Los reinos de los hombres se alzaron y cayeron, y las historias fueron olvidadas y rehechas muchas veces. Pero a los elfos que vivían en las Tierras Imperecederas les parecía que tan solo había pasado un corto espacio de tiempo. A casi todos, salvo unos pocos, que sentían más intensamente el paso del tiempo y como afectaba a aquellos que no vivían eternamente. Y a la vez, cuando el rio del tiempo parecía demasiado grande para cruzarlo con la memoria, cada uno de aquellos elfos podía ser encontrado en el mismo lugar. Bajo los grandes árboles Mallorn, sobre la alta colina que dominaba la vista de los Bosques, dentro del único cementerio de las Tierras Imperecederas. Cuatro piedras sepulcrales rodeadas por hierba alta, suave y verde eran los únicos recordatorios de la mortalidad en una tierra que había sido bendecida con la vida eterna.
Y aquella noche, como en muchas noches anteriores, Legolas estaba de pie junto a las tumbas, mirando durante largo rato las runas élficas que se curvaban sobre las lápidas y brillaban bajo la luz de las estrellas.
—Las estrellas no cambian, ni lo hace la belleza de esta tierra. Y aún así. . . .
—¿Te sientes intranquilo?— dijo una voz detrás de él.
Legolas se giró para mirar a Gandalf, que se había unido a él en lo alto de la colina.
Legolas asintió.
—Demasiado tocado por los mortales, quizá, para soportar el fluir de los días iguales e interminables. He perdido la cuenta de los atardeceres que he visto. Y me canso de ellos, a pesar de que su belleza es incomparable.
—Incluso la belleza pierde su brillo, si permanece inalterable para siempre. Se convierte en algo corriente. Y esa es una gran tragedia,— dijo Gandalf.
—Es verdad. Mi padre me advirtió a menudo de los peligros de hacer amistad con mortales. Y poco escuché sus avisos— dijo Legolas.
—Pero eras joven— dijo Gandalf.
—E ingenuo— añadió Legolas.
—Y aun así. . . .
—Lo haría de nuevo, exactamente igual. Aunque desearía disponer de más tiempo para disfrutar de su compañía— dijo Legolas.
Gandalf sonrió.
—¿Así que tú también lloras su pérdida después de tantos años?
—La herida es más profunda que cualquier otra que haya sufrido— dijo Legolas.
—Como amaba el sonido de su risa...— dijo Gandalf.
—Los mortales poseen un amor por la vida que los elfos no pueden igualar, no importa cuántas edades pasen. Saben que no tienen la eternidad, y por eso, pocos derrochan su tiempo— dijo Legolas. —Su coraje es más heroico, su alegría y su tristeza mayores. Y su risa es más autentica.
—Algunos días oigo una risa distante y estoy seguro de que es la de Bilbo.— dijo Gandalf, casi para sí mismo.
Legolas miró a Gandalf sorprendido.
—Yo también oigo una risa distante, aunque para mi, siempre es Gimli.— dijo Legolas, y miró durante largo rato a una tumba en particular.
—Ambos hemos sido maldecidos y bendecidos al vez al recordarlos durante tanto tiempo. Nuestro amor por ellos era profundo.— dijo Gandalf.
—Todavía más profundo es mi deseo de conquistar la creciente oscuridad para que sus descendientes, por muy distantes que sean, conozcan la paz— dijo Legolas.
—¿Tú también la has sentido?
Legolas asintió.
—No es tan fuerte como la oscuridad que una vez asoló la Tierra Media, pero lo es para aquellos que solo pueden entregar sus vidas para defenderse.
—¿Y qué ayuda podemos prestar, además de nuestra inmortalidad?— preguntó Gandalf.
—¿No es eso suficiente?— preguntó Legolas.
Gandalf se rió entre dientes.
—Quizá lo sea. También tenemos sabiduría.
—Tú puede que tengas sabiduría. Yo no tengo ninguna. Ni nunca he sentido que la tuviera, a decir verdad.— dijo Legolas.
—Y esa es la primera señal de que uno es, ciertamente, sabio.— dijo Gandalf.
—Entonces debería ser el elfo más sabio de todas las Tierras Imperecederas— dijo Legolas.
Y al oír aquello, Gandalf se echó a reír en voz alta. El sonido llenó el aire y pareció aligerar el corazón y el espíritu. Legolas contempló las estrellas. No se sentía sabio. Y a pesar de que había alcanzado una gran edad, todavía era aquel joven elfo que, una vez contempló el interior de los bosques de Fangorn y se quedó tan fascinado por lo que veían sus ojos, que estuvo dispuesto a renunciar a su misión para contemplarlo en profundidad. Si no hubiera sido por las palabras severas de Gandalf, probablemente se habría perdido en los bosques, con enano o sin él detrás. Aquel pensamiento hizo que Legolas sonriese.
—Nunca he entendido como un recuerdo feliz puede traer tanta tristeza.— dijo.
—No es el recuerdo feliz lo que te trae tristeza, sino el hecho de que aquellos con los que lo compartiste ya no estén.— dijo Gandalf.
Legolas y Gandalf contemplaron las tumbas de sus viejos amigos. Legolas las siguió con la vista de izquierda a derecha. La inscripción élfica no decía nada poético. No hacía falta poesía para conmemorar sus vidas. Eran bien conocidos en las Tierras Imperecederas. Solo constaban escritos sus nombres, con letras élficas brillantes, que ni el tiempo ni el viento podrían desgastar. Bilbo Bolsón, Frodo Bolsón, Samsagaz Gamgee, y Gimli, hijo de Gloin.
—Sabes... ¿Sabes donde están, Gandalf? ¿Dónde caminan sus espíritus?— preguntó Legolas. En todos sus años en las Tierras Imperecederas, nunca se había atrevido a hacer semejante pregunta.
Gandalf negó con la cabeza.
—Mi camino está con los inmortales. No me corresponde a mí saber donde caminan las almas de los mortales o si descansan para siempre.
—Algunos días... Gandalf, algunos días...creo que es un regalo— dijo Legolas.
Gandalf asintió.
—También lo creo yo.
Los vientos soplaron entre las hierbas y estas se ondularon como olas en un océano. Los suaves vientos olían a madera y a espacio abierto, a cielo y a agua. Legolas y Gandalf contemplaron las estrellas que giraban sobre su eje en el cielo, eternamente inalterables.
Oyeron unas suaves pisadas élficas aproximándose y Elrond se unió a ellos en lo alto de la colina. Gandalf asintió, como si lo esperase.
—De todos los lugares en las Tierras Imperecederas, debería haber sabido que nos encontraríamos aquí— dijo Elrond. —El pasado nos ata como una cuerda, uniéndonos para siempre a la Tierra Media.
Elrond contempló solemnemente las tumbas.
—Tus ataduras son más fuertes que las de la mayoría— dijo Gandalf.
Elrond asintió con tristeza.
—Ciertamente. ¿Has hablado con los Valar?
—Lo he hecho— dijo Gandalf.
Los ojos de Legolas se alzaron para encontrarse con los de Elrond. No sabía nada acerca de las palabras intercambiadas entre los dos, pero podía sentir la repentina tensión alzarse, como si el aire estuviera cargado con ella.
—¿Y cuál ha sido su proclamación?— preguntó Elrond.
—No estaban complacidos con mis acciones, pero nos dejarán hacer lo que creamos necesario— dijo Gandalf.
—¿Así que no nos pondrán trabas?— preguntó Elrond.
—No lo harán.
—¿Y Legolas? ¿Te unirás a nosotros?— preguntó Elrond, girándose hacia Legolas.
—¿Volver a la Tierra Media?— preguntó Legolas.
Elrond asintió.
—¿No sabías que otros ya han regresado?
Legolas miró a Gandalf.
—¿Por qué no me lo has contado?
—Todo a su tiempo— dijo Gandalf. —Estaba esperando el momento oportuno. Pero Elrond terminará esta historia. Tengo mucho que hacer y poco tiempo para hacerlo.
Gandalf despareció en la oscuridad. Elrond y Legolas lo vieron marcharse. La paz de Valinor, que Legolas había supuesto garantizada durante tantos años, había desaparecido de repente. En su lugar sentía la ansiosa anticipación de un viaje a lo desconocido.
—La oscuridad que se acerca...— dijo Legolas. —¿Tu también la has sentido?
Elrond asintió.
—Sí, la he sentido. Pero los vínculos entre nosotros y la Tierra Media son más fuertes que para el resto de los elfos.
—¿Qué es?— preguntó Legolas. —¿Es Sauron?
—No lo sé. Es solo la cáscara de una oscuridad que ya existía en los días antiguos. Quizá sea solo un resto de la vieja forma de Sauron, pero reencarnada en la carne y la sangre de un mortal. — dijo Elrond. —Ha sido la incertidumbre la que ha provocado que mis hijos se marchasen por deseo de Gandalf, para descubrir la naturaleza de este Mal. Solo los ojos de un elfo pueden ver a través de las muchas máscaras y caras que el Mal utiliza. Los ojos de los mortales pueden confundirse fácilmente y el Mal puede ocultarse. El viaje iba a durar únicamente quince días. Pero no estaban allí para encontrase con Gandalf en la fecha en la que se había planeado su retorno. No tiene noticias de ellos. Y el mortal que los acompañaba esta también desaparecido. Se teme lo peor.
—¿Elrohir y Elladan?— dijo Legolas. —Si han sido capturados, entonces el Mal debe ser, ciertamente, grave.
—Quizá sí, quizá no. La Tierra Media ha cambiado muchísimo desde que partimos de los puertos. Apenas se parece a la tierra que dejamos atrás— dijo Elrond. —Aunque algunas cosas permanecen. Cosas que deberíamos haber traído con nosotros. Debería haber insistido.
Elrond suspiró pesadamente.
—Pero no tuve el corazón o la voluntad de causar más tristeza.
—Tu partida de la Tierra Media fue un dolor que Arwen arrastró durante toda su vida— dijo Legolas. —Al menos hasta la muerte de Aragorn.
—Es por él por lo que regresamos. O, si he de ser totalmente sincero, por mi debilidad de espíritu.— dijo Elrond.
Si Elrond deseaba decir más, lo haría. Y Legolas no deseaba añadir más pena a la cara de Elrond. Así que dejó las preguntas que corrían por su mente sin responder y se tranquilizó con la sorprendente alegría que se alzó en él al pensar que iba a ver la Tierra Media de nuevo. No le importaba lo cambiada que pudiese estar, todavía era, en muchos sentidos, su hogar. Y en sus sueños a menudo caminaba de nuevo por ella. Apenas podía esperar para poner sus pies sobre las orillas de la Tierra Media.
