OTRO AÑO IGUAL... VAIS A DECIR: "LA MISMA CANTINELA..." BUENO, SABÉIS CUÁL ES MI POLÍTICA ACERCA DE LAS PUBLICACIONES INGLESAS DEL 7º LIBRO Y LOS SPOILERS. ME ENCANTARÍA PODER COMENTARLO CON TODOS AQUELLOS DE VOSOTROS QUE LO VAYA A LEER ANTES DE SU PUBLICACIÓN EN CASTELLANO, PERO... OS RUEGO QUE NO PUBLIQUÉIS EN LOS "REVIEWS" NINGÚN SPOILER HASTA QUE APAREZCA LA EDICIÓN CASTELLANA O, EN SU DEFECTO, AVISE QUE HE LEÍDO ALGUNA EDICIÓN VIRTUAL. Por favor, os lo suplico. ¡En ello me va la vida! No al spoiler, jaja. A ver si puede ser éste el año en que no me entere de nada a destiempo. Os doy las gracias por adelantado a todos.

«Me permites mirarte a la cara... me derrites con tu mirada. Con uno solo de tus suspiros tendría aire suficiente para dar la vuelta al mundo volando, con uno solo de tus besos tendría fuerzas para levantar una montaña y si me dieras tu amor no sería capaz de abandonarte ¡jamás!» (cita rescatada por Piki, o la malagueña más simpática, Laura, que carece de autor porque así la ha encontrado, pero incluyo a pesar de esa grave carencia que deja a este pedazo de historia literario sin identidad paterna, xD . En cualquier caso, también, como se dice aquí desde un reciente programa que –¿cómo no?– emitió Telecinco, "¡Oído, cocina!", que popularizó esta frase; vale, cappicci!! La autoescuela puede que haya influido últimamente en mi carácter, aunque no lo creo, porque viene de antiguo, pero es cierto que ya ni dejo citas literarias, ni dedicatorias, ni nada, que os estoy descuidando. Vero, mi estimada Punkitty y la mejor guitarrista del mundo latino en breve, tú dudaste que algún día vosotros, mis queridos lectores, podíais vengaros de mi inconstancia aquella que parece hoy tan olvidada. Cuando las cosas se hacen mal, mal quedan hechas. Sufro los más bajos índices de "reviews" de los tiempos como también de "hits" en el capítulo, según he comprobado en mi "log in". Pero el ánimo no se vence. Pero esto es claramente culpa mía, asumo el mea culpa, me flagelo y etc. y lo que tenga que ser será. Ya decidí que no iba a dejar MDUL hasta que le pusiese un "fin" más grande que mi primer apellido, aunque me quedase solo y lo escribiese para mí mismo. Conque me lea alguno de vosotros, esta labor de escribir, de escribir para divertirme y divertir, está siendo satisfecha. Pero esta labor resulta insignificante cuando, además, a las personas que estáis os tengo una estima indescriptible. Sé que lo digo a menudo, pero... gracias. Es que sé que últimamente no os trato en la manera en que debo, no soy lo suficientemente considerado y etc. Debería escribir más, actualizar más a menudo, pero... ¡En fin...!, ya le pondremos remedio a esto.).

Respondo "reviews":

SEIN LUPIN. Hola, Miriam, qué tal. Antes de nada, espero que hayas resuelto ese pequeño percance que me has descrito en "fanfiction" a la hora de introducir tu "log in". Lo cierto es que no te puedo ayudar mucho al respecto, lo siento. No sé a qué puede deberse, aunque tengo varias suposiciones. 1) Normalmente, "fanfiction" impide que introduzcas tu "log in" durante los primeros tres días desde su creación, por cuestiones de administración o vete tú a saber. Quizá ya se haya solucionado, eso sólo podrás decírmelo tú. 2) Si el fallo sigue persistiendo, no queda otra: créate una nueva cuenta. Ten en cuenta, por si te sirve de algún consuelo, que yo me creé unas cuantas: fui Kaicu Dumbledore, Kaicu Albus y no sé cuántas más. Para todos, el comienzo ha sido un desconsuelo, pero pronto te habituarás a "fanfiction" y podrás colgar tus "fanfics". Estoy deseando que lo hagas, de verdad. Coméntame cualquier novedad. Volviendo ahora a temas menos virtuales, lamento tenerte tan apegada al ordenador, que tengas que estar consultando Internet cada cinco minutos. Créeme cuando te digo que lo siento realmente. xD Pero no puedo reprimir una carcajada, porque me ha aparecido una anécdota muy divertida. En cualquier caso, piensa que cuando esté operativo tu "log in" puedes escoger las alertas pertinentes y te avisan directamente en tu cuenta de correo cuando se actualiza una historia o cuando se publica una nueva. Vamos, que necesitas el "log in" como el agua de mayo. De todas formas, en adelante espero actualizar más a menudo. Como he dicho más a menudo, me he matriculado en una autoescuela y me he puesto tanto y tan rápido las pilas que en menos de una semana y media ya me habían apuntado para hacer el examen. Vamos, que ni en verano puede uno dejar de estudiar. Ahora vuelvo al tema de Wathelpun... (que, la verdad he de decirte, me rompiste todo el encanto desvelando el anagrama... Claro que es un anagrama, ya explicaré su función, valor y significado, pero, claro, cuando llegue su momento; sin embargo, no todo es blanco y en botella...). Cierto, Elena (Helen Nicked Lupin) me mataría si Matt se volviese malo, si a Matt le tocasen un solo pelo de su cabeza... ¡Jo, escribo bajo presión! Entre el tiempo que Vero me mandaba amenazas y casi matones cuando me retrasaba y esto¡qué estrés! Para tu consuelo te diré que Wathelpun vendrá pronto, he recortado los capítulos y le falta un suspiro. Es más, no te creerás que llegará hasta que te lo encuentres atacando lo que menos te esperarías que atacaría. La verdad es que estoy deseando escribir esas partes, creo que entonces seré más rápido. En cualquier caso..., sólo te digo, apostillando tu "review", que mi conciencia me perdonará cuanto haga, porque... los ases los escondo bajo la manga. Sobre la relación Wathelpun-Matt, también te digo que habrá una pequeña pelea entre ambos en el Torneo de los Cuatro Magos... ¿Cómo explicaremos eso? Aunque siempre escondo ases bajo la manga, he de advertir. Hasta el capítulo final de MDUL (¿cuándo llegará eso?...) todo habrá sido de una forma, cuando en realidad se descubrirá como otra. Ay..., cómo me encantaría hablar sobre cuanto hay en mi cabeza. Por eso a veces pongo tantas visiones de Helen, que lo que hacen es liar más que otra cosa, o capítulos como el que publico hoy, que es uno al que le tengo mucho cariño porque, a partir de aquí, podríamos decir que Wathelpun es un bebé que viene en camino; Remus ya ha partido en su busca. Y, por último, en cuanto a lo de tu personaje... veamos... En fin, supongo que, para mí, lo más sencillo es que el carácter lo trabaje yo, en cuanto a la trama de ese momento y etc. Sí, el carácter de Miriam lo pondré en relación con las circunstancias temporales del... Torneo de los Cuatro Magos. Sí puedes facilitarme tu aspecto físico (bien mediante una foto, que puedes enviarme vía correo electrónico o dejar en la web de MDUL, bien mediante una descripción personal que realices y puedes dejar donde gustes), los apellidos que quieres que tenga tu personaje (pues serás española, tendrás dos), tus gustos o aficiones para que el personaje se parezca más a ti, etc. No sé, cuanto se te ocurra vendrá bien. Y ahora te dejo. Ya me cuentas y me dices cómo van tus progresos en "fanfiction"¿vale?, que estoy intrigado. Muchos besos.

HERMY EVANS. ¡Hola! El otro día se nos fue la pinza con el tema de los Anti-Spoilers, pero ya no hay vuelta atrás. Ya está hecho. He creado la página, lo esencial; tan sólo hay que llenarla del pertinente texto, aderezo, y de gente, que sin eso nada puede funcionar, la verdad. Te tengo que mandar la dirección para que te pases y la veas, y, en cuanto estés dentro, te hago administradora. Aunque, si te parece que fue fruto de una locura transitoria, me avisas también¿vale? Aunque, no sé por qué¡a mí me pareció una buena idea!, razón por la que pienso que a veces se me va la cabeza... Por cierto¿te vas ahora de vacaciones de invierno?... Nada, entonces espero que lo disfrutes mucho y etc. Y que sea donde sea que vayas o estés no te fastidian y te enteres de algún spoiler malintencionado que haya sido creado para contaminarte. (Risas.) Bueno, pasemos ahora más propiamente a la parte "review". Veamos... Oh, parece que a todos os he asustado mucho con el sueño-pesadilla de Remus. Iba a decir que no es para tanto, pero me he pasado para releer esa escena y sí es para tanto. Lo cierto es que parece terrorífico. Vamos, yo tengo una pesadilla así y salgo corriendo fuera de mi casa en pijama o en cueros gritando que no quiero que aparezca jamás Wathelpun (tranquila, prontos así todavía no me han dado). Lo peor es que quizá penséis que, como es un sueño, ha quedado terriblemente exagerado y que Wathelpun jamás llegará con ese potencial. Bueno, por lo del dinero es cierto, no lo voy a poner multimillonario. Pero, vamos, estoy deseando escribir su primera aparición en público. ¡Una perla el muchacho!... Ah, y tranquila, que nadie, nadie, ni yo, ve a Helen con un hermano a los cuarenta años. Ni a Helen como hermana ni a la señora Nicked como madre ni nada de nada. Pero son de esas gracias que se te ocurren cuando estás bajo no sé qué efectos nocivos de una mala digestión, fijo, y después el razonar no te quita la idea de la cabeza. Qué le vamos a hacer... De todas formas, ha quedado medianamente gracioso¿no? En fin, quién sabe, a lo mejor George Nicked es el súper malvado Tim Wathelpun... Yo lo dejo todo ahí y quien quiera recoge los balones. Bueno, por hoy te voy dejando, espero que te lo pases bien en tus vacaciones y que desconectes, que siempre viene bien para vuelve al curso con ganas y ánimo. Te mando un fuerte beso y nos mantenemos en contacto¿vale?

PUNKITTY. Hola, Vero, qué tal. Déjame que, antes que nada, resalte una frase de tu "review": "No sé, divagues"... Sí, vale, parece demasiado insustancial descontextualizada, ahora así vista parece carente de significado, lo sé; pero, leído todo el "review", es la frase que peor lo resume. Me explico. Después de abrirme sin tapujos todas tus hipótesis, acabas terminando con un "no sé, divagues", cuando, en realidad, das en la tecla más de lo que tú crees, sólo que hay muchas veces que ni tú misma quieres admitirlo. Pero dejemos eso para el final. Lo primero de todo es recordar esa tarde tan divertida que pasamos, como el ratón y el gato, buscándonos y huyéndonos; tu "messenger" tiene algo del divertido Peeves, he de reconocer. Todavía recuerdo lo que me reí tratando de darte alcance, que no sé cuántas veces abrí la ventana del privado que manteníamos y no sé cuántas veces escribí la misma frase, que nunca llegabas a ver. Suerte que a los pocos días sí que pudimos al final mantener una conversación digna. Ahora paso a cosas más terrenales, como tu recital. Lo cierto es que la actitud de tu profesor, reservada y con cautela, parece la correcta; pero si es así continuamente, es cierto que tiene que crispar un poco, la verdad. Yo, vamos, a estas alturas ya lo habría cogido del pescuezo y le habría dado doce buenos zarandeos hasta hacerle ver que quiero actuar yo (menos lobos, Caperucita...). No sé qué decirte, la verdad, pero tú tranquila, que algún día llegará ese glorioso día en que subas a lo Damien Rice (perdona, no me ha salido otro referente. ¿Se nota que lo he estado escuchando hace nada?). El hombre esperará a tenerlo todo atado y bien atado. Aunque, si de verdad ardéis en ganas de salir al escenario, no sé, presionadlo, decidle que necesitáis experiencia sobre las tablas y que, a menos que pongáis en marcha esos proyectos, él no va a facilitaros y que el mundo esté muy complicado ahí fuera y etc. etc., que esos discursitos siempre suelen cautivar a los corazones inocentes. En cuanto a la guitarra, he de admitir que yo la tengo algo aparcada... ¡No me pegues! Desde que estoy de vacaciones, entre que estoy algo desganado, la autoescuela, etc., no encuentro tiempo para nada. ¿No tienes esa terrible sensación de que, en ocasiones, 24 horas son pocas? Yo, últimamente, tengo muy a menudo esa terrible impresión. De todas formas, mi nivel era bastante bajo y malo, mi rudimentaria forma de tocar parecía empeorar por momentos y mis dedos estaban cada día más asustados con las cuerdas, como si temiesen que ellas los rasgasen a ellos en lugar de al contrario. Vamos, un desastre. Ahora sólo estoy pensando en los cuestionarios de la autoescuela, como sabes, en vías preferentes, en restricciones de velocidad, en señales de tráfico, mecánica, etc. ¡No me gusta nada el coche!, y menos me va a gustar. Es una lata. Pero no se me ha dado mal esto de aprenderme el reglamento, es una pequeña chorrada. Bueno, tengo la horrible sensación de que, para no variar las costumbres, me estoy enrollando como una persiana. Volvamos al principio. Veamos, si has descubierto la identidad de Ultra Witch¿qué te hace pensar que no estás muy cerca también de descubrir la de la luz violeta¿O que ya lo has hecho? Es cierto que mucha gente opina que es Nathalie, quizá es que haya fundamentos suficientes para pensar que es ella, venida del futuro. En cuanto a la mixtura de ella y su madre, ciertamente, lo veo una posibilidad más descabellada. En cualquier caso, he de rectificarte en una cosa, no porque estés equivocada, sino, simplemente, porque he escrito sobre ello en un capítulo recientemente (aún no publicado) y quiero contártelo. El destino es inalterable, cierto, ése es el eslogan de la pitia de Delfos, que ha mantenido su potestad sobre toda la comunidad mágica durante milenios gracias a esa idea. Sin embargo, la luz violeta, la sucesora de la actual pitia en el oráculo de Delfos, no tiene la misma idea. Veamos, cuando ella, la luz, vino desde el futuro, cambió el pasado. Sin ser consciente de ello, ella provocó el nacimiento, la creación o la generación de Wathelpun, de la amenaza (por decirlo de alguna manera). Ella sabe que, haciéndolo del modo adecuado, el destino se puede alterar, porque ella ha sido agente y víctima de ese destino alterado. Podemos decir que pondrá toda la carne en el asador para hacer que las cosas bailen en su agua. Además, el mensaje definitivo que quiero entregaros en MDUL es que nosotros somos conscientes y llevamos las riendas de nuestro destino, no la idea final de un destino definitivo y perecedero al que estamos sujetos y no podemos cambiar. Prefiero pensar que mi vida está en mis manos, sujeta a mis propias decisiones, y que cuanto yo haga, únicamente yo, mis decisiones y las decisiones de mis allegados (pues sabemos que todos los destinos están interrelacionados), puede alterar mi destino. Pero dejemos esta idea, que me voy a poner demasiado reflexivo y ahora, es cierto, estoy escribiendo en una hora tan tarde como tú. No sé si te dije que la idea de Greyback seguía adelante, que ella había sobrevivido al capitulicidio y que pronto la escribiría. En cualquier caso, vuelvo a hacerlo, porque es una idea que, aunque no suponga un elemento trascendental para el argumento, sí es algo importante que te debo a ti, que me hiciste que brillara la idea en mi cabecita. Y, finalmente, te doy las gracias por decir que el capítulo anterior también fue entretenido para tu gusto. Yo también soy consciente de que hay que combinar capítulos de acción con capítulos de intriga y de humor y etc. Pero, evidentemente, los más amenos de escribir son los primeros y cuyos "reviews" aguardo con más ansias, porque son las escenas que más tiempo he calibrado en mi mente. Bueno, esto se está pasando de largo, con lo que lo voy a dejar¿vale? Te mando muchos besos y a ver si coincidimos por el msn otra vez antes de mi retorno. Besos.

PIKY. Hola, Laura, qué tal. Bueno, aquí me tienes al fin. No creía que resultaran tan emocionantes de leer mis respuestas, pero... se agradece. En cualquier caso, lo que sí resulta extraño es que ¡tu "review" ha desaparecido! Me ha ocurrido en un par de ocasiones. Cuando he entrado en una tercera o cuarta ocasión, ha aparecido al fin y he podido rescatar la cita para el comienzo de este capítulo, pero, después de eso, nada de nada, ya no aparece. Seguramente tú me dirás o estarás pensando ya "bah, no ponía nada importante", pero eran unas cuantas palabras que me habías puesto con gusto y siempre es bueno conservarlas. ¡"Fanfiction" siempre me está jugando malas pasadas! Además¿acaso esperabas que no te fuese a seguir comiendo la cabeza por aquí con el tema de la autoescuela? xD Que a ti, por cierto, te monto por mis narices, porque has llegado a dudar de mi capacidad de conducción. Ya sé que es broma, pero no voy a parar hasta conseguir montarte en el asiento del copiloto y poner el vehículo a 200 por hora. Vale, ya sé que sólo se puede a 120 por autopista y eso si no hay restricciones específicas... Si en el fondo voy a ser un conductor muy cauto. Bueno, lo cierto es que esto no va a tener mucha consistencia: he perdido tu "review" ("fanfiction" me lo ha robado) y me estoy limitando a enrollarme como una persiana. En tal caso, me limitaré a decir que me alegro mucho de que ahora, gracias a que tengo Internet, podemos encontrarnos más a menudo y charlar con más frecuencia. ¡Es un verdadero gustazo! Y nada más, la verdad, ahí está todo dicho. Sólo una cosa más antes de mandarte una piara de besos y abrazos: guárdame el secreto ;-)

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Vaya, a pesar de tener menos "reviews" que nunca, he escrito la misma cantidad de siempre. ¡Estoy condenado a no callarme ni debajo del agua!, qué le vamos a hacer. En fin, no quisiera mendigar por vuestros "reviews", porque nunca ha sido mi estilo ni he estado muy preocupado por ellos, pero sí que me agradaría seguir recibiendo vuestro apoyo y vuestros comentarios, que sabéis que tanto me ayuda a continuar en tal o cual dirección y me hace muy feliz. Además, de lo contrario, a menos trabajo, menos tendré que responder y, en consecuencia, actualizaré más rápido (creo que este silogismo no ayuda mucho a la idea que quieres plantear, Quique O.o ), con lo que las personas que muy frecuentemente me dicen que no se ponen al día a causa de lo largo de los capítulos, menos posibilidades van a tener.

¡Ah! Por supuesto, me encantaría que me comentaseis cualquier cosa de la película. Yo ya la he visto y me ha parecido muy buena, sin contar los múltiples fallos y desapariciones del argumento, cosa a la que ya deberíamos estar acostumbrados. El trabajo del director me parece muy bueno y la fotografía es una maravilla. El toque del director, volviendo a lo mismo, es mucho mejor que en otras películas, como la cuarta, en la que, aunque el argumento está muy bien plasmado, puede resultar un poco plana artísticamente. Y, como han señalado en algún foro, hay saltos de escena no muy bien justificados.

Y, volviendo a lo de antes, si no me dais trabajo contestando "reviews", me temo que encontraré tiempo para escribir, o traducir más bien, dos "fanfics" que me gustan mucho porque tienen ese toque psicológico que tanto me agrada y porque tratan también de la vida de Remus desde sus orígenes: "Morsure fatale" y "La vie d'un loup". Hasta el título de la segunda parte parece parecerse al título de MDUL, qué coincidencia. Ya tendréis noticias mías al corriente de esto.

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(DEDICATORIA: Porque se lo merece, y porque va con retraso, a PIKY, Laura, porque me ha enseñado, o ha tratado de hacerlo, la importancia que también tiene para el lector una dedicatoria a tiempo. Besos. Desde aquí te dedico todo mi apoyo, a horas de la operación, para con esa persona a la que velas con tu compañía y con tu pensamiento.)

CAPÍTULO XIV (EL DOCUMENTO CLASIFICADO)

–¡Impedimenta!

Remus se revolvió sobre sí mismo. Aquella aparición endemoniada serpenteaba en torno a él y se sumergía por detrás de los cuadros de su despacho, ocultándose, como con vida propia. Al tratar de alcanzarla con un nuevo maleficio, el cuadro que representaba al predecesor de Cornelius Fudge ardió. La sombra maligna, que adoptaba la confusa forma de un informe halo brillante, como una luz, de color verde, se enredó entre la túnica del licántropo y saltó de ésta con agilidad. Entonces fue cuando Remus pudo alcanzarla, pero sin conseguir nada: la luz escudó su propio conjuro devolviéndolo contra él. Suerte que pudo agacharse a tiempo de esquivarlo. El cuadro de la vívida catarata, como si realmente discurriese agua por él, al caer el maleficio en su interior, expulsó una corta humareda como de agua en ebullición. Remus dio un grito. La puerta se abrió, pero se cerró de inmediato porque el ministro le ordenó a su secretaria que la cerrara ipso facto, temiendo que la escurridiza aparición escapase. Entonces creyó adivinar en ella una apariencia casi antropomórfica: como un cuerpo de varón, alto y delgado, con amplia túnica. Pero fue sólo un momento. Quizá lo había imaginado, pensó rápidamente.

No era el único que la había visto, aunque sí la primera vez. Otros muchos hablaban de la extraña aparición de un fenómeno mágico inexplicable que, en ocasiones, adoptaba la forma de un hombre. Principalmente los vigilantes nocturnos. Cuando el Ministerio apagaba sus luces y sólo los miembros de seguridad discurrían por sus largos pasillos, un extraño hombre de forma incierta y color verde paseaba por el atrio del Ministerio de Magia. Las cámaras de seguridad habían conseguido incluso captarlo, y el ministro había observado con detenimiento aquellas grabaciones, pero ahora era la primera vez que el fenómeno poltergeist se le aparecía a él, en exclusiva. Y, al contrario de lo que había venido sucediendo, su aparición no había sido pacífica; había intentando estrangular al licántropo por la espalda.

En un rápido movimiento, la aparición se sitúo por delante de la puerta y se quedó inmóvil, como a la expectativa. El licántropo, respirando entrecortadamente, adoptó una apresurada postura de duelo y lanzó, cual una culebra envenenada, su último maleficio contra aquel ser informe y desquiciante. ¿Quién iba a esperar aquello? La puerta se abrió velozmente y alguien recibió el maleficio en lugar de la forma de luz verde; quienquiera que fuera, su cuerpo salió despedido y cayó sobre el escritorio de Ann Thorny, inconsciente. La muchacha pegó un grito.

–No ha sido nada, no ha sido nada –exclamó Remus corriendo a su encuentro. Ya se había percatado de que la aparición había desaparecido–. Lo he alcanzado sin querer.

Era el señor Ollivander. Entre el ministro y su secretaria lo reanimaron como pudieron. Cuando ya lo estaba completamente, aunque con un deje frenético de vez en cuando y un tic nervioso en el labio que Remus culpó al maleficio, el señor de las varitas entró riendo en el despacho del ministro invitado por aquél. Al mirar en torno de sí y descubrir papeles por el suelo, los lienzos volcados, las sillas también, los pasadizos al descubierto, el señor Ollivander soltó una risotada.

–Veo que se estaba divirtiendo, señor Lupin. El mío no parece ser el único entretenimiento que ha tenido esta mañana.

–Le pido mil perdones, señor Ollivander, en serio que lo siento. –El anciano fabricante le restó importancia de nuevo–. Lo que ha pasado en realidad es que... –Recolocó las sillas de su escritorio y lo invitó a sentarse–. Algo se ha aparecido aquí dentro y me ha atacado. No sé cómo catalogarlo... Mis compañeros lo llaman "el fantasma del Atrio".

–¡Oh, sí! He leído algo sobre el asunto en El Profeta. Un asunto, por cierto, espinoso. –Declinó la invitación a café que le hizo Remus–. Yo, por mi parte, tengo mis ligeras sospechas. Y, por otra parte, no sé de qué se extraña; yo ya le había advertido que podía pasar algo así.

–¿Algo así?... ¿Algo como qué?

–¡Como esto, mi querido señor Lupin! No se ofenda, pero parece un párvulo muggle hablando de lo que ellos llaman parapsicología. Según me dijo el pobre de Albus antes de dejarnos, usted está muy familiarizado con estos temas, con esta clase de apariciones... ¿No es así? Y sabe, es gracioso; fue usted quien me dijo que no había nada que temer, que estaba bien protegida. Parece ser que se han cambiado las tornas: el que está ahora asustado es usted. Yo ya le previne.

–¿Me previno de qué? –Remus no conseguía entenderlo.

–Del peligro que corría llevándome la contraria. –Sonrió–. Hay... ciertas cosas que ni los más potentes escudos mágicos pueden proteger. –Echándole un fugaz vistazo al cuadro de Albus Dumbledore y descubriendo que no estaba allí–¿Cree que una maldición asesina conseguiría detener el espíritu de su mentor en el cuadro?

–¿Está tratando de decirme que sea lo que sea lo que me ha atacado hace sólo un instante era un espíritu? –inquirió el licántropo.

–No se ofenda, mi querido amigo, pero uno de los mayores defectos que tiene usted es el de estar constantemente formulando preguntas. –Se sonrió–. No es un mal hábito, no me malinterprete; es la única forma que existe de aprender. Pero es descortés para con uno mismo formular preguntas cuyas respuestas ya se conocen. Usted, señor Lupin, sabe de este tema muchísimo más que yo; tan sólo que no se atreve a darse cuenta de ello. Finge no darse cuenta.

–Yo no estoy fingiendo, se lo puedo asegurar, señor Ollivander.

–Tú no. Pero tu espíritu sí. Se niega a trabajar y a ofrecerte las conclusiones que puede extraer de la información que posee, que es mucha y muy privilegiada. Y, al igual que esto, con otros muchos temas más. –Consultando su reloj de bolsillo–: Pero ahora es tiempo de que me vaya. El minutero no descansa. –Se levantó–. Agradecería unos minutos de conversación con usted y el café que tan amablemente me ha ofrecido, pero tengo que regresar a la tienda dentro de media hora o el repartidor pasará de largo al ver el cartel de "cerrado". Si me requiere para alguna pregunta más –se sonrió pícaramente–, estaré en el Atrio. Quizá no lo recuerde, pero hoy se cumplen tres meses de mi última inspección a la varita de Quien–A–Pesar–De–Estar–Muerto–No–Debe–Ser–Nombrado, en la Fuente de Dumbledore.

Tiempo atrás, lo recordaba, le había ofrecido al fabricante de varitas la posibilidad de que inspeccionara periódicamente la varita del hechicero derrotado a fin de que, como habían decidido conservarla, él diese su visto bueno a modo de garantía.

–Cuando termine de revisarla, antes de irme, me pasaré nuevamente por aquí para darle mi impresión –explicó–. ¿Quedamos, pues, en eso?

El ministro estuvo conforme. Cuando lo despidió, recogió diligentemente el despacho y reanudó el trabajo. Sobre su escritorio (una de las pocas cosas que la aparición no había conseguido tirar al suelo, quizá debido a su tamaño), una carpeta lo aguardaba impaciente. Sobre ella, una etiqueta verde que decía lo que sigue: «Informes catalogados del Departamento de Misterios. No resueltos. Obtener permiso para desclasificación y desarchivación». Remus sabía su cometido con aquellos papeles múltiples: dado que llevaban demasiado tiempo acumulando polvo en las estanterías del Ministerio sin que pudiera aportarse sobre ellos ninguna nueva idea o pista que los solucionase, debía estampar su visto bueno para que pudiesen ser eliminados. Entonces abandonarían los ficheros del Ministerio y, desclasificados, pasarían a conocimiento público.

Comenzó a hojearlos desganado. Leía párrafos cualesquiera y, como no conocía muy bien el tema que trataban, los abandonaba enseguida. Consultó la hora. Tenía que apresurarse: había concertado una cita con Thomas Peterson, joven inefable, para entregarle los documentos. En consecuencia, comenzó a hojearlos sin mayor detenimiento. Apenas era preciso: conocía la labor del Departamento de Misterios y no le pasaba inadvertido que, si aquellos documentos se encontraban en aquel momento en sus manos con aquella propuesta, debía ser porque era lo que habían encontrado pertinente. Sin embargo, a razón de esto, pudo haber dejado los informes y darle a su llegada la aprobación sin más. Pero algo lo empujaba a hojear todos aquellos apergaminados folios. Quizá porque, en el fondo, sabía que encontraría un documento como aquél. Lo dejó tan contrariado que hasta la respiración se le detuvo durante unos segundos. El título, imposible más contundencia, era éste: «La niña y el lobo. 31 de agosto de 1983».

Separó aquel informe del resto y, levantándose (no podía permanecer sentado), lo leyó en voz alta mientras se paseaba de un lado a otro de su amplio despacho.

–La niña y el lobo. Treinta y uno de agosto de mil novecientos ochenta y tres. En el vestíbulo del restaurante-hostal "La alameda", la tarde de la mencionada fecha tuvo lugar una aparatosa aparición mágica de ignota casuística. Versión de los testigos muggles (camareros) antes de ser desmemorizados: «Estábamos tan bien, recibiendo a los huéspedes del hostal, cuando, de pronto, sentimos como una explosión. Y un destello fucsia, sí. La explosión no la escuchamos, pero la sentimos. No sé cómo explicarlo. Era algo así como una fuerza centrífuga que nos despidió hacia atrás. Y, al mirar hacia arriba, descubrimos a un joven y a una niña que descendían del techo, planeando lentamente. Uno de ellos, el más alto, llevaba una máscara blanca y vestía una túnica negrísima. En las manos tenían algo que echaba unos rayitos de color, cómo explicarlo, plateados y dorados también. No consigo recordar más; creo que me desmayé»; «yo estaba detrás del mostrador. Estaba atendiendo a la señora Hawke, una clienta habitual del hostal, que está ahora mismo en el Hospital Central con un ataque al corazón, cuando lo vi. Al principio no quise ni creerlo. Pensé "estoy delirando, esto es una paranoia mía"; pero no, era cierto. Pulsé la alarma antirrobo, qué podía hacer, y he estado todo este tiempo escondido detrás del mostrador. Sólo he escuchado voces y gruñidos. ¿Que cómo eran? Ya le he dicho que los vi sólo durante un instante. Eran dos: una niña y un joven enmascarado. La niña podía tener unos trece años, cabello moreno y ojos castaños. El pelo a la altura de los hombros. Vestía de una forma muy peculiar. Parecía asustada. El otro, aunque no le vi la cara, tenía una expresión terrible. Sus ojos eran lo más negro y lo más horripilante que he visto en toda mi vida. Era un chico, sí; ya le he dicho que no le he visto la cara, pero el cuerpo era el de un chico alto, fuerte. ¡Ah!, de lo que sí me di cuenta es que llevaban los dos unos palitos secos y retorcidos en las manos. De nada más»; «sí, yo también los he visto. Estaba atendiendo en el banquete nupcial del salón principal del restaurante. He salido y me he encontrado con dos... personas. No me creerá, agente, pero se disparaban rayos de colorines; algo así como rayos láser. Decían palabrejas raras, sobre todo la chica, y les salían rayos láser. ¿Que por qué sobre todo la chica? No lo sé... Al otro no le he escuchado decir ninguna palabreja de ésas. Sólo a la chica. El otro, sí, iba enmascarado. Era una máscara blanca que dejaba al descubierto los ojos y la boca. Después se la ha quitado. Claro que puedo recordar su rostro. Era... diabólico. Cejas picudas, ojos demacradamente negros, pelo castaño y revuelto, ojeras... Fue lo único que vi, la verdad; fue sólo un instante. La lanzó al aire, la atravesó con uno de esos rayos láser de los que le he hablado y la máscara se adhirió al rostro de la chica, que no pudo quitársela. Después... Oh, después. No me creerá, pero el chico se abalanzó sobre la chica y, durante la caída, se ha transformado en lobo. ¡Nunca he visto una cosa igual! Creía que enloquecíamos. ¿Que si hablaron algo¿Que si hablaron? (El sujeto ríe). ¡No callaron!... Se hablaban con familiaridad, como si se conociesen de antes. Déjeme a ver qué recuerdo... En un momento dado mencionaron no sé qué de un príncipe postizo o algo así. El chico amenazaba a la chica constantemente: le decía que la iba a matar por entrometida¡por haber intentado salvar a su hermano!, eso es lo que le dijo»; «estaba cambiando el disco del hilo musical y ¡ya ve!, ahora está todo destrozado. Si quiere que le diga la verdad, ha sido un acto terrorista: llevaban armamento; el que llevaba la máscara alcanzó el tocadiscos con un no sé qué que parecía un destello verde y mire en qué estado ha quedado todo. (El sujeto nos muestra los destrozos). Lo que yo vi fue eso, que aparecieron un chico enmascarado y apenas una cría peleándose de un modo como yo no he visto jamás a nadie. Se disparaban una especie de misiles pequeñitos con no sé qué clase de artefacto; lo más que puedo decirle es que han montado, como ve, un jaleo impresionante. ¿Qué dice? Ah, no; no, yo no he visto que se quitara la máscara. Tuvo que ser en el momento en que me agazapé. Es que, verá, el techo parecía que se nos iba a venir encima; los misiles golpeaban el techo y éste se ha resquebrajado, como ve, por un montón de sitios. Lo que sí vi, al volverme, es que el chico se había ido, había un lobo y que la niña se había puesto la máscara del que se había pirado. Después apareció otro que también lanzaba misiles y en ese momento la fiera atrapó a la chica y, como se lo cuento, se esfumaron. ¡Plas! De golpe. Ahora que me lo pregunta, sí recuerdo haber oído algo. Los dos estaban muy nerviosos; pero la niña especialmente; ya le digo, era muy pequeña. Tenía una voz especialmente aguda y estaba dando muchas voces, la muy loca. En un momento se dirigió al otro y le dijo algo así como "ahora sí que puedo impedir que te salgas con la tuya". (El sujeto responde a las preguntas que le hacemos sobre el tercer mago que, según su testimonio, interviene en el duelo). No recuerdo más que lo que le he dicho. No recuerdo ni quién es, ni cómo era...¡nada! No recuerdo nada de él. (Intuimos que el implicado número tres debió de desmemorizar lo justo al sujeto interrogado; por otra parte, no queda constancia en las cuentas del restaurante de estacionamiento de ningún mago o bruja: pudo haberlas robado). Es lo único que recuerdo, lo siento.» El director del restaurante, después de asegurarnos que no vio nada, nos entregó la cinta de seguridad del hall. La visualización de la misma nos lleva a las siguientes premisas: una: el implicado número uno no aparece transformándose en ella (imposible precisar si se trata de un licántropo o de un animago); la implicada número dos perdió la varita (sin embargo, a pesar de las intensas búsquedas, ésta todavía no ha sido encontrada); tres: el destello fucsia de que habla el interrogado número uno parece pertenecer a un grado de magia elevadísimo (constatación de los magos actuales que podrían lograrlo: Albus Dumbledore y Quien–No–Debe–Ser–Nombrado); cuatro: su aparición no parece desmentir la teoría de la alteración de los swivels; cinco: como atestigua el último interrogado, es cierto que aparece un tercer sujeto con poderes mágicos, el cual no consigue alterar ni en lo más mínimo la disputa entre los dos sujetos principales (posible resultado de la alteración de los swivels). Las pesquisas in situ nos llevan a la conclusión de que, como ya ha quedado apuntado, se produjo a la hora señalada en el hall del restaurante una alteración de los swivels; esto es, una movilización de los ejes cronológicos estables en la línea espacio-tiempo. En conclusión, los implicados números uno y dos (por confirmar tres) no pertenecen a nuestra época: han efectuado un viaje desde el pasado o desde el futuro. El análisis de los swivels por parte de los expertos ha determinado que, en base al eje, los implicados son individuos del futuro, lo cual explicaría su repentina aparición y desaparición, el que el Ministerio no tuviese constancia del uso de la magia por parte de la menor, etcétera. Indispensable para el desarrollo de la investigación: identificar al individuo número tres y hallar la varita de la niña.

Cuando el licántropo se hallaba enfrascado en la decimocuarta lectura del detallado informe, el mismo Thomas Peterson llamó a la puerta y la franqueó aprisa. Sin embargo, más aprisa lo asaltó Remus, que, lanzándose sobre él como un energúmeno con el papel en la mano, comenzó a gritarle intempestivamente, tanto que Ann Thorny brincó en su asiento:

–El tercer implicado soy yo. ¡El tercer implicado soy yo! Yo soy quien practicó el hechizo contra el lobo, quien los vi, sí. Fui yo. Estaba celebrando mi boda en el restaurante "La alameda". Sí, yo me casé el 31 de agosto de 1983.

El inefable, de expresión simpática, se quedó un instante en suspenso. A continuación, adoptó una afable expresión adusta. Pero, por último, sonrió.

–¿Sabe qué? –dijo–. Eso reabre el caso.

–¿Cómo que reabre el caso? –inquirió indignado el licántropo al tiempo que lo acompañaba a sentarse en su escritorio–. Pues¿quién lo ha cerrado? Toma asiento, Peterson. ¿Un café, un té...¿Una tila? –El inefable declinó la invitación pretextando que aquélla le vendría mejor a éste que a él–. Da por aprobada la desclasificación de los restantes documentos, pero no de éste, Petersen. –Con gesto inquisitivo–: Necesito saber quién es esa niña.

–¿Por qué, señor Lupin?, si me permite que se lo pregunte.

–¿Por qué? –repitió–. Pues... verás, porque, aunque sólo le vi los ojos... –Se quedó un instante meditabundo, reflexivo–. Sí, sólo le vi los ojos. ¿Nunca has tenido la sensación de que a veces determinada gente te habla con la mirada? –le inquirió intempestivamente, a lo cual el inefable cabeceó–. Claro, eres demasiado joven. ¡O será que no has pasado media vida con una adivina medio chiflada que te contagie! –chanceó–. Aquellos ojos, Petersen, me conocían. Y se asombraron de verme.

–Perfecto –apremió el inefable–. En ese caso, descuide, el caso queda reabierto, o, como prefiere usted, abierto sin más. A ver, déjeme recordar –lanzando la mirada al vacío–. El documento "La niña y el lobo"... Sí, sí. ¡Ah!, por supuesto. –Y, proyectando un haz plateado de la punta de su varita, apareció sobre el escritorio del ministro una cinta de vídeo corriente y un libro de lomo dorado–. Voilà!

El licántropo tomó el segundo entre sus manos y acarició el delicado artesanado de las filigranas áureas con sus dedos llenos de la emoción propia del que teme abrir, descubrir lo que se esconde, temiendo que la realidad sea menor de lo que la espera, la intriga, le ha hecho imaginar a uno.

–Buena pieza –intervino para quebrar el silencio el inefable–. No hemos conseguido aún descifrarlo. Es muy escueto. Parece un código o qué sé yo. Pero parece que no cabe duda de que viene del futuro.

La cubierta, además del trabajado artesanal en dorado, era escarlata. Era llamativo en general. Al fin, con dedos titubeantes, Remus lo desplegó. La primera hoja estaba vacía y su corazón dio un vuelco atroz. ¡Quizá no esté escrito!, pensó. Sin embargo, la causa estribaba en que el tomo aquel había sido concebido como un libro cualquiera, y aun las mismas hojas de salvaguarda habían sido dejadas al comienzo de él. En efecto, cuando hubo pasado ésta, con brillantes letras carmesíes, apareció el título, que vino a producir en el licántropo tanta impresión como excitación. «Cuaderno de bitácora de la Orden del Lobo». Pasando la hoja, descubrió que apenas había sido iniciado, que sólo cuatro frases mal contadas se habían plasmado sobre él. La decepción fue mayúscula en Remus, quien esperaba que aquel diario fuese más explícito que muchas de las premoniciones que había escuchado a lo largo de su vida. Pero el escaso contenido le vino a demostrar, a pesar de su parquedad, que no eran inexactas muchas de las cábalas de magnificencia que, cuales castillos de naipes, había elevado en los preliminares de su sueño. La letra, manuscrita, fue también un dato que tuvo largo tiempo a nuestro protagonista reflexivo: el meditado trazo, bella caligrafía, le resultaba confusamente familiar, como si en su inconsciencia se mezclasen ya el pasado y el futuro y viviese en un estado sempiterno de déjà vu. Pero mi agitado lector se estará revolviendo ya en su asiento preguntándose qué era lo que el licántropo, con ojos devoradores, leía sin prestar atención a la inquisitiva mirada del curioso inefable. Esto era: «30 de enero. 10 horas, 30 minutos: Sorensen confirma el estallido de una guerra civil entre los tritones y las sirenas del Pacífico. 10 horas, 50 minutos: Ariadna vuelve de su corto viaje (respuesta negativa). 11 horas: Helen tiene una visión; asegura haber visto un fulminante estallido de luz violeta y dos voces clamar un rayo único.» Y nada más. Ninguna expresión manifestó en sus facciones Remus. No parecía excitado en excesivo de haber encontrado los nombres de su familia plasmados en aquel intrigante tomo. Parecía apático. Se limitó a leer aquellas concisas y sencillas frases hasta que las hubo retenido en su memoria y, con gesto vago, depositó de nuevo el voluminoso diario sobre el escritorio. No le pasó inadvertida la mirada constante del muchacho frente a él y la inocente pero bucólica sonrisa de sus labios. Su atención recayó a continuación en la cinta de vídeo. Elevando cansados los dorados ojos a su interlocutor, le preguntó:

–¿Qué es esto?

–Una casete de vídeo.

–¡Sé lo que es! –le espetó–. Me refiero a qué es, qué contiene.

–Es la cinta de seguridad del restaurante, señor Lupin. Es la más completa fuente de información que tenemos sobre el caso. Y ahora que usted dice que estuvo presente... ¡quizá le diga más que a nosotros! Sólo existen dos problemas, uno de ellos, gracias a Rowling, subsanado: que la grabación es en blanco y negro y que no tiene sonido; pero, como le he dicho, este último está subsanado: Peabody ha inventado un conjuro para aportarlo, aunque no fuese grabado. ¡Ni se figura lo bien que nos ha venido ese conjuro para otros casos! –El licántropo asintió con intensidad–. Los estúpidos muggles se creen que las palabras no sirven para resolver los casos, sólo las imágenes. ¡Necios!... ¿Quiere que lo proyectemos?

La mirada ávida de Remus le respondió afirmativamente. En consecuencia, el inefable dio una palmada y la estancia quedó en penumbras. A continuación, arrojó la cinta de vídeo al aire y con la celeridad del relámpago la atravesó con un rayo de color marfil que pareció desintegrarla. El licántropo, sorprendido, dejó escapar un gemido ahogado. Pero lo que consiguió con ello el joven Peterson fue proyectar las imágenes sobre el blanco testero del despacho. Los cuadros, como si supiesen que estorbaban para la correcta visión de las imágenes, se apartaron sin que nadie se lo mandara.

Remus aguardó impaciente, consumido de nervios. Lejos, casi olvidada, quedaba ya la reciente experiencia con el haz de luz verde. Ahora tan sólo importaba el importante paso al frente que iba a dar en pos de solucionar aquel intrigante misterio que, todavía, recordaba con escalofríos y sin comprender. Ansiaba conocer la identidad de la niña, la esencia del lobo, la causa de su aparición... Y se propuso conseguirlo.

El vídeo era una de aquellas habituales grabaciones de escasa calidad de las cámaras de seguridad: visión no muy pulcra, tomada a saltos, etcétera. Pero otra veloz intervención del inefable solucionó aquella menudencia, como él la llamó. Allí estaba de nuevo, pensó Remus con el pecho galopando en sus entrañas; la recepción en que había descubierto los ojos que, después de los de Helen, más le habían transmitido. Unos ojos que, sin esforzarse, podía rememorar fácilmente si cerraba los suyos propios. Allí estaba el hermoso hall donde se desencadenó la tragedia mágica. Y Remus, aunque esperanzado en averiguar la causa última de ésta, anhelaba reencontrarse con aquellos ojos, indagarlos, preguntarles. Peterson debió de notar su intranquilidad, ya que le dijo:

–Tranquilícese, señor Lupin. Esa niña no va a salir de la imagen de la pared.

–¿Cuánto queda para que aparezca? –inquirió Remus para cambiar de asunto.

–Viniendo del futuro¿quién sabe? –La mirada que le dirigió el licántropo fue suficiente para darse cuenta de su yerro y enmendarlo con una risita boba–. ¡Ah, en la cinta! Poco, poco. –Consultó la hora que constataba en la misma imagen–. Un minuto, segundo arriba, segundo abajo. Pero fíjese en los trabajadores. No vemos cómo aparecen los dos magos, pero sí sus caras de espanto. ¡Ahí está, fíjese!

La imagen se había quedado un instante en suspenso, envuelta en un estallido blanco, en un reflejo inmaculado que, a pesar de ser una grabación, incomodó a los ojos de los dos hombres. La explosión de luz se deshizo tan rápidamente como se hubo formado y, tal y como había anunciado el inefable, en verdad, los camareros corrían despavoridos u observaban la horripilante escena con pavor. A Remus le hubiera gustado que aquella aparición fortuita hubiera quedado registrada por la cámara, pero ésta estaba dirigida hacia otro punto.

–Al igual que has podido integrar el sonido –intervino Remus–¿no tenéis ningún otro conjuro por ahí que permita ver esto en color?

–Oh, sí. Pero no aporta nada relevante. Ahora bien, que si gusta de...

Y, sin decir nada más, volvió a atravesar la cinta de vídeo con un hechizo que la hizo estremecerse. Ésta seguía suspendida en el vacío, flotando en medio de la estancia, proyectando la imagen como un cinematógrafo. El inefable rebobinó la cinta a instancias de Remus y el instante de la aparición volvió a proyectarse, repitiendo con él el restallido molesto a los ojos de intensa luz, sólo que...

–¡Violeta! –exclamó el licántropo dando un brinco en su asiento–. La luz es violeta...

–Así es –confirmó el inefable extrañado del apunte del ministro. Sin embargo, éste asociaba a aquel color el misterio, la intriga en sí, la incertidumbre y lo paranormal; aquel color, pensó, no era casual–. Pero no es trascendental. Será el efecto mismo de la modificación de los swivels. Lo cierto es que, como no hemos podido reproducirlo, somos incapaces de confirmarlo.

El ministro le rogó silencio a su acompañante ya que había escuchado un grito agudo; aquél tenía que ser de la niña. Una voz varonil y que demostraba ser de alguien mayor, aunque joven, le espetó: «¿Qué has hecho¿Dónde nos has traído?» Remus tragó saliva con desesperación. La niña apareció al fin en el espacio de grabación de la cámara de seguridad, aunque gateando al tiempo que emitía agudísimos y puntuales alaridos; aquellos se debían a las eventuales maldiciones que el hechicero, cuya imagen todavía no había aparecido, le lanzaba pero evitando darle. Taladraban el suelo en derredor de ella, con lo que más parecía pretender asustarla que herirla. «Pero ¿qué has hecho? No puedo ni desaparecerme. Devuélveme a...» La niña se volvió con los ojos todo brillantes. A Remus le comenzó a palpitar el pecho con fiereza; había algo en su rostro que le sonaba familiar. «¿Sabes dónde estamos?», le preguntó la chiquilla. Su voz, entre asustada y febril, nació como un finísimo hilo salpicado de puntuales risitas colegiales, acongojadas también. «¿Hace falta que te diga quién se casó aquí?» Y dando la espalda al hechicero: «Tan sólo tengo que...» El hechicero se adelantó. Al fin apareció en la grabación. Remus, agarrado vehementemente a los bordes de su escritorio, sentía ánimos de traspasar la imagen y golpearlo. Era alto, pero desgarbado, pero con ese desgarbo propio de los jóvenes que, aunque fuertes y atléticos, aún no se han desarrollado completamente. Vestía una túnica opulenta y, como señalaban todos los testimonios, su rostro lo ocultaba una máscara blanca. Se adelantó, como digo, y agarró a la niña del cuello. La levantó cerca de veinticinco centímetros del suelo. El inefable se percató de que el ministro estaba clavando las uñas en la madera del mueble. «Estúpida entrometida. ¡Ya no es tu hermano!, deja de hacer como que lo salvas. Es el Príncipe Mestizo. Haz eso que dices y te mataré.» La soltó pero arrojándola con fuerza de él. La niña, tan pronto como se hubo afirmado en el suelo, arrojó un maleficio contra el hechicero. ¡Desmaius! «Creía que ya habías intentado matarme hacía un minuto». El chico lo interceptó. «No quería matarte, al igual que a tu papaíto...» «¡No hables así de él!», estalló la niña al tiempo que le lanzaba otro maleficio. «Pero (prosiguió el hechicero) ¡no me dejas otra alternativa! Sabes que en todos estos años no he hecho otra cosa que protegerte. Pero, si os oponéis a mí, os liquidaré. Y ahora que sé que estamos en otro tiempo que no nos pertenece (habiéndole lanzado una intempestiva mirada a un calendario no muy lejano de su posición), ven aquí, malcriada, que te llevaré de vuelta al puto agujero del que has salido.» «No sin hacer antes lo que es necesario para que te jodan, so engreído y chulo de mierda. Cuando les cuente lo que pasará, harán lo imposible por cambiar el futuro, aun a costa de...» «¿Cambiar el futuro? (Se quitó la máscara, Remus maldiciendo que la cámara lo pillara de espaldas, y, como queda explicado más arriba, la incrustó en el rostro de la niña, que cayó hacia atrás de la violencia con que le llegó. En vano trató de zafarse de ella.) Tú sabes tan bien como yo que eso es imposible. Parece mentira... ¿De eso te sirve haber hablado tanto con la puta vieja chiflada esa? Me has decepcionado.» Y, saltando sobre ella, como también queda referido, se transformó en una gruesa masa lobuna que aplastó a la pequeña, que, por el susto que se llevó, no se esperaba aquella intempestiva metamorfosis.

–¡Detenlo! Detenlo un momento –gritó Remus.

–¿Qué sucede?

–Mira, mira bien. ¿Lo ves?

–¿El qué?

–No es un lobo corriente, normal¡vamos!, un lobo. Es... un hombre lobo. Todos los rasgos mórficos son los de un licántropo. No es un animago..., sino...

–Pero... ese día... no... ¡Sin luna llena, señor Lupin!

Ambos guardaron silencio. Ninguno desconocía las preocupantes noticias que, durante las últimas semanas, había explotado el diario El Profeta acerca de mordidos por licántropos que reconocían haberlo sido bajo la abrasante luz del mediodía o en el crepúsculo o al amanecer o a media mañana, pero no en luna llena. Nadie dudaba de la veracidad de aquellas aseveraciones; menos dudaba Remus, a quien la propia adivina se las confirmaba, pues era ella quien se encargaba de las puntuales curas en San Mungo. Pero, en caso de ser así, algo nuevo, anómalo, estaba aconteciendo; algo que Remus no podía entender, ya que él mismo, que era un licántropo, seguía su calendario lunar con normalidad. Sería, meses más tarde, en su primer encuentro con Fenrir Greyback, cuando entendería la cuestión.

–Si ya parece que algunos pueden, señor ministro¿quién nos niega a usted y a mí que en el futuro ustedes, los licántropos, puedan... transformarse a placer?

–Tal vez tengas razón... –Se arreboló un instante en un halo sentimental y meditabundo, buscando una explicación razonable a aquella serie de acontecimientos que, a su entender, estaban interrelacionados. De pronto lo recordó–. Pero... ¡Oh, mi madre! El chico ese mordió a la niña delante de mis ojos. La mordió en una pierna, la arrastró y se desaparecieron. ¡Ahora también ella debe serlo! Si eso va a ser así, en cualquier momento, cualquiera puede... No quiero ni pensarlo.

–Así que la niña será licántropa también –sopesó el inefable–. Pero eso a nosotros no nos ayuda en nada. No podremos encontrarla antes de eso porque se convertirá después de la venida al pasado. ¿Me entiende?

–Sí, te entiendo. Pero ¡no es sólo encontrarla!, Peterson, sino ayudarla, evitárselo.

–No entiendo mucho de esas cosas, pero... ¿no se supone que ya ha ocurrido, que ya ha estado aquí y que, por lo tanto, ya ha pasado, que es irremediable?

–No lo sé, en verdad no sé nada. Pero él es un licántropo... y la mordió. ¿Cómo no pude darme cuenta en su momento de que lo era? Quizá hubiera podido evitarlo. –Aunque insatisfactoriamente, se consoló recordando que no había conseguido detener al animal cuando le lanzó un maleficio cualquiera–. Pero era de día y no pensé... ¡Licántropos a todas horas, cualquier día! Peterson¿sabes lo que supone eso? –Soltó la risa ahogada propia del afligido y consumido desgraciado–. Yo pensaba que con la poción de matalobos nuestra especie estaba condenada, gracias al Cielo, a la exterminación. Pero me temo que hay entre nosotros lunáticos decididos a impedirlo. Por Rowling... Aunque... ¡Aunque él será un licántropo antes de viajar al pasado! Si analizamos detalladamente y periódicamente todos los hombres lobo que rezan en el fichero de la Oficina de Servicio de Apoyo a los Hombres Lobo, tal vez... ¡Claro! Le pediré a Peet que me entregue una copia de todos los ya archivados y que me haga llegar otra de todos los que lo sean en adelante. Varón, joven, con una descripción medianamente detallada...¡no puede haber muchos así! Y con total seguridad coincidirás conmigo en que por el acento parecía inglés. Sí. No tendré que solicitar ayuda de los Ministerios vecinos; me bastará la información que me suministre la División de Seres. ¿Lo ves, Peterson? –irradiando algarabía–. Al parecer sí vamos a sacar algo en claro de todo esto.

–¿Sigo? –preguntó al punto entonces el simpático inefable señalando a un tiempo su varita y al otro la cinta de vídeo suspendida.

–No. No –confirmó el licántropo con ademanes nerviosos–. Lo que sigue ya me lo conozco. Recuerda que aparecí y demás. –Acariciándose la poblada barbilla–. Ni siquiera pensé que era un hombre, Peterson. Creía que era un lobo feroz, y ya está. ¿Cuántos licántropos magos puede haber?

–Pocos aparte de usted –contestó–. Leí que dos en Francia.

–¡Me refiero en Inglaterra! Recuerdo que una vez coincidí con una tal Deborah Humans, pero era mujer y, claro está, tendrá tantos años como yo.

–¿Y un metamorfomago? –opinó el inefable.

–Sólo pueden adoptar apariencias antropomórficas y...

–¡Y es a eso a lo que voy! No digo que se transforme en lobo por su poder, sino que sea un metamorfomago licántropo y que haya adoptado otra forma para despistar, la de un joven con acento inglés. ¡O poción multijugos!, quién sabe.

–No, no lo creo... –concluyó el licántropo después de reflexionar intensamente por un instante–. Si te das cuenta, todo le coge por sorpresa; no hubiera tenido tiempo para preparar la poción. Y... ¿de qué le sirve la máscara si puede mutar su apariencia?

El joven inefable comprendió que tenía razón. Ahondando en aquella misma línea, exclamó apagado:

–Pero sabían que usted estaba allí. ¿Qué podían querer de usted?

–Pues, no lo sé. Quizá no de mí y sí de mi mujer: ella es la adivina, la que habla con el futuro y esas cosas. No lo sé, Peterson. Aunque... aunque la niña me buscó con la mirada. Es sólo una percepción, pero creo que me lo hubiera contado a mí, a mí más que a ella. Como si yo pudiera creerla más que mi mujer.

–Quizá tenga razón, señor Lupin. –Los dos hombres quedaron meditabundos unos instantes, cuando, transcurridos, el inefable dio un brinco en su asiento y, todo excitado, apuntó–: La niña y el lobo tienen que estar relacionados con usted. Por eso se ocultaban. –El licántropo le pidió que se explicase mejor, que no le entendía–. A ver. El joven le lanzó la máscara a la niña para ocultarle el rostro e, inmediatamente, él se transformó en lobo. La niña no puede descubrirse y él está a salvo bajo su forma zoomorfa. ¿Sabe lo que pienso? Que el chico tenía miedo de que los descubriese.

–¿Quiere decir que los conoceré antes de que ocurra... eso? –El joven asintió y Remus resopló lánguidamente–. Pero ¿cómo?

La respuesta quedó en el aire. Llamaron a la puerta y el licántropo contestó adelante con tono cansado aunque audible. Ollivander se adentró en el despacho unos pasos y anunció con voz firme:

–Ya he terminado, Lupin. Venía a despedirme y a decirle que la varita de Quien–A–Pesar–De–Estar–Muerto–No–Debe–Ser–Nombrado reposa en los brazos de mi viejo amigo en buen estado. No he hallado, muy a mi pesar, ninguna anomalía que aconseje su retirada inmediata. Pero me gustaría que se replantease lo que le he dicho. Una varita sin dueño es más peligrosa que en manos de un desalmado. Con lo dicho, buenos días y hasta nuestro próximo encuentro, Lupin. Adiós –dirigiéndose al joven inefable.

El licántropo lo despidió afablemente y se levantó para cerrarle la puerta con educación. Al volver junto al chico, se sumió de nuevo en una espiral de reflexiones interiores, en silencio, que le llevaron en aquel estado varios minutos.

–El Príncipe Mestizo –musitó Peterson–. ¿Usted no estaba interesado en esa profecía de Merlín hace un tiempo, señor Lupin?

Pero aquél no lo escuchaba. El comentario del anciano fabricante de varitas lo había dejado más impresionado que el del joven trabajador del Departamento de Misterios. Se atusó la perilla mientras aquél lo observaba impactantemente, esperando que le respondiese, pero lo más que el licántropo acertó a decir, los ojos dorados brillantes de emoción, con voz chillona, fue:

–¡La varita! Eso es.

–¿Eso es qué? –preguntó el inefable.

Fue entonces cómo si Remus recordase que el hombre estaba allí, sentado frente a él. Sacudió la cabeza para despejar su infinita e inminente sorpresa incontenible y, con una sonrisa ladina, lo invitó a dejarlo solo, pretextando que había recordado que tenía una reunión con un antiguo consejero del Gabinete de Sabios. Lo acompañó hasta la puerta excusándose e invitándolo a que continuasen aquella interesante conversación otro día. «¡Retomaremos el debate (le dijo)! Te enviaré un pensadero con mi recuerdo y lo discutiremos.» Lo despidió con efusividad y le cerró la puerta, como instantes atrás había hecho con Ollivander.

Al quedarse solo, divagó de un lado a otro de su despacho, hasta que, decidido al fin, golpeó con los nudillos el lienzo vacío de su mentor: Albus Dumbledore. El viejo mago apareció segundos más tarde en él, sonriendo ampulosamente y pasándose de un carrillo a otro lo que parecía un caramelo muggle.

–Hola, Remus. Cuánto tiempo¿no? –le saludó con la boca hecha un amasijo de letras apenas inteligibles a causa del caramelo.

–Sé lo que es la luz violeta –le escupió sin saludarlo siquiera.

Dumbledore, endureciendo el gesto, escupió el caramelo y se remangó. Se dejó caer sobre la base del lienzo y le dijo a su ahijado:

–¿Cómo iba a esperar yo que me llamaras para tener una conversación de tú a tú? No, qué va. Lo que quieres es extorsionarme con un sacacorchos hasta dejarme vacío de información. Y no digas que no te revelo nada –adelantándose a lo que el licántropo, abriendo ya la boca, iba a decir–, porque ya te expliqué que tenía mis motivos para hacerlo. Adelante, dilo. Tengo hasta curiosidad; no en vano la última vez me sugeriste la posibilidad de que la luz violeta era el mismo poder de Ánuldranh –rememoró con cierto hastío–. ¿Qué es?

Remus dudó. Temía equivocarse nuevamente. Pero el ímpetu fue mayor.

–La luz violeta la produce la varita que hay escondida bajo la tabla suelta del sótano, la varita de la niña que, aunque no estaba invitada a mi boda, se presentó desde el futuro, y la perdió. ¿Recuerdas? Yo la recogí y la guardé en el sótano. Tú lo sabías. Es más, me pediste que la conservara... hasta que vinieran a recogerla. ¿Quién?

–¿Quién? –repitió Dumbledore–. Pues, la niña. ¿Quién iba a ser? Estás muy fino hoy –sonriendo–, así que, si has sido capaz de descubrir la causa de la luz violeta¿por qué no intentas averiguar la identidad de su dueña, eh, Remus? Yo no...

–¡Ya sé que tú no me vas a decir nada! –protestó el licántropo–. Vas a dejar que todo se vaya a la mierda, que se insurreccione Wathelpun a pesar de lo prevenidos que estamos, que...

–Si te digo todo eso, morirás –le confesó al fin, y Remus, que en ningún modo podía haber imaginado aquella salida de tono, callado al principio, le espetó que explicase mejor a qué se refería–. Remus... –Tomó aire–. La pitia de Delfos –«¡dichosa pitia!», masculló Remus– me hizo jurar que no contaría nada a nadie. O mi hijo moriría. Imagino que es porque tú tienes los medios para cambiarlo. Sí, los tienes. Pero no conviene. Todo eso tiene que suceder porque la niña y el lobo han estado ya aquí, nos han demostrado que el futuro es terrible, que habrá dolor, tragedia..., sí; pero, si lo cambiamos ahora, ellos se perderán en la inmensidad del cambio, caerán en el limbo, no estarán ni en el pasado ni en el futuro ni en el presente. Dejarán de existir. Y tú no querrás que dejen de existir.

–Pero... –musitó Remus con espíritu más tranquilo.

–Sí, es duro, hijo mío. Lo sé. Pero más duro es tener que callar lo que en tu pecho salta y te aflige y consume. Si fuera mi vida, Remus, la que se hubiera perdido... Pero no voy a poner en peligro la tuya. Tú tienes que guiar a esa niña hasta la varita.

–¿Por qué vino, Albus? –le preguntó.

–¿Que por qué? Ya lo sabes¿no? Para alertaros. Para sacrificarse; estaba dispuesta a morir, o a no morir jamás sino dejar de ser. ¿Cómo vino? Pues, no lo sé. Según intuyo, porque ya había estado aquí. Alfa y omega, principio y fin. ¿Cuándo? Ya ha nacido, Remus. Y descuida, sabrá llegar a ti para que le devuelvas su varita. ¿Qué más deseas preguntarme? –Remus quedó callado, demasiado confuso como para atinar a formular una cuestión única que recogiese la esencia del torbellino de interrogantes que invadía su cabeza–. Hablé con la niña poco después de su venida. Con su reflejo, claro. Las varitas perdidas o sin dueño emiten una luz autónoma, de colores diversos (malva o violeta en la que nos atañe), que, en determinadas ocasiones, es capaz incluso de adoptar la forma misma de su dueño. Ésa es la poderosa razón que lleva a mi amigo Ollivander a querer deshacerse de todas estas varitas, y aun de la de lord Voldemort; aunque ésta, me temo, al igual que la que reposa bajo tu sótano, no debe ser destruida sino que debe permanecer a buen recaudo aquí. Pues bien, hablé con su reflejo: con la niña. Ya sabes que me dijo muchas cosas; cosas que la pitia de Delfos me ocultó por suceder en un tiempo que no me pertenecía: después de muerto. Por eso, y no por la pitia, sé quién es ella, quién el lobo, lo que hacían aquí, lo que sucederá... Y me ha ayudado en ocasiones varias. Al principio parecía actuar con resentimiento aún, con cierto grado de malignidad: ella fue la causa de que Matt llegase hasta a ti en mitad de la noche durante una de tus transformaciones. –Remus tan sólo soltó un chillido agudo, de impresión, y se propuso invadir a su mentor con una retahíla de porqués que el buen anciano atajó con un gesto atinado, aunque contundente–. Eso hizo. Pero no por maldad, sino con sensatez abundante. A pesar de sus buenas intenciones, y aun habiendo fracasado su intento, se arrepintió largamente y mis palabras no supieron consolarla. No me mires así, Remus. La chica tenía sus razones para hacer lo que hizo. ¿O acaso no quieres tú adelantarte a tu tiempo y evitar lo que sabes que te sobreviene? –le espetó–. Pues igual ella. En eso es clavadita a ti: una tozuda. Desoirá a cuantos se le opongan con tal de llevar a buen puerto sus objetivos.

–¿Y por qué quiso que yo mordiera a Matt¿Es que no le basta con su desgracia, con ser ella licántropa, que quiere que mi pobre hijo también padezca su suerte? –inquirió, si dijera malhumorado me quedaría corto.

–No descargues sobre mí tu enojo, Remus –le reprendió tranquilamente–. Ni sobre la pobre luz. Está descarriada, perdida en otro tiempo que no es el suyo, sin más ayuda que la que este torpe anciano le ha podido brindar. Y me temo que la pitia de Delfos me ha revelado. –Remus volvió a proferir una maldición contra la anciana vidente–. Yo no hago otra cosa que responder a tus preguntas. Bien podría hacer esconderme y declinar tus cuestiones, pero no, aquí me quedo. –Consiguió que el licántropo acabara disculpándose–. Lo hizo porque, al igual que tú, se piensa que cambiando las pequeñas cosas cambiará el destino de los hombres.

–Mordiendo a mi hijo, claro... –masculló Remus por lo bajo.

–Y no sé de dónde te has sacado la absurda idea de que la niña es una licántropa también –le espetó el anciano–. Yo no te lo he dicho, ni creo que nadie que tuviera mínimamente conocimiento de la situación lo haya hecho.

–El lobo era un hombre lobo en realidad. Cuando lo he vuelto a ver lo he descubierto. Y la mordió, Albus. La ha marcado con su mordedura, la maldición de mi especie.

–¿La maldición de tu especie? –Dumbledore se sonrió como disculpándolo–. Ella no es licántropa. –Remus iba a intervenir con una disyuntiva, pero el mentor no le dejó hacerlo–. No lo es, Remus. No. ¿Licántropos? Del tiempo en que viene ya no existen los licántropos. Existen criaturas licomórficas que mutan a placer y afectados sensatos que se guardan de hacerlo. Lo primero ya lo sabes¿no? Yo también leo la prensa. La niña, en efecto, provendrá de un mundo de licántropos. ¿Dónde está tu olfato, Remus; dónde tu instinto¿Puede un viejo chocho, además de muerto, darse cuenta de esas cosas apartado en los confines de su lienzo, y un licántropo que otea el cielo y las estrellas, los signos del devenir marcados en los astros, no? Sólo un defecto temible he encontrado en ti mientras te educaba: tu excesiva preocupación por el futuro, por adelantarte a tu tiempo y conocer los senderos de la Vida, me temo que auspiciada por la relación con Helen y por el aliento que yo mismo te concedí con el vaticinio de Merlín. –Tomó aire afectadamente–. La vida es más sencilla si existe una mano invisible que ahogue tu voluntad y, revelándote las consecuencias, te permita escoger a priori, sí. Sin embargo, ésa no es tu postura; la tuya consiste en perpetuar la armonía conseguida, en robarle al Destino su poder para cambiarlo todo, creyendo, memo de ti, que puedes hacerlo, cuando el Destino lo haces tú con cada uno de tus actos. Hasta los más nimios e involuntarios darán su poder a Tim Wathelpun; hasta los más nimios e involuntarios lo han puesto ya a éste en situación de privilegio para lanzar lo que vosotros, vulgarmente, llamáis la Maldición del Ministerio. ¿Podrás evitar que la Vida siga su curso y detener los torrentes que se avecinan sin conocer su curso? Levantas diques en terrenos desérticos porque atiendes a las profecías que han sido concebidas para confundirte, y no te detienes a analizar tus propios actos, los ladrillos de ese palacio diabólico que para ti es el Destino. En ellos está la esencia de Wathelpun. Cada una de tus acciones, de los que te rodean, de los del presente, configuran ese futuro terrible y hediondo que parece inevitable. Lucháis contra el futuro lanzando cantos menudos al inmenso mar, pero el riesgo está en la playa, donde os apostáis vosotros. ¿Por qué no te has parado a pensar qué papel juegas tú en el orbe de Wathelpun¿Por qué no te has detenido a reflexionar por qué no pudiste herir al lobo, supuesto licántropo, cuando lo atacaste en el restaurante? Tus miras, hijo mío, están demasiado lejos de analizar lo que verdaderamente tienes a tu disposición. ¿Por qué allí, aquel día –poniendo especial énfasis en aquellas últimas palabras–, para que tú los vieras? Y, mientras no lo hagas, estarás ciego y no te darás cuenta. ¿Descansaría en paz aquel centinela troyano que, en mitad de la noche, oteaba el mar en busca de la supuesta amenaza helénica y a lo mejor le decía a su compañero "a caballo regalado no le mires el diente" mientras la amenaza se fraguaba dentro¡Los signos no los traen adivinos, ni luces violetas ni fantoches enmascarados! Remus... La Verdad es autosuficiente, accesible... Y, si sigues sin darte cuenta de esto, seguirás arrojando cantos sobre tu propio tejado y maldiciendo futuribles cuando Wathelpun camina lentamente entre vosotros. Respóndeme con honestidad¿a que pensabas averiguar el modo en que la niña y el lobo habían viajado al pasado para reproducirlo y atravesar la línea prohibida hasta aparecer en el futuro? –Al licántropo le costaron algunos segundos reconocer que cuanto le prejuzgaba era cierto–. ¿Lo ves?

–Pero ¿qué tiene que ver Wathelpun en todo esto?

Dumbledore arrojó una carcajada seca, podrida.

–¿Acaso lo dudabas? –Pero no se le había olvidado el tema que mantenían con anterioridad a aquel comentario–. Pues bien¡hazlo! Sí, halla el difícil modo de atravesar la línea y deléitate con el panorama. Descúbrete desterrado del Ministerio, con medio mundo en tu contra, con la sangre de los tuyos derramándose por el Lobo, con las verdades expuestas todas al fin, resueltos los misterios y, si sobrevives al impacto, resuélvelo todo. Evita que el mundo se encolerice, que Helen enloquezca, que las calles se cubran de tinieblas, que Londres no sea más que una ruina dominada por la sombra de la torre negra, que...

Calló de pronto, como si se acabara de percatar de que había hablado en demasía. En su boca quedó una última palabra: Matt... Pero el licántropo estaba absorto en pensamientos más tremebundos como para percibirlo.

–¿Es eso lo que sucederá? –le preguntó Remus humildemente.

–¿No es eso lo que dicen las profecías que has coleccionado con tanto ahínco? –le rebatió magistralmente.

El licántropo se apartó unos pasos y se dejó caer sobre un sillón orejero con aspecto apesadumbrado, como fuerte torre derruida al fin. Dumbledore sintió conmiseración de él y pensó que, quizá, sus palabras hubiesen sido demasiado duras.

–Lo siento –dijo–. En mi deseo de apartarte de ese camino me he comportado de una manera cruel, vil y despreciable. No tengo perdón.

Remus levantó los ojos tristemente.

–Es tu cometido –musitó–, y lo haces muy bien.

–No es mi cometido, Remus. ¿Qué crees que vas a ganar averiguando todas esas cosas? Lo que realmente quiero es que aproveches estos años de transición y te olvides de lo que habrá de venir. Haz eso que los latinos llamaban carpe diem y deja de afligirte antes de tiempo; no puedo apartarte ese cáliz, hijo mío, pero sí sugerirte, recomendarte, que lo ignores. Acude al futuro con mil preguntas bajo el brazo y enloquecerás; descubre de forma impactante lo que el tiempo te tiene reservado a su debido tiempo, gradualmente, y nunca más levantarás cabeza. No tendrás tiempo a preguntar por qué sí o por qué no: dudo que reúnas fuerzas suficientes para regresar. Aun descubriéndolo ahora, no harías nada para evitarlo¿tendrías tú el coraje de arrojar a tu hijo contra una criatura de la noche para cambiar un único destino?... El día de mañana es travieso y enigmático, confuso y en absoluto espejado: las sombras se habrán alzado donde la claridad reinaba, y donde había sombras, la oscuridad campará sin riesgo, a los más caros las tinieblas habrán invadido y tú te hallarás en medio de todo eso. Si lo averiguas todo hoy, la tristeza te consumirá; si aguardas aún los pocos años que te separan, podrás afrontarlos y vencerlos. No hay posibilidad de que venzas el mal, Remus. No es él superior a ti, sino que te sobrepasará; serás incapaz de detener a Tim Wathelpun si no sabes antes por qué ha venido aquí.

–¿Qué pasará después, cuando venga la niña? –preguntó Remus para ocupar el locuaz silencio que su mentor había provocado–. ¿Le entregaré la varita sin más y...?

–La luz violeta desaparecerá –explicó el anciano en tono firme–. Y la niña jamás sabrá lo que ésta averiguó, ya que no era sino un reflejo de ella misma que no volverá a aparecer a menos que la pierda nuevamente. No obstante, habrá ganado una de las varitas más poderosas de la comunidad mágica. No en vano, ha sido conservada en la legendaria sala, sede del trono de Ánuldranh. Y, después, imagino, cumplirá su destino.

–¿Que es...? –lo tentó Remus.

–Que es –repitió Dumbledore– reencontrar al supuesto licántropo que la mordió y... Y sabe Rowling lo que sucederá después, Remus. ¿Sabes? Ojalá todo salga bien y mis infundadas sospechas sean ciertas. No te mereces sufrir más. Despreocúpate, lo que haya de ocurrir, ocurrirá. Y no temas equivocarte sobre a quién has de devolver la varita; como te dije, llegado el momento, no habrá duda.

–En el cuaderno de bitácora que han encontrado ponía que los tritones y sirenas habían chocado en una revuelta –adujo el ministro.

–Sí, tritones y sirenas, pero también dragones y thestrals, hadas y troles... Vampiros y licántropos. –La mirada del anciano se acentuó durante la larga pausa que provocó, como si quisiese decir con ésta lo mismo que antes había hecho en palabras: "¿dónde está tu instinto, tu olfato?"–. ¿El cuaderno de la Orden del Lobo, verdad? Guárdalo también tú; puede que también tengas ocasión de devolvérselo a su dueña.

»Sé que ahora mismo me detestas, me desprecias por no querer, o no poder, ayudarte. Crees que no te entiendo porque a cada momento que te ayudo a vislumbrar un atisbo de ese cierto futuro me muerdo la lengua y me retraigo, Remus. Pero, en verdad, cuanto hago es concederte esa felicidad que ahora te mereces y que estás desperdiciando. Ódiame, Remus, ódiame. Cuando Wathelpun venga, volverás a mí y me dirás «tenías razón en todo, punto por punto».

El licántropo se levantó y, deshaciendo el nudo que largo rato tenía hecho en la garganta con un tropel de lágrimas secas, se dejó caer sobre el rudo tacto del lienzo, como abrazándolo. Entre sollozos contenidos, musitó:

–No puedo odiarte, papá. ¡Aunque lo intente!, no puedo... Tengo tanto miedo. No por mí. Por Matt, por Nathalie, por Alby... Por Helen... Por todos. Quiero protegerlos.

–Lo sé –dijo Dumbledore adoptando una postura de abrazo. Lamentó la distancia irreal que los separaba, la ficticia realidad de su propia esencia que no podía abrazar ni a sus seres queridos, y, con duras lágrimas también derramándose por sus mejillas carcomidas por los años, le confirmó solamente–: Y me consta que lo harás. Me consta que lo harás. Te quiero, hijo mío, y tan sólo quiero hacerte bien. No me lo tengas en cuenta. Pronto lo entenderás. Pronto lo entenderás.

Y en aquel abrazo vacío, en aquel lazo roto por la distancia apenas de un lienzo e infinita de la muerte, los dos hombres, rotos por dentro y por fuera en una explosión de lágrimas amargas, permanecieron largo rato, repitiendo aquellas palabras huecas como sentencias de muerte: el uno no podía odiar al que le ocultaba una verdad que valía su peso en oro (so pena de que éste fuese muerto al instante); el otro no podía encaminarlo a descubrir por él mismo los secretos del más allá cronológico (so pena de que éste enloqueciera). Y uno y otro, en acuerdo tácito, se aceptaron y comprendieron. No muy tarde libremente podrían hablar de todos aquellos casos y el uno daría al otro buenos consejos que éste no despreciaría. Lo entendería, sí: dentro de muchos años, evocando aquella escena, Remus comprendería a su mentor; de haberlo sabido a destiempo, el exceso de información lo habría hecho enloquecer. No habría sobrevivido a la sorpresa.

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¿Quién es la niña, quién el lobo?, son preguntas que, de seguro, os estaréis formulando ya. Pues dadle vueltas al coco, porque éstas son apariciones de un "más allá" que está a punto de sobrevenirnos.

Avance del capítulo 15 (EL MUGGLE EN DULCE AGONÍA): Matthew Nicked... ¡El pobre no gana para sustos!... Sin embargo, éste es un susto que a todos nosotros nos hará reír mucho. Desde hace tiempo inmemorial, Paula Yemeroly me propuso escribir una escena en que explicase cómo se conocieron los señores Nicked. He aquí mucho más¡una especie de "Memorias de un muggle"!, que nos permitirá saber qué ha hecho que el pobre sea como es en la actualidad. Os aseguro que con este capítulo las risas están aseguradas.

Hasta aquí la actualización. Disfrutad, que no sé cuándo vuelvo, pero seguro que será pronto, ya lo veréis. Sed todos buenos hasta mi regreso y acordaos de mí en algún momento, que, seguro, antes de que vuelva, me habré examinado del teórico del permiso de conducir. Qué miedo. Hasta pronto, amigos.