Respondo "reviews":
SEIN LUPIN. ¡¡¡Hola!!! Ya ves, esta vez he sido un poco más rápido actualizando. ¿No?... Pero, antes de seguir con otra cosa, tengo que puntualizar, tengo que corregirte, diciéndote, advirtiéndote, que ninguno de tus "reviews" puede, podrá, llegar a aburrirme jamás, así que ni lo menciones siquiera, los leo con sumo gusto. Es más, Miriam, te estoy muy agradecido por muchísimas cosas. Muchísimas. Por haber reanimado en mí una parte que, aunque latente, se apaga y se enciende conforme al estado anímico en que se desarrolla. Lo cierto es que no dejas de sorprenderme apareciendo a la velocidad del rayo y dejándome esas respuestas que, lo he de reconocer, no hacen demasiada justicia de mí mismo porque... al fin y al cabo, estamos pirateando una historia y no hacemos otra cosa que escribir en Internet. (Le quito hierro a lo que hacemos, pero me flipa...). En cualquier caso (creo que me estoy yendo por las ramas), simplemente quería agradecerte tu dedicación y tus palabras de ánimo. Estás empezando a formar parte de esa relación de lectores-amigos de los que no me puedo olvidar y que dejan profunda huella en mi ser (no mencionaré a ninguno porque ellos saben quiénes son, por supuesto). Quiero decir, me animan mucho tus palabras, son como un bálsamo reconfortante en estos tiempos en que, algo desanimado, hasta ha rondado por mi mente la idea de abandonar MDUL y pasar a otros asuntos (no me mates!!!!, esa idea absurda está completamente desterrada de mi pensamiento ya). El imaginarte yendo una y otra vez a sólo por ver si MDUL había sido actualizado me hace ver que... en el fondo, no escribo en vano. Aunque sí, como tú, si algún día llegara en que no recibiera ningún "review", seguiría actualizando, porque ya no puedo vivir sin MDUL. Alguien llegaría, supongo, y lo leería, y, de no seguir publicando, le mutilaría su posibilidad de continuar ese hilo de pensamiento que tú has creado y concebido para tu diversión y la suya. ¡Un hilo de pensamiento al que tan difícilmente, como dices, se le puede poner un rotundo final! Mi idea con respecto a MDUL es la siguiente: el final de la segunda parte, tal y como lo tengo planeado hasta el momento, deja las cosas un poco al aire, un poco bastante al aire; así deja oportunidad a los que lo lean de imaginarse el resto, pero también me permite a mí, en caso de verme con fuerzas, iniciar una tercera entrega de "Memorias...", que en esta parte no se puede revelar quién es el narrador omnisciente y otras muchas cosas que estaban preparadas para el momento de la muerte de Remus. Pero para eso queda tanto tiempo que... no sabe uno lo que va a pasar, la verdad. En fin, volvamos a lo de antes, que muchas gracias en definitiva. Y sin definitiva, porque no me pienso hartar de repetirlo. En serio, me considero un personajillo muy influenciable por las circunstancias de mi alrededor y tú eres una "circunstancia" terriblemente agradable. Muy reconfortante leerte y sentirte cerca. Te deseo todo lo mejor en tu andadura por estos lugares. Ya verás cómo la opinión de tus lectores (te recomiendo que los interiorices en tu ser y acabes considerándolos amigos más bien: eso ayuda a que tus respuestas se tripliquen en longitud...) es muy importante para uno y ayuda a que encare la labor de redacción con una nueva cara. Por cierto, por supuesto, recibí tu correo y te estoy asimismo muy agradecido por la información que en él me hiciste entrega. Ahora lamento tan sólo que la aparición del personaje que te tengo preparado sea tan corta, pero creo, por otra parte, que no te defraudará. Espera al Torneo de los Cuatro Magos, ya te alerté. Y hablando de correos: podrías mandarme a través de uno de ellos, y sucesivamente quiero decir, tus sugerencias que no quieras revelar por medio de "reviews". Es cierto que muchos otros utilizan este sistema para que yo sólo me entere de sus hipótesis sobre esto y aquello de MDUL y que se las pueda responder sin que se corra el riesgo de que nadie más lo lea. Esto lo dejo a tu entera libertad. Pero hacedme partícipe de vuestros pensamientos, hallazgos, etc., que siempre me divierte mucho leerlos, a decir verdad. ¡Ah!, por cierto, muchísimas gracias por el "review" en "La vida de un lobo". Pronto, en cuanto termine de traducirlo (lleva su tiempo) publicaré el segundo capítulo: "La familia Lupin: entre el Bien y el Mal". Me reí mucho cuando leí que lo comparabas con MDUL, si Morghana lo leyera... (es la autora original, en francés). Pero, en fin, el traductor soy yo y lo agradezco igual, jeje. Y vaya, esto ya se está alargando más de la cuenta. ¡Luego te quejas de tus "reviews", que si son largos! Es que, con lo pesado que soy, que no hay quien me calle, cualquier tiene qué contestar. Además, seguramente tendrás interés en leer ya el capítulo que publico en el día de hoy. Cierto es que no depara intriga ni muchas posibilidades de seguir barajando hipótesis sobre la trama, los archienemigos, lobos, etc., pero yo suelto tiritos de esas cosas donde menos os lo esperéis, no tengáis cuidado. En cualquier caso, me reafirmo: muchas gracias. Y hasta pronto, Miriam. Por cierto, me encantaría saber tu opinión sobre la peli si ya la has visto. Un besazo enorme.
PUNKITTY. Hola, Vero. ¿Qué hay? Jo, cuánto tiempo. En primer lugar, muchísimas gracias por enviarme el libro por correo electrónico. La verdad es que, rompiendo con lo que es en mí, una tradición, en esta ocasión me lo voy a leer así, informatizado, sin esperar a la publicación del libro, porque los "spoilers" son en esta ocasión más numerosos y venenosos. A los tres días ya sabía demasiadas cosas como para soportar una larga espera de meses con esa molesta plaga pululando por doquier. Muchas gracias de nuevo. Y en segundo lugar, pero no por ello menos importa (más bien todo lo contrario; si lo he dejado para el segundo lugar es para explotarlo de gordo el tema), es... ¡¡¡fenomenal, ya has dado tu conciertazo!!! Como imagino que sabrás, y si no te estarás enterando ahora mismo, he estado de vacaciones y ésa es la razón por la que he estado fuera de cobertura, por decirlo de algún modo, y no pude mandarte ningún correo de respuesta ni nada. Pero leí tu correo y estuve muy pendiente aquel día, el sábado, pensando en ti y demás. Oh, ojalá hubiera podido estar allí, entre el público, deseándote suerte, ánimo y escuchándote tocar como los ángeles. ¡Hubiera estado chulísimo! Pero, bueno, a mi manera, aunque lejísimos, estaba contigo, deseándote todo lo mejor y esperando que, por lo menos, te lo pasases súper bien. Y me contaras, estoy deseando que me relates tu experiencia y etc. ¿Ves cómo tu profesor, a fin de cuentas, si lo hace con lentitud es porque quiere dejarlo todo atado? Peores son los impacientes que lo hacen todo de cualquier manera y después el espectáculo está mal concertado y demás. En fin, qué pena que no te pudiese ni mandar ni un correíllo para desearte suerte siquiera, espero que me lo perdones algún día. Pero que sepas que ese día estuve pensando mucho en ti y hasta la misma brisa parecía traerme notas de guitarra que se me antojaban punteos de sirena (sí, es que estaba en la playa y la cabeza, por fuerza, se me tenía que ir de su sitio). No omitas ningún detalle, eh. Pues yo, la verdad, estoy un poco descolocado con la guitarra, no sé en qué punto de mi evolución estoy. ¿-1 ó -2 vale? Jaja. No sé, no veo ningún avance aunque sí conocía la notación americana o inglesa que me pasaste, ésa de G para do, B para la, si mal no recuerdo... Si la teoría se me da bien. Ahora bien, pasar a la práctica... Ups. Hablando de teoría y práctica... ¡al final aprobé el teórico! Jo, no me lo podía creer. Lo miré en Internet y no había cometido ni un fallo, a pesar de que me permitían como máximo tres. Estaba que se me saltaban las lágrimas, la verdad. Ahora, a comienzos de septiembre, iniciaré las prácticas con el coche. La verdad es que no estuve tan nervioso a la hora de hacer el examen como esperaba; cuando entré en el aula de la Jefatura Provincial de Tráfico estaba mucho más tranquilo que el resto de mis compañeros de la autoescuela. Bueno, las chicas sobre todo eran las que estaban desquiciadas. Mis compañeros Álvaro y Juan, como yo, estaban bastante relajados. A mí lo que realmente me mata es la incertidumbre, la impaciencia... Pero en el momento en que tengo que hacer algo, lo hago y punto. Es más, cuando tuve el examen delante de mí y lo leí hasta me eché a reír de lo fácil que me pareció. Es, por decirlo de algún modo, una técnica para rebajar tensión. Pero estaba tan relajado... que terminé soltando una pequeña carcajada y todo. Por cierto, y me vas a matar, pero no sé en qué carpeta metí tu foto y no la encuentro. Me acuerdo perfectamente de tus facciones, pero, a la hora de describirte, no sé si podré hacerlo con suficiente minuciosidad. Si puedes, mándamela de nuevo o, de no poder, no disponer, etc., no pasa nada, que me acuerdo. Era un mero apunte. Es que... ¡tu personaje va a aparecer ya mismo y tengo que prepararlo todo! Lo que no hemos hablado nunca es del nombre que quieres que tenga tu personaje: nombre y apellido, claro, porque tiene que sonar a la inglesa, por supuesto, y Verónica no sé si lo hace muy bien. Bueno, ya hablaremos de eso; tiempo tenemos: todavía quedan unos tres capítulos para que aparezcas, coincidiendo, como iba a ser para menos, con la primera bromita de Tim Wathelpun. Estoy deseando escribir eso, por todo, por tu aparición, por la de él. En fin, pero tiempo al tiempo. Bueno, y ahora, antes de que me vuelva loco escribiendo y escribiendo, pasaré a comentarte algunas cosas sobre tu "review": por ejemplo, Dumbledore no quiere que Remus averigüe nada porque... ¿Y que pensarías si te dijese que Remus, dentro de unos años, tampoco desearía haber averiguado nada? No sé, esa pregunta que me has hecho creo que tendrá su puntual respuesta en el próximo capítulo ("La rebelión de la luz violeta"), donde Remus descubrirá que no es Dumbledore el único que le dice que está perdiendo el tiempo desperdiciándolo en esas pesquisas. Pero si lo que quieres es una respuesta concreta, Dumbledore, a su manera, quiere, sí, que aproveche el tiempo de que dispone. Y me encanta que hablemos con este concepto de por medio: el tiempo... Qué pronto desvelaré todas mis cartas. Y sobre los dos personajes, el lobo y la niña, qué puedo decir... La verdad es que soy bastante malo mezclando personajes: licántropos, Derek, Wathelpun, con lobos, para mezclar la confusión. Digamos que el lobo tiene que ser, por fuerza, alguno de ellos. Pero, si fuese Wathelpun¿es un licántropo? Aunque hay una posibilidad que no tienes en cuenta: simplemente, la magia... Que se transforme en lobo no porque sea su condición de mordido o similar, sino por medio de la magia... Sea como fuese, es una de esas opciones, claro, y pronto se resolverá. En cambio, con la luz violeta siempre estás más fina, mucho más fina. Pero no, descuida, no le voy a sacar ninguna hermana olvidada a Remus. La luz violeta es quien dices que es y punto. Simplemente hablan del "Príncipe Mestizo" porque... Oye, y ¿si hubiese otra posibilidad? Quiero decir¿y si hablan sobre alguien que creen que es el Príncipe Mestizo pero en realidad no lo es realmente? Y si no supiesen realmente que es Remus sino que creyeran que es otro. Al fin y al cabo, Ánuldranh es un absoluto misterio para todos, excepto para Remus y Sorensen, que conoce el secreto. ¡Ah! Y, aunque parezca mentira, Alby no está olvidado de todo. En ese capítulo se le menciona, aunque sea en una forma tan subrepticia que nadie, salvo yo, que conoce cuanto va a pasar, pueda saberlo. Pero en fin..., esto es demasiado lioso, lo reconozco, como para darle más vueltas. Todo llegará a desvelarse en algún momento, mientras tanto sólo nos queda tratar de ir arañando en pos de averiguar algún pequeño detalle. Por hoy lo dejo, Vero, agradeciendo tener un pequeño ratuelo para escribirte unas cuantas líneas y eso. Ojalá me mandes nuevas y felicias noticias con lo de tu concierto e interesantes anécdotas. Seguro que te saqlió de fábula porque eres una guitarrista en potencia, un portento musical... Te deseo todo lo mejor, pequeña. Nos vemos pronto. Muchos besos, que te los mereces y te los deseo.
DRU. Hey, Drucilla, pues sí que hacía tiempo que no te veía el pelo. La verdad es que sí te echaba de menos, para que nos vamos a engañar. Estoy completamente de acuerdo en todo lo que has dicho sobre los "spoilers" y etc., tanto que unos cuantos flipados, visionarios, revolucionarios, llámalo equis, nos hemos organizado y hemos creado una comunidad que se llama Los Anti-Spoilers. Sí, sí, te doy permiso para que te rías libremente. No obstante, está bien. Hemos conseguido cazar algún que otro "spoiler" obligando a su autor a que lo elimine de la zona en que lo tiene expuesto o que lo señalice mejor. La verdad es que la gente no tiene consideración. Y, teniendo en cuenta que es el último libro, a la mayoría ya le da igual. Quiere hacer tristemente apología de los valiente caídos sin importarles un bledo que pueda haber quiénes aún no conozcan su identidad. Yo, como tú, también he sido víctima de alguna que otra información que no debiera haber caído en mi haber, y eso me ha fastidiado bastante, por lo que, rompiendo con la tradición y con lo que viene siendo en mí una postura irreconciliable, he terminado acudiendo, muy a mi pesar, a una versión pirata que me estoy leyendo. De lo contario¡me van a fastidiar todo el libro!, es insoportable. Ojalá pudiera esperar, pero hay gente que parece no estar dispuesta a dejarte, y el inglés... pues como que no es mi fuerte, a pesar de que en veinte mil ocasiones me he dicho que me tengo que poner y sacar un poco más del conocimiento medio que tengo, que no te saca de ningún sitio. Pero dejemos el asunto de los "spoilers", que se me enciende el ánimo. Siguiendo con tu "review", sólo voy a hacer dos mínimos apuntes a cuanto has comentado sobre la posible identidad del lobo que aparece en el capítulo anterior a éste: a) quién sabe, claro que puede ser Derek Howlsteel, las apuestas están hechas; pero mucho tiene que cambiar ese chico para que, después de haberlo conocido en forma tan entrañable, aparezca convertido en un ser tan abominable; b) todos tomáis como referencia la mención de "el príncipe mestizo" hecha por el lobo y pensáis que Remus puede tener una hermana secreta (¿otraaaa?) o que quizá el Príncipe Mestizo sea otro y Dumbledore no estuviera fino en sus deducciones. Pero ¿y si el lobo se equivoca al considerar a alguien el Príncipe Mestizo, otorgándole un título que él le cree propio pero no le pertenece? Con esas ideas revoloteándote te dejo por hoy, esperando saber pronto de ti. ¡No me tardes tanto, que me preocupo!, xD Muchos besos.
PIKI. Hola, Laura. xD Espero que no me pegues, pues verás que hoy he escrito bien tu nombre: PikIIII... Me estoy desenganchando de las íes griegas. ¡Ostras!, ahora que releo tu "review"... ¡Vaya vergüenza! Se me había olvidado poner aquí que había aprobado el teórico... Bueno, ahora, si no se me va otra vez de la cabeza, lo pondré por alguna parte. Ups. En primer lugar, me hizo mucha ilusión, lo interpreté como un regalo mañanero, el levantarme y lo primero que descubrí en el ordenador fue tu "review", que olía como a recién salido del horno, pero con ese toque sabroso de la frescura y de la originalidad que sólo tú puedes darle. La verdad es que sí parecía escrito mientras estabas envuelta en sábanas y con un aura mítico, algo que sólo ciertas palabras saben transmitir y que, te parecerá una bobada, pero parecía estar ahí, escrito. No sé, fueron unas cuantas palabras, pero realmente exquisitas. Tuyas. Con eso basta. La verdad es que me alegro mucho de haberte conocido, Laura (ups, esto parece una despedida, como si fuera a dejar MDUL aquí...). Ahora que tengo Internet, es una verdadera gozada conectarme y encontrarme cada dos por tres (esto es, siempre... ¿Es que tu ordenata no descansa?) con tu "u" sonriente y contigo dispuesta a conversar de una manera agradable. No te lo creerás, pero el otro día, mientras estaba en la playa, me hizo una ilusión galopante ver que había recibido un mensaje tuyo en que me contabas simplemente aquello, que te habías leído el libro y etc., era como saber que tenía un huequito en tu corazón, y eso bastara. Pues que sepas, Laura, que pase lo pase (ups, esto ha sonado demasiado a "Moulin Rouge"¿no?: «Come what may»), me tendrás ahí para lo que quieras, para lo bueno y para lo malo, y tendrás que soportarme porque pienso estar ahí para darte la tabarra. Y pienso hacerlo hasta el día en que me muera (y se dice que bicho malo nunca muere). Ahora mismo, por ejemplo, acabo de venir de Málaga, te estoy escribiendo esto, sí, pero sé que tienes que estar en el msn y no puedo hablarte (es condición que me he puesto, no conectarme; mañana temprano tengo que estar listo para salir con unos amigos de acampada a Cádiz y me he obligado a mí mismo a publicar un capítulo antes de hacerlo), y me encantaría poder saludarte y etc. En fin, cuánta más sea la espera, más ganas tendré de que me digas "malvado" y todo eso. Eres un personaje imprescindible, Laura Black. Muchos besos, guapa. P.D.: Espero que me perdones que esto sea tan breve, pero, teniendo en cuenta que hablamos casi a diario, no hay mucho de nuevo que te pueda decir¿no es así¡Ah!... Y que no me importa que digas en tu "review" que vas a ver los Pokémon, Bola de Dragón Z o los Power Rangers... Nada de lo que digas podrá estropear un "review" tuyo. Besos otra vez. Y besos a Mavi, que hace que no la veo ya y la echo en falta con sus chistes y su simpatía desbordante. Me alegro un huevo de que me la presentaras.
ZRYVAN, MELINA (Perdona, hasta ya he olvidado cuál era el nombre que preferías que utilizase en lugar de Zryvan... Qué memoria la mía). ¡¡¡Hola!!! Como ves, no te guardo ningún rencor por haberme desvelado la muerte que más me temía (tranquilos, compis lectores, no pienso decir nada aquí..., por si alguno queda que no se haya enterado, jaja). Pero te lo he perdonado sólo porque has dicho que crees que MDUL es mejor que el último libro de JK. xDD No, es broma. Aunque eso no lo puedo precisar yo todavía porque aún no he terminado de leer la versión pirateada del libro que me han pasado. En cualquier caso, te agradezco el cumplido, me ha puesto muy, muy, muy sonrojado, pero en realidad te lo disculpo porque, después de ti, ese "spoiler" ha caído en mis manos veinte mil veces. Y yo en plan "que ya, ya, ya me he enterado". En fin, te tengo demasiado aprecio como para enfadarme por una tontería como ésa. Aunque, eso sí, hasta que no te diga que lo he terminado, no me digas nada más, por fi. Pasando a otro asunto, en verdad, no sé cuál ha sido el dato desconcertante sobre la luz violeta que te ha descolocado todos tus esquemas. Sea el que fuere –riéndome para mis adentros–, ése es mi cometido, en cualquier caso: haceros dudar hasta el último momento. Y hablando de sospechas y etc., me encantaría saber cuáles son tus sospechas sobre Tim Wathelpun. Anda, envíame un día, si se te antoja, algún correíllo y me dices cuál es tu opinión sobre su identidad y lo demás; hacerlo aquí, como "review", es muy arriesgado porque podría caer en las manos de algún otro lector y desencadenarse una sesión de pánico. Y bueno, sin más ni más (sin apuntar media palabra más sobre esa idea tuya sobre la supuesta relación paterno-filial entre Dumbledore y Snape... xDD ), me despido por hoy para dejarte ya con la lectura del capítulo. Es cierto que no depara muchas intrigas (por no decir ninguna), pero ojalá os riáis mucho, que ésa era mi intención cuando lo redacté. Espero que lo disfrutes. Muchos besos, lapaccini.
BRENDIS. Te dejo aquí este pequeño mensaje por si, de casualidad, te pasaras por aquí y lo leyeras. He leído tu correo, por supuesto, pero no voy a tener tiempo para contestarlo. La verdad es que casi consigues que se me salten las lágrimas con él. Tan pronto como vuelva de Cádiz, que voy a estar pasando unos cuantos días, te enviaré uno y seguiremos hablando, por supuesto. Te pongo sólo esto aquí para que veas que no me olvido de ti y porque no sé seguro si te pasarás por aquí y lo leerás; no se si has leído ningún capítulo más allá del de Gran Mago V.I.P. En fin, ya hablaremos. Besos.
(DEDICATORIA: Teniendo en cuenta que... ¡¡¡he aprobado el teórico!!!, debería dedicarme el capítulo a mí mismo, jeje... Pero no. Aunque hace años de luz que no sé nada de ella, fue Paula Yemeroly la que me dio la idea de escribir la escena de cómo se conocieron los señores Nicked para "Remus Lupin ama a Helen Nicked. ¿Qué hubiera pasado si...?" Ya entonces había dejado un poco aparcada la redacción de ese pequeño y de pocas pretensiones "fanfic", pero aquella idea me pareció tan original, con tantas posibilidades, que no pude resistirme a encontrarle la manera de hacerla aparecer en un capítulo de MDUL. Aunque ha pasado bastante tiempo desde entonces, ha llegado el momento: las vivencias todas, de cabo a rabo, del más gracioso muggle de la comunidad no mágica.)
CAPÍTULO XV (EL MUGGLE EN DULCE AGONÍA)
Helen abandonó inmediatamente su labor en San Mungo cuando recibió aquella llamada. Su mensaje era inopinadamente trágico: su padre había sido ingresado en un hospital muggle en profundo coma. Los médicos que lo habían trasladado en la ambulancia habían hecho constar en el informe que, al menos espasmódicamente, elevaba la ceja izquierda cada cinco minutos. Los que habían presenciado el accidente habían atestiguado, sin variar la versión entre unos y otros, que el señor Nicked había cruzado la calle sin mirar previamente a ambos lados después de volver de la panadería y, cuando en ello estaba, el formidable Mercedes de su envidiado vecino se le echó encima y frenó en seco. Todos aseguraron que el coche no rozó en lo más mínimo al desgraciado muggle, pero barras, baguettes, molletes, panes de molde, chapatas, de migas, teleras, floreados e integrales, planearon por los aires y se precipitaron contra el suelo como en un cuento de hadas, empanado, mientras el hombre, los ojos vueltos, caía en redondo entre aquella lluvia de harina y migajas.
La habitación, inundada de luz que penetraba por el ancho ventanal, también lo estaba de personas: la señora Nicked, dos médicos, un joven en prácticas y Ángela ya habían llegado para cuando Helen lo consiguió. Su padre, desprovisto de ropa en el torso y arropado con una inmaculada sabanilla hasta lo que la prominente panza le permitía, pues se le resbalaba, se presentó a sus ojos cubierto de tubos y sondas que envolvían y penetraban en su cuerpo. La adivina, como hija amorosa, se dejó caer de rodillas junto al cuerpo frío e inerte del pobre muggle y, llorando, lo abrazó y besó. ¡Cuántas no fueron las lágrimas que derramaron las otras mujeres en viéndola!...
–Era tonto, sí –musitaba Ángela–; pero en el fondo tenía buen corazón.
Con la frialdad propia de los que asisten rutinariamente a aquellos dramáticos espectáculos del ser humano, los doctores mantenían, en voz de cuchicheo, una conversación paralela, al margen, a la que el pobre joven en prácticas ansiaba incorporarse. De ésta, los agudos oídos de las tres brujas tan sólo consiguieron recuperar retazos: «coma profundo», «ha sufrido un infarto con anterioridad», «a este tío no le ha rozado el coche y mira cómo está», «qué tontería» y cosas por el estilo. Acto seguido, una vez hubieron pasado revista de forma tan peculiar a su también peculiar enfermo, sin mediar con la familia más que un tímido saludo, salieron por donde hubieron entrado, y sus batas de color fulminante se volatilizaron en la inmensidad del claro pasillo.
Helen inundaba el pecho velludo de su atontado padre con lágrimas del tamaño de puños. «Se va a morir, se va a morir», se repetía interiormente. Todavía quedaba cercano el recuerdo, el amargo recuerdo, de su padre agonizante a causa del infarto que había padecido; de su madre filtrándole a través del suero las pociones que preparaba en casa. ¿Cómo dudar que en aquella ocasión no haría lo mismo? Pero de nada serviría, pensaba pesimista. Moriría. Moriría... Esto era lo que pensaba la adivina, en efecto. Sin embargo, como no deseo que mi admirado lector me tilde de cruel, a él tengo a bien adelantarle que se equivocaba: el muggle no moriría. Despertaría y retornaría a su ser. Había sido tanta la emoción vivida en los últimos tiempos, tanta la de saber que sería padre de nuevo, que el pobre hombre no tuvo otro modo de descansar del éxtasis continuo. A Helen, mientras le lloraba como difunto en vida, como a momia cuyas vendas aún son pellejo, carne y sangre verdaderos, le pasaba desapercibido esto; le pasaba desapercibida la media sonrisa grabada en los finos labios de su moribundo padre, que disfrutaba, qué duda cabe, su dulce agonía.
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La señora de Nicked acudió rauda a la puerta cuando se percató de que acompasados pero rotundos golpes iban a echarla abajo. Se secó las manos en el mandil en tanto se dirigía a abrirla. No le hizo falta ni mirilla para descubrir quiénes eran las autoras de aquellas puñadas sobre la vieja madera que iban a despertar a su pipiolo: era ésta tan vieja y tan numerosas sus grietas que ni se precisaban aquellas recientes sofisticaciones que disfrutaban las casas solariegas o en la ciudad; la mujer había discutido con su marido, un hombre de guerras, como se le llamaba en la villa por haberlo visto acudir a muchas y regresar de todas intacto, en numerosas ocasiones al respecto de aquella puerta que maleantes y ladrones habrían podido tumbar de una patada. Pero el rudo soldado tan sólo era solícito para las cuestiones bélicas, amén de las corporales, a las que no hacía ascos noche ninguna. Las descubrió, en efecto, pues miró a través de una de aquellas grietas. Las dos mujeres que aguardaban fuera, cubriéndose del frío con sendos ropones y calentándose el espíritu con mamporros de nudillos, de haber prestado más atención a la puerta misma que a sus aldabones arietados, habrían descubierto el ojo de la benévola señora de Nicked abrirse exageradamente de la sorpresa al hallarlas, y, si cabe, su ceja arquearse como el arco de un violín; benévola, digo¡no, santa!, porque, a pesar de conocer la fama que precedía en cada puerta, en cada casa, a la visita inopinada y pérfida de aquellas dos damiselas de moral enlodada, a pesar de no serle desconocidos los torrentes de murmullos que aquellas dos harpías impenitentes a su paso despertaban, abrioles la roñosa puerta y las invitó a pasar con el ánimo propio de la fingida animada.
Aquellos espantajos ávidos de noticias nuevas no tardaron, como era de prever, en descubrir la cuna ornamentada con lazos y doseles rosas. Los señores de Nicked habían aguardado durante los nueve meses de embarazo una niña; los riesgos de confiar ciegamente en la palabra de una curandera que había practicado sobre el vientre grávido de la mujer un mejunje que olía a amapolas y miel. Pero lo más que salió fue un chicuelo, encogido como un gorrinillo, que lloraba estridentemente: Matthew Nicked. Aquél tenían frente a sí las dos mujeres: de frente arrugada, pelo abundante y muy moreno, nariz chata, patillas de cabritilla, el bebé despertó simpatías y compasión en los pechos malévolos de las dos harpías. Pero, pronto, cuando se hubo asentado en sus estómagos el té que, solícita, la anfitriona les había preparado, sus lenguas bífidas segregaron el ruin veneno a que tenían acostumbradas a las benditas almas que las soportaban.
–La nariz, los ojos y la frente son igualitos a los de su padre –dijo una.
–Ojalá salga éste menos vago –alegó otra.
–¡Mira cómo mueve las patitas el condenado! Parece que quisiera escapar.
–¿Lo has llevado al doctor a ver si tiene artritis? Y tan flacucho...
Las dos mujeres se inclinaron sobre la cuna para observar nuevamente con sus ojos mordaces de nuevas víctimas aquélla a cuyos rigurosos criterios sometían ahora. El chicuelo, que dormía, despertó inopinadamente y, cual descortés poseído, expulsó la papilla que tan mala le había estado aquella mañana sobre los rostros bien enjabonados de aquellas empolvadas damas. Como era de prever, nadie supo jamás de aquel suceso por boca de ninguna de las afectadas, que huyeron escandalizadas del hogar profiriendo alaridos; pero la señora Nicked se ocupó de difundirlo: en el mercado, en la plaza, en la pila que hacía de mentidero, todo el que oía la buena nueva profería tal carcajada, que los gorriones que poblaban los alrededores partían en desbandada de tal o cual haya. Desde aquel día, y por algún tiempo, el joven Matthew adquirió el sobrenombre de El Mesías por haber expulsado de casa de paz a aquellas demonios de criaturas, sustituyendo así el que heredaría de tiempos de su tatarabuelo: el Cabezón, cuya explicación me parece innecesaria.
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Helen abrazó vehementemente a su marido cuando éste entró por la puerta. El licántropo preguntó por su madre y, solícita, la adivina respondió que ella misma le había ordenado a su tía que se la llevara a la cafetería para que se relajara. Al hombre no pasaron desapercibidos las escarlatas y amargas improntas que las lágrimas habían levantado a su paso a través de las mejillas de su mujer. Le regaló un nuevo beso por ver si aquél mejoraba el estado de sus pómulos surcados, pero Helen lo ignoró; sólo ojos tenía para su moribundo padre, en vida cadáver. Le apretaba la mano que con cariño infinito le sujetaba y se la besaba de cuando en cuando, como queriendo comprobar con sus labios que aún estaba caliente, que aún latía vida por sus venas. El muggle, claro está, ignoraba todos aquellos cuidados, y su rostro impasible, inafectado, provocaba nuevas lágrimas en la cuitada mujer. Remus, presintiendo el tropel salino que se avecinaba, se sentó sobre el brazo del sillón que su mujer ocupaba y la rodeó con sus fuertes y tranquilizadores brazos lobunos. Como se temía, al sentir su cuerpo cerca del de ella, la mujer descargó el agua de sus ojos y volvió a refugiarse en el calor del pecho de su marido.
–Se va a morir, Remus. Se va a morir...
–No digas eso, Helen. No es verdad.
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A la edad de cinco años, comenzó a hacer honor a su recién adquirido sobrenombre, El Mesías: lo nombraron monaguillo de la parroquia de la comarca. Mas la elección no se había debido a la leyenda exorcista que en torno a él se había configurado, sino a la mera eliminación: sólo tres niños más habrían podido ser aptos para tal labor: el uno, de seis años, era ateo y, aunque se habían movilizado familias enteras para convertir a la suya, nada había variado, el pecado seguía sobrevolando sus cabezas y el demonio conjurando; el otro era un señorito terrateniente, que se jactaba de heredar no sabía uno qué sangre noble (él, a decir verdad, tampoco), por lo que su padre le dijo al párroco que se fuera por donde había venido y que se quitara de la cabeza esa loca idea de disponer de su hijo para lanzar padrenuestros y actos de contrición; y el último contaba con sólo tres años en su haber. Pero se prefirió a éste antes que al joven Matthew Nicked, del que se decía que, cuando no iba a clase, partía de mañana y volvía con la noche ya cerrada con comadrejas, sapos reventados y si había habido suerte hasta con algún zorro colgados de su zurrón; se decía que El Mesías estaba endemoniado y hablaba con las brujas que, según los mitos, habitaban las cavernas de allende el horizonte. Pero la madre del de tres añitos también dio al párroco con la puertas en las narices, con lo que a éste no le quedó más remedio que ver cómo, día tras día, al finalizar las clases, el feúcho Matthew mal aparcaba su bicicleta morada frente a la fachada del templo y se vestía la sotanilla blanca sobre su delgado cuerpo.
Las habladurías sobre el endemoniado cesaron y se reanudaron los beatíficos comentarios sobre aquel angelical muchachito, tan servicial y dispuesto para con la Santa Madre Iglesia. Era raro el momento en que no se hallaba a San Zoilo, como algunos ancianos lo conocían en sus charlas de petit comité, adecentando el confesionario, embarnizando los asientos del coro, abrillantando los utensilios, ordenando las sotanas de su superior y, claro está, colaborando en la ceremonia de la eucaristía junto al sacerdote. ¡Ay, pillo!, mas ¿cuánto hacías que no era visto ni presentido? Espiaba los pecadillos menores que confesaban las devotas feligresas; robaba las manzanas del huerto, fruto de perdición, para luego compartirlas con sus amigos; descorchaba las botellas de vino que habrían de ser más tarde la sangre de Cristo y les daba él unos trinquis que hora y media las pasaba mareado y vomipurgativo, aunque después las rellenaba con agua corriente para que no fuesen descubiertas sus malas artes; se limpiaba las heridas que las habituales chiquilladas provocaban con agua bendita, pero no sanaban ni más rápido ni mejor; y, en cierta ocasión, se le achacó el que apareciera un perro muerto en la sacristía, pero aquello, en todo caso, era peccata minuta.
No obstante, ninguno de aquellos pecados hubo él de confesar ni requirieron de expiación. Pero, conforme fue él creciendo, perdió el ingenio, desbordó sus actos pecaminosos y manchó su reputación. En efecto, perdió la inocencia del casto monago y se convirtió no más que en un hombre manchado por el pecado: sí, despertó en él la hombría y afloraron sus atributos y sus apetencias. Como en casa temía ser descubierto, Dios, que en aquella otra vivía, lo halló no pocas veces sumido en aquellos ejercicios espirituales con los que tantos éxtasis había alcanzado. Las ancianas, que desconocían la natural desviación de los jóvenes de su sexo opuesto, no creyeron sino que el muchacho se aficionaba a las cuestiones teológicas: arrodillado en la banqueta más apartada, las manos bajo la sotanilla imaginaban que en actitud de orar, el chiquillo era descubierto a diario sumido en aquellas reflexiones de profunda naturaleza, por las que, de vez en cuando, soltaba algún que otro suspirillo como si acabara de percatarse de la impenitencia que reinaba en el orbe.
–Hay que ver lo religioso que se ha vuelto el Matthew este –decían unos.
–Sustituirá a don Emiliano, ya lo veréis –replicaban otros, asintiendo.
Un día, la ama de llaves, que hacía las veces de lavandera, lo agarró por la oreja y se lo llevó a la sacristía. Lo reprendió con palabras graves que el muchacho no entendió en un principio: «pecado incorregible», «fuego del infierno», «tus actos van en contra de la santa naturaleza de la procreación», «¡cochinada!», y le enseñó algunas de sus sotanillas que había sacado del cesto de la colada sucia, manchadas todas por el mismo sitio. Después de darle algunos azotes que no le correspondían, pero que estaba deseosa de arrearle, le aseguró que pondría aquel asunto en conocimiento del señor cura, que lo expulsaría de sus actividades eclesiásticas.
Aunque el miedo que padecía el pobre adolescente era terrible, mayor era el fuego que hervía en su pecho, y no puso fin a aquella práctica que, aunque entendía ya que tanto mal hacía a su alma, hacía en cambio tanto bien a su cuerpo. Pero después de aquel providencial aviso en boca del ama de llaves, parecía que Dios también se hubiese posicionado en su contra: cuando lo intentó detrás del manzano del huerto, los gatos le maullaban y, además, como si le siguiese, don Emiliano aparecía al poco, pues era aquél, en aquellos momentos, su lugar preferido para la meditación; cuando lo probó en medio del inmenso campo, envuelto en la arboleda, siempre aparecía un cazador, un pastor, que, después de reírse, le decía que se quedaría ciego o que le saldrían pústulas en las manos; cuando hizo el último intento en el cobertizo de el Veleta, una bandada de cinco gallos arremetió contra él para defender su territorio. Donde halló más seguridad fue en el coro, al que sólo él subía puesto que el acceso era tremebundo, arriesgado, y en ningún caso habría soportado el excesivo peso del ama de llaves, o la artrosis del cura su empinado ascenso. Al rosario de las cuatro, cuando él tocaba las campanas con excitante jolgorio, acudía no poco gentío: viejecillas de paso corto y medido que llamaban con sus bastones a las puertas del Cielo con arrepentimiento tardío. Entonces daba Matthew comienzo a su particular misal, del que llovían siempre gemidos ahogados, blasfemias y alguna que otra sorpresa, que las devotas confundían con goteras o con el agua bendita que, coincidiendo, el sacerdote arrojaba sobre sus cabezas.
El ama de llaves, como hubo prometido, reveló aquel anómalo comportamiento del loco muchacho al párroco, que le restó importancia al asunto. Sin embargo, tanto insistió la pobre mujer y tanto clamó al Cielo y tan hondamente le suplicó, que el cura le prometió que hablaría con el chiquillo para apartarlo de la vereda del error y reconducirlo al rebaño de salvación. Don Emiliano citó al muchacho después del canto del rosario de las cuatro. El muchacho bajó del coro, donde había estado, según pretextó, estudiando hasta que su señoría, como le hacía llamarlo, requiriera de sus servicios. El cura le soltó al chiquillo un sermón de los sentenciosos desde el púlpito que funcionó en Matthew como un suave narcótico, pues lo dejó medio atontado. Aprovechando la coyuntura, tan esperada por el siervo de los Hombres, bajó éste las persianas y se desnudó. El chico, vislumbrándola gracias a un mínimo resquicio de luz, acertó a descubrir la extraña larva de turgencia creciente que se le aproximaba y, como tenía a mano el cirio cuaresmal encendido, la achicharró con saña y la torturó impenitente. A razón de los alaridos que aquélla profería, más que larva había de ser cría de elefante, por lo que, como sintiera más miedo, con más arrojo le atizó.
El urólogo que atendió a don Emiliano le reveló a éste que quedaría impotente de por vida, pero que, dada su condición de humilde pastor de mansos, aquél era un mal menor en su caso. Craso error fue el del cura al disponerse a denunciar al muchacho. Mal hilada tenía su coartada ficticia y no le dejaron salir de comisaría. Cuatro costillas le partieron en el calabozo, por pederasta, mientras Matthew, en las alturas del coro, con los ojos vueltos, no se acordaba del cura.
Cara le costó a éste su confesión: más de cuatro años de penitencia en que no recitó padrenuestros ni credos ni glorias, no; penitencia que transcurrió en más penosa cárcel que la del cuerpo. El clero lo desterró para siempre de su selecto círculo pretextando que «no era tolerable tan contra natura divina obra». Así, sin saber cómo sí ni cómo no, desde el rosetón del coro que coloreaba la fachada y las eucaristías estivales, Matthew espió la llegada del nuevo párroco, al que el ama de llaves recibió con mucho entusiasmo. Lo que jamás olvidaría de aquél sería el traslado de su formidable biblioteca, que instaló en los bajos del templo, como un horror suburbio o infernal que éste hubiera de tragarse. Aunque la biblioteca estaba sellada con llave, tal era el buen humor del advenedizo y su confianza para con el joven Matthew, que le permitía entrar a ratos y empaparse con su lectura; el joven, paulatinamente, abandonó las prácticas ascéticas en el coro y coronó los sótanos, paseándose entre anaqueles. Por más que buscó, descubría siempre tomos de poca ortodoxia; dejó después de buscarlos: ni empeño latía ya en su pecho. Descubrió que le deleitaba más la lectura de Vampiros o una leyenda rústica, Los duendes habitan entre nosotros, Diez motivos básicos para creer que la magia existe o Las noches que nos visitan los extraterrestres. Años más tarde, cuando perdiera la venda de la inocencia pueril y fuese estigmatizado por los cánones preestablecidos e inamovibles de la sociedad, de rencillas ideológicas y órdenes estipulados por el real decreto de la murmuración, se percataría de que aquellos pocos pero intensos meses que convivió con don Haeretico habían estado dominados por la aproximación a lo oculto, al misterio: a lo esotérico. Algo que, mi caro lector entenderá enseguida, marcó al influenciable muchacho de por vida. El amable párroco se convirtió en su mejor amigo, y el muchacho se convirtió en un hijo espiritual del párroco, al que moldear a su antojo e infundir los nuevos alientos que los librepensadores más allá de los estrictos cortes de la antigua ciencia fomentaban. Era don Haeretico un hombre de pensamientos en batiburrillo: en todo creía y, en su inteligente percepción, todo lo mezclaba y confundía; creía en Dios, en la Naturaleza, en las prácticas esotéricas, en fantasmas y etc. Cuando debatía aquellos asuntos a que tan poca importancia suele prestarse, robándole al chico, muy voluntarioso éste por otra parte, tiempo de estar con sus amigos, concluía siempre en tono casi confidencial:
–Matthew, ten en cuenta que ¿qué somos nosotros para descubrir las verdades insondables, profundas y antiquísimas de este nuestro Universo? Todo lo que dicen estos libros es cierto. ¡Alguien ha tenido que verlo o sentirlo para creerlo y ponerlo por escrito! Yo creo, Matthew, que el Cielo existe, que la redención nos asiste, pero no del modo en que nosotros lo hemos cristalizado. La Iglesia está envejeciendo, amigo mío. ¿Qué tal si son dimensiones, universos paralelos, a los que subirán nuestros espíritus cuando nuestras cadenas carnales se deshagan¿Y si Dios no es Dios sino un mero regulador de este Cosmos?...
Y en esto daba a ver que era un cura progresista.
Pero hasta grietas parecía que tenía aquel recóndito y sumergido sótano de confidencias y anhelos espirituales y existenciales, pues la noticia de lo que allí se ponía en práctica atracó en el llano pueblo; el cual, lejos de comprender lo que Matthew ya comenzaba a atisbar con sus ojos de fantasía, puso el grito en el Cielo. La respuesta fue inmediata: hasta los ancianos más enfermos, los que meses llevaban postrados en cama, se pusieron en pie para aporrear el portón del templo. No se extrañó el párroco de ver que los enfermos a los que había él asistido recientemente se habían levantado y andado hacia él; el fervor de la fe concedía a los bañados de su gracia esos favores. Nuevos lázaros e hijas de centuriones que emprendían nueva cruzada contra el infiel enemigo: el hereje. Yihad islámica más bien le pareció al asustado Matthew, que acertó a descubrir en algunos azadas, hoces, bieldos y aun antorchas humeantes, y se le figuró todo aquello una conspiración macabra como extraída de un cuento de algún siglo pasado. Aunque habían partido robustos muchachos en busca de algún tronco macizo que les sirviera de ariete, de más ayuda les fue el ama de llaves, que, haciéndoles titilar el juego de llavones, se alió del lado que, a su juicio, menos llevaba las de perder; sin embargo, don Haeretico más fue de la opinión de que aquel vil acto suyo respondía a la constante negativa que se había visto obligado a darle a ciertos servicios que quería procurarle y que, según pudo extraer de sus palabras, don Emiliano le ofrendaba hasta los viernes de guardar. Con esas, aunque el revolucionario gentío quería echar abajo la puerta de la parroquia y entrar con gran estrépito, el ama de llaves cedió la cerradura y no hubo más que hablar. ¡Ya tendrían entretenimiento con el cadáver de aquella pantomima de sacerdote que los había deshonrado!, pues hasta una pira inquisitorial habían erigido en mitad de la plaza del pueblo. Pero don Haeretico había escapado ya. El encolerizado grupo no encontró más que a un temeroso Matthew, bajo la alta nave central, que se había hecho pis en lo alto y que lloraba amargamente. En vano había tratado de huir junto con su mentor, ya que éste no se lo consintió. Creyó que buscarían extraterrestres, los misterios subterráneos y el origen del alma humana; pero don Haeretico, clavándose de hinojos frente a él, le había dicho que su lugar era su pueblo, junto a su familia; que jamás olvidase lo que había aprendido y que no lo olvidase a él. Y se fue. Ya nunca pudo devolverle la enciclopedia de prácticas médicas milenarias que bajo la cama de su dormitorio escondía por que no la encontrase su madre. Su incipiente sueño de convertirse en alguien especial, importante, se vio desolado ante aquel torrente de mediocridad que arremetía contra él.
–¿Dónde está el pagano ese que te ha estado enseñando cosas del Diablo? –le atizó un viejo de muy mala uva. Los comentarios se multiplicaron: «¿Dónde se ha escondido ese pastor de cabras, ese generador de aquelarres y de maldiciones?» o «¡cuando le eche el anzuelo!...; no que este año no me ha espigado el trigo por su mal de ojo» o «¿No decía de sí mismo que era nuestro leal servidor? (Y lo que se añade a continuación lo dijo como si creyese que al que buscaban estaba escondido no muy lejos.) ¡Tú que escuchabas nuestros pecados y nos los perdonabas todos, sálvate a ti mismo si puedes y, si eres hombre, ven aquí y enfréntate a esta muchedumbre!»
–Ya no está aquí –repuso Matthew con muy mal carácter–. Se ha ido. –Aquellas palabras elevaron entre la turba un número incontable de cuchicheos–. Dios ha enviado una corte celestial de ángeles y se lo ha llevado a las Alturas.
El incontable gentío apostado frente al apocado muchacho creía que se burlaba de ellos. Le enseñaron los puños, lo amenazaron, le escupieron; pero el chiquillo siguió escudado en aquella barata invención suya, milagro de poca creencia. El acalorado y vengativo pelotón, cual la corte de fariseos o saduceos o, más allá, la misma del Sanedrín, como deseara saciar su sed de violencia, arremetió contra aquel corderillo, contra aquel inocente, y lo vejó: lo azotaron sin conmiseración, le desgarraron la sotanilla y las ropas que vestía, lo arrastraron del cabello e, improvisando una cruz con unas vigas mal colocadas, lo ataron de pies y manos a ellas completamente desnudo, cual un Cristo viviente. Una anciana improvisó una corona con unos jazmines y se los colocó en la cabeza. Otra, la de más edad, que rondaba los noventa y muchos, riéndose como una bobalicona, se acercó al pobre muchacho y le pellizcó los testículos; había sido solterona toda su vida, y casta como la Virgen, así que la imagen de aquellas frutas maduras y colgantes del tronco del muchacho le ocasionó no poca algarabía. Mas suma incontinencia fue el error del pobre muchacho, que, presionado por la situación, por el malestar de la postura y el miedo que padecía, relajó el esfínter y bañó su rostro arrugado con su poco erótica lluvia dorada. Aquello fue el renacer del instinto asesino, del ánimo de venganza, pues la masa al completo se lanzó en pos del chiquillo, cediendo a su peso la viga, que fue a dar contra el suelo. Y en eso quedó, poco más o menos, aquella soberana paliza tan propia de los pueblos de tan atrasada cultura de entonces, y aun hoy, que trataban a los muchachos en menos que a animales domésticos. Sin casi andar por su pie, todo roto y amoratado, salió Matthew de su particular Pasión, de la que, cual arrepentida Magdalena, lo resucitó y curó el ama de llaves, que lo tuvo bajo su cuidado varios días a fin de que los padres de Matthew no conocieran lo sucedido. Cuanto quería, sin embargo, la de Magdala era cobrarse las retribuciones carnales atrasadas desde la marcha de don Emiliano; y al ver al muchacho desnudo pensó que, además de debérselo, suficiente maduro estaba ya como para poder concedérselo, que a tanto lleva la necesidad. Y así, sin saberlo, entre sueños de morfina diluida y agonía de pasajero perecer, perdió Matthew la virginidad, violado por su curandera.
A pesar de todas aquellas adversidades que sufrió el pobre muchacho, siguió desempeñando magníficamente su labor de monaguillo. Y muchos fueron los ministros de la Iglesia que pasaron mientras ejercía aquél su humilde cargo, pues, ido uno, ido un ciento; que ya por beodos, agnósticos, nocturnos violadores de femeninas almas descuidadas, mafiosos, ladrones, y dejo de citar porque la lista es muy larga, la Iglesia fue retirando una a una las almas corrompidas, los lobos vestidos de cordero que hasta aquella recóndita aldea paraban.
Fue con el último, que a todos daba a ver que era un santo («algo esconderá», decían los ya alerta vecinos de aquella parroquia), cuando aconteció en el santo suelo de aquel templo un suceso que dividió la opinión pública del pueblo; durante los días que se debatió la suerte del desafortunado Matthew Nicked, los unos decían que era como si se hubiera disputado una batalla entre el Bien y el Mal, entre un ángel guardián del Señor y un demonio; los otros, en cambio, pinchaban aquellos asomos de misticismo de sus convecinos pretextando que el endemoniado que años atrás visitaba brujas y cazaba zorros se había vuelto a manifestar. «¡No ha sido un Caín contra Abel! (gritaba un apasionado vejete en una tertulia de sobremesa entre dominó y dominó), sino un Satanás contra Lucifer, que de estas cosas entiendo yo un rato». Los que lo escuchaban se preguntaron cuál de aquellas azufradas criaturas correspondería a Matthew, cuál al Chonis, desde aquel día su mortal enemigo.
El Chonis era un muchacho respetado en las aldeas de en derredor por lo irrespetuoso de su carácter. Achacaban todos la mala vida que llevaba a que no había tenido madre, o que nunca se le había conocido ninguna. Se decía que lo habían abandonado al nacer en un monte de las cercanías y que lo había criado una liebre, porque lo que era en rasgos faciales el muchacho tenía un aire conejero. También se decía que vivía en una cueva, porque en más de una había sido pillado durmiendo la siesta por geólogos aficionados. No frecuentaba amistades y era siempre visto, aparte de con gran pavor por parte de las mujeres en general, en soledad, abrazado tan sólo a su fiel rubia: una litrona a la que le introducía la lengua hasta la garganta y que, una vez usada, arrojaba desapasionado. No había quien dudara que aquel amor cervecero había sido fruto de una mano muy larga; sus tirones eran providenciales para los golfillos que lo idolatraban, que hasta en las mayores sandeces hay émulos. Las jovencitas, como se ha dicho, lo temían y huían de su lado, pues sus miradas eran lujuriosas y devoradoras; pero nunca se le había conocido encuentro, forzado o sin forzar, con una mujer. Como también se ha dicho, nunca lo habían visto con nadie. Hasta se decía que podía ser mudo. Pero su irascibilidad era legendaria en millas a la redonda. ¿Cómo sospechar Matthew aquella apacible tarde que sería objeto de ella?
Limpiaba el monaguillo los crucifijos con la piedad que correspondía al acto; su fe era escasa, pero, cuando tocaba con sus dedos trémulos aquellas figuras de plata y bronce, sentía la tentación de murmullar alguna oración. Se dio la vuelta; un chico, de rodillas, oraba hacía largo rato. Parecía unos años mayor que él y, como no le pudo ver la cara, también de aspecto agradable, más por la fingida actitud en que lo veía que por otra cosa. Llevado de su infausto instinto, se aventuró a acercársele para intimar y ofrecerle una copita de vino para consagrar, que, aunque había abandonado algunos vicios bajo aquellos techos, aquél lo había multiplicado. Cuando ya era tarde para huir, con el rostro contorsionado de horror nuestro pobre protagonista, el Chonis levantó el suyo cruzado de cicatrices (que las malas lenguas decían que se profería a sí mismo) y sacó una navajilla que llevaba en un bolsillo. Se puso en pie y lo apuntó con ella. No abrió la boca, pero Matthew era lo suficientemente listo como para saber que el pillo venía por la recaudación de la sacristía. De buen grado se la hubiera dado, pero el demonio de chico aquel venía dispuesto no sólo a llevarse el botín, sino a dejar también sangre tras él. Arqueó la espalda, agachó los hombros, flexionó las piernas...; se disponía a lanzar su temible ataque contra el desvalido monago, que lo miraba con terror. De nada le servían ya las recientes oraciones susurradas... No había solución posible si el diablo se le había aparecido y amenazaba con abrirlo en canal como a un puerco de matanza. Pero, cuando el animal se echó sobre él con grito desolador, machete en mano, más pudo el ánimo de supervivencia que el pánico, y le azotó tan fuerte con la cruz de plata que portaba, que se temió por la vida del cruel muchacho durante dos días y tres noches.
Para el terrible desconsuelo de los que apostaban que el Mesías volvía a manifestarse en el contrahecho y falto de gracia cuerpo de aquel muchacho, Matthew fue expulsado de sus labores. Lo sustituyó un joven pasado en años, de más de veinte, con más afán de medro que religiosidad. Pero, como a nadie era desconocido que el nuevo era más que medio gilipollas, dejaron estar las cosas y nadie se quejó.
Apenas hubo falta. Dos días más tarde, coincidiendo con el alta médica del Chonis, la iglesia despertó al alba envuelta en fuego y humo. Sobre aquella suntuosa mansión envuelta en recientes y abundantes pecados, peccata minuta sí, pero pecados, había descargado su ira Dios; como el Zeus griego, habría atravesado su techo con un rayo divino y atroz y lo habría convertido en pasto infernal de culebras y fieras. Pero, como aquélla era gente sencilla para las que las explicaciones metafísicas sólo servían según los casos, achacó unánimemente el crimen al furioso Matthew, furioso imaginaban por haber sido derrocado, y levantaron contra él nueva y multitudinaria asechanza. Su familia y él hubo de trasladarse a un nuevo hogar, lejos de pasados monacales, con reminiscencias de pirómano, ataques en defensa y etc. Lejos, por supuesto, de gentes bárbaras que lo querían ver muerto con sólo que dijera esta boca es mía; y en eso muchos veían que era éste en verdad el Mesías.
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Había entrado por error, pero mayor error fue el haber entrado allí por equivocación. Aun el médico de guardia hubo de acudir hasta aquella habitación para solucionar el desarreglo («la del rollizo calvorotas», la conocían entre sí, tal desprecio le tenían a los que en ella velaban por el enfermo –«son gente rara», y se asentían los unos a los otros– y aun a su propio trabajo). No importó que el cura terminara reconociendo que se había equivocado de habitación, que no era aquél el enfermo al que él tenía que administrar la extrema unción; Ángela siguió zahiriéndolo y llamándolo no sé cuánto número de cosas que no me atrevo a publicar aquí. La señora Nicked, por su parte, más que resentida contra aquel hombre de bien, lloraba amargamente y señalaba a su pobre marido, postrado en cama, con el pequeño y cabritillo George Nicked gateando encima de su senil progenitor; lo señalaba como queriendo explicar mímicamente que ¿no era aquél aún un muerto vivo, o un vivo muerto, que no respiraba su pecho, que no latía vida en sus arterias?... Pero aquellas puntuales y mudas explicaciones de la apenadísima bruja quedaron sobradamente solapadas bajo los nada velados empujones de la enfurecida Ángela, a la que hubieron de amenazar con amonestarla para que cejara en su empeño. El cura, dando menudos saltitos y con la Sagrada Escritura medio desvencijada en su mano, se alejó de allí por el largo pasillo sin casi mirar atrás.
Quedaron solos de nuevo, en silencio. Remus los miró a todos; ninguno a él. Las miradas, gachas, oteaban algo de esperanza en aquella suerte de mugrientas losas; algo de esperanza, de vida, de éxito. Pero lo más que acertaban a descubrir era temor, impaciencia, sentimiento de muerte, vacío en sus senos. Vacío y latir mortecino. Devolvió la mirada al impávido señor Nicked, el cual volvió a mover espasmódicamente un dedo, señal que al principio los tuvo excitados, como si fuese síntoma de una rápida recuperación. Aquel lugar, aquel sombrío hospital, tan sólo rezumaba blando olor a muerte y desesperación; un malestar general que hurtaba las palabras y laceraba las paredes del estómago a base de latigazos sentimentales, de crudas imágenes, de estertores infernales provenientes de tal o cual habitación. Se respiraba en el ambiente una gélida brisa a muerte.
El licántropo acarició con su delicada diestra el hombro de su mujer, que respondió al gesto con una expresión indiferente. George soltó una carcajada estridente mientras jugaba impasible sobre las rodillas de su yaciente padre.
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La muchacha llevaba largo rato esperándolo. La luna llena que gobernaba el imperio celestial bañaba sus rubios cabellos de destellos de plata. Más abajo, en el pie del desfiladero en cuya cumbre ella aguardaba, la aldea, rociada de aquel baño grisáceo dormitaba en silencio. Sólo un par de inmisericordes perros quebraban la paz que reinaba. Miró una vez más el feo reloj de pulsera que vestía. Sus facciones se recrudecieron. No era de aspecto agradable: su rostro nada tenía de atractivo y los dones de su carácter, agrio y de fácil cólera, no hacían sino resaltar aquellas escasas virtudes que la naturaleza le había concedido, o negado por ser más fiel a la realidad. De escaso gusto en el vestir, despreciaba la incomodidad de la elegancia prefiriendo las alhajas de la holgura campesina; cubría su rugoso cuerpo, como cubierto de escamas de serpiente, aquella noche con los mismos trapos que había usado en las labores agrícolas de la mañana. Y no la afeaban aquellas manchas que lucía cual una banderola de negra bienvenida.
Apareció al fin. Su figura se recortó entre los estertores lumínicos de la luna en lo más hondo del camino sinuoso que ascendía hasta la romántica cumbre donde la había citado. Su corazón dio un brinco, jubiloso, cuando la descubrió ya allí, recortada su silueta ante la inmensa luna; como la Chipriota con su rubio cabello al viento y las manos, delicadas y blanquísimas, cayéndose sobre sus caderas de ternura y erotismo, mientras de sus pies preciados, perlas del mar profundo, estallaban sal y almejas. En tanto lo arremetía aquella, por otra parte no desacostumbrada, imaginación iconográfica suya, aceleró el paso y entre carreritas de escolar, saltos de párvulo y latidos de infancia pasada, se plantó a sus pies, no desnudos y como de perlas, como los había imaginado, sino con unas botas pardas y manchadas de barro que afeaban el panorama romántico que él se había imaginado.
–¿Para qué me has hecho venir a estas horas, eh, Matthew? –le inquirió sin pausas trágicas de novela decimonónica la impaciente muchacha, que se cruzó de brazos con ademán furioso.
Matthew Nicked la observó una vez más. Ella, por su parte, respondió al gesto con un proceder en los mismos términos. No entendía cómo las chismosas del pueblo podían decirse unas a otras, durante sus impertinentes corrillos de cacareos, que ella tan sólo podía aspirar a enamorar el corazón de Matthew Nicked y él, asimismo, tan sólo el de ella. El muchacho, aunque alto y decían que inteligente, era más feo que picio. Unas gafas horribles afeaban su rostro de ignoto atractivo, cubiertas todas sus facciones de rojas y feas pústulas de acné. Comenzaba a asomar sobre el labio del infeliz una finísima pelusilla que tenía al muchacho emocionadísimo, como síntoma preclaro que era de una madurez pronta y viril, y en consecuencia la dejaba crecer para que reluciera su hombría; lo más que lucía, sin embargo, era un bigotillo estrecho y ridículo de pubertad inconclusa, muy lejos del ostentoso que luciría en su edad madura. Aunque alto, como he dicho, su porte era de capa caída: hombros caídos, postura curva..., y su constitución distaba mucho de la de un muchachito casi desarrollado de dieciséis años, aunque él se jactaba de practicar doscientas noventa flexiones cada noche antes de irse a la cama; era, en verdad, su cuerpo no mucho más que pellejo y huesos, todos éstos marcándose en los pliegues de su cuerpo, en las costuras de sus carnes, transparentando sobre la ropa una adolescencia larga y tediosa que alejaría al muchacho de apetitos carnales correspondidos por su mal ver.
La chica le repitió la pregunta.
Matthew, seguro de que las informaciones de su buen amigo Charles eran ciertas e indudables (¡qué menos!), se arrojó sobre la rubia presa cual el borracho sobre la cerveza y la abrazó con sus flacuchos brazos al tiempo que le estampaba un beso que dejó larga huella en el corazón de la muchacha. Pero por asco. Se revolvió como pudo, pues, aunque más fuerte y ruda que él, aquél sacaba fuerzas de flaqueza para retener el tiempo y la miel pegada a sus labios. Y, cuando al fin consiguió desasirse, le partió el labio de un derechazo, amoratado le dejó siete días el ojo izquierdo de no sé sabe qué clase de magistral golpe y, para finalizar, de un rodillazo en la entrepierna, dejó allí malparado al pobre y desilusionado muchacho, que difícilmente pudo recuperar en una semana parte de sus capacidades orgánicas ni aun la movilidad de su miembro viril.
–¡Te has equivocado de chica, Matthew Nicked! –gritó la chica como publicando a los cuatro vientos, a las puntas de la rosa náutica, la deshonra a que había sido sometida–. No te denuncio porque me das pena.
Y se marchó dejando al desganado chico tirado por tierra, doblado el cuerpo de dolor; el alma, de angustia.
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–¡Mira por dónde vas, cuatro ojos! –le espetó un muchacho fornido cuando aquél, mientras caminaba torpemente, se fue a dar de bruces contra él.
–Per... Perdón.
Y se alejó de allí casi corriendo.
La universidad no le había cambiado mucho la vida, a pesar de las esperanzas que en ella tenía puestas. De nada le había servido dejar crecer sus cabellos a la usanza de los nuevos vientos hippies o haberse dejado impunes unas señoras patillas, aquellas ausentes que tanto anhelaba durante su adolescencia. Nadie lo respetaba. Los que no lo conocían lo tomaban por un pringao, y los que lo conocían lo trataban con la punta del pie. Sólo los miembros del Comité de Ciencias lo respetaban como miembro honorífico que era: había obtenido cinco Matrículas de Honor en el último curso y un Premio Extraordinario en el trabajo presentado en la Junta, lo cual le había garantizado una serie de concesiones de cara a sus compañeros empollones. Pero Matthew no quería que saliese a la luz el que él participaba en las plomizas sesiones del Comité: aquello hubiera puesto trabas en su «vida sentimental», así la llamaba. Pero lo cierto es que, a la edad de veintiún años, aún no se había comido una rosca, a pesar de que todos los viernes se dejaba caer por la fiesta de alguna Casa de Hermandad, aunque nunca fue invitado a ninguna, y se dejaba emborrachar por los cuatro estúpidos jugadores de fútbol de siempre, a los que llamaba amigos enseguida, y que lo dejaban colgado de cualquier rama, medio desnudo, tan pronto como comenzaba a delirar contando chistes osados.
Sólo parecía existir una persona que se fijara al menos un poco en él: Charles, su compañero de habitación. Todos decían que era bastante rarito, comentario que el propio Matthew no ponía en duda; pero su preocupación aumentó cuando comenzó a divulgarse el rumor de que se la cascaba delante de él mientras dormía. Pasó dos noches en vela, esperando verlo venir, pero no ocurrió nada. Los compañeros del Comité le propusieron que tuviera relaciones sexuales con él, a ver si por casualidad se enamoraba y podían estudiar científicamente un caso de homosexualidad; y, en caso de no ser así y caer terriblemente horrorizado, a lo mejor causaba tremenda impresión en su compañero y conseguía convencerlo para que se dejase practicar unas pruebas por ellos.
Por inverosímil que parezca, el Comité le acababa de hacer aquella propuesta. Y Matthew, ni corto ni perezoso, acababa de abandonarlo, su única vía de escape de aquel mundo ruin y abominable que lo despreciaba. Después de caminar un rato largo sin rumbo fijo, se detuvo al fin para sentarse en un banco cualquiera del campus y, casi con lágrimas en los ojos, le imploró a Dios en silencio que lo ayudara, que no lo abandonara a su suerte, que le concediera una vida digna, plena de amor y felicidad, que lo respetaran; largo rato estuvo hablándole; largo rato estuvo repitiéndose que no podía seguir así.
–Perdona –susurró una voz inesperada frente a él–. ¿Sabrías indicarme dónde está el aula diecinueve? Hace rato que la estoy buscando –riendo como disculpándose–, pero esta facultad distribuye las clases sin orden ni concierto.
Matthew levantó los ojos lentamente para descubrir el ser más hermoso que había visto nunca. Su cabellera parecía desdibujarse en el aire como un mortal abrazo de Medusa, mientras que su mirada cautivaba e invitaba al abandono del propio raciocinio. Sus caderas, oh sus caderas, pensaba el desdichado viéndola allí, tan cerca de él. Y sus pestañas...
–¿Me has escuchado? –volvió a increparle la chica detenida frente a él, al tiempo que volvía la vista atrás y descubría la graciosa estudiante alemana, en la cual su interpelado tenía fija la vista y desprendida la baba. Sólo entonces acertó a ver que había estado observándola por encima de su hombro en lugar de escucharla a ella. Haciendo un gesto vago e impreciso con la mano–: Bah, déjalo, ya me las arreglaré.
–No, espera¡espera!... –Se apresuró a enmendar su descortesía el torpe muggle–. ¿La clase diecinueve has dicho? –Mirándola detenidamente descubrió que aquélla también estaba de buen ver. Se atusó las patillas y el pequeño bigotillo que lucía ya y le sonrió descaradamente–. No tengo ningún problema en decirte dónde está. ¡Qué decirte! Te acompañaré. Sólo si a ti te parece, claro.
La chica se dejó hacer de buen grado. Era nueva y no conocía a nadie. Hacía dos años había solicitado una beca en su centro y, después de no poco esfuerzo y mareos burocráticos, se la habían concedido para su tranquilidad: no soportaba a su madre y deseaba quitársela de la vista durante algunos meses. Hacía dos días que había llegado a Londres y se había instalado en su apartamento: una torre de Babel; compartía cuarto con una canadiense, cuarto de baño con una japonesa, sala de estar con una finlandesa y cocina con una simpática nigeriana que repetía a todo con un encogerse de hombros muy extraño. Matthew advirtió al instante que la chica dominaba el inglés a la perfección, e incluso que tenía acento anglosajón, lo cual acrecentó su interés por aquella chica de rasgos marcados, expresión dulce aunque firme y desenvoltura decidida.
Cuando la hubo llevado hasta la puerta del aula que le había solicitado y consultó el profesor que le correspondía, tal fue la cara que blandió el expresivo muggle que la chica se asustó. Le dijo que era un "hueso", y que lo mejor que podía hacer era, o bien cambiarse de asignatura tan pronto como pudiera, o bien asistir lo menos posible si no quería acabar con una depresión. La muchacha, aplicada, resolvió que le era imprescindible conocer el contenido de aquella asignatura. Pero Matthew insistió:
–Un día es un día. Es más¿qué van a hacer hoy? Te darán el programa de la asignatura y te mandarán a tu casa y adiós buenas. –Aquél día se comenzaban a impartir las asignaturas del segundo semestre–. Si te parece –haciendo uso de la mejor voz melosa que pudo–, bien puedes venirte conmigo a la cafetería y dejarte que te invite a tomar algo. Yo te puedo enseñar mucha medicina¿sabes?...
–No lo dudo... –apuntó la chica dejándose arrastrar.
De aquel modo, mientras los otros se mordían las uñas y se desesperaban porque aquel ogro los dejase salir de su clase, aquellos dos bribones se lanzaban miradas furtivas en la cafetería. La chica dijo puntualmente, cuando aquel le trajo el té que le había solicitado:
–Gracias por haberme invitado. No conozco a nadie. Lo cierto es que me siento un poco... desplazada. Éste no es mi... mundo, a pesar de que cursé la asignatura de Estudios... –Se interrumpió bruscamente–. Simplemente, gracias.
–No hay para qué darlas. Tan sólo te había invitado porque estás de buen ver. No, es broma, es broma –se apresuró a rectificar viendo la expresión que adujo de pronto. La chica lo creyó no sólo por ser de natural confiado, sino porque adivinó en aquel chico un punto cómico desde el principio que la satisfizo–. ¿Y por qué se te ha ocurrido de buenas a primeras venirte a Londres¿Dónde estudiabas antes?...
–¿Que dónde...? Esto... en... Tenía una beca de investigación en los Estados Unidos. Ya está. Oh, vaya, no te he dicho mi nombre. Me llamo Helen Carney.
–Matthew Nicked, mucho gusto. Pero llámame Matt.
–Muy bien, Matt. Medicina¿eh? –No sabía qué decir. Estaba un poco nerviosa desde aquellos últimos comentarios. No se había parado a pensar en que era muy probable que alguien le preguntara por su formación anterior y no tenía ningún recurso con que fingir lo que, por cuestiones ya por todos consabidas, había de ocultar. Lo cierto es que, aprovechando unos recientes programas de becas de investigación concedidos por el Ministerio de Magia, Helen Carney, en tanto preparaba su tesis doctoral, había dispuesto de unos meses en contacto directo con los procedimientos de curación muggles que iluminaran su escasa bibliografía al respecto.
–¡Qué curioso! –estalló repentinamente Matt cuando hubieron traído sus tostadas, rompiendo aquel gélido y ruidoso silencio que se había establecido entre ellos a partir de la confusión repentina de la bruja–. ¿No te parece magnífico? Míralas –señalándole las tostadas–. Parecen ovnis. –A continuación le explicó que hasta hacía bien poco había estado profundamente interesado, e involucrado, en el campo de investigación de los objetos voladores no identificados, así como todo lo que conllevara un halo indescifrable de misterio, a lo que Helen sonrió con ironía burlona. El chico le explicó, a medias claro está, su relación con el sacerdote Haeretico y su contacto como puro observador, como puro ilusionado, con el Más Allá. Después de una larga arenga, sin considerar ni remotamente la idea de poderla estar aburriendo, le preguntó–¿Tú qué opinas al respecto?
–¿Que qué opino? Que tienes razón, por supuesto –sonriendo descaradamente–. Si me apuras, creo que hay personas que nos ocultan esas cosas; que en serio existen hadas, duendes, ogros y brujas agachapadas junto a sus calderos. Que hay algo que no se puede explicar bajo los presupuestos de la Ciencia y que no podemos ver con nuestros propios ojos sin asombrarnos. Sí, me gusta el esoterismo... Y creo que la Magia existe. Una Magia en mayúsculas. Y que todos, corra por nuestras venas o no, disponemos de ella.
Matthew estaba enamorado de sus palabras, y es muy probable, casi seguro, que fuera en aquel momento cuando se dejara arrastrar por el torrente inflamable y terrible del Amor (también en mayúsculas); un amor, cabe decir, que se vio indeciblemente incrementado cuando aquél descubrió que el ángel de sus ojos era en realidad una bruja, episodio que, como os podréis hacer una idea, no puedo ignorar en este momento.
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Helen Carney, la futura señora Nicked, estaba representando en su interior una verdadera batalla campal: de un parte, aquel extraño muggle la desagradaba y, de otra, contraria y confusa, se sentía intensamente atraída por él. Descubría en él una inocencia y una libertad hasta entonces ignota que la cautivaban. Después del día en la cafetería, se vieron otros muchos más, solos en principio, y, más tarde, las indiscretas miradas de las estrellas los contemplaban con avidez. Ellas fueron quienes presenciaron su primer beso y se retorcieron en los cielos llenas de regocijo; ciento cayó en forma de meteoros, como si se hubiesen derretido de placer. Cuando Helen dejó de retorcer su naricilla contra aquel bigote menudo, se preguntó qué estaba haciendo. El muggle la contemplaba embobado, como a una criatura de otro mundo. Helen le correspondió el gesto como pudo.
–¿Sabías? –le espetó aquél–, nunca me habían besado.
Ella, enternecida, le tomó el mentón con manos cálidas y le estampó un cariñoso beso en la mejilla. Las orejas del pobre hombre se encendieron al instante y la bruja estalló en una carcajada que pronto le contagió. Cuando el fuego de la risa hilarante dejó al fin a su corazón discurrir con raciocinio, vio que todo estaba bien, pues al fin era feliz. Libre y feliz. Y, aunque reconocía en la mirada frente a la suya un profundo pozo de excentricidad, un pozo sin fondo, era aquél un pozo que no la ahogaba sino que la refrescaba. Libre y feliz, sí. Sonrió. Adelantándose, volvió a rozar los labios de Matthew. Aquella noche, las estrellas no durmieron de alborozo.
Ya no podía separarse de él. Sentía que lo amaba. En los días sucesivos se confirmaron aquellos pensamientos que intuyera después del primer beso y que condujeron irremediablemente al segundo. Sentados frente a un helado doble, el uno junto al otro viendo una película cualquiera, sobre un mantel de cuadros en el césped del campus, los ojos de él le transmitían el complemento que toda su vida había esperado. Contemplándolos, se sentía realizada al fin. Lo amaba, sí; amaba a aquel loco muggle que le pellizcaba los muslos cuando se distraía.
Lo había invitado a cenar. Estaba nerviosa. No hacía más que mirar el reloj mientras lo inspeccionaba todo desquiciada. Un toque de varita y las velas que se habían apagado con sus paseos de un lado a otro se reencendieron; otro más y los cubiertos se colocaron en su sitio. Soltó una exclamación apurada. ¿Cómo podía haber olvidado sobre el fuego el caldero con el que había preparado el elixir?, se inquirió. Lo recogió entre saltos y carreras y se reajustó el escote frente al tocador. Todo había de salir perfecto aquella noche. Se guardó la varita bajo el calcetín del pie derecho y miró a su alrededor en busca de algún retazo delator de magia. Todo había de salir perfecto.
Llamaron al timbre. Presumiblemente, imagino, era Matthew. Corrió a abrir la puerta. Antes de girar el pomo se recogió frente al espejo del vestíbulo los mechones de cabello que se le habían salido del tocado magnífico que lucía. Abrió. El muggle entró tímido, alabó la hermosura de la bruja y pasó adentro, donde ésta le sirvió una copa de vino. Brindaron. Se besaron tímidamente y se sentaron uno frente al otro, sin más mediador que el de las velas titilantes. La conversación discurrió plácida, aunque Helen parecía distraída y Matt, acongojado. La muchacha sirvió el primer plato. Delicioso. El muggle, con la servilleta puesta a modo de babero, alabó el arte culinario de su novia. Aquella palabra le sonó extraña a ella: nunca antes la había usado en su presencia. Pero era cierto, eran novios. Aún rezumbaba el vocablo en sus oídos, como un presentimiento agorero, como un sentimiento cálido; como un temor, como un soplido de sangre en su seno. Se levantó, recogió los platos y traspuso con ellos hasta la cocina, donde volvió al instante con el segundo: una trucha especiada por dentro de inmejorable apariencia. Pero su mirada quedó fija en Matt unos instantes, en suspenso, y los platos fueron a precipitarse contra el suelo con violencia. El muggle se levantó al instante, solícito, presto a ayudarla. Recogió los pedazos con sumo cuidado y le pidió a Helen que le trajese un cepillo, pero la bruja parecía suspendida en medio del aire, impertérrita.
De improviso, alzando al muggle, lo apartó de la catástrofe gastronómica y lo abrazó con inmensa fuerza, enlazando su roja lengua con la de él: sus bocas, al instante, se fundieron como un único cuerpo. Sus brazos, tentáculos devoradores, se perseguían con la juventud de la inexperiencia y, entre tumbos de la pareja abrazada, más platos y vasos cayeron con estrépito al suelo: toda una sinfonía para su efusivo encuentro. La mujer tomó las asustadas manos del muggle y las colocó sobre su seno, que se hinchó con una profunda inspiración.
–Ámame, Matt. Ámame, por favor –le pidió con dulce voz.
En el dormitorio de la chica desnudaron sus cuerpos y mostraron sus apetencias sin escándalo ni pudor. En aquella habitación, entre gemidos excitados, pegaron sus cuerpos, sus vientres húmedos y, al calor de sus bocas, de sus besos, se amaron. Matt sudaba copiosamente; ella lo miraba enternecida mientras clavaba sus uñas en su pecho. El tiempo parecía en suspenso. Con blancas miradas, fingieron existir sólo ellos dos en el universo. Sólo ellos dos.
La puerta de la entrada del apartamento de Helen se abrió. Dio un respingo, asustada, con el peor de los tumores anidando de pronto en su pecho junto con la excitación. Había convencidos a sus compañeras de piso para que no viniesen hasta pasadas, por lo menos, las cinco de la madrugada y, para asegurarse, había corrido el pestillo. Pero el pestillo parecía no haber hecho efecto y la puerta, inexplicablemente, se abría.
–¡Por Rowling...! –gritó Helen descendiendo del cuerpo caliente y desnudo del muggle–. ¿Qué demonios...? Tienes que levantarte. ¡Vamos, levántate, Matt!
–Pero ¿qué...? –mientras cogía su ropa interior.
–No hay tiempo para eso, métete en el armario.
–¿En el armario?
–¡En el armario!
–Pero...
–¡En el armario he dicho!... –mientras le daba empujones por que acelerase el paso.
–Helen, querida¿estás en casa? No hay ninguna luz encendida. ¿No estarás durmiendo?... –la voz le sonó a Matt huraña y de mujer de malas pulgas, con lo que se introdujo a toda prisa en el armario, tropezando con perchas y prendas a medio colgar–. Mira que la ocurrencia de meterte a vivir en un piso sin chimenea.
–Mi madre... –musitó Helen, vuelta toda blanca de pronto.
–¿Qué ocurre? –masculló Matt sacando la cabeza entre un abrigo y un jersey de rombos.
–¡Mi madre, mi madre, Matt!... Mete ahí la cabeza y no hagas ni un ruido, por tu madre. Métete ahí y calla.
Tuvo el tiempo justo para cerrar la doble puerta del armario cuando un haz brillante de luz la sorprendió. Agarró lo primero que tuvo a mano, una manta acertó a advertir segundos más tarde, y se cubrió de la desnudez con ella.
–¡Madre!... –le gritó reprendiéndola–. ¿Qué hace... Qué diantre haces aquí?, sin avisar... No es buena idea. Mis compañeras de piso podrían... ¡Madre!... Estoy desnuda.
–Pues vístete –le sugirió autoritaria–. Tan sólo quería hacerte una visita. ¿Es ésa poca razón para que una madre se desplace desde tan lejos? –Dio un golpe con su varita y la habitación, al instante, quedó rodeada de una luz reconfortante. Paulatinamente, en consecuencia, el brillo que procedía de su varita fue disminuyendo. La apariencia de la señora Carney era en todo similar a cuanto se ha descrito en esta historia con anterioridad: sus rasgos eran más jóvenes, lucía menos arrugas su rostro, pero el rencor almacenado en la cuenca de sus ojos no había variado en absoluto–. Pero vístete si quieres.
–¿No prefiere que le prepare un té, madre?... –dudando.
–He dicho que te vistas. El té puede esperar. ¿No querrás ir en cueros por ahí, verdad? –Sus palabras se atropellaron en ese instante–. ¿O ésa es de la clase de costumbres que estás adquiriendo aquí, señorita¿Para eso me he tirado yo todos estos años tratando de educarte, eh¿Eh? Responde. –Pero no le dio opción para que lo hiciera–. Oh, Helen. ¿Por qué tuviste que irte... con esta gente?
–¿De qué gente me estás hablando, mamá? –intervino muy nerviosa–. No vuelvas a sacar el tema, por favor. No... ¡No debería haber venido, madre! Ahora no vivo sola. ¡Y presentarse aquí a estas horas!... No es...
–¿No es qué? –la interrumpió–. ¿Es que no te alegras de verme, hija mía? Cualquiera diría que yo soy tu madre y tú, mi hija. Vamos –forcejeando con la manta que la cubría–, vístete y vayamos a discurrir a la sala de estar. Pero ¡adecéntate!
Se apartó de la puerta del armario sin dejar de farfullar y rebuscó debajo de la cama: allí estaba su ropa interior. También descubrió los pantalones de Matt, que arrojó lejos de inmediato.
–Te has vuelto desordenada sin mi vigilancia –apuntó la señora Carney meticulosa–. Antes no eras así. ¡Vamos!, sácate cualquier trapo del armario y vayamos a tomar el té.
–¡No!, espere. –Sudaba–. Creo que me he desnudado por aquí –tanteando.
–No aguanto más –resoplando. Abrió la puerta del armario y el rotundo grito de Helen no sirvió de nada, ella lo hizo igualmente. Sin embargo, el muggle se había ocultado tan bien en el fondo del armario, tras las voluminosas prendas, que su presencia pasaba desapercibida. La joven bruja respiró tranquila–. Vamos a ver qué tienes por aquí. ¡Qué mal huele aquí¿no? Huele a... sudor de hombre. ¿No compartiréis la casa con un hombre, verdad? –Helen negó con rotundidad–. Gracias a santa Rowling que está en los Cielos... Suficiente deshonra has cometido ya juntándote con este inculto gentío muggle, que hay que ver qué ideas locas tienes tú en la cabeza. Vamos a ver qué veo por aquí que te pongas. –Metió la mano algo más adentro y su mano fue a dar con la mano de Matt, que la apartó al tiempo que soltaba un chillido agudo. La señora Carney dio un respingo y, varita en mano, apuntó amenazadora el armario–. ¿Quién hay ahí¡No te muevas, hija mía!, he sentido a alguien.
–Te lo habrás imaginado, mamá... –trató de enmendar el error.
–¡No!... Cuidado, Helen, no vayan a ser los mismos demonios que atacaron a tu padre.
–¿Demonios? –exclamó el muggle sorprendido.
–Sal de ahí, bellaco, si no quieres que te vuele la tapa de los sesos con una maldición –ordenó–. ¡Sal de inmediato! Y pon las manos donde pueda verlas...: nada, en consecuencia, de bolas de energía. Tranquila, Helen –dirigiéndose a su resignada hija–, sospecho que no será más que un boggart. ¡Sal!
Matthew obedeció al fin, dejándose ver medio desnudo, con los horribles calzoncillos de corazones rojos sobre estampado blanco a medio poner. La bruja soltó un horroroso grito. El muggle se los subió a toda prisa y, nervioso, saludó a la señora Carney con inocencia.
–¿Quién eres tú? –inquirió la bruja de mal humor.
–Es mi novio –respondió resignada Helen–. Matthew Nicked, mamá.
–Encantado –dijo el muggle alargándole una ingenua mano para que la estrechara. Ésta se la quedó mirando sorprendida.
–¿Nicked? –preguntó–. ¿Te referirás a los Nicked de Boston, verdad¿A qué familia de magos perteneces, muchacho?...
–¿Familia de magos?... –repitió él atónito.
Volviéndose a su hija iracunda:
–¿Muggle? Pero... Pero, hija mía¿tú estás loca¿Tú estás...?
Volviéndose con furia hacia el joven, descargó sobre él un maleficio que le impactó de lleno. Al instante, su cuerpo se fue encogiendo y retorciendo, al tiempo que se volvía de un color entre pardo y verdusco. En tanto se daba el proceso, la señora Carney no dejaba de soltar improperios audibles, y Helen, por su parte, mientras recriminaba el comportamiento de su madre, se dirigió en pos de Matt, que se había terminado por transformar en un sapo de apariencia agradable.
–¡Mamá!...
–¡Ni mamá ni forúnculos en vinagre! Dámelo, Helen. Dámelo para que lo pisotee y lo estruje contra el suelo. Por encima de mi cadáver una hija mía va a emparentarse con un muggle. La pureza de sangre, Helen... ¡La pureza! Una bruja decente debe casarse con un mago. ¡Dámelo! Pero... ¿es que no me daba ya suficientes quebraderos tu hermana Ángela como para que tú también, hija mía?
Helen, que había recuperado su varita, devolvió a su forma al muggle, el cual, después de un momento de vacilación, soltó en voz en grito a los cuatro vientos su acostumbrado ¡magnífico!, que dejó a la señora Carney patidifusa.
–Márchate, Matt, después te lo explicaré todo. –Pero aquél no se movió de lugar. Dirigiéndose a continuación a su madre–: Me da igual lo que tú opines, me da igual lo que tú ordenes o consideres mejor para mí. ¡Es mi vida!... Yo tomo las decisiones. ¡Yo!... Matt, te he pedido que te marches..., por favor.
Pero el muggle no obedeció.
–Sí, claro, y me pierdo esto. Pero ¿no te das cuenta, Helen?... ¡Estaba en lo cierto!: la magia existe. ¡Existe de verdad! –y gritó de júbilo entre magnífico y magnífico.
–¡Oh, cállate, Matt! –lo recriminó.
Y, apuntándolo con su propia varita, lo hizo desaparecer. Apareció, no supo cómo exactamente, en medio de una calle cualquiera. La euforia le duró poco al descubrir que estaba semidesnudo, la gente lo miraba sorprendida y se estaba muriendo de frío. Así que, como pudo, anduvo mal parado hasta alcanzar su casa, donde apenas consiguió conciliar el sueño aquella noche.
Trató de buscar a Helen los días sucesivos, pero no aparecía por la facultad, sus compañeras de piso aducían no haberla visto en varios días y la misma faz de la tierra parecía habérsela engullido. Matt, que no había confesado a nadie aquel mortal secreto (nadie lo creería), esperaba reencontrarla pronto. En un principio, quizá algo egoístamente, lo anhelaba para que pudiese hablarle de la magia o demostrarle más conjuros; sólo más tarde, descubriendo en su interior el sentimiento con mayúsculas, sintió que la necesitaba junto a él por una razón más profunda e inexplicable con palabras. Pero no volvía. Y él no estaba dispuesto a olvidar: por muchos motivos, no podía. Sin embargo, ella parecía sí haberse olvidado de él...
Hasta que, súbitamente, apareció una mañana lluviosa de domingo bajo la puerta de su casa. Estaba empapada y Matt, nervioso, la invitó a tomar algo adentro. Estaba tan preocupado que ni se le ocurrió preguntar nada relacionado con la magia, cosa que Helen agradecería en ese momento y más adelante. En verdad hablaron más bien poco, todo se lo dijeron con miradas, como que Helen ya no se apartaría más de su lado. Aunque hubo algo que no pudo decirle sino verbalmente:
–Matt –principió–, estoy... Estamos esperando un bebé.
La cafetera comenzó a hervir estrepitosamente, silenciando las palabras del buen hombre; jamás sabremos, en consecuencia, si fueron en principio palabras jubilosas o no. Pero, acto seguido, abrazó a la bruja y, estrechándola entre sus brazos, cuanto preguntó solamente fue si ese bebé tendría magia también.
–Sí, Matt. Nuestro hijo también será una bruja o un mago.
–¡Magnífico!
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Se casaron sin demasiada ostentación. Prepararon una boda sencilla, rápida, y pronto quedaron declarados marido y mujer. No eran aquellos tiempos todavía en los que se aceptara fácilmente el nacimiento de un bebé fuera de un ámbito familiar consolidado, lo que aceleró el proceso, que gozó, por esta única e imperiosa razón claro está, con el apoyo de la señora Carney, que a regañadientes les dio su bendición. La joven Ángela, más picante y atrevida que como la conocemos, radiante con su novio recién presentado en sociedad oficialmente, Ryan Simmons, conocía el secreto que se gestaba en el seno de su hermana, lo que hizo que aquella íntima celebración fuese especialmente emotiva para ella. Sólo su madre y ella conocían, en verdad, que, en cuanto pasasen ocho meses, Helen Carney (que aquel día abandonaba aquel apellido para adoptar un nombre sucio y pestilente, según reconocía abiertamente su madre) daría a luz a la tercera generación de los Carney: Helen Lupin, por supuesto, la futura esposa del ministro de Magia. La señora Carney lo tenía todo preparado: por grande que partiera su nieta a conocer el mundo, mentirían a familiares y conocidos afirmando que se trataba de una sietemesina, para que nadie sospechase que Helen Carney, su hija, la atolondrada hija de una sangre limpia que se había casado con un muggle, se había casado de penalti. Y así fue cómo nadie supo jamás de la verdadera historia de aquel amor, a excepción de Ángela y la huraña suegra; un amor que enlazaba tres almas, no sólo dos.
Matthew estaba apartando amorosamente una aorta e introduciendo un extraño utensilio plateado en el tórax de un hombre abierto en canal como un gorrino en una matanza, cuando un enfermero, mascarilla en rostro, entró atropelladamente en el interior del quirófano. Todos elevaron los rostros para observar el sujeto de la intromisión, a excepción de Matthew, que estaba demasiado atareado, y el anestesista, al que siempre le ocasionaba efectos colaterales su especialidad. El enfermero venía extenuado, como si acabase de recorrer corriendo medio hospital.
–Doctor Nicked –dijo–. ¡Doctor Nicked! Una mujer ha aparecido en medio de un pasillo de la planta de quirófanos. –Sólo entonces el enfermero consiguió recabar la atención del esforzado muggle–. Nadie dice haberla visto entrar. Es como si... Bueno¡da igual! Lo importante es que... –recuperando el aliento visiblemente–... es que dice ser su cuñada y que... que...
Antes de que concluyese, le pasó la pinza a su compañero y salió corriendo de quirófano. Sin embargo, aquél no sujetó a tiempo el utensilio y éste cayó estrepitosamente contra el suelo.
–Joder –exclamó el médico al que había ocurrido el incidente–. ¡Mierda, Nicked! Ya podría ser más cuidadoso. ¿Son maneras esas de irse de un quirófano? –En verdad estaba molesto por su torpeza dejando caer el material.
–¿Lo desinfecto, doctor? –lo interrogó una amable enfermera, aproximándose.
–¿No hay otro, Caroline? –preguntó extrañado.
–No, doctor. Parece que el resto lo tienen en el quirófano dos.
–Joder, vaya día –replicó–. Da igual, Caroline –introduciendo de nuevo el utensilio bajo la aorta–. Ni que éste se fuera a enterar. Además, por unas motitas de polvo de nada –extrayéndolo de nuevo y soplándolo cuidadosamente, no sin que salpicase un poco de sangre, sin pretensiones malignas, entre sus compañeros.
Matthew halló a su cuñada como le habían anunciado: plantada en medio de un pasillo en el que toda persona ajena al hospital tenía prohibida la entrada, nerviosa, mordiéndose las uñas. El muggle comenzó a inquirirle desde mucho antes de encontrarse frente a frente. A su vez, una meticulosa enfermera en la que todos los médicos estaban hartos de cagarse lo seguía gritándole:
–Doctor Nicked. ¡Doctor Nicked! Tengo que especificar en el informe que ha salido. Hágame el favor de firmarme. ¡No corra!...
–¿Quién es la pava esa? –le preguntó Ángela al muggle cuando al final éste llegó a su encuentro–. ¿Te está molestando?, porque, de ser así, puedo mandarla de un varitazo a que se lo firme su madre.
–No es tiempo de eso, Angie –le reprochó–. ¡Burocracia, sólo es estúpida "burrocracia"! Pero dime¿está...? –Ángela asintió sin más–. Entonces ¿qué carajo haces hablando ahí parada? –tomándola de la mano y metiéndola en una habitación vacía–. Llévame a San Mungo, corre.
Cuando la enfermera alcanzó el cuarto por el que habían transpuesto el doctor Nicked y su cuñada, lo encontró vacío. Al principio no dio crédito a sus ojos. Instantes después, asumiéndolo, decidió que el trabajo duro le estaba pasando la factura y decidió abandonar la labor para tomarse un café.
Muggle y cuñada corrían despavoridos, como almas llevadas por el diablo, a lo largo del luengo corredor del hospital mágico. La señora Nicked estaba de parto. Su hija, a la que pondrían su mismo nombre, Helen, estaba de camino. Había decidido adelantarse unos días. Nada de esto sospechaba la señora Nicked, que tomaba el té tranquilamente con su hermana y Ryan, el marido de ésta, en una terraza del callejón Diagon. Los dolores le habían sobrevenido tan de repente que no había tenido tiempo de preparar un traslador que la condujese a San Mungo y, de no ser por Ryan, que supo templar los nervios, Ángela hubiera sido incapaz de conjurar uno en aquellos momentos.
Dejaron pasar al muggle en el paritorio, donde su esposa pugnaba con las contracciones y el deseo vivificante y opuesto de abrazar a su hija entre sus brazos y rendirse a causa del dolor. Le tomó la mano y la alentó con palabras de amor y ánimo. La bruja, que a pesar de sus fuerzas había estado a punto de desfallecer, se sintió animada con aquellos susurros confortadores e impulsó con todas sus fuerzas aquel ser que salía de su interior. Al fin la pequeña Nicked, redonda y blanca como una perla, como un cascabel lloroso, cayó sobre los brazos del sanador. Extenuada, la señora Nicked se rindió finalmente y se desmayó, con gran susto para el pobre muggle; no era fácil, en verdad, traer a este mundo a un heredero de Ánuldranh, y aquélla era la heredera que habría de traer la consumación de la sangre real, aunque estas cosas, claro está, no las sabían entonces ni las sabrían nunca. En suma, la pequeña Helen fue a caer en los brazos de su padre, el primero en tomarla y aproximarla a su tierno corazón. Fueron los primeros sus ojos en derretirse y bautizarla con un amor incipiente pero profundo.
–Mi pequeña...
Nacía, así, la más extraña y curiosa relación paterno-filial que se haya visto ni verá nunca. Pero también la más entrañable y cariñosa. Pues, mientras calmaba su desconsolado llanto la pequeña Nicked en los brazos de su padre primerizo, éste le auguraba un prometedor futuro de anagramas y juegos sin fin a su lado. La querría sin límite y la protegería con su vida hasta el fin de sus días. Y su firma, su juramento, fue el sonoro beso que le estampó. El primero de muchos...
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–¡Venga, papá! –exclamó Helen con impaciencia–. Sólo uno más.
–Ya has oído a tu madre –repuso el señor Nicked, igualmente molesto, pues, si de él fuese, se tiraría las horas y horas jugando con su pequeña princesita–. Vamos, a la cama.
–¡Pero no es justo! –replicó Helen–. Aún es temprano. Quiero quedarme un rato más contigo resolviendo anagramas.
La señora Nicked, blandiendo el mandil, entró por la puerta desde la cocina. Se puso las manos en las caderas y Helen la miró suplicante.
–Os habéis tirado toda la santa tarde resolviendo esos crucigramas¡por el amor de Rowling! Y son más de las once, jovencita, así que ¡a la cama! Vamos... –la espetó riendo–. Necesitas dormir. ¡A la cama! Ay, esta niña... –comentó en voz baja a su marido mientras la veía subir lentamente la escalera camino de su dormitorio–. No sé qué vamos a hacer cuando se vaya a Hogwarts... Francamente, no lo sé.
–Ni yo tampoco –replicó el señor Nicked–. Si te digo la verdad –plegando el periódico muggle–, desearía que no tuviese que irse nunca. ¿Sabes qué? –Sonrió el muggle–. Ha habido momentos en que pensaba que se quedaría aquí, que iría a una escuela normal y haría todas las cosas propias de una niña corriente.
–Pero no es una niña corriente... –Suspiró la señora Nicked, viendo cómo corría el tiempo de ligero y se le escapaba de entre las manos como el agua de un grifo.
–¡No, en absoluto! –exclamó el muggle–. Eso ya nos lo dejó bien claro tu madre¡ese demonio de mujer!
–No hables así de ella, Matthew –lo reprendió la bruja–. No es que sea la mejor persona del mundo, pero tenía sus razones para hacer lo que hizo. Voy a ir a darle las buenas noches a Helen y te estaré esperando en la cama¿vale?
–¡Vale! –exclamó el señor Nicked radiante–. ¡Oye!, podríamos buscar la parejita¿qué te parece?
La señora Nicked lo miró petrificada, con los ojos muy abiertos, blancos...
–¿Qué? –El hombre se acobardó al verla–. ¡Oh, cállate, Matt! Hace cinco años que me tomo la pócima del día después. Ya hemos tenido una niña, y no quiero más churumbeles en casa, y menos a esta edad.
Subió la señora Nicked hasta la primera planta, recorrió el pasillo y se situó tras la puerta de la habitación de su hija, entreabierta, y por cuyo resquicio se dejaba ver una luz amarillenta y raquítica.
Llamó y la chica, desde dentro, dijo que se podía pasar.
–¿Ya te has acostado, mi vida? –preguntó la señora Nicked.
–¿No me ves? –inquirió sonriendo la pequeña Helen.
La bruja se sentó en el filo de la cama y acarició el suave pelo de su hija, negra cabellera de hilos ensartados de lino.
–¡Venga, mamá! –exclamó Helen–. ¡Dime un anagrama de "casa"!
–¡Huy, Helen! No... ¡Mira que yo no entiendo de esas cosas!
–¡Venga, que es muy fácil! –exclamó la pequeña, desarropándose y casi pegando saltos de regocijo sobre el colchón.
–No sé... –Pensó la señora Nicked–. No sé. ¿Edificio?
–No, mamá –negó Helen sonriendo–. Eso es un sinónimo.
–Ya te he dicho, Helen, que yo de esas cosas no entiendo.
–¡Pues "saca"! –resolvió la pequeña Helen–. Anda que no era fácil ni nada. ¡"Saca"! Te dije que era muy fácil.
–Sí, muy bien, muy bien –respondió rápidamente la señora Nicked para callarla–. ¡Venga, a la cama, señorita¡A la cama he dicho! –Cuando se hubo metido–. Pero qué lista eres, mi amor. Te quiero mucho.
Le dio un beso en la frente.
Fue a apagar la trémula luz de la lamparita de la mesilla de noche, cuando Helen, con voz apagada, le confesó:
–Mamá, tengo miedo.
La bruja se volvió lentamente, con la boca abierta.
–Pero... ¡Ay, mi niña! –Se sentó de nuevo en el filo de la cama–. Pero ¿de qué?
–De ese colegio al que me vais a mandar en septiembre –explicó–. No quiero ir. Tengo miedo.
–Pero ¿de qué, mi princesita? –preguntó con amor la señora Nicked–. ¿Qué puedes temer?
–Yo no quiero ser una bruja... –respondió avergonzada–. Tengo miedo de empezar de nuevo. ¡Yo ya tengo aquí a mis amigos!
La señora Nicked le sonrió, no porque le gustara ver a su hija así, sufriendo, sino porque veía que en su interior maduraba como el fruto en el árbol; y pronto caería, desarraigado, y viviría su vida. Exhaló un suspiro.
–Ya verás, Helen, cómo todo irá bien. A mí me pasó lo contrario que a ti –confesó–. ¡Yo estaba deseando ir a Hogwarts!
–Mamá, sé que lo estás diciendo sólo por animarme –musitó Helen.
–¡No! –exclamó la señora Nicked–. Estoy hablando completamente en serio. Ya verás cómo aquello te gustará. Habrá niños como tú, magos y brujas, y aprenderás muchas cosas sorprendentes. Además, ya te hemos comprado tus libros, tu varita y todo el resto de cosas... –Señaló una caja que había en un rincón–. ¿Acaso no tienes ganas de descubrir qué enigmáticos secretos guardan, eh? –Le dio un cariñoso toque con el dedo en la nariz–. Y en cuanto a lo de hacer amigos¡no te preocupes, mi vida! Los harás, aunque ahora creas que vaya a suponer un mundo. Los harás...
Helen se quedó mirando a su madre con los ojos brillantes. Faltaba un mes para el uno de septiembre, y estaba asustada. ¡No quería ir!
La señora Nicked abrazó a su hija y ésta se infló bajo su abrazo, sintiendo cómo poco a poco se iba sintiendo un poquito mejor.
–Buenas noches, tesoro –dijo la bruja, y apagó la luz y cerró la puerta.
Las preocupaciones de Helen se fueron disipando en la oscuridad, y sus ojos acabaron siendo vencidos por el sueño. Se durmió.
Se durmió...
Entre las tinieblas de su mente dormida apareció un árbol; no un árbol cualquiera: un sauce que blandía las ramas amenazadoramente. A sus pies había un viejo hombre, de barba larga y plateada, que lo miraba sonriente.
–Esto bastará para que los estudiantes no se acerquen –dijo.
Y se alejó, andando despacio hacia la figura oscura de un enorme castillo de altas torres.
La noche fue dando paso al día, y la luna, entera y brillante como una esfera de luz, se consumió en el horizonte. En el este, una bruma rojiza anticipó el amanecer.
De entre las raíces surgió una figura alta y desgarbada, un chico que, para tener diez años, era más fornido que el resto de adolescentes. Estaba despeinado, ojeroso y cansado, como si no hubiera dormido en toda la noche.
Helen, con los labios secos, preguntó su nombre, pero el chico salió de su escondite sin reparar en ella, pues ella no estaba.
–¿Quién eres?
El chico ojeroso avanzó entre los terrenos sin volverse para mirarla.
–¿Quién eres? –repitió.
–Papá.
El joven muchacho avanzaba hacia el castillo. Helen lo vio alejarse, pero no pudo hacer nada. Se convulsionaba.
Despertó, pues el señor Nicked la estaba zarandeando.
–¿Qué haces, papá? –pregunta la chica con voz de sueño.
El señor Nicked la miró con una ceja levantada, preguntándose si la pregunta de qué hacía era, a su vez, una pregunta retórica. ¡Era obvio! La había estado viendo, más bien escuchando, soñar, moverse en su calentita cama, y no podía verla así. Creyó que era una pesadilla. ¡Cuán equivocado!
–¿Con qué soñabas, Helen? –le preguntó el señor Nicked.
–Un árbol, un viejo, un chico... –respondió, haciendo memoria.
–¿Qué, un chico? –inquirió el señor Nicked con el rostro morado–. ¿Cómo que un chico? Que tú eres muy chica para estar pensando ya en chicos... ¿Por qué no puedes estar soñando con muñecas, con "nancies" o "barbies", que son más cucas porque son articuladas, eh?
Helen lo miró con una mirada que lo traspasaba.
–Papá... –dijo observándolo aprensivamente–. El chico también era articulado...
–¿¿¿Qué??? –inquirió el señor Nicked a voces–. ¿Articulado¿Articulado el qué? En qué estarías soñando, madre del amor hermoso y la hermandad del puño divino.
Corriendo, tropezando con las paredes de la prisa que llevaba, apareció por la puerta, despeinada, con el rostro contorsionado, la señora Nicked. Entró precipitadamente en la habitación, preguntando si estaban locos o qué, pegando gritos a tan altas horas de la madrugada.
–Tu hija –contestó el señor Nicked–. Que está soñando con chicos. ¡Con chicos! Que es muy pequeña para que sus sueños ya estén catalogados con dos rombos, joder.
–¿Eso qué quiere decir? –preguntó confusa Helen.
–¡Que tu padre es subnormal perdido, hija! –respondió desmoralizada la bruja–. ¿En qué estarás pensando ya? Que a ti te preguntan «¿adónde vas?» y respondes «manzanas traigo». ¡Y que te gusta más un chisme que a un muggle como tú una varita!
–Pero que no... –dijo Helen, interrumpiéndolos–. He visto un chico, salir de un árbol...
–Sí –dijo el señor Nicked dándoselas de listo–, y yo una ardilla del cuarto de baño, no te fastidia.
–Es un sueño –repuso la señora Nicked–. ¡Oh, cállate, Matt! Que tú lo más interesante que has soñado nunca ha sido que te hacías pipí en la cama.
–No lo soñé –respondió el muggle–. Me había hecho pis de verdad.
–¿Me queréis escuchar de una vez? –gritó Helen–. Vamos. Que para una vez que tengo un sueño y reúno a toda la familia en mi cuarto...
–A ver, Helen. –Su madre se sentó en el filo de la cama–. ¿Con qué has soñado?
–Pues eso... –Se preparó–. He soñado algo muy raro. He visto un árbol, un hombre viejo con una barba que casi le llegaba al suelo. ¡Y al fondo había un castillo enorme! Y del árbol, de las raíces, salía un chico... Un chico... Era mono.
–¿Mono? –inquirió el señor Nicked tirándose de los pelos–. Pero ¿quién te ha enseñado esas cosas, eh, Helen? Voy a tener que lavarte la boca con vinagre.
–Cállate, Matthew Nicked –exclamó la bruja enojada–. Que a ti te voy a abrasar la lengua con aceite hirviendo para que la dejes hablar. –Se volvió a Helen–. Muy bien, chiquita, muy bien. No ha sido nada. Sólo un sueño. Aunque un hombre mayor... Y un castillo... Descubrirás las cosas a tu tiempo, por ti misma. En eso consiste la madurez. –Helen la miró sin comprender–. Recuerda tu don. –Le dio un beso en la mejilla–. Buenas noches.
Empujó a su marido para que saliera de la habitación, aunque éste se fue refunfuñando, hablando a voces con su mujer. La señora Nicked se volvió un instante y le dijo a su hija, antes de cerrar la puerta:
–Que sueñes con los angelitos.
Y Helen supo, arrellanándose entre las mantas, que iba a soñar con ellos. ¡Sí que iba a soñar! Con uno en particular... Lo intuyó.
Y soñó.
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Los señores Nicked aguardaban impacientes en la estación de King's Cross.
–¡Cuánto tarda esta niña¿no? –exclamó el señor Nicked revolucionado–. ¿Vendrá ya?
La esposa lo ignoraba, avergonzada de sus voces, de sus paseos impacientes, de sus bufidos que sobresaltaban a las demás personas de su alrededor. En un momento, cuando lo pilló desprevenido y al resto de la gente ignorando lo que hacían, le propinó un collejón en la nuca sin darle explicación ninguna. Sin embargo, no por ello consiguió que el pobre muggle se estuviera quieto o dejara de hacer ruido.
–Eres un caso... –musitó–. ¡Oh, cállate, Matt!
El muggle se sentó en un banco vacío, con los codos apoyados sobre los muslos y el mentón sostenido sobre sus manos. Consultó la hora no menos de diez veces hasta que, harto, se puso en pie, paseando de un andén a otro, nervioso, la señora Nicked mirándolo histérica.
–¡Ya vienen, ya vienen! –exclamó la bruja a media voz para que el resto de muggles no la pudiera escuchar.
Desfiló un grupo de chicos, de once a trece años. Iban riendo, charlando; cruzaron la barrera del andén nueve y tres cuartos con total tranquilidad. Aguardaron unos minutos, expectantes, hasta que vieron surgir a Helen Nicked, de aspecto radiante. La abrazaron y besaron.
–¡Qué grande estás ya! –dijo su madre mientras la miraba de arriba abajo con atención–. Me tienes que contar por qué no viniste a casa a pasar las vacaciones de Pascua.
–Claro –respondió sonriente.
–¡Huy, la niña bonita! –Rio el señor Nicked–. ¡Qué quince años más bien puestos! Trae para acá ese baúl.
El muggle tomó el asa y lo arrastró con evidente esfuerzo, derramando numerosas gotas de sudor por su frente.
–¿Por qué no pides un carrito? –le sugirió su esposa.
–Eso era precisamente lo que pensaba hacer –mintió.
Salieron de la estación de trenes londinense y recogieron el coche del señor Nicked, que estaba aparcado en sus aledaños, bajo un frondoso árbol. El matrimonio se sentó en los asientos de delante, mientras que Helen, una vez el baúl fue acomodado en el maletero, se situó detrás, con los codos apoyados en los respaldos de sus padres, asomada como una ratilla entre el resquicio que ambos asientos conformaban.
–Ahora nada de magia. No se te olvide –le reconvino su madre–. No vaya a ser que nos vuelva a pasar lo mismo del año pasado. Te expulsarían...
–Guarda cuidado –dijo Helen sin apartar la sonrisa–. Este verano guardaré la varita en el lugar más inaccesible. No haré magia, te lo prometo. Esto...
–¡Tenía yo unas ganas de verte! –exclamó el muggle al frenar bruscamente ante un semáforo que acababa de iluminar el disco rojo–. ¡Unas ganas locas! Esta noche te vienes a dormir a nuestra cama, como cuando pequeña.
La señora Nicked lo fulminó con una mirada de la que el pobre hombre no fue consciente. Helen se limitó a sonreír incómoda.
–Y he estado guardando todos los periódicos de estos meses para ponernos a hacer anagramas como locos –prosiguió.
–Oh... Gracias –respondió fingiendo una sonrisa que su padre admiró gustoso por el espejo retrovisor.
–¡Oh, cállate, Matt! –chilló la señora Nicked incorporándose sobre su asiento, que chirrió. El semáforo se puso súbitamente en verde y el auto arrancó con brusquedad, golpeándose la cabeza la bruja con el respaldo–. ¡Oh! Ten más cuidado. Conduces peor que los del Autobús Noctámbulo. ¡Uf! Y deja a tu hija de tonterías. ¿No ves que ya no le interesan vuestros aburridos anagramas?
El muggle se achicó en su asiento.
–No pasa nada, mamá... –participó Helen.
Un incómodo silencio se apoderó del interior del coche. Helen, entretanto, se quedó mirando por la ventanilla: veía pasar a los demás coches a una velocidad de infarto a su lado, pero lo cierto era que su padre sentía miedo a pisarle al acelerador. Alzó la vista y se encontró con la extensa pradera azul del cielo y se acordó, no supo por qué, de Remus. Había llegado el momento...
–Mamá, papá...
–¿Sí, Helen? –Se volvió hacia ella su madre.
–Tengo algo que contaros.
–¿Qué? –inquirió el señor Nicked manejando con rudeza el volante.
–Bueno, esto... Yo... Esto... ¿Os acordáis por casualidad cuando estaba a punto de entrar a Hogwarts de un sueño que tuve?
–¿Un sueño? –inquirió el señor Nicked.
–¿Al entrar a Hogwarts? –concluyó la señora Nicked–. No, no me acuerdo.
–Sí –exclamó Helen avivando sus mentes–, un sueño en el que veía un chico saliendo de un árbol. Os desperté a los dos.
–¡Ah, sí! –recordó de pronto la bruja–. ¿Qué pasa?
–Nada... –se intimidó–. Es que ya lo he conocido.
–¿Ah, sí¿Y cómo es?
–¡Oh! Es muy simpático¡y muy guapo!... –El señor Nicked le lanzó una cruda mirada a través del espejo–. Es... simpático.
La señora Nicked se volvió hacia delante y nada dijo. Helen, pensando que el tema se iba a enfríar, respiró hondo y asintió para sí.
–¡Estoy saliendo con ese chico! –exclamó a toda prisa.
El señor Nicked, sorprendido, blanco como la harina, dio un volantazo tan violento que se metió en la acera y a punto estuvo de arrollar a una viejecita de piernas delgaduchas, paso corto y ayudado de bastón y pelo blanquecino.
–Sinvergüenza –gritó la anciana alzando el cayado cuando el muggle, recuperado del susto, regresó a la carretera.
–¿Estás loca? –gritó el señor Nicked–. Tienes quince años. ¡Quince años! Si yo a tu edad era monaguillo. Y de los buenos¿eh? Vives en el pecado, hija. Helen, por favor, sujétame un momento el volante –le pidió a su mujer.
Ésta se apresuró a cogerlo, porque el muggle lo soltó sin aguardar su respuesta, se metió la mano en el bolsillo del pantalón, se sacó un pañuelo de tela de él y se secó el sudor de la frente y la cara.
–Madre mía, madre mía –iba diciendo por lo bajo.
–No sé qué tiene de malo, Matt –dijo la señora Nicked cuando su esposo retomó el volante y ella se apartó, con los brazos cruzados.
–¿Que qué tiene de malo? –gritó apartando la vista de la carretera–. ¡Helen!
–¡Matt! –lo remedó–. Yo a su edad también salía con un chico de la escuela.
A punto estuvo el señor Nicked de dar otro volantazo.
–¿Qué¡Ay, ay, ay! –Se apretó el pecho–. ¡Ay, Helen¡ay, Helen! –Soltó el volante y la señora Nicked tuvo que cogerlo a toda prisa, porque se desviaron peligrosamente hacia la derecha–. Helen... ¡Ay, Helen!
–¡Oh, cállate, Matt! –le reprendió–. Deja de hacerte el peliculero. ¡Y coge el volante ya de una vez, leche, que me voy a doblar la espalda! Y pisa los pedales, que nos estamos frenando...
Los coches que los seguían apretaron con irritación el claxon.
El señor Nicked, mirándola con los ojos entornados, la obedeció. Fue refunfuñando un rato hasta que exclamó:
–Pero ¿es que es ése el ejemplo que das a tu hija¡Lujuria, lascivia!
–¡Oh, cállate! Pero ¿te escuchas lo que dices? Estás enfermo. Ya hablaremos tú y yo cuando lleguemos a casa. ¡Qué bochorno!... Con razón tu hija no ha querido pasar con nosotros las vacaciones de Pascua. ¡Con el padre que tiene...! –Se volvió hacia su hija, sonriente–. ¿Y cómo se llama?
–Remus Lupin –respondió radiante de felicidad, pues aguardaba con impaciencia el momento en que se reanudara la conversación al respecto.
–¿Y es... guapo?
–Mucho.
El señor Nicked refunfuñó por lo bajo.
–Pero será también inteligente¿no? No nos irás a traer ahora un trol¿verdad?
–No... Es un chico muy aplicado.
–¿Y cuántos años tiene?
–Los mismos que yo. Está en mi mismo curso, aunque él está en Gryffindor.
–¿En Gryffindor? –inquirió con alegría la señora Nicked–. Un valiente, qué bien. Me llegas a decir Slytherin y... Bueno, no todos son malos, ya, pero cría fama... Pero, a ver, descríbemelo.
–Pues, veamos... Tiene el pelo castaño, así corto –le hizo una indicación con la mano, señalándole por encima de la oreja–, es alto, un poco más que yo, de figura atlética y con los ojos dorados. Espera, creo que aquí tengo una foto suya. –Se sacó la cartera del bolsillo con tal precipitación que algunos knuts se perdieron bajo el asiento de su padre; pero valía la pena para entregar aquel recorte amarillento que el agradable chico le había entregado días atrás para que, cuando ella se sintiera sola, lo mirara con esperanza, a poder ser bajo la luz de la luna–. Ten.
La señora Nicked la recogió intrigada y largo rato estuvo observándolo sin decir nada. Su marido, por su parte, sin perder de vista la carretera, lanzaba de cuando en cuando insidiosas miradas sobre aquel pergaminucho grisáceo del que no conseguía ver nada. Lo que encontró su mirada, en cambio, fueron los furibundos ojos de su mujer, recriminatorios.
–Es mono, sí –acabó sentenciando la bruja, y el corazón de su hija botó en su pecho feliz. Su madre, lejos de percatarse de ello, seguía atenta a la instantánea, aproximándosela más y más–. ¿Dorados? –preguntó la señora Nicked–. ¿Has dicho que tenía los ojos dorados, no?
–Sí, dorados –confirmó.
–Qué raro. ¿Es metamorfomago?
–No...
–Qué raro. ¿Y desde cuándo lleváis saliendo?
–Desde mediados de noviembre.
El señor Nicked dio otro pequeño volantazo.
–O sea, que va en serio... –lloriqueó.
–¿Y no has sido ni para contárnoslo desde entonces? –inquirió enfadada su madre.
Helen se sonrojó.
–Me daba vergüenza –reconoció tímidamente–. En Navidad no os lo dije porque me sentía tirante. Y me daba reparo contároslo por carta. Prefería hacerlo en persona.
–¡Ah!, eso está bien –la apremió la mujer, con tono triunfante.
–¿Qué bien ni bien? –escupió el señor Nicked–. Ahora mismo, cuando llegues a casa, lo llamas por teléfono y le dices que arrivederci, que si lo has visto no te acuerdas.
–No seas antiguo, Matthew –lo reprendió su esposa–. La niña ya es mayorcita para tener sus primeros novios. Además, ha dicho que es un chico aplicado. ¡Y que tampoco va a presentarnos a sus padres mañana!... –replicó.
–No tiene padres –confesó Helen irreflexivamente. La señora Nicked la miró lívida–. Su madre está muerta y su padre está en paradero desconocido. Lo persigue Quien-Tú-Sabes.
–¡Oh, pobrecillo! –se lamentó–. Qué pena, solo en la vida desde tan pronto. ¿Y con quién vive? Si vive en un orfanato, se podría venir a casa... –sugirió mirando a su marido de reojo.
–¿Estás loca? –gritó al dar un nuevo volantazo.
–No es necesario –respondió Helen–, vive con Dumbledore.
–¿Con Albus Dumbledore¿Y eso?
–Era amigo de la familia. Ahora se ha hecho cargo de él.
–¿Has oído? –comentó la señora Nicked a su marido–. De Dumbledore. Ese chico es buena pieza, te lo digo yo.
–Sólo hay un inconveniente... –habló la chica con voz melosa, arrastrando las palabras con su dulce tono adolescente–. Aunque no es realmente culpa suya. El pobre no lo ha podido evitar nunca. Y se siente muy desgraciado por ello. Me da pena.
–¿Qué le pasa?
–Es un hombre lobo.
Al señor Nicked se le volvió a ladear el automóvil y chocó con un Seat rojo, rompiéndole los faros traseros. El coche de las brujas se detuvo en seco y, a los cinco segundos, apareció el airbag del asiento del piloto, oprimiendo al muggle.
–¡Esto era lo que me faltaba! –dijo con el plástico en la boca–. Ayúdame, Helen.
Se apeó del coche y bajó a solucionar el papeleo con el otro conductor. La señora Nicked, aparentando calma, se volvió lentamente hacia su hija y le tomó una mano. Le habló con dulzura maternal:
–No quiero darle la razón a tu padre, hija, pero... Lo siento.
–No, mamá –respondió apresuradamente–. Es una persona excepcional. Y yo lo quiero.
–Pero, hija mía...
–Mamá, por favor, tú también no... Por favor... Lo amo. ¿Qué culpa tiene él de haber sido mordido¿Acaso alguien le pidió permiso? Mamá... Dijiste que mi adivinación era un don del cielo. ¿Por qué la suya iba a ser una maldición? Tampoco pudo escoger. Y yo lo quiero.
La señora Nicked, al verla tan convencida, asintió. Se volvió hacia delante, sacó un espejo de la guantera y se retocó las comisuras de los labios. Al terminar lo guardó y miró a su hija a través del espejo retrovisor. Le sonrió. Sin añadir ni una palabra, le asintió y paseó la mirada vagamente por la ventanilla.
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«¿Padre¿Padre yo¿A mi edad? –Las dudas asaltaban al pobre muggle, incapaz de relajarse reclinado en el sofá–. Me carcomen, a un mismo tiempo, la alegría y la duda. Pero ¿por qué? Debería ser más que feliz: un retoño que viene a endulzar mis tristes años de senectud y a paliar la soledad que acompaña a la presbicia, la alopecia y las canas... Sí, es eso. Soy un pobre muggle, chocheando ya, y temo no vivir lo suficiente para disfrutar de sus primeros pasos, sus primeros y graciosos balbuceos, su primer día en el colegio, su primer ligue, su primer hechizo... Padezco del corazón; sí, temo no poder darle un padre que lo quiera y lo proteja. –Suspiró profundamente–. Temo no vivir lo suficiente. Temo convertirme en un absoluto desconocido para él.
No debería temer mientras lo acurruque entre mis brazos.»
Y apretó fuertemente al dormido George contra su pecho. El bebé respiraba tranquilamente, como envuelto en la sensual paz que confiere la envoltura de una nube. Su padre lo besó tiernamente en la frente y, embelesado, lo contempló dormir mientras desterraba aquellas cuitas de su mente.
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«Pero ¿Por qué duermes aún? –La voz sonaba en el interior de su cabeza, como sonido de ensueño–. ¿Vacilas aún en si debes cruzar la luz o retornar junto a los que te quieren? Oh, Matthew. Eres el descendiente de una larga sucesión de hijos de Merlín, muggles todos, que nacieron de un squib que podía interpretar el futuro. El poder de tu hija, que también heredará el pequeño George, proviene de ti, no de Helen. También hay poder dentro de ti, aunque te niegues a creerlo, aunque te niegues a aceptarlo. Estabas destinado a estar aquí, en este momento, en estas circunstancias... Tendrás ocasión de demostrar tu valor, pues tu hora no ha llegado. Vivirás aún largos años. Verás incluso obrar a Tim Wathelpun y, a tu manera, demostrarás tu valor salvando a los tuyos. Despierta. Eso es, abre los ojos. Lenta, muy lentamente. Recibe la luz de la Vida, que aún abrazarás durante largos años. Despierta y cumple tu Destino, muggle.»
–¡Mira, tía Ángela! –gritó Helen–. ¡Papá se está despertando!
–¡Avisa a tu madre, por el amor de Rowling! –increpó ésta a su vez a su sobrina–. Ha ido a la cafetería a por un bollo para mí. ¡No, déjalo!, ya voy yo.
Y salió corriendo de la habitación. Helen, entre tanto, agarró la mano de su padre y comenzó a susurrarle palabras de aliento mientras las lágrimas le rodaban estrepitosamente. Era tanta la alegría contenida que el torrente fue en aumento. Su padre había vuelto, había retornado del coma, a su lado. Le estrechaba la mano con fuerza mientras se la empapaba de lágrimas y besaba con furia, como si la fuese a perder para siempre y necesitara apresarla una última vez.
–Helen... Helen... –musitó el fatigado muggle–. ¿Dónde estoy?
–Estás bien, papá, no te preocupes. Estás en el hospital. Te pondrás bien.
–¿Dónde está ese tremebundo muggle que me ha dado un susto de muerte¡Apartaos, apartaos! –Era la señora Nicked, arrolladora, que venía clamando por los pasillos. Al llegar–: Matthew... Mi Matthew. Qué susto me has dado, miserable. Oh, cuánto te amo, condenado. Cuánto te amo...
–Quiero... Quiero... –gimoteó en la frontera entre los dos mundos.
–¿Qué quieres? Dime, cariño mío.
–Quiero... comer. Quiero... Quiero... pan.
–Oh, por Rowling –exclamó tía Ángela entre indignada y divertida–. A este hombre no lo cambia ni un puñetero coma.
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Ea, otro capítulo que c'est fini. Sí, sí, el de las risas. Que espero que os hayáis reído mucho. Bueno, antes de pasar a otra cosa, os voy a mencionar una pequeña idea que he tenido y que, a mi manera, ya he puesto en práctica: como sabéis, desde hace algún tiempo, para no rayar en la impuntualidad y etc. (aunque ahora que tengo Internet no creo que fuese tan posible, la verdad), decidí no ofreceros una fecha de próxima actualización. Aunque ahora me fuera posible, como he dicho, por tener Internet, lo cierto es que las reservas de capítulos está disminuyendo a una velocidad increíble: ya sólo voy dos capítulos por delante de vosotros. Con esto quiero decir que lo que he decidido es que, cada vez que termine de escribir un capítulo de la reserva, actualizaré. Ahora, por ejemplo, acabo de ponerle fin a "En las entrañas del mundo o cópula lobuna" y ése es el motivo por el que actualizo. Tendríais que haberme visto en las vacaciones: al caer la noche, media hora antes de acostarme, me ponía el mp3 con la música de la banda sonora de Van Helsing (no es que mis gustos cinéfilos sean tan poco exquisitos ni que considere sus piezas musicales de entre mis favoritas, pero lo cierto es que me inspira los encuentros entre vampiros y licántropos... Y hasta aquí puedo leer) y tomaba papel y boli para hacerme esquemitas de la escena final del capítulo para, en cuanto llegase, poderlo terminar en un suspiro. Y voilà!!! Pronto lo podréis leer, paciencia. Ahora toca...:
Avance del capítulo 16 (LA REBELIÓN DE LA LUZ VIOLETA): Sirius y Helen enfrentarán sus diferencias crudamente; el motivo: Severus Snape. Después de muchísimo tiempo, por fin¡¡¡reaparecerá el personaje de Derek Howlsteel, el pequeño mordido por licántropo!!! Conoceremos interesantes datos sobre Fenrir Greyback que nos permitirán adentrarnos más y mejor en la guerra vampírico-licántropa. Y, finalmente, lo que da nombre al capítulo, sabremos de la rebelión de la luz violeta: como ha dicho en uno de sus "reviews" alguno de vosotros, «se viene, se viene...» Nuevos, más y mejores datos de interés para vuestras pesquisas, porque haremos un viaje..., un viaje que enfrentará a Remus consigo mismo.
Un saludo a todos y cuidaos hasta mi regreso.
