Y aquí va otro...

CAPÍTULO XX (EL HURTO DE UN GRAN PODER)

Remus se despertó sobresaltado en mitad de aquella fría noche, con los pies completamente congelados. Helen dormía apaciblemente a su lado. El brillo plateado de la luna llena que entraba a través de la ventana del dormitorio caía de forma hermosa sobre ella. Remus se llevó una mano a la sien y, mientras se la palpaba y movía incansablemente los pies para hacerlos entrar en calor, masculló no sé qué cosas en un tono de voz muy bajo. Desesperado, se desarropó y puso en pie. Se levantó con todo el cuidado que le fue posible para no despertar a su mujer, la cual sólo se revolvió dulcemente bajo las mantas.

Al hacerlo, una extraña sensación lo invadió, dejándolo varios segundos en suspenso. Un déjà vu. Como si un resorte mecánico trajese aquellas palabras desde lo más profundo de su cerebelo, interiorizadas y asociadas al fenómeno a fuerza de escucharlo y repetirlo en cada nueva ocasión, se dijo en silencio «esto ya lo he vivido yo». Helen decía, medio en broma medio en serio, que, como adivina que era, los déjà vu sólo le competían a ella; que eran retazos de futuro que hasta los que no eran adivinos podían presentir. Remus, en cambio, los consideraba una señal de mal agüero. Y, en aquella ocasión, cuando un fortísimo escalofrío lo recorrió de hito a hito, se dijo para sí que aquél era aún peor.

Se acomodó en el más confortable sillón de la sala de estar, donde volvió a reparar, palpándosela, en su sien. La cabeza le dolía insistentemente desde las últimas horas del día anterior, y ahora, a pesar de haber dormido unas pocas horas, parecían haberle servido de bien poco: todavía se sentía como si la cabeza le fuese a estallar cuando menos lo esperara. Pensó en levantarse y buscar un analgésico que le remediara en parte el dolor, pero una pereza a la que no estaba acostumbrado se apoderó de sus miembros; una pereza que, por extraño que resulte al decirlo, le pareció totalmente ajena a sí mismo. Y allí, sin moverse, tocándose tan sólo la sien con insistencia, esperó, pues en el fondo sabía que algo había de esperar.

No la sintió llegar. Ni siquiera la vio al principio, como si todavía no se le quisiera mostrar. Pero, cuando su voz sonó tan cerca de su oído que habría asustado al menos pintado, él ni se inmutó. En ese momento supo que la había estado esperando todo el tiempo, que siempre la había estado aguardando en aquella hora y en aquel lugar. Y la sensación fue mucho más intensa comparada con todos cuantos déjà vu había experimentado a lo largo de su vida. Y ese tipo de sensaciones no se recompensan con pánico sino con conocimiento, infinito conocimiento.

–Te dije que volvería. –Era la luz violeta. En aquel momento su voz le sonó más familiar que nunca al licántropo, al margen de que hubiese tenido ya varios encuentros anteriormente con ella, y el hombre tan sólo se dejó impresionar por aquella absurda e infundamentada impresión–. Sólo estaba esperando el momento oportuno para regresar, ella me ha estado vigilando todo este tiempo. También fue ella la que me obligó a hacerte retornar el día que te mandé al futuro, no era mi intención. Al parecer, no quiere que te ayude. Lo siento.

Al fin, cubriendo el oscurecido rostro del licántropo de un tímido fulgor violáceo, la luz violeta compareció ante él. Su apariencia no había cambiado en nada. Sólo su expresión, durante algunos segundos, se mostró diferente, como si en verdad sintiera el haber tenido que hacer regresar a Remus de aquel futuro al que lo había mandado y la sola idea la abochornara horriblemente: sus mejillas aparecieron adornadas por un rubor carmesí que bien podía confundirse con el destello púrpura de su mirada.

–¿Quién es ella? –inquirió Remus interesado–. ¿Quién no quiere que me ayudes?

–Tú la conoces: la pitia de Delfos.

–¡La pitia de Delfos!... –exclamó elevando durante un momento la voz. Enseguida se percató de las altas horas de la noche en que estaban y, ligeramente abochornado, aunque a la luz violeta no le hubiese importunado en lo más mínimo, solicitó perdón–. ¿Y por qué¿Por qué todo el mundo tiene la dichosa manía de fastidiarme si quiero, si tengo la imperiosa necesidad de descubrir quién es Tim Wathelpun?... ¿Por qué no estarás tratando de decirme que la pitia es mala, no?

–¿Mala? –repitió la luz violeta con cierta extrañeza–. No, no es mala. Ni buena. No hay nadie completamente bueno ni completamente malo. Todos tenemos ese equilibrio natural entre esas dos fuerzas imprescindibles, todos necesitamos mantener la maldad en nuestros espíritus para potenciar nuestras acciones buenas. Hasta las luces y reflejos que nacemos de varitas abandonadas. Hasta Wathelpun tendrá ese equilibrio. Después de todo, tampoco él será ni bueno ni malo enteramente; me temo que él será la primera víctima de sí mismo. Lo mismo le ocurre a la pitia de Delfos. Ella cree que actúa correctamente, actúa según lo que conoce y juzga, y los que piensen del mismo modo que ella dirán que hará el bien; el mal, quienes estén en contra de sus propósitos chiflados. ¿Quién habrá lo suficientemente atinado para saber decidir qué hacer con la fina línea que separa uno y otro? Yo..., bueno, en realidad la dueña de la varita de la que soy fruto y reflejo, soy la natural sucesora de la pitia de Delfos, y, en consecuencia, llegará un día en que el Destino de todos los hombres estará en mi poder, colgando con nostalgia de mi mano. Sin saber cómo seré entonces ni cómo procederé, no puedo morder la mano que me da de comer. Para la pitia el Destino está escrito, y actúa tan desinteresadamente como hace la Muerte esgrimiendo su guadaña. Se limita a velar por sus propios intereses.

»Pero, para mí, que aún no estoy tan ciega como para no ver lo que tengo a mi alrededor, el Destino lo escribo yo, palabra a palabra, acto a acto, y siento que él depende absolutamente de mí. Por eso yo velo por mis propios intereses.

–Pero ¿qué tiene que ver eso conmigo? –preguntó al punto Remus, el cual, con tan larga exposición, comenzaba a perderse un poco, aunque lo achacó enseguida al sueño atrasado.

La luz violeta sonrió. No parecía molesta en absoluto por la interrupción.

–Nada –reconoció–. Y todo –añadió al punto–. Marido de adivina, padre de adivinos, el futuro siempre ha jugado en tu vida un papel crucial, lo hayas querido ver así o no. Pues yo soy el futuro. Yo soy una burbuja de tiempo pasado, tiempo presente y tiempo futuro que presta su ayuda al mejor postor. –El licántropo esbozó una expresión adusta, poco conciliadora, cuando la luz violeta empleó aquella palabra. Ésta, entendiendo, se sonrió divertida. Sus facciones, que apenas podían intuirse, se relajaron–. La vida es lo mismo que una partida de naipes, Remus: las cartas pueden ser tu mejor aliado o tu peor enemigo, pero nunca resultarán neutrales en tu vital guerra. Yo soy el naipe que necesitabas, tú eres mi mejor postor. Ha llegado la hora de aliarnos, de luchar juntos o de perecer. Tú me necesitas a mí y yo te necesito a ti. Ayudémonos mutuamente.

Aspiró profundamente.

–Remus... ¿Sabes lo que es el alfa y omega? El principio y el fin, el generador y el apocalipsis. –Su hermosa y brillante cara comenzó a llenarse de pálidas gotas de violeta agua que brillaban como estrellas peregrinas. Remus intentó tranquilizarla, consolarla, pero no había consuelo posible. Sólo existiría consuelo si él accedía a lo que ella le pedía–. Yo. Yo soy el alfa y omega, el principio y el fin, el generador y el apocalipsis. Yo. Yo he sido quien ha dado principio a esta guerra nonata; yo, quien ha despertado la bestia; yo, quien he apuñalado el mundo que conocía. Yo, Remus, yo. Entenderás ahora por lo que no comparto la idea de que el Destino está escrito. ¡Yo lo he escrito, maldición! –Y bajando el tono, relajándose, respirando suavemente–: Y, si lo he hecho una vez¿por qué no iba a poder hacerlo otra? Por eso ella me teme. Por eso ella me ha estado vigilando constantemente hasta ahora. Pero teme romper la varita que escondes bajo la tabla suelta del sótano, porque el ciclo del alfa y omega aún no ha concluido. El tiempo..., gracioso concepto que nunca llegamos a comprender del todo y que nos asombra de la forma más insospechada. También el tiempo es alfa y omega. Y esa varita perdida, sin dueña. Y yo, sobre todo yo. Cuando llegue la hora, cuando llegue la terrible hora en que los rayos se encuentren, tendré que volver a hacer lo que ya hice, y el ciclo se cerrará. ¡Estoy obligada a ello!, porque ya lo hice una vez. El tiempo..., ya lo entenderás. Entonces se perderá la varita, pero al mismo tiempo se encontrará: veinte años habrán sido nada. Y la luz que duerme despertará a la sombra. Y... –Expiró un largo suspiro–. ¡Oh Remus! Si no hubiera traído a la niña y el lobo... ¡Pero estaba obligada! Lo estaba porque ellos ya habían estado allí, porque yo ya existía y eso era una prueba irrefutable. Rowling santa, el alfa y omega...

La luz violeta comenzó a llorar desconsoladamente. Remus, poniéndose en pie, la arropó con sus brazos y trató de abrazarla sin sentir su cuerpo violáceo rozando el suyo. Tan sólo sentía su ardor, su cálido aroma, emanando de cada centímetro de su piel y envolviéndolo como un aura benévola. Quizá se hizo entonces el milagro que después no supo cuándo, pero ya nunca más tendría la oportunidad de conversar con ella como para preguntárselo.

–Debes tranquilizarte –le dijo como le dice el amante padre a su hija–. Sea lo que sea que hayas hecho, lo que sea estés haciendo, no es tu culpa.

–¡Yo soy la culpable de que Tim Wathelpun sea una realidad!

Unos segundos le costó a Remus decir lo que dijo, pero terminó diciéndolo porque era cuanto sentía, porque era lo que veía en los púrpuras ojos clavados sobre él.

–¡No es tu culpa! Tú no tienes la culpa de nada, me escuchas. Sea lo que sea que hayas hecho, tú no puedes ser culpable de nada. ¿Me oyes? Sabes... Bueno¿cómo no lo vas a saber tú? Todo lo que cualquiera de nosotros hace tiene consecuencias, un camino lleva a unas y otro a otras, pero nunca podemos preverlas. Al igual que mi licantropía era mi maldición, la tuya es ver, saber, que eso que haces te conduce a esto y a aquello. Pequeña, tú eres la que más me ha ayudado a desenmascarar a Wathelpun... Si eres culpable de algo es de ser leal a tus principios. Pero todos tenemos derecho a equivocarnos en un momento dado.

La luz violeta clavó su mirada directamente sobre sus ojos dorados.

–No es una equivocación, Remus. Es una equivocación cuando el error recae únicamente sobre ti, sólo sobre ti, y eres tú quien se aprovecha rectificando. Pero ¿quién se aprovecha cuando de tu error sale perjudicado otro? Ésa es mi maldición, ésa es la maldición del otro. ¿Lo ves?, el ángel y el demonio compartimos nuestra maldición. Así es como ella, la pitia de Delfos, nos llama de vez en cuando. El ángel y la bestia. Pero no somos tan distintos después de todo. Al fin y al cabo, sobre nosotros pesa la misma maldición: el peso del tiempo, el alfa y omega.

»Cierto, soy la que más te ha ayudado a desenmascarar a Wathelpun. Pero no por el hecho en sí de desenmascararlo, sino por el hecho de desenmascararte la verdad, la profunda y enrevesada realidad. Y sólo con la firme intención de que me ayudaras a cambiarla. Imagino que aún estamos a tiempo. El tiempo... –Se sonrió cuando miró el reloj de cuco colgado en la pared. En aquel momento, casualmente, se movió ruidosamente el minutero–. Curioso concepto.

–¿Por qué es un curioso concepto? –indagó Remus terriblemente intrigado.

–Porque las cosas que no entendemos siempre nos suelen producir curiosidad –respondió resueltamente–. El tiempo puede ser causa de cosas horribles, lo sé. Por eso es hora de invertirlo, de devolverle al Mal el Bien, de perpetuar nuestro particular alfa y omega. Y para hacerlo necesito tu ayuda. –La luz violeta hizo una pausa extremadamente larga, o quizá al licántropo le pareció extremadamente larga, pues a mitad estuvo tentado de preguntarle cómo. Pero la luz antropomorfa prosiguió enseguida–: Necesito que vuelvas al futuro. Indefinidamente.

–¿Al futuro? –repitió Remus más que asustado–. ¿Indefinidamente?

–Así es. Suplantarás al Remus del futuro y vivirás lo que él, las mismas circunstancias, en las mismas condiciones. Pero la ventaja es que tú no serás él. Lo que te propongo, Remus, es mostrarte todas las señales, todas las claves, que te permitan, una vez seas devuelto a este tu tiempo, hacer lo que es oportuno hacer para detener la tormenta. Mientras yo, mientras la varita bajo la tabla suelta del sótano esté aquí, a buen recaudo, podrás ser devuelto. Lo haría por mí misma, pero, ya sabes, los ojos que no ven me vigilan intensamente... Sin embargo, una vez tú hayas sido enviado, una vez hayas sido enviado esta vez, ella no podrá hacer nada para evitarlo. Ya ha muerto «el Destino está escrito». Si accedes, tú y yo podemos reescribirlo. Nuestra es la vida, y nuestro es nuestro destino.

–Pero... Pero... yo... ¿Qué... qué tengo que hacer?

La luz violeta rio ante la vacilación del hombre plantado, tembloroso, ante ella.

–Nada, absolutamente nada. Serás un mero espectador y partícipe, sin hacer ni más ni menos que lo que harías si mañana mismo llamará Wathelpun a tu puerta. Lo que voy a hacer es tan sólo adelantar un poco las manillas del reloj. Para que puedas ver lo que le sucederá a esta hora de intrigas y vaticinios. Para que, en el momento en que seas devuelto, sepas hacer lo oportuno para interrumpir esta amenaza. En verdad bastaría con que yo te lo dijera todo para que le pusieses término, pero, si algo me ha enseñado esta pitia de Delfos, es que sólo la propia experiencia nos permite comprender las cosas, por qué las hacemos y en qué desembocan. Vivirás lo que ellos hasta que averigües el último de los detalles, y seas entonces capaz de ponerle a todo remedio.

»Nos han hecho creer, a ti y a mí, que no había esperanza. Pero sí la hay: tú eres mi esperanza, Remus. –Sonrió cándidamente–. Eres la esperanza de la comunidad, eres la esperanza de tus hijos. Gracias. –Pasos en el piso de arriba obligaron a la luz violeta a levantar el rostro con la vista fija en dirección a la escalera. No había aparecido nadie, pero los pasos seguían, cada vez más audibles. No tardaría en aparecer alguien. La luz violeta no se inmutó, como si tuviera todo aquello bajo absoluto control–. La vida sigue, para ambos. Aunque el tiempo ya no vaya a ser lo que era. –Asintió–. Una vez devuelvas la varita a su legítima dueña, no hagas daño a Wathelpun. Mis ojos no alcanzan a ver qué pasará después de que la varita abandone la tabla suelta. Pero ten fe.

Y esto último lo había dicho mientras se difuminaba en el espaciado aire de la noche. Su figura se desvanecía lentamente mientras unos pies ocupaban los primeros escalones de la escalera; su imagen se diluía mientras Remus, ahogando un grito en un tono mayor, le reclamaba que permaneciera a su lado, que no se fuera. Aún no habían consumado el pacto. Extendió la mano para apresarla, para retenerla junto a él, pero la luz violeta, sonriendo, se volatilizó completamente, y no había manos ni ojos que pudiesen atravesarla ya. Se había ido definitivamente. El licántropo no podía creerlo, miraba atontado el espacio ahora vacío que hacía un momento había ocupado el brillante ser lumínico. Lo devolvió al presente la cálida y en un susurro voz de su mujer, que en silencio se había plantado a su lado.

–Conque estabas aquí, eh. ¿Por qué no me has avisado? Habría bajado a prepararte cualquier cosa. ¿Estás mejor? He oído voces. ¿Hablabas con alguien?

–¿Yo?... No. Quizá en sueños, no sé. –Estaba tan confuso que fue lo primero que se le ocurrió decir. Habría apostado un brazo a que, de saber su mujer el contenido de aquella conversación con la luz violeta, habría montado en cólera escandalizada. Apartó la vista subrepticiamente mientras la engañaba, deseando que sus ojos no revelasen lo que su boca callaba–. Habré dado una cabezada de esas raras.

Remus estaba aún perplejo. Por un momento creía que todo estaba resuelto, que había encontrado por fin alguien que le ayudaría a descubrir cuanto desconocía y ansiaba saber sobre Tim Wathelpun. Y la idea de instalarse en un momento futuro indefinidamente, aunque le embargaba el pecho de terror, también de una emoción próxima al delirio que no había experimentado desde que vagara con sus tres amigos en Hogwarts por los pasillos de noche, una vez al mes. Aún sentía la adrenalina caliente fluirle desde lo más hondo de su alma. Pero ahora la luz violeta se había ido: y con ella toda posibilidad de huir de aquel presente escurridizo y de cambiarlo. La adrenalina que fluía en sus venas, impaciente, mientras departía con la luz violeta, se le había congelado toda ahora dentro de su corazón. Se preguntaba si volvería a verla; si, de no ser interrumpida por Helen en otra ocasión, volvería a formularle la propuesta. De no ser así, se propuso en su más profundo fuero interno buscarla, remover cielo y sótano hasta dar con ella.

El reloj de cuco marcó las tres en punto. Remus desvió la mirada hacia él, sintiendo que aquel gesto era algo que nunca había dejado de hacer.

–¿Aún te duele la cabeza? –le preguntó la adivina acuclillándose frente a él.

Remus, que no había prestado apenas atención a su achaque mientras hablaba con la luz violeta, sentía ahora su cabeza inundarse nuevamente de un dolor incluso más potente. Defraudado como estaba, se rindió sobre aquel dolor. Asintió esforzadamente.

–Enseguida te prepararé una pócima o algo para que te mejores y puedas volver a la cama –le sugirió atentamente su mujer.

Un jaleo de pisadas y carreras hizo a Helen ponerse repentinamente en pie, con el ceño fruncido. Nathalie apareció en el resquicio de la escalera, apoyando la cabecita, la barbilla, en la barandilla. El pelo le chorreaba alrededor de la cara, en pequeños rizos risueños, como una aureola.

–Papá, mamá. ¡Alby acaba de entrar en mi cuarto, se ha montado encima de mi cama y me ha tirado del pelo para despertarme!

Helen comenzó a regañarla por pelearse con su hermano menor, por hacerlo a tan altas horas de la madrugada, prometiendo que cuando pillara al pequeñajo lo rebanaría de pies a cabeza. Remus, por su parte, fue incapaz. Al levantar el rostro, su propia hija se le mostró dos pulgadas más alta a como la había visto hacía tan sólo unas horas. ¡Era imposible!, pensó para sí incapaz casi de reaccionar, de mover un solo músculo.

–¡No es cierto, mamá! –adujo Alby, que apareció también en el resquicio de la escalera, colocado al lado de su hermana, a la que fulminó con una mirada terrible–. Ha sido ella la que me ha despertado a mí. Estaba diciendo no sé qué cosas, tonterías, en sueños y yo sólo he ido a decirle que me dejara en paz.

–¡Es mentira, renacuajo, yo no hablo en sueños!

–¡Sí es cierto! Estabas diciendo no sé qué chorradas de una pitia, el tiempo y el destino. ¡A pleno pulmón!... Y me has despertado.

–¡Ya basta! –gritó su madre exasperada–. ¡Ya basta vosotros dos¿Me habéis oído? Dejadlo ya. Que vais a despertar a vuestro hermano. ¿Qué te pasa, Remus?

Éste se había levantado del sillón de forma bastante escandalosa, dando un terrible salto y tropezando y derribando cuanto encontraba a su paso. Una silla cayó a su lado y, topándose con ella, también él cayó al suelo, aunque se repuso de inmediato. Al hacerlo, el jarrón de porcelana de encima de la mesa estuvo a punto de precipitarse contra el suelo, pero el licántropo, de ávidos reflejos, lo atrapó a tiempo. Entre tanto, Helen seguía preguntándole, inquieta, asustada, mientras caminaba decididamente hacia él, y Remus, llevándose a la boca las manos en innumerables ocasiones, exclamó no sé cuántos Rowling benditas y demás.

–Por las barbas de Merlín, Remus¿qué diablos te ocurre?

–Tarde, mamá. –La voz era de Matt. Remus se detuvo repentinamente, aquella voz lo había impresionado profundamente. Volvió la vista al hueco de la escalera, donde sus ojos encontraron al mayor de sus hijos haciendo compañía a los más pequeños. Una voz grave que había dejado a su padre ligeramente conmocionado–. Ya estoy despierto. Resulta que tus gritos exigiendo silencio no son muy efectivos para mantenerme durmiendo. –Mirando en torno estupefacto y clavando finalmente los ojos sobre los dorados de su padre–¿Qué está pasando aquí? Papá¿estás bien?...

Remus no articuló palabra. Sólo miraba a sus tres hijos con expresión idiotizada.

–Por Rowling bendita... –masculló al fin.

No sólo Nathalie parecía haber crecido repentinamente. También Alby y Matt. Pues allí, uno al lado de los otros, Remus no podía dejar de pensar que aquello era un terrible milagro, una imagen asoladoramente increíble. Los ojos se le habían empañado de lágrimas, pero habían de ser lágrimas más transparentes de lo habitual, pues su rostro sólo quedó inundado por una luz evanescente. Una luz hecha de felicidad. Alby debía tener ya unos seis años; había crecido una barbaridad, casi alcanzaba a su hermana a pesar de que ésta le sacaba dos años; y ahora hablaba con mucha más fluidez que antes. Matt, por su parte, no había crecido tanto, acaso sólo unas pulgadas, pero parecía haber ganado en madurez; madurez que no sólo reflejaba su voz grave, o su cuerpo que había evolucionado rápidamente al de un hombre, sino la expresión de sus facciones, que reflejan las profundas preocupaciones que todos los chicos han de hacer cargo a la edad de dieciséis años. Cuando se acercó a él y le tomó la cara con las manos para acercársele y darle un beso, gesto que no supo interpretar Matt a cuento de qué venía a aquellas horas, cuando estaba que se caía de sueño, sintió la barba incipiente en sus mejillas, la quijada dura y cuadrada, confiriéndole a su rostro apariencia de madurez. Y al abrazarlo sintió que estaba más fuerte que la última vez, que sus hombros se habían ensanchado ligeramente, y agradeció por haber visto que sus hijos iban a crecer tan fuertes y sanos. Volvió a mirar a los pequeñuelos y esta vez el rostro sí se le llenó de lágrimas. La mirada se entretuvo en el mayor, en quien, como queda dicho, comenzaban a adivinarse los atributos del hombre que pronto terminaría siendo.

–Papá¿se te ha ido la perola? –preguntó Matt al ver todos aquellos prontos suyos.

Después de todo, la luz violeta había hecho su trabajo, reflexionó Remus agradecido. Sonrió cabeceando de un lado a otro al recordar que, hacía tan sólo unos minutos, pensó que nuevamente lo había abandonado. Se había sentido humillado y traicionado. Pero todo aquello había sido dejado atrás. Ahora sabía lo que era dejar de ver a los hijos de uno por un tiempo y reencontrarlos crecidos, distintos, aunque en su caso no se hubiese hecho imprescindible separación alguna.

Sin embargo, el ataque de histerismo del licántropo no había pasado. Cuando todavía no había corrido al encuentro de sus hijos, esto es, cuando todavía andaba de un lado para otro tropezando y haciendo caer las cosas, y cuando Matt no había hecho aún más que alcanzar el primer tramo de la escalera para echarle en cara a su madre que sus gritos también lo habían despertado, Remus se puso en pie y comenzó a trastear entre los objetos varios de las estanterías. Helen lo observaba entre impresionada y asustada.

–¿Qué haces? –le preguntó–. ¿Qué demonios te pasa esta noche, Remus?

Al fin la mano del licántropo dio con un pequeño calendario que hasta entonces no había visto nunca. Representaba su propia efigie, sentado en su despacho en el Ministerio de Magia. Abrió los ojos atónito. Hacía una semana que su asesor de imagen le había sugerido la idea de expedir gratuitamente unos. Pero el proyecto les llevaría algo de tiempo. Más que estupefacto, comprobó cómo su idea de encontrar un calendario para averiguar en qué fecha se hallaban lo había catapultado a otra nueva: el tiempo había pasado, y en qué forma en su contra: sabía nadie la de cosas que había hecho durante aquel tiempo, tiempo que debía constar en su vida, pero no en su memoria. Pero era en el número de cuatro cifras rotulado en dorado en la parte superior del calendario que aún sostenía entre las manos en lo que realmente pensó durante unos segundos, lo que ciertamente hizo que su mente se vaciase de cualquier otro pensamiento, como si hubiese quedado extasiada ante la nueva revelación.

–No puede ser... –masculló el licántropo–. No puede ser. 2004... Yo estaba en el 2002.

–¿De qué narices estás hablando, Remus? –intervino preocupadísima la adivina–. ¡Estás empezando a asustarme! Habla más alto, por el amor de Rowling.

–Papi. –Era la tierna Nathalie, que había descendido hasta donde su padre y tiraba del extremo de su manga para reclamar, en silencio, su atención–. Estamos en el 2004. Ya es el trece de agosto de 2004.

«¿Trece de agosto de 2004?», se repitió Remus para sus adentros. «¿De 2004? Aún no puedo creerme que esté aquí. Tamaña locura. ¿Quién me asegura a mí que esto saldrá bien? La luz violeta. ¿La luz violeta?, ésa te ha podido estar mintiendo desde el principio. ¿Y si lo único que ha hecho ha sido quitarme de en medio? No. No, Remus, bien sabes que no. Lo que pasa es que ahora estás un poco descolocado. Duerme un rato y mañana verás todo con un poco más de claridad. No sólo me ha mandado a donde puedo averiguar quién es Tim Wathelpun, sino que me ha asegurado que todo eso se olvidará si averiguo el modo...» Pero se había quedado mirando a Nathalie, embobado, mientras repetía sistemáticamente:

–Pero si era el trece de agosto de 2002. De 2002. –Pero los pensamientos que rondaban su cabeza hicieron finalmente presa de él y, girándose violentamente hacia Helen, le preguntó–¿Ya lo sabes, o lo sabemos¿Se sabe ya quién es Wathelpun?

–Pero ¿de qué narices estás hablando hoy, Remus¿Te has dado un golpe en la cabeza o qué? Matt, ayuda a tu padre a volver a la cama, que muy bien el pobre no está, mientras yo le preparo lo que sea para quitarle ese dolor de la cabeza y la tontería tan grande que le ha entrado. A ver si dejas de decir ya tantas incoherencias, Remus, que me tienes preocupada perdida. Anda, Matt, por favor, hijo. Y, vosotros dos –dirigiéndose a sus otros dos hijos–, caballeretes, vais a volver en silencio cada uno a vuestra cama, sin montar follón. Será escucharos y ponerme de una mala leche... ¿Entendido? Ahora voy a daros un beso de buenas noches. ¡Vamos, vamos, vamos!, ya estáis tardando.

Remus, obedeciendo el improvisado y colectivo mandato de su mujer, obedeció y se dejó llevar por su hijo, pues volvió a descubrir que el dolor de cabeza, que en delirantes ocasiones le remitía, le golpeaba a la siguiente con una fuerza mayor que hacía un instante. Cuando cayera en la cama instantes más tardes lo agradecería con todas las fuerzas que le fuese posible reunir, forzándose a no pensar en los recientes acontecimientos que habían modificado por completo el mundo que conocía. Pero, antes, antes de dejar a su hijo en el resquicio del dormitorio del matrimonio, el licántropo retuvo a su hijo mayor agarrándolo del brazo y, mirándolo fijamente, le preguntó:

–¿De verdad no se sabe aún quién es Tim Wathelpun?...

La pregunta debió pillarle de improviso al pequeño vástago del clan, porque lanzó primero una mirada confusa a la mano que lo agarraba por el brazo y, después, se la devolvió con ojos penetrantes a su padre. Un intenso silencio se extendió durante algunos segundos, en los cuales Matt miraba a su padre atónito, como si no lo reconociera. Terminó cabeceando cabizbajo, retirándole la mirada cansado y diciendo finalmente:

–Mejor me voy a la cama, papá. Tengo sueño y mañana será un largo día.

–Sí, hijo mío, buenas noches. Que descanses. –Y antes de que traspusiese por la esquina del pasillo, lo chistó para decirle–: Te quiero, hijo mío.

–Y yo, papá. Y yo.

Y así fue cómo Remus regresó a la cama aquella noche, siendo el único hombre que se había levantado en el 2002 y se había vuelto a acostar en el 2004, aunque, en realidad, para él sólo hubiese pasado un corto rato. Cuando Helen subió con la pócima preparada, el licántropo ya había caído en un profundo y calmante sueño del que ella no quiso despertarlo. Tan sólo le revolvió amablemente el cabello como si de un crío se tratase. En el rostro de su marido se había dibujado una enigmática pero placentera sonrisa. Quizá se debiera a que soñaba con la reconfortante idea de que al fin estaba haciendo algo provechoso, algo con lo que, antes o después, con ayuda de la luz violeta, podría ponerle un freno al ataque imparable que, según las profecías que le habían precedido, Wathelpun sobre sí desplegaría. Pero el día de mañana sería un día terrible, terrible en muchos sentidos, mucho sería lo que tendría que averiguar sobre la vida que durante dos años había llevado sin saber para que nadie sospechase sobre lo ocurrido. Por eso está bien que ahora sonría, aunque sea en sueños, porque mañana no tendrá ocasión.

–Esperemos que mañana te encuentres ya mejor, Remus –le dijo su mujer al acostarse a su lado. Aún la embargaba la preocupación que sólo del amor podía proceder.

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No supo cómo alcanzó, a la mañana siguiente, su despacho en el Ministerio de Magia habiendo conseguido que nadie se percatara, al menos más allá de la pura apariencia, que no era el mismo hombre del día anterior. Bueno, sí lo supo: a duras penas. Afortunadamente, ni Helen lo había advertido. Había tenido que recurrir a las respuestas monosilábicas y a no meterse aún en ninguna conversación aunque fuese reclamado. Cuanto menos dijera, menos oportunidades tendría de meter la pata. Se sentía extraño en un mundo completamente desconocido, aunque fuese su entorno habitual. Pero él era como un forastero en una tierra nueva. Había pasado un terrible bochorno cuando, en el atrio del Ministerio, lo había asaltado un jovenzuelo de expresión avispada que le preguntó «señor¿ha supervisado ya el informe sobre los presupuestos que le envíe hace dos días?» y a él se le había escapado «¿de qué presupuestos me estás hablando?» Temía que tarde o temprano alguien se fuese a dar cuenta. En verdad, pensó que era una soberana estupidez el no decirle a nadie quién era en verdad y de dónde venía. Ni siquiera a la pobre de su mujer. Pero pensó que lo beneficiaría el que aquello lo supiese el mínimo de personas posibles, esto es, cero. Según la luz violeta, el futuro debía correr su curso ininterrumpidamente, y el licántropo pensó que, tal vez, de informar que en verdad era un viajero entre tiempos venido a cambiar las cosas, éstas, las cosas, ya no se desarrollarían como habrían de ser. Por estos motivos, principalmente, decidió guardar silencio.

Pero hasta los mismos silencios son reveladores, cuando no se dice nada o se dice algo que termina siendo una soberana estupidez. Pues terminó habiendo alguien que desenmascaró a nuestro Remus; alguien que, se puede decir, lo conocía si cabe mejor que él mismo.

Fue cuando entró en su despacho. Esperó hallarlo solo, un refugio donde poder aclarar sus ideas y lamentar el no haber escrito nunca un diario donde vertiera todas sus vivencias. Quizá rebuscara entre todos sus papeles almacenados para tratar de averiguar cualquier cosa, por mínima que fuera, o tal vez fingiera ante su secretaria Ann Thorny una amnesia repentina para extraerle algo de información. Pero, como se aprecia, esto eran ideas pasajeras, que se desvanecieron enteramente cuando abrió la puerta, después de haber saludado a su simpática secretaria, y encontró a Harry Potter esperándolo de pie.

–Harry. –El tono era, claramente, de sorpresa–. ¿Qué estás haciendo tú aquí?

Remus advirtió que la figura de uno de los cuadros se revolvió violentamente, aunque en un principio no supiese de qué cuadro se trataba.

–Pues yo, esperándote. ¿Qué querías que estuviese haciendo? –El tono también evidenciaba sorpresa. Pero la de Harry, clavando su mirada escarlata sobre las doradas estrellas del licántropo, se debía al tono enigmático que su mentor había empleado para con él–. Acabo de llegar. Si no tienes nada para mí, iré al Cuartel General de Aurores. Hay bulla. Aunque estaré pendiente, claro.

–Pero ¿es que has venido de visita o qué?

Harry soltó una estruendosa risotada.

–¡De visita!, dice. Bromista te has levantado hoy, eh. Me voy, Remus. Avísame cuando vayas a tomarte el café, que te acompaño. Hoy me toca invitarte a ti.

El joven se dirigió a la puerta, Remus lo siguió con la mirada. Entonces se percató de que el cuadro alerta era el de Albus Dumbledore, que lo miraba con sus penetrantes ojos azules clavados sobre sus retinas. Dolía mantener aquella mirada.

–Estaré pendiente de cualquier cosa que necesites, Remus –apuntó antes de abrir la puerta Harry–. No tienes más que llamarme.

Remus no dijo nada, no sabía qué decir. Cuando finalmente el muchacho la abrió, una chica joven apareció al otro lado. Tenía el puño cerrado en alto, como si hubiese estado a punto de golpear para llamar. Pero, visto abierto el obstáculo, entró decididamente. En efecto, parecía resuelta, joven de apariencia, no más de treinta años. Una larga y de finos cabellos melena morena le caía por encima de los hombros. Sonreía abiertamente. Sus facciones eran agradables y su mirada irradiaba frescura, talento espontáneo; su brillante y oscura mirada invitaba a corresponderle la sonrisa. Llevaba un grueso paquete en la mano.

–Buenos días, Harry, encanto. ¿Qué tal¿Algún ataque mortal en el que hayan sido indispensables tus servicios? –preguntó en clave de humor. Harry se limitó a sonreírle–. ¡Hombre, buenos días, señor ministro¿Qué tal nos hemos levantado hoy, eh, Remus? Helen me ha mandado una lechuza temprano esta mañana y me ha pedido que te vigile muy atentamente. Dice que anoche estabas un poco descolocado. Y esta mañana, no hace falta más que verte: estás paliducho como el boggart de mi abuela. –Dedicándole una atenta mirada al despacho todo–: Hombre, Albus, pero si está usted hoy aquí, no en Hogwarts. ¡Buenos días también a usted! –exclamó felizmente–. Como iba, Remus, te voy a estar vigilando la tensión cada dos por tres, y Helen me ha pedido que te dé a beber unos frascos que me ha mandado con la lechuza.

–¡Alessandra! –bramó Ann Thorny, apareciendo por encima del hombro de Harry con una expresión ferocísima en el rostro–. ¿Quieres volver a tu trabajo y dejar en paz a Lupin? Cuántas veces voy a tener que repetírtelo...

–Sí, sí, ahora voy. Toma, Remus –continuó como si tal cosa–, esto es para la adivina –sonriendo francamente–. Son unos pasteles. La receta es de mi madre, pero yo no tengo su toque. Espero que no me hayan salido demasiado dulces. ¡Ya me diréis! Dile de mi parte que de verdad siento mucho no haber podido irla a ver el domingo, como habíamos acordado. Esto –señalando el paquete– es en recompensa.

–¡Alessandra! –gritó desde el despacho adjunto Ann Thorny.

–Ya voy –poniendo los ojos en blanco–. Qué humor, tiene que tener el hígado hecho un poema. Dile a Helen que me puede venir a visitar ella a mí si quiere.

–Señorita Gleeson –la interpeló el cuadro de Dumbledore. Aquél era el apellido de la chica, Alessandra, que se volvió afablemente hacia él–, harías bien en acompañar a Thorny en el papeleo antes de que saque la fiera que hay en ella –sonriendo cómplicemente–. Y tú, Harry, hijo, vete ya. Si Remus te necesita, te llamará. Ahora quisiera hablar con él. A solas. Adiós.

Obedientemente, los dos chicos se fueron y cerraron la puerta.

–Alessandra Gleeson, tu subsecretaria. Hacía tiempo que no se ocupaba ese puesto. Desde Dolores Umbridge, si mal no recuerdo. Thorny y ella se llevan como el perro y el gato, no hay más que verlas. Y esos pastelitos huelen a... ¡vainilla con canela! Creo que a Helen le encantarán. Es gracioso lo rápido que ha congeniado con tu mujer. Es una chica muy despierta y fresca, tú ya lo sabes¿no? Por eso la contrataste. Y ésa fue la razón por la que simpatiza con Helen. Desde que se conocieran en el último encuentro de empleados del Ministerio. ¿Recuerdas lo bien que se lo pasó Harry? –Rio–. Creo que es una de las mejores elecciones que has hecho últimamente. Canciller de tu Guardia Personal. Cumpliste tu promesa: dijiste que tan pronto saliese de la Escuela de Aurores lo contratarías en el Ministerio, y así lo has hecho. Es un mago talentoso –en tono bromista–, no por otra cosa derrotó a no sé qué hechicero tenebroso. –Se tomó una pequeña pausa, durante la cual inspiró aire.

»Me has sorprendido, Remus. ¡Eres un maldito cabezota! Un cabeza hueca, sí. Te dije que no hicieses nada, que esperaras el momento, que ya entonces verías o sabrías lo que se podría hacer. Pero tú... ¡nada! –Aunque el tono fuese ligeramente más alto que en las anteriores palabras que había pronunciado, no parecía en absoluto irritado. Sonreía y todo–. ¿Cómo lo has hecho, condenado testarudo¿No habrás empleado el poder de la sangre de Ánuldranh para adelantar el tiempo?

–¿Adelantar el tiempo¿Cómo lo has sabido?

–Estaré muerto, hijo, pero no he perdido un ápice de mi perspicacia. Sólo hay que verte la cara: estás como perdido, Remus. Y sólo a ti se te podría haber ocurrido usar el anillo de Ánuldranh para trasladarte en el espacio-tiempo.

–No, no he utilizado Ánuldranh –replicó Remus. Recordando el reciente ataque que la fuerza de su sangre había causado sobre su mujer cuando acababan de morderla los licántropos–: Ya he decidido que no lo voy a usar nunca, nunca más. No ha sido cosa mía. Anoche me visitó la luz violeta y hablamos y lo hizo.

–¿Nat... Na...? No... No puedo creerlo. No... No... ¡Ella no puede hacer algo así!

Su tono era ahora completamente distinto. Su sorpresa era mayúscula.

–Al parecer, sí puede. Al parecer, quiere solucionar esto tanto como yo. Es bueno saber que alguien me ayuda una vez que todos los que podíais me habéis dado la espalda.

–Sabes que eso no es técnicamente así. Te lo conté: yo no puedo contarte nada porque la pitia de Delfos me lo impidió. –Remus resopló ante la mención de aquel nombre. Ciertamente estaba cogiéndole manía a aquella anciana a la que creía inofensiva e imparcial–. Y creía que la luz violeta también estaba obligada a guardar silencio por mandato de ella.

–Técnicamente –explicó Remus–, la luz no me ha dicho nada. Me ha traído aquí para que lo descubra por mí mismo. Nadie, ninguno, queréis decirme nada. ¡Y empiezo a tener miedo!... Miedo a descubrirlo. No es la primera vez que la luz me envía al futuro. Sólo que la primera vez el resultado fue ¡un absoluto desastre! Me topé conmigo mismo, en el futuro, y me pregunté –le sonaba extraño contarlo de aquella manera–, me pregunté a mí mismo quién era Wathelpun. ¿Y sabes lo que mi yo del futuro me hizo? Me arreó un puñetazo. –Dumbledore no parecía sorprendido en absoluto–. ¡Un puñetazo!...

–Curioso, terriblemente curioso –participó Dumbledore, que parecía más divertido que intrigado o sorprendido–. Espero que te diera que pensar el hecho de que ni tú mismo, en otro tiempo, quisieras decirte nada. Es curioso eso de los viajes temporales, el poder del tiempo en la palma de tu mano; no lo había estudiado tanto hasta que le concedimos a Hermione el giratiempo, el año que tú diste clase en Hogwarts. Tenía miedo de haberle entregado a Hermione, más que un instrumento, un arma. La luz violeta tiene ese poder. Tú no. Ella lo controla, pero tú eres su víctima. Somos criaturas hechas de tiempo, sometidas a él, espero que aprendieras algo de tu primera incursión al futuro: nada, nada de lo que hagamos, será más fuerte o poderoso que el propio tiempo. El tiempo es la sabiduría, el hilo del planeta. No puedes hacer que sea más veloz cuando es tedioso ni detenerlo cuando se disfruta, no somos dueños del tiempo, es él el que nos controla a nosotros. Somos hijos del Tiempo. Pero piénsalo por un instante: el hecho de que Hermione pudiera estar en dos lugares en un mismo tiempo, salvar a Buckbeak cuando éste ya estaba muerto, la misma existencia de la luz violeta o incluso tú ahora aquí, son síntomas de que hay instrumentos, hay personas, hay circunstancias, en que hasta los mismos hijos del Tiempo podemos domeñarlo. ¿No te da eso qué pensar?... –Remus terminó negando con cara de circunstancias, sin saber exactamente adónde lo conducían los razonamientos de su mentor–. El tiempo es un terrible y abrumador concepto, Remus. No existe. ¿Y si no fuésemos hijos del Tiempo sino sus padres¿Que el tiempo sólo existiera por y gracias a nosotros?... Nosotros le daríamos forma. Si en verdad el tiempo es una solución continua, lineal, donde sólo se llega a un punto cuando se ha superado otro, irrecuperable éste¿cómo es posible, no sólo mágicamente¡lógicamente!, que una persona esté en dos tiempos a la vez? El tiempo¡el espacio!, serían conceptos subordinados al género humano, dependientes de su capacidad de interacción, imposibilitados de sobrevivir sin seres que les den forma, vida y continuidad. El tiempo estaría sujeto a nuestra carcasa carnal; una vez liberados de ella, consecuentemente, podríamos pasar al no-tiempo y al no-espacio. ¿Te das cuenta de lo que esto significa? Si los muertos nos diéramos cuenta a tiempo, podríamos regresar a este lado. –Rio–. Pero ninguno lo hacemos. Si no, imagínate. –Dumbledore advirtió al fin que la cara de Remus era, como se dice informalmente, todo un poema. Sonriendo, añadió–: Bueno, qué quieres. Soy un pobre hombre confinado en un cuadro. ¡Es normal que no tenga otra cosa en qué entretenerme que en pensar en esto y aquello! Tú también lo harías si fueses yo. Es más, ni siquiera tengo por qué estar en lo cierto; son conjeturas de bombero... Mejor eso que haber estado desperdiciando no sé cuánto tiempo con un hombre que ha desaparecido de pronto y me lo han suplantado por otro muy parecido, pero completamente obsoleto. –Remus rio. Claro está, se refería a él–. Todo ese tiempo que he dedicado en hablar con él, que ahora parece haberlo olvidado, porque lo ha olvidado todo, lo podría haber dedicado en... ¡conjeturar sobre el tiempo! –riendo–. Al fin y al cabo, la luz violeta y tú estáis jugueteando con él, estáis haciendo cosas que no había hecho antes nadie. ¡Sabe Dios la que podéis estar liando! Y... ¿Y si tú ahora haces algo que lo cambia todo y mandas al traste la misión?

El licántropo no había caído en la cuenta de aquello, pero repuso enseguida:

–A eso he venido precisamente, a cambiarlo todo. ¡Todo!

Dumbledore puso un instante expresión de profunda reflexión. Después dijo:

–Quizá yo no esté enterado de hasta los mínimos detalles. En efecto, ésos no los sé. Pero... ¿y si, fuese lo que fuese que pasase, no hubiera forma de cambiarlo, Remus?

–¿Ves? Eso es lo que me asusta de vuestra actitud¡de mi misma actitud cuando también lo sabía, en el futuro¿Por qué no voy a poder cambiarlo¿Qué es tan terrible? No importa, da igual. La luz violeta me dijo, me aseguró que me dejaría aquí hasta que conociese los últimos detalles, para después con ellos hacer lo conveniente...

–Detalles... Sí, detalles... –masculló Dumbledore, pensativo.

–Pero, para que esto salga bien, para no meter la pata, Albus –con tono piadoso–, tienes que ayudarme. Ya que tú te has dado cuenta, qué le voy a hacer. Pero, ahora que lo sabes, puedes serme de mucha ayuda. –La figura del cuadro enarcó las cejas entre divertido y fingiendo una sorpresa que no correspondía con su actitud amable–. Tengo miedo de abrir la boca delante de alguien, ya me has visto con Harry o con esa chica, Alessandra, he podido pifiarla a la mínima oportunidad. No recuerdo nada, ni las cosas más importantes, de lo que ha ocurrido en mi vida en los últimos años. Es como si hubiese estado en coma todo este tiempo y despertara de pronto. Pero lo peor de mi caso es que tengo que aparentar, aparentar que sé cuanto no sé, que soy alguien que... en verdad no soy.

–Pues si con todo el mundo te has comportado como con Harry y Gleeson, apañados vamos –bromeó Dumbledore–. No tengo ningún inconveniente en ayudarte.

–Gracias, muchísimas gracias, Albus. No voy a saber cómo agradecértelo como te lo mereces. –Se acercó al cuadro y le propinó un sonoro beso en la mejilla, sobre el lienzo. El anciano se sonrojó–. ¡Siempre tienes una solución oportuna debajo del sombrero! De mayor quiero ser como tú –entre bromas–. Venga, vamos, dime todo lo que sepas que haya pasado en mi vida, o a la gente de mi alrededor. Todo lo que te haya podido contar. De lo demás supongo que poco a poco me iré poniendo al día. Supongo que no será tan difícil; durante un tiempo quedaré en todos mis círculos de idiota, pero... Vamos, vamos, cuéntame. Piensa que estamos haciendo algo para cambiarlo todo.

–Cambiarlo –habló Dumbledore como hablando para sí–. Cambiarlo, sí... –Y dirigiéndose al licántropo–: Claro que sí, te diré todo lo que sé o recuerdo. Espero que sea suficiente. Coge un sillón y lo acercas, hijo, que estarás más cómodo.

Remus hizo como le había sugerido. Al acercarse a su escritorio para tomar el de las visitas, se percató de un fajo de pergaminos de llamativos colores que había revuelto entre sus informes ministeriales. Enseguida le llamó la atención. Lo atrapó con un violento gesto, haciendo que una docena de pergaminos de amarillento rancio volaran por el despacho y cayeran al suelo.

–¿Qué es esto? –mostrándoselo al cuadro de Dumbledore.

Era un ejemplar de El quisquilloso en el que una de sus fotos, que no recordaba que le hubiera sido nunca tomada, en una pose espectacularmente sensual, pero cubierto afortunadamente de ropa, ocupaba por completo la portada. Sobreimpreso en una fuente y color atrapante cuanto menos, el titular decía «Exclusiva: El mago más famoso de Gran Bretaña, Remus Lupin, se practica la depilación total». Con manos furiosas, pasó las páginas hasta encontrar el desarrollo del reportaje sobre él, el pie de foto que le hizo descubrir que había sido su primo, Benjamin, quien había tomado la foto, y, entre tanto, Dumbledore le decía:

–¡Detalles! No son más que detalles –riendo. Remus, sin dejar la revista, se desabrochó unos cuantos botones de la camisa para observarse, pues no recordaba haberse prestado mucha atención aquella mañana cuando se vestía. Respiró aliviado al encontrar su habitual vello. Incluso, con cierto recato, dándole la espalda al cuadro de su protector, se miró por encima del pantalón. Y también entonces respiró aliviado, suponiendo nosotros lo que debió haber encontrado–. No, no te has depilado nunca, o al menos que yo sepa –respondió cuando el licántropo le preguntó sobre aquel punto–. Lo más que sé es que ayer recibiste ese número, te lo envió tu hermano desde la biblioteca, y te reíste una barbaridad. Dijiste no sé qué de que Lovegood siempre sacaba las cosas de contexto y concertaste una cita con él. Amistosa espero. No sé para cuándo, lo tendrás apuntado en tu agenda, imagino.

–Cuenta, cuéntame más cosas que hayan pasado últimamente –le suplicó Remus soltando la revista donde la había encontrado y tomando asiento frente al cuadro.

–Bien, bien, déjame que piense. Cosas que hayan pasado últimamente... Como podrás imaginar, han pasado muchas. Demasiadas. Y yo ni siquiera las conozco todas. Tenías un poco descuidado a este pobre cuadro hasta el día de hoy. Menos cuando Gleeson me enceró el marco anteayer, que bien te burlaste de mí –poniendo expresión mohína–. Cosas que hayan pasado últimamente... Cosas, así, importantes. Déjame pensar. ¡Ah sí, claro! Sabes qué, se ha descubierto una cura para la licantropía –Remus asintió enérgicamente–, Helen lo hizo. Sólo que... –hablaba con tiento– la mordieron después por ello. Los licántropos. Greyback y...

–Lo sé, todo eso lo sé –atajó el ministro impacientemente–. La esperaron en un callejón, fuera de San Mungo, y la mordieron. Y, poco después, la han elegido directora del hospital. Sí, todo eso lo sé. Es de ahí precisamente de donde vengo. Hace una semana, para ser más exactos, firmé el primer informe evaluador que Helen envió al Ministerio. Así que cuéntame cosas que ocurrieran a partir de ahí. ¡Todo lo que recuerdes!

Dumbledore parecía haber ordenado durante la interrupción medianamente sus pensamientos, pues apenas se tomó un espacio de tiempo para retomar el hilo.

–Meses después del primer ataque, Helen sufrió un segundo. Greyback –resolvió lacónicamente–. Te pusiste furioso. Estaba paseando con los niños, con Nathalie y el pequeño, por el callejón Diagon. Aquello era lo último que ninguno, menos los viandantes que nadie, podía esperar.

–¿Los han mordido a ellos? –inquirió Remus nervioso–. ¿A mis hijos?

–No, tranquilo. Aunque ellos parecían ser sus objetivos. Como iba diciendo, era lo último que muchos de los que se paseaban por allí podían haber esperado: hombres lobo apareciendo a docenas bajo la abrasadora luz del mediodía. Mordieron a varios, por supuesto: un gnomo de Gringotts, que murió en el acto, y tres magos que quedaron convertidos, uno de los cuales se quitó la vida a los pocos días, o al menos eso me leíste. Pero Helen y los niños pudieron refugiarse a tiempo en el interior de la biblioteca de tu hermano. Fue éste quien impidió que los licántropos entraran. Entre tanto, fuera, se había desatado algo parecido a una batalla campal: la gente le hizo frente a la horda de licántropos que se le habían echado encima. Muchos de ellos murieron aquel día. Otros se pudren hoy en Azkaban, desde que fue aprobada la ley que propusiste en el Gabinete. La ley orgánica de admonición y hostigamiento a los enemigos del Estado y sus habitantes. Los declaraste a todos enemigos de la Comunidad Mágica. Y a Greyback, la mayor amenaza que ha padecido el Reino Unido desde la caída de lord Voldemort, según tus propias palabras. ¡El condenado te ha hecho desbancar a aquél que hasta te roba el sueño!... –apuntó burlonamente, refiriéndose sin lugar a dudas a Wathelpun–. De este modo, todo el que vea un licántropo sobre el que pese la pena de admonición estará obligado a comunicarlo al Ministerio de Magia con la mayor brevedad posible. En caso contrario, toda persona no dispuesta a colaborar será considerada cómplice de sus delitos y el Ministerio adoptaría las medidas oportunas. Una ley polémica, no me cabe duda. Pero el Gabinete la aprobó por unanimidad cuando la expusiste. Y hay que reconocer que, desde entonces, el sistema ha funcionado adecuadamente.

»Quizá demasiado adecuadamente –prosiguió con pesadumbre–. Tanto así que los vampiros nos han debido considerar la nueva Suma Inquisición y, me temo, la guerra entre especies se ha extendido hasta nuestro país. Saben que los licántropos mejor organizados están en Gran Bretaña y deben pensar que nuestro cerco los beneficia. Se está haciendo casi imposible ocultar sus destrozos a los ojos de los muggles: casi a diario, una pelea vandálica termina siendo, para nosotros, un baño de sangre licántropa o vampírica. Por suerte, la comunidad no-mágica piensa que esto se debe a un incremento de la violencia juvenil. ¡Toda una suerte! Sin embargo, la luna llena de abril, el cielo todo de Londres se tiñó de sangre: el Ministerio no dio abasto a recoger los cadáveres, limpiar las calles de sangre... Nunca antes se habían enfrentado sobre suelo urbano. Ni nunca antes una batalla entre ambas especies había sido tan cruenta. El secreto de la Magia estuvo en el filo de la navaja aquella noche, pero condujiste el percance con mano de hierro. Y todo nos fue favorable. Cierto es que algunos laboratorios consiguieron hacerse con algunos cadáveres de hombres lobo y que ciertas fotos aparecieron en la prensa, pero ésa no parece, actualmente, una gran preocupación para el Ministerio. Evitar que la guerra, la guerra final, la que acabe por exterminar a una de las dos especies, tenga lugar al menos sobre suelo británico es tu prioridad ahora.

–¿Qué hay de Greyback? –preguntó Remus con tono ácido.

–Escapó, por supuesto. El día en que atacaron a tu esposa y a tus hijos, claro está, él no participó, él no expuso su propio pellejo para que le hiciesen cueros. Los falsos líderes siempre son cobardes, una farsa, incapaces de plantar cara ni para apoyar los sucios valores que defienden. –Tomó una pausa en que su rostro se reveló indignado–. Cuando la biblioteca quedó a salvo, Sorensen salió al exterior a auxiliar a la partida de aurores que se había aparecido en mitad del callejón. La batalla estaba ya ganada y los pocos lobos que quedaban, en estampida. Fue tu hermano el único que lo vio, envuelto en una capa roja que ondeaba al viento y que le ocultaba medio rostro, sobre el tejado de la librería, sonriendo descaradamente. Le disparó un puñado de maldiciones, pero escapó. Sabes que la puntería nunca fue su fuerte. Quizá si le hubiese dejado el trabajo a los aurores profesionales... Pero lo cierto es que, para cuando éstos quisieron alzar el rostro hacia donde tu hermano apuntaba, Greyback ya se había ido. –Se tomó una pausa corta–. Desde entonces no se le ha visto más. Magos que intervinieron aseguraron que participó en el fortísimo enfrentamiento que te he mencionado de abril. Y también se ha llegado a decir que se le ha visto rondando Hogwarts.

–¿Hogwarts?

–En efecto, el colegio –corroboró el antiguo director de aquella legendaria escuela–. Pero nadie conoce sus actuales intereses. Por supuesto, desde lo de la ley de admonición y hostigamiento, ha tratado de que no se le vea ni el pelo. Y lo está consiguiendo. Y los que quedan en Azkaban prefieren que los bese un dementor antes que decir donde se esconde.

–¿Azkaban sigue custodiado por dementores? –exclamó Remus atónito–. ¿Después de todos los esfuerzos que he estado haciendo para impedirlo, dos años más tarde, todavía no hemos conseguido retirarles el poder de la prisión?

–Sí, claro –respondió el anciano como si le pareciera obvio–, hace meses que los dementores están fuera de Azkaban. Era una manera de hablar, hijo. La mayoría de los Ministerios de Magia han reunido sus esfuerzos para convertir la prisión de Azkaban en el penal más seguro del mundo entero aunque no haya dementores custodiándolo. Apenas nadie sabe qué hay ahora dentro. Pero yo sí –apuntó con cierta vanagloria personal–. Ten en cuenta que la mayoría de las reuniones tuvieron lugar en este mismo despacho y, al fin y al cabo¡sólo soy un cuadro!, no puedo hacer nada como para que me metan en la cárcel. Pues hay –comenzó a explicar cuando el licántropo le preguntó al respecto– centinelas autómatas apostados en cada puerta o miles de sensores que se activan al percibir el más leve síntoma de uso de magia por parte de los reclusos. Después, estos mismos sensores los reducen. ¡Ni el bueno de Sirius Black conseguiría escapar hoy en día! Pero, si aún existiese algún valiente capaz de superar todos estos obstáculos, le quedaría uno, definitivo, peor incluso que el Beso de un dementor: todos los pasillos conducen mágicamente a una misma sala, la cual no se puede franquear sin previa y garantizada autorización por parte del Ministerio. –Cuando Remus le preguntó qué contenía aquella sala, Dumbledore, poniéndose serio en el cuadro, contestó–: El Vacío. Nada más. –Y riendo a continuación–: La idea fue tuya, conque no te asombres. Aunque yo te ayudé un poquito con los conjuros, el mérito es tuyo. Pero todo lo que necesitas saber sobre Azkaban y su actual custodia está archivado en un portafolios que todavía guardas por ahí.

»El problema con Azkaban, resumiendo mucho, está totalmente resuelto. No tanto el de los dementores. Aunque se les haya retirado el control de la prisión, el Ministerio aún tiene mucho por hacer con ellos. Reagruparlos, dominarlos, someterlos. Muchos viven ahora en manadas salvajes atacando sin compasión a los muggles que se encuentran a su paso. Un asunto que deja atrás en importancia al de los centauros, inconveniente que se heredó de la política de Fudge. Aunque no lo recuerdes, es necesario saberlo, se te ha criticado mucho, al Ministerio en general, por cómo se ha conducido la cuestión de los dementores. Pero no ha pasado un día sin que te preocuparas de buscarle una solución. Y espero que así siga siendo.

»Pero no todo ha sido así. Quiero decir, han pasado cosas buenas también. A ver, claro, déjame que piense. ¡Sí!, poco después de la elección de Helen como directora de San Mungo, Hermione se quedó embarazada. De Ron, por supuesto –respondió sin inmutarse el anciano cuando Remus formuló aquella estúpida pregunta–, de quién si no. Es una pena que no recuerdes la cara de Molly –riendo–¡todo un poema!... Se lo tomaron bastante mal, se sorprendieron mucho más bien, aunque, teniendo en cuenta el número de años ya que llevan juntos, no me parece en absoluto un disparate. Los casaron, por supuesto. Molly no hubiera tolerado ninguna otra forma de actuar, se habría opuesto decididamente. Así que ahora viven juntos, en un pisito de mala manera, porque no les llegaban los ahorros. Pero supongo que son felices. Ah, la criatura está a punto de cumplir un año y se llama Hugo. ¡Sí, Hugo!... –aclaró con voz susceptible cuando su ahijado repitió su nombre frunciendo el ceño–. No sé cómo es que les dio por ahí, por ponerle ese nombre. Creo que fue cosa de Hermione, ya sabes.

»Hablando de embarazos, debes ser muy cuidadoso los días tres de cada mes. –Remus le preguntó inmediatamente la razón por la que había de serlo–. Hace cosa ya de un año o así, Ángela se quedó embarazada –el rostro del licántropo se iluminó–, pero abortó a las siete semanas. Estaba tan ilusionada. El tres de octubre fue. Ni Sorensen ni Mark han conseguido que lo supere. No notarás nada anómalo hasta el próximo día tres, en que volverá a estar mucho más alicaída, como acostumbra. Yo no la he visto, pero tú me lo has contado: lleva una muñequita vestida de rosa esos días colgando del bolso y, si no se es especialmente cuidadoso con las palabras que se usa delante de ella, es probable que rompa a llorar. Creo que tu suegra se ha visto obligada a castigar en más de una y de dos ocasiones al pobre de Matthew Nicked –trayendo a colación una nota de humor para relajar el ambiente que se acababa de enrarecer a causa de sus palabras–: le da un par de collejas y lo manda a su cuarto sin postre. Eso cuentas.

»Y unos que han estado a punto de casarse han sido tu primo Benjamin y Tonks –riendo–. Sí, sólo a punto, a punto. Lo tenían todo organizado, la ceremonia, el convite¡todo!, pero a Tonks –continuó mientras no dejaba de reír a ratos, como si le hiciese gracia lo que relataba–, de buenas a primeras, a una semana del gran día, le dio por darse cuenta de que no necesitaba casarse con él para amarlo, que ellos habían nacido para ser una pareja rejuntada, como se dice en los tiempos modernos que corren. –Estalló en este punto en una hilarante carcajada–. Es una pena: me parece que no pudiste devolver el regalo. Unos que sí, pero sí de la buena, han pasado por la vicaría han sido tu amigo Sirius y Karina. Pero da igual que no lo recuerdes ahora, porque en realidad no tienes nada que recordar. Se casaron en el más profundo de los secretos, en una isla perdida del Caribe, muy romántico, sí, pero hay que ver el rebote que se cogió Helen. Poco más y se matan tu mujer y él.

»¡Ah!, tu hijo ha suspendido Pociones. Por segundo año consecutivo.

–¿Todavía está así Severus con Matt? No lo entiendo. Es irracional que pague con nuestros hijos lo que nosotros le pudiéramos hacer en la escuela. Primero con Harry y ahora con el pobre mío. Voy a tener que llegarme un día por Hogwarts para tener unas palabras con él.

–En realidad ya lo has hecho –atajó Dumbledore–. Cuando finalizó el curso pasado. A la vuelta no me quisiste decir nada, así que no te puedo ayudar a ese respecto. Pero sí tuve la oportunidad de hablar con Severus a través de mi otro cuadro en el colegio y, después de reprocharle su actitud, me dijo que únicamente sobre él recaía la competencia de valorar las aptitudes de sus alumnos en materia de pociones y brebajes mágicos. Ya conoces cómo es Severus de obstinado. Trató de sugerirme que Matt no era apto en Pociones y que quien quisiera ver más allá de esta obvia realidad era un fantasioso. –Remus arrugó la frente–. Quizá esto te ayude a... Bueno.

–¡Severus es un elitista! Tampoco yo era bueno en Pociones. Y sé que Matt tampoco lo es, a eso ha salido a mí, no a su madre. Le gusta más una varita que a un muggle una piedra y la idea de encorvarse delante de un caldero en ebullición no le hace mucho tilín. Eso no puedo reprochárselo, lo entiendo como si lo estuviera viviendo yo en persona.

–Matt tiene otros talentos –apuntó Dumbledore–. Sirius asegura que es un excelente mago, pero, claro¡qué va a decir Sirius! Y Tonks dice también que Matt es el mejor guardián que haya visto nunca. Pero, con lo joven y olvidadiza que es, no creo que haya visto ni recuerde muchos –riendo disimuladamente–. Sabes que Matt es un buen muchacho, revoltoso, curioso, como vosotros, como tú, pero inteligente y con talento. Sospecho que no lo abroncarías por ese nimio detalle del suspenso en Pociones.

–Ya... Espero.

Un leve tintineo, como de piedras de delicioso sonido que entrechocaran entre sí, obligó al licántropo a azuzar el oído. Dumbledore parecía no haber escuchado nada, porque prosiguió hablando como si tal cosa. El ruido iba en aumento. Tanto que el anciano, confuso, después de haberse percatado de que su ahijado le prestaba apenas atención, también se dedicó, con la mandíbula ligeramente descolgada, a buscar el origen de aquel suave repiqueteo. El sonido iba en aumento. No parecía más que una dentadura, aterida de frío, que entrechocara, castañeteara, una quijada contra la otra; pero aquel solo sonido, por nimio que parezca, había conseguido captar la atención y embaucar tanto a uno como a otro. El tintineo parecía crecer, aumentar por momentos. Y el silencio lo envolvía todo como una bomba a punto de estallar. Hasta que Remus lo descubrió, halló la causa, y, señalándosela a Dumbledore, éste levantó la mirada.

Era la lámpara de araña que pendía del techo. Las brillantes perlas que componían su figura semiesférica vibraban y chocaban unas contra otras, como nerviosas.

–Debe de ser un terremoto –conjeturó Remus, serio, sin despegar la vista de ella.

Dumbledore meneó la cabeza con las cejas totalmente arqueadas. Pena que Remus le diera la espalda para contemplar el temblar de las piezas de la lámpara, pues, de lo contrario, habría visto un Dumbledore nervioso, con los ojos totalmente abiertos de sorpresa, que apenas podía articular una palabra a causa de la emoción. Cuando consiguió al fin reponerse, masculló a media voz:

–El Ministerio está embrujado para no dejar sentir los movimientos de tierra del exterior. –Y tragó saliva.

Y, en el instante en que acababa de decirlo, la lámpara se sacudió con una fuerza y un tambaleo inesperados. Cuando, a causa del balanceo, la lámpara chocaba por un costado y por otro contra el techo, la estructura de la misma comenzó a deshacerse y muchas de sus perlas se precipitaron sobre el suelo. Éste y aun las paredes, al mismo tiempo, rompieron también a temblar con una fuerza insospechada que obligó al propio Dumbledore a sujetarse al marco de su cuadro para no caer estrepitosamente. Remus se puso en pie de un salto, aunque de poco le valió en verdad la valentía, pues el temblor del suelo hizo que estuviese a punto de perder el equilibrio y caer también. Se mantuvo en pie aferrándose al respaldo de su propio sillón, indagando con la mirada, con sus dorados ojos ávidos, la causa de aquella sinrazón. Dumbledore parecía, con la expresión de sus facciones, hacerse la misma pregunta, cuando el despacho entero seguía aún sacudiéndose hasta el punto de parecer estar a punto de sumirse en lo más hondo.

La campanilla que colgaba por encima de la puerta de acceso a su despacho, de la que nunca había escuchado campanada alguna, de la que Fudge le advirtió que mejor era no oírla, pronunció una atronadora campanada. A pesar de que el despacho se había sacudido terriblemente durante algunos segundos, la campana, como embrujada, no se había hecho oír hasta que lo quiso por su propia voluntad. Y su tañido fue grave y solemne. Era imposible pasarla por alto: mientras repetía una y otra vez su tañido autoritario, balanceándose su badajo de un extremo a otro con gravedad, emitía un luminoso y oscilante resplandor rojo al uso de una sirena muggle de alarma.

En el justo instante en que la idea de abandonar su despacho y ver qué estaba ocurriendo fuera dejó de representar para Remus precisamente eso, una idea, y terminó por convertirse en una imperiosa necesidad, en una acción que iba más allá del imperativo de la simple curiosidad, un chasquido justo a su lado lo hizo estremecerse. Lo habían cogido del brazo. Se volvió violentamente. Era Harry Potter, desencajado.

–¿Adónde te crees que vas, Remus? –No le dio tiempo a responder–. Han asaltado el Ministerio. ¡Los he dejado en el Atrio! Tengo que llevarte a casa –empujándolo en dirección a la chimenea–¡rápido!, antes de incomunicarla con la Red Flu.

–¿Qué es eso de que han asaltado el Ministerio? Yo no me voy a ninguna parte.

Atropelladamente, por la puerta que daba acceso al despacho contiguo, Ann Thorny y Alessandra Gleeson aparecieron también, la primera con los ojos llorosos y la segunda con la varita dispuesta en su mano. Enseguida rodearon a Remus.

–¿Qué haces todavía aquí, Remus? –preguntó Ann.

–¿No has escuchado la alarma? –intervino Alessandra mirando hacia todas partes.

–¡Tienes que marcharte enseguida!... –exclamó con voz chillona Ann.

–Eso es lo mismo que le estaba diciendo yo –apuntó Harry impaciente–. Vamos.

–¡Yo no me muevo de aquí! –se negó en rotundo el licántropo.

–¡Esto no es una negociación, Lupin! –se envalentonó, enfadada, Alessandra–. Están echando abajo la primera planta y no tardarán en bajar aquí. Tu vida está en peligro. Y mucho depende de ti, si llegan a capturarte, si llegan siquiera a entrar en este despacho...¡no quisiera ni imaginarlo!

–¡Yo también soy auror! –protestó Remus–. Puedo defenderme. ¡Puedo contraatacar! –Trató de encaminarse hacia la puerta, pero lo detuvieron nuevamente–. Harry –dirigiéndose exclusivamente a él–, si nosotros te hubiéramos dicho alguna vez, si te hubiéramos impedido enfrentarte a lord Voldemort¿tú lo habrías consentido? –El rostro del joven auror se ensombreció–. No podéis esconderme... No quiero –susurró.

Harry había enmudecido. Incluso el licántropo advirtió que la mano suya que lo había estado sujetando todo este tiempo se relajó un poco.

–¡Ya basta de discusiones! –exclamó Ann, a quien la voz le traicionó y a punto estuvo de romper en lágrimas–. Remus, vas a hacer lo que te digamos. Entiéndelo, si llegan hasta este despacho, todo se habrá ido a ¡la puta mierda! –Las lágrimas ya corrían imparables por sus mejillas abajo–. El Ministerio ya no será nuestro, tendrían vía libre a la sede de la Alianza de Northumbría, del conciliábulo secreto... Vamos a hermetizar el despacho y, después, te dejarás llevar por Harry al refugio.

Remus clavó su cálida mirada sobre la brillante y esmeralda del chico, que se la devolvía sin apenas pestañear, y entre ellos, en el espacio de pocos segundos en que la mantuvieron, se entendieron. Remus parecía sereno; Harry, decidido.

–¿Las llevaras a ellas al refugio, verdad? –le preguntó al chico y éste asintió.

–Después volveré a revivir viejos tiempos. –Una sonrisa pícara lo traicionó–. A defender este pilar de nuestra comunidad, quiero decir.

–De acuerdo, entonces –prosiguió Thorny más tranquila–. Alessandra, ve al escritorio y activa la puerta blindada. –La chica se movió en aquella dirección–. Remus, después desaparecerás por la chimenea, y nosotras también. Harry, la desactivarás de la Red Flu y te desaparecerás de aquí enseguida, después de haberlo dejado todo atado y más que atado. Embruja el suelo para que nadie pueda aparecerse dentro. ¿Está, Alessandra?

La muchacha levantó el dedo pulgar tan solamente mientras curioseaba el escritorio del ministro, cuya cubierta había levantado por completo, como si se tratase del pupitre de un alumno americano. Los papeles que tenía Remus encima estaban ahora desperdigados por todo el suelo. Alessandra, con absoluta decisión, presionó un grueso botón rojo y un macabro ruido provino de la puerta.

Remus aprovechó el descuido de su secretaria, mientras miraba a su compañera, para echar a correr en dirección a la puerta. La muchacha se volvió sorprendida, pero más aún lo estuvo cuando Harry la agarró firmemente para impedir que saliera corriendo detrás de él o cogiera su varita para detenerlo.

–¿Qué demonios estás haciendo? –le conminó–. ¡Se supone que eres su asistente personal de seguridad¿Cómo lo dejas escapar así¡Alessandra!

La otra, ni corta ni perezosa, echó a correr también en dirección a la puerta, consiguiendo franquearla antes de que el grueso escudo blindado impidiera el paso por completo. Sólo entonces Harry soltó a Ann Thorny, que le dirigió una mirada muy poco agradable. Sin titubear en el tono de voz que empleó, el muchacho le pidió que abandonara el despacho por la chimenea, asegurándole que emplearía toda la magia que conocía para proteger aquel despacho antes de desaparecerse, de camino de nuevo al frente de resistencia, plantas más arriba.

–Harry... –habló cuando se introdujo en el espacioso hueco de la pared–. Todos confían en ti porque eres la persona que destruyó a Ya–Sabes–Quien. Pero que te quede bien claro que, si nos estás traicionando, yo también puedo llegar a ser muy mala.

–¿Traicionando dices, Thorny? –participó Dumbledore desde el cuadro riendo–. Si hay una persona de la que puedo estar completamente seguro de que no nos traicionará nunca, Ann, ése es Harry.

La secretaria dirigió una mirada más relajada en dirección al cuadro que le había hablado. A continuación, las altas llamas verdes la engulleron y su rostro contorsionado por el mal humor se deshizo como la sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas.

Entre tanto, fuera, Remus corría como alma llevada por el diablo por los corredores del Ministerio, que todavía se estremecían crudamente. A lo largo y ancho de ellos se habían apostado decenas y decenas de miembros especializados del Cuerpo de Seguridad Antiterrorista, los cuales portaban armamento especializado de defensa para detener al atacante en caso de que se aproximara peligrosamente al despacho del ministro. Ninguno se esforzó en ocultar su sorpresa, repentinamente, al verlo a éste correr entre ellos, serpenteándolos para abrirse paso, pero ninguno se atrevió a impedirle continuar. No corrió la misma suerte su subsecretaria, Alessandra, la cual, al ir a dar contra la barrera más próxima al despacho, que sería el último obstáculo humano que encontraría el hechicero de haber conseguido abrirse paso hasta allí, fue detenida sin contemplaciones.

–Lo siento, señorita –dijo el alto cargo, de voz ruda y gestos milicianos, que la había agarrado del brazo impidiéndola seguir corriendo–, no puedo dejarla que siga yendo por aquí. Los trabajos en el Ministerio se han suspendido eventualmente. Lo mejor ahora es que vuelva a casa, o que se refugie en un lugar seguro. Esto es trabajo de aurores.

Mientras Alessandra se había dejado caer, derrotada, Remus había alcanzado los ascensores. Un alto auror, de color negro y anchas espaldas, lo llamó a larga distancia y el licántropo se detuvo para recibirlo. El otro llegó hasta él y, alegrándose de verlo a salvo, lo agarró afectuosamente por los hombros, para después recrudecer el gesto y preguntarle ácidamente qué hacía allí, en medio de toda aquella porquería, y no en un lugar bien lejos. Una pared se estremeció más de lo normal antes de que el licántropo pudiera responder, y una cortina de humo gris cayó a pocos metros de ellos.

–Yo no voy a ninguna parte. Cuando el barco se hunda, yo lo seguiré capitaneando¿está claro? –El auror frente a él, al tiempo que sonreía, asintió vivamente, orgulloso del hombre que había al frente del Ministerio–. ¿Quién demonios está haciendo esto?

–No lo hemos podido identificar aún. Pero el Atrio está tomado, señor.

–¿Tomado? –repitió sintiendo un extraño y frío sudor cayéndole por la espalda. El auror de color asintió–. ¿Cuál es el plan de defensa que estáis programando?

–La mitad de mi equipo está ayudando a evacuar al personal que lo solicita o está herido. Sin embargo, hay una buena parte de la plantilla que está solicitando colaborar y ayudando a formar barricadas de lanzamiento. Ahora mismo va a bajar la otra mitad al Atrio por los ascensores para tratar de reducir a los asaltantes; el corredor secreto que conduce desde el Cuartel hasta el Atrio, al parecer, está bloquedo.

–¡Me apunto! –exclamó decididamente el licántropo–. Voy con vosotros.

El techo dio otra sacudida tremenda que los cubrió de polvo.

No había manera de convencer a Remus para hacer lo contrario. Estaba dispuesto a tomar aquel ascensor con aquel grupo de aurores que, serios, varitas en mano, estaban listos y convenientemente cualificados y organizados para hacer frente a cualquier adversidad. Remus, con disimulo, paseó su mirada por muchos de aquellos rostros. En el fondo, detrás de aquellas facciones graves, de aquellos ojos oscuros e impenetrables, reconoció un poco de miedo. Miedo a lo inesperado. Miedo a la muerte. También lo miraban a él, con sorpresa, y aquello hacía más fácil que Remus les devolviera el gesto.

De pronto, el ascensor se detuvo bruscamente. Algunos aurores, ante las cortas pero inesperadas turbulencias, perdieron el equilibrio y tuvieron que apoyarse sobre algunos de sus compañeros, que, aunque se movieran de un lado a otro, aguantaron el tipo. «¿Qué ha pasado?», preguntaban algunos. Los botones del cuadro de mandos comenzaron a encenderse alternativamente y un molesto pitido a zumbar.

–Han debido interrumpir el movimiento de los ascensores –le sugirió el auror con el que instantes atrás había hablado el licántropo.

Remus, resoplando hondo, ni corto ni perezoso, solicitó a unos cuantos que lo ayudaran a auparse. Muchos lo miraron extrañados; otros lo ayudaron solícitos, sin mediar preguntas ni miradas siquiera. De ese modo, enseguida, dispuso de muchas manos de que se sirvió como estribos para alcanzar el techo del ascensor, pudiendo así levantar una tapa para salir al exterior de la cabina. Muchos aurores, desde abajo, cuando se puso en pie sobre el techo externo del ascensor, alabaron con miradas que compartieron entre unos y otros su osadía. Serio, el licántropo se montó sobre la tapa de acero que acababa de retirar de su sitio para poder salir del ascensor y, sobre ella, practicó el conjuro de levitación. Para su alegría, notó cómo su cuerpo todo ascendía en el aire unos centímetros. Al instante siguiente, sintió la voz del auror de color a su lado; lo habían ayudado a subir también, y pronto no sería el único que lo hiciera.

–¿Qué te propones, Lupin? –le inquirió–. ¿Por qué no me dejas ir primero a mí?

–No importa, está bien así –contestó resueltamente–. Tan pronto como llegue arriba extenderé unas cuerdas lo más deprisa posible para que podáis subir.

Y, dirigiendo de nuevo la punta de su varita hacia la lámina de acero bajo sus pies, volvió a elevarse en el aire, a lo largo del estrecho espacio por el que discurriría normalmente el ascensor.

–Hay que ser valiente para hacer esto –dijo uno de los aurores más jóvenes–. Eso de subir arriba como si cualquier cosa. Imaginaos que el ascensor se pone en marcha otra vez.

–¡No seas agorero, Morrison! –le espetó malhumorado su superior, el auror negro–. Y vete preparando, porque tú vas a ser el siguiente en subir. Cuando alcance lo más alto, Lupin nos va a extender unas cuerdas para que las escalemos. –Su mirada se dirigió hacia aquél, para contemplar su lento ascenso–. No es sólo valentía, Morrison, es ser un ministro con un par como un toro.

Tan pronto como Remus alcanzó la primera planta, se aproximó al espacio que hacía las más de las veces de puerta, aunque en aquella ocasión pareciera una simple ventana de luz en medio de la oscuridad, y, después de asegurarse que la lámina de acero sobre la que se sustentaba se mantendría en el aire una vez apartase de ella su varita, apuntó ésta sobre las rejas que normalmente impedían el paso hasta que los ascensores hubieran alcanzado la planta correspondiente y la obligó a abrirse con un chasquido grave. Pasó adentro y se apeó del tablón de acero. Obligándose a no echar una mirada hacia el conjunto del Atrio, conjuró las cuerdas, que anudó fuertemente en la reja, para que el equipo de aurores pudiera subir lo más rápido posible, resultándole extraño el no escuchar el zumbido de las maldiciones restallando de un lado a otro.

Lo supuso antes de girarse: los hechiceros ya no estaban en el Atrio. Quizá los hubieran expulsado o quizá hubieran conseguido abrirse paso. Remus ya no podía pensar en otra cosa que en el monumental destrozo que tenía ahora ante él. Cuando fue a apoyarse contra una columna, desolado, ésta se vino abajo hecha añicos y él tuvo que dar un salto para no ser aplastado. Una pared se había venido por completo abajo asfixiando la hilera de chimeneas que albergaba en esa parte. Decenas de personas se revolvían por los suelos, quejándose de algún mal. Mientras caminaba entre ellos, se alegró de no haber visto ningún cadáver aún. Cuando los aurores terminaron de escalar a través del conducto de los ascensores, ordenó a unos que auxiliaran a los heridos transportándolos hasta San Mungo y a otros que peinaran el resto del Ministerio por si el hechicero, quienquiera que fuera, había conseguido seguir adelante.

Sus pasos lo condujeron hasta la Fuente de los Hermanos Mágicos, donde, desde su elección como ministro, lo más que se alzaba era una estatua toda en dorado de Dumbledore, con brillantes zafiros azules en los ojos. Lo miró resignado. Aquellos ojos ya no estaban, ahora eran huecos. En su lugar, desde ellos, unos surcos de brillante azul, como verdaderas lágrimas, le recorrían la cara de parte a parte. Pero cuando verdaderamente se dejó llevar por la sorpresa fue cuando descubrió que la caja que había tenido hasta ahora sobre las manos había desaparecido. La cara se le desencajó por completo.

–No puede ser –masculló para sí–. Pero si yo mismo la conjuré...

Pero allí estaba la caja de vidrio, a pocos metros de él, hecha añicos desparramados por el suelo. Vacía, por supuesto. Aquella evidencia le sentó a Remus como si acabara de recibir una patada en la misma boca del estómago.

–La han robado, señor. No pude protegerla ni a ella ni a mi mismo. –Remus se volvió para descubrir a Eric, el encargado de seguridad, que se había arrastrado hasta él. Se acuclilló para escucharlo mejor–. La varita de El–Que–No–Debe–Ser–Nombrado, la han robado, señor.

–¡Que alguien auxilie a este hombre! –gritó Remus.

Y, una vez estuvo bien atendido, se alejó de él después de asegurarle, veinte veces por lo menos, que todo iba a ir bien. Se lo había prometido, en efecto, pero no había promesa alguna que aflorara en aquel momento en su corazón cuando la pesadumbre campaba en él libremente. Se retiró cabizbajo, observando con tristeza los destrozos ocasionados. «Ollivander tenía razón: tendría que haberme deshecho de la varita antes de que ocurriera algo como esto. Sabe nadie lo que puede hacer una varita como ésa de caer en malas manos.» Y la imagen de su despacho, de la puerta de éste cerrándose con la mampara blindada cortándole el paso, repentinamente, le vino al recuerdo. Fue algo instintivo.

Y, sin saber por qué sí ni por qué no, echó a correr. Alcanzó una pequeña puerta que pasaba desapercibida justo en un rincón, detrás de una cortina cursi que parecía puesta allí con poco acierto, y la abrió. Era un estrecho cuarto de la limpieza repleto de escobas y palos de fregona, pero, aunque encogido, al licántropo no le importó encerrarse dentro. Al cerrar la puerta tras él, una luz cegadora le obligó a cerrar los ojos por espacio de unos segundos. Para entonces la sala había cambiado por completo: era ahora una sala de inmaculado blanco, casi celestial, con una gruesa palanca en medio. Se acercó hasta ella y la activó, tirando de ella hacia él. Instintivamente cerró los ojos, como si conociera lo que fuese a tener lugar: un enorme agujero se abrió bajo sus pies y cayó en el vacío durante unos instantes, hasta que sintió una fría y lisa superficie por la que se escurría. No era otra cosa sino un tobogán en rizo que le permitiría bajar un buen número de plantas sin necesidad de ascensor. Hogwarts no era el único lugar mágico en Gran Bretaña dotado de pasadizos; pero los del Ministerio de Magia, por motivos de seguridad, se mantenían en el más absoluto de los silencios.

Al alcanzar el término del tobogán, se sintió frenar en seco. Las pocas veces que había tomado aquel atajo, siempre realizaba el tramo final con los ojos cerrados, aunque se había obligado en algunas a abrirlos; por eso no sabía por qué razón terminaba siempre en pie. Pero en aquella ocasión no se detuvo a preguntárselo. Le bastó agradecerlo porque aquella sencilla eventualidad le había permitido seguir su camino hacia su despacho más veloz. Sabía que, desde donde lo había dejado el pasadizo, hasta donde estaba su despacho, mediaba sólo un par de pasillos; un par que esperaba encontrar, como antes, saturado de aurores que le cerrarían el paso. Tal vez pensasen que era el hechicero que había usado poción multijugos o un hábil hechizo recomponedor facial.

Pero no. Nadie le cortó el paso. Todos los aurores habían caído inconscientes. No quedaba uno siquiera que se moviese lo más mínimo, pero todos estaban vivos. Nervioso, saltó entre ellos para correr veloz hasta alcanzar su despacho. La puerta blindada, destrozada, como una bola de papel acartonado, había sido aplastada contra los escritorios de sus dos secretarias, y el camino aparecía abierto sin obstáculos. Remus entró inquieto, aunque excitado, lentamente, dentro de su despacho. Pero tropezó con algo: al volverse descubrió que lo que había pisado había sido la mano de su subsecretaria, Alessandra, que yacía en el suelo con evidentes síntomas de haber sufrido un mortal ataque. Se acuclilló junto a ella y comprobó, con manos temblorosas, si estaba bien, pero no le encontró el pulso. Apesadumbrado, fijó su atención en su despacho: todo en él había sido revuelto y algunos cuadros, descolgados, seña de que por él había pasado alguien, quizá en busca de algo. Pero de quienquiera que hubiera pasado por allí no había ni rastro ya. Ahogando un grito, Remus corrió hasta el cuadro de Dumbledore cuando, al pasear la mirada, descubrió el lienzo en él todo carbonizado.

–No puedo escucharte bien, Remus, hijo –gritaba Albus desde el otro lado cuando, con tremendas voces, el licántropo lo requirió–. Esto quema, joder. ¡Joder! Si me necesitas, estoy en mi otro cuadro en Hogwarts. Y tú también deberías irte de ahí, por si acaso.

Pero Remus aún tuvo el aliento bastante de aproximarse hasta su propio escritorio. Desde lo lejos había descubierto sobre él algo que no recordaba que estuviese allí antes. Fue mucho el tiento con el que se acercó, como si temiese que, fuese lo que fuese que hubiera, pudiera explotar. No era más que un trozo mal cortado de pergamino y una chapa. El trozo de papel decía: «Nos volveremos a encontrar», mientras que la chapa: «Tim Wathelpun, conquistar el Ministerio de Magia», y tanto uno como otra los estrujo en su mano hasta que tuvo que parar por el dolor que se causó.

Quizá el tiempo se hubiese acelerado. Quizá demasiado: ya había empezado todo.

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No sé cuándo volveré a actualizar, así que no pondré fecha ninguna para luego no poder cumplirla. Espero que me comprendáis. Y aquí va el resumen del capítulo siguiente:

Avance del capítulo 20 (ENTRE DEJARSE CAER Y SOBREVIVIR): La casa de los Lupin quedará inundada de magia no autorizada: el sótano y duelos. Los cuerpos quedarán al descubierto, desnudos. Wathelpun cometerá sus primeros asesinatos. Y otra vista discutirá si expulsar a un nuevo alumno de Hogwarts.

Cuidaos mucho, no me guardéis apenas rencor. Saludos, abrazos. Feliz Navidad, feliz año nuevo, que sea muy próspero, etc. Os deseo todo lo mejor.