«"Lo hicimos. Lo hicimos. Lo hemos conseguido. Ya no cenas hoy." "No, no, no..." "Ya no cenas hoy." "No, no, no... Ya no cenas hoy. ¡Ya estás a dieta!" "¡Dori!"» (Buscando a Nemo.)

Respondo "reviews":

SEIN LUPIN. Hola, Miriam. Antes de decir nada, debo apuntar que has sido muy aguda; tanto que Elena (una vecina, amiga de la infancia, que inspira el personaje de Helen Lupin y me sugirió la idea de escribir MDUL, a ella se lo debo en verdad), o Helen Nicked Lupin como se hace llamar aquí, casi me descuartiza. Que si esto, que si lo otro. Bueno, su "review" está ahí por si alguien quiere las amenazas de que me hace objeto. Suerte que, al rato, pude quedar con ella y, de camino a un centro comercial, le expliqué la situación detenidamente, con los pros y contras. Y, dado que he comenzado explotando ese punto de tu "review", lo concluiré, pues no es bueno iniciar un tema y dejarlo inacabado con la promesa de que se proseguirá. Cierto, no lo digas muy alto no vaya a ser que se corra la voz, pero, si se reordenan las letras del nombre de Matt, y viceversa, aparece el nombre de Wathelpun. ¿Coincidencia?, te preguntabas. Sí y no. Ahora te pregunto lo mismo que le pregunté a Elena. ¿No se suponía que Matt iba a ser la primera víctima del hechicero, el primer muerto en sus manos según el joven vástago lupino intuía gracias a su don adivinatorio?... Recuerda, asimismo, que Matt es, y será, un heredero del clan de Ánuldranh, de su sangre; un poder tan grande no puede desperdiciarse, debe mantenerse en el mismo nombre. Ah, y yo no te dije en ningún momento que Tim, el hijo de Charlotte, no pudiese ser Wathelpun. Simplemente sembré la duda. Pronto (antes de lo que imagináis) resolveré la duda. He precipitado un poco los acontecimientos y Wathelpun está al caer. Entonces ya no habrá duda sobre su verdadera identidad. Va, dicho todo esto, muchas gracias por tu apoyo y tus palabras de ánimo; sé, claro, que no te hubieras atrevido a leer todo esto si no hubiese sido porque, en el fondo, esconde algo de encanto, pero entiende que vuestra desinteresada participación para conmigo es tan grande, tan mayúscula, que yo no puedo hacer más que quitarle hierro para no caer en la tónica de emitiros un gracias continuo. Y ese gracias, en cierto modo, se traduce en muestras de afecto como entregaros personajes, a vuestra imagen y semejanza, que yo manejo en mis manos. Me reitero, habrá un personaje llamado Miriam, muy próximo a un personaje principal, sólo que durará poco tiempo, te aviso. Pero espero que te guste. Te aviso, eso sí, que necesito una descripción de ti, o bien una foto, y las características etopéyicas básicas que quieres que presente tu personaje. Cuando puedas, me resuelves esto, imprescindible para crearte el personaje, aunque aún faltan unos cuantos capítulos para que aparezca... Sí, en el Torneo de los Cuatro Magos... Oh sí, he dicho bien. Cuatro. Bueno, te deseo mucha suerte con tus "fanfics" y, ya sabes, si tienes algún tipo de duda o pregunta sobre cómo colgarlos, estoy a tu entera disposición. Muchos besos.

PUNKITTY. Hola, Vero, qué tal. En primer lugar, debo disculparme por mi profunda desconsideración: sé que es la segunda vez que dejo colgado, sin respuesta, el correo que me mandas como segundo "review" pretextando que le doy respuesta aquí, pero es que, aunque estoy de vacaciones, sigo bastante liado. No tanto ya por falta de tiempo, sino por falta de ocasión de conectarme a Internet. Aunque sé que eso terminará pronto. Por cierto, sólo como pura matización, estás en lo cierto: es "la" Ultra Witch (y Helen sí sabe lo que es, pero se lo toma a chiste y no quiere que nadie se ría de su revelación). Y es una pena que no tengas ninguna de tus teorías divertidas sobre la luz violeta; pero no desesperes, que ahora mismo estoy preparando un capítulo que casi parece pensado para ti: el XVI, «La rebelión de la luz violeta». Ahí tendrás luz violeta para rato. Y también una escena muy reveladora Snape-Helen, que parece venida al pelo después de leer tu comentario sobre Snape. Para mi modo de ver (a pesar de ser el autor del cobarde homicidio de Dumbledore) Severus es uno de los personajes más interesantes de la trama y, después de todo, defiendo la tesis de que no es completamente malvado. El tiempo me dará la razón o me la terminará de arrebatar. En cuanto a MDUL, y a esa escena de que te hablo con que se inicia el capítulo XVI (escena ya escrita, por cierto), te hará entender un poco mejor porque Helen lo perdona, después de todo, y también apreciarás en cierto modo su propia opinión sobre un aspecto que tu misma has tratado: el malo que lo es a causa del tormento de los malos (es una maravillosa definición de lo que diferencia a un personaje de un tipo). Por cierto, me has hecho muchísima gracia diciéndome que te pasas las horas buscando en los dos MDUL algún indicio que te permita atar cabos y etc. ¡Qué graciosa! Pero si vas a terminar sabiéndote la trama mejor que yo... Ni que decir tiene que, si necesitas algún tipo de puntualización, no debes dudar en preguntarme; bien para pedirme información por adelanto que te pueda suministrar, bien para preguntarme dónde se encontraba tal o cual pasaje, etc., lo que quieras: estoy a tu entera disposición. Ah, otra cosa. Por supuesto que Remus tomó la iniciativa de retirar los dementores de Azkaban, pues es mayor el daño hipotético que realizan de cara a la sociedad que el provecho que ésta recibe de aquéllos. Pero su retirada supone un proceso lento. Ten en cuenta que han de sustituirlos por medios lo suficientemente fidedignos como para impedir la huida de los allí encarcelados, muchos de los cuales tienen grandes poderes mágicos. Pero se terminarán retirando. O los dementores se retirarán solitos: llegado Wathelpun, no quedará criatura oscura del lado del bien, puedo adelantar. En cuanto al capítulo anterior, del que realmente habría de tratar yo mismo, lo cierto es que tu explicación alternativa merece todo mi respeto y, es más, debo decir que tiene una lógica aplastante que en aquel momento pasó de largo para mí: si ellos se convierten en los enemigos, a la hora de recuperar el poder, ya no se sentirían vulnerables. Es muy buena la opción, sólo lamento que ya sea tarde para hacer de ella una gran explicación con cabida en MDUL. Y muchas gracias por el apunte, me gusta que participéis en esa manera. En fin, con respecto a Bagman y Lockhart, como tú dices, mi mero interés era hacer unos bribones unos personajes entrañables, aunque no sé si he conseguido esto último. Hay personajes que, a mi modo de ver, se merecen una segunda oportunidad, aunque a Ludo le haya servido de bien poco. Y, en cuanto a Gilderoy, me temo que no va a figurar más en MDUL, eso me temo. Hacerlo aparecer como parte del movimiento revolucionario contra Wathelpun me parece casi pantomímico. Y, bueno, respondiendo someramente a alguna de tus dudas, Fudge no tiene nada, nada que ver con Wathelpun. Wathelpun todavía "actúa" en solitario, por así decirlo. Por eso, la revuelta ministerial es cuanto queda dicho, el anhelo de recuperar el estatus privilegiado por parte de unos seres despreciables y maquiavélicos que se pasarán una temporadita encerrados en Azkaban. Sin embargo, y sirva esto como mero apunte, la profecía de Trelawney no se refería realmente a este ataque, sino al... "verdadero ataque" al Ministerio. Éste ha sido un ensayo. Uno que ha permitido (ya lo leeréis enseguida) que Remus perciba que en el Ministerio hay que cambiar muchas cosas relacionadas, fundamentalmente, con la seguridad. Y eso es todo con respecto a MDUL que puedo contarte por el momento. En el próximo capítulo seguro que se desvela algún interesante aspecto más que nos tenga un tiempo entretenidos, ya verás. En fin, voy a dejar ya correr un tupido velo sobre algunas de nuestras notorias y sombrías conversaciones, iniciadas por mí, que mantenemos desde hace unas semanas. Aunque sé que la situación no es completamente perentoria, me encuentro resueltamente recuperado de algunos de los pensamientos que te expuse y no quiero caer en el error, al menos hoy, de invadir mi corazón con su sola mención. Me refiero también al "fanfic" secreto, que intuyo que no voy a proseguir. ¡Es una absurda idea de las locas mías! La vida me sonríe ahora mismo, no quiero estropearlo. Y ya que me preguntas por cómo me ha ido en los exámenes, te responderé que muy bien, que ya los terminé y todo eso. Sé que el mejor examen que me ha salido jamás (el de Morfología y Sintaxis Españolas) no me lo valorarán suficientemente porque la profesora es una... miserable fashionable que entiende tanto de morfosintaxis como de física cuántica (bueno, no es que no entienda, sino que tiene tal lío en la cabeza que ni ella misma se aclara). Esa nota aún me falta. Pero con las que llevo estoy bastante satisfecho. No me gusta fardar de ello, pero es que este año estoy muy contento y no me puedo reprimir¡¡a falta de que me publiquen tres notas, ya tengo en mi haber cuatro matrículas de honor!! Es un desahogo, económicamente hablando, porque nunca me dan beca. Sólo en primero me dieron una deducción porque también obtuve un certificado de matrícula de honor en bachillerato. En fin, tal que cual Pascual (como diría una amiga mía, que es una muletilla andante). Te dejo por ahora, pero prometo escribirte pronto, aunque sólo sean unas líneas tristes. Porque... Sí, a ti sí puedo confesártelo. Porque este capítulo lo estoy actualizando desde casa. ¡Por fin tengo Internet! Viva. Después de esta salida de tono, muchísimos besos.

HERMY EVANS. Hola, qué tal, Mónica. No te preocupes en absoluto por el retraso. Hombre, no te voy a negar que me preocupa, más que nada porque eso me hace intuir que estáis liados, que si exámenes, cuestiones varias, pero no puedo exigiros que estéis puntualmente después de cada actualización. Siempre que volváis de vez en cuando y me digáis hola, me siento muy satisfecho. Vamos, que no es preciso que te disculpes. Y ¿qué ha sido?... ¿Exámenes? Yo ya terminé todos los míos, pero estoy como si no lo hubiera hecho. Sigo trabajando en la academia, sólo que ahora por la mañana, y la compañera que me auxiliaba se ha ido de viaje, con lo que he quedado solo. Ahora todos los niños que tienen que recuperar asignaturas en septiembre están a mi cargo y tengo encima bastante responsabilidad. Para colmo, quiero sacarme el carné de conducir durante estos meses, aunque, como los asientos del coche de la autoescuela sean de cuero, me quedo pegado de puro calor que hace aquí. Y no hago más que sacarme libros de la biblioteca porque, como es mi época de vacaciones, sólo quiero leer y disfrutar con aquellos libros recomendados que no he tenido la oportunidad de abrir hasta ahora. Ah, y también quiero repasar un poco mi inglés, mi francés, coger unas nociones básicas de esperanto (un sueño guion tópico guion utopía) y algunas otras de alemán. Después ya vendrán el italiano y el portugués. ¡Es que no me quiero quedar parado! Y eso, claro está, siguiendo escribiendo. Que me halaga mucho que digas que la intriga es lo mío, pero... el capítulo anterior no era más que un burdo proyecto de intriga. ¡Ay, Mónica, lo que os tengo preparados si aguantáis todavía un poquito más! Lo estoy deseando. No os hacéis ni una idea de las cosas asombrosas que habrán de pasar con Wathelpun y la luz violeta. Sé que soy un pesado repitiéndolo tantas y tantas veces, pero pronto pasará y me entenderéis y me preguntaréis qué pasará y etc. Bueno, y aquí ya te dejo al fin este capítulo, espero que lo disfrutes. Un beso muy fuerte.

HERM. Hola, Herm, qué tal. ¿Ya estás de vacaciones? Pues como yo. ¿En qué país vives: México...? Me parece que nunca hemos hablado del tema. Sólo espero que no estés pasando mucho calor, que yo aquí ya tengo para sufrir por los dos, no te creas. Bueno, espero que no te molestara el hecho de que ganase Ángela, en el fondo también se lo merecía. Pero, cierto, Sirius es más famoso y eso... Bueno, me alegra mucho que te haya gustado, y más me alegra que estés de vacaciones. Disfrútalas. Y sí, lee más rápido, que eso será muestra de que yo también actualizo más aprisa. Besos.

ALTHEA ELENEAR. Bueno, hola, qué tal. Contigo concluyo las respuestas. Y concluyo con algo que también he dicho más arriba. He precipitado un poco los acontecimientos y Wathelpun está... más próximo de lo que todos os esperáis. Quién sabe, quizá un día os despertéis con su picudo rostro observándoos y apenas tengáis tiempo para evitar el avada kedavra... ¡Qué flipe tengo! No sé, que viene pronto, no te preocupes. Ha optado por el transporte público, más seguro, y ya viene de camino. Espero que para entonces estén todos tus sentidos activos y despiertos porque te aseguro la mejor trama que hayas podido ver en MDUL. O eso espero conseguir. ¡Y menos mal que hubo alguien que se alegró de que ganase Ángela! Ya creí que todos me odiabais por ese nimio detalle. La verdad es que la mayoría prefería al Canuto ese, pero... las cosas son como son. Quería que ganase una mujer del pueblo. Y sí, Fudge ya está entre rejas, el muy villano. ¡No le puedes hacer eso a Remus sin sufrir las consecuencias! Se nota que estoy desvariando un poco. Lo malo es que tú estás pagando las consecuencias de mi locura momentánea. Quizá lo más ético (en beneficio de tu salud mental) sea decirte que... adelante el capítulo y espero que lo disfrutes, que ya hablaremos pronto. Un besazo enorme. Y recuerda: Wathelpun ya viene.

CAPÍTULO XIII (GEORGE NICKED Y LAURA BLACK)

Cualquiera mal pensado habría considerado que Ken Fosworth, el controvertido primo del hermano de Remus, había querido sabotear el ponche. Lo cierto es que llevaba largo rato observándolo, entre intrigado y curioso. Los que acertaban a descubrir en él aquel extraño comportamiento, refiriéndoselo personalmente, obtenían por más respuesta que se había prometido a sí mismo que no bebería. Sin embargo, la tendencia general fue a creer que en realidad se lo había prometido a su mujer, Lafken, pues sus ojillos, cada vez que lo explicaba, se desplazaban acobardados, como los de un cervatillo indefenso, hacia los de ella, los cuales lo contemplaban a él a su vez firmemente y con dureza. Sonreía entonces, embarazado por la situación, y tomaba la suave cerveza de mantequilla que su mujer, solícita, le tendía. Fue Benjamin Lupin, abrazado como solía a su inseparable Tonks, el que indagó en la causa de tan extraño comportamiento por su parte. Lo que explicó Ken fue:

–Hemos viajado recientemente a Francia y... –rio– se me fue la mano con el mosto de Versalles.

La expresión cansada que se produjo a continuación en el meditabundo rostro de Lafken hizo pensar a todos que fue más que eso, más que un ligero contratiempo que hubiera de provocar en su protagonista una graciosa risita. En sus ojos, percibieron, aún brillaba el bochorno. Benjamin llegó a pensar que sobre el hombre imperaba el Juramento Inquebrantable, tal era el brillo mordaz que dirigía al cuenco del rojo ponche.

Por eso todos ellos, minutos más tarde, pensaron que su cobarde, o no intencionado si en verdad no tenía explicación, acto contra la mesa de las bebidas había sido producto de su arrinconada ansiedad. Un sabotaje. Llegó a alzarse una terrible discusión que el licántropo y otros, con buena voluntad pero espantados, trataron de aliviar de inmediato. Una actitud irreconciliable anidó a partir de aquel día entre las relaciones de muchos de aquellos hombres.

Pero, eso me temo, no estoy siendo fiel a la linealidad cronológica de estos apuntes biográficos que me ha sido encomendado plasmar, y, de buen seguro, el hipotético lector de éstos estará recriminando mi comportamiento como locuaz e infructífero. Me corregiré en consecuencia.

Sirius y Ángela estaban orgullosos y satisfechos con el recibimiento que les habían brindado familiares y amigos. Incluso el licántropo, que había de pasar el día siguiente al de la final en reposo a causa de la reciente y dolorosa transformación, no pudiendo acallar la felicidad inmensa de su corazón, abandonó la cama para felicitarlos y estrecharlos entre sus brazos. Otro tanto, aunque no comparable al gozo de reencontrarse con sus seres queridos, ocurrió con la prensa: ésta, extasiada, convocó un considerable número de ruedas con los tres finalistas y no pocos tinta y pergamino se emplearon en encumbrar las, según los protagonistas mal llamadas, hazañas de los tres. Corazón de bruja, por ejemplo, aprovechó el filón publicando junto a sus números semanales una serie de entregas adicionales que hicieron las delicias de fanáticos y seguidores. Ángela las coleccionó entusiasmada; algún día, soñaba para sus adentros, las rescataría del polvo del altillo y se las enseñaría a sus nietos, contándoles quién fue su abuela y lo que hizo.

Nada más amanecer el domingo, lo creyeron pertinente, organizaron una fiesta que se extendería desde la aurora hasta, como Ángela había exclamado en un ataque de hilaridad, que los cuerpos aguantasen. Sería un poco antes, pero por razones, claro está, ausentes completamente a su conocimiento previo. Allí se encontraban. La arena de la ensenada que se extendía a los pies del acantilado sobre el que se erigía la modesta casa de Ángela (sobre la que, según anunció, invertiría alguna porción del premio para ampliarla) despertó dorada, brillante, y con un destello rojizo causado por el incipiente y madrugador disco solar. Aquél lanzaba sus áureos dardos sobre las tranquilas aguas y se contemplaba presumido sobre el espejo ondulante del horizonte. Ningún muggle merodeaba por la zona, mérito todo atribuible a Sorensen, que había encantado la zona con hechizos repelentes. No deseaba sólo privacidad, comodidad o no ser molestados, sino que, consciente de la efusividad que reinaba en todos los corazones, no dudaba que se produjese alguna que otra muestra de «artillería» mágica que, a toda costa, debía ser ocultada a los ojos de las gentes «no-mágicas». No estaba lejos de equivocarse.

Los primeros invitados no tardaron en presentarse. Se descalzaron para caminar más seguros por la arena y, en vista a la lentitud de Sorensen y Mark para repartir y preparar las mesas y demás objetos que utilizarían, no tardaron en añadírseles manos amigas y laboriosas. Alguien tiró de una firme y nudosa cuerda y un cartel gigantesco cubrió parte del acantilado de hito a hito; en él rezaba: «Ángela y Sirius: nuestros ganadores». Las dos últimas palabras, en un tamaño destacado con respecto al resto, cambiaban de color cada cinco segundos. La señora Nicked aplaudió la ocurrencia de tan llamativo letrero. Después, con una amplia sonrisa que cautivó la curiosidad de muchos y provocó que un grupo abundante la siguiese aunque fuese con la mirada, la hacendosa bruja se encaminó a la mesa principal. Con un pertinaz golpe sobre ésta, apareció una inmensa fuente de cristal labrado. En simple apariencia, su forma era semiesférica, pero, analizada con detenimiento, el fino vidrio se curvaba lentamente en pliegues suaves. La forma poligonal resultante era indefinible, pero hermosa en sumo. Acto seguido, sin perder aquel intrigante gesto suyo, agitó con suavidad su varita: como si ésta lo hubiese ingerido instantes antes, un abundante líquido rojo fue cubriendo con rapidez el interior de la fuente de cristal. Todos parecían desconcertados y curiosos; los que habían conseguido resistir la tentación previamente, al final, terminaron por aproximarse también. Cuando llegaron los últimos rezagados, la señora Nicked ya había terminado de vaciar su varita y había conjurado un sencillo cucharón de metal. Lo tomó y, llenando un vaso, se lo entregó a Hermione, una de las que con mayor suspicacia la miraba.

–Es una vieja receta familiar –explicó–. Ponche –riendo con naturalidad–. Tiene que estar destilando una semana entera, pero, cuando supe que tanto mi hermana como Sirius iban a estar en la final de Gran Mago, me pregunté: qué mejor ocasión para prepararlo. –Sorensen le arrebató, previo consentimiento de aquélla, a Hermione el vaso y lo olfateó. El aroma era excitantemente apetecible. En consecuencia, más intrigado que ninguno, le preguntó los ingredientes–. Oh, pilluelo. Es una antiquísima receta transmitida de generación en generación entre los Carney, ingenuo. Un experto cocinero de Londres me dijo una vez que había leído sobre una receta similar y que dicho libro ¡se remontaba a la Edad Media! Figúrate. El secreto sólo se lo revelaré a mi hija y cuando me plazca –su tono, aunque altivo, no era ofensivo–. Si quieres degustarlo con frecuencia, pídele a Ángela que te lo prepare. Nuestra madre intentó enseñárselo repetidas veces, pero la tozudez de mi hermana hizo inútil todos los intentos. –Tomó una pausa–. Andad, no os quedéis ahí parados. Bebed todo lo que queráis; si se acaba he traído más. Bebed vosotros que podéis.

Y, al decir esto, se llevó las manos a su abultado vientre. Su adelantado estado de gravidez, pues estaba a unas semanas de salir de cuentas, le hacía imposible esconder, cuanto más dudar, la gestación de su segundo, y que esperaba, último hijo. Helen gustaba de ponerle las manos a su madre sobre el vientre para sentir las fuertes patadas del feto. Éstas eran de tal magnitud que ninguna dudaba del fuerte talante de la futura criatura. Asimismo, en una de aquellas imposiciones suyas de manos, cual curandera de aldea que bendijese su redondo vientre, colmado de vida, los Cielos tuvieron a bien revelarle que el hermano que en aquel querido cáliz se gestaba sería un varón y nacería sano. Empañados los ojos por la felicidad, Helen besó aquella dulce mañana la barriga desnuda de su madre.

Otras muchas imitaron aquella mañana el natural y afectivo gesto de la adivina. Entre ellas, especialmente, Ginny y Hermione. La señora Weasley, con la alegría y el desparpajo que solía radiar desde que todos sus hijos se habían independizado, comentó en voz alta que, en vista de la ilusión de sus hijas, parecía que pronto sería abuela. La ilusión, en efecto, se plasmaba en los ojos de ambas muchachas. Especialmente en los de Ginny, que buscaba cómplice la mirada de Harry. Hermione, llevada siempre por un práctico e intenso sentido común, se permitía tan sólo fantasear, pues sabía que su corta edad y su prometedora carrera en el Ministerio hacían incompatible el nacimiento de un bebé de Ron y de ella. El muchacho, de haberlo sabido, hubiera agradecido enormemente la sensatez de sus pensamientos. Entre tanto, acompañado de Harry, comentaba el siempre extraño comportamiento del sexo opuesto.

La mayoría deambulaba ya por la playa o los alrededores cuando Ángela tuvo a bien despertarse. Su marido había intentado sacarla de la cama repetidas veces, pero en todas la obstinación y el profundo sueño de la bruja habían hecho que sus esfuerzos resultasen infructuosos. Evidentemente, la mujer no sabía nada de la espléndida fiesta que se preparaba abajo, con lo que, muy a su pesar, el bibliotecario, no consiguiendo rescatarla del dulzor de las sábanas, como no podía decírselo, la dejó dormir hasta que el sopor de Morfeo la abandonara. Entonces, pensó para contentarse, estaría todo dispuesto y la sorpresa sería mayor. Ángela, sin embargo, había dispuesto para ellos otros planes; planes, claro está, que desestimaría enseguida: pensaba coger a su marido y a su hijo e invitarlos a almorzar en un carísimo restaurante de la capital londinense, uno de aquellos pocos deleites que nunca había tenido la oportunidad de cumplir. Pero la noche anterior había sido invitada a una entrevista televisada, había acabado tarde y, en tales condiciones, era imposible despertarla. Mark, a quien las congregaciones de gente lo ponían nervioso, se recostó al lado de su madre y se contagió de su sueño. Al despertar, la dulce madre halló el delgado cuerpo de su hijo enroscado sobre el suyo propio, en un fiel abrazo que le causó una sencilla sonrisa. El día era despejado a pesar de ser el primer fin de semana de noviembre. Cuando la mujer fue a poner sus manos sobre la natural barandilla que el viento, la lluvia y otros fenómenos de erosión habían provocado en la cima del desfiladero, junto a su casa, a manera de excepcional mirador, y respirar la salina que la suave brisca matutina acariciaba por su rostro, al ir a abrir los ojos, una turba incontable la saludó y aplaudió desde la playa. Atónita, olvidando por completo el restaurante caro y todo lo demás, bajó corriendo los escalones también de roca natural (al parecer fabricados por el anterior propietario de la casa) que conducían a la playa y, a pesar de que aún vestía el camisón y, sobre él, una bata fucsia, salió al encuentro del gentío, al que saludó con detenimiento y pormenorizadamente, feliz.

Sirius, por su parte, había llegado poco antes de que despertase Ángela. Cogido de la mano de Karina, apareció sin llamar la atención, acercándose progresivamente, descubriéndose tan sólo a aquéllos que quería, como a Harry, a quien abrazó de inmediato y con no poco énfasis, pues no lo había visto desde que entrara en la casa de Gran Mago. Su mujer, Karina White, sin embargo, recaudó pronto tanta atención como el propio animago. Esto no se debía sólo al hecho de que, enigmáticamente, se hubiera vuelto tan popular como él en los medios de comunicación al haberlo defendido en el programa, sino al también avanzado estado de su vientre. Sirius lo acariciaba con ternura mientras la mujer, sonriente, explicaba que había alcanzado ya el sexto mes de gestación.

–Dentro de tres meses tendré por fin a mi hija Laura entre mis brazos –exclamó con los ojos iluminados, propios del padre primerizo e ilusionado.

Mientras Sirius se apartaba de su lado, las mujeres se arremolinaron en torno a Karina. Ésta les había explicado que difícilmente conseguía evitar las náuseas y que un punzante dolor de espalda la amenazaba día tras día a la caída del sol. A ninguna le extrañó: como primeriza que era, le dijeron, tenía que acostumbrarse; el primer embarazo era siempre el más duro y el más doloroso, pero también el más sensible y recordado. La señora Weasley fue una de las que puso especial hincapié en que no se preocupara.

–Mírame a mí –dijo–. Cuando tuve a Ginny, apenas si me enteré hasta el día previo al parto. Pero... ¿Charlie?... Ese demonio de crío me hizo acordarme de la santa madre que lo parió hasta el último día, créeme.

El animago se aproximó hasta la mesa de las bebidas. Seducido por el buen aroma del colorido ponche, colmó un vaso y regaló a sus labios con aquel sabor. Al pasar a su lado, propinó a Ken un fuerte golpe en el brazo, gesto de afecto y saludo deficientemente respondido por aquél. Saludó a otros sin detenerse mucho durante su andadura, hasta que, finalmente, alcanzó a Remus, a Sorensen y al joven Benjamin, a todos los cuales estrechó de nuevo entre sus brazos porque era mucho el gozo que sentía al tener de nuevo a sus amigos junto a él.

Al principio la conversación que medió entre ellos fue trivial, de seguro a causa de que no eran los únicos que disfrutaban de ella. Pero, cuando se quedaron los cuatro solos, enseguida la conversación tornó por un derrotero que interesaba abundantemente al animago: el problema acaecido en el Ministerio y la solución adoptada. El aislamiento que había sufrido en la casa lo tenía en aquel sentido trastornado y deseaba informarse puntual y rápidamente de todo lo ocurrido en el exterior durante su enclaustramiento. Remus fue, por lo tanto, un excepcional informador en aquel caso. Dio cuenta a su amigo con toda la brevedad que pudo pero al tiempo siendo riguroso de la profecía de Trelawney, de la trama de Fudge, de las detenciones en el Ministerio, pero, principalmente, de la amenaza anunciada por el vaticinio: la mal definida Maldición del Ministerio.

–Desde que me echaste en cara si era un cómplice del tal Wathelpun –escupió Benjamin sin disimular un envolvente escalofrío general–, ese nombre me trastorna.

El licántropo apenas había mencionado el asunto con nadie hasta el momento, excepción hecha de su mujer, con lo que Sorensen estaba muy interesado con todo lo que relataba. No dejó de lanzarle preguntas y de formular estúpidas hipótesis que el tiempo iría precipitando mordaz contra su propio y confuso asombro. Pero fue su primo Ben, con gran tino, el que se preocupó por la seguridad que el Ministerio de Magia había decidido adoptar para su defensa.

Remus, antes de responder detalladamente a su pregunta, se tomó la licencia de exponerles que nadie le creía acerca de la Maldición del Ministerio y que pensaban que su absurdo gasto en favor de la seguridad del edificio era una irreverente e irreflexiva actitud causada por el reciente y traumático levantamiento de Cornelius. Pensaban que el licántropo estaba atemorizado de que los hechos volvieran a producirse. Y, en cierto modo, lo estaba, pero porque, de negarse a creerlo, se producirían efectivamente y con una magnitud mil veces mayor. Pocos se atrevían a no dudar cuando el licántropo se osaba a pronunciar el desconocido nombre de Wathelpun. Pero, como los que habían quedado en el Ministerio eran, sin excepción, fieles a ultranza del sensato hombre lobo, a pesar de la repentina excentricidad que suponía aquel gesto suyo, tan poco propio de su acostumbrada lógica y pulcro gobierno, le dejaron proceder sin apenas oposición más que la de los referidos rumores de rigor.

–Hemos adquirido un novedoso sistema de localización y neutralización de maldiciones, al parecer muy efectivo –explicó a continuación con la entrega del que conoce el trabajo bien hecho–. También, por supuesto, hemos aumentado la seguridad en las entradas al Ministerio. Se ha ampliado y duplicado el personal del Cuartel General de Aurores, que ahora se encuentran repartidos por todas las plantas. Hay cámaras de vigilancia repartidas por todo el edificio; cámaras, claro está, inteligentemente mágicas, que son capaces de detectar cualquier movimiento sospechoso por sí mismas. Pero lo más ingenioso está en mi despacho: lo han provisto de unos sistemas que lo hacen impenetrable. Por supuesto, y no os ofendáis, no puedo hablar de ello, ni tampoco de otros igual de novedosos que se han instalado en todas las plantas. Incluso en los ascensores. –Sonrió divertido–. Quien se atreva a insurreccionarse contra el Ministerio ahora no debe de ser muy listo.

O debe de ser muy poderoso...

Remus abandonó inopinadamente aquel tema de conversación aprovechando que la desprevenida Hermione Granger pasaba por allí. Con la confianza que le garantizaba el haber sido primero su profesor, después su jefe, pero siempre su amigo, la atrapó y lanzándole cual un lazo su brazo sobre el hombro, la retuvo a su lado. La chica se dejó hacer ruborizada. Entre tanto, el licántropo, mirando a sus compañeros de charla, explicó:

–Pero la que más se ha beneficiado de los desgraciados y recientes acontecimientos en el Ministerio es ésta de aquí. ¿Verdad, Hermione? –La joven asintió con las mejillas abrasadas. Entonces no disimuló su evidente deseo de zafarse del lazo que le tendía el licántropo. Pero éste, tenaz y amistoso, la mantuvo junto a él–. Su departamento es el que más detenciones ha sufrido. Todos sus jefes y superiores estaban confabulados con Fudge. Un desastre. –Pero, repuesto enseguida de los recentísimos sucesos, que lo habían dejado un instante trastornado, continuó sonriente–: Así que, como de la que más me fío es de ella, la he nombrado, a pesar de su juventud, directora del Departamento de Cooperación Mágica Internacional. –Los tres hombres frente a ella, ignorando el rostro encendido de la chica, la felicitaron. Remus, divertido con la situación, la estrechó más evidentemente contra su flanco derecho amistosamente–. Lo hará magníficamente, no me cabe duda. Por eso, y aunque ella no lo sabe todavía, la he nombrado también integrante del Gabinete de Sabios. Algo así como mi consejera. No se deben desperdiciar las mentes brillantes.

Hermione, con los ojos iluminados por lo que pronto serían tiernas lágrimas, dejó de procurar librarse del brazo de Remus que la retenía. Muy al contrario, dirigiendo hacia él su gesto emocionado y agradecido, enterró su rostro en su pecho bondadoso y refugió sus lágrimas en el abrazo que, sin palabras, le brindó. El licántropo, acariciándole el rizado cabello, le dijo tan solamente:

–A dos clases de personas hay siempre que premiar: a las fieles y a las trabajadoras. Reúnes ambos requisitos.

La chica se despidió parca en palabras, con las mejillas a punto de sufrir una explosión, y se marchó extasiada, con un caminar cimbreante que hizo las delicias de los cuatro hombres, que sabían de su reciente algarabía.

Benjamin, sin embargo, más atento en otras cosas, esperó expectante la conclusión de la conversación que mantenían antes de la llegada de la tímida chica. Pero, ajeno a sus intereses, Remus soslayó su atención sobre el pobre Ken. Todos lo miraron. Los ojos parecían salírseles de las cuencas y, mordiéndose el labio inferior, su expresión era demente. Sorensen, dado que era su primo carnal y, junto con Remus, el que lo conocía desde pequeño, tomó aquel gesto suyo por una mueca pueril y fue el que más se rio, contagiando de su natural espontaneidad a su hermano. Ben, que no se había reído, interrumpió los nuevos derroteros de la conversación formulando la siguiente pregunta:

–Pero, a pesar de toda esa seguridad, Remus¿no sientes miedo?

Todos callaron un momento. Las miradas se deslizaron interrogantes sobre el más joven de los cuatro. Sin embargo, el joven Lupin no se intimidó. Su mirada siguió fija sobre Remus, que indagaba en sus ojos con naturalidad pero también minuciosidad. Finalmente, sonriendo, gesto que alivió la natural tensión que había surgido en derredor, respondió:

–¿Miedo?... ¿Quién puede pronunciar esa palabra sin sentirlo? –Fingió un atroz escalofrío por todo su cuerpo que hizo reír a sus amigos, incluido Benjamin–. ¿Miedo?... –repitió–. Sí, tal vez. Sí, no me cabe duda. Pero eso es lo que hace interesante la existencia¿no te parece? Correr riesgos y esas cosas. No deseo enfrentarme a Wathelpun, si es lo que subrepticiamente me preguntas, pero todo llega a su debido tiempo y es imposible apartarlo.

–¿Estás hablando del Destino? –preguntó ingenuamente su primo, acostumbrado a aquellas recurrentes salidas en sus conversaciones.

–No –respondió en cambio Remus–, sino de las obligaciones. ¿Acaso piensas que, cuando llegue Wathelpun, seré el único que me enfrente a él? Si es así, estás equivocado. Sirius mejor que ninguno recordará los tiempos de Voldemort. –Aquél asintió–. Nadie queda indiferente. Si Wathelpun me maldice por ser el ministro, su amenaza también os azotará a vosotros.

»Pero dejemos, si os parece, estos negros asuntos. No tengo intención de hablar de ellos en este momento. Bebamos algo; parece que el ponche de mi suegra tiene éxito y quisiera probarlo antes de que lo acaben.

Se dirigieron, pues, a la mesa de las bebidas. Sirius aumentó el ritmo de sus largas zancadas para alcanzar a su amigo Lunático, que se había adelantado visiblemente. Sorensen, que se había rezagado aposta, reprendió duramente a su primo. Le recriminó que hubiese asaltado al licántropo con aquellas absurdas preguntas y, más aún, que le hubiese hecho recordar las aciagas profecías que, todos sabían, tanto pesaban sobre su ya afligida alma. Benjamin, de natural bondadoso, se arrepintió enseguida y pidió pronto perdón al bibliotecario, que se lo concedió a regañadientes. El licántropo, sin embargo, cuando éste le dirigió sus excusas, fue más condescendiente: como si no recordase que hubiera sucedido nada, le espetó que era un pusilánime por pedirle perdón por aquella majadería. Y poniéndole las manos sobre los hombros en un cariñoso gesto, apartándose unos metros del resto, le susurró al oído que no había nada que pudiera hacerle que lo ofendiese, pues sabía que sus preguntas tan sólo revelaban su curiosidad.

–Sé –concluyó mirándolo directamente a los ojos– que, cuando el miedo me zarandee, tú serás el primero que pretenderás sobreponerme a él.

El humilde fotógrafo, aunque no había entendido muy bien sus sencillas palabras, llevado de una chispa que iluminó su corazón, abrazó a su primo con entusiasmo. El licántropo hizo otro tanto. Apartándose, tomó el cazo del ponche y llenó tres vasos, que brindó a sus tres amigos. Después colmó uno para sí. Lo levantó y sus compañeros lo imitaron.

–Por Tim Wathelpun –sentenció solemnemente–, que nos desvelará no sólo el significado de la palabra «miedo», sino también del de la «amistad».

Y sellaron el brindis con un «¡por Tim Wathelpun!» que nadie dejó de percibir. Todos los miraron, risueños o atónitos. Helen Lupin, por ejemplo, observó la escena con especial temor y se resolvió interiormente a reprender a la vuelta a casa a su marido. Pero, llegado el momento, percibió las motivaciones de tan extraño brindis y no dijo nada. Entonces se limitó, como todos, a mirar el revuelo. Los cuatro hombres tragaron la deliciosa bebida y, con no poco estrépito, soltaron los vasos vacíos sobre la mesa y se secaron las bocas con el reverso de sus antebrazos.

En aquel preciso instante pasó junto a ellos Ron, que hizo aparecer dos vasos de cristal a golpe de varita. Como el cucharón lo estaba utilizando el señor Nicked, se usó también de ésta para levitar el llamativo ponche hasta rellenar sus vasos. Los tomó con la mano y se aproximó a su grupo. Le entregó uno de ellos a su novia, Hermione, a la que besó en la mejilla con dulzura.

–Miembro del Gabinete de Sabios –musitó al hacerlo–. Estoy muy orgulloso de ti. –Pero, más pragmático, al punto exclamó extasiado–¿Sabes lo que eso significa, no? Que podremos comprarnos una casa en condiciones y dejar ese estrecho piso de alquiler.

La chica accedió, gustosa. Sus intenciones iban tan allá que, movida por el doble sueldo que recibiría en adelante, le propuso a Ron solicitar un préstamo en Gringotts. El chico dudó al principio, pero la inteligente bruja se lo expuso de forma tan ilustrativa y apetecible, que dispusieron viajar a Londres a la mañana siguiente para solicitarlo. La idea de una espaciosa casa donde convivir en adelante iluminó los verdosos ojos del pelirrojo. La pareja se abrazó. Interiormente, el más joven de los varones Weasley había albergado en su corazón una tirante envidia hacia su hermana pequeña, que había podido independizarse antes que ellos, de la mano de su cuñado Harry, trasladándose a una mansión lujosa y que él, en sueños, fingía que le pertenecía. Buscarían una similar, propuso a su novia: amplia, luminosa, con un extenso jardín por el que correteasen los críos...

–¡Para el carro, Ronald Weasley! –clamó Hermione–. Que he accedido a cambiarnos de casa, no a inaugurar La Madriguera II. ¡Y ya sabes a lo que me refiero...!

–Y tú ya sabes lo que pienso sobre que digas que mi madre es una coneja, Hermione –gritó a su vez encolerizado el joven muchacho.

El almuerzo lo prepararon el señor Weasley y el señor Nicked, que llevaban tan largo tiempo sin reencontrarse que pasaron toda la jornada bromeando y haciendo, en palabras de sus mujeres, el palurdo. No obstante, su expresión con los mandiles era simpática y ambas rieron fácilmente. No tan simpática resultó, en contrapartida, su maña con la barbacoa. En una simple palabra: nula. Provocaron no pocas risas a todos los que se detenían a contemplar su escasa habilidad con las paletas, su poca gracia al darle la vuelta a la panceta, y su mucha torpeza, en definitiva; torpeza, digo, porque catorce veces contabilizó la repantigada señora Nicked que su esposo se quemó al llevar sus torpes dedos involuntariamente contra la ardiente parrilla. Suerte que tenía ésta su varita a mano, pues, de lo contrario, el quejica muggle habría pasado toda la tarde sollozando, contemplándose los dedos hinchados apartado en un recóndito rincón. Sin embargo, sí hubo uno que se alegró con su mal hacer con la barbacoa: Pluch, el perro labrador que pertenecía a Sirius Black. Fingiendo tranquilidad, remoloneaba cerca, a la expectativa, del incauto mago y del gracioso muggle. Así que, cuando una pieza de carne huía del abrasador infierno y, precipitándose al vacío, se empanaba en la dorada arena, sus fauces ya estaban allí y se apartaba disfrutando de su premio, que engullía satisfecho de su pequeña hazaña.

El almuerzo, al margen de los referidos, pasó sin mayores contratiempos. A pesar de la escasa habilidad que los dos hombres manifestaron en la preparación, no hubo quien se atreviera a afirmar que cuanto habían preparado no estaba delicioso; en realidad, el sólo hecho de que nadie se quedara sin repetir, de que los platos se vaciaran en un santiamén, fue prueba fehaciente de que, a pesar de los pesares, lo habían hecho bien. La señora Nicked, que se había relamido hasta la aceitosa grasa que le había quedado en los dedos, le espetó a su marido que tenía que ser él quien se encargase de la cocina en casa una vez que otra.

Ocurrió cuando el almuerzo hubo acabado. Iniciada la sobremesa, la señora Nicked repuso el ponche. Enseguida, como moscas expectantes sobre la carroña, un gentío incontable se abalanzó sobre la fuente para echar un trago sobre sus gaznates. De igual forma, Tonks sacó unos pastelitos que aseguró haber preparado ella misma. Confesó que no eran gran cosa y que, dado que su habilidad culinaria era escasa, su sabor dejaba bastante que desear al lado de las delicias que las otras amas de casa habían preparado. Sin embargo, su éxito no fue menor. Los buñuelos de Arabella Figg también causaron sensación. Pero no era esto a lo que me refería. Repuesto el dulce y delicioso ponche de la señora Nicked, mientras los demás participaban en tal o cual conversación o mordisqueaban con aprensión algún que otro extraño pastel que vociferaba y se sacudía la propia azúcar en polvo que lo recubría, Ken Fosworth volvió a acercarse cauteloso a la mesa de las bebidas, de la que, en honor de la verdad, no se había apartado gran cosa, como si esperase que tan sólo el olor que rezumara pudiera embriagarlo. Sumergió con ojos de avaricia el largo cucharón en la profunda fuente y extrajo el licor con la boca hecha agua. Lo derramó sobre un vaso sin perder la concentración, puesta toda ella en el cristalino sonido, el olor envolvente, el translúcido y embriagador color a través del cual todo su rostro se revelaba ávido. Sin embargo, poco duró aquel vaso en sus manos: Lafken, su mujer, se aproximó tan en silencio por detrás de él, que cuando le propinó un golpe seco en la mano y provocó que el vaso se cayera y derramara su contenido el desdichado hombre no había reparado en su presencia. Lamentablemente formuló una serie de patéticas excusas que la mujer escuchó malcontenta.

–Lo iba a destilar, cariño –le había dicho–. Le iba a quitar hasta la última gota de alcohol.

Lafken, después de discutir unos instantes, optó por creerlo y, aunque sin perderlo de vista, lo dejó hacer. Ken tomó una nueva copa y repitió la operación. Acto seguido, puesta aquélla con el ponche en su interior sobre la mesa, alzó su varita sobre su cabeza y pronunció una retahíla de palabras que ni su propia mujer consiguió entender. El rayo que produjo fue cegador. Golpeó el vaso y, durante unos segundos, no pasó nada. Sonriente, Ken se adelantó para recuperar la copa; no le pasaron desapercibidas las recelosas miradas de su inquieta mujer, que guardaba silencio en vistas del gentío que se había arremolinado en torno a ellos. Pero, antes de que el hombre la cogiera, comprobó que la copa oscilaba inconteniblemente y se quedó en suspenso observándola. Su temblor fue en ascenso hasta que, cuando todos creían que acabaría volcándose, estalló. Sí, estalló. El vaso se hizo añicos y el ponche se volatilizó. Hubiera quedado, no obstante, en una mera anécdota de no haber sido porque aquella pequeña explosión alcanzó a la fuente del ponche, que reventó igualmente. Los fragmentos de cristal salieron volando en todas direcciones. Un tonel de cerveza golpeó al señor Nicked en la nuca y lo dejó diez minutos inconsciente, hecho que, dado que pudo haber sido peor, tuvieron por suerte. La mesa, por finalizar la descripción del avatar, no sobrevivió al impacto: calcinada casi por completo, las patas se le habían quebrado e incluso una había llegado a aparecer a unos metros de distancia.

La señora Nicked, antes de descubrir a su desdichado muggle boca abajo, con el cuello chorreante de sangre y sin conocimiento, corrió al encuentro de Lafken y su marido, e imprecó iracunda a este último:

–¿Qué has hecho, insensato¿Por qué no me preguntas a mí antes de hacer nada? El ponche este no admite ni un conjuro más. Ni uno solo.

Ken hizo esfuerzos por disculparse en público, pero antes de llegar a consumarlos, Harry, quizá con ánimo de suavizar lo férreo de la situación, se adelantó a todos y, puesto junto al culpable del suspenso que vivían, exclamó:

–Pero si no ha sido nada –riendo simpáticamente–. Disculpad al pobre Ken, que está un poco quemado; que por no poderse echar un trago a la boca nos impide que nos lo echemos el resto.

Los menos rieron la ocurrencia del joven estudiante a auror. Sin embargo, el que ni por asomo halló atisbo de gracia en sus palabras fue el propio Ken, quien, cuando el muchacho se volvió para estrecharle amistosamente la mano, en lugar de ello se revolvió y le propinó tan fuerte derechazo que lo tumbó en el suelo en un tris. Harry, ya en el suelo, y enseguida asistido por los más atentos y por su propia novia, Ginny, observó un instante asombrado al furibundo primo de Sorensen mientras su entrecortado aliento comenzaba a inundarse de la tibia sangre que bullía de la hemorragia causada en su nariz. Acto seguido, se puso en pie y se abalanzó sobre él como un obús. Se enzarzaron en una dura y reñida pelea que ni los sollozos de Ginny ni los de Lafken consiguieron sofocar; también en vano intervino el propio Remus, que recibió tan impactante golpe dirigido a Harry cuando se prestaba a separarlos y cayó de forma tan brusca, que se rompió la mandíbula. Suerte que Helen se la reparó al instante. Fue definitivamente Sirius quien detuvo la situación; literalmente: varita en mano, tanto Harry como Ken se elevaron por los aires boca abajo, colgantes las túnicas. Pero en aquella ocasión el maleficio no se prestaba a ninguna travesura ni artificio parecido. Su rostro era severo y no admitía réplicas.

–¿Qué cojones os pasa? –les espetó–. ¿A los dos? –añadió al ver la disposición de su ahijado por defenderse presto–. Tú, Ken. ¿Qué cojones te pasa?... –Realizó un movimiento de muñeca y los dos cayeron sobre la arena bruscamente–. Ya basta.

Ken, después de recomponer su túnica, se desapareció. Su mujer, que sorbía en silencio sus propias lágrimas, tirante el rostro, hizo otro tanto al instante. Harry, en cambio, no se movió un ápice: su novia corrió a su auxilio y, entre besos y achuchones, pidió ayuda a Helen y a su madre. Ésta, en cambio, no acudió solícita, como hubiera sido de esperar. Había encontrado a su triste esposo semienterrado en la dorada arena, tan inmóvil, que lo creyó muerto. No obstante, por fortuna, volvió en sí y el azaroso pecho de la embarazada mujer volvió a latir con tranquilidad.

De aquella forma, aquel apacible en principio domingo, concluyó el ágape que habían organizado en honor de dos héroes televisivos. Poco se supo de Ken Fosworth durante algunos meses. Su primo, del que provenía la mayor parte de las informaciones, aseguraba que estaba tan abochornado que se resistía a reunirse de nuevo con cualquiera que hubiera estado presente a su desfallecimiento moral, como él mismo lo llamaba, el día de la playa. Muchos, sin embargo, ya lo habían olvidado, y achacaban el mal humor del hombre a la reciente noticia (que para el resto no fue conocida sino hasta después de lo narrado) de que Lafken y él no podían tener hijos. Se habían sometido a un riguroso plan de fertilización que el hombre, malcontento de los esfuerzos inútiles, estaba pensando en dejar. Sea como fuere y sin importar lo que hubo sucedido, lo real y factible, y quizá lo que más importe a mi estimado lector, es que, gracias a aquel casual y extraño suceso, el innominado ponche de la señora Nicked dejó de ser anónimo; pasó a tener un nombre que el propio bibliotecario, en su despliegue de ingenio, ideó: "la bebida explosiva". Cierto es que no resulta excesivamente original, pero, reunión tras reunión, como suelen suceder estas cosas, el nombre fue imponiéndose por más imposición que la de la libre ventura que quiso que todos lo aceptaran. Y así, entre amigos y familiares, aunque años más tarde el acontecimiento casuístico quedara casi olvidado, no lo que importaba: la bebida explosiva y su peculiar nombre.

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Hacía frío aquella noche. El fuego crepitaba dulcemente en el hogar y las rojizas tonalidades que despedía brillaban en las paredes de la estancia. Las ventanas estaban empañadas y apenas se veía nada del exterior, sino meras tinieblas de la noche cubiertas de esponjosa neblina. El pequeño y juguetón Alby, sentado en su alta trona, aguardaba impaciente a que concluyera la ingesta de papilla de aquella noche, que se había detenido inopinadamente. Entre tanto, alargaba sus menudos y rechonchos brazos de bebé para atrapar el sonajero, que había caído a sus pies. Nathalie, solícita a auxiliarlo, lo recogió y se lo tendió a su hermanito, que lo agradeció con una risita lerda y una secreción, involuntariamente imagino, de baba que se precipitó enteramente por su barbilla. La niña se la limpió con el reverso de la manga mientras Alby agitaba su juguete ansiosamente. Sin embargo, cuando la pequeña lo regaló con una caricia, el bebé le devolvió el gesto arrojándole el sonajero, que fue a caer a sus pies de nuevo. Con fastidio volvió a recogerlo mientras el pequeño pilluelo reía descaradamente.

–Joder, Alby... No seas malo –protestó Nathalie.

–Ya voy –rezongó el padre.

La lechuza que éste tenía entre sus manos ululó tristemente. La sujetaba con fuerza no por miedo a que se escapara, sino porque se revolvía con fiereza y en más de dos ocasiones había conseguido picotearle los dedos hasta provocarle que sangrase. Cuando consiguió inmovilizarla, le aplicó la pomada, que fue recibida por ésta con un tierno ulular y un entornamiento de ojos que el licántropo interpretó como síntomas placenteros. Como no había tenido lugar mejor ni peor por el que entrar en el hogar, la triste ave había tenido que penetrar en El mirador por el humeante conducto de la chimenea, so grave riesgo de achicharrarse las plumas. Por fortuna, concluyó la poca maña del ministro en aquellos asuntos, sus quemaduras no habían pasado de ahí: de su pardo y hermoso plumaje. Terminado el proceso, abrió la ventana –un viento atroz e incluso algunos copos de nieve se colaron en el interior– y dejó libre a la lechuza, que ululó en su camino de regreso quizá para agradecer los cuidados de Remus o quizá también para maldecir el lugar donde se había chamuscado las plumillas del trasero.

–Ya estoy aquí –dijo a sus dos hijos cuando la labor sanitaria hubo acabado y consiguió cerrar de nuevo la ventana–. ¿Qué ha pasado? Y ¡ah!, jovencita, no quiero que digas palabrotas. En mi época se decía "cáspita", que era menos ofensivo.

Se sentó frente al más pequeño y prosiguió tendiéndole colmadas cucharadas del puchero casero que le había preparado. Instintivamente un sonsonete parecido al ruido que hacía un avión era el que sus labios producían cada vez que le alargaba un nuevo bocado, forma más conveniente de llamar su atención.

–O leñe. O jope –siguió hablando el licántropo a su hija, que se había vuelto a tender sobre la alfombra, junto al confortable hogar, mientras leía un cuento de hadas–. Pero no joder. Joder no. –Como no veía hacia donde movía la mano, aprovechando su despierto hijo aquel descuido, le mordió la mano–. ¡Joder! –La papilla se derramó sobre la alfombra. Sin embargo, lo que más incomodó a Remus fue la tirante mirada de su espabilada hija, que enarcaba las cejas con retintín–. Vale, Nathalie, has ganado. Puedes decirlo siempre y cuando no termines siendo una deslenguada. ¿Estamos? –La chica asintió complacida, como si hubiese ganado una batalla fundamental para el desenlace de la guerra–. ¿Y ahora qué quieres que hagamos?

Se sentó sobre sus rodillas mientras Alby, que se había apoderado de la cuchara de su padre, la aporreaba contra la trona estridentemente.

–¿Quién te ha mandado la lechuza? –preguntó Nathalie mientras se aferraba del cuello de su padre para no caer.

–Tu hermano Matt –respondió concisamente Remus–. Quería compartir con nosotros su felicidad –sonriente–: ha ganado el partido que disputaba hoy contra Slytherin, y eso a pesar del viento que hacía. Dice que ha estado a punto de caerse de la escoba, pero que, aun así, no le han marcado ni un tanto. Es el tercer partido consecutivo en que Ravenclaw gana.

–¿Me la lees, papá? –preguntó a continuación cándidamente.

–Claro que sí, Nathalie. Pero cuando termine de darle de comer a tu hermano y después de arreglar el estropicio en la alfombra. Vaya por Rowling... –Y yendo hasta la cocina–¿Recuerdas lo que dijo tu madre a propósito de si Alby se quedaba con hambre? –La chica dijo que no–. Qué le vamos a hacer. –Mientras revolvía los estantes–. No, si era de prever. Con este niño siempre pasa algo. –Y vociferando–: Nathalie, haz el favor de entretenerme a tu hermano con cualquier cosa, anda, que éste es capaz de qué sé yo. Veamos, veamos... ¿Qué hay aquí?... ¿Piernas de mandrágora? Esto no me sirve. –Y lo arrojó hacia atrás–. Hojas podridas de eucalipto, saliva de trol... Hace tiempo que no olismeo por aquí, parece ser –se confesó a sí mismo con gracejo–. Helen tiene esto de tal forma que... ¿que no voy a poder dar de comer a un inofensivo bebé? Esto... ¡Verruga de hechicera! –leyó la etiqueta y arrojó igualmente el envoltorio sobre su hombro–. Esto más que una cocina parece una botica de aldea. O Helen deja de jugar a los inventores en el sótano, o aquí vamos a tener que empezar a comer orina de sapo y tarántulas hervidas en vinagre. –De pronto su mano fue a dar con algo–. ¿Qué es esto?

En el fondo del armarillo que escrutaba el incrédulo licántropo, tras los más recónditos botes de los más diversos contenidos, los dedos de Remus fueron a dar con una libreta de escolar. La abrió sin más hallándola escrita por la mano de su mujer, que se había entretenido no sólo en garabatear extrañas fórmulas, sino también en dibujar sinópticos conceptos a modo de criptogramas. Parecían recurrentes los símbolos de una copa, la luna y otros que no es momento ahora de referir. El licántropo, intrigado, hojeó el contenido de la libreta leyendo determinadas cosas en voz alta para sí:

–Proceso de batido más influjo de luna creciente igual a efectos negativos en la piel. El jugo de calabacín endulza la pócima pero provoca alopecia. ¿Posible contrarrestarlo con unas gotas de estrujón de pata de fauno? Tres de diciembre de 1999: el estado de ánimo o el pensamiento influyen (!) en la cuajadura de la pasta anti-lycos: si alegría o amor, efectos positivos; si temor o resentimiento, negativos (de conseguir mi primer objetivo, posible tema de investigación). Si la luna pasa junto a la constelación de Virgo, el voluntario sufre su transformación como si se tratase de la primera vez. ¿Esperar a Acuario (renovación del agua)? Cuidado con Tauro... Mezcla de la solución aglutinante con hidrato de sodio y sangre de gato hervida (idea de Snape): rechazo: la solución se pierde. ¿Destilarla antes del proceso? Resultados igualmente negativos. ???

Remus, sonriéndose para sus adentros, se detuvo cuando, en el margen de una de aquellas hojas, halló la siguiente menudencia: «TE AMO, TESORO». Depositó la libreta donde la había encontrado y, sin seguir rebuscando, cerró la puerta del mueble. Sabía de los inútiles (a su juicio, aunque nunca le hubiera dicho nada a aquélla) intentos de su mujer de que él fuese normal; es decir, de que dejase de ser licántropo para siempre. Nada que él le hubiera dicho hubiera bastado para que la dispuesta adivina hubiese abandonado su tarea. Pero Remus, en su fuero interno, reflexionaba para sí que, puesto que licántropo había sido toda su vida, licántropo moriría. Nada, ni nadie, por mucho amor que dedicara a remediarlo, conseguiría cambiar aquella situación.

Destapó el exprimidor y, rememorando los sabrosos y sustanciosos purés que su madre le preparaba cuando era pequeño, comenzó a depositar en su interior cuanto hallaba a su alcance: media manzana pelada, acelgas, el medio yogur que le había sobrado a Nathalie, unas lonchas de queso y, por último, pues nada más halló, un pequeño trozo de filete de ternera que pensó que le daría, junto al queso y al yogur, la ración de proteínas que todo niño que creciera sano y fuerte necesitaba. Cuando aquel mejunje quedó convenientemente revuelto y triturado, lo sirvió y, antes de llevárselo a su hijo, lo probó él mismo.

–Un sabor intrigante –concluyó cuando lo hubo probado, esbozando una expresión difícil de describir. Después sufrió un escalofrío de la cabeza a los pies.

Alby, en cambio, menos comedido con las prácticas culinarias de su padre, escupió sin miramientos la papilla sobre el cuento que leía entretenida Nathalie en el suelo, que ya es acierto. Alby lloraba porque era la única forma de que su padre entendiera que su puré le había parecido una porquería y para que no lo asediara con más cucharadas ni fingiera que eran escobas voladoras que se le acercaban; estaba prevenido, pensó con su intelecto infantil: si vuelve a meterme ese mejunje en la boca, lo escupo. Nathalie, por su parte, indignada, también rompió a llorar. Conforme crecía el llanto de uno, más fuerte eran los berridos del contrario. Y Remus, impotente, los miraba a uno y otro con una cucharada colmada, infructuosa, en su mano, sin saber qué hacer. Finalmente optó por tirar el puchero, calentar un biberón y hacérselo que bebiera, que era elección menos arriesgada y de más seguro triunfo; mientras que con Nathalie, a pesar de que no deseaba malcriarla, empleó la magia para arreglarle el libro; malcriarla, digo, porque tanto la adivina como el licántropo habían convenido que hacer crecer a Nathalie y a Alby en un entorno mágico sería contraproducente. «Es preferible que sepas solucionar las cosas por ti misma, que sepas que todo tiene una casuística, una lógica, una razón de ser, y que la magia es un don, un privilegio, no un derecho», le repetían con cierta frecuencia a la pequeña, cuyo corto pero incipiente raciocinio le permitía comenzar a reflexionar en aquellos asuntos. Pues bien, como decía, le enmendó la página con un simple conjuro y después volvió a importunarla con lo que la pequeña, en su corto pero agudo entendimiento, llamaba "las charlas aburridas de papá y mamá".

–¡Ay, qué graciosa es la jodida! –exclamaba el señor Nicked, entre histriónicos aplausos, cada vez que la oía decir aquello.

–Sí, ya sé, papá –dijo en aquella ocasión Nathalie–. ¡La magia, mala! –imitando a su abuelo. Y siguió–: Compórtate como una muggle y después te regalarán una varita. Jo, qué suertuda.

El licántropo no pudo reprimir una sonrisa al escuchar toda aquella retahíla de sentencias que el avezado lector ya intuirá pertenecen, irrevocablemente, a las duras y fantásticas mientes del alucinado señor Nicked, cuyos clichés no podían dejar indiferente a una muchachita del talento de Nathalie. Su padre era incapaz de ocultar el muchísimo amor que sentía por ella. Aquella noche, después que hubo exclamado aquello, la tomó entre sus brazos y jugó unos minutos con ella: la montó a caballo sobre su muslo, le hizo pedorretas de aire en el vientre –juego que llegaba incluso a hacerla hipar de la risa– y le pidió repetidas veces que le practicase lo que en la familia llamaban "corajes", gestos faciales de la niña imitando un enojo que provocaban en todos los que la veían, si no una estridente carcajada, una ternura infinita.

Tras pasado un corto rato, desvistió a Alby, que no ayudó en la empresa ni por un mero instante, y le puso, como pudo al menos, su pijamita azul de corte clásico. Entre tanto, Nathalie, que se vestía en su dormitorio, o se había estado vistiendo, apareció corriendo en el dormitorio de matrimonio. Remus depositó al bebé en la cuna junto a la cama y, con suma atención, atendió a la pequeña, que pegaba saltitos menudos y se mordía el labio con preocupación. Le preguntó qué le pasaba.

–Tormenta –exclamó–. He oído truenos. Truenos.

–Qué raro, yo no he oído nada.

Coligió pronto nuestro protagonista que los truenos no eran otra cosa que un ficticio pretexto para venirse a su cama y dormir con él. Era una práctica de relativa frecuencia cuando el horario de Helen la mantenía fuera de casa durante la noche. Sin embargo, cuando se introdujo bajo las mantas y colchas junto a él y le acercó los tibios pies, apreció que temblaba tanto que temió que hubiese sido otra la causa de su miedo. No le era desconocido que pululaban en aquella enigmática y regia casa fenómenos que eran suficientes para helar la sangre del más pintado: la luz violeta, pasadizos secretos que se desvelaban con artificio de lapislázuli... En consecuencia, volvió a preguntarle si se encontraba bien, si había visto algo que la hubiese asustado, un fantasma, cualquier cosa; pero la chica volvió a reiterar la idea de los truenos y Remus, vencido, prefirió no ahondar más.

–¿Me vas a leer ya la carta, papá? –preguntó la chica.

El licántropo la había olvidado casi por completo. La recuperó enseguida y la leyó con calma a fin de que su hija la entendiera completa. Entre tanto, Alby practicaba borbollones de saliva en la boca y emitía grititos ahogados de no sabe uno qué júbilo. Cuando hubo leído el último punto del pergamino, un resplandor eléctrico iluminó la estancia entera y, al mismo tiempo, un clamor atroz hizo temblar las mismas paredes. Un trueno.

–¿Lo ves? Te lo había dicho –le musitó Nathalie al tiempo que se abrazaba a su padre con todas las fuerzas de su ser.

Remus no dijo nada. Tan sólo se quedó mirando a su hija con expresión atontada mientras un segundo relámpago y un segundo trueno flagelaban con similar estremecimiento que el anterior el contexto de la escena. Pero ¿qué podía extrañar ya a nuestro pobre licántropo, que tantas cosas había visto a lo largo de su vida y que tantas cosas le habían sucedido? No se extrañó, no. Se limitó a coger a Alby, que había roto a llorar escandalosamente, y a introducirlo también en la cama a su lado. Formaban los tres, padre e hijos, una extraña estampa que a este mediador vuestro, ahora que nadie lo ve, provocó un par de lágrimas pasajeras cuando le fue relatado.

En el momento en que Alby se tranquilizó, sin que la tormenta hubiera cedido en su empuje natural y las ráfagas de lluvia hubieran detenido su lanzamiento de saetas, empezó a articular sonidos naturales que, si divertían al resto que lo oían, más a él que descubría en ellos un mundo nuevo e impracticado: ma-ma-ma-ma. Nathalie, cuyo rostro entero estaba enterrado en el pecho de su padre, lo levantó para formular la siguiente pregunta:

–¿Mamá se encontrará bien?

–¿Y por qué no iba a estarlo? –le respondió él con una nueva pregunta–. ¿A que a ti la abuela te cuida muy bien cuando duermes en su casa, a que sí? Pues a mamá igual, cielo. –Y conociendo su real preocupación–: La tormenta pasará. Duérmete.

La cocina se inundó de aquel azul eléctrico cuando la mano de la adivina pulsó el interruptor. A continuación, la oscuridad. Sin embargo, Helen anduvo con cierta soltura; soltura, es preciso añadir, que se hizo menos firme cuando la mujer fue a dar contra un mueble, que retiró unos centímetros de su habitual ubicación, provocándose un indescriptible dolor en el muslo izquierdo. Atrapó a tiempo el retrato de sus padres gracias a que un segundo y providencial relámpago iluminó su alrededor en su auxilio.

–Helen¿estás bien? –gritó la señora Nicked–. ¿Qué ha sido eso?

–Nada, mamá, no te preocupes. Ya voy a acostarme.

Se llegó más en callando de lo que lo había hecho hasta el momento al cuarto donde su madre, panza arriba, antes de dormirse, practicaba los ejercicios respiratorios que en el cursillo preparatorio al parto le habían enseñado. Alzó la manta desde un extremo del lecho y se coló en el interior como una culebra que aspirara a ser planta enredadera: enlazó sus pies fríos con los ya tibios de su madre, y se abrazó a su cuerpo cálida, echando un brazo sobre el gravísimo vientre. La señora Nicked, abandonando sus respiraciones, le dio un beso a su hija en la frente.

Desde que conociera la noticia del inopinado embarazo de su madre, Helen había adoptado la nada despreciable costumbre de acompañar el sueño nocturno de aquélla en tanto durase su estado cuando el trabajo de su padre lo mantenía a éste fuera de la casa de noche. La señora Nicked, que sufría a causa del embarazo habituales cambios intempestivos de ánimo y, por lo general, pasaba varias horas al día adoleciendo de una caridad y una ternura inexplicables, que al propio señor Nicked confundían y traían enloquecido, agradecía el humilde gesto de su hija siempre que podía. Aquella vez no fue para menos: cuando la tuvo entrelazada entre sus pies, abrazada a su prominente vientre, volvió a hacerlo. Helen, como también solía, le restó importancia.

–No, hija –insistió la señora Nicked–. Déjame agradecerte el esfuerzo que estás haciendo. Anteayer vino a verme Emmanuelle y me confesó que estabas haciendo locos cambios de turno e incluso doblando para poder quedar libre estas noches. –La bruja guardó silencio mientras la adivina maldecía en broma a su simpática compañera de trabajo–. También me dijo que estaba saliendo con Tom, el de laboratorio. –Las dos rieron con el chisme–. Pero no estábamos hablando de eso. De verdad, hija, gracias.

–¡Mamá!... ¡Por favor!... Que no es para tanto.

En cierto modo, Helen había conseguido rememorar sus años de infancia: su padre se iba a trabajar en mitad de la noche y ella, que a propósito de esto no se había permitido conciliar el sueño, caminaba a oscuras hasta llegar a la habitación de su madre, bajo cuyas mantas se colaba cual polizón y dormía a su lado, creyendo que sería descubierta a la mañana siguiente cuando en realidad la señora Nicked cuanto hacía era fingir no haberla notado llegar. Después de recordar aquellos pasajes vagos de su memoria, Helen volvió a espetarle:

–No iba a permitir que te quedases sola... en tu estado.

–¡Mi estado!... –Rio la mujer–. ¿Es eso, no? Soy una recién estrenada sexagenaria con un niño entre pecho y espalda y temes que no sea lo suficientemente fuerte para soportarlo. ¡Parece mentira, Helen, que no conozcas a tu madre!... –Después de la exclamación, se quedó un momento en silencio–. Sé que no te ha gustado que me haya quedado embarazada, lo sé...

–No es eso, mamá. Es que...

–Hija mía –la interrumpió la señora Nicked arropándola con un abrazo osuno–. Te conozco ya lo suficiente... No seré adivina como tú, no, pero no ha pasado día en que tu mirada me haya dejado de decir que soy una loca por traer un churumbel al mundo a estas alturas de la vida. ¡Y más cómo está tu padre!..., estarás pensando. Helen, Helen, Helen... No digas nada –la espetó al ver que le hablaba–. Por favor... ¿Te acuerdas de cuándo tuviste tu primera visión? –Helen asintió concienzudamente–. Me preguntaste por qué te había pasado a ti, qué significaba. Y yo te dije que aquello era un don de los ángeles. ¿Lo recuerdas? Pues esto igual. A los sesenta y un años de edad Rowling me ha bendecido con un hijo. No me importa que en las inoportunas tertulias del hospital se diga que soy una loca o una vieja inconsciente de las limitaciones de su edad. Ha sido un regalo de Rowling. Nada más ¡y nada menos! Me haría feliz que, después de todo, tú me entendieras. Aunque fueras la única.

–¡Pero si yo te entiendo! –exclamó.

–¿Qué entiendes por entender, que te has hecho al fin a la idea? –La adivina no sabía qué responder. No sabía qué significaba aquella charla de su madre. La achacó, como hacían últimamente con todo, a la revolución hormonal y la dejó proceder hasta que se descargase totalmente–. Sé que querrás a tu hermano, Helen, lo sé. Pero temo que pienses que he sido una loca hasta el día que me muera. ¡Que se vayan al diablo los demás!, pero, hija mía, tu opinión me importa mucho. –Riendo–¿Crees que no sé que te doy un hermano con cuarenta años¡Vaya desfachatez la de tu madre!... –bromeando–. ¿Crees que no sé que es eso lo que te jode¿Crees que a mí no me afecta saber que te estoy haciendo daño?

–¡No, mamá! –estalló la adivina al fin con lágrimas en los ojos–. No me importa lo que digan los demás, no; no me importa tener un hermano cuarenta años menor que yo, no; me importas... ¡tú! –Llegado este punto, las lágrimas corrieron en tropel por sus ojos–. Si tengo miedo o estoy susceptible por tu embarazo no es porque tema que seas débil para afrontarlo. Lo que temo en realidad es que, cuando llegue el momento definitivo, el de ponerle fin, éste sea mayor que tú, se demuestre entonces que no eres precisamente una veinteañera y seas incapaz de afrontarlo. ¡Tengo miedo de perderte, mamá!

La señora Nicked, dejando escapar un gemido de compasión, la abrazó con mayor fuerza y la consoló con sus besos y caricias. Nada más dijeron. Las lágrimas de las dos hablaron por ellas. Así, con los ojos empañados y las respiraciones entrecortadas, acabaron durmiendo la una pegada a la otra, hasta que lo inevitable acabase despertándolas.

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La puerta del despacho del ministro de Magia anglosajón se abrió después de que éste pronunció su contundente "adelante". El licántropo no conocía al hombre que apareció frente a él, a unos metros de distancia. Era alto y de robustísima complexión, tanto así que, de espaldas, podría ser fácilmente confundido con un roble de vestir una túnica parda. Estaba tocado con una capucha negra que se retiró lentamente. Al hacerlo, dejó al descubierto unas manos famélicas, huesudas, y pálidas que parecían accionadas como por hilos de marionetas. El inopinado visitante tenía la cabeza rapada. Su rostro no era más carnal; quiero decir, sus pómulos surgieron aguijoneados sobre sus mejillas pinceladas de malva; su mentón, saliente y cuadrado bajo unos labios tersos y muy finos; su frente, ancha y poderosa, ostentaba tan poco pellejo sobre ella que ningún pliegue la atravesaba, ninguna marca de debilidad humana, de gesto, de temporalidad hecha arrugas. Sus cejas eran apenas una línea desdibujada, un reguero de azufre en su prominente cráneo anterior. Sólo los ojos parecían rezumar algo de vida bajo aquella tenebrosa apariencia que, sin embargo, no infundió temor o sospecha en Remus; el licántropo se levantó resueltamente de su asiento y acudió a recibir a su invitado, al que estrechó la hueca y fría mano educadamente. Lo invitó a sentarse.

Antes de que el hombre acertara a presentarse, un lienzo junto al escritorio del ministro se abrió por obra, en principio, de sabe Dios qué clase de sortilegio y, tras él, apareció la alegre cabeza de Harry. Le dijo al licántropo que se había organizado inesperadamente una reunión ultrasecreta en el Wizengamot. El visitante respondió por él:

–No acudirá.

Harry, mirándolo de hito a hito muy serio, se encogió de hombros y volvió a cobijarse detrás del lienzo, cerrándolo tras él. Remus, sonriente, abrazándose las manos, le preguntó a su interlocutor la causa de su visita.

–Oh, muy sencillo –respondió aquél–. Quería comprar el Ministerio de Magia.

Remus rio.

–¡El Ministerio no está a la venta! –soltó a bocajarro, entre carcajadas.

–¿Qué dice, señor Lupin? –exclamó el otro tranquilamente, como si no lo hubiera escuchado–. Adelante, póngale un precio. Soy un comprador obstinado. Le aseguro que no me iré de aquí sin haber obtenido mi propósito. –Como viera que Remus dudara en sus siguientes palabras, terció–: Vamos, pruebe. Diga un precio, el que sea.

–Mi muy señor mío –repitió–, el Ministerio no está a la venta.

–¿Diez mil trillones de galeones tal vez? –El hombre sonrió mostrando un gesto negro, una boca podrida y desdentada–. ¿Sabe lo que podría hacer con diez mil trillones de galeones¿Sabe a los restaurantes que podría llevar a su mujer, a sus hijos¿Sabe la de polvos que podría comprar en un lupanar?, por si le interesa. ¿Sabe la de Ministerios de segunda categoría que podría comprar con diez mil trillones de galeones? Toda África podría ser suya. ¡Medio mundo!... ¿O prefiere veinte mil?

–Treinta mil estaría bien... –respondió Remus, mas en broma.

Sin embargo, el hombre aquel extrajo un saco enorme del estrecho interior de su túnica (ni qué decir tiene que debía estar encantado) y lo puso sobre la mesa. Remus quedó atónito.

–Treinta mil trillones –exclamó el hombre–. Ni un knut más, ni uno menos. Llame a los medios de comunicación, hay que dar una rueda de prensa.

–Mire usted –acabó interviniendo Remus con cierto descaro–, parece que no me ha entendido muy bien. Desde un principio le vengo diciendo que el Ministerio no está en venta.

El hombre se levantó de un salto y, sin que Remus se percatase, la varita de aquél apareció en su mano. La blandió y el cuerpo todo del licántropo salió despedido con una fuerza centrífuga inimaginable. En suspenso a unos metros de la cabeza del hombre que lo apuntaba con su arma, nuestro protagonista observó cómo los papeles de su escritorio volaban a su alrededor, las baldosas del suelo se resquebrajaban, los cajones de su escritorio estallaban, los protagonistas de los lienzos se sujetaban los sombreros... Un huracán negro y tórrido surgió en mitad de la estancia devorando cuanto encontraba a su paso. El lienzo de Dumbledore fue hecho astillas en un visto y no visto, y el clamor que Remus soltó no sirvió para que se salvara. Ann Thorny, la secretaria del licántropo, abrió la puerta para ver qué ocurría en el interior; pero tan pronto como lo hubo hecho un rayo de aquella negra y fortísima varita alcanzó su joven pecho y cayó con las cuencas de los ojos vacías. Algo similar le sucedió a Harry Potter: sus brillantes ojos verdes comparecieron un solo instante en el despacho, desde detrás del cuadro, cuando una veloz maldición atravesó su cicatriz y su cuerpo recorrió el despacho, sorteando los bártulos que levitaban y se dirigían contra el pequeño tornado. El hechicero comenzó a levitar y su cuerpo todo a estar invadido por un aura, por una brillante incandescencia que impidió que Remus lo mirase por unos segundos. Cuando consiguió hacerlo, su rostro ya no era el mismo, y él ya no conseguía recordar el anterior, el que había estado viendo hasta hacía un momento; ahora no era más que una calavera carcomida por la putrefacción que batía sus mandíbulas en una desencajada y fúnebre sonrisa.

–¡Treinta mil trillones de maldiciones recorrerán el mundo y será devastado por mi mano!... –exclamó.

–¿Wathelpun? –gritó a duras penas Remus, asfixiado por la fuerza centrífuga que lo mantenía inmóvil–. ¿Eres Tim Wathelpun?

El hechicero no hizo más que apretar un poco su varita y, después de que de ésta saliesen dos rayos: uno verde y otro plateado, el pequeño tornado que devastaba el despacho arrasó el techo y las paredes. La lámpara de araña que pendía cayó estrepitosamente y sus pequeñas cuentas ovaladas de cristal corrieron en todas direcciones, como una marabunta en fuga. La risa mortuoria, entre tanto, continuaba aguijoneando el cerebro del licántropo, que en vano se resistía contra la fuerza que lo oprimía. Cuando se percató, de aquellas fauces de terror, de pánico, de epidemias y flagelaciones seculares; de aquellas mandíbulas tersas y pulidas por el brillo de la corrupción; de aquéllas, digo, siseó una serpiente que serpenteó su cuerpo hasta quedar fuera: un símbolo que, para Remus, todavía quedaba demasiado cerca.

–El Ministerio de Magia caerá, lo tendré en mi mano y, cuando cierre el puño, lo aplastaré. –No hubo terminado de decirlo cuando las paredes del mismo edificio se sacudieron terriblemente, como sufridoras de un horrible seísmo–. Desde él ejerceré mi fuerza... ¡hacia el mundo!

La exclamación del hechicero proyectó un torrente de aire gélido que golpeó a Remus contra el lienzo del muro posterior, el que representaba la catarata. Aquél se rasgó con gran estrépito. El licántropo se sujetó como pudo a un cabo que quedó invicto a la desigual pugna. En lugar del habitual pasadizo que conducía a la ubicación secreta del conciliábulo, una masa intangible del universo se había abierto desde aquel portal improvisado: las galaxias y estrellas planearon rápidamente hasta observar desde el marco del ancho cuadro la Tierra en su inmensidad.

–Lupin... Creíste que podrías detenerme, que podrías vencerme. ¡Iluso!... Estúpido iluso... Tú no puedes hacerme nada. No eres más que un insecto en las redes de una araña, una hormiga frente a un poderoso escorpión. ¡Desde hoy se acaba el poder del conciliábulo y se inicia una nueva era!: la cismática Edad de Plata, el resquebrajamiento de tu casa y la casa de tus padres. ¡La Nueva Alianza!, nueva y eterna, que derramará sangre sobre tu cabeza hasta el día de vuestro juicio final. –Remus, reuniendo fuerzas para un último esfuerzo, se puso el anillo de Ánuldranh, que casualmente llevaba en uno de sus bolsillos, mientras se resistía a ser succionado por el espacio que se abría junto a él–. ¡Idiota! –gritó el hechicero–. ¿Es que no me has oído? Ninguna, ninguna digo, de tus malas artes servirán para detenerme.

El anillo comenzó a quemar el dedo de Remus y éste se lo retiró rápidamente. Pero con tan mala suerte que se le cayó y fue succionado por el portal, viajando, perdiéndose, a una velocidad irrepetible por el espacio.

–¡Nada puedes hacer contra mí! –gritó el hechicero, cuyas fauces se abrían irradiando odio contra el licántropo; su voz, como un aullido exagerado–. No puedes matarme.

Y la mano de Remus se escurrió, siendo atrapado en el portal, en la imagen del universo contenida en un lienzo roto, maldito. Un último grito ahogó la patética y maléfica carcajada de la calavera pulida.

Se despertó sobresaltado.

Alguien lo asía por los hombros y, al parecer, ahora todo venía a su cabeza nítidamente, lo había estado haciendo por un cuantioso espacio de tiempo sin éxito. En un principio, entre penumbras, pensó que era la pitia de Delfos: sus lechosos ojos, su sonrisa incierta... Pero, conforme sus dorados ojos se hicieron a la escasa luz, vio que no, que era su esposa, con rostro desencajado, la que le correspondía con la mirada. Vil imaginación óptica la suya, pensó. Mas luego, advertido de los muchos y extraños casos que a lo largo de su existencia había padecido, no le pareció imaginativo ni alocado que hubiese visto el rostro de la pitia reflejado en el de su esposa. Es más, pasados los días, llegó a pensar que aquel sueño había sido un aviso de la mística adivina, y que él, antes de que aquélla hubiese tenido tiempo a desaparecer por completo de su mundo onírico, se había reflejado en los ojos de otra adivina: su mujer.

–Helen... –musitó con la frente, los cabellos y el torso todo sudados.

–Remus. Mi madre se ha puesto de parto. ¡Ayúdame!

Los acontecimientos que se sucedieron a continuación no quedaron grabados en la mente del licántropo con nitidez. Sus recuerdos, a mi humilde ver, parecían un retorcido Kandinsky de negros borrones pero abundantes y esclarecidos huecos inmaculados; no mucho más que retrotracción de trazos y pinturas que, en un principio, un receptor cualquiera, en este caso: yo, hubiera malinterpretado rápidamente o hubiera considerado falto de conexión o unidad. En verdad, como una de las improvisaciones de aquél.

Se vistió como pudo. Creyó recordar que Helen lo zahería para hacerle apresurar y que, en consecuencia, el pequeño Alby se había despertado y roto a llorar en el clamoroso silencio de la sepulcral noche. La tormenta había cesado. Helen desapareció en una explosión de humo y polvo. Una zapatilla voló por el aire y aterrizó junto a Nathalie, que siguió durmiendo imperturbable. El amable Sirius Black se apareció en El mirador vestido con un simpático batín, recogió a los dos pequeños vástagos del clan Lupin y se marchó nuevamente, no sin anunciar antes que su mujer y él acudirían a San Mungo tan pronto como les fuera posible. La casa de la señora Nicked parecía vacía. Confusos gritos. «Aguanta, aguanta...», una voz; y luego: «¡Remus, Remus! Por el amor de Rowling, ven.» La señora Nicked apareció a sus ojos, exhausta, como una torre derruida. La fortaleza que siempre había creído reconocer en ella parecía minada por lágrimas de sufrimiento y sudores de cansancio. Agarraron sus manos e, invitándola a acompasar el ritmo de su respiración, la cama en que yacía dejó de sufrir el peso de su cuerpo tendido. El primer viaje en traslador del viniente George Nicked. Remus avisó al señor Nicked; supo que el pobre muggle le había gritado a través del auricular y que le había colgado sin despedirlo, pero minutos más tarde, cuando Helen le preguntó, era incapaz de recordar la conversación. Un círculo famélico de sanadores y enfermeros se hizo en torno de la señora Nicked. Se la llevaron. Helen pugnó por acompañarlos, pero una chica, Emmanuelle le pareció que la interpelaba, le dijo que era mejor que esperase. Sí, la sala de espera: una sala cuadrada, de blancas paredes, limpios rincones y ceniceros inundados de impacientes colillas; ningún cuadro distraía la vista de sus prisioneros, encarcelados sabía Dios por cuánto tiempo; tiempo que en aquella angustia se hacía eterno. Helen se había paseado de un extremo a otro cuarenta mil millones de veces cuando su padre hizo acto de aparición. Dio un par de gritos, exclamó otras tantas veces unas sandeces, pataleó y saltó como un párvulo y, definitivamente, después de llamar suficientemente la atención, una enfermera acudió, le preguntó si era el padre y lo hizo pasar al paritorio. La última imagen que el licántropo asimiló de él fue de aquél vestido con un estúpido batín verde, un ajustado gorro y una mascarilla blanca. Sudaba copiosamente. Pensó que aquella debía de ser su habitual apariencia en el hospital muggle. Tic, tac. Tic, tac. Tic, tac. Sorensen y Ángela aparecieron cogidos de la mano. Tic, tac. Helen comenzó a morderse las uñas. Remus le pidió que dejara de hacerlo, pero ella lo ignoró con una suave mirada de reproche. Tic, tac. «Es mi madre, coño.» Los bufidos de la adivina dieron paso a aquellas exclamaciones que, lejos de tranquilizarla, la pusieron más furiosa. «¿Es que no puede salir nadie a darnos una puta información, a decirnos siquiera cómo está?...» Tic, tac. Una enfermera se acercó al solitario brujo sentado frente a ellos y le susurró: «Un niño, enhorabuena. ¿Quiere verlo?» Cuando Helen le preguntó, respondió que nada sabía sobre su madre, que ella no estaba en el quirófano. La adivina, no supo por qué, dudó. Tic, tac. Remus recibió una lechuza de Sirius y de Karina interesándose al tiempo que escribía una nota al Ministerio para avisar de la eventualidad y de su consiguiente ausencia o retraso. Tic, tac. La misma enfermera de antes apareció en la sala y Helen volvió a asaltarla. «No tengo ninguna noticia, de verdad.» La desolada a la par que desinformada hija arremetió contra la pusilánime jovenzuela: «Pues ya puedes estar moviendo tu perezoso culo y volviendo con un informe detallado, si no quieres que me aparezca yo misma ahí dentro...» La enfermera se marchó refunfuñando no sé qué del amargo carácter de la jefa de sanadores de la planta de Criaturas, como vulgarmente llamaban a la planta. Tic, tac. Un sanador de apariencia afable salió al encuentro de las dos impacientes y consumidas de nervios parejas.

–¿Cómo está mi madre? –preguntó Helen hecha un amasijo de incertidumbre–. ¿Están surgiendo problemas?

–¿Es usted la hija de Helen Nicked? –preguntó a su vez–. Encantado. –Helen, cansada de formalidades, no respondió a su gesto amable más que con un mohín–. Podríamos estar mejor, a decir verdad. Estamos teniendo dificultades para que dilate. Si no lo consigue, tendremos que cortar. Además, la posición del bebé no ayuda en este caso: en lugar de aparecer boca abajo, como es lo habitual, está dando el trasero a la salida del útero.

–Pero... –habló nerviosa.

–No se preocupe, señora –adivinando sus pensamientos–. No hemos perdido un bebé en los cuarenta años que llevo trabajando para este hospital.

–Pero ¿y mi madre? –preguntó con un hilo de voz–. ¿Será fuerte para...?

–¿Fuerte? Permítame que me ría, señora. ¿Fuerte, ha dicho¿Conoce usted a su madre? Está sudando la gota gorda, sí señor, pero la madre de usted no tirará la toalla hasta que el niño esté respirando el aire del mundo o hasta que el hospital se le caiga encima. ¡No por ninguna otra causa! No como su padre. Temo tenerle que anunciar que está siendo atendido por una de nuestras compañeras en la sala de magiografías. No es nada grave, no se preocupe. Tan sólo se ha desmayado y lo hemos hecho tumbarse en una camilla con una mascarilla de oxígeno.

–¿Puedo pasar adentro en lugar de él? Tengo conocimientos de medicina.

–Él dijo que también los tenía –riendo–. Venga, acompáñeme.

La adivina desapareció detrás de él.

No seré más explícito en lo concerniente a las largas horas que el joven George Nicked estuvo luchando contra los que querían expulsarlo de su cobijo maternal, del único y cómodo hogar que había conocido hasta ahora. Pero sí, a pesar de que el señor Nicked volvió a entrar en el paritorio y volvió a desmayarse; a pesar de que la señora Nicked, en un arrebato de pasión, cogió por el cuello de la túnica a uno de los sanadores y, amenazándolo, le espetó que si no le sacaba aquel bebé de entre las piernas de inmediato lo denunciaba; a pesar de que la adivina, nerviosa, comenzó a canturrear una cancioncilla de cuna que su madre le había enseñado tanto para tranquilizar a aquélla como para atraer a su hermano, a pesar de todo ello, el pequeño George, que tenía la desgracia de ser hijo del más afamado muggle y de poseer la sangre maldita de Ánuldranh, pero también la fortuna de nacer en uno de los núcleos familiares más sólidos moral y cívicamente del contexto mágico coetáneo, se interesó en fin por el mundo exterior y asomó la rala cabeza. Helen fue la primera en tomarlo en sus brazos después del sanador. Lo acunó entre sus brazos y, acercándoselo a su madre, lloraron ambas. La una, por descubrir que podía ser madre a edad tan avanzada; la otra, por descubrir que sus miedos habían pasado y que, como contrapartida, le habían regalado un hermano; un hermano que quizá treinta años antes hubiera considerado más oportuno, pero al que no habría podido rechazar por mucho que fuese su empeño. Pero fueron las manos del señor Nicked las que lo tomaron con mayor amor, con una ternura ignota en el muggle, y fueron sus ojos los que lo bautizaron mientras repetía cual el eco de las montañas su nombre. A los ojos de las dos mujeres, los cuales no habían permanecido inafectados al sentimiento compartido, creyeron reconocer en el hombre un deje de cordura mayor que la que habitualmente empleaba, un sentir que jamás expresaba; en definitiva, entregó su corazón a aquella criatura pequeña y graciosa. Ya no habría motivo para quejarse ni padecer nunca más: su pequeña princesa había sido sustituida por un hermoso príncipe, y la mente del pobre muggle comenzó a llenarse de sencillos anagramas que le enseñaría y de juegos que compartirían. Lloraba de emoción y rabia contenida, expulsándola a ésta de su cuerpo para siempre. Una senectud bendita.

Quinientas once veces había amamantado la señora Nicked al gracioso hijo tardío con sus pechos abultados de vida; trescientas noventa y nueve veces había sido acunado en los brazos de algún familiar o amigo, y cien veces menos había sido observado mientras dormía, estado en que se había hallado, hasta el momento, en medio millar de ocasiones; doscientos cuarenta y siete había sido el recuento de las veces que habían dicho su nombre; en mil doscientas ochenta y cuatro ocasiones lo habían besado, en fin, cuando los Black fueron bendecidos con igual fortuna: la niña que se gestaba en el seno de Karina, la que pronto recibiría el nombre de Laura y el don de la vida, comenzó a pelear por aquélla una noche cualquiera de febrero. Sirius dormía impávido mientras su mujer combatía un agudo dolor en el vientre; dolor que le impidió pegar ojo hasta que, finalmente, el pequeño diablillo que se retorcía bajo su carne quiso poner fin a su suplicio escapando de la caverna. El animago jamás había visto a una mujer romper aguas; su terror fue mayúsculo. Llamó a Anthony Dark, su mayordomo, a voces. Aquél acudió raudo, en pijama, aunque servicial como acostumbraba. Cuando le encomendó que trajese gasas empapadas, el hombre lo hizo sin rechistar. Entre tanto, sin apartarse del lado de su mujer, Sirius llamó a Helen. Cuando la cabeza entera del animago apareció en la chimenea de la mansión Lupina y despertó a la familia entera a base de clamores, la adivina le disculpó la irrupción, los gritos y la hora: intuyó rápidamente que Karina se había puesto de parto. Se apareció en la casa de los Black; para entonces la parturienta tenía cuatro gasas chorreantes de agua sobre la cabeza, el vientre abombado al descubierto y el fiel mayordomo, previsor, traía sábanas limpias.

–No sabía qué hacer –se disculpó entre lágrimas nerviosas Sirius–. No sabía a quién acudir. No sabía si llevarla a San Mungo o qué, Helen. Perdóname.

Helen se inclinó de inmediato junto a Karina.

–Tienes que controlar la respiración, Karina. Vamos, puedes hacerlo. Es muy sencillo. Inspira... Así, muy bien. Y espira. –Ayudándola–. Fenomenal. Sigue así. –La mujer comenzó a chillar agudamente y Helen, cogiéndole de la mano, la tranquilizó–. No te preocupes, es normal. Son las contracciones. –Volviéndose al mayordomo–: Anthony, haz el favor de traer una palangana de agua caliente, más gasas y sábanas o cualquier clase de trapo que no sirva. Que Rowling te dé alas, que urge.

El mayordomo corrió para obedecerla.

–Pero ¿qué vas a hacer, Helen? –le inquirió Sirius con la preocupación que es comprensible que padeciera.

–Karina se ha puesto de parto –le explicó apartándolo unos metros de Karina para que ésta no los escuchara hablar–. No hay tiempo para llevarla al hospital. Sirius, Laura ya viene de camino. –El animago estuvo a punto de desmayarse cuando su amiga le dijo aquellas palabras–. Tienes dos opciones, Sirius: quitarte de en medio para no molestar e irte a casa con Remus, o quedarte aquí, asistir al alumbramiento de tu hija y auxiliarme en todo lo que te sea posible. Nunca he participado en un parto, aparte de los tres míos y en el de mi hermano.

–Ya tienes más experiencia que yo –musitó Sirius con la voz congestionada.

Decidió quedarse y ayudarla. La palangana llegó al instante. Helen se lavó las manos y ayudó a Karina a desnudarse y a vestirse una prenda más cómoda para la operación que iban a realizar. La hizo tumbarse nuevamente y no hubo tiempo para mucho más: Laura Black ya estaba allí, asomando su cabecita de pelo moreno y abundante. Sirius pegó un grito mientras Helen, seria, seguía dándole instrucciones a su amiga.

–No pares ahora, Karina –le decía–. Lo estás haciendo muy bien, sigue. Ya casi está. Un último esfuerzo, vamos. Que ya le estoy viendo la cabecita.

Cuando la cabeza hubo salido completamente, y siendo necesario un último y contundente empuje, el diminuto cuerpo ensangrentado de la pequeña Black salió completamente al exterior. Al sostenerlo entre sus brazos, Helen soltó una risotada de triunfo. Junto a ella, Sirius la imitó, empañada su risa de lágrimas felices. La adivina le tendió el bebé al animago, que lo cogió con manos inexpertas pero amorosas. Se acercó a la exhausta parturienta y compartió con ella su gozo y la criatura. Helen los felicitó y, a fin de concederles un poco de intimidad, salió a hablar con el amable mayordomo, al que agradeció la premura que se había dado en cada una de sus disposiciones. El anciano hombre dijo que aquél era su trabajo, pero la adivina lo felicitó igualmente. Cuando hubo pasado un rato y Sirius salió al encuentro de Helen, ésta le explicó al animago que ahora sí era momento de ir a San Mungo: tenían que comprobar que tanto la madre como el niño estaban bien.

Dejaré aquí el capítulo, mas no por otorgarle brevedad o concederle descanso a mi dolorida mano; sino porque, de hacer honor al título tan amplio que encabeza en esta ocasión este puntual episodio, muchos serían los hechos que podría relatar: muchos, en efecto, habrán de ser los acontecimientos, escenarios, eventos, en que de nuevo saldrán los nombres ya ilustres y proclamados de George Nicked y Laura Black, bautizados unas semanas más tarde del nacimiento de ésta en una ceremonia conjunta en la catedral de Londres. El acto fue realizado de noche para que los muggles se percataran lo menos posible; pero, aun así, una marea incontable de periodistas y fotógrafos que acudió a retransmitir el suceso llamó su atención. De aquel modo fue su primera aparición en público: George y Laura, antes incluso de saber hablar, tendrían al día siguiente su primera portada de Corazón de bruja, compartida por supuesto.

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Bueno, qué. Espero que os haya gustado. Hasta aquí el capítulo de hoy. Pero prometo que el próximo capítulo será mucho, mucho más interesante.

Avance del capítulo 14 (EL DOCUMENTO CLASIFICADO): Remus no podía ni imaginar qué iba a ocurrir cuando aquella mañana, no muy distinta al resto, se levantó para ir a trabajar. Cuando el ayudante del Departamento de Misterios le trajo los expedientes atrasados, no podía ni figurarse la intensa jornada que sucedería a aquel simple gesto. ¿Qué haría Remus si entre todos esos documentos encontrase uno, sólo uno, que lo afectase a él directamente? Un misterio en su pasado que nada ni nadie podrá resolver. Sólo un hombre. Un hombre que no hablará... fácilmente.

Hasta pronto, amigos. Cuidaos.