«Es la mujer del hombre lo más bueno/ y locura decir que lo más malo/ su vida suele ser y su regalo/ su muerte suele ser y su veneno. / Cielo a los ojos cándido y sereno/ que muchas veces al infierno igualo/ por raro al mundo su valor señalo/ por falso al hombre su rigor condeno. / Ella nos da su sangre, ella nos cría/ no ha hecho el cielo cosa más ingrata; / es un ángel, y a veces una arpía. / Quiere, aborrece, trata bien, maltrata/ y es la mujer, al fin, como sangría/ que a veces da salud y a veces mata.» (Lope de Vega, Rimas).
Ya no sé ni cómo disculparme de mis impresentables retrasos. Creo que sobra, que queda de más, decir que estoy muy, muy ocupado. Pienso que hasta os canso. Sé que soy un impresentable ofreciéndoos una fecha y después denigrándola a ésta; pero no es fácil casi un mes antes proponer un día sin saber las condiciones de éste, la disponibilidad, etc. Os seré francos (de lo contrario, esto no funcionaría): hasta la idea se me ha pasado por la cabeza de abandonar MDUL, de dejarlo inconcluso. Pero ¿podría un padre abandonar a su hijo adolescente¿Podría la más insensible de las lobas abandonar a los lobeznos que dependen de la leche que mana de su seno? Así me siento yo. No, no dejaré MDUL hasta que lo vea acabado; os lo debo a vosotros. A vosotros más que a mí mismo. Y lo cumpliré. Vosotros sois la causa por la que miro esta página con buenos ojos, por la que me detengo a escribir entre las adversidades académicas... A vosotros gracias. Sólo temo defraudaros, mis caros lectores. ¡A Dios pongo por testigo que terminaré de escribir MDUL! Y ya tengo ideado hasta el final... Sí, sí, MDUL ya está completamente estructurado en mi cabeza; hasta hace poco decía que no sabía cuánto duraría, que no le había puesto un cierre. Pues ya lo tiene. Pero no es un desenlace que me permita, deprisa y corriendo, de mala manera, cerrar y terminar con esto. No. Será un desenlace portentoso. Y aún queda mucho para que llegue. Creo que esta segunda parte puede que supere en capítulos a la primera: haceos una mínima idea...
Respondo "reviews":
DRU. Hola, qué tal. Lo del streptease fue una locura. ¿Cómo se me pudo ocurrir una cosa así? Ahora, visto desde la perspectiva temporal, hubiera eliminado ese pasaje, por mucho que os hayáis reído. Al fin y al cabo, lo puse solamente por eso, por que os rierais, pero yo sé cuando me excedo escribiendo sandeces. Parece que otra escena, la de la aparición de las Furias, tampoco ha quedado muy clara, puesto que no eres la única que me preguntas al respecto. Sí, tienes razón, Remus es el único que puede verlas. Intuyo que lo he dejado sugerido pero no completamente afirmado; de lo contrario, lo hubieseis entendido más fácilmente. Error mío, disculpadme. ¿Querías dar latín? Pues te lo paso. Porque yo llevo tres años casi seguidos dándolo y este, el cuarto, estoy dando latín vulgar, como si se pensasen que he aprendido lo suficiente como para aventurarme en el estado lingüístico intermedio. ¡Dios mío, me supera!... Y lo peor es que la asignatura en sí no me desagrada sino que lo hace el enfoque en sí que estamos viendo. Te cambiaba por mí, no te haces ni una idea. Es cierto, a los de letras nos gusta vernos así en mayoría para sentirnos contentillos, pero tienes más razón que un santo. Hombre, se echa en falta un poco de más gente (en mi clase somos doce y mal contando, y eso que estamos en la universidad), pero se supone que luego las salidas resultan así más accesibles y cosas de ese estilo. Hablando de salidas, no te preocupes por selectividad, reitero. Todavía te queda mucho y me hace muchísima gracia cómo los profesores empiezan ya a meter miedo (¿también lo haré yo cuando lo sea? Intuyo que sí porque, en cierto modo, los entiendo, pero se pasan); pero tampoco te descuides. Si vas mínimamente preparada, aprobarás. ¿No has visto nunca que los resultados obtenidos de media son bastante buenos? Si te lo curras durante el curso, verás que no hay problema; los exámenes de segundo son casi más difíciles que ese del que dicen que resulta tan decisivo y traumático. Bueno, espero que eso termine de animarte. Un beso enorme.
HERMY EVANS. Antes que nada (antes incluso que el obligado hola), quería disculparme por no haberte podido felicitar el día de tu cumpleaños, como había querido y como te había prometido. Lo cierto es que llego tarde a todo. Lo siento. Pero... ¡feliz cumpleaños! Espero que hayas disfrutado del día, que te hayan regalado muchas cosas y eso que siempre suele decirse. De verdad, he tenido serios contratiempos que me han tenido apartado de Internet estos últimos días y, aunque lo he intentado, no he podido conectarme ni un segundo. Discúlpame. Dicho lo cual, me alegra que te haya gustado el capítulo, Mony. Puedo asegurarte que claro que quedan muchísimas sorpresas aún por desvelar. ¿Sabes quién es Wathelpun en realidad y lo dudas? Si eso no te parece "sorpresivo", puedo asegurarte que muchas cosas relacionadas directa o indirectamente con eso te harán meter un bote en el asiento que te caigas en redondo. O eso espero al menos, o con esa intención escribo. Bueno, no con la intención de que te caigas literalmente, que mal me explico... Claro que Remus se siente culpable, porque, según él, es el asesino de su tío; y, aunque lo quería mal, no quería provocarle ningún daño y menos matarlo. Ese anillo de Ánuldranh es una salvajada, como trataré de explicar en capítulos sucesivos. Bueno, me despido. Por cierto, te dedico el capítulo para resarcirme de todo¿vale? Te mando muchos besos que espero que aceptes con el mismo cariño con que los mando. ¡Ah!, y espero que ese trabajo de historia del que me has hablado te haya salido muy bien. Por cierto (y ya para acabar), nunca he tenido la oportunidad de decirte que (ni cuando charlamos, de mi pura impaciencia por decir cosas que nada digo al fin) he podido ver la foto que tienes cuando se abre una conversación contigo y, aunque está tomada desde una perspectiva un tanto extraña, mejora en mucho la idea que tenía hecha de ti; eres muy guapa. Besos y... ¡feliz cumpleaños otra vez! Si estuviera por ahí, te estaría dando tirones de la oreja, como se suele hacer al menos por aquí, hasta que te acordaras de toda mi familia.
PUNKITTY. Hola, Verónica. Ya ves... ¡Qué injusto es el mundo¿no? Me siento tan defraudado conmigo mismo, por tantos motivos. El primero de ellos... por mi injusto retraso. Te lo explico a ti nuevamente... porque... ¡oh, qué punzada más amarga me ha dado al descubrir tu correo que decía "presente" y no sé qué más! Siento que te he fallado. La otra vez, en cambio, como bien recalcas, llegué antes de tiempo; claro, si preveo que no voy a poder actualizar el día que he dado, actualizo un poco antes y santas pascuas. No sería la primera vez. Pero en esta ocasión me ha sido hasta imposible esa opción. ¡Ah! Gracias por mandarme subsanado tu relato. Me entristece que pienses que no lo tengo en consideración. Digo mejor "pudieras pensar", porque te voy conociendo y sé, o espero creer, que no llegarás jamás a tan loca resolución. Lo cierto es que he empezado a leer algunas páginas, pero soy contrario de dar una opinión valorativa hasta que no he culminado el proceso y visto el conjunto. Lo que pasa es que, aunque a fuerza de repetirlo parezca falto de valor o hiperbólico, es cierto que tengo más que poco tiempo. Trabajo dos días a la semana que me roban toda la tarde. Otras dos tardes las paso en la facultad porque tengo asignaturas que se imparten a esas horas; ya aprovecho y me quedo. Por las mañanas tengo clase desde principio al fin. Y lo que es trabajos, no me mandan... (apréciese la ironía). Tú tranquila, que en cuanto tenga oportunidad lo leeré. Y ahora sé que me replicarás en tu próxima respuesta que no hay problema, que no hacía falta que te explicase nada de esto, pero es que, de no hacerlo, no me siento cómodo conmigo mismo. Pasando a temas de más agradable resolución, veo que te ha afectado en lo más hondo de tu posible espíritu feminista mi inusitado, como así lo crees, encono contra las mujeres, incluso repetido. Pero no es así. Lo que pretendo es tan sólo ofrecer una imagen caricaturesca, divertida, que despegue un par de risas. Precisamente por el hecho de que sois mujeres eso debería haceros más gracia que el ver a una panda de hombres (que te puedo asegurar que llegan a ser peor que todo eso) babeantes comportándose de modo similar. Eso os irritaría. No obstante, aunque enfocado de otro modo¡casualidades del destino!, hoy podrás leer tu contrarréplica: un capítulo que ideé, casualmente, para que se viese el plano contrario: el hombre deseoso y deseante, anhelante de pasión, de vicio... Dicho llanamente, salido perdido. Sí, sí. Espero que esa contrarréplica, que no en vano aparece en el siguiente capítulo a ése en el que te has detenido, sirva en parte para aplacar tu opinión. Piensa que en muchas ocasiones el narrador objetivo, como tú lo llamas, no lo es tanto; pretende aportar siempre un punto de vista que promueva en vosotros, los lectores, las más diversas posturas. Incluso la rabia es válida. En cuanto a la imagen idealizada que doy de Remus en este capítulo, especialmente en el instante del desnudo, está muy relacionada, como pretendo explicarte, con todo lo que venimos discutiendo. Lo cierto es que los momentos en que he podido soslayarme leyendo "fanfics" no he encontrado más que vagancias de hormonas e irritantes deseos que la inocencia o el candor de la más mojigata juventud convierten en relatos no eróticos: pornográficos. Creo que ya tuvimos oportunidad de comentar de soslayo esto cuando hablamos de los relatos "slash". Pues bien, estos Remus y Sirius (traídos a colación en modo alguno casual) que se desnudan son esos personajes idealizados, queridos, adorados, en que toda parte de su cuerpo es caramelo derretido (¿acaso puede un tobillo ser erótico?), y las mujeres son las lectoras y escritoras que no se deleitan, se derriten, ante esos espectáculos de vano sentido. Sé que lo he expresado muy mal y por eso la analogía no ha quedado muy clara, pero es más o menos lo que quería conseguir. Aparte del hecho más o menos lógico que busco siempre: despegar sonrisas. En cualquier caso, pretendo enmendarme de las posibles cruzadas que contra mí se levanten con este espinoso capítulo que hoy aparece. En otro orden de asuntos, también es importante advertirte, medio en broma medio en serio, que no todo es Ánuldranh, que no todos tienen su sangre, aunque ahora mismo lo parezca. Lo cierto es que ya han salido la mayoría de los herederos que Albus Dumbledore conocía. Y también me pareció en cierta ocasión (discúlpame si ya te lo he dicho antes, es que no lo recuerdo) que creías que la familia de Remus (su padre, su madre...) era heredera de la sangre de Ánuldranh. No: quien le heredó la sangre fue Dumbledore mediante la transfusión que le hizo en el momento de nacer. De ese modo, sólo el marido de la prima de Remus es un Ánuldranh, y no ésta, ni su tío, ni su tía. Aunque sí su hijo, el controvertido Tim. Te advierto todo esto porque Ánuldranh es una clave para entender MDUL, y, si no se goza completamente de ésta, no se entiende. Y hasta el momento tú lo estás interpretando todo magníficamente todo y no quería que una tontería así lo estropeara. En cuanto a esa idea que has originado en mí, como bien apreciarás con estas palabras, no es algo que ya existiera y que has podido descubrir no sé cómo; sino que, gracias a ti, a tus reflexiones, he encontrado una salida tuya mucho más conveniente para el desarrollo del relato, que mi propia idea. Esa idea tuya fue tan peregrina que quizá no la recuerdes. Así mejor. Tiene que ver con Greyback, con lo que pronto saldrá a relucir. Es algo que te agradezco, porque, si MDUL persigue llamar la atención mediante las sorpresas generadoras de más intrigas, me has dado una nueva baza. Por cierto, y como mero apunte, el Jack que aparece es, digámoslo así, "el tonto del pueblo", no el licántropo del capítulo anterior. Y diciéndote todo esto me voy a despedir por hoy. Muchísimas gracias por tu larguísimo correo adjunto, que me ha dado muchas pistas sobre ti y que es curiosísimo en cuanto a los detalles. Me he reído con muchas cosas y creo conocerte un poco mejor que antes. Además¡me has superado! Creo que jamás escribiré una respuesta que sea tan larga como ese correo. Bueno, te mando muchos besos y espero que estés bien hasta nuestro próximo, espero que madrugador, encuentro. Hasta entonces.
HERM. Hola, Herm. O Ana Paula. Es increíble, sí, pero no me habías dicho tu nombre. Ahora me alegro de saberlo. No sé, son esas pequeñas cosas, apenas significativas para otros autores, que a mí me parecen tan vitales, tan importantes. ¡No entiendo cómo hay personas que publican por aquí y apenas quieren interesarse por esos benditos que les dejan "reviews" siempre que pueden! No sé, a mí me gusta llevarme bien con vosotros, mantener conversaciones, promover relaciones... Es eso por lo que, en ocasiones, puede que te pregunte algo, pero espero que no te moleste. Aunque en esta ocasión te ha tocado a ti preguntar. Pues bien, soy estudiante de Filología Hispánica, que es algo que suena muy raro y que, aunque no es excesivamente complicado, requiere de muchísima vocación para soportarlo. Así que, tarde o temprano, terminaré siendo docente y enseñaré a los niños que quieran prestarme atención Lengua y Literatura. Me encantaría ser investigador, crítico o cualquier otra cosa antes que tirarme por la docencia, pero hay que ser realista con las posibilidades. Pues bien, eso es nada más. Como tú has dicho, si quieres saber algo más de mí, no tienes también más que preguntar; responderé gustoso. ¡Ah!, y no te preocupes por si de vez en cuando no puedes dejarme "reviews". Yo no paso listo ni pongo falta a nadie. Si vuelves es que esto te interesa, y eso me basta. Además, si dices que has tenido sólidos motivos para estar fuera de emisión, doblemente entendida. Somos una especie en vías de expansión. Yendo ahora al capítulo¿qué esperabas, que no te iba a sorprender MDUL con lo de la niñera, por ejemplo? Es lo que tiene haber estado trabajando con un argumento desde hace más de tres años, que le buscas hasta a la tontería más pequeña el significado más grande. Y te aseguro que todavía quedan cosas por aparecer que te dejarán más sorprendida aún. Tengo tantas ganas de llegar a determinados capítulos... Pero tengo que ir paso a paso, claro está. Tienes razón en que Remus ha ido demasiado rápido con su "desnudo" casi integral, pero es que me han estado metiendo locas ideas en la cabeza de que aparezca desnudo (en ropa interior, entiéndase) en una portada de Corazón de bruja y estoy allanando el camino, preparándolo, por si acaso me decido. Es sólo eso. Y, si te consideras una de esas fanáticas locas que irían a verlo, te adelanto que ya existe una ilustración de esa posible portada: está en la página oficial de MDUL; pásate por allí si quieres echarle un vistazo. Y diciéndote esto me termino por despedir. Espero que tengamos la ocasión de charlar pronto, Ana. Muchos besos y cuídate.
ELENEAR. Hola, chiquilla. ¿Qué tal? Pues sí, esta vez también me he reído con tu "review". Es una mala costumbre que tengo, pero es que te imagino en la situación en que te dibujas, tan cómica, y suelto unas carcajadas que tengo al edificio asolado. Y a mi madre mirándome como a un poseso. Bueno, ya está acostumbrada y ya me conoce... Antes que nada, muchísimas gracias por los piropos. En verdad, se me han subido los colores. ¿Cómo va a ser ésta la mejor historia de por aquí? Eso es que has leído poco, chiquilla. No, hablando en serio, hago lo que puedo; intento escribir aunando a un tiempo episodios graciosos y situaciones de cierta intriga, emoción, sentimiento... Creo que es la única forma de conectar con vosotros: ofreciéndoos un abanico amplio de posibilidades, conjuntándolo todo un poco. Así que gracias por reconocer, al menos, el esfuerzo. Ahora tengo que contradecirte: no he escrito esa... ¿patética? (es que no sé cómo he sido capaz) escena de los desnudos por atacarte. ¿Cómo puedes pensar en eso? En realidad, dispongo de un "stock" de capítulos (aquí lo llaman así cuando yo lo conozco de toda la vida como "reserva", pero vamos...) y ahora estoy preparando un episodio que no es el siguiente a éste, que ya está escrito, así como el siguiente y el siguiente y así por un rato, sino uno de más allá cuyo título me reservo (aunque sé que te gustaría porque versa exclusivamente sobre el señor Nicked. ¿No querías que escribiera más sobre él? Ea, pues ¡exclusiva! Además, espero que te rías mucho porque lo estoy preparando muy minuciosamente. Lo mejor del señor Nicked en un capítulo. Espero que no te defraude). Así que, en realidad, no ha sido un ataque, sino una circunstancia casual. Pero, si eso te anima, este capítulo que se publica hoy pretende actuar, en cierto modo, de contrarréplica: si en aquél eran las mujeres las que exteriorizaban su lado más carnal (se desnudaban espiritualmente, por decirlo de algún modo), en este serán los hombres los que se abran. Aunque... Aunque habrá un poco de todo. Pero no digo más por no reventarte el argumento. Me alegra que la muerte de Richard Lupin te diese pena. No sé si conseguía darla mi descripción de la misma, pero esa interpretación era la más acertada; de ese modo, se consigue establecer un claro entendimiento entre el sentimiento general de Remus y el que lo lee. Espero que no te fastidiara mucho la corta aclaración sobre la genealogía de Ánuldranh. Te puedo asegurar ya que serán mínimos los comentarios futuros que aparecerán al respecto, pero en ocasiones será conveniente para que se entiendan cosas que, a propósito, he dejado medio veladas. Y he aquí una de mis larguísimas respuestas, como las llamas. No puedo hacer otra cosa; ni lo deseo. Ya sabéis que os lo debo todo. Diciéndote esto, me despido por ahora. Sigue así, provocándome risa con tus comentarios, y que mi docena de dulces versos te inspiren palabras replicadoras.
PADFOOT HIMURA. Espero que no te moleste, Karina, pero te voy a responder por aquí, a pesar de me mandaste tu opinión mediante un correo electrónico. Más que nada, como comprenderás, porque lo leí un día que me conecté aprisa y no he tenido ocasión de responderte, como es lógico que haga. Y así, para que no se me tilde de maleducado, lo hago aquí. Sólo espero que leas esta entrada. Bien, tienes más razón que un santo y me alegra que, con honestidad, me digas todas esas cosas; de lo contrario, aunque no lo supiera, me sentiría ultrajado. Eso, en cierto modo, me permite enmendarlo. Sin embargo, es difícil obviar pasajes de cierta comocidad para introducir sólo temas serios o directamente relacionados con el tema de MDUL; sin ir más lejos, hace poco terminé un capítulo, creo que el catorce, en el que sólo se introducían cosas relacionadas con Wathelpun y demás, pero me resultó tan frío... También es cierto que la escena esa de Sirius y de Remus es insulsa, patética... ¡Yo que tanto las lamento cuando las leo!... Lo tendré en cuenta pero tan sólo para meditar mejor las escenas cómicas que he de poner. Como ya he reconocido, ésa ha sido un despropósito. ¿Sabes?, me he hecho un fan incondicional de Tim Burton (bueno, no tanto, me parece todavía un chiflado). He visto La novia cadáver (me dejo realmente trastornado) y Charlie y la fábrica de chocolate (ésta me tuvo en vilo no sé cuántos días; hasta me he aprendido las canciones de los umpa-lumpas –perdona, no sé si se escribe así ni bien cómo–). Bueno, me despido y muchos besos. Espero, si acaso lo lees, satisfacerte más con este capítulo.
(DEDICATORIA: A los que me aguantan, es decir, a todos vosotros. Especialmente a Hermy Evans, que ha cumplido años recientemente.)
¿Estás viva, Laura (Piki)? Que sea leve y vuelve pronto.
CAPÍTULO IX (MUJERES DESESPERADAS)
Su vello, tierra; sus manos, fuego; viento su boca; agua sus labios: elemental fórmula que había erigido la pasión de Remus y transformado en bullicioso bombardeo su corazón. Gruesas gotas de derretido sudor se precipitaban desde su alborotado flequillo hasta el cauce entre monte y monte de la extensión ajena de su propio cuerpo, por el que fluía un involuntario arroyuelo. Se evaporaban las gruesas manos salteadas de bullentes venas a uno y otro costado sujetas. Se desprendió otra gota de su humedecido cabello, que relamió sus ojos, coronó su nariz, besó sus labios y, después de acariciar su cuello y rodear con ternura infinita la sobresaliente nuez, bañó los labios de su mujer, que la besó y bebió de ella.
Las hojas del último número de Corazón de bruja pasaban al acelerado compás que marcaba la suave brisa nocturna desde la ventana entreabierta. La mayor parte destellaban imágenes de Benjamin y Remus, los dos magos más guapos de Gran Bretaña según esta revista, como había publicado aquella misma mañana. Escasas horas antes, lo habían estado celebrando en casa del primero. A su vuelta, después de haber comprobado que los niños se encontraban bien, pues los habían dejado bajo el cuidado de su abuelo Matthew, regresó la pareja a El mirador, donde, nada más entrar por la puerta, se desnudaron; mientras se hacían el amor en el piso superior después de semana y media larga de abstinencia, yacía abajo la ropa, enfriada: tirada sin concierto sobre la balaustrada de la escalera o desparramada por encima del sofá, donde el licántropo había estado besando a su mujer hasta la desesperación.
Los labios del hombre degustaron la piel de la mujer, rozaron sus senos y astillaron su lengua. Sus manos, mientras a horcajadas la poseía, buscaban ansiosas sus mejillas y su cabello; sus labios con sus dedos y con su tacto, todo su cuerpo. Apoyó contra el suyo el torso todo y sacudió contra su rostro sus cabellos mojados, en tanto por su cuerpo lo iba dominando un relámpago lujurioso, que lo sacudía como hebra al viento; invadido su vientre y hasta la última reconditez de sus extensiones de aquella ráfaga seductora, de aquel grito inclemente, de tamaño escalofrío perturbador, inquieta posesión de ánimas, emitió un potente aullido lobuno mientras la savia de lluvia dorada desembocaba al fin y, después, reposó el suyo entero sobre el frío cuerpo de su mujer.
Pero ésta permanecía impertérrita, notando sin interés la empañada respiración del hombre sobre su pecho desnudo, en calma. Al contrario que Remus, que respiraba agitadamente, que en dulces escalofríos temblaba sobre su vientre ayuno, que por su boca tan sólo profería ahogados gemidos placenteros, ella no hacía nada; ni nada había hecho, como es conveniente que hagan todas las mujeres que conservan el título de honradas; parecía un cadáver, no más que un témpano de hielo, con los ojos especialmente redondos y despiertos.
El hombre escaló su torso y, alcanzando su cima, besó sus labios con ardor, empañando con las caricias de su perilla su piel de su sudor mismo. Reposó su cabeza junto a la de la adivina, junto a su perfumado y seco cabello. Paseó una sola mano por su terso cuerpo dibujando sobre su piel espirales indefinidas en las que él andaba perdido, como obnubilado. Cuando la mujer fue a decir algo, todavía absorto, entrelazando con ella sus pies, se limitó a llevarle un dedo a los labios para rogarle silencio; no quería que ningún sonido perturbara aún aquella pureza, aquel cuerpo, aquella vivencia, su paraíso. Sólo cuando lo creyó conveniente, él mismo apuntó:
–¿Qué tal? Ha estado genial¿verdad?
Helen se incorporó lentamente y, tomando la sábana por un extremo, tiró de ella y se cubrió. Al insistirle Remus con la mirada, ella, apartando previamente la suya, dijo:
–Remus, para qué mentirnos, voy a serte franca –confesó sin tapujos–: no he sentido nada; no, no he llegado al orgasmo. Lo siento.
El hombre se la quedó mirando entre desconcertado y sorprendido mientras ella, dándole la espalda, se giró y arropó con la sábana, cerrando los ojos y preparándose para el sueño.
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Apartando cuidadosamente el visillo blanco, Remus echó un vistazo por la ventana. Entre tanto, Sirius lo observaba sin decir nada; por el solo brillo intenso de las cuentas doradas de sus ojos sabía que a su amigo le ocurría algo extraordinario, algo que acabaría confesándole, intuía, pero de lo que todavía no le había apuntado nada. Remus tenía la misma sensación con respecto al animago desde la fiesta del día anterior, y, como si previese que éste necesitaría de él, de un hombro amigo sobre el que compartir alguna carga, se presentó de improviso aquella mañana en su casa con sus hijos Matt y Nathalie. Sirius le preguntó si había desayunado; como el otro le respondiera que no, el anfitrión ordenó a su mayordomo, el anciano Anthony Dark, que preparase un desayuno digno del ministro. Karina, según dijo Sirius, había ido a casa de Tonks a no sabía qué, por lo que se acomodaron sobre el sofá mientras intercambiaban impresiones sobre temas frívolos; aguardaba cada uno, en secreto, a que fuese el otro quien, por propia voluntad, acabase relatando la circunstancia de su extraño comportamiento.
Cuando, después de apurar Remus su café, persistiendo en la utilidad de aquel silencioso método, terminaron por hablar del clima, el licántropo se levantó resueltamente y, apartando cuidadosamente el visillo blanco, echó un vistazo por la ventana; esbozó apenas una media sonrisa mientras contemplaba a sus dos hijos tomando un baño en la piscina, bajo la inconstante atención del mayordomo, que se andaba secando a cada rato la ropa porque Matt, y Nathalie también al imitarlo, lo salpicaban por mojarlo. No se preocupó por Nathalie: su amigo había hechizado la piscina previamente para evitar que ésta se ahogase (de haber sumergido la cabeza más de tres segundos consecutivos, la propia agua la habría escupido); y, si por si éstas no era suficiente, no la había dejado introducirse hasta que le hubo puesto convenientemente unos manguitos y un gracioso flotador.
Cuando Sirius le habló, Remus se percató de que el animago no contemplaba lo que él, sino que lo estaba observando a él mismo, y con ojos a la expectativa. Lo que le dijo aquél fue:
–Debes aprovecharlo –se refería a Matt–. Pasado mañana volverá a Hogwarts. Volveremos, más bien; las vacaciones se pasan volando.
El licántropo sonrió. Soltó el visillo con cuidado y volvió a sentarse. Tomando otro cruasán de los que en la bandeja todavía quedaban, preguntó:
–¿Cómo le va a Matt en la escuela? Nunca te he hecho esa pregunta.
Sirius se sentó frente a él y, antes de responder, golpeó con su varita su propia taza. Después se llevó ésta a los labios.
–Intentaré ser objetivo –dijo riendo–, aunque con Matt me cuesta; creo que, al menos en mi clase, todos sus compañeros le tienen envidia: por cualquier cosa que hace, le concedo puntos a Ravenclaw; un día llegué a otorgarle cien puntos a su casa gracias a él. Creo que los chicos de su promoción me apodan «Besa-Culos-Matt». Cosas de críos. Pero lo cierto es que, durante mi corta carrera como profesor, no he conocido a ningún chico con un talento como él; aventaja, y sobradamente, a muchos empollones de séptimo, al menos en mi asignatura. No cabe la menor duda de que se convertirá en un mago cualificado.
–Satisface saberlo –concluyó despreocupadamente Remus mientras tomaba del revistero de su amigo un ejemplar cualquiera; aquél resultó ser el último de Corazón de bruja, que había salido el día anterior. Tenía por portada una foto a tamaño completo de Benjamin: desviada la mirada hacia otra parte, se abría éste la camisa mostrando su esculpido torso carente de vello; sólo en un extremo inferior constaba una reducida foto del ministro de Magia, a la que le acompañaba un pequeño rótulo sobre su resultado en el concurso. Sirius se puso lívido al observar la revista que su amigo acababa de desplegar. –¿Te encuentras bien? –inquirió el licántropo con sorpresa, plegando la revista y volviendo hacia él la portada, que miró atentamente y con extrañeza, por ver si era aquélla la causa de la repentina ausencia de color en el rostro de su amigo.
–Nada; no, estoy bien –contestó precipitadamente.
Pero, inmediatamente después, se puso en pie e, imitando a su amigo, apartó el visillo de la ventana y observó a través de ella; al otro lado, Anthony Dark, el mayordomo, corría por el borde de la piscina perseguido por Matt, que se había propuesto empujarlo. El animago sólo habló cuando apreció el reflejo de su amigo en el cristal, lo que significaba que se había levantado y estaba detrás de él. Sin volverse, simplemente se inquirió:
–¿Por qué he perdido mi sex-appeal, Remus?
–¿Por qué has perdido qué? –le rebatió el otro tratando de mantener la compostura.
–Sí, mi sex-appeal. Lo he perdido. Cuando era adolescente, cuando tenía veinte años, era atractivo y las mujeres me rifaban en Hogwarts¿te acuerdas? Era el más guapo de los cuatro, el que tenía más éxito. Pero ahora soy el quinto mago más guapo de Gran Bretaña.
–Si quieres te doy el pésame, Sirius –se burló Remus–. ¡Vamos, hombre!...
–¡Pero si hasta mi propio ahijado me ha aventajado! –exclamó fastidiado.
–Hay que reconocer que Harry es mono y que, de quererlo, traería a las chicas como en tu tiempo, crápula, hiciste tú: de calle.
–¿Y tú? –le inquirió volviéndose al fin–. ¿Qué hay de ti? Tú también me has ganado. –Se llevó las manos a la cara como si llorara; pero, al apartarlas, Remus no descubrió lágrimas en sus ojos–. Soy un fracaso como hombre, como novio y como persona. Definitivamente, he perdido mi sex-appeal. Mira. ¡Mira! –le gritó alocadamente mientras lo conducía hasta situarlo frente al espejo que reposaba sobre la repisa de la chimenea. Se llevó ambas manos al pelo–. Entradas, Remus¡entradas! Y hasta tengo tres canas.
–Oh, Sirius, te compadezco –se burló Remus–. Mírame a mí, yo tengo tres pelos de mi color.
–No es lo mismo... –escupió el otro mientras se seguía hurgando la cabeza en busca de más canas.
–¿Por qué no? –repuso molesto–. Mira, Sirius, Harry y Benjamin son más jóvenes que nosotros; es normal que las mujeres los encuentren más atractivos. Y, con respecto a mí, simplemente soy famoso: ésa es la diferencia. ¿Sabes lo que creo que tienes en realidad? –Sirius le lanzó una inquisitiva mirada a través del espejo–. La crisis de los cuarenta años.
–¡Bobadas! –replicó el otro.
–Ríete si quieres. Y, por cierto –apuntó–¿acaso tienes algún problema en que yo resulte más atractivo que tú?
–En absoluto, Remus. No digas tonterías. –Volcó el espejo y se apartó a continuación–. Es simplemente que... Jo, qué decepción. –Se dejó caer en el sofá, donde al momento lo acompañó el licántropo–. Sí, tal vez, no sé, sea esa dichosa crisis de los cuarenta, pero es que, qué fastidio, ya nada resulta como antes, maldita sea; mírame... ¡Mírame bien, Remus! Principio de entradas, canas, arrugas cuando hago el gesto este –arrugó el ceño y la frente y los ojos se le inundaron de grietas de piel–, ya nada es como antes; ni siquiera yo soy el mismo. No sé si es el sex-appeal o los años o qué, pero no me reconozco, Remus: me decepciono a mí mismo como hombre.
Remus sonrió simpáticamente.
–Ya será para menos –dijo distraídamente–. Pero, por lo menos¿con Karina te irá todo bien, no¿Con ella no tendrás ningún tipo de problema, verdad?
Sirius alzó los ojos y los dejó en suspenso sobre la intensa e interrogativa mirada del licántropo. Finalmente, aunque dudando, acabó negando con la cabeza.
–No, con Karina va todo de maravilla –musitó con tono monótono, como si se lo repitiera a sí mismo por enésima vez–. ¿Qué, es que tú sí tienes algún problema con Helen?
Remus asintió después de un momento de vacilación. El animago le insistió a su amigo para que le contase detalladamente el asunto, y éste, aunque se mostrase al principio contrario, como en verdad había ido a casa de Sirius para pedirle consejo o, simplemente, por llover sobre él sus cuitas, lo hizo:
–Anoche hicimos el amor. Yo diría que fue la mejor cópula de mi vida; sentí un no sé qué que no se puede describir con palabras, la verdad. Pero Helen acabó reconociendo al final que no había sentido nada. Nada, Sirius; la dejé insatisfecha. Eso sí que humilla el orgullo de un pecho viril. Hasta llegué a preguntarle si quería que lo volviésemos a intentar, fuese a ser que no le hubiera faltado más que un poco; me sentía como un jabato, encendido. Creo que hubiera podido amarla cuantas veces se me hubiera antojado. Pero ella dormía ya. ¡Dormía, Sirius! Esta mañana no he podido ni mirarla a los ojos, de la vergüenza que siento –concluyó.
Sirius, que había permanecido atento, cabeceó con resignación y, después de una corta reflexión, comentó:
–Si lo que querías era mi opinión, lo siento, Remus: no me siento capaz ni para aconsejarte sobre algo así. Simplemente, amigo, debes resignarte: seguramente sea la crisis de los cuarenta.
–Dichosa crisis de los cuarenta del copón –maldijo con fastidio el licántropo.
–O eso, o que a las mujeres no hay quien las entienda.
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La señora Nicked fue la primera en aparecerse en mitad de la sala de estar de su propia casa. Le sucedieron muchos otros chasquidos: Helen, Karina, Tonks y Ángela también se aparecieron a su lado, portando todas ellas bolsas que, por el esfuerzo que reflejaban sus expresiones, debían contener algo pesado. La anfitriona les indicó que podían dejarlas en el suelo si les apetecía; ellas, en cambio, las condujeron hasta la mesa baja. Ángela extrajo el contenido de la suya: tres botellas de licor que dejó sobre el mueble; todas parecían contener lo mismo. En tanto imitaban todas a Ángela, la señora Nicked reconvenía a Tonks diciéndole:
–¿Ves, chiquilla, cómo terminabas mucho antes de recoger tu casa si te ayudábamos todas?
La metamorfomaga agradeció su colaboración, a lo que Ángela, a fin de celebrarlo, respondió que abrieran allí mismo una botella de hidromiel y brindaran. La que había la tomó Karina: quedaba tan sólo la mitad, pero resultaba suficiente para unos cuantos tragos para cada una. Retiró el tapón de rosca y le pidió a la señora Nicked que trajese vasos para servirlo.
Inmediatamente, todas sin excepción escucharon un grito que procedía del piso superior; pero no era un grito terrorífico: más bien parecía una exclamación de júbilo, y pertenecía, qué duda cabe, al señor Nicked. Antes de que ninguna pudiese formular en voz alta su pensamiento, o se riera, o simplemente dijera qué estaría ocurriendo, el señor Nicked se adelantó gritando:
–Palomita, palomita. ¡Palomita¿Ya estás aquí? Tápate los ojos, que vas a verme por fin puesto tu regalo de cumpleaños.
Antes de que la señora Nicked lo impidiera, que estuvo a punto, un tropel de pasos precipitados anunció a todas que el muggle corría hacia a ellas. En un santiamén lo vieron aparecer en el término de las escaleras, con los ojos cerrados, contoneándose mientras, con lo que él creería sensualidad, bajaba las escaleras aferrado a la balaustrada. Estaba desnudo, o por lo menos lo suficientemente poco vestido como para estarlo; llevaba puesto un calzoncillo diminuto que reproducía la textura de la piel del tigre. Parecía que se había embadurnado todo el cuerpo con aceites aromáticos, pues su piel brillaba como la de un pringoso cochino estepado. Bajó acariciándose su barriga prominente con gestos provocativos y rozándose los pezones con lo que podría denominarse inocente picardía; suspenso en esta última acción, entreabrió finalmente los ojos y descubrió un panorama inesperado: cinco mujeres lo observaban boquiabiertas, cariacontecidas, prontas lo mismo a la risa que al llanto, al parecer. El hombre, tras un segundo indeciso, lanzó un chillido agudo y puso pies en polvorilla huyendo; al darse la vuelta, descubrieron que lo que vestía no era sino un tanga, y ninguna pudo contener la risa al contemplar sus rosadas nalgas reflejando la luz como restregadas esponjas; ninguna a excepción de la señora Nicked, que, toda enrojecida, lo más que dijo fue:
–Qué oportuno el muggle este.
Ángela, que trató de reponerse pronto del ataque de risa y tos que la había acometido, golpeando con el codo a su hermana, comentó entusiasmada:
–Qué sorpresa. Te juro que me figuraba que la relación entre Matthew y tú se caracterizaba por la sequía con relación al sexo. –Se dejó caer sobre el mullido sofá tras tomar la botella de hidromiel y servirse una porción–. Deberías contarnos cómo te va, Helen, hermana. ¿Cuánto hace que no tenemos una conversación de chicas?
–No hay mucho que contar –repuso la señora Nicked fríamente, sentándose aparte en un sillón individual.
–No seas mojigata, tonta –replicó ofuscada Ángela–. Ya nos imaginamos que, siendo como es Matthew, no habrá mucho que contar, la verdad, pero podrías ser un poco más extrovertida. –Se llevó el vaso a la boca y dio de él un largo trago–. Venga, si tu relación con él ya tiene que estar en el mejor punto¿no¿Ya tienes que estar en la menopausia, verdad? Ahora si que os daréis unos buenos revolcones...
La señora Nicked, tras vacilar un largo instante, asintió con pesadumbre.
–La tengo, sí, pero no hace tanto, no te creas –agregó a desgana–; sólo tres meses. Y no es tan maravilloso como tú te imaginas¿sabes? Cuando llegues a mi edad, hermana, lo comprenderás: las mujeres tenemos algún que otro problemilla en la cama, nada agradable por cierto. De todas formas, si a lo que te refieres es que ya no corro el riesgo de quedarme embarazada, eso desde hace unos años no viene siendo un gran impedimento: Matt se hizo la vasectomía y le va muy bien, si te interesa.
–Oh, parece que ya te has envalentonado, Helen; qué cosa más increíble –exclamó Ángela–. ¿Por qué no nos sigues contando más cosas¿Cómo es Matthew en la cama, qué suele hacer, consigue que disfrutes? Nunca hemos hablado de eso. –La señora Nicked se negó rotundamente, visiblemente molesta–. ¿No te animas? –La otra mujer cabeceó ligeramente, por lo que Ángela, mostrando entristecido el semblante, acabó cabeceando también–. En tal caso, seré yo la que os cuente que anoche discutí con Sorensen.
–¿Discutiste con Sorensen? –repitió Tonks con asombro y ojos desencajados.
Ángela se limitó a asentir con gravedad.
–Así es –confirmó–, después de la fiesta. Me echó en cara que fuese tan... extrovertida durante el striptease de Benjamin. Claro está, no lo dijo así, tan fino; me llamó un par de cosas que sólo le perdono mientras hacemos el amor; me llamó lasciva¿os lo figuráis? Se piensa que me atrae Benjamin, y también Remus y Sirius, sólo por lo de los strepteases. Yo le dije que estaba exagerándolo todo, que yo sólo tengo ojos para él, como es verdad, pero no me creyó. Pero después, el muy guarro, en la cama quiso hacerme el amor, aunque yo me negué; ¿no me había dicho que era una lasciva?; pues anoche él se quedó con las ganas de desfogarse, verás.
–Si el pobre es un angelito –opinó la señora Nicked con conmiseración–; si tiene más razón que un santo: el día que se desnudaron Sirius y mi yerno y anoche, estuviste un poco¿cómo decirlo?, falta de luces, ligera de cascos.
–Vamos, como siempre –añadió Helen riendo.
–Hombre, como para no estarlo –replicó en voz alta la tía de ésta–. Pues menudos pimpollos tenéis las tres, jodidas; para un día que podemos catarlos el resto... ¿A quién no le van a atraer? No se puede negar que están buenísimos. ¿O no? A ver, tú, sobrina, por ejemplo¿qué opinas de Sirius y de Benjamin?
–Hombre, son monos –respondió.
Ángela puso una fea mueca.
–Has salido a tu madre, no me vales –dijo–. A ver, tú, Tonks. ¿Qué opinas de Remus y de Sirius? –le inquirió.
–Pues... Sí –contestó–, son muy atractivos. –Ángela, mientras ésta seguía discurriendo, asentía vehementemente, mirándolas a las demás como si demostrase algo importante–. Son ese tipo de maduros que se conservan perfectamente a pesar de los años.
–No te metas con los años, que yo tengo once más que ellos –replicó, no obstante, Ángela–. Pero ¿lo veis? Eso es lo que no entiende Sorensen; se cree que, por el mero hecho de haberme casado con él, debo jurarle respeto absoluto hasta en mis pensamientos. –La señora Nicked abrió la boca como para apuntar algo, pues quedó desconcertada con aquel último apunte de su hermana, pero la cerró sin hacerlo–. ¡Vamos!, como si creyese que no me doy cuenta de que él le va mirando los culos a los jovencitos y a las jovencitas cuando paseamos juntos; que él le tira a todo.
–¿Crees que a Sorensen le siguen gustando los hombres? –preguntó al punto Helen, bajando el tono en actitud confidente.
Tanto Karina como Tonks escupieron en seguida el licor de calabacín que acababan de abrir y se habían servido. Se miraron un momento confusas hasta que la primera preguntó con voz ahogada:
–¿Los hombres¿Cómo que los hombres? Eso no me lo habías contado, Ángela.
–Oh, ésa es una larga historia –explicó Ángela sonriendo ampliamente–. Cuando lo conocí, Sorensen era gay; pero lo reformé, ya ves. Si acaso, os la cuento ahora después. –Y volviéndose a su sobrina directamente–: Pues no lo sé, Helen. Yo diría que no, la verdad; si quieres mi opinión, él me ama, y con eso me basta. Si todavía le quedan retazos de homosexualidad, no me importa: nadie es perfecto. Además, da como un morbo saber que antes de gustarle yo le iban los hombres... ¿No? Todavía tiene las fotos de su último novio, Sam, más cuco; según me contó, estuvo con él cerca de tres años, pero cortaron porque éste no quería comprometerse.
»Pero esto se aparta de lo que os iba contando. Anda, Helen –le tendió un vaso a su hermana–, llénamelo de lo que sea, que me voy a quedar seca. ¿Qué os iba contando? Ah, sí, la pelea con Sorensen. Pues veréis, me negué a hacerle el amor y él se enfadó. Me zarandeó (sin ánimo de hacerme daño, la verdad) y me preguntó cómo podía resarcirse. –La mujer soltó una aguda risotada que quedó ahogada, como un fantasma en pleno vuelo–. Le dije que no volvería a dejarle que me hiciese el amor hasta que hubiese demostrado ser un hombre tolerante con las pasiones básicas de una mujer, pero, sobre todo, hasta que no me hiciese otro streptease como el de vuestros hombres.
–¡Qué cruz tiene contigo mi cuñado! –exclamó en un murmullo lo suficientemente audible la señora Nicked.
–Pues a mí me parece buena idea –mencionó Ángela resueltamente–; yo sé que Sorensen es un hombre pasional, y me atrae la idea de que se desnude ante mí con sensualidad. Cuando hacemos el amor, se quita la ropa que parece una fiera y se me abalanza como un depredador; parece que me fuera a comer.
–¿Y vas a cumplir tu palabra? –la inquirió Karina como dudándolo.
Ángela asintió enérgicamente.
–Dos días y se raja. ¿Cuánto te apuestas? –le comentó por lo bajo Helen a su madre.
–Pues voy a tener que emplear algo parecido con Sirius –apuntó Karina levemente sonrojada.
–¿Es que tienes algún problema con él? –inquirió gravemente la señora Nicked.
Ángela, mientras le pedía a su hermana que no fuese breve la mano que volcaba la botella sobre su vaso, acercándose a saltitos a Karina hasta el punto de rozarla con el costado todo, y propinándole después menudos codazos, le instó:
–Cuenta, cuenta.
–Me da un poco de vergüenza, la verdad –confesó con las mejillas abrasadas–. No suelo hablar de estas cosas. Prometedme que no le diréis nada a nadie; y menos a Sirius, con lo susceptible que está con el tema. –Como la primera que respondió fuera Ángela, y en su boca la promesa de silencio quedara poco creíble, se apresuraron las otras a añadir su palabra–. Pues veréis... Yo no sé si él era así antes, aunque lo cierto es que después de su ingreso en Azkaban yo soy su primera novia, según me ha dicho; pero la verdad es que tengo bastantes serios problemas con él... en la cama. –Ángela volvió a pincharla para instarla, metiéndole prisa–. Pues veréis, es que Sirius... Sirius eyacula precozmente.
Todas se sobrecogieron de sorpresa, pero ninguna hizo tantos aspavientos como Ángela, que se llevó ambas manos a la boca, que se le había abierto desproporcionadamente.
–¿Acaso tiene algún problema fisiológico? –interrogó la señora Nicked–. ¿Ha visitado al urólogo?
–En absoluto, se niega siempre: dice que le da vergüenza. Al principio me dijo que era normal, que se sentía excitado de volver a yacer con una mujer después de tanto tiempo. Pero, y no os riáis, lo lamentable es que, desde que estoy con Sirius, no conozco lo que es un orgasmo –reconoció avergonzada, los ojos gachos–. Anoche, sin ir más lejos, fue terrible: volvimos a practicar el amor, pero, como había estado estos días pasados en el hospital, se excitó tanto que dudo que durará más de dos minutos –concretó–; o esa explicación al menos me dio él. Lo cierto es que el pobre le pone empeño, y que yo lo quiero con todas las fuerzas de mi corazón, pero es un pésimo amante.
–Pobrecillo –se compadeció Tonks–, qué mal lo tiene que estar pasando. ¿Y sólo eso te ha dicho?
–Ajá –contestó Karina–, porque ha estado veinte años a dos velas, siempre lo dice con las mismas palabras. Dice que hasta lo ha probado masturbándose y que siempre es lo mismo: eyacula con...
–Ay, que se masturba; qué vergüenza –estalló la señora Nicked.
–Pero qué antigua eres, Helen –protestó Ángela–. Parece mentira que seamos hermanas. Y ¿qué piensas hacer? –preguntó a Karina.
–Eso es lo que digo, que no lo sé. Hablarlo, ya lo he hablado de todas las formas posibles. Su postura es clara: ni va al urólogo ni a la farmacia a comprar un remedio; dice que tiene una honra que salvaguardar. Pero yo tampoco puedo seguir así; entendedme, mi situación es peliaguda.
–¿Qué no vamos a entender nosotras? –dijo Ángela.
–Pues ya que estamos de confesión en confesión –intervino Helen–, quizá me interese compartir con vosotras el estado de mi relación con Remus. –Todas le dirigieron miradas interrogativas–. También anoche hicimos nosotros el amor y tampoco yo alcancé el orgasmo. –Ángela repitió los aspavientos que empleó cuando Karina, sólo que esta vez se decía en voz baja: «No puede ser, no puede ser. Se me acaba de caer un mito.»–. No sé lo que pasó. Yo creo que estaba receptiva y deseosa, pero Remus se me abalanzó como una fiera corrupia y lo más que veía era un cuerpo, un lascivo hombre pringoso, cimbreando su pelvis sobre mis caderas. Para cuando él acabó, yo había comenzado a sentir lejanamente su penetración –exageró–. ¡Pero si hasta aulló cuando alcanzó el orgasmo! Fue patético.
–¿Estaba fogoso? –le preguntó Ángela.
–Mucho. Demasiado en realidad. Ya te digo, se abalanzó sobre mí y me arrebató la ropa sin consideración; me tiró al sofá como si fuese una muñeca y me chupeteó por todo el cuerpo con labios incisivos; y, por último, me llevó al dormitorio a rastras, me dejó sobre la cama y me penetró sin más, como si yo no interviniese para nada. –Se tomó una pausa en tanto cogía y dejaba sobre su regazo a Alby, el cual había ido gateando hasta ella–. Lo que quiero decir es que nuestra relación se ha vuelto muy fría; monótona, ésa es la palabra. Necesito algo más que no sea que me chupe y me haga el amor; ya no tengo veinte años. Necesito que me dé cariño mientras lo hacemos; ¡pero aullando jamás lo conseguirá! Yo hago el amor con un hombre, no con un animal.
–Acaba siendo lo mismo, hija –participó definitivamente la señora Nicked–. Bienvenida a la edad de la incompatibilidad: hasta ahora todo te ha ido de maravilla con Remus¿verdad?, pero a partir de aquí empezarás a experimentar una caída en picado: no coincidirán vuestros gustos, tampoco vuestras opiniones y, eso sí que no, no conciliaréis en la cama. Ahí los hombres quieren una cosa: sexo; nosotras, otra: amor.
–Pero ¿es lo mismo, no? –apuntó Tonks.
Ángela y la señora Nicked le dirigieron una mirada especialmente significativa.
–No te confundas, amiga –le reconvino Ángela–. El sexo es lo que convierte a los hombres en animales, en seres cuadriculados que sólo piensan por sus intereses; exacto, a través de su entrepierna. Entre ellos se miden los penes y el que se halla el suyo más largo que el resto se cree superior simplemente porque tiene el cerebro más próximo a las rodillas. Se pasan el día en el gimnasio repostando músculos, pero éstos no les sirven para mantener una conversación inteligente con una mujer, cosa que desconocen hasta lo que significa; y entre ellos sólo los usan para darse de mamporros; o se miden los penes, o se dan de mamporros –concluyó–. En cambio, nosotras somos sensibles, tocadas de una gracia divina, inteligentes, es decir, dotadas de amor. Preferimos una agradable conversación, una caricia tierna, una flor esplendorosa, a unos cuantos minutos de placer animal, sudoroso y carnal. ¿Por qué te crees, si no, que a la edad de quince años o así preferimos entregarnos a la poesía, a la meditación en el campo, a los paseos junto a la orilla de la playa, al contrario que ellos, que se pasan todo el día leyendo pornografía, mintiendo como bellacos a ver quién ha levantado más faldas cuando en realidad lo más que han hecho ha sido poner como una pocilga el cuarto de baño? A ver, si no me crees, dime¿cuándo ha sido la última vez que Benjamin te ha hecho el amor, eh?
–Esta mañana –respondió–. Dos veces.
–Pero ¿y la última que te dio un masaje de ésos de la cabeza a los pies?
–Déjame que piense... El martes, si mal no recuerdo.
–Bueno, vale. Pero ¿y la última vez que te preparó el desayuno y te lo llevó a la cama o te preparó una torre de helado, nata y fresas?
–El desayuno me lo ha traído esta mañana, antes de hacer el amor. El helado... –sopesó–. ¡Ah, sí! La semana pasada. Aunque sin fresas, no me gustan demasiado.
–¿Y la última que te preparó un relajante baño con sales y te preparó velas alrededor del agua?
–El miércoles, fue muy romántico. Sólo que sustituyó las sales por un conjuro.
–¡Me rindo! –exclamó Ángela derrumbada–. Joder, quién pillara un hombre así, aunque sólo se pareciera remotamente. Desconocía que Benjamin fuese tan romántico. Pero ¿algún defecto tendrá? –Mientras Tonks cabeceaba sistemáticamente, Ángela repitió varias veces en voz baja–: Santa Rowling, qué portento, qué hombre, qué primor. No obstante –acabó diciendo–, algún día se volverá así, como ha dicho mi hermana, con eso de la era de las incompatibilidades o como sea. Si desde ya le vas poniendo las cosas claras, lo tendrás más firme que una varita. Y, si así como estáis te hace todo eso¿cuántas cosas más crees que te haría si le tensaras un poquito las clavijas?
–¿Qué le estás insinuando a la chiquilla? –participó hosca la señora Nicked.
–Nada, nada, hermanita, no te crispes. Simplemente estaba sugeriéndole a Tonks que, si quiere participar en el mismo juego en el que vamos a intervenir Helen, Karina y yo, puede...
–¡Yo no he dicho que vaya a participar en nada! –la interrumpió bruscamente su sobrina.
–¿Ah, no? –le espetó con los puños apoyados sobre las caderas–. ¿Y tú tampoco, Karina? –Ésta no dijo nada–. Como vosotras queráis. Pero os recuerdo tanto a una como a otra que estáis en mi misma situación: somos unas mujeres desesperadas. Tú, Karina, si quieres que Sirius siga sin poner una solución a sus eyaculaciones precoces y, lo que es peor, sin satisfacerte en la cama, déjalo acostarse contigo esta noche en lugar de darle una patada en el trasero y plantarlo en el sofá. Y tú, sobrina, si quieres seguirte quejando de monotonía en tu relación, deja también que Remus te haga el amor esta noche y vuelvas a quedar insatisfecha mientras él aúlla o cacarea o hace lo que le da la gana; a menos que le plantes cara y le dejes bien claro que la que manda en la relación eres tú, que las que mandamos somos nosotras, nos van a seguir tomando por el pito del sereno. ¿Y sabéis qué os digo?: que cojamos el pito (o el toro) por los cuernos y lo estrujemos; oprimámoslo. ¡Abstención absoluta hasta que no cambien! Ellos son hombres: anhelan el sexo; no podrán soportarlo. Nosotras somos mujeres: podemos vivir sin sexo. Veréis cómo en menos que aúlla un lobo están comiendo de nuestras manos, mansos perdidos.
La señora Nicked le arrebató la botella que tenía prendida Ángela y dijo en alto:
–¿Dónde está la fecha de caducidad de esto?, que tanta tontería no puede ser normal.
–Yo me apunto –dijo Karina sonriendo tímidamente.
–Yo no aseguro nada –mencionó Helen, que sintió todas las miradas fijas en ella–. Me parece muy cruel lo que le vamos a hacer a nuestros hombres; Remus no se lo merece, el pobre.
–Ah, el pobre... –susurró Ángela asintiendo para sí–. Sí, claro. Por cierto, Helen¿qué dices que dijo cuando tú le dijiste que no habías sentido nada?
–Que si quería intentarlo de nuevo. ¿Por qué?
–Ah, oh sí, el pobre... –ironizó de nuevo su tía–. Un pobre muy machista, sobrina. Él recarga las pilas de nuevo y dispara los perdigones, y si tú te quedas otra vez que ni para aquí que ni para allí, te aguantas. Él ya iría dos a cero, y dormiría más relajado que un bebé. Si tú no conciliabas el sueño, o no te enterabas de nada, te jodes. Oh sí, es verdad, el pobre, el pobre...
–Bueno, vale –acabó diciendo Helen, atisbando una sonrisa malévola–. Yo también participo. Pero sólo por ver si soluciono un poco así las cosas.
–Hija, que yo te creía más sensata... –musitó su madre cabeceando.
–¿Y bien, Tonks? –la espetó Ángela.
–¿Cómo que «y bien, Tonks»? –replicó ésta–. Yo estoy muy a gusto con Benjamin y no voy a forzar una discusión con él por una tontería; y menos un distanciamiento. No creo que pudiera soportarlo.
–Si lo mejor de las discusiones son las reconciliaciones, hija mía –trató de disuadirla–. Después de una larga y tensa espera en abstinencia durante la cual tu chico estará deseando cada resquicio de tu piel, cada hueso de tu cuerpo¿qué crees que no te haría? Yo sólo de imaginarme un baño con sales y velas, un desayuno en la cama con helado y nata y todo el sexo que se pueda a la vez, uf, que me dan unos escalofríos...
–Vale, vale, lo haré –confirmó precipitadamente, no del todo convencida–. Pero necesitaré que me ayudéis; soy débil.
La señora Nicked cabeceó rápidamente cuando descubrió la mirada de su hermana deslizándose hasta ella.
–No, conmigo no contéis –respondió aprisa–. Yo ya soy mayorcita para andarme con tonterías de ese tipo. Matt y yo tenemos una relación en la cama bastante estable, basada en el diálogo y en el respetuo mutuo.
–¿En el diálogo? –repitió Ángela–. Ya me imaginaba yo que mucho sexo no podía haber. Bah, da igual, hija mía; tú te lo pierdes. Además, no creo que al muggle tuyo se le pueda corregir así como así. Mejor lo hacemos nosotras cuatro. Pero tenemos que prometer que vamos a cumplir nuestra palabra, que vamos a mantenernos fuertes y no vamos a caer en la tentación. –Extendió su mano hacia el centro del grupo–. Abstención absoluta hasta que cada una haya conseguido sus objetivos. ¿Amén?
Las otras pusieron sus manos sobre la de ella y lo prometieron al grito de:
–¡Amén!
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Benjamin se recogió la capa al pasar por debajo del arco de la chimenea de la casa de su primo Remus. Se sacudió, con semblante severo, el hollín que bullía entre sus ropas y pasó adentro con elegante pose, aunque serio. Sirius y Sorensen, que ya estaban acomodados dentro, lo saludaron; Remus, por su parte, se levantó, recogió su capa y la llevó al perchero, y le preguntó si había desayunado. Aquél dijo que no, añadiendo a su pregunta de si le apetecía algo:
–Una manzanilla o un té simplemente, si no te importa. Aunque no le haría ascos a algo más fuerte. ¿Tienes whisky? Anda, prepárame uno si no te es molestia. Doble.
–¿Un whisky doble? –preguntó Sirius riendo con Sorensen–. ¿Es que vas a emborracharte para celebrar algo o simplemente para olvidar?
–Para olvidar, me temo –reconoció mientras se sentaba entre ellos dos. Cuando éstos le preguntaron para sonsacarle más información, sólo cuando Remus hubo vuelto con el whisky doble y un sorbo de coñac para él explicó–: Es por Nymphy. Está muy... rara.
–Define rara –le pidió Sirius.
–Entre anoche y esta mañana, antes de acudir a nuestra cita, la he asaltado como unas quince veces para hacerle el amor. Ella al principio parece que consiente: responde a mis besos y sus manos tantean mi ropa para desnudarme. Pero, antes de hacerlo, no sé, es como si se arrepintiera y me deja a mitad, con las ganas en el cuerpo y más salido que una manada de perros en celo, con perdón.
–¿Lo ves? Eso confirma mi hipótesis –gritó Sorensen mirando al animago.
–¿Qué hipótesis? –inquirió Benjamin.
–La de que nuestras mujeres se han confabulado en nuestra contra –explicó el licántropo antes de llevarse un último y largo sorbo de su coñac.
–¿Cómo es eso? –le espetó su primo nervioso.
Remus se limitó a encogerse de hombros mientras apuraba su vaso.
–Pero ¿Tonks qué te dice cuando se larga sin más, eh, Ben? –le preguntó Sirius.
–Nada. Eso es lo más fastidioso de todo. Pero ¿qué es eso de que nuestras mujeres se han confabulado contra nosotros?, explicadme –insistió.
–Lo que significa –explicó Sorensen tranquilo–. A nosotros también nos han cerrado el grifo en la cama, ya me entiendes. –Volviéndose al resto–: Esto es cosa de Ángela, me juego lo que queráis; seguro que ha sido ella la que ha absorbido a la vez las mentes de vuestras mujeres y las ha obligado con no sé qué propósito a impediros a vosotros también yacer con ellas. Es típico de ella.
–Tal vez estén tratando de reivindicar algo, no sé –pretextó Remus–. No es la mejor forma, pero, si las mueve Ángela, me espero lo peor.
–Lo peor no es que las mueve, sino que las conmueve –opinó Sirius–; yo no sé cómo pueden dejarse siempre conducir por ella. Aunque, por otra parte, en tu caso tendría un pase, y en el de Sorensen, puesto que, o bien has discutido con ella, como es tu caso –apuntando al bibliotecario–, o bien tenéis problemas en la cama. Pero ¿y yo? –comentó riendo–, si a mí con Karina me va todo perfectamente. ¿Y tú, Ben, tienes algún problema con Tonks?
Mientras éste negaba con la cabeza a punto de decir algo, otra cabeza en extremo sonriente y con las comisuras de la boca manchadas de leche asomó bajo el marco de la puerta de la cocina; todos, a excepción de Remus, dieron un respingo en sus asientos. Era el señor Nicked, quien, con un vaso de leche en la mano, se acomodó entre el grupo, sonriendo en exceso.
–¿Conque no te pasa nada con Karina, eh, Sirius, pillín? –preguntó el muggle señalándolo con el vaso de leche–. Pues ella no opina lo mismo, que la escuché ayer.
El animago se puso todo colorado, mientras los otros, por el contrario, miraban a uno y otro preguntándoles qué ocurría. Como Sirius no parecía tener intención de confesarlo, el señor Nicked, con jolgorio, exclamó:
–Según oí, vamos, que Sirius se va más pronto que todas las cosas, que eyacula precozmente, quiero decir.
–Pero ¿no me dijiste ayer que no te pasaba nada con Karina? –protestó Remus.
–Y no me pasa nada –gritó Sirius sin mirar a nadie–; yo estoy bien. El problema lo tiene ella, que no puede seguir mi ritmo. Joder, Remus –acabó diciendo con tono compasivo–¿tiene que estar aquí tu suegro¿Es que no podéis desconectar por un día la chimenea?
–Es mi suegro, Sirius –lo defendió el licántropo–; no puedo impedirle que venga por aquí cuanto se le antoje, siempre que no sea a destiempo. –Y volviéndose a aquél–. Pero ¿tú cómo te has enterado de eso?
–Muy fácil –dijo–. Las estuve espiando mientras hablaban y pude enterarme de todo. –Los cuatro restantes hombres lo asaltaron a un tiempo: Benjamin le suplicó, Sorensen le gritó, Sirius lo amenazó y Remus llegó a zarandearlo, todos con el fin de que les contase cuanto supiera. Así, el muggle, enrojecido de vanidad, acabó explicando–: Huy, están cabreadas de veras; escuché no sé qué de que os iban a estrujar los pitos, y me dolió de sólo oírlo, pero no creo que lo hagan, la verdad. Como ha dicho Sorensen –éste asintió después con relativo malestar–, fue Ángela la que las convenció a todas menos a mi palomita, que se negó a negarme a mí...
–Por favor, Matthew –protestó Sirius–¿cuándo fue la última que hiciste tú el amor con tu mujer?
–Hace dos semanas –respondió altivamente.
–Pues, entonces¿qué va a hacer Helen, si eso ya es abstención? –le reprochó.
–No me importa –gimoteó el muggle–, porque ya tocaba de nuevo mañana, y al menos yo sí podré hacerlo, al contrario que tú. –Sorensen tuvo que sujetar a Sirius, que, bravuconamente, se levantó para enfrentarse al señor Nicked. Después que se calmaron los ánimos, éste prosiguió–: Cada una expuso sus problemas. –Le rogaron que los comunicara–: En mi opinión, creo que es apatía en general: Ángela quiere probar nuevas cosas de ti, Sorensen, o contigo más bien; y Karina y mi hija, según dijeron ellas mismas, están insatisfechas en la cama. La una quiere que soluciones en seguida tu problema de precocidad –dijo remarcando las sílabas– mientras que la otra cree, Remus, que vuestra relación se ha estancado.
El licántropo fue a apuntar algo, pero Benjamin se le adelantó:
–¿Y qué hay de Tonks¿Qué dijo ella?
–Ah, Tonks. Que estaba muy contenta de ti, eso dijo. –El más joven puso una extraña expresión, como de incredulidad–. Sí, es la verdad –reafirmó–; lo que pasa es que Ángela la terminó convenciendo. E hicieron un pacto, yo lo vi; se unieron las manos y le pidieron a mi mujer que emplease no sé qué clase de sortilegio sobre ellas para evitar caer en la tentación; si alguna caía, es decir, si alguna practicaba relaciones con alguno de vosotros sin haber logrado antes el objetivo que se marcaron ayer, todas lo sabrían; eso dijeron.
–Me figuro que es la versión light del Juramento Inquebrantable –explicó Sorensen–. Se realiza de modo idéntico, sólo que sin la misma rotundidad, lo que lo convierte en una actividad no nigromántica. Según me contó Albus alegremente, Hermione lo empleó para vigilar a los integrantes del Ejército de Dumbledore. La señora Nicked puede haberlas conjurado de la forma más variopinta: bien que les salgan aletas, se les multiplique el tamaño de la mano, cualquier cosa, si incumplen.
–No te quepa duda que pienso matar a tu mujer –musitó a Sorensen Benjamin mientras hacía rechinar los dientes de furia.
–¿Y cuándo se habrán pasado los efectos del Juramento Inquebrantable y volverán a mantener relaciones con nosotros? –preguntó Sirius–. ¿Cuándo será eso?
–En general, cuando cambiéis vuestra actitud, jovenzuelos –les recriminó el señor Nicked con acritud–. Tratáis a vuestras mujeres como sacos de alfalfa. ¿Cuándo fue la última vez que les preguntasteis si estaban cómodas con lo que les hacíais? Dos conforman una relación, y tres multitud... No, eso no viene a cuento. Dos conforman una relación, y no sólo vosotros, gandules, pesimísimos amantes. No quisiera tener que daros clases de romanticismo –«no, es que no nos las vas a dar», musitó Sirius de mal talante–, pero necesitáis cambiar. En tu caso, por ejemplo, ya que me has preguntado tú, Sirius, Karina prometió en el Juramento «Invariable» ese que permanecería casta hasta que tú pusieses algún tipo de remedio a tus eyaculaciones precoces.
–Es que todavía no me lo puedo creer –exclamó el licántropo asombrado–; pero si ayer me aseguraste de lo más convencido que no tenías ningún problema con Karina, y por eso fui yo, tontamente, quien te contó los míos con Helen.
Sirius se llevó las manos a la cara y batió sus hombros mientras lloraba. Sus gemidos resonaron como lamentos de tortura, y Sorensen, compadecido, le echó un brazo por encima a su amigo para reconfortarlo.
–¡Soy una vergüenza como hombre! –lloriqueó en tanto Remus le alargaba un paquete de pañuelos–. No merezco considerarme tal; soy un espantapájaros, una boñiga, un maldito eunuco. No soy ni capaz de hacer dichosa a una mujer, yo¡yo!, que de seguro he conocido más que todos vosotros juntos. –«Lo dudo», comentó por lo bajo el señor Nicked a su yerno dándoselas de importante–. La primera vez que lo hicimos Karina y yo, creo que eyaculé antes incluso de conseguir penetrarla. Desde entonces no he levantado cabeza. Creo que, desde que salí de Azkaban, como no he podido estar con ninguna otra mujer, me excito con muchísima facilidad. ¡Soy una vergüenza como hombre! –Se sonó en el pañuelo estridentemente–. Anteanoche lo pasé fatal. Mientras le hacía el amor¡después de los siete días que había estado hospitalizada, que me resultaron larguísimos!, no se me venía a la mente otra cosa que la foto de la portada de Corazón de bruja de Benjamin.
Éste se atragantó con el whisky, que terminó escupiendo sobre el señor Nicked, el cual se lo refregó por el poco pelo de su cabeza con gesto mohíno.
–¿Qué, que mientras le hacías el amor a Karina estabas pensando en mí? –le espetó Benjamin escandalizado.
Tanto Sorensen como Remus chistaron a aquél para que Sirius continuara.
–Sí, hay veces que me pongo a pensar en otras cosas para retrasar la eyaculación; esa noche sólo me venía a la mente la portada del número con el reportaje sobre el mago más guapo de Gran Bretaña. Pero, el par de veces que la visualicé, estuve a punto de sufrir sendos gatillazos. ¡Qué vergüenza, santa Rowling! Así que, como era peor el remedio que la enfermedad, me entregué en cuerpo y alma al acto mismo. Dicho y hecho; en cuanto me lo propuse, se acabó: ya había terminado, y Karina volvía a mirarme asesinamente. ¡Santa Rowling, si yo voy a seguir así, lo mejor es que me mates! Si yo ya no hago disfrutar ni a las mujeres en la cama¿qué diablos hago en el mundo, eh?
Los tres amigos consolaron al lagrimoso animago, que se dejó dar múltiples palmetazos en la espalda mientras empapaba el hombro de Sorensen, que dirigía a los otros dos una expresión de resignación. Benjamin, por su parte, también le preguntó al señor Nicked si había escuchado la promesa que había hecho su novia; éste asintió: el mantenerse casta durante dos semanas sólo por ver si era capaz de vivir sin sexo, dijo. Después de sufrir algo parecido a un paroxismo, el fotógrafo se abalanzó sobre Sorensen y lo agarró del cuello, zarandeándolo, mientras lo amenazaba diciendo:
–A tu mujer la mato. ¡La mato!
–Vale, entonces –habló Remus–. Está todo claro: nos hemos quedado sin sexo por una larga temporada. Ellas resistirán. Al menos, Benjamin, tú tienes la suerte de saber que dentro de una semana y seis días se acabará tu condena.
–¿Y qué hago yo mientras tanto? –se quejó éste apretando contra sí un cojín.
El licántropo se encogió de hombros.
–Tú no sé –dijo–, pero nosotros deberíamos esforzarnos por mejorar, por tratar de cambiar¿no creéis? –El señor Nicked asintió enérgicamente, secundándolo con emoción–. Todos deberíamos cambiar nuestros hábitos y pensar un poco más en la consideración que tienen de nosotros nuestras mujeres. Sirius, tú deberías hacer caso a Karina y someterte a un tratamiento, visitar a un especialista que te ayude; Sorensen, tú deberías disculparte con Ángela y poner en práctica lo que te pida; y yo, por mi parte... ¿Yo? Yo no tengo que hacer nada¿no? Quiero decir, lo que pasa entre Helen y yo es falta de entendimiento, nada que no se solucione ante una copita de hidromiel.
–Lo que pasa entre Helen y tú –intervino Sirius secándose las lágrimas– se llama «insatisfacción de tu mujer». ¿No te había quedado claro?
–No, pero gracias por recordármelo –le soltó sarcásticamente Remus a éste.
–Mi hija lo que dijo –apuntó el señor Nicked– es que le falta algo en vuestra relación, que se ha vuelto muy animal.
–¿Eso dijo? –lo interrumpió Remus, alborotado.
–Así es, eso dijo; con las mismas palabras incluso. Dice que necesita ver amor, pasión, dulzura... Mi mujer habló de no sé qué de la edad de la incompatibilidad.
Remus se repantigó a lo largo del sofá, abatido.
–¿Incompatibilidad? –repitió Sorensen–. Nunca he estado más de acuerdo con tu mujer, Matthew. Absoluta incompatibilidad.
–Esto nos va a llevar más tiempo del que imaginé –opinó Remus descorazonado–. Vamos a tener que trabajárnoslo duramente.
–Idos olvidando del sexo por una larga temporada, chicos –intervino Sirius con la mirada perdida.
Ninguno asintió tanto como Benjamin, el cual, fijo la vista en el vaso de whisky vacío, parecía falto de vida.
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Aquella mañana, de domingo, era temprano cuando Helen se despertó. Extendió su fría mano de su regazo vacío y la paseó por la estéril sábana: yerta; se incorporó lentamente, descubriendo con sus propios ojos lo que ya intuía por sus manos: que Remus había abandonado el lecho. La sorpresa fue breve, o terció en otra dirección por decir mejor: escuchó amortiguados gemidos de cansancio, de asfixia, que provenían del jardín, y en pos de la ventana puso ligeros sus pies, por ver si aquéllos eran de su marido. Apartó el visillo y asomó sólo medio rostro, medio ojo, que espió con una doblada sonrisa ladina.
Alrededor de la casa corrían los cuatro hombres; a saber: Remus, Sirius, Benjamin y Sorensen, este último notablemente rezagado del grupo, levantando más briznas de hierba del suelo que sus propios pies de éste, con la parte anterior de su camiseta mucho más empapada que el resto. Vestían pantalones cortos y zapatillas de deporte; sólo Sirius, además, cintas elásticas de molestos colores en torno a las muñecas y en la cabeza para impedir que le cayese el sudoroso pelo sobre los ojos.
–¡Vamos, vamos! –exclamaba Benjamin batiendo palmas por encima de su cabeza–. Si sigues corriendo así, Sorensen, no vas a lograr los objetivos que te marcaste ayer. ¡Una mente sana en un cuerpo sano!, recuerda.
–Yo ahora mismo de lo más que soy capaz de acordarme es de la gravísima razón por la que me encuentro aquí dando vueltas como un pato –jadeó mientras, apretando una botella, se refrescaba el rostro y el cabello–. Y eso debería bastar. Si no, creo que hace rato ya que lo hubiese dejado.
–Paciencia, amigo, paciencia –le recomendó Benjamin–. Lo que te pasa a ti en particular es que eres demasiado pasivo, Soren.
–Ya, ya... Ya lo sé –dijo levantándose la camiseta unos centímetros y pellizcándose una sobresaliente faja de grasa de la cintura–. Si no, adivina tú dónde tendría yo estos dichosos michelines. A Ángela le molestan tanto o más que a mí.
–Ésa es nuestra filosofía, Soren¡ánimo! –le gritaba Benjamin, que se había retrasado para correr a su lado–. Si queréis recuperar a vuestras mujeres, no sólo tenéis que ganarlas en la cama; si queréis cambiar, debéis hacerlo por completo. Y la apariencia es fundamental. Si las ganáis por el ojo, las ganaréis también en la cama.
–¡Oye, tú! –protestó Sirius enfadado–. Que nosotros, por lo menos yo, estamos de muy buen ver. Que yo hasta tengo una sala de musculación en mi casa.
–¡Mira!, pues ahí es donde vamos a tener que ir un día de éstos, si no te importa –consideró Benjamin.
–Y deja de hablarnos como si la cosa no fuese contigo¿quieres, Ben? –se quejó también Remus–. A menos que lo haya pasado por alto, me parece que tu novia también te ha dejado sin relaciones con el sexo opuesto. Con lo que, si no te es molestia, deja de decir «si queréis recuperar a vuestras mujeres» o cosas del estilo.
–Cállate, primito, o te hago una foto –le dijo Benjamin con sorna.
A excepción de Remus, los otros tres rieron estridentemente.
–Ya vale con la bromita esa¿no os parece? –gruñó el licántropo.
–Pero es que es verdad –habló Sirius mientras batía los hombros de la risa y de la carrera–: tus admiradoras de Corazón de bruja –su tono era mordaz– matarían por ver a su lunática estrella corriendo alrededor de la verja de su casa, en pantalones cortos y con la camiseta toda empapada de sudor.
–Ya me las estoy imaginando –participó Benjamin–. «¡Oh, mira qué pantorrillas!», o «oh, cómo relucen las estrellas prendidas de su cabello, el licor de su sudor».
–Es verdad –se animó el animago–. «Me lo bebería todo», diría más de una, o «oh, qué pena que no salga en ninguna quitándose la camiseta como en el anuncio de las cervezas de mantequilla».
–Callaos¿queréis? –estalló Remus.
–Ya lo has enfadado –dijo Benjamin a Sirius.
Callaron de pronto. Sorensen había dejado escapar un gemido ahogado y se había detenido, con la espalda flexionada, mirando hacia el suelo, jadeante.
–Es el flato –explicó cuando Benjamin, llegando hasta él, puso una mano sobre su hombro–. Seguid vosotros. Dadme un respiro¿queréis? Si sigo me va a dar algo.
Lo acompañaron hasta el porche, donde el bibliotecario se derrumbó sobre una silla. Remus anunció a los otros dos que él se iba a quedar junto a su hermano fuera a ser que necesitara algo de él, aunque Sorensen se opuso; de ese modo, prosiguieron Benjamin y Sirius, este último motivado simplemente por mostrarse más gallardo que el primero, cuando a distancia se apreciaba que necesitaba un descanso tanto como aquellos dos. El único que corría habitualmente era Benjamin, pero Sirius no quería reconocer su desventaja física; hubo de fingir una torcedura de tobillo para acabar sentándose. Hasta entonces, Remus y Sorensen mantuvieron una íntima conversación.
–Qué putada¿verdad? –comenzó el bibliotecario.
–Creo que Benjamin tiene razón –terció Remus distraídamente–: haces poco deporte y es comprensible, hasta normal, que te resientas. Yo en tu lugar...
–¡No me refiero a eso! –rugió el otro entre un asomo de risa–. Me refiero a lo que nos han hecho nuestras mujeres, lo de la abstinencia, el cierre del grifo, eso.
–Ah, eso. Sí –participó Remus–. Creía que tú lo llevabas muy bien. Al fin y al cabo eres un intelectual –bromeó–; creía que los placeres mundanos no iban contigo.
–Te equivocas: van. O al menos pensaba que podría soportarlo. Pero... pero ¡es una tortura! No sé si Helen hará contigo igual, pero Ángela ni me dirige la palabra. No concibo estar así con ella, no, no puedo. ¿A ti Helen te habla?
–Sí –respondió no muy convencido–; anoche me dijo «hasta mañana» y, después, se ladeó de espaldas a mí sin añadir nada. Lo que peor llevo no es que me hable menos, la verdad, sino que se vista el camisón que le envió por Navidad su tía Margaret; cuando lo vio me aseguró que no le parecía nada sensual, y es cierto que no lo es, porque parece hecho de esparto y el estampado es como para recortarlo, pero ahora se lo pone todo el tiempo; es como si desease restregármelo por la cara.
–Ya quisieras tú –apuntó Sorensen burlonamente–. Eso significaría que te habrían levantado la tregua.
–O que yo habría terminado por violar a la potra –terció Remus hilarante.
Tanto éste como su hermano estallaron en una carcajada, después de cruzar una mirada risueña, a causa del chispeante comentario. Sólo pararon cuando, delante de ellos, pasaron a buen trote Benjamin y Sirius: el primero apuesto, apenas descompuesto, tanto así que los saludó con la mano grácilmente; en cambio, el segundo, hecha su frente ahogada marea, su rostro crepúsculo, sus miembros fláccidas incorporaciones de su cuerpo, los miró tan solamente con lástima mientras trataba de alcanzar de nuevo al fotógrafo.
–No te creas –recuperó la conversación Remus mientras Sirius desaparecía por el recodo de la casa–, aunque en broma, hasta esa idea se me ha pasado por la cabeza.
–¿Cuál, la de la potra? –Rio–. Sería muy impropio de ti. –Le devolvió la vista cuando la cansada silueta del animago desapareció por completo–. No creo que esto que estamos haciendo sirva de nada; Ángela no me va a querer más o voy a ser mejor en la cama porque corra unos kilómetros en tu casa. Mira, atiende. –Se llevó una mano al pantalón y extrajo un recorte de papel del bolsillo trasero–. Lo leí anteayer, de casualidad, en el Playmago... –Mientras decía lo siguiente, rehuía la mirada de Remus–: Cayó en mis manos casualmente, sí, la verdad; estaba en la sala de espera de la consulta y... me paré a leerlo; al fin y al cabo –pretextó–, trabaja en ella una famosa sexóloga. Mira, escribe lo siguiente: «Tanto el hombre como la mujer tienen la necesidad imperiosa a los cuarenta de cambiar su vida; por ejemplo, probar cosas nuevas sexualmente o en otros campos». ¿Conclusión? Nuestras mujeres se han aburrido de nosotros.
–¿Y por qué no nosotros de ellas? –inquirió el licántropo enojado.
Después de encogerse de hombros, Sorensen respondió:
–Porque nosotros somos cuadriculados o sólo nos importa el sexo, o eso debe de ser al menos lo que tienen que pensar nuestras mujeres. A decir verdad, a mí falta, lo que se dice falta, no me hace realmente probar nuevas cosas en el campo del sexo, qué quieres que te diga. Pero a lo mejor nuestras mujeres piensan que sí; y lo cierto es que las que tienen problemas para alcanzar los orgasmos son ellas, no nosotros. ¡Si esto se soluciona mucho mejor dialogando que con Juramentos Inquebrantables, qué leche!
–Pero lo fundamental¿qué propones?
–Menos tontería, Remus –explotó sin necesidad ni de un momento de reflexión–, que no soy un párvulo para andar dando vueltas alrededor de tu casa. ¿Qué queréis, que me ponga más cachas?; pues yo me pongo más cachas. Pero el asunto es más grave, requiere otras soluciones: reflexionar, hermano, reflexionar.
Remus no dijo nada; en realidad ni tuvo oportunidad: de improviso, Sirius se acercaba hasta ellos, gimiendo lastimeramente, apoyado sobre Benjamin. Al dejarlo junto a los otros dos, anunció que se había doblado un tobillo, y, quitándole la zapatilla para examinárselo, le aplicó un suave masaje.
–Parece bien –concluyó–. Te recuperarás; «perro» malo nunca muere. ¿Quieres quedarte aquí, en el porche, para descansar? –Sirius asintió vehemente mientras se apartaba las cortinas de sudor que le caían por la cara–. Perfecto. Soren¿te encuentras tú ya mejor¿Te animas a seguir otro rato?
–Oh, no, no –se apresuró a excusarse éste–. Casualmente ahora mismo se me había ofrecido Remus para traerme unas pastitas y, ya sabes, no es bueno correr con el estómago vacío.
–Yo no te he ofrecido... –saltó Remus, interrumpiéndose bruscamente cuando la mirada de su hermano se hizo suficientemente significativa y él lo comprendió por fin–. Quiero decir –riendo forzadamente–, que yo no te he ofrecido pastas, no, sino pasas de Corinto. Pa-sas. Te convendría revisarte el oído, hermano. –Y añadió en seguida para sus adentros–¿Y dónde encuentro yo ahora unas dichosas pasas?
–Oh, tío –jadeando Sirius–, si vas para adentro, y no te importa, tráeme una limonada, un reconstituyente, una tónica, un Maguarius, una soga, una garrafa de cinco litros de agua, lo que te apeteza, pero, por favor, sálvame.
–Entonces¿no os animáis ninguno? –preguntó Benjamin–. Pues yo sigo, que si no voy a perder el ritmo.
Y prosiguió la marcha en tanto Sirius y Sorensen le dedicaban cansadas miradas.
–Qué chaval más bestia –exclamó el animago.
Sorensen le dio un fuerte golpe en el hombre, amistoso, que el otro recibió con un agudo alarido. El bibliotecario, después de ser víctima de una mirada letal, apuntó:
–¿Acaso no puedes seguir su ritmo, el hombre de «tengo una sala de musculación en mi casa»?
–Sí, tengo una sala¿pasa algo? –le escupió medio en broma–. Lo que no tengo es veinte años menos –dijo viéndolo pasar ante ellos otra vez–. Si hubiese pillado a Karina con esa edad, entonces sí que no hubiese rechistado. Rechistado en absoluto.
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Benjamin se lanzó a la piscina de Sirius de cabeza, salpicando al pobre Sorensen, que no muy lejos de donde cayó se le hallaba braceando torpemente. Sirius, observándolos con una vaga sonrisa, tomaba el sol tumbado sobre una hamaca, los brazos sobre la cabeza enseñando sus pobladas axilas. Remus, reclinado sobre el borde de la piscina, con los pies mojados en contacto con ésta, imitaba a su amigo. De pronto, se volvió hacia él y le preguntó:
–Por cierto, Sirius¿dónde has dicho que ha ido Karina?
Fue Sorensen quien respondió. En ese preciso instante, el bibliotecario alcanzó a tocar el borde en que su hermano reposaba, dando así fin a un interminable largo. Reponiéndose de la respiración entrecortada, contestó:
–Ángela y ella se han ido por ahí, a recordar viejos tiempos han dicho. Creo que iban a buscar huevos de ashwinders o lo que fuera. –Y saliendo del agua–: Me parece que me voy a poner un rato a tu lado, Remus, si a ti te parece. –Se dejó caer junto a él, sobre la hierba mullida del césped del animago. Se remangó sus largas bermudas hasta la altura de las rodillas, por que pudiese broncearse también aquella parte–. Vaya, qué calor hace hoy; parece que estuviéramos ya en verano.
Remus y Sirius asintieron sin más.
Benjamin se encaramó a las escaleras y salió de la piscina propiciando una cascada de agua por todo su cuerpo. Estrujó su bañador mientras se aproximaba a sus amigos, junto a los cuales se tumbó. Parecía acelerado por las largas brazadas que había protagonizado.
Sirius, repentinamente, se puso en pie y dio con su slip rojo en los tobillos, quedando completamente desnudo. Remus apenas reparó en aquello, pero Benjamin soltó una carcajada amortiguada.
–¿Os importa que me desnude? –dijo el animago–. No quiero que este año me queden marcas del bañador.
El licántropo sabía por qué su primo se había reído. El día anterior, que lo habían pasado en el acantilado que quedaba junto a la casa de Sorensen, Sirius había hecho lo mismo: se había desnudado y metido en el agua. No obstante, era temprano y no había nadie; pero, al elevarse un poco más el sol, aparecieron algunas familias, y el animago, en absoluto avergonzado, salió del agua rezumando tranquilidad. Un par de niños lo señalaron y se rieron, todo lo cual pasó inadvertido para Sirius. No, en cambio, el abalanzarse sobre él una mujer cincuentona, de facciones grotescas, regordeta y acento apretado, que le dio de bolsazos y golpes con la sombrilla que, de no haberse ido, lo habría dejado tan mal parado sobre la arena que no hubiese quien lo rescatara de ella.
–No, no nos importa –respondió Benjamin–. Es más –añadió en seguida–, creo que voy a imitarte. Estamos en confianza¿no?
Y dio también él con su bañador en el suelo, que tiró lejos de él. Después, se dejó caer boca arriba sobre la hierba mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa pícara.
Para la sorpresa del licántropo, también su hermano dio cuenta de sus bermudas, quitándoselas. Entonces, como unos y otros cerraran los ojos, los miró detenidamente, harto sorprendido, extrañadísimo de que su hermano, al que tenía por muy sensato, se hubiese dejado embaucar o seducir por aquella inútil ocurrencia. Pero no todos, al parecer, se hallaban de aquella manera: Sirius, que se escudaba tras sus gafas de sol, debía de observarlo a él a su vez, puesto que rebatió inmediatamente.
–¿Qué es lo que miras, Remus? –El aludido dio un respingo. Benjamin y Sorensen, a su vez, se incorporaron para enterarse de lo que pasaba–. ¿Qué, es que no tienes huevos de ponerte en bolas delante de tus amigos? En Hogwarts no eras tan remilgado...
–Me parece una estupidez –confesó Remus sin otorgarle importancia.
–Pues por eso mismo –concluyó Sirius reposado–. ¡Todo sea por nuestras mujeres! Estoy deseando ver la cara qué pone Karina cuando vea que tengo el pene igual de bronceado que el resto del cuerpo.
–Como sea la misma cara que pusieron los niños de ayer –rio Benjamin–, ya puedes huir, Sirius. Anda, Remus –dirigiéndose a éste–, no va a pasar nada; aquí no nos puede ver nadie: el único fotógrafo que hay por aquí soy yo, y descuida, no voy a sacarte ninguna instantánea para Corazón de bruja.
Remus, apático, se dejó convencer y también se desnudó. Sin embargo, se arrepintió rápidamente, aunque no le puso remedio, cuando Sirius levantó la cabeza al hacerlo.
–¿Veis? –intervino Benjamin–, eso era precisamente lo que temía Sirius: descubrir que es entre nosotros el que lo tiene más corto.
–¡No soy el que lo tiene más corto! –protestó el animago–. Es sólo que lo tengo encogido.
Sorensen y Benjamin intercambiaron una mirada mientras reían. El último apuntó:
–Esa excusa me hubiera valido ayer, que saliste del agua. Pero hoy, dime¿qué razón tienes para que se te haya encogido¿Es que acaso se ha asustado tu falito?
–Sí –añadió Sorensen–, de la superioridad del gen Lupin.
–¡Que os zurzan! –estalló Sirius–. Al menos yo tengo los testículos más grandes que todos vosotros.
Sorensen, tras reír interminablemente, comentó hilarante:
–Eso no te lo crees ni tú, canalla. Lo que pasa es que los tienes descolgados, no más grandes. Parece que se te hubieran descosido. ¿Tú qué opinas, Remus?
Éste apenas levantó la cabeza, deslumbrado por el sol.
–Me resulta indiferente –comentó– si Sirius tiene el pene o los testículos más grandes o más pequeños que yo. Ni a mí me sirven para nada los suyos ni a él los míos, conque ¿qué más da? –Pero no pudo evitar que se le escapase una sonrisita–. Aunque siempre ha sido así: una habichuela colgante. –Rieron.
–¡Tú cállate! –le gritó Sirius–. Me estáis dando la mañana¿lo sabéis? Y habló, por cierto, el que tiene más pelo en el cuerpo que un oso panda.
–Tú también tienes mucho alrededor de tu miembro –apuntó burlón Benjamin–. Si te lo recortases un poco, daría la sensación de que es un poco más largo. Aunque sólo la sensación, he de advertirte.
–Consejos a mí –se mofó–. ¡Soy todo un experto, niñato! Vamos, como si tú te lo recortases..., que también tienes ahí un buen puñado. Por cierto¿te depilas el pecho? Tienes poco vello.
–No, es que me ha salido todavía poco, por suerte –explicó–. A Nymphy no le gusta.
–A Ángela le gustaría que me depilase las piernas –mencionó Sorensen.
–A mí eso me parece una mariconada. Oh, perdón; no he querido ofenderte –añadió en seguida Sirius–, no me refería a ti.
Pero, como si se hubiese acordado de pronto del pasado homosexual de aquél, el animago se giró apenas perceptiblemente en su hamaca para ocultar sus genitales de la vista del bibliotecario.
El licántropo, que comenzaba a sentirse extrañamente molesto, se incorporó lentamente y se llevó una mano a la frente para usarla a modo de visera. Oteó los setos, la alta valla y, finalmente, la casa de su amigo. Fue allí donde descubrió, oculto tras el visillo detrás del cual, pocos días atrás, había estado observando él a sus hijos, a Anthony Dark, el mayordomo de Sirius; los espiaba aquél con ojos ávidos y babosa boca abierta hasta que encontró la mirada del ministro enfrentada con la suya propia: dejó caer el visillo estrepitosamente y se perdió de vista. En consecuencia, Remus se dio la vuelta y tomó el sol boca abajo. Sorensen, que lo vio, le comentó sin malicia:
–Pero si hay aquí un trasero reivindicado por las mujeres, ése es el de Remus.
Éste, sonriendo agradablemente, se encogió de hombros.
–A mí eso no me importa –intervino Sirius–, pero sí que me vayas a hacer un boquete en el césped¿eh, Remus? Ten cuidado con los pensamientos impuros.
–Yo no fui quien tuvo un asomo de erección durante los strepteases que hicimos en la barbacoa en casa de Harry, te recuerdo –le espetó el licántropo bruscamente.
Los tres rieron estruendosamente mientras Sirius, abochornado, se lanzaba al agua para desnudarse de su conversación.
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Sirius, reclinado sobre un banco, ejercitaba sus pectorales con una pesa doble de tamaño desorbitado. Las venas de la frente se le remarcaban, entre tanto esfuerzo que el resto de su rostro reflejaba, cada vez que la ascendía. Benjamin, en camiseta de tirantes y con expresión relajada, estaba sentado sobre una máquina con la que fortalecía las piernas: había de tirar con éstas hacia arriba del mecanismo, que conectaba con los pesos. Remus, no muy apartado y tumbado sobre un banco al igual que el animago, practicaba abdominales; había advertido que si algo quería hacer era perder un poco de grasa del vientre. En el extremo de la sala de musculación de la casa de Sirius, el restante, Sorensen, demostraba el titánico esfuerzo que estaba realizando rechinando los dientes y protagonizando unas salvajes exclamaciones que, al principio, dejaron a los otros tres sorprendidísimos; sin embargo, después de tres días ejecutando aquellos ejercicios, se habían acostumbrado. En el momento que describimos, el bibliotecario estaba levantando unas pequeñas pesas de cuatro kilos cada una para fortalecer los bíceps.
Sirius y Benjamin habían acordado tutelarlo en cuestiones deportivas. El día que se habían desnudado en la piscina de Sirius, con gran vergüenza para Sorensen, que miraba a su hermano, el cual se mantuvo al margen en todo momento, avergonzado y confundido, estos dos lo examinaron atentamente: coincidieron en que tenía las piernas flacuchas; los tobillos, delgados como el grosor de una ciruela; las pantorrillas, sin músculo; las rodillas, descarnadas; los muslos, prietos y sin forma; el torso, sin forma escultórica; el vientre, abultado; los abdominales, en las profundidades del pequeño cúmulo de grasa que almacenaba y que debía quemar; los pectorales, ausentes; la espalda, lisa; los hombros, huesudos; los bíceps, laxos; los tríceps, desconocidos, y, por último, los antebrazos, de niño. Tal cual lo dijo Sirius. Se ofrecieron gustosos a ayudarlo y le mostraron cuanto sabían para ponerle remedio: le enseñaron a utilizar las máquinas, a levantar los pesos de las diversas formas conocidas para ejercitar todos los músculos y hasta le prepararon una dieta baja en grasa.
Aquella mañana, mientras levantaba primero las pesas de abajo hacia arriba fortaleciendo los bíceps y después de delante hacia atrás para endurecer los triceps, el bibliotecario dejó caer las pesas en el suelo y, cuando no faltó ninguno que se volviera hacia él para observarlo, exclamó:
–Ya me he hartado de esta estupidez.
Y se dirigió hacia su mochila, de donde sacó una revista en que se ufanó en buscar algo; entre tanto, los otros tres se aproximaron cautos hacia él.
–No creo que vayamos a recuperar a nuestras mujeres levantando pesas –explicó en tanto buscaba–; no a menos que las amenacemos con tirarles una. Y no sé ni si podría, pues tengo unas agujetas que no me permitirían ni alcanzarle a un caballo. No. Además, no creo que a Ángela le vaya a importar que tenga un poco de grasa por aquí o que no sepa lo que son los tríceps, la verdad; nunca le ha importado. Ni creo que en tres, cuatro días, una semana, dos, sea capaz de ponerme tan perfecto como vosotros. Ni siquiera sé si quiero, os lo confieso. Lo que necesitamos es cambiar: nosotros, no nuestros cuerpos. –Encontró lo que buscaba, pues detuvo el frenético hojear y levantó la vista–. He escrito a la sexóloga de Playmago contándole nuestro problema y esto es lo que nos ha contestado. Escuchad. «Para disfrutar del "buen sexo" (el que es placentero tanto para el hombre como para la mujer) hace falta algo más que tener una buena disposición. Hay una serie de gestos, algunos de ellos casi imperceptibles, que harán que vuestras parejas, y vosotros mismos, consigáis disfrutar. Uno: Tenéis que demostrar a vuestras parejas que las deseáis y que disfrutáis estando a su lado. Para ello, no escatiméis caricias, palabras cariñosas y atenciones hacia ellas. Os lo recompensarán con creces. Dos: Intentad comportaros con naturalidad. Procurad que vuestros gestos y palabras sean espontáneos, fruto de la excitación sexual que sentís. Por el contrario, evitad los clichés y las actitudes forzadas. Se notará. Tres: No reservéis la sexualidad únicamente para la cama. Comportarse de forma "sexy" y picante en otro tipo de situaciones –con comentarios subidos de tono y caricias intencionadas– será un excelente anticipo de lo que vendrá después. Cuatro: Vuestra pareja agradecerá que seáis creativos en la cama. No temáis proponer nuevas técnicas, posturas y juegos sexuales. Además de romper con la rutina, demostraréis a vuestras parejas que disfrutáis teniendo sexo con ellas. Cinco: cuidad vuestro aspecto. Elegid con mimo vuestra ropa interior y procurad ofrecer una imagen "sexy" y deseable. Es la mejor forma de triunfar.» ¿Lo veis? –dijo al concluir–. No dice nada de pesas o de matarse en un gimnasio, como nosotros estamos haciendo estúpidamente; hay que enamorarlas, no violarlas a base de fuerza bruta.
–Trae eso. –Sirius le arrebató la revista. Le echó un vistazo rápido a algunas páginas con ojos dementes y después, retornando a la que los atañía, dijo–: Veamos si hay otras consultas que puedan resultarnos beneficiosas. Huy, escuchad esto. «Virgo, 32 años: Cuando tengo relaciones sexuales, después de que él haya eyaculado en mi vagina, yo expulso el semen. No sé si todo o sólo un poco. Quisiera saber si esto es normal y si puede ser un inconveniente para quedarme embarazada.»
Sorensen, enfurruñado, le quitó la revista de las manos y la guardó.
–Eso no nos sirve de nada, Sirius. Nuestro problema tiene una cómoda solución, y yo te aseguro que no es dejarnos los brazos en levantar pesas: deberíamos reflexionar sobre qué hacemos mal con ellas y cómo poderle poner remedio.
–Estoy de acuerdo contigo –convino Remus divertido–. ¿Cómo propones que lo hagamos?
–Sentándonos –dijo Sorensen sin más–; es algo que no hemos hecho en todos estos días. Sirius, por favor, tú también. Gracias. Deberíamos reflexionar, sólo eso. Nuestras mujeres quieren que cambiemos, simple y llanamente, y yo creo que todavía ninguno de nosotros se ha detenido por un momento a meditar la mejor forma de conseguirlo.
–¡Sí, sí que me he detenido! –lo interrumpió Sirius exclamando–. Karina quiere que me someta a una intervención o a un tratamiento. ¡Por las barbas de Merlín que no! Antes me corto los huevos. Son unas egoístas; yo a ella le he pedido millones de veces que me haga una felación y no quiere. Ahora bien, ella no disfruta y ya tenemos que cambiar todos nuestros hábitos.
–Eso es diferente –protestó Benjamin–. Si no quiere practicarte una felación, convéncela o haz lo que te plazca. Pero si no consigues que disfrute¡entonces ni felación ni nada! Sequía, sequía total.
–¿Sabéis qué decía Lope de Vega? –intervino Sorensen–. «Es la mujer del hombre lo más bueno/ y locura decir que lo más malo/ su vida suele ser y su regalo/ su muerte suele ser y su veneno. / Cielo a los ojos cándido y sereno/ que muchas veces al infierno igualo/ por raro al mundo su valor señalo/ por falso al hombre su rigor condeno. / Ella nos da su sangre, ella nos cría/ no ha hecho el cielo cosa más ingrata; / es un ángel, y a veces una arpía. / Quiere, aborrece, trata bien, maltrata/ y es la mujer, al fin, como sangría/ que a veces da salud y a veces mata.»
–¿Y qué quieres demostrar con eso? –le espetó Sirius tenso.
–Nada –se excusó–. Simplemente viene a colación. No podemos vivir sin las mujeres, pero tampoco con ellas. Son nuestra salud y nuestro veneno.
–¿No querrás culturizarnos, verdad? –apuntó Sirius poniendo mala cara.
–Ay, calla –lo interrumpió Benjamin–; a ver si sacamos algo en claro de esto.
–«¡Siempre tú! Guiomar, Guiomar/ mírame en ti castigado/ reo de haberte creado/ ya no te puedo olvidar.» –recitó de nuevo Sorensen–. Antonio Machado. La paradoja del hombre: la opresión de la dependencia y la fuga de la libertad. Sin mujeres no somos nada. Una redondilla excelente.
–Pensé que íbamos a reflexionar –se quejó Sirius con tono grave–. Si seguís por este camino, me pongo a hacer pesas, que, si no, voy a vomitar.
–Vale, vale –estalló el bibliotecario–. Veamos¿qué propones tú, Sirius?
–¿Cómo que qué propongo yo? Yo no he dicho de reflexionar ni nada.
–A ver –continuó Sorensen–¿cómo crees tú que podemos solucionar esta situación? Di.
Benjamin y Remus rieron al ver la cara de concentración que adoptó el animago. Después de mucho pensarlo, acabó soltando:
–En vuestro caso no lo sé, pero en mi caso es bien fácil: ponerme en tratamiento.
–Entonces, si tú mismo reconoces que es fácil –intervino Remus–¿por qué no le haces caso y te dejas de tonterías?
–¿Yo, en tratamiento? –chilló–. Ni hablar del caso. Yo no dejo que me toque el pito nadie más que mi señora y que mi perro Pluch, que cuando me levanto por las mañanas desnudo, desorientado, está esperándome siempre al pie de mi cama para jugar y me lame. Es lo más cerca que he estado de una felación en mi vida.
–¿Sabes lo que te digo? –le espetó Sorensen–. «¡Oh miserable estado, oh mal tamaño/ que con llorarla crezca cada día / la causa y la razón por que lloraba!»
–¿Te quieres dejar ya de poemitas y de mariconadas? –le inquirió malhumorado Sirius–. Que no, que no me voy a poner en tratamiento por nada del mundo.
–Terceto final de un soneto de Garcilaso de la Vega –prosiguió el bibliotecario como si tal cosa–. Ya llorarás, ya, cuando no haya remedio. Y, si no quieres más poemas, no habrá más poemas. –Y se cruzó de brazos.
–Eres un poco intransigente, Sirius –opinó Remus.
–Pero ¿por qué os habéis tenido que centrar en mí, eh? A ver, decídmelo. Tú, Remus, por ejemplo¿qué vas a hacer para volver a conquistar a Helen? Habla.
–Creo que le compraré algo –respondió–. Un anillo o algo así.
–No, no y mil veces no –intervino Sorensen–. Hermano, cambiar no es regalarle una joya¿no crees? Esto no va por buen camino. Si le regalas algo le demostrarás lo que piensa de ti: que la crees lo suficientemente insulsa como para pensar que te va a perdonar con un regalo de por medio, por muchos quilates que éste tenga. ¿Qué parte no habéis entendido del «tenemos que cambiar nosotros»? Debemos bucear en nuestro interior para descubrir qué estamos haciendo mal, y el siguiente paso es reparar esa anomalía sentimental o anímica. A ver, empezaré yo –cerró los ojos y murmulló un momento en voz baja, inteligiblemente–: creo que soy demasiado celoso. –Abrió los ojos–. ¡Eso a Ángela le molesta! Tan sólo tengo que aprender, poco a poco, a superar ese problema.
–Ah, vale. Ya lo entiendo –dijo Remus–. En ese caso, yo entresaco de mí mismo que soy poco detallista. Ya he olvidado la última vez que le hice un regalo a Helen por ningún día especial.
–¡Muy bien, Remus! –exclamó entre aplausos Sorensen–. Ése es el espíritu que quiero. ¿Algo más ves?
El licántropo asintió, diciendo lastimeramente a continuación:
–Pero tiene razón: no sólo poco detallista con los regalos, sino también en la cama. He olvidado lo que es pasárnoslo bien juntos, disfrutar a la vez, disfrutar de ver que ella consigue disfrutar conmigo.
–¡Muy bien, muy bien! –aplaudió Sorensen–. Comparto esa última valoración. ¿Quieres tú compartir algún tipo de reflexión, Sirius? Lo que sea.
–No –dijo éste escuetamente, mirando hacia otra parte.
–Yo no tengo ninguno de esos problemas –intervino Benjamin, que también meditaba.
–Tú no puedes tener ningún problema todavía, Ben –rio Remus–. Con tu edad y el poco tiempo que lleváis todo son virtudes, aciertos, gracias y encantos. ¿Quién tuviese de nuevo menos de treinta?
–Pues yo no sé de qué os quejáis tanto vosotros –protestó el fotógrafo–; al menos vosotros podéis resarciros de vuestra culpa en cualquier momento, no como yo, que tengo que esperar todavía una semana. Si ya habéis descubierto vuestros "problemas", tan sólo tenéis que demostrarles que los habéis superado.
–¡Tiene razón! –exclamó Sorensen–. Benjamin tiene razón. Tan sólo tenemos que demostrarles que somos detallistas y en absoluto celosos. Sí, sí, tiene razón. Ya no hacen falta pesas ni más tonterías. Hagamos un pacto, chicos: esta noche demostraremos a nuestras mujeres que hemos cambiado y las amaremos.
Hasta Sirius asintió.
–Qué envidia me producís –manifestó Benjamin apenado–. Que tengáis suerte. Yo a ver qué me llevo esta noche a casa para entretenerme.
Sorensen, entre tanto, se había vuelto de nuevo hasta su mochila y la estaba hurgando. Extrajo cuatro libros menudos que entregó a sus amigos, quedándose él el que le correspondía. Remus, al caer en sus manos, leyó el rótulo «Kamasutra de los magos» y, tras sonreírse, le echó un vistazo rápido.
–En Playmago decían que nuestras mujeres agradecerán que seamos creativos en la cama: estudiémoslos y triunfaremos.
–Pero si éste fue mi manual en sexto curso –confesó Sirius sobradamente.
–Sí –confirmó el licántropo–, hasta que Colagusano lo llevó por error a clase de Pociones y Filch lo quemó.
–Quita, quita, no me lo recuerdes –habló con tono asqueado el animago–. La de cosas repugnantes que le echó al caldero. Yo no creía que fuera a orinar dentro delante de toda la clase.
Mientras Remus asentía recordando aquellos tiempos pasados, Sorensen había seguido hojeando su propio manual. Se detuvo ante un extraño rótulo.
–¿Qué es un beso negro? –Leyó un poco más y gritó–: Joder, qué asco. Espero que, si hacéis esta cochinada, no me la contéis. –Recogió sus cosas–. Deseo que tengáis suerte en la ardua empresa de esta noche; sólo hay que echar abajo una gruesa muralla de orgullo femenino –ironizó.
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–Remus –alzó la voz Helen–. ¿Eres tú¿Has llegado ya?
Bajó las escaleras portando en la mano un platillo que contenía una ínfima vela que dirigía metódicamente hacia las partes que deseaba iluminar; era como redondo espectro que fluctuase sobre los muros, cubierta de aquella zaparrastrosa prenda que tanto detestaba el licántropo. El rostro lo tenía todo pálido, revestido de cortinas de luz de la cálida llama; las manos, hieráticas, sujetaban el candil mientras elevaba, temblorosamente, la voz y preguntaba al silencio. Proyectaba fantasmagóricas sombras. Cuando puso su pantufla azul sobre el último escalón, que rechinó apenas perceptiblemente, y lo vio por fin: parado en mitad de la sala de estar, tieso, fija la mirada en ella y con su varita apuntándola, dio un respingo y dejó caer el platillo, que se hizo añicos, y la vela, que siguió ardiendo indolente sobre el suelo.
–¿Qué te propones, Remus? –preguntó la adivina con un hilo de voz para no despertar a los niños–. ¿Qué estás haciendo?
El licántropo, que sujetaba firmemente, sin asomo de vacilación, su varita frente a los ojos de su mujer, los cuales lo oteaban con no menos fuerza, respondió al punto:
–Algo que debería haber hecho ya hace algún tiempo.
Y, sin apuntar más, iluminó la estancia toda al lanzarle un maleficio que cubrió a la mujer como a la elegante flor el capullo. Cuando el resplandor cesó, Helen se observó a sí misma con una confusa sonrisa, una mirada atraída: el horrible camisón se había vuelto de lisa seda, en color más aceptable y con preciosos encajes por todo él; tanto así, que cuando Remus la vio sintió renovados los deseos de poseer a su esposa.
Depuso el hombre su varita, que entregó con gesto amoroso a su mujer, que la recogió presta. Entre tanto, recogió Remus la vela caída por el suelo y la condujo hacia la mesa: se ayudó de ella para encender el par de candelabros de dos brazos que sobre ella había colocado. Al acercarse la adivina e inspirar fuertemente, reconoció satisfecha el aroma a canela y, mientras se dejaba arrimar la silla por su marido, dijo:
–Ya he cenado, Remus.
–Ya, ya lo sé –pretextó él–; he visto los platos en el fregadero. Pero ¿acaso llamas cenar a las dos croquetas que quedaban en el frigorífico, eh? Venga, acompáñame. Tengo mucho de lo que resarcirme.
Al sentarse el licántropo, llevó su mano hasta la de su mujer, la cual acarició con tierno gesto. La mujer se dejó hacer sin despegar la vista de la dorada de su esposo.
–No tienes que demostrarme nada, Remus –apuntó ella.
–No, no es demostrarte, Helen, cariño –tomó su mano entre las suyas, los candelabros mediante, y se la besó–; es declararte, declararte mi amor, mi respeto, mi incompetencia, mi ingenuidad, mi torpeza, mi... En resumidas cuentas, pedirte perdón.
Fue la mujer la que en esta ocasión se llevó las dos manos de él y las besó tantas veces y con tanto amor que el licántropo tuvo para sí que el don se le había concedido.
–No hay nada que perdonar, amor mío –dijo la adivina con lo que Remus creyó que era un asomo de lágrimas–. Tú no tienes entera culpa de ciertas cosas.
El licántropo, arrebatándole de nuevo la potestad sobre sus manos, condujo la suya hasta sus labios y besó su blancura hasta que se hartó. Dejolas después y, levantándose, se dirigió hacia el tocadiscos; puso en él un vinilo y conectó la aguja. Tomó a continuación, de nuevo, la mano de su mujer y, conduciéndola hacia un claro vacío, bailaron cuerpo con cuerpo, pecho junto a pecho, rostro contra rostro. Se dejó guiar la adivina mientras reposaba la cabeza sobre el hombro de él.
Alguien carraspeó a su lado. Se apartó la pareja y descubrió Remus al elfo doméstico Dobby, que lo observaba con ojos atentos y divertidos. Vestía una chaqueta burdeos y una pajarita negra de la que se mostraba muy ufano; en su mano portaba una bandeja.
–Son los aperitivos, señor –explicó y se marchó de regreso a la cocina.
–Son elfos domésticos –expresó a Helen el licántropo mientras dejaba la bandeja en el centro de la mesa, sobre el blanco mantel de lino–; he contratado a unos cuantos para que nos sirvan esta noche. No desearía que nada saliese mal.
Se sentaron de nuevo, la música prosiguiendo de fondo, a degustar aquel piscolabis. Pero más se comían los dos con la mirada que por la misma boca, por la que, más que sabor, sólo entraban besos ajenos.
–¿Hay alguna sorpresa más, escondida por ahí? –inquirió Helen.
–Por mi parte, puede que sí –contestó Remus–. Pero, dime¿y por la tuya?
–¿Qué quieres decir con eso de la mía?
–Sé lo del Juramento Inquebrantable –confesó sin aguantar la risa–. Tu padre nos lo contó.
–¿Que mi padre os contó qué? Oh, ese muggle... no tiene remedio –riendo–. Nos hemos comportado como unas chiquillas; eso sí que no tiene excusa, Remus. –Rio de nuevo–. Ahora lo entiendo: las carreras en casa, los chapuzones en la piscina, tus regresos todo sudado; todo. ¿Tratabais de «mejoraros», verdad? –El hombre asintió simplemente–. Yo no quiero un Adonis, Remus; quiero un perfecto amante. Te quiero a ti.
–Yo también te quiero, Helen.
La mujer jugueteó con su anillo de casada mientras el reloj analógico de encima de la repisa marcaba las diez y veinte pasadas. Las manos siguieron entrelazadas, las piernas llegaron a tocarse y los labios tantas veces, que, de no haber llegado un par de elfos con sendas bandejas, no habrían encontrado sobre la mesa más que excesivo amor.
Después de llevarse la copa a los labios y secárselos, Remus apuntó:
–Sorensen me ha comprado un Kamasutra.
La adivina rio la ocurrencia.
–¿Y qué quiere que hagamos con eso? –llevándose un bocado.
–Creo que quiere que todo vuelva a ser como antes: tú y yo. En la cama, quiero decir. Aunque más picante, qué duda cabe. –Le tendió su tenedor para que comiese de su plato. Después despidieron a los elfos, que los interrumpieron con el aviso de que ya lo habían recogido todo–. Son graciosos estos elfos. Si no fuese contrario a contratarlos indefinidamente, tendríamos uno.
–Ahora no me preocupan esas cosas, Remus –fija la vista en sus ojos–. Chist, no digas nada; no estropees este momento; no apartes tu mirada de mí. ¿Cuándo fue la última vez que te dije lo guapo que eres?
–No lo recuerdo –riendo–; al contrario que yo, que te lo digo todas las mañanas. Nunca he dudado que eres la mujer más preciosa de este mundo.
La adivina extendió una mano que acarició la mejilla sonrojada del licántropo.
–He perdido el apetito –dijo y se puso en pie con suma elegancia, dejando su servilleta junto a su plato.
–¿Adónde vas? –le inquirió Remus confuso de pronto. También él abandonó los cubiertos y se dispuso a ponerse en pie.
Sin embargo, Helen se lo impidió, colocándose detrás de él y acariciándole el cuello de la camisa.
–¿Quieres algo de postre? –preguntó el licántropo–. Creo que hay helado en el congelador.
–No, no tengo hambre –repitió Helen–. Y menos me apetece algo frío. Ponte en pie, anda. –Cuando lo tuvo frente a ella, sus manos acariciaron sus fuertes hombros–. ¿Acaso hay mejor final de banquete que tú? –Remus rio–. Además, Karina me ha dicho que su mayordomo le comentó, de lo más turbado, que hicisteis nudismo para tomar el sol; ansío descubrir los resultados.
–¿Y el Juramento Inquebrantable? –le espetó Remus mientras las manos de ella ya descendían ligeras pero sensuales por su torso.
–No dudo que me tratarás con amor, Remus –dijo–; ya lo estás haciendo.
Y, en diciéndolo, quieto el licántropo como si el fin de la espera lo hubiese inmovilizado, dejó que los dedos de su mujer desdibujasen los botones de su camisa. Sólo cuando sintió la brisa de sus manos sujeta al vello de su pecho, adelantó su mentón y encontró su boca. Se buscaron insaciablemente sus lenguas mientras sus manos se deslizaban sin prisa, cándidas, tranquilas. Notó, con los ojos cerrados y la boca abierta apresando heridas, que caía despacio su camisa y bailaba en torno a sus piernas, en sus pies; blancas y frías manos coronaron sus hombros, sus brazos, su pecho y su torso todo; deslizose la boca de gracias infinitas y besó el erizado vello del ardor de su pecho, mientras los brazos de él cercaban el delgado cuerpo que enfrente tenía, mojaban con su sudor la espalda infinita y acariciaban los rincones más remotos.
Cayó uno, aunque compuesto de dos, sobre el sofá, y sobre él, interminablemente, fragoroso batir de lenguas protagonizaron en tanto sus manos enlodadas de amor teñían sus pieles de pasión. Eran éstas como de fuego, que dejaban tras de sí rojas marcas, rojas sendas. Resbalaron sus escurridizas espaldas por el tapiz hasta quedar cuerpo con cuerpo, alma sobre alma, boca contra boca, planeando el amor entre ambos con más flechas doradas en su carcaj que plumas en sus alas. Palpitaban sus senos como uno solo, respiraban y se estremecían sus cuerpos como uno nada más; aquel híbrido apasionado, de lazos de manos, de lazos de lenguas, de lazos de piernas, se encendía como la roja aurora al amanecer. Bullía el agua por sus cuerpos, las manos del licántropo por los muslos de su mujer, las de la adivina por los costados de su marido. Rastrearon sus cuerpos con famélica suerte y desvergonzado contento, sin más atisbo de respiración que la que encontraban de la boca del otro, sin más atisbo de daño que las caricias que los sacudían. Besos de piel, caricias de saliva, latidos a una que el cuerpo sudado englobaba en un ser hermoso y único.
Se puso en pie Remus apartando de encima de sí a Helen. La tomó de la mano y la condujo hasta la escalera, restallando bajo sus pies los mínimos pedazos que quedaban del platillo destrozado. Trató de tomarla en sus brazos para subirla, pero, cuando llevaba tan sólo dos escalones, se quejó de un fuerte dolor en la espalda y la dejó. Riendo ambos, la adivina se dejó llevar levitando. La soltó sobre la cama con elegancia tanta que parecía un ángel bajando de los cielos a su encuentro, con el cabello ensortijado en torno a su cabeza como una aureola de cristal negro, con la blancura de su piel brindándole el arropamiento de las suaves nubes de lo inalcanzable. Cayó de rodillas sobre la colcha, la mirada brillante, resplandecientes los labios, tersa la silueta, seductoras las manos, ansiosa la lengua.
Pudo el hombre tan sólo desabrocharse el cinturón cuando ella le hizo señas de que no siguiese. Aproximándose cautelosamente hasta ella, se cobijó en su encuentro, sobre su regazo, y nuevo ataque de labios lo asoló. Entre tanto, las gentiles manos de él acariciaron su espalda y tomaron sus prendas y la desprovieron de su camisón y la desnudaron por completo mientras veían los labios la sensualidad de su hermoso cuerpo. Acarició y besó sus redondos senos, su blanco y frío vientre, sus duros costados, sus tersos muslos, sus graciosos pies; ni sus codos pasaron sin bocado. Sólo las recónditas gracias de su poblado pubis quedaron inexploradas por aquella suerte de manos misioneras que tanta paz traían a Helen a razón de los gemidos de los que constantemente hacía gala.
Nudo de bocas. Pieles evaporadas que, cuales serpientes, parecían mudar o trocar por otra: basiliscos enamorados, por la mirada del otro morían y por el calor de sus cuerpos renacían. Mosaico de manos. Licor de plata que se derramaba por entre sus clavículas como tormenta anhelada. Cayó la lengua de Helen, penetrando en el ciego ojo cíclopeo del vientre del licántropo, en medio de su torso, coronado de negras púas; prosiguió la catarata negra que derramaba el manantial de su vientre y horadó con su nariz y con sus labios acarició el pujante vello que nacía entre sus genitales. Terminó de desvestirlo, acariciando sus velludos muslos, besando sus musculosas piernas y besando las cinco divertidas terminaciones de sus pies.
Entre nuevos besos, más caricias, todas tiernas, dejó escapar un leve murmullo placentero la adivina cuando su vientre todo fue coronado. Ya nada fue soluble, mientras de sus frentes copiosas lágrimas caían, de sus entreabiertos labios palabras de cariño pronunciadas con hálitos vaporosos y de sus manos experiencias atrasadas. Cuerpo con cuerpo al fin, piel con piel, vello con vello, gotas de sudor con gotas de sudor, respiración con respiración, tacto con tacto, se amaban. Nada más había: sólo ellos, cuerpos y alma, y el amor.
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Como su madre la avisara en calidad de emergencia, la adivina se apareció en seguida en su casa, donde ésta la aguardaba. Nada más salir de la chimenea, descubrió a su padre, extintor en mano, sofocando un par de llamas que andaban prendiendo el sofá, y, como en su rostro debió reflejarse su sorpresa, el muggle explicó:
–Las ocurrencias de tu madre, hija. Y luego a mí me llaman loco.
Hecho este preliminar, apareció la mentada señora Nicked desde la cocina. Llevaba puesta en la mano izquierda una gruesa manopla con la que se sofocaba el pecho, que le humeaba. Miraba aún hacia el interior de la susodicha habitación cuando dijo:
–No os apartéis del grifo. ¡Y tú no saques los pies de la cubeta, Ángela! –Al girarse–: Oh, hija¿ya estás aquí? Estupendo. Ha habido un problemilla.
–¿Un problemilla, dice? –murmuró el señor Nicked–. Si eso lo llego a hacer yo, me encerráis en el sótano con siete candados.
La bruja, en lugar de rebatirle, sacó su varita del bolsillo delantero de su delantal y, apuntándola hacia el sofá, consumió la llama que en vano el muggle trataba de vencer con el extintor, que se le había atascado.
–¿Qué problema, mamá? –inquirió Helen al ver que callaba.
–Ven, ven. Sígueme –la instó, conduciéndola hasta la cocina.
Helen quedó espantada. En ésta se encontraban, además de su tía Ángela, Tonks y Karina; pero lo curioso del caso no era verlas allí, sino la manera en que estaban: parecían bolas de fuego, antorchas humanas; hasta el cabello de todas se les había erizado y curvado como una roja lengua de fuego. Ángela, que tenía los pies metidos en un cubo enorme lleno de agua, al ver a su sobrina, levantó una mano para saludarla, pero, sin pretenderlo, quemó una ristra de mazorcas que pendía de la pared; con lo que, espantada, dio un respingo, trepando el cubo y cayendo al suelo, y en el vuelo fue a poner sus manos en tantos sitios que incendió el frutero, humilló al gato y encendió el fogón, que terminó por hacer hervir un cazuelo que sobre él había y que contenía agua. La señora Nicked, llevando a un lado y a otro su pronta varita, lo solucionó todo en lugar de desesperarse. Karina y Tonks, que parecían una sola bajo el grifo del fregadero, dejaban correr el agua bajo sus cabellos, los cuales, al contacto del frío líquido, desprendían una humareda negra que estaba tiznando por completo el techo de la habitación. Saludaron a la adivina sin aspavientos, prevenidas por la catástrofe de Ángela.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Helen, que exageraría por lo bajo si dijera que estaba asombrada.
–El Juramento Inquebrantable –respondió su madre tras un instante.
–¡Las ideas de tu madre, hija mía! –protestó a voces Ángela–. Que aquí donde la ves, yo que siempre había pensado que era muy seria, es una cachonda mental y una chiflada. ¡Mira en qué momento le da por hacer metáforas!, me cachis en la mar serena.
–¿Metáforas? –repitió Helen sin entender.
–Sí, metáforas –exclamó Ángela de mal humor, devolviendo los pies a la cubeta–. Acércate y tócame¿verdad que no¿Y por qué no te atreves?: porque estamos calientes. Calientes porque quemamos y calientes porque no hemos sido capaces de pasar sin sexo hasta que cumpliéramos nuestra palabra.
–Y tenemos la nariz cinco o seis centímetros más larga de lo habitual –se lamentó Karina.
–¿Y por qué? –volvió a terciar malhumorada Ángela–. Porque somos unas salidas. ¡Nos ha salido tu madre poética con esto del juramentito de las narices!
–Fuisteis vosotras las que insististeis para que os lo echara –protestó la aludida–; yo no quería. Y son dilogías, no metáforas.
Helen, después de sopesar durante un momento la situación, rio a gusto.
–Entonces –dijo–¿ninguna ha sido capaz de cumplir su promesa?
Las tres mujeres, o híbridas ígneas, serias de pronto, cabecearon como una, despidiendo a un lado y otro cortas llamas que se consumían en el aire.
–¡No pude! –lloriqueó Tonks–. Anoche vino tan guapo, tan seductor, que fui incapaz de contenerme. Trajo un libro de crucigramas, el pobre, para que lo resolviéramos juntos en la cama; pero, antes de meterse, se desvistió la camiseta, y ahí fue ya el desenfreno: me lancé sobre él e hicimos el amor. ¡El pobre! Me quedé a su lado, apoyada la cabeza sobre su pecho, él todavía dentro de mí. ¡El pobre!
Se llevó las manos a la cara y lloró lágrimas que eran perlas de rubí.
–Benjamin está en San Mungo –terminó de explicar la señora Nicked–. Tiene quemaduras de primer grado en la parte frontal del cuerpo y...
–¡Y el pene no se le ha calcinado de puro milagro! –lloró Tonks–. Soy una penicida, una machocida. Pobre... Normal que al quemarse, en un acto reflejo, me apartara de encima pegándome un empujón con que me he llevado el armario entero; se ha carbonizado, por supuesto: tendremos que comprar otro.
–Mi caso fue parecido –relató Karina mientras su compañera de grifo inundaba el fregadero de motas de fuego–; aunque en el mío Sirius no llegó tan inocente como a ella Benjamin: estaba leyendo unas revistas, esperando el té, cuando Sirius se plantó delante de mí y, desabrochándose el pantalón, me descubrió que... Es que me da pudor. Bueno, que se había rasurado el pubis. Sabía que eso me excitaba, pero no consentía hacérselo porque decía que iba en contra de su virilidad. Anthony, nuestro mayordomo, entró de repente y la bandeja toda con mi té se le fue al suelo, y él quedó paralizado, fija la vista en la entrepierna de Sirius. Le ordené que se retirara e hicimos el amor allí mismo, sobre la mesa, con las cucharillas del té tintinando a nuestro alrededor.
–¿Y...? –indagó con ojos significativos Ángela.
–Bueno... –Sonrió pícaramente Karina–. En esta ocasión sí logré disfrutarlo. –Todas la felicitaron y aplaudieron, a riesgo de, como hizo Ángela, incendiar el botellero–. Pero Sirius, no obstante, me ha prometido que se va a poner en tratamiento: al verme envuelta en llamas al acabar, él en lágrimas y de rodillas, así lo hizo.
–¿Y tú, Ángela? –preguntó su sobrina–. ¿Cómo ha sido tu caso?, porque el tuyo tenía una fácil solución: bastaba con que Sorensen te hiciera un striptease.
–De siempre he mantenido –explicó la interpelada– que Soren tiene un puntito orgulloso muy varonil. Durante todos estos días, nos acostábamos el uno al lado del otro sin mediar una sola palabra, menos una mirada o una insinuación provocativa de desnudo. Anoche, en cambio, al coger la sábana, la mano se me fue hacia su muslo y nos miramos. Cómo resistir esos ojos, eh, decidme. Claro está, me lancé sobre él como una gacela hambrienta y, en lugar de dejarle que se quitase para mí la ropa, se la arrebaté yo a bocados y haciéndola estallar con mis manos. Por supuesto, yo jamás pude llegar a pensar que mi hermana fuese a ser tan sádica que me fuera a ver al poco rato envuelta en llamas, incendiando la cama; lo más que me figuré es que me saldrían plumas, o pico, o que me cambiaría la piel de color.
Las dos hermanas intercambiaron una mirada espeluznante. Helen, por su parte, sonreía apartada. Al fin habló:
–Vale, de manera que soy yo la única que ha salido triunfante del Juramento Inquebrantable¿no?
–¿Cómo? –gritó su tía Ángela–. ¿Remus y tú también ayer...?
La adivina asintió. Pero no pudo añadir nada más, ya que su madre, molesta, la interrumpió pretextando:
–Ya basta de explicaciones¿queréis? Hija, te he avisado para que me ayudes con el remedio, no para que me las entretengas con chácharas y cotilleos.
Así, Helen, asintiendo, la obedeció en cuanto le ordenó. Cerró en primer lugar la puerta, no fuese a ser que el muggle las viera desnudas, como acertadamente había apuntado Karina, pues la ropa también se les había quemado, como mencionó Ángela con fingido tono despreocupado. Después, administró la pócima en sendos recipientes de vidrio, pues resistían más al fuego que los de plástico, que se derretían, y se los hizo beber. Karina, vuelta en sí y toda de carne, sufrió un mareo al consumirse en una explosión de aire las llamas de su cuerpo y se dejó caer sobre Helen, la cual la recogió presurosa; sin embargo, ésta se vio inmediatamente acometida por un fuerte dolor en el seno y, soltando a Karina, que fue recogida por Tonks al instante, se llevó la mano al vientre. El dolor remitió rápidamente, en tanto Ángela, mirándose en el espejo, aducía que se le había chamuscado el pelo; así parecía en efecto, puesto que, al removérselo, aún desprendía leves vaharadas de humo gris.
La señora Nicked las invitó a desayunar para recompensarlas de las molestias que les había causado. No obstante, al dejarlas en el sofá cubiertas sobre sendas mantas (a su marido lo había obligado a permanecer en el piso de arriba hasta que le diera nuevo aviso) y entrar de nuevo en la cocina, pensó que las molestias se las habían causado a ella viendo el estado de ésta. Helen, a la que le había pedido que la ayudara, la seguía solícitamente. Mientras la madre exprimía una naranja, preguntó a su hija:
–¿Qué has visto, Helen? –haciéndose la despreocupada.
–¿Como que qué he visto? –repitió la otra atontada.
–Vamos, hija, no soy tonta. En realidad soy tu madre –rio– y por eso te conozco muy bien. Yo estuve contigo cuando tuviste tu primera visión y, hasta que te hiciste mayor, y entonces preferiste ocultármelas, cosa que no te culpo, estuve contigo siempre que tuviste una. Creo saber reconocer cuando tienes una visión y cuando no¿no te parece? Cuando Karina se ha apoyado en ti¿qué has visto¿puedes contármelo?
La adivina asintió sonriente, misteriosa.
–Anoche tuvo algo más que un orgasmo –dijo.
–¡Ay, mi madre! –gritó la señora Nicked llevándose las manos a la boca–. ¿Está embarazada, verdad? –Su hija asintió–. Qué bien. Ay, y ¿qué hacemos: se lo decimos o nos lo callamos hasta que lo descubra por sí misma?
–Mejor dejamos que lo descubra por sí misma, es mejor –opinó.
–Tienes razón, tienes razón. Pero tendremos que alimentarla bien –dijo echando el doble de comida en la bandeja de Karina en comparación con el resto–. Va a traer a un Black a este mundo, necesita comer bien.
–Una Black, en realidad –especificó Helen–. Pero guarda la calma, mamá, que al final verás cómo se te acaba escapando.
–Quita, quita –dijo portando la bandeja de Karina–. ¡No estoy chocheando, Helen Lupin! –Y, saliendo por la puerta, la adivina oyó que decía en voz bien alta y empalagosa–: Mira lo que te traigo, Karinita: tu desayuno. ¿Ves?, te he preparado tostadas, zumo, leche, panceta e incluso espárragos, como me has pedido. Si una tiene un antojo, tiene un antojo. ¡Helen Nicked consiente a todo el mundo! Y ahora te vas a venir conmigo a San Mungo para que te practique un chequeo, que quiero ver si eso de las llamas te ha afectado... de algún modo. Bueno, todas os tendréis que hacer un chequeo¿no? Y, además, deberíamos visitar a Benjamin¿no creéis? Anda, Karina, desayuna, date prisa.
Antes de salir, resoplando, Helen se dijo para sí:
–Dos que duermen en un mismo colchón se vuelven de la misma condición.
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¿Os ha gustado? Espero que sí. Yo creo que es... curioso, por no decir expresamente que gracioso. Bueno, os dejaré tranquilos en Navidad comiendo turrón y mantecados, o lo que se os antoje, y volveré con un capítulo nuevecito el día 7 de enero de 2007, que, como no tengo calendario, creo que cae en lunes. Hasta entonces os dejo con la miel en los labios:
Avance del capítulo 10 (UN NUEVO MERODEADOR): La señora Nicked revelará un secreto que dejará conmocionada a la familia, así como a la opinión pública en general. El sótano volverá a convertirse en un personaje de vital importancia: en esta ocasión, una batalla entre el Bien y el Mal se disputará bajo su techo; Matt será su rehén. Por último, el Mapa del Merodeador volverá a salir a la luz y caerá en otras manos, en las cuales será extremadamente útil.
Con eso os dejo y ¡feliz Navidad y próspero año nuevo! Muchos besos.
