Aunque pueda parecerlo, no... ¡No!... No me he muerto. He de asumir el "mea culpa", porque he sido un poco inconstante. Pero también he de reconocer que, las veces que me he conectado, para variar, "fanfiction" no me ha dejado colgar el capítulo. Vaya, que si ya acostumbro a ser el "fantasma de la ópera", que aparece de improviso, ahora soy el "enterrado y calavérico fantasma de la ópera". Dejadme, pegos míos: lo que tiene escribir estas últimas palabras al principio esperando vuestra comprensión y perdón. Ahora sí que sí, y por fin, os dejo con este capítulo para con el que tengo un cariño muy especial. Espero que vosotros también lo experimentéis.
Respondo "reviews":
PUNKITTY. Hola. ¡De nuevo aquí! No lo dudaba, pero me sorprende. Por ello te agradezco tu puntual y locuaz regreso. Lo digo, más que nada, porque hay muchas personas que aparecen momentáneamente, se dan un atracón terrible leyéndoselo todo de un golpe, pero desaparecen tan pronto y misteriosamente como aparecieron. Por eso agradezco el pacto implícito que estás manteniendo con MDUL. Sé lo que cuesta mantenerse ahí detrás esperando, aguardando con la paciencia de que muchos no gozamos. Además, tus comentarios han sido tan cabales y tan inteligentes... tanto, que no he podido menos que decidir concederte un personaje; quiero decir, que los lectores con los que me llevo mejor los introduzco como personajes secundarios en la trama de MDUL. Quizá ya te hayas dado cuenta, pero, bueno, yo te lo digo por si acaso no. Bueno, ya hablaremos de eso más detenidamente. Conforme he ido conociendo a otros muchos lectores, ya confirmados amigos míos, he ido descubriendo, por ejemplo, que les gustaban los vampiros, y los he convertido en vampiros, o cosas de ese estilo. Por cierto, espero que no te importe que te conteste aquí, muy por extenso espero, tanto a tu "review" en fanfiction como a tu correo. Es que me resulta más cómodo de hacer en una única tira explicativa. En fin, manías de viejo... ¡Ah, y perdona sobremanera mi imperdonable despiste. Se me fue de la cabeza el dejarte una copia del "review" en tu correo. Como cuando estoy en Internet tengo el tiempo limitado, mi cabeza nunca está en el sitio que le corresponde; todo un desastre. Espero que me hayas podido disculpar. En primer lugar¿qué esperabas del señor Nicked? Yo también quiero a ese personaje como a un peluche al que un niño pequeño puede tener mucho aprecio y del que no se separa ni de día ni de noche, al que no deja de abrazar. Me gusta ridiculizarlo, pero no porque yo sea cruel, sino porque a él le gusta, es un personaje que se lo merece. Pero. cuando hay que sacarle su momento sensato, se le saca. Yo en eso no tengo ningún inconveniente; más bien todo lo contrario. Pero no me puedo resistir a seguir poniendo la parte "payasa" del señor Nicked. Al menos su imagen ya ha quedado ensalzada, conscientes todos de que hay un "domador" en él. Por cierto (y saliendo un poco rotundamente del tema), no te preocupes por lo del "review" en el capítulo uno; también yo fui un cafre en mis primeras incursiones por estas páginas. Nadie nace sabiendo y se aprende lentamente. Pero no te preocupes. Si eso te volviera a saber, sabe tú que, aunque hubieras dejado el "review" en el capítulo uno, a mí me saldría rápidamente porque: a) llegaría a mi correo electrónico (aunque no suelo leerlos allí); b) según los leo yo en "fanfiction", no se organizan por capítulos (esa opción no suelo escogerla) sino por últimos "reviews" dejados. Vamos, que lo hubiera leído igualmente. Bueno, creo que ya he respondido convenientemente a tu apunte sobre el señor Nicked. Sí, claro que tienes razón. Yo sabía que estaba quedando demasiado patético el pobre hombre y ese capítulo nació en respuesta (y como solución) a ese problema. Me gusta extraer lo cómico de las situaciones y de los personajes, pero en absoluto ridiculizar. Y ahora paso a comentarte tu correo, que he de reconocer que me ha resultado apetitoso. Tienes completamente razón: los que ya llevamos algún tiempo somos conscientes de que los comentarios de "me ha gustado mucho", "está bien", o lo que quiera que sea, son agradables y te hinchan por dentro, pero están tan vacíos al cabo de un tiempo... Las primeras veces parece que requieres que te adulen, te sientes satisfecho con ello, pero luego acabas cayendo en la cuenta de que lo reiterativo de estos comentarios no son en absoluto provechosos para ti. Parecía un comentario utópico o excesivamente humilde por parte de los autores, pero ¡es cierto: lo que queremos son críticas constructivas, que nos hagan reflexionar sobre nuestros propios escritos. De lo contrario¿cómo vamos a saber en qué podemos mejorar? Por eso me ha parecido muy, muy provechoso todo tu correo electrónico. He entresacado de él cosas muy interesantes que, en sumo, me han llevado a plantearme incluso mi perspectiva de exponer ciertos detalles concisos. Como lo del millón de galeones entregado a Sirius... ¡Ups! En verdad no sabría cómo explicar de dónde se ha sacado ese dinero. Y es tan cabal tu comentario que me has dejado con el culo al descubierto. Por otra parte, lamento que no te gustara el rescate de Sirius por parte de Remus, introduciéndose en el Velo, pero es que no se me ocurrió nada mejor. Bueno, además, todavía quedan algunas cosas que descubrirse con respecto al Velo, y que os permitirán conectar a éste con Lupin. Suena algo extraño, pero ya se verá. Con relación a tu enfrentamiento entre MDUL1 y MDUL2, tu respuesta ha sido muy sensata, bastante cabal, pero también yo te pido, como tú bien has dicho, "tiempo al tiempo". Claro está, sólo has leído cinco míseros capítulos. Claro está, todo MDUL2 está dentro de mi cabeza y yo soy el único que puede ver de lo que es capaz, lo que puedo explotar de esta parte. Es como una cantera riquísima en oro. (Hoy se acabaron las metáforas con barcos.) Lo de que tu Remus ideal sea "bohemio" me ha hecho reflexionar y modificar ciertos aspectos de asuntos venideros. Lo digo siempre: todo comentario acertado y cuerdo me lleva a cambiar cosas indispensables. Te lo agradezco. Pero una duda me recorre: si no te gusta Remus como ministro¿por qué te decidiste por leer este "fic", cuando este hecho se explicitaba claramente en el sumario? En cuanto a lo que dices sobre las casualidades, yo no creo en ellas. Quiero decir, todo está tan sumamente medido. ¿No crees en el destino? Me da que no, por lo que he intuido en tus palabras. Hombre, yo no creo en él como lo pinto en este "fanfic", pero si has llegado hasta MDUL es porque, bien uno u otro, tenía la necesidad de conocer al otro, o bien ambos. En fin, algo complicado de explicar y que, quizá, no tienes por qué compartir. Siguiendo con lo de Remus-ministro, el que desprecies todo lo que tenga que ver la política no ha de llevarte a planteamientos tan radicales, pero sé que condiciona. Como has intuido, la intromisión de Remus por mi parte en ese mundo se limita a salvarlo. El licántropo es el salvador que yo he hecho salir de su agujero negro para corregir a ese mundo de la hipocresía y el engaño. No obstante, no todo lo que tiene que ver con la política es malo. Hay que saber eliminar las supersticiones, o el rencor, o sea lo que sea en tu caso. Aunque, quizá, tu experiencia es tan negativa que no es posible. Todos tenemos un político dentro en tanto que formamos parte de un mundo civilizado (?) en el que participamos. Bueno, no importa. Ya me he acostumbrado a que me critiquen mi decisión de nombrar a Remus ministro. No importa digo. Sobre por qué Fudge ha sido tan... benévolo... ¡tiempo al tiempo! Dejemos por ahora aparcado este tema y recojamos otros. ¡Como el de Ultra Witch! Doy gracias al Cielo de que alguien se haya fijado en su nimia mención, pero importante aparición. Puedo asegurarte, Verónica, que ninguna mención, ninguna profecía o visión, está de más en MDUL. Todas han sido cuidadosamente medidas y estudiadas para que no se salgan un punto de la verdad de lo que habrá de ocurrir dentro de muchos años cuando estalle ese poder inimaginable que es Tim Wathelpun, un hechicero del que sólo puedo decir que es tan formidable e invencible que no requiere ni de horrocruxes para subsistir. Tienes razón al decir que "sea lo que sea" la luz violeta quiere bien a Remus. Sí, es así. Ya hay quien ha descubierto qué se esconde tras ella, pero he de reconocer que hasta a mí mismo me hubiera resultado imposible de acertarlo de haber sido un mero lector. ¡Hay gente que lee con lupa, conscientes de que dejo pequeñas migajas en cada capítulo! Lo importante es que hayas captado que no es malévola. Mucha gente todavía lo cree porque sus primeros encuentros no pueden ser explicados lógicamente según entendemos la historia ahora mismo. Tengamos en cuenta que la luz violeta viene de un "mundo" que todavía no conocemos físicamente. Ya me explicaré mejor... ¿Wathelpun, qué, quién es Wathelpun? Sí, éste no se va a quedar en Gran Bretaña, no. Digamos que se le va a quedar chica. Y sobre tu hipótesis sobre quién es Wathelpun..., sólo puedo decir que no puedo decirte nada. Bueno, sí: sólo puedo decirte que hay una pista exacta, concreta, más que medida. Ella te llevará a quién es este hechicero y no hará falta que yo te diga si estás en lo cierto o no, porque ya nadie te podrá quitar la razón. Y algunos ya lo han descubierto. Pero es que, como he dicho, hay algunos que leen con lupa... Si es que me dejan hasta a mí de una pieza. También, aunque no lo digas explícitamente, me parece que te ha rechinado lo que Remus sea el príncipe mestizo (me gusta más mi versión que la de HP6¿Snape?... No pega). Bueno, también me gusta innovar. Es cierto, puede haber personas a las que les guste y personas a las que no, pero lo importante es que yo lo haga gustosamente¿no crees? Y también que ofrezca sobradas muestras de que todo tiene un por qué, una causa que lo justifica. ¿Por qué Remus es el príncipe mestizo?... Me limito al capítulo que tienes ahora mismo delante de ti. Hablando de poderes ilimitados, sí, Matt va a ser un poderoso mago; pero no sólo él: también sus hermanos, aunque ahora pasen más desapercibidos porque son más pequeños que él. Pero, aunque esto pase, no robarán protagonismo a su padre, como crees intuir. Cuando Wathelpun estalle, o incluso antes, tendrán el protagonismo que les corresponde como hijos que los he hecho de Lupin. Pero no olvido que éste es un relato sobre Lupin, y él es su personaje principal. Cuando lo deje de ser, bien le pongo fin (¿eso pasará algún día?...), bien habrá muerto y, consecuentemente, MDUL habrá terminado por fenecer con él. En cuanto a las herencias de los niños, de Matt hablas, las entenderás hoy mucho mejor. Sí, heredará el poder del Príncipe Mestizo. Y por último voy a contestar a tu postremera pregunta: llevo creo que son ya varios años escribiendo MDUL. Al principio sólo fue una diversión sin fundamento, pero ahora es una droga que me esclaviza. Creo que el día que le ponga punto final, algo dentro de mí se marchitará, tanto he sufrido y tanto he estado alegre con las vicisitudes que les he hecho padecer a mis queridos personajes. Sé que cuesta mantener un relato de estas dimensiones, pero no hay nada que el cariño y un esfuerzo medianos no puedan conseguir. Lo importante es tener las ideas claras y tener en tu mente un principio del que partir y un destino al que llegar. ¡El destino, vuelve a salir, je. Como nada acaba sino como empieza, con la mención del destino doy fin a esta larga, larguísima misiva (creo que la más extensa que he escrito en "fanfiction"). Te doy muchas gracias, sobre todo, por tu crítica constructiva, y también por los halagos. Espero que tengamos la oportunidad de volvernos a ver en palabras pronto. Un beso.
DRU. Hola¿cómo estás? Tienes toda la razón, no sé cómo Matt aguanta a su primo. El pobre es un santo varón. Creo en ocasiones que me he inspirado en mis pueriles relaciones con alguno de mis propios primos. Digamos que tienes que soportar, aunque también es cierto que yo no podía maldecirlos. Digamos que Mark se va a reformar con el tiempo. Y sí, pobre señor Nicked... Aunque, mayor o joven, va a seguir igual de encantador, jovial y... ¡guasón, que es lo que a mí me importa. Gracias, Dru, por pasarte. Un beso afectuoso.
NIMMY-ISIL. ¡Hey¿Cómo estás? Cuánto tiempo, la verdad. Me alegro muchísimo de que hayas tomado un respiro para pasarte y retomarlo todo. Espero que te vaya muy bien en lo que quiera que estés haciendo en la universidad. Lo único que me desalienta es que, ahora que escribo esto, tengo la impresión de que no lo va a leer nadie; como has dicho que te vas a quedar sin Internet... Tengo la impresión de que lo estoy escribiendo para mí. Pero, bueno, te has tomado la molestia de leer y dejar un comentario, con lo que, aunque breve, algo te pondré. Sólo te recomendaría que no fueses tan dura contigo. Yo también curso una carrera, pero, aún así, tengo a mi disposición algunos elementos de diversión y/o distracción, porque, de lo contrario¿cómo podría ser uno capaz de soportar esos largos meses de estudios sin medida? Aunque lo comente de pasada, oye, es una casualidad que le haya puesto al perro de Sirius el mismo nombre que el tuyo. En cuanto a lo de la luz violeta... mmm... sí, tienes razón. Y me ha gustado el apunte de "supuestamente" cuando has aludido a la muerte de Matt. Lo que sí me ha dejado muy, muy intrigado es por qué crees que Wathelpun es el padre de Remus cuando está muerto. La lástima es que sé que no me vas a poder responder esto nunca. En fin... No obstante, me ha despertado una sonrisa muy pícara. Respondiendo a tu pregunta, por supuesto, Helen sigue investigando la cura. Bueno, dicho todo lo cual, me despido. Al fin y al cabo, no vas a poder leerlo¿no? Es como si tuviera la impresión de que se lo estuviera escribiendo a "nadie". Sea como fuere, te deseo que tengas mucha suerte en la carrera y que, sin preocuparte por las notas, lo apruebes todo. ¡Ah, y, aunque sea el verano próximo, nos vuelvas a mandar un saludillo. Un beso.
HERM. Hola, Herm. Aunque tu descripción ha sido un poco extraña, me ha dado sobre ti los apuntes necesarios para hacerme una idea primaria de tu personalidad. De todas formas, lo que sigue siendo un absoluto interrogante para mí es tu nombre. Quizá no lo quieras confesar (hay personas que prefieren mantenerse en un absoluto anonimato, cosa que respeto) y por eso no lo has dicho, o quizá lo has pasado por alto. No importa. Seguirás siendo mi tímida Herm hasta que tú quieras. Tímida, digo, porque me hacen mucha gracia tus "reviews", siempre muy medidos en sus palabras, que me hacen tener que sacártelas con sacacorchos. No es que quiera que me desbordes, pero me haría gracia que hablaras libremente sobre ti, sin que yo tuviera que proponértelo. Vamos, que te tomes estas palabras como un intercambio comunicativo con un lejano amigo. Otra cosa cualquiera me desagradaría. Me alegra que siga sacándote sonrisas el señor Nicked. Pero en el capítulo anterior vino en plan serio... Digamos que también tenemos que tomárnoslo con seriedad. Lo que no he entendido es por qué dices que te gustaría ver a Matt ahorcado... ? En fin, ya me lo explicarás. Quizá has querido decir Mark. O quizá te refieres al señor Nicked sólo que has empleado su nombre de pila, su "short name"... No sé. Sí, lo de las harpías lo incluí porque intuía eso mismo, que, de no hacerlo, resultaría un capítulo asfixiado por sí mismo. Me alegra que lo hayas visto con buenos ojos. Oye, no recuerdo si en un capítulo anterior ya te hablé de mí. ¿Lo hice? No voy a hacerlo ahora porque, de haberlo hecho ya, no quiero aburrirte repitiéndome. Pero, si no lo hecho y quieres que lo haga, alértame y lo haré sumamente gustoso¿vale? Venga, pues por esta vez me despido de ti mandándote un gran y amistoso beso que espero que recibas con mucha cordialidad allá en Perú, muy lejos de donde yo estoy, aunque eso no importa en realidad.
PIKI. Hola, Laurita. Siento... siento muchísimo mi tardanza, mucho más en tu caso, porque volviste precisamente para darme la sorpresa (que por supuesto que me la diste) y yo desaparezco. Es una descortesía por mi parte; estáis autorizados para descuartizarme... En fin, tu retraso (que ya sabes que siempre los tolero, los comprendo y, por ende, no hay que pedirme tantas veces excusas, que soy muy benévolo) ha sido mucho más comprensivo, porque tiene una jusitificación bastante más... "basada". Estoy un poco espeso a estas horas, santa Madre de Dios. En fin... Espero que hayas disfrutado mucho la feria, aunque este comentario llegue tan retrasado que ya hasta se te haya olvidado que es eso. Me acordé de ti, pero como soy un "triste", no pude conectarme en Internet para desearte lo mejor. Vaya, para pegarme de nuevo... Lo que sí me ha entristecido (pero, en fin, cuando no se puede no se puede...) es que no hayas podido acercarte por Córdoba. Me hacía ilusión. Pero, bueno, ya habrá momentos para el encuentro mítico y no hemos de entristecernos por su "retraso". Lo importante es que sigamos en contacto el mayor tiempo posible¿no te parece? Me encanta que te haya gustado la pequeña y, para qué negarlo, penosa (podría haberlo hecho mejor) aparición de tus padres ficticios o literarios. Me pudo el momento "romanticón", paseando por la playa y esas cosas... Espero poder pintar momentos más decentes en capítulos venideros, donde se vea una relación más fructífera y no tan culebrón de la Primera. Aunque, bueno, si a ti te ha gustado, no le voy a quitar mérito. También me ha encantado tu comentario sobre el señor Nicked. ¿Por qué todo el mundo (incluido yo) le tenemos cariño a ese mentecato? A ti te recuerda a tu abuelo, lo cual es un buen referente. Y me gusta que hayas llorado con el capítulo, porque eso me hace frotarme las manos y decirme a mí mismo que lo estoy consiguiendo (estoy haciendo una interpretación histriónica): me gusta crear cosas sensiblonas para que riáis, lloréis, etc. Bueno, aunque me pese, lo voy a ir dejando por hoy porque tengo que colgar el capítulo antes de que me echen la persiana. Que sepas que ha sido un absoluto placer haberte reencontrado de nuevo y que espero que nuestras conversaciones sigan prolongándose en lo eterno de la Red. Un beso enorme.
(He aquí la esencia de MDUL, el capítulo de confirmación. Todas las preguntas, las incógnitas, quedaran resueltas, reveladas, pero aún habrá muchas otras que desentrañar. Deseo que os guste.)
CAPÍTULO VI (EL ECLIPSE REVELADOR)
Inundaban los negros vientos a los montes sombríos, los árboles bullentes en la leve penumbra y los grisáceos riscos, de destellos de zafiro; teñíanse las ensombrecidas peñas de perlas y lágrimas de cristal, de rubor de plata el lejano e informe caserío de calles cuesta arriba; de plenas sonrisas blancas la negra agua de sus fuentes, de cuyos grifos pendían témpanos que resplandecían blancos y azules, y de los que, de tanto en tanto, se precipitaba una gota que transfiguraba el redondo reflejo que en la estancada se daba. La vereda embarrada que conducía a la casa principal, la de la colina, a causa de las últimas lluvias estaba salpicada como de relucientes cazuelas de sangre de unicornio, espejeando la noche estrellada. A su alrededor, la oscurecida hierba verdecina, que describía un melodioso oleaje al compás del riguroso viento, emitía grises restallidos de nácar. Y, por último, en los esclarecidos muros de El mirador reverberaban los plateados gritos que, en silencio, profería la noche misma en voluptuosas sombras.
Ya que, sobre todas estas cosas, descogida su opaca saya de lentejuelas, descubierta su reluciente faz alba, sobre todas éstas, digo, ella gobernaba: corona y trono de la noche: portentosa luna, redondo ojo del cíclope celeste.
Un conejillo blanco salió brincando de entre la maleza. Con saltitos menudos, se fue aproximando a su madriguera: una obertura apenas visible entre los arbustos, rodeada de fresca y alta hierba. Se detuvo con las orejas tiesas, oteando a su alrededor, antes de desaparecer dentro de ella; sus ojecillos negros irradiaban un brillo plateado. Se propuso correr cuando una alta figura, gris y corpulenta, se lanzó de improviso desde los zarzales sobre él y, con sus patas delanteras, lo atrapó; el conejillo temblaba de pánico viéndose en las garras de aquel grande lobo de puntiagudo hocico. No obstante, el lobo lo soltó, o se le escapó, y la figura blanca se volatilizó hasta alcanzar su escondrijo. El lobo, entonces, se irguió y siguió caminando indolente sobre la hierba húmeda; lo hacía sonriendo, como si fuese posible en sus facciones lobunas gesto tan humano. Era Remus, por supuesto.
La noche era fresca y el ambiente traía un agradable olor a frío césped y crepitante leña. Era una de esas noches invernales de cielo despejado en que se pueden contar por miles las estrellas que se aprecian desde una ventana cualquiera. Remus, sin embargo, no tenía frío: su grueso pelaje le evitaba mayores penurias como ésa; aunque, en realidad, él no debería estar allí, fuera; pero Helen había salido y no había nadie que lo vigilara. El licántropo dudaba que ésta volviera antes de que él se hubiera vuelto humano otra vez.
Escasas horas antes de aquello, la adivina había desfilado por delante del licántropo con los tres niños; el tercero, Alby, en sus brazos. Remus se volvió en el sofá, en el cual se hallaba sentado con una copa de hidromiel en la mano, para mirarlos. Sonrió orgulloso. Helen lucía un recogido tocado que dejaba al descubierto su galante cuello blanco, ensartado de perlas; se había puesto el vestido color caoba de altura hasta las rodillas que había comprado recientemente, al cual había añadido un cinturón con hebilla sobre la cintura y un sinfín de broches por el acusado escote; en las piernas, unas medias negras, las cuales concluían en unos zapatos de charol rojos, de amplia puntera y con tacón. Matt, repeinado hacia atrás, vestía un traje de chaqueta azul marino que le quedaba como un guante, camisa verde y pajarita amarilla, que lo había tenido disgustado todo el día, pero que, al final, había consentido llevar; Nathalie, que sonreía profusamente al dar vueltas con su modelito delante de su padre, en cambio, un vestidito rosa de amplios faldones y volantes blancos, a juego éstos con el lazo que en el cabello llevaba ésta entrelazado. También para el más pequeño había adquirido la adivina prendas nuevas, aunque se pasase la mayor parte de la noche durmiendo; se trataba de unos tejanos de color crema, una sudaderita de lana con rayas azules y unos zapatos marrones. El licántropo dijo lo que opinaba sobre ellos: lisonjas en nada faltas de verdad.
Helen le dio a su marido las últimas indicaciones mientras los chicos desfilaban para besarlo: que cenara algo para no transformarse con el estómago vacío, que se tomara otro sorbo de poción de matalobos por si acaso, que no mordiera las almohadas y algo que sonó como a «y recuerda lo que te dije sobre el fenómeno de esta noche»; pero Nathalie lo aferraba del cuello mientras lo abrazaba y el licántropo no consiguió escucharla, aunque le respondiera a su mujer con una pequeña sonrisa forzada que sí. La adivina, entonces, se acercó hasta él para tomar a la niña de la mano y besarlo también; le susurró unas cuantas palabras de cerca, como que lo sentía profundamente. El licántropo, algo apenado, les pidió antes de que salieran que al menos pensasen en él mientras escucharan las campanadas.
Helen asintió apresuradamente e, imprecando a los niños, los hizo salir al porche, donde el licántropo oyó que les dijo:
–Ahora atentos, chicos. Cogeos los dos bien fuerte de mi mano, que nos vamos a desaparecer juntos. Cierra los ojos, Nathalie.
A continuación escuchó un chasquido; después, nada. Devolvió la vista al frente y, repantigándose en el asiento, probó otro sorbo de hidromiel. Aquél fue el último; dejó la copa en una mesita junto a él y cerró los ojos. Aunque no tenía en principio ánimo de dormir, allí, a pocos minutos, lo sorprendió el alzamiento de la luna llena. Después de no poco estremecerse y sufrir, la puerta de El mirador se abrió por segunda vez y por ella salió un lobo que, después de lanzar un vistazo desde su posición, echó a correr prado abajo.
Era Nochevieja, se lamentaba Remus mientras discurría gallardamente por entre los árboles de su jardín, y ni siquiera podía pasarla junto a su familia, que había ido a celebrarla a casa de Harry, que los había invitado a todos. Contempló con sus ojos dorados como cuentas de oro el esplendente astro nocturno y emitió un aullido que hubo de elevarse hasta las últimas estrellas de aquel oscuro firmamento. Se consumiría 1999 para iniciarse el siguiente mientras él, a cuatro patas, caminara por aquel negro paraje de destellos de cristal. «La última noche del año, como será la última del milenio, tendrá importantes repercusiones para nosotros, los magos. ¡Será la noche más mágica de nuestras vidas!», llevaba leyendo desde los últimos días en el periódico con amargura. «Después de habernos puesto en contacto con la profesora de Hogwarts Sybill Trelawney, creemos estar en condiciones de afirmar que nuestros poderes mágicos aumentarán durante algunas horas esa noche; si eso les parece poco, les animo a ingerir un poco de Felix Felicis.» Remus no pensaba que nada dicho por Trelawney fuese cierto, ni tampoco creía que aquella noche se pusiese fin al milenio ya que la fechación de nuestra era no se había iniciado por el cero sino por el uno, aunque similar revuelta cundía entre los muggles; pero de buen grado hubiera sustituido el Felix Felicis por las dosis diarias que su mujer le había preparado de poción de matalobos.
Se apoyó sobre sus cuartos traseros y descansó erguido como una inmensa figura de porcelana. Sus estrellas doradas se desplazaron hasta la luna, que parecía corresponderle con la mirada. Sintió mientras la contemplaba que ya no podía guardarle ningún rencor a aquel platillo de plata del que tantas desgracias había lamido. Fuera su destino, el hado o la maldad en persona, sabía que era infantil culpar a aquella indolente figura, que lo ignoraba a pesar de todo, como la causante de sus penurias allí abajo, con los pies en la tierra. Suspiró hondo.
Creyó que era una teleta de nube la que se había interpuesto delante de la luna y había hecho que agrisase su rostro. Pero, al sentir menoscabarse su cuerpo al tiempo que se menoscababa a bocados aquella gobernanta de estrellas, cayó en la cuenta de su necio error. Sus ojos, hacía un instante tan refulgentes, miraban inyectados en sangre y como salidos de sus cuencas, mientras el lobo, retorciéndose por la tierra, aullaba de dolor; en tanto duró su transformación, una poderosa sombra se encaramaba a la figura de cristal del cielo hurtándole su protagonismo. Ahora recordaba que Helen se lo había mencionado días atrás. Para cuando el hombre yacía exhausto sobre el césped, boca arriba, temblorosos todos sus miembros, el eclipse de luna se había consumado; la luna había quedado relegada a nada más que un intenso anillo de plata. Y en todas las casas de aquella parte del mundo los relojes anunciaron la última campanada de medianoche.
No se había recobrado aún del todo cuando sintió la tierra estremecerse bajo él, como si gritara, más intensamente de lo que él había recordado vivir ningún seísmo. Los árboles cercanos batían su ramaje como si fuesen el terrible sauce boxeador; las cumbres que se divisaban difícilmente en el horizonte en penumbra, cubiertas de nacarada nieve, parecían resquebrajarse y despeñar lágrimas de brillante vidrio; los perros del pueblecito que dormía allá abajo en el valle, que llevaban ya largo rato ladrando, parecían ahora desgañitarse y, entre tanto, diminutas lucecillas se encendían en todas las casas, por todas partes.
Aunque dolorido, Remus se puso en pie, claro está que con mucha dificultad, pues tenía todo el cuerpo entumecido por la reciente transmutación. Las piernas no parecían que pudieran aguantar su peso mucho tiempo, tanto temblaban, pero el hombre se ayudó de ellas hasta para correr, y éstas resistieron. Ilógicamente, se dirigió hacia la casa, donde pensó que se hallaría más seguro que en el exterior; tal vez deseara ocultarse de la vista puesto que se hallaba desnudo, o posiblemente iba en busca de su varita para protegerse.
Al entrar en la sala de estar sintió un resplandor de zafiro al que no prestó atención, a pesar de que lo hubo percibido. Corrió hasta la mesa en que había dejado su varita junto a la copa de hidromiel, que se cayó inmediatamente después al suelo haciéndose añicos y derramando el líquido que todavía contenía, y la empuñó impotente. Sólo entonces, quieto, descubriendo que ahora el temblor era más agudo, como si su mismo epicentro se encontrara bajo los pilares de su casa, cayó en la cuenta de aquella luminiscencia azulada y, lentamente, se dio la vuelta.
Ahogó una exclamación al descubrir impreso en uno de los tramos desnudos del muro de la chimenea un intenso círculo como hecho de rico lapislázuli, de su altura aproximada como diámetro. Se aproximó hasta él no sin cierto temor. Al principio creyó que era un reflejo del anillo lunar que el eclipse originaba, el cual se apreciaba desde la ventana que daba, abierta, en la pared contraria al exterior. Pero se desengañó rápidamente al pasar con cuidado una mano por delante del supuesto reflejo y comprobar que no se trataba de tal, sino que la luz surgía del mismo muro. Seguidamente, restallando todos los cristales de la casa al quebrarse, una horrible y tempestuosa ráfaga de viento arrastró cortinas, voló papeles e, inexplicablemente, hizo aparecer un crepitante y tumultuoso fuego tanto en la chimenea como en las dos argollas de decoración que ésta tenía a cada uno de sus lados.
El hombre recordó que Dumbledore les había explicado que, si accionaban hacia abajo una de ellas, la más próxima al recién surgido círculo de luz azul, aparecía la entrada a un pasadizo que conducía al subterráneo; entrada la cual, además, Remus recordó que debía quedar inscrita, aproximadamente, entre los límites del círculo de lapislázuli. Por ello, tembloroso, aproximó con cautela la mano hasta la encendida argolla y tiró de ella. A continuación el fuego de la chimenea se volvió de plata y el de las argollas estalló estruendosamente, mientras, entre tanto, el círculo azulado se tornaba de grana y oro; el muro se abrió y dio paso a un estrecho corredor con escaleras en picado y con forma de caracol.
El hombre puso un pie sobre los gélidos escalones de piedra al tiempo que hacía surgir un haz de luz de su varita. Descendió intrigado, desnudo, como deben hacerlo todos los hombres que marchan en busca de su destino, aunque sin sentir reparo de su desnudez; quizá sí sólo por el hecho de que, conforme bajaba, aumentaba el frío, pero ni aun así se detuvo.
Al término de la escalera encontró una diminuta sala, alargada pero estrecha, toda de piedra, cerrada por completo a excepción de la obertura que conducía a la escalera de caracol. Los muros estaban cubiertos por numerosos cuadros, ninguno conservado íntegro: unos parecían quemados, otros rajados sin consideración; pero de todos provenía un susurro quimérico, apagado, oscuro, del que, aunque en su mayor parte incoherente, Remus fue capaz de entender varias veces la palabra «malditos». Parecía que hubiesen utilizado aquel cuartucho oscuro como trastero a razón de los abundantes muebles, antiquísimos todos, que contenía, colocados sin orden; daba la sensación de que eran elegantes, aunque los cubrían gruesas capas de telaraña y polvo; las manillas de los cajones parecían de oro, y cubiertas de piedras preciosas, lo que dejó al atónito hombre más confuso aún. Tiró de algunas y su contenido lo dejó estupefacto: cientos de galeones de oro en unos o extraordinarias joyas de valor incalculable en otros; también encontró papelajos amarillentos y roídos.
Cuando se propuso tomar un tirador que parecía especialmente opulento, las voces de los retratos destrozados guardaron silencio, como en suspense. Sus dedos estaban a punto de rozar la dorada superficie del mismo cuando el hombre sintió una convulsión y cayó al suelo con no poco estrépito, con lo que los cuadros reanudaron sus voces y lamentos con mayor intensidad y consistencia, e incluso se percibieron llantos y maldiciones mientras la piel del licántropo se rasgaba y caía, siendo suplantada por un pelaje gris oscuro; el híbrido se arrastraba por las escaleras en tanto se concluía su tortura mientras tras él dejaba voces que clamaban: «Malditos todos nosotros».
Alcanzó el salón exhausto, ya completamente transformado, y, como realmente había hecho un esfuerzo titánico, después de lanzar un fugaz vistazo en dirección a la luna, ya reintegrada, mientras la puerta del pasadizo se sellaba detrás de él, se desplomó en el suelo, donde a poco de aquello lo encontrarían su mujer y sus hijos.
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Remus pasó todo el día de Año Nuevo en la cama. Nathalie lo pasó también sentada junto a él, sin apenas moverse, mirándolo seria y entristecida, a pesar de que su padre trataba de sonreírla sin éxito a cada instante, ya que hablarle no podía: estaba rendido. Matt, en cambio, había decidido colaborar con su madre en la preparación de las pócimas que reconfortarían a su padre; entraba siempre con Helen con un nuevo brebaje que le hacían ingerir. Lo contemplaba desde no muy lejos del marco de la puerta con una mezcla de aflicción y coraje.
El licántropo se preguntaba por qué no le comentaban nada sobre los cristales y la vajilla de la cocina rotos, sobre los libros que se habían caído de la estantería la noche pasada durante el terremoto, y lo achacaba todo a que no desearían atosigarlo. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando se encontró tan recuperado que pudo ponerse en pie, le inquirió acerca de esto a su mujer y ésta le respondió, enigmáticamente, que, cuando ellos hubieron llegado, no había cristales rotos por el suelo ni libros tampoco; todo estaba en su sitio y entero. Remus no podía entenderlo.
Como se ha referido, el segundo día del recién iniciado año Remus se sintió mejor y abandonó el lecho de reposo. Helen le comunicó que le había mandado una lechuza a su secretaria advirtiéndole que, a causa de su reciente convalecencia, no iría a trabajar aquella mañana al Ministerio; también que había dejado a los dos niños y a Matt con María Angélica, la preceptora de los dos primeros, que no había tenido ningún inconveniente en aceptarlos aquel día, a fin de que no molestaran a su padre. Ella, Helen, debía irse a trabajar, y por eso se había tomado todas aquellas molestias, que Remus agradeció con una mueca deforme.
Cuando se fue y el hombre se quedó solo, trató de relajarse en la lectura. Pero las imágenes del círculo de lapislázuli y los cristales hechos añicos salpicaban su imaginación constantemente entre aquellas líneas, a las que, llegado un momento, ni siquiera estaba prestando atención. Decidió, entonces, levantarse y bajar de nuevo por el pasadizo subterráneo. Retiró la tea de la argolla y ésta crepitó agradablemente. La llevó por delante de sí, alumbrándose el descenso. Las voces malditas volvieron a saltearlo desde aquellos lienzos ajados, pues nada de lo que contenía la sala que había visto hacía dos noches había cambiado en absoluto. Repitió el proceso de los cajones y su contenido permanecía intacto: oro mágico, galeones, documentos, libros...; nada había cambiado allí abajo.
Incluso permanecía el escritorio de magníficos tiradores en el que, por último, había centrado su atención. Volvió a asir el primer cajón para comprobar su interior, pero descubrió que estaba cerrado con llave. Forcejeó con él un instante, por ver si la madera, que daba la impresión de ser antigua, cedía, pero, aun así, parecía resistente; sólo lo dejó cuando sintió una punzada y, de la impresión, el hacha encendida se le cayó al suelo, donde siguió iluminando. Comprobó que, de la fuerza con que había apretado el tirador, éste le había provocado un corte en la palma de la mano, que sangraba medianamente.
Pero, seguidamente, escuchó un quejido férreo, como si la cerradura se hubiese desplazado sola. En efecto, al tirar del cajón con la otra mano, lo encontró abierto; y en su interior sólo una joya: un anillo plateado con una intensa piedra verde engastada en él. La tomó entre los dedos y la observó de cerca. La piedra tenía entrelazadas alrededor de ésta dos finas serpientes de brillante oro que se miraban la una a la otra. De pronto, al aproximárselo un poco más para verlas mejor, las serpientes parecieron cobrar vida y, cruzando una vez más sus cuerpos, hendieron sus luengos colmillos sobre la piedra, que resplandeció refulgentemente durante un instante; así que Remus, sorprendido y asustado, dejó caer el anillo sobre la cómoda en que lo había encontrado mientras lo observaba horripilado.
Las voces provenientes de los cuadros, después de aquello, se sumieron en un murmullo insonoro hasta consumirse, y, mientras el licántropo permaneció allí abajo, que no fue mucho más de unos minutos, no volvió a escucharlas. Con precaución, volvió a tomar el anillo y, llevándoselo de nuevo ante los ojos, lo observó con detenimiento. Estaba asombrado. Debía enseñarle todo aquello a alguien; se introdujo el anillo en el dedo, el cual le coincidía exactamente con el grosor del mismo, y tomó algunas de las joyas de los otros cajones, así como también los galeones. Subió las escaleras de dos en dos y hasta de tres en tres, aprisa, y, una vez hubo llegado a su dormitorio, se vistió convenientemente para desaparecerse.
La biblioteca del mundo mágico estaba vacía, como Remus había imaginado, con lo que se apareció en la sala principal de la misma, frente al escritorio de su hermano, que despegó calmadamente la vista del libro que tenía en las manos para contemplarlo con suspicacia. Antes de que el licántropo pudiera decir nada, dijo:
–Un chasquido de aparecimiento en medio de la biblioteca, algo prohibido por nuestro reglamento, Remus, y yo, no sé cómo –ironizó–, me olía antes de interrumpir mi lectura que eras tú. –Soltó el libro sobre la mesa y, aunque el licántropo no le preguntara, él explicó–: Las crónicas de Narnia; estoy viendo si le interesaría a Mark leérselo. Aunque tal vez deba desistir ya de la idea de que haya podido heredar mi afición por la lectura. –Rechazó aquel pensamiento con una sacudida de cabeza, y, retomando el anterior, añadió sonriente–¿Sabes, uno de sus personajes me recuerda mucho a ti: Aslan, el león. Creo que, de no ser por eso, lo habría dejado ya hace rato; para un niño está bien, pero para mí... ¿Te imaginas? Memorias de un licántropo. El lobo, la adivina y el sótano. –Rio–. Sería un título original.
Y de aquel superfluo comentario tomé yo la idea para el título de este compendio biográfico de Remus Lupin, aunque me vi obligado a prescindir del subtítulo, que me pareció recargado.
–Lamento que no pudieses venir en Fin de Año –prosiguió–; lo pasamos bien. Pero ¿te encuentras bien¿Qué te ha traído por aquí?
–Estoy bien, estoy bien... –respondió Remus con impaciencia–. Es que, verás –se llevó ambas manos al bolsillo de su levita y sacó un puñado de monedas y joyas que dejó caer sobre el escritorio del bibliotecario–, creo que he descubierto un tesoro ancestral enterrado en mi casa.
Sorensen no dijo nada: miró un instante a su hermano con los ojos desorbitados y, a continuación, examinó un par de colgantes dorados que rescató del conjunto. La operación le llevó un momento largo, durante el cual no dijo nada. Después, elevando los ojos hasta el ministro, que sonreía encorvado hacia delante para observarlo, le preguntó:
–¿De dónde has sacado esto?
–Ya te lo he dicho, lo he encontrado enterrado en mi casa. Debió de pertenecer a una vieja ricachona que murió o los abandonó allí.
–Son valiosas –explicó Sorensen mientras seguía examinándolas–. Muy valiosas. Y algunas son terriblemente antiguas; ésta, por ejemplo –le enseñó una pulsera plateada que tenía inscritas pulcramente las iniciales A.R.F.Á.–. Por el estilo caligráfico imagino que debe de ser de la Baja Edad Media.
–¿Tan antigua? –inquirió el licántropo con un grito agudo–. Ya sabía yo que tú entenderías de esto. En casa he dejado más; puedo traértelas si quieres. Pero no es lo único. –Se sacó el anillo del dedo y se lo tendió para que lo cogiera–. Mira esto, toma.
Sorensen, tan pronto tuvo el anillo en la palma de su mano y lo observó, dio un respingo hacia atrás, trepó su asiento al ponerse precipitadamente de pie y chocó con el muro posterior. Miró a Remus con ojos enloquecidos, el cual, por cierto, principió a preocuparse y, acercándose corriendo, le preguntó qué le había ocurrido. El otro, tratando de recuperar la compostura, volvió a preguntar:
–¿De dónde has sacado esto, Remus, de verdad? Hace seis siglos que nadie sabe nada de este anillo.
–¿De verdad? –exclamó el licántropo con los ojos iluminados–. Pero ¿tan antiguo es todo?
–Remus¿te estás burlando de mí? –Volvió a fijar sus ojos en la pieza que tenía encerrada en su puño firmemente apretado, como si temiera volver a desplegar sus dedos y descubrir allí de nuevo la alhaja–. ¿Y lo traías puesto en tu mano, verdad? –Remus asintió lentamente. Sorensen, sin despegar la vista de la joya de su mano, dibujó una sonrisa ladina en su facción–. Si yo me lo probara, moriría.
–¿Qué dices?
El bibliotecario, como despertando de un sueño profundo, parpadeó intensamente unos instantes, abandonó la imagen del anillo y fijó su atención en su hermano, serio. Después, devolviéndola rápidamente a la alhaja, cerró el puño apartándolo de sí y se la devolvió a Remus, que la retomó con expresión firme. Pero Sorensen, rodeando el escritorio aprisa, le pidió que sujetase el anillo a la altura de sus ojos, a fin de que él pudiese contemplarlo mejor. Así, las serpientes que se enroscaban alrededor de la piedra, que habían separado sus colmillos de ésta cuando fueron tomadas por Sorensen, volvieron a henderlos al sentir el contacto de los dedos de Remus; con lo que el bibliotecario volvió a dar otro respingo y, tomando un pañuelo del bolsillo de su túnica, se secó el sudor de la frente.
–¿Así que lo encontraste en tu casa? –preguntó, a lo que Remus asintió sin más, confuso–. ¿Y quién te vendió la casa, Remus; lo recuerdas?
–Sí –respondió–, los de Chimeneas Felices en Hogares Radiantes; llevaba mucho tiempo desocupada. Pero ¿qué ocurre, Sorensen? Me estás comenzando a preocupar.
–¿De verdad no lo sabes, Remus? –le espetó sin darle crédito–. Ese anillo... Ese anillo... Oh, espérame aquí un instante.
Salió de su despacho cerrando la puerta tras él. El licántropo lo aguardó durante aproximadamente cinco minutos dando vueltas de un lado a otro mientras contemplaba el anillo, que se había vuelto a colocar en el dedo anular de su mano izquierda. Le parecía un anillo normal y corriente, pero su hermano había perdido hasta el color del rostro al tenerlo frente a sí.
Al retornar, traía un grueso y polvoriento libro bajo el brazo. Echó un vistazo en el exterior hacia todos lados antes de cerrar la puerta y, después, tomando su varita, pronunció:
–¡Muffliato!
Se situó detrás del escritorio y, soltando pesadamente el libro sobre éste, lo abrió de manera brusca por el centro aproximadamente. Remus palideció, boquiabierto, al descubrir representado en la página derecha el anillo que él tenía puesto, exactamente idéntico: con los extensos colmillos de las serpientes abrazadas sobre la piedra clavados en ésta. Miró a Sorensen con expresión estúpida, el cual a su vez lo miraba a él con los ojos especialmente abiertos. Al fin, el licántropo preguntó con un hilo de voz:
–¿Qué significa esto¿A quién pertenecía el anillo, lo sabes?
–¿Que a quién pertenecía, Remus? –le inquirió a su vez con una vocecilla aguda–. Yo te lo diré, Remus: a la antigua estirpe real; ¡a los reyes de los magos! –Parecía nervioso–. Hace seis siglos, el anillo y la línea sucesoria desaparecieron; claudicaron en favor de la democracia. Pero no se extinguieron; o, si lo hicieron, el anillo, según reza la leyenda, tenía autonomía para escoger al heredero.
–¿No estarás queriendo decir que...?
–Que el anillo te ha escogido, sí. ¿Lo ves? –Le señaló la representación del libro–. Cuando tú tocas el anillo, las serpientes beben de la piedra verde engastada en él; alimentan a un nuevo príncipe. Todo aquél que trate de ponérselo a la fuerza, sin que el anillo lo haya escogido, morirá en el acto.
–Pero ¡no puede ser!... –exclamó el licántropo nervioso–. Yo no puedo ser príncipe. –Entonces recordó la profecía del Príncipe Mestizo y sintió un estremecimiento que no pasó advertido al bibliotecario.
–No tienes que hacer nada, Remus –lo tranquilizó su hermano–. Dudo que haya alguien, aparte de nosotros dos, que lo sepa; a menos, claro está, que le hayas enseñado el anillo a alguien más. –El licántropo cabeceó torpemente–. La dinastía mágica real se truncó, desapareció, y con ella sus cortes y sus ocupaciones, Remus; y ahora, me temo, nadie aceptaría su resurgimiento: claudicaron para no regresar al poder nunca jamás; pero el poder inherente a ellos no podía ser destruido, de la misma forma que no puede destruirse el anillo que llevas puesto. –Remus, al percatarse, se lo retiró del dedo, lo contempló un instante acongojado y se lo guardó en un bolsillo–. La herencia real debió de seguir transmitiéndose en las sombras hasta el día de hoy.
Remus no apuntó nada, aunque parecía meditabundo. Así, Sorensen, sonriéndose para sí, dejó el escritorio y, acercándose, le inquirió delicadamente:
–¿Tu madre podía tener algo que ver con el clan regio?
–No –replicó Remus agitando la cabeza con vehemencia–; sus padres eran muggles.
Sorensen temblaba al preguntarle a continuación:
–¿Y Julius, nuestro padre¿Crees que él podía estar relacionado? Él sí procedía de una familia de larga tradición mágica¿verdad?
Remus asintió, pero después, refiriéndose a la pregunta principal, se encogió de hombros cabizbajo. El bibliotecario sonrió apartando un último pensamiento y, a continuación, lo animó más o menos así:
–Tranquilízate, Remus. No creo que sea por Julius, porque... Bueno, en tal caso yo... No sé –acabó diciendo agachando la cabeza–. El anillo debe de llevar enterrado muchísimo tiempo sin que nadie lo sepa; quizá ya no quede descendencia real, o quizá te haya elegido para volver a ser poseído por un mago y salir de su escondite. No creo que pueda quedar mucha sangre real ya entre nosotros. Y, aunque así fuera, ésta no conlleva ninguna responsabilidad.
–¿Cómo puedo averiguar más cosas? –lo interrumpió Remus aceleradamente–. Quiero decir¿dónde puedo descubrir más cosas acerca del anillo o de la antigua estirpe de reyes?
Sorensen vaciló un momento:
–Yo ya te he dicho todo cuanto sé. Los libros no son de mucha ayuda en este caso; muchos se han perdido recientemente, incluso antiquísimos ejemplares de esta biblioteca, y con ellos la valiosa información que contenían. Pero hay un experto en la materia, el profesor Binns; hace ya bastantes años, estuvo a punto de publicar un ensayo de investigación acerca de las últimas generaciones del linaje; pero, meses antes de la publicación, se retractó. Intuyo que lo amenazaron o algo aun peor.
Remus se propuso consultarlo inmediatamente. Le agradeció a Sorensen sus palabras, le pidió que guardara el tesoro que aún permanecía sobre su mesa y salió del despacho, no sin antes rogarle:
–Por favor, no le cuentes esto a nadie. Y cuando digo a nadie es a nadie. Éste será nuestro secreto, con lo que espero que quede entre tú y yo.
Abandonó la biblioteca por una chimenea para aparecerse en Hogwarts, donde preguntó por el fantasma del profesor de Historia, el señor Binns, al profesor Flitwick, el de Encantamientos, y a Trelawney, la de Adivinación, que caminaba con Firenze detrás de ella, el cual no parecía muy a gusto en compañía de la seudoadivina; ambos profesores mostraron ánimo de detenerse unos minutos a conversar con él, pero Remus, lo más cortésmente que supo, les confesó que tenía prisa. Mientras recorría los corredores vacíos de alumnos, deseó no encontrarse con Severus Snape, el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, y en aquello sí pareció tener suerte.
El fantasma del profesor Binns lo invitó a pasar a un aula vacía cuando, después de encontrarlo, el licántropo le mostró tanto entusiasmo por hablar con él y, además, en absoluto secreto. Tras conocer la causa por la que Remus había propiciado el encuentro, el fantasma le consultó a razón de tan novedoso interés por la Historia y, en concreto, por el clan real; el licántropo le respondió que estaba leyendo un interesante libro y que deseaba conocer más aspectos de aquel episodio histórico. El profesor Binns, entusiasmado, le pidió el título, por lo que el hombre trató de recordar el del tomo que Sorensen le había mostrado; pero, sin lograrlo, se encogió de hombros con una sonrisa patética.
–Yo también escribí un ensayo sobre ese tema¿lo sabías? –explicó el fantasma–. Pero me disuadieron de publicarlo; fueron mis compañeros, los entonces profesores de esta escuela. Entre ellos se contaba uno reciente en la profesión: Albus Dumbledore, tu mentor. Me advirtió que, de publicarse, despertaría una bestia dormida; pondría al descubierto los secretos que la memoria ha olvidado, y, de hacerlo, quizá los descendientes retornaran para retomar el poder y concluir con la democracia. Eso dijo. Y yo le hice caso. Le di el manuscrito para que lo quemara, pero le pedí que antes lo leyera; él me contestó que los secretos habían de seguir siéndolo, hasta para una mente curiosa como la suya, y se marchó.
Remus le insistió para que le hablara sobre el clan real. En consecuencia, el profesor Binns le explicó:
–Esta cuestión está ligada con el inicio de la magia. ¿Quién fue el primer mago, Remus? Las hipótesis han sido varias: que el primer homínido con inteligencia tuvo dos hijos: uno mago y otro muggle, de los que descienden ambas comunidades; ésta no la comparto, pues, si fue tal, el número de integrantes de la comunidad mágica estaría equiparado a la muggle¿no te parece? Otra postula que, en una tribu cualquiera, surgió un individuo con poderes mágicos que inventó el fuego y favoreció las lluvias sobre sus campos: el primer mago. Tanto una como otra sostienen que, generación tras generación, el poder de la magia que en ellos se inició se transmitió al primogénito, dando lugar así a la sucesión real; era éste un poder que lo distinguía del resto de los individuos y que lo hacía más fuerte y poderoso que ninguno. Se piensa, asimismo, que Stonehenge es un inmenso túmulo donde está enterrado un mago monarca de la primera edad, ya que ningún mago ha conseguido descifrar todavía su misterio.
»Basilioclés Korufete Panton Anax, natural de Esparta, fue el primer soberano documentado. Habitaba el Olimpo, por lo que se le creía descendiente de los antiguos dioses mitológicos. Éste creó el anillo que representaría a su clan: una esmeralda verde como el color de sus ojos con dos serpientes de Apolo enroscadas en torno a ella; imagen que se tomaría después para representar el Pecado Original.
»El árbol genealógico después de él es largo y complejo. Pero, para no aburrirte, me remontaré a la última edad, la de Cobre o también llamada Etapa de la Decadencia. La corte se había desplazado a Roma. Pero los hechiceros bárbaros germánicos asediaban la ciudad desde hacía tiempo y la situación se hacía insostenible; así, en el año 397, ya anciano, Acrópolo Opiduc Britan y sus dos hijos gemelos, Gemino Balzic y Gemellis Opiduc, se asentaron en la región de Northumbría, único lugar donde los aristócratas magos, junto con Constantinopla, brindaron su protección al monarca, que murió poco después de aquello. Se inició de esa forma la hegemonía política de Gran Bretaña a fines del siglo IV de nuestra era.
»Gemino Balzic heredó el anillo de su padre. Veinte años después, su hermano, Gemellis Opiduc, fue asesinado, pero durante algunos años se creyó que el que había muerto era el propio rey, Gemino, y su hermano, Gemellis, tomándole el anillo, lo había sustituido, ya que nadie era capaz de diferenciarlos; por ello las malas lenguas le dieron el sobrenombre de El Impostor. Pero, al fenecer uno de los principales mayordomos y publicarse su testamento, salió a la luz que había sido éste quien había envenenado a Gemellis un barril de cerveza de sangre de diablo que le había proporcionado. Para entonces Gemino Balzic ya había tenido una hija y había heredado el trono en favor de ésta en el año 453.
»Su nombre era Alba Regina Filia, una de las más famosas, ya que fue una de las reinas más importantes del Bajo Medievo. Creó una rudimentaria posada de curas mágicas, dio muestras de querer instaurar la primera academia de instrucción mágica y ayudó a subsanar la revuelta en el seno de la Orden de Druidas de Gloucester, al mando de la cual estaba Morgan le Fay, que había encerrado a Merlín en una roca a instancias de Gemino Balzic por haberlo llamado a éste El Impostor. Esto ha dado pie a muchos historiadores, como a mí mismo, a pensar que el mayordomo que se confesó asesino de Gemellis lo hizo bajo las órdenes de Gemino, pues también murió envenenado.
»De Alba Regina Filia también se cuenta que se enamoró de un muggle, pero, por ser ese tipo de unión imposible por su condición, lo abandonó para casarse con un sangre pura, un noble. Aunque se dice que tuvieron un hijo, un heredero, y por esa razón el anillo no escogió a ninguno de los hijos que Alba Regina Filia tuvo con el aristócrata.
El fantasma parecía algo confuso cuando Remus le interrumpió diciéndole:
–¿Cree usted que el anillo escogería hoy en día a un descendiente del hijo que tuvo la reina con ese muggle?
El profesor Binns vaciló.
–No lo sé, Remus. ¿Posible? Sí, sí podría ser posible; más que posible. Pero no me centré en ese aspecto en mi investigación sobre el linaje real; ni siquiera se sabe si es cierto. No puedo decirte, la verdad; los tratados de la época hablan poco sobre ese legendario encuentro.
»Pero sigamos. Como te he dicho, ninguno de los hijos habidos entre Alba Regina y su esposo oficial heredaron el anillo; éste los rechazó a los tres. Furculmor Nothic Sineauro, el mayor, era un joven impetuoso cuando su madre murió; le arrebató el anillo de la mano en su lecho y, aunque éste no lo aceptó, Furculmor se lo introdujo. Murió, claro está; el anillo no admite imposiciones. Las dos hermanas restantes, Basileia Matrix y Geertruidia Matertera, corrieron la misma suerte, sólo que no se probaron el anillo.
»Hasta el año 616, en que el único hijo de la primera, Brian Coronauro Balzic, fue aceptado por el anillo soberano, dominó la anarquía. Ningún mago obedecía las órdenes de la corte, con lo que se pensó que era el final de su mandato. Pero, en dicho año, Brian extrajo el anillo de la urna en que reposaban los restos de su tío Furculmor, y, como éste lo aceptase, se convirtió en el legítimo heredero. Su primo Beligus Sineauro, hijo de Geertruidia, montó en cólera, pues era mayor que él; le exigió que se lo entregara, ya que él debía heredar la corona, pero Brian se negó, porque el anillo no elegiría otro heredero hasta la muerte del que ya existía y, de probárselo, él moriría. Basileia y Geertruidia, las hijas de Alba Regina Filia, discutieron, y, enemistadas de por vida, Geertruidia se marchó con su hijo de la corte.
»No se volvió a saber nada de él hasta el año 711, en que apareció por los cielos de toda Northumbría a lomos de un thestral, una de las pocas criaturas aladas que no teme a los dragones, con una legión de éstos que devastaron tierras y poblados, cumpliendo así la última voluntad de su madre. No obstante, Brian no alcanzó la corte porque fue muerto delante de sus muros por los arqueros de maldiciones que los protegían.
»Brian Coronauro Balzic tuvo dos hijos: Fedofilia Codranica Basileia, que lo heredó en el año 730, y Carruculo Gumper. La primera heredó el anillo a su único hijo, Abellus Lupycus, el cual tuvo dos: Aretea Nereida Nombella y Odimorsus Lupycus. A su vez, es preciso añadir que Beligus Sineauro, antes de morir, tuvo dos hijos, Veterato Tiberio y Eva Corva, a los cuales mandó contraer matrimonio para que la sangre real que contenían no fuese ramificada sino transmitida en una única línea sucesoria. Éstos dieron a luz solamente a un varón: Caínus Gólgot, un ser vil y cruel. Éste, Caínus Gólgot me refiero, se propuso usurpar el clan regio y entronizarse. Creyendo que la legítima heredera de Abellus, Aretea, viajaba en un carruaje de regreso de su finca de invierno con su tío abuelo Carruculo y los dos hijos de éste, Caínus asaltó el vehículo con una partida de licántropos y no dejó a ninguno con vida; pero, al examinar los cadáveres, quien viajaba con éstos no era Aretea sino su hermano Odimorsus, que fue enterrado con mucha pompa.
»Abellus Lupycus también feneció al poco, ya que, al parecer, dejó de comer y de dormir y, por las noches, enloquecido, amenazaba con arrojarse desde la torre de homenaje. Aretea heredó el reino en el año 859. Buena parte de sus consejeros le recomendaron que, en venganza por su hermano, persiguiera a Caínus Gólgot y a sus descendientes hasta tener todas sus cabezas puestas en la plaza pública, a la vista de todos; pero no consintió. Se limitó a proteger la corte y no salir de ella.
»Su política la continuó su hijo heredero, Basilio Perduelio, pero sólo durante quince años, ya que en el año 958 fue asesinado por su propia hermana gemela, Vespertilia Fratric, que no coincidía con su cómoda postura. Saltó por encima de su cadáver, le arrebató el anillo y fue escogida sucesora. De aquella forma, organizó una hueste de vampiros a la que se puso en cabeza y fue en busca de Caínus Gólgot; lo asesinó, siendo ya anciano éste, así como también a dos de sus hijos, Lamec Tubalcaín y Noema Sela, los cuales, ambos, ya habían dejado descendencia.
»Sólo quedó con vida un hijo de Caínus: Set Enós, que se casó con una prima suya, hija de Noema. De esta unión surgieron dos hijos: Malaleel y Corva Noema. Malaleel fue convertido por un vampiro, aunque se cree que no transformó a nadie antes de morir en la revuelta de 1045; mientras que Corva hubo de enfrentarse a sus propios familiares por asumir el rol de legítima heredera del clan antagónico del real, ya que éstos sólo lo transmitían directamente a los individuos varones. Pelearon entre ellos hasta que Set Enós encontró la solución: casar a su hija con el candidato propuesto por la otra parte, un nieto de Lamec Tubalcaín; ya que habían adoptado la medida de realizar los enlaces matrimoniales entre ellos para conservar la sangre real lo más pura posible.
»Por su parte, se creía que Vespertilia Fratric, la hija de Aretea Nereida Nombella, era estéril, un elevado castigo por haber derramado la sangre de su hermano y monarca Basilio, ya que casó con doce magos nobles y de ninguno obtuvo descendencia. Finalmente, ya anciana, del encuentro con un decimotercero nació Conamenfilia Diabfoeda, que, según afirman documentos dotados de bastante credibilidad, era contrahecha y de aspecto horrible. Ésta, estúpidamente, creía que, si los vampiros se alimentaban de la sangre real que latía en la facción opuesta, también participarían de ella; por eso mandó expulsar a todos los individuos vampiros de su guardia. Esto, no obstante, no evitó que los hombres lobo y ellos no mantuvieran sus encarnizadas batallas; que, como deberás saber, entre los magos nunca ha habido ninguna guerra como tal, sólo importantes revueltas como éstas que te estoy refiriendo; pero entre las otras especies sí.
»Conamenfilia, que moriría en 1140, tuvo dos hijos: Juliette Alba y Cornutus Nothic Fratric, que, al igual que sucedió en la época de Furculmor, Basileia y Geertruidia, no fueron aceptados por el anillo.. De esa forma, hasta 1153 volvió a producirse una etapa de anarquía en la comunidad mágica. Y es que, poco antes de morir su madre, Juliette, que había renunciado al trono, se fugó con Romeus Percival, primogénito varón de Corva Noema y, por lo tanto, heredero del título de la familia opuesta a la soberana; algunos pensaron que este enlace favorecería la unión de la sangre y la de las familias, pero éstas, las principales implicadas, no lo aceptaron: enviaron integrantes de las mismas para matar a aquellos dos traidores a sus clanes: Fovea Sela, la segunda hija de Corva Noema, mató a su hermano Romeus; Cornutus Nothic Fratric, por su parte, a su hermana Juliette, a pesar de que ésta le confesó que estaba esperando un hijo que acabaría con la rebelión, pues contenía la sangre de ambos.
»De regreso de la persecución, Fovea Sela siguió a Cornutus, el heredero, hasta que consiguió yacer con él; había rociado filtro amoroso en un estanque en el que él, posteriormente, se refrescaría, y ella, ingiriendo una poción fertilizante, lo conoció de noche para albergar en sus entrañas al heredero de Cornutus Nothic Fratric, que atraería el anillo hasta su familia. Por la mañana, antes de partir, Fovea estuvo tentada de matar a Cornutus, que dormía a su lado; pero se decidió por lo contrario considerando que ya suficiente mal le había hecho, y porque, intuyo además, la venganza no resultaría lo suficiente satisfactoria si el padre del heredero no podía lamentar su desgraciada fortuna.
»Al despertar y ser consciente de cuanto había hecho, Cornutus espoleó su montura para alcanzar cuanto antes Northumbría, donde, sin mediar antes palabra con su madre, reunió un buen número de chicas de la nobleza, con todas las cuales se acostó aquella misma noche. Sólo dos quedarían encintas. Sin embargo, cinco años más tarde, al morir su madre, Cornutus tomó el anillo y, como no fue elegido por éste, pensó que su plan había sido fallido, conque se suicidó; aunque no sin antes rogar a sus principales que buscasen a su hijo nacido del engaño y que lo matasen.
»Fovea Sela, entre tanto, murió al dar a luz a un varón, del que ni se llegó a conocer el nombre, puesto que se le ocultó con sumo celo. No obstante, las crónicas reales recogieron que fue asesinado cuando contaba con quince años de edad mientras practicaba el tiro con arco. Así debió de ser, ya que, en 1153, el que nació primero de los dos embarazos que Cornutus produjo antes de morir, Preclarus Wulfric Sapiovir de nombre, fue elegido por el anillo real. Trató de poner fin a la larga pugna que ambos clanes protagonizaban: a tal efecto, envió a los vampiros a las despobladas tierras de Transilvania, de donde habían surgido, y a los hombres lobo, a las nevadas cordilleras del norte, aunque esto no fue suficiente para terminar con la guerra que entre ambas especies también había surgido; asimismo, propuso al otro clan firmar con sangre un tratado de paz. Debieron de entenderlo mal, porque lo mataron. No obstante, no fue realmente a Preclarus a quien habían matado, sino a un fiel sirviente suyo que había ingerido poción multijugos y había adoptado su apariencia, asumiendo el riesgo. Además de esto, como años más tarde asesinaran también a su heredera, la hermana gemela de Morsarco Velic, padre e hijo se propusieron vengarla devastando el clan contrario; aunque Preclarus, como de condición bondadosa y correcta, se arrepintió antes y se dejó morir para no ver cómo su único hijo maldecía su propia existencia con las manos cubiertas de la sangre que no le era en nada ajena.
»Entre tanto, a la muerte de Fovea Sela, que había heredado el título de heredera del clan opuesto al real por la hazaña de haber dado a luz un hijo de Cornutus, la sustituyó el único hermano que quedaba con vida: Patrunio Sanguinis. Éste se casó con otra descendiente de Lamec Tubalcaín, con la que pronto tuvo una hermosa hija: Elleanor Avlach. Siendo ésta joven, reunió el coraje suficiente para comunicarle a su padre que había conocido a un muggle que la había enamorado y se marchó con él; Patrunio mandó que la siguieran, pero no dio con ella en el breve tiempo que tuvo exento de preocupaciones, que fue poco. De ese modo, siguiendo la costumbre del clan, merced a la cual conseguirían contener durante el mayor tiempo posible el mayor grado de sangre real en sus venas, casó a sus dos restantes hijos entre sí: Amicta Asecuta y Vespere Suspendio, que dieron a luz a un único heredero de su clan antes de morir: Denicues Genus.
»Morsarco Velic heredó el anillo de manos de su padre, que se lo entregó en su lecho de muerte en 1283. Juró que los vengaría y Preclarus, sacudido por un escalofrío, perdió la vida en ese instante. Morsarco en seguida comenzó los preparativos para lo que parecía ser el mayor duelo de todos los tiempos: ejércitos de todas las criaturas imaginables, máquinas de guerra...; pero jamás los puso en práctica, pues creó el peor orden de destrucción posible: el Velo. Éste los contendría ni vivos ni muertos, atrapados, asfixiados en vida. Con él ejecutó a todos los malhechores que contenía Azkaban por haberse rebelado contra el poder real o por haber interrumpido el orden en la corte, a fin de comprobar su efectividad, que fue mucha; después, impulsado por la masacre y el espectáculo en que había convertido aquellas ejecuciones, prometió a los cortesanos de Northumbría que atraparía a todo el clan que se les enfrentaba y que ellos serían recompensados con el espectáculo de su masacre. El pueblo, temeroso en parte, recibió sus palabras con aplausos y júbilo. Lo peor de todo es que cumplió su promesa.
»Sólo sobrevivió Denicues Genus, que quedó a cargo de una anciana aya que, según se maldice, era squib. Lo escondió en una cabaña recóndita, apartado de toda vista hasta el día que cumplió trece años; aquel día la vieja nodriza le trajo una bruja con la que le ordenó que se acostara. Y, a partir de entonces, la mujer le trajo una chica distinta cada noche para que yaciera con él; pero no consiguió embarazar a ninguna. Al principio fueron sangres pura; pero, paulatinamente, la vieja fue incapaz de encontrar ninguna más disponible y hubo de recurrir, malcontenta, a sangres mestiza, sangres impura e incluso muggles, con las que el resultado no fue mucho más esperanzador. Es opinión común que la entremezcladura a que habían expuesto su sangre, casándose entre parientes cercanos, había debilitado a tal punto la sangre del clan, que Denicues era estéril. No obstante, la vieja aya no lo quiso ver, y siguió trayéndole mujeres para que las embarazara. Lo único que consiguió Denicues de todo aquello fue morir tres años más tarde de sífilis, enfermedad que las pociones que le preparó su aya no supieron remediar. De este modo, ésta, creyéndose la culpable del fin del clan al que con tanto denuedo había servido, se suicidó.
»Morsarco Velic murió en 1369 y lo heredó su único hijo, Transactorfin Ultionus, que dio a luz a un varón antes de ser asesinado. En efecto, así murió: el castillo de Northumbría fue asaltado por una masa enfurecida que deseaba acabar con el Velo de muerte; pero, como no lo hallaron, se contentaron con destruir a su creador. El clan regio, al igual que el contrario, había decaído; así lo supo ver Eripión Teleuté Boninitio, el hijo de Transactorfin, que, tras poner en orden los asuntos de la comunidad mágica, claudicó en 1393. Entregó el mando a un Consejo de Magos, a los que pidió que hiciesen desaparecer el castillo, del que no quedó piedra sobre piedra, y que destruyeran el Velo; pero, como no pudieron, lo trasladaron y lo ocultaron en un lugar secreto. Eripión, después de fundir el trono en un lingote de plata que guardó en su tesoro, que llevó consigo, se marchó con su esposa y con su hija Exereda Nonsolia a morar una tierra inhabitada, donde nadie los encontrara.
»Se supo por último que Exereda se unió con un mago ilustre y cultivado, pero del que no se dio a conocer jamás el nombre. Se intuye que la tradición del clan real de mantener las herederas su apellido por preservarlo las futuras generaciones finalizó en este punto; Exereda adoptaría el apellido de su marido, y así el poder real, el de su sangre, cayó en desconocimiento de todos. Escondidos en algún lugar, transmitiendo el anillo en secreto de generación en generación, la estirpe de Basilioclés Korufete Panton Anax, simplemente, desapareció.
El profesor Binns concluyó en aquel punto su discurso; pero Remus, ávido de conocer más detalles, le inquirió:
–¿En qué consistía el poder del clan real?
–Oh, en habilidades extraordinarias; habilidades que los convertían en los magos y brujas más poderosos de sus tiempos. Así, por ejemplo, Morsarco Velic fue capaz de congelar todo el río Támesis, de nacimiento a fin, para que sus tropas y él pudieran atravesarlo. Incluso han revelado en los diarios que han llegado hasta nosotros que los soberanos de épocas pasadas se les revelaban y les hablaban.
–¿Como voces que se aparecen en sueños? –preguntó Remus distraídamente.
–Sí, puede. En verdad no se sabe.
–¿Y qué ocurriría si un legítimo heredero decidiese recuperar la soberanía? –inquirió el licántropo.
El fantasma rio.
–¿Temes por el Ministerio, verdad? Al pobre Dumbledore le ocurría lo mismo; veo que los años que pasaste junto a él os han vuelto muy parecidos. Verás, Remus, Eripión Teleuté Boninitio, al claudicar, dejó dicho al Consejo de Magos que ningún heredero de su sangre retomaría el poder, ni pacíficamente ni por la fuerza. Y lo juró por el anillo, el cual besó; para muchos esto significa que éste no permitirá a ningún poseedor suyo volver a sentarse sobre el trono. No obstante, nadie sino los reyes conocían los procedimientos del anillo y su poder, con lo que también se piensa que, de la misma manera que se pudo jurar, se puede desjurar; y que, impulsados por sus habilidades extraordinarias, podrían arrasar el Ministerio de Magia sin que nadie pudiese hacer nada por evitarlo.
»Pero yo no me preocuparía por esas cosas, Remus. El anillo lleva seis siglos desaparecido, así como la identidad del clan al que pertenece. –Sonrió–. Ellos no tienen ningún interés por descubrirse.
–¿Puedo hacerle una última pregunta, señor Binns? –El fantasma asintió–. ¿Cree usted que mi padre podía estar relacionado con el clan real de alguna manera, por activa o por pasiva?
–No, no lo creo, Remus –apuntó serio–. Aunque era un mago de una familia de antiquísima tradición mágica que siempre estuvo muy preocupada por su impoluta ascendencia; sobre todo tu tío, Richard, que, mientras estuvo aquí, también me formuló varias veces esa pregunta. ¿Es que acaso él te ha dicho algo?
Remus respondió rápidamente que no.
–Te haré una revelación, Remus –agregó el fantasma entusiasmado de súbito–. En mi investigación llegué a la conclusión de que el linaje real se quebró, se interrumpió. Desapareció en definitiva. Ya no queda ningún individuo que pertenezca a él ni pueda transmitir su sangre. Como ves, si Albus lo hubiera leído, no se hubiese opuesto a que lo publicara. En consecuencia, el anillo debe reposar en las profundidades del mundo, esperando ser encontrado por un nuevo poseedor. Y esto me asusta aún más; ya que Basilioclés aseguró en sus memorias que, en caso de acabarse su descendencia, había otorgado voluntad al anillo para que escogiese un digno heredero, uno poderoso. No se sabe si lo dijo cuerdo o ebrio de ambrosía, pero, de ser así¿qué ocurriría si hubiese caído en unas manos equivocadas¿Y si Quien,-A-Pesar-De-Haber-Muerto,-No Debe-Ser-Nombrado lo hubiese hallado?
Dejando aquella última pregunta en el aire, el licántropo consultó la hora y, pretextando que ya le había robado demasiado tiempo, se marchó. Helen aún no había llegado a casa, con lo que bajó de nuevo por el pasadizo subterráneo, donde lo halló todo como lo hubo dejado; incluso las voces de los cuadros guardaban silencio. Extrajo todas las joyas y el oro mágico de los cajones y los depositó sobre la cómoda, de la que barrió con una pasada de mano el polvo. Contempló la montaña de oro, plata y piedras preciosas con un ambiguo sentimiento: a un tiempo excitación y malestar. En seguida reparó en que el lingote de plata en que, según la explicación del profesor Binns, debió de quedar convertido el trono de la comunidad mágica no estaba allí; al principio lo incomodó, pero luego, sin otorgarle mayor trascendencia, le dio igual.
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Al día siguiente, mientras Remus atravesaba el atrio del Ministerio de Magia, saludaba distraídamente a todos aquéllos que se volvían hacia él con buena disposición y tomaba el ascensor con apatía, ya estaba forjada en su mente la idea que en seguida iba a poner en ejecución; según ésta, bajó hasta la sexta planta, la correspondiente al Departamento de Transportes Mágicos, y más nervioso de lo que hubiera imaginado se encaminó hacia la Dirección de la Red Flu, en cuya sede entró con el rostro amarillento y la frente sudándole copiosamente. Se pasó un pañuelo de tela por ésta antes de asaltar con un apenas audible saludo a la recepcionista. Cuando ésta le dio lugar a expresar el objeto de su acudimiento, el licántropo expuso:
–¿Existe información sobre antiguos propietarios adheridos a la Red Flu?
–Sí, pero es información clasificada –repuso–. No obstante, señor ministro, no se preocupe, yo veré lo que se puede hacer. Déjeme el nombre con que está registrada la casa en la comunidad mágica y trataré de satisfacerlo.
Remus se inclinó sobre el mostrador, aliviado.
–Es por mi casa por la que quería preguntar; está registrada por El mirador. Quería averiguar la identidad de sus anteriores propietarios.
La chica tomó diligentemente nota en un papel. Después, con toda solicitud, le advirtió que haría lo imposible por satisfacerlo a la menor brevedad posible. Remus apuntó a esto frenéticamente:
–Hágalo, por favor; necesito saberlo.
A continuación se retiró en su despacho, donde se preparó cuatro tilas, propuso relajarse tomando una copita de hidromiel que se le cayó y ensució toda la mesa y en donde a punto estuvo incluso de provocarse un maleficio aturdidor para abandonarse de sus propios pensamientos; ya que ni el sofocante trabajo acumulado le permitía evadirse de aquel pesado anillo que sentía dentro del bolsillo de su pantalón.
Habían pasado aproximadamente dos horas desde su consulta cuando un pergamino doblado con forma de avión penetró en su despacho y planeó hasta acabar en sus manos. Lo deslió con manos nerviosas, torpemente. Sus ojos pasearon con avidez sobre las escuetas líneas que había en él escritas; seguidamente, dejándolo caer, los paseó enceguecido por su despacho, se pasó las manos por el pelo, se restregó los ojos, que tenía enrojecidos, y pasó un largo rato con los codos apoyados sobre la mesa y con las manos ocultándole el rostro, durante el cual musitó un instante angustiado, aunque su tono parecía ambiguo:
–Debí imaginarlo.
A continuación, como arrebatado, salió de su quietud y, tomando un pergamino ajado y manchado en parte del hidromiel derramado, garabateó en él unos rápidos y casi ininteligibles trazos. Apartó bruscamente su asiento empujándolo con las piernas y, atravesando su despacho aprisa, abrió la puerta que daba al de su secretaria, Ann Thorny, la cual le entregó una lechuza al solicitárselo éste. Le enrolló el mensaje alrededor de una de sus patas y, tomando un pellizco de polvos flu que lanzó a la chimenea, exclamó:
–Al despacho de McGonagall.
Echó a volar a la lechuza en dirección a las flameantes llamas color esmeralda, la cual batió un instante las alas para desaparecer en seguida a través de ellas. Al volverse, su secretaria le inquirió amablemente:
–¿Te encuentras bien, Lupin?
Éste la contempló con tristeza, eclipsados sus ojos de su acostumbrada luz.
–En verdad, no –contestó apartando la vista–. Por favor, no me pases ni mensajes ni visitas; voy a estar ocupado.
Después que se lo hubo prometido, el licántropo retornó a su despacho. Practicó un encantamiento de insonorización sobre la puerta y, por si acaso, en la chimenea, aunque no lo dejó aquello tan seguro ni tranquilo que no pusiese en práctica el hechizo que, el día anterior, Sorensen había empleado al entrar con el libro; conjuró retazos de tela con que cubrió los cuadros de los muros; trasladó su escritorio hasta tapiar con él el cuadro que daba acceso a la sala donde se celebraban las reuniones del Gabinete de Sabios, no fuese a ser que volviera a aparecer por él Fudge so pretexto de que deseaba volver a atravesarlo.
Se detuvo en mitad de su despacho, mirando en torno a él con admiración y congoja a un tiempo de lo que había hecho; pero pronto su atención se centró sobre un lienzo solo que había dejado al descubierto, el cual estaba vacío de su propietario. Aguardó con los brazos cruzados y golpeando rítmicamente la puntera del pie derecho sobre la moqueta. Al fin hizo en él acto de aparición: Albus Dumbledore sonreía mientras lo saludaba con la mano y, a continuación, se dejaba caer sobre el marco para reposar la postura.
–Me ha dicho Minerva que deseabas hablar conmigo –refirió entusiasta, llevándose un caramelo del bolsillo a la boca–. Pues bien, ya estoy aquí; tú dirás.
Remus, atrapando una larga bocanada de aire, se humedeció con parsimonia los labios antes de preguntarle abruptamente:
–¿Cuándo pensabas decirme, Albus, que la casa en que yo vivo ahora la ocupaste tú antes de mí?
Las facciones del anciano se tensaron. Apartando del enfurecido ministro la vista, se llevó un par de dedos a la boca y se sacó el caramelo, que volvió a dejar tranquilamente en la faltriquera de su ampulosa túnica. Después, apoyando el codo sobre el marco y mesándose su extensa y nívea barba, lo estuvo contemplando un momento largo sin conmoverse un ápice. Dijo luego:
–¿De modo que ya lo has averiguado, no? Pues bien, Remus, estaba esperando el momento adecuado.
El licántropo emitió una risa fingida y, sin afectarse un punto, rebatió a su vez, sin bajar el tono sino más bien todo lo contrario:
–¿Y también estabas esperando el momento adecuado para explicarme esto, eh? –Y sobre su mano mostraba el anillo que había pertenecido al clan regio.
Dumbledore lo contempló una sola y rápida vez para después apartar la vista y sonreír tristemente. Apuntó al cabo:
–¿Conque ésa era la causa por la que Sorensen, que vino ayer a llevarle un pedido de libros a Minerva, dijo que estabas tan preocupado, y por la que, según ésta me contó, habías concertado un encuentro con el profesor Binns? Ya veo. –Sonrió ácidamente–. ¿Ha sido un eclipse de luna, me equivoco? He perdido la cuenta de las veces que le he suplicado a Minerva que traslade mi cuadro para aproximarlo a la ventana; así hubiese tenido control sobre los astros para prevenirlo. Pero ella siempre aducía lo mismo: que no le sobra espacio.
–Con mis debidos respetos, Albus, –lo asaltó Remus, al que aún no se le había pasado el enojo–, quisiera que, en lugar de andarte por las ramas, me dieses una satisfactoria explicación. De todo.
–Entonces trae hasta aquí un sillón de ésos y siéntate –le respondió con desenvoltura–, que esa explicación, o subsanación, que exiges exige a su vez no ser breve ni dejarse media palabra que pueda parecer ahora insustancial o de poca relevancia; subsanación, digo, porque todo esto que te diré ahora debí habértelo dicho mucho antes: tal vez cuando tu madre fue asesinada, o cuando tu padre te abandonó y te tomé a mi lado, o mientras lord Voldemort te perseguía. Pero no supe convencerme entonces de qué te ayudaría el saberlo, y callé; hasta el día de hoy, como ves, pues ese pensamiento me embargó el resto de mi vida. Pero, ya que pides entera cuenta de por qué he callado todo este tiempo, relataré sin omitir detalle alguno todo cuanto a mi experiencia toca en lo concerniente a ese anillo, ese plateado círculo de indecible poder; aunque para ello será imprescindible remontarme muchos años atrás, puesto que, de lo contrario, no sería absoluta tu comprensión de por qué lo he callado.
»No me pesa el que, al fin, haya llegado a ti y tengas en tu poder el anillo, Remus, puesto que durante largo tiempo dudé si eso podría llegar a suceder y pensé que caería en manos menos convenientes; a pesar de que las predicciones de Merlín me hacían considerar positivamente que tú eras el Príncipe Mestizo, siempre me ocupó la duda, la cual queda ahora, a pesar de todo, resuelta. Satisfactoriamente resuelta. Y sí, te mentí: ése es el importante papel que bajo el epíteto del Príncipe Mestizo te mostré hace unos años tan sólo; o, por mejor decir, te oculté la verdad, que no es lo mismo; no eras el Príncipe Mestizo por aquello que te dije, o no por todo, sino porque eres el primer heredero de sangre no pura. Ocultándotela, Remus, quise preservarte de cualquier riesgo; pues ése, como deberás de saber ya, es el mágico y poderoso, así como codiciado, anillo de Ánuldranh.
–¿De Ánuldranh, has dicho? –le espetó con ojos desorbitados.
–Bueno, corrijo: deberías de saber –riendo–. Pero siéntate, Remus, hijo, por favor. En efecto, la joya más preciada del tesoro real de la familia Ánuldranh, apellido que se transmitió sin alterabilidad desde Basilioclés el Grande hasta Exereda Nonsolia. Mis ascendientes –reveló escuetamente, arqueando las cejas con expresividad–. Sé que el apellido no te es extraño: te lo revelé cuando estaba a punto de morir; no podía conocer entonces que lord Voldemort seguiría mi camino poco más tarde y, en consecuencia, te lo mostré para que hallases el anillo antes que él y lo tomases para ti. Pero comenzar mi relato por el cabo de mi vida sería en sumo arriesgado, con lo que le daré comienzo por los inicios de la misma.
»Nací en 1864, convirtiéndome en el mayor de los dos hijos que mi padre, Kalarjé Basilio Wulfric, habría de tener antes de que muriera mi madre, que abandonó este mundo al dar a luz a mi hermano Aberforth, contando yo entonces sólo cinco años de edad. Me pusieron los nombres de los principales monarcas de nuestro tronco familiar, a pesar del riesgo que corrían de ser descubiertos como poseedores de la sangre de Ánuldranh; pero ya casi nadie parecía preocupado en encontrar su paradero: Albus, de Alba Regina Filia Ánuldranh; Percival, aunque del otro clan, de Romeus Percival; Wulfric lo adopté de mi padre, quien a su vez lo había heredado de Preclarus Wulfric Sapiovir; y Brian, de Brian Coronauro Balzic. A la muerte de mi madre, mi padre trajo a casa una sirvienta, de nombre Penélope, que fue contratada con el propósito de que se encargase del menaje del hogar y colaborara en la educación de mi hermano. Un día...
El paraje en torno apenas había cambiado desde que él, Albus, lo recordaba. Siempre había sido así: una muralla de colinas era su horizonte, desde una de las cuales se alzaba su casa, la cual parecía contemplarse en el espejo de la cordillera de enfrente; a él le parecían gigantes encorvados y de joroba boscosa. No lejos de allí, o no tanto que no pudiese vislumbrarse desde la ventana de su habitación por la que ahora se le veía asomado, dormía una diminuta aldeílla de casas contrahechas y torcidas y calles embarradas. Una de ellas, la principal, subía a lo largo de la colina hasta el portón de rejas del jardín, donde, sobre el muro de piedra en que se sustentaba, se podía leer: «El mirador»; nombre que Kalarjé le había dado en memoria de su difunta esposa, la cual siempre decía que aquél era su balcón particular al mundo. Albus se hallaba contemplando todo esto sentando en incómoda postura sobre el alféizar interior de su ventana; llovía fuera y los cristales estaban salpicados de lágrimas. Lo contemplaba todo por última vez.
El baúl estaba repleto y cerrado a los pies de su cama; de tanto en tanto, el pequeño le lanzaba miradas y dejaba escapar unos largos suspiros que empañaban el cristal. Sobre ésta, envuelto con la colcha, guardaba un huevo de fénix que le había entregado su padre y que, según le dijo, acababa de ser puesto y del que pronto nacería un bonito ave que le haría compañía en la escuela; asimismo, su padre le advirtió que aquella mascota lo protegería de cualquier peligro, pues era en sumo celosa, digna sólo de un príncipe. Se levantó y lo tomó entre sus brazos para proporcionarle su propio calor. En aquel instante entró Kalarjé en su habitación.
–Es la hora –le dijo.
Y, aunque no se refiriese a aquello, como si lo hubiese pronosticado, el huevo del fénix comenzó a estremecerse sobre el inaudito Albus, a resquebrajarse después y, derramándose como pétalos de cáscara, una tierna avecilla surgió de su interior, graznando débilmente con la cresta enhiesta. El chico la estuvo contemplando y acariciando un buen rato, hasta que su padre, advirtiéndolo otra vez, lo avisó de la hora que era. Salió corriendo Albus hacia el cuarto de baño, donde se dispuso; el reflejo del espejo le devolvió una imagen algo más mejorada: sonreía con timidez y un principio de hermoso rubor carmesí se había asomado a sus redondas mejillas. Era Albus un muchacho de facciones atractivas, paliduchas, grandes ojos azules y cabello corto y castaño, además de cuerpo alto para su edad y atlético. Bajó corriendo a desayunar y, después, repartió besos y lágrimas entre su pequeño hermanito y su padre, así como también con Penélope, que había demostrado quererlo mucho. Salieron todos a despedirlo a la puerta, y derramaron no pocos suspiros y agua de sus ojos, empapados de lluvia, agitando las manos mientras lo veían marchar en la carretucha que el Ministerio había mandado en su busca, tirada por una lenta mula, que lo llevaría hasta Londres, donde tomaría el expreso a vapor.
–Los siete años que dediqué estudiando en Hogwarts fueron más fructíferos de lo que aquel día, mientras me ponía perdida de agua y barro que saltaba de las ruedas la nueva túnica que me había comprado, preví. Alcancé siempre unas excelentes calificaciones en todas las asignaturas aunque nunca tuve muy claro a qué estaba avocado profesionalmente. Incluso, mientras cursaba tercero, un inteligente chico de séptimo que por entonces se hacía llamar simpáticamente Grindel y del que todos decían que llegaría a ministro, me propuso formar parte como aliado suyo de una organización que pensaba formar; pero yo me negué, pues ya por entonces iba adquiriendo soltura con la Legeremancia. Sin embargo, esto poco o nada tiene que ver con el objetivo de mi discurso, por lo menos de momento, con lo que pasaré adelante para ser breve y no aburrirte: al momento en que concluí mis estudios con todos los ÉXTASIS posibles.
»Al regresar a casa, encontré a mi padre gravemente enfermo y a Penélope, más delgada y ojerosa, cuidándolo sin apartarse de la cabecera donde reposaba. Me hizo llamar a su lado para hablarme en secreto.
–Albus querido, estás hecho todo un hombretón –le dijo con apenas voz cuando éste no hubo hecho más que entrar.
Así era, en efecto: era tan alto que, de haber estado su padre de pie, le hubiera sacado un palmo largo, y además delgado y ágil como un junco de mirada penetrante; usaba gafas, pero éstas no habían disminuido en nada la intensidad de sus brillantes ojos. Se había dejado crecer los cabellos, cuyo tono se le había oscurecido un poco durante los últimos años sin llegar a perder su claridad completamente; asimismo las patillas, que no la barba, la cual, aunque cerrada, afeitaba con esmero a diario.
–Rowling ha dispuesto que me reúna con tu madre pronto, lo sé. No es preciso sólo comprobar lo postrado que me hallo en este lecho para descubrirlo; el director de Hogwarts, Phineas Nigellus, me ha enviado una lechuza recientemente felicitándome por tus extraordinarias habilidades, Albus; asegura que eres el mejor alumno que ha tenido la suerte de tener jamás. Además –levantó con dificultad la mano, de la que se sacó un anillo–, el anillo de Ánuldranh se está apagando; se pudre su piedra mientras pierdo yo la vida.
–¿Ánuldranh, padre? –exclamó Albus sofocadamente.
–Sí, hijo, sí. Ten, cógelo. –El joven extendió la mano y su padre puso sobre ésta la alhaja; pero, inmediatamente después, le cerró el puño para que no lo viera–. Llévalo contigo. Pero no te lo pongas; todavía no. O te matará. ¿Qué sabes sobre Ánuldranh, Albus?
–Lo poco que he leído en los libros, padre –contestó–. Pero ¿cómo es que tiene usted el anillo que perteneció al linaje real?
Kalarjé sonrió.
–La respuesta es sencilla, Albus: yo, y ahora tú, somos el último escalón del clan de Ánuldranh. Cuando yo muera, su poder acabará definitivamente por ser tuyo y te obedecerá en todo cuanto le pidas; aunque habrás de tener cuidado. Esto es así puesto que la sangre mágica de los Ánuldranh, Albus, gravita en nuestras venas. Y esta casa, por ejemplo, la construyó Eripión Teleuté Boninitio aprovechando los pilares del castillo que mandó destruir. Todo ello, poder y casa, te legaré a mi muerte, puesto que eres el único que puedes poseerlos a ambos. Éste es el secreto que viene transmitiendo nuestra familia de generación en generación, y que ahora tú conoces; pero debes prometerme, Albus, que guardarás silencio hasta que tu heredero deba conocer lo que yo te estoy revelando ahora.
–Pero, padre... –intervino.
–No me interrumpas, Albus –le rogó–. No me queda mucho tiempo. Te he dicho cuanto debes saber. Ánuldranh es ahora tu fe, tu responsabilidad: tu poder. Ese anillo es tanto tu bendición como tu maldición, pues será tuyo el resto de tu vida mientras la sangre de Ánuldranh bombee en tu corazón. Y ahora habrás de hacerme un último favor: viajarás inmediatamente a Grecia, como yo y mi padre y el padre de mi padre hicimos antes que tú, para conocer los designios que te son deparados de boca de la pitia de Delfos, la cual, además, podrá responderte a todo aquello a lo que yo, por falta de tiempo, me veo negado; pero has de partir antes de que concluya el día, Albus, por favor.
Así se lo prometió éste.
–Doy gracias a Rowling de haber tenido un hijo como tú, Albus. Prométeme que cuidarás de Aberforth. Dame un beso, hijo; déjame que yo te dé otro. Y ahora vete¡márchate, que en modo alguno deseo que me sigas viendo así.
–Como te he referido, era tradición de mi familia que los primogénitos, por tanto herederos, visitásemos en nuestra juventud a la pitia de Delfos, como a ti te pedí que hicieras, aunque sin manifestarte la profunda verdad que esperaba sacases de aquello o la motivación personal que me movía a que lo hicieras. En consecuencia, a la edad de diecisiete años, con el anillo de Ánuldranh por primera vez conmigo, me aventuré en mi primer viaje. Lo que me dijo la pitia fue esto que te referiré a continuación.
La anciana ciega dio un paso al frente al corresponderle el turno a Albus, que abandonó la larga cola de la que era cabeza y caminó hasta el árbol donde lo aguardaba dichosa la pitia, que sonrió al escuchar sus decididos pasos.
–¿Qué es eso que escucho, por ventura de Apolo? –Dio una palmada de júbilo–. ¡La sangre de Ánuldranh otra vez! –exclamó en voz queda. Se acercó hasta Albus, al que puso una mano sobre el pecho en su lado derecho para tentarle el pálpito–. No eres Kalarjé Dumbledore, sino su hijo mayor: Albus; inteligente y guapo, sí, puedo sentirlo. Y, si no me equivoco, traes contigo el anillo de Ánuldranh, el cual acaba de entregarte tu padre¿verdad¿Te importaría enseñármelo?
Albus dudó un instante; pero, relajándose, lo tomó en su mano y se lo tendió. La anciana, en cambio, negando afablemente con el rostro, le rogó que fuese él quien lo observara atentamente. Así lo hizo él, que se lo llevó cerca de los ojos por tenerlo más cerca: en el anillo, que pocos segundos hacía que había tomado, se revolvió el par de serpientes, las cuales, desplegando sus viscosas fauces plateadas, hendieron sus colmillos en la piedra verde.
–Cumplida es la hora –dijo al punto la pitia con voz solemne–. Ya puedes probártelo sin temor.
Albus le expresó el deseo de su padre de que no se lo pusiera, o moriría; pero la mujer le anunció que ya no había por qué temer aquel resultado. Y él, fiándose de sus palabras, se lo probó en un dedo cualquiera, al cual se ajustó como si se le hubiese hecho precisamente para él.
–Convertido quedas en el legítimo rey en secreto de todos nosotros, Albus Dumbledore de Inglaterra. –La anciana curvó un poco la espalda en señal de respeto–. Aunque la idea haya asomado peregrinamente a tus altas mientes, no debes tomarla por verdadera en absoluto: Kalarjé no hubiera bromeado sobre tan alto destino en su lecho de muerte. Eres el real heredero del clan de Ánuldranh y por tus venas discurre el alto poder de éste. El poder de la sangre, sí: una fuerza arrebatadora, una espada de doble filo que te enfrentará a las guerras del futuro.
»Pero respóndeme, chiquillo¿por qué has acudido hasta mí si no confías en los proverbios de la mística arte de la adivinación que yo puedo regalarte¿Sólo por obedecer la voluntad de tu padre? En verdad te digo, Albus, que, antes de que se cumplan tus días, dos serán las profecías que tú mismo, agnóstico ahora de mis palabras, hallarás verdaderas y pretenderás resolver; y aun los pocos o muchos años que te resten de ésta los finalizarías por revelar si tus esfuerzos son útiles y los dos varones marcados por ti lo son a su vez por el hado del destino. Y también te digo que a ti se te aparecerá la mayor revelación que en el mundo jamás ha habido, en forma de cándida niña, en el sótano de la que es ahora tu casa; aunque entonces ya no será sino de su nuevo poseedor. La conocerás, le hablarás y ella a ti también, te desvelará todo aquello que sólo por los más altos adivinos es conocido; ya que, aunque sus ojos ven más allá de lo que en frente de ellos tiene, la niña vendrá de parte que no es presente ni pasada, sino futura, y por tanto lo habrá vivido. Será un reflejo de luz violeta que a ti te obedecerá por habitar el objeto de que surge su luz ese sótano en que todos los Ánuldranh tenéis potestad y por estimarte tanto como te estimará. Te dirá quién es ella, de quién es hija, lo que le acontecerá a sus padres y cómo el mundo se habrá oscurecido con la venida del hechicero más horrible de todas las épocas y de todos los lugares: Wathelpun; y aun habrá de decirte la identidad real de éste. Pero tú no habrás de transmitir a nadie jamás ninguno de esos conocimientos, Albus¡jamás! El destino está escrito, y no está en tu poder ni en el mío modificarlo. Hasta las cosas maléficas suceden en el mundo por un motivo, por mantener un equilibrio; y ésa, aunque la peor, no será menos. Podría yo descubrirte la venda de los ojos y mostrarte numerosísimas que habrán de ocurrirte a ti durante tu larga vida, pero me contengo de ello por no variar el curso de los astros e impedir que sucedan otras cosas que, a causa de éstas, habrán de venir. Y habrás de prometérmelo, chico; porque el corazón humano es impetuoso, aunque no tanto en la edad en que serás agraciado con ese sapientísimo conocimiento, y temo que condenes al mundo variando su curso. Dame tus manos, Albus. –El joven se las dio y la mujer las apretó con fuerza entre las suyas–. Serás sumamente inteligente, muchacho, pero temo que no vayas a comprender esto jamás y nos traiciones a todos en un acto de buena fe, revelando las futuras desgracias por agraciarlas en el presente de entonces. Tu único hijo caerá inmediatamente muerto si le revelas a él o a algún otro todo lo que la niña violeta, a la que yo hablaré para ganarme su afecto y adoctrinarla, a la que personalmente protegeré, a ti te habrá contado. –La piedra verde del anillo emitió un resplandor–. Ánuldranh, y en consecuencia tú, me lo ha jurado así; pues mucho me debe tu sangre desde los tiempos de Basilioclés, en los que este templo tan fielmente sirvió al cetro. Pero respóndeme¿por qué desprecias la adivinación? Pues yo te sé decir que la reina de tu hijo, su esposa, tu nuera, será la mayor adivina de su tiempo, así como la más fiel amante, a la que tú querrás como a propia; en efecto, la más fiel amante, puesto que, poco antes de que tú mueras, o lo que es lo mismo, poco antes de que ese fénix que llevas contigo lo veas todo cubierto de sangre de plata real, que será señal de tu pronta muerte, la invitaré a sustituirme: carteándome con ella, la invitaré a beber el agua de Apolo, con la que sea apadrinada por éste y con la que roce la inmortalidad con largos años de vida; la invitaré a leer las rúbricas del sol y a sucederme en el templo para poder convertirme en una nueva rama del gran árbol, sumida en sus raíces. Pero ella no se separará de al lado del príncipe junto al que firmará una alianza más poderosa que cualquier matrimonio. Pues en el ramaje multiplicado y abundante de tu tronco, chico, cual un delta de sangre, ésta irá a engolfarse y entrecruzarse y no habrá sino una rama y una vía.
»La responsabilidad de Ánuldranh queda ya en tus manos, Albus, así como su poder, el cual tu poderosa magia ya revela. En ti se pone término a la Edad de Cobre, y tras de ti volverá la de Plata o la de Ojos de Oro, la postremera, puesto que después de ti tendrá lugar el cisma de tu casa y de la casa de tus padres. Errados son tus pensamientos por los cuales te obligas a no tener descendencia; puesto que yo te aseguro que un ser cruel y vil heredaría el anillo, que no está éste destinado a caer en manos ni de tu hermano ni de ninguno de los hijos de éste. Te verás obligado y tu sangre derramarás sobre bendecido cáliz: un hijo nonato del vientre de tu semilla, pero engendrado de tu alma, en el que fluirán más corrientes que vientos por su cara; puesto que jamás conocerás mujer ni hallarás placer con ninguna, que serás maldito. Sigue tu instinto durante el primer eclipse de luna, que no habrá de ser el último. Criarás a tu hijo como padre verdadero y le entregarás tu poder, que en él será multiplicado, y en los hijos de él quintuplicado, pues será su Edad de Plata lo mismo que de Alianza, en la que de vuestro reino perdido serán grabadas tanto vuestras virtudes como vuestras desgracias. Pero extiende sobre él tu manto de agua, tu cielo, y con esos ojos tuyos que no puedo ver, pero que, aun así, me hablan, protégelo, no vaya a ser que se repita en él doblemente tu historia, Albus Dumbledore.
»Eso es cuanto puedo revelarte para que prosigas tu camino en luz y no en tinieblas. Ahora márchate, Albus, y no olvides nada de cuanto te he dicho, aunque ahora no creas ni media palabra; algún día lo encontrarás irremediablemente cierto. Y útil.
–Todo esto fue lo que me dijo la pitia de Delfos, Remus. Pero ahora hazme todas las preguntas que se te antojen, que advierto que no vas a ser capaz de reprimirlas por mucho rato.
Movido por su ofrecimiento, el licántropo, empalidecido, exclamó:
–¿Qué es eso de que Helen iba a sustituir a la pitia como adivina del templo de Delfos?
–Ah, eso. Tampoco yo sé mucho; deberás preguntárselo a Helen. Pero, una vez se me manifestó la señal del fénix bañado de sangre de plata, sabiendo que había de ser pronta mi muerte, imaginé que había de ser entonces también cuando la pitia se lo hubiese ofrecido y, por averiguarlo, se lo pregunté a Helen. Me dijo que, en efecto, se lo había propuesto en numerosas cartas, y ella, en otras tantas, se había negado, pretextando que no quería separarse de tu lado. Quizá no te lo dijera por no preocuparte.
–Y otra cosa, Albus, que ya no puedo reprimirme más¿qué demonios es la luz violeta; por casualidad es ese poder del sótano al que, según la pitia, todos los Ánuldranh tienen acceso¿Y qué es eso de que conoces la identidad de Tim Wathelpun? Habla, por favor.
El anciano calló un momento, reflexivo; ya que nada había dicho al licántropo sobre el juramento que la pitia había sellado sobre el anillo y, en definitiva, sobre él, y estaba considerando la forma en qué se expresaría sin dar cuenta de aquel detalle.
–Sí, por cierto –acabó diciendo–. Remus, atiende: la luz violeta no existía en El mirador antes de tu llegada, pues vino contigo; a la misma vez incluso que tú. Es algo que tú mismo encontraste¿no lo recuerdas? Ello provoca la luz violeta, que ha ido adoptando autonomía conforme han pasado los años. Algún día lo entenderás mejor. No, la luz violeta es un poder intrínseco a Helen y a ti, no a Ánuldranh; o no al antiguo Ánuldranh por lo menos. Escucha: cuando Eripión Teleuté Boninitio ordenó al Consejo de Magos que había creado que destruyeran el castillo de Northumbría, les pidió tan sólo que conservaran el salón real, que quedó bajo tierra. Años más tarde, lo aprovechó para construir sobre él una sencilla mansión para su hija, Exereda, seguramente pensando que ninguno iba a creer que los herederos de Ánuldranh iban a asentarse sobre los restos de su desaparecido castillo, sino que los buscarían en términos más remotos. Así, el sensato Eripión aprovechó la inmensa fuente de poder de aquella sala, en cuyo estrado presidía el trono de plata de Ánuldranh, para proteger a su linaje. Ésa es la causa por la que el sótano es tan poderoso, Remus: porque es la misma fuente del poder de Ánuldranh; porque el sótano es el salón del trono. Por razones que te especificaré en su debido momento, tu mujer, por esto mismo, tuvo aquellas increíbles visiones en él; a muchas de ellas, conforme me las ibais contando, les fui encontrando sentido gracias a la justa explicación de la niña de luz violeta: los niños del sótano habían de ser vuestros propios hijos; los hombres y mujeres vestidos de negro, delgados y de piel macilenta, la corte de Ariadna; las maldiciones y maleficios que escuchó como de un duelo, de Wathelpun y de... no sé quién más –añadió aprisa, apartando los ojos–. Pero incluso Helen se acostumbró al portentoso poder de Ánuldranh y dejó de tener visiones allí abajo, por fortuna para su estado anímico.
»En cuanto a Wathelpun, como te he referido, la luz violeta me relató muchas cosas; por ella, por ejemplo, supe que llegarías al cargo de ministro de Magia después que yo muriera. Y sí, en efecto, me desveló quién se ocultaba tras el nombre adoptado de Tim Wathelpun. Pero yo no debo decírtelo a ti ni a nadie, ya que, seguramente, todo haya iniciado ya su curso y no exista vuelta atrás; y esto es así puesto que la luz violeta no existiría en tu casa sin Wathelpun ni Wathelpun sin la luz violeta. Todo está enlazado, y es difícil de entender, aun para mí; alfa y omega. Pero, aunque no me entiendas ni compartas mi postura, guardaré silencio; ya que, aun de lo contrario, no creo que pudieses hacer nada contra Tim Wathelpun.
Dumbledore le espetó a Remus si tenía que formularle alguna pregunta más; como su respuesta fuera negativa, prosiguió el anciano:
–Después de hablar con la pitia, retorné a casa, donde hallé a Aberforth aguardándome melancólico en el porche, a nuestro padre difunto y a Penélope a su lado hecha un océano de lágrimas. Le dimos entierro poco más allá del lindero del jardín; pusimos bajo su lengua una semilla, de la que surgió el sauce que se puede ver todavía desde la ventana de la cocina. Después de aquello, Penélope decidió abandonarnos; al poco leí que se había ahogado en un lago, la muy desdichada. Yo, que deseaba viajar y hacer cosas nuevas, dejé mi casa y me entregué a este parecer; mi hermano no fue un gran estorbo para poner esto en práctica: no me hube de hacer cargo de él; tras la muerte de nuestro padre, desapareció sin más: dejó la escuela y no volví a saber de él hasta al cabo de muchos años. Durante estos desplazamientos, hice acopio de múltiples e interesantes experiencias y conocí a magos de mucho talento, que me enseñaron mucho, como Nicolás Flamel.
»Entre tanto, he de precisar que ni pensé en ello ni creí en la validez de los consejos de la pitia de Delfos. Es más, cuando conocí a una hermosa bruja de ojos azules, cabello rubio, tez tersa, facciones delicadas, nariz perfecta y labios firmes, de la que me enamoré, pensé que estaba equivocada. El nombre de ésta era Conia Axedra. Incluso nos casamos. Sí, Remus, fulmíname con la mirada si quieres –rio–; soy culpable de no haberte dicho todo esto mucho antes, pero no me sentí capaz. –Su rostro volvió a tensarse–. En lo que parecía una adversativa a las premoniciones de la pitia, dos años, tres meses y cinco días después del enlace, alumbramos un bebé, un pequeño Dumbledore, al que pusimos por primer nombre Conculco y, de segundo, Kalarjé, en honor de mi padre. Crecía sano y hermoso; ríete si quieres, pero la primera vez que te vi, en Sango Mungo, después inmediatamente que te mordieran, creí que era a mi hijo a quien contemplaba.
»Nos fuimos a vivir a El mirador, que liberé de su abandono, y, como mi nomadismo no prometía ser situación estable para mi nuevo estado, también solicité empleo en el Ministerio de Magia, para el que trabajé poco más de cinco años; pero durante éstos fui muy considerado, ya que, a partir del tercero, durante el cual fui ascendido al Cuartel General de Aurores, le fui de suma ayuda y presté numerosos y arriesgados servicios. Por entonces había tomado el cetro del poder de las Fuerzas Tenebrosas un hechicero que yo había conocido en Hogwarts: Grindelwald.
–¡Oh, sí! –exclamó el licántropo al momento–. Lo recuerdo. Cuando era pequeño me hacías bromas sobre él.
–Sí, te las hacía –repitió Dumbledore con pesadumbre–, porque sólo uno burlándose de sí mismo consigue poder volver a contemplarse frente al espejo; y con esto igual. La comunidad siempre consideró que fue menos destructivo que lord Voldemort quizá porque éste queda más reciente, o quizá porque aquél se contentaba con destruir el callejón Diagon, robar en Gringotts, hacer un fortín de Hogsmeade o cosas de esta índole; pero para mí siempre fue igual de demoledor, o incluso más. El caso tiene lugar cuando comencé a recibir lechuzas negras portándome mensajes que, al principio, no eché en cuenta porque no pensé que fuera a ser el verdadero Grindelwald quien los firmara; pero las amenazas que contenían fueron recrudeciéndose con el tiempo. Llegué incluso a recibir un paquete con una maldición que explosionó antes de penetrar por una de las ventanas, sin hacer daño a nadie; puesto que, como creo haberte dicho ya, la casa y el poder que ésta contiene protegen a sus poseedores de cualquier peligro que corran. Poco después de aquello, como si hubiese sido poco ya, recibí otro mensaje.
Necio:
Deberíais haber muerto; aunque moriréis. Todavía me pesa la afrenta de que rechazaras colaborar conmigo en esta empresa; ahora serías mi aliado, Albus. Pero, en lugar de ello, preferiste plantarme cara; lo pagarás caro. Recuerdo que te me quedaste mirando con profunda soberbia y que me respondiste con altanería; ahora sé bien por qué: porque por tu sangre fluye la ancestral y mágica sangre de Ánuldranh. Pues bien, atiende: quiero que me entregues el legendario anillo soberano y que sacrifiques a tu hijo para que pueda beber su sangre; de lo contrario, morirás.
Tienes siete días.
Grindelwald (firmado con sangre)
–Entonces me pregunté cómo lo habría averiguado –prosiguió–. Después, me basé en conjeturas que a mi parecer debían de ser muy acertadas a la verdad y actué en consecuencia. Pero, antes de eso, como no deseaba trasladar a mi familia de lugar por considerar que aquél era sin duda el más seguro para nosotros y debía seguir acudiendo al Ministerio para frenar el terror que estaba desencadenando, le rogué a mi mujer que no me desobedeciese en lo más mínimo: que, mientras estuviera yo fuera, no dieran ni ella ni el niño ni un paso fuera de la casa; y, si Grindelwald averiguaba el modo, que a mi parecer no había, de entrar en la casa, que me lo notificaran con Fawkes, que los estaría vigilando, y fuesen a esconderse al pasadizo subterráneo de piedra. Pero algo debió salir mal.
Albus, que se había dejado crecer una corta barba castaña, caminaba con donaire por entre las mesas del Cuartel General. Estaban vacías y ya nadie quedaba en parte alguna de la planta. Caminó cabizbajo hasta los ascensores, meditabundo, y de éstos se escurrió hasta las chimeneas del atrio, por una de las cuales se introdujo para aparecerse en su casa. También ésta daba la impresión de estar vacía; por más que los llamó, no respondió nadie. Ni siquiera el fénix estaba en su percha. Inquieto, resolvió que se habrían escondido en el pasadizo y, por consiguiente, activó el mecanismo de apertura a éste.
Bajó la escalera de piedra con la tea en la mano. Al llegar abajo, tampoco allí descubrió a ninguno. Despertó a los cuadros ajados que existían en aquel habitáculo desde antes que él hubiera bajado por primera vez y les preguntó si había bajado hasta allí alguien aparte de él mismo; le respondieron que a ninguno habían escuchado. Agradeciéndoselo con voz apagada, el mago salió al exterior de nuevo.
Sin saber dónde más buscarlos ni mirar, decidió salir al jardín por ver si se hallarían en él, a pesar de lo que él les había recomendado. Al abrir la puerta, de lo primero que se percató fue del charco de sangre que, sin querer, pisó al poner el pie en el porche; dejó escapar una exclamación y, con los miembros temblándole, alzó los ojos: allí los halló, colgados de sendas cuerdas de las vigas: la mujer del cuello y el pequeño de sus débiles muñecas. A ambos les habían arrancado los ojos de las cuencas y sus expresiones manifestaban unas grotescas muecas de horror. A la mujer le había amputado las manos y los pies; al pequeño, en cambio, le había abierto la garganta y le había ajado toda la ropa, los restos de la cual, junto con la piel desnuda, tenía recubiertos de sangre negruzca; asimismo, daba en éste la impresión de que lo hubiesen arañado y mordido con saña.
Albus se dejó escurrir hasta quedar empapada su túnica de la sangre que rezumaba en el suelo; la sangre por la cual quedaba él sin familia: sin su esposa ni su hijo. No pocas horas ni lágrimas empleó y gastó bajo aquel porche de muerte aquella tarde, después de la cual, tras descolgarlos y enterrarlos junto al cadáver de su padre, tomó el camino en busca de Grindelwald; o, lo que es lo mismo, en busca de la venganza.
–Hallé a Fawkes convertido en un polluelo no lejos de sus cuerpos –explicó–; intuyo que se enfrentó a Grindelwald, pero que éste lo alcanzó con una maldición asesina que lo imposibilitó. Lo tomé y lo llevé conmigo. Un mes aproximadamente empleé en encontrarlo: finalmente lo hallé en el interior de un volcán del que estaba tomando un frasco de lava.
Al dar Albus un paso al frente, que reverberó entre las rocas, Grindelwald, que estaba acuclillado frente al precipicio que daba a parar a la lava, de la que estaba levitando un puñado que congeló en un frasco de cristal, se puso inmediatamente en pie, perdido el color del rostro. Apretó con enojo Albus la mano en que tenía puesto el anillo de Ánuldranh y, al mismo tiempo, el frasco de lava se hizo añicos en las manos del hechicero. Parecía éste nervioso, caminando de lado al son de los pasos de Albus; tenía enristrada su varita, al contrario que el otro, que permanecía impasible.
–Te lo advertí, Albus, y no puedes negarlo –habló al fin Grindelwald, y en su voz no había asomo de vacilación alguna.
Albus blandió tan sólo su mano y, como el hechicero se agachara, la pared de roca de enfrente estalló y se precipitaron grandes peñascos contra la lava, que se fundieron. Grindelwald, encogido, se apareció en un cúmulo al otro lado de ésta, y, amparado desde esta nueva posición, lanzó una maldición contra Dumbledore, que no parecía interesado en rechazarla. Por suerte, un muro de lava se levantó desde el río de fuego que ésta formaba y recibió por él el rayo verde; a continuación, saliendo impelido, el fénix de Albus cayó al lado de éste nuevamente como recién salido del huevo. Su amo lo contempló con nostalgia mientras graznaba y, devolviéndole la mirada a su enemigo, en tanto alzaba su varita le inquirió en grandes voces, anegados los ojos de lágrimas:
–¿Qué culpa tenía mi familia de tu maldad? Era a mí a quien querías.
Grindelwald se desapareció antes de que el rayo le alcanzara, el cual vino acompañado de un fuerte levantamiento de lava y un eco atroz.
–Tu hijo también era un Ánuldranh, un estorbo –restalló la voz desde las profundidades de la gruta–. Debía morir.
Albus, enojado, levantó su varita y el volcán entero comenzó a agitarse, y los muros a resquebrajarse, y del techo se precipitaron grandes rocas que venían a dar contra el suelo de la caverna y contra la lava, salpicándola en todas direcciones. Grindelwald apareció poco antes de que este fenómeno remitiera delante de su contrario, a pocos pasos de él, esperando que, por no esperarlo éste, pudiera interceptarlo; pero una enorme piedra cayó a sus pies y, perdiendo el equilibrio, se le cayó la varita. Antes de que esto sucediera, sin prevenirlo tampoco, Albus lo alcanzó con un maleficio que lo levantó del suelo y lo envió a la corriente de lava, donde lo perdió de vista.
Corrió a ver en qué punto había caído, mas lo halló sujeto a la escarpada pendiente, no muy lejos de su alcance, mirando hacia abajo con feroz horror. Al ver aparecer a Albus, alzó la vista y, sonriéndole con rabia y con asomo de inocencia, le suplicó a grandes voces:
–Sálvame, Dumbledore. ¡Sálvame! No me dejes perecer aquí; no así. Por favor...
A Albus se le ensombreció la mirada un instante; pero, en seguida, tendiéndole su mano derecha, la que portaba el anillo, le dijo:
–Te pudrirás en Azkaban, Grindel.
El hechicero se soltó para tomarla. Pero la mano de Albus, al sentir el contacto de la de él, sin haberlo ninguno imaginado, se volvió toda de fuego, aunque él mismo no se quemara; así, Grindelwald, aunque quiso mantenerse asido, acabó por soltarse para acabar sobre el cauce de lava, donde se hundió entre gritos y lamentos. Sólo una vez hubo muerto, la mano de Albus volvió a su verdadero ser, todo lo cual mientras éste se la contemplaba no con poco estupor, sin saber cómo o cómo no había obrado aquel prodigio.
–Por aquella hazaña, que no fue tal, me aceptaron en el Wizengamot y me nombraron Jefe Supremo del Gabinete de Sabios; también me ascendieron al más elevado puesto del Cuartel General y aun lo hubieran hecho al de ministro de Magia si no hubiese dimitido. Entonces sí ya tenía claro lo que iba a hacer: ocupé la vacante que quedó libre en Hogwarts como profesor de Transformaciones. La escuela me devolvió a mi ser primero: paz, tranquilidad, desasosiego; todos sinónimos que volví a experimentar tras aquellos malos momentos. Hice de aquél mi lugar; y no hubiera sido un mal desenlace para mi vida de no haber sido por que estaba predestinado a enfrentar nuevos duelos y abandonar la calma. Pero eso exige hacer todavía algunas paradas por otros acontecimientos para que lo comprendas todo sin mengua.
»También por aquella época, recuerdo, el profesor Binns, que todavía no había muerto, nos comunicó cierto día que estaba terminando un ensayo que pensaba titular Reales desconocidos: el linaje de Ánuldranh hoy. Ya entonces era de la opinión de que Grindelwald debía de haber conocido mi ascendencia a través de los libros: no son pocos los tratados en que se recogen hipótesis, árboles genealógicos de las familias mágicas, etcétera; todo lo cual, como pude inferir poco más tarde en mis particulares pesquisas, podría conducir a cualquier hombre que se entregara a un meditado análisis al descubrimiento de la identidad del linaje secreto. Así pues, induje al profesor Binns con excelentes argumentos para que me entregara el manuscrito y lo destruyera, antes de que pudiera hacer algún mal. El pobre me obedeció: me lo dio y, por curiosidad, lo leí; no había acertado en nada: creía que Exereda se había casado con un pueblerino muggle ricachón de nombre Patronus Stijbenin, por ejemplo; opino que su principal dificultad estribaba en descifrar la caligrafía de los documentos antiguos. Aunque estaba falto de verdad, hice pasto de Vulcano con él. Inmediatamente después, me puse una capa de viaje y fui a la biblioteca, que entonces cuidaba un viejo mago de humor insufrible. Pasé toda la noche consultando libros, y, después de aquel día, muchas otras veladas consumí a la luz de un candil examinando viejos pergaminos. Me propuse destruir todos los ejemplares que contuvieran alguna información sobre el linaje secreto de Ánuldranh; en consecuencia, no pocos libros condené a la danza de las doradas llamas y no pocos documentos oculté en el pasadizo subterráneo que existe bajo tu casa y que, posiblemente, ya hayas visto. No obstante, mi constante denuedo en esta labor no hubo de ser suficiente, ya que, como en seguida te daré cuenta, hubieron de quedar libros que mostrasen las sendas al conocimiento que yo estaba vedando con maleza; y aun muchos otros deben de quedar hoy esparcidos por todo el mundo, sin que un hombre pueda, a pesar del amor que les tiene a los libros, destruirlos todos. Y esto lo hacía, Remus, aunque había abandonado ya la idea de tener más hijos y, por consiguiente, no tendría a quien heredar; aunque creía que Ánuldranh tendría su fin en mí; y porque en modo alguno deseaba que alguno conociera la ubicación del anillo, el cual pensaba tragarme antes de morir para que no fuese nunca separado de mí. Claro está, aún no te había conocido; ni siquiera habías nacido.
»Recuerdo cómo tuve noticia de ti, Remus; fue la mañana del once de marzo de 1970.
Cayó la tarde sin que Albus, mesándose su larga barba castaña, se hubiera sentado; paseaba de un lado a otro del salón reflexionando. Tan sólo se detenía puntualmente para volver a leer la primera plana de El Profeta: «Un mago recién nacido, en peligro de muerte». Examinaba con atención la figura hermosa del bebé de la fotografía, a cuyo pie rezaba: «Remus Julius Lupin, en espera de la transfusión».
–Es una señal, Albus¡una señal! –se convencía a sí mismo–. Es de tu mismo grupo sanguíneo; sólo tú puedes salvarlo. Pero... pero... ¿será entonces un Ánuldranh? Quizá era éste el cáliz del que me habló la pitia de Delfos; ¡en mala hora no la creí, debí haberle preguntado más sobre el caso. –Se paró en seco–. ¿Y si es éste el Príncipe Mestizo del que Merlín hablara? Albus, piensa¡piensa¿No irás a dejar que ese niño se muera por no perpetuar la maldición de tu estirpe, verdad? –Se dejó caer frente a la chimenea llorando–. ¿Por qué dudas, estúpido? Si no le entregas tu sangre a algún otro, a este niño, a uno que tú mismo puedas educar en el bien, él te lo robará y podrá desatar su crueldad ayudado del anillo. Pero, si me equivoco, habré maldito mi clan.
En aquellas consideraciones y muchas otras que le sucedieron, sin moverse un ápice, le sorprendió la noche, que trajo consigo el sobrecogedor advenimiento de la luna llena. Al enmarcarse ésta en la ventana de la habitación, los cristales de la misma comenzaron a vibrar. Albus alzó los ojos y el eclipse se reflejó en ellos. La casa entera temblaba cuando el hombre, sin sentir temor al parecer, se puso en pie. El círculo de lapislázuli apareció detrás de él, y, para verlo, se giró. Levantó la mano en que tenía puesto el anillo y la dirigió hacia el resplandor azulado, el cual, al tocarlo, se volvió todo de fuego, y luego verde, todo brillante, que hasta tuvo Albus que apartar la mirada para no enceguecer. El círculo había quedado convertido en dos serpientes que cayeron al suelo. Se arrastraron paralelamente hasta que una, abalanzándose sobre la otra, la engulló, que fue interpretado por Albus, que todo lo observaba con pulcra atención, como símbolo de la sucesión; la única serpiente que restaba, deslizándose hasta el diario del mundo mágico, serpenteó sobre la fotografía del bebé al tiempo que se mordía la cola; tragándose a sí misma, ésta también desapareció. Albus conocía sobradamente el significado de aquel símbolo: el ouroboros, la serpiente que se muerde a sí misma: la eternidad.
El mago, armado de valor, dejó la casa mientras el eclipse se restituía. Fue a aparecer en San Mungo, donde, sin vacilar, abandonó la sala de espera y se encaminó por un recto pasillo, ignorando a una joven enfermera que le preguntó de mal talante adónde se dirigía. En las escaleras, tomó a una sanadora por el brazo, pero, al volverse ésta, se disculpó pretextando que la había confundido con otra persona. Siguió adelante hasta que dio con la señora Nicked, en estado avanzado, que caminaba tranquilamente en la dirección contraria a él; al verlo, la mujer se dispuso saludarlo, pero Albus se le adelantó tomándole con manos temblorosas el brazo sin hacerle daño.
–Necesito tu ayuda –le musitó con voz firme, que movía a miedo.
La bruja lo llevó hasta su despacho, donde pasaron. Albus le consultó inocentemente sobre el estado del bebé Remus cuando ésta le solicitó que se sentara y le explicara su problema.
–¡Oh, eso! Pobre chico –exclamó con mansedumbre y pena–. ¿Lo ha leído en los periódicos, verdad? La directora del hospital ha mandado poner anuncios por todas partes; si no encontramos un donante de sangre con sus mismas características antes de doce o veinticuatro horas, morirá. Pero todo son desdichas¡por las barbas de Merlín, que yo misma se la daría; pero su grupo sanguíneo es de los trece más raros de los magos, como el mío aunque no coincide, y es improbable que encontremos un donante. Debería haberlo visto, Dumbledore, qué pena; lo tenemos en una incubadora especial para detenerle la hemorragia. Pero de nada servirá si no se le restituye la sangre que está perdiendo. Pobrecito. Aún tengo a la madre abajo, destrozada; fue compañera mía de curso y me da mucha pena. Creemos que la enfermedad del bebé es debida a que su marido la ha maltratado durante el embarazo, que la ha maldito en varias ocasiones quiero decir; pero, como no podemos demostrarlo, no podemos hacer nada. Oh, Dumbledore, no se imagina cómo me afectan estas cosas ahora mismo. –Y se llevó una mano a su abultado vientre.
Albus, en lugar de responderle, se remangó el brazo izquierdo, en el que no llevaba el anillo, y se lo tendió. La bruja se lo quedó mirando confusa.
–Es que mi brazo hábil es el derecho –explicó–. No es que no confíe en usted, Helen, pero quisiera conservar el otro brazo. –Helen no se movió–. ¡Oh, vamos, mujer, mi sangre es de la del tipo del niño, según he podido constatar por el periódico. Extráigame toda la sangre que se requiera.
La señora Nicked, moviéndose de improviso torpemente, corrió de un lado para otro preparando el material. Hizo sentar al hombre de nuevo y, tomándole el brazo, le anudó una cinta elástica en torno a él. Después, apuntándolo con la varita, le extrajo la sangre, que flotaba levitando hasta caer en el interior de un bote.
–Voy a necesitar medio litro o más, espero que no haya problema. Pero ¿por qué me lo ha dicho a mí nada más?
–Porque en ti puedo confiar, Helen; y porque no quiero que se entere nadie más. Después de lo de Grindelwald con cualquier menudencia me levantarían una estatua o algo así en el atrio del Ministerio. Espero que no te importe decir que la has recibido por una lechuza anónimamente. –La mujer cabeceó rápidamente sin apartar la atención de la sangre. El hombre se relajó–. ¿Cuánto te queda esperar?
–¿El qué, a mí¡Ah! –llevándose una mano a la barriga–. Poco ya, tres meses o así. Matthew está deseando que tenga al bebé, como podrá imaginarse.
Albus llevó la mano que tenía libre al vientre de la mujer para acariciarlo, pero, como sintiera en seguida un calambre, la apartó rápidamente. Sin dilación, la puerta se abrió seguidamente y apareció por ella una chica joven que puso sus ojos en Albus y en la que Albus puso a su vez los suyos. La señora Nicked apuntó al instante:
–Oh, no se preocupe, Dumbledore. Es la sanadora en prácticas a mi cargo.
Albus sonrió con tirantez.
–Buenas noches, Bellatrix –la saludó sin efusividad.
Una vez hubo finalizado la sangría y ambas mujeres repitieron la promesa delante de él, el mago se volatilizó. Regresó a El mirador, donde no quedaba indicio alguno de que allí se hubiera dado un seísmo de tan altas proporciones como el vivido. El mago, mirando en torno suspenso, levantó su varita con gracia y, moviéndola delicadamente, convocó toda su ropa y sus objetos personales, que se guardaron en un baúl que también había atraído hacia él. Con otro gesto similar, los muebles todos desaparecieron con un chasquido. A continuación, cargando con el baúl, abandonó la casa dejando la puerta abierta.
–Me mudé a la casa que tú sí luego llegaste a conocer. Y, si me dejé la puerta abierta, fue por pura chulería –rio–, porque la casa no permitiría que la ocupase ningún otro que no fuese un Ánuldranh. Eso, claro está, conllevaba un alto riesgo, y yo lo conocía; no eres el único que tiene sangre de Ánuldranh hoy en día: hay otros cuatro, además de mi hermano y mi sobrina; sólo que éstos la han recibido y heredado indirectamente. De una no me preocupé: había empleado el poder que le concedía su sangre para crear un reinado independiente con los de su especie; otra era demasiado pequeña entonces para ocupar El mirador, y mantenía una relación lo bastante buena con sus padres como para temer algo así de ellos; otro era un adolescente petulante y arrogante, pero, al igual que la anterior, desconocía su mágica herencia; y el último, del que más temí que se entrometiera, venía persiguiendo el anillo de Ánuldranh desde su juventud, razón que me impidió dejar la joya en el pasadizo subterráneo aquel día, como fue mi primera intención; sino que me vi obligado a cargar todavía con él. También tus padres y tu tío Richard podrían haberla ocupado sin impedimentos, porque compartían la sangre del heredero, lo que los convertía en familiares; sin embargo, dudo mucho que El mirador les dejara penetrar en algunas habitaciones, como el sótano por ejemplo. No obstante, no temí que tu tío fuese a ocuparla, y, en relación a tus padres, era lo que más me hubiese satisfecho.
»A los cuatro años de esto, como ya tú mismo recordarás, fuiste mordido por un hombre lobo: Peet. La noticia llegó hasta mí gracias al diario, en que la leí. Debo reconocer que me entristeció en sumo a la par que me alegró un punto el descubrirlo, como te referiré a continuación; como es evidente, no me movía sino a disgusto el saber que habías sufrido un daño irreversible, pero, por otra parte, aquélla era la oportunidad que estaba aguardando para presentarme ante tus padres y tomar parte activa en tu educación; so pretexto de encaminarte hacia Hogwarts, te tomé a menudo conmigo, todo lo cual, soy capaz incluso de decir, te hizo mucho bien. Ya entonces te quería como un hijo; al principio fuiste como un sustitutivo de Conculco, pero con el tiempo me demostraste que podía amarte por cuanto valías y representabas por ti mismo. También aquella mordedura me hizo reflexionar hacia otros caminos¿sería aquello una muestra más del mestizaje de tu sangre? Ahora queda claro que eres el Príncipe Mestizo, pero entonces aun dudaba que pudieses heredar el poder de Ánuldranh, de lo que me desengañé transcurridos trece años.
»Pero antes, por seguir el orden cronológico de los acontecimientos, he de precisar que, conforme conocí la maldición licántropa que sobre ti pesaba, regresé a El mirador. En su pasadizo subterráneo había hecho aparecer la mayor parte de los muebles y había colocado los cuadros que mi padre había guardado desde siempre en el desván; allí, asimismo, te había dejado el tesoro de Ánuldranh, que te mostraría cuando crecieras. Pero en aquel momento determiné llevar conmigo la pieza toda de plata en que quedó convertido el trono del mundo mágico, por considerar que podía hacerte daño; pero en algún momento, lo sé gracias a una revelación especial, podrás tocarlo.
–¿Y dónde está? –le preguntó Remus.
–Ya no lo tengo yo –aseguró el anciano sin lamentarse–; se lo confié a un buen amigo al ordenar mis asuntos antes de morir para que lo ocultara hasta que llegue el momento, que yo le he precisado, en que te lo habrá de devolver. No obstante, tú lo has tenido en las manos: hace unos años, escondido en una caja de palisandro cerrada con llave en mi despacho.
–¿Aquello? –recordó el otro–. Me dijiste que era mi rabdonicio.
–En efecto, que a las cosas que son únicas o primeras en su género me place darles un nombre que revele su poder. El lingote de plata, Remus, se te devolverá puntualmente, aunque transformado. Y, si lo he apartado de ti todo este tiempo y aun ahora, no es sino por librarte, como he dicho, de cualquier amenaza que unida a él pueda venir, que no hay mayor veneno para ti que la plata; y ésa es tan poderosa que, hasta que no estés curado, no se te entregará; incluso tu piel ardería con sólo tocarla.
»Pero déjame que prosiga, Remus. Pues bien, no hallé la casa abandonada como la dejé, sino a uno de los poseedores de la sangre de Ánuldranh en ella, practicando malas artes para que la casa le revelara sus secretos; cosa que no conseguía. Se trataba de lord Voldemort.
–¿Lord Voldemort? –repitió el licántropo con ojos desorbitados.
–Así es. Acababa de regresar a Gran Bretaña, le acababa de denegar su petición de convertirse en profesor de Hogwarts y él había maldito el puesto de Defensa contra las Artes Oscuras. Le pregunté qué hacía allí, pero no hizo falta que me respondiera nada. Nos enfrentamos en duelo y lo expulsé de la casa, ya que mi poder era más poderoso que el suyo bajo aquel techo; aunque a él también le afectaba positivamente el núcleo de poder del sótano. Hecho esto, sin que me viera activar el mecanismo del pasadizo subterráneo, me llevé conmigo la piedra de plata de Ánuldranh, dejando el resto a buen recaudo.
–Pero ¿cómo es que lord Voldemort tenía sangre de Ánuldranh? –preguntó Remus fuera de sí.
–Eso, sí. Lo entenderás todo mucho mejor cuando te lo expliqué. Verás, Exereda Nonsolia no se casó con un pueblerino ricachón; aunque acaudalado sí era en verdad. Por la información que pude reunir por los libros que luego destruí, el nombre de este noble era Patrambus Slytherin. –Remus dejó escapar una exclamación al escuchar su apellido–, del que Exereda tomó el apellido. Tuvieron dos hijos, gemelos: el mayor, Bomfator, y Salazar, el cofundador de Hogwarts. El primero heredó el anillo, pero Salazar montó tanto en cólera que su padre le confeccionó para él otro, de piedra oscura. Éste lo aceptó a desgana, pero se rebeló emancipándose y perdiéndose por bosques sombríos; en alguno de ellos hubo de conocer a Godric Gryffindor, primo segundo suyo. De Bomfator se dice que fue un gran mago, bondadoso y hábil, pero, cuando su hermano abandonó el proyecto de la escuela, regresó para matarlo y destruir su descendencia; consiguió esto primero, pero los hijos de Bomfator fueron ocultados con tiento, con lo que Salazar no consiguió heredar el anillo. Movidos por este hecho, desde entonces sólo se revela la verdad sobre el linaje secreto al heredero del anillo, razón por la que mi padre jamás le dio cuenta de ello a mi hermano Aberforth. Pues bien, Remus, yo soy el heredero de Bomfator Slytherin de la misma forma que Voldemort lo era de Salazar. De ese modo, durante mucho tiempo creí que sería yo quien detendría a Voldemort; hasta, claro está, que conocí la profecía de Harry y me desengañé. Y ahí están ya: las dos profecías: Harry Potter y el Príncipe Mestizo.
–Pero Voldemort también quiso matarme a mí –expresó en voz alta sus pensamientos el licántropo.
–En efecto, Remus, así es. Sabía que yo era viejo y moriría pronto, pero no iba a permitir que te heredase el anillo a ti; si no tenía a quien dárselo, el más próximo sería él, o al menos eso pensaba Voldemort, puesto que no sabía que había tenido una sobrina. ¿No lo comprendes? Había destruido muchos libros, pero, como sabía, no todos; Voldemort, que dedicó muchos años a su estudio, debió de descubrir que Salazar tenía sangre de Ánuldranh, que él debía haber heredado, y que yo era el heredero del clan. Por eso vino a solicitarme el puesto de profesor: para controlarme, ganarse mi confianza y matarme cuando encontrara la ocasión; pero yo ya sabía entonces quiénes eran los herederos de la sangre, y también que aquél era lo suficiente perspicaz como para haberlo averiguado. Y, por otra parte, Bellatrix Lestrange debió de haberle contado que me vio donando mi sangre a un bebé en peligro; la consulta a la hemeroteca, imagino, haría el resto. De esa forma, aunque yo hubiera convencido, como me propuse, a tu tío Richard para que se hiciera cargo de tu custodia, habría sido inútil: aquel distanciamiento entre tú y yo no le habría ocultado el vínculo existente entre ambos.
–Entonces, quería matarme porque sabía que yo tenía sangre de Ánuldranh –musitó el licántropo cabizbajo.
–Así es, Remus. Cuando tu padre se alió a la Orden Tenebrosa, Voldemort encontró una oportunidad dorada: con la excusa de probarlo, ordenó que os matase a tu madre y a ti; pero, gracias a la inteligente Helen, que te avisó a tiempo, te salvaste. –Sonrió–. Desde que os conocisteis se creó un vínculo entre la adivina y tú, Remus: más que amor; su poder no iba a consentir perderte, conque sus mismas visiones te protegían. Pero, por desgracia, tu madre no corrió la misma suerte y falleció. Tu padre se dio a la fuga y yo, que entendí lo que pasaba perfectamente, te tomé a mi cargo para criarte como mi hijo, pues por tal te tenía. Poco más tarde, dos mortífagos penetraron en Hogwarts: MacGregor y Baer; como después pude constatar de sus declaraciones, habían sido enviados para asesinarte. Pero te lo oculté por no darte temor. Y finalmente apareció tu mismo padre con el mismo objetivo: intuyo que Voldemort debió de apremiarlo para poner su interés en práctica, ya que, si no, dudo que Julius se hubiera puesto en peligro apareciéndose en Hogwarts en pos de matarte.
»Para entonces, desconocía aún si heredarías el anillo de Ánuldranh; si el haberte entregado mi sangre te habría convertido en mi hijo, en mi heredero; si se manifestaría en ti el poder de Ánuldranh. Pero lo supe cuando cumpliste diecisiete años: al examinarte de los ÉXTASIS, me comunicaron que habías interceptado una maldición que te lanzó Severus Snape, con el que te enfrentaste en tu control de Defensa contra las Artes Oscuras. Entonces no quise atribuirlo al poder de Ánuldranh, pero cuando lo repetiste delante de lord Voldemort y tu suegra me descubrió que eras capaz de hacer magia sin emplear tu varita, entonces lo tuve claro: todo se debía al poder de Ánuldranh, del que te habías hecho dueño y señor; asombrosas habilidades.
»Como recordarás, te protegí ocultándote por todos los medios de lord Voldemort; te hubiera llevado a El mirador, pero Voldemort era capaz de actuar en él, con lo que opté por el cuartel general. Entre tanto, éste abandonó su tentativa de abordar el Ministerio para aniquilarte: el rapto del señor Nicked, el ataque a los Potter y a los Longbottom, el envío de la pirámide con el ojo incrustado, etcétera, no son hechos aislados: todos responden a su deseo de apoderarse de Ánuldranh, que le hubieran permitido no sólo gobernar Gran Bretaña, sino el mundo entero. Pretextaba que te perseguía por detestar a los licántropos, pero esto es en absoluto cierto, que cientos tuvo bajo sus órdenes: quería a Ánuldranh; pero sabía bien que yo, por protegerte, no te habría dicho nada. Y tenía miedo, porque, aunque eras vulnerable, siempre lograbas escapar de él; creía, tal como yo, haber encontrado al Príncipe Mestizo, en el cual Voldemort, durante su juventud, creyó verse reflejado a sí mismo. Y soy consciente de que entonces hubiera debido contarte el verdadero motivo por el que eras atacado, por el que tus amigos fueron asesinados y maltratados, pero no quería cargar en tu conciencia la culpa que nunca tuviste de que Voldemort hubiera descubierto el linaje secreto, al que pertenecía, y quisiera apoderarse del anillo, que te estaba siendo reservado.
»Como te he referido antes, si alguno había de matar a Voldemort creía que sería yo mismo por ser mi duelo particular. Pero entonces apareció la profecía que hizo indicar a Voldemort a Harry y concebí un nuevo horizonte. El primero se olvidó de ti y se centró en el pequeño por una cuestión de principios: si aquel estaba pronosticado a matarlo, era prioritario destruirlo antes que hacerse con el poder de Ánuldranh; siempre procedió así, aun contigo: tenía intención de matar a sus más temibles enemigos cuando éstos eran lo suficientemente jóvenes como para no poder defenderse. Quizá entonces hubiera sido buen momento para explicarte la verdad sobre Ánuldranh; pero al poco murieron James y Lily, y Frank y Alice fueron internados: no me pareció el más adecuado, y, aunque con satisfacción de demorarlo una vez más, dejé correr aquella ocasión.
»Como ni falta hará que se diga, Lily se sacrificó sirviendo su acto para Harry de escudo más poderoso que el mismo Ánuldranh, ya que éste no concibe el amor como origen de su fuerza, sino sólo la sangre; por ello, Voldemort desapareció, que no lo tuvo en cuenta y se amparó únicamente en su potestad. Yo sabía que no había muerto, entre otras razones, porque Helen así me lo confirmó con una de sus visiones, de cuyo poder adivinatorio también extrajo el conocimiento de que retornaría; seguro de que no podía equivocarse, tomé las más poderosas precauciones tanto para Harry como para ti; en cuanto a ti, Remus, te oculté la verdad sobre Ánuldranh, que no era poco protegerte, pues bien te quería.
»Después de la muerte de tus amigos, viéndoos desamparados, aunque te reencontraste con tu hermanastro, Helen y tú decidisteis casaros, de lo que encontré no poco gozo. Pensaba ofrecerte El mirador como regalo de boda, pero, como aquellas semanas estuve muy ocupado con la protección de Harry, te me adelantaste y, sin comunicarme nada, fuiste con tus suegros a comprar una casa. A punto estuve de convenceros para que anularais el contrato, pero parecíais muy orgullosos con la compra y lo consideré mejor; no obstante, como quizá recordarás, me dijiste que tu mujer había tenido un extraño comportamiento en el sótano y, sólo entonces, me mostré deseoso de que me mostraras la casa. Cuando me pediste que me apareciera en El mirador, no pude evitar una carcajada cuando te volviste para desaparecerte. Después de todo, como tantas otras cosas, la casa estaba predestinada a ti, así como su poder; éste había permitido que los de Chimeneas Felices en Hogares Radiantes la añadieran en su catálogo para acabar en tu conocimiento.
–Es la casa perfecta para ti, Remus. No me cabe ni la más mínima duda –le había dicho Dumbledore al licántropo con algo de sorna cuando éste se la mostró.
–Todo parecía dispuesto: habíais heredado la casa, dominabais el poder de Ánuldranh que en ella existía e incluso alumbrasteis pronto a un heredero: Matt, el cual, según parece, ha adquirido ciertas capacidades de su madre así como un poder levitatorio que achacó a nuestra sangre; no serán sus únicos poderes, me temo: hasta adquirir el anillo dará lugar a otros; y no sólo él: Nathalie y mi homónimo también.
»Pero tú, Remus, eras todavía inconsciente de lo que estabas concibiendo; para ti era simplemente una familia, tu familia. Y para mí también, no creas. Pero para Voldemort, cuando retornara, sería una gran amenaza: temí por la integridad de tus hijos, aunque estaba seguro de que su sino no era morir. Así, aunque hubiera sido aquél también un buen momento para revelarte que eras el último del linaje secreto, lo guardé para mí, y, en silencio, me alegré una vez más de no tener que confesarte la verdad.
»Pero Voldemort retornó. Como recordarás, tomó la sangre de Harry para hacerse más fuerte; en su terrible ignorancia, creía que el reunir en él la sangre de sus dos mayores adversarios, Harry y tú o nosotros dos, lo haría a él más poderoso. Al menos sí fue capaz de romper una serie de barreras que garantizaban la invulnerabilidad de Harry. Inmediatamente después de saberlo, convoqué una reunión en tu casa; el que se celebrase en ésta no fue arbitrario. No conocía la intención de Voldemort, pero temía que, recién recuperado el poder, no dudara aprovechar la ocasión de atacarte ahora que no estabas bajo alerta; pero, si ambos luchábamos contra él en El mirador, ambos seríamos más poderosos. Por fortuna no se aventuró. Pero yo, no obstante, decidí aquella noche revelarte la verdad sobre el linaje secreto y Ánuldranh, cuando nos encontrásemos solos tú y yo; sin embargo, mi ánimo se vio truncado cuando hallé en el sótano una sombra con la que conversé y a la que habíamos transmitido, sin quererlo, todos nuestros secretos. Decidí que, por entonces, dejaría correr las aguas, como ya había hecho antes; y también me holgué de ello entonces.
»Entonces te hiciste cargo de Sirius y también de Harry, poco más tarde, por no parecerte más seguro que anduviesen en otra parte mejor que allí. Con tu amigo no me pareció mal planteamiento, pero te extrañó mucho porque me opuse tanto al principio cuando me lo pediste en relación a Harry. ¡Porque lo conducías a éste a uno de los sitios donde Voldemort era más poderoso! No obstante, te dejé hacer, aunque era consciente de la desventaja de Harry, que no ampliaría ni reduciría un ápice su poder bajo tu techo.
–Pero Helen sí había conseguido amplificar su poder en el sótano –comentó Remus en aquel momento, como en otras ocasiones había comentado otras tantas cosas que le habían parecido de interés, de las que he prescindido por no querer darle a este episodio más extensión de la que ya tiene.
–¡Y tanto que lo hizo! –apuntó risueño Dumbledore–; como que también corre sangre de Ánuldranh en las venas de tu mujer.
–¿Qué, qué estás queriendo insinuar? –escupió el otro todo alterado.
–Que, como había descubierto muchos años atrás durante mis lecturas expurgatorias, un poco antes de que tú nacieras, Mark Carney, el abuelo materno de tu mujer, era el heredero de uno de los cuatro cauces de sangre de Ánuldranh. Por eso fue asesinado por un grupo de demonios que lo asaltaron en su rancho, ya que durante algún tiempo una facción demoníaca quiso alcanzar el poder y, para ello, debía aniquilar Ánuldranh; pero sólo encontraron al abuelo de Helen. Por supuesto, ésta no sabe nada. Como te habrá contado el señor Binns, el clan enemigo de Ánuldranh, con la sangre de éste, se escindió antes de su devastación: Elleanor Avlach escapó de la persecución de Morsarco Velic fugándose con un muggle; así se ha preservado su cauce de sangre, que ha heredado Helen, una de los cuatro actuales poseedores de sangre de Ánuldranh que antes te he dicho. Ésta es la principal razón por la que, después de haber estado en el cuartel general de la Orden, mientras te perseguía lord Voldemort te hice trasladarte a casa de tus suegros: había practicado sobre ésta tal número de encantamientos con mi propia sangre, que, mientras tú siguieras enamorado de Helen y ella de ti, como siempre he sostenido que el amor es un poder muy superior a todas las ventajas que pueda ostentar Ánuldranh, aquélla sería tu salvaguardia; el único lugar donde Voldemort no podría atacarte por ser éste el nido de las dos sangres, reconciliadas por el amor que os profesabais.
»Pero, antes de eso, pronostiqué desde el mismo momento en que te concedí mi sangre que Helen y tú coincidiríais en Hogwarts, pues tú acababas de nacer y ella estaba a punto. Sabía que vuestras sangres se atraerían, pero no pude imaginar ni por un momento que os atraerías hasta el punto de enamoraros y casaros. Espero que no te incomode mucho lo que te voy a decir, Remus; tus muchas experiencias con Helen o la única con la pitia deberían haberte enseñado una cosa: el destino existe, y, aunque libres, y aunque en mayor o menor grado, nuestro destino nos conduce hacia una senda; estabais destinados a reunir la sangre de Ánuldranh enemistada. O, como preferirás, como previamente estabais destinados a amaros, fuisteis destinados a contener la sangre de uno y otro clan para reunirla de nuevo y por siempre; unos modernos Romeus Percival y Juliette Alba, sólo que vosotros pudisteis concluir vuestra labor. Esto es lo más importante de todo, Remus: tus hijos simbolizan la unión de sangre, algo que no ocurre desde Regina Alba Filia. Estabais destinados a resolver la crisis de Ánuldranh; y vuestros hijos, mis nietos, a reunir el mayor poder de éste no concebido desde antaño.
»Así, cuando llegasteis a El mirador, no me extrañó en absoluto que Helen tuviese aquellas vívidas visiones en el sótano; es más, me extrañaba que tú no hubieses experimentado ninguna particular sensación o manifestado alguna habilidad amplificada. Sus visiones, o mejor: su poder, tendía a magnificarse allí abajo hasta que supo controlarlo, hasta que supo interactuar con el poder de Ánuldranh. Sólo una vez más, que yo sepa, desarrolló su poder: la última, la noche en que Voldemort y yo morimos. Como seguramente recordarás, llegué a tu casa suplicándole ayuda a tu mujer para que, gracias a una visión, me ayudase a saber dónde estaba Harry; tú, entonces, le diste la mano en el sótano y ella tuvo la visión que podríamos considerar la primera, la que propició que su poder se fortificase o evolucionase a su estado actual: mucho más poderoso, vívido. Yo ya sabía qué significaba aquello: iba a morir próximamente; Ánuldranh se había manifestado en ambos y yo ya sabía desde hacía algunos meses que no me quedaba mucho que vivir: había llegado hasta mí la señal de Fawkes cubierto de sangre de plata que me había pronosticado la pitia.
»Mi hermano Aberforth volvió a ponerse en contacto conmigo, después de tantos años, cuando nació su única hija: mi sobrina Sara, que tú llegaste a conocer. Tenías tú entonces, aproximadamente, tres o cuatro años. Coincidisteis en Hogwarts; sólo que, por ser tú algo mayor y por pertenecer Sara a la casa de Ravenclaw, apenas os tratasteis. Me consta que ella se interesó por conocer quién era Remus Lupin, aquél del que yo tanto le hablaba; pero, a causa de esto, mantenía hacia ti tal respeto que preservó las distancias. Siempre fue una chica muy lista y acertada. Ya para entonces le había regalado el medallón plateado con forma de fénix: desde pequeña le fascinaba Fawkes, con lo que, cuando ingresó en la escuela, mandé a un orfebre la elaboración del colgante y de la cadena; le dije que siempre la protegería mientras lo llevara puesto: y no le mentí; nunca se lo llegué a decir a nadie, ni siquiera a ella, pero aquel colgante estaba elaborado con una porción del lingote de plata del trono de Ánuldranh equivalente a un cinco por ciento del total. Mientras estuviera bajo mi protección, como llevase aquel medallón, una mágica aura la protegía; pero, al introducirse como espía en la Orden Tenebrosa, dejó de estar bajo mi amparo: murió junto con el poder del medallón de plata, Remus. Si hubiese impedido que cometiera la estupidez de inmiscuirse en los planes del bando contrario, ahora estaría viva; y sería tu prima de sangre. –Tomó una pausa–. Si deseas recuperar el medallón, lo dejé en el pasadizo subterráneo de tu casa tras limpiarlo junto con el resto del tesoro de Ánuldranh.
En aquel instante, interrumpiéndolo Remus, le preguntó cómo había sido posible que él hubiera podido tocar aquel medallón, como en efecto había hecho, cuando su mentor le había asegurado que la plata del trono de Ánuldranh le ocasionaría gravísimas heridas de entrar en contacto con su piel; a esto Dumbledore le respondió que representaba una ínfima porción del trono de Ánuldranh, que de haber dispuesto de mayor parte del lingote sí hubiese sufrido daños irreversibles.
–Al morir Sara, Remus, quedamos solos tú y yo. Y tus hijos, claro está; pero ellos no habían desarrollado aún el poder de Ánuldranh. Eso da igual... Lo realmente relevante es que aquel día trajiste hasta mí el medallón de plata de Sara cubierto de sangre; se habían cumplido las palabras de la pitia: «el fénix todo cubierto de sangre de plata real, que será señal de tu pronta muerte». Sabía que no podía quedarme mucho de vida, que no sobreviviría lo suficiente como para conocer el resultado de la pugna entre ambas órdenes: me preparé para abandonar este mundo dejándolo todo atado. Y, como recordarás, lo primero que hice fue revelarte que eras el Príncipe Mestizo; pensaba descubrirte asimismo la verdad sobre el linaje secreto, pero te impactó tanto lo primero, que no lo encontré conveniente. Acertadamente, me preguntaste por qué me había ofrecido cuando tenías cuatro años a participar en tu educación y, al morir tu madre, me había hecho cargo de tu custodia; entonces te revelé lo suficiente como para que, algún día, encontraras la respuesta: que te había entregado libremente mi sangre, convirtiéndote en mi hijo, te dije entonces; ahora puedo decirte más: convirtiéndote no sólo en mi hijo, Remus, sino en el heredero de mi poder. Sólo después me percaté y fui consciente de que claudicaba en favor de un hombre lobo, una clase de ser a la que entonces no se le tenía en cuenta: es más, se la despreciaba; pero, en lugar de sentirlo, confiando en el valor de las personas per se, más te admiré por ello: te acepté completamente y, en definitiva, te convertí en el heredero de Ánuldranh.
–Cuatro sangres fluyen por ti; tres en tu esencia, la cuarta añadida, pero real –le había dicho la pitia de Delfos a Remus durante la entrevista que con ella mantuvo.
–No obstante –prosiguió Dumbledore sosegadamente–, sabía que algún día tendría que decirte la verdad, por más que me negara reiteradamente. Incluso contemplé la posibilidad de emplear como mediadora a Helen; aunque también con ella fui reticente de revelarle el secreto al final. La vez que estuve a punto fue cuando fuiste atrapado por la Orden Tenebrosa, a manos de Voldemort; temí que te fuese a matar. Entonces tuviste la oportunidad de conocer a Sara, la que me dio el aviso de tu secuestro.
–Sé dónde está Remus, Helen –gritó Dumbledore en cuanto la adivina le hubo abierto–. Baja el sótano, aprisa; te necesito. –Dudó un instante–. Aunque harías bien en llamar a tus padres, a Sorensen, a todo aquél que pueda venir a colaborar. –Entre tanto, Helen le hacía preguntas sin parar, pero el mago la ignoraba–. Obedéceme, Helen, por el amor de Rowling. Escríbeles una nota y pásasela por la chimenea; te necesito en el sótano. –Así lo hizo la mujer; después, bajando con dificultad las escaleras que conducían al sótano a causa de su embarazo, se reencontró con el anciano, que le dijo–: Remus está en poder de Voldemort, me lo han soplado; he intentado aparecerme donde me han comunicado que tienen su guarida, pero estoy tan nervioso que a duras penas he conseguido llegar hasta aquí. Te necesito a mi lado; y necesito el poder de la luz violeta. –La cogió de las manos–. Necesito que la convoques, Helen: sólo tú puedes ahora mismo, sólo tú.
–¿Qué le están haciendo a Remus? –preguntó al punto ella.
–¡Concéntrate! –la reprobó–. Cierra los ojos. –Al hacerlo ésta, se sacó él el anillo de Ánuldranh y se lo puso en el dedo–. Pídele por favor a la luz violeta que comparezca ante nosotros, hazlo. –Al instante, Helen sintió una aguda punzada en su vientre y cayó de rodillas, todo lo cual presenció Dumbledore estoico, asistiéndola. Inmediatamente después, un remolino de luz violácea se alzó tímidamente desde la tabla suelta del sótano. Albus, por su parte, comenzó a recitar a grandes voces un fragmento que no correspondía a ninguna lengua que la adivina pudiera reconocer; al sentir el sótano estremecerse, la adivina le preguntó qué hacía y el hombre se limitó a responder–: Invocando a nuestros ancestros, hija. Necesito que unas tu poder al mío para enviar a la luz en rescate de Remus. Después te explicaré por qué.
A continuación aparecieron los familiares que Helen había avisado para prestarles su ayuda, aunque Albus sabía que era innecesaria; los había ello convocar por temor a tenerle que explicar a Helen por qué sólo la necesitaba a ella.
–Después, finalmente, no me atreví a decirle nada, y el secreto permaneció conmigo. Por poco tiempo, repito, ya que, poco después de esto, me entregaste el medallón de Sara o, lo que es lo mismo, el agüero de mi suerte. Como no quería fenecer con el anillo en mi poder, lo abandoné seguro de que serías tú quien lo encontrarías.
Le había dicho a Remus que tenía que entrar un momento en el cuarto de baño; en cambio, Albus descendió por el pasadizo subterráneo con expresión grave. Al alcanzar la sala con el que le daba término, sacó de uno de sus bolsillos la larga cadena plateada con el fénix tallado de Sara y lo depositó amorosamente sobre un cajón. Seguidamente, del mismo bolsillo, el anillo de Ánuldranh. Lo contempló un instante con acidez y lo dejó caer sobre otro cajón, que cerró vehementemente.
–¿Qué te propones, Albus? –le espetó bruscamente la voz lejana de un cuadro–. ¿Acaso estás renegando de Ánuldranh, de tu propia sangre?
–¿Qué dices, Morsarco? –le preguntó tranquilamente.
–¡Lo que me has oído, insensato! Terrible me parece ya que hayas escogido para sucederte un sangre mestiza que además ha sido mordido por una bestia híbrida. Pero ¿qué te propones rechazando el anillo, que es como tu vida, y apartándolo de ti? Ánuldranh debería ser devuelto a la luz, y no escondido en tinieblas.
–¡Calla, Morsarco! –exclamó Albus–. En primer lugar, no te permito que insultes a Remus; él es mi hijo y él último descendiente de tu linaje cuando yo muera, lo quieras o no; un linaje, por cierto, que maldita la hora en que fue creado, maldita la hora en que nací en él, maldito el día en que lo corrompiste con tu afán de suficiencia. Si pudiera librarme de él, de buena gana lo haría. Ánuldranh correrá por mis venas, pero no ha penetrado en mi corazón. Con artes degradadas corrompiste su poder e igualmente con artes nigrománticas quieres que lo retome en la comunidad. ¡Me niego! Ánuldranh está muerto, como todos aquellos que han sido sacrificados por la avaricia de poseerlo. Y confinaría esta alhaja en el fin del mundo, desterrándola de toda mano a la que pueda corromper. ¡Desgraciado el día en que caiga en manos de Remus y sepa que hereda un poder corrupto, aunque fuerte! Rowling maldiga la sangre de Ánuldranh e impida que vuelva alguna vez.
Conjuró el cajón para que hiciera sangrar a aquél que se dispusiese a abrirlo; y sólo el que demostrara así poseer sangre de Ánuldranh podría extraer su contenido.
–Alguno vendrá algún día que devuelva a su sangre su gloria –musitó el cuadro.
–Ojalá, entonces, la sangre de mi sangre sea estéril como su estéril poder.
Y después de decir esto, aunque cabizbajo, meditabundo y melancólico también, abandonó aquel pasadizo para no volver a pisarlo nunca más y las voces de los cuadros, alzando una letanía maldita, corearon sin descanso su desgracia.
–Finalmente, para asegurarme de que sólo tú lo acabarías encontrando, os revelé el funcionamiento secreto del pasadizo subterráneo de tu casa, el que hasta entonces desconocías. Mejor en tus manos que en las de Voldemort. –Sonrió–. Después de esto, consideré cómo habría de hacer llegar hasta ti la ubicación del anillo después que yo hubiera muerto, puesto que me convencí de que no te lo revelaría mientras viviera, por librarte durante algún tiempo de esa carga: una nota en mi casa que me asegurara que sólo leyeras tú, el envío de mi pensadero con ciertas advertencias... Finalmente me resolví por enviarte un cuadro en el que yo estuviera retratado. Fawkes, antes de huir en busca de otros fénix, lo hizo aparecer en el Ministerio; entonces yo ya sabía que serías ministro: fue una de las revelaciones que la luz violeta me hizo. Pensaba utilizar el retrato para explicarte dónde podrías encontrar el anillo de Ánuldranh y para que lo tomases para ti, evitando que se apoderase de él Voldemort; pero lo que no sabía es que la misma noche que yo moriría, también sería su fin. De esa forma, cuando recibiste el cuadro y nos reunimos después de mi muerte, callé el secreto y dejé reposar el anillo. Hubiera deseado que jamás lo encontraras, dado que ahora no corre ningún peligro.
»Como he dicho, después de tomar todas estas precauciones, esperé sin miedo mi final. Supe que éste se produciría la noche en que Harry se introdujo en la guarida de la Orden Tenebrosa porque tú experimentaste un fuerte poder en el sótano aquella noche: al darle a Helen la mano y propiciarle que evolucionase su poder al estado actual, en el que es capaz no sólo de presentir hechos sino también de sentirlos, me percaté de que el poder de Ánuldranh estaba pasando paulatinamente de mí a ti: te lo estaba heredando. Inferí por ello que moriría en breve, pero no me importó; ya había arreglado todo para dejar de ser útil en este mundo. Ésa fue, sin duda, la causa por la que aquella noche hiciste muestra de tan portentosas hazañas, que más tarde me contarías: sobrevivir a la mortal herida de Bellatrix, interceptar las maldiciones que Voldemort te lanzó, mermar su fuerza...; estabas enojado y el poder de Ánuldranh rejuvenecía en ti, extraño pero deseoso de competir. Así, como entenderás, al enfrentarme a lord Voldemort intuí que, después de aquel duelo, sólo depondría mi varita muerto. Pero no me importaba: yo ya sabía que el que me estabas heredando, Remus, eras tú.
–¿Qué has venido a defender hoy aquí, Dumbledore? –le preguntó Voldemort mientras se batían–. O ¿acaso vienes a aceptar mis peticiones que pondrán fin a nuestra pugna y a la pugna de nuestros hombres? –Dumbledore le respondió intentándolo atrapar en una rueda de fuego que conjuró–. Entrégame el emblema de Ánuldranh y cesarán las hostilidades por mi parte.
–El emblema no existe. Se destruyó.
–No me tomes por necio –le espetó fustigándolo con una maldición de larga cola que Dumbledore esquivó con maestría–. Sabes tan bien como yo que nadie puede destruirlo, ni tan siquiera tú. –El hechicero sonrió un instante entre la incesante amenaza de fuego y luces–. Ya veo tus intenciones. Se lo darás a Lupin, el "príncipe mestizo".
–Sólo a él pertenece.
–Ya has debido de ponerlo en el camino, claro. Pues nadie lo poseerá entonces si yo no lo he de tener; y al licántropo y a ti mataré. Y, en habiendo acabado contigo y con tus secretos, Ánuldranh morirá.
–¡Ánuldranh lleva muerto más de quinientos años!
–¡Como todos vosotros!
–Después apareciste tú, Remus, cuando yo estaba a punto de morir; Voldemort había conseguido alcanzarme con una maldición asesina. Pero aquello no era suficiente para matar a un Ánuldranh: requirió una segunda para destruirme.
–Siempre supuse que sería difícil de matar –refirió Voldemort sin escrúpulos–. No es de extrañar.
–Aunque sabía que recibirías el cuadro, en aquel momento sentí miedo, y con el último aliento que fui capaz de reunir quise darte cuenta de Ánuldranh. Pero no fui capaz más que de mencionártelo. Yo, claro está, no sabía que Voldemort moriría aquella noche también y temía que, por saber él la verdad y tú no, encontrara antes el anillo y éste lo aceptase a él. Sólo temía eso, que no es poco: a ti no podía matarte, y eso era un consuelo; «príncipe mestizo será el omne con un poder que no ha ninguno, intra sus venas la magia de tres sangres en él mezcladas. Nadie, sino él, podrá salvar al predestinado a vencer el mal pues por su mano no ha de morir.» Aunque no sabía a quién se refería Merlín con lo de «un hechicero traerá el terror con su ánima mudada», si a Voldemort, a Wathelpun o incluso a ambos, ya habías demostrado en más de una ocasión ser indemne a los ataques de Voldemort, de todos los cuales habías salido invicto, e incluso en más de una ocasión obrando tales prodigios que no sabía si achacarlos a suerte o a un poder sobrenatural. Y así, no temí por Harry tampoco, pues estaba seguro contigo; es más, si lo pudiste salvar fue, claro está, por gozar ya íntegro del poder de Ánuldranh. Yo debía morir. Esa misma noche McGonagall anunció al cuadro que tengo en Hogwarts que Harry había destruido a Voldemort; sólo entonces me relajé; y, asimismo, decidí no desvelarte los misterios de tu linaje secreto, por los cuales tantas batallas, intrincadas intrigas y muertes se habían producido.
»Pero tú lo has desvelado por ti mismo, Remus. Y ni falta hace que ponga el broche a esta larga manifestación con un epifonema que dé cuenta de mi postura definitiva sobre Ánuldranh y su poder. Tan sólo te advierto, Remus, que tengas cuidado: la codicia de poseer el anillo destruyó a mi familia; pero el anillo se vengó impidiéndome que le concediera la oportunidad de redimirse a Grindelwald. Por Ánuldranh se desató la guerra contra Voldemort y fue muerta Sara. Por avaricia de su poder fue asesinada tu madre y terminado de corromper el corazón de tu padre. A causa de Ánuldranh has sido objeto de persecución durante toda tu vida. E incluso creo que, el día que te doné mi sangre, si hubiese mantenido más tiempo mi mano con el anillo en contacto con el vientre grávido de Helen Nicked, el feto que contenía hubiera muerto, tal es el ansia de venganza del anillo, que lleva dormido seiscientos años. En tu poder, el suyo y que en ti se contiene está a buen recaudo; por supuesto, ni que decir tiene, Ánuldranh está muerto, Remus: no se puede¡ni debe, resucitar una bestia tal. Espero que entiendas esto último, puesto que es más importante que lo que nos pueda pasar o nos haya pasado a nosotros: Ánuldranh no existe más allá de ti¿lo comprendes?; el reino de Ánuldranh está muerto, y nadie ni nada debe restaurarlo.
Después de aquellas últimas palabras, Remus intercambió algunas otras con su mentor en que le ofreció su parecer con relación a cuanto le había dicho. Terminadas, Dumbledore aseguró que debía regresar a Hogwarts para estudiar cierta norma escolar con McGonagall; Remus, por su parte, comprobó la hora y descubrió que era la de marcharse. Recogió las cosas dejando el despacho como lo tenía al principio, pasó por delante del escritorio vacío de su secretaria y se desapareció. Nadie había llegado todavía a su casa; en consecuencia, con sumo celo, bajó por el pasadizo subterráneo, donde halló a los cuadros en perpetuo silencio, aunque tenía la impresión de que era observado por ellos. Volvió a abrir el cajón donde había hallado dos días antes el anillo y lo dejó en él. Al ascender los primeros escalones, las voces provenientes de los cuadros habían vuelto a restallar.
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Avance del capítulo 7 (DEREK HOWLSTEEL): Muchos me lo habéis pedido: queremos ver más a Helen en su lugar de trabajo. Pues ¡ea, ya lo habéis conseguido. Un capítulo entrañable, emotivo, sí, donde la historia se repetirá. Y se confirmará en la adivina la idea de encontrar la cura definitiva.
El próximo capítulo será colgado el jueves, 28 de septiembre, dándoos así tiempo suficiente para leer y entender bien este capítulo (el sexto: la esencia de MDUL), en el que se han dejado muchas pistas que os pueden ser de utilidad. Espero, por la integridad de mi cuello, no tener que volver a retrasarme. Ups.
Un fortísimo abrazo a todos los que me aguantáis por activa o por pasiva.
