«(EL POEMA) Y ahora, aquí está frente a mí./ Tantas luchas que ha costado/ tantos afanes en vela/ tantos bordes de fracaso/ junto a este esplendor sereno/ ya son nada, se olvidaron./ Él queda, y en él, el mundo/ la rosa, la piedra, el pájaro/ aquéllos, los que al principio/ de este final asombrados./ ¡Tan claros que se veían/ y aún se podía aclararlos!/ Están mejor; una luz/ que el sol no sabe, unos rayos/ los iluminan, sin noche/ para siempre revelados./ Las claridades de ahora/ lucen más que las de mayo. Si allí estaban, ahora aquí;/ a más transparencia alzados./ ¡Qué naturales parecen/ qué sencillo el gran milagro!/ En esta luz del poema/ todo, desde el más nocturno beso/ al cenital espendor/ todo está mucho más claro.» (Pedro Salinas, Todo más claro.)

¿Qué puede decir uno para justificarse cuando veintiuna teas inflamadas y ardientes se alzan vengativas contra él; cuando el tiempo no ha conseguido aminorar el ardiente anhelo sino avivarlo; cuando no hay palabras que puedan reclamar perdón, entendimiento, cuando no hay palabras?... En verdad, no tengo nada diferente que decir con respecto a las anteriores ocasiones, es el mismo caso de siempre, las mismas circunstancias y la misma impotencia. Sólo os puedo pedir comprensión. Ojalá pudiera pedirme a mí mismo más participación, más involucración, pero –como ya se sabe– no puede pedírsele peras al olmo, no obran los milagros entre la gente común y sencilla. No está uno donde tiene que estar o donde quiere, ni cómo ni cuándo ni con quién. Hay cosas que no se pueden escoger. Sabéis que durante muchísimo tiempo –muchísimos años– MDUL ha sido el proyecto de una vida, casi la razón exclusiva por la que uno respiraba, la que vertebraba su pensamiento y sus ensoñaciones... Pero llega un instante en que los proyectos de una vida se multiplican y nada se puede hacer, no existen elecciones, ni prioridades..., sólo hilos que te gobiernan cual una marioneta y te dejas arrastrar en esta fría ensoñación de gris púrpura. Quisiera disculparme, pero –a mi entender– la disculpa implica un grado de arrepentimiento, una voluntad de cambio, que yo no puedo ofrecer enteramente, porque, por una parte, no es enteramente mi culpa, y, por otra, sé que hay circunstancias ya inamovibles que controlan mi existencia.

Antes de seguir adelante en un comunicado que será muy, muy, muy breve, porque las circunstancias de que hablaba también lo exigen, quería principiar con la dedicatoria. Se lo quería dedicar en esta ocasión a tres personas solamente; tres personas que, en este tiempo, en esta ausencia, me dieron alas a que escribiera, me ofrecieron ese empujón que me faltaba y que me hizo sentir menos solo a como me siento acostumbrado últimamente cuando llamo a Remus Lupin a que me inspire sobre sus hazañas: a Vero (Punkitty), porque su correo electrónico con mensajes invisibles consiguió despertar en mí una sonrisa muy amplia; a Joana, porque su incansable pregunta cuando me encontraba –en las raras ocasiones en que me conecto– en el msn era siempre un aliciente positivo; a Laura (Piki), quien consiguió hurtarme las palabras una noche con un mensaje de texto que jamás olvidaré.

No sé si con acertado criterio, no os responderé en esta ocasión a los "reviews" que vuestro tiempo os tomasteis en escribirme. Y lo hago con el solo fin de que ello os enoje y os conduzca a no escribirme una sola línea en esta ocasión, acompañando a este capítulo, pues no lo merece. Quiero agradecer, simplemente, a Punkitty y a Sein Lupin que os tomarais la molestia de escribirlos la vez anterior. Tanto a una como a otra os deseo que os vaya todo muy bien. También a todos los que leyereis este panfleto impuntual.

Ahora viene la noticia que, tarde o temprano, había de producirse y es la siguiente: no quiero teneros en ascuas esperando una resolución en torno a MDUL que difícilmente yo mismo sé cuándo va a poder producirse. Por ello os adelanto que es muy probable que MDUL no sea actualizado hasta el verano (según mi hemisferio). Porque me parece deshonesto por mi parte ofreceros una fecha, o teneros esperando, cuando es muy probable que no pueda escribir. Si escribiera y actualizara, sería una sorpresa para vosotros y para mí, para todos. Pero, de no hacerlo, lo habríais sabido de antemano y yo no me sentiría tan mal por ello. Así que espero sea en verano, cuando disponga de más tiempo libre, cuando pueda volver a vosotros. Entretanto, sabéis que formáis parte de mí y que os quiero. Saludos. Ahí va mi regalo atrasado de hoy:

CAPÍTULO XXI (ENTRE DEJARSE CAER O SOBREVIVIR)

Instantes después de haber descubierto el pergamino y la chapa con el mensaje de Tim Wathelpun, Remus se desapareció de su despacho impacientemente. No lo hacía por temor a un enfrentamiento con el que debía de ser un gran hechicero, pues nadie, ni siquiera lord Voldemort, había conseguido, había osado siquiera, adentrarse en el Ministerio y superar todos sus obstáculos y defensas hasta penetrar en su corazón: el despacho del ministro de Magia. No... Con aspecto derrumbado, como el único superviviente de una lucha cruenta y feroz de las guerras que ya no se estilan, lo hacía para regresar a su casa, bajo el amparo de aquellos ojos también ahora dorados junto a los que, exclusivamente, se sentía a salvo. La adivina parecía haberlo estado esperando por largo tiempo, con el corazón palpitante y la mirada puesta, insistentemente, sobre la chimenea. Cuando el hombre se apareció justo a su lado, junto al sillón, la mujer soltó un terrible grito y dio hasta un salto en el asiento.

–¡Me has asustado!... –le recriminó echándose sobre él y golpeándole suavemente el pecho con los puños. Él la dejó hacer, la apreció nerviosa. Hasta que, finalmente, echándose a gimotear, lo abrazó con todas las fuerzas de que se vio capaz de reunir–. ¿No quedamos en que nada de apariciones en medio del salón?... –con tono como de disculpa–. Estaba preocupada. No preguntes por qué, estaba preocupada –mirándolo con nostalgia directamente a los ojos–. Tenía un pellizco en el estómago.

La mirada del licántropo se reblandeció, la voz se le interrumpió. No deseaba cargar a su mujer con más tribulaciones, pero se sorprendió a sí mismo extendiéndole la mano que contenía, en el puño cerrado, la chapa de color rojo con el nombre de su archienemigo, ya toda sudada, caliente. La mujer la tomó nerviosa, callada, sosteniendo la respiración. Las manos le temblaban: la tensión de que hacía gala su marido, sin decirle nada pero diciéndoselo todo, le daba a entender que aquello que le enseñaba era relevante, más relevante y significativo que cuanto pudiera decirle con palabras. En tanto lo cogía, titubeaba.

–¿Ves algo? –le preguntó Remus cuando al fin lo tuvo en sus manos.

Su mujer no dijo nada. Se quedó mirando la chapa estremecida, soltando de cuando en cuando grititos que se ahogaban en lo más profundo de su garganta. Las miradas comenzaron a desplazarse, intermitentemente, de la chapa a los ojos de Remus, y así durante algunos segundos. No acertaba a decir nada. Hasta que el licántropo la socorrió volviendo a formularle una pregunta:

–¿Has tenido cualquier clase de visión al darte la chapa?

–Wathelpun... –musitó al fin–. Remus, es de Wathelpun –observándolo atónita.

–Sí, sí, es de él. –Y, a continuación, con toda la extensión que se permitió teniendo en cuenta el estado de nervios en que se encontraba y que, de manera veloz, estaba transmitiendo a su mujer, le relató el ataque al Ministerio de Magia–. Esto lo ha dejado Tim Wathelpun o uno que se ha hecho pasar por él. No... ¡No!, la luz violeta me trajo... Bueno, debo estar justamente aquí por alguna razón, ¿no? Es él, es Wathelpun, estoy seguro. –La agarró suavemente por los hombros para distraerle la atención del reciente comentario que había realizado sobre la luz violeta–. Es de Whatelpun, claro que sí. ¡Y está cargada ahora mismo de toda su energía!, la ha tenido en su mano. Si consiguieras ver algo, tener una visión, decirnos quién es... ¡Helen! ¿En qué piensas?

La adivina se desentendió del par de manos que la tocaban y comenzó a caminar de un lado para otro, recogió su bata de sanadora, su estetoscopio...

–Pero ¿qué haces? –le preguntó el licántropo boquiabierto, siguiéndola.

–Si dices que ha habido un duelo multitudinario y que mucha gente ha resultado herida, los estarán trasladando rápidamente a San Mungo. Y estarán sobresaturados. Tengo que ir a echar una mano. –Y acercándose hasta él entrañablemente–: Estoy asustada, Remus, así que tengo que hacer algo que sea de provecho, entiéndelo. –Acariciándole con ambas manos las mejillas de él–: Te dije ya que, desde hace un tiempo, no he tenido ninguna visión, ninguna... Es como si el Destino ya no tuviese interés en que cambiemos las cosas –dijo con resignación–. Desde hace dos años.

–¿Tiene eso algo que ver con que ahora eres licántropa? –le preguntó cuidadoso.

–No, después de eso llegué a ver cosas. Ya te lo dije. Pero, desde el verano de hace dos años, nada de nada. –Devolviéndole la chapa–: Ahora somos dos hombres normales, un ministro y una mera directora de hospital, que simplemente tienen miedo a lo que se les viene encima, pero que ya no pueden hacer nada para remediarlo. –La voz comenzó a quebrársele y las lágrimas estaban a punto de resbalarse por su inmaculado rostro–. No me pidas más visiones, Remus. Por favor. Ahora ya no tengo ningún don. Ninguno.

Y, dándole la espalda, se encamino hacia la chimenea. Pero Remus no la dejó continuar: suavemente, extendió un brazo y la retuvo agarrándola. Ella se giró veloz y una lágrima cayó entonces por su cara.

–Lo siento –le dijo Remus–. Últimamente..., soy incapaz de recordar hasta las cosas más importantes. –Helen sonrió mientras sus ojos se empañaban de lágrimas–. ¿Puedo ir contigo al hospital?... Yo también necesito hoy sentirme... de alguna ayuda.

Y la mujer sencillamente asintió.

Como la sanadora había previsto, la actividad en el hospital parecía en constante ebullición: celadores corriendo de acá para allá trasladando camillas con hombres inconscientes, enfermeras exigiendo a voces que algún sanador les prestase su ayuda... Remus lamentó entonces haber tomado la determinación de acompañar a su mujer: hasta aquel momento había creído que el resultado del asalto del Ministerio, al menos en el plano individual, había sido mucho menos dañino; pero ahora veía pasar junto a él, transportados por los celadores en camillas, a muchos hombres que ni lo reconocían, que sólo gritaban escandalosamente a causa del profundo dolor o por influencia de algún tipo de maldición; hombres y mujeres cuyos rostros ensangrentados, mientras fruncía el ceño espantado, reconocía; hombres y mujeres a los que se les había mutilado brutalmente ciertos miembros. Remus se llevó una mano a la boca mientras observaba desfilar tanto horror justo a su lado, una mano que le temblaba muy perceptiblemente mientras él se preocupaba de no romper en exclamaciones desenfrenadas.

–¡Señor ministro, señor ministro! –le gritó un tipo que lo agarró firmemente de un extremo de la levita mientras los celadores lo empujaban, hasta que se vieron obligados a parar–. Yo lo vi... ¡Lo vi! –Sus ojos se abrieron exageradamente, como si estuviese demente–. Su mirada era negra como la noche, ¡negra!, e irradiaba fuego, fuego como el que disparaba su varita. ¡Era el diablo, señor Lupin! –mientras gimoteaba–. ¡Y nos ha confinado en su Infierno! –chilló. Entonces el licántropo descubrió que, debajo de las sábanas, el hombre ya no tenía piernas–. Su varita... –Y apoyó pesadamente la cabeza sobre el camastro.

–¡Corre! –le gritó un celador a su compañero–. Éste acaba de entrar en parada.

Y desaparecieron a todo correr.

Helen había estado observando todo aquel tiempo a su marido. Así que, cuando éste se volvió todo apesadumbrado, los dorados ojos de Helen lo miraban insistentemente; tanto que Remus no pudo ni supo soportar aquella intensa mirada y terminó retirándola, con una expresión de terrible desfallecimiento moral en sus facciones.

–Remus, preferiría que te fueses a casa –le sugirió complaciente.

–¡No! No. No... Quiero quedarme aquí. Ayudarte. –Despegando la vista del suelo sus ojos fueron a dar con otro rostro conocido siendo transportado en una camilla–: ¡Alessandra! –Helen, al escucharlo, corrió detrás de él. La adivina se mostró preocupada de verla allí, mientras que, al contrario, su marido dichoso–. Te di por muerta cuando entré en mi despacho.

Retirándose la máscara de oxígeno, la muchacha intervino con voz rota:

–Ya quisieras tú librarte de mí, Remus –riendo a duras penas–. Soy dura de pelar.

–¿Qué tiene? –inquirió Helen a los celadores que la trasladaban. Ambos se encogieron de hombros, aduciendo que cumplían órdenes de un sanador cualquiera–. ¿Y su historial? ¿Lleváis su historial? –En aquella ocasión respondieron que también aquél lo tenía consigo.

–Estoy bien, adivina –la tranquilizó Alessandra. Helen le tomó la mano mientras luchaba consigo misma por no romper de nuevo en llanto. Tan sólo la barbilla, que le temblaba, la delataba–. Tan sólo estoy cansada. Pero entera.

–No hables, no digas nada –le aconsejó Helen volviéndole a colocar sobre el rostro la máscara del oxígeno–. Estarás bien. Ahora sólo tienes que descansar.

–¿Es que me has visto cara de marmota o qué? –volviéndosela a retirar–. Remus –dirigiéndose a él–, lo siento. –Lo apesadumbrada que sonaba ya de por sí su voz hizo que el hombre, emocionado, tragase saliva ruidosamente, sin saber por el momento qué responder–. No pude impedir que entrase en tu despacho, ha sido culpa mía. Salí en tu busca para protegerte y, después de todo, no conseguí siquiera lo que Ann y yo pretendíamos que tú hicieras: proteger tu despacho. Lo siento.

–No hay nada por lo que tengas que disculparte, Alessandra –le aseguró Remus–. Has sido muy valiente. Otros más fuertes, más capaces, han caído.

–Eso no la va a consolar, Remus –participó Helen poniéndole a su marido una mano sobre el hombro–. Parece mentira que no la conozcas. –Éste sonrió.

–Remus... –Alessandra peleaba con la máscara de oxígeno, como si ésta la tuviera tomada con ella. Su voz, lentamente, iba enronqueciendo a causa del esfuerzo y los primeros síntomas de tos asomaron terribles a su garganta–. No, debía haber hecho mucho más y no lo hice. Debí haberlo detenido. –Remus trató de convencerla, de hacerle ver que ella no habría salido triunfante donde tantos hombres habían sido incapaces; pero poco a poco iría descubriendo el carácter de aquella simpática mujer que nunca, nunca jamás, se rendía–. Pero era demasiado fuerte para mí. Hiciese lo que hiciera, sus hechizos eran, con diferencia, mucho más poderosos que los míos. Ni siquiera he podido verle el rostro: llevaba puesta una máscara blanca con una expresión totalmente indiferente, pero aterradora. ¡Me recordó a la de los mortífagos! Lo que sí sé es que su pelo es castaño con tendencia a ensortijarse y sus ojos negros, con una mirada completamente aterradora. No me habló en ningún momento, pero parecía joven, alto. Soy incapaz de recordar nada más –rompiendo a llorar y a temblar–: me lanzaba con tanta fuerza contra las paredes. Como si no le costara nada. ¡Nunca antes había pasado tanto miedo en mi vida! –tapándose la cara con las manos para que no la vieran llorar.

–No te preocupes, Alessandra –la consoló Helen–. Ya ha pasado todo. Ahora estás bien. Ponte la mascarilla de oxígeno y respira tranquilamente. Así es, muy bien.

–Helen, si no te importa –intervino Remus en voz baja para que Alessandra no pudiera escucharlos–, me gustaría acompañarla. Parece tan asustada, y frágil, que me siento en la responsabilidad de estar junto a ella. Tranquilizarla.

–¿Frágil? –riendo la adivina–. Pero sí, sí, claro, me parece bien. Ve.

Y el hombre hizo de aquel modo, no sin antes haberse despedido de su mujer. Cuando hubo pasado un rato, el licántropo tomó la mano de la chica sobre la camilla, la cual lo miró con ojos cansados sin decir nada, sin despegarse en aquella ocasión la mascarilla. Sentía no recordar nada de ella, nada de lo que fuera que hubiera hecho durante aquellos dos años que habían sido eliminados de su vida. Pero era tal el coraje que había demostrado poseer, que Remus tuvo a bien desear volver a conocerla.

–Remus... –La chica se había vuelto a retirar la mascarilla, aunque el celador forcejeaba con ella para que volviera a ponérsela y callara–. ¿Nadie ha conseguido detener a ese energúmeno, verdad? –Remus respondió que no, pero la consoló diciéndole que no había decidido tomar el Ministerio, sino que había abandonado el despacho sin más después de invadirlo. «Como si lo más que hubiese hecho es demostrarnos lo fuerte que es y de lo que es capaz», apuntó meditabundo–. Pues, la próxima vez que nos enfrentemos a él, te prometo que le daré una zurra para que se acuerde para los restos. Una vez vale, pero dos no me dejo pisotear. De haber una segunda vez, estaré preparada. Le haré caso a mi tía Isobel y me apuntaré con ella al cursillo de Duelo.

Remus se limitó a sonreír mientras la chica yaciente a su lado no hizo otra cosa, hasta que alcanzaron la habitación en que permanecería un par de días, que hablar y hablar sobre lo que haría y dejaría de hacer cuando se topase cara a cara con aquel que había ultrajado, según decía ella, su dignidad. Pero dejó de sonreír cuando pensó que, de existir un segundo enfrentamiento, después de lo que había visto hoy, no sabía si existiría alguien que consiguiese detenerlo, si ni siquiera él sería capaz.

Y eso que aún no se había organizado el Comité Evaluador de Daños en el Ministerio, que terminaría abriéndole los ojos al licántropo de la terribilísima amenaza en ciernes que les sobrevenía.

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–¡Desmaius!

El rayo de Matt fue a dar contra la pared, donde se escindió en haces de luz y chispas; su contrincante se había agachado justo a tiempo de impedir que el maleficio le alcanzase de lleno en el pecho. Corrió unos metros, con el tronco completamente agachado y las rodillas ligeramente flexionadas, a lo largo del tenebroso sótano mientras Matt le lanzaba sin descanso maleficios y maldiciones, sonriente. Se parapetó detrás de un par de cajas alineadas unas sobre otras. Matt debía de haber errado el tiro a propósito: no solía tener tan mala puntería. Al ver a su adversario escondiéndose de él, caminando hacia las cajas tras las que se ocultaba, abriendo los brazos con expresión amable y sonriendo, exclamó:

–Menudo duelista estás hecho si a la mínima de cambio te escondes en vez de plantar cara –riendo–. ¿Quién era el que decía que me iba a patear el culo?

Una mano se asomó desde detrás de las cajas, apuntando con una negra y larga varita, y una voz grave que terminó inflexionando, como la de un adolescente, gritó «¡Petrificus totalus!». Matt, sin inmutarse apenas, extendió relajadamente su propia varita en dirección a las cajas, de donde el nuevo rayo procedía, y una esfera de brillante plateado apareció, estrecha, en torno a él, protegiéndolo. El rayo chocó contra ella y, sólo entonces, Matt bajó la mano que sostenía el arma, sonriendo.

–¡No es justo! –se quejó una nueva voz que provino de detrás de las cajas. Finalmente asomó asustadamente la cabecita al tiempo que blandía nerviosamente una banderita blanca que había hecho aparecer del extremo de su varita. Era Mark, el hijo de Ángela y Sorensen. Sólo cuando su primo abrió los brazos con aspecto conciliador, haciéndole ver que aceptaba su rendición, el otro salió con apenas miedo–. ¡No es justo! –repitió–. ¡Has tenido que estar practicando por tu cuenta! Y dijimos que nada de magia hasta tenernos el uno al otro a tiro. ¡Has mejorado un huevo!

Matt rio, halagado. Respondió a renglón seguido:

–No habrá sido para tanto –sonriendo con descaro–. Soy bueno por naturaleza –fanfarroneó burlón, a lo que su primo respondió aduciendo una expresión mohína y propinándole una suave colleja en la nuca–. No te sulfures, Markitos: no tienes nada que hacer, es verano; podrías haberte venido todas las veces que te hubiera venido en gana. Además, no es cuestión de conocimientos, o rapidez, o reflejos, sino habilidad, adelantarte a los movimientos de tu contrario. Así que prepárate –adoptando una postura propia de ataque–, que voy a volver a no darte ni tregua.

–¡Prepárate tú! –le escupió Mark enarbolando una amenazadora expresión y apuntándolo con su varita–. Te voy a enseñar lo que un verdadero Slytherin puede llegar a hacerle a un idiota Ravenclaw como tú. –Y le disparó el primer maleficio, que falló.

–¿A quién llamas idiota? –le espetó Matt al tiempo que esquivaba el rayo hostil–. No me hagas mucho caso, pero todo lo que sabes hacer creo que te lo he enseñado yo.

–¿Que me vas a haber enseñado tú?... ¡Presuntuoso!

Y así permanecieron unos minutos, atacando y defendiendo, poblando los muros del sótano de la casa del mayor de los silbantes reflejos de sus sortilegios, mientras no cesaban de dirigirse palabras de menoscabo con las que, en mayor o menor medida, trataban de desconcentrarse el uno al otro o avivar los fuegos de una ira ficticia que hacía el duelo más interesante. No obstante, en éste Mark siempre llevaba las de perder: su escasa experiencia (acababa de cursar segundo) puesta en balanza contra la maestría que parecía haber adquirido su primo hacía que aquélla quedara en nada. Pero Matt lo tenía por un buen discípulo: jamás cometía dos veces un mismo error; avispado como siempre, aprendía de modo tan veloz, y tan pícaramente, que Matt se regocijaba pensando a veces que él había sido el ejemplo, el modelo, del que su primo se había aprovechado.

Decidieron al rato tomarse un descanso. Matt separó las cajas detrás de las que hacía un momento se había escondido su primo, colocándolas en el suelo, y se sentaron sobre ellas. Golpeó en la espalda a su primo para después felicitarlo por su actuación, y el chico se sonrojó lisonjeado. El mayor sonrió al verlo al otro así, tan cohibido, más cuando no le era desconocido que su primo seguía siendo todo un granuja, casi un proyecto de delincuente, capaz de sacarle los colores a él, que era mayor que aquél en edad y (suponía, debía de ser evidente) en madurez.

–Qué guay –exclamó repentinamente el menor girándose imprevistamente hacia el otro, que a punto estuvo de dar un bote en su asiento–. Ya mismo vas a poder hacer magia fuera de Hogwarts. ¡Qué envidia!... –dándole un golpe seco, y supónese que también amable, en el hombro con el puño cerrado–. Ojalá fuese a cumplir yo pronto los diecisiete años. ¿Has pensado ya cuál va a ser el primer hechizo que harás?

Matt lo observó unos instantes con expresión pasmada.

–Llevo haciendo magia todo el verano, no creas que es algo que me quita el sueño. Además, cuando cumpla diecisiete ya llevaré varios días en la escuela, haciendo magia, con lo que ni me va ni me viene. –Mark, en cambio, puso cara de ensoñación como si, para él, aquello sí fuese algo realmente trascendente, con lo que soñar a diario–. Además, lo del Rastro es un engaño para meternos miedo a los menores de edad, mi padre me lo explico un día: lo que hacen en realidad es detectar la magia que parece defectuosa y deducen que la ha realizado un menor de edad. ¡Lo mismo puede pasarle un día a una ancianita, vete tú a saber!, y ésta tendría de menor de edad lo que yo de... hechicero tenebroso –riendo–. Estoy convencido de que yo ya podría usar magia por la calle sin que el Ministerio no se diese ni cuenta. Incluso a veces tú. –Mirándolo mejor–: Bueno, tú no... –Temía que se fuese a tomar sus palabras demasiado en serio, hiciese magia, lo apercibiesen y, para variar, terminara cargando el muerto él. Asintió, aquello quedaba así bien dicho y su primo, en consecuencia, advertido.

–Levantémonos –dijo Mark y puso en práctica su propio mandato– y pongámonos manos a la obra. Te voy a dar una paliza –esgrimiendo su varita– que te van a tener que llevar hasta San Mungo. No te va ni a reconocer tu madre. –Picado en su orgullo, Matt, sin apuntar nada, sólo sonriendo amenazadoramente, se puso en pie, haciendo lo propio–. Algún día seré mejor mago que tú y haré que te cagues las patas abajo. Y ese día también seré tan fuerte que le haré frente a Wathelpun (¿lo has oído, verdad, lo del ataque?) y entonces...

–¡Expelliarmus! –gritó Matt sin apenas inmutarse. La varita de su primo salió disparada de su propia mano y éste se la quedó contemplando con expresión idiotizada, como si no lo creyese posible. Después a Matt. Y otra vez la mano vacía. Y así durante algunos segundos–. Y entonces... –terminó con sorna por él la frase– espero que no chapes tanto o se te va a ir toda la fuerza por la boca, primito. Adelantarte a mis movimientos –le dijo rotundamente, abriendo exageradamente los ojos, como si le diese a conocer una gran verdad–, no ponerte a hablar como una cotorra. No sé qué te piensas que es un duelo. ¿Un debate?...

Mark aprovechó el que su primo lo sermoneara, sin intención al parecer alguna de atacarlo hasta no tenerlo armado frente a él, para retirarse, con el ceño fruncido, a recoger su varita. Volvió iracundo, extendiendo el brazo en que sostenía la varita de una manera exagerada, casi antinatural, y Matt terminó resoplando al verlo: sabía que la ira en un duelo jamás era aconsejable: nublaba la mente.

–No deberías... –empezó a decir el mayor.

Pero Mark, con un humor de perros, lo mandó callar y, sin mediar más palabra que una mirada fría y asesina, le disparó un maleficio, uno de los más poderosos que se había atrevido a emplear hasta aquel momento, tan certeramente que, si no llega a ser porque el pobre de Matt tropezó y cayó hacia atrás, lo habría alcanzado de lleno. El impacto lo dejó aturdido unos breves instantes, pero se hubo de recuperar aprisa, porque Mark, por encima de él, volvía a apuntarlo. El rayo laceró el suelo de madera porque Matt empezó a rodar hacia un lado para evitar ser alcanzado.

–¿Qué diablos estás haciendo, tarugo? –gritaba Matt.

Cuando dejó de rodar, contagiado de la furia de su joven pero influenciable adversario, ágil en reflejos, ya tenía su varita lista y apuntada hacia él, y sin mediar apenas un suspiro, con ella, lo hizo alzarse unos metros en el aire hasta que golpeó dolorosamente contra el techo. Su grito debió de escucharse en toda la casa. No había pretendido ser tan brusco en su ataque, pero el terrible que había desplegado contra él su primo había propiciado que perdiese por un instante el norte. Retiró su propia varita cuando Mark se golpeó contra el techo, con lo que el muchacho cayó de manera seca contra el suelo, de culo. Matt aprovechó aquellos breves segundos para ponerse en pie. Más relajado, pensaba dirigirse hacia donde su primo y ayudarlo a levantarse, incluso pedirle perdón si era necesario. Pero Mark se puso en pie de un salto, sin ayuda de nadie, y no parecía haber decidido que el duelo hubiera terminado allí:

–¡Te vas a arrepentir de esto, maldita nenaza!

Y el rayo que salió del extremo de su varita parecía el doble de feroz y temible, alimentado por la rabia que alimentaba el pecho del muchacho. Matt tan sólo extendió su propia varita, al principio parecía no estar haciendo nada, no haber conjurado ningún hechizo. Pero el maleficio de Mark parecía discurrir como en suspense, lentamente, sin llegar en ningún momento a alcanzar al contrario.

–¿Qué coño estás haciendo?, maldita sea –gritó Mark a pleno pulmón–. ¡Estoy harto de que emplees magia avanzada, de que juegues con ventaja! –Y agarró con firmeza su varita con ambas manos y el rayo que emitía pareció avanzar un trecho, muy lentamente.

–¿Quieres dejar de gritar? –masculló a su vez Matt, que hizo otro tanto con su varita y el rayo de su primo volvió a detenerse frente a él. Pero tan pronto como lo pensó aquello le pareció insuficiente: podrían permanecer así durante horas. Con lo que se concentró cuanto supo sobre el extremo de madera que continuaba a sus brazos y sintió un torrente de magia fluir por ellos. A continuación, la cabeza de un lobo verdoso de cuerpo difuminado y fauces feroces surgió de su extremo engullendo su rayo. La varita de Mark le temblaba en las manos. El lobo aumentaba de tamaño conforme ganaba terreno, con lo que pronto parecería engullirlos a ellos dos incluso. Mark cerró los ojos; Matt abrió la boca, como desencajada, esperando que su primo interrumpiera su maleficio. Pero no parecía dispuesto a ello.

–¿Que demonios estáis haciendo vosotros dos? –Era Helen, que había aparecido imprevistamente en las oscuras escaleras que conducían al sótano, atraída por el inmenso ruido que estaban provocando.

–¡Mamá!... –exclamó su hijo asombrado de verla. Y la sorpresa hizo que relajase la concentración y la tensión de los brazos que tenía puesta sobre su varita, con lo que el lobo de color verde se empequeñeció, como en implosión, y el rayo rojo de Mark ganó terreno, unos metros, para terminar fusionándose con la masa de luz informe que quedaba del lobo y que, hasta hacía unos momentos, había estado engulléndolo. De nada sirvió que la adivina les previniera de que se agacharan, puesto que, para cuando la masa ahora entre verdosa y rojiza parecía a punto de ebullición, ellos seguían en pie, Mark mirándolo con rencor y Matt aturdido por la bronca que les esperaba ahora. Para cuando los retazos de sus sortilegios explotaron produciendo una pequeña onda de humo caliente, ellos seguían en pie y salieron despedidos hacia atrás, cayendo.

–¿Qué demonios os habéis propuesto vosotros dos? –mientras corría hacia uno y otro para comprobar si estaban bien, no por ello menos irritada. La explosión había derivado en un decreciente en intensidad anillo de fuego que los había alcanzado y había sido el causante de que su ropa se incendiara en pequeños focos. Sólo una vez consiguió apagarlos, siguió hablando, empleando un tono irreconocible de voz–. ¿Estáis tontos o qué? Haciendo magia fuera del colegio... ¿Qué diantre os proponéis, que os expulsen de allí? –Matt trató de intervenir en aquel punto, pero su madre no les pensaba dar tregua–. No, no digas nada, jovencito. Ya tendrás oportunidad de justificarte cuando venga tu padre y se lo digamos todo. ¡Se lo digas! Después de todo lo que está pasando, ¡que todos estamos pasando!, por culpa del asalto al Ministerio... ¿Cómo puedes ser tan irresponsable? Hijo mío, no te reconozco. ¡Sabes que es la segunda vez que utilizas la magia siendo un menor y que te podrían expulsar! Y a ti tampoco te reconozco, Mark, espera a que se lo diga a tu madre. –Tomó una pausa, pero volvió a hablar aprisa cuando Matt parecía decidido a rebatirle–. ¿Es que estáis tontos o qué? Todavía no me entra en la cabeza que podáis llegar a ser tan inconscientes. ¿Por qué ha sido esta vez, por qué os habéis peleado que hayáis tenido que llegar al punto de usar vuestras varitas?

–No nos estábamos peleando... –respondió Matt aprisa, antes de que pudiera interrumpirle.

–Permíteme que dude de eso que dices –le espetó su madre malhumorada.

–Es cierto –replicó–, no es la primera vez que nos venimos aquí abajo a hacer magia. ¡Es para practicar!...

–¡Santa madre del cordero! –exclamó Helen aplastándose la cara con las manos al llevárselas al rostro para dibujar una expresión de súbita sorpresa–. Explica eso, joven.

–El año pasado Mark estaba aquí precisamente, en el sótano –echó una mirada de soslayo a su primo reclamándole su colaboración a la hora de contarle la historia, pero aquél parecía haber enmudecido–, escondido, porque estaba jugando al escondite con Nat y Alby, cuando hizo magia sin querer. Pero, aunque estaba asustado, no recibió ningún aviso del Ministerio. Por eso no os lo contamos, porque temíamos que nos pudieseis regañar o impedir que bajásemos aquí. Desde entonces lo hemos venido utilizando en verano, porque, al parecer, aquí abajo el Rastro no nos detecta. Es un lugar seguro para hacer magia durante las vacaciones. No te enfades, mamá –con voz suplicante–, no... Nuestra intención no era del todo mala.

–Tu padre me dijo una vez que Dumbledore le había asegurado que este sótano era lo más parecido a Hogwarts que existía en ninguna parte –hablando como para sí, con tono introspectivo, pensando seguramente que cuanto pudiera decírsele sobre aquel sótano no podía ya apenas sorprenderla–. ¿Que no me enfade, jovencito? –meneando la cabeza de un lado a otro, como despertando de una ensoñación–. ¿Que no me enfade dices? Eso es imposible –con los brazos en jarra–, porque ya estoy muy enfadada. Me importa un comino que hayáis encontrado un sitio donde hacer magia sin ser detectados. Si la ley dice que no podéis hacer magia, no podéis. Punto y pelota. Tú, Matt, estás castigado; ya veremos tu padre y yo qué hacemos contigo. Y tú, Mark... Hablaré con tu madre en cuanto venga dentro de un rato y ella sabrá qué hacer contigo. ¡Haciendo magia a hurtadillas, a vuestra edad!... –masculló chasqueando la lengua. Y echando un vistazo a sus ropas medio calcinadas, que se habían agujereado un poco donde el fuego más se había cebado con ellas, y a los negros churretes de sus caras y brazos, añadió–: Ahora idos inmediatamente a cambiaros antes de que me entren unos terribles arrebatos asesinos. ¿Entendido? Matt, dale a Mark algo que haya en tu armario que le pueda quedar bien. Y daos unas buenas friegas hasta quitaros las marcas de mugre, tunantes. –Y, antes de que pasaran por delante de ella, extendiendo muy erguida una mano, dijo–: Las varitas. Dádmelas.

Mark hizo obedientemente así, dejando su propia varita sobre la palma abierta de su tía. Matt, en cambio, no. Con la mandíbula apretada y en tensión, mirando directa y crudamente a su madre a los ojos, se guardó la suya en uno de sus bolsillos y pasó por delante de la mujer tranquilamente. Sólo cuando ésta se la reclamó verbalmente, él, girándose, le respondió:

–No soy tan idiota como para hacer magia fuera del sótano, ya sé a lo que me arriesgo. La ley dice que no puedo usar magia, sí, a menos que esté en peligro. Así que la varita se queda conmigo –dándose un par de suaves golpes sobre el bolsillo del pantalón donde la guardaba.

–Jovencito, dame la varita –ordenó su madre sin bajar la mano y comenzando a dar golpecitos secos con uno de sus pies sobre el suelo de madera–. Nadie está en peligro bajo mi techo, conque dame esa varita.

–¡La varita se queda conmigo! –protestó sin dejar de caminar en dirección a la puerta–. Ya te he dicho que no soy tan tonto como para usarla una vez salga por esa puerta. Y tú no puedes prever ya, por ejemplo, si Wathelpun viene de pronto y me quiere secuestrar. Creo que con dieciséis años, once meses y una semana tengo derecho, al menos, a llevar una varita en el bolsillo de mi pantalón. No tendré derecho a usarla, pero creo que con esa edad soy lo suficientemente responsable como para saber cuando debo y no debo hacerlo.

–¡Pues hasta el momento no has sido muy responsable, Matt! –alzó la voz su madre porque los dos muchachos acababan de cruzar el umbral de la puerta. Cerró el puño sobre la varita de su sobrino, que emitió un puñado de chispas verdes–. Dichosos críos. Cuando venga Remus le buscaremos un castigo ejemplar. –Y mirando en torno de ella, hacia las paredes–: Hombre, ocurrentes son. ¿Quién iba a descubrir esas cosas sino ellos? –riendo ahora–. Vaya par de granujas que están hechos. –Y, al salir, rozando una de las paredes de la amplia y oscura habitación como con afecto–: Ea, pues una cualidad más que tiene este sótano de las maravillas. Estoy por patentarlo.

Entre tanto, los chicos hablaban de camino a los dormitorios, por las escaleras.

–Eres muy previsible –abrió el fuego el mayor–, un maleficio incendiador... –Reía.

–Y a ti ya te vale –le rebatió enseguida el otro–, que me podrías haber avisado al menos que tu mono de feria era potencialmente inflamable. –Resoplando como quien se libra de un peligro o lo ve ahora más cerca–: La cara de tu madre...

–Ya se le pasará... –aseguró convencido.

Una vez en el dormitorio de Matt, éste le entregó a su primo algunas prendas viejas que creyó le quedarían bien. Su primo las observó minuciosamente durante unos segundos y, después de criticarlas, cosa que el mayor sabía no había de faltar, decidió ponérselas. Mientras se daba la vuelta para darle la espalda y organizaba su propia ropa sobre la cama, Matt le pidió a su primo que no se girara.

–¿Qué es, que tienes miedo de que te vea la colita? –le espetó fanfarrón su primo, a lo que Matt, casi volviendo los ojos y poniéndolos en blanco, respondió que no era eso–. Sí, sí es eso –siguió mientras se desnudaba lanzándole a su primo mayor secretas miradas de reojo. Éste se había quitado ya la camiseta y la doblaba sobre la cama. Siguió a continuación con los pantalones agujereados–. Tienes miedo de que te pueda ver la colita –riendo burlón–. Eso es porque tienes un micropene.

–¡No tengo ningún micropene, idiota! –girándose instintivamente para recriminarle el comentario. Al verlo vuelto, exclamó sulfurado–: Pero ¿por qué miras?

–¿Que por qué miro qué?... –habiéndose vuelto–. Tranqui, tranqui, primito. Pero, vamos –siguiendo picando–, que, si no quieres que mire, es porque algo tienes que esconder. Estoy seguro de que yo la tengo más grande que tú.

–¡Que lo vas a tener tú más grande que yo! –rebatió riendo–. ¿Tú lo flipas o qué?

–Hombre –mientras se levantaba el calzoncillo Mark y se miraba por lo alto–, pues para la edad que tengo muy chica no creo que la tenga. Y además, a mí, al contrario que a ti, no me da canguelo enseñarla. Eso es que no tengo nada que esconder.

–Yo no tengo nada que esconder –protestó Matt volviendo a mirarlo de reojo, por si acaso el otro lo miraba–, pero no voy a enseñártelo a ti ni muerto.

–Eso es porque la tienes pequeñísima. Del tamaño de una alubia.

–¡Tú sí que lo tienes pequeño, renacuajo! Que, además, tengo cuatro años más.

–Me apuesto lo que quieras a que yo la tengo más grande que tú veinte veces –se creció bravucón–. Mira, mira si no me crees. –Y, volviéndose totalmente, se bajó los calzoncillos. Matt lo había mirado de reojo para ver solamente si lo había hecho de verdad, pero, medio escandalizado, cogiendo la nueva muda, exclamó–: No seas absurdo. ¿No pensarás que voy a hacer yo lo mismo para comparar? –riendo. Y echando un rápido vistazo otra vez–: No tienes tú fe al creer que lo tienes más grande que yo.

–¡Ea!, pues demuéstralo, que por la boca muere el pez. –Mark se acercó hasta donde su primo a trompicones, pues tenía los calzoncillos a la altura de sus flacuchas rodillas, y, agarrándole la ropa que había de ponerse, se la quitó de las manos. Matt forcejeó unos momentos con él, pero la cruda imagen de su miembro desnudo le hizo reír imprevistamente y el otro aprovechó para darle un fuerte tirón y quitársela–. ¿Es que no tienes huevos o qué? Mucho charlar pero se lo va a creer tu padre. Eres una maricona, tío, un cagado. ¿Es que no tienes huevos o qué, eh?

–Por lo que se ve –apuntó riéndose–, bastantes más que tú.

–No me hace ni mijita de gracia. ¡Te lo estás inventando fijo, petardo!...

–¿Inventando? –Soltó una carcajada–. Pequeñín, lo que no quiero es asustarse. Que te tengas que comer de pronto todas tus palabras y te avergüences de lo ridículo que puede llegar a ser tu... ¡aparatito!

–Eso no te lo crees ni tú. ¡Eres más fantasioso!...

–Luego no digas que no te lo advertí –apuntó finalmente, y dio suavemente con sus calzoncillos en el suelo. Mark, con el ceño fruncido, clavó su mirada sobre la entrepierna del muchacho, que quedó rápidamente cohibido, sonrojado, pero tuvo atino bastante para apuntar aún–: ¿No te lo había dicho o qué? No te preocupes, pequeñín –dándole palmaditas en el hombro–: te crecerá y todas esas cosas. ¡No tienes más que doce años!... Tiempo al tiempo. Aún puede parecer –sin poder aguantar las ganas de reír, mientras lo miraba a él– un pene medianamente decente.

Mark no apuntó nada. Tan sólo, irritado, empujó fuerte a su primo hasta tumbarlo sobre la cama y, seguidamente, tiró bruscamente de sus calzoncillos hasta extraerlos por completo de sus piernas, dejándolo totalmente desnudo. Matt se puso en pie de un salto, más que furioso, y corrió tras él para recuperarlos, pues el pequeño, aun con los calzoncillos a la altura de las rodillas, corriendo ridículamente, iba saltarín de un lado a otro con el brazo en alto y la ropa interior azul de su primo como bandera. De nada servía que Matt le pidiera a voces que se los diera: Mark hacía caso omiso.

Se detuvieron bruscamente, manteniendo aún las poses de carrera, como si la fuesen a relanzar en cualquier momento, cuando la puerta de la habitación se abrió sin más. Los ojos de los dos chicos se abrieron como platos. En un principio pensaron que era Helen, pero quien había bajo el umbral de la puerta no era otro que el pequeño Alby, con un dedo pulgar dentro de la boca y la otra mano sosteniendo aún el picaporte.

–¡Largo de aquí, enano! –le gritó Matt azuzándole con los brazos–. ¡Fuera, vete!

Alby los miraba muy fijamente, sin sonreír ni decir nada. Fueron unos segundos tensos en que los dos chicos, ni por pudor, se cubrieron sus zonas pudendas. Debieron de pensar que con Alby no era ni necesario. Así que el pequeño debió de ver aquello como algo natural, espontáneo: con un movimiento veloz, incluso ágil, descorrió su cremallera, desabrochó su botón, y dio con sus pantalones en el suelo. Después, lentamente, cerró la puerta otra vez, caminando a pasitos cortos porque el pantalón le estorbaba. Dejó a Matt y a Mark nuevamente solos, mirándose el uno al otro boquiabiertos. Seguro que, de haberse encontrado en otra situación, hubieran estallado en risas, porque, instantes después, un grito se dejó escuchar y la voz de Nathalie rumiando:

–¡Mamá! ¡Alby me está apuntando con su pito! –Y más bajito–: ¿No me irás a hacer pis encima, verdad, cochino?

Pero la guerra entre los dos chicos no había acabado como para relajarse con el solaz de la risa. Como autómatas programados, a un mismo tiempo, reanudaron la carrera, el uno sujetando los calzoncillos del otro y aquél reclamándolos. Sólo cuando Mark saltó por encima de la cama de su primo para alcanzar más rápidamente el otro lado, Matt recordó que había dejado su varita junto a su ropa y la tomó. Mark se paró en seco al ver que ya no era perseguido. Pero lo que se le detuvo en verdad fue el corazón cuando advirtió que su primo le apuntaba directamente hacia sus zonas íntimas.

–¡Dame los calzoncillos de una vez por todas!... Joder.

–¿Es que piensas utilizar la magia contra mí o qué? –le preguntó en respuesta a su orden–. ¿Qué hay de lo que le has dicho a tu madre? –Parecía bastante preocupado.

–Me da igual lo que le dijera a mi madre –respondió irritado–. He dicho que me des los calzoncillos y punto. Ya te dije que, si hago cualquier conjuro, nadie se va a enterar, conque juego con ventaja. Dame los calzoncillos ya. –Mark no hizo ningún movimiento. Sólo apretó las facciones como si esperase que su primo fuese a descargar cualquier maleficio sobre él–. Tú lo has querido.

Y así fue. O, por lo menos, eso pareció en un principio. En realidad Matt sólo estaba empleando un conjuro convocador para apoderarse de los calzoncillos de su primo. Pero éste, con los ojos cerrados, sólo sintió la poderosa presión de su propia prenda en las rodillas, con lo que emitió un terrible chillido; un chillido que debió de escucharse a lo largo y ancho de toda la casa. Cuando las costuras del calzoncillo del menor cedieron, rompiéndose, éste salió disparado hacia Matt, y el otro, abriendo los ojos, se percató al fin de lo que había ocurrido. Antes de que la prenda de su primo acabara en sus manos, Matt dio con su varita un latigazo y los calzoncillos volaron a través de la ventana. Instantes más tarde descubrirían que, en el jardín, caerían exactamente sobre la cabeza del despistado señor Nicked, que se quedó mirando el cielo como impresionado.

–Pero ¿qué has hecho, gilipollas? –le espetó Mark.

Y, ni corto ni perezoso, aquél hizo del calzoncillo de su primo un liote como con forma de pelota y también lo lanzó por la ventana, con tal acierto que fue a dar contra los morros del señor Nicked, quien a punto estuvo de caer al suelo. Lo desplegó hasta descubrir que era un segundo calzoncillo. Corriendo con él en la mano llegó hasta donde su mujer estaba, con el primero todavía encima de la cabeza, ocultando media calva.

–Palomita –gritó–. ¿Las carrozas qué, están pasando por alguna calle aquí cerca o qué? –Claro está, la mujer, poniendo caras, le preguntó enseguida por aquéllas–. ¿No es hoy el día del orgullo gay? –preguntó más que convencido.

–Pero qué tonto que eres –decía entre tanto arriba Matt a su primo–. ¿Qué te crees, que no tengo más ropa interior aquí arriba? Por si no te has dado cuenta, éste es mi cuarto –dijo sin apartar de su miembro su varita.

Mark debió caer en la cuenta de que estaba ya en absoluta desventaja, porque apuntó enseguida:

–Vale, vale. Tú ganas. La tienes más grande, más gorda que yo y todo lo que tú quieras. –Matt puso los ojos en blanco al apreciar las expresiones de su primo, que en un principio le parecieron tan vulgares–. Dejémoslo ya. Vistámonos y punto.

A Matt le pareció una buena resolución, porque dejó su varita sobre su mesilla de noche y se acercó a su primo, próximo éste al armario, para coger más mudas. Bruscos pasos subiendo la escalera, cerca de la puerta, los alertaron. Una mano llamó a la puerta, pero Alby debió de haberla cerrado con apenas fuerza porque, con el sólo golpear de los nudillos, se abrió. Matt, a punto de soltar un grito de aprehensión, empujó a su primo dentro del armario al tiempo que se metía él también. Aunque su propiedad mágica era algo diferente que la de su padre, también supo extender el brazo y uno de los cojines de encima de la cama voló hasta él, usándolo para cubrirse sus vergüenzas. Antes de que el inoportuno visitante entrara dentro, él tuvo tiempo de cerrar las puertas del armario.

–Habría jurado que estaban aquí dentro –era la voz de Helen–, cambiándose.

–Y el grito venía de esta planta –apuntó una voz que, indudablemente, pertenecía a Ángela, con lo que Mark a punto estuvo de soltar un grito, suerte que Matt le tapó la boca a tiempo. Revolviéndose el menor de los muchachos, obligó al otro a que compartiera el cojín para cubrirse.

–¿Es eso una erección lo que estás teniendo? –masculló Matt por lo bajo al observar el miembro de su primo aumentar peligrosamente de tamaño.

–Chist, calla –lo reprendió el otro–. Es que –abochornado– nunca había estado en una situación tan comprometida. Es por todo, la tensión. Ya me entiendes. –Matt le dedicó una mirada extraña, con una ceja en alto mientras que la otra no, como si realmente no lo entendiera–. Pero trae para acá el cojín para que me pueda tapar, jolines.

–Chist, chist, chist. ¡Calla! Que nos van a escuchar. Y deja de moverte, mierda, que nos van a pillar. Estamos en un armario, maldición: coge cualquier cosa para cubrirte, el cojín lo he pillado yo. Coge unos calcetines de ahí al lado o qué sé yo.

–Sí, claro. ¡Te he pedido algo con que taparme, no un preservativo!

Las voces fuera habían cesado. Matt pensó que se habían ido, pero no estaba seguro.

–¡Déjame el cojín! –forcejeando Mark con los dientes apretados.

Repentinamente se hizo la luz, las dos puertas del armario se abrieron de par en par en un instante y las figuras, recortadas por la inmensa luz que en el armario faltaba, de Helen y Ángela, con los brazos en jarras, aparecieron frente a ellos. Entonces Matt y Mark se pegaron el uno al otro más que nunca, y aquel pequeño cojín que no pensaban compartir en un principio fue su única salvación. Las tensas poses de las dos mujeres se relajaron al observar el panorama, sus brazos cayeron, se miraron pasmadas, y sus ojos terminaron descendiendo hasta quedar clavadas en el cojín con una quaffle bordada en medio. Los chicos estuvieron tentados de vociferar que se largaran, pero lo más que salió por su boca fueron sonidos inarticulables. Mark se encogió, de lo cual sólo Matt, a su lado, se dio cuenta, como si la turgencia en su entrepierna hubiese aumentado considerablemente. El mayor hubiera deseado haberse podido distanciar de él, pero el hecho de tener que compartir cojín convertía la idea en un imposible. De ese modo, cabizbajo, el muchacho aguantó estoicamente, doblemente avergonzado.

–¿Se puede... saber... qué... ¡demonios!... estáis haciendo... vosotros dos... como ¡nosotras dos! –señalándose a ambas– os trajimos al mundo? –preguntó Helen.

–Esto... Esto... La verdad... –comenzó a mascullar Matt.

–¡Fue idea de Matt! –gritó Mark aparatosamente, tanto que el cojín a punto estuvo de caer por tierra–. Yo no sé si me quería violar o qué. Hasta los calzoncillos me los ha tirado por la ventana –explicó señalándola.

–¡Pero serás cabrito! –le espetó el otro, defendiéndose–. ¿Cómo puedes decir que la idea ha sido mía? Ha sido ¡tu! idea, no la mía, la que nos ha llevado a esta estúpida e incómoda situación. Eras tú el que querías que nos comparásemos los penes.

–¿Compararse los penes? –repitió Helen escandalizada mientras Ángela reía como una bobalicona–. ¿Compararos los penes habéis dicho? Pero, pero, pero ¿qué idea más tonta es ésa? –«Además de tonta es una idea morbosa», le susurró al oído su tía, que parecía bastante divertida por lo imprevisto de la escena–. Primero lo de hacer magia a escondidas y ahora esto. Mark, sin ofender, pero estas ideas suelen ser marca registrada tuya casi, con lo que, Matt –el chico estaba a punto de asentirle a su madre agradecido hasta que dijo aquello–, también sin ofender, y sin... ambigüedades, te la han colado.

–Es curioso esto –intervino Ángela sin poder sofocar la risa floja de que era víctima–, pero eran los dos últimos hombres desarrollados del clan Lupin (Alby no cuenta), bueno, aparte de Benjamin –hizo una breve pausa en la que pareció despistarse, como si su mente se diluyera intuyendo los músculos y las formas masculinas del atractivo fotógrafo–, a los que no había visto desnudos. Bueno, ¿y qué tal han ido esas comparaciones? –preguntó dedicándole una intensa mirada al cojín de la quaffle.

Mark y Matt le reprocharon a un mismo tiempo la pregunta, gritando el uno «¡Mamá!» y el otro, «¡Tía!» Helen no se quedó atrás, que también dijo:

–¡Ángela! –recriminatoriamente–. No creo que sea momento para indagaciones.

–¿Indagaciones? –repitió atónita–. ¡Sólo he hecho una pregunta inocente! Son ellos los que están en pelota picada dentro de un armario oscuro. A ver, la curiosidad no mata. Sólo quería saber si, con el cacharro colgante que tiene su padre, el Matt también nos ha salido bien cargado de munición. –El muchacho no pudo menos que terminar sonrojándose hasta más no poder–. Y, hablando de cacharros, ahora sí que me han entrado ganas de aceptar ese chupito de aguardiente. A ver, sobrina mía, es que eres una seca. A tu madre estás saliendo después de todo, qué disgusto. Los hemos encontrado desnudos midiéndose los pitillos: ¿qué vamos a hacer, colgarlos del pellejo del pirindolo? Ay, qué cosas, hija mía. Si esto es natural como la vida misma: leí no sé dónde que los chicos suelen tener sus primeras experiencias sexuales entre ellos, con sus primos. ¿No es morboso imaginárselos midiéndose los bajos? –Helen, boquiabierta, enarcó una ceja lenta, muy lentamente, como si su concepto de morboso, erótico, distase mucho de imaginarse a su propio hijo comparándose el pene con su sobrino–. Mira a tu hijo, a Matt, qué gracioso –señalando el cojín, con lo que éste se puso terriblemente nervioso–, con pelusilla de la negra ya debajo del ombligo. ¡Un hombre, todo un hombre está hecho ya!

–¡Mamá! –exclamó el mayor solicitando su ayuda.

–Sí..., sí..., Ángela..., lo que tú digas –participó Helen, casi sin voz–. Lo mejor creo que va a ser que nos vayamos para abajo, para la cocina, nos tomemos esos chupitos, uno muy cargado para ti, y los dejemos terminándose de vestir. O empezando. O midiéndose los pitos o lo que quieran. Vistiéndose mejor. ¿De acuerdo? –mirando a los dos chicos, tratando de que su vista no cayera hacia donde el cojín. Sonrió tensa–. Después estaremos todos muchos más tranquilos –lo decía fundamentalmente por los arrebatos inesperados de su tía– para hablar esto con calma.

Cuando estaban a punto de salir por la puerta y Matt comenzaba a respirar relativamente tranquilo, el señor Nicked, como desorientado, apareció por la puerta. En la mano llevaba los dos pares de calzoncillos, los cuales se quedaron mirando las mujeres como si los reconocieran en el acto. La gracia estuvo en Ángela, que al ver el calzoncillo de su hijo en manos de su chiflado cuñado no pudo menos que reír.

–Hija mía –dirigiéndose a Helen–, dice tu madre que estos calzoncillos tienen que ser de tu hijo. Que es que no os lo vais a creer, pero es que me han llovido del cielo. Éste está roto, pero no he sido yo –señalando el de Mark, un slip aderezado con varitas. Enseguida se percató de que los dos muchachos estaban dentro del armario, como una Virgen de Lourdes asomando desde el risco de rocas, completamente desnudos–. Oh –exclamó llevándose una mano a la boca, totalmente asombrado–. ¡Vuestros hijos!... ¿Los habéis visto? Serán... –poniendo expresión de enfado–. ¡Han sido vuestros hijos! Primero me tiran los calzoncillos y después se esconden en el armario para que no los encuentre.

–Menudo detective estás hecho, papá –habló Helen poniendo los ojos casi en blanco.

–Matthew, que no te enteras –dijo Ángela propinándole un fuerte pero divertido palmotazo en la espalda–. Que lo que estaban haciendo los muchachos era medirse las colitas.

–¿Quién estaba haciendo qué? –interrogó Nathalie, que acababa de llegar atraída por el tumulto. El señor Nicked parecía digerirlo lentamente, porque al rato exclamó:

–¡So pedazo de tremebundos cochinos! –fuera de sí–. ¿Cómo recurrís a encerraros en un armario para mediros los churrillos que cuelgan? Y ya os vale, que me podrías haber llamado, que, si os habéis apostado dinero, fijo me lo llevaba yo, que aquí abajo tengo colgando unas cosas tan grandes que valen su peso en oro.

–¡Mamá! –protestaba Matt casi al punto del llanto–. Llévatelos de aquí. Llévate a Nathalie. Idos todos, esto no es un circo. ¡En maldita hora te hice caso! –a Mark.

–Sí, eso es cierto –intervino muy serio el señor Nicked, el dedo índice en alto, como imponiendo la potestad que por edad le debía corresponder–. Esto es una reunión de caballeros. ¿Qué hace aquí tanta dama? Fuera, fuera. Largo. Y, vosotros dos, fuera ese cojín, que entre hombres no debería haber vergüenzas. ¿Qué tengo que hacer, tirar mis calzoncillos por la ventana? ¿Es una especie de rito de iniciación o qué?

Suerte que Helen lo tomó del brazo y tiró de él hacia fuera, porque el muggle estaba en un tris de dar con sus pantalones en el suelo. Entre tanto, Nathalie hablaba con Ángela:

–¿Queréis decir que se estaban midiendo los pitos? –poniendo expresión de repugnancia–. Qué asco, qué par de guarros.

–Huy, hija –le respondió su tía–, ahora te parecerá grosero, pero dentro de unos años... Ya me dirás dentro de unos años.

Mientras las voces de Matt se sucedían exigiéndole a su madre que sacase a toda aquella gente de su cuarto, en el momento en que más avergonzado se sentía de toda su vida, Helen lo hizo tan pronto y eficazmente como pudo, no sin dejar de sentir cierto resquemor por la absurda situación. Pero fue cuando entraron, atraídos por el bullicio, la señora Nicked y Sorensen cuando el muchacho ya no pudo soportarlo más. Sin emplear las manos, porque las tenías ocupadas agarrando el cojín, y sin necesidad de varita, que estaba sobre la mesilla, Matt hizo que las puertas del armario se cerrasen estrepitosamente; tanto que Mark gritó de puro miedo, por no esperarlo.

–¡Creía haber dicho nada de magia, jovencito! –gritó la adivina fuera de sí.

Desde dentro del armario comenzaron a escucharse ruidos propios de lo que podríamos denominar un desalojo, pero hasta cinco minutos más tarde, cuando ya no quedaba absolutamente nadie desde hacía rato, no se atrevieron a salir por no tentar a la suerte. Entonces se vistieron en silencio, sin apuntar nada ni mirarse siquiera ni una sola vez. Aquel episodio estaba censurado para ambos, aunque el resto de la familia, en especial Ángela y el señor Nicked, se esforzasen sistemáticamente por recordárselo. Pero antes de abandonar definitivamente su habitación, escucharon que Ángela se había acercado a su sobrina y le había hablado:

–Oh, no te sulfures, Helen –había empezado–. Tiene ya casi diecisiete años y da gracias a que en esta situación sólo haya dado un portazo, que de haberme visto yo en su lugar lo último que tiraba era la lencería por la ventana, que todos vosotros ibais delante. Y lo otro, lo del sótano, son cosas de niños. –Su voz se escuchaba cada vez menos nítida, como si se alejaran–. ¡Es que tú has tenido una infancia muy light! Vamos, que yo, teniendo un sótano así, lo iba a dejar pasar. ¡Ja! La de veces que hubiera maldecido a mi madre. –Y se marchó riendo.

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–Lo que hay que hacer es aumentar, y notablemente, la seguridad –comentó uno.

–¡Pues claro que había que aumentar la seguridad! –dijo rudamente un mago rollizo varios asientos más allá, levantando una mano como con indiferencia, volviendo el rostro con acritud como si aquello le pareciera terriblemente obvio–. Lo que hay que hacer es encontrar a ese Waterclo... –«Wathelpun», lo corrigió tranquilamente Remus, que presidía la mesa–. Bueno, Wathelpun o como diablos sea, y meterle un puro de ésos de cágate y no te menees.

Lupin volvió los ojos hasta casi ponerlos en blanco. Aquello era el Comité Evaluador de Daños, que se estaba celebrando en la sala de reuniones del Gabinete de Sabios mientras Matt y Mark, en casa, evaluaban sus propias competencias. La alargada mesa de dicha sala era insuficiente para albergar al elevado número de aurores, especialistas en seguridad relativa al Ministerio, testigos y demás personas que el propio Remus había convocado a la reunión, con lo que muchos permanecían de pie, hacinados contra las paredes. Uno de ellos era Harry, canciller de la Guardia Personal del ministro, muy tenso apoyado detrás en el respaldo de la alta silla de aquél. Y sus dos secretarias estaban cada una a un lado: Ann, a su izquierda, tomando a sucio apuntes de cuanto se hablaba y Alessandra, a su derecha, mirando a todos con tensión mal disimulada y con un brazo en cabestrillo. Pero aquélla no era la clase de comité que Remus había imaginado, razón de su desesperación: se llevó una mano a la frente y con ella sostuvo el peso de la cabeza, el codo apoyado en uno de los brazos del sillón, y Harry, en viéndolo en aquella actitud derrotada, le preguntó si estaba bien. Remus asintió sonriendo a medias. A continuación, se puso en pie con los brazos medio extendidos en alto reclamando silencio y atención, consiguiendo enseguida ambas cosas.

–Ya basta, caballeros. Ya basta. –Todo el mundo se lo quedó mirando extrañado, aunque no había motivos puesto que no había ni elevado el tono ni su voz había sonado autoritaria o engreída–. Por desgracia, todos somos conscientes a estas alturas de que el Ministerio necesita reforzar su seguridad. Si sobra tiempo, trataremos ese punto ahora después. Pero el Comité Evaluador de Daños no se ha organizado sólo para eso. He aquí –extendiendo el brazo y señalando a muchos de los hombres y mujeres en pie– a buena parte del Cuartel General de Aurores, con el que deseo que todos nosotros colaboremos. Hace tres días, el Ministerio de Magia sufrió uno de los peores ataques que se recuerdan en su historia, y os encontráis aquí los principales testigos, algunos distinguidos personajes que nos podéis ofrecer respuestas y expertos en Seguridad Mágica y en Terrorismo Tenebroso. –Bajando el tono de voz–: Es una cuestión de seguridad de Estado. Hay que averiguar quién era el enmascarado y dar con él, apresarlo.

–Era Wathelpun –intervino el encargado de seguridad del Atrio, Eric, que aún tenía el rostro todo amoratado–, señor, Tim Wathelpun.

–Ése no era su verdadero nombre –repuso el licántropo tranquilamente–. Lo que quiero saber es todo lo relacionado con él, cuanto dijo, cuanto hizo, desde que llegó hasta que se largó. –Remus sentía envidia de muchos de los presentes, pues ellos ya habían tenido la oportunidad de enfrentarse a aquel despiadado hechicero, algo con lo que él llevaba soñando desde hacía años–. Y también, claro está, cómo consiguió hacerse con la varita de lord Voldemort. –Aquélla era otra duda que pesaba sobre el espíritu de nuestro protagonista. Lentamente, volvió a posar sus posaderas sobre el asiento y, sólo entonces, señalando a Eric, el que acababa de hablar interrumpiéndolo, le dijo–: Tengo entendido que tú fuiste el primero que tuvo ocasión de hablar con él.

–Así es –habló–. Apareció en la cabina roja, solo de momento. Fingía cojear, con lo que no lo tomé por una gran amenaza, pero sí que me extrañó que llevara puesta una máscara blanca que le tapara toda la cara. Me dijo que sufría una enfermedad mágica degenerativa, provocada por una maldición en mal estado que le estalló en la cara, y que por eso ocultaba sus malformaciones.

–¡Eres idiota, Eric! –estalló el mismo hombre rollizo de antes–. Y seguro que tú te lo creíste –apuntó de mal humor, sonriendo con picardía y sarcasmo.

–Pues ¡claro que lo creí! No tenía... ¡motivos! para dudar de él, de su palabra.

–Sí tenías, por las barbas de Merlín –exclamó una mujer cerca del vigilante–. Un motivo como una máscara blanca de grande.

–¡Por los gayumbos de Merlín!... Vosotros no hablasteis con él, hablé yo. En mi lugar, sabe Rowling lo que hubierais hecho el resto. –El mago rollizo bufó, como si tuviera claro que habría hecho cualquier cosa distinta a él–. ¡Su voz!... –mirando a Remus–. ¡Era su voz! Sonaba tan joven, tan dulce, que me inspiró confianza. Me aseguró que no escondía nada y que no iba a ofrecer resistencia para que inspeccionara su varita. ¡Llegó a entregármela incluso!

–¿Cómo era? Su varita, ¿cómo era? –preguntó Remus nervioso.

–No... No sé. –Eric vaciló–. No soy ningún experto en varitas. Ni siquiera sé de qué árbol era su madera. No pude ni colocarla sobre el lector de varitas. En ese momento aparecieron los otros, sus compinches, que parecían abejorros, apareciéndose aquí y allá. Entonces el muchacho, con la palma abierta, me propinó un golpe en toda la cara. –Se señaló las marcas del rostro, como prueba indudable–. Me llegó a romper la nariz. Y supongo que después me quitaría la varita y saldría corriendo, no sé.

–¿Cuántos eran sus cómplices? –preguntó un mago alto que había pasado desapercibido hasta ese momento.

–En aquel momento no se sabía –explicó Harry, quien también había tenido la oportunidad de lidiar en el enfrentamiento–: lo mismo podrían haber sido diez que ochenta, tan rápido se movían. Pero ahora, después de analizar las distintas voces de la cabina de teléfonos muggle, sabemos que fueron cinco.

–¡Cinco! –exclamaron más que atónitos el hombre que había formulado la pregunta, Remus y aun otro muchos. Continuó Remus sin abandonar el rostro de circunspección y sorpresa–: Cinco... ¿Cómo pueden sólo cinco personas, y Wathelpun, dejar K.O. a medio Ministerio y llegar incluso hasta entrar en mi despacho?

–Suponemos que es ahí donde juega un papel fundamental la varita de Aquél–Que–A–Pesar–De–Haber–Muerto–No–Debe–Ser–Nombrado –sugirió alguien.

–Pero eso no es lo peor de todo, señor ministro –intervino tranquilamente una bruja con aspecto relajado–. Como bien ha señalado el señor Potter, se desplazaban tan rápidamente que, en un principio, lo mismo podrían haber pasado por diez que por ochenta. Tan pronto como bajaron por la cabina telefónica, su modus operandi fue aparecerse y desaparecerse aquí y allá, sin permanecer más que unas décimas de segundo en un punto concreto. Ésa es la razón por la que los aurores no pudieron reducirlos, a pesar de que fuesen cinco, ¡seis!, y de que, aun siendo tan pocos, causasen tantos destrozos.

–¿Y qué tiene eso de particular, señora Roberts? –le espetó Remus–. Cualquiera en el lugar de esos canallas habría hecho otro tanto.

–Sí, señor, no me cabe duda –prosiguió–. Pero no me refería a eso, tan sólo le estaba introduciendo. Lo realmente sorprendente, y una de las pocas bazas sobre las que estamos trabajando en la actualidad en el Cuartel General de Aurores, es que algunos de ellos parecían no saber ni desaparecerse. –Remus abrió lentamente los ojos, con sorpresa–. Un par de ellos, según los testigos oculares, no se desapareció ni apareció en ningún momento; se dejaban arrastrar por dos de sus compañeros enmascarados, agarrados a sus antebrazos.

–¿Qué está tratando de sugerir, señora Roberts? –inquirió Remus lentamente.

–Que, o bien era parte de su plan que sólo se encargasen de lanzar maleficios, o bien, señor ministro, como ha apuntado Eric, eran jóvenes, tan jóvenes que algunos no tenían la experiencia suficiente aún ni para desaparecerse. –Remus, al igual que otros muchos que no se dejaron de sorprender por aquellos nuevos e inesperados comentarios, exclamó en voz baja una larga retahíla de sentencias–. Estamos trabajando sobre la hipótesis de que algunos de los atacantes pudieran ser menores de edad. –El mago rollizo que hacía unos instantes la había tomado con Eric, la emprendía ahora bufando contra el discurso de la señora Roberts, la cual lo miró un segundo fríamente, impertérrita–. Hemos transmitido parte de la información no sólo a la Maginterpol, sino a la mayoría de los ministerios de Magia de Europa, esperando que algún Departamento contra el Uso Indebido de la Magia haya podido detectar el empleo de la misma por menores compatriotas suyos en nuestro territorio. Claro está, el hecho de que no supiesen desaparecerse no es óbice para que sí empleen el resto de magia en condiciones, lo cual sería un grave impedimento para continuar por esa línea de investigación. Pero aun así tenemos fe.

–Entonces, señora Roberts –apuntó una bruja cercana a ella–, ¿está apuntando la más que probable seguridad de que los atacantes no sean británicos?

–Eso es algo que no podemos descartar –respondió rápidamente Remus en lugar de ella–. Pero estoy de acuerdo en que abordemos el problema desde todos los puntos de vista posibles. Cualquiera puede llevarnos hasta la solución. Cinco más Wathelpun, quizá menores de edad –resoplando con la mirada perdida, como si aquello superase cualquier expectativa, por fantástica y terrible que tuviera, a cuantas había tenido. Si habían conseguido lograr todo aquel desastre en aquellas circunstancias, Remus temía lo que podían llegar a ser capaces con más edad, más experiencia y quizá un grupo más numeroso de adeptos que los secundaran–. El Ministerio parece bajo en defensas. Pero hay cosas que no puedo ni llegar a entender. –Se introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y extrajo la chapa que había encontrado en el escritorio de su despacho con el nombre de Tim Wathelpun. Después la hizo rodar a lo largo de la extensa mesa de roble hasta que casi alcanzó el centro, desde donde muchos podían contemplarla–. Esto estaba en mi despacho justamente después del ataque. «Tim Wathelpun». Misión: «conquistar el Ministerio de Magia» –recitó de memoria el contenido de aquella chapa para quienes no alcanzasen a verla desde donde estaban–. Ésa fue la chapa que se le expidió a Tim Wathelpun en la cabina de teléfonos muggle que da acceso a este Ministerio. ¿Qué seguridad estamos exigiendo –preguntó retóricamente dejando que su tono sonase mínimamente exaltado– si, cuando ha reconocido que venía a asaltarnos, la cabina de la entrada lo más que ha hecho ha sido despedirle esa chapita y abrirle el paso?

–En teoría, la cabina podría haberlo detenido siempre que... –intervino uno.

–¡Pero no es "en teoría" lo que realmente importa, señor McFly, sino la práctica! –exclamó Remus, ligeramente emocionado. Enseguida, reponiéndose–: Perdonad. A ver, Wathelpun no se ha hecho con el control del Ministerio porque no le ha dado la real gana. Pero no cabe la menor duda de que podría haberlo hecho de haber querido. Os he interrogado a muchos de vosotros, a Alessandra, mi secretaria –señalándola a su lado–, que fue la última persona que se enfrentó a él, y de todos vuestros comentarios he sacado una conclusión: que sería uno, pero terriblemente poderoso. Y el Ministerio, bajo ningún concepto, debería irle a la zaga.

–Yo jamás he visto cosa igual –intervino Alessandra, su subsecretaria, a pesar de que no le hubiese sido concedida la palabra–. Nunca he sido muy buena en los duelos, pero, claro, lo vi allí, frente a mí, con aquellas cinco hilarantes hienas detrás de él y supe que tenía que hacerle frente. ¡Estaba como un flan!, si había llegado hasta allí era porque había derribado a todos los demás. Pero ¿qué otra cosa iba a hacer? Levanté mi varita, pero el que les daba las órdenes, tomándose aquello como una especie de juego divertido, mandó a uno de sus subalternos a hacerme frente. Era un patán, lo derribé a la primera oportunidad. Y así hice con otro, tanto que llegué a crecerme un poco y todo. Wathelpun no hacía otra cosa que ladear la cabeza, poner los ojos en blanco y chasquear la lengua, mirando con divertido desagrado a sus matones por tierra. Les dirigía miradas y sonrisitas cómplices a los otros, que pensaba que también me los iba a azuzar a mí. Pero el tercero en enfrentarse conmigo fue él. Y entonces no tuve nada que hacer. Me sacudió como una simple bolsa de patatas, de un lado a otro, hasta que caí desarmada. Entonces los otros tres se lanzaron sobre mí propinándome puntapiés y puñadas hasta que perdí el conocimiento. Pero, antes, pude ver cómo la puerta blindada que impedía el acceso al despacho de Lupin cedía. ¡No lo podía creer!... Lo cierto es que tardó un rato hasta que consiguió destrozarla, pero no creía que nadie pudiera hacerlo. De su varita salían dos chorros de luz increíbles que se fusionaban, nunca he visto cosa igual. Y, después, volviéndose hacia donde yo estaba, escandalizado, preguntó si aquél era modo de comportarse con alguien que ya había sido reducido y que además era una señorita.

–Encuentro hasta comprensible, ¡razonable!, lo que te hizo –intervino un auror de pelo castaño que no miraba a nadie al hablar–, el modo tan veloz y sorprendentemente eficaz en que lo hizo, quiero decir, después de todo lo que yo vi: mis compañeros volando por encima de mis cabezas y todo eso. ¡Parecía invulnerable!...

–Era invulnerable –apuntó alguien–. Debía de serlo.

–Pero... –volvió a hablar Alessandra como ida, sin apenas prestar atención en nadie o siquiera en lo que decía, como si sus palabras cayeran de su boca libremente–. Sentí algo raro cuando se dirigió hacia mí, ¡no al atacarme!, sino cuando pidió a sus matones que me dejaran en paz. ¡Sé que os va a sonar a paja mental!, pero... es que era como si un galán defendiera a una dama. Era su voz, era su actitud... Si no hubiera sido él el que me hubiera tirado por tierra, ahora tendría la idea de que es un ser más que súper agradable. Como si debajo de la máscara hubiera alguien realmente humano.

–Eso no quita todos los destrozos que ha hecho –apuntó otro–. ¡Es un salvaje!

–Hay constancia de que Wathelpun –comenzó a hablar pausadamente la señora Roberts– tan sólo es autor de los principales destrozos materiales. Buena parte de las mutilaciones o daños individuales menores que se han sufrido los han causado sus secuaces o han sido consecuencia de caídas de muros o similar.

–¿Y eso lo convierte en inocente? –estalló a su lado un mago enfurecido.

–En inocente no, señor Gates –replicó tranquilamente–. Pero, a la hora de colgarle a un individuo el sambenito de verdugo, deberíamos ser cautos y analizar por qué crímenes se le atribuye.

–Presupongo –continuó hablando el hombre a su lado– que no ando desencaminado al suponer, señora Roberts, que usted estaba confortablemente mecanografiando en su despacho cuando se desencadenó el ataque, que no fue usted la que salió volando por los aires, gracias a Rowling entera, pero volando. Menos dos, todos mis hombres han tenido que pasar por el hospital, magullados, inconscientes, con traumatismos leves, pero ¡todos! El intento de ocupación de un Ministerio de Magia debería de ser, señora Roberts, el mayor y peor crimen, para el que no existiesen excusas de conmiseraciones baratas. La varita de ese hombre provocaba más estragos que los que trae aparejada cualquier maldición.

–De ahí que muchos nos decantemos por suponer que no era su propia varita, sino la de Aquél–Que–Aún–No–Debe–Ser–Nombrado, la que blandía –apuntó una aurora cualquiera–. Soy sobrina de Ollivander, el fabricante de varitas, así que creo saber lo que me digo. En muchas ocasiones, demasiadas, me ha explicado ya que las varitas abandonadas poseen poderes, capacidades, que desconocemos, y me ha repetido que a la de Aquél–Que–Aún–No–Debe–Ser–Nombrado se le debería echar más vistazos de los que en verdad se le echan.

Precisamente en aquel instante, cuando se le había hecho mención, como si el mundo estuviese plagado de casualidades que difícilmente podían explicarse con el mero uso del raciocinio, el fabricante de varitas hizo acto de aparición en la sala de reuniones del Gabinete de Sabios con rostro circunspecto y expresión de pocos amigos. Anduvo varios metros hasta que el borde de la mesa le impidió continuar más allá, quedando frente por frente de Remus, que lo miraba directamente a los ojos grises. Había sido él, el ministro, quien lo había invitado a comparecer a la reunión para resolver cuantas dudas pudiesen surgir con respecto a la desaparición de la varita, que en mala hora, pensaba ahora el licántropo, había deseado conservar. El anciano mago extrajo un dorado reloj de bolsillo de su faltriquera y, tras examinarlo con una mirada gélida, apuntó escuetamente:

–Disculpen la tardanza. –Y poco después–: Asuntos de los que no me he podido librar hasta hace unos minutos me han retenido. –Y su mirada tornó a Remus, que dijo:

–Señor Ollivander. Creo que conoce la gravísima naturaleza de los acontecimientos por los que se ha hecho más que necesaria su presencia aquí.

–Oh, sí, una leve sospecha tengo –apuntó con tono agrio–. Al parecer mis sospechas se han hecho ciertas: esa infernal varita ha sido robada. Pero, claro, nadie me hizo caso cuando todavía podía hacerse algo. Señor Lupin, su obstinación en conservar esa... ¡guadaña de Satán!... ¡Deberíamos haberla destruido cuando tuvimos ocasión!

–La varita de lord Voldemort había sido protegida mágicamente excelentemente.

–¿Oh, sí?, a la vista de todos. Se debe encontrar inmediatamente a Tim Wathelpun para arrebatarle su nueva varita y destruirla para siempre. Sabe Rowling en qué manos más horribles que las anteriores estará ahora.

–Eso es imposible –habló Eric, el guardia de seguridad del Atrio, y todas las miradas se dirigieron rápidas hacia él–. La varita fue destruida.

–¿Qué has dicho? –le espetó Remus echándose hacia adelante en su asiento.

–Eso mismo –explicó lacónicamente–, que la varita del Lord Cadáver ese es historia. Arrivederci! Bon voyage! ¡Pum! A ver, no me tiré todo el rato inconsciente. Cuando desperté, Wathelpun estaba abriendo la caja de cristal de la Fuente de Albus Dumbledore, fijaos en mi sorpresa, e hizo algo, no sé qué, con la varita. Fue en un visto y no visto, la verdad. Después arrojó la varita de Lord Cadáver al aire y, con la suya, la hizo estallar.

–¿Estás seguro de eso? –preguntó Remus. La mirada de Ollivander también era ansiosa.

–Segurísimo.

–Yo también –apuntó uno–. Y yo –le siguió otra–. También yo –aún otro–, sí, la varita estalló, pero creo que antes la abrió o algo raro hizo con ella. La manipuló de algún modo o con algún fin.

Todos miraban ahora al fabricante de varitas, que replicó cabeceando:

–No puedo entender para qué.

–Señor ministro. –Se acercó hasta su posición un mago, vestido con una negra túnica, de aspecto riguroso, a la legua un inefable, que se hubo de abrir paso entre la muchedumbre–. Una cámara de vigilancia registró el robo de la varita –apuntó serio.

Y, a continuación, apuntando con su varita en el centro de la mesa, apareció una imagen cónica, como naciente desde un punto único y concreto de la tabla de madera, pero que se veía en tres dimensiones, permitiendo a todos los asistentes a la reunión ver las imágenes. En ellas, Wathelpun aparecía de espaldas, enlutado, tocado con una medio caída capucha que le otorgaba una expresión siniestra. Parecía alto y ancho de hombros. Tras él aparecía la Fuente de los Hermanos Mágicos, con la efigie de Dumbledore asomándose temible sobre la negra silueta del hechicero, del cual, rápidamente, con gran estrépito e increíbles destellos de luz, surgió un rayo que fue a dar contra la caja de vidrio que sostenía sobre sus brazos. Aquel primer rayo pareció fallar, por lo que Wathelpun se concentró más aún y arrojó un segundo, sosteniendo la varita con ambas manos. Después fue despegando lentamente la izquierda, cuando el sortilegio ya parecía unido a fuego a la caja de cristal, y la fue orientando en el aire hasta dar mayor viveza al conjuro. El punto de inflexión, donde la caja y el rayo maldito parecían una sola cosa, desprendía terribilísimas ondas de viento que hicieron ondear la larga capa del mago. La luz y el calor parecían aumentar mientras el hechizo se recrudecía y conseguía que la caja se alzase sobre los inmóviles brazos del viejo director de Hogwarts. Los ojos de éste, las hermosas piedras azules que brillaban sobre el extenso dorado de su cuerpo, comenzaron a derretirse lentamente, semejando lágrimas que cayeran por su rostro, hasta que en sus ojos sólo quedó el hueco vacío de la muerte y en su rostro, azules surcos brillantes. La caja había llegado ya al fin a las manos del hechicero, que vació el contenido y arrojó inmisericorde la caja al suelo, donde se hizo pedazos.

La sala entera ahora del Gabinete de Sabios pareció inquietarse, deseosa de que Wathelpun se moviera, pues la imagen sólo ofrecía un plano que captaba su espalda. Se intuía por el movimiento repetido de sus brazos que estaba haciendo algo con la varita, pero nadie, ni Ollivander, podía sospechar a ciencia cierta el qué. Finalmente se volvió, se giró repentinamente, tan repentinamente que muchos aun en la asamblea gritaron, y su rostro, sólo su rostro, su blanca máscara de indiferente expresión y sus negros ojos, negrísimos, quedó clavada en la imagen, como paralizada, como aumentada en tamaño, como pillada en aquel instante y detenida para siempre.

–Hasta aquí registró la cámara de vigilancia –explicó el inefable–. En ese preciso instante dejaron de funcionar, se vino abajo el sistema electromagnético que nos proporciona energía, se detuvieron los ascensores... Fuera lo que fuera que hiciese, que lo estamos estudiando, eso sí que es hoy por hoy un absoluto misterio.

–Sí –apuntó tímido otro mago cualquiera–, yo estaba en el Atrio cuando entraron a la fuerza y comenzaron a desaparecerse y a aparecerse repetidamente. Me dio la impresión de que no era tan buen mago hasta que robó la varita. Algo tuvo que hacer. Yo no creo que la varita de Ya–Sabéis–Quien esté destruida, la tiene él.

–Está más que destruida, Paul –apuntó Eric en voz baja.

–Pero ¡no puede ser! –exclamó Remus al fin, que había asistido a aquellos últimos comentarios con la mirada perdida, como inmensamente meditabundo, y revolviéndose el cabello al pasarse una mano en actitud de reflexión–. No puede haberle resultado tan fácil. ¡No podía ser tan fácil! Yo mismo conjuré la varita para que nadie, absolutamente nadie, pudiera robarla, ni siquiera cogerla sin mi permiso. ¡Sólo yo podía tocar la caja de vidrio! Repelía cualquier otra mano y cualquier otro rayo que no fuesen los míos. Y estoy convencido de que no había contramaleficio posible, o lo suficientemente fuerte, para romperlo. Yo mismo lo conjuré, y empleé poderes que no os podéis hacer ni una idea. –Se refería a Ánuldranh, por supuesto, pues, cuando conoció la asombrosa ascendencia de su sangre, empleó aquel poder para mejorar la protección de la varita, cuando todavía se atrevía a emplearlo. Estaba convencido de que, en aquellos dos años, aunque fuese incapaz de recordarlos, no habría levantado aquellos hechizos. De ahí la terrible desolación que aumentaba en su espíritu minuto a minuto.

–Pues debió de encontrar algún modo, Remus –apuntó someramente Ollivander–. Debió de encontrar algún modo de, o bien superar tu hechizo, o bien imitar tu tacto.

–Y, si los ascensores estaban detenidos –habló Remus cuando se hubo recuperado de la sorpresa, o hablando precisamente para conseguir ese objetivo, borrar ciertos pensamientos desmoralizadores de su cabeza–, que buena constancia tengo de ello, ya que yo mismo me quedé encerrado en uno, ¿cómo se entiende que llegara a mi despacho?

–Por los pasadizos secretos –intervino de nuevo la señora Roberts.

–¿Qué? –estalló escandalizado el licántropo y aun otros muchos.

–Tenemos constancia de que emplearon varios para bajar más rápido, y también, después, en el momento de la fuga, para subir sin ser advertidos. No cabe duda de que el ataque había sido muy bien planeado. Sobre todo cuando sabemos que más de un noventa por ciento de nosotros ni siquiera conoce esos pasadizos. Alguno de ellos, si no todos, se conocían el edificio al dedillo.

–Pero ¿cómo ha sido todo eso posible? –llevándose Remus una mano a la frente para reposar la cabeza en actitud de introspectiva meditación. Después de unos segundos–: Muy bien, caballeros –como con energías renovadas–, los que os advertimos de la pronta llegada de este tipejo, Wathelpun, nunca dijimos que esto fuese a ser fácil. Las visiones de mi mujer no se habrían tomado la molestia de ser tantas si este asunto fuese una chorrada. Pero hasta el futuro más negro se puede cambiar, sí... Y este Ministerio no va a repetir los errores del otro día. No cabe duda de que nos enfrentamos a uno de los peores hechiceros de la Historia de la Magia, así que vamos a reunir todas nuestras fuerzas para hacer de este Ministerio un lugar seguro e impenetrable.

Y la reunión se extendió aún por espacio de algunas horas, durante las cuales se discurrió sobre materia de seguridad y defensa. El ministerio debería revestirse de las mejores tácticas y el armamento más sobresaliente para no repetir errores pasados.

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Cuando el licántropo consiguió llegar a casa, lo último que deseaba era verse enfrascado en una nueva reyerta donde él fuese el encargado de poner los puntos sobre las íes. Inocente, había pensado sentarse, relajarse cuanto pudiera, y, si había ánimo y la ocasión daba pie, relatarle a su mujer los últimos descubrimientos con respecto a Tim Wathelpun. Pero, como ya queda esbozado, un asunto más apremiante se le adelantó. Helen blandía un cucharón de madera del que, de no ser por su punta redondeada, Remus esperaba ver aparecer un conjuro en cualquier momento, con tanto frenesí lo apuntaba a uno y otro. Matt, cabizbajo, fingiendo no escucharla, fingiendo importarle un comino el negro curso que adoptaba la conversación, hacía como que escribía en un papel, sobre la mesa de la cocina, cuando en realidad lo más que en él hacía era garabatearlo. Remus, por su parte, trató de reclinarse en la incómoda silla de madera de la estancia, extender las piernas, echarse las manos sobre la nuca, pero temía que las voces de su mujer se desviaran intencionadamente hacia él en cualquier momento.

–¡Remus, no te lo vas ni a creer! ¿Ésta es la educación que les hemos dado a nuestros hijos? Estoy muy, muy disgustada. Te dije que lo hablaríamos con tu padre y así es. ¿Piensas contárselo tú o lo tendré que hacer yo? –Pero sin darle lugar a que respondiera–: Sé que Mark es una mala influencia para ti, Matthew, pero creía que eras lo suficientemente inteligente como para saber lo que te conviene y lo que no. ¿O no? Magia, Remus; ha hecho magia. ¿Que dónde? ¿Que cómo que no le han mandado la carta?... ¿Eh, eh, eh? –mientras el mango se le aproximaba peligrosamente–. Pues porque el muchachito es ya súper chachipiruli y sabe hacer magia demasiado bien, demasiado como para creer que las leyes de restricción de magia en los menores de edad lo afectan. ¡Y porque tenemos un sótano que es la plaza de la picaresca!... Remus, tenemos que hacer algo. Y algo muy gordo. No quiero un castigo ejemplar. O sí... Bueno, lo que quiero decir es que... (podrías ayudar un poco, cielo) que esto se ha acabado, Matthew. No sólo queda prohibido hacer magia bajo este techo, sino que... ¡pienso conseguir la manera de que te sea imposible, jovencito!, que estás demasiado rebelde como para obedecerme, eso lo sé. Vamos, aunque sea, te parto la varita, ¿me has entendido? ¿Y tú qué, Remus, no piensas decir nada?

Salvado por la campana. La cabeza de uno de los oficiales del Cuartel General de Aurores apareció imprevistamente en la chimenea de piedra de la estancia (la cuchara de madera escapó de la mano de Helen y fue a caer sobre la cabeza de Matt, que se levantó acariciándose la nuca con dolor).

–Hay novedades, Lupin. Importantes novedades. –El licántropo se arrodilló frente a él–. Hemos dado con uno de los intrusos del Ministerio. –En un instante, Remus lo bombardeó a preguntas–. No hay tiempo. Necesito que vengas ya. El Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia ha detectado rastros de magia inmadura en el ataque por todos sabido y, rastreando las muestras, conocemos que uno de los embozados es Pete Ratgrew.

Matt dejó escapar un gemido.

–¿Lo conoces? –le preguntó su padre.

–Sí –dijo asintiendo más que con la voz–. Es un Slytherin de mi curso. Yo... No...

–Lupin, hemos apostado aurores cubriendo todo el perímetro de la casa de los Ratgrew. Es preciso que te persones allí mismo inmediatamente y que des la señal de entrada.

–Ahora mismo voy –le dijo. Y volviéndose hacia la adivina–: No tengo más remedio.

–Ya sé que no tienes remedio, cariño. Qué vamos a hacer contigo también.

Finalmente, ella le hizo un gesto apremiante para que no perdiera el tiempo en conversaciones vacuas. Matt también se volvió hacia su madre y, con tono imperativo, le preguntó:

–¿Yo también me puedo ir o vas a delegar mi caso a Azkaban?

Helen no respondió nada. Y él no esperó a que nada le fuera dicho. Con rabia contenida hacia el que consideraba un enfado injusto por parte de su madre, salió dando un portazo.

La casa de los Ratgrew estaba rodeada de aurores del Ministerio, semiocultos entre los setos, encaramados a las ramas de los árboles, varitas en mano, dispuestos a lanzarse como el equipo más cualificado de la S.W.A.T. muggle y reducir al enemigo. A los pocos segundos de aparecerse Remus en el perímetro de la casa, también lo hizo el oficial con el que acababa de hablar por la chimenea. Le terminó de relatar los detalles.

–¿Están dentro? –preguntó el licántropo.

–No cabe duda –respondió uno de los aurores, de alto rango, que estaba próximo y atento a la conversación–. Hay actividad térmica en la casa.

–Lupin –intervino con tono áspero el oficial–. Pete es el responsable. Sus padres...

–¡Pete es un crío! –exclamó Remus a media voz.

–Sus padres –repitió el oficial ofuscado de que lo hubieran interrumpido, aunque hubiese sido el mismo ministro– son, de momento, inocentes. Nos los llevaremos para el interrogatorio, pero no deben ir a Azkaban.

–Ya, ya, lo supongo –respondió meditabundo el ministro–. Bien, a mi señal vamos a entrar todos ahí dentro. Cuando digo todos, digo todos –anunció severamente a la vista de que el oficial iba a protestar porque él interviniera–. El sector uno derribará la puerta del porche de atrás; el dos, reducirá las barreras protectoras que circundan la casa; el tres, cuando haya superado este obstáculo el dos, se aparecerá en las estancias del piso superior; el cuatro, en las estancias del piso inferior; el cinco se diseminará a lo largo del perímetro y...

El estruendo le impidió seguir. Todos los aurores se agacharon, asustados, cuando una precipitación de cristales sobrevino por encima de sus cabezas. Era como si el corazón de aquella casa hubiera reventado de pura rabia. Un luminoso haz de luz verde había hecho estallar los ventanales y los cristales comenzaron a caer como finos copos de nieve en tanto la luz verde, intensísima antes, se extinguía.

Remus se adelantó a todos echando a correr en dirección a la casa. Sacó su varita y convirtió en gelatina los filos cortantes de vidrio, amenazadores, que quedaban adheridos al marco de la ventana; como las espinas de rosa que impiden al que la ve cogerla, aquellas dagas de cristal parecían desear alejar a cualquiera del espectáculo horrendo que ocultaban. Los que quedaron fuera relataron más tarde cómo, en ese mismo instante en que los más intrépidos entraban, una figura, entre plateada y dorada, salía por la chimenea.

–¡Es una uve doble! –gritaron los más–. ¡Miradlo bien, es una uve doble!

–Y en sus dos extremos, miradlo, tiene sendas cabezas de lobo –se decían entre sí, atónitos–. Ha tomado el emblema de Lupin y lo ha incorporado en su propio signo. ¡Bastardo!

–Un lobo bueno. Y un lobo malo –sentenció un auror de todos apartado, todavía subido a la copa más alta de todas, que observaba el progresivo alejamiento de la "W".

Habían muerto. Los tres habían sido asesinados. El clan Ratgrew había sido fulminado como la mariposa que se aproxima, golosa, a la llama. Remus observó espantado el rostro de horror de Pete, que debía haber sido sorprendido almorzando por la situación en que aún se hallaba. Su rostro desencajado, sus ojos fuera de sí, una mano agarrando la barra de pan y la otra...

–Le han cortado el brazo –dictó a un subalterno el oficial para que tomara nota.

Remus se giró hacia éste y lo observó unos instantes sin esconder su pesar.

–Era lo único que teníamos –habló–. La única clave para desenmascarar a Wathelpun.

–Ha debido de ser él –dijo el oficial señalando la chimenea, que ardía jovialmente. Pero sus llamas eran malignamente rojizas, y desprendían vaharadas de humo que parecían uves dobles cargadas de emblemática lobuna, pues lobos también parecían dibujar las lenguas de fuego en sus vaivenes–. Se nos ha adelantado, Lupin. Pero ¿cómo podía saber que habíamos dado con Ratgrew?... Lupin: mañana por la mañana, temprano, me reuniré con usted en su despacho. Espero que, para entonces, haya pedido la ficha personal de todos los trabajadores del Ministerio a Administración. Sabe, creo que Wathelpun está oculto entre nosotros en el Ministerio.

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Las tinieblas extendían sinuosamente su oscuro imperio, cobijando a ratas y a rateros, donde la mayor sombra se escondía bajo la tierra. El anhelante pecho, cargado de impulsos sanguíneos, habría sentido temor envuelto en aquellas penumbras. Pero eran muchos, muertos en vida, espíritus errantes, los que acudían al mausoleo de la hechicería, y los últimos rescoldos del tenebrismo, pequeñas vaharadas de carbones prontos a apagarse, no dejaban de ser juegos intrépidos, en que demostrar la valentía, en que jugar con fuego. Aprendices de rateros. Alientos mefíticos. Sombras desamparadas. Y, entre ellos, tres adolescentes que jugaban con lo que no juega, con la realidad más severa y certera. Los carbones de sus corazones comenzaban a tiznar sus cuerpos, sus pechos infantiles, abrasándolos con el fuego que mata, abrasándolos con el fuego que enciende. Sus manos, entre la inocencia y la culpabilidad, se desplazaban detrás del vaso de cristal. Aquellas manos pronto sólo servirían para empuñar varitas asesinas. El tablero de madera parecía una pista de patinaje por la que discurrían sus preguntas anhelantes de maldad; por la que deambulaban los enigmas del más allá. Los ojos negros fijos en la ouija. Primero una "E", después una "S", al instante "T" y "A". Parecía haber adquirido una rapidez vertiginosa, pero ésta se suspendió un instante. Sólo un instante. "A", "Q", "U", "I". Los tres chicos miraron en torno a ellos, asustados. Sintieron crujir un muro y alguno llegó a estremecerse. Otro se rio de la estupidez de su asustadizo compañero. «¿Cón quién hablamos? –preguntó uno–. ¿Eres nuestro idolatrado Señor de las Tinieblas rescatado del Inframundo para iluminarnos?» «¿Quién es? –preguntó a su vez el muchacho que había temblado ostensiblemente–. ¿Quién viene?» Y el vaso volvió a ponerse en rápido movimiento. Tanto que el vaso comenzó a calentarse y parecía a punto de estallar. "W", "A", "T", "H", "E", "L", "P", "U", "N".

Y, al llegar a esta última letra, el vaso explotó. Al mirar a su alrededor, descubrieron a Wathelpun, que transportaba un brazo chorreante de sangre, con la varita enhiesta, apuntando al tablero. Éste salió disparado contra la pared y se hizo astillas. El muchacho que había temblado antes, quizá haciendo acopio de una valentía entonces inexistente, o quizá con ánimo de huir, se puso velozmente en pie.

–Pero si tú eres... –gritó antes de:

–¡Avada kedavra!

–No nos hagas daño, por favor. Haremos lo que tú quieras, cualquier cosa que nos ordenes –le suplicó otro.

–¡Avada kedavra!

El último que quedaba, poniéndose de rodillas y en actitud humilde, habló:

–Soy tu más dócil y fiel servidor, Amo y Señor mío. Te obedeceré en todo lo que me pidas, pues mi único mandato será servirte hasta la muerte. Mi signo, mi sino, es la Hechicería, Señor. Si me eliges, jamás te arrepentirás.

Wathelpun bajó la varita. En contrapartida, extendió el brazo libre y, acercándose, le tendió la mano para que la tomase y pudiera ponerse en pie. Al tomarla, el chico sintió la mano más cálida que había tocado jamás. Tan caliente que le quemaba. Pero, cuando quiso soltarla, ya no pudo. Y los negros ojos que tenía frente a él no le correspondían con amistad o vasallaje. En aquellos negros ojos vio su muerte. E, instantes después, estalló.

El joven parecía distraído. Dejó caer el brazo de su súbdito, que se incendió por influjo de no sé qué magia, y miró en torno a él con ojos tristes. Tristes no por haber matado a Ratgrew; no sentía ningún tipo de aprecio por aquél. Tristes porque él era así, un personaje cargado de afecciones, incapaz de controlarse a sí mismo ni de controlarlas a éstas. Había matado a Ratgrew. Y ello había sido como abrir una puerta hasta entonces cerrada. Su alma ya no temía matar. Se había convertido en un asesino. No recordaba cuándo, ni en qué manera, ni cuál fue el impulso que lo llevó a hacerlo. ¿Quizá la supervivencia? ¿Se sintió amenazado? Indagó en su pecho: no existía ni rastro de remordimientos. Se preguntó si aquello era lo que siempre le habían dicho que era la maldad, si aquel sentimiento, o aquella ausencia de éste, era aquello que llaman maldad. «¿Soy vil? ¿Soy ruin?» «¡¡Eres poderoso!!», sentenció una voz dentro de su cabeza, y su espíritu se alentó con lo que lo empobrece.

Se aproximó Wathelpun al muro. Ahora, que sus ojos la miran, podemos ver más clara la inscripción: «AQUÍ YACEN LOS HUESOS DEL SEÑOR TENEBROSO, AQUÉL–CUYO–NOMBRE–NO–DEBE–PRONUNCIARSE–NI–AUN–MUERTO». Y en letras de menor tamaño: «La vileza contaminará el corazón del puro. La destrucción inundará la Casa de los Grandes. Los Espíritus del Mal permanecerán aquí, mientras los del Bien regresen al Hogar, para devolverle al Bien con Mal, para inundar el corazón del puro y contaminar la Casa de los Grandes. Muera Harry Potter.»

No bien hubo terminado de leerla cuando Wathelpun comenzó a experimentar terribles estertores que se extendieron por espacio de unos minutos. Una vez cesaron, sus ojos parecían más negros, y, cuando abrió su boca, más grave su voz, como si ésta procediera de un pozo hondísimo.

–Levanta de tu tumba.

Y un viento huracanado hendió la piedra de la inscripción hasta que una sombra huidiza fluyó por él. Perdida la fuerza, el cuerpo de antaño, aún infligía temor, pero su poder se había volatilizado. Wathelpun observaba sin pestañear el espíritu de Lord Voldemort, al que acababa de conjurar.

–¿Me reconoces? –le preguntó.

–¿Para qué me has hecho volver? –habló con voz de ultratumba, lejana, el espíritu–. Fracasarás como fracasé yo, si es lo que quieres saber.

–Te equivocas, Señor Tenebroso. Es la vida de otros la que pongo y pondré en juego. Te he hecho volver para que contemples como finalizo tu obra, aunque será mi nombre, y no el tuyo, el que se rubrique por los tiempos y los tiempos.

–El Licántropo te detendrá nuevamente. Debiste aprender algo del estado en que ahora yo me encuentro: el Bien siempre se impone. Las sombras desaparecen cuando llega la Luz. Estás destinado a fracasar.

–Mírame bien. Se impondrá, claro. Soy una parte de Bien, y una parte de Mal. Ahora ya no soy sombras. Soy el Poder Supremo.

–Siempre te pudo la soberbia. Y nunca dudaste en arriesgar tu propia sangre. Te estaré esperando en el otro lado. Seré yo quien te reciba cuando fracases y será mi risa la que te acompañe durante toda la vida. Yo seré quien te despierte en los equinoccios recordándote tu fracaso. Las fauces del Licántropo –riendo– se cerrarán en torno a tu garganta y, al cerrar la mandíbula, ya no tendrás sangre que derramar.

El espíritu se volatilizó. Wathelpun lo había hecho desintegrarse a golpe de varita. Sólo desintegrarse en aquel espacio. Por ello la risa de Lord Voldemort seguía reverberando en los sombríos muros del subterráneo. Alzó el puño diciendo:

–¡¡Soy Tim Wathelpun, dueño y señor de los espíritus y de las carnes!!

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Remus le tendió unos papeles a su hijo mayor y le pidió que los firmara.

–Tú fírmalos y ahora después te explico –le contestó cuando aquél, cabalmente, indagó que para qué era todo aquello.

A Matt todo aquello le olía a chamusquina, pero no quiso desobedecer a su padre. Para él era como firmar a ciegas. Sabía que el documento estaba escrito con tinta invisible –él mismo había comprado algún que otro frasco en Zonko para gastarles algunas bromas a sus compañeros de Ravenclaw– y que tan sólo se revelaría su contenido cuando firmara. Pero, aun así, estampó su rúbrica y le tendió rápidamente los pergaminos a su padre, que los tomó sonriente.

–¿Puedo saber ya que he firmado? –inquirió reticente.

–Perdona la jugarreta, Matt, pero tu madre y yo éramos conscientes de que, si sabías lo que pretendíamos, no hubieras firmado. –Matt enarcó una ceja. «No es un preámbulo alentador», masculló–. Verás, Matt, acabas de concederle al Ministerio de Magia el pleno derecho a que te supervise hasta que cumplas diecisiete...

–¿Que qué?

–¡Matt!, tendrás que reconocer que lo que hiciste no estuvo nada bien. Tenías a tu madre muy enfadada. Es la mejor solución. Si haces magia, el Ministerio lo sabrá como si fueses un menor de edad más. Al fin y al cabo, son sólo unas semanas. Volverás a Hogwarts, donde podrás hacer magia con libertad y, para cuando vuelvas en Navidad, ya habrás cumplido la mayoría de edad. No lo consideres un castigo, sino una prevención. –El rostro de Matt evidenciaba un fuerte enfado, pero no abrió la boca para decir absolutamente nada–. Porque el verdadero castigo (y me habrás de reconocer que es lo más suave que hemos podido inventar) es que te quedarás el viernes por la noche cuidando de toda la tropa (por supuesto, no vas a salir): Ángela, Sorensen, Benjamin, Tonks, Sirius, Karina, tu madre y yo vamos a ir a cenar por ahí y quiero que te quedes cuidando de tus dos hermanos, de Laura y de Mark. Por supuesto, no quiero un solo intento de duelo con Mark. ¡Ni siquiera en el sótano! Como allí el Ministerio no tiene competencias, ya me encargaré de poner sensores o algo parecido. Si Mark quiere hacer magia, ¡adelante!, ¡bien por él!, pero a ti ni se te ocurra, jovencito. O te capo. ¿Te ha quedado claro, hijo?

Asintió a regañadientes.

A quien no le debió quedar tan claro es a Mark, que tan pronto como conoció aquel viernes el castigo al que había sido denigrado su primo y su negación a enfrentarse contra él en un duelo, buscó nuevas formas de diversión, las cuales, traducidas a nuestro lenguaje, eran nuevas formas de fastidiar a Matt. Éste lamentó no poder utilizar la magia porque, siendo así, no podía transformarlo en una tranquila mecedora y sentarse sobre él, única y segura forma de domarlo. Estuvo tentado de sacar su propia varita –que guardaba aún en el pantalón, como la manzana prohibida en las manos de Eva– y amenazar a Mark, pero supuso que el riesgo de blandir su varita y emplear magia era demasiado elevado ante cualquier provocación de su estúpido primo. Creyó que había conseguido tranquilizarlo cuando rescató de un armario un juego de mesa con el que, por otra parte, también consiguió entretener a sus dos hermanos. Creyendo solucionada la noche, se acomodó en un sillón, retomó a Laura sobre sus brazos y prosiguió la lectura de uno de los cuentos de los hermanos Andersen. La pequeña de los Black lo escuchaba atentamente, con sus grandes ojos resplandecientes y su pequeña boca de piñón abiertos expectantes. «Es mucho más lista que Mark –pensó Matt–. Aunque tampoco es que eso sea muy difícil: Mark no es precisamente un lumbreras en ningún sentido». Y se rio. Laura, dicho sea de paso, también rio, imitándolo.

Pero, como ya queda apuntado, aquello sólo fue una breve tregua que se le concedió al pobre Matt para soportar estoicamente los acontecimientos que le sobrevenían. No bien hubo pasado media hora, cuando escuchó gritos, llantos y golpes. Meneando la cabeza con pesadumbre, dejó de preparar la cena y salió con el fin de resolver el enfrentamiento. Nathalie trataba de sujetar a Mark, que se abalanzaba como un hombre poseído sobre el pequeño Alby. Según Mark, éste había hecho trampas y aquello era causa más que justificada como para propinarle una buena somanta de palos. «No ha hecho trampa –gritaba en vano la pobre de Nathalie–. ¡El que has hecho trampa has sido tú, so fullero!» Laura lloraba. Alby se revolvía endiabladamente para zafarse del brazo que le tendía el matón de su primo, pero, conforme más lo intentaba, mayor era el lazo que entre ambos se extendía. Un fuerte capón fue el primer detonante para que Alby, ya de natural tunante de por sí, se girase y embistiera contra su primo. Golpes de un lado a otro, golpes salvajes, que, claro, alguno hubo de recibir la pobre Nathalie, que sólo quería separarlos. Acabó llorando. Matt, que había estado llamándolos al orden, alzando la voz paulatinamente, viendo que sus mandatos eran desoídos, caminó el corto espacio que seaparaba el marco de la puerta, bajo el cual estaba, al centro de la sala de estar, donde discutían, y propinó tan fuerte empujón a Mark que lo tiró contra el suelo estrepitosamente. Se levantó rápidamente para replicarle también a su primo con el único lenguaje que conocía bien, el de los puños, pero Matt, enojadísimo, se le adelantó extendiendo el brazo y propinándole una bofetada en la mejilla que al muchacho le recordó a las mejores de su madre. En un instante todo fue silencio en la estancia.

–A ver si ahora ya podemos tener la fiesta en paz –habló severamente. Y agarrando a su primo por el hombro–: Mark, lo siento. No era mi intención, pero...

–¡Tampoco era mi intención!...

Y le propinó tan fuerte patada en la entrepierna que Matt cayó al suelo derrumbado. Mark salió corriendo. Nathalie, recuperando los sollozos, se acuclilló frente a su hermano mayor y le preguntó si estaba bien. Aquél respondió como pudo.

–¡Hielo! ¡Trae hielo! –chilló la niña a Alby. Laura volvía a llorar.

–¿Hielo?... ¿Hielo para qué?... –iba preguntándose mientras caminaba, sin ninguna prisa, en dirección a la cocina, encogiéndose de hombros. Y mientras examinaba el interior de la nevera–: Lo que necesita es un par de huevos nuevos –tanteándolos–. Lo que pasa es que no están congelados... Pero, ¡vaya!..., si le ponemos hielo, en verano se le derretirán y tendrá que volverse a poner. –Encogiéndose de hombros–: Nat sabrá.

Cuando el dolor hubo cesado y Matt, no sin esfuerzos, consiguió ponerse en pie, tuvo la osadía de preguntar dónde se encontraba Mark.

–¿Mark? ¿Mark? ¿Dónde estás, Mark? –empezaron a vocear todos cuando advirtieron que ninguno lo sabía–. Aparece aquí inmediatamente, maldito energúmeno –gritaba Matt–; no voy a cargármela por tu culpa, demonio de crío. ¡Markitos, Markitos! –gritaba Alby–, ¿dónde estás, primito? La paliza que se va a llevar cuando lo pille –cuchicheó con su hermana riendo.

–No está –concluyó al fin Nathalie–. Se ha ido de la casa.

–¡Me va a escuchar ese mocoso cuando lo pille! –bufó Matt–. Nathalie, ve a por un jersey para ti y otro para tu hermano. Y trae una linterna. Vamos a salir fuera a buscarlo.

–Pero mamá dijo que... –empezó.

–¡Ya sé lo que dijo mamá, Nat! Pero no pensarás que vamos a dejar a Mark perdido por ahí. De esto ni una palabra a nadie, ni a papá ni a mamá. Esta noche seremos nosotros los que ajustaremos cuentas con ese malcriado.

Se internaron en la noche, oscura y fría. La linterna apenas dibujaba un haz luminoso delante de sus pasos. Matt abrazó a Laura contra su pecho para que no cogiera frío; a pesar del abrigo que le había hecho vestir, la niña había comenzado a tiritar. Si Sirius llegara a enterarse de que la había hecho salir a la intemperie en medio de la noche, no importaría mucho lo de «Besa–Culos–Matt»: lo habría capado sin miramientos. Eso si, claro está, no caía enferma y terminaban descubriéndolo todo; ante aquella perentoria idea, más fuertemente estrechó a la desvalida niña contra él y más nefastos iban siendo los planes de venganza que contra su primo fraguaba en su cabeza.

–¡Mark!, ¿dónde estás? –gritaba Nathalie con su voz infantil. Todos la seguían.

La linterna, como ellos, comenzó a dudar, y la luz, al principio tan brillante, principió a refulgir intermitente hasta consumirse por entero en la oscura noche. Todo era tiniebla a su alrededor. «Mierda –masculló Matt aun con la niña entre sus brazos–, verás cuando lo pille. ¿No traeremos pilas por casualidad?». Laura comenzó a temblar asustada y, después de soltar un gritito, la luz se rehizo. La linterna volvía a emitir candorosa un brillo más intenso si cabe que hacía un momento. Todos rieron y aplaudieron el milagro.

–Creo que ha sido Laura –explicó Matt satisfecho, olvidando por un momento la causa que los tenía fuera de la calma hogareña–. Se ha asustado y ha hecho su primera magia.

–Vayamos a la casa del río –propuso repentinamente Nathalie, como si la inundación de la linterna también la hubiera invadido a ella–. Donde el molino y la noria.

Matt encaminó los pasos del grupo hacia allí sin dudarlo. La casa del río era un ruinosa construcción en piedra, cuyos cimientos besaban el agua fluvial y su ribera y que se elevaba sobre el negro curso de la corriente. Cuando la divisaron a lo lejos, les pareció fantasmagórica, temible: el sitio idóneo que habría escogido Mark para asustarlos. Matt pidió a Nathalie que apagase la linterna. Pretextó que era para reservar la batería de vuelta a casa cuando ésta le preguntó, pero la pequeña descubrió que, en verdad, su hermano no quería ser advertido desde lejos por su primo. Rodearon el muro buscando por donde entrar. «Será mejor que te quedes cuidando de ellos, Nathalie –le dijo Matt–. Voy a entrar yo solo. Y no pienso discutirlo.» La chica asintió. La verdad sea dicha, estaba asustada. Todos estaban asustados, Laura a punto de estallar nuevamente en lágrimas. «Si os asustáis, gritad». Nathalie estuvo tentada de decir que aquello no era sólo una forma de avisarlo, sino un efecto evidente del susto mismo, pero se contuvo de decirlo. Asintió sin más. Y los tres pequeños contemplaron, acongojados, cómo el mayor se internaba en la espesa niebla de tinieblas del interior, retorciéndose de rabia por no poder pronunciar lumos con su varita en alto o lanzar un maleficio contra su primo, al que estaba deseando atrapar.

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–¡Qué bien nos lo hemos pasado! –exclamó Ángela acomodándose en el sofá de la sala de estar de sus sobrinos–. Lo de esta noche hay que repetirlo más a menudo, antes de que me entre la menopausia y empiece a ir al bingo. Aunque la próxima vez podríamos pagar al niñero –sugirió riendo–. El pobre se ha portado.

–¿Ya los ha a acostado a todos? –inquirió Benjamin.

–Sí, así que no hagas ruido –lo conminó Tonks–. Cuánto silencio.

Helen bajó las escaleras precipitadamente.

–¡No están! –gritó–. ¡Ninguno está en su cama! Y ni rastro de Matt. ¡Se han ido!

El nerviosismo cundió rápidamente.

–Tranquilicémonos –habló Ángela usándose de una seriedad inacostumbrada en ella–. Estarán en el porche de atrás. Estarán en la piscina, qué sé yo. Busquémoslos antes de darlos por perdidos. Andando, aprisa.

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Los ojos de Matt se habían acostumbrado extrañamente aprisa a la penumbra de la casa de la noria. Era como si sus ojos dispusiesen de una visión nocturna, cualidad que sabía herencia de su padre. Se contuvo de chillar cuando una rata pasó brincando por entre sus pies. Cuando ésta salió huyendo, seguramente más asustada que él, se retiró la mano de la boca y comenzó a respirar entrecortadamente. La brisa levantó las nubes del cielo y el corto resplandor de la luna bañó de zafiro las roídas paredes de piedra. La silueta de Mark se dibujó en el término de la fantasmagórica sala.

–¡Gilipollas! –gritó Matt abalanzándose sobre él, la varita en alto.

–¡Cuidado no vayas a hacer ninguna tontería! –avanzando hacia atrás–. O te expulsarán.

–Al que voy a expulsar yo es a ti. ¿En qué demonios pensabas, criajo de mierda? Estoy harto de tus gracias sin gracia. ¡Estoy harto de ti, mocoso!... A ver cuándo maduras, so pedazo de imbécil. Si me sigues tocando las narices yo...

–¡Alby! –la voz de Nathalie sonaba particularmente cerca–. ¡Alby! –La niña apareció en la sala bañada por el triste rayo de luna, portando a Laura sobre sus pequeños brazos–. Es Alby. Ha echado a correr y no sé dónde está.

–Otro que tal baila –bufó Matt, acercándose a su hermana y recogiendo a Laura de sus brazos cansados–. Encontrémoslo y vayámonos de aquí. Hablaremos en casa.

No bien hubo dicho aquello, no bien hubo dado la pequeña Nathalie un parvo paso, cuando toda ella fue a dar de bruces en el abismo. El grito desgarró la noche y la luna, asustada, se escondió de nuevo bajo su manto esponjoso, sumergiéndolos en la oscuridad. «¡Nathalie! ¡Nathalie! ¿Qué te ha pasado?» Gritos desgarrados por única respuesta. «¿Estás bien?» Laura lloraba. «Di algo, por el amor de Rowling.»

–He tropezado en una zanja –respondió al fin, sollozando–. No consigo veros, todo está oscuro... Me duele una pierna; creo que me he golpeado contra una piedra.

–¡Una zanja! –repitió Matt sin reprimir una exclamación desconsolada. Gateando alcanzó a tocar los límites del agujero, embadurnados en barro, por el que había caído su hermana. Miró a través de las sombras. Sus ojos tan sólo acertaban a descubrir, a mirarse íntimamente en los de su hermana, tan asustados como los suyos propios–. Te voy a sacar de ahí. –Volviéndose hacia Mark, le tendió su propia varita cuidando de sujetar bien a Laura para que no se cayera–: Ten. Utiliza un encantamiento. ¡Te doy permiso para que lo hagas!

–¡Me expulsarán! –retrocediendo–. No pienso hacer magia.

–¡Toma, hazlo! –gritó, a medio camino de la súplica–. Estamos en una situación de peligro; nadie te expulsará por rescatar a una niña de un pozo en el que ha caído.

–Pues hazlo tú en ese caso –rebatió enfadado.

–¡No estamos para discutir, Mark! Yo lo tendría más crudo porque a mí ya me advirtieron en una ocasión, ¿recuerdas?, cuando estábamos de acampada y te ataqué sin querer. –«Pues te jodes», fue la única respuesta que le dedicó su primo, alejándose aún más–. Maldito mocoso. Maldición de papel el que hube de firmar... Rápido, Alby –éste acababa de aparecer atraído por los gritos–, agarra a Laura. Ya hablaremos en casa.

Un grito como de ultratumba de Nathalie los puso sobre aviso.

–¡Algo se me ha enroscado alrededor de la pierna! –bramó–. ¡Ayudadme, aprisa!

Matt se puso en pie, blandió con entereza su varita y un torrente de clara luz nació de su redondeada punta. Nathalie pestañeó ante su inmensidad.

–Es sólo una raíz retorcida, Nathalie. ¿Puedes ponerte en pie?

–No, me duele todo.

–Pues... ten cuidado de no moverte. Podrías golpearte. ¡Wingardium leviosa!

Y, con sumo cuidado, la elevó desde las profundidades del pozo hasta tenerla justo a su lado. La abrazó como si llevara años sin verla y hasta derramó sentidas lágrimas de alegría que Nathalie correspondió, agradecida. La pierna derecha le sangraba.

–No te preocupes, Nathalie. Mamá te lo curará cuando lleguemos a casa. ¿Puedes ponerte en pie? Anda, con cuidado. Apóyate sobre mi brazo. Salgamos de aquí. Afuera conjuraré una rama para que se deslice por el aire y puedas ir montada sobre ella. Vamos, todos, salid. Cuidado con no caer ninguno más en el pozo. Andad despacio, así. Vámonos. Vamos, vamos, salgamos.

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–¡No están por ninguna parte! –lloraba Helen.

–Accio nota. Accio nota. –Sirius bajó su varita, derrotado–. Pues no, no han dejado nota alguna. ¿Dónde diablos se han podido meter?

–Yo que vosotros no me preocuparía –intervino Ángela tranquilamente, saboreando la copa de coñac que se acababa de servir y mientras le daba las últimas caladas al último cigarrillo de la noche–. ¿Quién no se ha escapado alguna vez de noche aprovechando que sus padres no están? –«¿Hasta con Laura y Alby?», inquirió Tonks a su vez–. Volverán. Y habrá una explicación coherente. Y no sé por qué me huelo que es mi hijo el que tiene la culpa. ¡Los vuestros son todos unos ángeles, unos santos! En cambio, el mío...

–No te ofendas, Ángela –le susurró Benjamin sentándose a su lado–, pero ¡normal que te haya salido tan... diablo el chico! ¿No crees que eres un poco laxa con él? Como ahora... ¿Cómo le puedes estar quitando hierro al asunto?... Son las doce y los niños no están.

Una lechuza entró por la única ventana abierta que quedaba y fue a posarse sobre la cabeza de Remus. Agachó la cabecita hasta tenderle una carta, estampada con el sello del Ministerio de Magia. Una vez la hubo cogido, el ave reemprendió el vuelo. El licántropo abrió la carta lentamente y más lentamente la leyó, frunciendo más y más el ceño.

–Es del Departamento contra el Uso Indebido de la Magia en los Menores de Edad –dijo, severo el rostro–. Ya sé dónde están.

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Cuando abandonaron la casa del río, la luna había vuelto a desnudarse para conocer el desenlace de aquella aventura suya. Matt alzó sus negros ojos para contemplarla, pero la halló salpicada de negras motas que ganaban en tamaño.

–¡Mierda! –exclamó malhumorado.

Sus padres aterrizaron magistralmente sobre el prado anexo y agarraron las escobas para que nadie por los alrededores las viera flotar. Matt, a quien tanto le había sorprendido su aparición, tuvo la impresión de que iban a emplearlas para azotarlo. Se dejó arrastrar por lo inevitable: había sido cazado y ahora vendría la bronca. Era ley de vida. Sus padres lo ignoraron al principio al descubrir que Nathalie tenía una pierna sangrante y que andaba cojeando. Corrieron hacia ella. También Sirius y Karina corrieron para coger a Laura y Ángela y Sorensen, en dirección a Mark, al que empezaron a reñir sin conocer la gravísima causa por la que debían hacerlo.

Por ahora dejemos estar aquí esta escena, pues algo más importante, que obliga a que nos desplacemos aprisa, se estaba produciendo no lejos de allí y nos reclama. Apenas lejos que podemos seguir contemplando la escena sólo que atisbándola en la distancia. El protagonista de esta nueva a la que asistimos esto hacía, pero no era un mirón cualquiera: sus ojos atravesaban la espesura con la agudeza del búho; apreciaban sus oídos hasta los pasos más apagados, hasta los pulsos más acelerados, hasta los más encendidos. Envuelto en la noche, oculto tras su negra capa, parecía una mera extensión de la oscuridad, de no ser por sus ojos, negros, lo más vivo que en él habitaba. Aquellos ojos no retiraban la vista de la familia Lupin y sus amigos, apenas parecían pestañear. Entre tanto, pulsos dilatados en su oído, se sobreentiende que ajenos. Una tibia sonrisa se dibujó en sus labios.

Elevó las manos, aproximándolas a su boca como si su aliento pudiese caminar sobre sus palmas. Y habló, proyectó la voz en la fría noche, como si las manos encauzaran el curso de sus palabras y el viento las condujera a su correcto destinatario. Y esto no es sólo fruto de mi imaginación aventurada, que, en verdad, una suave brisa arremolinada nació de él y entre él y, como si de él su impulso naciera, arrastró sus palabras a lo lejos.

–Lo he encontrado. No hay duda de que él es el heredero. Advierto en sus vástagos su misma sangre. La sangre real. Puedo olerla desde donde estoy. Rejuvenecido el clan. Hemos vuelto a dar con el linaje de Ánuldranh. Con su heredero. –Sus ojos se clavaron, no se sabe si con aprecio u odio, sobre los del licántropo–. Seguiré su huella.

Y, habiendo terminado de decir aquellas palabras, una bandada de murciélagos de una cueva próxima lo cubrió con su espantoso y negro vuelo huidizo. Pero él ni se inmutó. Se internó en la noche, confundiéndose con ellos, viendo en sus ojos ciegos sus mismas alas, su misma piel, sus mismos miembros, y graznó hasta que el día despidió los últimos efluvios de sangre.

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Remus había llegado temprano aquella mañana al Ministerio de Magia. Le había solicitado a Ann Thorny un café muy cargado y se había sentado a degustarlo mientras leía el periódico. Pronto lo dejó, no pudiendo concentrarse en su lectura.

–No entiendo cómo puedes estar nervioso, Lupin –habló imprevistamente su secretaria–. Al fin y al cabo, la idea de la vista ha sido tuya.

Era cierto. El licántropo conocía que no podía expulsar a su propio hijo, menos sabiendo las excepcionales condiciones en que se había producido el hecho. Pero él nunca había sido un hombre al que las justificaciones le bastaran de pretexto: le había prometido a Matt que lo escarmentaría en caso de que repitiera su comportamiento y, más allá de la caída de Nathalie, el haber hecho magia era innegable y sería escarmentado. La vista, no obstante, era sólo una pieza de teatro con la que meter miedo al joven Lupin. Remus sólo esperaba que su hijo, al margen de conocer que era improbable lo expulsasen, no le guardara rencor.

Sumido en estos pensamientos se hallaba cuando Eva Rodríguez, la ministra de Magia de España, llamó a la puerta. Remus salió a recibirla impresionado: no tenía constancia de que fuera a visitar su país. Después ésta le explicaría que había sido una visita improvisada, fruto de inconvenientes de última hora. Remus trató de actuar de anfitrión lo mejor que pudo: la acomodó y le sirvió una copa de té, la única bebida que no desdeñó.

–No vengo aquí atraída por los recientes acontecimientos –comenzó a explicar la ministra– ni mi Ministerio ha podido aportar ninguna prueba que incrimine a ninguno de los menores de edad sujetos a nuestro cargo. Vengo por el Torneo de los Tres Magos...

–De los Cuatro Magos –la corrigió Remus sentándose frente a ella–. Pensaba notificártelo enseguida. Como sabe, el antiguo ministro de Bulgaria ha dimitido, y el recién electo presenta un programa de política internacional bastante satisfactorio. Tal es así que, en nuestra última cumbre, la señora Bousquets, ministra como sabe de Francia, y yo decidimos ofrecerle a Durmstrang la posibilidad de reintegrarse en el Torneo. Disculpe que ninguno se lo hayamos mencionado con anterioridad. Pero, bueno, en cualquier caso, ¿qué era lo que me querías comentar, Eva?

–Como estarás al tanto, Remus, este curso era a España a quien le tocaba dirigir el Torneo de los Tres Magos, y, como manda la tradición, el país sede se encarga de reunir el total íntegro del premio. Pero el Ministerio de España apenas puede hacerse cargo hoy en día de sus propios asuntos como para reunir mil galeones. Quería ofrecerte un pacto, Remus. Intercambiamos los papeles, Gran Bretaña se hace cargo excepcionalmente este año del Torneo de los... Cuatro Magos, y, a cambio, yo pondré a tu disposición íntegramente a mi Cuartel General de Aurores para que, desde nuestra base en Madrid, rastreemos la pista de Wathelpun. ¿Aceptas?

–Eva, no hace falta ningún trueque para que me convenzas a acoger el Torneo en casa. Si estáis pasando por un bache económico...

–¡Sabía que dirías eso! Claro, sabía que no te negarías. Por eso precisamente, para no hacerme sentir culpable, pensé en ofrecerte algo que pudiera recompensarte. Y no pienso aceptar un no por respuesta. Es mi manera de darte las gracias.

–Bastaba con que dijeras gracias. No hacía falta nada más.

–Es también mi manera de mostrarte mi apoyo y ayudarte en todo lo que pueda.

–Eres un cielo, Eva.

–Has sido tú el que me ha ayudado a mí primero. Gracias.

–Pues bien, este año el Torneo de los Cuatro Magos tendrá lugar aquí, en casa. ¿Otro té?

CAPÍTULO XXII (EL TORNEO DE LOS CUATRO MAGOS)

(Próximamente)