¡Bienvenidos (por fin) a la séptima entrega de MDUL II! (Ya creía que no lo contaba...)
AVISO DE INTERÉS (creo) GENERAL: Al margen de mi verdadero deseo, he vuelto a retrasarme en la actualización de tan cara empresa esta (cara en un sentido mucho más poético y aurisecular que lo que seguramente habréis entendido). Ello se debe, aunque no se deban buscar excusas bobas, a dos motivos: uno, a que hice mal en proponer una fecha durante el curso universitario antes de haberme adentrado en él; y dos, como se extrae de la premisa anterior, que he comenzado el tedioso curso. Ello nunca ha sido un impedimento, la verdad sea dicha; pero, como muchos de vosotros acertaréis a convenir conmigo, sí me ha incomodado en ocasiones. No obstante, ahora que conozco al dedillo mi horario y he convivido con él, creo que no tendré problema en este aspecto en adelante. No obstante, creo que puedo responder a la pregunta formulada por Laura (Piki) a través de un correo aquí mismo: sí, creo que éste va a ser un curso igualmente duro como el anterior. ¿El problema? Que soy un kamikaze. Me he matriculado en la optativa del profesor más duro que tuve el año pasado, con lo que el trabajo aumenta de nuevo. Pero es una asignatura tan buena y tan interesante que no he podido menos que hacerlo. ¿El problema, de nuevo? Que el primer cuatrimestre (hasta marzo aproximadamente) estará un poco... liadillo, pero sabré arreglármelas. Sé que muchos no me entenderéis, pero también es cierto que la mayoría sois alumnos de instituto y no sabéis el enorme placer que supone tener la capacidad de escoger algunas asignaturas y/o sus profesores. De ahí mi alocado atrevimiento. Bueno, todo esto sirve para pedir, nuevamente, perdón y justificar mi tan indecoroso ya comportamiento. También sirve para explicar que, quizá (aunque lucharé contra ello), tendré en ocasiones que dilatar los plazos de publicación (fundamentalmente en febrero); pero trataré de no retrasarme más porque, lo reconozco, es una actitud que me avergüenza. ¡Ah! Y trataré de retomar la redacción de Memorias de un licántropo tan a menudo como me sea posible, pero, si me ha sido dificultoso responderos¿cuánto más sentarme con tiempo para componer? Disculpadme tan sólo y esas menudencias que sólo me competen a mí y que os cuento porque tenía ganas de reanudar nuestra conversación las dejo aparcadas. Gracias.
Respondo "reviews":
ELENEAR: Bueno, voy a empezar por ti. Hola, cómo estás. Yo fatal, porque aún tengo el amargo regusto de haber tenido que dar esa larga explicación tan insatisfactoria; insatisfactoria, digo, porque estoy muy cabreado conmigo mismo y... ya está. Bueno, sí, voy a dejarlo porque suelo ser muy repetitivo y puedo aburrirte. No obstante, gracias por decirme que lo de los atrasos no tiene importancia, aunque dos veces seguidas ¡para mí es un despropósito y una vergüenza de cara a vosotros!... ¿Lo ves? Ya estoy otra vez. Me ha hecho gracia tu comentario sobre que has estado un tiempo escribiendo tu "fic" en un cuaderno pero que ahora te da pereza pasarlo al ordenador. Eso me suena. XD Yo lo hice sólo una vez: el capítulo 55 (el final) de la primera parte. Estaba tan ansioso por escribirlo que no podía esperar a llegar a mi casa. Me llevaba un cuaderno a las clases de la facultad y, mientras el profesor soltaba su perorata (tenía suerte: aquel año –primero–, los profesores tendían más a contarnos sus vidas que a enseñarnos algo), yo componía. Pero a mí lo que realmente me daba pereza era escribirlo, a mano, tan lentamente, no pasarlo luego al ordenador. Cuando me siento frente al teclado escribo un par de páginas (si estoy inspirado) en aproximadamente media hora, y el tardar tanto a mano me mataba. En fin... Desvaríos míos de nuevo. Oye, no te preocupes: que no hace falta que te releas el anterior capítulo si no quieres. Que yo no coacciono a nadie. Si me decidí a incluir la larga perorata de Binns fue porque tenía ganas de hacer algo así. Estuve trabajando largo tiempo en la genealogía (cada nombre simboliza una cosa y proceden de étimos de lenguas clásicas), pero no es especialmente relevante. Por lo menos por el momento. Y, por último, sobre la hipótesis de Tim Wathelpun, sabe que, en el momento en que quieras, me la puedes comunicar por correo electrónico si quieres que hablemos sobre ella en secreto. Muchos lo han hecho y no ha habido nada de malo en ello, estuvieran en lo cierto o no sobre la verdadera identidad del hechicero. No obstante, me atrevo tan sólo a revelarte que los que saben realmente quién es Wathelpun no lo consideran una hipótesis; hay una pista que nadie, nadie, puede negar. Tras ella se esconde la verdad. Dicho esto, me despido por el momento. Espero que sea por poco tiempo y que pueda volver en la fecha propuesta, ups. Un beso enorme.
PUNKITTY. Hola, Vero. ¿Qué tal? Espero que no estés con gesto amenazante y cuchillo en mano esperando que reaparezca para clavármelo. ¡Huy! Es que cuando me veía imposibilitado de actualizar me acordaba principalmente de ti, porque era tanto, tanto lo que tenía que contarte. Espero no resumirlo de mala manera. Tú sigues otro método ("review" y extenso correo, cosa que me hace mucha gracia), pero sabes que yo suelo reunir tus dos respuestas en ésta, con lo que tendré que extenderme; aunque lo que peor llevo es no poder hacer puntos y aparte, pero a todo se acostumbra uno. A pesar de ello, trataré de ir por partes y así no habrá problema que achacar más tarde. Bien, sobre la teoría de Snape¡claro que uno cambia de parecer, puesto que, gracias a Dios, la reflexión es uno de los más útiles instrumentos que les concedieron a los ascendientes de aquellos primitivos primates. En contra de lo que supusiste, no fui corriendo en busca de la cita en el final de MDUL1 (me fío de tu palabra), pero, como tú misma dijiste y ahí sí estás acertada, fue producto del shock que me ocasionó. Ahora mismo no es que tenga a Snape en una altísima estima, pero lo he incorporado en ciertos episodios de los nuevos acontecimientos de MDUL de cierta relevancia. Pero, bueno, no voy a entrar de nuevo en ese tema porque ya creo que discutimos muy en profundidad todo el tema-Snape y, al menos por mi parte, ha quedado claro. Ahora me adentraré en un mundo mucho más complejo y atractivo (género (?) "slash", la oferta-demanda y la libertad de elección): un tema apasionante. En primer lugar, y antes de dejarme arrastrar por un sinfín de espontáneos comentarios que me tendrán embebido un rato (antes de retomar la Gramática de Don Emilio... Cosas mías...), quisiera confesarte lo ilusionado que me sentí leyendo tu correo electrónico. No era sólo, pensarás, por ver en ciertos aspectos reflejada mi personalidad (mejor dicho, mis pensamientos, mis ideales) en otra persona competente, sino una argumentación sólida y excelente. Sin ánimo de envilecerte, me siento animado a decirte que con tan pocas palabras pero tan bien seleccionadas y con una exposición tan digna de un académico de mayor edad, has creado en mí una sensación y un deleite indescriptibles. Siempre he sido amigo de pensar que las palabras transmiten más que cualquier otra cosa (aunque se diga que "una imagen vale más que mil palabras"), y tú has tocado en mí esa fibra sensible que todos tenemos. Bueno, te vas a pensar que he enloquecido. No, lo único que quiero decir es que me he sentido profundamente animado con tu conversación, que me siento agraciado porque nos hayamos conocido. ¿Acaso no te hable del destino?... Ay, pero bueno, me dejo de chanzas y voy a lo que interesa... Del género "slash" ya di por extenso mi opinión (y en breve, como te adelanté, lo haré público en MDUL), y reafirmo mi idea de que nosotros no somos más que diminutas hormigas perdidas en un campo inmenso y atroz, donde nos aplastarán. Pero ¿acaso el buen arte no ha sido siempre minoritario? No quiero decir con esto, Dios me libre, que lo que yo esté haciendo sea artístico (Quique se vuelve en este punto para soltar una carcajada que su estómago ha estado conteniendo por demasiado espacio de tiempo), pero sí que es mejor, de más calidad, que lo que otros hacen. Sólo que lo nuestro no es propagandístico o no responde a las expectativas de personas que se dejan encauzar por una serie de valores que no responden ni a una realidad estable ni a una escala de valores ni mucho menos a un gusto estético-literario. Te puedo asegurar que un homosexual leería esas historias con un profundo enojo. ¿Y por qué? Porque, en vista de ellos, los tendríamos que identificar con personas promiscuas, faltas de pasión, de calidad individual y reflexión íntima, etc. Vamos, un desastre. Y, aunque tu teoría sobre el porqué abunda este tipo de relatos sea muy buena, debo añadir que también influye en que "fanfiction" domine el género femenino: la mayoría sois chicas. Y, de igual forma que a los chicos nos pueden atraer las noticias, historias, leyendas, etc., lésbicas, igual, digo, a vosotros con el género opuesto. Aunque suene mal decirlo, es una postura morbosa de una especie en la que, al contrario que las demás, domina en su vida sexual algo muy importante llamado "sentimientos". Pero, bueno, que me distraigo del tema. Sí me ha parecido muy interesante toda tu disertación acerca de la libre opción que oferta Internet. ¡Claro que sí! Aunque hubiera tenido la oportunidad de publicar en una editorial, éste me parece un medio excelente. ¡La verdadera forma de transmisión de las artes¿Por qué? Porque no hay una institucionalización de las mismas, sino que es el propio público el que la acepta, la canoniza y deja que se difunda. Así ocurría en el Siglo de Oro de las Letras Españolas (permíteme la disertación; compréndase que he iniciado recientemente las clases en la universidad): ante la escasa importancia de la imprenta, las obras (fundamentalmente líricas) se daban a conocer manuscritas, de mano en mano y se publicaban (en el sentido de hacer público, no de entregar al editor) en los mentideros. ¿Acaso no hacemos nosotros lo mismo? Nuestros mentideros son los republicanos portales a los que cualquiera puede acceder, a los que todos los que componemos tenemos acceso, donde todas las obras están colgadas... No interviene para nada una mano autoritaria y nefasta, la del editor, que haga fraudulento el natural curso de la canonización (perdóname que me esté yendo por las ramas, pero es que has tocado un tema que me afecta especialmente). En cualquier caso, estamos de enhorabuena. En la actualidad se está produciendo (o reproduciendo) lo que en la época de los manuscritos y de la escasez de importancia de la imprenta. Internet, es verdad, nos une a todos y son cada vez más los portales que se dedican a la publicación de poesías anónimas, de relatos de cualquier índole, etc. ¡He ahí un interesante foco de nueva literatura, pura y no explotada comercialmente! Y algún día, cuando sea un filólogo confirmado, me gustaría rescatarla, seleccionarla, darla a conocer. No dejarla abandonada en largas carreras de "clicks" o enterradas bajo nuevas composiciones de escaso interés literario. Al margen de las publicaciones editoriales, al igual que lo que hacemos nosotros, los escritores de verdad, los que serán conocidos el día de mañana, están también por ahí, en Internet, dejando anónimamente sus composiciones. Por eso la labor de "fanfiction", aunque parezca tan ingenua, es tan... ¡espectacular! La libertad de elección por parte del receptor, pero la no menos importante del emisor, están concentradas aquí. No hay ningún beneficio: y es que en el arte no habría de haberlo. Interesante, interesantísimo tema el que has tocado. Discúlpame que me haya puesto tan "estupendo"... Tendrás que estar pensando que tío más pedante este. Los conozco peores... XD No, es simplemente que me han encantado las oportunas salidas tuyas en que ha derivado nuestra primigenia conversación. Espero que, en adelante, ésta pueda aportar nuevos e interesantes derroteros. Lástima que ni ahora mi cabeza esté para tal, pero me agradaría secundar con otros paralelismos u otros inconvenientes que ahora mismo no encuentro. Dicho todo lo cual, ahora voy a proceder, aunque concisamente, a responder ciertas dudas tuyas sobre MDUL; dudas, por cierto, que no sé si te he solventado ya en alguna respuesta mía previa, de ahí mi brevedad siguiente. En fin... En cuanto a lo de si Ánuldranh es un anagrama, te confirmo que no. Es sólo un nombre raro que se me ocurrió reuniendo letras para formar una palabra inédita, expresiva y sonora. Nada más. En cuanto a la acertadísima y muy aguda puntualización sobre los tesoros de Ánuldranh del pasadizo secreto, me veo obligado a responder que no era momento para que nadie los descubriese. En efecto, Helen y los demás bajaron, pero, dado que Remus estaba luchando arriba con Voldemort, no era buen momento para curiosear sobre lo que contenían los cajones; cajones muchos de los cuales estaban cerrados con llave y sólo podían ser abiertos por Remus. En definitiva, que el tesoro no podía ser descubierto más que por Remus. Y, por último, aunque no sea muy relevante, sí aparecerán próximamente Ken y Lafken. Es lo más que puedo decir. Antes de despedirme con cierta nostalgia, debo disculparme personalmente contigo porque no he tenido tiempo para leer tus "fics". Lo siento de verdad. Sé que no es un pretexto decir que ni te imaginas las semanas que llevo y que de ahí que me haya costado tanto encontrar un hueco para escribir estas líneas y actualizar MDUL, pero es cierto. Espero que me disculpes y me des tiempo. Gracias. Un enorme beso.
DRU. Hola, Dru. ¿Qué tal estás? Bueno, antes de adentrarme en temas de menor importancia, debo realizar una pregunta obligada, que es ¿cómo te encuentras en bachillerato? Sí que es un paso crucial, decisivo, pesado... Bueno, es un paso más en el devenir de cada persona y sí, claro está, trastorna un poco. Lo cierto es que yo no lo veía desde tu perspectiva, porque quería seguir estudiando. A menos, claro está, que con lo de terminar el colegio te estés refiriendo a la etapa de primaria, secundaria y bachillerato, y tengas decidido hacer un curso universitario. Vaya, no lo sé. Aclárame esto, por favor, si quieres. Pero verás cómo es fácil si trabajas y saldrás adelante, no me cabe duda. ¿Qué modalidad has escogido, por cierto? No sé por qué me imagino que habrás escogido Ciencias; no sé, es que últimamente todo el mundo me lleva la contraria... No, es broma. Será buena decisión cualquiera que hayas hecho siempre que haya sido bien meditada. Cambiando diametralmente de tema, coincido contigo en que lo de los apodos de los Slytherins aburría ya... Lo cierto es que mi imaginativo y alocado deseo de convertir a Remus en el heredero del clan real no fue sólo producto de mi calenturienta cabeza; quiero decir, cuando imaginé toda esa parte de MDUL aún no había salido a la venta el sexto libro, pero sí se conocía el título, y qué quieres que te diga, el Príncipe Mestizo evocaba algo mucho más exótico, impresionante, que la tremenda tontería que ha resultado ser. Reconozco que estoy muy, muy decepcionado con el desenlace de ese libro (y no sólo por ese motivo, pero principalmente). Así que, en síntesis, ésa es mi valoración de lo que debería haber sido el Príncipe Mestizo: algo que ofreciera sorpresas, intrigas, emoción... Y no ese pego. No obstante, sí reconozco que el pasaje de la genealogía de Ánuldranh sí es un poco intragable, pero tenía que concederme a mí mismo esa pequeña licencia, disculpadme. No obstante, creo que será un poco más comprensible cuando publique en la web de MDUL la genealogía dibujada. Pásate si quieres. Un beso muy fuerte.
POCHO. XD XD XD Perdóname la descortesía, pero es que tu nombre me ha hecho muchísima gracia. Es que tengo un amigo al que llamamos Pocholo (bueno, Poxolo en realidad, siendo la impuesta moda del lenguaje de los SMS, corrección que a pesar de mi inconformidad se ha impuesto en su nombre) y me ha hecho gracia ver que te llamas así. Discúlpame, en serio. En realidad, por lo que tendría que haber empezado es por darte la bienvenida a Memorias de un Licántropo; una bienvenida que, aunque siempre otorgue a los nuevos lectores, cada vez es más meritoria: que esto ya lleva un puñado de capítulos... Dios... ¿Cómo tenéis tiempo¿O ganas? Si yo que lo he escrito no sé si sería capaz... Bueno, muchas gracias por el cumplido sobre la trama. Lo cierto es que llevo ya varios años trabajando en este "pequeño proyecto" mío y es normal que se me ocurran cosas y cosas y que todo acabe hilvanado. Bueno, vale, en realidad es que tengo una imaginación que no me aguanto porque soy un fantasioso de cuidado y no hago más que fantasear e inventar chorroflautadas. En fin, soy un caso... Por cierto, buenas preguntas las formuladas. ¿Qué son la niña violeta y el lobo? Lo cierto es que pronto aparecerá un capítulo en que recomencemos a discutir ese aparcado tema: "El documento clasificado". ¿Quién se ha pensado que aquello fue una aparición puntual y sin importancia? Me alegra que lo recuerdes porque la mayoría lo ha olvidado y creo no mentir diciendo que muchas cosas que tendrán que suceder están relacionadas en todo o en parte con aquella extraña aparición en el banquete nupcial de Remus y Helen. ¿Y qué es el lobo¿O quién?... ¿Debería responder a todas estas preguntas ahora? Ya habrá tiempo para discutir sobre ellas y aproximarnos a una respuesta lógica, que la hay. Sólo te pido paciencia, y ánimo, que si has llegado hasta aquí puedes esperar a descubrirlo. Muchas gracias, de verdad, por haberte animado a leer, por tus comentarios y espero volver a saber de ti. En tal caso, me gustaría saber un poco sobre ti (si es posible... y quieres). Un saludo afectuoso.
HERMY EVANS. Hola, Hermy Evans. O Monikita de Lupin. Espero que, si vuelves por aquí, me aclares cómo prefieres que te llame. En cualquier caso, vuelvas o no, como yo voy a dejar aquí esta respuesta en agradecimiento a tu "review", me veo imperado a decirte con la mayor exclamación posible "bienvenida a Memorias de un Licántropo", una freakada que, no sé cómo, has tenido estómago para leer y, lo que me ha dejado más perplejo, tan sólo en tres semanas. ¡Un logro! Yo no habría sido capaz, lo reconozco. Sé que siempre repito esto de que sería incapaz, y puede parecer que soy demasiado humilde, pero es que es cierto: quizá tenga poco tiempo, demasiada ocupación, etc., qué sé yo, pero es mi sensación primigenia y natural. En cualquier caso, y esperando no desviarme mucho del tema principal (si seguimos esta conversaciones en entregas futuras y, consecuentemente, me vas conociendo, encontrarás que soy un chico demasiado, demasiado locuaz y siempre me voy por las ramas), agradezco muy sinceramente todos los elogios que has dedicado a MDUL; elogios, por otra parte, a los que quitaré hierro con profesionalidad: la trama de MDUL, que a mí, claro está, me gusta y me llega a quitar el sueño, es trabajo de muchos años de continua dedicación, con lo que lo único que me dista de otros "fics" es el tiempo que le he podido dedicar, la paciencia, pero nada más importante ni un talento preclaro ni nada parecido. De no haber sido por este proceder mío¿quién sabe lo que hubiera sido MDUL? En segundo lugar, mi manera de escribir, a mí personalmente, me parece... ¡puaj! Y no es por quitarme mérito, de verdad. Sé mis carencias y, aunque me guste escribir, mis letras no son dignas de ningún elogio ni ponderación. Pero, bueno, siempre se puede mejorar y es lo que intento. Y en tercer y último lugar... ¡Chiquilla, quiero saber cuáles son esas teorías tuyas que has disuelto, estás comprobando, siguen en tablas... ¡Quiero saber, quiero saber!... No, no soy tan ansioso. Pero siempre me gusta conversar con vosotros sobre esos temas... y debatir qué posibilidades hay para explicar tal o cual hecho. Porque antes de lo hayáis hecho vosotros, ya lo he hecho yo: he contemplado la mayor parte de las posibilidades y me he decantado por... ¿He de dar mis claves? XD Bueno, que de verdad me alegro mucho de que hayas tenido el valor de pasarte por aquí, leer y dejarme un comentario. De verdad, de verdad. Espero que vuelvas y podamos seguir manteniendo esta conversación. Un saludo muy fuerte.
PIKI ¡Voy a denunciar a "fanfiction", no te quepa duda. Si no fuera porque es el responsable de que os haya conocido y es el que me permite retrasarme capítulo tras capítulo, estrangularía al creador. ¿He dicho "retrasarme"? Huy, qué descuido. (Quique pone cara de avergonzado.) Huy, qué despiste; quería decir... ¡Sí, vale!... Lo sé, no hay excusa. ¡Ah! Que no tienes que agradecer que te mandase el capítulo por un correo. Date cuenta de lo poco que me costó: abrí mi página personal en "fanfiction" (fanfiction punto net barra u barra 656260 barra, que, claro está, me sé ya de memoria); seleccioné el texto; le di a copiar; me desplacé a "hotmail" y le di a pegar. XD Es que es verdad..., que luego decís que yo estoy pidiendo perdón por cualquier cosa, pero también vosotros gracias por nada. Que si os pongo un personajillo, gracias; que si os mando un favor, gracias. ¡Ay, cuando, de poder, os pondría el mundo entero a vuestros pies. Lo que a mí me mata esta distancia peregrina y fastidiosa que nos separa, que me impide demostrar lo agradecido que me siento en verdad por amistad tan casual y extraña como ésta. Pero, bueno, haciendo honor a la profunda verdad individual a la que acabo de hacer mención más arriba, a ti sí que me veo obligado a pedirte perdón. ¡Perdón, perdón, perdón!... Es que mis retrasos ya no tienen razón de ser. Cuando he abierto ahora tu correo electrónico para disponerme a responderlo aquí y he leído "como te estás volviendo a retrasar" o algo similar, se me ha puesto la cara que parezco el disco rojo del semáforo. ¡Me voy a cortar las venas!... Es que soy un cenutrio: no tengo otra cosa que hacer que coger la optativa que da el mismo profesor que me dio tanta caña el año pasado. Sí, lo sé, me quitará muchísimo tiempo, pero voy a aprender una barbaridad. Sé que te va a sonar a chino, pero ¡vamos a realizar una edición crítica en clase de una composición que escojamos (yo creo que lo haré de Francisco de Rioja) y eso me ilusiona! Estoy planeando con una compañera acercarnos (como quien va a la panadería de la esquina, no te jode) a la Biblioteca Nacional de Madrid y consultar in situ incluso los manuscritos. ¡Imagínate! Nunca he tenido un manuscrito en mi vida. A lo sumo una colección de ediciones de composiciones auriseculares del XVIII y un apógrafo del XVII de la obra de Góngora. Bueno, dejo ya estos derroteros porque está saliendo el "pequeño pedante" que hay en todos nosotros. Como dice un amigo mío, "pedantus in nomine patris". ¡Qué malo soy, Dios! Ésa es una larga historia y si un día tengo tiempo y quieres que te la cuente, lo haré. Por cierto, a la menor brevedad posible trataré de ver la foto tuya en el grupo, te lo prometo. ¡Ah! Y lamento no poder disculparte el mismo día de tu cumpleaños, porque recae en sábado y ese día no podré conectarme, pero lo hago ahora con muchísima ilusión. Espero que lo disfrutes y que no te acuerdes de mí, je. Quiero decir, no malinterpretes, que ése es un día para pasártelo bien y no para estar leyendo mis tonterías, eh, que no me entere. Disfrútalo. Yo sí me acordaré de ti. Y a ver si con ello consigo resarcirme de mis retrasos y te hago un regalo, te dedico el capítulo. Muchos besos, cumpleañera. Disfrútalo y pásatelo genial. Te lo mereces, campeona.
(DEDICATORIA: A Piki (Laura), la malagueña más salada que he tenido el placer de conocer, para que cumpla años con un regalo virtual entre sus manos. Es lo único que puedo mandarte que merezca la pena y a lo que le haya dedicado algún tiempo. El cariño, claro está, cae por su propio peso y no hace falta decir que no ha hecho falta crearlo. Dado tu carácter, era innecesario. Besos, guapa.)
CAPÍTULO VII (DEREK HOWLSTEEL)
El director de San Mungo había hecho llamar a Helen para que se reuniese con él en su despacho conforme ésta había iniciado su turno aquella fría noche. Se dejó el abrigo y la bufanda en la sala de sanadores, en la que encontró un buen puñado de ellos que la saludaron afablemente, y camino de encontrarse con él se despojó de los gruesos guantes de lana que su madre le había tejido y, entre otras cosas, regalado para Navidad, y se los guardó en los hondos bolsillos de su bata de sanadora.
Al encarar los últimos pasillos antes de alcanzar el despacho de su superior, Helen reflexionó acerca de cuál sería la causa por la que éste la requería en esta ocasión. Tal vez se había convocado un gabinete de jefes de planta y ella no se había enterado o el director deseaba volver a invitarla a una copa de hidromiel para intimar; en caso de acabar siendo cierta aquella última suposición, la adivina decidió interiormente derramarle en lo que diría que había sido un descuido el vaso a su jefe sobre el pantalón y salir corriendo después. Las últimas veces que le había ofrecido una copa, aunque reticente ella, el mago le había insinuado desenfadadamente que convenciese a su marido, el ministro de Magia, para aumentar los ingresos destinados al hospital, o incluso la había invitado a almorzar con él en un arrebato de generosidad que Helen había rechazado comedidamente siempre después de reírse por lo bajo.
–¿Me ha mandado llamar, señor director?
Antes de que la invitara a pasar, ya se había percatado Helen de que el hombre no estaba solo en su despacho. Con él estaba una chica joven, apacible, de mirada inquieta pero resuelta, que observó a la adivina con curiosidad y apremio a un tiempo. No era muy alta, sacándole Helen más de una cabeza; su cabello, entre castaño y rubio, crecía largo y esplendoroso; su rostro, angelical, era bello y sonriente, muy agradable y jovial. Sus ojos rezumaban como piedras en medio de su pálida piel. Entre los brazos sujetaba una bata de sanadora doblada.
–En efecto, Helen. Pase, pase. Mire, le presento a Emmanuelle Brown, la sanadora en prácticas bajo su cargo.
–Ah¿hoy venía? –inquirió la adivina a éste mientras se adelantaba para estrecharle la mano a aquélla–. Se me había olvidado, perdón. Encantada, Emmanuelle.
El director permaneció sólo un momento más departiendo con ambas y, después, se marchó; les descubrió que pensaba acercarse por la cafetería para comerse un cruasán con el que matar el hambre y, a continuación, se iría a casa a dormir por fin.
Al salir ambas mujeres de su despacho, Emmanuelle, a instancias de Helen, se puso la bata, que le quedaba que ni pintada. La adivina le explicó someramente a su subordinada en qué consistía el trabajo; puso algo de hincapié en que, a menos que ella se lo ordenase así, no se separase de su lado y estuviera muy atenta a todo cuanto ella hacía, por si podía aprovecharla. La chica parecía avispada: la escuchaba atenta por no perder detalle; asimismo, le formuló algunas inteligentes y sagaces preguntas que Helen le respondió animada.
Cuando ésta comenzó a entrever que aquélla sería una pupila excepcional y una compañera envidiable, dispuestas ya estas explicaciones previas, Helen le preguntó con curiosidad a la chica:
–¿Te especializaste en la rama de heridas causadas por criaturas mágicas por alguna razón especial, Emmanuelle, o fue sólo por gusto o instinto?
–Hay una razón, sí –explicó–: cuando estaba a punto de acabar mis estudios en Hogwarts, teniendo claro ya que me dedicaría a la sanidad mágica, un dragón atacó a mi hermano pequeño durante unas vacaciones que pasamos en Japón. A raíz de aquello, comencé a aficionarme por la curación de las heridas causadas por criaturas mágicas.
Aquella respuesta satisfizo a la adivina más de lo que le dio a entrever a la sanadora bajo su cargo, limitándose a asentirle con una amplia sonrisa, ya que ella había tomado una decisión parecida con su edad; cuando ingresó en la carrera de Medicina Mágica, como fuera ya novia de Remus, se especializó en aquella rama con el fin de poder colaborar en el tratamiento y posible futura cura de éste. Sin embargo, nada de esto le comentó a Emmanuelle.
Se limitó a conducirla a una habitación en que hallaron a un hombre asomado a la ventana, contemplando relajadamente la luna llena que brillaba aquella noche; pero aquella paz que dominaba al mago fue sólo momentánea, porque al instante, habiendo visto entrar a Helen, se encaramó sobre el alféizar y se dispuso a tirarse. Y lo habría conseguido de no ser porque las dos mujeres se lanzaron a su vez por él y, agarrándolo cada una por un brazo y como podían, a la fuerza, tiraron de él y lo depositaron sobre su cama. El enfermo se convulsionaba vehemente, pero Helen lo inmovilizó atándolo con unas cuerdas a la cama. Le explicó a la chica que solían hacerlo porque estaba loco, pero que él, no sabían cómo, conseguía escaparse; había sido atacado por un fwooper, un ave peculiar que conseguía enloquecer con su canto al que lo escucha y que sólo los más fuertes mentalmente resisten. Por ello le administraban un suero de la personalidad. Le hizo ingerir una poción del sueño y lo dejaron mientras sus gritos dementes se iban consumiendo en el cansancio.
–No siempre es así –le aseguró Helen en tono confidente–. A veces es peor –bromeó–. No, no. Tenemos la desgracia de trabajar en la planta en la que los enfermos más se quejan y menos colaboran, o eso dicen las estadísticas, pero a veces es mejor: con algunos ingresados podemos mantener un diálogo de hasta dos frases.
Helen la condujo a continuación a otra habitación, bastante próxima a la que acababan de abandonar. En ella, un hombre dormitaba profundamente, tanto que sus ronquidos se apreciaban claramente desde el pasillo; Helen le aseguró que para con él no habían sido necesarias ni siquiera pócimas somníferas. Le declaró que aquél había sido embestido por un cangrejo de fuego al que había pretendido robarle el caparazón: le había escupido una llamarada a la cara que lo había dejado malparado en aquella habitación, pero nada grave en verdad. Tenía suerte de verlo por primera vez dormido, le aseguró también, ya que lo único que repetía consciente es que le habían reconstruido mal las facciones, que él no recordaba ser tan cejijunto. La adivina permitió que fuese Emmanuelle quien le cambiara el suero y le tomara la tensión y la temperatura, todo lo cual, aunque con sumo cuidado, consiguió hacer sin despertarlo.
Al salir, la joven sanadora, acometida por un arrebato de familiaridad que Helen, más tarde, encontraría divertidísimo, le refirió con voz cándida:
–Señora Lupin, quizá piense que soy una ingenua o una estúpida; nada más lejos de mi intención. Pero, verá¿le importaría conseguirme una fotografía autografiada por su marido? Es para mi abuela. Dice que no piensa morirse hasta que Remus Lupin le dé una.
Enérgicamente, después de reír no poco, le aseguró que así lo haría y que se la traería sin falta. En tanto la dulce muchacha se deshacía y desvivía en demostrarle su gratitud, por el extremo del pasillo apareció una extraña comitiva, aunque no especialmente peculiar en aquel hospital acostumbrado a ellas: un enfermero empujaba con fuerza una camilla, en la cual reposaba un chiquillo de escasísima edad, cuatro años a lo sumo, que no dejaba de gritar, lamentarse y llorar; estaba recubierto de sangre que bullía con insistencia; a su lado, una sanadora se acercó corriendo hasta ellas; y, por otro lado, no muy lejos, otro par de magos, que Helen identificó en base a sus ropas como celadores, impidió el paso de una angustiada pareja que no dejaba de sollozar y mirar en dirección a la camilla, por lo que, en consecuencia, la adivina creyó que eran los padres del chico.
La sanadora que caminaba junto a la camilla dijo a Helen al verla:
–Te estaba buscando. Hay que atenderlo rápidamente.
Lo introdujeron en una habitación vacía y lo trasladaron a una camilla de sábanas limpias. El pequeño, con más lágrimas en los ojos que sangre alrededor de su cuerpo, gimió y se mordió el labio inferior. Helen, sin apenas reparar en esto, más atenta en la herida, le rajó con una hábil maniobra el pantalón para descubrir la lesión: profunda y sangrante en exceso. Aunque se quedó en suspenso un momento al reconocerla, en seguida tomó las riendas de la situación: se remangó y con la destreza de la experiencia comenzó la intervención.
–¿Qué le ha ocurrido? –inquirió a su lado Emmanuelle, que contemplaba al chiquillo con mezcla de repugnancia y profunda lástima.
Helen, seria, no respondió nada; en su lugar, la sanadora que las acompañaba susurró:
–Ha sido atacado por un hombre lobo. –E, inmediatamente, dirigiéndose a Helen–¿Te haces cargo ya tú de él? Mira que no puedo estar aquí mucho rato, que el del fwooper se ha desatado otra vez y se ha tirado por la ventana.
La adivina, girándose impaciente, le dijo que se marchara, que ellas dos lo atenderían. Cuando aquélla, movida por su consejo, las abandonó dejándolas solas, Helen refirió en seguida a Emmanuelle:
–No te preocupes, no habrá caído muy lejos: hechicé la ventana para que todo aquél que la atravesara quedara flotando. –Le tendió un paquete de gasas de a su lado que dejó caer sobre las manos de la chica–. Emmanuelle, ahora necesito que me ayudes aquí; no pienso permitir que este niño pierda la pierna. ¡Empapa la sangre!
La chica, aunque nerviosa, se abalanzó sobre el herido para obedecerla. Al limpiarle, la novata sanadora fue capaz de reconocer mucho mejor la mordedura de licántropo, que había deshecho casi toda la rodilla y arrancado sin consideración la carne de medio muslo y parte del gemelo; aquella imagen se le quedó grabada en la retina como fuego ardiendo, y la hubo de dejar tan trastornada que, de no ser por Helen, que hizo gala de una entereza impropia de un ser tan sensible como ella, no hubiera podido seguir adelante con la operación.
–Emmanuelle –le dijo con voz conciliadora pero alzando el tono–, pásame esas tijeras. ¡Rápido!
Al dárselas, la adivina recortó con ellas un trozo de piel que ocultaba parte de la herida. A continuación, volviéndose y rescatando algo de la mesa del material que la chica no pudo reconocer, lo introdujo en el interior de la herida y el pequeño, casi a punto de perder el conocimiento, dejó escapar un grito que tuvo a Emmanuelle paralizada unos segundos. Se limitó a secarle al niño el sudor de la frente mientras Helen procedía ligera sobre la pierna, en la cual se había detenido la hemorragia, seguramente a causa de aquello que acababa de administrarle; sin embargo, un hilillo continuo de sangre seguía empapando la camilla, desbordándola lentamente hasta derramarse en torno a sus pies; pero tampoco resultó útil permanentemente: al par de minutos, un torrente rojizo volvió a inundar las manos de Helen.
Después de aquello, el chico comenzó a convulsionarse terriblemente y Emmanuelle, asustada, se apartó de un salto. Helen, en cambio, dejó caer el material que tenía entre las manos y palpó por todo el cuerpo del chico. Finalmente, halló una cadena enroscada a su cuello, de la cual tiró hasta quebrarla, y la lanzó lejos, al suelo, al tiempo que musitó: «plata». Retomó los instrumentos, pero el chico no dejó de retorcerse, cada vez más violentamente; en consecuencia, la sanadora le gritó a su ayudante:
–Ve al armario de las pócimas y trae poción de matalobos. ¡Rápido!
La chica lo hizo así como le ordenaba, volviendo al poco con un frasco que la adivina le arrebató de las manos sin decir nada. Lo dejó sobre la mesa del material y lo rellenó con algunos ingredientes que mezcló deprisa. Lo acercó a los labios del chiquillo, que gruñía ya tanto como lloraba; pero éste no cesaba de retorcerse y el trago le resbaló por la barbilla sin que hubiese conseguido que tragara la más mínima gota. Repitió la operación con un resultado similar, con lo que, apretando los dientes, sacó su varita y lo apuntó con ella:
–Imperio –gritó, y la bebió al fin relajadamente–. Es por su bien, Emmanuelle.
La muchacha, que temblaba tanto como el pobrecillo enfermo, asintió respetuosamente. Atendió a continuación con celeridad los mandatos todos que le daba la sanadora: le proporcionó una pócima somnífera, le administró ordenadamente los instrumentos que le pedía y llegó a colaborar en la misma intervención. Sólo cuando Helen dijo que lo habían conseguido, Emmanuelle sonrió un par de lágrimas, que le resbalaron gratamente; entonces la adivina le anunció también que se podía tomar un descanso, que podría seguir ella sola perfectamente. Emmanuelle se lo agradeció, porque la fase que correspondía a continuación era la reconstrucción de la pierna y no sabía si podría soportarlo. No obstante, Helen le pidió que hiciese la ronda por las habitaciones, tomase pruebas de los distintos enfermos y se las trajera; no la dejó marchar finalmente sin advertirle que no tomase ninguna decisión relevante sin ponerlo antes en su conocimiento y sin el consentimiento que se desprendiese entonces.
Al salir Emmanuelle, pálida y empequeñecida, los padres del niño la asaltaron intempestivamente y la torturaron con preguntas que ella, intimidada, no supo responder más que con torpes monosílabos y titubeos constantes. Finalmente, consiguió transmitirles la idea de que ella no conocía el resultado definitivo, que tendrían que aguardar a que saliese su jefa para que les diese cuenta de él.
Helen, tras quedarse sola con aquel chiquillo, se lo quedó observando con profunda melancolía unos instantes. Intuyó que debía de ser poco mayor que su propia hija; sólo era algo más alto que ésta, pero la cara la tenía tan de niño, pálida y con algunas pecas punteadas sobre sus mejillas, que convino de nuevo en la idea de su edad. Le pasó la mano por su enmarañado cabello castaño, y el chico, que dormía, no manifestó movimiento alguno. Inmediatamente después, le abrió un párpado y le examinó la pupila; sus ojos eran de un vivo color azulado, que pronto perdería en favor de uno de intenso oro. También le cogió las manos, que parecían chiquitísimas puestas sobre su palma, pero se las paró a contemplar, y a besar incluso, porque le recordaron a las de sus hijo y sintió un vacío en su vientre que inundó sus pestañas.
Después de secarse los ojos, se dirigió a la puerta e impidió que nadie más entrara echándole el pestillo, que sólo se dejaba ordenar por el ocupante para su intimidad de la habitación y por todos los sanadores del centro, que lo podían descorrer desde fuera si el enfermo se encerraba dentro. Hecho esto, desnudó al niño hasta no dejarle prenda sobre el cuerpo y lo observó pormenorizadamente. Descubrió sobre su torso, y aun en la espalda, una concentrada capa de vello gris; los hombros se le habían desencajado del resto del cuerpo y yacían fláccidos a ambos lados; los testículos le habían aumentado exageradamente de tamaño y estaban cubiertos de asquerosos granos de pus; granos, por cierto, que, en forma de pústulas, recubrían todo su cuerpo y que, la adivina sabía, de estar despierto no podría ni soportar; las uñas de las manos se le habían ennegrecido y las de los pies le habían crecido hasta tal punto que parecían garras, aunque Emmanuelle no había reparado en ello; le abrió la boca y, además de hallarle la mandíbula desencajada, como el resto de huesos de su cuerpo, también en el paladar una considerable urticaria de mal aspecto; incluso se había miccionado encima, pero no sabía si por resultado del dolor o del miedo o si por efecto de la combinación que le había hecho ingerir.
Revisó los ingredientes que había añadido de su propia cosecha a la poción de matalobos mentalmente, chasqueando la lengua de tanto en tanto. Si el chico hubiera estado despierto, el escozor y dolor de las pústulas le sería inaguantable, pero más todavía le sería no poder rascarse porque hallaría todos los huesos de su cuerpo desencajados; el más mínimo golpe sería mortal para él, ya que, además de ni poder ponerse en pie, podría clavarse alguna costilla en el saco pleural. Después de estar repasando la fórmula un buen periodo de tiempo, sin hallar la solución, se dio por vencida y, desengañada, pensó que jamás conseguiría encontrar cura para la licantropía sin encontrar, por otra parte, un buen puñado de efectos secundarios de carácter intolerable.
Sumida nuevamente en aquella decepción, que trajo a su mente después de haber abandonado reiteradas veces el proyecto, vistió al niño con una bata de enfermo y, levantándola sólo hasta las partes que requería, lo fue curando de los efectos que la combinación de ingredientes añadida le había proporcionado.
Ya casi había curado por completo los granos de la piel y demás deterioros, si bien teniendo en cuenta que las características propiamente lobunas –pelo, uñas, etc.– no serían erradicadas hasta la declinación de la luna llena, cuando Emmanuelle pretendió entrar por la puerta y forcejeó con ésta; Helen, percatándose sólo en aquel momento de que no había descorrido el cerrojo, tapó al niño, se levantó y lo hizo. La chica entró con apariencia no muy distinta de como, poco antes, la había dejado. Le comunicó a su encargada los principales avances que había constatado de cada enfermo y le preguntó, asimismo, cómo se encontraba el niño y si necesitaba algún tipo de ayuda de ella.
–No, no es necesaria, gracias –respondió Helen sonriéndole afectuosamente–. Puedes tomarte un descanso si quieres. A todo esto¿quieres que te acompañe ahora a la sala de sanadores y te presente a todos?
La chica denegó el ofrecimiento con gratitud; dio muestras de decantarse por tomar un refrigerio tranquilamente y retornar en cinco minutos. A Helen le pareció bien y la dejó ir.
Se acercó la adivina al muchacho y volvió a restregarle el pelo azabache que le caía en capas por la frente. Lo tapó mejor y, después de contemplarlo unos minutos ensimismada, salió al igual que su ayudante. Al hacerlo, un matrimonio la asaltó intempestivamente abordándola a preguntas.
–¿Los padres del niño, verdad? –preguntó ella sosegadamente, poniendo orden.
–Así es, sí –respondió el mago asintiendo con vehemencia–. Los señores Howlsteel –dijo–. ¿Cómo está Derek¿Se encuentra bien?
–Sí, se encuentra estable –contestó la sanadora–. Se le ha administrado una poción que le reconfortara el hueso y otra regeneradora que hará que recupere la carne que el animal ha arrancado. –La señora Howlsteel dejó escapar un gemido–. No creo que le queden secuelas físicas: la pierna le quedará como nueva; necesitará mucho calcio y ejercicio, no obstante, a fin de recuperarse completamente. –Se tomó una pausa–. Claro está, la mordedura ha sido profunda y el chico...
–Lo sabemos, sanadora; nos hacemos una idea –replicó el mago–. ¿Podemos pasar a verlo?
–No se lo aconsejo –repuso–. Se encuentra bastante desmejorado.
–Insisto. Quisiera ver a mi hijo.
Helen no puso objeción en aquella ocasión: les abrió la puerta y les permitió entrar; ella, en cambio, excusándose por un instante, los dejó solos y se fue prometiéndoles volver en seguida. Entró en los cuartos de baño, en donde se detuvo frente a un lavabo, contemplándose en el espejo, y, abriendo el grifo, se lanzó varias ráfagas de agua sobre la cara para despejarse. Mientas hacía esto, escuchó un llanto ahogado que provenía de uno de los aseos que tenía tras ella. Acercó con cautela el oído a todas las puertas hasta que descubrió cuál era aquélla tras la cual alguien sollozaba y, temerosa, levantó la mano golpeándola contra la puerta.
–¿Quién hay ahí? –preguntó–. ¿Amanda?
Nadie respondió; sólo los murmullos lagrimosos, que lo hicieron callándose.
–Voy a abrir la puerta si no me abres tú primero. A la de tres: una, dos y...
La puerta se abrió lentamente y la adivina descubrió que quien lloraba, sentada sobre la taza, aunque vestida, era Emmanuelle, que tenía las mejillas surcadas de agua. Acuclillándose frente a ella, le preguntó qué le pasaba.
–No puedo seguir, señora Lupin. No puedo –gimió–. Esto es superior a mí. Yo no podía pensar que esto fuese a ser tan... ¡horrible! Lo que le ha ocurrido a ese niño es atroz. No creo que pueda soportarlo, señora Lupin, lo siento. Lo siento de veras.
–Emmanuelle –le habló tranquilamente la adivina tomándole las manos–. No te dejes engañar por una aplastante y no representativa primera impresión. Ese niño ha sido mordido por un licántropo, sí, pero de no ser por nosotras ¿quién lo curaría? Ahora está mal, destrozado y, realmente, su estado no agrada a nadie, pero ¿hay algo más satisfactorio que verlo recuperarse, que saberte la causa de su mejoría? Cuando lo veas marchar, ya no sentirás pena por él, ni congoja como ahora, sino mucha alegría por haber sido tú quien lo has tratado y has conseguido que se recupere. Demuéstrate que puedes hacerlo, sé valiente: quédate y descúbrelo. Anda, por favor, enjúgate esas lágrimas y acompáñame. ¿Quieres que te invite a un té o algo?
La chica se dejó hacer con cierto grado de apatía.
Al día siguiente, lo primero que hizo Helen nada más llegar a San Mungo fue visitar al niño de la mordedura de licántropo. Lo halló despierto, con la cama reclinada ligeramente hacia adelante para que mantuviera una posición relativamente incorporada y con la pierna herida en cabestrillo, en suspenso sobre unas cuerdas tendidas desde el techo, y escayolada tal y como la había dejado el día anterior, antes de marcharse. Saludó agradablemente al matrimonio, el cual no le respondió efusivamente, como era de prever. Después, rodeando la cama, preguntó al chico:
–Hola, guapo. ¿Cómo te encuentras esta mañana: bien? –El chico asintió animosamente–. ¿Has desayunado ya algo?
–Sí, huevo y panceta –respondió con una agradable voz–. Y un zumo.
–¡Qué bien! –exclamó Helen acariciándole la mejilla–. Estás hecho todo un campeón. Te vas a poner más alto que yo como sigas comiendo así. Y a ver, guapo¿cómo te llamas, que yo no lo sé.
–Me llamo Derek –contestó desenfadadamente, sonriendo ruborizado.
–Ése es un nombre muy bonito, Derek. ¿Y cuántos años tienes?
–Tres –le dijo al tiempo que le indicaba el mismo número de dedos de la mano.
–¡Qué bien! Qué mayor eres ya –exclamó la adivina efusivamente–. Como sigas comiendo así de bien y con lo fuerte que estás, ya mismo te voy a tener que dar el alta y te podrás ir a casa. ¿Cómo has dormido esta noche¿Has sentido alguna molestia?
–Apenas ha conciliado el sueño –respondió por él el señor Howlsteel, que tenía agarrada la mano de su hijo–. Se quejaba de fuertes pinchazos en la pierna; su compañera nos dijo que eso es normal.
–Sí, lo es –explicó Helen en tono normal–. De no tenerlos, hasta me preocuparía –en ese instante abrió la puerta Emmanuelle, que acababa de llegar, y se saludaron–; significa que el miembro está rehaciendo la carne. Ahora bien, Derek –dirigiéndose a éste–, necesito que me prestes mucha atención a continuación. ¿Ves esa vía que tienes en el brazo? Ten cuidado de no tocártela y menos sacártela; a través de ella, como ves, te introducimos las pócimas para que te curen: como saben realmente mal, por eso te las damos por ahí; además, necesitamos que lleguen aprisa a tu organismo para que hagan efecto. Si ven –dirigiéndose a los padres–, que se da un roce y se le mueve o que le comienza a sangrar, avísennos inmediatamente; estaremos en la entrada del pasillo. No obstante, cada hora me pasaré para verlo, y también cada vez que sea necesario administrarle alguna nueva poción o retirársela.
Después de aquellas advertencias, y otras más que dio a razón de las preguntas del preocupado matrimonio Howlsteel mientras observaba la bolsa con la pócima que goteaba en la vía de Derek, Helen y Emmanuelle salieron. Visitaron a otros tantos enfermos y dieron el alta al mago atacado por el cangrejo de fuego, que se fue gritando que los demandaría por incompetencia ya que él no recordaba ser tan cejijunto.
Pasado un rato, volvieron a llamar a la puerta de la habitación de Derek, en la que hallaron a éste llorando. Al preguntarle la causa a los padres, éstos respondieron que el niño estaba aburrido y quería salir a jugar. Ambas sanadoras trataron de tranquilizarlo aduciendo para ello nuevos argumentos que sumaron a los de los padres; le consiguieron asimismo un peluche, que afortunadamente consiguió remitir las lágrimas del chiquillo. A continuación, mientras Helen le hacía nuevas preguntas, Emmanuelle le sustituyó la bolsa vacía de la poción por una nueva. En eso estaban, cuando en el exterior alguien llamó a la puerta, que entró cuando los padres gritaron «adelante».
Era Remus, que entró humildemente con su hija Nathalie cogida de su mano. Vestía él una elegante túnica negra y una capa corta, portaba sombrero calado y un bastón, ambas cosas que dejó sobre el perchero de la entrada. Derek, al verlo entrar, estalló en palmas y, con los ojos iluminados, señalándolo, gritó a sus padres:
–A este hombre lo conozco yo. Lo he visto en las fotos del periódico y en la tele. Es el ministro.
La madre, chistándolo, lo mandó callar avergonzada y, poniéndose tanto su marido como ella de pie, lo saludaron estrechándole las manos. Remus, que no podía suspender la risa que el desparpajo del muchacho le había provocado, comidiéndose, se acercó hasta él y le hizo varias preguntas. Concluyó que se hallaba en un estado envidiable, comentario que agradecieron amablemente los señores Howlsteel por parecerle más cierto proviniendo de un verdadero licántropo que de la sanadora que lo atendía.
–Pero en realidad –adujo el ministro con misterio– he venido a hablar con ustedes, señor y señora Howlsteel. ¿Serían tan amables de dejarse acompañar para que los invite a tomarse algo en la cafetería?
Aceptaron el ofrecimiento y Remus, en consecuencia, le preguntó a su hija si le importaba quedarse con mamá y con aquel muchacho tan simpático. La niña, resueltamente, respondió que no. Sonriéndole, su padre le acarició el cabello.
En la cafetería, el señor Howlsteel se pidió comedidamente un café mientras que su mujer, un té de moras silvestres. Remus, en cambio, solicitó un café doble, un par de cruasanes, una tostada, un bollo de crema y una copita de coñac para después. Cuando el matrimonio se cruzó subrepticiamente una mirada de asombro, que no dejó de ser percibida por Remus, éste se excusó diciendo que no había desayunado todavía.
–Bien, señores Howlsteel, si les hecho acompañarme hasta la cafetería no era para mostrarles mi apetito lobuno –rio–; deseo hablarles sobre su hijo, Derek. Mi mujer, Helen, la sanadora que lo está atendiendo, me ha pedido que lo haga. Como ya les ha referido, Derek ahora también es un licántropo. –La señora Howlsteel, que se había llevado el té a los labios, lo dejó sobre la mesa sin tomar de él ningún sorbo–. Por otra parte, dentro de su evidente infortunio, Derek ha tenido suerte de ser mordido en una época como ésta. –La señora Howlsteel, que se había vuelto a llevar un sorbo a la boca, se lo derramó un poco encima de la impresión y se limpió con grandes aspavientos–. Quiero decir, no me malinterpreten, que ésta es una época mejor para los licántropos: acometemos nuestras transformaciones conscientemente y hemos alcanzado el respeto de la comunidad: tanto que se puede llegar a ministro de Magia. –Rio descaradamente, pero, como ninguno de sus atentos escuchadores lo secundó, acabó transformando la risa en una tos sutil–. ¿Están preocupados, no es así?
El matrimonio asintió severamente.
–Eso está bien –replicó serio Remus–; su hijo necesita ahora más que nunca de su cariño. Pero no deben preocuparse en exceso: un preparado equipo de investigación que dirige mi mujer está tratando de encontrar un remedio definitivo para la licantropía; y el Ministerio colaborará en su cuidado: les administraremos poción de matalobos puntualmente si la solicitan, recibirán ciento cincuenta galeones mensuales como indemnización y, gracias a la legislación actual, no tendrá que preocuparse por escuelas y trabajos; tanto en una como en los otros será admitido. Sí, señores Howlsteel, acabará convirtiéndose en un mago como ustedes o como yo; bueno, más bien como yo.
–Eso está muy bien –apuntó el señor Howlsteel–, sí, y se lo agradezco. Pero ¿qué piensan hacer con el malnacido que lo ha mordido?
–Estamos buscándolo, señor Howlsteel –explicó Remus–; pero es una difícil labor: la descripción que ustedes nos proporcionaron de él no nos servirá para identificarlo como humano; ni siquiera somos capaces de discernir si es hombre o mujer. Pero estamos trabajando sobre la base de datos de la Oficina de Servicio de Apoyo para los Hombres Lobo. En el momento en que demos con él, lo pondremos en manos de la justicia y dudo que le caiga menos de un año en Azkaban; la mordedura por parte de un licántropo se considera un grave delito, al menos en nuestro país, desde la invención de la poción de matalobos, ya que se presupone que se ha ocasionado deliberadamente; se lo recuerdo con motivo de que lo tengan en cuenta con relación a su hijo Derek.
Antes de que pudiera seguir adelante, el director de San Mungo apareció bajo la puerta de la cafetería y, oteando desde allí con el entrecejo fruncido, dio con Remus. Variando su expresión hasta el regocijo, se encaminó hacia su mesa con pasos saltarines. Al llegar a ella, tomando la mano de éste sin solicitársela, hurtándosela de encima de la mesa, se la estrechó en tanto decía:
–Señor ministro, qué sorpresa. ¿Cómo usted por aquí? Me alegra muchísimo encontrarlo. ¿Ha venido para disculparse por no haber podido asistir a la cita que concerté con su secretaria?
–No, en realidad –respondió desdeñoso Remus.
–En tal caso¿quería entonces comentarme algún aspecto sobre la administración de San Mungo, señor ministro? Estaré gustosísimo de poder recibirlo en mi despacho. ¿Hidromiel u otra copita de coñac?
–En primer lugar, señor Williams, me haría usted un enorme favor si me devolviese mi mano –repuso–. En segundo, con no sé imagina cuánto placer debatiría con usted el problema de la dirección de este hospital. Pero, sin embargo, me quedo con el tercero, mi muy señor mío¡déjese de pamplinas, que ya es usted bastante mayorcito como para andar lisonjeándome sin causa¿no le parece? Hace unos años, apenas si me dejaba parar por aquí para ver a mi mujer; y hace muchos más, y no crea que lo he olvidado, se negó a administrarle la atención sanitaria necesaria a ésta por haberle sobrevenido una enfermedad muy contagiosa. Conque, sintiéndolo mucho, señor Williams, le ruego que me deje en paz y que no contravenga a mi determinación de mandar a un oficinista, pobre de él, a las reuniones de usted. Y, si me permite ahora, estaba hablando con estos señores. Buenos días.
El director del hospital, encendido como una bombilla, salió de la cafetería gruñendo y apartando a todos los que se cruzaban a su paso, no sin antes haberle gritado a una chica de aspecto enclenque e indefenso: «¿Qué demonios hace aquí, Amanda? Deje ese cruasán y vaya a trabajar. No la pago para esto». Llegó incluso a tirar al suelo a una ancianita que caminaba despacio con su tacatá. Al pasar por delante de la puerta de la sala de los sanadores, después de pasarla, volvió sobre sus pasos y, batiendo furiosas palmas, llamó la atención de todos los que en ella se encontraban y los zahirió en términos todavía más bruscos que los empleados con Amanda.
–Que alguien me recuerde por qué todavía no le he lanzado un maleficio encogedor a ese gilipollas –murmuró mientras salían un joven sanador de carácter agradable.
–Porque es el director –replicó la señora Nicked impasible, que estaba a su lado.
–Sí, es un argumento de peso –concluyó con sorna–. ¿Y qué hay que hacer para sustituirlo?
–Bonito es el que le levante a ése el puesto –se mofó la bruja.
Entre tanto, en la habitación de Derek, conforme Remus se hubo llevado a los padres de éste, Nathalie se acercó correteando hasta el borde de la cama del herido y le preguntó:
–¿A ti qué te pasa¿Por qué estás malito?
–Me mordió un lobo cuando volvía con mis padres de cenar en un restaurante.
–¡Ah¿En la pierna? –exclamó señalándole la escayola; el otro asintió–. ¿Y te duele mucho? –El otro, bravuconamente, cabeceó–. ¿Quieres que juguemos a algo?
Derek se mostró partidario, pero Helen lo desengañó al decirle que no podía moverse de la cama. El chiquillo, estoicamente, se limitó a fruncir el ceño y entornar los párpados. Nathalie, en cambio, muy peripuesta, saltó el borde y se encaramó en la cama al tiempo que aducía que no era preciso que él se moviera mientras ella pudiera hacerlo. Su madre, sin decir nada, se acercó hasta ella y la cogió para bajarla; la hizo sentar sobre una butaca que aproximó al lecho del niño, que sonreía descaradamente al amparo del gozo de su nueva amiga, y conectó el televisor; por suerte, retransmitían un programa infantil: los Magotubbies, que dejó puesto y durante el cual ambos rieron mucho mientras departían entre sí.
Nathalie no quiso irse cuando su padre, después de hablar con los del chico, regresó de la cafetería. Su madre, en consecuencia, adujo que no le importaba que se quedase con ella en el hospital hasta que terminase su turno. De ese modo, yéndose solo el ministro, la niña se quedó sentada en el filo de la cama de Derek, con el que había hecho rápidamente migas como sólo son capaces los niños de hacer. Emmanuelle les trajo a ambos un zumo de calabaza de la cafetería que bebieron con gusto; sólo que ni Derek ni sus padres llegaron a saber nunca que, el que bebía él, la adivina lo había combinado con un bocanada de poción de matalobos.
Al día siguiente, Helen, después de poner en orden el papeleo y elaborar el horario de turnos de los sanadores de su planta del mes siguiente, se dirigió a la sala de sanadores, en la planta baja, donde hallaría a su propia madre tomándose un refrigerio mientras departía con otras compañeras. El contexto en que esta conversación se mantenía, que inicio algo antes de la interrupción por parte de la adivina, es éste que sigue.
Al entrar la señora Nicked en la susodicha sala, halló en ésta a un grupo de sanadoras y enfermeras, por lo común de edad madura y casadas, aunque no faltaban jovencitas casaderas y en aquel instante rijosas, que hablaban entre sí excitadas. Si bien sorprendida, no quiso dar la impresión de inmutarse cuando todas la rodearon mientras se servía un café de la máquina; llegaron a pellizcarle, a tirarle del pelo, a zaherirle ambos brazos, a derramarle el café, todo lo cual acompañado de múltiples voces y vocativos dirigidos a ella con el fin de reclamar su atención y arrastrarla a su jolgorio. Con calma, hizo un rotundo gesto con el que todas callaron; a continuación le preguntó a una, con la que mejor se llevaba, qué ocurría que necesitaba de tanto alboroto. Sin embargo, otra, la más joven y alocada, respondió por aquélla:
–Señora Nicked¡su yerno está buenísimo!
La bruja, mirándola a ésta y después a cada una, que asentían todas, sintió deseos de estallar en carcajadas, pero su expresión permaneció, como ella, idiotizada. Seguidamente, le pasaron el recorte de prensa del último reportaje que el ministro había concedido a Corazón de bruja: nada más que una fotografía en que éste posaba con varios botones de la camisa desabrochados, el cuello de la misma alzado y un look desenfadado y atractivo; aquella instantánea dio pie a un buen número de comentarios por parte de aquellas lobas: que si tenía un pecho maravilloso; que si a otra el vello la ponía; que si se lo comería vivo, y otros tantos que me guardo por no perturbar los ánimos. Incluso la más estimada por la señora Nicked, ruborizada, acabó confesando que a diario soñaba con el día en que aparecería un número de la revista en que el ministro posaba en ropa interior. Después de aquel comentario, todas fantasearon con aquella imagen y la señora Nicked, rodeada de todas ellas, sintió escalofríos.
–He leído que en el próximo número van a publicar un reportaje de su infancia –aseguró una sanadora de la segunda planta de pocas luces que había confesado ser la autora del recorte, que provenía del ejemplar a disposición en la sala de espera–. Ése me lo compro.
–¡Ah, sí! Algo he oído hablar sobre el caso –mencionó al punto la señora Nicked–. Benjamin, el primo de Remus, lleva dándole la murga a éste largo tiempo para que publique unas fotos que tiene guardadas en el desván. Según me comentó mi hija, lo ha convencido hace bien poco.
–¡Cuéntanos más cosas sobre el ministro, Helen! Cuéntanos –coreó una y, al instante, como loros, todas le requerían lo mismo.
Una le preguntó qué marca de pasta de dientes utilizaba; otra si era buen cocinero; otra hubo también que le llegó a preguntar, en general, cómo se comportaba en el ámbito privado. Claro está, a todas estas cuestiones la señora Nicked permanecía muda, asombrada, mirando a unas y a otras extrañada. Cuando al fin, balbuciente, dio muestras de articular alguna palabra, la puerta se abrió repentinamente, con gran estruendo, interrumpiéndola. Para colmo de males, era su hija, que, sin reparar mucho en la escena, las saludó y hurgó debajo de la mesa y hasta detrás de los sofás. Sólo después de algún rato de desesperanza, la adivina se volvió bruscamente y les increpó:
–¿No habréis visto por casualidad un pequeño escenario de guiñol que dejé ayer aquí, verdad?
Entre aquéllas a las que ahora solicitaba, desde el preciso momento en que hubo entrado, había cundido un tenso silencio que sólo entonces rompió la señora Nicked dirigiéndose al armario y descubriendo el objeto requerido; le explicó que lo había guardado hacía un rato allí. Como si hubiese sido necesario aquel preámbulo para que la de la segunda planta se preparara, soltó ésta de improviso:
–Estábamos hablando de tu marido, Helen. –La adivina la miró sin comprender. Añadió confidencialmente–¿Cómo es Remus Lupin en la cama, Helen, di.
La interpelada se quedó de una pieza, lívida, petrificada, sonriendo débilmente. Cuando se recuperó, apartándose un mechón del flequillo de la cara, mencionó:
–Se ha hecho tarde –riendo sarcásticamente–. Tengo que irme. Adiós. Adiós, mamá.
La adivina cerró con suavidad la puerta detrás de ella y se dirigió a su planta sin ánimo de reparar en aquella loro locuaz. Emmanuelle la estaba esperando con un par de historiales en la mano. Guardó el teatrillo y se ocupó de examinarlos con su adjunta. Les llevó una hora larga, después de la cual, recuperando el escenario de madera, ya juntas, se encaminaron a la habitación de Derek Howlsteel. Helen les rogó a los padres si podían dejar al chico con ellas un rato considerable; les llegó a ofrecer un par de monedas para que éstos se tomasen algo en la cafetería, pero las rechazaron. Al despedirse, preocupada, la señora Howlsteel le preguntó qué pensaban hacerle.
–Nada en absoluto –contestó Helen–. Por llamarlo de alguna forma, un reconocimiento psicológico.
Después de aquella somera explicación, la mujer cerró la puerta. Saludaron al chiquillo, que parecía de buen humor; Helen llegó incluso a darle un beso y a ofrecerle una piruleta de jengibre, la cual el chico aceptó con agrado y comió con gusto. Entre tanto, frente a él, ambas sanadoras dispusieron el teatro antes dicho: no más que un prisma rectángular abierto por dos caras que dejaron suspendido en el aire mágicamente.
–Derek –llamó su atención la adivina–. Mientras te comes tu piruleta, quiero que nos prestes atención. Emmanuelle y yo vamos a explicarte algo muy importante¿vale?
El chico asintió. La mujer, tomando su varita, hizo aparecer en el interior del teatrillo un fondo negruzco y, suspendida en el interior, una esfera reluciente, parecida toda hecha de plata. Helen recitó:
–Érase una vez un hombre que estaba enamorado de la luna. Se pasaba las noches completas observándola, adorándola, enamorado; dormía durante el día para permanecer despierto por la noche. Su nombre era Manrique. –En ese momento Emmanuelle introdujo por la obertura inferior del prisma su mano, en que llevaba la marioneta de un hombre que movía de un lado a otro–. Sucediole una noche inesperada que, estando él en la posición dicha, lo vislumbró un lobo, el cual se escondió entre la maleza. –Helen hizo aparecer entonces su mano, en que llevaba el títere de un lobo de pelaje negro–. Manrique no lo vio hasta que fue inevitable. –A continuación, agravó la voz para introducir el diálogo del lobo–: ¡Ese hombre es ideal, desprevenido como está! Me acercaré hasta él y lo morderé. Dicho y hecho –prosiguió la adivina, que desplazó como a hurtadillas a su marioneta–, que el lobo se acercó sobre el incauto y pobre Manrique y lo mordió.
Finalmente, la marioneta de Helen se abalanzó sobre la de Emmanuelle, con la que forcejeó, y ambas, por dar una impresión realista, emitieron una agudos chillidos y otra gruñidos. Consiguieron hasta que Derek se riera. Después, la mano de Emmanuelle se dejó caer como muerta y Helen hizo desaparecer la suya.
–Pero aquél, que parecía un lobo normal y corriente, sin embargo, no lo era –continuó Helen con voz firme–: se trataba de un licántropo, un ser maravilloso y especial. No obstante, aquél que había mordido a Manrique no era un licántropo bueno. La madre de Manrique, que andaba muy lejos de allí –e hizo aparecer otro títere–, encontró pronto a su hijo. Pobre Manriquito¿qué le ha pasado a mi niño? Vente con mamá, que te cuidará. Lo trajo a San Mungo, donde lo cuidaron para que se pusiese bueno otra vez y pudiera salir pronto a jugar. Pasaron algunos días y algunas noches. –Al decir aquellas palabras, la esfera plateada pasó varias veces del extremo de brillar intensamente al de permanecer con un restallido de luz lánguido, como si imitara al sol y a la luna. Helen se ajustó una marioneta de un sanador mientras Emmanuel seguía con la de Manrique–. ¿Qué tal, guapo mozo; cómo llevamos ese destrozo? Soy tu sanador, que lo remediará con primor.
–Y yo soy Manrique, el que con el dolor convive. Si usted me explica lo que me pasó, yo se lo agradeceré un montón –apuntó Emmanuelle fingiendo la voz de un niño.
–Estás malito, bello Manriquito. Aquello que te mordió fue un lobo feroz. Mas no un lobo cualquiera, sino que un licántropo era. Y uno también eres tú ahora, que el que es mordido se transforma. Siempre que sea luna llena, de ser humano deja; vendrás a ser un lobo hermoso, que paseará de noche como un oso. Pero no te dolerá, que yo eso te pienso remediar. Dejaron que Manrique se fuera del hospital y, a no muchos días de aquello, su mamá –intercambió el guiñol del sanador por el de la madre– le pronosticó que aquella noche sería luna llena. Cuando el sol se puso, se hizo la noche y asomó su agradable cara la luna, Manrique se transformó en un lindo lobito. –Emmanuelle mostró la cara contraria de su marioneta, que representaba a un lobo de blanco pelaje. Helen acercó la suya, la de la madre, que acarició el lomo del otro, que fingía dormir–. Y Manrique, que fue un hermoso licántropo todas las lunas llenas desde entonces, vivió feliz durante el resto de su vida. Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Se quitaron las marionetas de las manos, apartaron el teatrillo y observaron silenciosas a Derek, que las miraba con ojos de cordero degollado con la piruleta introducida en la boca. Finalmente, se la acabó sacando y refirió:
–¿Verdad que a mí me pasó lo mismo que a Manrique: a que no me mordió un lobo normal?
–No, Derek, no –respondió Helen acercándosele–. Te mordió un licántropo. Y los licántropos tienen un código de conducta entre sí: al que muerden, convierten también en licántropo. ¿Te acuerdas de mi marido, del ministro de Magia?; él también es un licántropo, Derek. Una vez al mes te transformarás en un lobo, ya lo verás; pero tendrás la ventaja de adquirir unas habilidades superespeciales: ver en la oscuridad, ver de lejos, escuchar muy bien... –Tomó una pausa–. ¿Tienes miedo, Derek?
El chico, sin pensarlo apenas, cabeceó deprisa. La adivina, revolviéndole el pelo, lo lisonjeó diciéndole:
–Siempre supe que eras un niño muy valiente, Derek. ¿De verdad entonces que no tienes miedo? –El niño, sonriendo, volvió a negar con la cabeza. La mujer, con un nudo en la garganta, añadió–: Ahora nos tenemos que ir, Derek. Tus padres vendrán dentro de un minuto¿vale?
Y salieron. Emmanuelle detuvo a su jefa reteniéndola por la mano cuando reparó en que por sus mejillas desfilaban silenciosas lágrimas. Helen, al punto, explicó:
–Ahora soy yo la que está sensible, Emmanuelle, perdóname. Pero es que no puedo soportarlo, verlo así, tan pequeño, sufriendo.
Y la adivina se dejó abrazar por la gentil muchacha.
Por la noche, Remus despertó repentinamente, presa de una pesadilla en que lo acosaban tres mujeres de extrañísima apariencia que portaban espadas de plata, y halló que su mujer no se hallaba acostada a su lado. Se vistió el batín y bajó en su busca. La descubrió desde la escalera: cubierta con una manta por entrar en calor en aquella gélida noche, Helen permanecía frente a un tímido fuego garabateando su pluma en un cuaderno de notas; de tanto en tanto tachaba en él y añadía alguna anotación. Frente a ella, pudo también discernir el licántropo, tenía su juego de pociones, del que de cuando en cuando extraía un frasco que examinaba al trasluz. Sin decirle nada, rehaciendo el camino de puntillas, regresó a la cama.
Al día siguiente, Helen dijo a Derek que lo pensaba llevar a dar un paseo. Éste respondió a su ofrecimiento con aplausos y animosos gritos de júbilo. La adivina descolgó la pierna de la escayola y lo ayudó a sentarse sobre una silla de ruedas, la cual empujó a lo largo del corredor; en éste descubrieron muchas cosas que resultaron curiosas para el niño: al herido por el fwooper corriendo enardecido seguido por una sanadora, que lo detuvo alcanzándolo con un hechizo; a una bruja aproximarse hasta ellos con las extremidades de una gallina y cacareando, e incluso, a través de una puerta abierta, a una enferma encaramada a los pies de su cama departiendo agradablemente con una cabeza fluctuante en el interior de la chimenea; debía de ser la primera vez que Derek presenciaba aquella forma de comunicación a razón del asombro que le produjo.
Lo condujo hasta un particular jardín trasero, donde había otros tantos enfermos paseando, sentados otros en unos bancos, observando a los pajarillos o el vuelo de las mariposas. Derek dejó escapar un grito de la impresión y, de haber podido, hubiera saltado de la silla en que iba: había nevado y el suelo estaba todo cubierto de blanco. La adivina le preguntó si le gustaba y él dijo que mucho.
Le dio varias vueltas, manteniendo incesantemente una animada conversación con él a la que el muchacho, por estar más agitado y contento que nunca desde que lo había conocido, respondía excitado. Una anciana, que se acercó renqueante con una toquilla negra de lana al cuello, comentó:
–Oh, qué muchacho tan guapo. ¿Cuántos años tienes, mono¿Tres nada más? Oh, qué cosa más linda. ¿Y qué tienes, preciosidad, qué te has hecho en la pierna?
Cuando la adivina refirió peregrinamente la mordedura de licántropo, la anciana, poniéndose si es posible más lívida de lo que ya le era normal, se alejó de ambos esgrimiendo una balbuciente concatenación de juramentos y maldiciones contra los hombres lobo. Helen, levantando el puño, la maldijo a ella a su vez. Su madre, la señora Nicked, que casualmente había aparecido por aquel lugar en aquel instante, se aproximó hasta ella toda confusa y le preguntó la causa de su acaloramiento, que refirió la adivina aprisa y excitada; cuando lo hubo hecho, su madre dio muestras de querer enzarzarse en una discusión con aquella anciana, y lo hubiera hecho de no haberla retenido su hija por el brazo. Después de tranquilizarla, la señora Nicked se preocupó por el chico, al que se presentó y con el que estuvo conversando unos minutos.
Luego que se hubo ido, aparecieron después de ella Remus y Nathalie; esta última, al descubrir a Derek, se soltó de la mano de su padre y fue corriendo a su encuentro. Primero le dio un beso a su madre y, seguidamente, abrazó al niño, con el que se enzarzó en una animada conversación. Mientras ésta transcurría, Helen le preguntó a Remus qué hacían allí.
–Nathalie se había empeñado en ver a Derek –contestó–. Y a mí no me importa, la verdad.
Nathalie le propuso a Derek hacer un muñeco de nieve. Como el chico no podía ponerse en pie, la niña, espabiladamente, le depositó sobre los muslos una cantidad considerable de nieve para que fuese redondeándola mientras ella, arrodillada, acumulaba otra tanta para ir dando forma al cuerpo. Cuando hubo acabado su parte, acercó con sumo esfuerzo la silla de Derek para que colocara encima su blanca esfera. Al hacerlo, mucho rieron ambos; pero les pareció tan falto de gracia, que pronto se interrumpieron. Descubriendo su preocupación, Remus se acercó a ellos: se desapropió de su bufanda y, liándola en torno al muñeco, le hizo un nudo; a continuación, se quitó su propio sombrero y lo puso sobre la cabeza de éste y, para acabar, tomó de un bolsillo dos monedas de cobre que le puso por ojos, de manera que los dos pequeños quedaron encantados con el resultado.
Pasaron un buen rato más hasta que Helen, aduciendo que estaban pasando mucho frío allí fuera, los obligó a volver a la habitación, donde Remus se tomó un café mientras charlaba con los padres del niño y dejó que Nathalie y Derek se bebieran un refresco de mahonesa.
Al día siguiente, después de reconocerlo, Helen salió al encuentro de los padres de Derek, que permanecían entre tanto, a la espera, en el pasillo. Estaban deseosos de tener con la sanadora aquella conversación, pues con ella les daría determinantes noticias sobre el estado de su hijo. El rostro con que se les aproximó no parecía desesperanzador, pero en su pecho de progenitores desalentados, de pulso inquietado, ni aquello era suficiente para tranquilizarlos.
–¿Cómo está Derek, sanadora Lupin? –se adelantó el señor Howlsteel.
–Bien, bien, está bien, tranquílicese. Mañana, pasado como muy tarde, le proporcionaremos el alta. Los resultados del escáner son favorables: el hueso no ha sufrido deformación y la masa carnal, al parecer, se ha desarrollado sin problemas. En un rato nos pasaremos mi compañera y yo a retirarle la escayola y comprobaremos si siente algún dolor al apoyar el pie; no obstante, como ya creo que les apunté, necesitará rehabilitación. El resto de pruebas realizadas, si bien no determinantes, demuestran que está bien... dentro de lo que ahora es normal para él: reacciona correctamente ante estímulos de plata y ha empezado a desarrollar un exceso de vello en la nuca y en los pies, como seguramente se hayan percatado ya, que es, no se preocupen, normal en licántropos primerizos: dejará de tenerlo cuando pase la primera luna llena. No obstante, aunque no tiende a ser común un aumento de la pilosidad en los licántropos adultos, sí es posible que experimente antes de lo normal el desarrollo del vello; pero esto no parece ser una característica aislada de los individuos licántropos: recientes estudios han demostrado que éstos parecen acometer la pubertad varios años antes de lo que, por lo general, se produce normalmente. Se lo digo para su tranquilidad, aunque vendrá todo expresado en el folleto que les prometí. Sí hay algo, por otra parte, que me tiene ciertamente confusa e intrigada: sus ojos todavían no han mutado de color: ni dejan de ser azules ni alcanzan el tono dorado. Creemos que acabará sustituyendo el matiz del iris, pero ni sabemos cuándo, ni sabemos a qué se debe este extraño retraso.
–¿Puede deberse a que su tío, es decir, mi hermano, Fen, también es un hombre lobo? –apuntó con tono apagado la señora Howlsteel.
–No necesariamente –respondió la adivina después de considerarlo un momento–. Quizá podría conllevar algún tipo de relación si el individuo licántropo hubiese sido algún ascendiente por línea directa; pero, dado que es su tío y no ha podido transmitirle el gen, no le hallo correspondencia alguna. No obstante, estudiaré el caso desde esa nueva perspectiva. –Dio muestras de retirarse, pero, como si en un instante hubiese decidido lo contrario, rehizo los pocos pasos dados y se atrevió a preguntarles–: Sé que no es asunto mío, señores Howlsteel, y pueden responderme únicamente si lo desean, pero, ya que han mencionado a su tío, no he podido dejar de advertir que Derek, durante todos estos días, no ha recibido ninguna llamada ni ninguna visita de ningún familiar ni amigo; mi marido y mi hija han sido una curiosa excepción. ¿Tienen algún problema por casualidad?
El matrimonio intercambió una mirada tensa. Cuando la adivina estaba a punto de disculparse por su indiscreción, la mujer tomó la palabra y explicó:
–Mi hermano Fen fue mordido cuando yo tenía seis años; él, entonces, contaba con catorce nada más. Recuerdo que había salido a dar un paseo con unos amigos por el bosque próximo a casa; todos murieron, excepto él. Cuando se hubo recuperado de la mordedura, mi padre lo echó a patadas, insultándolo y dando a conocer a todos sus amigos y conocidos que era un vil y despreciable hombre lobo. Desde hace diez años lo estoy buscando, y he estado cerca de encontrarlo, pero siempre consigue esquivarme: creo que me considera a mí también culpable de su desamparo. Comprenderá ahora, sanadora Lupin, por qué no le he dicho nada a mi familia sobre el ataque a mi hijo –sollozó con profunda melancolía–. Y, en cuanto a la familia de Derek, de mi marido, tampoco los hemos avisado todavía porque son muggles y no queremos preocuparlos. Tampoco pueden utilizar una chimenea ni sabrían aparecerse.
Helen, después de haberla escuchado atentamente, intercambió con ella algunas palabras de ánimo y se retiró. Volvió al cabo de un momento con Emmanuelle para retirarle la escayola a Derek y practicar sobre él otras curas que no había especificado a su padres. Del rato que pasó con el pequeño, entresacó entre otras ideas la principal de que el niño estaba bien, con lo que determinó que, al día siguiente, le daría el alta.
En efecto, así fue. Al llegar al día siguiente a la habitación de Derek, lo hizo con la noticia de que podía marcharse. El chico, que caminaba lamentablemente apoyado sobre un par de muletas, quiso haber podido desembarazarse de ellas y haber saltado de la emoción. Sus padres recogieron sus escasas pertenencias mientras Helen les daba las últimas indicaciones e intercambiaba con el pequeño unas últimas palabras. Finalmente, con éste se abrazaron tanto Emmanuelle como ella y lo acompañaron hasta la puerta, donde lo despidieron con muchas lágrimas y emocionadas de veras.
No obstante, no fue aquélla la última vez que lo verían: Helen, a instancia de Remus, invitó a la familia Howlsteel a pasar la siguiente luna llena en su casa. Éstos acudieron: sin color, enmudecidos, los ojos enrojecidos, a excepción del pequeño Derek, que parecía ignorarlo, los padres parecían lamentar el destino que traería consigo aquella oscura noche. Los invitaron a cenar. Derek y Nathalie apenas probaron bocado, aunque la madre del primero insistía para que comiese; tan sólo bajaban y subían constantemente de sus sillas y correteaban de un lado a otro sin que sus padres pudieran remediarlo. Después, los invitaron a una copa, que fue para Remus y para Derek de poción de matalobos. Y, por fin, el ministro invitó al pequeño a acompañarlo.
Inmediatamente antes, Remus se había desvestido en su cuarto y se había puesto su batín. Tomó la mano del pequeño y, despidiéndose del resto, que se deshicieron en besos y halagos con el niño, se dirigieron al sótano, donde acometerían su transformación. Al entrar en dicha estancia, toda oscura, el mayor dispuso tomar su varita para hacer aparecer un haz de luz, pero un estruendo enceguecedor se le adelantó; un trueno de luz violeta surgió y envolvió al pequeño Derek mientras, de fondo, se apreciaban un melodioso son de olas al romper contra un acantilado y una risa pueril.
–¿Puedes dejarlo pasar? –preguntó con tono confuso Remus, que se había acostumbrado ya a aquel fenómeno–. Queremos pasar adentro.
La luz violeta, sin desaparecer, se hizo a un lado. Remus, observándola de reojo, le explicó a Derek que lo iba a desvestir y procedió. El chico se dejó hacer de buena gana, incluso con buen humor, de manera que el mago consideró aquel momento el más óptimo para explicarle lo que iba a tener lugar aquella noche:
–Derek, esta noche va a haber luna llena. ¿Recuerdas lo que te dijo Helen sobre las noches de luna llena? –El otro asintió–. Pues bien, hoy nos vamos a convertir en lobos. Yo tengo ganas¿y tú? –Volvió a asentir, sin apuntar nada–. Verás qué susto le damos a tu madre cuando aparezcas convertido en un lobo. No obstante, puede que te duela un poco; pero no te preocupes, que yo voy a estar aquí contigo, a tu lado, y no pienso dejar que te pase nada.
–Vale, señor Lupin –afirmó el chico sonriendo.
Remus, que sintió lástima por él, lo abrazó y, en silencio, terminó de desnudarlo. Comprobó por última vez la hora de su reloj y, retirándoselo, lo dejó sobre el suelo. Después, dándole la espalda al chico, abrió el alto ventanuco que daba a ras de suelo en el exterior y desde el que se apreciaba el horizonte y, delicadamente, se retiró el batín. Permaneció en aquella postura unos cuantos segundos, tras los cuales se sentó sobre el suelo y le pidió a Derek que lo acompañara. Al acercarse éste, lo tomó en brazos y lo hizo sentar sobre sus rodillas. Le pidió que cerrase los ojos y que respirara grandes bocanadas de aire.
Aquélla fue su última recomendación, porque, a continuación, detrás de ellos, por el ventanuco, apareció esplendorosa la luna llena. Remus sintió su propio cuerpo y el que tenía sobre él convulsionarse. El pequeño, que comenzó a gemir lamentablemente, se escurrió hasta dar en el suelo, donde, a poco de aquello, tras muchos gritos torturadores que helaron los pálpitos en el piso superior, no quedaba más que un lobezno diminuto de pelaje gris que, exhausto, con la lengua fuera, respiraba entrecortadamente.
Otro lobo, de mayor envergadura y brillantísimos ojos, se acercó hasta el otro y le lamió el lomo. Empujándolo con el hocico, lo invitó a ponerse en pie, pero el lobezno, que no dejaba de sollozar entre tanto, no conseguía que sus extremidades mantuviesen el peso de su cuerpo. El lobo de Remus, viendo esto, siguió lamiendo el sudoroso cuerpo de la otra criatura, que al cabo de un rato abrió por fin los ojos, de un oro mortificante. Le ladró como si tratara de hablarle, a lo que el gracioso lobezno le respondió con un débil aullido.
El lobo más grande tomó al más pequeño del cuello prendiéndolo por sus fauces y subió con él de aquel modo las escaleras cochambrosas del sótano hasta la planta baja, donde los aguardaban los demás. Al verlos aparecer de aquella guisa, la señora Howlsteel, que parecía pronta al desfallecimiento, se dejó caer sobre el sofá, toda cubierta de lágrimas, donde en seguida el lobo de Remus le dejaría al lobezno sobre su regazo; éste se encogió en él todo tembloroso. El señor Howlsteel, que, aunque asustado, parecía menos turbado, sentado junto a su mujer, extendió una mano para acariciar el pelaje de su suave hijo, el cual respondió a estas muestras de cariño con dóciles aullidos. Helen, entre tanto, también acariciaba el lomo de su marido, que tenía las piernas delanteras apoyadas sobre su regazo y le lamía el rostro; entendía perfectamente lo que en el interior de aquella mujer debía de pasar y, en consecuencia, le dijo:
–Sigue siendo su hijo, señora Howlsteel. Usted lo ve diferente, pero él a usted en absoluto; y mañana todo volverá a ser como antes.
La mujer, que se sorbió las lágrimas, asintió apenada y, tomando al lobezno en sus manos, lo apretó delicadamente contra su pecho mientras derramaba nuevas y sentidas perlas por su cara.
Presenciar aquella escena debió de martirizar o inspirar a la adivina, la cual, a la mañana siguiente, después que los señores Howlsteel se habían marchado y Remus yacía en la cama, ocupó el sótano con su equipo de laboratorio, tarea que sólo abandonó a intervarlos para tratar a su marido. Remus hizo como que no se daba cuenta y no dijo nada, pero a partir de aquel día fue consciente de que Helen abandonaba algunas noches el lecho común antes de que los sorprendiera el alba y de que amanecía el día con ella experimentando allí abajo. Sabía lo que perseguía con aquellas investigaciones; no sabía si lo llegaría a lograr o no; pero cada día que transcurría, tal era el empeño que ponía en aquella labor, no podía dejar de quererla más de lo que ya la amaba.
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Un hombre fornido, de anchísimas espaldas, alto, veloz como un obús, abundantemente velludo, de expresión terrible, ojos agudos y brillantes como estrellas cargadas de furia, nariz gruesa, mandíbula cuadrada, cejijunto, pelo largo y grasiento, vestido de forma vagabunda: larga gabardina de color oscura, anchos pantalones rajados y una camiseta tan ajada que dejaba al descubierto casi por completo su peludo y amplio torso, discurría raudo a lo largo del sombrío corredor, en el que reverberaban los sollozos de las goteras. En llegando al término de él, abrió con fuerza las dobles puertas, que golpearon contra el muro, y se introdujo en una sala sumida en tinieblas. Como si él sí pudiese ver, o como si conociese perfectamente aquel lugar, caminó sin temor entre la oscuridad hasta alcanzar lo que se vislumbraba como un escritorio.
Sobre este mueble, una mano que pertenecía a quienquiera que estuviese sentado al otro lado depositó un par de fotografías. A continuación, la voz sin rostro, sumida en negrura, expresó:
–Ésta es tu próxima víctima, Jack. Ya te he adquirido un billete de avión para Zimbabue: lo tienes en el interior del sobre. La encontrarás en la ciudad de Bulawayo. Se trata de una científica inmersa en una expedición que... –Su voz, ronca, se interrumpió bruscamente–. Jack¿dónde coño está el niño¿Por qué no lo traes contigo?
El hombre de pie bajó el rostro.
–Está bajo el cuidado del Licántropo –explicó sucintamente.
El hombre detrás del escritorio se tomó unos instantes antes de responder.
–Es la segunda vez que me fallas, Jack; te aseguro que no consentiré una tercera: muerde a esa científica y tráela contigo. De lo contrario, prepararé un festín con tus entrañas. –Jack asintió casi con una reverencia–. Necesito que forme parte de mi laboratorio –prosiguió–. Ya nos encargaremos después de Remus Lupin.
–Pero, señor –exclamó Jack agudizando levemente su grave tono–, mientras Remus Lupin esté en el cargo de ministro de Gran Bretaña¡no podremos llevar a cabo nuestro plan!
El otro hombre se puso repentinamente de pie y, alzando un brazo grueso y poderoso, agarró al otro del cuello y lo levantó unos centímetros del suelo; asimismo, su rostro se vislumbró medianamente: mentón puntiagudo, barba rala, pómulos lisos, ancha nariz, ojos hundidos, de un resplandeciente color dorado, y cabello castaño que le caía alrededor de la cara como un marco. Jack gemía mientras se asfixiaba. Cuando a punto estaba de sucumbir en sus manos, el que lo tenía sujeto lo lanzó lejos, cayendo malparado a unos metros del escritorio. Jack se llevó una mano a la garganta mientras tosía frenéticamente.
–¡La culpa es tuya, estúpido! –le gritó–. Si sigues poniéndole nuestros nuevos camaradas delante de los ojos, será imposible que lleguemos a formar alguna vez el ejército que ansiamos. Por el Licántropo no te preocupes: cuando tengamos un número suficiente de numerarios entre nuestras líneas y podamos declararle la guerra a los vampiros, le daremos una sorpresa tal en el Ministerio que parezca obra de éstos; si aun así es lo suficientemente estúpido como para no declararles la guerra, de él me encargaré yo.
–Sí, señor. Como usted ordene, mi señor –musitó Jack arrastrándose hasta él–. Sus órdenes son mis diez mandamientos, señor. Pero, con su permiso¿no entiendo para qué desea disponer de ese niño? Como siempre ha dicho, necesitamos hombres poderosos y fuertes que se transformen en lobos competentes y aguerridos.
–Ya lo sé, Jack; conozco mis propios intereses¿no te parece? Pero quiero a ese niño conmigo; sin más, lo quiero. Cuando vuelvas de tu misión, deseo que lo recuperes.
–Como usted ordene, señor Greyback.
Fenrir Greyback rodeó el escritorio y, aproximándose hasta Jack, le tendió una mano para ayudarlo a poner en pie. En haciéndolo, le dijo:
–No tomes en cuenta mis golpes, mi más leal súbdito. Cuando nos apoderemos del control del mundo mágico y exterminemos a todos los muggles, te sentaré a mi derecha y serás mi más importante colaborador. Pero ahora atiende: cumple tu misión con exactitud o te mataré; ¿me has entendido?
Volvió a rodear el escritorio y extrajo un par de frascos: uno le dijo que lo guardase y el otro que lo bebiese en su presencia. Jack, apretando la quijada, se lo llevó a los labios y le dio cuenta de un corto trago. En seguida experimentó un fuerte dolor en el pecho, una sacudida en la sien, una extraña agitación por todos los miembros; cayó al suelo, los ojos inyectados en sangre. Greyback lo observaba entusiasmado, sin perder la sonrisa. Cuando el otro se arrebató la gabardina y se deshizo en trizas la camiseta, Fenrir se movió indolente un par de pasos y abrió de par en par la ventana que residía sobre su escritorio: un torrente de luz cayó sobre la figura descompuesta de Jack, pues el sol de la mañana caía agradablemente sobre aquella cara. Sin perder la compostura, las manos detrás de la espalda, Greyback le explicó mientras no cesaba de arañarse:
–Nuestros estimados compañeros de laboratorio por fin han hallado la codiciada fórmula para transformarnos en lobos a placer. Gobierne el sol, gobierne cualquier luna, Jack, mi amigo licántropo, ya no es indispensable la luna llena para expandir nuestro horror.
Jack, en aquel preciso momento, dejó escapar un grito atroz con el que su rostro se deformó y su mandíbula se desencajó: en unos instantes, un enorme lobo respiraba agitadamente en su lugar. Al alzar la peluda cabeza y contemplar a Greyback, gruñendo, se abalanzó sobre él con las fauces abiertas y babeantes. El otro, sin inmutarse, lo agarró del cuello antes de que pudiera clavarle los colmillos; acercó su rostro hasta su hocico y, gruñendo casi tan terriblemente como el lobo, lo tiró al suelo, donde resbaló hasta casi alcanzar la puerta. Después, tomando otro frasco de su escritorio, se acercó al lobo y se lo hizo ingerir. Era poción de matalobos, ya que inmediatamente la bestia reaccionó con ojos extrañamente significativos.
–Jack –llamó su atención–. Te he dado la clave; ahora somos invencibles en cualquier ocasión. Escúchame bien tú ahora a mí: trae a esa científica contigo y a cuantos desees y escojas para engrosar nuestra hueste de pelaje de plata. No vuelvas a fallar. Debemos desatar la guerra contra los vampiros.
El lobo asintió y, aullando, salió corriendo a lo largo del corredor. Greyback, con una sonrisa fugitiva, cerró las puertas de su ruinoso despacho al verlo desaparecer.
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Ea, ya esta (perdon mi indecoro, pero no me deja poner una maldita tilde). Espero que os haya gustado.
Avance del capitulo 8 (EL PODER DE ANULDRANH): El clan real... El anillo ha despertado... Pero su poder sigue latiendo en las profundidades del silencio, bajo la tierra, sumido en olvido... Pronto sera despertado, su poder renacera y la tragedia se repetira con desenlace igualmente catastrofico.
Espero que el dia que indique hoy no tenga contratiempos. Lo he meditado profundamente y, con la mano en el pecho y la voluntad en un aprieto, os cito para el proximo viernes, 3 de noviembre. Espero que no falteis, aunque solo sea para ver si soy puntual o no. ¡Y esto no es un procedimiento de "merkating"! No, es broma. Muchos besos a todos y hasta entonces. Cuidaos.
