Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Novaviis y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 24

Yorino enderezó la espalda al entrar en la sala. Había querido hablar con su amo a través del cristal. Una distancia más segura, como su puesto de avanzada cerca de la aldea de la señorita Kagome al otro lado de las llanuras, habría sido preferible. Solo podía imaginarse la furia que el joven señor desataría para cuando esto hubiese terminado y no quería estar ni cerca de ello. Pero todavía no había salido del castillo de Seichi y no había una excusa justificable para seguir guardándose esta información. Había estado aquí desde la noche del asedio de la aldea, hacía casi dos meses, y el señor Masao pediría su cabeza si esperaba hasta haber vuelto a su puesto para hablar con él.

Al capitán Yorino le gustaba pensar que no había mucho en este mundo que temiese de verdad, pero incluso él sabía cuándo valorar su vida.

El señor Masao estaba sentado sobre un montón de cojines lujosos junto a una mesa baja, revisando algunos pergaminos. A su izquierda, un intrincado cuenco de hierro fundido sobre una plataforma de tres patas tenía brasas ardiendo, calentando la habitación. Mezclados con las brasas, había algunos cristales claros que emitían un suave brillo blanco. El joven señor levantó la mirada cuando Yorino entró. El capitán se puso inmediatamente de rodillas y le hizo una reverencia. Respeto, admiración y miedo curvaron su espalda.

—Capitán —le dijo Masao, dándole finalmente permiso para incorporarse—, me han contado que tenía información que compartir.

—Así es. —El hombre mayor asintió, sus puños se cerraron sobre sus rodillas—. Relativa a la señorita Kagome.

—¿Está enferma? —El rostro de Masao reflejó afligida preocupación.

—No, no. Goza de buena salud, esa es información que puedo confirmar según el último informe de su aldea —interrumpió rápidamente Yorino—. Esto es sobre algo un poco más… alarmante, se podría decir. Cuando estábamos liberando a los prisioneros de la aldea y llevándonos a los hombres para su ejército, una vieja bruja me rogó que perdonase a su marido. Por supuesto, eso habría ido en contra de sus órdenes, así que en ningún momento consideré…

—Vaya al grano, capitán —lo interrumpió Masao con tono aburrido, moviendo los ojos de nuevo a sus pergaminos.

—Sí, lo siento, mi señor. —Yorino asintió—. La mujer me ofreció información a cambio de la vida de su marido. Había estado encerrada en la prisión la noche del asedio a la aldea y afirmaba haber visto entrar a la señorita Kagome para hablar con uno de los prisioneros.

Masao le hizo a Yorino un gesto de rechazo con la mano, cogiendo su pincel de tinta.

—Esto no es una novedad para mí, capitán. Había estado sacándole una maldición a uno de mis soldados y tuvo que quitársela al dueño original. Eso es todo…

—¡Mi señor, la vieja dijo que había llamado al prisionero «Inuyasha»!

Masao soltó el pincel, la tinta se esparció en una mancha sobre el mapa que había estado examinando. Levantó la cabeza lentamente.

—Ese hanyou está muerto. La señorita Kagome lo destruyó por sí misma.

Yorino se retrajo.

—Sí, eso es lo que creía yo también, pero es imposible que la vieja pudiera haber sabido el nombre de la bestia.

El caudillo se puso de pie y Yorino tuvo que contenerse para no encogerse de miedo. Masao caminó hacia la pared, haciéndola a un lado para dejar que el frío se filtrase en la sala. Las brasas sisearon.

—Es una coincidencia.

Esa no era la reacción que Yorino se había esperado en absoluto.

—Pero, mi señor, la señorita Kagome estaba allí con él en la prisión. La mujer dijo que lo había besado.

—O es una coincidencia o no consiguió destruirlo —soltó Masao—. En cualquier caso, la señorita Kagome es inocente. Ese hanyou la engañó. Sería propio de la bestia engañarla de esa manera.

Yorino contuvo la respiración porque su negación no pareció tapar en qué se estaba hundiendo Masao.

—Mi señor… ¿por qué alberga tal venganza contra Inuyasha?

Masao no respondió y, por un momento, Yorino temió que esas palabras fueran a ser las últimas que dijera nunca. Finalmente, Masao se giró para mirarlo.

—Retírese, capitán —dijo entre dientes.

Yorino no dudó en obedecer. Con una apresurada inclinación, se puso en pie e intentó no salir corriendo de la sala. En cuanto la puerta se cerró detrás de él, Masao volvió a sentarse en sus cojines. Mientras miraba atentamente la mancha de tinta de su mapa, sus manos empezaron a temblar de pura ira. Con un rugido, tiró los pergaminos de la mesa, haciéndolos volar hasta el suelo. Lo único que quedó en su campo visual fue el cuenco de hierro fundido.

Lo recorrió una cruda calma.

Tras meter la mano en las brasas, Masao sacó un brillante cristal blanco. Se enfrió al instante. Con una fina lima de acero, empezó a rallar los bordes dentados, el centro supuró una opaca luz azul.


Cuando Rin se despertó y descubrió que la nieve le llegaba a las rodillas, se dio cuenta de que sus tareas en el templo estaban canceladas por ese día. Era tan sencillo como eso. Volvió a poner las cubiertas de la puerta en su lugar, ignoró la extrañada mirada de soslayo de Kagome y gateó de nuevo a su cama. Ahogada por las capas de mantas apiladas sobre ella, junto con un perro o dos, se centró en volver a dormir. Tanto si el sol estaba a punto de salir como si no, ya no era preocupación suya. Por lo que a ella respectaba, toda la aldea estaba cancelada por ese día. Cancelada sin más.

—Kagome, Rin, buenos días. —Takuya se estremeció mientras entraba en la cabaña, volviendo a colocar rápidamente las cubiertas de la puerta antes de que pudiera entrar el frío. Se sentó en el borde de la tarima para quitarse sus botas de caña—. Rin, ¿sigues en la cama? —le riñó. Solo le respondió una baja voz distorsionada—. ¿Perdón?

Rin levantó el borde de sus mantas, pero no salió.

—Hoy está todo cancelado. Vuelve mañana —gimió.

Takuya miró hacia Kagome, que estaba intentando ahogar la risa mientras removía su desayuno.

—¿Ah, sí?

—Mmm.

Alzando una ceja, el sacerdote se puso de pie y caminó sin hacer ruido hasta su futón.

—¿Y acabas de decidirlo?

—Yo no lo decidí —contestó Rin—. Fue la nieve.

—Bueno. —Takuya negó con la cabeza, caminando hacia el otro lado del brasero y arrodillándose para calentarse—. ¿Quién soy yo para discutir con la nieve?

Kagome le sonrió a su maestro y le sirvió un cuenco lleno de gachas de arroz.

—¿Vas a dejarla tan fácilmente? —bromeó.

Takuya respondió tranquilamente:

—¿Vas a ser la que intente que se levante?

—Bien visto. —Kagome se rio. En serio, por muy duramente que intentase disciplinarlas tanto a Rin como a ella, Takuya tenía un corazón muy blando.

—Nos tomaremos el día libre solo por esta vez, señoritas. Y lo digo en serio. Solo por esta vez. Solo porque hay mucha nieve —anunció Takuya mientras se llevaba su cuenco a los labios.

Rin finalmente asomó la cabeza por debajo de sus mantas, amontonándolas rápidamente alrededor de su cuello para que no se escapase el calor.

—¿Significa esto que puedo ir a jugar fuera?

—¡Pensaba que habías dicho que hoy estaba todo cancelado! —Takuya palideció.

—¡Sí, todo lo aburrido!

—Increíble.

Interviniendo antes de que los dos empezasen a discutir, como hacían a menudo, Kagome sirvió un cuenco de gachas de arroz para Rin y se lo tendió.

—Si vas a ir a jugar fuera, no te quedes mucho tiempo, ¿vale? Y asegúrate de ponerte capas extra y ponte tus botas altas.

Rin aceptó la comida ansiosamente, haciendo una pequeña inclinación de agradecimiento antes de empezar a comer.

—¡Lo haré! —prometió con un bocado de gachas. Limpiándose la boca con la manga, Rin fue corriendo a sacar sus kimonos de invierno, colocando las capas de las diferentes prendas hasta que estuvo lo suficientemente abrigada. Por último, tras ponerse sus botas de nieve, se detuvo para acabarse lo que le quedaba de gachas y salió corriendo por la puerta. Jun fue pisándole los talones, ladrando tras ella. Kei apenas se movió entre toda la emoción, dirigiéndole una mirada a la nieve de fuera antes de resoplar y trotar por la sala para dejarse caer en el regazo de Kagome.

Takuya vio que Rin volvía a colocar la cubierta de la puerta en su sitio desde fuera, el sonido de su risa se desvaneció mientras entraba corriendo en la aldea.

—No he visto tanta nieve a mediados del invierno desde que tenía la edad de Rin. Puedo recordar el entusiasmo —dijo con una carcajada, terminándose su propio cuenco de gachas. Se giró hacia su pupila—. ¿No vas a unirte a ella?

—¿Mm? —Kagome levantó la mirada de su desayuno, apenas tocado en comparación—. Oh, no lo creo. —Se encogió de hombros—. Seré la primera en admitir que no he perdido las ganas de jugar con la nieve, pero hoy tengo otras cosas en mente.

—¿Qué te preocupa? —preguntó Takuya.

Mirando atentamente su cuenco de gachas por un momento, Kagome suspiró y volvió a echarlo en la olla. Iba a comer, por supuesto, pero probablemente no sería hasta después de haber acabado de hablar con Takuya. Al menos, así no se enfriaría. Removiendo la olla otra vez, le rascó distraídamente la cabeza a Kei y volvió a centrar su atención en su maestro.

—¿Kaede tenía algún amigo cuando era pequeña? ¿Un niño?

Takuya frunció el ceño.

—¿A qué viene esto?

Kagome se movió hacia un lado, solo lo suficiente para levantar el tablón del suelo y sacar la tela.

—La pieza central es sobre lo que he estado soñando y fue el último añadido que hizo Kaede antes de morir. He estado mirando las piezas que la rodean y casi parece una historia. Creo que la niña de las piezas más viejas es Kaede, pero siempre está con un niño pequeño, incluso mientras crecen en cuadrados diferentes.

Takuya frunció las cejas en gesto de concentración mientras cogía la colcha, examinándola a la luz del fuego.

—Tienes que entender, Kagome —dijo el sacerdote rascándose la nuca—, que no nací hasta que mi prima era ya una jovencita. No tengo ni idea de cómo era su vida personal cuando era pequeña. Me temo que no puedo hacer nada para descifrar esto por ti, si eso era lo que esperabas —dijo mientras se la devolvía.

Kagome cogió la colcha con un suspiro de decepción.

—Eso esperaba. —Dobló la manta, dejando que su mirada pasase sobre ella una vez más.

—Pero estaba muy unida a un joven cuando yo era niño —ofreció Takuya—. No recuerdo su nombre realmente, o lo que le pasó, pero eran inseparables.

—Eso debe de ser, entonces —meditó Kagome.

Volviéndose hacia el fuego, Takuya se frotó las manos. Extendió las palmas para entrar en calor.

—Llegados a este punto, supongo que la única persona que habría sabido la conexión con todo esto era Kaede.

Kagome lo miró, sorprendida por la verdad y rotundidad de sus palabras. Sabía que, de algún modo, todo esto era la forma que tenía Kaede de dejar su historia atrás, pero no podía evitar sentir que debería habérsela contado y punto cuando todavía estaba viva. Aunque tal vez eso era lo que había pretendido la sacerdotisa fallecida. Tal vez había planeado contarles su historia aquella dorada tarde de verano. Ahora parecía que había pasado toda una vida. Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el leve sonido de la risa de Rin al otro lado de la puerta.

Fuera, Rin se había unido a algunos de los demás niños para jugar con la nieve. Saltando sobre montones blancos y haciendo bolas de nieve para lanzárselas los unos a los otros, corrían por las calles de la aldea con Jun trotando detrás de ellos. Esto era algo que Rin solo podía recordar vagamente hacer en la aldea donde había nacido. Eso había sido cuando había tenido una madre y tres hermanos mayores, y un padre que solo podía recordar por el olor del fuego del hogar. Era tan pequeña en aquel entonces, que los inviernos eran un recuerdo borroso. Pero sí que recordaba andar tropezando en las ventiscas y fingir esconderse de los niños hasta que podía abalanzarse sobre ellos. Esa clase de recuerdos le ayudaba no estar triste. Pero el auténtico enfoque de ese momento era devolvérsela a Akane por darle con una bola de nieve.

—¡Tengo una idea! —llamó uno de los niños por encima del estruendo de risas—. ¡Juguemos a «Mata al demonio»! Una persona es el demonio y todos los demás tienen que tirarle bolas de nieve para exterminarlo. Pero si el demonio te toca, ¡también eres un demonio!

—¿Cómo escogemos al demonio? —preguntó Akane.

—Ehhhh… ¡el último al que le hayan reñido sus padres!

Rin apoyó las manos en las caderas, haciendo un mohín.

—Es un juego tonto. Solo porque alguien se haya metido en problemas, no significa que deba ser el demonio.

—Sí que es así —argumentó el niño—. Los demonios son malos, así que quien fuera malo de último es el demonio. Es solo un juego, Rin. eres la tonta.

—Vale, prefiero ser tonta a jugar contigo, de todos modos —resopló Rin, girando sobre sus talones y lanzándole un poco de nieve con una patada, por si fuera poco. Dejando el grupo atrás, volvió por las calles hacia su casa. Jun trotó fielmente a su lado. Lo único que quería era volver dentro y tumbarse con la cabeza en el regazo de Kagome para poder hablar de todo lo que le estaba molestando. Le gustaban los momentos así con Kagome porque ella siempre sabía cómo hacerle sentir mejor, además de que jugaría con su pelo, algo que le gustaba. No se había alejado mucho del grupo cuando uno de los soldados se interpuso en su camino desde el mercado. Era el mismo que había hecho un comentario sobre su kimono antes del festival de verano, cuando Inuyasha tuvo que irse. Inmediatamente, lo miró frunciendo el ceño.

Pero al soldado no pareció importarle. De hecho, se rio, divertido por su ira.

—Venga, niña, ¿por qué no sonríes? —preguntó.

—Porque no quiero —gruñó.

—Deberías sonreír más a menudo, tienes una sonrisa muy encantadora —insistió el soldado, moviéndose para apoyar la mano en su hombro. Ella se apartó—. ¿Sabes? Vas a convertirte pronto en una joven hermosa. No deberías ser tan infantil o nunca encontrarás marido. Ningún hombre querrá una niña con una expresión tan amarga. Deberías sonreír.

Rin sintió que se le retorcía el estómago.

—No tienes voz ni voto en lo que debería o no debería hacer —contestó, sosteniendo la barbilla en alto en gesto de desafío—. ¿Por qué debería importarme fingir estar contenta, o cualquier otra cosa, solo para encontrar marido? De todos modos, no quiero un marido. Y ahora, déjame en paz. —Sin darle oportunidad de recuperarse de la impresión, Rin se marchó furiosa caminando por la nieve, encaminándose directamente a casa. Ahora se sentía fuera de lugar y decidió que habría sido mejor que hubiera cancelado el día por completo.

Una brusca ráfaga de viento sopló desde el suelo y le dio en la cara. Rin se detuvo, levantando los brazos para escudarse. Tan pronto vino, el viento desapareció y la nieve flotó hasta el suelo. Se desvaneció una luz cegadora delante de ella, dejando a un alto demonio blanco mirándola con oculta bondad escondida profundamente en sus ojos. Rin se quedó pálida.

—Rin —saludó Sesshomaru a su protegida—. ¿Estás bien? —Solo notó su pálida tez tras su inusual silencio. Un frunce cruzó su rostro mientras miraba hacia la casa en la que había estado viviendo, preguntándose sin duda si sus tutores habían sido lo suficientemente descuidados como para permitir que enfermase.

Pero, finalmente, Rin tomó la palabra y dio descanso a esos miedos.

—E-Estoy perfectamente, mi señor, pero…

—Bien. —Sesshomaru asintió. Sin otra palabra, le tendió un grueso paquete. Demasiado impresionada por la repentina aparición de su señor como para pensar, Rin cogió el paquete y desató el cordel que lo mantenía cerrado, encontrando dentro un traje de invierno hermosamente intrincado. Su silencio preocupó al demonio que se cernía sobre ella—. Estás callada, Rin. ¿No te complace? —No sabía si era por el regalo o por su visita, pero nunca había estado menos que eufórica por verle.

—N-No, no me complace, digo, no es que no esté complacida por verle, mi señor, pero… —De nuevo, Rin se vio interrumpida. Gritos distantes y profundas voces masculinas resonaron de las calles distantes de la aldea. Se dio la vuelta y vio que el puñado de soldados y los aldeanos empezaban a avanzar hacia ellos. Se le paró el corazón—. ¡Mi señor, por favor, tiene que irse! —rogó.

Sesshomaru frunció el ceño.

—No comprendo.

Gritos de «¡demonio!» resonaron por la aldea y las familias se asomaron por sus puertas para estar al tanto del caos. La mayoría miraron a Sesshomaru con ojos muy abiertos en señal de reconocimiento, mientras que algunos regresaron a sus hogares y otros salieron corriendo a unirse a la muchedumbre que se estaba formando. A su derecha, Rin pudo oír que la cubierta de la puerta de su casa se hacía a un lado y los pasos de Kagome y Takuya mientras salían corriendo al exterior. Se giró y vio que Kagome se detenía en seco, su piel se volvió tan pálida como la de ella. Takuya apoyó la mano en su hombro, pero ni un segundo después de haberla tocado, Kagome partió corriendo hacia ellos.

—Sesshomaru —jadeó—, no puedes estar aquí.

Sesshomaru entrecerró los ojos, inseguro de si debía ofenderse o no porque la mujer de su medio hermano se atreviera a hablarle así o porque su presencia estuviera levantando tal irritante conmoción. Cuando los soldados y los aldeanos se detuvieron solo a una corta distancia y empezaron a preparar sus armas, toda inseguridad desapareció. Estiró la mano y atrajo a Rin a su costado, con el otro brazo extendido con garras brillantes, escudando a Kagome. Todo su comportamiento se transformó, siniestro y desafiante. Los soldados reaccionaron con órdenes gritadas, presentando sus armas de fuego ante el enemigo. Sesshomaru no flaqueó en lo más mínimo. Aquellas armas no iban a tocarle, podía partir una bala por la mitad antes de que atravesase el aire. Eso no pareció evitar que Kagome se tensase detrás de él y que Rin jadease a su costado.

Viendo la negativa del demonio a rendirse, uno de los soldados al mando se adelantó y metió la mano en su traje. Rin supo lo que era antes incluso de que sacara la piedra incolora. Su mirada de pánico se dirigió hacia su señor y de nuevo hacia Kagome. Si el samurái con el cristal veía que Sesshomaru las estaba protegiendo a las dos, podría sospechar una conexión. Pensando con rapidez, Rin decidió que no podía dejar que eso pasase, así que hizo teatro.

Tirándose al brazo de Sesshomaru, se llevó la mano de golpe a la frente con un grito dramático. Saliendo con un sobresalto de su trance protector, Sesshomaru la cogió antes de que pudiera caer con un frunce de confusión.

—¡Oh, no! —gritó—. ¡Este malvado demonio me tiene en sus garras!

Los aldeanos no reaccionaron al dramatismo de Rin, pero detrás de ella, Kagome alzó una ceja, igual de confundida que Sesshomaru. Solo le hizo falta un momento para comprender su plan. Rin siempre había sido un poco teatrera, pero tenía que admitir que no era mala idea para tan repentino apuro.

—Oh, ¿qué voy a hacer? —continuó Rin, resaltándolo tanto como pudo—. ¡Este demonio probablemente me va a llevar lejos! ¡Muy lejos! —Miró a Sesshomaru con una mirada mordaz, exasperada ante su incapacidad de captar una indirecta—. Probablemente. Ahora. ¡Mismo!

Finalmente, Sesshomaru comprendió el plan de Rin. Apretando su agarre alrededor de ella, saltó al aire, dejando otra ráfaga de luz cegadora y nieve tras él. Los soldados se quedaron protegiéndose los ojos, la pólvora se cubrió de aguanieve derretida y quedó inutilizada. Kagome no se quedó para ver a Sesshomaru volar por encima del bosque con Rin. Para cuando la nieve se hubo asentado de nuevo, estaba dentro de su cabaña y poniéndose sus botas de nieve, agarrando su arco y su carcaj.

—¡Iré tras ellos, quédense todos aquí! —anunció, saliendo fuera de nuevo corriendo.

—¡Espere, señorita Kagome! —la detuvo el soldado al mando antes de que pudiera pasar por su lado—. Ese era un demonio aterrador y poderoso… es demasiado peligroso que vaya sola.

Kagome lo rodeó.

—Ya me he enfrentado a este demonio, puedo encargarme de él. Si me siguen usted y sus hombres, solo nos percibirá antes. Iré sola. Rin es mi responsabilidad.

—Entonces, por favor, al menos llévese esto —ofreció, tendiendo una Piedra Divina, la superficie pulida destelló la luz invernal del día.

A Kagome se le agrió la expresión.

—No la necesito —insistió. Sin dejar espacio para discusiones, Kagome salió corriendo por las calles y hacia los arrozales congelados. Mirando hacia atrás para asegurarse de que no la seguía nadie, entró corriendo a toda velocidad en el bosque. Jun y Kei corrían delante de ella, zigzagueando entre arbustos desnudos y árboles cubiertos de escarcha. Los siguió a las partes más densas del bosque, tropezando más que unas cuantas veces en parches de hielo. Sus salvajes ladridos resonaron por el bosque hasta que, justo cuando estuvieron fuera de su vista, se quedaron callados. Kagome aceleró en un recodo, encontrando a los perros sentados al borde de un claro, con los ojos pegados al inu youkai. Rin y Sesshomaru estaban en el centro y, aunque Rin parecía aliviada de ver a Kagome, Sesshomaru permaneció inexpresivo.

—Explicad —ordenó él.

Y explicar fue lo que hicieron. Todo desde el momento en que Sesshomaru había estado por última vez en la aldea hasta la creciente tensión que bullía en ella. Sesshomaru escuchó con una vaga expresión, pero con una intensa mirada. No comentó dónde había estado durante todo esto o por qué no había ido antes de visita. Su declaración del desprecio de Masao hacia todos los demonios y su poder para eliminarlos de la tierra mortal no pareció sorprenderle en lo más mínimo. Kagome recordó a Inuyasha hablándole de su determinación por averiguar más sobre la Piedra Divina, lo que asumía que era lo que había estado haciendo todo este tiempo, pero aun así resentía todo el tiempo en que no había estado, solo por el bien de Rin.

Al final de sus explicaciones, Sesshomaru levantó la mirada hacia el cielo encapotado.

—¿Y dónde está ahora Inuyasha?

—Está con Koga y la tribu de los demonios lobo en las montañas septentrionales —respondió Kagome.

Sesshomaru asintió, bajando la mirada a su protegida.

—Ven conmigo, Rin.

Rin le devolvió la mirada, confusa.

—¿Eh?

Sesshomaru extendió la mano hacia ella, hermético y severo. No iba a dejarla en una aldea donde estaba rodeada de enemigos, donde era incapaz de llegar a ella.

Al comprender lo que quería decir, a Rin se le desencajó el rostro. Al volver a mirar a Kagome, suspiró y avanzó un paso, como si fuera a darle la mano. En el último momento, no obstante, se detuvo e inclinó la cabeza, con las manos entrelazadas a su espalda.

—Lo siento, señor Sesshomaru, pero… deseo quedarme con Kagome.

De todas las cosas, sus palabras fueron las que rompieron la expresión estoica de Sesshomaru. Su mano bajó de nuevo a su costado, sus ojos ensanchados cayeron lentamente a su fría mirada. Pero Rin pudo ver más allá de su intento por tapar su desliz. Nunca había rechazado una oferta de ir con él desde el día en que se habían conocido. Era una primera vez que él nunca se habría esperado. Sesshomaru levantó de nuevo la vista al cielo.

—Muy bien —admitió.

Sin dejar pasar otro instante, Sesshomaru giró sobre sus talones y caminó hacia el otro lado del claro. En cuanto estuvo a una buena distancia de Rin y Kagome, se levantó del suelo con un elegante salto. La nieve alterada con su energía arremolinada volvió a flotar al suelo. Rin lo vio marcharse con una pesada sensación en el estómago. Sus despedidas siempre habían sido sencillas y breves, pero nunca silenciosas. Suspiró con los ojos fijos en el cielo mucho después de que hubiera desaparecido entre las nubes.

—Creo que está enfadado conmigo. —Se encogió de hombros—. Espero que mi señor no esté muy molesto. Sí que tiende a guardar rencor durante mucho tiempo. —Levantando la mirada hacia Kagome para ver qué tenía que decir sobre el asunto, se encontró con una expresión boquiabierta llena de asombro y confusión. Rin se apresuró a quitarle importancia—. Vamos a casa.

Kagome parpadeó.

—Oh, ah… vale.

Cuando Rin empezó a avanzar por el camino hacia la aldea, Kagome se dio un momento para recuperarse de la impresión antes de seguirla. Habiendo desaparecido la presencia autoritaria del inu youkai, Jun y Kei fueron libres de caminar al lado de ellas. Todo a su alrededor era quietud. Incluso en el invierno, el silencio era ambiental, pero ninguna de las chicas intervino hasta que hubieron salido del bosque. Los arrozales congelados se extendían ante ellas como espejos plateados.

—Rin, tengo que preguntar —tomó Kagome la palabra finalmente—, ¿por qué no te fuiste con Sesshomaru? No creí que fueras a rechazar nunca la oportunidad de volver a viajar con él —confesó.

Rin se encogió de hombros, dando saltitos delante de ella.

—No estoy segura. De verdad, no lo pensé mucho. —Era extraño, ahora que lo meditaba de verdad. Durante toda la mañana, se había sentido fuera de lugar con el resto de la aldea. Habría dado cualquier cosa por poder escapar, o eso había creído. Cuando llegó el momento, simplemente no pudo reunir el valor suficiente. Para ella, la razón fue rápidamente evidente—. Supongo que simplemente no quería dejarte sola —respondió finalmente—. Crecí con tres hermanos, pero nunca he tenido una hermana como tú y no quiero que estés triste.

Kagome se detuvo. Rin siempre tenía una forma de sorprenderla con la forma directa en la que hablaba y su increíble habilidad para comprender el mundo a su alrededor. Era observadora. A Kagome no debería haberle sorprendido tanto que fuera a ser la primera en ver la fortaleza de su relación. Negando con la cabeza con una sonrisa sin aliento, se estiró para darle la mano a Rin mientras continuaban por el camino.

—Yo tampoco he tenido nunca una hermana.


Llevaban una hora siguiendo a la cierva. Con el cuello estirado hacia abajo para masticar las ramas de un arbusto cubierto de nieve, las orejas de la gama ni se movieron en su dirección. Inuyasha estaba agachado en lo alto de un pino, viéndola comer. Bajó la mirada a donde estaba Shippo escondido detrás de un tronco. Sosteniendo la mano en alto, esperó el momento perfecto para atacar y cortó el aire con la mano. Shippo saltó desde detrás del árbol, con las garras y los colmillos listos para golpear. Ya estaba, al fin iba a hacer su primera caza. Aunque lo pensó demasiado pronto, porque aterrizó de cara en la nieve donde había estado la gama. Había vuelto disparada al bosque antes de que el joven kitsune pudiera siquiera gritar.

No muy lejos, un fuerte e irritado gruñido perforó el silencioso bosque. Sacando la cara de la nieve, Shippo se encogió cuando Koga salió de donde había estado mirando.

—¡Venga, niño! ¡La tenías justo delante!

Inuyasha se bajó del árbol, aterrizando en el suelo con los pies descalzos.

—Por esto te dije que empezases con algo más fácil. Como un conejo —gruñó.

Shippo lo miró con el rostro pálido.

—¡No puedo matar a un conejo!

—¿Por qué no? ¡Comíamos conejo constantemente cuando viajábamos!

—¡Puedo comerlo si ya está muerto! ¡Eso no significa que pueda matar a un conejito indefenso!

—En fin. —Koga puso los ojos en blanco, poniendo el ciervo y los dos carneros que Inuyasha y él habían conseguido cazar antes en una fina estructura de madera—. Esto es más que suficiente por el momento. Los demás ya deberían haber regresado, somos la última partida de caza que queda.

Shippo pareció como si quisiera argumentar que él todavía no había conseguido nada, pero una mirada por parte de Inuyasha lo calló al instante. Habría tiempo de sobra para aprender a cazar a lo largo del invierno. Sacándose la nieve de los pantalones, Shippo corrió deprisa detrás de Inuyasha y Koga mientras volvían a la guarida. Se estremeció cuando un fresco viento atravesó la ladera de la montaña. Incluso Koga, que estaba acostumbrado al clima invernal, vestía pieles extra para ayudarle a combatir el frío. Por eso Shippo seguía preguntándose por qué Inuyasha ni siquiera se había estremecido con su traje de siempre y sin zapatos. La pregunta lo había estado acechando toda la estación. Sin embargo, con el tenso ambiente de silencio incrementándose, Shippo se imaginó que no era una prioridad. Mientras los seguía, sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que volviera a empezar la anterior discusión de los demonios más mayores.

—Bueno, como iba diciendo…

—Ni de puta coña.

Shippo soltó un suspiro, pero no intentó intervenir. Inuyasha y Koga nunca podían estar mucho tiempo juntos sin algunas peleas de gritos. Era el mismo debate que habían estado lanzando de aquí para allá desde que se habían ido a cazar esa misma mañana, y casi estaba anocheciendo. Interrumpidamente durante todo el día, solo con descansos para capturar presas. Sabía que no debía meterse en medio, en especial porque Inuyasha parecía como si se estuviera esforzando mucho por no arrancarle la garganta a Koga.

Koga solo le devolvió la mirada de furia.

—Mira, esta es la mejor oportunidad que tenemos de contraatacar.

—No voy a dejar que arriesgues las vidas de cientos de demonios y humanos en base a un rumor —gruñó Inuyasha.

Koga se detuvo, soltando la cuerda atada al trineo.

—No recuerdo haber pedido tu permiso.

Inuyasha se quedó paralizado en el sitio, girándose para mirar a Koga con un gruñido bajo. Desde donde los iba siguiendo, Shippo se puso rápidamente detrás de Inuyasha, sin querer meterse en medio de un posible baño de sangre. Inuyasha dejó que el niño se encogiera de miedo detrás de él, su concentración estaba únicamente en el príncipe de los lobos que tenía delante.

—Entonces, ¿por qué sigues insistiendo? Si no me estás pidiendo permiso, ¿por qué cojones estás intentando convencerme, Koga?

Sorprendentemente, Koga paró un momento para pensar su respuesta.

—Odio decirlo, pero tú eres el único que sabe remotamente algo sobre Masao y la Piedra Divina.

—Entonces, estás diciendo que toda tu maldita guerra me necesita.

El demonio lobo apretó los puños.

—¡Y una mierda te necesitamos! ¡Lo único que digo es que tienes que escoger un lado de una puta vez! Si estás con los demonios, luchas con nosotros. ¡Si no, piérdete!

—Eso es una sandez y lo sabes —soltó Inuyasha—. Pero tienes razón en una cosa: Soy el único que sabe algo sobre Masao y la Piedra Divina. ¡Por eso tienes que escucharme! Todavía no sabemos cómo contraatacar frente a la Piedra Divina y, hasta que lo sepamos, estamos muertos. Si atacas ahora a sus hombres, ¡harás que os asesinen a ti y a todos tus aliados!

Pasó un momento de silencio entre los dos, aunque los témpanos de los árboles traquetearon.

—¿Qué te pasó? —preguntó Koga finalmente, fijando la mirada en su reticente camarada con gesto de confusión y traición—. El Inuyasha que conozco nunca se echaría atrás frente a una pelea como esta. ¿Qué cojones pasó?

—Crecí, Koga. —Inuyasha entrecerró los ojos—. A lo mejor deberías probarlo. —Con esas últimas palabras lacerantes, Inuyasha se giró bruscamente y empezó a caminar de vuelta a la guarida, con Shippo pisándole los talones. Las palabras de Koga sobre echarse atrás escocían, pero moriría antes que mostrarlo. Tenía que recordarse que no se estaba echando atrás. No se estaba rindiendo. Pero lo que de verdad le había llegado era su insistencia por que escogiese un lado, una opinión que apoyaban todos los aliados de Koga.

De repente, un cegador orbe de luz chocó contra el suelo en una nube de nieve y hielo. Inuyasha no podía ver, no podía moverse, no tuvo tiempo para reaccionar antes de que un puño impactase contra su mandíbula y lo enviase volando contra un árbol. El tronco emitió un crujido atronador mientras se partía. A través del chillido de Shippo y el grito de Koga, Inuyasha solo consiguió ponerse en pie antes de que la figura lo agarrase por el cuello y lo lanzase contra el siguiente árbol. La corteza astillada no pudo perforar su espalda, pero su columna ardió con la fuerza del golpe. Cuando la nieve se asentó, Sesshomaru lo fulminaba con la mirada con una ira venenosa. Inuyasha le arañó la muñeca.

—Sesshomaru, ¿qué co…?

—Dejaste a Rin en esa aldea —gruñó su hermano mayor, apretando su agarre alrededor de su cuello—. ¡La dejaste allí desprotegida, rodeada de enemigos!

Bueno, Inuyasha no podía decir que su ira fuese injustificada, pero eso no significaba que fuera a aceptar esto. Atacando con sus pies, le dio a Sesshomaru en el pecho, bajándole la guardia lo suficiente para pegarle un puñetazo en la sien y liberarse de su agarre. Aterrizando en el suelo, se enderezó para mirar a su medio hermano, listo para otra reyerta si llegase a eso.

—¡Puedes estar todo lo cabreado que quieras, Sesshomaru, pero no creas ni por un segundo que quise dejar allí a Rin o a Kagome! ¡No sabes una mierda de lo que pasó! —Todavía tambaleándose por la inesperada aparición de Sesshomaru, apenas se preguntó cómo lo había averiguado.

—¡Basta! —rugió Sesshomaru, avanzando con pose amenazadora—. Tu estupidez y debilidad no seguirán adelante. No consentiré que vuelvas a deshonrarnos. Ven conmigo.

Inuyasha ahora se estaba esforzando mucho por seguir el hilo, su pose estaba vacía de energía.

—¿De qué estás hablando?

Estaba pasando todo muy deprisa. Los lados, la ruidosa entrada, la frase de «no voy a dejar que deshonres a la familia»… Inuyasha miró abiertamente con furia a Sesshomaru, cuya mirada poco cooperadora estaba clavada en él. El aire a su alrededor empezó a girar en un torbellino, incluyendo a todo el bosque en una tormenta de hielo y nieve. Shippo corrió hacia Inuyasha y se aferró a su hakama mientras Koga plantaba su pose firmemente en el suelo mientras la tierra empezaba a temblar… o, mejor dicho, a cambiar. La nieve bajo sus pies fue repentinamente reemplazada con pelaje glacial mientras eran levantados más y más alto sobre el bosque. Llanuras, valles y montañas se extendieron bajo ellos, cubiertos de una gruesa manta blanca. Un aullido hizo temblar las paredes rocosas de los precipicios. Antes de que ninguno de ellos se hubiera dado cuenta, un enorme perro plateado los estaba llevando hacia las nubes.