¡Bienvenidos a la cuarta entrega de la IIª parte de MDUL!
Respondo "reviews" (o, ejem…, EL "review"; parece que no tengo mucho trabajo hoy):
SILENCE MESSIAH. Hola, chiqui. ¿Qué tal te encuentras? Menos mal que al menos tú has escrito; de lo contrario, me hubiese visto en el terrible trago de no tener a quien responder. ¿Ves, eso me pasa por poner ahora las actualizaciones tan próximas unas de otras. Cuando tardo mucho, malo; cuando poco, malo. ¡No sé qué hacer! Pero, bueno, no sé para qué te estoy contando esto a ti, Adri, que te voy a amargar. Por cierto, el que se tiene que disculpar por su tardanza soy yo. Parece ridículo no haber encontrado tiempo para leer tus poemas pero ¡es cierto, snif, snif. Han venido muchísimos niños nuevos a la academia donde trabajo y en dos meses tienen que aprobar un montón de asignaturas. Mi compañera Mari Carmen y yo estamos muy agobiados. Además de haberles empezado a dar las clases ya, nos reunimos frecuentemente para formalizar el cronograma a seguir (vamos, el programa), los contenidos, las actividades… No obstante, creo que dispondré de un huequito el jueves. Vendré el viernes exclusivamente para dejarte un correo con mi opinión, que me avergüenza postergarla tanto, de verdad. Espero que me disculpes. ¡Perdón, perdón, perdón!... Es que ¿a esto se le puede llamar verano? Yo he aprobado todo y estoy amargado por los suspensos de otros, paradójico… Bueno, eso¿tú cómo has acabado? Al fin y al cabo, como no tengo nadie más a quien responder… Jaja… Puedo tomarme mi tiempo. No, fuera de bromas, algo tendré que hacer. Quizá la gente se esté aburriendo ya de MDUL (normal: tiene muchísimos capítulos y parece que ningún final), pero no me importa: yo pienso seguir escribiendo aunque no haya nadie quien me lea; no es cierto, Elena lo hará. Pero, bueno, me estoy poniendo dramático. Al fin y al cabo, tú me has leído también, y eso es de agradecer. Snif… Snif… Es que estoy casi en shock depresivo, nunca me había pasado esto, ahora que hemos inaugurado la página oficial y todo. En fin… Al mal tiempo buena cara. Tienes muchísima razón: este capítulo ha resultado terriblemente, excesivamente lírico, pero es que tenía que serlo. Me expico: a mayor tensión dramática y argumental, los capítulos requieren de mi parte más elaboración. Eso lleva, indefectiblemente, a un recargamiento formal que, lo sé, os puede abrumar, y es por eso por lo que lo estoy reduciendo. Pero en ese capí, hablando como lo hace Merlín¿crees que podría haber sido de otro modo? En realidad, sus intervenciones eran para despistar. Si lo hubiese dicho abiertamente no hubiese sido un vaticinio privado. Vamos, que sí, que tienes razón, pero Merlín y la pitia y otros tantos personajes tienen que hablar así, porque ellos saben muchas cosas que no es conveniente desvelar aún. Así que crees saber quién es Tim Wathelpun… ¡Me encanta que vayáis dándole vueltas a la cabeza! Es cierto que he dejado muchas pistas sobre quién es, por lo que podéis descubrirlo… "apenas sin dificultad". Si te sirve de consuelo, ya que yo no debo decir más, Elena también piensa que el hijo de Charlotte será el futuro Wathelpun. Tiempo al tiempo… Aún quedan capítulos en que éste y su padre salgan, y en que se demuestre que será un chico talentoso. Me ha hecho gracia eso de los ataques terroristas interfamiliares. Pobre, y los que le quedan. La verdad es que me da lástima incluso del trato desfavorable que le doy, pero, a ver, qué le vamos a hacer, gusta tanto la comedia como la tragedia. Bueno, creo que eso es todo por hoy. Espero poderte responder a la menor brevedad y que tengamos oportunidad de hablar más a menudo. Te mando muchos besos, mi canaria favorita. Chao.
OH, PERDÓN. ME PUDO LA EUFORIA. HAY OTRO "REVIEW", SÓLO QUE HA LLEGADO A MI CORREO. Respondo este nuevo "review":
HPETA. Queridísima Brenda. No me he reído nada con tu comentario, anda que no. Ha sido genial. Sobre todo con lo del futuro niño Grey entre Black y White. Para colmo, mi incisiva imaginación ha empezado a volar y me he imaginado a alguien así como Jean Grey (de X-men)… Sí, sí, estoy muy mal, discúlpame. Se nota que acabo de adquirir la banda sonora original de la última película y estoy como loco. Soy un freak de las B.S.O. de las películas de ciencia ficción (hasta estoy pensado recopilar las que más me gustan pero para crear una de MDUL, sí, sí, un freak). Vaya, déjame, que deliro. Bueno, por cierto, lo dicho. El capítulo 4 lo podrás leer aquí, que acabo de colgarlo, como ves. Pero el 5º te lo enviaré por correo. El viernes vendré. Si has acabado para entonces… ¿Qué pieza te falta con respecto al destino o cuál es ese interrogante del que hablas? Estoy seguro de que lo sacarás, porque ¡lo sacas todo! Me has pedido que, con relación a la luz, te desengañe si estás equivocada. ¡Pero es que no puedo! Joder, es que lo aciertas todo y no sé cómo. Elena está flipada contigo. Ella también sabe que es ella, pero todavía no sabe cómo ha llegado ahí ni nada de eso. Vaya, como tú. Pronto lo averiguaréis, o se intuirá (cap. 13, que no es el definitivo). Sin embargo, tengo muchas ganas de colgar el 6 (imagino lo leerás antes), porque, si tienes algún interrogante sobre MDUL, creo que en éste debería quedársete todo resuelto. Por cierto, que si me quieres comentar los interrogantes, como tú y yo hablamos fundamentalmente por correo electrónico, puedes hacerlo. A Remus sí le gusta el presente, vivirlo y todo eso, pero su vida es demasiado complicada (por qué: cap. 6) y necesita saber qué puede hacer. Además, desde pequeño le han vendido la idea de que está atado a un destino al que no puede escapar. Y es así. Sólo una persona puede cambiarlo: Nathalie. Huy, estoy diciendo demasiado. Por cierto, volviendo al asunto de antes¿cómo has adivinado lo de la luz violeta? Me intriga muchísimo. Me encanta que estés haciendo cábalas sobre la futura transgresión de Wathelpun: causas y demás. Creo que, después que has descubierto tantas cosas, yo debo sorprenderte en algo¿no? Vaya, que me ha gustado mucho tu "review", muy completo. En fin, te dejo, porque todavía te tengo que enviar un correíllo y decirte algunas cosas. Un beso muy fuerte.
(Dedicatoria: Este capítulo se lo dedico a dos personas que figuro estarán deseosas de leerlo: la primera, por antigüedad, es Lorien Lupin, que, aunque desaparecida actualmente, aparece de cuando en cuando para recordarme que sigue atenta a la espera de ver publicado este capítulo; la segunda, Aya K, que está trabajando mucho este verano como camarera, lo cual me alegra mucho. Si llegan a leer esto, sólo espero que les gusten sus personajes: Rosario Castro y Eva Rodríguez, sus álter ego. También, por cierto, se lo dedico a Víctor, un chico que se está poniendo las pilas y que pronto, imagino, leerá al día.)
CAPÍTULO IV (C.I.M.)
¡Oh, milagroso prodigio! Cual las aguas del mar Rojo, también aquéllas se vieron partidas, abiertas, dispuestas asimismo para la marcha de un hombre. Nadie lo perseguía, en cambio, en esta ocasión a éste; aunque, bien visto, mientras el grueso lienzo se deslizaba, abriéndose, un pavor mayor que la furia de cualquier faraón cabalgaba en su interior fustigándolo con lazo de esclavitud. Él, sin embargo, probaba a sobreponerse a la fatalidad que lo gobernaba, como siempre que un demonio interior hacía mella en él. Tiró del asa de la maleta. El lienzo de la catarata de su despacho había vomitado su secreto, abierto quedaba, descubierto, y él ante la oscuridad; cuántas dudas y espanto dentro de sí. Se despidió de Ann Thorny y penetró en las tinieblas del abismo, de lo desconocido.
Dejémosle caminar a lo largo del extenso corredor de sombras poblado mientras el lienzo se cerraba tras él, robándole la imagen poco a poco de su secretaria despidiéndolo con la mano; que si alguien camina en sombras ése ha de ser sin duda mi estimado lector y acompañante. Pues para entender esta inopinada marcha es preciso remontarse una semana atrás, al recibimiento de una carta...
Brillaba una mañana cualquiera, de ésas que, en primera instancia, se tildan de sin importancia. La rutina campaba a su antojo por aquel despacho y los vecinos a él. Para escuchar una risa lejana, como onírica, era preciso antes oír estampar mil sellos, mil rasgueos que equivalían a tantas firmas, mil resoplidos, aunque éstos se me antoja que fueron más, y miles de levísimas notas que producían las chaquetas al subírseles las mangas para consultar los relojes. Un ritmo desolador, monótono, crítico, que se vería sorprendentemente truncado con una mera carta, recibida en manos del licántropo, que lo que sigue ponía:
Estimado e ilustre Ministro de Magia del Reino Unido:
Le comunicamos que ha sido convocado un conciliábulo de la C. I. M., el cual principiará el día martes 1 de junio con un almuerzo inaugural a las 13 horas. Se aprovecha, asimismo, la presente para recordarle que dispensará la tarea de moderar los debates en dignidad de representante de la mesa de la A-11.
Aprovechamos la ocasión para saludarle muy afectuosamente.
La duda que estas palabras le provocaron es de difícil descripción. Saltó de su asiento para inquirir con respecto de la misma a su secretaria, pues no encontró solución mejor; pero fue suficiente. La chica al punto supo darle una explicación que le satisfizo:
–Con relativa periodicidad la Confederación Internacional de Magos, que es lo que significan las siglas C. I. M., convoca un conciliábulo al que todos los ministros de magia del mundo están obligados a asistir. En él se tratan asuntos que competen a todas las naciones.
Si aquella breve aclaración lo dejó atónito, imagínese la brutal reacción que protagonizó el pobre lobo cuando, en siguiendo su secretaria con la misma, dijo:
–La puerta del conciliábulo está en este mismo despacho. Ya le dije el día que llegó usted aquí que hay decenas de pasadizos entre estas paredes. ¿Tiene en su posesión la llave, no? Imagino que Fudge se la entregó al traspasarle los poderes. ¿No?...
Nada más llegar a su casa el mago subió a la carrera la escalera y, sin aligerar el trote, alcanzó su dormitorio. Se arrodilló ante el baúl y hurgó sin descanso en su interior. No detuvo su particular excavación perruna, cuadrúpeda, lobuna más bien, hasta que lo hubo vaciado por completo; no se detuvo hasta que hubo hallado el medallón que le entregara Fudge el día de la elección. Allí estaba, allí lo había guardado al condenado; lo apretó en su puño cerrado y se lo guardó en el bolsillo.
A la adivina le incomodaba la idea de separarse de su marido durante cuantos días durara el congreso al que se marchaba. Lo echaría tanto de menos que el abrazo que le dio al despedirlo fue tan largo e intenso que se pensaría que deseaba tomar parte de él por recordarlo en su ausencia. Pero habíale comprado tantas prendas elegantes, tantos suntuosos pañuelos, tales preciosidades, que podríase pensar también que, recónditamente, sentíase orgullosa de él; las había guardado todas en la maleta que portaba el licántropo, una pieza de cuero negro que nada tiene de ignominioso para compararla con otras con que, con menor suerte, ya hemos descrito a nuestro hombre.
Los más pequeños nada entendían, como es natural, de la partida de su padre, pero, como es propio de su edad, aceptaron los exvotos de besos y abrazos con que fueron agraciados con la misma alegría con que les eran dados. Nathalie repartía el doble por cuantos de su progenitor recibía, que en generosidad no había quien la partida le ganase; si su padre le daba dos, ella dispuesta estaba a darle cuatro. Sus largos y tiernecillos brazos apenas lo soltaban, pensando Remus que lo retenían, y, mientras que a Alby el mentón peludo de su padre lo movía a llanto, a la niña a risas, conque a su rostro se mantuvo unida hasta que Helen dijo que llegaría tarde. Poco importó al bebé que su padre se escabullera por la chimenea; es más, diríase que dormitaba ya. A Nathalie, sin embargo, aunque ya lo hubiera visto partir en manera semejante veces anteriores, aquélla le impresionó mucho. Seguirlo quiso, pero su madre, tomándola de la mano, la retuvo. Sabía que aquella ocasión sería para más tiempo, un esperar más doloroso; es como si lo hubiese intuido.
Ann Thorny lo esperaba en su despacho. Apenas le dirigió la palabra; le preguntó tan sólo si llevaba el medallón consigo. Dijo él que sí, nada más, ya que estaba nervioso y las palabras, las cuales encontrar suponía un problema, le temblaban. Le tendió la mano para que se lo entregara. Él se lo dio. Le sonrió la chica.
Rodeó la secretaria el escritorio del ministro y, si se recuerda la descripción que de él se daba, se evocará la imagen de un lapicero con forma de dragón. Sus manos rodearon el cuello de la figura y, sin temor a romperlo, tiró con todas sus fuerzas de él. Al principio, de haber estado con ellos presente al prodigio, se pensaría que nada pasaba. Equivocados. El tapiz que sobre él se hallaba, por el que también sería preciso hacer memoria, emitió un chirrido de mil demonios y, como desplegándose, se levantó, dejando al descubierto una oquedad en el más profundo corazón del escritorio de madera. Tenía la mismísima forma, qué acierto, del medallón, con tal que, al ponerlo Ann, encajó.
¡Oh, milagroso prodigio! Cual las aguas del mar Rojo, también aquéllas se vieron partidas. El despacho mismo se estremeció, como furibundo de desplegar su secreto, rabiando, clamoroso. Mírese cuánto esplendor; las puertas escondidas en el corazón de la montaña se abrieron; el lienzo de la catarata se partió, el agua se dejó escuchar como cayendo verdadera y la más negra oscuridad de cuantas verse no se puede apareció. Agua de pureza y sombras de desconocimiento.
–Adiós –dijo a su secretaria con trémula voz.
La oscuridad lo engulló y en la oscuridad su corazón creyó perecer. Pero palpitaba tan fuerte que era imposible. La última luz de su despacho se hizo añicos, diluyéndose en sombras, y los ojos que conducían inseguros pasos dejaron de ver. Tantearon las manos: rugosa roca. Murmullos de ninfas que reían. Olor a humedad. Aunque vacilantes, no se detuvieron sus pies.
Percibieron al fin las doradas estrellas atisbo de vida, realidad fuera de aquélla, pura y verdadera, que no sombras de reflejos que la mente no consigue comprender sino por tales. Abríase ante las cuencas áureas de sus ojos un abanico de informes paisajes y colores, extraños, malformados, que emitían rumores de naturaleza. Introdujo la mano en su visión: cristalina agua derramada sobre su tacto. Con tal suerte de prodigioso milagro, el espejo que le devolvía la imagen de la pureza, la cortina de agua que le cortaba el paso, se abrió, cual las aguas del mar Rojo. Como dispuesto para la función el telón, la catarata lo dejó pasar, lo liberó de la gruta ciega, y, caminando sin hender sus alados pies bajo la diáfanas aguas del estanque allí depositado, descubrió el Edén.
Milagrosa aparición, prodigioso hallazgo. Atenuadas las formas por primera vez vistas en la transfiguración de las aguas, el mayor espectáculo, el mayor regalo para unos ojos que vuelven a ver, abriose ante él, a quien, por el mero asombro de lo que nosotros con imaginarnos nos contentamos, le hurtó el aliento. Un fortín de cumbres y cimas montañosas, todas cubiertas de nívea capa, circundaban los dominios que a su vista regalaban. Entre aquel cúmulo de torres extendíase la mayor extensión de pradera azul que desde tierra alguna se haya visto, como si en un único lugar se hubiese reunido todo el firmamento para disfrute sólo de unos privilegiados; ni pastorcillo alguno cuidaba en tales dominios olímpicos criatura ovina alguna: sólo pureza. De las altas rocas escarpadas, donde bien se podrían situar los alaridos del Robin Hood de los elementos y los graznidos de la siempre voraz y terrible águila, descendía a trompicones la pura agua que se convertía en trampa de la gruta sin llama. Aunque los más maravillosos dones se hallaban al bajar la vista hasta la línea del horizonte, pues es en la tierra, morada del hombre, y no en el cielo, donde se descubren los galardones de la naturaleza. Dominaba el verde, color que hincha los pulmones. También el agua, que alimentaba aquel color, que desde el estanque que acababa de abandonar el hombre se ramificaba en decenas de nervios de vida. Los caminos corrían paralelos a ellos, construidos bajo forestales bóvedas, techos de los que caían, cuales lágrimas de oro, hojas marchitas y nervudas. Cubríase el suelo con aquella particular alfombra, con aquellos recuerdos desechados que caen desde lo alto, hasta el abismo, como una mera espiral, en el perenne otoño que en el paraje aquel se vivía.
Los tejados rojizos despuntaban en aquella espesura de verde como tallos de humanidad, como sangrientas hojas de civismo. Florecían los balcones, abríanse las terrazas cuando sus pétalos maduraban, se descubrían en el corazón de la naturaleza las regocijadas miradas; una exclamación común. Despertaba en los corazones, cual el tímido canto de un ruiseñor, una alegría indecible, y las penas se desterraban de aquel paraje; sólo magnificencia, sólo encanto, sólo maravilla por doquier que se plantaran los ojos. ¡Oh, prodigioso milagro!
Los ojos de Remus descubrieron lo que a nosotros sólo nos es posible a través de sus comentarios. Imagínesele, de pie, tan sorprendido que con la maleta a punto de caer, sin saber adónde dirigirse. Colmado del espanto que la vista del bien provoca, pues el hombre, al fin y al cabo, hombre es.
Se tensaron los invisibles hilos que movían la catarata de nuevo y Remus se volvió, azorado, pues desde el lago aquel murmullo de agua apartada se volvía ensordecedor. Bajó una aparición, la ninfa que antes creía haber escuchado reír; salió de la ciega gruta un ser arrebatador; un ángel; mas no un ángel cualquiera: un ángel de los infiernos, una diablesa bermejo pasión, pues aquella belleza inefable no podía deberse a bondad ninguna, ni podía mover sino solamente a terrorífica contemplación. Era su sinuosa silueta llama que devorara; sus pasos, vapor cálido y húmedo que la hiciera levitar; sus caderas, ardiente laguna; su rostro, hermoso parte por parte: sus ojos, chispeantes; sus mejillas, encendidas cual arreboladas; sus labios, claveles tostados bajo el enamorado Febo. Parecía veela; parecía cierto: su cuerpo de cera moldeada y su azabache melena, enhiesta cual serpientes de Medusa listas para el ataque.
–Mírese quien tenemos aquí –habló la mujer refiriéndose al hombre–. El hombre al que más se desea ver en este conciliábulo, la última celebridad de los ministros... Remus Lupin. Bienvenido a tierra de nadie.
Le tendió una mano fría, de forma tan perfecta que diríase tallada por los versos del mejor poeta, y que a Remus le pareció, en estrechándola, tan tersa y suave como la de un sapo.
La acompañó. Extrañado, compartió en su pecho la satisfactoria idea de que los pasos de aquella mujer no parecían tan errados como los que hubiera dado él con lo desconcertante que aquel enigmático ser de piel morena le provocaba. Su caminar, altivo, seguro, confiado, que más pronunciado hubiera sido insulto, le bombeaba en las sienes al pobre licántropo, de cuya frente manaba tal cantidad de sudor que todo un año de sed saciara a la mujer que lo guiaba.
Al fin, aunque balbuciente, habló el hombre:
–¿Cómo sabe quién soy?
Ella rio: estrepitoso dolor en corazón licántropo.
–Soy una ministra de Magia también –respondió divertida.
–¿Ah, sí? Pues... –¡Cuánta duda, cuánto pesar y cuánto malestar!...– Pues... yo no conozco a ninguno de los ministros. Personalmente..., quiero decir. Nunca había conocido a ninguno en persona. Usted... Usted... ¿cómo sabe quién soy yo?
La mujer pareció sobresaltada de pronto.
–Pero ¿dónde están mis modales? –dijo, y acto seguido:– Mi nombre es Rosario Castro, soy la ministra de Perú.
–¿Peruana? –le espetó, como sin darle crédito, interrumpiéndola–. ¡Nunca lo hubiera creído posible: habla el inglés perfectamente.
–Gracias –contestó sonrojada, lo cual, en su ígnea piel, era elevar el grado de beldad–. Precisamente así le conocí, es lo que quería explicarle. Para practicar el idioma leo frecuentemente publicaciones periódicas anglosajonas; me suscribí a Corazón de bruja hace ya varios años. Es un ministro bastante popular en su país. –El rostro de Remus, como si envidiara el de enfrente, tornó su saludable color en granate intenso–. En todos los conciliábulos –habló con tono más serio– que he participado propongo emplear como lengua común de las asambleas un idioma neutro: el esperanto. La Alianza siempre ha denegado mi petición. La última vez permitió que todos los países votaran: el resultado fue un auténtico desastre; tan bochornoso que no sé si este año reuniré el empeño suficiente como para enfrentarme al rugiente de Sullivan. –Suspiró, lo que en boca de un dragón sería un inicio de llamarada–. Sería mucho más cómodo y accesible que todo el mundo manejara una única lengua internacional, neutra evidentemente, que no fuese reflejo del fotograma hegemónico de una época. Pero espero no estarle aburriendo...
–En absoluto –respondió Remus.
Pero ya nada más apuntó la peruana. Y, como en Remus se hubieran abierto muchas interrogaciones, tomó la palabra en estos términos:
–¿Ha dicho Alianza¿Qué Alianza?
–¿La A-11, no sabe nada de ella? –El licántropo cabeceó intrigado–. Su nombre completo es la Alianza de Northumbría. Fue, por decirlo de alguna forma, el primer conciliábulo, mucho más desmejorado de lo que en la actualidad supone. Lo conformaban en principio ocho naciones: Francia, Bulgaria, Grecia, Egipto, India, China, Japón y, claro está, el Reino Unido. Se fundó hace más de doce siglos, en el año 793, a causa del avistamiento de varios dragones por parte de la comunidad muggle. Ocurrió en Northumbría, uno de los siete reinos en que se repartía en la época Gran Bretaña. Una manada de dragones devastó poblados, destruyó cultivos y arrasó con cuanta vida, humana y animal, encontró a su paso. Los países que le he mencionado decidieron aunar sus fuerzas para ocultar la magia a la comunidad no mágica, para guardar el secreto. En 1499 se le unieron México y Perú y, finalmente, en 1666, los Estados Unidos. A partir del siglo XVIII la conciencia a este respecto fue global y el resto de países se sumó al proyecto, quedando configurado el estado actual del conciliábulo, si mal no lo recuerdo, en el año de 1789.
–Entonces¿Reino Unido forma parte de la Alianza? –inquirió–. ¿Y cuál es la misión de ésta?
–Ninguna específica, en verdad. Debe estudiar los temas a tratar en las sesiones, sometiéndolos a votaciones, y otras responsabilidades menores. Su cometido, por ejemplo, como el integrante primitivo, es la de moderar las participaciones, concediendo e incluso rechazando las participaciones. Asimismo, en caso de empate en las votaciones, su voto valdría por dos.
–¿Y cuál es su cometido?
–Proteger la legión ígnea. No puedo decirle mucho más; según el "Protocolo de Wölferin" sólo se puede discutir, y aun hablar, el asunto cuando se produzca un estado de emergencia. Es un cargo de bastante responsabilidad, no crea, que se viene otorgando a todos los ministros de mi patria por ser de ésta de donde provienen los... Créame, realmente no puedo decir nada.
–Y antes... Mencionó también a un tal Sullivan. ¿Quién es?
–¿Ése? Un vaquero cabrón con cuero por cerebro, un tirititero de rancho, una hamburguesa con beicon, al que yo prefiero por tocino, un... ¡Oh, discúlpeme! –Se ruborizó otra vez–. No soy objetiva con respecto a él. Es el ministro de los Estados Unidos, una coliflor a la que, créeme, le gusta joder: ésa es, por si le interesa, su misión en la Alianza. Pero usted no tiene nada que temerle; usted es dos mil veces más hombre que él. –La enramada bóveda verde que los había cobijado se elevó de pronto en un abrupta de cañón etéreo–. ¡Oh, ya hemos llegado!
Las casas que un momento atrás las altas copas apenas dejaran asomar, mostrábanse ahora en su más excelsa plenitud. Y en el centro de todas ellas la construcción más soberbia que Remus hubiera visto en su vida, sólo eclipsada por la grandiosidad de Hogwarts. La alta torre, apoyada sobre el flanco izquierdo, como un titán con el brazo alzado, arañaba el cielo al que tanto detestaba con las campanillas que de sus dedos pendían; el grueso cuerpo, como acostado, sobre toda su extensión echado: el centro elevado, tejado a dos aguas, y en los laterales, tejas resbaladizas, inclinadas; en la fachada, mezcla de austeridad opaca y de alumbramiento, con el grueso rosetón, cíclope tan fiero, en su frente puesto; y su boca, por fin, era espectáculo más cruento, con cuatro dientes tan sólo, columnas afiladas, barbadas hasta el suelo, que tres oquedades libraban para ofrecerle sus manjares.
Descansaba la abominable criatura tendida cuan larga era en una plaza arbolada, de donde sobresalía una estatua colocada en su frente que pareciera atacarla: en la cabeza, un yelmo; en el corazón, un escudo; en la mano extendida, una varita; en el cinturón, su envidiada espada; y los pies ensartados en las espuelas que clavaba en su montura, rocín tan grueso y portentoso que parecía presto a retomar vida.
Se acercó Remus con la vista alzada, mezcla de ilusión y de terror, y se detuvo a contemplar todo cuanto en derredor de sí veía. Con no menos sorpresa, se detuvo frente a la puerta oriental del dicho edificio, en cuyo tímpano, cual mural escrito, lo maravilló un tímpano en relieve que representaba un cruel dragón, espumeantes las fauces de llamas, que arrasaba unas colinas que, en bajorrelieve, bajo de él, de su vuelo quisieran huir. Era vívido y conmovía como la carne quemada.
–Northumbría –dijo la voz de la peruana junto a él–, el punto de inicio de nuestra historia moderna. Lo he visto en tantas ocasiones ya, que pensaría que no es capaz de emocionarme, pero este relieve consigue hacerlo siempre. El del extremo opuesto, el occidental, ya lo verá, está sin realizar; se está aguardando al final de esta era y al comienzo de la venidera, tal como predijo Merlín, para confeccionar el motivo.
»Vayámonos ahora. Le invitaré a tomar algo, si le apetece. Hemos aún de hacer tiempo hasta el almuerzo inaugural.
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A excepción de Hogwarts, en efecto, Remus jamás había visto grandiosidad tan manifiesta, tan apabullante esplendor. El edificio era, si cabía, mucho más impresionante visto desde su interior: las vidrieras de la cabecera derramaban luz coloreada por las inacabables naves, las cuales se asentaban sobre inconmensurables pilastras que se alzaban hasta una bóveda de crucería tan elevada que la vista tomaba por falacia construcción tan indomable. Una alargada mesa en forma de U la ocupaba por completo, de hito a hito, y él, el licántropo, parecía gobernarla extendiendo la palma de su mano; ocupaba el extremo abierto de dicha mesa en una rectangular, visiblemente más alta que la descrita en tanto que se hallaba sobre el altar, inserta en la cabecera.
Soltó delicadamente el tenedor sobre el mantel y se giró sobre el asiento. Contempló tras de sí una mesa cubierta de doradas filigranas y retorcidas patas que ocupaba tan solamente un ingente cáliz que desprendía una llama ora azulada ora enrojecida. Tras ésta, el rostro deformado por su candencia, una imagen aterradora que Remus no hubiera podido acertar a decir que se trataba de un Cosmocrátor.
–¿Se encuentra bien? –le preguntó con voz cándida Rosario Castro, sentada junto a él.
Volviéndose lentamente, sonriole a modo de respuesta. Retomó el cubierto y, con la imagen de la ondosa llama clavada en su retina, prosiguió comiendo.
Entre tanto, la ministra de Perú se giró subrepticiamente y echó una mirada de reojo al cáliz que el otro acabara de ver. Sonrió macabramente con el reflejo de la flama roja en sus ojos.
Se puso en pie en la mesa rectangular (la de la A-11, quede dicho ya) un hombre de mediana estatura, de ruda complexión, de esos barrigudos incipientes que asfixian al máximo los botones del cinturón, abundante vello en el pecho, barba cerrada aunque perfectamente rasurada, brevísimas patillas, nariz gruesa, grosero entrecejo, pícara sonrisa, ojos de águila y cabello corto, moreno y encrespado. Al licántropo no le había dado buena espina desde el principio, casi en cuanto lo vio, antes incluso de saber que era el ministro de Estados Unidos, al que Charo Castro tan manifiestamente había censurado; por lo mismo había rehusado sentarse a su lado. Aunque le pareció a su vez que éste anhelaba conversar con él, hecho que acrecentaba su prejuiciosa antipatía.
Se apuntó con su varita y sus palabras resonaron en el edificio como una tormenta intempestiva.
–Bienvenidos sean todos, amigos y compañeros, a la cuadrigentésimo quincuagésimo novena reunión de la Confederación Internacional de Magos. Y dicho sea de paso: buen provecho a todos y disfruten de las viandas. Pero denle un alto a los paladares; mis compañeros de la Alianza, aquí presentes, no me consentirán por más tiempo que postergue el anuncio de las últimas incorporaciones.
»En primer lugar, y haciéndome eco de una falta de seguro por muchos notada, comunico que Cornelius Fudge, el controvertido ministro del Reino Unido, dimitió hace unos meses. Tengo el alto placer de presentarles a su sustituto, en su país el popular aunque también ambivalente Remus Lupin.
El aludido se puso en pie comedidamente y saludó con una leve inclinación de tronco, respondiendo a su saludo el auditorio con un inquieto aplauso.
–Y, por último –prosiguió–, venida de las más áridas tierras de la vieja Europa, la ministra electa en su país no sin cierto debate público, Eva Rodríguez de España.
Se elevó entre el grueso de la parte inferior una mujer de rasgos jóvenes, quizá una de las de menos de edad de los reunidos; de cuanto pudiera decirse de su inefable postura galante, de su recto talle, de su hermoso cabello castaño, de sus mejillas ruborizadas por la vergüenza de los aplausos, nada sería más cierto que la lindeza de sus enormes ojos azules, en los que Remus, en tanto aplaudía, no pudo dejar de reparar. Eran sencillamente mágicos; como la magia de una combustión etérea en su mirada.
El banquete continuó sin contratiempos. Al término del mismo, el licántropo se vio obligado a posar con sus compañeros de la Alianza de Northumbría ante una marabunta de fotógrafos que no cesaban de disparar sobre ellos sus molestos flashes. Hubo de dispensar asimismo numerosas entrevistas, aunque ninguna lo contrarió tanto como la que le concedió a un simpático y locuaz periodista japonés que, al concluir, le entregó una tarjeta que no supo descifrar.
A continuación se dirigió, junto al resto, a sus aposentos. Descubrió, no sin cierto estupor, que compartía hostal con Rosario Castro, conocimiento que le ocasionó un frío sudor. Pero la impresión se suavizó al saber que también lo haría con Eva Rodríguez, la ministra de España, con la que ardía en deseos de conversar. Pero no eran las únicas: Geertruida van den Vondel, ministra de los Países Bajos; Alexander Laurier, ministro de Cánada; Hasam Krim, de Marruecos; Susan Opperman, de la República Sudafricana, y Maurice Simenon, ministro de Bélgica, también lo hacían.
Los hostales eran amplios y cómodos, lujosamente decorados, estéticamente revestidos. La habitación central, la más amplia, era una inmensa sala común, cuadrada, con largos sofás, reclinados sillones, múltiples televisores y una chimenea rococó. Partía de ésta una sencilla escalera que daba en un pasillo largo aunque estrecho al que paraban las ocho puertas de las ocho habitaciones individuales, cada una con un letrero dorado, brillantísimo, sobre su marco en el que rezaba el nombre completo y el país de su ocupante.
El licántropo giró el picaporte de la suya. Los dormitorios eran engañosamente espaciosos y decorados con mayor profusión aun que la sala exterior. Disfrutaban de largos estantes cubiertos de libros milenarios, de un escritorio revestido de pergaminos, de una mesa baja para el té y de una cama con doseles ingente, mayor a cuantas hubiera visto en su vida. Al sentarse en su borde le pareció suave, aun cómoda; mas también creyó que sería extremadamente excesiva, tan suntuosa, para él, que, sin recatos, habría dormido cómodamente sobre el suelo apoyada su cabeza sobre sus extremidades superiores.
Ocupó el resto de la tarde en deshacer el equipaje y en poner en orden las notas que los departamentos de su Ministerio le habían proporcionado. Sólo cuando cayó la noche bajó un momento a tomar un aperitivo y se acostó en seguida; la reunión a la mañana siguiente había sido acordada a hora muy temprana y necesitaba descansar bien.
Pero no lo consiguió: sus ojos se pasearon por la oscuridad reinante mientras el tenue brillo de la luna menguante se filtraba por su ventana en la clara noche. Habría dicho, al menos esa impresión tuvo, que la pared que compartía con la habitación de Rosario Castro latía inconmensurablemente. Sin embargo, lo único que latía con intensidad era su corazón, envuelto en una llama más poderosa que el anhelo, que el deseo, que el apetito carnal...
Su mano recorrió la fría sábana. Latía en soledad...
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Despertó al fin con una extraña sensación. Aprovechando los últimos minutos tumbado, recordó, con los ojos todavía cerrados, un adorable sueño que creía haber tenido; pero, medio adormilado, no sabía si era cierto o si le engañaba su subconsciente. Había sido con Helen... Había cenado con ella. Y con sus tres preciosos hijos. Después se habían ido a acostar. Y habían hecho el amor. Por la mañana ella lo había despertado; le tendía su delicioso café, que olía especialmente bien.
Aún parecía conservar el tierno olor de aquel dulce café en su olfato, conque una sonrisa tierna se imprimió en sus labios. En efecto, aquel aroma lo impregnaba. Aquel aroma a amor, a sensaciones eróticas, a Helen... Apretó la almohada contra sí como abrazándola en carne y hueso.
–Si no se levanta y se viste ya, Remus, llegará tarde –le dijo una cándida voz al oído.
Sólo entonces el licántropo abrió los ojos despacio. Entre parpadeo confuso distinguió un humillo que ascendía en vaharadas desde una mano que se le acercaba. Con los sentidos ahora despiertos percibió que el aroma a café no había sido tan perfecto. Se frotó los ojos. ¡Tremenda sorpresa! Aunque no había tanto de qué sorprenderse; si alguien tenía que estar allí, con un vaso de plástico en la mano, que se le tendía, él acostado, semidesnudo, no podía ser más que Rosario Castro. Instintivamente, el hombre se cubrió el torso para que la mujer no lo viera.
Ésta se rio, tras lo cual dijo:
–Tenga, tómeselo. Y vístase. Llegará tarde si no se apresura.
Confusamente consiguió darle Remus un gracias. Seguidamente, sin que mediara una petición por parte de él, la peruana salió solícitamente de la habitación para que procediera. El licántropo, tras echarle un compungido vistazo al vaso que sostenía en la mano, lo soltó repulsivamente sobre la mesilla de noche. Se encaminó al cuarto de baño, acicaló, afeitó y demás procedimientos, salió entre carreras, se vistió y bajó la escalera hasta la sala común con el café nuevamente en la mano, completamente frío ahora.
A coro respondieron los compañeros de hostal al buenos días que Remus les dirigió. Todos parecían, a razón de su despreocupada ociosidad, haber madrugado mucho más que él: Geertruida van den Vondel, la ministra de los Países Bajos, leía detenidamente el periódico; Maurice Simenon, de Bélgica, departía coloquialmente con una cabeza aparecida en el hueco de la chimenea; y Hasam Krim, de Marruecos, veía en la televisión un boletín informativo, emitido en su idioma, en el que noticiaban la inauguración del conciliábulo presente. Remus se sorprendió como no puede ser explicado cuando, al hilar el reportaje, se vio a sí mismo en la pantalla del electrodoméstico.
Hubiera soltado alguna exclamación de asombro, pero Rosario Castro no le dio ni tiempo. Se le acercó corriendo y le vituperó:
–¿Todavía no se lo ha bebido? Se le va a enfriar...
–Ya se le ha enfriado –dijo una voz cálida junto a ella.
Era Eva Rodríguez, la ministra de España. Observó irreflexivamente a la ministra e, inmediatamente, dirigió una agradable sonrisa al licántropo. Levantó su varita y golpeó el vaso de plástico que Remus sostenía, de modo que éste volvió a sentir una sensación templada en el tacto de la mano.
–Gracias –dijo Remus sentidamente.
–No hay de qué –respondió con su habitual voz encendida y su flameada sonrisa–. Ahora, Castro –habló dirigiéndose a ésta–¿le importaría buscarme el mechero? No sé dónde lo he metido...
–Sin problema –contestó solícitamente y salió.
–¿Fuma? –le inquirió Remus.
–Oh, no –contestó con suficiencia–. Me lo he inventado. Le he contado que, influida por mi padre muggle, no puedo fumar más tabaco que el que enciendo con mi mechero de la suerte; pero lo he perdido. Cada vez que se pone pesada la mando a buscarlo. Es un poco inocente. –Remus rio de la ocurrencia–. Perdone que haya entrado antes en su habituación. Intente disuadirla, retenerla, pero se me escapó.
–No importa. No ha podido ver nada de interés. Además, no es culpa suya.
–Si me permite la intromisión –habló en un susurro–, creo que usted le gusta.
Remus contestó con una carcajada.
–No lo creo –confesó, aún risueño–. Es más, estoy casado –le indicó mostrándole el anillo que cubría la base de su dedo anular–. No creo ni que se le haya pasado por la cabeza.
Eva se encogió de hombros.
–Es muy inocente –reiteró.
–¿Y usted, tiene novio? –inquirió a su vez.
La ministra lo contempló significativamente unos segundos sin apuntar nada, sonriendo tibiamente, y sólo cuando vio al resto recoger sus maletines de trabajo y dirigirse a la puerta, le comentó a Remus que sería conveniente que siguiesen la conversación fuera, de camino al conciliábulo. Entonces sí respondió.
–¿Qué, es que tan joven le parezco? –preguntó entre recelosa y divertida–. Yo también estoy casada. Y tengo una preciosa niña de seis meses. ¿Usted tiene hijos?
–Dos niños y una chica encantadora.
–Se nota.
–¿El qué?
–Que los adora. Se le ha iluminado la cara. ¿Tiene una foto de ellos?
–Oh, sí –exclamó–. Tengo una por aquí –rebuscando en los bolsillos. Sacó al fin su reloj de bolsillo y lo abrió. Le mostró a la joven la fotografía que cubría la cara interior de la tapadera–. El mayor es Matthew; ya está en Hogwarts, su primer curso. –Ella lo miró sin entender–. Es la escuela de magia de mi país. Ésta es Nathalie. ¿No le parece preciosa? Y éste sostenido en los brazos es el último, Alby.
–¿La mujer de la foto es su esposa?
–Ajá, en efecto.
–Es hermosa. Unos bellos ojos.
El camino restante lo pasaron ora viendo las fotos de la cartera de Eva, ora conversando alegremente de las peculiaridades de los retoños de cada uno. Hasta que alcanzaron el conciliábulo. Entonces Eva ocupó su lugar entre la muchedumbre y Remus subió el par de altos escalones que lo separaban a él del suyo, junto a sus diez compañeros, que departían soberanamente. Tomó asiento sin atildamiento ni apostura fingida y, como le aburriera la espera, le dirigió unas cuantas miradas a la ministra de España para recavar su atención y, conseguido esto, se comunicó con ella por gestos.
Una voz ronca carraspeó a su lado y el licántropo se volvió enfurruñado. Junto a él, George Sullivan, el atildado ministro de los Estados Unidos, le sonreía con descaro. Situándose una mano a la altura de la boca como si temiera que le escucharan, le dijo con aflicción:
–Tal vez no conozca los procedimientos, señor Lupin..., pero estamos ya todos, y se requiere que usted abra el parlamento.
Remus asintió pesadamente. Se puso, acto seguido, en pie arrastrando con sonoridad su asiento y carraspeó. Se apuntó a continuación con la varita y su voz sonó atronadora en el amplio edificio, hasta la alta bóveda.
Hechos los preliminares y pudiéndose sentar otra vez, Rosario Castro, la ministra de Perú, sentada a escasa distancia del licántropo, fue la primera en solicitar la palabra creando una luz dorada frente a ella sobre su estrado. Remus, con gesto cortés, le dio a entender que podía hablar y entonces ésta se puso en pie. Pero, cuando se disponía a hablar, alguien sentado en el otro extremo de la mesa se levantó también, aunque Remus no le hubiera concedido la palabra ni nada: George Sullivan. Dada la inexperiencia del licántropo y su atónito asombro, ni tiempo tuvo para reaccionar. El susodicho ministro interrumpió a la sudamericana con tono mordaz:
–Discúlpeme, señorita Castro, y discúlpenme también el señor moderador, esto es, el señor Lupin, y el resto de ministros; no deseo interrumpirla, en absoluto es mi intención –la sonrisa irónica que asomó a sus labios tras estas palabras no dejaba tan clara aquella idea–. Tan sólo, y liderando la opinión general de este conciliábulo, deseaba preguntarle si su intervención viene a propósito de las adopciones lingüísticas de esta asamblea.
–¿Puedo intervenir ya? –inquirió orgullosamente dirigiéndose a Remus, quien le asintió extrañado del nuevo tono que ésta adoptaba–. Conste en el acta de la reunión –apuntó dirigiendo su mirada a un inquieto gnomo que se apresuraba a garabatear su pluma sobre un pergamino en un rincón apartado– que ha sido el señor Sullivan y no yo quien ha sacado a colación problema tan debatido.
–¿Debatido? –inquirió burlonamente el aludido.
–Y espero no tener que rogar más al señor Lupin que castigue severamente a los que hablen sin haberlo solicitado previamente –exclamó evidentemente enojada. George Sullivan, que se había sentido ofendido, hizo aparecer una recalcitrante luminaria áurea frente a sí y aguardó inquieto, con las manos en la cintura, a que Remus le diera paso a su discurso–. Y, puesto que la idea ha salido a relucir, desearía que este conciliábulo la contemplara y debatiera.
–¡Tonterías! –exclamó severamente George Sullivan de súbito, lanzando lejos de sí la luz dorada de un manotazo.
Rosario Castro se encendió de furia.
–No ha pedido permiso para departir –intervino Eva Rodríguez poniéndose en pie.
–¡Ni usted tampoco! –vociferó el ministro de los Estados Unidos fulminándola con la mirada. En seguida volvió a dirigir su atención a su compañera de la A-11, que mantenía su mirada inflexible, solo quebrada cuando ésta, a su vez, la dirigía a Remus con gesto torcido–. Señorita Castro¿necesita que le recordemos que este mismo conciliábulo estudió, sometió a votación y denegó en su anterior reunión, en cláusula 1-B de su acta, su propuesta de modificación lingüística?
–En absoluto, pero...
–¡Pero, pero, pero!... Señorita Castro –sonrió–, si tanto desea salir beneficiada en estos asuntos, porque no se alían la señora Rodríguez y usted y otros y crean una superpotencia hispanohablante. Temo que hasta que eso ocurra, y a pesar de su más que notoria molestia, tendrá que seguir empleando mi lengua materna, lo quiera usted o no.
–¡Estados Unidos no es nada, Sullivan, le recuerdo! –exclamó furibunda Rosario Castro–. Le recuerdo, señor ministro, que no es más importante que Perú o España. Le recuerdo que, de no ser por Reino Unido, no sería por su país su lengua la que se hablara aquí.
–Es cierto –contestó sin afectación–. Pero Estados Unidos, y espero no lo olvide, es la nación hegemónica de la comunidad muggle.
–¿Y desdé cuándo te han importando a ti los muggles, eh? –gritó roja de cólera–. ¿Te importaron en tus años de juventud, eh¿Cuántos torturaste entonces: treinta, cuarenta, cincuenta...¿Cuántos informes de tenebrismo concernientes a tu persona has eliminado desde tu llegada al poder? Responde.
–Protesto –intervino Genki Tanada, el ministro de Japón, un hombre anciano, vestido a la usanza de su país, siempre malhumorado–. No recuerdo que ningún aspecto tocante de la vida del señor Sullivan estuviera en el orden del día. Señor Lupin, rogaría solicitara moderación a la ministra peruana.
–Y a él –habló sin que le correspondiera tampoco Monique Bousquets, la ministra de Francia, poniéndose en pie y señalando a Sullivan–. Ha participado varias ocasiones sin corresponderle.
El licántropo, ligeramente conmovido por la escena que había experimentado, asombrado del torrente de temperamento que demostraba tener la inocente ministra, que aún dirigía una atronadora mirada a su enemigo de dicción, expuso su parecer, bastante diplomático por ser el primero, y se excusó a continuación por su anterior inactividad, solicitando que el conciliábulo prosiguiese de nuevo. Pero, como apéndice, apuntó:
–Sin embargo, creo que no es precisa mi participación concediendo o desautorizando turnos todo el tiempo sino actuar solamente cuando el bullicio comience a ser lo suficientemente insoportable como para molestar o no permitir que se oiga. En ese parecer considero que la conversación entre la señorita Castro y el señor Sullivan ha sido acertada, si bien debe tenerse en cuenta que éste la interrumpió al principio a ella.
Conque el parlamento tornó de rumbo.
El siguiente en hablar fue un nuevo integrante de la Alianza de Northumbría: Mohamed Al–Quader, ministro de Magia egipcio. Tenía entre sus manos un grueso informe que desveló en seguida.
–Ejem, ejem... Paso a relacionar de inmediato los países multados, decididos en consejo extraordinario, por faltar en diversos grados al Plan de Northumbría. A China, en primer lugar, por permitir que un grupo de cuatro escaladores avistaran un yeti y retornaran a su hogar sin practicarles el consiguiente borrado de memoria ni extraerles el carrete de fotos que dispararon contra él y que publicaron a la comunidad muggle en su país, donde, por fortuna, gracias a la acertada actuación del Ministerio de Magia italiano, fueron difamadas de inmediato, la Confederación Internacional de Magos sanciona al Ministerio de susodicho país con una multa de quinientos galeones y la orden irrevocable de repatriación de los presos extranjeros por delitos de oscurantismo para que realicen sus condenas en las distintas presiones estatales.
–¡Eso es completamente injusto! –gritó a su lado, pues también pertenecía a la A-11, poniéndose inmediatamente en pie, todo encendido, Yu Cheng, el ministro de este país.
–Silencio –exclamó Remus implacablemente–. No ha solicitado la palabra.
–Pero... pero... –Conjuró la acostumbrada señal frente a sí, tras lo cual dijo–: Es injusto. Mi Ministerio hizo cuanto pudo, pero una vez cruzaron la frontera con Nepal nos fue imposible actuar.
–La sentencia es irrevocable, lo siento –decretó inconmensurable el egipcio.
–Pero, después de cuanto he hecho por ustedes¿es cuanto pueden hacer ustedes por mí: sentenciarme a pagar una elevada multa por más señas injusta?
–¡Silencio! –exclamó Remus sin tolerar el elevado tono que empleaba el joven ministro chino–. Señor Cheng, este conciliábulo ha expuesto firmemente la pena que pesa sobre su Ministerio y usted se ve obligado a hacerla frente como reparación del daño o, mi muy querido señor, se verá obligado a responder ante el Alto Tribunal que escogerá esta asamblea.
Yu Cheng, el ministro chino, guardó silencio, aunque enfurruñado, y se dejó caer pesadamente sobre su asiento.
–Prosigo –habló Mohamed Al-Quader tras solicitar con señas permiso del licántropo–. De esa suma de oro mágico, cuarenta y cuatro galeones y cinco sickles irán a parar a las arcas del Ministerio de Filippo Prezzolini en calidad de subsanación.
»En segundo lugar, a Australia por permitir que un canguro conjurado...
–¿Se me concede la palabra? –lo interrumpió Elizabeth Lawler, la ministra del mencionado país, poniéndose en pie y hablando con voz mesurada. A pesar de haber solapado la intervención de su compañero, Remus se la concedió–. Tal vez mi tarea sea recordar a este conciliábulo que el chico que lo conjuró fue expulsado de inmediato por reincidente y que el Ministerio solucionó en seguida el problema reparando el encantamiento que pesaba sobre el animal, los destrozos que éste había ocasionado y desmemorizando a cuantos habían presenciado el prodigio, así como destruyendo los varios documentos gráficos que se habían recaudado sobre el mismo.
–Señora Lawler –habló también mesuradamente el ministro egipcio–, la misión de estas sanciones no consiste en castigar o premiar al que tarde más o menos, respectivamente, en reparar algún accidente mágico, sino en evitar en el futuro análogos acontecimientos mediante el impuesto de fuertes multas ejemplificativas. Si me permite... –Se puso de nuevo el informe ante los ojos y leyó–: ...por permitir que un canguro conjurado de pelaje verde y que recorría más de treinta metros en cada salto, campara a su libre albedrío por la ciudad de Melbourne, ante el consiguiente riesgo de desvelo del secreto mágico para la comunidad muggle, se la multa con el pago de cincuenta y siete galeones y con la prohibición de que el Mundial de Quidditch del año próximo, 2000, sea celebrado en suelo australiano.
–¡Pero eso es injusto! –gritó la ministra, tan fuerte y deprimentemente que parecía pronta al lloriqueo–. Ese Mundial iba a traernos un importante desarrollo económico. Es más, la construcción del nuevo estadio ya ha sido iniciada.
–Lo lamento mucho –habló Mohamed Al-Quader con calma–. Pero la solución es firme e inapelable, espero que lo comprenda. De ese modo, la concesión de los Mundiales será dada al país que quedó en segundo lugar en las votaciones. Enhorabuena, señora Kapralov.
–Gracias –respondió a la felicitación la ministra rusa, de complexión poderosa y de modales y voz rudos, al tiempo que obraba una fingida reverencia.
–En tercer lugar, a Rumanía...
–¡Imposible! –gritó Gheorghe Bonca, el ministro del citado país, que se puso súbitamente en pie, blanco de la impresión. Remus lo mandó guardar silencio, pero él respondió con la desobediencia, aunque parecía inquieto por ello–. Avisé con tiempo al conciliábulo; expliqué la situación detenidamente. A los señores Cheng y Tanada¡a ellos los avisé! –los ministros de China y Japón, ambos aludidos, se pusieron en pie de un salto con cara de enfado–, y prometieron ayudarme con una partida de dragones del ejército de la Alianza Asiática.
–Nosotros no hicimos eso –protestó el anciano Tanada, ministro de Japón, abriendo sus rasgados ojos tanto como podía–. Está difamando contra nuestra persona.
–¡Eso espero! –protestó iracunda Monique Bousquets, la ministra francesa–, en cualquier caso porque una medida como ésa está penalizada completamente por la Alianza de Northumbría.
–Lo sabemos –gritó iracundo Yu Cheng, el apasionado ministro chino–, no quepa duda. Y unos miembros de esta Alianza tan antiguos como mi compañero Tanada y yo no pondríamos en peligro dicho acuerdo cuando tan intensamente hemos trabajado por su cumplimiento. ¡Es el señor Bonca! –profirió a voces apuntándolo con el dedo–. Ese mentiroso está tratando de inculparnos para salir airoso.
–¡No! –gritó tembloroso, casi suplicante, el aludido–. No, no es así, deben creerme.
Remus llamó al orden repetidas veces y, cuando al fin lo consiguió instaurar, habló:
–Es ésta una situación peliaguda, de difícil solución. No obstante, gritando y culpándonos sucesivamente unos a otros no vamos a conseguir nada. Veamos, señor Bonca –se dirigió hacia él pausadamente, infundiéndole calma–¿por qué solicitó la ayuda de los señores Tanada y Cheng?
–¡Porque ellos me prometieron su ayuda! –contestó alterado–. En el anterior conciliábulo, entonces fue, sí. Ya se me multó. ¡No pude hacer nada entonces: la situación casi se escapa de mi control! Imploré la ayuda de otras naciones. Mis vecinos me dieron la espalda –explicó agitando sin parar las manos, en gesto patético–. La Alianza me ignoró: Cornelius me trató injustamente, el señor Komarov me despreció... Los demás me reconocieron que no se podía hacer nada de momento. Sólo ellos dos se prestaron a auxiliarme. ¡Pero me engañaron!
–¡Miente! –intervino desenfrenadamente el ministro chino.
–¿Y por qué no me solicitó a mi ese clamado auxilio, señor Bonca? –le inquirió Remus sosegadamente.
El ministro rumano se quedó paralizado, boquiabierto, con la vista fija en la mesa de la Alianza, sin saber conjugar las palabras acertadas.
–Gran Bretaña hubiera tratado de socorrerlo en la medida de sus posibilidades.
Al fin, con gesto inquieto, respondió:
–No le conocía lo suficiente, señor Lupin. Entiéndalo... No deseaba que se volvieran a burlar de mí.
–Temo que algunas de las soluciones encontradas por el señor Bonca no hubieran sido del agrado de usted, señor Lupin –intervino Janos Lamperth, ministro de Hungría.
–No comprendo –reconoció Remus mirando a todas partes con ojos inquisitivos–. ¿Por qué?
Al fin su mirada recavó sobre Mohamed Al-Quader, el ministro egipcio, y, como si éste hubiese entendido que le daba luz verde para seguir exponiendo su relación de sanciones, prosiguió la lectura:
–A Rumanía se la condena con novecientos galeones de penalización por las constantes muestras de magia que ofrece a la comunidad no-mágica. Basten como ejemplos las cruentas batallas que entre vampiros y licántropos se fraguan en sus campos al caer el sol o la devastación de ganados que los hombres lobo ocasionan, por no mencionar las despiadadas muertes de que son objeto los muggles a mano de los vampiros, sin reparo ninguno por parte de su Ministerio para la solución de estos problemas.
Remus aguardó intrigado su respuesta. Transcurridos unos segundos, ésta fue:
–Yo no puedo hacer nada. El problema me satura. –Sudaba, casi lo decía con lágrimas–. He creado una subdivisión específica en el Departamento de Regulación de las Criaturas Mágicas para la elaboración y posterior distribución de la poción de matalobos, pero nos es imposible controlar si es bebida o no. Hemos establecido controles en la aduana, pero muchos licántropos extranjeros entran furtivamente para combatir con los vampiros, los cuales son tan enemigos de éstos, que no hace falta más que un aullido para desatar las espadas de plata de sus cintos. Hemos proporcionado a las tribus vampíricas ganados para que se alimentaran de la sangre de éstos, pero pocas han accedido a nuestra propuesta reconociendo que la sangre animal es de peor sabor.
–La situación es insostenible –volvió a intervenir el ministro húngaro–. Son como una plaga, y las fronteras no los limitan.
–¡No deben limitarlos, señor Lamperth! –respondió Remus taxativamente–. Los vampiros y los hombres lobo son, a fin de cuentas, no le quepa duda, personas, seres racionales, conscientes y con sentimientos. Descuide, señor Bonca, trataremos de encontrar alguna solución a este asunto.
–Oh, gracias, señor Lupin, es usted decididamente bondadoso.
–Pero dígame antes –lo interrumpió el licántropo–¿qué ha dicho de hombres lobo que cruzan las fronteras para guerrear contra los vampiros?
–Oh, provienen de todas partes, aun de las más recónditas –respondió–. Esperan el alzamiento del astro de plata para mudar sus cuerpos y atacar las poblaciones vampíricas, que salen en estos momentos de sus refugios para alimentarse. Muchos lo hacen sin haber tomado la poción que les conserva su conciencia para comportarse más despiadadamente; otros, más impíos, la toman para disfrutar del crujir de los huesos de sus enemigos entre sus fauces. Y al levantarse el alba, a diario se descubre una visión espeluznante: cadáveres desnudos, degollados, mutilados, y la sangre campando en torrentes. Y al salir el sol¡zas, los cuerpos de los no muertos se reducen ante la vista a un mínimo polvo que se lleva la brisa temprana. ¿Cómo poder ocultar tanta miseria de los ojos de los muggles si esto que he descrito ocurre a diario en veinte mil sitios a la vez? Como podrá comprender ya, solicito, pues la requiero, la ayuda internacional.
Remus, acariciándose el mentón con la mano, los ojos perdidos en la inmensidad de la bóveda, reflexionaba.
–Veo –musitó.
–Pero hay algo más que debería conocer –apuntó finalmente Gheorghe Bonca, el ministro rumano–. Acuso al señor Komarov –el ministro búlgaro dio un respingo causado por la sorpresa– de ser el causante de cientos de mordidas: ata a sus ajusticiados con la maldición de la luna llena, y a los que sobreviven a pasar tal noche con un hombre lobo los libera haciéndolos franquear nuestra frontera, desterrados de Bulgaria bajo pena de muerte para morir en las guerras de mi tierra.
–¡Eso es incierto! –gritó el ministro aludido–. Demuéstrelo.
–Cientos de ellos están animados a declarar.
El ministro búlgaro, sintiéndose acorralado, paseó la mirada por entre sus compañeros, míseramente, suplicando ayuda.
–Conocen mi política contra esas bestias... –habló al fin.
–¿Bestias? –inquirió Remus fuera de sí.
–La conocen, pero yo sería incapaz de algo así –acabó diciendo.
–¡Puedo llamar ahora mismo –tomó por solución el rumano– a varios de ellos para que declaren ante el conciliábulo, con lo que probaran quién miente o quién dice la verdad!
–Puede haberlos manipulado, señor Bonca –habló el reposado señor Tanada, ministro de Japón–. Además, le recuerdo que este emplazamiento es secreto, y sólo pueden franquearlo los ministros y muy selectos periodistas y aurores. En verdad he de salir en defensa del señor Komarov –éste respiró aliviado, dedicándole una mirada gratificante a su compañero de mesa–; he participado activamente en su trabajo con el Departamento de Regulación de las Criaturas Mágicas por tener problemas afines: vampiros y licántropos él (causados por la proximidad de su país, me temo, señor Bonca) y dragones en el mío. Dado que soy la persona que mejor conoce su política en estos asuntos, concluyo que el señor Komarov es inocente de cuanto injustamente se le imputa.
–No estaría de más que declararan y saliésemos de dudas –sugirió Daniela Reyes, ministra de México.
–¡El señor Bonca está tratando de inculpar a otros para suavizar su condena! –gritó el apasionado Yu Cheng, ministro chino–. Ya se lo advertí antes.
–No soy de esa opinión –opinó Egridira Irmak, ministra turca.
–El Ministerio búlgaro –habló de pronto Mohamed Al-Quader con su voz tranquila que sosegaba, llamando la atención de todos, que dejaron la discusión– también ha sido alertado con una sanción verbal y pública; creo que lo consideraran interesante, dado el caso que estudiamos. –Pasó a leer–: Dada la repentinamente amplia y ascendente tendencia de la educación búlgara a las Artes Oscuras, el conciliábulo obliga a su ministro a reelaborar los planes de estudios de su academia de magia si no desea ser sancionado con una alta tasa económica.
–¡Irrelevante! –gritó el búlgaro enojadísimo–. Aprecio y aun me considero admirador del trabajo educacional del director Dimitrov, y tengo fe ciega en él, conque considero improcedente la alerta que se me propone orgullosamente desde este estrado; el señor Dimitrov enseña como se enseñaría en Beauxbatons o en Trazzaiolo...
–No estoy de acuerdo tampoco con esa opinión –volvió a intervenir la señorita Irmak, ministra de Turquía–. El año pasado envíamos a una chica de sexto curso para realizar un intercambio escolar con Durmstrang. A su llegada, nos trajo numerosas noticias de sus nuevos procedimientos, mucho más sorprendentes que los que ya se habían aplicado en tiempos de Karkarov. ¿Quiere que le lea el informe, señor Komarov?
–No es necesario –bufó–. Compartiré sus puntos de vista con el señor Dimitrov y dejaré que éste libremente escoja su postura definitiva. A fin de cuentas, considero que nada de tenebroso tienen los valores que enseña la academia Durmstrang.
–¿Considera, entonces –habló de nuevo la turca con afectado tono, como despreocupado en exceso–, que diseccionar en la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas licántropos medio muertos es un hábito que puede enseñarles grandes valores éticos y morales a sus alumnos y en absoluto una conducta contraria a estos principios y, por extensión, tenebrosa?
Ivan Komarov iba a responder, y por su actitud iba a hacerlo contundentemente, pero Genki Tanada, el ministro japonés, poniéndole una mano sobre su brazo, lo disuadió. Poniéndose en pie en su lugar, lo defendió con estas palabras:
–Conozco al señor Dimitrov personalmente y dudo absolutamente que haya facilitado la disección de una criatura nocturna como la especificada y, en cualquier caso, nunca lo habría hecho dejándolo medio viva. –Sonrió mínimamente–. De todos modos, debe saber, señorita, que la disección de criaturas es una práctica habitual en las clases prácticas de dicha asignatura; no puedo ni recordar los dragones que yo destripé en mi juventud. Un modo de reconocer lo que hay fuera es conociendo lo que hay por dentro.
–En cualquier caso –participó Remus impresionado–, esto debe ser estudiado.
–No le quepa duda, señor Lupin –habló el mismo Komarov–. Yo mismo, como ministro del Ministerio de Magia de Bulgaria, me comprometo a ofrecer las pruebas que sean requeridas para la demostración de mis palabras y, en caso de equivocarme, cosa que dudo muy enteramente, propondré inflexibles castigos a los culpables de tan aberrantes comportamientos.
–¿Encerrándolos con licántropos transformados, haciéndolos debatirse entre la vida y la muerte, por ejemplo? –sugirió suspicazmente Gheorghe Bonca, el ministro rumano.
El ministro búlgaro apretó los nudillos y rechinó los dientes.
–Asimismo (no crea que me he olvidado de su causa, señor Bonca), propongo le sea sustancialmente reducida la pena al Ministerio rumano –intervino Remus.
–¡Eso es injusto! –clamó atónico el ministro chino–. Es una solución arbitraria, subjetiva. Si le es reducida a él, ordeno que nos sea reducida a todos.
–¿Puede dejar terminar al señor Lupin, eh, por favor, señor Cheng? –solicitó Rosario Castro con desagradable gesto. Cuando éste calló, ella dijo–: Gracias.
Conque el licántropo pudo seguir hablando:
–En cuanto me sea posible le haré una visita para que me muestre in situ cuanto me ha descrito y para que pueda hacer una valoración personal de su situación, tras lo cual pondré a trabajar a algunos de mis mejores hombres del Departamento de Criaturas Mágicas sobre una planificación estable aplicable a su problema.
–Oh, gracias, oh, muchísimas gracias –respondió a su muestra de generosidad el ministro rumano casi con lágrimas en los ojos.
–Asimismo –prosiguió Lupin–, visitaré también las fronteras y la aduana, y contribuiré con medios técnicos, económicos o humanos, lo que se requiera, a detener esa inmigración injustificada. Sobre todo estudiaré con profundidad la de Bulgaria.
Una multitud de voces, y hasta aplausos (pues había a quienes la propuesta les parecía positiva), como despertadas de un largo letargo, se levantaron en un bullicio insoportable del que sólo sobresalía una voz atronadora, inmisericorde, enojada: la del búlgaro:
–¿Qué está sugiriendo, señor Lupin¿Acaso está creyendo todas las patrañas que ese fabulista se ha inventado? Si quiere verse las caras con el señor Dimitrov y conmigo, ayude a ese impostor.
Pero Remus, inmutable, se contentaba con golpear su mesa con la mano fuertemente mientras gritaba:
–¡Silencio, silencio, silencio!...
La mañana no mejoró en lo sucesivo. Al terminar la primera jornada Remus estaba rendido, como si una manada en estampida de elefantes le hubiera pasado por encima. Sabía que su actitud le había granjeado enemistades (al recoger sus cosas y marcharse sintió aguijonadas miradas en su nuca), pero también importantes seguidores, pues muchos lo detuvieron para estrecharle la mano y felicitarlo por su osadía. El que más le demostró este afecto fue, qué duda cabe, Gheorghe Bonca, el ministro rumano a quien le había prometido una vasta ayuda, que no tuvo reparos en demostrarle su alegría derramando algunas lágrimas en su presencia. Tal fue la sensación que causó el licántropo que, a pesar de que pensaba salir de inmediato, tuvo que quedarse a departir quince minutos con sus recientes admiradores, que lo llegaron a llamar, así se lo reconocieron, el "Mesías que los salvaría de los fariseos de la A-11"; pensaba detener a Eva Rodríguez en la salida y preguntarle si deseaba almorzar con él en una terraza, pero, como se viera imposibilitado a avanzar, la perdió de vista.
Al salir, con una mano metida en el bolsillo y la obra balanceando el maletín de mano, paseó sin prisa de regreso al hostal. Esperaba encontrar allí a su compañera española para poder retomar la conversación que interrumpiera esta mañana. Enfrascado se le encontraba en estos pensamientos cuando, tan de improviso que, del susto, la cartera se le escapó de la mano, escuchó un grito. Aguzó su oído licántropo, pero el fuerte murmullo de las conversaciones que acababa de abandonar solapaban cualquier otro sonido, conque corrió al lugar del que creyó que procedía.
Al torcer un recodo, descubrió a lo lejos a George Sullivan, el ministro estadounidense, que ahogaba el cuello de Rosario Castro, a la que presionaba contra una pared. El licántropo, haciendo rechinar los dientes, giró sólo su mano en dirección al susodicho hombre y éste, al impulso del maleficio que con este gesto el licántropo había creado, cayó hacia atrás liberando a la joven. Salió ésta corriendo, pero él, poniéndose en pie de un salto, le preguntó que dónde demonios iba, sujetándola del brazo, y la tiró contra el suelo.
–¿Quién diablos eres tú para apostrofarme a mí con relación a mis actos de juventud? –inquirió a voces.
–Una preciosa señorita –contestó el licántropo con voz melosa.
Sullivan dio un respingo. Sin que ninguno de los dos se diera cuenta, Remus se había aproximado lo suficiente como para quedar descubierto y a la vista. El ministro estadounidense respiraba entrecortadamente, sonreía con malicia, pero aquello sólo era su apariencia: en sus ojos revelaba el espanto que le provocaba ver a nuestro protagonista inmerso en aquella situación que él había provocado.
–¿Está lista ya, Castro? –le preguntó Remus, tras lo cual la ayudó a levantarse y la refugió tras él–. Hemos quedado para almorzar, señor Sullivan –le explicó–. Discúlpenos –se despidió afectadamente con un golpe en el calado sombrero que vestía.
–Sin problema –respondió jadeante.
El licántropo apoyó a Rosario sobre su hombro, pues ésta apenas tenía intención de caminar. Lloriqueaba tan sólo con el mudo estertor del dolor más interno. En vano Remus trataba de sonsacarle por qué él la estaba golpeando de aquella forma tan indeciblemente cruel. Hubo de esperar a sentarse en la mesa de una terraza, a que fueran servidos y a que ella comenzara a probar bocado para que su lengua se desatara.
–¿Vas a contármelo ya? –insistió él.
Rosario asintió.
–No le ha gustado que comentase lo de las torturas muggles en plena sesión del conciliábulo –respondió con la vista fija en el infinito–. Lo odio –reconoció prorrumpiendo en llanto.
–Eso es evidente, pero ¿por qué? –quiso saber.
–Porque en otro tiempo lo amé demasiado –confesó–. Nos quisimos mucho. O, al menos –dijo entre suspiros–, yo mucho a él. Fue hace varios años, recientemente divorciada yo por una infidelidad que había cometido mi marido¡ay, con el que había estado sólo dos años, cuando yo era aún inocente y atontada; más inocente que ahora. Y él me robó el corazón, entre otras cosas. Entonces todavía era apuesto, atractivo y encandilaba con palabras cariñosas. En sus brazos una llegaba a pensar que no existía cobijo más seguro ni confortable, conque me deje cobijar por sus brazos siempre que no estábamos en las reuniones del conciliábulo, a todas horas. Nos amábamos varias veces al día y nos prometimos multitud de cosas que jamás llegaron a cumplirse, pero yo iba labrando mi telaraña de fantasía, una verdadera trampa para mosquitas muertas ilusas como yo. Porque pensaba que él sí que era un hombre de palabra.
»Me aseguró que vivía con su hermana enferma, por lo que no me dio su dirección para que ésta no descubriera nada. Yo, que ni entonces comencé a sospechar lo más mínimo, le di tontamente la mía para hacer de mi casa nuestro nuevo nido de amor; la urraca y la paloma, una maquiavélica y la otra desorientada. Pues un día le seguí el rastro por la chimenea y, cuando llegué a su casa, lo descubrí con esposa y dos hijos. –Lloró–. Me trató como una comercial de escobas y me llevó a su despacho, donde me recriminó duramente que lo hubiera seguido. ¡Yo sí que estaba enojada! Quise discutir y le grité, pero él me abofeteó. Y hasta hoy. –Sorbió.
»Yo lo entregué todo por aquella relación y para él yo era una más; la exótica sudamericana. Nunca se lo he perdonado ni se lo perdonaré.
–¿Y cómo sabes lo de las torturas muggles? –inquirió intrigado Remus.
–Porque mandé hacer algunas averiguaciones. Estaba demasiado resentida. Y aún hoy sigo estándolo. He olvidado el amor, pero no el rencor y el engaño; ahora es odio.
–Charo –la chica se asombró de que la llamara así, a lo que se le unía voz tan cariñosa, y, además, de que le cogiera la mano para acariciarla a fin de tranquilizarla–, perdóname que, al ir en tu socorro, no fuera capaz de plantarle cara y de cogerlo del cuello de la camisa y de levantarlo para colgarlo en una rama.
–¡Oh, Remus! –Sonrió al fin–. Pero si fue muy valiente. Me salvó. Usted sí que es un hombre de verdad, uno de palabra.
El licántropo no pudo reaccionar a tiempo de evitar que la cara de la mujer se alzase sobre la mesa y se le acercara para estamparle un beso en los labios, que tan pronto como sintió evitó echando la cabeza para atrás. Contempló con los ojos desorbitados a la peruana mientras se pasaba por los labios los dedos para limpiarse el carmín de que ésta le había impregnado. Ella, a su vez, si un momento atrás fogosa, lo observaba ahora asustadiza, y, con nuevo llanto asomando a sus ojos, echó hacia atrás la silla y se lanzó en rápida carrera con Remus gritándole por que se detuviera.
No la volvería a ver hasta el día siguiente.
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Habiendo terminado de cenar, se quedó apurando la noche y unas cuantas tazas de té aromático que preparaba Eva Rodríguez, que lo dejaron algo traspuesto, disfrutando de su cómoda conversación, pero con la mente puesta en la ministra ausente. Rosario Castro no había acudido a cenar al hostal y, aun asomando tardías horas, no parecía tener intención de regresar. Conque Remus, cuando se sintió demasiado cansado como para seguir con la charla, se despidió y se fue a acostar.
Echó el pestillo de su cuarto y se desvistió. Se cubrió con un batín para evitar el frío y se sentó sobre la cama, la mente ora puesta en la desaparecida Rosario Castro, en el cálido beso que le dirigiera hoy, ora en su esposa. Conforme veía ascender las horas del reloj el pensamiento se volcaba de la primera a la segunda, conque acabó sumido en profundas meditaciones, tumbado boca arriba, los brazos desplegados; tan profundamente, o tan afectado por el té con que lo agasajara la ministra española, que creyó ver un halo fantasmal recorrer su habitación, con colores vueltos lentamente en naturales, gestos vívidamente nítidos y sensación de proximidad. Se trataba de Helen, que portaba en su mano una taza humeante. Recorrió el trecho que iba de la puerta al cuarto de baño, por donde desapareció, seguida en todo momento por los ojos intensamente sorprendidos de Remus. Cuando ya creyó haberla perdido de vista, asomó de nuevo y la aparición le habló:
–Duérmete, cariño.
Parpadeó intensamente. No estaba allí; no había nada en realidad. Se dormía, tan sólo, y la mente le jugaba malas pasadas. Apoyó lentamente el lateral de su cabeza aplastándolo contra la almohada. El sueño se apoderaba de sus sentidos. «Duérmete, cariño», resonaba en su sien. Caía rendido al fin. Dormía ya.
Cuando abrió los ojos Helen estaba frente a él, vestida con un vestido de fina seda azul y de tirantes. Se apoyaba sobre uno de los soportes de la cama que sostenía los doseles. Le sonreía afectuosamente.
–Helen... –habló el licántropo.
Ella se subió encima de la cama, cuidando no rozar su cuerpo hasta llegar a su cara, donde plantó su dedo índice sobre sus labios.
–No digas nada –le susurró al oído–. Disfruta. Es un sueño...
La mujer volvió a ponerse en pie y le hizo ver una taza de humeante café sobre la mesilla de noche. Se la llevó a Remus, que se incorporó levemente, y le hizo beber. Sabía, en efecto, como los que hacía su mujer.
–Helen... –volvió a hablar.
–No es preciso que me digas nada –lo interrumpió la adivina–. Sé lo que me quieres decir. Lo he visto. Y sé que tú no has tenido nada que ver. No tienes por qué disculparte.
–¿Dónde está ella? –preguntó Remus.
–Yace en los brazos de él –respondió mística–. Gran tormento vendrá después de esta noche: consuélala. Sé que la amistad entre ella y tú no es arbitraria, no es fruto del azar. Al menos no el amor que ella siente por ti. –Se sentó a su lado y se reclinó hasta situar la cabeza a su lado, su mano sobre el pedazo de torso que no cubría su batín, por el que asomaba un abundante vello en el que gustaba enredar sus dedos–. Sé lo que te inquieta aquí dentro –susurró–. No sabes si eres digno de estar en esta asamblea.
–Nunca he tenido madera de político –confesó Remus–, y la manera en que me hice con el cargo de ministro... fue, recuerda, bastante insólita; el país estaba conmocionado por la muerte de lord Voldemort; quizá no me escogieran nada más que por eso; quizá ahora, en situación distinta, no me elegirían.
–Remus, no hay ministro que se te parangone en poder, ni en magnificencia. Ninguno ha demostrado tan intensamente como tú su valía en el pasado. No tienes de qué preocuparte. Llegará un tiempo en que esa aflicción sea consolada, y tu poder sea puesto por encima de todos. Pues en el tímpano del pórtico occidental del edificio del conciliábulo tu rostro he visto retratado.
Los envolvió un silencio en el que compartieron el abrazo que los entrelazaba. Dejaron correr los minutos hasta que sus manos, avivadas, se despojaron de las ropas que los vestían y se buscaron la piel del otro intensamente. En aquel pasional yacer se amaron hasta que el alba descubrió a Remus solo; lo despertó con sus hirientes rayos reveladores para alzarlo de aquel maravilloso sueño. Sin embargo, para su sorpresa, se descubrió tumbado boca arriba, con el batín abierto y el pene erecto, y junto a él, en la mesilla, una taza humeante de café.
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Allí estaba cuando Remus se levantó, como puesta premeditadamente bajo la hacendosa mano y el cincel relumbrante, cubierta toda de mármol, inmóvil, con los espejos brillantes de su cara rezumando serenamente agua. Se acercó lentamente a la escultura descrita, y sólo entonces, y antes no, ésta, entiéndase Rosario Castro, levantó la vista y contempló al licántropo con ojos calmos y desesperados a un tiempo, con ansiedad y paz. Le sonrió brevemente y le derramó sendas lágrimas. Pero no fue hasta que el licántropo, sentándose junto a ella con gesto conciliador, le preguntó amistosamente qué le ocurría, cuando ella, destruyendo la coraza de piedra que la cubría, se desgarró los lucientes cristales bajo sus arqueadas cejas e inundó sus mejillas con sus penas.
–Perdóneme, Remus. ¡Fui una tonta! –Se tapó los ojos con las manos no por contener sus abundantes lágrimas, sino por ocultar su rostro avergonzado de la hiriente mirada dorada del licántropo–. ¡Esta noche me he comportado como una verdadera boba! Y necesito que me disculpe: no sé qué impulso me acometió que sentí ganas de besarlo.
Remus trató de disuadirla, pero la mujer se mostraba tan arrepentida, tan apenada, que ni esfuerzos hacía por escucharlo, o al menos parecía que ni lo hacía.
–No, fui una tonta. Lo besé a pesar de que sabía que tiene esposa e hijos. Nada hay en mi conducta que pueda permitirse el que usted me perdone. ¡Ni entiendo cómo está ahí parado platicando conmigo!
–Ya está todo olvidado –explicó Remus–. Ya se ha disculpado, no le dé más importancia.
–No, Remus, no trate de disuadirme –sollozó–. Lo besé a pesar de que lo sabía. Me comporté cínicamente. Y usted me disculpa porque es demasiado benévolo con las personas como yo, pero no piensa que traté de quebrar su matrimonio. Y después, avergonzada, me fui a refugiar a los brazos del veneno. ¡Oh, cuánto lo lamento ahora! –exclamó cubriéndose la cara con las manos y con las lágrimas. Antes de que Remus pudiera añadir algo, ella explicó–: Mi marido me profesaba verdadero amor, me decía; y me lo siguió diciendo hasta el día en que lo encontré en la cama con una linda chica de dieciséis años. No sé qué impulso ha sido que lo besé, pero verdaderamente lo lamento. Yo no quiero romper su matrimonio, como ya se rompió el mío.
El licántropo le puso una mano sobre el hombro y la mujer, como tocada por un hado revelador, se quedó paralizada, aun el llanto inconcluso, y los ternezuelos ojos vueltos hacia el hombre que, frente a ella, la sonreía despreocupadamente. Le sonreía; ella, atónita, veía cómo le sonreía desenfadadamente.
–Está olvidado, Rosario –sentenció.
–Pero... –protestó.
–¡Olvidado! –exclamó definitivamente. Apartó la mano que la tocaba y la puso sobre el brazo del sillón, donde hizo aparecer un vaso de plástico que en seguida tendió a la deprimida ministra. Ésta, perpleja de verlo actuar sin varita, lo tomó con curiosidad–. Una manzanilla –explicó–, le sentará bien. –La mujer se llevó el vaso a los labios y lo probó delicadamente. En tanto la contemplaba el licántropo, se infundió ánimo para atreverse a preguntarle–¿Por qué se ha acostado con Sullivan?
La ministra peruana alzó rápidamente la vista, descompuesto el rostro en una mueca horrenda. El vaso se le escurrió de entre los dedos cayendo al suelo, por donde escurrió el líquido que contenía. Se puso en pie precipitadamente al tiempo que se disculpaba por su torpeza, mientras Remus, igualmente levantado, la ayudaba a limpiarlo al tiempo que se disculpaba reiteradamente por su intromisión.
–¿Cómo lo ha sabido? –preguntó la bruja después de reponerse–. Yo no le he dicho...
–Me ha dicho que cayó en los brazos del veneno –expuso Remus veladamente.
–Pero... pero... ¡es imposible que...!
–Déjelo –dijo el licántropo con un vago gesto de muñeca–. No haría sino complicar más la situación. Y no tiene que explicármelo si no quiere.
Se alejó de su lado con una vaga sensación de pesar y malestar que no lo abandonarían en el resto de la mañana.
No volvió a encontrarse con ella hasta el inicio del conciliábulo. Para entonces su coraza de estático mármol había sido sustituida por la del inconmovible hierro, y sus lágrimas, hasta hacía poco pujantes, habían cesado, y su rostro asomaba más altivo y fresco que nunca, como si ninguna pena hubiese hecho mella en su fuerte ánimo. Se sentó junto a él en la mesa de la A-11, pero sin dirigirle la palabra. Remus parecía entrever que no estaba enfadada con él, pero que, de haberle dirigido la más mínima palabra, la mujer hubiese vuelto a romper en llanto, motivo por el que se extendió el silencio para con el hombre que conocía su secreto y al que creía haber traicionado con un beso traidor.
Mohamed Al-Quader, ministro egipcio, se puso en pie, se apuntó con su varita para aumentar el volumen de su voz y anunció:
–Señores ministros, la asamblea va a dar comienzo. Se les recuerda que se les aconseja desconecten el servicio lechucería. Muchas gracias.
Se sentó.
Remus Lupin se puso en pie en esta ocasión y dijo:
–Buenos días. Como tuve que dar fin a la sesión, aunque lo lamentase, ayer interrumpí la intervención de la señora Rodríguez, razón por la que, sin más preámbulos, le concedo a ésta la palabra. Hable, señora Rodríguez.
La ministra de España se levantó tranquilamente.
–Gracias, señor ministro. Deseo recordar a esta asamblea el importante contexto en que, a mi juicio, se encuadraba la conversación que ayer lamentablemente, como bien ha expresado mi amigo Lupin, dejó inconcluso este conciliábulo. Y desearía que el ardor con que ayer se enfurecieron muchos de nuestros corazones en esa discusión, en el día de hoy no se hubiese apagado ni un ápice; no el mío, al menos. Pues la misma furia que ayer recorría mis venas lo hace hoy al rememorar como muchos de los eminentes miembros que se acomodan tras esta mesa, sobre estos cómodos sillones, se daban la vuelta para dar la espalda a este importante problema que a todos¡a todos sin excepción, nos atañe. Les recuerdo, asimismo, que, antes del cese de la reunión de ayer sin mi parlamento, el señor Faysal ibn Jiddah –el ministro de Arabia Saudí asintió conforme hablaba– leyó en el estrado el informe que sus aurores espías habían redactado acerca de la situación del país vecino, Irak¡sometido durante más de veinte años ya a la barbarie de la dictadura mágica de Huddan Sassein!; y que había intervenido también el señor Nadir Shuja, representante de la facción de la Resistencia, que vino a relatarnos las cruentas noticias del frente en la guerra civil que se fragua en Afganistán.
»Si ante ninguno de estos sucesos tan deplorables, si ante ninguna de estas intervenciones cargadas de noticias de horror y catástrofe que nos comunican la proximidad y lo irremediable de las fuerzas tenebrosas, el grueso de esta asamblea mostró una decisión unánime¿cómo, pues, van a conmoverse con lo que yo diga, si ya no hay relato de desolación, muerte o devastación que los acongoje?
–¿Piensa conducir su parlamento a alguna parte? –inquirió con desgana George Sullivan, el ministro estadounidense.
–En efecto; descuide, señor Sullivan –respondió tirante–. ¡También en España sufrimos el acoso constante de las fuerzas tenebrosas! Los aliados de las Artes Oscuras, ocultos en los abruptos sistemas montañosos y en los sombríos bosques de la cuenca cantábrica, provocan continuos quebrantos del orden y no poco terror sin que las fuerzas impedidoras de mi Ministerio sean suficientes para controlarlos.
»Ningún país será capaz de vencer sobre éstas individualmente, como bien demuestran los ejemplos señalados de Afganistán e Irak. Si este conciliábulo no toma la firme determinación de aliarse, de actuar en comunión al más mínimo indicio de tenebrismo, en los países menos favorecidos cundirá el hado maligno, y los casos de Irak con Huddan Sassein y Sierra Leona con Milton Stevens no serán los únicos. Si no hay unanimidad sobre este aspecto en esta cámara, en este conciliábulo¿cómo podrá haberlo en el mundo exterior, en el mundo que nosotros lideramos?
Se sentó pesadamente, henchida.
–Estoy absolutamente de acuerdo con ella –opinó Joaquim Castelo, ministro portugués.
–Debemos extender un acuerdo, firmar un pacto, sellar un plan de ayuda común –propuso James Mansfield, el ministro de Nueva Zelanda.
Un grueso de voces comenzó a hablar al mismo tiempo.
–¡Eso es, eso es, eso es! –gritaba exaltada Vistula Wojtyla, la ministra polaca, alzando la mano y revolucionando a los compañeros sentados a su alrededor.
–¡Que se libere a la armada! –solicitaba Sailendra Sukarno, la ministra de Indonesia.
–Silencio, silencio –rogaba Remus tranquilamente–. Silencio, por favor... Señores... ¡Silencio! –gritó al fin con un atronador torrente de voz y, al momento, el silencio se hizo. Avergonzado de su comportamiento, añadió tras unos segundos–: Perdón. –Y tras una nueva pausa–: Señora Rodríguez, estoy de acuerdo con su postura, bastante de acuerdo. Pero, como comprenderá, antes de que la sala entre en revolución –sonrió pillinamente–, es necesario que hablen todas las voces posibles, las exaltadas y... las no tan exaltadas.
Inmediatamente tomó el turno el ministro chino, Yu Cheng, que ni se levantó siquiera, sino que inquirió a la ministra española reclinado cómodamente en su asiento, con el codo apoyado sobre el brazo de la butaca y la mano puesta arbitrariamente bajo el mentón.
–Señora Rodríguez, corríjame si me equivoco, pero tengo entendido que un destacado miembro de esta mesa, el Ministerio de Francia, colabora estrechamente con usted para erradicar las fuerzas del mal que con tanto ímpetu ha descrito. ¿No es así?
–¡Oh, sí! –respondió ella, al tiempo que Monique Bousquets, en tanto procuraba hacerse ver, asentía reiteradamente con una amplia sonrisa.
–Entonces –volvió a dirigirse a ella en un crescendo de rabia que manifestaba su tono creciente–¿por qué exige a este conciliábulo una ayuda que ya se le ha solicitado sobradamente?
Y ella se explicó en los términos siguientes:
–¡Porque no es suficiente! Quizá lo sea en el caso de mi nación, pero no en el de las otras. Es preciso un acuerdo que nos aúne a todos.
Pero, al mismo tiempo, el ministro japonés, Genki Tanada, se dirigió en voz alta al ministro chino así como sigue:
–No te exaltes, querido Cheng. Sólo pretenden sacar a relucir tu arrogancia para hacerte culpable de alguna nueva incompetencia de éstos. Modérate, haz el favor. –Y, a continuación, dirigiéndose hacia la española–: Quizá, señora Rodríguez, no esté muy al corriente de la historia política de este conciliábulo, pero ya se llevó a cabo un acuerdo similar en febrero de 1873, el cual fue suprimido con carácter permanente en abril del mismo año, ya que el ministro rumano de por entonces –dirigió una mirada arrogante de soslayo al apocado Gheorghe Bonca–, un embustero como es de condición, engañó a todos los miembros pertenecientes a este comité: les mintió sobre los lugares sobre los que se establecían los magos tenebrosos para que los aurores de éstos se echasen sobre licántropos, vampiros y otras criaturas igualmente deleznables y horripilantes, a fin de que las fuerzas internacionales consiguiesen erradicar la plaga de estas bestias que este incompetente ministro era incapaz de controlar; como parece repetirse. Aquél, por fortuna, fue castigado con la pena de muerte en Londres.
»Tal y como ve, este conciliábulo es incapaz de sentenciar esa índole de cruentas actuaciones, ya que, de lo contrario, provocaríamos una guerra mágica, y nos mostramos muy orgullosos de poder decir que ninguna ha tenido lugar hasta la fecha, sino sólo luchas aisladas sin importancia. ¿Podría imaginarse el caos que organizaríamos incluso de cara a los muggles? No, señora Rodríguez; solicite cuantas alianzas considere oportunas con sus vecinos, pero no intente presionar a esta asamblea.
–La situación del Plan Fénix de 1873 está sujeta a estudio, señor Tanada –expresó Sofía Kostanopoulos, la ministra griega, también perteneciente a la Alianza de Northumbría–. La situación de entonces tampoco es equivalente a la de ahora.
–No es preciso que organicemos una estúpida redada internacional por unos cuantos magos. ¿O me van a decir que sí? –expuso Sullivan sentado, con aspavientos gestos como si apartase moscas con la mano. Su expresión era desenfadada–. Estudiemos el caso del Reino Unido, si no. Díganos, Señor Lupin –éste dio un respingo en su asiento–; su Ministerio pudo hacer frente a un temido hechicero sin la ayuda de una tropa internacional. ¿Cómo se las arreglaron?
–Eh... Bueno, en realidad yo todavía no estaba al mando del Ministerio cuando se produjo la caída de lord Voldemort –explicó–. Mi profesión era auror y trabajaba para una organización secreta que, infiltrada y con medios tecno-mágicos de última generación, tenía como fin destruir al hechicero.
–Y lo destruyeron... –exclamó el ministro chino mirando hacia el cielo con ojos incrédulos, como si lo recriminase por ello.
–Así es –confirmó Remus orgullosamente.
–¡Ajá, ajá! –asintió burlescamente el chino–. Señor Lupin, debo decirle que estoy muy al corriente del programa regulativo judicial de su Ministerio y, contra lo que era de suponer, estoy muy sorprendido de que se jacte de la aniquilación de un ser humano, cuando en el programa dicho se contempla que, aunque éste tuviese un comportamiento ligeramente ilícito, el reo debe ser puesto en prisión y jamás ejecutado. Le recuerdo que desde 1529 sus antecesores se jactan de la abolición de la pena máxima.
–¿Imagino que su asesino sería ajusticiado gravemente, no? –inquirió Komarov, el ministro búlgaro.
–En absoluto –contestó el licántropo altivamente–. Se trataba de un muchacho de diecisiete años que decidió sacrificarse a sí mismo para librarnos de la amenaza.
Un frío silencio se acomodó en la sala, sólo roto cuando Yumzhagin Batmunk, ministro de Mongolia, le preguntó:
–¿Y qué propone usted, señor Lupin, que es lo primero que debe hacerse como medida de prevención contra el tenebrismo?
–Sin dudarlo, modificar la ley reguladora de prisiones de aquellos países que hayan dejado el control de las suyas a los dementores.
–Permítame que me sonría –intervino relajadamente Tanada, el japonés–, pero le recuerdo que lo dice alguien que tiene en su cárcel estos seres para controlar a sus encarcelados.
–En efecto –reconoció el licántropo sin asomo de vergüenza–. Pero tal vez sea preciso que lo ponga en conocimiento de que en decreto erre barra dieciocho mil trescientos cuarenta, el Gabinete de Sabios de mi Ministerio aceptó por unanimidad la modificación del plan vigente.
El japonés asintió reticente.
El ministro egipcio, Mohamed Al-Quader, aprovechando el silencio que siguió a continuación, anunció:
–Forma parte del programa de temas la ordenación y regulación de los programas judiciales de las distintas prisiones estatales. –Algunos ministros bufaron abiertamente; el más enojado ante el anuncio parecía ser el ministro chino–. El comité regulador de dicha disciplina ha solicitado una serie de enmiendas que deben discutirse en este conciliábulo y deben aprobarse en mayor o menor medida. Éstas son: la supresión de la tortura en todas sus formas a los individuos, ya sea...
–¡Protesto! –chilló colérico el mago chino. Tanada, el japonés, a su lado, trató de retenerlo tomándolo del brazo, pero el impulsivo ministro rehusó su fuerte aunque senil mano y dijo–: La práctica de tales ejercicios en las cárceles chinas es un hábito adoptado desde época milenaria que nuestra legislación contempla como medio de ejemplificación.
–Señor Cheng... –intervino Remus desquiciado, aunque su voz sonase calma–. ¿A quién ejemplifica con la tortura de un hechicero tenebroso? Prosiga, señor Al-Quader; creo que ya no se producirán más interrupciones.
Le dirigió una intensa mirada al ministro chino retándolo.
–... ya sean –prosiguió– con mañas muggles o con recursos mágicos; se prohíbe expresamente el enjuiciamiento, dictar sentencia y someter al rigor de sus penas a cualquier individuo que cometiera delito en el extranjero hasta que no haya sido expatriado y sometido a juicio, cuya sentencia será cumplida en la prisión que le corresponda, a saber, la de su tierra natal. A tal efecto, y para el cumplimiento de estos objetivos, se solicita la equiparación de la legislación internacional en materia judicial para la total satisfacción de estos requisitos.
–¡No me lo puedo creer¿No estarán planteando que llevemos a cabo realmente eso, verdad? –gritó colérico el ministro chino.
El resto de la mañana transcurrió presa de una intensa disputa acerca del tema descrito, aunque no era sólo el ministro chino, Yu Cheng, quien no se mostró a favor de tal propuesta, sino otros muchos también. Sin embargo, dominó la voz de la razón y, pese a las objeciones, al concluir la sesión de aquel día, el nuevo decreto judicial había sido aprobado.
Remus, al salir, satisfecho de su trabajo, silbaba despreocupado camino del hostal. Desde el encuentro, aún enigmático, con su esposa (no sabía si real o no, pero consciente de que, cuanto menos, había sido positivo), su espíritu se había fortalecido. Si lo angustiaba encontrarse lejos de su hogar, sin su familia, en un lugar remoto, no identificado, además de con una paranoica que lo besaba o, al menor descuido, entraba a hurtadillas en su habitación, aquella sensación parecía comenzar a evaporarse con el calor que la tarde les brindaba. Hacía un buen día, reflexionó; quizá, pensó, aprovecharía para relajarse.
Al escuchar su nombre se volvió. Rosario Castro, la ministra peruana, venía corriendo tras él. Le inquietó su repentina aparición, el repentino deseo de ésta de conversar con él. Aunque jadeante, ligeramente doblada hacia delante del cansancio de la carrera, le confesó al licántropo:
–Me acosté con él porque no sé si lo sigo amando o no. ¿No era lo que quería saber? –inquirió a su vez, a lo cual Remus no supo qué contestar. Cuando al fin fue a decir unas palabras, la mujer lo interrumpió aduciendo–: Creí que con usted lo olvidaría. Que sería capaz de amarme. ¡Perdóneme por lo ilusa!
Y antes de que Remus pudiera responderle, la peruana echó a correr desandando el camino hecho, dejando atrás a un hombre que, como se inició este episodio, estaba tan de mármol como aquella mañana lo estaba ella.
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El licántropo entró en el vestuario, se desnudó y, a continuación, anudó una toalla blanca alrededor de la cintura. Giró el picaporte de una puerta de madera y, aunque no abrió más que un mínimo resquicio, una fuerte vaharada de humo gris aprovechó el diminuto espacio para salir como una fumata asfixiadora. Era una sauna. Remus entró lentamente, cerró la puerta tras de sí y observó la sala a la que acababa de acceder. Era toda recubierta de madera, con unos sencillos bancos para sentarse; y, para acabar, en el centro, una ingente chimenea de carbón que desprendía de cuando en cuando vaharadas de humo como suspiros de su núcleo.
George Sullivan, el ministro estadounidense, e Ivan Komarov, el ministro búlgaro, cubiertos con sendas toallas, contemplaron en silencio al recién llegado. Ni siquiera lo saludaron; sólo cuando éste les dijo buenas tardes, los otros, movidos por la educación, hicieron ligeros movimientos de cabeza, tras lo cual, el ministro búlgaro, levándose con una afectación fingida, replicó:
–Uh, qué calor. Creo que me voy a ir –y dirigiéndose a Remus–; de pronto se ha recargado el ambiente de una manera... –Y antes de salir por la puerta, volviéndose hacia el americano, añadió–: George, hágame el favor de tener cuidado con su varita¿eh?
George soltó una carcajada endiablada que provocó, a su vez, una sonrisa pícara en la boca del búlgaro. El licántropo, en cambio, ignoró el comentario y se acomodó en el lugar más alejado del recinto. Se sentó, apoyó la espalda contra la pared y cerró los ojos para reflexionar. Se embebió tan profundamente en sus pensamientos que lo sorprendió, al poco, notar la voz del otro ministro muy cerca de él; al abrir los ojos comprobó que se había sentado a su lado, que tenía las piernas cruzadas en actitud inocente, los brazos también sobre las rodillas, y que, además, lo miraba con extraña expresión.
–¿Qué quiere? –le inquirió Remus sin remilgos.
–Al parecer, Rosario Castro se ha encaprichado con usted –comentó meloso–. ¿Se ha dado cuenta ya?
–¿Y? –volvió a espetarle el licántropo.
–Anoche me estuvo contando la pobre que usted la ha rechazado. ¿Es eso cierto, es eso posible? –le preguntó confuso.
–Perdóneme, señor Sullivan, pero no creo que nada de eso sea de su incumbencia –repuso el otro ofendido.
–Tal vez –dijo el otro tranquilamente, apartando la vista–. Pero... ¿acaso no le gusta, acaso es usted gay, señor Lupin? De lo contrario, no me cabría en la sien...
Remus levantó pesadamente su mano derecha para mostrarle el anillo que cubría su dedo anular. El otro ministro se lo quedó mirando al objeto y, después, al licántropo, tras lo cual, sonreído, encogiéndose de hombros, inquirió:
–¿Y?
–¿Cómo que "y", señor Sullivan¡Estoy casado! –exclamó hastiado.
–¿Y? –volvió a decir como si no le hubiese escuchado. Seguidamente, como viera la inquisidora mirada que le dirigiera el licántropo, profirió otra carcajada helada de las suyas–. Vamos, señor Lupin... Es un hombre. ¡No me toque los huevos¿O es que acaso no se ha dado del cacho de mujer que está hecha Rosario?
El licántropo ni respondió, tan absorto estaba.
–No se lo piense –volvió a decir–. Hágale el amor. El matrimonio no ha sido creado para nosotros. Sé que lo desea.
–¿Cómo lo sabe? –le preguntó Remus riéndose de él y de lo absurdo de su comentario.
–Pues... Señor Lupin. Es una buena pieza. ¿Quién no desearía bajarle las bragas a una mujer como ésa y tirársela? Se lo recomiendo.
El licántropo trató de contenerse, aduciendo acabado el proceso:
–Veo que usted sí que se ha acostado con ella, pues parece que hable en usted su propia experiencia. ¿Me equivoco?
–En absoluto, en absoluto –respondió exaltadamente–. Es una fiera, una yegua caliente... –Rio emocionado con el recuerdo–. Es ardiente como una llama y pasional como un beso. Oh, señor Lupin, olvídese por un rato de su aburrida y repetitiva esposa y joda a Castro; no se arrepentirá.
El licántropo se puso en pie precipitadamente, diciendo:
–Ya he escuchado bastante –con enojo.
Con largas zancadas alcanzó la puerta y se dispuso a girar el picaporte cuando George Sullivan, chistándole, lo llamó para decirle:
–Señor Lupin, tenga cuidado. Tal vez su diminuto cerebro licántropo no se haya percatado de que en este conciliábulo existen dos facciones bien delimitadas. Alinéese en la equivocada, siga confabulando con tarados como Bonca o Rodríguez y nos tendrá a los pesos pesados de enemigos para siempre.
–Señor Sullivan, dígame –habló Remus tranquilamente–¿me está amenazando? –Sacó su varita, que mantenía pillada entre la cintura y la toalla, y lo apuntó con ella. El ministro estadounidense le dirigió una sonrisilla cínica–. ¿Me va a azotar a mí como a la señorita Castro, eh? –Bajó la varita y se sonrió–. ¿Pensó que lo iba a maldecir? Ése es sólo el modus operandi de los... ¿"pesos pesados" ha dicho? –Rio–. ¿Sabe qué le digo? Que espero que sea a usted a quien jodan.
Y salió dando tras de sí un sonoro portazo.
Dedicó un rato a desahogarse bajo una ducha bien fría. Visitiose a continuación y salió del recinto, en cuya puerta encontró, a no poca distancia, sentada en un banco, a Eva Rodríguez, con una bolsa de menuditos de pan que lanzaba a un estanque de patos. Encontrarla allí, en aquel instante, lo satisfizo. Se dirigió hacia ella con paso calmo y, una vez hubo alcanzado el banco, lo rodeó tranquilamente, hasta que, por fin, ella lo descubrió y dejó de lanzar los trozos de pan a las aves.
–¡Señor Lupin! –exclamó–. ¿De dónde viene con el cabello mojado?
–De la sauna –contestó–; pero me he calentado demasiado y he decidido salir. ¿Puedo sentarme? –le inquirió señalándole el banco.
–Por supuesto –respondió. Una vez lo hubo hecho, le preguntó a su vez–¿Quiere darles? –señalándole la bolsa con pan.
–No, gracias.
Pero, como la bruja insistiera, el licántropo metió la mano y tomó un puñado que dejó caer lentamente, observando quedamente cómo los patos, y aun algunos cisnes que se acercaban cautos desde la distancia, atrapaban los pedazos y graznaban agradecidos.
–Deseaba felicitarla por su intervención de esta mañana; fue, qué duda cabe, una de las más convincentes y apasionadas que hayamos presenciado.
–Gracias –respondió ligeramente ruborizada.
En los instantes que sucedieron a aquel breve comentario, Remus se contuvo con observar cómo la española proseguía ufana su tarea de alimentar los patos y los cisnes, que ya se habían acercado por completo, del estanque. Finalmente agregó:
–Eva, quería decirle que puede contar conmigo para lo que necesite, que quiero ayudarla en cuantos asuntos complicados tengan lugar en su país. Créame, lo digo sinceramente.
La mujer le dedicó una cálida sonrisa. Después respondió:
–Se lo agradezco, Remus. Pero no es necesario que se preocupe. La alianza con Francia es suficiente, al menos de momento.
–¡Ah! –exclamó algo decepcionado–. No obstante –añadió apresuradamente–, sepa que también tiene, si lo desea, una alianza con el Reino Unido. –Le alargó una mano con el fin de que la estrechara, cosa que la ministra hizo tras un momento mínimo de reflexión, tras observar ligeramente perpleja la mano del hombre frente a ella–. Le enviaré, si los requiere, aurores que colaboren con su Ministerio...; lo que usted me pida. Usted y yo debemos unirnos, aliarnos.
–¿Por qué, Remus? No le entiendo –confesó con candidez y expresión ingenua.
–Debemos hacer frente a los que se nos oponen en este conciliábulo –explicó.
Eva Rodríguez asintió.
–Entiendo –mirando al frente.
Retomó un puñado de pan y lo tiró al agua.
–¿Le apetecería que diésemos un paseo? –le propuso Remus.
–En absoluto –respondió vaciando el resto de la bolsa sobre la orilla del estanque–. Me encantaría departir con usted sobre los aspectos de esa alianza que acabamos de sellar. –Sonrió–. ¿Sabe? Es fabuloso que una potencia mundial como su nación tenga un dirigente tan encantador como usted, que se alía con las fuerzas menores y no con los grandes.
Remus se sonrió. Después, explicó sencillamente:
–Ahora soy un ministro, pero hubo un tiempo en que fui una de esas fuerzas menores a las que todo el mundo ignora.
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Al caer la noche, cuando todos los ministros con que compartía alojamiento fueron a dormir, Remus, en lugar de ello, bajó a la sala común con un libro. Encendió la chimenea pues sintió frío. Se acercó a la máquina del rincón y metió un par de monedas para pedir un café. Le dio un par de sorbos rápidos y largos y lo dejó casi por la mitad, ya que su sabor era deleznable. A continuación, se acomodó una lámpara baja de lectura a su altura, acercándola al sillón que le convenía, y se sentó, próximo a la chimenea, cuyo fuego chisporroteaba grácilmente a sus pies. Abrió el libro por el sitio que marcaba la cinta cosida a la encuadernación y se dedicó a la lectura.
Nada lo interrumpió de aquel menester hasta llegada la una de la madrugada. Sintió el leve chasquido de un pomo al ser girado con la paciencia de quien no quiere provocar ningún ruido, y él, alertado, levantó la vista de las líneas y contempló, por encima del hombro, la escalera que tenía tras de sí. Al principio no apareció nadie, de manera que creyó que alguien habría salido para cualquier emergencia menor, conque se centró de nuevo en la lectura.
Sin embargo, una sensación de malestar, de picazón, lo invadió desde entonces, y difícilmente era capaz de concentrarse en cuanto leía. Determinó dar una vuelta para cerciorarse de que no había nadie levantado, o, de haberlo, se interesaría en qué ocurría: cerró el libro con ambas manos y se puso en pie.
Al hacerlo, encontró frente a él a Rosario Castro, sonriente, con una mano puesta como por descuido sobre la cabecera del sillón, mientras la otra ocultaba tras su espalda; la mirada errática, pero fija en él. No la había escuchado llegar, conque verla allí, tan cerca, lo impresionó de forma tal que dio un respingo.
–¿Qué hace aquí, Castro? –le preguntó mientras retrocedía, pues ella avanzaba. Finalmente se dio contra el saliente de la chimenea, y sintió la quemazón de la llama en sus tobillos, pero lamentó no poder seguir avanzando–. Me ha dado un pequeño susto.
–Lo lamento, Lupin, de verdad que lo lamento. Pero, bueno, ya debe de estar harto de que me ante disculpando¿no es así?
Al momento descubrió la mano que ocultaba tras ella y, en seguida, Remus dirigió sus dorados ojos para ver qué tenía. Era la varita de ella. Los dedos de la mujer jugaban inocentemente con la punta del objeto mientras sonreía descaradamente al licántropo.
–No quiero que te me vuelvas a escapar, lobo.
Y, acto seguido, levantó la varita y pronunció ante el rostro del licántropo:
–¡Petrificus totalus!
Remus trató de zafarse del maleficio, para lo cual levantó la mano y trató de obrar un maleficio que a su vez interpusiese al de la mujer; pero no fue lo suficientemente rápido y el rayo de la varita de ésta lo golpeó directamente; y sus manos, que había levantado para obrar el conjuro, se anexionaron a su costado; y sus piernas se unieron también y se extendieron cuan largas eran; y su rostro sentía terso e inmóvil. Cayó al suelo hacia delante, pero Rosario Castro lo atrapó antes de que fuera a dar de bruces contra éste.
Lo colocó sobre el sillón, sólo que, como estaba tieso como una estaca, no podía sentarse, conque su espalda tenía apoyada sobre la parte superior del respaldo del sillón y las piernas apoyadas en la parte de abajo. Al dejarlo en aquella postura, la bruja le dijo con tono pícaro al oído:
–Perdón.
A continuación, la peruana depositó su varita sobre la repisa de la chimenea, contemplando gozosa cómo los ojos del licántropo seguían todos sus movimientos. Y, después de esto, deslizó sus suaves manos por el rostro del hombre, por el cuello de su camisa hasta conseguir tocar su torso, rozar sus pezones erizados de cabello, todo lo cual acompañaba con besos en su rostro en los que su lengua se deslizaba por la piel de Remus.
Se apartó un poco de él y liberó su torso de la opresión a que sus uñas lo habían estado sometiendo. Se pasó las manos por su suave pelo oscuro hasta agarrarlo con firmeza, eróticamente. Entre tanto, los ojos de Remus la observaban atónitos. A continuación, la mujer se desabrochó unos cuantos botones de la blusa mientras se insinuaba mórbidamente al hombre petrificado.
Pero tan sólo fueron unos cuantos. Su atención volvió a centrarse sobre el licántropo, al que volvió a acercarse con mirada brillante. Sus manos volvieron a descansar sobre el cuello de éste, pero en esta ocasión sus dedos se deslizaron sobre su camisa, de la cual fue deshaciendo uno a uno los botones, hasta que, finalmente, descubrió el torso de éste. Lo contempló un instante extasiada, tras lo cual besó cada ápice de su cuerpo, y recorrió con su lengua cada centímetro de su piel. De haber podido hacerlo, el licántropo la hubiera apartado rápidamente, pero, petrificado, le resultaba imposible.
La mujer, finalmente, acabó desabrochándose su propia blusa. Le descubrió sus redondos y blancos senos sujetos por una delicada pieza carmesí de encaje. Se acercó hasta Remus y se los mostró mientras la peruana los oprimía con suavidad, acercándoselos cada vez más a la cara.
Luego, se acuclilló frente al cuerpo erecto de él y corrió lentamente la cremallera del pantalón del hombre. La expresión de la mujer era, entonces, terriblemente diabólica. Los ojillos del licántropo se movían inquietos en sus cuencas. Cuando la hubo bajado completamente, mientras sus dedos se entretenían en el botón de la misma prenda, introdujo su lengua por la obertura encontrada hasta que su ápice dio con el deseado premio.
Al desabrochar aquel último botón, y sin bajarle el pantalón, se alejó un poco de él y, dándole la espalda, recuperó su varita. La mantuvo un momento en sus manos mientras le hablaba:
–Quiero que me haga el amor, Lupin. Quiero que me horade hasta el pecho y sus labios me impriman descarnados besos. Lo deseo con toda mi alma. Béseme los pechos. ¡Imperio! –Inmediatamente, la mente del licántropo se vació de todo pensamiento. Como la mujer lo apuntara de nuevo con su varita, también su cuerpo se relajó y cayó pesadamente sobre el sillón–. ¡Béseme los pechos, Lupin! Hágalo.
Aquella sensación de nihilismo propio no le era ajena. En otro tiempo lejano, comenzaba a recordar su mente, la había experimentado, cuando lord Voldemort, en su juventud, había tratado de dominarlo. Entonces había sido capaz de dominar la maldición. «Béseme, muérdame los pechos, hágalo ya», gritaba una voz, pero otra también intensa pujaba desde otra parte. Confrontaron ambas. Pero, finalmente, una se impuso:
–¡Ni loco!
Y su mente se desasió de la niebla espesa que hacía un momento la había cubierto, retornando a la realidad. Como ya no estuviera petrificado, alzó la mano para lanzarle un maleficio; hecho contra el cual, ella, con gesto rápido, también levantó su varita. Pero Remus, ya que sólo tenía que extender su mano, lo hizo antes. Pero no fue el único: un rayo por encima del sillón golpeó a la peruana, la cual emitió un chillido desgarrado al tiempo que era lanzada con fuerza hacia atrás, cayendo sobre una mesa que quebró en seguida.
Remus se puso en pie de un salto e, inmediatamente, miró hacia atrás para ver quién había lanzado el segundo maleficio. Se trataba de Eva Rodríguez, que lo observaba con la varita alzada sin asomo de simpatía en sus facciones, tan concentrada estaba.
–¿Qué ha ocurrido? –preguntó ésta–. Me he aparecido tan pronto como he escuchado su grito. Pensé que se encontraría en apuros.
–¡Y lo estaba! –exclamó todavía atónito–. Ha intentando violarme. ¡Hasta me ha lanzado la maldición imperius!
–¿Eso ha hecho? –inquirió la ministra española rodeando el sillón y acercándose al cuerpo de la peruana para tomarle el pulso–. Pobrecilla.
–¿Pobrecilla? –escupió el licántropo mientras terminaba de vestirse–. ¿Acaso no ha visto cómo me ha dejado? Hasta me ha lamido el... ¡Santa Rowling! Es que esto no hay quien se lo crea. Está loca... –Pero, al poco, se acercó hasta donde la asistía la otra y le preguntó–¿Está bien?
–Lo estará. Se ha quedado frita. –Se incorporó–. Mire, Lupin, esta tarde, al regreso de nuestro paseo, descubrí a Rosario tomándose un puñado de antidepresivos muggles. Creo que no era la primera vez; y también creo que le provocan el efecto contrario. Es... un Gollum en potencia; le provocan un trastorno de personalidad.
–¿Quiere decir que está drogada? –le espetó Remus intrigado.
–Sí, algo así –contestó–. Como son medicamentos muggles, la reacción puede que sea diferente sobre los magos. O no sé. Pero creo que son esos antidepresivos los causantes de sus cambios de actitud.
Remus quedó ligeramente sorprendido.
–Será mejor que la subamos y la acostemos en su habitación –sugirió él–. Con el ruido que hemos organizado, no me extrañaría que algún otro se estuviese vistiendo y fuera a bajar dentro de un momento.
Eva asintió y levantó su varita.
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Por la mañana Remus y Eva fueron incapaces de levantar a Rosario. Encontraron a ésta profundamente dormida, y, cuando conseguían que abriera los ojos, parecía tan cansada que no reunía las fuerzas necesarias para levantarse de la cama. En vano trataron de explicarle que tenían que asistir al conciliábulo; parecía no escucharles. En vano dispusieron ante ella una serie de remedios mágicos; la hicieron vomitar. El licántropo la hizo beber un tazón de leche que, a continuación, la peruana le escupió encima con ojos soñolientos.
Avisaron finalmente al servicio de enfermería para que la atendiera, el cual se presenció en el acto. Antes de que pidieran a Remus y a Eva salir de la habitación, éste vio cómo le introducían a la convaleciente un inmenso tubo por la boca y, desde el extremo saliente, el sanador presionó con su varita. Al increparles el licántropo, éste les dijo que estaba procediendo a un lavado de estómago. Su varita emitió un chillido prolongado y, a continuación, el extremo del tubo que quedaba fuera escupió una masa grisosa y vomitesca que espantó a nuestros dos ministros. Como el sanador les pidiera de nuevo salir, y como a ellos aquel espectáculo no se les presentaba sino grotesco, salieron, desayunaron lo que buenamente aceptaron sus estómagos y, juntos, se encaminaron hasta el edificio principal.
La noticia de que Rosario Castro estaba indispuesta y no acudiría aquella mañana al conciliábulo había llegado antes que ellos, y ninguno faltaba ya sin saberlo. Sin embargo, lo que más sorprendía a Remus eran las disparatadas invenciones que corrían de boca en boca, sin poder él saber qué intrincada mente habría podido imaginar tantos disparates: escuchó que Anna Bönnelyke, la ministra danesa, le contaba a Monique Bousquets, la francesa, que Castro había pisado mal un escalón de su alojamiento, perdiendo el pie, conque se había precipitado hasta abajo y se había abierto la cabeza y se la estaban recomponiendo; que Murtala Soyinka, la ministra nigeriana, le relataba a la noruega, Amalie Björnson, que Rosario estaba embarazada y se había quedado con náuseas en su habitación; que Ivonne Larrazábal, la ministra venezolana, contaba a quien quisiera prestarle atención que tenía información de primera mano de que un peligroso mago tenebroso que se había introducido furtivamente en el paraje y que estaba siendo buscado, había atacado a Rosario, en un claro intento de que cundiese el pánico.
Al alcanzar la mesa en que Remus tomaba parte, la de la A-11, dijo, como solía, buenos días, con la sorpresa de que ni el ministro estadounidense, ni el búlgaro, ni el japonés, ni el chino, correspondieron a su saludo. Es más, este último, como tuviese que pasar por delante del licántropo para alcanzar su asiento, al pasar a su lado lo golpeó a posta con el codo. Y Remus lo estranguló con la mirada. No obstante, no le dio mayor importancia; se tranquilizó en seguida y conversó unos minutos con los otros ministros, el egipcio, la francesa, la griega y la mexicana, los cuales, a todas luces, le caían bastante mejor.
Previa petición de disculpas, Mohamed Al-Quader se levantó y su voz resonó por todo el edificio:
–Buenos días, señores ministros. Da comienzo la tercera y definitiva sesión ordinaria de la cuadrigentésimo quincuagésimo novena reunión de la Confederación Internacional de Magos. Les recuerdo que deben desconectar sus lechuzas. Gracias.
Y se sentó.
Eva Rodríguez solicitó la palabra de inmediato, y sin espera Remus se la concedió.
–¡A esto es a lo que me refería ayer! –gritó mostrando la primera plana de un diario turco. Se lo acercó y leyó–: Traduzco. Ejem, ejem... Veintisiete muggles han muerto debido a la actuación de un mago tenebroso extremista que, tras subirse a un autobús, lo hizo explosionar, tras lo cual se desapareció inmediatamente.
–Estamos muy afectados con el conocimiento de la noticia –comentó en voz queda Egridira Irmak, la ministra de Turquía.
–Lo sentimos mucho –intervino Tanada, el ministro japonés, con un rictus indescifrable.
–¡Podemos borrarles la memoria a los que presenciaran el sangriento acontecimiento o podemos hacerles creer que eran malvados muggles los autores de tan cruenta acción –opinó Eva–, pero sin la participación activa y colectiva de todos los presentes, una de dos: este tipo de noticias jamás cesarán, o, peor aún, puede que algún día seamos incapaces de ocultar a la comunidad no mágica este tipo de situaciones!
–¡Señora Rodríguez –chilló el chino poniéndose en pie y señalándola enojado–, esto ya fue discutido ayer, abortándose su propuesta de acuerdo!
–¡Silencio! –gritó Remus dirigiendo la maza que ahora golpeaba contra el estrado para hacerse mejor oír contra el ministro chino–. Por favor, señor Cheng –le dijo sin pizca de misericordia–, le recomendaría que solicitase permiso para hablar, y que, de hacerlo, su tono no fuese tan arrogante.
–Mi compañero tiene razón –dijo Tanada, el ministro japonés, quien, debido a su prolongada edad, era capaz de controlar sus pasiones, conque parecía completamente relajado y aun sonreía al licántropo–. Hay otros asuntos más apremiantes que ése.
–¿Acaban de morir casi tres decenas de muggles por un loco hechicero y cerca de medio centenar de personas lo ha visto y usted cree que hay asuntos más apremiantes? –inquirió Eva fuera de sí.
–¡Sin dudarlo, muchacha! –gritó a su vez el búlgaro Komarov.
–¡No cesen las muestras de respeto! –ordenó Remus mientras no cesaba de golpear su maza contra el estrado.
–Malnacido lobo... –masculló entre dientes George Sullivan, aunque Remus lo escuchó, por lo cual golpeó con tal furia la maza contra el estrado que ésta se quebró y el licántropo se quedó sólo con el extremo en la mano. Entonces sí que se hizo el silencio, momento oportuno que aprovechó Remus para intervenir diciendo:
–Si su comportamiento continúa, señores ministros, me veré obligado a amonestarlos. –Y seguidamente–: Continúe, señora Rodríguez.
Pero antes de que ésta interviniera, George Sullivan, poniéndose en pie, y con gesto furibundo, apuntándolo con el dedo, le espetó:
–¡Atrévase!
Remus, apuntándolo a su vez con el extremo de la maza rota, sentenció:
–Guarde silencio, Sullivan. Le veto la posibilidad de intervenir en la próxima media hora y, de incumplir este mandato, le pediré a las fuerzas del orden que lo echen de la sala.
–¡Eso es improcedente! –rugió Komarov levantándose–. Y, si se muestra firme en su sentencia, ruego un aplazamiento de la reunión. –Remus, como si lo ignorara, siguió haciéndole gestos a Eva Rodríguez para que ésta hablase–. ¡Señor licántropo, le estoy hablando a usted!
Remus le prestó entonces atención. Relajadamente, también le dijo a éste:
–Señor Komarov, siéntese y guarde silencio; queda amonestado de igual forma que su compañero Sullivan por interrumpir esta sesión e insultar a un compañero.
–¿Compañero? –inquirió extrayendo su varita para apuntarlo con ella–. Escoria.
En ese instante aparecieron decenas de aurores de todas partes en el interior del recinto: de detrás de las pilastras, en el coro, tras las columnas del triforio, desde los ventanales, aurores a los que hasta entonces nadie había visto y que, ni por asomo, pensaban hallar allí, y todos dirigían sus varitas a la mesa de la Alianza de Northumbría. El gnomo tipógrafo, asustado, emitió un agudo chillido y alzó las manos con inocencia.
–Arroje la varita a dos metros de usted –gritó el auror principal, que se hallaba parapetado detrás de una de las gruesas pilastras próximas a la mesa desde donde Komarov amenazaba al licántropo–. Hágalo por su bien, señor ministro. –Komarov vacilaba–. O mañana –insistió el otro–, todo el mundo conocerá su hazaña.
Durante varios segundos, la mirada del búlgaro vaciló del auror que le increpaba a Remus alternativamente. La evidencia que uno le daba de que, al día siguiente, los periódicos pondrían en conocimiento de todos su actuación lo aterraba, pero más espanto le producía ver la calma con que el licántropo soportaba su varita frente a él. No obstante, definitivamente, arrojó la varita, que cayó rodando escalones abajo hasta tocar el asiento de la suiza Marlenne Dürrenmatt, quien se la quedó mirando con expresiva incredulidad.
–No nos someterán –gritó Yu Cheng, el intempestivo chino, el cual, a esta voz, se hizo en un rápido gesto con su varita para lanzar contra el licántropo un maleficio.
Lo que sucedió a continuación ocurrió en un intenso pero rápido segundo: el licántropo alzó tan sólo el reverso de su mano, el cual sirvió de escudo contra el maleficio, que rebotó contra ella y salió disparado hacia la mesa de la nave central, donde el maleficio hizo arder los informes de Sayyid Kambarage, el ministro de Tanzania, que se ufanó en vano para apagarlos soplando; al mismo tiempo, todos los aurores sin excepción lanzaron contra el chino una salva de maleficios que dejaron a éste aturdido y desarmado. Sin embargo, como en seguida descubrieron, muchos de aquellos lanzamientos no habían sido maleficios, sino simplemente conjuros espuma que habían creado en torno al cuerpo del ministro una gruesa capa de ésta que habría impedido, de permanecer consciente, cualquier movimiento por su parte.
Inmediatamente, el jefe de los aurores, sin bajar su varita ni dejar de apuntar con ella, se acercó corriendo hasta el cuerpo inconsciente de Yu Cheng, así como también otros que lo introdujeron en una red mágica para que no escapase. El japonés Genki Tanada se acercó corriendo a ridículos saltitos hasta alcanzarlos para preguntar:
–¿Adónde se lo llevan?
–Al calabozo –respondió el jefe–. Señor ministro –dirigiéndose a Komarov, que no se había sentado aún–, necesito que usted también nos acompañe.
Un par de aurores se acercaron hasta el búlgaro para esposarlo y lo condujeron lentamente apuntándolo por la espalda. La extraña comitiva se fue alejando lentamente y Genki Tanada, que al principio pareció dubitativo, finalmente se acabó sumando a la misma, abandonando la reunión y saliendo.
Al devolver Remus la vista del extraño éxodo a la realidad, descubrió los ojos de George Sullivan fijos en él, como retándole. Pero él, lejos de incomodarse, levantó más el mentón y le devolvió desafiante la mirada.
El egipcio Mohamed Al-Quader fue el primero en hablar, y, al hacerlo, traicionó su habitual compostura por la flexibilidad que adoptó el tono de su voz:
–Bueno... Después de este... incidente –retomó sus informes–, es preciso... abordar otro punto del día, el último. El estudio de los planes económicos de contribución internacional.
Aquel asunto les ocupó el resto de la mañana. Finalmente acordaron invertir el oro mágico adquirido con las multas dadas el primer día en la construcción de una academia mágica en Gambia, un hospital en Ecuador y un estadio de quidditch en Omán.
En la puerta, como preveía, George Sullivan lo alcanzó porque quería hablar con él. Le pidió que lo siguiera, y él, que no quería parecerle un cobarde, lo acompañó con expresión desinteresada, haciéndose el loco cada vez que el estadounidense lo miraba por encima del hombro para comprobar si le seguía. Lo condujo al lugar en que el licántropo lo encontró anteriormente martirizando a la pobre Rosario Castro, señal evidente del motivo por el que lo habría llevado hasta allí.
–Se crece mucho, licántropo, cuando hay una turba de magos con usted, amén de un grupo incontable de aurores defendiéndole. –Arrojó su maletín unos metros de él y se remangó la túnica–. Me agradaría comprobar si es tan valiente solo, sin compañía, frente a un hombre que le planta cara desinteresadamente.
–¿Me está retando a un duelo? –le inquirió Remus con tono de mofa. El otro asintió. Remus depositó en el suelo cuidadosamente su maletín y también se remangó–. Le recuerdo que soy auror profesional y que desempeñé dicha labor durante cierto tiempo. ¿Aun así desea retarme?
–Y yo le recuerdo a usted, don presuntuoso, que combatí durante tres años en el frente de Afganistán, frente al cual provoqué más bajas que ningún otro de mis compañeros. ¿Empieza a experimentar el miedo?
–Una barbaridad –se burló el licántropo–. Aunque no hubiera creído posible que un hombre tan íntegro como usted, Sullivan, se hubiese pavoneado de algo tan horrible como la muerte del prójimo. ¿Duelo de varitas o al estilo muggle?
–¡Deje el estilo muggle para esos condenados! –escupió–. Esgrima su varita si es que a los licántropos como usted le permiten tener una. –Y, retomando la idea anterior, añadió orgullosamente–: Yo soy un sangre limpia, demostrado durante más de quince generaciones. ¿Puede decir usted lo mismo?
–Ni por asomo –respondió Remus con soltura–. En mi sangre hay más mezcla que hechiceros tenebrosos en los Estados Unidos. Pero, como decía mi mentor, la mixtura de mi sangre es la base de mi poder.
–Ese mentor suyo está chiflado.
–Puede... –dijo el licántropo sin atribuirle mayor importancia–. ¿En base a qué reglas estableceremos el duelo?
–¿Reglas? –inquirió atónito.
–Sí, prohibiciones –especificó.
–¿Acaso tiene miedo de lo que le pueda pasar, licántropo? –le preguntó entre carcajadas–. Vale todo.
–¿Todo? –repitió Remus con sorna–. Será divertido... –Sullivan levantó su varita dispuesto a blandir el primer ataque, pero Remus, más confiado, se entretuvo aún en decir–¿Y la reverencia?
–¿Qué reverencia, estúpido? –Y realizando una floritura–: Expelliarmus.
El licántropo levantó el brazo derecho, con la varita sujeta en el extremo, y detuvo el rayo rojo que le lanzara el contrario, el cual se enroscó en su mano y tiró de Sullivan como un resorte, haciéndole dar de bruces contra el suelo.
–¿Expelliarmus? –inquirió Remus guasón–. Pues ¿no decías que valía todo? Parvo comienzo.
–¡Expelliarmus! –Volvió a apuntarlo desde el suelo Sullivan, e idéntica reacción tuvo Remus, resonando el restallido de su escudo como un trueno.
La hiriente carcajada del licántropo molestó a Sullivan, que se puso en pie con la rapidez de un león herido en su orgullo y presto a la lucha. Como un figurín, adelantó la pierna derecha, de la cual sólo la punta del pie tocaba tierra, y mantuvo la izquierda muy recta, mientras extendía el brazo que sujetaba la varita con tirantez hacia Remus, quien, por su parte, mantenía una postura menos fingida.
–¿Te hace gracia? –le inquirió asqueado el estadounidense.
–De momento sí –respondió.
Como estas palabras, seguidas de una mal disimulada sonrisa, molestaron grandemente a Sullivan, éste lanzó:
–¡Congelo!
Mientras que Remus:
–Ignivomus.
Y sus rayos, uno de agua helada y el otro de abrasadora llama, se encontraron en el aire, pugnando durante unos momentos por resistir. Al principio parecían igualados, pero lentamente la llama, por más que Sullivan se dedicara a reunir y concentrar todas sus fuerzas sobre el palo de su varita, fue tomando ventaja. Así, el estadounidense se vio obligado a concluir su hechizo antes de que su varita quedara reducida a cenizas y a tirarse al suelo; pero una ráfaga de aire caliente le dio de lleno y se le chamuscó la punta del cabello.
Remus reía. Aquello no hacía sino aumentar la ira que galopaba en el pecho de Sullivan, quien volvió a disparar varios maleficios seguidos, todos los cuales el licántropo rechazó parapetado tras un escudo plateado que acababa de conjurar delante de él. Reía.
Sullivan parecía cansado por el esfuerzo. Se dejó caer de rodillas con el mentón hundido en el pecho. Remus se acercó hasta él sin perder ni la sonrisa ni la compostura erguida.
–¿Qué le ocurre, Sullivan¿Ingente esfuerzo, no es así¿Desea que le conceda un descanso?
El hombre levantó la vista y abrió la boca para hablar, esperando Remus que le respondiera, no que dijera:
–Expelliarmus –al tiempo que alzaba su varita, conque el licántropo no fue lo suficientemente rápido como para reaccionar: cayó hacia atrás y su varita planeó por el aire hasta la mano del estadounidense, quien blandía ahora una sonrisa desquiciada–. ¿Cómo creías posible, licántropo, que un cuadrúpedo como tú iba a ser capaz de vencer a un ser humano como yo? Te he permitido que llevaras ventaja durante un momento, pero ya no... –Dio unos pasos en dirección a él–. ¿Te vas a levantar o me darás el gustazo de que te conjure en tanto me suplicas de rodillas?
–¿Qué vas a hacerme? –le inquirió Remus sin perder la sonrisa, gesto que contrariaba a su adversario.
–Bueno, acepto cualquier sugerencia –ironizó Sullivan.
–Quisiera seguir el duelo –propuso poniéndose en pie–. Mientras esté lúcido.
–¡Pero si estás desarmado! –exclamó atónito.
–Tal vez... –dijo misteriosamente Remus adoptando la misma postura de esgrima que el otro antes hubiera adquirido.
–Va a ser divertido –repitió igualmente el otro las palabras de Remus.
El estadounidense, que se había guardado la varita del licántropo en el bolsillo del pantalón que tenía bajo la túnica, blandió la suya propia con idéntica afectación que antes.
–Puede que esto te duela... –le advirtió.
Del extremo de su varita surgió un rayo dorado que, contra toda previsión, se paralizó ante la mano de Remus. Sullivan, que contemplaba el prodigio con asombro, atónito, exclamaba improperios y maldiciones, preguntándose qué ocurría, mientras observaba cómo su maleficio se debilitaba al alcanzar al licántropo.
–Tú serás el ser humano, Sullivan –gritó Remus para hacerse oír sobre el estruendo del maleficio–, pero yo soy el paradigma de mago.
El licántropo adelantó la mano y la emisión del maleficio desde la varita contraria se interrumpió. Seguidamente, movió tan sólo un par de dedos y la túnica del estadounidense se zafó de éste y salió volando en círculos unos momentos, como arrastrada por un viento feroz, hasta caer alejada unos metros de ellos.
–¿Cómo has hecho eso? –le inquirió con los ojos abiertos de incredulidad.
–Porque mi mentor, que seguramente era un chiflado, tenía razón –respondió–. ¿Te rindes?
–¡Jamás! –gritó Sullivan al tiempo que le lanzaba un nuevo rayo, el cual Remus rehuyó apartándose a un lado.
–Ya te dije que tenía bastante experiencia en un combate de estas características –le habló Remus–. Es más, de habérmelo propuesto, habría acabado hace ya rato; pero, como dije antes, iba a ser divertido.
Sullivan se aproximó un poco con su varita apuntada hacia el suelo.
–Me equivoqué con respecto a usted, señor licántropo: es un hueso duro de roer. Pero aún no ha nacido quien me gane en un duelo.
Dicho lo cual, levantó su varita hacia el cielo, por encima de la cabeza de Remus, y emitió un estridente rayo que se perdió. El licántropo lo siguió un momento con la vista, esperando que sucediese algo, hecho que, habiéndolo previsto, sonriente, aprovechó el estadounidense para lanzar contra él:
–Crucio.
El licántropo se retorció, caído en el suelo, doblado, gritando, mientras docenas de helados cuchillos horadaban su piel y se adentraban en su cuerpo, pues desde el más liviano cabello hasta el último ápice de su pie, todo por entero sentía un dolor inconmensurable, que únicamente remitió cuando el estadounidense volvió a apuntarlo con la varita.
Apenas sentía fuerzas ni para abrir los ojos. Habían sido más de dos minutos bajo la terrorífica dominación tormentosa de la maldición. Sólo sintió pasos aproximarse hasta él, pasos que se detuvieron a un centímetro de su cuerpo y que, seguidamente, lo golpearon.
Después vino nada, o nada que él hubiera podido percibir, porque después comprendería que ese momento lo aprovechó el ministro para apuntarlo con su varita y volverlo a maldecir:
–Imperio. –La voz del estadounidense resonaba alejada en su mente–. Nadie se ha burlado jamás de mí, Remus. Y los que han tenido el valor para hacerlo no están ya aquí para contarlo. Te pedí que tuvieses cuidado y me ignoraste; rehusaste nuestra lealtad para confraternizar con ministros menores. Sin embargo¿qué podía esperarse de una bestia nocturna, aunque sea el mismísimo ministro de Reino Unido¡Levántate! –El cuerpo de Remus se encontraba tan dolorido que no tenía capacidad ni de resistirse–. Lo pagarás bien caro¿me estás escuchando? Pagarás el haberme desobedecido, el haberme ultrajado delante de todos en el conciliábulo. –Escuchó su risa apagada–. Lupin... –Sintió su frío tacto sobre la mejilla–. Lo pagarás... –A continuación, su melosa voz sonó más cercana, como si le hablase directamente al oído–: Arrójate al río por completo y no sobresalgas de él hasta que no te hayas ahogado.
Remus parpadeó ligeramente.
La mano del licántropo se enroscó alrededor del cuello de Sullivan, el cual, de la impresión, soltó un gritito agudo.
–¡Expelliarmus! –gritó Remus con su mano sobre su garganta.
El estadounidense salió despedido hacia atrás, con su arma planeando por encima de la cabeza del licántropo. Éste la atrapó rápidamente y la apartó lo más posible con un fuerte y largo lanzamiento. Sullivan, que murmuraba cosas mientras retrocedía apoyado sobre los codos, trató de tomar la varita de Remus, pero éste, alzando el brazo, dijo:
–Accio.
Y su varita acabó en su mano, desde donde la apuntó hacia su contrario. Lo elevó por los aires y lo condujo hasta una rama próxima, donde lo dejó enganchado por el cuello de la camisa. Rabioso, pataleó e hizo gran número de aspavientos con los brazos.
–Te dije que era verdaderamente un especializado auror, pero no quisiste hacerme caso. La variada sangre que fluye entre mis venas es el germen de mi poder; por eso mi mentor me llamaba "el príncipe mestizo". Espero que tú ya hayas aprendido la lección. Esto te enseñará a no torturar más a los muggles –le dijo.
Lo apuntó con la varita y del extremo de ésta surgió un par de cuerdas que se anudaron a las muñecas de Sullivan reteniéndoselas por detrás de la espalda.
–Esto te enseñará a tener un poco más de respeto por tus semejantes y tus no semejantes –decía al tiempo que se acercaba hasta él–. Porque los licántropos, estúpido yanqui, también somos seres humanos. Mejores incluso que viles y despreciables seres como tú. Esto te enseñará a no torturar a ninguno más.
Y le golpeó con la varita sobre la hebilla del cinturón, desabrochándose éste al momento. George, en vano, gritaba, pataleaba y maldecía, consciente de lo que iba a sucederle a continuación.
–Y esto –dijo finalmente, dándose la espalda– te enseñará a respetar a una mujer, a tratarla como se merece y a no golpearla por el mero hecho de que sea una persona y no un bicho rastrero como tú.
Y volvió a apuntarlo, por encima del hombro en esta ocasión. Como el grito del estadounidense se elevase sobre todo sonido, el licántropo se sonrió; sonrisa que se acentuó al girarse y descubrir por qué Rosario Castro lo motejaba como "coliflor". Vanamente se retorcía tratando de subirse los pantalones, los cuales tenía bajados hasta la altura de los tobillos, razón por la que lloraba desconsoladamente.
–Y ahora veamos qué opinan los periodistas cuando, al descubrirte, fotografíen tu sorprendente posado al desnudo.
–¡Diré a todo el mundo que esto ha sido obra tuya! –gritó el otro con lágrimas en los ojos.
–Y yo diré que me lanzaste maldiciones imperdonables –le refutó tranquilamente.
–¡No te creerá nadie¡No tienes ninguna prueba!
Remus se acercó hasta él y lo apuntó con su varita directamente a los genitales, apretándole con saña para atemorizarlo.
–No, por piedad... No, por favor... No...
El licántropo apartó su varita del cuerpo de Sullivan y limpió el extremo de ésta en el pantalón del hombre. Mientras procedía, explicó:
–A ti tampoco te creerá nadie, hombre. Tú tampoco tienes ninguna clase de prueba. –Lo apuntó con su varita recién limpiada a la cara–. Tú mismo dijiste que valía absolutamente todo¿no es así? Tú mismo lo has demostrado. Todo¿verdad? –Sonrió–. ¡Obliviate!
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Al llegar al hostal, el licántropo descubrió que Rosario Castro ya estaba completamente mejorada, que incluso había bajado a la sala común y veía allí la televisión. Haciendo esto la encontró. No era la única. Un grueso grupo de ministros, de empleados que pasaban por allí, se habían parado frente al aparato y cuchicheaban por lo bajo.
–¿Qué ocurre? –preguntó Remus aproximándose.
Al verlo, se apartaron un poco para dejarle un resquicio por el que pudiera ver. Se sonrió al descubrir en la pantalla a un lloroso George Sullivan, en la actitud que lo había dejado, aunque el canal había tomado la medida de distorsionar sus zonas pudendas, captado en el momento en que era fotografiado por una docena de cámaras y no menos reporteros le preguntaban quién lo había colgado allí, a lo cual él respondía con un torrente de lágrimas.
Rosario Castro se acercó hasta él corriendo.
–Es una lástima que hayan distorsionado la imagen. Hubieras tenido un motivo por el cual reírte –dijo ella.
–No, si ya he tenido bastante –respondió.
La mujer se sonrió ligeramente como si hubiese atisbado la verdadera respuesta que se ocultaba tras las palabras, la verdad, que el licántropo había ocultado.
Eva en aquel instante también aprovechó para llegar hasta él. Comentó:
–La hipótesis que manejan los periodistas del canal que estamos viendo es que un mago tenebroso se ha colado aquí. ¿Lo creéis posible?
–Después de esto –dijo Remus señalando con un golpe de cabeza la televisión–¿qué no voy a poder creerme? –Se sonrió más pronunciadamente al contemplar cómo, después de tomadas sendas instantáneas y grabados muchos rollos de cinta, procedían a descolgarlo–. No me negaréis que ha sido ocurrente. –Eva Rodríguez asintió con mucha vehemencia–. Ahora, disculpadme, voy a recoger mi maleta y a marcharme.
Se dirigió hacia la escalera. Después de dirigirse entre ellas una significativa mirada, lo siguieron.
–¿Ya? –inquirió Rosario.
–Pero ¿y el almuerzo final? –después Eva.
–No puede irse –insistió la peruana.
–Debe quedarse –después la española.
–No insistan –dijo Remus volviéndose para mirarlas por encima del hombro mientras seguía ascendiendo–. No pensaba quedarme de ninguna manera y, ahora, después de lo ocurrido en esta última sesión, como comprenderán, el horno no está para bollos. Imagino que Eva la habrá puesto al corriente –dirigiéndose a Rosario–. Por cierto¿se encuentra mejor?
–Oh, sí.
–Me alegro –respondió él a su vez.
–¿No vamos a poder convencerlo, verdad? –preguntó Eva, a lo cual Remus cabeceó. Entró en su habitación, cogió la maleta por el asa y echó un rápido vistazo por descubrir si se había olvidado algo. Cerró después–. ¿No? –Remus le sonrió–. En tal caso¿nos dejará que lo acompañemos hasta la catarata?
–Sin problema.
En el exterior, Rosario se estuvo disculpando por su actuación del día anterior, hecho al que Remus apenas le dio importancia; y, para demostrarlo, dedicó el resto del camino en conversaciones sin importancia. Fue al llegar al término del mismo cuando el hombre retomó la sensatez de su cargo, que en su estancia allí no había olvidado ni por un día.
–Eva, Rosario...: nos volveremos a ver. Habrá más conciliábulos, y no me cabe duda que nos necesitaremos –dijo especialmente mirando a Eva–. Ahora llega nuestra singladura propia, dirimiendo cada cual los problemas que tengan lugar de las fronteras adentro. Mas recordad que no hay para mí fronteras. Eva, si ocurriera algo en España, avíseme. Lo mismo le digo, Rosario. Sean fuertes entre ustedes, pero, pase lo que pase, jamás soliciten ayuda ni consejo a...
–Ya nos hacemos una ligera idea, Remus, de a quién no debemos, ni por asomo..., ya sabe –lo interrumpió Eva–. La alianza oscura: Estados Unidos, Bulgaria, China y Japón¿verdad? Terreno pantanoso.
–No me cabe duda de que le irá muy bien en su carrera política, Eva –le dijo tomándola de las manos–. Recuerde lo que le dije. Yo lo tendré presente.
–Gracias, Lupin. Es usted un ejemplo a ofrecer para aquellos, insensatos, que detesten a los hombres lobo. Gracias de nuevo.
Y dirigiéndose a Rosario:
–Sé que comenzamos algo mal usted y yo...
–Lo siento, de verdad que lo siento, Remus, pero...
–¡No, no se disculpe más! Sólo, prométame que no volverá a tomar ni una más de esas horribles pastillas. ¿Estamos? Muy bien así. Le digo lo mismo que a Eva, tenga presente al Reino Unido para lo que necesite.
–Y usted cuente también con Perú para cualquier necesidad que le surja. ¡Incluso, si le apetece, puedo irle preparando unas vacaciones en mis playas para el año que viene! –ofreció.
Remus rio.
–Hasta pronto.
Las mujeres lo despidieron con la mano. Él se volvió de tanto en tanto mientras cruzaba el lago de sólida agua, hasta que, bajo el umbral de la catarata desplegada, se giró para saludarlas con un gesto. Después, desapareció.
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Ann Thorny lo esperaba sentada en el escritorio de él, en su alto asiento, tomando un café y pasando lentamente las hojas de un periódico. Al observar que el lienzo de la catarata se desplegaba y al ver a Remus aparecer bajo él, dio un respingo en el asiento.
–Me he sentado sólo por un momento –se excusó–. Es que no lo esperaba todavía... –Se sonrió pícara.
–No importa, Thorny; siéntate, haz el favor, mujer –le pidió–. ¿Cómo es que te has quedado hasta tan tarde? A estas horas me imaginaba que no habría nadie.
–Estaba esperándolo –respondió. Quitó el medallón de su posición y se lo entregó–. Y protegiendo esto. Guárdelo. –Remus lo hizo en seguida–. ¿Cómo le ha ido?
–Fenomenal –ironizó–. Si próximamente llega otra carta de la Confederación Internacional de Magos, quémala; y, si decides dármela, adquiere para mí una armadura o bicarbonato para la acidez de estómago –respondió.
–¿Tan bien te ha ido, Remus? –intervino un cuadro.
Remus rodeó el escritorio y se posicionó frente al lienzo que representaba a Dumbledore.
–¿Qué tal, Albus? –El anciano hizo un gesto afirmativo con la cabeza–. El conciliábulo ha sido detestable. Había varios ministros aun en la misma mesa de la Alianza de Northumbría que, al hablar con ellos, era como una patada en todo el vientre. Estoy decepcionado. Creía que nuestra misión era más trascendental; pero me he percatado de que sólo consiste en discutir entre nosotros hasta ver quién es quien defiende mejor sus argumentos y es quien se convierte en el que lleva la razón.
–Tal vez no –opinó Dumbledore–. Tal vez el conciliábulo haya servido más que para eso. Seguramente ahora no te das cuentas. Y, no obstante –le guiñó un ojo–, el haberte opuesto a varios ministros no es un tema tan trascendental.
–Sí cuando es la cúpula del conciliábulo –repuso apenado.
–Alguien quedará en quien hayas calado hondo, Remus. Eso basta –dijo sucintamente. Le sonrió–. Ahora vete, hijo. Seguro que Helen está deseando verte.
–Yo también a ella –explicó Remus. Y volviéndose a su secretaria–¿Te vienes?
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Avance del 5º capítulo de la segunda parte (VACACIONES MUGGLES O EL SEÑOR NICKED SE CONFIESA): No saben cómo ni cuándo, pero el señor Nicked ha tomado la palabra: él decidirá dónde irán este verano de vacaciones y... ¡punto en boca! Ya está decidido. Sin embargo, un halo de misterio embarga el emplazamiento escogido. Aunque ¿qué más da eso, cuando la familia toda se precipita hacia un cenagal de rencor y suspicacia que no puede ser subsanado sino mediante el hermanamiento de todos sus miembros. Helen y su padre, Matt y su primo, tendrán que llevar a cabo algún día ese proyecto a cabo.
Actualizar pronto parece ser síntoma de que no lo podréis leer. Sé que muchos tenéis problemas actualmente, o contratiempos, con lo que lo entiendo, claro está, pero me entristece. En fin… El próximo capítulo aparecerá el día VIERNES, 21 DE JULIO.
