Quizá un poco más tarde de lo que esperaba, pero he vuelto, que es lo que importa a fin de cuentas. No sé si voy a poder ser tan extenso como me gusta acostumbrar (eso dependerá del momento y el tiempo que disponga, en verdad), pero... ahí va:

Respondo "reviews":

SEIN LUPIN. ¡¡¡Qué tal, Miriam!!! Bueno, imagino que al darle al botón para colgar este capítulo, el chip que dices que tienes en la cabeza (llámalo el inconsciente colectivo) se activará y te conectarás enseguida, con lo que podré disfrutar de tu mensaje próximamente. No apareces todavía como usuario registrado en lo que no sé si es cuestión de pereza a la hora de dejar un "review" o que todavía tienes problemas. Me parece muy grata la idea de que escribas para ti. Es la mejor manera de que aprendas a valorar tu propio relato, de que aprendas a interiorizarlo. Yo empecé de ese modo MDUL, y es el único que mantengo ahora en vivo, vamos, que continúo escribiendo. Y sí, por extraño que parezca, hubo una época en que estuve pensando incluso en dejar MDUL, dejarlo inconcluso me refiero, porque no me encontraba con ganas de casi nada y... la verdad es que este es un relato muy exigente y no le veo todavía el final. Pero le dedicaré el tiempo que sea necesario porque últimamente me estáis alentando de una manera que no os podré agradecer nunca. Por eso, desde la experiencia, te digo que nunca te desanimes con tus relatos; déjalos madurar, que es algo que sienta magníficamente. Haces bien en no presionarte. Hay personas que por publicar rápidamente en "fanfiction" escriben cualquier cosa. Bueno, ya escribiré un capítulo sobre eso... (y hablo completamente en serio, habrá un capítulo sobre "fanfiction"). Tienes toda la razón del mundo..., la infancia del señor Nicked es caso aparte. En algunos episodios creo que me he pasado un poco y, como ha señalado Melina muy acertadamente, mis objetivos morales han brillado por su ausencia. He tratado de hacer reír a toda costa y he olvidado algunos principios... Pero bueno. Lo que quería, simplemente, era hacer ver cómo ha llegado el señor Nicked a ser lo que es: porque toda personalidad es fruto de las circunstancias vitales que ha sufrido, y no podía dibujar un valle de rosas. De cualquier forma, quizá le haya quitado hierro con un humor excesivamente agrio, pero... Hay temas sobre los que es mejor hacer humor. Tranquila, yo no te haré ningún comentario sobre el séptimo libro, aunque me lo he leído hace muy poco... y ¡deseo comentarlo con todo el mundo! Sólo te diré que esperes con tesón y que ojalá que no encuentres ningún "spoiler", porque, a mi juicio, es un libro fantástico. ¿No he dicho nada sustancial, verdad? La película... No sé, tiendo siempre a decidir que mi película favorita es la última que veo, porque me parece más emocionante, atractiva, dichosa, que la anterior. Pero es que creo que ésta reúne todas esas características. Siempre va a faltar en el guion algo con lo que nos tiremos de los pelos... Pero yo creo que ésta ha estado bien resumida, y todo ha quedado perfectamente claro. Me ha encantado el final: esa batalla entre la Orden del Fénix y los Mortífagos es sencillamente... ¡magnífica!, como diría el simpático señor Nicked. Es que esa música que le han puesto es soberbia. La batalla entre Voldemort y Dumbledore también es de lo mejorcito... Aunque sin música (por eso no aparece en mi banda sonora); me recuerda al duelo entre Saruman y Gandalf en la primera entrega de "El Señor de los Anillos". La actriz que da vida a Dolores es, sencillamente, un crack, porque... ¡Dios!, no me he reído yo nada con esas sonrisitas suyas. La verdad es que estoy muy satisfecho con el resultado. Y volviendo un instante a MDUL, sé que queda aún mucho para tu personaje... El verdadero. Pero apareció otro, una vampiresa, y no sabía qué nombre ponerle. Se me ocurrió llamarla Seina Miriama en tu honor, aunque no tenga nada más. Pronto leerás su aparición, en un capítulo terriblemente triste. Y no te preocupes, siempre tendré capítulos con que sorprenderos. Me despido por ahora, un beso enorme.

MARCE. Hola, Marce. Un "review" corto pero encantador. Gracias. Antes de comentarlo sucintamente, me gustaría disculparme porque algunas veces, en el msn, he visto que me habías hablado, pero al estar "No disponible", no había podido decirte nada, y cuando aparecía, ya te habías ido. Siento haber parecido tan descortés en esos momentos, pero soy una cabra loca por Internet. Bien, volvamos al lío. Estás en lo cierto en muchas cosas y en otras, por el contrario, equivocada. Es lo que tiene la vida. Pero decir esto ya es mucho. Quiero decir, sabes que algo de lo que intuyes ha dado en el clavo, y eso debería ser un pensamiento muy alentador. No quiero decirte qué es para no desmontarte las restantes de tus hipótesis... El tiempo hará ese trabajo por mí. Y es cierto, la vida del señor Nicked es más triste que feliz, en verdad siempre pensé que debía de haber sido. Un hombre tan dichoso en su propio mundo, ajeno de las horrendas realidades que tenían lugar fuera de él, sólo podía haber sido criado en un mundo que le fuera adverso, y aquél debía de ser su caparazón para sobrevivir. Un caparazón que había sobrevivido con los años. Tenía que haberos alertado: el señor Nicked puede ser gracioso, pero su vida no necesariamente tenía por qué serlo. Pero es un pensamiento alentador suponer que, gracias a ese caparazón, ha sobrevivido hasta nosotros. En cualquier caso, sólo he tratado de ofrecer una imagen retrospectiva de la idea que yo tengo sobre el señor Nicked, de lo que debió de pasarle para que terminara convertido en el ser que es, carismático y risueño, gracioso en exceso: todo un personaje. En fin, eso es todo por ahora. Sé que nos volveremos a encontrar pronto de un modo u otro, porque suelo encontrar agradables mensajes tuyos por todos los grupos de msn por los que frecuento. Espero que te vaya muy bien en todo lo que sea que lleves entre manos ahora. Y te me cuidas, vale. Muchos besos.

PUNKITTY. ¿Qué se cuenta mi guitarrista favorita? Me alegro un montonazo de que el otro día hubiéramos coincidido en el msn, algo que parecía hasta ahora imposible, y que pudiésemos hablar por extenso sin interrupciones. ¡Es todo un lujo!... Pero no me contaste nada de tus experiencias musicales, de tus recitales. Sabes que siempre tienes una cita conmigo para contarme tus maravillosas experiencias, eh. Bueno, como te dije en el correo que te mandé, en éste te hablaba de temas más generales para dedicarme en la respuesta al "review" a las cuestiones más propiamente de MDUL. Y con qué mejor que empezar que la propia sinopsis ( XD ). Bueno, lo de drama, inglés y etc., fueron unos cambios que no tengo ni idea cómo se produjeron, porque un día no estaban, al siguiente sí, pero en fin..., gracias a vuestros avisos lo dejé todo nuevamente ordenado. En cuanto a la sinopsis en sí, el resumen del relato... ¡Qué pícara eres!, cómo te has dado cuenta. Hombre, en realidad no quería decir que fuese una exacta continuación de la saga de JK (a legua se ve que no lo es), sino que, como ya no hay nada más que leer sobre Harry Potter de la pluma de JK, ofrezco una alternativa, donde se verá una continuación algo más extensa. Pero vamos, que en todo hay picaresca, ya entiendes, y el que no mama no come... ( XD ). Y veamos..., en el capítulo anterior quería dar la impresión de que era el propio señor Nicked el que, como en sueños, trances durante el coma, tenía aquellas especies de ensoñaciones que eran como capítulos de su vida. Así que, en verdad, ese narrador era un narrador omnisciente que nada tiene que ver con el real que tengo pensado para MDUL, porque accede a unos pensamientos que sólo el señor Nicked conoce. Pero la naturaleza de estos pensamientos es ésta que te he dicho. En cualquier caso, muchas gracias por felicitar la forma de encauzar el humor de este capítulo. Lo cierto es que cada vez me resulta más difícil mantener ese tono desinteresado, porque... ¿será que cada vez me vuelvo más serio? Eso me ha llevado a plantearme lo mismo que te has planteado tú¿insertaré escenas de humor cuando aparezca MDUL? No te creas, me he parado a pensarlo muchas veces. Por una parte, el ambiente se va a enrarecer una barbaridad; pero por otra parte siempre he defendido que hay que mantener el equilibrio entre la intriga y el humor para no aburrir al personal. No sé cómo lo voy a hacer. En cualquier caso, el señor Nicked siempre será el señor Nicked, con Wathelpun o sin él. Pero intuyo que los momentos con verdaderas risas quedarán claramente mermados. Pero vaya, que hasta que no lo escriba, eso no lo tengo nada seguro. Bueno, retomando lo del capítulo anterior... ¡La verdad es que tienes un ojo, que das miedo! Sí había una escena que ya había aparecido anteriormente publicada, sin apenas cambios a como la presente esta vez: fue en el "Remus Lupin ama a Helen Nicked¿qué hubiera pasado si...?" La escena en cuestión es aquélla en que, estando en el coche del señor Nicked de camino a casa, Helen les dice que está saliendo con un hombre lobo. Ya lo había publicado, sí, pero me parecía una escena que no podía faltar, además de que mucha gente dijo que le había gustado. Tenía que incluirla en MDUL. Y, en fin, esto es lo que creo que han dado de sí los comentarios de MDUL... Espero que en adelante, y con algunas pistas que se vierten en este capítulo, tengas dispuestas algunas de esas hipótesis tuyas que sabes que con tanto gusto te ayudo a analizar. Pronto descubriremos la verdad. Por cierto, aún no le he encontrado apellido a tu personaje, estoy siendo algo descuidado. No te preocupes, al final tendrá uno, claro está. Pero, bueno, para que sepas cuando apareces y no te coma la incertidumbre, te adelantaré que apareces en un capítulo titulado "El hurto de un gran poder" de momento. Si le cambio el título será en una palabra o a lo sumo dos, pero llevo mucho tiempo pensando que es el mejor título para ese capítulo. Bueno, un beso, guapetona. Y espero no haberte aburrido mucho con esta sarta de comentarios sin causa.

DRU. Hola, qué tal. Me has hecho reír muchísimo con eso de que tu hermano es un "spoiler viviente". En fin, ya he terminado de leer el séptimo libro. Me ha llevado demasiado tiempo porque había perdido la costumbre de leer frente al ordenador y porque la vista se me cansa con demasiada frecuencia. Pero ya lo acabé y, a mi juicio, es un libro sensacional, un digno cierre para la saga. Y ya no te diré más. Hasta aquí puedo leer. Supongo que te gustará. Pues mira, yo pensaba que te ibas a reír con lo de la idea de la Liga de los Anti-Spoilers, porque yo mismo me reí cuando se nos ocurrió la idea a dos locos conversando por el msn. Lo cierto es que lo tenemos un poco descuidado todo, quizá porque todos los administradores hemos leído ya el séptimo libro y los ideales hayan muerto, o quizá porque ya no recibimos avisos de "spoilers" mal clasificados y no tengamos trabajo que hacer. Pero por un tiempo fue una tarea muy entretenida y muy grata he de añadir, porque hubo mucha gente que nos apoyó ante la adversidad y nos dijo que estábamos haciendo lo correcto. Eso siempre anima. En fin, espero que tu hermana no te cuente nada y te animo a que continúes tu espera. A mí me hubiera encantado (ya eran muchos los "spoilers" que me asaltaban, no podía esperar) aguardar a la publicación de la edición en castellano. Pero no me arrepiento de haberlo leído así, aunque haya roto mi tradición. Pero a ti sí que te animo. Un beso muy fuerte, Dru.

MELINA. ¡Hola! En primer lugar, muchas gracias por reenviarme el cuestionario contestado. Has sido muy amable en todo lo que has dicho sobre mí, pero exageras notablemente. ¡Yo no puedo ser tan buena persona! En segundo lugar, te mando todo mi apoyo y me confraternizo con la desgracia ocurrida en tu país. Hemos estado atentos al evento por los telediarios, pero... creo que la sacudida se ha sentido, al menos emocionalmente, en todo el mundo. En cualquier caso, también tenía que aclararte que no soy mexicano como supones, sino español. Vivo en la ciudad de Córdoba (Andalucía), bastante cerca del punto más cercano de Europa con el norte de África. Pero, bueno, en cualquier caso me alegro de haberte conseguido despegar alguna sonrisa de tu amable rostro. Y eso aunque digas que ha habido aspectos con los que no congracias en absoluto. Y, después de pensarlo detenidamente, estoy completamente de acuerdo contigo. Tienes razón. He pretendido crear tantos chistes que han terminado por volverse hirientes... Por eso me repatea que no me digáis abiertamente vuestras críticas. Quiero decir, que no hacía falta tanto preámbulo de "espero que no te molestes" y etc. ¡Yo nunca me molestaría por algo así! En caso de no estar de acuerdo, sería tu opinión y ya está. Pero, bien pensado, tienes razón. Además, si no pudieseis expresar libremente lo que juzgáis sobre lo que leéis¿qué sentido tendrían los "reviews" si no?... Vamos, que en adelante digas lo que se te antoje sin temor a que me pueda sentar mal. Como has visto, en esta ocasión no ha sucedido así. Acepto que tienes razón. Hombre, lo de la brújula literaria y etc., como que me he sonreído, porque no creo que yo pueda enseñar mucho a nadie a través de esto; quiero decir, que nadie pueda adquirir algún conocimiento aprovechable leyendo las tonterías que se me puedan ocurrir en una noche de verano. Pero te agradezco, aún así, la mención. Por cierto, he quedado muy interesado con el tema de las mandalas (no sé si lo he escrito bien), y me encantaría recibir información por correo (parece que me estuviera suscribiendo a un catálogo...). Será casualidad seguramente lo de las coincidencias con el significado de colores y etc. Nunca he creído que fuese muy sensitivo en cuestiones de ese tipo. Aunque durante un tiempo tuve algunos encuentros con una chica árabe con la que nos comunicábamos en un extraño inglés chapurreado toscamente, una chica que sabía muchísimo de muchísimas cosas, había estado en no sé cuántos países y tenía ciertas capacidades psicológicas o... no sé describirlas, pero la cuestión es que me dijo que había sentido que yo era espiritualista y que tenía que encontrarme para encontrar a los demás. A veces el Espiritualismo ha venido a mí, pero siempre lo dejó pasar porque... bueno, no sé, hasta que llega otra época en que viene de nuevo a mí por circunstancias inesperadas. Bueno, me estoy enrollando. Vamos, que si quieres puedes aprovechar el correo electrónico y me mandas todo eso, que yo lo leo gustoso. ¡Ah! Y mi cumpleaños es... (mira que no quería tener que decírselo a nadie, jaja) el 31 de agosto. Vamos, a un tiro de piedra. Voy a cumplir veintiún tacos, qué viejo. Bueno, y eso, y ya aprovechas el correo si quieres para comentarme todo sobre HPandtheDH, que antes de leer tu "review" ya lo había terminado, conque ya sabía lo que pasaba con el espejo y la varita esa. Pero eso, mejor me lo comentas por correo, que todavía hay personas que no lo han leído, me consta, y no quiero que lean nada por equivocación, me sentiría terriblemente mal por ellos. Además, con muchos de los que me dejan "review" mantengo largas conversaciones por correo electrónico y me pregunto por qué no podría hacer contigo otro tanto. Es más, hasta no me importaría leer esas disparatadas hipótesis previas tuyas sobre el séptimo libro, jeje. En fin, te dejo. Cuídate mucho y besos.

(DEDICATORIA: A todos los que leáis MDUL, que en este momento no tengo una dedicatoria clara. Pero especialmente a todos los que me endulzáis últimamente con vuestros simpáticos comentarios, así que vosotros mismos os daréis por aludidos. Gracias.)

CAPÍTULO XVI (LA REBELIÓN DE LA LUZ VIOLETA)

–¡Estoy por aquí!

La indicación fue expresada en apenas un susurro difícilmente audible. Pero fue suficiente, no obstante, para que Helen diese con el camino exacto en aquel corredor oscuro repleto de aulas vacías a un lado y otro, cerrada la noche, y la figura, toda envuelta en suaves confecciones negras como acostumbraba, de Severus Snape apareció ante ella como un fantasma envuelto en brumas. Un fantasma, cabe matizar, que sonrió contento de verla. Adelantó su mano y la mujer la estrechó con dulzura, como si fuesen, simplemente, dos viejos amigos que se reencontraran después de una larga ausencia. Las estrellas que espiaban desde lo alto no presenciarían una cita romántica ni un beso hurtado cuando ya no había tiempo que dilatar, Severus había entendido eso mucho tiempo atrás. Y se conformaba. Ahora la tenía frente a sí y la idea de escucharla, hablarle, se hacía más grata que la perentoria de poseerla y terminarla perdiendo.

–Hace una noche extremadamente cálida –intervino Helen.

–Pronto arreciará el calor –matizó Snape atreviéndose a dar los primeros pasos, pronto acompañados de los de la adivina, que se le unía en la improvisada marcha por el castillo–. ¿Remus está bien?, leí en la prensa lo del vampiro.

–Sí, sí, está bien. Gracias. –Le sonrió afectuosamente.

–Quise haberle mandado una nota para interesarme. –La puntualización siguiente la articuló ligeramente avergonzado–. Pero no sabía cómo se la tomaría.

Fue Helen quien detuvo el paso, dirigiéndose hacia el hombre. Le puso una mano sobre el brazo y, sonriéndole, le replicó:

–Es un licántropo, Severus. No un monstruo. En mi casa todos te respetan. Y, a su manera, te quieren. En ella nunca serás mal recibido.

El mago sólo supo responder a aquellas amables palabras con un vago gesto facial que pretendía, en principio, emular una tibia sonrisa. Reanudaron el paso. Severus pareció precipitarse de pronto introduciendo su mano derecha en su faltriquera. Extrajo una poción que mostró a la adivina, la cual no mostró apenas interés, extraño proceder en ella. Aquello distrajo al pobre hombre, que no supo articular las primeras palabras e inició su parlamento tartamudeando:

–He realizado algunas precisiones sobre la anterior muestra. Descubrí que el anterior índice...

–No te molestes –lo interrumpió sin pretensiones maleducadas–. Ya está casi lista. Pronto haré la noticia pública.

Severus no apuntó nada. La seguridad de Helen lo dejaba sin palabras. Era la única persona que conseguía silenciarlo. La observó unos instantes mientras caminaba en silencio, y ella hubo de percatarse, pues alzó el rostro hacia él, sin detenerse, y le sonrió.

–Helen... –empezó a decir, pero ella no le dejó hablar.

–Desde hace unas noches estoy inquieta, Severus. –Tomó una pausa, esperando a que su acompañante se interesará por la casuística de su malestar. Sin embargo, el hombre no parecía dispuesto a interrumpir su parlamento, como un canto de sirenas, con palabras inquisitivas que evidenciaran una prisa inexistente; no quería que el tiempo corriese aquella noche de luna llena–. Estoy inquieta –prosiguió–, como si una amenaza invisible nos fuese cercando. Siento dentro de mi corazón un murmullo constante, como de voces que me avisan. He rezado pidiendo una visión, pero los Cielos no están de parte estos días de los que imploran. Están de parte de los que maquinan y traicionan. –Los ojos de la bruja, sin intención malévola ninguna, se posaron como garras de águila sobre los negros zafiros de Snape, quien sintió el suelo hundirse bajo sus pies y el estómago encogerse en sus entrañas a causa de aquel inocente gesto–. Siento que la hora señalada por los oráculos se adelanta. Alguien quiere destruir la realidad que conocemos. Y la intuición me dice que engañarán a Remus para conseguirlo.

–Tu intuición es buena, no en vano eres adivina, pero no han sido estas noches creadas para buenos pensamientos –trató de tranquilizarla Snape deteniéndose ante el vano de un ventanuco alargado. Se asomó, apoyando firmemente los brazos sobre el alféizar, y obligó a la bruja a acompañarlo–. Hasta yo percibo una sombra mefítica que ahoga esas hermosas estrellas que nos observan más allá del control de aquélla, demasiado lejos para avisarnos del peligro.

–Siempre has sido un hombre intuitivo, Severus –sentenció la adivina–. No es extraño que veas aquello que los demás desean negar.

Callaron súbitamente. El mago aprovechó aquella ocasión para desatar su lengua y dar rienda suelta a los pensamientos que, instantes atrás, la adivina había dejado impelidos bajo una revelación de la que Snape se sentía sumamente agradecido, como si nada pudiese negar ya una evidente amistad entre ambos.

–Helen... No sé cómo puedo agradecértelo. –La mujer lo dejó terminar sin interrumpirlo, aunque la intrigaba desconocer qué era aquello por lo que él tenía que agradecerle nada–. Todos lo piensan, y yo lo pienso aún. Después de lo que os hice, de lo ruin que me comporté, disfrutar aún de tu compañía, de tus amables palabras... Helen, eres demasiado benevolente. –Aquélla sonrió para sustraerle importancia al halago–. Es cierto. Ni siquiera puedes confiar en tu Legeremancia; conozco la Oclumancia y tus ojos jamás podrán penetrar en los míos.

Aquella analogía dejó en suspenso las palabras de Snape, que sintió un fuerte dolor en el pecho, como si realmente desease que los ojos de ella se posasen sobre los suyos, sólo que en modo bien distinto al que acababa de describir. Aquel descanso fue aprovechado por Helen, que apuntó al cabo:

–De igual modo que el psicólogo sabe reconocer el carácter de su paciente por el rostro, mucho antes de que le haya preguntado, ya igual hago yo. Sin necesidad de hacer uso de mi Legeremancia, creo reconocer cuando me mienten. Y cuando no. Imagino que tú podrás hacer otro tanto, Severus –su tono se iba consumiendo conforme avanzaban las palabras–. Quiero decir, tu don de la Oclumancia te ha enseñado a mentir de modo que ya ni precisas cerrar tus ojos para que no lean tu alma. –El hombre parecía dispuesto a intervenir, corregirla, pero Helen no se lo permitió–: No tienes nada que agradecerme, Severus, es absurdo. El rencor que te guardé durante un tiempo, si bien no injustificado, está de más. Sabes que no soy así.

–Me siento muy avergonzado por mi comportamiento de aquellos días...

–Y ya hablamos de ello... –lo interrumpió Helen–. Déjalo. Lo pasado, pasado está. Te lo dice una adivina. –Ambos rieron la gracia–. Tu desconsuelo, tu mortificante conciencia, es tu mejor aval, créeme. Pero créeme también que no hay necesidad de mantener una situación insostenible por más tiempo. Somos personas adultas.

–Gracias... –acertó solamente a concluir Snape.

–No hay de qué –respondió ella–. Y ahora debería irme. Remus está a punto de salir de su... Despertará en breve –concluyó con una mueca bucal que el profesor de Pociones supo interpretar correctamente.

–Sí, yo también debería seguir mi guardia –apuntó él–. Ha sido un verdadero placer reencontrarme contigo. ¿No quieres visitar a tu hijo?, por cierto. Creo que la dama del cuadro de entrada todavía te dejaría entrar.

–Oh, no –sonriendo–. La luna llena está en declive, tengo que irme a prepararlo todo. Los años de Remus nos pesan a todos, a él más que a nadie, y sus reconversiones humanas son cada vez más dolorosas. Estoy deseando que acabe esta pesadilla –sonriendo descaradamente, como quien quiere hacer pasar de largo un pensamiento sombrío–. Imagino que Matt estará dormido, no quiero despertarlo. ¡O quizá esté preparando su baúl!, sabes cómo es de desordenado. En tres días lo tendré que sufrir en casa a diario –dijo en broma, pues no era aquél el verdadero sentimiento de la amantísima matriarca–, dejémoslo disfrutar todavía un poco más de sus amigos y de la intimidad.

El hombre la sujetó del brazo para impedir todavía que se fuese.

–Aguarda –dijo. Helen sintió un vacilante miedo por un instante–. Te enviaré una poción reconfortante para Remus tan pronto como llegue a mi despacho. Sé que su elaboración no se te da muy bien.

–Gracias, Severus. –Y alejándose–: Te llamaré un día de éstos para tomar un refresco. A menos que me digas que estás ocupado.

El hombre no apuntó nada. Dejaría que se marchara con el suave susurro de su voz aún produciendo eco en sus oídos. Nada le impediría el reencuentro, eso era claro.

Cuando iba a torcer el corredor en dirección al Gran Comedor, en cuyas chimeneas podría hacerse desaparecer, proveniente del opuesto, un brazo envuelto en sombras la agarró fuertemente y tiró de ella hacia la oscuridad. Estuvo tentada de gritar, pero la mano que no la aprisionaba le impidió aquel natural gesto taponándole los labios. Sólo se tranquilizó cuando un haz de luz rodeó el rostro de Sirius, que observaba a la adivina con un brillo furibundo en la mirada.

–¿Qué haces tú aquí? –le preguntó la mujer desasiéndose de su lazo.

–Buena pregunta, pero ¿no crees que soy yo el más indicado a hacértela¿Qué se supone que haces aquí? Por el amor de Rowling¿estás loca? –Tras un instante, como si considerase que la aclaración era necesaria–: Te he visto llegar gracias al Mapa del Merodeador. Se lo tuve que requisar el otro día a tu hijo por... Bueno, lo tengo yo por unos días, eso es todo. –Y retomando el tono mordaz–¿Qué hacías con Severus? Al principio pensé que venías a encontrarte con tu hijo, con McGonagall, incluso conmigo, pero... pero ¡él¿Acaso no recuerdas lo que hizo en el pasado¿Acaso has olvidado ya que fue el causante de que tu matrimonio casi se fuera a la mierda?

–No, no lo he olvidado, Sirius. Y, si te empeñas en recordárnoslo siempre, ninguno podrá olvidarlo nunca.

–¡Como tendría que ser, en verdad! Joder, Helen, que pareces nueva. ¿No ves que no te puedes fiar de él?

–Vaya... –Su tono era irónico–. Sabes, y yo que me pensaba que de un tiempo a esta parte, desde que sois compañeros en Hogwarts, Severus y tú habías dejado al margen algunas de vuestras idiotas diferencias.

–¡Eso no viene al caso! –recriminándole el que consideraba un golpe bajo–. En el fondo nadie se puede fiar de Severus. Y tú menos que nadie. ¿O es que no lo ves claro? Esta noche te ha hecho venir para flirtear contigo.

–¡Oh, por favor...!

–Ni por favor ni nada. ¡Helen, entra en razón! Es Severus. Por Rowling bendita. ¿Es que no tienes consideración? Es luna llena, Remus las está pasando canutas y tú pasándote vuestro matrimonio por la piedra viniendo a ver, a escondidas, al hombre que casi hunde vuestro amor a la altura del betún.

–Sirius, eso sí que no te lo consiento. Cierto, es Severus. No he venido a ver más que a un amigo que, como tú, también se equivoca de vez en cuando y sólo reclama, más de lo que debiera, ser perdonado. La diferencia entre él y tú, sabes, es que su error, su pecado, fue amar, y el tuyo, odiar. Él me amaba a mí y, ciego, hizo lo impensable, con graves consecuencias para la conciencia de sí mismo. En cambio, tu error, tu pecado, es odiar, odiar a Severus con todas las fuerzas de tu corazón. Severus es cuanto es por tu miserable culpa, Sirius; por tu miserable actitud de niñato insolente, de chulo, que no has perdido aunque ya no tienes quince años. James y tú convertisteis a Severus en lo que hoy es, un ser que se desprecia a sí mismo porque siempre se supo despreciado de todos por vuestra culpa, vosotros, que os creíais más gallitos que nadie por patearle el culo a un Slytherin que...

–... Un Slytherin que no era manco precisamente, Helen –la corrigió–. Era un defensor de las Artes Oscuras.

–Cierto. Y tú, con quince años, muy preocupado por la defensa del colegio y de sus integrantes, exponías a Severus a vergonzosos actos públicos no por orgullo propio, no para demostrar tu hombría con juegos de escaso gusto, no; hacías todo eso para salvarnos de las terribles garras de un mortífago en potencia. –Con evidente ironía–: No sé, Sirius, cómo no te han puesto todavía una estatua en medio del callejón Diagon. El letrero diría: «Al chulo que no sabe perdonar a los demás porque ni sabe reconocer sus propios defectos.»

Y, con pasos acelerados, se alejó del animago, evidentemente desarmado después de las postremeras y fulminantes palabras de su amiga. Ésta, no contenta al parecer con el resultado, aún tuvo a bien lacerar el discurso con la siguiente epifonema:

–Puede que sea cierto eso de que Severus es un tipo despreciable. En eso no ha de diferenciarse mucho del resto de los mortales. La diferencia está en si tú, al contrario que él, careces de la humanidad suficiente para admitir tu propia repugnancia, tus propios defectos, para saber ponderar con exacto metro los de los demás.

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Llevaban los niños largo tiempo sin encontrarse, y aquello, como en todas las relaciones de causa y efecto, resultó la causa imprescindible para un reencuentro de los que los de sensibilidad superflua tildan de emotivo. Nathalie y Derek Howlsteel se abrazaron, como dos adultos de cuerpos diminutos. El muchacho mostró sus nuevos juguetes a su amiga, como joyas de un tesoro milenario que sólo los ojos infantiles sabían valorar. Se sentaron en el suelo y participaron de ese intercambio verbal tan característico de los niños, tan falto de contenido pero tan lleno de forma, de expresividad. Pronto se revolcarían por entre la hierba del jardín, buscando orugas, ayudando a las hormigas a salvar distancias imposibles en pos del hormiguero y observando las informes nubes del azul del cielo, que para ellos eran, ni más ni menos, barcos de magos piratas que surcaban los firmamentos en busca de la auténtica libertad. Le mostró también el chico su pelota nueva, con algunas propiedades algo distintas a las muggles que no trataremos aquí en este momento, y chutaron a sus padres, unas veces con más acierto y otras con menos, pero siempre risueños. Finalmente, se besaron, se dieron ese beso tan cauto y pueril en los labios que agrada más a los padres que los ven que a los pobres niños que son, a un tiempo, agente y paciente, pues su corta edad todavía les oculta el verdadero valor de tan simple y complejo gesto.

–No es preciso que después vengas a recoger a la niña. Si quieres, yo misma puedo alargártela a casa a la hora que me digas –le dijo la señora Howlsteel.

Cuando, después de haber comprobado que los niños estarían seguros, sin alejarse mucho, comenzaron a caminar en dirección al porche, Remus dijo al fin:

–¿Cómo fue? –Sin más. Parecía el retazo restante de una conversación truncada, tiempo atrás. Pero no era así. En verdad, más bien era una conversación pendiente, una conversación de la que tanto uno como otro conocen los preliminares, absurdos preámbulos en los que no se van a entretener–. ¿Estáis todos bien? –concluyó.

–Sí y no. Nunca lo he pasado peor en mi vida, Lupin. Bueno, a excepción del ataque que sufrió Derek –se corrigió la señora Howlsteel, que hablaba con apenas un hilo de voz–. Apenas fue un momento. Era una criatura enorme, horrible, mostraba con rabia los afilados colmillos y sus ojos centelleaban en la incipiente oscuridad de la noche, así lo describió mi marido. Él fue quien lo descubrió. Lo alcanzó con una maldición cuando se aventuró dentro del jardín, pero erró el tiro. El licántropo salió huyendo como alma que lleva el diablo. –La consiguiente pausa provocó que se intensificase el valor de la pregunta consecutiva–. ¿Qué demonios quieren de él?

–Iniciarlo –contestó Remus francamente–. Los licántropos necesitan numerarios que compongan las filas de sus huestes. Pero hay algo que no entiendo. Hay otros licántropos por hoy, recién mordidos también o con cierta antigüedad ya en esto de las transmutaciones nocturnas, pero nadie ha pasado a reclamarlos. No sé por qué el caso de Derek es distinto.

–¡Es por mi hermano, ya se lo dije! –exclamó rompiendo a llorar al fin–. ¡Mi hermano Fenrir tiene que estar detrás de todo esto!

–¿Fenrir? –la increpó Remus–. ¿Fenrir Greyback?

La mujer asintió lentamente mientras se sorbía las lágrimas. Remus pensó que era un estúpido por no haber caído antes en la cuenta. Claro, ahora lo veía claro. Cuando hablaron de él, la señora Howlsteel lo llamó Fen. Era el diminutivo que utilizaban en el ámbito familiar. Ahora, en aquellos oscuros tiempos que corrían, toda la comunidad mágica conocía su nombre, no el simpático y monosilábico que escuchase por primera vez, sino el tremebundo y sentencioso de Fenrir Greyback, que ya había llenado algunos rótulos de periódico en las últimas semanas. Su sola mención provocaba hasta en los de corazón menos cobarde arrebatos próximos al pánico, y había sustituido al sacamantecas, al hombre del saco y otros muchos títulos legendarios en los relatos que las abuelas contaban a sus nietos para disuadirlos de tal o cual actitud o comportamiento; si no obedecían, les esperaba una dentellada horrible y segura.

–¿Fenrir Greyback? –volvió a decir Remus, más hablando para sí que preguntándolo.

La señora Howlsteel, relativamente repuesta de sus recientes sollozos, apuntó:

–Creía que ya le había hablado de él, señor Lupin. Sí, él es mi hermano. Greyback era mi apellido de soltera. Doy gracias al Cielo por estar ahora casada y por que todos me conocen como Howlsteel; de lo contrario, hasta piedras me tirarían por las calles. –Hizo una pausa. Remus estuvo tentado de decirle «no exageres», pero no lo encontró oportuno y calló–. Creo que es mi deber decírselo, Lupin, creo que fue mi hermano Fenrir quien lo mordió. –La expresión de Remus fue suficiente, no hacía falta ya que de su boca expirase un «¿cómo?» o «¿qué» que en nada vendrían a reforzar lo que sus músculos de la cara, tensándose, habían dicho ya–. Desde hace unos cuantos meses estoy convencida. Hace un tiempo leí la biografía que se publicó sobre usted, me la regaló una vecina que... Bueno, la cuestión es que la leí. Y comprobé algo que me horripiló. Yo misma encontré a mi hermano Fenrir la mañana que sucedió a la noche en que lo mordieron. Era la costumbre. Mis padres hubieran preferido que muriera por ahí, indefenso, antes que lanzarse a su búsqueda. Yo era la única que lo quería aún, aunque él no era capaz de advertirlo y mucho menos de correspondérmelo. Lo hallé a las afueras de Hogsmeade, no muy lejos de donde vivíamos nosotros. Estaba más débil que nunca, como si hubiese realizado un esfuerzo sobrehumano. Todavía estaba despierto cuando lo hallé. Se limitó a decirme: «Anna, un nuevo orden se impone. Un orden licántropo. ¡Todos seremos ahora inmortales!» Y se desmayó. Como pude, lo trasladé al inmundo cobertizo en que se resguardaba de las inclemencias del tiempo desde que mi padre lo echara de casa. Allí, de cuando en cuando, le dejaba comida, se la dejaba en la puerta y me iba; él nunca llegó a saber, o eso creo, que era yo gracias a la que ocasionalmente podía comer caliente. Mis padres me riñeron por haber salido sola en su busca, por haber salido en definitiva. Era muy pequeña, tendría sólo doce o trece años, y creían que mi hermano no respetaría parentesco ni amistades, como así parece que es en efecto. Días más tarde saltó la noticia de que habían mordido a un niño muy pequeño. Mi padre estuvo tentado de matar a su propio hijo, despellejarlo vivo. No podía recordar el nombre, pero, después de leer la biografía y comprobar la fecha de su mordedura, no cabe duda...

–No es posible –la interrumpió Remus, que, no obstante, había escuchado el resto de la historia por curiosidad–. A mí me mordió otro hombre. Mi padre lo mató nada más hincarme el primer colmillo. El licántropo que me mordió no sobrevivió a aquella noche.

–No sé. Quizá las coincidencias sean sólo eso, coincidencias –habló la mujer con relativa contrariedad–. Pero no olvidemos lo esencial, Lupin. –El mago cabeceó como queriendo otorgarle la razón, pero no apuntó nada. La dejó hablar a pesar de que su información al respecto era más rica que la de ella, téngase en cuenta que es la cabeza de un Gobierno y nada se conoce que no pase por sus oídos. Quizá fue ésta la verdadera razón por la que no la interrumpió durante el primer momento, para recibir de ella toda la información posible, pues la suya ya le pertenecía y de nada le servía, para sus propios intereses, repetirla–. ¿Recuerdas¡Apenas se había puesto el día! Todavía no puedo entender cómo estaba allí. No cabía duda, ya estamos acostumbrados a reconocer las diferencias entre un lobo y un hombre lobo –dijo con cierta acritud en el tono–. Y aquél era un licántropo sin duda. No tengo la menor idea de cómo, pero sospecho que algunos licántropos –observó detenidamente a su interlocutor, como preguntándole si era pertinente el uso del indefinido o quizá podía utilizar un totalizador– han encontrado el modo de transformarse en su forma lobuna a placer.

–Así es –confirmó Remus con voz perentoria–. El Ministerio lo sabe desde hace algún tiempo, los ataques no dejan lugar a las sospechas. Se han multiplicado los ataques licántropos, las muertes, los avistamientos, todo, y el Ministerio desconoce cómo o por qué es posible este hecho. Sólo saben lo que yo, en calidad de licántropo, puedo decirles: que no es un hecho natural, un accidente evolutivo, que yo no puedo transformarme a mi antojo. Y eso nos ofrece una idea aproximada de la magnitud del conflicto al que nos enfrentamos. Ha nacido, por así decirlo, una nueva licantropía, sabe Rowling de que más es capaz. Esto es –apuntó con tono grave– una guerra, señora Howlsteel.

–Sí, sí, no me cabe duda. Leo los periódicos. Transilvania, como era de esperar, se ha convertido en un vertedero de sangre de lobo y vampiro. Si continúan a este ritmo, una de las dos especies quedará exterminada. –En el tono que empleara no se apreció una mínima nota de acritud o pena ante el pensamiento que acababa de exponer.

–No todos vamos a participar en esa guerra injustificada, sólo generada por odios pretéritos y rencores transmitidos cuidadosamente de generación en generación –comentó Remus con un deje divertido en la voz, como si se estuviese imaginando a sí mismo en medio de la batalla, al frente de una numerosa hueste, arrancando a bocados las alas quejumbrosas de un vampiro joven.

–Comprendo. Pero quizá sea la guerra la que acabe llegando hasta usted. Ya se sabe el dicho, si Mahoma no va a la montaña... –El gesto del licántropo se endureció, como si pensase que las palabras que emitiera ésta sin pensar quizá demasiado en las consecuencias estuviesen más plagadas de verdad de lo que nadie imaginaba–. También leí en El Profeta el ataque del vampiro.

–Un asunto desagradable. Y no está claro que sean vampiros los que están detrás de él.

–Pero... ¡Pero apareció un vampiro dentro de una caja dirigida a su despacho y usted aseguró a los medios que, de no haber sido por la intervención de su secretaria, lo hubiera mordido!

–Sí, sí, así fue en efecto. Pero el vampiro no llegó allí por su propia voluntad. Y dudo mucho que sus congéneres lo hubiesen camuflado en un embalaje de cartón, a punto de la asfixia, sólo para sorprenderme en mi despacho, rodeado de guardias. El vampiro me creyó una amenaza, sin duda me reconoció o reconoció mi condición licántropa por mi mirada, se lanzó sobre mí en su forma animal y, por suerte, mi secretaria Thorny lo alcanzó a tiempo de evitar lo inevitable. Todavía recuerdo su mirada. Aquel murciélago, después de recibir el maleficio, cayó al suelo en su forma humana. Era una mujer atractiva, de dulce gesto aunque contrariado. Se asustó cuando me acerqué a ella y le tomé la mano. Se desintegraba, por supuesto. La incidencia del sol la consumió en unos segundos, pero suficientes para ganarme con mi gesto su confianza y para que me dijese, en un estertor mortífero: «Perdóname. Los tuyos...» –Tomó una larga pausa–. Fue una lástima que muriera, ahora no puedo comprobar si son ciertas mis sospechas. Creo que la pobre vampiresa no era más que una presa de guerra para los licántropos, que se aprovecharon de ella para fingir un ataque vampírico. Largo tiempo hace que sé que desean mi participación en la guerra, la contribución ministerial de Gran Bretaña para arrasar a las hordas vampíricas. No había malicia en los ojos de aquella vampiresa; tan sólo terror y disculpa. Además, portaba la insignia de colaboración de la vampiresa-jefa de Transilvania... –dijo finalmente, como si aquélla fuese excusa suficiente para liberarla de todas las culpas.

–En cualquier caso, esa guerra, esa guerra que en un principio no parece atañernos ni a ti ni a mí, a ambos nos ha llegado. Comprende que no puedo seguir así.

–Apostaré aurores en las puertas, en las...

–Ya los pusiste, ya los doblaste en número, y no surtieron efecto. –Su voz había denunciado cierto malestar. Pero, como seguía agradecida por el interés que aquel hombre mostraba por la seguridad de su familia, le sonrió amablemente, demostrándole que, junto a su desesperanza, seguía albergando cariño hacia él–. No se puede hacer nada, Remus. Mi hermano, por las razones que fueren, quiere a mi hijo... Tú tienes tres hijos, Lupin. ¿Qué harías tú en mi situación? –El silencio de él fue la respuesta que ella aguardaba–. Tenemos que huir, huir lejos, donde no nos encuentren.

–Huir no es la solución –replicó Remus disuadiéndola.

–Mi marido ya ha pedido el traslado –confesó y fueron aquellas palabras con las que deseaba terminar de disuadir al licántropo, impedir que retomara un discurso, en vano, con que tratase de convencerla a obrar de modo contrario al que ya tan interiorizado tenía–. Pasaremos una temporada en el extranjero. Al menos hasta que las aguas vuelvan a su cauce. –La mujer, resuelta, puso una mano sobre la de él–. Gracias por todo lo que has hecho por nosotros, Remus. Esta familia jamás podrá devolverte todo lo que has hecho por ella.

Pero no sabía que llegaría el día en que todo sería devuelto.

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–¡Cobarde!

El insulto golpeó el espejo y fue devuelto por el reflejo a aquella que lo profiriera. La luz violeta ocultó sus ojos con sus manos translúcidas y dejó que un mar de lágrimas violáceas se derramara por ellos, como un vino amargo que ninguno puede beber sin sentir la desazón de los ojos que lo lloraron. Entre sollozo y gemido, revuelta en furia y desazón, golpeó el propio espejo en que contemplaba su propia imagen, tirándolo por los suelos y destrozándolo en añicos incontables. El ruido, sin embargo, del destrozo, apenas alcanzó el piso superior, o quizá fueron los múltiples lamentos de la entristecida luz, que seguía insultándose y profiriendo a voces su desgracia, los que lo amortiguaron.

–¡Cobarde¡Malnacida! En mala hora –se decía arrojando objetos que iban a dar contra las paredes y salían rebotados con furia, como por arte de magia–. Te odio, te odio y te desprecio. Ojalá no hubieras nacido nunca, insolente. –Trataba de infligirse a sí misma daño, pero las garras de una luz apenas dañan al rayo. Cayó de rodillas, desolada, las mejillas surcadas de velos morados, como un arándano podrido–. Sola en el nido de la serpiente. Si tuvieses el valor necesario, harías lo correcto.

–¡Cállate ahora mismo! –Los ojos de la pitia aparecieron furibundos en el rincón más umbroso del oscuro sótano. A continuación, lentamente, el resto de su ciego cuerpo–. Calla, niña, o habré de sentir vergüenza de ti. Te elegí mi sucesora y como tal te habrás de comportar.

La luz violeta se levantó lentamente del suelo. Irradiaba su mirada un furor, una luz, que la pitia, estupefacta, descubrió enseguida. Rebelión. Afirmó en su mano la anciana su cayado milenario y lo apuntó hacia la luz, como preservándose de un ataque o presta a ser la autora del que se lanzara, pues se dice que la mejor defensa es siempre un buen ataque.

–Niñita... –intervino con voz almibarada–. Somos protectoras de un legado mayor que nosotras mismas, de un don del que no nos servimos sino al que hemos de servir. Podríamos hacer tantas cosas... ¡Tantas! Pero entonces ni tú ni yo estaríamos aquí, pues no existiría el destino. Delfos sería un prado donde pastarían las ovejas de Apolo y yo vería y tú, que eres la luz, estarías ciega. Ciega –su tono comenzaba a recrudecerse–, ciega te quedarás si no me obedeces.

–¿Qué habré de obedecerte, anciana alcahueta? Obedeciéndote he estado todo este tiempo, confiando en tu propósito y en tus consejos, y uno y otros son los que me han conducido a mi funesto sino. Tú, bajo tu viejo y triste árbol en Delfos¿qué has de temer o esperar? Pero ¿y yo? En medio del temporal me has puesto, en la enemiga de todos me has convertido, y nada puedo hacer porque, según tus proverbios milenarios, el futuro, el destino, es inexorable. –La pitia asintió–. ¿Cómo lo es, vieja druida, si yo dispongo en mi mano del arma con que puedo alterarlo, alterarlo todo, por y para siempre?

–¡No te atreverás, insolente! –exclamó la pitia fuera de sí–. Eres discípula mía, pupila del Destino, conoces a lo que te expones.

–También conozco a lo que me expongo si no le cuento cuanto sé al hombre que está ahí arriba –razonó cabalmente–. Por supuesto sé a lo que me expongo si no terminó diciéndole también a él el nombre de la amenaza en ciernes, si no le doy los ardides necesarios para hacerle frente.

–¡Insolente! –gritó irascible–. Tus labios están sellados. Como futura pitia que eres prometiste no revelar el futuro a aquellos que disponen los medios para alterarlo. –A unos pasos de ella apareció su principal guerrera, Dysis, que parecía por la actitud presta a lanzarse a un combate inexistente, al menos inexistente más allá del plano verbal. La pitia, a la que, aunque sin ojos, nada pasaba desapercibido, le recriminó su presencia–¿Qué haces tú aquí¿No habrías de estar en la casa de aquélla cuyo bajo techo te guareces hasta que llegue la hora en que a esta casa seas convocada?

–Presentí el peligro, mi señora.

La pitia, exasperada, pasó a desahogar su frustración con su subordinada. Aprovechando el descuido de ambas, la luz violeta encaró el camino hacia las escaleras de ascenso. Dysis, atenta, le lanzó un rayo que golpeó terriblemente el muro. La luz violeta, con mayor tino, produjo una órbita lumínica que cegó por un instante a la guerrera y terminó lanzándola, sin sentido, contra el muro detrás de ella. Mientras la luz violeta proseguía su camino corriendo, la pitia, como si nada temiera, siguiéndola a marcha de paseo, sonriendo cínicamente, iba susurrándole:

–No puedes traicionarme, niña. Lo hiciste, lo juraste. Tus labios están sellados. Remus Lupin seguirá ciego en la luz que tú irradias. No han llegado los días en que se desvele la incógnita; no han llegado los días en que los que sabemos lo venidero podamos hablar con libertad. Conoces tu sino si lo haces. El futuro está en los astros, guardado desde tiempos milenarios, y nada, nada ni nadie puede modificarlo. Así han sido las cosas, así las ha marcado la tradición, y ¡así deben seguir por los siglos de los siglos! Nosotras protegemos el futuro, chiquilla, no a los hombres, que hoy nacen y mañana han de morir. Nosotras preservamos nuestra causa y mantenemos nuestra supervivencia. ¡El destino es inalterable, me oyes¡Nada podrá modificarlo jamás! No eres más inteligente que los astros. ¡No derrocarás el poder del Oráculo de Delfos!

–Yo no soy como tú, vieja harpía –refunfuñó entre dientes, para sí, la luz violeta, en tanto terminaba de ascender el tramo de escalera–. Una a una echaría abajo las piedras del Oráculo de Delfos para salvar a mi familia. Cuando yo alcancé este tiempo, cambié el futuro de que venía. ¡No me digas que el destino es inalterable! No me digas que nada puedo hacer. No lo digas puesto que todo está en mi mano. Si pude cambiarlo una vez, para catástrofe de todos, repetiré la hazaña, aunque con ello derroque el poder milenario de una adivinación decrépita como la tuya.

Cuando aquellas últimas palabras se consumieron en su boca, la pequeña luz violeta había alcanzado el piso principal de la casa de los Lupin. Como si la hubiese estado esperando, como si presentiera que había de llegar en su busca, Remus estaba en suspenso en medio de la sala de estar. Sus miradas se encontraron durante un instante largo. Luego, lentamente, como si el licántropo pensase que no podía dejar escapar aquella oportunidad, se acercó hasta la luz, presentada en su forma semihumana, al tiempo que le hablaba:

–¡No, no te vayas! –La luz violeta, sin embargo, no mostró en ningún momento intención de retirarse. Quieta, como una estatua que irradiara una luz maravillosa, propia, lo miraba directamente a sus ojos, ocultando con su brillo cegador las facciones de su bello rostro–. Tienes que ayudarme¡tú eres la única que puedes hacerlo! Tienes que revelarme todo aquello que sí pudiste decir a Albus Dumbledore. ¡Tienes que decirme quién es en verdad Tim Wathelpun!

La luz violeta habló con una mesura impropia de alguien que hubiese estado discutiendo acaloradamente hacía solo un instante.

–No puedo decirte nada. –El rostro de Remus reveló su compungimiento. Pero aquel estado duró poco: terribles y poderosos pasos se escuchaban ascender por la escalera que conduce al sótano. Dysis, repuesta del fortuito ataque, apareció con rostro sereno y, deteniéndose en seco, lanzó una nueva ofensiva contra la luz, cuyo parlamento se aceleró–. Pero ven conmigo –extendiéndole la mano–. Sé de un sitio en el que todos podrán decirte lo que quieres oír. –Mostrándole su propia mano con ahinco–¡Date prisa!

El licántropo la agarró firmemente al tiempo que Dysis lanzaba con ambas manos un ataque fulminante; un ataque, cabe decir, que desapareció en el momento en que el mago tomó aquellas cándidas manos, como desapareció la misma Dysis, la habitación toda, la casa. No quedaba nada de cuanto había estado hacía un momento a su alrededor. Ni tan siquiera la luz violeta. Sólo un remolino violáceo que parecía oprimirlo con dureza mientras el peso terrible de los años semejaba caer sobre él.

Fue apenas un instante, una fracción de segundo, pero en su inconsciente el proceso fue mucho más luengo y arduo. Cayó rendido en el suelo cuando el mundo pareció estabilizarse nuevamente. Suelo firme al fin, pensó con cierto malestar en la boca del estómago. «¿Qué había pasado?», se dijo asustado. Seguía en la sala de estar de su propia casa. Ni rastro de la luz violeta. No entendía en qué podía consistir aquella broma de mal gusto de la luz. Apretaba los dientes con rabia, creyendo que se habían burlado de él, cuando alguien apareció en el hueco de la escalera y su voz le sobresaltó:

–Tú no deberías estar aquí. –Era Nathalie–. Todavía no.

Los ojos de Remus parecían querérsele escapar de las cuencas. En efecto, era Nathalie, su hija. Sólo que había crecido cinco o seis años por lo menos. A pesar de lo corta que era su edad, había prendido su varita mágica del cinto. Mientras el hombre se debatía entre gritar exasperado de la confusión y detenerla para preguntarle dónde estaba, qué pasaba, la pequeña pasó junto a él con tono altivo, como con autoridad. Encaminó sus pasos hacia la puerta de la cocina y, asomándose tan sólo un poco, preguntó a los que debían estar dentro:

–¿Habéis visto a Tétix?

–No –era la voz de Sirius–, pero más le vale a ese escuchimizado y paliducho estar a la sombra, o su madre le dará un buen par de sopapos. ¡O irá a recogerlo con la escoba!

–No, no lo hemos visto. –Ahora quien hablaba era Sorensen–. Cuando hemos llegado ya era de día. ¿No has probado a mirar en el sótano? Quizá esté refugiado allí.

La chica, sin apuntar nada más, abandonó el resquicio de la puerta. Haciendo caso omiso de la recomendación de su tío, salió por la puerta principal hacia el exterior sin reparar mayor atención en su padre que una mirada de soslayo, en esta ocasión mucho más simpática. Incluso el licántropo habría asegurado que, antes de cerrar la puerta, ésta le había guiñado.

Remus se dejó caer sobre el sofá pesadamente y sopesó sus posibilidades. Evidentemente, no sabía en qué modo, la luz violeta lo había trasladado a un futuro incierto, pues no sabía en qué fecha se encontraba. Sin pensar en lo terrible de su situación, sin medio asegurado para retornar, recordó las palabras que la causante de su traslado temporal pronunciara, que lo llevaría a un lugar donde sí habría quién podría decirle cuanto ella era incapaz. Y allí estaba, con la sabiduría del discurrir diacrónico a su disposición. Tembloroso, la sola idea de averiguar en breve cuanto, durante tanto tiempo, a él y a los suyos les había hurtado el sueño lo dejaba incapaz de pensar, menos de reaccionar. Pero había de ser cauto. No podía presentarse ante los hombres que estaban en la cocina, su hermano Sorensen y su amigo Sirius. Si, por la razón que fuera, a éstos se les ocurría la graciosa idea de interrogarle sobre cualquier punto que él, por el desfase temporal se entiende, desconociera, sospecharían enseguida de él. Lo considerarían un mortífago y daría con sus huesos en Azkaban, si es que ésta seguía en pie si era cierto que Wathelpun ya andaba por ahí. Cualquier comentario a destiempo, cualquier actitud anómala, podría hacerlos desconfiar, puesto que la desconfianza es la única moneda con que se ofrendan las almas en los tiempos oscuros. No podía arriesgarse, se limitaría a escucharlos, a espiarlos en la penumbra, a atisbar retazos de su conversación hasta conseguir lo que había venido a buscar: una pista, un indicio, un nombre...

Pero, de momento, los dos hombres permanecían callados. Imposibilitado como estaba de asomarse a la puerta a mirar, de haberlo hecho habría hallado a ambos con las miradas fijas en sus desayunos a medio consumir, con un letargo más propio de las almas afligidas que de los cuerpos soñolientos. Remus, harto de esperar, sin tiempo que perder, se lanzó por la habitación en la búsqueda de no sabía qué. No podía intuir cuándo retornaría la luz violeta para llevárselo, porque su mente se relajaba pensando en que no podía haberlo abandonado en aquel tiempo, pensando en que volvería, y quería que el trabajo estuviese resuelto para entonces. Tardó largo rato en caer en la cuenta de la existencia del revistero, después que había comprobado las notas junto al teléfono, oteado bajo los cojines del sofá y un largo etcétera que no voy a enumerar; tan sólo voy a precisar que, a pesar de su evidente impaciencia por hallar la más mínima huella, todo fue hecho en el mayor silencio posible para no llamar la atención de los dos hombres que apuraban sus desayunos a escasos metros de distancia. Se lanzó sobre las revistas y recortes de periódicos como una hiena hambrienta a la que el alimento le fuese sido sustraído durante largo tiempo, pero en el sigilo que empleó no le ganaba una pantera. Sus ojos se iluminaron. Los números allí conservados eran recientes, recientes, claro, para el tiempo en que vivían aquéllos, no él. Sus dedos pasaban trémulos las hojas. ¡Nada, nada en absoluto! El licántropo se impacientaba. El diario El Profeta parecía más preocupado en publicar menudencias como inauguraciones de locales, moda en pasarelas, que en informar acerca de los nuevos movimientos y acciones de un hechicero perturbado ávido de poder.

–Silenciado, sin duda –masculló Remus.

Estaba a punto de devolver malhumorado el trozo de pergamino a su sitio cuando dio con una noticia que llamó su atención. El titular decía así: «Nueva York, recuperándose lentamente», mientras que el subtítulo, más concluyente: «George Sullivan, ministro de los Estados Unidos de América, solicitará la expulsión del Reino Unido de la Alianza de Northumbría».

Cuando iba a leer el resto de la noticia, los dos hombres parecieron abandonar su mutismo al fin, y el licántropo, depositando con cuidado el periódico, se aproximó a la puerta para escucharlos mejor:

–Aunque sé que vas a defender a tu hermano a ultranza, creo que Remus se ha equivocado esta vez. –El tono de Sirius era recriminatorio, molesto en definitiva–. ¡Mira que acompañarse de esos filosofastros cuadrúpedos!... Nosotros podríamos haberle servido de mucha más ayuda. Aunque sólo tengamos dos patas...

–Si Remus lo ha hecho así –participó Sorensen–, es porque lo ha encontrado conveniente.

–¡Que sí, que sí!, la misma cantinela de siempre. ¡Defensa a ultranza!, ya lo dije yo. No, si sus razones tendrá –con ironía–, a lo mejor se traen un venado esta tarde a casa y podemos cocinarlo con esencias del bosque, no te jode, Soren. Parece mentira. Ni son magos ni son nada. Remus debería habernos dejado acompañarlo, nosotros sí que podríamos haberle echado una mano en caso de necesitarla.

–Olvidas que habrá magos y brujas de la Orden al pie del patíbulo. –Su tono de voz, al contrario que el de aquél, era calmado. Resignado más bien–. Y olvidas lo más importante, que Remus no desea que nadie conviva con él en momentos así. Nadie, quiero decir –matizó presintiendo su consiguiente queja– enlazado con él afectivamente, en cuyos ojos vea el horror del primer asesinato cometido. No quiere compartir con nadie la carga de su sufrimiento; piensa llevarla solo.

–Joder, Soren. Se va a volver loco. ¡Se está volviendo loco ya! Tú y yo lo sabemos, o esto acaba pronto, o la situación los superará a Helen y a él.

–Sí, ya me he dado cuenta. Remus no hace más que repetirse, aun cuando nadie lo está escuchando, me he percatado ya, que él va a cambiarlo todo, que su misión es ésa, que no debe desfallecer. Pero ¿qué podemos hacer nosotros, eh, Sirius¿Qué más podemos hacer aparte de lo que ya llevamos hecho? Esto nos sobrepasa a todos.

–Te aseguro que como esto no se solucione, soy capaz de plantarme en el Ministerio y coger a uno que me sé y retorcerle el pescuezo.

–Pero ¿tú crees que aún tiene solución? Ni delante de Remus o Helen somos capaces de fingir tanto optimismo que digamos, o incluso creamos, que habrá un día en que todo esto se olvide, Sirius. Esto es peor que una condena, recluidos en un sótano mágico, conscientes de que, si no nos mata, es porque aún no quiere. –Tras una pausa–: Vamos a volvernos todos locos.

–Sí, eso creo yo también. Yo, desde lo de Nueva York, apenas concilio el sueño, ya no duermo igual. Karina dice que murmuro cosas raras en sueños.

–Esta familia va a acabar pudriéndose de inanición. Es que todavía no lo entiendo...

Ambos se sumieron en un silencio tenso. Remus estaba cada vez más nervioso. Ansiaba conocer y aquellos dos parecían hablar usando un código que sólo ellos supiesen descifrar. Las revelaciones a medias que conseguía entender le hacían que anhelase con mayores empeños aún la información que todavía desconocía. Pero el silencio de aquéllos se extendía ya excesivamente, estuvo tentado de carraspear.

–Y esa Ultra Witch... –habló repentinamente Sirius. Remus sintió que el corazón le daba un vuelco, como si la esperanza fuese una llama que se le avivase–. ¿Quién cojones crees que es?

–No sé. Durante un tiempo pensé que podía ser Thorny, pero...

–¿Thorny? –repitió–. ¡Tú lo flipas, no¿Thorny? Qué va, hombre. Es demasiado seria para hacer una cosa así. Tiene que ser otra a la que le falte una tuerca. O dos. ¡O una caja entera! Vamos, que para mí Tonks tiene todas las papeletas de serlo.

–Puede ser. ¿Le has preguntado?

–Claro. Pero me lo ha negado. No puedo fiarme. –Resoplando–: Es la hora de mi clase. Hoy flota una extraña sensación en el ambiente, pero imagino que los niños seguirán yendo puntuales. ¿Tu Mark viene? Pues espero que hoy se porte mejor que el otro día, que vaya diablo tienes por hijo.

Uno de los dos se levantó atropelladamente. El ruido que produjo arrastrando la silla tras su paso sobresaltó al licántropo, que pensó que había de huir a no más tardar. Sopesó, cabalmente, que el verdadero Remus, el que pertenecía a aquel tiempo, había partido a una misión de la Orden del Fénix, y, en caso de verlo allí, le preguntarían. Tenía que huir, ni tan siquiera era capaz de responder qué tipo de misión era aquélla a la que se suponía que había ido. Sin ser visto, se dirigió rápidamente en dirección a la puerta principal, por donde hacía un instante se había marchado su propia hija. El proceso mental fue rápido: en el sótano podía haber al menos una persona conocida por el nombre de Tétix; dudaba mucho que las estancias del piso superior estuviesen completamente vacías, nunca lo estaban; su única escapatoria era el mundo exterior, la libertad sin fronteras, donde podría preguntar cuanto quisiera sin temer ser, a su vez, objeto de nuevas e intrigantes preguntas que no supiese responder.

Antes de alcanzar el pomo de la puerta, ésta se abrió con significativa violencia. Uno y otro Remus se miraron y, caso extraño, el reflejo en ambos iris fue similar. Sólo uno no parecía sorprendido de la doble presencia: claro está, el Remus de aquel futuro, que, hacía tanto que apenas había pensado en ello más, se había visto en aquella situación ya, frente al Remus de otro tiempo, que había sido él por supuesto. Aquel Remus, que llamaremos en adelante del futuro, cuyo rostro denunciaba un profundo malestar, una furia incontenible por más tiempo, descargó su ira contra él mismo, contra el Remus de nuestro presente, al que tumbó en el suelo de un puñetazo. El ruido de la puerta y del golpe provocó que Sorensen y Sirius se precipitasen en la estancia, donde encontraron la extraña situación.

––¿¿¿Qué es esto??? –preguntó fuera de sí Sirius–. ¿Quién ha suplantado tu aspecto, Remus?

–Mejor dicho –lo corrigió Sorensen–¿quién es Remus de los dos?

–Ambos –respondió el Remus del futuro–. Éste es yo mismo, que ha viajado en el tiempo –mientras se frotaba el puño dolorido. El Remus de nuestro presente alzó la vista y descubrió detrás del Remus del futuro a Snape, mirándolo con los ojos abiertos como platos, y a un grupo de centauros enfurruñados–. ¿No podías quedarte quieto, verdad? –le increpó a su propia imagen, todavía arrastrada por los suelos, demasiado confuso él como para levantarse–. No podías hacer caso de los consejos que unos y otros te daban. Pues ¡ea, ya estás aquí! Éste es el futuro del que tantas cosas querías conocer. ¡Pues más te valía haberte quedado allí donde vas a volver, sabes! Sí... Hoy te irás sin resolver tu cometido, sin saber quién es Wathelpun. Detén tu ansia, amigo, porque cuanto encontrarás no va a ser en absoluto de tu agrado.

–No –gritó Sorensen–. Remus –dirigiéndose al de aquel futuro–, no seas tonto. Ésta es una oportunidad única. Si le dijéramos lo suficiente como para que... lo solucionase, entonces...

–¡Claro, Remus! No lo desaproveches. Ya que ha hecho el viaje...

–¡No, no!... –gritó el Remus del futuro mientras el nuestro presente observaba con amplia expectación–. ¿Cuándo demonios os va a entrar en la cabeza? Soy yo, yo, no otro, el que lo va a solucionar... ¡esto! Tenéis que confiar.

Una confusa sensación de ardor comenzó a rodear al Remus de nuestro presente. Todos lo miraban aún, aunque pronto pasó a un segundo plano. Todos comprendían lo que él tardó unos instantes más en percibir: se desintegraba; mirándose las manos con estupor, éstas iban desapareciendo. Antes de desvanecerse completamente, aún tuvo tiempo de oír cómo Sorensen le preguntaba al Remus del futuro sobre la misión a la que había ido.

–Lo siento, lo siento mucho. –La voz era la de la luz violeta. Había en ella algo que Remus encontró, justo en aquel momento, misteriosamente familiar. Miró a su alrededor, sus propias manos, y todo volvía a ser cómo había sido en un momento. Había vuelto a su presente, a su momento–. Lo siento –volvió a decir. Su voz delataba que había padecido un terrible enfrentamiento; un enfrentamiento no personal, en que enfrentara sus propias opiniones, como pensara quizá el lector de este relato, sino un encarnizado enfrentamiento con la pitia en que la madurez y la antigua adivinación habían vencido. La luz había tenido que retirarse, y había de arrastrar con ella a Remus–. No ha llegado el momento de que esas cosas sean desveladas –apuntó–. Ya llegará el momento. Lo siento.

Y, sin apuntar nada más, se desvaneció ella también.

En efecto, llegaría el momento en que todo fuese desvelado. Pero ese momento no formaba parte de lo que la pitia llamaba "destino". La luz violeta dormía ahora, concibiendo en silencio su plan.

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Avance del capítulo 17 (EN LAS ENTRAÑAS DEL MUNDO O CÓPULA LOBUNA): La guerra entre vampiros y licántropos se vuelve cada vez más cruenta. Y Remus trata de evadirla a toda costa. Aunque no siempre es fácil. La verdadera historia de Greyback saldrá a la luz, y Remus conocerá al fin la trascendencia de buena parte de sus últimos actos. La guerra habrá llegado a su corazón. Y éste sangrará por donde menos uno se lo espera.

Mucho he velado en este resumen lo que va a pasar, pero sé de buena tinta que éste es uno de esos capítulos con que os vais a quedar entre maldiciéndome y pidiéndome más. O eso espero. Pero... ya sabéis, tengo que terminar otro capítulo para volver. Espero que sea pronto. Un saludo, hasta entonces.