«Es una lástima que a tan corta edad ya tenga un destino tan oscuro como la noche, a la que odiará siempre. Pero mientras tenga unos padres que lo quieran nada saldrá mal.» (MDUL 1.ª parte, cap. I). «–Sólo hay un inconveniente... Aunque no es realmente culpa suya. El pobre no lo ha podido evitar nunca. Y se siente muy desgraciado por ello. Me da pena. –¿Qué le pasa? –Es un hombre lobo.» (MDUL, II.ª parte, cap. XV).

(Sí, sé que actualizo demasiado rápido en esta ocasión... Pero ¡no puedo resistirlo! En verdad, acabo de terminar de escribir otro capítulo –muero de ganas de escribir la primera aparición de Wathelpun– y no podía dejaros en puertas ese capítulo tan interesante, el que hoy publico, con el que espero sorprenderos. Disfrutad de la lectura, amigos.)

Respondo "reviews":

MARCE. Hola, Marce. ¿Qué tal? En verdad, como estuvimos hablando hace dos días por el messenger, casi exploté todo cuanto te podía decir por aquí. En fin... Si no soy muy extenso es sólo por ese motivo. Pero me alegra que, gracias a eso, tuvieras por un rato alguien con quien charlar sobre Harry Potter and the Deathly Hallows. Me encantaría añadir aquí, para disfrute general, algunos de mis comentarios, pero no me atrevo porque, por mucho y muy bien que lo señale, no me perdonaría que alguien leyese un "spoiler" por mi culpa. Por eso me abstengo. Pero, en cualquier caso, seguro podremos retomar la conversación en algún otro momento. Oportunidades habrá. Por cierto, aunque no lo creas, sí estoy de acuerdo en que la trama, la necesaria llegada de Tim Wathelpun y todo eso, se está alargando más de la cuenta, por eso advertí que había hecho unos cambios de última hora, unos reajustes en el argumento y, tras un tijeretazo de consideración, todo se sucedería más rápido. Es más, creo que ya no leerás ningún otro capítulo en que adelante ningún acontecimiento; serán los propios acontecimientos los que se comiencen a adelantar ellos. Sólo espero no haberte aburrido demasiado en estos últimos capítulos. En cualquier caso, éste, el anterior, el capítulo en que Remus con la ayuda de la luz violeta viaja al futuro¡era un capítulo más que necesario! No tanto porque Remus descubriera algo o yo os diese alguna pista para prever más cosas. No... Era necesario en cuanto sí. Ya lo entenderás. Y, dicho esto, me despido por hoy. Te mando un fuerte beso y espero que coincidamos pronto.

SEIN LUPIN. ¡Hey¿Qué tal? Bueno, publico por fin el capítulo en que aparece ese personaje improvisado, pero no por ello menos importante, de Seina Miriama. La verdad es que no hacía tanto que lo había escrito, que te avisé, y ya lo estoy publicando. Curioso... Bueno, dejemos los inicios in media res y entremos en el meollo de la cuestión, de un modo más ordenado. En primer lugar, me encanta poderte dar la bienvenida a la gran familia de "fanfiction", pues ya he visto que me has unido a autores favoritos, o a alertas, no sé, y eso es síntoma de que ya has conseguido abrirte la cuenta. ¡Enhorabuena! El siguiente paso es publicar tu historia, aunque haces muy bien en dormirla y reflexionarla todo el tiempo que creas necesario en solitario. Te deseo mucha, mucha suerte. Y mucho éxito. Aunque recuerda: éxito no es sinónimo de "reviews". No te preocupes por ellos, que, si van a llegar, llegarán. Preocúpate de merecerlos. Pero, como creo ya conocerte, si bien no sobradamente, algo bastante bien, sé que vas a tener un papel excepcional en este lugar. (Cambio de tercio.) ¿Has estado en Portugal? O quizá el tono adecuado sería¡Has estado en Portugal! No sé, consten los dos. En fin, eso representa un poco más cerca de mí, aunque mi "chip", como tú dices, que el pobre está un poco atrofiado y no sintoniza tan bien como el tuyo, no notó nada distinto, la verdad. No importa que no fueses la primera en dejar el "review", aunque debo reconocer que, al recibir el mensaje de alerta en mi correo, me imaginé de inmediato que se trataba del tuyo. Pero todo lo haces con un acierto endiablado¡has sido el "review" número cien al fin y al cabo!... Parecía premeditado. Bueno, como dices que soy "el Rey del Suspense" (suena a producto de marketing), no te voy a endulzar el pastel diciéndote cosas. Lo dejaré en producto de la intriga y me seguiré desternillando de la risa en tanto tratáis de descubrir cosas. Hombre, no, tan malo no soy, no tanto como me pinto, claro. En cualquier caso, este capítulo que publico hoy, si bien a mi parecer no tiene mucho de intriga, sí puede que os deje con ganas de más, con ganas de saber qué le sucederá a un personaje que queda ligeramente mal parado. Pero... es cierto, no sé por qué, cómo sí o cómo no, siempre estoy atado a esta intriga de la que no os libero. Creo que es una forma, aunque no lo haga conscientemente, de hacer MDUL atractivo de cara a vosotros, sus lectores. Otros jugarán con la baza de un humor que yo no tengo, o etc., pero a mí me ha dado por esto. Y descuida, aun cuando aparezca Wathelpun y sepamos quién es, todavía tengo episodios en que la intriga seguirá siendo mi aliada. Pero no voy a decir mucho más, que tengo muchas ganas de que leas este capítulo. En general, todos, porque lo que en él sucede ni Helen lo ha visto en sus profecías: es algo insospechado. También puedo decirte, cambiando diametralmente de rumbo, que sí, que ya he escrito incluso ese capítulo en que realizo una especie de parodia de "fanfiction" (que lo haya terminado propicia que pueda actualizar hoy). No ha resultado tan satisfactorio, ni tan extenso, como quizá en un principio hubiera deseado, pero es cuanto he hecho. Lo leerás dentro de poco, espero. Y sin más ni más te abandono por hoy, que estoy deseando que te encares a la lectura de este capítulo para que averigües al fin lo que en él tiene lugar. Por cierto, no tienes que dudar de que vaya a decirte algo, lo más mínimo, del séptimo libro, porque no lo voy a hacer, estate segura. Te mando un fuerte abrazo, que espero que remitas pronto.

MELINA. ¡Hola! En primer lugar, muchas gracias por felicitarme. La verdad es que fue terriblemente ocurrente que, días antes, me preguntaras por mi fecha de nacimiento. Ocurrente o casual. Por cierto, me hizo muchísima gracia que añadieras a tu correo esa frase, porque yo también la suelo emplear mucho: la casualidad no existe. ¿Coincidencia, "casualidad"? Por cierto, espero que no te importe que te responda aquí tanto al "review" como al correo; no he tenido mucho tiempo y, como quiero responderte, aprovecho para hacerlo por aquí. Pero esto no es óbice para que puedas seguir empleando el correo a tu placer. Es más, todo el asunto de mandalas y temillas paranormales, quizá por discreción, sería mejor que lo bombardeáramos fuera de este contexto. Bueno, como decía, muchas gracias por felicitarme. Sigo intrigado con el asunto de que se pueda sacar algo provechoso de MDUL, y más desde que añadiste que con leer a la señora Carney bastaba para darse cuenta, pues considero que se puede aprender de cualquiera, hasta del pobre muggle, antes que de ella. En cualquier caso, tus razones tendrás. Y no te suponga ningún inconveniente decirme cuanto quieras comentarme sobre MDUL, sea para bien o para mal, que para eso tienes toda la confianza del mundo. Muchas personas no entienden (espero creer que yo sí) que los "reviews" no sólo están para que te digan estupendo y qué bien lo haces, sino también para que, de vez en cuando, te desmonten un poco tu estructura narratológica y te hagan un comentario constructivo. Vamos, que los recibo de buen agrado. Quizá puede que no esté de acuerdo, pero, claro, eso pasa hasta en las mejores familias. En este caso, no obstante, ya he dicho que te doy la razón, no sólo por cortesía, sino porque es una verdad como la copa de un pino, pero es que últimamente mi humor no da para mucho más, he de reconocerlo. Bueno, cambiando diametralmente de tema y retomando los anteriores, debo agradecerte que te hayas tomado la molestia de realizarme el estudio numerológico, que ahora pasaré a comentar, y que me mandases una información introductoria sobre los colores y las mandalas (lo demás ya ha venido por mi cuenta navegando por la Red). La verdad es que en mi vida había tenido constancia de nada de eso, pero ahora que lo mencionas parece que hubiese venido a cosa hecha para MDUL. Y me parece muy interesante que tú misma lo utilices como símbolos o intertextos cromáticos en tus historias. Sólo me ha asustado (en broma, claro) ver que el rojo es un color con ese significado, pues a mí de pequeño me solía maravillar el rojo (no en vano decía que yo era el Power Ranger rojo, flipadas de párvulo). ¿Significará eso que soy malo?... En cuanto al análisis numerológico, debo reconocer que siempre me había gustado la numerología desde ciertos papeles que leí, y quería profundizar más en el tema, aunque nunca lo hice realmente. Nunca es tarde, la verdad. Pero no conocía que se pudiera aplicar sobre una persona. No sé cuáles serán las pautas para decidir que rigen unos números y no otros, pero, bueno, te comentaré mi experiencia personal con el análisis de mí mismo. En líneas generales, tiendes a relacionarte con lo que se dice de ti, pero, claro, pone cosas tan generales, o tan positivas, que quizá quieras verte reflejado donde no lo estás realmente, ésa es la duda. De cualquier modo, muchas cosas se refieren a acciones o estados futuros, por lo que estoy a la expectativa. Pero son datos interesantes y a tener en cuenta. Bien, me gustaría tener contigo una conversación mucho más detallada de esas experiencias tuyas... ¿Cómo decirlo para que sólo me entiendas tú si quieres que no explote aquí el tema? Esas experiencias de ultratumba. Lo siento, quizá la discreción no sea lo mío. Yo no he tenido nada que se le parezca; bueno, sólo una y... la verdad es que ni siquiera sé si se puede considerar experiencia o qué. Pero eso no me impide creer en lo que no veo. Simplemente porque lo siento. En verdad, nunca he sido nada sensitivo para nada de nada (en ninguna de sus posibles acepciones). Ni tampoco muy sensible, haciendo un sencillo juego de palabras. Por eso me extrañó terriblemente que la chica árabe que te comenté dijera lo que dijo. En verdad, me tenía el respeto totalmente perdido. Nos reuníamos cuatro, ella y dos chicas más, para hacer un intercambio de inglés y español, porque había estado viviendo un tiempo en los Estados Unidos. Con eso de que yo era el único chico, pues como que la situación se distendía, ya me sigues, en los chicos sois así o asá, bromeando claro, y ellas, en mayoría, pues como que siempre ganaban. Era una relación muy distendida, aunque sabíamos que era especial, pero nosotros manteníamos un contacto cercano y humano. Ese día, sin más, le dio por poner en práctica no sé qué tipo de juego o llámalo equis y, cogiéndonos de las manos, nos decía lo que sentía de nosotros. Ya te dije que averiguó cosas que nunca ninguno le habíamos dicho. De mí también, claro. A algunos les dijo que cuanto les había dicho no lo revelaran, no sé por qué motivo, y no lo han hecho; a mí no me dijo nada, pero tampoco lo he andado contando por ahí porque no se qué diría nadie. Pues eso, con ese trato que nos teníamos, más informal que otra cosa, no me esperaba que me fuese a decir nada como aquello, ni siquiera en el modo tan serio en que me lo dijo. Es que, en verdad, me dijo que estaba destinado a ser un guía espiritual. Quizá será porque ahora mismo estoy algo distraído en ese sentido, pero hoy por hoy no estoy tan seguro. Sin embargo, la seguridad y claridad con que me lo dijo, todavía hoy me asustan. Guía espiritual nada más y nada menos. Y ya con guiarme a mí mismo tengo bastante (XD). En cualquier caso, ya no sé ni por qué te estaba contando esto, he perdido el hilo. Bueno, servirá para dar pie a futuras conversaciones, imagino. Siento haber sido tan plomo hoy, que te vas a aburrir de leer todo esto, pero me he levantado parlanchín. Bueno, ya charlamos. Como te he dicho, no te cortes de utilizar mi correo para lo que quieras. Es más, yo me veré fuertemente agradecido. Un abrazo.

PUNKITTY. Vero... Vero... ¡Me tienes frío! Hola, por supuesto, las buenas maneras que no se pierdan. Pero... Pero es que leer tu "review" ha sido todo un puntazo. ¡Ni te imaginas lo certera que has estado en alguno de tus reflexivos comentarios!... Tanto que miedo me has dado y todo. Si es que cuando te viene la inspiración, te viene. Pero dejemos eso para un poco más adelante, porque todavía estoy maravillosamente improvisado. ¿No te estará filtrando Elena los capítulos de MDUL por publicar?... (XD) En fin, a lo que iba, sí que me habías comentado algunas anécdotas de tus conciertos, pero yo quería más, más, más... Además, me dijiste que habíais programado un tercero, pero no recordaba la fecha exacta. En cualquier caso, me alegro muchísimo de que todo te vaya viento en popa y, lo más importante, de que lo estés disfrutando como una cría. Seguro que cada vez que te subes a un escenario ahora, ya como toda una artista en potencia, qué digo en potencia, toda una artistaza, lo haces con mucho más reposo y todo suena mejor, como a silbido de ángeles. Pues yo no he iniciado aún las clases de coche, estoy esperando a que me llamen para darme el pistoletazo de salida, aunque mucho no puede faltar ya. Lo cierto es que tengo una extraña mezcla de ilusión y pánico, porque, como creo haber dicho ya, soy terriblemente malo en el manejo de cualquier tipo de máquina. De lo que no tengo ganas, bajo ningún concepto, es de iniciar las clases. Aquí las retomamos en septiembre. Para colmo de desgracias, como paso a ser alumno de segundo ciclo, mis clases serán por la tarde ahora... ¡Vamos, una gracia menuda! En cualquier caso, a todo se acostumbra uno, qué me vas a decir tú, que también has tenido líos menudos con los horarios. Y ya, sin más dilación, después de haberte puesto el cuerpo malo, la tensión en cada uno de los músculos de tu cuerpo, paso a comentarte los aciertos y desaciertos de tu último "review". Aunque, a decir verdad, debería omitir bastante, porque ha habido cada acierto... Por ejemplo¿por qué te ha dado por decir a ti que Tétix (cierto que suena a videojuego) es un vampiro?... Qué sé yo¿no podía ser un centauro? El nombre de Tétix, ya que lo preguntas, lo tomé de una de las traducciones de mis clases de griego de primero (es decir, que lo tengo guardadito para ese personaje desde hace tres años, qué mortal paciencia), con lo que tiene un intrincado significado mitológico detrás. Si mal no recuerdo, su traducción es "cigarra", y es que hay una historia sobre una cigarra que se enamora de la luna o algo así. Vaya, le he quitado todo el glamour a la explicación porque encima parece que se me ha olvidado absolutamente todo. Bueno, creo que todavía queda mucho por averiguar si solamente digo que Tétix es un vampiro. Pero ¿qué hace un vampiro en casa de los Lupin?... Que, por cierto, me ha encantado el comentario de que hasta Umbridge podría ir a tomar el té sin que sonase sospechoso. No sé yo, eh... Luego están todas tus reflexiones sobre el tiempo, que si bien pueden tener interpretaciones muy dilatadas, no vas nada mal, nada mal, nada mal desencaminada. Ya lo he dicho tantas veces (tantas que puedo hasta rayar en la pesadez) que el tiempo era uno de los conceptos claves con los que iba a jugar. Hombre, hay que limar algunos conceptos, porque debo advertirte de que Remus no va a tener nada que ver, por mucho que vaya al futuro en una ocasión o miles, él no va a cambiar nada; él se lo va a tragar sin quererlo ni pretenderlo. Pero es alrededor del concepto "tiempo" donde se pueden hacer buena parte de las más divertidas hipótesis sobre MDUL. Y para eso hay que tener en cuenta, por supuesto, que la luz violeta está muy indignada con el proceder de la pitia de Delfos; ésta quiere que las cosas sigan el orden natural, el que marcan las estrellas, mientras que ella no está por la labor de ser la causante del destrozo de su propio presente. Su consigna es que, si ha cambiado el curso de la historia en una ocasión¿por qué no lo va a hacer en otra? Tan sólo hay que buscar los instrumentos indispensables. Y esos instrumentos bien pueden ser personas. Retomando otras cuestiones: la señora Howlsteel sospecha que Fenrir Greyback, su hermano, mordió a Remus, no a su hijo. Wathelpun está relacionado en parte con Nueva York, pero por una circunstancia que sólo más adelante desvelaré. Un antes y un después, por así decir. Y Sullivan... ¿De qué lado estará Sullivan en ese momento? Quizá esté limpiándose la mierda de encima. Y sí, con otra cosa, lo de la travesura de Matt en labios de Snape, como bien has dicho tú, sólo es un aderezo del relato, nada consistente, aunque con los antecedentes que tiene quién no va a sospechar que sea otro caso como su padre. La verdad, hablando del siguiente asunto, es que más adelante a todos se les va a ir un poco la pinza, pero eso es casi para bien, no creas. Y todos saben quién es Ultra Witch porque Ultra Witch, aunque Helen tuviese la visión, no es algo privado, sino algo público, a lo que muchas personas tendrán acceso. Pronto, pronto... Aunque digas lo contrario, dudo mucho que, después de obligarte a leer todo esto, no deba creer realmente que te he aburrido una barbaridad. En fin, se me van los dedos escribiendo, ya sabes. Como bien llevas la cuenta (eres un as con el calendario), hace un año que nos conocemos y eso se merecería una fiesta y todo. Un año en que has demostrado ser una de las personas más constantes que he conocido. Gracias. Y quizá también tengas razón, tú has visto de una sentada de varios días, leyendo, esa evolución, una evolución que yo sólo he disfrutado conforme ha ido surgiendo y quizá por ello no la haya podido valorar en consecuencia. Dices que el estilo, la gramática, la oscuridad del relato, todo, se ha visto notablemente modificado, no sé si para bien o para mal, pero así es. Quizá la falta de humor sea una consecuencia de esa evolución, tendremos que esperar a ver qué pasa. Pero te agradezco que estés a mi lado esperando a ver qué ocurre. Eres un gran apoyo. Espero pronto recibir noticias tuyas. Un besazo. P.D.: Y perdona por no haberte mandado correo en esta ocasión. Hasta pronto. P.D.2: Me tienes que explicar eso del as del marketing, aunque ya me hago una idea. Pillina... O pillín yo, tal vez.

(DEDICATORIA: Este capítulo se lo quiero dedicar a Sein Lupin por haberse convertido en el "review" número cien, que es algo que se valora, aunque siempre digamos, y yo lo haga, que los "reviews" son secundarios. Pero nos referimos al número total. Los que los escribís sois los más grandes. Por eso, igualmente, quiero dedicarlo a Marce por ser el "review" número noventa y nueve, Melina por ser el "review" número ciento uno y Punkitty por ser el "review" número ciento dos; Laura por ser ese "review" tan agradable que sabes que te llegará cuando menos te lo esperas; HPeta por ser ese "review" que llega por otros cauces. Y a Druida Cliodna, por haber iniciado la lectura hoy mismo de MDUL I.ª PARTE, esos "reviews" que tanto te hacen recordar el día en que comenzó uno su labor en "fanfiction".)

(Aquí os dejo un capítulo que hacía tiempo deseaba que leyerais. Espero que disfrutéis los que le suceden, porque... ¡esto se pone feo!... Me consta que, como me han dicho, estoy alargando demasiado el suspense y etc., pero os puedo asegurar que es, en buena parte, deliberado y que ya poco queda para resolverlo en grueso. Disfrutad la lectura.)

CAPÍTULO XVII (EN LAS ENTRAÑAS DEL MUNDO O CÓPULA LOBUNA)

El cuentagotas le temblaba en la mano. La gota, la última, de un cálido color grana, pendía asustada de él, como el mismo pánico se reflejaba en los ojos que se desfiguraban a través de la gota misma, unos ojos blandos clavados en ella por largo tiempo. Partió al fin, se precipitó, fundió su destino con el del caldero en ebullición. Una pequeña explosión de humo blanco hizo que la bruja emitiese un pequeño chillido. La superficie del contenido del caldero comenzó a tornarse de color plateado. Una sonrisa cansada terminó dibujándose en los labios de la autora de la poción al tiempo que el sol salía trémulo venciendo a la noche.

Eureka.

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El viejo batel, cuya madera se podría por instantes, cortaba las negras y serenas aguas que escondían las rocas. El hombre que empuñaba el largo remo esbozaba una patética sonrisa en sus feas facciones. Vestía de forma indecente, como si se hubiese puesto encima, para cubrir su oronda desnudez, lo primero que hubiese encontrado en un contenedor de basura cualquiera. Una barba rala y un pelo extremadamente encanecido para su juventud eran sus restantes atributos. Su expresión distaba mucho ya de la simpática y juvenil que sus allegados conocían hacía solo unos años. Ahora era un proscrito, solamente un maldito proscrito. La sombra de las rocas de la gruta lo protegía, era consciente de ello, con lo que acentuó su media sonrisa, signo de mal agüero. Ya estaba a salvo en la guarida. En el cuartel general. Profirió un largo y agudo grito para anunciar su llegada, un grito que sonó a desgarrado aullido.

En oyéndolo, muchos fueron los rostros que reveló la oscuridad de la gruta. Hombres y mujeres muy similares en aspecto al descrito que portaban ristras de ajo colgadas del cuello o estacas en la mano u objetos de función similar. El movimiento del batel se detuvo. El ambiente de la gruta se congestionó repentinamente, todos sabían que él debía de estar allí. En efecto, los hachones de las paredes se incendiaron concediéndole a la gruta suficiente luz y, en medio de ellos, a un paso de la negra agua, el robusto Greyback observaba al licántropo del bote.

–¿Y bien? –lo apremió.

–Muerto –contestó sucintamente, con una mueca que tanto podía significar desagrado como extremo placer.

Greyback se puso en camino hacia el fondo de la guarida. La oscuridad había desaparecido por completo: las antorchas iluminaban y proporcionaban calor en el interior de la fría y húmeda galería, revelando, a un lado y otro, prisiones de durísimas rejas excavadas en la misma piedra. Los gritos provenientes de ellas eran tristísimos, consumidos, como murmullos que la muerte va venciendo lentamente hasta hacerlos desaparecer por completo. Otros, a los que todavía el odio y la rabia concedían fuerzas suficientes para rebelarse contra la decrepitud, mostraban fieros sus afiladas garras por entre las rejas o sus colmillos salientes en tanto mostraban muecas de profundo odio. Los licántropos que seguían a Greyback, éste sin inmutarse por cuanto sucedía a su alrededor, dirigían igualmente gruñidos a los presos, y alguna garra cayó incluso cuando algún hombre lobo descargó sobre ella un zarpazo impropio de un humano.

El licántropo que había llegado recientemente por el agua se acercó a Greyback cuando advirtió una señal de éste que lo invitaba a hacerlo. Aproximó su rostro al de su amo y señor, pues le habló en un susurro apenas audible:

–¿Qué hay sobre el pequeño Howlsteel?

El otro, terriblemente acongojado de pronto, negó con la cabeza.

–Nada, señor. Como si la tierra misma se lo hubiera tragado.

Greyback no dijo nada. Tan sólo prosiguió su paso en calma, la vista al frente. Se detuvo cuando alcanzaron el término de la gruta. Allí, pendiendo de grilletes que laceraban sus muñecas, tobillos y cuellos, dos mujeres de aspecto derruido levantaron cansadamente la vista. No cabía duda, eran vampiresas. Alrededor de sus cuellos habían colocado ristras de ajo para impedir su transmutación en murciélagos. Al descubrir ante ellas al atemorizador Greyback y sus súbditos, como si lo tuviesen concertado así, bajaron simultáneamente los rostros hundiéndolos en una maraña de negros cabellos grasientos. Sabían que su fin estaba próximo, lo sentían hervir en sus entrañas. Toda su vida, su segunda vida, habían sido Ángeles de la Muerte, y aquellos pequeños detalles no les pasaban desapercibidos. Los grilletes de Greyback serían sus alianzas de fenecimiento.

–Hoy hablaréis. No abuséis de mi misericordia –habló Greyback–. ¿Dónde se esconde Ileana?...

Y, adelantándose, tomó el mentón de una de las vampiresas para alzarle el rostro. Ésta mostró iracunda sus larguísimos colmillos y sus ojos grises, furiosos, a punto de salírseles de las cuencas. Comenzó a revolverse como una endemoniada en su sitio al tiempo que vociferaba, y la caverna hacía reverberar:

–No os diré nada, maldita escoria de una sola noche. Por mí podéis podriros en el infierno, asquerosas bestias pulgosas. ¡Ganaremos esta guerra! La noche caerá sobre vosotros y mi espada de plata os atravesará como a ganado.

–La reina de Transilvania no tiene ninguna intención de intervenir en esta guerra. Al igual que vuestro jefe, el Licántropo.

Greyback se dirigió, calmado, en primer lugar a la que había hablado en segundo. Sus ojos irradiaban la tranquila rabia de aquél que, de antemano, se sabe vencedor.

–Remus Lupin no es nuestro jefe. Yo soy el Licántropo. –Y dirigiéndose a la otra–¿A quiénes llamabas «maldita escoria de una sola noche», eh? –Chasqueando los dedos, hizo un gesto a un par de licántropos junto a él. Éstos, echando manos de un pequeño frasco que portaban en sus cintos, bebieron hasta apurar cuanto contenía. El sabor no había de ser muy agradable, pues ambos se encogieron asqueados–. De un modo u otro, sabes, ésta es la Era Licántropa.

Los hombres que habían bebido se comenzaron a transformar, con gran dolor y estrépito, en lobos. Rasgaron sus vestiduras hasta quedar totalmente desnudos y, rápidamente, el lobo que residía en ellos tomó el control de sus cuerpos. Parecían prestos a abalanzarse sobre ambas vampiresas para destrozarlas, pero un gesto de Greyback los contuvo; esto es, eran conscientes de cuanto ocurría a su alrededor, habían mejorado la fórmula. Sólo por prevenir, un joven y delgado licántropo, aunque de fuerza y vigor increíbles, sujetó a ambas bestias por las cadenas que rodeaban sus cuellos. Todos a excepción de Greyback lucían cadenas de eslabones dorados firmemente apretados a sus gaznates, como símbolo de la sumisión que le debían a aquél. Con otra señal, otro licántropo, envuelta en telas, le aproximó una brillante espada de filo puntiagudo y doble hoja que tomó con cuidado. Separó las telas y la agarró por la plateada empuñadura. El contacto con el metal le hizo daño al principio, le abrasó la piel de la palma, incluso llegó a humear, pero Greyback no la despegó de su tacto. Mostró a la vampiresa enloquecida la que fuera su arma y le dijo:

–¿Era ésta la espada con la que nos ibas a matar a todos como ganados?

Gritando, repitió que sí. Greyback no dio oportunidad a nada más: el brillante filo de plata rebanó la cabeza de la vampiresa separándola del cuerpo, que cayó fláccido hacia adelante, sin vida. La sangre salpicó las paredes de la cueva y al conjunto de los licántropos, los cuales, en su mayoría, aullaron satisfechos. El joven vigoroso soltó al fin a las dos bestias, que se abalanzaron sobre el cuerpo caído y comenzaron a desgarrarlo.

–¡Buen provecho! –gritaban unos–. Quien come los ojos y el corazón de un vampiro gana los poderes de su enemigo –sentenciaban otros mientras batían palmas.

Greyback, en tanto duraba el jolgorio de sus hombres, se dirigió a la vampiresa que restaba, la de porte calmado, y apoyó sobre su costado derecho la punta de la espada. Aquélla vio que la mano le temblaba terriblemente, que su mucha fuerza apenas era suficiente para permitir soportar una espada de plata pura. Sin embargo, haciendo acopio de fuerzas inexistentes, la increpó:

–Habla.

El interrogatorio se interrumpió cuando, desde lo lejos, una voz grave y ronca se abrió paso a voces:

–¡Señor, señor!... Nuestros contactos nos han advertido que en el Hospital... –Greyback lo chistó y el licántropo aquel, cohibido, calló. El primero acercó lentamente su rostro haciéndole ver que era preferible que sólo él se enterase de los detalles. Así estuvieron unos segundos, durante los cuales el correveidile le relató todo el asunto o cuanto conocía de él.

Greyback se separó de la vampiresa y, con gran malestar, terminó soltando la espada, que cayó en el suelo con tremendo estrépito. El arma le había dejado un surco de ampollas y sangre coagulada que el hombre observó unos minutos impertérrito. Después, con rabia, apretó el puño y la sangre comenzó a caer por su antebrazo en abundancia.

–Hay trabajo por hacer. Nos vamos a Londres. –Esbozó una feísima sonrisa–. En esta ocasión, será a la mujer del Licántropo a quien le enseñaremos dónde tiene que meter las narices y dónde no. –Poniéndose en movimiento, los otros lo siguieron–. ¡Haceos con más poción!, necesito muchos licántropos contra una bruja poderosa.

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–¿Dónde se supone que me llevas, Helen? –preguntó Remus.

–Espera un momento y lo descubrirás –fue su única respuesta.

El licántropo estaba intrigado. Aquella noche de luna llena, imprevistamente, Helen lo había hecho salir del cuarto de invitados, donde habitualmente solía convertirse lejos de la adivina, vestido tan solamente con una gabardina que cubría su cuerpo desnudo. Le había colocado una venda alrededor de los ojos y había consentido que lo condujese aquélla donde fuese su gusto. Con los pies descalzos –no había tenido tiempo de calzarse sus zapatos– sentía la hierba fresca de la noche bajo sus pies.

–Ya puedes quitarte la venda –dijo al fin la adivina–. ¿Y qué?

Remus miró en torno a él con cierta incredulidad.

–Oh, menuda sorpresa –ironizó burlonamente–. Qué casualidad, no hace mucho estuve aquí. ¡Qué ilusión!... Sí, fue dando un paseo con Nathalie, porque, si no te has dado cuenta, esto está a doscientos metros de la casa.

Estaban bajo un frondoso y solitario árbol desde el cual se podía divisar el Desfiladero de las Brujas, como lo llamaban en el pueblo, la línea de afiladas colinas y el manto estrellado naciendo desde detrás de él. La imagen era hermosísima: brillante, la Vía Láctea surgiendo de ella como un hechizo multitudinario. Remus, después de las últimas palabras dedicadas en broma a su mujer, y tras haberle dedicado unos segundos a la contemplación de dicho paraíso, se tornó hacia ella muy serio:

–Le queda poco a la luna llena –constató.

–¡Cierto! –se apremió a sí misma Helen. Sacó su varita y, sin mediar palabra, practicó con ella sobre Remus un hechizo desilusionador. Acto seguido, rescatando un frasco de la diminuta cartera que había traído consigo, se lo entregó a Remus obligándolo a bebérselo sin rechistar–. Es la última dosis.

–¡No me refiero a eso! –protestó Remus antes de bebérsela. Sin embargo, como ella le apremiase, bebió y después siguió hablando–: Helen, no sé por qué haces esto. Sé de buena tinta que no te gusta presenciar mis transformaciones, no tienes por qué...

–El que no me guste ver cómo te transformas –terció ella– no impide que sí quiera disfrutar con mi marido de una noche de luna llena. ¿No te parece?

–No seré tu marido; seré un lobo...

La mujer no dijo nada. Se sentó y, apoyándose contra el grueso tronco del árbol, invitó a Remus a que la acompañara. Por una vez, fue ella la que echó el brazo por encima de su marido y, permitiéndole que apoyara su cabeza sobre su pecho, acarició su rostro pinchante, sus rectangulares patillas, su torso desnudo.

–Te quiero. ¿Lo sabes, verdad?

Él la miró embelesado.

–Yo estoy enamorado de ti desde el momento en que te vi, Helen. Eres la compañera ideal. Soy el hombre más afortunado sobre la faz de la tierra.

Callaron, callaron por largo rato. Apoyados el uno contra el otro, vieron pasar las horas y desplazarse las estrellas a lo largo del negro óvalo. Sólo cuando un brillante y plateado resplandor comenzó a coronar la hilera de colinas, Remus entendió que el momento había llegado, la luna alzaría pronto su frente y el lobo se apoderaría de su cuerpo. Se levantó de al lado de su mujer y esperó resignado. Le dedicó algunas palabras de cariño; incluso volvió a insistirle en que se marchara para que no tuviera que sufrir la terrible imagen de su espantosa transformación.

Pero Helen permaneció. En sus labios se extendía una media sonrisa enigmática. Una sonrisa que sólo ella sabía descifrar.

–Ya viene... –musitó Remus al descubrir el primer atisbo del disco argénteo–. Helen, no tienes por qué mirar.

Pero la mujer no apartaba la mirada. Es más, sus ojos parecían, obsesivamente, fijarse sobre el cuerpo de su marido. Aquél, encogido, esperaba de un momento a otro que se iniciase la dolorosa mutación que diese con su cuerpo en tierra y lo obligara a retorcerse produciendo espantosos alaridos de terror. En tanto duró aquella eterna espera, ambos guardaron silencio.

Al fin, después de un rato extenso de dura espera, sudoroso por el temor a lo inevitable, por el dolor, Remus abrió sus dorados ojos. El brillo plateado iluminaba su rostro, su expresión atónita. Instintivamente, observó sus manos y descubrió que eran... ¡humanas! Se volvió de un salto a su mujer y la descubrió riendo. El licántropo empezó a balbucear una retahíla de sonidos incomprensibles, pero acabó callando cuando la adivina, poniéndose en pie, se acercó hasta él y lo abrazó.

–Pero ¿cómo...? –fue cuanto consiguió decir él.

–Te dije que un día lo terminaría consiguiendo –respondió ella, tan emocionada que no pudo contener por más tiempo las lágrimas que se agolpaban detrás de sus ojos–. Oh, Remus, me dolía tanto ver cuánto sufrías. Por fin lo hemos conseguido. Tomando la poción que te he administrado estas últimas semanas, no tendrás que preocuparte más por el lobo que hay en ti.

–Helen... –musitó Remus, con los ojos dorados iluminados de amor y alegría.

Se besaron. Se abrazaron y besaron. Y entonces, bajo aquel brillante disco de plata que Remus ya no recordaba haber mirado frente a frente con sus propios ojos, despojándose de sus ropas, los dos cuerpos se fundieron en uno solo. Hicieron lentamente el amor bajo aquella marea de plata, reverberando en sus cálidos cuerpos aquella luz fría y brillante.

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Remus se despertó sobresaltado. Había tenido una pesadilla. Dormían aún a cubierto bajo el árbol, con la luz de la luna acariciando sus pies descalzos. La gabardina les había servido para protegerse del intenso frío que empezaba a levantarse. Bastó con que Helen la encantase con un conjuro calentador para que la prenda fuese bastante, como un puñado de mantas en su cama calentita. Remus, observando a su mujer, la cubrió delicadamente hasta cubrirla por entero. También ella estaba desnuda ahora, pero un hechizo desilusionador había bastado para que durmiesen tranquilos de ser descubiertos por nadie. La adivina se revolvía inquieta en su lecho de hierba y Remus, atento, desbordando aquella noche un intenso amor más puro si cabe todavía, la agarró de la mano para tranquilizarla.

Aquel gesto, no obstante, trajo sus consecuencias.

El licántropo se encogió y un torbellino de imágenes inundó su cabeza.

"Sabía que al final lo harías. –Era la voz de Dumbledore, que le hablaba sonriente desde su cuadro–. No tienes remedio." "La capital del mundo muggle –La voz era siniestra". A continuación vio los negros ojos de Wathelpun a través de los orificios de su máscara. Había lanzado contra su adversario una maldición asesina. "Por un momento pensé que estabas muerto –dijo–, y he de reconocer que he sentido pena. Pero ahora soy yo el que va a matarte." Seguidamente, al instante, todo se volvió de color violeta a su alrededor. Y los ojos malvas lo ocuparon todo, como si todo lo pudiesen ver y todos los que pudiesen ver sólo pudiesen verlos. "Te dije que volvería –le dijo, y Remus, instintivamente, supo que le hablaba directamente a él." Pero, cuando la voz se extinguió, los ojos malvas dieron lugar a unos ojos oscuros, unos ojos en los que él mismo se veía reflejado, en los que veía todo su mundo. Pero todo aquello que se reflejaba en su iris cayó en un torbellino desesperado al tiempo que el brillante color se volvía como de oro.

Remus consiguió al fin desasirse de la mano que sostenía de su mujer y la visión se esfumó de su mente. A su alrededor volvía a estar cuanto le era tangible, y prefería que fuera así. Se sentía mareado. Cuando consiguió recuperarse, se dirigió a su mujer, la cual seguía moviéndose incansablemente en su sitio. Remus supo sin necesidad de que nadie se lo dijera que el poder de la adivina era tal, que su inconsciente era capaz de vaticinar el futuro; era como si Helen ya supiese cuanto iba a pasar. Al menos la Helen no consciente. Que una parte de ella almacenaba los profundos secretos que los acechaban y que perseguían con desesperación.

Pero lo que no podía Remus entender era cómo él había conseguido penetrar esa sólida barrida de su inconsciencia, como había conseguido conectar él con su mujer, atravesar su mente y observar cuanto se dibujaba en su interior. Fue sólo un segundo, claro está, lo que duró aquella intrigante pregunta. Cuando volvió a tumbarse sobre su espacio de hierba lo tuvo claro. Menos brillante que la última vez que lo vio, el resplandor de lapislázuli que conducía al pasadizo secreto donde se almacenaban los viejos recuerdos de Ánuldranh, iluminaba intensamente su casa. Aquello lo dejó confuso. La última vez que lo vio (que también resultó ser la primera), aquel efecto lo provocó un eclipse lunar. Intrigado, se incorporó para observar la luna. En efecto, a ésta le había sido mermado un pedazo, suficiente para que la antigua sede del poder de Ánuldranh descubriese tímidamente su inmenso poder. Y, por segunda vez aquella noche, Remus intuyó con éxito que había sido Ánuldranh el culpable de que la mente y la visión de su mujer se conectasen con su propia mente.

Apoyó la cabeza contra la pequeña almohada pensando en cuanto acababa de ocurrir a su mujer y cuanto seguía sucediéndole a Helen, creyendo que, con todo aquello revoloteando sobre su cabeza, sería incapaz de conciliar el sueño otra vez. Sumido en aquellos pensamientos, el brillante resplandor azulado que asociaba con Ánuldranh y su influencia se fue apagando, lentamente, como un fuego de llamas azuladas que hubieran dejado consumiéndose. Remus sabía que el cese de la fantástica luminaria lo provocaba el fin del eclipse.

–¡El eclipse...! –gritó Remus levantándose de un salto y despertando a Helen en el acto, la cual, inmediatamente, olvidó cuanto su mente había estado proyectando.

Tan pronto como estuvo en pie, cayó nuevamente al suelo, derrotado. La luna llena se había vuelto a formar en lo alto del cielo y su influencia, como si de un nuevo amanecer lunar se tratara, hizo completa mella sobre el licántropo, cuyos quejidos de dolor eran insoportables.

–¡Remus¡Remus no! –gritó Helen auxiliándolo. Lo tomó entre sus brazos mientras la transmutación se completaba. Las lágrimas inundaban el cuerpo cambiante de Remus–. ¿Qué demonios está ocurriendo?...

–El... eclipse... –consiguió articular Remus antes de que un profundo aullido naciese de lo más hondo de su garganta.

El eclipse había roto los efectos de la poción. De haberlo sabido, Helen debía haber aumentado la dosis. Pero había estado tan excitada con la expectativa de disfrutar de Remus durante una luna llena que había olvidado consultar un calendario lunar. Teniéndolo sobre sus brazos, llorando amargas lágrimas, mientras balanceaba al lobo que aullaba en voz baja lamentándose del dolor que la transformación le había causado, pronunció como si de una maldición se tratase:

–No dejaré que esto te suceda nunca más, amor mío. Ésta será, para el recuerdo, tu última noche como licántropo.

Pero aquella idea no conseguía detenerle las lágrimas ni borrarle el amargo y reciente recuerdo de su marido haciéndose añicos mientras se transformaba en una criatura que ahora se le antojaba, sobre sus brazos, entrañable.

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Helen estaba muy satisfecha. Acabada la rueda de prensa, realizadas las fotografías pertinentes que a la mañana siguiente serían la portada de media comunidad mágica a menos que hubiese una noticia más apremiante (que la habría), se proponía retirarse a descansar en su despacho. Pronto, la "Gaceta Científica del Mago y la Bruja" revelaría la receta de la poción de mata-matalobos, como habían terminado por denominarla, y todos los licántropos de Gran Bretaña y del mundo entero desterrarían de sus cuerpos, siempre que la tomasen con los cuidados necesarios, aquella maldición que en todos ellos se había instalado: la maldición del redondo ojo de plata. Y todo se debía a su incansable esfuerzo, aunque ella le restase importancia a su labor involucrando, más de lo que era estrictamente cierto, al equipo que había colaborado con ella en el laboratorio de San Mungo. En efecto, éstos eran motivos suficientes para estar satisfecha, muy satisfecha.

Recibió con mucho gusto la enhorabuena de su madre, de Emmanuelle, de sus compañeros de trabajo y del mismo director del hospital, que le reconoció que aquella hazaña se merecía una Orden de Merlín. La recibiría, por supuesto, y de primera clase, pero en modo muy distinto al que se acostumbra a la hora de entregar estos premios: Helen jamás fue a recoger este premio.

Se hizo acompañar de Louise, que le pidió que saliesen un momento para fumarse un cigarro. Helen había advertido que hacía semanas que estaba nerviosa y fumaba más de la cuenta, o de lo acostumbrado en ella; pero en aquella ocasión su modo de obrar superaba cualquier nerviosismo: rayaba la histeria.

–¿Estás bien? –le preguntó la adivina–. ¿Cómo va todo con Johny? –La otra la miró sin entender–. ¿Con tu marido? –siguió Helen.

–Ah, oh, bien, bien –contestó sin dar más información al respecto, como si no tuviese mucho interés en hablar. Revolvía en su mano la caja de los pitillos con impaciencia, deseando alcanzar la puerta de emergencia para encender uno y descargar sus pensamientos como exhalaba el negro humo de sus pulmones.

Casi habían alcanzado la puerta. Llegaba un olor nauseabundo. Helen intuyó que debía provenir de los contendores allí situados. Era aquél un estrello callejón al que iba a parar buena parte del material clínico empleado, a unos contenedores en los que se degradaban, bien cabe la expresión, por arte de magia.

–Entonces¿el divorcio con Johny está saliendo bien? –siguió preguntando la adivina.

La otra volvió a dirigirle una mirada inquisitiva, indescifrable.

–¿El divorcio?... Ah, no tan bien. Ese cabrón me está chupando la sangre de las venas y está acabando con mis fuerzas, el muy hijo de puta.

Helen se detuvo. Jamás había oído a su compañera hablar en aquel tono. Siempre había tenido de ella la idea de que era muy respetuosa y educada.

–Louise –le dijo–, confía en mí si tienes cualquier problema, eh. No estás sola en esto. Somos amigas y las amigas estamos para esto, para ayudarnos.

Y, para confortarle o infundirle mayor ánimo, aquel tipo de ánimo que no confieren las palabras sino tan sólo los gestos, le puso la mano sobre el brazo para mostrarle una señal de afecto. Al hacerlo, se encogió. Fue sólo unos segundos, pero bastó, fue suficiente. El rostro con que se dirigió a Louise ya no mostraba afecto alguno; más bien sorpresa, confusión... Pero Louise, atenta, la tomó a su vez del brazo y, tirándola al suelo, la lanzó con una fuerza impropia de una chica enclenque hasta rebasar la puerta de emergencia. Rasguñada, alzó el rostro para observar al hombre al frente de cuyas rudas botas se había detenido. Su aspecto era descuidado.

–¿Qué, ya has visto lo que te va a pasar, bruja? –le preguntó.

Era Greyback.

Helen, enderezándose a medias, observó a su alrededor: media docena de hombres se repartía por el estrecho callejón, unos en cuclillas sobre el contenedor, otros sujetando gracias a unas gruesas cadenas de latón unas fieras criaturas babeantes que parecían dispuestas a saltar sobre la adivina: licántropos. Helen parecía más sorprendida de verlos convertidos en su forma animal a plena luz del día que de ver tal cantidad reunida: habría otra media docena, aproximadamente, de lobos furiosos: sobre la cornisa que se extendía sobre la puerta de emergencia, a su lado, junto al contenedor... Estaba literalmente rodeada, lo sabía.

Medio incorporándose, giró la cabeza hacia la puerta que había cruzado deslizándose por el suelo. Louise franqueaba con una sonrisa siniestra su paso. Estaba encendiéndose el cigarro cubriéndose con una mano la llama que brillaba de la punta de su varita.

–¿Desde cuándo, Louise?...

–¡No te confundas, adivina! –exclamó con una mueca que difícilmente hacía entender cuanto decía. Después, expulsando la primera bocanada de humo, se retiró el pitillo de la boca–. Esa puta está en el cuarto de mantenimiento de los celadores, maniatada y amordazada. –Dirigiendo con ambas manos para indicarle su cuerpo–: Poción multijugos. Esa idiota debería ser más precavida en los aparcamientos para escobas voladoras o ¿es que no ha oído hablar de los violadores, de los psicópatas...? La muy zorra, más caliente que las perras, casi me quita la ropa antes de llegar al cuartucho ese. Pero, claro, yo sólo necesitaba uno de sus pelos. Seguro que la he dejado cachonda y con ganas.

Los licántropos en su forma humana alrededor de Helen estallaron en una carcajada general que se extendió durante varios segundos. Incluso los licántropos parecían reírse, como si fuesen conscientes, como si cerebro humano latiese bajo su forma animal. Cuando aún no se había extinguido la risa, Helen, esbozando una expresión de repugnancia, le gritó:

–¡Me das asco!, no puedo entender cómo un mago apoya a los licántropos.

–Bruja –se dirigió a ella Greyback con una voz ronca que asustaba, pero hablando en un tono extremadamente frío y pacífico–, no es él el que se ha casado con uno.

La risa, ya casi consumida, se reavivó nuevamente. Helen hizo ver su intención de ponerse en pie, pero Greyback, que no se reía de su propia gracia, la aplastó contra el suelo y, con un gesto de manos y reconviniéndola con un chasquido de lengua, la obligó a permanecer en la incómoda postura en que se encontraba.

–¡No, bruja! –le recriminó–. Tienes que escucharme. Hemos hecho un largo viaje para hablar contigo. Quizá intuyas con qué intención...

–¡Jamás!... –gritó Helen, pensando que, tal vez, elevando el tono de voz haría que alguien acudiese en su ayuda.

–Sé lista, estúpida bruja. Mientras exista esa poción de mata-matalobos que has creado, te aseguro que nadie a tu alrededor estará a salvo: tus hijos, tus padres...

–La poción impedirá que se conviertan en hombres lobo –terció haciendo como si no le importase su suerte–. La poción ayudará a muchísima gente. No pienso ceder a vuestro chantaje porque una panda de lunáticos como vosotros considere que esto es un atentado contra su propósito de vencer a los vampiros.

Greyback, apartándose de ella, le hizo al mago una señal que sólo aquél sabía descifrar. Seguidamente, aquél elevó su varita sobre el cuerpo en tierra de la adivina y la maldición cruciatus se extendió por todo su cuerpo, como una descarga eléctrica difícil de contener. Apenas duró unos segundos, con los que Greyback parecía satisfecho porque volvió a inclinarse junto a Helen para inquirirle:

–¿Y bien?

Helen no dijo nada. Estaba concentrándose para tratar de enviarle una visión a Remus, una capacidad que había demostrado ser muy provechosa en su juventud pero que llevaba largo tiempo sin practicar. Quizá, aquella circunstancia y el hecho del reciente dolor aún cebado en cada remoto rincón de su cuerpo, impedían que se concentrase cuanto era necesario.

–¡Bruja, te estoy hablando! Contesta.

Helen abrió los ojos con rabia, sabiendo que sería incapaz de enviarle una visión a su marido en aquellas circunstancias. Resignada, y tan rápidamente como fue capaz, extrajo su varita del bolsillo de su bata. En ese instante, todo sucedió aprisa a su alrededor. Los licántropos saltaron encima de ella, los hombres huyeron en estampida. Creyó haber conseguido alcanzar a alguno antes de que sus ojos, sus hermosos ojos oscuros, se cerrasen para siempre. Como frías cuchillas de plata, las mordeduras de aquellas feroces criaturas se cerraron sobre sus miembros. Y todo se desvaneció.

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La sanadora, sin intención de fingir la expresión atónita que la invadía, levantó el párpado caído de Helen mientras lo observaba atentamente bajo el haz luminoso de su propia varita. No cabía duda, y, absorta por aquel descubrimiento insospechado y en absoluto feliz, dejó huir un resoplido más profundo de lo normal; el otro sanador, que practicaba a la velocidad del rayo numerosos hechizos recuperadores sobre sus miembros destrozados, detuvo un instante su labor para observar a su compañera: los ojos de la adivina estaban perdiendo su tono oscuro y, por contra, iban adquiriendo un tono miel que pronto desembocaría en dorado; un color mucho más mítico y acorde con su capacidad visionaria. Ambos pensaron que aquél era un revés de ésos que hacen decir a las gentes eso de las ironías de la vida: nadie podía pensar, hacía tan sólo un rato, que aquella poción de mata-matalobos que Helen había presentado a los medios de comunicación y a la comunidad atajaría la que iba a ser próxima, y perpetuamente, su maldición.

Ambos sanadores, los que ahora la atendían, habían estado con ella entonces, acompañando a una Helen radiante de felicidad que, a pesar de su maravilloso don, parecía ajena a lo que el jocoso Destino le deparaba. La adivina se había mostrado divertida y ocurrente durante la rueda de prensa y había bromeado incluso con aquellos periodistas que le habían preguntado si es que necesitaba más noches con su marido y ésa era la razón que la había impulsado a inventar la fórmula. El hospital entero parecía haberse detenido para observar, al menos durante unos minutos, a Helen departir y sonreír cándidamente desde el escenario del salón de conferencias. El vivo aplauso que se le dedicó, al término de la exposición, pareció sobrepasar los muros del recinto, elevarse como un gas contagioso hasta la alta cúpula y extenderse como una tormenta de felicidad.

¡Nadie entonces podía prever que la radiante sanadora entraría por el servicio de emergencia minutos más tarde, sangrando intensamente y con marcas que evidenciaban un ataque licántropo! Ni siquiera la propia Helen.

Había sido descubierta por un par de sanadores que rondaban por allí haciendo compañía al guardia de seguridad, fumando los tres un pitillo ignorantes de la terrible situación que tenía lugar a pocos metros de ellos. Cuando dieron con ella, atraídos por alaridos y gruñidos, Helen estaba a punto de ser devorada y destrozada por los licántropos. Las maldiciones silbaron en el aire. Varias impactaron contra algunos de ellos, que ahora se estaban recuperando en el mismo hospital, a poca distancia de Helen, con vigilancia policial en sus puertas. «Helen Lupin... ¡Por las barbas de Merlín!... ¿Estás bien? Responde», dijo el primero que la hubo reconocido. «¡Ayuda¡Ayuda! Ha habido un ataque».

El licántropo entró precipitadamente en la habitación en que estaban practicando los pertinentes servicios sanitarios a su mujer. Con dos grandes zancadas, cubrió el escaso espacio desde la puerta a su cabecero y se acuclilló a su lado, visiblemente nervioso y preocupado.

–¿Cómo está¿Cómo se encuentra¿Se recuperará? Digan algo, por el amor de Rowling.

La sanadora, impasible, como quien hace un trabajo rutinario, lo invitó a salir, agarrándolo fuertemente para acompañarlo, diciéndole:

–No puede estar aquí, señor ministro, lo siento. Tiene que salir. No puede estar en una habitación de la Unidad de Cuidados Intensivos fuera del horario de visitas.

–¡Es mi mujer! –protestó el licántropo zafándose de ella, con lágrimas en los ojos. Recurrió a su varita. Estaba tan nervioso, tan alterado, que, de haber mantenido su declarada oposición a su presencia, no se sabe qué uso habría hecho de ella–. No puedo dejarla, entiéndanlo. No quiero... que se muera.

El sanador, encogiéndose de hombros, hizo que la otra fuese más condescendiente con el desolado hombre, que terminó cayendo de rodillas a los pies de la sencilla cama, llorando amargamente. No sabía por qué lloraba exactamente, si por el temor de perderla, si por el temor de recuperarla con su misma maldición, con sus mismos miedos, con su misma traba (una traba en forma de bestia mensual). Lo cierto era que lloraba, y nada, nada de cuanto se dijese, podría haberlo consolado, por lo que los sanadores guardaron silencio mientras realizaban minuciosamente su labor. En tanto, como ausente, Remus declamaba sentencias a cientos, como si su mujer no estuviese inconsciente y lo escuchase realmente:

–No te vayas, Helen. No podré soportar la vida sin ti. Todo será muy complicado entonces. ¡Helen!... Esto es culpa mía¡todo culpa mía! Vuelve en ti, vuelve en ti y lo solucionaré. Te quiero, Helen. ¡Helen¿Helen? –Y balanceándose de delante atrás–¿Y por qué han hecho esto¿Por qué a ti?... ¡Malditos condenados hijos de puta!... Los estrangularé con mis propias manos. ¿Hermanos licántropos¡¡¡Hijos de puta!!! Me habéis robado lo que más quiero. ¿Helen? Helen, despierta, por el amor de Rowling¡despierta¿No me oyes? Estoy aquí. Tienes que despertar. Tienes que despertar...

Cuando hubo transcurrido bastante rato, los sanadores dejaron sus instrumentos a un lado y, acercándose a Remus, le pidieron que saliera con el pretexto de hablarle.

–¡Yo no me muevo de aquí! Yo no me muevo de su lado –fue su única respuesta.

Los dos sanadores, obligados por las muchas voces que profería, admitieron hablarle allí mismo, en el interior de la habitación, fuera de toda costumbre y rutina. Quizá se pueda pensar que este consentimiento tácito era debido al rango ministerial ostentado por Remus. Muy lejos de la verdad. Las lágrimas de aquel hombre que consideraban de hierro los habían conseguido ablandar, a pesar de que sus rostros estaban ya tan acostumbrados a la barbarie que eran incapaces de ofrecer una expresión que no fuese impertérrito y indolente.

–Se recuperará de las heridas superficiales –habló el sanador. El hincapié que puso en la última palabra, lejos de tranquilizar a Remus con aquella noticia felicísima, lo había dejado más trastornado–. Señor ministro, usted sabe de esto tanto casi como yo. O quizá más. Sabe a lo que me refiero. Ahora Helen es...

–¡No! No lo diga –le gritó.

–Lo siento, señor Lupin.

–¡Está mintiendo! –volviendo a llorar. Agarró la solapa del sanador y lo sacudió con rabia–. Algo se podrá hacer. ¡No, ella no! Ella no. ¿No lo entienden? Ella no...

–Lo siento. De veras que lo siento.

–No, ella no...

–Ahora hay cura, señor ministro. Gracias a ella –participó la joven sanadora para tranquilizarlo–. Toda maldición tiene una bendición, y viceversa.

Remus parecía destruido, más viejo de lo que realmente era. Las mejillas surcadas de lágrimas negras, se dejó caer sobre un sencillo taburete que a punto estuvo de dar con él en el suelo. Los sanadores trataron de auxiliarlo. Se desplazaba como un anciano, tropezando con las cosas, con la mirada en lo infinito, balbuciendo incoherencias en las que tan sólo se apreciaba con nitidez el nombre de su mujer, repetido una y otra vez.

–Ella no...

–Lo sentimos mucho, señor Lupin –volvió a terciar, lastimeramente, el sanador–. No puede quedarse aquí por más tiempo. Tiene que esperar afuera. Son las normas.

–¡Por favor, no! –Suplicante, a punto estuvo de ponerse de rodillas para que lo dejasen quedarse a su lado, velándola–. No me separen de su lado, por favor. Ahora no. Tenía que haber estado pendiente de ella, tenía que haberla... ¡cuidado¿Qué mal puedo hacerle yo ahora? Necesito estar junto a ella, junto a su cabecera, vigilándola. Por favor...

Los sanadores optaron por no discutir más el asunto y dejarlo dentro, como rogaba. Quizá lo hicieron porque era el ministro de Magia y no querían tener problemas con el más alto dirigente gubernamental de la comunidad mágica; o quizá lo hicieron porque sus lágrimas terminaron convenciéndolos, ablandándolos, y no pudieron resistirse a la patética súplica de un hombre destrozado. En definitiva, lo consintieron. Como habían de marcharse, lo dejaron solo junto al cuerpo pálido y frío de su esposa y al pergamino flotante a su lado que, cual un sismógrafo muggle, marcaba sin necesidad de pluma ni tinta las constantes vitales de la bruja. Remus, volviendo a caer de rodillas, hundió su rostro en el pecho de su mujer, que acogió sus muchas lágrimas con el solo movimiento de una respiración lenta y mortificante.

–No voy a poder perdonármelo en la vida –se dijo Remus entre sollozos que en vano trató de ocultar–. En la vida. Os he metido a vosotros, mi familia, en una guerra que es sólo mía. Sólo mía. He tratado de huir de ella como el condenado a muerte que huye de su suerte... Pero nadie escapa a su suerte. Ni siquiera yo.

Levantando el rostro, le tomó la mano. Aquel gesto instintivo le ofreció una idea que le hizo brillar los ojos. Miró el rostro inanimado de su mujer, los ojos cerrados que nada veían... Nada veían del mundo que tenía ante ella. Él sabía, lo intuía, que aquellos ojos cerrados, en tinieblas, estaban viendo más que los de cualquiera; veían lo que sólo algunos privilegiados estaban capacitados para conocer a destiempo. Le besó aquella fría mano que sostenía entre sus manos con ternura.

–Perdóname, Helen, por lo que voy a hacer. Pero necesito saber... Necesito hacerles pagar lo que te han hecho. –Volvió a besarle la mano. En un susurro–: Invoco el poder de Ánuldranh. –Una brisa de desconocido origen consumió por un momento las velas de la habitación, que se reencendieron al instante–. Revélame el emplazamiento del escondrijo de esa rata lobuna. Hazme ver, como la otra noche, lo que ven tus hermosos ojos, Helen.

Remus sintió la visión penetrar por entre las venas de su brazo. Era como un escalofrío eléctrico que lo fuese invadiendo, que se fuese apoderando de él, enredándose por entre sus miembros como una planta silvestre hasta alcanzar sus brillantes y dorados ojos, que brillaron un instante antes de quedar sumergido por la penetrante y nítida visión. Lo veía, veía el cuartel general de Greyback. Ante sí, como si él mismo estuviese inmerso en la escena, tenía a la cuadrilla de licántropos bajo sus órdenes. Era sólo una visión, pero él, iracundo, se adelantó para atrapar a uno de ellos.

No lo alcanzó, por supuesto. La visión se desvaneció con un súbito temblor y, para su sorpresa, al volver en sí, descubrió a Helen convulsionándose sobre la cama del hospital. Remus le soltó la mano inmediatamente, consciente de que había sido el poder de Ánuldranh el que había producido aquella circunstancia. Seguidamente, cuando la primera impresión y los nervios y el renovado llanto se lo permitieron, auxilió a su esposa. Sin embargo, sus cuidados no pasaban de palabras tranquilizadoras al oído que no producían efecto alguno. Y el estado de Helen no remitía: al contrario, el ataque de que era víctima iba en aumento, terminando por escupir espuma por la boca.

–¡Un sanador! –acabó gritando el licántropo asomándose al pasillo–. ¡Que venga alguien! Rápido.

Los que la habían atendido hacía unos minutos, y que aguardaban tranquilamente en el pasillo conversando con algunos colegas, entraron atropelladamente en la habitación. Prestos, tomaron las riendas de la situación y, usándose de las herramientas adecuadas, trataron de paliar el repentino ataque.

–¿Qué ha pasado? –preguntó la sanadora con voz chillona–. ¿Qué le ha hecho?

–Yo... No... no... no sé –contestó Remus.

–No puede seguir aquí dentro, señor ministro –lo invitó a salir el otro–. Debe irse fuera. ¡Ahora! Tenemos que trabajar. Hablaremos con usted en cuanto terminemos.

Remus, obligado por los empujones de aquél, fue expulsado al pasillo, desde donde siguió observando con los ojos empañados de lágrimas a su mujer convulsionarse. Observó cómo le aplicaban el desfibrilador y lo descargaban sobre su pecho, cómo vertían pócimas de extraño color sobre el suero al que estaba conectada y practicaban otros procedimientos que eran extraños al conocimiento del licántropo. La sanadora, advirtiendo que Remus seguía observando a través de la ventana del pasillo, corrió rauda a correr la cortina. A pesar de eso, Remus prosiguió unos segundos frente a la ventana opaca, observando cómo sus propias lágrimas iban transfigurando su vista. Se giró de espaldas a la pared y, después de darse dos pequeños cabezazos contra ésta, se deslizó por ella hasta quedar sentado en el suelo. Se pasó la mano por el cabello, revolviéndoselo, maldiciéndose en su fuero interno.

Sacó lentamente su varita de su bolsillo y se apuntó con ella al pecho. La dentadura le castañeteaba produciendo un quejumbroso sonido que atrajo pronto la atención de las restantes personas que quedaban en el corredor. Se la apretó con fuerza, como si desease atravesársela. Después, apoyándose rudimentariamente contra la pared, se puso en pie sin dejar de apuntarse con su varita mágica. Los magos y brujas que lo observaban quedaron desconcertados doblemente: en primer lugar, por el terrible grito que emitió y que debió escucharse varias plantas por encima de ellos; en segundo lugar, por haber sido el mismísimo ministro de Magia el emisor de aquel desgarrador gruñido que sólo entenderían, a la mañana siguiente, al leer la noticia principal que traería El Profeta. Y así, con aquel grito espantoso y miserablemente humano, la garganta inundada de lágrimas, la varita frente a sus ojos, la figura del mago se desvaneció como la niebla ante los primeros rayos del sol.

–Te estábamos esperando, hermano.

Ante sus ojos volvía a alzarse la penumbrosa galería rocosa que servía de guarida secreta para Greyback y sus licántropos, sólo que, en aquella ocasión, de Greyback no había ni rastro. Solamente un sinnúmero de licántropos de apariencia irónica y burlona, formando un círculo cerrado en torno a Remus, sin transformar la mayoría, en pie unos y otros en cuclillas, le daba aquella jocosa bienvenida. Era uno de los licántropos sin transformar, en cuclillas, el que había pronunciado aquella sentenciosa salutación que con tan poco gusto fue recibida por nuestro licántropo, que alzó su varita contra él y descargó con toda la furia que pudo contraer un maleficio atroz.

Nada. Ése fue el resultado. El sortilegio golpeó contra un obstáculo invisible y se deshizo en un haz de chispas que terminaron cayendo, indefectiblemente, sobre el confuso Remus, que hubo de cubrirse la cabeza con los brazos para protegerse de ellas. El círculo de licántropos prorrumpió en escandalosas carcajadas que enfurecieron más aún a Lupin, el cual volvió a blandir, concentrando sus facciones, su varita. La maniobra no aportó, en aquel caso, ninguna novedad: chispas multicolores se precipitaron sobre Remus nuevamente en tanto que los hombres a unos metros de él se reían burlándose.

Remus dedujo que un escudo transparente se alzaba entre los burlones licántropos y él. No podía imaginarse aún cómo lo habrían conjurado aquellas zaparrastrosas criaturas de aspecto desdeñable, apariencia poco higiénica y modales que distaban mucho de parecer siquiera humanos; quizá alguno de ellos, pensó para sí, además de un licántropo, sería un mago o una bruja. Y, sonriéndose para sus adentros, mientras levantaba la varita por encima de su cabeza, sabía que aquello no representaría un obstáculo insuperable para él. Dibujando una media sonrisa por su comisura derecha, interpretó aquello como un reto que superar en aquel momento en que dejaba atrás tantos presupuestos asumidos de pacificación y fraternidad. Su varita comenzó a vibrar en su mano, como si portase en ella un antena que estuviese rastreando la señal. La vibración era cada vez más potente. Hasta el punto de convertirse en un viento endiablado que soplaba en el interior del escudo invisible y removía los cabellos y ropas de Remus sin que éste alterase en demasía su expresión impertérrita. El círculo de licántropos, por supuesto, había cesado de reír en aquella loca manera suya y observaba la situación con una mezcla de curiosidad y pánico: el escudo invisible había dejado de ser una mampara invisible para revelarse como una semiesfera bajo la cual Remus parecía encarcelado; iba adquiriendo un tinte grisáceo conforme el viento en su interior golpeaba sus paredes internas con furia imparable. Cuando el viento parecía estar a punto de querer filtrarse por entre el suelo rocoso e invadir también el exterior de la cúpula, Remus realizó al fin una floritura con su varita y el escudo se resquebrajó proyectando cortantes pedazos en todas direcciones que se deshicieron en un humo blanco y aparatoso al proyectar contra las paredes o incluso contra el atónito círculo de licántropos, ya completamente roto.

Tan pronto como el escudo protector cayó, Remus alcanzó al hombre lobo que le había hablado, lanzándolo a varios metros de distancia. Los licántropos corrían despavoridos, gruñendo y chillando como una manada salvaje a la que se le estuviese exterminando mientras los maleficios les llovían por donde menos lo esperaban. Inesperadamente, un mago hizo acto de aparición, presumiblemente el que había conjurado el escudo impenetrable, y se encaró contra Remus Lupin, ofreciéndose a un duelo de fácil resolución: la frente de aquél estaba empapada en sudor y su varita temblaba en su mano mientras Remus, consciente de su superioridad, adoptaba una expresión tranquila. Dejó que aquel mago lanzase el primer ataque, que despejó con terrible facilidad. Entonces fue su turno. Ayudándose del hechizo que sus amigos de infancia habían empleado frecuentemente en Hogwarts, alzó al mago en el aire, boca abajo, y de este modo lo dejó unos instantes. Sin previo aviso, lo desarmó y lo lanzó contra el agua turbia, donde al poco rato estaba hundiéndose como un pelele sin vida. No obstante, Remus no tenía intención de matar a nadie: cuando parecía a punto de fenecer, de sucumbir bajo las negras aguas serenas, lo levitó y lo hizo planear hasta la orilla más distante de él.

Volviéndose, tuvo la intención de reanudar su ataque contra la furibunda jauría que lo rodeaba. Pero no hubo ocasión para ello. El círculo que volvía a dibujarse en torno a Remus se rompió, dejando pasar a un hombre que caminaba indolentemente. Deteniéndose a unos metros de nuestro licántropo, habló:

–Ya basta, deja en paz a mis hombres. –Era Greyback, por supuesto–. Fui yo el que ordenó el ataque. Es a mí a quien quieres, Licántropo. –Remus, sin necesidad de un instante de reflexión, elevó su varita contra él y a punto estuvo de maldecirlo cruelmente–. ¡No! –sin embargo, le gritó su contrario, y aquella voz fue suficiente para suspender la mano de Remus, que no emitió más que rojas chispas de su extremo. Remus jamás supo por qué no lo había atacado, por qué no se había lanzado contra él con la misma ira que había demostrado con los otros. Pero aquel hombre, sus palabras, parecían hipnotizarlo–. No –volvió a decir, más relajado–. La magia no es suficiente para matarme –explicó con sorna, como orgulloso de cuanto decía–, no serías el primero ni el último que intenta matarme con una varita. No. Acepto el duelo, Lupin, lo acepto. Pero un duelo de honor. –Abrió una mano señalando a un licántropo detrás de él, que hasta entonces había pasado inadvertido para Remus, que sostenía sobre sus manos un baúl lleno de frascos de vidrio–. En igualdad de condiciones. ¿Aceptas?

Remus bajó la varita. En otra circunstancia cualquiera, frente a otro adversario, jamás se habría desembarazado de su varita. Pero las palabras de aquel hombre, a pesar de la animadversión que le provocaba, le inducían a una extraña e inexplicable sensación de obediencia, de respeto. De cualquier modo, tenía de su parte una baza, un poder inigualable, Ánuldranh, que le facilitaría el empleo de magia sin necesidad siquiera de blandir su varita.

Remus se adelantó hasta alcanzar a Fenrir y al licántropo del baúl de los frascos, pero quedó suspendido a unos metros de ellos. No había desviado su mirada de los fríos y resplandecientes ojos dorados de su contendiente, que le devolvían el gesto con una subrepticia sonrisa pícara.

–¿Pociones? –inquirió Remus–. ¿Ése es el modo en que piensas matarme?

–Suelta tu varita –ordenó Greyback, a lo que Remus, casi sin pensarlo, respondió arrojando su instrumento a varios metros de distancia de él. Uno de los licántropos del círculo disuelto se acercó ligero y la atrapó, apartándola del terreno en que tendría lugar el duelo–. Cómo puedes pensar que voy a matarte con pócimas –se burló Greyback, contestándole al fin–. Por si lo has olvidado, Lupin, somos licántropos: ésa no es nuestra forma de matar. A los desertores de nuestras filas, y a los traidores, los retamos a un duelo. Un duelo a muerte.

Y, diciendo estas palabras, tomó uno de los frascos que le tendía el subalterno a su lado, apurándolo de un ruidoso sorbo. Remus, que sentía humillado su orgullo y, a su vez, la necesidad de demostrar su coraje ante aquel imponente hombre, adelantó los pasos que le restaban hasta llegar al hombre de los frascos, le tomó uno de mala gana y lo apuró de igual modo, arrojando el recipiente contra el suelo. La pócima sabía a rayos, pero su expresión no mostró un ápice de repugnancia. Se sentía confuso: días atrás Helen había jurado que aquélla sería su última transmutación licántropa; pero allí estaba ahora: transformándose a placer, no por necesidad, para batirse en un duelo en el que, sin magia mediante, no ofrecía ninguna ventaja sobre su rival.

Greyback, con rudos movimientos, se deshizo de su ropa, quedando completamente desnudo. Remus sabía que su licantropía era culpable de su pilosidad corporal, no anómala por otra parte, pero aquel hombre no le iba a la zaga: el vello cubría, hasta ocultarlos, sus inmensos brazos, y brotaba en sus hombros y espaldas, el doble de anchos que los de Remus. Era, en definitiva, un ejemplar descomunal, temible, pero Remus no experimentó la menor sensación de cobardía. Imitándolo, se arrebató sus ropas con furia y, arrojándolas a un lado, como su varita, esperó; no sabía cómo había de hacer uno para transformarse en licántropo después de haber ingerido aquella pócima hedionda.

Fue Greyback quien, sin articular palabra ninguna, lo instruyó: inclinándose hacia delante, adoptando una postura casi en cuclillas, contrajo todos los músculos de su cuerpo hasta emitir un alarido desgarrador. En ese instante, las venas de sus brazos y piernas comenzaron a hincharse, síntoma de una activación del bombeo sanguíneo superior a la normal. Su cabeza toda se estremeció y su mandíbula se rompió hasta aparecer aquella hocicuda protuberancia cuajada de afilados colmillos. Remus, en viéndolo, lo imitó, y la transformación, la primera que acometiera mientras brillaba la luz del día, se apoderó de todo su cuerpo, invadiéndolo un dolor más intenso que el que jamás hubiera experimentado. Transcurridos unos escasos minutos, dos lobos extenuados, pero terriblemente irascibles, se observaban el uno al otro, de frente, dirigiéndose crueles miradas que pronto darían lugar a los primeros zarpazos.

Los cuerpos se encontraron en el aire, y los primeros colmillos hendieron en la carne, después de impulsarse sobre sus cuartos traseros para saltar. El tamaño considerablemente superior de Greyback dio con Remus en el suelo, el cual cayó en tierra de espaldas y terminó siendo revolcado bajo las patas de su adversario, que seguía buscando su cuello con su poderosa mandíbula. En aquella postura, Remus apenas podía defenderse siquiera, menos lanzar un ataque; cuanto trataba era de ponerse en pie lo más aprisa posible y encararse nuevamente al otro. Pero la fuerza de Greyback era inigualable: hundiendo sus dientes sobre la gruesa piel del costado de Remus, lanzó al licántropo a varios metros de distancia. El aullido de dolor de éste fue un agudo quejido lamentable que produjo la primera excitación del apasionado público, que vitoreó la acción, aplaudió y silbó.

Greyback, sonriendo incluso bajo su forma lobuna, le concedió a Remus unos segundos para que se pusiera en pie. Éste lo hizo muy lentamente. El cuerpo todo le dolía y sentía la sangre caliente bullir a borbotones por su flanco herido. Sin embargo, puesto ya en pie, mantuvo fríamente la mirada impenetrable del licántropo frente a él, esperando que fuese éste quien se le abalanzase encima. Y, ciertamente, observando su impasibilidad, Greyback se puso en movimiento, dispuesto a lanzarse nuevamente sobre él. Pero Remus, más ágil y mejor en reflejos, realizó un quite que obligó al otro licántropo a frenar en seco. Los restantes hombres lo abuchearon, pero el licántropo no se encogió; más bien todo lo contrario, alzó el cuello con majestad y siguió observando detenidamente todos los movimientos de Greyback, que ya no sonreía.

Andaban describiendo círculos, alejándose continuamente el uno del otro pero quedando siempre a una distancia regular, sin apartar sus intensas miradas, gruñéndose como con intención de acobardarse respectivamente. De tanto en tanto, amagaban un salto que quedaba en una finta que obligaba al contrario a flexionar las patas esperando realizar cualquier maniobra. Remus, que luchaba consigo mismo tratando de relajarse, estudiaba detenidamente a su enemigo: aunque fuerte y de movimientos terriblemente poderosos y dañinos, sus movimientos eran más lentos y menos audaces que los suyos propios, y era en aquella cualidad donde había de poner todo su empeño. De forma que, cuando Greyback tomó la iniciativa y arremetió contra él, él se apartó velozmente de su trayectoria y, girándose en seco, atrapó con su poderosa mandíbula una de sus patas traseras y penetró sus colmillos hasta que la sangre caliente golpeó su garganta. Greyback le atizó con la pata trasera que le quedaba libre una coz que acertó sobre Remus, que hubo de liberarlo, y cayó inmediatamente de costado, profundamente dolorido. Pero no permaneció en aquella postura mucho tiempo, pues la pugna estaba en el punto más terrible; de haber demostrado el menor asomo de debilidad, Remus se habría arrojado sobre él sin compasión. Así que, apoyando la pata destrozada, se puso en pie otra vez para encarar a Remus al tiempo que éste le embestía. El Licántropo, que no esperaba que se alzase de nuevo, recibió duramente el golpe que le propinó con el hocico y que lo hizo rodar varios metros, tal era su fuerza.

Remus cayó en mala postura, respiraba intensamente, no realizaba su cuerpo otra señal de vida aparte de ésta. Greyback se acercó lentamente hasta él, disfrutando de la inminente victoria. Gruñía con rabia mientras se aproximaba a su víctima tendida. Lo desgarraría vivo y le extraería sus entrañas mientras todavía estuviesen calientes. Pero Remus, en realidad, no había quedado malparado ni del golpe ni de la caída; tan sólo lo fingía. Cerrados los ojos, aguzando los oídos, sentía a su adversario aproximarse lentamente, pisada a pisada hacia él, y entonces estaría preparado. Greyback no lo esperaría: pensaría que estaba realmente inconsciente. Por fin, el ingente lobo alcanzó a Remus y puso una de sus patas sobre su costado herido, del que había cesado de salir la sangre. Paseando la mirada por sus simpatizantes, elevó la cabeza y aulló. Aquella distracción fue aprovechada por Remus, que se revolvió veloz y dio con Greyback en el suelo, cuyo aullido quedó relegado a un gemido al caer. Sin embargo, revolviéndose aprisa, soltó varias dentelladas que alcanzaron a Remus. Éste, impasible al dolor, sabiéndose dueño de la situación, no lo dejó levantarse: lo golpeó fuertemente con sus patas delanteras y clavó sobre él sus colmillos tan profundamente como pudo. Su intención era tratar de inmovilizarlo, una tarea complicada. Los aullidos y gruñidos se sucedían entre babeantes mordeduras envenenadas. Finalmente, Remus consiguió atrapar de él el pedazo suficiente con su fuerte mandíbula para levantarlo y lanzarlo unos metros. Greyback acogió el golpe con un gruñido desesperado. Y, antes de que se levantase o tuviese oportunidad de revolverse para realizar un movimiento cualquiera, sintió la fría dentadura de Remus cerrarse sobre su garganta. El lazo, ahora sí, lo tenía completamente inmovilizado. Greyback lo sabía y, por eso, gruñía con profunda rabia. Rabia que terminó dando lugar a una infinita vergüenza cuando el hombre, revolviéndose, volvió a adoptar su forma humana: tenía la pierna izquierda casi completamente destrozada, chorreando sangre en abundancia, y en el resto de su cuerpo las señas evidentes de la lucha que acababan de mantener. Un hilo de sangre escarlata le resbalaba por el cuello, desde donde Remus aún mantenía firmemente unida a él su poderosa mandíbula.

–¡No, no lo hagas! –exclamó Greyback usándose de un tono patético–. Yo no quiero matarte. Sabes, nunca he querido matarte. Nunca ha sido mi intención. Es más, fuiste el primer hombre lobo al que tuve intención de reclutar para el ejército que ya entonces tenía en mente formar. –Riéndose–: Para ser francos, tú fuiste la razón por la que quise crear un ejército licántropo. El viejo brujo que te adoptó debía saberlo todo y me alertó sobre mis intenciones: una noche, inesperadamente, se presentó sin avisar en mi casa, pasó adentro sin que yo lo invitara, se preparó un té a golpe de varita y me habló. –Remus, escuchándolo, liberó la garganta de Greyback para que pudiese hablar con más desahogo. Con sólo desearlo, abandonó su forma animal y, padeciendo un inmenso dolor, recuperó su forma humana. Manifestando un reparo que lejos estuvo en ningún momento de demostrar Greyback, recuperó al menos su pantalón y se lo vistió–. Me dijo que se me fueran esas ideas mías de ir a por ti, porque no me lo pensaba permitir. Por supuesto, sé que él había estado detrás de todas las veces que había ido en tu busca. De un modo u otro, aunque estuvieras solo en casa, una barrera mágica me cerraba el paso. El viejo mago debió de conjurarla contra mí. Como te he dicho, sé que él sabía qué era lo que yo buscaba.

Observó un instante la expresión idiotizada de Remus, que no comprendía, surcada de heridas sangrantes en su rostro.

–Lo que tú conoces –añadió con sorna– no te ayuda a entenderme para nada. No mientras alguien no te cuente la verdad. ¡Todo son mentiras!... Y ese alguien mismamente puedo ser yo. –Riendo–: Nunca nadie te ha contado la verdad, nunca; te han mentido siempre. La verdad que yo voy a contarte se remonta la mítica noche en que entraste a formar a parte de la hermandad licántropa. Horas antes de la salida de la luna llena, Peet llamó a mi puerta pidiéndome que le sacase las castañas del fuego.

«¡Tienes que ayudarme, Greyback!», gritó Peet nada más aquél le abrió la puerta. Greyback, que lo conocía suficientemente, empujó la puerta para cerrarla, pero Peet interpuso la mano impidiéndolo. Greyback se apartó de la puerta, volviendo al interior, en un claro gesto de desdén. «¡Greyback!» Éste, levantándose del sofá sobre el que se acababa de tirar, empujó al pusilánime licántropo, que tropezó y cayó, y cerró la puerta de su chamizo con gran estrépito. «¡Lárgate de aquí, idiota! –le espetó desde dentro–. No me molestes, tengo cosas mejores que hacer.» Los frenéticos golpes sobre la puerta, no obstante, no cesaron. «¡Greyback! Por el amor de Dios, tienes que dejarme entrar. El zoológico y medio Ministerio me están buscando. ¡Tengo que esconderme en alguna parte!...»

–Pero el pesado de Peet podía llegar a ser muy persuasivo cuando quería.

Cuando Greyback abandonó la cabaña medio derruida en que vivía, encontró a Peet esperándolo, sentado, apoyado sobre el tronco de un árbol. Al verlo, se puso repentinamente en pie y, suplicándole, le siguió hablando en los mismos términos. «¿Te vas, Greyback¿Te vas?... Por lo que más quieras, Greyback, si te vas, déjame que me meta en tu casa y me transforme dentro. Si el Ministerio me descubre... Si el Ministerio llegara a descubrirme... –sollozó–, me cortarán la cabeza.» «¿Crees que me importa lo más mínimo, Peet?», le soltó a bocajarro, amagando un puntapié para que aquél soltase el cabo de su camisa que le estaba manuseando. Ante la negativa de Greyback, Peet no se amedrantó: lo siguió insistentemente, llorándole y suplicándole que le ayudara.

–Su cantinela monocorde me hizo compañía hasta que alcanzamos el lindero de Hogsmeade. Tenía miedo de penetrar en el pueblo, pero finalmente lo hizo, sólo para seguir dándome por culo, claro está. De nada servía que le dijese que aquella noche, a pesar de la luna llena, no estaba para tonterías: todavía estaba conmigo cuando llegamos a la casa de tus padres. Oh, sí, tu casa. ¿Curioso que estuviese yo allí aquella noche, no? –Rio con suspicacia–. No tan curioso, en verdad; tenía un asunto pendiente con tu padre.

Días antes de que apareciera Peet, Greyback recibió otra visita también inesperada: Julius Lupin. Al abrirle la puerta, Greyback halló su varita enhiesta frente a sus ojos, su rostro iracundo devolviéndole una mirada atroz. «Así que un purgoso hombre lobo vive por aquí, eh. Eso es lo que dicen... –Le dirigió una mirada de arriba abajo–. ¡Pues ya puedes estar recogiendo tus malditas cosas, endemoniada bestia, si no quieres que te salte la tapa de los sesos de una maldición! No me gustan las criaturas de tu calaña a mi alrededor, sabes. Apestas a güisqui barato y a asquerosidad. Quedas avisado, leproso e insignificante malnacido.»

–Un hombre encantador, tu padre. Por supuesto, aquella no iba a quedar así. Ésa es la razón por la que, a la siguiente luna llena, fui a hacerle una visita. Claro está, no tenía previsto que Peet me acompañara, pero el pobre idiota resultó ser más una ayuda que un estorbo, a fin de cuentas –riendo nuevamente.

«Vete de aquí antes de que lo arruines todo, miserable entrometido», le gritaba aún Greyback mientras se aproximaban a la casa de Julius Lupin. Peet lo seguía aún a corta distancia, temeroso de que el otro se volviera iracundo sobre él y lo destrozara a golpes. Seguían discutiendo, por supuesto. «Aún estamos a tiempo, Greyback –le rogaba–, dame un techo donde cobijarme. «¿Qué hay de toda esa mierda de la recíproca ayuda entre los hombres lobo, la cooperación fraternal y etc.?» Harto al fin de él, Greyback la emprendió a puñetazos contra el pobre, pero ni por ésas consiguió desembarazarse de su presencia: Peet no se apartó de su lado, tan sólo se separó un poco más, siguiéndolo a prudencial distancia. No intercambiaron ni una palabra más hasta que llegaron a la morada de los Lupin, desde donde esperaron el lento triunfo de la corona de plata: la luna llena los sorprendió escondidos detrás de los setos, lugar en que acometieron sus dolorosas transformaciones. Hundidas sus conciencias en lo más profundo de sus cuerpos, el uno se abalanzó sobre el otro y pelearon como hienas, desgarrándose los miembros a fuerza de dentelladas. En uno de aquellos lances, el débil de Peet cayó bajo las garras de Greyback, que apartó su cuerpo inerte con rabia. Estaba muerto. En ese momento la puerta del porche de los Lupin se abrió repentinamente, apareciendo en escena el pequeño Remus. Greyback adoptó una expresión cazadora, aguardando el lento paso de su presa. Sentía, a lo lejos, la rápida respiración del crío, sus murmullos en voz baja. Cuando lo tuvo suficientemente cerca, se lanzó por encima de él y penetró sus afilados colmillos por entre su blanda carne, desgarrándola. Su sangre salpicó sus encías, y los dorados ojos del lobo se inyectaron. Aquella caliente y dulce sangre cayó en su estómago como un delicioso maná, como un elixir que penetrara por todo su cuerpo de forma irremediable. Mientras experimentaba aquella inefable sensación, alzó los ojos para encontrar al padre del crío con la varita alzada, el cual le proyectó una maldición que lo lanzó a varios metros de distancia. Pero la maldición no lo mató. Todo lo contrario, la contundencia del rayo asesino sobre su pecho, lejos de acabar con él, le activó su consciencia humana por unos minutos, como si hubiese ingerido poción de matalobos. En aquel estado, Greyback se alejó de la masacre de que era autor.

–¿Estás queriendo decir que fuiste tú quien me mordió? –le espetó Remus–. ¿No Peet?

Greyback rio burlonamente.

–¿La verdad, hijo¿Qué más daba la verdad¿Te la contó nadie alguna vez? Tu padre se contentó con el triunfo de haber cazado a Peet. ¿Qué más daba que las heridas que tenía en todo su cuerpo no las hubiese producido la magia? A él eso le importaba un comino. Tenía el honor de haber cazado al licántropo que te mordió, de haber atrapado al fugado del zoológico de Hogsmeade, y a ti también te vendió esa historia. Pero no, Lupin, así no fue. No sé por qué, el morderte me hizo superior, invencible: la magia ya no puede hacerme ningún mal. Y veo por tu cara –mientras reía tontamente– que no te asombra nada de lo que te digo. Tú, al igual que el viejo mago que te adoptó, sabes a lo que me refiero. Ambos somos criaturas excepcionales, Lupin: ésa fue la razón por la que traté de ganarme tu favor durante tanto tiempo.

Remus le devolvió la mirada sin inmutarse. La historia encajaba. Con la sangre de Ánuldranh fluyendo por sus venas, cualquiera que lo hubiera mordido no hubiese sucumbido a la maldición asesina de su padre. En consecuencia, la sangre del clan real también fluía ahora dentro del corazón de Greyback, un pensamiento nada alentador.

–Pero mi interés por ti ha pasado. Ya no eres un hombre lobo como nosotros. En verdad, nunca lo has sido. Sabe nadie las locas ideas que ese viejo mago te metió en la cabeza. Te has vuelto un petulante pretencioso que se esconde bajo su disfraz de mago para ocultar a los ojos del mundo su rareza, que tanto presume de defender y proteger la causa licántropa. Mírate: engalanado en tus ropas perfumadas y olorosas, te avergüenzas de lo que eres. Te tengo pena. Lo de tu esposa, amigo mío, ha sido sólo un pequeño aviso. Ahora, desprotegido, sin magia, terminaremos lo que hemos empezado: serás sacrificado.

Greyback se había puesto en pie para formular aquellas últimas palabras y parecía dispuesto a ingerir otra poción transformadora para atacar a Remus. Otros licántropos, uniéndose a él, cerraron nuevamente un círculo en torno al licántropo para atacarlo con violencia. Sin embargo, Remus miraba a uno y otros con total tranquilidad. Finalmente, habló:

–El hecho de que me mordieras te hizo especial. ¿Verdad, Greyback? –Guardó una pequeña pausa–. ¿Quién diablos no te asegura a ti que yo lo pueda ser aún más? –Y, elevando su diestra, suspendió a Greyback en el aire frente a él, inmovilizándolo y medio estrangulándolo, y chascando la otra mano, proyectó hacia lejos a unos cuantos licántropos que se aproximaban ya demasiado–. Que no me haga falta blandir una varita para hacer magia, por ejemplo.

No hubo terminado de decir aquello, cuando una bandada de negros murciélagos hizo acto de aparición en la boca de la gruta. El hecho de que una oleada de aquellas criaturas voladoras arremetiera inesperadamente en el seno de una caverna rocosa no le pareció, en primera instancia, un hecho especialmente anómalo a nuestro protagonista. Sólo cuando uno de los hombres lobo alzó la voz y gritó: «¡Vampiros¡Han descubierto nuestra posición!», la tesitura cobró para él su verdadero significado.

–¡La defensa! –clamó Greyback con un hilo de voz, aún suspendido a causa del sortilegio que sobre él tendía Remus–. Que alguien la active.

Alguien hubo de obedecerlo, puesto que, a continuación, se percibió un griposo ruido de poleas en acción y, acto seguido, desde el interior de las negras aguas, como impulsadas por un hechizo, aparecieron propulsadas oscuras estacas que con un zumbido mortal penetraron en el enrarecido aire de la gruta hasta clavarse en su techo de piedra. Una docena de murciélagos quedó clavada entre las estacas y la roca, muertos ya para siempre. Sin vida, sus cuerpos se transformaron hasta adoptar sus apariencias humanas y, como lluvia embarrada, fueron deshaciéndose en polvo hasta no quedar nada de ellos en las improvisadas estalactitas. La visión horrorizó a nuestro mago, quien en verdad nunca había sentido mucho aprecio por los vampiros; pero la triste suerte en que habían acabado aquéllos lo sacudió con un golpetazo de fría sangre en la boca del estómago. Sintió náuseas, pero el momento no era en absoluto propicio para mostrar la más mínima muestra de debilidad.

Los primeros vampiros alcanzaron el suelo rocoso y, transformándose rápidamente, blandieron sobre sus distraídas víctimas sus espadas de plata. Los mandobles penetraban en la carne, amputaban miembros y derramaban la sangre licántropa. El ataque había sido tan imprevisto que el exterminio no tardaría en sacudirlos a todos. Pero algunos, veloces, pronto echaron mano de las cabezas de ajos, de los crucifijos y fundamentalmente de las estacas, y la defensa estuvo pronto lista a hacerle frente al enemigo. Remus, al que no le pasaba desapercibido que pronto se vería envuelto en una lucha de la que había tratado de escapar hasta aquel día, aflojó la tensión sobre la garganta de Greyback e, impulsando el brazo hacia adelante, arrojó su cuerpo contra la fría pared de la caverna.

Fue a tiempo. Porque, en ese instante, un murciélago lo envolvió con su vuelo tenebroso, cubriéndolo de tinieblas, y repentinamente la sombra de un vampiro armado se alzó sobre él, presto a descargar su espada sobre su cabeza. Era una chica de rostro furibundo, los ojos inyectados en sangre. El licántropo, ágil, interpuso su brazo y el restallido de la magia sin varita que practicó inmovilizó la cuchillada que le sobrevenía. Apretando los dientes con rabia, soportó con estoicismo la fuerza que la vampiresa imprimía sobre el golpe. Cuando pudo extender el brazo que tenía libre, su varita salió planeando hasta alcanzar su mano y la punta de ésta amenazó terriblemente a la vampiresa que trataba de hundir su espada sobre el licántropo. En viendo la varita sobre su mano, apuntándola, la vampiresa dejó caer su espada plateada al tiempo que retrocedía. Emitió un chillido espantoso, desgarrador, como quien espera una cruenta muerte, al tiempo que su mandíbula aumentaba de tamaño exhibiendo unos amenazadores y afilados colmillos. Cayó en el suelo, gateaba, pues Remus no apartaba de su mirada fría su varita enhiesta. Continuaba dedicándole al licántropo aquella suerte de espantosos sonidos con que trataba de amedrentarlo.

Remus terminó descargando su varita, pero no sobre ella. Retuvo a un hombre lobo que se aproximaba a una velocidad endiablada en pos de la vampiresa en tierra y lo hizo retorcerse unos segundos antes de proyectarlo contra la pared. La mujer lo observó unos segundos con sus grandes ojos negros abiertos de par en par, atónita. Ya no producía sonido alguno. Tan sólo contemplaba a Remus con toda la extrañeza con que se puede mirar a otra persona; una persona de la que se espera odio, crueldad, tortura, jamás ayuda. El licántropo no tuvo tregua. Una vez se hubo deshecho del hombre lobo, el mago al que se había enfrentado minutos antes le salió de nuevo al paso. Estuvo seguro de que no había reparado en él, pues se lanzó endiablado contra la vampiresa que protegía, pero Remus interceptó hábilmente la maldición que aquél había descargado sobre ésta. Entonces sí supo que la atención del ministro recaía sobre él, sus redondos ojos abiertos lo revelaban. Trató de ser temerario en el ataque que le lanzó, pero sus movimientos torpes y hechizos pusilánimes delataban en él un hombre de escaso potencial. Valiendo la comparación, a Remus le recordó mínimamente a Colagusano: rastrero, incapaz de valerse por sí mismo, prestando sus servicios al mejor postor con tal de estar camuflado bajo la capa que mayor cobijo le proporcionara. Quizá fue el recuerdo del que había traicionado a sus amigos; quizá fue una renovada oleada de furia que le subió desde el asiento del estómago; pero fue suficiente para que el licántropo arremetiera sin piedad contra el mago y, esquivando sus sortilegios, lo alcanzara otra vez hasta desarmarlo.

Cuando se hubo enfrentado a aquél, un vampiro lo sorprendió por detrás tirando por tierra al licántropo. Éste perdió la varita, que se le escurrió de las manos, y tan repentino fue el asalto, que ni siquiera tuvo oportunidad de revolverse usando un conjuro sin necesidad de ella. Todo parecía resuelto para su perdición cuando el voraz vampiro alzó su brillante espada por encima de su pecho. Pero nada más lejos de la realidad: la vampiresa saltó por encima de su congénere, haciéndolo rodar por tierra y desarmándolo. Puesta encima de él para inmovilizarlo, mostrándole con fiereza sus largos colmillos para arredrarlo, le habló con un rotundo acento del este:

–No. Aprende a diferenciar enemigo de amenaza.

Remus se puso en pie y recuperó su varita. Todo a su alrededor parecía envuelto en una mefítica niebla de sangre, ajo y plata. Las sombras vampíricas se desplazaban de un lado a otro, envolviendo a los furibundos licántropos en latigazos de tinieblas. Las dentelladas de plata restallaban a diestra y siniestra, amparadas en sus muchos refulgores. El licántropo buscó con la mirada a Greyback, no había rastro de él.

Pero no disponía de mucho más tiempo para encontrarlo. El mago de las hordas licántropas había recuperado su varita y la blandía amenazadoramente, no contra Remus ahora, sino contra el techo. El licántropo se temió lo peor y empuñó con fuerza la suya, resuelto a alcanzarlo en cualquier momento. Pero el otro hechicero fue más rápido.

–¡Lumos solem! –gritó.

Y los vampiros próximos al mago se deshicieron como la cera bajo la llama. Estallaron en humaradas de polvo mientras sus espadas, sin dueño que las alzase, caían con gran estrépito sobre el suelo, extinguiendo su brillante refulgir de sangre y muerte. Remus, con un vozarrón potente, conjuró a su vez:

–¡Eclipso!

Y hasta las llamas de las teas oscilaron al paso de su sortilegio. La luz y las tinieblas se enfrentaron, como se enfrentaron aquellas dos magias. Pero el poder que imprimía Remus sobre su hechizo era tal, que la varita del otro salió disparada de su propia mano. Victorioso, el licántropo alzó sobre él la suya y lo inmovilizó con unas cuerdas que se anudaron en torno a su cuerpo. Después, dirigiéndole otra vez su varita, lo dejó inconsciente.

Una vez hubo maniatado al mago y dejó de representar para él una amenaza en potencia, Remus descubrió que, a poca distancia de él, una fatigada vampiresa, colgada de sendos grilletes que pendían del techo e inmovilizaban sus muñecas, era asediada por una compañía de cobardes hombres lobo que procuraban despedazarla. Bastó con un par de maldiciones para alcanzar a algunos y alejar asustados a otros cuantos. Acercándose hasta ella y apoyando sobre los eslabones de sus cadenas el extremo de su varita, la liberó, recogiéndola sobre sus brazos para que no cayera directamente sobre el suelo. La depositó con cuidado en el suelo. La vampiresa no parecía capaz de ponerse en pie, como si sus piernas hubiesen olvidado su oficio. Agradecida, levantó el rostro para reconocer a su valedor. Su sereno rostro, de hermosas facciones, se deshizo en incredulidad al tropezar con los ojos dorados de Remus; ojos que revelaban, indefectiblemente, su condición de licántropo. La mujer se revolvió, como si aún temiese por su vida, pero Remus trató de apaciguarla.

–¿Un licántropo ayudando a un vampiro?

–Yo no soy un licántropo –contestó Remus con humor–. Yo soy el licántropo.

La vampiresa lo observó incrédula.

–¿Remus Lupin, el Licántropo? –inquirió, espantada–. Había oído hablar de tu honestidad, pero jamás pensé que apoyarías a los vampiros en esta guerra.

–Ésta no es mi guerra, yo no participo en ella. Tan sólo trato de ajustar cuentas pendientes con un viejo conocido.

Y, dicho aquello, se levantó para proseguir en la busca de Greyback. No pensaba cesar hasta matarlo. Gritó su nombre un par de veces, elevó su varita dispuesto a convocarlo, pero todo aquello se vino abajo cuando la dulce voz de la vampiresa lo requirió por segunda vez. Sencillamente, le pedía que no lo hiciera.

–Ésta tampoco es mi guerra, Lupin. Como tampoco la de mi emperatriz, a la que sirvo y protejo: Ileana. La venganza, como la guerra, es propia de los espíritus cobardes y primitivos. La Dama de la Noche, justa y benévola, otorgará bienes a los piadosos y devolverá crueldad a los crueles. Mi nombre es Seina Miriama, centinela de mi señora emperatriz. –Tratando de incorporarse–: Ya me has prestado un servicio, Licántropo. Te estaría eternamente agradecida si me permitieras reunirme con Ileana, lejos de esta guerra que ni a uno ni a otro nos concierne.

Remus corrió en su auxilio y la ayudó a levantarse, apoyándose sobre su brazo. Se disculpó por no poder ayudarla más allá de lo que le era posible, pretextando su torpeza en el uso de la medicina mágica. Pero sí podía conjurarle un traslador con el que regresar a Transilvania. Seina sonrió agradecida.

–Será suficiente. –Tomando la piedra que el licántropo había conjurado–: No sé cuáles habrán sido las horribles ignominias a las que han sometido a tu mujer. Sólo llegué a escucharles lo del ataque que le tenían previsto. Pero sea lo que sea, no dejes que el odio, que el ánimo de venganza, manchen tus manos puras de negra sangre. Recuerda –tomándole la mano–: la Dama de la Noche... Ella convierte el bien en bien y el mal en mal. –Apretando la piedra en que iba a desaparecerse a continuación con fuerza–: Ileana sabrá de esto, tenlo por seguro.

Y, sonriéndole agradecida, se desapareció ante sus ojos. La vampiresa más hermosa que el licántropo hubiese alcanzado a ver nunca se deshizo ante sus ojos, pero en aquella ocasión no muerta, no en un estallido de polvo corrosivo, sino más llena de vida que nunca. Una vida que había conseguido transmitir con sus palabras a Remus. Apretó con furia en su puño su varita. En su pecho, aún inflamado, latía con insistencia la venganza que trataba de liquidar sobre Greyback. Pero en su interior también sentía que, hiciese lo que hiciera, nada le haría estar bien de nuevo consigo mismo. Sólo estar al lado de su esposa. En consecuencia, alzó su varita y desapareció, huyendo de su oído aquellos quejumbrosos alaridos, aquel entrechocar de aceros y aquel lamento a muerte; pero antes tuvo a bien convocar el baúl de las pócimas transformadoras, con el que se desapareció.

Caminó por el largo pasillo de San Mungo hasta alcanzar la habitación en que reposaba Helen. Al paso, de frente, les salieron la profesora McGonagall y Matt, su hijo, los cuales parecían haber abandonado el castillo para visitar a la adivina. La bruja dirigió una mirada de arriba abajo al licántropo para observar sus raídas ropas y, después, con todo el disimulo de que fue capaz reunir, preguntó:

–¿Có... có... cómo se encuentra Helen? No nos han dejado pasar. –Remus no dijo nada. Tan sólo besó a su hijo y se puso al frente de la comitiva, caminando a un paso endiablado–. Oh, por el amor de Rowling bendita, Remus¿qué demonios te ha pasado¿Dónde has estado, que vienes de ese modo?

Remus tropezó con la puerta cerrada de la habitación en que estaba Helen. Giró el picaporte, pero estaba cerrada por dentro, donde aún la atendían los sanadores que probaban a socorrerla del colapso nervioso en que el poder de Ánuldranh la había sumido cuando el licántropo había tratado de introducirse en sus visiones inconscientes. Volviéndose con los ojos enrojecidos, derrotado, el amante padre se dejó caer sobre los brazos de su primogénito. Lo abrazó fuertemente mientras se le deshacía en lágrimas.

–Yo tengo la culpa de todo esto, Minerva –habló entre sollozos–. Sólo yo. Por creer que podía tratar de huir de una guerra a la que estaba obligado. Mi sangre, la maldita sangre que fluye por mis venas, no me dejará tranquilo hasta que me vea bajo tierra. Albus ya me lo previno.

–Tú no tienes la culpa, Remus... –murmuró apenas audiblemente McGonagall.

–Todos los que quieran a partir de ahora el poder de Ánudranh –habló para sí, con la mirada puesta en ninguna parte– se las verán conmigo. Conmigo y con nadie más. ¡Ha llegado la hora de que asuma mis responsabilidades!...

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Avance del capítulo 18 (SACUDIDA EN SAN MUNGO): San Mungo se volverá un lugar inhóspito durante algunos días y sólo campará la desigualdad entre sus trabajadores. Al mando de esta pugna verbal, nunca otra que la señora Nicked, siempre dispuesta en el frente de batalla... Un capítulo que nos enseñaré que San Mungo es, o puede ser, mucho más de lo que conocíamos de él. Pero es el hallazgo final, la última escena, muy lejos de San Mungo, la que verdaderamente hará que se sacuda todo el mundo.

Un saludo a todos.