¡Bienvenidos a la quinta entrega de la segunda parte de MDUL!

Ya sé que me he retrasado un poco, pero, como a muchos de vosotros no os ha parecido un inconveniente, tampoco a mí. Hubiera querido actualizar mucho antes, el día que hice constar en el capítulo anterior, pero me ha sido imposible. Nunca pude imaginar que tendría un verano tan movidito...

Respondo "reviews":

PETITA. Hola, Brenda. Bien, voy a ser un poco breve porque voy a hablar mucho contigo hoy (te tengo que enviar un completo correo y te tengo deparada una sorpresa, también consistente en palabras). En primer lugar, como digo siempre, gracias por los elogios. Pero, por encima de todo, lo que tengo que decirte es que no te des esos atracones de leer, que son contraproducentes. ¡Leerse todo un capítulo de esas magnitudes (el cuarto no es corto, la verdad) una noche, después incluso de haber ido al cine (yo vengo muy cansado del cine normalmente; siempre estoy en tensión porque la mayor parte de película que voy a ver son de éstas moviditas), es... sorprendente! Pero ¡hala, yo te dejo hacer porque confío en tu capacidad y porque ya eres mayorcita para que te diga nada. (Qué mal ha sonado todo esto. Parece una riña y no lo es. Lo cierto es que no consigo ser gracioso cuando lo persigue. Tiene que salir espontáneo.) Ah, antes de que se me olvide, no sé si te lo he dicho ya, pero, cuando uso normalmente "flipar", lo hago según las acepciones segunda y tercera del DRAE: "estar o quedar entusiasmado" y "agradar o gustar mucho". Así, si digo que alguien está flipando, lo que quiero realmente decir es que está alucinando, sufriendo un momento extasiado, por así decir. En ningún caso drogarse, como significa en otra acepción. Espero haber aclarado por fin tu duda. Bueno, me voy a centrar, que hoy es de esos días en que me voy por las ramas de una forma... ¡endiablada! Espero no aburrirte. Antes de proseguir, también quería preguntarte por Víctor. Hace mucho que no tengo noticias de él y no sé si es que le ha pasado algo, está de vacaciones por casualidad o se ha hartado de leer MDUL (cosa que no me extrañaría, porque yo no sé como tenéis valor de leer los pegos que se me ocurren); no le he escrito ni nada por no molestarlo, vaya a ser que fuera correcta la última opción, pero te pregunto a ti por saber de él. ¿Yo enojado con los Estados Unidos de América? Tampoco tanto, la verdad, que soy muy pacífico. A ti sí te he visto más suelta a la hora de insultar y eso, con lo que has conseguido que me ría. Pero, a decir verdad, como tienes toda la razón del mundo en lo que has dicho, la carcajada no ha sido muy prolífica. Aquí lo que pasa es que, hasta hace bien poco, hemos tenido un presidente del Gobierno que era un pingüino bigotudo que hacía lo que el americano deseaba (los programas caricaturescos y de política pero en humor han explotado ese tema hasta sus últimas consecuencias). Si tenía que poner algún pésimo gobernante, no me cabía duda que tenía que ser Sullivan. No obstante, y siempre guardándome ases en las mangas, hay otros por ahí que son más peligrosos todavía que él. Lo cierto es que sí, Remus va a tener que andarse con cien ojos en estos conciliábulos y reuniones internacionales. No todos son buenos. No todos participan de la opinión de la validez de la impureza de la sangre. Me hace mucha gracia que intuyas que habrá un "desastre próximo entre naciones" y que estés pendiente de ello. No voy a negarlo: Wathelpun va a poner el mundo patas arriba. Elena piensa en ocasiones que exagero. No exagero. Y tú que sabes quién es Wathelpun quizá lo dudes también, pero llegará un día... ¡Ay, qué día! Tengo muchísimas ganas de escribirlo. Llevo años esperando ese momento. Tengo todos sus ataques grabados a hierro en mi cabeza, como imágenes filmadas. Pero voy a desacelerar, que todavía quedan capítulos interesantes por aparecer: como el sexto, por ejemplo; como está cerca, me froto las manos y relamo los labios. Todo MDUL está contenido en ese capítulo. Espero que guste. Bueno, creo que lo voy a dejar aquí, porque, además de que me estoy enrollando (como suele ser normal y como me temía), te tengo todavía que escribir un montón más (correos, mensajes en la web de MDUL, etc.). Vamos, que me vas a tener que seguir soportando. ¡Ah, y la sorpresa. Aunque reconozco que la sorpresa me la has dado tú. Un besazo muy fuerte, guapa.

SILENCE MESSIAH. ¿Qué tal, Adriana? Antes de seguir adelante, quiero aclarar que, aunque no lo he respondido, he leído tu correo electrónico, y, a fin de corresponderlo, voy a responderlo en cierta manera aquí aprovechando que te tenía que dejar algunas palabras. En primer lugar, agradezco que hayas aceptado mis disculpas y que sigas ilusionada en enviarme composiciones tuyas. (Quique respira aliviado.) En segundo lugar, que los leeré encantado. Y en tercer, que no te ofendas, que no quería decir que te imaginara más fea de lo que eres, sino que eres más guapa de lo que hubiera podido imaginar. Espero que así quede más explícito. Y sí, es esa foto en la que sales con cara de soñadora, sin mirar al objetivo. Creo que tiene un aura encantador, la verdad. Pero, si te quieres animar a colgar otra, anímate en la web, anda. Que también tenemos, por cierto, la sección de "fotos de bebé", que es una ricura. Me alegra que te haya gustado el capítulo del conciliábulo. Ya sé que me reprendiste por ello, pero es cierto, suelo pensar en algunos lectores cuando escribo, y estos de política me traen irremediablemente tu nombre a la cabeza. No es algo por lo que te tengas que molestar, pero tus comentarios me resultan tan positivos en ese sentido que siempre trato de enfocar la escena de manera que te complazca. Por cierto, recientemente (cap. 11) he añadido una larga frase que me incluiste en uno de tus "reviews" (creo que en el primero de la segunda parte). Es una larga enumeración de labores ministeriales que, te dije, me resultarían terriblemente útiles una vez la incluiste. Y estoy tratando de enmendar todos los desperfectos que señalaste (ausencia de un partido político definido, extraño carácter el de Fudge entregándole a Lupin el poder, etc.). Al fin y al cabo, vuestras críticas son, o yo al menos así las tomo, constructivas, por lo que los aspectos que me resaltáis para que los tenga en cuenta he de solucionarlos. Al menos así funciono yo. Me importa mucho vuestra opinión y por eso lo hago. No es que sean frases clichés; es cierto: MDUL también sois todos vosotros (más cuando ya estáis apareciendo como personajes y todo). Y, como sé que a ti el tema de la política te gusta, quiero que quede bien atado y explicado, de manera que estoy cuidando todos los detalles de las apariciones ministeriales. Ya sé que el personaje de Rosario Castro es bastante extraño, pero es que, como es una lectora (Lorien Lupin) la que lo ha inspirado, no podía limitarme a una mera y aburrida (considero que a ella no le hubiera divertido) incursión política. No ha quedado muy satisfecha con el resultado (no sé si yo tampoco), pero al menos está ahí. Pronto aparecerá de nuevo. Y tú vete estando atenta, que tu personaje va a ser tan enigmático que se le va a mencionar muchas veces (no siempre con su nombre, sino veladamente) antes de que aparezca definitivamente (te recuerdo que su debut será cuando Wathelpun haya despertado). Como sé que te gustan los vampiros, no quiero fastidiarla. Me estoy documentando, aunque lentamente, para que todo salga bien. Pues eso creo que es todo por el momento, querida Adriana. Espero que nos volvamos a ver (hablar en su defecto) pronto. ¿De acuerdo? A ver si me paso por el messenger y coincidimos de una vez. Un besazo.

LORIEN LUPIN. Hola, Charito. Es genial que hayas vuelto, te hayas puesto al día y pueda dejarte de nuevo una larga, muy larga, respuesta aquí, en uno de mis capítulos. Sabes que te agradezco tu dedicación ahora que estás más ocupada que nunca. Por cierto, no me has contado lo que estás haciendo. ¡Que no se te olvide la próxima vez, quiero saber de ti y de tus consecuencias. Je. Por cierto, no te enojes conmigo. Te he puesto mala según las exigencias del guion. Si te hubiese hecho villana de verdad, además de que no podrías eclipsar a Wathelpun (ineclipsable, permítaseme el neologismo), habrías acabado haciéndole daño a Remus (todos los malos malotes –como dice Elena– lo hacen). Además, hay cosas todavía que han quedado como que medio incógnitas de tu personaje¿no te has dado cuenta? Como la relación que mantienes con el objeto con la llama grabada que había encima de la mesa mayor, por ejemplo. Pero, bueno, espero que no te haya molestado mucho que te haya puesto como una psicópata por culpa de unos depresivos. Algo tenía que inventarme para que, en el fondo, tuvieses corazón. No me resignaba a ponerte malvada y villana tan solamente. Pero espero que, tal como dices, esos aspectos positivos que señalas de tu personaje te hayan realmente gustado. Tú no te preocupes, te sacará más si es necesario; pero es que mala... lo que es mala es complicado. Espero que lo entiendas. Y también que no te enfades mucho conmigo. No me gustaría algo así. Sobre cosas anteriores... ¿Cómo esperabas que mataría a Harry¿O cómo que iba a dejar a Sirius enclaustrado en aquel Velo nauseabundo? Lo tenía claro. Cuando sepulté a Canuto dentro de él, sabía que acabaría regresando de sus profundidades tarde o temprano. Os lo debía. Y sobre el pequeño peleón... es decir, sobre lo que debería, según me pides, reconsiderar, la respuesta, me temo, es que no puedo reconsiderarlo. Como digo siempre, me guardo muchos ases en la manga. Dejadme que empiece a sacarlos y ya veréis, vais a disfrutar. Ya sé que, por lo poco que sabes, suena terrible; pero... bueno, sí, será terrible, pero es necesario. Sí, la pitia lo diría así. Y ella, portadora del Destino, no puede explicarlo peor que yo. Además, todo es como el engranaje de un reloj... Las piezas han comenzado ya a incrustarse unas dentro de otras; quiero decir, todo se ha iniciado ya, ya no hay vuelta atrás. Nada, chica, pequeño y curvilíneo témpano de hielo peruano, que me alegro mucho de haber tenido la oportunidad de leerte y de dejarte unas palabras, y espero que esto se repita a menudo para poder enviar muchos, muchos besotes mojados (a causa del viaje sobre el océano).

ALTHEA ELENEAR. Hombre, hola, pequeña. Por fin te has animado a dejarme un "review". Sólo espero que no haya sido porque te mandara el correo electrónico. Quiero decir, si te lo mande no fue para presionarte queriendo decirte "estoy aquí, existo". No, simplemente tenía curiosidad. Vi que tenías algún tipo de relación con MDUL y es ese aliento de averiguaciones que te domina. Espero, por tanto, que lo hayas dejado por entera voluntad, que, si no, me voy a sentir mal. Y bien, después de decir esto tras cuya lectura tendrás que pensar que este tío que lo escribe está loco o se le ha ido la pinza, paso a agradecerte que hayas dejado el "review", que es lo menos que puedo hacer. No te preocupes, la equivocación fue mía, porque puse una fecha que no era (creo que junio cuando era julio). Vaya, un desastre. Las cosas de andar con prisas de vez en cuando. A ver, tengo varias cosas que comentarte, y, como no tengo ningún orden concreto, las voy a ir poniendo tal y como se me antojen. La primera de ellas es que..., si tienes una idea de quién puede ser Wathelpun¿por qué piensas que es absurda? Al menos tienes una hipótesis, que no todo el mundo se ha parado a reflexionarlo. Conozco muchas de esas hipótesis y nunca me he reído de ninguna. Por ejemplo, mi mejor amiga, Elena (que inspira el personaje de Helen Lupin) tiene una y, aunque no disparatada, es incorrecta; pero yo jamás me he reído. Tiene mucho mérito que se haya parado a meditarlo. Pero las pistas son sutiles. Si te apetece, puedes mandarme un correo electrónico para comentármelo si no quieres que los restantes lectores se enteren. Eso es lo que han hecho los demás. Así, si no quieres que se vaya el suspense para los demás, sólo me enteraría yo. No obstante, puedo decirte que, cuando averigües quién es realmente Tim Wathelpun, no hará falta que yo te lo confirme. Lo sabrás sin más. Tan sencillo como eso. Muchas gracias, por cierto, por decirme que se está poniendo interesante la historia. Hago lo que se puede. Como ha dicho otra lectora por ahí, es complicado mantener el hilo de la historia durante tantos y tantos capítulos, y yo ni siquiera quiero mantenerlo¡quiero superarme y hacerlo cada vez más interesante! Por eso se agradecen tanto tus palabras. Los restantes ministros, pasando a otro asunto, sí saben que Remus es licántropo. Digamos que se conocen entre sí y a Remus más que a ninguno porque, al menos en la comunidad mágica, Reino Unido es una potencia mundial. Esto es, su condición licántropa no les pasaba desapercibida. Pero muchos de sus compañeros, además de detestar su condición, querían fastidiarlo. El pobre Remus, que tenía que sufrir también en el conciliábulo. Y, por último, sólo me queda decirte que, por supuesto, el cuadro de Dumbledore no se me ha olvidado. ¿Acaso crees que fue una ocurrencia poco o nada meditada que lo hiciese aparecer después de su muerte? Dije que la segunda parte de MDUL era el momento en el que se tendrían que explicar muchas cosas. Ese momento ha llegado. Muchas de esas cosas sólo las conoce un hombre: Albus Dumbledore. El cuadro será un perfecto intermediario¿no te parece? Conque despreocúpate, el lienzo volverá a salir. Sí señor. Y, habiéndote confesado ese pequeño detalle, me despido, mandándote un beso y miles de agradecimientos. ¡Ah, y esperando también que, en caso de volverme a escribir, me hables un poco también de ti. En ese caso, te recompensaré con otras palabras sobre mí. Chao.

PUNKITTY. Además de hola, lo primero que debo decirte ahora mismo, lleno de euforia, es... ¡bienvenida a Memorias de un licántropo! Es una bienvenida meritoria, ya que, ahora mismo, hay poca gente que se atreva a leer mi "fic", tan extenso es. ¿Qué le hago yo, si me gusta escribir? Tienes razón, es muy difícil mantener una historia tan larga; y mucha más razón todavía diciendo que cantidad no es sinónimo de calidad. Yo trato de hacerlo lo mejor que puedo y voy tirando para adelante. Como a mí no me disgusta la historia, voy marchando bien. Pero eso (ya me irás conociendo, me enrollo más que una persiana), que te felicito por haberte enfrentado (además en un tiempo récord) a tan larga historia. Yo he tratado de buscar alguna tan larga, pero no he sido capaz, más ahora que se ha puesto de moda lo de un capítulo nada más. Y, además, como todavía no la he terminado, y sé que me queda para largo, es en balde seguir buscando; me concederé ese triunfo y seguiré para adelante. Bueno, que me enrollo. Que eso, que muchas gracias por haberte aventurado en tan larga travesía. Aún queda mucho, con lo que, si quieres seguir conociendo lo que ocurre en MDUL, agárrate a la barandilla de la tripulación. Yo te conduciré a buen puerto. O más bien me conducirás tú a mí, porque me has lanzado el arpón y me has dejado... sí, muy intrigado. ¡Quiero esas críticas constructivas que me has prometido! Pero, como confío que retornarás, las esperaré paciente. Espero que me ayuden a virar en la dirección correcta. También me gustaría saber por qué te gusta más MDUL1 que MDUL2. ¿Acaso no te hace gracia que Remus sea ministro? Puede ser. Si es que lo ves demasiado serio o que ya no se aprecian tanto escenas familiares, no te preocupes, estoy resolviendo eso. No lo sé, imagino que tiene que haber tiempo al tiempo, pero yo jamás compararía MDUL2 con MDUL1. Aunque para gustos los colores. ¡Por eso ansío tanto tu crítica constructiva, y lloro a la deriva. Aunque también estoy muy interesado por tus teorías. No hay nada que me guste más que discutir sobre los cabos sueltos que he ido dejando sobre MDUL y que, todos, sin falta, se recogerán. Bueno, creo que eso va a ser todo, que, como me enrolle mucho, además de que en las primeras respuestas no sé mucho que decir, vas a pensar que estoy pirado, y no es eso, es sólo que de vez en cuando se me va la pinza y hoy es uno de esos días. En fin... Que sí, que no te preocupes, que copiaré el texto correspondiente a tu respuesta y te lo haré llegar a tu correo electrónico. Todo sea por vuestra comodidad. Sólo espero que no se me olvide, que todo podría ser. Bien, cuando recibas esto (ya me escribiré veinte veces en la palma de la mano "dejarle el mensaje a Punkitty en su correo" para ello) significará que ya ha aparecido el siguiente capítulo. Espero que te guste. ¡Ah! Y también puedes encontrar la página web de MDUL (vaya, un grupo de msn) a tu disposición. Encontrarás dibujos de mi ilustradora oficial, teorías, fotos mías (hasta de pequeño), jeje, y muchas cosas más. La dirección está al principio del primer capítulo de la segunda parte. Pero, si tienes problemas, avísame. Un beso y, pues, lo dicho.

HERM. Hola, Herm, de nuevo. ¿Cómo estás? He intuido por tus palabras que eres peruana (corrígeme si me equivoco). Por eso, tal vez, te has sorprendido tanto de la estrafalaria y variopinta aparición de la ministra Rosario Castro. No te preocupes, no os tomo por locos. Sólo que es un personaje-lector, es decir, una lectora (Lorien Lupin) que ha inspirado ese personaje y que, como me dio algunas directrices, ha tenido como desenlace ese resultado. Ésa es la explicación. ¡Ah, y no te preocupes por no haber podido dejar en un capítulo algún "review". No te lo he tenido en cuenta, tranquila. ¿No ves que a mí también se me pasa en ocasiones actualizar incluso puntualmente, al menos tal y como prometí? Tú por eso no te preocupes, de verdad. Por cierto, muy interesante el asunto ese de las clases de la universidad por las tardes. Al menos me da a entender de ti que eres una chica responsable e inteligente. Es que, ríete, pero nunca me has hablado en profundidad de ti. Tengo que arañar tu caparazón lentamente para poder conocerte un poco mejor. Y me gustaría saber algo más de ti. Sí, sí, ya sé que podría preguntar, pero, bueno, te dejo que te introduzcas. Ésa es tu tarea pendiente¿vale? Bueno, sólo si quieres. Y así después yo te digo sobre mí lo que quieras¿de acuerdo? Venga, un besote muy fuerte, Herm25.

PADFOOT HIMURA. Hey, chiqui. Cuánto tiempo hace que tú y yo no hablamos y no tenemos una interesante disertación sobre gastronomía (productos típicos de la zona de cada uno) o cinefilia. En serio, lo echo de menos. Quizá sean invenciones mías, no sé, pero se me ha hecho eterno el espacio de tiempo desde la última vez que contactamos. Y eso que no creo que fue hace tanto... No sé. En cualquier caso, me alegro que hayas podido pasarte por aquí y que me hayas dejado unas palabras. Me alegro sobre todo porque has comentado un poquito mejor tu personaje. No sé, como en una ocasión previa (en el capítulo anterior) se te olvidó mencionarlo, llegué a pensar que no te había gustado. Que tampoco es que necesite que me digáis categóricamente "qué bonito" o cosas de ese estilo, pero, como se te olvidó completamente, ya empecé incluso a emparanoiarme (es decir, a volverme paranoico, por si no te suena este vocablo que Word no reconoce) y a llegar a pensar que podías estar molesta por no sé qué razón. Pero, vamos, que es muy agradable ver que me equivoco. Y de tu personaje no hablo ahora más, que ya tendrás oportunidad de verlo más, que es uno de los que más sale. No sé por qué, pero me ha venido a la cabeza la "Tarta de zapallo". Ya no hay manera que uno te convenza para que sigas escribiéndolo¿verdad? Hace tanto que lo dejaste... Pero es una absoluta lástima... Lo dejaste con el argumento en vilo, con aquella extraña fotografía quemándonos las manos. Reconsidéralo, peque. ¡Ah! (sacando temas cinéfilos), este pasado sábado fui a ver la de "Poseidón". No me pareció mala, pero creo que han querido emular y trascender a "Titanic" y, a mi juicio, no lo han conseguido. No todo en una película son efectos especiales. Pero está muy bien, no obstante. Te la recomiendo. A ver si puedo ver pronto la de "Piratas del Caribe 2"... Está dentro de nuestras opciones "próximamente", pero tengo unos cuantos fines de semana pillados antes de que pueda hacerlo. Me ha hecho gracia eso de que digas que el capítulo cuarto es el mejor, según tu parecer, que he publicado hasta el momento en la segunda parte. Claro, yo tengo las miras más abiertas (estoy escribiendo el doce, con lo que ya sé que pasarán en otros próximos), pero, no sé, le tengo un especial cariño al primero. Y este de hoy es muy entrañable también. Creo que sale la personalidad absoluta del señor Nicked, sin máscaras. Pero creo que el mejor capítulo de la segunda parte va a ser el sexto. ¡Qué ganas de que llegue el momento de colgarlo! Bueno, te dejo por hoy esperando poder verte pronto de nuevo. Disfruta de tus vacaciones de invierno, eh. Un beso.

DRU. ¿Qué tal, pequeña? No, no te preocupes (no me harto de repetirlo) por tu "supuesto" retraso. ¿No ves que yo también me he retrasado en actualizar? No importa, de verdad. Vamos, a lo mejor a ti sí, pero, como yo sé que eres muy constante y que nunca te has perdido un capítulo ni has dejado de poner tus pequeños pero agradabilísimos "reviews", no he podido tenértelo en cuenta. Ha sido completamente imposible. Espero que el capítulo, con todo eso del conciliábuloy los líos de política (el cuarto me refiero, claro está) no te esté aburriendo muchísimo. Eso sí que yo no me lo perdonaría. No obstante, puedo decirte y te digo que los demás no tendrán tanta palabrería. Pero entonces me apetecía escribir algo de ese tipo. No, descuida, de verdad, los siguientes serán más familiares, entrañables; tendrán otro tipo de escenas menos... fingidas, la verdad. Nada, dicho eso, y disculpándote por todo lo pasado, si es eso lo que quieres, te concedo la absolución y te mando muchos besos hasta nuestro próximo encuentro virtual. Chao.

CAPÍTULO V (VACACIONES MUGGLES O EL SEÑOR NICKED SE CONFIESA)

Ann Thorny, la secretaria del ministro, entró diligentemente en el despacho de éste con un fajo de papeles y carpetas bajo el brazo. En su rostro se imprimía un desacostumbrado rictus de agobio que no le era ajeno, asimismo, al licántropo, quien, laborioso, garabateaba aprisa su pluma sobre un pergamino impoluto.

Apenas hubo llegado ante él cuando le preguntó:

–¿Qué está haciendo ahora, Lupin?

–Estoy escribiendo el informe sobre la situación que encontré durante mi viaje en Rumanía –explicó.

En efecto, Remus había visitado recientemente, durante la primera semana de julio, este país, tal y como había prometido a Gheorghe Bonca, su ministro, en el reciente conciliábulo celebrado. Para su sorpresa (que no hubiera debido ser tanta), el licántropo encontró punto por punto cierto cuanto el ministro de Magia rumano había expuesto en la Confederación Internacional de Magos.

–Monique Bousquets –continuó– me ha pedido que le envíe una copia. Si no la conozco mal, intuyo que va a mover una serie de hilos en la Confederación, los cuales, imagino, y ojalá, provocarán no pocas rodaduras de cabeza en el Ministerio búlgaro.

–Es que aún no puedo creérmelo –apuntó la joven apenada, la cual lo había acompañado en su viaje al extranjero–. ¿Y qué clase de ayuda piensa ofrecer al Ministerio de Magia rumano?

–Las que necesite –respondió Remus complaciente–. Económica en primer lugar; a causa de tantas sanciones, su Ministerio está, como pudiste por ti misma comprobar, casi completamente arruinado. ¡Contratar harpías para que se encarguen del mantenimiento del edificio, con el único fin de ahorrarse el gasto de un sueldo normal: un despropósito. Política en segundo lugar; requiere que países con mayor repercusión en la Confederación apoyen por él, comercien con él, se alíen con él en definitiva.

–¿Y cómo piensa hacer frente al desembolso de la ayuda económica que desea hacerles? –le inquirió sin pizca de tono hiriente, sino que, al contrario, en todo momento su tono se mantuvo meloso y suave–. Tampoco nuestras arcas están mucho mejor.

–Ya, ya lo sé –contestó a desgana el ministro–. Le he rogado a Bonca que espere. Tampoco yo sé muy bien qué o cómo lo voy a hacer, Ann –añadió entristecido–, pero sé que es necesario hacerlo. A la vuelta, trataré este asunto en el Gabinete de Sabios a fin de llegar a una solución. Y creo que Francia, así como otros países, se involucrarán en esta llamada a las conciencias. –De pronto se fijó en los papeles que portaba la chica, por lo que le preguntó–¿Qué llevas?

Conforme enumeraba, iba librando su brazo de tamaña carga dejándola sobre el escritorio del licántropo.

–Una patente de hechizo, otra nueva propuesta de ley mágica de Granger –dijo remarcando las palabras como con ojeriza–, unos contratos de personal, la respuesta a la carta que envió a los duendes del norte, un informe del Departamento de Juegos Mágicos...

–¡Ah, eso! –exclamó súbitamente–. ¿Qué tengo que hacer?

–Debe extenderle a la directora McGonagall un permiso firmado por usted que autorice por parte del Ministerio el paso por la aduana de los alumnos de Hogwarts que vayan a probar suerte en el Torneo de los Tres Magos en Francia. Aquí traigo sus nombres –ofreciéndole un pergamino–. Aún no está cerrado –añadió–: está sujeto a alguna añadidura en los próximos meses, o supresión, cerrándose el plazo a finales de septiembre. Aunque eso es intrascendental; nosotros hemos de hacer las notificaciones y papeleos pertinentes ahora, sea cual sea el número de alumnos que marche, sean cuales sean sus nombres.

–Permiso para McGonagall –repitió Remus para grabar en la memoria–. Y otra cosa¿han llegado las respuestas al anuncio; quién va a sustituir a Bulgaria?

–Oh, sí –respondió inmediatamente, soltando, a su vez, el resto de papeles que aún llevaba encima–. Éstas son las respuestas. Hice como usted me pidió, se lo comuniqué a un buen número de países próximos geográficamente, y algunos han respondido enfervorizadamente; si me permite opinar, el más rápido y enfervorizado: España.

–¡Eso mismo le iba a preguntar! –exclamó sonriente–, si Eva Rodríguez la había respondido. ¡Listo, entonces. Notifique al resto que, lamentándolo mucho, sentimos comunicarles la denegación de su petición y demás palabrería. Dejaré para el ingenio de tu pluma el resto. –Sonrió.

–De acuerdo –respondió Ann Thorny–. ¿Le notifico también al Ministerio español la elección?

–No, gracias –contestó a su vez Remus–. Escribiré personalmente a su ministra cuando llegue a casa, si te parece bien. –La chica asintió sin más–. Aunque lamento, a pesar de que no lo parezca, la decisión del director Dimitrov, de seguro impulsada por el insensato consejo de Komarov. Ni siquiera se atrevió a apuntarnos nada ni a Bousquets ni a mí durante la reunión de la Confederación; ¡una hiriente carta transcurridos dos días!

–Era de prever, Lupin –respondió la chica tranquilamente, aunque seria.

–A ver si se acaba ya esta dichosa hora –apuntó el licántropo– y puedo llegar a casa y escribirle.

La joven se mordió el labio con disimulo.

–¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta, Remus? –se aventuró a decir, a lo que éste, sorprendido y confuso, riendo y curvando el ceño, le respondió que adelante–. ¿Dónde piensa pasar las vacaciones? No me ha dicho nada.

El hombre rio de buen agrado.

–Es una tontería, mujer; por eso no he querido decirte nada, fuera a ser que pensaras que estoy loco. Mi suegro, muggle, que se ha obstinado en llevarnos de acampada a una zona boscosa para pasar unos días. Lo que se dice unas vacaciones sin magia –bromeó.

–Me parece un plan muy original –reconoció.

–¿Y tú, qué piensas hacer? –inquirió a su vez.

–Joseph y yo teníamos planeado ir a España, a la ciudad de Córdoba, donde vive un par de brujos amigos nuestros, con los que pasaremos unos días y, si Rowling lo consiente, nos acercaríamos hasta la costa un fin de semana o algo así. Todavía no lo tengo muy claro.

–También suena muy bien –apuntó.

Dicho lo cual, Thorny reconoció que debía volver a su trabajo, de modo que dejó al licántropo enfrascado en el informe sobre Rumanía, al que había puesto por título "Operación rescate", que después tachó por parecerle absurdo, y en las nuevas labores que le había encomendado.

Cuando hubo finalizado todo esto que se acaba de enumerar, tras colocar ordenadamente en su sitio cuanto había estado utilizando y tenía sobre el escritorio, recogió sus cosas y salió. Al salir de su despacho y entrar en el de su secretaria, que colindaba con éste, el licántropo le dijo a ésta:

–Ya es la hora, Thorny. Creía que hoy te ibas a ir pronto...

–Voy a quedarme unos minutos más hasta que termine esto –explicó sonriente.

–Estupendo –contestó orgulloso el ministro–. Yo, por mi parte, lo dejo ya. Voy a buscar a mi hijo y, después, me iré a casa. Que pases unas felices vacaciones, Thorny.

–Igualmente, Lupin. Si puedo –añadió antes de que el hombre se marchara, por lo que, para añadir énfasis a su locución, se puso apresuradamente en pie–, le enviaré una postal.

–Te lo agradezco mucho, Thorny –respondió–. Yo haría lo mismo, pero, ya sabes, voy a pasar unas vacaciones sin magia. –Rio–. Hasta la vuelta.

Se caló su sombrero hondo, tomó su bastón de paseo y salió.

Se dirigió hacia los ascensores, tomó uno y se apeó en el atrio, en donde se encaminó hacia el puesto de vigilancia, en el cual halló a Eric, el encargado de seguridad, saboreando una impactante hamburguesa mientras pasaba, aburrido, las páginas de El Profeta. Se acercó hasta su mostrador y, apoyándose despreocupadamente en él, le increpó:

–¿Qué, tomándose un tentempié, no? –Sonrió–. ¿Ha visto a mi hijo, Eric?

–Estaba aquí hace un momento, señor ministro, conmigo, –explicó el vigilante apartando el bocado de comida en un lado de la boca, lo que le provocaba un ingente promontorio en el carrillo izquierdo de su cara–, pero ha venido Ronald Weasley, ya sabe, el del Departamento de Chismes Muggles –Remus asintió–, y Matt, el hijo de usted, se ha ido con él.

–¡Oh, qué demonio de muchacho! –exclamó asqueado el licántropo, tras lo cual, recuperando su gallarda compostura, sonriendo también, añadió–: Figúrese, lo traigo para que pase conmigo buena parte de las vacaciones de estío¡y acaba en cualquier asunto menos en los míos! Anteayer, sin ir más lejos, me lo encontré simpatizando con Thomas Peterson, el inefable¡en el Departamento de Misterios!

–Es un chiquillo inquieto –contestó Eric, el vigilante.

–¿Qué le vamos a hacer? –resopló–. Iré a buscarlo. Muchas gracias por todo, Eric. –Y mientras se alejaba, volviéndose un poco–: Espero que no le haya dado mucha guerra Matt mientras ha estado con usted.

–¡Al contrario! –exclamó el hombre con la boca llena–. Es un chico muy despierto. Hasta me ha ayudado. –Dio otro bocado a su hamburguesa–. Que pase unas felices vacaciones, señor ministro.

Volvió a tomar Remus un ascensor y, al poco, habiéndolo abandonado, llegó al despacho en el que Weasleys, padre e hijo, trabajaban. El despacho estaba algo desmejorado en cuanto al orden, aspecto que, no supo por qué, el licántropo achacó al joven pelirrojo, a quien, por cuanto lo conocía, no tenía por muy pulcro. Arthur no se encontraba en él cuando llamó a la puerta, pero sí su hijo, a quien encontró, como Eric había explicado, entreteniendo a Matt.

Éste, al ver a su padre entrar por la puerta, se volvió violentamente en la silla que ocupaba y le preguntó sin más preámbulos:

–¿Ya nos vamos, papá?

–Sí, Matt. Anda, que me tienes contento –le dijo medio en broma, medio en serio–. ¿Qué tal va todo, Ron? –inquirió dirigiéndose a éste, a quien le estrechó la mano con placer.

–Bien –respondió el chico inquieto.

Sonriéndose para sí, medio divertido, el licántropo agregó:

–¿Qué, mucho trabajo? –Ron se encogió de hombros, lo cual acentuó la sonrisa inocente en los labios de Remus–. Espero que éste no te haya dado muchos quebraderos de cabeza.

–No –respondió igualmente lacónico.

Pero la escasez de palabras de éste se vio compensada por el torrente de las del campechano Matt, a las que se sumaba una intensidad de jolgorio y sorpresa:

–¡Ron me ha enseñado un coche que han requisado, y que tienen guardado en el almacén, y me ha asegurado que, cuando terminen de hacerle muchas pruebas que tienen que hacerle, me lo va a regalar para que lleve a mis amigos en él hasta Hogwarts!

–¿En serio? –le espetó Remus fingiendo una grata ilusión para corresponder a su hijo. Y, elevando la vista, sin perder la sonrisa, hasta el ruborizado pelirrojo–¿Eso ha dicho Ron? Has de saber que él es un experto conductor de automóviles; en una ocasión llevó a Harry volando hasta el castillo.

–¿Sí? –increpó Matt sin creerlo, mirando a Ron con tanta intensidad y admiración que el rubor de éste se multiplicó.

–Así es, jovencito –respondió Remus–, pero después lo castigaron por ello¿verdad, Ron? –Las chapetas del pelirrojo parecían dos estrellas nubladas de manchas solares; entiéndase: sus pecas–. No sé si ir hasta Hogwarts –sopesó–, pero a lo mejor te consiento que te des una vuelta, siempre que yo vaya contigo y yo –remarcó– vaya al volante, aunque no sepa conducir. –Se dirigió a continuación al pelirrojo–: Me marcho, Ron. Gracias por encargarte de Matt. Saluda a tu madre de mi parte. Dile que, a mi vuelta, puede que me pase un día por la Madriguera para ver cómo le van las cosas.

–Lo haré. Adiós.

Agarrando la mano de su hijo, salió del despacho y tomó por última vez aquel día un ascensor, el cual lo volvió a dejar en el atrio. Pasó por delante de Eric, el cual ya se había acabado la hamburguesa y medio dormitaba reclinado en su asiento con el apergaminado diario aplastado contra la cara. Sin embargo, el licántropo no le dijo nada.

Matt caminaba muy silencioso a su lado. Sólo cuando, al pasar junto a la estatua dorada de Dumbledore, retuvieron un poco la marcha y la miró intensamente, aventuró a preguntar:

–¿Qué hay en la caja que hay sobre los brazos de Dumbledore?

–¿Ésa? –le espetó rápidamente echando un fugaz vistazo hacia atrás–. Esa urna de cristal contiene, además de una larga historia, una maléfica y muy poderosa varita. Si lo deseas, de camino a casa, te la contaré. ¿Te acuerdas de lord Voldemort, el hechicero que nos atacó en casa? –El chico asintió–. Ésa es su varita. Cuando perdió su poder, la tomé en mi haber y la coloqué en esa urna, la cual, para tranquilidad de Ollivander (¿te acuerdas de él, no?), está protegida con importantes encantamientos de mi cosecha. El vendedor de varitas me dijo, con estas mismas palabras con que te lo voy a decir yo, que...

Y, mientras su padre proseguía su exposición, Matt, antes de abandonar el Ministerio por la puerta principal, lanzó una última mirada hacia la urna de cristal. Sin embargo, para su sorpresa, el transparente brillo de ésta había sido sustituido por un resplandor verdecino; pues, en fijando más la vista, descubrió una luz que se revolvía inquieta entre la caja de vidrio: una luz verde que, a él al menos le pareció, lo estaba mirando.

Y así, profundamente asustado, aceleró el paso, acercándose cuanto pudo al cuerpo de su padre para protegerse junto a él, aferrándole la mano como si en ello le fuera la vida, y respiró aliviado de abandonar el Ministerio al fin.

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Lo más terrible de las vacaciones en las que comenzaba a embarcarse nuestro protagonista es que las organizaba, de principio a fin, el señor Nicked; en efecto, ese curioso muggle que no hace nada a derechas. ¡El mismo! Si en ti tal noticia o conocimiento puede mover a sonrisa o, quiéralo el cielo, a carcajada, al licántropo, cuanto menos, a un horripilante espanto: dejarse controlar por el señor Nicked no era cosa que pudiera traer nada bueno, como en breve se demostrará.

La decisión la había tomado el muggle desde tiempo incontable; muchos meses atrás los llevaba entusiasmando, intentando contagiar de su ánimo, con tal plan, que preparaba con espíritu dispuesto. Sin embargo, ninguno en verdad pensaba que fuera a llevarlo adelante; que, llegado el verano, siguiese acordándose. Pero así era.

Lo anunció en una cena que preparó exquisitamente la señora Nicked, la cual, lejos de contradecir a su marido, comenzaba a ilusionarse con la idea de la excursión, a pesar de que la incomodaba el que fuese su esposo quien hubiera de organizarla. Serían, como él mismo dijo, unas vacacionales muggles: en un lugar "muggle", con recursos muggles y con actitudes muggles. Era difícil de creer que él, el entusiasta seguidor número uno de la magia, fanático de ésta donde los haya, hubiera propuesto un plan semejante. Pero... así era.

Benjamin, el primo de Remus, se excusó rápidamente de asistir, pretextando que en julio tendría mucho trabajo por hacer y que, debido a su inconstante trabajo, no creería disponer de vacaciones; ya que, añadió, debía aprovechar aquellos meses para cubrir algunas bajas por vacaciones que le servirían, curricularmente, para promocionarse. Y, claro está, Tonks, aferrándose cariñosamente a su brazo, reveló su propósito de quedarse junto a él.

Sirius, por su parte, ya había hecho sus planes sin contar con nadie, a excepción, claro está, de Karina White, la chica que había conocido en la boda de Sorensen y Ángela, y con quien, siempre unido, nadie sabía aún si mantenía una relación o no, tal era el celo con el que se lo reservaban. Aunque a nadie pasaba desapercibido, de otra parte, lo contrario: los arrumacos en la mesa, los besos inocentes en el porche al despedirse, al recibirse en cada cita, al cruzarse en la escalera¡con cualquier pretexto, eran buena muestra de la fuerte atracción que entre uno y otra existía. Pues bien, ellos habían decidido largo tiempo atrás hacer un viajecito juntos al pueblo natal de ella, proyecto que tenía al animago enloquecido de puro contento, puesto que pensaba aprovechar este viaje para declararse a Karina.

Sorensen también deseó evadirse del plan, pero, desafortunadamente para él, no lo consiguió. Pretextó que no podía librarse de la biblioteca, mal que en el fondo le pesase; Remus, por su parte, expuso en su defensa que le pasaba unos generosos ingresos desde el Ministerio como para que pudiera contratar un buen servicio de personal, razón por la cual, sin excusa que valiese, le exhortaba que se les uniera; su hermano, de nuevo, volvió a pretextar que a Mark no le agradaría separarse de sus amigos; Ángela, inmediatamente, opinó que al chico le beneficiarían unos días de descanso en el monte; el bibliotecario, por probar suerte, con rostro lastimero, agregó finalmente que le desagradaba el campo, que lo incomodaban las hormigas y le fastidiaban sobremanera los mosquitos; a lo que su cuñada Helen le respondió solícita que prepararía una poción repelente para que se la untara a modo de ungüento, la cual, a su vez, convendría usar con los niños.

–¡Nada de magia en estas vacaciones muggles! –exclamó extasiado el señor Nicked, puesto en pie.

De manera que, sin nada más que poder aducir, agachando la cabeza, apenado, Sorensen dio su brazo a torcer.

El señor Nicked negó en rotundidad cualquier propuesta de su yerno, el licántropo, en relación al transporte que los llevase hasta la montaña. El muggle, en esto muy convencido, explicó que irían sobradamente en su coche, pero, habiendo descubierto que era imposible, se mirara por donde se mirara, ni corto ni perezoso, se atrevió a pedirle a su vecino, el del Mercedes que él tanto envidiaba, el remolque que éste guardaba en su cochera y que, de tan nuevo que lo tenía, parecía no haber usado jamás. El licántropo, ligeramente contrariado, en ciernes de hastiado, siguió tratando de hacerle ver que aquello de qué les serviría. El señor Nicked, medio molesto, se volvió aprisa hacia él y le respondió:

–Yo conduzco; mi señora en el asiento de copiloto, a mi lado; Helen, Ángela, Sorensen y tú, atrás; Nathalie y Alby, en los brazos de sus padres; y los otros dos churumbeles de mi nieto y mi sobrino, aquí atrás, en el remolque. ¿Entendido? –Remus ni respondió, tan apabullado lo había dejado aquel comentario que entonces pensó era una burlesca gracia de las de su suegro–. Lo que coja, ropa, las tiendas de campaña, la comida, las botellas, todo eso, en el maletero; y lo que no, aquí atrás también. ¿Entendido? –volvió a decir.

–¿Se trata de una broma, verdad? –El muggle se alejó sin responderle–. ¿Verdad? –insistió Remus elevando el tono de voz para hacerse oír.

Broma en absoluto: una absoluta realidad. Como no dispusieran de más medios no mágicos para desplazarse, hubieron de aceptar que Matt y Mark hicieran el viaje soportando los baches de aquel indeleble pero impoluto remolque. A fin de que no fueran vistos por nadie, el señor Nicked, muy previsor, les echó por encima una manta de encaje blanco y les pidió que no se movieran. No obstante, como al licántropo la manta le pareciera poca protección, decidió practicar una serie de encantamientos sobre el remolque para que él pudiese soportar el viaje tranquilo.

Aunque les costara entrar en el vehículo, cuando lo hubieron hecho, partieron al fin. Los dos matrimonios que, a duras penas, se acomodaban atrás, lanzaban de tanto en tanto miradas por el cristal trasero o por el espejo retrovisor para comprobar que sus hijos se comportaban o por ver si el remolque seguía allí, dramática situación que los tenía a todos en vilo. Como el propietario del coche, el señor Nicked, no les había dejado hechizar los asientos traseros para agrandarlos, trataban de acomodarse lo mejor que podían a cada instante, a pesar de que resultaba inevitable el que se aplastaran unos a otros continuamente. Alby, que, como de natural inquieto, cuando se despertaba se hallaba tan poco propicio a movimiento alguno, lloraba desconsoladamente. Su hermana Nathalie, en cambio, se regocijaba de verse con una piernecita sobre su tía Ángela, otra sobre su padre, su cabeza apoyada en el pecho de su madre, y con la mano de su tío Sorensen acariciándole el cabello.

El resto del viaje en carretera transcurrió sin más incidentes, con excepción del no creído suceso que tuvo lugar cuando el señor Nicked, sin otorgarle al hecho mayor importancia, efectuó un adelantamiento. En primer lugar, dado que venía mordiendo la matrícula trasera de un incómodo y lento camión de mercancías que transportaba, según rezaba en el lateral, bollos de leche (que, como dijo el disgustado muggle, para cuando llegaran, la leche debía estar ya cortada), al alcanzar un tramo de líneas discontinuas, es decir, que permitía los adelantamientos, lanzose como un poseso y, visto desde la lontananza, a una velocidad no imaginada el pequeño auto, empequeñecido más aún en vista del enorme camión, como si de un autómata con ruedas se tratara, alcanzó la cabina del conductor y se colocó por delante. No poco rio nuestro adorado muggle; y no poco se mofó del camionero: guiños a través del espejo retrovisor, gestos de despedida con la mano desde la ventanilla, toques incordiantes con el claxon y no pocas pullas que hubiera sido incapaz de soltarle de haberlo tenido delante.

Envalentonado por esta hazaña sin par, como descubriera que la velocidad media del automóvil de delante le molestaba para proseguir con su tranquilidad al volante, probó varias veces a tirarse a la derecha, hasta que, finalmente, encontrando el hueco, se lanzó cual un rapapolvo hasta ponerse a la cabeza de aquel turismo corriente. Por motivos que desconozco y que, en verdad, poco interesan al propósito de esta historia, la señora Nicked se quedó observando la posible reacción del conductor del automóvil que acababan de adelantar a través del espejo lateral que a su lado correspondía; todo lo cual se puede explicar bien porque algo a lo tocante a la adivinación de su hija proviniera de ella, bien a que el hecho de que el conductor del otro coche bajara la ventanilla le llamara la atención. En efecto, había éste bajado la ventanilla y había sacado la mano con un objeto que, por un momento, la señora Nicked creía que les iba a arrojar; pero se equivocaba: se trataba simplemente (y nada menos) de una sirena portátil que en seguida puso en funcionamiento, la cual ocasionó un ruido atronador y unas luces impactantes a pesar de la intensa luz del día.

El señor Nicked quedó lívido al comprobar que se trataba de un policía haciendo la guardia de paisano. Se le heló el pulso, la abundante frente le comenzó a sudar cual fuente, rechinábanle los dientes, sin que todo lo cual, a duras penas, le dejara estacionar el auto en el arcén. Lo mismo hizo el coche de detrás, en el cual la sirena se interrumpió inmediatamente. El camión, al pasar junto a él, hizo sonar el claxón con pitorreo. Se bajó el agente, un hombre robusto, de modales firmes, alto, con cara de pocos amigos oculta tras unas gruesas gafas de sol que conferían a su expresión mayor austeridad. Se acercó con pasos indiferentes y, al llegar hasta el coche del muggle, éste bajó la ventanilla, sobre la cual el policía se apoyó inclinándose hacia delante.

–Buenos días, señor agente –saludó el señor Nicked con una sonrisita fingida–. ¿Qué hay, mucho trabajo?

El hombre pareció ignorar sus palabras.

–¿Iba un poco rápido, no? –preguntó.

–Bueno, sí... –contestó sudoroso el señor Nicked–. Es que, verá, le estaba adelantando. Mire –le señaló el firme de la calzada–, línea discontinua; puedo adelantar. –El hombre no dijo nada. Se limitó a contemplar al muggle a través de sus gruesas gafas–. Oiga –habló con tono más valiente–¿no será usted un graciosillo actuando de policía, verdad? Lo digo... ¡como no va de uniforme ni nada¿Me enseña su placa, por favor?

El agente la sacó en un rápido y acostumbrado gesto de su bolsillo y, en milésimas de segundos, la mostró a una distancia mínima de la nariz del señor Nicked.

–Teniente Walker –agregó con tono rudo–. ¿Me muestra los papeles, por favor?

–Sí, oh, claro está¿cómo no? –Rebuscó por la guantera, debajo del asiento y en otro lugares más inhóspitos–. ¿Dónde los habré metido? –Sonrió bondadosamente al teniente–. Descuide, que los tengo por alguna parte. El coche no es grande... ¿Dónde están? –Volvió a dedicarle una sonrisa, ninguna de las cuales era correspondida por aquél–. No se vaya a pensar que el coche es robado, no, no, no... Están por aquí, ya lo verá. Me lo compré en el año 87, un buen año. Palomita –dirigiéndose a su mujer con tono más acre, pero en voz baja–¿me ayudas a buscar los papeles o qué, que este pasguato nos va a poner una multa si no?

El gendarme, en tanto duraba la conversación de la pareja, dedicó un rápido vistazo hacia los asientos traseros. Su expresión, hasta entonces relajada, se tensó un poco. Dirigiéndose hacia los que estos asientos ocupaban, inquirió:

–¿No van un poco apretados ahí detrás?

Y Ángela, muy resuelta, respondió al punto:

–Huy¿quiere probar? Vamos de maravilla. –Y en seguida, pero en tono mucho menos audible–: No le fastidia...

–¡Aquí están! –gritó el señor Nicked extrayendo la mano de debajo de la alfombrilla de su asiento–. Condenados papeles. –Se los tendió al teniente a través de la ventanilla–. Está todo, y todo en orden. Permiso de conducir, seguro, papeles del coche... Vea, vea, verá cómo no le engaño.

El teniente tomó el fajo que le tendía y lo observó unos instantes con dedicación, momento que, creyendo el muggle que para él era de distensión, aprovechó para preguntarle:

–Oiga, señor agente¿podría hacerle una pregunta? –El teniente arqueó las cejas–. ¿Dónde ha comprado esa sirena? Es que ni se imagina lo complicado que es encontrar hueco algunas mañanas en el aparcamiento del hospital en que trabajo.

La expresión del teniente era relajada cuando le devolvió los papeles.

–Tome –le dijo–. Bájese, por favor.

–¿Qué va a hacerme? –preguntó el muggle con un atisbo de pánico.

–La prueba de la alcoholemia –le explicó mientras lo ayudaba a bajar.

–¿No creerá que va a ir uno bebido a las diez de la mañana, verdad? –le espetó con tono contrariado el señor Nicked.

–Normalmente no, pero no sé yo, no sé yo –contestó encogiéndose de hombros–. Espéreme aquí mientras voy a buscar el alcoholímetro a mi coche. Y no piense en huir: ya le he tomado la matrícula.

–¿Cómo se le había ocurrido tan siquiera que a mí se me había ocurrido pensar ni por un momento en dejarle a usted aquí colgado y darme a la fuga como un vil ladrón? –le preguntó alzando la voz paulatinamente conforme se distanciaba. Pero, en el momento en que creyó que ya no pertenecía a su campo de audición, volviéndose hacia los que seguían en su coche, medio abochornados, exclamó en voz baja–: Joder, este tío se las sabe todas.

Al retornar, el teniente le ofreció el alcoholímetro, con respecto al cual simplemente le indicó:

–Sople.

–¿Por aquí? –preguntó el señor Nicked señalando la evidente boquilla. El hombre asintió. El muggle se mostró aún un instante reticente–. ¿Me va a doler? –preguntó lastimeramente.

–Sople. No tengo todo el día.

El muggle se llevó el alcoholímetro a la boca y lo mantuvo así durante varios segundos, interminables, transcurridos los cuales, tosiendo como un condenado, todo colorado, lanzó lejos de sí el alcoholímetro, escupiendo y maldiciendo a un tiempo con el poco hilo de voz que consiguió reunir. El teniente, que fue a recoger el aparato, comprobó atónito que, por más golpes que le daba, el alcoholímetro no funcionaba.

–¡Pedazo de inútil, le había dicho que soplase! Hacia fuera. No que inspirase hacia dentro. ¡Se ha cargado el regalo que me hicieron con el ascenso! –gritó.

–Pues no se quebraron mucho la cabeza sus compañeros para con el regalo de usted –replicó el señor Nicked una vez hubo recuperado el aliento.

El teniente, salvaguardando la compostura, le ordenó:

–Salte a la pata coja en línea recta, mantenga su dedo índice estirado en contacto con la punta de su nariz y, mientras realiza todo esto, cante lo que se le ocurra.

El señor Nicked, lo obedeció, y, en tan singular postura como la dicha, cantó, o medio entonó, que no puede llamarse a aquellas salvajadas guturales canto:

–¡La cabra, la cabra, la... –calló un momento– de la cabra, la madre que la parió!; yo tenía una cabra, que de "guarrilla" se murió. –Y, después de pensar otro momento, todo lo cual acompañado de aquella mímica divertidísima–: Un elefante se balanceaba en la tela de una araña; como veía que no se caía, fue y llamó a otro elefante. Dos elefantes...

No obstante, no debe pensarse que aquella labor la realizaba el muggle correctamente o sin asomo de los patéticos guiños humorísticos a que estamos acostumbrados. No pocas veces perdió el pie el pobre hombre y dejó de caminar a la pata coja para apoyarse sobre sus dos extremidades; si bien, en honor a la verdad, debe felicitársele porque supo en todo momento mantener el dedo índice en contacto con la punta de su nariz. Sin embargo, finalmente, al llegar al cuarto elefante, se tropezó con su propio pie y cayó hacia delante estrepitosamente. El teniente corrió a ayudarlo a ponerlo en pie, durante lo cual el señor Nicked, todo abochornado, le explicó:

–Es que, verá, soy un poco torpe, señor agente. Si de pequeño hasta estuve a punto de suspender la gimnasia –replicó.

–No me extraña –murmuró el hombre tirando de él. Después, mientras el señor Nicked se sacudía el polvo hasta del bigote, le solicitó–: Muéstreme qué lleva en el remolque.

El muggle lo miró unos instantes quieto, con una sonrisa helada, temblando ligeramente.

–No, verá, no... Quiero decir, no hay nada interesante –explicó cómplicemente–. Es una lona vieja y un par de trastos para el picnic, hágase cargo. –El teniente insistió–. Por favor, por favor, no me pida eso –le rogó el señor Nicked casi con lágrimas en los ojos, juntando las dos manos en señal de súplica y casi a punto de ponerse de rodillas–. Yo soy un hombre bueno, pago mis impuestos...; sí, tengo mis defectillos: veo el canal del golf y me tiro pedos en la cocina cuando mi mujer no está; pero soy honrado. No hay droga, no hay material pornográfico...; no soy un traficante, señor agente de policía.

El teniente, atónito, se apartó de su lado encaminándose hacia el remolque. El muggle lo siguió puntualmente recitando los mismos argumentos que acabamos de esbozar, lamentándose de su mala suerte, suplicándole con lágrimas; temía que lo multase por llevar dos niños allí detrás.

El hombre retiró la manta de encaje y el señor Nicked, apartando la vista, contuvo la respiración. Como el teniente no dijera nada, ni exclamase una sarta de improperios soeces como él había previsto, lentamente fue volviendo el cuello y abriendo paulatinamente los ojos, hecho al que se le unía una horrenda mueca de la boca. Contempló el interior del remolque: un par de macutos, un par de tiendas de campaña y varias bolsas; por lo demás, nada más.

El agente iba a colocar de nuevo la manta sobre el vehículo, pero el grito sonorísimo que profirió el señor Nicked se lo impidió. Éste comenzó a emitir voces y gritos, a llorar reales lágrimas, a patalear contra el suelo, todo lo cual observaba el teniente con asombro a la par que incredulidad.

–¡Había dos niños aquí atrás! –gritó el señor Nicked señalando el remolque–. ¿No los habrá visto, verdad, señor agente? Los metimos ahí porque no cabían en el coche. Son dos, pequeños..., de once y siete años cada uno. ¿No los habrá visto, verdad¿Verdad? –le inquirió agarrándolo lastimeramente de las solapas de la camisa–. Mark, mi sobrino, el menor, de esta altura aproximadamente –le hizo una indicación con la mano en torno a la mitad de su tórax–, moreno, ojos negros (¿no lo habrá visto, verdad?), es muy inquieto; de seguro se ha tirado mientras conducía en mitad de la carretera. ¿No los habrá visto parados en el arcén, no? El otro es casi tan alto como yo, pelo castaño y ojos negros. Seguro que lo ha empujado su primo o ha intentado sujetarlo y se ha caído detrás –sollozó. De fondo, y sirva sólo de aclaración, se escuchaban amortiguadas sonrisitas pícaras, poco audibles, por lo que no surtieron ningún efecto en la escena–. Ay, Dios mío¿cómo me lo voy a perdonar¿Y si los han atropellado? –Lloró–. Múlteme si lo desea por llevar personas en un remolque, pero ¡haga algo!; convoque a toda la guardia británica, traiga helicópteros, detenga el tráfico¡lo que sea!

En aquel punto, Remus, que se había apeado del automóvil, había llegado hasta ellos y, meneando la cabeza graciosamente, alcanzó al señor Nicked, al que tomó de un brazo y empujó de él, llevándoselo mientras éste lloriqueaba apoyado sobre su hombro. Entre tanto, el licántropo explicó al teniente:

–No lo tenga en cuenta, señor. Mi suegro está en tratamiento psiquiátrico y esta mañana se nos ha olvidado administrarle sus pastillas.

El señor Nicked, que parecía ajeno a lo que se discutía sobre él, susurraba:

–Mis niños... Mis pobres niños... Desamparados en medio de la carretera...

–¿Es siempre así? –preguntó el teniente en voz alta.

–Peor incluso –respondió a voces la señora Nicked asomando medio cuerpo por la ventanilla.

El agente, que había alcanzado, siguiendo a Remus, el automóvil de nuestros protagonistas, asomándose por la ventanilla del lado de la señora Nicked, explicó:

–Entiendan que, en estas condiciones, este hombre no puede conducir este coche. –La señora Nicked asentía profundamente a todas sus palabras. El licántropo, en cambio, al escuchar esto, detuvo el paso y, retrocediendo, acomodó al señor Nicked en su asiento, atrás, hasta que se tranquilizara–. ¿Alguno de ustedes puede llevarlo?

Sin un motivo claro, los ojos de los acomodados dentro se desplazaron al unísono hacia Remus, el cual, absorto, contestó:

–Ni loco.

–Vamos, Remus, no seas tímido –le imprecó su cuñada Ángela dándole ánimos desde la ventanilla–. Es que, verá, señor agente, a mi cuñado le falta un solo día para cumplir un año con el permiso de conducir; pero, como se nos ha olvidado el indicador trasero, no se atreve. Y ninguno de nosotros tiene el carné. ¿Verdad que no pasa nada?

–No –respondió de manera poco convincente después de un instante de vacilación.

–Vamos¡que hace la vista gorda! –sintetizó Ángela con una exclamación dirigiéndose a su cuñado–. Vamos, Remus, al volante.

–De ésta os enteráis –masculló el licántropo cerrando con un portazo la puerta del conductor.

–Mis niños... –seguía repitiendo el señor Nicked–. Vayamos a buscarlos...

–Por esta vez no los multaré –añadió el teniente–, pero aminoren la velocidad y... Y controlen a ese hombre. Buenos días.

El hombre se alejó en dirección a su coche, en el cual se introdujo. Remus lo contempló a través del espejo lateral y, acongojado, al percatarse, gritó:

–¡No arranca! Nos está dando preferencia.

–No piensa irse antes que nosotros –agregó Sorensen con un triste meneo de cabeza.

–Ups –saltó en su asiento Ángela–. Nos ha salido la maldición por la culata.

–¿Qué hago? –gritó Remus asustado.

–¿Dónde estarán? –repitió el señor Nicked sorbiendo las lágrimas–. Mis queridos niños...

–¡Oh, cállate ya, Matt! –le espetó enojada su mujer volviéndose en su asiento para recriminarle con mayor dureza–. Matt y Mark están en el remolque, so pedazo de muggle. Tu yerno, antes de salir, les aplicó un encantamiento desilusionador para que no pudiesen ser vistos.

–¿Que están en el remolque? –repitió esperanzado el hombre–. Pero ¡si yo no los he visto! –replicó.

La bruja bufó.

–Déjalo ya, Matthew –refutó rotundamente–. Los niños están bien, deja de lloriquear, que bastante numerito ya has montado ahí fuera. Ahora haz el favor de ser de alguna utilidad y, si quieres que salgamos de ésta sin un problema con la policía muggle, indícale a Remus cómo ha de poner en funcionamiento este cacharro.

El licántropo resopló resignado. Como lo viera tan crispado, la adivina trató de calmarlo infundiéndole ánimo y valor con suaves palabras y tranquilizadores gestos.

–Mira, Remus –dijo el señor Nicked echándose un poco hacia delante para ver mejor–, tienes que pisar el embrague y...

–¿El embrague? –le espetó Remus en seguida–. ¿Qué diablos es el embrague?

–Pues el primer pedal por la izquierda –respondió como si le pareciera obvio–. Hazlo con suavidad. Así está bien. Ahora, lo pondré en punto muerto. –Adelantó el brazo entre las piernas de Sorensen y, tomando la palanca del cambio de marchas, realizó esta operación–. Estupendo. Ya puedes soltar el embrague. –El licántropo lo hizo de inmediato–. Ahora arranca el coche; gira la llave y escucharás gruñir al motor. –Así lo hizo Remus y, al tercer intento, el coche se encendió–. Bien, tranquilo. Ahora vuelve a pisar el embrague, lentamente. Así está bien. Tú preocúpate nada más que de los pedales y del manejo del volante, que de las marchas ya me ocupo yo –aclaró, a lo que el licántropo, hastiado, ironizó diciendo que le hacía un gran favor–. Bien. Ahora suelta lentamente el embrague mientras pisas con tu pie derecho el acelerador –y antes de que Remus le respondiera, a lo que parecía presto–, es decir, el primer pedal por la derecha.

Sin embargo, la maniobra no fue tan suave como se requiere y el auto se caló; dio un pequeño saltito y se apagó por completo.

–¿Qué ha pasado? –inquirió el licántropo obnubilado–. ¿Qué no ha salido bien?

–Para mí que se está impacientando –apuntó Ángela, que, vuelta en su asiento, observaba el coche de detrás.

–¿Qué ha pasado? –volvió a repetir Remus entre colérico y acongojado.

–¡Matthew Nicked! –chilló iracunda la señora Nicked–. O le explicas convenientemente a tu yerno cómo poner en funcionamiento este fastidioso chisme muggle, o yo te juro, te juro y te perjuro, que amueblo nuestro dormitorio con dos camas individuales.

–Pero, palomita...

–¡Matthew! –rechistó ésta.

–Ya basta –dijo el licántropo de súbito, en tono medio.

Sacó rápidamente su varita y dio un brusco golpe con ésta sobre el volante del automóvil, de manera que éste se puso de nuevo en funcionamiento. Sin embargo, el arrancar y ponerse a andar fue todo uno; y el coche salió disparado a una velocidad de vértigo, tanta, que la señora Nicked hubo de clavar las uñas sobre el salpicadero; el airbag del asiento del conductor le golpeó a Remus en la cara; Nathalie se puso a llorar porque rebotó sobre Ángela e, inmediatamente, sobre Sorensen, y, finalmente, el señor Nicked aplastó su espeso bigote sobre la cabecera del asiento de delante.

Durante unos minutos les persiguió el coche del agente, que iluminaba su mágica huida con su escandalosa sirena; pero al poco, tal era su velocidad, lo perdieron de vista.

Se detuvieron en una estación de servicio; aunque mejor sería decir que, afortunadamente, una máquina expendedora de gominolas los detuvo, puesto que se introdujeron de lleno en la acera y, de no ser por este objeto, que encontraron a su paso, hubieran retornado a la autopista sin haber conseguido frenar.

El señor Nicked fue el primero en bajar. Contempló horrorizado el tremendo estropicio que la colisión había ocasionado en el capó. A punto estaban otra vez las lágrimas de brotarle. Cuando llegó su esposa, el muggle le dijo a ésta en tono confesional:

–¿Qué le vamos a hacer? Tendré que comprarme un coche nuevo. –Sus ojillos desconsolados la miraron suplicantes–. A no ser que la magia pueda solucionarlo.

La mujer lo miró tirante.

–Ya se verá lo que se puede hacer –respondió, tras lo cual, como hubiese estado demasiado tensa al contestarle, fuera absolutamente de su deseo o condición, animada de la mirada ridícula de su marido, profirió una carcajada que en seguida contagió a éste.

Helen se acercó hasta el remolque y descubrió la manta. Preguntó:

–¿Queréis que os compremos algo para el camino o necesitáis ir al cuarto de baño, chicos?

La voz de Mark le contestó:

–¡Esta última parte ha estado genial¿Podemos repetir?

–Cállate, tonto –replicó Matt con tono de enfado–, si casi te ensucias encima del miedo que te ha dado.

–Serás embustero, mariquita –respondió–. ¡Tú sí que te has puesto a gritar como una nenaza! Hasta he perdido la cuenta de las veces que has llamado a tu mamaíta. ¡Ah! –gritó–. Tita Helen –habló con tono inocente–, Matt me ha dado una patada.

–¡Eso no es cierto! –rebatió el otro–. Se lo está inventando, mamá.

–Portaos bien –dijo sin más la adivina–. No quiero que os peléis. Si no, se lo diré a vuestros padres. –Los chicos callaron puntualmente–. Vuestro abuelo dice que ya queda poco, pero no sé yo... Acaba de pedirle referencias al expendedor. –Echó la manta por encima de ellos–. Hasta pronto.

Cuando el gasolinero extrajo la manguera de la entrada del depósito del coche del señor Nicked, tras que éste le pagara, continuó el viaje. El muggle había estado en lo cierto: les quedaba poco; en poco menos de media hora abandonaron la autopista para internarse por una sinuosa carretera comarcal sumergida en una boscosa bóveda.

Se detuvieron en un páramo verde, al que se accedía por una ruta sin asfaltar y que distaba unos cien metros de la carretera. Apenas había desnivel alguno en aquella altiplanicie campestre, a pesar de que, en un suave requiebro, se extendía en adelante hacia arriba un empinado monte cubierto de múltiple follaje. Desde aquel mismo plano, descendiendo un mínimo terraplén de tierra, se accedía al curso de un arroyo de aguas cristalinas que pasaba por allí; el cual, poco más adelante, tan poco que quedaba aun a la vista, se estancaba formando un remanso de clara agua.

El licántropo no hizo más que bajarse, cuando, habiéndose dirigido previamente hacia el remolque, descubrió la manta y retiró el hechizo desilusionador que pesaba sobre su hijo y su sobrino. Les preguntó si habían pasado bien el viaje, a lo que éstos respondieron dando un salto desde el habitáculo en que lo habían transcurrido y echando a correr hacia el bosquecillo en pendiente, perdiéndose entre los árboles en medio de carreras.

Ángela, al bajar, pensó en voz alta:

–Huy, pues voy a mirar a ver si encuentro moras silvestres.

–Te acompaño, mira tú, Ángela –le satisfizo enormemente la idea a la señora Nicked.

Y juntas se distanciaron también.

El licántropo pretendió ayudar a su suegro a montar las tiendas de campaña, a lo que éste se mostró, obstinado, completamente en desacuerdo. Así, Sorensen y su hermano se vieron obligados a observarle proceder a una distancia preventiva. Mas, como vieran que aquello les iba para largo, pues el proceder del señor Nicked era torpe y poco meticuloso, sin decirle nada, se aproximaron y colaboraron.

–¿No te apetecería que adelantáramos un poco las cosas, eh, Matthew? –inquirió al poco Remus despreocupadamente, a lo que Sorensen alzó la vista rápidamente, esperanzado–. Un poco de magia no nos haría mal.

–¡No, nada de magia! –contestó inflexible., sin alzar el rostro del laborioso cometido que tenía entre manos. La frente le sudaba copiosamente y el rostro lo tenía todo encendido, por lo que, tomándose un descanso cada poco, se pasaba un pañuelo por la frente y se refrescaba con un sorbo de una botella–. Parezca mentira que no sepáis montar ni una tienda de campaña, leche.

–Ya, pero es que los magos somos así –intervino el bibliotecario con tono agridulce y sarcástico–: lo que podemos nos lo ahorramos.

Helen llegó en aquel momento con una cantimplora en la mano, sonriente. Remus alzó la mirada hacia ella y le correspondió el gesto.

–Parece que el arroyuelo es potable –explicó la adivina. Después se quedó observándolos; por lo que, transcurrido un largo rato, estuvo en pleno derecho de intervenir diciendo–: Papá¿quieres que te ayude? Para mí que no lo estás haciendo bien.

–¿Que sabrás tú? –le inquirió mientras el puente de sus lentes le resbalaba por su nariz empapada de sudor–. ¿Qué de complicado hay en clavar una maldita estaca en la tierra, eh? –Helen se encogió tranquila de hombros–. Habrase visto... –exclamó en tanto golpeaba contundentemente su rudo mazo contra la estaca. En ese preciso instante, la estaca se quebró en dos, por lo cual el muggle profirió un infinito conjunto de maldiciones; Helen y los otros, por su parte, se rieron de buena gana–. ¿Qué encontráis gracioso, eh? –inquirió de mal humor amenazándolos con la maza–. ¡Yo no le veo nada de divertido! Que vosotros estaréis acostumbrados a clavarles estacas a los vampiros y eso, pero uno no. –Se puso en pie costosamente, porque el largo rato en tan incómoda postura le había provocado un intenso dolor en los riñones–. Anda, hija, revélame y clava tú las estacas que faltan, que yo voy a buscar a los niños.

Cuando lo vieron desaparecer tras los primeros árboles, tras estallar en una nueva carcajada, Sorensen dijo:

–Helen, no me imagino cómo tu padre es médico e interviene en el quirófano con lo poco cuidadoso que es para los demás asuntos.

La adivina se encogió de hombros, entre risas, mientras se remangaba. En seguida añadió:

–No obstante, esto no está tan mal. Al pobre le ha costado lo suyo, hay que reconocerlo. –Sacó su varita–. Pero, por otra parte, yo no tengo su paciencia.

–Y, Helen –la interpeló Remus–¿crees que se dará cuenta si encantamos el interior de las tiendas de campaña para que sean un poco más espaciosas?

–Imagino que sí, Remus. Mi padre no es tonto –objetó.

–Pues no sé cómo piensa que cojamos todos aquí dentro –repuso el bibliotecario pensativo.

El muggle había dispuesto sólo dos tiendas de campañas, las cuales, a simple vista, no darían cabida más que a cuatro personas, tendidas en toda su longitud y oprimidas como caballa enlatada. Helen, reparando un momento en ello, se encogió de hombros, tras lo cual lanzó un par de encantamientos.

Entre tanto, los dos chicos habían subido entre carreras y no pocas escaramuzas de tronco arriba hasta bien cerca de la cumbre del cerro aquel. Mark le sacaba unos metros de ventaja a su primo, el cual le seguía con mayor pausa; iba el más pequeño blandiendo una ligera rama seca que había encontrado quebrada en el suelo, con la cual se ayudaba para apartar zarzas y para golpear despiadadamente cuanto matorral se le cruzase a su paso. Caminaban silenciosos, tranquilidad sólo rota cuando Mark preguntó:

–No me has contado lo que le hizo McGonagall después a tu amigo cuando le pilló la notita.

–Te lo estaba contando –le reprochó Matt con acritud–, pero en seguida te pusiste pesado y se me acabaron las ganas de hacerlo.

Mark no pareció escucharlo, porque de inmediato, extasiado, comentó:

–Estoy deseando ir a Hogwarts. Tengo ganas de aprender los maleficios y de poder conjurar a la gente. –Apuntó a Matt con el largo palo en que se apoyaba e imitó con la voz el restallido de un encantamiento–. ¡Pam! –concluyó haciendo con mucho aspaviento–. Debe de ser genial. ¡Pam, pam, pam¡Pum!

–Baja esa rama, renacuajo; que ya te gustaría a ti que fuese una varita –le reprochó Matt llegando hasta él. Como el otro no lo hiciera, le golpeó él el extremo de ésta y la apartó de delante de sí.

A Mark no le molestó, tan absorto se hallaba en otras cavilaciones.

–¿Y tienes aquí tu varita, primo? –le inquirió al cabo.

–No –respondió entristecido, dejándose caer sobre una gruesa roca grisácea–. Mi padre la guardó en cuanto volví de la escuela. No quiere que juegue con ella, no vaya a ser que provoque magia sin querer.

Mark se sentó a su lado con expresión contrariada. Dijo al fin:

–Tu padre es un aguafiestas. Desde que es ministro se ha vuelto muy aburrido. –Matt se lo quedó observando con reproche, pero no le rebatió nada–. Y dime, Matt¿se siente algo al practicar los maleficios?

–En realidad nada –contestó desconcertado por la cuestión–. Si acaso un poco de calor en la yema de los dedos, pero nada más.

–¡Qué guay! –exclamó poniéndose en pie de un salto–. La varita de mi madre tiene un nervio de corazón de dragón, y, cuando la cojo sin que ella se dé cuenta, produzco chispas rojas. Sólo. De la de mi padre, que tiene un pelo de unicornio, no saco más que disgustos, ya que siempre que la agito, además de que no consigo nada, siempre me pilla. Por eso creo que mi varita contendrá un nervio de dragón. ¿Qué tiene la tuya?

–Un pelo de licántropo de mi padre.

–¿En serio? Qué pena que no la tengas aquí. Estoy deseando comprarme la mía –explicó en tanto golpeaba con la rama un nido vacío que halló a su alcance. No se detuvo hasta que lo hubo aplastado contra el suelo. Pareció disgustarle que no contuviera ningún huevo–. ¿Y te has traído la escoba?

–No –respondió Matt mirando entristecido a otra parte–, mi padre tampoco me ha dejado.

–Jo con tu padre –se lamentó Mark, tras lo cual, irritado, dio un puntapié contra el deshecho nido. Pero, después, recuperando el buen ánimo, lanzando contra su primo el palo, el cual le golpeó en la cara, le propuso a voces–: Echemos una carrera hasta abajo. El último en llegar es una nenaza como tú.

Y echó a correr cuesta abajo. Matt le siguió también, deseoso por una parte de adelantarlo y, por otra, de devolverle el golpe que acababa de recibir de él. Cuando llegó a su altura, le propinó un suave coscorrón en la nuca; el cual Mark, por ser mal perdedor, maldijo, sintiéndose herido en su orgullo y henchido de rabia. Al ver que lo adelantaba, lo agarró de detrás y tiró de él, haciendo restallar incluso las costuras de la camiseta del chico. Pero, como esto fuera insuficiente también para ganarle ventaja, acabó poniéndole la zancadilla.

Matt cayó estrepitosamente y rodó unos metros hasta golpear contra el tronco de un grueso roble. Mark soltó una risotada, que calló de inmediato al creer que su primo quedaba desmayado, tan quieto lo encontró. Pero Matt se revolvió quejoso al momento y su primo, en consecuencia, prefirió no aproximarse. Se llevó el herido la mano al rostro y la descubrió, al retirarla, toda cubierta de sangre, conque se volvió más enojado todavía:

–¡Estúpido! He estado a punto de matarme por tu culpa. –Se levantó aprisa, formando una nube de polvo y hojarasca tierna, y corrió ahora montaña arriba en su persecución–. Mark, eres un crío, un criajo idiota y repelente. –El otro se mofaba de él–. Espera a que te ponga las manos encima.

De pronto Matt se paró en seco, pues creía haber visto algo moverse entre la espesura. De improviso un escalofrío lo recorrió de hito a hito, no supo si provocado por la visión o por una leve brisa que acababa de levantarse. Mark, al verlo detenido, se giró y le preguntó:

–¿Qué, ya te has cansado? –Rio–. ¿Te ha entrado flato, como a las niñitas?

Matt negó con la cabeza distraído. Cuando entró en cabales, inquirió:

–¿No has visto eso?

–¿El qué? –preguntó a su vez el otro con tono hiriente.

–¡Eso! –exclamó señalando vagamente–. Era... como una sombra. Parecía un fantasma –concluyó entre resignado y asustadizo–. ¿No lo has visto?

–¡Ah, era eso! –exclamó Mark acercándose paulatinamente, confiado–. Mi padre me ha hablado sobre eso –fantaseó con tono ladino–. Me ha contado que, hace muchos siglos, una bruja niña fue despedazada en este mismo bosque por un hechicero ávido de sangre, ya que sólo la sangre de esta chica podría salvarlo de la enfermedad incurable que padecía. Desde entonces, ha hecho del bosque sus dominios, y persigue a todos los muggles que se adentran en él para robarles su aliento de vitalidad, ya que eso es lo único que puede devolverla a la vida y, así, vengarse de la afrenta recibida. –Lentamente, sin que apenas Matt se percatase, Mark se había situado a su lado–. Pero no debes preocuparte, primo: no creo que a ti te haga nada; tu aliento no debe de ser de mucha ayuda.

Matt, que, al escuchar esto, salió de sus meditaciones, como lo viera tan próximo a él, estiró el brazo agarrándolo del pescuezo. Con ira infinita, tiró de él hasta hacerle perder pie y lo dejó en el suelo. Después, apretando la quijada, exclamó:

–¡Idiota, casi me partes la crisma!

–Hablas de ella como si fuese algo interesante, cerebro de serrín –respondió el otro.

Matt, rechinando los dientes, se lanzó sobre él y ambos, entrelazados en golpes, puños, patadas y bocados, forcejearon sobre la tierna hojarasca, hasta que una mano tiró de Mark con fuerza hasta ponerlo en pie. Era el señor Nicked. No sonreía. Los miraba con severidad, agitándose continuamente su espeso bigote por los incontrolados movimientos que realizaba su labio superior. Tras resoplar enojado, le tendió a su nieto una mano para ayudarlo a ponerse en pie también.

–No sois dos críos –les regañó dándose la vuelta. Se giró rápidamente y, al verlos detenidos, les increpó–¡Seguidme¿Qué ocurriría si vuestros padres supieran que, en lugar de estar dando un sano paseo, os estáis dando de golpes el uno al otro como dos bestias salvajes? A ti, Matt, debería darte vergüenza...

–Pero... –empezó el otro.

–¡No hay peros que valgan! –lo interrumpió su abuelo–. Eres el mayor y debes dar ejemplo. Y tú, Mark... Tú, Mark, seguro que tienes la mayor parte de culpa, conque ni me dirijas la palabra siquiera. –Caminaba erguido, por delante de ellos, sin dirigirles la mirada–. Estoy muy decepcionado. Debéis empezar a madurar¿no os parece? –Se volvió para clavarles su aguijonada mirada. Al ver que la nariz de Matt le sangraba incontroladamente y que presentaba el labio superior hinchado, se acercó con un pañuelo y le indicó que no volviera la cabeza hacia atrás, sino hacia delante–. Mejor fuera que dentro. –Continuó caminando–. Esto es lo único que podéis conseguir con esas tonterías: haceros la puñeta. Dad gracias al cielo por que no les diga nada a vuestros padres; pero, a cambio, tenéis que prometerme que os comportaréis como dos adultos, al menos mientras nos encontremos aquí.

Se detuvo, vuelto hacia ellos, esperando una respuesta. Lo hacía ligeramente inclinado, con las manos sobre las rodillas y observando a uno y otro distintamente.

–Lo prometo –dijo resignado, cabizbajo, el mayor.

La atención del muggle se centró sobre Mark, el cual, tras largo esfuerzo, acabó diciendo lo mismo con tono cansado.

–Estupendo –exclamó el señor Nicked retomando la marcha–. La hemorragia, Matt, se interrumpirá dentro de breve. Cuando lleguemos abajo te daré hielo para que se te baje la hinchazón del labio. ¡Ay, Dios!... –suspiró, y al poco–: Y, si os preguntan vuestros padres cómo te has hecho eso..., decidles, qué sé yo..., que te he empujado yo. Ya está.

No abrió más la boca hasta que llegaron abajo.

Matt, sumiso, elevó sólo la vista un momento hacia el frente y entonces le pareció atisbar de nuevo algo a lo lejos que se escondía. Le pareció ver una figura blanca que se escabullía detrás de un árbol. Pero no dijo absolutamente nada. Sólo habló cuando llegó al campamento, a su abuela, que fue la primera en verlo, y le respondió en los términos que el señor Nicked había expuesto. La larga reprimenda de que fue objeto éste se extendió durante unos minutos, pero no la reproduzco por no parecerme que tenga el más mínimo punto de comicidad.

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A la tarde ya se habían tranquilizado un poco las cosas por el campamento. La señora Nicked seguía bastante resentida con su marido, sentimiento que no cesaba de pregonar aunque la ignoraran ya de puro aburrimiento, y el muggle, por no discutir más con ella, llevaba varias horas perdido, dando un paseo, hecho que tenía a Matt muy preocupado; recordaba lo que le había revelado su primo y sentía una fuerte opresión en el pecho. Miraba una y otra vez hacia atrás y oteaba con la vista en busca de algo. En más de una ocasión había determinado salir a buscar a su abuelo, pero el miedo lo paralizaba.

El licántropo se dio cuenta de la intranquilidad de su hijo y, rebuscando en los equipajes, les dio a éste y a su sobrino los bañadores y les pidió que se dieran un baño en el lago. Ángela y Helen, entonces, ya aprovechaban el agua estancada para zambullirse, y sus dos maridos, en tierra sólida, charlaban distraídamente mientras las contemplaban. Sólo de vez en cuando, como se ha dicho, incordiaba esta pacífica escena la señora Nicked, bufando y caminando como una leona enjaulada, profiriendo a voces:

–¡Demonio de muggle! Peor que un niño chico¡peor¿Dónde estás, tremendísimo muggle¿Vosotros dos lo habéis visto? –les inquiría siempre. Y, cuando éstos le respondían siempre lo mismo, la mujer se marchaba con la cabeza alta y escupiendo gritos similares–: Empujando a los niños... ¿Cuándo te vas a enterar que tú ya no tienes la fuerza de un niño de seis años? La mentalidad sí... ¡Ay, Rowling!... ¿Qué he hecho yo para merecer esto¿¿¿Qué?

Ángela tenía en los brazos a Nathalie, que pataleaba entusiasmada cuando su tía la levantaba del agua y la volvía a sumergir, pidiéndole una y otra vez que lo repitiera. Sobre los brazos de su madre sonreía el excitado Alby, que agitaba las manillas y profería gorgoritos cuando ésta lo introducía lentamente en el elemento.

Mark salió corriendo de una de las tiendas de campaña, e igualmente vestido, y aun de la misma tienda, sólo que sin el mismo ánimo para corretear, Matt. Su primo bajó corriendo el terraplén que conducía al arroyuelo estancado y, en dos zancadas en la orilla, se sumergió en el agua por completo. En unos segundos asomó la cabeza y exclamó a voces:

–¡Qué fría, qué fría, qué fría! –Y, después, dirigiéndose a su primo–: Vamos, Matt, vente.

El ánimo del mayor no se alteró un ápice a pesar de los desaforados gritos del travieso Mark, que chapoteaba enloquecidamente y nadaba de un extremo a otro con gestos apresurados pero poco expertos. Matt, precavido, al alcanzar la orilla, fue introduciendo sólo los pies y, dejándolos remojar, se introdujo lentamente. Su primo se acercó y, malignamente, le comenzó a echar agua para que se diera prisa.

–¡Déjalo ya! –le ordenaba Matt.

Pero Mark, ni por esas, cesaba su bombardeo de agua; si acaso, lo aumentó. En viendo el mayor que estaba completamente empapado, dándole igual, se lanzó de cabeza al agua y, en un ágil buceo, alcanzó a su primo, del cual cogió un pie y tiró de él hasta zambullirlo por completo. Al poco salieron los dos.

–No juguéis a eso –les recriminó Sorensen.

–Tomad –les lanzó Remus una pelota de plástico–. Entreteneos un rato con esto.

Matt la cogió, pues era más alto, antes que su primo y antes incluso que tocara la superficie del agua. Pero, Mark, ansioso de agarrarla, se echó encima de él y se la arrebató tras un momento de forcejeo. Matt la soltó al fin y dejó que su primo se marchase exultante con su botín.

–¡Deja de restregarte! –había bufado Matt–. Pareces tonto.

–¿Ah, sí? Pues cógela –le gritó.

Y se la lanzó. Sólo que el lanzamiento precedió al aviso y, como Matt se había dado ligeramente la vuelta, le golpeó en toda la cara. El golpe no le provocó apenas dolor, pero la humillación vino de la estridente carcajada que profirió su pérfido primo.

–Si tuviera aquí mi varita –le amenazó Matt encendido de furia–, te convertiría en una rana y después te atravesaría con un palo.

–¡Oh¿tú también te acuerdas? –le inquirió el otro poniendo cara de soñador, que al momento varió–. No conocía yo esta faceta tuya, primo; va a resultar que, después de todo, no eres tan nenaza como creía. Pero del dicho al hecho, como dice mi madre, hay un trecho, y tú no serías capaz ni de aplastar una mosca.

–Una mosca no, pero un moscardón como tú tal vez –le escupió.

–Anda, pásame el balón y cállate, que ya estoy aburrido de escuchar pamplinas.

Matt recogió el balón, que flotaba a su lado, y se lo lanzó con ira. Sin embargo, el otro pudo atraparlo antes de que le golpeara. Se lo tiró igualmente. Y viceversa. Y así un buen rato, durante el cual los demás creían que jugaban a pasarse la pelota pero, en realidad, probaban descarnadamente a golpearse; y más de una vez, tanto uno como otro, lo consiguieron. Pero ya habían recuperado un mejor humor y, al conseguirlo, ambos se reían.

No obstante, la atención de Matt sobre el juego no era absoluta. De tanto en tanto se volvía y contemplaba, mientras su primo recogía el balón, el campamento, el leve monte que quedaba a sus espaldas. Mark pareció leerle el pensamiento y le dijo:

–Sí, yo también me preocuparía. Tío Matthew lleva tanto tiempo desaparecido que no me extrañaría que la aparición de la niña lo hubiese encontrado ya.

–¡No digas tonterías! –exclamó Matt.

Pero, dentro de él, aquellas palabras le dolieron. Siguió lanzándole el balón, cierto que sin tanto ahínco, y cierto también que sin darse cuenta de la pícara sonrisa que esbozaba su primo al contemplar la expresión de disgusto de él.

Transcurridos cinco minutos, Matt salió del agua pretextando que tenía que miccionar. Su primo lo creyó, y, mientras lo veía internarse entre los árboles, pensaba que se debía a aquella intensa urgencia de su vejiga. Pero Matt no se detuvo a desahogar la presión de su bajo vientre, pues, en lugar de ello, ascendió ladera arriba mientras, agudizando la vista, buscaba desquiciadamente a su abuelo. Determinó para sus adentros que, cuando se hubiera alejado lo suficiente, lo comenzaría a llamar a voces. Cuando ya le pareció bastante distancia, gritó:

–¡Abuelo¡Abuelo! –abocinando la voz con las manos al lado de la boca–. ¿Dónde estás?

De pronto una figura surgió de detrás de unos árboles y Matt, asustado, profirió un grito.

–No quería asustarte, Matt –le aseguró su abuela aproximándose y estrechándolo en sus brazos–. ¿Estás buscando al abuelo, verdad? –El chico asintió–. Vamos, te ayudaré. –Lo cogió de la mano y anduvieron juntos.

–¿Tú qué hacías? –le preguntó él.

–¿Yo? –repitió distraídamente–. Yo... Yo también estaba buscándolo. Estoy preocupada; ¡a pesar de que es un grandísimo muggle, un hombre insoportable y un destroza-niños, estoy preocupada. No sé dónde se ha metido.

Matt no añadió nada hasta que pasaron unos minutos. Entonces le explicó sucintamente a la señora Nicked:

–El abuelo no me empujó.

–¿Qué? –le espetó la mujer volviéndose azoradamente hacia él.

–Fue Mark –siguió relatando, cabizbajo–. Me puso la zancadilla y me caí. El abuelo nos encontró en seguida y nos trajo abajo. Pero no quería que nos riñerais; por eso se inventó lo de que él me había empujado. Pero él no fue –aseguró asintiendo numerosas veces.

La señora Nicked volvió la vista al frente y se mantuvo callada unos instantes, caminando muy firme. Al poco agregó:

–No debería incitaros a mentir –pero su voz era ahora diferente: más suave y tranquila–. Anda, aligera el paso, a ver si podemos encontrarlo antes de que caiga la noche y no veamos nada. No sé si le haría gracia verme llegar con la varita iluminada. Recuerda –le dijo echándole el brazo por lo alto del hombro y dándole a su voz una tonalidad grave para remedar a su marido–: éstas quiero que sean unas vacaciones sin magia.

El muchacho se estuvo riendo un buen rato, risa tan clara y natural que invitó a similar actitud por parte de su abuela.

Finalmente lo encontraron, escondido ya por completo el astro del día y cubierto el horizonte de un rubor escarlata, en lo más recóndito del bosque. Tenía la camiseta vuelta, conque mostraba gran parte de su abultado vientre, para poder así almacenar en el cuenco que con ella formaba setas que andaba recogiendo. Al verlos, tras proferir una exclamación de júbilo, les indicó el gran número que llevaba y el aún mayor que todavía le quedaba por coger; después, los invitó a ayudarlo.

Accedieron de buena gana, y Matt, impulsado por sus abuelos, iba siempre a recoger las más distantes. Entre tanto, se figuraba éste, aquéllos habían de estar haciendo las paces. Y no se equivocaba: las setas que él recogió, a pesar de ser sólo uno, doblaban en cantidad a las recogidas por sus abuelos tras su encuentro, y, además, cuando llegaba con una nueva carga, los hallaba haciendo manitas o riéndose como tontos. Pero él hacía como que no se daba cuenta, tal era la satisfacción que le producía verlos en actitud semejante.

La noche sobrevino sobre ellos en tal manera, sin que se percatasen de su lenta pero constante venida. Acordaron marcharse, a lo que Matt se mostró muy a favor, pues, desde hacía un rato extenso, llevaba escuchando unos susurros y unos crujidos de ramas a su alrededor que no le agradaban en absoluto.

Se dieron prisa. La señora Nicked farfullaba incómoda porque su marido se negaba a dejarla a usar un hechizo iluminador para abrirse paso, conque debieron usarse de los últimos tonos del crepúsculo para descender, a lo que Matt, que había heredado numerosas y ventajosas facultades del licántropo de su padre, los ayudaba en tal tarea. Éste sólo pudo respirar tranquilo cuando alcanzaron el postrer tramo de la ladera y a la vista ya se asomaba el campamento medio inserto en sombras. La excitación del muchacho era múltiple, pues no sólo se debía a haber encontrado a su abuelo, a haberlo congraciado de nuevo con su abuela, a haber salido del bosque en momento tan horripilante para él, sino que, además, como había salido del agua corriendo y no se había puesto nada encima, seguía en bañador y el relente que comenzaba a soplar le provocaba frío y una tiritera que su madre remedió en seguida con un par de prendas que le trajo corriendo y un par de mantas que le echó sobre ellas.

Lo hicieron sentarse sobre unos troncos que habían dispuesto alrededor de un agradable fuego que habían encendido antes de su llegada, no sabía cómo, pero, aunque no preguntó a nadie respecto a él, intuía que estaba relacionado con un encantamiento, ya que, de tanto en tanto, provocaba un pequeño estallido en su núcleo, como si contuviera bellotas, y emitía una vaharada de humo verde que el señor Nicked se quedaba observando con el ceño fruncido; a pesar de esto, el muggle tampoco preguntó nada a nadie; yo diría, y es sólo un pensamiento infundado, subjetivo, que al hombre le fastidiaba reconocer en aquel preciso momento lo intrigado y sorprendido que estaba de tal acontecimiento.

El licántropo le tendió a su hijo unos pinchos de carne que se asaban a la brasa y que el muchacho mordió con fuerza, tal era el hambre que, de pronto, al verlos, descubrió que tenía. Les ofreció otros tantos a sus suegros y todos comieron en algazara. Ángela hizo aparecer, nadie supo cómo, una bota de vino que compartió con todos; la señora Nicked, aunque adujo varias veces que no la probaría, acabó dándole un abundante y largo trinque; su marido, que disfrutó de la bebida desde el principio, no pudo evitar le saliesen unas gruesas chapetas; Remus, a pesar de que había dicho que a los licántropos no les afectaba el alcohol, le pidió a su mujer que lo acompañase un momento a la tienda de campaña, tras lo cual, Nathalie, saliendo de ésta, pues los había seguido, gritó repetidas veces: "Papá le ha dado un beso a mamá", a lo que el señor Nicked, espantado, levantándose de su tronco estrepitosamente, le inquirió: "¿Dónde, dónde¿En la mejilla?", a lo que la niña, negando pícaramente con la cara, les señaló la boca, se rio y dijo: "Aquí"; incluso dieron a probar la bota a Mark aduciendo que era un día especial, ya que éste se lo había pedido. Su primo, mientras veía al otro aproximarse la bota, tanteando, y llevarse un trago a la boca que se le derramó la mitad en el pecho, lo que provocó numerosas carcajadas en el campamento, cabeceaba; su tío Sorensen, por no aislarlo, le ofreció a él también, pero él denegó el ofrecimiento.

Cuando el ánimo se enfrió decidieron irse a dormir. Para entonces el fuego aún chisporroteaba agradablemente, pero un intenso frío los había movido a cubrirse todos con sendas mantas; Nathalie dormía en brazos de su padre, mientras que, a su vez, Alby llevaba ya largo rato acostado en una de las tiendas de campaña. El señor Nicked había sido quien había determinado cómo dormirían, decisión que no fue de agrado para casi nadie a excepción de él mismo: Sorensen y Ángela compartirían una tienda con los dos muchachos mayores; la otra la ocuparían los dos matrimonios restantes y los dos niños pequeños. A Helen le preocupaba que en una tienda para cuatro pudieran caber seis, aunque dos fuesen muy pequeños; pero su padre, a pesar de que ella se lo rogó encarecidamente, no la dejó agrandar mágicamente la tienda. A Remus le incomodaba compartir habitación con sus suegros, especialmente con el señor Nicked, aunque no se lo dijo a nadie, pero juraría que la adivina lo intuía. Tanto Ángela como Sorensen maldecían para sus adentros no poderse librar de su inquieto hijo ni aquellos días, el cual, se convencían ya, les daría más de una noche. A Matt le pasaba más de los mismo: el sólo hecho de imaginarse acostado espalda contra espalda con Mark lo desvelaba. Sólo al señor Nicked favorecía aquella disposición: tendría a su hija y a su yerno controlados, sola idea la cual le provocaba una malévola risa que acababa siempre en una fuerte tos, tal era el énfasis de la primera.

Mark le preguntó a su madre cuando ésta se iba a acostar si Matt y él se podían quedar un rato levantados. Ángela respondió reposadamente que un día era un día, tras lo cual salió corriendo hacia su tienda con ánimo febril para aprovechar aquel tímido rato de libertad que, de casualidad, habían logrado su marido y ella. Al mayor de los hijos del clan Lupin, en cambio, la idea no le hacía mucha gracia; intentó irse a dormir, pero su madre le pidió que no dejase solo a su primo y que cuidase de que no hacía ninguna trastada. Aquello siempre lo ponía de muy mal humor.

Mark se inclinó sobre las consumidas ascuas y paseó el dedo por encima de ellas. Finalmente se atrevió a tocar una y, tras una ahogada exclamación, más de miedo que de dolor, le indicó a su primo:

–No queman. –Y cogiendo una se la tiró. Matt la evitó golpeándola con el antebrazo, lo que la hizo caer en un claro algo apartado que el señor Nicked, había comunicado éste por conferirle privacidad, empleaba como excusado. El profundo alarido que escucharon a continuación, infirieron ambos, debía de ser de aquél–. ¿Por qué la tiras? –inquirió de mal grado–. Te la he pasado bien...

Matt se acercó hasta él con expresión que parecía indicar lo contrario.

–Es fascinante –exclamó Mark devolviendo la vista a las ascuas, de las que, a intervalos, surgía un humillo entre gris y plateado que lo tenía embebecido–. Tu padre lo ha conjurado.

–Pero el abuelo dijo... –empezó Matt.

–Sí, tío Matthew dijo que no hiciéramos magia –acabó el otro por él–. ¿Y qué? –volviéndose hacia él–. Mi madre llevaba un rato tratando de hacer surgir una llama con un palo y un tronco seco. Y tu padre estaba golpeando dos piedras no sé para qué. Después cogió su varita y¡pum, y mi madre dijo: "El frotar se va a acabar", y tu madre se rio mucho. –Como viera la expresión de desacuerdo que esbozaba su primo, Mark apuntó–¡No somos muggles, Matt!

–¡Y tú qué sabes! –le espetó–. Quiero decir, tú no sabes si vas a ser un mago. ¿Y si eres un squib, eh?

–¿Qué es un squib? –preguntó enfurruñado, prejuzgando que debía de ser algo insultante o que no le agradara en absoluto–. ¿Eh, qué?

–Nacidos de magos que no pueden o no saben hacer magia –respondió rápidamente Matt, a lo que su primo, enojadísimo, le rebatió diciendo:

–¡Pues claro que puedo hacer magia! Te lo demostraré. –Reflexionó un instante–. Veamos –dijo con tono más calmado–, ve y entra en la tienda donde están tus padres y encuentra la varita de tu padre; tráemela después y te demostraré cómo sí soy capaz de hacer magia.

–No pienso hacer eso –repuso Matt–. ¿Por qué no vas tú y le quitas la suya a tu padre? No me voy a meter en ningún marrón por tu culpa.

Mark bufó, masculló no sé cuántas maldiciones e insultos, dedicó severas miradas a su primo y, con decisión firme, se encaminó hacia la tienda de campaña que poco más tarde ocuparían ellos también. Matt jamás (ni tampoco le interesaba) llegó a saber cómo fue capaz su primo de salir con la varita al poco, pero así era, y así de triunfante le llegó Mark mostrándole el objeto hurtado.

–Es la de mi madre –explicó–. Ya te dije que la de mi padre no me gusta. Verás ahora cómo sí puedo hacer magia.

La apuntó hacia él y consiguió lanzarle un par de chispas rojas que se disiparon cual niebla al alcanzar a Matt. Éste las contempló con expresión de burla, hasta que, harto de aguantar la risa, explotó y acabó diciendo:

–Eso no es magia. O, por lo menos, no es más que una tontería. Creo que hasta un squib podría lanzar chispas de una varita. Y hasta más cantidad que tú.

–¿Ah, sí? –inquirió iracundo.

Volvió a blandirla contra él, no sólo una vez, sino muchas, y a cada cual dirigiéndola con más denuedo, pero el resultado fue siempre el mismo, o, si cabe, más patético, ya que, extasiado, había momentos en que era aun incapaz de provocar aquellas débiles chispas de las que Matt se reía con tanta fuerza.

El pequeño, todo colorado de la furia que contenía, volvió a apuntar a su primo con la varita, pero, en lugar de lanzarle más chispas, al grito de «¡pum!», se inclinaba hacia delante y, recogiendo los rescoldos de la brasa, se los lanzaba a su primo, que los rechazaba corriendo.

–¿A que sí sé hacer magia, eh? –le gritaba Mark siendo ahora él quien reía.

–Me gustaría ver de qué eres capaz sin una piedra al alcance de tu mano –le gritó amenazándolo con el puño en alto su primo.

Al instante se aburrió Mark de lanzarle piedras, pues otra idea mejor se le había ocurrido. Como Matt no se acercara por temor a que el haberse detenido hubiera sido únicamente una escaramuza de su primo, hubo de ser éste quien se aproximara al otro corriendo. El mayor, que no le tenía a su primo ni pizca de miedo, no se movió ni un milímetro, y lo esperó impasible. Al llegar hasta él, el pequeño dijo:

–¿Por qué no me enseñas algún conjuro?

La idea motivó también a Matt, de manera que la reciente refriega quedó rápidamente olvidada, que así son los niños, de natural poco rencorosos; y Matt menos que ninguno. Antes de iniciar, Matt le advirtió:

–Has de tener en cuenta que yo no puedo hacer magia. Te daré las instrucciones y habrás de seguirlas al pie de la letra. –Mark asentía ansioso–. Te enseñaré un encantamiento muy sencillo de realizar, creo yo; pero debes prever que a lo mejor no te sale. –Mark lo escuchaba atentamente, tal era la hipócrita devoción que podía profesar cuando de ella se descolgaba algún favor que a él se le granjeara–. Es el hechizo levitador, y es wingardium leviosa. A ver, prueba a decirlo. –Mark lo hizo apuntándolo con la varita a él–. No creo que seas capaz de levitarme ni aunque practicases toda esta semana –se mofó Matt, a lo que Mark, tan obnubilado como se hallaba, apenas le prestó atención–. La varita no debes cogerla de esa forma tan ruda, sino mejor así, con dos dedos –le corrigió–. Y tendrás que empezar con algo que pese poco, no conmigo. A ver qué encontramos. –Mark le tendió una piedra–. No, una piedra pesa mucho –explicó Matt–. Mejor una brizna de hierba. –Levitar una brizna verde no parecía del agrado de Mark, que hizo una mueca, pero, aun así, siguió adelante sin rechistar–. Debes mover la varita así, primero agitándola y después dando un golpe seco, un solo golpe, en dirección a la brizna, mientras pronuncias con muchísima claridad el conjuro. Vamos, prueba.

Mark lo hizo tal y como su primo le había indicado, pero no sucedió nada. Matt le instó con la mirada para que probara de nuevo, y obtuvo el mismo resultado. El más pequeño comenzó a impacientarse, aunque Matt guardó la compostura y trató, serenándolo a su vez, de corregirle. Al probar por tercera vez, la brizna dio un coletazo, a lo que Matt exclamó entusiasmado; pero no parecía resultado que agradara a Mark, que tiró la varita al suelo y cogió una piedra para golpeársela a su primo.

Éste, previéndolo, se lanzó sobre él y le sujetó el brazo para impedirlo, pero el otro, al que sólo le faltaban las alillas de demonio, le propinó un rodillazo en la entrepierna que lo dejó malparado en el suelo, doblado sobre sí, con las manos agarrándose fuertemente en la zona herida, tanta había sido la contundencia del golpe. Pero la maldad de su primo no quedaba ahí: recuperando la piedra, se la lanzó a Matt, la cual le dio en el costado y le provocó otro alarido.

Medio recuperado, Matt se levantó de un salto, recogió la varita del suelo y amenazó con ella a su primo, el cual, acongojado, tiró el par de piedras, una en cada mano, que había recolectado. El mayor creyó reconocer en él un brillo de pánico. Se acercó y, bajando el arma, le propinó una sonora colleja en la nuca y, después, tomándolo del brazo, lo arrastró por el suelo mientras lo insultaba y recriminaba duramente.

En tanto se encontraban de aquella guisa, un confuso y distante ruido dejó a ambos patitiesos, descompuestos los rostros y desencajadas las mandíbulas. Matt soltó a su primo, y éste, en viéndose libre y alertado, se levantó de un salto.

–¿Qué ha sido eso? –inquirió Matt con la varita en alto, protegiéndose.

–Ha sido en el bosque –explicó Mark al poco, algo repuesto de la primera impresión–. Ya te dije que en él vive un fantasma, que me lo contó mi padre.

–¿Y entonces por qué decidieron venir aquí? –se preguntó Matt consecuentemente.

–Tal vez quieran sacrificar a tío Matthew –adujo con una sonrisa sádica, aunque lo dijera en broma.

Matt le dio un fuerte empujón por el cual el otro, perdiendo el pie, calló. Antes de que se levantase, le dijo:

–Me voy a dormir.

–¡Espera, espera! –exclamó Mark poniéndose en pie rápidamente–. Yo también voy –en su voz se apreciaba un timbre acongojado–. Pero espérame un momento –le suplicó–. Tengo que apartarme ahí, pero tú vigila¿vale?

Matt consintió de mala gana. Mark, tirando de él, lo llevó cerca de unos árboles, delante de los cuales lo dejó; él, en cambio, se escondió tras ellos. Matt escuchó el descorrerse de una cremallera, la fricción de la tela y, seguidamente, le pareció escuchar un estruendo de pedos. Seguidamente, después de proferir una exclamación de indignación, Mark llamó a voces a su primo:

–¡Matt¡Matt! Ven aquí. –Éste así hizo, y, al aparecer, sólo acertó a ver la silueta de su primo acuclillado–. Matt¿tienes un pañuelo de papel? –Éste se tanteó y, percatándose de que aún vestía el bañador, respondió que no–. ¡Jo! Anda, ve y busca papel. ¡Pero date prisa, por favor!

Matt echó a correr y retornó al punto con el objeto demandado. Se acercó adonde había dejado a su primo y, reencontrando la silueta acuclillada que parecía mirarlo, le tendió un paquete de pañuelos que había encontrado en el bolso de su abuela. Mark se lo quitó de un zarpazo, tras el cual le ordenó que se apartara.

Al poco tiempo salió de nuevo Mark; tomó a su primo del brazo, por pillarlo desprevenido, y tiró de él corriendo. Matt se sonrió, porque realmente el otro parecía asustado. Llegaron hasta la tienda que les correspondía y, entrando lentamente, resoplaron aliviados de verse a salvo; aunque ni por ésas Matt consiguió tranquilizarse por completo o dormir apaciblemente aquella noche, a diferencia de su primo, que en seguida cayó redondo.

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Al día siguiente, los dos chicos se levantaron considerablemente tarde, o, por lo menos, tarde si los comparamos con sus padres y los señores Nicked, que claudicaron el sueño a la primera luz de la mañana. Remus y Sorensen hacía ya largo rato que habían desayunado, y se les encontraba ahora disfrutando de una refrescante cerveza de mantequilla. Las tres mujeres, en cambio, habían aprovechado la tranquilidad de la primera hora para dar un paseo a la orilla del lago; de forma que, al salir entre bostezos y muestras de profundo sueño los dos primos, las hallaron tomando el desayuno, al que los convidaron. El señor Nicked, por su parte, tendía una larga caña para pescar algo, pero nada picaba ni picaría en toda la semana, pues escasa vida corría entre aquellas aguas, aunque él no lo sabía. Y, por último, los niños, Nathalie y Alby claro está, dormían aún.

Matt y Mark parecían haber olvidado el incidente de la noche pasada, pues nada dijeron a ningún otro, nada comentaron entre sí, ni dieron muestras de que el hecho les volviera a la mente.

Habiendo terminado de desayunar, acordaron de buena gana ingeniar un puente que cruzase el arroyo de parte a parte para que pudiesen colonizar la desconocida parte que quedaba al otro lado. Sus padres trataron al principio de disuadirlos de aquella idea, infundiéndoles ánimo en otras empresas; pero los chicos, tanto uno como otro, se mostraron tan a favor de su propia opinión que hicieron caso omiso a las buenas intenciones de los mayores. Viendo esto, aquéllos hubieron de advertirles que tuvieran cuidado y que trataran de no irse hacia las partes profundas; pero ya se conoce el natural intempestivo de los niños, que dicen sí pero es no.

Matt fue quien dijo que debían hacer un vado con piedras, aunque no fue exactamente con estas palabras, pero para el caso basta. A Mark le desilusionó un poco al principio, ya que su portentosa imaginación de ocho años recién cumplidos se había figurado en el pensamiento un digno puente de madera hasta con barandilla y todo. Pero la realidad lo golpeó contundentemente.

Y, así, se pusieron manos a la obra. Mark, como de condición avispado, aceptó para sí el rol de mandamás, y hacía cargar gruesas piedras a su primo, de cuyo enorme peso éste ni rechistaba, ni de la injusticia que suponía que el otro cargase sólo pequeños guijarros que decía servirían para rellenar los huecos, ya que el mayor deseaba terminar cuantos antes para poder cruzar a la otra orilla, de forma que el tamaño y peso de las rocas que él cargaba no lo incomodaban; aunque sí, pasado el rato, lo hacía el ver que su primo no colaboraba de la manera que a él le hubiera satisfecho, hecho que produjo entrambos numerosas discusiones como a las que nos tienen acostumbrados; y, claro está, en éstas tampoco faltaron piedras de por medio.

Bien porque el peso de las piedras (en el caso de Matt, entiéndase) los hacía hundirse, bien porque las ya asentadas, de puro mojadas, resbalaban, lo cierto es que no faltaron resbalones y los tan temidos por las madres chapuzones; en más de una y dos ocasiones, Ángela gritó a su hijo con tono crispado que dejara aquellas piedras y se pusiese a secarse donde le diera el sol, recriminaciones las cuales tampoco faltaron de boca de Helen. El hijo de la primera las aceptaba de buen grado, ya que, de aquella forma, podía seguir abusando de Matt sin penar él de cansancio; el otro, en cambio, respondía a su madre con intensidad y la desobedecía, volviendo y revolviendo a cargar, tal era el deseo que tenía de acabar el puente que comunicara la una parte con la otra.

Cuando el señor Nicked al fin se percató de que ni aunque pusiese de cebo sus propios dedos picaría más pez de los que había conseguido pescar, que era ninguno, harto, abandonó aquella tarea y emprendió otra, pues el contento de los dos muchachos lo animaron tanto que se vio impulsado a acompañarlos y ayudarlos. Cargó las piedras más voluminosas y supolas colocar mejor que ninguno, de manera que fue proporcionándole al vado una forma redondeada que propiciaba el paso.

Sin embargo, como al dejarlas en su posición salpicaban gran cantidad de agua, el paso se hizo dificultoso por lo resbaladizo, y en más de una ocasión también el patoso muggle perdió el pie y se empapó hasta la rodilla, y no pocas gotas le cayeron encima hasta la altura del bigote.

No obstante, ninguna caída fue tan divertida como la que él protagonizó: los dos chicos cargaban pesadas piedras (cada cual en su proporción, pues el señor Nicked le había recriminado a Mark su postura de comodón) por delante de él, cuando, de improviso, sintieron un fuerte estruendo de agua detrás de ellos, como si el muggle hubiese dejado caer pesadamente la piedra que portaba. En volviéndose, descubrieron que el ruido no había sido provocado sino por el propio hombre, que había caído con gran estrépito y se había hundido bajo el agua hasta las cejas. No poco rieron los niños y aun los que quedaban en el campamento. Helen, que era quien quedaba más cerca de él, guardándose de reír, se acercó hasta él, montó sobre el vado y le tendió una mano para ayudarlo a salir del agua. Su padre se lo agradeció verdaderamente, asintiéndole muchas veces, diciéndole no sé cuántas cosas agradables, pero, al agarrar de ella para tomar impulso, en lugar de tirar de sí para ponerse en pie, tiró de su hija llevándola al agua, con tal fortuna que la adivina, que a pesar de ello no lo previó, cayó sobre él toda empapada, nuevo motivo de carcajadas y burlas en el campamento. La mujer, ora riéndose, ora enfurruñada, se puso en pie calada de arriba abajo y dejó a su padre desprovisto de la ayuda que tan servicialmente le había prestado hacía un momento. Y Nathalie, en viéndola, que jugaba coqueta en la orilla, vigilada magistralmente por la señora Nicked, se puso en pie y exclamó regocijada:

–¡Mamá s'ha caído! –Y estallaba en carcajadas en que se escupía encima de la emoción.

–Sí, Nathalie, que es muy gracioso tu abuelo –dijo ésta en el punto molesto.

Y el señor Nicked, que la venía siguiendo, trató de conciliarse con ella, aduciendo no sé cuántas cosas que la adivina, por irse enfadando paulatinamente, le fue rebatiendo cada vez más enojada. Sin embargo, no se dude que entre aquellas palabras que le decía la mujer, en más de una vez se le escaparon unas risas que conmovieron hasta a las piedras del vado en elaboración. Finalmente, en un impulso malévolo, cuando su padre la seguía para ayudarla en la próxima tarea en que ésta se fuera a enfrascar, ella le respondió agriamente:

–No, papá, mejor quédate quietecito, no vaya a ser que me vuelvas a tirar o que hagas otro estropicio, que tus bromas con diez años me hacían gracia, incluso me entretenían, pero llega una edad en que te pasas de bobo.

Así, el señor Nicked, ligeramente conmovido, relevó a su esposa en lo relacionado a la vigilancia de la pequeña Nathalie, con la cual el muggle se puso a jugar para entre los dos levantar un castillo de arena que quedó apelmazado, por no ser aquella arena tan fina como la de la playa. En tanto esto hacía, meditaba profundamente el muggle, considerando feliz el advenimiento de aquella tierna criatura con la que se encontraba, por ser ésta tan parecida a Helen cuando era pequeña; se dijo para sus adentros que repetiría aquella dorada época pero con su nieta. Al instante, le vino a la memoria los tiempos en que, siendo Helen apenas un bebé, iban cada domingo al campo y ella, por estar tan apegada a él, no se alejaba de su lado; recuerdo que lo entristeció sobremanera al descubrir cuán pronto había pasado el tiempo y cuánto cambio había reportado sin que él que se hubiera apenas percatado.

Así, en un instante de fortaleza, resolvió interiormente compartir cuanto tiempo tuviera con su nieta, que tanto le recordaba a su propia hija, y con sus otros nietos también, pero con ella principalmente, por mostrarle tanta dedicación como emiten los niños en estas edades a aquéllos de los que perciben recibir cariño. Sin embargo, su interna reflexión se vio derribada cuando, de venir de hacer no se sabe qué, el licántropo bajó hasta el agua del arroyo para lavarse las manos, y la niña, al verlo, poniéndose en pie, corrió hacia él para abrazarlo. En tanto esto observaba, el muggle, entristecido, mencionó para sí que aquélla era la segunda princesita que se le hurtaba, y todas por aquel mismo hombre, por el que, de no haber sido su yerno, habría sentido un terrible encono.

Angustiado de seguro por aquellos pensamientos, se entregó a un balsámico paseo del que no retornó hasta la hora de la comida, como si, aun a lo lejos, hubiese apreciado el amable aroma de los filetes que se asaban a la parrilla; y, cual una gacela hambrienta, apareció sin más ni más; y, en vista de tan suculento manjar, que ya se le hacía la boca agua al pobre hombre, se le olvidaron cuantas penas lo naufragaban en su interno mar de lágrimas.

Finiquitada la comida, sin darle reposo ni descanso, salieron corriendo los chiquillos en dirección al arroyo, pretextando que ya les quedaba poco para terminar la gruesa construcción. En esta ocasión el señor Nicked no los acompañó: se quedó a cargo de Alby, el cual, a sus brazos, esperaba el muggle que eructase, tras lo cual, hecho, se quedó la tierna criatura dormida, y el abuelo en seguida con él en brazos también, de modo que nadie quiso acercarse mucho por no hacer ruido y despertarlos y quebrar escena tan dulce y de la que no poco gozo encontraron las tres mujeres, que alguna instantánea llegaron a tomar con la cámara del señor Nicked. En cambio, los dos padres sí que se unieron en esta ocasión a sus dos hijos, y con éstos contribuyeron a la creación del pedregoso vado.

A pesar de que Mark había creído, y así lo había anunciado a todos, que la labor estaba casi para concluir, el trabajo les llevó todavía mucho tiempo, pues la fuerte corriente se había llevado algunas partes mal asentadas que debieron volver a cubrir; de modo que no pudieron ver finalizada la empresa hasta que se hubo puesto el sol, cuando aún brillaban unos tímidos y últimos rayos del día. Así, Remus y Sorensen sólo dejaron que sus hijos dieran un lacónico paseo de reconocimiento por la orilla del otro lado, haciéndolos volver de inmediato aduciendo que no era cosa de niños introducirse por senderos inhóspitos con tan poca claridad.

Excitados por el sinfín de aventuras que les acontecerían en la otra parte y de que imaginaban ser protagonistas, cenaron entre comentarios grandilocuentes y risas los dos pequeños, consumiendo de este modo aquel día tan poco dado a las discusiones como otros a que nos tienen acostumbrados. Y con ocasión de aprovechar al máximo la mañana siguiente, que llegaría más pronto si se acostaban temprano, aquella noche fueron los primeros en irse a dormir a las tiendas de campaña, dejando a los adultos disfrutando de una nueva bota que había traído Ángela, que parecía ésta, tal era el celo con que las manejaba, que actuaba de contrabando.

Y así llegó a su fin el segundo día.

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La mañana vino con otra venida, la de una parda lechuza que no se supo cuánto rato llevaba posada sobre la tienda en que dormía el licántropo, pues a éste iba dirigida. Se trataba de la postal que Ann Thory, su secretaria, le había prometido antes de despedirse. Remus la leyó con sumo gusto un par de veces, guardándola después como recuerdo.

Antes de retomar el viaje de retorno, la lechuza desbarató buena parte del desayuno del señor Nicked, llevándose casi todos los trozos de tocino asidos en el pico y deshaciendo la yema del huevo con sus patas. Por no quedar famélico, descubrió el muggle en la bolsa de la comida un brazo de gitano que, cual bocadillo, se fue comiendo a grandes bocados. Nathalie, que se acercó hasta él, le preguntó qué comía, a lo que su abuelo le respondió lo que queda dicho; después, la chiquilla, angustiada, le inquirió si era un brazo de gitano de verdad, a lo que el muggle, riendo a carrillos llenos, le respondió que no; quiso saber entonces su nieta qué contenía, a lo que el señor Nicked no supo qué responderle; pero, antes de que pudiera hacerle ninguna otra nueva pregunta, que de seguro iba a formularle, tal era su costumbre, le entregó el brazo de gitano para que se lo comiera ella con tal de que no lo molestara más. Mas, viendo después que aquello poco lo beneficiaba en su plan de recuperar una princesita, volvió sobre sus pasos, le dio un par de besos y le dijo que le preguntara lo que desease; pero estaba tan gustosa con el dulce, que nada añadió.

La madre de ésta la encontró al poco con el brazo de gitano en la mano, empachada, chorreándole la crema por la barbilla, con azúcar hasta en las pestañas, y, espantada, maldijo a su padre, pues de cuál otro podía haber nacido idea tan impropia, reflexionó.

Matt y Mark, al despertar, descubrieron no sin cierto enfado que el vado había sido destruido casi por completo. Desayunaron deprisa, malhumorados, resoplando indignados de vez en vez. Al acabar, inspeccionaron de nuevo el estado de su labor del día anterior, de cuya detenida observación coligieron que aquello no había podido ser únicamente obra del arremolinado curso del arroyuelo, que lo hubiese arrastrado. Preguntaron al señor Nicked si éste había probado a pasarlo y, habiendo caído en múltiples ocasiones, había hecho rodar los guijarros y lo había destruido; el muggle, ofendiéndose de veras, respondió muy afectado que en absoluto había hecho él tal; que sí lo había atravesado varias veces el día anterior antes de acostarse, de noche, que en efecto algunas piedras creyó que se movieron, pero que quedó por demás intacto y pudo retornar al campamento sobre sólido, sin hundir una vez más el pie en el agua. Y tantas veces lo juró, y tan enojado se mostró, que los chicos, disculpándose, retiraron de él las infundadas culpas y, por más, las sospechas.

Con la duda aún royéndoles las entrañas, angustiados por no poder dar una respuesta segura que explicara el destrozo de su puente, retomaron con desilusión la construcción del mismo. Tanta era la desgana con que lo hicieron y el ánimo que mostraban de acabar pronto, que lo hubieron finalizado para mediodía; sólo que en nada se parecía al anterior: lo obraron con tanta prisa y tan poco cuidado que faltaban cantos en unos tramos y sobraban en otros, se deshacía a cachos por los cabos y el agua se colaba por amplias fisuras que prometían dar al traste con la obra en unas pocas de horas. Sin embargo, lo dieron por suficiente; alegaron que, por no serles de utilidad más que para cruzar al otro lado, no gastarían más tiempo ni sudor en él.

De aquella forma, con el ánimo mejorado con respecto a aquella mañana, fueron llamados para almorzar, y, como el trabajo les hubiera abierto gran apetito, acudieron corriendo. Alrededor de la barbacoa, Helen y su padre discutían acaloradamente; según pudieron captar los dos chicos, al parecer la adivina le había pedido al muggle que vigilase el refrito que había dejado sobre la parrilla mientras se encargaba de otro menester (que, según captaron también, no parecía ser otro que el cambiar a Alby el pañal); pero, al regresar, descubrió el refrito todo por el suelo, por demás señas: de un tostado negruzco y reseco, y a su padre echando una partida de cartas (a pesar de que sólo reconocía saber jugar a la brisca) con Sorensen y Ángela, riendo a mandíbula batiente. Ahora, en tanto ella lo recriminaba, él agachaba las orejas, enrojecido de rubor, pero tornaban a discutir con intensidad cuando la mujer, comentando en voz alta que lo arreglaría mágicamente, extraía su varita, y el otro, disuadiéndola, la agarraba del brazo y tiraba de ella con embrutecido afán; tal que, así, tornaban a pelear.

Al finalizar la comida (que finalmente se reparó mágicamente, aprovechando la adivina un momento que, concediéndoselo su madre, se llevó la señora Nicked al muggle a dar un paseo, del cual el hombre sólo obtuvo otra regañina y una colleja), los dos chicos volvieron al puente, en el cual hicieron unos mínimos retoques que no les llevaron más de un cuarto de hora. Después, determinaron cruzarlo e inspeccionar por espacio de toda la tarde los secretos, los cuales a ellos se les figuraba debía haber a millares, que la otra parte del arroyo, más cerrada y oscura, no permitía conocer por su inaccesibilidad.

El primero en cruzarlo, saltarinamente, fue Mark, que en dos rápidas zancadas se halló en la otra orilla. Sin embargo, tan descuidado fue, que, a cada paso, levantó un buen puñado de guijarros que cayeron con tropel al agua. Matt, en cambio, atravesó el puente con suavidad, probando no hundir ni un pie ni resbalar, ni tampoco hacer rodar ninguna piedra, pues por aquel mismo sitio habrían de retroceder de vuelta.

Al llegar al lado de su primo, éste le dijo:

–¿Qué quieres que hagamos?

Matt se encogió de hombros, impasible. Sin embargo, su indiferencia se vio truncada de inmediato al fijar la vista sobre la orilla de aquella parte. Hay que decir del lugar de ésta en que él se fijaba que estaba embarrada y toda suerte de insectos pululaban en erráticos vuelos sobre aquel lodazal. No obstante, la repentina curiosidad del muchacho no se debía a aquel aspecto, sino a algo en cuya cuenta también cayó en seguida Mark, dando un respingo de emoción o un escalofrío de incertidumbre.

–Es una huella –habló Matt con tono neutro.

En efecto, era la huella de un pie humano descalzo, que infirieron debía pertenecer a un adulto de tamaño corriente. Mark agarró un palo seco y arañó el terreno sin ningún objetivo claro. Comprobó con ello que la profundidad del barro era mucha, pero, retornando en seguida al interés de la misteriosa huella, al preguntar Matt de quién podría ser, respondió él:

–Tal vez de tío Matthew –respondió indiferentemente–. Ha reconocido que anoche estuvo aquí; y, como no se vería nada, cayó en este lodazal de sorpresa y dejó esta huella. –Su primo rebatió, al punto, que su abuelo no iría descalzo–. O quizá sí –apuntó entonces el otro–; por no mojarse los zapatos puede que se los quitase antes. ¡Es un payaso, pero no estúpido! –Matt no parecía todavía del todo convencido, razón que aprovechó su primo para decir–: O quizá... ¡Quizá haya sido la niña que vive en este bosque y que se alimenta de animales podridos! –con los ojos iluminados–. Seguramente viva en esta parte, donde el follaje es más espeso, y nos haya observado de noche desde aquí, sin saber cómo pasar.

–¿Tú creerías que ha podido ser ella quien destruyó el puente anoche? –inquirió Matt seriamente.

–Con toda seguridad –respondió conteniendo la risa–. Imagino que trató de cruzarlo, pero, como de seguro nuestros padres han sellado el lugar con muchísimos conjuros para proteger a tío Matthew, el arroyo se echó sobre ella para impedírselo, y las piedras se fueron rodando. Y ahora, si no me equivoco, debe de estar en su guarida curándose las heridas.

Matt no apuntó nada más. Permitió que su primo diese una pequeña vuelta de inspección, o rastreo, o como quisiera llamarla; pero no le permitió alejarse mucho, ya que a él se le habían ido de todo punto las ganas de afrontar aquellas aventuras de que hablaron el día anterior y de las que se convertirían en protagonistas. El mayor, lejos de lo que había imaginado entonces, caminaba ciertamente asustadizo, pero con entereza, pues prefería proteger a su primo, quien lo desobedecía y se adentraba, que haberlo dejado atrás y volverse solo. Todo ruido era para él un motivo de suspenso: graznidos, que escucharon cientos, le parecieron hostiles y poco propios de aves apacibles.

Cuando finalmente volvieron sobre sus pasos y cruzaron de nuevo el puente, además de ser indispensable apuntar el indecible suspiro de satisfacción que emitió Matt, éste, sin que se percatase su primo, fue deshaciendo el puente con el pie conforme pasaba. Mark sólo descubrió el desaguisado en que quedó convertido cuando, después de cenar, hizo muestras de montar en cólera al subir el montículo y verlo. Matt, aproximándose para calmarlo, le sugirió:

–Tal vez haya sido la niña del bosque, Mark; no le des más vueltas. –Calmándose, su primo tuvo que hacer ahora grandes esfuerzos por contener la risa–. Lo mejor será que no tratemos de construirlo más.

Mark fingió estar de acuerdo. Después de aquello, tras permanecer todavía un rato despiertos, se fueron a dormir. En seguida lo hicieron también los adultos, los cuales preguntaron en esta ocasión a Ángela si tenía una nueva bota o alguna otra cosa con que satisfacer con jolgorio sus estómagos y divertir aquellos instantes que permanecieran aún. Pero la mujer dijo que no, y, por no tenerla o por consumirse la diversión, se fueron a acostar después de aquello.

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A la mañana siguiente, Ángela se llevó a su hijo y a sus dos sobrinos mayores, Matt y Nathalie, por entretenerlos a un prado que no muy lejos de allí quedaba. Sin percatarse de si existía alguien por los alrededores que pudiera verla, blandió su varita en dirección al suelo e hizo aparecer un par de pelotas, las cuales hizo botar continuamente conforme las apuntaba. Una se la entregó a Nathalie, con la que alternó con los chicos para pasársela, siendo todo lo que le hiciera con ella suficiente para tenerla entregada a las risas; la otra la dejó caer en el suelo y se la pasó con el pie a Matt. Éste la tomó igualmente y, haciéndole un regate a su primo, se la devolvió a su tía, la cual, chutando, golpeó a su hijo en la cara con ella y, satisfecha, gritó:

–¡Gol!

Mark, muy en su papel: teatrero, se dejó caer hacia atrás con la mano sobre el rostro y gimiendo lastimeramente. Matt se aproximó por ver si de verdad tenía alguna herida o sangre o algo; pero Ángela, que conocía de buena tinta a su hijo, ni por ésas se mostró flexible. Se acercó hasta él, le tendió una rígida mano y lo hizo levantarse.

–Me has hecho daño –sollozó él.

–Tampoco ha sido para tanto –repuso su madre indiferentemente–. Si no tienes nada... Así te sirve de castigo por alguna travesura de la que no me haya enterado yo.

–Pero si...

–¡Chist! –lo calló su madre soltando de nuevo el balón–. Muévete, o no habrá otra que darte otra vez.

–¡Pero si no sé a qué estáis jugando! –protestó indignado.

–Pues al fútbol –respondió su primo. Y, cuando creyó que Mark, poniendo una extraña expresión, iba a preguntar qué era aquello, se le adelantó y respondió–: Es un juego muggle. A veces lo he visto por tele en casa del abuelo.

–¿Y cómo se juega a eso? –inquirió.

–Oh, a veces pareces tonto, hijo mío –intervino su madre, tras lo cual se lo explicó sin demasiado detenimiento. Así, habiéndole advertido de las principales reglas del juego, las pusieron en práctica tras delimitar una improvisada portería, la cual defendía Nathalie con mucha entrega.

Pero, mientras tanto, sepamos qué pasó en el campamento.

El licántropo, tras concederle permiso a su hijo para que se fuera con tía Ángela, se quedó apurando su desayuno en silencio. Mojaba un bollo en su tazón de café mientras contemplaba los pajarillos saltar de rama en rama y disfrutaba de su melodioso canto. En aquellos menesteres se encontraba cuando su hermano, que vino hacia él como por encanto, le inquirió si quería ayudarlo a buscar leña. Remus apuró su café y, sin mediar palabra, se puso en pie y lo siguió.

Se adentraron por la linde del bosque, deteniéndose de vez en cuando cada cual cuando divisaban una óptima rama seca en el suelo que recoger. El licántropo, tras unos minutos en silencio, dijo:

–Creo que Helen no aguantaría más tiempo de la semana aquí. –Sonrió. Inmediatamente su hermano le preguntó por qué–. Por su padre –respondió y volvió a reír–. No deja de roncar por las noches, y anoche, para colmo, se mueve tanto mi suegro que se echó encima de Helen aplastándola casi por completo. Y, cuando ésta lo movía para seguir durmiendo, su padre le echaba un brazo por encima, o trataba de abrazarla en sueños o, de nuevo, se le echaba encima.

–Tu suegro es un sentimental –se mofó el bibliotecario.

–No te burles, Soren. –Pero él también se reía, no obstante–. Me parece que mi mujer no consiguió dormir anoche ni cinco minutos seguidos. Por eso esta mañana está de tan mal humor; y por eso se le ha caído la mitad del desayuno encima de la cabeza de su padre. Creo que ha sido sin querer.

–¡Oh, no me lo recuerdes! –exclamó Sorensen con un gesto de repugnancia en las facciones–. Qué asco cuando se llevó la mano al pelo, se recogió los trozos de huevo que quedaban y se los echó a la boca.

Remus rio mientras se echaba sobre el montón que ya tenía sobre los brazos otro que le pareció excelente. Al alzar la vista halló a no pocos metros de él unos excrementos que, por la plasticidad de su textura, parecían ser recientes. Al comprobar el bibliotecario lo que observaba su hermano, también él le dedicó atención.

–¿Crees que será de Matthew? –inquirió este último entre risas.

–No, anoche confesó que estaba estreñido. –El bibliotecario soltó una carcajada con la que se le cayó gran parte de las provisiones que llevaba reunidas–. Sí, sí, ríete; antes de quedarse dormido nos cuenta toda clase de... ¡bobadas! Yo me río, pero de necesidad de reírme. Helen no hace más que rechistar y mi suegro, como si pensase que eso significa que alguien lo está escuchando, retoma a hablar con más ganas. –Volvió a prestar atención a los excrementos–. ¡Bah!... O pueden ser de Matt, o de Mark, o de cualquiera. ¿Para qué inquietarse?

La mirada del licántropo se detuvo en contemplar, sin observar nada en concreto, la lejana infinidad. Salió de su obnubilación después que Sorensen le dijo que habían tomado ya demasiada leña y que debían volver. Entonces Remus le confesó la causa de su conmoción:

–Anoche, antes de acostarnos, dejé junto al fuego unos cuantos desperdicios de la pechuga que nos habían sobrado y que nadie había querido. Esta mañana no estaban –explicó tras una inquietante pausa. Sorensen lo observó significativamente; le preguntó directamente qué insinuaba–. Temo que por los alrededores haya alguna fiera; temo por los niños. Quizá sea un zorro, o un lobo... Ayer al mediodía me pareció apreciar un ruido irreconocible, como de un animal, a unos... –sopesó– cien metros.

Sorensen, tras escucharlo con detenimiento y suma atención, probando a tranquilizarlo, le dijo:

–No hay de qué preocuparse, Remus. Si es un zorro lo que tantea la zona, no creo que ataque a la luz del día; y, aunque lo haga, los niños siempre están con nosotros y podemos protegerlos. De noche, eso sí, deberemos proteger mágicamente las tiendas de campaña; claro está, sin que se entere tu suegro, que nos puede liar una muy grande. –Remus rio–. Cálmate¿quieres? Si en el campamento nos ven intranquilos, si los niños se dan cuenta... Es más, puede que sólo sean figuraciones tuyas.

–Sí, tal vez –respondió condescendiente.

–Ahora bajemos –dijo, y, acto seguido, cargando la leña que entrambos habían reunido, llegaron al emplazamiento donde se alzaban las tiendas.

Los dos hombres, tras soltar la carga en el campamento, decidieron ir en busca de sus hijos, los cuales, como queda dicho, estaban al cargo de Ángela, y a ésta y a aquéllos se unieron, pese a la poca experiencia de uno y otro en aquel deporte. Rendidos, sintiendo sobre sí la pesada carga de los hirientes rayos del sol en su cenit, retornaron a la justa hora del almuerzo. Para entonces Helen ya había dado de amamantar a Alby y los señores Nicked, no sin un tanto de retraso por culpa de su integrante masculino, prepararon la comida.

Helen y su tía convencieron a sus dos hijos para que, quedándose un rato con ellas, jugasen a las cartas. Ambos se acercaron de buena gana, no sin antes, tanto uno como otro, expresar su poca maña con aquellos juegos. Tía y sobrina, de buen talante, determinaron enseñarles, para lo cual, tomando una mesa plegable, la asentaron sobre un recodo sombreado junto al arroyo, lo cual ofrecía más frescura y brisa al ambiente, paraje en el cual, sobre una gruesa estera de hierba, tomaron asiento.

No tardó mucho en captar su buena posición el señor Nicked, el cual, comido de la envidia, recogió las piernas, que hasta el momento, para mayor descanso, había tenido puestas encima de los muslos de su mujer, que se lo consentía por considerarlo al muggle imposible, y tomó su silla campera. Pidió que lo dejasen unírseles; a ver quién era el bonito que le decía que no al pobre hombre, con lo susceptible que era. Además, como sólo sabía jugar a la brisca, juego que desconocían Ángela y su sobrina, y se propuso enseñarles, éstas, deseosas de aprenderlo, le permitieron llegarse de buena gana.

El principal problema estribó cuando el muggle, alardeando como es costumbre, tomó el fajo de cartas y se dispuso a barajarlo. Deseoso de demostrar con cuánta gracia hacía no sé cuántas filigranas y pases de cartas de aquí para allá y hasta por debajo del sobaco, en tal empeño se esforzó tanto, tan sin resultado, que lo más que consiguió fue que todas las cartas se le escapasen de entre sus manos y fuesen a parar al arroyo que, como se ha dicho, allí próximo caía. Y detrás de las cartas, como no quería perderlas el señor Nicked, aunque ya todos las daban por perdidas, se lanzó en pos de su rescate éste, con tan mala suerte que aquél era un claro profundo del arroyo, en el que, además, el agua, por agitarse tan prestamente, no permitía muchos movimientos sino al muy experimentado nadador; claro está, el señor Nicked no lo era. Se agitó, movió los brazos, desesperó en vano, puesto que la corriente tiraba de él más de lo que él conseguía hacerle frente. No poca agua tragó, no pocas veces zambulló la cabeza y pensaron todos que ahogado era, no pocos auxilios gritó de tal manera que hubiesen conmovido hasta al más pintado. Finalmente, Helen apuntó hacia él su varita y del extremo de ésta surgió una rápida cuerda con un salvavidas en el extremo al que el muggle, resoplando y aun lloriqueando, se aferró con ambos brazos. Todos ayudaron a tirar a Helen, ya que el otro extremo de la cuerda nacía del mismo cabo de su varita, a la que seguía unida. Cuando al fin salió salvo del agua, Sorensen y Remus, que eran de los que más fuerzas habían hecho, soltaron a la adivina, de la cual todos tiraban, como ya se ha referido, y ayudaron a sobrepasar el requiebro que, a modo de alto escalón, aquel extremo de la orilla hacía al señor Nicked, que mucha agua escupía por la boca.

Al recuperarse y retomar el poder de la palabra, se puso en pie el muggle y se dirigió a su hija como con ánimo de agradecerle el gesto que con él había tenido rescatándolo de suerte tan nefasta; pero, en lugar de ello, frente a ella, cuando consiguió tener el suficiente aire, pues aún jadeaba intensamente, le reprochó:

–¡Nada de magia!

Y, enfadado, se dirigió hacia las tiendas, en una de las cuales se encerró con ahínco.

Helen, muy molesta, levantó el puño en que sujetaba la varita y gritó:

–¡No hay de qué, eh!

Y en aquel punto intervino Ángela diciendo:

–De desagradecidos está el mundo lleno. Eso para que te sirva de lección: otra vez les echas el salvavidas a las cartas, que a ésas no las ha salvado nadie, y, por lo menos, nos hubieran regalado un buen rato.

Helen, que no se había movido un ápice, aún fija la vista en la tienda tras la que se había refugiado su padre, el ceño fruncido y mohínas las facciones, secundándola, dijo:

–Tienes más razón que un santo.

Y tal fue la entereza con que pronunció esto mismo, que del extremo de la varita surgió un hechizo, el cual, tal como tenía apuntada ésta, golpeó contra una rama que sobre ellos se extendía. Ésta, calcinada por completo, se desgajó del tronco de que nacía y fue a caer con gran estrépito sobre ellos y sobre cuantas cosas allí debajo habían dispuesto, puesto que aquel árbol les proporcionaba agradable sombra y habían querido aprovecharla. De aquel modo, previendo el peligro, apartándose y agarrando a los más pequeños, antes de que cayese ya estaban ellos fuera de su alcance.

La cremallera de la tienda en que se encontraba el señor Nicked se descorrió en un santiamén y, sin sacar de ésta más que lo que desde la distancia parecía el bigotillo, exclamó con voz más recalcitrante que antes:

–¡Lo he oído!

Y Helen, perdiendo los estribos, lanzó un maleficio a los pies de la tienda, el cual produjo en la tierra un diminuto estallido de hierba y humo blanco, y en el señor Nicked, indecible sorpresa y espanto, que en seguida volvió a cerrar la cremallera y no osó salir hasta la hora de cenar. Entonces apareció con expresión dulzona, aunque Helen seguía reticente y no le dirigió la palabra más que para lo estrictamente necesario; el muggle, no conforme con lo «estrictamente necesario», se puso pesado y, olvidándose hasta de su cena, le pidió un gran número de veces que le concediera un besillo mientras estiraba el morro y encogía la estera que tenía por bigote; sin éxito, o sin más éxito que el conseguir incordiar a su esposa, la cual le lanzó un maleficio que obligó al señor Nicked a pasar el resto de la noche en silencio, razón por la que se convulsionó repetidas veces y pataleó sin lograr nada, mientras, además, abría la boca como un lenguado sin proferir sonido alguno.

–¿No querías que no hiciésemos magia, Matthew? –le inquirió con los brazos en jarra su mujer–. Pues toma magia, cretino.

Y, empujándolo, lo obligó a introducirse en la tienda, donde le dijo que, si no roncaba mucho aquella noche, le levantaría el maleficio mientras dormía. El señor Nicked, recapacitando, se encogió de hombros y se echó a dormir: a fin de cuentas, había reflexionado, enmudecido como estaba no podía emitir palabra ni ronquido algunos, con lo que, cerrando los ojos, se entretuvo en aquel pensamiento y se durmió, satisfecho.

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La señora Nicked debía de haberle proporcionado el contramaleficio durante la noche, ya que, a la mañana y bien temprano, el muggle los despertó a todos con una retahíla de sandeces que declaraba en sueños. Su mujer, aprovechando que se hallaba ya despierta, se cubrió el cuerpo con una bata de color fucsia intenso y el pelo con una redecilla destartalada, y salió al exterior. El día, al contrario que los precedentes, se reveló neblinoso y plomizo, la arboleda recubierta de hilachas de brumas, el cauce del arroyo serpenteado por una asentada corriente como plata fundida; la mujer chasqueó la lengua con desaprobación. Había salido con la intención de lavar la ropa sucia que tenían, hasta entonces, almacenada; y, como apenas les quedaban mudas limpias, sobre todo de ropa interior, la situación se mostraba preocupante. Pero, pensó, aunque la lavase, en aquellas condiciones tampoco se secaría.

–Es hora de emplear la ancestral sabiduría mágica: el amplio repertorio de hechizos del menaje del hogar –se dijo a sí misma mientras, con un par de entumecidos dedos, hacía escurrir de su bolsillo su varita mágica.

En ese preciso instante salió el muggle de la tienda de campaña bostezando como un león hambriento. Se aproximó hacia ella mientras todos los huesos de su cuerpo crujían al desperezarse de forma antagónica. Con los ojos entornados, pues aún bostezaba, le dijo:

–Buenos días, palomita. Qué día más malo¿verdad? Y yo que pensaba enseñarle a Matt a volar una cometa que el chico había traído... –Al fin se percató del objeto que su mujer, la cual trataba de ocultarlo tras ella, sujetaba en sus manos–. ¿Qué haces con eso¿No estarás pensando en practicar magia, verdad?

–Pues sí –replicó resueltamente la bruja–. E imagino que un muggle tan grandísimo como tú no se va a oponer –en sus palabras se dejaba escapar un leve reproche amenazador, sensación que aumentó al encontrarse el señor Nicked la punta de su varita frente a su rostro, que miró bizqueando; aunque ésa no era la intención de su mujer, que bajó al momento la varita–; ¿o me equivoco?

–Habíamos hecho un pacto, Helen. Y me diste tu palabra.

–¿Cuándo te he dicho yo que no iba a emplear la magia, a ver? –inquirió malhumorada.

–Pues, si no me lo has dicho tú, lo he soñado, que para el caso es lo mismo –repuso el señor Nicked tranquilamente–. A ver, dime¿qué es ese asunto tan importante que no puedes resolver si no es por medio de la magia? A ver, dímelo.

–Quería lavar la ropa –explicó lacónicamente, seria.

–¡La ropa¿Lavar la ropa, has dicho? –El señor Nicked la miró atónito–. ¿En serio¿No intentas burlarte, Helen? –La mujer cabeceó ofuscada–. ¡Lavar la ropa! –exclamó dándose leves golpes con la palma de la mano en la frente–. ¿En qué momento te volviste tan cómoda, que resulta que yo no me di cuenta? Lavar la ropa... –Soltó una carcajada–. Por amor de la divina locura mágica, que eso se soluciona en un periquete; ¡y sin magia! Que debería darte vergüenza, Helen Nicked, que tenga que venir un muggle como yo para decirte estas cosas.

–¿Para decirme qué? –preguntó ella enfadada.

–Que te has vuelto muy cómoda –repitió el otro con desenfado–. ¡Antes no lo solucionabas todo con magia! Antes –precisó con énfasis–, es más, lo hacías con ingenio. Las cosas se pueden hacer de otra manera¿sabes?

–¿Ah, sí? –inquirió roja de rabia–. Y tú me vas a enseñar¿no es así, mugglísimo?

–Ajá, en efecto –respondió animado.

–Perfecto –exclamó furibunda la bruja y, dando largas y sonoras zancadas con sus pantuflas de animalitos, transpuso hasta introducirse en la tienda de campaña, de la que volvió al instante con un enorme cesto de ropa sucia que tendió a su marido–. Perfecto –repitió sin mirarlo–. Ahí tienes. Ya puedes empezar con la primera lección, que estoy deseando que me enseñes¿sabes?

El muggle tomó el cesto y se lo quedó mirando atónito, tras lo cual, todavía confuso, intercambió unas cuantas miradas con su mujer y dijo:

–Bueno, verás, yo no me refería a esto. Quiero decir, que lo que yo pretendía es que lo hicieras tú¡no yo¿entiendes?

La bruja asintió una sola vez, pero fingidamente; porque al momento alzó con parsimonia, como con desgana, su varita y la apuntó a los ojos del muggle, esta vez conscientemente. Asimismo, le mencionó en tono meloso:

–Verás, Matthew Nicked, me tengo por mujer poco reflexiva y fácilmente irascible; con lo que procura evitar el hacerme cruzar la línea entre la calma y... ¡la impaciencia! –dio una voz que debió de despertar a todo el campamento–. Y, como bien has dicho, ya no sé remediar nada sin usar la magia. Pero te equivocas: porque ahora, de buena gana, te estrangularía con mis propias manos; pero no, pienso ser permisiva. Y ya que has sido tan cortés de ofrecerte voluntario a mostrarme las sendas de los recursos muggles, que a ti, por supuesto, no te son ignoradas¿a cuento de qué te iba a negar yo tu predisposición? Así que lava; o, de lo contrario, me veré obligada a lanzarte un maleficio cubremusgo que te repetiré a diario para que te lo vean tus compañeros del hospital.

–¿En serio harías eso? –preguntó el muggle con los ojos iluminados de emoción.

La bruja cabeceó con pesadumbre. A continuación elevó con resignación los ojos al plúmbeo cielo y, seguidamente, los dirigió a su marido, al que dijo:

–No, cariño –con tono fingidamente suave–. Mejor: lava, o, de lo contrario, practicaré contigo el maleficio encogedor en... –se acercó hasta él y le susurró al oído– ...ya sabes qué.

–En mi cosita no –gimió el muggle llevándose las manos a la entrepierna.

–Si quieres proteger a Rodolfina –le dijo guiñándole un ojo mientras se alejaba de él–, ya sabes lo que tienes que hacer.

El muggle, sorbiendo lágrimas invisibles, o que no llegaban a asomar a sus ojos, aunque sí sollozaba sonora y lastimeramente, se arrodilló en la orilla del arroyo, se acercó el cesto con la ropa a lavar y tomó una pastilla de jabón. Enfurruñado, mientras frotaba sobre los abundantes palominos de sus mismas prendas, exclamó para sus adentros:

–Pues cuando se transforma en Súper Rodolfo, entonces sí que nunca se mete con mi cosita.

La señora Nicked se tomó el desayuno mientras, desde lejos, contemplaba hacer a su marido, el cual sudaba ya tan intensamente que podría pensarse que iba a desbordar el arroyuelo. Sin pizca de malicia, la bruja mantenía impresa en su rostro una divertida sonrisa, que en toda la mañana fue incapaz de borrar. Había decidido que, puesto que ya le estaba dando un escarmiento a su marido, no emplearía la magia para terminar de lavar o secar la colada, con lo que hubiera conseguido volverlo a irritar; pero, en caso de que a la mañana siguiente no estuviera seca, y que era lo más seguro con el clima que reinaba, ya podía lloriquearle y suplicarle todo cuanto quisiese, que ella la usaría, si es que no quería ver al resto de la familia paseando sus vergüenzas sin nada mejor que ponerse.

Al salir el resto y encontrar al señor Nicked haciendo grandes esfuerzos por borrar unas manchas de tomate de un suéter de Mark, algunos no pudieron reprimir sonreírse, pues sudaba abundantemente. La señora Nicked, cuando la mayoría, intrigados, le preguntaron sobre el caso, se lo explicó divertida. A continuación, sintiendo seguramente remordimiento de la ociosidad en que había quedado tras transpasar su tarea a su marido, la mujer preparó buena parte de los desayunos que los demás tomarían, mientras Ángela, enfervorizada, le gritaba a su cuñado que apretase la pastilla del jabón, que no temiera se le fuera a quebrar; a lo que al muggle, refunfuñando ininteligiblemente, se le entendió algo así como que a él no le hacían falta consejos de nadie.

Sorensen, una vez hubo terminado de comerse su revuelto de huevo frito y su panceta y de beberse su doble zumo de calabacín con unas gotas de coñac, que a su juicio le daba un sabor especial, resolvió ayudar al misérrimo señor Nicked, el cual, para cuando éste terminó, se desnudaba aprisa para zambullirse en el agua en pos de la pastilla de jabón, que se le había escurrido y escapado. Ángela lo retuvo, pidiéndole que la ayudara a ella en otro menester. Asimismo, la señora Nicked adujo que lo mejor que podían hacer era dejar que el muggle se las arreglara solo, y, para convencerlos, les recordó lo que éste le había dicho a ella. A Remus no le parecía que su suegro hubiese dicho nada ilógico ni disparatado; quizá sí algo hiperbólico, pero nada más: al fin y al cabo, él había encontrado a su esposa a punto de practicar magia y, en los mejores términos, se lo había recriminado. Pero el licántropo no dijo nada, por no querer dar la impresión de que se oponía a la voluntad de su suegra.

Así, la labor del señor Nicked se extendió hasta el mediodía, momento en que asomaron unos terribles rayos de sol que le golpeaban contundentemente sobre la nuca, como si quisiesen sumarse a la tortura del pobre muggle. En cambio, cuando hubo acabado y se dispuso a tender las prendas empapadas sobre una cuerda que había dispuesto desde una rama a otra, el sol se ocultó por completo y no volvió a aparecer en todo el día, con lo que la colada reposó sin pena ni gloria, calada hasta la última fibra. El señor Nicked, que se pensaba que todo aquello era una bribona confabulación de los elementos en su contra, se volvió con el puño en alto hacia el cielo y lo reprendió duramente. Sorensen, que pasó a su lado, le preguntó confuso que a quién hablaba tan gravemente; y el señor Nicked, ruborizado, le dijo que al sol.

–Ah, pues sigue, pues sigue –convino el bibliotecario con un leve gesto de mano–. Que no te interrumpa el que haya pasado yo por aquí.

Cuando el sol cayó, o debió de caer, porque las nubes que cubrían el cielo se tiñeron lentamente de gris a malva, y de malva a negro, la señora Nicked examinó, la que debía de ser ya la quincuagésima o la sexagésima vez, la ropa tendida; en aquella ocasión la acompañaba su marido, que todavía contemplaba con recelo el firmamento.

–No se ha secado –observó la bruja–; claro, natural. Mira, la recogeremos y mañana, digas lo que digas, le practicaré un encantamiento secador; que, si no, Remus y los niños, por ejemplo, se van a quedar sin ropa interior.

–¡No! –protestó el muggle–. Déjala tendida esta noche. Verás cómo a la mañana ya está seca.

La mujer, a fin de no discutir, agachó la cabeza diciendo:

–Conforme, Matthew. Pero –recrudeció el tono–, como a la mañana siga mojada, les practicaré el encantamiento; y a ti, como entonces te pongas pesado, el que ya sabes.

El señor Nicked, gruñendo en voz baja, asintió y la contempló rechinando los dientes mientras se alejaba de su lado. A continuación, con simpleza casi pueril, se aproximó a unos calzones que reconoció como suyos y, soplándoles con fuerza varias veces, volvió a tentarlos con un par de dedos. Como si esperara hallarlos secos, gruñó de nuevo más fuerte y se alejó, considerando para sus adentros si Matt, Mark y Nathalie se dejarían convencer para soplar durante toda la noche.

Después de cenar, improvisaron una pequeña fiesta. La idea fue de la señora Nicked, que había rescatado de su equipaje una vieja radio a pilas que no captaba más que dos sintonías: la una era informativa y la otra tan sólo reproducía música clásica. Aquélla, intuyó la señora Nicked, debía de ser la causa por la que tan poco animados estaban Helen, Remus, Sorensen y Ángela, que en más de una ocasión, bostezando exageradamente, propusieron la idea de irse a dormir; se confirmó en esta idea cuando Ángela se negó en redondo a bailar al son de una obertura estrafalaria, en la que, a cada repiqueteo de la percusión, Nathalie, que bailaba con su hermano mayor, se estremecía y encogía las facciones. Finalmente bailaron, aunque tan a desgana que parecieran obligados; de manera que los únicos que lo hacían a gusto parecían ser los señores Nicked, que bailaban tan sonrientes que daba la impresión de que no hubiesen reñido en todo el día, y los dos niños. Mark, junto al canastillo en que dormía Alby, al que pinchaba de vez en cuando con el dedo para despertarlo, tenía la mejilla apoyada sobre el pómulo mientras observaba aburrido la escena.

El señor Nicked le rogó a su yerno que lo acompañase un instante en tanto su mujer reponía los frutos secos, razón por la que Ángela, dándose un doloroso golpe en la frente, reprimió una exclamación de disgusto al tiempo que cabeceaba mirando distraídamente a su marido. Lo llevó hasta la linde del bosque, en donde, en dos bajas ramas, había dispuesto el tendedero provisional.

–¿Puedo pedirte un favor? –le preguntó el muggle mientras divisaba lo que hacían los otros en el no muy lejano campamento. Remus asintió–. ¿Te importaría secar la ropa? Con magia, claro –le pidió con expresión angelical, que en un niño hubiera quedado monísima, pero que en él, tan grande ya, con poco pelo y un grueso bigote, resultó pantomímica.

–Creía que nos habías prohibido hacer cualquier clase de magia –repuso el licántropo tranquilamente.

–¡Ya, ya!... –exclamó nerviosamente el señor Nicked, dando manotazos en el aire como si apartase aquel pensamiento a fuerza de cachetadas–. Pero toda ley tiene sus excepciones –dijo–. Y, además, te lo estoy pidiendo yo, que soy tu amadísimo suegro.

–Sé lo que pretendes, Matthew –replicó sin variar la expresión–; tu mujer me ha contado lo que le has prometido.

–Pues claro –gritó en voz queda, medio abochornado–. Pero, como Matthew Nicked que me llamo, que la ropa amanecerá mañana seca aunque tenga que hacer un pacto con el diablo; en su defecto, contigo. –Aguardó un momento a descubrir la reacción de Remus, pero, como éste no hiciera nada, prosiguió–: Oh, vamos, Remus. Sabes lo que me cuesta pedirte esto, que soy muy cabezota y muy mío. Y, además, tanto tú como yo sabemos que, a menos que ocurra un milagro –los ojos del muggle se desviaron hacia la varita del hombre–, mañana la ropa seguirá mojada; y ninguno de los dos queremos que mi mujer me vuelva a reñir¿verdad? Porque me reñirá...

El licántropo sacó su varita, a lo que el señor Nicked dio grandes saltos de alegría, aunque no sin refunfuñar el primero:

–Te reñirá igualmente, porque ella te preguntará cómo se ha secado y tú te negarás a respondérselo, Matthew. Pero, en fin¿qué le vamos a hacer? –Blandió su varita y, como una oleada de viento seca y caliente, la ropa se sacudió. El muggle la tocó en seguida y, comprobando que estaba seca, soltó un grito de júbilo–. ¿Contento? –guardándose la varita.

Cuando regresaron al campamento, no supieron debido a qué, pero la señora Nicked había recogido la radio y daba muestras de irse a dormir. Ángela la seguía, y decía cosas como:

–No te enfades, Helen, que no quería decir eso. –O–: Pero es que es verdad, que te ha faltado traerte el disco de los fantasmas budistas. –O–: Venga, que ya me voy a poner a bailar en serio. Mira. –Y hacía como que bailaba al estilo disco. Pero se detuvo en seguida porque la señora Nicked la ignoraba. Lanzó miraditas a su marido, a las cuales, en ocasiones, acompañaba un leve encogimiento de hombros–. ¿Qué tengo que hacer para que no me ignores, Helen?

–Irte a freír estiércol de dragón –gritó. A continuación, dijo a los demás en tono normal–: Perdonad vosotros. Y buenas noches.

Y se introdujo en la tienda. Después de aquello, la fiesta se disolvió rápidamente. El señor Nicked y Helen y Remus, sin apenas detenerse a conversar con los otros, se unieron a la señora Nicked, que fingía dormitar en su lecho vuelta de espalda a la entrada.

Sin embargo, aunque la niña daba muestras de profundo cansancio, el muggle parecía animado por no sé qué trago de anís que se había echado con Sorensen y no paró de hablar en toda la noche. Primero fueron trivialidades; después, más trivialidades; a continuación, todavía más trivialidades, por supuesto, pero peligrosas, porque en éstas el hombre se jugaba el pellejo. Así, el señor Nicked mencionó:

–No sé yo, pero me da un pálpito –le guiñó un ojo al licántropo– que mañana la ropa va a estar más seca que la arena del desierto. Seca digo¡desintegrada y todo del calor que va a hacer esta noche! No me preguntéis por qué, es un pálpito.

Pero Helen, que llevaba ya un buen rato girando de un lado para otro sin parar, se incorporó y dijo:

–Mamá¿podrías decirle algo a papá ya para que se calle, por favor, que a nosotros no nos va a hacer caso?

La señora Nicked se revolvió y golpeó a su marido con su felina mirada, tan furiosa, que éste, agachapado, se echó la sábana por encima y, con voz mermada, repuso:

–Vale, vale... Ya me callo. Que yo por las buenas soy muy bueno, pero por las malas...

La adivina sonrió tibiamente a su marido, que depositó la cabeza sobre la almohada fingiendo que dormía hasta que, a no mucho de aquellas palabras, escuchó los primeros ronquidos del muggle. Le dio entonces unos toquecitos en el hombro a Helen, vuelta de espaldas a él, que no parecía dormida por cómo reaccionó, y, sonriéndole, le inquirió con la mirada. Ésta asintió embelesada. Entonces, tanto uno como otro se pusieron en pie, con sumo cuidado para no despertar a los padres de la mujer ni a sus hijos, y salieron de la tienda. Sonrieron regocijados al ver con cuánta facilidad habían resuelto el caso.

Al pasar junto a los escombros del fuego de la fiesta, Helen reparó en que, junto a ellos, había un par de prendas desdobladas y como estrujadas, que al punto reconoció como de Sorensen y Ángela. Al principio pensó que podrían haberlas dejado para vestirse fuera por la mañana sin molestar a los críos, ya que solían levantarse antes que éstos; pero fue el licántropo quien le hizo considerar la posibilidad de que se hubieran escapado del tendedero, en tanto que el señor Nicked no las había fijado con pinzas. En uno y otro caso, la adivina consideró que lo más conveniente era depositarlas en la cuerda con el resto de la ropa, porque, además, el encantamiento del licántropo permitiría que se mantuviesen cálidas durante el resto de la gélida noche; y, con tal propósito, corrió a dejarlas en aquel sitio.

Después salieron corriendo hasta el arroyo, en cuya orilla se detuvieron. La noche era fresca, aunque se habían abierto algunos claros en el cielo como manifestaba la luna, que aparecía a ratos, y, como ruborizada, se escondía otros; quizá por eso, para entrar en calor, se besaron. Las manos del licántropo, como las del tornero, desdibujaron con el tacto las caderas, los hombros y los brazos de su mujer, que sujetaba la mandíbula de él como reticente a que se fuera a escapar. A continuación las ropas de ambos cayeron en derredor de los dos sutilmente, y, sin separarse, completamente desnudos, se introdujeron en el agua.

Estaba helada. La adivina, llevada por el impulso del licántropo, que empujó de ella hacia adentro, reprimió un grito. No obstante, al rato se acostumbraron a la sensación y la frialdad pareció remitir. O quizá la temperatura de ellos se oponía a la del bullente arroyuelo. Abrazados, enlazadas sus lenguas, sus pies, sus brazos, disfrutaron el uno del otro con unas ansias irrefrenables. El licántropo experimentaba la sensación de no haber gozado de ella desde tiempo indefinible, pero larguísimo; y a Helen parecía ocurrirle lo mismo. Así, como dos almas que se conocen por primera vez, chapotearon sobre la caldeada superficie del arroyo, hundiendo su amor entre zambullidas de piel.

Pero aquello se vio interrumpido por un chasquido y una voz. Helen miró a Remus y éste, a su vez, a ésta. Nadando sin remover mucho las aguas, por no hacer ruido, se aproximaron al punto en que creyeron que provenía. Tuvieron que incorporarse un poco para ver lo que sucedía, pero, al descubrirlo, Helen dejó escapar un gritito confuso. Remus, emitiendo otro desaprobatorio, la sujetó con ambas manos por la cabeza para sumergirla, y, seguidamente, se hundió él también. Creyó que Ángela y Sorensen no los habían visto.

En efecto, Sorensen, que hacía el amor con su mujer detras de un tronco caído en que se apoyaban, se detuvo un momento para preguntarle a Ángela:

–¿No has oído eso, Ángela?

–¿El qué? –preguntó ésta molesta porque se había parado–. Yo no he escuchado nada en absoluto. Habrán sido nuestros jadeos, cariño, no te preocupes. Anda, sigue, que ibas muy bien.

Aquellas últimas palabras fueron captadas por la pareja escondida, que ya habían rescatado sus cabezas de la profundidad; Helen, aunque le había lanzado a Remus una mirada atroz por el modo en que había tenido de ocultarla, se lo agradecía en el fondo. Cuando se reanudaron los resuellos de placer, que se preguntaron ambos cómo no los habían percibido antes, el licántropo le propuso a Helen marcharse para que al menos una de las dos parejas disfrutara de intimidad. Helen, que opinaba igual, lo secundó: salieron, se vistieron y se fueron a dormir.

Pero no lo consiguieron. La frustración de no haber consumado el acto, a lo que se sumaban los paroxismales estertores del señor Nicked, los mantuvieron en vela durante un buen rato. No supieron cuánto hubo pasado cuando escucharon murmullos en el exterior; por primera vez desde que regresaran, Helen y Remus intercambiaron una mirada. Captaron, sobre todo Remus, algunas voces, que así decían:

–Pero llámalos¡llámalos!... Joder, también es mala pata¿no? –Era la voz de Ángela.

Sorensen le respondió:

–Pero no querrás que entre así¿verdad? –Ángela hubo de decir o hacer algo, porque en seguida agregó–: Joder, Ángela, que estoy para que me hagan una pepitoria. –Percibieron un gruñido difuso–. Vale, ya voy, ya voy. –El hombre carraspeó–. Remus, sal.

–¡A Remus no! –bufó la mujer.

–¿Cómo que no? Pues ven tú si quieres y llama a quien te dé la gana–. Carraspeó más fuerte y también con más volumen dijo–: Sal, Remus, joder, por lo que más quieras.

Éste, confuso, dejó a su mujer, que lo observaba con el ceño fruncido, y salió. Nada de lo que hubiera pronosticado, por remoto que fuera, lo hubiese preparado para aquella escena: Sorensen, desnudo, lo esperaba frente a la entrada con ambas manos cubriendo sus zonas pudendas; Ángela, no muy lejos, igualmente descubierta, se ocultaba tras unos helechos mientras sonreía avergonzada.

–¿Qué... Qué os ha pasado? –preguntó reprimiendo una risotada.

–¡Pregúntale dónde están nuestras ropas! –exclamó con voz en falsete la mujer.

–Estábamos... Estábamos... –Bajó la voz–: Estábamos haciendo el amor... y habíamos dejado la ropa aquí, Remus. ¿La has visto? Es lo único que me quedaba; aunque no esperarás que vaya a entrar de esta guisa donde los niños¿verdad? Todo lo demás lo tengo allí...

Señaló el lugar donde debía estar el tendedero, porque éste había desaparecido, motivo por el que su dedo parecía mustio mientras señalaba; hasta entonces el bibliotecario no se había dado cuenta. El licántropo reprimió una exclamación y, echando a correr mientras Ángela le reprendía que no fuese a avisar a nadie, llegó hasta el lugar donde hasta entonces había estado toda la ropa. Examinó el lugar y descubrió retazos de tela sobre la maleza que estaba en contacto con el arroyo, lo que significaba que toda ésta había debido de transponer por él, si es que no había salido volando hasta introducirse en la oscuridad del bosque. Pero al licántropo le extrañaba, pues se movía poco aire. Más le extrañaba, sin embargo, cómo se había podido soltar la cuerda, pues la había atado él mismo; así que, encaramándose al tronco, se acercó hasta una de las ramas. Lo que halló lo dejó más que extrañado: la cuerda se había sesgado poco más allá de uno de los nudos, con lo que conservaba la rama un anillo en torno a ella; y la otra, comprobó, otro. Pero, aunque la buscó, no había ni rastro de la cuerda.

–Qué extraño –murmuró mientras regresaba apesadumbrado.

–¿Qué ha pasado? –le inquirió Sorensen al tenerlo cerca.

–Es como si la cuerda se hubiera roto –explicó–. Y lo peor de todo es que la ropa debe de haberse caído al arroyo y habérsela llevado la corriente. Pero peor todavía es que la ropa que habías dejado aquí os la habíamos visto Helen y yo, porque... porque...

–Ya lo sabemos –terció Sorensen con impaciencia–. Os hemos visto salir del arroyo, mientras nosotros... Bueno, ya sabes.

–¿Que nos habéis visto? –repitió Remus asombrado.

–¡Sí! –exclamó Ángela nerviosa–. Un culín precioso. Pero ¿queréis ir a lo que importa de verdad, que se me va a resfriar hasta la garganta uterina?

–Bueno, pues eso –prosiguió el licántropo–, que vimos la ropa y creímos que se habría caído del tendedero, conque fuimos a dejarla en él otra vez.

–¡Ay¡ay! –gritó Ángela dando saltitos detrás del helecho, compungida–. No me digas eso. ¿No pensarás que voy a entrar así delante de mi hijo ni del tuyo?

–¡Pero si era lo único que me quedaba de ropa! –se lamentó Sorensen–. Remus, por favor, déjanos algo que ponernos esta noche y mañana ya veremos qué hacemos¿de acuerdo?

El licántropo asintió y, corriendo, entró en la tienda, en la que Helen lo esperaba ansiosa y le preguntó:

–¿Qué pasa?

–Ahora te lo explico. Anda, por favor, dame algo tuyo que se pueda poner Ángela esta noche: un camisón o lo que sea. Rápido.

La mujer buscó aprisa pero en silencio en su equipaje hasta encontrar uno, que le tendió inmediatamente sin dejar de preguntarle qué sucedía. Remus, en cambio, como si estuviese ocupado para responderle, también hurgaba en su macuto; sólo que, al contrario que su mujer, no lograba encontrar lo que deseaba, por lo que le preguntó ansioso:

–¿Dónde está mi ropa interior?

–Lavada –contestó–. Sólo se ha librado la que tienes puesta.

–Vaya por Rowling, que la hemos fastidiado pero bien fastidiada –se apenó llevándose las manos a la cabeza–. A ver, pues dame algo de tu padre para que se lo dé a Sorensen, que están los pobres ahí fuera en carne viva. Y con el frío que hace.

–¿Qué? –inquirió Helen procurando no reírse y haciendo lo que él le pedía–. Pero ¿qué ha pasado?

–Ahora, ahora –la apremió–. Tú dame.

Al fin sacó unos calzones de su macuto que dio al licántropo y que éste, sin añadir palabra, llevó fuera. Sorensen los tomó ambos y, a fin de que su mujer no saliera de detrás de los helechos, fue el mismo quien le llevó el camisón de Helen; después, mientras dialogaba con su hermano, se puso su prenda, la cual le quedaba un poco grande.

–Es que mi ropa también se ha ido arroyo abajo –se disculpó Remus.

Sorensen no podía tomárselo en cuenta. Sin más dilación, se despidieron de él y se fueron a dormir, prometiéndose que lo solucionarían a la mañana. Ángela y Sorensen, avergonzados, encontraron a su hijo y a su sobrino despiertos, los cuales les examinaron las nuevas prendas con curiosidad, preguntándoles qué había pasado para que se fueran con unas y llegaran con otras. Pero el más impresionado era Mark, que reía a carcajadas, pues jamás le había visto la abertura del trasero a su padre, tan puritano era éste; pero la ropa del muggle le quedaba al bibliotecario excesivamente grande como para no sufrir ciertas incomodidades.

–Malditos calzones de Matthew –protestó al ver que se le escurrían y bajaban si se movía un poco.

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El sexto día, cuya mañana los niños más aprovecharon para dormir, tan rendidos habían acabado la noche anterior, despertaron todos, sin apenas excepción, con cierto solemne entristecimiento por su inminente marcha al día siguiente, aunque con cierto pesar al conocer el desastre de la "ropa naufragada". Sabían que era el último día que pasarían completo, que no les quedaba más que otra noche que dormir al raso bajo aquellas endebles tiendas muggles. Todo aquello causaba su relativa pena, y por todo aquello, intuían, sentían más vivos deseos de aprovechar aquella última jornada.

El licántropo fue a recoger leña para emplear como combustible por la noche, no sin antes haber lavado y secado mediante magia la única muda de ropa interior que le quedaba para poderla utilizar otra vez aquel día. Llevaba a mano su varita mientras caminaba receloso entre aquellos sombríos terrenos en tanto se abría la claridad en la celeste bóveda que se alzaba sobre ellos. Anoche no había pegado ni ojo, sin causa cierta si no que cierta voz hablaba en su interior que le decía que algo no marchaba bien; y él, por otra parte nunca habiéndose creído intuitivo en absoluto, percibía que aquel malestar provenía de no sabía qué que lo desagradaba que provenía de la penumbra de aquel follaje. De manera que, aunque particularmente, a Remus no le incomodaba la idea del retorno. Es más, deseaba regresar a la rutina, volver a casa, retomar la vida en el Ministerio y, todo sea dicho, distanciarse de su suegro, el cual, si bien cada día le parecía más guasón, también menos aguantable.

En aquellos pensamientos se encontraba cuando, de improviso, como suelen suceder estas cosas, percibió unas fuertes pisadas sobre cercana hojarasca. De modo que, poniéndose sobre aviso, soltó la leña que portaba y sostuvo frente a sí su varita, amenazando con ella a un enemigo hipotético. Había cruzado su entrecejo y mantenía los labios en un rictus incómodo y agrio, sola imagen que, a pesar de parecer a todos el licántropo de buen ver y apariencia apacible, hubiera causado tremendo terror en el más pintado.

–¿Quién anda ahí? –inquirió.

Al punto apareció, con los brazos alzados, tembloroso, su suegro. Remus, relajando la expresión, relajó también su postura y bajó la varita; de igual manera, el muggle bajó los brazos. El licántropo, dándole la espalda, recogió la madera del suelo al tiempo que le decía:

–No es seguro que pasees por entre estos árboles, Matthew. Y menos solo. Deberías habernos avisado por lo menos.

–¿Me habrías disparado? –preguntó su suegro con tono indefectiblemente acongojado.

Remus soltó una carcajada que alivió al muggle.

–Tal vez, depende de lo sabrosa que resultara la carne de muggle a la brasa –se burló.

–¡Eso no lo digas ni en broma! –exclamó el otro–. Por cierto¿tienes papel? –El licántropo asintió–. Es que tengo que ir adonde tú ya te imaginas. –Remus se sonrió; cada vez que su suegro decía aquello se refería, sin lugar a dudas, al lugar que había determinado como su excusado particular, y al que, por la misma razón, había vedado el paso de toda persona que no fuera su amorosa esposa–. Es que menudo susto que me has dado, condenado. –Remus, sin perder la sonrisa, apuntó su varita en dirección a su mano diestra conjurando un rollo de papel higiénico–. ¿Qué haces, loco? Nada de magia, nada. Anda, dame el papel –cogiendo el rollo y echando a correr, todo lo cual a pequeños saltitos, porque, al mismo tiempo, iba quitándose el cinturón y desabrochándose el pantalón, el cual ya llevaba bajado por la altura de las rodillas, corriendo en calzones, cuando Remus lo perdió de vista; todo lo cual acompañaba el muggle con estas voces–: Y nada de magia¿me has escuchado? Te voy a esconder la varita, sí, eso es lo que voy a hacer. Que menudo susto me has dado, santa patrona divina de los desamparados mágicos.

Como es de prever, el licántropo quedó entre sonrisas; las cuales pronto se deshicieron cuando éste, creyendo escuchar otro ruido inexplicable, soltó de nuevo toda la carga que llevaba encima y dirigió su varita en la dirección de que provenía; soltó una risita triste al percatarse de que lo que apuntaba era un cuervo que echó a volar en seguida, seguramente espantado por la brusquedad del licántropo, quien se quedó recogiendo, entre sonrisas y propios murmullos de desaprobación, por segunda vez su carga.

Mark fue quien llamó la atención de su primo al advertir al cuervo volando. Matt, sin embargo, no le dio la menor importancia; prosiguió desayunando tan inconmensurablemente como hacía un instante. Su primo siguió hablándole sin advertir su apatía; Matt sólo dio muestras de responder a los estímulos externos cuando apareció de entre la espesura su abuelo, con el gesto mejorado y batiendo palmas como si de un muchacho se tratara.

–Qué cosa más impresionante me acaba de suceder –explicó a todos con tono afectado–. Remus casi me derriba en el suelo de un hechizo. Bueno, en realidad, uno de los muchos que me ha lanzado ha conseguido darme, pero yo, consciente del peligro, di un salto –lo imitó–, y lo esquivé. Al parecer me había confundido con un inmenso y gordo jabalí.

–Oh, muy común –intervino Ángela, sin apenas prestarle atención, al pasar a su lado mientras leía Corazón de bruja, que había traído una lechuza a pesar de la oposición del muggle, que había tratado de espantarla antes de que consiguiera cumplir su cometido–. ¿A quién no le habrá ocurrido alguna vez eso contigo, eh, cuñado? Y más a Remus, que tiene una vista de lince. –Emitió una sonrisa fingida–. Yo, sin ir más lejos, te confundí el otro día con un mamut, pero luego recordé inmediatamente que estaban extinguidos, y me dije para mis adentros: "¡Pues aquí se han dejado atrás uno! Patoso, sin apenas cerebro, y con un bigote más grotesco que dos puntiagudos colmillos... En efecto, un mamut, un mamut..." Y ten cuidado no vaya a ser que un día Nathalie, confundiéndote de la misma tonta manera que yo, o que Remus, te quiera cazar y todo; si no es que se adelanta Alby y pega un salto de la cuna y coge su rayo láser y hace trizas a su abuelo. No te fastidia...

–¿No me crees? –infirió finalmente el muggle después de aquella larga exposición por parte de la simpática, a la par que irónica, bruja; ésta, sin mostrarse deseosa de retomar la refriega, en tanto pasaba las hojas de la revista, asintió con desgana–. ¡Es cierto! –exclamó fastidiado–. Estaba recogiendo leña, pero le he asustado, porque he aparecido entre unos matorrales, tras los que me he agazapado para darle un susto mortal; pero, tanto ha sido, que no ha tenido mejor opción que dispararme con su varita. Como sabe que en ese terreno yo no puedo defenderme...

–Si en verdad te ha disparado –intervino entonces la adivina con gesto mohíno–, algo le habrás hecho tú primero; pero dudo yo mucho que Remus haya tenido el estómago suficiente de lanzarte a ti la más mínima chispa para tenerte que estar luego aguantando siete semanas y media.

–¡Es cierto!... –volvió a gritar el señor Nicked fuera de sí.

–¿Habéis leído esto? –exclamó Ángela ignorándolo–. ¡Gilderoy Lockhart está completamente recuperado!

–Pero ¿queréis hacerme caso? –protestó el muggle enfadado–. Estaba hablando yo primero.

–Sí, patrañas –masculló entre dientes Helen.

El señor Nicked, haciéndose el muy ofendido, puso en movimiento sus pies encaminándolos de nuevo al bosque. Mientras tanto, se fue farfullando que buscaría a su yerno para traerlo para que vieran que decía la verdad, o algo así entendieron por lo menos. El muggle halló al licántropo no muy lejos de allí, aunque, dado que caminó en círculos, le fue algo difícil la empresa. Tenía el mago de nuevo las ramas desparramadas en torno a sí, como si, de otra impresión, las hubiese arrojado lejos, de un respingo. Aproximándose cauteloso, le inquirió con tono bien distinto al empleado en el campamento:

–¿Quieres que te ayude, Remus?

–Oh, no, gracias –contestó el otro sinceramente–. Esto ya está casi acabado.

El señor Nicked se rio, acto por el cual el licántropo le inquirió la causa.

–Bueno –habló el muggle sin aguantar la risa–, tienes la misma madera que cuando te vi. Lo mismo pudiste decirme antes. –Cuando controló el impulso refirió–: O mucho me equivoco, o tú buscas algo más que unos simples palos secos.

El licántropo devolvió la mirada a su suegro con cierta incredulidad, y éste, percatándose, le arqueó las cejas significativamente. Al final, el primero acabó diciendo:

–Tienes razón, ya no estoy buscando madera. –El muggle no apuntó nada: le dejó hablar tranquilamente; sí es cierto que, en aquel momento, se aproximó hacia él y tomó parte de la carga que llevaba para compartirla–. Tampoco estoy buscando nada preciso.

–¿Estás preocupado, verdad? –le preguntó. Remus, como si no creyera que su suegro fuera realmente aquél que tan sensatamente le estaba hablando, con tono tan modificado al que lo tenía acostumbrado, lo observó atónito; el señor Nicked pareció descubrir sus pensamientos, pues en seguida añadió–: Oh, el ridículo de Matthew Nicked, como el pobre es tan payaso¿cómo habrá podido darse cuenta de lo que el famoso Remus Lupin piensa, verdad? –El licántropo se sintió un poco avergonzado, pero no apuntó nada–. Pero hasta a los payasos del circo les está permitido pensar, y reflexionar... Y pueden ser tan importantes como los reclamados ilusionistas. –Remus creyó advertir que lo decía con profunda tristeza–. ¡Bah! Lo que quiero decir es que, de desearlo, podrías... contármelo.

–No estoy preocupado por nada en particular –confesó Remus–. Simplemente, hay algo dentro de mí que me estorba.

–Sí, sé a lo que te refieres. –El licántropo, extrañado, intensificó su mirada hacia él–. Quiero decir, anoche, por ejemplo, te escuché hablar en sueños. Parecía que estuvieran degollando a Nathalie y a Alby por lo que decías. –Remus bajó avergonzado la cabeza–. Mi mujer no me dejó que te despertase. –Hizo una pausa–. Así que crees que en este bosque mora algo que puede hacerles daño. –El licántropo, cabizbajo, asintió–. ¿Y se lo has comentado a mi hija?

–No quiero preocuparla.

El muggle reflexionó. Dijo finalmente:

–Será mejor que bajemos; a no ser que consideres que tus pesquisas te llevan por buen camino. Si quisieras saber mi opinión, ésta es que, de existir algo remoto aquí, cualquier animal, lo que sea, lo habríamos sabido ya. Y yo no me preocuparía gran cosa; el famoso Remus Lupin preocupado por un animal que ni siquiera se ha presentado ante él –mostró con burla. Remus, viendo la sinrazón, acabó sonriendo–. ¿No querrás que Corazón de bruja dé una nueva exclusiva, verdad? –Rieron–. Oh, Remus –exclamó repentinamente, como trayendo un nuevo y exaltado pensamiento a su cabeza.

–Dime.

–¿Te importaría hacerme un favor? –El licántropo quiso saber cuál–. ¿Te importaría decir en el campamento que me has disparado no sé cuántos rayos con tu varita y que yo los he sorteado dando brincos, eh, te importaría?

–¿Y eso para qué?

El señor Nicked ignoró esta última pregunta.

–Pero ¿te importaría, eh? Mira –dijo soltando el puñado de leña sobre el suelo, tomando un afilado palo y atravesándose un flanco de la camiseta con él–, vas y dices que esto me lo has hecho con yo qué sé conjuro, que creías que era un jabalí. ¿Vale?

–Pero ¿eso para qué? –siguió insistiendo.

–Pero ¿te importa¿A que no?

Así, discutiendo, llegaron al campamento, en el cual el señor Nicked, dando respingos de felicidad, llamó la atención de todos para que atendieran a la versión de Remus, que coincidía punto por punto con la suya, sorprendentemente. El muggle, muy excitado, mostró entusiasmado los agujeros de su camiseta y siguió refiriendo épicamente las hazañas de su conquista sobre la magia. Y, para acabar, tan satisfecho estaba, que exclamó para Ángela:

–¿Quién es el mamut ahora, eh?

Y se marchó de a su lado barritando como un elefante.

Entre tanto esto ocurría, no muy apartados, Matt y Mark, a la orilla del alegre arroyuelo, contemplaban en cuclillas el rápido discurrir de sus aguas. El pequeño, dando un respingo, le señaló a su primo un pez que había divisado y que éste pronto también pudo ver; inocentemente, tomó una rama que tenía junto a sí y la lanzó contra el agua, creyendo, ingenuamente, que atravesaría al animal de hito a hito; mas cuanto consiguió fue errar el tiro, que el ramazo rozara la superficie del agua y que fuera arrastrada por la corriente del agua. Después, para más inri, descubrieron que era una zapatilla vieja. Matt, a pesar de que lo intentó, no consiguió aguantarse la risa.

–¿De qué te ríes tú, eh, renacuajo? –le inquirió molesto Mark.

–Pero –riendo– ¿a quién llamas tú renacuajo¿Tú te has visto alguna vez en un espejo? Si tú no eres ni el esperma que fecunda el óvulo del que nace el renacuajo, estúpido.

–¿De qué me hablas¿Qué es el esperma¿Qué es un óvulo? –inquirió aprisa, anhelantemente.

–Eso da igual –dijo inquieto, tratando de apartarlo de aquellos pensamientos lo más rápidamente posible–. Lo que no tiene vuelta de hoja es que tienes menos puntería incluso que el abuelo.

–Ah¿eso crees? –Tomó una enorme piedra y Matt, espantado pero guardando la compostura, se puso en pie–. Pues te pienso demostrar cómo aplastó esa zapatilla con esta piedra, ya verás.

Y se dispuso a lanzarla, pero, en lugar de en dirección de donde era arrastrado el objeto, acabó arrojándola a la orilla, justo a los pies de su primo, de forma que el agua salpicó bruscamente cayéndole toda encima. Matt, secándose las gotas que le habían caído en la cara, tomó una piedra de las que había junto a sí y, lanzándola de igual forma contra su primo, lo salpicó igualmente. De manera que se inició una pugna de la que no podía obtenerse nada bueno: volaban piedras en un sentido y otro que, en su mayoría, caían en la orilla salpicándolos. No obstante, tal era la malignidad del más pequeño, que, sin preocuparse del tamaño de las que cogía, unas arrojaba contra el arroyo en pos de que salpicase y otras contra su primo, a quien golpeaban con dureza.

Pero el mal hado estriba en que Matt, sin maldad ninguna, muy al contrario de la postura de su primo, al lanzar una piedra que no era, qué infortunio, ni de las más pequeñas contra la orilla, erró el tiro con tal fortuna que fue a dar en el ojo izquierdo de su primo, el cual, tras gritar tan duramente que parecía muerto allí mismo, se dejó caer en el suelo quieto como si desmayado.

De inmediato aparecieron corriendo los adultos, entre ellos Ángela y Helen. La primera recogió a su hijo del suelo, que se dejó llevar en sus brazos mientras lloraba amargamente; la segunda inquirió al suyo qué había ocurrido, y éste, aunque con un nudo en la garganta, se lo contó cabizbajo. El señor Nicked, que se había situado tras él, le infundía ánimos colocándole su mano sobre el hombro. Al final, el muggle acabó mencionando, como si tal cosa:

–Son cosas de críos, Helen. Yo, de pequeño, sin ir más lejos, le tiré un pedrusco a mi primo Eric –se rio, llevándose las manos a la cabeza–; todavía me acuerdo... No lo castré de purito milagro.

–¡Calla, por favor, papá¿quieres? –repuso ésta de mal humor–. No creo que sea momento para que nos cuentes tus batallitas de infancia. Lo que ha hecho Matt no tiene excusa posible. Y estoy muy decepcionada. ¡Podrías haberle saltado un ojo!…

–¡Y me lo ha saltado¡Me lo ha saltado! –gemía Mark entre lágrimas mientras su madre le realizaba las curas, pues, hablando, habían llegado hasta ellos–. Me ha dejado ciego¡ciego terminal!

Ángela meneó la cabeza sin decir nada.

–Te voy a castigar muy duramente al regresar a casa, chavalín –continuó reprendiéndole la adivina, en tanto el señor Nicked rechistaba sin llegar a decir nada–. ¡Tirarle piedras a tu primo! Pero ¿quién te crees que eres? Te quedarás el resto del verano sin salir; y no podrás volver a ver a tus amigos del pueblo.

–Pero, mamá... –repuso indignado, pronto a llorar.

–¡No, Matt! –le gritó–. Creía que tenía un hijo maduro en casa, pero en lugar de ello me encuentro un crío que sólo sabe resolver sus problemas a base de pedradas. ¿Qué habrías hecho, eh, de haber tenido tu varita a mano y haberla podido utilizar? Sabe Rowling... Le pedirás perdón a tu primo y ya hablaremos tú y yo después de ese escarmiento que te he prometido.

Matt torció el gesto enojadísimo. Mark, entre tanto, seguía llorando. Sólo repetía, una y otra vez, que se iba a quedar ciego, que ya nada veía, que lo llevasen a San Mungo antes de que fuera irremediable, y otras sandeces que sólo ocasionaban en Matt impulsos de echarse sobre él y agarrarlo por el cuello, pues tan bien lo conocía, que lo creía fingiendo.

–Me estaba explicando no sé qué cosas de esperma y óvulos, pero, como yo le he dicho que no me contara esas cosas, me ha tirado la piedra –sollozó teatralmente–. ¡Y ahora me voy a quedar ciego de por vida!

–¡Para colmo! –bufó Helen inaudita–. ¿Qué haces tú contándole esas cosas a Mark con lo pequeño que es? Sin dudarlo, castigado el resto del verano. Y le pediré a tu padre que, en lugar de que te quedes en casa, te lleve al Ministerio para que te endereces y hagas algunos trabajillos de mantenimiento o lo que encuentre.

–Anda, sobrina, no seas tan cruel con el pobre –intervino con voz dulce Ángela, quien interrumpió un instante las curas, sustituyéndola la ansiosa señora Nicked, para hablarle–. Que no me imagino yo a éste –refirió despectivamente señalando a su propio hijo– pidiéndole que no le hablen de guarradas; si hace no mucho lo pillé a las cuatro de la mañana despierto viendo un programa erótico... ¡Con el pizco que es!... –volviéndose como con furia hacia él–. Y si San Esteban es mártir, santo la verdad es que mucho no es; que éste antes se ha llevado consigo unos cuantos romanos... ¿O qué te crees, que el chichón que tiene tu hijo se lo ha hecho el Espíritu Santo? –sujetó la cabeza de Matt, aproximándosela hacia su madre, para que lo pudiese ver mejor–. ¿Eh? –Helen no dijo nada. Ángela, sin detener ni por un momento su discurso, buscó por casi todo el cuerpo del muchacho, indagándole en las piernas y brazos descubiertos y levantándole la camiseta–. ¿Y esto qué es, eh? –Inquirió tanto para su sobrina como para su hijo, ya que tanto a una y otro miraba–. ¿Estos cardenales qué son? La corte papal cuanto menos, hay que ver. ¿O me vas a decir ahora que tu hijo tiene la piel delicada, porque¡vamos, éste tiene hasta la sangre saltada.

Matt se quedó observando fríamente a su madre a fin de no perder detalle de su reacción.

–Vale, de acuerdo. Pero, aun así, que venga y me lo diga; pero que no se tome la justicia por su mano, que su primo es mucho más débil que él y él no piensa que es más fuerte que su primo y que le puede hacer más daño. –Se tomó una pausa en que observó a su hijo con expresión altiva que, a ratos, conjugaba con una más simpática y entrañable, aunque no del todo desenfadada–. Lo del castigo ya me lo pensaré, caballerete. Ahora, lárgate de mi vista, y bien lejos de tu primo, que anda que estáis los dos buenos.

Y se marchó. Ángela aún permaneció unos minutos, mientras su hermana, la señora Nicked, concluía las curas sobre Mark, todo tiempo aquél que aprovechó para regañar con dureza a su hijo, el cual se defendía en vano, pues apenas le dejaba su madre. Finalmente, cuando la señora Nicked se retiró, ella, haciendo igual, la acompañó. Sólo quedó, pues, el señor Nicked, que les pidió que se comportaran en lo sucesivo y le comentó a Matt que hablaría con su madre para que considerase negativamente lo del castigo. Después, tras pedirle a su nieto que se alejara de al lado de Mark para no volver a enfadar a Helen, se marchó.

Inmediatamente, Mark soltó una risita ridícula. Después dijo:

–Renacuajo, tú sí que tienes menos puntería que el tío Matthew.

Matt no respondió a la provocación. Al menos, al principio no, pues sólo se lo quedó mirando, sonriendo vagamente; pero, al poco, le mencionó:

–Tú lo que eres, en verdad, es un falso –fue lo que dijo, agriamente–. Lo único que pretendes siempre es llamar la atención. Hace un momento estaba arrepentido, pero ahora no: ojalá el ojo se te infecte y se te caiga a pedazos.

–¡Oh, el bueno de Matthew amenazándome! –exclamó fingidamente Mark–. Se me acaba de caer un mito... –bromeó entre sonrisas–. Vete antes de que tu mamá regrese y te lance un maleficio directamente. Te has portado muy mal, Matt; me has decepcionado –se burló imitándola. Matt se contuvo las ganas de abofetearlo–. Mira que creer que no sé lo que es el esperma o un óvulo... –Rio–. Se cree el picha corta que todos hemos salido tan inocentes como él. ¡Nenaza!

Matt se lo quedó contemplando como con conmiseración. En seguida, sonriéndose para sí, se aproximó en dos rápidos pasos y le hundió un dedo en el ojo hinchado. Mark emitió un alarido terribilísimo, por el cual Matt, sin perder ni por un momento su encantadora sonrisa, echó a correr de su lado.

Ángela llegó al punto y le inquirió a su hijo qué le sucedía. Éste se lo explicó obrando grandes aspavientos y escupiendo de pura rabia, pero Ángela, encabronada, le gritó que Matt estaba en la orilla del arroyo, sentado, y le pidió que dejara de decir mentiras. Le rogó que se quedara allí sentado hasta la hora de la comida y que no la molestase para más tonterías.

Matt se sentó al borde del arroyuelo, en cuyas aguas cristalinas divisó su figura, a la que se quedó contemplando consternado. Se desató las zapatillas y, apartándolas a un lado, introdujo los pies en el agua. Así estuvo mucho tiempo, hasta que vino su abuelo y, quitándose sus zapatillas también y haciendo todo igual que él, se sentó a su lado e introdujo también sus grandes pies en el arroyo. Le echó un brazo por encima y Matt, derrotado, apoyó su cabecita sobre el hombro de él. El señor Nicked, encariñado, con una sonrisa tenue, como perenne, le acarició el cabello mientras lo abrazaba.

–Ya está todo arreglado con tu madre –le dijo simplemente. Y ninguno añadió nada más; sólo un apagado gracias por parte del chico.

Mark y Matt no volvieron a reencontrarse hasta el momento del almuerzo, y en éste apenas si se dirigieron alguna mirada. Y cuantas entre ambos se cruzaron fueron de odio o rencor. El mayor descubrió, con cierto malestar que no deseaba ni reconocer aun a sí mismo, que la hinchazón en el ojo de su primo le satisfacía, y, de tanto en tanto, se sonreía a su causa, pensando que le había estado bien empleado aquello a Mark; esperaba que hubiera aprendido la lección.

Por la tarde cada cual se empeñó en una labor: Mark arrojaba piedras contra la superficie del agua del arroyo en pos de conseguir cada vez ondas circulares más amplias mientras el señor Nicked lo observaba y, sintiéndose retado, se le acabó uniendo a fin de ver quién era capaz de lanzar más lejos; entre tanto, Matt jugaba con sus dos hermanos.

Sin embargo, al caer la tarde, Mark se acercó con paso diligente pero cauto. Matt, aunque lo vio venir desde lejos, hizo como que lo ignoraba y, para ello, siguió muy pendiente de responder a las preguntas de Nathalie sin volver a tornar los ojos hacia aquél. Pero Mark acabó acercándose y, deteniéndose a una distancia que le pareció suficientemente preventiva, lo observó tratar con su prima, sonriendo en todo momento. No obstante, como su aguda mirada inquietara a Matt, éste se volvió hacia él con tono autoritario para preguntarle qué quería.

–He ido a tu madre y le he preguntado si podíamos jugar ya juntos –explicó–, y me ha dicho que sí.

–Perfecto –contestó Matt indiferentemente–. Ahora déjame en paz.

–Me ha pedido que vayamos a recoger leña. Los dos.

Matt, poniéndose en pie de mala gana, le dijo a su hermana:

–Lo siento, Nathie. Me tengo que ir. –La niña asintió resueltamente–. Te prometo que, cuando termine, volveré y seguiré jugando contigo. ¿Te parece?

–Vale –contestó la niña felizmente.

A continuación, Matt, pasando afectadamente al lado de Mark, que lo contempló excesivamente sonriente, se encaminó hacia el bosque sin esperar a éste, el cual pronto se le unió. Atravesaron la linde y, para desazón del mayor, observó que, conforme se adentraban, más espesura y penumbra los cubría. Y el rencor del mayor se fue disipando a medida que sus ojos se acostumbraban a aquella oscuridad.

–¿Te duele? –acabó preguntándole incluso.

–¿El qué? –inquirió estúpidamente Mark.

–¡El ojo, pues ¿qué va a ser? –contestó Matt a desgana.

–¡Bah! A ratos. Pero ya se me ha olvidado –respondió–. Tía Helen ha preparado un ungüento que contenía no sé cuántas cosas con que me ha prometido que estará curado mañana o en un par de días.

Matt fue a decir que sentía mucho lo ocurrido, pero apenas reunió el impulso suficiente dentro de sí para que le saliese la voz. Además, antes de conseguirlo, su primo, con tono mucho más impulsivo que el suyo, le señaló una gruesa rama en el suelo y le pidió, todo lo cual a voces, que la recogiera. Matt asintió; se apartó de a su lado y la tomó. Sin embargo, al desandar los pasos, fue incapaz de encontrar a su primo; la luz, aunque escasa, fue suficiente para revelarle que ya no estaba allí.

–¡Mark! –gritó–. ¡Mark¿Dónde estás? Sal de dondequiera que te hayas metido.

Pero la única respuesta que obtuvo fue un grito, no muy lejos de allí, que, qué duda cabía, había proferido su primo. Matt, sin planteárselo dos veces, echó a correr en dirección de dónde provenía. En tanto esto hacía, siguió reclamando a Mark que apareciera.

–¿Dónde estás?

Pero, en lugar de aparecer él, sintiendo una monótona voz detrás de sí, tras un grueso tronco se materializó una figura toda blanca que Matt, al verla, aunque fuera sólo de refilón, tal susto le provocó que cayó rodando unos metros por un desnivel de la ladera al perder el pie. Mientras se ponía estrepitosamente en pie, la figura toda de blanco había llegado hasta él, paulatinamente; y Matt, sosteniendo con fiereza el palo que había recogido antes, le dio varios rápidos y salvajes golpes en un costado y en la parte más alta, de manera que ésta, cayendo lo que parecía de rodillas, acabó exclamando:

–¡Ay¡ay¡ay, que me mata. –Matt se detuvo al descubrir la voz de su abuelo. Retiró lo que le pareció, al tacto, la manta de encaje que los había cubierto en el viaje, y el muggle apareció debajo–. Qué bruto eres, hijo mío.

–¡Abuelo! –exclamó entre asombrado e irascible Matt.

Mark rompió a reír de improviso. Matt lo vio aparecer en la copa de un árbol, enredado entre las ramas, de las cuales descendía con soltura. Reía sin parar, sujetándose el vientre con fuerza.

–¿Qué, Matt –le inquirió cuando pudo remitir–, te creías que ya te había encontrado la niña, eh? –Tornó a reír con fuerza–. ¡Pero si eso me lo había inventado yo, y tú te lo has creído como un estúpido. Menudos golpes le has atizado a tío Matthew. Pero ¿qué, eh, ya creías que te iba a absorber la vitalidad, verdad?

Matt arrojó la gruesa rama para darle, pero rebotó contra las ramas sin rozarlo siquiera. El señor Nicked, a pesar de la furia de su nieto, le preguntó:

–¿Qué, te ha hecho gracia la broma que te ha preparado Mark?

Matt, empujándole, le respondió entre lágrimas:

–¡A veces pareces idiota, abuelo!...

Y se fue corriendo enjugándose la cara con el brazo.

El señor Nicked se volvió hacia su sobrino, quien se reía a mandíbula batiente. Le preguntó:

–Pero ¿no me dijiste que esta broma le iba a hacer mucha gracia? –Al chico, que terminó de bajar completamente del tronco, se le saltaron las lágrimas de la risa y se tuvo que apoyar contra el tronco hasta que se hubo recuperado. El muggle, percatándose de todo, se acercó con el dedo índice enhiesto hacia él y le dijo–¿Conque me has utilizado para gastarle una broma de mal gusto a tu primo, eh? –Resopló fastidiado–. ¿Cuándo aprenderás, Mark, cuándo? –se preguntó alzando los brazos, sin parecer por su tono de voz que lo reprendiera realmente. Se llevó una mano a la frente y halló un hilillo de sangre–. Vaya, Matthew sí que atiza con ganas. Ya te podría haber dado a ti, condenado¡que eras tú quien te lo merecías! –Mark echó a correr en dirección al campamento al ver que su tío lo perseguía con el puño en alto–. ¡Desdichada sabandija! Ven, que te voy a dar yo una buena somanta como no has recibido otra igual.

Matt apareció con los ojos llorosos, enrojecidos, en el campamento. Quiso que nadie se hubiese dado cuenta y, así, haberse podido introducir dentro de una de las tiendas para explotar a gusto, sin tener que dar explicaciones a nadie; pero su padre lo vio en la manera que se ha dicho y, saliendo tras él, le preguntó la causa de sus lágrimas. El chico, derramando otras tantas, se abrazó a su padre y se dejó, a su vez, abrazar por éste.

Entre carreras, voces, persecuciones, aparecieron a los pocos minutos Mark y el señor Nicked. Matt no los vio llegar porque, después de explicarle sucintamente a su padre lo ocurrido, se había encerrado en una de las tiendas, cual había sido su primera intención, con la única compañía de Nathalie, con quien se dejó consolar mientras derramaba nuevas lágrimas y se maldecía por su ingenuidad. El señor Nicked, mientras corría tras el muchacho, sólo gritaba:

–¡Condenado, te vas a enterar. Mentirme a mí así..., que me merezco un respeto. Cuando te pille te voy a dar de tortas en el culo que se te van a caer las nalgas del aburrimiento.

La señora Nicked, al descubrirle el reguero de sangre en la cabeza, profirió un grito y, echando a correr hacia él, detuvo la carrera de su marido. Observándole la herida con atención le preguntó:

–¿Qué te ha pasado?

El muggle dudó.

–Me he caído –acabó respondiendo entrecortadamente, a fin de no revelar que quien verdaderamente lo había golpeado había sido Matt–. Mark me ha empujado y me he caído, y he ido a dar con todo el melón contra un tronco –mintió.

–Oh, mi pobre muggle –se compadeció la bruja, echándole un brazo por encima para conducirlo hasta donde ardía un agradable fuego; pero, al contacto con el dolorido flanco, el hombre emitió un chillido–. ¿Y ahora qué te ha pasado?

–Nada, nada –respondió apresuradamente.

La señora Nicked lo hizo sentarse en uno de los troncos mientras lo curaba. «Qué día de heridas, qué día», iba repitiendo ésta mientras procedía. Entre tanto, el muggle preguntó dónde se encontraba Matt, a lo que el licántropo, muy seriamente, le respondió que en el interior de las tiendas de campaña. El señor Nicked, por el tono diferente de su yerno, se percató de su relativo enfado y, en consecuencia, adujo:

–Yo no he tenido la culpa, créeme, lo siento de veras.

–Pero ¿qué ha sucedido? –inquirió la adivina con tono brusco, repentino.

Pero ninguno añadió nada.

Al instante, pudiendo así evadirse tanto el licántropo como el muggle de tener que responder a Helen, apareció Ángela trayendo a Mark, a quien había alcanzado tras correr no poco detrás de él (Sorensen adujo al rato, cuando su mujer no estaba para escucharlo, que creía que ésta había convocado a su propio hijo, aunque era una veloz corredora; pero a Mark no había quien le llevara la ventaja); le pellizcaba con fuerza la oreja y, prendiéndolo de ésta, lo arrastraba detrás de ella. Al dejarlo delante del señor Nicked, Ángela, furibunda, le espetó al chico:

–Discúlpate.

–Pero ¿por qué? –protestó el muchacho revolviéndose.

–¡Por haberle puesto la zancadilla! –gritó su madre indignada–. ¿Por qué va a ser? Vamos, que no tenemos todo el día.

–¡Pero si yo no he sido! –repuso de mal humor. Y, liberándose de las pinzas que tenazmente succionaban el lóbulo de su oreja, volvió a echar a correr hasta perderse en la oscuridad, en dirección al arroyo.

–¡Que sepas que te quedas sin cenar, Mark! –chilló Ángela fuera de sí–. Y, como aparezcas por aquí por una sola miga, te voy a lanzar de maldiciones que se te van a caer hasta las cejas de la impotencia. –De inmediato, girándose bruscamente, se volvió y espetó a cuantos la miraban con voz dulce y como asfixiada–: Bueno¿qué, cenamos?

Tan violento había sido el repentino contraste entre una intervención y otra de la bruja, que ninguno supo cómo reaccionar; se limitaron a contemplarla perplejos, sin casi pestañear. Sólo la señora Nicked, que no había ya nada en su hermana que la moviese a sorpresa, encogiéndose de hombros, se apartó de al lado de su marido y se dispuso a ayudarla. Helen también se puso en pie; dijo:

–Voy a por Matt.

–¡No! –se opuso el señor Nicked levantándose de un salto y echando por tierra casi todas las vendas que, cuidadosa y amantísimamente, su mujer había colocado encima de su cabeza–. Yo voy a por él. ¿Te importa?

La adivina, sin decir nada, se sentó cabeceando.

El muggle se acercó taciturno hasta la tienda en que le habían indicado se hallaba su nieto. Descorrió la cremallera con cuidado y se introdujo en el habitáculo tras introducir, durante unos segundos, primero sólo la cabeza. A los pocos minutos, salía el señor Nicked con Matt cogido de su mano izquierda, sonriendo débilmente, y con Nathalie de la derecha, la cual iba tan feliz que no paró de reír en toda la noche, siendo uno de los principales focos de atención en tanto duró ésta.

Matt, al sentarse, comprobó, mirando a lo remoto, que su primo Mark se hallaba a lo lejos, sentado en incómoda postura a la orilla del arroyo, arrancando amargado a ratos la hierba que tenía a su lado y, a ratos, más colérico, lanzando piedras que, sin problema, alcanzaban la otra orilla y golpeaban contra los árboles. Matt no sintió ninguna conmiseración de verse más caliente que él, pues junto al agradable fuego se hallaba sentado, y comiendo. Indagando dentro de sí, descubrió un hondo odio que jamás había experimentado hacia nadie; ni siquiera hacia Benjamin cuando conoció que era por éste por quien suspiraba el corazón de Tonks. Y no dudó que su animadversión era de todo punto correspondida: al observarlo, descubría devuelta (ya que su vista era agudísima a causa de los dones que de su padre había heredado) una mirada que era toda veneno.

Ángela, acordándose de pronto de su hijo, poniéndose en pie, le imprecó a voces:

–¡Mark¡Mark! –No cesó de llamarlo hasta que hubo debida cuenta de que éste la escuchaba–. ¡A la cama! –le ordenó–. ¡Vamos, a la cama he dicho!

El muchacho, lanzando todo el puñado de piedras que tenía sobre su regazo con tanta intensidad que aun el chapoteo del agua fue suficientemente percibido por todos los comensales, se revolvió de mala gana y, con gesto fruncido, se encaminó hacia el campamento. Pasó al lado de ellos sin decir nada, aunque a Matt no le pasó desapercibida la última mirada con que lo fustigó, e, introduciéndose en la tienda, corrió desde dentro la cremallera y no volvió a salir.

–No sé qué voy a hacer con este chico –farfulló malhumorada Ángela al volverse a sentar–. No hay manera de enderezarlo. Y los castigos no sirven de nada. Hay veces –masculló con la quijada recta, firme– que se me pasan unas ganas de estrangularlo...

–Déjalo que madure –intervino despreocupadamente la señora Nicked.

–No sé yo ni si por ésas –dijo entonces el bibliotecario.

–Oh, sí. Madurará. Ya lo veréis –mencionó con total seguridad la señora Nicked–. No querría yo recordarle a Ángela cómo era ella a la edad de Mark.

–No es lo mismo, Helen –apuntó Ángela algo incómoda.

–¡Vamos, Ángela!... –exclamó la señora Nicked observándola fijamente–. Que tenías a mamá, Rowling la tenga en su gloria, desquiciada; aunque a mamá no hacía falta que hicieses mucho para desquiciarla. Mamá deseaba que fueses toda una señorita, pero tú siempre andabas toda cubierta de barro hasta las cejas; y recuerda cómo lo ponías todo. Te gustaba andar en las porquerizas y espantar a las gallinas. Y no quisiera tampoco recordarte cómo tratabas a los chicos del viejo Tom.

Ángela rio al recordarlo. Volviéndose a Sorensen, le explicó:

–Bueno, un poco pilla sí que era. Ésos eran un par de hermanos que venían a diario a cortejarnos tanto a Helen como a mí, pero a mí no me gustaba ninguno, ni a mi hermana tampoco. –La señora Nicked también reía al evocarlo–. En consecuencia, yo, para espantarlos, me escondía en la copa de un olmo que había a la puerta de nuestra casa con un tirachinas y los espantaba tirándoles piedras e incluso hechizos que papá me hacía y que yo guardaba en el bolsillo. –Se rio con ganas, tras lo cual, comidiéndose, concluyó–: Pero no es lo mismo, Helen... No es lo mismo.

Así se les pasó el resto de la noche: recordando aventuras de sus más olvidados años. Y no sólo la señora Nicked y Ángela, puesto que, poco a poco, los demás también se fueron animando y compartieron sus recuerdos. De aquel modo, sin saber cómo ni cómo no, Ángela sacó otra bota de vino que pasó de mano en mano, y de la que incluso Matt probó; se diría que Ángela no deseaba que aquella velada acabase nunca. Y podría decirse que Matt opinaba de igual forma, aunque por motivos distintos: el solo distraérsele el pensamiento y recaer en la tienda en que debía de dormitar ya su primo le producía ardores en el estómago.

No obstante, sin poderlo evitar, su tío Sorensen acabó aduciendo, cuando Ángela, un poco piripi (o contenta en exceso, como se prefiera), rebuscaba en una bolsa una segunda bota, que se había hecho tarde y que debían acostarse. Sin embargo, Ángela dio con la nueva bota y, ofreciendo grandes muestras de querérsela sola acabar, bebió de ella hasta que su marido, responsabilizándose, se la arrebató y la escondió. Así, Matt, acompañando a sus tíos, se introdujo en la tienda que le correspondía, donde halló a su primo ya dormido; pero pronto supo que fingía: pues, al recostarse a su lado, Mark sonrió; pero él no dijo nada.

Entre tanto, en la otra tienda, en la cual ya todos estaban recostados y en la que, además, ya largo rato llevaban entregados al sueño los dos más pequeños, la adivina hacía arrumacos, recostada de lado, vuelta de frente a su marido, al que acariciaba con una mano la espesa perilla y, con la otra, enredaba sus dedos en su velludo pecho. Se hablaban en voz queda para no ser escuchados, pero el murmullo constante molestaba al señor Nicked, que rechistaba constantemente.

–¿No me vas a dar un beso, eh, Remus? –le inquirió al oído, mordiéndole a continuación el lóbulo.

El licántropo, dejándose estremecer, accedió a su ruego de buena gana. La unión de sus labios, pese a lo que ellos en realidad hubieran deseado, sonó largamente; la señora Nicked se sonrió en la oscuridad, vuelta hacia arriba, mientras que el señor Nicked, incómodo, pegó un bote en su sitio. Remus, en seguida, espetó también a la adivina:

–Yo también quiero uno.

Y la mujer, echándose un poco más sobre él, le dio un cauto beso previniendo así que fuera tan sonoro como el anterior. La sorpresa vino a continuación, cuando, sin esperarlo ninguno, el señor Nicked se incorporó ligeramente y, apoyándose sobre su hija, al lado de la cual solía dormir, le preguntó en tono muy susurrante:

–¿Y a mí qué, no me das otro besito?

La reacción de la adivina no se hizo esperar: pegó tal brinco, tal chillido, tal fue su repentina sorpresa, o susto, que, al volverse, golpeó sin pretenderlo a su padre con el puño en la boca; pero después, muy cuerdamente ya, lo empujó suavemente para apartarlo de encima de ella (con tan mala suerte que, por ser tan peliculero el muggle, se echó hacia atrás con excesivo donaire y aplastó por completo a su mujer, la cual emitió un chillido agudísimo mientras se doblaba hacia delante) al tiempo que la adivina le imprecó:

–Pero ¿qué coño estás haciendo?

–Siempre igual, siempre igual –intervino la también incorporada ahora señora Nicked–. Cuando veíamos juntos "Pasión de maleficios", la telenovela, hacía siempre lo mismo: cuando llegaba la parte más romántica, la estropeaba con alguna de sus mugglerías.

Alby rompió a llorar. El señor Nicked, al mismo tiempo, llevándose el dorso de la mano al rostro, con tono muy apenado dijo:

–Me has dado un golpe...

–¡Pues te aguantas, papá! –mencionó simplemente la adivina–. Que eso te pasa por estar metiendo siempre las narices donde no te llaman.

El muggle, poniéndose en pie de un salto, salió de la tienda airadamente. Madre e hija volvieron a recostarse tranquilamente; en cambio, Remus se quedó incorporado, mirando a tiempos intervalos la obertura de la tienda y a su mujer, que tenía ya los ojos cerrados y se movía sin parar buscando la postura adecuada. La señora Nicked, percatándose de la actitud de su yerno, alzando un poco la cabeza le dijo:

–No te preocupes, Remus. Ya se le pasará; ya volverá. Duérmete.

El licántropo, aunque contrariado, acabó recostándose. Pero no conseguiría conciliar el sueño, porque en la otra tienda su hijo Matt se despertó súbitamente al sentir que algo le rozaba el pie. Se incorporó bruscamente: era Mark, que volvía del exterior, y él se tumbó a su lado esbozando una amplia sonrisa.

–¿De dónde vienes? –le preguntó Matt de malos modos, aunque en voz baja para no despertar a sus tíos, a los cuales creía dormidos, a pesar de que realmente no lo estaban.

–Y a ti qué coño te importa –fue su respuesta. Pero, al momento, como si confesarlo le agradara, contestó–: He ido a por algo de comida; estaba hambriento.

Matt, sin ánimo de añadir nada más, cerró los ojos dando muestras de desear entregarse de nuevo al descanso, pero su primo se lo impidió sacando un pie de debajo de la sábana y propinándole un leve golpe a Matt en el estómago. Éste, tras exhalar una mínima queja, le preguntó de mal humor si quería algo, y, si no era así, que lo dejase en paz. Mark no dijo nada entonces, pero al poco, cuando lo vio de nuevo con los ojos cerrados y acomodándose al sueño, le preguntó:

–¿Te ha gustado mi broma, Matt?

–Que te den por el culo –respondió tan solamente, sin ni siquiera abrir los ojos.

–Eso a ti –intervino apresuradamente–. Es que debiste haberte visto la cara; qué risa. Estabas cagado de la cintura a los pies.

–Es que eres muy, muy gracioso, Mark –dijo de igual modo que el parlamento anterior.

–No, es que tú eres un gilipollas de cuidado. –Se rio–. Dime, si no, quién iba a ser el único estúpido que se iba a creer la historia de la niña fantasma, de la niña asesinada. Matt el tontito. ¿Quién si no? –Le propinó otra patada en la rodilla–. Te estoy hablando; lo menos que podías hacer es mirarme. –Matt escuchó su maquiavélica risa y, tratando de ignorarlo, reflexionó que cómo aquel energúmeno sería capaz algún día de madurar como creía su abuela–. Si hasta Alby se hubiera dado cuenta de que era una mentira mía. Eres más simple, primo... ¡Más!... Porque hay que ser palurdo. –Le volvió a dar una patada, en esta ocasión más fuerte–. ¿Te estoy hablando, mariquita¿O no tienes ni huevos ni para mirarme?

Matt, harto, abrió los ojos para decirle:

–Que me dejes en paz.

–¡Mariquita! –tornó a exclamar–. Aunque tienes un buen golpe de derecha. –Rio–. Hay que ver cómo atizabas a tío Matthew. –Le dio otra patada, en esta ocasión por debajo del ombligo–. ¿Eh?

–Que me dejes en paz, Mark.

–Te faltó haberte puesto a llorar. Entonces me hubiera partido de lo lindo. –Le rozó con el pie la mejilla y Matt, enojado, bufó–. Y también que llamases a tu mamaíta. Me avergüenza ser tu primo. Eres un mariquita, una nenaza, un miedica, un cagueta, un estúpido de cuidado.

Volvió a darle otra patada, pero en esta ocasión en la entrepierna con la suerte de que la distancia era considerable, pues Matt se había apartado un poco, y no pudo darle tan fuerte como hubo querido. Pero el mayor, ya colérico, se revolvió y alargó la mano para darle un golpe mientras le volvía a repetir «que me dejes en paz»; pero, en lugar de llegar a dárselo, Mark salió disparado de al lado suyo arrastrando consigo toda la tienda de campaña. Matt, asombrado, inclinado hacia delante, calibró perplejo cuanto había sucedido, mientras Ángela y Sorensen, junto a él, tumbados boca arriba, observaban el cielo estrellado. La mujer comentó:

–Hace una noche preciosa¿no te parece? –con una sonrisa bobalicona.

–Maravillosa –ironizó Sorensen incorporándose.

Se levantó éste a continuación de esto. Matt, imitándolo, se aproximó hasta donde había caído su primo, a varios metros de distancia, derribando parte de la tienda vecina. No llegaría a saber nunca cómo (quizá por el miedo que al mismo tiempo sentía), pero supo contenerse la risa al encontrarlo: Mark tenía la lona de la tienda enrollada alrededor de su cuerpo de manera que apenas podía ni moverse, y lloraba desconsoladamente. Al evocar después muchas veces la imagen de sus lágrimas, sus berridos, cómo rodaba al tratar de moverse, estallaba en carcajadas; pero entonces fue incapaz de soltar ni una siquiera.

El licántropo salió de la única tienda que quedaba, aunque en parte, en pie, haciéndolo medio vestido, y, confuso, al hallar a Sorensen desenrollando a su hijo a escasa distancia, le preguntó:

–¿Qué ha pasado?

El bibliotecario dirigió la vista hacia arriba para contemplar a su hermano e, inmediatamente, la bajó y miró fijamente a su sobrino, que a no muchos pasos de él se hallaba observándolo todo acongojado. Viendo Sorensen que Matt no iba a hablar, dijo él por aquél:

–Creo que Matt ha hecho magia involuntariamente.

El licántropo, absorto, no tuvo tiempo ni para reaccionar; alguien lo hizo por él: la adivina, derribando el resto de la tienda que quedaba en pie de la furia con que golpeó la lona al salir (imagínese, en consecuencia, que la señora Nicked quedó cubierta por ella y hubo de hacer gran número de aspavientos por salir), apareció en dos zancadas inquiriendo en voz en grito:

–¡Qué?

La exclamación y el hallar a Mark envuelto en la tienda de campaña fue todo uno. La adivina permaneció perpleja mirando a su sobrino. Después, saliendo de su asombro, contempló a su hijo con profundo enfado, que produjo en éste sus primeras lágrimas, que aumentaron al desencadenarse las duras palabras recriminadoras de Helen.

–Pero ¿qué has hecho, Matt¿Qué has hecho¿Tú has visto lo que le has hecho a tu primo? –Se acuclilló frente a su cuñado para ayudarlo a liberar a Mark–. ¡Estoy muy decepcionada, Matthew Lupin! Decepcionada y defraudada. –Por encima de unos árboles apareció batiendo las alas una lechuza que acabó posándose sobre el antebrazo que le tendió para tal efecto Remus; portaba el emblema del Ministerio. El licántropo liberó el pergamino que portaba y, tras leerlo, bajó la cabeza, asintiendo–. Estarás contento, jovencito. Pues que sepas que eso que acaba de recibir tu padre es una amonestación desde el Ministerio persiguiendo tu actitud. Pero ¡serás irresponsable!... –Las lágrimas, que se contaban a puñados en ambas mejillas del entristecido muchacho, no consiguieron afligir a su madre, que estaba ciertamente enfadada, aunque también daba muestras de romper en llanto en cualquier momento; pero se contuvo de hacerlo–. Debías controlarte; ¡ocho semanas sin magia y ya está!... –Matt sollozó un poco más fuerte en aquel momento–. ¡No llores, Matthew, no vas a conseguir ablandarme el corazón.

Remus se acercó hasta su hijo, al cual echó un brazo por encima del hombro mientras contemplaba serio a su mujer. Trató en vano el licántropo de referir alguna idea mientras ésta lo regañaba, pero tal era la potencia de las voces de la bruja, que no lo consiguió hasta que, comportándose igual que ella, dio una voz:

–¡Helen, por favor! –La adivina, en ese momento, temblorosa igual que su hijo, se llevó una mano al rostro y se tapó la boca–. Deja de gritar así a Matt¿quieres? –acabó diciendo atónito–. No es más que un aviso. A ver, Matt¿qué ha pasado? –le preguntó directamente, con voz suave.

Matt se secó las lágrimas para responder.

–Mark me estaba provocando.

–¡Eso es mentira! –respondió el aludido, a quien en aquel momento terminaron completamente de desasir de su prisión de plástico. Al verse completamente libre, se echó sobre su padre para abrazarlo–. Papá, no le creas. Es él, que me tiene ganas desde que llegamos. El otro día, sin ir más lejos, me dijo que, de poder, me transformaría en una rana y me atravesaría con un palo.

–No, no es cierto –replicó Matt enrabietado–. Me lleva provocando toda la semana; me dice todo tipo de insultos.

–Esto es un caso –musitó Sorensen apartándose de su hijo y levantándose.

–¡Me da igual como haya sido, Matt, me da igual! –gritó Helen–. Le has lanzado un maleficio y mira cómo lo has dejado. ¡Cada día te comportas peor!... Y, para colmo, te han abierto un expediente.

–¿Tú podrás hacer algo con respecto a eso, no, Remus? –preguntó Sorensen.

–Sí, imagino que sí; en realidad eso no es lo que me preocupa. Cuando regrese lo solucionaré con el Departamento de Seguridad. –Como si tradujese sus pensamientos en voz alta, refirió–: Si tenía razón Harry cuando me dijo que debía suprimir esa absurda ley de la prohibición de magia en los menores de edad... No, eso no me preocupa en verdad. –Perdió un poco de atención y dejó de mirarlos, oteando en el ambiente. De pronto le había inquietado el señor Nicked, a quien no veía por los alrededores–. Lo importante, Matt, es que te des cuenta que eso que has hecho no ha estado bien.

–Ya... –contestó en voz apenas audible.

–¡Muy mal, Matt, ha estado muy mal! –chilló sulfurada la adivina–. Y te vamos a castigar muy severamente por ello.

–¡Helen, por favor! –la interrumpió Remus de mal talante–. No creo que tampoco para Matt este momento sea muy agradable. Por favor, Helen –dirigiéndose a su suegra.

Ésta, entendiéndolo, tomó a su hija de un brazo y la guió hasta la tienda, que el licántropo, adelantándose, había recompuesto a un golpe de su varita. Al instante se les unió también el licántropo, pero no antes de preguntarle a su sobrino Mark, cortésmente, si se encontraba bien, y de dirigirle a su propio hijo un puñado de palabras de ánimo, recomendándole que no detuviese mucho su pensamiento en la carta que del Ministerio él había recibido, que de eso ya se encargaría él. A aquel respecto, su hermano le inquirió al licántropo:

–Tenía entendido que el Ministerio era incapaz de detectar la autoría de la magia, y, en consecuencia, no podía culpar a ningún menor de edad de haberla empleado ilícitamente si se encuentra con un grupo de magos adultos. Creo que tú podrás aclarármelo, Remus¿verdad?

–Eso, Soren –medio riendo–, es una leyenda urbana de la comunidad mágica; por lo que me extraña que tú también lo creas. Aunque, si mal no recuerdo, Albus también lo creía; pero en su caso, según me explicó, era porque, cuando estudiante, empleó repetidamente la magia en el piso subterráneo de su casa y jamás recibió ningún aviso.

»Verás –prosiguió–, el Ministerio lleva muchos años desarrollando una serie de medios para detectar la autoría de las emisiones mágicas, sólo que no es fácil; de conseguirlo, sería un importante paso contra el tenebrismo, ya que se descubriría de inmediato quién ha empleado las Artes Oscuras. Hasta el momento sólo hemos conseguido instalar deficientes controladores en las varitas, que carecen de efectividad cuando son empleadas por mayores de edad; en la mayoría de los casos, hasta en este último, nuestros controles se basan en el déficit de control mágico, es decir, que identificamos la magia accidental o ilícita con hechizos o maleficios que carecen de garantías; con otras palabras: inferimos que un menor de edad ha usado magia cuando identificamos una emisión mágica que parece haber sido proferida sin control de su poder (como imaginarás, este procedimiento es injusto; un estudiante excelente podría practicar magia todo el tiempo sin que nos percatásemos). Esto, claro está, sólo lo ponemos en práctica en las épocas de vacaciones; suficientes quebraderos nos ocasiona ya. A principios de verano, por ponerte un ejemplo, le enviamos una carta a Eleanor Branstone advirtiéndola; minutos más tarde, su familia entera formaba un terrible escándalo en el atrio del Ministerio; al parecer, el encantamiento había sido obra de su abuela, la señora Branstone, de más de ciento treinta años, que lo confesó avergonzadísima. Como te he dicho, nosotros sólo captamos la deficiencia de los hechizos, pero no al autor; y aquel hechizo, según pedí luego que me explicaran, no reunía las garantías de uno adulto; y es que, al parecer, la pobre señora Branstone, con la senectud, ha debido de perder algunas aptitudes mágicas. Ahora casi a diario recibimos avisos de su casa, pero ya no comunicamos nada por temor a equivocarnos tan taxativamente como en esa ocasión.

Matt, a causa del nudo que en la garganta se le había abierto, con dos arroyos de lágrimas no menos caudalosos que el tangible que en el campamento tenían, no pudo ni supo en aquel momento agradecerle a su padre, que se había enfrascado en la conversación con su hermano, las palabras tan amables que hacía un instante le había dirigido en aquella situación que había de ser tan complicada para todos; pero aquel gesto se le quedó grabado en la memoria y, esbozando una tierna sonrisa entre aquella precipitación de cataratas, siguió su consejo y se fue a dormir con Mark, a quien, por temor y vergüenza, tampoco pudo ni supo qué decirle.

Tras aquellas últimas palabras, Remus determinó volver a entregarse al sueño. A tal efecto apartó la lona de la entrada a su tienda y, en tal posición, se quedó mirando con sus doradísimos ojos oteadores la boscosa panorámica que lo asfixiaba, buscando con toda seguridad al señor Nicked, del que ninguna señal en el cielo y en la tierra daba muestra de revelar su paradero.

De aquella forma, incómodo por el desconocimiento de su ausencia, se tumbó el licántropo al lado de su mujer, la cual dio muestras, así de violentamente y de veces tornó de costado, que el sueño no le vendría tan rápidamente como hubiera deseado. De aquella forma, angustiado, también el licántropo se revolvió muchas veces, y, sin saber qué hora sería, dio un salto en su lecho, se puso cualquier trapo sobre el cuerpo y salió de la tienda con el firme propósito de buscar a su suegro. Cogió su varita y, sin de dejar de lanzar una mirada en dirección a su mujer y a la madre de ésta por descubrir si dormían, creyó que así era y salió.

No le resultó tan complicado hallarlo como había pensado, con lo que respiró aliviado. El muggle levantó la cabeza al verlo aparecer y la bajó, sin decirle nada, al momento, afligido, para seguir su tarea: que estaba el hombre en la rueda de troncos que empleaban como comedero y lugar de ocio sentado, frotando dos inútiles piedras sobre un menudo puñado de ramillas secas que había formado y en torno al cual había colocado una línea de piedras a fin de controlar el fuego, en el caso de que consiguiera crearlo.

Remus alzó tan sólo el brazo que portaba su varita, sin dar ni un paso, pues desde la entrada de su tienda a donde el muggle se hallaba sentado apenas distaban tres mal contados pasos; el encantamiento golpeó contra el puñado de ramas que éste había amontonado, las cuales se dejaron prender suavemente, hasta que una leve llama surgió como desde dentro e iluminó con acentos morados el afligido rostro del señor Nicked, el cual, después de tirar con amargura las piedras que en las manos asía, dijo:

–Gracias.

–No hay de qué –contestó éste llegándose hasta él y sentándose a su lado. Lo estuvo contemplando un instante, a ratos al hombre y otrora al fuego, que ardía cautivador. Y, cuando sintió que aquel silencio entrambos le asfixiaba, le confesó–: He estado muy preocupado, Matthew. ¿Dónde has estado hasta hace un momento?; no te he visto por ninguna parte.

El muggle se sonrió con ironía.

–Me he apartado escabullándome entre los árboles –explicó–. Pero hace frío y he vuelto a encender este fuego; o a intentarlo al menos –dijo frotándose las manos sobre los brazos contrarios–. O, haciendo honor a la verdad –reveló mustiamente–, he decidido volver porque se ha levantado una espantable brisa que, al contacto con las ramas, en mí ha producido, que bien sabrás que no soy yo ni valiente ni virtuoso en nada, la sensación de que alguien se reía; y he echado a correr. –Se tomó un descanso–. Desde donde estaba escondido lo he visto todo, y, si alguien quisiese conocer mi opinión, cosa que dudo, diría que mi hija ha maltratado de forma excesivamente cruel a mi pobre nieto; que no soy yo testigo de lo que ha ocurrido dentro de su tienda, pero apostaría los cuatro pelos y medio que me quedan a que todo ha sido por obra y gracia de nuestro endemoniado sobrino Mark.

–Es que Helen está esta noche especialmente nerviosa –la excusó Remus despreocupadamente.

El señor Nicked se sorbió las narices estruendosamente, quizá con ánimo de que no aflorase un par de lágrimas que al término de los ojos se le habían venido escurriendo sin que él pudiera hacer nada.

–Ya me he percatado –musitó con profunda tristeza, tras lo cual suspiró gran número de veces y elevó la vista hacia la luna otras tantas por desandar el camino de las lágrimas que hasta sus melancólicos ojos se habían acercado–. Pero no es culpa suya; es sólo mía. La pobre es una santa por aguantarme; que a veces me paso de idiota, pero lo que pasa es que no me doy cuenta. ¿Sabes? –Rio con amarga malicia–. Es como si a veces creyese que aún es mi pequeña Helen; la encantadora niñita, mi princesa de negrazos ojos, que tanto adoraba a su padre. Pero la adoración de entonces, mal que me pese, se ha vuelto ahora en la persecución de los inocentes, en pasión y en muerte: en torturador desdén. Y la adorable niñita que fue la luz que iluminaban mis ojos¡ay, qué desdicha, se ha convertido ahora en mi dulce enemiga.

»Tú también sabrás un día qué es esto, esta enorme impotencia que casi te deja sin aliento. Para Nathalie ahora no hay más hombre en el mundo ni más ojos en su rostro para dirigirle que tú y que para ti; tú eres todo para ella, como un día –suspiró– yo lo fui para Helen. –Sonrió vagamente al evocar las imágenes que, a continuación, reveló de su mente en forma de palabras–. Cuando despertaba por las mañanas, no había nada por hacer sin antes darme un beso, un cálido buenos días, un abrazo; no pasaba un día sin que entrambos hubiésemos inventado y puesto en práctica mil y una formas de entretenimientos, sin que Helencita me hubiese hecho partícipe de tantas caricias como se le antojaba darme, sin que me hubiese regalado tantas flores como hubiera encontrado a su paso; y yo, regalado de estos mimos, me sentí durante muchos años el hombre más feliz de cuantos semejantes poseo. Ahora, en cambio, debería sentirme agradecido de sus desdeñosas palabras, de sus no mal justificadas riñas, de las miradas que de tanto en tanto, hastiada, me dirige, pues es lo más que voy a poder recibir de ella; que el tiempo, mal que me pese, como descubrirás, taimado confidente, no eterniza las cosas, sino todo lo contrario: sujetas están a pronta transmutación.

»Como te dije esta mañana, en el circo ni el payaso es tan idiota, ni el domador de fieras es tan valiente (o algo parecido, que no lo recuerdo exactamente), pues todo es relativo, y el uno y el otro hubieran podido ser de modo diferente de haber compartido las experiencias o la condición del otro: así, el payaso esconde tras sí un domador y el domador, un payaso; pero, por no ser propio ni de uno ni de otro mostrarlos, los ocultan. Así, yo soy el payaso, y los domadores todos vosotros; y la fiera, si es que necesitas que la alegoría sea completa, pon por caso que sea Mark, que no creo que vaya a hacer mal su papel. Pues, como decía, yo soy el payaso, pero sólo por oficio, que ni soy tan estúpido como para pasarme por alto a mí mismo que buena parte de las chanzas de que soy sujeto no son producto de la espontaneidad, sino del artificio, y con ello premeditadas; ni tan ingenuo, digo, que ignore que bajo mi aspecto de bufón fingido aflora un domador, de tanta valía como el que más, pero que, a fuerza de empujarlo, navega ya más allá de los intestinos adentro.

»Pero, sin duda, estarás ahora mismo pensando, con tales pícaros ojuelos de incertidumbre me contemplas, que no hay mayor payasada que el fiero domador se vuelva payaso y bufonee sin descanso, como yo hago no una ni dos veces, sino muchas a lo largo del día; en tal presupuesto, déjame que yo, a mi vez, te interrogue y te diga qué es lo que persigue todo payaso –y sin dejarle tiempo para responder–: la risa. Así, de la misma manera pretendo yo volver a escuchar la pujante como nata risa de mi hija, a la cual la madurez le ha traído demasiadas responsabilidades, arrebatándomela: la primera, su don de ver cosas del futuro; la segunda, su magia; y la tercera, y no menos grave, sí: tú.

»Sí, sí, no me mires así: tú la arrebataste de mis brazos y la hiciste mujer, perdiendo con ello su candidez de la infancia; y así, te pronostico sin ser adivino ni nada sino meramente un payaso revenido, te pasará con Nathalie. Tú la conociste y gozaste en sus mejores años, los cuales, tal vez, fueron dispuestos para último deleite mío de no haberte interpuesto tú. Lo confieso: te maldije no pocas veces, tu única mención me causaba fatiga y rencor, tu buena apariencia y tus modales me fastidiaban; sí, sí, aunque me avergüence reconocerlo, sentí celos de mi mismo yerno. –Y esto último lo dijo con abundantes y sentidas lágrimas, que movieron al licántropo, que atentamente lo escuchaba, a no poca congoja–. Mira ahora qué paradójico: usando de confesor a aquél de que entonces tanto sufrimiento, sin saberlo, era causa. Oh, Remus, qué injusto fui contigo; qué injusto y qué arrogante creyendo que el objeto al que ambos tanto amor profesábamos, igual uno que otro, era y debía ser exclusivamente mío. Si aceptases ahora la infinita penitencia que con el término perdón quisiera solicitarte, tendría a bien verme visto entre tus brazos y estrecharte en ellos, por haber sido siempre tan indigno y poco merecedor de ti: que, cuando más necesitabas unos padres que te cuidasen como a propio, más inquina te tuve; aunque sin malicia, que siempre te quise bien, a pesar de que, por vergüenza seguramente, nunca me sentí lo suficientemente domador como para reconocerlo, y me escudé en el payaso; y mi error entonces fue pensar que perdía una hija, cuando, en realidad, lo que ganaba era un santo varón. Pero basta de melindrerías, que no vienen al caso, mientras que lo que yo decía sí: que sentía hacia ti tirria; que lo demás es engordar la pava, dejarse humedecer los ojos y encogerse el corazón, que ya tiene que estar rugoso como una pasa. En efecto, te apreciaba en lo hondo de éste, pero, afuera de él, todo era sentir un no sé qué que me lo estrujaba cuando te veía con Helen; lo cual, vine a descubrir con el tiempo, no podía ser signo más que de lo que temía: que mi niñita ya no lo era: ni niña, ni enteramente mía. Y una cosa y otra... ¡oh, cuánto malestar!

»Ésa es, Remus, la historia del señor Nicked, el loco muggle, que tú conociste, que casi nada tiene que ver con el que existía antes de tu venida; aunque no creas, ni por asomo, que es culpa tuya la marcha de uno y la existencia del otro, que el payaso está muy orgulloso de relucir y el domador de verse, cual fiera, enjaulado. Ésa es la patética, lamentable y enojosa verdad de Matthew Nicked, cuya lista de heroicos logros se limita a haberle dado su mismo nombre al mayor de sus nietos; vamos, que lo mismo es estar vivo que muerto, que para nada sirvo. ¡No, Remus, no digas nada, no me interrumpas, que en nada vas a poder modificar mi opinión; una opinión por la que verás, demuestra el loco ser más cuerdo que ido, más domador que payaso. En efecto, mi vida es ésta que te he dicho, una vida que no creo haya de durar mucho más, pues no ha de extenderse mucho cuando tan débil está la pasita que antes te he referido, cuando la pena me aflige tanto el pecho que me veo víctima, o verdugo, de un nuevo infarto, el cual, bien mirado, sería incluso bien recibido por mí: en el primero y único que he padecido, Helen tanto me agasajó, que me recordó cómo era en su primera edad; si eso es morirse, Remus, desearía morirme en la gloria de sus brazos, viendo los ojos menudos y resaltones de mi princesita.

»Ésa es la realidad –espiró largamente–. Ése, yo. Y el verdadero e inteligente domador se identifica, en realidad, con el fingido y estúpido payaso, porque el afán perseguido por el oculto del primero es realizado por el empírico y fastidioso del segundo. Ésa es la única verdad como no hay otra..., la razón por que se me regaña, critica y aflige, cuando mi aflicción es mucho más profunda e irresorvible. Aunque no sé para qué te cuento estas chominadas de viejo, en verdad; debo de estar aburriéndote: tú has salido a buscarme, me has encontrado y ya está; no debería haberte entretenido. Vuelve adentro.

–Matthew... –intervino al punto el licántropo.

–¡Vuelve adentro! –lo interrumpió elevando un poco la voz el muggle–. Por favor... –le suplicó–. No digas nada; ni le digas a nadie el sinfín de sandeces que te he revelado. Que suficiente vergüenza siento ya yo por haber compartido contigo todos estos pensamientos, que, sin desearlo ni esperarlo, han emergido esta noche. ¡Vete y déjame solo, anda!

Remus, por no dar la impresión de parecer que le llevara la contaria, se levantó muy a su disgusto y se dirigió a las tiendas de campaña. Sin embargo, antes de entrar en una de ellas, volviéndose, llamó al muggle; y éste, sin dejarle que continuara, lo interrumpió diciendo:

–¡Remus, por favor!... ¡Por favor! Estaré bien aquí, no te preocupes. Si vienen lobos, zorros o, qué sé yo, águilas imperiales, y mañana temprano no me encuentras aquí, no te preocupes: no se han comido gran cosa.

–¡Eres un muggle insoportable, Matthew! –farfulló con los ojos enrojecidos el licántropo, tras lo cual, dando un par de zancadas considerables, se situó detrás de él, encantó una piedra convirtiéndola en manta y se aprovechó de ésta para cubrir al tembloroso de frío o insignificancia señor Nicked. Después de frotarle los brazos por hacerle entrar en calor, lo aplastó con un estrecho abrazo que el muggle no esperaba. Al separarse concluyó–: Pero adorable también. No comparto ni media palabra de cuanto has dicho, pero me alegra saber que siempre ha habido un domador furioso con el látigo listo para golpear a este lobo; fuera de bromas, Matthew: eres un hombre excelente, seas payaso o domador.

Y, diciendo esto, se apartó y encaminó hacia la tienda, donde dio muestras de querer entrar; pero, antes de hacerlo, el señor Nicked lo llamó en esta ocasión a él para decirle, suavemente:

–Gracias.

El licántropo, sonriéndole, desapareció dentro.

Antes de esto, como la adivina viese que su marido se aproximaba a la tienda con intención de entrar en ésta, donde por un resquicio observaban su madre y ella, ambas se echaron sobre sus lechos para fingir que dormían y que nada habían escuchado. En este proceso, la señora Nicked dirigió a su hija una mirada que, sin llegar a ser recriminatoria ni dejar de ser compasiva, es decir, de ese tipo de miradas que, cual lanzadas de ardiente fuego atraviesan hondamente, dejó honda huella en su memoria; así como todas las palabras de su padre, que una por una había ido escuchando y que, igualmente, la habían atravesado como saetas envenenadas.

Por una cosa y por otra, lo mismo que el licántropo, que la señora Nicked, que el muggle, el cual se abrigaba melancólico fuera, que Matt, el cual lloriqueaba en silencio, que Mark, el cual pasó enojadísimo las horas hasta la roja aurora, y, por último, que Sorensen, Helen no consiguió conciliar el sueño en tanto duró aquella larga y oscura noche, durante la cual ni por un momento dejó de removerse de un lado a otro. Inferimos, así, que la única que durmió a pierna suelta en base a esta enumeración es Ángela, a la cual ninguna aflicción pesaba ni pesaría, si no es la del vino, que más la dejó hipnotizada que en vela.

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Rayaba el alba cuando Helen salió de la tienda, en momento tan oportuno que halló a su padre desperezándose bruscamente y quitándose de encima la manta que había hecho aparecer Remus para ponerse en pie; pero, al ver a su hija, su gesto se torció. Quiso disimular, hacer como que no la había visto, pero aquella clase de ficciones no se le daban a él bien, con lo que, desviando simplemente hacia un lado el bigote, se propuso comportarse como si nadie lo mirase. No contaba (o tal vez sí, y con todas sus fuerzas lo ansiara) con que la adivina se aproximaría hasta él y le preguntaría:

–¿Adónde vas ahora?

–¿A ti qué...? –replicó con voz ronca. Sin embargo, mirándola de soslayo, pues no deseaba recibir el intenso relucir de sus ojos, como si su vista lo pudiera hechizar, rectificó–: Iba a por setas. Tu madre quería que cogiésemos unas pocas para llevárnoslas a casa.

–¿Te importa que te acompañe? –le propuso su hija.

El señor Nicked vaciló... ¡Vaciló! E, inmediatamente, como si ya hubiese conseguido quebrar toda distancia entre el disimulo y él, sin pizca de amedrento respondió:

–Tú verás lo que haces, hija, que a mí me da igual. El campo es de todos, y no te puedo prohibir que me sigas si es eso lo que quieres. Que ya eres mayorcita para que nadie te tenga que decir lo que puedes o no puedes hacer; ¿no te parece?

La adivina, incrédula de verlo hablarle así, se le unió sin añadir palabra por un buen periodo de tiempo. Se limitó a recoger las setas y a echarlas en la cesta que, para más inri, su padre le había dado con el fin de andar él más suelto. Sólo cuando se sintió harta de ver que ni por asomo le pensaba dirigir la palabra, le preguntó ella con tono suave:

–¿Te duele?

–¿El qué? –inquirió él, a su vez, mirándola de reojo y con voz inamovible.

–La boca... qué...

–¡Ah, sí, la boca, oh! –exclamó cayendo en la cuenta–. Ahora no, por suerte; pero menuda noche más mala me has hecho pasar, que he visto las estrellas y todo; figuradamente, claro, quería decir –añadió al momento serio–. Que me dejaste ayer los piños hechos un Cristo, hay que ver. Y ni te disculpaste ni nada, que ya hay que echarle morro, y nunca mejor dicho.

–Papá, por favor, discúlpame –replicó dulzonamente.

–Ahora no, Helen; quiero decir, las disculpas me hubieran valido anoche, pero no ahora. Que tampoco creo que fuera tan grave que te gastase una broma, que no era ni más ni menos que me concedieras a mí también un beso; ¿o me equivoco?

Helen, tomándolo del brazo, lo hizo sentarse sobre una peña sobresaliente del suelo en la que el muggle, confuso, se dejó caer sin entender por qué lo dejaba allí. Aunque aquél no era el maravilloso lugar que la adivina había estado imaginando durante toda la noche, sino mucho más lóbrego y triste, más teniendo en cuenta que ni siquiera había salido ni una pizca de sol, lo que añadía al escenario una patética nota de tenebrismo, ésta se contentó.

–No, papá –le dijo–; no me estoy disculpando por eso. Bueno, no sólo por eso. Me refiero a todo lo demás.

El muggle al principio no entendió a qué se refería, pero cuando la vio derramar, arrodillada frente a él, atrapándole sus frías manos cubiertas de barro de haberse manchado recogiendo los hongos, tanta cantidad de lágrimas que parecía que los ojos, cual cera, se le derretían, la comprendió perfectamente y, estremeciéndose aparatosamente, le preguntó:

–¿Qué te ha contado el cabrito de Remus?

–Él nada –contestó–; es tan bueno que se lo callará todo por no contradecirte.

–¿Entonces? –inquirió incómodo el señor Nicked.

Pero su hija apenas podía articular sonido entre los sollozos y no añadió nada. Hundió el rostro en el regazo de su padre y éste, sintiendo conmiseración de ella, sin contar con que sus manos estaban recubiertas de barro, le acarició el pelo con inocencia. Finalmente, entre gemidos asfixiados, la adivina consiguió decir:

–Te escuchamos... Mamá y yo... Sin querer...

El muggle, incómodo, mencionó al punto:

–Helen, hija querida: ayer estaba un poco ido, cabreado; no sabía lo que decía. Si escuchaste bien, ensarté un disparate tras otro sin apenas pensarlo. –Riendo bobaliconamente–¿Es que acaso, además, crees que, de tener que exteriorizarme, lo habría hecho con mi yerno? No caerá esa breva...

–Sí que sabías lo que decías, papá –repuso Helen no repuesta del llanto–. Lo sabías. No puedes mentirme; aunque tampoco hace falta que lo hagas: te conozco y sé que lo estás haciendo. –Se tomó una pausa que usó para derramar más lágrimas y producir nuevos sollozos–. ¿Por qué no me lo dijiste antes, eh, papá? Seré tonta, pero ¡no me había dado cuenta de nada hasta ahora!

–Helen, Helen –la interrumpió cándidamente su padre–, no te martirices. ¿Qué tenía que decirte?

–Que estaba descuidando nuestra relación, por ejemplo –confesó la adivina quedamente.

–Sí, tal vez hubiera tenido que hacerlo –dijo el muggle contemplando la oscura bóveda que conformaban las copas de los árboles–. Pero te hubiera parecido terriblemente patético; y, lo que es peor, seguramente no me hubieras creído. Pero ¿quién puede echarte la culpa a ti, eh, mi niña: nadie. Nadie esperaba que fueras a seguir toda la vida apegada a mí como cuando tenías cinco años, resolviendo anagramas y dejándome que escogiese los vestidos que te ponías a diario. Tú no tienes la culpa, Helen. Soy yo, que, en lugar de madurar contigo, he retrocedido y me he vuelto con el tiempo más tonto de lo que ya era antes. –Helen, dejándose embaucar por su grotesca mueca, rio tímidamente, gesto que animó al señor Nicked–. En lugar de ganarme el afecto –prosiguió serio– de la Helen madura, quise conseguir por medio de malas artes recuperar a la original: la chiquitita –sonrió como si evocara en su mente la imagen de infancia de su hija y el recuerdo lo hiciera feliz–; cuando hubiera sido mucho más fácil dejarme de payasadas y haberme comportado como una persona normal, aunque ése, a fin de cuentas, no hubiese sido yo mismo.

–No, papá. Más allá de todo eso que has dicho, yo soy la responsable. Tú lo has intentado a tu manera; pero ¿qué he hecho yo? Me he limitado a comportarme como una engreída y una estúpida que se pensaba que cuanto hacías no era más que un capricho; pero me equivocaba¡hasta tus bobadas tienen fundamento! Y yo regañándote por ellas cuando lo que realmente deseabas era llamar mi atención. –El muggle sonrió embarazado–. No soy una Helen madura, papá; soy una Helen engreída.

–Preocupada –repuso el otro.

–Insoportable.

–Encantadora.

–Egocéntrica –dijo ella–. ¡Y no hay más que añadir! Helen Lupin es engreída, egocéntrica e idiota por olvidar que tiene un padre maravilloso al que tanto quiere; por olvidarse, en cierto modo, de ser Helen Nicked. Cierto que en ocasiones te ignoro y, aunque no me corresponda, te regaño, pero yo te quiero, papá; jamás te olvides de eso¿vale? Y no desees un nuevo infarto para darte cuenta de algo así. Yo te quiero.

–Ya lo sé, Helen –apuntó el otro dejándose abrazar–. Ya lo sé. El tonto soy yo por olvidarme de algo así. Sí, qué tonto...

Y, en tanto se abrazaban, el primer rayo de sol surgió del horizonte y se coló por entre las débiles hojas de los árboles, que coreaban una canción de brisas. Al momento, la bóveda de follaje, como una inmensa vidriera gótica, dejó traslucir un brillo dorado que engulló todo el paisaje, y que ellos descubrieron, entre lágrimas, al separarse.

Determinaron regresar al campamento; el señor Nicked, que se ofreció a portar la cesta, ya se había olvidado de su intenso deseo de recoger setas. Ahora sólo tenía ojos para su hija, la cual, de lo que se sentía orgulloso, a su vez sólo los tenía para él. Y, así, mantuvieron una fluida conversación en la que se sucedieron, grosso modo, los términos hasta aquí expuestos, por lo que me contengo de reproducirla; sí la haré constar en el importante punto en que trataron de Matt, por cuanto implicó en la actuación a continuación de la adivina.

–¿Crees que estuvo bien lo que te ocurrió anoche con tu hijo? –se atrevió a preguntar el muggle, el cual había ganado confianza en las últimas palabras.

–¿Con Matt, dices? –repitió con mirada atenta–. Piensas que me excedí¿verdad?

–Y no soy el único –reconoció–. Aunque Remus no me dijera nada, no hacía falta para que delatara que opinaba de igual forma que yo. Sí, Helen, creo que te excediste. Y creo que deberías decirle algo al pobre; lo conozco, y me imagino de buena tinta que debe de estar angustiado.

Helen se tomó un instante de reflexión, tras el cual comentó con tono reprobatorio:

–Ha hecho magia accidental, papá.

–¿Y qué? –Puso los brazos en jarras–. ¿O ya se te ha olvidado? Cuando tu tía Ángela vino a visitarnos durante unas vacaciones de verano, que tú llevabas tanto tiempo sin verla, te alegraste tanto que prendiste las cortinas de fuego y salieron fuegos artificiales de la chimenea. Menuda se formó. Y también recibiste esa carta del "Parlamento" de Magia diciendo que eras una delincuente y no sé cuántas cosas más. Pero no quisiste que Remus se enterara fuera a ser que pensara que eras boba o algo así. ¿Te acuerdas ya? Anda que no se rio ni nada tu tía; se pensó que ya había otra loquilla en la familia (pero esto, hija, que no salga de aquí).

–No es lo mismo, papá –replicó Helen–. Entonces yo no hice daño a nadie; pero Matt, muy al contrario, ha empleado la magia contra Mark.

–¡Contra el bribonzuelo de su primo, querrás decir! –la corrigió–. Que cada día, conforme crece, se me recuerda más a uno de mi barrio, cuando pequeño, que llamaban "el Chonis" y que manejaba la navaja lo mismo de bien que yo los crucifijos, que para eso era un monaguillo ejemplar. Recuerdo –riendo– que un día le di un buen derechazo con uno porque... Hija¿te aburro? –Helen se limitó a sonreír, divertida–. Bueno, a lo que iba: que Markitos es, con perdón, un tocapelotas de cuidado, y no veas tú cómo hace rabiar a Matt, que yo he estado presente. Que tu hijo es mi ídolo, que no sé yo cómo lo aguanta. Ayer, sin ir más lejos, le gastó una broma muy cruel, en la que yo, sin desearlo, me vi implicado, y Matt se fue llorando.

La adivina reflexionó un instante. Después comentó:

–Tienes razón, papá. Sí... Matt siempre ha sido modélico. Debería disculparme con él por el tono que empleé anoche.

–Sí, modélico –corroboró el señor Nicked–. Y un ángel. ¡Los buenos ratos que me da el condenado! –Rio–. Y es mucho mejor de lo que tú lo fuiste jamás resolviendo anagramas; sin duda, es mi pupilo predilecto.

El señor Nicked siguió escupiendo bendiciones sobre su nieto: no sólo sobre los anagramas, disciplina en la que también lo instruía, pensando que servía ésta para despejar la mente y aumentar la lucidez, sino muchas otras que siguió enumerando. Helen, no obstante, no siguió muy atentamente su exposición, en tanto que, en parte arrepentida y meditabunda, se dedicó a imaginar qué le diría a su hijo Matt.

Cuando alcanzaron el campamento, éste ya había despertado. Remus, que fue uno de los primeros en divisar a la pareja de regreso, se alegró sobremanera de tenerlos de nuevo a la vista, ya que, en primer lugar, la súbita desaparición de ambos lo había dejado trastornado; y, en segundo lugar, aquello no podía significar sino que se habían reconciliado y que su actuación entre ambos era innecesaria.

La sonrisa del licántropo se diluyó lentamente y, sin decir nada, se apartó para recoger unas cuantas cosas. Se le había venido a la mente que el señor Nicked volvería a ser el mismo de siempre, que la alteración que de él había conocido quedaría solapada por la que éste llamaba "personalidad fingida". Se enorgullecía de haber sido al que aquél había escogido para revelar su "domador", al que hasta había cogido cariño; pero era consciente de que, a pesar de lo que el muggle dijera, su verdadero ser era el del "payaso". En efecto, en el interior de una tienda escuchó que, fuera, alguien profirió una serie de pedos terribilísimos; y, a continuación, escuchó lo siguiente, dicho por el señor Nicked:

–Metano en estado... ¡sólido!

Y, al decir esto último, que constató el licántropo pues asomó la cabeza, el muggle echó a correr. En seguida regresó a lo suyo, meneando la cabeza con una sonrisa vaga, la cual en esta ocasión no se diluyó, a pesar de que sus pensamientos no fueron muy distintos a éstos.

Helen, entre tanto, le había preguntado a Matt, que desayunaba solo, un poco apartado del grupo, si le importaba que le hablase un momento. Éste, que se atragantó con la cucharada y acabó escupiéndolo todo en su bol de cereales, asintió sin ánimo. La adivina esperó que el muchacho la mirara, pero Matt no alzó la vista, con lo que ella, contrariada, comenzó de cualquier modo.

–Matt, escúchame. ¿Tú crees que anoche estuve muy... intransigente contigo? –El chico, a pesar de que le concedió unos segundos, aún cabizbajo, no respondió nada–. Vale, veo que estás enfadado –descubrió la adivina sonriendo ácidamente–; no te recrimino por ello. Si no lo estuvieses, significaría que no te importo; o que te importa todo un comino. ¿Si me disculpase, Matt, volverías a dirigirme la palabra? –El chico asintió sin alzar la vista, y la mujer sonrió–. Vale; pues, perdón. ¿Con eso te basta? –Matt volvió a asentir, pero no por ello alzó los ojos del suelo, lo que dejó a su madre relativamente preocupada–. Vale, Matt. Sé que ayer fui muy injusta contigo y, tal vez, pagué en ti algunos gritos que necesitaba dar; pero eso no me justifica. Perdóname¿vale?

Y, cogiéndole el mentón, aproximó el rostro de él al suyo para poderle dar un beso en la mejilla. Sin aguardar a comprobar su reacción, la bruja se levantó dejándolo de nuevo solo. Sólo en ese momento Matt levantó la cabeza y, con expresión digna, observó cómo se marchaba. Después, también él se puso en pie y se perdió de vista.

Mark, a quien la humillación padecida la noche pasada le carcomía las entrañas como un ave de carroña del que, bien a su gusto, se hubiera querido librar, se apartó del campamento con expresión mohína sin siquiera desayunar y se introdujo en la espesura del bosque por no ser encontrado en tanto tuviese él en mente apartarse de la vista de los demás. Se agarraba a la corteza de los gruesos troncos y se dejaba balancear hasta caer, como por ensalmo, sobre otro árbol, y así caminaba, como por obra de azar, ascendiendo la colina. Finalmente, harto de dar vueltas sin un propósito determinado, se dejó caer sobre una gruesa roca, que creyó reconocer como aquélla en la que se sentaron Matt y él el primer día que llegaron allí. Pero, al pensar en su primo y al recordar la afrenta que por sus malas artes había sufrido, siendo todo uno, se le encendió el rostro, le crujieron los nudillos y le rechinaron los dientes de manera tan abrupta que parecía en aquella reconditez un sonoro pájaro carpintero.

Su rabia se interrumpió cuando, producto de su imaginación, figuró en seguida por tranquilizarse, creyó escuchar una clara risa como agua cristalina. Pegó él un respingo y, poniéndose en pie, mirando a todas partes, vuelto el color de sus facciones del intenso rojo a la más mortecina palidez, inquirió en voces bien altas:

–¿Quién anda ahí¿Eres tú, Matt? Que sepas que no tiene gracia. –Volvió a escuchar la risa, ahora más próxima, de manera que el pequeño, muerto de miedo, profirió un grito desalmado–. ¡Matt, sal de dondequiera que estés! No tiene gracia, que lo sepas. Vale, ayer me pasé. ¿Te basta eso? Pero... ¡pero tú también anoche! Conque estamos en paz. –Se calló y, pareciéndole no escuchar ningún ruido más, inquirió con voz tímida–¿Matt?

Trató de percibir algún nuevo sonido, pero durante un largo minuto no captó ninguno, y su corazón, hasta entonces acelerado, comenzó a tranquilizarse; aunque deseaba que su primo apareciera por fin para poder salir de dudas. Buena se la tenía asegurada como fuese él; ya había recogido un buen pedrusco del suelo, pues buen seleccionador era él, con el que pensaba dejarlo malparado. Ya vería después qué excusa daba a sus padres, pero el deleite de tumbarlo ya no se lo quitaría nadie.

En aquellas reflexiones consigo mismo se hallaba cuando, sin esperarlo él, oyó tan próximo que parecía que lo tocaba un amortiguado grito, como de alerta, y, profiriendo él otro que nada de afín tenía, pues era debido al gran espanto de que surgía, soltó la piedra en no sé qué suerte de respingo que dio y echó a correr ladera abajo con tal prisa que, si no cayó rodando, fue porque no se le dio tiempo a que cubriese largo trecho.

En efecto, se detuvo; pues una hermosa jovencita, que quince años le echó entonces el muchacho, después que pudo contemplarla bien, le salió al paso, cortándoselo, desde detrás de un árbol, donde había permanecido oculta. Su aparición, tan inesperada como es de suponer, produjo en Mark un nuevo grito afeminado y un espanto tan sobrenatural que, sin poder contener las lágrimas ya, cayó al suelo y dejó a la providencia su suerte.

La muchacha se rio de verlo de tal guisa y, como el chico descubriese que la risa de aquélla era la misma que antes había percibido él, remitiendo lentamente aquel sentimiento al que tan poco acostumbrado estaba a manifestar, se puso en pie y la observó teniéndola enfrente. Era la hermosura de ésta de la clase de la que se dice que no tiene parangón posible: su cabello era oro bruñido, sólo que en tizón; su frente, liso mármol, sólo que tostado por el sol; sus ojos, brillantes como soles, aunque tanto parpadeaba, que en eclipse; claveles sus mejillas, sólo que en verde capullo; perlas sus blancos dientes, sólo que recubiertos aún de los mejillones tanto demostraba tenerlos de caries cuando reía; pétalos de rosa sus bellos labios, que deshojarían de haber apartado Mark su lasciva mirada; de cisne su cuello, aunque sería ramo torcido en árbol indolente; el talle, maravilloso, fino y delgado cual alfiler que hiere, dejando figurar el hermoso escote con que se aderezaba unos maduros senos de los que el chico, a tiempos intervalos, no apartaba la mirada. Vestía toda de blanco y tan ceñida que si respiraba era puro milagro, y, además, caminaba descalza.

–¿Te he asustado? –le habló la joven con voz de ensueño. Mark asintió mientras se enjugaba las lágrimas–. No era mi deseo. ¿Cómo te llamas?

–Mark Fosworth –contestó–. ¿Y tú?

–Mi padre me dice Adelaida –respondió excesivamente sonriente.

–¿Qué haces aquí? –preguntó en seguida el otro con voz aún no repuesta, quebrada del llanto.

–Soy la hija del guardabosques –respondió Adelaida–. ¿Y tú?

–He venido de vacaciones con mi familia.

–Ah, es verdad –exclamó la chica al punto–. He visto vuestras tiendas algunas noches cuando he salido a dar un paseo. –Meditó un momento con la mirada vuelta–. ¿Quieres venirte un rato a mi casa? Vivo en una cabaña en la otra cara de la montaña con un par de hermanas –sugirió sin descender un grado su amable sonrisa–; podríamos ir y te leería un libro.

–Me apetecería mucho, de verdad –dijo con los ojos brillantes de entusiasmo–; aunque debería volver antes de mediodía. Es que nos vamos a ir –explicó entristecido–. Y tampoco me hace mucha gracia la idea de leer un libro, la verdad, porque mi padre es bibliotecario y siempre me está dando la murga con lo mismo.

–Volverás a tiempo –respondió resuelta–. Pero, entonces¿qué te gustaría que hiciésemos? –le preguntó.

A Mark se le iluminó el rostro.

–Si quisieras –habló tímidamente–, podrías enseñarme las tetas...

La chica rio de buena gana, terminado lo cual respondió:

–No tendré problema en hacerlo. Ni mis hermanas tampoco. Sí –rio–, nos podríamos divertir. Anda, dame la mano, que te llevaré conmigo.

Mark accedió, contacto e idea que, cohesionados, produjeron en él su primera erección consciente. Hecho lo cual, no habiendo dado más de tres pasos unidos el uno al otro, apareció por detrás el licántropo blandiendo su varita con rostro cetrino. Al hallarlos, gritó:

–Suéltalo.

Mark y la chica se volvieron a un tiempo y, descubriendo el berenjenal, exclamó ésta, sorprendida:

–¿Qué?

Y Ángela, que apareció corriendo por un lado, también con su varita en alto, el rostro todo desencajado no sé sabe si por el esfuerzo de la carrera o por qué, gritó toda fuera de sí:

–Ya has oído a mi cuñado: suéltalo, so cacho de penca.

La chica no tuvo tiempo a reaccionar. El licántropo la apuntó con su varita y, pronunciando un maleficio cualquiera, liberó a Mark de su mano, obra que no satisfizo al muchacho, que quiso volver a verse unido de ella y sin su madre ni su tío presentes. Pero su madre, que velaba entonces más por él de lo que él mismo pensaba, acercándose hasta su parte, lo tomó de la mano, contacto menos excitante para el muchacho, a quien se le rebajó en seguida la turgencia de la entrepierna.

La chica, de ver que le arrebataban de forma tan vil al muchacho, quiso reñir con la bruja, pero ésta, apuntándola directamente a los ojos con su varita, la disuadió, echando a correr para apartar a su hijo de ella, a pesar de que éste, muy en desacuerdo, deseaba retornar a su lado, preguntando y preguntándose insistentemente por qué lo apartaban de Adelaida de manera tan truhana.

Pero en seguida tuvo la respuesta: la chica, toda enojada, se rasgó el vestido y gritó; era su cuerpo deforme, extraña falacia de lo que los contornos del vestido dejaban entrever, blanco como si encalado y falto de vello aun donde hubiera sido natural. Echó hacia atrás su hermosa cabeza para, al regresarla de vuelta, descubrir un cabello grasiento, despeinado y falto de su bello brillo. Los ojos parecían salírsele de las cuencas; la nariz le afeaba el desproporcionado rostro. Las manos le crujieron y donde las hubo no quedaron más que afiladas garras que mostró amenazadora, y de la espalda nacieron dos gruesas alas que batió enojadísima. Y, a continuación, se le desencajó la mandíbula, la cual creció hacia abajo desarrollando una enorme quijada que espantó tanto a Mark como a los que con él se encontraban. Y, así, la hermosura que fue, sólo que falsa, se tornó en su verdadero ser. Retomada su verdadera apariencia, Adelaida profirió un espantable grito que erizó el vello de Mark, el cual, muy en contra de su voluntad, se abrazó a su madre.

El licántropo se interpuso entre aquel abominable engendro y Ángela y su sobrino; dirigiéndose a su cuñada, sin bajar un punto su arma, le ordenó:

–Corre.

–¿Y tú? –inquirió la bruja un tanto asustada.

El monstruo con rasgos femeninos volvió a elevar la voz, emitiendo una nueva señal, más alta y temible que la anterior. El licántropo le lanzó un maleficio y, tras darle contundentemente en el pecho, lo dejó sin conocimiento en el suelo. A continuación escucharon gritos similares a los anteriores sólo que producidos en lontananza. Volviéndose Remus hacia su cuñada, volvió a espetarle:

–¡Corre!

Y, haciendo éste lo mismo, tomó ejemplo Ángela, quien llevaba asido de la mano a su hijo, el cual temblaba de terror.

Tan rápido como pudieron alcanzaron el campamento, en el cual ni detuvieron sus carreras ni se tranquilizaron tampoco. Es más, el licántropo, al alcanzar la linde con el bosque, viendo a su mujer que iba por agua al arroyo, habiendo llamado su atención a voces, le gritó:

–Deja eso, Helen. ¡Nos vamos! –ordenó–. Adelantamos la hora de partida.

–¿Por qué? –inquirió la adivina medio impacientada.

Un abismal griterío provino del corazón del bosque, el cual consiguió helar el humano suyo.

–¡Harpías! –explicó Remus con idéntico tono.

Helen dejó caer el cántaro vacío y echó a correr.

Al instante surgió de una de las tiendas de campaña el señor Nicked con una flema insoportable; dirigiéndose cortésmente a su yerno, le dijo a éste en los términos que siguen:

–Cierto que mi mujer no es una santa hembra¡faltaría más, pues tiene sus defectillos; pero, querido yerno, no pienso consentirte que la insultes de manera tan bellaca.

La señora Nicked, que no pareció esta ocasión escucharlo, pues nada le reprendió, a pesar de lo cerca que estaban, también porque las circunstancias no lo favorecían, sacó su varita y abrió la puerta del asiento de piloto del auto, de aquella parte no muy alejado. Con otro rápido movimiento, levitó a su marido desplazándolo hasta él, en donde lo acomodó. Seguidamente, le indicó a voces:

–Por el amor de Rowling, ve arrancando el coche. –Y dirigiéndose a continuación al marido de su hija–¿No les hacemos frente?

Remus le respondió mientras, agitado, apuntaba su varita hacia las tiendas de campaña, las cuales se plegaron sobre sí y salieron planeando hasta caer sobre el remolque.

–Calculo que deben de ser un par de decenas de ellas, si no más. Y nosotros sólo somos diez: cinco capaces de defenderse y los otros cinco no. Además, no hemos venido aquí a pugnar contra bestia mágica ninguna. Mejor será que huyamos antes de que nos alcancen.

A la mujer le parecieron suficientemente razonables argumentos y, asintiendo, se apeó de su lado para seguir, como el resto, a golpe de varita, recogiendo en segundos el campamento. En breve lo tuvieron todo empaquetado, aunque caóticamente, dentro del remolque, a pesar de que el señor Nicked, que en vano trataba de arrancar el motor, que no le respondía, les imprecaba desde el coche que habían estropeado las vacaciones sin magia a razón de las múltiples muestras que pudo constatar por el espejo retrovisor.

Cuando de aquella forma hubieron recogido todo, dejando, mas a la fuerza, muchas cosas innecesarias de las que, por no tener tiempo ni ocasión, no pudieron deshacerse convenientemente, entraron en el coche. Helen llevaba en brazos a Nathalie, a la que achuchaba contra su pecho, pues lloraba por las continuas ahora muestras de entusiasmo de las harpías, que se aproximaban peligrosamente. Sorensen, en tanto terminaba de guardar algunas cosas en el maletero a punta de varita, convocó el canasto que contenía a Alby y lo puso sobre la señora Nicked, que ya se había acomodado dentro. Matt y Mark, quienes habían ayudado a recoger en la medida de sus posibilidades, dieron muestras de irse a subir sobre el remolque; pero el licántropo, en viéndolos, rechazó de plano aquella idea y los hizo subir en el asiento trasero, con ellos, por apretados que estuvieran, aduciendo que, de aquel modo, estarían mejor protegidos.

Cuando estuvieron dentro todos, cerraron las puertas y echaron los seguros. El señor Nicked seguía entonces tratando de arrancar el motor, pero éste, maldita casualidad, no le respondía conforme era necesidad.

En aquel momento, impacientes todos, chillando cada uno lo que se le antojaba, nervioso el muggle, llorando Nathalie y Alby en los brazos de sus porteadoras, que los acunaban, aparecieron las harpías, que superaban en número la previsión dada por el licántropo. Eran en sumo similares a la interceptada en la ladera, pero, dada su cantidad, parecían más temibles aún.

–¡Arranca, arranca! –gritaba el bibliotecario desquiciado, vuelto hacia atrás.

Un par de harpías, aleteando débilmente, se montaron sobre el remolque, el cual desvalijaron en cuestión de segundos. La señora Nicked, dejando no más que un resquicio de su ventanilla, sacó el extremo de su varita y, apuntándola hacia una, la disparó y la lanzó a varios metros, descalabrada. Algunas de sus congéneres se asustaron; otras, en cambio, en previsión de la procedencia del maleficio, cayeron en la cuenta del coche y corrieron hacia él. Así, bajaron todos un poco las ventanillas y lanzaron a discreción un incontable número de maleficios y otros conjuros, en tanto Ángela, imprecando al señor Nicked, le imperó:

–Vamos, joder, Matthew, arranca el coche. ¿Te hemos dicho que las harpías son carnívoras?

Sin poder ofrecer una explicación certera al respecto, el decir aquello y arrancar el coche fue todo uno, ya que, al parecer, tanta impresión sufrió el pobre hombre de escucharlo, que, al volver a introducir la llave, lo hizo de manera tal que consiguió arrancar. En seguida puso el auto en camino y las harpías, aunque lo seguían, ora en cortos vueltos, ora graznando mientras corrían, pasaron a un segundo plano.

No obstante, como no podían alcanzar la carretera si no siguiendo un determinado camino, el cual rodeaba con desgraciada fortuna el lindero del bosque, nuevas harpías los acometieron de las que aparecieron por aquel flanco. Una avispada hubo que, saltando desde una rama, consiguió clavar sus aguijoneadoras garras sobre el capó; Mark gritó, Matt se agarró a su padre, del que normalmente ya se asía, y Nathalie lloró, que se pensara que no le quedarían más lágrimas en adelante, de acaso sobrevivir a aquella experiencia. Pero el señor Nicked, que fue el primero en asustarse, en gritar y en dar un volantazo, dado el caso, con el que se metió en un alto retamal, le pidió al momento iracundo a su mujer que le sujetara el volante, y él, bajando la ventanilla y extrayendo medio cuerpo al exterior, aferró con todas sus ganas y fuerzas a aquel ser, al cual, después de mucho forcejear, consiguió desunir del capó y lanzar lejos de él; cayó rodando maletero abajo y fue atropellado por el remolque.

–Nadie me araña a mí el coche –gritó el muggle sacudiéndose las manos antes de sujetar de nuevo el volante.

Después de aquello, entró en contacto el vehículo con la carretera, pudiendo acelerar; así, las harpías dejaron de verse al poco.

Nadie dijo nada hasta que no hicieron una extensa parada en una estación de servicio. Tomaron un pequeño tentempié, examinó el señor Nicked con detenimiento las marcas que el paso de la harpía sobre el capó habían dejado, las cuales al gasolinero, que intervino sin ser solicitado, parecieron de gruesa fiera: pantera o león dijo. Pero el ánimo del muggle únicamente mejoró cuando su esposa volvió a prometerle que lo solucionaría mágicamente, como ya lo había hecho con la anterior rozadura del viaje anterior.

Terminado el descanso, volvieron a subir. Los chicos ocuparon nuevamente su lugar en el remolque, por lo que Remus hubo de volver a practicar los encantamientos protectores y el hechizo desilusionador sobre ambos. Les prometió, sin poder verlos, que llegarían pronto, tras lo cual los cubrió con la manta de encaje.

Llegaron a casa de los señores Nicked antes de mediodía. Entraron el poco equipaje que les quedaba después del forzoso encuentro y, tras vaciarlo de los trozos deshechos de las tiendas de campaña, devolvió el muggle el remolque a su real propietario, su envidiado vecino a causa de su elegante Mercedes. Éste lo examinó en presencia del señor Nicked y, fuera de sí, le preguntó la causa de los múltiples arañazos que presentaba, que habían llegado incluso a levantar la capa de pintura que él le había administrado antes de dejárselo. Pero más encono sufrió, y más vergüenza el muggle, cuando encontró pegada a la rueda una oreja que, muy a su pesar y a su fuerte estómago, despegó del neumático; le preguntó por ella también y, aunque el otro le respondiera que era de plástico y se debía a tonterías de sus nietos, como no lo convenciera pues aún estaba recubierta de sangre y no tenía pinta de ser de plástico, dijo que no le volvería a prestar nada más en su vida y que la llevaría, refiriéndose a la oreja, a la policía para que la examinasen.

Desanimado, el señor Nicked lo comunicó en seguida en su casa, razón por la cual Ángela se determinó resueltamente a tener un encuentro con su vecino. Volvió al momento con expresión satisfecha, anunciando que lo había desmemorizado pertinentemente. El señor Nicked, que encontró mucha alegría en esto, le preguntó a su cuñada si la magia podría hacer que su vecino le dejara por lugar de unas horas su formidable Mercedes, aunque luego hubiera de olvidarlo el otro, pero nadie le hizo caso.

Sin embargo, su formidable ánimo se diluyó de inmediato al extraer el correo del buzón de la entrada y descubrir una carta de la policía. Abriéndola, reveló una ingente multa económica, a la cual se adjuntaba la factura del alcoholímetro. La estrujó enojado y la lanzó contra la papelera, fallando el tiro.

–¡Lo que faltaba! –bufó–. Y no me figuraba yo que fuesen tan caros esos aparatitos soplagaitas y soplapelo... –Respiró hondo–. ¿Es que no vamos a tener en la vida unas vacaciones normales?

Y todos determinaron que, si el señor Nicked lo reconocía, aquéllas debieron de haber sido verdaderamente unas vacaciones de desenfreno y locura.

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Avance del sexto capítulo (EL ECLIPSE REVELADOR): «Para cuando el hombre yacía exhausto sobre el césped, boca arriba, temblorosos todos sus miembros, el eclipse de luna se había consumado; la luna había quedado relegada a nada más que un intenso anillo de plata. Y en todas las casas de aquella parte del mundo los relojes anunciaron la última campanada de medianoche.» «–¿De dónde has sacado esto, Remus, de verdad? Hace seis siglos que nadie sabe nada de este anillo.» «–Entonces trae hasta aquí un sillón de ésos y siéntate –le respondió con desenvoltura–, que esa explicación, o subsanación, que exiges exige a su vez no ser breve ni dejarse media palabra que pueda parecer ahora insustancial o de poca relevancia; subsanación, digo, porque todo esto que te diré ahora debí habértelo dicho mucho antes: tal vez cuando tu madre fue asesinada, o cuando tu padre te abandonó y te tomé a mi lado, o mientras lord Voldemort te perseguía. Pero no supe convencerme entonces de qué te ayudaría el saberlo, y callé; hasta el día de hoy, como ves, pues ese pensamiento me embargó el resto de mi vida. Pero, ya que pides entera cuenta de por qué he callado todo este tiempo, relataré sin omitir detalle alguno todo cuanto a mi experiencia toca en lo concerniente a ese anillo.» El capítulo en que MDUL se confirma.

Nuevos contenidos en la página web oficial de MDUL (cuyo link podrás encontrar en la cabecera del primer capítulo de la IIª parte, en mi web de autor o, en su defecto, puedes consultarme por medio de un correo electrónico): nuevos y recientes dibujos de Elena, nuevas fotos tanto de Elena y yo (incluso de pequeños) como de todos vosotros, la posibilidad de promocionar vuestros fanfics, teorías abiertas sobre Wathelpun y la luz violeta, etc. Anímate a participar.

El próximo capítulo de la IIª parte, dado que éste es un poco largo, aparecerá el día viernes, 18 de agosto (día de Santa Elena). Hasta entonces, un saludo.