ISILLE. Hola. Bienvenida a MDUL. ¿Cómo te encuentras? Bueno, espero que disfrutes con el relato y que nos veamos por aquí más a menudo. Un besote.

LEONITA. Hola, Ana. Bueno, ya tuve la oportunidad de decirte en nuestra conversación por messenger de que me alegraba mucho de haber recibido un "review" tuyo, porque, cierto es, nos teníamos mutuamente olvidados. Por cierto, que espero que no te molestase la forma inopinada que tuve de interrumpir la conversación, pero hubo un problemilla con los ordenadores y ya me tenía que ir porque dieron las una, hora en que se terminaba mi reserva en la biblioteca. En fin, fue una suerte coincidir contigo. Yo también echo mucho de menos nuestros recíprocos largos correos en que nos contábamos todo y nada, pero es normal: tu vida sigue evolucionando, te estás aproximando a tu sueño laboral y eso, en un principio, te robará tiempo; la vida es así: si los jóvenes queremos progresar, tenemos que pasar del resto y limitarnos a eso, como borriquitos ciegos. ¡Pero no me descuides a Pepe! Espero que, cuando lo veas o le llames, le envíes saludos de nuestra parte, de Elena y mía me refiero. Y dile también que esperamos que no esté filosofando demasiado, que eso no puede ser bueno para la salud. Bueno, a ver si nos escribimos más de ahora en adelante, aunque sea un correíllo mensual en plan "¿te acuerdas de mí?" O lo que tú puedas, claro. Joder, estás hecha toda una señora de los secretos y escurridizos negocios del para-contribuyente. Besos. P.D. (escrita con posterioridad)¿A que no te imaginas qué? Bueno, claro, no te lo vas a imaginar a menos que te lo diga... Obvio. ¡¡¡He pasado cuatro días en Sevilla!!! Fue a finales de mayo, antes de comenzar los exámenes (no los llevaba del todo bien, pero me aventuré; ahora que ya sólo me queda uno, puedo decir que el tiempo empleado en la excursión no ha sido relevante académicamente). Me hubiera encantado haberte avisado y que quedásemos al menos un rato, cuando tú hubieras podido, pero organizamos el viaje deprisa y corriendo y no pude conectarme a Internet antes del viaje; además, como me habías dicho que habías sufrido un percance con el móvil y el número no era el mismo... En fin, ya habrá otras oportunidades, aunque me dio un tanto de rabia. Pernoctamos todos esos días en la residencia universitaria Los Bermejales, que no está del todo mal para unos cuantos días (aunque te ceban, te ceban...). Y lo vimos todo, como te puedes hacer una idea: la Catedral, los Reales Alcázares, La Macarena, el Parlamento... ¡Qué te sé decir yo! Por cierto¿trabajas en la Plaza de España? Porque hay un cartel indicando que allí se encuentran las oficinas de Hacienda y estuve tentado de entrar y preguntar por ti. Bueno, ya sí que sí me despido con un enorme beso. Hasta pronto.

MARCE. Hola, Marce. ¿Cómo te encuentras? Lo cierto es que es un grato placer encontrarte por aquí y que me dediques unas palabras que te voy a responder con tanto gusto. Tengo que agradecerte el que te interesaras por mí en el grupo de "hotmail" o, como yo digo, la página oficial de MDUL. Elena me pasó el recado. Y en modo alguno pienso consentir que te sientas mal por lo que yo haya podido decir referido exclusivamente a mí mismo: eso de desaparecer varios meses y etc. A ver si me explico. A vosotros no os puedo reprochar nada: libremente, os acercáis por aquí, leéis las tonterías que se me hayan podido ocurrir y, en lugar de quedar en eso, como hacen muchos, dejáis una crítica que me llena de orgullo, alegría y satisfacción. Sin embargo, yo tengo hecho un compromiso con vosotros. No puedo desaparecer así como así. Y, menos que menos, cuando tenía capítulos escritos; lo que no tenía ganas era de actualizarlos. ¡Dios!... Es bastante difícil de explicar, la verdad. Pero se agradecen mucho tus palabras de consuelo. Han sabido acertar, en parte, en el problema. Pero, reitero, no te des por aludido. Yo mismo sé que estás pasando por un mal momento y comprendo tus ausencias. Sé que otros muchos se van y no vuelven, pero Marce, cuando desaparece, es porque algo gordo ha sucedido o está realmente ocupado. Confío en ti porque me has dado motivos para hacerlo. Eso me basta y debería bastarte a ti también. Y, con estas palabras, espero que ambos encontremos nuestro rumbo; un rumbo, he de matizar, a la felicidad. Pues, como me dijo hace poco una amiga de la facultad con sabias palabras, el destino de todas las personas es la consecución de su felicidad personal. Empiezo ya a comentar tus valoraciones sobre el capítulo. ¿Cómo puedes pensar que Matt va a ser malo por el mero hecho de que tenga un poder fabuloso? Simplemente he querido ofrecer la impresión de que no todos los poderes resultan sencillos de dominar en los primeros momentos de poseerlos. Y, además, hasta las personas más bonachonas tienen derecho a enfadarse hasta las últimas consecuencias; piensa positivamente que, después, el bueno de Matt se disculpó. Si en el fondo es un buenazo... Y sí, Sirius va ya camino de Gran Mago V.I.P. ¿Cuál será su papel allí? Tranquila, que enseguida lo descubrirás. En cuanto a Ángela, no te preocupes, que entre sus impulsos no se encuentra el de abandonar a Sorensen, eso tenlo claro. Lo ama demasiado como para hacerle algo así. Más bien, como para hacerse a sí misma algo así. Y Mark... Me temo que el pobre mío va a tener que madurar, aunque sea con golpes tremebundos como los que ha sufrido en el capítulo anterior, descubriendo la homosexualidad pretérita de su padre y etcétera. Pero... es ley de vida. El pobre se hará fuerte gracias a las adversidades. Bueno, y creo que eso es todo por esta vez. Está atenta, que ya mismo sale Tim Wathelpun. Es un adelanto que te hago para que estés sobre aviso. ¿Quién será?... ¡Ya mismo lo descubriremos todos! Besos, Marce, y, de nuevo, gracias por las palabras que me has dedicado.

ALTHEA ELENEAR. Hola, qué tal. Sabes, gracias a ti he releído ese pasaje que señalas, cuando Ángela increpa a Wathelpun en el plato de Gran Mago, y tengo que admitir que es cuanto menos jocoso. Ya no lo recordaba, a decir verdad. Si ella supiese que Wathelpun la estaba viendo pero que pasó de ella... ¡Ay!... En fin, la pobre Ángela. Bueno, espero que no te molestase mucho mi retraso, que fue monumental y sin ningún tipo de justificación, ya lo he dicho hasta la saciedad. Espero, simplemente, poder compensároslo en adelante. Es lo único que puedo hacer. ¿Así que has comenzado ya en el instituto¿Y qué tal te va este año? Tal como lo pintas, no muy bien, pero sólo hay que tomarse las cosas con ánimo y determinación para que lo que a uno le está saliendo mal le salga bien. Plantéatelo de ese modo, diciéndote a ti misma que eres capaz de sacar lo que te propongas adelante, y lo conseguirás. Sé que suena a consejo de revistucha adolescente, pero estoy recién comido y toda la sangre está en el estómago. Lo más que me falta es comenzar a dar cabezadas de sueño para que me tiren al vertedero. Sabes, también me ha hecho gracia que digas que lees minuciosamente los capítulos para que no se te escape ningún detalle. Me ha hecho gracia. Lo cierto es que la mayoría tratáis, acertadamente, de encontrar los vestigios de enigmas que dejo por aquí. Y es cierto, los dejo, conque hacéis bien. Y tienes razón, últimamente pongo a Harry más bien poco, he de reconocerlo. Trataré de cambiar eso, aunque he de reconocer que no será posible hasta que no haga un pequeño juego con el "giratiempo". Si dijera algo más, violaría completamente la intriga que dejo en vosotros y el argumento, con lo que guardo silencio. Dicho queda. Bueno, te dejo ya para que puedas terminar de leer lo que les aconteció en el término de Gran Mago... Espero que te guste. Un beso.

LUZBELITA 16. Hola. No me queda más que decirte que seas bienvenida a Memorias de un licántropo y que espero que te sientas como en casa. No te prometo nada en relación a tu "fanfic", pues tendré que encontrar tiempo para leerlo; y eso es algo de lo que no me sobra ahora precisamente. Pero lo intentaré, te lo prometo. Y muchas gracias por los halagos dedicados a mi relato. Espero que te pases algún otro día y me des más noticias de ti: nombre, ubicación, etc. ¡Has pasado como un relámpago! Un saludo afectuoso.

PUNKITTY. Hola, Vero. ¿Cómo estás? Te advierto, para tu conocimiento, que verteré aquí también la respuesta a tu último correo, si te parece. Aunque hay un problema: no lo tengo presente conmigo, no pude copiarlo; pero lo leí atentamente y responderé a cuanto recuerdo. Por cierto, muchísimas gracias por el envío del diccionario. Aunque no he podido abrirlo aún, la descripción que has dado de él me ha hecho estar ansioso por hacerlo. Es más, al decírselo a la chica que me incitó a aprender a tocar la guitarra, se puso a decir que si qué chulo, que si qué guapo y esas cosas, ya sabes. Bueno, como espero que comprenderás, y casi desearás, no voy a retomar la cuestión del fanfic secreto (qué nombre más enigmático para algo que es una verdadera gilipollez). Tampoco es gran cosa, porque no está sirviendo para lo que yo quería. Pero lo que yo deseaba realmente era terriblemente imposible, visto lo visto. En cualquier caso, veo que tú eres como yo, otro témpano de hielo sin sentimientos. ¡Al menos eso dices, ojo!..., que estas palabras no salen tal cuales de mi boca. Sabes, pero creo que en mi caso ocurre que esa circunstancia hace no sólo que sea incapaz de transmitir mis afecciones, sino, más allá, muchas veces me impide llegar a sentirlas, llegar a sentir las cosas como una persona normal. No quiere decir que no sienta, sino que a veces estoy deshumanizado. Pero dejemos ese tema: no quiero agobiarte con mis paranoias (aunque ya sabes que soy presumiblemente loco, jeje) y estoy disfrutando de un día lo suficientemente envidiable como para oscurecerlo con tales pensamientos. Espero que me disculpes. Ahora bien, en tu próximo encuentro conmigo (vía "review", vía correo...), coméntame cuanto te plazca, eh. Creo que hoy me apetece hablar un poco más de MDUL, tema que hemos tenido un tanto descuidado desde el anterior "review". Y sabes qué, estoy triste porque has decidido definitivamente retirarte... Ya no me vas a ofrecer tus teorías acerca de tales o cuales aspectos enigmáticos del relato: la luz violeta, Wathelpun, etc. Es cierto que se resolverán pronto (relativamente pronto: pueden quedar perfectamente quince capítulos o así, y eso que he hecho un corte. ¡Si no lo llego a hacer!...). Pero disfrutaba mucho leyendo tus apreciaciones, tus averiguaciones, y hasta en ocasiones acertabas, sólo que no podía darle demasiada importancia porque no deseaba que terminases extrayendo otras conclusiones. En cualquier caso, estoy convencido de que, aunque ésa sea tu intención o lo fuera en el momento de escribir, no la pondrás en práctica. Cuando vuelva a aparecer la luz violeta (que lo hará pronto, y llevará a Remus a un sitio donde es muy, muy probable extraer bastante información acerca de Tim Wathelpun) o cualquier otro, sé que tu cabecita comenzará a dar vueltas al respecto y bullirá con teorías. Eres lo suficientemente inteligente como para no vencerte. Ojalá en la página oficial de MDUL (el grupo) se participará más en la sección "Teorías de MDUL", porque, de ser así, os revelaría algún que otro secretillo que yo sólo sé (claro está). Me gustó que propusieras el tema de Ultra Witch, lo que quiere decir que estás atenta. Pero, si la gente no participa, no sirve de nada. Eh, que no estoy atacando a nadie. Yo soy el primero que no me puedo conectar por las consabidas razones y el que tiene el grupo más que olvidado.Sin embargo, si quieres discutir conmigo o polemizar acerca de algún aspecto de MDUL o alguna teoría que tengas, o simplemente quieras tener un poco más de información sobre lo que sea, ya sabes que no tienes más que preguntármelo. Por cierto¿y quién dijo que Sirius estuviera madurando?, jeje. No, es broma. Digamos que quiero poner las dos vertientes: en el trabajo tiene que ser un hombre competente, que puede llegar a serlo sin problemas. Pero reconozco que en Gran Mago V.I.P. volverá a sacar lo peor de sí mismo. Así son los merodeadores, qué le vamos a hacer. En cuanto a Fudge, mejor ni lo comento. Enseguida lo leerás y descubrirás porque dije lo que dije en cada momento. Este capítulo imagino que te gustará algo más que el anterior porque en él hay algo más de conspiración y aparecen todos esos elementos tan esenciales para resolver las incógnitas que he planteado en MDUL. Y, por último, el tema Snape... Sí, Helen es adivina y legeremántica, aunque Severus sabe Oclumancia. ¿No será que Helen lo perdona, sin más, porque tiene un buen corazón¿O quizá porque se siente en parte responsable de su carácter al negarse a salir con él cuando joven?... Sea como fuere, a mí Severus también me parece un personaje estupendo, con miles de pliegos que estudiar y que dan juego. Aunque más interesante me parece en la verdadera saga de Rowling, donde está adoptando un doble juego, un tira y afloja que me encanta. Sólo espero que, si Helen le da una oportunidad, todos seamos capaces de dársela, porque creo que al pobre le hace falta. Y, bueno, creo que voy a dejar esto ya, que casi va a salir más largo que el propio capítulo. Venga, te mando un beso enorme y espero que podamos conversar pronto. Hasta pronto.

HERM. Hola, Ana Paula. En plan recriminatorio... ¡Que sea la última vez que te quedas hasta tarde para escribir un "review", señorita! Es broma. Pero ¿no sabes que, si no duermes, no rindes al día siguiente y estás ya hecha todo un zombi? Bueno, más que nada, es que eso es lo que me pasa a mí ahora mismo y por eso no rijo, perdona. Es que hace un calor de muerte, para colmo he salido de un examen esta mañana y me he tirado toda la tarde a la maldita bartola. Luego me entran los terribles remordimientos por no haber hecho ni el huevo¿no?, pero en el momento no se puede resistir. En fin, no sé por qué te estoy contando todas estas cosas, aburriéndote en definitiva. Hay veces que pienso que cojo el teclado y parece que me han dado cuerda. En fin... ¡Parece mentira!: la mayoría se ha dado cuenta de por qué Sirius se va de Hogwarts. Pero, si te sirve de consuelo, a mí me hubiera sucedido otro tanto: yo tampoco me hubiera coscado; lo que pasa es que aquí hay gente muy espabilada que saca unas conclusiones de un peguillo que les pones... ¡Qué coraje!, jeje. No te preocupes, lo descubrirás enseguida. En cuanto a Snape, como tú dices, si Helen ha decidido darle una oportunidad, ella que es legeremántica, tratemos de dársela todos. Quizá nos decepcione. Quizá nos decepcione y aliente a un mismo tiempo su comportamiento, como una lucha constante que podría estar produciéndose en su carácter. No sé, quiero poner un lado más humano del pobre Severus, que parece que lo tengo... masacrado. Bueno, y antes de cerrar esto no puedo menos que decirte que espero que disfrutes la universidad. Sí, sí, me estás leyendo bien: que la disfrutes. Ahora, recién llegada, te parecerá horrible. En efecto, lo es, pero sólo si lo miras desde el punto de vista académico. Y, por fortuna, hay otros muchos puntos de vista desde los cuales observar ese periodo: planes, amistades, etc. Seguro que te aprovechan mucho a lo largo de tu existencia. Aprovéchate tú de las circunstancias y no las dejes pasar, te lo dice uno que ya lleva unos cuantos años como universitario y es un clavo ardiendo del que no se quiere separar. ¡Ah!, y, sin olvidar el tema de los exámenes, espero que tengas mucha suerte con ellos. Besos.

DRU. Hola, qué tal. Menos mal que dices que te alegras de mi regreso en tu "review", porque, por un momento, parecía que no te importaba si dejaba "fanfiction" o no. xD No, es broma. Sé que te importa. Y gracias por los halagos, aunque "fanfiction" sigue sin mí, de eso me he dado cuenta. Nadie es imprescindible en estos sitios, aunque siempre se es imprescindible cuando existan personas que te reclamen. En ese sentido me siento eternamente dichoso y rico. En fin, como podrás ver, en esta ocasión he actualizado relativamente pronto, para que no os podáis acordar de mi familia... xD Vaya, hoy me ha dado por este emoticono. Bueno, espero que te vaya inmensamente bien en lo que sea que esté ocupando tu vida en estos momentos y espero que nos reencontremos pronto, si los hados lo permiten. Un besazo enorme.

SEIN LUPIN. Esto... Eh... ¡BIENVENIDA A MEMORIAS DE UN LICÁNTROPO! Qué tal, Miriam. Las dos primeras interjecciones son broma, claro está. Sabía evidentemente que tenía que poner, en letras bien grandes, ese hermoso rótulo. Hacía tiempo que no lo decía con excitación porque hacía tiempo que no aparecía ningún nuevo lector por aquí, y menos que granjease en mí tan rápida simpatía. Lo cierto es que leí muy emocionado tu par de "reviews" por lo menos dos veces el día que lo descubrí y ahora otra vez, muy atentamente, para responderte. Y en absoluto tienes que disculparte por no haber dejado ningún "review" con anterioridad; no tenías ninguna obligación a hacerlo. Nadie suele hacerlo. Lo común es esperar al último capítulo publicado, como has hecho tú, y expresar la valoración. Y sabes, me has hecho muy feliz con ella, aunque es demasiado exagerada. ¡No creo que valga para escribir novelas en absoluto! xD Sólo hago esto por entretenimiento, como afición. Además, para mí escribir y publicar novelas es algo serio, y esto que hago aquí, como diría mi profesor de Literatura Contemporánea, es un "constructo de palabras". Hay que escribir a la maravillosa manera de Azorín o Baroja, y, en caso contrario, aparecer en páginas de forma relegada como lo hago yo aquí. Vaya, me estoy yendo por las ramas. En realidad tan sólo quería decirte que me siento muy feliz por tus palabras y porque te hayas atrevido a leerte la inmensa cantidad de capítulos que van publicados ya de MDUL; eso sí que tiene mérito, no hago más que reconocerlo. He de decir que es una absoluta coincidencia el que la compañera de Ravenclaw de Matt se llame Miriam, y es una pena asimismo el que decidiera ya que no interviniera más, pero ¿sabes lo que puedo hacer? Puedo crearte un pequeño personaje con tu nombre. No importa que aparezca otra Miriam. Porque tenía programado un nuevo personaje pero aún no le había puesto nombre. Y sí, ya sé que había prometido que ya no habría más personajes-lectores en MDUL II porque el argumento estaba finiquitado, pero ya te he dicho que me has causado muy buena sensación. Y me han encantado todos los apuntes que has hecho: las notas sobre los personajes, sobre tus capítulos favoritos, etc. Puedo decirte que yo también me divertía mucho escribiendo esas peleas entre Voldemort y sus mortífagos y la Orden del Fénix y Remus. Me monto cada película en mi cabeza. Con lo que te puedo asegurar que, pronto, muy pronto, habrá más y mejores peleas con Wathelpun y sus secuaces. Por cierto, he de anunciarte que no eres la única que piensa que Wathelpun es el hijo de Charlotte, la prima de Remus, y yo no voy a confirmártelo ni a desmentírtelo; es tu opción y ha de ser válida para ti mientras lo consideres oportuno y pertinente. Tan sólo te matizaré que una prueba irrefutable, por ahí oculta, en la que se revela claramente quién es Tim Wathelpun; tanto así que ya no es necesario que yo confirme o niegue nada, porque sólo entonces lo sabréis claramente. Hasta entonces, el hijo de Charlotte es una opción muy buena. Sin embargo, me ha causado gran regocijo el saber que tratas de ordenar las letras de los nombres de todos los personajes nuevos que aparecen, y eso me ha gustado, digo, porque es cierto que hay muchos secretos ocultos en MDUL, enigmas de los que dejo pistas para que podáis resolver. Quizá no necesariamente como anagramas, pero sí en otros modos, y el que seáis conscientes de ello me relaja. También coincido contigo (sólo que ahora...) que el Remus buen ministro que he puesto no es del todo una buena idea. Quería innovar, ofrecer algo distinto, y me parecía que el convertirlo en el mandatario máximo era algo sensacional. Tu opinión no es la única que he recibido al respecto, pero en fin... Me sigue gustando la idea de una Inglaterra liderada de un hombre lobo competente. ¡Suena tan a utopía! En cualquier caso, necesitaba que Remus estuviese cerca del sillón ministerial para los próximos acontecimientos que van a desencadenarse: Wathelpun, claro. Pero, bueno, lo cierto es que esto se está alargando para ser una mera bienvenida y una presentación por mi parte. Pero, ya te he dicho, me has causado buena sensación y quería dedicarte unas amplias palabras. Ahora, por último, trataré de explicarte lo mejor que pueda cómo puedes colgar tus relatos en esta página (todavía recuerdo, como si fuese ayer, cuando yo hice lo mismo preguntándole a Clau de Snape). En primer lugar, debes entrar en tres uves dobles punto fanfiction punto net (perdona que te ponga las direcciones de este modo, pero, al parecer, de no ser así "fanfiction" las elimina porque no permite publicitar otros espacios URL). Desde ahí puedes acceder a todos los relatos disponibles, como quizá ya sepas: pinchas sobre "Book" y después sobre la categoría deseada, "Harry Potter" en este caso. Seguidamente, escoges las opciones que quieras: idioma, personaje principal, categoría temática, etc. Sin embargo, para colgar tus propios relatos es completamente necesario el que te registres en "fanfiction". Fíjate en la parte superior de todas las páginas de "fanfiction". Aparecen dos botones: "Register" y "Log in". Pincha sobre la primera para registrarte. Ten en cuenta que han de pasar tres días, creo, para que puedas publicar tu primer documento. Después puedes publicarlos con la frecuencia que te plazca. Pues bien, una vez te hayas registrado, entra en "Log in", donde encontrarás todas tus opciones como miembro del portal y, claro está, los procedimientos indispensables para colgar un archivo. Éste puede provenir del formato que gustes de los mencionados, aunque te recomiendo Microsoft Word o su transformación en página web. En el menú que aparecerá a tu izquierda, pincha sobre "Document" y, abajo del todo, te aparecerán los botones indispensables para rastrear el documento y publicarlo. Seguidamente, necesitarás seleccionar el idioma y esas cosas, pero eso ya resulta muy sencillo. Tan sólo tienes que seguir las pautas que el propio "fanfiction" te indica. Te describiría esa parte con mayores garantías, pero no dispongo de Internet desde donde estoy escribiendo y soy incapaz de visualizar la página para describirte el procedimiento. Pero, hecho esto, es sumamente sencillo. Si no recuerdo mal, una vez hagas clic sobre el botón "Submit document" (o algo parecido), aparecerá la versión informática del archivo por si quieres corregirlo. Después te diriges a "Stories", donde tiene que aparecer una opción como "New story" o algo parecido. Pincha y sigue las indicaciones, que es muy sencillo. Después, para publicar más capítulos de esa historia inicial, sigue el mismo procedimiento subiendo el documento y, después, pinchando sobre "Stories", pincha sobre el vínculo del relato ya creado. Después te aparecerá una opción como "Content Chapters" y habrás de seguir las sencillas indicaciones. Te aseguro que así descrito parece un lío horrible, pero es mucho más fácil de lo que parece en un primer momento, te lo aseguro. Bueno, aquí sí que ya me despido. Te envío un fuerte beso y espero que tengas mucho éxito con esos "fanfics" que quieres publicar. Ánimo.

(DEDICATORIA. Pues os lo quiero dedicar a todos. ¿Me dejáis? Por vuestra constancia, por vuestra afabilidad... ¡Por todo! Pero especialmente a las dos nuevas lectores que han aparecido casualmente cuando MDUL parecía de capa caída. Espero que eso también signifique que esto va en remontada. A ellas especialmente les dedico este capítulo para darles la bienvenida a MDUL. Y también se lo dedico a Elena –Helen Nicked Lupin–, quien habla más de la cuenta últimamente. Saludos a todos.)

CAPÍTULO XII (GRAN MAGO V.I.P.)

Rita Skeeter tomó la cacerola, pero se quemó, con lo que la dejó caer estrepitosamente. Se quejó en voz alta hasta que, malhumorada, recogió las manoplas mientras maldecía y se las ajustó sobre sus blanquecinas manos. Llevó cuidadosamente el delicioso estofado que, a su parecer, había preparado hasta la mesa circular del comedor: lo hacía casi de puntillas, pausada, no fuese a ser que el caldo se le derramase o se le cayese entera la cazuela. No hubiera sido la primera vez, como amablemente le hubiera recordado Dolores Umbridge, quien se sentía inmensamente feliz de que Sybill hubiese sido expulsada. La marcha de Oliver, por su parte, no la había apenado; al contrario: había colmado su felicidad. Ludo Bagman, en tanto se aproximaba Skeeter con aquella vaharada de elocuente olor, se acariciaba el vientre mientras se relamía los labios. Gilderoy Lockhart, en privado, le había preguntado cómo podía gustarle la comida que preparaba aquella mujer, cuando a él se le antojaba insípida y falta toda de gracia; la respuesta del otro hombre, aunque no había explicitado nada al respecto, le había dado a entender que aquél sentía cierta atracción por ella. «He tenido la magnífica oportunidad de leer un avance de su novela», le había dicho, «y es una mujer excepcional, Gilderoy. ¿No lo entiendes? Ella cocina con las palabras. Y cocina como los ángeles.» A Rita le pasó desapercibida la enamoradiza mirada de Ludo mientras soltaba la cacerola con ingente ruido sobre la mesa. No faltó nadie de los que estaban alrededor que no se volviese.

–La comida –intervino en consecuencia Rita–. Ya está lista –quitándose las manoplas–. Dolores, tráeme los platos. Cornelius¿te importaría ayudarme a servir el estofado? Gilderoy, trae los cubiertos, anda, que están ahí al lado. Y... –mirando en todas direcciones–. ¿Y la mujer esta va a venir a comer ya de una vez o es que hoy tampoco piensa almorzar?

Se refería, claro está, a Ángela, la única concursante que estaba ausente en aquel momento en el comedor de la casa.

–Pobrecilla –dijo burlonamente Dolores–. Está afectada. La marcha de Oliver la ha dejado trastornada. –Rio maliciosamente–. No creo que dure así mucho tiempo.

Se sentaron alrededor de la mesa.

–¿Qué quieres decir, Dolores? –le preguntó Ludo mientras Cornelius le dirigía intermitentes miradas en tanto sorbía su estofado en grandes cucharadas.

–Quiero decir –retomó– que esa mujer, Ángela, no está así en condiciones de seguir en el concurso. De ese modo, cuando el jueves la nomine, no me sentiré tan incómoda –sonriendo estúpidamente–. Creo que es lo que deberíamos hacer todos¿no os parece? Por el día finge que duerme y por la noche no pega ojo.

–Tan sólo hace dos días que Oliver se marchó –apuntó Gilderoy secándose las comisuras de los labios con pudor–. Tal vez se recupere.

–Yo no lo creo, Gilderoy –prosiguió Dolores, más atenta a coaccionarlos que a comer–. Y, aunque así fuera, si la indispone cada dos semanas la marcha de uno de nosotros¿qué clase de concursante es? Así no puede seguir. ¡O vuelve, o se va! Si no quiere aprovechar el tiempo aquí, pues se la nomina y Santas Magias, que nosotros sí queremos quedarnos. Así, dentro de dos semanas se va ella y no ninguno de nosotros. Es un pacto de unidad, de supervivencia, de comunión, entre nosotros.

–Yo antes de nominarla quiero hablar con ella –apuntó Ludo desganado de la conversación–. No me parece justo nominarla por sólo esas razones, Dolores, y si no te conociera pensaría que estás siendo maquiavélica con la pobre mujer.

–¡Maquiavélica no! –exclamó apuntando con la cuchara a su compañero–. Sensata. ¿Ella prefiere quedarse en la habitación y no disfrutar de esto? Pues yo sí. Y, si no quiere quedarse, pues que la expulsen y se largue. ¿Cómo podría estar la audiencia apoyándola desde fuera si lo único que ven de ella es lagrimeos y que no se mueve de la cama? Por el amor de Rowling, Ludo, sé sensato. ¿O acaso no la viste ayer? Se levantó para hacer la prueba y no pudo ser más torpe. Lo que hace la desgana. ¡Encontró nada más que dos bolas doradas enterradas en el jardín, pero, cuando Rita dijo que le recordaban a snitchs, la muy boba se olvidó de la prueba y se relajó! Si queréis mi opinión, eso es que no se encuentra a gusto. Y yo, inteligentemente, prefiero que, antes de que se vaya por decisión propia, la expulse la audiencia y de ese modo todos nosotros tengamos la posibilidad de aguantar una semana más. ¿Quién está conmigo?

–La gente puede pensar que somos pérfidos –masculló Rita–. Pero ¡me gusta!

–Yo sigo en mis trece, Dolores –repuso Ludo.

Dolores bufó, llegando incluso a golpear contundentemente la mesa con los puños.

–Ludo, no seas idiota –le recriminó–. Ángela no nos conviene a ninguno. No es como nosotros. Es una mujer grosera, inculta e insubordinada, y ¡no me cae bien! Pero es el tipo de gentucilla que cae bien en televisión, sabes, y eso nos puede causar problemas a todos. Decidir quitárnosla de en medio es una ventaja¡una prioridad!, antes de que venga el que tiene que sustituir a Wood. Sabes que soy una mujer razonable y que cuanto estoy diciendo lo he medido cuidadosamente. ¡Por favor, Ludo, no te comportes como ella y vayas contracorriente! Piénsalo bien. Uno de nosotros se tiene que ir. ¿Qué hay de malo en que sea ella? Di¿qué? –La mujer rio fanfarronamente–. ¿Acaso esperas que se vaya a levantar de buenas a primeras y nos sorprenda con una actitud renovada? Responde qué vas a hacer.

El hombre se quedó un instante en suspenso mientras meditaba, con la inquisitiva y punzante mirada de Dolores clavada sobre él. Justo cuando iba a responder, sucedió. Abrió la boca, pero no para responder. En realidad la mandíbula se le descolgó mientras los ojos contemplaban algo por encima de Dolores. Ésta, en consecuencia, se dio lentamente la vuelta y la vio, a Ángela puesta en pie mirándolos desde la puerta del dormitorio.

–¿Os ha sobrado de eso? –preguntó–. Tengo hambre.

–Oh, claro, querida –respondió apresuradamente Dolores tendiéndole la cacerola–. Tráete el cazo, que lo hemos dejado sobre el fregadero. ¡Y un plato hondo también! –Mientras Ángela lo recogía resueltamente y escurría bajo el grifo, Dolores se volvió hacia el grupo y en voz apenas audible dijo–: Amigos¿habrá pacto o no? –Cornelius y Rita pusieron rápidamente sus manos sobre la de Dolores cuando ésta la colocó sobre la mesa. Gilderoy, aunque dubitativo, dejó caer también la suya. Dolores tenía los ojos puestos sobre el hombre restante–. ¿Ludo?

–No cuentes conmigo, Dolores –respondió–. No contéis conmigo para algo así. En el caso de que la nominara, sería porque yo lo hubiese decidido, no porque tú me lo hubieras pedido. Ángela me parece agradable. No voy a nominarla, no señor.

Y se puso en pie atropelladamente, llegando a volcar incluso la silla en que había estado sentado.

–¿Adónde vas, Ludo? –le recriminó con voz reprobatoria Cornelius–. Termínate el estofado y no montes ningún numerito de los tuyos. Hablaremos después.

–Que te jodan, Cornelius. ¡Que te jodan, tío! –escupió–. Ahora no estamos en el Ministerio. Sabes, estoy hasta las pelotas de ti y de tus palabras que parecen bienintencionadas pero que no lo son. ¿Qué te piensas, que no sé que también habéis estado organizando un complot similar en mi contra? Sí, lo sé. ¡Soy el próximo! Pero me da igual. ¡Me resbala todo lo que podáis tramar Dolores y tú! Lo que os jode a vosotros dos es que sea leal a Lupin y que vuestros planes hayan fracasado. Os jodéis. Mirad, ya tenéis un motivo para nominarme a mí también. ¡Adelante! Pero os contendréis de hacerlo si no queréis que escupa todo lo que sé. Puede que mi información sea suficiente para que te expulsen del Gabinete de Sabios del Ministerio, Cornelius. –Se tomó una pausa–. ¿De qué quieres que hablemos ahora, eh?

Cornelius también se puso en pie.

–¿Crees que te tengo miedo, Ludo¿Crees siquiera posible algo tan ridículo?

Bagman, apretando la quijada, se marchó tan deprisa que su capa ondeó sobre la mesa y volcó su plato de estofado. Gilderoy permaneció un momento observándolos, hasta que, sin poderlo aguantar por más tiempo, también se puso en pie repentinamente y corrió detrás de su amigo. Cornelius, envuelto en una apariencia temible, se volvió a sentar lentamente. Antes de que recogiera de nuevo la cuchara y se dispusiese a comer, su mirada se alzó un momento y sus ojos se detuvieron sobre Umbridge, la cual también lo contemplaba a él severamente. No dijeron nada, tan sólo se miraron.

Ángela se acercó con paso firme hasta la mesa, pero con la vista puesta sobre los dos hombres, que traspusieron hacia el dormitorio. Ocupó el asiento de uno de ellos e, introduciendo el cazo en la cacerola, colmó su taza, que apuraría gustosa y repetiría, a pesar de que era una de las que no congraciaba con el arte culinario de Skeeter.

–¿Adónde han ido Ludo y Gilderoy? –preguntó mirándolos por encima de las gafas Ángela.

–A reflexionar, espero –contestó con una hiriente sonrisa Dolores–. ¿Está bueno, Ángela? –La respuesta fue afirmativa–. Me alegro. Hay que aprovechar las comidas aquí –mencionó–. Nunca sabe uno cuántas pueden faltarle, si muchas o pocas.

–Me alegra que te guste, Ángela –intervino Rita–. Pero más aún que parezcas recuperada. ¿Estás mejor? Que sepas que la marcha de Oliver también nos ha dejado afectados a los demás –poniéndole una amable mano sobre el antebrazo–, pero no es bueno enclaustrarse de esa manera. Ya verás cómo mejoras el ánimo. Esta tarde, si te apetece, Dolores y yo te peinaremos. Podríamos organizar una fiesta esta noche. ¿Qué os parece?

Ángela, mientras agradecía los cuidados que le brindaban, sintió una punzada en el estómago. Cabe decir que no fue ésta debida al estofado de Rita, aunque pudo ser la causa por la que Gilderoy pasó toda la tarde encerrado en el cuarto de baño. «Suerte que es autolimpiable», repetía continuamente Dolores. En realidad, la punzada era de remordimientos. Era su conciencia, que la había hecho detenerse en un nuevo y atormentador pensamiento. Éste era que había sido injusta con aquellas mujeres, figuraos la inocencia de nuestra protagonista, que era como un albo cordero entre rapaces rapiñas.

Ángela había apurado su cuarto tazón de estofado y, como se había acabado, estaba a punto de preguntar qué quedaba en el frigorífico, cuando una inaudita lluvia de globos de colores se inició en el jardín. Dolores, Rita, Cornelius y Ángela salieron al exterior con no poca impresión. A la precipitación de globos le siguió una no menos sorprendente de confeti. Ángela recogió un globo del suelo y leyó la inscripción en letras luminosas que tenía en él: «La hora ha llegado». Rita, que lo leyó encaramándose por encima de su hombro, tomó otros tantos y en todos descubrió el mismo mensaje.

–¿Qué significa esto? –espetó Cornelius con el rostro desencajado.

–Habitantes de la casa –comenzó a resonar una potente voz que nadie supo decir de donde provenía, pero que, como parecía la de Henry Miló, a ninguno le extrañó–, como sabéis, vuestro compañero Oliver abandonó el concurso sin ser expulsado, así que, en consecuencia, su hueco debe ser restituido por un nuevo concursante. El suplente ya viene de camino a la casa de Gran Mago V.I.P.

La voz enmudeció, aunque la lluvia de confeti no se detuvo.

–Va a venir esta tarde –musitó Dolores dirigiéndose alternativamente a Rita y a Cornelius–. ¿De quién creéis que se tratará?

–A menos que sea algún enchufado –la mirada de Cornelius, mientras hablaba, se deslizó perceptiblemente hasta Ángela–, imagino que tendremos que conocerlo.

–¿Tiene que ser un chico, no? –preguntó Rita, a lo que le contestaron que sí–. ¿Harry Potter¿El heredero de Malfoy¿O tal vez ese Ron Weasley? Qué pena, la verdad. De no ser así, quizá viniera la misma Heidi Lupin.

–Helen Lupin –la rectificó Dolores. Rita se excusó pretextando que no leía la prensa del corazón desde que no publicaban más que pegos–. ¿Y por qué no Remus Lupin? –Cornelius le dirigió una voraz mirada–. ¿Por qué no? –persistió ella–. ¿Me negaréis que le gusta promocionarse? Me parece vomitivo cuando salen sus fotos en Corazón de bruja, con ese pecho lleno de pelos. –Hizo una mueca de horror y hasta fingió un escalofrío–. Sí, me gustaría que entrara, para que todo el mundo supiese realmente cómo es esa alimaña.

Aunque lo dijo en voz baja, Ángela terminó por escucharla. Volviéndose hacia ella como una fiera corrupia, le dio varios golpes en los hombros empujándola hacia atrás. Entre tanto gritaba:

–¿Qué estás diciendo tú de mi cuñado? Cuidadito, eh, cuidadito, que la lengua te la corto, deslenguada. ¡Para alimaña tu madre, corcho!

Pero un estruendoso ruido interrumpió la discusión. Se abrió una puerta del jardín que conducía a algunas dependencias administrativas del programa y que siempre permanecía cerrada, y entró en escena una enorme moto, una Harley Davidson. El hombre que la conducía vestía botas, tejanos, chaqueta de cuero y ocultaba su rostro con un brillante y negrísimo casco, cuya visera no dejaba pasar más miradas que la de los relampagueantes rayos del sol chocando contra ella. Dio varias vueltas alrededor del jardín forzando las revoluciones del motor, hasta que, con un indescriptible derrape que cubrió de barro las hortensias que con tanto primor había estado cuidando Dolores, se detuvo frente a ellos. Se apeó de un salto y, dirigiéndose hacia ella corriendo, abrazó a Ángela tan fuerte y con tanto ahínco que la levantó medio metro por lo menos del suelo. La mujer, sorprendida, llegó a gritar enloquecida. El motorista forcejeó con el enganche del casco, pero tanto le temblaban las manos que no acertaba a desabrocharlo. Nervioso, puso sus manos sobre las mejillas de Ángela y le preguntó:

–¿Es que no me reconoces?

Pero la voz, amortiguada desde detrás del casco, era irreconocible. En consecuencia, prosiguió aquél forcejeando por quitárselo. Finalmente lo consiguió y, al retirárselo, Ángela soltó una exclamación de júbilo y se abalanzó sobre él para besarlo y abrazarlo y colmarlo de la misma felicidad que la inundaba a ella.

–¡Sirius! –le gritaba, pues aquél era el animago–. ¡Oh, Sirius! Sirius... ¡Madre del amor hermoso, qué contesta estoy¿De verdad eres tú¿Qué haces aquí dentro?

–Voy a sustituir a Wood. ¡También yo voy a participar en el concurso! –explicó.

Los abrazos y los besos, acompañados de gozosas carcajadas, no se interrumpieron por largo rato. Ángela le preguntó cómo se encontraba su familia, cómo se encontraba su marido Sorensen, pero él no podía aportar ninguna información del exterior, según adujo. Como insistiera, tan sólo apuntó que se encontraban todos bien. A continuación, el animago se dirigió a los restantes concursantes, a los cuales saludó menos festivamente pero con formalidad. Un instante se detuvo frente a la hierática Dolores, dubitativo, pero finalmente también le alargó a aquélla la mano y ésta se la estrechó durante una breve fracción de segundo.

–Ven a que te enseñe la casa –lo apremió Ángela.

Su recorrido, el cual les permitió que Sirius fuese descubierto por Ludo y por Gilderoy, concluyó en el dormitorio, donde los dos solos deshicieron el equipaje del recién llegado. Ángela lo ayudó gustosa. Apenas podía dar crédito a la suerte que parecía acompañarla. Hasta entonces nunca había recapacitado en el afecto que profesaba por aquel hombre, pero en aquel momento, cuando se sentía tan sola, saber que compartiría su estancia con él y que sería el cayado sobre el que ella podría apoyarse la satisfizo enormemente. Entre tanto, como descubriría al salir, pues Sorensen estaba grabando en vídeo todas las emisiones de Gran Mago como recuerdo, se estaba produciendo en el comedor una apresurada reunión en la que Ludo y Gilderoy no participaron. Permanecieron éstos en el jardín, recogiendo los huevos plateados de las gallinas descabezadas y dándoles de comer.

–Debes tener mucho, mucho cuidado –la advirtió Sirius mientras la mujer lo ayudaba a guardar su ropa dentro de la cómoda que se le había asignado, interrumpiéndola, pues no hacía sino repetir lo contenta que estaba de ver una cara tan sobradamente conocida dentro–. Dolores no te quiere bien. Es una bicha mala. No puedo decir nada, ya sabes, de lo que he visto desde fuera, pero yo me pienso andar con cuatro ojos. Lo que no sabe esa mujer es quién ha entrado aquí dentro. ¿Te acuerdas de los huevos que se perdieron y de cuya falta te echaron la culpa a ti? Fuera han puesto los vídeos y se ha descubierto que se los comió ella. Se levantó en medio de la noche y se los zampó la muy insaciable.

–Pues estábamos pasando unas fatigas como para derrochar –se quejó la mujer–. No te preocupes, Sirius, que ya me he olido por dónde van éstos. El día menos pensado le suelto a la Dolores de los hue... un bufido que la dejo ni para acá ni para allá. Pero no por mí, no te creas, sino por Remus. Le tengo unas ganas a esa mujer que me parece una lástima que no podamos conjurar a nadie.

–Las reglas son las reglas –matizó Sirius–. Te expulsarían. Debemos ser inflexibles. ¿Qué te crees, que a mí me va a agradar compartir techo con esa intolerante e intolerable? Si he aceptado entrar, entre otras cosas, es para ayudarte a ti. –La mujer, sumamente agradecida, lo volvió a abrazar y besar–. Es cierto –recalcó–. Hay que ser fuertes. Ella quiere ganar, pero nosotros tenemos que usarnos de la misma astucia que ella y pararle los pies. Y Cornelius tampoco me agrada.

–Pero si Fudge ayudó a Remus a... –repuso Ángela extrañada.

–Sí, sí, ya lo sé –la cortó–. Pero incluso Remus está enojado con él. Hay algo, un no sé qué en su actitud muy desconcertante. Me he propuesto averiguar más. ¿A que no sabes lo que ha hecho Cornelius, eh? –La mujer cabeceó atenta–. Además de no avisar a Remus de que no iba a poder asistir a las reuniones del Gabinete de Sabios, designó él mismo a su suplente. Se presentó de improviso en el Ministerio. Pero eso no es lo peor. ¿Sabes qué más pasó? –La mujer no perdía palabra–. Remus, evidentemente, se interesó por él, y la información que recogió el Cuartel General de Aurores fue que tiene antecedentes en Nueva Zelanda y en Estados Unidos. Le dijeron, figúrate, que había matado con sus propias manos a un par de muggles –Ángela dejó escapar una exclamación–; les había reventado los huesos a martillazos, los había mutilado y los había enterrado en un cementerio indio protegiéndolos con no sé cuántos sortilegios. Pero eso no era lo único por lo que figuraba en el fichero del Ministerio. También se le encontró en el Departamento de Misterios una noche del mes de mayo de 1998 con otros tantos. Todavía no se ha averiguado qué hacían allí. Como te podrás hacer una idea, Remus lo echó del Gabinete inmediatamente.

–¿Qué quieres decir con eso? –le espetó ella–. ¿Que Fudge...? No lo entiendo.

–No quiero decir que Fudge sea un asesino ni nada parecido –se apresuró a decir–. Pero tampoco me parece un hombre del que poder fiarme. Vale, de acuerdo, hizo que Remus fuese ahora ministro. Pero ¿por qué¿Acaso te has parado a pensar en eso alguna vez? –Arqueó significativamente las cejas–. ¿Qué ganaba con ello? Pienso averiguarlo. –Adoptando otra expresión–: Pero abandonemos ahora esos asuntos, Ángela. ¿Quieres? Salgamos afuera. Charlemos con el resto. No dejemos que piensen que estamos confabulando en su contra, aunque así parezca. Hagamos vida en la casa.

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Los mandamases ignoraron a Rita, y ésta, aunque inútilmente, se enfadó. Dentro del confesionario, con la varita en ristre, los amenazó diciendo que iba a hechizar a alguno de sus compañeros; pero, al salir, cauta, se contuvo. Quizá su conformidad fuese debida a que, gracias a aquel heroico gesto, le habían proporcionado tres botellas de hidromiel que enseñó displicente al grupo. Pero, como no se cansó de repetir a lo largo de toda la noche, lo que ella había pedido era una fiesta, no tres «botellas de asquerosa aguachirle», como ella misma las denominó, que, tal como predijo, se consumieron tan pronto como fueron descorchadas. Aunque la entrada de Sirius no fuese enteramente de su agrado y mirase a aquel hombre tan amable para con Ángela con ojos de felina celosa de su territorio, Rita la aprovechó para insistirle a la directiva, pretextando que habían de realizarle una celebración de bienvenida. Su petición fue desoída y, a las cuatro de la madrugada, harta de repetir el mismo sonsonete, volvió a sacar a relucir su negra varita y, cogiendo a Gilderoy, lo apuntó con ella para volver a amenazarlos. Suerte que aquél estaba ebrio y se lo tomó a guasa; pensaba que Rita pretendía violarlo, con lo que gritó hasta la extenuación que tomase mejor a Ludo mientras se reía divertido. No obstante, varias horas antes, por fortuna, Ludo abriría las cervezas de mantequilla que aún quedaban en el frigorífico. No dejó ninguna de reserva, por lo que Cornelius se quejó, con voz clara y sosegada, aunque los nudillos después los tuviese amoratados de rabia. Ludo lo ignoró. Tan sólo golpeó con su varita el tapón con algo más de contundencia y aquél salió disparado contra la frente del exministro, que se rascó la zona del golpe con gesto inafectado. Con sumo cuidado, Ludo alcanzó la mesa con los botellines, pues hubo de ir zigzagueando para evitar a Dolores, que bailaba en torno de ellos con una horrenda falda de cancán. La afectaba el alcohol, la justificó Cornelius contemplándola sin afectación, sino más bien con mirada hiriente o excesivamente fría. Ludo se sentó entre Ángela y Sirius, y le tendió a este último una botella. Las restantes las dejó caer sobre el centro de la mesa. Cornelius, dedicándole a Ludo una hiriente mirada, recogió una y se la llevó a los labios, dándole un largo sorbo que, posteriormente, se secó con la mano. Echándole un brazo por encima del hombro al animago, Ludo, riendo afablemente, le espetó:

–Black... ¡Cuéntanos de ti! He de reconocer que no sé nada de ti desde... bueno, desde tu encarcelamiento. Desde que saliste –riendo–, te he perdido el control. Cornelius sobre todo estará deseoso de que le cuentes cómo huiste¿verdad, Fudge? –El hombre correspondió a su mirada con una severa expresión–. No, tío, no hace falta que nos hables de eso si no te apetece –adujo súbitamente–; quiero decir, háblanos de lo que quieras. ¡Pero de ti, eh! Es para conocerte un poco mejor. Vamos, anímate.

–No hay gran cosa, a decir verdad –musitó al comienzo–. Cuando salí de Azkaban, anduve por un tiempo errante, como un nómada del desierto. –Como Sirius se percató enseguida, Fudge estaba pendiente de todas sus explicaciones, como si las encontrase sumamente interesantes después que él había sido quien había tratado de apresarlo nuevamente–. Permanecí un tiempo en Hogsmeade, otro en Londres, y llegué incluso a refugiarme en el extranjero. Pero aquello fueron pocos días, en realidad. Aunque suene paradójico, me sentía seguro en Gran Bretaña. Por suerte, mi amigo Remus Lupin, el actual y excelentísimo ministro de Magia –la mirada de Fudge tembló–, y su esposa no temieron acogerme. Ellos sabían la verdad; que yo era libre, quiero decir. Estuve en su casa todo el verano y fue entonces cuando tuve la genial oportunidad de conocer a esta graciosa mujer –señalando a Ángela, que se ruborizó–. Con graciosa no me refiero a que sea sólo simpática o divertida, que lo es mucho, como habréis tenido de seguro la posibilidad de descubrir ya, sino a que es una mujer virtuosa. Pero ¿quieres saber realmente, Ludo, por qué parecía que me había tragado la tierra y nadie me descubría¿Por qué no se supo nada de mí hasta recientemente, cuando recibí la Orden de Merlín? Porque así fue en efecto, fui tragado por la tierra.

–Cuéntame, amigo mío –insistió Ludo en vilo–. Ansío por saber más de eso.

–Ahora mi mejor amigo Remus Lupin me lo ha explicado mejor: el Velo no puede ni debe ser retirado del Departamento de Misterios, donde está a salvo de un uso inadecuado. Pero en otro tiempo pensaba que era un objeto sobre el que la incompetencia ministerial –las miradas de Fudge y del animago se cruzaron– era incapaz de ejercer control. No te haces ni una idea, Ludo, de lo que es ese Velo.

–Ni tiene por qué hacérsela –intervino cortantemente Cornelius–. Si ese tan buen amigo tuyo hubiese hecho bien su trabajo no tendrías por qué ni saberlo tú. ¡Para algo existen los desmemorizadores!... No se puede hablar sobre los secretos del Departamento de Misterios. Sólo los inefables...

–Bla-bla-bla –remedó el animago con sorna–. Gilipolleces. Yo hablo de lo que me apetece. Eso es lo bueno de mi amigo, sabe. Él no es estricto, como era usted. Él es... ¡flexible! –golpeando la mesa con el puño contundentemente, tanto que todas las botellas oscilaron. Advirtiendo que se había alterado, dirigió de nuevo la mirada a su amigo y prosiguió–¿Qué te estaba diciendo, Ludo? Ah, sí, el Velo... –Fudge bufó–. Es un extraño... artilugio que hay en el Departamento de Misterios. Absorbe las almas, sabes. Y a mí me atrapó. Estuve unos dos años más o menos. Hasta que mi amigo Remus, con un par (como debería ocurrir con todos los ministros) –Fudge hizo rechinar los dientes–, también se metió en el Velo para rescatarme.

–Siempre dije que Remus haría un buen papel –apuntó Ludo, aunque Sirius, que sonrió complacido, no sabía que el comentario no estaba dirigido a él.

–¿Se metió en el Velo?... –se aventuró a preguntar Cornelius en un susurro.

–Así es, Fudge –contestó categóricamente Sirius–. Era la única forma de salvarme. Salí –volviendo a dirigirse a Ludo– y ¡figúrate mi sorpresa!: mi amigo de toda la vida se había convertido en el ministro de Magia. Por fin un ministro decente, pensé de inmediato. Y así ha sido, a decir verdad; en dos años largos que lleva en el cargo ha hecho más que los anteriores en dos décadas. –Sonriendo descaradamente–: Lo cierto es que con el último no simpatizaba mucho. Debía de dársele mal la burocracia, porque tuvo en su poder un informe archivado como X-747487, que nunca revisó. –Fudge se contuvo de responder nada–. Lo cierto es que no había en él pruebas concluyentes de mi inocencia, pero, de haber mostrado un poco más de interés, hubiera podido confesarle que Pettigrew seguía vivo. Aunque hasta eso me daba igual, sabes, Ludo. Te tengo que estar aburriendo. –Clavando la mirada sobre Fudge–: Por desgracia, nos han enseñado que la política es aburrida.

–A mí no me lo parece, Sirius –repuso Ludo–. Yo mismo trabajo en el Ministerio. Pero, si quieres hablar de otros asuntos más personales, no me molestaría.

–Sí, tienes razón –contestó–. Pues verás. Hace cosa de un año ya conocí a una mujer, Karina, que se convirtió en mi novia, y con quien estoy esperando una niña.

–¿Estás esperando una hija? –lo interrumpió Ludo–. Eso es magnífico.

–Sí, sí –acertó a decir Sirius mientras su compañero le apretaba vehemente la mano y lo hacía zarandearse mediante golpes en la espalda–. Vendrá para febrero. La llamaremos Laura.

–Laura Black. ¡Es un nombre maravilloso! –exclamó–. ¡Enhorabuena! Te aseguro que no me había enterado de nada. Últimamente no leo Corazón de bruja, he de reconocerlo. Me abruma tanto... ¡fanatismo! –Rio–. Estarás feliz, imagino.

–Muy, muy feliz –confirmó–. Espero que así pueda pasar página al fin acerca de mi dramático y terribilísimo encarcelamiento en Azkaban –repitió, clavando su ponzoñosa mirada sobre Fudge, que lo observaba a su vez a él impasible–. No te imaginas, Ludo, lo que son doce años en prisión cuando te sabes inocente. Si el Ministerio hubiese hecho su trabajo convenientemente... No lo culpo de nada, la verdad, pero no me dio la oportunidad de ser juzgado, ni juzgó a los próximos mortífagos que encarceló, que sabían de mi condición y de la suerte tenebrosa de Peter Pettigrew. He sido tan desafortunado toda mi vida –se lamentó pesarosamente–. Suerte que parece ahora mejorar. Pero se lo debo todo a mi genial amigo Remus Lupin; en absoluto al lamentable y patético ministrucho Cornelius Fudge.

Aquél se puso en pie, con el rostro todo encendido de furia. Tenía los nudillos apretados de rabia. Sirius se sonrió para sus adentros. A continuación, sólo que más sosegadamente, también se puso en pie. Su aspecto era conciliador. Al tiempo que le tendía un brazo amigo a Fudge para infundirle calma, le dijo:

–Perdóname, Cornelius, haz el favor. He sido un poco áspero, he de reconocerlo. –El pequeño mago se acabó sentando a regañadientes–. Tienes que comprenderme, he pasado una experiencia difícil de olvidar. Brindemos por nuestra pronta amistad. –Fudge entrechocó con él su botella a desgana–. Perfecto. ¿Sabe?, como estuve enclaustrado en ese Velo del que, al menos supuestamente, no se puede hablar, tengo una pequeña curiosidad que sólo tú puedes satisfacerme. ¿Puedo hacerte una pregunta? –Fudge aceptó serio y Sirius la formuló riendo–. ¿Por qué demonios tuviste a bien nombrar a un hombre lobo cualquiera como Remus como tu sucesor? Entre tú y yo, ahora que mi amigo no está presente, suena patético.

–Lo encontré... conveniente –explicó Fudge tranquilamente.

–Conveniente es una palabra ambigua, amigo mío –repuso. Le dirigía esporádicamente tensas miradas, pero, dado que fingía que se mofaba, sus ojos destellaban sonrisas. Por su parte, Ángela y Ludo, presentes a la conversación, observaban a uno y otro estupefactos, impertérritos–. ¿Conveniente para qué¿Conveniente para desempeñar el cargo¿O quizá conveniente para que la comunidad viese lo mal que lo hacía y pidiese tu regreso?

–¡Te recuerdo que yo mismo dimití! –estalló Fudge–. De haber querido continuar mi carrera política, no la habría abandonado personalmente.

Sirius hizo como que no lo había escuchado.

–Entonces... ¿conveniente para matarlo? –El rostro del exministro se tornó rojo de furia–. Sabes, Cornelius, no me cuadra –gesticulando expresivamente–. No, no me cuadra. ¿Sabes lo que creo? Lo que creo es que meditaste profundamente el asunto de tu sucesión, aunque no sé todavía por qué o con qué propósito. Remus me ha confesado que nunca lo toleraste hasta aquella mañana en que te volviste extrañamente afable con él. ¿Por qué? Me he propuesto averiguarlo. No creo que hayas cambiado en absoluto, Fudge. Considero que sigues siendo el mismo hombre despreciable de siempre. Te lo aseguro, lo averiguaré.

–Perfecto, pues, señor Black –habló Fudge sutilmente, poniéndose en pie–. Inicie sus pesquisas cuando guste. Dudo mucho que encuentre algo que fundamente sus sospechas, pero es libre de pensar lo que quiera. Dudo mucho, asimismo, que un peligroso presidiario, fugitivo para más señas, sea capaz de impartir justicia en este lobuno gobierno no regido por leyes de sensatez y cordura. Pero ¡adelante!, demuestre que me equivoco y ¡Santas Magias!, póngame en la cárcel. Si cree que le hice algún mal a su genial amigo designándolo mi sucesor¡adelante!, denúncieme. Pero con pruebas –pronunció delicadamente cada una de aquellas últimas tres palabras–. Dudo mucho que Lupin lo crea. A fin de cuentas, me debe mucho.

–Lo que te debe es algo que, según te he prometido, pienso averiguar.

Fudge, haciendo rechinar su dentadura, le dedicó una última y furibunda mirada y se marchó de la mesa con gesto iracundo. La fiesta acabó para él aquella noche. Sirius, satisfecho de su reacción, se frotó las manos.

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–No deberías haber discutido con Cornelius, Sirius.

Ludo había permanecido excesivamente sumiso y escueto en palabras aquellos días, pero, mientras se relajaba en el interior de la piscina, reposando su cabeza sobre el borde de la misma, con Sirius a su lado, le pudo el instinto y no se contuvo de pronunciar aquel comentario. Tal fue la apatía inicial del animago que parecía como si no lo hubiese tomado en consideración. Sólo Ángela, que estaba muy próxima a ellos, sobre la arena, tomando el sol, reflexionó al respecto y terminó por refunfuñar algo inaudible.

–Hice lo que tenía que hacer, Ludo –repuso Sirius al cabo de un largo rato–. Ni más ni menos. Y creo que me dominé demasiado. Ángela, que conoce mi carácter, puede asegurarte que me contuve. Ni será la primera ni será la última disputa que mantenga con él. No me parece trigo limpio.

–No es trigo limpio –confirmó Ludo. Gilderoy, en ese instante, apareció desde debajo del agua justo a su lado. Había estado buceando ayudándose del conjuro burbuja de aire–. No, no lo es. Por eso no debes darle motivos para que se enoje contigo. No lo conoces.

–Créeme, lo conozco –repuso con suficiencia.

–¡No! –cortantemente–. Crees conocerlo, pero es más que eso. Simplemente, Sirius, no te estoy pidiendo que abandones ese propósito tuyo de buscar la causa de su dimisión, sino que tengas cuidado. Son arenas movedizas las que estás pisando.

–¡Bobadas, Ludo! –exclamó–. Si dices eso es que no me conoces. Soy un hombre muy capaz. ¿Sabes cuántas veces me enfrenté a lord Voldemort? Ya no se pueden contar con los dedos de una mano. ¿Acaso Fudge es peor? Y olvidas que Remus es ministro. ¿Acaso Fudge es más poderoso que Remus? Y no digamos ya poder mágico. ¡Remus le da cien mil vueltas al enano pelón ese! Y que se atreva a tocarme un pelo, que... –Adoptó una graciosa expresión–. Eso si Helen no tiene una visión y me previene antes de un ataque. Ludo, ni te puedes imaginar lo bien organizado que hemos estado hasta el momento. No creo en los métodos, pero éste funciona. No temo a nada.

–¿Así que parece que Helen Lupin es realmente una adivina, no? –inquirió Lockhart sentándose en los escalones adoptando una amanerada pose–. Te escuché discutir con Sybill y tenía interés, Ángela. Nunca he creído en adivinos. Algunos son charlatanes. ¡Que no digo que tu sobrina sea...! Ya me entiendes.

La mujer asintió ensimismada. Ludo, observando a Gilderoy expectante, como si esperase o desease que preguntase algo más, como viera que callaba, se aventuró a preguntar él mismo:

–Entonces¿hay personas que son capaces realmente de predecir el futuro? Quiero decir¿es eso posible?

–Yo no sé si hay personas –contestó Ángela con desenvoltura–, pero mi sobrina lo ha demostrado repetidas veces. Ella lo es, quiero decir. –El mago quedó sumido en hondos pensamientos–. Pero no es un don. Lo más que ve la pobre mía son desgracias, día y noche. Tiene que ser frustrante. Lo del Wathelpun ese la tiene deprimida perdida. –Sirius, devolviéndole la mirada, asintió–. Mi pobre niña me ha asegurado más de una vez que el espinoso asunto ese le roba el sueño. Si pudiera hacer algo, sabe Rowling que lo haría.

–¿Wathelpun? –inquirió Lockhart. Ludo seguía ensimismado en sus cosas.

–Un villano por venir –explicó lacónicamente. Sólo entonces Ludo alzó la vista y, como viese Ángela que había captado su atención, prosiguió–: Se sabe poco. Que será más poderoso y destructivo de lo que fue Voldemort.

Ludo volvió a bajar la vista.

–En un caso así¿no se podría temer por el Ministerio de Magia? –preguntó.

–Sí... –respondió no muy convencido Sirius–. Con casi total seguridad. A Remus le preocupa eso, sí, pero no en exceso. Se está preparando para contrarrestar su venida.

–Entonces quizá no hayamos hecho mal –musitó tan bajo Bagman que nadie lo escuchó. Pero, en tanto decía para sí aquello, una nueva idea lo acometió, tan terrible y punzante que sintió su estómago empequeñecerse y encogerse su corazón–. ¿No estaremos gestando nosotros esa terrible amenaza?

–¿Has dicho algo? –le preguntó Sirius.

–No, nada. –Y, a continuación, volvió a sumirse en aquel punzante silencio de que había hecho gala hasta entonces. Sus meditaciones lo dejarían tan confuso que no le permitirían pegar ojo aquella noche.

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–Buenas noches, Sirius. Además de darte la bienvenida a Gran Mago, quería convertirte en el portador de una información sumamente importante de cara a las nominaciones que van a desarrollarse a continuación, esta noche –explicó el presentador, cuya faz aparecía en el televisor del confesionario–. Como portador de ella, podrás comunicar esa información a quien quieras, pudiendo aprovecharte así de sus ventajas. Ésta es tu recompensa por haber sido el ganador de la prueba semanal, así como, además, una estupenda cena que podrás compartir después de la gala con quien tú escojas, con la única condición de que sea un nominado. Dicho lo cual –frotándose las manos con fruición–, te doy esa interesante noticia, muy beneficiosa de cara a los cómputos y a los posibles pactos que podáis efectuar. Ha cambiado el sistema de nominación. –Sirius no dijo nada. Se quedó sólo pensativo–. Ahora me podréis dar un nombre más. Tres. Pero esos tres nombres o candidatos no tendrán la misma validez; es decir, nominarás a un compañero con tres puntos, a otro con dos y al último con un solo punto. De esa manera, al final, los tres concursantes con mayores puntuaciones serán los nominados de esta semana. Te repito, Sirius, que, como ganador de la prueba y portador de esta información, eres libre de transmitírsela sólo a los compañeros que tú desees. –Éstos serían Ángela, Ludo y Gilderoy–. Y ahora, antes de que te marches, aprovechando que ya estás ahí sentado, danos tus tres candidatos. Nomina.

Sirius se tomó el habitual preámbulo de recapacitación.

–De acuerdo. Con tres puntos voy a nominar a Cornelius. Esta primera semana me he dado cuenta de que es la persona con la que más encuentros he tenido y, además, es un mago con el que es difícil convivir. Es bastante prepotente. Tienen que hacerse las cosas a su manera y, básicamente, no comparto su política –se le escapó una sonrisa– de actuación en la casa. Los dos puntos, aunque a mucha gente le sorprenda, se los voy a dar a Rita. Con lo que se puedan sorprender algunas personas me refiero a que lo normal hubiese sido que hubiera nominado a Dolores¿no? Pero, como sé que Dolores va a salir nominada de sobra, evito así que Rita se escape de la nominación. No hay más motivo en ese caso. Así que, por último, con un punto, nomino a Dolores.

Umbridge se acomodó en el confesionario.

–Con tres puntos, a Ángela. Nos vamos tolerando, sí. Un poquito, vaya. Pero que ni por ésas, la verdad –gesticulando delante del objetivo exageradamente–. Es una prepotente y una chulesca. No tiene porte para dar ejemplo a la comunidad mágica en televisión. Es una tiparraca de calle, una barriobajera. No la trago. Con dos puntos, nomino a Ludo. Es un hombre simpático y no tengo ningún problema con él, pero esta semana ha habido algunas dificultades con respecto a él y no se ha comportado como se esperaba tratándose de una persona sensata y razonable. Por último, con un punto, nomino a Sirius. ¿La razón? Porque cojea del mismo pie que Ángela.

Gilderoy reparó en su traje antes de sentarse en el sillón del confesionario.

–Buenas noches –dijo–. Con un punto voy a nominar a Rita. La verdad es que no quería nominarla¿no? Ha sido un poco por exclusión. Es de los que me caen mal, o de entre los que no me caen tan bien, la que mejor me cae. Sí, ha sido por exclusión. Siguiendo ese mismo criterio, nomino con dos puntos a Dolores y con tres a Cornelius. Si tengo que dar alguna razón, basten las dichas: no tengo ningún problema con ellos, pero hay personas a las que no voy a nominar, y ésos son Ludo, Ángela y Sirius, le duela a quien le duela.

La voz del director dio la bienvenida a Rita, que acababa de llegar al confesionario y, con gesto afectado, se sentó en el sillón que dominaba la habitación.

–Con tres votos –explicó después de saludar a su familia y a su incontable lista de sobrinos– nomino a Ángela Fosworth. No me cae mal la pobre, pero ha estado muy afectada por lo de Oliver y creo que no le gusta lo de las expulsiones, con lo que opino que no está muy a gusto, aunque ahora esté Sirius... Vamos, que la nomino a ella. Con dos puntos voy a nominar a Ludo. A mi parecer, su carácter de esta semana ha cambiado un poco en relación con la anterior. No me gusta la gente así. Y, por último, con uno a Sirius. ¿El motivo? Mmm... Verás, ha sido el último en entrar y no me parece justo que ganase una persona con una desventaja de dos semanas. ¿Algo más?

Ludo se cruzó con Rita en el pasillo. También él había sido llamado para nominar. Le hizo a la mujer un gesto gracioso con el ojo para reclamar su atención, pero ésta hizo como que lo ignoraba y pasó adelante.

–Buenas noches –dijo nada más sentarse–. En primer lugar, con tres puntos, voy a nominar a Dolores. No tengo nada en contra de ella. Bueno, en realidad no tengo nada en contra de ninguno a los que voy a nominar, pero... Pero, bueno, es un poco por afecto, por encontronazos y esas cosas. ¿Qué decía? Ah, sí. Con tres a Dolores. Por eso, vaya. Con dos, a Cornelius. Aunque he tenido esta semana más tiranteces con Cornelius que con Dolores, creo que ella se merece más salir que él. Y, finalmente, con un punto, a Gilderoy, pero porque sé que no va a salir nominado. Es que a los demás no me hace gracia nominarlos, la verdad.

Cornelius fue el siguiente en nominar:

–Los tres puntos se los doy a Sirius. Me parece un hombre agradable y simpático, pero su carácter no concierta con el mío y prefiero nominarlo a tener con quien discutir. Ésa es la única razón, a decir verdad. Los dos puntos, siguiendo, se los pienso dar a Ludo. No me ha parecido... inteligente su comportamiento de esta semana. Con la entrada de Sirius se ha notado claramente que tiene una estrategia y que está tratando de manipular el orden natural de los acontecimientos. Lo cierto es que no me gusta el dúo que conforman el uno y el otro. Y, por último, mi punto es para Ángela. No creo que sea una buena concursante y que se merezca el privilegio de estar aquí. Eso es todo.

Ángela, que era la que faltaba, entró finalmente a nominar.

–Con tres puntos nomino a Dolores. No hace ni falta que diga motivos, porque cualquiera que haya seguido un poquito las cosas aquí dentro, en la casa, se habrá dado cuenta que tanto una como otra nos estamos enseñando las uñas constantemente. Rita no me cae tan mal porque no tiene tan malas ideas como la otra, pero, como la sigue en todo lo que dice, le voy a dar a ella los dos puntos. Y con un punto, para terminar, voy a nominar a Cornelius. Esta semana me ha parecido que se pica con demasiada frecuencia por cualquier menudencia y no estoy por la labor de soportar un carácter tan agrio como el suyo, la verdad.

Pasado un rato, Henry Miló apareció en la pantalla del televisor de plasma. Los integrantes de Gran Mago, sentados en torno al sofá, prestaron suma atención. Las noticias que iba a compartir con ellos de inmediato el presentador eran vitales:

–Ya hemos efectuado el recuento de votos. A continuación voy a referir la lista de nominados, atención. Ángela, estás nominada. Dolores, sí estás nominada. Sirius... No estás nominado. Cornelius, sí estás nominado. Ludo, no estás nominado. Gilderoy, no estás nominado. Rita, no estás nominada. –Se hizo por un instante un tenso silencio–. Bien. Por decisión casi unánime, escogisteis el domingo pasado como patrón de la casa a Cornelius. De acuerdo, Cornelius. Sabes que una de la funciones de ese cargo es salvar a uno de tus compañeros, o incluso a ti mismo, de la lista de nominados. Te la recuerdo: Dolores, Ángela y tú mismo sois los candidatos. ¿A quién salvas de la nominación?

Cornelius apenas se paró a meditarlo.

–Aunque sé que puede quedar mal visto desde fuera –dijo–, todos aquí dentro somos conscientes de que esto es una batalla individual y nos aferramos con uñas y dientes a la mínima posibilidad que se nos presente de continuar. Sé que mis dos compañeras van a comprender mi decisión de salvarme a mí mismo.

–Perfecto, pues –exclamó Henry Miló–. En consecuencia, la lista de nominados ha variado notablemente. Procedo. Cornelius, no estás nominado. Ángela, sí estás nominada. Sirius, no estás nominado. Dolores, sí estás nominada. Gilderoy, no estás nominado. Ludo... ¡Sí estás nominado! Y Rita... ¡Sí estás nominada! Antes de cerrar la conexión, tengo que preguntarle a Sirius cuál ha sido de sus compañeros nominados el que ha escogido para que lo acompañe en la cena con que se le ha premiado. Dime.

Tampoco éste lo pensó mucho.

–Claramente, escojo a Ángela.

–Muy bien. Cuando termine la conexión, podréis dirigiros a la sala de expulsiones, donde se ha instalado el servicio. Buen provecho. A los demás me queda desearos suerte y deciros que os vaya todo muy bien hasta mi próxima visita, el próximo jueves con motivo de la expulsión. Mucha suerte y ánimo a los cuatro nominados. Hasta pronto.

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Sirius volcó suavemente la botella de vino para rellenar la copa de Ángela, que, cuando la vio llena según su gusto, le hizo delicadamente un gesto con la mano para pedirle que lo dejara. El hombre, sonriendo, dejó la botella justamente a su lado y, tomando su propia copa, le pidió a Ángela que brindaran.

–Esto parece una cita¿no crees? –riéndose–. Falta que te hubiera regalado un bonito ramo de flores y que nos demos un beso cuando llegue el postre.

–Voy a tomarlo como un chiste y me voy a reír.

Así lo hizo, histriónicamente. Pero Sirius tenía razón, en parte: habían preparado de tal forma la sala de expulsiones que ésta había perdido su encanto terrible y había adoptado un aura de sensualidad envidiable; las paredes oscuras lucían una suave tonalidad rojiza; pendían ramilletes de magnolias de floreros redondos y planos que flotaban por encima de sus cabezas; habían instalado igualmente una elegante mesa en el centro de la habitación, cubierta con un delicado mantel de blanco lino, que sustentaba los más sabrosos manjares cuyo sabor Ángela creía haber olvidado ya.

El animago alzó su copa y Ángela lo imitó rápidamente. La figura del animago aparecía translúcida a través del rojo líquido que pronto besaría los labios de la mujer. Pensaron un momento, en silencio. Fue Sirius quien interrumpió primero su mutismo.

–¡Por el momento, por nuestra estancia, por la confortabilidad y por la paz!

–Qué demonios, Sirius –protestó ella–. ¡Por que se vaya Dolores!

Y sus copas castañearon sordamente, correspondiendo a sus deseos. Dejaron escurrir el dulce aroma de sus bebidas por sus sedientos cuellos y dejaron escapar un relamido suspiro de satisfacción. Ángela elogió el vino y Sirius acabó correspondiendo, con un asentimiento, a su comentario.

–No hemos brindado por que las cosas marchen bien fuera –apuntó Ángela–. Qué desconsiderados¿no te parece? –Callaron sus labios cuando un nuevo trago de vino los abrazó–. Ya sé que no puedes hablar de lo que pasa fuera, aunque... ¡Aunque no has hecho más que contarme cosas y los de arriba no se han quejado! Como lo del tipejo ese que quería sustituir a Fudge, por ejemplo... Podrías contarme algo más de la familia. ¿Qué te cuesta? –Se calló un instante–. ¿Está Mark, mi hijo, bien? –El animago se limitó a asentir–. ¿Y tu novia, Karina, cómo está? Espero que el embarazo le esté resultando llevadero. Me encantaría estar a su lado para apoyarla. –Sonriéndose–: Aunque sólo haya tenido uno, sé lo que es un embarazo. Mark fue un bebé tan cochino, sabes. Era muy revoltoso. Todo el día me estaba dando patadas y se movía como un torbellino. Sabía que iba a ser travieso. –Se calló un instante–. Así que Laura. –Sirius volvió a asentir–. Es un bonito nombre. Me gusta, sí. ¿No piensas decir nada hoy¿Piensas asentir a cuanto diga o haga? Qué pena que mi Soren no sea tan conformista –se burló.

–No es nada –dijo por fin–. Es sólo... –Se rio tontamente–. Te vas a reír. –Ángela le prometió que no lo haría–. Pensé que echaría a Karina de menos¿no?, pero tengo un... "algo" que me aprieta el estómago y que no me suelta. Es que... no quiero hablar de eso porque estoy sensible. No me gustaría que me vieses... llorar. ¡Hay cámaras!

–Oh, perdona, hombre –se mofó Ángela–. ¿Y qué problema hay en que te viesen llorando¿Es que sería deshonroso? Yo no encuentro nada más hermoso que un hombre llorando como un niño chico. La última vez que mi Sorensillo lloró fue porque se pilló la mano con la puerta del horno, pobre. Bueno, y, claro, cuando nos despedimos. Eres tan orgulloso, Sirius. –Cuando el hombre quiso darse cuenta, la mujer le había cogido una mano y se la acariciaba con ternura–. Es normal que estés ternucho, hombre. Tu mujer está embarazada y tú estás lejos. Tienes que echarla muchísimo de menos¿no es así? –El hombre asintió–. No te preocupes, Sirius. Ella te tiene que estar viendo y pensando...

–¡Calla, Ángela, por favor...! –exclamó Sirius llevándose un par de dedos a los ojos para restregárselos–. Que estoy bien, no me hagas que inunde los filetes. ¿O es que quieres verme llorando?

–Te mentiría si te dijera que no me haría gracia –confesó tranquilamente–. Por cierto¿de quién fue la idea del nombre de la niña¿Tuya?

–No, de Karina. Su madre se llamaba Laura también...

–¡Oh, es verdad! Ya lo recuerdo. La señora White, menudo personaje. Era lo mejor de mi hermana y lo mejor de mi cuñado en una persona. Aunque yo ya era mayorcita cuando la conocí, me trataba como a una colegiala. Creo que, en realidad, lo que temía era que fuese una mala influencia para su hija. Incluso trataba de coartarla para que no se juntase conmigo. Un verdadero caso. Te hubiera encantado tu suegra, Sirius, lástima que Rowling se la llevara tan pronto. Yo en el fondo la apreciaba y todo.

Calló un instante, durante el cual bañó sus rojos labios con el rojo líquido de su copa. Los vívidos ojos de la mujer analizaron el callado rostro de su compañero, que la observaba a su vez a ella con ojos apagados, con la copa sujeta en su mano sin ánimo.

–¿Para qué diantre me has invitado, Sirius? –le recriminó con sorna–. Estás tan hablador que me llegas a dejar dentro con Dolores y creo que me lo paso mejor y todo. ¿Se puede saber qué demonios te pasa esta noche? No has probado ni un bocado de tu plato, no has abierto la boca nada más que para decirme que estás apático como para hablar y que te da un no sé qué llorar... ¡Sirius!, no te reconozco. ¿Qué te pasa?, dime.

Los ojos del animago la esquivaron durante unos segundos. Por fin llevó su inerte copa a sus labios para silenciarlos. Al retirar el cristal, Ángela seguía observándolo atentamente, arqueando una ceja.

–Me vas a decir que estoy paranoico... –apuntó.

–¡Dime algo que no sepa y ya veré lo que te digo o te dejo de decir! –exclamó ella–. Sirius Black, por el amor de Rowling, que no te reconozco. ¿Me vas a decir qué te pasa? Que me voy a empezar a preocupar y todo.

–Fudge...

–¿Fudge? –inquirió extrañada–. ¿Fudge¿Qué... diantre pasa ahora con él?

–¡Lo de siempre! –extendiendo los brazos con fastidio–. ¿Lo has visto hace un rato? Maldito cobarde. Ha preferido salvarse él mismo antes que ayudar a otro.

–Bueno¿y qué hay de malo en eso? Cobarde, sí. Pero podía hacerlo.

–¿Es un egoísta, no? –Ángela asintió lentamente, sin saber por dónde discurrían los pensamientos de su amigo–. Pues bien –exasperado–, no me imagino a un ególatra como Cornelius Fudge entregándole su cartera a un hombre lobo como Remus...

–¿Otra vez estás con eso? –le reprochó la mujer–. ¿No te cansas?

–..., al que, para más inri, le tenía hasta hace bien poco mucha, mucha manía.

–Las personas cambian, Sirius.

–¿Sí? Pues dime tan sólo una que haya cambiado tan de la noche a la mañana.

Ángela lo pensó un instante largo, al término del cual adujo con voz potente:

–Snape, por ejemplo. –Sirius le dirigió una vacilante mirada de reproche–. Helen me contó su historia, muy entrañable, por cierto. Él cambió.

–Mira, Ángela, en el hipotético caso de que lo de Severus fuese... cierto, lo que no le quita otras cuantas cosas que ha hecho después, no estamos hablando de él. ¡Estamos hablando de Fudge!, un gorrino que sabe hacer magia, un narcisista, un mírase-su-propio-ombligo¡un mal tipo, Ángela! La gente así no va regalando puestos de interés del Ministerio así como así. No sin una buena justificación. Y él no la tiene.

–Mira, Sirius –imitando burlescamente su tensión al explicarse–, Fudge no es un santo, lo sé. –Relajándose–: Pero... Tú no estuviste aquel día, Sirius. No sabes lo que aquello representó para cada uno de nosotros. –Sus ojos brillaron al evocarse en su retina imágenes del recuerdo–. Creíamos que íbamos a ver una mera entrega de premios, Sirius, pero nos encontramos con algo más grande y sorprendente. Algo inesperado. Fudge se comportó como un caballero. Dimitió por respeto a la comunidad. E hizo que Remus lo sustituyera por... dignidad, por limpiar su conciencia, no lo sé en verdad. Pero, fuese lo que fuese, tú no estuviste allí, Sirius; tú no fuiste capaz de... advertir el respeto y cariño que flotaba aquel día sobre el atrio del Ministerio. Creo que fue uno de los momentos más bellos que he vivido en toda mi vida.

El animago cabeceó lentamente. Dio un largo sorbo a su copa hasta apurarla y, después, limpiándose con el antebrazo, repuso:

–Estás equivocada, Ángela. Vale, no estuve aquel día, pero piensa que quizá es eso lo que me hace verlo todo con un poco más de objetividad¿no crees? Me encantaría poder demostrarte lo que siento, pero no es más que una intuición. Ojalá Helen estuviese aquí –melancólico–. Ella seguro que me entendería.

La mano de Ángela volvió a rozar con ternura la velluda del hombre. Los ojos de él se levantaron despacio hasta encontrarse con la tranquila sonrisa de la mujer.

–No pienses que dudo de ti, Sirius. En absoluto. También yo me considero intuitiva, pero ahora no percibo nada. Eso no me convierte en tu enemiga. Me convierte más bien en un obstáculo, en una pesada que te va a estar dando la lata hasta que te comas todo tu plato. –Consiguió despegar una sonrisa tibia en el animago–. Venga, vamos. Come algo. Te sentirás mejor. Además, no voy a dejar que me convenzas sobre nada con el estómago vacío. Sirius, por favor. –Los ojos del hombre centellearon–. Quiero creerte, créeme. Pero me cuesta.

–No te preocupes, Ángela –correspondiéndole el gesto–. Sí, al final va a ser que estoy paranoico de verdad. No me tomes lo que he dicho en cuenta. Estoy algo pesado y ya está. Es que me... Es que me preocupa que estés nominada. No me había dado cuenta de lo buena amiga que eres, no, no me había percatado.

–Anda, come. –Y mientras se llevaba un bocado a la boca–: Qué tonto eres.

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LA OPINIÓN PÚBLICA PIDE LA EXPULSIÓN DE UMBRIDGE

Los magos y brujas que hayan paseado últimamente por el callejón Diagon habrán apreciado la clara variación que ha padecido esta vía en estos últimos días. Y no me refiero, claro está, a los espectaculares cambios que ha experimentado la tienda de confección de Madame Malkin, así como a la línea estética que ha comenzado a expender desde su fusión con El porte francés, a la cual ya nos hemos referido en numerosos artículos publicados en esta misma revista. No, amigas. A lo que me refiero con "sustancial modificación" es al puesto ambulante anclado frente a Ollivander, regentado por la presidenta de la A.D.B.H. (Asociación en favor de los Derechos de la Bruja Honrada), la bruja Angelina Costanza. Orgullosas del cartel que pende en la parte delantera del puesto, «Abajo la Dolores, abajo los rumores», sin miramientos legales aparcaron su puestecillo donde todavía hoy se encuentra el pasado viernes 29 de septiembre, tras conocer el resultado definitivo de las nominaciones de Gran Mago V.I.P. (más información acerca del concurso en páginas sucesivas). Desde entonces, su misión ha consistido, además de en convencer a los viandantes para que voten a Umbridge para que salga expulsada, en entregarles a los más participativos lechuzas que partidarios de la causa les han concedido para que emitan su voto.

Hasta el momento, como nos ha revelado alegremente Angelina Costanza, han enviado más de quinientas lechuzas. «Estamos muy orgullosas», confesó a nuestra reportera. «Estamos muy afectadas por el comportamiento que manifiesta Dolores Umbridge en el interior de la casa y ésa es la razón por la que nos hemos movilizado. Ya sé que la gente está en contra y que piensan que deberíamos invertir nuestro dinero en asuntos más trascendentales, pero ¡es nuestro dinero, corcho! Con él podemos hacer lo que queramos. Abajo la Dolores.»

Aprovecho la redacción de mi artículo para felicitar la labor de Angelina, ya que yo estoy de acuerdo con su postura y me sumo a su importante labor. Ella bien conoce cuál es la opinión generalizada de nuestra revista en relación con los concursantes de Gran Mago V.I.P., así como todos nuestros lectores. Para finalizar, espero tan solamente que Dolores salga expulsada y Ángela y Ludo regresen invictos y gloriosos.

Marta Skeearch (periodista de investigación y reportera canina)

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El jueves de expulsión los alcanzó tan deprisa que ninguno se había percatado de lo rápido que había pasado el tiempo. Aquella mañana neblinosa, en la que llegó a lloviznar incluso, Dolores se levantó muy temprano para cuidar de sus hortensias. Se obstinaba en no reconocer que la precipitación de barro ocasionada por el derrape de Sirius al entrar había dado al traste con su maravillosa plantación. Pero, como si lo intuyera o en su interior no pudiera mentirse a sí misma, maldecía al animago con todas las fuerzas de su ser. Al salir al exterior, Dolores descubrió a Ludo reclinado sobre una hamaca, despierto. No había despuntado el sol aún, pero la aurora brillaba ya con cierta intensidad. Sus miradas se cruzaron un instante. Al siguiente, Ludo dio un salto y se apeó de la hamaca. Se proponía regresar al interior de la casa.

–Por mí no tienes por qué irte –escupió la lengua ponzoñosa de la mujer.

–No me voy por ti –replicó molesto Ludo–. Me voy porque tengo hambre y quiero desayunar.

–¡Ah! Vaya, me pensaba... Lo que quiero decir, Ludo, es que no te molestes conmigo. No quiero que te vayas esta noche enfadado conmigo. –Sus ojos irradiaban odio–. Porque ambos sabemos que el que se va a pirar eres tú. Te van a echar como a un perro.

Ludo no dijo nada. Se marchó disciplinadamente, conteniéndose, la cabeza gacha.

Dormían, mientras tanto, cuando Ángela, dando un brinco imprevisto que dejó a todos en suspenso, mal despiertos, y a Rita escupiendo gritos sin descanso por la sorpresa, salió disparada como un cohete en dirección a la puerta. Corrió la mujer del bibliotecario hacia el cuarto de baño, hasta donde su amigo Sirius la siguió, frotándose los ojos con desesperación y arrastrando con pesadez sus confortables pantuflas de pelo. Llamó varias veces a la puerta, cerrada como la de una muralla. Le preguntó si estaba bien, pero la mujer, desde dentro, no le respondió. Tan sólo la escuchó forzarse el vómito. Cuando salió, además de comprobar su lívido rostro, pudo preguntarle personalmente si se encontraba bien. La mujer respondió que estaba mareada, que sentía náuseas, sólo eso. La invitó a desayunar. Encontraron a Ludo dispuesto frente a la mesa, con el mentón apoyado sobre la mano, mirando nada en concreto. El animago le preguntó si tenía hambre y, como le respondiera que sí aunque no con demasiado ánimo, les indicó a sus dos compañeros que se sentasen, que él les iba a preparar el desayuno. Los forzó a apurar hasta la última gota un café bien cargado que había dispuesto para cada uno. Mientras sorbían de él con parsimonia, silenciosos, observándolos, Sirius determinó para sí que aquél día sería interminable. La refutación le llegó cuando Rita se levantó y, todavía no despabilada, se pilló un considerable mechón de pelo con la trituradora del fregadero. Sirius, volcando la silla, tuvo que acudir raudo para rescatarla. El resultado no fue muy atractivo para Rita, que acabó pasándose el resto del día contemplándose frente a un espejo y solicitando a la administración una peluca o un implante de pelo, pero consiguió despegar unas sonrisas en Ángela y Ludo. Aquello, pensó, no tenía precio, aunque fuese el pelo de Rita.

Fue la voz del director del programa la que, veinte minutos antes de la conexión con el plató de Gran Mago, les indicó que tenían que entrar definitivamente en la sala de expulsiones. Había caído ya la noche más oscura que Ángela recordaba en aquella semana. Se despidió con nostalgia de Sirius y los demás compañeros que se quedaban. Aunque no nostalgia por ella, en realidad. Como le había confesado a su sobrina en multitud de ocasiones, creía funcionar por medio de instintos, y en aquella ocasión su instinto le decía que ella no se iba a marchar. Pero su estómago no dejaba de darle brincos en el interior de su cuerpo y, a cada uno de ellos, se decía que algo iba a salir mal.

La sala de expulsiones era negra, aunque bien iluminada. Unos focos móviles alumbraban la estancia con un ritmo frenético. Aunque el mobiliario había sido muy distinto y mucho más atractivo la última vez que Ángela había estado allí, en aquella ocasión no había más que un mudo sofá blanco en el que se acomodaron como pudieron. Aguardaron pacientemente. Apenas intercambiaron comentarios entre sí: Rita dijo imprevistamente tan sólo que aquel mechón suyo le iba a costar caro a la organización del programa, mientras que Dolores, pidiéndole silencio, no hacía más que mirar la pantalla oscura del televisor en el que, en breve, aparecería el rostro dictaminador con su sentencia definitiva. Ángela temía aquel momento. Temía estar tan nerviosa que se le saltaran las lágrimas y se le empañaran los ojos, o que no acertara a articular sonido. Por eso, aunque el hombre no le dijera nada, agradeció que una de las manos de Ludo estrechara con cariño una de las suyas.

Entonces la televisión se encendió. Ángela no era capaz, minutos más tarde, de recordar sobre qué habían estado hablando. Como imágenes salteadas en su mente, le era posible rememorar que Henry Miló les había estado haciendo preguntas y que ellos las habían respondido. Incluso ella misma había participado en aquella conversación que, instantes más tarde, olvidaría. Tan sólo recordaba la frase clave:

–La audiencia ha decidido que debe abandonar la casa... –Se le heló la sangre, se le disparó el pulso. La mano de Ludo sudaba copiosamente. O quizá era la suya propia, no lo sabía con seguridad. Tenía los labios secos, sentía una profunda sed. Hubiera deseado poder levantarse repentinamente y gritar e interrumpir el programa; o largarse de la sala de expulsiones de regreso a la casa. Pero se contuvo de hacer nada, la vista fija en el impasible presentador–... ¡Ludo Bagman!

Soltó bruscamente la mano del hombre. Sus ojos seguían intensamente puestos sobre el presentador, que los miraba a su vez serio. Los deseos de gritar se esfumaron. Ahora tan sólo tenía ganas de golpear, de arañar, de patalear como una niña. Silenciosas lágrimas comenzaron a derramarse por sus pálidas mejillas, las cuales empañaron sus gafas. ¿Por qué no habían expulsado a Dolores?, pensaba mientras se levantaba de golpe para abrazar a su amigo. Había anidado durante toda la semana, contra su fatal instinto, aquel asomo de esperanza. El hombre la recibió en sus brazos y la apretó con igual cariño. Se esforzaba en constreñir los párpados, como conteniendo el llanto.

–Despídete de Gilderoy y de Sirius de mi parte –le rogó.

–¿Por qué tú?... ¿Por qué no Dolores? –sollozaba Ángela de rabia.

–Deja eso ahora, Ángela. Eso no importa –apretándola con mayor fuerza y apartándola unos metros de donde Rita y Dolores los miraban–. No me arrepiento de nada, Ángela. ¡De nada! Pero tengo que pagar lo que he hecho. Soy un traidor.

–¿Un traidor?... No te entiendo.

–Dile a Lupin, dile a tu cuñado, por favor, por el amor de Rowling, que pase lo que pase, que oiga lo que oiga o averigüe lo que averigüe, yo le fui fiel. ¡Siempre! Me conoces, Ángela. Sabes que al principio soy un poco... intrépido ¡o estúpido!, pero que me corrijo enseguida. No soy un mal tipo. Yo no quería hacerle ningún mal a nadie. No sabía en lo que me metía. Díselo a Lupin, prométemelo.

–Eso no importa ahora, Ludo –repuso–. ¡Qué rabia!... No quiero que te marches. No tú. Así es una batalla perdida. ¿Cómo puede haber caído Dolores mejor que tú?

–Conocen a mucha gente, Ángela. Son poderosos, muy poderosos. No me extrañaría que hubiesen alquilado la lechucería de Hogsmeade para mandar constantemente votos contra mí. No te preocupes por eso ahora. Ahora no. Ya es tarde. No hay vuelta atrás. Dile a Lupin... Dile a Lupin que la clave está en la Sala de las Profecías. Yo no la conozco, pero sé que hay una profecía que le explicará cuál es el motivo por el que él está en el despacho principal del Ministerio y Cornelius no. Dile que la busque. Y recuérdale que le fui fiel.

–¿Qué quieres decir con eso, Ludo? No te entiendo...

–Existe un complot, Ángela –bajando todavía más el tono de voz–. Uno en el que yo participé inconscientemente al principio, o estúpidamente, tómalo como quieras. Pero ahora he cambiado de parecer. Estoy del lado del Licántropo. Recuérdalo, la clave está en el motivo por el que Fudge abandonó el Ministerio.

–La profecía...

–Así es. Ésa es la clave. Pero ahora se piensa que puede ser falsa y Cornelius quiere recuperar el poder. El Ministerio está invadido de secuaces suyos que no dudarán en dar un golpe de Estado. Le he oído repetir muchas veces que quizá ésa fuese la amenaza con la que Gran Bretaña se iba a encontrar según la profecía.

–Pero ¿de quién es la profecía?

–No lo sé. No sé nada que tenga que ver con ella. Era un aliado, un secuaz más, nada más. No me hubieran confiado algo tan importante. Por lo que intuí, tiene que ser una mujer; al referirse al que la dijo sólo decían "ella". Pídele que busque su registro. Se hizo poco antes de que Cornelius dimitiera.

–Creo que deberías marcharte ya, Ludo –masculló Dolores remarcando ácidamente cada palabra. Tanto Rita como ella no habían escuchado una sola palabra de las dichas por el hombre. En silencio, impasibles, lo observaban cuchichearle al oído a Ángela. Pero Dolores sentía una corazonada y estaba intranquila.

–Díselo, Ángela. Sin falta. Que busque la profecía. Es la única forma de incriminar a Cornelius. Y recuérdale lo de que le soy fiel. Recuérdaselo, Ángela, por el amor de Rowling. Que lo haga sin demora o, de lo contrario, temo que la mitad del Ministerio se levantará tarde o temprano en su contra. Como te he dicho, hay otros muchos que están confabulados con Cornelius. El Ministerio ya no es seguro, Ángela.

–Ludo –resonó la potente voz del presentador del concurso–, tienes que abandonar la casa. Te espero en plató. Termina de despedirte de tus compañeros.

Ludo volvió a abrazar a Ángela y se marchó sin despedirse ni dirigirle ni una palabra a sus restantes compañeras. Había quedado desencantado con Rita cuando, días antes, había vuelto a discutir con Cornelius por una menudencia y aquélla se había puesto a favor de su adversario. Pidió que se abrieran las puertas que conducían al exterior y, dirigiendo una nueva y última mirada a Ángela, se esfumó, se perdió entre la niebla. Su ancha espalda quedó sepultada bajo la gris penumbra.

–Se lo diré, Ludo. Volveremos a vernos, tú tranquilo –elevó Ángela la voz.

Mentía, aunque sin saberlo. Cuando terminó la entrevista con Miló, Ludo suplicó a la dirección del programa que lo escoltasen hasta el hotel en el que pasaría la noche y que, a ser posible también, le concedieran un guardaespaldas hasta que pudiera conversar con el ministro para solicitarle protección. Nadie le hizo caso entonces. Creían que bromeaba, tal era su costumbre. Aquella conversación quedaría como una mera anécdota hasta que, dos días más tarde de su expulsión, saltase a la prensa. El cuerpo sin vida de Ludo Bagman había sido hallado en el interior de un contenedor de basura, casi irreconocible. El mismo Remus Lupin se apareció en el lugar para reconocer el cadáver y prometió entristecido que averiguaría las causas de tan terrible desenlace. Comenzó entonces a creer en las palabras que le había escuchado decir por televisión. Buscaría el registro de aquella profecía, de aquella enigmática clave.

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Gilderoy, nada más levantarse, se recomendó a sí mismo, mientras se preparaba diligentemente un frugal desayuno, que tenía que ser fuerte. Culminó su particular y emotivo parlamento para con sus adentros con un «es lo que Ludo querría si siguiese dentro». Ángela y Sirius le resultaban amistosos y simpatizaba con ellos y con su compañía, pero Ludo había sido su mejor amigo, su compañero más íntimo, dentro de la casa, y aquello era algo que no se podía olvidar tan fácilmente. Mientras mordisqueaba sin apetito una tostada deficientemente untada de mermelada, muchos espectadores que seguían el curso del concurso en directo sintieron conmiseración por el pobre mago; si supiera que su amigo Ludo, por el que todavía tres días después de su marcha sentía una profunda añoranza, no había partido sólo de la casa, de su lado, sino físicamente del mundo¿cuánta más añoranza hubiera sentido, o padecido más bien¿No habría derramado negros cenagales por sus ojos y cubierto de culebras de su boca a los impíos asesinos, autores de tan cruel acto? Pero abandonemos los ensalzamientos y las maldiciones hasta el momento de su salida.

Rita se burlaba del pobre mago. Le decía que tenía que espabilarse y dejar apartada esa cara de pazguato, literalmente, que poca o ninguna relación podía tener con aquella otra que lo hizo merecedor de tantos premios. Y, por último, en un arrebato de bondad infinito y de extrañísima naturaleza, le reprochaba con voz cándida:

–Tienes que volver a sonreír, Gilderoy Lockhart. Aunque sea para encantar.

Dolores no tomaba por broma aquellos primeros reproches de Rita ya señalados. Creía que su amiga los profería cabalmente y, astuta como un zorro, le recriminaba su conducta con ojos de madre preocupada. Sus labios le confesaban, y repetían insistentemente, a Gilderoy que lamentaba la expulsión de Ludo, pero su corazón brincaba en su pecho de gozo y algarabía; tanto, que sus comisuras se dejaban arrastrar por aquella apasionada danza y acababan dejando traslucir una sonrisa hueca, vacía y endiablada. No lamentaba la suerte del hombre, como tampoco lamentaría, al salir, la más trágica suerte que le había deparado; pero tampoco su situación entonces favorecía el que se pudiera preocupar por la fatalidad de otros, puesto que su estrella tampoco brillaba en lo alto del cielo. Pero, de nuevo, me vuelvo a adelantar al curso natural de los acontecimientos.

Esta hipócrita actitud de Dolores había abierto un claro frente bélico dentro de la casa, en el cual Ángela y Sirius, lejos de mantenerse al margen, fueron parte activa. Podría asegurarse que, a excepción de en las comidas y en las pruebas semanales, los dos grupos que claramente se habían formado en el interior de la casa no se relacionaban en absoluto. Trataban, incluso, de evitar cualquier roce innecesario, cualquier cruce no indispensable en el pasillo¡cualquier cosa, por menuda que fuera! Hasta Sirius y Ángela (y Gilderoy, evidentemente, que los había seguido) habían adoptado la no gratuita postura de dormir todas las noches en el jardín al aire libre, disfrutando del buen tiempo que imperaba; no gratuita, digo, porque aquella determinación sería el detonante para el grupo contrario, que interpretó su gesto como un esputo que le acabaran de lanzar en medio de la cara. Dolores, de natural vengativo, sorprendió al día siguiente al incauto Gilderoy con una templada taza de café.

–Habrás pasado frío –le dijo con una bien estudiada sonrisa–. Ten, toma. Te reconfortará. –Y mientras se alejaba agradecido–: Te dejará como nuevo.

La había envenenado.

El pobre no lo descubrió –y ni siquiera entonces– cuando comenzó a sentir un extraño estertor en el pecho, sufrió insuficiencia respiratoria y acabó desmayado, cual un zorro abandonado y patético, sobre la alfombra de la sala de estar. Pasó dos días fuera de la casa, recuperándose en el Departamento de Sanidad que el concurso había habilitado en la misma casa, en unas dependencias anexas pero de entrada limitada para los participantes a menos que se produjeran situaciones de tratamiento especial, como aquélla. Aquella postura, evidentemente, impidió que Sirius y Ángela pudieran visitar a su maltrecho amigo, del que las voces superiores del programa dijeron que se hallaba bien. La explicación no era satisfactoria: Ángela amenazó con marcharse y, viendo que no surtía efecto, con destruir un cuadro. Su decisión parecía inflexible.

Sólo a media noche, hurtado en su más profundo sueño, con un escarabajo pelotero planeándole por encima de la nariz, Sirius fue despertado. Al escuchar que los promotores del concurso lo llamaban por megafonía para que compareciera en el confesionario, se sobresaltó. Apenas despierto, boquiabierto, andando maltrecho, arrebujado aún en una manta de cuadros rojos, atravesó el largo corredor hasta la susodicha habitación. Abrió la puerta por inercia y se dejó caer sobre el cómodo sillón orejero con toda la fuerza de su cuerpo. Instantes más tarde, completamente despabilado, zarandeaba a Ángela, que dormía a pierna suelta en el jardín.

–¿Qué quieres? –mascullaba ésta con un hilillo de saliva entre sus comisuras.

–Despierta, Ángela. ¡Despierta, vamos! –le gritó tirándola de los pies–. Podemos ir a ver a Gilderoy. Nos han dado permiso.

Mientras corrían por los inmaculados, estrechos y vacíos pasillos de las inmensas dependencias de administración, guiados por el director, que no abrió la boca en ningún momento, Ángela se ajustó una rebeca de punto. La noche había refrescado y tenía los huesos ateridos de frío. Gilderoy estaba despierto cuando entraron. El director les avisó que estarían tan sólo cinco minutos.

–Después regresaréis adentro –dijo de mal humor.

Ángela se sentó en el borde de la cama de su enfermo amigo. Nada dijo. Sirius se aproximó a continuación. Dejó su cálida mano sobre el frío y desnudo hombro de él para reconfortarlo. A pesar del ánimo primero y del esfuerzo que habían dedicado para conseguir aquel momento, frente a él no supieron qué decir. Los ojos de Gilderoy hablaban por sí solos, y no decían nada que resultase agradable de oír. Tal vez por ello, con el fin de postergar aquella revelación, guardaron silencio, esperando que fuese él quien lo confesase.

–Me han envenenado –acabó diciendo mientras sonreía pícaro.

Ángela se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos, mientras Sirius, escandalizado, no dejaba de proferir maldiciones:

–¡Qué cabrones! –gritó–. Se supone que te habían traído aquí para curarte...

–¡Ellos no, Sirius! –le rectificó–. Ha sido dentro... –susurró como si alguien pudiera oírlo. Ángela atravesó al animago con una hiriente mirada, como si aquello fuese obvio, y Sirius se dejó caer sobre una silla apartada, aún más abrumado–. Por fortuna no ha sido nada grave. Quienquiera que me lo haya hecho tragar, al menos no ha preparado una combinación mortal. –Rio amargamente–. Pero me ha dejado con un dolor en las costillas que... ¡Oh! –llevándose las manos a la zona lumbar y tratando de incorporarse.

–¿Quién ha sido, Gilderoy? –inquirió Ángela.

–¡Eso quisiera yo saber! –exclamó. Menos efusivo–: No lo saben. Ni yo lo recuerdo. Imagino que me ha hecho tragar también un ingrediente para desmemorizarme. Les he pedido que revisen las cintas, pero aseguran no haber encontrado nada. Bueno, sí: la noche anterior bebí muchísimas cosas, y de vasos diferentes, con lo que no pueden verificar quién ha sido.

–¿Hace falta? –Sirius se encogió de hombros–. La muy... Esa mujer es una bruja, nunca mejor dicho. Te prometo, Gilderoy, que le haremos pagar...

La puerta se abrió repentinamente. La cabeza del director se asomó durante una fracción de segundo, tan sólo lo justo para que se viesen sus labios y se entendieran sus palabras:

–Tenéis que regresar. Ya lo habéis visto –fueron.

De nuevo en sus cómodas hamacas del jardín, mientras se arrebujaban bajo sus gruesas mantas para vencer el fuerte relente de la brillante aurora que se alzaba, Sirius, en tanto sus cansados párpados se dejaban vencer por el sueño, no daba crédito a tanta maldad. Dormido, sus pensamientos fueron otros, más apacibles. Pobre de él... ¿Maldad? Nada queda dicho en este episodio que la refiera. Todo lo que de él falta, en cambio, sí.

Perdieron la prueba semanal. La ausencia de Gilderoy se dejó notar visiblemente en aquellos momentos. Pero otros muchos factores condicionaron la derrota: Sirius, sin poder fingir ni soportar por más tiempo aquella hipócrita actitud, mientras hacía levitar a Dolores (la prueba consistía en dominar una coreografía japonesa), la dejó caer estrepitosamente sobre el suelo de la terraza. Ni siquiera la auxilió. El encontronazo posterior fue muy virulento: mientras Rita empapaba la sangre de la pierna de Dolores, Cornelius salió al encuentro del animago con su varita desenfundada. Ángela lo observó atónita.

–¡No podían practicar magia contra ninguno de ellos! –pensó horrorizada.

Pensó en intervenir. Agarró su propia varita por el mango y, como si todo a su alrededor sucediese muy despacio, apuntó al exministro dispuesta a alcanzarlo. Pero, antes de que hubiera necesidad de hacerlo, una voz potente llamó a Sirius al confesionario. Cornelius, como despertando también de una ensoñación, de un sentimiento más profundo que la dominación racional, detuvo su andadura y bajó apesadumbrado la varita. Contempló al animago retirarse y, cuando lo perdió de vista, regresó al lado de su antigua compañera de trabajo. Sólo entonces se percató de que Ángela lo observaba fijamente y le correspondió el gesto.

La escena descrita no pareció influir al amplio y diverso público. Días más tarde, cuando los alcanzó la temida e inevitable hora de una nueva expulsión, pese a las apuestas que dentro de la casa, en silencio y bajo el amparo de muros de cuchicheos, habían hecho, el nombre que salió de los temidos labios de Henry Miló fue el de Rita Skeeter. Ésta se levantó con una extraña expresión en su rostro, mezcla de soberbia y de decepción. Tomó sus maletas de un tirón y se marchó como hubo venido, dejando en los que tenía a su lado un sabor agridulce en sus labios.

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Todo el mundo esperaba ansioso aquel día. Algunos medios de comunicación, los más amarillistas, no cesaban de anunciarlo. Las más alocadas cabezas huecas, en su ir y venir por el callejón Diagon, reunidas en corrillos populares, comentaban el hecho como si de un importante acontecimiento se tratase. Nadie sabía a ciencia cierta lo que ocurriría, aunque rumores no faltaban.

El día en que se desvelaría lo que con tanto celo y tanta intriga se había guardado y anunciado a un tiempo, ningún mago y ninguna bruja de Gran Bretaña, y también del resto del mundo, faltó a aquella ineludible cita con el televisor. El presentador, Henry Miló, consciente del ascenso en los medidores de audiencia, salió a plató con una radiante sonrisa. Tras las típicas palabras de guion fácil, paseó ante y entre los antiguos participantes, ya expulsados –a saber, Sybill Trelawney, Oliver Wood y Rita Skeeter–, con los que mantuvo alguna que otra frase. Claro está, no faltó el obligado comentario fúnebre en honor de Ludo Bagman, aunque, repuesto enseguida del fulgurante momento de nostalgia, prosiguió transmitiendo aquel vitalismo que lo caracterizaba. Cuando, después de otras muchas sentencias vacías de significado, alcanzó un clímax adecuado, de intriga absoluta y el zoom de la cámara conseguía captar hasta la más oculta y aplastada arruga de su faz, la noticia fue desvelada, resuelto el misterio:

–Uno de ellos tres –dijo–, el que tú decidas –un dedo no amenazador, sino excesivamente pragmático, se interpuso un instante entre la cámara y su rostro–, volverá a entrar en la casa ¡esta noche! Nuestros apartados de correos están abiertos a partir de este momento y hasta las una de la madrugada para que vuestras lechuzas nos anuncien vuestro candidato preferido para volver a entrar. Llegada esa hora, procederemos al recuento y uno de ellos tres repetirá la experiencia; dispondrá de una nueva oportunidad.

La noticia fue rápidamente comunicada a los concursantes, para los cuales, aún ajenos a aquella expectante atención del exterior, aquélla no era otra cosa que una noche de nominaciones cualquiera. Pero el radiante rostro de Henry Miló apareció en el amplio plasma de la sala de estar antes de lo acostumbrado, con noticias mucho más sorprendentes que la lista de nominados. Cuando los hizo partícipes del secreto que ya sólo era para ellos, Gilderoy, confuso, se preguntó en voz alta por qué el presentador no había incluido a su amigo Ludo en la enumeración de expulsados. No hubo respuesta, ni dentro ni fuera. La terrible noticia del final de Bagman, habían determinado los directores del concurso, no sería revelada hasta la paulatina salida de cada uno. Así, habían argumentado, podrían captar de forma más fidedigna sus lágrimas en plató.

Después de anunciar los nominados de aquella semana (como era tendencia, todos salieron víctimas de los votos enemigos) y de pedir al patrón (a saber, Dolores) que salvase a uno de sus compañeros (a sí misma, como ninguno dentro dudó), Henry volvió a conectar con la casa cinco minutos más tarde. Nunca antes había aparecido ante los concursantes acompañado, pero aquélla era una ocasión excepcional. Trelawney sonreía con simpatía y saludaba mimosamente con la mano. A Sirius y a Ángela las mandíbulas se les desencajaron de sus sitios naturales, mientras que Cornelius, por su parte, se golpeó en la frente con una mezcla de decepción y gracia.

–Ésta volverá a ser vuestra compañera a partir de mañana –anunció el presentador llanamente–. Un cuarenta y ocho por ciento de la audiencia así lo ha decidido. Sybill –dirigiéndose a ella apaciblemente, quizá porque aquélla iba a ser la última vez que la iba a ver al menos por unas semanas–¿deseas decirles algo a tus compañeros ahora o solicitar algo que te podamos satisfacer?

–No –respondió medio avergonzada, con el color subido a las mejillas.

Se apartó delicadamente de delante del objetivo. Henry, riéndose entre dientes, se despidió de ellos y les deseó, como acostumbraba, suerte. Cuando la conexión terminó, los cinco participantes que permanecían en el interior de la casa cruzaron una cruda mirada.

Llovía cuando Trelawney entró. El cielo había amanecido plomizo con las primeras luces y, cuando las brumas de la noche desaparecieron en los confines del mundo, el firmamento lloró por su ausencia. El jardín bailó feliz con su llanto y el verde césped pareció espigar y crecer varios centímetros en busca de aquel ansiado maná de tristeza. Las gallinas descabezadas corretearon gozosas, golpeándose ciegas contra las paredes embarradas del cobertizo y zambulléndose en las gélidas aguas de la piscina. Dolores corrió un rato en pos de atrapar una. Como habían perdido la prueba anterior, no habían recibido presupuesto para realizar la compra, y Dolores se había empecinado tozudamente en que aquel día comerían algo de fundamento. Nadie pensó que fuese un plato especial para festejar el regreso de la adivina. En realidad, nadie parecía alegrarse mucho. La llegada de ésta se produjo antes de que Umbridge hubiese dado caza a la veloz gallina.

Venía tocada con una suerte de fular malva que hacía juego con unos horrorosos zapatos de charol que vestía. Se había ajustado una rebequilla de punto, a todas luces varias tallas más pequeña que la que le correspondía, por encima del estrafalario vestido que había escogido para tan importante momento. O al menos así debía de ser para ella. La maleta, de cuero sintético y por más decir de pésima calidad, se había decolorado completamente cuando la soltó sobre el piso, cubriéndolo con una fina capa de agua turbia que Ángela recogió más tarde enfurruñada. Trelawney se había sentado muy gozosa entre Cornelius y Dolores y les reclamaba que le contasen que habían hecho durante su ausencia.

Sirius y Ángela intercambiaron una mirada preocupada. La superioridad numérica que representaba su bando tras la expulsión de Rita había quedado repentinamente en suspenso. El regreso de Trelawney lo modificaba todo. Ellos lo sabían. La pseudoadivina jamás había entrado en la dicotomía de bandos opuestos, de batallas silenciosas y de pugnas domésticas por el triunfo. Su alma era tan sencilla, o su bondad tan infinita, que ante sus miopes ojos aquellas situaciones no tenían fundamento, pasaban desapercibidas. Trataba de llevarse bien con todos o era tan poco querida por ninguno que había sido rechazada para formar parte de aquellas rivalidades estoicas. Lo sabían: ahora Cornelius y Dolores podían aprovechar aquella situación para beneficiarse. Al fin y al cabo, desde su primera entrada, la relación entre el antiguo ministro y la mujer se había caracterizado por una extraña peculiaridad: era el único que fingía soportarla, que no respondía con reproches o maldiciones a sus excentricidades. En realidad, Cornelius trataba a Sybill como una bomba de relojería, como un delicado instrumento que pudiese explotar en cualquier momento. En el fondo parecía temerla.

Mientras los contemplaba, Sirius no pensó que aquella peregrina impresión suya fuese muy desacertada. Trelawney, sentada entre Dolores y Cornelius con absoluta confianza en el sofá, hablaba desenfadadamente con uno y otro. Dolores no rehusaba demostrar su disconformidad y desagrado para con aquella mujer escupiéndole injurias cuando se le presentaba ocasión o rechazándole la mano cuando aquélla se la solicitó para realizarle un estudio quiromántico. Cornelius, en cambio, accedía. Accedía, simplemente. Ni gustoso ni contrariado. No parecía amistoso ni lo opuesto. Contemplaba a aquella mujer con una mirada grisácea y opaca mientras ella le leía las líneas de las manos. Parecía satisfecha con la lectura de éstas, pero Sirius, mientras observaba la escena fregona en mano, sabía que la verdadera preocupación, o pensamiento, del hombre que le tendía la mano le era tan ajena como la faz de la luna al tierno niño que extiende ingenuo su brazo. El corazón de Cornelius era profundo, firme e impenetrable. Sus manos no reflejarían sus más profundos temores, por más que temblasen.

Pero ya sabemos, por la larga experiencia dejada en este abundante memorial, que Trelawney no era una buena adivina. No era ni buena ni mala, ya que para muchos ni siquiera era adivina. En realidad, era una suerte de extraño ser, excéntrico, como llevamos dicho, peculiar, misterioso, pero con arrebatos de grandeza. Sólo ocasionalmente, el Alma del Universo se introducía por su boca y hablaba el lenguaje de los hombres. Quizá no fuera adivina, no; pero a mi humilde juicio sí era intérprete, intérprete de un lenguaje ignoto, olvidado ya, que sólo pretende transmitirnos confianza, seguridad o, quién sabe, salvación. Los misterios de lo Desconocido son eso: misterios.

Lo que ahora interesa, a fin de cuentas, es que, gracias a todas las vivencias descritas anteriormente, sabemos que Trelawney no era una buena adivina. O, si el hipotético lector lo prefiere, ni buena ni mala. Sólo era intérprete al antojo del Alma del Universo, no al suyo propio.

Aquella mañana las estrellas de este cielo y los consecutivos no estaban alineadas con la desafortunada mujer. Al extender las cartas de Tarot sobre la mesa de haya, no verbalizaba el lenguaje del Alma del Universo, sino que se limitaba a superponer significados alternativos y casuales. El azar. Ninguno, por suerte, tomaba por verídico lo que decía, lo que le pronosticaba. De haberlo hecho, Cornelius se habría asustado realmente.

–¡El Diablo¡Y la Muerte! –exclamó la adivina compungida–. Mi paupérrimo Fudge. Lo siento, cuánto lo siento. Me temo... Me temo que eres el marcado de esta semana. El Destino te ha escogido a ti y yo, por medio de mis cartas verdaderas, así lo veo. No hay forma de eludirlo, mi pobretiño.

Al menos, el azar podría haber hecho que acertase. Al menos eso deseó Ángela el siguiente jueves, cuando, atribulada, se fue a la cama. El marcado se salvó y el salvado fue marcado por el Destino ineludible, que no el inventado. «No tienes de qué preocuparte», le había dicho sonriente en extremo. Pero sus cábalas y artilugios de adivinación no surtieron efecto: Gilderoy partió de camino al plató, desolado porque Dolores había sobrevivido dentro de la casa más tiempo que él. Al menos, mientras un auto hechizado lo conducía de camino a los estudios de televisión, una sonrisa se desplegó en sus labios. Le había venido a la mente la idea excitante de su reencuentro con Ludo. Estaba contento de que fuese su amigo. Más que contento: satisfecho, avivado. Jamás había tenido un amigo como aquél, pues la fama, que lo había acompañado durante demasiado tiempo, era una fiel servidora que acababa adueñándose del alma humana y de sus más intrínsecas pasiones.

La redactora de Lockhart, que ocupaba el asiento del copiloto, vio la amplia sonrisa del concursante a través del espejo retrovisor. Revolviéndose en su asiento, le interrogó por la causa de tan feliz gesto. El hombre, visiblemente emocionado, se la expuso dichoso. Una sombra pasó por los ojos de la mujer y Gilderoy se percató de ello. Le insistió tan duramente que, finalmente, compungida y con un hilo de voz, la redactora acabó respondiendo:

–Ha muerto, Lockhart. Iban a decírtelo en plató, pero no quiero que pases ese mal trago delante de las cámaras. Ludo Bagman ha muerto. Lo asesinaron nada más salir de la casa.

Gilderoy, espantado, bajó la cabeza sumido en turbios pensamientos. Dirigió la mirada a continuación hacia la oscura ventanilla hasta que tiernas lágrimas empezaron a empañar sus ojos y, tiernos y reblandecidos, éstos se deshicieron en un llanto fino y silencioso.

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La puerta se abrió repentinamente, con un fuerte crujido, y Cornelius, que estaba solo en la habitación, protagonizó un respingo horrible. Trelawney asomó la cabeza mirando adentro y, al detectar al exministro en el interior, sonriendo, entró sin más. El hombre la observó fríamente.

–Me ha dado un susto de muerte –exclamó secamente.

La mujer se disculpó mientras entornaba la puerta. El resquicio, dado que los goznes de aquélla no encajaban bien, aumentó paulatinamente. Entre tanto, Cornelius retornó a sus ocupaciones. La mujer, curiosa, le inquirió qué hacía.

–Estoy desdoblando mi ropa –explicó sin ánimo. En efecto, ante sí tenía su maleta, la cual había sido infructífera, agradecido él, ya que no había salido expulsado–. Quiero recolocarlo todo antes de la hora del almuerzo.

–No se ha ido usted –repuso. Cornelius abandonó su tarea para quedársela observando entre divertido y exasperado. Aquella afirmación, al menos a su juicio, quedaba absolutamente fuera de lugar. ¡Él ya se había dado cuenta de aquello! Trelawney no prosiguió hasta que él reanudó su labor–. Quería decirle que lo siento.

–Nadie se alegra más que yo de se haya equivocado en una cosa así –repuso en tono tajante–. Eso se lo puedo asegurar.

La mujer quedó un instante largo callada, observando al político proceder con manos inexperimentadas pero hábiles. Su rostro reflejaba decepción. Había errado en su pronóstico y las únicas palabras de ánimo que le dedicaba aquel hombre por el que ella profesaba tanto respeto no eran otras que se alegraba de ello. Hipó unos segundos, como refrenando la impetuosa acometida de un llanto atroz. Cornelius la observó con una ceja arqueada. Cuando iba a decir algo, de pronto, la mujer obró una especie de salto patoso y, repentinamente animada, batiendo palmas, exclamó:

–Usted se alegra porque en esta ocasión le favorece, pero no siempre ha sido así. ¡No siempre! –El hombre se revolvió crudamente, con un calzoncillo ridículo colgando inerte de entre sus paralizadas manos–. Sabe que soy una adivina experimentada. –Impensadamente, la algarabía de la mujer se tornó en profunda tristeza y comenzó a llorar imparablemente. Se dejó caer sobre una cama próxima y se enjugó las lágrimas con las amplias mangas de su túnica–. ¡Usted lo sabe! No me puede recriminar de esa forma. Yo lo ayudé en su tiempo.

–¡Calle, estúpida! –gritó Cornelius mirando en todas direcciones.

–Cuando usted fue ministro –prosiguió, como si no lo hubiera escuchado–, recurría a mí con cierta frecuencia. Incluso llegó a apelarme como su más importante colaboradora. ¡Su consejera más visionaria!

–Momentos difíciles, Sybill –repuso–. En ellos uno recurriría hasta a llamar a las mismas puertas del Infierno para pactar con el Diablo. Pero calle... ¡Calle!, por amor de Rowling. La pueden oír –bajando el tono de voz–. Yo nunca he dicho que usted sea mala adivina. Rowling me libre –sentenció al fin, como si esperara que diciendo aquello la mujer se tranquilizaría.

–Lo ayudé –continuó–. ¡Y mire de qué forma más cruel me lo paga! Para un error que tiene una. –Los gritos y los sollozos de la desdichada, como temió Fudge, debían de estar escuchándose a lo largo de toda la casa. Así sería, como más tarde, muy lejos de allí y en muy diversa situación, le reconocería Umbridge–. Recurría a mí y yo lo ayudaba gratuitamente. Le echaba las cartas y leía las manos. Y no me lo agradece. Usted dijo el día que abandonó su puesto en el Ministerio que yo lo había ayudado mucho a tomar esa decisión.

Antes de que por la boca de Cornelius pudiese salir sonido alguno, un extraño e intempestivo crujido, proveniente de la puerta, los sorprendió, y a continuación un rumor de pasos le hizo blandir en su expresión un rictus de pánico indescriptible. Trelawney, como el hombre parecía asediado por una parálisis momentánea, se levantó pausadamente y, enjugándose las lágrimas, se acercó a la puerta. Volvió al punto diciendo:

–No era más que Sirius corriendo para el patio. Debe haberme oído llorar y se habrá interesado...

–¿Interesado? –exclamó entre indignado y furioso, agarrándola por los hombros–. Usted es mi ruina. ¿Lo sabe? Apártese de mi camino. Tengo que preguntarle qué ha oído. Sabe Rowling las disparatadas cosas que pueden estar rondando por la cabeza de ese estúpido.

Cuando se hubo marchado con igual prisa que el animago, Trelawney, que se quedó sola, adujo para sí en voz alta:

–¿Las cosas que están rondando por su cabeza? –Se rio penosamente–. Fudge en ocasiones me abruma, pobre hombre.

Fudge no encontró a Sirius. No sólo no fue tan rápido como él, sino que, además, Trelawney se equivocó con respecto al lugar al que éste se dirigía. Cuando el antiguo ministro, extasiado, alcanzó el patio, no encontró en éste mas que a Dolores llorando porque las gallinas descabezadas habían picoteado hasta la última de sus cuidadas hortensias.

Sirius había alcanzado a la carrera la puerta del confesionario y, como lo hallara libre, entró atropelladamente. Se dejó caer pesadamente sobre el rojo sillón y, dirigiendo su asustadiza y a un tiempo cargada de coraje mirada al espejo que actuaba de cámara, sintió la dulce voz de la psicóloga como proviniendo de otro mundo. Él respondió simplemente:

–Quiero decirle una cosa al ministro Remus Lupin y...

La mujer no lo dejó terminar. Su voz resonó al instante penetrante y totalizadora. Hubiera infringido miedo en otro hombre menos capaz, pero el animago no se achicó en absoluto. Menos cuando su propósito era tan encomiable.

–Las reglas del programa dicen... –protestó.

–¡Sé lo que dicen las puñeteras reglas del programa, joder! –estalló–. No quiero un vis a vis con él. Ya sé que no se puede. Tan sólo quiero dirigirle unas palabras y necesito que me prometan que se las harán llegar. ¿No entiende que lo que quiero es dirigirle un mensaje, mierda? –Guardó silencio un minuto y, como la voz no volviese a aparecer, más tranquilo, preguntó–¿Puedo?

La voz resonó frágil para dar su monosilábico consentimiento.

–Remus, amigo –habló al punto el animago–. No hay tiempo para saludos ni chorradas, aunque sabes las ganas que tanto tu cuñada como yo tenemos de decirte hola. Esto apremia. Si estuviste viendo la expulsión de Ludo, sabrás, como a mí me dijo Ángela después, que éste le dijo a ésta que hay una profecía que representa la clave para entender por qué Fudge abandonó el Ministerio y te lo cedió a ti. De acuerdo, tío. No sé si has empezado a buscar ya esa dichosa copia de cristal, pero tienes que hacerlo. Y ahora va a ser más fácil, porque sé quien la predijo: Trelawney. –Sus ojos se abrieron expresivamente al pronunciar el nombre–. Acabo de darme cuenta. Así que... ¡vamos!, no te quedes ahí parado y desempolva esa premonición. Espero que nos veamos lo más tarde posible. –Sonriendo–: Quisiera llegar a la final, no te lo tomes a mal. Cuídate, Lunático, amigo. Te echo mucho de menos. Mándale besos a mi mujer y a su hinchado vientre.

Se calló. Hasta que no hubo transcurrido un momento largo no sonó la voz:

–¿Eso es todo? –inquirió.

–Eso espero –respondió.

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–Pase, pase, señor Lupin.

–Gracias, Peabody.

Cuando el ministro franqueó la puerta, el hombre sepultó su despacho. Abrió una puerta, abierta en el muro contrario, y se introdujeron en la enorme sala de las profecías. Anduvieron por largo rato, el señor Lupin oteando a su alrededor con cierta desorientación, el otro firme, como el zorro acostumbrado al desierto y que sabe leer en las arenas móviles el camino.

–Así que de nuevo buscando una profecía... –Peabody rio–. Cuando lo destituyan, escribirán muchos libros sobre su afición a la Adivinación, señor Lupin.

–En este caso es algo más apremiante. Quizá esté usted enterado de... las condiciones especiales del caso. El Ministerio no lleva la ventaja en este caso, sino la propia prensa. Yo mismo me he enterado por televisión.

–Sí, sí, estoy al corriente. Sé por qué busca esa profecía y lo que contiene, por lo que hoy tengo más helada la sangre que ningún otro día. Pero, si me lo permite, lo que realmente me preocupa es el propio Ministerio. ¿Cree que puede estar conectado?

–No lo sé, Peabody. Mis dudas tengo. Profundas y trágicas. –Suspiró–. Estoy desesperado.

–Lo comprendo, señor Lupin. Nunca había pasado una cosa así. ¿A cuál es al último que han detenido esta semana? Ah, sí. A Thomas de la planta cuarta. ¡Santa Rowling! Con lo buen chico que parecía el día que entró. –Se tomó una pausa, como esperando que el licántropo añadiera algo. Pero nada dijo–. He leído en la prensa que estamos preparando redadas entre los trabajadores del Ministerio. –Remus asintió lentamente–. Nunca había pasado una cosa así. ¡Nunca!... Oh, Rowling santa. ¿Cómo puede haber gente que esté planeando un golpe de Estado desde dentro?...

–No es realmente eso lo que me preocupa, Peabody. Más bien la implicación que en esta trama representa Cornelius Fudge. –Peabody bufó. A todas luces, Cornelius, bajo su humilde opinión, había sido una mancha en el historial de aquel memorable edificio–. De alguna forma sé que él está relacionado con esto. –Resopló hondo–. Ante mi mesa tengo cincuenta informes pormenorizados que inculpan a trabajadores subordinados de este Ministerio en acciones ilícitas contra su mantenimiento y seguridad. Sí, un golpe de Estado. Las detenciones proseguirán. –Miró el techo nostálgico con las manos tras la espalda–. Pero mi pregunta es por qué ha comenzado todo esto ahora, toda esta movilización de reaccionarios y, lo que es más preocupante, por qué desde dentro del propio Ministerio.

–Ha dicho que cree que Fudge...

–¡Fudge! –exclamó con rabia–. Nunca he sabido qué se traía entre manos, y aunque le hiciese engullir un litro de Veritaserum creo que jamás lo sabría. Creo que es él quien está dirigiendo todo esto. No sé por qué, es tan sólo una intuición mía. Ha entrado en Gran Mago y, casualmente, ha comenzado este desajuste en el Ministerio. Si me pide mi opinión, creo que se ha apartado del asunto para que otros se encarguen de él. Para apartar la atención de él.

–Él es el buitre que recauda los desperdicios –metaforizó.

–Sí, al mismo tiempo que el águila que lo dirige. Pero no hemos de ser demasiado inflexibles en nuestros juicios. Al fin y al cabo, ni a uno ni a otro nos cae bien Fudge.

–Era un hombre enigmático, incierto...

–Sí, pero era un ministro confirmado –repuso Remus con desolación–. A usted puedo confesarle lo que ronda por mi mente, Peabody. Sé que no tratará de hacerme cambiar de parecer. Voy a abandonar el Ministerio.

–¿Qué? –exclamó. El silencio de la Sala de las Profecías quedó roto de pronto y un clamor, un destello de cristal, un eco regresó absorbiéndolos.

–Lo que ha oído, Peabody –confirmó–. No valgo para esto. Y lo que está pasando ahora me rebasa. No me importa tener detractores, pero sí que libren una guerra porque un licántropo esté sentado en el despacho más alto.

–Señor, su licantropía nada tiene que ver. El problema es que está haciendo las cosas bien. No sabe cómo eran las cosas cuando estaba aquí Fudge. ¡Ni se lo imagina! Usted ha acabado con la traición y con los engaños. Quieren imponer de nuevo un Ministerio corrupto. No se puede ir, señor Lupin. ¡Desoiga esas ideas alocadas suyas! Si nos deja ahora... El Ministerio está limpio. No, señor...

–Lo siento, Peabody. Acometeré esos arrestos, solucionaré esta encrucijada de la profecía y anunciaré mi dimisión. Solicitaré un puesto cualquiera. Aquí por ejemplo, con usted. Otro cualquiera puede encargarse de la dirección del Ministerio mejor que yo.

–¡O peor! Piénselo con calma, señor Lupin. Lo hace ahora porque está tan sólo limitado. Se piensa que la maldad de esos condenados idiotas que han preferido aliarse con el enemigo está dirigida contra usted. ¡No! Su maldad está enfocada a destruir el Ministerio en general, Gran Bretaña y el alma colectiva de los librepensadores. No puede irse... No debe... –Remus iba a intervenir, pero Peaboy lo impidió–. Prometa que se lo pensará mejor. Prometa que reflexionará hasta que reciba una señal que lo llame a gritos para seguir. Porque el mundo se rige por señales. Y usted debe quedarse, lo sé.

Remus tuvo que prometerle que se lo pensaría, aunque lo hiciera a desgana. Caminaron por aquellos incansables corredores, de fin incierto, discutiendo sobre aquellos temas que tanto los preocupaban.

Al alcanzar el pasillo perseguido, Peabody se adelantó al ministro y oteó en una estantería polvorosa. Explicó que era allí donde se guardaban las pocas profecías verdaderas que, a lo largo de su vida, había realizado la señorita Trelawney. Pocas horas antes de su aparición, cuando lo avisara de la misma, el inefable se tomó la molestia de comprobar aquel dato minuciosamente.

–Todas sus profecías tienen que estar contenidas aquí –explicó Peabody serio. La noticia de la inminente dimisión de Lupin lo había dejado maltrecho.

El licántropo se aproximó inquieto. Alargó una mano, pero, reservado y práctico, la retiró antes de que sus dedos alcanzaran el frío cristal. Sus dorados ojos pasearon por encima de las etiquetas. Al instante, nervioso, se giró hacia Peabody.

–Dos –gritó–. Sólo hay dos.

–Así es. Las probabilidades son mayores de que sea una u otra. Ha habido suerte. Hay adivinos que se pasan toda su vida teniendo premoniciones.

–¿Suerte? –exclamó Remus exasperado. Su estampa se arruinó, desamparado–. Ya conocía estas dos profecías. Albus Dumbledore me las reveló –explicó desganado–. No es la que yo busco. Debe haber una tercera. –Buscó alrededor, por el estante–. ¿Qué hay de este hueco vacío? –preguntó señalando un amplio espacio entre las profecías, los ojos abiertos e iluminados.

Peabody consultó su fichero.

–Veamos –dijo–. ¡Oh!, mala suerte. No nos dio tiempo a registrarla. Hecha y robada. Nada más salió de los labios de su adivino cuando alguien la robó. Imagino que debía de ser algo importante. –Peabody lo comprendió al instante y preguntó–¿Cree que...?

–Por supuesto, por supuesto que lo creo. –Desolado–. ¿Y tiene constancia de cuándo se produjo su hurto?

–Creo... creo que sí –consultando de nuevo su fichero–. Ajá. Mayo de 1998, hace dos años.

Remus rio amargamente. Al preguntarle el otro la causa, respondió sin más:

–Quizá no lo recuerde, pero yo sí. Fue entonces cuando salí electo ministro de Magia. Creo que sí, ésa es la profecía que estábamos buscando –sentenció.

El licántropo llegó a casa entristecido. Depositó las llaves en el cajón del mueble de la entrada y deambuló por el corto pasillo hasta la sala de estar. Nathalie salió a recibirlo con un abrazo y un dibujo que había pintado ella misma. Las líneas eran grotescas y las ceras habían deformado las principales formas, pero, cuando le dijo que eran ellos dos a quienes había retratado, Remus no pudo menos que dejarse robar por una sonrisa. Le dio un beso en la frente y volvió a acomodarla en la silla para que terminase su obra. La niña, antes de que el hombre desapareciera por la escalera, le preguntó si la iba a llevar al cine como había prometido, y él, fingiendo un gesto alegre, respondió que no deseaba otra cosa. Mientras concluía los últimos escalones, reflexionó que debía hacerlo, por muy mal o deprimido que se sintiese.

Helen salió rápidamente a su encuentro. Nada más hubo escuchado sus pasos, abandonó el dormitorio del matrimonio y lo asaltó con un beso. Aquellos labios trasladaron un atisbo de esperanza e ilusión en las sienes del licántropo, que se sintió fortalecido por el gesto.

–¿Y bien? –preguntó la mujer–. ¿Has hallado lo que buscabas?

En aquel momento, Remus deseó que su esposa fuese capaz de adivinar todas las cosas o de leer los pensamientos. Bajó la mirada. Sus labios permanecieron sellados. No tenía ánimo para abrirlos y confesar su desacierto y, ya de paso, su malestar. Deseaba que fuese su mujer la que los viese con el parpadeo tan sólo de sus brillantes ojos y que, con otro beso mágico de los suyos, consiguiese hacerle despertar de tanta penuria. En lugar de eso, lo tomó por las manos y le obligó a hablar.

Mas ningún sonido salió de su boca. Cabeceó sin más.

La adivina, que, aunque no pudo ver su desacierto, sí su malestar, le propinó un tierno beso en la mejilla que el hombre le agradeció infinitamente. Sin embargo, pensó amargamente éste al instante, la desesperación no lo había abandonado. Su corazón seguía marchito por una marea de dudas y de tensión que Helen pudo ver a través de sus ojos.

–No, no puedo adivinar todos los pensamientos del hombre –habló la adivina como si al fin sí hubiese sido capaz de leerlos–. Pero sí puedo adivinar muchas más cosas que años atrás. Apriétame fuerte las manos. –Ella cerró los ojos y él la imitó–. Piensa en la Sala de las Profecías y en la bola de cristal que no has visto. Yo haré el resto –prometió.

Él se concentró. Era difícil, dada su decepción. Pero, al instante, un temor mayor lo acosó desde el más oscuro fondo de su corazón. ¿Y si Helen era capaz de descubrir el secreto de Ánuldranh y la tragedia asociada a su anillo? Estuvo tentado de soltar sus manos. Pero, en lugar de ello, se concentró en lo que su mujer le había pedido. Cuando lo consiguió en verdad, el cabello de la adivina se erizó, se tensaron sus manos y sus brazos y sus ojos, abiertos súbitamente, aparecieron blancos. Su boca comenzó a hablar, pero no era su voz la que lo hacía, sino inexplicablemente la de Trelawney:

–La seguridad flaquea donde el mundo se agolpa, donde las puertas conducen al centro del Universo, donde los líderes se reúnen a discutir en secreto: el Ministerio peligra. Otrora seguro, vendrá el mago ungido con sangre pura para reventar sus muros y tirar sus puertas. Bajará su cetro el ministro vencido, partirá derrotado y destruido. Ojos de halcón desde lo alto de los cielos, rechinará la muerte hasta sus cimientos.

Helen parpadeó lentamente, recuperando sus ojos la normalidad. En su expresión se podía leer una inaudita sorpresa, pero también, reflejados en los espejos luminosos de su cara, el horror contenido del licántropo, cuyo rostro comenzó a serenarse muy lentamente. Cuando al final se hubo repuesto del horror al que aquellas palabras lo habían sometido, soltando delicadamente las manos de su mujer, dijo:

–No sé si creo en las señales, Helen, pero pronto ha venido la que me va a hacer seguir. –La mujer, a pesar de haber lidiado con enigmas más terribles, no lo entendió y le pidió que se justificara–. ¿Puede alguien abandonar el Ministerio cuando sobre él se cierne una amenaza tan poderosa? Sólo yo puedo hacerle frente porque sólo yo creo en ella. –Helen sonrió. A pesar del indecible temor que la propia profecía había despertado en ella, el valor creciente en el pecho de su marido la fortalecía también a ella–. Así que Wathelpun se alzará también con el poder del Ministerio... No si yo me opongo. –Para su sorpresa, el licántropo sonrió–. ¡Qué tipo! Tengo ganas de conocer a ese Wathelpun, sabes. Debe de ser un tipejo entretenido. Y no cabe duda de que nos vamos a divertir.

Helen permaneció seria y muda. Envidiaba la capacidad de su marido para tomarse a broma situaciones que para ella tan graves resultaban. Hubiera entregado su magnífico don para disponer de aquella no menos sorprendente capacidad. Al fin y al cabo, como sopesó al irse Remus con sufrimiento y lágrimas de desesperación que jamás le revelaría a él, su don, aquel regalo de los ángeles como su madre lo llamaba cuando era niña, no había hecho más que predecir cosas que casi nunca había podido enmendar. Se serenó reflexionando en su fuero interno que, al no haber sido ella quien lo vaticinara, quizá no tenía por qué producirse con el rigor descrito, pero su inteligente corazón le robó aquella esperanza asegurándole que sucedería tal cual. Tan sólo podía hacer fingir que lo dejaba en el cajón del olvido y no pensar en ello nunca jamás. Ello no resolvería nada, pero lo había hecho antes y sabía que era el único modo que tenía a su disposición para seguir adelante con su vida.

Remus se dispuso a bajar por las escaleras. Helen lo detuvo para preguntarle adónde iba.

–Le he prometido a Nathalie que la llevaría al cine –dijo–. Está muy ilusionada.

A ella no le pareció una buena idea.

–¡Eso puede esperar! –protestó–. Lo que acabas de descubrir es cien mil veces más importante. Debes irte al Ministerio y preparar una defensa adecuada.

Remus rio amargamente, pero con dulzura para que su mujer no se ofendiera.

–De nada serviría, Helen. Si Wathelpun apareciera mañana, no estaríamos preparados en manera alguna, dé el aviso o no lo dé. –Tras una pausa no breve–: Retomaré la dirección del Ministerio, pues así el Destino y sus señales lo disponen –estas últimas palabras fueron pronunciadas por él con cierta burla o desdén–, pero no volveré a descuidar a mi familia. Mañana empezaré a prepararlo todo, tranquila.

Y se marchó con la niña. Helen volvía a envidiarlo. Creía que era porque él era hombre por lo que su corazón no sentía miedo. Pero se equivocaba. El corazón del licántropo experimentaba el mismo miedo que el suyo. Pavor incluso. Pero la fuerza del amor lo acallaba y se refugió bajo aquel torrente de serenidad. En cambio, ella permaneció llorando y rezando en la casa mientras acunaba a su durmiente hijo menor entre sus temblorosos brazos. El amor no le funcionaba a ella quizá porque sus videntes ojos ya le habían mostrado retazos de aquel futuro más siniestro, más tenebroso, y sabía a lo que se enfrentaban. No le servía porque, a pesar de desearlo, sabía que todo esfuerzo sería inútil y que nada impediría el esplendor de aquella amenaza cuyo nombre, todas las noches, sueños impíos repletos de murciélagos y criaturas horripilantes le recordaban. Un nombre que había convivido con ella durante casi toda su vida, con el que había aprendido a coexistir y que acabaría resistiendo, para que las lágrimas no la hicieran sucumbir. Un nombre por el que experimentaría lo mismo amor que miedo.

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Una doble puerta del jardín de la casa de Gran Mago se abrió repentinamente, aquella brillante mañana en que el sol no había hecho más que despuntar. Tan sólo era usada para el transporte y almacenamiento de objetos de elevadas dimensiones empleados para las pruebas, y siempre de noche y cuando los participantes dormían para que no pudiesen asistir al trajín de personal ajeno al concurso. Pero en aquella ocasión aquél no era el caso. Una veintena de hombres armados con el más innovador material bélico se desplegó a lo largo del cubierto de rocío césped. Sus rostros estaban ocultos bajo cascos negros, con miras electrónicas sensibles a la radiación de calor y sensores inteligentes que permitían que sus miradas atravesasen hasta los más anchos muros. Uno de aquellos hombres accionó un botón que sobresalía en su hombro izquierdo y se volatilizó al instante. Pero al parecer tan sólo se había vuelto invisible, pues la hierba bajo sus pies seguía doblegándose a su peso, y el césped mostraba fielmente el rumbo de sus pisadas. El hombre que avanzaba en la vanguardia del grupo, poseedor de un extraño instrumento dotado de cinco varitas interconectadas a un cilindro de metal que, de cuando en cuando, era recorrido por una descarga eléctrica que no lo afectaba, hizo un gesto con la mano al grupo para que penetrase en la sala de estar. Era el Grupo de Operaciones Mágicas Especiales.

Ángela volcó su café y Sirius sacó rápidamente su varita para defenderse cuando aquella turba de brujos armados y de actitudes amenazadoras irrumpió en el interior de la casa. El animago, sin más preámbulos, lanzó diestramente un maleficio contra uno de aquéllos, el cual, sin hacer nada, quedó protegido del mismo por un escudo dorado que se proyectó desde una de sus muñequeras. Trelawney, que estaba con ellos, se arrojó al suelo, parapetándose detrás de un mueble. Tiró de Ángela para que hiciese lo mismo, con lo que ésta se precipitó dolorosamente a su lado. Al mirarla recriminatoria, la adivina se descubrió a sus ojos con el chal desarrapado sobre su cabeza y unos grititos alocados de horror. Entre tanto, Sirius siguió asediando al recién llegado grupo. Ninguno de aquellos hombres, en cambio, lo atacó, ni tan siquiera para defenderse. El animago tan sólo se detuvo cuando el general del batallón, que como tal se presentó, alzó los brazos en señal de concordia. Viendo tranquilizado a su curioso oponente, le explicó de forma apresurada que no era por ninguno de ellos por quien los habían movilizado. Les pidió que se refugiaran en un lugar seguro y que no salieran, oyesen lo que oyesen, hasta que ellos se lo avisasen oportunamente.

Escuchado aquello, Trelawney tiró del grupo y lo condujo al cobertizo. La peculiar mujer, aparte de sus terribles y agudos gritos de terror, corría provocándose a sí misma la zancadilla y dando pequeños saltos en el aire entre zancada y zancada, tan horrorizada estaba. De haber sido otra la situación, Ángela pensó que se hubiera reído; pero, dadas las circunstancias, corrió a su lado con un rictus de preocupación similar al del hombre, que la agarraba de la mano con fiereza para tirar de ella rápidamente. Ocultos al fin en el cobertizo, Trelawney se retiró el chal de la cara, atrancó la puerta con un grueso taco de madera y se abalanzó sobre la húmeda y cálida paja como los demás. Un grupo de espantadas gallinas descabezadas salió volando a través de una ventana abierta. Percatándose de ello, Ángela se apresuró a cerrarla y volvió a enterrarse entre la paja junto a sus compañeros.

Sirius, en cambio, no lo soportó mucho tiempo. Se desenterró y se sacudió con dureza los restos de hojarasca que habían quedado prendidos de su pijama de cuadros. Se encaminó hacia la puerta y se propuso abrirla, pero Ángela se lo impidió. Discutieron ácidamente unos segundos:

–¿Qué demonios te crees que estás haciendo, eh, Sirius Black?

–Salir –contestó sin tapujos–. Ángela –le dijo agarrándola delicadamente por los hombros–, si esos hombres están ahí es porque Remus ha encontrado algo con lo que incriminar a Fudge y a Umbridge. ¿Es que no lo entiendes? –A la mujer no le pareció argumento suficiente para salir y permaneció callada–. Tengo que ayudarles.

–¿A qué, tonto de remate? –le escupió enfadada–. Ellos son aurores especializados y tú, a su lado, no eres más que un moco con una varita. –Sirius abrió la boca para intervenir, quizá para alegar que él también era auror, aunque no ejerciera, pero Ángela no le dejó hablar–. Sí, sí –gritó–, ya sé que me vas a decir que tú fuiste de los que os enfrentasteis a lord... a lord... ¡A ése! Pero me da igual. De aquí no sale ni Rowling.

Sirius parecía dispuesto a discutir, pero la tensión verbal quedó en suspenso en aquel punto cuando, afligida, Trelawney se aventuró a preguntar:

–¿Creéis que le harán algún daño a Dolores y a Cornelius?

Se sentaron a su lado y, con infinita paciencia, usándose de sus mejores palabras, como quien explica un profundo y complicado concepto a un niño, le explicaron la situación, o cuanto de ella sabían. Mientras lo hacían, fingían no escuchar las fuertes explosiones que hacían vibrar las endebles paredes de madera del cobertizo. Sólo la adivina se encogía con visible espanto.

Fudge y Umbridge se habían refugiado en el dormitorio principal. Habían visto aproximarse cauteloso al Grupo de Operaciones Mágicas Especiales cuando salían a desayunar y, sin necesidad de que nadie les explicara que era a ellos a quienes buscaba, volvieron a introducirse en la habitación. Los aurores llegaron con cierto retraso: Fudge ya había hechizado la puerta para evitar su paso. Dolores, sin saber qué hacer, retiró un colchón de una de las camas y lo apoyó contra el hueco de la pared.

–¿Qué hacemos, Cornelius? –decía–. ¿Nos han pillado? Pero... ¡no nos pueden sacar a la fuerza de aquí!: estamos en mitad del concurso... –El exministro la miró absorto, como si aquello no importase mucho–. ¡Asilo político, solicito asilo político!

–Cállate, Dolores.

El colchón comenzó a oscilar terriblemente mientras fuertes estruendos provenían del exterior. Fudge aprovechó la resistencia lograda para probar todos los sortilegios que conseguía rememorar sobre la puerta. Entre tanto, ordenó a Dolores que hechizara algunos objetos cotidianos para que actuasen como instrumentos bélicos cuando la puerta se abriese. Sabía que no resistiría mucho tiempo.

Sin embargo, no fue la puerta la que no resistió, sino el muro próximo a ésta. Con un estrépito atronador, la pared reventó y los pedazos de hormigón y ladrillo salieron volando en todas direcciones. Fudge se parapetó de ellos mágicamente. No así Umbridge, que recibió numerosos impactos, uno de los cuales la golpeó contundentemente en la sien. Tuvo suerte de haber perdido sólo el conocimiento, diría horas más tarde al reconocerla un sanador; podría haber muerto. Fudge, bufando de rabia por no haber dispuesto de tiempo para embrujar los objetos así como por haber perdido a su aliada en el combate, se lanzó al encuentro del valeroso pelotón. El choque no fue en principio fructífero para éste, pues el antiguo ministro, si bien su ataque era pobre y lento, se defendía plausiblemente. Pero desde un rincón vacío provino un rayo imprevisto que Fudge fue incapaz de detener. Fue lanzado por los aires unos metros y cayó sobre una cama inconsciente. El general de la expedición se volvió hacia el espacio vacío y, como si a través de sus miras inteligentes pudiese percibir algo que los demás no, dijo sonriente:

–Buen trabajo, Curtiss.

El apelado mago volvió a accionar el botón de su hombro izquierdo y el estado de invisibilidad cesó.

No bajaron sus armas para aproximarse al cuerpo del exministro. Uno de aquellos hombres se adelantó para tomarle el brazo y comprobarle el pulso. Se volvió al resto y asintió. Lo mismo, entre tanto, había hecho otro con Dolores. Antes de atarlo, lo contemplaron en silencio. El rostro del ministro parecía sereno, como el del cadáver que descansa en la plenitud de su sueño eterno. Incluso en sus labios se había desplegado una enigmática sonrisa, calma, regocijante. Se podría decir que, en sueños, aquel desdichado pensaba haber triunfado en el duelo y celebraba con aquel sereno y amable gesto su victoria. Pero su destino había sido, y sería, otro bien distinto.

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El cubículo en que se hallaba era de muy reducidas dimensiones. En él todo era tinieblas y, durante el escaso tiempo que llevaba en él desde que se había despertado en su interior, había aprendido a valerse por sus restantes sentidos. El olfato no le hablaba más que de humedad y salinidad; el polvo, lo notaba, lo cercaba. El oído le traía el relajante romper de las aguas sobre un escarpado acantilado; pero, cuando aquel apacible sonido terminó también por crisparlo, fue consciente del rápido y temible rumor de las ratas, el eco de las voces torturadas y las manos asidas de por vida a los barrotes de muerte y senectud; el tacto, desesperado, serpenteando a gatas, le transmitía la sabiduría añeja de la dura piedra y le revelaba los grabados inmortales que valerosas uñas habían depositado mientras sus huesos se depositaban en lo más hondo de un rincón.

La puerta se abrió con gran estruendo de cerrojos y una luz impenitente se arrojó sobre la silueta desgarbada del pobre hombre. Despidió un desesperado grito mientras se cubría los ojos con ambas manos. Pero el grito no lo había causado tan sólo la luz: una silueta siniestra había aparecido bajo el marco de la puerta y el corazón del prisionero se había oprimido terriblemente. El dementor cerró la puerta cuando el hombre al que acompañaba penetró en el oscuro calabozo. Aunque la luz se consumió tras el grito del metal y el llanto de las llaves sobre las cerraduras, dos luceros siguieron iluminando el rostro adormilado del paupérrimo encarcelado.

–Azkaban... ¿Estoy en Azkaban? –preguntó con voz rota.

El de los ojos brillantes se acuclilló frente a él e, introduciéndose una mano bajo la gabardina, extrajo un cuenco que entregó solicitó al postrado. Aquél lo tomó con expresión taciturna y se lo acercó al rostro para olfatearlo. Acto seguido, arrojó el cuenco contra el muro de piedra. El hombre de resplandeciente mirada observó impertérrito cómo se hacía añicos y las dulces natillas se precipitaban lentas hacia el suelo.

–Debería ser más juicioso con esos regalos –dijo. La voz era la de Remus Lupin–. El rigor de la prisión en cuanto a alimentación es algo que Azkaban viene sufriendo desde su mandato, Cornelius.

–Quiero que me devuelvan mi varita.

–Después si acaso. Ahora tenemos que hablar.

–¡No tengo nada que hablar con usted, Lupin!

–Bien. Entonces me escuchará. Veamos, Cornelius. Extraños acontecimientos se vienen produciendo en el Ministerio desde su inopinado abandono del mismo. Sabe, a estas alturas una cuarta parte del personal del Ministerio ha sido detenida y expulsada de su función pública por estar relacionada con una misteriosa confabulación que ha ido despertando muy paulatinamente. Así es, un golpe de Estado. Alta traición, por supuesto. Claro está, el Cuartel General de Aurores detectó el brote antes de que hubiésemos de lamentarlo. ¿Se imagina qué horrible panorama? Usted, como ministro que fue en su tiempo, entiende y comparte, imagino, mis intereses por proteger la seguridad nacional. ¿Me equivoco? –El silencio que prosiguió a su breve interpelación fue un declarado intento de entablar diálogo con Fudge. Pero aquél, lejos de picar el anzuelo, devolvió la mirada a los dorados ojos que lo contemplaban sin decir ni hacer nada–. Lo realmente extraño, y en lo que requiero su participación, es que todos los implicados, sin falta, lo señalan a usted como el promotor de dicha maniobra. Dicen asimismo que planeaba recuperar el Ministerio antes de su salida de la casa de Gran Mago. De ese modo, no sé aún muy bien de qué forma, recuperaría el poder y el despacho que ahora, y todavía, yo ocupo.

–¿Y usted qué piensa, señor Lupin? –le inquirió con picardía.

–¿Yo? –Rio–. Que tienen razón. Pero necesito que lo confiese usted mismo. Aunque sea tan sólo para hacerme disfrutar.

–¿Por qué no usan la Poción de la Verdad? –adujo cauto–. ¿O no pueden?

Remus sonrió.

–Claro que no. Se las arregló para que el Gabinete de Sabios adoptase esa medida: no podemos emplearla para interrogarlo. Estoy seguro de que su incorporación al Gabinete no era gratuita: podría vigilarme e incorporar medidas que le beneficiaran tanto si su plan salía bien como mal. Pero no me importa, Cornelius: dispongo de bastante tiempo y paciencia. Además, he dado órdenes de que no lo liberen hasta que hable.

–No puede hacer eso.

–Oh, sí puedo. –Sonrió–. Créame, yo también escondo un as en la manga, hable o no hable. Y no voy a discutir eso con usted. Dígame¿por qué dimitió? Y lo que más me abruma e interesa¿por qué permitió que yo lo sustituyera? –Volvió a guardar silencio, esperando, en vano, que su predecesor satisficiera su curiosidad–. Cree que no lo sé, Cornelius, pero he oído hablar de esa profecía de Trelawney. Lo que no entiendo es los pensamientos que rondaron por su cabeza para actuar como finalmente lo hizo.

–Yo no hice nada –insistió Fudge tozudamente–. Soy inocente de ese supuesto golpe de Estado. Lo más que hice fue dimitir valientemente y entregarle el mando a un estúpido ingrato al que el poder se le ha subido irresponsablemente a la cabeza.

–Puede, puede ser. Pero yo que usted no seguiría por ese camino. Tengo medios para descubrir la verdad. Y sin recurrir a la Poción de la Verdad. Mi mujer, por ejemplo, es legeremántica. ¿Quiere que la traiga? –Fudge torció el gesto–. Es terriblemente intuitiva, créame. Pero es que ni hace falta, Cornelius –sonriendo pronunciadamente–; Dolores ha confesado. Sabe, la idea de una considerable reducción de la pena a cambio de una gustosa colaboración con nosotros la satisfizo enormemente. No dudó en vender su fidelidad por cinco años de libertad.

»No ponga esa cara, Cornelius. De Azkaban ya no lo libra nadie, pero no deseo que sufra. Sabe, la amistad basada en la traición es veleidosa, caprichosa siempre, sí. Cuando la suerte corre paralela a los intereses, siempre es fructífera; pero, cuando es adversa, te quedas solo. Entonces descubres, para tu sorpresa, que nadie estaba a tu lado, por ti, porque realmente te quisiesen. Esa amistad es la verdadera traición.

»Hablemos claro ahora. Y de lo que a mí me interesa. ¿Por qué se entregó en cuerpo y alma para que fuese yo quien lo sustituyera?

Fudge, después de contenerse unos segundos, acabó gritando como un animal furioso. El silencio se hizo extensible a su celda y a las vecinas cuando cesó.

–Tú no has oído esa profecía, Remus. Era mi aniquilación. Después de todo mi esfuerzo, mi sueño roto. –Se detuvo unos instantes para recordarla y, seguidamente, la recitó en voz alta. Remus no se lo impidió. La escuchó en silencio–. Bajará su cetro el ministro vencido, partirá derrotado y destruido –repitió–. La llamamos la Maldición del Ministerio. No iba a quedarme sentado, esperando consumirme bajo la maldición de un hechicero tenebroso. ¡Por eso dimití! Que fuese otro quien la sufriese, me daba igual. Pero no podía irme cabizbajo... ¡Derrotado y destruido! Permanecí como componente del Gabinete de Sabios para controlar la situación desde dentro y dispuse en torno a mí un número abundante de partidarios. Han sido ellos los que, llegado el momento y tras recibir mis órdenes, han ejecutado, fallidamente, la preparación del golpe de Estado.

»No me opuse a tu candidatura, ni a la de Harry Potter en un principio, porque ninguno de los dos sois portadores de sangre pura. ¡El Emisario de la Maldición portará sangre pura!, dice la profecía. Y por tus venas corren tres: mágica, muggle y licántropa. Por eso, al principio, a pesar de mi animadversión hacia ti, te apoyé.

»Pero tu poder en el Ministerio se afianzaba sin que amenaza alguna ni atisbo de la Maldición te despojase, derrotado y destruido, de tu puesto. Me impacienté. Un terrible temor sacudió a los que conocíamos el contenido de la profecía. ¿Y si aquella amenaza, la Maldición, inconscientemente, habíamos sido nosotros mismos? El ministro, es decir, yo, había abandonado su puesto derrotado y destruido al menos metafóricamente. Mi conciencia estúpida, pensamos, era el mago ungido de sangre pura que echó abajo puertas y muros para abrir paso a los ojos de halcón y a la muerte: tú.

»Pero ahora lo sé. Y nuestro error fue tan irrisorio y absurdo que detesto haberlo cometido. No sé en qué forma, tú eres el mago ungido de sangre pura, el que me has despojado de honor, el que ha destruido mi carrera y mi imagen. Yo convoqué a la Maldición del Ministerio. –Fudge observó compungido cómo Remus estallaba en una sana y limpia carcajada–. Entonces no me percaté –prosiguió en un susurro–, pero ahora lo sé. El lobo... El lobo...

–¿Qué dices?

–De cuatro frases consta el vaticinio. Sus iniciales conforman esa palabra: el lobo... El lobo... Pero no me di cuenta. La profecía me avisaba.

Remus, haciendo caso omiso a sus últimos y balbucientes comentarios, repasó mentalmente la profecía y comprobó, con cierta sorpresa, que lo que había dicho era cierto. Estaba relativamente acostumbrado a aquella clase de fenómenos ocultos en las piezas de adivinación, pero no por ello conseguía dejar de sorprenderse en cada nueva ocasión.

Repuesto, se revolvió hacia Fudge y le habló en la siguiente forma:

–Me halaga que piense que soy digno de una profecía como ésa, pero lamento anunciarle que está equivocado. Conocía su contenido un poco antes de que me lo confesara ahora mismo. Un hechicero mucho peor que usted y que yo vendrá algún día. –Se incorporó y llamó con los nudillos a la puerta. La sombra de la desesperanza abrazó sus corazones: al menos un dementor se aproximaba–. Su nombre es Tim Wathelpun, recuérdelo. Algún día escuchará los gritos que provoque desde su celda. Él es la Maldición del Ministerio, me temo.

Varios crujidos anunciaron la inminente apertura de la puerta. Un nuevo torrente de cegadora claridad hizo bajar la vista del antiguo ministro, que contempló como divinizada la alta y robusta silueta del licántropo. Las palabras salieron entrecortadas de sus labios:

–Entonces... Entonces... ¿Qué harás?

–Lo que usted no fue capaz. Resistir. A pesar de que mi mujer me ha tratado de convencer de lo contrario, no abandonaré el Ministerio hasta haberme enfrentado al peligro. Si lo venzo, habré conseguido imponerme al Destino; si no soy capaz, al menos lo habré intentado...

–Pero... –balbuceó. Tan sólo consiguió decir al final–: Derrotado y destruido...

–Correré ese riesgo –fue su única respuesta.

El dementor pasó junto a Remus para dejar al lado del preso un plato de barro cocido con un mendrugo de pan duro remojado en agua turbia. El licántropo, sintiendo conmiseración, sacó delicadamente su varita del bolsillo interior de su gabardina y, agitándola, reparó el cuenco y obligó a las natillas derramadas a recomponerse en su interior.

–Se lo advertí –dijo tan solamente antes de salir, precedido del dementor, que cerró la puerta sonoramente.

Fudge se abalanzó sobre las natillas.

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Aquél era un jueves especial. Tras la reñida expulsión de Cornelius y de Dolores, la directiva del programa se había reunido para tomar una decisión sobre la evolución del programa. En consecuencia, habían determinado el adelanto de la ansiada final. Adujeron que los ánimos entre el equipo estaban lo suficientemente crispados como para no aventurarse a convocar a nuevos suplentes para sustituir las inevitables ausencias. Disponían de tres, al fin y al cabo, los tres finalistas, tres supervivientes, visto desde la perspectiva el catastrofismo vivido, y entre ellos se disputaría el reñido y anhelado premio.

La noticia le fue comunicada a la casa al poco de producirse. Los hicieron acomodarse en el ancho sofá de la sala de estar, frente al televisor de plasma, y, justo cuando comenzaban a impacientarse, una invisible voz surgió de las profundidades, de todas partes, envolviéndolos y comunicándoles la buena nueva. Ésta desapareció al cumplir su cometido. Sirius y las dos mujeres permanecieron un rato en silencio, sin decir nada. La final. Al fin. Parecía tan lejana, tan ausente y esquiva, impalpable, que no se habían detenido a reflexionar sobre ella. Aún quedaba mucho transcurso del programa, habían pensado todos ellos, y podían ser expulsados fácilmente antes de alcanzarla. Pero ya estaba allí. Habían conseguido alcanzarla. La aspiración al premio, la satisfacción de atisbar la meta, la proximidad del reencuentro con los seres queridos, fueron realidades de tan poderosa efervescencia que, además de robarles las palabras y aun el aliento, provocaron incluso en el animago que sus ojos se humedecieran. Claro está, éste lo negó rotundamente.

Aquel día, lo intuían, sería un jueves especial. Lo aguardaban emocionados, nerviosos. Intercambiaban pocos comentarios sobre él. En contrapartida, aumentaron los momentos de intensa y solitaria reflexión. Ángela, por ejemplo, que había sido una de las más inquietas durante todo el concurso, pasaba largos ratos tumbada, con los ojos cerrados, sobre el sofá. Otros, en cambio, los pasaba derramando lágrimas en silencio, mientras paradójicamente sonreía, observando las fotos de su marido y de su hijo. Las besaba antes de irse a acostar y permanecía largo rato sin conciliar el sueño, con los ojos bien abiertos y fijos en el oscuro techo. Trelawney la imitaba. Estaban nerviosas. Envidiaban a Sirius, quien, a pocos metros de ellas, roncaba indiferente. Sin embargo, lo que no sabían era que su al parecer profundo y feliz sueño estaba cuajado de sueños intranquilizadores y pensamientos en absoluto reconfortantes.

Así transcurrieron los cinco días que los distaban desde que fueron avisados hasta el de la gran final.

La casa amaneció impecable (pensaban ordenarla y recoger la cocina por la mañana, pero, al despertar, no encontraron nada para hacer, pues todo estaba hecho) y cubierta hasta el último rincón de globos y confeti. Al principio, cuales párvulos traviesos, aún en pijama, corrieron en pos de atraparse mientras se arrojaban grandes cantidades de confeti. Sin embargo, cuando la novedad los aburrió, abandonaron el juego y, arrastrando las zapatillas de andar por casa por entre aquella espesa masa de festín, se encargaron de otros menesteres más propicios. Desayunaron inquietos, esperaron al almuerzo con mayor desasosiego y apuraron éste sin intercambiar una palabra. Sólo Trelawney mostró algún tipo de sentimiento cuando, al ir a recoger el salero, lo derramó completamente a lo largo y ancho del mantel. Los tres se quedaron mirando el grueso montículo de sal encima de la mesa. Instantes después, la adivina se llevó las manos a la cara y empezó a llorar. No se dejó consolar, sino que salió corriendo a su habitación desesperada. Ángela se encogió de hombros mientras terminaba su confitura.

Estaban guardando su ropa y sus enseres en las maletas que el programa les había cedido cuando, por última vez, los llamaron a los tres, por turnos, al confesionario. Querían que hiciesen balance de su paso por el programa. Trelawney salió llorando; tanto Ángela y Sirius pensaron que el idiota incidente con el salero la había afectado profundamente. Posteriormente, tanto la mujer como el animago mencionaron las risas y los buenos ratos comunes, las sorpresas vividas, etcétera, pero, como si se hubiesen puesto de acuerdo, ninguno mencionó para nada a Cornelius o a Dolores. Parecía que aquéllos no hubiesen existido.

Se vistieron para la grandiosa ocasión y, llegado el crepúsculo y asomado el oscuro manto de la noche, se sentaron en el sofá a esperar. Aquello no era lo que habían previsto. Intuían que el programa tenía que haber dado comienzo ya, pues hacía rato les habían impuesto que se sentasen allí y esperaran, mas nada sucedía. Tan sólo el rumor cansado de la larga espera y los diseminados comentarios inquietos. Ángela, sabia conocedora del programa y experimentada espectadora, imaginó que la situación en el plató habría de ser más optimista y festiva que la que ellos tres estaban viviendo. Sirius deseó la conexión en voz alta cuando el rostro de Henry Miló apareció, sonriente, en el plasma frente a ellos.

–Buenas noches, queridos concursantes –los saludó. Los tres, olvidando su reciente malestar, parecieron rejuvenecidos, despiertas sus almas por una llama de pasión y duda–. A causa de los últimos contratiempos que hemos padecido –sonrió–, no pude daros a tiempo la enhorabuena por haber llegado a la final. Os deseo que tengáis mucha suerte los tres y... que la audiencia decida. Bien, como acabo de anunciar en plató, quedan cinco minutos para que se cierren las ventanillas lechuciles para que los espectadores emitan sus votos. ¿Deseáis decir algo, unas últimas palabras, para ayudar a los rezagados a decidirse por alguno de vosotros? A ver, hagámoslo por razón de antigüedad. Ángela, empieza tú.

Ésta se sintió incómoda de pronto por tener que expresarse y no supo escoger las palabras adecuadas. Balbuceó terriblemente al principio, pero, más relajada, acabó diciendo:

–No sé. Creo que no he hecho... nada mal..., y siempre me he comportado tal como soy. No sé qué más decir, la verdad.

Cuando llegó el turno de Sirius, que era el siguiente, éste se mostró menos dubitativo y menos también parco en palabras. Lo que él dijo fue:

–No sé si me merezco ganar, pero, como ha dicho mi amiga Ángela, nos hemos mostrado tal y como somos. Nos lo hemos pasado bien y ése es un gran premio. Que decida la audiencia.

Al preguntarle Henry Miló a Trelawney, ésta rompió a llorar. Con las manos ocultándole el rostro y los sollozos derramándose de su boca, lo más que consiguieron comprender de su torpe y murmurante exposición fueron las palabras: "salero", "desgraciada" y "joder"... El presentador, como si lo hubiese comprendido todo perfectamente, asintió satisfecho. Sin añadir nada más, les anunció que volverían a hablar en unos minutos y su faz desapareció. Ángela trató de tranquilizar a la adivina, pero ésta, en un estado de nerviosismo inimaginable, no se dejó hacer. Sirius, como si con él no fuese la cosa, ignoraba a Trelawney, cuyos lamentos se habían recrudecido terriblemente.

En esta desesperada e infructífera misión les llevó el tiempo: al reaparecer el sonriente del presentador en el televisor, Trelawney seguía llorando, Ángela tratando de consolarla y Sirius, con expresión aburrida, ignorándola. Con las saladas perlas aún prendidas de sus pestañas y los sollozos soplando desde sus labios, obedeció, como el resto, las indicaciones de Henry: se pusieron en pie y salieron al jardín. Allí se les comunicaría quién sería el tercer finalista. La tensión era evidente. Se agarraron de las manos y contuvieron el aliento. La adivina, valiéndose de un último resoplido, empleó la mano que tenía libre para enjugarse los ojos. Los cerró; no quería conocer el resultado. En su lenguaje interno, rezó a los dioses paganos, a las estrellas y a las constelaciones del cielo, al Destino personificado, al infinito y sabio Universo... Todos rezaban, imploraban en silencio, pero ella era la única cuyos rezos se dejaban traslucir en el balbucear de sus torpes labios. Encogió las facciones con temor cuando la grave voz del presentador comenzó a resonar impertérrita sobre sus cabezas:

–La audiencia de Gran Mago V.I.P. ha decidido que el tercer finalista sea... –El silencio generador de intriga era de rigor. Les sudaban las manos. Aguardaban la respuesta, la rápida expulsión de uno de sus nombres. Esperaban la veloz sonrisa o las inevitables lágrimas. Sin embargo, el presentador carraspeó y volvió a hablar. ¡Pero no para anunciar el nombre! Los tres finalistas no contuvieron sus expresiones de impaciencia–. Vale, vale, vale... Vamos a hacerlo de otra manera. Ya estáis acostumbrados, por activa o por pasiva, a que sea yo quien os comunique todas las semanas los nominados y los expulsados. ¡Pues bien! –poniendo mucho énfasis–, esta vez no seré yo quien os lo diga, sino alguno de los otros inquilinos con los que habéis compartido todo este tiempo la casa. Atentos, repito. La audiencia de Gran Mago V.I.P. ha decidido que el tercer finalista sea...

En aquella ocasión no cerraron los ojos. Esperaban cualquier cosa, cualquier sonido, cualquier señal... En definitiva, algo. Estaban ansiosos y, sin ánimo de dañar a nadie, sólo por puro impulso irracional, se apretaban los unos a los otros las manos, con cierta inquietud. Ángela y Sirius intercambiaron una mirada y, no supo cómo, la mujer le dedicó una simpática sonrisa a él. Entonces ocurrió.

Tras un doloroso cacareo, una gallina descabezada salió volando por la ventana del cobertizo. Cayó de espaldas a los cuatro infelices que aguardaban, con lo que, en un primer momento, lo más que acertaron a decir es que llevaba un antifaz puesto. La condenada criatura, en un alarde de rebeldía, se quedó picoteando la verde y fresca hierba sin mostrarles más que sus huevonas posaderas. En consecuencia, una mano desde el interior del cobertizo apareció por la ventana blandiendo un largo palo. Con todas las fuerzas que consiguió reunir, le propinó un varazo al pobre animal, al cual el golpe le sobrevino tan sin esperarlo que emprendió una estúpida carrera en la cual su rastro era todo de blancas plumas. Sin embargo, al menos, consiguieron identificar que lo que al principio habían confundido con un mero antifaz no era sino una careta. Aquélla representaba el rostro de uno de ellos: el de Trelawney.

–Eres la tercera finalista, Sybill –anunció inmediatamente la voz del presentador por si quedaba algún retazo de duda–. ¡Enhorabuena!

Sin embargo, la pobre desdichada, en lugar de alegrarse, se llevó nuevamente las manos a la cara y reanudó el tierno llanto. Ángela fue a abrazarla ilusionada pensando que lloraba por la emoción. Pero, cuando la dicharachera mujer la abrazó contenta y, sin mala intención, provocó un grito justo al lado de su oído, la adivina la apartó bruscamente gritándole y maldiciéndola. Sirius y la rechazada la miraban atónitos, y sus ojos se cruzaban buscando algún tipo de solución. La mujer, entre tanto, tan sólo conseguía repetir malhumorada:

–La sal... ¡Maldita mi suerte! La sal... Ay...

No dejó que se despidieran de ella. Sufridora de unos estertores insufribles, Sybill se marchó pausadamente. Abrió la puerta y, sin decir nada, se fue. Los dos que quedaban imaginaron que tomaría la limusina mágica de camino al plató y se tranquilizaría durante el transcurso del camino. Se equivocaban: la adivina se desapareció frente al inaudito público que aguardaba ilusionado frente a la casa de Gran Mago. Aunque sea sólo un inciso que rompa el marco cronológico natural de la narración, permítaseme decir que Trelawney no dio señales de vida hasta un mes más tarde, cuando apareció de improviso por la chimenea de su torre de Hogwarts dispuesta a impartir su clase.

En un principio, Ángela y Sirius no comentaron nada. Se sentaron en el sofá, uno al lado del otro, y se quedaron observando como traspuestos las negras cenizas de la chimenea apagada. Tenían que asumirlo todo: la proximidad del premio, la alarmante sensación de triunfo por haberse impuesto sobre sus rivales, la suerte de haber sido casualmente ellos dos quienes estuviesen allí... Digerido todo aquello, el animago se giró hacia su compañera y, con un amable gesto en el rostro, le dio la enhorabuena. Ángela, agradecida, hizo lo mismo, e, inexplicablemente, volvieron a sumirse en un intenso y acongojado silencio. Sin recuperarse de éste, hartos de la inflexibilidad del sofá, ambos se pusieron en pie y caminaron como almas en pena por la casa casi vacía. El tiempo parecía transcurrir lento. La revelación del ganador no llegaba nunca. La conexión con la casa no volvió a efectuarse por espacio de un rato interminable. Tanto uno como otro deseaban que se produjera la comunicación. No importaba quien ganase, pues ambos se estimaban recíprocamente, pero el misterio de la duda era un terrible halo de malestar que hacía encoger a sus corazones.

No supieron cuánto rato había transcurrido cuando, finalmente, el rostro de Henry Miló volvió a sonreírles. Se sentaron atropelladamente frente a él, en el sofá. Sirius, que había procedido al descorche de una botella de licor, abandonó la tarea e imitó a su compañera. El presentador sonrió más pronunciadamente al advertir los rostros de preocupación e intriga de los concursantes.

–Os veo ansiosos –fue lo primero que dijo. Ángela sonrió con relativa inquina. Sirius, por el contrario, no hizo nada–. Bien, en tal caso no demoraré más la respuesta. Tengo que pediros que salgáis otra vez al jardín, por favor. –La voz no volvió a hablarles hasta que lo hubieron hecho–. No os vayáis a pensar ni por un momento que es que estamos pedigüeños–rio–, sino que hace hoy una espléndida noche de luna llena que no podemos desaprovechar. Pues bien, dicho lo cual, os anuncio que estéis muy atentos a la redonda luna. –Instintivamente, tanto Sirius como Ángela alzaron las cabezas para contemplar la blanca faz del brillante satélite–. Ella os dará la clave esta noche. Será ella, y no yo, quien os diga quien ha ganado este año. ¿Está claro? –Asintieron–. ¿Y estáis preparados? –Asintieron menos contundentemente–. Pues bien. Por favor, Claudia, tráeme el sobre. Lo abro –fue explicando pues sólo podían oírlo– y empiezo a leer. La audiencia de Gran Mago V.I.P. ha decidido que el ganador de su ducentésima nonagésima nona edición sea...

Volvió a extenderse aquel molesto silencio, donde el más leve crujido de la hierba era amplificado por sus oídos en tensión. Ángela y Sirius, no contentos con estrechar dulcemente sus manos, se aproximaron el uno al otro, tanto así, que el animago dejó que la desfallecida mujer depositase su cabeza sobre su hombro mientras observaba la clara luna. Sólo entonces, como una nube velocísima, como un certero rayo desde la Tierra, la luna proyectó una imagen, un rostro, el de...

–¡Ángela! –anunció a un tiempo a voces el presentador del concurso.

Sirius, soltando una intempestiva carcajada, atrapó a la confusa y sorprendida mujer, que no acertaba a creérselo, y la alzó por los aires sobre sus fuertes brazos. La apretó tiernamente contra su pecho y la besó hasta que los dos torrentes salinos de la mujer inundaron sus labios de un sabor agridulce. Le dio muchas veces la enhorabuena, pero Ángela, horas más tarde, tan embebida había estado, no conseguía recordar el momento exacto de ninguna. En realidad, no conseguía retrotraer nada a su mente. Era como si no fuese ella quien hubiese vivido aquella experiencia.

El animago le dio otras tantas la enhorabuena y la besó antes de salir. Tuvo que ser en aquella ocasión el presentador quien lo apremiara para que el mago lo hiciese. La mujer lo acompañó hasta la puerta y le rozó hasta la punta de los dedos de las manos cuando tiraban de él para llevárselo a plató. No querían separarse.

Y Ángela se quedó sola, victoriosa, en la casa. Tantos pensamientos comenzaron a golpear con tal contundencia sobre su cráneo que prefirió desembarazarse de todos ellos. Pero no consiguió relajarse. Paseándose de un lado para otro con inquietud, las manos en extraña actitud de rezo, iba hablando para consigo misma en un casi inaudible susurro. Se llevaba las manos a la cabeza. No podía creérselo. Sólo cuando hubieron pasado diez minutos, la mujer se dejó llevar de nuevo por una tierna y lenta lluvia de lágrimas. La televisión del salón se encendió en aquel momento y Henry Miló, dedicándole una de sus más francas sonrisas, le inquirió:

–¿Por qué lloras, Ángela? –La mujer no acertó a responderle–. Enhorabuena –le deseó en vista a su silencio–. Disfruta de este privilegio sólo apto para ganadores: la casa vacía, la casa en silencio. –Se concedió unos segundos de margen antes de proseguir hablando–. Pero lo siento, ahora te tengo que pedir que la dejes. Tienes que abandonar la casa, Ángela. Te estaré esperando aquí, en plató.

La mujer asintió. Con cierta torpeza en el modo de caminar, así como desorientada en extremo, se movió por la casa. Llegó incluso a tirar de su maleta para llevársela con ella hasta que una voz impenitente resonó recordándole que se la harían llegar después. Ángela se disculpó sonriendo con disimulo. Se contempló en el espejo antes de afrontar el exterior. No se miró a sí misma, sino el miedo implantado en sus brillantes ojos negros, hasta entonces cuajados de coraje y denuedo. Se amoldó el largo flequillo y se envalentonó dirigiéndose una mirada cómplice. A continuación, asió el pomo de la puerta que conducía al exterior, al fin del concurso, de Gran Mago, y, antes de abrirla, acción que le llevó algunos segundos, volvió a dirigirse en silencio palabras de ánimo y valor. Con el corazón encogido, la abrió. No pudo ver nada: una luz cegadora le salió al encuentro y caminó parapetando sus ojos con una mano. Aplausos, gritos, chiflidos, la recibieron al paso. Gritaban su nombre. Sintió sobre su piel los engorrosos flashes de las cámaras.

Aquello era nuevo para ella. Pero había perdido el miedo.

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Bueno, he aquí el final de esta amplia singladura por Gran Mago V.I.P. ¿Qué, sorprendidos? Bueno, no estoy muy acostumbrado a decir, como he leído en otros "fanfics" por ahí, dónde está el botón para colgar los "reviews" o a decir que los dejéis, pues ésa es cuestión personal que sólo os compete a vosotros. Pero estoy muy interesado, ya lo sabéis, en conocer vuestra opinión, conque mediante "review", mediante un correo¡mediante señales de humo si hace falta!, escribidme.

NUEVO DIBUJO DE ELENA: Imagino que Elena publicará enseguida el dibujo de este capítulo en que retrata a Sirius en calzoncillos y a Ángela riéndose de él. Ya sabéis que, como siempre, podéis encontrarlo en la página web oficial de MDUL (para mayor información, pinchad arriba sobre KaicuDumb). ¡Ah! Y os invito a participar en el panel de "Teorías sobre MDUL". Os puedo dar alguna pista interesante...

Avance del capítulo 13 (GEORGE NICKED Y LAURA BLACK): Conoceremos las novedades en materia de seguridad que ha adquirido el Ministerio de Magia. ¿Serán suficientes para impedir futuros ataques? Quizá eso explique porque brindan todos por Tim Wathelpun. Conoceremos una de las primeras desavenencias fuertes dentro del núcleo familiar. La vida de Hermione cambiará sustancialmente. Averiguaremos una de las ambiciones más secretas de Helen Lupin, que hará sonreír al infeliz de su marido. Rescataremos la relación materno-filial entre la señora Nicked y su hija. Y, por supuesto, nacerán dos bellas criaturas.

Hasta entonces, cuidaos. Un saludo.