9. Piano

Sirius dejó entrar a la chica al apartamento mientras cerraba poniendo su mejor seguro anti-intrusos. La chica entró despreocupadamente y barrió con la vista el lugar. Vio el sofá cama invitándola tentador frente a una mesita en el que esperaba una botella de champán fría y una fuente de chocolates. Miró la cocina al fondo, los cuadros de las paredes… Y el objeto que dominaba la habitación.

-¿Tocas el piano Sirius?

El chico suspiró y miró el piano de cola que estaba en el centro de la habitación. Se acercó a él, ya que la chica estaba a su lado en ese momento.

-Sé hacerlo. Por favor, no lo hagas.

La mujer había alargado la mano para acariciar la superficie pero la hizo hacia atrás.

-Lo siento – dijo la chica – Supongo que no quieres que tenga huellas encima.

Sirius asintió. Miró el piano con expresión absorta, sumido en sus pensamientos. La chica le puso una mano en el brazo.

-¡Toca algo para mí!

Él agitó la cabeza hacia los lados.

-No.

La chica le miró sorprendida.

-¿Por qué no?

Sirius sonrió de medio lado. No quería hablar de ello, prefería desviar su atención.

-Se me ocurren mejores cosas que hacer contigo.

La chica río tontamente, y Sirius se dirigió a abrir la botella de champán para servir dos copas. Mientras el espumoso licor llenaba las copas, Sirius se vio transportado al momento en que había recibido ese piano dos meses antes.

Había abierto la puerta, y un mensajero de aspecto cansado le había dado un tabla, pronunciando algo que Sirius nunca había creído llegar a oír.

-Tiene un paquete de parte de la casa Black.

Había firmado y luego el chico había dicho.

-Tiene que hacer campo en el apartamento para aparecerlo.

Sin pedir permiso el mensajero había apartado los muebles con un movimiento de la varita y había hecho aparecer el piano.

El piano de la familia Black. En la tapa estaba grabado el escudo de la familia en plata, tenía siglos de pertenecer a la familia…

Y su último dueño había sido Regulus Black.

Sin entender porqué le habían enviado a él, el desterrado, el paria de la familia, semejante tesoro, abrió la tapa que cubría las teclas y encontró un sobre.

Lo abrió despacio para encontrar solamente dos líneas.

"Porque después de todo, siempre tuviste razón. Eres el mejor de los dos, lo mereces.

R.A.B"

La nota le había extrañado todavía más que el curioso regalo. Y lo había hecho pensar en su niñez, cuando él y Regulus recibían clases de piano juntos. Su profesora había dicho que él era mejor, pero toda su familia quería oír a Regulus tocar siempre. El hermano menor era considerado el mejor en todo.

Por eso, el piano había sido suyo, a pesar de que Sirius era de verdad mejor.

Por eso, Sirius siempre había tenido que soportar oír a su hermano tocar en cada ocasión especial, sabiendo que él lo haría mejor.

Por eso, cuando discutía con Regulus sobre Lord Voldemort, su hermano le había dicho que si algún día lo convencía de que tenía razón, le daría el piano familiar.

¿Pero cómo lo iba a haber convencido, si hacía años no se hablaban?

-Sirius cariño, ¿estás bien?

La voz de su cita lo hizo volver a la realidad y darse cuenta de que estaba regando parte del champán. Secó el reguero rápidamente con un movimiento de varita y se disculpó nerviosamente.

-¿Estás bien? – insistió la chica. Él asintió.

-Sí. Brindemos por… esta noche.

-Por esta noche.

La chica sonrió coqueta, sabiendo lo que aquel brindis significaba. Sirius le sonrió a su vez, pero su mente estaba en su pequeño hermano tocando aquel piano. Esa era la imagen que venía siempre a su mente cuando lo veía. Cuando recordaba que al día siguiente de haber recibido el piano había sido publicada en El Profeta la noticia de su muerte.

Por eso Sirius Black nunca tocaba el piano. Porque merecido o no, era de Regulus Black. Porque al final de todo, su hermano había entendido.