Capitulo 11

Slytherin…..griffindor

¿Qué hacer cuando la realidad te golpea de frente?.

Cuando los misterios de tu vida se resuelven cruel y rotundamente en un solo instante. ¿Qué hacer cuando te das cuenta que amas a quien odias?. Cuando te das cuenta que la persona dueña de tus pensamientos y sueños se encuentra tan lejos de ti en realidad, y las barreras que los separan son sencillamente inquebrantables.

Casa, origen, valores, creencias... Sangre.

¿Qué hacer cuando un mar de sentimientos encontrados recorre tu cuerpo, sin dejarte reaccionar?. Cuando aún puedes verte en sus ojos, sentir su respiración golpear en tus labios, y escuchar su corazón latir al mismo ritmo frenético que el tuyo.

Cuando la ambición opaca la pureza, cuando el resentimiento opaca la confianza, cuando el odio opaca el... amor.

Y cuando las preguntas sin respuestas se agolpan en tu mente, reclamando a gritos una solución... y tú no la tienes.

-

Antes de que ella lograra articular una sola palabra, Draco se levantó y salió del cuarto sin volver a mirarla ni una sola vez.

Incapaz de moverse. Incapaz siquiera de tener un pensamiento en claro, Hermione comenzó a llorar pausadamente, presa de la mayor angustia que hubiera padecido en toda su vida.

Cualquiera de las dos.

Sus lágrimas comenzaron a golpear las teclas del piano blanco, único testigo de lo sucedido en aquel lugar.

El tiempo parecía arrastrarse lentamente. Como si le costase avanzar.

Se encontraba totalmente perdida. ¿A dónde ir?. ¿A Gryffindor... donde había pasado sus mas de seis años de escuela junto a Harry y Ron?. ¿O a la Torre de los Premios Anuales... donde había crecido a la par de aquel niño rubio del que ahora estaba enamorada?.

Sin una respuesta clara, Hermione se levantó dificultosamente, apoyando sin cuidado una mano sobre las teclas del piano, provocando con ello un sonido tosco que rompió el silencio del lugar.

Las rodillas le temblaban, amenazando con dejar de sostenerla, pero francamente no le importaba. Se llevó los dedos a los labios mientras se acercaba hacia la escalera. Todavía podía sentir en ellos la calidez de los labios de Draco.

Hermione bajó las escaleras aún mareada, y dejó que su instinto guiara sus pasos por el Castillo.

Cada lugar donde posaba su mirada le devolvía una serie de recuerdos contradictorios que era incapaz de asimilar.

Su lado racional le recordaba constantemente quien era Draco Malfoy en realidad. Le repetía una y otra vez, incansable, que él era ni más ni menos que un Mortífago, y orgulloso de serlo por cierto. Que él jamás aceptaría estar a su lado... y que, después de todo, era mejor así.

Y Hermione hubiera escuchado todo eso tan solo si no estuviera aquella otra voz gritando, como si el alma se le fuera en ello, recordándole todo lo vivido junto a un niño de cálidos ojos color hielo, al cual había jurado, desde el alma, estar siempre a su lado.

Debatida entre sus pensamientos, los cuales le resultaban imposibles de ordenar, llegó sin darse cuenta a un cuadro. El mismo cuadro que durante años le había permitido el paso a su Sala Común, y que, incluso ahora, le requería la contraseña correspondiente.

Hermione cerró con fuerza los ojos, dándose cuenta del lugar en el que se encontraba. A pesar de que su mente y su conciencia no lograban resolver la paradoja, su alma no había dudado ni por un segundo en la elección, guiándola instintivamente hacia ese lugar.

No podía ser de otra manera.

- Caperucita Roja! – Dijo, y entró a la Sala Común de los Premios Anuales de Hogwarts.

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Angustia.

¿Cómo manejar una sensación desconocida para el alma?. Cuando sientes que la situación te supera y no sabes como reaccionar. Ganas de gritar, ganas de llorar. Ganas de sacar fuera todo eso que te aprisiona la garganta, marcándote el pulso más fuerte que nunca, aunque irónicamente te da la ilusión de que tu corazón se detuvo.

Pero no puedes.

No puedes hacer nada.

Porque el amor con el odio no se mezcla... y ahora entiendes por que.

Cuando por primera vez la impotencia se hace cargo de tus acciones, y al ver que la encrucijada que se levanta frente a ti es mas grande y poderosa que todas tus normas y códigos, una única solución comienza a martillar en tu cabeza.

Y como un cobarde, decides tomarla.

Entonces emprendes la huida.

-

Cinco pasos fueron suficientes para alejarse de ella y bajar las escaleras de la Torre de Astronomía.

No hubiera soportado estar un solo segundo más allí.

Porque la amaba... porque la odiaba... porque en ella se concentraba el contraste de su ser... su Némesis... junto con su igual. Su alma gemela.

Y eso es demasiado.

Varias escaleras quedaron atrás, siguiendo un camino que todavía no era posible definir.

¿La Torre o las Mazmorras?. ¿Su primer vida o la segunda?. ¿Odio o amor?.

¿Ella o...?.

El Slytherin llevó su mano derecha al pecho justo en el momento en que sus rodillas se encontraron con el suelo.

Dolía.

Y mucho.

Por tercera vez desde que tuviera memoria, el frío comenzó a apoderarse de su cuerpo. Primero como un dolor agudo justo en el corazón, para de ahí expandirse velozmente en su interior.

Y el resto era historia conocida.

Sus finos labios perdieron su color habitual para tornarse morados. Su piel blanquísima, casi transparente, dejaba entrever cada vez más una serie de finas líneas azuladas que se expandían por todo su ser. Un temblor generalizado se apoderó de su cuerpo, haciendo que incluso respirar fuera un verdadero suplicio.

Y a su alrededor todo comenzaba a oscurecerse, haciéndole perder la poca conciencia que le quedaba en ese momento.

Sin poder evitarlo, y sin hacer mucho por conseguirlo, Draco Malfoy se desplomó por completo en el suelo.

o§o§o

La imagen de la Sala Común de los Premios Anuales se alzó en toda su magnitud ante los ojos de Hermione Granger cuando atravesó el cuadro.

Y se sintió morir al hacerlo.

Miles de recuerdos de su infancia en Hogwarts junto a Draco cobraron vida con solo poner un pie en aquel lugar. El piano, el sillón blanco, la chimenea, las ventanas... todo, todo allí removía hasta la última fibra de su ser.

Comenzó a caminar lentamente en dirección a la escalera que conducía a la planta alta, procurando grabar cada detalle de aquel lugar en su memoria... y en su alma.

Abrió muy despacio la puerta, y entró en su habitación.

La sensación de entrar en un recinto sagrado la invadió por completo al traspasar la puerta. Aquel cuarto seguía, por supuesto, tal cual como ella lo había dejado tan solo algunas horas atrás. Las cortinas blancas moviéndose al compás de la suave brisa que ingresaba por la ventana entreabierta. El gran cuadro en el que revoloteaban una decena de hadas alrededor de una luna plateada en cuarto creciente. Las paredes moradas, a tono con el cobertor de la amplia cama adoselada, donde ahora descansaba su cuaderno celeste, el cual la había acompañado gran parte de su infancia y adolescencia.

Con paso vacilante, Hermione fue hasta allí y lo tomó en sus manos para contemplarlo. Las hojas amarillentas y las manchas en la cubierta dejaban adivinar el tiempo que llevaba siendo testigo mudo de mil cosas vividas en aquella Torre... y junto a aquel niño.

Hermione se sentó sobre la cama, dispuesta a releer algunos pasajes del cuaderno, pero al girarse se encontró de frente a un gran ramo de quince rosas rojas frente al espejo de pie, en la esquina opuesta de la habitación. Aún con el cuaderno en su mano izquierda, se acercó hasta allí con la mirada fija en las flores. Como acto reflejo, llevó su mano libre al pecho, mientras nuevas lágrimas comenzaban a caer suavemente por sus mejillas, y en su mente, un único recuerdo relegó a todos los demás.

"Hermione se separó de Draco apenas los suficiente para mirarlo a los ojos. Él levantó la mano que sostenía la última rosa y luego de entregársela para completar el ramo, la acercó a las mejillas de la chica para borrar los restos de las lágrimas que había derramado.

- No era para hacerte llorar...- Dijo Draco con una sonrisa. Luego señaló el ramo de rosas con un dedo.- Todavía no me has dicho si te gustó.- Hermione acercó su rostro a las flores que sostenía en su mano para percibir el delicado perfume que emanaba de ellas.

- Son preciosas... gracias.- Logró decir con un hilo de voz. - Pero sabes que no era necesario que te molestaras...- Draco dio un paso hacia atrás, y mientras sacaba del bolsillo de su pantalón un pequeño estuche de terciopelo negro, dijo:

- Oh... entonces supongo que no querrás esto...- Se encogió de hombros.- ... bueno, supongo que lo podré devolver...- Y volteándose, se encaminó hacia la salida.

Pero no llegó a dar un pasó cuando Hermione lo tomó de un brazo, al tiempo que decía:

- ¡Si, si quiero...!- Draco sonrió con suficiencia, y se giró para mirarla nuevamente. Tenía las mejillas teñidas de rosa, y miraba con curiosidad la cajita en sus manos. El chico entrecerró sus ojos, y pregunto con fingida incredulidad.

- ¿Segura?.- La chica asintió enérgicamente, lo que a Draco le causó mucha gracia. – Muy bien. Cierra los ojos. –

Hermione obedeció al instante, e inmediatamente sintió como Draco le retiraba el ramo de rosas de las manos y se alejaba un poco. Tuvo la tentación de abrir los ojos, pero se contuvo al pensar en el tiempo que el chico llevaba planeando eso.

Cuando Draco regresó, pudo escuchar el débil sonido que hizo el estuche al abrirse, para luego percibir un suave tintineo metálico, que aumentó notablemente la curiosidad de ella. La respiración pausada del chico le golpeó el rostro, por lo que supo que se había acercado aún más a ella, y unos segundos mas tarde pudo sentir algo frío en la parte posterior de su cuello.

- Abre los ojos. – Dijo Draco.

Ella volvió a obedecer, y al hacerlo lo primero que vio fueron los profundos ojos grises de él, que la miraban fijos a escasa distancia. Luego bajó la mirada hasta posarla en una pequeña rosa de plata adornada con un diminuto diamante en el nacimiento del tallo que colgaba justo en medio de ambos. Dos cadenitas, una rodeando el cuello de Draco, y la otra rodeando su propio cuello, confluían en el mismo punto de la medalla, en la parte superior de la flor, donde se distinguían una "H" y una "D" entrelazadas.

Hermione levantó una mano para tocar la rosa plateada.

- Draco es hermosa. – Dijo la chica, mientras admiraba la fina alhaja. Y en ese momento reparó en el detalle de que ambas cadenitas estaban unidas entre sí, y sólo había una medalla. Frunció el ceño, confundida.- Pero... cómo se supone...?- Draco la interrumpió, adelantándose a la pregunta de la chica.

- Es una medalla mágica, por supuesto.- Hermione emitió un débil murmullo que sonó a algo parecido a "claro... era obvio", al darse cuenta de lo tonta que había sido su pregunta. Draco simplemente se sonrió, y se dedicó a explicar el funcionamiento de su regalo. – Es una especie de relicario mágico, aunque en vez de guardar una foto o algo así, guarda sentimientos. Y eso es lo que se necesita para separar la medalla. – Draco levanto ambas manos a la altura de sus hombros, con las palmas hacia Hermione. – Dame tus manos. – Hermione imitó a Draco y juntó sus manos con las de él, entrelazando los dedos. – Ahora tienes que pensar en... en... bueno... en mí... – No pudo evitar sonrojarse al decir eso. Ahora que lo pensaba bien, parecía más fácil en la tienda. – Y yo pensaré en... ti... y bueno, y al final cada uno tiene su medalla. ¿Entendiste? – Concluyó apresuradamente. Ella asintió con la cabeza, y cerró sus ojos al ver que él lo hacía primero. Luego se concentró en todo lo que sentía por Draco, para dejar esa impresión dentro de la medalla. Recordó cada una de sus travesuras juntos, las noches compartidas junto al piano, todos esos momentos especiales de su niñez... y de su ya no tan niñez, que hacían de la suya, una historia especial.

Única e irrepetible.

Sin previo aviso, Hermione sintió que Draco la empujaba hacia atrás con las manos, y en su cuello la cadenita se tensó.

No pudo evitar abrir los ojos.

La medalla estaba envuelta en un resplandor azulado, muy brillante, y detrás de ella, los ojos de Draco la miraban con la sonrisa pintada en su mirada.

La luz azul comenzó a hacerse cada vez más intensa hasta que en un momento se extinguió por completo, y la medalla se estrelló contra su pecho. La tomó para mirarla más de cerca. Aún brillaba tenuemente el zafiro incrustado en la rosa, y en el lugar que ocupaban anteriormente las dos letras, ahora se podía apreciar sólo una de ellas: "D".

Hermione subió su miradahacia Draco, que miraba a su vez su propia medalla.

El chico, al notar la mirada de ella posada en él, dejó caer la medalla libre, para mirarla a los ojos.

- Feliz Cumpleaños, Mía. – Como única respuesta, una vibrante sonrisa apareció en el rostro de la chica.

Y el tiempo pareció detenerse en ese mismo instante. Hermione miraba a Draco como si fuese la primera vez. Y él la miraba de vuelta ya sin ninguna expresión en particular. Habían pasado tanto tiempo juntos que no hacía falta nada más que una mirada para comprenderse.

Hermione sonrió levemente, mordiéndose el labio inferior, y apartó los ojos por un segundo, tratando de encontrar las palabras justas que expresaran todo lo que sentía en ese momento.

No hacía falta, no. Pero quería hacerlo.

Dio un paso hacia delante, y parándose en las puntas de los pies para abrazarlo, se decidió por susurrarle al oído la frase más simple.

- Eres todo para mí... –"

Hermione cerró su mano sobre la medalla, repitiendo en un susurro las últimas palabras.

- Todo para mi... – Levantó la mirada hacia el espejo, donde pudo ver sus ojos enrojecidos por las lágrimas.

¿Por qué dolía tanto?. Ahora que sabía la verdad de todo. Ahora que recordaba lo que ¿verdaderamente? sentía por el rubio Slytherin. Ahora que entendía que lo que había vivido a su lado no era la realidad... ¿Por qué dolía tanto?.

Y aunque la respuesta estaba ahí mismo, ella no lograba verla. O quizás no quería.

Se giró sobre sus talones, retirando la mirada del reflejo que le devolvía el espejo, y se encaminó hacia la puerta del baño, para cruzar hasta la habitación de Draco.

Solamente hizo falta una rápida mirada al lugar para sentir como miles de estacas se clavaban en su pecho.

Todo estaba en su lugar.

El cuadro de las lechuzas, la colección de espadas y floretes con las que Draco solía practicar, el caldero de juguete que utilizaba cuando ella tocaba el piano de pequeña, el ejemplar gastado de "Quidditch a través de los tiempos" del que había oído hablar hacía tan solo unas horas...

Todo. Todo estaba allí.

Comenzó a recorrer lentamente el lugar, sin poder contener las numerosas lágrimas que surgían de sus ojos. Caminaba sin tocar nada, con el respeto y la solemnidad con que se visita la habitación de alguien que ya no está.

Pero al llegar justo al centro del cuarto, un ruido sordo proveniente de la planta inferior la sobresaltó, haciéndola girar en redondo. Casi instintivamente sujetó con más fuerza el pequeño cuaderno celeste contra su pecho.

Alguien había entrado a la Torre de los Premios Anuales.

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Silencio.

Todo estaba en el mayor de los silencios.

Ese silencio tan intenso que te lastima los oídos, simplemente por la absoluta falta de sonido. Ese silencio que parece tan frágil, pero que a la vez resulta tan difícil de romper. Ese silencio al que nadie está acostumbrado, y que aterra por su inmensidad.

Y él estaba ahí.

Acostado cuan largo era sobre un suelo tan frío que lo penetraba hasta los huesos, aunque por su experiencia pasada podía asegurar sin temor a equivocarse que incluso si el suelo estuviese ardiendo, él de todas formas sentiría frío.

Movió la cabeza hacia uno de los lados, y el dolor volvió a apoderarse de él, logrando que en un acto reflejo su cuerpo regresara bruscamente a su estado anterior de inmovilidad. Pero contrariamente a lo que esperaba, el dolor permaneció allí, provocando que un débil gemido se escapara de sus labios, quebrando por fin el silencio.

Volvió a intentarlo. Una vez. Dos veces. Tres veces. Obteniendo en cada una el mismo resultado.

Sin saber el tiempo que tuvo que permanecer así, el Prefecto de Slytherin aguardó pacientemente hasta que su cuerpo comenzó a acostumbrarse al movimiento... o al dolor.

Primero movió un dedo, luego la mano, hasta lograr mover un brazo e incorporarse muy lentamente en el lugar.

Abrió los ojos, cautelosamente, sabiendo que hasta la luz más tenue haría estragos en ellos.

Pero eso no sucedió.

Convirtiendo en inútiles sus esfuerzos por protegerse, lo único que pudo ver frente a él fue una absoluta oscuridad.

Con sus manos y a ciegas comenzó a tantear a su alrededor, buscando algo allí que le diera aunque sea un indicio del lugar en el que se encontraba. Pero al parecer no había nada más que la roca dura y fría sobre la que se hallaba sentado.

Con mucha dificultad, a causa del dolor intenso que le provocaba el más mínimo movimiento, logró colocarse de rodillas y con ayuda de sus manos, empezó a arrastrarse hacia adelante.

Bastaron algunos pocos metros para que la superficie rugosa del suelo lesionara su piel, inflingiéndole en las palmas numerosas heridas, desde donde la sangre comenzó a brotar rauda, dejando una estela húmeda a su paso.

A pesar de eso, siguió avanzando.

Y cuando ya las esperanzas de encontrar algo eran ínfimas, casi nulas, su mano izquierda rozó algo.

Se detuvo.

Con la desesperación propia de quien se encuentra perdido, elevó ambas manos sin dejar de hacer contacto con aquella superficie vertical que selevantaba a escasos centímetros de él.

Era una pared. Del mismo material que el suelo, e igual de fría, si no más.

Sin pensarlo dos veces, se incorporó nuevamente sobre sus rodillas y giró el cuerpo, para así lograr que su espalda se recostara contra la piedra.

El simple apoyo que le brindaba esa pared disminuía la sensación de vacío que se desataba en su interior.

En silencio y a oscuras, Draco intentaba encontrar algún punto en donde fijar su mente para no recordar lo que había sucedido en la Torre de Astronomía. Pero era imposible. El mero recuerdo de los cálidos labios de su amiga de la infancia lograba en él una mezcla de sensaciones difícil de soportar.

Y justo en el momento en que comenzaba a perder la cordura a causa de sus conflictos internos, pudo divisar una luz a lo lejos.

Al principio no era más que un sutil resplandor azulado que formaba una delgada línea en donde él adivinaba debía estar el horizonte.

Muy, muy lentamente, la luz se hacía cada vez más intensa, iluminando a su paso el sitio en el cual se encontraba.

Pero ni siquiera así pudo reconocer aquel extraño lugar.

La pared contra la cual se hallaba apoyado continuaba hacia ambos lados hasta más allá de lo que lograban ver sus ojos. Era por completo de un negro inmaculado, y curiosamente daba a la vista la extraña sensación de que repelía la luz. Y al frente, nada más que el suelo, formado en toda su extensión por un empedrado irregular, que se iba iluminando a medida que aumentaba la luz.

Incluso, al bajar la mirada, comenzó a verse a sí mismo.

Estaba vestido completamente de negro, pero no era la camisa y el pantalón que portaba anteriormente. Era una túnica de mago... y muy familiar para él, aunque no lograba descifrar por qué.

Se fijó en sus manos lastimadas, con sangre oscura y fresca cubriéndolas.

Y nuevamente levantó la vista hacia adelante.

La luz seguía aumentando a ritmo lento pero constante, aunque ahora no formaba una línea recta. Parecía elevarse por encima del resto justo frente al lugar en el cual se encontraba él. Allí era más intensa que en cualquier otra parte, y dejaba de ser de un color azul para comenzar a adoptar un color ambarino.

Draco observaba el espectáculo que se desplegaba ante sus ojos sin perderse detalle.

Sin previo aviso, un rayo de luz cegador lo golpeó violentamente en los ojos, acompañado por un ruido ensordecedor.

Y todo volvió a la oscuridad inicial.

La pared a sus espaldas se desvaneció tan rápidamente como si nunca hubiese estado ahí, y sus ojos comenzaron a cerrarse. Ya no podía mover su cuerpo, difícilmente lograba respirar. Nuevamente la conciencia se alejaba de él, por lo cual apenas pudo percatarse de esa voz tan familiar que sonaba en su cabeza. Esa voz tantas veces oída en el pasado.

"Eres el hijo de la Oscuridad..."

Entonces comprendió quien era, y cual era su destino. Ese destino que guiaba cada uno de sus pasos. Siempre había sido así.

Y todo volvió al silencio inicial.

o§o§o

Hermione miraba la puerta de la habitación sin atinar a hacer ningún movimiento.

No sabía cómo reaccionar ante un posible encuentro con Draco. Sus manos comenzaron a temblar ligeramente, y una gota de sudor frío le recorrió la espalda. Si tenía suerte, seguramente el chico estaba buscándola a ella, quizás para hablar sobre lo sucedido.

No quiso pensar en cual era la opción en el caso de no tener esa suerte.

Volvió sobre sus pasos hasta llegar a la puerta del baño, la cual tuvo la precaución de cerrar cuidadosamente al traspasar y cruzó su habitación, dispuesta a enfrentar cara a cara sus temores.

Después de todo, era una Gryffindor.

Pero al bajar descubrió, para su alivio, que no era Draco Malfoy quien había ingresado en la Torre.

Albus Dumbledore se encontraba de pie frente a la chimenea, contemplando aquel extraño reloj de péndulo, el cual se había detenido ya. Su única manecilla dorada, ahora inmóvil, señalaba el último número del cuadrante.

Diecisiete.

Hermione bajó los últimos escalones, sin pronunciar palabra y con la mirada fija en el Director de Hogwarts, quien se giró lentamente al percibir su presencia, dedicándole una amable sonrisa que no tuvo respuesta por parte de ella.

Pero eso no sorprendió en lo más mínimo al anciano, quien al parecer esperaba esa reacción fría. Simplemente volvió su mirada hacia la chimenea.

- Ya no es necesario que esto permanezca aquí. – Dijo, rompiendo el silencio del lugar con su voz afable. – Ha cumplido su función. – Levantó su mano derecha, en la cual sostenía la varita, y pronunció el conjuro. – Evanesco! – El reloj desapareció al instante, y el hombre volvió a girarse hacia Hermione, invitándola a sentarse en el sillón blanco mientras que a su vez él ocupaba asiento en un extremo del mismo.

La chica obedeció, siempre en silencio, y se acomodó en el sillón, dejando el pequeño cuaderno celeste descansar sobre sus rodillas, mientras que distraídamente rozaba las yemas de sus dedos por la cubierta.

Desde su lado del sillón, Albus Dumbledore miraba a la chica a través de sus anteojos de medialuna, analizando cada uno de sus gestos. No era difícil darse cuenta, a juzgar por sus ojos levemente hinchados y rojos, lo que había pasado desde que finalizara el efecto de la poción.

Decidió ir con cautela.

- ¿Cómo se siente, señorita Granger?. – Preguntó.

Hermione abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla sin pronunciar palabra.
Sin saber que decirle a la persona que reconocía como el principal responsable de su situación, quien la había puesto en la posición de jaque, habiendo permitido que ella creciera junto a su peor enemigo, y por la cual ahora se encontraba entre la espada y la pared, permaneció en silencio.

Dumbledore, al no recibir respuesta por parte de la chica, prefirió cambiar de táctica.

- Sé lo difícil que debe ser para usted pasar por este momento... – "No, no lo sabe" pensó amargamente Hermione mientras desviaba la mirada hacia el suelo. – ... pero confío que se dará cuenta que ha tenido una oportunidad invaluable con esta experiencia. – Dumbledore hizo una pausa, esperando el efecto que sabía tendrían sus palabras en la chica. Y no se equivocó, puesto que Hermione volvió a levantar sus ojos hacia él, dejando ver en ellos el brillo que provocaban dos lágrimas contenidas. El hombre sonrió levemente al notar, detrás de aquel inconfundible signo de tristeza, una mirada interrogante en aquellos ojos miel. – No muchos magos provenientes de familias Muggles pueden jactarse de haber tenido una educación mágica en su infancia. Y usted más que nadie conoce el significado de esa diferencia. –

Un suspiro apenas audible fue la única confirmación a aquellas palabras. Hermione se dio cuenta que, a pesar de todo, el Director de Hogwarts estaba en lo cierto. Desde el momento en que recibió a los once años la carta que la identificaba como una bruja, había sentido una profunda envidia para con todos aquellos niños que habían crecido en un ambiente mágico, recibiendo ese tipo de educación que, a pesar de todos sus esfuerzos, ella no podía obtener de ningún libro.

Pero... ¿a qué precio?. Por mucha razón que tuviera, Hermione no podía olvidar el alto costo que estaba pagando por las decisiones de la persona sentada enfrente.

Y esa persona, como si pudiera leerle la mente, rompió el silencio una vez más.

- Créame, no siempre las cosas son lo que parecen. Y espero que con el tiempo llegue a darme la razón para hacer las cosas como las hice. – El Director se levantó del sillón, acomodándose la túnica con sus manos. - Bueno, ya es suficiente de charla por el momento. Supongo que querrá volver a la Torre de Gryffindor con sus amigos. He de decirle que la han extrañado mucho. – Hermione miró al suelo, sin saber qué decir. Gryffindor... parecía algo tan lejano ahora. - Naturalmente, puede quedarse aquí si es su deseo hacerlo. – Dijo el hombre, abriendo los brazos para abarcar con ellos la Sala Común. - Pero yo no contaría con que el Señor Malfoy haga lo mismo. – Hermione lo miró detenidamente por unos segundos, con la eterna sensación de que el anciano Director insinuaba más de lo que decía, y que sabía mucho más de lo que insinuaba.

La antigua Hermione Granger hubiera tomado esa respuesta sin hacer ninguna otra pregunta. Por simple respeto a la autoridad. Pero el haber vivido por más de doce años en Hogwarts, con todo lo que eso significa, implica un grado de confianza mayor que le permitía ir un poco mas lejos en sus acciones.

Así que por primera vez en aquel encuentro, Hermione preguntó:

- ¿Por qué no? – Dumbledore dibujó una sonrisa extraña en su rostro.

- Porque aún Draco Malfoy sigue siendo Draco... Malfoy. – Y sin darle a la chica espacio para réplica alguna, se despidió cortésmente y salió por el cuadro de la serpiente, dejando atrás a una pensativa Hermione.

o§o§o

Nunca había sido un pasillo muy concurrido.

Por su ubicación, tan cercano a la Sala Común de Slytherin, era conocido solamente por los alumnos de esa Casa. Y así y todo pocos eran los que pasaban por allí.

No tenía ventanas ni respiraderos, y el hecho de estar varios metros por debajo del nivel de la planta baja no ayudaba. Las paredes siempre estaban húmedas, y las numerosas goteras del techo se encargaban de apagar con demasiada frecuencia las pocas antorchas ubicadas allí.

Como en esta oportunidad.

Draco abrió lentamente los ojos, que tardaron apenas unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. Se llevó una mano hacia su cabello platinado para acomodar los mechones que caían sobre su frente, dificultándole la visión, y al mirar a su alrededor reconoció inmediatamente el lugar.

Se incorporó velozmente, ignorando una fuerte punzada en su costado derecho, y se encaminó con pasos largos hacia la salida del corredor, mientras que con sus manos hábiles acomodaba el cuello de su camisa negra.

Se encontró al salir con un pasillo mucho mas amplio y en mejores condiciones que el anterior, el cual tomó hacia la izquierda. Luego de caminar por unos pocos minutos, divisó a lo lejos el muro que daba entrada a Slytherin. Y en ese momento cayó en la cuenta de que no conocía la contraseña.

Maldiciendo por lo bajo, se recostó contra una de las paredes, y se dispuso a aguardar la llegada de alguno de sus compañeros de Casa.

Llevó la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la mente sólo puesta en su respiración pausada.

Todavía duraban en él las secuelas del frío que había padecido anteriormente.

Solamente cambió de posición cuando escuchó voces que resonaban a su derecha.

Dos niños de primero salían en ese momento por el muro, pero no se percataron de la presencia del Premio Anual sino hasta que lo tuvieron a escasos dos metros.

Ambos se detuvieron al unísono, mirando a aquel chico rubio con una mezcla de miedo, admiración y sorpresa.

Pero todo esto pasó desapercibido para Draco, que sólo tenía una cosa en mente.

- La contraseña. Ahora. – Dijo con voz firme y arrastrando levemente las palabras.

Los chicos se miraron uno al otro, consultándose en silencio si debían o no obedecer. Todo el Colegio estaba al tanto de las condiciones en las que se encontraban los chicaos,tnato slytherins como griffindor pero en especial de hermione y draco, así como del hecho de que ninguno de los dos podía entrar a las Salas Comunes. Así que permanecieron en silencio.

Eso fue suficiente para colmar la paciencia del rubio Slytherin.

Tomando del cuello de la túnica a uno de los niños, y levantándolo en vilo, lo azotó contra la pared más próxima, para luego acercarse a pocos centímetros de su rostro, mirándolo directamente a los ojos, y repetir su pedido.

- Creo haber dicho: la contraseña. ¡Ahora!. – Conteniéndose para no llorar, y con un hilo de voz, el chico accedió.

- S-serpiente negra – Draco aflojó inmediatamente la presión de su mano derecha, dejándolo caer al suelo, y se giró en dirección a la entrada, olvidándose por completo de los dos pequeños Slytherins que se alejaban rápidamente hacia la dirección contraria.

Una vez frente al muro, pronunció la contraseña y entró a la Sala Común de Slytherin, la cual estaba repleta de alumnos, aún hablando sobre el partido perdido.

Pero ese tema quedó absolutamente olvidado cuando el heredero de los Malfoy hizo acto de presencia.

Todos los rostros se volvieron para mirar a aquel chico rubio que se acercaba con movimientos casi felinos y una expresión hermética en su rostro, hacia el grupo de sillones ubicados frente a la chimenea encendida. Al pasar junto a un anonadado Blaise Zabinni, Draco le quitó delicadamente el cigarro de la boca, para luego acercarse al sillón individual que acostumbraba ocupar. Con un simple gesto de cabeza hizo que el chico de sexto que se encontraba sentado en ese sillón se levantara de inmediato. Draco se sentó tranquilamente y levantó los pies para apoyarlos sobre la mesita ratona ubicada delante, sin importarle al parecer, las decenas de personas que lo miraban sin pronunciar palabra, y sin perderse detalle.

Se acercó el cigarro a los labios para darle una profunda calada, y mientras lentamente exhalaba el humo, comenzó a pasear su mirada gris por toda la sala. Y su expresión cambió por primera vez desde su llegada.

Una sonrisa ladeada curvó sus labios finos, y justo antes de darle otra calada al cigarrillo, preguntó:

¿Me extrañaron?.-

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Hey chicos he llegado de nuevo aquí estoy¡¡¡¡ espero que me hayan extrañado y mucho ehh jeje bueno bueno aquí les tengo este capi que lo cpie casi tal cual, pues la verdad se me hace extremadamente bien hecho por lo tanto el capi que yo hice lo pondre y es la continuacionde este jeje pero lo pondre hoy mismo solo le estoy poniendo los ultimos arreglos esto es en recompensa al tiempo de espera¡¡¡ gracias por eso jeej besos

Atte:luna felton