Capítulo 3: En brazos del demonio

¿Por qué tenían que humillarla de esa manera? Todas ellas, las del club de fans, sabían cuál era su punto débil…Su cuerpo.

Ellas se aprovechaban de eso.

Cada vez que tenía que ir a los vestuarios a cambiarse para la clase de gimnasia, siempre era lo mismo; pero al parecer ellas no notaban la tristeza en sus ojos. Ellas la odiaban.

Tenían el cuerpo mucho mas desarrollado que ella, eran el centro de atención de casi toda la institución pero solo estaban disponibles para Kouga. En comparación no tenía nada que ofrecerle a él.

Cuando por fin vio su sueño cumplido realidad así como Satán se lo dio se lo quito. Todo por el trato, algo que rotundamente ella se negaría a cumplir. No utilizaría los poderes del diablo, si solo pudiera entender bien por que ahora le era casi inevitable evitar sonrojarse hasta cuando lo veía.

¿Por qué sus ojos eran tan penetrantes?

Recostó su espalda en el tronco de aquel gran árbol donde llevaba sentada varios minutos en un mutismo absoluto. Abrazó sus piernas con sus brazos y escondió su rostro en ellas, a pesar de estar cambiada con la ropa de gimnasia, no se había presentado a la clase

—No fuiste a la clase, pequeña —comentó la voz de un hombre mientras se acercaba a paso lento—. Pensé que eras más responsable con tus cosas.

Kagome salió de su pequeño escudo protector y ladeó el rostro para fijar su mirada en aquel hombre

—Satán —murmuró con una sorpresa absoluta, al parecer él tampoco había asistido a las clases de gimnasia—. Déjame sola —concluyó al fin desganada, no tenia deseos de hablar con nadie y menos con aquel ser que ahora estaba obligada a entregarle la virginidad.

—Inuyasha —la corrigió mientras terminaba de llegar y se sentaba a su lado—. ¿Por qué estas así?

La joven permaneció en silencio y volteó el rostro al frente. Notó el tono de voz casi preocupado, pero no le creía en lo absoluto. Él era el demonio, una persona de bajos escrúpulos que haría cualquier cosa con total de cumplir o satisfacer sus deseos. Podía tener tan solo quince años, pero no se dejaría engañar.

—¿Cómo si realmente te importara? —soltó con burla la joven después de unos momentos.

—¿Por qué crees que no? —le retrucó él de forma más que directa. La joven solo parpadeo ante aquella postura por demás decidida.

—Lo único que quieres es aprovecharte de mí —apoyó su mentón en sus rodillas—. Ahora por favor déjame sola.

La contempló por unos segundos, le parecía extremadamente raro aquella actitud en la humana. Él, Inuyasha, era el rey de los infiernos y al igual que Dios tenia en poder de ver el alma de las personas. Kagome, al parecer era una persona extremadamente alegre, pero ésta era totalmente lo opuesto. Extrañamente era por eso que la quería para él, quería hacerla suya, quería su alma.

Llevó su mano hasta la barbilla de la chica y la obligó, a pesar de las negativas, a que volteara a verlo.

—Algún día, pequeña, voy a dominarte, eso dalo por seguro.

Focalizó todos sus sentidos en aquella sonrisa tan segura de sí mismo, una seguridad que ella no poseía. Volteó al sentir arder sus mejillas y antes de darle alguna oportunidad simplemente se levantó y salió corriendo.

No podía dejar que su cuerpo reaccionara, no podía evitar sentir como el corazón se le aceleraba cada vez que él estaba a su lado. Sabía cuál era su esencia, él mismo le confeso haber manipulado la mente de sus amigas y compañeros para poder ser su primo.

Inuyasha era terriblemente malévolo y haría cualquier cosa con total de cumplir sus objetivos…Con total de tenerla.

No sabía a dónde se dirigía, ni cuánto había corrido; solo una cosa tenía en mente: poder alejarse lo mas lejos posible de Satán. Lo más lejos posible de aquellos ojos profundos que la dejaban sin coordinación alguna.

Trat de sostenerse en plena caída, pero ya era tarde su cuerpo golpeaba contra los peldaños.

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—¿Cómo se encuentra? —preguntó Kouga a la enfermera con claras señales de preocupación a la vista. Encontró a Kagome desmayada y con una seria contusión en la cabeza. Sin dudarlo la cargó en brazos y la trajó lo más rápido que pudo hasta la enfermería.

—Tiene un esguince en el pie izquierdo y un golpe en la cabeza, pero no te preocupes que no es nada serio —respondió a la vez que se alejaba de su paciente—. Esta muchachita tuvo mucha suerte, podría haber sido peor.

—¿Se repondrá? —volvió a preguntar mientras observaba el rostro algo pálido de Kagome desde donde se encontraba.

—Como ya te dije no es nada grabe, puedes irte tranquilo, yo me encargo de ella hasta que despierte.

—Esta bien, vendré después.

El joven de ojos azules salió luego de decir aquello, dejando a la enfermera terminar de limpiar la pequeña herida que tenía en la cabeza su última paciente.

—Disculpe soy el primo de Higurashi —hablo Inuyasha cuando termino de entrar en la enfermería—. Me dijeron que tuvo un accidente.

—Sí, se cayo por las escaleras, pero no te preocupes ella se encuentra bien —dijo mientras volteaba a verlo—. Si quieres puedes quedarte con ella hasta que despierte, yo tengo que atener a otro alumno.

—Me hare cargo, descuide —respondió al tiempo que sonreía logrando que la propia enfermera se sonroje. Aquello solo causo que se sintiera más poderoso de lo que ya era.

Se acercó a la humana con paso lento sin apartar su vista un solo momento de aquel rostro tan infantil que últimamente lo traía loco. Siempre jugo con el alma de cualquier humano, pero aquella chiquilla le hacia despertar sentimientos diferentes y contradictorios. Ni siquiera cuando era un ángel de Dios logró experimentar lo que ella ahora le trasmitía. Desea hacerla suya de todas las formar posibles, mancillar el alma y el cuerpo impoluto de ésta, hacerle descubrir el mayor placer del mundo…Pero había algo más, algo que aún no podía dilucidar.

Tomó la pequeña banqueta que tenía cerca y la arrimó hasta al lado de la cama donde Kagome yacía para sentarse a su lado. Apoyó su palma sobre la frente de la humana. Tenía un poco de fiebre, pero no era nada grabe. Sin que la enfermera se diera cuanta utilizó su poder para curar la herida y la fiebre de Kagome. No pudo evitarlo pero sonrió con ¿ternura?

—Kouga —murmuró la joven entre sueños al sentir como una mano cálida se entrelazaba con la suya brindándole un calor revitalizarte a todo su cuerpo.

—Shhhh, aquí estoy, sólo descansa.

Quería mover su cuerpo, pero nada respondía a las órdenes que su cerebro mandaba. Lo escuchaba a la lejanía, aquella ternura en su voz parecía arrullarla por completo. Se relajó y dejó de luchar por despertarse, lo único que importaba es que Kouga estaba a su lado, ese calor reconfortante no podía ser de otra persona. Si no podía tenerlo mientras estaba despierta por lo menos quería que no se apartara de su lado en estos momentos.

—Lamento la tardanza pero…

Kouga se paró en seco cuando se fijo en la persona que se encontraba haciéndole compañía a Kagome, no era otro que su primo.

—Creo que la dejo en buenas manos —comentó con algo de desden el supuesto primo de la joven mientras se levanta de aquella banqueta—. Gracias por traerle las cosas.

Tanto el ámbar como el celeste se enfrentaron por unos segundos, como midiendo la fuerza del otro. Inuyasha le arrebato de las manos la mochila de su "primita" a Kouga antes de perderse por aquella puerta. Lo detestaba por la simple razón de que era cristiano, pero pronto haría que le declara su amor a Kagome e inevitablemente ella seria de él, no dejaría que se la arrebate.

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—No, no era necesario en lo absoluto —soltó una totalmente turbada Kagome al encontrarse en brazos de Kouga. Tal y como ella descubrió cuando despertó en la enfermería se dio cuanta que la persona que siempre estuvo a su lado fue Kouga, y él amablemente por el esguince que tenía gracias a la caída se había ofrecido en llevarla a su casa.

Poco a poco sin ayuda del poder de Satán estaba teniendo un acercamiento con Kouga, sino podía tener su corazón por lo menos quería ser su amiga…La amiga de Kouga Tanaka.

—¿Es aquí? —preguntó Kouga secando totalmente a Kagome de sus pensamientos. Se encontraban en el principio de las gradas del gran templo Higurashi.

—Sí, gracias por traerme pero deja que yo…

No pudo continuar por que el chico de sus sueños ya estaba subiendo escalón por escalón con ella aún en sus brazos. No pudo evitar sentirse cohibida por aquella forma de tratarla, siempre había soñada con algo desde la primera vez que lo vio, pero ahora no podía creerlo a pesar de estar despierta. Era con la persona que ella quería estar, él era el dueño de su corazón. Dibujo una diminuta sonrisa y sólo de re ojo se atrevió a observarlo.

—Muchas gracias —dijo Kagome cuando ya se encontraba de pie en la puerta de su casa. Se había quedado fascinada con la fuerza de Kouga, en todo el trayecto que la subió cargando nunca se había quejado en lo absoluto.

—Nada que agradecer —le sonrió con ternura—. Espero que hagas reposo y te recuperes pronto, si hoy descansas bien ya creo que podrás caminar mañana sin problemas —hizó un ademán con la mano en forma de saludo y se marchó.

La quinceañera pensó tocar el cielo con las manos, Dios de alguna o otra forma la estaba ayudando para que su deseo se volviera realidad. Estaba totalmente decidido: Ella no necesitaba la ayuda de Inuyasha y esperaba que pronto se de por vencido.

—¡Prima!

Gritó una voz a sus espaldas logrando que ésta se girara del susto justo en el momento que un nene de más o menos seis años llegaba hasta ella saltándole de alegría encima y, por consecuencia, cayendo ambos al piso.

—No sabes cuando fue lo que te extrañe, prima —siguió hablando el nene mientras la abrazaba con fuerza y escondía la cabeza en su pecho—. Mi hermano me trata mal, ¿podrías ayudarme? —levantó el rostro y la miró con ojos totalmente vidriosos.

Kagome pestaño varias veces tratando de navegar ente las memorias que su mente guardaba para saber si conocía a ese adorable nene. ¿Como alguien se podía atrever a tratarlo mal? Si era pura ternura…Esos ojos color verde la compraban por completo.

—Veo que ya encontraste a tu adorada prima del alma —interrumpió Inuyasha mientras se apoyaba en el marco de la puerta y observaba a ambas personas tiradas en el suelo. El más chico sobra la más grande.

—Espera, no me digas que esto…

—Te presento a tu primo Shipou —la interrumpió nuevamente Satán logrando que el nene que tenía sobre su regazo ensanchara su sonrisa.

No, no y no…Ahora de la nada tenía una familia numerosa ¿Qué más podía pasar?

Kagome gritó y abrazó al sorprendido nene de ojos verdes y cabello negro solo que mucho mas corto que Inuyasha.

—¡Eres una ternura! —lo apretó más contra sí mientras sonreía de oreja a oreja—. Gracias, Inuyasha, siempre quite tener un hermano o un primo más chico.

Satán permaneció en silencio observando aquella sonrisa tan sincera y fresca, Kagome realmente era una caja de sorpresas. Estaba esperando que lo dijera algo hiriente pero había pasado totalmente lo contrario.

—Por cierto —se cruzó de brazos mirándola de re ojo—. Shipou es el cuervo de la primera noche.

La sonrisa de Inuyasha se ensancho evitando emitir una carcajada cuando la humana alejó, como si fuera algo totalmente contaminante, al pequeño. El chocolate y el verde agua marina se miraron detenidamente. Al fin de cuentas la humana volvió a sonreír y abrazar con más ahínco a su pequeño "primo".

—No me importa, es hermoso igual —lo retó clavando su mirada en la suya, pero rápidamente se sintió tan pequeña ante él, ese dorado lograba penetrarla por completo, era como si supiera con solo clavar su mirar en la suya lo que estaba pensando.

—Señor —llamo Shipou cuando por sin salió de los brazos de Kagome y ahora estaba de pie—. ¿También jugo con los recuerdos de la madre de Kagome?

—Inuyasha —corrigió éste de mala manera—, ¿cuantas veces tengo que repetirte lo mismo?, y sí, al fin y al cabo ahora somos sus sobrinos.

—¡¿Jugaste con los recuerdos de mi madre? —gritó una Kagome aún desde el piso, logrando que el pequeño de un salto hacia atrás al ver como cambiaba rápidamente de humor.

Inuyasha no se inmuto por el grito y la cara de enfado de aquella mujer, sólo se agacho a su lado y quitó con sumo cuidado el zapato y el calcetín del pie lastimado, tal y como hizo en aquella enfermería, al tacto de sus dedos con la piel expuesta, el esguince se curo.

Kagome se sonrojó a más no poder cuando las yemas de los dedos de Inuyasha la tocaban de aquella forma delicada. Una cosquilleo recorrió todo su cuerpo junto con la calidez que comenzaba a sentir en aquella zona donde la había tocado. ¿Por qué no podía dejar de sentir aquello?

La tomó de la cintura y sin mucho esfuerzo la levantó. El cuerpo de Kagome choco contra el suyo, la joven cerró los ojos dejando que su cuerpo sea nuevamente invadido por aquellas cosquillas. Abrió los ojos con parcimonia notando la cercanía de ambos, notando como la mirada dorada de Inuyasha brillaba aquella tarde. Una parte de ella quería permanecer así, bajo esa mirada penetrante e inquisidora, sostenida por esos brazos fuertes. Notó la sonrisa casi lasciva en aquel rostro varonil, pero no le importo. Quería estar, aunque sabía que estaba mal, en los brazos de Inuyasha, en los brazos del propio demonio.

—Que bueno que no se estén peleando.

La voz de una mujer madura trajó de vuelta a la realidad a ambos jóvenes. Kagome rápidamente se separó de él como si no hubiera pasado nada, tratando de esconder aún sus mejillas sonrojadas.

—Inuyasha, por favor, ¿podrías ayudarme? —pidió la madre de Kagome a su adorable sobrino, ya que venía cargada con las bolsas del mercado—. Y tu Kagome ayúdame a preparar la comida

La aludida sólo asintió quedamente entrando con la cabeza gacha, no estaba bien que ella sintiera aquellas cosas por ese ser. Tenía que alejarse de él lo antes posible o no sabría lo que él podría hacerle.

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Sumergió la cabeza en el agua para ver si de esta manera podía aclarar sus ideas. Shipou le había dicho segundos atrás que todas las mujeres que pactaban con el diablo solían olvidarse de sus deseos al caer en los brazos de él. La sensualidad y el misticismo era lo que las hacia perder la razón, pero ella se negaba a ser una de esas tantas mujeres. No dejaría que la utilizara como objeto para cumplir sus deseos…Antes que eso muerta.

Con las fuerzas renovadas salió de aquella bañadera cubriéndose con la toalla color verde manzana su cuerpo.

—¡Pero…! —gritó cuando la puerta se abrió dando acceso libre para que Inuyasha entrara. La toalla resbalo un poco por su cuerpo mojado y éste rápidamente la abrazo apretándola contra él—. Sueltame.

—¿Estas segura?, podría verte desnuda —susurró en el odio de la joven al tiempo que bajaba con una de sus manos por la espalda descubierta de ésta. Kagome se tenso completamente y cerró los ojos con fuerza al volver a sentir aquella sensaciones donde él acariciaba.

Cuando iba a volver a gritarle se encontraba nuevamente cubierta por la toalla e Inuyasha a una distancia prudencial. ¿Acaso la habría cubierto?

—Vístete rápido podrías enfermarte —dijo al tiempo que volvía a salir por el puerta.

Kagome cayó de rodillas sin despegar los ojos de esa puerta de manera, era un verdadero degenerado. Si él no hubiera entrado la toalla no habría resbalado por su cuerpo ni mucho menos hubiera tenido que tenerlo así de cerca acariciando su piel mojada.

Tal y como la primera noche… su piel ardía, pero no dejaría que jugara con ella…El demonio era totalmente depravado.


Hola, como siempre gracias por los reviews que este fic tiene, espero seguir contando con su apoyo, ya saben que todo tipo de critica se aceptan... Espero que ayan pasado un año nuevo con sus seres queridos y mis mejores deseos para todos

Ya que estamos gracias a "Pelirroja 16" por dedicarme un capitulo de su fic, por cierto esperon que la apoyen en alguna de las 3 histo que tiene XD, como todos los que se inician en esto de escribir fic cuasta un poco ganarse el apoyo de los lectores...Yo todabia estoy en eso

Ahora sin mas me despido...Primer día del año 2008 jejeje...cuidense mucho

Lis-Sama