"Mi alma es débil; sobre ella pesa, como un sueño inconcluso, la espera de la muerte". — John Keats.
Disclaimer: este capítulo contiene escenas de sexo de consentimiento dudoso (dubcon) al final del mismo. La lectura de éste queda a discreción del lector, aclarando de antemano que no es una escena narrada por capricho, sino de acuerdo al desarrollo del personaje involucrado. Gracias por la comprensión.
Capítulo VII
El león, el lobo y la oveja
Traute se contonea mientras camina hasta la recepción del hotel Ocean Club, con su cartera Hermes colgada del antebrazo, y sus costosos lentes de sol ocultando sus fríos ojos de miradas curiosas. La mujer impone su presencia a través del corredor y, cuando se detiene, no le es necesario anunciar que ha llegado.
—Ah, señora Caven, bienvenida sea. El señor Ackerman la espera en la habitación de siempre —le saluda la recepcionista, casi con timidez. Así de intimidante resulta la mujer en cuestión.
Cuando Traute habla, lo hace con desdén: le fastidia enormemente hablar con empleados o servidumbre.
—Quiero una botella de Krug Clos du Mesnil en mi habitación —declara, en un perfecto acento bahameño.
—De inmediato.
Tras su advertencia, Traute se retira, con el botones tras ella llevando su única maleta, como es su costumbre. Todos le conocen allí, y le temen; siempre dispuestos a cumplir los caprichos de aquella mujer adinerada que ha sido cliente en aquel hotel de las Bahamas por tantos años, y de cuyos orígenes no conocen nada en lo absoluto.
Malena Caven, es el nombre con el que siempre se ha registrado. Nadie podría imaginar que es la esposa de uno de los hombres más ricos de la isla de Paradi y todo el hemisferio sur.
Y ese es exactamente el objetivo.
Ding-dong.
Traute no debe timbrar dos veces. Incluso antes del primer dong, la puerta de la suite se abre, y una sonrisa dentada y maligna la recibe del otro lado del umbral. Una vez la maleta toca el interior de la habitación, el individuo al interior despide al botones sin un solo centavo de propina.
—Tacaños de mierda —replica el muchacho para sus adentros, marchándose.
A puertas cerradas, le espera un beso ardiente y desinhibido, cuyo final no es otro más que la cama.
—Así me gusta mi puta: puntual como siempre —Kenny ruge, con su cuerpo sobre el de su amante, frotando su erección contra su entrepierna que ya le da la bienvenida. Traute lo desnuda con ansiedad; el fervor se plasma en sus ojos color plomo dejando destellos de lujuria.
—¿Quién dijo que soy tu puta? —replica ella en un jadeo, ignorante del momento en que es despojada de sus ropas y embestida con fuerza brutal e inesperada. Sin embargo, esto sólo la insta a desafiarlo.
Kenny ríe con sorna, y su voz retumba en el pecho ya descubierto de la mujer.
—Lo dice tu coño que por años ha venido a buscarme a este mismo hotel y cuánto se moja sabiendo que vienes a verme.
—Disfrútalo mientras puedas follarme bien. Cuando seas un anciano impotente no tendrás el mismo efecto, y eso será pronto.
El vaho tibio y alcoholizado de Kenny inunda las fosas nasales de la mujer cuando éste ríe en su cara. En represalia, ella muerde su labio inferior hasta que el sabor metálico de la sangre se escurre en la saliva.
—¿Y quién va a satisfacerte como yo? ¿Mi hermanito?
Traute se ve obligada a tomar aire cuando las estocadas le cortan el habla. El choque de pieles, potenciado por el sudor y la fricción obscena de los sexos causada por los fluidos se interponen en la conversación.
—Lo único que sé es que su polla… —Kenny le castiga con una embestida más— Tiene mayor vigencia que la tuya.
La respuesta de aquel hombre es una carcajada, y las arrugas en sus ojos se multiplican.
—Eso será por poco, cariño.
Esta vez, es Traute quien ríe ante la confesión. Kenny la sujeta de las piernas y las extiende tanto como puede, aumentando la fuerza y ritmo en su pelvis.
—¿En qué estás… —aquel diablo de hombre arremete contra su núcleo una vez más, arrancando un grito reverberante de su garganta que le interrumpe— ¿En qué estás pensando, maldito viejo zorro?
—Ya lo verás, mi pequeña puta. Ya lo verás.
—Eso no me importa ahora —declara ella con altivez. Cada vez que sus cuerpos se encuentran, hay una lucha de voluntades. Pero a Traute le gusta dejarlo ganar, siempre y cuando le dé el placer que sus sentidos exigen—. Sigue así —jadea, ante el paso constante y rápido de la humanidad de aquel sujeto dentro de la suya—. Me encanta cuando eres un animal. Cógeme duro, Kenny.
Gemidos y chillidos se mezclan con los chasquidos coitales, llenando las paredes de sonidos sicalípticos, de olores impúdicos, en la sordidez de su intimidad.
—¿Acaso…? —su respiración se corta, dejando colgadas las palabras en sus cuerdas vocales— ¿Acaso el adorable y buen Kurt no sabe tratarte? —Kenny da una fuerte estocada esta vez, quizá más que las anteriores, sujetando sus caderas con fuerza, dejando sombras de sus dedos que aparecerán en la mañana— ¿Es que no te coge bien mi hermanito? Tendré que darle una lección —concluye, clavándose impetuosa y profundamente.
Traute se toma su tiempo para responder, engarzando el gris procaz de sus ojos en la mirada penetrante del hombre sobre ella.
—Ese inútil… es un maldito… ah, romanticón.
Relamiéndose los labios de forma lasciva, Kenny rodea el cuello de la mujer con una de sus manos, sin dar tregua a sus embestidas, enredando en los dedos libres mechones gruesos de cabello rubio, tirando de ellos y escupiendo en su boca.
—Y tú eres una puta muy deliciosa, mi cachonda Traute. Podría cogerte todo el día si quisieras. Ah, no sabes cuánto me encanta sentir tu coño apretándome mientras te follo —sisea, concluyendo su declaración con un beso tan lascivo y desconsiderado como el acto que ahora cometen.
Las paredes resultan demasiado delgadas para contener la obscenidad en los ruidos de aquella pareja. Es una suerte que aún no se haya hospedado nadie en el resto de las habitaciones.
La botella de Krug Cros du Mesnil llegaría más tarde, cuando Kurt Ackerman fuese el centro de la conversación, y no el sexo.
La bodega es fría. El concreto y los oxidados portones metálicos de la vieja fábrica a las afueras de la capital dan un aspecto exterior deplorable y abandonado al lugar, pero nada favorece mejor a las actividades que allí se realizan. El interior, por el contrario, se viste de suntuosidad y una repulsiva opulencia. Es la guarida del presidente; el escondite donde los asuntos de Estado quedan atrás y la ilegalidad se hace presente. Punto de encuentro de políticos y prostitutas, de fiestas clandestinas y bien pagadas orgías.
Sin embargo, esta noche se cubre de un silencio sepulcral. Rod Reiss se abriga mientras fuma un puro, tranquilo en la oscuridad de su oficina secreta, desde donde maneja aquellos asuntos lejos del gobierno. Dentro y fuera del viejo edificio, sus escoltas custodian las entradas y las salidas; porque el hombre al que protegen no es sólo el presidente de Eldia…
—El cargamento sale en una hora, señor.
—Perfecto. ¿Ya averiguaron el paradero de Kenny Ackerman?
—Aún no, pero creemos que pudo tomar un avión a las Bahamas.
El presidente camina hacia el ventanal. Todo lo que puede ver son las luces de los postes atravesando tenuemente los vidrios mientras iluminan el puerto donde varios trabajadores, a esa hora de la noche, cargan con pesadas cajas que llevan hasta un enorme buque. El paisaje es frío, estéril. La luz del faro parpadea para guiar las embarcaciones que están a punto de atracar, y el humo del puro de Rod Reiss empaña la visión, bloqueando brevemente el escenario.
—¿De dónde sacan esa información?
—Uno de nuestros hombres en el cuerpo de vigilancia del aeropuerto cree haberlo visto, señor. Por supuesto, no usó su nombre al abordar, pero creemos que es él.
—¿Y por qué no lo han encontrado? ¡Ya deberían haberlo traído ante mí!
—Estamos en eso. Déjelo en nuestras manos, pronto lo traeremos. Debe entender que si cambia de nombre y se mueve constantemente, es más complicado para…
—Ese no es mi maldito problema —Reiss inhala su puro nuevamente—. Lo quiero aquí. Y también el nombre del hijo de puta que lo acompañaba la noche que murió mi hijo, ¿está claro?
El subordinado asiente. A pesar de ser un hombre rechoncho y de baja estatura, Rod Reiss es un tipo intimidante, y hay graves consecuencias cuando obtiene un no como respuesta. Sus vacíos ojos azules brillan como los de un demonio.
—Iré a revisar el cargamento. ¿Me necesita para algo más, señor?
—Sí. Mañana a primera hora iremos con Willy Tybur. Quiero una reunión.
—De acuerdo. ¿Algo más?
—No. Ya lárgate.
Hay silencio. El escolta duda por unos segundos.
—Uh… ¿Señor?
—¿Qué diablos quieres? ¿Acaso no te dije que te largaras?
—Hmm, Kurt Ackerman está aquí.
Silencio, nuevamente. Rod Reiss apaga el puro, como si tomase una decisión importante mientras maldice para sus adentros.
—Hazlo pasar.
Una pequeña abertura entre los portones se abre, y nadie parece darle la bienvenida a Kurt, a pesar de su sonrisa y sus brazos abiertos mientras camina en dirección a Reiss.
—¡Señor Presidente! —exclama. Lleva lentes de sol y una bomber de cuero Balmain, un atuendo completamente diferente de las ropas discretas que siempre viste… Al menos frente a su familia.
El Kurt Ackerman que ahora visita la oficina furtiva del presidente de la República de Eldia dista sobremanera de aquel que dirige Ackerman Motores y Cía. Aquel que es buen padre, buen esposo, pero sobre todo, un ciudadano modelo. Sus ojos observan, adustos, y el reflejo de su alma se ha oscurecido, dejando ver ahora el rostro severo y atemorizante del capo más influyente del hampa.
—Kurt, qué gusto verte. —El presidente Reiss se pone en pie, recibiendo al patriarca Ackerman con un abrazo calculado.
—Por supuesto que es un gusto verme —replica Kurt. Tras apartarse, rodea el escritorio y toma asiento en el trono de cuero de Reiss—. ¿Cómo están tus hijos?
El presidente carraspea, evidentemente incómodo por la elección de asientos de su visitante.
Pero no está en posición de protestar.
Hay poderes más grandes que él mismo.
—Mis hijos están bien, Kurt.
—Ah, lamento mucho lo que ocurrió con Urklin. Era un buen chico; bastante joven.
—Ya tendremos tiempo para superar lo que le pasó a nuestra familia. ¿Cómo está tu esposa? Hace mucho tiempo no la veo.
—De maravilla, y de vacaciones con su familia. Dijo que iría a visitar a su madre. Y en cuanto a ti, mi estimado Rod, considero que deberías tomarte un descanso de todo esto por un tiempo, aunque te tardarías más en pagar la deuda que tienes conmigo. No he visto un centavo en meses, Rod. ¿Qué ocurre? ¿La presidencia y tus negocios no son suficientes para pagar tu deuda?
—Kurt…
—¿Recuerdas cuánto invertí en tu campaña presidencial y a cuántos infelices enviamos a mejor vida? Comprar a los políticos de este país cuesta muchísimo, como sabrás; y también mantener a los detractores en completo silencio. Ni hablar de tener hombres en el Parlamento y manipular las leyes a tu favor; ese es un trabajo de años, no de días. Ah, mi querido amigo. —El visitante abandona el asiento que ha tomado y regresa a la proximidad de su anfitrión, rodeando sus hombros con su brazo izquierdo—. Los buenos amigos no se olvidan de los favores, y tú y yo somos buenos amigos, ¿no es así?
—Por supuesto.
—Bien, bien. Me agrada saberlo. ¿Qué respuesta tienes para mí entonces?
Reiss se limpia el sudor de la frente con su pañuelo. Y aunque sus extremidades se mueven, Kurt Ackerman no parece dispuesto a soltarle, manteniendo la misma sonrisa comprensiva que tan temible lo hace en el bajo mundo.
—Te suplico que me esperes un poco más…
—¿Cuánto más? ¿Meses? ¿Años? —Kurt ríe, acompañando su confusa y sospechosa amabilidad con unos golpecitos en la espalda del anfitrión—. Rod, Rod, ha pasado casi un año, camarada. ¿Qué necesitas? ¿Un lustro? —El visitante ríe, esta vez dejándolo ir—. No abuse de mi paciencia, señor Presidente. Puedo parecer una oveja en ocasiones, cuando quiero y lo necesito, pero para eso hay personas especiales, y usted puede que no sea una de ellas.
—Kurt. —El presidente se aclara la garganta, secando de nuevo el sudor de su frente—. Hagamos negocios juntos. Si somos socios, mis ingresos aumentarían, y así podría pagarte.
Kurt resopla, ladeando la cabeza.
—¿Qué podrías ofrecerme? No te necesito como socio en mi organización. Sólo estorbarías… —Pensativo, el dueño de la compañía Ackerman tira de los vellos de su perfecta y escasa barba—. Aunque…
—¿Aunque? —El interés de Rod Reiss aumenta. Haría cualquier cosa por librarse del juicio de este personaje.
—Hay una cosa que puedes hacer.
—¿Y eso es?
Hay una pausa. Los dedos de Kurt tamborilean pausadamente sobre la madera del escritorio, haciendo palpable la tensión.
—Deshazte del Comandante General de la Policía Militar de Eldia. Quiero que Erwin Smith desaparezca de la ecuación.
—¡ATRÁS! ¡ATRÁS!
La policía militar cierra el paso de los estudiantes que rodean las verjas del Palacio de Justicia. Universitarios de la capital y de varias ciudades del país se han reunido en protesta, demandando el descenso de impuestos y de cuotas académicas que aumentaron recientemente de forma drástica, quebrando el futuro de unos miles, asegurando que viven en una dictadura. No es la primera protesta, sino un número más en la oleada de violencia y reclamos que vive el país; la de hoy, simplemente, se suma a la lista.
—¡QUEREMOS QUE SALGA EL PRESIDENTE REISS Y NOS DÉ UNA SOLUCIÓN! —gritan algunos, los más próximos a los límites del Palacio, mientras otros, con varas y carteles, encienden las masas al son de una pegajosa y peligrosa tonada:— ¡ABAJO ROD REISS! ¡ABAJO ROD REISS!
—¡VOTAMOS POR ÉL Y NOS DEFRAUDÓ!
—¡QUEREMOS JUSTICIA!
—¿ACASO NOS QUIERE MATAR DE HAMBRE?
—¡ESTÁ ENTORPECIENDO NUESTRO FUTURO!
Erwin Smith es un hombre sereno. Como Director General de la Policía Militar, su deber consiste en mantener el orden nacional, asegurando los derechos y libertades públicas; su trabajo, por momentos, le obliga a dejar de lado sus convicciones políticas así como ahora. Tiene una revuelta que reprimir en nombre de la seguridad nacional, pero sus ideales no distan mucho de los de aquellos estudiantes que reclaman por sus derechos.
El presidente Reiss ha vuelto a traicionarlos.
La pequeña pero temible turba guerrillera se adelanta a la multitud a garrotazos, suscitando el caos. Los heridos caen y el bullicio aumenta. La policía militar, protectora del Jefe de Estado y sus propiedades e intereses físicos, se ve obligada a apuntar con las armas, desatando el pandemónium. El sol brilla en su punto más alto cuando las macanas atestan golpes cruentos y la sangre comienza a derramarse sobre el pavimento; distintos reporteros y periodistas acuden al lugar a cubrir la noticia, algunos de ellos siendo heridos en el proceso. Es un suceso nacional.
Guerrillas estudiantiles se han tomado el Palacio de Justicia de Eldia.
—¡MUERTE A REISS!
Los gritos se confunden con el resonar de los golpes. La turba arremete contra los escudos policíacos en un intento por derribar la aparentemente inexorable verja de hierro del Palacio, y es entonces cuando el Comandante Smith da la orden de lanzar lacrimógenos. Desearía no hacerlo, a sabiendas de que quienes hoy marchan lo hacen bajo una causa justificada. Pero debe cumplir con su deber; ante todo, Smith es un hombre con honor y sentido de la responsabilidad, y su responsabilidad radica en proteger al líder de la nación y mantener el orden.
Debe hacer cualquier cosa, excepto atentar contra la vida de los ciudadanos. Cualquier cosa, excepto descargar sus armas contra uno de sus compatriotas.
Y es cuando el Comandante se debate entre miles de opciones, que un disparo proveniente de uno de sus soldados se alza entre los gritos y golpes, derribando a uno de los manifestantes: un estudiante, un chico de tan sólo 17 años de edad, es abatido en medio de la multitud. El cuerpo es rodeado por civiles, marcando el inicio del más brutal motín en la historia de Eldia, mientras la sangre cubre el pavimento de inocencia e injusticia.
La guerra contra el Presidente Reiss acaba de declararse.
Esta noche se perderán muchas vidas. Y muy seguramente, Erwin Smith será uno de los culpables.
Cuando Kurt deja caer las llaves de un automóvil en sus manos, Eren Jaeger titubea por unos segundos. No sólo por lo que acaba de recibir, sino por el aspecto de su jefe, muy diferente de sus ropas modestas que le dan apariencia de profesor de facultad. Hoy se ve un poco más amedrentador, vistiendo una chaqueta de cuero y lentes de sol; pero Eren decide obviar este hecho, enfocándose en el objeto en sus manos.
Frente a él, a la orilla del bulevar, espera un Chevrolet Camaro ZL1 y el brillo del capó lo enceguece por un instante, obligándolo a parpadear. Su asombro no le permite escuchar lo que Kurt acaba de decir.
—Disculpe, ¿dijo algo, señor?
—Que esa preciosidad es tuya.
Eren traga saliva. No existe universo en el que un regalo como este sea algo posible, tangible, real. No puede dar crédito a sus oídos.
—¿Cómo dice?
Kurt suspira, empujando sus anteojos con el dedo índice.
—Que este automóvil te pertenece, hijo. Ya conoces la historia: era el regalo de cumpleaños de Sasha, pero ella no puede tenerlo. Mikasa no lo aceptaría. Yo tengo demasiados en mi cochera. Pensaba comprar una camioneta para ti, porque creo que es más de tu estilo, pero dadas las circunstancias, es mejor que tú te quedes con este.
—Carajo… —es lo primero que se escapa de la boca del muchacho. Kurt ríe, golpeando amistosamente su espalda.
—Disfrútalo. Atraerás a las chicas.
—Pero, señor, esto es demasiado…
—Tómalo como un pago por adelantado, ¿de acuerdo? Y ya no me agradezcas. Vámonos a la oficina que tenemos mucho por hacer.
Perplejo, Eren recibe las llaves, riendo para sus adentros ante la ironía que es su vida, preguntándose por un instante si todo esto no es más que un espejismo alucinante, el anuncio de una catástrofe inminente o la calma antes de una tormenta. Ha recibido tanto en tan poco tiempo, que duda de sí mismo y de la bondad del destino.
Si es que existe tal cosa.
Eren no puede dejar de pensar en su suerte el resto del día. Tiene más trabajo de lo usual, pero se las arregla para terminar tan rápido como puede, siempre y cuando Sasha le eche una mano en las cosas que aún no entiende. Como casi siempre, Kurt Ackerman lo invita a almorzar, esta vez con Sasha en lugar de Mikasa, y cuando acaba la jornada laboral, se sorprende de no sentirse cansado ni un poco.
Son las seis de la tarde cuando decide que no estaría mal dar una vuelta en su nuevo automóvil hacia el centro de la ciudad y tomarse un par de tragos. Es joven, atractivo, a su edad se vale presumir tanto como sea posible.
Conducir le permite ir por caminos que nunca antes había visitado en Mitras: centros comerciales, escuelas enormes y notoriamente costosas, parques, estaciones, preguntándose qué tan ocupado había estado para no haber recorrido todas estas calles antes… Bueno, tampoco resultaba fácil recorrer las calles de la capital sin un vehículo propio. Pero ahora tiene uno y va camino al primer pub que sus ojos puedan divisar. Sin embargo, debe desviarse: hay motines en algunos puntos de la ciudad, y los retenes en las carreteras le obligan a cambiar su rumbo y a preguntarse a dónde puede ir ahora.
Hasta que se encuentran con el destello de unas hebras de cabello negro en la distancia. La figura es familiar, bienvenida, y por algún motivo que Eren desconoce, se siente tentado a reducir la velocidad y alcanzar los pasos de la chica que sale del edificio, haciendo sonar el claxon. La visita al pub ya ha sido olvidada.
—¡Mikasa! —La voz de Eren al sacar la cara por la ventana no pasa desapercibida. Mikasa se da la vuelta, algo exaltada, pero nunca molesta. La expresión de su rostro al ver una cara conocida es agradable y cálida.
—Eren —le llama, con las mejillas ligeramente enrojecidas mientras acomoda las mangas de su chaqueta sobre sus hombros. La puerta del copiloto hace un clac cuando Eren quita el seguro para abrirla.
—¿Vas a casa?
—Sí.
—Sube, te llevaré. —Mikasa duda por un instante. Sin embargo, acepta la oferta, dejando que Eren cierre la puerta en cuanto ella sube al vehículo—. Es una sorpresa encontrarte así.
—¿Sorpresa? —inquiere ella, con los ojos en él, mientras los de él miran al frente. Desearía mucho poder verla a los ojos, pero eso los llevaría a un aparatoso y horrible accidente automovilístico.
—Sí. Creo que es la primera vez que te veo en la calle. Y me alegra haberte encontrado, porque según entiendo, la ciudad no es muy segura hoy, ni siquiera en estos lados. Hay alborotadores en los lugares menos esperados.
—Ah, las protestas.
—Sí. Algo así. Tiene que ver con el Palacio de Justicia, pero odio escuchar o ver noticias. Me ponen nervioso.
—Entiendo. —Ambos hacen silencio por unos segundos, hasta que Mikasa vuelve a hablar, tras frotarse el brazo con timidez—, veo que mi papá te dió el auto que pensaba darle a Sasha.
Eren deja escapar una risilla nerviosa mientras conduce.
—Bueno… ¿Crees que debí rechazarlo?
—Para nada. Si él te lo dió, no es sólo porque Sasha no vaya a usarlo, sino porque te lo mereces seguramente. Mi papá no da nada sin mérito alguno… Bueno, excepto a Traute, pero… Esa es otra historia.
El semblante de Mikasa cae. Eren lo nota; nota la bruma en sus ojos cuando menciona a aquella que se hace llamar su madre, o cuando, por alguna razón, debe enfrentarla.
—¿Estás bien? —pregunta él, realmente turbado por el cambio de ánimos.
Ella no responde. No de inmediato.
—Sí. Es sólo que… No quiero regresar a casa.
Eren parece pensativo por algunos segundos, mientras el semáforo de la cruzada se pone en rojo y los peatones atraviesan la avenida.
—Hmm. ¿Irías conmigo por un helado?
Ante la repentina pregunta, Mikasa deja escapar una risilla acampanada y nerviosa, mordiéndose el labio. Es algo curioso esta chica, o eso piensa Eren cuando la ve reír, presenciando uno de los espectáculos más adorables en toda su vida. De alguna manera esto lo distrae, olvidando por unos instantes el peso que carga sobre sus hombros, sabiéndose capaz de cambiar, al menos momentáneamente, la permanente expresión sombría de la chica junto a él.
—De acuerdo.
Eren asiente, feliz. Por alguna razón, la respuesta afirmativa de la muchacha lo llena de alegría y, cuando el semáforo pasa a verde nuevamente, él conduce hasta su cafetería favorita, con la intención de evitar las carreteras más transitadas para no toparse con ningún tipo de manifestación.
El mundo parece diferente esta vez. La realidad parece haberse girado a su favor y, mientras el país se distorsiona entre motines y protestas, Eren parece adentrarse en el mundo del ensueño, en el mismo instante en que aquella chica de cabellos oscuros entra en su automóvil.
—Me alegra que aún no te hayas ido —pronuncia él, de repente. Su lengua ha actuado por voluntad propia, y aunque algunas veces Eren suele ser impulsivo, le preocupa lo que ella pueda pensar acerca de su declaración.
Muy impropio de él, a propósito.
—¿De verdad? —indaga ella. Al parecer, ha tragado saliva antes de hablar, pues su voz se corta brevemente al pronunciar la pregunta. Eren sonríe, aliviado de no haber invadido su intimidad.
—Bueno —responde él, aclarando la garganta mientras le cede el paso a una ambulancia—. Creo que Armin y Sasha jamás querrían que te marcharas de nuevo.
Mikasa sonríe con timidez.
—Lo sé… Tampoco me gustaría apartarme de ellos por tanto tiempo… Nuevamente.
—Sasha te quiere mucho. También Armin. Se nota que harían cualquier cosa por ti. En especial tu papá; creo que él es quien más feliz está con tu decisión de quedarte.
—Lo imagino —responde ella. Eren piensa que no se ve muy convencida, y decide cambiar el tema de conversación mientras se acercan a la heladería.
—¿Cómo se llama el lugar donde estabas?
—¿El internado?
—No. El país.
—Hizuru.
—Oh. —Eren continúa mirando al frente para adelantar dos cuadras—. No sé casi nada de Hizuru, pero debieron hablar de ese país en el colegio. El señor Ackerman me contó que tu mamá venía de allí.
—Sí. Mi mamá biológica.
—¿Tienes más familia en Hizuru?
—Una tía abuela, Kiyomi. Armin y yo solíamos pasar las vacaciones en su casa campestre cuando no queríamos volver a Eldia. Era increíble. —Los ojos de Mikasa se iluminan con destellos de un pasado agradable—; los paisajes son hermosos en primavera, cuando florecen los cerezos, y ella siempre nos llevaba a algún lugar divertido, hasta que comenzamos a crecer, y entonces nos dejaba ir por nuestra cuenta.
—¿Aún hablas con ella?
—Sí, casi todos los días desde que regresé. Aunque odia las videollamadas y la tecnología en general. —En este punto hay risas flojas, y Mikasa esconde nuevamente un mechón de pelo tras su oreja. A través del retrovisor, Eren observa aquel flequillo obsidiano que cae entre sus ojos, indomable, y se pregunta cuántas veces ella ha intentado hacerlo volver a su lugar—. Así que de vez en cuando nos escribimos cartas.
—Qué vintage. Esas cosas ya no se usan. —La velocidad comienza a descender cuando Eren divisa el local comercial. Mikasa ríe.
—Si algún día llegas a conocerla, jamás digas eso frente a ella.
—¿Vendrá a visitarte?
—No lo sé… No lo creo. A ella… —En este punto, la chica carraspea, y Eren adivina certeramente que se trata de otro tema incómodo—. No le agrada Traute. Así que no nos visita desde que mi papá volvió a casarse. De hecho, nunca nos ha visitado desde que tengo uso de razón, porque perdí a mi mamá siendo muy pequeña.
—Lo sé, y… Lo siento mucho.
—Descuida.
Un breve silencio se cierne sobre ambos antes de que Eren cruce la entrada del estacionamiento junto a la heladería, siendo interrumpido únicamente por el clic incesante de las direccionales.
—También perdí a mi papá siendo un niño. Y bueno, la vida no fue fácil desde entonces. Ya estamos —anuncia él, bajando del automóvil para apresurarse a abrir la puerta del copiloto para ella. El camino hacia la tienda no es largo, así que ambos se toman su tiempo para llegar, lado a lado, hasta que abren la puerta principal, haciendo que la campanilla de la entrada anuncie la llegada de nuevos comensales con un tintineo agudo.
—Bienvenidos —les saluda la camarera con una reverencia y una sonrisa. Su brazo estirado apunta hacia una de las mesas junto a la ventana, hacia dónde los conduce—. Las mesas para parejas están de este lado.
El rostro de Mikasa adquiere un tinte escarlata que no será fácil de desvanecer, y Eren pretende ocultar su sonrisa tímida con una tos fingida.
—No somos… De acuerdo. ¿Nos trae el menú, por favor? —concluye Eren, intuyendo inteligentemente que sería fútil explicar la naturaleza de la relación de ambos.
Todo transcurre rápido, desde el momento en que toman asiento y sus órdenes son tomadas, hasta el instante en que los vasos de helado son puestos sobre la mesa, continuando la conversación que iniciaron en el automóvil. Antes de continuar con cualquier cosa que Eren pueda preguntarle, Mikasa come con fruición una de las cerezas.
—Creo que este es de los mejores helados que he probado.
—Hmm —responde Mikasa, tragando una cucharada de helado de fresa—. No está mal, pero los de Hizuru son mejores.
—Ya veo —responde Eren, con un sonido que Mikasa interpreta como una risilla.
—¿Qué cosa?
—Te gusta mucho el helado.
—Los postres, en general —aclara ella con timidez. Eren asiente, satisfecho de haber adivinado.
—Ah, eres dulcera.
Mikasa lo observa con emociones encontradas y los ojos bien abiertos. A decir verdad, es la primera vez que se relaciona con alguien fuera de su reducido grupo de amigos (incluyendo a Armin, Sasha y un par de amigos de la escuela) desde que volvió a Paradi; pero también es la primera vez que alguien la trata con tanta familiaridad por fuera de sus seres queridos.
Ella siempre ha sido una chica reservada, tal vez porque nació así, o porque es un mecanismo de defensa contra el mundo ostentoso y hostil que la rodea desde la muerte de su madre, eso es algo que no tiene claro, pero sí sabe que el comentario de Eren sobrepasa los límites de la confianza y, aunque se siente ligeramente intimidada, no puede negar que aquello la hace sentir bienvenida.
—Yo… Es que…
—Lo siento, lo siento —Eren no es idiota, aunque puede considerarse tal, teniendo en cuenta lo mucho que esta chica lo hace perder la compostura—. No quise incomodarte.
Hay silencio por algunos segundos, mientras él reúne el coraje requerido para volver a hablar, tras un papelón de aquel tamaño. Es ella quien rompe la tensión reinante.
—Creo que lo heredé de papá.
—Tal vez. He notado que al señor Ackerman le gustan mucho los dulces.
—Debí traer unos cuantos de Hizuru. Pero a decir verdad, los olvidé.
El semblante de ambos se torna serio nuevamente, ante el cambio de expresión de Mikasa.
—¿Puedo preguntar algo más, Mikasa? —ella asiente y Eren continúa— ¿Por qué no te quedaste en Hizuru?
—No lo sé. Supongo que mi tiempo allí se había acabado y ya era hora de volver a casa. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, quizás había más razones para quedarte que para regresar, no lo sé. Tal vez era más conveniente para ti quedarte. ¿Te parezco chismoso? —inquiere él, aliviando la rigidez del tema.
—Un poco. Curioso, tal vez —aclara ella, cubriendo su boca entre risillas.
—Eso dice mamá.
La atención de Mikasa parece cambiar de dirección en su rostro mientras come su helado.
—¿Vives con ella?
—Ah, no. Ella vive aún en Shiganshina porque no le gusta la capital. Al parecer no le trae buenos recuerdos.
—Bueno —replica Mikasa, haciendo una mueca—, creo que tu madre y yo tenemos algo en común.
—¿No te gusta la capital? —ante la pregunta de Eren, la chica encoge los labios y ladea la cabeza. Él la observa con detenimiento, como si la examinase. Tal vez lo hace— ¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que no es la capital lo que te desagrada. Es tu madre.
Mikasa frunce el entrecejo.
—¿Te refieres a Traute? —Eren asiente esta vez— No lo es. Es mi madrastra, pero papá me obliga a llamarla —Mikasa se encoge antes de pronunciar la palabra maldita—; mamá.
—De acuerdo.
—Como sea, creo que conozco a tu mamá, sólo que no me acuerdo mucho de ella.
—Tal vez puedan verse alguna vez. Es seguro que me visitará un día de estos.
—Debe ser una mujer excepcional.
—Lo es —declara Eren con orgullo—. Pero, ¿por qué lo dices?
—Porque creo que eres un buen hijo… Un buen chico.
El comentario gatilla sentimientos recientemente sepultados en Eren. Sentimientos de culpa, de autodesprecio que lo transportan a la fatalidad de una noche sórdida, semanas atrás. Recuerda a Kenny Ackerman y lo que se vió obligado a hacer en ese instante; el cuerpo de un chico en el suelo, y su crimen. La paranoia que lo acompaña desde entonces y que por momentos se esconde, esperando el momento justo para atormentarlo en sus horas íngrimas.
No es un buen chico, ya no. Y es un poco doloroso que Mikasa lo vea de esa forma, pues su creencia no es más que un espejismo.
Él le dedica una mueca cercana a una sonrisa, tan sincera como sus demonios le permiten; y ella la devuelve, regalándole un breve respiro de aquella opresión en su pecho, de la sombra que se cernirá sobre sus hombros el resto de la noche.
Eren desea que la velada no termine jamás, o enloquecerá sin remedio en el álgido aislamiento de su habitación al volver a casa.
Cuando su móvil suena, Sasha rechaza la llamada. Es su madre, pero prefiere contestar con un mensaje de texto, anunciando que regresará un poco más tarde de lo habitual.
—¿Quién era? —pregunta Nikolo, evidente y asfixiantemente interesado en ver el remitente en la pantalla de su novia. Ella, con inocencia, le enseña lo que escribe. Ambos ignoran la película transmitida en la tele, inmersos en la comodidad del sillón que los refugia y en el tecleo rápido de los dedos de la chica.
—Mamá. Le dije que estoy contigo en el cine y que llegaré tarde.
—¿Y te creyó? —pronuncia él, con sorna. Ella asiente rápidamente.
—No puedo decirle que estoy sola contigo en tu apartamento, o mi papá me mataría.
Con el labio inferior entre los dientes, el muchacho la despoja de su móvil, presto a silenciar su protesta con un beso que la obliga a apartarse en busca de oxígeno. Sasha es empujada lentamente hasta que su nuca tropieza con el brazo del sillón, con los labios de Nikolo aún en los suyos y el peso de éste sobre su cuerpo. Hay algo duro que roza su entrepierna cuando él se acomoda entre ellas, y Sasha jadea, nerviosa, imaginando ya lo que se esconde bajo el pantalón de su novio.
—¿Qué haces? —pregunta ella en voz baja, incapaz de moverse debido a su inexperiencia.
—Nada que no puedas disfrutar —su respuesta es altiva, arrogante, y Sasha se siente pequeña bajo él, mientras su corazón inicia un galope constante y nervioso cuando la boca de Nikolo viaja hasta su cuello, marcando una delgada línea entre un incómodo deseo y un temor burbujeante.
Ella intenta detenerlo, pero sus labios atacan su boca con fruición antes de que ella pueda pronunciar palabra.
—¿Qué ocurre? —la impaciencia en él inunda la frase que se escapa de su garganta como una daga, demandante. Sasha suspira, aliviada de que el beso se haya roto por fin.
Sin embargo, la mitad de su torso ha sido descubierto ya a este punto.
—Es que… No estoy lista —titubea, y sus párpados descienden en busca de un refugio lejos de su mirada lasciva y penetrante.
—Nunca lo estarás si no te dejas llevar.
—Pero…
—Por la mierda, Sasha —Nikolo rezonga, apartándose de ella en un ataque de ira y decepción. Sasha se cubre los pechos y observa sus movimientos de frustración, y la forma exasperante en que se lleva las manos a la cabeza, agitando sus cabellos—. Han pasado meses desde que estamos juntos, ¿y aún piensas que no estás lista? ¿Qué debo hacer? ¿Debería rogarte? O tal vez buscar a una mujer que entienda mis necesidades…
—¡No! —la angustia se cruza en su voz y ella se obliga a susurrar— Es sólo que… Por favor, entiéndeme… Soy virgen.
Las manos de la chica se cierran delicadamente sobre el brazo de Nikolo, en un intento torpe por retenerlo a su lado. Él sabe que ha ganado, y que su rabieta la hará ceder, pase lo que pase.
En un gesto de condescendencia que ella interpreta como dulzura, Nikolo se gira hacia ella, tomando su rostro entre las manos. El pecho descubierto de la muchacha lo hace salivar, avivando la sed impúdica que bombea la sangre bajo sus pantalones.
—Lo sé, lo sé. No te haré daño; sólo quiero estar contigo, unirme a ti, Sasha. Si supieras cuánto te deseo, no te negarías a mí.
Sasha cierra los ojos, aún temerosa, pero armándose de valor para oponerse a su propio instinto. Su cabello cobrizo cae en cascadas a ambos lados de su cara y le otorga un aire de pureza que su novio ansía destruir.
—¿Prometes que irás despacio?
—Lo prometo —musita, evitando que ella diga algo más, silenciándola con un beso más ardiente que el anterior. Los sentidos de Sasha se nublan, en medio de sensaciones y temores, y Nikolo no da respiro: ella sólo es consciente nuevamente del instante en que él la desnuda entera.
—Nikolo…
—Shhh. Ya lo hemos conversado. Sólo déjate llevar.
Ella no se atreve a responder. Su voz, su presencia, sus ojos, son como una fuerza que la reduce completamente, haciéndola vulnerable a sus caprichos y movimientos. Desesperado, Nikolo empuja sus caderas contra ella, aún entre sus piernas, aún cubierto; se nota impaciente, y con el ceño fruncido la lleva a desnudarlo, prenda por prenda, hasta que sus sexos se rozan y ella jadea ante el contacto, exaltada y vacilante.
Con manos temblorosas, sus manos buscan su piel en espera de un beso que la apacigüe. Pero Nikolo parece más interesado en penetrarla que cualquier otra cosa.
Y eso la destruye por dentro, aunque no lo diga. Aunque el amor por él la obligue a amordazar aquella vocecita débil de la razón.
Justo en el momento en que parece recapacitar e intentar huir del inminente destino, algo la invade, quebrándola en dos.
La sensación es calcinante, intrusa. Su boca se abre como reflejo del dolor, su expresión se tuerce en agonía y sus uñas se aferran a la piel del hombre sobre ella, en busca de algo que alivie el tormento entre sus piernas. Si alguien le pidiese describir el infierno en el futuro, Sasha Braus, sin duda alguna, evocará este momento.
En medio de jadeos entrecortados y abrasadores, la chica pide tregua.
Pero él no está dispuesto a ceder.
Cada estocada es más impetuosa que la anterior, y aunque las uñas de la muchacha ya marcan medias lunas de sangre en sus hombros y espalda, lo único que cubre la mente de Nikolo es permanecer envuelto en la sensación cálida y estrecha que rodea su miembro, hasta culminar dentro de ella. No la escucha, ni sus súplicas por detenerlo ni sus chillidos de dolor, entrecortados por las acometidas inclementes. A cambio, en un gesto hipócrita y desconsiderado de compasión, la besa, robándole el oxígeno que ha conseguido tomar antes de una siguiente embestida.
—Relájate —le anima él, entre bufidos lascivos, aumentando la velocidad de sus movimientos pélvicos. Ella no puede hablar; una sola sílaba rompería con la poca resistencia que le queda, haciéndola estallar en gritos de auxilio.
—Nikolo —se quiebra, al fin, en un hilo de voz—, por favor…
Un gruñido en su cuello es todo lo que obtiene por respuesta. Hay un respiro efímero cada vez que él sale de ella, pero el dolor abrasador la sume nuevamente en agonía cada vez que él vuelve a clavarse, arrastrándola a un vórtice de sufrimiento intermitente e inclemente.
El color miel en los ojos de la chica se convierte en líquido que escapa en pequeñas gotas saladas de la comisura de sus ojos, y el brillo de sus hermosos orbes se apaga lentamente, dejando dos perlas opacas que se acostumbran a aquel suplicio, observando un punto fijo en el techo, todo y nada a la vez.
—No llores —demanda él con aspereza, en medio de jadeos—. Ya pasará —pero ella ya no puede escucharlo.
Su mente se ha perdido en algún instante del acto hasta perder noción de la realidad. Sasha sólo volverá en sí cuando él deje de moverse; cuando sus resoplidos mueran, junto a la eternidad de una noche abominable.
En la quietud del reposo y la respiración del hombre que ahora duerme junto a ella, Sasha llora en silencio, deseando devolver el tiempo y no haber salido de casa aquel día.
Por un instante, piensa que sería mejor desaparecer.
N.A: Hola de nuevo, tras un hiatus de casi dos años. Espero que aún me acepten, jejeje. Esta historia está siendo republicada en el link a continuación, debido a que esta cuenta será cerrada en algún tiempo, debido a los cambios en esta plataforma.
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