o Ananké (lo he aprendido para no pasarlo por alto nunca más), pero lo cierto es que no lo puse porque desconocía su existencia; sí hubiese quedado mucho mejor Ananké, lo confieso, y de haberlo sabido lo hubiera puesto así, pero mi ignorancia no tiene límites. Con respecto a Gwen Lupin, no te preocupes, no hay nada que temer: es sólo una lectora-protagonista que ya no pasa por aquí y que, como lectora que es, me gusta que sus personajes tengan una interacción especial con Remus; a Ariadna le pasará lo mismo. ¿Te dije, por cierto, que era una vampiresa? Pues está muy atenta con eso. ¿Ánuldranh?... ¿Que qué es Ánuldranh?... Ay, Ánuldranh... Ánuldranh es por lo que surgió MEMORIAS DE UN LICÁNTROPO; por eso tenía que aparecer en el último capítulo, que anda que no me demoro. Bueno, y eso por ahora. Perdona que haya sido tan insulso en esta respuesta o que me haya limitado a responder a aspectos de tu "review", pero es que estoy un poco espeso esta tarde. Espero poder resarcirme en una próxima ocasión. Muchos besos. Y espero seguir en contacto vía correo.

MARCE. Huy, Marce, te ha salido un correo larguísimo; te felicito (antes incluso de saludarte; hola), porque he tenido que fraccionarlo al releerlo para poder responder convenientemente. En primer lugar, espero que tus problemas laborales estén resueltos o en vías de resolución en el momento en que leas esto; y, de no ser así¡ni te preocupes¿me oyes, que una geóloga como tú no la van a tener desperdiciada. Seguro que encuentras otro trabajo pronto, estoy convencido. Reza, suplica, cruza los dedos o haz como tu religión o creencias te manden. En segundo lugar, tampoco te creas que aquí conozco mucha gente que sea fanática de Harry Potter, o como digo yo: "harrypottérfila". Sí ha habido unos cuantos, la verdad, pero conversaciones inteligentes al respecto y dignas de ser recordadas sólo con Elena. Las principales discusiones y amistades (sin contar a Elena, claro está, que es una excepción) las he hecho por Internet, que es un buen medio para disputar sobre HP hasta la saciedad. Eso sí, mis compañeros de clase y conocidos y restantes amigos sí conocen mi fanatismo extremo por Harry Potter, pero no se burlan; saben que se me va la vida en escribir este relato y me apoyan. Son buenas personas después de todo. ¡Ah! Se me ha venido a la mente, así de pronto, como de casualidad, una nueva teoría que quería comentarte: hace no sé, mucho tiempo, leí por ahí (creo que todavía no había salido el quinto libro, por lo menos en español) que existía un rumor por el cual Draco y Harry lucharían juntos en la batalla final; visto lo visto en este último libro, yo estaría por opinar que no es un rumor muy falto de verdad: yo creo que, aunque no sea una lucha codo con codo, Draco no va a estar mucho tiempo junto a Voldemort. Hay que tener en cuenta (aparte de escenas como el llanto en el cuarto de baño) que no ha cumplido su misión (Snape y no él ha matado a Dumbledore) y que Voldemort puede castigarlo. Pero ya se verá. Cambiando de tercio¿os creíais de verdad que no iba a "resucitar" a Sirius? Tenía que ponerlo en el Velo, pero sabía que lo haría volver. No es uno de mis personajes favoritos en la saga, pero escribiendo sobre él me divierto. Además, al conectar las ideas de su regreso y de Remus como ministro me pareció fabuloso que fuese el licántropo quien lo trajese de vuelta¿no te parece? En cuanto a Ron, la verdad es que he olvidado el pasaje en que dice que le gustaría ser auror; fuera de eso, no sé, me lo imagino más bien en el Ministerio. Es bueno que ahorre un poco, sobre todo en MDUL; pronto me lo agradecerá. ¿Poderes a Nathalie? Es que ahora no caigo cuáles son; no, es broma, los tengo muy claros. Y sí, es que la familia de Remus es prodigiosa, como muchas veces me ha dicho Elena entre risas (que se le ocurrió el otro día una idea que me dejó frío). Pronto sabrás por qué tienen algunas habilidades especiales. Temo decepcionarte con respecto a la vida de Harry... Bueno, sí, saldrá más que hasta ahora, eso sí, pero todavía no mucho; voy a esperar a que termine la carrera de auror para atribuirle más protagonismo. Me alegra que te haya gustado tu personaje y sí, me mandaste una foto que todavía conservo; bueno, miento: dos, una de cara y otra de cuerpo completo. Así que sólo he descrito la realidad. Bien, habrás de esperar al advenimiento de tiempos oscuros (Wathelpun) para aparecer de nuevo. Lo que sí puedo confesarte es que no conocía el problema ese de fecundidad al que me has hecho referencia: si te puse con Ryan fue sólo porque se me ocurrió, por exigencias de la trama; de lo contrario, hubiera sentido molestarte. Lo del niño squib te lo explico: me he basado en el problema sociológico que existe en China, por ejemplo; allí el género inferior es la mujer por tradición: un varón conlleva honor para la familia, mientras que deshonor una niña, y por eso se producen las adopciones masivas de niñas chinas, por lo menos en mi país. Trasladando esto a la realidad sociológica de los magos, he considerado que el colectivo considerado inferior sería el de los squibs y serían a éstos, en cualquier caso, a los que países subdesarrollados darían en adopción. Ésa es simple mi base. También a mí me parece un poco triste ser squib, pero lo he hecho sin malicia ninguna. Jo, me ha salido una respuesta muy larga; espero no haberte aburrido. Antes de terminar, quisiera agradecerte de veras tu apoyo llegándote por la página web de MDUL; cierto que aquello está ahora mismo para una remodelación completa, pero ya iremos mejorándolo poco a poco. Pronto habrá muchos dibujos y fotos de Elena y mías. Bueno, eso, que muchísimas gracias por tu participación: animas a cualquiera. Muchos días antes de colgar me he sentido muy decepcionado con fanfiction en general porque se promocionan relatos que no valen un céntimo y éste, que no es porque sea mío, pero aventaja a muchos, queda en un segundo plano. ¡Detesto los slash! Perdón, me tenía que desahogar. Bueno, de cualquier forma así sois lectores más selectos¿no? Un beso enorme (pasado por agua o sin ella).

DRU. Hola y felicidades. Hola porque nos volvemos a ver (qué bobo soy) y felicidades porque me has sorprendido con el "review"; es de los más largos que has dejado, si no el que más, que yo creo que sí. Por eso no debes agradecerme tanto que haya puesto tu nombre junto al resto en los anteriores capítulos: es lo menos que podía hacer; y, por mucho que digas, es un grandísimo mérito y algo de agradecerse hasta el infinito que vengáis siguiendo a un pesado como yo, que parece no hartarse de escribir. En relación a si tengo talento en ese menester como para dedicarme profesionalmente, después de agradecerte, te respondo que no (no soy excesivamente crítico, sino realista). De escribir sería un pésimo autor "literario" (y reitero: literario, porque me baso en estos términos) como Dan Brown (que no me gusta). Aunque a veces consiga asomos de éxito en esa empresa, no consigo traslucir siempre sentido bajo la forma y ahí está mi mayor fallo. Pero te agradezco muchísimo tu apoyo y descuida, que yo ya escribo; sólo que lo hago sin ánimo de lucro, como debemos hacer los malos escritores. Una cosa de tu "review" no me ha quedado muy clara¿quieres que escriba sobre Harry o no? Sea como fuere, te voy a satisfacer en los dos sentidos: por un tiempo saldrá poco, pero cuando termine la carrera de auror tendrá un poquito más de protagonismo. Tienes razón; ya me han dicho en otras intervenciones que lo de Remus ministro queda surrealista y cosas así, pero me apetecía ponerlo y lo he puesto; asómbrate: aún quedan cosas más aparatosas; es lo que tiene mi imaginación, que echa a volar y no para. Lo cierto es que solamente quiero divertiros, y creo que lo consigo, porque, si no, no me leeríais. Aunque surrealista, Remus es mi ministro ideal (ni me gusta Fudge ni el nuevo del sexto libro, que ni hasta del nombre me acuerdo); yo tengo mi ministro idealizado, mío, propio, y sé que en algún momento os acabará atrayendo la idea o imagen de él. Muy perspicaz por tu parte al recordar el estuche de palisandro del despacho del director y conectarlo con la conversación final entre Dumbledore y Voldemort: no obstante, lamento decirte que lo que contiene el estuche no es el emblema de Ánuldranh; o no al menos técnicamente, ya que está muy relacionado con él. Pronto sabrás lo que contiene, conque no olvides ese detalle. Y aun otros muchos: el capítulo 55 está repleto de pistas: el diálogo con la pitia es un mapa de la segunda parte, por ejemplo. Pero eso es harina de otro costal. Por hoy me despido mandándote un fuerte beso y pidiéndote que te me cuides.

PIKI. Hola. En primer lugar, antes de que se me olvide, muchas, muchísimas gracias por haber tenido el magnífico detalle de llegarte por la página web de MDUL; y ahora vienen las disculpas: sé que está muy descuidada, pero es que está en proceso de elaboración. A ver si en verano la dejamos decente; aunque, ya sabes, todos formamos parte y todos podemos contribuir: como digo siempre, MDUL es de todos; su página web también. Y muchísimas gracias por colgar una foto. No he tenido todavía la oportunidad de copiarla y guardarla, pero lo haré pronto para ir confeccionando un álbum de fotos de los lectores. ¡No te preocupes! Lo que te dije sobre Dumbledore y el único personaje decente de MDUL lo dije absolutamente en broma: sé que no te referías a algo tan extremo; simplemente me llamó la atención, me hizo gracia y te lo comenté. No creas que te eché nada en cara ni nada parecido; sé que eres muy astuta, sagaz e inteligente, y muy cuidadosa en todos tus mensajes, por lo que cada palabra dicha por ti tiene un doble y cuidado sentido que no debo dejar escapar. Así pues, dejemos el tema del "Dumbledore-único personaje decente" que ha sido un absoluto malentendido. En verdad, el único personaje decente es Laura B. (me encanta ver que firmas así). Me sorprende que no hayas descubierto YA quién va a ser tu padre: el capítulo uno de la segunda parte... lo trae de vuelta. ¡Ah, ya he escrito el capítulo en que eres... engendrada. Sé que suena un poco fuerte, pero no te preocupes: no sale nada por lo que se pueda temer por tu sensibilidad. Espero que el examen de Biología te saliese bien, aunque de eso hace ya tanto que puede que ni te acuerdes. A ver si nos dejamos unos correíllos en este entretiempo hasta el próximo capítulo y charlamos¿vale? Por cierto¿cuándo es la feria de Málaga? Espero que tú puedas ir a la tuya, porque yo me voy a quedar sin feria ni nada. Tengo unas ganas de que se acabe este año... ¡locas! Un besazo y gracias por soportarme.

KALA FICTION. Querida María Angélica. Muchísimas gracias por todos tus comentarios y todos los halagos que siempre me dedicas, que, aunque yo trato de convencerme de que no son ciertos, consiguen despegarme algún que otro sonrojo. Antes de nada tengo que pedirte perdón por no haber podido responder al larguísimo correo electrónico que me dedicaste y que he leído con toda puntual atención; incluso el último, por el cual, además de preocuparme, te digo ahora que espero que estés bien y recuperada. Ha sido muy emocionante que hayas confiado en nosotros para revelarnos tu azarosa vida; ello, si cabe, nos permite conocerte un poquito mejor, valorarte mucho mejor y quererte una infinidad más. Lo que sí no voy a rehuir es tu pregunta sobre si soy o no católico; la respuesta sencilla: sí, lo soy, por tradición; pero la compleja es que mi fe ha caído en picado como el vuelo de una golondrina muerta. No sé si creer o no; mejor dicho: no sé en qué creer. Durante un tiempo fui un ferviente y fiel cristiano, pero Dios (puede que te moleste o duela) me abandonó (o quizá nunca estuvo ahí, a mi lado) y no he levantado cabeza desde entonces. Si es cierto que existe, me sorprende su apatía con respecto a algunos temas; y, si no existe, me parece una profunda pena para la interioridad del género humano. Agnóstico, como ves. Pero esto se escapa un poco del propósito de mi respuesta. Espero tan sólo que no me veas en adelante de forma distinta: yo sigo siendo el mismo que se ha presentado ante ti. Mi estado actual acerca de la religión y mi pérdida de fe, consciente, es un paso que me conducirá algún tiempo al purgatorio. Bueno, lo que decía: que me alegra mucho haber averiguado todas esas cosas de ti porque, aparte de haberme enseñado un poco de la vida, me permiten conocerte mucho mejor y sólo eso vale ya la pena. Me ha hecho muchísima gracia un comentario de tu "review" porque me ha dado tanto que pensar sobre las paradojas de la vida...; me refiero a algo de MDUL, claro está. Sí tienes mucha razón en que han de estar pendientes con ese retrato de las ranas de chocolate, en efecto: algo extraño se oculta tras ese objetivo, y que, por cierto, se resolverá en este capítulo. Espero que me des tu opinión sobre ello. Entonces¿te ha gustado Remus como ministro? Y ¿ves cómo Sirius volvía? No soy tan malo, después de todo. ¡Ah, con respecto a tu personaje puedo decirte que tu debut es... ¡en el próximo capítulo! Está atenta ya. Y habiéndote dado este notición me despido, aunque con la seguridad, o al menos el deseo, de que nos seguiremos escribiendo hasta la próxima actualización. Un beso enorme de tus hijos pródigos.

PETITA. ¡Eh, Brendis! Genial, enhorabuena, felicidades. Qué tía más grande estás hecha, por muchos motivos. En primer lugar, por ese pedazo de baile de danza árabe que te han adjudicado a ti sola; eso quiere decir que debes de bailar magníficamente; me muero de la envidia: yo quisiera estar ahí para verte; te mandaré toda la energía positiva que sea capaz de reunir para que te salga muy bien, aunque no lo dudo. En segundo lugar, porque has acabado MDUL (por lo menos lo que hay escrito); y no te preocupes, yo también hubiera sido incapaz de terminarla en dos días... Y, en tercer lugar, y lo dejo para lo último porque es lo que más me llena de satisfacción¡¡¡has descubierto quién es Wathelpun! Qué monstruo eres. Temía que lo acertarías: cuando me dijiste en la prueba que puse en la Orden Lupina que solías leerlo todo con mucho detenimiento, me temí lo peor. Sólo te pido dos cosas: que te guardes el secreto hasta que sea revelado a todos y que, de querer comentarme algo, lo hagas por medio de un correo electrónico; por eso debo agradecerte el que, muy acertadamente, me enviases uno para preguntarme si estabas acertada. Sí, mucho, fue mi respuesta; pero te queda tanto por saber, que para mí es como si no hubieses descubierto nada. ¡Ah, por cierto (que como no lo ponga ahora se me va el santo al cielo), que me encanta leerte porque, es verdad, tu expresión y tu ortografía son impecables; otros lectores también son muy pulcros en ese sentido, pero a partir de que tú me dijiste lo de los premios de ortografía no puedo menos que fijarme en esos detalles. Y ahora voy a detenerme en profundidad en tu "review", que ha sido uno de los que más me ha gustado porque analiza muy exhaustivamente todos los personajes; hacía mucho tiempo que nadie obraba así. Pero, eh, eso de que soy un genio de la arquitectura literaria me ha parecido desmedido, aunque me ha encantado; eres una joya: no me equivoqué al escogerte como la Gran Maestre, mi sucesora. Por cierto¿hiciste la foto paparazzi del niño Matt? Elena y yo también somos así: hubo un año en que cogíamos los dos el mismo autobús y en una parada se montaba un chiquillo que se parecía muchísimo a la idea físico que ambos concebíamos del tercer Lupin (el que va a nacer en este capítulo). También nos divertimos mucho decidiendo entre actores y gente famosa quién se parece más a cada personaje. Creo que Elena estaba elaborando un collage; si lo acaba, lo colgaremos en la página web de MDUL. Tienes razón, el señor Nicked es un santo por aguantar lo que soporta; creo que te va a gustar el venidero capítulo cinco, ya que es una explosión de sentimientos por parte del muggle. No obstante, a mí también me gusta que sea el personaje gracioso o chistoso; es el primer personaje enteramente mío que fue muy aplaudido y por eso le tengo mucho cariño. A Dumbledore tenía que matarlo por... exigencias del guión (pronto se darán más detalles de por qué he procedido de esta forma); no obstante, ha dejado un bonito cuadro en el despacho de Remus que le permitirá a éste interactuar con su mentor, o padre, como lo llamo yo, cada vez que tenga oportunidad. Me hace gracia, me ha encantado, he respirado tranquilo, que te haya gustado la pitia, porque tu personaje tiene alguna relación con ella; es lo más que te puedo decir por el momento. Por eso, si lo deseas, puedes buscarte algún nombre, o modificar los muchos que ya tienes, para darle una sonoridad griega: es lo que necesito para tu personaje. ¿Por qué puse demasiado débil a Dumbledore con respecto a Remus?... Me remito a lo que he dicho antes con respecto a la muerte del anciano director. Todo tiene una explicación: en el capítulo seis se sabrá por qué hube de matar a Dumbledore (como autor) y porque a éste se le movía una fibra especial con Remus. Mark lo he puesto con esa forma de ser porque es hijo único y lo he descrito como a mi primo, que también lo es; aunque mi primo no me ha tirado primas nunca, la verdad; digamos que lo he exagerado. Pero Mark es un personaje que personalmente me gusta. Como a ti te gusta Sorensen... Vaya, no sabía que pudiese mover tantas pasiones. Y sí, tienes entera razón, lo de Remus ministro se escribe con demasiada precipitación; pero ¿cómo escribir lentamente un capítulo así, que tenía tantas ganas de concluir? No obstante, espero resarcirme de ese error. Y vuelves a tener razón: MDUL tiene imperfecciones y yo las asumo como humano limitadísimo que soy. Pero me gusta conjugar todos los palos (humor, intriga, romance, etc.) para que el relato resulte más entretenido, dinámico y todo el mundo tenga cabida en él. Espero que a partir de ahora sigas disfrutando y trataré de poner las pistas sobre los villanos más difíciles. Sí te pido que conserves en la memoria todos estos detalles mínimos que tienes la oportunidad de conservar puesto que lo has leído recientemente: en el capítulo seis te serán de suma ayuda. Y sí, tienes razón (creo que me repito) en que no se sabe qué esperar de cada capítulo. ¿Qué sucederá en éste? Pues digamos que un poquito de todo, como tú misma has apuntado. Y con esto se despide, super hiper mega amiga, tu super hiper mega colega de España, que te manda muchos besos y te pide que no lo halagues tanto, que ni construye arquitecturas literarias ni es tan buen escritor. Tú sí que debes bailar bien, enhorabuena.

(DEDICATORIA: Como en este capítulo (por desgracia) no aparece ningún lector convertido en personaje al cual pueda dedicárselo, se lo dedico a tres personas por su arrojo, entrega y pasión, por su advertencia, premura e inteligencia, por su dedicación, esfuerzo y denuedo; qué digo: porque me han dejado asombradísimo. A Lorien Lupin y HPeta, porque, ambas, en el plazo de una semana me han descubierto que es fácil descubrir quién se oculta tras la máscara de Tim Wathelpun, y a Elena, que tuvo la audacia también de descubrir qué era y qué producía la luz violeta. Un saludo, no obstante, a todos. Y recuerdos a Marce y Kala para que pasen los malos momentos que andan viviendo.)

CAPÍTULO II (EL ÚLTIMO LUPIN DE LA PRIMERA DINASTÍA)

Sirius reposaba inconsciente sobre la cama que se le había proporcionado en el hospital San Mungo a fin de que permaneciera bajo cuidado y atención médica hasta que estuviese completamente repuesto de su fragilidad; desde que hubo salido del interior del Velo hizo en seguida muestra de honda debilidad y, apoyándose sobre Remus, les sonreía con una tez excesivamente pálida. Cuando Remus no trabajaba, es decir, la mayoría de las tardes, acudía puntual a acompañar a su viejo amigo, todavía no repuesto de la sorpresa de reencontrárselo ante sus ojos; al abrir la puerta de su habitación solía encontrar ya allí a Harry o a Tonks, con quienes intercambiaba algunas impresiones y sobre todo comentaba la decisión de los sanadores de no despertarlo hasta que se encontrase completamente recuperado. Un día que el licántropo acudió a su habitual visita con Helen, al llegar descubrieron que no había nadie más, que estaban solos; observando el rostro inexpresivo de su amigo, Remus se sinceró con su mujer y le explicó la extraña sensación que lo invadió al cruzar el arco; «como si un centenar de martillos helados me golpeasen el rostro», reconoció. Pero después de aquello no recordaba nada más. Nada en absoluto. Sólo un intenso frío que lo había cubierto de arriba abajo y voces que lo habían zaherido como a un pelele. Su siguiente recuerdo consciente se iniciaba a partir del momento en que atravesó nuevamente el óvalo del arco. Era capaz de recordar las expresiones perplejas de todos, la sonrisa de satisfacción de Helen, el gritito de Tonks y las lágrimas de ésta y de Harry. Andaba entumecido, Sirius apoyándose sobre él renqueante; tiritaban de frío e incluso tenían escarcha entrelazada en sus cabellos y los labios lívidos. Al momento Sirius se resbaló inconsciente hasta el suelo. Desde entonces nadie había vuelto a verle sus intensos ojos azules abiertos de nuevo.

Remus se encontraba junto a él, observándolo en silencio, cuando Sirius despertó. Parecía confuso al principio, contemplándolo todo con sus melancólicos ojos de cachorro abandonado, lentamente, como si no estuviese acostumbrado a la luz o como si no fuese capaz de recordar nada; Remus temía aquello: que la vivaz mirada de su amigo se fijase sobre él y que no fuese capaz de reconocerlo, de recordarlo. Pero, cuando al fin su mirada se posó en su meditabundo paseo sobre él, aunque el yaciente vaciló, una sonrisa se abrió paso en sus finos labios; el licántropo, conteniendo la emoción, le devolvió el gesto.

–Bienvenido, Canuto –le dijo.

Los ojos de Sirius centellearon. La incredulidad, el anhelo, la sorpresa, el gozo, la emoción..., tantos nuevos y viejos sentimientos habían retornado a su corazón que sus ojos se le inundaron de lágrimas. Remus, quien tampoco pudo contenerlas, se levantó lentamente y rodeó a su amigo, que se incorporó con gran esfuerzo, para abrazarlo. Los labios de Sirius se despegaron en varias ocasiones, pero no conseguía emitir ningún sonido. «Remus... ¡Remus!», consiguió escuchar el licántropo agudizando su oído.

–Creí que había sido un sueño –consiguió hablar al fin.

–El sueño, o la pesadilla más bien, es de donde te hemos sacado –repuso Remus cordialmente, con voz pausada.

La expresión de Sirius, no obstante, pronto se transfiguró y comenzó a mirar a todas partes a su alrededor preguntando con voz irritante, a gritos:

–¿Dónde estoy¿Es que me han cazado, eh? Esto no es tu casa, Remus. Dime por favor dónde estoy. ¿Tendré que volver a Azkaban cuando me recupere, eh? O peor¿me darán el beso?

–No, Sirius, tranquilo, por favor –le exigió su amigo solícito–. No tendrás que volver a ningún sitio. Ahora eres libre. Sólo estás en San Mungo para ponerte bien.

–¿Libre? –reiteró Sirius saboreando la dulce pronunciación de aquella palabra en sus labios. Cuando la repitió, sus ojos brillaban de nuevo–¿Libre?

Remus asintió lentamente, sonriendo. Sirius aún lo reiteró varias veces más y en cada nueva ocasión su sonrisa ganaba unos centímetros. Finalmente una última lágrima, la más dichosa de todas, resbaló por su mejilla izquierda.

–Pero... ¿cómo? –inquirió casi sin aliento.

Remus acercó su asiento hasta él y se sentó.

–Colagusano ha muerto. Voldemort lo mató. Éste nos secuestró a Harry y a mí y obligó a Peter a que nos matara, pero éste se negó. Es decir, murió por demostrar la valentía por que fue escogido para Gryffindor, por hacer gala de un arrojo que nunca ninguno habíamos conocido antes en él. –Sirius no estaba de acuerdo, pero no dijo nada por no interrumpir la explicación de su amigo–. Conseguimos huir, pero Harry no deseaba hacerlo sin llevar consigo el cadáver de Colagusano. Albus lo utilizó como prueba ante el Ministerio de Magia para demostrar tu inocencia.

Arrugando el ceño, ahogando su propia mirada en sus más hondos pensamientos, reflexionando, al cabo de un momento volvió a inquirir:

–¿Y cuánto tiempo ha pasado¿Cuánto tiempo he estado...?

Al principio Remus se mostró reacio a responder, ya que no era partidario de dar aquella información tan pronto a su amigo consciente de que podría causarle algún tipo de trauma o shock. Sin embargo, el otro insistió tanto y con tal denuedo que el licántropo se vio obligado a responderle.

–Poco más de dos años –le dijo con voz sucinta.

–¿Dos años? –gritó Sirius con los ojos abiertos de sorpresa–. Para mí es como si hubiesen transcurrido sólo dos días. Largos y pesados, pero días. Vaya... –Remus creyó reconocer ya en su mirada cierta melancolía que más tarde, cuando la euforia de su retorno hubiese pasado, el propio Sirius le referiría diciéndole que había perdido demasiado tiempo de su vida por tontas equivocaciones–. Y ¿qué ha pasado durante mi ausencia?

–¿Qué? –repitió Remus con una exclamación boba–. En primer lugar que me abandonaste, que me sumiste en la más profunda de las desesperaciones. Sirius..., creía que el único amigo que me quedaba había muerto.

–Estaba también Colagusano... –comentó el otro con una suave sonrisa.

–¡No bromees con eso! –exclamó Remus–. Ni te puedes hacer una idea de lo mal que lo pasé. Que todos lo pasamos. Te echaba de menos y al mismo tiempo se abría la época más difícil de nuestras vidas. Y estaba solo. Sí, con Helen, mis hijos y mi familia, claro, pero ya no me quedaban amigos. Imagino que tú lo habrás pasado peor, claro, pero yo he pasado por momentos, Sirius, en los que hubiera preferido estar oculto en el Velo como tú a estar ahí fuera y ver todo el sufrimiento y todas las penurias que nos han golpeado.

–¿Tan duro ha sido?

–La Orden Tenebrosa recrudeció sus ataques y nos golpeó con una contundencia inimaginable. Intentamos hacerles frente con el ímpetu que de siempre habíamos mostrado, pero el hecho de tener que trasladar el cuartel general porque tu casa no resultaba segura no nos ayudó mucho. Nos debilitó. Lord Voldemort consiguió hender nuestras defensas y llegar hasta Harry. Como te he dicho, lo secuestró; pero a mí con él. Varias veces. En la primera me rescató un... extraño fenómeno que se manifiesta con cierta frecuencia en el sótano de mi casa, una luz violeta. En la segunda... En la segunda ocasión Voldemort intentó ocupar mi cuerpo, pero no lo consiguió; yo lo atrapé a él dentro de mí, sin que él pudiera robarme la conciencia y la voluntad. Lo dejé malherido y huyó.

–¿Que evitaste que te poseyera? –exclamó Sirius boquiabierto–. Pero... Pero ¿cómo fuiste capaz de hacer... eso? Ningún mago, ni Dumbledore siquiera, lo habría podido hacer.

–Yo tampoco sé cómo lo hice. Albus me dijo que... Albus me explicó que dentro de mí había algo diferente, algo que tenía que fortalecer, un poder que me hacía distinto y más fuerte, pero que yo tenía que aprender a dominar. –Saliendo de su ensimismamiento, explicando a continuación con más calma, dijo–: Imagino que se refería al asunto este de hacer magia sin varita y todas esas cosas. La última vez que me enfrenté a Voldemort incluso conseguí paralizar una maldición asesina que me lanzó con sólo levantar una mano. Después la convertí en una serpiente. No sé ni cómo lo hice, ni cómo pude ser capaz.

Sirius, que asentía de vez en cuando para demostrarle que le escuchaba con profunda atención, asintió aquella vez más enérgicamente que nunca. Estaba anonadado por cuanto Remus le explicaba; pero, sin embargo, aún lo habría estado más si éste le hubiese explicado la profecía de Merlín y su advocación como príncipe mestizo, pero el licántropo prefirió no decir nada porque seguía sin estar seguro de lo que había significado aquello, y ése era el motivo por el que buscaba tan fehacientemente la esfera de cristal en el Departamento de Misterios con el vaticinio de Merlín, por si en ésta había quedado registrado algo más que lo ayudase a comprender un poco mejor su propio sino.

–Y... Y ¿cómo está la situación ahora? –preguntó con curiosidad Sirius.

–¿La situación? –repitió el licántropo con simpatía–. Bien. Bastante bien, la verdad. –Pero, como se tomara una pausa tan larga para proseguir, Sirius le imprecó para que continuara–. Voldemort acabó enterándose de la profecía y ése fue el motivo por el que había secuestrado a Harry con anterioridad; se había dispuesto matarlo, fuese como fuese. En Harry, por su parte, también se estaba operando un sustancial cambio, muy peligroso: su cicatriz cada día lo unía más a Voldemort; fue a través de ella como éste se enteró de la profecía. Harry no podía soportar el dolor ni los horripilantes pensamientos de Voldemort. Un día, sin más, se apareció en su guarida preparado para escribir un episodio de la Historia de la Magia. De no ser por Helen, que adivinó dónde encontrarlo, imagino que habría muerto.

–Pero ¿por qué fue solo?

–Porque le torturaba la idea de pensar que éramos nosotros los que estábamos luchando su guerra. Sabía que sólo él podía decidirla, conque resolvió que no era preciso arriesgar más vidas. Imagino que lo hizo porque maduró, porque ya estaría harto de ver cómo era la Orden del Fénix la que lo defendía a él; quizá lo único que quería era salvarnos a nosotros por una vez, sorprendernos. Sin embargo, tampoco yo aprobé su actitud entonces; hubiera hecho bien en avisarnos. Ninguno le habría prohibido enfrentarse a Voldemort si era ésa su determinación, pero yendo acompañado tenía más posibilidades que solo.

»Yo fui el único que estuve presente cuando Voldemort y Harry se enfrentaron. Si hubieras podido verme... ¡Cuánta impotencia! Voldemort había conjurado una barrera protectora alrededor de la pugna que me impedía acercarme. Sólo podía verlos. Y temí por Harry, bien lo sabe Rowling que temí. Incluso llegué a pensar que había muerto de verdad. Porque Harry murió.

–¿Cómo, qué¿Qué dices? A Harry lo vi yo el otro día antes de caerme redondo en el suelo. ¡Estaba vivo y tú me estás diciendo que murió!

–Sí, Sirius, paciencia. Déjame que te lo terminé de explicar; entonces lo entenderás. –Aguardó a que se calmase y prosiguió–: La lucha era muy desigual, tú mismo podrás hacerte una idea; Voldemort contaba con su experiencia acumulada durante su luenga vida y con su falta de escrúpulos, mientras que Harry parecía un tímido iniciado. Sin embargo, había algo en él que Voldemort no tenía: humanidad. Harry sabía protegerse muy bien y Voldemort era inflexible. ¡Hubieran luchado durante horas! Pero entonces Harry se apuntó con su varita directamente hacia su cicatriz y pronunció por primera vez, al menos que yo sepa, la maldición asesina.

–¿Que hizo qué?

Remus sonrió.

–Sí. Siguió el ejemplo de su madre y se sacrificó.

–¡Pero lo que yo vi...!

–Sirius, por favor. Si entran los sanadores y te ven tan excitado, me echarán sin miramientos de ningún tipo. Harry está bien, descuida por eso. ¿Quieres que te siga contando lo que pasó o no? –Sirius asintió derrotado y el licántropo volvió a sonreír–. Bien. Harry se suicidó, como te he dicho; pero aquello tuvo un doble efecto, como el chaval había supuesto muy acertadamente. La cicatriz conectó la maldición que lo hacía retorcerse también con Voldemort y el hechicero murió. Harry, en cambio, no. No sé cómo, pero sobrevivió. En realidad es que...

Se calló bruscamente.

–¿Qué? –le espetó Sirius.

–Nada –respondió Remus esbozando una sonrisa, quien a punto había estado de confesarle la profecía acerca de la cual él era el único que podría salvar al chico.

–Entonces todo ha acabado.

–Todo –reafirmó–. Para siempre.

–Vaya... –exclamó Sirius–. Así, después de tanto como hemos penado. ¿No se te hace raro? –El licántropo lo secundó asintiendo–. Pero al menos el bueno prevaleció sobre el malo. Y... Y ¿dónde está Dumbledore? Cuando salí del Velo, antes de desmayarme, recuerdo haberos visto a todos, pero a él no. ¿No se supone que habría tenido que estar allí?

Remus hundió la mirada y Sirius, quien vio cómo su amigo repentinamente se arrebolaba en una capa de tristeza, lo comprendió todo rápidamente. Hundiendo el mentón en su pecho, expresó sus pensamientos en voz alta:

–Oh, vaya. ¡Vaya! Se habría alegrado con mi regreso. Y... ¿cómo?

–Voldemort –contestó escuetamente Remus–. Hace dos meses. Pero no importa –repuso mejorando el ánimo–, yo sé dónde encontrarlo si se le necesita.

A continuación, como tratando de eclipsar rápidamente aquel tema de conversación, le explicó a Sirius con talante más optimista que Helen estaba deseando practicarle un buen corte de pelo y también que se afeitara para que se viera bien guapo otra vez; también le expuso la iniciativa de ésta de llevárselo a casa todos los días para que se metiera un buen plato de comida cada día entre pecho y espalda para poder así recuperar los kilos perdidos. También le contó, respondiendo a una nueva pregunta de Sirius, que habían vuelto a tener otro hijo, una niña, y que estaban esperando a un tercero, del cual Sirius, y mucho hincapié puso en ello, quería ser padrino. Cuando Sirius expresó su asombro por su prolijidad, una joven sanadora de aspecto simpático y rollizo abrió la puerta de la habitación. Pareció sorprenderla encontrar a Remus devolviéndole la mirada y al enfermo despierto mirándola también. Se los quedó mirando a ambos asimismo regalándoles una expresión perpleja.

–Está despierto –exclamó con relativa sorpresa–. Avisaré en seguida al sanador Shirling. –Se aproximó hasta la cama del enfermo a fin de realizarle a éste una serie de comprobaciones pertinentes; le tomó la temperatura, lo auscultó, observó sus pupilas y, por último, le pidió una muestra de saliva para el análisis. Después, dirigiéndose hacia la puerta, añadió mirando exclusivamente a Remus–: No obstante, necesita reposo, señor ministro. –Y sonriendo–: Con su permiso.

El licántropo la siguió con la mirada después de haberla despedido y, cuando la sanadora franqueó la puerta, volvió a posarla sobre su amigo. Intentó evitarla, pero la sonrisa se coló por sus gozosos labios cuando descubrió la expresión absorta e incrédula de éste, los ojos fuera de sí y la mandíbula desencajada de sorpresa.

–¿Señor ministro? Ha dicho señor ministro. ¡Yo he oído «señor ministro»! –exclamó enfático. El licántropo profirió una estridente carcajada–. ¡Remus!... –gritó con los ojos iluminados–. Me ausento dos años y... y... ¿cómo? No puedo ni creérmelo. ¿No será una broma?

Remus se levantó, recogió su chaqueta impecablemente doblada y, sin perder la sonrisa de los labios, se aproximó hasta la cama en que se encontraba su amigo.

–Yo no bromeo con esas cosas. Nunca he sido tan buen bromista como James o como tú. Aunque, si lo deseas, estaré encantado de ayudarte a fastidiar de nuevo a Quejicus, lo que reportará espeluznantes reportajes de Corazón de bruja; nos hemos hecho muy buenos amigos últimamente él y yo –ironizó–, aunque tú eso ya lo sabes. No, no me habría puesto de acuerdo con una sanadora a quien ni conozco para gastarte una broma tan estúpida. No...

–Entonces¿cómo...? –inquirió sin abandonar su estúpido gesto de anonadamiento.

–Ya has escuchado a la sanadora, Sirius: necesitas reposo. Ya habrá tiempo para hablar de todo eso. Ahora intenta dormir un poco, te sentará bien. Yo vendré de nuevo a visitarte otro rato al caer la noche o mañana si es que me surge algún imprevisto. ¿Vale?

Sirius asintió lentamente, como asimilando con lentitud cada una de las palabras que escuchaba. Después, despertando de su breve aletargamiento, volvió a inquirir:

–Pero... ¿ministro de Magia? No otro, de magia.

–Sí, Sirius, sí –respondió el licántropo mientras giraba el pomo de la puerta–. Ministro de Magia. Intenta descansar¿vale, por favor? –Y antes de salir añadió–: No quepo de gozo de haberte recuperado, viejo amigo.

–Tampoco yo, Remus... O don Lupin –bromeó–. Por cierto, la perilla te sienta... muy bien.

Remus salió con un gran nudo en la garganta. Sentía bombear su corazón a un ritmo vertiginoso y no podía perder una sonrisa que se había abierto en su cara desde el momento en que los azules ojos de Sirius habían regresado. Experimentaba, asimismo, ganas de llorar, pero se contuvo. Dispensando un último vistazo a la puerta de aquella habitación, pesándole enormemente tenerse que separar de Sirius cuando lo acababa de recuperar, puso tierra de por medio reiterándose interiormente que volvería dentro de unas horas.

Al llegar a casa, comunicó a Helen inmediatamente la buena nueva. No supo decidir entonces quién la recibió más dichoso, si Matt o ella, pues su hijo también se encontraba presente en el momento de la revelación y acogió la noticia con vítores y exclamaciones de júbilo. Hacía tiempo que había dejado de llamarlo «tito Sirius» como también hacía mucho que había dejado de apretar melancólico el muñeco que éste le había regalado, el cual repetía siempre que lo hacía su nombre y que ahora se encontraba adornando su escritorio en una posición privilegiada; pero en el fondo nunca había podido olvidar el cariño que por éste había profesado y que había retornado como la lava a un volcán dormido o secreto cuando lo vio aparecer sostenido por su padre franqueando aquel horripilante arco de tinieblas.

Remus mandó a su hijo a casa de Harry después de avisar a Tonks, que estaba aprovechando sus últimos momentos de relax antes de acudir al Ministerio a trabajar sentada en el sofá leyendo el periódico, para que éste fuera a ver a su padrino si era aquélla su intención. Pero, en el fondo, lo que anhelaba era quedarse a solas con su mujer, y cuando lo consiguió se vio obligado al fin a mantener aquella conversación con ella que sabía que habría de tener a su regreso. Al fin, tras numerosas órdenes y desesperadas cartas que muchos de sus subordinaros aceptaron no sin cierto estupor, había conseguido recabar toda la información que su esposa le había reclamado con tanto denuedo. Sin embargo, el resultado no era tan satisfactorio como ella esperaba y era aquél el motivo por el que Remus temía iniciar aquella conversación; sabía que Helen le haría preguntas y no quedaría satisfecha, pero él asimismo se veía incapaz de solucionar su problema.

–Helen –habló tras varios minutos de silenciosa reflexión–. Tengo que hablar contigo. He hecho varias averiguaciones sobre lo que me pediste con respecto a Tim Wathelpun y...

La adivina, que se encontraba preparando afanosa la papilla de Nathalie, se volvió con violencia y le inquirió desesperadamente quién era.

–Espera, Helen. Escucha. Me ha llevado varios días y puedo asegurarte que se han consultado todas las partidas de nacimiento de seres mágicos en el Reino Unido. Hasta hemos llegado a consultar las de hace doscientos años por si acaso, por si de casualidad es algún viejito travieso el que se va a poner "tonto" según tus visiones y se va a dedicar al tenebrismo a pesar de su avanzada edad. Pero nada. No hay nadie que se llame Tim Wathelpun. Absolutamente nadie.

–Alguien tendrá que ser. ¿Y no se te ha ocurrido pensar que tal vez no sea británico? Puede venir de cualquier parte. En mis visiones no se especifica su nacionalidad.

–Sí, sí que se me ha ocurrido –explicó apresuradamente–. He enviado lechuzas a todos los Ministerios de Magia del mundo pidiéndoles ayuda al respecto, y, aunque no todos me han respondido y aunque con algunos países en que reinan dictaduras mágicas no he podido ni tan siquiera mediar una palabra, no obstante, en ningún lugar responde ningún brujo al nombre de Tim Wathelpun. Quizá no haya nacido todavía.

Helen cabeceó.

–No lo sé por ninguna visión, pero mi corazón me dice que ya vive. Tan sólo me queda entonces una posibilidad: que ése no sea verdaderamente su nombre. –Su gesto se tornó afligido–. Pero así no podremos dar con él a tiempo. No, así no...

–Discúlpame, Helen –interrumpió Remus su meditación con voz melosa acercándose hasta ella para tomarle las manos–. ¿Y por qué no contemplas la posibilidad de que...? Vale, sé que suena raro, pero ¿por qué no puede ser un muggle? –Helen bufó, apartándose–. ¿Por qué no?

–Remus... Mira a mi padre. ¿Crees que sería capaz de atacarnos a nosotros¿Y a toda la comunidad? Mis visiones me hablaban de algo grandioso y jamás visto; pero de un mago.

–Todos los muggles no serán como tu padre, imagino. Aunque no tengan magia, hacen cosas increíbles. Si tu padre me ha enseñado una cosa es que hay que dejarnos sorprender. Vuelan en aviones, nosotros en escobas; lanzan misiles mientras que nosotros maleficios. ¿Por qué no podría uno de ellos ponernos en peligro?

–No, cariño, no fantasees –le repuso–. Sé que es un mago. Una vez en el sótano tuve una premonición en la que lo vi, no podía ser otro que él, conjurando una maldición. ¿Qué muggle sería capaz de eso? Sin embargo, fui incapaz de ver su rostro. Y vive, Remus, créeme. Ya vive. Y si nadie hay en el mundo entero que se llame así, no me queda más remedio, pues, que intuir que ése no es su verdadero nombre, sino el nombre con el que se alzará de las tinieblas y sembrará el terror.

Helen se esforzó en no pensar en Tim Wathelpun. No le resultó difícil; tenía demasiadas cosas en mente como para andarse entretenida en cábalas infundadas: sus hijos, su embarazo, su trabajo e incluso la elaboración del remedio contra la licantropía, proyecto en el que ya llevaba varios años enfrascada y que no le había reportado jamás ninguna alegría. Por remota que fuese. Pero eran, no obstante, aquellas largas sesiones en el trémulo sótano, rodeada de frascos de diversos tamaños y formas, envuelta por la mística aura del arte de las pócimas, donde inconscientemente dejaba volar su imaginación y ésta alcanzaba derroteros inimaginables. Recordaba las visiones que entre aquellos húmedos muros había obtenido y recordaba el potencial de sus últimos augurios y se preguntaba por qué no era capaz, si es que su poder se estaba fortaleciendo, de averiguar la verdadera identidad de aquel hechicero tenebroso que tantos años la llevaba acosando en sus premoniciones y del que nada sabía para poder prevenirse. Absorta, deteniendo un instante el trabajo a causa del esfuerzo que le costaba retroceder a la fórmula inicial del brebaje que lograba hallar, se lo imaginaba, le ponía un rostro, cruel e irascible, y unas manos, vengativas y hábiles, y una voz... Mas la voz la conocía; recordaba aquella estremecedora maldición escuchada en su predicción, pero no era una voz agria ni grave la que la había pronunciado; tan sólo agrio y grave había sido el tono que le había conferido a aquella voz, ya que no parecía una voz malévola. Y se lo figuraba con los ojos rojos, con la misma mirada horripilante y temible de lord Voldemort. Aunque se propusiera no pensar en ello, se preguntaba interiormente cuándo aparecería. Una voz tierna y débil asomaba desde lo más hondo de su ser diciéndole: «Ojalá que nunca», pero ella sabía, mal que le pesase, que su don nunca le había fallado, conque algún día tendrían que lidiar contra un nuevo peligro.

También se preguntaba, aunque se obligase a no pensar en él, cuándo tendría una nueva predicción de la que consiguiese sacar algún aspecto más en claro de Wathelpun. La respuesta le llegó al mes de haber tenido aquella conversación con Remus. Dormía cuando el licántropo, quien muy agitado soñaba, la despertó. Se revolvía con desasosiego en el lecho, sudoroso, sin conseguir despertar de su pesadilla, mientras Helen lo zarandeaba con cuidado y le acariciaba por que despertase; pero todos sus intentos fueron fallidos. Entonces ella le tomó la mano y fue capaz de verlo. Su sueño, su espacio onírico se abrió ante sus ojos como un libro inexplorado y lo que a continuación presenció la dejó profundamente atónita, tanto así que no supo si el sueño de su marido había sido muy esclarecedor o si había sido ella quien dándole la mano le había otorgado a aquel sueño la suerte de su don.

La bruma cubría su pesadilla, una bruma oscura como el tizón de su chimenea. Sólo en el centro se alzaba una luz clara y brillante, una cegadora claridad cubierta de blanco marfil y negro mármol. Un tablero de ajedrez. De un lado, vestidos con negros atavíos, encontró a la Orden Tenebrosa, liderada por lord Voldemort, quien ocupaba la casilla destinada al rey. Su túnica no se diferenciaba en nada de la de los demás sino solamente en el broche que la sostenía a la altura del cuello, un brillante pedrusco verde; también verde era la corona que mostraba orgulloso sobre su cabeza, pero ésta estaba confeccionada con la sustancia verde de sus maldiciones, pues su monarquía la había sido de terror. A su lado, vestida elegantemente, hermosa como las ninfas del agua, estaba Bellatrix Lestrange, ocupando la casilla de la reina a su lado pero sin soltarle la mano. De alfiles actuaban Malfoy y Colagusano. A sus lados, dos serpientes, dos réplicas de la decapitada Nagini ocupaban las casillas de los caballos, y, por último, cerraban las filas dos dementores que aspiraban el aire de su alrededor viciándolo y cubriéndolo de vacío y tristeza. Delante, los peones encargados de ejecutar sus viles órdenes sonreían de izquierda a derecha: Macnair, Crouch hijo, Avery, Crabbe, Goyle, Karkarov, Nott y Rookwood. Frente a ellos, ataviados con finas túnicas de blanco como los ángeles, la Orden del Fénix aguardaba paciente el embiste de la partida. Albus Dumbledore ostentaba la casilla del rey, conque sobre su cabeza portaba una corona dorada, la más grande y más hermosa de las coronas vistas sobre la faz del mundo, repleta de brillantes, y sobre sus hombros pendía una capa igualmente blanca y en sus manos empuñaba una feroz espada plateada con un nombre inscrito en su hoja, un nombre que Helen no fue capaz de leer. A su lado había una mujer de proporciones ideales, tan alta como Dumbledore. También reposaba sobre su cabeza una corona, si bien de menor tamaño que la del rey. Tenía la cara recubierta por un velo negro de seda que, no obstante, mostraba un perfil hermoso, un tabique nasal perfecto y una boca agradable; y, aunque Helen no pudiera verle los ojos, se los imaginó grandes y brillantes, azules como dos luceros, resplandecientes como estrellas fugaces. Aquella dama no se movió un ápice durante toda la partida. Ni un leve parpadeo. Nada. Permaneció inconmensurable, regia, mientras lo único que parecía titilar era el fino retal de tela con el que algún loco insensato había cubierto sus bellas facciones. Haciendo de alfiles estaban Harry y Remus, este último ubicado al lado de Dumbledore. A sus lados había dos centauros firmes y aguerridos. Y, para cerrar el bloque, de torres hacían dos idénticas construcciones hechas a escala; se trataba de un castillo enorme, muy parecido al de Hogwarts, pero con notables diferencias. La adivina hubiera jurado que se trataba de una torre de homenaje rodeada de altas murallas al estilo de una enorme ciudad medieval. Delante, como peones, de izquierda a derecha, se preparaban: Moody, Tonks, ella misma, quien estaba justamente delante del licántropo, Kingsley, Mundungus, Snape, el señor Weasley y Sirius.

La luz se hizo progresivamente más intensa y se dio comienzo a la partida. Dumbledore se reafirmó en la mano la empuñadura de su arma mientras Voldemort escurría su vil zarpa dentro de su túnica y blandía la suya. Como a las blancas les correspondía mover primero, Dumbledore dio una orden a Kingsley. Sin embargo, Karkarov se adelantó; había estado tembloroso desde el comienzo y, repentinamente, había huido dejando vacía su casilla. Voldemort lo amenazó alzando el puño, blandiendo como un látigo su mirada demoníaca. Kingsley al fin se adelantó. Después avanzó Crabbe, quien, en lugar de detenerse, haciendo ya honor a su poco aprecio por las reglas, cruzó en diagonal y apuntó su varita al mago de color, que cayó fulminado al suelo. Albus señaló con su acero a uno de los centauros y éste, saltando sobre los magos que ocupaban los puestos de peones, se interpuso. Voldemort sonreía, inconsciente de que pronto la partida se le iría de las manos, como pronto sucedió; puesto que uno de los dementores escapó a su control y besó al joven Crouch, cuyo cuerpo anduvo desde entonces errante, sin conciencia ni voluntad. Más horrible que la muerte. La siguiente en amenazar fue Bellatrix; avanzó en diagonal hasta situarse a unas casillas de Tonks, quien la miraba aterrada, incapaz de mover un solo músculo. Cuando el turno volvió a corresponderle, Voldemort, al tiempo que soltaba una carcajada estridente, ordenó a Bella que la ejecutase, y ésta no dudó ni un instante; mas cuando sus despiadadas manos fueron a posarse sobre la joven metamorfomaga, Helen se adelantó y derribó a la mortífaga de un empujón. La tiró en el suelo y la libró de su varita, pero Bella se introdujo la mano en el bolsillo y sacó un frasco con una poción que lanzó a Helen. Y ésta, por cubriste, interceptó el brebaje con una poción de forma que su contenido cayó, al quebrarse el cristal, sobre la desprevenida mortífaga, quien ardió durante unos segundos hasta quedar reducida a cenizas. Voldemort, que, como viera que habían incumplido las reglas del juego, no pensaba pecar de permisivo, se giró hacia Colagusano para ordenarle que derribara a Harry Potter. Sin embargo, el traidor del equipo contrario miró con recelo al muchacho y se sintió acobardado, negándose, conque el hechicero lo mató despiadadamente. Entretanto, Nagini había serpenteado en silencio hasta Alastor, quien no podía moverse si no era motivado por una orden de Dumbledore, y la serpiente lo estranguló hasta que su cuerpo cayó inerte en su abrazo de pecado. Voldemort, considerando que las cosas había de hacerlas uno mismo, avanzó recto apartando a los peones contrarios que lo estorbaban, pero Remus se interpuso y lucharon un instante. El hechicero huyó atemorizado y sus pasos lo condujeron hasta su archienemigo, quien lo miraba con desdén por encima de sus gafas de media luna sin que su espada le temblara en la mano. Tampoco a Voldemort le flaqueó la voz al gritarle: «Jaque mate», ni el brazo cuando le mostró el afilado hierro de cortante hoja que guardaba bajo su túnica y con el que apuntó su anciano cuello.

–Dame tu real espada y terminaré esta pugna. Retiraré a mis hombres y te dejaré escapar con vida –susurró la serpiente bípeda.

–¡Jamas! –se negó Dumbledore elevando la voz con sus ojos inyectados de ira–. Esa pugna entonces no acabaría nunca. Y, en el caso de que te entregara mi espada, te verías obligado a matar a Remus. ¡Jamás!

–¿Qué más da, Dumbledore, una vida más que menos? Remus sólo es un aborrecible hombre lobo, una amenaza para nuestra comunidad. Y tú lo sabes. Pero lo extraño es que, pese a todo, tú sigas persistiendo en entregársela a él. ¡Dame la espada o muere!

–¡Jamás!

La sangre cubrió el suelo cuando el acero de lord Voldemort penetró en la garganta de su contrario de hito a hito. El cuerpo del anciano cayó pesadamente en el suelo sin que nadie pudiera hacer nada para remediarlo, mientras Voldemort reía tiránicamente. Y en la boca impresa en el velo de seda que ocultaba su rostro de la dama inmóvil junto a él se abrió una sonrisa, mas no vil ni traicionera, sino una tierna sonrisa, una sonrisa de felicidad, de gozo, de reencuentro. Cuando el hechicero se recuperó de su ataque de demencial risa, se agachó para recoger la espada de Dumbledore, a quien le susurró un silbante adiós al oído. Furibundo, abandonando su casilla, Remus corrió hacia él y empuñó su varita contra la hábil maestría en el manejo de la espada de su enemigo. Intentó arrebatarle la espada que perteneció a su mentor, pero Voldemort se lo impedía. Sin embargo, Harry se acercó subrepticiamente por detrás y lo alcanzó con un relámpago cegador que destruyó al hechicero, cuyo cuerpo explotó y cuya alma quedó reducida a una nube de polvo y cenizas, y cuya varita cayó sobre los brazos del cadáver del director de Hogwarts. Sólo entonces el licántropo pudo recoger la espada de su mentor y contemplarla encariñado, sosteniéndola en sus brazos como una reliquia. Entonces pudo leer la inscripción de la hoja. «Lo último que me dijo Albus», se dijo. Pero no hubo forma de que supiese de qué se trataba.

Helen percibió entre la envolvente oscuridad deslizarse una sombra. Cuando parecía que nada había alrededor del tablero sino tenebroso vacío, una figura alargada que caminaba taimada se acercó hasta ellos con tiento. De paso seguro y hombros anchos, el hombre que se aproximaba estaba cubierto con una capa larga que barría el suelo, una capa que abrazaba su cuerpo al cruzarse de brazos; y su cabeza permanecía en la penumbra ya que la cubría una ancha capucha cuyos extremos caían fláccidamente sobre sus hombros. Caminaba cabizbajo, meditabundo. Al poner un pie sobre el extremo del tablero, sus pisadas sonaron enérgicas. Remus, ocultando la espada tras de sí, anduvo a su encuentro, flanqueado por los dos centauros, que blandían rostros feroces. «Detente», le ordenó el licántropo; pero el hombre no obedecía. Continuó su camino impertérrito. Remus repitió la orden, pero el resultado no fue más óptimo. De esa forma se vio obligado a sacar su varita y apuntarla hacia el recién llegado. Le lanzó un maleficio con el que esperaba detenerlo, pero el visitante alzó una mano con un gesto vago y ésta absorbió el rayo sin que sufriese aparentemente daño alguno. Remus quedó atónito. Helen intuyó una sonrisa debajo de la capucha.

–Ha llegado la hora del terror –exclamó una voz suave debajo de la capa.

A continuación abrió la palma de nuevo y el tablero por completo se tornó negro, y las casillas que habían sido blancas se convirtieron en negras y la luz medio se consumió. Sólo entonces el hechicero levantó el rostro y se pudo vislumbrar bajo su capucha una máscara plateada que les estaba devolviendo el reflejo de la luz y en la que se mostraba tallada a fuego una media sonrisa lúgubre. Sus ojos, oscuros como la noche, chisporreteaban con el éxito.

Helen se adelantó y a gritos dijo:

–Eres Tim Wathelpun, te reconozco. Dime quién eres en realidad. Dímelo.

Wathelpun se quedó en suspenso devolviéndole la mirada a la adivina. Bajo su máscara sus labios se despegaron momentáneamente y sus pensamientos se nublaron. Sin embargo, guardando la compostura, dio un paso hacia ella mientras ésta no cesaba de repetirle que le dijera quién era. Sonriendo, pasando dos dedos por su faz de metal hasta que culminaron en su pronunciado mentón de hojalata, le respondió:

–¿Es que no me reconoces?

Recuperada de la estupefacción que su respuesta le provocó, la bruja prosiguió imprecándole:

–¡Habla! Dime quién eres. Retírate la máscara y déjame que te vea. ¡Dímelo!

Alguien la zarandeaba y despertó del sueño en el que también ella se había sumido al sostener la fría mano de su marido. Era Matt, que la observaba con sus negros ojos preocupado, y en ellos Helen pudo verse reflejada, anhelante, encogida su garganta en un chillido reprimido. «Es sólo una pesadilla», dijo el chico extendiendo en seguida sus brazos alrededor del cuello de su madre para consolarla con un abrazo como solía hacer con él. Ésta, mientras le acariciaba el pelo de la nuca con tal ternura que sólo puede salir de una madre, habló en voz alta:

–Sí, cielito, sólo una pesadilla. Tan sólo una pesadilla.

Pero en su mirada residía un brillo interrogante.

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Remus no pudo ni prever aquella exaltación. Fue la Jefa Suprema Gwen Marom quien le comentó al licántropo que sería buena idea celebrar en el Ministerio una pequeña recepción para hacer entrega a Sirius Black de su estatuilla acreditativa de la Orden de Merlín, Segunda Clase. Sirius se mostró muy ilusionado; no más lo dejaron salir del hospital cuando ya quería pasarse a recogerla. Pero Remus le pidió que esperara con paciencia; algo que no consiguió, ya que en casa del licántropo el animago no hacía otra cosa que contemplar los galardones del matrimonio e imaginarse con uno exactamente igual para él. Una semana después de que le dispensaran el alta, Remus había conseguido encontrar un hueco para la entrega en el atrio. Fue él mismo quien determinó que no se colocara el escenario ni ningún elemento de decoración; lo creía excesivo cuando se trataba de una única adjudicación, lo que convertiría el acto en una sesión fugaz. Pero se equivocaba. Aunque aquellas sesiones eran públicas y cualquiera podía pasarse, Remus creyó que no sería un reclamo de masas. Pero se equivocaba. Desde primera hora de la mañana una turba incontable de magos y brujas aguardaba impaciente el inicio de la celebración. Deseaban enérgicamente ver al fugitivo Sirius Black, a quien estrictas normas de seguridad de San Mungo habían conseguido mantener al margen del populacho. Remus estaba atónito; pero se culpó a sí mismo de su necedad por no haberlo previsto.

Cuando Sirius hizo acto de aparición, los vítores se alzaron desde el suelo con tal brutalidad que éste parecía que temblara, las cámaras fotográficas de los periodistas destellaron con sus relámpagos de instantáneas y aquéllos que un día trabajaron en su persecución, ahora lo ayudaban a llegar al pie de la estatua de Albus Dumbledore, donde Remus lo esperaba, apartándolo de la multitud, que gritaba su nombre. Abrumado por tal expectación, el demacrado hombre se limitó a saludar con una tímida mano mientras sus labios se abrían en una amplia sonrisa de satisfacción. Ayudado del guardia de seguridad, el licántropo aproximó un escritorio hasta el pie de la estatua y se subió a él. Por encima de su cabeza reinaban a escasos centímetros los refulgentes zafiros que ocupaban la mirada de su mentor asesinado, y a su lado, sobre sus brazos, reposaba la furibunda arma de su ejecutor confinada en una arca de grueso cristal. Hasta él se aproximó su secretaria, Ann Thorny, quien portaba en sus manos la imagen de Merlín cubierta de plata que él habría de entregar a Sirius. Se la dio y, entonces, como esperando que fuese a hablar, el auditorio al completo guardó silencio. El licántropo lo agradeció con una sonrisa.

–Magos y brujas y niños todos, bienvenidos al Ministerio de Magia. Pero esta bienvenida tiene un poco de burla, pues nadie había previsto conglomeración semejante, hecho que no es menos de agradecer. Gracias. Imaginó que nuestro invitado de honor se sentirá más que arropado por vuestros aplausos y por vuestro ánimo, cuando sus últimos veinte años han sido una triste memoria que entre todos cooperaremos para hacerle olvidar. Mi mejor amigo, nos conocimos en Hogwarts y fuimos inseparables junto a James Potter. Mas... ¡cuán desavenidos acontecimientos que no es momento de que se rememoren! Además¿qué presentación es precisa? Puesto que ¿acaso queda alguien que no sepa quién es él, que no haya oído su nombre, que no haya temido su huida de Azkaban? Una huida de Azkaban que no me extrañaría que algún día, dentro de muchos años, formase parte de nuestro memorial de leyendas. Sí, señores y señoras, no estoy hablando de otro que de ¡Sirius Black!

Le extendió la mano para que se ayudase de ella para subir a su lado. El hombre, quien se había cortado los cabellos y afeitado de forma impecable para ofrecer una imagen inmaculada de sí mismo por la que poco a poco fuese recuperando su honor perdido, dio las gracias repetidas veces e hizo varias inclinaciones al público. Remus pudo leer en sus ojos el enorme gozo que estaba viviendo, y fue feliz por él.

–Aquí tienes, por fin –le dijo Remus entregándole el galardón que meses atrás se le había concedido póstumamente. El ministro consideró entonces, al reparar en aquello, que su dicha parecía en aumento.

El auditorio entero pareció enardecer cuando la estatuilla cayó sobre sus manos y el animago la levantó por encima de su cabeza mostrándosela a todos emocionado, sonriendo de hito a hito, como si fuese un triunfo de todos que él recibiese en representación de todos.

–¿Puedo decir algunas palabras? –preguntó Sirius con la mirada relativamente extraviada hacia el público. Remus le asintió enérgicamente–. Ejem... Hola a todos –dijo con un poco de pánico que se manifestaba en su voz–. Simplemente quería hacer saber a todos que... que este premio no me lo merezco, que ojalá hubiera podido disfrutar de esos veinte años que por un estúpido error me fueron arrebatados, aunque no estuviese hoy aquí ni Lupin estuviese seguramente haciéndome entrega de este galardón. Pero también quisiera pedir vuestra ayuda... Quisiera sentirme totalmente libre, que nadie dude ni por un momento de mí, de mi inocencia. Por favor.

–Eso está más que claro –lo interrumpió Remus con una sonrisa–. El Profeta sacó unas fotografías del cuerpo de Pettigrew cuando Harry lo rescató de la guarida de Voldemort. De eso ni te preocupes, Sirius.

La mirada del licántropo se recrudeció al ver que los periodistas, en primera fila, comenzaban a levantar los brazos frenéticos en pos de reclamar su atención y poder iniciar una rueda de prensa, a la que él no tenía ninguna intención de llegar. Se daban codazos entre sí y comenzaban a articular sonidos guturales con los que reprimían las preguntas que bullían por salir de sus bocas, pero Remus no dio paso a ninguna de sus cuestiones. Ni tan siquiera los miró. Hizo un inquisitivo gesto con el brazo del que esperó que comprendieran que no pensaba convertir aquello en un intercambio de preguntas y respuestas poco juiciosas para diarios inundados de tinta sensacionalista.

–Asimismo –dijo Remus, acto seguido–, es preciso que el Ministerio de Magia, el cual yo represento, te pida perdón por su más completa incompetencia a la hora de llevar tu caso. –Sirius fue a decirle algo, negando con la cabeza, pero Remus no le dio cuartel–. Sin embargo¿qué es una mera disculpa cuando ese error se ha cobrado tantos años de letargo? Sirius, querido amigo, el Ministerio ha tenido a bien ordenar la entrega de un millón de galeones, que imagino que a esta horas ya habrás apercibido en tu cámara blindada de Gringotts, como indemnización por el agravio causado.

Sirius se quedó sin palabras, consciente de que la grandeza del linaje de los Black había resucitado, cual un fénix de sus cenizas, estrechando boquiabierto la mano de su amigo mientras el auditorio estallaba en aplausos y exclamaciones como si fuesen ellos mismos quienes recibieran aquella cantidad. Pronto el mago daría buena cuenta de aquel oro mágico.

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La campanilla se estremeció y emitió un agudo tintineo cuando Remus abrió la puerta de negra madera barnizada y cristales incrustados a través de los cuales se podía ver a la inquieta muchedumbre ir de un lado a otro a lo largo del callejón que Matt y él habían dejado. Atravesaron la tienda, oscura y con olor a humedad y polvo, hasta alcanzar el mostrador, donde se detuvieron silenciosamente. Nadie. A Matt el corazón le latía tan aprisa que parecía un pobre potrillo desbocado que quisiera escapársele de dentro del pecho, y él, desde fuera, trataba de aplacarlo. La última vez que había entrado en aquel establecimiento había sentido un estremecimiento recorrerle la espalda y el temor no le había dejado de invadir hasta que hubieron salido afuera. Se preguntaba incesantemente cómo su padre podía parecer tan tranquilo cuando a su alrededor los dominaban las sombras, las altas estanterías parecían cercarlos y aquel hombre de mirada gris lo miraba como entusiasmado, con un brillo consumido que quizá se debiera a la edad pero que aún permanecía en sus ojos como un gesto apremiante. Ollivander, había oído que su padre lo había interpelado; aquél debía ser su nombre. Aparte estaba el hecho de que allí sería donde compraría su primera varita. Su primera varita... Cuando su padre le explicó que había llegado el momento de adquirirla, pensó que es que también él había madurado. Pero allí de pie, gobernado por el temor y la duda, no estaba tan seguro. Temía tanto a aquel hombre como temía empuñar una de las varitas que le ofreciera; sentía pánico de no estar seguro de qué hacer con ella y fracasar. Temía defraudar a su padre. Sentía ganas de salir corriendo, abrir la puerta y escabullirse entre los rápidos pasos de la gente en el callejón Diagon, pero, tratando de relajarse, pensó que tal vez estaba estigmatizando la situación; cuando Ollivander llegó sonriente desde la trastienda con unas cuantas cajas en la mano, Matt, no obstante, seguía allí, al lado de su padre, devolviéndole desafiante la mirada al anciano que lo contemplaba a su vez a él como si estuviese pensando en devorarlo, en convertirlo en un apetitoso manjar a degustar.

–¿Qué tenemos aquí? –inquirió con voz melosa–. El joven señorito Lupin... Creo que hoy es su gran día; hoy se convertirá verdaderamente en un mago, no me cabe duda. Buenos días, señor Lupin –saludó dirigiéndose a su padre. Matt supuso que el incidente con la varita de lord Voldemort era agua pasada, porque la actitud del dependiente con su padre fue mucho más benevolente y servicial que la última vez, lo que, sin embargo, no consiguió hacer que él lo viera con mejores ojos–. Las varitas han quedado terminadas. Sólo tres de sus pelos han sido hábiles como núcleos, conque sólo tres varitas he podido fabricar con ellos. Muy buenas, la verdad.

–Me alegro –comentó Remus con voz grave.

–Confeccionadas con madera de sauce, el resultado ha sido mejor del que yo mismo hubiera podido prever. Quizá la experiencia me sirva para abrir mis fronteras con respecto a los núcleos de mis varitas. –Remus le sonrió en gesto de asentimiento–. Tres varitas, sí. Iguales pero diferentes; sus características específicas las hacen únicas. Y muy eficaces las tres. Vigorosas, enérgicas. Poderosas, sí, muy poderosas. Imagino que querrá que su hijo pruebe fortuna con ellas.

–Por supuesto –respondió Remus con contundencia.

El hombre rodeó el mostrador hasta quedar junto a ellos, en la parte delantera de la tienda. Se estrechaba las manos con nerviosismo, un ritual misterioso que Matt apreciaría en él siempre que fuese de nuevo a aquella tienda. Con dedos temblorosos, largos y selectivos, estrechos como juncos pero audaces como garras de un ave rapaz, escogió una de las cajas, le retiró la tapa y, apartando delicadamente el papel de seda que la envolvía, liberó la varita. Era de color caoba, ancha por el mango y estrecha en la punta, estriada en algunas partes, y a Matt no le gustó. Volvió a temer que aquel hombre descubriera sus pensamientos, pues se acercaba tan lentamente, tan sonriente, alargándosela, que creyó que su única intención era captar su inclinación por aquella varita que le fue depositada en las manos casi sin que se diera cuenta. Tan repentinamente como la había puesto en sus manos, tan repentinamente como se la arrebató. La volvió a introducir en su caja sin que Remus le quitara a aquel objeto la vista de encima, embaucado por no sé qué recuerdo enigmático.

–Demasiado flexible –dijo el anciano mientras cerraba la tapa–. Demasiado. Probemos con otra mucho más elástica. Algo más corta. Perfecta para Encantamientos.

En aquella ocasión le entregó una varita clareada y brillante por la abundancia de barniz sobre la superficie de la madera. Era varios centímetros más corta que la anterior y se sintió igual de estúpido cuando la empuñó en su mano. Enarcando las cejas, Ollivander aguardó un segundo, pero, transcurrido éste, arrugando el entrecejo, se la retiró sin mencionar palabra.

–Vaya, vaya... –dijo sacando la última de las tres varitas que había conseguido fabricar con los pelos de licántropo que le había administrado su padre–. Sólo queda ésta. Veamos.

Ollivander le entregó una varita mucho más larga y gruesa que la primera, completamente negra, de fuerte empuñadura estriada, y esperó paciente. Matt, sintiéndose nuevamente estúpido a la par que observado, pensando que tal vez defraudara a su padre si aquélla tampoco tenía éxito, sostuvo el mango con mucha fuerza creyendo que el ahínco que mostrara sería el seguro para su victoria. Y a aquel denuedo explicó el súbito calor que ascendió por las yemas de sus dedos como un fuego sin lumbre, como una llama sin combustible, que naciese dentro de él y que dentro de él, pensaba, se extinguiría. Una brisa inextinguible, secreta, surgió a su alrededor y un brillo plateado como un patronus incorpóreo surgió del redondeado extremo de la varita que acababa de hacer suya, y, mientras, el anciano mago, a sólo unos pasos de él, le sonreía con franqueza. También su padre. Matt no estaba muy seguro de qué es lo que había conseguido que tan felices hacía a sus acompañantes cuando Ollivander le retiró la varita para guardarla en la caja y después envolverla. Su padre se aproximó hasta él y le apretó el hombro con fuerza, avivándole por un instante el calor que acababa de experimentar.

–Una varita espléndida, Matthew. Muy buena, señor Lupin, realmente buena. Treinta y dos centímetros, algo más rígida que sus hermanas, idónea para Transformaciones. Nunca había vendido una varita tan aprisa –comentó riendo–. Pero una magnífica varita para un grandioso mago, no me cabe la menor duda.

Remus le tendió unas monedas por las que el mago, detrás del mostrador, extendió la mano. Al contarlas, contrariado, le señaló al ministro que había unos galeones de más.

–Ya, ya... –repuso el licántropo sonriendo–. No me he equivocado al contar. Quédeselos. Por las molestias causadas por la fabricación de las varitas. Bueno, quede en paz, Ollivander; hasta otro día.

–Ojalá nos veamos pronto, señor ministro. Tenga un buen día.

Al abandonar aquella tienda, momento tan anhelado cuando llegaran a ella por el pequeño adolescente, con su varita bajo el brazo, envuelta su caja en un grueso papel marrón, Matt pensó que su miedo se había difuminado. Despidió a Ollivander con ademanes honestos y se marchó sonriendo. Ya no temía las sombras, ni las altas estanterías ni a aquel mago de mirada sombría. Ahora era un mago. Y el efecto causado al tocar su varita le había proporcionado seguridad. Sonriendo, se volvió a su padre y le preguntó:

–¿Adónde vamos?

–A... No lo sé, la verdad. Quería comprarle un regalo a Harry, pronto será su cumpleaños. ¿Se te ocurre a ti algo?

El chico se encogió de hombros, pero pronto se animó a señalarle todos los escaparates posibles y a unirse a su conversación en pos de hallar el regalo perfecto.

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BLACK REGRESA MÁS LLENO DE VIDA QUE NUNCA. ¡Y RICO!

Ayer, Sirius Black, que ha permanecido fugado de Azkaban desde 1993 hasta ahora, momento en que se ha conseguido demostrar su inocencia, recibió de manos de su amigo de infancia Remus Lupin, el actual y atractivísimo Ministro de Magia, la Orden de Merlín, Segunda Clase, que le acredita su talento y esfuerzo en la desaparecida Orden del Fénix, de cuyos méritos poco sabemos los magos de a pie. El premiado, cuya apariencia dista mucho de la del seductor joven que encendió el corazón de muchas ingenuas en sus años de estudiante, apareció con paso renqueante, mirada gris y fláccido el tono muscular. «Eso no es un inconveniente», reconoció a nuestra reportera cuando lo entrevistó, «trataré de ganar de nuevo un poco de peso y de mejorar el tipo.» Conque Sirius Black regresa más lleno de vida que nunca.

¡Y rico! El Ministerio de Magia le hizo entrega de la friolera cantidad de ¡1.000.000 de galeones! de indemnización. «Para mí ha supuesto también una sorpresa», aseguró el ya millonario mago. «Todavía no sé muy bien qué voy a hacer con tanto dinero...» Ideas no le faltarán. A nuestro centro de redacción, sin embargo, sí que han llegado numerosas lechuzas de enardecidas chicas que desean conocer a Sirius Black y compartir su fortuna. Joanna M. admite: «Sirius Black es un partidazo. Además está muy bueno. El pobre ha debido de pasarlo muy mal tantos años solo. Yo le recordaría lo que es la efusión.» Aunque nuestro equipo de investigación ha tratado de localizarlo, no disponemos de ninguna fuente sobre su paradero para realizar averiguaciones acerca de lo que está pensando hacer con tanto oro mágico. Sin embargo, muchos opinan que...

Remus, a quien una pequeña sonrisa se le escapó por la comisura izquierda al leer aquello, levantó la vista cuando su mujer pasó por delante de él sin casi fijarse en que estaba sentado en el sofá leyendo el periódico. Apartó el número de Corazón de bruja y se puso en pie.

–¿Adónde vas? –le inquirió.

–¿Adónde tengo que ir? –preguntó a su vez–. Iba al cuarto de Matt. No ha salido en toda la mañana a dar una vuelta con sus amigos o al jardín para jugar con su hermana. Sigue enfrascado con los libros nuevos. Todavía.

–Déjalo, ya se le pasará la euforia –respondió el licántropo sin apenas darle importancia al asunto–. Para él la magia es algo nuevo. Además, creo que está algo asustado con la idea de tener que irse a Hogwarts. De irse solo. Creo que se está aprendiendo hechizos de memoria para llegar con algo adelantado.

–¿Y por qué no vas a hablar con él? –le preguntó Helen tranquilamente–. ¿Qué estabas haciendo?

–Estaba leyendo el reportaje de Corazón de bruja sobre Sirius Black. Qué periodismo más frívolo, en verdad. Pero hablan bien de mí. –Sonrió con suficiencia, pavoneándose delante de Helen en broma–. Es extraño¿no te parece, que últimamente siempre compres esa revista; antes decías que no te gustaba.

–He cambiado de opinión –repuso resuelta–. Pero creía que te lo había dicho, me he suscrito. Por una docena de knuts te llegan directamente a casa los cuatro números del mes. Es más cómodo. Quiero estar enterada de todo lo que dicen de mi marido. La semana pasada hablaban de que tus ojos son tan hermosos que están contemplando la posibilidad de abrir un concurso paralelo al de la Sonrisa más Encantadora. ¡Ah! Te convendría practicar tu sonrisa delante del espejo. Y también publicaron un reportaje sobre los hombres lobo. ¡Nunca habían dicho tantas cosas buenas sobre ellos! Casi me hicieron llorar.

Remus se extrañó. Enmudecido, fue incapaz de reconocer que él no había leído aquel reportaje. Se limitó a encogerse de hombros arqueando una media sonrisa. Seguidamente, algo repuesto, le preguntó a la adivina:

–¿Y has leído el artículo sobre Sirius de hoy?

–No, no me ha dado tiempo. La lechuza acaba de traer la revista.

Remus sonreía mientras ella recogió el diario y le echó un rápido vistazo.

–Se preguntan en qué va a gastar el dinero de la indemnización.

–¿Y en qué lo va a gastar? –se preguntó Helen volviéndose hacia su marido con las cejas enarcadas–. ¿Eh, tú lo sabes?

Remus se encogió de hombros.

Ni el mismo Sirius lo sabía muy bien. Remus y Helen lo habían acogido con hospitalidad en su casa y habían preparado para él una modesta habitación en el desván, porque, como ellos mismos se habían disculpado, no les quedaban muchas más habitaciones, ni el propio Sirius quería regresar tampoco a la casa que había sido de sus padres; de ese modo, con la vista clavada en el techo inclinado de la habitación gobernada por trastos y cosas viejas, todas las mañanas, cuando la aurora rayaba en el ventanuco redondo y los primeros rayos matutinos le golpeaban sobre el rostro, ya despierto, con los ojos muy abiertos, se preguntaba qué sería de él, que sería de su vida. También reflexionaba a menudo sobre el dinero, sobre el uso que le daría, pero siempre que tocaba aquel punto acababa abrumado por la cantidad y, mareado, se incorporaba en el filo del colchón y se obligaba a dar unos cuantos paseos descalzo por la desordenada habitación hasta que conseguía recuperar el aliento.

Un domingo, el licántropo se levantó temprano para preparar un suculento desayuno que repartió en sendas bandejas: una llevó a su mujer, quien se lo agradeció con un enorme beso; con otra sorprendió a Tonks, que sonrió atónita, pero que más tarde se sintió cohibida; la de Matt la dejó sobre su escritorio, a su lado, ya que a éste se lo encontró con la cabeza sobre un grueso tomo con el foco del flexo incidiendo directamente sobre él; la última era para Sirius. Cuando subió la escalera del desván y su cabeza apareció por el hueco del suelo del mismo, volviéndose hacia él, se lo encontró ya despierto, de pie, observando meditabundo el paisaje que se abría como una frontera estival por la ventana. Dejó la bandeja del desayuno sobre una caja y el animago, agradecido, le sonrió. Apenas se movió; permaneció cruzado de brazos, ligeramente apoyado sobre el muro, contemplando las vistas con meditabunda expresión. El licántropo se aproximó hasta él sin decirle nada; aguantó unos minutos en silencio a unos pasos de él, pero la infinita paciencia que su amigo había adquirido en su eterna soledad lo hacía inconmensurable como la más alta e inaccesible de las torres. Al fin le puso una mano sobre el hombro y le preguntó:

–¿Quieres contarme algo?

Sirius cabeceó lentamente.

–No –reafirmó–, pero quizá me viniese bien comer algo.

Remus le pidió que no se moviese, y fue él quien solícito lo preparó todo a su alrededor: colocó una caja enorme, de cuya superficie limpió con una barrida de mano la gruesa capa de polvo, en el centro, y a su lado dos más pequeñas, en las que repitió la misma operación, sobre las que podrían sentarse. Depositó la bandeja sobre la principal y deseó un buen apetito a Sirius. Éste volvió a sonreírle, pero sin ánimo.

–¿De verdad no quieres contarme nada? –volvió a preguntarle Remus con voz conciliadora.

Sirius le negó de nuevo con la cabeza. Sus ojos no lo miraban. Se llevó el vaso de zumo de naranja a la boca y remojó sus labios sin casi haberlo probado. Después, probó la tostada y la volvió a dejar sobre la bandeja mientras masticaba el pedazo. Cuando lo pasó, cruzando las manos, explicó:

–Me estoy haciendo viejo, Remus. Y sólo he vivido veinte años. Sólo veinte.

Aquella repentina confesión pilló al licántropo de improviso, conque no acertó a decir nada más coherente que «creo que no estás en lo cierto». Sirius levantó la vista y al fin sus ojos se fijaron en su amigo. Una leve sonrisa se abrió entonces en su rostro.

–Veinte años. Diez con mis padres; vida de santo la que me gané entonces. Diablo en Hogwarts. Mis mejores años, mis mejores recuerdos, mis mejores amigos, mis mejores sentimientos. Mi vida, en definitiva. Pero ahora estoy por cumplir cuarenta y me parece que no he vivido nada, que el tiempo se me ha escapado de las manos con la sencillez con que el agua se escurre entre los dedos.

–Ni la magia puede conseguir que luchemos contra el tiempo, Canuto –repuso Remus–. También yo tengo treinta y ocho años y...

–¡Pero tú los has disfrutado, mi leal amigo! –exclamó. De pronto, como enojado consigo mismo por su comportamiento, con los ojos enrojecidos, cabizbajo, añadió–: Lo siento, no tendría que haberte hablado así. Pero es que tú no sabes lo mal que lo pasé en la prisión. Solo, desconcertado, atormentado por la culpa de haberlos perdido... Cuando hace dos semanas me confesaste que habrías preferido no haber visto nada, no haber presenciado el dolor y el sufrimiento todos estos años, que habrías preferido estar oculto en el Velo, me pregunté qué habría debido de pasar para que el Remus que yo conocía hubiera cambiado de forma tan absoluta.

–Hablé demasiado a la ligera –reconoció Remus algo sonrojado.

–Porque yo, en cambio –siguió hablando como si no lo hubiese escuchado–, hubiera dado hasta mi propia vida por defender a los que me habían olvidado y por atacar a los que me habían traicionado. La Orden del Fénix era mi vida. Pero tampoco puedo esperar que tú pienses igual que yo; tú sufriste todo, tú sufriste mucho; si no igual, también lo tuyo.

»Azkaban fue terrible, Remus. ¡Terrible! Los minutos transcurrían tediosos y las horas interminables y los días y las noches eran un eterno ciclo que parecía suspendido día tras día. Y yo sólo podía pensar en lo que había hecho mal, en mis errores, en la casa de James destrozada, en la cara de Harry... Cuánta angustia. Fue peor incluso que en la adolescencia, masturbándome a todas horas; no me avergüenza reconocerlo, era lo único que me producía un poco de alivio, por nimio que fuera. Mis años de juventud se diluían como el agua de las goteras de mi celda en los adoquines del piso. Y yo lo sabía.

–La juventud se respira cuando uno quiera –lo interrumpió Remus con tono enérgico–. La juventud no es una edad o una época, sino una actitud. La juventud la disfrutarás cuando tú quieras. Ya puedes. Cuarenta años no son nada para un mago, muchos aún te quedarán por vivir. Te auguro largos años de vida, mi entrañable amigo. Pero desearía que fuesen felices. ¿Qué puedo hacer yo por que lo sean? El oro mágico, puedes comprar con él cuanto se te antoje. ¿Qué más necesitas?

–Cosas que ya no están a mi alcance, y mucho menos con oro –contestó tras una larga reflexión–. Pero tienes razón, Lunático. Perdóname, he estado un poco meditabundo estos días y he explotado contigo contándote mis penurias. No me lo tengas a mal. En cambio te tendría que haber agradecido el gesto de traerme el desayuno; está exquisito.

–Gracias –contestó–. Y cuenta con que estoy aquí para lo que necesites. Cualquier cosa. Eres el único amigo que me queda, no quiero verte afligido.

–Tampoco yo, mi estimado Lunático. Tampoco yo.

Remus siguió muy preocupado por Sirius muchos días después de aquél. Conocía a su amigo y, cuando lo contemplaba jugando con la niña o con Matt, o conversando con Tonks, era capaz de reconocer bajo aquella gruesa capa de fingimiento el abatimiento fluir por debajo de su pellejo apoderándose de su ánimo. Cuarenta años no eran nada para un mago, recordaba haberle dicho, pero imaginó que veinte años de letargo y consternación sí debían de ser eternos. Y él querría haberlo ayudado, y se esforzó en ello, pero creyó que nada de lo que hacía conseguía animar a su amigo. ¿Acaso una vida perdida podía devolverse con una rápida sonrisa? Era el propio Sirius quien debía darse cuenta de que la agonía había acabado, que era el momento de remontar los pesares y construir de nuevo su vida sobre aquellos pilares poco sólidos que pronto cubriría de cemento por no volverlos a recordar. Él mismo debía hallar la forma de aprender a remontar lo vivido. Pero le parecían palabras, sólo palabras que fluían en su mente pero que nada conseguían. ¿Es que acaso se pensaba Remus que dirigiéndole aquellos discursos que antes de dormir preparaba con tanto denuedo conseguiría que su amigo cambiara de opinión, mejorase su ánimo? No. De ninguna manera. Pero no podía hacer otra cosa que inventar palabras que después se convertían en hazañas y gestos con que deseaba alentarlo. Pero era Sirius el único capaz de alentarse a sí mismo cuando se diese cuenta de que, sumido en el desastroso recuerdo, nada conseguiría; sólo confortándose y decidiendo mirar al frente la vida acabaría sonriéndole por completo como ya parecía que le sonreía. Y Remus temía que se diese cuenta demasiado tarde, cuando ya no hubiese tiempo para rectificar.

Así, cuando Sirius anunció que se marchaba, que se mudaba, Remus no supo si alegrarse o si preocuparse más todavía. El animago confesó que, aunque la idea de vivir sin límite en el desván del hogar de los Lupin no era un pensamiento desalentador, era preciso que él encontrase su propia vía, que abriese una senda para sí mismo, que se fuese cosechando su propia vida, «un renacer de las cenizas», dijo. Remus sonrió extasiado al escuchar aquellas palabras de labios de su amigo; cuánto gozo le produjeron. Al fin había captado la esencia, y por su propio pie. Se sintió tan orgulloso de él que temió que su amplio gesto de felicidad, frente a las entristecidas miradas de su esposa o de su hijo, fuera interpretado erróneamente. Siguió explicando que ya había encontrado una casa perfecta a pocos kilómetros de ellos, una lujosa mansión en la que invertiría parte de la compensación recibida. La chimenea los pondría en contacto en un segundo, pero también se podía llegar en coche y, si se tenían muchas ganas de hacer ejercicio, se podía seguir el curso de una ruta para senderistas a lo largo de los montes que pasaba cerca de sus casas. Y el licántropo justificó el hecho de que se fuese a vivir tan cerca de ellos diciéndose que, aunque quisiese vivir su propia vida, que sólo él podría construirse, no quería hacerlo solo, ya que solo había pasado ya muchos años.

Remus sintió el aliento arrebatado cuando vio el exterior de la casa. Era grande, era suntuosa, era... ¡era un palacio! Se alzaba sobre dos plantas descomunales detrás de un fastuoso jardín elegante y bien cuidado, con los setos cortados regularmente y con el césped abundante, muy verde y liso como una manta natural. Aquí y allá, en el mismo, se alzaban diversos árboles: abetos, sauces llorones, eucaliptos, robles, arces de azúcar, etcétera; una enorme diversidad que hacía de su jardín un apetecible deleite para la vista a quien se detuviera ante él. Incluso debajo de los troncos más frondosos, desparramados como ubicados al azar, se erigían bancos para sentarse, e, incluso, delante de uno de ellos, un pequeño estanque en el que en el verano los patos se bañaban y que en invierno se congelaba dando la impresión de una brillante piedra preciosa transparente. A través de un pequeño sendero de piedra se alcanzaba el grandioso porche delantero, que rodeaba la fachada y los extremos laterales de la vivienda, desde donde, subiendo un par de escalones, se accedía a la casa. La puerta que habían de franquear era gruesa e imperturbable, como un guarda de seguridad mudo, dorada por el brillo del sol que se derramaba sobre ella durante la mañana. Esperando que Sirius la abriera, descorriendo los numerosos cerrojos con que parecía sellada, Remus observó entretanto los altos ventanales que dominaban el piso bajo y las cuadradas ventanas, todas selladas, que se divisaban en el alto. Cuando descorrió la última cerradura, antes de abrir, Sirius les previno de que la casa aún no estaba amueblada.

Al otro lado, un blanco inmaculado habría de sorprenderlos. El recibidor era desproporcionadamente inmenso, lo que dio una idea aproximada al licántropo de las dimensiones del resto de habitaciones. No se había equivocado. Al principio explicó su anchura al estar vacíos todos los cuartos, pero pronto se dio cuenta de que en los dormitorios, a los que se llegaba ascendiendo por una seductora escalera de caracol de escalones de mármol, habrían cabido sin problema más de cinco camas de matrimonio con holgura; y en los cuartos de baños de ambos pisos tantas bañeras como para que se bañase a la vez un equipo entero de quidditch en cada uno de ellos; y en la cocina tantos calderos que habría podido servir como almacén del Ministerio para toda Inglaterra. Remus estaba maravillado; su casa era grande y bien apreciada en el pueblo, pero, comparada con aquélla, no era más que una pocilga en la que se hacinaban sus recuerdos.

Sin embargo, el corazón de aquella casa, o al menos eso dijo Sirius, a quien lo que les iba a mostrar le llenaba de orgullo, lo constituía algo en el jardín de atrás que el animago se guardó con celo de descubrir hasta que lo hubieran visto con sus propios ojos. A aquel jardín se llegaba cruzando un patio con baldosas rojizas de terraza que estaba cubierto porque el piso superior proseguía sobre sus cabezas pero que daba al aire libre por dos de sus costados; Sirius comentó que aquél lugar era el idóneo para instalar una barbacoa con que asar buenos filetones los domingos. «Y darnos un chapuzón», añadió por último; para entonces Matt ya había descubierto la piscina. Corrió hasta ella con ojos emocionados, señalándola con descaro, observándose en el reflejo cristalino de su superficie cuando se agachó para introducir la mano en el agua. Sirius reía. Helen, en cambio, le pidió que no se acercara tanto. Todos estaban deslumbrados con la piscina, cuyas dimensiones no desmerecían al lado de tan soberbia casa. Cuántos fines de semana, cuántas locuras de los niños, cuántos saltos, cuántos desvaríos... Si aquella piscina pudiera hablar... El mes más caluroso de todos los del año en Gran Bretaña fue resuelto muchas tardes en ella; incluso Ángela y Sorensen, aunque quizá éste menos por estrictas exigencias de su horario, la visitaban con frecuencia, ya que Sirius deseaba intimar con ellos; y también, claro está, el entrañable matrimonio Nicked y su prima Tonks y los Weasley y Hermione y, por último, Harry. Aquella piscina supuso también el escenario ideal donde Matt pudo resarcirse por medio de abundantes y graves ahogadillas de muchas de las travesuras de su primo Mark, pues en ella sólo se medía su fuerza, y en ésta, bien por la edad, bien por la constitución física, el joven Lupin siempre resultaba triunfante. Pero, cuando sus antojos y sus divertimentos se habían hecho de agua y cloro, cuando no se alzaba la luna sin que los niños se hubieran tirado de cabeza al menos doscientas veces ni sin que los adultos se hubieran tomado un piscolabis bajo la acariciadora bruma del sol, el sol declinó frío y las nubes gobernaron el cielo y el viento sacudió sus cuerpos semidesnudos. Cuando llegó la hora de abandonar aquel hábito, los chapuzones, los juegos en el agua, Remus contempló con expresión grave los rostros de sus hijos: el asolador gesto de Matt, a quien se le unía el pánico de abandonar el hogar paterno para adentrarse en los misterios que le deparaban su educación; la mirada inquieta de Nathalie en su parque cuando llegaba la tarde y veía que nadie la vestía, día tras día, para el «agua», palabra que ya había aprendido y que repetía sonriente, aunque a veces difícil de entender, cuando llegaban a casa de Sirius. Todo aquello lo llevó a pedirle permiso a Sirius, por quien se sentía culpable de copiarle la idea, ya que se sentía motivado a construir una piscina cubierta detrás de su casa con la cual poder satisfacer algunas tardes el apetito del baño en invierno; el animago, en contra de lo que él había podido esperar, determinó que era una muy buena idea siempre y cuando en verano no se dejase de ir a su casa. Remus le prometió que se haría conforme a sus gustos y la obra se comenzó a realizar con cierta previsión alrededor de la última semana de agosto. Sin embargo, ya habrá tiempo de explicar con más detenimiento dicho suceso más adelante.

Al regresar al interior, el licántropo se preguntó qué iba a hacer su amigo con tantas habitaciones cuando ni tantas ideas podía tener una persona normal para ocuparlas todas. Pero al parecer Sirius sí las tenía. Ayudado por los sabios consejos de Ángela, quien aseguró ser una experta en decoración, aunque su estilo fuese demasiado extravagante, por la sagaz astucia de la señora Nicked, que atraía hacia sí los chollos y las ofertas de la misma manera que su marido las desavenencias, y por la juventud impoluta de su prima, Sirius consiguió transformar su hogar en un baluarte de moda así como de perfección. Espacio no le faltaba, no obstante. En el piso de abajo, la primera habitación a la derecha conforme se entraba desde el vestíbulo la dispuso como la sala de estar; inmensa, extravagante. El sillón ocupaba dos de los cuatro testeros y era tan confortable que el anuncio decía que, si no se conseguía dormir sobre él, se devolvía el dinero. Consecutiva a esta sala se hallaba el comedor, algo más alargado, con una puerta en uno de sus muros, además de la que daba al pasillo, que comunicaba con la cocina, seguida a éste. En el comedor sólo se había dispuesto una alargada mesa de madera de un tono pálido, sobre la cual respiraban inquietas numerosas plantas mágicas, y sillas del mismo tono a su alrededor; Ángela la miraba chasqueando la lengua siempre que iba y todas las veces también decía: «Como se nota que de esta habitación se encargó mi hermana.» A su lado se hallaba la cocina, que, como se ha dicho, se encontraba consecutiva al comedor. La amplia pared de la puerta que comunicaba con éste había desaparecido bajo una enorme y alargada alacena, que, cuando se abría, desprendía un suave aroma a tomillo y a anís, a mandrágora y a pelos de gato; quizá ésta fuera la razón por la que Sirius deambulaba tan poco por los dominios de aquellas cuatro paredes. Allí mismo se había instalado la chimenea, de piedra gris, grande como el resto de la casa, y era en su interior donde ordenó que se cocinara, pues el suave olor a caldero chamuscado le traía vagos recuerdos de Hogwarts y las llamas danzando sobre los gruesos troncos lo hipnotizaban durantes largos ratos en los que era incapaz de articular sonido alguno. La última habitación por aquel lado la constituía una que él mismo había preparado con sumo cuidado, puesto que había llegado a la conclusión de que sería en ella donde el antiguo Sirius retornaría y suplantaría al nuevo sin ayuda de pociones ni ungüentos mágicos: el gimnasio. Tan simple y milagroso. Una dieta cuidada, amplia, rica en vegetales, pescado y las proteínas de la carne, y una hora rigurosa de ejercicio diaria levantando pesas, haciendo flexiones, sudando en la cinta de correr, y el mago fue capaz, semana tras semana, de observar los resultados frente al espejo: la piel se afirmaba; sus demacrados rostros y vientres, que habrían pasado semanas atrás por los de un vagabundo cualquiera, estaban más henchidos y gozaban de buen color; sus bíceps se inflaban tímidos pero atractivos cuando flexionaba ambos brazos. Y sonreía pícaramente. En el lado opuesto a los cuartos ya señalados, arregló dos salas con las que esperaba dejar a más de uno boquiabierto y con los ojos brillantes. Contraria a la sala de estar, en la primera puerta a la izquierda, la sala recreativa ofrecía al visitante y al dueño largas horas de diversión: mesa de billar, dardos, confortables sillones sobre los que descansar y tomar las bebidas que podían dispensarse desde el minibar alumbrado por focos en un rincón y, la delicia del amante de los partidos de quidditch («y Gran Mago», añadió Ángela con cierta envidia), una ingente televisión incrustada en uno de los muros que daban al interior y que sobrepasaba con límites las dimensiones de cualquier televisor que cualquiera de ellos hubiera podido ver en su vida. Junto a aquella habitación, Sirius había copiado el modelo de otra del primer cuartel de la Orden del Fénix de la que guardaba gratos recuerdos: la sala de entrenamiento mágico. Disponía de muchas condiciones que sólo un mago adinerado podría haberse ofrecido el lujo de poseer. Lo que no sabía, ni quiso tampoco, Remus es si en aquélla también podría asistir a espeluznantes visiones en que lo imaginario tornaba tan real que el tacto y la vista gozaban de placeres infinitos; en tal caso, Sirius pasaría muchas horas encerrado allí.

El piso superior lo habilitó casi exclusivamente para dormitorios, tantos y tan espaciosos que no habría habido ningún inconveniente en que todos hubieran dormido allí una misma noche, después de alguna de aquellas jornadas de piscina. De entre todos ellos Sirius se adjudicó el mejor, el de cuyas ventanas daban a la fachada y que gozaba de la agradable visión del jardín de delante. Pero lo que más lo agradaba, al punto de atraerlo como una apetencia carnal, era el enorme balcón al que se accedía desde él, espacioso y hermoso, con una balaustrada de blanco brillante como el nácar cuando la aurora se levantaba cada mañana y lo descubría a él esperándola acodado sobre la baranda, reflexivo. Como sobresalía varios metros del muro, ése era el motivo por el que en la fachada dos altas columnas que imitaban el estilo jónico estuviesen clavadas al pie de los escalones a través de los cuales se accedía al porche de entrada.

A los pocos días de haberse acomodado en aquella casa Sirius supo que le faltaba algo. No supo si vanamente o no, determinó con cierta petulancia que había perdido tantos años que no malgastaría ni un miserable minuto fregando un suelo o frotando la grasa de un cucharón de pociones. Ahora era rico, hecho que tampoco lo envilecía en extremo, conque pensó que podría comportarse como esos acaudalados aristócratas elegantemente ataviados que tenían bajo su merced una legión de criados a los que dispensar órdenes y por los que ser servido. Se imaginó a sí mismo sentado en un alto trono, curiosamente en la sencilla mesa del comedor, mientras una comitiva de sirvientas vestidas de negro con sendos delantales de blanco lino le mostraban solícitas los platos que le habían preparado. Pero la fantasía le sobrepasaba. No era él hombre derrochador ni inquisitivo ni mandón ni mucho menos ególatra como para pensar que aquella casa, por grande que fuera, necesitara tal abundancia de manos trabajando sobre ella; su paso por la casa era ligero como el del más silencioso fantasma y, por ende, la ropa que lavar, la vajilla que fregar, el polvo que limpiar, todo era poco; pero una tarea que se le hacía al desdichado animago la más terrible de las condenas. Él quería pasear, disfrutar con sus amigos, sentirse libre, a nada atado. Tampoco a las labores domésticas. Quería huir de todo, sentirse libre para siempre.

Tenía entendido que la injusticia era doble injusticia cuando a causa de una desavenencia, por peligrosa o mal avenida que fuera, se producía una generalización. Pero él era incapaz de no realizar aquella generalización hacia los elfos domésticos; intuía que los habría buenos y malos, benévolos y perversos, como en todo género de vida en el mundo, pero, desde que Kreacher lo traicionó tan severamente, él se sentía incapaz de confiar de nuevo en un elfo doméstico, por caídas que tuviera las orejas, por simpáticos que fueran sus ojos, por sonriente que fuesen sus labios. No, jamás conseguiría confiar en uno. Y tampoco quiso que uno habitara en su casa por temor también a que, confinado en el triste recuerdo de memorias pasadas, hiciera desgraciada otra vida por miserable que ya fuera por sólo mandato de la naturaleza, puesto que sabía que nunca, jamás, conseguiría apreciar a una de aquellas criaturas, que lo maltrataría, que haría su vida tan rastrera y desdichada como a él uno de sus semejantes se la había hecho. Y si en ello cometía una ignominia, con su firme determinación creyó combatirla. Por todo ello se decidió a poner un anuncio en El Profeta solicitando los servicios de un mago o bruja como mayordomo, prometiendo a cambio un sueldo generoso, una habitación donde hospedarse y alimento. Aún conservaba toneladas de áureas monedas en su cámara secreta de Gringotts, de manera que aquel gasto apenas suponía una pérdida para él sino más bien la posibilidad de reducir sus labores sin tener que encontrarse a cada momento la hedionda faz de un elfo doméstico. Considerando que tal vez de aquel modo las respuestas a su anuncio fuesen más numerosas, añadió al final del mismo su nombre rubricado en tipografía cursiva. Las lechuzas con los candidatos no se hicieron de esperar; al caer la noche llegaron las primeras y al día siguiente la Gran Mansión Dorada, como Sirius la había bautizado a causa del color de oro que se plasmaba en sus muros al atardecer, parecía una pajarería. El animago leyó atentamente cada una de las cartas y prestó mucha atención a los currículos que contenían y realizó una primera selección de candidatos, a quienes comunicó por medio de otras tantas lechuzas que deseaba realizarles una entrevista personal en su casa citándolos una misma tarde a distintas horas.

La primera mujer en presentarse era rolliza, tan rechoncha que a duras penas conseguía mantenerse en pie y, más aún, caminar. Sus anchas mejillas eran sonrosadas como la lumbre que tuesta una parrilla de bollos, su cabello rubio rizado como un tirabuzón glaseado y sus ojos brillantes y chispeantes como la nata montada. ¿Y qué decir de su boca? Sus labios, siempre relamidos, eran carnosos como un manjar apetecible y sus dientes, gruesos y aprensivos como piedras afiladas. Dijo llamarse Karen Greed. Sirius apreció atónito cómo, mientras él le formulaba algunas preguntas, ella se sacaba frenéticamente gominolas del bolsillo de la túnica y se las llevaba a la boca con voracidad. Pensó que, en caso de contratarla, el género de la despensa desaparecería en un visto y no visto y no deseaba correr ese riesgo. Le dijo amablemente que no se trataba del tipo de empleado que estaba buscando (cuán difícil se le hizo aquella primera vez) y la despachó dándole pequeños golpes de ánimo en la espalda.

El segundo entrevistado se llamaba Alexander Snow. Sirius, sonriente frente a él, esperaba que éste le dijera algo, cualquier cosa, pero el otro permanecía boquiabierto, como obnubilado, esperando que su interlocutor le formulase alguna pregunta para hablar. Observó con fijeza su vago peinado, su falto de tacto afeitado, sus legañas incrustadas aún entre las pestañas y lo imaginó tan vago y falto de carácter que lo despidió sin darle tiempo a decir nada. El mago, sin embargo, se dejó llevar hasta la puerta sin ofrecer resistencia ni sin decir nada, y sólo cuando se vio en el porche lo despidió con una voz que a Sirius se le antojó de bufón de feria.

La tercera en aparecer lo hizo tan nerviosamente que Sirius temió poderle decir cualquier cosa, por nimia que fuera, y que se le echara a llorar allí mismo. Se llamaba Françoise Outland y era un ser bello y frágil como una amapola en primavera, sonrojada a causa del nerviosismo. Como pudo averiguar el hombre, la chica era francesa de nacimiento aunque su padre había sido inglés; sólo en el último lustro había vivido en la isla porque su madre había fallecido. Ése, explicó el animago, era el motivo por el que la joven tenía tantos y tan graves problemas con el idioma; apenas sabía concertar las palabras con inteligibilidad y, cuando conseguía sacarse un sonido puro de su intervención, era absolutamente indescifrable, ya que mezclaba el francés y el inglés sin ningún acierto. Como después de un buen rato de tratar comprenderla vio que sus esfuerzos no habían dado resultado, trató de explicarle que no podía contratarla. Entonces la muchacha sí se echó a llorar, tan lastimeramente que Sirius trató de consolarla arropándola en sus brazos, pero lo que consiguió fue únicamente que la chica saliese escopetada esgrimiendo un número ilimitado de insultos en francés que el mago no pudo entender pero que le sonaban terriblemente amenazadores.

Victoria Nerve fue la siguiente en concurrir, una muchacha de aspecto desagradable pero eficaz. Demasiado eficaz, podría comprobar el pobre Sirius hastiado de ella tras diez pesados minutos de su compañía. Cuando la joven tomó confianza, demasiado pronto para el gusto del mago, se paseó por toda la casa determinando qué haría o desharía, diciendo qué le gustaba o qué le desagradaba, imponiendo estrictas peticiones, pasando el dedo índice por los muebles para comprobar la cantidad de polvo impresa sobre ellos. Sirius, fastidiado de seguirla, la imprecó para que se detuviera y, amablemente, aunque su sien palpitante poco ayudara a dicha empresa, le pidió que se marchara. «Ahora mismo», añadió a toda prisa.

La llegada del sexto entrevistado fue tan pausada y calmada, tan conciliadora, que Sirius consiguió reponerse de la anterior. Se trataba de un hombre de avanzada edad, pelo corto pero blanco en su mayoría, facciones plagadas de experiencia pero tersas como en los primeros años, apaciguadoras, ojos reconfortantes de mirada gris, media sonrisa, manos cruzadas pero cargadas de vida y ansiosas de aceptar aquel nuevo trabajo. Se retiró la chistera con decoro al detenerse delante de Sirius, con una elegancia que dejó a éste enmudecido, y la apartó de su lado. El animago le estrechó la mano al visitante y la comprobó fuerte y laboriosa, lejos de aparentar los años que con sus yemas había rozado. A continuación se apartó con sumo cuidado la suave capa negra que pendía sobre sus anchos hombros y se sentó donde Sirius le indicaba, cruzándose la pierna.

–Me llamo Anthony Dark –respondió puntualmente cuando se le preguntó.

–Dark... Dark, sí. Lo tenía aquí apuntado –explicó Sirius–. Veamos, señor Dark¿sería tan amable de sintetizarme un poco su experiencia laboral?

El hombre sonrió a modo de respuesta afirmativa.

–Muy joven entré a formar parte de la plantilla de funcionarios del Ayuntamiento mágico de Hogsmeade. Ascendí con asombrosa rapidez y pronto me encontré desempeñando el cargo de ayudante del alcalde, puesto del que, sin embargo, no conseguí ya ascender. En el Desastre de 1968... –Al apreciar la vacilación en los ojos de su receptor, añadió a toda prisa–: No se extrañe, entonces debía usted ser demasiado joven como para recordarlo. Como le decía, en el Desastre de 1968 fui despedido, consiguiendo dos años más tarde un puesto poco gratificante en la Agencia Consultiva de Plagas del Departamento de Regulación y Control de las Criaturas Mágicas del Ministerio de Magia, trabajo que he desempeñado hasta ahora sin interferencias de ninguna índole. Pero no se vaya a creer que yo he nacido para estar todo el día rodeado de bundimuns. –Sonrió tan comedidamente y con tanta simpatía que Sirius se vio animado a acompañarle–. Pídamelo, señor Black, y dejaré mi actual puesto de buen grado. Soy un profundo admirador de usted y de su familia, señor; hace muchos años pude conocer a su padre, un hombre excepcional. Lamento profundamente su pérdida.

Sirius, en cambio, prefirió no tocar aquel tema. Guardó silencio unos instantes, sonriendo por mera educación, y después, no sin antes aspirar con rudeza, como si se quedara sin aire, le inquirió por probarlo:

–Pero veo que su experiencia en el cuidado de una casa, y menos tan grande como ésta, es poco competente. ¿Qué me responde a eso?

–Señor Black –respondió guardando la compostura–, un hombre soltero durante toda su vida conoce mejor de lo que usted se imagina la idiosincrasia de un hogar masculino. Si lo que desea es efectividad, póngame a prueba; no le defraudaré. Que en mi currículo no figure ninguna labor como por la que estoy conversando con usted no significa que no pueda llegar a ser un hombre competente, cuidadoso, que no sepa de quehaceres por propia experiencia, fuera de todo dominio laboral. Porque no hay mejor lugar donde aprender que el hogar de uno mismo. Señor Black, me prometí a mí mismo que no acabaría mis días como un fútil eslabón en la pirámide ministerial, no. Es hora de dedicarme a trabajos en los que por fin pueda obtener un cierto descanso para mis fosas nasales contaminadas de tanto inhalar excrementos de chizpurfle. No importa cuán duro sea el trabajo, siempre y cuando sea confortable hallar las pertenencias de uno en ese mismo lugar y se sienta a gusto con lo que hace.

Sirius dejó escapar una leve sonrisa. Aquel hombre le satisfacía más que ninguno de los que hubiera entrevistado hasta el momento, pero decidió probarlo con una última pregunta:

–Señor Dark, ésta es una casa grande, más laboriosa de lo que usted se imagina: tendría que barrer y fregar y limpiar el polvo de cada habitación, ocuparse de la cocina, mantenerlo todo en orden, reparar desperfectos, cuidar del jardín... ¿Se cree usted en condiciones para realizar todos esos trabajos? Y yo no siempre estoy aquí. ¿Qué sucedería si un día, de casualidad, sucediera algún imprevisto que se hubiera de resolver a toda prisa?

El anciano mago respondió después de reflexionar un instante.

–En cuanto al trabajo no hay problema. En los dos años que transcurrieron desde el Desastre del 68 y la contratación en el Ministerio me hice un hombre de una pasta especial. Recorrí medio mundo con unas bermudas descoloridas y una mochila desvencijada y me hice fuerte resolviendo más pruebas que el mismo Hércules, pruebas con las que conseguía obtener algo de alimento que llevarme a la boca o, a veces, dinero. Yo ayudé al ocultamiento del yeti en el Tíbet o a la elevación de uno de los grandes templos del Japón. Soy un hombre versado en el mundo y por el mundo, como verá. Y, como apreciará también, aún soy fuerte y mis articulaciones no chirrían. Y la ancianidad tiene sus ventajas para un mayordomo: te hace silencioso, reflexivo, una mera sombra que no le interrumpirá a usted, señor, sea lo que sea lo que éste haciendo; sólo cuando usted quiera verme o encontrarme, entonces yo apareceré a sus ojos. Y, en el supuesto caso de que usted no se encontrase y tuviera que resolverse algo importante, no sujeto a prórroga, trataría de resolverlo por usted como si fuese usted, tratando de pensar como lo haría usted, aunque me inclinaría más a la idea de buscarlo y convocarlo en seguida.

Sirius sonrió una última vez. Se puso en pie repentinamente, de un salto, tan inopinadamente que el mago se sorprendió de su destreza y, extendiéndole la mano, le dijo:

–Bienvenido a bordo, camarada. Ven, te enseñaré tu habitación.

El anciano Anthony, tan sorprendido que no pudo compensarle su agradecimiento con una mera significativa palabra, le estrechó la mano que se le presentaba ante los ojos mientras en sus labios, severos como los de cualquier firme mayordomo oriundo de Gran Bretaña, se abrió una media sonrisa, tanto de satisfacción como de triunfo, y su mirada se iluminó por el terrible brillo de la emoción que habría de contener.

–¿Cuál será mi uniforme, señor? –le preguntó interesado el mayordomo mientras, ya de pie, se le sumaba en su visita guiada por la casa.

–Pues... Pues no lo había pensado –reconoció Sirius–. Ahora le daré dinero para que se compre camisas blancas, chalecos y pantalones oscuros y zapatos negros, cuantos quiera. Pero ahora acompáñeme.

Sin embargo, la habitabilidad en aquella ingente y lujosa mansión siguió siendo tomada por el animago como un pasaje de melancolía y soledad en su vida, a pesar de la reciente incorporación del mayordomo Dark en ella, que se instaló en su habitación tan pronto como su señor se lo demandó; éste había dicho la verdad: podía pasar enteramente por un fantasma pues su paso era liviano como la brisa sobre las frondosas copas de los árboles y, apenas pasaba delante de una puerta, su sombra se transfiguraba perdiéndose en el entresijo de pasillos y habitaciones. Pero, no obstante, Sirius no podía llegar a decir que no era feliz sin mentir, puesto que, al caer la oscuridad sobre sus cabezas, siempre habría habido alguien visitándolo y ofreciéndole su compañía por que las horas pasasen más gozosas y menos tediosas. Mas, cuando se marchaba, era como si, cerrando la puerta tras el visitante, también se cerraran las ventanas y las trampillas y el mago sintiese una incontenible asfixia que le oprimiera el pecho con una mano invisible. Así, por disfrutar de saltos y menudencias y, aunque limitada en algunos aspectos, al menos compañía, se compró un perro. Apenas era más que un cachorro cuando lo adquirió. Se trataba de un labrador de pelaje color canela, tan suave como un almohadón, que bostezaba con la misma gracia de cualquier recién nacido, abriendo su hociquillo de forma incontenible. Aprendió aprisa, pues si bien Sirius no fue capaz de enseñarle cómo proceder y comportarse en relación a sus necesidades fisiológicas, siempre había a disposición del pequeño cachorro un enorme congénere de proporciones gigantescas y fuerte pelaje oscuro que le infundaba tanto miedo como respeto, su terrible protector al mismo tiempo que sensible, quien le acariciaba con el morro la nuca de vez en cuando por demostrarle su afecto; como un hermano para él. Juntos, como dos canes vagabundos sin dueño que hacen de la calle su habitáculo y del mundo sus dominios, paseaban por la calle al atardecer para desfogar la presión de sus vejigas; Sirius siempre lo acompañaba transformado porque disfrutaba del galante paseo de sus cuartos traseros cimbreándose mientras él caminaba con la cola erguida. Sonreía a las jóvenes señoritas que se lo quedaban mirando con impunidad y ladraba incesantemente a los ilícitos muchachos que les lanzaban piedras creyéndolos sin dueños. En más de una ocasión deseó poder morder a uno de ellos. A los dos días de poseerlo, teniéndolo ante sí como un tesoro de carne y pelo, acariciándolo mientras dormitaba en su regazo, decidió bautizarlo. Al principio pensó llamarlo Canela, pero el nombre no acabó por satisfacerle; y allí, sobre él, mullido como un almohadón, se le volvió a antojar un tierno peluche que estrechar entre sus brazos, de modo que le puso Pluch por nombre. No supo si sería el más conveniente, ya que quería que, al crecer, su perro fuese tan erguido y superior como él al caminar por la calle, pero Pluch lo aceptó tan deprisa y respondió tan rápido a él que no determinó cambiárselo.

Sin embargo, pese a la fiel amistad que el joven animal con sus carantoñas y mimos le ofreció, Sirius seguía sintiéndose algo solo; seguía apareciendo a la aurora en el balcón de su dormitorio, despierto, esperando que alguna mañana, pronto a ser posible, igual que la aurora, algo viniera que le hiciera dichoso y que no se marchara jamás, día tras día permaneciera. Pero el animago habría de esperar. El destino le deparaba felices acontecimientos, unos pronto, otros menos, pero su época sombría había sucumbido para siempre.

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Una lechuza completamente negra, como presagio de mal agüero, trajo prensado de su curvado pico un pliego de pergamino que Remus recogió curioso. Ya antes de desplegarlo descubrió que se trataba del número de Corazón de bruja, que su mujer recibía puntualmente cada semana desde hacía poco tiempo. Lo hojeó con indiferencia hasta que leyó el titular: «Sus allegados y conocidos describen al Ministro de Magia con una palabra.» La primera en aparecer en susodicho artículo era la recién nombrada directora de Hogwarts, Minerva McGonagall, quien lo había descrito con la palabra "inteligente"; a continuación Flitwick decía de él que era "un portento". El licántropo sintió cómo se sonrojaban sus mejillas; tampoco es para tanto, se dijo para sí. Pero su asombro ya no conoció límites cuando descubrió que la tímida y fácil de sonrojar Trelawney había hecho constar "guapo". En un principio pensó esconder la revista para que Helen no la encontrara, pero después, pensándolo mejor, se contuvo de cometer tal disparate. La disputa entre las dos adivinas, pensó, sería ya agua pasada. Siguió leyendo un tanto y descubriendo las opiniones de los profesores del castillo sobre él sin encontrar un atisbo de la de Snape; seguramente, reflexionó, los periodistas no consiguieron hacer que éste dijera lo que ellos deseaban plasmar sobre el papel de modo que terminaron por prescindir de él. ¿Qué habría dicho Severus? El licántropo se sintió un momento angustiado por aquella idea, puesto que era él persona a quien le gustaba pensar que a todos caía bien, pero pronto dictaminó que lo que pensase Snape sobre él le debía importar un pimiento porque no era mucho mejor lo que él sentía por Snape y su angustia se convirtió en una sonrisa ladeada, no sin cierta malicia. Detrás de los comentarios de los profesores de Hogwarts seguían los de otros muchos compañeros del licántropo que éste no había visto en años que se le antojaban siglos, personas cuyos nombres aparecían sobre el pergamino trayéndole reminiscencias de un tiempo pasado y que decían de él cosas que tuvo por exageradas; pero no pudo leerlos todos porque el timbre sonó y hubo de andar hasta la puerta para abrir, aunque lo hizo con la revista en la mano aprovechando aquellos últimos segundos para rescatar alguna última opinión.

Antes de girar el picaporte había imaginado por un instante que se trataría de algún vecino del pueblo que vendría a conversar con ellos o a comentarle algún asunto, o del cartero, que en lo que llevaban de año los había visitado varias veces para preguntarles si deseaban retirar su dirección del buzón correspondiente de la oficina de correos. Sólo ellos usaban el timbre; los demás empleaban la chimenea, incluso el señor Nicked. Por eso la sorpresa del licántropo fue tan inmensa. Y debió de plasmarse en su rostro, pues sintió su mandíbula colgar lentamente y sus ojos salirse de sus órbitas. Ante sí tenía al joven y atractivo fotógrafo que le había repetido las fotografías para los cromos de las ranas de chocolate, a quien reconoció a pesar de que no llevaba colgada del cuello su cámara fotográfica y de que vestía de manera más informal. Remus supo leer en su mirada cierto nerviosismo y apreció en sus miembros un incontenible temblor que en ningún momento podría achacarse al clima.

–¿Usted? –preguntó estúpidamente–. ¿Qué hace usted en mi casa?

El joven ni respondió. Bajó la cabeza y se contempló los pies con ojos enrojecidos mientras se frotaba las manos. Al levantar la vista, había en sus labios una tímida sonrisa que desconcertó a Remus. Lo miró de arriba abajo con desdén, observando con cierta aprensión la misma barba de varios días de la última vez, que le proporcionaba una apariencia desenfadada y madura a la par que atrayente, la ajustada camiseta de vivos colores y los pantalones recortados a la altura de la espinilla que vestía. El licántropo no consiguió sonreírle.

–¿Es que necesita repetir de nuevo las fotos para los cromos de las ranas de chocolate? –le inquirió con voz firme.

–No, señor Lupin –respondió con tono vacilante–. De eso mismo venía a hablarle, de las fotos para los cromos. Necesito confesarme. ¿Podría pasar?

Remus dudó. ¿Confesarse¿Qué habría querido decir con aquello? Sin embargo, las buenas maneras pudieron a su desconfianza y, haciéndose a un lado y extendiendo un brazo amablemente, lo invitó a pasar. El joven franqueó la puerta cabizbajo y se detuvo en la sala de estar hasta que su anfitrión, que se entretuvo cerrando la puerta, hubo llegado y lo invitó a sentarse. Entonces lo hizo sin aplomo, dejándose caer lentamente, ligeramente inclinado hacia delante, como con temor. Remus tomó asiento frente a él y lo observó relajado, fijando sobre él su áurea mirada para tratar de desconcertarlo más todavía. Había aprendido aquella técnica en la Academia de Aurores y jamás la había empleado porque nunca había tenido necesidad de asistir a un interrogatorio. Lo llamaban el Maleficio de los Ojos Inyectados y, si se conseguía llevar a cabo con éxito, el interrogado podría hablar con una locuacidad inimaginable sin necesidad de usar la poción de la verdad.

–Usted dirá –habló Remus en un tono desasosegado que sorprendió a su receptor.

–En primer lugar, me llamo Benjamin... –Sus miradas se cruzaron un instante al levantarla éste–. Benjamin, sí –tartamudeó–. Llevaba algún tiempo queriendo hablar con usted. Es importante. Al menos para mí. Esas fotos de las que ha hablado antes, ésas, ésas que se estropearon y por las que tuve que repetir la sesión de fotografía..., ésas no se estropearon en realidad.

–¿Qué quiere decir? –preguntó Remus elevando el tono de voz–. Usted mismo me dijo que las repetía porque habían sufrido un accidente en el laboratorio de revelación. ¿Acaso está insinuando que mintió?

–No –contestó apresurado–. Las fotos se perdieron y me pidieron que las repitiera. Pero no por un accidente. Alguien lo hizo. –Cuando Remus iba a preguntarle quién, él se adelantó y respondió–: Yo lo hice.

–¿Tú? –exclamó Remus señalándolo con el dedo mientras, sin guardar la compostura, se ponía en pie–. ¿Qué estás insinuando¿Qué te proponías? Fuera de mi casa. Fuera, largo inmediatamente. No serás un terrorista disfrazado de corderito que se ha acercado hasta mi casa dando un paseo¿verdad?

Escurrió su mano hasta el bolsillo y rescató su varita que blandió con furia ante el rostro atónito del fotógrafo, quien, impotente, elevó las manos.

–¡Fuera de aquí! –volvió a decirle.

–¿No quiere saber toda la verdad? –le inquirió–. ¿No quiere saber por qué lo hice? Hay una explicación, se lo juro. –El licántropo vaciló y su varita, lentamente, dejó de amenazarlo–. Lo comprendo, señor ministro. Sabe Rowling que lo entiendo. Yo también tengo los nervios crispados, podría cometer cualquier locura.

–¿Nervios crispados? –le reprochó Remus amenazándolo ahora con su feroz mirada, no menos terrorífica que su arma–. ¿Qué sabes tú de mí para opinar así, tan a la ligera? Un fotógrafo que se presenta en mi despacho para repetir unas fotos que él mismo ha destruido¿qué intenciones puede tener¿Acaso buenas? Lo dudo. Entonces tu moralidad o el terror de tener que escapar desde el mismo epicentro del Ministerio con las manos manchadas de sangre te refrenó, pero ahora has venido a acabar el trabajo. ¿Quién te manda, Tim Wathelpun acaso?

–¿Tim Wathelpun? –reiteró obnubilado–. No sé quién es, lo juro. No, no me manda nadie. Tan sólo quería hablar con usted. Por eso destruí las fotos. Sabía que, en caso de tenerlas que repetir, me mandarían a mí, porque aquella mañana aún no me habían otorgado ningún trabajo. ¿Cómo puedes pensar que quería matarte? No, en absoluto. Sólo deseaba hablar. Pero allí, contigo delante, perdí el valor y... No me atreví. Fui un necio y un cobarde y me marché sin decirte lo que habría querido haberte dicho.

–¿Y qué me tenías que decir, eh?

–No es fácil. Yo hice tu primera foto como candidato a Ministro de Magia, aunque es normal que no me recuerdes. Yo entonces estaba asombradísimo. Temí acercarme a ti, primero tenía que hablar con mi padre. Sin embargo, su reacción no fue la que yo esperaba; no es que él no sea... impulsivo y vehemente, como entonces, sino que me asombró cuanto dijo e hizo. Yo no pienso igual. No me había hablado de ti y se lo eché en cara.

–¿Hablarte de mí? –repitió atónito Remus–. ¿Acaso debía?

–Por supuesto. O, al menos, así pienso yo. Discutimos. Fue una semana plagada de discusiones y sobresaltos. Él decía que eras un licántropo y que no había cosa más aborrecible en el mundo, que jamás deberías llegar a ministro. –Remus sonrió con ironía, bajando la vista–. Lamento mucho que haya fanáticos como mi padre que sigan pensando así. Yo no compartía su misma opinión y así se lo hice entender, conque en casa se abrió un claro frente: yo y, del otro bando, mis padres y mi hermana. La última afrenta fue quimérica; aseguré a mi padre que votaría por ti en la elección del día siguiente y me abofeteó. Recogí de inmediato mis cosas y me marché de casa; nadie me lo impidió. Desde entonces vivo en Londres.

La pausa que siguió a aquella breve exposición dejó al licántropo sumido en un extraño letargo, observando al hombre sentado frente a él con una mezcla de respeto y burla. De una parte, se sentía agradecido hacia él por haber apoyado su causa, la causa licántropa, y haberla defendido ante su padre de manera tan digna, como él mismo hizo con el suyo muchos años atrás; pero también se sentía dominado por un extraño sentimiento. Aquel hombre se había presentado en su casa para contarle todo aquello y... ¿Y ahora qué¿Acaso esperaba una palmadita en la espalda? En efecto, sentía tanto ganas de sonreírse como de estrecharle la mano. Aguardó unos instantes esperando a que, quizá añadiendo algún último comentario, lo entendiera mucho mejor, pero el joven permaneció en silencio esperando que su interlocutor hablara o dijera algo en aquel punto. Así lo hizo:

–Benjamin. Te agradezco mucho... el coraje que has demostrado ante tu familia, pero yo no te he pedido lealtad. No sé qué esperas de mí. Si me lo dijeras, entonces quizá sí lograra entenderlo; pero ahora mismo soy incapaz de vislumbrarlo. Yo no puedo ayudarte. No voy a hablar con tu padre para pedirle que te perdone ni creo que ésa sea tu intención.

–Remus –lo interrumpió el fotógrafo con voz quebrada–. Hace un mes que estoy solo. Vivo solo, almuerzo y ceno solo e ¡incluso hablo solo! No pienso regresar a casa y no sé si mis padres me estarán buscando o no; no me importa. Pero no quiero estar solo. Por eso acudo a ti, reuniendo el poco coraje del que dispongo. Porque eres... lo poco que me queda.

–¿Yo? –le espetó Remus con una inopinada risotada.

–Sí. Yo ya sabía cómo eran mis padres, lo dados que eran a la pureza de la sangre y todo eso, pero nunca me hubiera imaginado que eran capaces de algo así, de dar a una persona de lado por ser un licántropo. Hasta ahora los he tolerado, pero no consiento que me mientan. Ellos nunca me han mentido, en verdad, pero me han negado tu existencia. Y quizá me hubiera hecho falta.

–Pero ¿por qué tendrían ellos que haberte hablado de mí? –le repitió–. ¿Es que acaso los conozco?

Benjamin asintió.

–Remus, sí. Porque... yo también soy un Lupin.

El licántropo se quedó en suspenso. Recorrió su mirada nerviosamente escrutando los ojos del otro y sintió un profundo vacío que lo invadía desde el interior. Se llevó una mano a la boca y se la tapó mientras sus ojos seguían fijos en el joven fotógrafo, que trataba de sonreír.

–¿Benjamin Lupin? –Éste asintió de nuevo–. Helen –gritó–. Ven aquí. ¡Inmediatamente!

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Tonks llevaba un par de semanas preocupada, atormentada por una serie de pensamientos que la acosaban inopinadamente y le producían aun insomnio muchas noches. Trataba de cubrirse de ellos como si se cubriese el rostro con la almohada, mas se trataba como de una especie de voz interna que la hostigaba con tal frecuencia y tanta vehemencia que a veces incluso sentía el impulso de sentarse en el borde de su lecho e inclinarse a llorar en silencio. La conciencia, pensó. Remordimientos.

Desde aquella mañana cualquiera en que Remus se había presentado de súbito en su habitación portando sobre sus manos una bandeja con el desayuno que le había preparado a fin de que pudiese disfrutar de los últimos retazos de placer bajo las sábanas, la joven muchacha se había sumido en aquellos intemperantes pensamientos de los que no conseguía olvidarse. Se decía para sí cuando creía que nadie la oía que el favor que aquella familia le estaba brindando era muchos múltiplos de veces mayor que el que les era devuelto; reflexionaba que el mezquino pago que les proporcionaba cada mes por el alquiler de la habitación que ocupaba no era en manera alguna capaz de costear el cariño recibido. Se sentía culpable, por desinteresada que hubiera sido la acción, de aquellos ojos dorados caminando hacia ella con tanta paz y tanto amor habitando en ellos, portando sobre sus laboriosas manos la bandeja más suculenta que nadie jamás le hubiera ofrecido al despertar. Un hermoso domingo que se había tornado plagado de dudas.

Harry y, después, Sirius, ambos también inquilinos en el hogar de los Lupin, habían dirigido sus propias vidas, como los maquinistas de una locomotora que podían reconducir, y habían dejado aquella casa sin dejar ni rastro, como la brisa cuando se cuela por una ventana y desaparece por otra. ¿Por qué ella no podía¿Por qué daba la impresión de que ella no? Amaba a aquella familia como si fuese suya; tenía a Remus y a Helen por los hermanos de los que nunca pudo disfrutar, y a los tiernuelos muchachitos de ambos por sus propios sobrinos. Pero, al mismo tiempo, aunque ella sintiese aquel afecto correspondido, se imaginaba un estorbo; Helen pronto traería al mundo una nueva criatura, tan hermosa y lozana como las otras dos, y el espacio, aunque aún suficiente, se reduciría en la casa. Aquella idea la llevaba embargando varias semanas, incesantemente. Y el día que Remus le llevó el desayuno a su misma cama fue como el detonante. Lloró. Temía tenerlos que dejar algún día, tanto se había encariñado con cada uno de los miembros de aquella familia, pero comprendía que aquel momento era inevitable, y también que llegaría pronto. Conque ésa fue la razón por la que ella misma, velando por el espacio y por no hacer sufrir a su corazón cuando ya sintiera irrevocablemente que, separándose de ellos, se haría trizas, se decidió a marcharse. Preparó la maleta en silencio, a hurtadillas, como el chiquillo que se va a escapar de casa sin avisar a nadie. Introdujo en la valija el álbum con las fotos que se había tomado con Matt, en las que se apreciaba su lento pero incesante crecimiento, y con Nathalie, con sus grandes ojos siempre abiertos y expectantes ante el objetivo. Las escondió debajo de las blusas, pero ni aun de ese modo pudo ocultar sus lágrimas.

Bajó a desayunar. Esperó a que alguno llegara a la cocina para comunicarle la terrible noticia, que, aunque a ella se le antojaba así, horripilante y voraz, pues el corazón se le estaba oprimiendo al observar el gorjeo de Nathalie en su trona, consideró que sería conveniente y provechosa para aquella familia a la que tanto amaba, a pesar de que, lo sabía, le repetirían incansablemente que no se marchara. Pero ella lo tenía decidido. La primera en entrar fue Helen. Tonks hubiera deseado que aquello hubiera resultado más sencillo, pero las palabras se le atragantaron en la boca lo mismo que el desayuno en la garganta, y lo único que sentía era lágrimas en los ojos. Pidió amablemente a Helen que se sentara y, una vez lo hubo hecho, puso sus sudorosas manos por el desasosiego sobre las tranquilas de ésta. Helen le preguntó:

–¿Estás bien, Tonks?

La muchacha asintió. Cuando tras mucho esfuerzo consiguió agolpar un puñado de palabras en la boca, el timbre sonó y Helen se distrajo. A punto estuvo de levantarse, pero Remus gritó desde otra habitación cualquiera «¡Ya voy yo!» y la adivina volvió a sentarse. Su mirada se detuvo en la metamorfomaga con un aprecio difícil de catalogar con palabras; una mirada tan candente como el de una madre, tan sentido como el de la confidente, tan apasionado como el de la mejor amiga. Y más abajo su sonrisa; impecable, inmaculada, arrebatadora, estremecedora. Reuniendo el valor para decirle que su maleta estaba lista en el piso superior, procurando no llorar, las lágrimas fueron las que hablaron por ella.

–Tonks, de verdad¿qué te pasa?

La bella bruja no consiguió decir nada. Sólo lloriqueó, en silencio, ocultándose con los brazos, apoyados sobre la mesa, el rostro por que no le pudieran ver las abundantes y turgentes lágrimas que le recorrían las mejillas. Helen, a su lado, comenzó a preocuparse por ella. Se levantó, trató suavemente de incorporarla y le ofreció todos sus mejores arrumacos. Incluso Nathalie pareció comprender lo dramático de la situación, pues detuvo el hasta entonces incesante sonido de su sonajero y se quedó contemplando a las dos mujeres con sus enormes ojos castaños abiertos de sorpresa y su boquita de piñón entreabierta reteniendo una exclamación; como viera que Tonks no detenía su llanto, contagiada de su impulso, también prorrumpió en sollozos y arrojó el sonajero contra el suelo con tal fuerza que lo quebró en incontables pedazos.

–Tonks, por favor –seguía vituperándola la adivina–. Detén ese llanto. ¡Tonks¿Vas a decirme qué te pasa? –Como viera que sus palabras no tenían éxito, abrazó la temblorosa espalda de su amiga, pero esto no tuvo el efecto esperado, puesto que la muchacha, lejos de refrenar su ímpetu, lo vio arreciado–. Escúchame, Tonks. Las lágrimas no van a solucionarte nada. Sea lo que sea lo que te ocurra, serénate; si me lo cuentas, podré entenderte. Pero, si sigues así, lo único que voy a entender es que estás sufriendo, y yo sufriré contigo. Por favor...

Le concedió unos instantes para que pusiese en práctica su consejo y, al fin, serena, la mujer la volvió a abordar. Temió que las lágrimas, aún recientes, estuviesen a flor de piel y sus ojos volviesen a quedar inundados por su baño. Mientras Tonks, entre hipidos y extrañas convulsiones, le explicaba a Helen su problema de un modo poco acertado, ésta tomó en brazos a su hija y la trató de consolar mientras le daba besos en su frente colorada por el llanto.

–Ya mismo tendréis otro bebé... Yo soy un estorbo... ¡Un estorbo! He tratado de convencerme, pero... ¡Un estorbo, sí! Oh, Helen. –La adivina temió que se pusiese a gimotear otra vez, pero la chica contuvo su propia aflicción–. Remus y tú sois muy cariñosos, las mejores personas que he conocido, hospitalarios, amables... Encantadores. Como un par de hermanos para mí... Pero, con el bebé en camino... Yo no quisiera ser un estorbo... Pronto necesitaréis cuartos. Y yo sólo soy una molestia. ¡Una molestia!

La joven rompió a llorar otra vez y Nathalie, a quien Helen ya había conseguido relajar, también. La adivina, sopesando un momento la situación con impaciencia, dejó a su hija sobre su alto asiento mientras tronaba por la boca para poder así socorrer a Tonks libre de ataduras. Al fin y al cabo, reflexionó, la niña sólo lloraba por imitación, un gesto que la fascinaba de los bebés, conque, si conseguía que Tonks dejase de llorar, también Nathalie lo haría. A aquella empresa se empeñó. Se sentó al lado de la chica, le asió fuertemente una mano y le solicitó de nuevo con dulce voz que dejase de llorar. Pero Tonks, como había previsto, no cedió. Las palabras no eran un buen instrumento para relajar un alma atormentada, pensó, conque decidió volver a sacar a su hija de la trona y depositarla a continuación sobre las manos de la llorosa. Al encontrar el peso sobre sus brazos, Tonks levantó su mirada inundada de amargas lágrimas, pero de ella no volvió a fugar ni una gota más; por parte de la pequeña, al sentir los cálidos brazos de su compañera de juegos rodeándola, sintiendo que su llanto había acabado, también finalizó el suyo. Incluso sonrió. Conque la sonrisa que se abrió en los labios de la adivina fue inmedible, tal era su satisfacción por haber resuelto la circunstancia de forma tan noble. Sin embargo, Tonks agregó en seguida:

–Esto hace las cosas más difíciles, Helen.

–Pero ¿qué¿Qué se te hace difícil?

–Todo –respondió con amargura–. Cuando tengas el bebé, necesitarás mi cuarto. Yo no deseo ser ninguna molestia para vosotros –explicó más tranquilamente.

–¿Molestia? –inquirió la adivina confusa–. ¿Quién te ha metido esas locas ideas en la cabeza¿Molestia tú? Déjame que me ría. –Fingió que reía creyendo que aquel gesto animaría no sólo a Tonks, sino también a su hija, que ya había empezado a jugar divertida con el colgante que pendía del cuello de la metamorfomaga–. Tú, querida, no eres ninguna molestia.

–Vale, quizá ahora no; pero que cuando venga el niño...

–Para cuando venga el niño serán tres. Uno, dos y tres –repuso con severidad–. Y en esta casa aún hay cuartos suficientes para todos, incluida tú. Conque se acabó la discusión. Si es preciso, yo misma me iré a dormir al sótano para que no falte ni sobre nada, y bien sabes la poca complacencia que siento allí, menos durmiendo.

Remus gritó en voz tan alta como crispada «Helen. Ven aquí. ¡Inmediatamente!» y la adivina, sin inmutarse y sin dejar de mirar a su amiga directamente a los ojos, se puso en pie. Tonks, que no quería poner fin a la conversación tan pronto ni sin que se llegara al objetivo fijado por ella, la imitó, dejando oportunamente a Nathalie en su silla cuando pasó a su lado, y la siguió. Al abrir la puerta de la cocina, las palabras con que iba a reprender a la adivina en la discusión que mantenían quedaron suspendidas en sus labios. Ante sus ojos se abrió una imagen que consideró divina; fuerte como Hércules, atractivo como Afrodita, fogoso como Hefesto, de mirada aguerrida digna del mismo Ares, de ojos tan pacíficos que creía contemplar con ellos a nada menos que la inmensidad del mar de Poseidón, y en su provechosa postura y en sus facciones aclamadoras de fuego creyó reconocer el mismo rostro y el mismo cuerpo de Eros personificado. Y él la miraba a ella, y en sus ojos creyó apreciar su mismo brillo lujurioso mientras se le antojaba que la grata voz de Hera la trasladaba a un condado de blancura y placer que no recordaba desde sus más remotos años de colegiala. Se borró con una caricia medida la impronta de las lágrimas que aún permanecía sobre su faz. Incluso se permitió sonreír. Pero la voz atronadora de Remus la sacó de aquella ilusión que creyó inspirada por Hipnos, el dios del sueño.

–Dice llamarse como yo –exclamó extasiado–. ¡Un Lupin! Tú eres la única a quien no le están vetados los designios de la verdad y de la mentira. En reconociendo sus ojos negros como el alma de la maldad y de la injuria, sabrás si miente o no, si es un hechicero tenebroso.

–No soy un hechicero ni un mortífago ni nada que se le parezca –respondió el fotógrafo conteniendo el tono–. Ni siquiera vengo enviado por ese Tim como se llame.

Los ojos del licántropo, sin embargo, no se detuvieron en contemplar las que entonces se le antojaban mentiras de un extravagante perturbado que quería atacarlos, acaso matarlos, sino en reconocer las facciones de su esposa, quien sí observaba meditabunda el rostro del visitante, que escrutaba con cuidada prudencia.

–No miente, Remus –refirió pausadamente.

–Claro que miente –exclamó fuera de sí–. Dice que es un Lupin. Oh, Helen, por el amor de Rowling. ¡Un Lupin!... Sarta de falacias. Las he escuchado más convincentes.

–Sí soy un Lupin –defendió Benjamin dando un paso al frente–. Me llamo Benjamin Lupin. No sé cuántas más cosas me habrán ocultado mis padres, pero de eso estoy plenamente seguro.

Los nerviosos ojos de Remus se trasladaron de nuevo hacia su mujer. Ésta cabeceó lentamente.

–No miente de nuevo –respondió y Remus se dio la vuelta agitado–. Está diciendo la verdad.

–¿Lo ves? –inquirió Benjamin con tono relajado.

Pero tal vez habría sido preferible que hubiese guardado silencio, pues Remus, quien sentía una extraña sensación de bilis en la boca y se tenía por tan mareado a la escucha de tanta contradictoria información, se giró de nuevo con los ojos encendidos y arremetió contra él.

–¡Miente, claro que miente! No a todos tienes por qué ser capaz de poder sentenciar verdad o mentira, Helen. Y éste ha escapado a tu Legeremancia, no albergo la menor duda; no me preguntes a mí cómo, sino más bien a él. Si fuese un Lupin, yo lo sabría. El caso de Sorensen fue excepcional. Si fueses un Lupin, yo lo sabría –repitió.

–No tiene por qué ser así –repuso Benjamin tratando de contener su ímpetu y suavizando el tono–. No si nací cuando tú tenías ya catorce años. Me he informado, sabes; entonces tu madre fue asesinada y tu padre se unió a la Orden Tenebrosa. Mis padres deberían haberse hecho cargo de ti, pero se opusieron terminantemente a la petición de Albus Dumbledore. Tú ya no volviste a ver al hermano de tío Julius, tu tío, mi padre, Richard. No volviste a saber nada de mi familia; ni te enteraste, por tanto, de mi nacimiento. Para entonces tú ya estabas bajo el cuidado de Dumbledore.

El licántropo seguía atónito.

–Entonces¿tú eres hijo de Richard Lupin? –inquirió–. ¿Y cómo se llama tu hermana, eh? –le preguntó por ponerlo a prueba.

–Charlotte –respondió con determinación, pero la adivina pudo apreciar por el tono con que pronunciaba su nombre que no era apreciada por él.

Remus trató de relajarse durante unos minutos en los que reflexionó largamente. Benjamin en más de una ocasión trató de hablar, pero el licántropo lo refrenó alzando una mano para luego no decir él nada; seguía pensando con la mirada fija en el suelo. Al final expuso:

–De tus padres y de tu hermana guardo penosos recuerdos que acabo de revivir por tu culpa. ¿Qué hijo de Lupin puede salir... medianamente honrado de una familia como ésa?

–Un Lupin que opina y piensa igual que tú. –El fotógrafo se había sentado frente a él y le había tomado una mano que le estrechó con cariño, pero malinterpretó la extraña expresión del rostro de Remus, cuyos tensados músculos sólo luchaban por sonreír, y se la liberó rápidamente, sin pizca de superfluidad o amaneramiento–. No somos tan diferentes tú y yo. He podido darme cuenta por lo poco que he sabido de vuestras vidas por los periódicos. Yo nunca he compartido las impresiones de mi padre ni soy tan libre de remordimientos como mi hermana, que es su viva imagen. No, yo no. Crecí creyéndome desgraciado por la familia en que me había tocado engendrarme, maldiciendo mi propia suerte y un apellido que me hubiera arrebatado de haber sido posible, porque él no conllevaba nada que me hubiera satisfecho tanto como mi padre esperaba. Por eso en mi infancia era habitual que me escondiera de la luz del sol para que los otros chiquillos, con los que mi padre tampoco quería verme jugar, no me tuvieran que preguntar qué había causado aquellos amoratados cardenales que se encontraban por todo mi cuerpo; pero ninguna de sus palizas conseguía hacerme cambiar de opinión, más bien al contrario. Deseaba crecer, librarme de ellos, zafarme de sus imposiciones y huir, aborrecer la lacra de mi apellido y mentir cada vez que me preguntasen mi nombre. Jackson, Beverly, Wood... ¡Había tantos¿Por qué Lupin, entonces? Pero ahora me doy cuenta de que mi apellido es signo de orgullo; no porque sea fuente de pureza y continuidad mágica, sino porque es el núcleo de algo hermoso: un verdadero hogar, una familia unida. ¡Oh, cuánta envidia me producís! –Sonrió bondadosamente y Remus se sintió contagiado.

»Mi padre no daba crédito a mis palabras cuando le dije que un tal Remus Julius Lupin había sido nombrado candidato a Ministro de Magia por Fudge. Me miró con ojos abiertos como platos y me preguntó: «¿Es eso verdad, chico?». «Claro que es verdad, padre», le dije. «¿Por qué tendría que mentirte? Vengo de hacerle unas fotos. Su segundo nombre es el mismo que el del difunto tío¿no?». A la noche, antes de degustar la cena, Charlotte bendijo la comida diciendo: «Perdona nuestros pecados, Rowling, y líbranos del mal. Incluido de nuestro execrable primo, cuyos ansias de poder no conocen límite». Monté en cólera. «¿Primo?», pregunté. Charlotte me lo explicó todo con su habitual sonrisa torcida, con su locuacidad desvergonzada; me explicó el episodio de tu mordedura con el mínimo escrúpulo. Culpé a mis padres de aquel secreto que se me revelaba ahora, de aquel secreto que me había impedido hasta ahora ver que hay algo honesto bajo este apellido.

»No somos tan diferentes, Remus. En verdad que no.

–Sois primos –mencionó Helen sin aspecto de sorprendida, quizá sólo de contrariada. Sólo sonreía ampliamente.

–¿Y qué hay de tu familia? –le espetó Remus con mirada de corderillo.

–¿Mi familia? –repitió asombrado–. Espero que me acepte. Espero que traten de conocerme, ya que no han tenido esa oportunidad todos estos años, y que algún día podamos llegar a ser... una familia, sí. –Y aquello último lo dijo con lágrimas en los ojos tan sentidas que fue Remus quien entonces se inclinó hacia delante y le tomó la mano en un gesto fraternal–. Lo mejor que me ha podido pasar nunca –explicó con un nudo en la garganta y con los ojos enrojecidos– es que tú aparecieras como candidato a ministro, porque, si no, siempre habríais permanecido en las sombras, y yo nunca podría haberme librado de mi miseria ni podría haber conocido al complemento ideal para creerme al fin un Lupin; no podría haberos conocido a vosotros.

–Benjamin –lo interpeló repentinamente Helen con voz tan suave y dulce que el fotógrafo se estremeció al tiempo que esbozaba una sonrisa–, pero ¿por qué has tenido que permanecer bajo el brazo protector de tu padre hasta ahora? Eres ya un hombre; podrías haberte independizado cuando hubieras querido.

–Lo recuerdo escasamente –habló por él Remus–, pero su imagen autoritaria y cruel me es nítida a pesar de la corta edad en que se produjo ese recuerdo. Tío Richard, lo sé, no habría consentido que te hubieses marchado. Por eso mismo, ahora me extraña que le interese tan poco saber de ti, de tu paradero.

–Quizá se haya dado cuenta por fin de que no soy ni seré nunca la clase de hijo que él espera –argumentó Benjamin–. Y de que nunca volveré a su lado. No deseo nada de ti ni de tu familia, primo; vivo en un inmueble de alquiler, tengo trabajo y vivo dignamente. No quiero que me ayudes en nada. Sólo que me permitas no estar solo. Deseaba conocerte y pensé que tal vez tú también quisieses saber de mí, ya que imaginé que tampoco tú sabrías nada de mí, como he podido confirmar.

–Pues hay mucho de lo que los dos tenéis que hablar –sugirió Helen–. Remus¿por qué no le preparas un té a tu primo y charláis más relajadamente? Mientras tanto, yo podría traer a Sorensen. También es su primo.

–¿También, cómo? –inquirió Benjamin perplejo.

–No voy a ser el único que tendrá que dejarse sorprender hoy –susurró Remus mientras se ponía en pie–. Acompáñame, Benjamin. Quisiera que hablásemos. Hay tanto que decir...

–Tanto... –reafirmó el fotógrafo.

Los dos hombres anduvieron hasta la cocina, por cuya puerta desaparecieron. Tonks se animó a seguirlos, pero Helen la llamó y la chica se vio obligada a volverse. La adivina se acercó cautelosa y, tomándole las manos a su amiga en amable gesto, le inquirió:

–¿Estás mejor? –La metamorfomaga asintió sin convicción, como enterrada aún en un sueño celestial–. ¿Qué era eso que tenías que decirme?

Los cálidos y brillantes ojos azules de Tonks se detuvieron indecisos sobre los de Helen, que ni parpadeaba mirándola. Sus facciones al punto se suavizaron y consiguió perfilar una grata sonrisa que animó a Helen.

–Nada. Ya no sé ni qué era.

Y la chica se zafó de sus manos para correr escaleras arriba a fin de deshacer el baúl antes de que alguien lo viera y tuviese que dar explicaciones por la locura que minutos atrás pensaba cometer. Lo deshizo de buena gana, con un rostro angelical con manos tan ardientes como el propio diablo aún grabado en su retina. Mientras tanto, abajo, Helen se sonreía orgullosa de su propio acierto; había evitado que Tonks entrara en la cocina, idea que había perfilado en los ojos de la chica, cuyo gozo se había encendido en ellos como una llama en la cima de una ladera, permitiendo que los dos hombres conversaran libremente unos minutos. Al mismo tiempo creía haberla disuadido de la idea de marcharse, la cual, por mucho que le preguntase, ya había leído en su expresión plagada de lágrimas, diciéndole antes de que subiera a deshacer su maleta que aquella casa nunca sería la misma si ella llegaba a faltar alguna vez.

Entre tanto en la cocina, los dos primos, que por circunstancias ajenas a su competencia no habían podido gozar del conocimiento ni de la compañía el uno del otro hasta aquel tardío momento, discurrían alegremente sobre sus existencias a fin de aportarse aquellos datos sobre sus vidas que, en otras circunstancias, acaso hubieran podido compartir. Fue una íntima y secreta reflexión en la que ambos quisieron aprehender el alma del otro a través de sus palabras y aprovechar aquel tiempo perdido que ahora se detenía y parecía tan intenso. Ya no había duda; el licántropo reconocía en él a un Lupin. ¿Sorpresa, sí, por supuesto. Pero ésta no conseguía eclipsar los sentimientos que comenzaban a emanar de sus palabras encariñadas. Y aquella súbita explosión de emociones y estremecimientos vivió su apogeo cuando Sorensen llegó, fue enterado de la buena nueva y, conmovido por la historia, derramó abultadas lágrimas.

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Agosto se consumía. Fue Remus quien, rememorando una noche todas y cada una de las vivencias de aquel intenso verano, decidió preparar una ingente fiesta que tuviera lugar en su jardín y a la que quedasen invitados todos sus familiares, amigos y allegados. Se decidió por el último día de aquel mes, fecha en la que había mucho que celebrar: se cumplían aproximadamente tres meses de mandato de Remus, y, ya que en su elección no se celebró nada, al menos deseaba brindar y cubrirse la perilla de blanca espuma llevándose la cerveza a los labios felicitándose por su formidable trimestre; también era partidario de dar a conocer a todos a su recién conocido primo, algo así como presentarlo en sociedad, usándose de aquel recurso; con la fiesta también deseaba despedir a su joven hijo, que al día siguiente tomaría el expreso a Hogwarts para iniciar su educación mágica, y pensaba que aquella fiesta lo satisfaría y le proporcionaría un recuerdo agradable en sus primeros días de aclimatación en el castillo; pero, por último, también con ella pretendía satisfacer los deseos de su mujer, ya que aquélla era fecha también de su aniversario. Y largamente pensó un regalo digno para su esposa que le pudiera ofrecer entonces. Muchas otras cosas se tendrían también que celebrar aquella noche, pero entonces no todas las conocía Remus y su descubrimiento para el licántropo fue, ciertamente, tan impactante como para todos los demás. Pero eso no sucedió hasta el susodicho día, conque no deseo adelantar acontecimientos.

Gozando de la idea de ser el creador de la propuesta, el licántropo se decidió a preparar aquel banquete sin ayuda de nadie; y mucho menos de Helen, a quien deseaba sorprender con la expectativa de una noche en familia. Sin embargo, la señora Nicked, a cuya mirada no escapaba ningún secreto por oculto que se quisiera esconder, descubrió el propósito de su yerno y le propuso fehacientemente ayudarlo. Remus al principio se negó, pero las amables palabras de la señora Nicked, ayudadas por sus ojos mediadores, que no consentían un no por respuesta, lo animaron a reconsiderar su opinión. Pasados dos días en que Remus dispuso de la indispensable colaboración de su suegra en su particular conspiración, se sintió satisfecho de contar con ella; la afable sanadora había conseguido resolver problemas con soluciones que él mismo ni tan siquiera hubiera podido imaginar, y su mano en la cocina era, sin duda, mucho más experta, conque sus platos siempre resultaban, tocados por su mágico toque de ama de casa versada, mucho más sabrosos y exquisitos que los suyos. Pero lo que verdaderamente le agradaba era su atenta compañía cuando por las tardes, momento en que Helen trabajaba durante aquella semana, desplegaban sus arsenales a lo largo de la cocina y trabajaban sin descanso hasta la caída del sol. Nunca la escuchó quejarse; ni tan siquiera resoplar. Nada. Si acaso, siempre que se volvía la sorprendía sonriendo; amasando la harina, rallando un limón, pelando las calabazas, dándoles forma a las velas, siempre sonreía. Y aquello conseguía que él trabajara mucho más relajado, a pesar de que el vaho del caldero lo empañaba de sudor, a pesar de que se achicharraba la lengua cada vez que se llevaba el cucharón a la boca para probar el caldo, a pesar de que, ni aun remangado, conseguía evitar el mortífero calor. Por eso se sentía feliz. Y a aquella felicidad de ambos achacó el especial sabor que, el día en cuestión, presentaban sus platos; el ingrediente esencial, arguyó cuando le preguntaban. La señora Nicked era taciturna en palabras, bien lo sabía él, pero los gestos amorosos con que invadía la cocina suponían una embelesadora fiesta, tarde tras tarde, que lo invadía a él de orgullo por ella. A su vez, intuía que aquel orgullo era mutuo, aunque la laboriosa bruja no le hubiera dicho nada. En sus miradas, en sus sonrisas, en sus gestos, en todo lo que hiciera, el licántropo creía reconocer un vehemente aprecio por parte de su suegra hacia él, un orgullo que, sin palabras, se le expresaba tan vivamente que conseguía emocionarlo. Él la tomaba por una madre, y sabía que ella a él lo tomaba por un hijo, y lo amaba y le deseaba tanto bien como a tal, por lo que percibía que su elección como ministro había henchido los pulmones de la mujer hasta límites insospechados; y, aunque nada le dijera, allí estaban sus expresiones, sus gestos, cargados de mudas palabras, con los que él pretendía leer y reconocer sus pensamientos, y aquéllos los suponía. Y el orgullo que ella pudiera sentir por él, acrecentado se le devolvía; pero el licántropo se avergonzaba de tenérselo que decir alguna vez, a tales extremos podía llegar su timidez; porque, in extremis, él llegaba a creer que ella podía ser capaz de saber lo que él sentía. Y, para ello, trataba que también de mudo cariño hacia ella estuviesen plagados sus gestos.

El señor Nicked dejaba pasar las horas con vaguedad sentado en el jardín de la parte de atrás mientras dentro, en la cocina, se desplegaba una batalla campal entre los calderos y demás utensilios contra suegra y yerno. Tomaba una silla de respaldo de madera y asiento de mimbre y se acomodaba a la grácil sombra que la casa ofrecía para observar cómo el sol transcurría desde lo alto hasta el extremo opuesto de su salida cayendo incansable sobre las espaldas rojizas de los obreros, muggles como él, que Remus había contratado recientemente para la edificación de una piscina cuya estructura él no llegaba a comprender todavía, por más que su hija se hubiera esforzado en el empeño. Le había mostrado unos planos de una piscina cubierta, con tejado a dos aguas que, por medio de avances tecnológicos lejos de su alcance de comprensión, podría abrirse, como la refinada puerta de la cochera de su vecino de enfrente, a quien tanto envidiaba por su formidable Mercedes, para dejar paso a la luz del sol los días de buen clima, como en verano; pero que podría cubrirse a placer a fin de evitar la lluvia y otras inclemencias intempestivas. Sus paredes eran todas previstas de macizo vidrio, aunque desde la distancia de la cintura de un hombre de altura media hacia abajo sería todo de gruesa piedra caliza para evitar insidiosas miradas, a pesar de que ya el terreno colindante de la casa estaba limitado con una valla que la vista no llegaba a alcanzar por entera. Una vez operada la construcción, le explicó su hija, procederían a la colocación de las baldosas que ellos habían escogido a través de un surtido catálogo: grises y lisas alrededor de la piscina; azules como el cielo y algo más rugosas cubriendo el resto. La piscina sí que la había imaginado bien gracias a la fidedigna descripción: rectangular y, en un extremo, a fin de evitar las molestas escalerillas de acero, sobresalía con forma semicircular como si se estuviese apreciando desde arriba el plano tan sólo de la nave central y el ábside de una catedral románica; este saliente semicircular estaría escalonado de manera que permitiera una entrada y salida del agua mucho más relajada; aunque la señora Nicked también había previsto en aquellos escalones largas horas de aguada reflexión y tranquilo mecer. Para ornamentar el exterior, comprarían butacas reclinables, mesas de recreo donde podrían tomar el té e incluso diminutas palmeras con que alegrar la vista. Pero, sin duda, lo que más asombraba al muggle era la planificación de un jacuzzi de extravagante forma, cuyas burbujas le robarían la voluntad y le producirían un placer antaño descuidado. Sin embargo, lo más que conseguía reconocer de aquella somera representación figurada que en mente tenía hecha era la pared de piedra caliza; el resto se limitaba a cuatro inmensos pilares en las esquinas, montañas de amarillenta arena desperdigadas por el jardín y gruesas láminas de vidrio que habían dejado amontonadas aguardando a su pronta colocación. El muggle sentía deseos de ver la piscina cubierta acabada. Porque, en realidad, la descripción que se le había hecho de la misma le había servido de poco, ya que su libre imaginación la había dibujado tan despampanante y arrebatadora como la que pudo disfrutar en sus vacaciones en Mallorca; y se figuraba atascándose de nuevo en sus extravagantes toboganes de espuma de colores.

Por ello reprendía con dureza a los perezosos obreros cuando dejaba de escuchar el claveteo de la azada, o cuando dejaba de percibir el lacerado brillo de la pala recogiendo arena. Le hervía la sangre al pobre muggle, cuyo rostro se tornaba morado y apretaba los nudillos con fuerza, cuando se detenían para tomarse unos bocadillos recubiertos de papel de plata y a beberse entre todos una botella de litro de cerveza; les gritaba que le estaban sacando los cuartos a su pobre yerno; zascandiles, zaparrastrosos y no sé cuántas cosas más los llamaba, pero los obreros seguían a cubierto, tendidos a la sombra de un árbol, relamiéndose de su merecido descanso. Al principio lo llamaban «patrón» cuando éste les hablaba y les reprendía, pero pronto, viendo que las órdenes de aquel hombre no eran secundadas por el verdadero patrón, el que les pagaba sus sueldos, aprendieron a ignorarlo y a burlarse de él. Cuando recibían sus amonestadores y, por otro lado, inmerecidos insultos, lo amenazaban en silencio levantándole los puños y mostrándole los dientes o, acaso, levantando algún instrumento punzante que en ese momento tuvieran a mano. Entonces el muggle, atemorizado, con el acelerado corazón a punto de escapársele por la boca, corría hasta la cocina y confesaba sus cuitas a su mujer, que le reprochaba su ignorancia y le rogaba encarecidamente que dejase a los obreros en paz; también le exigía que ayudara en la cocina, pero el muggle se marchaba ofendido, con el rostro exultante. «Yo ya he hecho mi parte escribiendo las tarjetas de invitación», se marchaba diciendo. Ocupaba aquellos momentos en jugar con Nathalie o conversar con Matt, a quien siempre se le encontraba enclaustrado en su habitación; pero, cuando creía pasado ya el peligro, mascando con chulería, como un impenitente vaquero del antiguo Oeste, una brizna de hierba seca, regresaba afuera y volvía a ocupar su asiento a la sombra, contemplando con los pies estirados el ir y venir de aquellos trabajadores con los que se comportaba como si estuviesen bajo su mando.

Benjamin apareció todas las tardes con una sonrisa triunfante en el rostro y con la cámara de fotos colgada de su rígido cuello. Nunca lo hacía a una hora fija. Según decía, su trabajo era asfixiante; había de aguardar largas horas para cubrir un reportaje para Corazón de bruja o bien, afortunadamente, de casualidad, se le contrataba de vez en cuando para proyectos menores, como el reportaje fotográfico de una boda, un nuevo cromo para las ranas de chocolate... Era su cruz, decía, trabajar para nadie y para todos; su cámara estaba al servicio del mejor postor y sus fotografías acababan impresas en el pergamino que más dinero hubiera ofrecido por ellas. Así, el joven siempre había de buscar la calidad, nunca conformarse. Aseguraba que El Profeta lo tenía por asiduo, a pesar de que nunca le había ofrecido un contrato fijo, pero tampoco podía desoír las peticiones de Corazón de bruja, revista que pagaba muy bien, reconoció. Pero no era de su oficio, en otro tiempo afición, de lo que deseaba hablar cuando llegaba a aquella casa. Normalmente los ayudaba a Remus y a la señora Nicked en la cocina, razón por la que, o al menos así lo intuía el licántropo, su suegra simpatizó tan rápidamente con su primo; al día siguiente de haberlo conocido, cuando éste aún no había llegado para su habitual visita, le reconoció en secreto a su yerno que le parecía muy guapo y terriblemente amable. Otro tanto pensaba su esposo, el muggle, o así al menos querían pensarlo todos, porque lo más que se había permitido decirle a Remus es que, como siguiesen apareciéndole familiares de esa forma, de hasta debajo de las piedras, pronto podría formar un equipo de fútbol. Mas lo cierto era que el señor Nicked se sentía contagiado de la vitalidad del joven fotógrafo y le pedía insistentemente que le realizara una sesión de fotos. Remus temía, todavía relativamente suspicaz, que las instantáneas de su suegro en las más extrañas y diversas poses que éste habría podido adoptar aparecieran cualquier día en Corazón de bruja, pero su primo, tras revelarlas, se las ofreció al muggle, y éste quedó encantado de verse así mismo en unas instantáneas mágicas, es decir, con movimiento, lo que lo tuvo impresionado toda una tarde, al punto de que hasta quiso enseñárselas a las obreros que tanto detestaba; Remus le prohibió salir aquella tarde y el muggle, refunfuñando, se quedó en el interior alabando lo hermoso de su perfil.

Con los niños también trató de congeniar, cosa que con Nathalie no tardó en conseguir; Remus se sorprendía de la buena maña que tenía con el bebé, que no dejaba de reír en sus cuidadosos brazos. También le tomó muchísimas fotografías, muchas de las cuales llenarían álbumes enteros que el matrimonio Lupin guardó con mucha complacencia. Pese a que lo hubo deseado, con Matt apenas si hubo ese acercamiento; sin embargo, ya se lo andaba temiendo, porque la edad que tenía el chico era terrible, y él conocía los estragos que podía causar la adolescencia cuando se inicia, conque fue extremadamente condescendiente con él. Siempre que venía le traía algo, cualquier cosa; al principio eran nimiedades, pero, como viera que poco era el interés del chico por ellas, la imaginación del fotógrafo hubo de fortalecerse. Piedras angulares en miniatura que decía traídas de la misma China y que había pertenecido a una antigua familia de magos que los hechiceros de Mongolia habían asesinado; otro día le trajo la maqueta de una galaxia comprimida en la que se podía observar el movimiento de los sistemas solares, el parpadeo de las estrellas, la concupiscencia de los agujeros negros e incluso la Tierra si se agudizaba la vista, pero Matt se la llevó esbozando un escueto gracias y la escondió en la parte alta de su armario, donde no pudiera verlo jamás. Benjamin seguía creyendo que se ganaría el afecto del chico poco a poco, que no podía esperar que lo apreciase desde un principio como un primo; pues bastante aprisa lo había aceptado el resto como para suponer que todos harían lo mismo. Remus, no obstante, se había propuesto ya mantener una conversación con su hijo.

El día que precedió al de la fiesta, Benjamin llegó sin su exultante sonrisa. Le comunicó en privado al licántropo que al centro de redacción del Corazón de bruja había llegado la noticia de que el ministro iba a conceder una fiesta en su casa. Remus lamentó entonces haber invitado a la misma a tanta gente, puesto que, sin duda, alguno de los menos allegados a él debía haber sido quien hubiese alertado a la revista; pero ninguno de aquellos pensamientos suyos compartió con su primo, que lo observaba reflexionar en silencio. Luego, Remus le pidió que continuara, puesto que, en efecto, aún había más. Benjamin le dijo entonces que le habían pedido a él que realizara las fotos y, quizá siendo bastante locuaz, a él se le había escapado que ya estaba invitado a ir a la misma. La redactora jefe, según explicó, quedó enterada al instante de este hecho y se interesó personalmente del mismo, y, aunque Benjamin trató en ese punto de mentir, le fue imposible, pues es persona, dijo, a la que se le nota en seguida en la cara cuando miente, conque tuvo que narrar, amenazado por la idea de ingerir la poción de la verdad, el emotivo episodio de su encuentro; la redactora parecía extasiada al conocer la noticia, de forma que deseaba hacerle al fotógrafo una entrevista aquella misma tarde que cubriera las primeras páginas, deseando asimismo una foto de ellos dos juntos con que iluminar la portada. Remus fue comprensivo con su primo y le habló con palabras suaves, aunque interiormente le recriminaba su comportamiento que, por otro lado, achacó a su juventud y a su escasa, imaginó entonces, totalmente equivocado, madurez. Le concedió cuantas fotos necesitara hacerle, ya que, le dijo, preferible era que se las hiciera su primo a cualquier otro, en cuyas manos no sabía qué uso se le podrían dar. Benjamin relajó la expresión y le dio mil gracias, acompañadas de mil abrazos; Remus le golpeó en la espalda varias veces con afectación, recordando la confesión de las palizas del joven por parte de su padre, considerando que había de estar falto de cariño. Cuando se separaron, le refirió severamente que, ya que no había otro remedio, al menos hablase bien de él en la entrevista. Benjamin le juró y perjuró que sólo diría cosas buenas, aunque para ello no fuese necesario ni mentir.

El licántropo se sentía muy orgulloso de que, llegado el día, aún la fiesta fuera un secreto para Helen; una sorpresa. Y su orgullo se henchía por las muchas pruebas que se le habían presentado aquella semana, por las que llegó a temer que con alguna su mujer, excelente adivina, consiguiese sospechar: el aluvión de lechuzas que llegaba a todas horas, confirmando asistencia, preguntando si tenían que llevar algo, un postre, cualquier cosa; el evidente desorden en la cocina, que nunca pasaba desapercibido a la adivina, quien preguntaba a todos y cada uno qué había pasado o qué habían hecho para que las cacerolas y calderos estuviesen escurriendo en el fregadero, que la chimenea estuviese no sólo plagada de troncos a medio quemar, sino también pegotes de lo que se le antojó un bizcocho, o por qué no encontraba su cucharón de madera, el cual la señora Nicked había roto accidentalmente mientras removía el caldo de remolacha; y por último, y no por ello, bien lo sabía Remus, menos importante, había que silenciar al señor Nicked, cuya locuacidad podía poner en peligro su plan. No obstante, aquella vez el hombre se comportó, conque posteriormente se le hubo de reconocer su mérito.

La noche del último de agosto, Helen llegó media hora tarde de trabajar, de modo que quedaba más que justificada su profunda irritación. Lanzó con furia la bata de sanadora al sofá y anduvo hasta la cocina. Remus corrió en pos de ella, evitando que entrara dentro, ya que, de haberlo hecho, habría descubierto todos los calderos de por medio, todo el suelo embadurnado de salsa de calabacín blanco que Ángela había derramado en un descuido y habría, en definitiva, sospechado que algo se tramaba. También se cuidó de que no pudiera ver lo que se cocía tras las ventanas del salón, ya que las mesas ya habían sido dispuestas en el jardín de atrás y todos los invitados estaban esperando a oscuras, sólo iluminados por la luz del plateado satélite, a que llegara Helen mientras apuraban sus bebidas. Remus le explicó suavemente, susurrante al oído, que aquella noche cenarían fuera, conque le pidió que se pusiese el vestido más elegante que encontrara en su armario. Cuando la hubo dejado en el interior de su habitación, él ya vestido con un elegante traje color champán con corbata negra, a la usanza muggle puesto que Helen decía que así lucía más guapo, se tranquilizó, ya que las ventanas de su dormitorio no daban al jardín de atrás sino a la fachada de delante. Ángela vino corriendo preguntándole con voz apremiante, apenas un murmullo, cuánto les quedaba, que la gente se estaba desesperando, pero Remus, preocupado de que pudiera oírla su mujer, la mandó de vuelta diciéndole que lo iba a estropear todo. También él comenzaba a desquiciarse por la tardanza de su esposa, pero prefirió no inquietarla, puesto que, en cualquier caso, ella creía que cenarían solos los dos, de modo que encontraría sospechosa su impaciencia. Al fin salió, tan exultante como el licántropo había imaginado, con su pelo bordeando tirabuzones sobre sus sensuales hombros al descubierto por un amplio vestido de lentejuelas, que no brillaban más que las perlas de sus orejas, ni la gargantilla de su cuello ni el anillo de su dedo. La besó, pensando que no iban a tardar más por darle un apasionado beso que cubriera sus labios del rojo carmín de ésta y sus manos del oloroso perfume de su cabello.

Helen se extrañó de que su marido, pretextando que se había olvidado algo, saliese al jardín de atrás tirando de ella como a un perro de la correa. Antes de abrir la puerta por la que se accedía al minúsculo porche de atrás, tosió con estridencia, lo que aún preocupó más a la adivina; no era otra cosa, en cambio, que una señal para Ángela, quien al otro lado aguardaba impaciente para pulsar el interruptor de la luz en el momento justo en que Helen apareciera. Al surcar la puerta, confusa por las insólitas siluetas que se dibujaban en el jardín, profirió un grito cuando la luz se encendió de súbito y todo el mundo comenzó a aplaudir y observó el jardín entero cubierto de mesas circulares de mármol. Sonrió arrebatada, con un brillo sensible en la mirada. Paseó la vista y descubrió a toda la familia y todos sus amigos saludándolos y deseándoles un feliz anviersario y muchas otras cosas que Helen pudo adivinar leyendo un cartel de grandes dimensiones que habían hecho aparecer mágicamente por disimular la construcción a la mitad de la piscina, el cual ponía en grandes letras:

«¡FELIZ ANIVERSARIO!

¡BIENVENIDO, BENJAMIN LUPIN!

¡HASTA PRONTO, MATT!

¡INCREÍBLE TRIMESTRE, SR. MINISTRO!»

El licántropo y su esposa se sentaron en una mesa principal junto con sus dos hijos. Apenas había hecho circular a unos camareros que había contratado especialmente para aquella ocasión a fin de poder satisfacer las necesidades de todos cuando Remus se puso en pie y expuso un discursito tan cuidado y medido en todas sus palabras que Helen imaginó que llevaba mucho trabajando en él. Fue sublime, ideal, fortalecido por el ímpetu que le puso, tan sentido que robó algunos aplausos enfurecidos. En él aún no había hecho mención de Benjamin Lupin, que no había sido presentado todavía a todos y por quien todos, en razón a la verdad, sentían una inmensa curiosidad desde que habían leído su nombre en la pancarta que cubría la piscina; alguno razonaba que aquél debía de ser el nombre que pondrían al próximo bebé, el cual, por tanto, ya sabrían que era niño. Pero, como todos los rumores, la noticia de un primo venido de lejos que hasta entonces pasaba por desconocido comenzó a circular de mesa en mesa. El bisbiseo llegó incluso al propio Benjamin, que compartía mesa con los señores Nicked, a sólo unos pasos de Remus y Helen y sus hijos. Éste sonrió sin su habitual desparpajo y le susurró a su anunciante, el petulante Ken Fosworth, primo de Sorensen, que no tenía ni idea, pero que le asombraba. El señor Nicked, en escuchándolo, bufó y en voz en falsete exclamó: «El primo está en esta mesa». La señora Nicked le riñó y él se excusó diciendo que no había dicho nada que no fuera cierto. Remus, que lo había escuchado, volvió a reclamar la atención de todos dando unas sonoras palmadas. Explicó a continuación, mientras los camareros proseguían, bandeja en mano, su recorrido entre las mesas sin ocuparse de su discurso, lo que todos ansiaban conocer: quién era Benjamin Lupin y por qué tenía aquel apellido. En aquella ocasión su exposición estuvo falta de una anterior preparación, pero la ansiedad con que tenía suspendidos a todos de sus palabras consiguió que la expectación fuese aún mayor que en su parlamento anterior. Llegado al punto, Benjamin se puso en pie y saludó con exquisita educación; sin dudas al respecto, éste no había previsto la avalancha humana que se produciría a su alrededor para saludarle y realizar pertinentes presentaciones. El primero en llegar fue Sirius Black, quien había arrastrado consigo a Harry Potter. El animago se presentó diciéndole que era el mejor amigo de su primo y que aguardaba también llevarse fenomenal con él, pues era íntimo de la familia. Quizá Benjamin se dejó intimidar por los antecedentes del fugitivo, o quizá quedó impresionado por todas aquellas personas que, de súbito, querían hablar con él, pero lo cierto es que su rostro empalideció peligrosamente y la señora Nicked, atenta en todo momento, corrió a auxiliarlo pretextando que había llegado el momento de su medicación. No había encontrado excusa mejor, se disculpó más tarde; pero entonces consiguió llevárselo unos minutos adentro para que pudiera el pobre respirar.

Remus, aprovechando la confusión de todos cuando Benjamin hubo entrado en el interior de la casa, volvió a ponerse en pie y anunció que había un último hecho más por el que aplaudir. Matt se sintió enrojecer y se aferró fuertemente a su asiento como si temiera que también a él lo fuesen a forzar a ponerse en pie y a estrechar tantas manos como se le pusiesen por delante. El licántropo, grosso modo, explicó que su pequeño, no tan pequeño ya, partiría mañana para las regiones norteñas a fin de iniciar su educación mágica; pidió que aquella fiesta sirviera también como sentida despedida por el mayor de sus hijos. Se arrancó de nuevo un aplauso proveniente de todas las mesas e incluso, por encima del alborozo de los aplausos, se escuchó gritar a Sirius: «¡Ese Lupin sí que vale!». Por último, pidió a sus meseros de aquella noche que trajesen las vituallas y que se diese comienzo al festín.

Las bandejas con porcinos espetados, terneras deshuesadas y pollos recubiertos de deliciosa salsa comenzaron a circular por entre los estrechos pasillos que el dibujo de las mesas en el jardín de atrás perfilaba. Los abridores pasaban de mano en mano y las chapas de las cervezas de mantequilla, literalmente, volaban. Remus, tomando aquél por un día especial, permitió que su hijo se apartara de la senda de los zumos de calabaza o de los batidos de sangre de murciélago para que probara su primera cerveza de mantequilla. El chico parecía escéptico cuando su padre vació el contenido de la botella dentro de un largo y estrecho vaso de tubo, pero, al llevarse un sorbo que paladeó con insistencia, sonrió de agrado. Tomó aquélla en seguida y pronto pidió otra, la cual, esta vez, su padre le rogó que moderara, ya que, aunque no era aquél causa de curda para los muchachos por mucho que de él se abusara, deseó que se lo tomara con comedimiento.

Sorensen se puso en pie y su larga estatura por encima de todos ellos despertó la curiosidad de muchos, inclusive de Ángela, que le susurró que qué demonios hacía y le pidió encarecidamente que se sentara, que estaba haciendo el ridículo. Mark, con las comisuras cubiertas de salsa ennegrecida y las manos manchadas de aceite al llevarlas directamente al plato, se quedó observando a su padre con una sonrisa burlesca. Algunos lo aclamaron, quizá empujados por sus licores, pero el bibliotecario, lejano a ufanarse, ordenó calma pues se disponía a hablar. A Remus le satisfizo mucho aquella muestra de ánimo en su hermano, a quien tenía por más tímido que él, y, sonriendo, lo animaba a hablar tan vehementemente como el resto. Hecho el silencio, ligeramente ruborizado, Sorensen tomó aire y habló largo rato, un discurso que sorprendió a muchos en un principio pero que despertó muchos aplausos, sonrisas y felicitaciones a su final:

–Buenas noches –saludó para comenzar–. Como todos sabéis, o deberíais, yo soy el bibliotecario de la Biblioteca Pública...

–¡El mejor bibliotecario del mundo entero! –lo interrumpió Sirius alzando su copa por él.

Sorensen agradeció aquel comentario con una sonrisa pero prosiguió sin decir nada sobre él, más bien al contrario, como si nada hubiese escuchado.

–Como sabéis, soy el bibliotecario de la Biblioteca Pública de la Comunidad Mágica, recientemente reimpulsada por el esfuerzo del señor ministro. –Las miradas se desplazaron sin asomo de discreción hacia Remus, que estuvo tentado de saludar con la mano–. Extraño asunto los libros. Maravillas de pergamino encuadernadas en piel, en cuero, en gruesos tomos de lomo rugoso que al tacto producen tanto o más sensaciones que cuando se despliegan sus secretos y se absorbe su sabiduría. Muchos años he caminado entre ellos y he aprendido a amarlos y a desearlos tan fervientemente como a un cuerpo sensual, desnudo y apetitoso. –Aquel comentario despertó algunas sonrisas pecaminosas–. Muchos de los libros, por no decir todos, te corresponden en un acto que, si no sexual, puede conducirte a un delirio más excitante que un orgasmo, pues, por corto que éste sea, la lectura de los libros es placentera durante horas, desde la alfa hasta la omega, y te conduce por sus vericuetos internos, tan ocultos que se te antoja estar paseando, rastreando un torso desnudo que recorres con uno de tus dedos. Durante muchos años, años que no puedo tomar por perdidos en ese aspecto, porque, como ya he explicado, también fueron satisfactorios, ése fue el único amor que conocí; un amor que conseguía corresponderme cuando yo acariciaba sus páginas abrasadas por miles de tactos por la acción del tiempo, embriagándome con un olor a polvo y a antiguo, capaz de seducir hasta al olfato más inexperto. Un amor cubierto de tinta. Y su lectura, en íntima comunión, como dos cuerpos copulados, se producía usando apenas un claro de luz rodeado de absorta oscuridad, pues es de ese modo como el cuerpo se relaja y la mente no se enturbia con la impresión de la imperfección moral que está cometiendo, natural por otro lado. En efecto, ése es el único amor que he conocido durante muchos años, pues ha habido otros, tal vez, ya que ahora no sé qué han sido, que no gozaban del respeto de los astros, ni de la cotidianeidad de la naturaleza ni eran propios de nuestra esencia. Aunque me creí absorbido por ellos, aunque ilimitadas fueran mis experiencias y multiplicados mis sentidos y aligerado mi pobre corazón, no eran amor, porque el amor sólo lo he sentido contigo, Ángela Carney, la única mujer que he amado, amo y amaré. –Aquello ya produjo un disparejo aplauso.

»Pero me estaba refiriendo a los libros, conductores de sabiduría tanto como de sentimientos, aunque no todo el mundo es capaz de conseguirlo. Quien se aproxima hasta ellos y los araña creyéndolos enemigos, ay¿cómo espera ser correspondido en un arte amatorio por uno de los objetos inanimados más sublimes creado por el hombre? En su interior se goza de las palabras lo mismo que el que enreda sus dedos entre los cabellos de una hermosa dama y juega con ellas como si sus labios besara. Las palabras, hermoso acertijo de voces enredadas que sucedemos consecutivamente para exponer nuestros pensamientos y con las que conseguimos enamorar tan rápidamente como con una mirada. Pues¿qué es todo si no un arte amatoria? Las palabras nos hablan de amor, doquiera que miremos nos revelarán la imagen del ser amado y nos traerán su efigie como bañada en oro, por más que nos esforcemos en explicar que son conceptos los que nos evocan. Conceptos no; amor. Y, cuando se evoca esa palabra¿qué concepto se desea evocar con ella¿Hay alguien que sea capaz de aprehender el amor en una palabra, cuando nuestros cuerpos gozosos quisieran escapar de nosotros una vez nos sentimos fuertemente atacados por su flecha envenenada? Amor... Lo decimos y creemos que la palabra se nos llena de aire, cuando sólo son fonemas que fluyen en un instante. Amor... Vocablo milenario que usamos casi inconscientemente cuando queremos rellenar la pasión o redondear el significado de un poema o de una declaración de... amor. ¿Qué se evoca con el amor, palabra que tan insistentemente aparece en todos los libros?; no hay uno en que falte. ¿Qué¿Un concepto abstracto e impreciso que resplandece en nuestros corazones velando nuestras voluntades y multiplicando la capacidad de nuestros sentidos? No, amigos, no; para mí, cada vez que pronuncio esa palabra, o que se me pronuncia, no es un concepto lo que se me aparece, sino el rostro de mi dulce y amada Ángela resplandeciente. –Consiguió una fuerte ovación con aquellas palabras que, en realidad, tenían a muchos pasmados–. Siempre, siempre es así. Y, cuando alguien me habla de amor, de su amor, aunque use la misma palabra, su experiencia es única y, por lo tanto, inconfesable, y, aunque la identifique con una palabra vaga, de tan sólo cuatro letras, yo sigo viendo el mío, mi amor, y nunca el suyo, por más que me la repita y me diga... sí, amor. Y es que las palabras son algo que, a pesar de que llevemos muchos siglos y siglos poseyéndolas, nunca acabaremos por hacer nuestras, puesto que siempre acaban escapando a nuestro propio control; y lo dice un bibliotecario, que de esto espera entender un poco más que el resto. Claro que huyen de nuestro control. Y, si no me creéis, os haré una demostración. –Se metió una mano en el bolsillo y sacó una gruesa llave dorada que mostró con ojos iluminados–. ¿Qué palabra os evoca este objeto?

–Una llave –se le respondió al unísono.

–¿Y qué concepto evoca la palabra "llave"? –volvió a inquirir.

–El objeto en sí que designa –respondió Remus, esperando que su voz quedase confundida por una maraña de voces lanzadas sin concierto al mismo tiempo. Sonrojado, sonrió.

–¿El objeto en sí designado? –repitió Sorensen–. Tal vez. Tal vez, sí. Pero para mí no, quizá porque puedo ver más allá de su dentado extremo y puedo evocar una cerradura dorada como la misma llave; y una puerta grande. –Lo recitaba todo como aprendido, cerrados los ojos en fingido trance–. Las habitaciones son amplias. Se respira aire puro y corre una brisa salada. Las ventanas están abiertas y las cortinas danzan movidas por el empuje del viento que entra por ellas. Una puerta está abierta y, si se camina hacia ella, el chirriar de los navíos, el graznido de las gaviotas y el romper de las olas contra las rocas se aprecia mejor. Es una casa, sí, erigida sobre un escarpado acantilado, alta como un faro y hermosa, con una amplia terraza sobre las rocas, desde las cuales se puede bajar a un recogido tramo de playa. –Abrió los ojos–. Eso es lo que yo evoco. Pero Remus tiene razón, las palabras designan objetos comunes. Pero, para mí, este objeto nada tiene de común. Ángela –la interpeló dirigiéndose hacia ella y ésta, como saliendo de pronto de una larga meditación, se incorporó–, durante muchos años te he tenido retenida, como a una esclava, en mi triste y gris apartamento de Londres, privada del aire, de la paz del medio ambiente, de los sonidos de la naturaleza... Nunca más, te lo prometo. Ten. –Le tendió la llave–. Esto es tuyo, tu casa, donde espero que seamos tan felices como hemos venido siendo hasta el momento.

Ángela fue a decir algo, o quizá pensaba abalanzarse sobre el cuello del padre de su hijo y comérselo a besos, pero éste, inflexible, le pidió con un candente movimiento de mano seguir hablando y ella no se opuso, tan perpleja estaba.

–Ángela, amor mío. Cerca de siete años hemos vivido nuestra particular novela romántica sin temor al qué dirán y sin practicar nuestras más antiguas tradiciones, pero, por mi parte, creo que ya ha llegado el momento de pisar la vicaría y jurarnos ante el resto de hombres y ante los cielos nuestro amor para quedar unidos por siempre. –Clavó un hinojo en el suelo y, sacando del mismo bolsillo del que había extraído anteriormente la llave en esta ocasión un resplandeciente anillo, imploró–: Ángela Carney¿deseas casarte conmigo?

La mujer, tan locuaz normalmente, muda de pronto, se llevó una mano temblorosa a la boca y luchó con todas sus fuerzas por evitar aquellas lágrimas que, corrosivas, pugnaban por salir de ella y que darían al traste con las largas horas de maquillaje de aquella tarde. Intentando serenarse, mirando con candoroso amor al hombre arrodillado ante ella, le concedió su mano para que insertara en ella el brillante anillo de compromiso del que, minutos después, tanto se jactaría yendo de mesa en mesa, aclamada por todos para que les enseñase la hermosa alhaja de la que los más perversos y envidiosos dirían que era tan buena que parecía traída por el mismo diablo. Una vez incrustada en su dedo, hizo que Sorensen se pusiera en pie y le dio un beso infinito con el que, medio atisbando una sonrisa entre un tacto y otro, quiso hacerle entender que se casaría con él, que haría cualquier cosa que él le pidiera.

Remus aplaudía atónito, más, si cabe, que el resto. ¿Cómo iba a imaginar él aun en ese momento que escasa iba a resultar la premisa de invitación que en tan grandes caracteres rezaba sobre el esqueleto de la piscina? Pero aquello aún conseguía satisfacerlo más, cómo no, albergando un orgullo y una paz interior, tan dichosa, que en muchos años no había sentido. Aplaudía y sonreía. Todo estaba bien.

Cuando la euforia del anuncio de matrimonio se relajó y cesaron los brindis por la pareja, a los que el pequeño Mark Fosworth se unió con cierta confusión, una nueva noticia había de ser anunciada. De poca paz gozaron aquellas mesas individuales aquella noche, sino que todas, confundidas en la colectividad, elevaron sus pintas de cerveza de mantequilla y, a gritos y con bailes y sonrisas y palmadas, brindaban todos por todos y todos se sentían dichosos. Quien se levantó fue Ken Fosworth, primo del bibliotecario, quien tenía al licántropo por un excelente amigo, más allegado que muchos de sus propios familiares. Lafken, su esposa, tiraba de él con disimulo muerta de vergüenza al verlo de pie, achacando su facundia a las severas jarras de güisqui que ya habían pasado por su mesa. El mago, en cambio, parecía sereno y confiado, seguro de lo que hablaba y reposado en sus palabras. Su discurso fue conciso, exclamativo, poco llamativo, aunque emotivo, pues se apreciaba que también poco preparado; había sido fruto de la inspiración del alcohol que no sólo fluía en sus venas, sino el que transmitía el jolgorio de mesa en mesa y flotaba en las risas de todos. Sosteniendo con firmeza la mano de su esposa indígena, anunció sonriente que estaban esperando un hijo. De nuevo aplausos y risas y brindis y felicitaciones y exclamaciones de sorpresa y de asombro y la cerveza viajó de mesa en mesa y en todas ellas se vaciaba una jarra, o dos, o tres, mientras se levantaban los vasos por la salud y el amor.

Animado quizá por la efusión de anuncios, excitado con la idea de ponerse en pie y hablar en público, Arthur Weasley se levantó sosegadamente y, carraspeando con sonoridad, reclamó la atención de todos los congregados. El corazón le latía con fuerza y las manos le temblaban, pero se sentía con fuerzas de hablar, a pesar de que su esposa lo invitaba a lo contrario golpeándolo sin asomo de cordialidad en el brazo para que tomara asiento. Le hablaba a voces y lo zahería con insultos que sólo se usan en la compartida intimidad marital, pero que el señor Weasley desoía con la emoción vibrante en sus oídos. Alzando los brazos como un gran predicador, soltó a bocajarro que el último de sus hijos varones estaba manteniendo una relación de noviazgo con la famosa Hermione Granger. La chica, que compartía mesa con Ron, se sonrojó mientras, delicadamente, trataba de ocultarse tras una servilleta; Ron, en cambio, sin asomo de impunidad, levantó una mano para saludar y la señora Weasley, enfadada por que siguiese las locuras de su padre en lugar de obedecerle a ella, le arreó otro golpe también a él que Ron recibió con un grito desalmado.

–Próximamente la boda –aseguró el señor Weasley para concluir.

Muchos rieron, no se sabe si por el último comentario de aquel amante de los muggles o por el azote de su esposa que le sobrevino por el mismo. Uno de los que más reía, aunque no dejó de hacerlo en toda la noche, en honor a la verdad, fue Sirius Black, quien compartía mesa con su ahijado y con su hermosa prima, que robaba muchas de las miradas y de los suspiros de los más jóvenes. Ésta parecía aburrida, una imagen completamente opuesta a la de su primo, que estallaba en carcajadas tumultuosas, muchas sin venir ni a cuento, y daba abundantes codazos a Harry para llamarle la atención de algo curioso, con los que consiguió, las más de las veces, que éste se derramara parte de su bebida en el pantalón. En aquella ocasión, también se volvió al tranquilo Harry para comentarle la disertación de su noble amigo; sin embargo, los vericuetos que adoptó la conversación poco fueron del agrado del chico, que se sintió repentinamente incómodo, y mucho menos a Tonks.

–¡Qué sorpresa, novios! –musitó echándole un enorme trago a su vaso–. ¿Tú todavía no tienes novia, Harry? –Éste se sonrojó tan sólo–. No te preocupes, es normal. Aunque tú eres famoso... Oh, lo que yo habría dado por tener la misma popularidad que tú; las chicas se hubieran arrodillado ante mí. –Repentinamente, como si hubiese dicho algo jocoso o como si un pensamiento impuro le hubiese sobresaltado, rompió a reír escupiendo buena parte del trago que se había echado–. Yo, a tu edad, era todo un donjuán; a las chicas me las traía de calle, todas locas por mí. Aunque seas reacio a hablar sobre el tema, cosa que no te consentiré mucho, la verdad, que estamos entre hombres, imagino que tú también habrás tenido tus muchos flirteos y habrás enamorado a más de una muchachita. A ver¿a cuántas chicas les has hecho ya el amor?

Tonks bufó mientras que Harry, con el rostro todo encendido y sufriendo un calor que en ningún caso era natural, evitó responder; pero la intensa mirada de su padrino le asistía.

–Ninguna –respondió.

La mirada de Sirius permaneció fija un momento en él, implacable, pero pronto chisporroteó jubilosa y el animago rio a mandíbula batiente, dejando su vaso sobre la mesa, que hasta entonces sostenía en una mano, por temor a que se le escurriera de entre los dedos. Le dio un viril golpe al chico con el puño cerrado en el hombro y le revolvió todo el pelo, ya de por sí bastante desordenado.

–Eres un Merodeador de los pies a la cabeza, todo un bromista. Vamos, Harry, alguna chica te gustará en este momento. Con alguna estarás saliendo ahora¿no?

Los ojos del chico se desplazaron un instante, subrepticiamente, hasta la mesa de los Weasley, donde otro par de ojos le devolvió la cálida mirada, pero Sirius no percibió nada.

–Bueno... –respondió tartamudeando.

–¿Quién? –le inquirió cual un afiebrado inquisidor.

–No la conoces –mintió. No deseaba hablar de aquello todavía porque Ginny aún no quería hacerlo público, y él sabía que, de enterarse su padrino, la noticia tardaría menos de un minuto en salir de aquella mesa.

–¿Y por qué no le preguntas si quieres que le hagas el amor? –le preguntó con los ojos expresivamente abiertos.

–¡Oh, Sirius! –exclamó Tonks fuera de sí–. ¿Desde cuándo no tratas con una mujer, desde la era de Cromañón¿Y por qué no le pides ahora al chiquillo que se lleve a la primera que se encuentre y se la tire detrás de un sillón? Dentro de la casa apenas hay nadie. O, por qué no¿que se lleve lo primero que pille, qué sé yo...¡un gato, y se desfogue?

–Sabes que no soy muy partidario de la zoofilia a pesar de que, cuando estuve saliendo con Melinda, lo hice porque me lo pidió. Pobre lechuza, aún la recuerdo... Desde entonces quedó inválida en su perchita de la lechucería. Hacía «uuuuhhhh, uuuuhhhh...». Pobre. Pero ése no es el caso, Tonks, que mi ahijado me está diciendo que es virgen. ¡Virgen! –Harry deseó que no alzara tanto la voz–. Cuando yo, a su edad, ya me había pasado por la piedra...

Tonks, furibunda, se levantó de golpe y, afirmando que ya había escuchado demasiadas tonterías, se marchó de a su lado. Harry deseó hacerlo también, pero permaneció sentado por respeto a su padrino, quien, afortunadamente, pensó, cambió en seguida de tema de conversación, pues las palabras de su prima lo habían herido profundamente. La metamorfomaga dio a parar a la mesa de los señores Nicked, donde se acomodó, tras preguntarles si podía sentarse con ellos, junto a Benjamin. Éste le sonrió con complacencia mientras ella interpelaba a un camarero para que le trajese un refresco. Al mismo tiempo que era servida su petición, otro camarero se acercó por detrás al señor Nicked y le susurró unas cuantas palabras al oído, tan mefistofélicamente que éste dio un respingo en su asiento de puro espanto. Se sacó un pañuelo de tela de bolsillo y se secó el sudor de la frente.

–Ha llegado la hora, palomita, ha llegado... –iba diciendo con fastidio mientras ésta lo vituperaba para que se levantara

Y así, sin decir nada, abandonaron el jardín para entrar en la casa. Benjamin y Tonks, una vez se hubieron quedado solos, se sonrieron con asombro.

Entretanto, en la mesa en la que degustaban sus platos con exquisito paladar Remus, Helen y sus inquietos hijos, el licántropo se sentía incómodo. Nada dijo a su mujer, pues ¿cómo, la sorpresa era para ella y con ella sería la última persona de todas las congregadas con que la comentaría. Se sentía dudoso, ahora que faltaba tan poco tiempo para que tuviera lugar. Había reflexionado para sí que aquél no era un aniversario cualquiera, puesto que en aquél tenía dinero suficiente para comprarle lo que le apeteciese; pero, llegado el momento, se había percatado de que no era el dinero lo que alegraba a su esposa, ni los caros obsequios ni los elegantes vestidos ni las joyas capaces de conmover hasta el delirio; era lo tradicional lo que conseguía desplegar en sus labios una sonrisa: un mero beso, una tierna caricia, un sentido abrazo. No obstante, le había comprado un regalo de entre los primeros, pero ornamentado con las maravillas de los segundos para agasajarla y ablandarle el corazón.

Cuando el camarero sobre el que había depositado aquel deber, al que largo rato llevaba observando, esperando su señal, le levantó la mano y le asintió con vehemencia, Remus se levantó tranquilamente, apretándose el nudo de la corbata para parecer despreocupado. No hizo más que levantarse cuando todas las miradas estaban clavadas en él, cosa que le sorprendió y le hizo sonreír. En aquella ocasión, valiéndose de pocas palabras, animando a todos a cenar sin prisa y saboreando todos los manjares de que se contaban, mandó convocar la sorpresa. O así la llamó. Esperaba, y así lo anunció, que su visión tan sólo enamorara, de momento, a los ojos e hiciera relamerse a los más golosos, invitando a todos a guardar un espacio en sus turgentes estómagos para contener aquella delicia de nata, vainilla y fresa. Un par de camareros trajeron empujando un carrito que contenía una tarta de pisos tan alta y gruesa que a muchos dejó boquiabiertos. La torre de Babel, exclamaban los más ingeniosos. Alta como un rascacielos, apetitosa como el más dulce de los manjares, vistosa con todos sus colores derramando glucosa sobre las suaves guindas rojas de pasión, como sonrojadas por las famélicas miradas que se les dispensaban. Pero la mayor guinda de todos, sin embargo, no se hallaba a la vista. La colocaron delante de la mesa del licántropo y se apartaron con decoro mientras éste, señalándola con dramatismo, exclamó con voz abigarrada:

–¡La tarta!

En ese instante, como derritiéndose más aprisa de lo normal, la diminuta cubierta de nata de la parte superior comenzó a resbalar hasta aplastarse en el suelo. Algunos gritaron, alarmados, pensando que la olímpica imagen de la que acababan de disfrutar tan sólo un momento se estaba viniendo abajo. Pero bajo la capa de nata que había caído quedó al descubierto una construcción cilíndrica de acero que había servido de soporte para edificar el postre, y muchos quedaron decepcionados porque se descubría así que sus dimensiones sólo eran un engaño a la vista, pues hueca era por dentro. La tapa de la base cilíndrica del interior, que había provocado la caída de la base superior de nata, se estaba abriendo y de ella asomó un abultado ramo de rosas sobre el cual rezaba una tarjeta, de grandes letras, que ponía: «Feliz aniversario, amor mío». Helen fue a abrazar a su marido y la turba, aglomerándose alrededor de la tarta, aplaudía, pero Remus, con la vista aún fija sobre la alta construcción de bizcocho y nata montada, esperó paciente. El ramo de rosas rojas asomó completamente y tras él se apreció una mano de dedos anchos. Se contuvo la respiración mientras quienquiera que estuviese allí se acababa de erguir. Un aplauso impresionado estalló cuando el señor Nicked saludó, ramo en mano, a la multitud congregada en torno a él, aunque en su rostro se adivinaba que, gustoso siempre de llamar la atención, aquélla ocasión no era así. Quizá esto se debiera a que, una vez hubo entregado el ramo a su hija, cuyo extremo rebanó parte de la crema, se le descubrió disfrazado con una túnica griega y una corona de laurel en la cabeza, hecha tan deficientemente que, a medida que hablaba, se le caía a pedazos. Rescató de sus pies una lira diminuta cuyas cuerdas rasgaría simulando ser un gran poeta. Pero, aquella vez, el muggle no estaba contento con su actuación, quizá porque no había sido el artífice de la misma y porque se sentía ridículo con aquella indumentaria que las patrañas de su yerno y de su mujer le habían hecho vestir. Refunfuñando, en voz casi inaudible, musitó mirando a Remus:

–Hay que ver por tu culpa lo que me veo obligado a hacer...

–¡Recita, recita! –le suplicó el licántropo.

La retahíla que a continuación el pobre muggle recitó fue ésta que se hace constar y de la que no se elimina coma ni punto por no restar efecto a la segura hilaridad que ha de provocar:

–Soy tu padre amadísimo, pero no me veas como tal; vengo de parte de tu maridito, que conmigo un secreto te quiere confesar; que eres su amor perfecto, que como tú no habrá otra igual, y eso más le vale, añado yo estos versos, pues, si no, buena se la iba a ganar. Que, si le preguntaran de nuevo, contigo se volvería a casar, que a Rolwing agradece que de conoceros os pusiera en potestad. Los hijos de ambos son un don del cielo, que con mucho esmero se han hecho; ya sé que con el resto eso ya no rima, pero es que no es fácil de concordar. Y ahora yo quisiera decir, en calidad de padre y suegro, que de vuestro enlace estoy yo muy contento. Que, si por culpa de un seductor lobo, mi hija pierdo, de otro lado, en cambio, gano un yerno.

Llegado a aquel punto al muggle apenas si se le oía ya a causa de las sonoras carcajadas que casi nadie había podido reprimir. Al acabar, rogó que se le ayudara a bajar y muchos brazos bizarros se prestaron a aquella empresa, pero aún no se ha podido esclarecer si acabó hundido en la nata, dejado caer por todos, si porque muchos, bromistas, pensaron que sería gracioso o si, tal vez, porque se les cayó de verdad. Cuando consiguió escapar de aquella dulce sepultura en la que había quedado a medio enterrar, caminando a trompicones anduvo hasta su hija, con más de serio que de cómico, con una cara que le llegaba al suelo, tan enfurruñado que se le temía tocar. Al aproximarse encontró a la feliz pareja entrelazada, agradeciéndole el gesto Helen a su marido, aunque añadiéndole que mal sustento tendría como poeta, y Remus explicándole que había sido su padre quien se había tomado la libertad de modificarlo un poco.

–¿No te pensarías que no me iba a tomar la molestia de añadir nada cuando sabía que estos graciosos muchachos me iban a tirar a la tarta? –inquirió de mala gana.

Acto seguido, hurgándose en su pantalón mientras se levantaba la túnica, le tendió a su hija una caja negra de parte de Remus que contenía una gargantilla de brillantes perlas y se marchó para adentro, tan molesto que no consintió que nadie le dijera nada, y, cuando uno de los camareros trató de preguntarle si de postre deseaba un corte de vainilla, de chocolate o de fresa, él le respondió sin educación ninguna que el corte se lo iba a llevar él como no se diera la vuelta inmediatamente y se largara por donde había venido. Sin embargo, el joven decidió no tomar en serio la dura amonestación del hombre, ya que, para colmo, no tendría más edad que Harry, y, como lo viera además cubierto de nata y con un par de hojas de laurel en la cabeza y ataviado en forma tan variopinta, profirió una carcajada y se marchó diciendo que aquél ya se había tirado de cabeza al postre.

Cuando el postre se sirvió de verdad, que nada tenía que envidiar a las posibles estimaciones en la repartición de aquella ingente tarta que muchos habían calculado ya, y cuando Matt lo hubo disfrutado, después de dejarlo jugar un momento con su primo, cuyas cabriolas peligrosamente siempre iban dirigidas a investigar el instrumental que los obreros hubieran podido dejar en torno a la piscina, aunque lo cierto era que Matt no deseaba jugar con su primo, Remus le recordó que al día siguiente tendrían que ir a Londres para tomar su tren y que tendrían que madrugar, de manera que le recomendó que se fuera a la cama. Éste aceptó su consejo de buena gana, porque a aquella hora estaba cansado de cuanto le había ocurrido a lo largo del día, y lo acató sin réplica, a pesar de que normalmente padre e hijo solían normalmente discutir a la hora de dormir. Cuando ya se marchaba Matt, el licántropo le inquirió:

–¿No se te olvidará nada, verdad? Lo habrás metido todo en el baúl¿no?

Matt asintió con pesadumbre, pensando que lo que realmente no deseaba era llevar algo que no hubiera metido él. Pero aquella luz obraba según su propia voluntad.

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El día que Matt había adquirido su varita también le había conseguido su padre sus muchos libros, que entonces le pareció imposible que fuera a ser posible poder estudiarlos todos a fondo, su caldero, su telescopio para observar los astros y su vestimenta negra, tan poco risueña; sin embargo, lo que más deseaba, que era una escoba de carreras, estaba prohibida según una estúpida carta que no dejaba de leer enfurruñado. Incluso se habían permitido el detalle de comprarle una horrible, o al menos su aspecto le pareció entonces horrible, lechuza que no hacía otra cosa que dormir dentro de su fea jaula de barrotes oxidados con la cabeza escondida debajo del ala. Ni siquiera había pensado en ponerle un nombre. Con todos aquellos objetos desplegados a lo largo de su cama, observándolos, incluso a la espantosa lechuza de descolorido plumaje que dormitaba ajena al mundo, Matt reflexionaba qué le depararía su vida como aprendiz de brujo, qué aventuras, sorpresas, enigmas... Se convenció de que emularía en lances contra el mal y en bravura a su amigo Harry Potter, del que tantas historias, cuales leyendas de piratas, circulaban por su casa, muchas de las cuales, habiéndolas atisbado escondido en el pasillo o pegando la oreja a una puerta, suponía habían de ser inciertas. ¿O acaso se creían que iba a ser tan iluso como para llegarse a creer de verdad que se había enfrentado a una serpiente gigantesca? Esas historias eran engañabobos para estúpidos como su primo Mark. Pero, si realmente existieran esas bestias, decidió que sería él quien se enfrentase con indecible coraje contra ellas y, zas y zas, saltando aquí y allá, las decapitaría. Y también se enfrentaría a pérfidas sirenas y duendes malévolos y hechiceros descorazonados y encantadores de palacios. Se hizo con su varita y, blandiéndola en la mano, cual un temerario espadachín bien entrenado en el arte del florete en la región de Francia, lanzaba mandobles y emitía extraños crujidos por su boca, simulando que se enfrentaba a temibles dragones, incontables, que tenían prisionera a una hermosa doncella. Y él la rescataba y se imaginaba dándole un beso de amor, como había visto en la tele que se daban, largos y con pasión. Y a la princesa se la imaginaba, claro está, como Tonks.

Inmediatamente después, arrebatado por un instante de lucidez y responsabilidad, se apresuró a guardar su varita y a limitarse a contemplarla mientras yacía en su caja, impávida. Suficiente cara había costado como para que él, jugando con ella, la quebrara, pues, allí yaciente, se le antojaba frágil y rompediza como se decía de la durmiente Blancanieves en los cuentos. Había calculado que, aproximadamente, necesitaría recaudar íntegra su paga semanal durante seis meses para poder comprar una igual; aunque pensó que si ahorraba también la otra paga que le daban, la muggle, terminaría mucho más pronto. A propósito de aquel pensamiento, se preguntó por qué sus padres le daban dos pagas; por qué no podía emplear aquel dinero oxidado que manejaba con sus amigos no magos en las tiendas que lo llevaban sus padres o por qué no podía emplear con los primeros las relucientes monedas doradas y como de plata y de bronce que sí le aceptaban en los ya mencionados establecimientos. Según su abuelo, el dinero, dinero es. Pero la varita lo tenía hipnotizado y decidió rescatarla de su sueño, como el príncipe que con su beso despertaba a la durmiente, y la acarició con los dedos temblorosos. «Una magnífica varita para un grandioso mago, no me cabe la menor duda», les había dicho el dependiente del comercio de varitas, y aquella frase mantenía aún al pequeño Lupin ligeramente obnubilado, prendido de aquellos labios resecos y de aquella mirada gris. En su mano, de nuevo la varita despidió unos suaves y cálidos rayos como de luna, tan plateados y brillantes.

A continuación se interesó por los libros, todos y cada uno de ellos. Al principio sólo pudo decir de ellos que eran gruesos, inmensos, manuscritos con diminuta caligrafía, apenas sin ilustraciones, cubiertos con una encuadernación exquisita, agradable al tacto; pero conforme sus dedos se pasearon entre las páginas y su curiosidad se dejó aguijonear por los secretos que se ocultaban entre ellas sintió que nunca había conocido nada igual. Y que nunca volvería a ser igual cualquier cosa que sintiera.

El primer volumen por el que se interesó fue El libro reglamentario de hechizos (clase 1) de Miranda Goshawk. Quedó deslumbrado de la multitud de encantamientos que recogía aquel voluminoso tomo, cuando él no creía que pudiera haber tantos. Hojeando con avidez, descubrió un sortilegio capaz de nublar la vista, un hechizo capaz de reparar objetos rotos o estropeados, palabras mágicas capaces de mejorar el ánimo y recomponer los corazones destrozados, ilusiones consistentes en espectros de luz. Con su varita custodiada en su caja siempre a la vista, leía y releía todos los conjuros que iba encontrando mientras prestaba especial atención a sus características, intentando memorizarlas. Se encontraba repitiendo en voz baja el encantamiento anudador en el momento en que su padre entró por la puerta para comunicarle que el almuerzo estaba listo; éste quedó asombrado de que tuviese todos los libros dispuestos sobre su escritorio y que los estuviese leyendo con tanta disposición, cuando no podía imaginar a ningún adolescente haciendo lo que su hijo hacía.

Pronto finalizó la lectura del libro de hechizos, de la que obtuvo unas ansias indecibles por blandir su varita con cierto talento y poder obtener algún resultado plausible. Pero prefería hacerlo en casa y no en una escuela a la que sólo había ido una vez, cuando su padre trabajaba en ella. El siguiente en escoger fue Guía de transformación para principiantes de Emeric Switch, pues se sentía curioso por conocer los vericuetos de aquella asignatura para la que Ollivander le había reconocido que estaba predispuesta su varita. En el prólogo averiguó que, una vez se obtiene el grado máximo en el dominio de aquella técnica, el mago era capaz de convertir cualquier objeto, animal o persona e, incluso, a sí mismo en un animal u objeto cualquiera, a placer; y aun se hablaba de magos tan capacitados para aquel arte que podían transformarse en un mismo animal por tiempo ilimitado, a los que se les conocía como animagos. Al término de aquella lectura, aunque supo que sería complicado, le divirtió la sola idea de poder convertir algún día a su primo Mark en una marmota.

Con Una historia de la magia de Bathilda Bagshot, Matt comenzó a intuir que quizá no fuesen tan improbables las fábulas que se oían de Harry Potter, puesto que en aquel libro se hablaba de acontecimientos mucho más espeluznantes y arrebatadores que la pugna desigual contra una serpiente de horripilantes dimensiones; como, por ejemplo, el episodio de Northumbría en el año 711, que suponía uno de los primeros hitos mágicos recogidos después del capítulo «Prehistoria de magos», reino bretón en el que se había asistido, no sin cierto pánico, al primer avistamiento por muggles de un acontecimiento inexplicable: una manada voladora de dragones, llameantes los hocicos, que había sobrevolado sobre decenas de ciudades cubriendo de llama los tejados de madera y derribando catedrales en construcción con sus fuertes alas. Rebeliones de duendes, quema de brujas, domesticación de algunas criaturas mágicas que por entonces eran tratadas de fieras y tan violentas como salvajes... Sus páginas consiguieron abrir los ojos a Matt a un nuevo horizonte que se le presentaba mágico y expectante. Como atraído por la más intrigante de las novelas policiales o el best-seller de época, Matt se quedaba largas horas durante la noche recorriendo con el dedo sus líneas, con ávida la mirada, expectante a resolver el misterio de las pirámides embrujadas o de los bosques encantados de Estados Unidos; pero el sueño lo sorprendía mientras leía, sin que él se diera cuenta, y se quedaba con el rostro aplastado contra el pergamino en incómoda postura esperando la renovada luz del alba, que le traería más horas de lectura. El primer día desde que iniciara su andadura por la historia mágica, se durmió antes de poder comenzar el capítulo tres, que tenía por título «Ánuldranh». Aquella misma mañana su padre lo sorprendió sentado ante el escritorio, la nariz aplastada contra el libro, los brazos caídos bajo él sirviéndole de improvisada almohada, y, acercándose muy lentamente para no despertarlo, le apagó la luz del flexo, que incidía directamente sobre el libro, el cual tapaba con sus brazos, y, dándole un beso sobre su cabello castaño, le dejó al lado la bandeja con el desayuno que le traía y se marchó.

A Remus y a Helen aquella desconocida actitud de su hijo se le antojó preocupante. Creían, y no faltos de razón, por otra parte, que Matt estaba preocupado por su inminente incorporación en Hogwarts, que le atemorizaban el ambiente, los nuevos compañeros, los profesores y todo lo que tendría que aprender, pero más, si cabe, el estar solo, alejado de todos, familiares y amigos, los arrumacos maternos antes de irse a dormir, el beso del licántropo de buenas noches, los juegos con su hermanita. Y comprendían el lance por el que él estaba pasando, puesto que también había formado parte de sus vidas. Pero ninguno, llegaron a la conclusión tras discutir reflexivamente sobre ello en la antesala del sueño, tendidos en su lecho de matrimonio, sin poder conciliar el sueño a causa de la preocupación que la actitud de su primogénito les proporcionaba, había pasado por un furor tal que, si en otro momento hubiera podido ser considerado sapientísimo, ahora se podía pensar que le estaba hurtando sus últimos días de libertad incluso con sus amigos, con los que ya ni salía a jugar por las mañanas; sólo leía en la íntima complicidad de su dormitorio. Y era en vano cuanto pudieran decirle, que él se obstinaba en justificarse que, si algo de miedo podía tener, no había de achacarse a éste su comportamiento, que aquellos libros le estaban haciendo descubrir un mundo hasta ahora insólito.

Aquel día, Helen le dijo a Remus que fuese a hablar con Matt él, que ella ya no sabía que decirle y que estaba desmoralizada. Sin embargo, el licántropo, más confiado entonces que en otras ocasiones, subió esperanzado, ya que aquella mañana había tenido lugar en su despacho una entrevista que no esperaba y que, indirectamente, agradaría mucho a su hijo, a quien le serviría para aguardar, si bien no sin miedo, sí con menos recelo su llegada al castillo. Encontró, como era ya costumbre, al pequeño enfrascado, tendido sobre su cama, en la lectura de Teoría mágica. Apenas levantó la vista del grueso tomo cuando lo vio aparecer por la puerta; ya se temía lo que le sobrevendría a continuación: reprimenda por su talante y consejos. Resopló. Pero al principio Remus no dijo nada, se sentó en el borde de la cama, junto a él, y, contemplándolo unos minutos en silencio, acabó preguntándole:

–¿Qué libro es ése?

Matt le mostró la cubierta en que el título resplandecía en rúbricas doradas. El licántropo asintió sin añadir nada al respecto; tampoco Matt, quien volvió a entregarse a la lectura como si la conversación hubiese concluido. No obstante, su padre permanecía allí, no lo podía ignorar, tal lo demostraban las miradas de reojo que le dirigía de cuando en cuando. Finalmente se atrevió a preguntarle, apartando el libro de sí, qué quería. Remus contestó:

–Saber qué te preocupa.

–Ya he dicho que nada –respondió de mala gana–. Estoy leyendo porque sí. ¿Puedo?... –Remus dejó fija sobre él su mirada dorada esperando obtener una respuesta bien contraria a aquélla–. Pero ¿qué quieres que te diga, papá? Si vas a disfrutar con escucharlo, claro que tengo miedo de ir a ese colegio. No conozco a nadie, si acaso sólo a ese profesor gruñón de nariz de pimiento, y estaré solo. Quisiera gritar "¡no pienso ir!", pero me vais a mandar igual, conque ¿qué esperas que haga sino resignarme?

–No es resignación lo que espero de ti, Matthew –le respondió Remus reposadamente–. Hogwarts no es un lugar lóbrego, oscuro, como pronto descubrirás; es un castillo de fantasías donde, a cada recodo, tu ya de por sí increíble imaginación podrá volar con rapidez. Los primeros días serán como un gran campamento, rodeado de gente a la que no conoces, pero, como tendrás que compartir dormitorio con ellos, descubrirás que no hay complicidad mayor. Una noche y ya habrás hecho amigos. En el colegio harás los mejores amigos para el resto de tu vida.

–Ojalá –dijo con resignación–. Pero ¿y si no los hago?

–Tonterías –exclamó Remus.

–¿Por qué? Nunca he estado tanto tiempo solo. ¿Y si no soy capaz ni siquiera de hacer un conjuro y todos creen que no soy un mago y se burlan de mí?

–Tonterías –repitió–. Eres uno de los mejores magos que habrá en tu promoción, tenlo por seguro. Tu varita lo acredita, o eso dijo el señor Ollivander. Además, me gustaría ver si a tus compañeros les sale un hechizo en su primera clase. Mira, Matt, si te quedas más tranquilo te diré que no vas a ir a Hogwarts solo.

Matt lo miró confundido.

A continuación le explicó que aquella mañana había recibido una visita no concertada de la directora de la escuela, la profesora McGonagall, quien le refirió en seguida que estaba teniendo extraordinarias dificultades para hallar un sustituto para su asignatura y para otra más, puesto que la de Defensa contra las Artes Oscuras la había ocupado con asombrosa rapidez, y estupefacción, y aquél era el motivo por el que reclamaba la colaboración del Ministerio de Magia, cuyo conocimiento acerca de las capacidades de los magos sin ocupación era más prolífica que la de una directora sin apenas experiencia. Remus le aseguró en seguida que tenía un candidato excelente. «¿Sirius Black?», había exclamado la bruja con aparente estupor al conocer su propuesta. El animago estuvo encantado con la idea cuando su amigo se la hubo sugerido y se presentó ipso facto para departir con McGonagall, quien permanecía todavía con la ceja derecha levemente arqueada. Le mencionó al animago que siempre fue un excelente alumno en su asignatura, pero que se necesitaba algo más que eso para ocupar la plaza vacante. Sirius no tuvo problemas en adoptar su forma animal cuando Remus se lo solicitó y McGonagall, conteniendo un grito, no se sabe si de sorpresa o si de emoción, estrechó la mano que el ingente can le tendía mientras le concedía el trabajo. Entonces, recuperando su forma humana, Sirius le formuló a su vez que únicamente aceptaría si aceptaba una condición. La profesora McGonagall aguardó expectante.

–Que una vez haya acabado mis clases, reuniones de claustro, guardias y todo lo que me corresponda, una vez que mi presencia en el castillo se haga más que injustificada, se me permita abandonar las dependencias escolares para continuar con mi vida en mi casa. Alguien tiene que vigilar a mi mayordomo.

La directora lo reprendió durante un momento, pero éste la interrumpió añadiendo:

–Tengo una vida entera que recuperar.

Y la mujer, conmocionada, calló de golpe y le asintió con cortesía; casi con una lagrimilla saltada, se jactaría más tarde el animago.

Pero ni aquello sirvió tampoco para que Matt abandonara por completo sus temores, aunque seguiría siendo Sirius, no obstante, quien aportaría la solución pertinente al caso.

Sea como fuere, Matt prosiguió con sus lecturas, que seguían extendiéndose hasta altas horas de la madrugada, bien por temor a lo que podría descubrir una vez franqueara la entrada de aquel castillo que hasta en sueños se le aparecía, bien por el deleite de aquellos insólitos misterios que se le revelaban por primera vez, o bien, por último, por no encontrarse con su primo Benjamin, que merodeaba a menudo por la casa y a quien aborrecía casi por completo. Aquel sentimiento no fue continuo, puesto que, al principio, Matt creyó experimentar cierta simpatía por aquel jovial primo que no sabía dónde diantre se habría metido hasta ahora para no haberlo conocido antes. A los pocos días de su aparición, Matt dejó apartado un instante el libro que sostenía para aliviar la repentina presión que sentía sobre la vejiga, y, al pasar por delante de la habitación de Tonks, por la que siempre solía echar un somero vistazo entre las sombras, sin ser descubierto, descubrió al hombre besando a la metamorfomaga como lo hacen en las películas. Si algo en el mundo debía conocerse como un quebramiento en el corazón, aquello había de ser sin duda, pues fue en seguida presa de un tremendo dolor en el pecho del que no se liberó en todo lo que quedó de tarde ni en toda la noche que le sucedió, durante la cual apenas si consiguió dormir, aunque en aquella ocasión no se debiera a ningún libro, pues sin ganas se sintió de retomar ninguno. La visión de ambos entrelazando sus labios lo atormentó durante días y, desconsolado, se preguntó cómo Tonks había sido capaz de traicionarle con el advenedizo aquel; pasaba largos ratos mirándolo desconsiderado, observando su buen ver, su derrochadora simpatía, y sentía odio de no poder sentir rencor hacia él. Desde entonces, a fin de agasajarlo, lo cubrió con fastuosos obsequios de los que él se deshacía inmediatamente. Lo odiaba sin odiarlo, deseando sólo que jamás se hubiera cruzado en su vida y en la de Tonks, pero penando al mismo tiempo la devoción que derrochaba hacia él, que se le hacía digna de conmiseración. Reconocía su atractivo y, aunque se puniera por ello, también su cordialidad, signos irrevocables de una superioridad sobre él que le permitían, al menos, disculpar a Tonks por haber escogido a alguien mejor que él. Sabía que algún día pasaría; pero lo que no pensaba posible es que fuese a ser alguien que mantuviese con él lazos de sangre ni alguien hacia quien, llegado el momento, no pudiera ni odiar, porque no era un ser odiable. Y aquello era lo más odioso de todo.

Pero, siguiendo con el extraño comportamiento de devorador de libros de Matt y la aflicción por parte de sus padres, que en muchos casos habían conseguido extender a otros miembros allegados a ellos, como ya se ha señalado más arriba, fue Sirius quien aportó la solución a no sólo un problema, sino dos: pues no sólo el famélico apetito de manuales por parte de Matt se refrenó, sino también su constante meditación sobre la pérdida del ser amado, ya que Tonks pasó, casi por decirlo así, a un segundo plano cuando el animago entró por la chimenea portando bajo el brazo un paquete alargado. Matt dio pronto cuenta de las cuerdas que lo envolvían y del papel con que estaba embalado y, al dejar al descubierto una reluciente escoba de carreras de pulido palo dorado como bañado en oro, dejó escapar una exclamación de anonadamiento. Remus, también presente, igualmente asombrado o más, reprendió en seguida a su amigo por su atrevimiento, por su locura, mientras el chiquillo corría a abrazarlo y a besarlo dándole mil gracias a las que Sirius respondía a todas con una sonrisa de satisfacción.

–Oh, Remus –acabó diciendo el animago cuando reparó en sus comentarios–. El chiquillo estaba deseando poseer una escoba de carreras, no hace más que hablar del asunto. Y hay que darle distracciones para su mente si es que se encuentra presionado, no sermones. ¡Y qué demonios! Se trata de una Ígnea Estrella Fugaz, que mejora en mucho a los últimos modelos de Saetas. Alcanza los trescientos kilómetros por hora desde el mismo momento en que se propina la patada al suelo. ¿No estarás sugiriendo en serio que la devuelva? Remus... ¿Es que no ves la cara de ilusión de tu hijo?

–Sí, Sirius, se la veo perfectamente. Pero le dije que yo mismo se la compraría cuando acabara primer curso. Te agradezco enormemente el gesto, pero no tenías por qué molestarte. ¡A saber cuánto te habrá costado!

–¿Acaso el dinero es una molestia? –inquirió el otro ligeramente malhumorado–. Me he comprado una casa con que apenas he gastado un dos por cierto de lo adquirido. ¿Es que no puedo compartir mi indemnización con los que quiero? Déjame, será como un regalo por este último cumpleaños suyo. Por todos los que me he perdido últimamente.

Remus, derrotado al fin, se dejó cautivar por la realidad y aceptó de buen grado que aquella escoba se quedara en casa, con lo que Matt también acabó abrazándolo a él. Al término de aquella conversación se mostró igual de ilusionado que su hijo a conocer las características del artículo, el cual Sirius propuso que Matt probara en seguida. Sin embargo, Remus se negó sin ánimo a ceder sobre aquel punto, ya que, por donde quiera que volasen fuera, serían vistos. Conque la escoba sería guardada y la emplearía sólo en caso de necesidad o, finalmente, se la llevaría a Hogwarts en segundo curso.

Fue el propio Benjamin, curiosa casualidad u ocurrencia, quien trató de convencer a Remus para que dejara que su hijo pudiera volar sobre su escoba nueva, pero éste se negó terminantemente. Matt asistió a la discusión agazapado tras la ventana, en el exterior, deseando por primera vez en su vida que su primo saliese triunfante. Extasiado, presenció el acuerdo entre ambos hombres: el licántropo sólo dejaría que montase sobre la escoba si era en un lugar apartado, donde no corriera el peligro de ser visto, conque le recomendaba usar un traslador que él mismo reclamaría en seguida del Ministerio; y la segunda condición consistía en que cuidara de su hijo con responsabilidad, ya que él tenía mucho quehacer y no podía asistir, cosa que, no obstante, le hubiera agradado mucho.

Matt quiso invitar también a Harry, pero su primo se obstinó en partir inmediatamente. Aunque la idea de volar sólo con su primo lo desagradaba, la idea de volar no, que lo excitaba de tal forma que llegaba incluso a eclipsar la inapetencia anterior. Se aparecieron en una colina escarpada, desde la cual, al fondo, se adivinaban las siluetas de devastadoras montañas cubiertas con un blanco manto. Benjamin le previno que tuviera extremo cuidado, pues a un lado la colina acababa en un cortante abismo por el que, de caer, temía que ni una escoba lo protegería, y, del otro, aunque su accesibilidad era óptima y no había ningún peligro a primera vista, se alzaba una aldea de casas precarias desde las que cualquiera con unos prismáticos medianamente mediocres podría adivinar dos escobas planeando la cumbre de la colina. Matt prestó atención a cada palabra de su primo y asentía con vehemencia, por demostrarle que escuchaba cuanto le decía; en aquellos momentos no sintió ni asqueamientos ni rencor ni odio por tratar con su primo; sólo ganas de deslizarse sobre el áureo palo de su escoba y experimentar el gélido viento sobre la cara. Benjamin, continuando su explicación, dijo que no temía que Matt fuese a caer por el precipicio ni fuese a ser visto por los muggles, ya que, tratándose de su primera sesión de vuelo, no le permitiría que sobrevolara a más de cinco metros del suelo. A Matt, quien en un principio se enfurruñó pensando que lo sobreprotegía e, incluso, que lo infravaloraba, acabó aceptando de buena gana sus imposiciones.

Matt atendió expectante la clase teórica previa que Benjamin le dio, en la que no sólo le enseñó a saber montarse adecuadamente sobre el palo de la escoba, sino también a saber luchar contra las ráfagas de viento, a saber reconocer las corrientes más propicias para acompañar a la velocidad e incluso algunos trucos que practicaban algunos afamados jugadores de quidditch para obtener el mayor rendimiento posible de sus escobas. Una vez acabada aquella primera parte, le permitió subirse al fin sobre su Ígnea Estrella Fugaz, de la que sentía cierta envidia sana al contemplar su propia escoba, que, no obstante, no era un modelo sin virtudes, sino tan sólo desfasado, una Saeta de Hielo, modelo que había salido al mercado hacía cuatro años. El chico dio la patada y se elevó unas pulgadas del suelo, temeroso al principio de perder el equilibrio y caer; pero Benjamin estaba a su lado, otorgándole confianza, sujetándole el extremo de su escoba con firmeza para que no pudiera ascender más.

Planearon un buen rato, descubriendo Benjamin no sin cierta sorpresa que su pequeño primo aprendía con tal facilidad que creyó descubrir en él un don para el vuelo. Cuando se lo pidió, aterrizó sobre el suelo con los dos pies al mismo tiempo, en lugar de caer precipitadamente como solían hacer todos los chicos en su primera sesión. Se metió la mano en su mochila y le tendió un bocadillo, le pidió que se le comiera y, extrañamente emocionado, contempló cómo se acercaba taimadamente para sentarse a su lado, ocupando la misma roca en lugar de cualquier otra. Dio cuenta de su bocadillo, famélico, en silencio, hasta que, llevando ya devorado aproximadamente la mitad, le inquirió a Benjamin casi sin pensarlo:

–¿Tonks te gusta mucho?

La perplejidad del fotógrafo le impidió responder con la rapidez y el desparpajo que hubieran sido de su agrado. Lo miró solamente unos instantes con los ojos abiertos procurando encontrar las palabras acertadas, pero tan sólo hallaba exclamaciones y vocablos atónitos. Por Remus sabía que aquel chiquillo tenía la gracia de presentir ciertas cosas, como su madre, pero, sin poder dar crédito a lo que oía, acabó por preguntarle:

–¿Cómo sabes tú eso?

–Os vi –respondió con aflicción–. Sin querer, pero os vi besándoos.

Benjamin trató de nuevo de decir algo cuerdo, pero su sorpresa le impedía, incluso, articular los sonidos con claridad. Contempló al muchacho sentado junto a él con cierto descaro mientras éste, indiferente, apuraba su bocadillo con grandes mordiscos. Entonces, en su indolencia creyó encontrar los signos de un padecimiento mayor, tan amargo y sentido que no habría lágrimas en el chico para ser demostrado, conque, quizá rememorando una experiencia suya anterior, creyó saber cuál era el mal por el que nada de lo que hiciera hacia Matt tenía su fruto.

–A ti también te gusta Tonks¿verdad? –le preguntó a su vez.

Matt asintió despacio, en seguida de escuchar la pregunta, sin dudarlo. Benjamin lo contempló condescendiente, un poco más aliviado pensando que, tal vez, si era capaz de dominar con sutileza la situación, pudiera conseguir que Matt lo aceptase al fin.

–¿Mucho? –volvió a inquirir, y Matt, tras vacilar, asintió de nuevo–. Pero, Matt¿por qué no me dijiste nada? Yo no lo sabía. Si me hubieses dicho que a ti te gustaba Nymphy, yo no la hubiera besado. Pero yo no sabía nada.

–Es tu novia¿verdad?

–Sí, Matt. Nos queremos. –Tomó una pausa esperando a que, tal vez, el chico dijera algo–. Pero no te preocupes, Nymphy también te quiere mucho a ti, me lo ha dicho. Pero eres demasiado joven para ella.

–Sí, en eso ya reparé –reconoció con desenvoltura–. Yo sabía que no podría ser mi novia.

–Ella no. Pero eres un mozalbete guapo, muy simpático, con multitud de virtudes que harán que las chicas se enamoren perdidamente de ti. Sabes, cuando yo fui pequeño también me enamoré de una mujer que me doblaba en edad. Mi nodriza. Sé lo que tienes que estar sintiendo, porque yo también la encontré besándose con un aldeano y mis tripas me rugieron y deseé matar a aquel hombre. ¿Tú... Tú deseas matarme?

–No –respondió enérgico–. Ni siquiera puedo guardarte rencor. Aunque lo he intentado. Pero no puedo.

Benjamin sonrió.

–Lo ves, tienes buen corazón –le dijo–. Serás un chico afortunado en amores. Tienes buenos sentimientos y eso se ve con mirarte nada más. Nymphy acabará disipándose en tu mente hasta que sólo sea un hermoso recuerdo de tu infancia, aunque la sigas viendo, sólo un recuerdo. Al menos lo que sientes por ella lo será. Pero ese recuerdo se encenderá cada vez que te enamores de una nueva chica y siempre será diferente, y siempre mejor que la última vez. Y nunca sentirás que has defraudado a tu corazón, porque tu corazón es puro como tus sentimientos.

–Benjamin... –lo interpeló con voz quebrada.

–¿Sí, Matt?

–¿Y tú podrás perdonarme algún día que contigo no haya tenido buenos sentimientos? –le preguntó con un par de lágrimas pujando por salir de sus ojos.

–Matt, cuando se ha hecho algo grave, una afrenta, entonces se pide perdón y entonces, sólo entonces, se concede. Pero tú, que sólo te has comportado como te lo ha pedido el corazón, que no has podido, como acabas de reconocer, ni guardarme rencor, tan sólo has tratado de buscar el momento adecuado para encontrar un resquicio de apego por mí. Y, si hoy es ese día, yo no te voy a perdonar nada, porque no hay nada que perdonar a los niños tan dulces como tú.

Entonces abrazó al chico y éste rodeó sus brazos y también lo abrazó a él, conque, al separarse, Benjamin pugnó deliberadamente por que no le viera enjugarse la gota de sentimiento físico que le rodó después de aquello por su rostro.

Después de aquella exquisita ocasión, Matt ya no encontró ninguna otra para utilizar su escoba de carreras, conque se relamía día tras día observando su impoluta superficie, acariciando sus ramitas de abedul excelsamente uniformes, mientras se daba cuenta de que los días habían transcurrido con una celeridad que le había pasado desapercibida y el tan temido día, marcado desde largo tiempo atrás en su calendario, se aproximaba inexorablemente, por más que él desease lo contrario. El día anterior a su luengo viaje en tren se presentó como por ensalmo, tan repentinamente como aparece y desaparece una estrella fugaz en el firmamento serpenteado de estrellas. En su casa había un bullicio tal, inimaginable actividad, que su padre le pidió que se encargara él de su propio baúl, descargando sobre el muchacho una responsabilidad que sabía el licántropo su hijo podría cumplir sin asomo de duda. Extendió sobre su cama cuantos enseres habría de introducir, las túnicas planchadas, resto de mudas, los libros y demás utensilios, etcétera, y dedicó buena parte de la mañana en hacer acopio de su equipaje. Al fondo, debajo de todo, depositó en una bolsita de plástico fuertemente anudada todos sus ahorros mágicos, puesto que su padre le había explicado que el dinero muggle en Hogwarts tendría poca validez, a los que hubo de sumar las en nada deleznables cantidades que sus abuelos, la tía Ángela y el tío Sorensen, Sirius y Benjamin le dieron para que se comprase chucherías en el expreso; también su padre le proporcionó una cuantía considerable de la que le pidió utilizase con cabeza, ya que, a menos que le surgiese algún imprevisto, aquél habría de ser el dinero con que tendría que mantenerse hasta Navidad.

Cuando terminó con el baúl, introdujo la llave en la cerradura del mismo y salió para despedirse de sus amigos del pueblo, que lo esperaban con expresiones tristes apoyados en la fuente de la plaza del ayuntamiento. Sentían mucho su marcha y se preguntaban incesantemente por qué tenía él que irse a un internado tan lejano cuando todos iban a ir al instituto de la comarca de al lado. Incluso se derramaron lágrimas por Matt. Éste los despidió uno por uno diciéndoles que los añoraría y que los vería en Navidad, pero su voz le flaqueó percatándose de que el momento tan aterrador había culminado, que no habría más prórrogas para detenerse a pensar si aquello era bueno para él o no. Al marcharse camino a su casa, cuando le pidieron una dirección para poderle hacer llegar al menos sus cartas, él lamentó no poderles dar ninguna, de forma que ascendió la empinada colina hasta su hogar doblemente triste.

Al llegar, como su padre le dijera que el almuerzo aún no estaba listo, el chico decidió revisar su equipaje por cerciorarse de que de nada se olvidaba. Indescriptibles resultan la sorpresa y él pánico de los que fue hecho Matt presa cuando, al descorrer el cerrojo y abrir la tapa, descubrió acomodada en el interior, sobre las túnicas negras, a la luz violeta. Análogo respingo que produjo Matt fue el que también ésta protagonizó, como si, lejos de su brillante superficie inanimada, también pudiera ver y sentir y escuchar. Matt rescató su varita del bolsillo trasero del pantalón, donde lo guardaba desde hacía varios días para acostumbrarse a su sempiterna presencia y razón por la que, le había recriminado en broma su padre, riendo no supo por qué razón, corría el riesgo de perder una nalga, y, una vez la hubo afirmado entre sus dedos mientras blandía un gesto feroz, le ordenó a la luz que saliese inmediatamente de su baúl. La sombra violácea serpenteó, vacilante, entre sus pertenencias, hasta que, absolutamente anonadado, sintió que le hablaba, y era su voz clara como el agua del mar y serena como el oleaje en una mañana tranquila de primavera, y tan apacible que apenas movía al terror. Pero Matt, lejos de embaucarse por sus palabras o por su sonido, sabedor de las desgracias que aquella luz maquinaba y que habían formado buena parte de sus temores pueriles, no apartó la varita un ápice.

–No me hagas mal alguno –le rogó la luz sin dejar de moverse, como si fluctuara–. Pues ningún mal deseo hacerte yo a ti.

–¡Intentaste matarme cuando tan sólo era un bebé! –le reprochó el otro gritándole–. Me despertaste en medio de la noche y me condujiste hasta el sótano para que mi padre, transformado en lobo, pudiera devorarme.

–No –exclamó la luz con voz chillona, una voz que, se le antojó entonces, sólo él era capaz de escuchar, como si, siendo hacia él sólo el propósito de su conversación, sólo él también sería el receptor de su parlamento–. Sé que puede parecer un equívoco, pero no te intenté matar. No, en verdad. Atiende y te lo explicaré. Ni por asomo mi intención era asesinarte, pues nunca he sido tan vil, sino que sólo deseaba trasladarte hasta el sótano para que te mordiera y te convirtieras en licántropo. Imaginaba que, tal vez así, te ignoraría la maldición y la desgracia que están por sobrevenirte.

–¿Qué invento es ése? –le espetó Matt furibundo sin bajar su arma–. Si mi madre no hubiera detenido a mi padre, me habría devorado.

–No –volvió a responder con total convicción la luz, que comenzó a descender del baúl para requerirle desde el suelo–. No, porque yo pensaba detenerlo una vez que te hubiera mordido creando una lámina de luz entre ambos. Consideré que, siendo un licántropo tú también, habría cambiado tu destino. Pero no está el hado de mi parte, como ya Albus Dumbledore me previno. Con él hablé antes que contigo, mucho antes de que muriera, y él supo todo lo que habría de sobrevenirnos porque yo se lo dije. Pues yo no soy sólo una luz, sino un espectro, un recuerdo roto por un olvido en una dimensión en que me hallaba de paso, por un descuido permanecí y fui cobrando vida en la tabla suelta del sótano, esperando volver a las manos a las que pertenezco algún día para que mi ciclo se restablezca; provengo del futuro, pues del futuro es la aparición que antaño tus padres tuvieron el día de su boda. Dumbledore me dijo que tratase de salvarte si ése era mi objetivo, pero me advirtió que el tiempo es un ciclo cuyo control escapa incluso de las manos de los más sabios.

–¿Salvarme de qué? –le inquirió Matt con el ceño fruncido.

–Salvarte de la muerte, pues peor que muerto vas a estar en la época de que yo provengo –le respondió y Matt se asustó mucho–. Y salvarte deseo, porque, viniendo aquí, he descubierto que yo, sin quererlo, soy la causa de tu fin. He quebrado el equilibrio natural y las bestias más ignominiosas han huido del infierno, y hay una que busca tu ruina. Una tan temible y odiada que su nombre estremece a todos los miembros de esta casa. Pero sólo te busca a ti. Sólo a ti. Ya habita bajo este techo y planea pérfidamente llevar a cabo su plan, y, aunque yo me le oponga, nada consigo, pues no hay batalla en que luces, sombras, reflejos, destellos, opacidad, puedan conseguir derrotar a su enemigo. Pero pensé que, siendo tú licántropo, quizá podrías derrotarla.

»Permíteme acompañarte en todo momento, seguirte hasta Hogwarts y vigilarte con atención, ya que, mientras sea yo quien te guarde, ningún peligro te sobrevendrá y estarás a salvo. De lo contrario, aguarda tu muerte, que está por aparecer en cualquier momento.

–¡Cállate, no te creo! –chilló Matt al cabo de reflexionar un instante–. ¿Cómo puedo saber que dices la verdad¿Quién me asegura que no me traicionarás y, cuando creo que me proteges, me asfixiarás mientras duermo con la almohada? Vuelve de donde demonios vengas y déjame en paz de una vez, o, de lo contrario, avisaré a mi padre para que se deshaga de ti.

–Él me protegerá a mí –susurró la luz–. No puedo darte pruebas, sólo esperanza. ¿No te basta con anunciarte que del futuro en que yo vengo tú ya no existes? Apartándome de tu lado estás sentenciando tu propia devastación, pues nadie, aunque lo creas así, podrá salvarte de morir. Sólo yo que lo sé ahora, cuando se está aún a tiempo.

Se calló de pronto porque una risa macabra ascendió desde el suelo, y Matt miró a la luz violeta y hubiera asegurado que la luz violeta lo miraba a él. Se escuchaba lejana, pero presente; terrible y despiadada como un lamento sobrenatural cubierto de mezquindad y odio. Repuestos de aquella revelación, la luz volvió a inquirirle al muchacho y éste, sin titubear, le respondió:

–Márchate antes de que experimente contigo los hechizos que he estado aprendiendo.

–Buena suerte, entonces, Matt.

Y la luz se desvaneció entre las rendijas del suelo sin que quedase brillo en el piso ni materia violácea que sirviese de prueba que atestiguara de su reciente paso por aquella habitación. Sólo la conmoción que sus palabras habían producido en el tembloroso Matt, que arrojó la varita sobre la cama y se sentó sobre la tapa del baúl para reflexionar. Pero sólo espanto y temor logró de su meditación, conque, apostando por variar el curso de sus pensamientos, determinó bajar abajo y ayudar a su padre y a su abuela en la cocina, que, afanosos, ultimaban los preparativos para la fiesta de aquella noche. Deliberó un instante si hablarle de su conversación con la luz a su padre, pero decidió no preocuparlo con aquel asunto del que él comenzaba a desembarazarse ya pretextando que acaso sólo hubiera sido una ilusión.

Pero la ilusión se le apareció en sueños y le repitió su mensaje plagado de enigmas que no conseguía entender. Despertó varias veces sudoroso, no supo si asustado por su inminente marcha o por la amenaza de la luz violeta, aunque tampoco descartaba la posibilidad de que las voces que aún se levantaban por su ventana desde el jardín de atrás con la fiesta hubieran sido las causantes de su repentino despertar. Pero su descanso estuvo invadido de sueños y no encontró tregua alguna aquella noche con sus pesadillas. Al despertar temprano a la mañana siguiente, comprobando en el espejo del cuarto de baño sus afianzadas ojeras, lo primero que hizo fue abrir el baúl, que permanecía todavía en su dormitorio, por ver si, de nuevo, la luz violeta se había colado dentro de él. Pero no la encontró, conque se sintió un poco más aliviado.

Remus había pedido un coche del Ministerio que los llevaría hasta la estación de Londres. Ayudado por su hijo, cargó el baúl en el espacioso maletero y, después, subieron todos adentro, no así Tonks, que tenía que ir a trabajar, a quien Matt despidió con grandes aspavientos por detrás de la ventanilla de la parte de atrás. El chico descubrió, no sin cierta sorpresa, que apenas sentía dolor o incomodidad por dejar allí a la chica y por la idea de no volverla a ver en varios meses; acomodándose en su asiento, su corazón invadido únicamente por la idea de que se marchaba muy lejos, solo, pensó que, quizá, ya no estaba enamorado.

El automóvil, que no requería de conductor, motivo por el que Remus había ocultado de la vista el asiento del mismo de posibles miradas indiscretas del resto de coches mediante un encantamiento reflectante, los condujo en poco menos de una hora hasta Kings Cross, donde Matt descendió del vehículo con cierta aprensión, observando la construcción muggle con desconfianza y apreciando el sonido chirriante de otros trenes o del metro partiendo en aquel mismo instante. Dentro, Nathalie caminó con pasos vacilantes e inseguros entre los andenes de la mano de su padre, que la llevaba confiado. Iba la chiquilla mirando con alboroto hacia todas partes, a diferencia de su hermano, a quien la más nimia cosa se le antojaba terrorífica, hasta que tropezó consigo misma y cayó sobre la pulida superficie del suelo; pero, apoyándose con sus propias manos, consiguió ponerse en pie y andar de nuevo. Intentó hacerlo hasta la zanja del andén nueve, pero su padre la sostuvo con fuerza y empujó de ella para que no se alejara. Inmediatamente, el tren llegó descargando todo su peso con un crujido tan extravagante que la niña, abriendo mucho los ojos y la boca, se quedó anonadada. Cuando al fin llegaron a la entrada del andén nueve y tres cuartos, Remus y Helen pasaron a través de ella rápidamente por ocultarse de la vista de los muggles, y Matt también lo hizo pronto, sin que nadie tuviera que explicarle el procedimiento a seguir pues él ya había estado allí en una ocasión anterior para despedir a Harry.

A pesar de que aún faltaban veinte minutos, en el andén el tren aguardaba ya desprendiendo ingentes bocanadas de humo gris de la locomotora. Aquél era más que tiempo suficiente para que Matt se despidiese de sus padres y de su hermana con holgura, pero estaba tan nervioso y temblaba de tal forma que él apenas si dijo nada. Fue aquél momento para que su padre le diera unos últimos consejos, mientras su madre le pedía encarecidamente que estudiase mucho y aprovechara el tiempo; no obstante, los veinte minutos se redujeron en mucho cuando muchos otros padres que también venían acompañando a sus hijos para despedirlos, al ver al ministro, se le acercaron para intercambiar unas palabras con él o, simplemente, para saludarlo. El licántropo lo hacía de buena gana aunque, en el fondo, se preguntaba por qué no se ocupaban de despedir a sus propios hijos y así le dejaban a él hacer lo propio con el suyo. En cualquier caso, para cuando se percató, faltaban escasos minutos para que el expreso partiera, y era tal su puntualidad que Remus apremió a su hijo para que el baúl no se quedara atrás. Matt subió después a toda prisa e igualmente apresurado buscó un compartimento cualquiera desde el que despedir a sus padres con la mano. Incluso Nathalie, que, a causa de su edad, no podía saber qué sucedía allí exactamente, levantó la mano por imitar a su hermano. Matt no dejó de mirar atrás hasta que la figura de sus progenitores, que se habían abrazado el uno al otro al ver a su hijo mayor partir al fin, se convirtió incluso para sus ojos especialmente agudos en unas manchas irreconocibles que se esfumaron al realizar la primera curva. Se metió para dentro rogándose para sí por todo el oro mágico no derramar ni una lágrima.

Hubiera estado tentado de quedarse en aquel compartimento, pero los escudos de Slytherin que blandían en sus solapas los cuatro chicos ya acomodados allí, que le sonreían con soberbia, lo desagradaron y huyó raudo, recordando las siempre agrias palabras de Sirius sobre aquella casa. Abrió varios en los que no cabía ni un alma más y siempre lo despidieron de ellos con gestos innobles o palabras soeces, conque decidió en su fuero interno quedarse en el primer vagón en que encontrara hueco y cuyos ocupantes fuesen personas normales. Sin embargo, aquel compartimento estaría ocupado por chicos de quinto curso, lo que no haría otra cosa sino aumentar su profunda timidez. Eran tres, dos chicos y una chica, que lo miraron estupefactos al entrar. Él los saludó cortésmente y se sentó, tras preguntarles si estaba ocupado, sin volverles a dirigir una nueva mirada, tan coartado estaba. Ellos tampoco parecieron prestarle mucha atención, aunque Matt escuchó a uno de ellos mencionarle a otro al oído que ése era el hijo del ministro, que lo acababa de reconocer. Sólo la muchacha se volvió hacia él para ofrecerle un chicle; él se opuso al principio pero, como ésta insistiera, acabó aceptándolo con una sonrisa. Acabó resignándose a su suerte y aceptando aquel compartimento en el que apenas sufrió infortunios, contemplando el paisaje con interés mientras se imaginaba a los demás chicos de primero diseminados a lo largo del tren tan tímidos y cautos como él.

Cayó la noche y el tren aminoró la marcha. Apenas si se veía nada a través de la ventanilla, de manera que no sabía reconocer dónde se encontraban. La chica sentada a su lado se volvió a dirigir hacia él para revelarle que habían llegado, y un vuelco le dio dentro del pecho que lo mantuvo un instante en suspenso. Al final, quizá recuperado por las voces de los prefectos evacuando los vagones, hizo acopio de las pocas fuerzas que creía conservar y salió al andén, iluminado tenuemente por el lado contrario del tren al que él ocupaba. Al fondo, una voz atronadora que portaba una lucecita titilante, como un hinkypunk, llamaba también a voces a los de primero, y Matt, desorientado, anduvo hasta ella. Sólo al llegar descubrió, recortada su silueta contra la pobre luz de las farolas, al semigigante que guardaba los terrenos y llaves de Hogwarts, más alto que un hombre normal, grueso como un roble y con una larga barba que confería a su aspecto algo de siniestro. Recordó entonces las palabras de su padre:

–Saluda a Rubeus Hagrid de mi parte. No te preocupes, lo reconocerás en seguida. Es muy alto, el más alto de todos. Y barbudo. Pero alto, no te olvides de eso.

Se acercó entonces un poco más hasta el gigante portador de la lámpara y, tirando con terror de su chaqueta para llamar su atención, le inquirió:

–¿Rubeus Hagrid? –El gigante, sin abrir los labios, asintió confuso–. Mi padre le manda recuerdos.

Lo entendió todo con bastante lentitud, pero nada hubo de preguntarle al pequeño Matt. Éste asistió únicamente a un taimado recorrido de la mirada del gigante sobre él hasta que, seguramente apreciando el increíble parecido entre éste y su padre, acabó reconociéndolo y los ojos se le llenaron de fáciles lágrimas.

–Oh, el hijo del chico Remus –exclamó dándole unas suaves palmadas sobre la cabeza–. Bienvenido a Hogwarts, muchacho. ¡Los de primero por aquí! –volvió a gritar y se encaminó hacia las embarcaciones con Matt tratando de alcanzarlo a su lado. Después, en voz más tenue para que sólo él pudiera escucharlo, añadió–: Parece que, después de todo, ahora que Harry se ha marchado, voy a seguir teniendo quien alegre mi vida en la cabaña. ¿Verdad que vendrás algún día a tomar una taza de té? –le preguntó con bondadosa mirada.

Matt asintió apresuradamente, sin apenas sopesar la invitación. Temía enojar a aquel hombre al que el resto de compañeros, a los que ya había dirigido rápidas miradas con inquietud, también contemplaban con admiración y asombro.

Sin apenas darse cuenta Matt de adonde lo habían conducido sus pasos, Hagrid les explicó que iban a ocupar aquellas barcas y que con ellas iban a cruzar el lago, lo cual resultaba una tradición, no quería escuchar a nadie rechistar, hasta el castillo, y les señaló una inmensa construcción de piedra que se alzaba inconmensurable sobre una escarpada colina, cuya cumbre se doblaba místicamente hacia el lago, y de la que apenas podían reconocer ningún detalle porque cuanto apreciaban era sólo la silueta que se recortaba bajo la luna. En las embarcaciones no tuvieron ningún percance y consiguieron cruzar el lago en aproximadamente quince minutos, durante los cuales Matt no intercambió ningún comentario con ninguno de sus tres compañeros de barca, influido sin duda por el silencio del que hacían gala éstos también.

Al dejarlos en la escalinata de acceso al vestíbulo del castillo, Hagrid pidió a un fantasma cristalino que condujera a los alumnos de nuevo ingreso a la habitación pertinente hasta que Snape llegara a recogerlos. Durante aquellos interminables y tediosos minutos en que Matt rechazaba las miradas de sus compañeros y en que sus miradas eran rechazadas, en que sólo algunos privilegiados hablaban sin temor ni timidez, siendo objeto de atención de todos, el Fraile Gordo trató de tranquilizarlos recordándoles que no había nada mejor que una mente serena para afrontar la prueba del Sombrero Seleccionador. Pero calló repentinamente cuando los goznes de la puerta crujieron y ésta golpeó con furia contra la pared y apareció bajo el marco de la misma Severus Snape, a quien Matt ya conocía y por el que sentía poco afecto, que contempló a todos los advenedizos deteniendo la mirada de poco en poco para infundarles temor. Caminó despacio entre ellos, agitándose su capa negra tras su paso, hasta quedar en el estrado que hasta entonces ocupaba el fantasma, el cual fue desprovisto de su misión sin ni ser agradecido por la misma.

–Bienvenidos a Hogwarts, estimados alumnos. Mi nombre es Severus Snape, subdirector de la escuela, jefe de la casa Slytherin y recién nombrado profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, ya que nuestra anterior profesora sufrió un terrible accidente. A continuación os trasladaré hasta el Gran Comedor, donde se procederá a la selección. Aguardad aún unos minutos más y todo estará listo.

Volvió a salir sumiéndolos en el silencio. Transcurrido más tiempo del anunciado, Snape volvió y, usándose de unas palmadas secas, los obligó a ponerse en pie y a caminar en fila de a dos. Portaba ya un pergamino amarillento y raído y fue dando golpes con él sobre las cabezas de los alumnos que no siguiesen el orden. Al reparar en la presencia de Matt, quien era terriblemente parecido a Remus, se llevó una mano al cuello de su túnica y se lo aflojó un poco para tomar aire. Comenzó a sudar mientras se pasaba la mano por el pelo repetidas veces, abriendo y cerrando la boca como un pez. Lamentaba su desdicha, puesto que tenía que volver a soportar a un hijo de Merodeador, cuando creía que su suplicio había tocado a su fin mandando a su casa a Potter con un suficiente raspado en Pociones por que no hubiese de repetir y volverlo a ver por allí. Pero no era aquél un hijo de Merodeador cualquiera, sino el hijo de Remus, por el que se hundía las uñas en la piel apretando el puño y al que había intentado arrastrar numerosas veces a un fin truculento, siempre con el fin de aproximar hasta él a su hermosa mujer, a quien siempre quiso. Repuesto de la sorpresa, de la mirada desafiante del pequeño Lupin, que aprendía tan aprisa las mismas malas artes como su padre y sus amigos, adujo para sí, les mandó que lo siguieran.

Cuando la comitiva salió y cruzó por segunda vez aquella noche el vestíbulo del castillo, las puertas doradas que daban acceso al Gran Comedor se abrieron a su paso y entraron en la más espaciosa sala que Matt hubiera visto nunca, cuyos detalles se quedó observando con gusto mientras discurría por el ancho pasillo entre la segunda y la tercera mesa. Los alumnos de cursos superiores ya estaban allí y los observaban con expectación. Al llegar ante la mesa de los profesores, la cual McGonagall regía sentada sobre la dorada silla que a otras posaderas estaba acostumbrada, Snape los hizo detenerse y les explicó:

–Conforme vaya leyendo vuestros nombres, vendréis hasta aquí y os pondréis este sombrero. –Les mostró un sombrero que alguien había dejado sobre un raído taburete sobre tres patas–. El Sombrero os seleccionará para una casa, bien Slytherin, Ravenclaw, Hufflepuff o Gryffindor. Entonces os dirigiréis a vuestra mesa para tomar asiento en la misma. –Acercó el pergamino a sus ojos y leyó–: Adler, Miriam.

El corazón de Matt palpitó aprisa temiendo ahora aquel momento. Habría de ascender unos escalones, probarse el sombrero, que hablaba y gritaba el nombre de la casa escogida, y bajar hasta allí. ¿Qué casa tendría deparada para él? No quiso pensar en aquello, porque sabía que nadie sino aquella ajada prenda podría responder a su cuestión. Entrecerró los ojos hasta escuchar su nombre, que Snape pronunció con resabido donaire. Entonces los abrió y hubo de apartar a algunos chicos para abrirse camino hasta el sombrero. Ascendió los escalones absorto, sin saber lo que hacía, todo tembloroso. Apenas acertó a sonreír ni tan siquiera cuando Sirius, que ocupaba la mesa de los profesores al lado de Hagrid, le levantó el dedo pulgar en señal de ánimo. Se sentó sobre el taburete tratando de apartar la vista de la multitud, deseando que aquello acabara pronto, y entonces Snape le colocó el sombrero con tal fuerza que se lo incrustó hasta la nariz. Una voz aguda tintineó en el oído de Matt:

–Ah, el pequeño de la casta de los Lupin. Veamos... Sí, sí, sí. Una cabeza muy linda, muy provechosa. Hay todo lo que se necesita para pertenecer a cualquiera de las casas, sin embargo... Vaya, vaya. ¿En cuál te pondré? Veamos... Una difícil elección... Hay aptitud, si bien coraje no mucho, pero deseas ser tan buen mago como tu padre y alcanzar sus mismas virtudes, lo que no deja de ser muestra de ambición. Sí, está claro. Debes estar en...

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La lechuza de Matt, a la que había puesto por nombre Martin Miggs en referencia a su protagonista preferido de cómics, por lo de disparatado y loco que tenía ésta y que el chico asociaba directamente con su abuelo, alcanzó la casa de los Lupin a hora muy temprana portando la primera carta con las noticias del éxodo de su hijo, pero Remus se encontraba ya disfrutando de un liviano desayuno, de manera que pudo atender al mensaje tan pronto como llegó. Aunque hubiese enviado otra lechuza cualquiera de la lechucería en lugar de la suya propia, aunque no leyó la firma rubricada con letras mayúsculas al final de la epístola, aunque no gozaba del prodigioso don de su mujer, el licántropo averiguó en seguida que se trataba de una misiva procedente de su hijo. La abrió con dedos temblorosos, deseoso de leer sus palabras y ansioso por ser partícipe de sus primeras vivencias. Cuando al fin consiguió rescatar el pergamino plegado del sobre, Helen entró por la puerta y, sin necesidad tampoco de preguntarle qué hacía, como si en su fuero interno hubiese estado esperando anhelantemente sus noticias, corrió a su lado para leer la carta a su misma vez.

Queridos papás:

¡Ya he llegado a Hogwarts! El viaje en el expreso se me hizo eterno, un completo aburrimiento. Lamenté tarde haber guardado todos los libros en el baúl, porque me hube de entretener contemplando el paisaje a través de la ventanilla y escuchando la simpática conversación de tres alumnos de quinto, que, por suerte, me ignoraron. Al llegar encontré en seguida a Rubeus Hagrid y lo saludé de vuestra parte; me ha invitado a tomar el té un día de éstos. Parece afable, aunque a primera vista da un poco de miedo. Nos hizo subir en unas barcas endebles de las que por poco me caigo.

El insulso de Snape es ahora el subdirector y, para colmo, también el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, de modo que la que preví que sería mi asignatura favorita me la instruirá un ser con forúnculos en el paladar, porque no es posible que una persona tenga siempre esa expresión de malhumor de manera natural. Casi me mata cuando me introduce el Sombrero Seleccionador. ¡Ah, he sido seleccionado para Ravenclaw. El sombrero me ha dicho que tengo talento. El banquete que se produjo tras la selección fue exquisito; como todos los días se coma así...

La vela se está consumiendo, conque tendré que ir terminando. Recordad que os quiero mucho y que os echo muchísimo de menos. Dadle recuerdos a Nathalie, a los abuelitos, a tita Ángela y tito Sorensen, a Benjamin, a Tonks, a Harry si lo veis y... Ya no me queda nadie más, creo. Cuidaos mucho y, mamá, envíame un pedazo de bizcocho de almendras vía lechuza la próxima vez que hagas. Me rugen las tripas de sólo recordar su sabor.

Y fumigad el sótano.

Os quiere infinitamente

MATT LUPIN

P.D.: Ya he hecho un amigo, que es compañero de casa y de curso. Se llama Jude Clint y vive en Escocia. Creo que le pediré que me acompañe a tomar el té con Hagrid.

La última línea parecía garabateada sin acierto, como si la vela se le hubiera consumido al fin, sin poderle él poner remedio, y hubiese tenido que completar aquella última idea valiéndose de la reducida luna menguante que brillaba aquella semana.

Las palabras impresas en tinta de su hijo casi les robaron verdaderas y turgentes lágrimas que habrían brillado desde sus ojos a sus barbillas largo rato. Pero se contuvieron de derramarlas y aprovecharon aquel tiempo para releer la carta muchas veces más, deleitándose de nuevo con cada comentario y cada chanza, creyendo escuchar acompañada de cada idea, al leer sus palabras, el sonido que producen sus labios al pronunciarlas. Sólo cuando ya casi se la habían aprendido de memoria y habían dejado de encontrar comentarios pertinentes que hacer a cualquiera de las ideas expuestas por su hijo, la adivina fingió saltar de alegría exclamando una y otra vez que había ganado. Remus la entendió y, humillado, aceptó su derrota dejándose caer sobre su asiento y retomando su fugaz desayuno. Pero la mujer no se detuvo, como si la divirtieran aquellas cabriolas adolescentes y aquellas exclamaciones que imprecaba a su marido con tal de pincharlo.

–Es un Ravenclaw, es un Ravenclaw, he ganado –gritaba insistentemente–. Tiene ojos de halcón y el águila lo ha seleccionado. Es un Ravenclaw, es un Ravenclaw, los azules somos lo mejor. ¡He ganado, he ganado, sí, he ganado. Los leones son patéticos y el rojo ya no se lleva; los azules somos lo mejor. Es un Ravenclaw, es un Ravenclaw, he ganado.

Remus, quien trataba de desayunar ahora sin alborozo, le rogó calma. Sabía que su mujer no se había tomado aquella disputa entre las casas de ambos en serio, porque comprendía perfectamente que a ella le hubiera dado igual, tal como a él, que hubiera caído en cualquiera de las dos casas; pero se aprovechaba de aquel evento para reírse y mofarse de él y tratar de hacerle cosquillas, seguramente, como pronto haría. Motivo por el que él permanecía sosegado, casi flemático, como si le molestara, pensando que así su esposa, tal vez, prescindiera de ello; como ciertamente hizo, porque, hecha aquella advertencia, la mujer se volvió para preparar su desayuno y ningún comentario hizo al respecto. Sólo uno, aunque enteramente exento del éxtasis que había acompañado a los demás:

–Me hubiera parecido también muy bien que hubiese caído en Gryffindor, cielo, espero que lo sepas. También en Hufflepuff. Si hubiese caído en Slytherin, ya comenzaría a preocuparme. Pero, no sé por qué, imagino que sólo por mera intuición, ya que nada he advertido en mis sueños ni en mis visiones al respecto, imaginaba que pertenecería a mi misma casa. Creo que verlo este último mes con los libros para arriba y para abajo me ha convencido.

–No importa –habló Remus retomando el punto de la pugna entre Gryffindor y Ravenclaw–. A ver para qué casa es seleccionada Nathalie. ¿No te intriga? A mí mucho. Y puede que el niño que esté en camino sí que sea un Gryffindor. Puede que aún todo no esté perdido. Y, aunque ninguno de los dos lo fuera, algún otro lo será, porque a este ritmo estamos criando a otro polluelo en menos que canta un gallo.

Helen se sentó impávida a su lado, sin dirigirle ni una mirada ni demostrarle con ningún gesto que le estaba prestando atención, sólo hundiendo con la cucharilla la bolsa del té para aplastarla. Después se llevó un rápido sorbo, lo saboreó y discurrió con tranquilidad, sin levantar la vista de la taza que sostenía sobre la mesa sujeta con ambas manos:

–Mira, Remus, tendríamos que hablar muy seriamente –le dijo sin ni mirarlo–. No me malinterpretes, por favor, pero es que tenemos treinta y ocho años y ya hemos traído tres lindos hijos al mundo. No me arrepiento de ninguno de ellos, pero nosotros ya hemos cumplido con nuestra parte¿no te parece? –Se tomó una breve pausa–. Después de Matt creí que nos costaría obtener el siguiente, y así fue, Nathalie se hizo de rogar durante varios años, pero ésta sigue siendo aún un bebé cuando ya estoy esperando el siguiente. Te repito que estoy encantada con ellos y que los adoro, pero creo que ha llegado el momento de plantearnos no tener ninguno más.

–¿No tener más hijos? –inquirió el licántropo con asombro.

–Sí –contestó apresuradamente–, tomar algún tipo de medida anticonceptiva. Lo he estado pensando desde hace unas semanas a esta parte y me parece una buena idea. Remus, quiero que te hagas la vasectomía.

–¿La...¿Qué es eso?

–Es una operación muy sencilla. Y no te dolería nada. Se trata de interrumpir el flujo del conducto deferente a fin de que tu semen fuese estéril y no corriésemos el riesgo de quedarnos embarazados cada vez que hagamos el amor. Hay otros métodos naturales, cariño, sé que la idea de la operación te abruma, pero las noches antes de luna llena te vuelves muy fogoso y no podríamos cumplir un periodo de castidad coincidente con mis días de ovulación. Dime¿qué te parece, te harás la operación?

Remus la miró perplejo. Aún no sabía exactamente en qué consistía cuando ya le estaba inquiriendo si se iba a someter al acero del bisturí o no, conque no supo qué responderle. La miró con ojos agrietados un instante mientras de su boca pugnaba por escapar un chillido evasivo.

–¡Un Ravenclaw! –gritó una voz familiar al otro lado–. Ya es mala suerte. ¿Hay alguien por aquí?

Remus agradeció para sí aquella aparición fortuita y, sin responder nada entonces, se levantó, dejando por segunda vez aquella mañana por acabar su desayuno, y salió de la cocina para encontrarse a su amigo Sirius ante el hueco de la chimenea sacudiéndose el polvo ceniciento de la misma de su aparatosa túnica azul marino con motivos florados bordados en hilo de oro; las mangas de la misma eran anchas y dramáticas, y alrededor de la cintura vestía un tahalí de color azul celeste. Parecía desquiciado y, por alguna razón, se apartaba el pelo de la cara como si le molestase, usándose de ingentes aspavientos y remangándose para no golpearse con el ancho colgante de las mangas.

–Buenos días, Sirius –saludó fervientemente Remus, adorando a su salvador, mientras que el saludo de Helen fue mucho más escueto, resentida por que la hubieran interrumpido cuando deseaba mantener una importante conversación marital con su esposo–. ¿Qué te ocurre, a qué vienen esas voces desalmadas¿Te apetece desayunar algo?

–No, gracias –respondió al tiempo que lo rechazaba con un vago gesto de mano–. Ya he picado algo en las cocinas antes de venir. Tampoco puedo demorarme mucho rato, dentro de veinte minutos comienza mi primera clase. ¿Creéis que voy demasiado exultante? –les pidió opinión dando una vuelta sobre sí para que pudieran juzgarle–. ¿Presuntuoso tal vez?

–Un poco sí –aseguró Helen aún enfurruñada.

Remus la miró confuso.

–No, Canuto, estás espléndido. ¿Verdad, Helen? –Ésta acabó asintiendo esbozando una sonrisa complaciente que se vaporizó en seguida–. Pero entra, amigo, y cuéntame qué te ocurre y por qué gritabas. Yo, mientras tanto, me terminaré de desayunar, que me espera una larga jornada en el ministerio.

–¿Qué me pasa, me preguntas? –inquirió Canuto volviendo a emplear una chirriante y petulante voz–. Te diré lo que me pasa, amigo. Que, gracias al Cielo, me convierto no sólo en profesor de Transformaciones, como ya sabes, sino también en jefe de la casa Gryffindor, conque sustituyo a McGonagall por partida doble, eso también lo sabes. Y tu hijo, el que es para mí más incluso que un sobrino corriente, no tiene otra cosa que caer en Ravenclaw. ¡En Ravenclaw! –gritó.

–¿Qué tiene de malo? –le espetó Helen algo más serena–. Yo estuve en Ravenclaw y es una buena casa. No todos los buenos partidos tienen por qué salir de Gryffindor, amigo mío.

–Ya, ya lo sé –respondió tajante–. Pero es que, no sé, me había imaginado que, con los antecedentes de su padre y con lo mucho que se le parece, Matt también sería de Gryffindor. Me habría gustado encontrármelo cada vez que tuviera que ir a la Sala Común y poder conversar con él.

–Ya ves –habló Helen esbozando una sonrisa enigmática–. El físico lo habrá sacado de su padre, pero el cerebro es el de la madre, no cabe duda. Además, que no sea un Gryffindor no significa que no sea valeroso. Lo estás prejuzgando. Y mal.

Entre tanto adivina y animago intercambiaban impresiones sobre la elección del sombrero, Remus se apresuró a dar rápida cuenta de los últimos bocados de su desayuno y a tragar su café, masticando a dos carrillos para acabar lo más pronto posible. No deseaba retomar aquella conversación con Helen, y ella descubrió en su forma de comportarse su intención, conque, irritada, pareció que fuese a retomarla aun con Sirius delante, importándole poco lo que él pudiera decir al respecto. Por eso el licántropo, despidiéndose de Sirius con gestos porque la boca la tenía aún ocupada y de su mujer, cuando ya consiguió pasar los alimentos, diciéndole que hablarían a su regreso, se apuntó con su varita y se desapareció con el tiempo suficiente para ver cómo su esposa enfurecía y su tez quedaba invadida de roja ira. Mientras caminaba por los pasillos del ministerio, entre sonrisas pícaras, compadecía la suerte de Sirius, sobre quien, temía, habría descargado su mujer su cólera.

Entonces se imaginaba que el agrio recuerdo de la petición de su mujer lo acompañaría durante toda la mañana, pero un acontecimiento inesperado a media mañana, tan violento y demoledor como repentino, consiguió hacerle olvidar incluso de las palabras de su mujer, tan sorprendente llegó a ser.

El visitante accedió a su despacho atropelladamente aun cuando Ann Thorny, su secretaria, corrió detrás de él implorándole que no pasara, que no había pedido cita previa. El hombre se giró hacia ella mostrándole una feroz mirada y la mandó callar. Remus se levantó apresuradamente para pedirle respeto a aquel hombre así como también para que se disculpara ante su secretaria, pero aquellas buenas intenciones quedaron ahogadas cuando, vuelto hacia él, lo reconoció. Apenas había cambiado. Su pelo, que le cubría toda la cabeza en amplios mechones hasta los hombros, anteriormente de un castaño puro y brillante, ahora se le había empezado a clarear y vetas blancas sobresalían por doquier. Su mirada negra como el hollín seguía irradiando fuerza a pesar de que los años no habían pasado en balde por ella y habían consumido de leves arruguillas su alrededor. Su sonrisa seguía siendo tan mordaz como un veneno, como sus propias palabras; alrededor de ella, su barba rala seguía tan bien cuidada y tan regularmente cortada como de costumbre. La piel de su rostro ya no era tan tersa como cuando lo trataba, sino más fláccida y carente de su color saludable. Lo que no había desaparecido, ni por asomo, eran las buenas costumbres, los gestos exquisitos, la elegancia en el vestir, de los que hacía gala en cualquier momento y que quedaban confirmados en aquel arrugado bastón de madera de fresno que portaba aún, y que portaría siempre, que le confería cierto aire aristocrático y del que se enorgullecía, seguramente, porque no estaba obligado a usarse de él, sino que era el mero disfrute de su tacto sobre su palma el que lo hacía acompañarse del mismo, ya que no cojeaba ni renqueaba ni mostraba incapacidad alguna. Se dirigió hacia el escritorio detrás del cual el ministro lo contemplaba con los ojos fuera de sus órbitas y apoyó en él ambas manos en pose furibunda. Antes de que pudiera hablarle nada, Remus musitó:

–Tío Richard. –Trató de conferirle a su voz un tono que demostrara seguridad, pero estaba demasiado sorprendido para conseguirlo y, sin quererlo, plasmó en aquellas palabras una inflexión interrogativa que lejos se encontraba su agrio pariente de confirmar.

Con gesto asfixiado y maneras bruscas, su tío le habló apasionado, sin demostrarle a él afecto alguno ni placidez por volverlo a ver.

–¿Dónde está mi hijo? –le inquirió.

Remus sonrió.

–Si tu hijo se oculta de ti¿por qué habría de ser yo quien te abriera los ojos? Mira a tu alrededor. Podrás comprobar por ti mismo que tu hijo no se esconde en este despacho ni lo guardo bajo mi sayo ni nada parecido. Tu venida aquí es infructuosa, de modo que vete antes de que me vea obligado a alertar a mi guardia de que un intruso está haciéndome perder mi valioso tiempo.

Richard sonrió cínicamente.

–¿Estás queriendo decirme que no sabes dónde está mi hijo? –le inquirió de nuevo, incluso más colérico que antes.

Y, sin darle margen de tiempo para que respondiera, se introdujo rápidamente una mano en un bolsillo y lanzó sobre el escritorio una bola estrujada de pergamino que Remus reconoció de inmediato. Sin embargo, la cogió con tiento, ganando tiempo para sopesar las palabras que formularía a continuación, y desenvolvió el pergamino, que, supuso, habían de haber estrujado en un arrebato de furia, para descubrir, tal como temía, la portada del Corazón de bruja que él había recibido ayer, donde ocupaba por completo una foto de Benjamin y de él que el primero había tomado y donde rezaba, con grandes letras: «ENCUENTRO LUPINO: EL PRIMO IGNORADO DE REMUS LUPIN.» Más abajo, en caracteres reducidos y letras minúsculas: «Entrevista en exclusiva a Benjamin Lupin.» Después devolvió la mirada al hombre ansioso frente a él, que había seguido todos sus movimientos con anhelo y que esperaba su respuesta con ansiedad.

–No puedo negar lo evidente –le contestó Remus–. Pero no te diré dónde está; él no quiere ser encontrado ni tú lo quieres realmente.

El licántropo no estaba preparado para lo que le sobrevino. Con una agilidad y fuerza que no imaginó propias de su edad, su tío arrojó el bastón a un extremo del despacho y cogió a su sobrino de las solapas de su elegante túnica para zarandearlo sin tregua. Remus trató de zafarse de sus manos sin perder la calma. Entretanto, Ann Thorny, que había permanecido expectante y atemorizada bajo el umbral de la puerta, ahogó un grito y echó a correr con la determinación de buscar ayuda.

–Niñato grosero –le escupió Richard suspicazmente–. Estás haciéndome perder los nervios¿lo sabes? –le inquirió mientras lo zarandeaba nuevamente–. Los licántropos como tú deberían apartarse del camino de distinguidos ilustres como yo en lugar de plantarles cara y pavonearse como semejantes. Deberías agachar tu hocicudo morro y clavar un, si no ambos, hinojo en tierra. Vamos, arrodíllate.

Lo empujó con tal impulso que Remus golpeó contra el grueso cuadro de la catarata, detrás de su escritorio, y cayó de bruces contra el suelo. Pero apenas si se había hecho daño alguno, de manera que se levantó ágilmente blandiendo ante sí su varita con el rostro desencajado.

–Sí, sí... –siguió hablando Richard impunemente, sin temer lo que pudiera hacerle–. Te crees que por tener una ya tienes derechos como un mago y que podrías atacarme. Pero ¿qué hechizos puede haber aprendido una bestia? No sé a cuántos habrás tenido que morder para llegar a ocupar el puesto que ostentas, ni me importa, pero todo acabará mucho antes, y con mucho menos dolor, si me dices ya dónde puedo encontrar a mi hijo.

–Jamás. Benjamin no quiere volver a saber de ti. Y no se lo reprocho. Un padre no es sólo aquél que concede su apellido a su hijo y que desea mantener en él una pureza insignificante. Benjamin ha huido de ti porque te odia¿te ha quedado claro, y no volverás a verlo jamás.

–¿Pureza insignificante? –repitió su tío haciendo mella en aquellas dos palabras como si realmente lo hubieran ofendido–. ¿Cómo llamas entonces al espectáculo circense que habéis organizado vosotros, mofándoos de vuestro propio linaje? Los periódicos se ufanan en publicar las desventuras de un licántropo, un bastardo y un desheredado. Nunca pudo caer más bajo el apellido del que renegáis con una facilidad asombrosa. Grandes señores ajenos a nuestra línea sucesoria nos han llegado a emparentar incluso con el remoto clan regio, pero hasta todo eso está quedando olvidado por vuestro desvergonzado comportamiento. Vergüenza habría de daros. ¡Espanto!

–Sorensen Fosworth, el bastardo del que tú me hablas, lo es a causa de los escarceos amorosos de tu hermano.

–Tu padre –añadió con prisa y molesto–, al que mataste sin compasión, confirmando lo que eres y serás toda tu vida. Pero es cierto, Julius llegaba a ser un insensato las más de las veces. Pensaba más con la entrepierna que con la propia cabeza. De qué otra forma, si no, se puede explicar que se casara con la impura de tu madre.

–Si has venido a insultarla –le exclamó Remus perdiendo los estribos y volviendo a apuntarlo amenazadoramente con la varita–, te tendré que volver a repetir que te vayas.

–El Ministerio de Magia, te recuerdo, es un lugar público –le reconvino Richard.

–No sus despachos –repuso.

–No me marcharé hasta que no haya obtenido lo que busco. Tampoco para mí resulta grata tu conversación ni plácido volver a verte. Conque dime cuanto te increpo y todo saldrá bien para ambos.

–Te he dicho ya que no voy a responderte a eso ni a nada. Y mantén alejadas de mí tus largas uñas de nigromante. Vuelve a tu ciénaga apestosa, aún tienes en ella una hija a la que heredar.

–¡Pero ella no transmitirá a sus hijos mi apellido! –exclamó y, de pronto, como si hubiese hablado demasiado, se intranquilizó. Nervioso, se paseó un momento de un lado a otro del despacho y, volviéndose casi implorante, gritó–: Benjamin es mi hijo. Yo lo quiero. ¡Lo quiero! –gritó enfurecido, tan fuera de sí que Remus se sobresaltó. Richard retomó el bastón y apuntó a su vez con él al licántropo, que no había bajado su varita ni por un instante–. Dime dónde está o, de lo contrario, lo pagarás caro. Creo que tienes dos hijos y que un tercero...

–Si estás amenazando a mi familia –lo interrumpió Remus lívido de terror y furia–, serás tú quien lo pague caro. No pienso consentir que les hagas daño a ellos porque tú no seas un buen padre. Se acabó, Richard, se acabó; seremos ahora nosotros quienes heredemos el apellido Lupin y quienes otorguemos al mundo una imagen bien diferente de él.

–Eres un mal nacido, mal concebido en un vientre mal nacido y todos tus hijos serán pasto de los verdaderos magos, los puros, y combustible para sus chimeneas, y yo me meo en ellos y en ti y os maldigo en este día para siempre. Arderás en el infierno y ojalá lo hagas pronto, Remus el Licántropo.

–Implora porque no seas tú quien arda en una pira –le gritó un mago de complexión fornida que acababa de entrar en el despacho con la varita alzada. Detrás de él entraron otros muchos, y, detrás de todos ellos, también lo hizo Ann Thorny, que lloraba compungida–. Baja ese bastón con cuidado o prepárate para ser tú quien bese los carrillos inflados de azufre de Lucifer.

Richard, bufando, dejó caer la corta vara sobre el suelo y levantó las manos con sumisión. Entonces, aquel mago que lo había amenazado dio una señal a otro para que avanzara y retirara el bastón y a otro para que lo cachease. Una vez lo desproveyó de su varita, todos los magos de la guardia de seguridad personal del ministro se abalanzaron sobre él y lo redujeron a la fuerza. Los gritos y la indocilidad de Richard, aun desprovisto de magia, hizo cundir la confusión en el despacho del ministro. Finalmente consiguieron maniatarlo y se lo llevaron mientras no cesaba de maldecir en voz en cuello al licántropo:

–Yo los mataré. Sí, a tus hijos, y te los robaré como tú me has robado al mío. Entonces pedirás clemencia pero no te la daré, como tú no me has ayudado a mí. Disfrutaré con su muerte como tú con mi pesar. Y los atravesaré como puercos y los dejaré secar en el muro del cobertizo de mi caserío para poder devorar sus entrañas como tú devoraste las de mi hermano. Maldito seas, hijo de puta.

Remus quedó en pie, intranquilo, mientras la voz de su tío languidecía en la profundidad del corredor, arrastrado por sus guardias mientras tiraban de él. Proseguía insultándolo cada vez con mayor rudeza, hasta que sus gritos quedaron ahogados por un lamento de dolor, como si hubiese recibido un puñetazo en el vientre y se hubiese quedado sin aire. Inmóvil, robado el color de la cara, al verlo su secretaria, ésta sintió conmiseración por su propio jefe y corrió a abrazarlo para que se sintiese mejor. Remus se dejó hacer sin siquiera reaccionar. Al momento apareció de nuevo el principal de su escolta para inquirirle:

–¿Qué quiere que hagamos con él?

El licántropo reflexionó un instante con pesar. Al final dijo:

–Haz que William convoque un grupo experto de aurores que lo vigilen y persigan donde quiera que vaya. Haz todo lo posible por que sus amenazas se le atraganten. No quiero que nada malo les pase a mis hijos. –Ann Thorny asintió enjugándose una nueva lágrima.

–Pero, señor ministro –replicó el auror confuso–, podríamos encerrarlo un par de días en los calabozos o incluso convocar un juicio para castigarlo. ¿Piensa dejarlo impune?

–Sí –respondió incrédulo de sus propias palabras–. Vigiladlo tan sólo. Suficiente castigo es ya para él su propio sino. Limitaos a cuanto os he pedido.

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Cuando llegó a casa, su mujer estaba tan furibunda con él que no encontró ni tan siquiera oportunidad para referirle el funesto reencuentro con su tío de aquella mañana. La adivina lo asaltó desde el mismo momento en que franqueó el umbral de la chimenea, sin ofrecerle ni un atisbo de tregua ni reposo, y discutieron. El licántropo, molesto, subió a grandes pasos la escalera y se encerró en el dormitorio de ambos sin probar bocado del almuerzo que Helen le había preparado. Supo que su comportamiento había sido idiota, pero se alivió achacando su tirantez a lo tenso que estaba desde que recibió las recriminatorias palabras de su tío que tanto pesaban aún sobre su alma cargada.

Pasados quince minutos de dulce meditación en su dormitorio desde el cruce de amonestaciones por parte de la pareja, Remus bajó más relajado. Entró en la cocina y encontró a su mujer sentada indolente frente al plato que él debería estar degustando, con el codo sobre la mesa y la barbilla apoyada sobre su mano en aptitud aburrida. Al hallar la áurea mirada de su marido contemplándola y al devolvérsela, éste se percató de que también a ella la irritación se le había diluido en soledad. En efecto, así era, que la mujer se disculpó por haberlo culpado de falta de interés cuando habría tenido que ser ella, eso adujo, la que se hubiese tenido que mostrar más servicial, ofrecerle más información y, ante todo, ser comprensiva. El licántropo, en viéndola disculparse en forma tan sentida y acompañada de tantos suspiros y lamentos que no podían escapar de otra parte sino de su alma, la abrazó y se dijo para sí que, en cuanto reuniese el valor suficiente, le pediría que le explicase más concretamente el asunto de la operación para poderse pensar más sosegadamente si someterse a ella o no.

Sin embargo, en aquel momento Remus prefirió suavizar el peso que le atormentaba y hablarle a Helen del desavenido encuentro con su tío, al que tantos años llevaba sin ver. La mujer al principio no pareció comprender la magnitud de lo ocurrido, pero conforme su marido iba acrecentando las descripciones de sus expresiones y sus gestos, la ira de sus intervenciones, la adivina sintió un estremecimiento tan agudo que casi se cae de la silla. Parecía angustiada cuando Remus le terminó de explicar lo ocurrido, de modo que éste incluso se arrepintió de habérselo contado, pero al mismo tiempo sentía liberado en parte su corazón al poder compartir aquella noticia.

–¿Crees que cumplirá su amenaza? –le inquirió Helen encogida.

–No, no lo creo –afirmó Remus dubitativo, pues no deseaba aumentar el temor que se anidaba en el inflamado de pasión pecho de su mujer–. Es temeroso de las leyes y sabe que el castigo sería cruel. Mientras exista atisbo de grandeza para los Lupin, no será él quien se manche de sangre las manos para no desprestigiar el apellido.

–No es el apellido lo que me importa, Remus, sino nuestros hijos –exclamó fuera de sí.

–Lo sé, tranquila –le respondió infundiéndole calma con un abrazo–. Lo tengo todo controlado. He movilizado a buena parte del cuartel general de aurores para que lo espíen y he solicitado protección especial para la casa y para los niños. De momento tan sólo me han podido suministrar un artilugio que, colocado en la chimenea, imposibilita su aparición en nuestra casa usándose de los polvos flu. Pero pronto activarán un encantamiento realizado masivamente por el cual no podrá aparecerse en todo un área determinada.

–No quiero que les pase nada a los niños –sollozó Helen cobijándose bajo los brazos de su marido.

–Ni yo voy a permitir que les ocurra nada. Tenlo por seguro. Nada.

Aunque no creía que hubiera llegado el momento postergado en que hubiera reunido el valor suficiente, deseando apartar aquel pensamiento obsesivo de la mente de Helen, le pidió a ésta que le explicara más tranquilamente en qué consistía la vasectomía que le había sugerido se practicara. No obstante, la adivina no se encontraba de humor para pensar en aquello, a pesar de que tan inclinada a él había estado durante toda la mañana, conque nada dijo, sino que siguió lamentándose, llorando en silencio y gimiendo su desgracia. Cuando recuperó un poco la compostura, le pidió a Remus que se sentara a comer al fin, pero éste había perdido el apetito por completo y se decidió por encargarse de Helen, a quien la noticia le había afectado más de lo que había previsto. Sudaba. Farfullaba cosas incomprensibles y andaba tambaleándose, agarrándose de mueble en mueble para no caer. Finalmente, emitiendo un último suspiro, largo y evasivo, cayó en redondo, inconsciente; por suerte Remus estaba cerca y pudo agarrarla antes de que diese con todo su cuerpo en el suelo. La alzó sobre sus brazos con enorme esfuerzo por el peso añadido del bebé, pero sus brazos eran fuertes y consiguió trasladarla hasta el sofá, donde la extendió cuan larga era. Inseguro, tembloroso, no sabía qué hacer ni qué pócima administrarle ni a quién llamar. Acabó por tomar del estante un frasco de desagradable olor y aproximarlo a la nariz de su esposa, la cual, con sólo olisquearlo vagamente, despertó del estupor estertóreamente. Aún parecía mareada.

–No permitas que les pase nada a los niños. Prométemelo –le musitó más ida que vuelta.

–Te lo prometo –le confirmó Remus tomándole la mano.

Después volvió a subirla sobre sus brazos y, ayudándose de todas las fuerzas que pudo reunir, blandiendo una expresión ceñuda y ladeando la boca en un gesto de esfuerzo supremo, la subió por las escaleras y la depositó sobre el lecho de matrimonio para que descansase. Al sentir el mullido tacto de las sábanas y la comodidad de la confortable y gruesa almohada, Helen dejó escapar una sonrisa, como si su mente volase muy lejos ya y asistiese a un sueño especialmente plácido.

–Matt... –susurró tan sólo.

Remus estaba intrigado.

Se sumió la mujer en un sueño tan profundo, tan aletargado, que, cuando despertó, no era capaz de recordar la larga conversación que al oído le había susurrado Remus; ni a su madre, a quien éste había avisado, reconociéndola; ni siquiera el excitante sueño que debía haber tenido. La señora Nicked le explicó más reposadamente a su yerno, después de haber tenido un ataque de nervios al recibir la noticia de éste, que su hija se encontraba bien y que lo que le había ocurrido, dentro de la gravedad, podía llegar a ser normal en un mujer embarazada cuyos nervios estuviesen desquiciados. Le preguntó si había ocurrido algo anómalo que hubiese podido preocuparla. Remus se mostró reacio a hablar al respecto conque varió la conversación preguntando si el niño estaba bien; la mujer le respondió que sí y volvió a insistirle sobre lo anterior. Remus le narró someramente las amenazas de su tío, ya que no quería que en ella también cundiera el pánico, pero volvió a exhibir un temple de acero y una compostura digna de una dama; apenas si quebró el gesto cuando le añadió sus insultos y le describió su agresividad, como si ella estuviese por encima de todo eso y supiese que nada malo fuera a ocurrir. Sin embargo, sí pareció adoptar una expresión preocupada cuando Remus le refirió a continuación que también habían discutido y que él se había evadido durante un rato sin almorzar siquiera.

–Entonces no ha de ser objeto de extrema preocupación lo que le ha pasado hoy a mi hija –habló la señora Nicked–. Se repondrá, es fuerte. Tan sólo es una mujer embarazada, con todas las hormonas revolucionadas, que ha sufrido demasiados reveses en un solo día. Que guarde reposo hasta mañana, entonces ya se encontrará con mucha más vitalidad y podrá volverse a tener en pie. Ahora bien, hijo, a pesar de que pecaré, y peco, de indiscreta¿me dirías cuál fue el motivo de vuestra disputa?

Remus, sonrojado por cuantas partes de su cuerpo se le podían ver, se lo comunicó en voz queda, como si se avergonzase de decirlo. Espantado, asistió con pasmo a una carcajada fría y calculada de su suegra, que le sorprendió no sólo por el momento en que había hecho gala de su buen humor, sino también por lo inacostumbrados que los tenía a todos al mismo.

–Alma de cántaro, todos los hombres sois iguales. Muy valerosos y fornidos por el envoltorio, pero en el contenido sois unos patanes asustadizos que se encogen a la primera de cambio. –Rio con aplomo, con una intensidad que la rejuvenecía incluso–. También Matthew y yo tuvimos esa discusión, casi todas las parejas modernas la tienen. ¿Qué hacer con nuestras vidas? Bien nos hacemos viejos para pensar en críos, bien hemos traído al mundo tantos retoños que ha llegado el momento de pensarse si se quieren más, lo cierto es que, en algún momento, llega el tiempo en que una pareja estable se plantea qué hacer con su vida sexual. Matthew también se hizo la vasectomía, aunque me costó lo mío que comprendiera su trivialidad. No hagas tú pasar por similar episodio a una mujer embarazada, achacada esta vez de tantas preocupaciones y dolencias. Si necesitas resolver cualquier duda, cualquiera, recuerda que las puertas de mi casa te están siempre abiertas; y en este asunto incluso mi marido puede ayudarte.

Remus no supo por qué, pero aquellas palabras consiguieron reconfortarlo y afrontar la petición de su mujer con mayor calma.

–Y, a todo esto –añadió la mujer–, no te he preguntado cómo te encuentras tú. –El hombre parecía asombrado–. Tú eres quien te has encontrado directamente con tu grosero tío y tú quien has tenido que escuchar sus inútiles juramentos. ¿Te encuentras tú bien? –El licántropo comprendió con sorpresa que era la primera persona que se interesaba por él sinceramente desde el encuentro con su aborrecido pariente. Se limitó a asentir mudo–. ¿Necesitas un abrazo?

Y, sin esperar respuesta, lo arrebujó bajo sus brazos que lo cobijaron con dulzura. Bajo aquel manto de afecto Remus se sintió vulnerable, pero no podía temer nada mientras aquellas rejas de carne lo rodearan.

Conforme las semanas pasaron y el amargor de los juramentos de Richard y de los padecimientos de Helen fueron quedando aparcados, si bien no olvidados, el matrimonio se replanteó el asunto de la operación con mayor detenimiento. Helen parecía decidida a hacerlo, pero el licántropo aún tenía sus dudas y temía, por todas las barbas de Merlín, mencionárselas a su mujer, pues pensaba que ella podría burlarse de él. La adivina le explicaba con infinita paciencia todos los vericuetos al respecto de la vasectomía y Remus la escuchaba embobado; una cosa eran las palabras y otra muy diferente que todo aquello se lo fueran a hacer él. Temía que, a causa de una negligencia, pudiera surgir cualquier contrariedad y él quedase impotente de por vida; muchas noches lo atacaba una pesadilla en la que intentaba hacerle el amor a Helen, pero su miembro viril, cabizbajo, estaba fláccido y apenas daba señales de responder a su excitación; despertaba cubierto de sudor, contento en parte de descubrir que estaba teniendo una típica erección nocturna.

Era cuestión de días que Remus planteara su dilación ante sus amigos, de quien esperaba respuestas que lo ayudaran a descorchar de sí mismo su propia disposición, que se le ocultaba siempre que se inquiría qué era lo que quería hacer. Sin embargo, cada uno se mostró muy en su papel: Benjamin, que todavía no contaba con confianza suficiente para entrometerse en asuntos de dos, diplomático; Sirius, a quien la sola idea de alterar el orden natural de su aparato viril lo enloquecía, contrario; y Sorensen, el más sabedor de los cuatro y el que también más vida había recorrido, a favor. Nada les dijo Remus hasta que los hubo hecho sentar alrededor de él, en la casa de Sirius, donde sólo su mayordomo podría interrumpirlos, como tal hizo cuando les trajo el té sobre una bandeja plateada; pero se marchó con la misma desenvoltura con que había entrado, sin parecer estar atraído por su conversación.

El licántropo les explicó sucintamente su problema y, al escuchar las palabras: operación, vasectomía y esterilidad, Sirius se estremeció, Sorensen asintió sonriente y Benjamin se encogió de hombros, decidiéndose por qué postura adoptar. Fue Sirius el primero en hablar:

–¿Está Helen loca? En efecto, qué duda cabe. ¡Nadie en su sano juicio le puede pedir eso a un hombre! Cortar... ¿Cortar qué¿Te lo ha especificado, eh?

–Los conductos deferentes –le contestó Remus impávido.

–Ah, los conductos deferentes... Ya... –habló con ironía–. ¡Sabe Rowling lo que será eso! –Cabeceó distraído, como si estuviese perdiendo a su amigo y lo lamentara–. ¡El pene, Remus! –remetió de nuevo con renovada fuerza–. Eso es como si te cortasen el pene. ¿Y qué hace un hombre sin pene? Dímelo, Remus, qué. Nada, absolutamente nada. Porque ya no es hombre ni es nada.

–Estás exagerando –intervino Sorensen–. Con creces –añadió.

–Mira, Remus, te lo diré claramente –dijo Sirius hablando tranquilamente–. Consiente, hazte la operación, y habrás sucumbido a los deseos femeninos. Como Helen vea que haces todo lo que te pida, te pedirá más y más. ¿Qué será lo próximo? Si ahora te ha pedido recortar tu hombría, el objeto de orgullo de todo hombre..., qué será lo próximo. Si me pides mi humilde opinión, a mí si una mujer me propusiera hacerme la operación esa, yo le pediría que se extirpase ella antes el útero.

El bibliotecario resopló y, sin fuelle apenas, tantas ganas tenía de rebatir su consideración, exclamó rojo de furia:

–No tienes ni idea de lo que hablas, Sirius, y sin conocimiento hablas para confundir a mi pobre hermano y llevártelo a tu terreno. ¿Sabrás tú lo que es una vasectomía o sabrás de alguien que la tenga? No¿verdad? En caso de que Remus quisiese volver a hacer fértil su semilla, podría someterse de nuevo a una operación y le podrían unir los conductos separados. O eso creo. Tan sólo están separados para impedir el flujo de esperma. Si deseas contar con mi opinión, estoy completamente de acuerdo con Helen.

El animago y el bibliotecario se sumieron en una pugna dialéctica.

–¡Es un ejemplo de cobardía que Helen se lo haya sugerido a Remus en lugar de proponerse a sí misma para algo así! –exclamó Sirius.

–¡Es de cultura general que esa operación siempre es más sencilla en el hombre que en la mujer! –repuso Sorensen.

–¡Yo no me dejaba que me cortaran ahí ni loco! –gritó fuera de sí.

–¡Con lo que te cortaran ahí podrían rellenarte un poco la cabeza, que la tienes hueca! –le insultó.

Remus, a quien su intercambio de ofensas y menosprecios poco le interesaba y menos aún le ayudaba, volviéndose hacia su primo, quien había guardado silencio desde que planteara su problema, le preguntó cuál era su opinión al respecto. Tras reflexionarlo un instante, callados ya Sirius y Sorensen, atentos, esperando encontrar en él un aliado, respondió:

–Creo entender los motivos de Helen y entiendo los tuyos para que estés vacilando. No sé qué contestar acerca de este asunto, ya que no sé qué es lo que haría yo si me encontrase en tu misma situación. Tal vez, imagino, meditaría sobre ello mucho tiempo hasta encontrarme seguro de mi determinación; por mucho que nosotros te digamos, nunca será tu propia decisión hasta que tú mismo la hayas tomado.

–No lo hagas –habló justamente detrás Sirius contemplándolo con ojos humedecidos.

–No le escuches a él, eso sí que no lo hagas –participó Sorensen–. Escucha en cambio a tu mujer.

Remus abandonó la casa de su amigo con la embargante sensación de que aquella tertulia había sido en vano por dondequiera que se la mirase; él, en lugar de hallar la respuesta tan ansiada, se encontraba sumido en un quebradero más hondo, con nuevas incertidumbres y más perplejo que antes. Temía tener las ideas tan claras como Sirius o como Sorensen, fuera cual fuese la postura de cada uno, con lo que resolvió seguir el consejo de su primo y deliberar intensamente en ello hasta que se percatara de su verdadera intención y entonces no pudiera retractarse de la misma, pues habría sido fruto de una larga meditación interna, personal y reflexiva.

Pero consideró que no podría llegar a ninguna consideración personal si no seguía el consejo de su suegra y consultaba al señor Nicked. Éste se mostró encantado de poder servir de ayuda a alguien e hizo subir a su yerno hasta su despacho, donde le mostró una buena cantidad de manuales de medicina que él observaba detenidamente sin saber exactamente qué era lo que tenía que descubrir o averiguar de ellos. El muggle le señalaba incesantemente ilustraciones de cortes testiculares que le explicaba con abundancia de tecnicismos que él desconocía mientras gesticulaba con amplios movimientos y le razonaba con un tono mesurado y una verborrea que nunca había conocido en él. Sin embargo, como no había venido a que lo abrumara sino a que le despejara las dudas que no se había atrevido a consultar a Helen, lo detuvo asiéndolo por los brazos para que dejase de moverse y le pidió que se lo explicase todo de nuevo con expresiones comprensibles para él. El señor Nicked sonrió disculpándose y, en lugar de retomar el razonamiento que se había desprendido de sus libros, cerró éstos y se limitó a narrarle su propia experiencia el día de su operación. Entonces Remus le prestó más atención de la que le había prestado nunca, y se asombró, atónito, de lo extrañamente lógico y calmado que podía llegar a estar aquel hombre al que él sólo había visto revoltoso y distraído. Sabía que aquél sería el ejemplo personificado de lo que él habría de sufrir en carnes si se decidía por obedecer a su mujer. El señor Nicked le habló más de la anestesia, del inexistente dolor, los nimios inconvenientes y las múltiples ventajas posteriores, en lugar de recrearse en el espectáculo dantesco de la intervención misma, que abrumaría al hombre y que en ningún momento le permitiría decidirse con ecuanimidad. Después se mostró partidario de enseñarle sus partes pudendas sin atisbo de rubor por que viera la insignificante cicatriz, apenas visible bajo la arracimada capa de vello que cubría su escroto; pero Remus le pidió que no lo hiciera cuando ya tenía medio testículo fuera, a fin de que no fuese aquél objeto de sus más horribles pesadillas; aunque llegó a ver lo suficiente como para no conciliar el sueño en toda la noche.

Le sirvió estar en vela para recapacitar sobre lo que haría. Anduvo incluso soñoliento hasta la habitación en que Nathalie dormía en su lustrosa cunita de roble y la contempló con ojos entornados de sueño mientras le acariciaba el cabello creciente de la nuca en tanto la escuchaba respirar. Amaba a sus hijos con locura, pero comenzaba a comprender que Helen tenía razón; habían tenido tres y, aunque hubieran podido mantener económicamente a un cuarto, su mujer ya no estaba preparada para otro embarazo. Al día siguiente, durante el desayuno, se lo diría. Entonces se fue a dormir y lo consiguió al fin, y, a pesar de que lo hubo creído, no soñó con la imagen negruzca de los genitales de su suegro.

Helen despertó de buen humor aquel día. Envidiable llegaría a ser, o así lo pensó entonces el licántropo, cuando él le anunciase su decisión. Lo hizo mientras desayunaban. Tonks no los acompañaba aquella mañana porque había cambiado el turno con un compañero suyo que tenía una boda, conque aprovechó la ocasión para retomar el asunto. Helen no se mostró tan extasiada al conocer la noticia como Remus había previsto, sino más bien preventiva; se interesó por el hombre y le inquirió dulcemente si estaba seguro. Él, reservándose sus más arraigados temores, le asintió.

Ya había reunido el coraje suficiente para afrontar la resolución acerca de la operación, pero, una vez desinflado de su valor, se sintió incapaz de volver a concentrarlo para acercarse un día hasta San Mungo y solicitar cita en el área de urología. Siempre le pretextaba a Helen que había estado muy ocupado en el Ministerio como para encontrar un hueco para escaparse, o que se le había olvidado, o que estaba pensando en enviarles una lechuza. No habría debido de sorprenderse mucho cuando su mujer vino un día a casa con un resguardo que le entregó notificándole la fecha y la hora de la intervención quirúrgica, pero lo hizo. Ya no había vuelta atrás; o, al menos, él no tendría el arrojo suficiente para enfrentarse a su mujer, a sus suegros y a Sorensen decidiendo no acudir. Se contentó con que aún faltaban varios meses en los que no habría de preocuparse, pero el tiempo pasó tan aprisa que él se preguntó por dónde se había escapado, pues el fantasma de la operación no tardó en presentarse ante él.

Diciembre había llegado, y con él la insistente presencia de la cita. Si ya era temible recordarlo con un estremecimiento, peor aún era que todos se lo estuviesen recordando a cada momento y que, encima, lo hiciesen con sonrisas picaronas; claro, se convenció Remus para sí, como ellos no tendrían que cortarse no sé qué conducto, estaban la mar de guasones. La misma mañana que estaba citado en el hospital, Corazón de bruja anunció en su portada, un enorme retrato de un Remus sonriente, imagen de archivo, que el ministro de Magia era el ganador del Premio a la Sonrisa más Encantadora 1998; ni presencia de aquella sonrisa ganadora hubo el día en cuestión, tan sólo, y si acaso, un espasmo inopinado en sus labios crispados y mordidos por la ansiedad.

A fin de que la noticia no saltase a los periódicos, lo que hubiera supuesto unas letras gruesas anunciándolo en muchas primeras planas y un bochorno indescriptible por parte de Remus, éste había acordado con el cirujano que le practicaría la vasectomía aparecerse directamente en su despacho por su chimenea y aguardarlo allí hasta que él viniera a recogerlo. Así evitaba cualquier encuentro fortuito con un reportero y tener también que responder a preguntas cuyas respuestas prefería ocultar. El sanador Hewitt, el encargado de la sección de urología, fue favorable a su propuesta, con lo que demostró ser un hombre honrado y respetuoso. Era éste un hombre de avanzada edad pero que demostraba su intacta juventud en todo cuanto hacía, en sus movimientos, en su forma de hablar, en su manera de comportarse. Portaba unas lentes minúsculas en el filo de la nariz para ver de cerca, pero casi siempre lo miraba todo por encima de ellas. Había comenzado a perder un poco de pelo, pero su rostro seguía siendo el de un pilluelo espabilado, con ágiles manos de cirujano, tan fortalecidas y pulidas que el licántropo pensó que se las debía de cuidar a diario.

El sanador Hewitt tuvo la cortesía de llamar a la puerta de su propio despacho y entrar una vez que Remus, tímidamente, lo invitó a pasar. Sonrió con descaro, pasándole desapercibido el que el ministro estaba temblando de la cabeza a los pies. Tras saludarlo le indicó:

–Señor Lupin, ha habido un contratiempo. El aprendiz que me ayuda como enfermero y celador no ha podido venir hoy, al parecer aquejado de una diarrea de espanto. Me he tomado la molestia de avisar al servicio de ginecología para que me envíen un refuerzo. No se preocupe –añadió ante la mueca de terror del paciente–, son manos expertas, acostumbradas a manosear entre las zonas pudendas; todo acaba siendo, al fin y al cabo, lo mismo: sólo que para ellas recogido y para nosotros desparramado. Claro está, que si desea posponer la cita, está en su auténtico derecho.

Remus pensó que, de no ser él el ministro de Magia, no le habrían planteado esa alternativa, como tampoco lo habrían tenido encerrado en el despacho del mismo sanador que lo intervendría. Aunque la idea le pareció apetitosa, se imaginó a Helen mofándose de él hasta que consiguiera realmente hacerle creer que el colaborador estaba enfermo. Análogo pitorreo se traería su suegro. La imagen de ambos burlándose de él, aunque fuese histriónica en comparación con la que en verdad hubiera podido acontecer, lo alentó a ser fuerte.

–No, deseo terminar con esto cuanto antes –acabó diciendo.

–Así sea. En tal caso, desnúdese –le ordenó relajadamente.

Remus estuvo tentado de preguntarle: «¿Ahora, aquí?», pero la inquisitiva y amanerada pose en guardia del sanador se lo confirmaban sin que preguntara siquiera. Hubiera deseado también que le concediera la intimidad de un biombo, aunque pensó que aquél no habría de ser sitio acostumbrado a que nadie se descambiara; o que al menos hubiera apartado la vista, pero el sanador permaneció fijo frente a él, observando indemne, impertérrito, cómo el licántropo se quitaba la ropa y se iba quedando desnudo para, finalmente, cubrirse sus vergüenzas con las manos púdicamente. Después se preguntaría la causa de su reparo cuando sería aquel sanador quien lo operaría, pero entonces le pareció decoroso y lo correcto, fuera todavía de la mesa de operaciones; además, Remus estaba muerto de vergüenza.

Sólo cuando estuvo completamente desnudo, entonces el hombre le tendió una bata verde que le pidió que se pusiera. El licántropo se apartó lentamente una mano por que nada se viera y retiró aprisa la prenda, que se puso dándose la vuelta y mostrándole el trasero al sanador. Esperó no haberlo ofendido por aquello, y se hubiera disculpado incluso de ser así, pero el hombre junto a él no parecía en absoluto resentido con él. Después le pidió que se subiese a una camilla que había junto a ellos y, una vez tendido sobre ella, lo cubrió por entero con una sábana blanca, de modo que Remus sólo podía ver el intenso resplandor de los halógenos del techo. Escuchó al sanador aconsejarle:

–No se mueva un ápice, no tosa, no estornude, no carraspee. Si quiere pasar desapercibido, hágame caso. En este camilla porto un cadáver, no al ministro de Magia. ¿Entendido?

Remus le dijo que sí y, al oír el chasquido de la puerta al ser abierta, siguió los consejos del sanador y, erguido y tenso como una estaca, probó a no moverse nada en absoluto. Aunque no era tarea fácil; el irregular suelo de aquel pasillo hacía que la camilla oscilara peligrosamente y él tenía que reprimir una exclamación de impresión cuando su portador, que lo conducía con tan poco tino que Remus se estaba replanteando si dejarse en sus manos, hacía fluctuar la camilla de un lado a otro hundiéndola en los pocos baches que pudiera haber. En un momento dado, la camilla se detuvo y Remus por poco se retira la sábana que lo cubría para poder respirar aire limpio, pero el sanador le puso una mano sobre la cara e impidió que la levantara; casi le grita qué hacía, pero recordó su pacto y lo dejó hacer, sobre todo intimidado por una tercera voz que no conocía y que preguntó:

–¿Qué llevas ahí, Hewitt?

–Eh, un cadáver –respondió arbitrariamente.

A continuación se produjo un tenso silencio durante el cual ninguno intervino. Sólo el hombre desconocido, conmovido por el tono ahogado de sus palabras, habló al fin:

–Vaya, Hewitt, no lo creería posible. Ya ninguna sección está libre. Eso me convence de que jamás he de poner mi pene en tus manos.

Se hubo de alejar porque la camilla volvió a ponerse en marcha. El sanador que conducía a Remus musitó con irritación:

–Te diré yo lo que me tendrás que poner en las manos. Y aun en la boca.

Cuando entraron en el quirófano, el sanador advirtió a Remus que ya podía descubrirse. Éste lo hizo con sumo agrado. Se hallaba en una sala grisácea y pálida, de muros melancólicos en los que se reflejaba la abundante luz de gruesas lámparas pendidas del techo. A su lado, el licántropo advirtió abundante material quirúrgico, del cual, en muchos casos, no conocía su utilidad; tijeras de extremos curvados, cuchillas de un tamaño microscópico, extraños instrumentos punzantes, pensó que cuanto podrían hacerle con aquello era una carnicería y se estremeció.

–Se retrasan –masculló entre dientes Hewitt mientras se lavaba las manos en una palangana blanca. Chasqueó la lengua con impaciencia una vez se puso los ajustados guantes de látex y vio que nadie aún había llegado para prestarle su auxilio.

–¿Será legal el chico que venga? –preguntó Remus con voz acongojada–. ¿No avisará a los medios?

–No se preocupe por eso ahora, señor Lupin –le respondió devolviéndole una sonrisa–. Yo me encargaré de las menudencias.

Iba a replicarle qué entendía él por menudencias, porque aquello significaba una imagen inmaculada para él y para su carrera política, pero enmudeció de pronto al advertir que las puertas dobles se estaban abriendo. Contuvo la respiración, angustiado. La primera sorpresa se la llevó cuando descubrió que era el cuerpo de una mujer el que entraba a aquella sala de operaciones, pero la segunda, y más contundente, se produjo cuando, al alzar un poco la vista, descubrió que era la señora Nicked quien caminaba hacia ellos. También ella parecía sorprendida, compungida, desconcertada. Remus se inquirió entonces por qué había sido tan tonto de no prever que la señora Nicked era comadrona y, por lo tanto, prever que fuera ella quien hubiera venido; pero ciertamente se esperaba a un hombre, y, en caso de haber contado con aquella posibilidad, no hubiera creído poseer tan mala suerte. Pero, sin duda, la poseía. La mujer intentó deshacerse de su asombro comportándose con normalidad, disculpándose ante el sanador por su retraso y preparando el material quirúrgico; pero en modo alguno estaba repuesta, puesto que la lengua se le trabó al hablarle al hombre y parte del instrumental se le cayó al suelo cuando trató de limpiarlo. Remus, quien aún se debatía interiormente si saludarla o hacer como si no la conociera, tembló más visiblemente.

–Relájese, señor Lupin –lo invitó el sanador con la mascarilla ya puesta–. ¿Está bien? –El licántropo no dijo nada. El urólogo se giró a su ayudante–: Prepare la pócima desfibriladora por si acaso, este hombre está muy tenso.

–No se preocupe –repuso ella–, creo que es normal.

El hombre la indagó con mirada interrogativa, pero no agregó nada. Sólo al rato de preparar más instrumental, pociones y retazos de tela verde como la bata que Remus vestía con unos finos agujeros abiertos en sus centros, con los que cubrirían a Remus para prestar únicamente atención a sus testículos, volvió a hablar con ella:

–El señor ministro quería saber antes de someterse a la operación si usted jura silencio absoluto acerca de lo que aquí vamos a hacer y presenciar de cara a cualquier posible chivatazo a la prensa.

La señora Nicked se sonrió divertida.

–El señor ministro sabe que conmigo no corre ningún riesgo –respondió resuelta.

–¿Ha escuchado, señor ministro? –le inquirió–. ¡Ningún problema, entonces! Ahora, levántese la bata hasta la altura de la cintura y mi compañera le proporcionará la anestesia local.

«¿Qué?» Remus no podía asimilar cuanto escuchaba. Entonces era cierto, aquel hombre pensaba intervenirlo con su suegra presente, autorizada para palpar una y otra vez, tantas veces como se le antojase sus genitales. Contempló incluso la posibilidad de decirle que había considerado mejor su propuesta y que sí pensaba dejar para una próxima ocasión lo de la operación, para cuando su ayudante estuviese recuperado. Inmediatamente después recordó las palabras del sanador: «Son manos expertas, acostumbradas a manosear entre las zonas pudendas», y sintió un estremecimiento. Hewitt volvió a imprecarle que se alzase el faldón hasta la cintura y Remus, conteniendo incluso las ganas de llorar, obedeció con desgana, cerrando incluso los ojos para no ver la expresión de la señora Nicked. Pero ésta, recatada, no miró entonces y, cuando lo tuvo que hacer, se limitó a lo meramente necesario y profesional, comportándose en todo momento como se habría esperado de ella.

Mientras el sanador rebuscaba el material en pos del bisturí, la señora Nicked se le acercó y le proporcionó una pócima que le hizo beber ayudándolo a levantar un poco la cabeza. Remus no supo si su efecto sería inmediato, pero no hubo hecho más que tomarla cuando ya se sintió extrañamente mejor.

–No te preocupes, Remus –le musitó la mujer al oído–. Es un poco más soporífera de lo que debería, así el mal trago será menos intenso.

El hombre se lo quiso agradecer, pero incluso los labios tenía sumidos en un letargo somnífero y nada dijeron. Reposó de nuevo la cabeza mientras contemplaba, vagamente, cómo aquellas dos siluetas difuminadas hurgaban incesantemente entre sus piernas y cómo retiraban las gotas de sangre que resbalaban por la cesura practicada con algodones prendidos de tenazas de metal. No sentía nada, casi le costaba incluso pensar, mas le seguía asqueando la idea de que la madre de su mujer le estuviese contemplando en su desnudez y se pudiera estar excitando incluso, aunque resultara poco propio de su suegra. Sin embargo, cuando las sombras difusas se hacían más claras y él conseguía entrever nítidamente su rostro, no era estimulación en modo alguno lo que sus ojos reflejaban, sino sólo cooperación, y aquello lo relajó al punto que se quedó dormido en la mesa de operaciones.

Despertó para ver cómo le ponían unos cuantos puntos. Los efectos de la poción, tan intensos hacía un momento, habían desaparecido paulatinamente, quizá a causa de la cabezada, y el licántropo sintió una aguda punzada cada vez que insertaban la aguja en su escroto y volvían a sacarla para rematar el punto. Aunque él era fuerte y bravo, sintió ganas de desmayarse a causa de aquella molestia y al ver su sangre, aun húmeda, impresa en los guantes que cubrían las manos de ambos sanadores. Esperó con resignación unos minutos más y todo habría acabado, constriñendo el rostro cada vez que la aguja atravesaba su piel.

Fue la señora Nicked quien le bajó la bata para ocultar sus partes pudendas, guardándose de hacerlo con cuidado para no lastimarlo. Seguidamente le dio unas levísimas cachetadas sobre los pómulos para despertarlo por completo y le dijo que en unos minutos habría de ponerse en pie. La sola idea desconcertó a Remus. Sabía que aquella operación sería tan simple que no debería quedar ingresado en el hospital siquiera, pero le abrumaba el perder aquel estado hipnótico para plantar los dos pies en el suelo y levantarse, mirar a su suegra frente a frente, temiendo encontrar una sonrisa ladina en sus labios que, quizá, nunca se borrara.

Pero las buenas costumbres de ella no le permitirían hacerlo por más que a Remus se le ocurriera pensarlo. La señora Nicked llegaba a intuir lo que su yerno podría estar pensando, pues hubiera sido lo que ella también hubiera convenido interiormente. Por eso mismo resolvió mostrarse tan servicial con él y demostrarle que nada había ocurrido, que sus vidas seguirían transcurriendo como si allí no hubiera pasado nada en absoluto; y estaba segura de que él algún día sería capaz de mirarla a los ojos de nuevo y de hablarle con normalidad. Así fue que le sorprendiera tanto que, nada más levantarse de la mesa de operaciones, Remus la mirara tan intensamente, razón por la que ella se sonrió para sí, agradecida de haberse equivocado; pero, por fortuna, no era una sonrisa ladina ni taimada ni mezquina, conque satisfizo al licántropo, que encontró en ella un gesto afable de humildad y simpatía. Si bien no pudo contener el rubor al mirarla, sí supo que ella al menos no se lo recordaría para que aquel rubor lo atacase de nuevo. Y aprendió a valorar desde entonces que la desnudez es tan sólo transitoria, un aparato carnal que se oculta por miedo y que se enseña por pasión o necesidad, pero de la que, en ningún momento, se podía renegar ni avergonzar uno; y aquellos pensamientos lo confortaban.

Hewitt le pidió que volviera a tenderse sobre la camilla para que pudiera llevarlo tal como lo trajo hasta su despacho, donde podría vestirse y desaparecerse. Remus se despidió de su suegra, quien lo saludó con ternura. Cuando llegó al lugar indicado, una vez se hubo bajado, Remus le pidió al sanador su ropa y éste se la dio solícito. Dio muestras de desear permanecer allí, junto a él, pero el licántropo le pidió bruscamente que lo dejara solo. Al hacerlo Remus se levantó el faldón de la bata para comprobar el estropicio que aguardaba encontrar, pero la cesura era nimia y los puntos, muy abultados, eso sí, le habían confirmado que se los retirarían en unos pocos días. Se sintió más reanimado por primera vez en todo el día y, desvistiéndose por completo, tomó su ropa, que había dejado allí para aquella ocasión, y se la puso. Apenas había terminado aquella operación cuando la señora Nicked, sin llamar antes primero a la puerta, entró atropelladamente en el despacho, con la respiración agitada, y le exclamó a Remus:

–Helen acaba de entrar por urgencias. Está de parto.

El licántropo la siguió corriendo con el pulso encendido, probando a obviar la incesante molestia que sentía en la entrepierna. En poco más de una hora de fuertes y dolorosas contracciones, con su madre asistiendo al parto de su tercer nieto como comadrona y Remus infundándole ánimo desde un segundo plano, el hombre tuvo sobre sus brazos un bebé ensangrentado que acunaba despreocupado al fin después de todo cuanto le había ocurrido aquel día; hasta sonreía.

–Es un niño –dijo la señora Nicked acercándose para verlo de nuevo–. ¿Qué nombre habéis pensado para él?

Remus recordó en aquel mismo instante las muchas veces que Dumbledore se hubo quejado porque el nombre de su primer hijo fuese Matthew en lugar del suyo. No creyó nunca que lo hubiera dicho en ninguna ocasión completamente en serio, pero él sentía que se lo debía. De ese modo anunció:

–Si a Helen no le importa, quisiera que se llamase Albus, como mi padre.

La señora Nicked sonrió.

–Alby Lupin –habló Helen, exhausta.

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Avance del 3º capítulo de la segunda parte (EL TAN AGUARDADO SÍ QUIERO): Mas sigue habiendo en mí un poder prodigioso qui me face estrimecer, el de vaticinar lo pasado, lo presente y lo venidero. Las profecías occupan todos los días mis ojos de halcón e mi pecho se inflama con linguas de fuego danzarinas; he asistido a la caída de reyes, al alzamiento de hechiceros, al despliegue de terras, de injurias e de tramas fasta que nos alcance el día del juicio et el mundo se extinga e la flama fluya por nostras aldeas e por intre nostros huesos podridos. Es nostro destino, el sino del orbe completo. También daré cuenta de todas estas profecías para conocimiento de todos. El horror vuelve a extenderse, y lo trae la misma sangre que destruirse quiere: Lupin.

EL CAPÍTULO IIIº DE LA IIª PARTE DE MDUL APARECERÁ EL DÍA JUEVES, 13 DE JUNIO (DÍA DE S. ANTONIO DE PADUA)