Capítulo 9: Represaría diabólica

La observó desde una corta distancia con una sonrisa de lado y aquellas llamas en sus ojos por el momento dorados. Había adoptado la apariencia de un humano temporalmente, sólo quería verla despertar. El respirar de ella era pausado y tranquilo, aumentando un poco el volumen de su pecho cada vez que tomaba un poco de aire. Era la pureza en vida…En realidad una parte de ella todavía seguía siendo niña, solo una ya que la otra él se había encargado de quitársela de la forma mas placentera.

Era intoxicante cada parte de su cuerpo, cada pedazo de esa tersa piel sólo tocada íntimamente por él. Aquella humana luego de ser suya seguía teniéndolo al borde de la locura más absoluta. Ahora era completamente y en todos los sentidos egoístamente suya…Para la eternidad.

Ni el mismísimo Dios la apartaría de su lado.

Si se lo ponía a meditar con detenimiento esa absurdo que un ser como él se rebajara a sentir aquellas sensaciones por una simple humana, pero a pesar de auto convencerse que lo único que le importaba era el cuerpo puro de ella; la humana se había ganado un lugar todavía en ese corazón de ángel de Dios que se negaba a sentir o demostrar sentimientos que no sean pecaminosos para el padre de los cielos.

Suspiró…Kagome se estaba convirtiendo en su debilidad, una muy grande pero a su vez necesaria para él.

Estaba entre la inconciencia y la realidad, esa sensación de estar navegando entre dos partes completamente diferentes la tenían aún sumida en ese estado de relajación. Podía sentir como su cuerpo, cada parte de el, se encontraba totalmente pesado. Trató de poder abrir los ojos pero al parecer éstos se negaba a hacerlo pese a las órdenes de su cerebro. Era algo maravilloso pero a la vez indescriptible la sensación que ahora predominaba por su piel. ¿Cuánto tiempo había pasado?, no lo sabía con exactitud pero al parecer si eran ciertas las palabras del diablo…El tiempo era eterno en este lugar.

Por fin algunos colores mezclados y borrosos llegaron a su cerebro al abrir por fin sus cansados ojos. Pestañó para que la capa de niebla que se cernía sobre ellos desaparezca completamente y dejara por fin todo visible ante ella.

—Al fin despiertas, pequeña.

La voz masculina era como melodía para sus oídos, dejándola dócil para que él haga completamente lo que le plazca con ella, pero a la vez la sumía en un estado de alerta total. Podía esperar cualquier cosa de Satán y mucho más ahora que por fin la entrega estaba completa.

—¿En que piensas? —le preguntó aún sin acercarse a ella, notando como trataba de recuperarse luego de aquel desgaste físico y mayor aún al ser la primera vez que lo experimentaba. Las mejillas de la humana se habían tenido de un carmín intento, casi se asemejaban al verdadero color de ojos de él. Sonrió con malicia, la pequeña mujer no estaba pensando en nada santo.

Simplemente había logrado soltar balbuceos o monosílabos al aire pero ninguna palabra o frase coherente para que satisficiera no solo la curiosidad de él, sino también para no dejar tan en evidencia los pensamientos que ahora golpeaban en su mente sin problemas. Intentó moverse para reincorporadse de aquella cama a dosel, pero lo único que congió que algo apretara con mayor fuerza sus muñecas provocándole una mueca de dolor.

—¡¿Qué significa esto? —exclamó la joven en forma de pregunta al notar como sus muñecas eran sujetadas por sogas que la hacían quedar inmovilizada por completo. Una nueva mezcla explotó por su cuerpo entre el deseo y la incertidumbre. Dejó de ver sus manos para enfocarlas al frente y buscar la mirada del "hombre" que ahora la tenia presa. Cuando la encontró la sonrisa en su rostro la dejo sin aliento y al borde de los escalofríos, no le gustaba para nada la mirada que le estaba devolviendo.

—Mientras más intentes moverte o escapar más se cerraban sobre tus muñecas —le explicó de forma tranquila. En realidad estaba tranquilo, muy tranquilo. Kagome lo miraba consternada luego de su respuesta algo que sólo le provoco que la deseara más de lo que ya llevaba hasta el momento.

Una represaría murió en su boca al igual que otro intento por zafarse de aquella trampa. Gimió un poco contracturando su rostro cuando aquellas sogas hicieron el trabajo que Inuyasha se había encargado de decirle segundos antes. Se resignó completamente, ahora si que estaba a merced de él.

Lo vio acercarse sigiloso sin hacer el menor ruido, a un paso casi felino y sin quitar esa sonrisa provocativa de su rostro. Otra vez aquel calor de la primera vez la invadió provocándole escalofríos. Lo deseaba de la misma forma que Satán le demostraba que la deseaba a ella. Cuando llegó al pie de la cama miró de forma hipnótica cada uno de los movimientos hasta que ladeó el rostro avergonzada cuando se quitaba la prenda que lo cubría quedando completamente desnudo. Cerró los ojos con fuerza tratando de tranquilizar un poco su corazón al sentir como su cuerpo soportaba sobre el un nuevo peso.

Verla de aquella forma ante él era sumamente encantador, todavía tenía las reacciones de una niña. Y aquellas mejillas de color escarlata la hacían ver más apetitosa a sus ojos, una presa que pensaba devorar poco a poco hasta que su alma se extinga por completo. Cuando logro que por fin lo chocolates, algo cansados pero brilloso, se fijaran en sus ojos dorados que poco a poco adquirían su verdadero tono la besó con pasión, obligando que la humana abriera la boca con su pulgar para profundizar de aquella manera el beso y dejar que aquel liquido de color sangre y amargo sea probado también por ella.

Una pequeña mueca se formóen su rostro al comprobar el gusto del vino pero igual dejó que pasara libre por su garganta mientras sentía como la lengua de su amante pasaba por la comisura de sus labios recogiendo los restos de aquel néctar que había logrado probar de los labios del diablo. A pesar de su poco tacto a la hora de tratarla de forma delicada sólo lograba que aquella llama en ella se encienda cada vez más calentando de forma gratificante su cuerpo.

Volvió a sentir los labios de él sobre los suyos y suspiró cuando horas atrás sus manos la recorrían arrancando infinidad de sonidos ahora un poco más conocidos para ella. Besósu cuello lamiendo y mordisqueando cada pedazo de piel, arqueándose hacia él cuando bajaba un poco más por su clavícula.

—¿Tan pronto pierdes la cabeza, pequeña?

Escuchó su voz ronca y aterciopelada a la lejanía tratando de que su mente no abandonara la realidad. Pero todo para ella era nuevo y exótico, una mezcla que dejaba marcas en su cuerpo; marcas a fuego. Se mordió el labio inferior con ahínco cuando la boca de él ya se encontraba sobre uno de sus pezones tratando de volverlos duros por completos. Escuchó una pequeña risita por parte de Inuyasha antes de dejar de hacer, por el momento, estragos en su cuerpo. Abrió los ojos por completo y por primera vez se animó a buscar sus labios, la única forma que tenía de demostrar la sobredosis a la que era expuesta.

Satán lamió los labios de la humana antes de morder el inferior provocando un suspiro desesperado y necesario para la mujer. Se regodeó por un momento en la gloria que era poder tenerla de aquella forma bajo sus dominios antes de pasar con suma suavidad sus garras por el vientre plano, haciendo círculos en él ombligo gravando en su mente aquel punto débil de la humana.

—¿Quieres sentirme? —susurró en el odio de la joven rozando su sexo con el de ella provocando un jadeo inconciente por parte de la humana. Notó como Kagome era ahora extremadamente sensible a su tacto.

Kagome mordió el cuello de Satán al sentir como su interior era invadido por uno de sus dedos, éste simplemente jadeó ronco al sentir como su carne era atrapada ente los dientes y labios de ella. Movió sus manos y nuevamente las sogas se apretaron en sus muñecas, el dolor ya no lo sentía aunque quisiera, estaba sumida en ese placer infinito y perverso que Inuyasha sólo podía embriagarla. Sabía que las garras en sus dedos podían lastimarla si hacia algún movimiento brusco pero no le importaba por el momento. Cuando sentía que ascendía y descendía constantemente, estando muy cerca de aquel lugar donde su mente se quedaba completamente en blanco y su cuerpo en parálisis, Satán dejó su labor repentinamente dejándola completamente desorientada y una sensación de dolor infinito por un acto no concluido.

—Inu.. —trató de llamarlo para entender el porqué de esa sensación de vació absoluto que causaba aquel meollo en su cuerpo. Sentía su cuerpo ser barrido por las olas pero faltaba algo para llegar a la cúspide.

—Insatisfecha, ¿cierto? —le preguntó al ver la cara de la chica completamente colorada y dispuesta a sus mandatos. Antes de darle tiempo a responder la dejó boca a bajo pegando su cuerpo con el de ella sólo para que pudiera sentirlo en su zona más sensible. La volvió a escuchar gemir y eso le basto para responder su pregunta—. Te repito y recuerdo que el tiempo es eterno…Ahora sólo grita mi nombre, pequeña.

Y si cuerpo volvió a unirse con el de ella.

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Su paso era lento, sin prisa. Mantenía la mirada gacha analizando un poco los acontecimientos; mejor dicho los últimos acontecimientos en su vida. Sonrió cálida para sí misma, ahora estaba con Satán la persona que se había encargado de llevarse su niñez y corazón, la persona que más amaba en este mundo y a la cual amaría eternamente. No se arrepentía para nada de aquella promesa. Todo lo contrario, aunque la duda la carcomía por dentro; quería saber lo que realmente él sentía por ella.

Rápidamente unos pasos acompañaron los de ella acercándose aprisa hasta ponerse junto a su lado, Ayumi le dio una gran sonrisa en forma de saludo y se quedo mirandola fijamente por unos segundos. Kagome hizo una mueca, no le gustaba estar bajo la mirada inquisidora y curiosa de ninguna persona.

—Estás diferente —soltó al fin su amiga cuando pasaron las puertas de entrada de aquel colegio religioso viéndose rodeadas por grupos incontables de estudiantes—. ¿Te paso algo ayer Kagome?

La aludida negó con la cabeza sintiéndose un poco descubierta, las mejillas se tiñeron un poco de rojo pero podían pasar de ser percibidas por el calor de aquella mañana. No sabía a ciencia cierta cuánto tiempo estuvo junto con Inuyasha en el Manmaden. Algo le decía que había estado mucho más de un día, en un momento le parecieron años; pero sumergida en aquella elipsis que eran las caricias y besos de su amante la mente de ella no estaba para nada más que no sea aquello.

—Yo también lo creo, señorita Higurashi.

La voz de la persona que albergaba por el momento sus pensamientos la sacó de aquel estado de ensueño. Voltió a verlo y se sonrojó al sentirse descubierta por aquella mirada dorada clavada en la suya. Ayumi solamente se sobresaltó un poco, no lo escuchó llegar y mucho menos que estuviera tan cerca de ellas para poder escuchar ese pequeño comentario. No podía negar que el profesor de matemáticas era sumamente atractivo, pero ninguna alumna se podía involucrar con un profesor, además estaba segura que un hombre como aquel ya tenía novia.

—¡Inuyasha, espera!

El gritó de aquella mujer corto el momento en donde simplemente con mirarse existían ellos dos. El profesor esbozó una sonrisa para ambas alumnas y volteó al llamado desesperado que reconocía por la presencia demoníaca que rodeaba el lugar además de la de él. Kikyo corrió y lo abrazó por el cuello ante la mirada estupefacta de todos los estudiantes, pero a ella sólo le importaba una persona en especial, la estúpida humana que se encontraba a su lado con los ojos desencajados por la sorpresa.

—¿Por qué me dejaste? —le preguntó bastante alto para que ninguno oído pudiera perderse de la conversación, se separó de él y lo miro de forma lastimera. Ella también estaba vestida con el uniforme del colegio. Sabia utilizar algunos trucos para alcanzar lo que quería y más si se trataba contra el rey de los infiernos. No iba a perder con una absurda chiquilla.

—Disculpe, pero creo que me esta confundiendo —respondió tajante y de mal modo, no le importaba que sus ahora alumnos lo observaba como lo estaban haciendo, pensando que posiblemente mantenía una relación con una alumna. De cierto modo sí la mantenía, pero su amante no era aquella persona. Tenía que reconocer la tenacidad de Kikyo, pero todo este teatrito no le servia en nada.

—¡Soy tu novia! —le gritó totalmente ofuscada y dolida. ¿Cómo podía atreverse a tratarla de esa forma, ella simple fue la preferida de él y ahora la despreciaba por esa Kagome. Sonrió para sí misma con malicia cuando escucho algunos murmullos en su espalda, todo estaba saliendo por el momento mejor de lo que ella hubiera querido—. No entiendo cómo puedes decirme eso.

Kagome vio como las lógrimas resbalaban por las mejillas de Kikyo y apretó los puños con fuerza, le dio una rápida mirada a Inuyasha y eso la termino de desarmar por completo. Le había mentido, la relación con Kikyo era mucho más que de amantes, o una relación terminada completamente. Al fin y al cabo no podía culparlo, ella sólo era un juguete para él.

Estaba a punto de voltearse y dejar atrás aquella escena que le causaba tristeza, pero Kouga sujetó su brazo y la miró fijamente, como advirtiéndole que al lado de un hombre como Satán sufriría eternamente. Suspiró derrotada y dio una última mirada a la pareja de amantes que se encontraba a su espalda.

—No quiero ver esto, Kouga —le susurró en un murmullo con la cabeza gacha tratando de contener las lágrimas. Kouga levantó su rostro y le sonrió de aquella forma donde en un tiempo atrás su corazón se hubiera detenido por unos segundos.

Mataría con sus propias manos a ese bastando, ¡¿cómo se atrevía a tocarla? Miguel ya le había causado muchos problemas, gracias a él estaban los celos enfermizos de Kikyo y ahora intentaba robarle a la humana que se había convertido mujer en sus brazos. Un aura de muerte lo rodeó, un aura que solo Kikyo y el ángel de Dios pudieron sentir. La colegia al lado de Satán retrocedió un paso con temor cuando unos ojos casi rojos y enfurecidos se posaron en los suyos. Tembló de miedo bajo aquella mirada y pensó que tal vez la mataría al frente de todos sin importarle nada en lo absoluto. Sintió un dolor agudo en todo su cuerpo y los ojos de Inuyasha brillaron de sobre manera. Los oídos le silbaban al igual que sus huesos parecían grujir para romperse en miles de pedazos.

—Lo…lo siento, profesor —balbució tomando grandes bocanadas de aire, sus pulmones se contraían, era la sensación de morir lenta y dolorosamente a manos de Satán. Tenía que pararlo rápido o su vida pendía de un hilo—. Me-me…confundí discúlpeme.

Tosió recuperado el aire que le fue quitado cuando al fin Inuyasha estuvo complacido con sus palabras. Tenía un poco los ojos empañados por las lágrimas, el muy maldito lo hubiera matado sin piedad sino se hubiera retractado de sus palabras. Se llevó una mano al pecho y poco a poco todo volvió a ser estabilidad en ella, nunca mostraba sentimiento alguno en su rostro, salvo cuando era presa del placer del demonio. Pero ahora había sentido miedo. Tenía que pensar las cosas con más deteniendo; pero no importaba ya que volvería a tener a ese ser solamente para ella.

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—Muchas gracias, Kouga, no sabes cuanto te lo agradezco —la verdad era que estaba muy agradecía con él, la saco de aquel espectáculo antes de que se desmoronada en frente de todos. Le dio una cálida sonrisa algo tímida, todavía le parecía algo raro saber que Kouga en realidad era el ángel Miguel, pero de igual modo no podía dejar de estar agradecía para con él.

—No tienes porque, Kagome. Sabes bien porque lo hago —acarició la mejilla de ésta y rápidamente la notó tensa y completamente con su mirada confundida sobre la suya. Se alejó e hizo un leve movimiento con su cabeza en forma de despedida. Poco a poco volvería a ganarse el corazón de aquella colegiala, él la protegería de las manos de Satán. Todavía podía salvar su alma de condenarse para siempre en el infierno.

Lo vio alejarse y cuando ya no quedaba rastros de él apoyo su espalda en la pared, se abrazó a sí misma y trató de poner su ideas en claro. Inuyasha no había apartado ni por un momento su mirada en toda la clase que impartió como profesor hace más o menos una hora. Por suerte ya no lo vería y esperaba que por mucho tiempo, estaba enojada por saber que le mintió de esa manera. La mirada que le regalaba la dejaba totalmente sin habla o movimiento. Seguramente algo bueno no tramaba.

—Acompáñame —le demandó el supuesto profesor de matemáticas con rudeza al por fin encontrar a su escurridiza presa en aquel solitario pasillo. No esperó a que le respondiera, la tomó brusco del brazo y la jaló pese a los intensos de ella por zafarse de su agarre. Entró en una de las aulas vacías y por fin cuando ella también pasó el umbral de la puerta y estuvo dentro la soltó.

—¡No quiero verte! —le gritó con la cara totalmente colorada y ofendida por la forma en la que fue tratada, ella tendría que ser la que este reclamándole a él por mentirle de esa forma tan descarada. Él la miró fijo y sintió un vuelco en el estomago; se alejó un poco recriminándose mentalmente por sus palabras. ¿Por qué todo lo que ella le decía tenia una reacción inversa en las reacciones de él?—. De-déjame.

No sabía si le pedía que se alejara de ella cuando comenzó a caminar hacia ella de aquella maneta juguetona o pedía todo lo contrario. Chocó con el escritorio aferrando sus manos al borde. Inuyasha sin más llegó hasta ella y la alzó dejándola sentada sobre el mismo disfrutando el sobresalto que su rostro denotaba. Se posicionó entre medio de sus piernas y escuchó un leve gemido por parte de la humana que rápidamente intento esconder ladeando el rostro. Se acercó a su oído sujetándola con fuerza desde la cintura para que no escapara de él y de aquella forma acércala hacia su cuerpo.

—Eres mía —declaró antes de tomar con sus dientes el lóbulo de la oreja de la mujer y notar como el cuerpo de ella comenzaba a reaccionar por sus acciones. La estrechó más contra su cuerpo sitiendo como poco a poco el cuerpo de ella comenzaba a temblar y dejarse definitivamente llevar.

—Inuyasha —jadeó cuando la lengua de él recorría su cuello y se abría paso abriendo un poco más aquella camisa de colegio. No había querido decir su nombre, sino que se detuviera; alguien podía verlos o escucharlos en estás condiciones. Pero ese calor que nacía desde su zona más sensible y se extendía por todo su cuerpo la nublaban los pensamientos y las acciones. Podía si quería separarlo, pero lo único que hacia era sujetarse más fuerte de los ante brazos de él.

—¿Quieres que me detenga? —le preguntó alejándose un poco de su cuello y obligando a la humana a enredar sus piernas en su cintura. La empujó contra él para que sintiera hasta que punto podía perder la cabeza por ella, aún por sobre la tela era una sensación gratificante y tortuosa. No podía ser más paciente como las primeras veces que la había tomado.

Se arqueó a él cerrando los ojos al notar el estado de su amante, podía sentirlo tan bien algo que sólo lograba que intensificara las sensaciones en su cuerpo y las imágenes de la primeras veces que Inuyasha había hecho el amor con ella logaban excitarla mucho más. Se estaba convirtiendo en las manos de él sin querer en una ninfomana. Una parte de ella le pedía a gritos que le digiera que la tomara sobre ese escritorio, pero la poca luz de cordura que todavía quedaba en ella le decía que no podían, eran profesor y alumna.

—No podemos —pudó responder a su pregunta haciendo por el momento a un lado la atmósfera sensual que los envolvía a ambos. Como respuesta él sólo mordió un pedazo de piel arrancando un grito ahogado cargado de placer. Se sonrojó a notar la forma en la que se comportaba.

—Nadie podrá vernos ni oírlos —deslizó sus manos por debajo de aquella estorbosa camisa pasando sus palmas por la piel tersa y perfumada de ella, arrastrando sus dedos hasta dejar marcado el lugar—, no importa lo alto que grites.

Las palabras primero la tomaron por sorpresa pero luego entendió que Satán algo había hecho para que nadie los descubra. Las ásperas y rudas manos de él dejaron el lugar ardido provocando un cosquilleo placentero hasta llegar a su objetivo. Ahora era quien inconscientemente lo apresaba más con sus piernas para que se uniera a ella mientras sentía una de las manos cubrir su pecho y jugar con él como se le venía en gana. Respondió a su beso con el mismo frenesí que el del diablo; dejando completamente de lado el recato o el miedo de ser descubiertos.

—Puedes irte.

Se alejó de ella como si nada y la observó; sus labios entreabiertos, hinchados y húmedos por los besos. El pelo desordenado, su ropa descolocada. Como un cuadro digno de admirar, si seguía en esa posición la tomaría a pesar de todo. Kagome se bajó del escritorio y como pudo se acomodo torpemente su ropa, se sentía miserable. Primero le decía todas esas cosas y después la tiraba como si fuera una basura. Le dio una rápida mirada algo triste y salió sin decir alguna palabra.

Cuando la humana cruzó la puerta y dejó de escuchar sus pasos su mirada se endureció mientras tomaba asiento en una de las sillas.

—¿Crees que si me observan me gustaría más? —preguntó con la mirada puesta en la puerta entre abierta, hasta que por fin la figura de la persona que sintió aquella presencia entro en su campo visual—. ¿Qué me excitaría más? —le siguió preguntando al tiempo que Kikyo daba un paso más confiada dentro del salón.

Había detestado a Kagome con todas sus fuerzas cuando los encontró a ambos en aquel salón, ella si podía verlos y oírlos a pesar de aquella barrara que Satán había impuesto. La odio, pero cuando noto como se desasía de ella sin más sus dudas se disiparon…Esa mosquita muerta era nada más que una de sus amantes.

—Entiendo que tengas tus dudas y deseas cumplirlas —sus ojos castaños brillaron esperanzados porque seguramente volvería a ser la prefería de él, nadie la igualaba y mucho menos una recién ex virgen.

—¿Quieres acostarte conmigo, Kikyo? —su voz sonó normal como tal y ella la conocía. Sonrió y se acercó otro poco más hasta él quedando a solo unos pasos. Dibujó una sonrisa en aquel rostro varonil al notar la desesperación de ella—. Bien…desnúdate.

Lo fulminó con la mirada, casi con rabia. Satán con sus propias manos había casi llegado a desnudar a la humana y a ella no se atrevía a tocarla. Sujetó su camisa cuando ésta fue abierta por la mitad gracias a un rápido movimiento de las manos de él.

—¿Pensé que querías que me acostara contigo? —siguió con sus juego, no dejaría que aquel mitad ángel y demonio lo demandara como si fuera de su propiedad absoluta.

Ella llegó por fin a su lado aún sosteniendo su ropa desgarrada, se inclinó lo suficiente para volver a besar los labios de la persona por la cual estaba perdiendo cualquier tela de juicio. Pero a pesar de desearlo con todas con sus fuerzas Satán no le respondió.

—Desnúdame, has que nadie nos vea. Trátame como trataste a Kagome —le pidió alejándose unos centímetros de sus labios para poder ver los ojos dorados del demonio en forma de humano. Su cuello fue aprisionado por una de las manos de él cortándole la respiración, intentaba respirar pero la presión en su cuello cada vez era mayor. La mirada que le era devuelta estaba cargada de una burla infinita.

—¿Por qué crees que te trataría igual? —preguntó apretando un poco más con sus manos el cuellos de ella, notando como sus ojos formaban lágrimas que intentaban caer de sus ojos—. Eres un juguete para mi, Kikyo, nada más que un juguete —la soltó con brusquedad arrojándola al piso estrellando el cuerpo femenino sin recato.

Kikyo permaneció inmóvil procesando las palabras y recuperando nuevamente el aire, si hubiera querido matarla lo hubiera echo. Fijó sus ojos en él quien emitió una carcajada entes de volver a fijarse en ella en forma amenazante.

—Le tocas un sólo pelo y te juro, perra, que esa vez sí te mato. No más contemplaciones.

Se marchó sin más y gritó con todas sus fuerzas, esa bastarda de Kagome se lo pagaría muy caro. Juraba que la mataría, no iba a dejar que Satán sea de ella. Lo recuperaría costara lo que costara. Sonrió con malicia cuando un plan llego a su mente, primero destruiría la linda relación que ella pensaba que tenía con él.

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No aguanto más y las lágrimas viajaron por sus mejillas perdiéndose en aquel piso pulcro del colegio. Entró en uno de los salones, estaban en receso y este salón todavía no era usado por ninguno de los estudiantes o profesores. Cayó de rodillas y lloró, lloró por el engaño de él. Kikyo tenía razón…No servia.

Su llanto se hizo más fuerte y sintió que el corazón se le oprimía en el pecho, esta vez Inuyasha no vendría a calmar su llanto. Esta vez estaba llorando a causa de él. Cuando vio el estado de Kikyo no lo pudo creer, y luego entendió el porqué. Ahora sabía que las palabras del diablo eran solamente una vil mentira.

Seguramente estaría regodeándose en su grandeza por jugar con una humana ingenua como ella.

—Kagome —la llamó Kouga al notar el estado totalmente desesperado de la muchacha que no hacia otra cosa que acunarse en el suelo y llorar amargamente. Se acercó un poco hasta ella y la ayudó a reincorporarse del piso. Sea lo que sea que le pasaba era algo sumamente grabe.

—Mentiroso, mentiroso —escuchó como la chica murmurada negando con la cabeza algo que le partió el corazón en miles de pedazos. Ahora entendía a quien se refería con aquellas palabras. Kagome escondió el rostro entre sus manos, quería estar sola para poder desahogarse, pero tampoco la presencia de Kouga la molestaba en estos momentos.

—¿Qué sucedió? —fue la pregunta del ángel tratando de averiguar un poco más de los acontecimientos que ponían de aquella forma a la humana que amaba. Kagome suspiró varias veces y tomó valor para mirarlo a la cara con los ojos extremadamente rojos.

—¡¿Por qué? —gritó tratando de sacar todo ese dolor que sentía y al mismo tiempo comprender la jugada tan sucia—. ¿Por qué tenía que acostarse con ella? —volvió a gritar y los fuertes brazos de Kouga la atraparon para que se desahogara en su pecho—. Yo no podría acostarme con alguien que no amara —terminó confesándose logrando soltar más lágrimas empapando un poco el uniforme de su, por el momento, protector.

Kouga abrazó más fuerte a la pequeña en sus brazos y dejó que descargara todo el dolor que sentía sobre él. Inuyasha no sabia que clase de mujer tenía ahora a su lado. Se arrepintió por no haberlo mandado definitivamente al infierno cuando le fue posible, antes de que Kagome jurara amor eterno a una persona como aquel ser. Ahora se encargaría de cuidarla, la protegería de todos y de todo.

—Déjame protegerte —murmuró mientras la alejaba un poco, sólo un poco para poder observar aquel rostro angelical. La vio parpadear varias veces y se acercó hasta unir sus labios con los de ella. Tan suaves al simple tacto.

Kagome se alejó rápido de él mirándolo consternada, antes se hubiera derretido en sus brazos, ahora ya no sentía nada por Kouga, sólo cariño. Todo fue rápido ante sus ojos. Kouga volvió a abrazarla y ambos cayeron al piso cuando todas las ventanas del lugar se rompieron en piles de pedazos esparciéndose por todas partes.

—¿Estas bien? —se alejó de ella y la miró con minuciosidad para ver que no tuvíera ninguna herida en su cuerpo. Ella asintió y caminó hasta una de las ventanas totalmente rotas escuchando como los pedazos de vidrio crujían a sus pies.

Entonces ahí lo vio, mirándola fijamente desde la lejanía denotando enfado, clavandó sus ojos en los suyos. Le gritó cuando comenzó a darse la vuelta pero nunca se giró nuevamente a verla. Salió a toda prisa del salón a pesar de las suplicas de Kouga y corrió todo lo que sus piernas le permitían. Cuando por fin llegó al parque lo divisó a lo lejos, bastante lejos pero eso no le importo.

Respiró agitada pero para suerte de ella lo alcanzó. Aunque no se puso a su lado, siguió su paso desde una corta distancia. Aprtó los puños y deseó nunca haberse enamorado de él, paro en seco totalmente fuera de sí, él le debía explicaciones a ella no ella a él.

—¡Yo no fui la que se acostó con Kikyo! —lo enfrentó gritándole. No escaparía, no se sentiría indefensa ante su mirada. Inuyasha se volteó y vio la determinación en sus ojos. Se acercó hasta ella quedando frente a frente, el pecho de la humana subía y bajaba con rapidez.

—No me acosté con ella —fue su respuesta en un tono de voz monótono. La mujer ante él sólo lo miro aturdida y tratando de creer en sus palabras. Ella había desconfiado de él, había permitido que otro hombre aparte de él la besara y mucho más permitió que Kouga la besara. ¿Acaso no entendía lo que él sentía por ella? Se sintió traicionado y nuevamente su mirada sobre ella se endureció de tal manera que notó a la chica temblar ligeramente—. Celebraremos Sabbath, pequeña, y tú participaras. Pagaras por traicionarme.

La sonrisa que le daba era casi escalofriante y llena de rencor. Tragó lentamente al darse cuanta en la trampa que había caído por culpa de la amante de Satán, y lo peor es que merecía el odio de él. Ahora definitivamente si era un juguete para él. Volvió a temblar al imaginarse en esa situación.

—Alguien ira a dejarte lo necesario —luego de eso se giró sobre sus talones comenzando a caminar nuevamente. No lo perdió de vista hasta que definitivamente sus ojos ya no pudieron rastrearlo.

Su garganta estaba cerrada por completo, estaba en un estado de estupor. Ella participaría en el Sabbath. Otra vez sus ojos se llenaron de aquel líquido con sabor salado. ¿Dónde quedaba la promesa de amor eterno?

«Nula» Pensó al darse cuanta que era quien arruino la confianza que existía en su reciente relación. Se abrazó a si misma rezando para que sus palabras no fueran ciertas.


Y estamos de vuelta...Gracias por los reviews, que bueno que lemon les gusto jejejejeje xD...Haca tenemos otro capi terminado, hoy no los voy a molestar mucho con las notas de autor. Estoy tratando de actualizar lo mas pronto que puedo por que tengo los tiempos un poco cortos ¬¬

Como siempre espero que dejen su reviews...nos vemos

-GLOSARIO-

Sabbath: Tiene varios significados pero en este caso se refiere a una fiesta que ralizan los demonios

Pd: No quedan muchos capis, a lo sumo dos o tres. No creo que supere esa cantidad

Lis