«En tu poder, el suyo y que en ti se contiene está a buen recaudo; por supuesto, ni que decir tiene, Ánuldranh está muerto, Remus: no se puede¡ni debe!, resucitar una bestia tal. Espero que entiendas esto último, puesto que es más importante que lo que nos pueda pasar o nos haya pasado a nosotros: Ánuldranh no existe más allá de ti¿lo comprendes?; el reino de Ánuldranh está muerto, y nadie ni nada debe restaurarlo.» (MDUL II, cap. 6).
¡Puntualidad¡Puntualidad¡Puntualidad! Hermosa palabra cuando se da cumplida. Y, después de pronunciarla, no queda más que añadir: Respondo "reviews":
(Aunque antes... AVISO. En la web de MDUL (el grupo de msn) han aparecido ya mis apuntes con la genealogía de Ánuldranh (en General) y un dibujo de Elena de... ¡¡¡Remus desnudo!!! (en Dibujos de Elena)).
HERMY EVANS. Hola, Monikita de Lupin (veo que todavía no me has dado un nombre real, pero... ¡tampoco yo lo he hecho!). ¿Qué tal? Me alegro de que el otro día tuviéramos la oportunidad de conversar por medio del messenger (es algo que no puedo hacer todas las días y una suerte difícil de repetir encontrar a mis queridos interlocutores de "fanfiction"), aunque espero (es que luego, recapacitando, me dio esa impresión) que no pensaras que te forcé a que me transmitieras tus teorías sobre MDUL. Lo cierto es que, a mi ver, fui un poco brusco. Lo siento. Pero, bueno, me alegro de que así lo hicieras porque te pude confirmar lo que ya tú y yo sabemos; y, como te dije, reitero que, a pesar de tu descubrimiento, aún MDUL puede sorprenderte. También quería decirte que no pienses que si te dije, al decirme tú a tu vez que te gustaba mi forma de escribir, que no era para tanto, que era consciente de mis limitaciones, que estaba empleando una falsa humildad. Me explicaré: muchos de mis profesores han combatido fervientemente conmigo mi expresión, me han señalado que necesito ciertos hábitos estilísticos de que carezco e incluso una profesora, una vez, me tildó de "ripioso". En síntesis, que, fuera de "fanfiction", hago lo posible para mejorar mi expresión. Por si no te has dado cuenta, en ocasiones entremezclo demasiadas subordinadas y convierto las ideas en un laberinto de difícil huida. Soy consciente de todo ello. Es a eso a lo que me refería; espero que nadie me malinterprete más (en caso de que suceda) cuando yo mismo digo de mí mismo que ni escribo completamente bien ni cosa por el estilo. Pero dejaré el asunto, que te aburro. Así que crees que Helen está en camino de descubrir la poción de matalobos definitiva, aquélla que ponga fin a las transformaciones de luna llena de los licántropos. Interesante... Pero ¿sería de mucha ayuda cuando la facción licántropa opuesta ha inventado ya una fórmula para adoptar la fórmula lobuna a placer, sin depender del estado de la luna? La especie no cesaría. Mientras unos abrazarían la forma antropomórfica para siempre, otros harían cábalas sobre sus ataques a plena luz del día. Pero en cierto modo tienes razón: la extraña transformación que sufrió el pequeño Derek es bastante sintomática de todo esto. ¿Qué papel crees que adoptará Greyback en todo esto? Al fin y al cabo, éste era un capítulo sobre licantropía, y sobre licantropía había que discutir. En cualquier caso, cuando aparezca el título "En las entrañas del mundo o cópula lobuna" (que, si mis cálculos no me fallan, habrá de ser el capítulo dieciséis), sabe que muchos de los planteamientos que te estás haciendo ahora mismo tendrán una respuesta contundente y un desenlace... inimaginable. Dicho todo esto, me despido por esta ocasión. Te mando muchos besos y muchas gracias por seguir adelante, por haber emprendido el arriesgado viaje, la larga singladura, que supone enrolarse en MDUL. Por cierto, puedes llamarme Quique (lo prefiero a KaicuDumb). Hasta pronto.
DRU. Hola, pequeñaja. ¿Cómo te encuentras? Espero que bien. Sabes, me alegro muchísimo de que te vaya bien en el Bachillerato y que te estés adaptando de forma genial. En mi caso, todo hay que decirlo, fueron unos años extraños, antesala de los maravillosos de la universidad que vivo actualmente y posteriores a un estado febril de infancia-adolescencia de la que fui robado casi a la fuerza. No sé por qué, todos los edificios de Bachillerato son horribles (a excepción del de Elena, que me fascina), pero es cierto que luego le acabas cogiendo un no sé qué que puedes llamar "cariño". Piensas que sólo llevas ahí dos meses escasos... ¡Dos años es un tiempo bárbaro para hacerlo! Y tienes razón: las asignaturas específicas de cada modalidad tienen la suerte de que tienen muy pocos alumnos para impartirlas. Yo recuerdo que en Griego y en Latín (mis asignaturas de Humanidades) éramos también cosa de quince, y eran muy entretenidas. Y ¡Dios bendiga que en fin se está produciendo un cambio!: los de letras superan a los de ciencias. Eso es algo que merece ser rotulado en la primera plana de cualquier periódico. ¡Qué tremendista, Dios!... Pues disfrútalo, chica. Sobre todo este año. En segundo te empiezan a marear mucho con el tema de la Selectividad, aunque luego llegues allí y descubras que es la chorrada más absurda que nadie ha inventado. Por supuesto, se aprueba con facilidad. Respondo ahora sucintamente a las dos cuestiones que has planteado en tu pasado "review". La primera de ellas tiene como respuesta que por supuesto que Derek saldrá más adelante. ¿Acaso os pensáis que yo tengo la mala cabeza de inventar un nuevo personaje, introducirlo, para nada¿No has visto las buenas migas que ha hecho con la dulce Nathalie? Qué monos son los niños a esa edad. Y, antes de desvelar la segunda, tengo que felicitarte por tu acertado olfato: en efecto, Fen, el tío de Derek, el hermano de su madre, es Fenrir Greyback, el mismo que ha querido verlo convertido en lobo. De ahí la importancia del pequeño. Pero eso será algo que, como le he dicho a Hermy Evans, sucederá dentro de muchos capítulos. ¡Atención!, tan sólo y no bajes la guardia. Un beso enorme y ánimo en tu curso.
PUNKITTY. Ji ji... En esta ocasión no me has deturpado el texto con tus manos sanguinarias, no has lanzado contra mí tu dardo envenenado de crítica malévola... Soy libre. ¡Libre! He exagerado un poco¿verdad? En fin, hola. Tienes razón, has sustituido la malvada (nótese el humorismo, no te me vayas a ofender, por favor) silueta de terror del asesino cuchillo en mano tras la cortina de la ducha para adoptar la de entrevistadora de televisión. Muchas preguntas, sí tal vez, pero a las que responderé gustosamente, siempre y cuando que me des pie a decirte que, por fin, descubrí que eres de Uruguay y que vives en Montevideo; déjame sonrojarme, pero es que pensaba que eras argentina, por ciertos rasgos lingüísticos de tu habla, que, claro está, por la proximidad también deben de ser compartidos por tus compatriotas (ese bonito tema de las isoglosas que pertenece a determinados campos de estudio de mi disciplina académica, la cual se merece tratamiento aparte). Y, antes de empezar a responder como un papagayo, quisiera que tú, a tu vez, me respondieses a una primera pregunta¿qué clase de estudios musicales recibes? Se me hizo la boca agua al escucharte (leerte, vamos) referir todo eso de las clases de solfeo y demás. Yo, cuando tenía trece años, traté de acceder al conservatorio. Realicé las pruebas de acceso y obtuve un siete y medio, pero no me concedieron ningún instrumento porque sólo se los dan a los niños pequeños para que lleguen a ser Mozarts en potencia. Ahora ya me he repuesto de aquel pequeño palo de la vida que todos, tarde o temprano, acabamos sufriendo. Al fin y al cabo, entonces, yo ya sabía que mi camino era la filología (aunque entonces yo tampoco supiera de qué se trataba muy bien). Por cierto (ahora que he caído en ello), espero que te lo hayas pasado muy bien en Durazno. Bien, empezaré por decirte que "fanfiction" por supuesto que me deja hacer puntos y apartes (de lo contrario, el texto del capítulo no se hallaría fragmentado). Se trata más bien de un problema de tradición; quiero decir, como desde el primer momento opté por estas largas columnas de líneas y líneas, temo que ahora los menos avispados se vayan a perder creyendo que su respuesta se acabe cuando se rompa el renglón. Por eso lo uno todo en un conjunto inquebrantable, sólido, de texto. No es más que eso. No es una respuesta interesante ni inteligente, lo sé, pero es la única posible. ¡Ah!, me ha resultado muy simpático descubrir que no soy el único que recurre a las revistas para buscar nombres o apellidos anglosajones. Sí, yo también lo hago; últimamente, sobre todo, con los personajes secundarios. Con los principales de nueva aparición me gusta trabajar más el nombre: me gusta atribuirles a éstos un significado especial que, quizá, el lector pueda descubrir (remito a la larga genealogía de Ánuldranh, donde no hay nombre al que le falte un concepto oculto). Ahora vuelvo a un tema más prosaico, aunque debo decirte que si he descubierto el significado de la palabra "stock" ha sido por atribución contextual (algo similar me pasó con todas las demás que pululan por aquí: "hentai", "slash" y demás que a saber uno de dónde se sacan). En este caso puedo decirte que sí, que tengo un "stock" considerable (Dios lo bendiga), que me permita, entre otras cosas, daros una fecha más o menos precisa (si los retrasos imprevistos no lo estropean) de actualización. De lo contrario, sería incapaz de predecir si acabaré el capítulo a tiempo o no. Por supuesto, tengo muchos más capítulos planeados que escritos. Lo cierto es que tengo la historia de MDUL muy bien hilada dentro de mi cabeza (aunque eso no me impide reflexionar e hilar más fino cuando me proponéis asuntos muy interesantes a meditar: hablaremos a continuación de Greyback) y, a excepción de varios casos excepcionales, tengo muchos capítulos planificados. Por otra parte, si no fuera por el "stock" de capítulos (por mí mejor llamado reserva a secas), os dejaría en múltiples ocasiones sin leer: últimamente tengo muy escasas ocasiones para escribir. Así que sí, me limito al copiar y pegar, que es lo que haré dentro de unos minutos. Tengo un pequeño archivo, imagínate, titulado "Memorias de un licántropo (MDUL)" con 1.369 páginas de Word, sin espacios, alineación simple, tamaño de letra doce y todo eso. Y tú, cuando acabes este capítulo que añado hoy, habrías leído tan solamente hasta la página 1.224. Y estoy a punto de terminar un nuevo capítulo, "El documento clasificado", pero eso es ya marearte demasiado. Dejémoslo en que sí, hay "stock" o reserva de capítulos. Me ha encantado tu línea de discusión, por cierto, sobre el antagonismo en tus relatos (cada día tengo más ganas de leerlos, lástima del poco tiempo de que dispongo). Es cierto, vivimos una época en que los papeles concretos, "bueno" y "malo", como los llamaste tú, aburren o nos retrotraen a la memoria ideas pasadas, obsoletas, pertenecientes a la época previa a la modernidad. Son los personajes desdibujados los que consiguen atraer la atención; véase, y sirva como ejemplo, Snape, ambiguo en ese caso como solo él. Y algo parecido quiero hacer con Tim Wathelpun, si es que lo consigo. Deseo que sintáis por él tanto odio como amor, miedo como lástima, y es algo en lo que llevo trabajando unos meses. Con respecto a "Helen Nicked ama a Remus Lupin...", agradezco tus elogios, pero tienes razón: hace demasiado tiempo que no escribo nada en él. Aunque la idea me gustó muchísimo al principio. La interacción. Tan difícil de conseguir, y tan excitante. Pero, ya sabes, el tiempo... el tiempo de que tan raramente dispongo (¿por qué la gente perseguirá dinero, oro, cuando yo tan sólo quiero tiempo: horas, minutos...?) me hizo abandonar muchos proyectos: no sólo ése: también "Salvando a Sirius Black", en el que también pretendía interactuar con los lectores, y me ha hecho plasmar tan sólo dos páginas de una idea reciente: "El evangelio según San Remus: el Apocalipsis". Sin embargo, tengo deudas pendientes con determinadas propuestas de "Helen Nicked ama a Remus Lupin...": una propuesta de reconstrucción fue tan interesante que, a pesar de que abandoné el proyecto, me resistí a abandonarla y, en consecuencia, la incluiré en MDUL (véase el capítulo quince). Ahora, y para ir cerrando frentes abiertos, me enfrentaré a una definición (que Dios quiera sea decente) de la filología, a la que el DRAE da como segunda acepción "técnica que se aplica a los textos para reconstruirlos, fijarlos e interpretarlos". En realidad no es una técnica, ni una disciplina tan siquiera, puesto que aglutina a otras, sino más bien, y con propiedad, una ciencia (ya que es susceptible de que se le aplique su método). Para mí, francamente, la filología este año es un suicidio que me obliga a leerme en escasos meses La Regenta de Clarín, el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita, el corpus poético completo de Francisco de Rioja, Herrera, etc., razón, entre otras, que me impedirá enfrentarme a tus "fanfics", a pesar de mi inconformismo, hasta las vacaciones de Navidad. Pero descuida, que los he guardado convenientemente. Bien, entremos en aplicaciones prácticas. Cuando en la actualidad una persona no avezada se enfrenta a un texto literario, encuentra en él un texto fijo, y, a lo sumo, se preguntará por qué lo edita un filólogo que aparece en la portada y se responderá (erróneamente) que es el que se lleva las pesetas o el que ha escrito la introducción. En realidad, un texto literario no es fijo, aunque esto, claro está, depende del cuidado de cada autor o de las circunstancias. Los textos han llegado a nuestras manos a través de numerosos soportes (manuscritos, incunables, impresos, cartapacios, pliegos sueltos...) y, en múltiples ocasiones, cada uno de los testimonios de un texto aporta diferencias: variantes o lo que los filólogos, técnicamente, denominamos lecturas (¿debería emplear la primera persona del plural cuando en realidad lo que soy es un proyecto de filólogo?). Mediante la constatación de todas ellas (siguiendo unos pasos que, tradicionalmente, se han venido llamando "recensio", "collatio", "stemmatis constitutio" y "emendatio", aunque hay variaciones), el filólogo ofrece un solo texto, aquél que, presumiblemente, debería asemejarse más a la realidad desconocida de manos del autor. Claro está, para alcanzar esas premisas, la filología contiene unas reglas muy rígidas que no podría explicarte ahora mismo sucintamente. Y eso, más o menos, es lo que hacemos, en teoría, en filología. O lo que todo buen filólogo debería de hacer. Luego, claro está, los conocimientos que adquirimos nos permiten acabar como profesores de Lengua y Literatura, correctores de estilo, etc. Porque, para todo lo dicho, vamos realizando numerosas asignaturas sobre Lingüística y Literatura, entre otras ramas del saber específico: Biblioteconomía, Codicología, Paleografía, etc. Pero lo dejo aquí, que esto es muy aburrido menos para los que nos entretenemos con estas minucias. Paso mejor ahora a hablarte de Greyback y a agradecerte que, con tus palabras, me hayas dado una pequeña luz que me ha abierto los ojos. Cuando leas el capítulo... creo que dieciséis ("En las entrañas del mundo o cópula lobuna"), sabrás a lo que me refiero. Es que tienes razón. Pero me limito a hablarte hasta ahí, porque, de lo contrario¡tendría que contártelo todo! Y me alegro de que te haya gustado el capítulo, aunque tengo que aducir en mi favor que no tengo la suficiente imaginación como para inventar un hospital enteramente mágico. De ahí que me limita a entablar determinadas analogías con recursos... muggles... o de la vida cotidiana. Jo. Creo que me he pasado un poco con esta larga respuesta que te he dejado. Pero, vaya, luego no te podrás quejar de que te respondo pormenorizadamente y de que te dedico un mínimo de tiempo. Bueno, espero que, a la vuelta de la lectura de esta ocasión, tú también me cuentes muchas cosas sobre ti y me plantees todas las cuestiones que se te antoje. Un besazo. P.D.: Habrás colegido que la labor del filólogo es algo más compleja que entrar en "fanfiction" y rescatar las buenas obras. Es más, puede que sea un bicho raro por dedicarme a esa tarea. Pero al pan, pan; y al vino, vino (aunque no venga al caso).
ALTHEA ELENEAR. Hola¿qué tal? Bueno, me alegra que te haya gustado el capítulo, y también que Derek te haya recordado a un amigo tuyo. Eso me ha hecho reír por un rato largo. También lo de que no subías tu historia de puro floja. ¡Ay!... Que seguro que tienes que tener a tus pobres lectores en ascuas. Si tampoco cuesta tanto ponerse un ratito frente a la pantalla y dedicarle un rato a marear al teclado. Bueno, claro, es muy fácil que yo lo diga cuando lo más que hago es limitarme a sentarme y que fluya. En mi caso es que siempre sé que es lo próximo que tengo que escribir, no sé cómo lo hago (quizá sea que la historia está demasiado manida en mi cabezota), y siempre que me siento, sea el momento que sea, frente al ordenador, acabo consiguiendo algo que me satisface. Podrías intentarlo a ver qué tal. Pero eso sí, te advierto: es necesario que siempre vayas al ordenador con las ideas muy claras. No hay nada más deprimente que llegarse a éste en blanco y quedarse en suspenso. Recuerdo que yo al principio me ponía a jugar al buscaminas o algún otro. Qué tiempos... Por cierto, tengo curiosidad de saber qué es eso de los arcángeles. Últimamente, muchos escritores añaden historias con estos recursos, por lo que se está convirtiendo en un elemento imprescindible en "fanfiction". También me reí un rato con tu comentario sobre las "féminas de San Mungo" (no hay modo más despectivo de denominarlas...). Y luego, sarcásticamente, me dije para mí: "Pero, Cacuvi¿acaso tú no serías igual y participarías en esos corrillos de poder?" Mira que he visto mucha hormona suelta en "fanfiction". (Risas.) ¡Ah! Y también me reí (jo, vas a pensar que sólo me he reído con tu "review", pero es que en serio que me ha hecho mucha gracia) con tu comentario sobre Nathalie rompiendo corazones. ¿Tú crees?... ¿Es que acaso has visto aquí el germen de un delicioso idilio entre la pequeña y el recién estrenado licántropo? En cierto modo no te equivocas: el pequeño Derek va a convertirse en algo así como un miembro más de la familia. ¿Quién con un corazón humano en el pecho iba a ser menos cuando ha visto en una criatura tan pequeña y graciosa tanto sufrimiento y tantas lágrimas prendidas a edad tan temprana? Y¡leche!, que además a todos les recuerda a Remus. Bueno, aquí lo dejo. Mucha suerte con tu relato y adelante. ¡Ah! Y cuidadín con la mano, que en las pocas veces que yo he recurrido a cuadernos creo que se me hinchó y todo. Besos.
PIKI. Hola, Laura. Contigo cierro la lista de hoy (a menos que mañana entre en "fanfiction", vea que hay un nuevo "review", imprevisto, y me quede con el culo al aire). Sabes qué, ya he escrito cierto... pasaje de MDUL que... bueno, podríamos decir que te interesa. ¿Por qué? Oh, sí. Porque menciono en varias ocasiones el nombre de Laura Black. Bueno, digamos que el mismo capítulo se llama así (aunque junto a algo más; algo que me contengo por no ofrecer información... clasificada). ¡Es que ya has nacido! Elena lo acaba de leer esta mañana. Y sí, hasta pongo cómo se te hace y todo. Ya verás cómo acabas echando un par de risotadas buenas. Oye¿te has pasado por la página web de MDUL? Es que... ¡no te lo vas a creer!, le comenté a Elena tu propuesta, se interesó y en un par de días (su rapidez me dejó frío), hizo la portada de Corazón de bruja. Ya tienes a tu Remusín en ropa interior (que, vamos, los calzoncillos no le pueden quedar más ajustados al pobre mío; en qué estaría pensando Benjamin al tomarle la foto, o él al dejarse hacérsela). Cambiando radicalmente de tema, pues ya te he dado el anuncio, me hiciste mucha gracia con tu "review": se notaba que estabas en tu momento "payasa", sí, señora Laura. Y sí, "exijo" y "repetitiva" se escriben como lo habías hecho. Si pudiera ("fanfiction" me elimina determinados signos gráficos), pondría el emoticono ese de mirada suspicaz... Sí, sí, ése: el que se hace con el signo de la tecla seis repetido y luego con un punto. Jo, menuda explicación. Me pilla mi profesor ese tan duro (como lo llamas tú) y me mata. Aunque en realidad no es tan duro. Es exigente. Una compañera, cuando tenemos clase, le raja siempre sobre otro profesor que nos cae fatal porque es un vago, un incompetente y un palurdo (tanto así que me ha conducido a escribir un artículo de opinión al periódico para quejarme sobre el estado de la universidad): me encantaría que vieses el pique que hay entre los profesores de la universidad. ¡Se odian entre ellos!... Aunque ése que te digo es... (El teclado se opone a retransmitir lo que Quique ha escrito). ¿Te puedes creer que me ha cogido manía? Me llama "el parlanchín". ¡"El parlanchín"! Cierto que el primer día no deje de hablar con mis compañeros (bueno, el primero, el segundo y el tercero, y el cuarto y el quinto, etc.), pero es que me aburría. Y el otro día llega y pregunta "¿quién es el delegado de clase?", cojo y levanto yo la mano y se parte el culo el muy desgraciado. ¡Maldita la gracia" Y luego está siempre diciendo "demonios" y "no me hables, no me hables, tú..." ¡Oh, cómo lo detesto! (¿Te has dado cuenta de que contigo, en lugar de hablar del capítulo, me voy siempre a contarte mi vida? Qué bonita es la confianza, snif, snif...). Por eso no soy un masoquista... Pedro (que es el profesor bueno) es el único (exagerando) que merece la pena y por eso cojo sus asignaturas, porque aunque sea un poquito, quiero aprender algo. Ahora sí que voy al capítulo: so loca¿qué te ha llevado a pensar que el lobo y la niña sean Nathalie y Derek? No quiero decir con esto que no sea posible, pero ¿qué te hace pensar en ello cuando se acaban de conocer y se llevan tan bien los dos pequeños¿Te acuerdas de que el lobo saltó sobre la niña, la atacó y la mordió en la pierna (y eso precisamente no deja un cardenal...)? Además¿por qué crees que la niña puede ser Nathalie? Adelanto que habrá un capítulo próximamente en el que debatiremos todas estas cuestiones: la identidad de la niña, la naturaleza del lobo, etc. ("El documento clasificado"). Por esa regla de tres, Remus también podría ser el lobo (?). Ya hablaremos sobre esto cuando os dé más pistas, que os hacen falta. ¡Ah! Lo del refresco de mahonesa son chorradas que se le ocurren a uno cuando desvaría... Yo que tú no me lo bebía, porque tiene que ser una guarrada, pero es que tengo que poner esas cosas para emular la archiconocida cerveza de mantequilla. ¿De verdad quieres que te explique en qué consiste una edición crítica de la obra de Rioja? Ups. No sé si tengo ánimo de pensar en ese trabajazo que tengo que hacer (sin contar las exposiciones del Realismo y Clarín, Unamuno, la edición crítica del Libro de buen amor... ¡Calla, Quique!). Si en serio quieres saberlo (no lo hagas, Laura, no), te remito a la respuesta que le he dejado a Punkitty, donde le he explicado sucintamente qué es la filología. Hay he dado las pinceladas precisas para que entiendas mi labor, futura, presente o sabe Dios qué es lo que es. ¿Cómo ha podido gustarte la historia de Manrique? Si, mientras la escribía, me parecía patética... (Ahora vendría al pelo ese emoticono que he descrito ya con anterioridad). Y ahora te estoy imaginando estudiando Historia con las marionetas en la mano... ¡Me recuerda a mí cuando pequeño!, que tenía una figurita de un duende y le explicaba la lección porque creía que era mi alumno. Jo..., qué pena, qué personaje estoy hecho (ahora, ves, vendría otra vez bien el emoticono). ¡Ah!, y visto lo visto, para que tú no me des más las gracias, yo ya no te pediré más perdón por nada. Así que perdóname por todas las veces que te he pedido perdón, de veras, lo siento mucho, perdóname. . ¡Lo he vuelto a hacer!, no tengo remedio. wow Jo, estoy desolado. Como ya te he dicho, como soy delegado (por si ya tenía poco tiempo), tendré que ocupar algún tiempo en preparar la cena Ecuador, que es una cena que se tiene cuando se alcanza tercero. ¡Y tengo que ir a los restaurantes a pedir menús y a ponerme pujo de comida!... No, dudo que me den una mísera cola de pescado. Y, para colmo, este año todos tenemos los ánimos crispados y mis compañeros se pelean entre sí (hay dos bandos muy bien marcados) y, cuando ocurre algo, vienen a mí a que ponga orden. ¡Qué guay!, me siento como el profe de guardería. Pero cansa una barbaridad... Entre esto, el poco tiempo, el gili... que me tiene manía... ¡ay, Dios!, si llego a jubilarme de la universidad, como dices tú, será un milagro. Por cierto (puntazo curioso)¿qué te han regalado por tu cumple? Porque, vamos, si el mejor de todos ha sido la dedicatoria del capítulo anterior, lo mejor que podrías haberle hecho a tus amigos y familiares es escupirles un ojo (momento hiperbólico) por no haberte regalado nada o por haberte regalado cosas tan simples que no han superado un pego tan sobrehumano como el mío. Dicho lo cual, y habiéndome hundido suficientemente en el fango, me despido, que tengo que acabar unas actividades de Semántica griega y Etimología que he de entregar mañana. ¿Por qué tú sabes de dónde viene "endémico"? Pues yo tampoco. Conque lo tengo que averiguar. Un beso enorme y cuídate tú también mucho.
(DEDICATORIA. La verdad es que este capítulo me lo voy a dedicar a mí mismo, porque llevo colgando sesenta y tres y todavía no me he dedicado ninguno, y eso que les he dedicado un taco de tiempo. Así que, si después de esto, no me deja de leer alguno, es muy raro).
CAPÍTULO VIII (EL PODER DE ÁNULDRANH)
Para los que vivían próximos a aquel paraje de horizonte escarpado y rocoso, el semblante exterior de aquella mansión resultaba terrorífico: abundantes cipreses en el jardín de alargada y copiosa sombra, porche siempre vacío, puertas y ventanas continuamente cubiertas de tinieblas, fría fachada, puntiagudo tejado de tejas negras, ambiguas gárgolas de diversas formas que estremecían el ánimo de los que se aventuraban a aproximarse. Se contaba en la villa que, en cierta ocasión, Jack, el tonto del pueblo, había pretendido hurtar de aquel jardín un buen número de manzanas de un árbol que las tenía de apetitosa apariencia; consiguió sin mucho esfuerzo escalar la cerca, pero, al alcanzar lo más alto, padeció algo que describió más tarde como una descarga eléctrica y salió despedido a varios metros de distancia. Ningún médico supo explicar la causa de la extraña infección que sufrieron sus manos: parecía tenerlas como quemadas; pero era todavía peor, más negruzcas, y amenazaban con gangrenarse. También confundía a todos los habitantes el que, por ser de aquella mansión erigida sobre una enorme y abrupta roca que, del otro lado, caía en un apabullante desfiladero, toda la campiña que desde su fachada bajaba, en la que casi todos trabajaban, cuando se producía la recogida y el dueño se mostraba para tomar lo suyo, ninguno recordaba lo que había pasado ni si lo habían visto. Hacía poco, estando los porqueros y los cabreros avisados de ataques de lobos, amanecieron con una docena de estos animales agonizantes ante las verjas de sus rebaños, sin que ninguno hubiese escuchado ni sabido nada del concierto. Hasta habían llegado a contratar a un parapsicólogo para que éste les diera alguna explicación que los tranquilizara de aquellos extraños fenómenos: nunca supieron qué había averiguado, puesto que, después de despedirlo, desapareció.
Pintaba el cielo moldeadas de círculos de nata y coloreadas de dorada yema y roja fresa nubes que, bajas, discurrían negramente panzudas al caer del sol. Se teñía el manto descogido de malva mientras, en lo profundo de la garganta del abismo, reverberaban los graznidos de los cuervos. El susodicho Jack, que, a pesar de sus pocas luces, tenía las suficientes para intuir que aquello que nadie podía explicar debía de provenir de aquella suntuosa residencia, se paseaba delante de ella encogido, mirando con recelo. Evitó buscar puertas en la cancela o algún timbre: de sobra sabía que no existían. Cuando la luz desapareció fuera por completo, una se hizo dentro: una ventana se dejó iluminar con un refulgor que asustó al pobre Jack, que tropezó consigo mismo y cayó al suelo con estrépito. Tan rápido como pudo se puso en pie y echó a correr, jadeando, volviendo a ratos hacia atrás una expresión toda de congoja mientras agitaba las manos por encima de la cabeza y profería alaridos de terror. Parándose, se agachó y recogió una piedra, que lanzó con todas sus fuerzas en dirección a la casa; sin embargo, al franquear ésta el límite de la verja, se vislumbró un resplandor de verde fuego, como un rayo atroz, y la pedrada fue devuelta con idéntica brutalidad: golpeó la frente del chico, que quedó inmediatamente muerto en el suelo, los ojos abiertos, cubierto el rostro de sangre, mientras en ellos y a su alrededor se hacía la oscuridad.
En la mansión, ajenos a la desgracia que al día siguiente publicarían balidos y voces de pastor y, más tarde, desgañitados lamentos, proseguían su actividad, puesto que indolentes siluetas aparecieron en la ventana iluminada: la que se intuía pertenecía a una mujer, le tendió a la otra, que se apostaba de hombre, una bandeja que éste tomó, y, al hacerlo, desapareció su silueta, sin parecer que entre ellos se mediara una palabra. El hombre bajó con tiento una escalera barnizada, impoluta, pero que lo conducía hacia el subterráneo, en dirección a una puerta oxidada que se hallaba cerrada. Ante ésta soltó la bandeja, que quedó flotando frente a él, y sacó su varita: un esplendor azulado reflejó la puerta de metal, que se abrió con un chasquido. Recuperó la bandeja y entró en el interior del oscuro habitáculo, en el que sólo se hizo la luz cuando, alzando un brazo, tiró de una finísima cadena del techo que accionó una bombilla.
Otro hombre se hallaba de rodillas a pocos pasos de él, con las manos en actitud de oración y murmurando algo que el recién llegado no supo entender. A su lado tenía una mesa y una silla rudas, en las que dejó la bandeja. Como si no hubiese percibido su presencia hasta sentir que dejaba ésta, se volvió entonces sobresaltadamente. Clavó sobre el hombre en pie sus hirientes pero compasivos ojos verdes; su aspecto era famélico y descuidado: consumido, reducido a pellejos su rostro, con unas largas barba y cabellera, ambas de color zanahoria.
–¿Cuándo vas a dejar que me vaya, Richard? –preguntó el hombre arrodillado con tono piadoso.
Bajo la débil bombilla, las facciones de Richard Lupin parecían más grotescas y terroríficas. Al descomponerse en una sonrisa macabra, Jonathan Gallopheart, que era el hombre que tenía ante sí, se estremeció.
–Como buen religioso, amigo mío, debes ser paciente –le reconvino fríamente–. Dos cosas me debes, ya lo sabes: la primera, devolverme a mi hijo Benjamin, que prometiste encontrar; la segunda, todo el dinero que, pagándote, malgasté. Con respecto a tu primera deuda, tú, muy neciamente, te aliaste con el hijo de puta de mi sobrino e intentaste burlarte de mí¿no es así? Con respecto al dinero, que es no menos importante, sin embargo, ya lo doy por perdido: hubieras podido enriquecerte, pero tú a tu vez lo malgastaste entregándolo a obras de beneficiencia. Pero, sobre todo, no te irás de aquí hasta liquidar la deuda primera: dime dónde está Benjamin ahora, dónde vive, en qué trabaja¡cualquier cosa! –Gallopheart guardó silencio–. Vamos, maldito canalla, te advierto que no estoy de humor. –Y, sin espera, alzó su varita y pronunció–: Imperio. –Se acercó y lo agarró del pelo por la nuca–. Dime. ¿Dónde está viviendo ahora mismo mi hijo?
Gallopheart no dijo nada durante unos instantes, hasta que, finalmente, musitó:
–Rowling me protege. Rowling es mi aliada. Rowling me vela y me guarda.
–¡Crucio! –gritó Richard apuntándolo con la varita, disfrutando de sus convulsiones y alaridos–. Sé que no podré somoterte con la muerte, Gallopheart. Pero hallaré el modo de minar tu resistencia. –Y, aproximándose hasta quedar a unos centímetros de su rostro–: Pues ¿no creo que te agrade la idea de que, una vez que consiga dominar tu voluntad por el medio que sea, te obligue a matar al licántropo, verdad? No temes la muerte, pero sí convertirte en su ministro. Come, amigo mío, que en verdad que te hace falta.
Y, con pomposidad, abandonó el cuchitril en que lo tenía encerrado tras apagar la luz.
Al alcanzar el piso superior, comprobó que su hija Charlotte había llegado ya con su marido, Ian Graham Waterloo, y con su hijo Tim, que tendría no más de un año. Ésta le preguntó a su padre, tras saludarlo, la causa de las voces que habían escuchado, pero Richard, que intercambió con su mujer una mirada penetrante, respondió con evasivas. En cambio, les pidió animosamente que se sentasen a la mesa y que esperaran, mientras conversaban, que el elfo trajera la cena. Hasta entonces, Richard mantuvo una cordial disertación con su yerno acerca de economía, aspecto en el que éste entendía mucho por ser un alto dirigente de Gringotts. El señor Lupin apreciaba indeciblemente al marido de su hija, al que amaba más de lo que había conseguido jamás a su propio hijo: se jactaba con todo aquél que quisiese oírlo de lo galante y apuesto que era, de lo inteligente, de lo educado en las formas y en las costumbres, de lo rico, pero por encima de todas estas cosas alardeaba de la pureza de su sangre, en la que no se apreciaba una gota muggle en más de dos siglos de generaciones.
Cuando al fin apareció el elfo doméstico con una inmensa fuente sobre sus diminutos brazos, los comensales se revolvieron en sus asientos con agrado. El elfo, que confundió sus movimientos con otros signos menos simpáticos, se giró instintivamente, tropezando consigo mismo y haciendo caer toda la fuente al suelo. El señor Lupin, bufando terriblemente, se puso en pie de un salto y, apuntándolo con el dedo, le mandó que lo recogiera de inmediato. Pero el elfo, revolviéndose, repuso:
–No me dé órdenes –con su aguda vocecilla, pero tensa.
Richard agarró al elfo del cuello y lo arrojó contra la pared. Después, volviéndolo a atrapar, lo calentó a golpes mientras la señora Lupin, llorosa, repetía en voz baja que prefería el anterior elfo, y el elfo, que se iba a quejar a su representante.
–¡Maldita sabandija! –exclamó el señor Lupin entre los azotes–. Ocúpate de tu trabajo y olvídate de derechos sindicales, rata de cloaca. –Le propinó una patada en el trasero con que lo hizo caer de bruces sobre los trozos de la fuente deshecha–. Maldita la hora en que el Ministerio aprobó esa estúpida ley en favor de los elfos domésticos –murmuró refiriéndose a la propuesta, ya largo tiempo atrás aceptada, de Hermione.
Como se ha visto, la familia incumplía la nueva norma sobre el tratamiento hacia los elfos domésticos. Habían adquirido en Borgin y Burkes un brazalete que habían hecho poner al elfo y con el cual impedían que éste hiciese magia si no era para los casos en que sus amos se lo hubiesen ordenado; impedían de ese modo que diese el aviso a cualquiera del Ministerio. En El Profeta ya habían contado por docenas los casos en los que los elfos recibían ayuda hospitalaria, indemnizaciones o se llegaba incluso a encarcelar por algunas semanas a sus dueños.
Mientras el elfo, entre sollozos y puñetazos contra el suelo, recogía el estropicio que había organizado, el señor Lupin volvió a tomar asiento en la mesa. Lanzó una última mirada a la criatura y, golpeando también él el puño contra la mesa, sólo que tan fuerte que todos, aun el elfo, guardaron un respetuoso silencio, exclamó:
–Me cago en el licántropo y en la madre que lo parió.
Charlotte, tras rogarle bruscamente que no emplease aquel lenguaje delante de su hijo, con voz sosegada, poniéndole la mano sobre el antebrazo para calmarlo, le susurró:
–¿Se sabe algo de... mi hermano? –Su padre cabeceó lentamente–. ¿Y qué va a pasar con Remus¿Qué era lo que querías contarnos de que nuestra venganza sigue adelante?
Richard necesitó unos segundos hasta que se recuperó. Después, con voz al principio relajada, refirió:
–A ninguno hace falta que os diga lo que esta familia viene sufriendo por culpa de ese maldito malnacido de Remus el Licántropo; a ninguno hace falta que os recuerde las ansias dormidas que, palpitando en cada uno de nuestros senos, mantenemos de devolverle multiplicado el daño y la afrenta que nos ha ocasionado. Con indignidad únicamente propia de una bestia de su calaña ha ignominiado nuestro apellido, rebajado nuestra ralea y destrozado nuestra familia: con malas artes suasorias ha apartado a nuestro amadísimo hijo de nuestros conciliadores brazos de fraternidad y lo ha tomado para sí, para su rebaño de lobos. Lo poco que sabemos de él, lo averiguamos por medio de las revistas del corazón, que nos traen nada más que desesperanza. –Y, diciendo esto último, sacó del bolsillo de su túnica un recorte que dejó con furia sobre la mesa, en el cual aparecían Benjamin y Tonks besándose en el callejón Diagon–. Temo que ya sea tarde para él –alegó con voz melancólica–, que el licántropo por fin haya dominado su voluntad; muestras nos ha dado suficientes de ser así: se ha apartado del verdadero redil; según he constatado por medio de óptimos informadores, frecuenta las mismas compañías del licántropo: ese escurridizo Sirius Black, esos traidores de la sangre: los Weasley, pisa la hedionda biblioteca del ambiguo bastardo de mi hermano; ¡e incluso dice andar enamorado de esta furcia que renegó a una de las familias más poderosas de nuestro tiempo! –exclamó señalándola y maltratando el recorte. Tras un momento en silencio, recuperó la compostura–. Hemos perdido a Benjamin, de eso ya somos conscientes. Hemos cometido el error de dejarlo escapar y de publicar los más bajos secretos de un apellido que debería andar sublimado y no en las bocas de las más bajas gentes. ¡No hemos perdido a un hijo, no, sino nuestro honor!, que es tan importante o más. Pero ni vengarnos podemos¿verdad?; mi sobrino fue lo suficientemente astuto como para evitarlo. De seguro debe de tener buenos contactos en los medios de comunicación y consiguió publicar nuestro intento de homicidio contra su hijo; desde entonces, si a su despreciable vástago le hubiese ocurrido cualquier percance, por leve que hubiese sido, toda la comunidad hubiese sospechado de nosotros. Y temí que fuera peor, pues pensé que la estúpida sangre mestiza de la mujer del licántropo había conseguido pruebas determinantes de nuestra culpabilidad: pero, por suerte, no fue así. No obstante, parecía que nuestra sed de reparación hubiese sido impedida, truncada; en efecto, lo fue. Pero yo me propuse evitarlo: reflexioné durante todo esto tiempo cuál había de ser la mejor forma de vengarnos sin ser descubierta nuestra participación; porque el resarcimiento debe seguir adelante: ojo por ojo y diente por diente, y el mundo quedará equilibrado; si él me ha robado un hijo, yo le quitaré otro. Por favor –dijo poniéndose en pie–, seguidme y os mostraré al hombre que matará al mayor de los lobeznos Lupin, y, con un poco de suerte, incluso a su progenitor.
Los llevó hasta la escalera que conducía a la puerta oxidada. La abrió y, caminando lentamente, se detuvo en el centro de la habitación, desde donde accionó la bombilla. Al instante, hecha la luz, todos retrocedieron, la señora Lupin gritó y echó a correr hacia el exterior y Charlotte se dio la vuelta. Su marido, Ian Graham, en cambio, avanzó hasta el cuerpo de Gallopheart, que examinó con curiosidad.
–Qué bruto, este hombre –opinó con frialdad, dirigiendo una sonrisa hueca a su suegro, que no parecía en absoluto divertido y lo observaba con el rostro hierático.
Jonathan Gallopheart yacía muerto sentado sobre la silla. En su rostro se había grabado una expresión de martirial horror. En el interior de la boca desencajada, se había atravesado el tenedor: o bien se había atravesado la masa encefálica, o bien se había asfixiado al encharcarse sus pulmones de sangre.
Ian Graham, que interpretó acertadamente el mal humor del señor Lupin, se aproximó a éste y le apuntó con garbo:
–Veo, Richard, que era este hombre nuestra baza contra el licántropo. Te recuerdo que puedes contar conmigo para...
–No, Ian, no –salió de su mutismo–. No quisiera dejar a mi hija sin marido ni a mi nieto sin padre. No me lo perdonaría. No. Hay otra posibilidad –comentó–. Según también se me ha informado, el licántropo deja frecuentemente a sus dos hijos menores con una niñera del lugar. No será difícil inculparla del asesinato de los niños, aunque para ello no deba emplear la magia; es más, en ocasiones hasta se disfruta matando con las propias manos.
Ambos hombres rieron y, socarronamente, echaron un último vistazo sobre el cadáver del hombre.
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Harry preparaba las bebidas mientras Ginny los canapés y demás aperitivos. Sus manos se rozaron un instante en tanto, ajetreados, cumplían estas labores, y entrelazaron una mirada pícara y bebieron de una común sonrisa. Sirius, sobre todo, estaba emocionadísimo de que su ahijado hubiese anunciado finalmente una relación, y a nadie sorprendía que fuese con la hija menor de los Weasley, pues esta pareja, según decían, apuntaba maneras desde hacía tiempo. Ginny se había ido recientemente a compartir con Harry la casa que éste había reedificado en el Valle de Godric, motivo por el que Ron se había enojado y avergonzado a un tiempo; también él deseaba irse a vivir con Hermione, pero todavía no habían ahorrado lo suficiente para comprar una casa. No obstante, Harry le había prometido a su mejor amigo que podía hacer todas las escapadas amorosas que quisiese con Hermione allí, en la suya.
Aquel día habían invitado a toda la familia y a todos los amigos a preparar una barbacoa, con lo que se reunió un grupo numeroso, entre el que, claro está, se encuentran todos nuestros protagonistas. Sirius aprovechó, asimismo, aquella concentración para presentarle a Harry su novia: Karina White, la chica que había conocido en la boda de Sorensen y Ángela; como el muchacho había estado los últimos meses atareado con los exámenes de la academia de aurores, no había podido presentársela formalmente antes. Aunque se decía que Sirius y Karina habían mantenido su relación en secreto durante varios meses para darla a conocer pocas semanas antes del acontecimiento del que doy cuenta.
Ángela estaba emocionada, no hablaba de otra cosa. Y, además, cuando tenía oportunidad o hallaba alguna lechuza a mano, emitía un nuevo voto. No había quien no se hubiera enterado: el certamen convocado por Corazón de bruja había causado sensación. «Vota al mago más guapo de Gran Bretaña entre nuestros diez candidatos. ¡Tu voto es indispensable! Envía una lechuza con el código "magomásguapo" seguido del nombre de tu candidato al apartado de lechuzas 7557», leyó Ángela a Hermione, que no se había enterado de la eventualidad, puesto que, desde que lo hubo comprado, la primera siempre llevaba encima aquel ejemplar. Reconocía y propagaba su felicidad a los cuatro vientos por hallarse en aquella fiesta, en la que cuatro de los diez candidatos propuestos por Corazón de bruja se hallaban reunidos: Remus, Sirius, Benjamin y Harry. Andaba asimismo consolando siempre a su marido, que no figuraba en la lista; pero éste no parecía afectado, puesto que siempre decía:
–Si fuera guapo, no me hubiese metido a bibliotecario; o, por lo menos, habría puesto un poco más altas las luces en la biblioteca. No importa, angelita mía, que yo ya tengo asumido que no soy atractivo; o no al menos tan atractivo como mi hermano: que de buena tinta sé yo que soy el integrante undécimo de esa lista y por eso no figuro.
En tono de chanza, Helen, Tonks y Karina bromeaban sobre cuál de sus hombres debía ganar el concurso. Aquella vez, en la casa de Harry, no fue menos, y por ser éste también implicado, Ginny participó en la disputa, que acababa en todos los casos felizmente, todas riendo con jolgorio y comentando entre sí las virtudes de sus maridos o novios. Sirius, de natural competitivo, andaba siempre requiriendo en votos a Ángela, que acabó confesándole que, siempre que votaba, lo hacía por uno diferente, pero que tenía un favorito que no pensaba confesarle.
En la sobremesa, como el sentimiento del animago continuase, se sintió ultrajado por un comentario chistoso que, en broma, le dedicó el licántropo. Poniéndose en pie bravuconamente y llamando la atención de todos, pidió su colaboración en los términos siguientes:
–Por favor, amigos, atención. Heme aquí rivalizando con mi mejor amigo, Remus Lupin, del que dicen por ahí que es tan guapo como yo como para atreverse a competir contra mí. Pero yo discrepo: opinad vosotros¿cuál es más guapo de los dos?
–¡Quítate la camisa y tendrás un voto de mi parte! –gritó Ángela exaltada.
Sirius, poniendo morritos, deslizó sus manos de arriba abajo por los botones y, al alcanzar la parte inferior, de un tirón sacó la camisa del interior del pantalón. Después, mientras las mujeres, y especialmente su novia Karina, le aplaudían y vitoreaban, se dio la vuelta para desabrocharla y se la quitó. La arrojó contra su chica, que la alcanzó y besó fingiendo ser una fanática en un concierto de rock. Todas le dedicaron halagos, silbidos, exclamaciones y piropos que se entrecruzaban unos con otros.
–¿Qué dices ahora, Ángela?
Ésta ni lo pensó; en seguida apuntó:
–Yo, si no comparo, no me llevo el pescado. ¡Que Remus también se quite la camiseta!
El licántropo quedó lívido al escuchar aquel comentario y, seguidamente, el eco de voces que, uniéndosele, la secundaron. Sintió que lo empujaban y que manos invisibles lo conducían al lado de Sirius, que lo observaba con fingida superioridad. Al principio se comportó tímidamente, sonrojado, pues no sólo no le satisfacían aquellas actitudes públicamente, sino que se sabía vergonzoso de participar en ella delante de viejos alumnos suyos: Ginny y Hermione, por ejemplo. Pero, en el momento en que descubrió a su amigo encaramándose a una mesa y, subido a ella, quitarse con violencia el cinturón y arrojarlo a la señora Weasley, cuyo rostro se encendió como la sirena de una ambulancia, sintió pisado su varonil orgullo y se subió a su lado. A continuación, un revuelo de latentes hormonas femeninas corrió al encuentro de ambos y, frente a ellos, con gritos, aplausos, vítores, desgarros guturales, desmayos, sudor, el tacto de sus manos, saltos, solicitaron la compensación de su esfuerzo; requirieron la prueba determinante de su sexualidad.
Mientras Remus se quitaba la camiseta sensualmente, dejando mostrar su esculpido torso, además de producirse algún paroxismo aislado, Tonks, haciéndose escuchar por encima del enfervorecido auditorio de lunáticas, gritó:
–Mi novio también es candidato. ¡Que suba Benjamin y también se quite la camiseta!
Pero Sirius, que la escuchó, cabeceando terriblemente, alegó:
–Estamos compitiendo quién se merece más vuestro voto entre Remus y yo. Benjamin es mucho más joven que nosotros y va tanto al gimnasio que un día le van a explotar los pectorales. ¡Mejor que se quede las tabletas de chocolate a buen recaudo!
El licántropo, que, a todo esto, había terminado de desvestirse de cintura para arriba, al concluir de decir aquellas palabras su amigo, lo halló frotándose caninamente la prenda por su torso hasta bajarla a la entrepierna, desde donde, después de besarla, se la tiró a su mujer. Hermione, que no podía creer lo que sus ojos veían, gritaba emocionada abrazándose a Ginny mientras Ron y Harry se miraban extrañados y recelosos. Sirius, apretando la quijada, se bajó de la mesa hábilmente y, tomando un barril de cerveza de mantequilla de cinco litros, volvió a subirse; volcándola por encima de su cabeza, se empapó de rubia espuma los cabellos y la galopante cerveza se arrojó por entre su torso mientras él sacudía su cabeza como un pastor alemán, salpicándolas su larga cabellera a todas, y entreabría su boca a espacios intervalos con apetito sensual.
–¡Tú no mires, cariño –elevó Ángela la voz para hacerse entender con Sorensen, al que trataba de tapar los ojos–, que lo que menos desearía ahora mismo de ti sería una recaída!
La atención pasó del animago al licántropo cuando este último, con habilidad sólo propia de un gigoló, se desabrochó los botones del pantalón, más insinuando que mostrando. Se daba la vuelta una y otra vez, mostrando en unas el trasero y en otras lo delantero; en una de aquellas veces, vuelto de espaldas, el licántropo se bajó unos centímetros el pantalón hasta mostrar su ropa interior, que era de color negro. Al darse la vuelta, después, se bajó también unos centímetros el pantalón y mostró, sólo en parte, la prominencia que correspondía a sus zonas pudendas. Ángela, pronta al desmayo, gritó en ese instante:
–Ese pito vale millones.
Sirius, que mientras tanto había estado adoptando posturas propias del culturismo para explicitar de forma más clara su envidiable forma física, al percatarse de los obscenos gestos de su amigo, se interpuso delante de él y, dando la espalda al rijoso público, le abrochó el pantalón aunque el otro se negara y tratara de impedirlo. En seguida, poniendo cara de póquer, se apartó de él y señaló su propia entrepierna, de la que desabrochó algunos botones mientras se acuclillaba y aproximaba sus gracias sensuales a las risas y provocaciones de la primera fila. Dejándose caer como desmayado sobre la mesa, elevó las piernas hasta ponerlas a la altura de Remus y le hizo a éste indicaciones de que le quitara las zapatillas. Éste lo hizo malcontento.
A continuación, Remus, que pidió le aproximasen una cubitera que quedaba de allí no muy lejos y que se le fue dada con inusitada rapidez, tomó un cubito de hielo que pasó por todo su torso, dejando tras él un babeante surco de agua. Sirius, que al verlo obrar de este modo se puso en pie de un salto, tomó otro cubito y, sin más ni más, se lo introdujo en el interior de la ropa interior, por la zona de delante, lo que ocasionó un grito entre las expectantes chicas, no se sabe todavía si de emoción contenida o si contenido de dolor.
–¡Sirius, invítame a una bebida! –exclamó Ángela con los brazos encogidos de placer–. ¡Y la quiero bien fría!, que para calientes ya estáis Remus y tú. Ay, joder –prosiguió en tono privado–, Sorensen, que no estoy haciendo nada malo; tan sólo me estoy divirtiendo.
Sirius, en cambio, no pudo soportar el frío contacto del hielo en sus, por otra parte, ardorosas reconditeces, pero tampoco lo sacó de allí por no revelar su vileza y descender el concepto que pudieran tener hecho de su hombría; se lo pasó el siguiente minuto practicando una extraña danza gracias a la cual procuraba no quedar ni un instante quieto. Remus, no obstante, viéndolo en aprieto tan cómico, se aproximó hasta él y, agarrándolo por el hombro, impidió que saltase y se apartase; después, apretándole con fuerza con la mano la entrepierna (lo que provocó, todo hay que decirlo, un emocionado silbido lujurioso), lo que provocó no fue sino que Sirius emitió un femenino chillido, en el que incluso se puso bizco, mientras sentía tocada su vergüenza, hablando en frío. Remus no poco rio de aquello, lo cual fue aprovechado por el otro, que se sacó en un visto y no visto lo que del manoseado cubito quedaba y se lo introdujo a su amigo inesperadamente en la boca. Éste lo escupió rápidamente, con tan mal acierto que le saltó un ojo a Fleur Weasley, la mujer de Bill, que presenció el espectáculo restante con un filete de ternera ocupándole media cara; después del cubito escupió muchas otras veces, como si con él viniese enredado un no sé qué que le repugnase.
–Baja, por favor, Remus –le musitó entre tanto el animago con burlesco desprecio–; no hagas más el ridículo, por el amor de Rowling. De toda la vida, el atractivo ha sido Sirius Black, y no Remus Lupin.
–Perfecto. Me bajaré de aquí cuando me muestres alguna portada de Corazón de Bruja en que "Sirius Black" salga posando –repuso.
El animago, bufando, bajó de un salto de nuevo y, tomando algo del suelo, volvió a encaramarse a la mesa. Remus se percató tarde de que era barro, que había tomado de un charco que se había producido al derramar el torpe señor Nicked un barril entero de hidromiel: dio con él todo en el torso del licántropo, que quedó cubierto de chorreante y envelada suciedad. A propósito de esto último, Ángela exclamó:
–¡Quiero que me practiquéis una mascarilla!
Sin embargo, Remus aprovechó aquella circunstancia, en lugar de revolverse y vengarse, para refregarse el lodo por todo su cuerpo con sensual tacto, como si fabricase en un torno su torso con habilidosas y experimentadas manos. Su vello quedó aplastado entre aquella rojiza materia, que reflejaba incandescente los rayos del sol. Sirius, por su parte, que se sintió maravillado de que idea que en principio nacía tan negativamente pudiera resultar tan contraria al deseo de uno, aprovechó el lodo que quedaba en sus manos para abrazar con él sus ingles, que paulatinamente desnudaba al precipitar sus pantalones; quedaron, en consecuencia, manchadas de aquellos lamidos de tierra germinal sus caderas y su abdomen, que retorció con sus manos mientras las chicas estallaban en delirios agónicos. Hizo descender también unos centímetros su ropa interior y abrazó con sus manos impuras el vello erizado que sumía sobre ella.
–¡Que me desmayo, que me desmayo! –gritó Ángela en su culmen.
Remus, en ese momento, apartando de un manotazo a su compañero, volvió a desabrocharse el pantalón, lo cual provocó una ovación entre el público. Se retiró a continuación los zapatos con un toque seco y los lanzó hacia atrás con desenvoltura; uno de ellos arrasó con un par de copas en su parábola de descenso, pero nadie reparó en ello: si cabía, aumentaba la expectación y el jolgorio. Con sensualidad, al soltarse asimismo la hebilla del pantalón, éste se deslizó grácilmente por sus caderas, mostrando su ropa interior negra.
Sirius, anteponiéndose a él con rabia, se desabrochó su pantalón desaforadamente y dio con él en los tobillos, dejando al desnudo un graciosísimo slip de vivo color rojo. Se terminó de retirar las perneras levantando sus largas zancas peludas y lo tiró al expectante público, que lo hizo trizas en un santiamén: tan pronto les llovió aquella prenda, cada una quiso asirse de una parte y volaron las costuras, los botones y los retazos como erótica y divina lluvia dorada. Los gritos excesivos y desmedidos aumentaron y se volvieron desgañitados cuando comprobaron que una turgencia mayor iba teniendo lugar en la entrepierna del animago, que parecía sentirse excitado por cuantas miradas tenía clavadas en ésta; tanto era así, que no tardó en mancharse incluso la prenda, lo cual provocó, más que asfixiados gritos, sofocadas risas.
Remus, que ocupó el rol de su amigo mientras éste, ruborizado, se apartaba y, vuelto medio de espaldas, insuflaba aire repetidas veces para controlar la inconsciente inyección de sangre, terminó de quitarse el cinturón; tomó éste y lo pasó por su boca, haciendo como que lo mordía, y, cuidándose de lanzarlo cerca del impactante auditorio, lo dejó caer sobre sus pies descalzos. Paseó con suavidad sus manos por la textura de su pantalón y tiró de él delicadamente hasta acabar mostrando sus provocativos boxers negros, sus velludos muslos, sus huesudas rodillas, sus musculosas pantorrillas y sus eróticos tobillos. Dejó el pantalón a un lado mientras las alertas chicas protagonizaban desmayos, asfixias, llantos, todo lo cual sin dejar de aplaudir y gritar pidiendo más y más, extendiendo sus brazos como con intención de atrapar lo inaprensible.
–¡Esta noche misma mando dos lechuzas con un voto para cada uno! –concluyó desmayada Ángela, que sudaba incluso de la colérica excitación que padecía.
Remus, quien, al concluir el striptease, dejó con él la burlona competitividad que, cual juego, había demostrado contra su amigo, abrió los brazos para encontrarse con él, el cual también los extendió para abrazarlo. Mucho rieron todos de que acercasen mucho los hombros y el pecho pero apartaran tan visiblemente las piernas y sus consabidas gracias a la cabeza de ellas. En apartándose, Remus se dio la vuelta para recoger los pantalones y vestírselos otra vez; al verlo agachado en forma tan provocativa, el animago, que con juego o sín él podía dejar de ser cómico, dio un tirón de los calzoncillos del licántropo, el cual dio con éstos en los pies del mismo. Mostró así, sin buscarlo ni pretenderlo, el ministro sus reales posaderas, que ocultó tan presto como pudo; aunque lo que no pudo fue evitar la estridente carcajada de Tonks, el paroxismo de Ángela ni aun el grito impresionado de la señora Nicked, que se tapó rápidamente los ojos escandalizada, aunque no dejaba de batir los hombros como si incubara en su interior una rara pasión; o tal vez sólo fuera una insonora carcajada. El licántropo, tras ocultar de la vista sus hirsutos asientos, se encaró contra Sirius, al que, después de imprecarle y zaherirle con leves empujones, le bajó igualmente la ropa interior; sólo que éste, por estar de frente e igualmente desprevenido, enseñó muchas más vergüenzas que el otro, aunque también se esforzó aprisa por ocultarlas: recogió con su mano en forma de cuenquillo sus gallardías, tamaña grosería blandir tamaño tan inicuo, de las que despuntaban negras cerdas que dejó a la vista, orgullosamente, con gallarda voluntad. Mientras, subiéndose con una sola mano la prenda por sus sudadas nalgas en tanto con la otra se tapaba lo que a nadie había quedado ya oculto, Sirius se vestía, protagonizaron las famélicas hembras un lascivo concierto de aullidos y con sus saltos un seísmo que acabaría ocasionando que el animago cayera de la mesa, con la que se golpeó sobre el costado, y que mostrara de nuevo sus partes pudendas, que bailaron a saltos mientras, descarriadas, golpeaban de peñasco en peñasco.
Convinieron todos, por la tarde, en evitar recuperar aquel triste episodio de la historia de los magos. Y el primero que quiso olvidarlo fue el mismo Sirius, que sólo, y a desgana, se dejó alzar la camisa por su novia Karina para que ésta viera el inmenso cardenal que en las costillas se había hecho a causa de la molida caída. No obstante, muchos pensaron que aquello pudo haber acabado peor: el señor Nicked, vaciándola, recuperó la mesa y, varias veces, montó sobre ella y enseñó bailando su peludo ombligo; pero no pasó de ahí, pues su mujer lo tomaba en cada ocasión y lo hacía bajar con la suave caricia de sus lúbricas collejas; de esa manera, tuvieron la suerte de que aquél no les mostrase más reconditeces, por peludas o peladas que fuesen.
Al día siguiente, como era el primer día de las vacaciones de Pascua, Remus y Helen dejaron a Nathalie y a Alby con su preceptora, María Angélica, y así pudieron ellos aparecerse en la estación de trenes londinense para recoger a su hijo mayor, que pasaría unos días en casa. Había transcurrido fácilmente media hora desde que se los hubieron dejado, cuando el timbre de la puerta sonó.
–¡Ya va, ya va! –exclamó María Angélica mientras, quitándose las manoplas, que dejó encima del sofá, se dirigía a abrirla.
Quien halló al otro lado le causó inmediatamente una agradable impresión, a la que ella, por ser de natural afectuoso, estaba acostumbrada: parecía un gentil caballero, apuesto, bien vestido, cuidadoso en la apariencia, cordial en las formas, respetuoso y educado. Afablemente, le inquirió quién era y qué deseaba.
–Buenos días –dijo el hombre–. Mi nombre es Richard Lupin, soy el tío de Remus. He venido a visitarlo, pero, como no he querido avisarlo para darle una agradable sorpresa, me he encontrado con el inconveniente de que no está en casa. –Sonrió largamente–. Por suerte, me he puesto en contacto con ellos –mintió– y me han dicho que regresarán en seguida; de otra parte, también me han dicho que podría encontrar aquí a mis sobrinos nietos Nathalie y Albus. Me preguntaba si a usted le importaría que los viese un momento, aunque fuese aquí fuera.
María Angélica, apartándolo de aquella idea tenazmente, lo hizo pasar al interior. Richard Lupin, cortésmente, agachó la cabeza y se retiró la capa corta, que dejó sobre el perchero de la entrada, donde también colgó su bastón.
–¿Cuánto tiempo hace que están los niños a su cargo, señora? –preguntó distraídamente el hombre mirando en todas direcciones.
–Señorita –rectificó María Angélica sonrojada–. Va a hacer ya mismo dos años. Estoy muy contenta con sus sobrinos, señor Lupin; son muy agradables. Y los niños son un par de monadas: los quiero como si fueran míos propios. Bueno, y Matt también, aunque a él no he tenido el gusto de cuidarlo más que ocasionalmente. Es un muchacho muy espabilado.
–Sí, mucho –intervino Richard.
–Mire, aquí está Nathalie –le mostró al penetrar en el interior de la sala de estar, donde la chica, desenfadadamente, que jugaba en el suelo con unos bloques de madera de colores y de diversas formas, levantó la vista con curiosidad.
–¿Dónde está Albus? –preguntó resueltamente el hombre.
–Arriba, durmiendo –explicó–. Dentro de un rato lo despertaré para que se tome su biberón. Si no le importa esperar, a él podrá verlo entonces. –Se acercó a la niña y, levantándola, la tomó en brazos–. Ven, Nathalie, que vas a ver a tu tío.
–Ese hombre no es mi tío. Yo no lo conozco –repuso la niña ocultando el rostro en el pecho de su cuidadora, que en vano trató de hacerla entrar en razón, sacándola de aquel estado.
–Qué graciosa. Es normal que reaccione así –mencionó Richard riendo fingidamente–: la última vez que me vio era muy pequeña; no puede recordarlo. –Extendiendo los brazos–¿Te vienes con tío Richard?
La niña, sin mirarlo, negó con la cabeza, vuelta ésta hacia María Angélica, la cual trataba de convencerla. Viendo que resultaba imposible, pues ni pasándosela sin más consentía, que se ponía de inmediato a llorar, la preceptora optó por dejarla de nuevo sobre los juguetes. La pellizcó suavemente en la mejilla izquierda y, anunciándole al hombre que les dejaba un instante de intimidad mientras ella concluía de supervisar el bizcocho que estaba preparando en el horno, retomó las manoplas y abandonó la estancia en dirección a la cocina.
Nathalie, cuya mejilla izquierda, a causa del pellizco, se había coloreado de un rubor rubí ausente en la otra, miró con expresión de estoico terror al hombre que tenía frente a sí, el cual a su vez la contemplaba con una despótica sonrisa dibujada en sus labios de sádico. Dio un par de pasos hasta aproximarse a su lado y se acuclilló frente a ella. Extendió una mano y le acarició un mechón de pelo que caía sobre su frente; Nathalie, sin más, apartó la cabeza.
–Te voy a matar, gusano –le confesó en un susurro–. Voy a devolverle a tu padre el daño que me ha causado contigo; te robaré de la misma manera que él me ha robado a mi hijo; te voy a aniquilar, con mis propias manos. –La niña, sumida en un desquiciante mutismo, dejó derramarse una lágrima por su mejilla derecha. Al verla, Richard, que no se conmovió, se puso en pie y hurgó en sus bolsillos interiores en busca de su varita–. No obstante, ello no va a ser un impedimento para que sufras como yo he sufrido. ¡Crucio!
Al tiempo que un horrible haz de luz roja expiraba desde la varita del mago, una segunda lágrima se precipitó en Nathalie, sólo que en esta ocasión en el ojo contrario; en el mismo instante en que la perla de agua surcó la mejilla sonrojada, con un gran estruendo, una burbuja de color carmesí aumentó desde ésta hasta cubrir a la niña por completo. La burbuja o esfera, de potente brillo, hizo frente a la maldición de Richard, que no conseguía penetrarla y alcanzar a Nathalie, la cual lloraba ahora vivamente en el interior. Esta esfera protectora, en la que Richard se veía reflejado a sí mismo, fue lentamente mutando su color escarlata en violáceo púrpura conforme las lágrimas de la niña se convertían en un torrente.
–¿Qué demonios es esto? –repitió reiteradas veces para sí en tanto procuraba vanamente intensificar el poder de su maldición.
Cuando la esfera que protegía a Nathalie había comenzado a brillar más intensamente y a estremecerse como si fuese a explotar, cuando Richard estaba a punto de enfrentarse a patadas contra aquel extraño fenómeno con el que ya creía haberse enfrentado, como si se tratase de la misma aparición que, en su último encuentro, había salvado a su madre, la preceptora, María Angélica, apareció por la puerta y, espantada, al descubrir la escena, dejó escapar un grito y caer el plato, que se hizo en el suelo añicos, como la esfera de luz, que se volatilizó al interrumpirse la maldición; en efecto, Richard había apartado su varita de la niña, dirigiéndola hacia la mujer. Pero ésta, lejos de lo que cabría esperarse de ella, cerrando los ojos, extendió ambas manos y un viento huracanado se dejó sentir por toda aquella habitación: tanta fue su fuerza que Richard, que fue el único al que éste arrastró, se elevó por los aires y golpeó contra un muro, cayendo detrás de un sofá, desde donde apareció al cabo de un segundo blandiendo su varita. Sin embargo, se parapetó por completo tras él en seguida, pues María Angélica, con su brazo derecho extendido, lanzó hacia él una infrenable acometida de enflechados dardos de fuego, los cuales dieron contra el sofá y las paredes, incendiándolos pronto.
–¿Qué demonios es usted? –gritó Richard excitado sin salir un ápice de su posición–. ¿Y qué confabulación es ésta?
Y, al instante, sin esperar que le respondieran, sacó media cabeza y apuntó en dirección a la niña; pero la mujer, dirigiendo su brazo hacia ella, hizo que una columna de barro germinase del suelo ocultándola. Seguidamente, prosiguió la ígnea lluvia, que acabó incendiando completamente el sofá tras el cual Richard se parapetaba. Éste, sin dejar de repetir las mismas preguntas nerviosamente, cuando sintió arder el pantalón, convocó hacia él la capa y el bastón y se desapareció.
Sabía que su mujer estaba en casa de su hija, tomando con ésta el té. De esa manera, se apareció con un estruendoso chasquido en el medio de su sala de estar: vacía, y se paseó nerviosamente por las dependencias próximas hasta que halló a Ian Graham, su yerno, al que agarró bruscamente de los hombros y lo zarandeó como a un pelele.
–Ian, Ian... ¡Estamos perdidos! –le gritó varias veces–. La niñera tenía poderes mágicos. –Le mostró la quemazón del pantalón con los ojos redondeados de expresividad–. No he podido matar a los niños. Y ahora el licántropo debe de saberlo. Pronto mandará a los dementores a por mí¡a por nosotros! Debes ayudarme.
El otro hombre tomó al desquiciado de Richard Lupin por los hombros y detuvo su temblor espasmódico. Lo asaltó unos segundos con un profundo silencio, tan sólo devolviéndole una mirada que era medio de fuerza, medio incrédula.
–No te preocupes –terminó por decirle–. No te preocupes¿me has oído? Ahora no vas a poder impedir que te ayude, Richard; ahora sí que vamos a actuar juntos.
–¿Qué propones? –tartamudeó el otro con voz notablemente descompuesta.
–Antes que nada, que huyamos –dijo–; si no lo ha hecho ya, pronto dará el aviso a la justicia y los dementores acudirán en tu captura. Huiremos al extranjero; nos ocultaremos en un país remoto y continuaremos nuestras vidas ajenos a lo que ha ocurrido. Pero, puesto que nos iremos, propongo que no nos vayamos con un intento de homicidio, sino con la devastación de todo su clan. –Richard Lupin comenzó a sonreír al atisbar sus planes–. Mataremos a sus hijos, mataremos a su mujer... y lo mataremos a él.
El señor Lupin se desembarazó de los brazos que lo sostenían y, a su vez, tomándolo él con los suyos, lo apretó con fuerza, como si estrechase a su propio hijo. Su sonrisa era radiante y de satisfacción, y sus ojuelos brillaban con el trágico fulgor de la maldad.
–Necesitaremos refuerzos –apuntó Richard soltándolo y apartándose de él unos pasos–. Iré en busca de unos amigos que, sin dudarlo, nos prestarán la fuerza de sus varitas en este duelo sin precedentes. Largo tiempo llevaban esperando la caza del Lobo y su lobezna prole.
Cuando se desapareció su suegro, Ian Graham ascendió las escaleras y entró en su dormitorio. Se detuvo frente a una cómoda y, tras observarla unos segundos con satisfacción, la retiró con todas sus fuerzas, descubriendo detrás de ella la blindada puerta de una caja fuerte.
–Ha llegado el momento de que desenterremos los fantasmas –musitó.
Y, tomando su varita, la introdujo en la cerradura de la susodicha caja blindada, la cual emitió un crujido ensordecedor y, tras varios segundos de impactantes encajes de poleas y ruedas mecánicas en su interior, la puerta se desplegó con un ruido monótono. Su interior apareció oscuro, como si vacío, pero Ian Graham introdujo el brazo y extrajo una reluciente empuñadura que blandió en su áspera mano. Lentamente, fue restaurando la luz, restallando en miles de notas, sobre la hoja de aquella brillante espada, que sostuvo entre sus manos como si de un tesoro se tratase. Agarró su puño con ambas manos y repartió mandobles al aire, a diestro y siniestro.
Richard Lupin entró precipitadamente en la habitación. Ver a su yerno practicando tales golpes sobre la nada lo satisfizo de forma tal que, eclosionando su nerviosismo, estalló en carcajadas dementes. Cuando se recuperó de ellas, se aproximó al joven, que volvía a sostener la larga arma sobre sus manos, contemplando la inscripción de su hoja que jamás había podido interpretar.
–Plata –habló cuando sintió el aliento de su suegro finalmente sobre su nuca–. Una reliquia de la familia, tasada en miles de galeones. Este día atravesará el pecho del licántropo. –Y devolviéndole la mirada–¿Qué te parece?
–Que hay una guerra que librar –respondió el otro con una ladina sonrisa.
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En el momento en que Helen escuchó el timbre de su teléfono móvil, que llevaba consigo en el bolso, supo que algo malo había ocurrido, sin que para ello mediaran hados adivinatorios: jamás había escuchado el teléfono, que había comprado para estar en cualquier ocasión en contacto con María Angélica; lo más que lo había usado había sido para llamarla ella, pero jamás había recibido una llamada de la preceptora; ésta había convenido con ella que únicamente la llamaría en caso de emergencia. Cuando, después de mucho rato de mirarse Remus y ella a razón de la extraña melodía que, de improviso, los había envuelto, un gordinflón de una mesa de al lado les preguntó si pensaban responder la llamada alguna vez, y la adivina, extrayendo el aparato de su bolso, lo dejó caer porque la había sorprendido que vibrara, ésta ya intuía que aquélla era una llamada de emergencia. Por eso, al recogerlo con manos frágiles del suelo y descolgar, respondió con voz hueca; nada dijo; sólo un brillo misterioso en su mirada que se prolongó hasta que, sin añadir nada tampoco, colgó. Remus la interpeló, pero la mujer tenía los ojos fijos en nada concreto. Levantándose súbitamente, al cabo de ese instante de abstracción, dejaron unas monedas en la mesa del bar en la que se habían sentado a tomar un piscolabis y, empujando a Matt para apartarse de la vista de los muggles, se desaparecieron conjuntamente.
No hizo falta que aguzasen su atención, una vez se aparecieron y fueron recibidos por María Angélica, para percatarse de las quemaduras de la pared, de lo calcinado del tapiz del sofá y del terrón de lodo que había florecido en medio de la sala de estar; observaron todas aquellas preclaras señales de una batalla campal en silencio, compungidos. El licántropo tomó en brazos a su hija, que retomó un agónico llanto al verse a salvo en sus brazos; sollozaba y gemía sin articular palabra, a pesar de que su padre, tiernamente, la escudriñaba con cariño. Por su parte, Alby fue a parar a los brazos de su madre, que lo estrechó entre ellos con fuerza.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Helen conteniendo las lágrimas.
María Angélica lo refirió sucintamente.
–¿Richard? –inquirió inmediatamente Remus con un sobresalto–. ¿Richard Lupin dijo que se llamaba? Sí, sí es mi tío; pero no es trigo limpio. Es un hombre despechado que se piensa que, en el pasado, actúe en su perjuicio, cuando lo más que hice fue ayudar a un hombre atrapado. Y ¿qué ocurrió?
La preceptora dio cuenta rápidamente de la visita, de su ausencia y de su regreso, en el que halló al hombre empuñando su varita y a la niña protegida por la brillante esfera.
–¿Una esfera púrpurea? –exclamó Remus–. ¿Qué puede haber originado eso?
Helen, en lugar de formularse las mismas preguntas que su marido, estrechó con más fuerza a Alby entre sus brazos dando gracias al Cielo. Después de unos instantes en que adoptó esta actitud, extrañada, preguntó a la mujer:
–¿Y cómo fue usted capaz, María Angélica, de hacer huir a Richard? Él es un mago; y ningún artefacto muggle podría haber impedido lo peor. No se lo tome a mal, que bien que me alegro, tanto por mis hijos como por usted, pero me extraña que no esté muerta.
La mujer se dejó caer sobre el calcinado sofá con los ojos vueltos hacia el suelo y las manos cruzadas en su regazo.Helen, de inmediato, ocupó un lugar al lado de ella y la observó con cautela pero impaciente. Finalmente, María Angélica acabó confesando:
–Me hizo prometer que no se lo diría a nadie; lo siento, señora Lupin, no podía decírselo a usted ni a nadie. No soy muggle; tampoco bruja. –Se tomó una pausa, durante la cual la adivina estuvo tentada de inquirirle una vez más, pero optó por no hacerlo–. Hace sólo siete años, creo, si mal no recuerdo, recibí una extraordinaria visita: era pleno mediodía, pero los cielos se cubrieron de tinieblas; dejé de ver nada por un instante, y sentí un asomo de miedo, puesto que mi hija había salido con un chico; corrí a por una caja de fósforos y encendí una vela; al hacerlo, allí estaba ella: se apoyaba sobre un cayado y contemplaba el suelo con una vaga sonrisa. «Tu hija está bien: despreocúpate, boba», me dijo; «¿ya no te acuerdas de mí, Medea?» Asustada, le pregunté quién era; «los ojos del mundo», respondió, y entonces vi que era ciega. «¿Tendrías la delicadeza de prepararme un té, Medea?», me preguntó; «tengo la boca seca». Le respondí que no me llamaba Medea, pero ella se rio. «Ya lo sé, boba», dijo; «María Angélica te puso la pareja a la que yo misma te entregué, siete días después de nacer. Sabía que te aceptarían: ése era su destino. Creyeron que yo era un ángel que te les entregué, pues adopté una cándida forma con la que escondí estas arrugas y estas fajas, no fuesen a creer que era una alcahueta; eran muggles: tenía que darles buena impresión». Le pregunté qué eran "muggles" y ella se rio; lo más que dijo fue que dónde estaba el té que había pedido. Se lo preparé y, de regreso, me asaltó diciendo: «Ha cambiado mucho tu vida desde la última vez que conversamos, Medea. Incluso siento conmiseración por ti, de no ser que fui yo quien la urdió. ¡Un té maravilloso!», me dijo emocionada; «pues verás, Medea, yo soy tu primera institutriz: la delfíca hija de Apolo, la pitia de su templo sagrado; pero sé que no lo recuerdas. Colaboraste largos años bajo mi servicio, Medea, y fuiste una de mis más aventajadas guardianas. Pero hasta las más olorosas flores sirven de pasto un día al campo; tras tu muerte, Medea, te busqué durante mucho tiempo, abandonando incluso mi ocupación en el templo. Al dar contigo, te entregué a una familia honrada, pues te habían abandonado en un orfanato, y me prometí, María Angélica, que retornaría algún día para explicarte que eres la reencarnación de Medea, la primera guardiana de mi templo». Al principio no podía creerlo, pero pronto me dio tantos síes y me lo reveló tan convencidamente, que acabé asumiendo como verdad cuanto me decía. Sin embargo, aquello no fue lo único que vino a decirme, pues siguió: «Reencarnada en este cuerpo tu alma, Medea, se te ha asignado otra misión que habrás pronto de cumplir», me aseguró; «te instruiré de nuevo en las fuerzas mágicas para que seas portadora del poder de control sobre los cuatro elementos. Permanecerás en esta villa, aparentando mantener invariada tu vida, rodeada de muggles, aparentando ser una de ellos, hasta que, un día cualquiera, que no se te avisará, tendrás en tus manos la protección de muchas vidas; en salvando sólo una, salvarás muchas; incluso a mí misma. Ésa será tu misión». Y, sin añadir mucho más, se esfumó tan secretamente como hubo venido. Ésa es la verdad, señora Lupin: ni muggle ni bruja; reencarnación de una guardiana del templo de Delfos que fue enviada aquí con un propósito; y creo que ese propósito ya lo he cumplido: salvar a sus hijos.
Remus, al retornar a casa, hizo llamar a toda su familia para que se reuniese en ésta: aunque no les dijese nada cuando hizo aparecer su cabeza en sus chimeneas, sintieron por su tono y por su expresión que se trataba de algo sumamente grave; en consecuencia, los señores Nicked, Sirius y Karina, Tonks y Benjamin y Sorensen y Ángela, se aparecieron en El mirador sin atisbo de demora. Mientras Helen desangraba lágrimas desconsolada, el licántropo, guardando a duras penas la compostura, relató lo ocurrido, provocando no poco asombro y espanto entre sus oyentes.
–Sorensen, por favor –apuntó en mitad de su explicación–¿te importaría aparecerte en el Ministerio y pedirle a Eric, el guardia de la entrada, que te haga llamar a Susan? Es la directora del Cuartel General de Aurores. Explícale sucintamente lo que te acabo de contar a ti y pídele que se aparezca aquí con media docena de aurores y, si lo cree necesario, dementores también. Voy a ordenar la detención de mi tío.
Su hermano asintió enérgicamente y se desapareció desenvueltamente mientras giraba sobre sus propios pies.
–En cuanto al resto, os he llamado no sólo para poneros en situación, sino para pediros ayuda. Tenemos que proteger a los niños; temo que Richard vuelva a por ellos. En casa no están seguros. Os los confiaría bajo vuestro cuidado, Helen y Matthew –dijo volviéndose hacia sus suegros–, pero temo que sería el siguiente lugar donde Richard los buscaría. Hasta que lo detengamos, tampoco es seguro que regreséis a casa; quedaos aquí hasta entonces. Sirius, Karina, si no os importa, vosotros os llevaréis a Matt hasta que haya pasado la tempestad; sé que cuidaréis de él. –La pareja intercambió con el licántropo unas palabras, todas para agradecer su confianza y despreocuparlo–. Gracias –concluyó–. Nathalie, si no os importa, os la dejaré a vosotros dos –dijo volviéndose hacia Benjamin y Tonks. Y, por último, Alby a ti, Ángela; tú tienes más experiencia para cuidar un bebé. –La mujer lo tomó en sus brazos amorosamente, acunándolo, sin decir nada–. Hasta que no lo tenga entre rejas no me sentiré seguro con los niños aquí; con vosotros es más improbable que los encuentre, y sé que bajo vuestro cuidado estarán tan bien protegidos como con Helen y conmigo.
Al decir aquellas últimas palabras, el timbre sonó. La adivina y Remus intercambiaron una mirada tensa, pero, inmediatamente, el hombre se dirigió hacia la puerta para abrirla. Segundos más tarde de haber sonado el timbre, se produjo una amortiguada explosión que hizo saltar la puerta de los goznes y precipitarse contra el suelo con gran estrépito. Bajo el marco de la puerta aparecieron Richard Lupin e Ian Graham Waterloo, este último con la espada pendiendo de su cinto, los cuales blandían en sus manos sendas varitas. Helen no fue tan rápida como para sacar la suya antes de que el más joven la alcanzase con un desmaius que dio con ella en el suelo. Remus, en cambio, no necesitó de tales menesteres: alargó su mano con presteza y Richard golpeó contra el muro, cayendo de bruces, aunque consciente, pues se levantó torpemente de un salto.
Entre tanto, el resto del grupo reaccionó variadamente: el señor Nicked se precipitó, escurriéndose, por los suelos hasta esconderse agazapado bajo la mesa; su mujer, por su parte, se hizo con su varita con ligereza y, corriendo, se aproximó hasta su hija para despertarla; Sirius con Matt, Tonks con Nathalie y Ángela con Alby, corrían de un lado para otro para ponerlos a salvo, mientras Remus, enzarzado con Ian Graham, que demostraba una gran agilidad en el duelo, les gritaba: «Conducidlos al pasadizo». Benjamin, por su parte, había saltado sobre Helen y se le hallaba ahora combatiendo contra su padre, que le lanzaba igual número de vilipendios que de maleficios y maldiciones. En ese instante, se aparecieron en medio de la estancia Morgan, la mujer de Richard, y Charlotte, la única hija de ambos. La primera alcanzó con un expelliarmus a la señora Nicked antes de que ésta consiguiese reanimar a su propia hija; la segunda trabó batalla con Karina, la novia de Sirius, que era extremadamente aguerrida en los duelos.
–¡Proteged a los niños! –gritaba Remus con un torrente de voz–. Llevaoslos de aquí.
En ese momento escuchó voces que provenían del porche: el batallón de colaboración de Richard. Eran un par de magos que, varita en mano, venían corriendo hacia ellos; sus expresiones eran terroríficas, al igual que sus rasgos faciales: sus muecas de espanto, sus letales ojos, inyectados en sangre. Uno de ellos lanzó un maleficio en dirección al marco de la puerta despejada; pero, en lugar de franquear ésta, rebotó contra él y lo lanzó sobre el jardín inconsciente. El segundo, más corajudo, trató de acceder al interior, pero una llama verdecina lo golpeó y lo dejó igualmente malparado, sólo que más lejos que su compañero. Al poco rato, otro mago apareció por la chimenea; pero a los pocos segundos ésta cobijó en su interior un cálido fuego, tomando así como pasto y combustión de él al propio mago, que escapó del hueco de la pared sofocando con sus propias manos las altas llamas que se habían propagado por todo su cuerpo, y se lanzó contra una ventana, rompiéndola por completo.
Charlotte le lanzó a Karina un avada kedavra que ésta evitó oponiendo entre la bruja y ella un centro de mesa que se hizo añicos. Y el siguiente que le mandara lo evitó el propio señor Nicked, que empujó desde debajo de la mesa a Charlotte para que errara el tiro. Ángela y Tonks, mientras protegían a sus asignados, pugnaban contra Morgan, que trataba de alcanzar a la primera en primer lugar ya que era la que, al sostener el bebé, peor podía sostener la varita y peor combatía. Pero Sirius, que se había desaparecido con Matt y lo había dejado al cuidado de su mayordomo, se apareció de nuevo y se enfrentó a la mujer, rogándoles a las otras:
–Llevaos a Nathalie y a Alby de aquí. ¡Rápido!
Así lo hicieron, echando a correr escaleras arriba camino de las dependencias del piso superior.
Mientras tanto, Benjamin se protegía de los lances de su propio padre, que, entre tanto, le decía cosas del estilo:
–Ruina de hijo, combatiendo contra tu propio padre en lugar de a su lado... ¡Escoria! Pues que sepas que a partir de hoy quedarás solo de nuevo en este mundo, porque a todos éstos que ves aquí contigo pronto los verás en sendas tumbas; sólo a ti libraremos de esa suerte por que puedas lamentarte a gusto del castigo que te habré infringido.
A todo esto nada respondía Benjamin, que con maestría evitaba aun las maldiciones que le lanzaba su padre.
Karina estuvo a punto de alcanzar a Charlotte con un maleficio congelante, pero aquélla lo impidió, imitándola, interponiendo entre ambas un enorme sillón que hizo levitar ante sí. Antes de dejarlo caer contra el suelo, lo prendió fuego, de manera que una intensa y roja llama se elevó entre las dos brujas. Charlotte, a continuación, conjuró una bocanada de viento con su varita que propició que las llamas golpeasen el rostro de la novia de Sirius, que se tapó la cara con las manos. En consecuencia, la prima de Remus aprovechó aquella situación para blandir contra ella un mortal maleficio que la levantó sobre los aires, describiendo espirales, y la dejó caer sobre el suelo como muerta.
El licántropo, que se batía con Ian Graham, lamentaba la igualdad que representaba de cara a su contrincante; no había podido aún encontrar un punto débil por el cual acometerlo y vencerlo: el otro, hábilmente, evitaba cualquier ataque suyo, aun los que provinieran de su misma mano, y le respondía con otros tantos en los que se reconocía una igual furia y no poca maestría. Remus, que lo recordó de pronto, llegó a la conclusión de que lo único que lo aventajaba sobre aquél era el poder de Ánuldranh; pero había dejado el anillo en el cajón cerrado con llave del pasadizo subterráneo y no podía acceder a él.
De pronto, como si con sólo desearlo hubiera bastado, sintió un frío de metal en su mano izquierda, en el interior de su puño cerrado, y desplegándola en un instante descubrió en él el anillo de Ánuldranh, que se había aparecido en su mano. Mientras lo hacía deslizarse por su dedo, pensó: «Por favor, Ánuldranh, acaba con esto. Expúlsalos de mi casa. Detenlos. Haz que paren.»
Al terminarse de poner el anillo, sintió un atroz relámpago que hizo vibrar la casa entera. Ésta parecía sumida en un vahído de gris, en silencio de mutismo; todos aparecían inmóviles a excepción de Ian Graham y Richard, que contemplaban a su alrededor con asombro. Benjamin, que estaba frente a su padre, parecía haber quedado congelado en medio de la proferencia de un maleficio, y el rayo restallaba de su varita sin atacar a nadie.
–¿Qué es esto? –preguntó Ian Graham deteniendo el duelo.
Sin que nadie apuntase nada más, tres sombras se deslizaron de las penumbras grisáceas y, sin levantar los pies del suelo, se aproximaron hacia ellos tres. Cuando se dejaron ver a la escasa luz que quedaba, las tomaron por seres repulsivos y fantasmagóricos: tenían apariencia de mujer, negras alas tras sus cuerpos, pero ojos de diablo y serpientes enroscadas a sus brazos, de los cuales, de cada una de ellas, pendía una espada negra. Remus recordó haber visto una representación iconográfica similar: eran las Furias, las tres místicas representantes de la muerte: Mégera, la que guarda rencor; Tisífone, la vengadora de sangre, y Alecto, la innombrable.
Richard las apuntó con su varita cuando las vio dirigiéndose hacia él. Les lanzó incontables maldiciones, pero, cuales cuerpos intocables, no las hería; si acaso, las enfurecía aún más. Mientras las otras elevaban un canto lúgubre, Tisífone, la vengadora de sangre, atravesó el negro filo de su espada sobre el vientre del hombre, que cayó al suelo escupiendo sangre. Tanto Ian Graham como Remus se espantaron de lo sucedido. Más, si cabe, el primero, que vio con inefable horror cómo los tres espectros se dirigían hacia él. Igualmente en vano trató de impedirlo interceptándolas con su varita, pero, como descubrió era un fracaso, la lanzó con ira de sí y tomó entre sus manos la espada de plata. Descargó un mandoble contra una de ellas, la cual interpuso su propia espada, y ambos filos restallaron como látigos endiablados. Trató de volverla a acometer y atravesarla, pero Alecto le propinó un fortísimo golpe sobre el arma que hizo que ésta se le desprendiese de las manos. Mientras el hombre reculaba, sollozando, los tres espectros lo acometían con sus pasos. Finalmente, Mégera elevó su espada sobre su cabeza y atravesó con ella los ojos del mago, que gritó horrorizado, después la garganta y, por último, las piernas, dejándolo caído en tierra.
Sólo en aquel preciso instante Remus pudo extraerse del dedo el anillo, con el cual había estado forcejeando desde la aparición de las Furias. Al retirarlo, se recobró la luz y desaparecieron los tres espectros alados, los paralizados volvieron a la normalidad y el maleficio de Benjamin golpeó el muro. En cambio, Richard Lupin seguía muerto sobre la moqueta, sólo que sin sangre ni heridas sobre su cuerpo, e Ian Graham atacado por unas extrañísimas convulsiones, sin rastro de sangre tampoco sobre su cuerpo, aunque, como descubriría más tarde, a causa de cada uno de los golpes de Mégera, el hombre había quedado ciego, mudo y paralítico, sin posibilidad de cura. Morgan y Charlotte bajaron las varitas y corrieron hasta sus maridos; Sirius, aprovechando la tregua, alcanzó a Karina y la tomó entre sus brazos, apoyando la cabeza de ella contra su pecho; maldiciendo su suerte, derramó no pocas lágrimas sobre el cabello de su novia, que parecía muerta.
–¿Qué ha pasado? –inquirió Benjamin contemplando con asombro y terror el cadáver de su padre. Su mirada se desvió hacia Remus, que lo contempló a su vez con el pecho agitado y los ojos empañados de agua.
Con un chasquido ensordecedor apareció una turba de magos en torno a un traslador; entre ellos también venía Sorensen: eran los aurores que Remus había solicitado. Al ver la masacre, espantados, extrajeron sus varitas de sus cintos y pidieron a todos que se desarmaran. Susan, la bruja de aspecto más grave del grupo, se aproximó hasta el ministro con expresión atónita:
–¿Qué ha ocurrido, Lupin?
–¡Él lo ha matado! –gritó Morgan con lágrimas en los ojos–. Ese maldito lobo ha matado a mi amado esposo. ¡Él! Que lo sacrifiquen como a un perro.
–¿Qué ha ocurrido, Remus, estáis bien? –preguntó su hermano llegándose corriendo hasta él.
El aludido no pudo ni supo responder.
Susan, mirando en torno a sí, se volvió hacia el agente de más confianza que había traído consigo y le pidió que trajese a algunos sanadores de San Mungo especializados en duelos mágicos. Después, aún más grave, preguntó qué había ocurrido allí.
–Nos han atacado por sorpresa –explicó Ángela con la respiración agitada mientras se apartaba de las carantoñas de su marido–. Hay otros, en el jardín: no sé por qué, pero no han podido entrar.
–Pero éstos¿por qué están muertos, Lupin? –inquirió suavemente.
–¡Él los ha matado! –gritó de nuevo Morgan.
–¡Eso no es así! –repuso inquieta Tonks–. Es incierto.
–Han caído de repente –refirió con voz reposada Benjamin–. En un momento estaban de pie, al siguiente en el suelo.
La mujer resopló gravemente. Se volvió hacia otro agente:
–Trae Poción de la Verdad para que se la administremos a estas dos mujeres, rápido. ¿Puedo hablar en privado contigo, Remus? –Éste consintió–. Sé que ni tu familia ni tú sois capaz de hacer algo así, y creo cuanto ha dicho ese hombre acerca de la repentina e injustificada muerte de Richard (he visto cosas peores); pero me veo obligada a abrir una investigación. –Remus asintió sin apuntar nada–. Pero tranquilo, Lupin, seremos discretos; y no os sucederá nada. Si no hallamos pruebas, se archivará el caso. Además, ya habíais denunciado con anterioridad el asunto. Pero un cadáver y un herido grave no solucionan mucho la cuestión.
Después de aquellas palabras, se iniciaron las pesquisas. La mujer practicó la prueba del priorem incantatem sobre todas las varitas que confiscó y, como en ninguna halló recientes espectros de maldiciones imperdonables, y después de interrogar a Morgan y a Charlotte, concluyó que, después de analizar el caso, transferiría la investigación al Departamento de Misterios, pero otorgando de antemano la inocencia a Remus y a cuantos estaban con él. Éste no consiguió alegrarse ni con la noticia. Se limitó a preguntar si podía retirarse un momento, a lo que Susan le respondió que en efecto. El licántropo delante de su esposa, que recobraba lentamente el sentido; le dijo que volvería en un segundo y que después, si consentía, le practicarían un hechizo desmemorizador a Nathalie para que olvidase los recuerdos de aquella mañana tan trágica; en cambio, ambos coincidieron que Matt ya era lo suficiente maduro como para soportar tales vivencias. Mientras los sanadores se llevaban consigo a Ian Graham y a Karina hacia el hospital, a Remus se le devolvió la varita y se desapareció.
Cuando entró por la puerta de su despacho en el Ministerio, Dumbledore parecía aguardarlo desde su cuadro, puesto que, no hizo más que abrirse la puerta, habló:
–Según he podido comprobar por el retrato que tengo en el Wizengamot, aquello está muy revuelto esta mañana. Se dice que tu tío ha atacado a Nathalie hace unas horas. ¿Está bien, hijo?
–Albus... –parándose ante él–¡Richard está muerto!
El semblante del anciano se ensombreció. Aguijoneándolo con sus azulados ojos, terminó inquiriéndole la causa con gravedad:
–El poder... ¡Temo que ha sido el poder de Ánuldranh! –exclamó nervioso–. Me puse el anillo en el dedo y deseé que los expulsase de casa.
–Te dije que fueses muy cauto con el anillo –repuso Dumbledore en tono neutro.
–Lo siento... –lloró el licántropo desconsolado.
–No es culpa tuya, Remus. Te advertí sobre los riesgos del anillo, pero no lo suficiente. Hiciste mal en recurrir al anillo en busca de protección, pero no habrás sido el primer insensato que lo ha hecho; recuerda que también yo cometí la grave estupidez de matar a Grindelwald por tener el anillo puesto, pero ni tú ni yo sabíamos que algo así iba a suceder. Enjuágate esas lágrimas, bobo, que, de poder, te daría ahora mismo un abrazo para consolarte. Richard, de un tiempo a esta parte, me consta, no se estaba comportando como un mago honrado y sensato; si no hubiese sido propiciado por ti, otro hado hubiese acabado con él. Pero cuéntame cómo ha ocurrido, que no quiero elucubrar sin conocer cuanto ha pasado.
Al referirle la primera parte, es decir, la concerniente al ataque en casa de María Angélica, el anciano exclamó súbitamente emocionado:
–¡Qué estupendo¿Una esfera de tono escarlata, has dicho? –Meditó un instante–. Fantástico, de veras. Siempre he mantenido que existe una extraña afinidad entre tu hija Nathalie y la pitia de Delfos. Es más, creo que será tu hija la que herede totalmente el poder adivinatorio de su madre. Es por esa causa por la que no nos ha de extrañar que pusiese a su cuidado a una guardiana de su templo. ¿Medea has dicho? Creo haber leído algunas referencias sobre ella en los anales délficos. Así, existen dos justificaciones que nos permitirían explicar el caso de la esfera escarlata: que recibiera la protección de la preceptora bajo su techo manifestándose de esa forma, o bien que sea la manifestación temprana de su poder de Ánuldranh. No me decanto ni por una ni por otra hasta que no evolucionen un poco más las cosas, Remus. Quizá sí sea una capacidad que provenga del poder de su sangre, pero no lo sabremos finalmente hasta que no se repita. Pero sígueme contando¿cómo ha muerto Richard?
–Me puse el anillo –explicó Remus– y aparecieron tres seres abominables. Creo que eran las tres Furias. –Dumbledore asintió–. Le atravesó el vientre con una espada –concluyó sucintamente.
–Lamentable desenlace –replicó Dumbledore con fría voz–. Pero no lo mataste tú, sino Ánuldranh. Y Ánuldranh es parte de ti sólo porque es algo inevitable; es un impulso que no podemos controlar; una amenaza que te perseguirá hasta el fin de tus días y que deberás rechazar con constancia. Pero dime¿acaso fuiste tú en su busca?
–Por supuesto que no; pensaba apresarlo, no tomarme la justicia por mi mano, y menos con la ventaja de Ánuldranh. Fue él quien vino a buscarme a mí, a casa; venía con Morgan, Charlotte y su marido, y otros también, pero que no pudieron entrar. Se los han llevado a San Mungo.
–Te dije que la casa te protegía de cualquier mal. Cuando hechiceros que no han sido invitados por su ocupante tratan de asaltarla, El mirador despliega un maléfico poder contra estos usurpadores; en definitiva, se defiende. Permitió tan sólo que entraran tus tíos y tu prima porque por sus venas fluye la misma sangre que en las tuyas.
–Pero ningún lazo de sangre me une con el marido de Charlotte –apuntó Remus– y, sin embargo, la casa lo dejó entrar. ¿Eso es por qué está casado con mi prima?
–Lo dudo, Remus, hijo. Te expliqué cuando te conté la procedencia de tu sangre que el poder de Ánuldranh no atiende al poder del amor, sino exclusivamente al de la sangre. Dudo que haya sido por el amor que lo une a un pariente tuyo.
–¿Entonces...?
Dumbledore levantó una mano y Remus calló.
–Dudo que haya sido por el amor que lo une a un pariente tuyo, he dicho, pero me acabas de confirmar las sospechas que tenía sobre él: que era el tercer heredero de sangre de Ánuldranh. –Remus fue a decir algo, pero Dumbledore volvió a impedirlo–. Cuatro aparte de ti te dije que la poseían: Voldemort, Helen, una vampiresa transilvana e Ian Graham. Según deduje de mi estudio, a pesar de la jactancia que este último recibe sobre sus ascendientes mágicos, desconoce que su primer antepasado fue un muggle, el que se unió con Alba Regina Filia Ánuldranh y propició la primera división de la sangre; ésa fue la causa, si tal vez lo recuerdas, que impidió que ni Furculmor Nothic Sineauro, ni Basileia Matrix, ni Geertruidia Matertera, heredaran el anillo.
–¡Pues está gravemente herido! –exclamó Remus–. A él también lo han atacado las Furias. El último heredero por esa rama está gravemente herido.
–No, olvidas un detalle: él ya no es el último heredero por esa vía, sino su hijo con Charlotte, es decir, tu primo: Timothy Waterloo, que tiene la edad aproximada de tu hijo Alby.
–¿Por qué no me lo has descubierto antes?
–Porque no lo he creído conveniente, sinceramente –contestó–. Pero ahora ya sabes muchas cosas, y no es necesario callar otras. Sí es necesario, por otra parte, que destierres ese anillo de tu vida, Remus. Hasta ahora la ignorancia te ha disculpado, pero cada vez eres más consciente de los peligros que conlleva ese simple aro de plata.
A la palabra de «plata», Remus cayó en la cuenta de una última cosa y preguntó:
–Ian Graham llevaba consigo una espada de plata y...
–¡No la toques, Remus! –gritó Dumbledore–. No la toques, por favor. Ya sabes lo que te dije sobre la plata de Ánuldranh. Sí, esa espada está elaborada con la misma plata del trono de Northumbría. Si cae ahora en tus manos, guárdala con sumo cuidado, haz el favor. Y, como te decía, sé cuidadoso; no lamentes ni te juzgues el causente de la muerte de Richard, porque en absoluto has participado en ella más que como mero intermediario. Ánuldranh ha cobrado vida a través de ti, y es como una sanguijuela que serpentea tus entrañas en persecución de la libertad. Ten cuidado.
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Transcurrida una semana del inesperado y trágico infortunio, tan equívoca catástrofe, homicidio tan oculto, la más horrible de las devastaciones presenciadas por el licántropo, éste, sin poder apartar todavía de sí la culpa que su mentor Dumbledore le había asegurado le era absolutamente ajena, no podía apartar de su mente la imagen tan catastrófica y horrible de las tres Furias abalanzándose sobre sus dos contrincantes, con los que compartía no sólo lazos de enemistad sino también de sangre. Apenas había conciliado el sueño durante aquellos luengos siete días, y lo poco que había conseguido dormir lo había hecho sumido en unos horripilantes sueños saturados de pesadillas. Con Helen nada había comentado, pero entre ambos planeaba la sombra del abatimiento: apenas cruzaban miradas; apenas cruzaban una palabra, embargados de un mutismo desalentador de arrepentimiento; ni siquiera osó el licántropo hacerle el amor a su mujer, como si, de aquella forma, añadiera más lápidas al pecado que ya creía soportar sobre sus espaldas. Se sabían ambos, o se creían al menos, reos de la pena que aquel desgraciado acontecimiento había desatado: sobre todo Remus, que había guardado el anillo de Ánuldranh con los ojos empañados de lágrimas, golpeándose el pecho por haberse acordado en tan mala hora de él. No deseaba ningún bien a su tío; pero en ningún modo tampoco tan abyecto mal.
El día en que enterraron a éste, Remus estuvo presente: un número considerable de magos acudió a su último adiós, y el ministro, medio oculto tras una gabardina gris y tras un sombrero que sólo se apartó cuando el féretro se sumió en lo hondo de la tierra, se apartó de la vista detrás de esta turba. Nadie se percató de su presencia; pocos, no obstante, conocían el duelo que se había producido en El mirador: la noticia no había saltado a los periódicos y únicamente corría en rumores que, tan distorsionados andaban, que se llegó a decir que el elfo doméstico de Richard Lupin se había rebelado contra éste y había dejado libre a Jonathan Gallopheart, al que el primero tenía secuestrado, el cual lo había matado no sin antes haber recibido una estocada de éste en la garganta; sin embargo, en los bajos fondos de la comunidad, en el callejón Knockturn, en las principales sociedades de Artes Nigrománticas, se escuchaba el rumor de que había sido la familia del ministro, Remus Lupin, la que había matado al tío de éste, pero que los diarios lo encubrían por ser un alto mandatario. Al abandonar el camposanto, caminando despacio y melancólico, Remus tropezó de improviso con su primo Benjamin, que también había asistido al entierro, vestido de forma parecida a él para pasar igualmente desapercibido. No articularon entre sí una maldita palabra: se dejaron acompañar el uno del otro y caminaron unos minutos en silencio. Finalmente, al pasar ante una lápida en que rezaba «Aquí yacen los restos de Nathalie Lupin», el licántropo estalló en lágrimas y, mientras se dejaba abrazar por su lívido primo, exclamó encogido:
–Lo siento, Benjamin. Yo tengo la culpa de todo. Debes perdonarme.
–No digas eso, Remus, no –le excusó el otro–. Mi padre, Rowling me perdone, se lo merecía; hace tiempo que se apartó del camino de lo correcto. Da gracias al Cielo de que no sean tus hijos los que estén besando en esta hora el duro y frío suelo.
El licántropo se sorbió las lágrimas ante aquella respuesta y, dejándose dar unos leves manotazos, sin duda reconfortantes, por su primo en el hombro, lo acompañó otro trecho mientras intercambiaban timoratas impresiones. Por supuesto, Remus no dijo a aquél tampoco nada acerca de la acción del anillo de Ánuldranh; ni siquiera había mencionado nada a su propia esposa, a la que se había jurado en aquel momento que jamás le confesaría su vinculación con Ánuldranh por ahorrarle semejante trago. Sólo compartió, además de con su mentor y padre adoptivo, su experiencia con las Furias con su hermano Sorensen, el cual escuchó el relato con asombro que apenas supo esconder.
–No debes culparte –dijo el bibliotecario al término de éste, blandiendo una actitud completamente similar a la de Dumbledore–; tú no podías saberlo, no podías preverlo. Eres inocente, hermano. El anillo lo ha matado, no tú.
–Pero yo lo empuñaba... –musitó compungido.
–¡No tú, Remus! –repitió Sorensen alzando el tono; y a continuación, volviéndolo a mostrar calmado–: No tú...
Sólo abandonó el licántropo aquel estado de estupefacción cuando, transcurrida una semana, la revista Corazón de bruja publicó el fallo del concurso, que quedó en el orden que sigue: el título al mago más guapo de Gran Bretaña lo alcanzó Benjamin Lupin; en segundo lugar quedó Remus; en tercer, Gilderoy Lockhart, que achacó su descenso en popularidad en una próxima entrevista a causa de su reciente convalecencia; en cuarto lugar, Harry Potter; y sólo en quinto, Sirius, que parecía algo disgustado con el resultado, aunque nada dijo sobre ello; y sobre ningún otro asunto en realidad, que pasó aquella velada extrañamente cariacontecido. La recuperación del buen humor del licántropo no se debió, es preciso decirlo, al beneficioso lugar en que resultó en el concurso, sino que, a causa de éste, Tonks organizó una fiesta en el piso que compartía con Benjamin, con la que Remus se sintió amparado, la cual, asimismo, sirvió para celebrar la recuperación de Karina, a quien el hospital le dio el alta unas horas antes de reunirse; ver a Benjamin, su primo, disfrutar de la música y participar de los bailes lo ayudó mucho en ese sentido; y no poco acabó riendo cuando Tonks obligó a su novio a que protagonizara otro striptease, emulando los recientes de Remus y Sirius. Fue aquél tan emocionante y atractivo, ya que Benjamin se retiró voluntariamente la ropa interior oculto tras una toalla, en la cual, por cierto, no se marcaba nada porque éste previamente la había conjurado, pícaramente, con este fin, que Ángela se lo pasó todo silbando, gritando y protagonizando paroxismos; según creyó percibir el licántropo al término de la fiesta, Sorensen y ella discutían acerca de aquellas muestras de júbilo de la mujer.
Todo volvía a la normalidad, pensó para sí. Pero, inmediatamente después, se inquirió a sí mismo qué era lo que entendía por normalidad. Se sonrió de andarse preocupando en circunstancias tan triviales y se sirvió una última copa de hidromiel. Mientras la concluía, sin saber dar cuenta de lo que para él significaba la normalidad, sí supo darla de lo que, a su juicio, no la significaba; y aquella espina que tenía todavía aguijonada en su corazón, más que afilada y punzante, circular y gruesa como un anillo que lo oprimiera, entraba dentro de su concepto sobre la misma. Se juró que dejaría aquella alhaja maldecida de sangre y muerte enterrada en el pasadizo de su casa hasta que sus días consumieran su vida.
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Ea, ya está. ¿Gustó? Pues "review" al canto, que, si no, no me entero.
¿Que cuándo cuelgo el próximo? Qué impaciencia. Si no he hecho más que poner uno cuando ya me estáis preguntando por el siguiente. A ver, dejadme que piense. ¿El jueves, 30 de noviembre os viene bien? Genial. En eso quedamos, pues. Sabéis que no pasaré lista porque... ¡soy el primero que me retraso!, pero espero veros.
Avance del capítulo 9 (MUJERES DESESPERADAS): Las brujas de este siglo no están desfasadas con respecto a sus compañeras muggles: ellas también combatirán la falocracia de nuestros tiempos a base de inconformismo y rebelión. Y entonces veremos qué sexo es más fuerte, quién soportará mejor la presión y quién no termina bajándose los pantalones y enseñándonos el culo. Los magos, por su parte, tendrán que ponerse las pilas, puesto que en este episodio... ¡ya no se tolera ni una!
Hasta pronto.
