(Pillado en un momento en que no sé, después de haberlo pensado unos instantes, qué cita colocar a la cabecera de este capítulo. Estoy espeso... Es temprano mientras escribo esto y el tiempo ha cambiado bruscamente. Además, acabo de coger el coche por cuarto día consecutivo y no me he estrellado contra un todoterreno aparcado porque Dios no lo ha querido. ¡Pero me encanta conducir!... Conclusión: que no sé qué cita poner, que estoy espeso. Mira que me enrollo...)

Respondo "reviews":

HELEN NICKED LUPIN. A ti no te pongo nada, que ya hablamos demasiado todos los días. xD Además, no tengo ni la certeza de que lo vayas a leer, porque hay capítulos por los que te pasas y otros por los que no. Eres un pelín inconstante. En cualquier caso, qué más da: los capítulos los lees en mi casa... Esta noche, cuando nos veamos, acordamos hora para mañana para leer el nuevo capítulo. ¿Vale? Adiós, fea.

SEIN LUPIN. Hola, Miriam. Ya te di la bienvenida al maravilloso y cada día más amplio mundo de "fanfiction", pero no me resisto a hacerlo de nuevo, porque no me acostumbro aún a ver tu nombre rubricado de azul o morado, según, al modo de un hipervínculo. Espero que te hayas puesto al día ya con los vericuetos de tu log in y hayas descubierto, por ejemplo, cómo permitir que los lectores anónimos te dejen "reviews" también. Hay escritores que sólo consientes que les respondan los lectores registrados, pero a mí eso me parece innecesario: hay mucha gente que entra aquí más que con ánimo de leer y, si quieren dejar un "review"¿para qué vamos a tener nosotros que obligarles a registrarse? De lo contrario, se les quitarían hasta las ganas y todo. En cuanto a tu "fanfic", y antes de pasar a otra cosa, no te desmoralices, los principios siempre son difíciles. Yo recuerdo que, al principio, no me leía nadie pero nadie. También porque cometí una bárbara estupidez. Como tú, tenía un buen puñado de capítulos escritos antes de que me decidiera a publicarlos en la página, pero lo que hice, al contrario que tú (me pudo la ansiedad), es colgar once o doce, o quizá trece, no lo recuerdo, de golpe y porrazo. Claro, la gente debió de ver trece capítulos y, al lado, cero "reviews" y debieron pensar que MDUL era un piñazo de los de campeonato. La gente no se debería fijar tanto en los "reviews" como índice de calidad, pero lo hace. Pero, poco a poco, la cosa fue mejorando, iba entrando alguien, le gustaba, lo leía, y me pasaba lo mismo que a ti, que, como iba tan adelantado en la historia y mi estilo había cambiado tanto, sabía que aquellos primeros capítulos eran muy distintos a lo que entonces hacía y pensaba que a la gente le podía decepcionar. Pero poco a poco las cosas van saliendo bien. Por eso te digo, te pido que tengas paciencia. De todos modos, cuatro "reviews" para tan poco tiempo y dos capítulos solamente no es un mal síntoma. Verás cómo tienes éxito, es sólo cuestión de paciencia. Me alegra que te haya gustado el personaje de Seina Miriama. Es que apareció repentinamente en mi mente la idea de concederle mayor protagonismo a aquella vampiresa. En un principio, iba a aparecer y desaparecer, y no se iba a saber más nada de ella, pero lo que ahora he decidido es otra cosa: reaparecerá. Y claro, como no tenía nombre, y después pensé que el personaje que te había concedido a ti tiene una "vida" tan corta, pues aparece sólo en tres o cuatro capítulos, me decidí a improvisar este ajuste. Cierto, es como Remus: obligada a lidiar en una guerra que cree que no le pertenece. Pero, tarde o temprano, esa guerra se extenderá a todo el mundo mágico. Llegará un momento en que todos tengan que decidir entre un bando u otro, pero la imparcialidad no existirá. Antes de ponerle a esto un punto y aparte, quería volverte a agradecer que me dedicases el primer capítulo de "Noches de luna llena", es todo un detallazo. Y ahora ya sí que sí me despido, que te vaya bien. Besos. P.D.: Respondiendo a tu pregunta, que se me había olvidado: mi amiga Elena, de la que me hablas, vive a escasos veinte metros de mi casa, con lo que nos vemos casi a diario. Y ella hasta muy al día de lo que pasa MDUL, quiero decir, que no espera a que salga publicado el capítulo en Internet, sino que, conforme escribo uno, se lo leo para así poderlo yo corregir simultáneamente y que me lo comente, para así tener una primera impresión en vivo con alguien que lo perciba desde fuera. De ese modo, ella leyó el capítulo pasado hace ya varias semanas, y, de todas formas, siempre tiene información privilegiada y sabía lo que le iba a pasar a Helen, porque hay muchas escenas que las trabajamos juntos para enfocar puntos de vista. Ahora me está sugiriendo una con Matt y Mark que estoy a punto de escribir; es que dice que MDUL está perdido ese punto guasón que tenía al principio. Bueno, era sólo para que lo supieras, subsanando así tu duda.

PUNKITTY. ¡Hola, Vero¿O debería llamarte a partir de ahora Vero la Guitarrista (por cierto, vale que quieras comprender lo que es el talento, pero ¿encontrarlo?, si lo tienes a toneladas)? La verdad es que te tendríamos que ir buscando un nombre artístico. Perdona que no te haya contestado al correo electrónico, pero es que he estado liadillo; y así, de todas formas, me coges con más ganas. Por cierto, que lo del "as del marketing" lo había pillado, en plan gracia porque estoy cambiando la sinopsis cada dos por tres y vendiendo gato por liebre (aunque en realidad lo que quería decir no es que fuese una continuación de la saga de Rowling, sino que, como ya no hay más saga de Rowling¿qué vas a leer, sino MDUL?... xD ). A todo esto, tía, me has halagado un huevo con todos los comentarios que me has dirigido en el "review". ¡Dios!, no creo que sea para tanto. Cierto que se viene, se viene (es una muletilla ya, sí, pero una muletilla con mucha razón). Tanto que ya he escrito la primera escena con Tim Wathelpun rondando. Tenía un poco de miedo a pifiarla, pero, en el fondo, creo que sigo generando intriga y etc., con lo que no creo que haya salido del todo mal. Es que acabo de terminar ese capítulo, "El hurto de un gran poder" (razón por la que hoy actualizo éste) y aún tengo la cosa de cómo habrá salido porque todavía no ha podido leerlo nadie. Esperemos a ver. Y sí, por supuesto, ya he escrito las andanzas de Alessandra Gleeson, tu personaje. No soy muy bueno buscando apellidos, con lo que, si quieres alguno en especial, dímelo antes de que cuelgue el capítulo en cuestión y te lo cambio. Es que Gleeson no significa nada, pero lo he puesto porque alguno tenía que poner. Por eso te digo, que si tienes especial interés por alguno... Que, bueno, que a lo que iba, que me han halagado mucho tus comentarios, eso de que estos capítulos te están gustando realmente, que son interesantes y de que has tenido que leerlo a diez centímetros de la pantalla (¡chiquilla, cuida la vista!). La verdad que es lo que pretendo, pero muchas veces no sé si lo consigo. Y en ese capítulo tenía muchas esperanzas puestas porque iban a pasar muchas cosas que ni se sospechaban y se iban a descubrir otras no menos interesantes. Sí, tienes razón: la historia de Greyback es todo mérito tuya. Al fin y al cabo, si se me ocurrió, fue a raíz de ciertos comentarios y posteriores conversaciones contigo. Así que, después de todo, tenemos un grave problema: Fenrir fue quien mordió a Remus y, por eso, su sangre discurre por sus venas, una sangre más mágica que la de muchos magos: Ánuldranh (entiendo que sea difícil de escribir). Pero, bueno, donde me quedo enteramente asombrado contigo es con Tétix... Cierto, la verdad es que las evidencias fueron unas cuantas para hacer creer que era un vampiro, como en efecto es. Pero va a ser un vampiro muy, muy especial. Puedo asegurarte que tiene mucho en común con Remus. Pero, claro, si le quitas hierro al asunto diciendo que lo has descubierto gracias a los comentarios de Sirius y de Sorensen, después me saltas con la pregunta de qué edad tiene Nathalie en esa escena y me quedo frío. ¿Qué pinta Nathalie en todo esto? Bueno, yo sé que mucho, demasiado, casi todo, con ese chico especialmente, pero, claro¿cómo puedes saber tú eso? Algo de adivina, como Helen, sí que tienes. Pues espera que haga cuentas, pero es un cálculo aproximado, eh. Tendrá doce años o así, estará cursando su segundo año en Hogwarts. Y, por cierto, me encantaría conocer todas esas teorías que le deparas al vampirillo este, por descabelladas que dices que sean. Pasando diametralmente a otro asunto, lo cierto es que ya he digerido que el miércoles empiezo la facultad y tendré que reanudar una rutina que me fastidia, aunque este año las clases sean por las tardes y tenga que cambiar mi ritmo de vida. Quizá sea agradable, después de todo, eso de llegar de noche y no tenerte que preocupar a la hora de irte a la cama de si pones el despertador a las siete o qué. En cualquier caso, hasta febrero sí estaré bastante liadillo porque me he cargado de asignaturas, pero en el segundo cuatrimestre me veré mucho más libre, con cinco días libres a la semana, gracias a lo cual tendré mucho más tiempo libre para escribir, y estudiar, aunque tengo intención de coger una beca para trabajar en una biblioteca universitaria. En cualquier caso, la vida sigue y yo no puedo detener su curso. Y ¿sabes qué¡Ya he empezado las clases con el coche! Hace tan sólo dos horas acabo de aparcarlo (lo he hecho fatal, no en vano era la primera vez) y me he venido aquí, a escribir esto. Hombre, es que entiende, no calculo las distancias todavía con los espejos y el juego de pedales es... ¡uff!, tela de difícil. Pero me estoy empicando. Pero es eso, lo que peor se me da es maniobrar con los pedales, porque no estoy acostumbrando a hacer grandes cabriolas con los pies y no sé cuándo tener que pisar el embrague para retener y hacer la curva en condiciones, así que todavía hago las curvas que parezco un coche de rally. Pero es divertido, ya te iré contando. No creo que para la próxima vez que actualice tenga ya el carné, lo que tendré es un puñado de divertidas anécdotas. Ya me lo ha dejado por autovía y eso de conducir rodeado de camiones (a esa hora, por la carretera, sólo había camiones), como que dio un poco de pánico. Pero, vaya, todo es cuestión de irle cogiendo el tranquillo a las cosas, y mi hermana me ha bajado unos pedales que tiene para un juego de la playstation de Fórmula una, de Fernando Alonso, y me ha dicho que haga el movimiento de pedales siempre que esté sentado delante del ordenador, para que así llegue un momento en que lo haga mecánicamente, sin pensar que lo estoy haciendo, y me resulte más fácil: es que hay que pensar en miles de cosas cuando estás al frente del coche: el volante, la palanca de cambios, los pedales, la velocidad, no chocar... ¡Uff! Paciencia. Bueno, que me embalo, y no con el coche, sino escribiendo, conque voy a ir cerrando aquí. Que con nada que sepas qué tal con los conciertos me avisas, eh, y todavía estoy esperando que me mandes una grabación o algo por correo electrónico o msn para que pueda disfrutar, a mi manera, en la distancia, de uno de tus maravillosos conciertos. Un besazo, Vero. Y a ver si hablamos pronto otra vez.

MELINA. Ey, qué tal. ¡Dios!, nunca había recibido (no lo recuerdo al menos), un "review" tan extenso. He de reconocer que todavía no he hecho los deberes y te doy todo el consentimiento del mundo para que me regañes, porque realmente estoy interesado pero no he tenido suficiente tiempo para curiosear aún: me refiero al asunto de los índigos y de los cristales. Lo cierto es que, haciendo mención de uno de los últimos comentarios que aludes, sí que me quedé en colapso cuando terminé de leerlo entero. Pero también me pasaba con la chica árabe que te mencioné y sólo más tarde, cuando realmente pensaba en ello y trataba de darle un significado que realmente representara algo en mi vida, es decir, que tratara de interiorizarlo como si fuese fruto de la experiencia, de mi propio razonamiento, entonces lograba comprenderlo o vislumbrar una especie de pasillo al entendimiento. Lo que quiero decir es que no importa que haya cosas nuevas de las que digas que me sorprendan: poco a poco haré de ellas una experiencia o una realidad. Lo que sí me fastidia una barbaridad (estoy hablando completamente en broma) es que me hayas hecho ver, o hayas querido hacerme ver, que con MDUL hago una especie de... trabajo de enseñanza... Sigo diciendo que, para mí, aunque sólo sea inconscientemente, no deja de ser un juego de mundos alternativos que coexisten en mi cabeza y a los que trato de dar forma mediante palabras. Pero ahora, desde que intercambio impresiones contigo, me detengo a analizar cuantas escenas incluyo (o al menos eso he hecho en el nuevo capítulo que he escrito): me decía por qué, por qué de esta forma y no de aquélla, qué pretendo transmitir, cuál es el mensaje profundo, etc. Y quizá tengas razón con que se exteriorizan conceptos o ideas de mi vida mediante personajes, etc.: la pitia de Delfos, Helen, etc. Lo curioso de todo es que, en un principio, MDUL no era así, quiero decir, no era tan místico, pero quizá haya empezado a serlo conforme yo he ido madurando, no lo sé. En cualquier caso, dejemos de hablar de mí o del relato y vayamos concluyendo: me estás haciendo que le dé vueltas a la cabeza siempre que me pongo frente al ordenador a escribir, y supongo que eso tiene que ser bueno y provechoso de cara al resultado final. Quiero decir, es como si fuese cada vez más consciente, como tú dices, de que esto, aunque no nos queramos dar cuenta, comporta un mensaje, como todo cuanto leemos, vemos por la televisión, escuchamos en la radio, hacemos con nuestros amigos, comporta un mensaje que nosotros aceptamos, vamos aprovechando en nuestro interior, y termina formando parte y resultado de nuestra personalidad. Sin embargo, sigo en mis trece de que creo que estoy viviendo el momento menos místico de toda mi vida. No sé por qué. Bueno, sí sé por qué, en verdad: estoy tratando de buscar el pragmatismo de esta existencia que parece que a veces, más de disfrutar, padecemos, y tratando de encontrar modos de resolver ciertas cosas caminando con los pies sobre el suelo; pues, de lo contrario, ya estaría en las nubes otra vez. Quizá siga siendo lo que te dije en mi anterior conversación y que te provocó tanta gracia: que primero tengo que guiarme a mí mismo y después darme cuenta de si estoy realmente guiando a los demás o no; saber lo que es la luz para enseñarla. Es lo que tú has dicho: Paulo Coelho (del que he leído algunas cosas sublimes y me ha encantado) y Deepak Chopra (del que no tenía noticia, pero cuyo nombre he apuntado rápidamente para ver qué puedo aprender de él) no sabrían en un momento dado en qué estaban deviniendo, pero seguro que, fuera lo que fuera que fuese, seguro que había pasado primero por su experiencia personal para poderlo transmitir. Caso concreto de Paulo Coelho, el único de los dos que conozco: sus escritos reflejan una íntima reflexión personal (llamémoslo sabiduría por el momento, aunque hemos decidido todavía no ponerles muchos nombres a las cosas) que sólo parece factible porque ha debido ponerla en práctica en su propia vida. O son deducciones (casi filosóficas) que deben partir de su propia experiencia. Ya entiendo lo que dice J.J. Benítez, un escritor y periodista español, de que las palabras son el primer gran obstáculo para explicar con claridad este tipo de cosas: se nos quedan cortas. Y más hoy, que estoy especialmente espeso y quizá te esté aburriendo como una ostra. Pero tal vez tú me hayas entendido ya. No obstante, sigo interesado en todo ese aparato... paranormal (hemos decidido no darle todavía etiquetas a los conceptos de difícil clasificación...) de cosas: por ejemplo, semanalmente veo un programa que transmite un canal de difusión española (el programa en cuestión se llama "Cuarto milenio" y lo conduce Iker Jiménez, un periodista de lo misterioso: si quieres más información, podrías consultar, qué sé yo, www (punto) ikerjimenez (punto) com (barra) portada (barra), y si así no sale, introduce la palabra clave "Cuarto milenio" como búsqueda en "Google" y es una de las primeras páginas que sale; es un programa que me hace reflexionar mucho: te recomiendo que leas el apartado "Los «mensajes» del agua", descubrimiento científico de Masaru Emoto que es indescifrablemente significativo), programa que trata de estas cosas y con el que trato de reflexionar, o leo cuanto cae a mis manos al respecto. Pero nada de eso sirve hasta que te conviertes en un verdadero sensitivo (a la manera en que yo lo entiendo: empático, no es preciso haber adquirido ningún tipo de capacidad supranormal), y todavía no me considero hecho de esa pasta porque, como tú misma dijiste, todos nosotros estamos hechos de paz y amor, y ésa es principalmente la razón por la que yo tengo que buscar mi propio camino antes de plantearme siquiera si estoy disponiendo alguno para otras personas. Y, antes de cerrar esto, tenía que mencionarte que, por supuesto, me ha llamado muchísimo la atención lo de tu amiga peruana. Por supuesto, creo en que la mente, en contadas ocasiones, y en contados individuos, demuestra ser capaz de desarrollar unas capacidades asombrosas. ¿Cómo lo llamaremos: evolución de la especie (los cambios suelen producirse sólo en individuos contados, paulatinamente), habilidades sorprendentes concedidas como un don al azar...? Ése sí que es un misterio. Lo que no sé qué pensar es sobre eso de que, ciertamente, hayamos dispuesto de otras vidas en el pasado y que nuestra alma se vaya reencarnando constantemente. También es lo que pensaba Muna (la chica árabe). Pero choca frontalmente con las ideas que aprehendí desde la infancia y quizá no pueda analizarlo con objetividad ese punto (si es que cualquiera de éstos puede ser tratado con un mínimo de objetividad...). ¿Qué entiende ella por "otras vidas"? Yo (bueno, es que suelo pensar que quizá la única verdad que realmente será cierta para ti es aquella que nace de tu propia experiencia, de tu propia reflexión, y me apoderó de la más que repetida frase de J.J. Benítez que dice «quizá todos tengamos razón» y que –ya no es literal porque no recuerdo exactamente– la verdad sea como un diamante con un gran número de caras) creo que lo que nos espera después de la muerte es una sucesión de planos hasta que alcancemos el Estado Supremo, la verdadera naturaleza de nuestro ser, de lo que tú dices que estamos hechos, y será un viaje que conlleve más o menos tiempo según la preparación y la aptitud individual. Pero no concibo una realidad personal e íntima anterior a esta vida que ahora disfruto porque soy incapaz de mantener siquiera un mínimo recuerdo. ¿Quizá eso sean los déjà vu? Recuerdo entre risas la discusión que mantuvimos un día algunos compañeros de clase y yo sobre qué eran en realidad los déjà vu. Y yo dije la primera chorrada que se me pasó por la mente (pero, como he dicho, lo de la verdad, el diamante y demás): que, si en el fondo todos teníamos alma y éramos un poco dios en ese aspecto, porque el alma es como su reflejo, el hilo que nos conecta a él¿no podríamos disfrutar en ocasiones de atisbos de ese plan universal que puede que haya confeccionado y que en MDUL a mí me gusta llamar destino (aunque pronto introduzca el leit motiv de que la vida es enteramente nuestra y el destino sólo es el camino; las decisiones, en cambio, las tomamos nosotros)? (la verdad es que así dicho, tan emperifollado, queda un tanto extraño). En cualquier caso, a lo que quería llegar es que es extremadamente curiosa y singular la capacidad de tu amiga y que tienes mucha suerte de que te siga impulsando en este mundo de experiencias (por lo poco que me has contado de ella, en algún sentido, me ha recordado a Muna). Bueno, voy a ir poniendo punto y aparte a estos comentarios, porque se está saliendo de largo hoy, je. Además, no tengo una idea clara de lo que te quiero sugerir, o comentar, y por eso da esa sensación de tan espeso todo este comentario que te he dirigido, espero que lo leas sin odiarme mucho. Por cierto, yo también me alegro mucho de poder conversar contigo de estas cosas, que, aunque algunas parezcan en un principio una locura, o fuera de lugar (como mi comentario sobre el déjá vu), siempre pueden ser instructivos, y te leo con gusto. Un beso muy fuerte y espero que todo te vaya bien hasta que tengamos la oportunidad de volvernos a hablar.

PIKI. Hola, Laura. Bueno, hemos tenido la oportunidad de hablar en un par de ocasiones desde la actualización del último capítulo y creo que en estos momentos sobran las palabras. Si te tuviera delante te miraría directamente a los ojos, con sinceridad, y terminaría sonriéndote. Y, después, si te portas bien, quizá te diera un beso para animarte. Me alegra que lo consiguiera con el correo que te mandé, aunque tú sí que me animaste a mí con el mensaje. Inesperados, sorpresivos, emocionantes, tus mensajes son siempre bien recibidos. Y sé que ahora estás pasando por un mal momento y nada de lo que yo diga puede servirte de ayuda, pero sabe, como ya te dije, que, para lo que necesites, aunque lejillos, yo estoy ahí. Muchas gracias por tomarte la molestia de leer y escribir un "review" en esos momentos, pero, si te quieres tomar un alto hasta encontrarte recuperada anímicamente, lo entenderé. Lo más importante eres tú, Laura. Y sí, ya he empezado las clases prácticas del coche, estoy por decirle a mi profesora que si me deja un día que lo lleve hasta Málaga. Lo dudo, aunque por la autovía se me da mejor que en medio de la ciudad. Soy todo un peligro al volante. Anímate, mi malagueña favorita, y a nada que necesites algo, alguien con quien charlar incluso, ya sabes dónde encontrarme: estoy cien por cien disponible para ti. Besos. Y que te vaya bien el inicio de curso; anda que este capítulo viene en bien momento, tienes que estar asqueada completamente. En fin... Besos.

PAULA YEMEROLY. ¡Eyyyy! Anda que no me has puesto un nombre largo ni nada, pero yo lo he acortado, espero que no te importe, porque así fue cómo precisamente te conocí y todavía te recuerdo: Paula Yemeroly. Ha sido toda una espectacular, y gratificante, sorpresa el que te hayas vuelto a poner en contacto conmigo. ¡Ya no estás tan perdida!..., jeje. Muchísimas gracias por las palabras de cariño que me diriges en relación con MDUL. No me ha quedado muy claro si has conseguido ponerte al día o qué en relación con su lectura, pero eso es lo de menos; lo que importa es que, en unas semanas, he conseguido hablar dos veces contigo y eso es todo un logro. Y una noticia estupenda. Por cierto, muchas gracias por el correo que me mandaste con tan bonitas palabras. Muy bien aprovechado el cuento de El principito. Besos y hasta pronto.

(DEDICATORIA: Bueno, este capítulo os lo dedico a todos los que habéis tenido la paciencia de leer y esperar este tiempo sin matarme por la intriga que haya podido generar o por los indicios que he ido desvelando y que no he resuelto aún. Y esto lo digo porque, por fin, he escrito el capítulo en que aparece por vez primera Wathelpun: será el capítulo 20, "El hurto de un gran poder", que, sólo cuando lo he terminado, he podido colgar éste, como prometí un par de actualizaciones atrás. Pues eso, a todos. Pero especialmente se lo quiero dedicar a Piki porque sé que no está pasando por un buen momento. Muchos besos, guapa.)

CAPÍTULO XVIII (SACUDIDA EN SAN MUNGO)

Helen se dejaba llevar obedientemente, como el ciego que confía plenamente en su lazarillo, un brazo apoyado sobre su muleta y el otro dejado caer sobre la estoica Emmanuelle, a la que un día, largo tiempo atrás, había recibido como su pupila en una de aquellas habitaciones. Ahora era, como ella, toda una sanadora; una que se había desembarazado de sus funciones para hacer compañía a la desgraciada Helen Lupin, práctica que había convertido en aquellos días en un hábito. Todos compadecían a la pobre adivina. Había corrido como la pólvora el rumor de que aquella no era la primera desgracia que sobrevenía sobre el clan Lupin y, cuando la bruja atravesaba los pasillos durante sus paseos matutinos acompañada de Emmanuelle, todos abandonaban lo que fuese que tuviesen entre las manos y, sin disimular su curiosidad, observaban a la adivina hasta que se perdía de su vista. Las dos sanadoras alcanzaron el ascensor y aguardaron pacientemente a que las recogiese uno. Emmanuelle soltó a Helen: quieta, puesta en pie, no corría el peligro de caerse. La adivina la miró un instante agradecida, al siguiente furiosa, con la expresión del rostro desencajada, e incluso se lanzó sobre ella amagando un feroz mordisco que nunca consiguió dar, cayendo al suelo sobre Emmanuelle, que trató en vano de retenerla. Desparramadas ambas mujeres por el suelo como una bolsa de coles sin dueño, rompieron a reír escandalosamente: primero Helen y, acompañándola, su amiga.

–Deberías contener tus impulsos licántropos, Helen –le dijo la otra al fin–. Tienes que luchar contra ellos.

–¿Impulsos licántropos?... ¡Emmanuelle! Estaba bromeando –pretextó riendo–. ¿De verdad piensas que, de buenas a primeras, me voy a lanzar sobre ti y arrancarte la nariz de cuajo? –Rieron nuevamente–. Tendrías que ver la cara de susto que has puesto.

–Y tú tendrías que haber visto la cara de flipada que tenías.

Cuando el ascensor alcanzó la planta en que estaban, fueron descubiertas en aquella forma tan extraña. Los sanadores y enfermeros que ocupaban el ancho cubículo se apearon rápidamente de él, no sin antes retenerlo en aquella planta pulsando un botón cualquiera, y socorrieron a Helen y a su lazarillo, que entre la risa y el lazo que habían organizado en torno a ellas, difícilmente conseguían ponerse en pie. Gracias a su ayuda, finalmente lo consiguieron y pudieron subirse al ascensor con pretensiones de alcanzar el vestíbulo para tomar un tentempié que dejase a la adivina mejor sabor de boca que el frugal desayuno que un tímido celador le traía cada mañana.

Nadie hubo en el ascensor que no se interesara por su estado. Las miradas se dirigían indistintamente a sus ojos, ahora dorados, y a su pierna escayolada, que cubría las heridas hasta que las cicatrices pudiesen ser disueltas mediante magia.

–Estoy bien, estoy bien –decía por más respuesta a unos y otros.

Pero lo que más impresionaba, en verdad, era que siempre lo decía con una cándida sonrisa impresa en sus labios, como si hubiese olvidado al hacerlo que había sido mordida por un hombre lobo y que, en consecuencia, ahora ella sería uno por el resto de su vida. En realidad, eso no parecía importarle. Y San Mungo se había hecho pronto eco también del envidiable humor que acogía la adivina. Desde que hubo recuperado la consciencia el día del ataque, rodeada de la familia y los principales amigos, Helen no había dejado de sonreír. Algunos propusieron que el shock le había provocado amnesia; otros, que la estaban drogando para que no se cortara las venas cuando menos se lo esperasen. La verdad era que la gente no podía aceptar que el ataque sólo hubiese dañado su cuerpo, no su alma, no su corazón. Buscaban excusas ilógicas con las que sumaban los minutos en los corrillos y las reuniones improvisadas.

Helen, por supuesto, era absolutamente consciente de cuanto le había pasado unos días atrás. Aún recordaba, y la sangre se le helaba al hacerlo, los ojos amarillos de aquella terrible criatura abalanzarse sobre ella; unos ojos que, más con curiosidad que con horror, ahora le devolvían la mirada cada vez que se miraba en un espejo. Se sentía como si fuese otra la mujer que la observaba desde el otro lado. La primera vez en el cuarto de baño, mientras observaba su nueva expresión con malsana curiosidad, se retiró lentamente las gafas y las depositó con cuidado sobre el lavabo, observando a todo esto su madre pacientemente la escena. «Ya no las necesito más», habló Helen con una tranquilidad abrumadora. Y era cierto: cuando las llevaba puestas, todo le resultaba borroso; pero, al retirárselas, el mundo adquirió una nitidez que jamás había experimentado. Siempre meditaba allí, sola, frente al espejo, como si su nueva apariencia la reconfortara, le recordara que todos los logros necesitaban una porción de sacrificio. ¿Que cuál había sido el suyo?... Acabar convertida en un licántropo para salvarlos a todos; bueno, a todos aquéllos que deseaban ser salvados, en verdad. El recuerdo de la fría expresión de Greyback no huía de la mente de la adivina, abrumándola con sus ojos impenitentes. Aunque cerrara los suyos insistentemente, su rostro parecía ganar fuerza en las tinieblas dentro de su cabeza. Se lavaba entonces la cara arrojándose violentas cantidades de agua, se observaba nuevamente ante el espejo y la resolución que había adoptado en la duermevela, cuando el sueño huía de ella con la misma facilidad con que los intolerantes de los híbridos, se le antojaba más necesaria, temerosa y con coraje a un tiempo, y sabía que era lo que tenía que hacer. No sucumbiría a la amenaza, al terror, a la barbarie. La única razón por la que el ataque no parecía haber hecho mella en su ánimo era porque sabía que podía ponerle remedio: el brebaje que ella y su equipo de investigación habían elaborado y había abierto un nuevo horizonte a un sinnúmero de personas que, como la informaron rápidamente, ya estaba solicitando el producto en todas las farmacias de medio mundo. Aquella maravillosa fórmula había sido su sueño durante tanto tiempo, su ilusión, su vida..., que no podía, ahora que tan sólo parecía acariciarla con la yema de los dedos, dejarla pasar, hacer como que nunca hubiera existido, por la actitud prepotente de unos chantajistas fanáticos. Tenía miedo, por supuesto, pero eso a un tiempo la hacía sentirse viva, sentirse capaz. Protegería a sus hijos como protegería la poción, obra y prolongación de ella que era también. Quizá fuese la incipiente loba que nacía dentro de ella, pero era consciente de que no podía rendirse, de que había de plantar cara a la adversidad. Y, mientras se arrojaba más agua a la cara para despejarse y borrar en lo posible las feas ojeras que el poco sueño le había producido, no necesitaba convencerse de que aquello no eran simplemente frases hechas que el sentido común se pronunciaba con un afán de envalentonarse a sí mismo; su voluntad era tan firme y valiente como la de la criatura que iba cobrando fuerza dentro de ella. Y, secándose con la toalla, sabía que ahora estaba preparada para hacerle frente a cualquier peligro que le saliese al paso.

Relajada, sin apenas acopio de florituras verbales, todos aquellos pensamientos iba transmitiendo a su amiga, que la escuchaba sin pestañear siquiera, mientras Helen apuraba cuatro bollos rellenos de crema, una media tostada untada con mantequilla y mermelada de frambuesa y un revuelto de huevos y beicon. La otra la observaba atónita mientras bebía delicadamente su café bombón y mordisqueaba con disimulo su diminuto cruasán; realmente debía estar hambrienta. Cuando finalizó el relato de sus pensamientos en los últimos días, cruzando las manos bajo el mentón, la adivina aguardó los oportunos comentarios de su compañera, que la miraba directamente a los ojos, sin saber qué responder.

–Bien, supongo que está bien –terminó diciendo al fin, plantando los ojos sobre su taza de café–. Imaginábamos..., imaginaba que harías algo así: tú nunca te has rendido. Pasara lo que pasase.

–Ahora soy un licántropo –masculló Helen impertérrita, como si tratase de hacerle ver que aquello era un terrible handicap, pero, al mismo tiempo, ella no lo creyese para sí.

–Sí, pero... ¿Cómo se dice: "hombre loba" o "mujer lobo"?

Helen se la quedó mirando un instante confusa. Después, repentinamente, ambas estallaron en súbitas carcajadas. Entre tanto, el encargado de la cafetería en persona se acercó para interesarse por el estado de salud de Helen, la cual estuvo hablando unos minutos con él y aprovechó la ocasión para pedirle la cuenta de cuanto habían pedido. El hombre, cabeceando, le contestó:

–Aunque viendo la de migajas que tienes ahí creo que me voy a arruinar, Helen, mientras estés hospitalizada aquí lo menos que puedo hacer es invitarte. Es la mejor manera que conozco para hacerte ver que... te apoyo.

–Eso ya lo sé, Xavier. Pero muchas gracias, de verdad, eres muy amable.

Y el hombre, retirándole la silla, la ayudó a salir.

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–¡Magnífico¡Realmente, terriblemente magnífico! –gritó el muggle tan excitado que los dedos le temblaban y apenas podía sostener los pergaminos que acababa de recoger.

–Sí, magnífico, magnífico... –le remedó su mujer con desdén, prestándole apenas atención, mientras iba de un lado para otro recogiendo cualquier cosa y la guardaba en un bolso enorme que colgaba de su hombro y ordenaba otras con una prisa abrumadora–. ¡Tan magnífico que pareces abrumadoramente tonto, hijo mío! Si lo llego a saber, te trae el crucigrama Rita la Hechizadora. Con el lío que tengo y tú ahí observando las sopas de letras como un pasmadote.

–¿Sopas de letras? –repitió el señor Nicked volviéndose hacia ella–. ¿Quién quiere sopas de letras cuando se tienen... anagramas? –La boca pareció derretírsele, como si un placer que la gente común no pudiese apreciar acabase de colmar de felicidad al sencillo muggle.

–Anagramas, sopas de letras... ¡Qué diferencia hay!

–¿Que qué diferencia? Pues mucha. Los hebreos ya los practicaban para sus cábalas... ¿Cuántos hebreos has visto tú haciendo sopas de letras, eh?, a ver, dime.

–Oh sí, ponte con tus aburridos anagramas y déjame en paz, Matthew, que con lo que tengo que hacer hoy lo que me hacía falta era que me provocaras un terrible dolor de cabeza. ¿Has visto la chapa con mi nombre para la solapa de mi bata? –le preguntó a los pocos segundos, cuando ya el muggle se había sentado en el sofá y, lápiz y papel en mano, se había puesto a resolver los anagramas que contenía el pasatiempo que la señora Nicked le había regalado. En vista de la aburrida negativa de su marido, la bruja recurrió a su varita y convocó la chapa. El señor Nicked diio un respingo del asiento porque aquélla salió volando justamente desde él–. ¡Tremendísimo muggle! Menester es que no me ayudes tanto. Escapada estoy contigo. Espero que a George le eches algún vistazo más; y a tus nietos también. –Como viera que el hombre apenas parecía dar síntomas de estarla escuchando, mascullando añadió–: Espero que Matt cuide de sus hermanos, porque con su abuelo... ¡apañados! Ah, y no olvides que, en algo así como una media hora, Sirius te traerá a Laura. Ya están necesitados los Black de una niñera para dejarla contigo, acabáramos.

–¿Laura? –repitió automáticamente el señor Nicked–. Pero ¿es que ellos no tienen mayordomo?

–Sí, pero el hombre se toma sus días libres y esas cosas, Matt. No es un elfo doméstico. Sirius y Karina son nuestros amigos y nos han pedido un favor, haz el favor de no quejarte continuamente por todo. Al parecer, no sé qué de que Karina tiene mala a su abuela y... y... Bah, qué más da. Que te encargues también de la pequeña Laura.

–Una más para instruirla en el apasionante mundo de los anagramas –masculló entre dientes, excitado, el muggle.

–¡Matt! George y ella no tienen ni dos años, por favor... Entretenlos como haría un abuelito normal, de los de toda la vida, con sus nietos. Como te estaba diciendo, los Black se están portando muy bien con Helen, yéndola a ver todos los días, y es lo menos que podemos hacer¿no te parece? Con lo que compórtate, no me des otra vez motivos para avergonzarme¿quieres? Los pobres estaban muy avergonzados: no querían dejarme a la dulce de Laura por todo lo que nos ha venido encima, lo que le ha pasado a tu hija y eso..., ya sabes. Así estarán de apurados. Santa Rowling, sólo han mordido a la desgraciada de nuestra hija, qué mala pata tiene. Se creen que eso provoca que tenga más quehacer en casa, pero la verdad es que...

–¡Claro, cómo no lo he visto antes! Brujo y más gas es en verdad magos y brujas.

–... ¡la verdad es que lo que lo provoca es que tú no muevas ni un solo dedo, Matt! Escúchame bien: cuídalos, cuídalos a los cinco: a George, a Matt, a Nathalie, a Albus y a Laura, que no los encuentre con el más mínimo rasguño, una cicatriz, un chichón, marcas de pelea, nada... Tu labor como abuelo es, simplemente, vigilarlos. ¿Has visto qué cosa más fácil? –Vistiéndose la bata–: Volveré tarde. Voy a acompañar a tu hija, que le van a practicar una analítica, y después tengo reunión interdepartamental. No me esperes a comer. Tu almuerzo lo tienes en una fiambrera, dentro del microondas. A los niños prepárales un bocadillo de jamón y queso. ¿Crees que podrás? –Acercándose a él y dándole un beso en la frente–. Pórtate bien, Matt. Recuerda lo que te he dicho, eh. –Y dirigiéndose a la ventana que daba al porche–: Niños, adentro. Jugad un rato ahora dentro. Cuidad del abuelo, eh. A ver, dadme un beso, que la abuela se va. George, dame tú otro, gandul, no te me escapes. Matt, anda, toma, hijo, llámame al móvil tú si pasa algo, cualquier cosa; y si el abuelo se queda durmiendo…, ya sabes lo que hay que hacer: los petardos están en el segundo cajón a la derecha. Ya sabes que tiene un sueño muy profundo.

A continuación, introduciéndose dentro del hueco de la chimenea, se desapareció engullida por las verdes llamas de la Red Flu.

–Estupendo, estupendo –habló el muggle cuando se hubieron quedado solos–, venid aquí, sentaos conmigo, veamos qué podemos hacer. –Matt, que había estado vigilando en el porche al menor de sus hermanos y a su primo George, acabó tomando asiento junto a su abuelo–. Bien... ¿Os apetecería que hiciésemos anagramas? –Ante la curiosa pregunta de su nieta, el señor Nicked explicó–: Tienes un anagrama cuando, variando el orden de las letras de una palabra o frase, obtienes otra sin que falte ni sobre ninguna. ¿Sabéis una cosa¿Sabes tú, Matt, que eres el mayor? Hasta el nombre de Lord Voldemort es un anagrama. ¿A que no lo sabíais? Me lo dijo Harry Potter en persona, un día que coincidí con él. En verdad se llamaba Tom Sorvolo Ryddle, que, si lo ordenamos debidamente, sale... ¡Soy Lord Voldemort! Ajá. –Rio, como si acabase de realizar algún truco de magia o algo parecido. Los niños en torno a él, en cambio, no movían un solo músculo–. Veamos..., a ver si hay algún anagrama sencillo para vosotros. ¡Oh, qué magnífico! –dando un pequeño bote en el sofá–. Pero si tiene una sección de anagramas infantiles. Oh, pero qué sencillos son. Mirad éste, qué fácil es. Oca sobrevolada. Pensad, pensadlo bien. –Se levantó y repartió hoja y papel a todos exceptuando su hijo, que comenzaba a dormitar feliz en su trona; incluso le dio a Alby, que los empleó para garabatear–. Es sumamente sencillo. ¡Magníficamente fácil, vamos! –Hojeando la revista de pasatiempos–: Busquemos otro más satisfactorio... ¡Oh! Escuchad, escuchad. Logo Lord musgoso Angloamericano. ¡Suena divertido!

Sus dos nietos de mayor edad lo miraron con una expresión que venía a decir que ellos tenían una idea muy distinta de lo que era divertido y de lo que no lo era.

–Tengo una palabra –habló, después de todo, Nathalie–. He formado la palabra...

–¿Me aburro, tal vez? –le preguntó Matt, y rieron.

–No, he formado la palabra balada –puntualizó.

–Muy bien, muy bien, Nat, sí, pero no es así, muy mal, muy mal... Sin que sobre ni falte ninguna letra. Os daré una pista –sonriendo con suspicacia–: Matt tiene una y yo... jo, querría tener otra, pero no puedo usarlas.

–¿Una varita? –le espetó Matt olvidándose por completo del anagrama.

–¿Una varita? Qué varita ni ocho cuartos. Bueno, también, pero no es una varita, no. ¿Queréis prestar atención al anagrama en cuestión y dejar de decir tonterías? –El señor Nicked le señaló a Matt a su propia hermana, que estaba reclina ya sobre el papel y escribía endiabladamente–. Más difícil es el mío y no me veis diciendo lo primero que se me pasa por la mente.

–¡Escoba voladora! –gritó Nathalie.

–¡Magnífico! –gritó el muggle fuera de sí–. Lo has conseguido. Claro está que os he dado una pista que no tiene precio. A ver qué os parece éste: Sol y masa Weber. ¿Sol y masa Weber? –Tomó unos apuntes en su propia hoja, estuvo unos instantes mordisqueando el lápiz hasta que, casi al punto de lanzar un "eureka", dio otro bote en el asiento y dijo–: También éste está chupado. Lo sacáis con la gorra, vamos. Bueno, un poco más complicado, pero...

–Pero ¿podemos hacer otra cosa, abuelo? –preguntó Matt, aburrido.

–¿Es que no te gusta hacer anagramas? Mira a tu hermana, está encantada.

–Sí, lo que nos faltaba es que se nos pareciera ahora a ti... –masculló entre dientes.

–¿Has dicho algo, hijo? –El otro cabeceó apresurado–. Oh, qué anagrama más complicado el que yo tengo entre manos. ¿Sabéis que una vez ayudé a vuestra madre a resolver un anagrama crucial? Tuvo una visión en forma de anagrama. ¡De anagrama! Suerte que me tenían a mí cerca, que soy todo un experto, que, si no, no sé qué habría sido del pobre de Harry Potter... ¿Logo Lord musgoso Angloamericano? Oh, necesito un bocado de atún para alimentar las neuronas. ¿No podrías llamarlo con tu varita, Matt?

–No, no puedo –contestó mientras fingía que le daba vueltas en la cabeza al anagrama que tan ansiosamente ahora estudiaba su propia hermana–. Todavía no puedo hacer magia durante las vacaciones.

–Oh, qué pena. Tendré que levantarme. –Pero no lo hizo durante un rato, demasiado embebido a causa de los anagramas–. ¿Logo Lord musgoso...¿Angloamericano?

–Abuelo... ¿En serio quieres que pensemos que eso te divierte?... –dijo Matt.

–¡Ya lo tengo! –Nathalie rio ilusionada–. Sol y masa Weber es Bromas Weasley.

–¡Muy bien, Nathalie¿El oro...¡El oro mágico! Creo que el mío empieza por El oro mágico.

Nathalie tendió una mano hasta su papel y, después de echarle un vistazo, concluyó:

El oro mágico lo guardan los gnomos, claro.

Matt y el señor Nicked se la quedaron mirando atónitos. En aquella ocasión ya no hubo felicitaciones que valiesen. Ahora, a ambos, Nathalie parecía un repelente engendro de inteligencia sobrehumano: a uno porque se interesase por aquel entretenimiento tan poco entretenido; y a otro porque fuese ganando notoriedad en un terreno donde él tenía toda la potestad.

–Muy bien, Nat –terminó diciendo a regañadientes–. A ver, probad con este: Suplir menú. A ver... ¡Oh, qué divertido! Con éste os vais a reír mucho. –La mirada que Matt le dedicó venía a significar que lo dudaba mucho–. Muchísimo, diría yo. Es un nombre propio. Y lo conocéis, vaya si lo conocéis.

–¿Remus Lupin? –participó Matt tímidamente, como si entrase en una cueva de risueñas hienas–. ¿Es papá?

–¿Lo ves¿A que es divertido?

–Tan divertido que... ¿No podemos hacer otra cosa? –intentó otra vez Matt.

–Vale, vale, tú ganas. Hay un parchís por... por alguna parte. Anda, búscalo. Mientras tanto, nosotros dos resolveremos este otro. Bi Moiséis guía ir desmantelamiento. –Riendo tontamente–: Éste tiene pinta de súper complicado. ¿Lo encuentras, Matthew? El parchís, pues vaya... ¿Y qué, Nat, sacas algo en claro? –Llamaron a la puerta–. Aguarda un momento, ésa tiene que ser Laura. –Volvió al poco, después de haber intercambiado unas palabras con los padres, con la pequeña en brazos. Venía llorando y el muggle, sin éxito, trataba de consolarla. –No pasa nada, verás a tu mamaíta dentro de un rato. No llores, tonta –le decía. Pero los ojos de la bella niña no dejaban de derramar lágrimas, lágrimas que el señor Nicked se veía incapaz de hacer contener. Sólo cuando fue colocada al lado de George, con el que sentía una gran afinidad, Laura soltó un chillido de alegría y sus lágrimas se fueron y sus mejillas se encendieron alegres–. Bien, así está bien. ¿Y el parchís, Matt? Va a dar lugar a que tenga que ayudarlo a buscarlo. –Pero, en lugar de ello, se sentó pesadamente junto a su nieta y recuperó la atención sobre el complicado anagrama–. ¿Has descubierto algo?

La chica cabeceó desilusionada.

–¡Lo he encontrado! –exclamó Matt volviendo al punto con el tablero bajo el brazo–. Juguemos.

Nathalie abandonó los anagramas y los pequeños, gozosos, fueron unidos al juego. El muggle, a regañadientes, con tal de imponer orden, se animó a participar en el juego, pero siempre y cuando jugasen a la oca, que, bajo su punto de vista, resultaba mucho más sencillo. Le dio la vuelta al tablero y los más pequeños recibieron el cambio con excitación, ya que aquella parte del mismo estaba coloreada con llamativos motivos que los atrajeron enseguida. El señor Nicked les explicó a los que no las conocían las reglas del juego y lo moderó al tiempo que participaba en él, no sin dejar de lanzarle vistazos frecuentes a los apuntes de su cuaderno de notas. Tanto era así que, cuando Alby cayó en la casilla de puente y aquél le preguntó qué tenía que hacer, su abuelo le respondió que el puente no significaba nada, que tirara otro, pues no quería perder tiempo explicándoselo; creía tener la solución de aquel complejo anagrama muy cerca. Matt, bufando de impaciencia, le explicó en verdad a su hermano lo que significaba la casilla de puente y siguieron jugando, aprovechando el muggle aquel paréntesis para garabatear sobre sus notas como un energúmeno.

–Abuelito –dijo Nathalie con su voz más tierna–, deja eso. ¿Juegas o resuelves anagramas? Además, no me puedo creer que te tires media hora para resolver uno tan tonto. ¿Era Bi Moisés guía ir desmantelamiento, no? Entonces... Moisés... guía... desmantelamiento... ¡Claro! El Ministro de Magia está buenísimo, está claro.

El muggle alternaba las miradas de su nieta a su cuaderno y de su cuaderno a su nieta. Cuando comprobó que la resolución que había realizado del anagrama era correcta, arrojando sus apuntes lejos, dijo:

–Seguro que esto lo ha escrito alguien de Corazón de bruja. Estos anagramas tan sensacionalistas no... me gustan. –Y dirigió finalmente una mirada a Nathalie con la que parecía taladrarla de hito a hito.

Matt, inesperadamente, se levantó abandonando el juego.

–¿Tú también lo dejas? –le espetó su abuelo con una vez excesivamente aguda.

Matt asintió. Su rostro había perdido casi todo el color, como si el frío se hubiera apoderado de él. Incluso el corto vello de sus brazos y piernas se le había erizado, y el de la nuca se le encrespaba produciéndole escalofríos que le traspasaban de un lado a otro sin descanso.

–No me apetece seguir jugando –dijo, y la voz apenas le salió del pecho al hablar.

Y se acodó sobre el alféizar de la ventana que comunicaba con el porche, distraído. La retina de sus ojos reflejaba la calle frente a él, el rápido tránsito de coches, peatones, pero todo eso parecía suspendido en su corazón. Veía sin ver nada, sus manos temblándole ligeramente bajo el mentón. Poco a poco fue recuperando el calor conforme la brisa le golpeaba en el rostro. Las voces y risas adentro, en la habitación, eran apenas un murmullo inaudible que, como traídas por la suave mecida de la marea, lo conectasen con una realidad, con un mundo que ahora le parecía tan lejano. Así permaneció duramente algunos minutos, pero aquel tiempo fue para él insufriblemente largo.

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La señora Nicked miraba inquietantemente desde el otro extremo de la mesa al director de San Mungo, que parloteaba incansablemente, mientras los otros encargados y dirigentes convocados a la reunión dormitaban visiblemente. Steve Edwards, jefe de la sección de Daños Provocados por Hechizos, dio una corta cabezada, dejándose caer hacia delante, al tiempo que emitía un sonoro ronquido. Consciente de lo que acababa de ocurrir, se movió inquieto en su asiento, reponiéndose, se disculpó y, al instante, su cabeza se ladeó hacia otro lado hasta que pronto la escena se repitiera. El director de San Mungo sonrió descaradamente; la señora Nicked, sólo que con más recato, también sonrió. Ella era la única, aparte del hombre que hablaba y del que no quitaba la vista de encima, que no parecía aburrirse de estar allí, que mantenía erguida la cabeza sobre los hombros. A decir verdad, su mirada era desafiante. Cuando la del director se apartó un instante para señalar una gráfica detrás de él, rápida, la señora Nicked tomó la taza de té que tenía ante ella, y que no había probado, y la vació dentro de su bolso, cuyo interior había previamente impermeabilizado. Al posar de nuevo sobre ella sus fríos ojos el director, la figura de la señora Nicked parecía no haberse movido, sonriendo indolente, con la taza vacía frente a ella. Pero ahora su sonrisa era de triunfo. Tan pronto como saliese de la sala de reuniones se dirigiría al laboratorio, donde pediría que examinasen la muestra y le revelasen si, además de té, contenía algo que ella debiera saber. No era la primera vez que todos se quedaban parcialmente dormidos, como extremadamente cansados, durante una de las exposiciones del director de San Mungo en la sala de reuniones; como si una maldición cayese sobre todos en aquellas circunstancias. El director se mofaba de sus historias, asegurando que todos permanecían bien despiertos y participativos (demasiado, añadía con picardía) durante las reuniones que él mismo convocaba. Pero lo cierto era que durante algunas de ellas habían discutido importantes asuntos como las finanzas del hospital y, al término de la junta, nadie recordaba nada en absoluto. Sin embargo, sólo casualmente, la postura adoptada beneficiaba, y en qué forma, las acciones que el director tenía aseguradas en San Mungo.

En definitiva, que todo aquello olía a chamusquina, y la señora Nicked se había propuesto desenmascarar la verdad. En cualquier caso, ya había reconocido la fuente de sus fortuitos sueños, pues todos los demás, a excepción de ella, habían probado el té y se habían dejado llevar por el antojo de Morfeo.

–Y ahora pasemos a otro asunto –habló el director de San Mungo balbuceando ligeramente al tiempo que le dedicaba a la señora Nicked unas miradas asustadizas a intervalos. Entre tanto, pareció ordenar durante unos segundos tanto sus papeles como sus ideas–. Se me... esto, tengo constancia de una serie de irregularidades en la administración de San Mungo que... por supuesto, no... No pueden pasarse por alto. –Su mirada se había posado, definitivamente, con cierta arrogancia, sobre la de la única mujer que lo observaba fijamente–. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la primera planta...

–¿Qué le pasa a la primera planta? –gritó la señora Nicked poniéndose violentamente en pie. Steve Edwards, que se había vuelto a quedar dormitando, dio un fuerte respingo, como si alguien hubiese hecho restallar un látigo ante sus pies. La señora Nicked bufaba como un búfalo al que estuviesen a punto de ejecutar, al que estuviesen a punto de herirle a la menor de sus crías. La primera planta era a la que correspondían los cuidados de heridas causadas por criaturas mágicas, y la encargada de dicha planta era su hija. Cualquier inconveniente que tuviesen sobre su administración recaería directamente sobre sus hombros–. ¿Hay algún problema en la planta que dirige mi hija¿Algo lo suficientemente importante para tratarlo cuando ella no está presente, cuando no puede siquiera defenderse?

El director parecía nervioso. Movía los brazos torpemente, invitando a la señora Nicked a sentarse. Finalmente, como con intención de recobrar el respeto que se le debía, también él se puso en pie. Adormilados, los restantes reunidos miraban con cansancio a aquellos dos titanes arrojarse chispas con la mirada, cada uno a un extremo.

–Las irregularidades de la planta de Heridas Provocadas por Criaturas Mágicas son ya... ¡intolerables! –habló al fin el director–. A mí conocimiento ha llegado... una serie de... informes que... La administración de esa planta no funciona bien, las quejas son reiteradas... Se trabaja a disgusto.

–¡Si eso fuese cierto, alguien se lo habría dicho a Helen!

–Si no se lo dicen es... ¡porque le tienen miedo! –adujo a voces. La disputa iba alzando el tono conforme la señora Nicked creía herido su orgullo, y el director, lejos de bajar los humos, dejaba encender su ánimo con irreparable fuerza que la bruja se veía capaz de contener–. ¿Quién quiere tener problemas con... la mujer del Ministro de Magia, eh? –Aquello último lo pronunció en un tono de voz mucho más bajo, como asustadizo–. Es la última siempre en entregarme los informes de planta..., como si... pensase que esta... sobreprotección..., que esta... aura que le otorga su... maridaje con el Ministro¡la hiciesen invulnerable! Pero eso no es lo peor, Nicked, no... Las muchas quejas que han llegado a mi conocimiento y al buzón de sugerencias no son lo único, no. También... sí, también tengo constancia de que Helen Lupin ha estado... sisando en el cuarto de medicinas de su planta. –La señora Nicked aporreó con su puño la mesa, irritadísima–. Entiendo su indignación, pero... ¡no infravalore la mía propia! El registro de medicinas de la primera planta, me he dignado en comprobarlo yo mismo en persona, lleva largo tiempo sin ponerse al día y presenta numerosas... ¡irregularidades!

–¡Esto es el colmo! –bramó la señora Nicked.

–Ni que lo diga –continuó el director, sin oírla–. He estado muy contento siempre de la labor de Helen Lupin, pero... Pero esto no puede seguir así, oiga. ¡No puedo consentirlo! Me veo obligado a...

–¿Cómo?...

–¡Me veo obligado –siguió– a relegar a la sanadora Lupin de su puesto de encargada de la primera planta!... Y, en consecuencia, a retirarle sus responsabilidades sobre el laboratorio y el sueldo que...

–¡Calla, calla ya! –gritó la señora Nicked fuera de sí–. ¡Deja de decir sandeces, por las Reliquias Benditas! –Miró en torno a ella, pero los demás parecían sumidos en sueños demasiado placenteros, parecían suficientemente cansados como para participar en la conversación en su favor. Tomó aire en una amplia bocanada y volvió a la embestida–. Por las barbas del viejo Merlín, esto sí que es intolerable. ¿Así se toman las decisiones en este maldito hospital?... Pongo la mano en el fuego..., la mano, la pierna y el cuello, por que mi hija no ha hecho nada de nada de lo que la estás acusando. Por el amor de Rowling, Charles... ¡Maldito bobo! Mi hija ha estado trabajando aquí durante... ¿cuántos años?

–Y desde hace cuatro es la mujer del Ministro de Magia, y se pavonea por estos pasillos como si fuesen suyos –respondió yendo a la carga.

–¿Que se pavonea¿Quién se pavonea, eh? Insolente. Y ¿pensabas que firmáramos su expulsión del cargo con estos peleles durmiendo tan ricamente, verdad? Eres un cretino, Charles. Mi hija no ha hecho nada de eso de lo que la acusas. Y, si no, ofréceme pruebas convincentes. Dame algo que justifique su despido improcedente. –El director tartamudeó una retahíla de frases incoherentes, pero la señora Nicked no le dio cuartelillo–. ¡Calla, calla ya!... Nada, no tienes nada. ¿Quién te ha dado esa información¿No será que te la estás inventando?

–¿Cómo puedes...?

–Que te calles he dicho –bramó al tiempo que golpeaba contundentemente de nuevo la mesa–. Llevaba trabajando en este hospital veinte años cuando apareciste tú, flagrante y ambicioso. Y vi cómo todo lo que era bueno y útil en este hospital se desmoronaba en favor de tu soberbia y tus ansias de galeones. Y nunca he dicho nada porque, ante todo, siempre te he tenido respeto. ¿Sabes tú acaso lo que es eso? No hace falta ser un lince para ver lo que pasa aquí, no... Todavía recuerdo cómo tratabas a mi yerno antes de que se convirtiese en Ministro de Magia.

–Eso no viene al caso...

–¡Sí que viene! Eres un licántrofobo. No soportaste a Remus hasta que no tuviste más opción, porque... ¿quién tendría las agallas de enfrentarse al mismísimo Ministro de Magia? Tú no. Pero ahora que Helen... bueno, ha sufrido este percance..., no quieres trabajar con ella, no quieres que ostente ningún puesto de importancia... Eres patético.

–Estás sacando conclusiones deliberadas... –protestó.

–¡Que te calles, maldita sea! –Mientras bordeaba la mesa y se acercaba paulatinamente a encararse al director–: Puedes tratar de tocarme a mí un pelo de la cabeza, pero a mis hijos... ¡Ay del que toque a mis hijos! –Sin embargo, terminó girándose hacia la puerta y la abrió para salir–. Pagarás caro tu atrevimiento, Charles...

Y cerró la puerta con un sonoro golpetazo.

–¿Y quién me lo va a hacer pagar: tú...? No me hagas reír. –Sin embargo, afligido, se dejó caer pesadamente sobre su sillón, aplastando una de sus mejillas con una de sus manos, cuyo brazo acodó sobre la mesa, y su mirada se extendió meditabunda–. Demonio de bruja.

Pero en su corazón sólo galopaba ahora el miedo, no el atrevimiento, ni el arrojo ni el coraje de hacerle frente. Temía a la señora Nicked, la conocía sobradamente y sabía de cuánto era capaz. Sencillamente, sintió miedo.

El paso de la señora Nicked era decidido, grave, a través de los anchos corredores, como el de un elefante en cuyo interior barritara la más solemne de las venganzas. Su palpitación parecía un murmullo que le susurrase aliento al oído. Entró atropelladamente en la sala de reunión de los enfermeros del hospital, sacó su varita en medio de la sala, algunos creyeron por el rictus de sus facciones que iba a maldecir a alguno, pero su rayo sólo alcanzó el tablón de anuncios. Inmediatamente apareció un folio, que quedó clavado con cuatro chinchetas mediante otra sacudida de su varita y, gracias a una tercera, la tinta comenzó a impregnar la cara visible del pergamino.

–«Recogida de firmas para exigir al Ministerio de Magia que se adelanten las elecciones de la Dirección de San Mungo –leyó uno de los enfermeros que más cerca al tablón estaba–. Razones: inestabilidad, mal funcionamiento del hospital, etc. Para más información, preguntar a Helen Nicked, Jefa del Servicio de Enfermería.» –Y abajo se adjuntaba una tabla para agregar los nombres y las firmas–. ¿Y esto, Helen, de qué va?

–Se acabó el que pasen por encima de nuestra cabeza –contestó todavía de mal humor–. Enseguida os lo explico. –Y salió otra vez, con la intención de hacer aparecer aquel pergamino en cada uno de los tablones de anuncios del hospital, en salas de reunión y en los pasillos de todas las plantas.

Aquel día se sufrió la primera gran sacudida de San Mungo.

La noticia del despido improcedente de Helen corrió como la pólvora. A la caída de la tarde, la noticia era una constancia en la quinta planta, en la Sala de té para visitas, y hasta los mismos familiares de los enfermos conversaban sobre ello mientras bañaban en sus tazas sus pastas glaseadas. «¿Helen Lupin, la mujer del Ministro?» «Pero ¿ésa no había descubierto una poción recuperadora para los hombres lobo hacía poco?...» «El mundo está patas arriba –participó una viejecita entrañable que venía a menudo porque aquél era el único lugar donde le cobraban el té y las galletas a tres sickles–. Creo haberla visto alguna vez por los pasillos... ¡A mí me pareció una chica muy eficiente, la verdad¿Yo también puedo firmar para apoyaros, queridas?» Y hasta aquella entrañable anciana estampó su nombre y firmas en las únicas dos casillas que tenía la tabla del tablón de la Sala de té. Tan pronto como lo hubo hecho, el pergamino absorbió la tinta con que había escrito y se mostró vacío, dispuesto a que alguien más la imitara, y era en el interior del papel donde las firmas se guardaban, lejos de miradas indiscretas.

La noticia en la primera planta se recibió con una fuerte convulsión. Algo así como una segunda sacudida. Sanadores, enfermeros, celadores, incluso algún herido leve ya de aquella planta, todos subieron al despacho del director para exigirle que no destituyera a Helen de su puesto de encargada. «Estamos muy contentos con ella. No puede hacerle eso, hace su trabajo mejor que ninguno de nosotros.» «Mire, lo conozco de hace poco tiempo –intervino Emmanuelle–, pero, si... despide a Helen, usted es tonto. ¡Con perdón, claro! Y, si lo hace, yo me largo.» «Y yo.» «Y yo.» «Y yo también», participó excitado uno de los enfermos, apoyado sobre una brillante muleta. El conjunto de alegres revolucionarios salía ahora decepcionado, los ojos cabizbajos. Al alcanzar la sala de estar de su planta, resoplando, Emmanuelle no dudó en firmar sobre el pergamino que había hecho aparecer la señora Nicked sobre el tablón de anuncios. Todos la imitaron.

–¿Qué coño estás haciendo, Helen? –le espetó asqueado, los ojos salteados de odio, el director del hospital a la señora Nicked cuando la alcanzó en un pasillo cualquiera. La bruja se sobresaltó cuando vio que la agarraba del brazo con fuerza–. ¿Qué pretendes demostrar, eh? Esto no tiene ninguna gracia.

–Pues no te rías. Que el que ría el último, reirá mejor.

Y se alejó, cimbreando las caderas para regodearse ante sus ojos.

La tercera sacudida, terribilísima, dejó al director de San Mungo horriblemente abochornado, aunque no lo reconociera en parte alguna más que en su fuero interno, y aun allí con muchas reservas. Era un hombre profundamente orgulloso, es normal que se comportara así. Fue Emmanuelle la que, sin advertir a nadie, alertada por el aviso de la señora Nicked, había iniciado las pesquisas en la primera planta de San Mungo. Se había propuesto desenmascarar al verdadero ladrón de las medicinas por si la estrategia de la señora Nicked no tenía éxito. Practicó un alto sinnúmero de hechizos espiatorios sobre las estanterías del almacén de la primera planta y se apostó ella misma en las inmediaciones, observando cualquier movimiento sospechoso. Pero fue finalmente el chivatoscopio que llevaba oculto en uno de los bolsillos de su bata el que la delató: cuando Louise entró en el cuarto de medicinas, Emmanuelle entró furtivamente detrás de ella y cerró la puerta tras su paso. Louise dio un salto, asustada, cuando escuchó el chasquido de la puerta al ser cerrada y, al volverse, descubrir la varita erguida de su compañera dirigida hacia ella. Como paralizada, todavía tenía las manos metidas dentro de los bolsillos, donde había introducido ya una cantidad considerable de frascos. Uno de aquellos frascos tembló en sus manos y cayó. Todo fue muy rápido. Emmanuelle no lo vio precipitarse, tan sólo oyó el crujido del cristal al romperse e inmediatamente, sin pensárselo: «¡Desmaius!», Louise cayó inconsciente en el suelo.

La evidencia que Emmanuelle le traía era mucha más que la que el propio director podía aportar. Observó minuciosamente a la joven sanadora, con rabia, pero con voz apenas conmovida por sentimiento alguno terminó diciendo: «Muchísimas gracias por descubrir al culpable, señorita Brown.» La despertaron para realizarle el pertinente interrogatorio, y, para su terrible sorpresa, descubrieron que obraba bajo el influjo de la maldición Imperius. «¿Quién?», inquirió Emmanuelle con voz chillona. Una vez el mago que trabajaba para los licántropos había conseguido zafarse de los sortilegios que sobre él había descargado el Licántropo, días atrás, cuando se hubo descubierto que Remus Lupin había robado la mayor parte de sus reservas de poción transformadora, retornó a San Mungo bajo sólidas órdenes de Greyback. Las órdenes consistían en conseguir el mayor número posible de ingredientes para rehacer las pociones. El mago liberó a Louise de la prisión temporal en que la había dejado anteriormente, el cuarto de los celadores, pues había necesitado suplantar su imagen mediante poción multijugos y no le era favorable que alguien pudiese constatar que existían dos Louise en San Mungo al mismo tiempo. Trató de tranquilizarla mientras la desataba y, después, le lanzó la maldición imperdonable. Desde entonces, Louise había mandado con lechuzas todo cuanto robaba al nuevo cuartel general de Greyback, todo lo cual era aprovechado por los científicos de la causa licántropa para reelaborar la pócima. «Así que... Helen Lupin no es... la culpable», apuntó el director fingiendo mostrarse sorprendido, al mismo tiempo que apenas se atrevía a observar la reacción de Emmanuelle. «¡Tenemos que avisar a las autoridades inmediatamente! –gritó la chica excitada–. ¡Hay que alertar a todo el mundo!» «¿Alertar a todo el mundo¿De qué diablos estás hablando tú?... Esto debe quedar entre tú y yo», apresurándose a correr el cerrojo de la puerta y a practicar algún hechizo de insonorización sobre su despacho. «¿Entre usted y yo?...», repitió la otra con ingenuidad. «Por supuesto. ¿No querrás que los hombres lobo se enteren y nos ataquen aquí como han atacado a Lupin, verdad? No... Nadie se enterará. Levantaremos la maldición imperius de Louise, pero se seguirá haciendo lo de los mandados por lechuza, como si ninguno nos hubiésemos enterado de nada en absoluto. No quiero que...» «Pero... ¡no podemos acobardarnos por las posibles contingencias! No podemos...» «¿Sabrás tú acaso cómo se hacen estas cosas? Esto es tan complicado como sacar adelante la dirección de este hospital. Sé que en estos últimos días todos os habéis puesto en plan expertos, y todos creéis que podríais hacerlo mejor que yo. Oh sí, los rumores me han llegado. ¡Pero las cosas se harán como yo las mandé!, y ésta es la única manera de que nadie salga perjudicado.» «Claro, agachar las orejas...», masculló Emmanuelle por lo bajo. Al salir, mientras recordaba la conversación que había mantenido recientemente con la adivina en la cafetería, se percató de la diferencia abismal que separaba a aquellos dos hombres: Helen se enfrentaría a los licántropos mientras que el director prefería fingir. La decepción que la embargó al salir del despacho es casi indescriptible.

–¿Crees que vas a conseguir cambiar en algo las cosas? –preguntó Charles, el director de San Mungo, al entrar atropelladamente en el despacho de la señora Nicked en el Servicio de Enfermería, un día cualquiera. Ésta elevó el rostro con total tranquilidad, como si lo esperase llegar incluso, y cruzó las manos con infinita paciencia. Lo observó unos instantes, mientras el hombre se rehacía y se colocaba la capa, y hasta que recobró el aliento para continuar–. ¡Ni en sueños! No te vas a librar de mí tan fácilmente. No es la primera vez que paso por esto.

–¿Por mi despacho, te refieres? –habló la señora Nicked con total tranquilidad–. No sé a qué te refieres, con lo que te agradecería que fueses más al grano. Tengo quehacer.

–No te hagas la timorata conmigo, Helen, que bien sé de qué pasta estás hecha. ¿Qué te crees, que no sé que has conseguido adelantar las elecciones a la dirección de San Mungo porque se lo has pedido personalmente a tu yerno?... Imagino que así no debe costar mucho trabajo hacer los trámites.

–Supongo que no –le respondió sin devolverle siquiera la mirada; la tenía puesta sobre el informe encima de su escritorio. Sin mirarlo tampoco le extendió con desgana un largo pergamino enrollado–. Pero supongo que esto ha influido notablemente.

–¿Qué...?

–Setecientas firmas, Charles. Setecientas personas que han pensado que quizá no esté de más que se realice una nueva votación para la dirección. Ahora.

–No me hagas reír, por favor, Helen. Diez votaciones¡diez!, he vivido en este hospital. Y nunca¡nunca!, en ninguna de ellas, nadie ha conseguido recaudar más votos que yo. Hay mucha gente que me respalda.

–Y otra mucha que te detesta, qué le vamos a hacer. Quizá lo único que necesite esa mitad del hospital es un candidato en condiciones.

–¿Estás tratando de sugerir que tú eres ese candidato ideal? Oh, por favor, Helen... Eso es absurdo.

–Absurdo es pensar que todos los que hacemos algo por el bien de una comunidad pensamos al mismo tiempo en los propios beneficios. Oh no, Charles, no todos somos como tú. Yo no quiero tu sueldo... ¡Estoy bien como estoy! –riendo.

–Bien pensado, Nicked... No creo ni que te votasen tus íntimas del servicio de lavandería aunque pudiesen hacerlo. –Rio a carcajadas–. Lo más inteligente es que una persona se conforme con lo que tiene cuando esto, ya de por sí, la supera.

Al poco de abandonarla el director, la señora Nicked dejó su despacho. Avanzó por los pasillos como una fiera a punto de despedazar a su presa. Incluso parecía que el suelo temblaba bajo sus pies, tal era la fuerza que parecía imprimir sobre sus titánicas pisadas. Estampó contundentemente sus dos manos al apoyarse sobre el mostrador de recepción, en el vestíbulo, y de su apariencia felina ya sólo quedaba una respiración entrecortada, vehemente, como la de un toro a punto de la embestida. La recepcionista le preguntó a la matrona si quería algo, y ésta, después de tomar aliento, le preguntó:

–¿Tú tienes los papeles que hay que rellenar para apuntarse a la votación de la dirección, Clarece, verdad?

–¡Oh, te vas a apuntar!... –La chica parecía un poco pava. Revolvió inútilmente un sinfín de carpetas y portafolios hasta que, después de haber tenido en impaciente espera a la señora Nicked, le entregó un pergamino de color rosa, otro amarillo y finalmente uno blanco–. Tienes que rellenarlos los tres. Éste lo mandaré al Ministerio de Magia, éste me lo quedaré yo y éste es para ti. Oh... Si pudiera votar, ten por seguro que te apoyaría.

–¿Me dejas una pluma, Clarice? –La chica, servicial, corrió a auxiliarla. Observó pacientemente cómo la señora Nicked rellenaba con letra clara y legible los tres pergaminos de distintos colores. Tan sólo le extrañó que, de tiempo en tiempo, mascullara sentencias por lo bajo que difícilmente conseguía entender–: Me va a matar... Es por el bien del hospital, tiene que entenderlo... ¡Estoy loca, rematadamente loca! Que sea lo que Rowling quiera...

Le tendió los tres papeles y Clarice, resuelta, les estampó el sello del hospital. Después, les echó una ojeada para comprobar que todo era correcto. Sonreía de oreja a oreja, como si pensase que no podía haber noticia más agradable aquella mañana que saber que Charles tendría que enfrentarse a la mismísima Helen Nicked.

–Muy bien, muy bien... –dijo–. He, espera. Creía que te apellidabas Nicked, no Lupin. ¿Tú también estás emparentada con el Ministro de Magia, Helen?

–No seas boba, Clarice. No soy yo la que me presento a las elecciones, sino mi hija. ¡Yo claro que me llamo Nicked! Soy la señora de Matthew Nicked. Es a mi hija a la que he inscrito. –Clarice titubeó, y la señora Nicked se temió que, de un momento a otro, le fuese a decir que aquello no estaba permitido, por lo que improvisó rápidamente–. Por supuesto, Helen, como sabes, está de baja, y apenas puede moverse. –La recepcionista estuvo tentada de decir que la había visto hacía pocos días pasearse con Emmanuelle de camino a la cafetería, pero la señora Nicked no le dio oportunidad–. Me ha pedido que yo la inscriba por ella –mintió–. Imagino que yo, como madre suya que soy, estoy autorizada para hacerlo. ¿Me equivoco?

–Sí, sí... Supongo.

–¡Perfecto, entonces!...

–Si quieres, lo que puedo hacer es llevarle yo misma estos papeles y...

–¡No, ni se te ocurra molestarte! Yo se los llevaré. ¿Con mi firma basta, verdad? Pues bien, me vuelvo al trabajo. Muchísimas gracias, Clarice. –Y, al alejarse, añadió para sí misma–: Cuanto más tarde se entere Helen del fregado que le he montado, menos posibilidades tendrá de escapar de él. Y peor será su venganza sobre mí, me temo.

«Helen, han llegado los resultados.» La señora Nicked recogió excitada el sobre que le tendió un chico muy majo que acababa de contratar. Mientras salía de su despacho, la bruja se le quedó observando el trasero con mal disimulada atracción. Acto seguido, tomó el abrecartas y la rasgó de hito a hito. El informe cayó sobre su escritorio y la mujer, con manos ávidas, lo recogió y leyó vorazmente: «Helen: Supongo que conocerás de antemano el asunto por el que me pongo en contacto contigo. Estabas en lo cierto. He mandado una carta a todos y cada uno de los miembros de la Comisión Reguladora notificándoles el sorprendente hallazgo. El té contenía una toxina altamente potente, conocida como Somniumilimina, con la que se trafica en Colombia, que provoca prolongados estados de aletargamiento: las personas con mayor capacidad muscular, y por lo tanto menor bombeo sanguíneo, tan sólo sufren una visible alteración de la capacidad consciente; en cambio, en otros magos cualesquiera, podría producirles un sueño instantáneo. Tomada con frecuencia o en altas cantidades, podría dejar al que la ingiriera en estado de coma. En cambio, es altamente mortal con los muggles. Es una de las razones por la que no se comercializa con ella en la comunidad mágica. Su posesión y uso se castiga con prisión en Azkaban. Pero convéncete de que no podemos hacer nada contra Charles, Helen. He consultado a mi abogado y no podemos aportar pruebas de que él fuese realmente quien vertiera la Somniumilimina en vuestro té. Sabe que tienes mi laboratorio a tu entera voluntad para todo lo que necesites. Atentamente, Gleeson Tena.» La señora Nicked estaba absolutamente irritada por no poder hacer nada contra el director de San Mungo a pesar de haber descubierto aquel dato apabullante. Arrugó la carta enfurecida. Pero, instantes después, más tranquila, comprendió que no debía dejarse arrastrar por la penalidad de las circunstancias: la dificultad haría la victoria mucho más satisfactoria. Desarrugó la carta, aplastándola con ambas manos, y, apuntándola con su propia varita, borró la firma de su colega. Acto seguido, la luz que emitió su palo de madera barrió de parte a parte la carta, repitiéndose durante largas horas, hasta que su despacho estuvo cubierto de pergaminos.

A la mañana siguiente, San Mungo había despertado al alba empapelado con las fotocopias que, durante toda la noche, la señora Nicked había pegado hasta en el último rincón. Sanadores, enfermeros y celadores se arremolinaban en torno a los pergaminos y se tapaban las bocas con sorpresa. «Yo trabajé una vez con Somniumilimina –dijo un viejísimo sanador que no se jubilaba por temor a la soledad–, cuando todavía los Ministerios no ponían restricciones ni paparruchadas. El enfermo se me murió en la mesa de operaciones...» «Entonces¿Charles es un traficante?...» «Esto me huele a varita podrida.» «¡Hasta fotocopias de ésas hay aquí dentro!... Hace diecisiete años o así –comentó una desarreglada limpiadora que abandonó su tarea en los retretes para unirse a la cháchara de los sanadores–, yo sólo lo oí, no sé si es cierto o no, un sanador muy preparado se iba a enfrentar al actual director en otras elecciones como las próximas, pero tuvo un fatal accidente. Se cayó de la escoba cuando volvía de un viaje a Tanzania. Estuvo a punto de morir. Lo llevaron inmediatamente a la planta baja, la de Accidentes Provocados por Artefactos. Lo atendió Helen Nicked, la madre... Por entonces llevaba también aquella planta. Recordad que era el tiempo de los despidos, de las bajas, de las desapariciones causadas por el Que–No–Debe–Ser–Nombrado–A–Pesar–De–Haber–Muerto, y muchos de los sanadores hacían dobles turnos. Pues bien, Nicked casi lo cura. Iba a darle la baja, estaba perfecto. Pero aquella mañana despertó fiambre. Nicked, se dijo, sospechó que lo habían envenenado, que le habían introducido no sé qué sustancia por el suero mágico. Pero el actual director no dio su consentimiento para que lo examinaran. Alegó no sé qué cosa de que tenían más trabajo del que podían hacer como para inventarse más...» «¿Qué estás tratando de insinuar?», preguntó uno de los enfermeros que la había estado escuchando. «¿Yo? Nada...» Y, recuperando la fregona, que hasta entonces había estado haciendo sola el trabajo, se alejó. «¿Habéis oído lo nuevo? –comenzó a rumorearse por otras plantas–. Helen Lupin, la de Heridas causadas por criaturas mágicas, vamos¡la mujer del Ministro!, se ha presentado a la dirección del hospital». «¡Qué desfachatez! –decían unos–. ¿Es que se han propuesto esos dos hacerse con toda la comunidad mágica en unos años?» «Y luego nos van previniendo por ahí de un tal no sé Waterdum». «¡Wathelpun, idiota! Tim Wathelpun. –La que hablaba era Emmanuelle, terriblemente enojada–. Y ay del que se atreva a decir media palabra de Helen Lupin. ¡Me lo cargo!... Si no quieres que sea la directora de San Mungo, no la votes y punto, pero deja de soltar pestes por esa boca.» «He oído que Helen Nicked, su madre –participaban en la cafetería–, ha pedido que nadie la moleste con si la dirección esto, la dirección lo otro.» «¿Sabes lo que dice Willy, el de mantenimiento? –le preguntó en respuesta uno de los que lo escuchaba–. Que eso es que Lupin no sabe nada de nada, que es una artimaña de Nicked, de su madre. Date cuenta que es ella la que está moviendo el cotarro todo el tiempo.» «¿Tú crees?» «Estoy convencido.» «¿Y tú a quién tienes pensado votar?» «¿Yo?... No me desagradaría un cambio en el hospital. Además, conozco a Lupin personalmente y sé de buena tinta que es una trabajadora excelente. ¡Haría mucho más por este hospital que ese director de pacotilla que tenemos ahora¿Has oído lo de la Somniumilimina?... Es patético.» «Sí, patético. ¡Sabe Rowling que más locuras habrá hecho hasta ahora! Sí... Sí... Creo que yo también votaré por Lupin, aunque no la conozca mucho. Al fin y al cabo, ella ha hecho cosas como la poción de mata-matalobos y eso; para bien o para mal, es una sanadora de la que se escucha hablar.» «Sí, no deja a nadie indiferente.» «Lo malo es que, aunque todos votásemos a Lupin, si el encargado de nuestra planta, Kraven, sigue empeñado en darle su apoyo a Charles... ¿Qué más da? Nuestros votos valen una mierda. El que irá a las reuniones y dará el voto definitivo es él.» «Por eso se rumorea que Helen Nicked ha ido a su despacho a convencerlo de que cambie de aliado.» «¿A ese hueso duro de roer?»

En efecto, la señora Nicked había concertado un encuentro con el jefe de la planta de Envenenamientos Provocados por Pociones y Plantas.

–Imagino que sabes la razón por la que estoy aquí, Kraven.

–Puedo hacerme cargo, Nicked. Pero... antes de que sigas, querría decirte que voy a apoyar a Charles, como he hecho todos estos años.

–Sí, lo había supuesto. Pero imaginé, quizá tonta de mí, que podías llegar a ser no tan estúpido como para desperdiciar tu voto una vez más. ¿Qué hay, además, de la opinión de los sanadores a tu cargo?...

–¿No me digas que tú realmente le vas a preguntar a tus enfermeros y a tus sanadores de Ginecología lo que opinan y ésa va a ser tu opinión, Nicked? Estoy más que convencido de que, tanto en un caso como en otro, vas a votar a tu hija indefectiblemente. Yo creía que la opinión de los demás sanadores no era muy importante. Al fin y al cabo, nosotros somos los jefes de las plantas.

–Sus representantes, preferiría yo. Porque, además de ser sus jefes, deberíamos velar por sus derechos e intereses. Seré muy, muy breve, Kraven. –Le soltó un portafolios apergaminado sobre su escritorio, y el hombre se incorporó hacia adelante–. Tienes delante de ti el programa de actuación de Charles durante los dos próximos años. De salir elegido otra vez, claro.

El hombre le echó un vistazo, serio.

–¿Cómo lo has conseguido?...

–Digamos que lo dejó olvidado en la cafetería. Como podrás ver, no hace falta que convenza a ninguno de mis chicos de la enfermería para que vote a Helen, porque... sencillamente, a ninguno le agrada la idea de que se reduzca a la mitad la plantilla del Servicio. Ni tampoco ha agradado a nadie la reducción de fondos para la mejora de infraestructuras técnicas. Los celadores han quedado muy disgustados cuando han sabido que se les iba a mermar el sueldo. Pena que ninguno tenga derecho a voto. Y había creído escuchar, la campaña anterior, que Charles iba a habilitar el ala sudeste como asilo para magos y brujas ancianos y sin recursos. No entiendo cómo, si ha decidido instalar un restaurante de comida típica que incrementará la economía del hospital, la financiación de infraestructuras técnicas se verá interrumpida. Y la guardería... ¿Es que no hay medios económicos y humanos para que esté abierta las veinticuatro horas del día, como hasta ahora?

–¡Ya basta, Nicked! Ya lo leo.

–No, no es bastante, Kraven. Tu planta, en cambio, no sufrirá ninguna modificación, negativa por lo menos. ¿Qué dices del equipo de escupe–pociones?

–Lo necesitamos...

–Y mi hija, en la primera planta, también necesita medios adecuados, Kraven. Si no estoy equivocada, tienes dos hijos pequeños y tu mujer trabaja en el Ministerio, a veces a jornada completa. ¿Qué harás cuando la guardería esté abierta sólo ocho horas¿Hablarás con Charles para que solucione ese problema en perjuicio de... qué sé yo, mi Servicio de Enfermería, el de Pediatría, etc.? Supongo que reflexionarás sobre lo que te he dicho.

Y, sin añadir nada más ni intercambiar con el serio mago una despedida siquiera formal, abandonó su despacho. No volvió a verlo hasta, días más tarde, cuando se celebró en la sala de reuniones la votación definitiva. Estaba sentado a la derecha del director de San Mungo, que sonreía nerviosamente e intercambiaba con la señora Nicked miradas de soslayo; las de ésta eran mucho más firmes y pétreas. Su corazón no se aceleraba, al contrario que el de él. Temía perder, pero confiaba todavía.

–¿Comenzamos la votación? –sugirió un mago bajito y de aspecto gracioso que administraba la planta baja. Todo el mundo asistió. Unos cuantos, carraspeando, aprovecharon para echar un sorbo de agua de la jarra común. La señora Nicked se resistió a hacerlo a pesar de tener la garganta seca, vívido todavía el recuerdo de la Somniumilimina–. Bien. ¿No me equivoco al creer que el voto de la primera planta, de la sección de Heridas Provocadas por Criaturas, es para Helen, verdad?

La señora Nicked asintió vehementemente.

–Por unanimidad –matizó con gravedad.

–Perfecto –cacareó con voz firme el sanador que hablaba–. ¿Y para quién es el voto de las secciones que usted administra, Nicked?

–También para Helen –contestó firmemente.

–Bien. En tal caso, Helen dos votos, Charles cero. Su turno, señora Stringfield. ¿Qué han decidido los sanadores bajo su cargo, de las áreas de Urgencias y las Unidades de Vigilancia y Cuidados Intensivos?

–Por la inverosimilitud de haber convocado nuevas elecciones cuando no han pasado ni seis meses de las últimas, Charles.

–Gracias –prosiguió el mago bajito–. ¿Cuarta planta, señor Wyle¿Cuál es su voto?

–Mi voto también es para Charles, señor Edwards.

–Ajá. Dos y dos. –Comenzó a sudar copiosamente, con lo que se extrajo del bolsillo un pañuelo de tela con el que se secó el sudor de la despoblada frente. Miró a su alrededor, temeroso del resultado final y de los votantes que aún quedaban por emitir su juicio–. Es el turno de la planta segunda, de la de Virus Mágicos. ¿A quién da su voto, señorita Cardellin?

–Charles.

–Ah, oh, gracias. –Miró a Kraven, junto a él, el único que restaba por votar. Pero su nominación era clara. Su corazón era inamovible–. Charles tres, Helen dos. Retomo el empate –dijo con seriedad, pasándose nuevamente el pañuelo por la humedecida frente–. La planta que yo administro, Accidentes Provocados por Artefactos, ha escogido votar a Helen. Tres a tres. Sólo uno queda ya por votar. ¿Kraven?...

Charles, triunfante, sonrió a su aliado. Kraven le devolvió el gesto extasiado. Después, volviéndose al sanador Edwards, que parecía a punto de romper a llorar, dijo:

–Mi voto, el voto de la planta tercera, es para Charles. –El señor Edwards, derrumbado, enterró el rostro en los pergaminos frente a él. La señora Nicked se mantuvo inamovible, lo suficiente para ver cómo el rostro de aquel impresentable de expresión siniestra, sonriendo, le dirigía una mirada de indescifrable significado–. Esto es lo que habría dicho –prosiguió– en otras circunstancias cualesquiera. Hace unos días me hicieron ver que no hay que hacer siempre lo que se espera de uno, sino que hay que hacer lo que se considera que es correcto. –La señora Nicked, halagada por el guiño que le dedicó aquel hombre que consideraba tan frío, sonrió–. Mi voto, y la dirección de este hospital, es para Helen Lupin.

–¡Pero Kraven! –gritó Charles. Y en voz baja–: Me prometiste...

–Eso es lo mejor de Helen –lo interrumpió el otro–, que ella no me ha pedido nada a cambio.

Minutos más tarde, una multitud enfervorizada, asaltaba la tranquilidad de la habitación de Helen Lupin, donde ésta trataba de dormitar un poco hasta la llegada del almuerzo. Un centenar de personas se peleaban por entrar en la habitación y estrechar la mano de la nueva directora cuando ya una veintena había conseguido, atropelladamente, entrar dentro. Otros muchos quedaban saludándola desde la ventana del pasillo. Helen dio un respingo en la cama y se incorporó en el lecho mirando a todas partes con incredulidad. Preguntaba qué pasaba una y otra vez, pero lo más que le respondían era:

–¡Felicidades! Sabíamos que lo conseguirías. Apostamos por ti. Esto era lo que necesitaba San Mungo. ¡De verdad, muchas felicidades! Enhorabuena.

–Pero ¿de qué demonios estáis hablando todos? –preguntó Helen desquiciada.

Emmanuelle se abrió paso entre la multitud alegando que, como sanadora al cargo de Helen, tenía que vigilarle no sé qué cosas y no podía tolerar todas aquellas personas gritando y hablando a un mismo tiempo; pero, una vez hubo alcanzado la cama de Helen y estaba lo suficientemente cerca como para ser oída, chilló echándose sobre los brazos de su amiga:

–¡Enhorabuena, tía! Bueno, quiero decir, Helen. Felicidades.

–Pero ¿felicidades por qué? Ya puedes estar diciéndome lo que está pasando.

–¿Pasando? Pero qué tonta que eres. Bien que lo sabes. Sólo que quieres que te regalemos el oído¿eh?... ¡Directora de San Mungo, tía!, esto..., Helen. ¿Estarás contenta?

La expresión de Helen reveló su estupefacción. No realizó ningún movimiento durante algunos instantes.

–¿Directora de... qué¿Cómo?... Emmanuelle... –Mirando en torno a ella, pareció que los ojos se le abrieran repentinamente a la verdad y, soltando un chillido lo mismo de sorpresa que de terror, le gritó a su amiga–: Dime qué es lo que ha hecho mi madre. Emmanuelle... ¡Dile a mi madre que venga! La mato, la mato.

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Matt volvía de un largo paseo en que se había hecho acompañar de su amigo Jude, compañero de casa y curso en Hogwarts, y ambos traían la misma expresión que si hubiesen encontrado un cadáver en medio del bosque. Todavía no habían alcanzado el lindero de El mirador, la casa de los Lupin, cuando Matt optó por lanzarle una nueva mirada a su amigo, como deseando que apreciase que necesitaba que relanzara la conversación que habían dejado en suspenso camino atrás.

–Sigo diciendo que no es posible –habló Jude al punto–. Es lo que hemos sabido siempre: que vas a ser alguien de vital importancia para Wathelpun y que, quizá por eso mismo que has hecho ahora, te vas a convertir en una molestia para él y necesita liquidarte. Aunque yo no quiero que suceda eso, amigo –añadió poniéndole amablemente una mano sobre el hombro–. Sabes que, para lo jóvenes que somos, ya has demostrado ser un mago talentoso y con poder. No me extrañaría que un hechicero sin escrúpulos tratara de arrebatarte eso de la manera que fuese. Haciendo vacilar, por ejemplo. No sé.

–No, Jude, no estás en lo cierto –dijo en respuesta Matt–. Las señales son claras. Al fin, después de tanto tiempo, he descubierto quién es Tim Wathelpun. Y nada en absoluto puede hacerse contra eso. Ahora no.

–¡Tienes que hablar con tu padre...!

–No metas a mi padre en esto, Jude. Tú y yo siempre supimos que a quien quería Wathelpun realmente era a mí. Pues bien, yo ahora sé quién es él en verdad. Y ahora tendré que hacer lo que esté en mi mano para sobrevivir.

Matt reanudó la marcha y Jude lo siguió apesadumbrado. Para él, comenzaba aquel día una época de luces y tinieblas.

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Avance del capítulo 17 (FICCIONES DE FANES): Corazón de bruja acaba de sacar a la venta un número especial en su revista con el fin de publicar las historias que las admiradoras del ministro y su familia escriben sobre él. Las mujeres se reunirán para comentarlos y quién sabe, quizá alguna termine escribiendo alguno. Cualquier posible coincidencia con la página "fanfiction . net" es pura coincidencia. O no.

Un saludo a todos. Y que os vaya bien.