La constante oscuridad de aquel lugar, fue lo único que vislumbró al abrir los ojos. El rechinido de la puerta al abrirse lo había despertado, a pesar de la suavidad con la que Kimimaro había abierto ésta.
Pero no se atrevió a dar señal de que estaba despierto, así que solo se mantuvo callado hasta que la puerta hubiera sido totalmente cerrada. Y una vez que esto sucedió, cayó en la cuenta de que estaba cubierto por una delgada manta, cosa que no recordaba de anoche.
Se había acostado en el suelo, haciendo caso a su nuevo "amo". Estaba cansado y se había dormido muy pronto, a pesar de que el piso era sumamente frío y duro. Pero jamás se había abrigado con alguna clase de frazada.
Por un segundo se le pasó por la mente la idea de que el peliblanco se hubiera preocupado un poco por él y lo hubiera cubierto con aquella manta. Pero era imposible, aquel frío hombre no habría sido capaz de tenerle piedad. Aunque ayer también había demostrado preocuparse un poco por él, curándole las heridas en sus extremidades.
Al recordar eso, instintivamente se miró sus muñecas vendadas y sonrió. Su amo había hecho un gran trabajo, ni siquiera sentía el mínimo dolor. Le debía agradecer de alguna forma, era su deber servirlo, pero pareciese que el ojiverde lo servía más a el. ¡No! Eso no podía ser, tenía que comenzar a valerse de sí mismo y recibir órdenes de su amo, deseara lo que deseara.
Por ahora, debía averiguar dónde se había metido su amo… suspiró al darse cuenta que ni siquiera sabía cuál era su nombre.
Se levantó del suelo y se arregló la yukata que llevaba puesta. Era bastante simple su vestimenta, pero le hacía sentir muy cómodo.
A paso lento se acercó a la cama del mayor y ordenó las sábanas de ésta. Para luego proceder a doblar la manta con la que había sido cubierto, y dejarla sobre el mueble.
Una vez terminada su labor, salió de la habitación, para comenzar a buscar al peliblanco. Pero cuando se encontraba afuera, se dio cuenta de lo difícil que se le haría; el lugar era un verdadero laberinto, y la luz era tan nítida que apenas podía ver dónde se encontraba. Y aún sabiendo esto, se adentró por los pasillos buscando algún rastro de él.
Se topó con mucha gente en el camino, pero no tuvo el valor de preguntar por su amo a alguno de ellos, pues aquellas miradas gélidas le infundían un miedo enorme.
Lo peor fue que, pasado unos pocos minutos, ya se encontraba totalmente perdido. Mirase donde mirase, solo veía lo mismo: pasillos y una pequeña lámpara en alguna pared, lo demás era solo oscuridad. Y de a poco todo aquello lo comenzó a desesperar, una desesperación combinada con el miedo de que alguien, o algo, lo encontrara así de desprotegido y se atreviera a atacarlo.
-¿Estás perdido? –preguntó alguien, a la vez que una mano de posaba sobre su hombro. El pelilargo se sobresaltó del susto, y miró instantáneamente al dueño de aquella voz-. Tranquilo, Neji-kun, no soy un monstruo. –dijo el hombre, a la vez que sonreía.
Se trataba de un hombre peliblanco, pero más grisáceo que su amo. Con unas gafas que le hacían ver algo intelectual, pero ahora, con aquella sonrisa, se veía amable y, a su parecer, confiable.
-¿Quién… quién es usted? –preguntó Neji, sin ocultar el temor que le había influido aquel sujeto en un comienzo.
-Soy Kabuto, pero por favor no me trates de usted, no es necesaria tanta formalidad. –el pelilargo asintió ante el pedido.
-¿Cómo sabes mi nombre? –Sin perder su sonrisa, Kabuto se dispuso a responder.
-Digamos que te conozco de antes. –Neji lo miró confundido, no se esperaba una respuesta así-. Pero dime, ¿qué haces por aquí? El cuarto de Kimimaro se encuentra lejos de esta parte de la aldea, y…
-¿Aldea? ¿Esto es una aldea? –interrumpió el pelicastaño.
-Sí, es la aldea oculta del sonido. Pero si no la conoces, es casi imposible no perderse, pues está compuesta por pasillos por todos lados y será lo único que verás, a parte de puertas que llevan a diferentes sitios del establecimiento. O te pueden llevar a otro pasillo.
-Lo siento, es que estaba buscando a mi amo. –se lamentó, a la vez que bajaba la cabeza.
-¿A Kimimaro?
-¿Kimi-qué?
-Kimimaro, así se llama, ¿no lo sabías? –El aludido negó rápidamente con la cabeza-. Que desconsiderado de su parte, ni siquiera te dice eso.
-¡No, no! Él no es para nada desconsiderado. –aseguró-. En realidad, ha estado preocupándose mucho por mí. Yo soy quien olvidó preguntarle aquel detalle. –Con su puño, se pegó suavemente en la cabeza, en señal de que era torpe.
-Si tú lo dices. –Neji sonrió. Aquel hombre era muy gentil con él, y se lo agradecía-. ¿Quieres qué te acompañe a buscar a Kimimaro?
-¿Harías eso por mí?
-Si no lo hago, seguirás igual que ahora: sin saber siquiera dónde estás parado. –Neji se sonrojo un poco, le daba vergüenza admitir que en verdad se encontraba completamente perdido-. Además, creo que por ahí tengo un mapa de la aldea, que podría servirte para guiarte mejor en el lugar. ¿Y? ¿Aceptas?
-Claro. –Kabuto ya había comenzado a andar, pero, antes de seguirlo, una duda invadió su mente-. Espera… ¿sabes por qué no recuerdo nada?
-Es una larga historia.
-Tiempo me sobra para escuchar.
--
Kimimaro suspiró con pesadez. Debía admitir que ese mocoso estaba trastornando su mente y sus acciones, es decir ¿por qué de un día para otro se le ocurría comenzar a actuar bondadosamente?
La noche anterior, había pasado al menos dos horas tratando de dormir, hasta que lo consiguió. Pero en todo ese lapso de tiempo, intentó no observar al chico, que había caído en los brazos de Morfeo enseguida. Ni sus intentos de cerrar los ojos fueron suficientes, porque muchas veces abrió estos para mirarlo de reojo, y eran esos momentos los que le hacían perder aún más el sueño. No lo comprendía, no entendía el porqué, pero el rostro de Neji nunca, en toda la noche, cambió de expresión.
Jamás quitó esa sonrisa de su cara.
Y aquello le frustraba extrañamente. Pero no podía quitar su vista de aquella boca sonriente, curvada hasta expresar felicidad. ¿Qué diablos estaría soñando para poder estar así? Seguía sin comprenderlo, y, luego de un rato mirándolo, volvía a sus intentos vanos para dormir.
Hasta que no lo soportó más, y se acercó al cuerpo que yacía allí. Se sentó en el suelo, a su lado, y lo observó más detenidamente. Tanto de cerca, como de lejos, la sonrisa seguía sin borrarse, como si fuera parte de él estar siempre feliz. Con mucha cautela, llevó su dedo índice a esos labios, para rozarlos aunque fuera de manera sutil.
Estaban muy helados.
Estaban tiritando.
El piso, efectivamente, era sumamente frío, y no era justamente una noche muy calurosa. Un pequeño remordimiento lo invadió, pero se lo negó enseguida. ¡Él no podía sentir remordimiento por una estupidez como esa! Para él solo había una excusa aceptable en aquel momento y, aunque no estaba seguro de que fuera la verdad, se aferraría a ella:
-"No quiero cuidarlo, si es que se resfría". –Fue su último pensamiento, antes de volver a su cama y quitarle una frazada a ésta, con la cuál procedió a cubrir a Neji de la manera más suave posible, para no despertarlo.
Una vez logrado, el peliblanco se acostó nuevamente en su cama. Curiosamente, no tuvo que hacer mucho esfuerzo esta vez para que sus ojos comenzaran a cerrarse del sueño. Lo que acababa de hacer le había quitado un peso de encima, y ahora su mente se relajó solamente con pensar que el otro dormiría bien.
Pero no admitiría que era remordimiento lo que le inquietaba antes.
Al despertar, lo primero que observó fue la pared de piedra, tan dura como su corazón. Aquella fortaleza que impedía la entrada de alguien a su territorio. La misma que impedía la entrada de alguien a su corazón.
O eso pensaba hasta voltearse, encontrándose con el pelilargo aún tendido en el suelo y con la manta abrigándolo.
Aquella simple criatura, había traspasado la barrera e introducido en su terreno. En su cuarto. En su vida. Y temía que pudiera entrar también a su corazón.
Cualquier sentimiento de afecto a una persona, es una debilidad. Por más lindo que sea el sentimiento, tarde o temprano se transformará en debilidad para ambos. Lo peor, es que todos los humanos están expuestos a aquellos mismos sentimientos. Y, ni siquiera entrenando como condenado todos los días, siendo expuesto a experimentos de alto riesgo, o estando en condiciones extremas, no dejaría de ser humano, le gustara o no, esa era la realidad.
Y aquellas estúpidas emociones humanas, fueron las mismas que lo llevaron a levantarse e ir a buscar desayuno para ambos. Sabía que Neji no conocía el lugar, y que, por ende, no sabría dónde encontrar comida... Luego le enseñaría, de todas formas, un día llevando desayuno a ambos no sería el fin del mundo.
Y ahora, frente a la puerta de su cuarto y con una bandeja sostenida por su mano derecha, se volvía a preguntar si en verdad estaba del todo cuerdo. Las cosas habían pasado muy rápido, y él apenas podía controlar la situación... Comúnmente habría sacado a patadas a la persona que llegase a atreverse a entrar en su habitación, pero algo en éste chico le impedía ser demasiado cruel con él sin sentirse culpable.
Pero antes de abrir la puerta, cayó en la cuenta de que ésta se encontraba entreabierta... Habría jurado que al salir la había dejado cerrada, bien cerrada, y aquellas puertas eran tan pesadas que era técnicamente imposible que la brisa del viento las abriera.
Con algo de preocupación, empujó la puerta con la mano que tenía libre. Por un momento el presentimiento de que alguien más había entrado a su habitación, se hizo presente en su mente. En aquella aldea nadie trataría bien a un forastero, y menos a alguien que se hacía llamar regalo de otro, lo malinterpretarían y se aprovecharían de la situación, eso era obvio.
Pero rápidamente ese pensamiento se esfumó, pues al entrar lo único que encontró fue su cama perfectamente ordenada, y una manta encima de ésta.
Neji no estaba allí. Seguro que había salido del cuarto por algún motivo que lo intranquilizaba... ¿Pero qué razón tendría él, para salir?... No le costó demasiados segundos encontrar respuesta a esa pregunta, aquel chico lo debía de estar buscando.
Y eso lo devolvía a la preocupación anterior. Se podría topar con alguien o, peor aún, entrar por error a un cuarto ajeno. Si llegaba a toparse con Juugo, estaría en graves problemas; Juugo no estaba de buen humor, y podría descuartizarlo vivo, si quisiera.
Aun con la idea torturándole la mente, se sentó sobre su cama y dejó la bandeja a un lado. Si solo supiera dónde se había metido, tal vez estaría más tranquilo. Pero era imposible saberlo, aquel lugar era grande y confuso, él mismo se había perdido allí un par de veces cuando era pequeño.
No entendía porqué se preocupaba así por Neji.
Si se enterara de que Kaguya se había perdido, le daría igual.
Si fuera Jiroubou el extraviado, también no le prestaría importancia.
De cualquier persona no tendría relevancia preocuparse. Pero Neji... él era diferente. Él sí merecía ser razón de inquietarse. Pero no encontraba explicación a aquello.
De un momento a otro, la imagen del pelilargo se cruzó por su mente. Aquellos ojos tan curiosos; aquellos cabellos, de una suavidad que sólo se comparaba con la seda; aquella marca extraña que llevaba en la frente, pero que nunca se atrevió a preguntar qué era exactamente; y aquella sonrisa...
En Otogakure nadie sonreía verdaderamente. Como máximo, se podían encontrar sonrisas cínicas, frías, falsas y/o de superioridad. Pero ninguna sonrisa verdaderamente alegre, porque nadie era alegre allí.
Y, tal vez, fuera aquello lo que hacía especial a Neji. Él sonreía con sinceridad. Y poseía la sonrisa más tierna que Kimimaro había visto en su vida.
Al peliblanco le agradaba cuando sonreía. Hacía tiempo, otra sonrisa lo había convencido de irse hasta donde se encontraba ahora. La sonrisa de Orochimaru lo había, por poco, obligado a seguirlo. Pero ahora, la sonrisa del ojiblanco estaba trastornando su razón, haciéndolo sentir preocupado por una persona ajena. Y es que, Kimimaro, era débil ante las sonrisas.
-Neji... –Con una amargura albergando en su corazón, decidió ir contra sus principios y partir a buscar al susodicho.
Pero no fue necesario.
En cuanto se volteó a mirar la puerta, se dio cuenta de que Kabuto estaba apoyado en el marco de ésta, observándolo. Y asomándose atrás de él, estaba Neji, con aparente curiosidad.
-¿Se te perdió? –preguntó Kabuto, a la vez que señalaba al pelilargo, quien solo sonrió tímidamente.
Nuevamente sintió como la debilidad se apoderaba de él. ¿Qué diablos le pasaba? La sonrisa de ese niño... aquella sonrisa... esa simple sensación de verlo sonreír era más poderosa que él. En aquel momento, ¿dónde quedaba su fuerza de voluntad? Simplemente no podía resistirse.
Y se odiaba a si mismo por ello.
Se quedó allí, sentado sobre el borde de su cama, mientras solo cerraba los ojos y dejaba que su cuerpo sintiera aquella sensación de relajación al saber que el chico estaba a salvo.
-Bueno, mejor los dejo solos –dijo Kabuto a modo de despedida. Pero antes de irse por completo, se dirigió a Neji para susurrarle algo-. Cualquier cosa que pase, puedes confiar en mí. Por mientras, recuerda lo que te dije.
Luego de eso, desapareció por los pasillos. El menor entró por completo a la habitación y se sentó a un lado de Kimimaro, mientras que en el opuesto se encontraba la bandeja.
-Etto... perdón, yo... –Trato de disculparse Neji, pero fue interrumpido por un impulso del peliblanco, quien repentinamente lo abrazó.
-No vuelvas a perderte así –susurró a su oído, a la vez que mantenía aquella unión entre ambos. Envolviéndolo lo más que podía con sus brazos. Cómo si tratara de que el cuerpo del chico se fundiera con el suyo, para así nunca más volverlo a perder de vista. Nunca más se alejaría de él.
Por su parte, Neji se sorprendió tanto que ni siquiera logró corresponder aquel abrazo. La acción era totalmente inesperada, pero debía admitir que le agradaba la calidez que le infundían aquellos fuertes brazos.
Apoyó su cabeza en el hombro del mayor, tratando de esconder su cara en el cuello de éste, avergonzado por aquella situación. Pasaba el tiempo, y la posición no cambiaba, Kimimaro parecía no querer soltarlo, y aquello comenzaba a hacerlo sentir incómodo. Si bien tenía claro que el peliblanco tenía total autoridad sobre él, estar así de cerca lo ponía nervioso. Por ello, recurrió a alguna escapatoria.
-Eh... –Dudó un momento lo que iba a decir, pero su vista topó con la bandeja que se encontraba al otro lado-. ¿Te molestaste en traer comida?
En ese momento, Kimimaro volvió a la realidad. Al darse cuenta de la posición, lo soltó y se alejó un poco de Neji, mirando a la bandeja que éste también observaba. La comida no parecía muy apetitosa, en realidad dudaba que aquello pudiera llegar a llamarse comida, pero al menos era algo. Toda la vida había vivido a base de mezclas extrañas y escasas, que hacían llamarse alimentos. Pero era lo mejor a lo que podía aspirar, en realidad había otros, muchos, shinobis allí que no comían en semanas y debían soportarlo. O morir. Así de cruda era la vida en la Aldea del Sonido. Si eres fuerte, sobrevives y te acostumbras a vivir en situaciones extremas; si no lo eres, vivirás dolorosamente y sufrirás hasta caer en la locura; y si eres demasiado débil, mueres, porque no mereces siquiera pertenecer allí.
-Sí –le respondió de la manera más fría y cortante que encontró.
-Gracias –le agradeció Neji con su mejor sonrisa, cosa que no hizo más que frustrar al ojiverde. Le gustaban aquellas sonrisas, por aquel sentimiento de felicidad que influían. Pero las odiaba a la vez, porque le hacían sentir confundido. Un sentimiento complicado, pero que, para él, tenía mucha lógica.
--
Perdón por la tardanza u.uU no he tenido mucho tiempo de escribir. Pero aquí les dejo este capítulo, bastante aburrido a mi parecer. ¿Qué historia le habrá inventado Kabuto para explicar su falta de memoria?, ¿Kimimaro comprenderá algún día qué es lo que siente en realidad?, ¿Por qué me hago preguntas de la trama si yo misma soy la escritora? Esto y mucho más en el siguiente capítulo de "Palabras Inocentes para un Corazón de Piedra". ¡Matta ne!
