Capítulo 11: Destino satánico

Abrió lentamente sus ojos con parcimonia, todo su cuerpo se encontraba cansado y agotado. Reprimió un pequeño bostezo y aferró con un poco de fuerza las sabanas que cubrían su cuerpo.

Se sentía feliz, como si flotara en alguna dimensión donde lo único que provocaba era que todo su cuerpo sea invadido por la paz y tranquilidad. Por fin logró abrir sus cansados ojos viendo como primera imagen unos ojos totalmente dorados brillantes como el sol del mediodía. ¿Siempre los ojos de Inuyasha brillaban con aquella intensidad?

No importaran que sean rojos escarlata o fuentes doradas, siempre ese brillo estaba en su matiz arrollando con los pensamientos claros en su mente, formando lagunas o simplemente captando toda su atención.

Se sonrojó al recordar el previo encuentro que la dejo en aquel estado. Fue la primera vez que Inuyasha le hizo el amor en forma humana, de una forma tan tierna y tan cálida; como si él también quisiera trasmitirle por medio de sus caricias y besos algún secreto. Su mirada abrasadora sobre su cuerpo era todo lo que necesitaba para quedar rendida a sus mandatos.

Había escuchado que nunca ninguna mujer podía enamorarse del demonio y mucho menos entregarse a él porque a su lado podía experimentar la felicidad eterna de aquella intimidad llevándola a la locura.

Ella había quebrantado ambas leyes, lo que la confinaban a la locura por dejarse atrapar por el magnetismo de aquel ser. Pero si ese era su destino estaba dispuesta a cumplirlo. Seguir a Inuyasha hasta el mismo infierno si era necesario, si solamente de esa manera podía estar con él.

Se inclinó lo suficiente para besar su frente, la humana ante eso sólo cerró los ojos y suspiró complacida. Nunca antes se imagino en una situación igual, pero ahora que le era presentada y mucho más al saber lo que aquella mujer logro hacerle al meterse poco a poco en su vida, no dejaría que Kagome se fuera de su lado nunca más. Había tomado una decisión y no importaba la respuesta de ella, estaría a su lado de una forma u otra

Simplemente porque Kagome era de él, su mujer para la eternidad…Suya y de nadie más.

Se levantó mirando de soslayo como la humana se encontraba muy cómoda en el lugar donde estaba, dejando ver la pequeña sonrisa en los labios que poseía. Se vistió rápido aún en su forma humana antes de volverse a sentar en el borde de la cama pero dándole complemente la espalda a aquella mujer.

—¿Inuyasha? —preguntó Kagome medio intrigada notando a simple vista lo tenso que estaba Satán, no recordaba haberlo visto de ese modo. Se reincorporó tapando su cuerpo, lo suficiente para poder sentarse en la cama. Algo le decía que no estaba del todo bien.

—Permanecí en tu mundo solamente por ti, pero no puedo quedarme en él por más tiemp... —comenzó a explicar como si nada pasando por alto el llamado de ella. La sintió intrigada pero no era tiempo para trivialidades—... así que tendrás que quedarte conmigo en el Manmaden.

Se giró lo suficiente como para mirarla nuevamente, el cabello travieso de ella caía por los costados de sus hombros haciéndola ver ante sus ojos endemoniados como uno de los pecados mas grandes de este mundo, un pecado que solamente podía ser probado por él. Los ojos de ella se abrieron al extremo dejando ver la confusión que esas palabras provocaron en su cuerpo. Siempre sus ojos eran tan expresivos y esta vez no había sido la exención del caso.

—Tendrías que saber las consecuencias que conlleva amar a una persona como yo —siguió hablando esta vez acercándose hasta la muda chica que intentaba no perder el hilo de la cuestión, su alma parecía pesarle a cada palabra de él.

—Pero…

—Tendrás que morir —la interrumpió llegando por fin al meollo de la cuestión. Los ojos de ella se abrieron desmesurados pero aún así siguió en silencio cada uno de los movimientos. Se hacerlo lo suficiente hasta ella para besarla efímeramente en los labios—. Sino…

¿Por qué de pronto el sueño la invadió? Veía la boca de él moverse pero los sonidos ya no llegaban a sus oídos. Sus ojos volvieron a cerrarse a pesar de sus intentos por mantenerse despierta y poder escuchar las palabras de él.

—… te obligare a hacerlo.

Nuevamente los brazos de Morfeo la acogieron en un sueño pacifico y profundo.

Cuando nuevamente despertó la luz del día la recibió al igual que su habitación de tonos claros. Se reincorporó con un poco de pesar notando que estaba vez su cuerpo estaba cubierto por la ropa que ella utilizaba para dormir. Se talló los ojos y con pasos pausados se encamino hasta el borde de la ventana donde dejo que la brisa matutina la despabilara por completo.

«Tendrás que morir»

Esas tres palabras soltadas por él asaltaron en su mente causando miedo y confusión. Por un lado no estaba segura si todo eso era un sueño, pero para ser un sueño era demasiado real. Además la marca en su hombro dejaba claras señales que todo los hechos, cada uno de ellos, eran verdaderos y reales. Y como segunda opción sentía miedo, miedo de morir.

Un miedo natural que todos los seres humanos poseen a lo largo de su vida, dejando como consuelo en su alma una vida después de la muerte. Vivir en la tierra, con aquel cuerpo terrenal, solamente era una etapa de transición antes de vivir la verdadera vida.

A pesar de todas aquellas palabras que podían mitigar el miedo y angustia en otras personas por saber que su vida tenia fin, en ella a estas alturas sólo lograba ponerla mal.

Tal vez Inuyasha tenía razón en sus palabras, enamorarse de un ser como él no era fácil y por eso ahora tenia que estar a su lado, no sólo porque eternamente la había jurado amor. Pero igual tenía que dejar a su familia, a sus amigos, todo lo que ella conoció con tal solo quince años de vida. Tenía que dejar una vida para comenzar otra en el infierno.

Tenía que morir…Si sólo lograra recordar las palabras que Satán pronuncio antes de caer en ese sueño profundo.

—Kagome, el desayuno esta listo.

La voz de su madre la sacó completamente de sus pensamientos logrando que volviera nuevamente a la realidad y bajara a la tierra. Ya tendría tiempo para pensar bien en si realmente podía abandonar todo lo que la rodeaba por alguien quien todavía se lagaba a decirle un simple 'te quiero'.

«El amor no se construye de a uno» pensó, antes de comenzar su labor matinal como todos los días que tenía que ir al colegio. Algo le decía que no le era indiferente a aquel hombre, pero aún así necesita escuchar de su boca aunque sea una palabra de ternura o cariño. Suspiró pesadamente antes de volver a alejar los fantasmas y ahora sí, de una buena vez por todas, comenzar el día.

No hablo mucho con su madre durante el desayuno, solamente comió sus alimentos en silencio tratando de encontrar una posible respuesta para su problema; esa respuesta que por el momento no quería aparecer y dudaba que lo hiciera en el transcurso del día.

Deliberadamente hoy no cursaría ninguna de sus clases, primero tenía que encontrar una pequeña tienda; algo le decía que ahí encontraría la respuesta a la pregunta que ella no podía decidir.

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Su mirada castaña y frió reparó en cada grupo de personas, en cada lugar pero nada; la muy maldita al parecer hoy no se dignaría a aparecer. Eso interponía un poco su plan pero siendo de la naturaleza que era podía encontrarla con facilidad. Una punzada provocó que se llevara la mano al pecho, era profunda y casi agonizante. ¿Qué le estaba pasando, entrecerró un poco los ojos y poco a poco el dolor se disipo.

Se reincorporó un poco y su semblante impávido volvió a ella demostrando que nada podía corromper ese rostro, ni la tristeza ni la felicidad. El viento movió algunas hebras de su cabello renegrido logrando volverla más amenazante de lo que ya en un principio era.

Definitivamente estaba perdiendo el corazón de ángel que poseía, la única escasa esencia que por ahora le quedaba. Ahora entendía aquellas punzadas que rara vez se formaban en su pecho, no pudo evitar sentirse realizada a pesar de que su plan todavía no era llevado a cabo.

Muy pronto dejaría de ser un ángel, estaba sufriendo una metamorfosis.

El caminar de una persona se detuvo justo a su lado escudriñando su cuerpo, odia que él la mirara así. No necesitaba darse vuelta para comprobar quién era el dueño de aquella esencia.

—¿Qué quieres, Kouga? —preguntó desafiante y volvió a mirar todo los lugares que estaban en su campo visual por si de casualidad podía dar con la persona que buscaba.

—Saber qué es lo que estás tramando —fue la rápida respuesta de él en el mismo tono en que su receptor se había atrevido hablarle. Llevaba varios días vigilando celosamente sus movimientos, conocía el carácter voluble que la mujer poseía y más cuando alguien se metía con su nuevo capricho. Dios estaba de testigo al saber que lo que la mujer sentía por el ángel caído no era amor, por eso no permitiría que le hiciera daño a una persona tan pura como Kagome.

—Eso no tendría que importante —lo miró de soslayo notando como éste no despegaba su vista de su rostro. Soltó un profundo suspiro y ladeó la cabeza en forma desaprobatoria—. ¿Qué es lo que le vieron a aquella estúpida?

Soltó esas palabras con sorna y enfado apretando los puños siendo cociente de los claros y evidentes sentimientos que el ángel de Dios sentía también por esa humana. ¿Qué tenia Kagome que no tenga ella? Tanto Satán como Miguel estaban enamorados de ella, ambos seres tan opuestos cayeron ante una humana, una simple e insignificante humana de quince años.

Sus uñas se clavaron con fuerza en sus palmas cuando se encontró por unos segundos con la mirada celeste cielo. La odiaba, la detestaba enormemente y por eso hoy sería el último día con vida de Kagome Higurashi.

La sonrisa escalofriante que le devolvió la mujer acompañado del aura de venganza y muerte dejo por sentado los planes que tenía guardado y tramando con minuciosidad. Escuchó una carcajada sonora y los castaños de ella se volvieron más oscuros, totalmente negros.

—Despídete. Te recomiendo que lo hagas —le recomendó con burla al ser conciente que la vida de Kagome pendía de un hilo. Podía sentirlo, estaba cerca muy cerca.

La voz de ella logro provocarle un vació en el estomago, su rostro se giró en la dirección hacia las puertas de entrada. Él también podía sentir esa presencia, tenia que llegar a tiempo…Tenia que salvarla.

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—Kagome —respondió alegre aunque sin girarse a ver a la anciana que atendía la tienda de libros. Sus manos se movieron presurosas entre los estante tratando de encontrar lo que buscaba. Mordió su labio inferior al no encontrar señales claras del libro. Ya le había llevado mucho tiempo encontrar la tienda, hasta la primera vez fue por casualidad, pero al fin y al cabo ahora la había encontrado—. No puede ser —se quejó en un suspiró casi resignado al revisar en otro estante pero aún sin encontrar lo que buscaba.

—¿Qué buscas? —preguntó nuevamente la mujer de edad avanzada observando la tenacidad de la joven adolescente por encontrar quién sabe qué libro. Era la única clienta en toda la tienda a estas hora del día, algo que le alegraba enormemente. La mujer se movió en su asiento un poco antes de bajarse por completo de él y cruzar el mostrador hasta la joven colegiala.

—Uh…lo siento —se disculpó cuando notó la presencia de la dueña del local a su lado. Inclinó un poco su cabeza en forma de disculpa y la mujer dibujó una tierna sonrisa en su rostro arrugado por los años que tenia sobre su cuerpo.

—No te preocupes por una vieja como yo, jovencita —le dijó en un tono cariñoso a pesar que su voz sonaba cansada por la edad—. Dime que estás buscando con tanto desenfreno.

—Un libro —respondió rápida y enérgica ante esa mirada igual que la suya sólo que con menos brillo—.De hechizos —concluyó al darse cuenta de la escasa información que le había dado.

La mujer de estatura un poco baja ante ella parecía meditar la información tranquilamente. Su frente se arrugó mucho más conforme a como trataba de recordar y algunos cabellos de color blanco cayeron de su improvisado recogido.

—El único que tenia lo vendí alrededor de un mes —explicó al ser conciente que no podía ayudarla en su búsqueda, era el único ejemplar que tenia—. No puedo decirte a quién porque no lo recuerdo pero sí puedo decirte una cosa —tomó una gran bocanada de aire, a su edad no se podían formular oraciones demasiado largas—. Esa clase de libros están predestinados. Esperan pacientemente hasta que su dueño los compre.

El corazón de Kagome se detuvó por un momento en su pecho al ser conciente del peso de las palabras de aquella anciana vendedora. Ahora todo tenía sentido desde principio a fin. El haber comprado ese libro, el de invocar al demonio y hacer un pacto con él, el haberse enamorado y entregarse por ultimo a él.

Todo absolutamente todo ahora tenía sentido.

—¿Te encuentras bien? —preguntó la anciana preocupada al notar la pronta palidez en el rostro de la chica. Ésta al parecer salió de dónde quiera que estuviera y le dio una sonrisa.

—Muchas gracias por todo —se despidió antes de salir definitivamente de la tienda. Ahora sabía bien que nada de los últimos acontecimientos vividos había sido un juego del destino, o un error intencional provocado por ella.

Podía sonar irreal a los odios de cualquier ser vivo e irracional pero su destino estaba escrito desde el momento en que nació. Ella tenía que encontrar y enamorarse de Satán, tenía que amarlo hasta la eternidad. Él permaneció siglos en el infierno hasta esperar ser invocado por ella.

Su destino era ese, amar y ser correspondida por el demonio; permanecer eternamente a su lado. Ya no había dudas en su mente, todo estaba disipado por completo, ella tenía que estar junto a él.

—¡Kagome!

El grito potente de un hombre retumbo en sus oídos parando en seco completamente, antes de que un chillido metálico llegara ahora a los mismos al chocar contra su cuerpo. Este último pareció romperse en miles de pedazos antes de que completamente dejara de sentir, volviendo todo negro a su alrededor.

Vio con horror como el cuerpo de la humana chocaba con ferocidad contra el auto, levantándolo varios metros del suelo y luego cayendo con la misma intensidad sobre el duro pavimento de concreto. El cuerpo de ella se quedo inmóvil ahí, con el cabello cubriendo el rostro lúgubre de la reciente muerte, poco a poco dejando un charco de sangre, con varias partes de su cuerpo cortadas y magulladas.

—Te dije que te despidieras de ella —susurró una voz femenina cerca de su oído al contemplar la escena digna de un cuadro de muerte. Kikyo posó una mano sobre su hombro sonriendo satisfecha. Kagome estaba muerta, la maldita estaba bien muerta.

Kouga se alejó de ella con asco, su corazón estaba totalmente corrompido por la venganza cumplida. A Kikyo no le importo en lo mas mínimo, se motaba que él sufría pero aún así siguió observando la escena tan pintoresca frente a ella. Su sonrisa se agrando cuando el último paso de su plan estaba ahí.

La parca había llegado para llevarse el inerte cuerpo de Kagome, de esa forma ya ninguno de los dos podía revivirla si lo quería.

Pero la sonrisa que al parecer se negaba a irse de su rostro tuvo que hacerlo cuando la muerte se convirtió en completo polvo ante sus ojos. Miró enfurecida a Kouga cuando éste avanzaba convertido en ángel hasta el cuerpo de la adolescente. El muy maldito había traspasado a la parca con su lanza impidiendo su perfecto plan.

Se arrodilló a su lado descorriendo con ternura los mechones de cabello azabache para dejar a la vista el pálido rostro desencajado. Aún así seguía siendo tan frágil e indefensa. Limpió con cuidado la sangre que ensuciaba el rostro de la reciente fallecida joven antes de tomar el inerte cuerpo entre sus brazos.

Se reincorporó del piso con ella sin dejar de observar el pacifico rostro, como si de verdad estuviera en un placido sueño. Su ropa estaba sucia y en varias partes rasgada. Desplegó sus alas dejando libres varias plumas blancas al aire.

—¿A dónde demonios crees que te la llevas?—lo enfrentó totalmente colérica por su osadía de interrumpir su plan. Los humanos no podían presenciar aquella escena, que bien podía durar si quería horas, eran como si estuvieran en un mundo paralelo—. ¡Respóndeme, Miguel! —terminó gritando al notar como el ángel se elevaba un poco del suelo con la humana en sus brazos.

—Espero que Dios pueda perdonarte por tus pecados, Kikyo —fue la respuesta de él antes de dirigirse hacia el lugar donde ahora podía estar siempre con la mujer que amaba, purificando su alma. El cielo era el digno lugar para una joven como Kagome.

Lo observó resentida desde el suelo hasta perderlo de vista completamente. A pesar de haberle preguntando sabía muy bien a dónde se dirigía. Si no fuera por Miguel, por el gran amor que le profesabaa Kagome, ahora todo estaría completamente perfecto.

Un escalofrio recorrió su espina dorsal logrando que el miedo de sentirse descubierta la invadiera. Giró lentamente hasta enfrentar al dueño de aquella presencia amenazante. Su corazón dio un vuelco y todo el valor que pensó tener se esfumo de su cuerpo.

—Déjame adivinar —le habló sin hacer ningún movimiento, solamente enfocando sus rojos escarlata en los negros asustadizos de ella—. La mataste, querías desacerté de su cuerpo gracias a la muerte pero no contaste con que el idiota de Miguel se interpondría. ¿No es así? —enumeró tranquilo los hechos más que evidentes sin aumentar su todo de voz. La vio temblar un poco bajo su mirada pero rápidamente recupero la compostura—. ¿Eso significa un sí?

Dio un paso hacia atrás cuando el aura de Satán se volvió más amenazante aún. La gruesa mano de él atrapó su cuello clavando levemente las garras en su garganta. Sus pies dejaron de tocar el piso al ser levantando unos centímetros del suelo.

—Per…don —balbució con el aire que todavía le quedaba en sus pulmones, la garganta se cerraba cada vez más gracias a la presión de él. Teníaa que reconocerlo el tinte rojo lleno de ira sobre los suyos le causaba miedo. Tembló presa al saber que estaba vez la mataría.

—Un trabajo brillante. Serías buena como demonia, Kikyo —arrastró su nombre y acercó su rostro al de el. Ella se quejó contracturando sus fracciones y formando extrañamente lágrimas en los ojos—, si es que tuvieras vida, pero como no la tienes…

Kikyo convulsionó gritando con dolor al sentir como las garras de él traspasaban rompiendo su piel al mismos tiempo que su cuerpo parecía ser echado en una hoguera.

Miró son desagrado como el uniforme caía al suelo, los restos de Kikyo desaparecieron al desintegrarse por completo, solamente dejando cenizas; las misma que deja un papel cuando es quemado.

Subió su vista enfocándola en el cielo…Tenía que recuperarla.

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Abrió sus ojos chocolates poco a poco, se reincorporó lo sufriente llevando una mano sobre su cabeza; ésta le dolía terriblemente acompañado con el vació que tenia en la mente. Era una hoja en blanco por completo, no sabía dónde estaba ni mucho menos quién era. Frunció el seño, sabía que algo faltaba en su vida pero no sabia qué.

Se reincorporó con cuidado tambaleándose un poco cuando logro ponerse de pie por completo, sus pies descalzos tocaron la hierba debajo de ella. Observó con minuciosidad el entorno que la rodeaba, era un lugar plagado de flores en diferentes tipos y colores, arboles también con frutos a la vista terminaban de decorar aquel lugar.

Todo estaba tan calmo y pacifico, llenando cada rincón de ese Edén de paz y armonía. Era perfecto pero ella, no se sentía acorde con ese lugar, como si fuera una pieza diferente de un rompecabezas que no encajaba.

Unos pasos en la hierba lograron que se sobresaltara un poco, girando para encontrarse cara a cara con un ser de mirada cálida y sonrisa sin igual. Las alas que salían y sobrepasaban su espalda hicieron que se diera cuenta que aquella persona no era igual a ella.

El ángel llegó a su lado obsequiándole una de las flores silvestres que inundaban el lugar. Miró por largo rato aquellos ojos celestes tan claros como el cielo sin nueves y tomó aún un poco desconfiada el sutil regalo. El ser ante ella sonrió complacido y encantado, la incomodidad se disipo al ver ese gesto. Le traía una sensación de añoranza como si lo conociera, pero era imposible que una humana pudiera conocer a un ángel, para eso ella tendría que estar…

—Kagome, prometo que en este lugar serás muy feliz —hablo acariciando una mejilla de ésta al ver los ojos totalmente sorprendidos sobre los suyos. Poco a poco ella sería parte de este lugar al lado de la persona que siempre tuvo que estar. No había tiempo para lamentaciones, ahora estaba con él para salvar su alma y su vida. La amaría como ella se lo merecía.

Ahora conocía su nombre pero, por más que intento indagar en los ojos de él buscando algo más de ese pasado que no recordaba, nada obtuvo. Igualmente le sonrió y agradeció mentalmente por aquella caricia, era tierna y tranquilizadora a la vez, pero igual algo le decía que no debía aceptarla.

Lo siguió en aquel paseo casi en silencio, recorriendo el lugar al mismo tiempo que lo reconocía. Todo parecía salido de un cuento maravilloso. Sí, ella sabía que estaba muerta y que este lugar significaba el cielo. Otros ángeles y arcángeles saludaron a Miguel desde la lejanía para no interrumpirlos. La voz de él parecía arrullarla alejándola de todo pensamiento por saber su pasado. Tenía que saberlo por aquella sensación extraña que su cuerpo poseía.

—Kagome —susurró Kouga cuando detuvó por un momento su caminata para volver a ver el rostro de la mujer que lo había embelezado por completo. Ella levantó su mirar tan tierno y lo sostuvó con el suyo. Se acercó lo suficiente hasta poder sentir el respirar agitado de ella chocar contra su rostro.

Esas pupilas sobres las suyas la dejaron absorta por un momento, veía el acercamiento de él pero igual así no intento correrse. Su respiración se volvió más rápida y los latidos de su corazón retumbaron en su pecho. Una negación rotunda a ese beso próximo la invadió, lo alejó justo a tiempo refugiándose con sus manos. Se abrazo a su misma y trato de tranquilizarse un poco. Cuando estuvo Miguel a punto de besarla sintió como si con aquello engaña a alguien y por sobre todo como si se engañara a si misma.

—Señor Miguel.

La voz de otro ángel recién llegado irrumpió en el lugar. Kagome lo miró detenidamente por un momento olvidando el reciente hecho para concentrarse en aquel nuevo ser que respiraba irregularmente. Su rostro estaba totalmente pálido, como el de una vela. Kouga también lo miró fijo pero antes de que pueda preguntar un ruido ensordecedor retumbo en todo el lugar.

Los ángeles siempre había sido pacíficos, pero el rostro y la postura de Miguel ante sus ojos, no era la de una persona que denotara calma y serenidad. Los ojos celestes de él parecían centellar. Una presencia abrazó todo el lugar y las voces de diferentes ángeles no tardaron en llegar a sus oídos.

—Satán —Murmuró Kouga con veneno, algo completamente extraño para un ángel de Dios, pero no permitiría que acabara con la vida de la mujer que amaba. Le dio una rápida mirada al cuerpo tiritante de Kagome que al perecer intentaba entender qué o quién había irrumpido en este lugar—. Kagome.

La aludida volvió a fijar toda su atención en la persona que tenía al frente. Parecía totalmente enfadado y el rostro estaba más contracturado aún. Más ángeles llegaron hasta ellos y por entre medio del muro de personas totalmente armadas con una especie de lanzas notó algo que le llamo la atención. Le provocaba una sensación de escozor y extrañeza.

—No pensé que pudieras volver al reino de Dios —lo enfrentó calmadamente Kouga, captando la atención por completo del recién llegado—, pero aún así, no hay nada aquí que te pertenezca, Satán.

Inconcientemente los ojos de ella buscaron a la persona que irradiaba ese aura totalmente demoníaca y asesina. Sintió una punzada tan profunda y dolorosa que la obligó a cerrar por un momento los ojos. Ese ser con alas negras le producida nostalgia…Lo conocía, pero un su mente se negaba a recordarlo, aún así sintió como su corazón comenzaba una carrera desbocada en su pecho cuando este se fijó en su presencia.

—Kagome, ella me pertenece —cruzó su mirada nuevamente con la ella y vio la confusión en sus ojos, ella no lo recordaba—. Eres un maldito cóbrate, Miguel, ¿no puedes enfrentarme a mi solo o necesitas un ejército de engreídos ángeles?

—No me subestimes, ya una vez te vencí —le retrucó Kouga sin dejar de sostener su mirada. Hoy acabaría definitivamente con él—. Ángeles, por favor apártense.

Kagome notó como obedecían ciegamente las palabras de Miguel abriéndose lo suficiente para que el enfrentamiento entre ambos seres comenzara. Algo la impulso a caminar unos pasos hacia delante lo suficiente para quedar a una corta distancia del ser demoníaco que avanzaba, del ser al cual teóricamente pertenecía. Se detuvó de improvisto al notar lo cerca que estaba de él; cuando intentó alejarse un poco éste la sujetó del brazo y la jaló lo suficiente hasta lograr que sus bocas se unieran.

Ese beso la tomó totalmente desprevenida y, aunque fue efímero, la sensación de cálidez embargó todo su cuerpo, una sensación que no era ajena a ella. Su mente no lo recordaba pero su cuerpo sí.

—Nunca podrás ser feliz en un lugar y con la persona a la cual no perteneces —susurró Satán cuando se separó definitivamente de ella antes de voltearse y terminar el trabajo por el cual se había molestado en venir—. Bien, Miguel, cuando quieras.

El demonio se alejó de ella y como si las palabras dichas fueran la llave de su mente lo recordó. Recordó cada uno de los momentos compartidos con él. Todo, absolutamente todo, se liberaba en su mente totalmente confundida. Las imágenes frescas parecían nublarle los sentidos y cayó al piso de rodillas sujetándose con ambas manos.

El pacto, el odio, el amor, la entrega, el engaño, el descubrimiento de un destino y, por último, su muerte. Todo se plasmaba en ese lienzo en blanco que por momentos fue su mente. Siempre fue doloroso recordar y más ahora cuando, absurdamente, comenzaba de cero.

No supo cuánto tiempo tardo en reconstruir las piezas del rompecabezas que faltaban, pero cuando abrió los ojos el ambiente devastador que se cernía a simple vista la dejo sin habla. Tal vez fueron minutos los que tardo porque tanto Kouga como Inuyasha estaban totalmente ensangrentados y heridos.

Las lágrimas resbalaron copiosas por sus mejillas al notar la sumisión del rey de los infiernos. Arrodillado en aquel verde pasto buscándola a ella. Al final cuando volvieron a encontrarse el rostro de él dibujo una sonrisa cansada.

Fue como si el tiempo se hubiese detenido en ese instante y algo dentro de ella reacciono al fin. Se levanto de aquel lugar sin importarle que Kouga también acabara con su vida al atravesarla con aquella lanza, pero eso nunca paso.

—A-alas —dijo Miguel casi inaudible al notar las extremidades nuevas de color negro que la humana aferrada al cuello de Satán poseía. Su alma estaba totalmente corrompida por el demonio.

Apretó los puños pero no dijo absolutamente nada, los sollozos de Kagome eran lo único que se escuchan en el lugar. Ladeó el rostro, la había perdido definitivamente y ante la persona con más bajos escrúpulos en la faz de la tierra.

Respiró hondamente y contra todo lo que pensaba, formó una bola de energía de un color blanco impoluto. La lanzó hasta un punto indefinido y ésta se abrió creando un vórtice entre ambos reinos.

—Llévatela rápido —habló Kouga nuevamente dirigiéndose a Satán—, antes que los demonios irrumpan aquí.

Al fin y al cabo nunca Kagome le había pertenecido.

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Apoyó una mano sobre aquel frió cristal enfocando su vista en el horizonte, hoy empezaba una nueva vida. Los terrenos del infierno no eran un sitio para una humana, eso lo sabía bien, pero de todas formas ese era su destino.

Dibujó una sonrisa algo melancólica al recordar el rostro de Kouga, la primera persona por la cual sitio amor. Seguramente también era una jugada del destino que ella se enamorada de un ángel antes que el demonio; pero al final había descubierto en los brazos de Inuyasha el verdadero significado de esas palabras.

Pudo decidir si quedarse al lado del rey de los infiernos o no cuando cruzaron al vórtice, pero ella sabía bien cual era su hogar.

Este pertenecía al lado de Inuyasha, al lado de Satán…

Sus mejillas se colorearon de rojo al extremo al pensar que luego de aquella decisión había echo nuevamente el amor con él. Por mucho que repitan la experiencia sabía que nunca dejaría de reaccionar de aquella forma.

Pero a pesar de esa sensación de felicidad y complemento que inundaban su ser algo lograba romper ese paraíso. Nunca más vería a su madre…

Ahora ella estaba muerta y muy lejos del mundo al cual perteneció, de aquel mundo era lo más extrañaría. La cálidez y el amor maternal que su madre siempre le proporciono de pequeña. No pudo evitar que sus ojos reflejaran aquella tristeza que la embargaba.

—Pequeña —moduló Inuyasha en el odio de la quinceañera mientras la abrazaba desde la espalda tomando posesión de su cintura. Ella se recargó en él y reprimió un sollozo—. Hagamos algo, ¿si?

Kagome simplemente se volteó para mirarlo fijamente mientras éste la atrapaba más en un abrazo envolviéndola con sus brazos. Ella asintió.

—Regresaremos a tu mundo cada vez que quieras y de esa manera podrás ver siempre a tu madre. ¿Qué me dices, pequeña?

Sonrió, no podía evitarlo aunque quisiera; no sabía como Inuyasha se había dado cuenta de su tristeza pero ahora estaba nuevamente feliz. Podía ver a su madre sin la necesidad de abandonar a la persona que amaba ni a su nuevo hogar.

Buscó los labios de él aún con la sonrisa plegada en su rostro, abrazó su nuca con sus brazos sellando aquella promesa.

Ya no podía ser más feliz que ahora.

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—¡Por Dios, Midori! —exclamó una joven de cabello rizado largo hasta los hombros y de color rubio, moviendo su cabeza en forma negativa—. Es sólo un cuento y nada más que eso.

—Yo no creo que sea sólo un cuento —le respondió ésta acariciando inconcientemente la tapa del libro que yacía sobre el pupitre—. Sólo piénsalo aunque sea por un momento, Yukari —pidió, observando como su amiga no ponía muy buena cara ante aquel pedido.

—Es algo demasiado fantasioso, Satán enamorándose de una simple humana como nosotras y luego ésta convirtiéndose en una demonia para estar con él. ¿No lo crees? —levantó una ceja mientras se cruzaba de brazos esperando la respuesta de quien era su amiga desde el jardín de niños.

—No creo que sea algo tan irreal, Yukari.

Ambas chicas ladearon el rostro para ver de donde provenía aquella voz. La chica de cabellos azabaches y mirada chocolate por demás expresiva le sonrió cordial a modo de respuesta. Midori le devolvió la sonrisa agradecía y Yukari simplemente tomó asiento sin modular palabra. En pocos segundos todos se encontraban sentados en sus respectivos asientos para comenzar la mañana bajo la tutela del profesor de matemáticas.

Kagome apoyó su cabeza en ambas manos y sus ojos se clavaron en los dorados de él, un simple profesor para muchas pero para ella significaba el amor eterno.

Ambos sonrieron cuando sus miradas se cruzaron, una eternidad los esperaba juntos para amarse eternamente

Kagome recordó que era cierto lo que decían:

"Los pactos con el demonio no pueden romperse"


Y por fin el final! xD...Despues de tanto, de casi dos meses ya tenemos el final de esta adaptacion... Gracias infinitas por todos los reviews y no lo digo solamente por al anterior capi sino por todos los que se tomaron la molestia a lo largo de este fic en dejar sus comentarios, y para los que no tambien gracias por que por lo menos dedidacon un poco de su tiempo a este pequeño fic...

Bueno a pedidos de todos tendremos un epilogo xD, no se cuando este definitivamente por que primero que todo quiero ponerle un fin a mi historia primigenia...Pero no desesperern por que mas tempreno que tarde va a estar el epilogo...

Gracias a todos por el apoyo...Primer fic que termino!

Saluditos

Lis