«Quod quis dixit ut fatum non scriptum esset?» («¿Quién dice que el destino no está escrito?»: intervención de Albus Dumbledore, capítulo LIV; en éste, razón de ser.)
¡Sí, sí!..., lo sé: el retraso es monumental. ¡Siete días, nada más y nada menos. Mi compensación, por otra parte, también debe ser atractiva: llega el verano y podré escribir más; en consecuencia, actualizaré más frecuentemente. ¡Olvidémonos ya de largos meses de espera! Eso tiene que cambiar. A los que leéis con desgana puede daros igual; pero los que me siguen atentamente sienten la larga espera, como algunos me han referido. Pues ya está: eso se acabó. Bien, bien... Estaréis pensando que me estoy yendo por las ramas y no estoy refiriendo nada acerca de mi "monumental" retraso; sirva tan sólo mencionar eso que no sé quién dijo alguna vez acerca de que me tomaba demasiado en serio mis exámenes. Por suerte, este año acabaron pronto; ya soy libre. En consecuencia, y tal como he deseado anhelantemente estos últimos días, puedo decir:
Respondo "reviews".
(NOTA PREVIA. No, el retraso ha sido más monumental todavía... ¡Oh! Pero la culpa no ha sido mía enteramente. Quiero decir, como he tenido la oportunidad de explicar a los que atentamente participáis en la web oficial de MDUL, "fanfiction" me ha dado un gran número de problemas estos días y no he podido actualizar ni yo ni nadie. Como he dicho, os recompensaré. Gracias al Cielo que esto se ha solucionado. En fin, ya no os privo más. MDUL al fin... qué bien, tenía tantas ganas de vivir este momento).
HERM25. Hola, Ana Paula. Me alegra muchísimo que sigas tomándote la molestia de pasarte por aquí, leer y dejar unas palabrillas para animarme. Aunque hay algo que no he entendido muy bien¿cómo es posible que estés ya en la universidad si no has dejado el colegio? Si me respondes, imagino que aliviarás mi duda. No recuerdo si yo me presenté formalmente: bah, me llamo Quique Castillo (de Enrique, pero las erres me fastidian; sólo me llaman así los profesores, con lo que me suena demasiado formal), tengo 19 años (pronto 20, buah) y vivo en Córdoba (España). Estudio en la universidad la carrera de Filología Hispánica, que, además de robarme tiempo, me fascina. Y otra faceta mía muy importante ya la conoces: soy un fanático de fanfiction, no puedo dejar de escribir MDUL: creo que tengo argumento para veinte mil capítulos, pero vayamos pasito por paso. Te referiría mi descripción física, pero pronto colgaré una fotografía mía en la web oficial de MDUL (cuya dirección URL espero poner ya en mi biografía; aunque, si lo deseas, está en el capítulo primero de la segunda parte). Gracias por los halagos con respecto al capítulo. A mí es que me encanta poner cosas como las de la operación de vasectomía para que nos riamos, aunque resulte poco verídico. La luz, por otra parte, junto con Tim Wathelpun, es una de las intrigas mayores para todos vosotros: hay quien la odia, hay para quien resulta extraña pero no molesta, hay quien la aprecia... Sí, poco a poco se irá viendo la evolución, que yo considero muy interesante. Aunque está atenta: dejo muchísimas pistas por el camino (no en vano ya hay gente que ha descubierto quién es Tim Wathelpun y qué es la luz). Ahora mismo estoy escribiendo el capítulo X ("Un nuevo merodeador") y el problema de la luz violeta es muy importante. En fin, eso es todo. De nuevo muchísimas gracias por tu paciencia y espero que te vaya muy bien con tu recién iniciado curso universitario. Aprovéchalo; como dice mi amiga Marce, serán los mejores años de tu vida. Un beso.
LUNIS LUPIN. Hola, Lunis, o la famosa hija del más célebre aún mago Remus ¿John? (¡Julius! para mí) Lupin, hermana de Matt, Nathalie y el pequeño Alby. Antes que nada, te deseo mucha suerte con tu trabajo y con tu prueba de "capacitación" (aquí en España no se dice así, pero ya me he acostumbrado). Me recuerda mucho a mi mismo caso: a mí también me han contratado como profesor en la academia de informática en que estuve, ya que la han ampliado y la han convertido también en academia de clases particulares. Espero que tengas suerte y podamos acabar comentando los defectillos de nuestros respectivos alumnos. Nos faltaría tan sólo el café, el cruasán en la mano, el periódico en la otra, así como, claro está, estar en la sala de profesores, y pareceríamos dos conversando amigablemente. ¡Qué utopía, siendo tanta la distancia. Cada día molesta más. Pasando a hablar de MDUL, veo que te ha afectado sobremanera la recuperación de Sirius Black. No creía que a nadie pudiera pasarle, pero sí, es posible. Gracias por haberlo dicho, pero es cierto: intentaré que el regreso de Sirius resulte lo más creíble posible. Otro aspecto por ejemplo por el que me preguntas es que va a pasar o por qué he puesto tan amigas a Tonks y a Helen. Bueno, ya... En el libro Remus y Tonks se emparejan, pero ya sabes que en MDUL voy un poco por libre. Me hacía gracia que Helen y Tonks se llevaran bien y ya está, lo he puesto. No hay más. Tú piensa que en MDUL (en MDUL, recalco) Remus y Tonks sólo (sólo, recalco) son amigos. ¡Ah! Y otra cosa. Sí he leído el sexto libro, el mismo día que lo sacaron en castellano. No me gustan demasiado las "traducciones piratas" que circulan por Internet, por lo que me esperé a tener la edición. Soy un bibliófilo, qué le vamos a hacer... Me encanta tener unas pastas duras entre mis manos y disfrutar de la tinta impresa. ¡Oh, Dios mío, soy un freak! Y otra más, y ya acabo, Elena sí está bien, completamente recuperada, aunque sigue medicándose y eso, pero al menos ya es en su casa. En fin, lo importante es que esté bien. Muchas gracias por interesarte. ¡Ah! Hemos inaugurado una página oficial de MDUL. Voy a poner la dirección URL en mi biografía. Apúntate si puedes, que voy a poner cosas interesantes que a lo mejor te interesan (como un panel para publicitar los "fics" de mis lectores; espero tengas suerte con él). Un beso.
DRU. Hola, Dru. No importa si los "reviews" no te salen más largos; con uno, ya me basta. Lo importante para mí es que lo sigas dejando, porque eres muy constante, y sé que no te lo he agradecido lo suficiente: por ello gracias, gracias y gracias. Me dais mucho ánimo todos, pero sobre todo los que venís capítulo tras capítulo. No es lo mismo una persona que aparece de pronto y desaparece sin más a otra que te lee con constancia; evidentemente, te llena de ánimo esta última y te permite seguir con optimismo. Gracias por creer que soy mejor que Dan Brown, pero, como tú dices, siendo como es, esa comparación no tiene mucho mérito. ¡Aún no puedo entender cómo a la gente le gusta! Espero que tenga más éxito su conocido "Código" como película, porque el libro, antes que novela, era un guion cinematográfico y rancio. ¡Ah, y otra cosa (últimamente parece que conecto las ideas a tiempo, uf). No te preocupes, que yo soy el primero que entiende lo que acaparan los exámenes. Estas fechas son "mortales" para escribir y para leer, no te preocupes. Piensa que ahora se acerca el veranito y podremos disfrutar de unas merecidas vacaciones, que nos las hemos currado. Al niño le tenía que poner Albus, porque Sirius lo consideraba demasiado forzado. No sé, quiero decir, que Sirius iba a volver pero Albus ya nunca más. Vale, sí, está en un cuadro parlante que va a tener una importante trascendencia a lo largo del "fic", pero no es lo mismo. Y, con respecto a la operación, me alegra que te haya hecho gracia. Me he dado cuenta que tengo que poner más escenas desternillantes como ésa. Bueno, chica, ya me dirás cómo te han ido los exámenes y todo eso. Espero que todo te vaya muy bien. Un beso.
PADFOOT HIMURA. Hola, Karina. Antes que nada, y pidiéndote perdón de antemano, te paso a decir que no he podido ver ninguna película (Piratas del caribe, etc.) de las que me has sugerido. Como intuirás, he estado liado con los exámenes y no he tenido tiempo para absolutamente nada. No te preocupes, no obstante; en el momento en que la vea serás la primera persona internauta a la que le exprese mi opinión (creo que Elena no me dejará que pase de ella en ese caso). Aunque antes tendré que ver X-men3. Ya sé que no es el tipo de película que te gusta a ti, pero he visto las dos partes anteriores, me gustaron y quiero ver el desenlace, que se espera atronador. Sí, ya sé que se estrenó hace muchos días, y yo hubiera querido verla el día del estreno, pero he estado muy, muy liado. No me lo perdono. Con respecto a MDUL, no te preocupes por las críticas, sólo me has dejado veintiocho días deprimido. ¡No, es broma! Tú puedes decir lo que se te antoje. Al fin y al cabo, no has dicho nada disparatado; quiero decir, no estás falta de razón. Ahora bien, yo doy el contrapunto para que veas lo que me motivó a hacer lo que he hecho. Por ejemplo, la operación de vasectomía de Remus. Sé que en el mundo mágico deben de existir mil y un remedios. Pero ¿hubiera quedado igual de cómico si Remus se hubiese bebido una poción y ya está? No sé, era por darle un punto gracioso al capítulo. La entrevista, ya sé, a Sirius no le hubiera gustado; pero MDUL es en parte realista y en parte muy idealista. Como habrás apreciado, pongo una parte muy idealizada de cada uno de los personajes, y en eso juega un papel excepcional Corazón de bruja. Entrevistas saldrán muchas, porque si entonces Sirius era tenido por un delincuente, ahora por "un hombre maravilloso", y eso a él no le va a molestar, créeme. Por otra parte, la bienvenida en el atrio del Ministerio no fue idea de Remus ni de Sirius, sino del Ministerio. Había que entregarle un millón de galeones al animago y no se los iban a dar en la intimidad de un despacho oscuro¿no crees? Esos actos suelen ser públicos y acude la prensa, aunque al interesado no le agrade. Y, por último, si tú tuvieses un millón de galeones¿te comprarías una casa ruinosa, verdad que no? Sólo que él se dio cuenta demasiado tarde: no tiene nadie con quien compartirla y se le hará duro. Pero ahí entras en juego tú, sí. Y, sin más dilación, te digo que éste es el capítulo en que aparece Karita White, es decir, en que apareces tú. Espero que te agrade y veas con un poco más de ánimo la mansión que también será tuya. Puesto que, como se ha visto en el capítulo anterior, una mansión no le satisface, pero una mansión con amor, como se verá en capítulos próximos, sí. Dame pronto tu opinión sobre tu personaje, guapa. Un beso.
PETITA. Hola, Brendis. Antes que nada¿quién es Green Aura, que ha empezado a leerme y dice que tú se lo has aconsejado? Bueno, pues muchas gracias, que parece una chica simpática (porque es una chica¿no? Es que aquí en fanfiction se presupone ya que todos los miembros tienen que ser chicas, al menos en la sección de Remus, y nos olvidamos que existimos lectores y autores masculinos: parecemos una especie en peligro de extinción en esta página). Otra cosa. ¡Genial la foto! Sí, sí, la he visto. Lo cierto es que la vi hace mucho, porque, aunque con exámenes, me conectaba y veía los cambios que se iban produciendo, pero no podía responder porque, ya me conoces, me enrollo y no dejo de hablar (échale un vistazo nada más a las respuestas que ofrezco a los "reviews" y entenderás lo que digo). En ésta se te ve mejor la cara y puedo ya decir definitivamente que eres una chica muy agraciada. A ver si Elena y yo colgamos ya nuestra foto, que está ya seleccionada, pero tenemos poca capacidad de memoria. Quizá borremos los paneles de mensajes con los capítulos. Al fin y al cabo no les veo mucho sentido. Prefiero meter fotos y dibujos. ¡Y mejorar la página, que está horrible. Ya hemos estado hablando Elena y yo y nos vamos a poner este verano muy en serio. Tenemos muchas ideas y esperamos poder ponerlas en práctica. Otra cosa que tenía que mencionarte es la de tu tareíta, como tú pusiste en el asunto del correo. La leí y la estudié, pero, como ya he tomado la resolución, la pongo aquí y me ahorro escribírtelo por un correo. Al fin y al cabo es lo mismo. Me he decidido por Dysis, que es el que más me ha gustado. Además, su significado ("amanecer") creo que puede resultar muy interesante para el valor simbólico que aportará el personaje. Así que espera aparecer pronto a Dysis, que no le queda mucho, puedo decirte. Qué pena me has dado; sabes qué, ahora voy a colgar más a menudo los capítulos para que no tengáis que leerlos a cachos. Me apretaré las tuercas y escribiré más deprisa. De todas formas, ya sé el argumento de cada capítulo. Tengo que ponerme las pilas. Por lo que no te preocupes, ahora podréis leer más: el próximo capítulo lo colgaré, según preveo, dentro de diez días nada más. Y espero poner muchas escenas de humor ya que he visto que te ha hecho tanta gracia la operación de Remus (no sé por qué, se me ha venido a la mente un capítulo dedicado al señor Nicked, muy próximo, que os va a hacer desternillaros). Matt lo tenía que poner en Ravenclaw, además de porque es una de mis casas favoritas (a pesar del poco protagonismo que Rowling le otorga), porque creo que es la que le conviene a Matt. Todavía tiene que demostrar ser mucho más inteligente. Y la luz... Ay la luz. ¿Por qué la odias? Sabes qué, me has dado una idea. Voy a abrir un panel de mensajes en la página web de MDUL para tratar sobre teorías del "fic". Una de ellas será la de la luz (de Wathelpun no abriré ninguna porque me das mucho miedo, jeje). Sí es irreal que Remus se vaya encontrando familiares por ahí (me hizo mucha gracia cómo te pusiste de irónica, con eso de salir a la calle y encontrarte a medio mundo emparentado contigo), pero Richard es un personaje que se menciona desde el principio de la historia; por lo tanto, Benjamin era un personaje que se estaba reservando hasta el momento que Remus fuese famoso y lo pudiera conocer. Sí, después de Sorensen queda... ¿cómo decirlo, extraño, pero así guarda más intriga. Al fin y al cabo, esto va tomando el cariz de una telenovela. ¡Y lo que le queda! A mí tampoco me gusto la pareja Harry-Ginny (bueno, ni me gusta ni me disgusta, la verdad), pero a los hechos reales me baso en este caso: hágase según su voluntad de Rowling me refiero. Y, ya por último, pero si lo he dejado para el final es porque estoy muy, muy intrigado¿cuál es la sorpresita que me tienes? Ansío saberlo. En fin, yo ya creo haberte dado una diciendo que actualizaré más pronto que a lo que he acostumbrado estos últimos meses. Y lo cumpliré. Diciendo eso, y sabiendo que regresaré pronto por aquí, me despido mandándote muchos besos, de tu super hiper mega amigo.
(DEDICATORIA: Este capítulo se lo dedico exclusivamente a dos personas: a Kala Fiction y a Padfoot Himura, puesto que ellas, más que nadie en esta ocasión, forman parte de este capítulo. Disfrutad vuestro debut.)
CAPÍTULO III (EL TAN AGUARDADO SÍ QUIERO)
El elfo doméstico cumplía sus quehaceres bajo la inconstante pero amenazadora mirada de la señora Lupin. Ésta la recorría vagamente por la cocina mientras apuraba su frugal desayuno: un zumo de piña aguado y medio melocotón. Tenía la firme creencia de que una dieta basada en la fruta le proporcionaría un cutis cuidado y liso durante muchos años; pero tampoco deseaba abusar de ellas, considerando estúpidamente que, de hacerlo, le engordarían. Aquélla era una idea fútil cuando tenía una cinturilla tan típica como la de una muchacha a pesar de los mechones de pelo blanco que se ufanaba en ocultar. Tenía también ojos cálidos y penetrantes que movían al estremecimiento.
Lo observaba todo a su alrededor con altivez y cierta pomposidad en las formas, tanto al suspicaz elfo cabizbajo cumpliendo sus órdenes, quien le dirigía de tanto en tanto asustadizas miradas, como el cultivado paisaje que se abría a partir de la ventana. La deleitaba saber que cuantas tierras alcanzaba a ver pertenecían a su familia; aquello le concedía una sensación de poder y triunfo que la excitaba casi hasta el delirio. Su marido, Richard Lupin, se encontraba recaudando entonces las rentas atrasadas de los hombres a los que se las había arrendado para la labranza de las mismas; aquel mago de terrible carácter odiaba por encima de todas las cosas tener que tratar con aquellos muggles sucios y de hablar vulgar, y mucho más con los que se atrasaban en los pagos. A veces se tenía que comedir del impulso de zaherirlos por el brazo con su enhiesta varita frente a sus balbucientes rostros cubiertos de mugre; pero le consolaba el hecho de poderlos maltratar verbalmente con saña cuanto se le antojara.
Aunque, bien pensado, había algo más aborrecible que tratar con aquellos hombres, pero prefería reparar en ello lo menos posible.
La mujer había pensado aprovechar su ausencia para borrar los signos de la cópula que había mantenido con su amante en el dormitorio de invitados la pasada noche, mientras Richard derrochaba en la taberna en bebidas lo recaudado el día anterior. Pero su marido no estaba realmente cobrando las rentas aquella mañana, sino que entró precipitadamente a la casa y llamó a su mujer a voces. Ésta se sorprendió; a punto había estado de avisar a su querido de que estaba sola. Se alegró de no haberlo hecho.
Supo que estaba irritado por el tono inflexible de su voz y temió que hubiera podido descubrir sus infidelidades. Temió lo que podría hacerle. Pero al momento supo, al verlo entrar en la cocina, que no estaba enojado con ella; descubrirlo la tranquilizó. El que no parecía tranquilo era el elfo, que se encogió aterrorizado temeroso de que le sobreviniese una paliza. Muchas había descargado sobre él el señor Lupin desde que Benjamin se fuera, a fin de liberarse de la tensión que en aquellos días lo embargaba.
–Ese maldito licántropo –chilló colérico Richard–. Es más astuto de lo que nos pensábamos, más que un zorro, más que un lobo corriente. Taimado y tenaz. Es un Lupin, después de todo.
–Pero ¿qué ha pasado, cariño? –le inquirió con su voz aguda y mordaz.
–Me he levantado temprano esta mañana para hablar con Jonathan Gallopheart –le explicó después de ordenarle al elfo doméstico despóticamente que le sirviese un segundo desayuno. La señora Lupin sabía bien quién era aquel Gallopheart: un detective privado de tres al cuarto al servicio de su esposo y por el que éste malgastaba cantidades nada mezquinas de oro mágico con el propósito de encontrar a su hijo; ella lo detestaba, desde el comienzo le había dado mala espina, pero Richard pasaba por alto sus sospechas sobre él, tal era el deseo de encontrar a su hijo y someterlo bajo su autoridad de nuevo. Determinó que lo encadenaría en las mazmorras del nivel inferior y lo mantendría a base de pan bazo aguado y avena molida de sus campos hasta que enflaqueciera o pidiera perdón; su mujer dijo que era cruel; entonces Richard supo que era un plan perfecto–. Ha hecho averiguaciones sobre Benjamin, pero está desconsolado. ¡Ese mal nacido de mi sobrino debe de estar entrometiendo sus olfateadoras narices en este asunto! Gallopheart ha hallado numerosas pistas, pero muchas de ellas son erráticas. Cuando parecía que ya íbamos a encontrarlo... Cree que ese dichoso licántropo debe de estar introduciendo pistas falsas para impedir su búsqueda.
–Creo que deberías despedir a ese sabueso –propuso.
–¿A quién, a Gallopheart? No –dijo con tono autoritario–. Sé que es cierto. Ese hijo de perra haría lo imposible por proteger a Benjamin. Y mi hijo se lo debe de estar consintiendo. ¿Has leído los pies de fotos que publican del ministro en Corazón de Bruja¡Todas, todas son de él. Cuando lo pille le propinaré tal paliza que la recordará mientras el mundo sea mundo. ¡A los dos! Aunque la del lobo será de tal brutalidad que, para cuando haya acabado con él, la meretriz de su madre podrá tenerlo en sus brazos de nuevo y nosotros nos habremos librado de ese estorbo.
–Pero ¿qué hay de nuestra venganza? –preguntó la señora Lupin–. He leído que hace una semana nació su último hijo. Sería muy fácil...
–E inútil –gritó fuera de sí–. No, Morgan, no. Quiero que sufran, como nosotros, más aún. ¡Que lloren! Quiero que nos teman de tal modo que no se vuelvan a atrever a afrentarnos de esta forma. Será más difícil, costará más y requerirá de un plan más logrado, pero quiero la cabeza del mayor de sus hijos colgada en el muro de mi despacho. Será un golpe más feroz todavía, pues del pequeño no se han encariñado aún. Pero el otro ya tiene once primaveras; y se las deshojaremos todas de un hachazo. –Sonrió cínicamente–. Le encargaría la misión a Gallopheart, pero tiene escrúpulos; para él espiar es una cosa, matar otra bien diferente.
–Charlotte estaría dispuesta a hacerlo –sugirió.
–¡Mi hija no! –repuso apresuradamente–. No pondré en peligro a mi hija por un cachorro de lobo. Pero todavía hay seres insignificantes bajo mi servicio. –El elfo comenzó a temblar desquiciadamente cuando halló la vista de su dueño fija en él–. El tren volverá de Hogwarts dentro de unos días. Uno de sus pasajeros no volverá a montar en él, Morgan, te lo aseguro.
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En el despacho de Remus Lupin apareció sobrevolando un avión de papel en el que éste en seguida reparó y por el que demoró un instante las firmas de los pergaminos que tenía frente a sí. Mientras lo desplegaba con dedos firmes, no podía ni imaginar siquiera el enojo que le provocarían las dos lacónicas líneas que contenía, puesto que cómo podía esperar él encontrar en aquella carta algo especial cuando recibía al día centenares como ella, triviales e insulsas; las palabras de los hombres del Ministerio nunca lo movían a efecto alguno.
Apretó el puño colérico al leer la escueta epístola y se contuvo de golpear con él la superficie de su escritorio recubierta por doquier de formularios. De haber tenido frente a él al jefe de los inefables en aquel momento le habría hablado de su incompetencia y le habría exigido ponerse al nivel del resto de departamentos. Habría discutido acaloradamente pues grande era su enojo. El día que había comenzado a tripular al mando de aquel navío, hacía ya casi seis meses, solicitó al Departamento de Misterios que se le facilitase la réplica acristalada de una profecía de Merlín que le concernía, la cual supo aguardar con indecible anhelo porque en ella esperaba hallar las respuestas sobre su destino que siempre le parecían prohibidas. Pero ahora, de improviso, después de tanto espacio de tiempo almacenando esperanza, le comunicaban que creían que el vaticinio reclamado estaba perdido o bien había sido robado mucho tiempo atrás. El disgusto de Remus aumentaba mientras la posibilidad de averiguar algo sobre el príncipe mestizo, sobre sí mismo, en cambio, se desvanecía.
Pero, repentinamente, tuvo una idea, y le pareció tanto mejor que escuchar la aletargada voz del druida tras abrir el cristal que la encerrase que sintió el impulso de reír a carcajadas.
Se levantó precipitadamente para dar cuenta de su disposición a su secretaria, la joven Ann Thorny. Nunca se había aprovechado de su cargo de superioridad para hacer algo semejante, pero pensaba comunicarle que se iba a marchar ya, aunque fuese aún media mañana, puesto que había asuntos de los que deseaba ocuparse personalmente. No podría impedírselo. No tenía por qué; bien podría hacer al día siguiente lo que le tuvieran planeado para aquél. La secretaria, como si hubiera intuido que quería hablar con ella, abrió la puerta atropelladamente. Remus se sonrió, divertido. Se encontraba satisfecho de que no hubiera entrado un momento atrás, cuando se hallaba tan iracundo. Se alegraba de que su estado de ánimo hubiese cambiado tan bruscamente como tornan los cielos en un instante de la noche al día. Ann decía que su humor se volvía en ocasiones algo agrio a causa de la tensión que conllevaba el cargo de ministro, y Remus no podía negarlo; era evidente. Hasta su mujer se lo había dicho; pero a ésta no le molestaba en exceso, sabedora de lo que era un oficio de responsabilidad. La joven secretaria siempre se había mostrado muy amable con él cuando lo encontraba en aquellas situaciones: lo hacía interrumpir unos minutos sus quehaceres, le preparaba un café templado y conversaba con él, e incluso le hacía masajes en el cuello que conseguían relajarlo. Jamás podría olvidar lo afectuosa que había demostrado ser en los días consecutivos a la aparición de su tío en aquel despacho, cuando cualquier atisbo de sombra producía en el licántropo un temblor. Pensaba agradecérselo con una gran cesta de navidad que, debido a su desorbitado tamaño, con penalidades cupiera por el hueco de la chimenea.
–Tiene visita, señor Lupin –anunció impasible.
Remus se sonrió. No entendía por qué su secretaria, a pesar de que él había insistido fuertemente en aquel punto, no conseguía desembarazarse por completo y volverlo a llamar Remus. A secas.
–¿Tiene cita? –preguntó ceremoniosamente.
–No, él nunca las ha pedido. ¿Desde cuándo eso importa? –Remus quedó ligeramente contrariado–. Ah, señor Lupin, se me olvidaba. Acaba de llegarme un recibo del florista acusando la recepción de la sexta rosa por parte de su esposa.
Aquella noticia aumentó la euforia intacta del licántropo. Desde que su tercer hijo, Alby, naciera, Remus le había enviado a su mujer cada mañana una rosa recién cortada, la más olorosa y perfecta que se encontrara en jardín alguno del mundo, costara lo que costase. Aquel agasajo era recibido puntualmente por la adivina con una sonrisa, extasiada de ilusión. Al décimo día, le llevarían un ramo completo de rosas blancas y la invitaría a cenar con él íntimamente junto a la piscina cubierta ya acabada. Después pensaban estrenarla de noche. Remus aguardaba aquel momento con ansiedad; para entonces las secuelas de Helen del parto estarían completamente curadas y podría hacerle el amor. Deseaba hacerle el amor y estrenar su vasectomía. La larga abstinencia lo abrumaba y ayudaba a que la tensión fuese mayor en caso de surgir.
–Muchas gracias, Ann –dijo Remus–. Haz pasar a quienquiera que sea que me está esperando. –La joven, resuelta, se dio la vuelta para cumplir su orden. Remus la detuvo una vez más diciéndole–: Ah, y, por favor..., no más visitas. Ni correo. Atenderé ésta y me iré, tengo cosas pendientes.
La secretaria asintió sin apuntar nada.
Una vez ella le hubo dicho que pasara, un hombre delgado y de impresión agradable franqueó la puerta. El licántropo pareció alegrarse con la visita; lo recibió con un fuerte apretón de manos y una ancha sonrisa. El hombre que tenía ante sí era tal vez unos años mayor que él, de fuerte cabello color zanahoria y mandíbula prominente. Sonreía constantemente. Una espesa barba del mismo tono ocupaba casi completamente su rostro, dejando sólo al descubierto unos pómulos enrarecidos, una nariz sobresaliente y unos ojos cándidos y entrañables de color verde. Sus ropas no eran ostentosas sino más bien cómodas, holgadas y de colores que transmitían laxitud.
Remus lo condujo hasta su escritorio golpeándole afectuosamente repetidas veces en el brazo. El hombre se dejaba hacer sonriente, sin despegar los labios. Una vez se hubieron sentado, Remus le inquirió:
–¿Quiere una taza de café, de té, una cerveza, cualquier cosa?
–Agua sólo, gracias –respondió–. No deseo molestar.
Remus no se inmutó. Estaba acostumbrado a sus extravagancias. Sirvió en un hondo vaso su petición y se la ofreció cortés, mientras para sí había preparado un trago de coñac. Sabía que lo necesitaría. Si sus noticias eran favorables, brindaría con él; si no, habría de emborracharse.
–Bueno, estimado Gallopheart¿qué le trae por aquí?
Jonathan Gallopheart habló solemnemente, con una voz pausada y rítmica que llegaba a debilitar incluso.
–Le traigo noticias, señor ministro. Recién salidas del horno. Su tío acaba de visitarme. –Remus enarcó ambas cejas, impaciente y apremiante a un tiempo–. Sigue mordiendo el anzuelo, el muy crédulo. –Remus no pudo contener una risotada, mezcla de la eclosión del nerviosismo y de la satisfacción que le producía la noticia. Gallopheart se limitó a sonreír ampliamente–. Se tragó mis embustes con la misma facilidad que un párvulo, es asombroso. Terriblemente asombroso cuando se jacta por todas las tabernas de que es uno de los mejores legeremánticos que existen. Incluso ha caído en lo de que las pistas conducían misteriosamente hasta un muggle gordo y de aspecto poco aseado en Londres; y en lo de que necesitaré varias semanas más para volver a seguirle la pista a Benjamin.
–Excelente trabajo, Gallopheart –lo felicitó Remus contento–. Su eficacia nunca dejará de sorprenderme. Más bien al contrario. Brindo por usted.
Aquel hombre, en lugar de sonreír o mostrarse alegre cuando el ministro alzó su copa por él, pareció encogerse conmovido de pronto. De pronto soltó, rápidamente como si quisiese librarse de aquel pensamiento lo más aprisa posible:
–En lugar de eso debería usted ser sumamente cuidadoso.
–¿Por qué? –preguntó Remus intrigado.
–Porque ese hombre es cruel. Más cruel de lo que yo haya visto jamás. Algo se trama, lo sé, aunque no me lo ha dicho; no termina de confiar en mí como para intimar de esa forma y confesármelo. Pero huelo la maldad en la gente, y ese hombre apesta. Se está enfadando, señor ministro.
–Usted que lo ha tratado últimamente¿de qué cree que sería capaz?
–No lo sé, señor ministro. ¡De cualquier cosa! Está loco, ido. Yo en su lugar tendría pánico. Ya tengo pánico por usted –insistió desesperado– y rezo porque no le pase nada.
Remus tomó un largo trago de su copa de coñac. La mirada de Gallopheart lo contemplaba incandescentemente, sin parpadear casi, devorándole las entrañas con un gesto apremiante. Deseando apartar fútiles pensamientos de sí, de los que ya creía haberse librado, blandiendo un gesto de mano nervioso, terció con una sonrisa torcida:
–Y con el dinero que le ofrece Richard Lupin¿qué hace¿Continúa con su plan?
–Por supuesto –contestó seguro de sí mismo–. Todo su impuro oro mágico sigue destinado en obras de beneficencia. Yo haré con su dinero lo que él jamás se atrevería a hacer.
–Es usted un gran hombre, Gallopheart –le dijo Remus con voz suave.
El hombre sonrió, la vista gacha para no enorgullecerse con aquel comentario, del que no alardeó. Se bebió su agua de un solo trago y se puso en pie precipitadamente.
–Me voy –anunció el detective Gallopheart de pronto–. Ya le he hurtado varios valiosos minutos y no es mi intención seguirme aprovechando de usted. Tan sólo quería informarle. –Inclinó ligeramente la cabeza y añadió–: Que Rowling lo proteja.
Remus lo imitó y lo observó mientras se encaminaba hacia la puerta. Sus pasos eran lentos pero seguros. Al ir a girar el pomo de la puerta, otra mano al otro lado se le adelantó y una precipitada y caótica Hermione Granger accedió arrojada al despacho. Ann la siguió con el ceño fruncido y la respiración agitada. Gallopheart las contempló un momento perplejo, luego se despidió igual de sentenciosamente de ellas y se marchó. Hermione caminó resuelta hasta el despacho de su antiguo profesor, donde dejó caer un pesado informe que éste miró desdeñoso; le intrigaba más la actitud de ambas jóvenes.
–Señor Lupin –exclamó su secretaria–, he intentado detenerla, pero me ha sido imposible.
Remus sonrió.
–No importa, Ann Thorny –la disculpó–. Atenderé a la señorita Granger gustosamente. Ella tampoco requiere de cita previa¿verdad que no, Hermione? –Le dedicó una sonrisa pícara que le fue correspondida con gratitud y regocijo–. Pero al próximo que pregunte por mí dile que he salido ya, que no estoy.
La muchacha asintió y los dejó solos sin añadir palabra.
Remus pidió educadamente a Hermione que se sentara y ésta lo hizo recatadamente. Tenía las mejillas ligeramente sonrojadas. Al licántropo le divirtió la escena. Con Harry y con Ron había hablado a menudo desde su elección, pero no sucedía así con aquella chica, que parecía ligeramente embarazada de encontrarse frente al Ministro de Magia, al parecer ignorando el hecho de que éste fue con anterioridad su más atento profesor de Defensa contra las Artes Oscuras. Por hacérselo recordar, le volvió a sonreír y le habló cariñosamente, empleando el mismo tono pausado y melancólico que a menudo había utilizado en sus clases:
–Granger... Estás hecha toda una mujer. –La chica se volvió a ruborizar–. Deberías pasarte más a menudo por mi despacho; tu novio Ron sí que lo hace. No hace falta que pidas cita, de verdad; en cuanto salgas le indicaré a Ann que te deje pasar siempre que vengas.
–Gracias –dijo ella alegremente.
–Pero ¿qué te trae hoy por aquí? Veamos –dijo cogiendo el informe que había dejado sobre su escritorio–. Imagino que tiene que ver con esta carpeta. –Leyó la etiqueta de la parte frontal–: «Anteproyecto de ley en favor de los derechos de los elfos domésticos.» –Pugnó interiormente por que la sonrisa que luchaba por relucir en sus labios no lo consiguiera–. Ya me estaba preguntando cuándo vendrías a proponérmelo. ¿Me lo puedes sintetizar?
Hermione asintió una única vez. Después habló precipitadamente, como si hubiese estado esperando largo rato decir todo aquello y deseara exponerlo en un nimio instante.
–El elfo doméstico es una especie maltratada desde la época clásica, al menos que se tenga constancia; se sabe que los antiguos brujos que ocupaban el monte Olimpo tenían bajo su servicio siempre a algún individuo de este género y lo sometían a humillaciones constantes, así como obligarlo a escanciar su ambrosía constantemente; también eran los responsables de mantener la pulcritud en sus juegos cívicos. Sus derechos no han mejorado, desafortunadamente, desde entonces. Siguen sin apercibir ni un salario mínimo, sin contar con días de descanso ni de vacaciones, sin dejar de sufrir palizas desorbitadas. Y, pese a todo ello, comparten un código de fidelidad con sus adquisidores que no es fácil de hallar en ninguna otra criatura, ni tan siquiera el ser humano. Por ello se propone en ese anteproyecto que los elfos gocen de esos derechos y que, a partir de ese momento, sean llamados elfos simplemente; no elfos domésticos.
»Una vez estos métodos hubiesen sido llevados a cabo con éxito y los elfos dispusiesen de ellos, sería inevitable ampliar el decreto de restricción en el uso de la varita; son inteligentes, eso basta para que puedan usarla. Después deberían ser incorporados al menos con un miembro representativo en la Confederación Internacional de Magos, Sede Británica.
Remus aguardó pacientemente.
–Mi superior, Peter Boyens, ha leído el informe y le ha parecido excelente –prosiguió con cierta acritud–. También han opinado así algunos de mis compañeros. Y hasta el Organismo Internacional de Normas de Instrucción Mágica quiere que le pase una copia para probar a poner en práctica la ley en otros países. Ninguno piensa que sea difícil de conseguir.
Hermione permaneció insegura, mordiéndose el labio inferior con desesperación, estrujándose el doblado de la túnica a la altura de la rodillas, en tanto Remus la miraba a ella y al informe indistintamente, reflexionando. A continuación abrió la carpeta y hojeó el grueso papeleo. La muchacha estaba deseosa de que expusiese su opinión. Como no lo hiciera, le imprecó:
–Bueno¿qué opinas?
–¿Quieres que te diga la verdad o que te mienta? –le preguntó a su vez.
–La verdad, imagino –respondió al cabo de un instante de meditarlo.
Remus rio estrepitosamente y, una vez se hubo repuesto, habló más relajado y con voz menos divertida:
–Yo tampoco pienso que sea difícil, Hermione. Todo lo contrario, sería sencillísimo. Altas sanciones para los que incumplieran la ley, es decir, maltrataran a un elfo o lo esclavizaran; nadie se atrevería a incumplir una norma por temor al castigo. Mi afecto por los elfos domésticos, si bien no tan intenso, es parecido al que tú les profesas. –Su tono se endureció–. Pero hemos de ser realistas. ¿Quién aceptaría algo así? Los poseedores de elfos domésticos son, en gran medida, familias que durante generaciones han permanecido fieles al mantenimiento de la sangre pura. Ninguno de los dos cree posible que éstos vayan a cumplir la ley. ¡Nunca lo han hecho! Y tampoco ayuda mucho, la verdad, la actitud de los elfos, cuyo talante es favorable a esos desmerecimientos.
»No obstante –apuntó para mejorar el ánimo de su receptora–, me comprometo a leer con atención tu informe y a discutirlo contigo un día que concierte mi secretaria y que te habrá de notificar. A pesar de los impedimentos, quisiera llevar adelante tu proyecto de ley. –Hermione sonrió radiante–. Aunque tengo que advertirte que me temo que la Cámara Determinadora propondrá un referéndum en este caso. Tal vez eso nos sea favorable; o tal vez no. Realmente todavía no lo sé.
–Gracias, Lupin –exclamó Hermione tan alegre como si acabaran de ratificar su propuesta de ley.
La chica rodeó el escritorio y abrazó al licántropo con fuerza. Éste se dejó hacer con benevolencia. Cuando se separó, el hombre le preguntó:
–¿Era por la ley o por el abrazo por lo que venías a verme¿O ambos¿O acaso hay algo más?
–No –respondió incómoda de pronto–. Sólo venía para comentarte lo de la ley.
–Y ya lo has hecho –dijo Remus poniéndose en pie–. Lamento tenerte que dejar, pero tengo otras ocupaciones de que encargarme. –Le guiñó un ojo mientras recogía del perchero junto a él su grueso abrigo de piel–. Espero que no te moleste. –La chica cabeceó insistentemente, por lo que Remus, cómico, sonrió–. Repito lo dicho, Hermione, me alegro mucho de verte. Dale recuerdos a Ron y a tus padres de mi parte cuando los veas.
La acompañó hasta la puerta y la despidió contento. No pudo dejar de percibir la agria mirada que, en el último momento, su secretaria y ella se habían dirigido, pero pensó que no había de darle importancia a aquello, que pronto se les pasaría el berrinche a ambas. Ann no le preguntó en ningún momento por qué se marchaba, lo que, en cierto modo, le satisfacía; no tenía muy claro si estaba haciendo lo correcto, por mucho que se repitiese que aquélla era la primera y sería la última vez que se marcharía antes de tiempo. Su secretaria se limitó a preguntarle si todo marchaba bien; como Remus le respondiera, sonriente, que sí, la expresión de temor del rostro de la joven se disipó. El licántropo se despidió de ella y le rogó encarecidamente una vez más que dejase todo el correo que recibiera sobre su escritorio.
Se apareció repentinamente en el callejón Diagon, entre una tumultuosa muchedumbre, insolente y descuidada por más señas, que deambulaba caprichosamente sin guardarse de empujones y atropellos en pos de alcanzar la tibia y reconfortante comodidad de las chimeneas encendidas en los establecimientos a los que se dirigían a toda prisa. El cielo se extendía plomizo y nevaba apaciblemente sobre Londres, de modo que calles y tejados estaban recubiertos con un brillante manto blanco. Una anciana de aspecto encorvado pareció atropellar a Remus deliberadamente para apartarlo de en medio; prosiguió rauda su camino, farfullando soeces y amenazando con el puño derecho en alto. El licántropo no contempló siquiera la idea de que lo hubiera podido reconocer; aquel otoño había adoptado el hábito de alzarse el cuello de la túnica en público a razón de pasar desapercibido. Sus facciones quedaban semiocultas caminando él cabizbajo; para reconocerle habría sido necesario prestarle suma atención. Y aquel desenfrenado y frenético gentío no parecía dispuesto a interesarse por nadie.
Apenas unos metros de improntas sobre la nieve hubo de dibujar para descubrir la fachada de la biblioteca, la cual se detenía ahora siempre a contemplar desde su reciente reconstrucción. Era negra, pero sólo en invierno, pues le habían dicho que en verano, con la llegada del calor, se tornaría blanca; anhelaba ver ocurrir aquel prodigio espectacular. Tenía un inmenso pórtico abierto a la calle por tres luminosas arcadas de medio punto en el que, en ese momento, unos jóvenes cautos se estaban protegiendo de la intemperie. Sobre el tejado inclinado del pórtico sobresaliente se había erigido un impresionante frontón que, por bien visto que estuviera, siempre obligaba a los transeúntes a levantar la vista para admirarlo de nuevo. En todos el grabado de su interior provocaba sonrisitas, y los que iban acompañados se daban de codazos los unos a los otros para llamar la atención sobre él y poderlo comentar; la primera vez que Remus y Sorensen lo vieron, estallaron en una carcajada hilarante. Representaba un cómico conjunto de siete dragones de las más diversas razas, los que, descansando sobre una colina, aprovechaban su ociosidad para leer. Un dragón reía con una comedia, otro lloraba con desolación por su tragedia, otro se mordía las uñas intrigado con su novela policíaca, y así con todos hasta que a ninguno le faltaba su particular personalidad literaria. Bajo del frontón, inscrita en un largo friso, languidecía todavía la erudita cita escrita en griego conforme a los deseos de su hermano; sobre él, tres esculturas de tamaño medio, obras del mismo tallista que había esculpido el grabado del friso y del frontón, gobernaban hieráticas e impasibles los tres vértices de este último. Las tres estaban entonces congeladas. Las de los ángulos inferiores eran un par de gárgolas de apariencia horripilante, expresión diabólica y postura imposible. Cuando llovía escupían agua por sus fauces desencajadas. La figura de la cúspide era un angelillo de alas desplegadas, como con intención de retomar el vuelo, cuerpo infantil totalmente desnudo y manos en actitud de orar. Remus se sentía sumamente orgulloso de ella; el escultor le había conferido sus mismas facciones, de manera que, como era de esperar, Corazón de bruja descargó sobre ella numerosas fotos y le dedicó varias páginas de su semanal.
Pero el principal cambio se había operado en el interior, puesto que el dinero, mordaz colega, puede modificar los bienes materiales para bien, pero rara vez los corazones de los hombres se sienten tan esperanzados o apasionados como para jugarse la cabellera. Sorensen, demostrando ser mucho más emprendedor de lo que la mayoría hubiera creído posible en él, lo había hecho. A oídos de Remus llegó la noticia de que el bibliotecario estaba empleando los fondos suministrados por el Ministerio de Magia con otros fines distintos de los términos expuestos para el apercibimiento de los mismos, pero Remus no hizo nada; le intrigaba conocer cuáles eran los tejemanejes que se traía entre manos su hermano. Pero en realidad no emprendió movimiento alguno porque en su fuero interno sabía que no tenía razón ninguna para desconfiar de él. Lo dejó hacer a su libre albedrío. Y ahora se felicitaba por su acierto.
La biblioteca había prosperado gracias al arrojo de su administrador, Sorensen Fosworth. Éste se había regocijado en extremo al recibir a su hermano y conocer de él la cantidad que el Ministerio le ofrecía mensualmente, siguiendo fielmente sus evidentes exigencias el primer mes. Pero en agosto empleó el dinero en beneficio propio; adquirió un gran número de libros viejos de usuarios particulares y los revendió por un costo superior tras reparar sus posibles imperfectos. Los ingresos a favor de la biblioteca no se hicieron de esperar; en octubre ésta pudo reponer los quinientos galeones al mes atrasados y aún disponía de un excedente tan abultado que podía seguir adquiriendo libros de segunda mano. El germen del negocio había echado raíces y una librería de viejo se había instalado en el interior de la biblioteca. Sorensen acogió por entonces incontables felicitaciones por su audacia, ya que no sólo contaba ya con el oro mágico del Ministerio, sino también con los ingresos de la venta en la librería.
Ésta le reportaba clientes, dinero y lectores para su biblioteca. Nunca se había visto tanta actividad en ella. Siempre encontraba con facilidad compradores para los libros en venta, y también vendedores para reponer el material del expositor de la librería, de la que se encargaba un joven taciturno que Sorensen había contratado por sus aptitudes intelectuales. Sin embargo, los libros más curiosos o valiosos, en lugar de ser expuestos a la venta, eran incorporados al catálogo de la biblioteca inmediatamente después de que Sorensen los examinara con atención en su despacho. Casi siempre se le encontraba allí, enfrascado en la lectura o estudiando la economía del edificio, mientras que, fuera, eran los cinco aprendices que había podido contratar los que se encargaban de atender a los usuarios de la biblioteca en sus peticiones y consultas. Ninguno de éstos solía ocuparse normalmente del ministro; siempre que Sorensen estuviese, sabían que era a éste a quien se dirigiría y con el que querría hablar, de manera que avisaban a su encargado directamente.
Se acercó hasta uno de ellos, de tez redondeada y blanquecina, y le preguntó si estaba su hermano y dónde podía encontrarlo de ser así. El chico lo condujo hasta su despacho. Al igual que con los aprendices, hasta el momento de aquella inesperada prosperidad Sorensen como despacho no había disfrutado más que de un centenario y pobre escritorio y una incómoda silla sobre la que prefería ni reclinarse a razón del intempestivo crujido que ocasionaba. Pero también aquello había cambiado. En una esquina apartada del recinto, para aprovechar sus muros, había dispuesto su despacho, de forma que se hacía precisa únicamente la elevación de otros dos gruesos testeros para otorgarle intimidad y apartarlo de posibles miradas inquisitivas.
En efecto, lo encontró allí. Tenía la vista casi pegada a un deshecho pergamino de curiosa caligrafía y llamativos motivos, y entre ésta y el tomo polvoriento mediaban unas gruesas lentes sobre su tabique nasal que Remus jamás le había visto antes de esa ocasión. Estaba tan concentrado en la lectura que se hizo necesario que el muchacho carraspease con disimulo. Sorensen alzó la vista, sonriendo aún vagamente, y, al descubrir a Remus, le indicó al aprendiz que se podía retirar. Las gafas le provocaban la ilusión óptica de que sus ojos habían doblado su tamaño habitual, conque Remus no pudo reprimir sonreírse; Sorensen, al percatarse, se las quitó de inmediato. Las guardó en un cajón y, después, con expresión fervorosa, recogió las macilentas hojas del tomo desencuadernado de su atril, las ordenó y las depositó cuidadosamente sobre un estante. Volviéndose hacia el licántropo, confesó en un arrebato entusiasta:
–Aristóteles. Tan increíble y apasionante como verte a ti por aquí. ¿Cuánto hace de la última vez: tres meses, cuatro...?
–Exageras –repuso Remus con el ceño fruncido–. Fue hace sólo cuatro semanas. Aunque, en cierto modo, tienes razón y debería disculparme; los asuntos en el Ministerio me tienen ocupado hasta un punto que no hubiera creído posible.
–Y ¿qué –insistió–, buscando un libro para los escasos ratos de ocio?
Le respondió que sí.
–Dime cuál es y yo mismo te lo buscaré.
–¿Recuerdas el libro del que Albus me mostró la profecía sobre el príncipe mestizo, el de Merlín? –Sorensen asintió pesadamente–. Quisiera echarle un vistazo.
Sorensen reflexionó un instante sobre la petición de su hermano antes de responder, y después, sin decir nada sino más bien encogiéndose de hombros, avanzó hasta la puerta, de donde descolgó una lámpara de queroseno que se hallaba suspendida de una puntilla en la pared. La encendió y le exclamó a Remus apremiante:
–Sígueme.
Lo condujo hasta la antigua trampilla que comunicaba con el subsuelo de la biblioteca. También ésta era ahora diferente. Habían levantado un muro bajo con forma circular alrededor de la misma, cual un pozo, sólo abierto por un estrecho hueco a fin de que nadie pudiera caer. Al bajar por él se accedía a una escalera pétrea en espiral.
Cuando descendieron el último escalón casi se dieron de bruces contra los libros. Había más estanterías que la última vez que había estado allí abajo, pues además intuía que serían de reciente incorporación, y el ambiente que se respiraba era polvoriento, cargado y casi mefítico; por ello, Remus se cubrió el rostro con un pañuelo. Su hermano, en cambio, parecía deleitarse con aquella esencia, hinchando las aletas nasales como con intención de aspirar todo el olor allí enclaustrado. Lo dirigió por los asfixiados pasillos sin titubear, sosteniendo delante de sí la lámpara, que hacía oscilar de lado a lado para poder leer los títulos de los libros.
Sorensen comenzó súbitamente a hablarle sin detener el paso, tan sólo dirigiéndole de tanto en tanto miradas por encima del hombro para cerciorarse de que lo escuchaba o, bien, para comprobar que seguía tras él, que no se había perdido:
–Hermano, no desearía tener que recriminarte por ello, pero creo que estás demasiado apegado a los designios del futuro, como un niño a su juguete favorito. Eres demasiado intransigente. Muchos pasamos por la vida como en una obra de teatro, de acto en acto, sin habernos leído el guion ni siquiera; pero tú pretendes averiguar el final aun cuando todavía se está representando una escena intermedia. Muy impaciente, desde que te conocí siempre lo dije. –Resopló cansado–. Somos hombres cultos, Remus, pero se necesita mucho más que eso para desentrañar un misterio como ése. Merlín, la pitia de Delfos... ¡Incluso Helen¿Crees que hay muchos más? Si deseas que te sea franco, hay ocasiones en que me pregunto si de verdad existe el destino o si en realidad son sólo patrañas de éstos.
–Yo no opino igual que tú –reconvino lacónicamente–. Tarde o temprano todo se cumple. –Y después, como accionado por un resorte, le inquirió–¿Tú has leído el libro que te he solicitado?
–Oh, sí, por supuesto –aseguró–. Hace muchos años, cuando comencé a trabajar en esta biblioteca. Me apasionaba este depósito y lo leí vorazmente. Entonces, como recordarás, tenía poco trabajo que me lo impidiera. Y, si vuelves a querer saber qué opino, te diré que no creo que haya en él nada que tenga que ver contigo.
–Al menos nada que en un principio parezca tener relación conmigo –refutó.
–Hermano –volvió a decir con el mismo tono acre de reconvención–, sabes que sólo quiero lo mejor para ti. No puede traerte nada bueno estar siempre con las miras puestas sobre el futuro, sobre tu porvenir. ¿Qué hay sobre construirlo? Esperas que sean los libros, los adivinos, los ancianos sapientísimos, los que te guíen, pero qué hay sobre ti mismo. ¡No es su destino, sino el tuyo, y qué sabrán ellos del destino de nadie. Olvídate de tu futuro y ocúpate del presente, todo te irá mejor.
–Todo me irá bien –reconvino Remus con simpatía–. No te preocupes por mí.
–¡Me preocupo porque sé lo que les ha pasado a muchos hombres que prestaban más atención a los vaticinios sobre ellos que a dónde dormían o al qué comían! –exclamó hecho presa de un enojo pasajero, detenido y vuelto hacia el licántropo. Retomando un poco la compostura, liberó un grueso tomo de la estantería frente a él y se lo tendió a Remus con gesto mohíno–. Aquí tienes. Haz lo que te plazca. Sé que no voy a poderte convencer. Debes de ser tan terco como nuestro padre.
Aquel comentario escupido por la cólera del momento ofendió a Remus, pero, como creyera que sólo era eso, un desplante momentáneo, lo ignoró. Tomó el libro y se forzó a sonreír.
–Estaré bien –repitió–. No hace falta que lo escanees con tu varita para prestármelo; estaré en la sala de lectura estudiándolo.
–Y yo en mi despacho si me requieres para cualquier otra cosa –añadió con tono inclemente y se marchó aprisa, con tanta celeridad y tan de improviso que Remus no pudo seguirlo.
Remus salió del depósito sin prisa, exultante, con el libro bajo el brazo. Ya en la sala de lectura escogió un puesto que ocupar, lo más apartado posible para que nadie pudiera reconocerlo y, en consecuencia, nadie pudiera molestarlo o importunarle. No le importaba ser popular, pero le fastidiaba el que, en ocasiones, la gente se pensase que su vida era de tal forma de su competencia que podían hacerle todas las preguntas que se le antojaran. Se ocultó en una mesa tras la última estantería, por donde pasaban pocos lectores, y los que lo hacían ninguna atención le prestaron. Mas, por temor, se cubrió con su capa hasta el cuello fingiendo que tenía frío y se agazapó.
Tomó un candelabro de tres brazos y se lo aproximó para ver mejor. Abrió la cubierta del libro y descubrió la trémula insignia que en él lord Voldemort había plasmado en su juventud, cuando lo leyó. Sintió un escalofrío de verdadero entumecimiento, agitado por un relente invisible, cuando pasó un tembloroso dedo enhiesto por encima y sintió su rugosidad. Después de aquello, pasó la página aprisa; Voldemort había sido derrotado, pensó, de manera que cómo habría de amedrentarlo su solo recuerdo plasmado en un sello de roja tinta. Se sonrió, infundándose valor con agradables recuerdos que no lo atormentasen y mofándose en silencio de su propia pusilanimidad.
Decidió entregarse de inmediato a su lectura, ansioso de perforar y devolver a la luz los antiquísimos secretos que se protegieran tras aquellas páginas. Pero, al encontrar la página del prólogo profusamente decorada con coloridos iluminados, halló desconsolado la primera dificultad: la caligrafía característica del gótico era monótona y apretada, como un rebaño bovino que el pastor se esfuerza por que cruce un camino completamente reunido. Sin embargo, se infundió ánimo y lo intentó, descubriendo esperanzado que, en haciéndolo con gran tiento, era capaz de interpretarlo.
El prólogo comenzaba así:
«Yo, maestro Myrddin, Merlín fijo de Taliesín nomnado, decano de la Orden de Druidas de Gloucester (hoy Orden de Merlín), dejo por escripto esto que aquí se lee en el anno 434, en los tiempos de Gemino Balzic el Impostor (finalmente se demostró que era el heredero legítimo e non su gemelo), en una cabanna perdida de la mano de Rowling, en la qui me acompannan mi seruicial Also, mi palafrén y una gallina clueca, qui, por suerte, parece haberse cansado ya de picotearme. Surgí del redondo ventre de la princesa Charis d'Avallach, qui me ensennó las vías de la magia; del bardo de mi padre adquirí un poder ilimitado. D' él unos dixeron que fue engendrado por el diablo; otros, qu' era él mismo. Yo no lo sé, murió pronto para que pudiera aueriguarlo.
Tandem magice est magice.
Si mi poder es peccado no habría ayudado a tantas personas. Ni de tantos hechiceros se habría librado. Servirá éste de instruido tractado de poderes secretos para aquél que lo desee, encontrando en él principios harto sapientos con los que se pueden hallar medios más poderosos que la más terrorífica de las tempestades, más devastatores que el más agudo de los terraemotos. Se puede controlar la natura, dominar el ipse corpe e la mente e fundirse con el cisma de la magia, copulando con un poder inpensable.
Mas sigue habiendo en mí un poder prodigioso qui me face estrimecer, el de vaticinar lo pasado, lo presente y lo venidero. Las profecías occupan todos los días mis ojos de halcón e mi pecho se inflama con linguas de fuego danzarinas; he asistido a la caída de reyes, al alzamiento de hechiceros, al despliegue de terras, de injurias e de tramas fasta que nos alcance el día del juicio et el mundo se extinga e la flama fluya por nostras aldeas e por intre nostros huesos podridos. Es nostro destino, el sino del orbe completo. También daré cuenta de todas estas profecías para conocimiento de todos.»
Levantó la vista del pergamino para relajarla un momento. Era insufrible tenerla fija sobre aquellas letras menudas y redondeadas, y los ojos le escocían; empezaba a entender por qué su hermano se usaba de las antiestéticas lentes que le acababa de ver.
Retomó la lectura, la cual, a continuación, divagaba sobre el poder del vaticinador. Aquellas palabras resultaron cercanas y sentidas para el licántropo, porque era como si fuese su mujer la que hablase por ellas y se sincerase con él. En verdad la consideraba por su don asimismo como ella lo compadecía a él por su maldición licántropa. Las visiones de Helen se habían recrudecido hasta tal extremo que ella también las consideraba una maldición; atrás había quedado el tiempo en el que, alentada por su madre, las creía un don de los ángeles. Desolado, asistía con impávida y frustrada impotencia a los estertores de que era presa su mujer, que se encogía estremecedoramente, transportada por una pasión dolorosa que la zahería como golpeándola cada vez que preveía algo. Siempre había sufrido la indescriptible agitación de dolorosas visiones en que compartía el sufridor martirio de la víctima ante un daño execrable y desaforado, pero jamás con aquella frecuencia. Ahora era capaz de predecir cualquier nimiedad; pero la seguía frustrando la imposibilidad de poder adivinar cosas a su libre antojo. Por ello mismo seguía tan alicaída. Y en las palabras que acababa de leer había descubierto que el mismo desasosiego embargaba a todos los adivinos, como un gremio maldecido por impía injusticia.
Siguió leyendo:
«Fatum magnus liber est. Por doquier se leen los indicios que deja el destino, por doquier, mas non todo el orbe ha la capacidat de descifrar sus dicencias. Magnus ignotusque. Una támara truncada puede significar qu' un omne l' ha cortado, o qu' el viento l' ha sesgado, o qu' en una tempistad un rayo l' ha alcanzado, teniendo ínfimas repercutiones para el bosque; mas, empero¿qué puede significar qu' un omne decida intra una vía et otra e qué repercutiones pueda tener? Conoce el destino e tu destino se te dará a conocer a ti. Cognosce tibi.»
Y la página del prólogo acababa con estas palabras:
«Quod quis dixit ut fatum non scriptum esset?»
Alguien le tocó el hombro y el licántropo se agitó sorprendido; había estado tan enfrascado en la lectura, había conseguido tan vívidamente adentrarse en el libro, que se había llegado a asustar con la repentina interrupción. Al principio pensó que alguien lo habría reconocido. Al volverse se maravilló de haberse equivocado, ya que era su hermano con expresión hierática el que se hallaba detrás de él. En la mano sostenía una taza de café. Remus entendió al punto que era para él e hizo sitio en la mesa para que la dejase encima. Al hacerlo, le susurró un balbuciente agradecimiento y su hermano, que seguía parco en palabras y tozudo por su reciente refriega, se traicionó sonriéndole con mueca que pregonaba su inconfesable culpabilidad. Se marchó con menor sobrecogimiento del que había traído consigo en un principio.
Remus echó un trago a la bebida. Estaba suave y dulzona, además de templada, lo que se agradecía en aquel septentrional y recóndito apartado de la biblioteca. Una vez se hubo calentado las manos sobre la cálida taza humeante, se aventuró a hojear el tomo de nuevo. Era en exceso voluminoso y él, en extremo impaciente, conque deseaba hallar el vaticinio que años atrás le leyera Dumbledore y averiguar si se decía algo más sobre él.
Al fin lo encontró:
«Reescrivo estos uersos ca por perdidos los primeros tengo
en el incendio que mis enimigos prouocaron en mi casa.
Me asaltó durmiendo ha quince annos ya un suenno,
un vaticinio qui fizo en mí grant confusión grand mannana:
siete días e siete noches nítido su rostro pude ver.
La oscuridad se cernirá sobre el orbe en días oscuros,
un hechicero traerá el terror con su ánima mudada,
príncipe mestizo será el omne con un poder que no ha ninguno,
intra sus venas la magia de tres sangres en él mezcladas.
Nadie, sino él, podrá salvar al predestinado a vencer el mal pues por su mano no ha de morir.»
Conteniendo la emoción, se percató de que, concluidos los versos acrósticos, la profecía continuaba en forma de prosa, tal y como él se había temido y tan ansiosamente aguardaba. Reprimió sus imperantes deseos de gritar jubiloso. Pasó rápidamente las hojas consecutivas para descubrir con extraordinario placer que todas ellas se hallaban dedicadas al príncipe mestizo. Se sentía excitado.
Apuró el café y continuó leyendo:
«Después dixo Dios: "Fagamos al omne a nostra imagen, sigún nostra propia semejança."
El génesis del mestizado tendrá lugar quando su padre haya fenezido, y, en cerrándose los sus ojos, el poder que fue d' éste será d' él, et en él pervivirá, por más que su enimigo se obstine en arrebatárselo desd' infante. El millenario poder occulto bajo la piel e materialiçado en la tallada petra uerde mordida por dos serpentes sobrevivirá. L' alhaxa habrá arrivado a él. Su intacta fuerza l' hará puderoso e se sobrepondrá al mal, mas él será inmune a su codizia.
La noche en qui un novo eslabón se forxe en la cadena de la genealogía, una campana tannerá una apesadumbrada nota de dolor; las profecías de su tempo se revolverán en sus cuencos. El príncipe será enfrentado contra el diablo con aguerrida mano, pues per la d' él no conocerá la perdiçión ni el fin de sus días. Sólo la gloria et el poder. Sus maléficos ardides evitará con justa facultad e ni un rasguño contará su piel lupina. Brillantes serán los sus ojos plenos de ira, et en ellos resplandeçerá la flama del novo poder adquirido. La serpente habrá sido pisada e su poder, consumido. Sólo su báculo pervivirá al fin de la maldiçión.
Mas los annos oscuros no habrán acabado.
Las sombras planearán retomar la vida et aspirar de nuevo el non pútrido e viciado aire del inferno. Saborearán de novo el goze de la carne e las virtudes se habrán olvidado. Las miradas, antanno brillantes e claras, habrán perdido el su color y serán blancas como la cal lechada, ausentes de toda vida. El orbe entero será agitado fasta los cimientos y su faz variada y sus habitantes esclavizados. Lágrimas y desolación por doquier. Los cielos se habrán vuelto negros et escupirán azufre e maldiçiones, vento e muerte. Los días de paz e prosperidad habrán acabado para siempre. El príncipe mestizo será arrebatado de su trono e sólo amargas lágrimas verán los sus ojos.
Quando pierda su hogar e su familia e ya nada más tema perder que su vida, reunirá a su corte et conformará una grant hueste que, con valor, a sangre et a fuego, decida el fin de sus días. Et conocerá la sombra e la sombra lo reconocerá a él, et el mundo habrá pasado.»
Al llegar a aquel punto, breve fragmento que hubo de leer repetidas veces para cerciorarse de haberlo comprendido todo, al menos pragmáticamente, levantó la vista pesadamente y la distrajo escudriñando los voluminosos tomos de enfrente. Cuando se hubo hartado de hacerlo, volvió a hojear las páginas que le restaban todavía por leer y las tomó por demasiadas. Echó un vistazo al café y le entristeció haberlo acabado tan pronto; arreciaba el frío sobre aquella sección y se le estaban comenzando a entumecer los miembros. Deliberó que tal vez lo más conveniente fuese llevárselo a casa y estudiarlo allí. Después de meditarlo unos minutos no encontró razón alguna que objetar. Además, anhelaba fervientemente encontrarse con su mujer y recibir de sus labios la recompensa por la sexta rosa matinal.
No podía saber entonces que no la encontraría, ni que con lo que sí se toparía lo dejaría ligeramente atónito.
Decidido, pues, abandonó su asiento con el tomo de nuevo bajo su brazo y se encaminó hacia el despacho de su hermano, donde encontró de nuevo a éste embotado con el Aristóteles; no obstante, más lúcido que en la anterior ocasión, pues no se requirió de carraspeo alguno. Levantó la vista tan sólo y le inquirió:
–¿Otra vez aquí?
–He pensado llevármelo a casa –contestó–. Podré dedicarle más tiempo y también estaré más concentrado que aquí. Creí que resultaría más sencillo de lo que en verdad es.
Sorensen rio.
–¿Quién dijo que fuese a ser sencillo? –le preguntó sin aguardar respuesta, pues en seguida tomó de manos de él el volumen y lo sostuvo un momento mientras le hablaba–. Sabes, ya creemos haber decidido la fecha para la boda.
–¿Ah, sí? –le espetó Remus interesado.
–Así es. Esperaremos a que pase el invierno y nos casaremos en primavera, por abril o mayo. Lo que, por otra parte, no tenemos tan claro es el asunto del lugar; Ángela se ha enterado de que, por ser familia tuya y estar tú invitado, corremos el riesgo de que se presente la prensa, por lo que está enardecida de ilusión y espera salir en todos los medios con su traje de novia, pero deseamos una celebración íntima, entre la familia, sin gran pomposidad, ya sabes.
»Ángela querría celebrar el enlace en nuestra casa, pero dice que el paisaje no es muy acorde con la situación, conque prefiere reservarla para el convite. Tendría lugar en la playa. Por eso me ha pedido que te pregunte si a vosotros os importaría cedernos el jardín de atrás ese día para prepararlo todo y casarnos allí –sugirió–. No tienes por qué responderme ahora, puedes pensártelo, pensarlo con Helen.
Remus lo interrumpió amablemente:
–Cuenta conmigo y con mi casa para lo que quieras.
Sorensen sonrió radiante.
De pronto, cayó en la cuenta de que mantenía aún la obra de Merlín en la mano y, azorado, se la tendió a su hermano para que la recogiera diciéndole:
–Toma. No hace falta que fiche el préstamo, sé que me lo devolverás. Además, si sigues interesado en conocer lo que te deparan tus días por cuanto ha dicho un mago glotón y de piel aceitunada por sus inacabables siestas de trance adivinatorio al sol, vas a necesitar mucho más tiempo que dos semanas.
Remus agradeció el gesto por la confianza que mostraba y, después, se marchó.
Mientras en el camino de vuelta, paseando por el ancho pasillo central de la biblioteca, sentía las punzantes miradas de los estudiantes e investigadores allí reunidos, sorprendidos todos de verlo, a él realmente no le importó. Recorría el camino abstraído, sopesando la propuesta de Sorensen. Estaba en lo cierto, acabó considerando. Su jardín era cuidado, extenso, todo cubierto de verde y fresca hierba y, además, en primavera las flores habrían desplegado sus olorosos pétalos y las ramas de los árboles no estarían desnudas sino coloridas. Se imaginó la simpática escena y se preguntó cómo no se le había ocurrido antes a él.
Salió de la biblioteca y se encontró con que había dejado de nevar pero que el viento era más recio y calaba hasta los huesos. Se resguardó de él debajo del pórtico, ahora desocupado por completo, mientras se hurgaba el abrigo en busca de su varita. Cuando la tuvo, se apuntó con ella y se inmaterializó, hasta que el cabo de su fastuosa capa, volado por el agitado viento, se perdió como la ola al ondear y dar contra la orilla.
Buscó a su mujer por toda la casa sin encontrarla. La buscó en la sala de estar, en la cocina, en el comedor, incluso en el jardín antes de proseguir con su búsqueda en el piso de arriba. Cada vez que entraba en una habitación, contemplaba la posibilidad de que estuviese durmiendo, pues últimamente, como quien arrastra demasiado sueño desde el molesto embarazo, lo hacía a menudo, profundamente cansada, con lo que susurraba tan sólo su nombre, en voz muy queda, temiendo poderla despertar en caso de que yaciera. Pero no la encontraba y se estaba comenzando a preocupar. Subió entonces la escalera deseando y esperando que se hallara allí arriba. De pronto percibió en una de las habitaciones un sonido ambiguo, como un chirrido, y, esperanzado y nervioso a la vez, llamó a su mujer. Hubiera esperado cualquier cosa menos el que a su voz le respondiera un grito desgarrador que le atravesó el alma y que, por último, no había sido tampoco proferido por Helen, puesto que no era su timbre de voz.
Echó a correr y los pilló in fraganti, qué espectáculo, las pieles, cálidas de excitación y fuera de sí, resplandecían con la luz que reflejaba el sudor que les caía por la cara y por los cuerpos caudalosamente; los pechos agitados, arriba y abajo, jadeaban sobrecogidos; los cuerpos lozanos y jóvenes, completamente desnudos, ocultos bajo la manta de la que daban fuertes tirones como pretendiendo esconder también su pudor y su reparo; las piernas, encogidas en un acto reflejo a pesar de estar ocultas ya a la vista. Uno junto al otro, blandían desorbitadas miradas de incredulidad y de espanto de ver a Remus ante la puerta, boquiabierto de perplejidad, Tonks arropada hasta el cuello por cubrirse los turgentes senos y sus delicadas formas femeninas, y Benjamin, entre exasperado y clamoroso de penitencia, dividido entre dos fuerzas que tiraban de él más fuerte incluso que ellos de la colcha.
Puesto que su primo salió del lecho de un salto, en cueros enteramente, el licántropo se vio obligado por pudor a volver la cara y concederle un instante de intimidad mientras se vestía unos vaqueros corrientes. Todavía se los estaba abotonando cuando llegó junto a él y entornó la puerta tras de sí a fin de ocultar completamente a Tonks de su vista. Parecía cohibido. Su torso, empapado, estaba cubierto con un finísimo vello, casi imperceptible, en el frontal.
–¿Dónde está Helen? –le preguntó anticipándose el licántropo a cualquier excusa o reprobación, procurando que su voz sonase lo menos recriminatoria posible.
–Ha ido a ver a la niñera con los niños –respondió taciturno–. Remus, lo siento, discúlpame. Deberíamos haber ido a mi apartamento, lo sé, pero es que esto se quedó solo y... Lo siento.
–No pasa nada –dijo al punto el otro con voz entrecortada.
–No, de verdad –insistió el fotógrafo al cabo de un momento con expresión consumida–. Sabes qué, hemos tomado una determinación. Nymphadora se va a venir a vivir conmigo a mi apartamento.
Aún no repuesto de habérselos encontrado en guisa semejante, digiriendo la noticia recién dada, intentó sobreponerse a la sorpresa y se limitó a asentir, todavía bastante contrariado.
«Ante tantas desgracias como le morderán, sólo un consuelo hallará intre tanto suplicio et humillación: el amor. No amor habendi, sino a los seres qui le amen e correspondan. Et en amor será tan afortunado como en detractores et en odio. En ellos s' apoyará e d' ellos encontrará satisfaçión a su mal et a sus penas, así como apoyo et estabilidad. Per amor est todo quanto es e per amor a la vida morirá. Sobre amor se sustenta el su poder; por amor, l' abnegará. Por amor.»
Había ido a ver a la niñera, había dicho Benjamin.
La idea de dejar a los niños al cuidado de una ocupaba la mente de Helen de unos meses a esta parte, pero se había limitado durante todo aquel tiempo a aceptar la voluntad contraria de Remus y no tomar cartas en el asunto. Hasta ahora, cuando al fin había podido convencerlo. El licántropo había llegado al fin a ser partícipe también del reparo que suponía para ella tener que usarse de su familia, de sus padres, de su tía, de su cuñado, de su primo, de Sirius, para que los cuidaran cuando los turnos de Helen en el hospital coincidían con el horario de Remus. Los niños se quedarían solos en casa si Tonks, en caso de trabajar, no podía ocuparse tampoco de ellos, y eran demasiado pequeños como para consentirlo. De casa en casa, profiriendo inclementes aldabonazos similares al del hambriento mendicante, también cual un limosnero, pedían para sus vulnerables retoños un techo con que cubrirse mientras ellos estuviesen fuera, lejos, sin posibilidad, mal que les pesase, de ocuparse de ellos. Cualquiera de sus familiares los aceptaba amablemente, siempre y cuando sus trabajos no fuesen también un impedimento para ello. Pero la adivina temía que pudieran estar hastiados de cuidar a sus dos hijos, tan endebles y caprichosos, y que, por temor a herirla, no le dijeran nada. Además, también tenían que pensar en una educación a darle.
Por todo ello habían llegado a la conclusión compartida de que se hacía imprescindible contratar un preceptor que se ocupase de Nathalie y de Alby cuando ellos dos no estuvieran.
El licántropo había delegado en su esposa la elección; como habían convenido que fuera muggle, a pesar del riesgo que ello conllevaba, los candidatos habrían de ser los hombres y mujeres de la aldea, y ella era, en calidad de amantísima ama de casa y afable vecina, la que mantenía más trato con ellos. No obstante, Helen sabía a quién se lo pediría mucho antes de que Remus le pidiera que lo hiciera.
Siempre había vivido en el pueblo, al menos desde que ellos se mudaran a él, una mujer formidable, un tributo a la maternidad y a las virtudes femeninas. De todos querida, muchos hogares se regocijaron cuando volvió para asentarse de nuevo y definitivamente en él tras acabar Magisterio en la ciudad. Añoraba la pura brisa matinal del campo y las sonrosadas mejillas de los niños que corren de era en era y entre los trigales. No pensaba probar suerte en unas oposiciones que, de aprobarlas, la mantendrían alejada de aquel pacífico frenesí rural, del cacareo de las gallinas y del gruñido de los puercos cebados en sus zaguanes. Por sustentarla, la contrataron de panadera, de recolectora en época de vendimia, de peón en las siegas, y la obsequiaban con dulces, sencillos trabajos de carpintería, frutos de la huerta. Tomó por esposo a un hombre sencillo y bueno que le dio una hermosa hija, pero que, lamentablemente, se murió al poco de conocerla.
Al perderlo, cayó en desgracia. Apenas salía de casa, ni siquiera para trabajar, pues ni con ganas se sentía de alzar la azada y recoger el grano, ni de seccionar el ramillo del racimo ni de amasar el pan. Sólo se sentía con fuerzas para llorar. Se vio obligada a vender las pertenencias con que sus obsequiosos vecinos la habían agasajado todos aquellos años para poder dar alimento a su hija, sólo para ella, pues ni apetito encontraba para sí y se dejó enflaquecer hasta parecer poco más que un espíritu encarnado. Nada, no les quedó absolutamente nada; la casa, desnuda. Sus generosos vecinos siguieron largo tiempo ofreciéndole comida y mantas con que abrigarse, pero aquello no era suficiente. Las deudas se amontonaban implacablemente en el buzón y, si no eran pagadas, el banco le embargaría la casa.
Su joven y magnánima vecina la señora Ruffalo la visitaba a menudo y se interesaba por ella. Solía hacerlo cuando el sol declinaba, trayendo consigo una ollilla menuda con sobrantes de comida para que la desconsolada muchacha y su hija comieran. La chiquilla lo hacía con gusto, pero ¡ay, la madre! Trataba de convencerla para que reaccionara, pero la muchacha no entraba en razones; sólo lloraba y se compadecía, lamentando las pérdidas de su vida. La señora Ruffalo se sentía como la madre que la muchacha había perdido y su dolor era su propia tortura, y sus lágrimas eran marea en sus entrañas, y sus lamentos, pesadillas que reverberaran en sus oídos.
Paradójicamente, el día en el que, al ir a verlas como acostumbraba, creyó que no habría solución, la encontró. Al atardecer, como no tuvieran ya sillas ni mesas donde sentarse, esperaban ver venir a la señora Ruffalo acomodadas en el deprimente poyete del porche medio derruido, del que habían arrancado durante todo el invierno maderos con el fin de alimentar su fuego. La mujer, puchero en mano, se lamentó por los surcos de lágrimas en las mejillas de la joven y por la mugre del rostro de la infeliz chiquilla que jugaba a sus pies indiferente. Trató de hacerle entender que, de perder la casa, su hija quedaría moribunda y, si no ponía pronto remedio a sus pesares, también huérfana; pero la joven desdichada no parecía atender a razones. Tan sólo lloraba. Descorazonada y furibunda, la señora Ruffalo le dejó el puchero y regresó a su casa para volver al poco con su encogida criatura, el último hijo que habría de tener, liado en una mantita blanca entre sus brazos. Sin concesiones, se lo entregó y la joven, patidifusa, escuchó con atención cómo aquella bendita mujer le decía que le pagaría veinte libras a la semana, haría de comer para ella y para su hija y le entregaría muebles y ropas si se ocupaba del crío y de su educación. Sorbiéndose las lágrimas, aceptó.
Ahora no había en la villa quien no la conociera como la preceptora. En todos los hogares de la aldea vivía un chiquillo al menos del que ella se hubiera ocupado, y todas las madres le agradecían tanto sus mimos y sus cuidados para con ellos que la adoraban como a un santo. Por dondequiera que fuera, todos la aclamaban y la saludaban cortésmente, retirándose los ancianos sus boinas descoloridas, las mujeres pidiéndole consejos o agasajándola con presentes, los hombres absortos y preocupados por su soltería, pues no había habido hombre con que ella sustituyese el recuerdo de su difunto marido, y los chiquillos siguiéndola con sus bicicletas esperando que ella les diese un arrumaco y un caramelo de los tantos que siempre llevaba en su bolso. En efecto, la madre de todos. Y su casa ya no era pobre y destartalada tampoco, sino una modesta residencia de tres plantas en la que, todas las mañanas, se escuchaban risas y carreras de niños.
Se llamaba María Angélica, pero todos la conocían como María de los Ángeles, pues su bondad y su buen hacer no podían provenir de parte otra. Había de tener ahora unos cincuenta y cinco años y era una mujer entrada en carnes. Sonreía despreocupadamente y en su mirada había un brillo que chisporroteaba de continuo y que creaba tanto satisfacción como envidia. Sus manos, tersas como recién salidas del horno, eran laboriosas y rápidas. Tenía una cabellera larga, ondulada y negra como el tizón en la que todavía no peinaba canas. Vestía elegantemente pero sin fastuosidad, porque la humildad era otro de sus dones.
Helen se presentó en su casa sin avisarla siquiera. Llevaba con ella a su hija Nathalie en brazos y a su recién nacido vástago, Albus, durmiendo indolente, con la cabecita ladeada indiferente, en su carrito. La invitó a pasar y le preparó una taza de té. En aquel instante la preceptora se estaba ocupando de un niño enclenque de pose desgarbada de unos cinco años que trataba de reconocer las vocales que su cuidadora le había escrito sobre una pizarra apoyada sobre un caballete de madera. Lo ayudaba en la ardua misión la hija de la educadora, una preciosa joven que apuntaba maneras, como su madre.
Al regresar con el té listo, María Angélica le preguntó a Helen por Remus y pareció satisfacerla el que éste hubiese encontrado trabajo, aunque, claro está, la adivina no pudo seguirle hablando del mismo sin incluir en su discurso un buen puñado de falacias que la preceptora se tragó de buena fe. Después se mostró interesada en conocer mejor a los dos hijos que había traído consigo. Tomó en sus brazos a Nathalie, dejándose ésta hacer de buen grado, lo que influyó positivamente en su madre. Parecía cuidadosa y afectiva; mientras lo miraba todo a su alrededor con atención, pulcro que lo encontró, pero disimuladamente para no dar impresión de descortés, se dijo a sí misma que no encontraba ninguna réplica para dejar a su cuidado a sus hijos menores. Seguidamente la mujer también quiso saber de Matt, cómo le iba tan lejos, ya que, aunque no había estado bajo su cuidado, en la aldea todos se conocían entre sí, y Matt era apreciado por todos por su simpatía y su desparpajo, conque no faltaron suspiros cuando se marchó. Sin embargo, Helen creyó intuir en ella un levísimo diferente tono de voz, como de reproche, acometido tal vez por reprensión de no habérselo dejado jamás a su cargo durante la infancia de aquél. Pero la adivina no se lo tuvo en cuenta, pensando que quizá estaba sacándolo de contexto.
Rápidamente llegaron a un acuerdo. Helen aceptó la cantidad que reclamaba por sus servicios la preceptora y María Angélica encontró aceptables las condiciones de la primera. Hasta los seis años de edad se ocuparía de cada uno de los niños sólo cuando los turnos de sus padres coincidieran, lo que vendría a suponer, en primera instancia, una semana de cada mes, que era el tiempo durante el cual Helen mantenía el mismo turno hasta que se lo cambiaban a la siguiente, ya que Remus solía tener poca ocupación por las tardes, sólo por las mañanas. Si uno de los dos progenitores no trabajaba mientras el otro sí, se encargarían ellos del cuidado de los niños. Pero se contemplaba asimismo la posibilidad de encomendárselos a la preceptora si surgía un contratiempo fuera de lo previsto. A partir de los seis años, en cambio, quedarían al cuidado de María Angélica todas las mañanas para que ésta los enseñase a leer y a escribir. Como última obligación impuso ponerla a prueba durante dos meses a partir de aquella fecha, que era el tiempo que el hospital le había concedido de baja por maternidad; si todo marchaba bien durante ese plazo, Nathalie y Alby quedarían bajo su cargo. Y aceptó.
Creyó que todo iba saliendo con éxito cuando, de improviso, para derrumbar su optimismo, María Angélica le pidió un número de teléfono para contactarlos por si ocurría, Dios no lo quisiese, un accidente. Helen hubo de palidecer. En casa no tenían, nunca les había hecho falta. Pero estaba claro que a partir de entonces sí. Se libró del atolladero pretextando que no se lo sabía de memoria. Después de aquello, compró un par de teléfonos móviles, uno para ella misma y el otro para Remus; dedicó algún tiempo para explicarle a éste su manejo, el cual aprendía lentamente, asombrado de los chismes muggles, leyendo sin atisbo alguno de entusiasmo el grueso e indescifrable manual de instrucciones siempre que se cansaba de fijar la vista en el misterioso volumen de Merlín, que tantos quebraderos de cabeza le estaba ocasionando. Helen temía que, dado su desapego al aparato, jamás llegase a entender su funcionamiento completamente.
En cambio, a Remus le preocupaba más bien que, al cargo de sus hijos, su preceptora pudiera averiguar su secreto por ver de éstos maravillas que, a causa de su inmadura edad, no pudieran controlar aún. En tal caso, se consolaba diciendo, ya le pondrían remedio en su justo momento.
«E Daniel dize esto:
"En seguido e siempre en visión de noche, vi una quarta bestia horrible, espantosa, terriblemente forte. Tenía ingentes dientes de fierro, comía e treturaba, e lo sobrante lo pisoteaba con las sus patas; era diferent de todas las otras bestias qui l' habían precedido e tenía diez cuernos."
Et quando se crea qu' el sauce ha putrefacto el ramaxe et qu' el follaje también lo est, grant desesperaçión será al descubrir que viciado aire est el qui se respira d' él. Mas es en la terra en la qui s' ha de profundizar por descubrir que son las raízes las qui contaminen la terra.»
El baúl de Tonks ya contenía todas sus cosas guardadas en él, dobladas ordenadamente gracias a que Helen la había ayudado a hacerlo, pero la chica no se había ido todavía. Benjamin la vituperaba con ese fin, pero ella estaba decidida a quedarse sólo unos días más, los postremeros, a fin de disfrutar de ellos lo mismo que se disfruta con la última cucharada por el mero hecho de saber que es la última. Pasaría la Navidad con ellos y, una vez hubiese pasado ésta, ella habría pasado silenciosa por la casa y no sería en ella más que un recuerdo. Pero, en lo más íntimo de su corazón, la razón por la que se quedaba hasta entonces y que a nadie había confesado era Matt; deseaba disfrutar también de su compañía los últimos días de su estancia con ellos y también quería que él tuviese la oportunidad de despedirla. Aunque se fuese a vivir a casa de su primo, Tonks tenía la absurda impresión de que se marchaba muy lejos. Pero, además, había de añadirse el hecho de que Benjamin le había narrado el episodio de enamoramiento de Matt y ella quería agradecérselo con una caricia, una sola, en persona, antes de marcharse.
La estela de humo gris que despedía el expreso era alargada y dibujaba su rastro. Remus y Helen aguardaban impacientes, recogidos por las manos, conteniendo el aliento, ver aparecer a su primogénito. Qué estampa bien distinta aquélla si se la parangonaba con la primera, meses atrás; Matt reía despreocupadamente, tiraba del baúl casi con nostalgia de volver, abrazando la jaula de su lechuza, ..., a la que había aprendido a estimar con el tiempo, acompañándose de un chiquillo menudo como él, alto y de mirada sagaz. Jude Clint, su amigo, adivinó Remus a juzgar por su aspecto, el cual su hijo les había descrito en las cartas que sucedieron a la primera aquí hecha constar. Al acercarse a Matt para saludarlo, aprovechó para acercarse al muchacho y conversar con él. Le pareció avispado y simpático. Resolvió en su fuero interno permitirle a su hijo que en verano lo llamara a fin de que pasase unos días con él en casa.
Matt, sin embargo, aunque había deseado anhelantemente estrechar de nuevo a sus padres entre sus jóvenes brazos, lo que verdaderamente ansiaba era conocer a su nuevo hermanito. Le pareció, dormitando en el amoroso seno de su madre, una ricura, un querubín encarnado. Lo cubrió de besos y de caricias y, sin poder remediarlo, de tiernas lágrimas de sus ojos regocijados. Habría querido conocerlo mucho antes, pero McGonagall no se lo había permitido; como quedara una semana de trimestre desde el nacimiento de éste, había denegado su petición de abandonar la escuela el fin de semana. Y Remus no lo lamentaba, ya que deseaba que su vástago no fuese favorecido por ser hijo del ministro.
La pequeña y aún patizamba Nathalie, como viera que su hermano prestaba más atención al liote de mantas al que su madre asistía con tanta frecuencia y por el que había perdido su derecho sobre la cuna, tiró de la camisa de él para llamar su atención. Consiguió su objetivo, que Matt la cogió en sus brazos y ella, complacida, le tendió los bracillos alrededor del cuello para darle un cariñoso beso en la mejilla. Lo había añorado mucho todo aquel tiempo.
Tonks aguardaba en la casa que Matt llegase. Escuchó penetrar la llave en la cerradura y, entonces¡zas, el corazón le dio un vuelco, sorprendiéndose tanto por la intensidad como por lo inesperado. Se obligó a quedarse sentada y a mostrar una expresión inafectada, pero, cuando Matt se presentó ante ella con los brazos extendidos, no pudo impedir que los ojos le brillaran. Cuán diferente, cuán crecido en sólo unos meses en que no lo había visto; parecía menos niño y más hombre, más maduro, más alto. Si ella fuese más joven y él más mayor¡no habría dudado entregársele a aquel amor prohibido!...
Se separaron y Tonks, tal como se había prometido, adelantó la mano para impregnar la mejilla del chico con su tacto y su perfume, para imprimir con sus suaves dedos una caricia de dulce ternura. Qué rozar más depurado, qué dedos más amables, pues nunca agasajo tan ínfimo produjo tanto temblor y enmudecimiento en persona alguna. Ojalá hubiese sido por siempre aquel tocar de dedos de plata, aquel soplo de cálida piel; aunque, como todas las cosas tienen su fin, y en aquello, no iba a ser menos, también lo hubo, y demasiado pronto para el gusto de Matt, bien pudo éste deleitarse con aquella caricia, una vez y otra, en sus sueños, donde la mano de Tonks se deslizaba no sólo por su mejilla, sino por todo su rostro también, por su torso y todo su cuerpo en una danza hasta aquel momento inapercibida, desconocida, pero que le turbaba hasta la voluntad.
Para cuando se dio cuenta era demasiado tarde: había vuelto a enamorarse de ella. Triste inspiración la suya del amor; jamás habría de ser correspondido, habría de vivir en el secreto y en el anhelo de ver, sin poder tampoco sentir odio, sólo admiración, sana envidia, cómo era otro el que disfrutaba de sus besos. Lo tenido y retenido, encendido era de nuevo; cuanto él creía haber reducido a polvo y cenizas, en rojo carbón había quedado; la distancia, tan sólo un suave velo que había recubierto el combustible hurtándole oxígeno. Pero¡ay amor, que los velos se desaparecen al desaparecer el adiós.
Ansiaba quedarse a solas con ella y disfrutaba de su conversación. Ya no se enrojecía cuando ella depositaba sobre él su dulce mirada, era capaz de soportarla, de dominar sus propios impulsos, su vergüenza; existiría reparo siempre, eso sí, pero nunca más vergüenza, enrojeceres en su rostro como auroras matinales en horas vespertinas, puesto que sabía que ella nunca habría de ser suya, ni su cuerpo de él; tan sólo en sus sueños esa fantasía cobraba realismo.
Adoraba las escasas ocasiones en que su madre salía a cualquier recado sin importancia, dejando a sus dos hermanos con la preceptora, y su padre trabajaba, pues él quedaba a cargo de Tonks, quien en aquellos momentos lo atendía como si no hubiera otra cosa en el mundo que le importara tanto, dedicándole todo su tiempo, como si, en habiéndole pedido Helen aquel favor, ella se viera obligada a efectuarlo sobradamente.
Pero, ay, incluso en los mejores momentos hay también espontáneas, aunque habrá de durar más su mordaz pena, etapas de desconsuelo. Quia, qué fastidio. Porque le hubo prometido que nunca más volvería a ser Tonks la causa de una posible increpación entre ambos... Menudo pulpo era Benjamin. La mayor parte del tiempo la pasaba en su casa, él fisgando sin ser visto, desconsolado, viendo que en otros ojos, que en otros labios, el ser que él amaba prestaba más atención. ¿Cómo soportarlo sin desfallecer?
Alby cumplía diez días. Aquella mañana llegó a casa el ramo más grande que Matt había visto jamás. Se imaginó regalándole uno exactamente igual a Tonks, pero aquello formaba parte también de sus ilusiones oníricas, recreadas para el goce de su mente y más satisfactorias que cualquier otro aspecto de la verdadera vida que, alternada con aquélla, se veía obligado a mantener. Su madre le dijo que aquella noche se ocuparía Tonks de él y de sus hermanos, porque su padre y ella iban a cenar fuera; sí, a menos de cincuenta metros de él, pero eso Matt no podía saberlo.
Cuánto deseo, cuánta ilusión, cuánto espejismo, en veras, depositó el inocente muchacho en aquella velada. Espejismo, sí, espejismo; que lo que es en un lado, en el otro, a la hora de la verdad, es al revés. Profundizando en sus fantasías, indiferenciable parte de él, se imaginaba charlando con Tonks, compartiendo con ella sorbos de vino o de cualquier otra bebida, eso era lo de menos, pues cuanto importaba era encontrarse frente a ella, prendido de sus palabras.
¡Usurpador, usurpador, usurpador!... Su utopía no era en realidad más que un castillo de naipes que se derriba con la suerte de un manotazo. ¡Diantre de usurpador!... Ese pulpo, ese besucón, ese primo suyo, ese dichoso Benjamin, por el que hasta sentía la simpatía que, maldito él mismo, le dedicaba¿no tendría otro sitio mejor adonde ir¡Jodido usurpador! Y maldita la absurda hamburguesa que trajo para contentarlo. Pero maldito él por no haberlo dejado disfrutar ni de sus fantasías, que, eso sí es verdad, habrían quedado reducidas realmente al diezmo; ¡pero ni de esa décima parte pudo gozar el muy pobre por su intromisión!
Oh, cuánta rabia cuando, sin consideración alguna, lo mandó a la cama por librarse de él. Pero él se dijo que no. No, no y no por más que Benjamin se lo repitiera. ¡Había dicho que no! Cruzado de brazos, permaneció desafiante. Sólo cuando Tonks se lo pidió, como a ella no podía negarle nada que le pidiera, se levantó y se dirigió a su habitación cabizbajo. Pronunció un inaudible buenas noches; inaudible por la rabia que lo dominaba. Concierto de besos, de caricias en el pelo, de manos entrelazadas... ¿quién querría ver aquello?
Él. Los desobedeció y, oculto en las sombras de la escalera, apresada su cara entre dos barrotes de la balaustrada, se contentó con espiarlos. No tenía sueño, lo habían mandado a dormir injustamente y, lo que era peor de todo, le habían destrozado su plan de intimidad con Tonks; imposible saber si gozaría de alguna otra ocasión como aquélla en cuantos días le restaban de vacaciones. Conque de aquel modo se lo cobraría.
¡Terrible pulpo¡Dichoso usurpador! Benjamin ignoró por completo su presencia, actuó como si dos ojos negros en la penumbra no estuvieran fijos en ellos, hizo cuanto hubiera hecho estando solos, puesto que, al menos para su modo de ver, lo estaban. Tonks se negó al principio. ¡Había dicho que no, exclamó para sus adentros Matt rojo de furia. Pero él insistió. Y ¿cómo resistirse a aquellas manos provocadoras, a esos besos en la oreja, a tales pellizcos en el muslo?
Las manos dichosas, que por probar lo que ellas sentían Matt hubiera dado hasta su vida, desnudaron a Tonks. Matt aguantó la respiración mientras su primo desabrochaba con suavidad experta los botones de su camisa. Aparecieron unos senos redondos y prietos, mucho más hermosos que cuantos moldes el chico hubiera podido imaginar en sus sueños. El enojo fue transitorio al verle asomar su soñada delantera, pero reapareció en su cruel brutalidad cuando las manos de su primo, unas manos reales, no fantaseadas, sobaron aquellas ricuras esponjosas, aquellos pastelillos encarnados; qué magreo, santo Dios, qué poca gracia. Si algún placer se podía reflejar en el rostro de Tonks, todo de ira era en el de Matt. Cuando las manos reales descendieron por el fino tronco de la metamorfomaga, cómo se revolvía Matt en su cárcel de amor; cuando los gruesos y ciertos dedos se colaron por sus vaqueros y cercaron su entrepierna, de cuánto dolor se impregnó el rostro del muchacho, contraste con el de Tonks, todo lujuria.
Tonks, robada de nuevo por un instante de lucidez, retiró las manos de él de dentro de ella y trató de convencerlo de que aquello no estaba bien; Helen y Remus podrían regresar en cualquier instante, estaban tan sólo disfrutando el uno del otro en la piscina, y los habrían pillado por segunda vez. Se moría de la vergüenza de sólo pensarlo. Y los niños arriba... Definitivamente no.
¡Taimado pulpo!... ¿No había dicho que no¿Para qué insistir? Pero él la silenció con un beso; tal vez no quería escuchar sus palabras sino sólo sentir la lengua con que las decía. Al principio funcionó. En su jaula de celos, aferrando sus puños amoratados en las rejas de madera de la escalera, Matt se preguntó a qué sabría un beso de aquéllos, qué fuerte poder hipnótico podría contener que había conseguido cambiar de parecer a Tonks. Se relamió los labios en un acto reflejo de sensual apetito. Pero, recuperada de su impacto, la chica se revolvió y trató de volverlo a hacer entrar en razón a él.
¿Cuántos más ardides escondería él? Astuto usurpador... Se arrebató la camiseta y la lanzó lejos, tan lejos que Matt hubiera podido recogerla con extender tan solamente el brazo, dejando al descubierto su torso desnudo. Después tomó las manos de ella y las puso sobre él, haciéndole que le acariciara y que rastreara en él a su antojo, mientras las de él también volvían sobre ella, repitiendo aquel simple magreo, arriba y abajo, una y otra vez, que tanto parecía hacer disfrutar a la chica.
La nimia visión de aquel cuerpo desnudo le sirvió a ella para perder por completo el interés por su recato. ¿Cómo irían a regresar ahora los Lupin, se decía para sí, convenciéndose a sí misma, cuando estarían también ellos disfrutando de las mieles del amor. Se dejó arrastrar por el deseo, se dejó convencer por los besos, por las manos abrasadoras que barrían su cuerpo, por los labios que sellaban sobre su piel tanto anhelo.
Tonks dejó escapar una leve exclamación al sentir que las manos de él corrían su costado en busca de su espalda, sujetando firmemente los extremos de su sujetador por desabrocharlos. Cerró los ojos, extasiada, de sólo imaginarse el placer que seguiría a aquella acción; la boca de él entre los senos de ella. También Matt quedó impresionado al intuir lo que se acercaba. ¡Ni fantasías ni sueños ni nada de esas chifladuras de niño! Los pechos de ella, nítidos, físicos... Reales. Se le quedó seca la garganta. ¡Cuánto tardaba el torpe patán; cuánto deseo en el interior de su estrecho pecho!
Supo que la había desnudado porque podía ver su sujetador sujeto de sus manos, que palpaban lo que él sólo en sueños podía. ¡Condenado entremetido!... Se había interpuesto él entre ella y el pobre chico, y este último sólo pudo ver las gruesas espaldas de éste. Qué imagen más atroz cuando escondía una que era mucho mejor. Pero para Matt cesó el deseo de verla, la aspiración de descubrir lo que tantas veces había ilusionado aspirar, puesto que, de imaginarlos bañados de los besos de él, la ansia por verlos se convirtió en ansias de verdad.
Corrió hasta su cuarto, y en qué momento más acertado, ya que, de no haberlo hecho así, habría sido descubierto por la animada pareja, que abandonaba el recién hecho nido para preparar otro más cómodo e íntimo en el cuarto. Cayó de bruces sobre el lecho bañándolo en lágrimas. Abrazó la almohada mientras la empapaba y mordía; cuánta rabia reprimida. Pensó que aquella tortura en su interior jamás cesaría, que ella lo consumiría.
Se sumió en un tempestuoso sueño, vuelto de bruces, sin haberse desvestido siquiera, con las lágrimas recientes en sus mejillas. Se sumió para pronto despertar. Pero déjesele disfrutando de él mientras se pueda, porque aún habría de empeorar.
Entretanto dormía, al otro lado de la puerta del cuarto del chico apareció una figura varonil, qué porte en el andar, qué gallardía en el rostro, qué brillo en su mirada, más radiante que nunca, recortada su silueta por la luz macilenta que procedía del cuarto de Tonks. Llevaba una toalla anudada a la cintura; por lo demás, nada; hasta descalzo iba, conque sus pisadas sobre el suelo sonaban huecas.
Sin encender la luz, aprovechándose de la que procedía del cuarto recién abandonado, entró en el cuarto de baño y se libró de la presión de la vejiga. Estuvo largo rato, que hasta humeaba incluso. Se entretenía en el apuntar, con esa satisfacción de los livianos goces que hacen disfrutar a los hombres henchidos de plenitud, de vanagloria.
Al abandonar su fugaz entretenimiento, se apresuró a retornar al que habría de durar. Iluso... Si pensaba amar a Tonks hasta que el alba se alzase, estaba equivocado. Completamente equivocado. Tendría que pasar el resto de la noche preparando tilas, manzanillas, consolando, reconfortando; y vigilando al que, en sólo un momento, se iba a topar con él.
Duró sólo un instante, pero qué instante. Cuántas cosas ocurrieron. Se dirigía desconocedor a cuanto acechaba al dormitorio de Tonks, donde ésta lo esperaba. Pero en un instante lo vio, o lo sintió, no se sabe bien, que cuando lo descubrió agazapado entre las sombras no supo acertar a decir si había visto el brillo de sus grandes ojos o si lo había oído susurrar de miedo. Saltó sobre él, en un instante, y lo atrapó. El condenado intentó escaparse, mordiéndole, propinándole crueles patadas, pero no había fiera tan bestia ni tan fiera que pudiera contra Benjamin, quien lo golpeó con la mano doblada. El elfo doméstico cayó al suelo herido, no a la vista, sino en su orgullo, e intentó escabullirse para convocar los antiguos conjuros de su especie y desaparecerse. Ay, bribón, qué huir más detestable. Y cuánta furia en los ojos de Benjamin. No había escapatoria posible. Lo pescó al vuelo, agarrándolo del cuello, y lo golpeó contra la pared. El elfo, sabiéndose derrotado, se echó a llorar lastimeramente.
–¿Qué haces tú aquí, eh, rata miserable? –le inquirió Benjamin procurándole nuevos golpes contra el frío muro–. Responde, Cakopine.
El elfo doméstico no respondió palabra alguna coherente a aquella orden; tan sólo balbucientes sollozos insoportables. Pero, aunque a éste no hubiera podido hacer reaccionar, sí consiguió al menos más atención en el resto: que Tonks se apresuró a acercarse a ver qué pasaba, cubierta con una bata, y Alby, a quien, angelote endemoniado, costaba dormirlo suplicios indecibles y solía despertar a menudo rompiendo en llanto, cosa extraña que hasta entonces no lo hubiera hecho, estalló en un llanto que más que eso era berrido.
–¿Qué haces aquí, he dicho? –insistió con violencia–. Eh, di. –Pero el elfo siguió callado, entendiéndose por tal que nada dijo, pues su verborrea inteligible proseguía–. Maldito, responde –gritó arrojándolo contra el suelo, con tan mala suerte que la criatura cayó de cabeza y abundante sangre brotó de ella. Asustado por el impacto, se arrastró por el suelo hasta un rincón y se quedó en él cobijado en su sucio jergón.
Entretanto, Tonks se había acercado a Benjamin y lo vituperaba por lo que hacía, ignorante de lo que él sabía. Le había dado pena el pobre elfo. ¡Pena!... Indecible coraje acogió el fotógrafo, que amagó un puntapié dirigido al elfo, por el que éste se estremeció.
–¡Responde! –volvió a gritarle.
En aquel instante salió Nathalie de su habitación, chupándose el dedo pulgar de la mano izquierda y, con la otra, arrastrando un peluche descolorido. Parecía soñolienta. Nada más verla aparecer, Tonks se apresuró a recogerla en sus brazos.
–¿Quién es? –le preguntó duramente Tonks.
–El elfo de mis padres –respondió–. Conque nada bueno puede traer el encontrarlo aquí. Encárgate tú –le pidió– de Alby antes de que sus gritos alerten a sus padres.
–Pero tendremos que avisarlos¿no?
Benjamin no dijo nada, confuso.
También la puerta de la habitación de Matt se abrió. Éste salió ojeroso, sin pijama, con la ropa aún puesta. Pareció desconcertado de ver a todos despiertos y, más aún, de encontrar a su primo y a su novia de guisa tan descubierta, que ni la una se cubría las pantorrillas ni el otro... ¡Apenas el otro llevaba cubierto algo!
Al verlo aparecer, antes incluso de que los demás recavaran en él su atención, el elfo saltó por los aires con abominable expresión, en pos de su encuentro, de apresarlo y de morderlo; o sabe Dios de qué. Baste decir que, por fortuna, y mal que le pese a Matt, su primo lo salvó, lanzándose con arrojo y reflejos de que pocos disfrutan para lanzar al horrible engendro de elfo contra el muro de nuevo. Nadie pudo salvarlo en esta ocasión de los golpes que le propinó, de los tantos y tan graves de que fue víctima; Tonks, horrorizada, corría presta a consolar a Matt, dejando que la abrazase, mientras ella dirigía miradas de pavor al elfo que su novio maltrataba. A poco había estado de echar por tierra a su estimado Matt, que se cobijaba a su lado sin saber de qué se cobijaba, sonrojado otra vez, menudo fastidio, avergonzado de haber visto cuanto había presenciado.
–¿Qué te proponías, eh, tú? –le espetó Tonks con la voz quebrada.
–Cállate, hedionda sangre mestiza.
Aunque se haya plasmado completa, el elfo no pudo ni terminar de decir la frase, o, escupiendo sangre, al menos la susurró, puesto que Benjamin lo azotó nuevamente y con más dureza que nunca.
–Dime qué estás haciendo aquí, estúpido Cakopine, o te ensarto en una parrilla –lo amenazó Benjamin.
–Tueste mi cuerpo y contemple mis gritos desconsolados, señorito. Guste de ver sufrimiento y siéntase un Lupin por fin. Qué gran orgullo para el grandioso padre de usted. –Y con tono más despótico–: No pregunte si no quiere conocer, sabandija.
Tras mucha extorsión, que parecía aquello una sesión de tortura y el infeliz elfo el reo, consiguió sonsacarle varias palabras que, por desgracia, no volvería a repetir:
–Matarlo. Matarlo al mayor de los tres.
Y sus ojos se regodearon sobre Matt, a quien el corazón se le detuvo.
Hecha aquella confesión, entonces sí que era momento de avisar a Remus y Helen. De hacerlo se encargó Tonks; Benjamin, de vigilar al intruso. Al entrar en la piscina cubierta, la chica, aunque ligera y precipitada, lo hizo con los ojos entornados, temiendo ver algo improcedente; pero, por suerte, los halló cenando aún. No fueron precisas muchas palabras; con sólo verla entrar de esa forma supieron que algo iba mal. Arrasaron con la mesa y echaron a correr dejando atrás un espectáculo desolado: sillas caídas, comida volcada, las servilletas tendidas sobre el suelo...; pero no más desolado de lo que ellos habrían de estar.
El elfo se estremeció al ver aparecer a Remus. Al principio tembló tan fuerte que parecía haber caído presa de un ataque repentino, pero al instante se echó a llorar otra vez, secándose los ojos con el trapillo maloliente que vestía. Benjamin le ordenó que les repitiera a ellos lo que a él le acababa de decir; el elfo, en nada amedrentado, escupió a sus pies. Benjamin, que seguía exclusivamente con la toalla, lo que resultaba tan asombroso espectáculo como el elfo, descargó sobre él un nuevo golpe.
–¿Por qué a ti no te obedece, eh, Benjamin? –le preguntó Tonks con crispación.
–Porque mi padre le ordenaba que a mí no me obedeciese. Ése era su castigo cuando se cansaba de los más implacables. Ya no me hace ni caso. Imagino que mi padre se lo habrá mandado otra vez, por si acaso; querría cubrirse bien las espaldas.
–¿Es el elfo de tus padres? –inquirió Remus.
El interpelado asintió.
–¿Y qué hace aquí? –dijo en seguida Helen, acongojada y temblorosa.
–Díselo. Vamos, díselo –habló el elfo, acusando una carcajada cruel, después del gélido silencio que se produjo.
Benjamin volvió a golpearlo. Qué hastío de criatura, pensaba para sí. En sus ojos se notaba. Y, aunque no encontrase valor para decir aquello a sus primos, el pequeño Matt, con un nudo en la garganta, sí, que a él concernía; echó a correr a los brazos de su madre, llorando, y, entre gemidos y lamentos apenas entendibles, comprendieron al punto lo que sucedía.
Qué reacciones más dispares: Helen, echándose a llorar en un abrazo mutuo con su hijo; Remus, agarrado por Tonks, encendida la mirada, pretendiendo acercarse al elfo para golpearlo también él. Se espantó el elfo del licántropo y trató nuevamente de huir, pero Benjamin lo derribó al suelo de una patada. Después, como viera que su novia era insuficiente para aplacar a Remus, la ayudó para sosegarlo. Ni con palabras se podía, sólo refrenándolo.
Una vez pasó la impresión, los temperamentos, en lugar de calmarse, se agitaron más aún, pues con la rabia que iba embargándoles no podían por menos que otra cosa. Remus, sujetado una y otra vez por su primo, los ojos inyectados, amenazaba con ir a casa de su tío para matarlo; Helen, quien se veía más sosegada, no dejaba de llorar derribada en el suelo y difícilmente encontraba las palabras con que expresar su lamento, sólo gemidos. ¡Su hijo, su hijo! Amenazado de muerte... Qué desvarío, qué sueño más vívido, qué despropósito... ¡La maldición los arrastraba como una corriente incontrolada de agua!
Lo peor llegó cuando se percataron de que estaban, pese a todo, desprotegidos. El elfo, antes se suicidaría que confesar contra su amo; poco podría ayudar Benjamin en esa misión. El testimonio del elfo era insuficiente, todos lo sabían. Qué nuevo berrinche sacó de aquella conclusión Helen; cuán nuevo ardor asesino inflamó el corazón de un padre herido. Quedando como quedaba, sólo era una pugna entre rivales en un juicio; quién llevaría la razón, quién mentía, ambos representarían bien su papel y ninguno sabríase de antemano llevar las de ganar o de perder: los padres de Benjamin eran ricos, influyentes, de esas familias de las que no se duda; Remus, el ministro...
Pero ¿de qué podía servir un juicio, cuan largo pudiese ser, si no había forma de impedir la fatalidad que les deseaban?
–Todo esto es por mí, es por mi culpa –explicó Benjamin, quien, triste, creía haber encontrado la solución–. A quien quieren es a mí. Yo fui el que me escapé, yo el que he manchado su ilustre familia. Os dejarán en paz a vosotros si yo regreso a su redil.
–No lo permitiré –replicó el licántropo–. ¿Qué redil, primo? Yo sólo he visto una jauría de lobos hambrienta. Pero si quieren guerra¡la tendrán! Y tú permanecerás en mis filas. ¿Acaso Príamo se zafó de Helena para salvarse de la maldición? Amigo, si mi familia está perdida, arderá igualmente contigo dentro que fuera.
–No digas eso –masculló la adivina, que en el instante de decirlo apretaba contra su pecho a una lacrimosa Nathalie, a quien los golpes del elfo le habían provocado lástima.
–Claro que no –exclamó Remus, relativamente recuperado y acusando un optimismo extraño de imaginar en situación análoga–. Se ha equivocado conmigo. ¡Muy equivocado, sí señor! Desplazaré a todos los aurores del Ministerio si es menester. En esta lidia nosotros hemos de llevar las de ganar y él, las de perder. Que se atreva a poner de nuevo una sola pezuña en nuestra casa y todos los lobos del mundo se le echarán encima. ¿No teme a los licántropos? Que tema sólo a uno, que tema sólo a éste, al que mordió a su hermano, al que le morderá a él igualmente sin asomo de remordimiento.
Sin embargo, las palabras no traen consuelo. Ni consiguieron calmar a Helen ni aplacar las lágrimas de Nathalie ni tranquilizar a Matt, que temblaba desquiciadamente algo apartado por que nadie lo viera sumido en aquel estremecimiento de pánico; sólo Tonks se percató, volviéndolo a refugiar en su cálido abrazo.
Por eso mismo se hizo necesario que alguien aportara alguna otra solución, menos voluble, más física. Que las palabras, mal que le pese a Sorensen, se volatilizan, pero los hechos perduran y son mucho más agresivos. Como el que habría de producirse. Ingeniosa idea la de Benjamin; ingeniosa y brillante. Si no hubiera sido por lo dramático de la estampa, hasta se le habría aplaudido por la misma; pero entonces, en verdad, nada dijo. Se limitó a exclamar jubiloso, a farfullar incomprensiones, a preguntarle a Tonks si le importaba si se marchaba un momento, a prometer que regresaría al cabo de un instante y, por último, a echar a correr. No fue el único que lo hizo: Matt también; nadie le dijo nada, pero lo vieron echar escaleras abajo con la misma prisa.
Increíble oferta la que disfrutaron, a la mañana siguiente, Richard Lupin y su mujer: dos sorpresas por el precio de un enojo creciente.
La primera llegó a primera hora de la mañana. La trajeron un par de lechuzas; ¿cómo iban a reconocerlas ellos como la de la familia del licántropo y la del hijo de éste? Portaba un pesado paquete que dejaron sobre la mesa de la cocina. La firma, de Benjamin: aquello sí que era una sorpresa; la nota, más que eso, un insulto: «Espero paséis una más que feliz Navidad (¡es broma!). Deseaba enviaros una suculenta pieza de pavo, pero os merecíais algo mejor. Disfrutad de él y... ¡qué aproveche! Se despide (¡para siempre!) Benjamin a secas.» Morgan retiró la cinta de embalaje con incertidumbre. Terminado el proceso, se retiró asqueada, cubriéndose medio rostro y conteniendo la respiración. Qué grito salió de ella. Su marido se acercó por ver qué contenía. ¡Santo Dios! Quedó lívido de la impresión. Qué tremendista final para el elfo doméstico. Aquél había sido su ataúd; aquél, el recipiente de sus huesos; aquella, la prisión para expiar sus culpas, amén de su aliento. Yacía en el interior con la faz morada, con los ojos abiertos de terror, atrapado en una expresión de desaliento; cuán pronto fin, consumirse anhelando una bocanada más de aire.
La segunda por sorpresa no ha de ser tenida. Con qué maneras, qué irritación, la recibió Richard. Ha de ser tenida por astuto contraataque. Los había infravalorado; al recibir a media mañana el nuevo número de Corazón de bruja supo que se había equivocado en su valoración sobre ellos punto por punto. Pues rezaba: «¡Exclusiva: los hijos del Ministro amenazados de muerte por su tío, Richard Lupin.» Aparecía, desmesurada soberbia, una fotografía suya en la que se encontró más desmejorado que de costumbre, más fiero, más venenoso.
Estrujó la revistucha y la arrojó a la papelera sin ánimo ni para leer lo que hubieran podido escribir dentro. Se dejó caer sobre una silla; no estaba vencido, sólo pensaba. Había movido él un peón para devorar al alfil, pero las filas enemigas se habían revuelto aprisa y habían atacado implacablemente; el mismo rey se había hecho cargo de la situación. Y pronto la reina. Su siguiente movimiento habría de ser muy meditado; pues, que no quepa duda, allí no había acabado todo. Cuanto habían conseguido era tan sólo una tregua, una en nada pacífica, que, de haberle sucedido algo a aquel lobezno imberbe, todas las miradas habrían caído sobre su respetable familia¡qué deshonor, en nada deseado; ya que, al acercarse Morgan hasta el hombre para poner sobre él sus manos consoladoras, él dijo:
–Si quieren guerra¡guerra tendrán!
«Entonces fabló Dios: "Haya luz", et hubo luz. E vio Dios que la luz era buena e la separó de las tinieblas, e llamó a la luz día et a las tinieblas noche.
Antes de que fuese dada a luz, la luz ya existía. Prima luce temporis, ya se la conozía. Portal de conocimiento más sabio que los vaticinios de los adivinos, ca lo qu' éstos predicen, ésta, lucis lumen, ya lo habrá vivido. Suus lar, subtulus, lux laris terrarum. S' arrastra como la serpente e pareze lo mismo de vil, mas quanto persigue es sólo fazerse justicia a sí mesma. Ca de todo ella est alfa et omega.»
Allí abajo reinaba la oscuridad, y allí abajo, menuda paradoja, se revolvía un retal de luz. Sollozaba. Es difícil concretar si una mancha de luz, la luz violeta, no quepa duda, que no puede ser ya otra, está lloriqueando en veras, pues no es más que eso, una luz, que qué tiene de humano para llorar... Oh, pero lloraba, sin lugar a dudas; su sollozo era leve pero audible; sus estremecimientos, ligeros pero continuos; sus lágrimas, plateadas, tan plateadas como rayos de luna, y cubrían el suelo como un lodazal. Y la luz, en el centro de aquel cenagal, lloraba. ¡Consuélate, pobre candil!
En medio de tanto húmedo malestar apareció una voz. Qué se puede decir de una voz cualquiera; qué, entonces, de aquélla. Si había de haber algún consuelo para sus lágrimas, acababa de recibir el bálsamo. Dulce, mística, sana, bondadosa, culmen de dichas, atronadora voz que parecía colmarlo todo de gracia y ciencia; pero, por seguir con la descripción, había un matiz en ella que parecía indicar que se producía sin acierto de saber dónde, sin miras, ciegamente. Y esto último queda confirmado por quien dijo ser:
–¿Por qué lloras?
Se detuvieron el llanto y los estremecimientos. No parecía asustada la luz, porque habló con voz, a la que ya nos tiene acostumbrados, que nada de esto denotaba:
–Estoy triste y desconsolada –respondió.
La voz sin portadora, tras una pausa, que nada tiene de significativo, preguntó:
–¿Sabes quién soy?
–Sí –contestó.
–¿Quién? –le inquirió.
–La pitia de Delfos.
–Veo que te han hablado de mí... –comentó maravillada la descubierta.
–Mucho allí de donde vengo –habló la luz con tono más recio–. Pues punto por punto, sin dejar atrás coma ninguna, se han cumplido todas tus palabras. Y el futuro de este tiempo se ha vuelto oscuro y sin fundamento –repuso triste.
–Tu presente, chiquilla. Pero futuros hay infinitos, siempre se suceden. Siempre hay un amanecer para una velada; siempre una primavera para un invierno.
–Ya no –reconvino después de un hondo suspiro–. Todo está consumido. La maldición se ceba sobre Matt; para él ya no queda ni esperanza. Lo amenazan mil y un frentes; los que lo protegen, algún día cederán. En esos tiempos de tempestad muchos quieren matarlo. Y yo, ahora, deseo salvarlo.
–Es natural. ¿Acaso no le prestaría su ayuda Rea a Cronos de hallarlo devorado por sus enemigos; acaso no Hestia a Hades de encontrarlo agonizante en el mundo subterráneo; acaso no Ártemis a Apolo de verlo sufridor de flechas adversas?
–Pero mi propósito fue un fraude. Si vine aquí no fue con otro objetivo que el de salvar el futuro, mi presente; que es ahora cuando se están gestando las amenazas que habrán de dar al traste con el florecimiento de Matt. Si mis intenciones no disfrutaban de honradez ninguna al principio, sino de honesto sacrificio¡el tiempo me ha enseñado a enmendarme! Qué falacia. Que soy yo su asesina.
–No digas eso, muchacha.
–¡Es la pura verdad! Todo es un despropósito, una vergüenza, un enrojecer sin fin, unas turgentes lágrimas que habrían de ahogarme, pero que no lo hacen. Y, cuando retorne a mi ser, mis pasiones, mis sentimientos, seguirán siendo los mismos, que cuanto habré vivido y conocido quedará olvidado en la memoria de maleficios violáceos, sin poder transmitírselos a la corpórea. No soy, al fin y al cabo, más que un reflejo. Yo he provocado el desastre, ése es mi nefasto destino.
–Sécate ya esas lágrimas y contente de derramar más. Que hasta los destinos nefastos son necesarios; que desde tiempos inmemoriales te estaba predestinado el volver a tus recuerdos olvidados y liberar al demonio de su prisión. Sírvate de consuelo, mi niña, el saber que, si tú eres la culpable de la maldición, también su remedio eres; que si alguna esperanza queda para Matthew Lupin, de tu mano proviene. Tú eres el ángel que, desde el cielo, no para prenderlo, sino para soltarlo, viene cumplidas las mil quincenas.
–Pero...
–Y, si algún ángel habrá de atarlo de nuevo, sé conocida como tal, que tú liberarás los cuerpos, despojarás las almas y lo barrerás del mundo con un soplo de pureza. Consuélate, que aún hay esperanza para Matthew si tu corazón la alberga. Todo se está cumpliendo, nada se te achaca, que en ti se reconoce la bondad de la parte de tu sangre que te engendró.
»Pero, ay mi niña¿podrías concederle un favor a esta baja anciana, que no ve, pero que, ni viendo, lo desea anhelantemente¿Te mostrarías a mí como hiciste al fallecido de Albus Dumbledore cuando aquí mismo le conociste y hablaste, mostrándole a él cosas que sólo los adivinos sabíamos¿Lo harías, eh?
La luz asintió, o al menos se agitó en un movimiento que por afirmativo se tiene. Se levantó sobre sí y se convirtió, oh espanto, oh incredulidad, en una niña, con todos los rasgos de una, de aproximadamente unos doce años, hermosa, radiante, pero que seguía siendo una luz, transformada su piel en un vaho violáceo que se transparentaba translúcidamente.
–Los ojos de tu madre –volvió a hablar la pitia, ahora con voz más reposada–, su misma profundidad; la bravura, de tu padre, en cambio. Ahora he de marcharme, quizá para no volverte a ver más, al menos hasta que mi hora llegue y tú heredes mi cetro. Tan sólo dos consejos te dejo antes de partir, que espero tomes más por leyes que otra cosa, pues, en incumpliéndolos, no habrá destino que seguir, y sé que tú no deseas esto, pues a éste conoces largamente. El primero: no libres más pugnas con el demonio, la hora avanza, no la detengas; el segundo: nada más digas a Matthew Lupin sobre lo que habrá de sobrevenirle, o él podrá cambiarlo todo. Y escrito queda el destino, para bien o para mal. Suerte, niña mía.
Y la voz se extinguió.
Ni un paso dio la niña, la luz, el híbrido de chiquilla y luminaria, cuando un tropel de éstos, ajenos, la asaltaron. Ni tiempo tuvo para reaccionar. Matt había bajado precipitadamente los últimos escalones e irrumpió en el sótano a la carrera, rompiendo una firme promesa que desde pequeño mantenía: la de no entrar en aquella estancia que tantos escalofríos le merecía. Pero allí estaba, incumpliendo su propio fuero, ignorando si se volvían a producir los temblores, la extraña picazón, pues le preocupaban asuntos más inquietantes.
Respiró aliviado al encontrar tan pronto a la luz. Pero... ¡tenía el aspecto de una muchacha como él! Y, si él estaba asombrado por el descubrimiento, la chiquilla aparecía espantada por haberlo descubierto él. Intentó echar a correr, pero él la disuadió. Temiendo que pudiera escapársele con la celeridad de un relámpago, le increpó a toda prisa:
–¿Quién va a matarme?
Vaciló la luz, pero al poco respondió, con voz temblorosa:
–Tim Wathelpun.
Y, como si hubiera dicho algo impropio o se arrepintiera de lo respondido, con lágrimas en los ojos, echó a correr y se desapareció convertida, como acostumbrados nos tiene, en una mancha sin forma, en un pedazo brillante de luz. Matt la llamó todavía unos minutos, pero ya no respondió a sus gritos; ya no volvería a responderle a nada. En realidad, la luz y Matt no volvieron a encontrarse después de aquello. La luz guardó el silencio que a la pitia le había prometido; Matt se refugiaría en meditabundo callar pensando en su destino, en su cruel final.
No, la luz no le respondió ya a ninguno de sus gritos. Y, como volviera a sentir el estremecimiento antes descrito, el chico echó a correr escaleras arriba, alejándose de allí como alma que lleva el diablo, ignorante de que su destino, en verdad, se hallaba sepultado en aquel sótano que dejaba.
«Cae la maldiçión qual un crepúsculo. La amenaza del ramaxe, de los fijos, de los herederos. Del impuro linaxe prouendrá. Fasta que no sea erradicada su miseria, non habrá depuraçión. La mágica sangre est en discordia.»
Extraña mañana aquélla. La última persona que se esperaría encontrar llamó a su puerta. Morgan Lupin acudió al reclamo del timbre presurosa a la quinta e irritante llamada, maldiciendo entre dientes al elfo doméstico, a cuya falta todavía no se acostumbraba. Intentó cerrarle la puerta, una vez abierta, pero no pudo; la adivina, a la que, en felices circunstancias, abrazaría como su sobrina postiza, interpuso el pie y empujó con gran fuerza, sólo explicable en su caso por ser madre desesperada. Entró atropelladamente, con la dignidad y la ira de una fiera.
–¿Qué haces aquí? –inquirió Morgan con voz acongojada. Como quien pierde los estribos y no sabe lo que hace y cuanto hace sólo responde a su deseo de subsistir, se abalanzó con demente precipitación sobre una alacena y, rebuscando en un cajón, blandió una varita feroz–. ¡Fuera de aquí!
–No pienso irme a ninguna parte –repuso altiva.
Y, ni corta ni perezosa, aunque la varita de la otra seguía fija sobre ella, siguiéndola mientras caminaba, anduvo majestuosamente hasta el sofá, donde se dejó caer con indiferencia.
Morgan no podía dar crédito a lo que sus ojos percibían. Temblaba de ira, pero también de miedo; no era ella de las que se hubieran enfrentado jamás antes a una situación semejante a aquélla. Se contentaba con concebir aniquilaciones en la segura confortabilidad de su hogar. Pero, ya que su marido estaba fuera, tendría que ser ella quien tomase las riendas de la situación, que, intuía, se le escapaba de las manos como un brioso corcel de guerra descontrolado.
–¡Fuera de mi casa! –repitió con idéntico tono histérico y con menos incluso convicción, causada por el pánico que la devoraba–. No eres bienvenida aquí, márchate.
–Cállese –le espetó Helen sin indulgencia, sino, más bien, todo lo contrario, completamente iracunda–. Y deje de apuntarme¿quiere? Yo también tengo una y estoy esperando un motivo, sólo uno, para utilizarla contra usted. Si he venido hasta su casa no es nada más que para demostrarles que tengo coraje y humildad. ¡Y que quiero a mis hijos, sobre todas las cosas. ¿Sabrá usted lo que es acaso eso? –preguntó con frialdad–. Créame, no me produce satisfacción estar en esta casa y, créame también, estoy conteniéndome las ganas de abofetearla aquí mismo. Porque si intenta tocarle de nuevo un solo pelo a uno de mis hijos...
–¿Me estás amenazando tú? –preguntó, interrumpiéndola, rescatando una pizca de su amanerado refinamiento glacial.
–Rowling me libre –contestó en tono sarcástico, presa de un repentino arrebato sentimental, conque tuvo que hacer un esfuerzo extra por contener las lágrimas–. Cuanto he dicho es que, de ninguna de las maneras, vuelva a intentar matar a mi hijo.
–No sé de qué me está hablando –reconvino indiferente.
Helen, exasperada, sin poder reprimir ya las lágrimas, que cayeron en abundancia sobre sus mejillas encendidas de cólera, saltó de su asiento y se abalanzó sobre la desprevenida mujer, cogiéndola de un brazo del que apretó con saña, quien, de tanto pavor como le produjo, perdió la varita y fue apresada por una expresión aterrada, gimoteando de impotencia.
–Bien que lo sabe, arpía, bien que lo sabe –habló entre dientes mientras hendía las uñas en su carne como único gesto violento capaz de desahogarla–. No pienso repetirlo más. No me importaría ir a Azkaban por mis hijos, se lo juro. ¡Se lo juro!
Ambas mujeres se percataron de pasos en la escalera y Morgan, aprovechándose del inmediato desconcierto de la adivina, se apartó de ella con un fuerte revés. La mujer que apareció al término de los escalones y ella no se habían visto jamás una a la otra, pero a Helen no le fue difícil reconocerla o, al menos, intuir quién era: Charlotte. Sus rasgos eran cínicamente hermosos, pero el despótico talante que les proporcionaba la transformaba en un ser aborrecible. Parecía no compartir ningún rasgo, ninguna facción, con su linaje, pero el lacerado brillo malicioso de su mirada era seña inequívoca de su procedencia. Aquellos ojos grises, como tormenta, abrumaban. En sus brazos portaba una criatura que, por su hocicudo rostro y sus manillas rosadas, que fue cuanto la adivina le pudo ver, no llevaría en el mundo más de tres o cuatro meses.
–¿Quién llamaba, mamá? –preguntó con una voz que nada tenía de dulce.
Según la disposición de la escalera, Charlotte descendía vuelta de espaldas a Helen, de forma que todavía no había podido verla.
Su madre no le respondió. Fue al bajar por completo cuando la descubrió y semejante reacción a la experimentada por su madre fue la que tuvo. Helen estaba lívida de furia incontrolada; Charlotte, de sorpresa. El bebé, presumiblemente suyo por el parecido que entre los dos existía, rompió a llorar.
–Helen Lupin, la advenediza de la familia –le reprochó–. Las buenas lenguas dicen de ti que tu padre es un patán sin poder mágico alguno; ¿qué crees que dirán, pues, las perversas, eh?
–Charlotte, imagino –le espetó sin esperanza de que le respondiera, sin ánimo tampoco de que lo hiciera–. Sabe qué, ahora que la veo opino que cuanto me ha contado Remus sobre usted no es ciertamente una exageración; se quedaba corto.
–¿Crees que cuanto haya podido decirte ese asqueroso y maldito híbrido va a importarme o incluso afectarme a mí lo más mínimo, eh, impresentable mestiza? Pues, en tal caso, estás completamente equivocada. –Y volviéndose hacia su madre, absolutamente repuesta ya y poseedora de la misma cruel mirada de su hija–¿Qué hace esta sangre mestiza en nuestra casa¿Por qué no la has echado?
Morgan fue a hablar, pero Helen se le adelantó:
–¿Quieren callarse ya de una vez las dos? No los hemos denunciado por respeto. –Charlotte rio fingidamente como si lo dudara–. Tendría que ser yo quien las echara a patadas de este mundo y quien se refocilara maltratando sus cadáveres impuros. Lo que han hecho, o pretendido, por suerte, no tiene ni nombre. Y ustedes no son ni personas, no tienen corazón. Cuanto quiero es, al menos, que se disculpen y, también, que juren por lo más sagrado –en aquel punto las lágrimas empañaban sus ojos escocidos de no poder conciliar el sueño ninguna noche– que no volverán a intentar ningún daño contra ninguno de mis hijos. Si no, no sé de qué sería capaz.
Morgan fue a hablar de nuevo, pero en aquella ocasión también su hija le tomó la vez:
–¿Disculparnos¿Disculparnos de qué¿Os habéis disculpado vosotros por la calamitosa injuria que habéis proclamado contra nuestra honrada familia? Cierra esa sucia bocaza tuya, idiota, y cállate de una vez por todas, que tus gritos están torturando el hasta ahora apacible sueño de mi hijo. Nunca dejaremos de extorsionaros como nunca cesará la maldición que, cual una lacra, tu estúpido marido ha impuesto sobre todos nosotros.
Ya no le quedaban lágrimas que derramar a la adivina. Sólo la ira la embargaba, una ira terrible y traicionera. Y las pocas lágrimas que aún hubiera sólo eran de eso, de rabia y de ira. Ya que, ella que nunca había deseado mal a nadie, profirió la amenaza siguiente, casi sin pensar, sólo con rabia, con rabia y con ira:
–Entonces, ojo por ojo y diente y por diente.
El niño que recogían los brazos de Charlotte dejó de pronto de llorar, como si una inmensa losa hubiera caído cerca de él y hubiese ahogado sus gritos.
Charlotte no cabía en sí de rabioso enojo, aunque, si se permite una humilde añadidura de un también humilde espectador, en mi opinión pavor tampoco le faltaba. Su mirada era un ácido veneno que, de ser mortal o lanzar puñales, habría fulminado a la también colérica adivina. Duelo de titanes era el que se avecinaba entre dos personalidades de tal potencia.
Se volvió Charlotte hacia su madre y le tendió el niño para que lo tomase.
–Encárgate de Timothy –le dijo–. Llévate a Tim de aquí, haz el favor. –Pero, aunque lo cogiera y sostuviera en sus brazos, Morgan, impertérrita, no se movió un solo paso de donde se encontraba. Helen se encontró con su enemiga vuelta de nuevo hacia ella, la cual le espetó entonces–: Eres tan pusilánime y tan cobarde que no te atreverías.
–No me conoces en absoluto como para juzgar de lo que soy capaz o no –le rebatió.
La respuesta no fue, claro está, del agrado de Charlotte, que la recibió rechinando los dientes y apretando los puños; había esperado que vacilara, incluso que se mostrara reacia a seguir la farsa, puesto que sabía que ninguna nacida de muggle albergaba en su corazón pensamientos ni licencias tan oscuros, pero, en ningún caso, que le plantara cara. Y, si bien era cierto que de las palabras a los hechos dista un trecho abismal, no obstante, el pánico que embargaba a la adivina llegó a acariciar las sienes de Charlotte; y aquella sensación la espantó.
Se lanzó contra Helen y ésta la recibió con ansias de enfrentarla. El duelo se había iniciado. Morgan contemplaba, anonadada, espantada de tomar parte en la pugna que en su salón se resolvía, cómo las mujeres hacían de sus puños ahora sus palabras, voraces; de sus mechones de cabello, sus cadenas; de sus bocas, afiladas sierras; de sus miradas, atemorizadores escudos. No conocían límites para defender sus causas. Y nunca ninguna parecía llevar las de ganar, pues por la furia luchaban por igual, arrojadas, terribles e implacables.
–¡No te rebajes a su nivel, Charlotte, hija!
Al fin Morgan tomó parte. Pero no era ella versada en puños ni creía poder sobrevivir de recibirlos, de forma que, blandiendo la varita que recogido había del suelo, lanzó a la adivina por los aires con tal estrépito que la hizo golpear contra el muro, quebró varios lienzos y terminó cayendo de bruces contra el suelo. Tan funesta había sido la caída que Morgan temió por su vida. Pero no lo lamentaba. En sus labios se había abierto una tímida sonrisa, cual de inesperado poder, que sólo fue desvanecida cuando su hija, el rostro todo ensangrentado por los arañazos que en él su adversaria le había provocado, le tomó el pulso. Vivía.
Maldiciendo su mal hacer, le devolvió su hijo a su madre y correteó hasta la cocina. Regresó al instante empuñando en su mano una brillante hoja. Charlotte conoció sus intenciones y se sonrió. Al llegar junto a ella, Morgan recogió de nuevo al niño y tendió el larguísimo cuchillo, de punta temiblemente afilada, a Charlotte.
–Mátala –le ordenó.
En los ojos de su hija creció un brillo malicioso, signo de su deseo por hacerlo, pero la sorpresa la había sobrevenido tan de repente que exclamó acobardada:
–¿Quién, yo?
–¡Claro que tú! Mátala, he dicho. –En viéndola vacilar, se apuró diciendo, inflamada–: La registraremos y le quitaremos la varita y todo el dinero que pueda llevar encima ahora mismo. Después, la tiraremos por un barranco. Ningún tribunal nos imputaría su muerte; pensarán que, como no se defendió, se hallaba sin varita, conque deducirían que un simple muggle pudo matarla con intención de robarla. Nadie se imaginará que esto es obra nuestra. ¡Mátala!
Como le tendiera el cuchillo impetuosa, Charlotte lo cogió. En su mano, la resplandeciente hoja resultaba más temible, puesto que sin duda más certera y despiadada también. Se acercó taimadamente hasta el cuerpo inconsciente de la adivina. Qué regocijo le causó poderlo tener a su merced, voltearlo a su antojo para descubrir su rostro amoratado por los golpes que le había asestado, sus párpados caídos en un sueño del que jamás despertaría, y levantó el cuchillo por encima de él, vuelto hacia abajo, amenazante, dispuesto contra su garganta. Ni asomo de remordimiento; tan sólo excitación.
Mas, en el justo momento en que iba a hacer realidad el imperante mandato de su madre, la cual, triunfante, observaba con anhelo ver destruida a aquella insolente usurpadora, algo se lo impidió. El miedo, la exposición, el descubrimiento del secreto. Charlotte gritó. El cuchillo se escapó de sus manos con tan buen tino que no rozó parte alguna del cuerpo que yacía por debajo de él. La mujer se giró bruscamente para descubrir bajo el umbral de la puerta a su padre, quien les gritó con el rostro desencajado:
–Pero ¿qué estáis haciendo, insensatas?
Aprovechando el desconcierto, que después de esto habría de ser mayor, un maravilloso evento dejó a sus tres espectadores sin habla. Mientras Morgan buscaba las palabras acertadas para explicarle la extraña estampa en que Richard las había encontrado, atemorizada, ya que su mal humor era por entonces más terrible que nunca, una sombra de color, iluminada, revestida de un brillo vengativo, surgió del bolso de la adivina, subrepticiamente al principio; dejándose, después, ver por completo. Era la luz violeta, que había estado espiando a Helen aquella mañana y la había escuchado rumiar su determinación de ir hasta allí, introduciéndose entonces en su bolso para protegerla, como bien necesario se hizo.
La cubrió consigo misma, como una manta, protectora y cálida. Al descubrir el ardid, Charlotte trató de impedirlo, pero, al ir sus manos a tocar el cuerpo de la yaciente, se electrocutaron, pues la luz se había vuelto, enojada, contra ella. También Richard corrió a auxiliarla, pero contra él también se volvió la luz, que se elevó y golpeándolo en el frontal lo hizo caer hacia atrás.
–¡Rápido, impedídselo! –gritó Richard.
Morgan asió con fuerza su varita y conjuró una maldición contra la cúpula malva, pero se desvaneció hecha añicos de luz al golpear la superficie violeta, que, a simple vista, no parecía afectada. No la siguieron atacando, era imposible. Ni tampoco tiempo tuvieron. La luz se desvaneció como la bruma de la mañana al calentar el sol de mediodía. El cuerpo de la adivina no estaba; debía haber desaparecido con ella, arrastrado consigo.
Richard bufaba colérico, fuera de sí.
–¡Maldición! –escupió–. ¿Qué os proponíais vosotras dos, idiotas?
–Pues, asesinarla –contestó Morgan temblorosa–. Se ha presentado en casa tan fiera como una loba y nos ha amenazado incluso.
–¡Morgan, estúpida! –le gritó su marido conteniéndose las ganas de rodear sus fuertes manos sobre su endeble cuello–. Habéis caído en su trampa como dos necias. A todas luces, esa mujer esperaba que algo así ocurriera; o, si no¿por qué habría conjurado ese artificio de luz y lo habría guardado en su bolso? Qué estúpidas, las dos. ¿Se os ha ocurrido mirar qué tenía dentro del bolso, eh? –Ambas mujeres cabecearon silenciosas. Su docilidad encolerizó más al cabeza de familia–. Vuestra necedad nos va a perder a todos. Seguramente, cuanto buscaba era una confesión; su bolso podría contener una grabadora o una cámara de vídeo. ¡Qué insensatez la vuestra! Esperaba que la atacaseis y por esa razón se cubrió las espaldas con esa luz defensora. Eso lo justifica todo. Qué estúpidas y qué sandez nos pierden.
«Todo quede en poridat. Nada quede en el vulgo. Sea todo occulto. Sea así más fácil el morir de los annos de florescimiento. Sea así más fácil oluidar.»
Los marrones ojos de la adivina, al fin, parpadearon, y del tumultuoso sueño en que había sido sumida despertó. Estaba en casa, se percató, pero el descubrimiento no la satisfizo ni alegró en absoluto. De la luz, secreta y enigmática, que había sido su salvadora no había señal alguna; se había marchado a rumiar su pena en soledad. Y Helen no sabría jamás que fue ella la que la rescató. Creería durante el resto de sus años que las dos malévolas mujeres de quienes, en lo sucesivo, su solo recuerdo, su sola mirada, eran un pensamiento amargo, un aciago dolor, se habían deshecho de ella tras golpearla, como de un felpudo.
Lloró. Incorporándose lentamente, aquejada de múltiples e ilocalizables martirios que, cuales puñales, la atacaban tanto el cuerpo como el alma, lloró. Las lágrimas que, hacía un momento, se agotaron en sus ojos, habían reaparecido, y más intensas y dolorosas que nunca. Gemía de dolor. Y sus manos no eran tan grandes ni tan permeables que contuvieran su caudalosa acometida. No hay consuelo alguno en el mundo para una madre que, ánima de padecimiento, teme que los dones que le confieren tal título le sean arrebatados.
Qué necia había sido enfrentándose a ellas, creyendo poder obtener algo de una pugna perdida de antemano. Ni siquiera había logrado salir victoriosa de su encuentro. Cuán arrepentida estaba de haberse mostrado tan débil. Cuánto dolor contenido en lágrimas tan gruesas. Cuánto pesar sin esperanza. Ella, que se había encariñado con la idea de poderlo arreglar todo con amables palabras; ella, que se había visto inspirada por un arrebato de venganza; ella, tan amante de sus hijos, tan anhelante de sus caricias, ahora completamente derrumbada. Y sin esperanzas.
Todo había resultado inútil y, a pesar de que lo volvería a hacer, a pesar de que volvería a hender las uñas en la carne enemiga y a vociferar en casa ajena por sus hijos, a pesar de todo ello, se avergonzaba de su actitud. Si Remus supiera lo que había hecho, a pesar de los motivos que pudiera tener, a pesar de los pesares... ¡cuán injustamente la trataría! La recriminaría con duras palabras para después consolarla de las lágrimas que éstas le habrían provocado.
Lo guardaría en secreto; sería su secreto. Sólo suyo; confinado en el fondo de su ser, atemorizado por amenazas, fustigado por látigos, pero que se revolvería y, de cuando en cuando, florecería en sus mientes para atormentarla. Estaba segura de ello, no diría nada a Remus.
El espejo le devolvió una imagen que no era la suya y que la asustó. Los golpes, amoratados, no le producían ese efecto, si bien es verdad que la impresionaron; era el miedo, el pánico, el más terrible de los temores expresado en sus facciones compungidas, rotas en llantos continuos, marchitas en un confuso atardecer, cuando siempre había sido fuerte e inconmovible; pero se desmoronaba ahora, caía precipitadamente en un rápido y fácil corromper como una alta torre que se precipitase contra el suelo.
Se maquilló las contusiones que afeaban su rostro para ocultarlas de la vista. Pues había de ser su secreto; sólo suyo.
«Después dixo Dios: "Haya luminares en el fermamento qui separen el día de la noche, sirvan de signos para discernir las staciones, los días e los annos, e luzcan en el fermamento del cielo para iluminar la terra". E fue así. Fizo, pues, Dios dos grants luminares, el mayor para gubernación del día et el minor para gubernación de la noche e las strellas.
Plena luna est honoris luna. Luna de bendiçión e luna de maldiçión. De bendiçión porque d' ella el omne será nascido; de maldiçión porque d' ella será perdido.»
Se alzó en el firmamento, regio, el trono de marfil de las estrellas, la argentada corona del Discóbolo, la plateada rosa de los vientos de los navengantes y de sus navíos en las inacabables noches de mecer solitario, la fiel compañera de los ladridos de los perros al morir el día, el blanqueado queso repuesto tras creciente para festín de los ángeles de los cielos según las leyendas que las viejas cuentan a sus nietos al calor de la lumbre, el redondo ojo de Dios para ver su creación de noche. Pronto estaría en lo alto, inconmovible, altiva, presagio de aullidos, reclamando a sus más leales súbditos.
Remus sintió su llamada poco antes de que despuntase por oriente. Era como un grito furtivo en sus entrañas, el abrumador sonido del cuerno que convoca a la guerra a su ejército. Ejército de noche, cubierto de pelaje, dorados los ojos, babeantes los hocicos, puntiagudos y amenazantes. A pesar de que le asqueara su aroma, se llevó a los labios otro sorbo de la poción de matalobos; después se estremeció a causa de su nauseabundo sabor.
Se despidió de su mujer con un beso sin palabras; de su hija, con un abrazo; y del último de sus hijuelos, con una caricia. No les dijo nada más. ¿Qué más habría de haberles dicho, cuando ya sabían ellos de buena tinta adónde se dirigía?
Se confinó en el sótano, confidente de sus desdichadas transformaciones y de su maldición. Careciendo de pudor ante él, se desvistió y, sin quedar sobre él ropa alguna que le cubriera su desnudez, la amontonó cuidadosamente sobre el suelo, en un rincón. Cuando la noche sobreviniera en su absoluta crueldad y el relente le azotase su cuerpo dolorido, el lobo con mente humana se echaría sobre ella empleándola de jergón y vería pasar las estrellas con los ojos cerrados para redescubrir un alba rejuvenecida, una aurora que duraría un mes, hasta que el crepúsculo declinase y se alzase la luna de nuevo, para mortificarlo.
No podía verla. Pero la sintió. El disco de la más dañina plata asomó tras las montañas su cara de nácar, su presagio de dolor, su grito desgarrador, como un aullido que no se escucha sino que, solamente, se padece. La fiesta había comenzado; retorcer de miembros, agitar del cuerpo, quebrar de huesos, y gritos, gritos de la más profunda de las torturas. ¿Dónde quedaba el hombre, dónde asomaba el lobo? Allí estaba el híbrido, composición, cópula de lobo y de hombre; estremeciéndose. Figura sin forma definida que se arrastraba por los suelos tratando de hallar en ellos consuelo para su dolor, acentuado; para sus miembros, que parecían huir de él; para su mente, que no podría soportar padecimiento tan agudo; para él, en definitiva, que habría perecido de haber durado más aquel tormento.
Terminado el proceso, apenas podía tenerse en pie; sus patas, temblorosas, acusaban el peso que soportaban entre las cuatro y amenazaban con dar con él en tierra, derribando al licántropo en el suelo cuan largo era, sin fuerzas ni para levantarlo otra vez. Abrió el hocico para toser y escupió sangre; finas gotas de su escarlata esencia se derramaron sobre el entarimado de madera del suelo mientras él renqueaba en busca de reposo, con las puntiagudas orejas caídas y las articulaciones de sus patas magulladas al tener que hacerlo medio arrastrándose, aspirando el aire con fuerza, con dificultad, jadeante.
Llegado el día siguiente, el que habría de pasar enteramente recostado en su lecho bajo los exquisitos mimos y cuidados de su mujer para recuperar fuerzas, calculó que cumplía ya treinta y cinco años de licantropía. En todos ellos la misma maldición, la misma tortura, mes tras mes; un total de 456 lunas se habrían alzado en el firmamento desde que él ingresara en sus filas; y jamás había faltado a su llamada. Y todo ello sin contar los años bisiestos, que, a lo sumo, habrían podido aportar alguna luna más. 456 veladas malditas, de suplicios indescriptibles y heridas incontables; ¿quién no sangraría ni penaría, pues, ante tan aplastante acometida, cual un mortificante batallón enemigo, cual un veneno corrosivo, cual una maldición maldita?
Se echó sobre sus ropas, sobre las que habría de dejar impresa la tinta roja de sus heridas, y entornó los ojos en busca del descanso que lo reconfortara hasta la mañana siguiente, cuando se viera de nuevo estremecido por análogo tormento, que no habría de terminar hasta que en él terminaran sus días. Y, mientras durmiera presa de zozobrantes pesadillas, una mano violeta le acarició el lomo.
«Et el rey David dize en sus salmos, en el que ha por nomne El príncipe perfecto
La graçia e la xusticia he de cantar,
he de tocar, oh Yavé, en el tuyo honor.
Marcharé por la senda intachable;
¿quándo uendrás tú a mí?
Proçederé en l' inoçencia de mi coraçón,
dentro de la mi casa.
No he de poner delante de los mis oxos
cosa inicua.
Avorrezco la conducta del malvado,
nada ha conmigo.»
Corazón de bruja nunca dejaría de sorprenderlo, fue lo que dijo Remus después de que Helen le mostrara victoriosa el último número recibido.
La portada era clara: una enorme foto suya sonriente con un titular abajo que decía: «¡Nuestro ministro, el hombre más elegante de Gran Bretaña!» Por debajo de las grandes letras huecas a las que se acaba de hacer mención aparecían diseminadas, sin ningún orden en principio, fotos más pequeñas de otros hombres, todos los cuales pasaban por desconocidos para Remus; también eran apuestos y muy varoniles.
El artículo era extenso, ocupaba diez páginas, y presentaba abundantes fotografías de las más diversas índoles de los hombres ya aparecidos en la primera plana. Eran instantáneas exultantes, muchas atrevidas, de corte arriesgado; los magos más provocativos, los cuales, presumiblemente, ostentaban los primeros puestos, se habían dejado fotografiar en ropa interior o se alzaban la camisa con sensualidad. Pero las había de todas las clases: vestidos de forma elegante, informal, en tono jocoso, sonrientes, serios, pícaros.
Helen se lo hubo de explicar, porque el licántropo no cabía en sí de sorpresa y ésta le impedía detenerse a leer con calma. Cada año, una célebre revista estadounidense escogía entre las celebridades de la comunidad mágica a los diez hombres mejor vestidos, elegantes e impecables. Gracias a la popularidad de la susodicha revista, los elegidos realmente gozaban de ese reconocimiento como si de un jurado especializado se tratase. Y Corazón de Bruja nunca se había hecho eco de aquel nombramiento hasta que su aclamado inglés figuró en él.
Remus figuraba en el cuarto puesto, detrás de un atractivo cantante. De él se habían publicado muchas de las recientes fotos que se le habían tomado; en su mayoría sacadas de las manos de su primo, Benjamin. La timidez o la vergüenza que hubiera podido sentir en una sesión con otro fotógrafo cualquiera se disipaba cuando su primo se situaba detrás de la cámara; era como conversar con él tranquilamente, sólo que con luz más tenue, un decorado en blanco y un constante parpadeo eléctrico. Conseguía hacerlo sonreír, que mirara a la cámara sin pudor, que se desabrochara unos botones de su camisa, y Remus hacía todo eso sin problema. El resultado, coincidían todos, expertos y aficionados: las mejores fotos, las más naturales, del licántropo.
Esto decían de él en la prensa norteamericana:
«Remus Julius Lupin, de 39 años de edad, es Ministro de Magia de Gran Bretaña desde hace tan sólo uno. Es poseedor del Premio a la Sonrisa más Encantadora del año pasado, galardón que se concede en su país. Su sonrisa es clara, pura, de dientes perfectamente alineados y blancos, cautivadora, capaz de animar a la risa y conocedora de su virtud.
Sin embargo, hay otras muchas a señalar en él.
Por el vestir, muchos lo conocen como el gentleman de Europa. Gusta de las capas largas, negras, los sombreros picudos o las chisteras, pero en lo relativo a la moda es una completa caja de sorpresas. Todo le sienta como anillo al dedo y en toda prenda su estilizada figura, atlética y muy masculina, queda patente. Tanto es así que un grupo de emprendedores escoceses ha iniciado un proyecto empresarial lanzando al mercado una línea de túnicas que llevará por nombre Lupus Lupin
En su gusto por la moda predominan los colores azul, blanco y negro, siendo, en realidad, poco discriminador en general con el resto de tonalidades. Prefiere la ropa cómoda y elegante a la "sport"; esto camina en sintonía con su propia personalidad. Aunque son muchos los que han tratado de hacerle una fotografía con el torso descubierto y a pesar de que las ofertas que se le han ofrecido al respecto han sido generosas, sigue mostrándose reacio a ese tipo de manifestaciones, lo que lo presenta como un hombre respetuoso consigo mismo y con su físico.
No se debe pensar, sin embargo, que pueda estar acomplejado con su cuerpo, pues manifiesto queda por las camisas ajustadas que a veces viste que posee un cuerpo de nota diez sobre diez, musculoso, vital y muy viril. Además, luce una piel bronceada de aspecto saludable.
Si en otros hombres el vello desluce, en éste es muestra de su increíble atractivo. Asoma rizado por el cuello de la camisa, en su justa medida, y es abundante también en sus fuertes antebrazos. Cuando a otros se hubiera pedido que se depilasen, en éste el pelo es seña de identidad y un seductor reclamo natural.
El ministro Lupin, además de cuanto se ha dicho sobre él hasta el momento sobre su elegancia y su bien estar, también cuida mucho de su aspecto. Sólo unas tempranas canas hubieran podido estropear su apariencia, pero bien lejos de lo cierto; éstas le dan un aire de madurez y de saber estar que lo alejan del atractivo juvenil para convertirlo en un verdadero sugestivo maduro. Suele peinar hacia atrás cuando acude a su trabajo, aunque en esto también suele sorprender, lo que da muestras de su versatilidad. Se deja bigote y perilla, pero el resto del rostro se lo rasura puntualmente a fin de dejar una buena imagen de sí mismo siempre.
Mas no son sólo su belleza y su elegancia las que lo hacen merecedor de este importante cuarto puesto de nuestro "ranking", sino también su fuerte personalidad, su don de gentes, su cuidada formación, su capacidad discursiva; pero, claro está, sobre todas las cosas, esos ojos color miel que tanto enamoran y de los que tantas mujeres querrían quedar prendidas de sus pestañas.»
«Al principio Dios creó la terra. La terra era soledat e caos, e las tinieblas cubrían el abismo, pero el ánima de Dios aleteaba sobre las aguas. Dixo después Dios: "Produzca la terra yerbas, plantas sementíferas de la su specie et árboles frutales qui den sobre la terra frutos contenientes en ellos la simiente propia de la su specie". E fue así. E Dios bendijo al omne diciendo: "Poblad la terra e sometedla; dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo e sobre quantos animales se mueven sobre la terra".
Melius oppidum est ipsius domus.
Los annos han caído, los tempos han mutado e las petras qu' un día alzaron grants omnes han caído. Ya nada queda d' ellas. Ya nada queda de nada. Sólo los omnes permanecen sobre la faz de la terra.»
Todo había sido decidido ya. Y, a tal efecto, todo estaba siendo preparado concienzudamente bajo la atenta supervisión de Ángela, que deseaba que todo saliese bien el día de su segundo enlace. Su hermana, la señora Nicked, le pedía que no se preocupase, pero ella ni por ésas lograba tranquilizarse, fuese a ser que, bajando la guardia, aunque sólo fuera un instante, algo fuese a quedar inacabado y tarde tuviese que echarse las manos a la cabeza sin posibilidad de enmendarlo.
La boda se celebraría, tras haberlo hablado con Helen y Remus, en el jardín de atrás de la casa de éstos. El licántropo y su mujer, como ya se ha esbozado más arriba al sugerírselo el bibliotecario a su hermano, se mostraron encantados con la propuesta; ni una pega tuvieron que ofrecer acerca del proyecto. Pues, aunque las ideas de Ángela eran desenfrenadas e incluso algo fantásticas, la sensatez de Sorensen conseguía refrenarlas.
El marco en que se dibujó la escena que se ha hecho necesario constar aquí y que es la que sigue tiene como telón de fondo el hogar de los Lupin; enfrascados en diversas tareas estaban todos en el salón: la señora Nicked tomándole el bajo de la falda al largo vestido de Helen, con más alfileres entre los dientes que en el propio alfiletero; ésta, dejándose hacer con despreocupación, hojeaba un catálogo de vestidos de novia para ofrecer su consejo, habiendo sido previamente demandado, a su tía sobre ellos; Remus prestando su humilde ayuda a su suegro, que garabateaba con lentitud su pluma con acierto dieciochesco sobre las cartas de invitación para plasmar en ellas la inspiración de la letra más curvada de entre las curvadas; algo más apartados, recayendo sobre ellos la mayor parte de la atención de los focos, Sorensen y Ángela, que discutían acaloradamente; al fondo, Nathalie, que se entretenía plasmando sin acierto colores sobre un papel, Alby, que dormía ajeno a la trifulca, y Mark, que se aburría soberanamente repantigado en un cómodo, que a causa de su enfurruñamiento por incómodo lo tuvo, sillón.
En qué mala hora Sorensen había soltado comentario tan inoportuno. La señora Nicked, que conocía el temperamento de su hermana, contuvo la respiración al escuchar la pregunta de su inminente cuñado. Y es que, como la conociera como la conocía, la reacción de Ángela no se hizo de esperar. Estalló la desdichada en gritos y en insultos, muchos de los cuales quedaron ahogados por sus propios hipidos de sobrecogimiento; la rebatió su pronto esposo a cuantas frases entendió de sus labios, maravillado de la intransigencia de la mujer. Qué de malo había, a fin de cuentas, en que él hubiera propuesto invitar a Ryan Simmons, el anterior marido de su futura mujer.
Como vieran que la discusión subía de tono, todos tomaron parte en el absurdo asunto, pues absurdo era, quede claro, a fin de calmar los ánimos. Tan sólo el señor Nicked permaneció impasible frente a su montaña de cartas, perfilando la tinta sobre cada una de ellas con talento artesanal; cuando se le encontraba afanado en aquella tarea era imposible sacarlo de la misma, se pretextase lo que se pretextase. Conque de esa forma se quedó, sentado, dirigiéndoles solamente miradas recriminatorias entre punto y punto, de ésas de hombre docto y salvado de espantos que deja claro que no lidiará en pugnas ajenas.
Consiguieron calmarlos, pero únicamente, y recalco: solamente, cuando Sorensen se retractó de su absurda proposición. Aunque poco hubiera podido tener de absurda, como ése fue el vocablo que empleó Ángela, aquí se deja para dar constancia no de lo absurdas que pueden ser las proposiciones de las personas sensatas, sino de lo absurdo que puede llegar a ser el comportamiento de las obstinadas.
Y para seguir dejando constancia de lo absurdo de la absurdez, baste decir que, a no más de diez minutos de las palabras tan duramente intercambiadas, todo parecía olvidado. Ángela reía de nuevo animada y abrazaba con bastante frecuencia al padre de su hijo, contenta de su inmediata boda con él. Pero nadie osó añadir ni media palabra más sobre Ryan Simmons o su invitación, y menos que nadie él.
Habiéndose dado ya las pinceladas generales sobre el decorado de la acción, pásese sin más preámbulos a la acción misma. Todo dio comienzo cuando sonó el timbre. Fue el licántropo quien se dirigió diligente a atender la puerta, pronto uniéndosele su mujer al ver que tardaba. Remus se preguntó resoplando, mientras descubría a sus visitantes a través de la mirilla, qué asunto habría traído aquella vez a las señoras Jenson, que caminaba últimamente con desmedido donaire por ser mujer del recién electo alcalde; Delannoy, a quien por su aguda mirada llamaban la cotilla, y Johansson hasta su casa.
En seguida obtuvo la respuesta: en el pueblo estaban organizando un mercado medieval y querían contar con su participación. La iniciativa, en honor a la verdad, fue mejor acogida por Helen que por Remus; la mujer, que llegó a tiempo para que le repitieran la explicación, solicitó que a ella le adjudicasen el puesto de la bruja local, para poder vender ungüentos y remedios mágicos; Remus la vituperaría más tarde, recriminándola por su actitud, que comparó sin desdén alguno con la de su padre; la adivina, demasiado feliz como para sentirse ofendida, le refirió que pensaba aguarlas; pero, en el fondo de su ser, ambicionaba poder hacer circular entre sus convecinos inofensivas pócimas amatorias, livianos remedios curativos, tan imperceptibles en su hacer que nadie pudiera darse cuenta de que obraban bajo encanto.
Las tres mujeres dudaron. Al parecer, no era aquélla la idea que ellas se habían conformado ya. Explicaron que habían pensado para ellos como idóneo el rol de condes. ¡Condes! Qué risotada más estridente e inoportuna la del licántropo, y qué miradas más agrias las que le dirigieron, al unísono, las tres mujeres. Conteniendo la risa, empresa harto difícil, les preguntó por qué habrían ellos de representar bien el papel de nobles cuando todos, les acababan de explicar, actuarían de agricultores, ganaderos, mercaderes y demás gentes de atavíos enlodados y mejillas sonrosadas; continuó diciendo que había casas más grandes y más bonitas que la suya, si es que era en aquello en lo que habían reparado.
Fue Delannoy, la cotilla, la que se apresuró para tomar la palabra y la que dijo que no era ni por el tamaño de la casa ni por su suntuosidad por que los habían escogido a ellos.
Remus insistió, entonces.
–Es por su ubicación –respondió al punto la señora Jenson con grandilocuencia–; no hay ninguna tan alta ni tan bien situada para que desde ella, como aquí, se pueda divisar, e incluso controlar, todo el pueblo. ¿Por qué, si no, iba a llamarse vuestra casa El mirador? Pero no sólo es por eso; es también para mantener viva la leyenda más importante de esta comarca.
–¿Qué leyenda? –inquirió intrigada Helen.
–¡Oh, Dios mío! –exclamó la cotilla–, no la conocen.
Y se persignó con teatralidad.
–Se cuenta la leyenda de que esta comarca, hace tantos años, tantos que el esplendor se ha volatilizado, era fructífera y más grande que ninguna otra ciudad medieval en el mundo conocido. La recorría una inmensa muralla que los arqueólogos han podido rescatar por tramos. Y en esta colina, en esta colina se alzaba una fortaleza de la que no queda piedra sobre piedra, de la que no se ha hallado todavía vestigio alguno que confirme su existencia. Pero verdaderamente, de generación en generación, se cuenta la leyenda de que existió; levantada sobre esta cara de la montaña, vuelta hacia nuestra aldea.
»Pero sí queda una prueba que confirma su existencia; un cuadro. En el recibidor del ayuntamiento se puede contemplar un cuadro gótico en que se representa una fortaleza, la más grande de cuantas se hayan visto, sobre estas tierras. ¿Nunca lo habéis visto en el ayuntamiento? –Helen y Remus cabecearon a la par–. La recubría por entero un alto muro que no dejaba ver nada, descollando de ella como una flor una inmensa torre de homenaje.
»Sigue contando el mito que en aquel castillo habitaba un duque, o que incluso el rey se desplazaba hacia él para convertirlo ocasionalmente en su segunda residencia. Se decía también que todas las tierras en derredor de él pertenecían a su dueño, pero que nunca reclamó renta alguna por ellas. Jamás, nunca jamás, nadie vio persona alguna entrar ni salir por sus puertas, que permanecían selladas a cal y canto. Sólo en los tiempos de hambrunas los habitantes de la zona podían encontrar carretas enteras repletas de hortalizas y frutas varias, hogazas de pan, pescado, carne, con que el duque alimentaba a sus hombres. Y por eso llamaban al duque El Bondadoso, y su generosidad fue tan popular en su momento que la gente peregrinaba hasta aquí para contemplar su fortaleza, cuya muralla medía el doble de alto que las convencionales.
»Pero, un buen día, todo se acabó. Todo se vino abajo. Literalmente. Una mañana cualquiera, al saludar a un nuevo día, los hombres de este pueblo encontraron un cielo más grande, ya que la silueta del castillo había desaparecido. Aquel día no se trabajó. Todo el mundo caminó sobre la colina preguntándose por lo sucedido, por qué no quedaba piedra sobre piedra. No quedaba nada en absoluto; todo había desaparecido. Algunos hombres decían que el fuerte vendaval de la noche pasada habría arrasado con los cimientos; otros, que el El Bondadoso se había marchado a otra parte y que, como su séquito había de ser tan grande, había pedido a cada uno de sus hombres que cargara una piedra y que lo siguiese.
»Esto, claro está, es sólo fantasía legendaria.
»Pero se sigue contando que, así como las murallas desaparecieron en una sola noche y ya no hubo piedra que lo confirmara, así también desaparecieron todos los archivos que hablaban de nuestro fortín. Ésta es la razón de que conservemos tan pocos documentos del final de la Edad Media.
»Y, como cayera en desgracia el objeto de nuestro esplendor, también nuestro esplendor cayó. Cesaron los visitantes, las peregrinaciones, y los grandes mercados que se abrieron a este propósito, las construcciones para alojarlos, las iglesias para albergarlos, quedaron marginados en la periferia. Pero los que ya habían visto la alta torre, escrutadora de los cielos, comparable a Babel, si es que esta última existió, sirvieron de testigos y de testimonio, puesto que en otros muchos lugares aún se habla de una fortificación tan alta como las palmeras del Oriente; y eso es suficiente para mantener viva la leyenda. Y continúan las habladurías, que nunca habrán de cesar, al respecto: como que esa fortaleza era la misma que Camelot, una ciudad viva que se marcha a su antojo; como que, fíjate tú, todavía perviven pasadizos secretos y cámaras subterráneas bajo de este suelo, justo debajo de vuestra casa, a pesar de que nunca se han encontrado; o, claro está, también están los que afirman que nunca existió.
»Pero, fuere como fuere, es bonito contar con fábulas como ésa¿no os parece?
Al regresar al interior de la casa, Remus hubiera deseado comentar con la adivina lo que las tres mujeres les acababan de relatar, pero su esposa estaba demasiado excitada como para hablar; le habían finalmente permitido ser condesa y bruja, tanto lo uno como lo otro, y andar actuando por el mercado como lo que realmente era, pero de lo que no se podía jactar, la ilusionaba al punto de parecer una niña.
«Arriva el segundo e postremero eclipse de luna de bendiçión. Ya viene...»
Desde temprano, una multitud rodeaba el muro de El mirador, la mansión de los Lupin. A pesar de su nombre, ninguno de los expectantes visitantes consiguió mirar para ver qué ocurría dentro; y es que los muros que Remus había construido a propósito de la boda alrededor de su casa eran altos, y los que esperaban impacientemente fuera no se habrían atrevido a aparecerse dentro. Eran los fotógrafos y reporteros de algunos otros diarios, que esperaban poder tomar alguna buena instantánea con la que obtener una apetecible cantidad. No obstante, Remus tuvo la delicadeza de preparar una bandeja de canapés con que contentarlos y se dejó fotografiar durante unos minutos, frente a la puerta, para que no se fueran de vacío, ni de estómagos ni tampoco sus carretes.
El reportaje de la boda entre su hermano y su tía política lo cubriría su primo, de forma que todo quedaba en familia, plenamente. Remus había llegado a un acuerdo con los principales títulos de prensa: él les dejaría tomar y publicar fotos de la boda de sus familiares siempre y cuando las tomase alguien de su confianza, a saber, Benjamin Lupin; no dudaban ni un instante; le tendían las manos y él, satisfecho, las estrechaba de buena gana. Que no deseaba ver su casa convertida en una comidilla de periodistas; con un fotógrafo que, a la par, era invitado, se bastaban y sobraban.
Aquella medida, claro está, también había favorecido al más joven del clan Lupin. El dinero que le ofrecían por aquellos reportajes los magnates de las letras impresas era una fortuna; dicho más sucintamente y en general: su caché se cobraba a la alza. Sin papeles ni burocracia mediante, se había ido convirtiendo, lenta pero progresivamente, en el fotógrafo privado, y casi particular, del Ministro de Magia. Era vox pópuli que de sus manos salían los mejores retratos de éste y no había revista ni diario lo suficientemente poco queredor de sus propios intereses que escatimara en las pujas para obtenerlas. Tal era su ganancia que Benjamin le había comprado una modesta casita a Tonks.
Por otro lado, la principal perjudicada, la más desconsolada por aquel pacto secreto, la que más lágrimas, en su intimidad, había derramado por él, a pesar de que por la más alegre habría de haber pasado, era Ángela. ¡Pobre desdichada, había imaginado un festín por todo lo alto, rodeada ella de fotógrafos y disparos de sus cámaras como una internacional estrella del cine de alto standing. En cierto modo, aunque durante un breve instante, lo disfrutó: que se escabulló ella hasta la calle y se dejó fotografiar por el gentío apabullante que aguardaba a las puertas de la casa. Mas sólo un minuto pudo estar, protagonista de un flash multitudinario, que Remus la avisó en seguida de que salía Sorensen y ella hubo de entrar, remangándose grotescamente la falda para no caer, dando grandes saltos, como una rana con cola y velo.
Otro perjudicado: el cura. Qué quejoso... ¿No podría ceremoniar y callar?; al fin y al cabo, iba a cobrar lo mismo, se quejase o no, y la boda, mal que le pesase, también se iba a celebrar de igual modo. ¿Por qué, entonces, habría de estar, fariseo, pregonando aquí y allá, buscando el clamor del público que en seguida de él, endemoniado loco, se apartaba, que aquello era suelo gentil y que un enlace matrimonial sólo se podía realizar en suelo bendecido? Abominable hombre... ¡Bese el suelo que es obra de lo divino y apártese del suelo que los Hombres han levantado! Pero, ante todo, cállese; limítese a ceremoniar.
Al menos fue razonable. ¿Quién lo escuchaba? Pues ¡nadie! A callar y a ceremoniar, pues, y los sermones, padre, déjelos usted para tierras de paganos.
Se habían dispuesto los bancos, blancos indudablemente, muestra de pureza, en dos grupos, a un lado y a otro, abriendo entre ambos un surco, un pasillo, por el que todos esperaban ver aparecer de un momento a otro a la novia enfilando por él. Ya la habían visto todos, la incertidumbre del vestido, de su belleza, era escasa, pero casi nadie había perdido el interés por aquellos importantes pasos, que la conducirían hasta el improvisado altar, un arco florido bajo cuyo óvalo se dibujaban los perfiles del enfurruñado cura; de Sorensen, elegante pero relativamente aterrorizado; y, junto a él, el de una firme señora Nicked, que cubría su tocado con una eminente pamela y que, obrando a las mil maravillas en su papel de madrina, le sonreía de vez en cuando para tranquilizarlo.
El momento de la anhelada aparición se aproximaba. Le antecedió Nathalie, cuya dulzura y cuya sonrisa robaron más de un corazón, que acababa de cumplir su tercer año de vida y era de esas gracias que descarnan lentamente, con una majestuosidad innegable. Vestía un trajecito rosa, de falda corta, en el que abundaban los bordados, los piquitos; el peinado, suelto y liso, más brillante que nunca, tanto como su blanca sonrisa de infancia. Pendida de su brazo izquierdo portaba una cestilla de mimbre de la que, al compás de los saltitos que su paso marcaba, desparramaba los pétalos de rosa que contenía sobre la alfombra del pasillo. Al llegar al altar, donde al lado de su abuela permaneció, se divirtió con la textura de los pétalos que le habían sobrado, premeditadamente, pues deseaba guardar unos cuantos para ella.
Después, sí, ya es ella, apareció. Qué candidez, qué porte al andar, qué altivez digna de una reina. Su paso era gallardo, pero delicado como el de princesa de cuento. Con tal liviandad pisaba sobre los pétalos dejados hacía un instante que ni siquiera se aplanaban. Del brazo la llevaba el padrino, que, por si alguna duda cabía en alguno de los corazones receptores, se aclara, es Remus Lupin. ¡Ése sí que era orgullo para la mujer, verse llevada al altar, hasta el hombre que quería, de manos del hombre más famoso de Gran Bretaña, de nada menos que el Ministro de Magia! De sólo pensarlo, creíase desmayar. Qué reclamo, al día siguiente, qué increíble asombro, al despertar, encontraría su foto, junto a él, gruesa portada.
La dejó junto a su hermano y ella, tan suave como perspicaz, alzó el rostro por que le diera un arrumaco, una carantoña convertida en sus labios en un candente beso. De nuevo el oficiante parecía contrariado por su talante y bufó, pero la señora Nicked lo recriminó con mirada tan gruesa y dañina que el hombre recompuso su sotana y se irguió, con una gélida sonrisa que, pese a todo, se obligó a mantener en tanto duró la ceremonia.
Aparte de las miradas dulcificadas que los protagonistas se dirigieron, aparte del ataque de tos que sobrevino al señor Nicked, aparte del grueso fogonazo de la cámara de Benjamin que dejó durante unos instantes bizco, ciego decía él¡milagro, al sacerdote, nada más sucedió, especial entiéndase, diferente a otra boda cualquiera.
Aunque... ¡sí! Qué ricura de demonios. Alby pasó toda la ceremonia, en brazos de su madre, llorando y pataleando y berreando, a moco tendido, que su carácter era implacable, nervioso¡horrible! cuando se lo proponía. Qué ocurrencias de niños. La graciosa Nathalie, para quien aquel tostón al sol matinal se extendía más de lo deseado, se entretuvo, cuán picarona, dando paseos aquí y allá, inquieta, saludando a todos desde su posición más elevada; a Matt, quien había recibido un permiso especial de la directora McGonagall para abandonar la escuela durante aquel día; a Mark, junto a éste, del que el primero intentaba alejarse poniendo banco de por medio tanto como de éste hubiese; a su mamá, que le levantaba la mano tímidamente y después se llevaba un dedo a los labios pidiéndole silencio.
–¿Y a mí por qué no me saluda? –preguntaba el señor Nicked lastimeramente, tan recio que de todos era oído. Más dedos hubo de llevarse la adivina a los labios por su padre que por su propia hija, todavía sin luces, lo que no dice mucho en favor del muggle.
El licántropo dejó hacer a su hija libremente porque, en primer lugar, ni se había percatado mucho de lo que hacía y, en segundo, porque lo divertía su desenvoltura. Pero cuando se acercó hasta el desagradable sacerdote y tiró de su sotana para llamar su atención, escandalizado, corrió hasta ella y la cogió en brazos, donde la retuvo hasta el final del oficio.
Dado el sí quiero, qué aguardado, los atentos asistentes rompieron en aplausos y vítores, sólo roto su monótono festejo por los guarridos del crío en brazos de su madre. El sacerdote, a quien tal lúdico comportamiento lo escandalizaba, aceleró el ritmo y concluyó pronto la ceremonia, dando a los últimos mensajes de su misa un acabado inteligible. Cerró el libro de libros que sostenían sus manos con aplastante brutalidad y se marchó altivo, medio entornados los ojos, como si tratara de pasar por aquel hediondo purgatorio lo más aprisa posible. Y, en el fondo de mi corazón, si se me permite opinar, me pregunto si ese hombre no estaría atemorizado por sus demonios internos, con forma de lobos, de los que temiera el doloroso mordisco que lo arrastrara hasta el infierno. Que la tolerancia no siempre está vestida de blanco ni lleva escapulario.
Una vez se hubo ido, que nadie le pidió que se entretuviera, vinieron más fotos, como suele ser habitual. En éstas, es sólo una opinión, Ángela posó con menos garbo, quizá a causa de que las lanzaba Benjamin para el recuerdo familiar y no para diario alguno; aunque, valga como dogma aunque vuelva a ser una aclaración subjetiva, no se hizo ninguna tan sentidamente como aquéllas. Las hubo de todas las clases: claro está, las de los novios solos, juntos en arrumacos infinitos, en poses que, por su larga enumeración, escritas no quedan, eran las que más abundaban; pero se hicieron muchas más con todos los familiares.
Los más reacios a colocarse delante del objetivo: los abuelos de Sorensen; un par de ancianitos callados y meticulosos que decían poco pero que tenían un oído muy fino. Ángela no simpatizaba del todo con ellos, pero, tragándose su propio orgullo, les rogó que los acompañaran en un par de fotos; otra que no se dejó fotografiar de buena gana fue la tía de Sorensen, la madre de Ken Fosworth, tía July. La mujer era afable y propensa a la risa, como enferma de hilaridad. Su buen humor era tan acusado que, gracias al tiempo y al contacto, Ángela, otra que tanto bailaba, había conseguido hilvanar con ella una muy buena relación. Gozando de aquel privilegio, empujó de ella y la hizo colocarse entre Sorensen y ella; no hubo, qué desatino, una sola en que tía July no saliese riendo, doliente de las gracias que ni por un instante dejó de decir la chistosa novia. Y la familia del licántropo, no quepa duda, también se fotografió.
En tanto duraba aquella sesión de fotografía, Remus y Helen hicieron circular bandejas con aperitivos y bebidas con que sustentar los endebles estómagos, ya que el hambre no esperaba; los comensales aceptaban sus agasajos con buen humor, deseosos de probar, muchos de ellos, las dotes culinarias de la casa del ministro. Ninguno quedó insatisfecho.
Sin embargo, donde habrían de comer, donde se celebraría el banquete, como ya se ha apuntado más arriba, sería en la casa que Sorensen le había regalado a Ángela. La llamaban El acantilado verde por hallarse erigida sobre uno tal, escarpado, abrupto, cubierto en todas sus aristas por la verdina que las algas, a lo largo del tiempo, habían ido sedimentando, convirtiéndolo en una fértil montaña de roca. La casa, blanca y resplandeciente, aunque pequeña, era digna de ver desde abajo del todo, donde se habían dispuesto las mesas, en la playa.
La arena era fina y pálida, cubierta de huellas milenarias por doquier, que el viento, que apenas soplaba, ni siquiera arañaba. Las olas rompían contra la orilla con calma, convirtiéndola en un pozo de blancuzca espuma; se quebraban con tanta melosidad contra la playa que su sonido era digno de escucharse, cual sólido cristal que se hace pedazos, cual canto de sirenas que trae el viento. El tiempo era clemente, pero no tan benevolente que permitiese el baño; a lo sumo se podía dar un paseo con los pies remojados; hacer otra cosa, un riesgo. Conque qué temerario... Ver al señor Nicked calzándose su bañador, su flotador (por si acaso) y lanzarse a la aventura: qué disparate, por otro lado tan esperado.
La familia del licántropo compartió mesa con Benjamin, la pareja de éste, Harry y Sirius, quien no se separó de éste ni de Matt ni por un momento, a pesar de que a este último lo veía a diario. Tal vez es que se viera en la obligación moral de proseguir, aun cuando su padre estuviese presente y alerta, la vigilancia que su amigo le había pedido. Puesto que él era el principal aliado suyo que se encontraba dentro del castillo, y si fuerzas enemigas amenazaban a su hijo, sólo a él le habría pedido algo así, que vigilase a su hijo en cuantos momentos dispusiese libres para hacerlo. Y Sirius, que en otras cosas no, pero en lo referente a Matt se tomaba lo que fuese muy en serio, más si hablamos de amenazas de muerte, lo cumplía a rajatabla. No se separaba de él ni cuando iba el pobre muchacho a evacuar. ¡Era su sombra sempiterna! Las alumnas de cursos superiores, que se derretían¡ilusas, por los huesos del profesor de Transformaciones, lo veían hacer aquel seguimiento tan impropio de él, le preguntaban, a lo que él respondía:
–¡Misión secreta! Hay que proteger al hijo del ministro. Cuestión de vida a muerte. ¡Paso, paso!
Ángela se había acercado al tocadiscos y cambió de son. Los que, en aquel preciso instante, bailaban una romántica balada, que les permitía acercar pechuga a sus parejas, se volvieron para reconvenirle, pero, como vieran que la que cambiaba de disco era la anfitriona, a quien se le disculpa todo, aplaudieron el cambio y se dijeron unos a otros, haciéndose de oír, que lo que ella había escogido era sin duda mejor. Sin embargo, nadie supo muy bien al principio de qué se trataba. ¿Flamenco, rumba, bolero?... ¡Un tango, ignorantes! Los primeros acordes relampaguearon como un látigo y los pasos se dejaron llevar sin acierto alguno por la música. Bien visto, si no se sabe bailar, lo mejor que se podía hacer para pasar ese detalle desapercibido era sobreactuar; Ángela tenía bien aprendida la lección. Anduvo hasta Sorensen con aires de sensualidad, marcando los pasos, contoneando las caderas; al pasar junto a un florero, se apropió de una rosa, la de más agresivo color, y se la llevó a la boca, mordiendo el tallo espinoso. Se acercó hasta Sorensen y le rozó con suavidad el hombro. Se volvió.
–¿Baila, caballero? –le preguntó. Él la entendió, todos lo hicieron, pero la rosa en la boca dio a sus palabras un cruel efecto que, por indisculpable que sería, no plasmo aquí.
Ni se planteó la negativa, más le valía. Se levantó donairosamente y la tomó de la mano y de la cadera, lanzándose en un arrebato acróbata que plasmaba en sus rostros, si bien no arte, disposición cuanto menos. Movimientos tan bruscos y giros tan alocados no podían ser respuesta sino de aquella súbita y atolondrada improvisación. Cuánta seriedad en Ángela; jamás se le había visto tanta. Pero qué bien lo hacía, no obstante; técnicamente fatal, pues había cada paso que, madre de Dios, se iban a descoyuntar, pero por la pasión que le puso habría sido vencedora de cualquier certamen al que se presentara.
Los tres hombres quedaron solos a la mesa en el momento en el que el tango comenzó a escucharse; Helen se había puesto en pie y anduvo hasta el licántropo, quien esperó que le pidiera que bailaran, pero¡vaya sorpresa, cogió al mayor de sus hijos varones y salió con él, descalza, a bailar. Se entretuvo observándolos un rato, acompañando a las palmas que batían los demás. Harry y su padrino, por hallarse alejados de él, abandonaron sus asientos para ocupar otros más próximos. Sus semblantes eran oscuros. Tras un apagado intercambio de impresiones, Sirius se atrevió al fin a preguntarle a su amigo:
–¿Cómo va el asunto con el hijo de puta de tu tío?
Remus no dijo nada al principio. También en él se apagó la luz que iluminaba su semblante, y sus ojos, siempre dos estrellas iluminadoras, parecían eclipsados. Señaló con un gesto de mentón a un hombre, hacia quien dirigieron rápidamente sus miradas los otros dos sin discreción ninguna, bajo, levemente sonriente, con un refresco en la mano, próximo a un fogón improvisado, de vestir modesto; Sirius entendió al punto el por qué de la sencillez de sus ropas. Después señaló a otro hombre, algo más fornido, con similar gesto, el cual se encontraba encaramado en lo alto del acantilado contemplando los alrededores con unos prismáticos.
–Ya lo ves –respondió Remus sin aliento–. Y hay más, mejor escondidos o camuflados. No me atrevo a que Matt¡a que ninguno de mis hijos, salga de casa si no está cerca uno de ellos.
–¿Has denunciado ya al padre de Ben? –le inquirió Harry con gesto ceñudo.
El licántropo asintió.
–¿Y...? –le espetó Sirius.
–Y nada –contestó encogido de hombros–. Ni siquiera se ha celebrado el juicio aún. Pero no tengo muchas expectativas puestas en él. Si hubiéramos dejado que la justicia se ocupase de ello sin entrometer a la prensa, quizá hubiésemos sacado ventaja. Nuestro abogado nos ha explicado que el contrario intentará desestimarnos desde ese punto.
–¡Pero sólo os defendíais! –arguyó Harry enrojeciendo.
–No tenemos pruebas, Harry; no tenemos absolutamente nada. Aún no se ha designado al juez que instruirá el caso, pero me temo¡maldición, que, con la suerte que nos ha tocado toda la vida, será un insensato sangre limpia que se dejará sobornar por las patrañas, amén del dinero, de Richard.
–¿Y cómo está Benjamin? –se interesó Sirius.
–Mal, muy mal. ¿No lo habéis visto? Incluso ha enflaquecido. Hemos intentado convencerlo de lo contrario, pero sigue persistiendo en la idea de que él es el culpable de la locura de su padre. Gracias a él la noticia sigue estando en boca de todos los periódicos y muchos aurores, libremente, están vigilando a Richard.
Quedaron unos instantes callados los tres.
Recavaron entonces en una mujer que se aproximaba hasta Sirius. Era hermosa, una de esas preciosidades que te tiene unido a su mirada. Pues ¡qué ver! Si aquellos ojos no eran tan perfectos que podían ver hasta las generosidades del cielo, nada veían pues. Las cejas levemente arqueadas, perfiladas, cubrían cuales arcos de medio punto una oscura mirada, brillante, simpática, atrevida. Y sonreían más que sus labios, ni gruesos ni finos, en su justa medida. Destacaba su nariz, puntiaguda y fina. Y sus pómulos, que siempre habrían de estar sonrojados, se cubrían ahora de un carmesí rubor, tan intenso como su mirada, sus pasos, sus gestos. ¡Qué cautiverio el que experimentó el corazón del animago! Luchaba por salir, respirar, ver con sus propios ojos (los huequillos de los ventrílocuos, imagino) aquella aparición. Y, se dice ya para completar este pintoresco retrato de Rubens, como en las más sublimes perfecciones, la gracia del pintor no se refleja en sus colores, sino en el lienzo que utilizó; que las estatuas son quebradizas cuando por dentro huecas; pero aquélla, ay aquélla no. Más profunda y más bella cuanto más conocida. Y tan diferente de Sirius... Tan diferente como de la Luna el Sol; tan diferentes que el uno habría de ser espejo del otro, revés y desorientación.
Se acercó y le tendió a Sirius un papel y una pluma.
–¿Sirius Black? –preguntó–. ¿Es usted de verdad¿Podría firmarme un autógrafo?
Aquella voz, tan pausada, rítmica, tan dulce como el quebrado del mar, lo hipnotizó. ¡Canto de sirenas en palabras humanas! Aun hubo de preguntárselo una segunda vez para que él, demonio de enamoradizo, reaccionara.
–¿Qué nombre pongo? –inquirió.
–Karina White, por favor.
Garabateó aprisa sobre el pergamino que le tendiera durante un rato abundante. El licántropo parecía, al contrario que Sirius, menos interesado por la chica y más interesado por lo que escribía él. Finalmente, en acabando, le devolvió los enseres que le hubiera prestado y la chica, al leer lo que escrito le hubiera, enmudeció.
–Gracias... –tartamudeó.
Y se marchó.
–¿Qué le has puesto? –le preguntó inmediatamente su ahijado–. Nos tienes en ascuas.
Se hizo suplicar el bribón. Pero, ay pilluelo, que no podía cantar de júbilo su corazón sin compartir su trino con el resto.
–Le he dado mi dirección para que podamos hablar por la chimenea si ella quiere. ¡Oh, amigos, que no sabéis lo que he sentido. Qué vuelcos y qué saltos me daba el corazón. Cuánto regocijo después de tantas nieblas. Después de tanto tiempo, tanto que es que lo creo imposible, me parece haberme enamorado, que suena tan ridículo y asombroso que no sé si ya he olvidado lo que es eso. Karina... Si hasta su nombre se me parece escuchado por cantarcillos de ángeles; ¿a vosotros no?
–Enamorado, amigo, rematadamente enamorado –dijo Remus, tras lo cual levantó su copa–. ¡Y con mi bendición!
Brindaron.
Sirius no pudo quitarse a aquella mujer de la cabeza, conque apenas dijo nada mientras su amigo y ahijado conversaban animadamente. Se preguntaba insistentemente dónde estaría, porque no conseguía encontrarla por más que la buscase con la mirada; de dónde habría venido, pues él ni nadie la conocía. Sumido en aquellos pensamientos, casi obnubilado, dormido en ellos, cual en un sueño, creyó verla aparecer de nuevo, entre la bruma espumosa del mar. ¡Que era ella! Y de nuevo se dirigía hasta él. Cuánta impaciencia, cuántos nervios, que parecía un mozalbete enamorado. Se acercó hasta la mesa y preguntó:
–Black¿querría acompañarme a dar un paseo? Imagino que al señor ministro ni a nuestro héroe local les importará que los prive de su compañía. Ellos tienen aquí más leña a cuya sombra cobijarse.
El desparpajo de la chica aquella asombró, siempre para bien, al licántropo, quien respondió animoso:
–Lléveselo usted, que aquí ya no hace falta. Y cuídenoslo bien, que lo encuentro enfermizo, ya que el corazón se lo acaban de hurtar. ¡Inténtelo curar!
Menuda vergüenza pasó el hombre al lado de Karina. Después de las palabras de su amigo, habíase quedado él sin ninguna que decir. ¿Habría perdido su candor? Pues parecía que sí. Tan sólo le latía el corazón febrilmente¡que ni aquello podía controlar ya! Habría perdido su toque de gracia, su verborrea, sus maneras de galán... Tan sólo le quedaba flirtearla cuanto la timidez le permitiera.
–¿Y cómo es que estás aquí? –le preguntó.
–Conozco a Ángela desde hace muchos años –contestó ella–. Nos introducíamos juntas en el bosque para recolectar huevos de criaturas abominables y después venderlos en los mercados. Se paga muy bien por ellos. Ángela solía protegerme a menudo a causa de mi inexperiencia y juventud. –Terminada la exposición, dijo con voz cándida–¿Te importa si nos remojamos los pies en el agua?
Cabeceó él. Ella se dejó caer con soltura sobre la arena y se descalzó. Sus pies eran pálidas lágrimas que se descolgaran de sus pantorrillas. Al librarse de ellos, como desprotegida, se puso a corretear de un lado a otro con candidez e inocencia. Llamaba a Sirius con complicidad y tiraba de él para llevarlo al agua. El hombre se dejaba hacer en la seguridad de las risas, en las que se sentía ahora más cómodo que en las palabras.
–Por fin... –pensó Sirius–. Tanto tiempo deseando saber qué era lo que me faltaba para sentirme pleno, y ahora, por fin, lo hallo, en el término del mundo, al pie del mar.
Y me tomo la libertad de poner fin aquí a este acto, que se inició con propósito de confirmar un amor, que se acaba con la esperanza de comenzar otro.
«IHESUS NAZARENUS REX IODEORUM
Lo que no creyeran en él, en éste tampoco; todo yacerá en silencio. Qui osara le preguntar quién eres tú¿qué l' responderá? "Yo soy el general de la noche, el césar de los bosques, el príncipe de los astros". Yo lo he dicho, qu' él se bastará con confirmar mis palabras.
Si con uersos inicióse este apartado, con uersos habrá d' acabar. Espejo de los primeros, en ellos se reflexarán, conteniente de los sus mesmos mensaxes; perfecta simetría. En parte por parte, todo son al revés. Et con ellos acaba lo qu' en otros començaba.
El postremero segundo de esplendor ese será.
Por siempre los olvidados annos caído habrán.
Todo s' iniçiará de novo en él in promptu.
Habrán arrivado los sus días, tan sólo los d' él.
Por fin será conoscido el antanno secreto grand,
el qui se l' habrá occultado por estima e amor.
Tannidos en la torre, l' hora ya es llegada;
que aún, para todos, para él, muchos secretos quedan,
que para todo omne e muger del orbe ello queda en secreto, eh.
E qui desvele el velo tupido non yo seré,
tempo al tempo, aunque consumido, por quanto quede d' él,
que, si él no l' halla, a él le llamará la doble serpente,
et, al fin, el resto de profecías se verán cumplidas.»
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Avance del 4º capítulo de la segunda parte (C. I. M.): Estimado e ilustre Ministro de Magia del Reino Unido: Le comunicamos que ha sido convocado un conciliábulo de la C. I. M., el cual principiará el día martes 1 de junio con un almuerzo inaugural a las 13 horas. Se aprovecha, asimismo, la presente para recordarle que dispensará la tarea de moderar los debates en dignidad de representante de la mesa de la A-11. Aprovechamos la ocasión para saludarle muy afectuosamente.
EL CAPÍTULO IVº DE LA IIª PARTE DE MDUL APARECERÁ EL DÍAjueves, 6 de junio
